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martes, 5 de agosto de 2008

GUY DE MAUPASSANT -- LOS ZUECOS -- MISERIA CAMPESINA

GUY DE MAUPASSANT -- LOS ZUECOS -- MISERIA CAMPESINA

LOS ZUECOS

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El anciano cura lanzaba atropelladamente los últimos párrafos de su sermón por encima de los gorros blancos de las campesinas y de los cabellos de los campesinos, enmarañados unos, acicalados otros. Las granjeras, que habían acudido de muy lejos para oír misa, tenían junto a ellas, en el suelo, sus grandes canastos; el calor pegajoso de un día de julio desprendía de todos aquellos cuerpos olor a establo, husmillo de ganado. Llegaban por la gran puerta entreabierta el quiquiriquí de los gallos y los mugidos de las vacas tumbadas en un campo cercano.
De cuando en cuando se metía violentamente por el pórtico una oleada de aire impregnado de aromas silvestres, jugeteaba al paso con los cintajos de las cabezas y llegaba asi hasta los cirios del altar, haciendo estremecer sus llamitas amarillentas.
—Como Dios manda... ¡Y que así sea! —dijo el sacerdote, y se calló.
Abrió, después un libro y empezó el capítulo de los pequeños asuntos íntimos de la comunidad, sobre los cuales solía aconsejar a sus ovejas. Era un anciano de cabellos blancos, que llevaba cuarenta años administrando la parroquia y que se servía de la plática dominical para comunicarse con llaneza con todos sus feligreses.
Dijo, entre otras cosas:
—Recomiendo a vuestras oraciones a Desiderio Vallin, que está muy enfermo, y también a la Paumelle, que siempre tarda mucho en reponerse de sus partos.
Quería acordarse de más cosas; repasaba trozos de papel que tenía entre las hojas de su breviario. Halló al fin los dos que buscaba, y prosiguió:
—Hay que impedir que los mozos y las mozas se cuelen de noche en el cementerio. De lo contrarío, daré aviso al guardia rural. El señor César Omont desea una chica formal para criada. —Se quedó todavía pensativo unos momentos y agregó—: No se me ocurre más, y ésta es la gracia que os deseo, en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Bajó del púlpito y siguió con su misa.
Así que los de Malandain estuvieron de regreso en su casucha, la última de la aldea de La Sablière, junto a la carretera de Fourville, el padre, un campesino viejo, bajito, seco y arrugado, se sentó a la mesa, mientras su mujer descolgaba la olla y su hija Adelaida sacaba del aparador vasos y platos, y habló así:
—Tal vez conviniese la colocación ésta para servir en casa del señor Omont, porque es viudo, su nuera no lo quiere, no tiene a nadie y puede sacarse mucho. Quizá no haríamos mal en enviar a Adelaida.
La mujer colocó en la mesa la olla renegrida, la destapó y se quedó pensativa, mientras subía al techo el vapor de la sopa, cargado de olor de coles.
E! marido siguió diciendo:
—Puede sacarse mucho, te lo digo yo. Pero se necesitaría una mujer despabilada, y Adelaida es una tontaina.
La mujer intervino entonces:
—Podríamos ver, de todas maneras .—Se volvió hacia su hija, una buena moza con cara de simplona, rubia, mofletuda y rubicunda como cáscara de manzana, y le gritó: —¿Oyes, borricota? Irás a casa del señor Omont a ofrecerte de criada, y le obedecerás en todo lo que te mande.
La hija se echó a reír como una tonta, sin contestar nada. Y se pusieron a comer los tres.
Al cabo de diez minutos reanudó el padre la conversación:
—Óyeme unas palabras, hija, y procura seguir al pie de la letra lo que voy a decirte...
Y le trazó, en frases lentas y minuciosas, una regla completa de conducta, previendo los más pequeños detalles, disponiéndola para la conquista de un viudo ya maduro que estaba indispuesto con su familia.
La madre había dejado de comer para escuchar, y con el tenedor en la mano, yendo y viniendo con la mirada de su marido a su hija, seguía aquellas instrucciones con atención reconcentrada y muda.
Adelaida permanecía inmóvil, mirando sin fijeza a todas partes, dócil y entontecida.
Acabada la comida, hizo la madre que su hija se pusiese el gorro, y salieron las dos para ir a ver al señor César Omont. Vivía éste en un pequeño pabellón de ladrillo, adosado a la casa de labor que ocupaban sus granjeros. Se había retirado de la profesión de subastador, para vivir de sus rentas.
Andaba por los cincuenta y cinco; era obeso, jovial y brusco, como buen ricachón. Se reía y gritaba con un vozarrón capaz de tirar un tabique, bebía sidra y aguardiente a vaso lleno y se le tenía por fogoso, a pesar de sus años.
