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jueves, 29 de enero de 2009

El duque de L'Omelette -- ALLAN POE

El duque de L'Omelette

The Duc de L'Omlette, 1832
Y pasó al punto a un clima más fresco.
COWPER


Keats sucumbió a una crítica. ¿Quién murió de una Andrómaca?3 ¡Almas innobles! El
duque De L'Omelette pereció de un verderón. L'histoire en est brève. ¡Ayúdame, espíritu
de Apicio!
Una jaula de oro llevó al pequeño vagabundo alado, enamorado, derretido,
indolente, desde su hogar en el lejano Perú a la Chaussée d'Antin; de su regia dueña, La
Bellísima, al duque De L'Omelette; y seis pares del reino transportaron el dichoso
pájaro.
Aquella noche el duque debía cenar a solas. En la intimidad de su despacho
reclinábase lánguidamente sobre aquella otomana por la cual había sacrificado su
lealtad al pujar más que su rey en la subasta... la famosa otomana de Cadêt.
El duque hunde el rostro en la almohada. ¡Suena el reloj! Incapaz de contener sus
sentimientos, su Gracia come una aceituna. En ese instante ábrese la puerta a los dulces
sones de una música y, ¡oh maravilla!, el más delicado de los pájaros aparece ante el más
enamorado de los hombres. Pero, ¿qué inexpresable espanto se difunde en las facciones
del duque? “Horreur!  chien  Baptiste!  L'oiseau! ah, bon Dieu! cet oiseau modeste que tu
as déshabillé de ses plumes, et que tu as servi sans papier!» Sería superfluo agregar nada: el
duque expira en un paroxismo de asco.
—¡Ja, ja, ja! —dijo su Gracia, tres días después de su fallecimiento.
—¡Je, je, je! —repuso suavemente el diablo, enderezándose con un aire de hauteur.
—Vamos, supongo que esto no es en serio —observó De L'Omelette— . He pecado,
c'est vrai, pero, querido señor... ¡supongo que no tendrá la intención de llevar a la
práctica tan bárbaras amenazas!
—¿Tan qué? —dijo su Majestad—. ¡Vamos, señor, desnúdese!
—¿Desnudarme? ¡Muy bonito en verdad? ¡No, señor, no me desnudaré! ¿Quién es
usted para que yo, duque De L'Omelette, príncipe de Foie-Gras, apenas mayor de edad,
autor de la Mazurquiada y miembro de la Academia, tenga que quitarme obedientemente
los mejores pantalones jamás cortados por Bourdon, la más bonita robe de chambre salida
3 Montfleury. El autor del Parnasse Réformé le hace decir en el Hades: L'homme donc qui voudrais savoir ce
dont je suis mort, qu’il ne demande pas s’il fût de fièvre ou de podagre ou d’autre chose, mais qu’il entende que ce
fût de “L’Andromache”.
de manos de Rombèrt, por no decir nada de los papillotes y para no mencionar la
molestia que me representaría quitarme los guantes?
—¿Que quién soy? ¡Ah, es verdad! Soy Baal-Zebub, príncipe de la Mosca. Acabo de
sacarte de un ataúd de palo de rosa incrustado de marfil. Estabas extrañamente
perfumado y tenías, una etiqueta como si te hubieran facturado. Te mandaba Belial, mi
inspector de cementerios. En cuanto a esos Pantalones que dices cortados por Bourdon,
son un excelente par de calzoncillos de lino, y tu robe de chambre es una mortaja de no
pequeñas dimensiones.
—¡Caballero —replicó el duque— , no me dejo insultar impunemente! ¡Aprovecharé
la primera oportunidad para vengarme de esta afrenta! ¡Oirá usted hablar de mí!
¡Entretanto... au revoir!
Y el duque se inclinaba, antes de apartarse de la satánica presencia, cuando se vio
interrumpido y devuelto a su sitio por un guardián. En vista de ello, su Gracia se frotó
los ojos, bostezó, encogióse de hombros y reflexionó. Luego de quedar satisfecho sobre
su identidad, echó una mirada a vuelo de pájaro sobre los alrededores.
El aposento era soberbio a un punto tal, que De L'Omelette lo declaró bien comme il
faut. No tanto por su largo o su ancho, sino por su altura... ¡ah, qué espantosa altura! No
había techo... ciertamente no lo había... Solamente una densa masa atorbellinada de
nubes de color de fuego. Su Gracia sintió que la cabeza le daba vueltas al mirar hacia
arriba. Desde lo alto colgaba una cadena de un metal desconocido de color rojo sangre;
su extremidad superior se perdía, como la ciudad de Boston, parmi les nuages. En su
extremo inferior se balanceaba un enorme fanal. El duque comprendió que se trataba de
un rubí; pero de ese rubí emanaba una luz tan intensa, tan fija, como jamás fue adorada
en Persia, o imaginada por Gheber, o soñada por un musulmán cuando, intoxicado de
opio, cae tambaleándose en un lecho de amapolas, la espalda contra las flores y el rostro
vuelto al dios Apolo. El duque murmuró un suave juramento, decididamente
aprobatorio.
Los ángulos del aposento se curvaban formando nichos. Tres de ellos aparecían
ocupados por estatuas de proporciones gigantescas. Su hermosura era griega, su
deformación egipcia, su tout ensemble francés. En el cuarto nicho, la estatua aparecía
velada y no era colosal. Veíase empero un tobillo ahusado, un pie con sandalia. De
L'Omelette llevó su mano al corazón, cerró los ojos, volvió a abrirlos y sorprendió a su
satánica majestad... cuando se sonrojaba.
