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viernes, 9 de mayo de 2008

A LAS AGUAS -- GUY DE MAUPASSANT

A LAS AGUAS
GUY DE MAUPASSANT




DIARIO DEL MARQUÉS DE ROSEVEYRE



12 DE JUNIO 1880.— ¡A Loëche! ¡Quieren que vaya a pasar un mes a Loëche! ¡Misericordia!¡ Un mes en esta ciudad que dicen ser la más triste, la más muerta, la más aburrida de las villas! ¡Qué digo, una ciudad! ¡Es un agujero, no una ciudad!
¡Me condenan a un mes de baño..., en fin!

13 DE JUNIO.— He pensado toda la noche en este viaje que me espanta ¡Solo me queda una cosa por hacer, voy a llevar una mujer! ¿Podrá distraerme esto, tal vez? Y además yo aprenderé, con esta prueba, si estoy maduro para el matrimonio.
Un mes a solas, un mes de vida en común con alguien, de una vida en pareja completa, de conversación a todas las hora del día y de la noche.¡Diablos!
Estar con una mujer durante un mes, es verdad, no es tan grave como tenerla de por vida; pero es de por sí mucho más serio que estar con ella por una noche. Sé que podré devolverla, con algunos cientos de luises; ¡pero entonces permaneceré solo en Loëche, lo que no es nada divertido!
La elección será difícil. No quiero ni una coqueta ni una espabilada. Es necesario que no me sienta ni ridículo ni orgulloso de ella. Quiero que se diga: “El marqués de Roseveyre está de buena suerte”; pero no quiero que se cuchichee: “
Ese pobre marqués de Roseveyre!”. En suma, tengo que exigir a mi pasajera compañera todas las cualidades que exigiría a mi compañera definitiva. La única diferencia que se puede establecer es aquella que existe entre el objeto nuevo y el objeto de ocasión.¡Bah!, ¡se puede encontrar, voy a pensar en ello!

14 DE JUNIO.—¡Berthe!...He aquí mi acompañante. Veinte años, guapa, recién salida del Conservatorio, esperando un papel, futura estrella. Buenos modales, altivez, carácter y...amor. Objeto de ocasión pudiendo pasar por nuevo.

15 DE JUNIO.— Está libre. Sin compromiso de negocios o de corazón, ella acepta, yo mismo he encargado sus vestidos, para que no tenga aspecto de jovencita.

20 DE JUNIO.— Basilea. Duerme. Voy a comenzar mis notas de viaje.
De hecho, ella es encantadora. Cuando llegó a la estación delante de mi, no la reconocía, hasta tal punto tenía aspecto de mujer de mundo. Verdaderamente tiene porvenir esta niña....en el teatro.
Me pareció cambiada en sus modales, en su andar, en su actitud y sus gestos, en la forma de sonreír, en la voz, en todo, irreprochable, en fin.¡Y peinada!¡oh! Peinada de una forma divina, de una manera encantadora y sencilla, en una mujer que ya no tiene que atraer las miradas, que ya no tiene que agradar a todos, cuyo papel ya no es seducir, a primera vista, a los que la vean, sino que quiere gustar a uno solo, discretamente, y únicamente. Y esto se dejaba ver en todo su aspecto.
Se mostraba tan finamente y tan completamente, la metamorfosis me pareció tan absoluta y hábil, que le ofrecí mi brazo como hubiera hecho con mi mujer. Ella lo tomó con soltura como si se tratara de mi mujer.
Frente a frente en el portalón permanecimos en un primer momento inmóviles y mudos. Después ella levantó su velo y sonrió...Nada más. Un sonreír de buen tono.¡Oh! Me daba miedo besarla, la comedia de la ternura, el eterno y banal juego de las jóvenes. Pero no, ella se contuvo. Es fuerte.
Más tarde hemos charlado un poco como dos jóvenes esposos, un poco como dos extraños. Era amable. Muchas veces sonreía mirándome. Era yo ahora quien tenía ganas de abrazarla. Pero permanecí tranquilo.
En la frontera, un funcionario abrió bruscamente la puerta y me preguntó:
—¿Su nombre, señor?
Me sorprendió. Respondí:
—Marqués de Roseveyre.
—¿A dónde se dirige usted?
—A las termas de Loëche, en le Valais.
Escribió en un registro. Respondió:
—¿La señora es su mujer?
¿Qué hacer? ¿Qué responder? Levanté los ojos hacia ella dudando. Ella estaba pálida y miraba a lo lejos...
Sentí que iba a ofenderla muy gratuitamente. Y además, en fin, sería mi compañía durante un mes.
Dije:
—Sí, señor.
De repente la vi enrojecer. Me sentí feliz.
Pero en el hotel, llegando aquí, la propietaria le tendió el registro. Ella me lo pasó muy rápidamente; me di cuenta de que ella me estaba mirando mientras escribía. ¡Era nuestra primera noche de intimidad!...¿Una vez pasada la página, quien leería este registro? Yo escribí: “Marqués y marquesa de Roseveyre, dirigiéndose a Loëche.”

