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jueves, 30 de abril de 2009

EL ALQUIMISTA -- H. P. LOVECRAFT

EL ALQUIMISTA
H. P. LOVECRAFT




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Allá en lo alto, coronando la herbosa cima un montículo escarpado, de falda cubierta
por los árboles nudosos de la selva primordial, se levanta la vieja mansión de mis
antepasados. Durante siglos sus almenas han contemplado ceñudas el salvaje y accidentado
terreno circundante, sirviendo de hogar y fortaleza para la casa altanera cuyo honrado linaje
es más viejo aún que los muros cubiertos de musgo del castillo. Sus antiguos torreones,
castigados durante generaciones por las tormentas, demolidos por el lento pero implacable
paso del tiempo, formaban en la época feudal una de las más temidas y formidables fortalezas
de toda Francia. Desde las aspilleras de sus parapetos y desde sus escarpadas almenas,
muchos barones, condes y aun reyes han sido desafiados, sin que nunca resonara en sus
espaciosos salones el paso del invasor.
Pero todo ha cambiado desde aquellos gloriosos años. Una pobreza rayana en la
indigencia, unida a la altanería que impide aliviarla mediante el ejercicio del comercio, ha
negado a los vástagos del linaje la oportunidad de mantener sus posesiones en su primitivo
esplendor; y las derruidas piedras de los muros, la maleza que invade los patios, el foso seco
y polvoriento, así como las baldosas sueltas, las tablazones comidas de gusanos y los
deslucidos tapices del interior, todo narra un melancólico cuento de perdidas grandezas. Con
el paso de las edades, primero una, luego otra, las cuatro torres fueron derrumbándose, hasta
que tan sólo una sirvió de cobijo a los tristemente menguados descendientes de los otrora
poderosos señores del lugar.
Fue en una de las vasta y lóbregas estancias de esa torre que aún seguía en pie donde
yo, Antoine, el último de los desdichados y maldecidos condes de C., vine al mundo, hace
diecinueve años. Entre esos muros, y entre las oscuras y sombrías frondas, los salvajes
barrancos y las grutas de la ladera, pasaron los primeros años de mi atormentada vida. Nunca
conocí a mis progenitores. Mi padre murió a la edad de treinta y dos, un mes después de mi
nacimiento, alcanzado por una piedra de uno de los abandonados parapetos del castillo; y,
habiendo fallecido mi madre al darme a luz, mi cuidado y educación corrieron a cargo del
único servidor que nos quedaba, un hombre anciano y fiel de notable inteligencia, que
recuerdo que se llamaba Pierre. Yo no era más que un chiquillo, y la carencia de compañía
que eso acarreaba se veía aumentada por el extraño cuidado que mi añoso guardián se tomaba
para privarme del trato de los muchachos campesinos, aquellos cuyas moradas se
desperdigaban por los llanos circundantes en la base de la colina. Por entonces, Pierre me
había dicho que tal restricción era debida a que mi nacimiento noble me colocaba por encima
del trato con aquellos plebeyos compañeros. Ahora sé que su verdadera intención era
ahorrarme los vagos rumores que corrían acerca de la espantosa maldición que afligía a mi
linaje, cosas que se contaban en la noche y eran magnificadas por los sencillos aldeanos
según hablaban en voz baja al resplandor del hogar en sus chozas.
Aislado de esa manera, librado a mis propios recursos, ocupaba mis horas de infancia
en hojear los viejos tomos que llenaban la biblioteca del castillo, colmada de sombras, y en
vagar sin ton ni son por el perpetuo crepúsculo del espectral bosque que cubría la falda de la
colina. Fue quizás merced a tales contornos el que mi mente adquiriera pronto tintes de
melancolía. Esos estudios y temas que tocaban lo oscuro y lo oculto de la naturaleza eran lo
que más llamaban mi atención.
Poco fue lo que me permitieron saber de mi propia ascendencia, y lo poco que supe
me sumía en hondas depresiones. Quizás, al principio, fue sólo la clara renuencia mostrada
por mi viejo preceptor a la hora de hablarme de mi línea paterna lo que provocó la aparición
de ese terror que yo sentía cada vez que se mentaba a mi gran linaje, aunque al abandonar la
infancia conseguí fragmentos inconexos de conversación, dejados escapar involuntariamente
por una lengua que ya iba traicionándolo con la llegada de la senilidad, y que tenían alguna
relación con un particular acontecimiento que yo siempre había considerado extraño, y que
ahora empezaba a volverse turbiamente terrible. A lo que me refiero es a la temprana edad en
la que los condes de mi linaje encontraban la muerte. Aunque hasta ese momento había
considerado un atributo de familia el que los hombres fueran de corta vida, más tarde
reflexioné en profundidad sobre aquellas muertes prematuras, y comencé a relacionarlas con
los desvaríos del anciano, que a menudo mencionaba una maldición que durante siglos había
impedido que las vidas de los portadores del título sobrepasasen la barrera de los treinta y dos
años. En mi vigésimo segundo cumpleaños, el añoso Pierre me entregó un documento
familiar que, según decía, había pasado de padre a hijo durante muchas generaciones y había
sido continuado por cada poseedor. Su contenido era de lo más inquietante, y una lectura
pormenorizada confirmó la gravedad de mis temores. En ese tiempo, mi creencia en lo
sobrenatural era firme y arraigada, de lo contrario hubiera hecho a un lado con desprecio el
increíble relato que tenía ante los ojos.