¡Pero aquellas pinturas! ¡Kupris! ¡Astarté! ¡Astoreth! ¡Mil y la misma! ¡Y Rafael las ha
contemplado! Sí, Rafael estuvo aquí: ¡acaso no pintó la ... ? ¿Y no se condenó a causa de
ello? ¡Las pinturas, las pinturas! ¡Oh lujo, oh amor! ¿Quién, contemplando aquellas
bellezas prohibidas, tendría ojos para las exquisitas obras que, en sus marcos de oro,
salpican como estrellas las paredes de jacinto y de pórfido?
Empero, el corazón del duque desfallece. No se siente, como lo suponéis, marcado
por la magnificencia, ni embriagado por el intenso perfume de los innumerables
incensarios. C'est vrai que de toutes ces choses il a pensé beaucoup  mais! El duque De
L'Omelette está aterrado. ¡A través de la cárdena visión que le ofrece la sola ventana sin
cortinas se divisa el más espantoso de los fuegos!
Le pauvre Duc! No podía impedirse imaginar que las admirables, las voluptuosas, las
inmortales melodías que invadían aquel salón, a medida que pasaban filtrándose y
trasmutándose por la alquimia de las encantadas ventanas, eran los gemidos y los
alaridos de los condenados sin esperanza. ¡Y allí, allí, sobre la otomana! ¿Quién está ahí?
¡Es él, el petit-maître... no, la Deidad... sentado como si estuviera esculpido en mármol, et
qui sourit, con su pálido rostro, si amèrement!
Mais il faut agir... vale decir que un francés no se desmaya nunca de golpe. Además,
a su Gracia le repugna una escena... De L'Omelette ha recobrado todo su dominio. Ha
visto unos floretes sobre la mesa y unas dagas. El duque ha estudiado con B...; il avait tué
ses six hommes. Por lo tanto, il peut s'échapper. Mide dos armas y, con inimitable gracia,
ofrece la elección a su Majestad. Horreur! ¡Su Majestad no sabe esgrima!
Mais il joue! ¡Feliz idea! Su Gracia tuvo siempre una excelente memoria. Alguna vez
hojeó Le Diable, del abate Gualtier. Allí se dice que le Diable n'ose pas refuser un jeu
d'écarté.
¡Pero las probabilidades... las probabilidades! Remotísimas, desesperadas, es verdad;
empero, apenas más desesperadas que el duque mismo. Además, ¿no está en el secreto?
¿No ha leído al Pére Le Brun? ¿No era miembro del Club Vingt-et-un? Si je perds  dice
je serai deux fois perdu... quedaré dos veces condenado... voilà tout! (Y aquí su Gracia se
encogió de hombros.) Si je gagne, je reviendrai á mes ortolons... que les cartes soient préparées!
Su Gracia era todo cuidado, todo atención; su Majestad, todo confianza. Un
espectador hubiera pensado en Francisco y en Carlos. Su Gracia pensaba en su juego. Su
Majestad no pensaba: barajaba. El duque cortó.
Distribuyéronse las cartas. Diose vuelta la primera. ¡El rey! ¡Pero no... era la reina! Su
Majestad maldijo sus vestimentas masculinas. De L'Omelette se llevó la mano al
corazón.
Jugaron. El duque contaba. Había terminado la mano. Su Majestad contaba
lentamente, sonriendo, bebiendo vino. El duque escamoteó una carta.
—C'est á vous de faire —dijo su Majestad, cortando—. Su Gracia se inclinó, barajó las
cartas y levantóse en presentant leRoi.
Su Majestad pareció apesadumbrado.
Si Alejandro no hubiese sido Alejandro, hubiera querido ser Diógenes, y el duque
aseguró a su antagonista mientras se despedía de él, que s'il n'eût été De L'Omelette il
n’aurait point d’objection d’être le Diable.

Metzengerstein -- Poe -- Metzangerstein, 1932

Metzengerstein

Pestis eram vivus
moriens tua mor ero.
MARTÍN LUTERO

El horror y la fatalidad han estado al acecho en todas las edades. ¿Para qué,
entonces, atribuir una fecha a la historia que he de contar? Baste decir que en la época de
que hablo existía en el interior de Hungría una firme aunque oculta creencia en las
doctrinas de la metempsícosis. Nada diré de las doctrinas mismas, de su falsedad o su
probabilidad. Afirmo, sin embargo, que mucha de nuestra incredulidad (como lo dísela
Bruyére de nuestra infelicidad) vient de ne pouvoir étre seuls2.
Pero, en algunos puntos, la superstición húngara se aproximaba mucho a lo
absurdo. Diferían en esto por completo de sus autoridades orientales. He aquí un
ejemplo: El alma —afirmaban (según lo hace notar un agudo e inteligente parisiense)—
nedemeure qu'une seule fois dans un corps sensible: au reste, un cheval, un chien, un homme
méme, n'est que la ressemblance peu tangible de ces animaux.
Las familias de Berlifitzing y Metzengerstein hallábanse enemistadas desde hacía
siglos. Jamás hubo dos casas tan ilustres separadas por una hostilidad tan letal. El origen
de aquel odio parecía residir en las palabras de una antigua profecía: «Un augusto
nombre sufrirá una terrible caída cuando, como el jinete en su caballo, la mortalidad de
Metzengerstein triunfe sobre la inmortalidad de Berlifitzing».
Las palabras en sí significaban poco o nada. Pero causas aún más triviales han tenido
—y no hace mucho— consecuencias memorables. Además, los dominios de las casas
rivales eran contiguos y ejercían desde hacía mucho una influencia rival en los negocios
del Gobierno. Los vecinos inmediatos son pocas veces amigos, y los habitantes del
castillo de Berlifitzing podían contemplar, desde sus encumbrados contrafuertes, las
ventanas del palacio de Metzengerstein. La más que feudal magnificencia de este último
se prestaba muy poco a mitigar los irritables sentimientos de los Berlifitzing, menos
antiguos y menos acaudalados. ¿Cómo maravillarse entonces de que las tontas palabras
de una profecía lograran hacer estallar y mantener vivo el antagonismo entre dos
familias ya predispuestas a querellarse por todas las razones de un orgullo hereditario?