Le gustaba pasear por el campo con las manos cruzadas a la espalda, hundiendo sus zuecos de madera en la tierra fértil, examinando la altura del trigo o la floración de los campos de colza con ojo de aficionado rico al que sigue gustándole el campo, pero sin darle demasiada importancia.
La gente comentaba, hablando de él:
—Marca siempre buen tiempo, aunque algunos días sólo a medias.
Recibió a las dos mujeres sin moverse de la mesa, mientras tomaba el café. Se echó hacia atrás en la silla y les preguntó:
—¿Qué es lo que quieren?
Fué la madre quien habló:
—Esta es nuestra hija Adelaida, y yo quisiera la tomase de criada por lo que el señor cura ha dicho esta mañana en el púlpito.
El señor Omont miró con ojos escrutadores a la chica y preguntó sin más rodeos:
—¿Cuántos años tiene esta cordera?
—Veintiuno por San Miguel, señor Omont.
—¡ Hecho! Le daré quince francos al mes y la comida.
Que venga mañana por la mañana, para prepararme la sopa del desayuno.
Y las despidió.
Adelaida entró en funciones al siguiente día, y sin hablar palabra se puso a trabajar tan afanosamente como lo hacía en casa de sus padres.
A eso de las nueve, mientras limpiaba los cristales de la cocina, oyó el vozarrón del señor Omont, que la llamaba:
— ¡Adelaida!
Acudió corriendo.
— ¡ Aquí estoy, señor!
Al verla delante, con las manos enrojecidas y desaseadas, la mirada inquieta, le espetó esta declaración terminante:
—Óyeme bien, para que no tengamos confusiones entre nosotros. Tú eres aquí mi criada y solamente mi criada. ¿Me comprendes? No vamos a juntar los zuecos.
—Sí, mi amo.
—Tú en tu sitio y yo en el mío, muchacha; la cocina, para ti; la sala, para mí. Fuera de eso, todo es de los dos por igual. ¿De acuerdo?
—Sí, mi amo.
—Entonces, a trabajar.
La chica reanudó sus tareas.
Al mediodía preparó la mesa del señor en su comedorcito tapizado de papel de colores; cuando tuvo la sopa en la mesa, fué a llamar al señor Omont:
—Está usted servido, mi amo.
Entró, tomó asiento, desdobló la servilleta, se quedó indeciso un instante y de pronto gritó con voz de trueno:
— ¡Adelaida!
La muchacha llegó, toda azorada. El señor Omont le gritó, como si fuera a hacerla pedazos:
—Pero, buenos, ¡ Dios de Dios! ¿En dónde está tu cubierto?
—Pero..., mi amo...
Él vociferó:
—A mí no me agrada comer solo, ¡ carámbanos! Ahora mismo te sientas a comer aquí, y si no te gusta, ya te estás largando. Tráete plato y vaso.
Fuera de sí del susto, trajo la chica su cubierto y balbució:
—Aquí me tiene, mi amo.
Se senté a la mesa frente a él.
Entonces el señor Omont recobró su buen humor; bebió, golpeó la mesa con el puño, contó historias que ella escuchaba con los ojos bajos, sin atreverse a pronunciar una sola palabra.
De cuando en cuando se levantaba la chica para traer pan, sidra, platos.
Cuando sirvió café, sólo trajo una taza y la colocó delante del amo. Este montó en cólera otra vez y gruñó:
—Pero ¿y tú?
—No lo tomo, mi amo.
—¿Qué es eso de que no lo tomas?
—Que no me gusta
El señor Omont estalló de nuevo:
—Te digo, ¡ Dios de Dios!, que no me gusta tomar solo el café. Si ahora mismo no te sirves tú, ya te puedes ir largando... Vete por una taza y alígera.
Se trajo una taza, volvió a sentarse, probó el líquido oscuro e hizo una mueca; pero como el amo tenía clavada en ella su mirada furibunda, se lo echó todo al cuerpo. Y después del café tuvo que tomar el primer vaso de aguardiente, para enjuagar el segundo, para empujar al del enjuague, y el tercero, el del puntapié y a casa.
El señor Omont le dijo entonces:
—Ahora te vas a fregar; eres una buena chica.
La escena se repitió por la noche. Y acaba la cena, jugaron al dominó; después la envió a acostarse.
—Vete a la cama; yo subiré de aquí a un rato.
La chica se dirigió a su habitación, que era una guardilla debajo del tejado. Rezó sus oraciones, se desnudó y se metió entre las sábanas.
De improviso, saltó, aterrada, de la cama.
—¡Adelaida!
Un grito tremebundo había hecho retemblar la casa. Ella abrió la puerta y gritó desde su sotabanco:
—Estoy aquí, mi amo.
—¿Qué estás dónde?
—¿Dónde voy a estar? En mi cama, señor amo.
Al oírla, vociferó él:
—Ya estás bajando en seguida. ¡Dios de Dios! No me gusta dormir solo, ¡carámbanos!; y si no bajas, ya estás de más aquí, recontra.
Ella entonces, desatinada,.mientras encendía la vela, gritó desde arriba:
—Voy en seguida, mi amo.
El señor Omont oyó el ruido que hacían sus pequeños zuecos en las escaleras de pino; cuando llegó a los últimos escalones, la tomó del brazo y, dándole apenas tiempo para poner sus estrechos zuecos de madera junto a los voluminosos del amo, la metió en su cuarto, gruñendo:
—¡Alígera, Dios de Dios!
‘Ella, sin saber ya lo que se decía, balbucía:
¡Ya estoy aquí, mi amo; ya estoy aquí!


