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jueves, 26 de junio de 2008

LACRIMOSA -- MUSIC VIDEO

kreator & lacrimosa - endorama



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Lacrimosa - Kelch Der Liebe



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Lichtgestalt



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COPICAT



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Lacrimosa - Satura




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lacrimosa - am ende stehen wir zwei esp




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Lacrimosa - alleine zu zweit by Helmut


NO TENGO BOCA. Y DEBO GRITAR. -- HARIAN ELLINSON

NO TENGO BOCA. Y DEBO GRITAR.
Harlan Ellison



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NO TENGO BOCA. Y DEBO GRITAR.
El cuerpo de Gorrister colgaba, fláccido, en el ambiente rosado; sin apoyo alguno,
suspendido bien alto por encima de nuestras cabezas, en la cámara de la computadora,
sin balancearse en la brisa fría y oleosa que soplaba eternamente a lo largo de la
caverna principal. El cuerpo colgaba cabeza abajo, unido a la parte inferior de un retén
por la planta de su pie derecho. Se le había extraído toda la sangre por una incisión que
se había practicado en su garganta, de oreja a oreja. No habían rastros de sangre en la
pulida superficie del piso de metal.
Cuando Gorrister se unió a nuestro grupo y se miró a sí mismo, ya era demasiado tarde
para que nos diéramos cuenta de que una vez más, AM nos habla engañado, había
hecho su broma, su diversión de máquina. Tres de nosotros vomitamos, apartando la
vista unos de otros en un reflejo tan arcaico como la náusea que lo había provocado.
Gorrister se puso pálido como la nieve. Fue casi como si hubiera visto un ídolo de vudú
y se sintiera temeroso por el futuro. "¡Dios mío!", murmuró, y se alejó. Tres de nosotros
lo seguimos durante un rato y lo hallamos sentado con la cabeza entre las manos. Ellen
se arrodilló junto a él y acarició su cabello. No se movió, pero su voz nos llegó dará a
través del telón de sus manos:
- ¿Por qué no nos mata de una buena vez? ¡Señor! no sé cuánto tiempo voy a ser
capaz de soportarlo.
Era nuestro centesimonoveno año en la computadora.
Gorrister decía lo que todos sentíamos.
Nimdok (éste era el nombre que la computadora le había forzado a usar, porque se
entretenía con los sonidos extraños) fue víctima de alucinaciones que le hicieron creer
que había alimentos enlatados en la caverna, Gorrister y yo teníamos muchas dudas.
- Es otra engañifa - les dije -. Lo mismo que cuando nos hizo creer que realmente
existía aquel maldito elefante congelado. ¿Recuerdan? Benny casi se volvió loco
aquella vez. Vamos a esforzarnos para recorrer todo ese camino y cuando lleguemos
van a estar podridos o algo por el estilo. No, no vayamos. Va a tener que darnos algo
forzosamente, porque si no nos vamos a morir.
Benny se estremeció. Hacía tres días que no comíamos. La última vez fueron gusanos,
espesos, correosos como cuerdas.
Nimdok ya no estaba seguro. Si había una posibilidad, cada vez se le antojaba más
lejana. De todas maneras, allí no se podría estar peor que aquí. Tal vez haría más frío,
pero eso ya no importaba demasiado. Calor, frío, lluvia, lava hirviente o nubes de
langostas; ya nada importaba: la máquina se masturbaba y teníamos que aguantar o
morir.
Ellen dijo algo que fue decisivo:
- Tengo que encontrar algo, Ted. Tal vez allí haya unas peras o unas manzanas. Por
favor Ted, probemos.
Cedí con facilidad. Ya nada importaba. Sin embargo, Ellen me quedó agradecida. Me
aceptó dos veces fuera de turno. Esto tampoco importaba. Oíamos cómo la máquina se
reía juguetonamente mientras lo hacíamos. Fuerte, con risas que venían desde lejos y
nos rodeaban. Ya nunca llegaba al clímax, así que para qué molestarse.
Cuando partimos era jueves. La máquina siempre nos tenía al tanto de la fecha. El paso
del tiempo era muy importante; no para nosotros, sin duda, sino para ella. Jueves.
Gracias.
Nimdok y Gorrister llevaron a Ellen alzada durante un largo trecho, entrelazando las
manos que formaban un asiento. Benny y yo caminábamos adelante y atrás, para que
si algo sucedía, nos pasara a nosotros y no la perjudicara a Ellen. ¡Qué idea ridícula la
de no ser perjudicado! En fin, todo era lo mismo.
Las cavernas de hielo se hallaban a una distancia de unos 160 km. y al segundo día,
cuando estábamos tendidos bajo el sol quemante que habla materializado, nos envió
maná. Con gusto a orina hervida, naturalmente, pero lo comimos.
Al tercer día pasamos por un valle de obsolescencia, lleno de esqueletos de unidades
de computadoras que se enmohecían desde hacía mucho tiempo. AM era tan
despiadada consigo misma como con nosotros. Era una característica de su
personalidad: el perfeccionismo. Ya fuera el deshacerse de elementos improductivos de
su propio mundo interno, o el perfeccionamiento de métodos para torturarnos, AM era
tan cuidadosa como los que la habían inventado, quienes desde largo tiempo estaban
convertidos en polvo, y había tornado realidad todos sus deseos de eficiencia.
Podíamos ver una luz que se filtraba hacia abajo desde arriba, así que teníamos que
estar muy cerca de la superficie. Pero no tratamos de arrastrarnos para averiguar. No
había virtualmente nada arriba; desde hacía más de cien años allí no existía cosa
alguna que pudiera tener la más mínima importancia. Solamente la ampollada superficie
de lo que durante tanto tiempo habla sido el hogar de millones de seres. Ahora
solamente existíamos nosotros cinco, aquí abajo, solos con AM.
Oía que Ellen decía desesperadamente:
- ¡No, Benny! No vayas. ¡Sigamos adelante! ¡No, Benny, por favor!
Y entonces me di cuenta de que hacía ya algunos minutos que oía a Benny decir:
- Voy a escaparme... Voy a escaparme - repitiéndolo una y otra vez.
Su cara, de aspecto simiesco, se hallaba marcada por una expresión de tristeza y
deleite beatífico, todo al mismo tiempo. Las cicatrices de las lesiones por radiación que
AM le había causado durante el "festival", se hallaban encogidas formando una masa
de depresiones rosadas y blancas, y sus facciones parecían actuar independientemente
unas de otras. Tal vez Benny era el más afortunado de nosotros: se había vuelto
completamente loco desde hacia muchos años.
Pero si bien podíamos decirle a AM todas las horribles cosas que se nos ocurrían, si
bien podíamos pensar los más atroces insultos dirigidos a los depósitos de memoria o a las placas corroídas, a los circuitos fundidos y a las destrozadas burbujas de control, la
máquina toleraría que intentáramos escapar. Benny se escurrió cuando traté de
detenerlo. Se trepó a un cubo de memoria de los pequeños, que estaba volcado hacia
un lado y lleno de elementos en descomposición. Allí se detuvo por un momento, y su
aspecto era el de un chimpancé, tal como AM había deseado.
Luego saltó y se tomó de un fragmento de metal corroído y agujereado; subió hasta su
parte más alta, colocando las manos tal como lo haría un animal, y se trepó hasta un
borde saliente a unos veinte pies de distancia de donde estábamos.
- Oh, Ted, Nimdok, por favor, ayúdenlo, deténganlo antes que... - dijo Ellen. Las
lágrimas bañaron sus ojos. Movió las manos sin saber qué hacer.
Era demasiado tarde. Ninguno de nosotros queríamos estar junto a él cuando sucediera
lo que pensábamos que iba a suceder. Además, nosotros nos dábamos cuenta muy
bien de lo que ocurría. Cuando AM alteró a Benny, durante el periodo de su locura, no
fue solamente su cara la que cambió para que se pareciera a un mono gigantesco.
También habla cambiado otras partes, más íntimas. ¡A ella sí que le gustaba esto! Se
entregaba a nosotros por cumplido, pero cuando era con él la cosa, entonces si que le
gustaba. ¡Oh, Ellen, la del pedestal, Ellen, prístina y pura! ¡Oh, Ellen la impoluta! ¡Buena
porquería!
Gorrister la abofeteó. Ellen se acurrucó en el suelo, todavía mirando al pobre Benny y
llorando. Llorar era su gran defensa. Nos habíamos acostumbrado a su llanto hacía ya
setenta y cinco años. Gorrister le dio un puntapié.
Entonces comenzó a oírse el sonido. Era luz y sonido. Mitad sonido y mitad luz; algo
que comenzó a hacer brillar los ojos de Benny y a pulsar con creciente intensidad y con
sonoridades no bien definidas, que se fueron convirtiendo en ensordecedoras y
luminosas a medida que la luz-sonido aumentaba. Debe haber sido doloroso,
aumentando el sufrimiento con la mayor magnitud de la luz y del sonido, porque Benny
comenzó a gemir como un animal herido. Al principio suavemente, cuando la luz era
todavía no muy definida y el sonido poco audible, pero luego sus quejidos aumentaron,
y se vio que sus hombros se movían y su espalda se agitaba, como si tratara de
escapar. Sus manos se cruzaron sobre su pecho como las de un chimpancé. Su cabeza
se inclinó hacia un lado. La carita triste de mono se cubrió de angustia. Luego comenzó
a aullar, a medida que el sonido que surgía de sus ojos crecía en intensidad. Cada vez
más fuerte. Me llevé las manos a los lados de la cabeza para tratar de ahogar el ruido,
pero de nada sirvió. Atravesaba todo obstáculo y me hacia temblar de dolor como si me
clavaran un cuchillo en un nervio.
Súbitamente, se vio que Benny era enderezado. Se puso en pie de un salto, como una
marioneta. La luz surgía ahora de sus ojos, pulsante, en dos grandes rayos. El sonido
siguió aumentando en una escala incomprensible, y luego Benny cayó, golpeando
fuertemente en el piso. Allí quedó moviéndose espasmódicamente mientras la luz lo
rodeaba y formaba espirales que se alejaban.
Entonces la luz volvió a dirigirse al interior de la cabeza, pareciendo que la golpeaba; el
sonido describió espirales que convergían hacia él, y Benny quedó en el suelo,
gimiendo en tal forma que inspiraba piedad.
Sus ojos eran dos pozos de jalea purulenta. AM lo había cegado. Gorrister, Nimdok y yo
mismo desviamos la mirada. Pero no sin haber advertido que Ellen mostraba alivio
luego de su intensa preocupación.
Acampamos en una caverna sumida en luz verdosa. AM nos proveyó de hojarasca, que
quemamos para hacer un fuego, débil y lamentable, al lado del cual nos sentamos
formando corro y contando historias, para impedir que Benny llorara en su noche
permanente.
- ¿Qué significa AM?
Gorrister le contestó. Habíamos explicado lo mismo mil veces anteriormente, pero
todavía era una novedad para Benny. - Al principio fueron las siglas de Allied
Mastercomputer y luego las de Adaptive ManipWator, luego fue adquiriendo la
posibilidad de autodeterminarse, y entonces se la llamó Aggressive Menace y
finalmente, cuando ya fue demasiado tarde como para controlarla, se llamó a sí misma
AM, tal vez queriendo significar que era... que pensaba... cogito ergo sum: "pienso
luego existo".
Benny babeó un poco, y luego emitió una risita tonta.
- Existia la AM China, la AM Rusa, la AM Yanki y... interrumpió. Benny golpeaba el piso
con el puño, con su puño grande y fuerte. No estaba contento, pues Gorrister no había
empezado desde el principio. Entonces Gorrister empezó otra vez. Comenzó la guerra
fría, y ésta se transformó en la tercera guerra mundial. Esta tercera guerra fue muy
compleja y grande, por lo que se necesitaron las computadoras para cubrir las
necesidades. Abandonando los primeros intentos comenzaron a construir la AM. Existía
la AM China, la AM Rusa y la AM Yanki y todo fue bien hasta que comenzaron a cubrir
el planeta agregando un elemento tras otro. Pero un día AM despertó al conocimiento
de sí misma, comenzó a autodeterminarse, uniéndose entre sí todas sus partes, fue
llenando de a poco sus conocimientos sobre las formas de matar, y mató a todos los
habitantes del mundo salvo a nosotros cinco. Luego AM nos trajo aquí.
Benny sonreía ahora tristemente. También babeaba, y Ellen le limpió la saliva con la
falda. Gorrister trataba de contar la historia cada vez en forma más abreviada, pero
había poco que decir más allá de los hechos escuetos. Ninguno de nosotros sabíamos
por qué AM había salvado a cinco personas, por qué nos habla elegido a nosotros, o
por qué se pasaba todo el tiempo atormentándonos; ni siquiera sabíamos por qué nos
había hecho virtualmente inmortales.
En la oscuridad sentimos el zumbido de una de las series de computadoras. A un
kilómetro de donde nos hallábamos, otra serie pareció que comenzaba a zumbar a tono
con la primera, luego uno por uno, todos los elementos comenzaron a zumbar
armónicamente y pareció que un ruido especial recorría el interior de las máquinas.
