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lunes, 11 de mayo de 2009

LA HABITACION CERRADA --- H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH


H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH
LA HABITACION CERRADA

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A la hora del crepúsculo, el salvaje y solitario campo cercano a la villa de Dunwich, en la parte central del norte de Massachusetts, parece más despojado y amenazador que durante el día. El crepúsculo tiñe los campos desolados y las colinas con raras tonalidades que hacen resaltar todos los elementos del paisaje. Desde los árboles antiguos, las paredes de piedra rodeadas de rosales y cercanas a la polvorienta carretera, los bajos pantanos con su profusión de luciérnagas y sus inevitables chotacabras que compiten con el croar de las ranas y el canto ronco de los sapos, hasta las sinuosas curvas que forma el Miskatonic en su curso superior al fluir entre las oscuras montañas hacia el mar y que parecen cerrarse en torno al visitante en un intento de agarrarle y no dejarle escapar, todo parece impregnado de una tensa vigilia sensiblemente hostil.
Camino de Dunwich, Abner Whateley sintió todo esto otra vez, como lo había sentido en una ocasión cuando era niño y había salido corriendo y pidiendo con gritos de terror a su madre que le llevase lejos de Dunwich y lejos del abuelo Luther Whateley. ¡Hacía tantos años! Había perdido la cuenta. Era curioso que aquel paisaje le siguiera afectando de aquel modo, pese a todos los años que habían transcurrido desde entonces -sus años en La Sorbona, en El Cairo, en Londres-, pese a todo lo que había aprendido y asimilado como experiencias desde aquel momento y que hacían parecer más remotas aún sus tempranas visitas al ceñudo y anciano abuelo Whateley en su vieja casa cercana al molino a orillas del Miskatonic. La campiña de su niñez salía ahora de la neblina del tiempo como si hubiese sido ayer cuando visitó por última vez a sus familiares.
Ya no quedaba nadie: mamá, el abuelo Whateley, la tía Sarah, a la que nunca había visto y sólo sabía que vivía en algún lugar de la vieja casa, el odioso primo Wilbur y su terrible hermano gemelo que pocos habían conocido antes de su espantosa muerte en la cima de Sentinel Hill. Pero, según pudo comprobar mientras atravesaba el puente cubierto, Dunwich no había cambiado. La calle principal se hallaba bajo el tenebroso pico de Round Mountain. Sus tejados, de estilo holandés, estaban tan podridos como siempre, sus casas desiertas, y sólo se mantenía en pie la vieja iglesia con el campanario roto. Pesaba sobre todo aquello un aura de destrucción.
Se desvió de la calle principal y tomó una carretera escarpada que ascendía por la ribera, hasta que llegó a un lugar en el que había una gran casa y un molino con una enorme rueda en la orilla del río. Era ahora propiedad suya. El testamento del abuelo Whateley estipulaba que se asentase en la propiedad y «diese los pasos necesarios para llegar a la disolución que yo mismo no pude realizar». Una curiosa condición, pensó Abner. Pero, por otro lado, todo cuanto concernía al abuelo Whateley había sido extraño, como si la decadencia de Dunwich le hubiese contagiado irremisiblemente.
Nada resultaba más extraño que la llegada de Abner Whateley, abandonando una vida cosmopolita para cumplir con los deseos de su abuelo y hacerse cargo de una propiedad que casi no compensaba el esfuerzo que suponía llevarla adelante. Reflexionando tristemente, pensó que los parientes, que aún vivían cerca de, o en el propio Dunwich, podrían tomar a mal su regreso, teniendo en cuenta la extraña reclusión en que habían vivido la mayoría de los Whateley de la vecindad, particularmente desde los terribles acontecimientos que habían sacudido a la familia Whateley en Sentinel Hill.
La casa parecía estar como siempre. La parte que daba a la orilla del río estaba ocupada por el molino, que hacía ya mucho tiempo había dejado de funcionar, y cada vez aparecían más arrasados los campos que contorneaban Dunwich. Salvo una habitación sobre el molino -la de la tía Sarah-, la parte del edificio que lindaba con el Miskatonic había sido abandonada desde los tiempos de su juventud, desde la última vez en que Abner Whateley había visitado a su abuelo, que vivía solo, con excepción de la tía Sarah, a la que nadie veía nunca y que habitaba en su habitación cerrada, con la puerta atrancada. Nunca andaba por la casa porque se lo tenía terminantemente prohibido su padre, de cuya dominación sólo la muerte logró liberarla.
Una galería semiderruida en una de las esquinas de la casa rodeaba la parte habitada; en el entramado que soportaba el alero había grandes telarañas, a las que nadie, excepto el viento, molestaba a lo largo de los años. Y el polvo estaba en todas partes, dentro y fuera, según pudo comprobar Abner cuando descubrió la llave correcta entre todas las que le mandó el abogado. Encontró una lámpara y la encendió; el abuelo Whateley tenía proscrita la electricidad. Al amarillento resplandor de la luz, la vieja cocina que le era tan familiar, con su mobiliario del siglo XIX, le afligió con violencia. Su desolación, las sillas y mesas hechas a mano, el reloj de cien años en la repisa, la escoba gastada, todo eran tangibles recuerdos de su niñez obsesionada por el miedo que le producían sus visitas a la formidable casa y su aún más formidable ocupante, el viejo padre de su madre.
La luz de la lámpara dejaba entrever algo más. En la mesa de la cocina había un sobre dirigido a él, con una letra tan desgarbada que sólo podía ser de un hombre muy viejo o poco firme: su abuelo. Sin preocuparse de traer el resto de las cosas del coche, Abner se sentó a la mesa, sopló el polvo de la silla y un trozo de la mesa para permitirle poner los codos, y abrió el sobre.
Una escritura encrespada apareció ante él. Las palabras eran tan severas como recordaba que había sido su abuelo. Comenzaba bruscamente, sin una palabra de afecto, ni tan siquiera un saludo estereotipado.
«Nieto:
»Cuando leas esto, hará ya meses que me habré muerto. Quizá más, a no ser que te encuentren antes de lo que preveo. Te he dejado una cantidad de dinero -todo lo que tengo a la hora de mi muerte- que actualmente está en el banco de Arkham a tu nombre. No hago esto sólo porque seas mi único nieto, sino porque entre todos los Whateley -somos un clan numeroso, hijo- tú has recorrido mundo y has recopilado conocimientos suficientes como para permitirte mirar las cosas con mente inquisidora, sin la superstición de la ignorancia ni la superstición de la ciencia. Tú entenderás lo que quiero decir.
»Es mi deseo que por lo menos la parte de esta casa que da al molino sea destruida. Que se deshaga tabla a tabla. Si encuentras algo vivo en ella, te ordeno solemnemente que lo mates. No importa su pequeñez. No importa su forma. A lo mejor te parece humana, pero puede engañarte y poner en peligro tu vida y sabe Dios la de cuántos otros.
»Prométeme que lo harás.
»Si parece que suena a locura, por favor recuerda que algo peor que la locura ha caído sobre los Whateley. Yo me he librado. No ha ocurrido lo mismo con todo lo que me ha pertenecido. Aquellos que se niegan a creer en lo que no saben y niegan su existencia son locos aún más testarudos que aquellos de nuestra sangre que han sido culpables de terribles prácticas y blasfemias contra Dios, y cosas peores.
»Tu abuelo, Luther S. Whateley »
¡Típico del abuelo!, pensó Abner. Recordó, traído a su recuerdo con esta enigmática y severa comunicación, que una vez en que su madre mencionó a su hermana Sarah, tapándose en seguida la boca con los dedos, él había corrido hacia su abuelo a preguntarle:
-Abuelo, ¿dónde está la tía Sarah?
El viejo hombre le había mirado con ojos del tamaño de una basílica y contestó:
-Muchacho, aquí no se habla de Sarah.
La tía Sarah había ofendido al abuelo en alguna forma espantosa -espantosa al menos para ese fanático de la disciplina-, pues desde ese día, en el recuerdo de Abner Whateley, su tía había sido simplemente el nombre de una mujer, hermana mayor de su madre, encerrada en una gran habitación sobre el molino, invisible tras esas paredes, con las contraventanas firmemente clavadas. Se les había prohibido a Abner y a su madre pasar ante la puerta de la habitación cerrada. Pese a ello, en una ocasión Abner se había encaramado a la puerta y había pegado la oreja contra ella para escuchar los ruidos de respiración y los quejidos que provenían del interior, como si fuesen de una persona voluminosa. Había decidido que la tía Sarah debía de ser tan grande como una de esas gordas de circo. Había que ver lo que devoraba, a juzgar por los platos de comida. Principalmente comía carne, que debía prepararse ella misma, pues generalmente estaba cruda. Se la llevaba a la habitación dos veces al día el viejo Luther Whateley, pues no había criados en la casa. Y no los había habido desde que la madre de Abner se había casado, tras el regreso de la tía Sarah, que volvió muy extraña y aturdida de visitar a un pariente en Innsmouth.
Dobló la carta y la metió de nuevo en el sobre. Pensaría en el contenido otro día. Necesitaba ante todo encontrar un sitio para dormir. Salió fuera, sacó las dos maletas que había dejado en el coche y las trajo a la cocina. Entonces cogió la lámpara y entró en el interior de la casa. Pasó sin detenerse por el anticuado salón, que se mantenía cerrado salvo cuando venían visitas, y nadie más que los Whateley visitaban a los Whateley en Dunwich. Se dirigió a la habitación de su abuelo; era lógico que ocupase la habitación de su abuelo, ya que él era ahora, y no Luther Whateley, el dueño.
La gran cama doble estaba cubierta de ejemplares descoloridos del Arkham Advertiser, cuidadosamente colocados para proteger la delicada tela de la colcha, que había sido bordada con un trabajoso diseño, indudablemente una herencia de los Whateley. Colocó la lámpara en el suelo y retiró los periódicos. Cuando abrió la cama vio que estaba fresca y limpia, lista para ser ocupada; algún primo de su abuelo, conocedor de su próxima llegada, se habría ocupado de esto después de las exequias.
Cogió sus maletas y las llevó a la habitación, que estaba en una esquina de la casa, en el punto más alejado del pueblo: aunque apartadas de la orilla, sus ventanas daban al río. Abrió la que tenía una tela metálica en la parte inferior y se sentó en el borde de la cama, pensando en las circunstancias que le habían traído a Dunwich después de tantos años.
Se sentía agotado. El denso tráfico de Boston le había cansado. El contraste entre la región de Boston y el desolado territorio de Dunwich le deprimía y le resultaba incómodo. Además, le invadía una impalpable inquietud. De no haber necesitado la herencia para continuar sus investigaciones en el extranjero acerca de la antiguas civilizaciones del Pacífico Sur, no habría venido aquí. Pero los lazos familiares existían, por mucho que los negase. El viejo Luther Whateley siempre había sido severo y dictatorial, pero era el padre de su madre, y el nieto debía lealtad a su sangre.
Round Mountain se elevaba fuera, cercano a la habitación; sentía su presencia como la había sentido cuando era niño y dormía arriba. Los árboles, durante mucho tiempo sin podar, se apelotonaban contra la casa; y de uno de ellos, a esta hora de profundo crepúsculo, caía en el tranquilo aire de verano el sonido de las notas de un búho. Se reclinó por un momento, adormecido por el extraño y agradable canto del búho. Un millar de pensamientos se acumularon en su mente, innumerables recuerdos. Se vio otra vez de pequeño, siempre algo asustado de divertirse a solas en estos vedados alrededores, siempre contento al llegar y más contento aún al marcharse.
Pero no podía permanecer así, aunque le resultase cómodo: había tanto que hacer antes de irse que no podía permitirse ni un mínimo descanso, si no quería comenzar con mal pie su nebulosa tarea. Se levantó de la cama, cogió otra vez la lámpara y empezó a hacer una ronda por la casa.
Fue al comedor, que estaba entre la habitación y la cocina. El comedor tenía un mobiliario duro, incómodo, artesanal. De ahí se dirigió al salón. El mundo que se ofrecía al abrir la puerta, por los detalles del mobiliario y la decoración, era más cercano al siglo XVIII que al XIX, y, desde luego, muy alejado del XX. La ausencia de polvo era debida a lo bien que ensamblaban las puertas que separaban esta habitación del resto de la casa. Subió por las escaleras al piso de arriba y recorrió habitación tras habitación. Todas estaban polvorientas, con las cortinas descoloridas, y el aspecto general era de no haber sido ocupadas durante muchos años, incluso antes de que muriese el viejo Luther Whateley.
Entonces llegó al pasillo que conducía a la habitación cerrada, el escondrijo o prisión de la tía Sarah, ya no podría saber qué había sido, e, impulsivamente, bajó y se paró delante de la puerta prohibida. Ningún sonido de respiración, ningún quejido le saludaba ahora, nada en absoluto mientras permanecía enfrente de ella, recordando, aún fascinado por el hechizo de la prohibición de su abuelo.
Pero no había razón alguna para continuar respetándola. Sacó el llavero y pacientemente probó una llave tras otra en la cerradura, hasta encontrar la que correspondía a ella. Saltó el pestillo y empujó. La puerta se abrió con un chirrido. Alzó la lámpara.
Había esperado encontrar el dormitorio de una mujer, pero la habitación cerrada ofrecía un aspecto sorprendente: había ropa de cama tirada por todas partes, almohadas en el suelo, restos de comida seca en una gran bandeja escondida detrás de un escritorio. Un extraño olor íctico dominaba el cuarto, y le abofeteó con tal dosis de humedad que casi no pudo reprimir una mueca de asco. La habitación estaba destrozada; además, tenía el aspecto de haber estado en ese desorden salvaje durante mucho, mucho tiempo.
Abner depositó la lámpara en el escritorio separado de la pared, cruzó hacia la ventana que daba al molino y la abrió. Forcejeó para abrir las contraventanas hasta que recordó que habían sido clavadas. Entonces se apartó, alzó un pie y dio una patada a las contraventanas para que una bocanada de aire fresco penetrara en la habitación.
Dio la vuelta y del mismo modo hizo saltar las contraventanas de la pared contigua. Hasta que se separó para ver lo que había hecho no se dio cuenta de que había roto la pequeña esquina de la ventana que se abría sobre la rueda del molino. Un primer sentimiento de pesar se borró al recordar que su abuelo insistía en que el molino, al igual que la habitación, se destruyese. ¡Qué importaba una ventana rota!
Volvió para recoger la lámpara. Al hacerlo, dio un empujón al escritorio para colocarlo junto a la pared. En ese momento, a sus pies, escuchó un crujido. Miró hacia allí. Una rana de patas muy largas o quizá un sapo -no podía distinguir- se escabulló debajo del escritorio. Estuvo tentado de echar fuera al animal, pero pensó que su presencia no importaba demasiado. Si había sido capaz de sobrevivir en este cuarto, cerrado durante tanto tiempo, alimentándose de cucarachas y otros insectos, merecía que lo dejasen tranquilo.
