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lunes, 22 de diciembre de 2008

FRASES CELEBRES -- PACIENCIA -- INTELIGENCIA -- MUERTE

FRASES CELEBRES

PACIENCIA

"La paciencia es amarga, pero sus frutos son dulces.", Jean Jacques Rousseau
"No hay más que un modo de dar una vez en el clavo, y es dar ciento en la herradura.", Miguel de Unamuno
"La paciencia tiene más poder que fuerza.", Plutarco
"El hombre puede aguantar mucho si aprende a aguantarse a sí mismo.", Axel Munthe
"La paciencia es la más heroica de las virtudes, precisamente porque carece de toda apariencia de heroísmo.", Giacomo Leopardi
"La paciencia es la fortaleza del débil y la impaciencia, la debilidad del fuerte.", Emmanuel Kant
"Dejar que el tiempo resuelva nuestras dudas y dolores es mejor que tratar de cortarlos impacientemente.", Frank Grane
"Ten paciencia con todas las cosas, pero sobre todo contigo mismo.", San Francisco de Sales
La paciencia y el tiempo hacen más que la fuerza y la violencia.", Jean de La Fontaine
"El genio no es sino la paciencia extremada.", Bulton
"Casi no hay cosa imposible para quien sabe trabajar y esperar.", Fenelón
"Si he hecho descubrimientos invaluables ha sido más por tener paciencia que a cualquier otro talento.", Isaac Newton
MUERTE
"Quien nace mortal, camina hacia la muerte.", Calino
"Viviendo todo falta, muriendo todo sobra.", Felix Lope De Vega
"Morir joven....! Lo más tarde posible!.", Pernette De Guillet
"Nací sin saber porqué. He vivido sin saber como. Y muero sin saber ni como ni porque.", Pierre Gassendi
"Como no me he preocupado de nacer, no me preocupo de morir.", Federico Garcia Lorca
"El nacimiento y la muerte no son dos estados distintos, sino dos aspectos del mismo estado.", Gandhi
"Quien nace mortal, camina hacia la muerte.", Calino
"La muerte no llega más que una vez, pero se hace sentir en todos los momentos de la vida.", Juan de la Bruyere
"Aprende a vivir y sabrás morir bien.", Confucio
"La muerte esta tan segura de que nos va a ganar, que nos da toda una vida de ventaja.", "La Renga" (Grupo Musical Argentino)
"Una vez terminado el juego, el rey y el peón vuelven a la misma caja.", Proverbio Italiano
"Dejar de luchar es comenzar a morir.", Manuel J. Clouthier
"La muerte como final de tiempo que se vive sólo puede causar pavor a quien no sabe llenar el tiempo que le es dado a vivir.", Victor Frankl
"La lucha justa te vuelve valioso, la muerte en la lucha te vuelve eterno.", Anonimo
"Cuánto mejor es morir por algo que vivir por nada.", Anonimo
"Un torturador no se redime suicidandose.... pero algo es algo.", Mario Benedetti
"¿Morirme...? Sería lo último que haría en la vida.", Alejandro Correa
"Cuando no se teme a la muerte, se la hace penetrar en las filas enemigas.", Napoleón Bonaparte
"Los cobardes mueren muchas veces antes de su verdadera muerte, los valientes gustan la muerte sólo una vez.", William Shakespeare
"Cuando uno empieza a sentirse autosuficiente, comienza a sembrar su decadencia.", Bernardino Fernández
"Nacer es comenzar a morir.", Teófilo Gautier
"No es que tenga miedo a morirme. Es tan sólo, que no quiero estar allí cuando suceda.", Woody Allen
"La vida es tan corta y el oficio de vivir tan dificil, que cuando uno empieza a aprenderlo, ya hay que morirse.", Ernesto Sábato
"La resignacion es un suicidio cotidiano.", Balzac
"La perfecta igualdad no existe, sino entre los muertos.", Pitágoras
"Suicidarse es subirse en marcha a un coche fúnebre.", Enrique Jardiel Poncela
"El descanso es algo bueno para los muertos.", Thomas Carlyle
"La muerte es un castigo para algunos, para otros un regalo, y para muchos un favor.", Séneca
"A veces de noche, enciendo la luz para no ver mi propia oscuridad.", Antonio Porchia
"La soledad es el maestro que con el tiempo te enseña lo que fuiste, eres y serás.", Anonimo
"Quizá la mayor equivocación acerca de la soledad es que cada cual va por el mundo creyendo ser el único que la padece.", Jeanne Marie Laskas
"No se sabe lo que es el consuelo del corazón sino cuando nos quedamos solos.", Edgar Allan Poe
INTELIGENCIA
"La mejor manera de hacer carrera es transmitir a los demás la impresión de que ayudarte sería para ellos de gran provecho.", La Bruyere
"Inteligencia militar son dos términos contradictorios.", Marx
"Es mejor estar callado y parecer tonto, que hablar y despejar las dudas definitivamente.", Julius "Groucho" Marx
"Dejemos las conclusiones para los idiotas.", Pío Baroja
"Muchos hombres pasan por sabios gracias a la ignorancia de los demás.", Anonimo
"El que parece sabio, entre los tontos, parece tonto entre los sabios.", Marco Fabio Quintiliano
"Muchísimas personas sobreestiman lo que no son y subestiman lo que son.", Malcolm Forbes
"Inteligente no es el que dice lo que piensa, es el que piensa lo que dice.", Anonimo
"Aquel que está en la luz nunca comprende a los que están en la sombra.", Virgilio Rodríguez Macal
"Todo el mundo se imagina distinto a como es. Si no fuera así, nadie tendría bastante paciencia para soportarse a sí mismo.", Joan Fuster
"Que alguien me diga qué hacer con dólares y sin imaginación: nada.", Juanma Bajo Ulloa
"Si usted cree que algo está bien sólo porque todo el mundo lo cree, no está pensando.", Vivieenne Westwood
"El arte de ser sabio es el arte de saber qué mirar de soslayo.", William James
"La ignorancia de muchos les da poder a pocos.", Hiram Maldonado
"Un hombre inteligente es aquel que sabe ser tan inteligente como para contratar gente más inteligente que él.", John F. Kennedy
"Se necesita un gran conocimiento sólo para darse cuenta de la enormidad de la propia ignorancia.", Thomas Sowell
"La duda suele ser el principio de la sabiduría.", M. Scott Peck
"No es más fuerte la razón proque se diga a gritos.", Alejandro Casona
"La inteligencia sin ambición es como un pájaro sin alas.", C. Archie Danielson
"Así como el hierro se oxida por falta de uso, así también la inactividad destruye el intelecto.", Leonardo da Vinci
"Un intelectual es un hombre que usa más palabras de las necesarias para decir más cosas de las que sabe.", Dwight Eisenhower
"Los grandes espíritus siempre
encontraron la violenta oposición de las mentes mediocres.", Anonimo
"La sonrisa es el idioma universal de los hombres inteligentes.", Víctor Ruiz Iriarte
"Cuando se apunta a la Luna, el tonto se queda mirando al dedo.", Proverbio Chino
"El sabio no dice lo que sabe, y el necio no sabe lo que dice.", Proverbio Chino
"Por los defectos de los demás el sabio corrige los propios.", Publio Siro
"No hay mayor señal de ignorancia que creer imposible lo inexplicable.", S. Bilard
"El conocimiento se adquiere por medio del estudio; la sabiduría, por medio de la observación.", Marilyn Vos Savant
"A menudo, la principal ventaja de no abrir la boca es que nadie puede repetir lo que dijimos.", Suzan Wiener
"Cuando se comprende que la condición humana es la imperfección del entendimiento, ya no resulta vergonzoso equivocarse, sino persistir en los errores.", George Soros
"La mayoría prefiere pagar por entretenerse que por instruirse.", Robert Savage
"Si un hombre se encuentra a sí mismo, posee una mansión en donde morará con dignidad todos los días de su vida.", James Michener
"No es cierto que la imitación sea el mayor halago. Es escuchar con atención.", Joyce Brothers
"Un hombre de genio no se equivoca. Sus errores son los umbrales del descubrimiento.", James Joyce
"Los errores suelen ser el puente que media entre la inexperiencia y la sabiduría.", Phyllis Theroux
"Nuestro conocimiento es una pequeña isla en el enorme océano del desconocimiento.", Isaac Bashevis Singer
"Inteligencia y belleza: gran rareza.", Anonimo
"Ten cuidad de a quién llamas loco, la vida lo puede volver un genio para todos los demás en el mañana.", Manuel E. Carrillo
"Fracasar es la oportunidad de comenzar de nuevo con más inteligencia.", Anonimo
"Quien conoce a los demás posee inteligencia; quien se conoce a si mismo posee clarividencia. Quien vence a los demás posee fuerza; quien se vence a si mismo es fuerte.", Lao Zi
"La inteligencia y voluntad trabajan juntas contra el vicio.", Fasto Cayo
"Aunque este universo poseo, nada poseo, pues no puedo conocer lo desconocido si me aferro a lo conocido.", Robert Fisher
"Inteligencia: conócete, acéptate, supérate.", San Agustín
"El inteligente no es aquel que lo sabe todo sino aquel que sabe utilizar lo poco que sabe.", Sebastian Cohen Saavedra

La Biblioteca -- Un Primer Intento

La Biblioteca -- Un Primer Intento

Una breve lista de títulos literarios que abarca, creo yo, lo que debería ser la Biblioteca Esencial ,
en si, faltan muchos, pero, podria ser un comienzo

Debido a la demanda de una "lista recomendada", de este tipo, hemos decidido redactar una pequeña lista de títulos que bien podrìan ser "La Biblioteca Básica ", pero que he decidido organizar en una "Lista de Lecturas Recomendadas", dividida por temas. Personalmente, soy de la opinión que, cuando menos, el 80% de estos libros deberían estar en la colección personal de cualquiera que se precie a sí mismo de llevar como divisa .
Sin querer sonar ambicioso ni mucho menos ampuloso, he querido cubrir un amplio espectro, desde la ’puramente doctrinal’ --a falta de un mejor término-- hasta las alegorías satánicas en la Literatura Universal. Creo haber elaborado un interesante compendio. Espero sea de provecho y utilidad a más de uno.
RELIGIÓN Y DEMONOLOGÍA - Desde una Perspectiva Histórica
La Misa Satánica - H.T.F. Rhodes Una excelente sinopsis de las diferentes manifestaciones de la Misa Satánica a través de los tiempos. Libro con énfasis en lo criminológico, que rastrea el Satanismo desde sus primeras manifestaciones públicas como movimiento revolucionario francés, pasando por el crimen organizado, hasta las casas de burlesque y los movimientos culturales de la década de 1960. El autor hace un marcado énfasis en la tradición francesa y en los Hell-Fire Clubs de Sir Francis Dashwood.