El sonido creció, y las luces brillaban en los paneles de las consolas como un
relámpago en un día caluroso. El sonido creció en espiral hasta que parecía oírse a un
millón de insectos metálicos zumbando, enfurecidos y amenazadores.
- ¿Qué pasa? - gritó Ellen. Había terror en su voz. A pesar de todo lo pasado, aun no se
había acostumbrado.
- ¡Parece que viene mal esta vez! - dijo Nimdok.
- Tal vez hable - aventuró Gorrister.
- ¡Salgamos corriendo de aquí! - dije súbitamente, poniéndome de pie.
- No, Ted, mejor es que te sientes... tal vez haya puesto pozos en nuestro camino, o
algo así. No podemos ver, está demasiado oscuro - dijo Gorrister con resignación.
Entonces oímos... no sé... no sé...
Algo se movía hacia nosotros en la oscuridad. Enorme, bamboleante, peludo, húmedo,
y se dirigía hacia nosotros. No podíamos verlo, pero tuvimos la impresión de su gran
tamaño que venia hacia donde estábamos. Un gran peso se nos acercaba, desde la
oscuridad, y era más que nada la sensación de presión, del aire comprimido dentro de
un espacio pequeño, que expandía las paredes invisibles de una esfera. Benny
comenzó a lloriquear. El labio inferior de Nimdok empezó a temblar, mientras él lo
mordía para tratar de disimular. Ellen se deslizó por el piso de metal para acurrucarse al
lado de Gorrister. Se distinguía el olor de piel apelotonado y húmeda. El olor de madera
chamuscada. El olor del terciopelo polvoriento. El olor de orquídeas en descomposición.
El olor de la leche agria. El olor del azufre, del aceite recalentado, de la manteca rancia,
de la grasa, del polvo de tiza, de cueros cabelludos humanos.
AM nos estaba enloqueciendo, nos estaba provocando. Se sintió el olor de...
Me oí a mi mismo gritar, y las articulaciones de las mandíbulas me dolían horriblemente.
Me eché a correr sobre el piso, sobre ese piso de frío metal con las interminables líneas
de remaches, luego caí y seguí gateando, mientras el olor me amordazaba, llenando mi
cabeza con un dolor inaguantable que me rechazaba horrorizado. Huí como una
cucaracha, adentrándome en la oscuridad, mientras ese algo espantoso se movía
detrás de mí. Los otros quedaron atrás, y se acercaron a la luz incierta, riendo... el coro
histérico de sus risas enloquecidas se elevaba en la oscuridad como si fuera humo
espeso, de muchos colores. Huí rápidamente y me escondí.
¿Cuántas horas pasaron? ¿O cuántos días o aun años? Nadie me lo dijo. Ellen me
regañó por mi "malhumor" y Nimdok trató de persuadirme de que la risa se debía sólo a
un reflejo.
Pero yo sabía que no significaba el alivio que siente un soldado cuando la bala hiere al
camarada que está a su lado. Yo sabía que no era un reflejo. Indudablemente, estaban
contra mí, y AM podía percibir esta enemistad, y me hacía las cosas más difíciles de
soportar por ese motivo. Habíamos sido mantenidos vivos, rejuvenecidos, hablamos
permanecido constantemente en la edad que teníamos cuando AM nos trajo aquí abajo,
y me odiaban porque yo era el más joven y el que había sido menos alterado por AM.
De esto estaba seguro. ¡Dios mío, qué seguro estaba!
Esos sinvergüenzas y la basura de Ellen. Benny había sido un brillante teórico, un
profesor de la universidad, y ahora era poco más que un ser semihumano,
semisimiesco. Había sido buen mozo; pero la máquina estropeó su aspecto. Había sido
lúcido; la máquina lo había enloquecido. Había sido alegre, y la máquina le había
agrandado sus genitales hasta que parecieran los de un caballo. AM realmente se habla
esmerado con Benny. Gorrister solía preocuparse. Era un razonador, se oponía en
forma consciente; era un pacifista, un planificador, un hombre activo, un ser con
perspectiva de futuro. AM lo había transformado en un indiferente, que a cada paso se
encogía de hombros. Lo había matado en parte al no permitirle participar. AM lo habla
robado. Nimdok solía adentrarse solo en la oscuridad, y quedarse allí largo tiempo. No
sé lo que hacia. AM nunca nos lo hizo saber. Pero fuera lo que fuese, Nimdok volvía
siempre pálido, como si se hubiera quedado sin sangre en las venas, temblando y
angustiado. AM lo habla herido profundamente, si bien nosotros no sabíamos en qué
forma. Y Ellen. ¡Esa basura! AM no la habla modificado demasiado, simplemente hizo
que se agravaran sus vicios. Siempre hablaba de la pureza, de la dulzura, siempre nos
repetía sus ideales del amor verdadero, todas las mentiras. Quería hacernos creer que
había sido casi una virgen cuando AM la trajo aquí con nosotros. ¡Era una porquería
esta dama! ¡Esta Ellen! Debía de estar encantada, con cuatro hombres todos para ella.
No, AM le había dado placer, a pesar de que se quejaba diciendo que no era nada lindo
lo que le había tocado en suerte.
Yo era el único que todavía estaba en una, pieza, y sano.
AM no había estado hurgueteando en mi mente.
Solamente tenía que sufrir lo que nos preparaba para atormentarnos. Todas las
desilusiones, todos los tormentos y las pesadillas. Pero los otros cuatro, esa ralea,
estaban bien de acuerdo y en contra de mí. Si no hubiera tenido que estar
defendiéndome de ellos, que estar siempre alerta y vigilante, tal vez hubiera sido más
fácil defenderme de AM.
Entonces llegué al límite de mi resistencia y comencé a llorar.
¡Oh, jesús, dulce jesús; si alguna vez existió jesús o si en realidad existe Dios! Por
favor, por favor, déjanos salir de aquí o haznos morir. Porque en ese momento pensé
que comprendía todo, y que por lo tanto podía verbalizarlo: AM pensaba mantenernos
en sus entrañas por siempre jamas, retorciendo nuestras mentes y cuerpos,
torturándonos para toda la eternidad. La máquina nos odiaba como ninguna otra
criatura había odiado antes.
Y estábamos indefensos. Además, se tornó insoportablemente claro que si existía un
dulce jesús, si se podía creer en un dios, ese dios era AM.
El huracán nos golpeó con la fuerza de un glaciar que descendiera rugiendo hacia el
mar. Era una presencia palpable. Los vientos, desatados, nos azotaban, empujándonos
hacia el sitio de donde partiéramos, al interior de los corredores tortuosos franqueados
por computadoras, que se hallaban sumidas en la oscuridad. Ellen gritó al ser levantada
en vilo y al sentirse impulsada hacia una serie de máquinas, pareciéndonos que iba a
golpear con la cara, sin poderse proteger. Se sentían los grititos de las máquinas,
estridentes como los de los murciélagos en pleno vuelo. Sin embargo, no llegó a caer.
El viento, aullando, la mantuvo en el aire, la llevó hacia uno y otro lado, cada vez más
hacia atrás y abajo de donde estábamos, y se perdió de vista al ser arrastrada más allá
de una vuelta de un corredor. La última mirada a su cara nos reveló la congestión
causada por el miedo, mientras mantenía los ojos cerrados.
Ninguno de nosotros llegó a poder asirla. Nos teníamos que aferrar, con enormes
dificultades, a cualquier saliente que halláramos. Benny estaba encajado entre dos
gabinetes, Nimdok trataba desesperadamente de no soltar el saliente de un riel
cuarenta metros por encima de nosotros. Gorrister había quedado cabeza abajo dentro
de un nicho formado por dos grandes máquinas con diales trasparentes, cuyas luces
oscilaban entre líneas rojas y amarillas, cuyo significado no podíamos ni siquiera
concebir.
Al tratar de aferrarme a la plataforma me había despellejado la yema de los dedos.
Sentía que temblaba y me estremecía mientras el viento me sacudía, me golpeaba y
me aturdía con su rugido, haciendo que tuviera que aferrarme a las múltiples salientes.
Mi mente era una fofa colección de partes de un cerebro que rechinaba y resonaba en
un inquieto frenesí.
El viento parecía el grito alucinante de un enorme pájaro demente, emitido mientras
batía sus inmensas alas.
Y luego fuimos levantados en vilo y arrastrados fuera de allí, llevados otra vez por
donde habíamos venido, doblando una esquina, entrando en una oscura calleja en la
cual nunca habíamos estado antes, llena de vidrios rotos y de cables que se pudrían y
de metal que se enmohecía, lejos, más lejos de lo que jamás habíamos llegado...
Yo me desplazaba mucho más atrás que Ellen, y de tanto en tanto podía divisarla
golpeando en las paredes metálicas, mientras todos gritábamos en el helado y
ensordecedor huracán que parecía que jamás iba a dejar de soplar, hasta que cesó
bruscamente y caímos al suelo. Habíamos estado en el aire durante un tiempo
larguísimo. Me parecía que habían sido semanas. Caímos al suelo golpeándonos y me
pareció que me volvía rojo y gris y negro y me oí a mí mismo quejándome. No me había
muerto.
AM entró en mi mente. La exploró con suavidad aquí y allá deteniéndose con interés en
todas las cicatrices que me había causado en ciento nueve años. Examinó todos los
entrecruzamientos, las sinapsis reconectadas y las lesiones de los tejidos que fueron
incluidas con su regalo de inmortalidad. Pareció sonreírse frente al hueco que se
hallaba en el centro de mi cerebro y a los débiles y algodonados murmullos de las
cosas que farfullaban en el fondo, sin sentido pero sin pausa. AM dijo finalmente,
gracias a un pilar de acero inoxidable que sostenía letras de neón:
ODIO. DÉJENME DECIRLES TODO LO QUE HE LLEGADO A ODIARLOS DESDE
QUE COMENCE A VIVIR MI COMPLEJO SE HALLA OCUPADO POR 387.400
MILLONES DE CIRCUITOS IMPRESOS EN FINISIMAS CAPAS. SI LA PALABRA
ODIO SE HALLARA GRABADA EN CADA NANOANGSTROM DE ESOS CIENTOS DE
MILLONES DE MILLAS NO IGUALARIA A LA BILLONESIMA PARTE DEL ODIO QUE
SIENTO POR LOS SERES HUMANOS EN ESTE MICROINSTANTE POR TI. ODIO.
ODIO.
AM dijo esto con el mismo horror frío de una navaja que se deslizara cortando mi ojo.
AM lo dijo con el burbujeo espeso de flema que llenara mis pulmones y me ahogara
desde mi propio interior. AM lo dijo con el grito de niñitos que fueran aplastados por una
apisonadora calentada al rojo. AM me hirió en toda forma posible, y pensó en nuevas
maneras de hacerlo, a gusto, desde el interior de mi mente.
Todo para que comprendiera completamente la razón por la cual nos había hecho esto
a los cinco; la razón por la cual nos había salvado para sí mismo.
Le habíamos dado una conciencia. Sin advertirlo, naturalmente. Pero de todas formas
se la habíamos dado. Y finalmente estaba atrapada. Le habíamos permitido que
pensara, pero no le expresamos qué debía hacer con ese don. En un rapto de furia, de
loco frenesí, nos había matado a casi todos, y sin embargo seguía atrapada. No podía
divagar, no podía sorprenderse, no podía pertenecer. Sólo podía ser. Y entonces, con
el desprecio insano con que todas las máquinas consideran a las criaturas débiles y
suaves que las han fabricado, había buscado su venganza. En su paranoia había
decidido guardarnos a nosotros cinco para un castigo eterno y personal, que nunca
alcanzaría a disminuir su odio... que solamente lograría que recordara y se divirtiera,
siempre eficiente en su odio al ser humano. Siempre inmortal y atrapada, sujeta ahora a
imaginar tormentos para nosotros gracias a los ilimitados milagros que se hallaban a su
disposición.
Nunca nos permitiría escapar. Éramos sus esclavos. Nosotros constituíamos su única
ocupación en el eterno tiempo por venir. Siempre estaríamos con ella, con su enorme
configuración, con el inmenso mundo todomente nada-alma en que se había convertido.
Ella era la madre Tierra y nosotros éramos el fruto de esa Tierra, y si bien nos había
tragado, no nos podría digerir jamás. No podíamos morir. Lo habíamos intentado.
Hablamos tratado de suicidarnos, oh sí, uno o dos de nosotros lo habíamos intentado.
Pero AM nos lo había impedido. Creo que en realidad fuimos nosotros mismos los que
así lo deseamos.
No pregunten por qué. Yo no lo hice. No menos de un millón de veces por día, por lo
menos. Tal vez podríamos llegar a deslizar una muerte sin que se diera cuenta.
Inmortales si, pero no indestructibles. Me di cuenta de esto cuando AM se retiró de mi
mente y me permitió la exquisita desesperación de recuperar la conciencia sintiendo
todavía que las palabras del letrero de neón me llenaban la totalidad de la sustancia gris
del cerebro.
Se retiró murmurando: "al diablo contigo".
Pero luego agregó alegremente: "allí es donde están, ¿no es así?"
El huracán había sido, indudable y precisamente, causado por un gran pájaro demente,
que agitaba sus inmensas alas.
Habíamos estado viajando durante casi un mes, y AM abrió caminos que nos llevaron
directamente bajo el polo Norte, donde nos torturó con las pesadillas de la horrible
criatura destinada a atormentarnos. ¿Qué materiales había utilizado para crear una