Salió, cerró la puerta de nuevo y regresó al dormitorio principal. Pensó que, aunque fuera de modo superficial, por lo menos había dado un primer paso. Había examinado el terreno, por así decirlo. Y tras su pequeña ronda estaba el doble de cansado que antes. Aunque no era tarde, decidió irse a la cama y empezar temprano por la mañana. Había que ocuparse aún del viejo molino; quizá algo de su maquinaria, si quedaba alguna, podía venderse, y lo rueda era ahora una pieza rara: pocas ruedas de molino habían sobrevivido a su época.
Permaneció durante unos instantes en la galería. Acusó con cierta sorpresa los sonidos de los grillos y saltamontes, y el más sobrecogedor coro de chotacabras y ranas, que surgían de todas partes para asaltarle con una ensordecedora insistencia de tal proporción como para mitigar incluso el sonido procedente de Dunwich. Estuvo allí hasta que ya no pudo tolerar las voces de la noche por más tiempo; entonces volvió a entrar, cerró la puerta, y se dirigió al dormitorio
Se desvistió y se metió en la cama. Al cabo de una hora no había logrado dormirse, enervado por el coro de sonidos naturales generados fuera de la casa y dentro de él mismo, y por una creciente confusión acerca de lo que había dicho su abuelo sobre la «disolución» que él no había sido capaz de realizar... Pero por fin entró en un sueño intranquilo.
II
Se despertó al amanecer. Había descansado poco. Toda la noche había soñado con lugares extraños y seres que le llenaban de belleza y admiración y terrores. Nadaba en las profundidades del océano y en el Miskatonic entre los peces, los anfibios, y unos seres con aspecto de hombres y de batracios. Monstruosas entidades yacían durmiendo en una misteriosa ciudad de piedra en el fondo del mar, todo ello acompañado de música terriblemente extraña: flautas mezcladas a inquietantes sonidos ululares de gargantas muy distintas de las gargantas humanas. El abuelo Whateley, de pie ante él, le miraba con gesto de acusación, derramando su cólera por haber osado entrar en la habitación de la tía Sarah.
Estaba preocupado, pero le distrajo la necesidad de ir a Dunwich a buscar las provisiones que había olvidado traer con tantas prisas. La mañana estaba clara y soleada; las avefrías y los tordos cantaban, y las perlas de rocío sobre las hojas y la hierba reflejaban la luz como miles de joyas por el camino de curvas que conducía a la calle principal del pueblo. A medida que se aproximaba se animaba más; silbaba alegremente, y esperaba cumplir cuanto antes sus compromisos, y después huiría de este desolado agujero con su humanidad decadente.
Bajo la luz del sol, la calle principal de Dunwich no era más acogedora que lo había sido bajo el crepúsculo del día anterior. El pueblo se escondía entre el Miskatonic y la abrupta falda del Monte Redondo. Era un oscuro y extraño nido de habitantes que no parecía haber entrado en el año 1900, como si el tiempo hubiese tropezado con un muro en el último recodo del siglo pasado. Su alegre silbido se desvaneció y murió. Desvió su mirada de los edificios ruinosos. Evitó las miradas sin expresión de los paseantes y fue directamente a la vieja iglesia convertida en tienda, que sabía encontraría fachosa y mal cuidada, igual que el resto del pueblo.
Un dependiente de cara delgada le observó acercarse por la nave lateral. Oteaba en sus facciones algo conocido.
Abner se dirigió a él y le pidió bacon, café, huevos y leche.
El dependiente le escudriñó. El permaneció quieto.
-Usted debe ser un Whateley -dijo por fin-. No creo que me conozca. Soy su primo Tobías. ¿Cuál de ellos es usted?
-Soy Abner, el nieto de Luther -dijo de mala gana.
La cara de Tobías Whateley se heló.
-El hijo de Libby. Sí, Libby, la que se casó con Jeremiah. ¿Pero es que habéis vuelto otra vez a casa de Luther? ¿No iréis a empezar cosas raras otra vez?
-No hay nadie más que yo -dijo Abner secamente-. ¿A qué cosas sé refiere?
-Si tú no lo sabes, no soy yo quien tiene que decírtelo.
Y Tobías Whateley no volvió a decir nada. Dio a Abner lo que éste necesitaba, cogió el dinero de mal humor y, mal encarado, le siguió con la mirada cuando salía de la tienda.
Abner estaba desagradablemente afectado. El brillo de la mañana se había atenuado para él, aunque el sol brillaba desde el mismo cielo despejado. Se apresuro a salir de la calle principal y de la tienda, y corrió por el camino hacia la casa que no hacía mucho tiempo había dejado.
Le molestó aún más descubrir, delante de la casa, un antiguo carromato tirado por un viejo caballo de labor. A su lado, estaba un niño de pie. Dentro se sentaba un viejo de barbas blancas que, al ver acercarse a Abner, pidió ayuda al niño para descender trabajosamente al suelo y permanecer de pie esperando a Abner.
Mientras Abner se acercaba, el niño tomó la palabra sin sonreír.
-El bisabuelo le hablará.
-Abner -dijo el anciano con voz temblorosa, mientras Abner se fijaba por primera vez en lo viejo que era.
-Este es el bisabuelo Zebulón Whateley -dijo el niño.
El hermano del abuelo Luther Whateley. El único Whateley que vivía de su generación.
-Venga, señor -dijo Abner ofreciendo su brazo al viejo.
Zebulón Whateley lo tomó.
Los tres anduvieron lentamente hacia la galería, donde el viejo se detuvo enfrente de los escalones. Volvió hacia Abner unos ojos negros rematados en tupidas cejas blancas, y movió la cabeza suavemente.
-Ahora, si me traes una silla, me sentaré.
-Trae una silla de la cocina, niño -dijo Abner.
El niño corrió hacia las escaleras y entró en la casa. Salió con la misma rapidez, trayendo una silla para el viejo. Le ayudó a sentarse y permaneció de pie a su lado, mientras Zebulón Whateley tomaba aliento.
Clavó la mirada en Abner. Observaba con especial detenimiento su ropa, que, a diferencia de la suya, no estaba hecha a mano.
-¿Por qué has venido, Abner? -preguntó ahora con voz más firme.
Abner le contestó tan simple y directamente como pudo.
Zebulón Whateley movió la cabeza.
-No sabes más que los demás, y menos que algunos -dijo-. Lo que hacía Luther sólo Dios lo sabe, porque ahora Luther se ha ido. Pero lo que te puedo decir, Abner, y te lo juro por Dios, es que no sé por qué Luther se encerró, y a Sarah con él, desde aquella vez en que ella volvió de Innsmouth. Lo que si sé, y te lo puedo decir, es que fue algo terrible, terrible, y lo que ocurrió fue terrible. Ahora ya nadie puede echarle la culpa a Luther, ni a la pobre Sarah. Pero ten cuidado, ten cuidado, Abner.
-Estoy para cumplir la voluntad de mi abuelo -dijo Abner.
El viejo asintió. Pero sus ojos mostraban preocupación y estaba claro que confiaba poco en Abner.
-¿Cómo supo que estaba aquí, tío Zebulón? -preguntó Abner.
-Me llegó la noticia de que habías venido. Era mi deber hablar contigo. Pesa un maleficio sobre los Whateley. Algunos que ahora están bajo tierra han tenido que ver con el demonio, otros silbaban cosas terribles en el aire, y otros tenían que ver con cosas que no eran del todo humanas, ni del mar, pero vivían en el mar y nadaban -hasta muy lejos- en el mar. Y hubo quienes se encerraron en sí mismos y se convirtieron en seres extraños y aturdidos. Eso fue lo que ocurrió en Sentinel Hill aquella vez. Wilbur, el de Lavinny. Y ese otro de Sentinel Stone. Dios, tiemblo al pensar en ello.
-Bien, abuelo, no se excite -le reprendió el niño.
-No lo haré, no -dijo el viejo trémulamente-. Todo está muerto ahora. Está olvidado, por todos menos por mí y por aquellos que tomaron los signos que apuntaban hacia Dunwich, diciendo que era un lugar demasiado horrible para conocer...
Movió la cabeza y se quedó callado.
-Tío Zebulón -dijo Abner-. Nunca vi a mi tía Sarah.
-Claro que no, chico. Estaba encerrada en aquella época. Antes de que tú nacieses, creo que fue.
-¿Por qué?
-Sólo Luther lo sabía. Y Dios. Ahora Luther se ha ido, y parece que Dios no recuerda que Dunwich aún está aquí.
-¿Qué hacía la tía Sarah en Innsmouth?
-Visitaba a un pariente.
-¿Hay algún Whateley también allí?
-Whateley, no. Marsh. El viejo Obed Marsh, que era primo de papá. El y su mujer estaban en el comercio. En Ponapé, si sabes dónde está.
-Lo sé.
-¿Lo sabes? Yo no lo sabía. Dicen que Sarah había ido a visitar a alguno de los Marsh. Al nieto o al hijo de Obed. Nunca supe cuál. Nunca lo oí. No me importa. Allí pasó algo. Dicen que cuando vino estaba diferente. Inconstante. Desequilibrada. Le respondía de mala forma a su padre. Y luego, no mucho después, la encerró en esa habitación hasta que murió.
-¿Cuánto tiempo después?
-Tres, cuatro meses. Y Luther nunca dijo por qué. Nadie volvió a verla desde ese día hasta que fue sacada en el ataúd. Hace dos años, puede que tres. Un día por la noche, al año de haber vuelto de Innsmouth, ocurrieron cosas en esta casa. Peleas, gritos, chillidos. Casi todo el mundo en Dunwich lo oyó, pero nadie fue a ver lo que era, y al día siguiente Luther dijo que era sólo Sarah, víctima de un ataque de nervios. Pudiera ser. Pudiera ser algo más...
-¿Qué más, tío Zebulón?
-Obra del demonio -dijo el viejo inmediatamente-. Pero me olvido de que tú eres persona con estudios. No hay muchos Whateley que hayan recibido una educación. Lavinny leía libros, unos libros terribles que no eran buenos para ella. Y Sarah leyó algunos. Es mejor no tener ninguna instrucción que tener poca; no se puede andar por la vida sabiendo un poco, se anda mejor no sabiendo nada.
Abner sonrió.
-¡No te rías, muchacho!
-No me río, tío Zebulón. Estoy de acuerdo con usted.
-Entonces si te encuentras cara a cara con ello sabrás qué hacer. No te pararás a pensar. Simplemente lo harás.
-¿Con qué?
-Ojalá lo supiera, Abner, No lo sé, Dios sí lo sabe. Luther lo sabía. Pero Luther está muerto. Yo creo que Sarah también lo sabía. Y Sarah está muerta. Ahora nadie sabe qué era aquello tan terrible. Si yo rezase, rezaría para que no lo averigües tú. Pero si lo haces, no vayas más allá de lo que descubras, sólo haz lo que tienes que hacer. Tu abuelo tenía unas notas, búscalas. Puedes enterarte de qué clase de personas eran los Marsh. No eran como nosotros. Algo terrible les ocurrió. Y puede que también a Sarah...
Algo se interponía entre el viejo y Abner Whateley, algo no dicho, quizá desconocido; pero era algo que dio a Abner escalofríos, a pesar de sus esfuerzos conscientes para restar importancia a lo que sentía.
-Me enteraré de lo que pueda, tío Zebulón -prometió.
El viejo asintió e hizo una señal al niño. Le indicaba que deseaba levantarse, para volver al carro. El niño se apresuró.
-Si me necesitas, Abner, díselo a Tobías -dijo Zebulón Whateley-. Vendré si puedo.
-Gracias.
Abner y el niño ayudaron al viejo a subirse al carro. Zebulón Whateley levantó el brazo en señal de despedida. El niño azotó el caballo y el carro se puso en marcha.
Abner se quedó un instante mirando el vehículo que se alejaba. Estaba molesto y de mal humor. Molesto ante la sospecha de que algo terrible se escondía bajo las palabras de advertencia de Zebulón Whateley. De mal humor porque su abuelo, a pesar de todos sus deseos, le había dejado poco campo donde actuar. Pero esto pudo haber sido porque su abuelo creyese firmemente que Abner Whateley no se encontraría con nada peligroso al llegar a la vieja casa. No podía haber otra explicación.
Pero Abner no estaba plenamente convencido. ¿Era algo tan horrible que Abner no tenía necesidad de saberlo, a menos que fuese imprescindible? ¿O había dejado Luther Whateley alguna clave en algún otro lugar de la casa? Lo dudaba. No era el estilo del abuelo, siempre tan brusco y directo.
Entró en la casa con la compra, la guardó, y se sentó para establecer un plan de actuación. Lo primero que había que hacer era revisar el molino para ver si la maquinaria estaba en buen uso y podía ser aprovechada. Luego debía encontrar a alguien para que tirase el molino y la habitación que estaba encima. Luego tendría que alquilar o vender la casa y la propiedad adjunta. Un sentimiento de fatalidad le tenía convencido de que nadie querría instalarse en un lugar tan aislado del extremo de Massachusetts como era Dunwich.
Empezó de inmediato a cumplir con su obligación.
Su revisión del molino, sin embargo, le descubrió que la maquinaria que había estado allí -a excepción de las piezas que estaban fijas a la rueda- había sido retirada y posiblemente vendida. Quizá parte de la venta era el legado que Luther Whateley había depositado en el banco de Arkham. Abner ya no tendría que tirar la maquinaria antes de demoler el molino. El polvo que había en el molino casi le sofocaba; había más de una pulgada en todas partes, y se levantaba en grandes nubes a su alrededor cuando caminaba a través de las habitaciones vacías y llenas de telarañas. El polvo envolvía sus pisadas, y estaba contento de dejar el molino para dar la vuelta y observar la rueda.
Se abrió paso por el borde del listón que sujetaba el eje de la rueda, poco seguro, puesto que la madera podía ceder y dejarle caer al agua; pero la construcción era firme, la madera no cedió, y pronto estaba en la rueda. Parecía ser un espléndido ejemplar de mediados del siglo XIX. Sería una pena destruirla, y podía hallarse un lugar para ella, bien en un museo o en alguno de esos edificios que estaban siendo reconstruidos por gente rica, interesada en conservar la herencia americana.