La-Bas (Allá Abajo)- J.H. Huysmans Novela semi-ficticia sobre Ocultismo y Misas negras ambientada en París durante finales del siglo XIX. La novela por antonomasia sobre el Satanismo francés de finales del s. XIX. Contiene vívidos relatos sobre las Misas negras del s. XVII tal como se practicaron, años después, en el París de fin de siècle. El libro refleja una fuerte carga de moralina cristoide; de allí que tenga poco valor histórico. Sin embargo, se convirtió en modelo ideal las ceremonias anti-cristianas y los cultos diabólicos del cine contemporáneo.

La Biblia Satánica - Anton Szandor LaVey En este libro se resume la filosofía social y mágica del Satanismo en general y los diversos puntos de vista de la iglesia de Satán al momento de ser publicado este libro. Incluye también diversas instrucciones para la realización de un ritual Satánico "básico" y la versión realizada por LaVey de las Claves Enoquianas de John Dee.

Los Rituales Satánicos - Anton Szandor LaVey Este volumen incluye un ensayo sobre teoría ritual y un compendio de rituales (franceses, alemanes, rusos, persas y de la Iglesia de Satán) adaptados y/o escritos por LaVey. Si bien algunas referencias históricas sobre dichos rituales se hallan en entredicho, cada uno de los textos introductorios a los diversos rituales contienen referencias históricas y étnicas de especial interés para el mago. Otra de las atracciones de éste texto son el ensayo teórico sobre H.P. Lovecraft y los rituales Lovecraftianos, redactados por Michael Aquino, entonces miembro de la Iglesia de Satán.

La Iglesia de Satán - Michael A. Aquino Probablemente el trabajo más voluminoso y extenso sobre el tema; este tomo de casi 1.000 páginas hasta hace poco estaba vedado al público general, disponible únicamente a historiadores y académicos interesados en el tema.
El Paraíso Perdido - John Milton Poema épico que narra la historia de Lucifer, desde que es arrojado del Empíreo hasta la caída de Adán y Eva. Milton, quien vivió y escribió en la época de la Regencia, bajo el gobierno de Cromwell, tuvo que hacer gala de mucha sutileza para retratar las virtudes de Satán y los vicios de YHVH, haciendo del primero una figura heroica y del segundo una figura vaga y relativamente débil. Entre los autores modernos que han trabajado este libro, cabe destacar la obra de Isaac Asimov, quien, al no hallarse bajo las mismas restricciones que Milton, no escatima oportunidad para explicar las referencias y el material oculto del poema.
Las Bodas del Cielo y el Infierno - William Blake El Satanismo de William Blake queda plenamente expuesto en este libro, de cuyo contenido la Fundación C.G. Jung para la Psicología Analítica preparó un análisis exhaustivo, incluyendo grabados, citas y comentarios detallados sobre cada uno de los aspectos de esta obra, además de "La Biblia del Infierno", del mismo autor.
El Circo del Dr. Lao - Charles Finney Este libro cuenta la historia de un circo ambulante que llega repentinamente a un pequeño pueblo en el desierto de Arizona. Es un circo bastante particular, que entre sus atracciones incluye un sátiro, un adivino que siempre dice la verdad (Apolonio de Tiana), una gorgona, una sirena, una quimera, una serpiente marina y un hombre lobo. Las funciones speciales del Circo no son menos exótica, contándose entre ellas un aquelarre de brujas, con la participación del mismo Satán en persona. El enigmático maestro de ceremonias de este circo es un chino conocido como el Dr. Lao, qien de un momento a otro puede convertirse en un vagabundo, un tonto, un intelectual, pero siempre se revela como un mago. Una historia que lo cuenta todo, diseccionando todos los miedos y miserias humanas. Una historia épica sobre el deseo de la ambición y la futilidad del ser humano; Zarathustra sin su túnica. Una verdadera joya de ser leída.

El Bebé de Rosemary - Ira Levin En palabras de Roman Castevet: "Por 1966, el Año Uno!"
Historia del Diablo - Alonso M. DiNola Un compendio académico sobre la idea del Diablo en diversas culturas y sus manifestaciones religiosas respectivas; desde las primeras civilizaciones hasta la época contemporánea.
Historia del Diablo y la Idea del Mal - Paul Carus El libro de cabecera sobre el tema. Capítulos enteros dedicados a los diablos y demonios de diversas culturas, desde la antiguedad hasta nuestros días. Se incluyen además varias observaciones sobre el concepto de "Mal".
El Príncipe de las Tinieblas - Jeffrey Burton Russell
Obra de un historiador sobre la historia de Satán, desde los primeros albores de la historia hasta el siglo XX. básicamente, es el resumen de una serie de cuatro libros anteriores del autor (’El Diablo’, ’Satán’, ’Lucifer’ y ’Mefistófeles’), que bien podrían resultar demasiado tediosos al lector ocasional.

Historia del Satanismo y la Brujería - Jules Michelet
Do What You Will - Geoffry Asher Una historia de los filósofos y grupos que utilizaron como divisa el famoso lema thelemico. Incluye una interesante historia sobre los Clubes del fuego Infernal o "HellFire Clubs’.

OCULTISMO - Desde una Perspectiva Contemporánea
Lo Oculto - Colin Wilson Una excelente introducción objetiva a la historia del tema en cuestión. Este libro se divide en dos secciones principales: una historia del ocultismo europeo y estadounidense hasta el siglo XX, y un ensayo sobre la metodología del ocultismo, visto desde el existencialismo. Como explicación a los fenómenos psíquicos, Wilson postula la existencia de una "Facultad X", un argumento que, aunque bien intencionado, fracasa al intentar mostrar a dicha "Facultad X" como potencial natural de la mente humana. Sin embargo, la sección ’histórica’ está muy bien trabajada, a pesar de las fuentes utilizadas por el autor.

La Rebelión de los Brujos - Louis Pauwels y Jacques Bergier Excelente recomendación para ése amigo que se mofa de tu interés en el Ocultismo.Este libro es tal vez el responsable por haber catalizado el revivamiento ocultista de la década de 1960. Reseña numerosos episodios que muchas personas ajenas al Ocultismo jamás imaginarían. Este libro en particular contiene un capítulo entero dedicado al esoterismo en la Alemania Nazi y era la única fuente de información existente, accesible al público, que existía hasta hace pocos años. También es el único libro donde se discute la existencia de los famosos "Nueve Desconocidos" o el "Concilio de Nueve". Tal vez el único defecto que alguien podría señalarle, sería que sus autores hacen demasiado énfasis en preguntas retóricas y que en los capítulos más cruciales del libro hay una ausencia, casi deliberada, de notas al pie de página. Según palabras de LaVey: "El primer --y mejor-- trabajo hasta la fecha que describe la influencia Satánica en el mundo. Este volumen fue seguido, años después, por "El Retorno de los Brujos".

Las Artes Negras - Richard Cavendish Una introducción objetiva a la magia, demonología y la concepción ’clásica’ del Satanismo. De lejos, el texto introductorio más lucido sobre "ocultismo general". Capítulos dedicados a la Numerología, Cabalismo, Alquimia, Astrología, Magia Ritual, Magia Negra y Culto al Diablo. Un libro objetivo, limitando la jerga esotérica al mínimo. Si tu interés en el Ocultismo es reciente, este libro es un buen punto de partida. Tal vez su único defecto sea el énfasis excesivo en la Cábala hebrea y en otra técnicas igualmente supersticiosas como la Alquimia, la Astrología y la Numerología.

LA CIENCIA DEL BIEN Y EL MAL
Friedrich Nietzsche La filosofía Nietzscheana forma la base fundamental del Satanismo. De hecho, buena parte de ’La Biblia Satánica’ debe sus raíces filosóficas y literarias a obras como ’Así Hablaba Zarastruta’, ’El Anticristo’ y ’Más Allá del Bien y el Mal’

Oswald Spengler Una extensión de la filosofía Nietzscheana enfocada en la edad moderna. La filosofía de Spengler se halla condensada en ’El Hombre y la Técnica’; texto obligado. Para quienes se interesen más por la historia y la política, recomiendo otro excelente libro de este autor ’La Decadencia de la Civilización Occidental’.

Ayn Rand ’La Virtud del Egoísmo’ puede ser de interés para quienes estén interesados en la filosofía de la Iglesia de Satán. También son muy interesantes ’ ’El Manantial’ y ’La Rebelión de Atlas’.

1984 - George Orwell El clásico de Orwell no sólo presenta un vívido retrato de lo que sería una "utopía negativa", (con elementos tomados tanto de la Alemania Nazi como de la Rusia Estalinista) sino que, al mismo tiempo, es una sátira a las tendencias socialistas de la Inglaterra de la posguerra. Lo verdaderamente aterrador de esta novela es que muchos de los elementos clave de la sociedad orwelliana, como el neo-lenguaje (conocido por nosotros como lo "políticamente correcto") se han hecho realidad. ¿Un vistazo al mundo del mañana?

El Príncipe - Nicolás Maquiavelo La mejor guía para adentrarse en la jungla urbana. El clásico por excelencia de la política y la dinámica del poder. Un tratado breve y suscinto escrito de manera áspera y directa. Sin embargo, a diferencia de lo que el vulgo supone, no es un argumento en defensa de la mezquindad y la doblez de los asuntos políticos; de hecho fue redactado como una serie de consejos apelando a los objetivos éticos del príncipe (es decir el gobernante) para con su pueblo.