21 DE JUNIO.— Seis de la mañana. Bâle. Salimos para Berne. Decididamente tengo buena mano.

21 DE JNIO.— Diez de la noche. Jornada singular. Estoy un poco emocionado. Esto es tonto y divertido.
Durante el trayecto, hemos podido hablar un poco. Se había levantado un poco temprano; estaba cansada; dormitaba.
Tan pronto estuvimos en Berne, quisimos contemplar ese panorama de los Alpes que yo no conocía en absoluto; y he aquí que salimos por la ciudad, como dos recién casados.
Y de repente percibimos una llanura desmesurada, y allá abajo, allá abajo, los glaciares. De lejos, así, no parecían inmensos, y sin embargo aquella vista me produjo un escalofrío en las venas. Un resplandeciente sol poniente caía sobre nosotros; el calor era terrible. Fríos y blancos permanecían ellos, los montes helados. El Jungfrau, el Vierge, dominando a sus hermanos, extendía su ancha falda de nieve, y todos, hasta perderse de vista, se alzaban a su alrededor, los gigantes de cabeza blanca, las eternas cimas heladas que el agonizante día hacía más claras, como plateadas, sobre el azul oscuro de la noche.Su infinidad inerte y colosal daba la sensación de comienzo de un mundo sorprendente y nuevo, de una región escarpada, muerta, petrificada pero atrayente como el mar, llena de un poder de seducción misteriosa. El aire que había acariciado sus cimas siempre heladas parecía venir hacia nosotros por encima de los campos estrechos y floridos, muy diferente al aire fecundante de las llanuras. Tenía algo de desapacible y de poderoso, de estéril, como un aroma de espacios inaccesibles.
Berthe, ensimismada, observaba sin cesar, sin poder pronunciar ni una palabra.
De repente me cogió la mano y la apretó. Yo mismo sentía en el alma esa especie de fiebre, esa exaltación que nos
sobrecoge delante de ciertos espectáculos inesperados. Agarré esa pequeña mano temblorosa y la llevé a mis labios; y la besé, a fe mía, con amor.
Permanecí un poco turbado.¿Pero por quien? ¿Por ella o por los glaciares?

24 DE JUNIO.—Loëche, diez de la noche.
Todo el viaje ha sido delicioso. Hemos pasado medio día en Thun, contemplando la ruda frontera de montañas que debíamos franquear al día siguiente.
Al amanecer, atravesamos el lago, el más hermoso de Suiza tal vez. Unas mulas nos esperaban. Nos sentamos sobre sus lomos y partimos. Después de haber desayunado en un pueblecito, comenzamos a escalar, entrando lentamente en la garganta que
sube poblada de árboles, siempre dominada por las altas cumbres. De territorio en sitio, sobre las pendientes que parecen venir del cielo; se distinguen puntos blancos, chalets construidos allí no se sabe cómo. Atravesamos torrentes,percibimos, a veces, entre dos puntiagudas cimas y cubiertas de abetos, una inmensa pirámide de nieve que parecía tan próxima que hubiéramos jurado alcanzarla en diez minutos, pero que apenas habríamos llegado en veinticuatro horas.
A veces atravesábamos caos de piedras, estrechas llanuras tapizadas de rocas desprendidas como si dos montañas se hubieran enfrentado en esta contienda, dejando sobre el campo de batalla los restos de sus miembros de granito.
Berthe, extenuada, dormía sobre su animal, abriendo de vez en cuando los ojos para ver de nuevo. Acabó por adormecerse, y yo la sujetaba por una mano, feliz de su contacto, de sentir a través de su vestido el suave calor de su cuerpo. Llegó la
noche, todavía subíamos. Nos paramos delante de la puerta de un pequeño albergue perdido en la montaña.
¡Dormimos!¡Oh!¡Dormimos!
Al amanecer, corrí a la ventana, y prorrumpí en un grito. Berthe llegó a mi lado y se quedó estupefacta y embelesada.
Habíamos dormido en la nieve.
Todo a nuestro alrededor, montes enormes y estériles cuyos huesos grises sobresalían bajo su abrigo blanco, montes sin pinos, sombríos y helados, se elevaban tan alto que parecían inaccesibles.
Una hora después de estar en ruta de nuevo, percibimos, al fondo de este embudo de granito y de nieve, un lago negro, sombrío, sin una onda, que durante largo tiempo habíamos seguido. Un guía nos trajo algunos edelweiss, las flores blancas de los glaciares. Berthe hizo un ramillete para su blusa.
De repente, la garganta de peñascos se abrió delante de nosotros, descubriendo un horizonte sorprendente: toda la cadena de los Alpes piamonteses más allá del valle del Ródano. Las enormes cumbres, de lugar en lugar, dominaban la multitud de cimas menores. Eran el monte Rose, arduo y macizo; el Cervin, recta pirámide donde muchos hombres han muerto, el Dent-du-Midi; otros cientos de puntos blancos, relucientes como cabezas de diamantes, bajo el sol.
Pero bruscamente el sendero que seguíamos se detuvo al borde de un precipicio, y en el abismo, en el fondo del agujero negro de dos mil metros, encerrado entre cuatro muros de rectos peñascos, sombríos, salvajes, sobre una capa de hierba, percibimos algunos puntos blancos con bastante parecido a corderos en un prado. Eran las casas de Loëche.
Fue necesario dejar las mulas, siendo el camino tan peligroso. El sendero desciende a lo largo de la roca, serpentea, gira, va, vuelve, sin jamás perder de vista el precipicio, y siempre también el pueblo que crece a medida que nos acercamos. Es a lo que se le llama el pasaje de la Gemmi, uno de los más bellos de los Alpes, sino el más bello.
Berthe, apoyándose en mi, prorrumpía gritos de alegría y gritos de pavor, feliz y temerosa como un niño. Como estábamos a algunos pasos de los guías y ocultos por un voladizo de la roca, me abrazó. Yo la abracé...
Yo me había dicho:
—En Loëche, pondré cuidado en hacer entender que no estoy con mi mujer.
Pero por todos lados yo la había tratado como tal, en todas partes la había hecho pasar por la marquesa de Roseveyre. No podía ahora inscribirla bajo otro nombre. Y además la habría herido en el corazón, y verdaderamente era encantadora.
Pero le dije:
—Querida amiga, llevas mi apellido, la gente me cree tu marido; espero que te comportes con todo el mundo con una extrema prudencia y una extrema discreción. Nada de conocidos, de charlas, de relaciones. Que te crean noble, peor actúa de forma que nunca tenga que reprocharme lo que he hecho.
Ella respondió:
—No tenga miedo, mi pequeño René.