2 En L’an deux mille quatre cents quarante, Mercier defiende seriamente la doctrina de la
metempsicosis, y J. d'Israeli afirma que «no hay ningún sistema tan sencillo y que repugne menos a
lainteligencia. Se dice asimismo que el coronel Ethan Allen, «el muchacho de las Montañas Verdes»,
era asimismo un firme convencido de la metempsicosis.
La profecía parecía entrañar —si entrañaba alguna cosa— el triunfo final de la casa más
poderosa, y los más débiles y menos influyentes la recordaban con amargo
resentimiento.
Wilhelm, conde de Berlifitzing, aunque de augusta ascendencia, era, en el tiempo de
nuestra narración, un anciano inválido y chocho que sólo se hacía notar por una
excesiva cuanto inveterada antipatía personal hacia la familia de su rival, y por un amor
apasionado hacia la equitación y la caza, a cuyos peligros ni sus achaques corporales ni
su incapacidad mental le impedían dedicarse diariamente.
Frederick, barón de Metzengerstein, no había llegado, en cambio a la mayoría de
edad. Su padre, el ministro G..., había muerto joven, y su madre, lady Mary, lo siguió
muy pronto. En aquellos días, Frederick tenía dieciocho años. No es ésta mucha edad en
las ciudades; pero en una soledad, y en una soledad tan magnífica como la de aquel
antiguo principado, el péndulo vibra con un sentido más profundo.
Debido a las peculiares circunstancias que rodeaban la administración de su padre,
el joven barón heredó sus vastas posesiones inmediatamente después de muerto aquél.
Pocas veces se había visto a un noble húngaro dueño de semejantes bienes. Sus castillos
eran incontables. El más esplendoroso, el más amplio era el palacio Metzengerstein. La
línea limítrofe de sus dominios no había sido trazada nunca claramente, pero su parque
principal comprendía un circuito de cincuenta millas.
En un hombre tan joven, cuyo carácter era ya de sobra conocido, semejante herencia
permitía prever fácilmente su conducta venidera. En efecto, durante los tres primeros
días, el comportamiento del heredero sobrepasó todo lo imaginable y excediólas
esperanzas de sus más entusiastas admiradores. Vergonzosas orgías, flagrantes
traiciones, atrocidades inauditas, hicieron comprender rápidamente a sus temblorosos
vasallos que ninguna sumisión servil de su parte y ningún resto de conciencia por parte
del amo proporcionarían en adelante garantía alguna contra las garras despiadadas de
aquel pequeño Calígula. Durante la noche del cuarto día estalló un incendio en las
caballerizas del castillo de Berlifitzing, y la opinión unánime agregó la acusación de
incendiario a la ya horrorosa lista de los delitos y enormidades del barón.
Empero, durante el tumulto ocasionado por lo sucedido, el joven aristócrata
hallábase aparentemente sumergido en la meditación en un vasto y desolado aposento
del palacio solariego de Metzengerstein. Las ricas aunque desvaídas colgaderas que
cubrían lúgubremente las paredes representaban imágenes sombrías y majestuosas de
mil ilustres antepasados. Aquí, sacerdotes de manto de armiño y dignatarios pontificios,
familiarmente sentados junto al autócrata y al soberano, oponían su veto a los deseos de
un rey temporal, o contenían con el fiat de la supremacía papal el cetro rebelde del
archienemigo. Allí, las atezadas y gigantescas figuras de los príncipes de
Metzengerstein, montados en robustos corceles de guerra, que pisoteaban al enemigo
caído, hacían sobresaltar al más sereno contemplador con su expresión vigorosa; otra
vez aquí, las figuras voluptuosas, como de cisnes, de las damas de antaño, flotaban en el
laberinto de una danza irreal, al compás de una imaginaria melodía.
Pero mientras el barón escuchaba o fingía escuchar el creciente tumulto en las
caballerizas de Berlifitzing —y quizá meditaba algún nuevo acto, aún más audaz—, sus
ojos se volvían distraídamente hacia la imagen de un enorme caballo, pintado con un
color que no era natural, y que aparecía en las tapicerías como perteneciente a un
sarraceno, antecesor de la familia de su rival. En el fondo de la escena, el caballo
permanecía inmóvil y estatuario, mientras aún más lejos su derribado jinete perecía bajo
el puñal de un Metzengerstein.
En los labios de Frederick se dibujó una diabólica sonrisa, al darse cuenta de lo que
sus ojos habían estado contemplando inconscientemente. No pudo, sin embargo,
apartarlos de allí. Antes bien, una ansiedad inexplicable pareció caer cerro un velo
fúnebre sobre sus sentidos. Le resultaba difícil conciliar sus soñolientas e incoherentes
sensaciones con la certidumbre de estar despierto. Cuanto más miraba, más absorbente
se hacía aquel encantamiento y más imposible parecía que alguna vez pudiera alejar sus
ojos de la fascinación de aquella tapicería. Pero como afuera el tumulto era cada vez más
violento, logró, por fin, concentrar penosamente su atención en los rojizos resplandores
que las incendiadas caballerizas proyectaban, sobre las ventanas del aposento.