La Psicología de Masas del Fascismo - Wilhelm Reich Un examen exhaustivo sobre los elementos comunistas y nazis en Alemania durante la década de 1930, cuyo resultado directo fue la persecución del autor por parte de ambas corrientes políticas. Este libro pone al descubierto el uso que hicieron estas dos corrientes del movimiento de masas y la psicología de las mismas en beneficio propio, empleándolas como substitutos o sublimaciones sexuales, y la represión sistemática que ejercieron sobre el sexo "inocente" una técnica política deliberada. Esta manipulación de expresión y represión sexual también se aplica igualmente a otros fenómenos sociales, como por ejemplo ciertas manifestaciones de la religión organizada. Un estudio adelantado para su época.

Locura y Civilización - Michel Foucault Un libro académico, largo y tedioso, pero repleto de observaciones interesantes 8y a veces horripilantes) sobre esta cómica granja en la que vivimos. Su lectura puede ser nociva y desagradable para ciertos ’grupos’. Michel foucault podría considerarse como un Satanista _de facto_ aunque con ciertos visos de izquierda.
20.000 Leguas de Viaje Submarino - Julio Verne Verne era un genio adelantado a su época, y se hallaba mucho más allá de su reputación como "futurólogo". Prueba de ello es su filosofía moral, altamente individualista y subjetiva hasta lo sublime. Para la muestra, una cita del Capitán Nemo: ’No soy lo que usted llamaría un hombre civilizado!. He renunciado completamente a la sociedad, por motivos que sólo yo tengo el derecho de valorar. Por lo tanto, no obedezco sus leyes, y mi deseo es que nunca vuelva a referirse a ellas en mi presencia".

El Señor de los Anillos - J.R.R. Tolkien No, este libro no lo hemos incluido en la presente lista porque sea un buen libro de aventuras, sino porque ilustra una cuestión asaz significativa sobre la dualidad del Bien y el Mal: que el "mal" puede ser derrotado únicamente por un mal mayor o por accidente. Saruman intenta lo primero mientras que Gandalf intenta lo segundo y es Gandalf quien sale vencedor... para beneplácito de los lectores igualitaristas. (Pero seamos sinceros, ¿quién querría quedarse en Tierra Media cuando ya se había acabado la diversión?) "El Señor de los Anillos" es un argumento en favor de la moralidad cristiana, lo cual resulta evidente después de leer "El Silmarillion", cuyas secciones filosóficas, el "Ainulindale" y el "Valaquenta" son adaptaciones casi calcadas de "El Paraíso Perdido" de Milton

El Marqués de Sade Ficción filosófica y pornográfica, ilustrando las dinámicas sexuales del poder (y las diámicas de poder en el sexo). Sade se hallaba en abierta oposición a la filosofía progresista de su época, sosteniendo que el poder supremo de la raza humana era su poder auto-destructivo; la extinción de las especies no es asunto para lamentar; la historia no equivale a progreso sino a un inevitable decaer. Comparado con el cínico punto de vista del Satanismo, la diferencia básica es que este último guarda cierta esperanza porque el individuo trascienda la neurosis colectiva. Recomendados: ’Filosofía del Tocador’, ’Justine o los Infortunios de la Virtud’ y ’Juliette o los Placeres del Vicio’.

Porqué No soy Cristiano - Bertrand Russell El famoso filósofo ateo explica miríadas de razones por las que no es cristiano

Cándido - Voltaire Sarcasmo agudo e incisivo de uno de los padres espirituales del Satanismo Moderno

Gabriele D’Annunzio - Obras Escogidas Uno de los escritores italianos más importantes de todos los tiempos. D’Annunzio fue un arquetipo viviente del ’Übermensch’ Nietzscheano. Vale la pena leer sus biografías.

Dios y Estado - Mikhail Bakunin
Introducción al Psiconálisis - Sigmund Freud

MAGIA MENOR

El Libro de los Cinco Anillos - Masashi Miyamoto Sensei Arte y Estrategia, escrita por quien posiblemente haya sido el mejor espadachín de todos los tiempos. Este libro contiene excelentes consejos estratégicos para guerras de gran envergadura, combate personal o cualquier actividad análoga, tales como planeación empresarial o de negocios,
El Arte de la Guerra - Sun Tzu
Este texto es el equivalente chino de ’El Príncipe’
La Bruja Consumada - Anton Szandor LaVey Aunque los pasajes más mundanos y terrenales de este libro decepcionaron a muchos lectores que esperaban material similar a "La Biblia Satánica", el mismo LaVey afirmaba que éste era el mejor de sus libros, porque contenía más Magia Menor que ningún otro. Abundan los comentarios sobre ciertas características y motivaciones humanas, esparcidos entre las páginas del libro, y cómo ambos elementos pueden ser reconocidos y manipulados en nuestro contexto cotidiano. Sin embargo, se requiere cierto conocimiento sobre la historia de la iglesia de Satán para entender a cabalidad los puntos de vista del autor.
El Hombre al Desnudo - Desmond Morris
Cómo Ganar Amigos y Tener Influencia sobre las Personas - Dale Carnegie Texto de cabecera en colegios, organizaciones, empresas, talleres de negociación y relaciones públicas. Todo un grimorio de nuestro tiempo.
La Psicología de la Posible Evolución del Hombre - Peter Ouspensky
La Decadencia y Caída del Imperio Romano - Edward Gibbon
Secretos de Liderazgo de Atila El Huno - Wess Roberts
Secretos de Victoria de Atila El Huno - Wess Roberts
Las Ruinas de los Imperios - Constantin Volney
Las Quince Batallas Que Decidieron la Historia del Mundo - Sir Edward Greasy
Métodos de Lógica - W.V. Quine
Herramientas de la Mente - Rudy Rucker
Retórica Clásica para el Estudiante Moderno - Edward Corbett
Las Armas del Ajedrez - Bruce Pandolfini
El Juego Interno del Ajedrez - Andrew Soltis
Voluntad - G. Gordon Liddy
OTRAS LECTURAS RECOMENDADAS (Literatura Universal)
La Divina Comedia - Dante Aligheri Otro poema épico dividido en tres partes (Inferno, Purgatorio y Paradisio) narrando el peregrinaje del autor a través de ellos.
Cartas de la Tierra - Mark Twain Cartas bastante graciosas redactadas por Satán después de su caída y enviadas a los amigos que dejó en el Paraíso.
El Forastero Misterioso - Mark Twain Cuento alegórico sobre Satán; tal vez el cuento más oscuro escrito por Twain.
Maldoror - Conde de Lautreamont (Isadore Ducassse) La historia del hombre más malvado del mundo, escrita en un estilo surrealista, épico y poético. si lo vas a leer.... léelo hasta el final. Te agradecerás haberlo hecho.
Una Temporada en el Infierno - Arthur Rimbaud Plomería poética directo de las profundidades de la desolación; rica en imaginería Satánica.
Las Flores del Mal - Charles Baudelaire Poesía francesa, contiene las famosas ’Letanías de Satán’ y otros poemas de corte similar.
Historias Extraordinarias - Edgar Allan Poe
El Horror de Dunwich y otros relatos - H.P. Lovecraft
El Fin de la Inocencia - Arthur C. Clack
Fahrenheit 451 - Ray Bradbury
Damien - Hermman Hesse
Un Mundo Feliz - Aldous Huxley
Otras obras cuyos protagonistas o figuras principales tienen cierto halo propio del Príncipe de las Tinieblas, son:
El Diccionario del Diablo - Ambrose Bierce
El Maestro y Margarita - Mijaíl Bulgakov
Notas de Ultratumba - Fédor Dostoievsky
La Isla del Dr. Moureau - H.G. Wells
El Retrato de Dorian Gray - Oscar Wilde
El Lobo de Mar - Jack London