El papel me hizo retroceder a los tiempos del siglo XIII, cuando el viejo castillo en el
que me hallaba era una fortaleza temida e inexpugnable. En él se hablaba de cierto anciano
que una vez vivió en nuestras posesiones, alguien de no pocos talentos, aunque su rango
apenas rebasaba el de campesino; era de nombre Michel, de usual sobrenombre Mauvais, el
malhadado, debido a su siniestra reputación. A pesar de su clase, había estudiado, buscando
cosas tales como la piedra filosofal y el elixir de la eterna juventud, y tenía fama de ducho en
los terribles arcanos de la magia negra y la alquimia. Michel Mauvais tenía un hijo llamado
Charles, un mozo tan avezado como él mismo en las artes ocultas, habiendo sido por ello
apodado Le Sorcier, el brujo. Ambos, evitados por las gentes de bien, eran sospechosos de las
prácticas más odiosas. El viejo Michel era acusado de haber quemado viva a su esposa, a
modo de sacrificio al diablo, y, en lo tocante a las incontables desapariciones de hijos pequeños
de campesinos, se tendía a señalar su puerta. Pero, a través de las oscuras naturalezas de
padre e hijo brillaba un rayo de humanidad y redención; el malvado viejo quería a su retoño
con fiera intensidad, mientras que el mozo sentía por su padre una devoción más que filial.
Una noche el castillo de la colina se encontró sumido en la más tremenda de las
confusiones por la desaparición del joven Godfrey, hijo del conde Henri. Un grupo de
búsqueda, encabezado por el frenético padre, invadió la choza de los brujos, hallando al viejo
Michel Mauvais mientras trasteaba en un inmenso caldero que bullía violentamente. Sin más
demora, llevado de furia y desesperación desbocadas, el conde puso sus manos sobre el
anciano mago y, al aflojar su abrazo mortal, la víctima ya había expirado. Entretanto, los
alegres criados proclamaban el descubrimiento del joven Godfrey en una estancia lejana y
abandonada del edificio, anunciándolo muy tarde, ya que el pobre Michel había sido muerto
en vano. Al dejar el conde y sus amigos la mísera cabaña del alquimista, la figura de Charles
Le Sorcier hizo acto de presencia bajo los árboles. La charla excitada de los domésticos más
próximos le reveló lo sucedido, aunque pareció indiferente en un principio al destino de su
padre. Luego, yendo lentamente al encuentro del conde, pronunció con voz apagada pero
terrible la maldición que, en adelante, afligiría a la casa de C.
«Nunca sea que un noble de tu estirpe homicida
Viva para alcanzar mayor edad de la que ahora posees»
proclamó cuando, repentinamente, saltando hacia atrás al negro bosque, sacó de su túnica una
redoma de líquido incoloro que arrojó al rostro del asesino de su padre, desapareciendo al
amparo de la negra cortina de la noche. El conde murió sin decir palabra y fue sepultado al
día siguiente, con apenas treinta y dos años. Nunca descubrieron rastro del asesino, aunque
implacables bandas de campesinos batieron las frondas cercanas y las praderas que rodeaban
la colina.
El tiempo y la falta de recordatorios aminoraron la idea de la maldición de la mente de
la familia del conde muerto; así que cuando Godfrey, causante inocente de toda la tragedia y
ahora portador de un título, murió traspasado por una flecha en el transcurso de una cacería, a
la edad de treinta y dos años, no hubo otro pensamiento que el de pesar por su deceso. Pero
cuando, años después, el nuevo joven conde, de nombre Robert, fue encontrado muerto en un
campo cercano y sin mediar causa aparente, los campesinos dieron en murmurar acerca de
que su amo apenas sobrepasaba los treinta y dos cumpleaños cuando fue sorprendido por su
temprana muerte. Louis, hijo de Robert, fue descubierto ahogado en el foso a la misma
fatídica edad, y, desde ahí, la crónica ominosa recorría los siglos: Henris, Roberts, Antoines y
Armands privados de vidas felices y virtuosas cuando apenas rebasaban la edad que tuviera
su infortunado antepasado al morir.
Según lo leído, parecía cierto que no me quedaban sino once años. Mi vida, tenida
hasta entonces en tan poco, se me hizo ahora más preciosa a cada día que pasaba, y me fui
progresivamente sumergiendo en los misterios del oculto mundo de la magia negra. Solitario
como era, la ciencia moderna no me había perturbado y trabajaba como en la Edad Media, tan
empeñado como estuvieran el viejo Michel y el joven Charles en la adquisición de saber
demonológico y alquímico. Aunque leía cuanto caía en mis manos, no encontraba explicación
para la extraña maldición que afligía a mi familia. En los pocos momentos de pensamiento
racional, podía llegar tan lejos como para buscar alguna explicación natural, atribuyendo las
tempranas muertes de mis antepasados al siniestro Charles Le Sorcier y sus herederos; pero
descubriendo tras minuciosas investigaciones que no había descendientes conocidos del
alquimista, me volví nuevamente a los estudios ocultos y de nuevo me esforcé en encontrar
un hechizo capaz de liberar a mi estirpe de esa terrible carga. En algo estaba plenamente
resuelto. No me casaría jamás, y, ya que las ramas restantes de la familia se habían
extinguido, pondría fin conmigo a la maldición.
Cuando yo frisaba los treinta, el viejo Pierre fue reclamado por el otro mundo. Lo
enterré sin ayuda bajo las piedras del patio por el que tanto gustara de deambular en vida. Así
quedé para meditar en soledad, siendo el único ser humano de la gran fortaleza, y en el total
aislamiento mi mente fue dejando de rebelarse contra la maldición que se avecinaba para casi
llegar a acariciar ese destino con el que se habían encontrado tantos de mis antepasados.
Pasaba mucho tiempo explorando las torres y los salones ruinosos y abandonados del viejo
castillo, que el temor juvenil me había llevado a rehuir y que, al decir del viejo Pierre, no
habían sido hollados por ser humano durante casi cuatro siglos. Muchos de los objetos
hallados resultaban extraños y espantosos. Mis ojos descubrieron muebles cubiertos por
polvo de siglos, desmoronándose en la putridez de largas exposiciones a la humedad.
Telarañas en una profusión nunca antes vista brotaban por doquier, e inmensos murciélagos
agitaban sus alas huesudas e inmensas por todos lados en las, por otra parte, vacías tinieblas.