26 DE JUNIO.— Loëche no es triste. No. Es salvaje, pero muy hermosa. Este muro de rocas altas de dos mil metros, de donde se deslizan cientos de torrentes semejantes a hilillos de plata; este ruido eterno del agua que discurre; este pueblo sepultado en los Alpes desde donde se ve, como desde el fondo de un pozo, el solo lejano atravesar el cielo; el glaciar vecino, muy blanco en la escotadura de la montaña, y ese pequeño valle lleno de arroyos, lleno de árboles, pleno de frescura y de vida, que desciende hacia el Ródano y deja ver en el horizontes las cimas nevadas del Piémont: todo esto me seduce y me encandila. Tal vez si...si Berthe no estuviera aquí?...
Es perfecta, esta niña, reservada y distinguida mas que nadie. Yo escucho decir:
—¡Qué hermosa es, esta marquesita!...

27 DE JUNIO.— Primer baño. Descendemos directamente de la habitación a las piscinas, donde veinte bañistas tiemblan, ya vestidos con largos vestidos de lana, juntos hombres y mujeres. Unos comen, otros leen, otros charlan. Mueven delante de si pequeñas tablas flotantes. A veces juegan al anillo, lo que no siempre es decoroso. Vistos a través de las galerías que rodean el baño, tenemos aspecto de gruesos sapos en una tinaja.
Berthe ha venido a sentarse a esta galería para charlar un poco conmigo. La han mirado mucho.

28 DE JUNIO.— Segundo baño. Cuatro horas de agua. Las tomaré de ocho en ocho horas. Tengo por compañeros bañistas el príncipe de Vanoris (Italia), el conde Lovenberg (Austria), el barón Samuel Vernhe (Hungría u otra parte), además
una quincena de personajes de menor importancia, pero todos nobles. Todo el mundo es noble en las villas termales.
Ellos me piden, uno tras otro, ser presentados a Berthe. Yo respondo: “¡Si!” y me retiro. Me creen celoso, ¡qué tontería!

29 DE JUNIO.— ¡Diablos! ¡diablos! La princesa de Vanoris ha venido ella misma en persona a buscarme, deseando conocer a 3
mi mujer, en el momento en que entrábamos en el hotel. Yo le presenté a Berthe, pero le he rogado con delicadeza que evitara encontrarse con esta dama.

2 DE JULIO.— El príncipe nos ha agarrado del cuello para llevarnos a su apartamento, donde los bañistas insignes tomaban el té. Berthe era, sin duda alguna, mejor que todas las damas; ¿pero qué hacer?

3 DE JULIO.— ¡A fe mía, qué le vamos a hacer! Entre estos treinta hidalgos, ¿no se encuentran al menos diez de fantasía?
¿Entre estas dieciséis o diecisiete mujeres, están más de doce seriamente casadas, y de estas doce, más de seis irreprochables? ¡Tanto peor para ellas, tanto peor para ellos!¡Ellos lo han querido!

10 DE JULIO.— BERTHE es la reina de Loëche! ¡Todo el mundo está loco por ella; la celebran, la miman, la adoran! Por otra parte, ella es soberbia en gracia y distinción. Me envidian.
La princesa de Vanoris me ha preguntado:
—¡Ah! Marques, ¿dónde ha encontrado este tesoro?
Yo tenía deseos de responder:
—¡Primer premio del Conservatorio, curso de comedia, contratada en el Odeón, libre a partir del 5 de agosto de 1880!
¡Qué cara hubiera puesto, Dios mío!