Con todo, su nueva actitud no duró mucho y sus ojos volvieron a posarse
mecánicamente en el muro. Para su indescriptible horror y asombro, la cabeza del
gigantesco corcel parecía haber cambiado, entretanto, de posición. El cuello del animal,
antes arqueado como si la compasión lo hiciera inclinarse sobre el postrado cuerpo de su
amo, tendíase ahora en dirección al barón. Los ojos, antes invisibles, mostraban una
expresión enérgica y humana, brillando con un extraño resplandor rojizo como de
fuego; y los abiertos belfos de aquel caballo, aparentemente enfurecido, dejaban a la
vista sus sepulcrales y repugnantes dientes.
Estupefacto de terror, el joven aristócrata se encaminó, tambaleante, hacia la puerta.
En el momento de abrirla, un destello de luz roja, inundando el aposento, proyectó
claramente su sombra contra la temblorosa tapicería, y Frederick se estremeció al
percibir que aquella sombra (mientras él permanecía titubeando en el umbral) asumía la
exacta posición y llenaba completamente el contorno del triunfante matador del
sarraceno Berlifitzing.
Para calmar la depresión de su espíritu, el barón corrió al aire libre. En la puerta
principal del palacio encontró a tres escuderos. Con gran dificultad, y a riesgo de sus
vidas, los hombres trataban de calmar los convulsivos saltos de un gigantesco caballo de
color de fuego.
—¿De quién es este caballo? ¿Dónde lo encontrasteis? —demandó el joven, con voz
tan sombría como colérica, al darse cuenta de que el misterioso corcel de la tapicería era
la réplica exacta del furioso animal que estaba contemplando.
—Es vuestro, sire —repuso uno de los escuderos—, o, por lo menos, no sabemos que
nadie lo reclame. Lo atrapamos cuando huía, echando humo y espumante de rabia, de
las caballerizas incendiadas del conde de Berlifitzing. Suponiendo que era uno de los
caballos extranjeros del conde, fuimos a devolverlo a sus hombres. Pero éstos negaron
haber visto nunca al animal, lo cual es raro, pues bien se ve que escapó por muy poco de
perecer en las llamas.
—Las letras W. V. B. están claramente marcadas en su frente —interrumpió otro
escudero—. Como es natural, pensamos que eran las iniciales de Wilhelm Von
Berlifitzing, pero en el castillo insisten en negar que el caballo les pertenezca.
—¡Extraño, muy extraño! —dijo el joven barón con aire pensativo, y sin cuidarse, al
parecer, del sentido de sus palabras—. En efecto, es un caballo notable, un caballo
prodigioso... aunque, como observáis justamente, tan peligroso como intratable... Pues
bien, dejádmelo —agregó, luego de una pausa—. Quizá un jinete como Frederick de
Metzengerstein sepa domar hasta el diablo de las caballerizas de Berlifitzing.
—Os engañáis, señor; este caballo, como creo haberos dicho, no proviene de las
caballadas del conde. Si tal hubiera sido el caso, conocemos demasiado bien nuestro
deber para traerlo a presencia de alguien de vuestra familia.
—¡Cierto! —observó secamente el barón.
En ese mismo instante, uno de los pajes de su antecámara vino corriendo desde el
palacio, con el rostro empurpurado. Habló al oído de su amo para informarle de la
repentina desaparición de una pequeña parte de las tapicerías en cierto aposento, y
agregó numerosos detalles tan precisos como completos. Como hablaba en voz muy
baja, la excitada curiosidad de los escuderos quedó insatisfecha.
Mientras duró el relato del paje, el joven Frederick pareció agitado por encontradas
emociones. Pronto, sin embargo, recobró la compostura, y mientras se difundía en su
rostro una expresión de resuelta malignidad, dio perentorias órdenes para que el
aposento en cuestión fuera inmediatamente cerrado y se le entregara al punto la llave.
—¿Habéis oído la noticia de la lamentable muerte del viejo cazador Berlifitzing?—
dijo uno de sus vasallos al barón, quien después de la partida del paje seguía
mirándolos botes y las arremetidas del enorme caballo que acababa de adoptar como
suyo, i.e. redoblaba su furia mientras lo llevaban por la larga avenida que unía el palacio
con las caballerizas de los Metzengerstein.
—¡No! —exclamó el barón, volviéndose bruscamente hacia el que había hablado—.
¿Muerto, dices?
—Por cierto que sí, sire, y pienso que para el noble que ostenta vuestro nombre no
será una noticia desagradable.
Una rápida sonrisa pasó por el rostro del barón.
—¿Cómo murió?
—Entre las llamas, esforzándose por salvar una parte de sus caballos de caza
favoritos.
—¡Re ...al...mente! —exclamó el barón, pronunciando cada sílaba como si una
apasionante idea se apoderara en ese momento de él.
—¡Realmente! —repitió el vasallo.
—¡Terrible! —dijo serenamente el joven, y se volvió en silencio al palacio.
Desde aquel día, una notable alteración se manifestó en la conducta exterior del
disoluto barón Frederick de Metzengerstein. Su comportamiento decepcionó todas las
expectativas, y se mostró en completo desacuerdo con las esperanzas de muchas damas,
madres de hijas casaderas; al mismo tiempo, sus hábitos y manera de ser siguieron
diferenciándose más que nunca de los de la aristocracia circundante. Jamás se le veía
fuera de los límites de sus dominios, y en aquellas vastas extensiones parecía andar sin
un solo amigo —a menos que aquel extraño, impetuoso corcel de ígneo color, que
montaba continuamente, tuviera algún misterioso derecho a ser considerado como su
amigo.
Durante largo tiempo, empero, llegaron a palacio las invitaciones de los nobles
vinculados con su casa. «¿Honrará el barón nuestras fiestas con su presencia?» «¿Vendrá
el barón a cazar con nosotros el jabalí?» Las altaneras y lacónicas respuestas eran
siempre: «Metzengerstein no irá a la caza», o «Metzengerstein no concurrirá».