Guardaba el cálculo más cuidadoso de mi edad exacta, aun de los días y horas, ya que
cada oscilación del péndulo del gran reloj de la biblioteca desgranaba una pizca más de mi
condenada existencia. Al final estuve cerca del momento tanto tiempo contemplado con
aprensión. Dado que la mayoría de mis antepasados fueron abatidos poco después de llegar a
la edad exacta que tenía el conde Henri al morir, yo aguardaba en cualquier instante la
llegada de una muerte desconocida. En qué extraña forma me alcanzaría la maldición, eso no
sabía decirlo; pero estaba decidido a que, al menos, no me encontrara atemorizado o pasivo.
Con renovado vigor, me apliqué al examen del viejo castillo y cuanto contenía.
El suceso culminante de mi vida tuvo lugar durante una de mis exploraciones más
largas en la parte abandonada del castillo, a menos de una semana de la fatídica hora que yo
sabía había de marcar el límite final a mi estancia en la tierra, más allá de la cual yo no tenía
siquiera atisbos de esperanza de conservar el hálito. Había empleado la mejor parte de la
mañana yendo arriba y abajo por las escaleras medio en ruinas, en uno de los más castigados
de los antiguos torreones. En el transcurso de la tarde me dediqué a los niveles inferiores,
bajando a lo que parecía ser un calabozo medieval o quizás un polvorín subterráneo, más
bajo. Mientras deambulaba lentamente por los pasadizos llenos de incrustaciones al pie de la
última escalera, el suelo se tornó sumamente húmedo y pronto, a la luz de mi trémula
antorcha, descubrí que un muro sólido, manchado por el agua, impedía mi avance.
Girándome para volver sobre mis pasos, fui a poner los ojos sobre una pequeña trampilla con
anillo, directamente bajo mis pies. Deteniéndome, logré alzarla con dificultad, descubriendo
una negra abertura de la que brotaban tóxicas humaredas que hicieron chisporrotear mi
antorcha, a cuyo titubeante resplandor vislumbré una escalera de piedra. Tan pronto como la
antorcha, que yo había abatido hacia las repelentes profundidades, ardió libre y firmemente,
emprendí el descenso. Los peldaños eran muchos y llevaban a un angosto pasadizo de piedra
que supuse muy por debajo del nivel del suelo. Este túnel resultó de gran longitud y
finalizaba en una masiva puerta de roble, rezumante con la humedad del lugar, que resistió
firmemente cualquier intento mío de abrirla. Cesando tras un tiempo en mis esfuerzos, me
había vuelto un trecho hacia la escalera, cuando sufrí de repente una de las impresiones más
profundas y enloquecedoras que pueda concebir la mente humana. Sin previo aviso, escuché
crujir la pesada puerta a mis espaldas, girando lentamente sobre sus oxidados goznes. Mis
inmediatas sensaciones no son susceptibles de análisis. Encontrarme en un lugar tan
completamente abandonado como yo creía que era el viejo castillo, ante la prueba de la
existencia de un hombre o un espíritu, provocó a mi mente un horror de lo más agudo que
pueda imaginarse. Cuando al fin me volví y encaré la fuente del sonido, mis ojos debieron
desorbitarse ante lo que veían. En un antiguo marco gótico se encontraba una figura humana.
Era un hombre vestido con un casquete y una larga túnica medieval de color oscuro. Sus
largos cabellos y frondosa barba eran de un negro intenso y terrible, de increíble profusión.
Su frente, más alta de lo normal; sus mejillas, consumidas, llenas de arrugas; y sus manos
largas, semejantes a garras y nudosas, eran de una mortal y marmórea blancura como nunca
antes viera en un hombre. Su figura, enjuta hasta asemejarla a un esqueleto, estaba extrañamente
cargada de hombros y casi perdida dentro de los voluminosos pliegues de su peculiar
vestimenta. Pero lo más extraño de todo eran sus ojos, cavernas gemelas de negrura abisal,
profundas en saber, pero inhumanas en su maldad. Ahora se clavaban en mí, lacerando mi
alma con su odio, manteniéndome sujeto al sitio. Pon fin, la figura habló con una voz
retumbante que me hizo estremecer debido a su honda impiedad e implícita malevolencia. El
lenguaje empleado en su discurso era el decadente latín usado por los menos eruditos durante
la Edad Media, y pude entenderlo gracias a mis prolongadas investigaciones en los tratados
de los viejos alquimistas y demonólogos. Esa aparición hablaba de la maldición suspendida
sobre mi casa, anunciando mi próximo fin, e hizo hincapié en el crimen cometido por mi
antepasado contra el viejo Michel Mauvais, recreándose en la venganza de Charles le Sorcier.
Relató cómo el joven Charles había escapado al amparo de la noche, volviendo al cabo de los
años para matar al heredero Godfrey con una flecha, en la época en que éste alcanzó la edad
que tuviera su padre al ser asesinado; cómo había vuelto en secreto al lugar, estableciéndose
ignorado en la abandonada estancia subterránea, la misma en cuyo umbral se recortaba ahora
el odioso narrador. Cómo había apresado a Robert, hijo de Godfrey, en un campo, forzándolo
a ingerir veneno y dejándolo morir a la edad de treinta y dos, manteniendo así la loca profecía
de su vengativa maldición. Entonces me dejó imaginar cuál era la solución de la mayor de las
incógnitas: cómo la maldición había continuado desde el momento en que, según las leyes de
la naturaleza, Charles le Sorcier hubiera debido morir, ya que el hombre se perdió en
digresiones, hablándome sobre los profundos estudios de alquimia de los dos magos, padre e
hijo, y explayándose sobre la búsqueda de Charles le Sorcier del elixir que podría garantizarle
el goce de vida y juventud eternas.