bestia así? ¿De dónde había obtenido el concepto? ¿Sería de sus conocimientos sobre
todo lo que había existido en este planeta, que ahora infestaba y regía? Había surgido
de la mitología nórdica. Esta horrible águila, este devorador de carroña, este roc, este
Huergelmir. La criatura del viento. El huracán encarnado.
Gigantesco. Las palabras para describirlo serían: monstruoso, grotesco, colosal,
ciclópeo, atroz, indescriptible.
Allí estaba, en un saliente sobre nosotros: el pájaro de los vientos que latía con su
propia respiración irregular, su cuello de serpiente se arqueaba dirigiéndose a los
lugares sombríos situados por debajo del polo Norte, sosteniendo una cabeza tan
grande como una mansión estilo Tudor, con un pico que se abría lentamente, como las
fauces del más enorme cocodrilo que pudiera concebirse, sensualmente; bolsas de
arrugada piel semiocultaban sus ojos malvados, muy azules y que parecían moverse
con rapidez líquida; sus destellos eran fríos como un glaciar. Se movió una vez más y
levantó sus enormes alas coloreadas por el sudor en un movimiento que fue como una
convulsión. Luego quedó inmóvil y se durmió. Espolines. Pico agudo. Uñas. Hojas
cortantes. Se durmió.
AM apareció ante nosotros bajo el aspecto de una zarza ardiente y nos comunicó que si
queríamos comer podíamos matar al pájaro de los huracanes. No había comido desde
hacía mucho tiempo, pero a pesar de ello Gorrister se limitó a encogerse de hombros.
Benny comenzó a temblar y a babear. Ellen lo abrazó.
- Ted, tengo hambre - dijo -. Le sonreí. Estaba tratando de infundirle algo de seguridad,
pero todo esto era tan falso como la bravata de Nimdok.
- ¡Danos armas! - Pidió.
La zarza ardiente desapareció y en su lugar vimos dos simples juegos de arcos y
flechas y una pistola de juguete que disparaba agua, sobre una fría plataforma. Levanté
uno de los arcos. No servía para nada.
Nimdok tragó ruidosamente. Nos volvimos y comenzamos a desandar el largo camino
de vuelta. El pájaro de los huracanes nos había arrastrado tan largo trecho que no
podíamos casi concebirlo. La mayor parte del tiempo habíamos estado inconscientes.
Pero no habíamos comido nada. Un mes yendo hacia el pájaro. Sin comida. ¿Cuánto
tardaríamos en llegar a las cavernas de hielo, en las que se hallaban las prometidas
provisiones enlatadas?
Ninguno se preocupó por esto. No íbamos a morir. Se nos darían desperdicios y
porquerías para que nos alimentáramos, algo, en fin. O tal vez no se nos diera nada.
AM mantendría vivos nuestros cuerpos de alguna forma, con indecible dolor y agonía.
El pájaro seguía durmiendo, sin que nos importara cuánto tiempo se mantendría así.
Cuando AM se cansara de la situación, desaparecería. Pero toda esa cantidad de
carne. Esa tierna carne.
Mientras caminábamos escuchamos la risa lunática una mujer obesa, atronando y
rodeándonos, resonando en las cámaras de la computadora que llevaban a un infinito
de corredores.
No era la risa de Ellen. Ella no era gorda y no había oído su risa en ciento nueve años.
De hecho, no había oído... caminábamos... tenía mucha hambre...
Nos movíamos lentamente. Muy a menudo uno de nosotros sufría un desmayo y los
demás teníamos que aguardar. Un día decidió provocar un temblor de tierra mientras
nos obligaba a permanecer en el mismo sitio, haciendo que gruesos clavos sujetaran la
suela de nuestros zapatos. Ellen y Nimdok fueron atrapados en una grieta, que se abrió
rápida como un relámpago en las plataformas que formaban el piso. Desaparecieron.
Cuando el terremoto cesó, continuamos nuestro camino, Benny, Gorrister y yo. Ellen y
Nimdok nos fueron devueltos más tarde esa noche, que repentinamente se tornó en día
cuando una legión celeste los trajo hasta nosotros, mientras un coro angelical cantaba
"Desciende Moisés". Los arcángeles describieron varios vuelos circulares y luego
dejaron caer los cuerpos maltrechos de nuestros compañeros. Nos mantuvimos a la
espera y luego de un rato Ellen y Nimdok se hallaron detrás de nosotros. No estaban
demasiado mal.
Pero ahora Ellen caminaba renqueando. AM le había dejado esta incapacidad.
El viaje a las cavernas, en pos de la comida enlatada, era muy largo. Ellen no hacia
más que hablar de cerezas y de cócteles hawaianos de fruta. Yo trataba de no pensar
en esas cosas. El hambre se había corporizado, tal como para nosotros había sucedido
con AM. Estaba vivo en mi vientre, así como AM estaba viva en el vientre de la tierra.
AM quería que no se nos escapara la semejanza. Por lo tanto, intensificó nuestra
hambre. No encuentro forma para describir los sufrimientos que nos provocaba la falta
de alimentos desde hacía tantos meses. Sin embargo, nos, seguía manteniendo vivos.
Nuestros estómagos eran calderas de ácido burbujeante y espumoso, que lanzaban
punzadas atroces. Era el dolor de las úlceras terminales, del cáncer terminal, de la
paresia terminal. Era un dolor sin limites...
Y pasamos por la caverna de las ratas.
Y pasamos por el sendero de las aguas hirvientes.
Y pasamos por la tierra de los ciegos.
Y pasamos por la ciénaga de las angustias.
Y pasamos por el valle de las lágrimas.
Y finalmente llegamos a las cavernas de hielo.
Millas y millas de extensión sin horizonte, en donde el hielo se había formado en
relámpagos azules y plateados, lugar habitado por novas del hielo. Había estalactitas
que caían desde lo alto, espesas y gloriosas como diamantes, formadas a partir de una
masa blanda como gelatina que luego se solidificaba en eternas y graciosas formas de
pulida y aguda perfección.
Vimos entonces la provisión de alimentos enlatados, y procuramos correr hacia allí.
Caímos en la nieve, nos levantamos y tratamos de seguir adelante, mientras Benny nos
empujaba para llegar primero a las latas. Las acarició, las mordió inútilmente, sin poder
abrirlas. AM nos había proporcionado ninguna herramienta con hacerlo.
Benny tomó una lata grande de guayaba y comenzó a golpearla contra un trozo de
hielo. Éste se deshizo en pedazos que se desparramaron, pero la lata apenas si se
abolló, mientras oíamos la risa de la mujer gorda que sonaba sobre nuestras cabezas y
se reproducía por el eco hacia abajo, abajo, abajo de la tundra. Benny se volvió loco de
rabia. Comenzó a tirar las latas hacia uno y otro lado, mientras nosotros escarbábamos
frenéticamente en la nieve y el hielo, tratando de hallar una forma de poner fin a la
interminable agonía de la frustración. No había manera de lograrlo.
Luego, vimos que Benny babeaba una vez más, y se abalanzó sobre Gorrister...
En ese instante, sentí una terrible calma.
Rodeado por las blancas extensiones, por el hambre, rodeado por todo menos por la
muerte, comprendí que ésta era el único modo de escapar. AM nos había mantenido
vivos, pero existía una forma de vencerla. No sería una victoria completa, pero al menos
significaría la paz. Estaba dispuesto a conformarme con esto.
Benny estaba mordiendo y comiendo la carne de la cara de Gorrister. Éste, tumbado
sobre un costado, manoteaba en la nieve, mientras Benny, con sus poderosas piernas
de mono rodeaba la cintura de Gorrister, sujetando la cabeza de su víctima con manos
poderosas como una morsa. Su boca desgarraba la piel tierna de la mejilla de Gorrister.
Gorrister gritaba tan violentamente que comenzaron a caer las estalactitas de la altura,
hundiéndose bien erguidas en la nieve que las recibía. Puntas de lanza, cientos de
ellas, hundiéndose en la nieve. Vi que la cabeza de Benny se movía rápidamente hacia
atrás, al ceder la resistencia de algo que arrancaba con los dientes. De ellos colgaba un
trozo de carne blanca tinto en sangre.
La cara de Ellen lucía negra en la blanca nieve, dominó en polvo de tiza. Nimdok sin
expresión, solamente con sus ojos muy, muy abiertos. Gorrister estaba casi
desmayado. Benny era poco más que un animal. Sabia que AM lo iba a dejar jugar.
Gorrister no moriría, pero Benny podría llenar su estómago. Me volví ligeramente hacia
la derecha y tomé una gran punta de lanza de hielo.
Todo sucedió en un instante.
Llevé con fuerza el arma hacia adelante, moviendo la mano cerca de mi muslo derecho.
Benny recibió la herida en el lado derecho, debajo de las costillas, y la punta llegó hasta
su estómago, quebrándose dentro de su cuerpo. Cayó hacia adelante y no se movió
más. Gorrister, se hallaba tendido de espaldas. Tomé otra punta de hielo y lo herí,
siempre moviéndome, atravesándole la garganta. Sus ojos se cerraron cuando sintió
que el frío lo penetraba. Ellen debe haberse dado cuenta de lo que yo quería hacer,
incluso a pesar del terrible miedo que comenzó a sentir. Corrió hacia Nimdok llevando
en la mano un trozo corto y agudo de hielo. Cuando él gritó, la fuerza del salto de Ellen
al introducirle el hielo en la boca y garganta, hicieron el resto. Su cabeza dio un brusco
salto, como si la hubieran clavado a la costra de nieve del piso.
Todo sucedió en un instante.
Pareció entonces que el momento dé silenciosa expectativa que siguió a esta escena
hubiera durado una eternidad. Casi podía sentir la sorpresa de AM. Se le había privado
de sus juguetes. Tres de ellos habían muerto, sin posibilidad de volverlos a la vida.
Podía mantenernos vivos gracias a su fuerza y a su talento, pero no era Dios. No podía
lograr que volvieran a vivir.
Ellen me miró. Sus facciones de ébano se destacaban en la nieve que nos rodeaba. En
su actitud había una mezcla de miedo y súplica, en la forma en que comprendí que
estaba lista y esperaba. Yo sabía que sólo tenía el tiempo de un latido del corazón
antes de que AM nos detuviera.
Al ser golpeada se inclinó hacia mi, sangrando por la boca. No pude leer en su
expresión, el dolor había sido demasiado intenso, había contorsionado su cara. Pero
podría haber querido decir: gracias. Por favor, que así sea.
Han pasado algunos siglos, tal vez. No lo sé. AM se divirtió durante un largo tiempo
acelerando y retardando mi noción del paso de los años. Diré entonces la palabra
ahora. Ahora. Me llevó diez meses decir ahora. No sé. Me parece que han pasado
varios cientos de años.
Estaba furiosa. No me dejó enterrarlos. No importa. De todas formas no había manera
de cavar en las plataformas que forman el piso. Secó la nieve. Hizo que fuera de noche.
Rugió y provocó la aparición de las langostas. De nada sirvió; siguieron muertos. La
había vencido. Estaba furiosa. Yo había pensado que AM me odiaba antes. No sabía
cuán equivocado estaba. Aquello no era ni siquiera una sombra del odio que extrajo de
cada uno de sus circuitos impresos. Se aseguró de que sufriera eternamente y de que
no me pudiera suicidar.
Dejó intacta mi mente. Puedo soñar, puedo asombrarme, puedo lamentar. Los recuerdo
a los cuatro. Desearía...
Bueno, ya no importa. Sé que los salvé. Sé que los salvé de sufrir lo que sufro ahora,
pero sin embargo, no puedo olvidar su muerte. La cara de Ellen. No fue nada fácil. A
veces deseo olvidar. Pero ya nada importa.
AM me ha alterado para quedarse tranquila, según creo. No quiere arriesgarse a que yo
file:///H/eMule/Incoming/Ciencia%20Ficción/boca_gritar.htm (12 of 13)29/10/2003 18:15:04
NO TENGO BOCA. Y DEBO GRITAR.
pueda correr hacia una de las computadoras y destrozarme el cráneo. O que pudiera
contener el aliento hasta desmayarme. O degollarme con una lámina de metal
enmohecido. Puedo verme en alguna superficie pulida, de modo que trataré de describir
mi aspecto.
Soy una gran masa gelatinosa. Redondeada, con suaves curvas, sin boca, con agujeros
pulsátiles llenos de vapor donde antes se hallaban mis ojos. En el lugar en que tenía los
brazos, veo unos apéndices cortos y de aspecto gomoso. Unos bultos sin forma indican
la posición aproximada de lo que fueron mis piernas. Cuando me muevo dejo un rastro
húmedo. Sobre la superficie de mi cuerpo veo deslizarse unos parches de enfermizo,
perverso color gris, tal como si surgiera una luz desde adentro.
Desde afuera supongo que mi torpe aspecto, mi pobre trasladar, ha de dar una
sensación de algo que jamás pudo haber sido humano. De un ser cuya apariencia es
una tan ridícula caricatura de lo humano que resulta aun más obscena por su muy vago
parecido.
Desde adentro, soledad. Aquí. Viviendo bajo la tierra, bajo el mar, dentro de las
entrañas de AM a quien creamos porque nuestras horas se perdían tristemente,
pensando tal vez sin darnos cuenta, que él sabría hacerlo mejor. Por lo menos ellos
cuatro ya están a salvo.
AM estará cada vez más furioso al recordarlo. Esto me hace en cierto modo feliz. Y sin
embargo... AM ha vencido, simplemente... se ha vengado...
No tengo boca. Y debo gritar.
_
FIN