Estaba dispuesto a marcharse de la rueda, cuando sus ojos se posaron en una serie de huellas húmedas en las paletas. Se inclinó para observarlas mejor. Aparte de comprobar que estaban parcialmente secas, se dio cuenta de que eran huellas dejadas por algún animal pequeño, probablemente batracio -una rana o sapo- que aparentemente había subido a las paletas en las horas tempranas de la salida del sol. Elevó sus ojos y siguió la línea de las huellas hasta las ventanas rotas de la habitación de arriba.
Se paró un momento a pensar. Recordó el batracio que había visto en la habitación cerrada. ¿Se habría escapado por la ventana rota? O quizá alguno de su especie había acusado su presencia y había subido. Una cierta aprensión le sacudió, pero la eludió de su mente con irritación. A un hombre de su inteligencia no podía conmoverle la atmósfera de ignorancia, el misterio supersticioso que se desprendía del recuerdo de su abuelo.
Pero a pesar de todo, dio la vuelta y subió a la habitación cerrada. Esperaba, al abrir la puerta, encontrar algún cambio significativo en la habitación. Algo diferente de como la recordaba de la noche anterior, pero aparte de la luz poco usual, no había alteración alguna.
Cruzó hacia la ventana.
Había huellas en el antepecho. Había dos pares de ellas. Una parecía dirigirse al exterior, y la otra al interior. Las que salían eran pequeñas, sólo medían una pulgada de ancho. Las que entraban eran el doble de tamaño. Abner se inclinó y las miró fijamente, con fascinación.
No era zoólogo, ni tampoco un ignorante en el tema. Las huellas eran algo que nunca antes había visto, ni siquiera en sueños. Excepto en el hecho de ser o parecer palmípedas, eran las huellas perfectas en miniatura de manos y pies humanos.
Aunque buscó precipitadamente al animal, no vio señal de él, y finalmente, un poco turbado, salió de la habitación, y cerró la puerta tras de sí. Se arrepentía de haberse dirigido allí en un primer momento, haberse sentido impulsado a abrir las contraventanas que durante tanto tiempo habían aislado la habitación del mundo exterior.
III
No le sorprendió del todo encontrarse con que nadie en Dunwich estaba dispuesto a llevar a cabo la demolición del molino. Incluso carpinteros que no habían trabajado durante mucho tiempo y estaban deseando hacer alguna obra dieron una serie de excusas, que Abner interpretó como subterfugios para encubrir el miedo supersticioso hacia el lugar en donde trabajarían. Se vio en la necesidad de encaminarse a Aylesbury, pero aunque no tuvo dificultad en contratar a un equipo de fuertes jóvenes para efectuar la demolición del molino, se vio forzado a esperar a que terminasen sus contratos en vigor y regresó a Dunwich con la promesa de que irían en «una semana o diez días».
Entonces se puso a ver las cosas de Luther Whateley que aún había en la casa. Había montones de periódicos -especialmente el Arkham Advertiser y el Aylesbury Transcript- amarillentos por el tiempo y la humedad, y llenos de polvo, que apartó para quemar. Había libros que decidió mirar uno por uno para no deshacerse de algo valioso. Y había cartas que hubiese quemado de inmediato, de no haberle saltado a los ojos el nombre «Marsh». Las leyó.
«Luther, lo que le ocurrió al primo Obed es una cosa peculiar. No sé cómo decírtelo. No sé cómo haré para que me creas. No estoy seguro de tener todos los datos. Pienso si no será otra cosa que patrañas deliberadamente inventadas para ocultar algo de naturaleza escandalosa, pues sabes que los Marsh siempre han sido exagerados y tienen una acusada inclinación al engaño. Es gente de intenciones poco claras. Siempre lo han sido.
»Pero la historia, según la escuché del primo Alizah, es que cuando él era joven, Obed y algunos otros de Innsmouth, navegando con sus barcos mercantes a las Islas Polinesias, encontraron allí gentes extrañas, que se llamaban los ‘Profundos’ y que eran capaces de vivir tanto en la tierra como en el agua. Anfibios, serían. ¿Parece esto creíble? A mí no. Lo más asombroso es que Obed y algunos de los otros se casaron con mujeres de ésas y las trajeron a vivir con ellos.
»Ahora bien, ésa es la leyenda. He aquí los hechos. A partir de ese momento, los Marsh han prosperado mucho en el comercio. A la señora Marsh nunca se la ve, excepto en aquellas ocasiones en que va a determinados asuntos secretos de la Orden de Dagon Hall. ‘Dagon’, según dicen, es un dios del mar. Yo no sé nada de estas religiones paganas, ni deseo saber. Los niños de Marsh tienen un aspecto muy raro. No exagero, Luther, al decirte que tienen la boca enorme y las caras sin barbilla y los ojos grandísimos y de mirada fija, ¡te juro que a veces parecen ranas en vez de seres humanos! No tienen, por cuanto yo puedo distinguir, agallas. Dicen que los Profundos sí tienen agallas, y que pertenecen a Dagon o alguna otra deidad del mar cuyo nombre no puedo pronunciar, y menos aún transcribir. No importa. Es un galimatías tal que pueden haberlo inventado los Marsh para servir a sus propósitos. ¡Pero por Dios, Luther, a juzgar por los barcos que el capitán Marsh tiene en la India, que se mantienen a flote sin el más leve desperfecto ocasionado por tormentas o desuso -el bergantín Columbia, la barca Sumatra Queen, el Hetty, y algunos otros- parece como si hubiese hecho algún tipo de trato con el mismo Neptuno!
»Luego están todas las cosas que ocurren en la costa donde viven los Marsh. Nadan de noche. Nadan muy lejos, hasta el Arrecife del Diablo que, como sabes, esta a milla y media del puerto de aquí, de Innsmouth. La gente se aleja de los Marsh, excepto los Martin y algunos otros que estuvieron también comerciando en el este de la India. Ahora que Obed ha muerto -y supongo que la señora Marsh también, puesto que no se la ve por ninguna parte- los hijos y nietos del capitán continúan comportándose extrañamente.»
La carta continuaba con una relación de precios. Las cifras eran ridículamente bajas comparadas con las actuales, siglo y medio después, pues Luther Whateley sería un hombre joven, soltero, en la época en que esta carta fue escrita por Ariah, primo del que Abner nunca había oído hablar. Lo que tenía que decir de los Marsh no era nada, o era todo, quizá, si Abner hubiera tenido la clave. Creía, con gran irritación, que sólo tenía en sus manos algunas partes inconexas.
Pero si Luther Whateley se creyó estas patrañas, ¿habría permitido, años después, que su hija visitase a los Marsh? Abner lo dudaba.
Miró algunas otras cartas -facturas, recibos, relatos triviales de viajes hechos a Boston, Newburyport, Kingsport, tarjetas-, y llegó por fin a otra carta del primo Ariah, escrita, si la comparación de las fechas servía de evidencia, inmediatamente después de la que Abner acababa de leer. Había diez días de diferencia, y Luther pudo haber tenido tiempo para contestar a la primera.
Abner la abrió ansiosamente
La primera parte trataba de asuntos familiares concernientes al matrimonio de otra prima, evidentemente una hermana de Ariah; la segunda especulaba acerca del comercio futuro al este de la India, con un párrafo sobre un nuevo libro de Whitman, evidentemente Walt; pero la tercera parte era sin duda una respuesta a algo que el abuelo Whateley había preguntado acerca de la rama de la familia Marsh.
«Bien, Luther, puede que tengas razón en cuanto a que es un prejuicio racista el causante de los sentimientos contra los Marsh. Conozco cómo piensan aquí las gentes acerca de otras razas. Es una desgracia, pero quizá radica en la falta de educación la base de esos prejuicios. Aunque no estoy convencido de que todo se deba a un prejuicio de raza. No sé qué clase de raza podría dar a los Marsh, descendientes de Obed, ese extraño aspecto. La gente del este de la India que he visto y recuerdo de mis primeros días en el comercio tiene facciones similares a las nuestras, y sólo es diferente el color de su piel, algo cobriza, diría yo. Una vez vi a un nativo de aspecto similar, pero evidentemente no era un indígena, pues le eludían los trabajadores que rondaban los barcos en el puerto donde le vi. He olvidado ya dónde fue, pero creo que era en Ponapé.
»A decir verdad, los Marsh se mantenían siempre muy unidos entre ellos y con esas familias que formaban su mismo clan. Más o menos controlaban el pueblo. Puede ser significativo -quizá se trató de un accidente- que un hombre conocido que habló contra ellos apareciese ahogado poco después. Soy el primero en admitir que coincidencias más apabullantes que éstas ocurren a menudo, pero puedes estar seguro de que la gente que sentía hostilidad hacia los Marsh se aprovechó de lo ocurrido.
»Como sé que tu mente analítica rechaza fríamente las habladurías, no quiero contarte más.»
Después de eso, ninguna otra alusión. Lo que Ariah escribió en las cartas siguientes trataba exclusiva y escrupulosamente de asuntos familiares de lo más trivial. Luther Whateley evidentemente había despreciado los rumores; ya de joven debió de haber sido una persona de férrea autodisciplina. Aparte de esa última carta, Abner no volvió a encontrar más que una sola referencia a algún hecho misterioso en Innsmouth. Era un recorte de periódico. Los términos poco concretos en los que se expresaba el reportero ponían de manifiesto que el propio autor del artículo no supo en realidad qué había ocurrido: se refería a la presencia de agentes del gobierno federal en los alrededores de Innsmouth, en el año 1928, a su intento de destruir el Arrecife del Diablo y la voladura de grandes zonas del puerto, y a la detención de varios miembros de las familias Marsh, Martin y algunos otros. Sea como sea, aquel artículo y los hechos a los que se refería eran bastante posteriores -en decenas de años- a las cartas de Ariah.
Abner se echó al bolsillo las cartas que trataban de los Marsh y quemó el resto de los papeles en una hoguera que hizo en la orilla del río. Vigiló un rato para que las pavesas no prendiesen la hierba de alrededor, que estaba muy seca. Agradeció el olor a humo, porque del río venía un olor a muerte producido por los restos de peces que habían servido de festín a algún animal, una nutria, pensó.
Mientras permanecía al lado del fuego, sus ojos vagaron por el viejo edificio Whateley, y vio, con tristeza, que había llegado el momento de derruir el molino, que los marcos de las ventanas que había roto en la habitación de la tía Sarah se habían caído y trozos de la ventana estaban esparcidos por las aspas de la rueda.
Cuando el fuego estaba lo suficientemente extinguido como para poder dejarlo, el día tocaba a su fin. Tomó una frugal comida, y sin querer leer una línea más aquel día; decidió no intentar hallar las ‘notas’ de su abuelo a las que se había referido el tío Zebulón Whateley. Salió a contemplar el crepúsculo y la noche a la galería, desde donde se oían de nuevo in crescendo los coros de ranas y chotacabras.
Se retiró pronto, extrañamente cansado.
El sueño, sin embargo, no le venía. Por un lado, la noche de verano era calurosa; casi no había brisa. Por otro lado, sobre el croar de las ranas y de la demoníaca insistencia de los chotacabras, los sonidos del interior de la casa invadían su conciencia. Crujidos y gemidos de una casa de madera acomodándose en la noche; un peculiar sonido, como si algo se arrastrase, un medio saltar y un medio arrastrarse, que Abner achacó a las ratas, las cuales probablemente abundarían en la zona del molino. Los sonidos eran amortiguados y parecían llegarle desde muy lejos; y en una ocasión oyó un romper de madera y de cristal que, Abner pensó, probablemente venía de la ventana que daba al molino. La casa se estaba cayendo virtualmente a pedazos a su alrededor; era como si él mismo sirviese de agente catalítico para llegar a la disolución final de la estructura.
Esto le divirtió, puesto que, sin quererlo, estaba dando cumplimiento a lo que pedía su abuelo. Y así, confundido, se dejó vencer por el sueño.
Se despertó pronto esa mañana con el timbre del teléfono, cuya instalación había previsto durante su estancia en Dunwich. Ya había descolgado el receptor del viejo aparato colocado en la pared, cuando se dio cuenta de que se trataba de un cruce y no de una llamada para él. Sin embargo, la voz de mujer que estalló sobre él le dejó dolorido el oído con los gritos insistentes y se quedó helado con el auricular en la mano.
«Le diré, señorita Corey, oí cosas ayer por la noche. La tierra estaba hablando otra vez, y cerca de medianoche escuché ese grito. Nunca pensé que una vaca gritase de esa forma. Igual que un conejo, sólo que más fuerte. Era la vaca de Lutey Sawyer, la encontraron esta mañana, más de la mitad se la habían comido los animales…»
«Señora Bishop, no querrá usted decir… ¿Ha vuelto?»
«No lo sé. Por Dios espero que no. Pero es igual que la última vez.»
«¿Sólo atrapó esa vaca?»
«Sólo esa. No he oído de ninguna otra. Pero así fue como empezó la última vez, señora Corey.»
Silenciosamente, Abner colgó el auricular. Sonrió con una mueca irónica ante estas desbordadas supersticiones de los vecinos de Dunwich. Nunca había sospechado a qué profundidades de ignorancia y superstición podían llegar los habitantes de lugares tan retirados como Dunwich, y esta manifestación era tan sólo una pequeña muestra.
Tenía poco tiempo, sin embargo, para entretenerse con el asunto. Debía ir al pueblo por leche fresca, y salió a la mañana de sol y nubes con una sensación de desahogo que le provocaba la pequeña escapada de la casa.
Tobías Whateley estaba más serio y hosco que nunca cuando Abner entró en la tienda. Abner sintió no sólo resentimiento, sino también un miedo tangible. Se quedó sorprendido. A todos los comentarios de Abner, Tobías respondía con monosílabos. Con objeto de hilvanar una conversación, empezó a contarle a Tobías lo que había escuchado en la línea telefónica
-Lo sé -dijo Tobías, bruscamente y mirando por primera vez a la cara de Abner con expresión aterrorizada.
Abner se sumió en el silencio. Al terror se mezclaba la animosidad en los ojos de Tobías. Abner leyó claramente cuáles eran sus sentimientos al verle bajar la mirada y tomar el dinero que le ofrecía.
-¿Has visto a Zebulón? -preguntó en voz baja.
-Estuvo en casa -dijo Abner.
-¿Hablaste con él?
-Sí, hablamos.
Era como si Tobías confiase en que ambos hubiesen tratado de ciertas cuestiones. A la vez, su actitud sugería que estaba aturdido por acontecimientos recientes. También parecía indicar que Zebulón no le había dicho lo que Tobías había esperado que el viejo le dijese, o que Abner había descuidado algunos de los consejos del tío. Abner empezó a sentirse totalmente perplejo; además de la conversación telefónica de las vecinas supersticiosas y de las misteriosas alusiones que el tío Zebulón había dejado entrever, la actitud de su primo Tobías le desconcertaba aún más. Tobías no parecía más inclinado que Zebulón a traducir en palabras lo que ocultaba tras sus ásperas facciones. Uno y otro actuaban como si Abner supiese de qué iba la cosa.