Por un instante su entusiasmo pareció desplazar de aquellos ojos terribles el odio
mostrado en un principio, pero bruscamente volvió el diabólico resplandor y, con un
estremecedor sonido que recordaba el siseo de una serpiente, alzó una redoma de cristal con
evidente intención de acabar con mi vida, tal como hiciera Charles le Sorcier seiscientos años
antes con mi antepasado. Llevado por algún protector instinto de autodefensa, luché contra el
encanto que me había tenido inmóvil hasta ese momento, y arrojé mi antorcha, ahora
moribunda, contra el ser que amenazaba mi vida. Escuché cómo la ampolla se rompía de
forma inocua contra las piedras del pasadizo mientras la túnica del extraño personaje se
incendiaba, alumbrando la horrible escena con un resplandor fantasmal. El grito de espanto y
de maldad impotente que lanzó el frustado asesino resultó demasiado para mis nervios, ya
estremecidos, y caí desmayado al suelo fangoso.
Cuando por fin recobré el conocimiento, todo estaba espantosamente a oscuras y,
recordando lo ocurrido, temblé ante la idea de tener que soportar aún más; pero fue la
curiosidad lo que acabó imponiéndose. ¿Quién, me preguntaba, era este malvado personaje, y
cómo había llegado al interior del castillo? ¿Por qué podía querer vengar la muerte del pobre
Michel Mauvais y cómo se había transmitido la maldición durante el gran número de siglos
pasados desde la época de Charles le Sorcier? El peso del espanto, sufrido durante años,
desapareció de mis hombros, ya que sabía que aquel a quien había abatido era lo que hacía
peligrosa la maldición, y, viéndome ahora libre, ardía en deseos de saber más del ser siniestro
que había perseguido durante siglos a mi linaje, y que había convertido mi propia juventud en
una interminable pesadilla. Dispuesto a seguir explorando, me tanteé los bolsillos en busca de
eslabón y pedernal, y encendí la antorcha de repuesto. Enseguida, la luz renacida reveló el
cuerpo retorcido y achicharrado del misterioso extraño. Esos ojos espantosos estaban ahora
cerrados. Desasosegado por la visión, me giré y accedí a la estancia que había al otro lado de
la puerta gótica. Allí encontré lo que parecía ser el laboratorio de un alquimista. En una
esquina se encontraba una inmensa pila de reluciente metal amarillo que centelleaba de forma
portentosa a la luz de la antorcha. Debía de tratarse de oro, pero no me detuve a cerciorarme,
ya que estaba afectado de forma extraña por la experiencia sufrida. Al fondo de la estancia
había una abertura que conducía a uno de los muchos barrancos abiertos en la oscura ladera
boscosa. Lleno de asombro, aunque sabedor ahora de cómo había logrado ese hombre llegar
al castillo, me volví. Intenté pasar con el rostro vuelto junto a los restos de aquel extraño,
pero, al acercarme, creí oírle exhalar débiles sonidos, como si la vida no hubiera escapado por
completo de él. Horrorizado, me incliné para examinar la figura acurrucada y abrasada del
suelo. Entonces esos horribles ojos, mas oscuros que la cara quemada donde se albergaban, se
abrieron para mostrar una expresión imposible de identificar. Los labios agrietados intentaron
articular palabras que yo no acababa de entender. Una vez capté el nombre de Charles le
Sorcier y en otra ocasión pensé que las palabras «años» y «maldición» brotaban de esa boca
retorcida. A pesar de todo, no fui capaz de encontrar un significado a su habla entrecortada.
Ante mi evidente ignorancia, los ojos como pozos relampaguearon una vez más
malévolamente en mi contra, hasta el punto de que, inerme como veía a mi enemigo, me sentí
estremecer al observarlo.
Súbitamente, aquel miserable, animado por un último rescoldo de energía, alzó su
espantosa cabeza del suelo húmedo y hundido. Entonces, recuerdo que, estando yo paralizado
por el miedo, recuperó la voz y con aliento agonizante vociferó las palabras que en adelante
habrían de perseguirme durante todos los días y las noches de mi vida.
—¡Necio! —gritaba—. ¿No puedes adivinar mi secreto? ¿No tienes bastante cerebro
como para reconocer la voluntad que durante seis largos siglos ha perpetuado la espantosa
maldición sobre los tuyos? ¿No te he hablado del gran elixir de la eterna juventud? ¿No sabes
quién desveló el secreto de la alquimia?
¡Pues fui yo! ¡Yo! ¡Yo! ¡Yo que he vivido durante
seiscientos años para perpetuar mi venganza, PORQUE YO SOY CHARLES LE
SORCIER!

EL ÁRBOL --- H. P. LOVECRAFT

EL ÁRBOL
H. P. LOVECRAFT




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«Fata viam invenient.»
En una verde ladera del monte Menalo, en Arcadia, se halla un olivar en torno a las
ruinas de una villa. Al lado se encuentra una tumba, antaño embellecida con las más sublimes
esculturas, pero sumida ahora en la misma decadencia que la casa. A un extremo de la tumba,
con sus peculiares raíces desplazando los bloques de mármol del Pentélico, mancillados por
el tiempo, crece un olivo antinaturalmente grande y de figura curiosamente repulsiva; tanto se
asemeja a la figura de un hombre deforme, o a un cadáver contorsionado por la muerte, que
los lugareños temen pasar cerca en las noches en que la luna brilla débilmente a través de sus
ramas retorcidas. El monte Menalo es uno de los parajes predilectos de temible Pan, el de la
multitud de extraños compañeros, y los sencillos pastores creen que el árbol debe tener
alguna espantosa relación con esos salvajes silenos; pero un anciano abejero que vive en una
cabaña de las cercanías me contó una historia diferente.