20 DE JULIO.— Berthe es realmente sorprendente. Ni una falta de tacto, ni una falta de gusto; ¡una maravilla!

10 DE AGOSTO.— Paris. Se acabó. Tengo el corazón hecho polvo. La víspera de la partida creí que todo el mundo iba a llorar.
Decidimos ir a ver amanecer sobre el Torrenthon, luego de volver a descender a la hora de nuestra partida.
Nos pusimos en marcha hacia media noche, sobre unas mulas. Los guías portaban faroles: y la larga caravana se extendía
por el camino sinuoso del bosque de pinos. Luego atravesamos los pastos donde rebaños de vacas erraban en libertad.
Después alcanzamos la región de las rocas, donde la misma hierba desaparecía.
A veces, en la sombra, se distinguía, sea a derecha, sea a izquierda, una masa blanca, un amontonamiento de nieve en un agujero de la montaña.
El frío llegaba a ser mordiente, pinchaba los ojos y la piel. El viento desecante de las cimas soplaba, quemando las
gargantas, aportando los hálitos helados de cien lugares de picos congelados.
Cuando llegamos a nuestro destino era ya de noche. Desembalamos todas las provisiones para beber el champán al amanecer.El cielo palidecía sobre nuestras cabezas. Vimos de pronto un obstáculo a nuestros pies; luego, a unos cientos de metros, otra cima.
El horizonte entero parecía lívido, sin que se distinguiera nada todavía a lo lejos.
Pronto descubrimos, a la izquierda, una enorme cima, el Jungfrau, después otra, después otra. Aparecían poco a poco como
si fueran levantándose a lo largo del nacimiento del día. Y nosotros quedábamos estupefactos de encontrarnos así en el
medio de estos colosos, en este país desolado de nieves eternas. De repente, en frente, se nos mostró la desmesurada
cadena del Piémont. Otras cumbres aparecieron al norte. Realmente era el inmenso país de los grandes montes de frentes
helados, desde el Rhindenhorn, pesado como su nombre, hasta el fantasma a penas visible del patriarca de los Alpes, el Mont Blanc.
Unos eran orgullosos y rectos, otros acuclillados, otros deformes, pero todos homogéneamente blancos, como si algún Dios
hubiera arrojado sobre la jorobada tierra un sábana inmaculada.
Unos parecían tan cerca que habríamos podido saltar sobre ellos.; otros estaban tan lejos que apenas les distinguíamos.
El cielo se volvió rojo; y todos enrojecieron. Las nubes parecían sangrar sobre ellos. Era maravilloso, casi pavoroso.
Pero pronto la nube encendida palideció, y toda la armada de cumbres insensiblemente se volvió rosa, de un rosa suave y
tierno como los vestidos de una jovencita.
Y el sol apareció por encima de la capa de nieves. Entonces, de repente, el pueblo entero de los glaciares se hizo blanco,
de un blanco brillante, como si el horizonte estuviera lleno de una multitud de cúpulas de plata.
Las mujeres, extasiadas, miraban.
Se estremecieron; un tapón de champán acababa de saltar; Y el príncipe de Vanoris, ofreciendo un vaso a Berthe, gritó:
—¡Bebo por la marquesa de Roseveyre!
Todos clamaron: “ ¡Yo bebo por la marquesa de Roseveyre!”
Ella montó encima de su mula y respondió:
—¡Yo bebo por todos mis amigos!
Tres horas más tarde, cogimos el tren para Ginebra, en el valle del Ródano.
Tan pronto estuvimos a solas Berthe, tan feliz y contenta hace un rato, se puso a sollozar, el rostro entre sus manos.
Yo me lancé a sus rodillas:
—¿Qué tienes? ¿Qué tienes? Dime, ¿qué tienes?
Ella balbuceó entre sus lágrimas:
—¡Es... es..es pues que se ha acabado ser una mujer honesta!
¡Verdaderamente, en ese momento estuve a punto de cometer una tontería, una gran tontería...!
No la hice.
Dejé a Berthe entrando en Paris. Tal vez más tarde habría sido demasiado débil.

(El diario del marqués de Roseveyre no ofrece ningún interés durante los dos años siguientes. En la fecha 20 de julio de 1883 encontramos las líneas siguientes).

20 DE JULIO DE 1883.— Florencia. Triste recuerdo dentro de poco. Me paseaba por los Cassines cuando una mujer hizo parar su coche y me llamó. Era la princesa de Vanoris. Tan pronto me tuvo al alcance de la voz:
—¡Oh!, marqués, mi querido marqués, ¡qué contenta estoy de reencontrarle! Rápido, rápido, deme noticias de la marquesa;
es realmente la mujer más encantadora que he visto en toda mi vida!.
Me quedé sorprendido, no sabiendo qué decir y golpeado en el corazón de una forma violenta. Balbuceé:
—No me hable nunca de ella, princesa, hace tres años que la he perdido.
Ella me cogió la mano.
—¡Oh! ¡Cómo lo siento, amigo mío!
Se fue. Me sentí triste, descontento, pensando en Berthe, como si acabáramos de separarnos.
¡El Destino muy a menudo se equivoca!
Cuántas mujeres honestas habían nacido para ser mujerzuelas, y lo demuestran.
¡Pobre Berthe! Cuántas otras habían nacido para ser mujeres honestas...y ésta...más que las demás...tal vez....En fin, no pensemos más.
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Canción de la danzarina

¡Oh tú, que danzarina me llamas, sabe hoy que no aprendí a danzar! Me encontraste juguetona y pequeña, danzando en el sendero y persiguiendo a mi sombra azul. Giraba como una abeja, y mis pies y mis cabellos, color de camino, se empolvaban con el polen de un polvo rubio.

Me viste venir de la fuente, meciendo el ánfora en mi cadera, mientras, al compás de mis pasos, sobre mi túnica saltaba el agua en redondas lágrimas, en serpientes de plata, en menudos cohetes rizados que ascendían, helados, hasta mi mejilla. Yo caminaba lenta, seria, mas llamaste danza a mis pasos. No mirabas mi rostro, seguías el movimiento de mis rodillas, el balanceo de mi talle, en la arena leías la forma de mis talones desnudos, la huella de mis dedos abiertos, que comparabas con la de cinco perlas desiguales.

Me dijiste: «Coge esas flores, persigue esa mariposa...» Llamabas danza a mi carrera, y cada reverencia de mi cuerpo inclinado sobre los claveles purpúreos, y el ademán, repetido en cada flor, de echar atrás, por encima de mi hombro, un chal resbaladizo.


En tu casa, sola entre tú y la alta llama de una lámpara, me dijiste: «¡Danza!» y no dancé...

Pero desnuda en tus brazos, sujeta a tu lecho por la cinta de fuego del placer, me llamaste, sin embargo, danzarina, al ver agitarse bajo mi piel, desde mi pecho ofrecido a mis pies crispados, la inevitable voluptuosidad.

Fatigada, anudé mis cabellos, y los contemplabas, dóciles, arrollados a mi frente como serpientes hechizadas por la flauta.