DOS BOTELLAS NEGRAS -- H. P. Lovecraft -- Wilfred Blanch Talman

DOS BOTELLAS NEGRAS -- H. P. Lovecraft -- Wilfred Blanch Talman

H. P. Lovecraft - Wilfred Blanch Talman

Entre los pocos habitantes que quedan aún en Daalbergen, ese
villorrio decadente de las montañas Ramapo, los hay que creen que mi tío,
el anciano reverendo Vanderhoof, no está realmente muerto. Algunos de
ellos sustentan la idea que se encuentra suspendido en algún lugar entre el
cielo y el infierno, por culpa de la maldición del viejo sacristán. De no
haber sido por ese viejo hechicero, quizá estuviera aún lanzando sus
sermones en la pequeña y húmeda iglesia de más allá del páramo.
Y, tras lo que me ocurrió a mí en Daalbergen, casi estoy tentado de
creer lo mismo que los aldeanos. No estoy seguro de que mi tío esté
muerto, pero de lo que tengo la completa certeza es de que no se encuentra,
al menos vivo, en este mundo. No hay duda alguna de que el viejo sacristán
lo enterró, pero ahora no se encuentra en su tumba. Puedo casi sentir su
presencia detrás de mí, mientras escribo, empujándome a contar la verdad
acerca de esos extraños sucesos que tuvieron lugar en Daalbergen hace
tantos años.
Llegué a Daalbergen el 4 de octubre, en respuesta a una llamada. La
carta procedía de un antiguo miembro de la congregación de mi tío, y me
informaba de que el anciano había fallecido, así como que existían unos
pocos bienes de los que yo, como único pariente vivo, era el heredero.
Llegué a aquella población pequeña y aislada después de una fatigosa
sucesión de cambios de ferrocarriles, para dirigirme al colmado de Mark
Haines, que había sido quien me había escrito aquella carta; y este, después
de llevarme a una habitación zaguera y mal ventilada, me contó una
historia de lo más curiosa, tocante a la muerte del reverendo Vanderhoof.
- Tengo que tener cuidado, Hoffman - me dijo Haines-, cada vez
que me encuentro con ese viejo sacristán, Abel Foster. Tiene un pactó con
el diablo, tan seguro como que hay Dios. Hará unas dos semanas, Sam
Pryor, cuando pasó por el viejo cementerio, le escuchó hablar por lo bajo
con los muertos. Seguro que era él, y Sam podría jurar que una voz de
algún tipo le respondía: una especie de media voz, profunda y apagada,
como si viniera de debajo de la tierra. Había otras voces, según dice, y
pudo verlo parado junto a la tumba del viejo reverendo Slott... junto al
muro de la iglesia... y agitaba las manos y hablaba con el musgo de la
lápida como si pensase que era el viejo reverendo en persona.
El viejo Foster, según me dijo Haines, había llegado a Daalbergen
hacía unos diez años, y Vanderhoof lo había contratado de inmediato para
que cuidase de la húmeda iglesia de piedra en la que la mayor parte de los
aldeanos rendían culto. Nadie, excepto Vanderhoof, parecía tenerle
15 Título original: Two Black Bottles (junio-octubre de 1926). Colaboración con
Wilfred Blanch Talman. Publicado por primera vez en la revista Weird Tales (agosto
de 1927) solo con el nombre de Talman.
simpatía, ya que su sola presencia provocaba el desasosiego. A veces se
quedaba junto a la puerta cuando la gente acudía a la iglesia, y los hombres
devolvían con frialdad sus serviles zalamerías, en tanto que las mujeres se
apresuraban, recogiéndose las faldas para evitar que lo rozasen. Entre
semana, se le podía ver cortando la hierba del cementerio y atendiendo las
flores de las tumbas, y de vez en cuando canturreando y murmurando para
sus adentros. Y pocos fueron los que no se dieron cuenta de la especial
atención que prestaba a la tumba del reverendo Guilliam Slott, el primer
pastor de la iglesia en 1701.
Poco después de la llegada de Foster a la aldea comenzó a gestarse
el desastre. Primero fue el cierre de la mina de la montaña, en la que
trabajaba la mayor parte de los hombres. La veta de hierro se agotó y casi
todo el mundo se marchó a poblaciones más prósperas, mientras que
aquellos que tenían tierras en la vecindad se convirtieron en granjeros y se
las ingeniaron para arrancar un magro sustento a esas laderas rocosas.
Luego llegaron los problemas en la iglesia. Se murmuraba que el reverendo
Johannes Vanderhoof había hecho un pacto con el diablo y que estaba
difundiendo sus prédicas en casa del Señor. Sus sermones se habían
convertido en extraños y grotescos... impregnados de cosas siniestras de las
cuales la sencilla gente de Daalbergen nada sabía. Los transportaba,
cruzando edades de miedo y superstición, hasta regiones de espíritus
odiosos e invisibles, y poblaba sus imaginaciones con gules nocturnos. Uno
a uno, la gente fue dejando la congregación, mientras que los ancianos y los
diáconos pedían en vano a Vanderhoof que cambiase el tema de sus
sermones. Aunque, de continuo, el anciano prometía hacerlo así, parecía
atado a algún poder más fuerte que lo obligaba a cumplir su voluntad.
Un gigante en estatura, Johannes Vanderhoof era bien conocido
como hombre débil y timorato, pero incluso con la amenaza de expulsión
pendiente de su cabeza continuó con sus fantasmales sermones, hasta que
apenas un puñado de personas acudió a escuchar sus pláticas del domingo
por la mañana. Debido a las precarias finanzas, era imposible buscar un
nuevo pastor, y al cabo de no mucho tiempo ningún aldeano osaba
acercarse a la iglesia o a la casa parroquial adjunta. Sobre todo aquello
pendía el temor a los espectros con los que, al parecer, Vanderhoof tenía
tratos.
Mi tío, al decir de Mark Haines, había seguido viviendo en la casa
parroquial debido a que nadie tenía el valor suficiente para decirle que se
marchase. Nadie volvió a verlo, pero se distinguían luces en la casa
parroquial por la noche, e incluso había atisbos de las mismas en la iglesia,
de tarde en tarde. Se murmuraba en la población que Vanderhoof predicaba
regularmente en la iglesia, todos los domingos por la mañana, indiferente al
hecho de que su congregación ya no estuviera ahí para escuchar. A su lado
solo se mantenía el viejo sacristán, que vivía en el sótano de la iglesia, para
cuidarlo, y Foster hacía una visita semanal a lo poco que quedaba de la
parte comercial del pueblo, para comprar provisiones. Ya no se inclinaba
servilmente ante la gente con la que se cruzada, y en vez de ello parecía
albergar un odio demoníaco y mal disimulado. No hablaba con nadie,
excepto lo justo para hacer sus compras, y, cuando pasaba por la calle con
su bastón golpeteando las desiguales aceras, lanzaba a izquierda y derecha
miradas malignas. Encorvado y marchito debido a una edad avanzada,
cualquiera que estuviese cerca de él podía sentir su presencia; y tan
poderosa era su personalidad, según decían las gentes del pueblo, que había
hecho a Vanderhoof aceptar la tutela del diablo. No había nadie en
Daalbergen que dudase que Abel Foster era la causa última de toda la mala
suerte del pueblo, pero nadie osaba alzar un dedo contra él, o siquiera pasar
a su lado sin un escalofrío de miedo. Su nombre, al igual que el de
Vanderhoof, no se pronunciaba siquiera en voz alta. Cada vez que se
mencionaba a la iglesia del otro lado del baldío, se hacía en susurros; y si la
conversación tenía lugar por la noche, el susurro iba acompañado de
miradas por encima del hombro, para asegurarse de quenada informe o
siniestro salía reptando de la oscuridad para espiar esas palabras.
El cementerio se mantenía tan verde y hermoso como cuando la
iglesia estaba en funcionamiento, y las flores cercanas a las tumbas del
camposanto eran atendidas tan cuidadosamente como en tiempos pasados.
Veían ocasionalmente al viejo sacristán, trabajando allí, como si aún le
pagasen por ello, y aquellos que osaban pasar lo suficientemente cerca
decían que mantenía conversación fluida con el demonio y con aquellos
espíritus que medraban dentro de los muros del cementerio.
Una mañana, me dijo Haines, vieron cómo Foster cavaba una fosa,
allí donde el campanario de la iglesia lanzaba su sombra por la tarde, antes
de que el sol desapareciera tras la montaña y dejase a toda la aldea en un
semicrepúsculo. Más tarde, la campana de la iglesia, silenciosa durante
meses, resonó solemnemente durante media hora. Y, al ocaso, aquellos que
observaban desde lejos, pudieron ver cómo Foster sacaba un ataúd de la
casa parroquial en una carretilla, depositarlo en la fosa con escasa
ceremonia y recubrir el agujero con la tierra.
El sacristán acudió al pueblo al día siguiente antes de su habitual
viaje semanal y de mucho mejor humor de lo que era habitual. Parecía
dispuesto a la charla, e insistió en que Vanderhoof había muerto el día
anterior, y que lo había enterrado junto a la tumba del reverendo Slott,
cerca del muro de la iglesia. Sonreía de vez en cuando, y agitaba las manos
presa de un júbilo inexplicable y fuera de lugar. Estaba claro que la muerte
de Vanderhoof le producía una alegría perversa y diabólica. Los aldeanos
se percataron de un algo extraño y añadido en su presencia, y lo evitaron
cuanto pudieron. Habiendo muerto Vanderhoof, se sentían aún más
inseguros que antes, ya que el viejo sacristán tenía ahora las manos libres
para lanzar los peores hechizos contra la aldea desde la iglesia, cruzando el