Aquellos repetidos insultos no podían ser tolerados por una aristocracia igualmente
altiva. Las invitaciones se hicieron menos cordiales y frecuentes, hasta que cesaron por
completo. Incluso se oyó a la viuda del infortunado conde Berlifitzing expresar la
esperanza de que «el barón tuviera que quedarse en su casa cuando no deseara estar en
ella, ya que desdeñaba la sociedad de sus pares, y que cabalgara cuando no quisiera
cabalgar, puesto que prefería la compañía de un caballo». Aquellas palabras eran sólo el
estallido de un rencor hereditario, y servían apenas para probar el poco sentido que
tienen nuestras frases cuando queremos que sean especialmente enérgicas.
Los más caritativos, sin embargo, atribuían aquel cambio en la conducta del joven
noble a la natural tristeza de un hijo por la prematura pérdida de sus padres; ni que
decir que echaban al olvido su odiosa y desatada conducta en el breve período
inmediato a aquellas muertes. No faltaban quienes presumían en el barón un concepto
excesivamente altanero de la dignidad. Otros —entre los cuales cabe mencionar al
médico de la familia— no vacilaban en hablar de una melancolía morbosa y mala salud
hereditaria; mientras la multitud hacía correr oscuros rumores de naturaleza aún más
equívoca.
Por cierto que el obstinado afecto del joven hacia aquel caballo de reciente
adquisición —afecto que parecía acendrarse a cada nueva prueba que daba el animal de
sus Broces y demoníacas tendencias terminó por parecer tan odioso como anormal aojos
de todos los hombres de buen sentido. Bajo el resplandor del mediodía, en la oscuridad
nocturna, enfermo o sano, con buen tiempo o en plena tempestad, el joven
Metzengerstein parecía clavado en la montura del colosal caballo, cuya intratable fiereza
se acordaba tan bien con su propia manera de ser.
Agregábanse además ciertas circunstancias que, unidas a los últimos sucesos,
conferían un carácter extraterreno y portentoso a la manía del jinete y a las posibilidades
del caballo. Habíase medido cuidadosamente la longitud de alguno de sus saltos, que
excedían de manera asombrosa las más descabelladas conjeturas. El barón no había
dado ningún nombre a su caballo, a pesar de que todos los otros de su propiedad los
tenían. Su caballeriza, además, fue instalada lejos de las otras, y sólo su amo osaba
penetrar allí y acercarse al animal para darle de comer y ocuparse de su cuidado. Era
asimismo de observar que, aunque los tres escuderos que se habían apoderado del
caballo cuando escapaba del incendio en la casa de los Berlifitzing, lo habían contenido
por medio de una cadena y un lazo, ninguno podía afirmar con certeza que en el curso
de la peligrosa lucha, o en algún momento más tarde, hubiera apoyado la mano en el
cuerpo de la bestia. Si bien los casos de inteligencia extraordinaria en la conducta de un
caballo lleno de bríos no tienen por qué provocar una atención fuera de lo común,
ciertas circunstancias se imponían por la fuerza aun a los más escépticos y flemáticos; se
afirmó incluso que en ciertas ocasiones la boquiabierta multitud que contemplaba a
aquel animal había retrocedido horrorizada ante el profundo e impresionante
significado de la terrible apariencia del corcel; ciertas ocasiones en que aun el joven
Metzengerstein palidecía y se echaba atrás, evitando la viva, la interrogante mirada de
aquellos ojos que parecían humanos.
Empero, en el séquito del barón nadie ponía en duda el ardoroso extraordinario
efecto que las fogosas características de su caballo provocaban en el joven aristócrata;
nadie, a menos que mencionemos a un insignificante pajecillo contrahecho, que
interponía su fealdad en todas partes y cuyas opiniones carecían por completo de
importancia. Este paje (si vale la pena mencionarlo) tenía el descaro de afirmar que su
amo jamás se instalaba en la montura sin un estremecimiento tan imperceptible como
inexplicable, y que al volver de sus largas y habituales cabalgatas, cada rasgo de su
rostro aparecía deformado por una expresión de triunfante malignidad.
Una noche tempestuosa, al despertar de un pesado sueño, Metzengerstein bajó como
un maníaco de su aposento y, montando a caballo con extraordinaria prisa, sé lanzó a
las profundidades de la floresta. Una conducta tan habitual en él no llamó especialmente
la atención, pero sus domésticos esperaron con intensa ansiedad su retorno cuando,
después de algunas horas de ausencia, las murallas del magnífico y suntuoso palacio de
los Metzengerstein comenzaron a agrietarse y a temblar hasta sus cimientos, envueltas
en la furia ingobernable de un incendio.
Aquellas lívidas y densas llamaradas fueron descubiertas demasiado tarde; tan
terrible era su avance que, comprendiendo la imposibilidad de salvar la menor parte del
edificio, la muchedumbre se concentró cerca del mismo, envuelta en silencioso y
patético asombro. Pero pronto un nuevo y espantoso suceso reclamó el interés de la
multitud, probando cuánto más intensa es la excitación que provoca la contemplación
del sufrimiento humano, que los más espantosos espectáculos que pueda proporcionarla
materia inanimada.
Por la larga avenida de antiguos robles que llegaba desde la floresta a la entrada
principal del palacio se vio venir un caballo dando enormes saltos, semejante al
verdadero Demonio de la Tempestad, y sobre el cual había un jinete sin sombrero y con
las ropas revueltas.
Veíase claramente que aquella carrera no dependía de la voluntad del caballero. La
agonía que se reflejaba en su rostro, la convulsiva lucha de todo su cuerpo, daban
pruebas de sus esfuerzos sobrehumanos; pero ningún sonido, salvo un solo alarido,
escapó de sus lacerados labios, que se había mordido una y otra vez en la intensidad de
su terror. Transcurrió un instante, y el resonar de los cascos se oyó clara y agudamente
sobre el rugir de las llamas y el aullar de los vientos; pasó otro instante y, con un sólo
salto que le hizo franquear el portón y el foso, el corcel penetró en la escalinata del
palacio llevando siempre a su jinete y desapareciendo en el torbellino de aquel caótico
fuego.
