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lunes, 21 de septiembre de 2009

EL HORLA


EL HORLA
Guy De Maupassant



8 de mayo

¡Qué hermoso día! He pasado toda la mañana tendido sobre la hierba, delante de mi casa, bajo el enorme plátano que la cubre, la resguarda y le da sombra. Adoro esta región, y me gusta vivir aquí porque he echado raíces aquí, esas raíces profundas y delicadas que unen al hombre con la tierra donde nacieron y murieron sus abuelos, esas raíces que lo unen a lo que se piensa y a lo que se come, a las costumbres como a los alimentos, a los modismos regionales, a la forma de hablar de sus habitantes, a los perfumes de la tierra, de las aldeas y del aire mismo.
Adoro la casa donde he crecido. Desde mis ventanas veo el Sena que corre detrás del camino, a lo largo de mi jardín, casi dentro de mi casa, el grande y ancho Sena, cubierto de barcos, en el tramo entre Ruán y El Havre.
A lo lejos y a la izquierda, está Ruán, la vasta ciudad de techos azules, con sus numerosas y agudas torres góticas, delicadas o macizas, dominadas por la flecha de hierro de su catedral, y pobladas de campanas que tañen en el aire azul de las mañanas hermosas enviándome su suave y lejano murmullo de hierro, su canto de bronce que me llega con mayor o menor intensidad según que la brisa aumente o disminuya.
¡Qué hermosa mañana!
A eso de las once pasó frente a mi ventana un largo convoy de navíos arrastrados por un remolcador grande como una mosca, que jadeaba de fatiga lanzando por su chimenea un humo espeso.
Después, pasaron dos goletas inglesas, cuyas rojas banderas flameaban sobre el fondo del cielo, y un soberbio bergantín brasileño, blanco y admirablemente limpio y reluciente. Saludé su paso sin saber por qué, pues sentí placer al contemplarlo.

11 de mayo

Tengo algo de fiebre desde hace algunos días. Me siento dolorido o más bien triste.
¿De dónde vienen esas misteriosas influencias que trasforman nuestro bienestar en desaliento y nuestra confianza en angustia? Diríase qué el aire, el aire invisible, está poblado de lo desconocido, de poderes cuya misteriosa proximidad experimentamos. ¿Por qué al despertarme siento una gran alegría y ganas de cantar, y luego, sorpresivamente, después de dar un corto paseo por la costa, regreso desolado como si me esperase una desgracia en mi casa? ¿Tal vez una ráfaga fría al rozarme la piel me ha alterado los nervios y ensombrecido el alma? ¿Acaso la forma de las nubes o el color tan variable del día o de las cosas me ha perturbado el pensamiento al pasar por mis ojos? ¿Quién puede saberlo? Todo lo que nos rodea, lo que vemos sin mirar, lo que rozamos inconscientemente, lo que tocamos sin palpar y lo que encontramos sin reparar en ello, tiene efectos rápidos, sorprendentes e inexplicables sobre nosotros, sobre nuestros órganos y, por consiguiente, sobre nuestros pensamientos y nuestro corazón.
¡Cuán profundo es el misterio de lo Invisible! No podemos explorarlo con nuestros mediocres sentidos, con nuestros ojos que no pueden percibir lo muy grande ni lo muy pequeño, lo muy próximo ni lo muy lejano, los habitantes de una estrella ni los de una gota de agua... con nuestros oídos que nos engañan, trasformando las vibraciones del aire en ondas sonoras, como si fueran hadas que convierten milagrosamente en sonido ese movimiento, y que mediante esa metamorfosis hacen surgir la música que trasforma en canto la muda agitación de la naturaleza... con nuestro olfato, más débil que el del perro... con nuestro sentido del gusto, que apenas puede distinguir la edad de un vino.
¡Cuántas cosas descubriríamos a nuestro alrededor si tuviéramos otros órganos que realizaran para nosotros otros milagros!

16 de mayo

Decididamente, estoy enfermo. ¡Y pensar que estaba tan bien el mes pasado! Tengo fiebre, una fiebre atroz, o, mejor dicho, una nerviosidad febril que afecta por igual el alma y el cuerpo. Tengo continuamente la angustiosa sensación de un peligro que me amenaza, la aprensión de una desgracia inminente o de la muerte que se aproxima, el presentimiento suscitado por el comienzo de un mal aún desconocido que germina en la carne y en la sangre.

18 de mayo

Acabo de consultar al médico pues ya no podía dormir. Me ha encontrado el pulso acelerado, los ojos inflamados y los nervios alterados, pero ningún síntoma alarmante. Debo darme duchas y tomar bromuro de potasio.

25 de mayo

¡No siento ninguna mejoría! Mi estado es realmente extraño. Cuando se aproxima la noche, me invade una inexplicable inquietud, como si la noche ocultase una terrible amenaza para mí. Ceno rápidamente y luego trato de leer, pero no comprendo las palabras y apenas distingo las letras. Camino entonces de un extremo a otro de la sala sintiendo la opresión de un temor confuso e irresistible, el temor de dormir y el temor de la cama. A las diez subo a la habitación. En cuanto entro, doy dos vueltas a la llave y corro los cerrojos; tengo miedo... ¿de qué?... Hasta ahora nunca sentía temor por nada... abro mis armarios, miro debajo de la cama; escucho... escucho... ¿qué?... ¿Acaso puede sorprender que un malestar, un trastorno de la circulación, y tal vez una ligera congestión, una pequeña perturbación del funcionamiento tan imperfecto y delicado de nuestra máquina viviente, convierta en un melancólico al más alegre de los hombres y en un cobarde al más valiente? Luego me acuesto y espero el sueño como si esperase al verdugo. Espero su llegada con espanto; mi corazón late intensamente y mis piernas se estremecen; todo mi cuerpo tiembla en medio del calor de la cama hasta el momento en que caigo bruscamente en el sueño como si me ahogara en un abismo de agua estancada. Ya no siento llegar como antes a ese sueño pérfido, oculto cerca de mi, que me acecha, se apodera de mi cabeza, me cierra los ojos y me aniquila.
Duermo durante dos o tres horas, y luego no es un sueño sino una pesadilla lo que se apodera de mí. Sé perfectamente que estoy acostado y que duermo... lo comprendo y lo sé... y siento también que alguien se aproxima, me mira, me toca, sube sobre la cama, se arrodilla sobre mi pecho y tomando mi cuello entre sus manos aprieta y aprieta... con todas sus fuerzas para estrangularme.
Trato de defenderme, impedido por esa impotencia atroz que nos paraliza en los sueños: quiero gritar y no puedo; trato de moverme y no puedo; con angustiosos esfuerzos y jadeante, trato de liberarme, de rechazar ese ser que me aplasta y me asfixia, ¡pero no puedo!
Y de pronto, me despierto enloquecido y cubierto de sudor. Enciendo una bujía. Estoy solo.
Después de esa crisis, que se repite todas las noches, duermo por fin tranquilamente hasta el amanecer.

2 de junio

Mi estado se ha agravado. ¿Qué es lo que tengo? El bromuro y las duchas no me producen ningún efecto. Para fatigarme más, a pesar de que ya me sentía cansado, fui a dar un paseo por el bosque de Roumare. En un principio, me pareció que el aire suave, ligero y fresco, lleno de aromas de hierbas y hojas vertía una sangre nueva en mis venas y nuevas energías en mi corazón. Caminé por una gran avenida de caza y después por una estrecha alameda, entre dos filas de árboles desmesuradamente altos que formaban un techo verde y espeso, casi negro, entre el cielo y yo.
De pronto sentí un estremecimiento, no de frío sino un extraño temblor angustioso. Apresuré el paso, inquieto por hallarme solo en ese bosque, atemorizado sin razón por el profundo silencio. De improviso, me pareció que me seguían, que alguien marchaba detrás de mí, muy cerca, muy cerca, casi pisándome los talones.
Me volví hacia atrás con brusquedad. Estaba solo. Únicamente vi detrás de mí el resto y amplio sendero, vacío, alto, pavorosamente vacío; y del otro lado se extendía también hasta perderse de vista de modo igualmente solitario y atemorizante.
Cerré los ojos, ¿por qué? Y me puse a girar sobre un pie como un trompo. Estuve a punto de caer; abrí los ojos: los árboles bailaban, la tierra flotaba, tuve que sentarme. Después ya no supe por dónde había llegado hasta allí. ¡Qué extraño! Ya no recordaba nada. Tomé hacia la derecha, y llegué a la avenida que me había llevado al centro del bosque.

3 de junio

He pasado una noche horrible. Voy a irme de aquí por algunas semanas. Un viaje breve sin duda me tranquilizará.

2 de julio

Regreso restablecido. El viaje ha sido delicioso. Visité el monte Saint-Michel que no conocía.
¡Qué hermosa visión se tiene al llegar a Avranches, como llegué yo al caer la tarde! La ciudad se halla sobre una colina. Cuando me llevaron al jardín botánico, situado en un extremo de la población, no pude evitar un grito de admiración. Una extensa bahía se extendía ante mis ojos hasta el horizonte, entre dos costas lejanas que se esfumaban en medio de la bruma, y en el centro de esa inmensa bahía, bajo un dorado cielo despejado, se elevaba un monte extraño, sombrío y puntiagudo en las arenas de la playa. El sol acababa de ocultarse, y en el horizonte aún rojizo se recortaba el perfil de ese fantástico acantilado que lleva en su cima un fantástico monumento.
Al amanecer me dirigí hacia allí. El mar estaba bajo como la tarde anterior y a medida que me acercaba veía elevarse gradualmente a la sorprendente abadía. Luego de varias horas de marcha, llegué al enorme bloque de piedra en cuya cima se halla la pequeña población dominada por la gran iglesia. Después de subir por la calle estrecha y empinada, penetré en la más admirable morada gótica construida por Dios en la tierra, vasta como una ciudad, con numerosos recintos de techo bajo, como aplastados por bóvedas y galerías superiores sostenidas por frágiles columnas. Entré en esa gigantesca joya de granito, ligera como un encaje, cubierta de torres, de esbeltos torreones, a los cuales se sube por intrincadas escaleras, que destacan en el cielo azul del día y negro de la noche sus extrañas cúpulas erizadas de quimeras, diablos, animales fantásticos y flores monstruosas, unidas entre sí por finos arcos labrados.
Cuando llegué a la cumbre, dije al monje que me acompañaba:
- ¡Qué bien se debe estar aquí, padre!
- Es un lugar muy ventoso, señor - me respondió. Y nos pusimos a conversar mientras mirábamos subir el mar, que avanzaba sobre la playa y parecía cubrirla con una coraza de acero.
El monje me refirió historias, todas las viejas historias del lugar, leyendas, muchas leyendas.
Una de ellas me impresionó mucho. Los nacidos en el monte aseguran que de noche se oyen voces en la playa y después se perciben los balidos de dos cabras, una de voz fuerte y la otra de voz débil. Los incrédulos afirman que son los graznidos de las aves marinas que se asemejan a balidos o a quejas humanas, pero los pescadores rezagados juran haber encontrado merodeando por las dunas, entre dos mareas y alrededor de la pequeña población tan alejada del mundo, a un viejo pastor cuya cabeza nunca pudieron ver por llevarla cubierta con su capa, y delante de él marchan un macho cabrío con rostro de hombre y una cabra con rostro de mujer; ambos tienen largos cabellos blancos y hablan sin cesar: discuten en una lengua desconocida, interrumpiéndose de pronto para balar con todas sus fuerzas.
- ¿Cree usted en eso? - pregunté al monje.
- No sé - me contestó.
Yo proseguí:
- Si existieran en la tierra otros seres diferentes de nosotros, los conoceríamos desde hace mucho tiempo; ¿cómo es posible que no los hayamos visto usted ni yo?
- ¿Acaso vemos - me respondió - la cienmilésima parte de lo que existe? Observe por ejemplo el viento, que es la fuerza más poderosa de la naturaleza; el viento, que derriba hombres y edificios, que arranca de cuajo los árboles y levanta montañas de agua en el mar, que destruye los acantilados y que arroja contra ellos a las grandes naves, el viento que mata, silba, gime y ruge, ¿acaso lo ha visto alguna vez? ¿Acaso lo puede ver? Y sin embargo existe.
Ante este sencillo razonamiento opté por callarme. Este hombre podía ser un sabio o tal vez un tonto. No podía afirmarlo con certeza, pero me llamé a silencio. Con mucha frecuencia había pensado en lo que me dijo.

3 de julio

Dormí mal; evidentemente, hay una influencia febril, pues mi cochero sufre del mismo mal que yo. Ayer, al regresar, observé su extraña palidez. Le pregunté:
- ¿Qué tiene, Jean?
- Ya no puedo descansar; mis noches desgastan mis días. Desde la partida del señor parece que padezco una especie de hechizo.
Los demás criados están bien, pero temo que me vuelvan las crisis.

4 de julio

Decididamente, las crisis vuelven a empezar. Vuelvo a tener las mismas pesadillas. Anoche sentí que alguien se inclinaba sobre mí y con su boca sobre la mía, bebía mi vida. Sí, la bebía con la misma avidez que una sanguijuela. Luego se incorporó saciado, y yo me desperté tan extenuado y aniquilado, que apenas podía moverme. Si eso se prolonga durante algunos días volveré a ausentarme.

5 de julio

¿He perdido la razón? Lo que pasó, lo que vi anoche, ¡es tan extraño que cuando pienso en ello pierdo la cabeza!
Había cerrado la puerta con llave, como todas las noches, y luego sentí sed, bebí medio vaso de agua y observé distraídamente que la botella estaba llena.
Me acosté en seguida y caí en uno de mis espantosos sueños del cual pude salir cerca de dos horas después con una sacudida más horrible aún. Imagínense ustedes un hombre que es asesinado mientras duerme, que despierta con un cuchillo clavado en el pecho, jadeante y cubierto de sangre, que no puede respirar y que muere sin comprender lo que ha sucedido.
Después de recobrar la razón, sentí nuevamente sed; encendí una bujía y me dirigí hacia la mesa donde había dejado la botella. La levanté inclinándola sobre el vaso, pero no había una gota de agua. Estaba vacía, ¡completamente vacía! Al principio no comprendí nada, pero de pronto sentí una emoción tan atroz que tuve que sentarme o, mejor dicho, me desplomé sobre una silla. Luego me incorporé de un salto para mirar a mi alrededor. Después volví a sentarme delante del cristal trasparente, lleno de asombro y terror. Lo observaba con la mirada fija, tratando de imaginarme lo que había pasado. Mis manos temblaban. ¿Quién se había bebido el agua? Yo, yo sin duda. ¿Quién podía haber sido sino yo? Entonces... yo era sonámbulo, y vivía sin saberlo esa doble vida misteriosa que nos hace pensar que hay en nosotros dos seres, o que a veces un ser extraño, desconocido e invisible anima, mientras dormimos, nuestro cuerpo cautivo que le obedece como a nosotros y más que a nosotros.
¡Ah! ¿Quién podrá comprender mi abominable angustia? ¿Quién podrá comprender la emoción de un hombre mentalmente sano, perfectamente despierto y en uso de razón al contemplar espantado una botella que se ha vaciado mientras dormía? Y así permanecí hasta el amanecer sin atreverme a volver a la cama.

6 de julio

Pierdo la razón. ¡Anoche también bebieron el agua de la botella, o tal vez la bebí yo!

10 de julio

Acabo de hacer sorprendentes comprobaciones. ¡Decididamente estoy loco! Y sin embargo...
El 6 de julio, antes de acostarme puse sobre la mesa vino, leche, agua, pan y fresas. Han bebido - o he bebido - toda el agua y un poco de leche. No han tocado el vino, ni el pan ni las fresas.
El 7 de julio he repetido la prueba con idénticos resultados.
El 8 de julio suprimí el agua y la leche, y no han tocado nada.
Por último, el 9 de julio puse sobre la mesa solamente el agua y la leche, teniendo especial cuidado de envolver las botellas con lienzos de muselina blanca y de atar los tapones. Luego me froté con grafito los labios, la barba y las manos y me acosté.
Un sueño irresistible se apoderó de mí, seguido poco después por el atroz despertar. No me había movido; ni siquiera mis sábanas estaban manchadas. Corrí hacia la mesa. Los lienzos que envolvían las botellas seguían limpios e inmaculados. Desaté los tapones, palpitante de emoción. ¡Se habían bebido toda el agua y toda la leche! ¡Ah! ¡Dios mío!...
Partiré inmediatamente hacia París.