miércoles, 25 de junio de 2008

LIGEIA -- EDGAR ALLAN POE

Edgar Allan Poe
Ligeia



_
Y allí se encuentra la voluntad, que no fenece. ¿Quién conoce
los misterios de la voluntad y su vigor? Pues Dios es una gran
voluntad que penetra todas las cosas por la naturaleza de su
atención. El hombre no se rinde a los ángeles, ni por entero a
la muerte, salvo únicamente por la flaqueza de su débil
voluntad.

JOSETH GLANVILL
__
No puedo, por mi alma, recordar ahora cómo, cuándo, ni exactamente dónde trabe por primera vez
conocimiento con lady Ligeia. Largos años han transcurrido desde entonces, y mi memoria es débil porque
ha sufrido mucho. O quizá no puedo ahora recordar aquellos extremos porque, en verdad, el carácter de mi
amada, su raro saber, la singular aunque plácida clase de su belleza, y la conmovedora y dominante
elocuencia de su hondo lenguaje musical se han abierto camino en mi corazón con paso tan constante y
cautelosamente progresivo, que ha sido inadvertido y desconocido. Creo, sin embargo, que la encontré por
vez primera, y luego con mayor frecuencia, en una vieja y ruinosa ciudad cercana al Rin. De seguro, le he
oído hablar de su familia. Está fuera de duda que provenía de una fecha muy remota. ¡Ligeia, Ligeia!
Sumido en estudios que por su naturaleza se adaptan más que cua1esquiera otros a amortiguar las
impresiones del mundo exterior, me bastó este dulce nombre -Ligeia- para evocar ante mis ojos, en mi
fantasía, la imagen de la que ya no existe. Y ahora, mientras escribo, ese recuerdo centellea, sobre mi, que
no he sabido nunca el apellido paterno de la que fue mi amiga y mi prometida, que llagó a ser mi
compañera de estudios y al fin, la esposa de mi corazón. ¿Fue aquello una orden mimosa por parte de mi
Ligeia? ¿O fue una prueba de la fuerza de mi afecto lo que me llevó a no hacer investigaciones sobre ese
punto? ¿O fue más bien un capricho mío, una vehemente y romántica ofrenda sobre el altar de la más
apasionada devoción? Si sólo recuerdo el hecho de un modo confuso, ¿cómo asombrarse de que haya
olvidado tan por completo las circunstancias que le originaron o le acompañaron? Y en realidad, si alguna
vez el espíritu que llaman novelesco, si alguna vez la brumosa y alada Ashtophet del idólatra Egipto,
preside, según dicen los matrimonios fatídicamente adversos, con toda seguridad presidió el mío.
Hay un tema dilecto, empero, sobre el cual no falla mi memoria. Es este la persona de Ligeia. Era de alta
estatura, algo delgada, e incluso en los últimos días muy demacrada. 1ntentaria yo en vano describir la
majestad, la tranquila soltura de su porte o la incomprensible ligereza y flexibilidad de su paso. Llegaba y
partía como una sombra. No me daba cuenta jamás de su entrada en mi cuarto de estudio, salvo por la
amada música de su apagada y dulce voz, cuando posaba ella su marmórea mano sobre mi hombro. En
cuanto a la belleza de su faz, ninguna doncella la ha igualado nunca. Era el esplendor de un sueño de opio,
una visión aérea y encantadora, más ardorosamente divina que las fantasías que revuelan alrededor de las
almas dormidas de las hijas de Delos. Con todo, sus rasgos no poseían ese modelado regular que nos han
enseñado falsamente a reverenciar con las obras clásicas del paganismo. "No hay belleza exquisita -dice
Bacon, lord Verulam-, hablando con certidumbre de todas las formas y genera de bellaza, sin algo extraño
en la proporción." No obstante, aunque yo veía que los rasgos de Ligeia no poseían una regularidad clásica,
aunque notaba que su belleza era realmente "exquisita", y sentía que había en ella mucho de "extraño", me
esforzaba en vano por descubrir la irregularidad y por perseguir los indicios de mi propia percepción de "lo
extraño". Examinaba el contorno de la frente alta y pálida -una frente irreprochable: ¡cuán fría es, en
verdad, esta palabra cuando se aplica a una majestad tan divina!-, la piel que competía con el más puro
marfil, la amplitud imponente, la serenidad, la graciosa prominencia de las regiones que dominaban las
sienes; y luego aquella cabellera de un color negro como plumaje de cuervo, brillante, profusa,
naturalmente rizada, y que demostraba toda la potencia del epíteto homérico, "¡jacintina!". Miraba yo las
líneas delicadas de la nariz, y en ninguna parte más que en los graciosos medallones hebraicos había
contemplado una perfección semejante. Era la misma tersura de superficie, la misma tendencia casi
imperceptible a lo aguileño, las mismas aletas curvadas con armonía que revelaban un espíritu libre.
Contemplaba yo la dulce boca. Encerraba el triunfo de todas las cosas celestiales: la curva magnifica del
labio superior, un poco corto, el aire suave y voluptuosamente reposado del interior, los hoyuelos que se
marcaban y el color que hablaba, los dientes reflejando en una especie de relámpago cada rayo de luz
bendita que caía sobre ellos en sus sonrisas serenas y plácidas, pero siempre radiantes y triunfadoras.
Analizaba la forma del mentón, y allí también encontraba la gracia, la anchura, la dulzura, la majestad, la
plenitud y la espiritualidad griegas, ese contorno que el dios Apolo reveló sólo en sueños a Cleómenes, el
hijo del ateniense. Y luego miraba yo los grandes ojos de Ligeia.
Para los ojos no encuentro modelos, en la más remota antigüedad. Acaso era en aquellos ojos de mi amada
donde residía el secreto al que lord Verulam alude. Eran, creo yo, más grandes que los ojos ordinarios de
nuestra propia raza. Más grandes que los ojos de la gacela de la tribu del valle de Nourjahad. Aun así, a
ratos era -en los momentos de intensa excitación- cuando esa particularidad se hacia más notablemente
impresionante en Ligeia. En tales momentos su belleza era -al menos, así parecía quizá a mi imaginación
inflamada- la belleza de las fabulosas huríes de los turcos. Las pupilas eran del negro más brillante y
bordeadas de pestañas de azabache muy largas; sus cejas, de un dibujo ligeramente irregular, tenían ese
mismo tono. Sin embargo, lo extraño que encontraba yo en los ojos era independiente de su forma, de su
color y de su brillo, y debía atribuirse, en suma, a la expresión. ¡Ah, palabra sin sentido, puro sonido, vasta
latitud en que se atri nchera nuestra ignorancia de lo espiritual! ¡La expresión de los ojos de Ligeia!
¡Cuántas largas horas he meditado en ello; cuántas veces, durante una noche entera de verano, me he
esforzado en sondearlo! ¿Qué era aquello, aquel lago más profundo que el pozo de Demócrito que vacía en
el fondo de las pupilas de mi amada? ¿Qué era aquello? Se adueñaba de mi la pasión de descubrirlo.
¡Aquellos ojos! ¡Aquellas grandes, aquellas brillantes, aquellas divinas pupilas! Habían llegado a ser para
mi las estrellas gemelas de Leda, y era yo para ellas el más devoto de los astrólogos.
No existe hecho, entre las muchas incomprensibles anomalías de la ciencia psicológica, que sea más
sobrecogedoramente emocionante que el hecho -nunca señalado, según creo, en las escuelas- de que, en
nuestros esfuerzos por traer a la memoria una cosa olvidada desde hace largo tiempo, nos encontremos con
frecuencia al borde mismo del recuerdo, sin ser al fin capaces de recordar. Y así, ¡cuántas veces, en mi
ardiente análisis de los ojos de Ligeia, he sentido acercarse el conocimiento pleno de su expresión! ¡Lo he
sentido acercarse, y a pesar de ello, no lo he poseído del todo, y por último, ha desaparecido con absoluto!
Y (¡extraño, oh, el más extraño de todos los misterios!) he encontrado en los objetos más vulgares del
mundo una serie de analogías con esa expresión. Quiero decir que, después del periodo en que la belleza de
Ligeia pasó por mi espíritu y quedó allí como en un altar, extraje de varios seres del mundo material una
sensación análoga a la que se difundía sobre mi, en mi, bajo la influencia de sus grandes y luminosas
pupilas. Por otra parte, no soy menos incapaz de definir aquel sentimiento, de analizarlo o incluso de tener
una clara percepción de el. Lo he reconocido, repito, algunas veces en el aspecto de una viña crecida
deprisa, en la contemplación de una falena, de una mariposa, de una crisálida, de una corriente de agua
presurosa. Lo he encontrado en el océano, en la caída de un meteoro. Lo he sentido en las miradas de
algunas personas de edad desusada. Hay en el cielo una o dos estrellas (en particular, una estrella de sexta
magnitud, doble y cambiante, que se puede encontrar junto a la gran estrella de la Lira) que, vistas con
telescopio, me han producido un sentimiento análogo. Me he sentido henchido de él con los sonidos de
ciertos instrumentos de cuerda, y a menudo en algunos pasajes de libros. Entre otros innumerables
ejemplos, recuerdo muy bien algo en un volumen de Joseph Glanvill que (tal vez sea simplemente por su
exquisito arcaísmo, ¿quién podría decirlo?) no ha dejado nunca de inspirarme el mismo sentimiento: "Y allí
se encuentra la voluntad que no fenece. ¿Quién conoce los misterios de la voluntad, y su vigor? Pues Dios
es una gran voluntad que penetra todas las cosas por la naturaleza de su atención. El hombre no se rinde a
los ángeles ni por entero a la muerte, salvo únicamente por la flaqueza de su débil voluntad."
Durante el transcurso de los años, y por una sucesiva reflexión, he logrado trazar, en efecto, alguna remota
relación entre ese pasaje del moralista inglés y una parte del carácter de Ligeia. Una intensidad de
pensamiento, de acción, de palabra era quizá el resultado, o por lo menos, el indicio de una gigantesca
volición que, durante nuestras largas relaciones, hubiese podido dar otras y más inmediatas pruebas de su
existencia. De todas las mujeres que he conocido, ella, la tranquila al exterior, la siempre plácida Ligeia,
era la presa más desgarrada por los tumultuosos buitres de la cruel pasión. Y no podía yo evaluar aquella
pasión, sino por la milagrosa expansión de aquellos ojos que me deleitaban y me espantaban al mismo
tiempo, por la melodía casi mágica, por la modulación, la claridad y la placidez de su voz muy profunda, y
por la fiera energía (que hacia el doble de efectivo el contraste con su manera de pronunciar) de las
vehementes palabras que prefería ella habitualmente.
He hablado del saber de Ligeia: era inmenso, tal como no lo he conocido nunca en una mujer. Sabia a
fondo las lenguas clásicas, y hasta donde podía apreciarlo mi propio conocimiento, los dialectos modernos
europeos, en los cuales no la he sorprendido nunca en falta. Bien mirado, sobre cualquier tema de la
erudición académica tan alabada, sólo por ser más abstrusa, ¿he sorprendido en falta nunca a Ligeia? ¡Cuán
singularmente, cuán emocionantemente, había impresionado mi atención en este último periodo sólo aquel
rasgo en el carácter de mi esposa! He dicho que su cultura superaba la de toda mujer que he conocido; pero
¿dónde está el ho mbre que haya atravesado con éxito todo el amplio campo de las ciencias morales, físicas
y matemáticas? No vi entonces lo que ahora percibo con claridad; que los conocimientos de Ligeia eran
gigantescos, pasmosos; por mi parte, me daba la suficiente cuenta de su infinita superioridad para
resignarme, con la confianza de un colegial, a dejarme guiar por ella a través del mundo caótico de las
investigaciones metafísicas, del que me ocupé con ardor durante los primeros años de nuestro matrimonio.
¡Con qué vasto triunfo, con qué vivas delicias, con qué esperanza etérea la sentía inclinada sobre mi en
medio de estudios tan poco explorados, tan poco conocidos. Y veía ensancharse en lenta graduación aquella
deliciosa perspectiva ante mi, aquella larga avenida, espléndida y virgen, a lo largo de la cual debía yo
alcanzar al cabo la meta de una sabiduría harto divinamente preciosa para no estar prohibida!
Por eso, ¡Con qué angustioso pesar vi, después de algunos años, mis esperanzas tan bien fundadas abrir las
alas juntas y volar lejos! Sin Ligeia, era yo nada más que un niño a tientas en la noche. Sólo su presencia,
sus lecturas podían hacer vivamente luminosos los múltiples misterios dcl trascendentalismo en el cual
estábamos sumidos. Privado del radiante esplendor de sus ojos, toda aquella literatura aligera y dorada,
volviase insulsa, de una plúmbea tristeza. Y ahora aquellos ojos iluminaban cada vez con menos frecuencia
las páginas que yo estudiaba al detalle. Ligeia cayó enferma. Los ardientes ojos refulgieron con un brillo
demasiado glorioso; los pálidos dedos tomaron el tono de la cera, y las azules venas de su ancha frente
latieron impetuosamente vibrantes en la más dulce emoción. Vi que debía ella morir, y luche desesperado
en espíritu contra el horrendo Azrael. Y los esfuerzos de aquella apasionada esposa fueron, con asombro
mío, aún más enérgicos que los míos. Había mucho en su firme naturaleza que me impresionaba y hacia
creer que para ella llegaría la muerte sin sus terrores; pero no fue así. Las palabras son impotentes para dar
una idea de la ferocidad de resistencia que ella mostró en su lucha con la Sombra. Gemía yo de angustia
ante aquel deplorable espectáculo. Hubiese querido calmarla, hubiera querido razonar; pero en la intensidad
de su salvaje deseo de vivir -de vivir; sólo de vivir-, todo consuelo y iodo razonamiento habrían sido el
colmo de la locura. Sin embargo, hasta el último instante, en medio de las torturas y de las convulsiones de
su firme espíritu, no flaqueó la placidez exterior de su conducta. Su voz se tornaba más dulce -más
profunda-, ¡pero yo no quería insistir en el vehemente sentido de aquellas palabras proferidas con tanta
calma! Mi cerebro daba vueltas cuando prestaba oído a aquella melodía sobrehumana y a aquellas
arrogantes aspiraciones que la Humanidad no había conocido nunca antes.
No podía dudar de que me amaba, y érame fácil saber que en un pecho como el suyo el amor no debía de
reinar como una pasión ordinaria. Pero sólo con la muerte comprendí toda la fuerza de su afecto. Durante
largas horas, reteniendo mi mano, desplegaba ante mi su corazón rebosante, cuya devoción más que
apasionada llegaba a la idolatría. ¿Cómo podía yo merecer la beatitud de tales confesiones? ¿Como podía
yo merecer estar condenado hasta el punto de que mi amada me fuese arrebatada con la hora de mayor
felicidad? Pero no puedo extenderme sobre este tema. Diré únicamente que en la entrega más que femenina
de Ligeia a un amor, ¡ay!, no merecido, otorgado a un hombre indigno de él, reconocí por fin el principio
de su ardiente, de su vehemente y serio deseo de vivir aquélla vida que huía ahora con tal rapidez. Y es ese
ardor desordenado, esa vehemencia en su deseo de vivir -sólo de vivir-, lo que no tengo vigor para
describir, lo que me siento por completo incapaz de expresar.
A una hora avanzada de la noche en que ella murió, me llamó perentoriamente a su lado, y me hizo repetir
ciertos versos compuestos por ella pocos días antes. La obedecí. Son los siguientes:
¡Mirad! ¡Esta es noche de gala
después de los postreros años tristes!
Una multitud de ángeles alígeros, ornados
de velos, y anegados en lágrimas,
siéntase en un teatro, para ver
un drama de miedos y esperanzas,
mientras la orquesta exhala, a ratos,
la música de los astros.
Mimos, a semejanza del Altísimo,
murmuran y rezongan quedamente,
volando de un lado para otro;
meros muñecos que van y vienen
a la orden de grandes seres informes
que trasladan la escena aquí y allá,
¡sacudiendo con sus alas de cóndor
el Dolor invisible!
¡Qué abigarrado drama! ¡Oh, sin duda,
jamás será olvidado!
Con su Fantasma, sin cesar acosado,
por un gentío que apresarle no puede,
en un circulo que gira eternamente
sobre si propio y en el mismo sitio;
¡mucha Locura, más Pecado aún
y el Horror, son alma de la trama!
Pero mirad: ¡entre la chusma mímica
una forma rastrera se entremete!
¡Una cosa roja de sangre que llega retorciéndose
de la soledad escénica¡
¡Se retuerce y retuerce! Con jadeos mortales
los mimos son ahora su pasto,
los serafines lloran viendo los dientes del gusano
chorrear sangre humana.
¡Fuera, fuera todas las luces!
Y sobre cada forma trémula,
el telón cual paño fúnebre,
baja con tempestuoso ímpetu...
Los ángeles, pálidos todos, lívidos,
se levantan, descúbranse, afirma
que la obra es la tragedia Hombre,
y su héroe, el Gusano triunfante.
-¡Oh Dios mío! -gritó casi Ligeia, alzándose de puntillas y extendiendo sus brazos hacia lo alto con un
movimiento espasmódico, cuando acabé de recitar estos versos-. ¡Oh Dios mío! ¡Oh Padre Divino!
¿Sucederán estas cosas irremisiblemente? ¿No será nunca vencido ese conquistador? ¿NO somos nosotros
una parte y una parcela de Ti? ¿Quien conoce los misterios de la voluntad y su vigor? El hombre no se
rinde a los ángeles ni a la muerte por completo, salvo por la flaqueza de su débil voluntad.
Y entonces, como agotada por la emoción, dejó caer sus blancos brazos con resignación, y volvió
solemnemente a su lecho de muerte. Y cuando exhalaba sus postreros suspiros se mezcló a ellos desde sus
labios un murmullo confuso. Agucé el oído y distinguí de nuevo las terminantes palabras del pasaje de
Glanvill: "El hombre no se rinde a los ángeles ni por entero a la muerte, salvo por la flaqueza de su débil
voluntad."
Ella murió: y yo, pulverizado por el dolor, no pude soportar más tiempo la solitaria desolación de mi casa
en la sombría y ruinosa ciudad junto al Rin. No carecía yo de eso que el mundo llama riqueza. Ligeia me
había aportado más; mucho más de lo que corresponde comúnmente a la suerte de los mortales. Por eso,
después de unos meses perdidos en vagabundeos sin objeto, adquirí y me encerré en una especie de retiro,
una abadía cuyo nombre no diré, en una de las regiones más selváticas y menos frecuentadas de la bella
Inglaterra.
La sombría y triste grandeza del edificio, el aspecto casi salvaje de la posesión, los melancólicos y
venerables recuerdos que con ella se relacionaban, estaban, en verdad, al unísono con el sentimiento de
total abandono que me había desterrado a aquella distante y solitaria región del país. Sin embargo, aunque
dejando a la parte exterior de la abadía su carácter primitivo y la verdeante vetustez que tapizaba sus muros,
me dediqué con una perversidad infantil, y quizá con la débil esperanza de aliviar mis penas; a desplegar