Se marchó desconcertado y se encaminó hacia la casa Whateley. Decidió no parar más hasta acabar con su tarea para poder alejarse cuanto antes de esa aldea perdida y de sus extraños y supersticiosos vecinos, incluidos sus mismos familiares.
Con este fin, apenas había acabado su desayuno reanudó su tarea y siguió inventariando las cosas de su abuelo. Había comido poco, pues la desagradable visita a la tienda le había quitado el apetito que había sentido antes de salir.
Tardó bastante en encontrar el documento que buscaba: un viejo libro mayor en el que, con su letra quebradiza, Luther Whateley había hecho algunas anotaciones.
IV
Después de haber comido algo, Abner permaneció sentado y, a la luz de la lámpara, abrió el libro sobre la mesa de la cocina. Las primeras hojas habían sido arrancadas, pero examinando los fragmentos de las hojas que aún estaban pegados a los hilos que cosían las páginas, Abner llegó a la conclusión de que estas hojas no habían contenido más que simples números. Pensó que su abuelo había querido aprovechar un viejo libro de contabilidad a medio rellenar, y había quitado las hojas utilizadas para apuntes más prosaicos que sus actuales anotaciones.
Desde el principio las notas eran misteriosas. Carecían de fecha y no llevaban más que el día de la semana.
«Este sábado, Ariah ha contestado a mi pregunta. S. fue vista algunas veces en compañía de Ralsa Marsh, el bisnieto de Obed. Nadaban juntos de noche.»
Esa primera anotación se refería claramente a la estancia de la tía Sarah en Innsmouth, y definía el tipo de preguntas que el abuelo había podido hacer a Ariah acerca de ella. Algo había inducido a Luther a llevar a cabo esa investigación, y por lo que sabía del carácter de su abuelo, Abner llegó a la conclusión de que la había iniciado después de la vuelta de Sarah a Dunwich.
La anotación siguiente consistía en un trozo de carta mecanografiada recibida por Luther Whateley, y que éste había pegado a continuación.
¿Por qué?
«Ralsa Marsh es probablemente el más repelente de la familia. Su aspecto alcanza casi la degeneración. Sé, porque tú mismo lo dijiste, que Libby es la más encantadora de tus hijas. De todos modos, no podemos comprender cómo Sarah pudo dar con alguien tan repulsivo como Ralsa... Un ser en el que todas esas características recesivas que se han dado en la familia Marsh, desde Obed y su matrimonio con la mujer polinesia (los Marsh han negado que la esposa de Obed fuese polinesia; pero él comerciaba por allí en aquella época, y no me creo esas historias de una isla que no aparece en el mapa y donde sostienen que habría encontrado a esa mujer) parecen haber alcanzado su máximo desarrollo.
»Por lo que ahora deduzco -después de todo han transcurrido más de dos meses, cerca de cuatro, me parece, desde su regreso a Dunwich- estuvieron constantemente juntos. Me sorprende que Ariah no te lo haya contado. A ninguno de nosotros se nos había encargado ni dado permiso para impedir que Sarah se viese con Ralsa. Además son primos, y es a los Marsh, no a nosotros, a quienes ella estaba visitando.»
Abner pensó que esta carta había sido escrita por una mujer, otra prima, que parecía reprochar a Luther, en un tono dolido, el haber enviado a Sarah a casa de los Marsh en lugar de mandarla a la suya. Era obvio que Luther, sin embargo, le había hecho ciertas preguntas sobre Ralsa.
La tercera anotación estaba de nuevo escrita por Luther, y resumía una carta de Ariah.
«Sábado. Según Ariah, los Profundos son una secta o un grupo semi-religioso. Son subhumanos. Se dice que viven en el agua y adoran a Dagon y a otro dios llamado Cthulhu. Tienen agallas. Se parecen más a las ranas o a los sapos que a los peces, pero sus ojos son ícticos. Asegura que la esposa de Obed era una de ellos. Afirma que todos los hijos de Obed llevaban las mismas características. ¿Los Marsh tendrían agallas? Si no, ¿cómo lograrían nadar milla y media, hasta el Arrecife del Diablo, y volver? Los Marsh comen poco. Pueden estar sin comer y sin beber durante mucho tiempo, disminuyen o aumentan de tamaño rápidamente.» (A esto Luther había añadido cuatro desdeñosos signos de exclamación.)
«Zadok Allen jura haber visto a Sarah nadar hacia el Arrecife del Diablo. Los Marsh la llevaban. Todos desnudos. Jura haber visto que los Marsh tienen la piel dura y cuarteada ¡algunos con escamas, como peces! ¡Jura haberlos visto bucear y comerse peces crudos! Los devoraban como bestias.»
La siguiente anotación consistía de nuevo en un párrafo de una carta, sin lugar a dudas en respuesta a otra escrita por el abuelo Whateley.
«Preguntas quién es el responsable de estas historias ridículas que circulan sobre los Marsh. Pues bien, Luther, sería imposible designar a alguien en particular, ni tampoco a una docena de personas, y eso en varias generaciones. Estoy de acuerdo en que el viejo Zadok Allen habla demasiado, bebe, y puede inventar muchas historias. Pero él es sólo uno entre muchos. El hecho es que esta leyenda -o galimatías, como tú dices- se ha extendido de una generación a otra, a lo largo de tres de ellas. No tienes más que mirar a algunos de los descendientes del Capitán Obed para comprender cómo pudieron surgir tales cuentos. Se dice de algunos hijos de los Marsh que eran demasiado horribles para mirarles a la cara. ¿Habladurías de viejas? Quizá, pero una vez, como el doctor Rowley Marsh estaba demasiado viejo para poder atender a una de las mujeres de Marsh, llamaron al doctor Gilman, y Gilman ha sostenido siempre que lo que trajo al mundo entonces era un ser que podía serlo todo, menos humano. Nunca nadie llegó a ver a ese Marsh, aunque, después, hubo gentes que afirmaron haber visto cosas que se movían sobre dos piernas pero que no eran seres humanos.»
A continuación venía una breve, pero reveladora, referencia de dos palabras: «Sarah castigada».
Esto debió marcar la fecha en que Sarah Whateley fue encerrada en la habitación encima del molino. Seguían varias páginas en las que Luther no mencionaba para nada a su hija en sus anotaciones. Pese a que las notas no llevaban fecha alguna y se seguían una tras la otra, a juzgar por la diferencia en el color de la tinta, debían de haber sido escritas en épocas distintas.
«Muchas ranas. Parecen habitar en el molino. Parecen más numerosas que en los pantanos de la otra orilla del Miskatonic. Impiden dormir. ¿Aumenta también el número de chotacabras, o será mi imaginación?. Esta noche he llegado a contar treinta y siete ranas sobre los escalones del porche.»
Seguían más anotaciones de este mismo tipo. Abner las leyó todas, pero no encontró en ellas nada que le aclarara lo que el viejo había querido decir. Desde ese momento Luther Whateley parecía haber dedicado su libro a las ranas, a la niebla, a los peces, y a sus movimientos en el Miskatonic, cuando saltaban del agua, etcétera. Daban la impresión de ser datos sueltos, y no relacionados con el problema de Sarah.
Venía otro silencio a continuación, y luego aparecía una nota, una sola nota, y además subrayada.
«¡Ariah tenía razón!»
¿Pero en qué había tenido razón? se preguntaba Abner. ¿Y cómo supo Luther Whateley que Ariah había tenido razón ? No había nada que indicara que Luther y Ariah hubieran seguido escribiéndose, ni siquiera que Ariah lo hubiera hecho sin que el irascible Luther le preguntara nada.
A continuación venía una sección compuesta de recortes de periódicos pegados. Parecían no tener la menor relación entre sí, pero permitieron a Abner estimar que había pasado poco más de un año desde la última hasta la siguiente anotación de Luther, una de las más sorprendentes que Abner encontró. De hecho, el tiempo transcurrido parecía ser de casi dos años.
«R. ha vuelto a salir.»
Si Luther y Sarah eran los únicos habitantes de la casa, ¿quién era «R.». ¿Podía ser que Ralsa Marsh hubiese venido de visita y que fuera a él a quien se refería Luther? Abner lo dudaba, pues nada demostraba que hubiera podido existir un especial afecto de Ralsa Marsh por su lejana prima; de haber existido tal sentimiento, indudablemente no habría esperado tanto para ir en busca de ella.
La siguiente anotación parecía no tener nada que ver con la precedente.
«Dos tortugas, un perro, los restos de una marmota. Las dos vacas de Bishop, encontradas al final de la pradera, cerca de la orilla del Miskatonic.»
Un poco más adelante, Luther había apuntado otros datos similares.
«Después de un mes un total de 17 vacas y 6 ovejas. Horribles alteraciones; el tamaño está en proporción con la cantidad. Se ha presentado Z. Preocupado por lo que se rumorea por ahí.»
¿Podía Z. significar Zebulón? Abner pensaba que sí. Pero, por lo poco que Zebulón le había podido contar sobre la situación en la casa cuando la tía Sarah había sido encerrada, Abner dedujo que la visita del anciano había sido inútil. Zebulón -pensaba Abner, al recordar su conversación con él- sabía menos que él mismo después de haber leído las anotaciones de su abuelo. Pero sí conocía la existencia del libro, lo cual hizo suponer a Abner que Luther, al menos, había confiado a Zebulón que apuntaba ciertos datos.
Todas esas anotaciones parecían incompletas, misteriosas, como si, para entenderlas, se necesitara disponer de una clave, un conocimiento básico guardado por Luther Whateley. Y, sin embargo, un sentimiento de apremio empezó a manifestarse claramente en las notas siguientes del viejo.
«Ada Wilkerson ha muerto. Rastros de pelea. Profundo pesar en Dunwich. John Sawyer me amenazó con el puño, desde el otro lado de la calle, donde no le podía responder.»
«Lunes. Esta vez Howard Willie. Encontraron un zapato, ¡calzaba aún su pie!»
Las anotaciones llegaban ahora a su fin. Por desgracia muchas hojas habían sido arrancadas -algunas violentamente- pero no había ninguna aplicación que justificara esa violencia. No podía haberlo hecho nadie más que el propio Luther. Quizá, reflexionó Abner, Luther pensó que había hablado demasiado, e intentó destruir cualquier cosa que hubiera podido revelar a quien lo leyese posteriormente los verdaderos motivos del confinamiento de la tía Sarah. Si tal había sido su propósito, lo había logrado.
La siguiente anotación también hacía alusión al misterioso «R.».
«R. ha vuelto por fin.»
Luego: «Clavé las contraventanas de la habitación de Sarah.»
Y finalmente: «Una vez que haya perdido peso, habrá que mantenerle en una dieta rigurosa y un tamaño controlable.»
En cierto modo, esta era la anotación más enigmática de todas. ¿Era «él» también «R.»? Y si así era, ¿por qué había que mantenerle en una dieta rigurosa? ¿y qué quería decir Luther Whateley con lo de controlar su tamaño? Ni en el material que Abner había manejado hasta el momento, ni en estas anotaciones, ni en los fragmentos de relatos que quedaban en el libro, ni en las cartas previamente consultadas, por ninguna parte aparecía la respuesta a estas preguntas.
Apartó el libro y refrenó el impulso de quemarlo. Estaba exasperado, y su irritación no hacía más que crecer a medida que aumentaba en él la necesidad de conocer con urgencia el secreto inmerso en este viejo edificio.
Era ya muy tarde. Hacía mucho tiempo que la noche había caído. El inevitable clamor de las ranas y de las chotacabras había empezado de nuevo y llenaba toda la casa. Abner apartó momentáneamente de su pensamiento las anotaciones en apariencia inconexas que había estado leyendo. Todas las supersticiones de su familia le vinieron a la mente. Recordó especialmente aquellas en las que las ranas, las chotacabras y los búhos presagiaban la muerte. Por asociación de ideas, las ranas trajeron la imagen de la grotesca caricatura de un miembro del clan Marsh de Innsmouth, según la describía una de las cartas que Luther Whateley había conservado durante años.
Con asombro, Abner se dio cuenta de que un pensamiento tan casual le sumía en la perplejidad. El croar de las ranas y de los sapos se volvía cada vez más insistente. Pero, como los batracios siempre habían abundado en Dunwich, no había forma de saber cuánto tiempo llevaban croando en torno a la vieja casa de los Whateley. Abner no pensó ni un solo instante que su llegada tuviera algo que ver con aquello. Lo achacaba a la proximidad del Miskatonic. A su juicio, la vieja zona pantanosa que lindaba con Dunwich en la otra orilla del río explicaba la presencia de tantas ranas.
La exasperación y la preocupación que le causaban las ranas se desvanecieron. Estaba cansado. Se levantó y puso el libro de Luther Whateley dentro de una de sus maletas, con la intención de llevárselo cuando se marchase y no deshacerse de él hasta arrancarle alguna deducción. En alguna parte tenía que existir una clave. Si era cierto que habían ocurrido espeluznantes acontecimientos en aquella zona, tenía que existir algo más completo que las anotaciones lacónicas de Luther Whateley. No se conseguiría nada con preguntar a la gente de Dunwich; Abner sabía que mantendrían un silencio absoluto ante un forastero como él, a pesar de su parentesco con muchos de los vecinos.
Entonces pensó en los montones de periódicos, aún colocados fuera para ser quemados, y a pesar de su cansancio, empezó a repasar los montones del Aylesbury Transcript. Allí, de cuando en cuando, encontraba algún apartado relacionado con Dunwich.
Tras una hora de intensa búsqueda, recortó tres artículos de escasa entidad, pero que no habían aparecido en las secciones habituales reservadas a Dunwich. Corroboraban algunas de las anotaciones de Luther Whateley. El primero se titulaba: Animal salvaje mata ganado cerca de Dunwich.
«Algunas vacas y ovejas han sido degolladas en fincas de las afueras de Dunwich por lo que parece ser un animal salvaje. Las huellas dejadas en el lugar del suceso permiten suponer que se trata de una bestia de gran tamaño, pero el Profesor Bethnall, del Departamento de Antropología de la Universidad de Miskatonic, señala que no se puede descartar la presencia de manadas de lobos en el territorio salvaje que rodea Dunwich. Hasta ahora, y desde que el hombre se ha instalado en la Costa Este, por allí no se ha sabido nunca de ninguna bestia del tamaño que sugieren las huellas encontradas. Las autoridades del territorio están investigando.»
Por mucho que buscó, Abner no pudo encontrar ningún artículo que completase o ampliase esta información. Sin embargo, se tropezó con la historia de Ada Wilkerson.