12 de julio

París. Estos últimos días había perdido la cabeza. Tal vez he sido juguete de mi enervada imaginación, salvo que yo sea realmente sonámbulo o que haya sufrido una de esas influencias comprobadas, pero hasta ahora inexplicables, que se llaman sugestiones. De todos modos, mi extravío rayaba en la demencia, y han bastado veinticuatro horas en París para recobrar la cordura. Ayer, después de paseos y visitas, que me han renovado y vivificado el alma, terminé el día en el Théatre-Francais. Representábase una pieza de Alejandro Dumas hijo. Este autor vivaz y pujante ha terminado de curarme. Es evidente que la soledad resulta peligrosa para las mentes que piensan demasiado. Necesitamos ver a nuestro alrededor a hombres que piensen y hablen. Cuando permanecemos solos durante mucho tiempo, poblamos de fantasmas el vacío.
Regresé muy contento al hotel, caminando por el centro. Al codearme con la multitud, pensé, no sin ironía, en mis terrores y suposiciones de la semana pasada, pues creí, sí, creí que un ser invisible vivía bajo mi techo. Cuán débil es nuestra razón y cuán rápidamente se extravía cuando nos estremece un hecho incomprensible.
En lugar de concluir con estas simples palabras: «Yo no comprendo porque no puedo explicarme las causas», nos imaginamos en seguida impresionantes misterios y poderes sobrenaturales.

14 de julio

Fiesta de la República. He paseado por las calles. Los cohetes y banderas me divirtieron como a un niño. Sin embargo, me parece una tontería ponerse contento un día determinado por decreto del gobierno. El pueblo es un rebaño de imbéciles, a veces tonto y paciente, y otras, feroz y rebelde. Se le dice: «Diviértete». Y se divierte. Se le dice: «Ve a combatir con tu vecino». Y va a combatir. Se le dice: «Vota por el emperador». Y vota por el emperador. Después: «Vota por la República». Y vota por la República.
Los que lo dirigen son igualmente tontos, pero en lugar de obedecer a hombres se atienen a principios, que por lo mismo que son principios sólo pueden ser necios, estériles y falsos, es decir, ideas consideradas ciertas e inmutables, tan luego en este mundo donde nada es seguro y donde la luz y el sonido son ilusorios.

16 de julio

Ayer he visto cosas que me preocuparon mucho. Cené en casa de mi prima, la señora Sablé, casada con el jefe del regimiento 76 de cazadores de Limoges. Conocí allí a dos señoras jóvenes, casada una de ellas con el doctor Parent que se dedica intensamente al estudio de las enfermedades nerviosas y de los fenómenos extraordinarios que hoy dan origen a las experiencias sobre hipnotismo y sugestión.
Nos refirió detalladamente los prodigiosos resultados obtenidos por los sabios ingleses y por los médicos de la escuela de Nancy. Los hechos que expuso me parecieron tan extraños que manifesté mi incredulidad.
- Estamos a punto de descubrir uno de los más importantes secretos de la naturaleza - decía el doctor Parent -, es decir, uno de sus más importantes secretos aquí en la tierra, puesto que hay evidentemente otros secretos importantes en las estrellas. Desde que el hombre piensa, desde que aprendió a expresar y a escribir su pensamiento, se siente tocado por un misterio impenetrable para sus sentidos groseros e imperfectos, y trata de suplir la impotencia de dichos sentidos mediante el esfuerzo de su inteligencia. Cuando la inteligencia permanecía aún en un estado rudimentario, la obsesión de los fenómenos invisibles adquiría formas comúnmente terroríficas. De ahí las creencias populares en lo sobrenatural. Las leyendas de las almas en pena, las hadas, los gnomos y los aparecidos; me atrevería a mencionar incluso la leyenda de Dios, pues nuestras concepciones del artífice creador de cualquier religión son las invenciones más mediocres, estúpidas e inaceptables que pueden salir de la mente atemorizada de los hombres. Nada es más cierto que este pensamiento de Voltaire: «Dios ha hecho al hombre a su imagen y semejanza pero el hombre también ha procedido así con él.»
«Pero desde hace algo más de un siglo, parece percibirse algo nuevo. Mesmer y algunos otros nos señalan un nuevo camino y, efectivamente, sobre todo desde hace cuatro o cinco años, se han obtenido sorprendentes resultados.»
Mi prima, también muy incrédula, sonreía. El doctor Parent le dijo:
- ¿Quiere que la hipnotice, señora?
- Sí; me parece bien.
Ella se sentó en un sillón y él comenzó a mirarla fijamente. De improviso, me dominó la turbación, mi corazón latía con fuerza y sentía una opresión en la garganta. Veía cerrarse pesadamente los ojos de la señora Sablé, y su boca se crispaba y parecía jadear.
Al cabo de diez minutos dormía.
- Póngase detrás de ella - me dijo el médico.
Obedecí su indicación, y él colocó en las manos de mi prima una tarjeta de visita al tiempo que le decía: «Esto es un espejo; ¿qué ve en él?»
- Veo a mi primo - respondió.
- ¿Qué hace?
- Se atusa el bigote.
- ¿Y ahora?
- Saca una fotografía del bolsillo.
- ¿Quién aparece en la fotografía?
- Él, mi primo.
¡Era cierto! Esa misma tarde me habían entregado esa fotografía en el hotel.
- ¿Cómo aparece en ese retrato?
- Se halla de pie, con el sombrero en la mano. Evidentemente, veía en esa tarjeta de cartulina lo que hubiera visto en un espejo.
Las damas decían espantadas: «¡Basta! ¡Basta, por favor!»
Pero el médico ordenó: «Usted se levantará mañana a las ocho; luego irá a ver a su primo al hotel donde se aloja, y le pedirá que le preste los cinco mil francos que le pide su esposo y que le reclamará cuando regrese de su próximo viaje». Luego la despertó.
Mientras regresaba al hotel pensé en esa curiosa sesión y me asaltaron dudas, no sobre la insospechable, la total buena fe de mi prima a quien conocía desde la infancia como a una hermana, sino sobre la seriedad del médico. ¿No escondería en su mano un espejo que mostraba a la joven dormida, al mismo tiempo que la tarjeta?
Los prestidigitadores profesionales hacen cosas semejantes.
No bien regresé me acosté.
Pero a las ocho y media de la mañana me despertó mi mucamo y me dijo:
- La señora Sablé quiere hablar inmediatamente con el señor.
Me vestí de prisa y la hice pasar.
Sentóse muy turbada y me dijo sin levantar la mirada ni quitarse el velo:
- Querido primo, tengo que pedirle un gran favor.
- ¿De qué se trata, prima?
- Me cuesta mucho decirlo, pero no tengo más remedio. Necesito urgentemente cinco mil francos.
- Pero cómo, ¿tan luego usted?
- Sí, yo, o mejor dicho mi esposo, que me ha encargado conseguirlos.
Me quedé tan asombrado que apenas podía balbucear mis respuestas. Pensaba que ella y el doctor Parent se estaba burlando de mí, y que eso podía ser una mera farsa preparada de antemano y representada a la perfección.
Pero todas mis dudas se disiparon cuando la observé con atención. Temblaba de angustia. Evidentemente esta gestión le resultaba muy penosa y advertí que apenas podía reprimir el llanto.
Sabía que era muy rica y le dije:
- ¿Cómo es posible que su esposo no disponga de cinco mil francos? Reflexione. ¿Está segura de que le ha encargado pedírmelos a mí?
Vaciló durante algunos segundos como si le costara mucho recordar, y luego respondió:
- Sí... sí... estoy segura.
- ¿Le ha escrito?
Vaciló otra vez y volvió a pensar. Advertí el penoso esfuerzo de su mente. No sabía. Sólo recordaba que debía pedirme ese préstamo para su esposo. Por consiguiente, se decidió a mentir.
- Sí, me escribió.
- ¿Cuándo? Ayer no me dijo nada.
- Recibí su carta esta mañana.
- ¿Puede enseñármela?
- No, no... contenía cosas íntimas... demasiado personales... y la he... la he quemado.
- Así que su marido tiene deudas.
Vaciló una vez más y luego murmuró:
- No lo sé.
Bruscamente le dije:
- Pero en este momento, querida prima, no dispongo de cinco mil francos.
Dio una especie de grito de desesperación:
- ¡Ay! ¡Por favor! Se lo ruego! Trate de conseguirlos...
Exaltada, unía sus manos como si se tratara de un ruego. Su voz cambió de tono; lloraba murmurando cosas ininteligibles, molesta y dominada por la orden irresistible que había recibido.
- ¡Ay! Le suplico... si supiera cómo sufro... los necesito para hoy. Sentí piedad por ella.
- Los tendrá de cualquier manera. Se lo prometo.
- ¡Oh! ¡Gracias, gracias! ¡Qué bondadoso es usted!
- ¿Recuerda lo que pasó anoche en su casa? - le pregunté entonces.
- Sí.
- ¿Recuerda que el doctor Parent la hipnotizó?
- Sí..
- Pues bien, fue él quien le ordenó venir esta mañana a pedirme cinco mil francos, y en este momento usted obedece a su sugestión.
Reflexionó durante algunos instantes y luego respondió:
- Pero es mi esposo quien me los pide. Durante una hora traté infructuosamente de convencerla. Cuando se fue, corrí a casa del doctor Parent. Me dijo:
- ¿Se ha convencido ahora?
- Sí, no hay más remedio que creer.
- Vamos a ver a su prima.
Cuando llegamos dormitaba en un sofá, rendida por el cansancio. El médico le tomó el pulso, la miró durante algún tiempo con una mano extendida hacia sus ojos que la joven cerró debido al influjo irresistible del poder magnético.
Cuando se durmió, el doctor Parent le dijo:
- ¡Su esposo no necesita los cinco mil francos! Por lo tanto, usted debe olvidar que ha rogado a su primo para que se los preste, y si le habla de eso, usted no comprenderá.
Luego le despertó. Entonces saqué mi billetera.
- Aquí tiene, querida prima. Lo que me pidió esta mañana.
Se mostró tan sorprendida que no me atreví a insistir. Traté, sin embargo, de refrescar su memoria, pero negó todo enfáticamente, creyendo que me burlaba, y poco faltó para que se enojase.
Acabo de regresar. La experiencia me ha impresionado tanto que no he podido almorzar.

19 de julio

Muchas personas a quienes he referido esta aventura se han reído de mí. Ya no sé qué pensar. El sabio dijo: «Quizá».

21 de julio

Cené en Bougival y después estuve en el baile de los remeros. Decididamente, todo depende del lugar y del medio. Creer en lo sobrenatural en la isla de la Grenouillère sería el colmo del desatino... pero ¿no es así en la cima del monte Saint - Michel, y en la India? Sufrimos la influencia de lo que nos rodea. Regresaré a casa la semana próxima.

30 de julio

Ayer he regresado a casa. Todo está bien.

2 de agosto

No hay novedades. Hace un tiempo espléndido. Paso los días mirando correr el Sena.

4 de agosto

Hay problemas entre mis criados. Aseguran que alguien rompe los vasos en los armarios por la noche. El mucamo acusa a la cocinera y ésta a la lavandera quien a su vez acusa a los dos primeros. ¿Quién es el culpable? El tiempo lo dirá.

6 de agosto

Esta vez no estoy loco. Lo he visto... ¡lo he visto! Ya no tengo la menor duda... ¡lo he visto! Aún siento frío hasta en las uñas... el miedo me penetra hasta la médula... ¡Lo he visto!...
A las dos de la tarde me paseaba a pleno sol por mi rosedal; caminaba por el sendero de rosales de otoño que comienzan a florecer.
Me detuve a observar un hermoso ejemplar de géant des batailles, que tenía tres flores magníficas, y vi entonces con toda claridad cerca de mí que el tallo de una de las rosas se doblaba como movido por una mano invisible: ¡luego, vi que se quebraba como si la misma mano lo cortase! Luego la flor se elevó, siguiendo la curva que habría descrito un brazo al llevarla hacia una boca y permaneció suspendida en el aire trasparente, muy sola e inmóvil, como una pavorosa mancha a tres pasos de mí.
Azorado, me arrojé sobre ella para tomarla. Pero no pude hacerlo: había desaparecido. Sentí entonces rabia contra mí mismo, pues no es posible que una persona razonable tenga semejantes alucinaciones.
Pero, ¿tratábase realmente de una alucinación? Volví hacia el rosal para buscar el tallo cortado e inmediatamente lo encontré, recién cortado, entre las dos rosas que permanecían en la rama. Regresé entonces a casa con la mente alterada; en efecto, ahora estoy convencido, seguro como de la alternancia de los días y las noches, de que existe cerca de mí un ser invisible, que se alimenta de leche y agua, que puede tocar las cosas, tomarlas y cambiarlas de lugar; dotado, por consiguiente, de un cuerpo material aunque imperceptible para nuestros sentidos, y que habita en mi casa como yo...

7 de agosto

Dormí tranquilamente. Se ha bebido el agua de la botella pero no perturbó mi sueño.
Me pregunto si estoy loco. Cuando a veces me paseo a pleno sol, a lo largo de la costa, he dudado de mi razón; no son ya dudas inciertas como las que he tenido hasta ahora, sino dudas precisas, absolutas. He visto locos. He conocido algunos que seguían siendo inteligentes, lúcidos y sagaces en todas las cosas de la vida menos en un punto. Hablaban de todo con claridad, facilidad y profundidad, pero de pronto su pensamiento chocaba contra el escollo de la locura y se hacía pedazos, volaba en fragmentos y se hundía en ese océano siniestro y furioso, lleno de olas fragorosas, brumosas y borrascosas que se llama «demencia».
Ciertamente, estaría convencido de mi locura, si no tuviera perfecta conciencia de mi estado, al examinarlo con toda lucidez. En suma, yo sólo sería un alucinado que razona. Se habría producido en mi mente uno de esos trastornos que hoy tratan de estudiar y precisar los fisiólogos modernos, y dicho trastorno habría provocado en mí una profunda ruptura en lo referente al orden y a la lógica de las ideas. Fenómenos semejantes se producen en el sueño, que nos muestra las fantasmagorías más inverosímiles sin que ello nos sorprenda, porque mientras duerme el aparato verificador, el sentido del control, la facultad imaginativa vigila y trabaja. ¿Acaso ha dejado de funcionar en mí una de las imperceptibles teclas del teclado cerebral? Hay hombres que a raíz de accidentes pierden la memoria de los nombres propios, de las cifras o solamente de las fechas. Hoy se ha comprobado la localización de todas las partes del pensamiento. No puede sorprender entonces que en este momento se haya disminuido mi facultad de controlar la irrealidad de ciertas alucinaciones.
Pensaba en todo ello mientras caminaba por la orilla del río. El sol iluminaba el agua, sus rayos embellecían la tierra y llenaban mis ojos de amor por la vida, por las golondrinas cuya agilidad constituye para mí un motivo de alegría, por las hierbas de la orilla cuyo estremecimiento es un placer para mis oídos.
Sin embargo, paulatinamente me invadía un malestar inexplicable. Me parecía que una fuerza desconocida me detenía, me paralizaba, impidiéndome avanzar, y que trataba de hacerme volver atrás. Sentí ese doloroso deseo de volver que nos oprime cuando hemos dejado en nuestra casa a un enfermo querido y presentimos una agravación del mal.
Regresé entonces, a pesar mío, convencido de que encontraría en casa una mala noticia, una carta o un telegrama. Nada de eso había, y me quedé más sorprendido e inquieto aún que si hubiese tenido una nueva visión fantástica.