La furia de la tempestad cesó de inmediato, siendo sucedida por una profunda y
sorda calma. Blancas llamas envolvían aún el palacio como una mortaja, mientras en la
serena atmósfera brillaba un resplandor sobrenatural que llegaba hasta muy lejos;
entonces una nube de humo se posó pesadamente sobre las murallas, mostrando
distintamente la colosal figura de... un caballo.

LA RABIA -- GUY DE MAUPASSANT

LA RABIA


Mi querida Genoveva: Me pides que te cuente mi viaje de boda. Me atreveré? ¡Ah! ¿Por qué no me dijiste algo, por qué no me diste a entender algo? Yo, ignorante, no sabia nada; pero absolutamente nada. ¡Me parece bien! Hacia dieciocho meses que te casaste, dieciocho meses que lo sabes todo, tú, mi amiga del alma, que antes eras tan comunicativa conmigo, y en ocasión tan dificultosa no tuviste ni caridad para prevenirme. Si me hubieses advertido, si hubieses despertado siquiera mi curiosidad, si me hubieses dejado entrever la menor sospecha, me habrías ahorrado una simpleza de que aún me avergüenzo, de la cual se reirá mi marido toda la vida; y es tuya la culpa.
He quedado en ridículo para siempre; cometí una estupidez, cuyo recuerdo no se borra fácilmente. Y tú podías evitarlo. ¡Ah, si yo lo hubiera sabido!
Prométeme que no te reirás de mí, si quieres que te diga lo que pasó.
No; no es una comedia, es un drama.
Me casé por la tarde, y debíamos tomar el tren de la noche para el viaje de novios; ya lo sabes, yo distaba mucho de parecerme a Paulina, cuyas aventuras nos ha referido tan graciosamente Gyp en su bonita novela En torno del matrimonio.
Y si mamita me hubiese dicho como la señora de Haütretan dice a su hija: «Tu marido te oprimirá entre sus brazos, y...», yo no podría responder como Paulina, riendo: «No sigas, no me hace falta preparación; estoy al tanto de lo que debe ocurrirme...»
Yo lo ignoraba todo, y mamá, la pobre mamá, conmovida, no se atrevió a insinuarme la menor idea referente a un suceso tan escabroso.
A las cinco desfilaban ya los invitados; el coche nos aguardaba para llevarnos a la estación.
Aún me parece ver a los criados cargando los baúles, y oigo la voz de papá, cascada por el llanto, que a duras penas podía contener. Los hombres han de ser fuertes. Al despedirse de mí, besándome y abrazándome, dijo: « ¡Valor, hijita!», como si fuesen a sacarme una muela. En cambio, mamá estaba hecha un mar de lagrimas. Mi marido apresuraba la despedida, procurando acortar aquella situación difícil. Yo, completamente dichosa, en aquel momento, sin embargo, lloraba también. De pronto sentí que me tiraban de la falda: era Bijou, al cual había olvidado por completo, no haciéndole ninguna caricia; y el animalito me daba su adiós a su manera. Me enternecí, y cogiéndole—ya sabes que no abulta más que un puño—, le cubrí de besos. Me gusta mucho acariciar a los animalitos; el contacto de su piel me produce una sensación agradable, un escalofrío delicioso.
El perrito estaba loco de alegría, y agitándose y lamiéndome, de pronto, me clavó los dientes en la nariz, No pude contener un grito, y solté a Bijou, porque la menuda herida me dolía y sangraba. Toda la familia se alarmó. Pidieron agua, vinagre, hilas y mi cariñoso marido me hizo la cura. No era nada; una rozadura insignificante. Al cabo de cinco minutos nos fuimos.
Pensábamos permanecer mes y medio en Normandía, y a media noche llegamos a Dieppe.
Ya sabes de qué modo me gusta el mar. Comuniqué a mi esposo mi deseo de no acostarme sin haberlo visto, y comprendí que mi pretensión le contrariaba. «¿Tienes ya sueño?»—le pregunté riendo, y respondió—: «No tengo sueño; pero comprenderás que tengo un ansia de hallarme solo contigo»
Su respuesta me sorprendió y dije:
«¿Solo conmigo? ¿Pues no hemos venido solos en el vagón» «Sí—replicó sonriendo—, pero un vagón de tren, aun estando solos no puede compararse con una alcoba nupcial»
«También en la playa estaremos solos a estas horas...—insistí—. Nadie nos acompañará.»
Decididamente mi proyecto no era de su gusto, pero accedió afectuoso: «Lo que tú quieras, ángel mío.»
¡Espléndida noche! Una de esas noches que inspiran ideas grandiosas y vagas, casi más que pensamientos, emociones; algo asi como un ansia de abrir los brazos, de extender las alas, de abarcar el cielo,... ¡qué sé yo! Algo así como si fuéramos de pronto a comprender lo incomprensible, a conocer lo desconocido.
Respiramos el ensueño, la poesía penetrante del ambiente, una delicia ultraterrena, un encanto que tal vez irradian las estrellas, la luna, la plateada y rugiente superficie del mar. Son los más bellos instantes de la vida, y que no nos permiten adivinar la otra existencia, como la revelación de lo que podía ser..., o de lo que será.
Sin embargo, mi esposo mostraba impaciencia, inquietud.
«¿Tienes frío?»—le preguntaba yo; y él me respondía negativamente.
Quise comunicarle mi entusiasmo.