«Una viuda, Ada Wilkerson, de 57 años de edad, que vivía sola a orillas del Miskatonic, cerca de Dunwich, puede haber sido víctima de un crimen vesánico hace tres noches. Al ver que no acudía a la cita que tenía en Dunwich con una amiga, ésta se hizo acompañar hasta el domicilio de la viuda. No encontraron huellas suyas. Sin embargo, la puerta de la casa había sido forzada y los muebles destrozados, como si se hubiese desarrollado una pelea. Por lo visto un fuerte hedor inundaba toda la casa. Hasta el momento de escribir este artículo, no se han vuelto a tener noticias sobre la señora Wilkerson.»
Los dos párrafos siguientes comunicaban que las autoridades no habían encontrado ningún rastro, ni ninguna explicación a la desaparición de la señora Wilkerson. Se volvió a mencionar la «gran bestia», así como las declaraciones del Profesor Bethnall sobre la posible existencia de una manada de lobos, pero nada más, pues la investigación había concluido y establecido que la señora Wilkerson no tenía ni dinero, ni enemigos, y que no existía nadie con motivos para matarla.
Finalmente aparecía el relato de la muerte de Howard Willie, con este titular. Espantoso crimen en Dunwich.
«En algún momento de la noche del día veintiuno, Howard Willie, de 37 años, nacido en Dunwich, fue brutalmente despedazado cuando se dirigía a su casa después de haber ido a pescar en el Miskatonic. El señor Willie fue atacado a una distancia de una milla y media del molino de Luther Whateley, mientras caminaba por un camino arbolado. En el suelo aparecieron huellas que permiten afirmar que hubo una salvaje pelea. El pobre hombre fue vencido. Sus agresores debieron haberle literalmente despedazado, pues los únicos restos que se encontraron de la víctima consistían en su pie derecho, aún con el zapato puesto. No cabe duda de que había sido arrancado salvajemente de su pierna.
»Nuestro corresponsal en Dunwich nos comunica que las gentes del lugar están muy inquietas y viven en un estado de terror y de cólera. Existen sospechas de que ciertas personas conocidas puedan tener parte de culpa, aunque niegan rotundamente que alguien de Dunwich haya podido matar a Willie o a la señora Wilkerson, que desapareció hace dos semanas y de la que no se ha vuelto a saber nada.»
El relato concluía con algunos datos referentes a la familia de Willie. Luego, en posteriores ediciones del Transcript, sólo se mencionaba la ausencia de información sobre los sucesos de Dunwich, donde las autoridades y los periodistas tropezaron con un férreo muro de silencio; los vecinos se negaron en redondo a hacer el menor comentario sobre los recientes sucesos. Sin embargo, por algunos datos de la investigación que se filtraron a la prensa, era insistente la versión de que las huellas encontradas se perdían todas en las aguas del Miskatonic. Con eso, se sugería que si el responsable de la matanza de Dunwich era la misteriosa bestia, tenía que haber venido del río y haber vuelto al río.
Era cerca de medianoche cuando Abner acabó ese último artículo. Pese a la hora tardía, amontonó de nuevo los periódicos que no le interesaban, guardó los tres recortes que había leído, y el resto lo sacó a la orilla del río y le prendió fuego. Con la hoguera anterior, había quemado una considerable extensión de hierba y como no había aire, los riesgos de incendio eran nulos. Abner pensó entonces que no era preciso quedarse para vigilar el fuego. Mientras se alejaba oyó de repente, por encima del ulular de las chotacabras y el croar de las ranas, ahora en un desesperado crescendo, el ruido que hace la madera al desgarrarse y romperse. Pensó inmediatamente en la ventana de la habitación cerrada, y volvió sobre sus pasos.
A la tenue luz que el fuego proyectaba sobre la casa, Abner entreveía la ventana, y le pareció que era más ancha que antes. ¿Podía ser que el molino entero y parte de la casa se estuviesen derrumbando? Entonces, en un instante, pudo ver una sombra amorfa que desaparecía tras la rueda del molino, y unos segundos después oyó un chapoteo en el agua. El croar de las ranas había adquirido un volumen tan intenso que no pudo oír nada más.
Dispuesto a olvidarse de la sombra, la achacó al reflejo que las llamas proyectaban sobre la rueda. En cuanto al ruido del agua, podía haber sido producido por un banco de peces saltando en el agua. De todas formas, pensó que no estaría de más echar otra ojeada a la habitación de la tía Sarah.
Volvió a la cocina, cogió la lámpara, y subió las escaleras. Al abrir la puerta, el fuerte hedor que emanaba de la habitación cerrada le produjo casi un desmayo. El olor del Miskatonic, de los pantanos, la fetidez de ese resbaladizo material que queda depositado entre las piedras y los escombros hundidos cuando las aguas del Miskatonic bajan de nivel, la mareante y violenta pestilencia que impregna la guarida de ciertos animales: todo esto se condensaba en la habitación cerrada.
Indeciso, Abner permaneció un momento de pie en el umbral. Pensó que el olor de la habitación podía haber entrado por la ventana abierta. Levantó la lámpara, de modo que la luz alumbrase más la parte superior de la pared, encima de la rueda del molino. A pesar de la distancia, vio inmediatamente que no sólo había desaparecido la ventana, sino también el marco. ¡Aun desde la puerta se notaba que el marco había sido roto desde el interior!
Se echó hacia atrás y cerró la puerta de un portazo. Bajó las escaleras corriendo, mientras en su cabeza su esquema de raciocinio empezaba a derrumbarse.
V
Abajo, intentó tranquilizarse. Después de todo, lo que había visto no era más que un detalle añadido a la proliferante acumulación de datos que parecían inconexos y en que tropezaba, una y otra vez, desde que llegó a casa del abuelo. Ahora, sin embargo, estaba convencido de que todos esos datos estaban relacionados entre sí, por muy inverosímil que esto le hubiera parecido hasta entonces. Y ahora lo único que necesitaba averiguar era qué hecho, qué elemento, los unía entre sí.
Se sentía muy perturbado, especialmente por la convicción de que poseía todos los datos que necesitaba, y sólo su rigor científico le impedía formular una primera suposición, establecer la premisa de la que se derivaban los hechos que se presentaban irrefutables. Todos sus sentidos le demostraban que algo -alguna bestia- habitaba en esa habitación. Era inimaginable pensar que los olores del exterior se condensaran en la habitación de la tía Sarah, y en cambio no se apreciasen fuera de la cocina o desde la ventana de su propia habitación.
La costumbre de racionalizar sus pensamientos estaba fuertemente enraizada en él. Cogió la última carta de Luther Whateley, la que le era dirigida, y otra vez, la volvió a leer. Eso era lo que su abuelo había querido decir con «tú has recorrido mundo y has recopilado conocimientos suficientes como para permitirte mirar las cosas con mente inquisidora, sin la superstición de la ignorancia ni la superstición de la ciencia». ¿Estaba este rompecabezas, con todas sus horribles consecuencias, más allá de la racionalización?
El timbre del teléfono interrumpió bruscamente la escalada de su confuso razonamiento. Guardó la carta en su bolsillo, corrió hacia el hall, y levantó el auricular.
La voz de un hombre chilló en la línea, entre un caos de voces inquisitivas, como si todo el mundo hubiese descolgado el auricular simultáneamente, a la espera, como Abner Whateley de alguna comunicación sobre nuevas tragedias. Una de las voces -todas eran desconocidas para Abner- identificó a la persona que llamaba.
-¡Es Luke Lang!
-Reunid a un grupo de hombres y venid en seguida -gritó Luke con voz ronca-. Está merodeando fuera, en la puerta, en las ventanas, intenta abrir.
-Luke, ¿qué es? -preguntó una voz de mujer.
-¡Oh Dios! No pertenece a este mundo. Da saltos como si fuese demasiado grande para poder moverse normalmente; parece gelatinoso. Pero date prisa, date prisa antes de que sea demasiado tarde. Cogió a mi perro...
-Deja la línea para que podamos llamar pidiendo ayuda -interrumpió otro.
Pero Luke nunca escuchó esto.
-Está empujando la puerta, está derribando la puerta...
-Luke, Luke. ¡cuelga el aparato!
-Está intentando forzar la ventana ahora -la voz de Luke Lang se transformó en un grito de terror-. Ha roto el cristal. ¡Dios! ¡Dios! ¿Es que no vais a venir? ¡Oh, esa mano! ¡Ese terrible brazo! ¡Dios! ¡Esa cara...!
La voz de Luke dejó de oírse tras un horrible chillido. Se oyó el ruido del cristal que se rompía y el crujir de la madera que se desgarraba, y luego la casa de Luke Lang quedó en silencio, al igual que, por unos instantes, la línea. Entonces las voces irrumpieron de nuevo en un tono de pánico y de furia.
-¡Hay que pedir ayuda!
-Nos encontraremos en la casa de Bishop.
Y alguien dijo:
-¡Ha sido cosa de Abner Whateley!
Mareado por el duro golpe y medio paralizado por la evidencia, Abner luchó para retirar el auricular y desconectarse de la algarabía de dementes concentrados en la línea telefónica. Lo logró pero no sin un gran esfuerzo. Confundido, molesto, atemorizado, se quedó un instante apoyado en la pared. Sus pensamientos se arremolinaban en torno a un mismo eje: los vecinos de Dunwich le hacían responsable y le culpaban por lo que había ocurrido. Y esa convicción general -lo intuía- se basaba en algo más que en la proverbial desconfianza del hombre del campo frente a cualquier forastero.
No quería pensar en lo que le había ocurrido a Luke Lang y a los otros. La voz de Luke, empavorecida, agonizante, aún resonaba en sus oídos. Se alejó de la pared. Casi tropezaba con las sillas de la cocina. Permaneció un instante al lado de la mesa, sin saber qué hacer, pero a medida que su mente se iba aclarando, pensaba que lo más urgente era escapar. Pero estaba aprisionado entre el deseo de huir, y la obligación con Luther Whateley, que no había cumplido aún.
Había venido, había repasado las cosas del viejo -todo excepto los libros- había hecho los preparativos necesarios para que derribasen la parte del edificio que daba al molino. En cuanto a la casa, podía venderla a través de alguna agencia. En resumidas cuentas, su presencia aquí ya no era necesaria. Sin pensarlo dos veces, corrió a su habitación y volvió a introducir en la maleta cuanto había sacado de ella, además del libro de Luther Whateley. La cerró y salió en dirección al coche.
Pero una vez instalado al volante, recapacitó y pensó que no tenía por qué huir. El no había hecho nada. Y no veía por qué tenía que recaer sobre él la menor culpa. Volvió a la casa. Todo estaba quieto, salvo el incesante e incansable coro de las ranas y de las chotacabras. Se quedó parado, sin saber qué hacer; entonces se sentó a la mesa y sacó, una vez más, la última carta de Luther Whateley.
La leyó de nuevo, despacio. ¿Qué había querido decir el viejo cuando, en su referencia a la locura de los Whateley, había dicho «No ha ocurrido lo mismo con todo lo que me ha pertenecido», aunque él se había librado de la locura? La abuela Whateley había muerto mucho antes de nacer Abner; su tía Julia había fallecido muy joven; su madre había llevado una vida intachable. Quedaba su tía Sarah. ¿Cuál había sido su locura entonces? Luther Whateley no podía referirse a nadie más. Sólo quedaba Sarah. ¿Qué había hecho para que la encerraran hasta su muerte?
¿Y qué pretendía con aquella orden a Abner para que matara cualquier cosa en la parte del molino, cualquier cosa viva? No importa su pequeñez. No importa su forma... ¿Incluso algo tan pequeño e inofensivo como un pequeño sapo? ¿Una araña? ¿Una mosca? Luther Whateley escribía en forma de acertijos, cosa que resultaba bastante irritante para un hombre inteligente. ¿O tal vez pensaba su abuelo que Abner era un esclavo de la superstición científica? Hormigas, arañas, moscas, diversas clases de insectos, ciempiés, todos ellos plagaban la parte vieja del molino; e indudablemente, en sus paredes también había ratones. ¿Esperaba Luther Whateley que su nieto exterminase todos estos bichos?
Detrás de él, de repente, el cristal de la ventana se hizo añicos y cayó al suelo, junto con otro objeto. Abner se puso de pie y dio media vuelta. Fuera se oían unos pasos que se alejaban a ritmo de carrera.
Vio una piedra en el suelo, entre los cristales rotos. Había un trozo de papel atado alrededor con una cuerda. Abner lo cogió, rompió la cuerda y desplegó el papel.
Se presentó a sus ojos una tosca letra: «¡Lárgate antes de que te maten!» El papel provenía de la tienda, así como la cuerda que lo ataba a la piedra. Más que una amenaza era una bien intencionada advertencia. Y era claramente obra de Tobías Whateley, pensó Abner. La tiró con desprecio sobre la mesa.
Su cabeza era un auténtico revoltijo de pensamientos, pero llegó a la conclusión de que no era necesario huir precipitadamente. Se quedaría, no sólo para saber si sus sospechas acerca de Luke Lang eran ciertas -como si la evidencia del teléfono diese lugar a dudas-, sino también en un intento desesperado para descubrir la solución del acertijo que Luther Whateley había dejado tras de sí.
Apagó la luz y, a oscuras, se dirigió a su habitación; se echó en la cama sin desnudarse.
No podía dormir. Intentaba ordenar sus pensamientos, encontrar un sentido a este cúmulo de datos, aferrado a su convicción de que existía un dato básico, clave de todos los demás, y que tenía que encontrarlo porque lo tenía delante de sí -había sido incapaz hasta el momento de reconocerlo e interpretarlo.
Llevaba menos de media hora tumbado, cuando oyó, más fuerte que el coro de las ranas y de las chotacabras, un chapoteo que provenía del Miskatonic. El ruido se acercaba, como si una gran ola barriese las orillas. Se sentó para escuchar mejor. Pero el ruido también cambió, y éste, desgraciadamente, sí podía identificarlo: alguien intentaba trepar por la rueda del molino.
Se levantó y salió del cuarto.
De la habitación cerrada provenía el ruido de un cuerpo pesado que se arrastraba y caía. Luego se oyó un curioso y entrecortado quejido, parecido al de un niño llamando desde lejos, y finalmente se restableció la calma y el silencio. Incluso el croar de las ranas pareció desvanecerse y morir.
Volvió a la cocina y encendió la lámpara.
Proyectando la luz amarillenta de la lámpara hacia delante, Abner se dirigió lentamente escalera arriba, en dirección a la habitación cerrada. Andaba suavemente, despacio, sin hacer ruido.
Al llegar a la puerta, escuchó. Al principio no oyó nada, pero al poco rato un susurro llegó a sus oídos.