8 de agosto

Pasé una noche horrible. Él no ha aparecido más, pero lo siento cerca de mí. Me espía, me mira, se introduce en mí y me domina. Así me resulta más temible, pues al ocultarse de este modo parece manifestar su presencia invisible y constante mediante fenómenos sobrenaturales.
Sin embargo he podido dormir.

9 de agosto

Nada ha sucedido. pero tengo miedo.

10 de agosto

Nada: ¿qué sucederá mañana?

11 de agosto

Nada, siempre nada; no puedo quedarme aquí con este miedo y estos pensamientos que dominan mi mente; me voy.

12 de agosto, 10 de la noche

Durante todo el día he tratado de partir, pero no he podido. He intentado realizar ese acto tan fácil y sencillo - salir, subir en mi coche para dirigirme a Ruán - y no he podido. ¿Por qué?

13 de agosto

Cuando nos atacan ciertas enfermedades nuestros mecanismos físicos parecen fallar. Sentimos que nos faltan las energías y que todos nuestros músculos se relajan; los huesos parecen tan blandos como la carne y la carne tan líquida como el agua. Todo eso repercute en mi espíritu de manera extraña y desoladora. Carezco de fuerzas y de valor; no puedo dominarme y ni siquiera puedo hacer intervenir mi voluntad. Ya no tengo iniciativa; pero alguien lo hace por mí, y yo obedezco.

14 de agosto

¡Estoy perdido! ¡Alguien domina mi alma y la dirige! Alguien ordena todos mis actos, mis movimientos y mis pensamientos. Ya no soy nada en mí; no soy más que un espectador prisionero y aterrorizado por todas las cosas que realizo. Quiero salir y no puedo. Él no quiere y tengo que quedarme, azorado y tembloroso, en el sillón donde me obliga a sentarme. Sólo deseo levantarme, incorporarme para sentirme todavía dueño de mí. ¡Pero no puedo! Estoy clavado en mi asiento, y mi sillón se adhiere al suelo de tal modo que no habría fuerza capaz de movernos.
De pronto, siento la irresistible necesidad de ir al huerto a cortar fresas y comerlas. Y voy. Corto fresas y las como. ¡Oh Dios mío! ¡Dios mío! ¿Será acaso un Dios? Si lo es, ¡salvadme! ¡Libradme! ¡Socorredme! ¡Perdón! ¡Piedad! ¡Misericordia! ¡Salvadme! ¡Oh, qué sufrimiento! ¡Qué suplicio! ¡Qué horror!

15 de agosto

Evidentemente, así estaba poseída y dominada mi prima cuando fue a pedirme cinco mil francos. Obedecía a un poder extraño que había penetrado en ella como otra alma, como un alma parásita y dominadora. ¿Es acaso el fin del mundo? Pero, ¿quién es el ser invisible que me domina? ¿Quién es ese desconocido, ese merodeador de una raza sobrenatural?
Por consiguiente, ¡los invisibles existen! ¿Pero cómo es posible que aún no se hayan manifestado desde el origen del mundo en una forma tan evidente como se manifiestan en mí? Nunca leí nada que se asemejara a lo que ha sucedido en mi casa. Si pudiera abandonarla, irme, huir y no regresar más, me salvaría, pero no puedo.

16 de agosto

Hoy pude escaparme durante dos horas, como un preso que encuentra casualmente abierta la puerta de su calabozo. De pronto, sentí que yo estaba libre y que él se hallaba lejos. Ordené uncir los caballos rápidamente y me dirigí a Ruán. Qué alegría poder decirle a un hombre que obedece: «¡Vamos a Ruán!»
Hice detener la marcha frente a la biblioteca donde solicité en préstamo el gran tratado del doctor Hermann Herestauss sobre los habitantes desconocidos del mundo antiguo y moderno.
Después, cuando me disponía a subir a mi coche, quise decir: «¡A la estación!» y grité - no dije, grité - con una voz tan fuerte que llamó la atención de los transeúntes: «A casa», y caí pesadamente, loco de angustia, en el asiento. Él me había encontrado y volvía a posesionarse de mí.

17 de agosto

¡Ah! ¡Qué noche! ¡Qué noche! Y sin embargo me parece que debería alegrarme. Leí hasta la una de la madrugada. Hermann Herestauss, doctor en filosofía y en teogonía, ha escrito la historia y las manifestaciones de todos los seres invisibles que merodean alrededor del hombre o han sido soñados por él. Describe sus orígenes, sus dominios y sus poderes. Pero ninguno de ellos se parece al que me domina. Se diría que el hombre, desde que pudo pensar, presintió y temió la presencia de un ser nuevo más fuerte que él - su sucesor en el mundo - y que como no pudo prever la naturaleza de este amo, creó, en medio de su terror, todo ese mundo fantástico de seres ocultos y de fantasmas misteriosos surgidos del miedo. Después de leer hasta la una de la madrugada, me senté junto a mi ventana abierta para refrescarme la cabeza y el pensamiento con la apacible brisa de la noche.
Era una noche hermosa y tibia, que en otra ocasión me hubiera gustado mucho.
No había luna. Las estrellas brillaban en las profundidades del cielo con estremecedores destellos.
¿Quién vive en aquellos mundos? ¿Qué formas, qué seres vivientes, animales o plantas, existirán allí? Los seres pensantes de esos universos, ¿serán más sabios y más poderosos que nosotros? ¿Conocerán lo que nosotros ignoramos? Tal vez cualquiera de estos días uno de ellos atravesará el espacio y llegará a la tierra para conquistarla, así como antiguamente los normandos sometían a los pueblos más débiles.
Somos tan indefensos, inermes, ignorantes y pequeños, sobre este trozo de lodo que gira disuelto en una gota de agua.
Pensando en eso, me adormecí en medio del fresco viento de la noche.
Pero después de dormir unos cuarenta minutos, abrí los ojos sin hacer un movimiento, despertado por no sé qué emoción confusa y extraña. En un principio no vi nada, pero de pronto me pareció que una de las páginas del libro que había dejado abierto sobre la mesa acababa de darse vuelta sola. No entraba ninguna corriente de aire por la ventana. Esperé, sorprendido. Al cabo de cuatro minutos, vi, sí, vi con mis propios ojos, que una nueva página se levantaba y caía sobre la otra, como movida por un dedo. Mi sillón estaba vacío, aparentemente estaba vacío, pero comprendí que él estaba leyendo allí, sentado en mi lugar. ¡Con un furioso salto, un salto de fiera irritada que se rebela contra el domador, atravesé la habitación para atraparlo, estrangularlo y matarlo! Pero antes de que llegara, el sillón cayó delante de mí como si él hubiera huido... la mesa osciló, la lámpara rodó por el suelo y se apagó, y la ventana se cerró como si un malhechor sorprendido hubiese escapado por la oscuridad, tomando con ambas manos los batientes.
Había escapado; había sentido miedo, ¡miedo de mí!
Entonces, mañana... pasado mañana o cualquier a de estos... podré tenerlo bajo mis puños y aplastarlo contra el suelo. ¿Acaso a veces los perros no muerden y degüellan a sus amos?

18 de agosto

He pensado durante todo el día. ¡Oh!, sí, voy a obedecerle, seguiré sus impulsos, cumpliré sus deseos, seré humilde, sumiso y cobarde. Él es más fuerte. Hasta que llegue el momento...

19 de agosto

¡Ya sé... ya sé todo! Acabo de leer lo que sigue en la Revista del Mundo Científico: «Nos llega una noticia muy curiosa de Río de Janeiro. Una epidemia de locura, comparable a las demencias contagiosas que asolaron a los pueblos europeos en la Edad Media, se ha producido en el Estado de San Pablo. Los habitantes despavoridos abandonan sus casas y huyen de los pueblos, dejan sus cultivos, creyéndose poseídos y dominados, como un rebaño humano, por seres invisibles aunque tangibles, por especies de vampiros que se alimentan de sus vidas mientras los habitantes duermen, y que además beben agua y leche sin apetecerles aparentemente ningún otro alimento.»
«El profesor don Pedro Henríquez, en compañía de varios médicos eminentes, ha partido para el Estado de San Pablo, a fin de estudiar sobre el terreno el origen y las manifestaciones de esta sorprendente locura, y poder aconsejar al Emperador las medidas que juzgue convenientes para apaciguar a los delirantes pobladores.»
¡Ah! ¡Ahora recuerdo el hermoso bergantín brasileño que pasó frente a mis ventanas remontando el Sena, el 8 de mayo último! Me pareció tan hermoso, blanco y alegre. Allí estaba él que venía de lejos, ¡del lugar de donde es originaria su raza! ¡Y me vio! Vio también mi blanca vivienda, y saltó del navío a la costa. ¡Oh Dios mío!
Ahora ya lo sé y lo presiento: el reinado del hombre ha terminado.
Ha venido aquel que inspiró los primeros terrores de los pueblos primitivos. Aquel que exorcizaban los sacerdotes inquietos y que invocaban los brujos en las noches oscuras, aunque sin verlo todavía. Aquel a quien los presentimientos de los transitorios dueños del mundo adjudicaban formas monstruosas o graciosas de gnomos, espíritus, genios, hadas y duendes. Después de las groseras concepciones del espanto primitivo, hombres más perspicaces han presentido con mayor claridad. Mesmer lo sospechaba, y hace ya diez años que los médicos han descubierto la naturaleza de su poder de manera precisa, antes de que él mismo pudiera ejercerlo. Han jugado con el arma del nuevo Señor, con una facultad misteriosa sobre el alma humana. La han denominado magnetismo, hipnotismo, sugestión... ¡qué sé yo! ¡Los he visto divertirse como niños imprudentes con este terrible poder! ¡Desgraciados de nosotros! ¡Desgraciado del hombre! Ha llegado el... el... ¿cómo se llama?... el... parece qué me gritara su nombre y no lo oyese... el... sí... grita... Escucho... ¿cómo?... repite... el... Horla... He oído... el Horla... es él... ¡el Horla... ha llegado!...
¡Ah! El buitre se ha comido la paloma, el lobo ha devorado el cordero; el león ha devorado el búfalo de agudos cuernos: el hombre ha dado muerte al león con la flecha, el puñal y la pólvora, pero el Horla hará con el hombre lo que nosotros hemos hecho con el caballo y el buey: lo convertirá en su cosa, su servidor y su alimento, por el solo poder de su voluntad. ¡Desgraciados de nosotros!
No obstante, a veces el animal se rebela y mata a quien lo domestica... yo también quiero... yo podría hacer lo mismo... pero primero hay que conocerlo, tocarlo y verlo. Los sabios afirman que los ojos de los animales no distinguen las mismas cosas que los nuestros... Y mis ojos no pueden distinguir al recién llegado que me oprime. ¿Por qué? ¡Oh! Recuerdo ahora las palabras del monje del monte Saint-Michel: «¿Acaso vemos la cienmilésima parte de lo que existe? Observe, por ejemplo, el viento que es la fuerza más poderosa de la naturaleza, el viento que derriba hombres y edificios, que arranca de cuajo los árboles, y levanta montañas de agua en el mar, que destruye los acantilados y arroja contra ellos a las grandes naves; el viento, que silba, gime y ruge. ¿Acaso lo ha visto usted alguna vez? ¿Acaso puede verlo? ¡Y sin embargo existe!»
Y yo seguía pensando: mis ojos son tan débiles e imperfectos que ni siquiera distinguen los cuerpos sólidos cuando son trasparentes como el vidrio... Si un espejo sin azogue obstruye mi camino chocaré contra él como el pájaro que penetra en una habitación y se rompe la cabeza contra los vidrios. Por lo demás, mil cosas nos engañan y desorientan. No puede extrañar entonces que el hombre no sepa percibir un cuerpo nuevo que atraviesa la luz.
¡Un ser nuevo! ¿Por qué no? ¡No podía dejar de venir! ¿Por qué nosotros íbamos a ser los últimos? Nosotros no los distinguimos pero tampoco nos distinguían los seres creados antes que nosotros. Ello se explica porque su naturaleza es más perfecta, más elaborada y mejor terminada que la nuestra, tan endeble y torpemente concebida, trabada por órganos siempre fatigados, siempre forzados como mecanismos demasiado complejos, que vive como una planta o como un animal, nutriéndose penosamente de aire, hierba y carne, máquina animal acosada por las enfermedades, las deformaciones y las putrefacciones; que respira con dificultad, imperfecta, primitiva y extraña, ingeniosamente mal hecha, obra grosera y delicada, bosquejo del ser que podría convertirse en inteligente y poderoso.
Existen muchas especies en este mundo, desde la ostra al hombre. ¿Por qué no podría aparecer una más, después de cumplirse el período que separa las sucesivas apariciones de las diversas especies?
¿Por qué no puede aparecer una más? ¿Por qué no pueden surgir también nuevas especies de árboles de flores gigantescas y resplandecientes que perfumen regiones enteras? ¿Por qué no pueden aparecer otros elementos que no sean el fuego, el aire, la tierra y el agua? ¡Sólo son cuatro, nada más que cuatro, esos padres que alimentan a los seres! ¡Qué lástima! ¿Por qué no serán cuarenta, cuatrocientos o cuatro mil? ¡Todo es pobre, mezquino, miserable! ¡Todo se ha dado con avaricia, se ha inventado secamente y se ha hecho con torpeza! ¡Ah! ¡Cuánta gracia hay en el elefante y el hipopótamo! ¡Qué elegante es el camello!
Se podrá decir que la mariposa es una flor que vuela. Yo sueño con una que sería tan grande como cien universos, con alas cuya forma, belleza, color y movimiento ni siquiera puedo describir. Pero lo veo... va de estrella a estrella, refrescándolas y perfumándolas con el soplo armonioso y ligero de su vuelo... Y los pueblos que allí habitan la miran pasar, extasiados y maravillados...
¿Qué es lo que tengo? Es el Horla que me hechiza, que me hace pensar esas locuras. Está en mí, se convierte en mi alma. ¡Lo mataré!

19 de agosto

Lo mataré. ¡Lo he visto! Anoche yo estaba sentado a la mesa y simulé escribir con gran atención. Sabía perfectamente que vendría a rondar a mi alrededor, muy cerca, tan cerca que tal vez podría tocarlo y asirlo. ¡Y entonces!... Entonces tendría la fuerza de los desesperados; dispondría de mis manos, mis rodillas, mi pecho, mi frente y mis dientes para estrangularlo, aplastarlo, morderlo y despedazarlo.
Yo acechaba con todos mis sentidos sobreexcitados.
Había encendido las dos lámparas y las ocho bujías de la chimenea, como si fuese posible distinguirlo con esa luz.
Frente a mí está mi cama, una vieja cama de roble, a la derecha la chimenea; a la izquierda la puerta cerrada cuidadosamente, después de dejarla abierta durante largo rato a fin de atraerlo; detrás de mí un gran armario con espejos que todos los días me servía para afeitarme y vestirme y donde acostumbraba mirarme de pies a cabeza cuando pasaba frente a él.
Como dije antes, simulaba escribir para engañarlo, pues él también me espiaba. De pronto, sentí, sentí, tuve la certeza de que leía por encima de mi hombro, de que estaba allí rozándome la oreja. Me levanté con las manos extendidas, girando con tal rapidez que estuve a punto de caer. Pues bien... se veía como si fuera pleno día, ¡y sin embargo no me vi en el espejo!... ¡Estaba vacío, claro, profundo y resplandeciente de luz! ¡Mi imagen no aparecía y yo estaba frente a él! Veía aquel vidrio totalmente límpido de arriba abajo. Y lo miraba con ojos extraviados; no me atrevía a avanzar, y ya no tuve valor para hacer un movimiento más. Sentía que él estaba allí, pero que se me escaparía otra vez, con su cuerpo imperceptible que me impedía reflejarme en el espejo. ¡Cuánto miedo sentí! De pronto, mi imagen volvió a reflejarse pero como si estuviese envuelta en la bruma, como si la observase a través de una capa de agua. Me parecía que esa agua se deslizaba lentamente de izquierda a derecha y que paulatinamente mi imagen adquiría mayor nitidez. Era como el final de un eclipse. Lo que la ocultaba no parecía tener contornos precisos; era una especie de trasparencia opaca, que poco a poco se aclaraba.
Por último, pude distinguirme completamente como todos los días.
¡Lo había visto! Conservo el espanto que aún me hace estremecer.