pantano. Musitando algo en un idioma que nadie pudo entender, Foster se
volvió por el camino que cruzaba el baldío.
Fue entonces, al parecer, cuando Mark Haines recordó haber oído
hablar al reverendo Vanderhoof de mí, su sobrino. En consecuencia, Haines
me envió recado, esperando que pudiera saber algo que arrojase luz sobre
el misterio de los últimos años de mi tío. Le aseguré, sin embargo, que yo
no sabía nada de mi tío o su pasado, excepto que mi madre lo describía
como un gigante con poco valor y voluntad.
Habiendo escuchado cuanto Haines tenía que decirme, enderecé mi
silla y eché un vistazo a mi reloj. Era ya tarde avanzada.
- ¿A cuánto está la iglesia de aquí? – pregunté –. ¿Cree que podría
llegar antes de que oscureciera?
- ¡Seguro, hombre, que no piensa ir allí en plena noche! ¡Ese no es
un buen lugar! – el viejo tembló perceptiblemente con todo su cuerpo y
medio se alzó de su silla, tendiendo una mano flaca, como para detenerme -
. ¡Ni se le ocurra! ¡Sería una locura! - exclamó.
Me reí de sus miedos y le dije que, ya que estaba allí, pensaba
encontrarme con el viejo sacristán esa misma tarde y sacarle toda la
información cuanto antes. No estaba dispuesto a aceptar como verdades las
supersticiones de paletos ignorantes; por lo que estaba seguro de que todo
lo que acababa de oír no se debía más que a una concatenación de sucesos
que la exuberante imaginación de la gente de Daalbergen había ligado con
su mala suerte. No sufría de ninguna sensación de miedo u horror al
respecto.
Viendo que estaba decidido a ir a casa de mi tío antes de que cayese
la noche, Haines me condujo fuera de su oficina y, con renuencia, me dio el
puñado de instrucciones necesarias, rogándome de vez en cuando que
cambiase de intenciones.
Me estrechó la mano al despedirnos, en una forma que daba a
entender que no pensaba volver a verme.
– ¡Cuidado con ese viejo demonio, Foster, no se fíe! – me avisaba
una y otra vez –. Yo no me acercaría a él tras anochecer ni por todo el oro
del mundo. ¡No, señor! – volvió a entrar en su almacén, agitando con
solemnidad la cabeza, mientras yo cogía una carretera que llevaba a las
afueras de la población.
Tuve que caminar apenas un par de minutos para poder ver el
baldío del que me había hablado Haines. La carretera, flanqueada por vallas
pintadas de blanco, cruzaba aquel gran páramo, que estaba cubierto de
agrupaciones de malezas que hundían sus raíces en el húmedo y viscoso
cieno. Un olor a muerte y podredumbre colmaba los aires, e incluso a la luz
de la tarde se podían ver unos cuantos retazos de vapor que se alzaban del
insalubre terreno.
Al otro lado del pantano, giré a la izquierda, tal y como me habían
indicado, apartándome del camino principal. Había algunas casas por allí,
según pude ver; casas que apenas eran otra cosa que chozas, reflejando la
extrema pobreza de sus dueños. El camino pasaba bajo las festoneadas
ramas de enormes sauces que ocultaban casi por completo los rayos del sol.
Los olores miasmáticos del pantano infectaban aún mis fosas nasales, y el
aire era húmedo y frío. Apreté el paso para abandonar aquel tétrico pasaje
cuanto antes.
Y de repente salí de nuevo a la luz. El sol, que ahora pendía como
una bola roja sobre la cima de la montaña, estaba ya muy bajo y allí, a
alguna distancia adelante, bañada en el resplandor ensangrentado, se alzaba
la solitaria iglesia. Comencé a sentir el desasosiego del que hablaba Haines;
ese sentimiento de miedo que hacía que todo Daalbergen rehuyera el lugar.
La masa achaparrada y pétrea de la propia iglesia, con su romo campanario,
parecía un ídolo al que adorasen las estelas de tumbas que la rodeaban, ya
que cada una remataba en un borde redondeado que recordaba las espaldas
de una persona arrodillada, mientras que, sobre todo el conjunto, la casa
parroquial, sórdida y gris, se agazapaba como una aparición.
Reconozco haber aminorado el paso un poco ante tal escena. El sol
estaba desapareciendo con rapidez tras la montaña y el aire húmedo me
hacía estremecer. Envolviéndome el cuello con el pañuelo, seguí adelante.
Algo captó mi atención, haciendo que mirase de nuevo. En las sombras del
muro de la iglesia se distinguía algo blanco... algo que no parecía tener
forma definida. Forzando la vista según me iba acercando, vi que era una
cruz de madera muy nueva que coronaba un túmulo de tierra recién
removida. Ese descubrimiento me provocó un nuevo escalofrío. Comprendí
que se trataba de la tumba de mi tío, pero algo me dijo que no era
semejante al resto de las fosas cercanas. No parecía una tumba muerta. De
alguna forma intangible, parecía viva, si es que a una tumba se la puede
catalogar de viva. Muy cerca de ella, según vi cuando estuve más cerca,
había otra tumba, un viejo montículo con una piedra desmigajada encima.
La tumba del reverendo Slott, pensé, al recordar lo que me había contado
Haines.
No había señales de vida por allí. En el semicrepúsculo, subí la
loma baja, sobre la que se alzaba la casa parroquial, y aporreé la puerta. No
obtuve respuesta. Circundé la casa y espié a través de las ventanas. El lugar
entero parecía abandonado.
Las bajas montañas habían hecho que la noche cayese con
descorazonadora rapidez, apenas se ocultó el sol. Comprendía que apenas
iba a poder ver a más de unos pocos metros por delante. Caminando con
cuidado, giré en una de las esquinas de la casa y me detuve, preguntándome
qué hacer a continuación.
Todo estaba en calma. No había ni un soplo de viento, ni tampoco
los ruidos habituales que producen los animales en sus merodeos
nocturnos. Había olvidado por un momento los miedos, pero todas las
aprensiones volvieron por culpa de aquella calma sepulcral. Me imaginé el
aire poblado por temibles espíritus que se agolpaban a mi alrededor,
haciendo el aire casi irrespirable. Me pregunté, por enésima vez, dónde
podría encontrarse el viejo sacristán.
Según estaba ahí parado, medio esperando que algún siniestro
demonio surgiera de las sombras, me percaté de la existencia de dos
ventanas iluminadas en el campanario de la iglesia. Fue entonces cuando
recordé que Haines me había dicho que Foster vivía en el sótano del
edificio. Avancé con precaución en la negrura, hasta encontrar, en la
iglesia, una puerta lateral entreabierta.
El interior estaba lleno de un olor rancio y mohoso. Todo cuanto
tocaba estaba cubierto de una suciedad fría y húmeda. Encendí una cerilla y
comencé a explorar en busca de cómo, si es que tal cosa era posible, llegar
al campanario. De repente, me detuve.
Un retazo de canción, alta y obscena, entonada por una voz que el
alcohol trocaba en gutural y grave, me llegó desde más adelante. La cerilla
me quemó los dedos y la dejé caer. Dos puntos de luz surgieron en la
oscuridad del muro más lejano de la iglesia y, bajo ellos, en un lado, pude
ver una puerta que se perfilaba gracias a la luz que salía por debajo. La
canción se detuvo de forma tan abrupta como había comenzado, y de nuevo
reinó el silencio más completo. El corazón me martilleaba y la sangre
golpeteaba en mis sienes. De no haber quedado petrificado por el miedo,
hubiera salido corriendo de inmediato.
Sin ni siquiera encender otra cerilla, fui tanteando entre los bancos
hasta llegar a la puerta. Tan hondo era el sentimiento de aprensión que me
asaltaba que sentía como si estuviese en un sueño. Mis actos eran casi
involuntarios.
La puerta estaba cerrada, como bien pude comprobar al girar el
picaporte. Aporreé durante algún tiempo, sin encontrar respuesta alguna. El
silencio era tan completo como antes. Tanteando por el borde de la puerta,
di con los goznes, saqué los pasadores e hice que la puerta se venciera
hacia mí. Una luz tenue llegaba de un empinado tramo de peldaños. Había
un abrumador olor a güisqui. Ahora pude oír a alguien que se movía en la
habitación de la torre, situada arriba. Cuando aventuré un bajo «hola», creí
recibir un graznido en respuesta y, con cautela, ascendí por las escaleras.
Mi primera visión de ese lugar impío fue, de hecho, bastante
impactante. Por toda la pequeña habitación había libros y manuscritos,
viejos y polvorientos... objetos extraños de una edad casi increíble. En las
baldas de estantes que llegaban hasta el techo había cosas horribles en
jarras y botellas de cristal... serpientes, lagartos y murciélagos. El polvo, el
moho y las telarañas lo cubrían todo. En el centro, detrás de una mesa sobre
la que había una vela encendida, una botella de güisqui casi vacía y un
vaso, se encontraba una figura inmóvil de rostro flaco, demacrado y
consumido, con ojos salvajes que miraban al vacío. Reconocí a Abel
Foster, el viejo sacristán, al instante. No se movió ni habló mientras yo me
acercaba lenta y temerosamente.
- ¿Señor Foster? - pregunté, temblando de miedo incontrolable
cuando escuché los ecos de mi voz resonando en aquel cuarto. No recibí
respuesta, y la figura detrás de la mesa no se movió. Me pregunté si no
estaría bebido hasta la insensibilidad, y fui hasta la mesa para sacudirlo.
Pero al simple toque de mi brazo en su hombro, el extraño anciano