«¿No ves a lo lejos un buque? Parece que se ha dormido sobre las aguas. Míralo... ¿Dónde podíamos disfrutar lo que disfrutamos aquí? Yo pasaría aquí toda la noche... ¿Quieres que aguardemos a ver salir el sol?»
Creyendo que me burlaba, me arrastró casi violentamente hasta el hotel. Si yo hubiera sospechado... ¡Ah miserable!
Cuando estuvimos en nuestras habitaciones, me sentí avergonzada, cohibida, sin saber por qué; te lo juro. Le rogué que me dejara sola para desnudarme y meterme en la cama.
Y ahora llega lo dificultoso, No sé cómo decírtelo. Haré lo posible para darme a entender.
Creyó malicia mi extremada inocencia, y fingimiento mi absoluta ignorancia; supuso que mi abandono, confiado y sencillo, era un estudio, una táctica, y no se preocupó de las delicadas atenciones precisas para que semejantes misterios no sorprendan y resulten siquiera tolerables a una criatura que no está preparada ni advertida.
Primero temí que se hubiera vuelto loco, y después me aterró la idea de morir a sus manos. El miedo no deja lugar a la reflexión; poseída por el miedo, sin razonar, imaginé cosas horribles en un segundo. Todas las gacetillas de los periódicos donde se refieren sucesos extraordinarios, crímenes complicados, todas las relaciones de fieros dramas conyugales, acudieron a mi memoria, ¿No podía ser un malvado quien me trataba de aquel modo? Me defendí, le rechacé como pude, y, defendiéndome desesperadamente, hasta le arranqué un mechón de pelo y una guía del bigote; al fin, conseguí librarme de sus garras con un. supremo esfuerzo, y gritando «¡Socorro! ¡Socorro!», me precipité, casi desnuda, por la escalera.
Se abrieron a mis gritos, ante mí, varias habitaciones, asomando a las puertas hombres en camisa, con la palmatoria en la mano. Me arrojé desatinada en los brazos de uno de ellos, implorando su protección. Otro detuvo a mi marido.
No puedo precisarte lo que ocurrió entonces. Vocearon, se golpearon y acabaron riendo a carcajadas, unas carcajadas ruidosas y estremecidas. ¡Qué manera de reír! Toda la casa se reía, desde los desvanes hasta las bodegas. Resonaban en los corredores y en las alcobas ecos de hilaridad; los cocineros y las doncellas, se retorcían de tanto reír en las buhardillas, y el mozo de guardia rodaba sobre su colchón, como si se hallase accidentado, en el vestíbulo.
Imagínate, mujer. ¡En una fonda!
Volví a verme sola con mi esposo, el cual me ofreció algunas ligeras nociones del caso, como explican los maestros, antes de realizarlo, un experimento de química. El hombre no se mostraba muy satisfecho; yo lloré toda la noche, y en cuanto amaneció, huimos de allí.
Pero aún hay más.
Al día siguiente llegamos a Pourville, que sólo es un embrión de balneario. Mi esposo me agobiaba con sus atenciones y sus ternuras. Pasado el primer sofocón, parecía muy satisfecho. Avergonzada y desolada por mi aventura de la víspera, procuré mostrarme todo lo amable y dócil que pude; pero, no te imaginarás todo el horror, la repugnancia, casi el odio que me inspiró Enrique, al revelarme del todo el infame secreto que se oculta con tanto afán a las muchachas. Me sentía desconsolada, con una tristeza mortal, arrepentida, y espoleada por el deseo de volver al hogar paterno, a mi vida sin azares, de soltera. Llegamos a Etretat. Los bañistas se hallaban hondamente preocupados por un horrible suceso: acababa de morir una joven a la cual había mordido un perrito rabioso. Al enterarme, sacudió mi cuerpo un escalofrío. Me dolió al instante la mordedura de mi perrito —de cuyo accidente ya no me acordaba siquiera—, y sentí un cosquilleo extraño.
Por la noche no me fue posible dormir, sobresaltada, olvidándome por completo de mi marido. ¡También yo podía morir de hidrofobia! Por la mañana le hice referir detalladamente al camarero la historia de la víctima. ¡Qué angustia! Pasé todo el día paseando por la playa, sin hablar, meditando: «¡Morir de hidrofobia! ¡ Qué muerte tan horrible! »...
Mi esposo me preguntaba:
«¿En qué piensas? Te veo triste.»
Y le respondía:
«No estoy triste; no pienso nada.»
Mis ojos se fijaban desvanecidos en el mar, en los campos, en las alquerías; pero sin ver nada preciso. Nadie hubiera podido saber lo que me atormentaba, y a nadie hubiera comunicado yo mis pensamientos. Sentía un dolorcillo, un verdadero dolor en la nariz. Quise retirarme.
Apenas de regreso en la fonda, me encerré, sola, para examinar la mordedura. No pude ver nada, y, sin embargo, era indudable que me dolía.
Escribí a mamá una carta breve, ansiosa—que debió de causarle mucha sorpresa—pidiéndole una respuesta categórica y urgente a insignificantes preguntas. Y cuando hube firmado, añadí esta posdata.
«Sobre todo, no dejes de hablarme del perrito; me interesa mucho.»
A la mañana siguiente, se me atravesaba la comida, no pude tragar ni un bocado, pero no consentí que llamaran al médico. Recostada en la arena, veía como se chapuzaban los bañistas. Los había gordos y flacos, pero todos me parecieron horribles o ridículos. Yo no tenía humor de burla ni ganas de risa, y pensaba:
«¡Qué felices deben de ser todos! No les ha mordido un perro, como a mí, como a la desventurada que ya murió. Nada temen y nada les apura. Vivirán mientras yo muero. Pueden saltar y alegrarse; divertirse a su gusto, satisfechos.»