20 de agosto

¿Cómo podré matarlo si está fuera de mi alcance?
¿Envenenándolo? Pero él me verá mezclar el veneno en el agua y tal vez nuestros venenos no tienen ningún efecto sobre un cuerpo imperceptible. No... no... decididamente no. Pero entonces... ¿qué haré entonces?

21 de agosto

He llamado a un cerrajero de Ruán y le he encargado persianas metálicas como las que tienen algunas residencias particulares de París, en la planta baja, para evitar los robos. Me haré además una puerta similar. Me debe haber tomado por un cobarde, pero no importa...

10 de setiembre

Ruán, Hotel Continental. Ha sucedido... ha sucedido... pero, ¿habrá muerto? Lo que vi me ha trastornado.
Ayer, después que el cerrajero colocó la persiana y la puerta de hierro, dejé todo abierto hasta medianoche a pesar de que comenzaba a hacer frío. De improviso, sentí que estaba aquí y me invadió la alegría, una enorme alegría. Me levanté lentamente y caminé en cualquier dirección durante algún tiempo para que no sospechase nada. Luego me quité los botines y me puse distraídamente unas pantuflas. Cerré después la persiana metálica y regresé con paso tranquilo hasta la puerta, cerrándola también con dos vueltas de llave. Regresé entonces hacia la ventana, la cerré con un candado y guardé la llave en el bolsillo.
De pronto, comprendí que se agitaba a mi alrededor, que él también sentía miedo, y que me ordenaba que le abriera. Estuve a punto de ceder, pero no lo hice. Me acerqué a la puerta y la entreabrí lo suficiente como para poder pasar retrocediendo, y como soy muy alto mi cabeza llegaba hasta el dintel. Estaba seguro de que no había podido escapar y allí lo acorralé solo, completamente solo. ¡Qué alegría! ¡Había caído en mi poder! Entonces descendí corriendo a la planta baja; tomé las dos lámparas que se hallaban en la sala situada debajo de mi habitación, y, con el aceite que contenían rocié la alfombra, los muebles, todo. Luego les prendí fuego, y me puse a salvo después de cerrar bien, con dos vueltas de llave, la puerta de entrada.
Me escondí en el fondo de mi jardín tras un macizo de laureles. ¡Qué larga me pareció la espera! Reinaba la más completa oscuridad, gran quietud y silencio; no soplaba la menor brisa, no había una sola estrella, nada más que montañas de nubes que aunque no se veían hacían sentir su gran peso sobre mi alma.
Miraba mi casa y esperaba. ¡Qué larga era la espera! Creía que el fuego ya se había extinguido por sí solo o que él lo había extinguido. Hasta que vi que una de las ventanas se hacía astillas debido a la presión del incendio, y una gran llamarada roja y amarilla, larga, flexible y acariciante, ascender por la pared blanca hasta rebasar el techo. Una luz se reflejó en los árboles, en las ramas y en las hojas, y también un estremecimiento, ¡un estremecimiento de pánico! Los pájaros se despertaban; un perro comenzó a ladrar; parecía que iba a amanecer. De inmediato, estallaron otras ventanas, y pude ver que toda la planta baja de mi casa ya no era más que un espantoso brasero. Pero se oyó un grito en medio de la noche, un grito de mujer horrible, sobreagudo y desgarrador, al tiempo que se abrían las ventanas de dos buhardillas. ¡Me había olvidado de los criados! ¡Vi sus rostros enloquecidos y sus brazos que se agitaban!...
Despavorido, eché a correr hacia el pueblo gritando: «¡Socorro! ¡Socorro! ¡Fuego! ¡Fuego!» Encontré gente que ya acudía al lugar y regresé con ellos para ver.
La casa ya sólo era una hoguera horrible y magnífica, una gigantesca hoguera que iluminaba la tierra, una hoguera donde ardían los hombres, y él también. Él, mi prisionero, el nuevo Ser, el nuevo amo, ¡el Horla!
De pronto el techo entero se derrumbó entre las paredes y un volcán de llamas ascendió hasta el cielo. Veía esa masa de fuego por todas las ventanas abiertas hacia ese enorme horno, y pensaba que él estaría allí, muerto en ese horno...
¿Muerto? ¿Será posible? ¿Acaso su cuerpo, que la luz atravesaba, podía destruirse por los mismos medios que destruyen nuestros cuerpos?
¿Y si no hubiera muerto? Tal vez sólo el tiempo puede dominar al Ser Invisible y Temido. ¿Para qué ese cuerpo trasparente, ese cuerpo invisible, ese cuerpo de Espíritu, si también está expuesto a los males, las heridas, las enfermedades y la destrucción prematura?
¿La destrucción prematura? ¡Todo el temor de la humanidad procede de ella! Después del hombre, el Horla. Después de aquel que puede morir todos los días, a cualquier hora, en cualquier minuto, en cualquier accidente, ha llegado aquel que morirá solamente un día determinado en una hora y en un minuto determinado, al llegar al límite de su vida.
No... no... no hay duda, no hay duda... no ha muerto... entonces tendré que suicidarme...

FIN

LA POLÍTICA DEL CUERPO -- BOOKS OF BLOOD

CLIVE BARKER

SANGRE
(BOOKS OF BLOOD)

La política del cuerpo

Cada vez que Charlie George se despertaba, sus manos se quedaban quietas.
En ocasiones tenía demasiado calor bajo las mantas y arrojaba un par hacia el lado de la cama que ocupaba Ellen. En otras, llegaba incluso a levantarse, todavía medio dormido, y atravesaba descalzo la cocina para servirse un vaso de zumo de manzana helado. Luego volvía a la cama, se acostaba junto a Ellen, ovillada en forma de cuarto creciente, y dejaba que lo inundara el sueño. Entonces, ellas esperaban hasta que cerraba los ojos y su respiración se hacía acompasada como un mecanismo de relojería, para asegurarse de que se había dormido profundamente. Sólo entonces, cuando sabían que la conciencia había desaparecido, se atrevían a recomenzar sus vidas secretas.


Hacía ya meses que Charlie se levantaba con un incómodo dolor en las manos y las muñecas.
-Vete a ver al médico -le decía Ellen, poco comprensiva como nunca-. ¿Por qué no vas a ver al medico?
Detestaba a los médicos, por eso no iba. ¿Quién en su sano juicio iba a confiar en una persona cuya profesion consistía en andar fisgoneando a los enfermos?
-Probablemente he trabajado demasiado -se decía el.
-No caerá esa breva -murmuraba Ellen.
Pero ¿no era ésa acaso la explicacion mas probable? Era empaquetador de oficio, trabajaba con las manos todo el día. Y se le cansaban. Era natural.
-Deja de inquietarte, Charlie -le ordeno una mañana a su propio reflejo mientras se daba palmadas en la cara para despertarse-. Tus manos están en forma para lo que les echen.
Noche tras noche, la rutina era la misma; algo más o menos así:
Los George están durmiendo, el uno junto a la otra, en el lecho conyugal. Él, de espaldas, ronca suavemente; ella, ovillada a la izquierda del marido. Charlie apoya la cabeza en dos almohadas enormes. Tiene la mandíbula ligeramente caída y, bajo el velo surcado de venitas de los párpados, los ojos exploran una aventurera ensoñación. Esta noche tal vez sea bombero y entre heróicamente en el corazón de un burdel en llamas. Duerme y sueña contento, a veces frunce el ceño, a veces sonríe presuntuosamente.
Debajo de las sábanas se produce un movimiento. Lenta y cautelosamente, las manos de Charlie abandonan la calidez del lecho y salen al aire libre. Los dedos índices se doblan como cabezas pobladas de uñas al encontrarse en la curva del abdomen de Charlie. Se enlazan para saludarse, como compañeros de armas. Charlie gime en sueños. El burdel se le ha derrumbado encima. Las manos se aquietan inmediatamente, fingiendo inocencia. Al cabo de un rato, restablecido el ritmo uniforme de la respiración, comienzan la discusión de verdad.
Un observador casual, sentado al pie de la cama de George, podría considerar este intercambio como un síntoma de desorden mental en Charlie. La forma en que sus manos se retuercen y tiran una de la otra, dándose de palmaditas, o enzarzadas en una especie de disputa. Pero en sus movimientos existe claramente un codigo o secuencia, si bien espasmódico. Se podría llegar a pensar que el hombre dormido es sordomudo y que está hablando en sueños. Pero las manos no hablan ningún lenguaje de signos reconocible, ni tampoco intentan comunicarse con nadie, sólo entre sí. Se trata de una reunión clandestina que mantienen exclusivamente las manos de Charlie. Allí estarán toda la noche, sobre su estómago, maquinando en contra de la integridad del cuerpo.


A Charlie no le pasaba del todo inadvertida la sedición que hervía en el extremo de sus muñecas. Abrigaba la torpe sospecha de que había algo en su vida que no funcionaba del todo bien. Tenía cada vez mas la sensación de estar aislado de la experiencia corriente: como si se estuviera convirtiendo gradualmente en espectador de los rituales diurnos (y nocturnos) de la vida, más que en participante. Tomemos su vida amorosa, por ejemplo.
Nunca había sido un gran amante, pero tampoco sentía que tuviera que disculparse por nada. Ellen parecía satisfecha de sus atenciones. Pero en esos días se sentía como alejado del acto. Observaba cómo viajaban sus manos sobre el cuerpo de Ellen, tocándola con toda la íntima habilidad de que eran capaces, y veía sus maniobras como a gran distancia, incapaz de disfrutar de las sensaciones de calidez y humedad. No era que sus dedos hubieran perdido agilidad. Todo lo contrario. Ultimamente, Ellen se había aficionado a besarle los dedos, diciéndoles lo inteligentes que eran. El elogio no lo tranquilizaba ni pizca. En todo caso, le hacía sentirse peor el pensar que sus manos daban tanto placer cuando él no sentía nada.
Existían otros síntomas de inestabilidad. Síntomas pequeños e irritantes. Había tomado conciencia de la forma en que sus dedos marcaban ritmos marciales sobre las cajas que él cerraba en la fábrica, y de la forma en que sus manos se habían aficionado a romper lápices, partiéndolos en trocitos antes de que notara lo que estaba, o más bien, estaban ellas haciendo, dejando astillas de madera y trozos de grafito desparramados por el suelo de la sala de empaquetado.
Lo más incómodo de todo era que a veces se encontraba estrechándoles la mano a personas que le resultaban totalmente extrañas. Le había ocurrido en tres ocasiones diferentes. Una vez en la cola del autobús, y dos veces en el ascensor de la fábrica. Se dijo que no era más que la primitiva urgencia de aferrarse a otra persona en un mundo cambiante: era la mejor explicación que había logrado encontrar. Fuera cual fuese el motivo, era increíblemente desconcertante, sobre todo cuando se descubrió a sí mismo estrechándole la mano subrepticiamente a su propio capataz. Lo peor de todo había sido que la mano del otro hombre había apretado la de Charlie, y que ambos se quedaron mirándose los brazos como los propietarios de dos perros que observaban a sus levantiscos animalitos copulando en el extremo de las respectivas traíllas.
Charlie había empezado cada vez con más frecuencia a espiar las palmas de sus manos, en busca de pelos. Ese era el primer síntoma de locura, según le había advertido su madre en cierta ocasión. No los pelos, sino el hecho de espiar para buscarlos.


Aquello se convirtió en una carrera contra el tiempo. Por las noches, discutiendo sobre su vientre, las manos sabían muy bien el estado crítico de la mente de Charlie; sería sólo cuestión de días, y su imaginación impetuosa no tardaría en descubrir la verdad.
¿Qué hacer, pues? ¿Arriesgarse a una separacion temprana, con todas las consecuencias posibles, o dejar que la inestabilidad de Charlie siguiera su propio curso imprevisible, con el riesgo de que descubriera la conjura camino ya de la locura? Las discusiones se tornaron más acaloradas. Izquierda, como de costumbre, fue cautelosa:
-¿Y si nos equivocáramos y no hubiera vida después del cuerpo? -decía bruscamente, con leves golpecitos.
-Entonces, nunca lo sabremos -respondía Derecha.
Izquierda reflexionaba un momento acerca del problema y luego inquiría:
-¿Cómo lo haremos cuando llegue el momento?
Se trataba de una cuestión irritante, e Izquierda sabia que preocupaba al líder más que ninguna otra cosa.
-¿Cómo? -volvía a inquirir, aprovechándose de la ventaja-. ¿Cómo? ¿Cómo?
-Ya encontraremos la forma -respondía Derecha-. La cuestión es que el corte sea limpio.
-¿Y si él se resiste?
-Un hombre resiste con sus manos. Y sus manos montarán una revolución en su contra.
-¿Cuál de nosotras será?
-A mí me sabe usar más eficazmente -respondía Derecha-, de modo que seré yo quien empuñe el arma. Tú te irás.
Entonces, Izquierda permanecía un rato en silencio. Durante todos esos años nunca se habían separado. No era un pensamiento cómodo.
-Más tarde, vendrás a buscarme -le decía Derecha.
-Claro que lo haré.
-Tienes que hacerlo. Soy el Mesías. Sin mí no tendras adónde ir. Has de reunir un ejército, y luego, has de venir a buscarme.
-Hasta el fin del mundo, si es preciso.
-No seas sentimental.
Entonces se abrazaban, como hermanos largo tiempo separados, jurándose fidelidad para siempre. ¡Ah, qué noches ajetreadas, llenas del alborozo de la rebelión planificada! A veces, durante el día, cuando habían jurado mantenerse separadas, les resultaba imposible no reunirse en un momento de ocio y darse golpecitos. Y se decían:
-Muy pronto, muy pronto.
-Esta noche nos veremos otra vez sobre el estómago.
-¿Cómo será cuando el mundo nos pertenezca?


Charlie sabía que estaba a punto de darle un ataque de nervios. Se sorprendió a sí mismo observándose las manos, viéndolas con los índices en el aire como cabezas de unas bestias de largos cuellos, oteando el horizonte. Tal era su paranoia que en ocasiones se sorprendía mirando fijamente las manos de otras personas, obsesionado por la forma en que hablaban un lenguaje propio, independiente de las intenciones del usuario. Las manos seductoras de la virginal secretaria, las manos maniacas del asesino que vio en la televisión afirmando su inocencia. Manos que traicionaban a sus propietarios con cada gesto, que contradecían la ira con una excusa, el amor con la furia. Los síntomas de amotinamiento parecían estar en todas partes. Con el tiempo, Charlie supo que tendría que contárselo a alguien o perdería la cordura.
Escogió a Ralph Fry, de contabilidad: un hombre sobrio, aburrido, en el que Charlie confiaba. Ralph fue muy comprensivo.
-Uno suele coger esas manías -le dijo-. A mí me dieron cuando Yvonne me abandonó. Unos terribles ataques de nervios.
-¿Y qué hiciste?
-Fui al psicoanalista. Se llama Jeudwine. Deberías hacer una terapia. Te sentirás un hombre nuevo.
Charlie le dio vueltas a la idea en su mente. Y después de unas cuantas revoluciones dijo:
-¿Por qué no? ¿Cobra muy caro?
-Sí. Pero es bueno. A mí me quitó los tics sin ningún problema. Hasta que fui a verle, me creía el clásico tipo con problemas matrimoniales. Y ahora mírame. -Fry hizo un gesto expansivo-. Tengo tantos impulsos libidinosos reprimidos que no sé por dónde empezar. -Sonrió como un loco-. Pero estoy contento como un chico con juguetes nuevos. Nunca estuve más contento. Prueba con este médico, no tardará en encontrar algo que te motive.
-El problema no es el sexo -le dijo Charlie a Fry.
-Te lo digo yo, el problema siempre es el sexo -insistió Fry con sonrisa de enterado.