Abandoné tu casa mientras murmurabas:

«La más hermosa de tus danzas no es cuando acudes corriendo, jadeante, poseída de un deseo irritado y atormentado ya, por el camino, el broche de tu vestido. Es cuando de mí te alejas, serenada y con las rodillas temblorosas, y al alejarte me miras, en el hombro tu barbilla. Tu cuerpo me recuerda, oscila y titubea, me echan de menos tus caderas y tus senos me están agradecidos.

»Me miras, vuelta la cabeza, mientras tus pies adivinadores tantean y escogen su camino.

»Te vas, siempre pequeña y maquillada por el sol poniente, hasta no ser, en lo alto de la colina, más esbelta en tu túnica anaranjada que una llama vertical, que danza imperceptiblemente...»

Si tú no me abandonas, iré danzando hasta mi blanca tumba.

Saludaré a la luz, que me hizo hermosa y me vio amada con una danza involuntaria, cada día más lenta.

Una postrera danza trágica me enfrentará con la muerte, mas sólo lucharé para sucumbir con elegancia.

Que los dioses me concedan una caída armoniosa, juntos los brazos en mi frente, doblada una pierna y extendida la otra, como presta a franquear, de un salto ingrávido, el negro umbral del reino de las sombras.

Me llamas danzarina, y, sin embargo, no sé bailar...




Ensueño de año nuevo

Las tres volvemos a casa empolvadas, yo, la pequeña doga y la perra de pastor flamenca. Ha nevado en los pliegues de nuestras ropas. Yo llevo charreteras blancas; en la cara chata de Poucette se funde un azúcar impalpable, y la perra de pastor centellea toda, desde su puntiagudo hocico a su cola semejante a una cachiporra.

Salimos para contemplar la nieve, la verdadera nieve y el verdadero frío, rarezas parisienses, ocasiones, casi imposibles de encontrar, de final de año. En mi barrio desierto, corrimos como tres locas, y las fortificaciones hospitalarias, las calumniadas «fortis» presenciaron, desde la avenida de Ternes al bulevar Malesherbes, nuestra jadeante alegría de perros en libertad. Nos inclinamos, de lo alto del talud, sobre el foso que colmaba un crepúsculo violáceo agitado por torbellinos blancos; contemplamos Levallois negro salpicado de luces rosadas, detrás de un velo tejido con miles y miles de moscas blancas, vivas, frías como flores deshojadas, que se derruían en los labios, en los ojos, suspendidas por un momento las pestañas, del vello de las mejillas. Arañamos con nuestras diez patas una nieve intacta, fiable, que huía bajo nuestros pies con un acariciador crujir de tafetán. Lejos de todos los ojos, galopamos, ladramos, comimos la nieve al vuelo, saboreamos su dulzura de sorbete avainillado y polvoriento.

Sentadas ahora frente a la ardiente rejilla las tres callamos. El recuerdo de la noche, de la nieve, del viento desencadenado detrás de la puerta, se funde lentamente en nuestras venas y vamos a deslizarnos en ese sueño repentino, recompensa de las largas caminatas.

La perra de pastor, que humea como un baño de pies, ha recobrado su dignidad de loba amaestrada, su seriedad falsa y cortés. Escucha, con una oreja, el susurro de la nieve a lo largo de las persianas cerradas, con la otra acecha el tintineo de las cucharas de la antecocina. Su nariz afilada palpita, y sus ojos color cobre, abiertos, fijos en el fuego, se mueven incesantemente, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, como si estuviera leyendo. Yo estudio, un poquito recelosa, a esa recién llegada, esa perra femenina y complicada que guarda bien, ríe raramente, se conduce como persona sensata, con una impenetrable mirada. Sabe mentir, robar; pero grita, sorprendida, como una jovencita asustada, y casi enferma de emoción. ¿Dónde adquirió, esa lobita de bajas caderas, esta hija de las tierras valonas, su odio hacia la gente mal vestida y su reserva aristocrática? Le ofrezco un puesto en mi hogar y en mi vida, y quizás, ella que ya sabe defenderme, me amará.

Mi pequeña doga de corazón infantil duerme, reventada de sueño, con fiebre en el hocico y las patas. La gata gris no ignora que nieva, y desde la hora del almuerzo no he vuelto a verle la punta de la nariz, hundida en el pelo de su vientre. Heme aquí una vez más, como al principio del otro año, sentada frente a mi hogar, a mi soledad, frente a mí misma.

Un año más... ¿Para qué contarlos? Este primero de año parisiense no me recuerda nada de los días de Año Nuevo de mi juventud. ¿Quién podría devolverme la pueril solemnidad de los días de Año Nuevo de antaño? Mientras yo cambiaba, cambió para mí la forma de los años. El año ya no es ese sendero serpenteante, esa cinta desenrollada que de enero ascendía a la primavera, subía, subía al verano para florecer en llanura serena, en prado ardiente recortado de sombras azules, salpicado de deslumbrantes geranios, luego descendía a un otoño oloroso, brumoso, que exhala aroma a marjal, o fruta madura y caza, luego se internaba en un invierno seco, sonoro, espejeante de lagunas heladas, de nieve rosada bajo el sol... Después la cinta ondulada se precipitaba, vertiginosa, hasta romperse en seco, frente a una fecha maravillosa, aislada, suspendida entre los dos años como flor de escarcha: el día de Año Nuevo.