Hace muchos años, cuando la villa de la cuesta era nueva y resplandeciente, vivían en
ella los escultores Calos y Musides. La belleza de su obra era alabada de Lidia a Neápolis, y
nadie osaba considerar que uno sobrepasaba al otro en habilidad. El Hermes de Calos se
alzaba en un marmóreo santuario de Corinto, y la Palas de Musides remataba una columna en
Atenas, cerca del Partenón. Todos los hombres rendían homenaje a Calos y Musides, y se
asombraban de que ninguna sombra de envidia artística enfriara el calor de su amistad
fraternal.
Pero aunque Calos y Musides estaban en perfecta armonía, sus formas de ser no eran
iguales. Mientras que Musides gozaba las noches entre los placeres urbanos de Tegea, Calos
prefería quedarse en casa; permaneciendo fuera de la vista de sus esclavos al fresco amparo
del olivar. Allí meditaba sobre las visiones que colmaban su mente, y allí concebía las formas
de belleza que posteriormente inmortalizaría en mármol casi vivo. Los ociosos, por supuesto,
comentaban que Calos se comunicaba con los espíritus de la arboleda, y que sus estatuas no
eran sino imágenes de los faunos y las dríadas con los que se codeaba... ya que jamás llevaba
a cabo sus trabajos partiendo de modelos vivos.
Tan famosos eran Calos y Musides que a nadie le extrañó que el tirano de Siracusa
despachara enviados para hablarles acerca de la costosa estatua de Tycho que planeaba erigir
en su ciudad. De gran tamaño y factura sin par había de ser la estatua, ya que habría de servir
de maravilla a las naciones y convertirse en una meta para los viajeros. Honrado más allá de
cualquier pensamiento resultaría aquel cuyo trabajo fuese elegido, y Calos y Musides estaban
invitados a competir por tal distinción. Su amor fraterno era de sobra conocido, y el astuto
tirano conjeturaba que, en vez de ocultarse sus obras, se prestarían mutua ayuda y consejo;
así que tal apoyo produciría dos imágenes de belleza sin par, cuya hermosura eclipsaría
incluso los sueños de los poetas.
Los escultores aceptaron complacidos el encargo del tirano, así que en los días
siguientes sus esclavos pudieron oír el incesante picoteo de los cinceles. Calos y Musides no
se ocultaron sus trabajos, aun cuando se reservaron su visión para ellos dos solos. A
excepción de los suyos, ningún ojo pudo contemplar las dos figuras divinas liberadas
mediante golpes expertos de los bloques en bruto que las aprisionaban desde los comienzos
del mundo.
De noche, al igual que antes, Musides frecuentaba los salones de banquetes de Tegea,
mientras Calos rondaba a solas por el olivar. Pero, según pasaba el tiempo, la gente advirtió
cierta falta de alegría en el antes radiante Musides. Era extraña, comentaban entre sí, que esa
depresión hubiera hecho presa en quien tenía tantas posibilidades de alcanzar los más altos
honores artísticos. Muchos meses pasaron, pero en el semblante apagado de Musides no se
leía sino una fuerte tensión que debía estar provocada por la situación.
Entonces Musides habló un día sobre la enfermedad de Calos, tras lo cual nadie
volvió a asombrarse ante su tristeza, ya que el apego entre ambos escultores era de sobra
conocido como profundo y sagrado. Por tanto, muchos acudieron a visitar a Calos,
advirtiendo en efecto la palidez de su rostro, aunque había en él una felicidad serena que
hacía su mirada más mágica que la de Musides... quien se hallaba claramente absorto en la
ansiedad, y que apartaba a los esclavos en su interés por alimentar y cuidar al amigo con sus
propias manos. Ocultas tras pesados cortinajes se encontraban las dos figuras inacabadas de
Tycho, últimamente apenas tocadas por el convaleciente y su fiel enfermero.
Según desmejoraba inexplicablemente, más y más, a pesar de las atenciones de los perplejos
médicos y las de su inquebrantable amigo, Calos pedía con frecuencia que le llevaran a la tan
amada arboleda. Allí rogaba que le dejasen solo, ya que deseaba conversar con seres
invisibles. Musides accedía invariablemente a tales deseos, aunque con lágrimas en los ojos
al pensar que Calos prestaba más atención de faunos y dríadas que de él. Al cabo, el fin
estuvo cerca y Calos hablaba de cosas del más allá. Musides, llorando, le prometió un
sepulcro aún más hermoso que la tumba de Mausolo, pero Calos le pidió que no hablara más
sobre glorias de mármol. Tan sólo un deseo se albergaba en el pensamiento del moribundo;
que unas ramitas dé ciertos olivos de la arboleda fueran depositadas enterradas en su sepultura...
junto a su cabeza. Y una noche, sentado a solas en la oscuridad del olivar, Calos murió.
Hermoso más allá de cualquier descripción resultaba el sepulcro de mármol que el
afligido Musides cinceló para su amigo bienamado. Nadie sino el mismo Calos hubiera
podido obrar tales bajorrelieves, en donde se mostraban los esplendores del Eliseo. Tampoco
descuidó Musides el enterrar junto a la cabeza de Calos las ramas de olivo de la arboleda.
Cuando los primeros dolores de la pena cedieron ante la resignación, Musides trabajó
con diligencia en su figura de Tycho. Todo el honor le pertenecía ahora, ya que el tirano no
quería sino su obra o la de Calos. Su esfuerzo dio cauce a sus emociones y trabajaba más
duro cada día, privándose de los placeres que una vez degustaría. Mientras tanto, sus tardes
transcurrían junto a la tumba de su amigo, donde un olivo joven había brotado cerca de la
cabeza del yacente. Tan rápido fue el crecimiento de este árbol, y tan extraña era su forma,
que cuantos lo contemplaban prorrumpían en exclamaciones de sorpresa, y Musides parecía
encontrarse a un tiempo fascinado y repelido por él.