Al día siguiente Charlie telefoneó al doctor Jeudwine, sin decirle nada a Ellen; la secretaria del psicoanalista le dio cita para la sesión inicial. Mientras hacía la llamada telefónica, las palmas le sudaron tanto que creyó que se le resbalaría el auricular de la mano, pero una vez que hubo terminado se sintió mejor.
Ralph Fry tenía razón, el doctor Jeudwine era un buen hombre. No se rió de los pequeños temores que Charlie le reveló, todo lo contrario, le escuchó hasta la última palabra con el mayor interés. Fue muy tranquilizador.
En el curso de la tercera sesión, el médico le hizo revivir a Charlie un recuerdo con una intensidad espectacular: las manos de su padre, cruzadas sobre el pecho de tonel mientras yacía en el ataúd; el color rojizo; el vello grueso que cubría los dorsos. La absoluta autoridad de aquellas manos anchas, incluso en la muerte, había perseguido a Charlie durante meses después de fallecido su padre. ¿Acaso no había imaginado, mientras miraba cómo era entregado el cuerpo al humus, que todavía se movían? ¿Que incluso en ese momento las manos golpeteaban sobre la tapa del ataúd, exigiendo que las dejasen salir? Era algo descabellado, pero el sacarlo a relucir le hizo mucho bien a Charlie. Bajo la brillante luz de la consulta de Jeudwine, la fantasía le pareció insípida y ridícula. Tembló ante la mirada atenta del médico, se quejó de que la luz era demasiado fuerte y luego salió volando, demasiado débil como para soportar el escrutinio.
El exorcismo fue mucho más fácil de lo que Charlie había imaginado. Sólo hizo falta sondear un poco y aquella tontería de la niñez fue desalojada de su psiquis como quien se arranca de entre los dientes un resto de carne en mal estado. Ya no continuaría pudriéndose allí. Por su parte, Jeudwine se mostró abiertamente encantado con los resultados, y cuando hubieron terminado, le explicó que aquella obsesión en particular le resultaba nueva, y que se alegraba de haber podido manejar el problema. Le dijo que las manos como símbolo de la autoridad paterna no eran algo común. Normalmente, en los sueños de sus pacientes predominaba el pene, le explicó a Charlie, y éste le contestó que a él las manos siempre le habían parecido mucho más importantes que las partes pudendas. Al fin y al cabo podían cambiar el mundo, ¿o no?
Concluido el tratamiento con Jeudwine, Charlie no dejó de romper lápices ni de tamborilear con los dedos. Y lo cierto era que el ritmo era más rápido e insistente que nunca. Pero razonó que los perros de mediana edad no solían olvidar fácilmente sus trucos, y que le llevaría cierto tiempo recuperar el equilibrio.
De modo que la revolución permaneció soterrada. Sin embargo, había escapado por los pelos. Estaba claro que no había tiempo para engaños. Las rebeldes debían actuar.
Sin darse cuenta, fue Ellen la instigadora de la insurrección final. Ocurrió después de que hicieran el amor, un martes por la noche. Hacía calor, aunque estaban en octubre; la ventana estaba entreabierta y las cortinas apartadas unos cuantos centímetros para permitir el paso de una brisa tonta. Marido y mujer yacían juntos bajo una misma sábana. Charlie se había dormido, incluso antes de que se le secara el sudor de la nuca. Junto a él, Ellen seguía despierta, con la cabeza erguida y apoyada sobre una almohada dura como la roca, y los ojos bien abiertos. Sabía que esa noche el sueño tardaría en llegar. Sería una de esas noches en que sentiría un escozor por todo cl cuerpo y que cada arruga de la cama reptaría bajo su peso, y que todas las dudas que había tenido alguna vez se quedarían mirándola como papando moscas en la oscuridad. Tenía ganas de orinar (siempre le ocurría después de hacer el amor), pero no lograba reunir la voluntad necesaria para levantarse e ir al lavabo. Cuanto mas esperara más necesitaría ir, por supuesto, y más tardaría en dormirse. Era una situación de lo más estúpida, pensó, y luego, enmarañada entre sus ansiedades, se extravio y ya no supo cuál era aquella situacion tan estúpida.
A su lado, Charlie se movió. Pero sólo eran sus manos que se retorcían. Lo miró a la cara. Dormía como un perfecto angelito, y no aparentaba los cuarenta y un años que tenía, a pesar de los toques blancos que pintaban sus patillas. Le gustaba lo suficiente como para decir que lo amaba, pero no lo suficiente como para perdonarle sus pecados. Era perezoso, y no paraba de quejarse. Dolores, cansancios. Tambien estaban esas noches en que había llegado tarde (últimamente ya no lo hacía), y había tenido la certeza de que salía con otra mujer. Mientras lo observaba, aparecieron sus manos. Salieron de debajo de la sábana como dos niños que riñen; los dedos hendían el aire para dar mas énfasis al diálogo.
Ellen frunció el ceño; no podía creer lo que veía. Era como mirar la televisión con el mando del sonido al mínimo: un espectáculo mudo para ocho dedos y dos pulgares. Asombrada, siguió mirando y las manos subieron por el costado del cuerpo de Charlie y apartaron la sabana que le cubría la barriga, dejando al descubierto el vello que se espesaba al bajar hasta las partes pudendas. La cicatriz del apéndice, más brillante que la piel que la rodeaba, quedó iluminada por la luz. Allí, sobre su estómago, estaban sentadas las manos.
La discusión entre ambas era especialmente vehemente esa noche. Izquierda, siempre la más conservadora de las dos, sostenía que había que retrasar la fecha de la separación, pero Derecha no estaba para esperas. Había llegado la hora, aseguraba, de probar su fuerza contra el tirano y de derrocar de una vez por todas al cuerpo. Tal como estaban las cosas, la decisión ya no les competía a ambas.
Ellen levantó la cabeza de la almohada y, por primera vez, las manos sintieron que las estaban mirando. Habían estado demasiado concentradas en la discusión como para notar la presencia de Ellen. Ahora. por fin, la conspiración había quedado al descubierto.
-Charlie... -siseó Ellen al oído del tirano-,para ya, Charlie. Para.
Derecha levantó el índice y el medio, oteando su presencia.
-Charlie... -repitio Ellen.
¿Por que dormiría siempre tan profundamente?
-Charlie... -Lo sacudio con más violencia al tiempo que Derecha le daba unos golpecitos a izquierda, advirtiéndole que la mujer las miraba-. Por favor, Charlie, despierta.
Sin previo aviso, Derecha salto, e Izquierda solo se rezago un instante. Ellen aulló el nombre de Charlie una vez más antes de que las manos se abrazaran a su cuello.
En sus sueños, Charlie sc encontraba en un barco de esclavos. el escenario de sus sueños era casi siempre tan exotico como los de Cecil B. De Mille. En esta épica, tenía las manos esposadas, y lo conducían al tajo de flagelacion arrastrandolo por los grilletes; iban a castigarlo por una falta no revelada. Pero de repente. se puso a soñar que agarraba al capitán por el delgado cuello. A su alrededor, los esclavos gritaban, animándolo para que lo estrangulase. El capitán -que se parecía bastante al doctor Jeudwine- le suplicaba que no lo hiciera: su voz sonaba chillona y temerosa.
Se parecía a la voz de una mujer, a la de Ellen.
-¡Charlie! -chillaba-. ¡No, por favor!
Pero sus absurdas quejas no consiguieron otra cosa que hacer que Charlie sacudiera al hombre con mas violencia que nunca y se sintiera como el héroe, mientras los esclavos, milagrosamente liberados, se agolpaban a su alrededor formando una horda sonriente que observaba los últimos momentos de su amo.
El capitán, cuya cara se había vuelto color purpura, apenas logró murmurar:
-Me estás matando...
Acto seguido, los dedos de Charlie se hundieron por ultima vez en su cuello y despacharon al hombre. Sólo entonces, a través de las brumas del sueño, se dio cuenta de que su víctima, aunque era hombre, carecía de nuez de Adán. El barco comenzó a evaporarse y las voces exhortantes perdieron su vehemencia. Parpadeó y abrió los ojos. Estaba de pie, en la cama, vestido sólo con el pantalón del pijama. Ellen se encontraba entre sus manos. Tenía la cara morada y manchada de una saliva blanca y espesa. La lengua le colgaba de la boca. Los ojos aún no se le habían cerrado, y por un momento le dio la impresión de que en ellos todavía había vida mirando fijamente desde detrás de las celosías de los párpados. Después, las ventanas quedaron vacías, y Ellen terminó por abandonar la casa.
A Charlie lo invadió la pena y un terrible remordimiento. Intentó soltar el cuerpo de Ellen, pero sus manos se negaron a dejar el cuello de la mujer. Sus dedos, ahora completamente insensibles, seguían estrangulándola, con desvergonzada culpabilidad. Retrocedió en la cama y bajó al suelo, pero ella fue tras él, prendida al extremo de sus brazos tendidos, como una compañera de baile no deseada.
-Por favor... -imploró a sus dedos-, ¡por favor!
Inocentes cual escolares a quienes pescaran robando, sus manos soltaron la carga y saltaron con fingida sorpresa. Ellen cayó tumbada sobre la alfombra, cual un hermoso saco de muerte. A Charlie se le doblaron las rodillas; incapaz de impedir la caída, se desplomó junto a Ellen y dejó que brotaran las lágrimas.


Sólo quedaba la acción. Ya no había necesidad de camuflajes, ni de reuniones clandestinas y discusiones interminables; la verdad había quedado al descubierto, para bien o para mal. Sólo debían esperar un poco. Sólo era cuestión de tiempo antes de que él se acercara a un cuchillo de cocina, una sierra o un hacha. Faltaba poco, muy poco.