¡Algo en aquella habitación respiraba!
Luchando contra el miedo, Abner puso la llave en la puerta. Abrió y levantó la lámpara.
El asombro y el terror le paralizaron.
Allí, agazapado en medio de la cama deshecha y tanto tiempo abandonada, se sentaba un monstruo, una criatura de piel dura, que no era ni hombre ni rana, ahíta de comida, con unos hilos de sangre que caían aún de sus mandíbulas batracias y goteaban entre sus dedos palmípedos. Era una cosa monstruosa que tenía unos brazos largos y fuertes, que salían de su cuerpo bestial como las patas anteriores de una rana, y terminaban en algo que, de no ser por las membranas que unían los dedos entre sí, hubieran podido ser unas manos humanas.
La escena no duró más que unos breves instantes.
Entonces, con un gruñido enfurecido -«Eh-ya-ya-ya-yaa-haah-ngh’aaa-h’yuh-h’yuh»-, el gigantesco monstruo se levantó y se abalanzó sobre Abner.
Su reacción fue instantánea, nacida de una terrible y explosiva revelación. Lanzó la lámpara llena de petróleo hacia el monstruo que se echaba sobre él.
El fuego envolvió a la bestia. Se detuvo y empezó a tocarse desesperadamente el cuerpo ardiendo, sin percatarse de las llamas que surgían de la cama, detrás de ella, y en el suelo de la habitación. Al mismo tiempo, el timbre de su voz varió, y de profundo gruñido se transformó en un escalofriante gemido: «¡Mama-mama-ma-aa-ma-aa-ma-aah!»»
Abner cerró la puerta y salió corriendo.
Bajó las escaleras, tropezando, cruzó apresuradamente las habitaciones de abajo; con el corazón latiendo locamente, salió de la casa. Medio cegado por el miedo, se metió en el coche, dio al contacto, y se alejó de ese maldito lugar del que ya salía humo, mientras las llamas se extendían por la armazón de madera de la casa y empezaban a reflejar su rojizo color en el cielo.
A través de Dunwich, por el puente cubierto, conducía como un poseso. Mantenía los ojos entrecerrados, como para borrar para siempre la escena que había presenciado, mientras las oscuras montañas parecían querer atraparlo y el coro de las ranas y de las chotacabras se burlaba de él.
Pero nada podía borrar esta definitiva y fulgurante revelación que se había grabado en su mente. Ahora sabía que la clave la había tenido todo el tiempo, pese a que no lograra reconocerla, en sus propios recuerdos y en las anotaciones de Luther Whateley. A esa nueva luz, todas las piezas del rompecabezas se ensamblaban y todo cobraba su pleno sentido. La carne cruda que subían a la habitación y que Abner, de niño, creía que la tía Sarah preparaba en su cuarto, en realidad estaba destinada a ser comida cruda. La corta e incomprensible nota sobre «R.» que «por fin» había vuelto después de su escapada, implicaba que había regresado al único hogar que «R.» conocía. También entre las aparentemente inconexas anotaciones de su abuelo, la mención de las desapariciones de vacas, ovejas y otros animales aclaraba ampliamente esa otra referencia de Luther Whateley a «R.» ya que «el tamaño está en proporción con la cantidad de comida», y explicaba también lo que significaba otra nota que decía: «habrá que mantenerle en una dieta rigurosa y un tamaño controlable» -¡como la gente de Innsmouth!- «controlado» hasta casi extinguirse tras la muerte de Sarah. Entonces Luther pensó que, dejando a la criatura encerrada sin comida en la habitación, acabaría por matarla irremisiblemente. Sin embargo, ante la duda de que aquello fuera imposible ordenó a Abner que matara «cualquier cosa viva» que pudiera encontrar en el cuarto. La cosa que Abner había liberado sin darse cuenta al romper las ventanas y contraventanas, la había liberado para que buscase su propia comida y volviese a crecer endiabladamente, al principio con peces del Miskatonic, luego con pequeños animales, luego ganado, y finalmente con seres humanos. Esa cosa que era mitad batracio mitad ser humano, pero lo suficiente humana como para regresar al único hogar que conocía y llamar aterrorizada a su madre ante el terrible desenlace, la cosa que había nacido de la unión no bendita de Sarah Whateley y Ralsa Marsh, llena de sangre, el monstruo que merodearía para siempre en la mente de Abner Whateley. ¡Su primo Ralsa, obligado a permanecer en la vieja casa por el deseo férreo de su abuelo, en lugar de haber sido soltado hace tiempo al mar para que se uniese a los Profundos entre los súbditos de Dagon y del Gran Cthulhu!

EL PANTANO DE LA LUNA -- LOVECRAFT

H. P. Lovecraft
EL PANTANO DE LA LUNA



..

Denys Barry se ha esfumado en alguna parte, en alguna región espantosa y remota de la que nada sé. Estaba con él la última noche que pasó entre los hombres, y escuché sus gritos cuando el ser le atacó; pero ni todos los campesinos y policías del condado de Meath pudieron encontrarlo, ni a él ni a los otros, aunque los buscaron por todas partes. Y ahora me estremezco cuando oigo croar a las ranas en los pantanos o veo la luna en lugares solitarios.
Había intimado con Denys Barry en América, donde éste se había hecho rico, y le felicité cuando recompró el viejo castillo junto al pantano, en el somnoliento Kilderry. De Kilderry procedía su padre, y allí era donde quería disfrutar de su riqueza, entre parajes ancestrales. Los de su estirpe antaño se enseñoreaban sobre Kilderry, y habían construido y habitado el castillo; pero aquellos días ya resultaban remotos, así que durante generaciones el castillo había permanecido vacío y arruinado. Tras volver a Irlanda, Barry me escribía a menudo contándome cómo, mediante sus cuidados, el castillo gris veía alzarse una torre tras otra sobre sus restaurados muros, tal como se alzaran ya tantos siglos antes, y cómo los campesinos lo bendecían por devolver los antiguos días con su oro de ultramar. Pero después surgieron problemas y los campesinos dejaron de bendecirlo y lo rehuyeron como a una maldición. Y entonces me envió una carta pidiéndome que le visitase, ya que se había quedado solo en el castillo, sin nadie con quien hablar fuera de los nuevos criados y peones contratados en el norte.
La fuente de todos los problemas era la ciénaga, según me contó Barry la noche de mi llegada al castillo. Alcancé Kilderry en el ocaso veraniego, mientras el oro de los cielos iluminaba el verde de las colinas y arboledas y el azul de la ciénaga, donde, sobre un lejano islote, unas extrañas ruinas antiguas resplandecían de forma espectral. El crepúsculo resultaba verdaderamente grato, pero los campesinos de Ballylough me habían puesto en guardia y decía que Kilderry estaba maldita, por lo que casi me estremecí al ver los altos torreones dorados por el resplandor. El coche de Barry me había recogido en la estación de Ballylough, ya que el tren no pasa por Kilderry. Los aldeanos habían esquivado al coche y su conductor, que procedía del norte, pero a mí me habían susurrado cosas, empalideciendo al saber que iba a Kilderry. Y esa noche, tras nuestro encuentro, Barry me contó por qué.
Los campesinos habían abandonado Kilderry porque Denys Barry iba a desecar la gran ciénaga. A pesar de su gran amor por Irlanda, América no lo había dejado intacto y odiaba ver abandonada la amplia y hermosa extensión de la que podía extraer turba y desecar las tierras. Las leyendas y supersticiones de Kilderry no lograron conmoverlo y se burló cuando los aldeanos primero rehusaron ayudarle y más tarde, viéndolo decidido, lo maldijeron marchándose a Ballylough con sus escasas pertenencias. En su lugar contrató trabajadores del norte y cuando los criados le abandonaron también los reemplazó. Pero Barry se encontraba solo entre forasteros, así que me pidió que lo visitara.
Cuando supe qué temores habían expulsado a la gente de Kilderry, me reí tanto como mi amigo, ya que tales miedos eran de la clase más indeterminada, estrafalaria y absurda. Tenían que ver con alguna absurda leyenda tocante a la ciénaga, y con un espantoso espíritu guardián que habitaba las extrañas ruinas antiguas del lejano islote que divisara al ocaso. Cuentos de luces danzantes en la penumbra lunar y vientos helados que soplaban cuando la noche era cálida; de fantasmas blancos merodeando sobre las aguas y de una supuesta ciudad de piedra sumergida bajo la superficie pantanosa. Pero descollando sobre todas esas locas fantasías, única en ser unánimemente repetida, estaba el que la maldición caería sobre quien osase tocar o drenar el inmenso pantano rojizo. Había secretos, decían los campesinos, que no debían desvelarse; secretos que permanecían ocultos desde que la plaga exterminase a los hijos de Partholan, en los fabulosos años previos a la historia. En el Libro de los invasores se cuenta que esos retoños de los griegos fueron todos enterrados en Tallaght, pero los viejos de Kilderry hablan de una ciudad protegida por su diosa de la luna tutelar, así como de los montes boscosos que la ampararon cuando los hombres de Nemed llegaron de Escitia con sus treinta barcos.
Tales eran los absurdos cuentos que habían conducido a los aldeanos al abandono de Kilderry, y al oírlos no me resultó extraño que Denys Barry no hubiera querido prestarles atención. Sentía, no obstante, gran interés por las antigüedades, y estaba dispuesto a explorar a fondo el pantano en cuanto lo desecasen. Había ido con frecuencia a las ruinas blancas del islote pero, aunque evidentemente muy antiguas y su estilo guardaba muy poca relación con la mayoría de las ruinas irlandesas, se encontraba demasiado deteriorado para ofrecer una idea de su época de gloria. Ahora se estaba a punto de comenzar los trabajos de drenaje, y los trabajadores del norte pronto despojarían a la ciénaga prohibida del musgo verde y del brezo rojo, y aniquilarían los pequeños regatos sembrados de conchas y los tranquilos estanques azules bordeados de juncos.
Me sentí muy somnoliento cuando Barry me hubo contado todo aquello, ya que el viaje durante el día había resultado fatigoso y mi anfitrión había estado hablando hasta bien entrada la noche. Un criado me condujo a mi alcoba, que se hallaba en una torre lejana, dominando la aldea y la llanura que había al pie del pantano, así como la propia ciénaga, por lo que, a la luz lunar, pude ver desde la ventana las silenciosas moradas abandonadas por los campesinos, y que ahora alojaban a los trabajadores del norte, y también columbré la iglesia parroquial con su antiguo chapitel, y a lo lejos, en la ciénaga que parecía al acecho, las remotas' ruinas antiguas, resplandeciendo de forma blanca y espectral sobre el islote. Al tumbarme, creí escuchar débiles sonidos en la distancia, sones extraños y medio musicales que me provocaron una rara excitación que tiñeron mis sueños. Pero la mañana siguiente, al despertar, sentí que todo había sido un sueño, ya que las visiones que tuve resultaban mas maravillosas que cualquier sonido de flautas salvajes en la noche. Influida por la leyenda que me había contado Barry, mi mente había merodeado en sueños en torno a una imponente ciudad, ubicada en un valle verde, cuyas calles y estatuas de mármol, villas y templos, frisos e inscripciones evocaban de diversas maneras la gloria de Grecia. Cuando compartí ese sueño con Barry, nos echamos a reír juntos; pero yo me reía más, porque él se sentía perplejo ante la actitud de sus trabajadores norteños. Por sexta vez se habían quedado dormidos, despertando de una forma muy lenta y aturdidos, actuando como si no hubieran descansado, aun cuando se habían acostado temprano la noche antes.
Esa mañana y tarde deambulé a solas por la aldea bañada por el sol, hablando aquí y allá con los fatigados trabajadores, ya que Barry estaba ocupado con los planes finales para comenzar su trabajo de desecación. Los peones no estaban tan contentos como debieran, ya que la mayoría parecía desasosegada por culpa de algún sueño, aunque intentaban en vano recordarlo. Les conté el mío, pero no se interesaron por él hasta que no mencioné los extraños sonidos que creí oír. Entonces me miraron de forma rara y dijeron que ellos también creían recordar sonidos extraños.
Al anochecer, Barry cenó conmigo y me comunicó que comenzaría el drenaje en dos días. Me alegré, ya que aunque me disgustaba ver el musgo y el brezo y los pequeños regatos y lagos desaparecer, sentía un creciente deseo de posar los ojos sobre los arcaicos secretos que la prieta turba pudiera ocultar. Y esa noche el sonido de resonantes flautas y peristilos de mármol tuvo un final brusco e inquietante, ya que vi caer sobre la ciudad del valle una pestilencia, y luego la espantosa avalancha de las laderas boscosas que cubrieron los cuerpos muertos en las calles y dejaron expuesto tan sólo el templo de Artemisa en lo alto, donde Cleis, la anciana sacerdotisa de la luna, yacía fría y silenciosa con una corona de marfil sobre sus sienes de plata.
He dicho que desperté de repente y alarmado. Por un instante no fui capaz de determinar si me encontraba despierto o dormido; pero cuando vi sobre el suelo el helado resplandor lunar y los perfiles de una ventana gótica enrejada, decidí que debía estar despierto y en el castillo de Kilderry. Entonces escuché un reloj en algún lejano descansillo de abajo tocando las dos y supe que estaba despierto. Pero aún me llegaba el monótono toque de flauta a lo lejos; aires extraños, salvajes, que me hacían pensar en alguna danza de faunos en el remoto Menalo. No me dejaba dormir y me levanté impaciente, recorriendo la estancia. Sólo por casualidad llegué a la ventana norte y oteé la silenciosa aldea, así como la llanura al pie de la ciénaga. No quería mirar, ya que lo que deseaba era dormir; pero las flautas me atormentaban y tenía que hacer o mirar algo. ¿Cómo sospechar lo que estaba a punto de contemplar?
Allí, a la luz de la luna que fluía sobre el espacioso llano, se desarrollaba un espectáculo que ningún mortal, habiéndolo presenciado, podría nunca olvidar. Al son de flautas de caña que despertaban ecos sobre la ciénaga se deslizaba silenciosa y espeluznantemente una multitud entremezclada de oscilantes figuras, acometiendo una danza circular como las que los sicilianos debían ejecutar en honor a Deméter en los viejos días, bajo la luna de cosecha, junto a Ciane. La amplia llanura, la dorada luz lunar, las siluetas bailando entre las sombras y, ante todo, el estridente y monótono son de flautas producían un efecto que casi me paralizó, aunque a pesar de mi miedo noté que la mitad de aquellos danzarines incansables y maquinales eran los peones que yo había creído dormidos, mientras que la otra mitad eran extraños seres blancos y aéreos, de naturaleza medio indeterminada, que sin embargo sugerían meditabundas y pálidas náyades de las amenazadas fuentes de la ciénaga. No sé cuánto estuve contemplando esa visión desde la ventana del solitario torreón antes de derrumbarme bruscamente en un desmayo sin sueños del que me sacó el sol de la mañana, ya alto.