A los seis meses fué la chica a ver a sus padres un domingo. El padre la miró con gran detenimiento, y luego le preguntó:
—¿No estás tú preñada?-
Ella se miró al vientré con cara de idiota, y contestó:
—No creo; no, no debo de estarlo.
El quiso enterarse bien y procedió a interrogarla:
—Ven acá... ¿No será que alguna noche habéis juntado los zuecos?
—¡Eso si! Los juntamos la primera noche, y. después, todas.
—Entonces, no me digas más... Estás hecha un tonel relleno.
Ella estalló en sollozos:
—Yo’ no sabía -nada. Yo no sabía nada.
El tío Malandain la miraba de arriba abajo, con ojo despierto y cara satisfecha, y’ le preguntó:
—¿Qué es lo que tú no sabías?
Ella contestó, con frases entrecortadas
—No sabía, no; no sabía que ásí... se hacían los niños.
En aquel instante llegaba su-madre. El marido le expLicó, sin señales de enfado en la voz:
—Ahí la tienes, preñada, donde la ves.
La madre, dejándose llevar por él instinto de mujer, se indignó, insultando a boca llena a su hija, que lloraba, y tratándola de cochina y arrastrada. -
El marido la hizo callar. Al coger la gorra para ir a tratar de sus asuntos con el señor César Omont, hizo este comentario:
—Es aún más estúpida de lo que me imaginaba. Ni siquiera se daba cuenta la tontaina de lo que se hacía.
En la plática del domingo siguiente, anunciaba el anciano sacerdote las amonestaciones del señor Onofre César Omont con Celeste Adelaida Malandain.