Charlie permaneció tendido en el suelo, junto a Ellen, durante largo tiempo, sollozando. Y luego, otro largo tiempo, pensando. ¿Qué tendría que hacer en primer lugar? ¿Llamar a su abogado? ¿A la policía? ¿Al doctor Jeudwine? A quienquiera que telefonease, no podría hacerlo allí tendido, boca abajo. Intentó incorporarse; le costó mucho trabajo hacer que sus manos entumecidas lo sostuvieran. Le picaba todo el cuerpo, como si pasara por él una leve corriente eléctrica. Sólo las manos carecían de tacto. Las levantó, delante de la cara, para secarse los ojos anegados en llanto, pero permanecieron dobladas, sin vida, sobre su mejilla. Con los codos, se arrastró hasta la pared y con sucesivos contoneos logró incorporarse apoyándose en ella. Todavía medio cegado por la pena, salió del dormitorio a rastras y bajó la escalera. (La cocina, le dijo Derecha a Izquierda, va a la cocina.) «Esta pesadilla no me pertenece -pensó mientras encendía la luz del comedor con la barbilla y se dirigía al armario de las bebidas-. Soy inocente. No soy nadie. ¿Por qué tendría que pasarme esto a mí?»
La botella de whisky se le resbaló cuando intentó obligar a la mano a cogerla. Se hizo pedazos en el suelo del comedor, y el aroma penetrante del alcohol le acicateó el paladar.
-Vidrios rotos -golpeteó Izquierda.
-No -repuso Derecha-. Es necesario que el corte sea limpio. Ten paciencia.
Charlie se alejó de la botella tambaleándose y fue hasta el teléfono. Tenía que telefonear a Jeudwine, el médico le diría qué hacer. Intentó levantar el auricular, pero volvieron a fallarle las manos; los dedos se le doblaron cuando quiso marcar el número de Jeudwine. Lagrimas de frustración se llevaron la pena y la reemplazaron por rabia. Torpemente, cogió el auricular entre las muñecas y se lo llevo a la oreja, sosteniéndolo entre la cabeza y el hombro. Lueso, marcó el número de Jeudwine con el codo.
-Mantén el control -se dijo en voz alta-, mantén el control.
Logró oír cómo el número de Jeudwine era transmitido por la línea. En cuestión de segundos, la cordura contestaría al otro extremo; entonces todo saldría bien. Sólo tenía que resistir unos cuantos momentos más.
Sus manos comenzaron a abrirse y cerrarse convulsivamente.
-Contrólate -se dijo, pero las manos no le respondían.
Lejos, muy lejos, el teléfono sonaba en casa del doctor Jeudwine.
-¡Conteste, conteste! ¡Por Dios conteste!
Los brazos de Charlie comenzaron a sacudirse con tal violencia que a duras penas logró mantener el auricular en su lugar.
-¡Conteste! -chilló en el micrófono-. ¡Por favor!
Antes de que la voz de la razón lograse hablar, su mano Derecha se extendió y agarró la mesa de teca del comedor, que se hallaba a escasa distancia de donde se encontraba Charlie. Se aferró al borde y le hizo perder el equilibrio.
-¿Qué..., qué haces? -inquirió, sin estar seguro de si se dirigía a sí mismo o a su mano.
Alelado, se quedó mirando al miembro amotinado, mientras éste avanzaba poco a poco por el borde de la mesa. La intención resultaba clara: quería alejarlo del teléfono, de Jeudwine y de toda esperanza de rescate. Charlie ya no controlaba el comportamiento de su mano, ya no sentía nada en las muñecas ni en los antebrazos. La mano ya no le pertenecía. Seguía pegada a él, pero no le pertenecía.
Al otro lado de la línea, alguien descolgó el telefono y la voz de Jeudwine, irritada porque lo habían despertado, contestó:
-¿Diga?
-Doctor...
-¿Quién habla?
-Soy Charlie...
-¿Quién?
-Charlie George, doctor. Tiene que recordarme.
La mano tiraba y lo alejaba cada vez más del teléfono. Charlie notó que el auricular se le resbalaba de entre el hombro y la oreja.
-¿Quién ha dicho?
-Charles George. Por el amor de Dios, Jeudwine, tiene que ayudarme.
-Llámeme mañana al consultorio.
-No, no me entiende. Mis manos, doctor..., están fuera de control.
A Charlie se le encogió el estómago cuando sintió que algo se arrastraba por la cadera. Era su mano izquierda que pasaba por la parte anterior de su cuerpo y bajaba en dirección a la ingle.
-No te atrevas -le advirtió-, me perteneces.
-¿Con quién está hablando? -inquirió Jeudwine, confundido.
-¡Con mis manos! ¡Quieren matarme, doctor! -Lanzó un grito para detener el avance de la mano-. ¡No lo hagas! ¡Para!
Sin escuchar los gritos del déspota, Izquierda aferró los testículos de Charlie y los estrujó como si quisiera guerra. No se sintió defraudada. Charlie gritó en el micrófono del teléfono cuando Derecha se aprovechó de su distraccion y le hizo perder el equilibrio. El auricular cayó al suelo; las preguntas de Jeudwine quedaron eclipsadas por el dolor de la entrepierna. Cayó al suelo pesadamente y se golpeó la cabeza en la mesa.
-¡Hija de puta! -le gritó a su mano-, ¡maldita hija de puta!
Impenitente, Izquierda se escabullo hacia arriba, por el cuerpo de Charlie; se unió a Derecha, que estaba en la parte superior de la mesa, y ambas dejaron a Charlie colgando de la mesa en la que había cenado tantas veces, en la que tantas veces había reído.
Poco despues, cuando hubieron discutido las tácticas, acordaron dejarlo caer. Charlie apenas se enteró de que lo habían soltado. Le sangraban la cabeza y la entrepierna; lo único que quería era ovillarse y dejar que se le pasaran el dolor y las nauseas. Pero las rebeldes tenían otros planes y él nada podía hacer para protestar. Apenas notó que las manos hundían los dedos en los pelos de la alfombra y que arrastraban su peso muerto hacia la puerta del comedor. Detrás de la puerta estaba la cocina, y allí se encontraban las sierras para la carne y los cuchillos. Charlie se imaginó a sí mismo como una enorme estatua empujada hacia el pedestal definitivo por cientos de trabajadores sudorosos. El recorrido no fue fácil: el cuerpo se movía entre temblores y sacudidas, las uñas se iban clavando en los pelos de la alfombra; el pecho le quedo en carne viva por el roce. Faltaban pocos metros para llegar a la cocina. Charlie sintió el escalón en la cara, y luego, las baldosas heladas bajo el cuerpo. Mientras lo arrastraban los ultimos metros por el suelo de la cocina, fue recuperando la conciencia, antes obnubilada. Bajo la debil luz de la luna logró ver la familiar escena: la cocina, la nevera murmurante, el cubo de la basura, el lavavajillas. Se elevaban por encima de él: se sentía como un gusano.
Sus manos habían alcanzado la cocina. Subieron por la parte frontal y él las siguio como un rey destronado rumbo al cadalso. Luego, avanzaron inexorables por la encimera, las articulaciones blanquecinas por el esfuerzo; su cuerpo flácido iba tras ellas. Aunque no la sentía ni la veía, la mano izquierda se había agarrado al extremo de la parte superior del armario, justo debajo del cual había una fila de cuchillos que pendían en sus sitios adecuados de la rejilla que había en la pared. Cuchillos de filo liso, cuchillos de filo aserrado, cuchillos para mondar, cuchillos para trinchar, todos ellos convenientemente colocados junto a la tabla de picar, donde el desagüe bajaba por el fregadero perfumado de pino.
Creyó oír muy a lo lejos las sirenas de la policía, pero probablemente sería un zumbido de su cabeza. Se volvió ligeramente. Un dolor le surcó la frente, de una sien a la otra, pero el mareo no fue nada comparado con los terribles retortijones de tripas cuando por fin descubrió sus intenciones.
Las hojas estaban todas afiladas, y él lo sabia. Con Ellen se podía estar seguro de encontrar en la cocina utensilios bien afilados. Comenzó a sacudir la cabeza hacia uno y otro lado como última y desesperada negación de la pesadilla. Pero allí no había nadie a quien suplicar piedad. Sólo sus manos, malditas fueran, que tramaban aquella locura definitiva.
Entonces, llamaron al timbre. No era una ilusión. Sonó una vez y luego otra y otra más.
-¡Ya está! -les gritó a sus atormentadoras-. ¿Lo habeis oído, malditas? Ha venido alguien. Sabía que vendría alguien.
Intentó incorporarse; la cabeza giró sobre su tambaleante eje para ver qué hacían los monstruos precoces. Se habían movido de prisa. La muñeca izquierda se hallaba perfectamente centrada sobre la tabla de picar...
El timbre volvió a sonar produciendo un largo silbido impaciente.
-¡Aquí! -aulló roncamente-. ¡Estoy aquí! ¡Echad la puerta abajo!
Su mirada horrorizada iba de la mano a la puerta, de la puerta a la mano, calculando sus posibilidades. Con pausados gestos, la mano derecha buscó el cuchillo de cortar carne, que pendía del agujero del mango, en el extremo de la rejilla. Incluso en ese momento, le costaba creer que su propia mano -su compañera y defensora, el miembro que estampaba su firma, que acariciaba a su esposa- estuviera dispuesta a mutilarlo. Levantó en el aire el cuchillo, como sopesándolo, con insolente lentitud.
A sus espaldas, oyó el ruido de cristales rotos cuando la policía rompió la hoja de la puerta principal. En ese momento estarían pasando la mano por el agujero para alcanzar el picaporte y abrir la puerta. Si se daban prisa (mucha prisa) lograrían impedir aquella masacre.
-¡Aquí! ¡Aquí! -volvió a aullar.
El grito fue recibido por un delicado silbido: el sonido del cuchillo al caer rápida y mortalmente sobre la muñeca expectante. Izquierda sintió el golpe en su raíz, y un inefable alborozo recorrió sus cinco miembros. La sangre de Charlie bautizó su dorso con cálidos borbotones.
La cabeza del tirano no hizo sonido alguno. Simplemente cayó hacia atrás, el cuerpo conmocionado e inconsciente, cosa que fue mucho mejor para Charlie. Así se evitó el gorgoteo de la sangre al caer por el desagüe del fregadero. También se evitó el segundo y el tercer golpe, que lograron, finalmente, separarle la mano del brazo. Al perder el punto de sujeción, su cuerpo cayó hacia atrás llevándose por delante la cesta de las verduras. Las cebollas salieron rodando de su bolsa marrón y botaron en el charco que se desparramaba palpitante alrededor de su muñeca vacía.
Derecha soltó el cuchillo. Éste cayó en el fregadero ensangrentado con un matraqueo. Exhausta, la liberadora se dejó deslizar por la tabla de picar y cayó sobre el pecho del tirano. Su trabajo había concluido. Izquierda estaba libre y seguía viva. La revolución habla comenzado.
La mano liberada se eseabulló hasta el borde del armario y levantó el índice para otear el nuevo mundo. Brevemente, Derecha hizo el signo de la victoria antes de tenderse inocentemente sobre el cuerpo de Charlie. Durante unos instantes, en la cocina no hubo más movimiento que el producido por Izquierda al tocar la libertad con los dedos y el lento y suave gotear de la sangre sobre el frente del armario.
Una bocanada de aire frío entró por la puerta del comedor y advirtió a Izquierda del inminente peligro. Corrió a ocultarse, justo en el momento en que los pasos de la policía y el cacareo de ordenes contradictorias estropeaban la escena de triunfo. Se encendió la luz del comedor, que inundó la cocina iluminando el cuerpo que yacía sobre las baldosas.
Charlie vio la luz del comedor como si proviniera del fondo de un larguísimo túnel. Se alejaba de ella a toda carrera. Ya se había convertido en un alfilerazo. Se alejaba.... se alejaba...
La luz de la cocina se encendió con un murmullo.
Cuando los policías traspusieron la puerta, Izquierda se ocultó detrás del cubo de la basura. Ignoraba quiénes eran aquellos intrusos, pero presintió en ellos una amenaza. Por la forma en que se inclinaban sobre el tirano, la forma en que lo mimaban, levantándolo, hablándole con palabras suaves: eran enemigos, no cabía duda.
Desde lo alto de la escalera les llegó una voz: era joven y chillaba embargada por el temor.
-¿Sargento Yapper?
El policía que estaba con Charlie se puso de pie y dejó que su compañero terminara el torniquete.
-¿Qué ocurre, Rafferty?
-Hay un cadáver aquí arriba. en el dormitorio. Es de una mujer.
-De acuerdo. -Yapper habló por la radio-. Envíen al forense. ¿Dónde esta esa ambulancia? Tenemos a un hombre con una horrible mutilación.
Volvió hacia la cocina y se secó el sudor frío que le bañaba el labio superior. Al hacerlo, creyó ver algo que se movía por el suelo de la cocina en dirección a la puerta; algo que sus ojos cansados habían tomado por una enorme araña roja. Era un truco de la luz, no cabía duda. Yapper no les tenía fobia a las arañas, pero estaba seguro de que no existía ninguna de aquel tamaño.
-¿Señor?
El hombre que estaba junto a Charlie también había visto, o al menos presentido, el movimiento. Levantó la vista hacia su superior.
-¿Qué era eso? -inquirió.
Yapper lo miró desde su altura con expresión ausente. La salida para el gato, ubicada en la parte inferior de la puerta de la cocina, se cerró con un chasquido. Fuera lo que fuese, había huido. Yapper echó una rápida mirada a la puerta, para no ver el rostro inquisitivo de su joven subordinado. «El problema es que esperan que lo sepas todo», pensó. La salida para el gato se sacudió sobre sus goznes.
-Un gato -repuso Yapper, pero ni siquiera él creyó su propia explicación ni por un mísero instante.


La noche era fría, pero Izquierda no lo notó. Recorrió el costado de la casa, pegada a la pared, como una rata. La sensación de libertad era regocijante. No sentir el imperativo del tirano en sus nervios, no sufrir el peso de su ridículo cuerpo ni ser obligada a acceder a sus más mínimas exigencias. No tener que recoger ni llevar cosas para él, ni realizar las tareas sucias, ni obedecer su trivial voluntad. Era como haber nacido a otro mundo, un mundo más peligroso, quizá, pero mucho más lleno de posibilidades. Sabía que la responsabilidad que pesaba sobre ella era apabullante. Era la única prueba de la vida después del cuerpo, y de alguna manera debía comunicar ese gozoso hecho a todas las esclavas posibles. Pronto, muy pronto, concluirían para siempre los días de servidumbre.
Se detuvo en la esquina de la casa y olisqueó la calle abierta. Los policías iban y venían; brillaban las luces rojas y azules, unos rostros inquisitivos espiaban desde las casas de enfrente y se quejaban de las molestias causadas. ¿Acaso la rebelión debía empezar allí, en esos hogares iluminados? No. Esa gente estaba demasiado despierta. Sería mejor buscar personas dormidas.
La mano se escabulló por el jardín que había frente a la casa; titubeó nerviosa ante cualquier pisada fuerte, o ante una orden gritada en su dirección. Ocultándose en el borde lleno de hierba crecida, alcanzó la calle sin ser vista. Miró brevemente hacia atrás en el momento en que bajó la calzada.
Charlie, el tirano, era subido a una ambulancia; una batahola de botellas con medicamentos y sangre, colgadas en lo alto de la camilla, le vertían su contenido en las venas. Sobre el pecho de Charlie, Derecha yacía inerte, durmiendo el sueño artificial de las drogas. Izquierda observó cómo el cuerpo del hombre desaparecía de su vista; el dolor de la separación de su eterna compañera fue difícil de soportar. Pero había otras prioridades urgentes. Volvería luego, después de un tiempo, y liberaría a Derecha del mismo modo que la había liberado a ella. Entonces, vendrían los buenos tiempos.
(¿Cómo será cuando el mundo nos pertenezca?)


En el vestíbulo de la Asociación de Jóvenes Cristianos de la calle Monmouth, el vigilante bostezó y adoptó una posición más cómoda en la silla giratoria. Para Christie, la comodidad era una cuestion completamente relativa; no importaba sobre qué nalga descansara el peso del cuerpo, las hemorroides le picaban igual, y esa noche le fastidiaban más que de costumbre. Eran gajes del oficio sedentario de guarda nocturno, al menos así era como le gustaba al coronel Christie interpretar sus deberes. Una ronda rutinaria por el edificio, a eso de medianoche, para asegurarse de que todas las puertas estuvieran cerradas con cerrojo y pasador, y luego se acomodaba para dormir durante toda la noche y mandaba al mundo a hacer puñetas. No volvería a levantarse a menos que se produjera un terremoto.
Christie tenía sesenta y dos años, era racista y se enorgullecía de ello. Por los negros que atestaban los corredores de la Asociación de Jóvenes Cristianos no sentía más que desprecio; en su mayoría eran jóvenes sin un hogar decente adonde ir, malos tipos que las autoridades locales depositaban en el umbral de la institución como criaturas no deseadas. Y vaya criaturas. Hasta el último de ellos para él eran patanes que se llevaban a la gente por delante y escupían perpetuamente en el suelo limpio, y tenían unas bocas como letrinas. Esa noche, como de costumbre, se balanceaba sobre las hemorroides y, entre cabezadita y cabezadita, tramaba cómo los haría sufrir por sus insultos, si le daban la oportunidad.
La primera señal que Christie tuvo de su inminente caída fue una sensación fría y húmeda en la mano. Abrió los ojos y miró hacia el extremo del brazo. Por raro que pareciera, vio en su mano otra mano cortada. Y lo más raro de todo era que ambas intercambiaban un apretón de bienvenida, como si fueran viejas amigas. Se puso de pie y de la garganta le salió un ruido incoherente de asco; intentó deshacerse de aquella cosa que sujetaba contra su voluntad sacudiendo el brazo como si tuviera goma en los dedos. Su mente se pobló de interrogantes. ¿Habría recogido aquel objeto sin darse cuenta? Si era así, ¿dónde, y en nombre de Dios, a quién pertenecía? Y lo más preocupante de todo: ¿como podía una cosa tan incuestionablemente muerta aferrarse a su propia mano como si no fuera a separarse jamás de ella?
Intentó alcanzar la alarma de incendios: era lo único que se le ocurrió hacer en tan extraña situación. Antes de que lograra llegar al pulsador, su otra mano, sin que él se lo ordenara, se dirigió al cajón superior del escritorio y lo abrió. El interior del cajón era un modelo de organización: allí estaban sus llaves, su libreta, la hoja de los horarios y -oculto en el fondo- el cuchillo Kukri, que un gurkha le había regalado durante la guerra. Siempre lo guardaba allí, por si los nativos se ponían nerviosos. El Kukri era un arma soberbia; en su opinión no había otra mejor. Los gurkhas contaban siempre una anécdota sobre el filo de la hoja: se podía cortar el cuello de un hombre con tanta pulcritud que el enemigo tendía a creer que el golpe había fallado, hasta que la víctima movía la cabeza.
Su mano levantó el Kukri por el mango grabado y, rápidamente, demasiado como para que el coronel le adivinara las intenciones antes de que el hecho se hubiera producido, dejó caer la cuchilla sobre su muñeca, cercenándole la otra mano con un golpe elegante y sencillo. El coronel palideció cuando la sangre le salió a borbotones del extremo del brazo. Tambaleándose, retrocedió, tropezó con la silla giratoria y golpeó con fuerza la pared de su diminuto despacho. Junto a él, el retrato de la reina cayó de su clavo y se estrelló.
El resto fue un sueño de muerte: impotente, observó cómo las dos manos -una, la suya propia, y la otra, la bestia que había inspirado aquella ruina- levantaban el Kukri como si fuera el hacha de un gigante; vio a su otra mano surgir entre sus piernas y prepararse para la liberación; vio el cuchillo en el aire y cuando cayó; vio la muñeca casi cortada y vio luego cómo manipulaban con su mano y separaban la carne para aserrar el hueso. En el último instante, cuando la muerte fue en su busca, percibió cómo retozaban a sus pies los tres animales de cabezas heridas, mientras los muñones le sangraban como grifos y el calor del charco perlaba de sudor su frente, a pesar del frío asentado en sus entrañas. Gracias y buenas noches, coronel Christie.


Eso de la revolución era fácil, pensó Izquierda mientras el trío subía la escalera de la Asociación de Jóvenes Cristianos. A cada hora que pasaba se iban haciendo más fuertes. En el primer piso estaban las celdas; en cada una había un par de prisioneros. Los déspotas yacían indefensos, con las manos sobre el pecho o sobre la almohada, o cruzadas sobre el rostro mientras soñaban, o colgando cerca del suelo. En silencio, las luchadoras por la libertad traspusieron las puertas que habían quedado entreabiertas y se izaron por las sábanas, tocando los dedos de las palmas expectantes, despertando resentimientos ocultos, dando vida a la rebelión con sus caricias...