Mi primera intención al despertar fue comunicar a Denys Barry todos mis temores y observaciones, pero en cuanto vi el resplandor del sol a través de la enrejada ventana oriental me convencí de que lo que creía haber visto no era algo real. Soy propenso a extrañas fantasías, aunque no lo bastante débil como para creérmelas, por lo que en esta ocasión me limité a preguntar a los peones, que habían dormido hasta muy tarde y no recordaban nada de la noche anterior salvo brumosos sueños de sones estridentes. Este asunto del espectral toque de flauta me atormentaba de veras y me pregunté si los grillos de otoño habrían llegado antes de tiempo para fastidiar las noches y acosar las visiones de los hombres. Más tarde encontré a Barry en la librería, absorto en los planos para la gran faena que iba a acometer al día siguiente, y por primera vez sentí el roce del mismo miedo que había ahuyentado a los campesinos. Por alguna desconocida razón sentía miedo ante la idea de turbar la antigua ciénaga y sus tenebrosos secretos, e imaginé terribles visiones yaciendo en la negrura bajo las insondables profundidades de la vieja turba. Me parecía locura que se sacase tales secretos a la luz y comencé a desear tener una excusa para abandonar el castillo y la aldea. Fui tan lejos como para mencionar de pasada el tema a Barry, pero no me atreví a proseguir cuando soltó una de sus resonantes risotadas. Así que guardé silencio cuando el sol se hundió llameante sobre las lejanas colinas y Kilderry se cubrió de rojo y oro en medio de un resplandor semejante a un prodigio.
Nunca sabré a ciencia cierta si los sucesos de esa noche fueron realidad o ilusión. En verdad trascienden a cualquier cosa que podamos suponer obra de la naturaleza o el universo, aun que no es posible dar una explicación natural a esas desapariciones que fueron conocidas tras su consumación. Me retiré temprano y lleno de temores, y durante largo tiempo me fue imposible conciliar el sueño en el extraordinario silencio de la noche. Estaba verdaderamente oscuro, ya que a pesar de que el cielo estaba despejado, la luna estaba casi en fase de nueva y no saldría hasta la madrugada. Mientras estaba tumbado pensé en Denys Barry, y en lo que podía ocurrir en esa ciénaga al llegar el alba, y me descubrí casi frenético por el impulso de correr en la oscuridad, coger el coche de Barry y conducir enloquecido hacia Ballylough, fuera de las tierras amenazadas. Pero antes de que mis temores pudieran concretarse en acciones, me había dormido y atisbaba sueños sobre la ciudad del valle, fría y muerta bajo un sudario de sombras espantosas.
Probablemente fue el agudo son de flautas el que me despertó, aunque no fue eso lo primero que noté al abrir los ojos. Me encontraba tumbado de espaldas a la ventana este, desde la que se divisaba la ciénaga y por donde la luna menguante se alzaría, y por tanto yo esperaba ver incidir la luz sobre el muro opuesto, frente a mí; pero no había esperado ver lo que apareció. La luz, efectivamente, iluminaba los cristales del frente, pero no se trataba del resplandor que da la luna. Terrible y penetrante resultaba el raudal de roja refulgencia que fluía a través de la ventana gótica, y la estancia entera brillaba envuelta en un fulgor intenso y ultraterreno. Mis acciones inmediatas resultan peculiares para tal situación, pero tan sólo en las fábulas los hombres hacen las cosas de forma dramática y previsible. En vez de mirar hacia la ciénaga, en busca de la fuente de esa nueva luz, aparté los ojos de la ventana, lleno de terror, y me vestí desmañadamente con la aturdida idea de huir. Me recuerdo tomando sombrero y revólver, pero antes de acabar había perdido ambos sin disparar el uno ni calarme el otro. Pasado un tiempo, la fascinación de la roja radiación venció en mí el miedo y me arrastré hasta la ventana oeste, mirando mientras el incesante y enloquecedor toque de flauta gemía y reverberaba a través del castillo y sobre la aldea.
Sobre la ciénaga caía un diluvio de luz ardiente, escarlata y siniestra, que surgía de la extraña y arcaica ruina del lejano islote. No puedo describir el aspecto de esas ruinas... debí estar loco, ya que parecía alzarse majestuosa y pletórica, espléndida y circundada de columnas, y el reflejo de llamas sobre el mármol de la construcción hendía el cielo como la cúspide de un templo en la cima de una montaña. Las flautas chirriaban y los tambores comenzaron a doblar, y mientras yo observaba lleno de espanto y terror creí ver oscuras formas saltarinas que se silueteaban grotescamente contra esa visión de mármol y resplandores. El efecto resultaba titánico –completamente inimaginable– y podría haber estado mirando eternamente de no ser que el sonido de flautas parecía crecer hacia la izquierda. Trémulo por un terror que se entremezclaba de forma extraña con el éxtasis, crucé la sala circular hacia la ventana norte, desde la que podía verse la aldea y el llano que se abría al pie de la ciénaga. Entonces mis ojos se desorbitaron ante un extraordinario prodigio aún más grande, como si no acabase de dar la espalda a una escena que desbordaba la naturaleza, ya que por la llanura espectralmente iluminada de rojo se desplazaba una procesión de seres con formas tales que no podían proceder sino de pesadillas.
Medio deslizándose, medio flotando por los aires, los fantasmas de la ciénaga, ataviados de blanco, iban retirándose lentamente hacia las aguas tranquilas y las ruinas de la isla en fantásticas formaciones que sugerían alguna danza ceremonial y antigua. Sus brazos ondeantes y traslúcidos, al son de los detestables toques de aquellas flautas invisibles, reclamaban con extraordinario ritmo a una multitud de tambaleantes trabajadores que les seguían perrunamente con pasos ciegos e involuntarios, trastabillando como arrastrados por una voluntad demoníaca, torpe pero irresistible. Cuando las náyades llegaban a la ciénaga sin desviarse, una nueva fila de rezagados zigzagueaba tropezando como borrachos, abandonando el castillo por alguna puerta apartada de mi ventana; fueron dando tumbos de ciego por el patio y a través de la parte interpuesta de aldea, y se unieron a la titubeante columna de peones en la llanura. A pesar de la altura, pude reconocerlos como los criados traídos del norte, ya que reconocí la silueta fea y gruesa del cocinero, cuyo absurdo aspecto ahora resultaba sumamente trágico. Las flautas sonaban de forma horrible y volví a escuchar el batir de tambores procedente de las ruinas de la isla. Entonces, silenciosa y graciosamente, las náyades llegaron al agua y se fundieron una tras otra con la antigua ciénaga, mientras la línea de seguidores, sin medir sus pasos, chapoteaba desmañadamente tras ellas para acabar desapareciendo en un leve remolino de insalubres burbujas que apenas pude distinguir en la luz escarlata. Y mientras el último y patético rezagado, el obeso cocinero, desaparecía pesadamente de la vista en el sombrío estanque, las flautas y tambores enmudecieron, y los cegadores rayos de las ruinas se esfumaron al instante, dejando la aldea de la maldición desolada y solitaria bajo los tenues rayos de una luna recién acabada de salir.
Mi estado era ahora el de un indescriptible caos. No sabiendo si estaba loco o cuerdo, dormido o despierto, me salvé sólo merced a un piadoso embotamiento. Creo haber hecho cosas tan ridículas como rezar a Artemisa, Latona, Deméter, Perséfona y Plutón. Todo cuando podía recordar de mis días de estudios clásicos de juventud me acudió a los labios mientras los horrores de la situación despertaban mis supersticiones más arraigadas. Sentía que había presenciado la muerte de toda una aldea y sabía que estaba a solas en el castillo con Denys Barry, cuya audacia había desatado la maldición. Al pensar en él me acometieron nuevos terrores y me desplomé en el suelo, no inconsciente, pero sí físicamente incapacitado. Entonces sentí el helado soplo desde la ventana este, por donde se había alzado la luna, y comencé a escuchar los gritos en el castillo, abajo. Pronto tales gritos habían alcanzado una magnitud y cualidad que no quiero transcribir, y que me hacen enfermar al recordarlos. Todo cuanto puedo decir es que provenían de algo que yo conocí como amigo mío.
En cierto instante, durante ese periodo estremecedor, el viento frío y los gritos debieron hacerme levantar, ya que mi siguiente impresión es la de una enloquecida carrera por la estancia y a través de corredores negros como la tinta y, fuera, cruzando el patio para sumergirme en la espantosa noche. Al alba me descubrieron errando trastornado cerca de Ballylough, pero lo que me enloqueció por completo no fue ninguno de los terrores vistos u oídos antes. Lo que yo musitaba cuando volví lentamente de las sombras eran un par de incidentes acaecidos durante mi huida, incidente de poca monta, pero que me recomen sin cesar cuando estoy solo en ciertos lugares pantanosos o a la luz de la luna.
Mientras huía de ese castillo maldito por el borde de la ciénaga, escuché un nuevo sonido; algo común, aunque no lo había oído antes en Kilderry. Las aguas estancadas, últimamente bastante despobladas de vida animal, ahora hervían de enormes ranas viscosas que croaban aguda e incesantemente en tonos que desentonaban de forma extraña con su tamaño. Relucían verdes e hinchadas bajo los rayos de luna, y parecían contemplar fijamente la fuente de luz. Yo seguí la mirada de una rana muy gorda y fea, y vi la segunda de las cosas que me hizo perder el tino.
Tendido entre las extrañas ruinas antiguas y la luna menguante, mis ojos creyeron descubrir un rayo de débil y trémulo resplandor que no se reflejaba en las aguas de la ciénaga. Y ascendiendo por ese pálido camino mi mente febril imaginó una sombra leve que se debatía lentamente; una sombra vagamente perfilada que se retorcía como arrastrada por monstruos invisibles. Enloquecido como estaba, encontré en esa espantosa sombra un monstruoso parecido, una caricatura nauseabunda e increíble, una imagen blasfema del que fuera Denys Barry.

EL SABUESO -- H. P. LOVECRAFT

H. P. Lovecraft
EL SABUESO



...

En mis atormentados oídos resuena incesantemente una pesadilla de zumbidos y aleteos, y un aullido débil y distante, como el de un gigantesco sabueso. No es sueño -ni tampoco, me temo, locura-, ya que han tenido lugar demasiados sucesos como para permitirme tales dudas misericordiosas. St. John es un cadáver destrozado; tan sólo yo sé por qué, y porque lo sé voy a saltarme los sesos por temor a sufrir igual destino. A través de tenebrosos e ilimitados pasadizos de espantosa fantasmagoría se escabulle la némesis negra e informe que me empuja al suicidio.
¡Quiera el cielo perdonar la locura y morbo que nos llevaron a este monstruoso final! Hastiados de los lugares comunes de un mundo prosaico donde pronto se pierde el regusto del romance y la aventura, St. John y yo habíamos seguido con entusiasmo cada movimiento estético e intelectual que nos prometiera un respiro en nuestro devastador aburrimiento. En tiempos nos habíamos empapado de los enigmas de los simbolistas y los éxtasis de los prerrafaelistas, pero cada nueva moda agotaba pronto su divertida novedad y su reclamo. Sólo la sombría filosofía de los decadentes lograba retenernos, y tan sólo nos resultaba suficientemente fuerte incrementando progresivamente la hondura y lo demoníaco de nuestras exploraciones. Baudelaire y Huysman pronto quedaron vacíos de estremecimiento, hasta que por último sólo nos restaron los más directos estímulos de antinaturales aventuras y experiencias personales. Fue esta espantosa necesidad emocional lo que finalmente nos condujo por este detestable camino que aún en mi presente estado de temor menciono con vergüenza y reparo... ese odioso extremo de la atrocidad humana, la horrenda práctica de violar tumbas.
No puedo revelar los detalles de nuestras estremecedoras expediciones, o dar cuenta ni siquiera parcialmente de los peores trofeos que adornaban el indescriptible museo diseñado por nosotros mismos en la gran casa de piedra que habitábamos, solos y sin criados. Nuestro museo era un sitio blasfemo e inconcebible, donde con el satánico gusto de un virtuoso neurótico habíamos recreado un universo de terror y decadencia destinado a excitar nuestra mortecina sensibilidad. Era un cuarto secreto, abajo, muy abajo, donde grandes demonios alados, esculpidos en basalto y ónice, vomitaban por sus amplias y sonrientes bocas salvajes luces verdes y anaranjadas; y ocultos respiraderos agitaban en calidoscópicas danzas de la muerte las filas de rojos seres de ultratumba que entrelazaban las manos en las voluminosas colgaduras negras. A través de esos suspiros llegaban a voluntad los aromas que nuestros sentidos más apeteciesen. A veces el olor de los pálidos lirios fúnebres, en ocasiones el narcótico incienso de imaginarios sepulcros orientales conteniendo a regios difuntos, y a veces —¡cómo me estremezco al recordarlo!— el espantoso, el agobiante hedor de las tumbas abiertas.
Contra los muros de esta repelente estancia se encontraban sarcófagos de antiguas momias, alternando con hermosos cuerpos, casi vivos, perfectamente disecados y conservados por el arte del taxidermista, y con lápidas hurtadas a todos los mas viejos camposantos del mundo. Nichos dispersos contenían cráneos de todas las formas, así como cabezas conservadas en distintos estadios de descomposición. Allí podían verse los restos podridos y expuestos de famosos aristócratas, así como los cabellos dorados, lozanos y radiantes de un chiquillo recién desenterrado. Había estatuas y pinturas, sobre todo tocantes a infernales temas; algunos de ellos obras de St. John y de mí mismo. Un portafolios cerrado con llave, realizado con piel humana curtida, contenía ciertos dibujos desconocidos e indescriptibles atribuidos al propio Goya, de quien se decía que nunca osó exponerlos a la opinión pública. Había nauseabundos instrumentos musicales de cuerda, metal y madera, con los que St. John y yo a veces interpretábamos disonancias de exquisita morbidez y horror cacodemoníaco; mientras que en una multitud de casilleros de ébano descansaba la más increíble e inimaginable variedad de trofeos fúnebres jamás reunida por la locura y la perversidad humana. Pero de estos trofeos no debo hablar... gracias a Dios, tuve el valor de destruirlos completamente antes de pensar en destruirme a mí mismo.