Una niña muy amada, entre unos padres que no eran ricos, y que vivía en el campo entre árboles y libros y que no conoció ni deseó costosos juguetes; he aquí lo que veo al inclinarme esta noche sobre mi pasado. Una niña supersticiosamente encariñada con las fiestas de las estaciones, con las fechas señaladas por un regalo, una flor, un pastel tradicional. Una niña que por instinto ennoblecía paganamente las fiestas cristianas, enamorada solamente del ramo de boj, del huevo rojo de Pascua, de las rosas deshojadas de Corpus y de los altares -siringas, acónitos, manzanillas-, del vástago de avellano coronado por una crucecita, bendecido en la misa de la Ascensión y plantado en los linderos del campo, al que protege del granizo. Una niñita prendada del pastel de cinco cuernos, cocido y comido el día de Ramos; de la «crepé» en Carnaval; del asfixiante olor de la iglesia, durante el mes de María.

Anciano sacerdote sin malicia que me distes la comunión, ¿pensabas que esa niña silenciosa, fijos los ojos en el altar, esperaba el milagro, el inaprensible movimiento del chal azul que ceñía a la Virgen? ¿Verdad? ¡Yo me comportaba de forma tan juiciosa! Es cierto que pensaba en milagros, pero... no los mismos que tú. Adormilada por el incienso de las cálidas flores, hechizada por el perfume mortuorio, la podredumbre almizclada de las rosas, yo vivía, bondadoso hombre, sin malicia, en un paraíso que no podías imaginar, poblado de mis dioses, de mis animales habladores, de mis ninfas y de mis sátiros. Y yo te escuchaba hablar de tu infierno, pensando en el orgullo del hombre que, por sus crímenes de un instante, inventó el eterno gehena. ¡Ah, cuánto tiempo hace!

Mi soledad, esta nieve de diciembre, este umbral de otro año, no me devolverán el escalofrío de antaño, cuando acechaba, durante la larga noche, el lejano estremecimiento, entreverado con los latidos de mi corazón, del tambor municipal, despertando con el día nuevo a la aldea dormida. Temía, llamaba, desde la profundidad de mi lecho de niña, a ese tambor en la noche helada, a eso de las seis, con una angustia nerviosa próxima al llanto, apretadas las mandíbulas, el vientre contraído. Sólo este tambor, y no las doce campanadas de la medianoche, daba para mí la brillante apertura del nuevo año, el advenimiento misterioso tras el cual el mundo entero jadeaba, suspendido al primer rran del viejo parche de mi aldea.

Pasaba, invisible en la oscura mañana, lanzando a las paredes su viva y fúnebre alboradilla, y detrás de él se reanudaba una vida, nueva y saltando hacia doce meses nuevos. Liberada, yo saltaba de mi cama con la vela, corría a las felicitaciones, los besos, los bombones, los libros con cantos dorados. Abría la puerta a los panaderos portadores de las cien libras de pan y hasta mediodía, grave, penetrada de una importancia comercial, daba a todos los pobres, los verdaderos y los falsos, el cantero de pan y la moneda que recibían sin humildad y sin gratitud.

Mañanas de invierno, lámpara roja en la oscuridad, aire inmóvil y áspero de antes de nacer el día, jardín adivinado en la oscura alba, disminuido, cubierto de nieve, abetos abrumados que dejabais resbalar, de hora en hora, el fardo de tus brazos negros, abanicazos de los pajarillos asustados, y sus juegos inquietos en medio de un polvo de cristal, más tenue, más lleno de lentejuelas que la irisada bruma de un surtidor. ¡Oh, inviernos todos de mi infancia, un día de invierno acaba de devolveros a mi recuerdo! Es mi rostro de antaño el que busco en este espejo ovalado, cogido con mano distraída, y no mi rostro de mujer, de mujer joven a la que pronto abandonará su juventud.

Hechizada aún por mi sueño, me sorprendo de haber cambiado, de haber envejecido, mientras soñaba. Con trémulo pincel, podría pintar, encima de este rostro, el de una lozana niña enmorenecida por el sol, sonrosada por el frío, unas mejillas elásticas que acababan en una esbelta barbilla, unas cejas móviles prestas a fruncirse, una boca cuyas astutas comisuras desmentía el breve labio ingenuo. ¡Ay, sólo es un instante! El adorable terciopelo del pastel resucitado se deshace y echa a volar. El agua oscura del espejito sólo retiene mi imagen que es igual, completamente igual a mí, señalada de ligeros arañazos, finalmente grabada en los párpados, en las comisuras de los labios, entre las obstinadas cejas. Una imagen que ni sonríe ni se entristece, y que murmura para sí solita:

«Hay que envejecer. No llores, no juntes unos dedos suplicantes, no te rebeles: hay que envejecer. Repítete estas palabras, no como grito de desesperación, sino como recordatorio de una partida necesaria. Mírame, mira tus parpados, tus labios, levanta los rizos de tus cabellos sobre las sienes: ya empiezas a alejarte de tu vida; no lo olvides: ¡hay que envejecer!

»Aléjate lentamente, lentamente, sin lágrimas, no olvides nada. Llévate tu salud, tu alegría, tu atildamiento, el poco de bondad y justicia que te hizo la vida menos amarga; ¡no olvides! Vete engalanada, vete dulce, y no te detengas a lo largo del irresistible camino; en vano lo intentarías. ¡Hay que envejecer! Sigue el camino, tiéndete sólo para morir. Y cuando te tiendas a través de la vertiginosa cinta ondulada, si detrás de ti no dejaste, uno a uno, tus rizados cabellos ni tus dientes uno a uno, ni tus miembros usados uno a uno, si el eterno polvo no sació tus ojos de la luz maravillosa antes de tu última hora, si hasta el final has conservado en tu mano la mano amiga que te guía, tiéndete sonriendo, duerme dichosa, duerme privilegiada...