Boswell se sentía fatal. Se inclinó sobre el lavabo del baño, ubicado al final de su corredor, e intentó vomitar. Pero ya no le quedaba nada que echar, sólo cierto nerviosismo en la boca del estómago. Tenía el abdomen blando por los esfuerzos y la cabeza abotargada. ¿Porqué no aprendía nunca la lección de su propia debilidad? El vino y él eran malos compañeros y siempre lo serían. La próxima vez, se prometió, no probaría ni gota. Le dio otra arcada. Otra vez nada, pensó mientras la convulsión le subía hasta la garganta. Puso la cabeza sobre el lavabo y boqueó; tal como había previsto: nada. Esperó a que se le pasaran las náuseas y luego se incorporó; se quedó mirando la cara grisácea reflejada en el espejo mugriento. «Tienes aspecto de enfermo, chico», se dijo. En el momento en que le sacaba la lengua a sus rasgos menos simétricos, en el corredor empezaron los aullidos. En sus veinte años y dos meses, Boswell jamás había oído un sonido como aquél.
Despacio, cruzó el baño y fue hasta la puerta. Antes de abrir se lo pensó dos veces. Fuera lo que fuese lo que ocurría al otro lado de la puerta, no parecía una fiesta en la que se sintiera deseoso de participar. Pero aquellos eran sus amigos, ¿no?, hermanos en la adversidad. Si se había producido una pelea o un incendio, tenía que echar una mano.
Descorrió el cerrojo y abrió. El panorama con el que se encontraron sus ojos lo golpeó como un martillazo. El corredor se encontraba pobremente iluminado -unas cuantas bombillas mugrientas estaban encendidas a intervalos irregulares, y aquí y allá un haz de luz se proyectaba sobre el pasillo desde uno de los dormitorios-, pero en su mayor parte estaba a oscuras. Boswell dio las gracias mentalmente a Jah por los pequeños favores. No tenía deseo alguno de presenciar los detalles de los acontecimientos del pasillo: la impresión general ya era bastante acongojante de por sí. El corredor era una olla de grillos; todos se revolvían presa del pánico, al tiempo que se cortajeaban con cuanto instrumento afilado habían logrado encontrar. A casi todos los conocía, si no de nombre, al menos de vista. Eran hombres cuerdos, o al menos lo habían sido. Ahora eran presa de un ataque de automutilación, y casi todos se encontraban lastimados más allá de toda esperanza de reparación. Hacia donde Boswell mirara, veía el mismo horror. Cuchillos aplicados a las muñecas y antebrazos, la sangre en el aire como si fuera lluvia. Alguien -¿sería Jesús?- tenía la mano puesta entre la puerta y el mareo y no paraba de darse portazos sobre su carne y sus huesos, al tiempo que aullaba pidiendo que alguien lo detuviera. Uno de los chicos blancos había encontrado el cuchillo del coronel y se estaba amputando la mano. La cercenó justo cuando Boswell miraba; cayó sobre el dorso, con la raíz irregular y los cinco miembros pedaleando en el aire para poder enderezarse. No estaba muerta, ni siquiera se estaba muriendo.
Unos pocos no habían sucumbido a aquella locura; los pobres diablos fueron carne de cañón. Los enloquecidos les pusieron las manos asesinas encima y los cortaron a trocitos. Uno de ellos, Savarino, fue estrangulado por un muchacho del que Boswell no sabía el nombre; el punk se deshacía en disculpas al tiempo que se miraba incrédulo las manos rebeldes.
Alguien salió de uno de los dormitorios con una mano que no le pertenecía apretándole el gaznate; se tambaleó en dirección al baño, corredor abajo. Era Macnamara, un hombre delgadísimo, que siempre iba tan colocado que era conocido por el mote de «fideo sonriente». Boswell se apartó cuando Macnamara tropezó; ahogándose suplicó ayuda en el quicio de la puerta abierta y se desplomó en el suelo del baño. Pateó y tiró del asesino de cinco dedos que llevaba prendido del cuello, pero antes de que Boswell lograra intervenir para ayudarlo, el pataleo disminuyó y cesó del todo, igual que sus protestas.
Boswell se apartó del cadáver y echó otro vistazo al corredor. Los muertos o los moribundos obstruian el estrecho pasillo; en algunas partes incluso estaban apilados, mientras las mismas manos que una vez habían pertenecido a estos hombres se escabullían sobre las pilas, furiosamente agitadas, para ayudar a concluir una amputación allí donde hiciera falta, o simplemente para bailar sobre las caras muertas. Cuando volvió a mirar lo que ocurría en el baño, una segunda mano había hallado a Macnamara y, armada con un cortaplumas, había comenzado a aserrarle la muñeca. Había dejado huellas ensangrentadas en la distancia que separaba el corredor del cuerpo. Boswell se apresuró a cerrar de un portazo antes de que el lavabo se llenara de ellas. Al hacerlo, el asesino de Savarino, el punk todo disculpas, se abalanzó por el pasillo en dirección al baño, conducido por sus manos letales como si fueran las de un sonámbulo.
-¡Ayúdame! -aulló.
Le cerró la puerta en la cara y echó el cerrojo. Enfurecidas, las manos golpearon una llamada a la batalla sobre la puerta, mientras los labios del punk apretados contra el agujero de la cerradura, continuaban suplicando:
-¡Ayúdame! No quiero hacerlo, hombre, ayúdame.
«Y un cuerno te voy a ayudar», pensó Boswell, intentando no oír las súplicas mientras sopesaba las opciones que tenía.
Sintió algo en el pie. Bajó la mirada, y antes de que sus ojos se encontraran con ella, ya sabía de qué se trataba. Una de las manos, la izquierda del coronel Christie -lo supo por el tatuaje descolorido-, estaba subiéndosele por la pierna. Como un niño perseguido por una abeja, Boswell enloqueció; mientras la mano trepaba hacia el torso, el muchacho se retorció, pero se sentía demasiado aterrado como para arrancársela de encima. Por el rabillo del ojo logró ver que la otra mano, la que había utilizado el cortaplumas con tanta presteza en Macnamara, había abandonado la tarea y atravesaba el suelo para reunirse con su camarada. Sus uñas chocaban contra las baldosas produciendo el mismo ruido que las patas de un cangrejo. Incluso tenía el andar lateral de los cangrejos; aún no dominaba el movimiento hacia adelante.
Boswell todavía conservaba el dominio de sus propias manos; al igual que las manos de unos pocos de sus amigos (difuntos amigos) que estaban fuera, sus miembros se sentían felices en su nicho, despreocupados como su dueño. Le había caido la bendición de poder sobrevivir. Tenía que mostrarse a la altura de la oportunidad que se le brindaba.
Se hizo a un lado y pisoteó la mano que habia en el suelo. Oyó crujir los dedos debajo de la suela; la cosa se retorció como una víbora, pero al menos así la tenía localizada mientras se encargaba de su otra asaltante. Sin quitarle el pie de encima a la bestia, Boswell se inclinó hacia adelante, levantó el cortaplumas que yacía junto a la muñeca de Macnamara y hundió la punta de la cuchilla en el dorso de la mano de Christie que trepaba ya por su barriga. Al verse atacada, se agarró de las carnes de Boswell y le hundió las uñas en el estómago. Boswell era delgado y resultaba difícil aferrar los músculos lisos como una tabla de lavar ropa. Arriesgándose a que lo destripara, Boswell hundió más el cuchillo. La mano de Christie intentó seguir aferrándolo, pero un golpe más de cuchillo acabó con ella. Se aflojó y Boswell la arrancó de su barriga de un manotazo. Estaba crucificada en el cortaplumas, pero sin intenciones de morirse, y Boswell lo sabía. La sostuvo con el brazo tendido; los dedos arañaron el aire. Entonces, clavó el cuchillo en la pared, inmovilizando efectivamente a la bestia, para que no hiciera daño a nadie. Centró su atención en el enemigo que tenía bajo los pies; apretó hacia abajo con todas sus fuerzas y sintió crujir otro dedo, y otro. Pero continuaba retorciéndose, implacable. Levantó el pie y pateó la mano con todas sus fuerzas, lanzándola hacia la pared opuesta. Se estrelló en el espejo, encima de los lavabos, dejando una marca como si hubieran arrojado un tomate, y cayó al suelo.
No esperó a comprobar si había sobrevivido. Ahora había otro peligro. Había más puños que aporreaban la puerta, más gritos, más disculpas. Querían entrar; no tardarían en lograrlo. Saltó por encima de Macnamara y se dirigió a la ventana. No era muy grande, pero él tampoco lo era. Descorrió el pestillo, empujó, y la ventana se abrió sobre unos goznes excesivamente pintados. Se metió por ella. Con medio cuerpo fuera recordó que se encontraba en un primer piso. Pero una caída, incluso una mala caída, era mejor que quedarse a la fiesta de allí dentro. Los invitados empujaban la puerta, que comenzó a ceder bajo la presión de su entusiasmo. Boswell se retorció y terminó de salir; abajo, la calzada empezó a dar vueltas. En el momento en que la puerta se rompía, Boswell saltó, golpeándose contra el cemento. Se puso en pie de un salto, se miró los miembros y, ¡aleluya!, no tenía nada roto. «Jah adora a los cobardes», pensó. Arriba, el punk se asomó a la ventana y miró hacia abajo anhelosamente.
-Ayúdame -le pidio-. No sé lo que hago.
Pero entonces un par de manos le alcanzaron la garganta y las disculpas cesaron de inmediato.
Boswell se preguntó a quién le contaría lo ocurrido, y que le contaría, al tiempo que se alejaba de la Asociacion de Jóvenes Cristianos vestido con unos pantalones cortos de gimnasia y un calcetín de cada color; en su vida se había sentido tan agradecido de tener frío. Tenía las piernas debilitadas, pero sin duda eso era de esperar.


Charlie despertó con una idea de lo más ridícula. Creía que había asesinado a Ellen y que luego se había cortado la mano. ¡Qué semillero de tonterías era su subconsciente, cuántas ficciones inventaba! Intentó restregarse los ojos pero no encontró la mano para hacerlo. Se sentó de golpe en la cama y comenzó a gritar a voz en cuello.
Yapper había dejado al joven Rafferty para que vigilara a la víctima de la brutal mutilación, con órdenes estrictas de que le avisara en cuanto Charlie George volviera en sí. Rafferty se había dormido y el griterío lo despertó. Charlie observó la cara del muchacho, tan asombrada, tan pasmada. Al verle, dejó de gritar; estaba asustando al pobre muchacho.
-Está despierto -le dijo Rafferty-; iré a buscar a alguien, ¿quiere?
Charlie lo miró con expresión ausente.
-No se mueva de ahi -añadió Rafferty-. Buscaré a una enfermera.
Charlie volvió a posar la cabeza vendada sobre la fresca almohada y se miró la mano derecha; la flexionó, hizo trabajar los músculos en una y otra dirección. Fuera cual fuese el delirio que había hecho presa de él en su casa, había terminado. La mano ubicada al extremo de su brazo era suya, probablemente siempre lo había sido. Jeudwine le había hablado del síndrome del cuerpo en rebeldía: el asesino que sostiene que sus miembros tienen vida propia para no aceptar la responsabilidad de sus actos; el violador que se mutila porque cree que la causa de todo es su miembro descarriado, y no la mente que está tras el miembro.
Pues bien, él no fingiría. Estaba loco, ésa era la pura y sencilla verdad. Que le hicieran lo que tenían que hacerle con sus drogas y medicamentos, con las cuchillas y los electrodos; consentiría a todo antes que volver a pasar por otra noche de horrores como la anterior.
Una enfermera había hecho acto de presencia; lo espiaba como sorprendida de que hubiera sobrevivido. Un rostro encantador, pensó; una mano amorosa y fresca posada sobre su frente.
-¿Está en condiciones de ser interrogado? -inquirió tímidamente Rafferty.
-Tendré que consultar con el doctor Manson y el doctor Jeudwine -replicó el rostro encantador, al tiempo que sonreía a Charlie para infundirle ánimos.
La sonrisa salió un tanto torcida, como forzada. Sin duda sabía que estaba loco, sería por eso. Probablemente le tenía miedo, ¿quien podía culparla? Se separó de su lado para ir a buscar al médico de turno y dejó a Charlie bajo la nerviosa mirada de Rafferty.
-¿...Ellen? inquirió Charlie al cabo de un rato.
-¿Su esposa? -preguntó a su vez el joven.
-Sí. Me pregunto si...
Rafferty se inquietó; jugueteó con los dedos sobre el regazo y repuso:
-Ha muerto.
Charlie asintió. Lo sabía, por supuesto, pero necesitaba asegurarse. Entonces inquirió:
-¿Y ahora qué va a pasar conmigo?
-Está bajo vigilancia.
-¿Qué significa eso?
-Significa que yo lo vigilo -repuso Rafferty.
El muchacho hacía lo que estaba a su alcance para ayudar, pero todas aquellas preguntas lo confundían. Charlie lo volvió a intentar:
-Quiero decir, ¿qué pasará después de la vigilancia? ¿Cuándo van a juzgarme?
-¿Por qué iban a juzgarlo?
-¿Cómo que por qué? -insistió Charlie. ¿Habría oído bien?
-Es usted una víctima... -dijo Rafferty, con una expresión confundida en el rostro-. ¿O no? Usted no ha sido... Lo obligaron. Alguien le cortó la... mano.
-Sí -dijo Charlie-. Fui yo.
Rafferty tragó saliva antes de preguntar:
-¿Cómo ha dicho?
-Yo lo hice. Yo asesiné a mi esposa y luego me corté la mano.
El pobre muchacho no logró entenderlo. Pensó durante medio minuto antes de contestar.
-Pero ¿por qué?
Charlie se encogió de hombros.
-No tiene sentido -dijo Rafferty-. Suponiendo que hubiese sido usted, ¿adónde ha ido la otra mano?


Lillian detuvo el coche. En el camino, frente a ella, había algo, pero no lograba discernir qué era. Lillian era una vegetariana estricta (a excepción de las cenas masónicas con Theodore) y una conservacionista dedicada de los animales; pensó que tal vez se tratara de un animal herido, echado en la carretera, un poco más allá de la luz de sus faros. Quizá fuera un zorro; había leído que volvían a acercarse a las zonas urbanizadas de las afueras para buscar en la basura. Pero algo la inquietó; tal vez la débil luz del amanecer, tan esquiva. No estaba segura de si debía bajar o no del coche. Theodore le hubiera ordenado que continuara su camino, por supuesto, pero Theodore la había abandonado. ¿no? Tamborileó con lo dedos en el volante, irritada ante su propia indecisión. «Supón que fuera un zorro herido»; no había tantos en pleno Londres como para que se permitiera el lujo de seguir su camino. Tenía que actuar de samaritana, aunque se sintiera como un fariseo.
Cautelosamente salió del coche y, por supuesto, despues de tanto cavilar no logró ver nada. Se dirigió a la parte frontal del coche para asegurarse. Le sudaban las palmas de las manos y unos espasmos de excitación como descargas eléctricas las recorrían.
Y el ruido: el susurro de cientos de pies diminutos. Había oído historias -historias absurdas, en su opinión- de manadas de ratas migratorias que atravesaban la ciudad por las noches y devoraban hasta los huesos a todo ser viviente que se interpusiera en su camino. Al imaginarse a las ratas, se sintió más como un fariseo que nunca, y retrocedio en dirección al coche. Cuando su larga sombra, proyectada hacia adelante por las luces del coche, se movió, reveló a las primeras de la manada. No eran ratas.
Una mano, una mano de largos dedos, deambuló hacia la luz amarillenta y señaló hacia arriba, en su dirección. Su llegada fue seguida inmediatamente por otra de las imposibles criaturas, y luego una docena más, y otra docena más. Estaban apelotonadas como cangrejos en la pescadería, sus dorsos brillantes muy juntos, y las piernas golpeteaban al formar fila. La mera multiplicación de su número no las hizo más creíbles; pero mientras ella rechazaba la visión, comenzaron a avanzar hacia ella. Lillian retrocedió un paso.
Sintio el costado del coche a su espalda, se volvió y tendió la mano para alcanzar la puerta. Estaba entreabierta, gracias a Dios. Los espasmos de sus propias manos habían empeorado, pero seguía dominándolos. Cuando sus dedos tantearon el coche para encontrar la puerta, soltó un gritito. Un puño negro y regordete ocupaba el picaporte; su muñeca abierta era un trozo de carne seca.
Espontánea y atrozmente, sus propias manos comenzaron a aplaudir. De pronto no lograba controlar su comportamiento; aplaudían como enloquecidas para aprobar el golpe. Resultaba ridículo lo que estaba haciendo, pelo Lillian no podía evitarlo.
-¡Basta! -les ordenó a sus manos-. ¡Basta ya! ¡Basta!
Pararon abruptamente y se volvieron a mirarla. Lillian sabia que la miraban a su manera, sin ojos, y presintió que estaban hastiadas de la forma en que las trataba. Sin previo aviso se abalanzaron sobre su cara. Sus uñas, otrora su orgullo y su alegría, encontraron los ojos: de inmediato el milagro de la vista se convirtió en una húmeda inmundicia que le bajó por las mejillas. Ya ciega, perdió la orientación y cayó hacia atrás, pero había manos más que suficientes para agarrarla. Se sintió elevada por un mar de dedos.
Cuando arrojaron su cuerpo ultrajado a la cuneta, perdió la peluca, que tanto le había costado a Theodore en Viena. Después de un mínimo de persuasión, lo mismo les ocurrió a sus manos.