A los tres años de la muerte de Calos, Musides envió un mensajero al tirano, y se
comentó en el ágora de Tegea que la tremenda estatua estaba concluida. Para entonces, el
árbol de la tumba había alcanzado asombrosas proporciones, sobrepasando al resto de los de
su clase, y extendiendo una rama singularmente pesada sobre la estancia en la que Musides
trabajaba. Mientras, muchos visitantes acudían a contemplar el árbol prodigioso, así como
para admirar el arte del escultor, por lo que Musides casi nunca se hallaba a solas. Pero a él
no le importaba esa multitud de invitados; antes bien, parecía temer el quedarse a .solas ahora
que su absorbente trabajo había tocado a su fin. El poco alentador viento de la montaña,
suspirando a través del olivar y el árbol de la tumba, evocaba de forma extraña sonidos
vagamente articulados.
El cielo estaba oscuro la tarde en que los emisarios del tirano llegaron a Tegea. De
sobra era sabido que llegaban para hacerse cargo de la gran imagen de Tycho y para rendir
honores imperecederos a Musides, por los que los próxenos les brindaron un recibimiento
sumamente caluroso. Al caer la noche se desató una violenta ventolera sobre la cima del
Menalo, y los hombres de la lejana Siracusa se alegraron de poder descansar a gusto en la
ciudad. Hablaron acerca de su ilustrado tirano, y del esplendor de su ciudad, refocilándose en
la gloria de la estatua que Musides había cincelado para él. Y entonces los hombres de Tegea
hablaron acerca de la bondad de Musides, y de su hondo penar por su amigo, así como de que
ni aun los inminentes laureles del arte podrían consolarle de la ausencia del Calos, que podría
haberlos ceñido en su lugar. También hablaron sobre el árbol que crecía en la tumba, junto a
la cabeza de Calos. El viento aullaba aún más horriblemente, y tanto los siracusanos como los
arcadios elevaron sus preces a Eolo.
A la luz del día, los próxenos guiaron a los mensajeros del tirano cuesta arriba hasta la
casa del escultor, pero el viento nocturno había realizado extrañas hazañas. El griterío de los
esclavos se alzaba en una escena de desolación, y en el olivar ya no se levantaban las
resplandecientes columnatas de aquel amplio salón donde Musides soñara y trabajara.
Solitarios y estremecidos penaban los patios humildes y las tapias, ya que sobre el suntuoso
peristilo mayor se había desplomado la pesada rama que sobresalía del extraño árbol nuevo,
reduciendo, de una forma curiosamente completa, aquel poema en mármol a un montón de
ruinas espantosas. Extranjeros y tegeanos quedaron pasmados, contemplando la catástrofe
causada por el grande, el siniestro árbol cuyo aspecto resultaba tan extrañamente humano y
cuyas raíces alcanzaban de forma tan peculiar el esculpido sepulcro de Calos. Y su miedo y
desmayo aumentó al buscar entre el derruido aposento, ya que del noble Musides y de su
imagen de Tycho maravillosamente cincelada no pudo hallarse resto alguno. Entre aquellas
formidables ruinas no moraba sino el caos, y los representantes de ambas ciudades se vieron
decepcionados; los siracusanos porque no tuvieron estatua que llevar a casa; los tegeanos
porque carecían de artista al que conceder los laureles. No obstante, los siracusanos
obtuvieron una espléndida estatua en Atenas, y los tegeanos se consolaron erigiendo en el
ágora un templo de mármol que conmemoraba los talentos, las virtudes y el amor fraternal de
Musides.
Pero el olivar aún está ahí, así como el árbol que nace en la tumba de Calos, y el
anciano abejero me contó que a veces las ramas susurran entre sí en las noches ventosas,
diciéndose una y otra vez: «O?d? ¡ O?d? !»... yo sé! yo sé.!

EL JINETE EN EL CIELO --- AMBROSE BIERCE

EL JINETE EN EL CIELO
Ambrose Bierce


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Cierta tarde de sol en el otoño de 1861, un soldado se encontraba tendido bajo un monte de laurel junto al camino, en el oeste de Virginia. Echado sobre el estómago, con la punta de los pies clavada en tierra y la cabeza apoyada en un antebrazo, empuñaba descuidadamente el rifle con su mano derecha. Salvo por la posición algo metódica de las piernas y un ligero movimiento de la cartuchera al dorso del cinto, se hubiera pensado que estaba muerto. Dormía, sin embargo, en el puesto de guardia. Pero de haber sido descubierto, muy poco después lo hubiese estado, ya que la muerte era el castigo justo y legal de su crimen.
El monte de laurel estaba ubicado en el recodo de un camino que después de ascender hasta aquel lugar por una escarpada cuesta, se volvía abruptamente hacia el oeste, corriendo por la cumbre unas cien yardas. Desde allí regresaba de nuevo al sur y zigzagueaba monte abajo a través del bosque. En la saliente del segundo recodo había una gran roca lisa, proyectada hacia el norte, que dominaba el hondo valle desde donde subía el camino. La roca era el remate de una altísima barranca: de arrojarse una piedra desde el borde, caería a pico más de mil pies hasta la copa de los pinos. El recodo donde estaba el soldado se encontraba en otro risco de la misma barranca. Si hubiese estado despierto habría visto no sólo el breve brazo del camino y la roca salidiza, sino el contorno entero del barranco allá abajo, pronto para enfermarlo de vértigo.
La región estaba cubierta de bosques, excepto en el fondo del valle, hacia el norte, donde un arroyo apenas visible desde el otro extremo surcaba una pequeña pradera natural. Este espacio parecía apenas más grande que un patio, pero en realidad medía varios acres. Su verdor era más vivo que el del bosque circundante, detrás del cual se levantaba una línea de gigantes barrancos similares a los que suponemos pisar en este examen del paisaje, y por el cual el camino había ascendido de algún modo hasta la cumbre. La forma del valle, en verdad, era tal que desde nuestro punto de observación parecía enteramente cerrado, y uno no podía menos que preguntarse cómo podía el camino, que había encontrado una salida, haber entrado. O de dónde venían y hacia dónde iban las aguas del arroyo que cruzaban la pradera más de mil pies allá abajo.