Los zarcillos de la vid


Antaño, el ruiseñor no cantaba por la noche. Poseía un bonito hilo de voz del que se servía con habilidad desde la mañana hasta la caída de la tarde, al arribo de la primavera. Se levantaba con los camaradas, en el alba gris y azul, y el despertar asustado de todos ellos sacudía a los abejorros dormidos en el revés de las hojas de las lilas.

Se acostaba cuando sonaban las siete, las siete y media, en cualquier sitio, a menudo en las viñas en flor que huelen a reseda, y dormía de un tirón hasta el día siguiente.

Durante una noche de primavera el ruiseñor dormía de pie en un tierno sarmiento, formando bola con la pechuga y la cabeza inclinada, como en gracioso tortícolis. Durante su sueño, los cuernos de la vid, esos zarcillos quebradizos y tenaces, cuya acidez de acedera fresca irrita y calma la sed, los zarcillos de la vid brotaron aquella noche, tan espesos que el ruiseñor se despertó agarrotado, con las patas ligadas con lazos ahorquillados, con las alas impotentes.

Creyó morir, se debatió, no se evadió más que a costa de esfuerzos desesperados y juró no dormirse durante toda la primavera, mientras los zarcillos de la vid brotasen.

Desde la noche siguiente, cantó, para mantenerse despierto.

En tanto la vid brote, brote, brote,
no dormiré más,
En tanto la vid brote, brote, brote...

Varió su tema, lo enguirnaldó de vocalizaciones, se enamoró de su voz, se convirtió en ese cantante entusiasta, ebrio y jadeante, al que se escucha con el deseo insoportable de verlo cantar.

He visto cantar a un ruiseñor bajo la luna, un ruiseñor libre y que no sospechaba que era vigilado. Se interrumpe a veces, con el pescuezo inclinado, como para escuchar en él la prolongación de una nota apagada... Luego vuelve a cantar con toda su fuerza, hinchado, con la garganta echada hacia atrás, con un aire de desesperación de amor. Cantar por cantar, canta cosas tan bonitas que no sabe ya lo que quieren decir. Pero yo oigo todavía el primer canto ingenuo y asustado del ruiseñor prisionero en los zarcillos de la vid.

En tanto la vid brote, brote, brote...

Quebradizos, tenaces, los zarcillos de una vid amarga me habían ligado, mientras que en mi primavera dormía con un sueño feliz y sin desconfianza. Pero he roto, con un sobresalto asustado, todos esos hilos que aprisionaban ya mi carne, y he huido... Cuando la laxitud de una nueva noche de miel ha pesado sobre mis párpados, he tenido miedo a los zarcillos de la vid y he lanzado a gritos un lamento que me ha revelado mi voz...

Completamente sola, despierta en la noche, miro ahora ascender ante mí el astro voluptuoso y taciturno... Para salvarme de volver a caer en el sueño feliz, en la primavera mentirosa en que florece la vid corva, escucha el sonido de mi voz... A veces grito febrilmente lo que se tiene por costumbre callar, lo que se susurra muy bajo, luego mi voz languidece hasta el murmullo porque no me atrevo a proseguir...

Quisiera decir, decir, decir todo lo que sé, todo lo que pienso, todo lo que adivino, todo lo que me encanta y me hiere y me asombra, pero hay siempre, hacia el alba de esa noche sonora, una mano sensata y fresca que se posa en mi boca... Y mi grito, que se exaltaba, vuelve a descender a la verborrea moderada, a la volubilidad del niño que habla en voz alta para aquietarse y aturdirse...

Ya no conozco los sueños felices, pero ya no temo a los zarcillos de la vid...

Noche blanca

No hay en nuestra casa más que un lecho, demasiado ancho para ti, un poco estrecho para nosotros dos. Es casto, blanco del todo, desnudo del todo; ningún cubrecama oculta, en pleno día, su honesto candor.

Los que vienen a vernos lo miran tranquilamente, y no vuelven los ojos con un aire cómplice, porque está marcado, en medio, por un solo valle, como el lecho de una muchacha que duerme sola.

Los que entran aquí no saben que cada noche el peso de nuestros cuerpos juntos ahonda un poco más, bajo su mortaja voluptuosa, ese valle no más amplio que una tumba:

¡Oh, nuestro lecho desnudo! Una lámpara deslumbrante, inclinada sobre él, lo desviste más todavía. No buscamos, en el crepúsculo, la sombra sabia, de un gris de araña, que filtra un dosel de encaje; ni la luz rosa de una lamparilla color de conchas marinas... Astro sin alba y sin ocaso, nuestro lecho no cesa de irradiar más que para hundirse en una noche profunda y aterciopelada.

Un halo de perfume lo nimba; respira fragancia, rígido y blanco como el cuerpo de una bienaventurada difunta. Es un perfume complicado que sorprende, que se respira con atención, con la preocupación de distinguir el alma rubia de tu tabaco preferido, el aroma más rubio de tu piel tan clara, y ese sándalo quemado que se exhala de mí; pero este agreste olor de hierbas aplastadas, ¿quién puede decir si es mío o tuyo?

¡Acógenos esta noche, oh nuestro lecho, y que tu fresco valle se ahonde un poco más bajo la somnolencia febril con que nos ha embriagado una jornada de primavera en los jardines y en los bosques!

Yazgo sin movimiento, la cabeza sobre tu dulce hombro. Voy a descender, seguramente hasta mañana, al fondo de un negro sueño, un sueño tan obstinado, tan cerrado, que las alas de los sueños vendrán en vano a golpearlo. Voy a dormir... Espera tan sólo que busque, para la planta de mis pies que hormiguea y arde, un sitio fresco del todo... Tú no te has movido. Respiras con largas aspiraciones, pero siento tu hombro todavía despierto, atento a ahuecarse bajo mi mejilla... Durmamos... Las noches de mayo son tan cortas... A pesar de la oscuridad azul que nos baña, mis párpados están todavía llenos de sol, de llamas rosas, de sombras que se mueven, balanceadas, y contemplo mi jornada con los ojos cerrados, como se inclina una detrás del abrigo de una persiana, sobre un jardín de verano deslumbrante.