dio un bote en su silla, como si hubiera recibido un susto de muerte. Sus
ojos, que hasta entonces habían estado mirando al vacío, se clavaron en mí.
Agitando los brazos como mayales, retrocedió.
– ¡No! – gritaba –. ¡No me toques! ¡Atrás! ¡Atrás!
Vi que estaba borracho, así como atenazado por algún tipo de terror
indescriptible. Usando un tono calmado, le dije quién era y a lo que había
ido. Pareció entender difusamente y se desplomó en su silla, para quedarse
sentado flácido e inmóvil.
– Creí que era él – murmuró –. Pensé que era él que había vuelto.
Está tratando de hacerlo... tratando de salir desde que lo metí ahí dentro –
su voz se alzó de nuevo hasta convertirse en un grito, y se agazapó en la
silla –. ¡Quizá ya haya logrado salir! ¡Quizá está fuera!
Miré a mi alrededor, casi esperando que alguna forma espectral
subiese por las escaleras.
– ¿Quién puede estar fuera? – pregunté.
– ¡Vanderhoof! – aulló –. ¡La cruz de su tumba se cae por las
noches! Cada mañana la tierra aparece removida y resulta más difícil
mantenerla dentro. Va a escaparse y no puedo hacer nada para evitarlo.
Obligándolo a volver a la silla, me senté en una caja cercana.
Temblaba presa de un terror mortal, y la saliva le goteaba por las comisuras
de la boca. De vez en cuando, yo mismo sentía esa sensación de horror que
Haines me había descrito al hablar del viejo sacristán. La verdad es que
había algo inquietante en aquel tipo. La cabeza se le había ahora vencido
sobre el pecho, y parecía más calmado, mientras musitaba para sí mismo.
Me levanté despacio y abrí una ventana para que los vapores del
güisqui y el hedor mohoso de la muerte se despejaran. La luz de una difusa
luna, que acababa de salir, hacía los objetos de fuera levemente visibles.
Podía ver la tumba del reverendo Vanderhoof desde mi lugar en el
campanario, y parpadeé al mirar. ¡Esa cruz estaba ladeada! Recordaba que
estaba en posición vertical hacía una hora. El miedo me asaltó de nuevo.
Me giré con rapidez. Foster estaba sentado en su silla, observándome. Su
mirada era más cuerda que hacía un rato.
– Así que usted es el sobrino de Vanderhoof – murmuró con voz
nasal –. Bueno, entonces tiene derecho a saberlo todo. Volverá dentro de no
mucho a buscarme... no tardará más que lo que le cueste salir de la tumba.
Así que se lo voy a contar todo.
Parecía haberse librado del terror. Era como si se hubiese resignado
a sufrir alguna especie de destino horrible que podía alcanzarlo en
cualquier momento. Su cabeza se venció sobre el pecho de nuevo y
comenzó a musitar con voz monótona y nasal.
- ¿Ve todos esos papeles y libros? Bueno, pertenecieron en un
tiempo al reverendo Slott..., el reverendo Slott, que lo fue de esta parroquia
en otro tiempo. Y hacía magia con todas estas cosas... magia negra, que el
viejo reverendo aprendió antes de venir a este país. Solían quemar y asar en
aceite hirviendo a la gente como él, según dicen. Pero el viejo Slott sabía, y
no se lo contaba a nadie. No, señor, Slott predicaba aquí hace generaciones,
y luego venía aquí arriba a estudiar en esos libros, y a utilizar esos seres
muertos de las jarras y lanzar maldiciones, y cosas así, pero se las arregló
para que nadie se enterase. No, nadie sabía de sus actividades, aparte del
reverendo Slott y yo mismo.
– ¿Usted? - barboté, inclinándome sobre la mesa, en dirección a él.
– Sí, yo lo supe más tarde – su rostro mostró líneas de malicia al
responderme –. Encontré todo esto aquí, cuando vine a ocupar plaza de
sacristán de la iglesia, y me acostumbré a leer cuando no estaba ocupado.
No tardé en saberlo todo, que todo aquello era algo más que
divagaciones de borracho. Hasta el último de los detalles concordaba con lo
dicho por Haines. Mientras el viejo brujo estallaba en risas demoníacas, me
sentí tentado de lanzarme por las estrechas escaleras y escapar de esa
vecindad condenada. Para calmarme, me puse en pie y miré de nuevo por la
ventana. Los ojos casi se me salieron de las órbitas cuando vi que la cruz
sobre la tumba de Vanderhoof se había vencido de forma perceptible desde
la última vez que la contemplara. ¡Se inclinaba ahora en un ángulo que
llegaba a los cuarenta y cinco grados!
- ¿No podríamos desenterrar a Vanderhoof y devolverle el alma? -
pregunté casi sin aliento, presintiendo que había que hacer algo a toda
prisa.
Pero el viejo se levantó dé su silla, lleno de terror.
- ¡No, no, no! – chilló -. ¡Me matará! He olvidado la fórmula y, si
sale, estará vivo y sin alma. ¡Nos matará a los dos!
- ¿Dónde está la botella que contiene su alma? - inquirí, avanzado
amenazadoramente hacia él. Sentí que iba a tener lugar un suceso
fantasmal, por lo que debía hacer todo lo posible para evitarlo.
- ¡No pienso decírtelo, jovenzuelo! - graznó. Sentí, más que ver,
una extraña luz en sus ojos mientras retrocedía hacia una esquina -. ¡Y no
me toques, o de veras que lo lamentarás!
Di un paso adelante, percatándome de que en un taburete bajo,
situado a su espalda. Foster musitó algunas curiosas palabras con una voz
baja y cantarina. Todo comenzó a volverse gris ante mis ojos, y fue como si
me estuvieran arrancando algo del interior, tratando de sacarlo por mi
garganta. Sentí que me flaqueaban las piernas.
Abalanzándome, agarré al viejo sacristán por el gaznate y con mi
mano libre toqué las botellas del taburete. Pero el anciano cayó hacia atrás,
golpeando el taburete, y una de las botellas cayó, mientras que yo conseguí
agarrar la otra. Huboun estallido de llama azul y un olor sulfuroso llenó
todo el cuarto. Del pequeño montoncito de cristal surgió una humareda
blanca que salió por la ventana.
- ¡Maldito seas, canalla! - gritó con una voz que parecía débil y muy
lejana.
Foster, al que había cogido cuando la botella se rompió, se apretó
contra el muro, con una mirada más turbia y estremecida aún que antes. Su
rostro, poco a poco, iba volviéndose de un negro verdoso.
- ¡Maldito seas! - dijo de nuevo la voz, y apenas parecía que saliese
de sus labios -. ¡Estoy acabado! ¡Esa era la mía! ¡El reverendo Slott la puso
ahí hace doscientos años!
Se deslizó con rapidez hasta el suelo, mirándome con odio, con ojos
que se enturbiaban con rapidez. Su carne cambió de blanco a negro, y luego
a amarillo. Vi con horror que su cuerpo parecía desmoronarse y que sus
ropajes caían en el vacío.
La botella que tenía en la mano estaba calentándose. La miré,
espantado. Resplandecía con débil fosforescencia. Lleno de miedo, la dejé
en la mesa, pero no podía apartar los ojos de ella. Hubo un ominoso
momento de silencio mientras se volvía cada vez más brillante, y luego
llegó hasta mis oídos, con claridad, el sonido de tierra removida.
Boqueando, me acerqué a mirar a la ventana. La luna estaba ahora alta en el
cielo y, gracias a su luz, pude ver que la cruz nueva situada sobre la tumba
de Vanderhoof había caído del todo. De nuevo me llegó el rechinar de la
grava y ya no pude controlarme por más tiempo, por lo que me lancé
tambaleante por las escaleras y escapé por las puertas. Fui corriendo por el
suelo desigual, cayendo de vez en cuando, lleno de abyecto terror. Cuando
llegué al pie del montículo y de la entrada de ese tenebroso túnel bajo los
sauces, escuché un horrible rugido a mis espaldas. Me giré y miré hacia la
iglesia. Su muro reflejaba la luz de la luna y, silueteada contra el mismo,
había una sombra gigante, negra y espantosa que salía de la tumba de mi tío
y avanzaba torpemente hacia la iglesia.
Conté lo que había sucedido a un grupo de ciudadanos, en el
almacén de Haines, a la mañana siguiente. Me percaté de que se miraban
unos a otros con leves sonrisas mientras yo hablaba, pero cuando los invité
a acompañarme al lugar, dieron diversas excusas para rehusar. Aunque
parecía existir un límite a su credulidad, tampoco querían correr riesgos.
Les dije que iría entonces solo, aunque debo confesar que tal cosa no me
agradaba nada.
Al salir del almacén, un anciano de barba larga y blanca se me
acercó presuroso y me tomó del brazo.
- Yo te acompañaré, chico – dijo -. Me parece que una vez escuché
a mi abuelo contar algo sobre lo que le ocurrió al viejo reverendo Slott. Era
un tipo raro, por lo que oí, pero Vanderhoof era aún peor.
La tumba del reverendo Vanderhoof estaba abierta y vacía cuando
llegamos. Por supuesto que pudo ser obra de ladrones de tumbas, en eso
convinimos ambos, pero... La botella que había dejado sobre la mesa del
campanario ya no estaba, aunque sí los restos de la otra, rota, en el suelo.
Y, sobre el montón de ropas caídas y cenizas amarillas que una vez fueran
Abel Foster, había ciertas pisadas inmensas.
Tras echar un vistazo a algunos de los libros y papeles
desparramados por la estancia del campanario, los trasladamos abajo y los
quemamos, ya que eran cosas sucias e impías. Con una azada que
encontramos en el sótano de la iglesia, rellenamos la tumba de Johannes
Vanderhoof y, por último, arrojamos la cruz caída a las llamas.
Las viejas dicen que ahora, cuando la luna es llena, se ve pasear por
el cementerio a una figura gigantesca y desconcertada que sostiene una
botella y se dirige hacia algún destino olvidado.