No hay región tan abrupta e inhóspita que los hombres no puedan hacer de ella el escenario de la guerra. En el bosque, al fondo de aquella ratonera militar donde quinientos hombres que dominaran sus salidas podían hacer morir de hambre a un ejército, estaban escondidos cinco regimientos federales de infantería. Habían tenido una larga marcha durante el día y la noche, y ahora descansaban. Al anochecer retomarían el camino, subiendo hasta el lugar en que dormía el desleal centinela, y bajando por la otra pendiente de la quebrada, cerca de la medianoche caerían sobre el campo enemigo. Su esperanza estaba puesta en la sorpresa, pues el camino llegaba hasta la retaguardia. En caso de fracasar, su posición sería en extremo peligrosa, y fracasarían inevitablemente si algún accidente o algún espía prevenía del movimiento de tropas al enemigo.
El centinela dormido en el monte de laurel era un joven virginiano llamado Carter Druse. Hijo único de una familia pudiente, había conocido tanto ocio y educación y buena vida como lo permitiera el refinamiento y la riqueza en una zona montañosa del oeste de Virginia. Su casa estaba a pocas millas de donde ahora se encontraba. Una mañana se había levantado de la mesa, después del desayuno, y había dicho, tranquila y gravemente:
-Padre: un regimiento de la Unión ha llegado a Grafton. Voy a unirme a él.
Su padre levantó la leonina testa, miró al muchacho un momento en silencio y respondió:
-Bien, márchese, señor, y pase lo que pase haga lo que considere su deber. Virginia, a quien traiciona, continuará sin su presencia. Si ambos llegamos vivos al final de la guerra, volveremos a hablar del asunto. La salud de su madre, como ya le ha informado el médico, es muy delicada: no estará con nosotros más que unas pocas semanas, como máximo; pero ese tiempo es precioso. Es preferible que no se la moleste.
De este modo Carter Druse, inclinándose reverentemente ante su padre -quien respondió al saludo con una augusta cortesía que disimulaba su corazón partido- abandonó el hogar de su niñez para enrolarse. Por su conciencia y su coraje, por sus heroicos actos de devoción y osadía, pronto fue apreciado por sus camaradas y oficiales. Y debido a estas cualidades y a algún conocimiento que tenía de la región, se lo había elegido para este peligroso deber en la extremada avanzada. Sin embargo, la fatiga había sido más fuerte que la voluntad y él se quedó dormido. ¿Quién podrá decir qué ángel, bueno o malo, vino luego en su sueño a despertarlo de su estado de culpa? Sin el menor ruido o movimiento, en el profundo silencio y la languidez del crepúsculo, algún mensajero invisible del destino presionó con sus dedos liberadores los ojos de su conciencia, susurró en el oído de su espíritu la misteriosa palabra que tiene el don de despertar y que ningún labio humano pronunció nunca, ni memoria alguna jamás ha recordado. Lentamente despegó la cabeza de sus brazos y miró por entre los encubridores tallos del laurel, apretando instintivamente la mano derecha sobre la caja del rifle.
La primera sensación fue un vivo deleite artístico. Sobre una colosal plataforma -el barranco-, inmóvil al borde de la roca saliente y nítidamente recortada contra el cielo, había una estatua ecuestre de impresionante dignidad. Era la figura del hombre montada sobre la del caballo, erguida y marcial pero con la calma de un dios griego tallado en el mármol que petrifica el movimiento. La vestimenta gris armonizaba con su fondo. El metal de su atavío y el jaez de su cabalgadura estaban mitigados por la sombra; la piel del corcel era opaca. Una carabina insólitamente acortaba descansaba sobre el pomo de la silla, y se mantenía en su lugar gracias a la mano que la aferraba por el puño, mientras la otra, que mantenía las riendas, quedaba oculta. Recortado contra el cielo, el perfil del caballo parecía tallado con la agudeza de un camafeo. Miraba por sobre las alturas hacia los barrancos, más lejos. La cara del jinete, ligeramente desviada, mostraba apenas el contorno de la sien y de la barba: estaba observando el fondo del valle. Magnificada por su altura contra el cielo y por la sensación de horror que causaba en el soldado la proximidad de un enemigo, la estatua parecía de un tamaño heroico, casi colosal.
Por un instante Druse tuvo la extraña sensación de que había dormido hasta el fin de la guerra, y que ahora miraba una noble obra maestra erigida allí para conmemorar los hechos de un pasado heroico del que él había cumplido una cuota poco gloriosa. Pero un ligero movimiento del grupo quebró el hechizo: el caballo, sin mover las patas, había retrocedido ligeramente del borde del abismo; el hombre permanecía inmóvil como siempre. Despierto del todo y consciente de la gravedad del momento, Druse llevó la culata del rifle contra la mejilla, empujando cautelosamente el caño entre los matorrales; amartilló el arma, y observando por la mira cubrió un punto vital en el pecho del jinete. Una presión sobre el gatillo y todo le hubiera ido bien a Carter Druse. En aquel instante el jinete volvió su rostro en la dirección de su oculto antagonista. Parecía estar examinando, a través del follaje, su cara misma, sus ojos, su corazón bravo y compasivo.
¿Es entonces tan terrible matar en la guerra a un enemigo, a un enemigo que ha sorprendido un secreto vital para la propia seguridad y la de sus camaradas, un enemigo mas formidable por lo que sabe que todos lo ejércitos por sus contingentes? Carter Druse palideció, le temblaron los brazos y las piernas, se desvaneció y vio el grupo estatuario delante suyo como figuras negras que se levantaban y caían o se agitaban inseguras en círculos por un cielo encendido. Sus manos soltaron el arma y la cabeza descendió con lentitud hasta descansar entre las hojas. Este temerario caballero y duro soldado estaba a punto de desmayarse por la intensidad de su emoción.