¡Cómo palpita mi corazón! Oigo también el tuyo bajo mi oreja. ¿No duermes tú? ¿No duermes? Levanto un poco la cabeza, adivino la palidez de tu rostro caído hacia atrás, la sombra salvaje de tus cortos cabellos. Tus rodillas son frescas como dos naranjas... Vuélvete hacia mi lado, para que las mías les roben ese liso frescor.

¡Ah! ¡Durmamos...! Mil hormigas corren mil veces, con mi sangre, bajo mi piel. Los músculos de mis tobillos palpitan, mis orejas tiemblan, y nuestro dulce lecho, ¿está sembrado de agujas de pino, esta noche? ¡Durmamos! ¡Lo quiero!

No puedo dormir. Mi insomnio feliz palpita, alegre, y adivino, con tu inmovilidad, el mismo abatimiento tembloroso... Tú no te mueves. Tú esperas que yo me duerma. Tu brazo se aprieta, a veces, en torno de mí por tierna costumbre, y tus pies encantadores se entrelazan con los míos... El sueño se acerca, me roza y huye... ¡Lo veo! Es semejante a esa mariposa de pesado terciopelo que yo perseguía en el jardín inflamado de iris... ¿Recuerdas? ¡Qué luz, qué impaciente juventud exaltaba toda aquella jornada...! Una brisa ácida y apresurada lanzaba sobre el sol una humareda de nubes rápidas, ajaba al paso las hojas demasiado tiernas de los tilos, y las flores del nogal caían convertidas en orugas enrojecidas sobre nuestros cabellos, con las flores de las paulonias, de un morado lluvioso de cielo parisiense... Los brotes de las grosellas que tú magullabas, la acedera salvaje en forma de rosa en medio del césped, la menta tierna del todo, todavía morena, la salvia vellosa como una oreja de liebre, todo desbordaba un jugo fuerte y pimentado, del que mezclaba en mis labios el gusto de alcohol y de taronjil. Yo no sabía más que reír y gritar, pisoteando la larga hierba jugosa que manchaba mi vestido... Tu alegría tranquila velaba sobre mi locura, y cuando he tendido la mano para alcanzar aquellos agavanzos, ¿sabes? de un rosa tan conmovedor, la tuya ha roto la rama antes que yo, y has quitado, una por una, las espinitas curvadas, color de coral con forma de garras... Me has dado las flores desarmadas...

Me has dado flores desarmadas. Me has dado, para que descanse jadeante, el mejor sitio a la sombra, bajo el árbol de lilas de Persia con racimos maduros. Has recogido para mí las anchas azulinas de las canastillas, flores encantadas cuyo corazón velloso emana olor a albérchigo... Me has dado la nata del botecito de leche, en la hora de la merienda; cuando mi hambre feroz te hacía sonreír... Me has dado el más dorado pan, y veo todavía tu mano transparente al sol, alzada para arrojar la avispa que se ahogaba, cogida en los rizos de mis cabellos... Has colocado sobre mis espaldas una ligera capa cuando una nube más larga ha pasado lentamente, hacia el fin del día, y he temblado toda sudorosa, ebria del todo, de un placer sin nombre entre los hombres, el placer ingenuo de los animales, felices en la primavera... Me has dicho: «Vuelve... Párate... Regresemos.» Me has dicho...

¡Ah! Si pienso en ti se acabó mi descanso. ¿Qué hora acaba de sonar? He aquí que las ventanas azulean. Oigo palpitar mi sangre, o tal vez es el murmullo de los jardines, allá lejos... ¿Duermes? No. Si acercara mi mejilla a la tuya sentiría temblar tus cejas como el ala de una mosca cautiva... Tú no duermes. Espías mi fiebre. Me guareces contra los malos sueños; piensas en mí como pienso en ti, y fingimos, por un extraño pudor sentimental, un apacible sueño. Mi cuerpo entero se abandona distendido, y mi nuca pesa sobre tu dulce espalda pero nuestros pensamientos se aman, discretamente, a través de esta alba azul, tan presta a crecer.

Pronto la barra luminosa, entre las cortinas, va a avivarse, a tornarse rosa... Unos cuantos minutos más, y podré leer en tu hermosa frente, en tu mentón delicado, en tu boca triste y tus párpados cerrados, la voluntad de aparecer dormido... Es la hora en que mi cansancio, mi insomnio enervador no podrán ya callarse, en que sacaré los brazos fuera de este lecho febril y mis talones malvados preparan ya su andar astuto...

Entonces, fingirás que te despiertas. Entonces podré refugiarme en ti, con confusas quejas injustas, con suspiros exagerados, con crispaciones que maldecirán el día llegado ya, la noche tan tarde en terminar, el ruido de la calle... Porque sé que entonces apretarás tu abrazo, y que, si el acunamiento de tus brazos no es suficiente para calmarme, tu beso se hará más tenaz, tus manos más amorosas, y que me concederás la voluptuosidad como un socorro, como el exorcismo soberano que expulsa de mí a los demonios de la fiebre, de la ira, de la inquietud... Me darás la voluptuosidad, inclinado sobre mí, los ojos llenos de una ansiedad maternal, tú que buscas, a través de tu amiga apasionada, el hijo que no has tenido...