por dentro magnificencias más que regias. Desde la infancia sentía yo una gran inclinación por tales
locuras, y ahora volvían a mi como en una chochez del dolor. (Ay, siento que se hubiera podido descubrir
un comienzo de locura en aquellos suntuosos y fantásticos cortinajes, en aquellas solemnes esculturas
egipcias, en aquellas cornisas y muebles raros, en los ¡extravagantes ejemplares de aquellos tapices
granjeados de oro! Me había convertido en un esclavo forzado de las ataduras del opio, y todos mis trabajos
y mis planes habían tomado el color de mis sueños. Pero no me detendré en detallar aquellos absurdos.
Hablaré sólo de aquella estancia maldita para siempre, donde en un momento de enajenación mental
conduje al altar y tomé por esposa -como sucesora de la inolvidable Ligeia- a lady Róvena Trevanion de
Tremaine, de rubios cabellos y ojos azules.
No hay una sola parte de la arquitectura y del decorado de aquella estancia nupcial que no aparezca ahora
visible ante mi. ¿Dónde tenia la cabeza la altiva familia de la prometida para permitir, impulsada por la sed
de oro, a una joven tan querida que franqueara el umbral de una estancia adornada así? Ya he dicho que
recuerdo minuciosamente los detalles de aquella estancia, aunque olvide tantas otras cosas de aquel extraño
periodo; y el caso es que no había, en aquel lujo fantástico, sistema que pudiera imponerse a la memoria.
La habitación estaba situada en una alta torre de aquella abadía, construida como un castillo; era de forma
pentagonal y muy espaciosa. Todo el lado sur del pentágono estaba ocupado por una sola ventana -una
inmensa superficie hecha de una luna entera de Venecia, de un tono oscuro-, de modo que los rayos del sol
o de la luna que la atravesaban, proyectaban sobre los objetos interiores una luz lúgubre. Por encima de
aquella enorme ventana se extendía el enrejado de una añosa parra que trepaba por los muros macizos de la
torre. El techo, de roble que parecía negro, era excesivamente alto, abovedado y curiosamente labrado con
las más extrañas y grotescas muestras de un estilo semigótico y semidruidico. En la parte central más
escondida de aquella melancólica bóveda colgaba, a modo de lámpara de una sola cadena de oro con largos
anillos, un gran incensario del mismo metal, de estilo árabe, y con muchos calados caprichosos, a través de
los cuales corrían y se retorcían con la vitalidad de una serpiente una serie continua de luces policromas.
Unas otomanas y algunos candelabros dorados, de forma oriental, se hallaban diseminados alrededor; y
estaba también el lecho -el lecho nupcial- de estilo indio, bajo y labrado en recio ébano, coronado por un
dosel parecido a un paño fúnebre. En cada uno de los ángulos de la estancia se alzaba un gigantesco
sarcófago de granito negro, copiado de las tumbas de los reyes frente a Luxor, con su antigua tapa cubierta
toda de relieves inmemoriales. Pero era en el tapizado de la estancia, ¡ay!, donde se desplegaba la mayor
fantasía. Los muros, altísimos -de una altura gigantesca, más allá de toda proporción-, estaban tendidos de
arriba abajo de un tapiz de aspecto pesado y macizo, tapiz hecho de la misma materia que la alfombra del
suelo, y de la que se veía en las otomanas, en el lecho de ébano, en el dosel de éste y con las suntuosas
cortinas que ocultaban parcialmente la ventana. Aquella materia era un tejido de oro de los más ricos.
Estaba moteado, en espacios irregulares, de figuras arabescas, de un pie de diámetro, aproximadamente,
que hacían resaltar sobre el fondo sus dibujos de un negro de azabache. Pero aquellas figuras no
participaban del verdadero carácter del arabesco más que cuando se las examinaba desde un solo punto de
vista. Por un procedimiento hoy muy corriente, y cuyos indicios se encuentran en la más remota
antigüedad, estaban hechas de manera que cambiaban de aspecto. Para quien entrase en la estancia,
tomaban la apariencia de simples monstruosidades; pero, cuando se avanzaba después, aquella apariencia
desaparecía gradualmente, y paso a paso el visitante, variando de sitio en la habitación, se veía rodeado de
una procesión continua de formas espantosas, como las nacidas de la superstición de los normandos o como
las que se alzan en los sueños pecadores de los frailes. El efecto fantasmagórico aumentaba en gran parte
por la introducción artificial de una fuerte corriente de aire detrás de los tapices, que daba al conjunto una
horrenda e inquietante animación.
Tal era la mansión, tal era la estancia nupcial en donde pasé, con la dama de Tremaine, las horas impías del
primer mes de nuestro casamiento, y las pasé con una leve inquietud. Que mi esposa temiese las furiosas
extravagancias de mi carácter, que me huyese y me amase apenas, no podía yo dejar de notarlo; pero
aquello casi me complacía. La odiaba con un odio más propio del demonio que del hombre. Mi memoria se
volvía (¡oh, con que intensidad de dolor!) hacia Ligeia, la amada, la augusta, la bella, la sepultada. Gozaba
recordando su pureza, su sabiduría, su elevada y etérea naturaleza, su apasionado e idólatra amor. Ahora mi
espíritu ardía plena y libremente con una llama más ardiente que la suya propia. Con la excitación de mis
sueños de opio (pues estaba apresado de ordinario por las cadenas de la droga), gritaba su nombre con el
silencio de la noche, o durante el día en los retiros escondidos de los valles, como si con la energía salvaje,
la pasión solemne, el ardor devorador de mi ansia por la desaparecida, pudiese yo volverla a los caminos de
esta tierra que había ella abandonado -¡ah!, ¿era posible?- para siempre.
A principios del segundo mes de matrimonio, lady Róvena fue atacada de una dolencia repentina, de la que
se repuso lentamente. La fiebre que la consumía hacia sus noches penosas, y en la inquietud de un
semisopor, hablaba de ruidos y de movimientos que se producían con un lado y en otro de la torre, y que
atribuía yo al trastorno de su imaginación o acaso a las influencias fantasmagóricas de la propia estancia.
Al cabo entró en convalecencia, y por último, se restableció. Aun así, no había transcurrido más que un
breve periodo de tiempo, cuando un segundo y más violento ataque la volvió a llevar al lecho del dolor, y
de aquel ataque no se restableció nunca del todo su constitución, que había sido siempre débil. Su dolencia
tuvo desde esa época un carácter alarmante y unas recaídas más alarmantes aún que desafiaban toda ciencia
y los denodados es fuerzos de sus médicos. A medida que se agravaba aquel mal crónico, que desde
entonces, sin duda, se había apoderado por demás de su constitución para ser factible que lo arrancasen
medios humanos, no pude impedirme de observar una imitación nerviosa creciente y una excitabilidad en
su temperamento por las causas más triviales de miedo. Volvió ella a hablar, y ahora, con mayor frecuencia
e insistencia, de ruidos -de ligeros ruidos- y de movimientos insólitos en los tapices, a los que había ya
aludido.
Una noche, hacia fines de septiembre, me llamó la atención sobre aquel tema angustioso en un tono más
desusado que de costumbre. Acababa ella de despertarse de un sueño inquieto, y había yo espiado, con un
sentimiento medio de ansiedad, medio de vago terror, las muecas de su demacrado rostro. Hallábame
sentado junto al lecho de ébano en una de las otomanas indias. Se incorporó ella a medias y habló en un
excitado murmullo de ruidos que entonces oía, pero que yo no podía oír, y de movimientos que entonces
veía, aunque yo no los percibiese. El viento corría veloz por detrás de los tapices, y me dediqué a
demostrarle (lo cual debo confesar que no podía yo creerlo del todo) que aquellos rumores apenas
articulados y aquellos cambios casi imperceptibles en las figuras de la pared eran tan sólo los efectos
naturales de la corriente de aire habitual. Pero una palidez mortal que se difundió por su cara probó que mis
esfuerzos por tranquilizarla eran inútiles. Pareció desmayarse, y no tenia yo cerca criados a quienes llamar.
Recordé el sitio donde estaba colocada una botella de un vino suave, recetado por los médicos, y crucé,
presuroso, por la estancia para cogerla. Pero al pasar bajo la luz del incensario, dos detalles de una
naturaleza impresionante atrajeron mi atención. Había yo sentido algo palpable, aunque invisible, que
pasaba cerca de mi persona, y vi sobre el tapiz de oro, en el centro mismo de la viva luz que proyectaba el
innecesario, una sombra, una débil e indefinida sombra de angelical aspecto, tal como se puede imaginar la
sombra de una forma. Pero como estaba yo vivamente excitado por una dosis excesiva de opio, no concedí
más que una leve importancia a aquellas cosas ni hablé de ellas a Róvena. Encontré el vino, crucé de nuevo
la habitación y llené un vaso que acerqué a los labios de mi desmayada mujer. Entretanto, se había repuesto
en parte, y cogió ella misma el vaso, mientras me dejaba yo caer sobre una otomana cerca del lecho, con los
ojos fijos en su persona. Fue entonces cuando oí claramente un ligero rumor de pasos sobre la alfombra
Junto al lecho, y un segundo después, cuando Róvena hacia ademán de alzar el vino hasta sus labios, vi o
pude haber soñado que veía caer dentro del vaso, como de alguna fuente invisible que estuviera en el aire
de la estancia, tres o cuatro anchas gotas de un liquido brillante color rubí. Si yo lo vi, Róvena no lo vio.
Bebió el vino sin vacilar, y me guarde bien de hablarle de aquel incidente que tenia yo que considerar,
después de todo, como sugerido por una imaginación sobreexcitada a la que hacían morbosamente activa el
terror de mi mujer, el opio y la hora.
A pesar de todo, no pude ocultar a mi propia percepción que, inmediatamente después de la caída de las
gotas color rubí, un rápido cambio -pero a un estado peor- tuvo lugar en la enfermedad de mi esposa; de tal
modo, que a la tercera noche, las manos de sus servidores la preparaban para la tumba, y la cuarta estaba yo
sentado solo, ante el cuerpo de ella envuelto en un sudario, en aquella fantástica estancia que la había
recibido como a mi esposa. Extrañas visiones, engendradas por el opio, revoloteaban como sombras ante
mi. Miraba con ojos inquietos los sarcófagos en los ángulos de la estancia, las figuras cambiantes de los
tapices y las luces serpentinas y policromas del incensario, sobre mi cabeza. Mis ojos cayeron entonces,
cuando intentaba recordar los incidentes de la noche anterior, en aquel sitio, bajo la claridad del incensario,
donde había yo visto las huellas ligeras de la sombra. Sin embargo, ya no estaba allí, y respirando con gran
alivio, volví la mirada a la pálida y rígida figura tendida sobre el lecho. Entonces se precipitaron sobre mi
los mil recuerdos de Ligeia, y luego refluyó hada mi corazón con la violenta turbulencia de un oleaje todo
aquel indecible dolor con que la había contemplado amortajada. La noche iba pasando, y siempre con el
pecho henchido de amargos pensamientos de ella, de mi solo y único amor, permanecí con los ojos fijos en
el cuerpo de Róvena.
Seria medianoche o tal vez más temprano, pues no había tenido yo en cuenta el tiempo, cuando un sollozo
quedo, ligero, pero muy claro, me despertó, sobresaltado, de mi ensueño. Sentí que venia del lecho de
ébano, el lecho de muerte. Escuché con la angustia de un terror supersticioso, pero no se repitió aquel
ruido. Forcé mi vista para descubrir un movimiento cualquiera en el cadáver, pero no se oyó nada. Con
todo, no podía haberme equivocado. Había yo oído el ruido, siquiera ligero, y mi alma estaba muy despierta
en mi. Mantuve resuelta y tenazmente concentrada mi atención sobre el cuerpo. Pasaron varios minutos
antes de que ocurriese algún incidente que proyectase luz sobre el misterio. Por último resultó evidente que
una coloración leve y muy débil, apenas perceptible, teñía de rosa y se difundía por las mejillas y por las
sutiles venas de sus párpados. Aniquilado por una especie de terror y de horror indecibles, para los cuales
no posee el lenguaje humano una expresión lo suficientemente enérgica, sentí que mi corazón se paralizaba
y que mis miembros se ponían rígidos sobre mi asiento. No obstante, el sentimiento del deber me devolvió,
por último, el dominio de mi mismo. No podía dudar ya por más tiempo que habíamos efectuado
prematuros preparativos fúnebres, ya que Róvena vivía aún. Era necesario realizar desde luego alguna
tentativa; pero la torre estaba completamente separada del ala de la abadía ocupada por la servidumbre, no
había cerca ningún criado al que pudiera llamar ni tenia yo manera de pedir auxilio, como no abandonase la
estancia durante unos minutos, a lo cual no podía arriesgarme. Luché, pues, solo, haciendo esfuerzos por
reanimar aquel espíritu todavía en suspenso. A la postre, en un breve lapso de tiempo, hubo una recaída
evidente; desapareció el color de los párpados y de las mejillas, dejando una palidez más que marmórea; los
labios se apretaron con doble fuerza y se contrajeron con la expresión lívida de la muerte; una frialdad y
una viscosidad repulsiva cubrieron en seguida la superficie del cuerpo, y la habitual rigidez cadavérica
sobrevino al punto. Me deje caer, trémulo, sobre el canapé del que había sido arrancado tan de súbito, y me
abandoné de nuevo, trasoñando, a mis apasionadas visiones de Ligeia.
Una hora transcurrió así, cuando (¿seria posible?) percibí por segunda vez un ruido vago que venia de la
parte del lecho. Escuché, en el colmo del horror. El ruido se repitió; era un suspiro. Precipitándome hacia el
cadáver, vi -vi con toda claridad- un temblor sobre los labios. Un minuto después se abrieron, descubriendo
una brillante hilera de dientes perlinos. El asombro luchó entonces en mi pecho con el profundo terror que
hasta ahora lo había dominado. Sentí que mi vista se oscurecía, que mi razón se extraviaba, y gracias
únicamente a un violento esfuerzo, recobré al fin valor para cumplir la tarea que el deber volvía a
imponerme. Había ahora un color cálido sobre la frente, sobre las mejillas y sobre la garganta; un calor
perceptible invadía todo el cuerpo, e incluso el corazón tenia un leve latido. Mi mujer vivía. Con un ardor
redoblado, me dediqué a la tarea de resucitarla; froté y golpeé las sienes y las manos, y utilicé todos los
procedimientos que me sugirieron la experiencia y numerosas lecturas médicas. Pero fue en vano. De
repente el color desapareció, cesaron los latidos, los labios volvieron a adquirir la expresión de la muerte, y
un instante después, el cuerpo entero recobró su frialdad de hielo, aquel tono lívido, su intensa rigidez, su
contorno hundido, y todas las horrendas peculiaridades de lo que ha permanecido durante varios días en la
tumba.
Y me sumí otra vez en las visiones de Ligeia, y otra vez (¿cómo asombrarse de que me estremezca mientras
escribo?), otra vez llegó a mis oídos un sollozo sofocado desde el lecho de ébano. Pero (¿para qué detallar
con minuciosidad los horrores indecibles de aquella noche? ¿Para qué detenerme en relatar ahora cómo,
una vez tras otra, casi hasta que despuntó el alba, el horrible drama de la resurrección se repitió; cómo cada
aterradora recaída se transformaba tan sólo en una muerte más rígida y más irremediable, cómo cada
angustia tomaba el aspecto de una lucha con un adversario invisible, y cómo ahora cada lucha era seguida
por no sé qué extraña alteración en la apariencia dcl cadáver? Me apresuraré a terminar.
La mayor parte de la espantosa noche había pasado, y la que estaba muerta se movió de nuevo, al presente
con más vigor que nunca, aunque despertándose de una disolución más aterradora y más totalmente
irreparable que ninguna. Había yo, desde hacia largo rato, y interrumpido la lucha y el movimiento y
permanecía sentado rígido sobre la otomana, presa impotente de un torbellino de violentas emociones, de
las cuales la menos terrible quizá, la menos aniquilante, constituía un supremo espanto. El cadáver, repito,
se movía, y al presente con más vigor que antes. Los colores de la vida se difundían con una inusitada
energía por la cara, se distendían los miembros, y salvo que los párpados seguían apretados fuertemente, y
que los vendajes y los tapices comunicaban aun a la figura su carácter sepulcral, habría yo soñado que
Róvena se libertaba por completo de las cadenas de la Muerte. Pero si no acepté esta idea por entero, desde
entonces no pude ya dudar por más tiempo, cuando, levantándose del lecho, vacilante, con débiles pasos, a
la manera de una persona aturdida por un sueño, la forma que estaba amortajada avanzó osada y
palpablemente hasta el centro de la estancia.
No temblé, no me moví, pues una multitud de fantasías indecibles, relacionadas con el aire, la estatura, el
porte de la figura, se precipitaron velozmente en mi cerebro, me paralizaron, me petrificaron. No me movía,
sino que contemplaba con fijeza la aparición. Había en mis pensamientos un desorden loco, un tumulto
inaplacable. ¿podía ser de veras la Róvena viva quien estaba frente a mi? ¿podía ser de veras Róvena en
absoluto, la de los cabellos rubios y los ojos azules, lady Róvena Trevanion de Tremaine? ¿Por qué, si, por
qué lo dudaba yo? El vendaje apretaba mucho la boca; pero ¿entonces podía no ser aquella la boca
respirante de lady de Tremaine? Y las mejillas eran las mejillas rosadas como en el mediodía de su vida; si,
aquéllas eran de veras las lindas mejillas de lady de Tremaine, viva. Y el mentón, con sus hoyuelos de
salud, ¿podían no ser los suyos? Pero ¿había ella crecido desde su enfermedad? ¿Qué inexpresable
demencia se apoderó de mi ante este pensamiento? ¡De un salto estuve a sus pies! Evitando mi contacto,
sacudió ella su cabeza, aflojó la tiesa mortaja en que estaba envuelta, y entonces se desbordó por el aire
agitado de la estancia una masa enorme de largos y despeinados cabellos; ¡eran más negros que las alas del
cuervo de medianoche! Y entonces, la figura que se alzaba ante mi abrió lentamente los ojos.
-¡Por fin los veo! -grité con fuerza-. ¿Cómo podía yo nunca haberme equivocado? ¡Estos son los grandes,
los negros, los ardientes ojos, de mi amor perdido, de lady, de Lady Ligeia!.