GUY DE MAUPASSANT -- YVELINE SAMORIS -- SUICIDIO

GUY DE MAUPASSANT -- YVELINE SAMORIS -- SUICIDIO



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YVELINE SAMORIS


La condesa de Samoris.
—¿Esa señora de negro, allá lejos?
—La misma, lleva luto por su hija, a quien mató.
— ¡Vamos! ¿Qué me cuenta?
—Una historia muy simple, sin crimen y sin violencias.
—¿Qué pasó, pues?
—Casi nada. Dicen que muchas cortesanas nacieron para ser mujeres honestas; y muchas mujeres llamadas honestas, para ser cortesanas, ¿no? Pues la señora de Samoris, nacida cortesana, tenía una hija nacida mujer honesta, y eso es todo.
—No lo entiendo bien.
—Me explicaré.


* * *


La condesa de Samoris es una de esas extranjeras de pacotilla que llueven a cientos sobre París, todos los años. Condesa húngara o polaca, o no sé qué, apareció un invierno en un piso de los Campos Elíseos, ese barrio de las aventureras, y abrió sus salones al primero que llegara.
Yo iba allí. ¿Por qué?, me dirá usted. No lo sé demasiado bien. Iba como vamos todos, porque se juega, porque las mujeres son fáciles y los hombres indecentes. Ya conoce usted ese mundo de filibusteros con condecoraciones variadas, todos nobles, todos con títulos, todos desconocidos en las embajadas, con excepción de los espías. Todos hablan del honor a troche y moche, citan sus antepasados, cuentan su vida, fanfarrones, mentirosos, tramposos, peligrosos como sus naipes, engañosos como sus apellidos, la aristocracia del presidio, en fin.
Adoro a esa gente. Son interesantes de estudiar, interesantes de conocer, divertidos de oír, a menudo ingeniosos, jamás triviales como funcionarios públicos. Sus mujeres son siempre bonitas, con un leve sabor de pillería extranjera, con el misterio de su existencia transcurrida acaso a medias en un correccional. Tienen en general ojos soberbios y un pelo inverosímil. Las adoro también.
La señora de Samoris es el prototipo de esas aventureras: elegante, madura y todavía guapa, encantadora y felina, se la nota viciosa hasta la médula. Nos divertíamos mucho en su casa, jugábamos, bailábamos, cenábamos a altas horas...; en fin, hacíamos todo cuanto constituye los placeres de la vida mundana.
Y tenía una hija, alta, espléndida, siempre alegre, siempre poropensa a las fiestas, siempre riendo a todo reír y bailando hasta reventar. Una auténtica hija de aventurera. Pero una inocente, una ignorante, una ingenua, que no veía nada, no sabía nada, no entendía nada, no adivinaba nada de cuanto pasaba en la casa paterna (1)
—¿Cómo lo sabe usted?»
—¿Cómo lo sé? Es de lo más gracioso. Llaman una mañana a mi casa, y mi ayuda de cámara viene a avisarme de que don Joseph Bonenthal pregunta por mí. Digo al punto:
—¿Quién es ese señor?
Mi servidor respondió:
—No lo sé muy bien, señor, quizás se trate de un doméstico.
Era un doméstico, en efecto, que quería entrar en mi casa.
«¿De dónde sale usted?
—De casa de la señora condesa de Samoris.
—¡Ah! Pero mi casa no se parece en nada a la suya.
—Lo sé perfectamente, señor, y por eso quisiera entrar en la casa de usted; estoy harto de esa gente; uno pasa por ella, pero no se queda.
Justamente necesitaba un hombre, y lo contraté.
Un mes después, la señorita Yveline Samoris moría misteriosamente; y he aquí todos los detalles de esa muerte, que supe por Joseph, quien los sabía por su amiga la doncella de la condesa.
Una noche de baile, dos recién llegados charlaban detrás de una puerta. La señorita Yveline, que acababa de bailar, se apoyó contra esa puerta para respirar un poco de aire. No la vieron acercarse; ella los oyó. Decían:
—Pero ¿quién es el padre de la jovencita?