lunes, 1 de diciembre de 2008

TRATADO DE LOS NINFOS, SILFOS, PIGMEOS, SALAMANDRAS Y OTROS SERES -- PARACELSO

TRATADO DE LOS NINFOS, SILFOS, PIGMEOS, SALAMANDRAS Y OTROS SERES


PARACELSO


Me propongo hablaros de las cuatro especies de seres de naturaleza espiritual, es decir, de las ninfas (o ninfos), gnomos (pigmeos o duendes), silfos y salamandras: a estas cuatro especies, en verdad, habría que añadir los gigantes y otros muchos. Estos seres, aunque tienen apariencia humana no descienden de Adán y tienen un origen completamente diferente de los hombres y de los animales. Se unen, por tanto, al hombre y de esta unión nacen individuos de la raza humana, yo diré la causa inmediatamente.
He aquí cómo he dividido este libro: en el primer tratado estudiaré la generación y naturaleza de estos seres; en el segundo, su medio y régimen; en el tercero, aquellos de dichos seres que se nos aparecen y mezclan a nosotros; en el cuarto, los milagros de que son capaces: en el quinto, la generación, origen y fin de los gigantes.
Aunque nada se opone a que me inspire en libros escritos por otros, yo no lo haré, por la excelente razón de que los filósofos nada han dicho de estos seres y no han proporcionado sobre los mismos ningún dato, a causa de que no creen más que en lo que ven. Apenas han dicho algunas palabras sobre los gigantes. Pero está plenamente permitido el tratar de este tema, puesto que en el Antiguo y el Nuevo Testamento se describen determinadas maravillas que Dios opone a la razón. Y si no está prohibido el admitir la existencia de los diablos y los espíritus, tampoco está prohibido el estudiar su
naturaleza. Examinemos, por tanto, todas las creaciones de Dios y reconozcamos que hay aquí abajo cosas verdaderamente inexplicables.
Para creer en una cosa, es suficiente el conocer su finalidad. El lector podrá encontrar mi libro inútil y vano, en tanto no haya llegado al tratado VI, en el que expongo con toda claridad la finalidad de estos seres; una vez que haya leído este tratado, me felicitará por haber estudiado el primero tal tema y releerá con atención. mi libro. El que mira ve.
TRATADO I
Lo que son el espíritu y el alma.
Hay dos especies de naturaleza: la de Adán y la que no le pertenece. La primera es palpable, objetivable, por estar formada de tierra. La segunda no es ni palpable ni visible, porque es sutil, porque no está formada de tierra. La naturaleza de Adán es compuesta; el hombre —que es de esta naturaleza— no puede pasar a través de los muros si en ellos no existe una abertura. Para los seres de la otra naturaleza los muros no existen, penetran a través de los obstáculos más densos sin tener necesidad de deteriorarlos. Por último, existe una tercera naturaleza que participa de las dos.
A la primera naturaleza pertenece el hombre, que está formado de sangre, carne, huesos, que se reproduce, bebe, evacua, habla; a la segunda pertenecen los espíritus, que no pueden hacer nada de esto. A la tercera pertenecen los seres que son ligeros, como los espíritus, y que engendran como el hombre, poseen su aspecto y su régimen.
Esta última naturaleza participa a la vez de la del hombre y de la del espíritu, sin llegar a constituir ni una ni otra de dichas naturalezas. Efectivamente, los seres que pertenecen a esta categoría no podrían ser clasificados entre los hombres, puesto que vuelan de la misma forma que lo hacen los espíritus; no podrían tampoco clasificarse entre los espíritus, puesto que evacuan, beben, tienen carne y huesos, de la misma forma que los hombres. El hombre tiene un alma, el espíritu no la necesita; las criaturas en cuestión no tienen alma y, por lo tanto, no son semejantes a los espíritus; estos últimos no mueren nunca, pero aquellos sí mueren. ¿Estas criaturas que mueren y tienen alma, son acaso animales? No son animales, efectivamente, hablan y nada de cuanto hacen pueden
realizarlo los animales. En consecuencia, se parecen más a los hombres que a los animales. Pero se asemejan a los hombres sin llegar a ser seres humanos, de forma parecida a como un mono se parece por sus gestos y su industria, y el cerdo por su anatomía, sin dejar por ello de ser un mono o un cerdo. Se puede decir también que son superiores a los hombres por ser impalpables como los espíritus; pero, conviene añadir que el Cristo, habiendo nacido y muerto para rescatar a los seres dotados de alma y que descienden de Adán, no ha rescatado a estas criaturas, que no poseen alma y no descienden de Adán.
Nadie puede asombrarse o dudar de su existencia. Es preciso solamente sentir admiración por la inmensa variedad que ha dado Dios a sus obras. Es verdad que no se ve todos los días a estos seres, no siendo posible verlos más que muy raramente. Yo mismo no los he visto si no era en una especie de ensueño. Pero no se puede sondar la profunda sabiduría de Dios, ni apreciar sus tesoros, ni conocer todas sus maravillas. Los que guardan estos tesoros y nos los descubren de cuando en cuando no pertenecen a la naturaleza de Adán, esto lo volveré a decir en mi último tratado.
Estas criaturas se reproducen dando a luz seres que se les parecen y no se asemejan a nosotros. Son seres prudentes, ricos, sabios, humildes, a veces maniáticos, como nosotros. Son la imagen grosera del hombre, como éste es la imagen grosera de Dios. Continúan siendo tal como fueron concebidos por Dios, que no quiere que sus criaturas puedan elevarse a un rango superior o proseguir otro objetivo que el que les es propio y les prohíbe obtener un alma y prohíbe, igualmente, que el hombre trate de igualárseLe.
Estos seres no temen ni al fuego, ni al agua. Están sometidos, sin embargo, a las enfermedades y las indisposiciones humanas. Mueren como seres salvajes y su carne se pudre como la carne animal. Virtuosos o viciosos, puros o impuros, mejores o peores, como los hombres, tienen sus costumbres, sus gestos, su lenguaje, como ellos difieren en su aspecto externo y viven bajo una ley común, trabajando con sus manos, tejiendo sus propios vestidos, gobernándose con sabiduría y justicia, dando pruebas en todo momento de razón. Para ser hombres sólo les falta el alma y no pueden ni servir a Dios ni seguir sus mandamientos; el instinto solamente les impulsa a conducirse honestamente.
Así, de la misma forma que entre las criaturas terrestres el hombre es la que se aproxima más a Dios, entre los animales son nuestros seres lo que están más cerca del hombre.
TRATADO II
Acerca de su habitación.

Nuestras criaturas tienen cuatro tipos de habitación: acuática, aérea, terrestre e ígnea. Aquellos que habitan en el agua se llaman Ninfos; en el aire, Silfos; en la tierra, Duendes o Pigmeos y en el fuego, Salamandras. No creo que estos sean los nombres que verdaderamente ellos utilizan entre sí, y pienso que se les han atribuido por personas que no han estado nunca en contacto con ellos. Pero, puesto que están en uso entre nosotros, los conservaré, aunque también se puede llamar a las criaturas acuáticas Ondinas, a las aéreas Silvestres, a las terrestres Gnomos y a las ígneas Vulcanos. En último término, poco importan los nombres, lo que es preciso saber es que estas cuatro
clases de seres habitan en medios muy diferentes que los ninfos, por ejemplo, no tienen en absoluto comercio con los pigmeos. De esta forma, los hombres, comprendiendo la sabiduría de Dios, ven que éste no ha dejado un solo elemento vacío o estéril.
Se sabe que hay cuatro elementos: aire, agua, tierra y fuego. Se sabe también que nosotros, los hombres, descendientes de Adán, vivimos en el aire, que estamos rodeados, como los peces lo están por el agua. Para los peces la onda reemplaza el aire, para los hombres, el aire reemplaza el agua. Cada criatura es apropiada al elemento en el que está sumergida; los ondinos, concebidos para vivir en el agua, se asombran al vernos vivir en
el aire, como nosotros nos admiramos de verlos vivir en el agua. De la misma forma, los gnomos atraviesan sin la menor dificultad las rocas más densas, como
nosotros atravesamos el aire, porque la tierra está en su caos y porque este caos está formado por piedras y rocas, como el nuestro lo está de aire.
Cuanto más espeso es el caos, sus habitantes son más sutiles, y viceversa. Los gnomos, que habitan un caos espeso, son sutiles; el hombre, que habita un caos sutil, es espeso. Son los silvestres los que se parecen más a nosotros; viven en el aire, se sofocan en el agua, se aplastan bajo tierra y se consumen en el fuego.
Que esto no nos admire. Dios prueba que es Dios creando cosas que nosotros no podemos comprender, porque si pudiéramos comprender todo lo que Él ha creado, resultaría muy débil y nosotros querríamos compararnos a Él.
Para comprender lo que vamos a decir sobre la nutrición de nuestros seres, es necesario saber que cada caos tiene por encima de él un cielo y por debajo, una tierra; nuestro caos tiene encima el cielo y debajo la tierra; así, cielo y tierra nos nutren a nosotros. Los habitantes del agua, es decir, aquellos que tienen el agua por caos, tienen, por debajo de ellos, la tierra y por encima el cielo. Los gnomos que tienen la tierra por su propio caos, tienen por encima de ellos al agua y por debajo, la superficie de la tierra, porque la tierra reposa sobre el agua: así, los ondinos y los gnomos se nutren, en consecuencia. Los silfos, que tienen el mismo caos que los hombres, siguen su mismo régimen.
Nosotros tenemos el agua para aplacar nuestra sed; para apagar la suya, estos seres tienen un agua que nos es desconocida y que no podemos ver. Tienen necesidad de comer y beber, pero comen y beben aquello que es alimento y bebida propios de ellos.
Se visten y ocultan sus partes vergonzosas a su manera, no a la nuestra. Ellos nombran guardias, magistrados, jefes, como las abejas eligen una reina, o las bestias salvajes escogen un guía. Dios ha ocultado las partes secretas de todos los animales, pero no lo ha hecho para estos seres que, como el hombre, deben valerse de su propia industria. Como a nosotros, Dios les ha dado la lana de oveja. Dios, en efecto, puede crear ovejas diferentes de las que nosotros vemos y que pastan en el fuego, el agua o la tierra.
Nuestros seres duermen, reposan, velan de la misma forma que los hombres, tienen un sol y un firmamento como ellos. Los gnomos ven a través de la tierra, el sol, la luna y las estrellas, de la misma forma los ondinos descubren el sol a través del agua y las salamandras lo ven fecundar y calentar su caos y sucederse el verano, el invierno, el día y la noche.
Como nosotros, están sometidos a la peste, las fiebres, la pleuresía y otras enfermedades, enviadas por el cielo, porque son hombres, o mejor dicho, porque lo serán: ya que, hasta el juicio final, permanecerán como animales.
En cuanto a su físico, es bien evidente que varía: los ondinos de ambos sexos tienen aspecto humano, los silvestres son más espesos, más grandes, más robustos. los gnomos más pequeños, de una altura de unos dos palmos, las salamandras delgadas, gráciles, esbeltas. Los ninfos habitan en los ríos, cerca de los lugares en donde se lavan los hombres y bañan sus caballos. Los gnomos habitan en las montañas; es por esto por lo que se encuentran túneles y excavaciones del diámetro de un codo. En el monte Etna se pueden oír los gritos de las salamandras, el ruido de sus trabajos, que movilizan su elemento. Se conoce más fácilmente la habitación de los silfos, pudiendo verlos.
Podría añadir otras muchas cosas admirables, en relación con la moneda, las costumbres de estos seres. Lo haré cuando sea llegado el momento.
TRATADO III
Por qué razón estos seres se nos aparecen.