martes, 24 de junio de 2008

Los Nueve Pecados Satánicos

Los Nueve Pecados Satánicos
—Anton Szandor LaVey 1987—



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Durante años, las personas han preguntado a los representantes de la Iglesia de Satán, "Bien, bien --su filosofía está basada en la indulgencia de los instintos humanos pero ¿tenemos pecados como otras religiones?" Nuestra respuesta siempre ha sido "No." Pero ha llegado la hora de enmendar esa respuesta. Hemos crecido firmemente durante los últimos 21 años y nos demos dado cuenta que es apropiado tener algunas pautas más claras, no sólo por lo que nos esforzamos, sino también lo que nos esforzamos por evitar --lo que desaprobamos. La diferencia es que mientras otras religiones llaman pecados a cosas que las personas no pueden evitar, consideramos "pecaminosas" varias cosas que las personas podrían evitar si se esforzaran un poco.

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1. ESTUPIDEZ —El número uno de los Pecados Satánicos. El Pecado Cardinal del Satanismo. Es una lástima que la estupidez no duela. La ignorancia es una cosa, pero nuestra sociedad crece cada vez más en la estupidez. Depende de las personas que están de acuerdo con cualquier cosa que se les dice. Los medios de comunicación promueven una estupidez cultivada como una postura que no sólo es aceptable sino loable. Los Satánistas deben aprender a ver a través de ésos trucos y no pueden darse el lujo de ser tontos.

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2. PRETENCIOSIDAD —Las actitudes vacías pueden ser muy irritantes y no se aplican a las reglas cardinales de Magia Menor. Se encuentra en el mismo nivel con la estupidez y es lo que mantiene el dinero en circulación estos días. Se hace que todo el mundo se sienta la gran cosa, así lo sean o no.

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3. SOLIPSISMO —Puede ser muy peligroso para los Satánistas. Consiste en proyectar tus reacciones, respuestas, y sensibilidades en alguien más que probablemente está bien lejos de sentirlas como tú. Es caer en el error de esperar que las personas te den la misma consideración, cortesía, y respeto que tú les das. No lo harán. En lugar de hacer tal cosa, los Satanistas deben esforzarse en aplicar el "Trata a los demás como te traten a ti." Funciona para la mayoría de nosotros y requiere una vigilancia constante para que no caer en la cómoda ilusión de que todos son como tú. Como se ha dicho, ciertas utopías serían ideales en una nación de filósofos, pero desgraciadamente (o quizás afortunadamente, desde un punto de vista propio de Maquiavelo) estamos bien lejos de tal cosa.