—Un ruso, parece, el conde Ruvalof. Ya no ve a la madre.
—¿Y el príncipe reinante de hoy?
—Ese príncipe inglés que está de pie junto a la ventana. La señora Samoris lo adora. Aunque sus adoraciones nunca duran más de un mes o seis semanas. Por lo demás, ya ve usted que el personal de amigos es numeroso; todos son llamados... y casi todos son escogidos. Cuesta un poco caro, pero... ¡bah!
—¿De dónde sacó ese nombre de Samoris?
—Del único hombre al que quizás amó, un banquero israelita de Berlín que se llamaba Samuel Morris.
—Bien. Se lo agradezco. Ahora que estoy informado, lo veo todo claro. Y me lanzaré de cabeza.
¿Qué tormenta estalló en aquel cerebro de jovencita dotada de todos los instintos de una mujer honesta? ¿Qué desesperación trastornó aquella alma sencilla? ¿Qué torturas apagaron la alegría incesante, la risa encantadora, la exultante dicha de vivir? ¿Qué combate se entabló en su corazón, tan joven, hasta la hora en que hubo marchado el último invitado? Eso era lo que Joseph no podía decirme. Pero esa misma noche Yveline entró bruscamente en el cuarto de su madre, que iba a meterse en cama, mandó salir a la camarera, que se quedó detrás de la puerta, y de pie, pálida, con los ojos agrandados, dijo:
—Mamá, esto es lo que he oído hace un poco en el salón.
Y contó palabra por palabra la conversación que le he citado.
La condesa, estupefacta, no sabía al principio qué responder. Después lo negó todo con energía, inventó una historia, juró, puso a Dios por testigo.
La joven se retiró trastornada, pero no convencida. Y espió.
Recuerdo perfectamente el extraño cambio que había sufrido. Estaba siempre seria y triste; y clavaba en nosotros sus grandes ojos fijos como para leer en el fondo de nuestras almas. No sabíamos qué pensar, y se pretendía que buscaba un marido, ora definitivo, ora pasajero.
Una noche no le cupieron más dudas: sorprendió a su madre. Entonces, fríamente, como un hombre de negocios que plantea las condiciones de un trato, dijo:
—Mamá, he decidido una cosa. Nos retiraremos las dos a un chalecito o bien al campo; viviremos sin ruido, como podamos. Sólo tus joyas valen una fortuna. Si encuentras un hombre honrado con quien casarte, mejor que mejor; y mejor aún si también yo encuentro uno. Si no consientes en esto, me mataré.
Esta vez la condesa mandó a su hija a la cama y le prohibió repetir aquella lección, tan inoportuna en sus labios.
Yveline respondió:
—Te doy un mes para reflexionar. Si en un mes no hemos cambiado de existencia, me mataré, pues no me queda ninguna otra salida honorable en la vida.
Y se marchó.
Al cabo de un mes, se seguía bailando y cenando a altas horas en el hotel Samoris.
Yveline entonces pretendió que le dolían las muelas y mandó comprar en un farmacéutico vecino unas gotas de cloroformo. Al día siguiente volvió a hacerlo; tuvo que recoger en persona, cada vez que salía, dosis insignificantes del narcótico. Llenó una botella.
La encontraron, una mañana, en su cama, ya fría, con una careta de algodón sobre el rostro.
Su ataúd fue cubierto de flores, la iglesia revestida de blanco. Hubo una muchedumbre en la ceremonia fúnebre.
Pues bien, ¡de veras! , si lo hubiera sabido —aunque nunca se sabe—, quizás me habría casado con aquella muchacha. Era terriblemente guapa.

*
—Y la madre, ¿qué pasó con ella?
— ¡ Oh! Lloró mucho. Sólo hace ocho días que vuelve a recibir a sus íntimos.
—¿Y qué dijeron para explicar esa muerte?
—Se habló de un nuevo modelo de estufa cuyo mecanismo se había estropeado. Como ya en otra época habían tenido mucha resonancia los accidentes de esos aparatos, la cosa no pareció nada inverosímil.