No fue por mucho tiempo; un momento después irguió la cabeza y las manos reasumieron su lugar en el rifle, mientras el índice buscaba el gatillo. La mente, el corazón y los ojos estaban claros; sólidos, el raciocinio y la conciencia. No podía pensar en capturar al enemigo, y de alarmarlo sólo lo haría precipitarse en su propio campamento con las noticias fatales. Su deber de soldado era sencillo: debía matar al hombre por sorpresa; debía enviarlo o saldar sus cuentas sin prevenirlo sin un solo momento de preparación espiritual, sin una sola plegaria, nunca tan necesitada. ¡Pero no: hay una esperanza! Probablemente no ha descubierto nada, tal vez no hace otra cosa que admirar la solemnidad del paisaje. Si es posible, puede volverse y cabalgar diferente en la dirección que trajo. Seguramente se podrá juzgar si sabe algo en el momento preciso en que se marcha. Bien podría ser que la fijeza de su atención... Druse volteó la cabeza y miro hacia abajo por las profundidades del aire, como desde la superficie al fondo de un mar transparente. Vio una sinuosa fila de hombres y caballos serpenteando a través de la verde pradera: ¡algún oficial estúpido había permitido que sus soldados de escolta abrevaran los caballos en el claro, visible desde una docena de sitios en la barranca!
Druse apartó la vista del valle y la fijó otra vez sobre el conjunto de hombre y caballo en el cielo, y otra vez fue a través de la mira del rifle. Mas ahora apuntaba al caballo. En su memoria, como si se tratase de un mandato divino, sonaban las palabras de su padre en el momento de partir: "Pase lo que pase, haga lo que considere su deber". Ahora estaba tranquilo. Sus dientes apretados firmemente aunque sin rigidez, sus nervios tan calmos como los de una criatura dormida, ni siquiera un temblor afectaba los músculos de su cuerpo. La respiración, aunque contenida en el momento de apuntar, era regular y lenta. El deber había vencido. Y el espíritu habíale ordenado al cuerpo: "Silencio, quédate tranquilo". Disparó.
En espíritu de aventura o en busca de experiencia, un oficial de las fuerzas federales había abandonado el vivac escondido en el valle, caminando sin propósito determinado hasta el borde de un pequeño claro al pie del barranco. Pensaba en qué podría ganar de aventurarse más lejos en su exploración. A un cuarto de milla adelante, aunque aparentemente a un paso, se elevaba desde su franja de pinos la gigantesca mole, remontándose a tan grande altura que le producía vértigo alzar la vista hasta su borde recortado en una aguda y áspera línea contra el cielo. La roca se presentaba con un perfil limpio, vertical, contra un fondo de cielo azul hasta casi la mitad, y de lejanas colinas, apenas más pálidas, desde allí hasta la copa de los árboles. Levantando los ojos hacia la vertiginosa cima, el oficial presenció una escena pasmosa: ¡un hombre a caballo, cabalgando valle abajo por el aire!
El jinete iba rígidamente erguido, firme su apoyo sobre la silla, y apretando con fuerza las riendas para contener la impetuosa precipitación de su corcel. En su cabeza descubierta flotaban ondulantes los cabellos muy largos, como un penacho. Las manos desaparecían en la nube de crin de su caballo. El cuerpo del animal iba tan horizontal como si cada golpe de sus cascos encontrase la resistencia de la tierra. Sus movimientos perecían de un galope desbocado, pero apenas el oficial miró, cesaron, las patas del caballo estiradas adelante en el acto de caer de un salto. ¡Y aquello era un vuelo!
Presa de espanto y terror por esta aparición de un jinete en el cielo -casi creyéndose el escriba elegido de algún nuevo Apocalipsis-, el oficial fue superado por sus intensas emociones: sus piernas lo traicionaron y se fue al suelo. Casi simultáneamente oyó un estallido entre los árboles -un sonido que murió sin eco- y todo volvió al silencio.
El oficial se alzó sobre sus piernas, tadavía temblorosas. El dolor familiar de una canilla dislocada le devolvió sus facultades. Esforzándose, corrió rápidamente desde el barranco hasta algún lugar lejos de su falda; allí esperaba encontra a su hombre, y allí naturalmente fracasó. En la fugacidad de su visión, la aparente gracia, elegancia y designio del prodigioso hecho había influido tanto sobre su imaginación que no se le ocurrió pensar que la trayectoria de la caballería aérea había de ser directamente a pique y que podía encontrar los objetos de su búsqueda en el mismo fondo del barranco. Media hora después regresó al campamento.
El oficial no era tonto; demasiado discreto como para contar una verdad increíble, no dijo nada, pues, de lo que había visto. Pero cuando el comandante le preguntó si en su reconocimiento había aprendido alguna cosa de provecho para la expedición, respondió:
-Sí, señor: que no hay ningún camino que baje al valle por el sur.
El comandante sonrió con discreción.
Después de disparar su rifle, el soldado Carter Druse volvió a cargarlo y continuó vigilando. Habían transcurrido apenas diez minutos cuando un sargento se le acercó cautelosamente, arrastrándose sobre manos y rodillas. Druse no volvió la cabeza ni lo miró; permaneció quieto, como si no lo hubiera notado.
-¿Usted disparó? -susurró el sargento.
-Sí.
-¿A qué?
-A un caballo. Estaba sobre aquella roca, allá lejos. Ya ve que no está más. Se despeñó por el barranco.
La cara del hombre había palidecido, pero no mostraba signos de emoción. Después de contestar volvió los ojos y calló. El sargento no entendía.
-Escuche, Druse -dijo, tras un momento de silencio-, es inútil que haga de esto un enigma. Le ordeno dar parte. ¿Había alguien sobre el caballo?
-Sí.
-¿Bien...?
-Mi padre.
El sargento se levantó para marcharse. «¡Dios mío!», exclamó.