Las incursiones predadoras en las que recogíamos nuestros inmencionables tesoros eran siempre eventos artísticamente memorables. No éramos vulgares necrófilos, sino que obrábamos tan sólo en ciertas condiciones de humor, escenario, ambiente, clima, estación y fase lunar. Tales pasatiempos eran para nosotros la más exquisita forma de expresión artística y prestábamos a cada detalle un fastidioso cuidado técnico. Una hora inadecuada, un efecto de luz desentonando o una inadecuada manipulación de la tierra húmeda podía espantar casi totalmente de nosotros ese extasiado temblor que resultaba de la exumación de algún ominoso y burlón secreto de la tierra. Nuestra búsqueda de escenarios novedosos y excitantes condiciones era febril, jamás satisfecha... St. John guiaba siempre, y fue él quién al final abrió el camino hacia ese burlesco, ese maldito lugar que acarreó sobre nosotros la espantosa e inevitable condenación.
¿A través de qué maligna fatalidad fuimos atraídos a ese terrible camposanto holandés? Creo que fue el rumor y la leyenda acerca de alguien que llevaba enterrado allí cinco siglos, alguien que también fuera en vida un profanador de tumbas y que había robado un objeto de poder en un gran sepulcro. Aún puedo recordar los momentos finales de aquella escena... la pálida luz otoñal sobre las tumbas, derramando sombras horriblemente largas, los árboles deformes, inclinados de forma sombría contra la descuidada maleza y las losas desvencijadas; las legiones de murciélagos extraños y colosales volando al trasluz de la luna; la vieja iglesia cubierta de hierba, apuntando un inmenso dedo espectral hacia el cielo lívido; los insectos fosforescentes que bailaban como fuegos fatuos bajo los tejos en un rincón apanado; el hedor a moho, vegetación y cosas menos identificables, entremezclándose débilmente con los aires nocturnos llegados de lejanos pantanos y mares; y, lo peor de todo, el débil aullido, con notas profundas, de algún gigantesco sabueso que no podíamos ver ni ubicar. Nos estremecimos al oír este atisbo de ladrido, recordando los relatos de labriegos, ya que a quien buscábamos había sido descubierto hacía siglos en este mismo sitio, destrozado y mutilado por las garras y los dientes de alguna bestia inexplicable.
Recuerdo cómo hurgamos con las palas en la tumba de aquel necrófilo; cómo nos estremecíamos de nuestra propia imagen, la tumba, la pálida luna menguante, las horribles sombras, los árboles deformes, los titánicos murciélagos, la vieja iglesia, los danzarines fuegos fatuos, los nauseabundos hedores, el leve soplo del viento nocturno y el extraño, oído a medias, aullido que no llegaba de ninguna dirección concreta y de cuya existencia real apenas podíamos estar seguros. Luego dimos con una sustancia más dura que el húmedo moho y vimos una caja ovalada y podrida, incrustada de depósitos minerales durante su larga e inalterada presencia en la tierra. Resultaba increíblemente dura y densa, pero era tan vieja que finalmente logramos forzarla y nos regalamos los ojos con el contenido.
Quedaba mucho, demasiado, a pesar de los quinientos años transcurridos. El esqueleto, aunque quebrantado en ciertas partes por las mandíbulas del ser que le diera muerte, se conservaba asombrosamente sólido, y nos congratulamos de la limpia calavera blanca y de sus largos y firmes dientes, así como de las órbitas vacías que una vez resplandecieran con una fiebre sepulcral parecida a la que nos consumía. Dentro del ataúd había un amuleto de curioso y exótico diseño, que aparentemente había estado suspendido del cuello del yacente. Era una figura, extrañamente formal, de un sabueso agazapado y alado, o la de una esfinge de rostro semicanino, y estaba exquisitamente trabajada en un estilo oriental y antiguo, en una pieza de jade verde. La expresión de ese rostro resultaba sumamente repulsiva, trasluciendo a un tiempo muerte, bestialidad y malevolencia. En torno a la base se encontraba una inscripción en caracteres que ni St. John ni yo pudimos reconocer; y al fondo, como la marca del artífice, habían esculpido una calavera grotesca y formidable.
Apenas pusimos los ojos en ese amuleto supimos que teníamos que poseerlo; que tal tesoro tenía que ser la lógica recompensa que tomásemos de esa tumba centenaria. Lo habríamos deseado aunque su diseño nos fuera ajeno por completo; pero, una vez examinado más detenidamente, descubrimos que nos era completamente extraño. De hecho, estaba lejos de todo arte o literatura que un lector cuerdo y equilibrado pueda conocer, pero lo reconocimos como ese ser que es insinuado en el prohibido Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred; ese horripilante símbolo espiritual del culto necrófago de la inaccesible Leng, en el Asia Central. Demasiado bien pudimos encontrar los siniestros perfiles descritos por el viejo demonólogo árabe; perfiles, escribía, tomados de alguna oscura manifestación sobrenatural de los espíritus de aquellos que mancillaron y se alimentaron de los muertos.
Cogiendo el objeto de jade verde, echamos un último vistazo a la calavera blanca y de órbitas vacías de su dueño y cubrimos la tumba hasta dejarla tal como la encontramos. Al abandonar ese lugar espantoso, con el amuleto robado en el bolsillo de St. John, creímos ver a los murciélagos abalanzarse en masa sobre la tierra recién profanada, como buscando algún alimento maldito y repugnante. Y, asimismo, mientras navegábamos al día siguiente entre Holanda y nuestro hogar, creímos oír el débil aullido lejano de algún sabueso gigantesco en la distancia. Pero el viento de otoño gemía triste y desasosegado y no pudimos estar seguros.

II

Menos de una semana después de nuestro regreso a Inglaterra comenzaron a acaecer sucesos extraños. Vivíamos como ermitaños, sin amigos, solos y sin criados, en unas pocas habitaciones de una casa solariega, sita en un páramo baldío y poco transitado; así que raramente venía alguna visita a llamar a nuestra puerta. Ahora, sin embargo, nos vimos perturbados por lo que parecía ser un deambular en la noche, no sólo en torno a las puertas, sino también de ventanas, tanto las altas como las bajas. En una ocasión nos pareció que un cuerpo largo y opaco oscurecía la ventana de la biblioteca al pasar ante la luna, y otra vez escuchamos zumbidos o aleteos a lo lejos. La investigación no reveló nada y comenzamos a achacar esos sucesos a nuestra imaginación... la misma imaginación curiosamente perturbada que aún sostenía en nuestros oídos el débil y lejano aullido que habíamos creído oír en el camposanto holandés. El amuleto de jade verde reposaba ahora en uno de los nichos de nuestro museo, y a veces encendíamos velas extrañamente aromatizadas ante él. Leíamos mucho en el Necronomicón de Alhazred acerca de sus propiedades, y sobre la relación de los espíritus de los demonios con los objetos que los simbolizaba, y nos sentimos turbados por lo leído. Entonces llegó el terror.
La noche del 24 de septiembre de 19... oí un golpe en la puerta de mi alcoba. Creyendo que era St. John, le invité a entrar, pero tan sólo obtuve como respuesta una risa estridente. No había nadie en el pasillo. Cuando hube despertado a St. John, se manifestó totalmente ajeno al suceso, y se vio tan perplejo como yo. Fue la noche en la que el aullido débil y lejano sobre el páramo se convirtió para nosotros en una certeza tangible y espantosa. Cuatro días después, mientras estábamos en el museo oculto, se produjo un rasguñar bajo y cauteloso en la puerta sencilla que llevaba a la escalera secreta de la biblioteca. Nuestro susto fue doble, ya que unido al miedo a lo desconocido estaba el que siempre habíamos tenido el temor a que se descubriese nuestra espantable colección. Apagando todas las luces, fuimos a la puerta y la abrimos de golpe; fue entonces cuando sentimos un inexplicable soplo de aire y escuchamos, como en retroceso, una mescolanza de susurros, risas entre dientes y charla articulada. No tratamos de determinar si nos habíamos vuelto loco, soñábamos o si estábamos en nuestros cabales. Tan sólo supimos, sumidos en la más negra aprensión, que aquella charla aparentemente incorpórea se realizaba sin duda alguna en holandés.
A partir de entonces vivimos en un creciente horror y fascinación. Principalmente sustentábamos la teoría de que estábamos enloqueciendo junto por culpa de nuestra vida de placeres antinaturales; pero a veces nos complacíamos en plantearnos el drama de las víctimas de alguna maldición reptante y abominable. Las manifestaciones extravagantes resultaban demasiado frecuentes ahora como para relatarlas. Nuestra solitaria casa parecía albergar la presencia de algún ser maligno cuya naturaleza no podíamos conjeturar, y cada noche el demoníaco aullido iba y venía a través del ventoso páramo, incrementándose sin cesar. El 29 de octubre encontramos en la tierra blanca, bajo la ventana de la biblioteca, una serie de pisadas imposibles por completo de describir. Eran tan desconcertantes como las hordas de grandes murciélagos que merodeaban alrededor de la vieja casa en un número sin precedentes, siempre aumentando.
El horror culminó el 18 de noviembre, cuando St. John, que volvía a casa tras el ocaso desde la lejana estación de tren, fue atrapado por algún espantoso carnívoro y resultó despedazado. Sus gritos llegaron hasta la casa y, mientras yo corría hacia la terrible escena, tuve tiempo de escuchar batir de alas y atisbar una nebulosa silueta negra perfilada contra la luna naciente. Mi amigo agonizaba cuando pude hablar con él, y no fue capaz de darme respuestas coherentes. Todo cuanto pudo fue el susurrar:
—El amuleto... esa cosa maldita...
Entonces cedió, convertido en una masa inerte de carne desgarrada.
Lo enterré a la medianoche siguiente en uno de nuestros descuidados jardines, murmurando sobre su cuerpo uno de los diabólicos rituales de los que tanto gustara en vida. Al pronunciar la última y demoníaca frase, oí a lo lejos en el páramo el débil aullido de algún sabueso gigantesco. Había salido la luna, pero no osé mirar. Y cuando vi sobre el páramo, tenuemente iluminado, una gran sombra indistinta que saltaba de un montículo a otro, cerré los ojos y me lancé de bruces al suelo. Cuando me incorporé tembloroso, no sé cuánto después, fui tambaleándome hacia la casa y realicé estremecidas reverencias en honor de amuleto de jade.
Temeroso ahora de vivir solo en la vieja casa del páramo, me fui al día siguiente a Londres, llevándome el amuleto tras quemar y enterrar el resto de nuestra impía colección. Pero tres noches más tarde oí de nuevo el aullido y, antes de una semana, sentía en la oscuridad ojos extraños clavados en mí. Una tarde, paseando por el muelle Victoria en busca de un poco de aire fresco, vi una negra silueta oscurecer el reflejo de una de las lámparas en el agua. Soplaba un aire más fuerte que el viento nocturno y comprendí que lo que había alcanzado a St. John me alcanzaría también a mí.
Al día siguiente envolví cuidadosamente el amuleto de jade y me embarqué rumbo a Holanda. Cuánta misericordia podía lograr devolviendo aquello a su silencioso y yacente dueño era algo que no podía saber, pero pensaba que al menos debía dar cualquier paso lógicamente concebible. Qué era el sabueso y por qué me perseguía eran preguntas aún indistintas; pero yo había oído por primera vez su aullido en el viejo camposanto y cada suceso posterior, incluso el susurro agonizante de St. John, habían servido para conectar la maldición con el robo del amuleto. Por tanto, me vi sumido en el más profundo abismo de desesperación cuando, en un hotel de Rotterdam, descubrí que los rateros me habían privado del único medio de salvación.
El aullido resonó con fuerza esa noche, y a la mañana siguiente leí de un indescriptible suceso acaecido en el peor barrio de la ciudad. La chusma estaba aterrorizada, ya que sobre una turbia casa de vecindad había caído una muerte roja que rebasaba los más enloquecidos crímenes del barrio. En una mísera madriguera de ladrones toda una familia había resultado despedazada por algún ser ignorado que no dejó huella alguna, y quienes se encontraban en las proximidades habían oído por la noche, entre la habitual algarabía de voces ebrias, una nota débil, profunda e insistente, como la de un sabueso gigantesco.
Así que al fin me encontré de nuevo en aquel maligno camposanto sobre el que una pálida luna invernal lanzaba sombras espantosas, y los árboles deshojados se ladeaban de forma sombría hacia la hierba rala y helada y las lápidas desmenuzadas, y la iglesia cubierta de hiedra apuntaba un ofensivo dedo hacia el cielo hostil, y el viento nocturno aullaba de forma maníaca procedente de helados pantanos y mares gélidos. El aullido ahora era muy débil y se detuvo al acercarme a la vieja tumba que ya una vez profanara, y mi llegada espantó a una horda anormalmente grande de murciélago que antes viera remolonear de forma curiosa por los alrededores.
No sé si había ido sólo a rezar o a farfullar súplicas y disculpas enloquecidas para el quieto ser blanco que yacía en su interior; pero, cualesquiera que fueran mis motivos, ataqué el césped medio helado con una desesperación que me salía en parte de dentro y en parte de una dominante voluntad externa a la mía. El cavar resultó mucho más fácil de lo esperado, aunque en cierto momento sufrí una extraña interrupción, cuando un buitre flaco se abatió desde el cielo helado para picotear frenético la tierra de la tumba hasta que lo maté con un golpe de pala. Por último llegué a la podrida caja ovalada e hice a un lado las húmedas incrustaciones que la cubrían. Ése resultó el último acto racional que llevé a cabo.
Ya que, agazapado en ese ataúd centenario, arropado por un prieto séquito de pesadilla de inmensos, nervudos, dormidos murciélagos, se hallaba el ser óseo al que despojáramos mi amigo y yo; pero ya no limpio y tranquilo como lo viéramos, sino cubierto de sangre coagulada y jirones de carne y pelo ajenos, acechándome despierto con órbitas fosforescentes y agudos colmillos ensangrentados que sonreían aviesamente, burlándose de mi inevitable condenación. Y cuando de aquellas sonrientes fauces brotó un aullido profundo y sardónico, como el de algún sabueso gigantesco, y vi que sostenía en su sucia zarpa ensangrentada el perdido y fatídico amuleto de jade verde, tan sólo grité y eché a correr de forma estúpida, con mis gritos desembocando sin tardanza en carcajadas de risa histérica.
La locura cabalga el viento entre las estrellas... garras y dientes afilándose sobre cientos de cadáveres... muerte goteando a horcajadas de una bacanal de murciélagos procedentes de ruinas negras como la noche, en sepultados templos de Belial... ahora, mientras el aullido de esta monstruosidad muerta y descarnada se hace más y más fuerte, y los sigilosos susurros y aleteos de esas malditas alas membranosas dan vueltas más y más cerca, lograré gracias a mi revólver el olvido, que es el único refugio contra lo innombrado y lo innombrable.