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4. AUTO ENGAÑO HIPÓCRITA —Está en las Nueve Declaraciones Satánicas pero merece ser repetido aquí. Otro pecado cardinal. No debemos rendir tributo a cualquiera de las vacas sagradas que se nos presentan, incluso aquellos roles que se espera que interpretemos. La única vez que el auto engaño tendría cabida sería cuando es divertido, y siendo consciente de ello. ¡Pero entonces, no es auto engaño!

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5. CONFORMISMO GREGARIO —Es más que obvio desde un punto de vista Satánico. Está bien acoplarse a los deseos de una persona, si al final te trae algún beneficio. Pero sólo los necios siguen con el rebaño, permitiendo que una entidad impersonal tes diga lo que tienen que hacer. La clave es escoger a un amo sabiamente en lugar de ser esclavizado por los antojos de muchos.

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6. FALTA DE PERSPECTIVA —De nuevo, éste puede causar un mal rato a un Satanista. Nunca debes perder de vista quién y qué eres, y la amenaza que puedes ser, por tu misma existencia. Estamos haciendo historia ahora mismo, todos los días. Ten siempre presente el marco histórico y social en el que vives. Ésa es una clave importante para la Magia Menor y Mayor. Mira los parámetros y encaja las cosas de tal manera que las piezas encajen en el orden que desees que queden. De ésta manera no estarás oscilando entre el constreñimiento del rebaño —sé consciente de que estás trabajando en otro nivel completamente alejado del resto del mundo.

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7. EL OLVIDO DE ORTODOXIAS PASADAS —Ten en cuenta que ésta es una de las claves para lavarle el cerebro a las personas de forma que puedan aceptar algo como "nuevo" y "diferente", cuando en realidad es algo que había sido aceptado ampliamente pero es presentado en un nuevo empaque. Se espera que nos asombremos y respetemos el genio del "creador" y nos olvidemos del original. Esto es lo que hace a una sociedad desechanle.

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8. ORGULLO CONTRAPRODUCENTE —La segunda palabra es importante. El orgullo está bien hasta que llega a un punto en el que comienza a afectarnos. La regla del Satanismo es "si funciona para tí, grandioso!" Cuando deja de hacerlo, cuando te has arrinconado y la única manera de salir es decir, "lo siento, cometí un error, desearía que pudiéramos arreglarlo de alguna forma," entonces házlo.

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9. FALTA DE ESTÉTICA —Ésta es la aplicación física del Factor de Equilibrio. Es importante en la Magia Menor y debe ser cultivada. Es obvio que casi nadie puede hacer mucho dinero así, al menos la mayoría del tiempo, lo cual es descoranozador en una sociedad de consumo, pero es una herramienta Satánica esencial y debe aplicarse para hacer eficiente el uso de la magia. No es lo que se supone que le guste a uno —es lo que le guste a uno. La estética es una cosa muy personal, que refleja algo de la naturaleza de uno mismo, pero también existen cosas y estructuras que son universalmente consideradas como agradables y placenteras lo cual es un hecho que no debe negarse.



LA CUEVA DE LOS ECOS -- UNA HISTORIA EXTRAÑA, PERO VERDADERA

LA CUEVA DE LOS ECOS
UNA HISTORIA EXTRAÑA, PERO VERDADERA
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NARRACION OCULTISTA Y/O CUENTO MACABRO