Todo cuanto Dios ha creado termina por manifestarse ante el hombre. Dios algunas veces le envía el Diablo y los espíritus con el fin de que el hombre quede persuadido de su existencia. De lo alto del cielo, le envía también los ángeles, sus servidores. Estos seres se nos aparecen, por tanto, no para permanecer con nosotros o aliarse a nosotros, sino con el fin de que podamos comprenderlos. Estas apariciones son raras, en verdad; pero, ¿por qué no habían de serlo? , ¿no basta que uno de nosotros perciba un ángel para que todos nosotros creamos en los demás ángeles?
Por otra parte, para que la prueba de su existencia sea más manifiesta, Dios permite que los ninfos no solamente sean vistos por ciertos hombres, sino que mantengan comercio carnal con ellos y les den hijos. Permite igualmente que los hombres no vean solamente a los pigmeos, sino que de ellos reciban plata, y que otros viajen con los silfos.
De la misma forma que un hombre no aparece semejante ante dos personas, los ninfos se nos presentan de forma diferente a como nosotros aparecemos. Los ninfos y nosotros no juzgamos de manera paralela, porque diferimos en nuestro medio y cada uno juzga según las ideas de su propio medio ambiente. Los ninfos y los pigmeos no se dan cuenta de que pueden venir a vivir, morar y amar entre nosotros, porque siendo sutiles, soportan nuestro caos, mientras que nosotros, siendo espesos, no sabríamos soportar el suyo.
Hemos dicho que estos seres podían mantener comercio carnal con los hombres y tener hijos. Estos hijos son de raza humana porque el padre, siendo hombre y descendiendo de Adán, les da un alma que los hace semejantes a él y eternos. Y yo creo que la hembra que recibe este alma con la semilla, es, como la mujer, rescatada por el Cristo. Nosotros no llegamos al reino divino más que en cuanto comulgamos con Dios. De la misma
forma, esta mujer no adquiere un alma mas que al conocer un hombre. Lo superior, en efecto, comunica su virtud a lo inferior.
He aquí, por tanto, una de las razones de la aparición de estos seres: buscan nuestro amor para elevarse, como los paganos buscan el bautismo para adquirir un alma y renacer con el Cristo.
Es preciso añadir que si se aproximan a nosotros es porque se nos asemejan, como el lobo se parece a un perro salvaje. Todos estos seres, efectivamente, no tienen relaciones carnales con el hombre. Los ninfos son los que las tienen en mayor grado, les siguen los silfos y en cuanto a los pigmeos, no tienen en absoluto este tipo de relaciones con el hombre y se contentan con servirle. Se considera generalmente a los pigmeos y las salamandras como espíritus, porque aparecen como seres brillantes y deslumbradores, y es que no se reflexiona que su carne y su sangre son de naturaleza luminosa. Los pigmeos y las salamandras son ágiles y ligeros como los espíritus, conocen el presente,
el futuro y el pasado, revelan a los hombres lo que está oculto; tienen la razón del hombre sin poseer el alma, tienen la ciencia y la inteligencia de los espíritus sin poseer su conocimiento de Dios.
Hemos dicho que los ninfos dejan las aguas para venir a vernos, hablar y aliarse con nosotros. Los silfos son más groseros, y no conocen en absoluto nuestra lengua. Los gnomos hablan el mismo lenguaje que los ninfos. Las salamandras hablan poco. Los silfos son más tímidos que los hombres. Los gnomos son más pequeños y se les toma con frecuencia por llamas errantes, espíritus, almas en fuego o fantasmas. Las llamas que vuelan por encima de los prados, se alejan y se aproximan, no son otra cosa que gnomos. Las salamandras son parecidas, pero, a causa de su naturaleza, frecuentan poco al hombre, prefieren el trato con las mujeres viejas y con las hechiceras. Por ello, su
vecindad es peligrosa, porque en ellas bulle el Diablo. Por lo demás el Diablo se inmiscuye algunas veces en el cuerpo de los gnomos, de los silfos, sobre todo en el de los individuos del sexo femenino, complaciéndose en hacerles parir fetos afectos de lepra, sífilis u otra enfermedad incurable.
Que el hombre que tiene relaciones con una ninfa no la atormente cerca del agua; que el que tiene relaciones con un pigmeo no lo moleste cerca de sus cavernas; ninfa y pigmeo desaparecerán. Esta desaparición no puede cumplirse más que cuando la pareja se encuentre cerca del elemento de la ninfa o el pigmeo, lejos de este elemento, el hombre puede siempre forzarlos a seguir morando a su lado.
Los gnomos, cuando han acudido a nuestra llamada, nos sirven con fidelidad a condición de que cumplamos sus deseos. Si nosotros mantenemos nuestras promesas, ellos mantienen las suyas y nos dan plata; efectivamente, ellos tienen mucha plata a su disposición, ya que la extraen y trabajan por sí mismos. Pero no nos la regalan si no es con la condición de no atesorarla, sino de distribuirla.
TRATADO IV
Hemos dicho que estos seres se alían a los hombres y tienen hijos de ellos; hemos dicho también que, si el hombre los irritaba cerca de su elemento, desaparecían. Añadamos que lo que le sucede a una ninfa le ocurre igualmente a su esposo; si ella se sofoca, él se sofoca igualmente. Él cree que ella ha desaparecido simplemente en el agua, y no se da cuenta de que su propia vida está en peligro grave, que su unión con la ninfa no se ha deshecho y que no es como la unión de una mujer con un hombre, que puede quedar disuelta por la simple huida de ella. Es preciso, efectivamente, para que tal unión se disuelva, el consentimiento de los dos esposos; es preciso recordar que la ninfa que se ha unido a un hombre, estará presente en el juicio final, porque ha ganado por tal unión un alma en este comercio, siendo por lo tanto una mujer y su unión con un hombre no se disuelve más que si ello consiente. Si el marido toma otra esposa sin su permiso, ella reaparece y lo mata.
Las sirenas nadan especialmente en la superficie de las aguas, más que en su interior y aunque no tienen el aspecto de la mujer, se le parecen en parte. Son verdaderos monstruos lo que engendran los hombres y las mujeres con ellos.
Supongamos, en efecto, que los ninfos, que engendran entre ellos como lo hacen los hombres, engendren monstruos que nadan en la superficie de las aguas; estos serán sirenas. Estas sirenas saben cantar y tocar la flauta. Los ninfos y los gnomos engendran todavía otros monstruos, los monacos, que se parecen a los hombres y habitan en su medio. De la misma manera las estrellas engendran monstruos los cometas, que no siguen su curso. Dios, como veis, crea cosas admirables.
TRATADO V
Los gigantes.
Es preciso hablar de dos razas que tienen relación con la de los ninfos y los pigmeos, son los gigantes y los enanos. Los gigantes y los enanos no descienden tampoco de Adán. San Cristóbal, en realidad fue un gigante, pero él poseía la naturaleza humana y no debe ser colocado entre estos seres, una de cuyas características es el no poseer esta naturaleza. Testigos los gigantes Bernensis, Sigenotto, Hildebrando, Dietrico. Diremos otro tanto de los enanos, testigos de ello, Laurino y otros.
No ignoramos que muchas personas no creen, ni en los gigantes ni en los enanos. Se contentan con decir: los gigantes son extraordinarios y muy fuertes, los negaremos y consideraremos que son ilusiones.
Los gigantes son engendrados por los silfos y los enanos por los pigmeos. Gigantes y enanos son monstruos de los silfos y de los pigmeos, como las sirenas son los monstruos de las ninfas. He aquí por qué son tan raros; sin embargo, se han visto en demasiadas ocasiones para dudar de su existencia. Son notables por su sólida constitución.
He aquí lo que es preciso pensar de su alma: Se trata de hombres originados en los animales y son monstruos, por lo tanto, carecen de alma. Se creerá, por lo tanto, que tienen una, al ver sus buenas acciones y su amor a la verdad. Porque, así como el mono imita los gestos del hombre, ellos pueden también actuar como los hombres.
Dios habría podido dar a estos seres un alma si lo hubiera querido, como le ha otorgado una al hombre, comunicándose con él y como le da una a las ninfas que se casan con los hombres. No lo ha querido así, para no crear una raza semejante a la humana. A pesar de todas sus buenas acciones, no creo que los gigantes ni los enanos participen en la redención. Pero, si no tienen fe, son sabios de la misma forma que los animales.
Los enanos nacen de los pigmeos. He aquí porqué no tienen la talla de los gigantes, porque los silfos de los que nacen éstos, son mucho más grandes que los pigmeos.
Los gigantes y los enanos pueden tener comercio carnal con las mujeres descendientes de Adán y satisfacerlas. Pero no sabrían engendrar hijos de su propia raza, bien se casen entre ellos o se alíen a la especie humana. En efecto, son monstruos y no pueden engendrar entre ellos, como tampoco pueden hacerlo los consanguíneos; por otra parte, si se alían al hombre, el feto será de una doble naturaleza, es decir, de la suya y de la del hombre y como consecuencia, el niño será de raza humana, porque teniendo como padres a un ser sin alma y otro con alma, pertenece a la raza de este último. Los gigantes y los enanos mueren, pues, sin herederos. De la misma forma, los cometas no engendran otros cometas, ni los temblores de tierra otros temblores de tierra.
TRATADO VI
Por qué Dios ha creado estos seres.

Dios ha hecho estos seres para proporcionar unos guardianes a su creación. De tal manera que los gnomos guardan los tesoros de la tierra, metales y otros: e impiden que se vean a la luz del día antes del tiempo querido. Porque esos tesoros, oro, plata, hierro, etc. no deben ser encontrados todos el mismo día, sino ser distribuidos poco a poco y no a algunas personas solamente, sino a todos. Las salamandras guardan los tesoros de las
regiones ígneas. Los silfos guardan los tesoros que llevan los vientos, los ondinos los que se encuentran en el agua. Es en las regiones ígneas, por el cuidado de las salamandras, donde son fabricados todos los tesoros para ser inmediatamente
distribuidos y guardados en los demás medios.
Las sirenas, los gigantes, los manes y las escintillas (que son monstruos engendrados por las salamandras) han sido creados con otro fin: deben prevenir de los acontecimientos graves a los hombres, indicarles que estalla un incendio, advertirles de la ruina de un reino. Los gigantes anuncian más especialmente la devastación de un país, los manes el hambre y las sirenas la muerte de los reyes y los príncipes.
La causa inicial del universo sobrepasa nuestro entendimiento. Pero, a medida que el mundo se aproxima a su fin, las cosas se manifiestan a nosotros, cada vez con mayor claridad; vemos así su naturaleza y su utilidad. El día postrero todo aparecerá claro, todo será conocido y nada quedará ignorado, cada uno recibirá la recompensa de sus esfuerzos y de su amor a la verdad. Entonces no será médico o profesor el que lo desee. La cizaña será separada del grano, la paja del trigo. Entonces se inhibirá aquel que hoy grita. Aquel que cuenta el número de las páginas que tiene todavía por escribir sucumbirá bajo el peso de su obra. Entonces será feliz aquel que en este momento trata de ver. Y se podrá comprobar si yo he mentido.