A cada momento me llevaba la mano a la nariz, palpándome. ¿No se hinchaba? Y de regreso en la fonda, me encerré sola para mirarme al espejo. ¡Sí! Tenía ya otro color. ¡Estaba próxima la muerte!
Por la noche, sentí de pronto una ternura inexplicable hacia mi esposo, una ternura desesperada. Le creí amable y busqué apoyo en su brazo. Estuve a punto veinte veces de confesarle mi secreto espantoso; pero me contuve.
Abusó ferozmente de mi abandono y de mi languidez. Me faltaron fuerza y voluntad para resistirle. Al día siguiente, recibí carta de mamá, contestando a mis preguntas, pero sin decirme ni una sola palabra del perrito. De pronto pensé: «Habrá muerto y trata de ocultármelo.» Quise ir inmediatamente al telégrafo para librarme de tantas dudas en pocas horas; pero me detuvo esta reflexión: «Tampoco sabré la verdad; si el animalito ha muerto, no se atreverán a decírmelo.» Me resigné a pasar otros dos días de angustia y escribí de nuevo. En mi carta pedía que nos facturasen al perro, para que me acompañara y me distrajera, porque me aburría un poco.
Por la tarde, comencé a sentir temblores. No cogía un vaso de agua sin que se me derramara la mitad. Era lamentable mi situación. Al anochecer, huyendo a mi esposo, me fui a la iglesia, y recé mucho.
Al salir de la iglesia, me dolió más que nunca la nariz; y entrando en una farmacia expliqué al farmacéutico el caso de una señora mordida por un perro y le pregunté qué seria prudente hacer. El farmacéutico era un hombre muy afable y servicial; me dio toda clase de instrucciones pero yo las iba olvidando a medida que iba él explicándolas; a tal punto estaba perturbado mi espíritu. Solamente retuve un consejo: «Los purgantes han estado con frecuencia indicados» Y compré varias botellas de no sé qué medicamentos «para enviárselos a la paciente»
Los perros que me salían al paso por la calle me horrorizaban, y me costaba gran esfuerzo contenerme y no echar a correr. También me pareció sentir deseo de morderlos.
Pasé toda la noche horriblemente agitada; mi marido se aprovechó. Al día siguiente, recibí carta de mamá, excusándose de facturar al perrito por temor a que padeciese hambre o ser abandonado tantas horas en una perrera del ferrocarril. Entendí que no podía enviármelo, que sin duda estaba muerto.
No dormí en toda la noche. Mi esposo roncaba; se despertó varías veces. Mi abatimiento era mayor a cada instante.
Quise bañarme y estuve a punto de caer desmayada en cuanto metí los pies en el mar; tanto me impresionó el frío del agua. Las piernas, temblorosas, apenas podían sostenerme; pero ya no me dolía la nariz.
Casualmente, me salió al encuentro el médico director de los baños; un hombre muy amable. Con habilidad suma, encaminó la conversación según mi conveniencia. Le dije que un perrito me había mordido en la nariz, algunos días antes, y pregunté qué sería necesario hacer si la inflamación sobreviniera. Riendo, me contestó:
«En su caso, no se me ocurre más que un remedio, señora mía: ponerse narices postizas, de cartón.»
Y segura de que yo no le había comprendido, añadió:
«O decirle a su esposo que tenga cuidado.»
No quedé más tranquila ni más enterada.
Enrique parecía estar aquella noche más alegre y más satisfecho que nunca. Fuimos al concierto, y antes que acabará me propuso que nos retirásemos y accedí porque todo me resultaba indiferente.
Me revolvía, sin cesar, fatigosa, inquieta en la cama; los nervios, alterados y vibrantes, no me dejaban punto de reposo. Enrique tampoco dormía. Suavemente me acariciaba, me besaba, como si hubiera comprendido al fin mi sufrimiento y tratase de aplacarlo con su ternura. Yo recibía sus caricias sin emocionarme, sin comprenderlas.
Pero de pronto, una sensación extraordinaria, violenta, enloquecedora, me hizo estremecer. Lancé un grito espantoso y desasiéndome del hombre que me tenía oprimida, salté al suelo y fui a desplomarme junto a la puerta. ¡Era la hidrofobia; la horrible hidrofobia. No habla salvación para mí.
Enrique me recogió, asustado, curioso de saber lo que yo sentía. Resignada, insensible, aguardando la muerte próxima, creía yo que después de algunas horas de tranquilidad, vendría otra conmoción violenta, y otra, y otra, repitiéndose hasta la crisis mortal.
Me dejé llevar a la cama, y al amanecer, las irritantes obsesiones de mi esposo, provocaron otro desequilibrio, que fue más duradero. Yo ansiaba chillar, morder, arañar, era terrible, pero menos doloroso de lo que yo temía.
Las ocho daban cuando me dormí; no había dormido en cuatro noches.
A las once me despertó una voz adorada. Era mamá, que asustada por mi correspondencia, quiso verme. llevaba en la mano un canastillo, dentro del cual, un bicho ladraba. Lo abrí con inquietud, esperanzada y vacilante a un tiempo. Y el perrito saltó sobre mi cama, lamiéndome, bailoteando, revolcándose, loco de alegría.
Pues bien, Genoveva; tampoco entonces comprendí...
Pero a la noche siguiente...
¡Oh la imaginación! ¡Cómo trabaja! ¡Y pensar que yo supuse!... ¡Que simpleza!, ¿verdad?
No he confesado a nadie —comprenderás la razón— mis torturas de aquellos cuatro días. ¡Mira tú que si Enrique lo supiera!... Ya se burla bastante de mí por el escándalo que armé la primera noche.
Sin embargo, sus burlas no me desagradan.
Me voy acostumbrando.
Nos acostumbramos a todo en la vida...