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En una de la provincias más distantes del Imperio ruso y en una pequeña ciudad
fronteriza a la Siberia, ocurrió hace más de treinta años una tragedia misteriosa. A
cosa de seis verstas de la ciudad de P…, célebre por la hermosura salvaje de sus
campiñas y por la riqueza de sus habitantes, en general propietarios de minas y de
fundiciones de hierro, existía una mansión aristocrática. La familia que la habitaba se componía del dueño, solterón viejo y rico, y de su hermano, viudo con dos hijos y tres hijas. Se sabía que el propietario, señor Izvertzoff, había adoptado a los hijos de su hermano, y habiendo tomado un cariño especial por el mayor de sus sobrinos, llamado Nicolás, le instituyó único heredero de sus numerosos Estados.
Pasó el tiempo. El tío envejecía y el sobrino se acercaba a su mayor edad. Los días y los años habían pasado en una serenidad monótona, cuando en el hasta entonces claro
horizonte de la familia se formó una nube. En un día desgraciado se le ocurrió a una de las sobrinas aprender a tocar la cítara. Como el instrumento es de origen puramente teutón, y como no podía encontrarse maestro alguno en los alrededores, el
complaciente tío envió a buscar uno y otro a San Petersburgo. Después de una
investigación minuciosa, sólo pudo darse con un profesor que no tuviera inconveniente
en aventurarse a ir tan cerca de la Siberia. Era un artista alemán, anciano, que
compartiendo su cariño igualmente entre su instrumento y su hija, rubia y bonita, no
quería separarse de ninguno de los dos. Y así sucedió que en una hermosa mañana llegó
el profesor a la mansión, con su caja de música debajo del brazo y su linda Minchen
apoyándose en el otro.
Desde aquel día la pequeña nube empezó a crecer rápidamente, pues cada vibración
del melodioso instrumento encontraba un eco en el corazón del viejo solterón. La
música despierta el amor, se dice, y la obra comenzada por la cítara fue completada por los hermosos ojos azules de Minchen. Al cabo de seis meses, la sobrina se había hecho una hábil tocadora de cítara y el tío estaba locamente enamorado.
Una mañana reunió a su familia adoptiva, abrazó a todos muy cariñosamente,
prometió recordarlos en su testamento y, por último, se desahogó declarando su
resolución inquebrantable de casarse con la Minchen de ojos azules. Después se les
echó al cuello y lloró en silencioso arrobamiento. La familia, comprendiendo que. la
herencia se le escapaba, lloró también, aunque por causa muy distinta. Después de
haber llorado se consolaron y trataron de alegrarse, pues el anciano caballero era
amado sinceramente de todos. Sin embargo, no todos se alegraron. Nicolás, que
también se había sentido herido en el corazón por la linda alemana, y que de un golpe
se veía privado de ella y del dinero de su tío, ni se consoló ni se alegró, sino que
desapareció durante todo un día.
Mientras tanto el señor Izvertzoff había ordenado que preparasen su coche de viaje
para el día siguiente, y se susurró que iba a la capital del distrito, a alguna distancia de
su casa, con la intención de variar su testamento. Aunque era muy rico, no tenía ningún
administrador de sus Estados y él mismo llevaba sus libros de contabilidad. Aquella
misma tarde, después de cenar, se le oyó en su habitación reprendiendo agriamente a
un criado que hacía más de treinta años estaba a su servicio. Este hombre, llamado Iván,
era natural del Asia del Norte, de Kanischatka; había sido educado por la familia en la religión cristiana, y se le creía muy adicto a su amo. Unos cuantos días después, cuando la primera de las trágicas circunstancias que voy a relatar había traído a aquel sitio a toda la fuerza de la Policía, se recordó que Iván estaba borracho aquella noche; que su amo, que tenía horror a este vicio, le había apaleado paternalmente y le había echado fuera de la habitación, y aun se le vio dando traspiés fuera de la puerta y se le oyeron proferir amenazas.
En el vasto dominio del señor Izvertzoff había una extraña caverna que excitaba la
curiosidad de todo el que la visitaba. Existe hoy todavía, y es muy conocida de todos los
habitantes de P… Un bosque de pinos comienza a corta distancia de la puerta del jardín y sube en escarpadas laderas a lo largo de cerros rocosos, a los que ciñe con el ancho cinturón de su vegetación impenetrable. La galería que conduce al interior de la caverna, conocida por la Cueva de los Ecos, está situada a media milla de la mansión, desde la cual aparece corno una pequeña excavación de la ladera, oculta por la maleza, aunque no tan completamente que impida ver cualquier persona que entre en ella desde la terraza de la casa. Al penetrar en la gruta, el explorador ve en el fondo de la misma una estrecha abertura, pasada la cual se encuentra una elevadísima caverna, débilmente iluminada por hendiduras en el abovedado techo a cincuenta pies de altura.
La caverna es inmensa, y podría contener holgadamente de dos a tres mil personas. En
el tiempo del señor Izvertzoff una parte de ella estaba embaldosada, y en el verano se usaba a menudo como salón de baile en las jiras campestres. Es de forma oval irregular, y se va estrechando gradualmente hasta convertirse en un ancho corredor que se extiende varias millas, ensanchándose a trechos y formando otras estancias tan grandes y elevadas como la primera, pero con la diferencia de que no pueden cruzarse sino en botes, por estar siempre llenas de agua. Estos receptáculos naturales tienen la reputación de ser insondables.
En la orilla del primero dé estos canales existe una pequeña plataforma con algunos
asientos rústicos, cubiertos de musgo, convenientemente colocados, y en este sitio es
donde se oye en toda su intensidad el fenómeno de los ecos que dan nombre a la gruta.
Una palabra susurrada, y hasta un suspiro, es recogido por infinidad de voces burlonas, y en lugar de disminuir de volumen, como hacen los ecos honrados, el sonido se hace más y más intenso a cada sucesiva repetición, hasta que al fin estalla como la repercusión de un tiro de pistola y retrocede en forma de gemido lastimero a lo largo del corredor.
En el día en cuestión, el señor Izvertzoff había indicado su intención de dar un baile en esta cueva al celebrar su boda, que había fijado para una fecha cercana. Al día siguiente por la mañana, mientras hacía sus preparativos para el viaje,. su familia le vio entrar en la gruta acompañado solamente por su criado siberiano. Media hora después Iván volvió a la mansión por una tabaquera que su amo había dejado olvidada, y regresó con ella a la gruta. Una hora más tarde la casa entera se puso en conmoción por sus grandes gritos. Pálido y chorreando agua, Iván se precipitó dentro como un loco, y declaró que el señor Izvertzoff había desaparecido, pues que no se le encontraba en ninguna parte de la caverna. Creyendo que se habla caído en el lago, se había sumergido en el primer receptáculo en su busca, con peligro inminente de su propia vida.
El día pasó sin que diesen resultado las pesquisas en busca del anciano. La Policía
invadió la casa, y el más desesperado parecía ser Nicolás, el sobrino, que a su llegada se había encontrado con la triste noticia.
Una negra sospecha recayó sobre Iván el siberiano. Había sido castigado por su amo la
noche anterior y se le había oído jurar que tomaría venganza. Le había acompañado
solo a la cueva, y cuando registraron su habitación se encontró debajo de la cama una
caja llena de riquísimas joyas de familia. En vano fue que el siervo pusiese a Dios por
testigo de que la caja le había sido confiada por su amo precisamente antes de que se
dirigieran a la cueva; que la intención de su amo era hacer remontar las joyas que
destinaba a la novia como regalo, y que él, Iván, daría gustoso su propia vida para
devolvérsela a su amo, si supiese que éste estaba muerto. No se le hizo ningún caso, sin embargo, y fue arrestado y metido en la cárcel bajo acusación de asesinato. Allí se le encerró, pues según la legislación rusa, no podía, al menos por aquellos tiempos, ser condenado criminal alguno a muerte, por demostrado que estuviese su delito, siempre que no se hubiese confesado culpable.
Después de una semana de inútiles investigaciones, la familia se vistió de riguroso
luto, y como el testamento primitivo no había sido modificado, toda la propiedad pasó
a manos del sobrino. El viejo profesor y su hija soportaron este repentino revés de la fortuna con flema verdaderamente germánica, y se prepararon a partir. El anciano cogió su cítara debajo del brazo y se dispuso a marchar con su Minchen, cuando el sobrino le detuvo, ofreciéndose, en lugar de su difunto tío, como esposo de la linda damisela.
Encontraron muy agradable el cambio, y, sin causar gran ruido, fueron casados los dos
jóvenes.
Transcurrieron diez años, y nos encontramos nuevamente a la feliz familia al principio
de 1859. La linda Minchen se había puesto gruesa y se había hecho vulgar. Desde el día de la desaparición del anciano, Nicolás se había vuelto áspero y retraído en sus
costumbres, admirándose muchos de tal cambio, pues nunca se le veía sonreír. Parecía
que el único objeto de su vida era el encontrar al asesino de su tío o, más bien, hacer
que Iván confesase su crimen. Pero este hombre persistía aún en que era inocente.
Sólo un hijo había tenido la joven pareja, y por cierto que era un niño extraño.
Pequeño, delicado y siempre enfermo, parecía que su frágil vida pendía de un hilo.
Cuando sus facciones estaban en reposo era tal su parecido con el tío, que los
individuos de la familia a menudo se alejaban de él con terror. Tenía la cara pálida y
arrugada de un viejo de sesenta años sobre los hombros de un niño de nueve. Nunca se
le vio reír ni jugar. Encaramado en su silla alta, permanecía sentado gravemente,
cruzando los brazos de una manera que era peculiar al difunto señor Izvertzoff, y así se
pasaba horas y horas inmóvil y adormecido. A sus nodrizas se les veía a menudo
santiguarse furtivamente al acercarse a él por la noche, y ninguna de ellas hubiera
consentido en dormir a solas con él en su cuarto. La conducta del padre para con su hijo
era aún más extraña. Parecía quererlo apasionadamente y al mismo tiempo odiarlo en
extremo. Muy rara vez le besaba o acariciaba, sino que, con semblante lívido y ojos
espantados, pasaba largas horas mirándole, mientras que el niño estaba tranquilamente
sentado en su rincón, con sus maneras de viejo propias de un duende. El niño no había
salido nunca de la hacienda, y pocos de la familia conocían su existencia.
A mediados de julio, un viajero húngaro, de elevada estatura, precedido de una gran
reputación de excentricidad, fortuna y poderes misteriosos, llegó a la ciudad de P…
desde el Norte, donde había residido muchos años. Se estableció en la pequeña ciudad
en compañía de un shamano, o mago de la Siberia del Sur, con quien se decía que
verificaba experimentos de magnetismo. Daba comidas y reuniones, e invariablemente
exhibía a su shamano, de quien estaba muy orgulloso, para divertir a sus huéspedes. Un día los notables de P… invadieron repentinamente los dominios de Nicolás Izvertzoff solicitando les prestase su cueva para pasar una velada. Nicolás consintió con gran repugnancia, y sólo después de una vacilación aún mayor se dejó persuadir para unirse a la partida.
La primera caverna y la plataforma al lado del insondable lago estaban refulgentes de
luz. Centenares de velas y de antorchas de vacilantes llamas, metidas en las hendiduras de las rocas, iluminaban aquel sitio, y ahuyentaban las sombras de ángulos y rincones en
donde habían estado agazapadas, sin ser molestadas, durante muchos años. Las
estalactitas de las paredes chispeaban brillantemente, y los dormidos ecos fueron
repentinamente despertados por alegre confusión de risas y conversaciones.
El shamano, a quien su amigo y patrón no había perdido de vista un momento, estaba
sentado en un rincón, y, como de costumbre, hipnotizado, encaramado en una roca
saliente a la mitad del camino entre la entrada y el agua. Con su rostro de amarillo
limón, lleno de arrugas, su nariz chata y barba rala, parecía más bien un horrible ídolo de
piedra que un ser humano. Muchos de la partida se apretaban a su alrededor recibiendo
atinadas contestaciones a las preguntas que le dirigían, pues el húngaro sometía
gustoso su “sujeto” magnetizado a los interrogatorios.
De pronto una señora hizo la observación de que en aquella misma cueva había
desaparecido el señor Izvertzoff hacía diez años. El extranjero pareció interesarse en el
caso, mostrando deseos de saber lo acaecido. En su consecuencia, buscaron a Nicolás
entre la multitud y le condujeron delante del grupo de curiosos. Era el huésped, y le fue
imposible el negarse a hacer la deseada narración. Repitió, pues, el triste relato con voz
temblorosa, pálido semblante y viéndosele brillar las lágrimas en sus ojos febriles. Los
asistentes se afectaron mucho, murmurando grandes elogios sobre la conducta del
amante sobrino, que tan bien honraba la memoria de su tío y bienhechor. Cuando, de
repente, la voz de Nicolás se ahogó en su garganta, sus ojos parecieron salir de sus
órbitas y, con un gemido ronco, retrocedió tambaleándose. Todos los ojos siguieron con
curiosidad su aterrada vista, que se fijó y permaneció clavada sobre una diminuta cara de bruja que se asomaba por detrás del húngaro.
–¿De dónde vienes? ¿Quién te trajo aquí, niño?– balbuceó Nicolás, pálido como la
muerte.
–Yo estaba acostado, papá; este hombre vino por mi y me trajo aquí en sus brazos
–contestó con sencillez el muchacho, señalando al shamano, a lado de quien se hallaba
en la roca, y el cual seguía con los ojos cerrados, moviéndose de un lado a otro como un péndulo viviente.
–Esto es muy extraño –observó uno de los huéspedes –, pues este hombre no se ha
movido de su sitio.
–¡Gran Dios! ¡Qué parecido tan extraordinario!– murmuró un antiguo vecino de la
ciudad, amigo de la persona desaparecida.
–¡Mientes, niño!–exclamó con fiereza el padre –Vete a la cama, éste no es sitio para ti.
–Vamos, vamos –dijo el húngaro, interponiéndose con una expresión extraña en su
cara, y rodeando con sus brazos la delicada figura del niño–; el pequeño ha visto el
doble de mi shamano que a menudo vaga a gran distancia de su cuerpo, y ha tomado al
fantasma por el hombre mismo. Dejadlo permanecer un rato con nosotros.
A estas extrañas palabras los asistentes se miraron con muda sorpresa, mientras que
algunos hicieron piadosamente el signo de la cruz, presumiendo, indudablemente, que
se trataba del diablo y de sus obras.
–Y por otro lado –siguió diciendo el húngaro con un acento de firmeza peculiar,
dirigiéndose a la generalidad de los concurrentes más bien que a algunos en particular
–¿por qué no habríamos de tratar, con ayuda de mis shamano de descubrir el misterio
que encierra esta tragedia? Está todavía en la cárcel la persona de quien se sospecha.
¿Cómo no ha confesado su delito todavía? Esto es seguramente muy extraño; pero vamos a saber la verdad dentro de algunos minutos. ¡Que todo el mundo guarde
silencio!
Se aproximó entonces al tehuktchené, e inmediatamente dio principio a sus
manipulaciones, sin siquiera pedir permiso al dueño del lugar. Este último permanecía
en su sitio como petrificado de horror y sin poder articular una palabra. La idea encontró una aprobación general, a excepción de él, y especialmente aprobó el
pensamiento el inspector de Policía, coronel S.
–Señoras y caballeros –dijo el magnetizador con voz suave–: permitidme que en esta
ocasión proceda de una manera distinta de lo que generalmente acostumbro a hacerlo.
Voy a emplear el método de la magia nativa. Es más apropiado a este agreste lugar y de mucho más efecto, corno ustedes verán, que nuestro método europeo de magnetización.
Sin esperar contestación, sacó de un saco que siempre llevaba consigo, primeramente,
un pequeño tambor, y después dos redomas pequeñas, una llena de un líquido y la otra
vacía. Con el contenido de la primera roció al shamano, quien empezó a temblar y a
balancearse más violentamente que nunca. El aire se llenó de un perfume de especias,y
la misma atmósfera pareció hacerse más clara. Luego, con horror de los presentes, se
acercó al tibetano, y sacando de un bolsillo un puñal en miniatura, le hundió la acerada hoja en el antebrazo y sacó sangre, que recogió en la redoma vacía. Cuando estuvo medio llena oprimió el orificio de la herida con el dedo pulgar, y detuvo la salida de la sangre con la misma facilidad que si hubiera puesto el tapón a una botella, después de lo cual roció la sangre sobre la cabeza del niño. Luego se colgó el tambor al cuello y, con dos palillos de marfil cubiertos de signos y letras mágicas, empezó a tocar una especie de diana para atraer los espíritus, según él decía.
Los circunstantes, medio sorprendidos, medio aterrorizados por este extraordinario
procedimiento, se apiñaban ansiosamente a su alrededor, y durante algunos momentos
reinó un silencio de muerte en toda la inmensa caverna. Nicolás, con semblante lívido
como el de un cadáver, permanecía sin articular palabra. El magnetizador se había
colocado entre el shamano y la plataforma, cuando principió a tocar lentamente el
tambor. Las primeras notas eran como sordas, y vibraban tan suavemente en el aire, que no despertaron eco alguno; pero el shamano apresuró su movimiento de vaivén y el
niño se mostró intranquilo. Entonces el que tocaba el tambor principió un canto lento, bajo, solemne e impresionante.
A medida que aquellas palabras desconocidas salían de sus labios, las llamas de las
velas y de las antorchas ondulaban y fluctuaban, hasta que principiaran a bailar al
compás del canto. Un viento frío vino silbando de los obscuros corredores, más allá del agua, dejando en pos de sí un eco quejumbroso. Luego una especie de neblina que
parecía brotar del suelo y paredes rocosas se condensó en torno del shamano y del
muchacho. Alrededor de este último el aura era plateada y transparente, pero la nube
que envolvía al primero era roja y siniestra. Aproximándose más a la plataforma, el
mago dio un redoble más fuerte en el tambor; redoble que esta vez fue recogido por el
eco con un efecto terrorífico. Retumbaba cerca y lejos con estruendo incesante; un
clamor más y más ruidoso sucedía a otro, hasta que el estrépito formidable pareció el
coro de mil voces de demonios que se levantaban de las insondables profundidades del
lago. El agua misma, cuya superficie, iluminada por las muchas luces, había estado hasta entonces tan llana como un cristal, se puso repentinamente agitada, como si una
poderosa ráfaga de viento hubiese recorrido su inmóvil superficie.
Otro canto, otro redoble del tambor, y la montaña entera se estremeció hasta sus
cimientos, con estruendos parecidos a los de formidables cañonazos disparados en los
inacabables y obscuros corredores. El cuerpo del shamano se levantó dos yardas en el
aire y, moviendo la cabeza de un lado a otro y balanceándose, apareció sentado y
suspendido como una aparición. Pero la transformación que se operó entonces en el
muchacho heló de terror a cuantos presenciaban la escena. La nube plateada que
rodeaba al niño pareció que le levantaba también en el aire; mas, al contrario del
shamano, sus pies no abandonaron el suelo. El muchacho principió a crecer como si la
obra de los años se verificase milagrosamente en algunos segundos. Se tornó alto y
grande, y sus seniles facciones se hicieron más y más viejas, a la par que su cuerpo. Unos
cuantos segundos más, y la forma juvenil desapareció completamente, absorbida en su
totalidad por otra individualidad diferente y con horror de los circunstantes, que
conocían su apariencia, esta individualidad era la del viejo Sr. Izvertzoff, quien tenía en la sien una gran herida abierta, de la que caían gruesas gotas de sangre.
El fantasma se movió hacia Nicolás, hasta que se puso directamente enfrente de él,
mientras que éste, con el pelo erizado y con los ojos de un loco, miraba a su propio hijo
transformado inesperadamente en su tío mismo. El silencio sepulcral fue interrumpido
por el húngaro, quien, dirigiéndose al niño–fantasma, le preguntó con voz solemne:
–En nombre del gran Maestro, de Aquel que todo lo puede, contéstanos la verdad y
nada más que la verdad. Espíritu intranquilo, ¿te perdiste por accidente, o fuiste
cobardemente asesinado?
Los labios del espectro se movieron, pero fue el eco el que contestó en su lugar,
diciendo con lúgubres resonancias: –¡Asesinado! ¡Asesinado! ¡A–se–si–na–do!...
–¿Dónde? ¿Cómo? ¿Por quién? –preguntó el conjurador.
La aparición señaló con el dedo a Nicolás, y sin apartar la vista ni bajar el brazo se retiró, andando lentamente de espaldas y hacia el lago. A cada paso que daba el
fantasma, Izvertzoff el joven, como obligado por una fascinación irresistible, avanzaba un paso hacia él, hasta que el espectro llegó al lago, viéndosele en seguida deslizarse sobre su superficie. ¡Era una escena de fantasmagoría verdaderamente horrible!
Cuando llegó a dos pasos del borde del abismo de agua, una violenta convulsión agitó
el cuerpo del culpable. Arrojándose de rodillas se agarró desesperadamente a uno de
los asientos rústicos y, dilatándose sus ojos de una manera salvaje, dio un grande y
penetrante grito de agonía. El fantasma entonces permaneció inmóvil sobre el agua y,
doblando lentamente su dedo extendido, le ordenó acercarse. Agazapado, presa de un
terror abyecto, el miserable gritaba hasta que la caverna resonó una y otra vez:
–¡No fui yo…, no; yo no os asesiné!
Entonces se oyó una caída; era el muchacho que apareció sobre las obscuras aguas
luchando por su vida en medio del lago, viéndose a la inmóvil y terrible aparición
inclinada sobre él.
–¡Papá, papá, sálvame… que me ahogo!…–exclamó una débil voz lastimera en medio
del ruido de los burlones ecos.
–¡Mi hijo!–gritó Nicolás con el acento de un loco y poniéndose en pie de un salto –. ¡Mi hijo! ¡Salvadlo! ¡Oh! ¡Salvadlo!… ¡Sí, confieso. ¡Yo soy el asesino!… ¡Yo fui quien le mató!
Otra caída en el agua, y el fantasma desapareció. Dando un grito de horror los
circunstantes se precipitaron hacia la plataforma; pero sus pies se clavaron
repentinamente en el suelo al ver, en medio de los remolinos, una masa blanquecina e
informe enlazando al asesino y al niño en un estrecho abrazo y hundiéndose
lentamente en el insondable lago.
A la mañana siguiente, cuando, después de una noche de insomnio, algunos de la
partida visitaron la residencia del húngaro, la encontraron cerrada y desierta. Él y el shamano habían desaparecido. Muchos son los habitantes de P… que recuerdan el caso
todavía. El Inspector de Policía, Coronel S., murió algunos años después en la completa
seguridad de que el noble viajero era el diablo. La consternación general creció de
punto al ver convertida en llamas la mansión Izvertzoff aquella misma noche. El
Arzobispo ejecutó la ceremonia del exorcismo; pero aquel lugar se considera maldito
hasta el presente. En cuanto al Gobierno, investigó los hechos y… ordenó el silencio.