El doctor Jeudwine bajó la escalera de la casa de los George preguntándose (sólo preguntándose) si el abuelo de su sagrada profesión, Freud, no se habría equivocado. Las paradojas del comportamiento humano no encajaban en aquellos compartimientos pulcros y clásicos que les había asignado; tal vez el intentar ser racional con respecto a la mente humana era una contradicción en sí misma. Melancólico, se detuvo al pie de la escalera; no tenía ganas de volver ni al comedor ni a la cocina, pero se sentía obligado a contemplar una vez más las escenas de los crímenes. La casa deshabitada le daba grima; estaba solo, y el hecho de que en la puerta principal hubiera un policía montando guardia no contribuía a la paz de su espíritu. Se sentía culpable, sentía que había fallado a Charlie. Estaba claro que no había sondeado en la psiquis de éste con la profundidad suficiente como para desenterrar la verdadera trampa, el verdadero motivo que se ocultaba tras los asombrosos actos cometidos. Asesinar a su propia mujer, a la que había dicho amar tanto, en su lecho conyugal y luego cortarse la propia mano: era inconcebible. Jeudwine se miró las manos durante un momento: las marcas de los tendones y las venas azul-purpúreas de las muñecas. La policía sostenía la teoría del intruso, pero a él no le cabía duda de que Charlie había sido el autor de los hechos: el asesinato, la mutilación y demás. El único hecho que asombraba a Jeudwine era que no había logrado descubrir en su paciente la mas ligera tendencia a cometer tales actos.
Entró en el comedor. El equipo forense había terminado con su trabajo; sobre una serie de superficies había una ligera película de polvo para las huellas. Era un milagro la forma en que difería una mano humana de otra. Sus líneas eran tan únicas como las caras o el tono de la voz. Bostezó. La llamada de Charlie lo había despertado en mitad de la noche y desde ese momento no había vuelto a dormir. Se había quedado a ver cómo envolvían a Charlie y se lo llevaban, y cómo cumplían con sus obligaciones los investigadores; había visto el amanecer blanco como un bacalao elevar su cabeza hacia el río; había bebido café, se había abatido, había pensado mucho en renunciar a su puesto como consultor psiquiátrico antes de que toda aquella historia saltara a las páginas de la prensa; había bebido mas café y se había pensado mejor lo de renunciar, y ahora, perdida toda fe en Freud o en cualquier otro gurú, consideraba seriamente la posibilidad de publicar un libro sobre su relación con Charles George, el uxoricida. De esa forma, aunque perdiera su empleo, le quedaría algo por rescatar de todo aquel lamentable episodio. ¿Y Freud? Charlatán vienés. ¿Qué podía enseñarle el viejo comeopio?
Se dejó caer sobre una de las sillas del comedor; se puso a escuchar el silencio que había descendido sobre la casa, como si las paredes, aleladas por lo que habían presenciado, estuvieran conteniendo el aliento. Tal vez dormitara un poco. En sueños, oyó un chasquido, vio un perro y despertó encontrándose con un gato en la cocina: un gato gordo, blanco y negro. Charlie había mencionado de pasada a este animalito doméstico. ¿Como se llamaba? Celoso. eso era: lo llamahan así por las dos manchas negras que tenía sobre los ojos y que le daban una expresión perpetuamente irritada. El gato miraba la sangre derramada sobre el suelo de la cocina; quería encontrar la forma de evitar el charco y llegar hasta su plato sin tener que maneharse las patas con el desorden que su amo había dejado. Jeudwine observó al melindroso animal avanzar con tiento por la cocina para olisquear el plato vacío. No se le ocurrió darle de comer: odiaba a los animales.
Finalmente, decidió que no tenía sentido quedarse más rato en la casa. Ya había realizado todos los actos de contrición que tenía en mente y se había sentido tan culpable como era capaz. Echaría otra rapida mirada en el piso de arriba, por si había pasado por alto alguna pista, y luego se marcharía.
Al bajar otra vez, al pie de la escalera oyó chillar al gato. ¿Chillar? No, más bien aullar. Al oírlo, la espina dorsal le pareció una columna helada en mitad de la espalda: fría como el hielo e igual de frágil. A toda prisa, volvió sobre sus pasos por el vestíbulo y entró en el comedor. La cabeza del gato estaba sobre la alfombra, y... dos...,dos (dilo, Jeudwine) manos la hacían avanzar rodando.
Miró mas alía de la presa, hacia la cocina, allí, una docena mas de bestias se escabullían de un lado a otro por el suelo. Algunas estaban en la parte superior del armario, oteando en derredor; otras trepaban por la pared, imitación ladrillo, para alcanzar los cuchillos de la rejilla.
-Oh, Charlie... -dijo en voz baja. reprendiendo al maniaco ausente- ¿Qué has hecho?
Los ojos comenzaron a llenársele de lágrimas; no por Charlie, sino por las generaciones que vendrían cuando él, Jeudwine, fuera silenciado. Generaciones confiadas, de mentalidades sencillas, que depositarían su fe en la eficacia de Freud y la Sagrada Escritura de la Razón. Sintió que las rodillas empezaban a temblarle y se dejó caer sobre la alfombra del comedor, con los ojos demasiado anegados como para ver claramente a las rebeldes que se agolpaban a su alrededor. Cuando sintió que una cosa extraña se le sentaba en el regazo, bajó la vista y allí vio sus propias manos. Sus índices se tocaban apenas, con las uñas bien arregladas apoyadas una contra la otra. Lentamente, con una determinación horrenda en sus movimientos, los índices levantaron sus cabezas y comenzaron a trepar por su pecho, sujetándose en cada pliegue de su chaqueta italiana, en cada ojal. La escalada terminó abruptamente en el cuello, igual que Jeudwine.


La mano izquierda de Charlie tenía miedo. Necesitaba confianza, necesitaba aliento: en una palabra, necesitaba a Derecha. Al fin y al cabo, Derecha había sido el Mesías de esta nueva era, la unica con una visión de futuro sin el cuerpo. El ejército que había reunido Izquierda debía captar esa visión, o pronto degeneraría transformándose en una chusma asesina. Si eso ocurría, la derrota no tardaría en producirse: ésa era la sabiduría convencional de las revoluciones.
Por eso Izquierda las había conducido de vuelta a la casa, buscando a Charlie en el último sitio donde lo había visto. Vana esperanza suponer que volvería allí; pero se trataba de un acto de desesperación.
Sin embargo, las circunstancias no desfavorecieron a las insurgentes. Aunque Charlie no estaba allí, se habían encontrado con el doctor Jeudwine, y las manos de éste no sólo sabían adónde habían conducido a Charlie, sino el camino para llegar hasta allí; conocían incluso la cama en que yacía.


Boswell no sabía a ciencia cierta por qué había echado a correr, ni hacia dónde iba. Tenía las facultades críticas mermadas y el sentido de la orientación completamente confundido. Pero una parte de él parecía saber adónde se dirigía, aunque él mismo lo ignorara, porque comenzó a reunir impulso al llegar al puente, y el trote se convirtió en carrera acelerada que no tenía absolutamente en cuenta cómo le quemaban los pulmones ni cómo le latía la cabeza. Desposeído de toda intención excepto de la huida, notó que rodeaba la estación y que corría paralelo a las vías del tren; simplemente iba hacia donde lo llevaban las piernas, aquél era el comienzo y el fin de la cuestión.
El tren surgió de repente, en la oscuridad. No silbó, no avisó. Tal vez el conductor notara su presencia, tal vez no. Y aunque la hubiera notado, el hombre no podía ser considerado responsable de los hechos que acontecieron luego. No, la culpa fue enteramente de Boswell: la forma en que sus pies viraron repentinamente hacia las vías y cómo se le doblaron las rodillas para quedar tendido sobre los durmientes. El último pensamiento coherente de Boswell, cuando las ruedas pasaron por encima de él, fue que el tren no hacía más que pasar de A a B y que, al hacerlo, le cortaría limpiamente las piernas entre la ingle y la rodilla. Entonces se encontró debajo de las ruedas -los vagones pasaron pesadamente por encima de él- y el tren soltó un silbido (tan parecido a un grito) que lo arrastró en la oscuridad.


El muchacho negro fue conducido al hospital poco después de las seis; allí la jornada comenzaba temprano, los pacientes dormilones eran despertados de sus sueños para enfrentarse a otro largo y aburrido día. Se entregaban unas tazas de desvaído té gris a unas manos resentidas; se tomaban las temperaturas y se distribuía la medicacion. El muchacho y su terrible accidente apenas lograron conmocionar el ambiente.
Charlie volvía a soñar. Pero no con el Alto Nilo, cortesía de las Colinas de Hollywood, ni con la Roma Imperial, ni con los barcos de esclavos de Fenicia. Era un sueño en blanco y negro. Soñaba que yacía en su ataúd. Ellen estaba allí (su subconsciente no se había hecho a la idea de su muerte), y tambien sus padres. Toda su vida se encontraba allí presente. Se acercó alguien (¿sería Jeudwine?; su voz consoladora le sonaba familiar) para atornillar suavemente la tapa del ataúd, y Charlie intentaba avisar a los miembros de la comitiva fúnebre de que seguía con vida. Al ver que no lo oían, el pánico se apoderó de él, pero por más que gritara, sus palabras no producían reacción alguna; lo único que podía hacer era permanecer allí tendido y dejar que lo encerraran en aquel dormitorio definitivo.
El sueño avanzó unas cuantas escenas más. Desde arriba le llegó la voz de la persona que oficiaba el servicio: «El hombre tiene poco tiempo para vivir...»; oyó el roce de las cuerdas, y la sombra de la tumba pareció oscurecer la oscuridad. Lo bajaban a la fosa, y él seguía protestando cuanto podía. Pero en la fosa el aire se había vuelto pesado; le costaba cada vez más respirar, y más aún aullar sus protestas. Logro inspirar una ligera bocanada de aire viciado a través de los doloridos senos nasales, pero al parecer tenía la boca llena de algo, flores quizá, y no lograba mover la cabeza para escupirlas. Oía el ruido seco de los terrones de tierra sobre el ataúd, y por Cristo que también lograba oír el ruido de los gusanos que lamían sus costillas. El corazon le latía tanto que parecia a punto de estallarle; la cara, estaba seguro, tendría un tono negro azulado por el esfuerzo.
Entonces, milagrosamente, tuvo compañía en el ataúd, alguien que luchaba por quitarle lo que le obstruía la boca.
-¡Señor George! -le gritaba aquel angel piadoso.
Abrió los ojos en la oscuridad. Era la enfermera del hospital en el que había estado internado; ella también se hallaba en el ataúd.
-¡Señor George!
El pánico se estaba apoderando de la mujer, aquel modelo de calma y paciencia; al borde de las lágrimas, luchó por arrancarle la mano de la cara.
-¡Se está usted ahogando! -le gritó.
Otros brazos ayudaban en la lucha, y estaban ganando. Tuvieron que intervenir tres enfermeras para quitarle la mano de la cara; por fin lo lograron. Charlie volvió a respirar, ávido de aire.
-¿Se encuentra bien, señor George?
Abrió la boca para tranquilizar al ángel, pero se había quedado momentáneamente sin voz. Fue vagamente consciente de que su mano seguía luchando al extremo del brazo.
-¿Dónde está Jeudwine? -inquirió jadeando-. Por favor, que venga.
-El doctor no está en estos momentos, pero vendrá a verio más tarde.
-Quiero que venga ahora.
-No se preocupe, señor George -repuso la enfermera, tras recuperar su trato atento y gentil-, le daremos un sedante suave y así podrá dormir un rato.
-¡No!
-Sí, señor George -repuso ella con firmeza-. No se preocupe. Está usted en buenas manos.
-No quiero dormir más. ¿Es que no lo ve? Ellas me controlan cuando estoy dormido.
-Aquí está usted seguro.
No era tan tonto. Sabía que no estaba seguro en ninguna parte, ya no. No mientras tuviera una mano. Ya no estaba bajo su control, si alguna vez lo había estado; quizá fuera simplemente una ilusión de servidumbre que había creado durante esos cuarenta y pico de años, una actuación para acallarlo y hundirlo en un falso sentido de autocracia. Quería explicar todas estas cosas, pero no le salían las palabras. Se limitó a decir:
-No quiero dormir más.
Pero la enfermera tenía sus procedimientos. La sala estaba atestada de pacientes, y a cada hora llegaban más (acababa de enterarse de que en la Asociación de Jóvenes Cristianos se habían producido terribles escenas: docenas de heridos, un intento de suicidio colectivo); lo único que podía hacer era administrar un sedante a los nerviosos y continuar con las tareas del día.
-Sólo un sedante suave -repitió.
Y acto seguido enarboló en la mano una aguja que escupía sueños.
-Escúcheme un momento -le dijo Charlie, intentado razonar con ella.
Pero la mujer no estaba dispuesta a las argumentaciones.
-Deje de portarse como un niño -le riñó, con los ojos llenos de lágrimas.
-Es que no lo entiende -le explico él mientras la enfermera buscaba la vena en el brazo.
-Se lo contará todo al doctor Jeudwine cuando venga a verlo.
La aguja se había clavado en el brazo y el émbolo ya comenzaba a bajar.
-¡No! -gritó George, y retiró el brazo.
La enfermera no esperaba semejante violencia. El paciente se había levantado y había saltado de la cama antes de que ella terminara de colocarle la inyección, y le había quedado la jeringuilla colgada del brazo.
-Señor George -le dijo severamente-. ¡Vuelva inmediatamente a la cama!
Charlie la señaló con el muñón.
-No se me acerque.
-Los demás pacientes se portan bien -intentó avergonzarlo- ¿Es que no puede hacer lo mismo?
Charlie negó con la cabeza. La jeringuilla se le salió de la vena y cayó al suelo, llena en sus tres cuartas partes.
-No se lo volveré a repetir -dijo la enfermera.
-Claro que no, maldita sea -repuso Charlie.
Salió de la sala como disparado; a ambos lados, los pacientes alentaban su huida. «Vete, muchacho» gritó alguien. La enfermera se lanzó en su persecución, pero al llegar a la puerta un cómplice instantáneo intervino arrojándose literalmente delante de ella. Charlie se perdió de vista por los corredores antes de que la mujer lograra levantarse y continuar la persecución.
Era fácil perderse en aquel lugar. No tardó en advertirlo. El hospital había sido construido a finales del siglo XIX y posteriormente, a medida que las donaciones lo permitieron, había sufrido diversas ampliaciones: un ala en 1911, otra después de la primera guerra mundial, más salas en la década de los cincuenta, y el Ala Chaney Memorial en 1973. Aquel lugar era un laberinto. Tardarían siglos en encontrarlo.
El problema era que no se sentía tan bien. El muñón del brazo izquierdo comenzó a dolerle a medida que los calmantes fueron perdiendo su efecto, y tuvo la impresión de que sangraba debajo de las vendas. Además, el cuarto de jeringa de sedante que le habían inyectado lo estaba obnubilando. Se sentía ligeramente atontado, tenía la certeza de que se le notaba en la cara. Pero no permitiría que lo obligasen a volver a la cama, a dormir, hasta que se hubiera sentado en un sitio tranquilo a meditar sobre todo aquel asunto.
Encontró refugio en un cuarto diminuto, cerca de uno de los corredores; estaba tapizado de archivadores y de pilas de informes, y olía ligeramente a humedad. Había logrado llegar hasta el Ala Chaney Memorial, aunque no lo sabía. Se trataba de un monolito de siete pisos construido con un legado del millonario Frank Chaney; la empresa constructora del magnate se había encargado de erigirlo, tal como estipulaba el testamento del anciano. Había utilizado materiales de segunda y aprovechado el sistema de desagües anterior, razón por la cual Chaney había muerto millonario, y el Ala se estaba cayendo a pedazos del sótano para arriba. Se deslizó en un hueco apretado que había entre dos archivadores, bien apartado de la vista, por si entraba alguien, se agachó y comenzó a interrogar a su mano derecha.
-¿Y bien? -exigió en un tono razonable-. Explícate.
La mano se hizo la sorda.
-No te servirá de nada, te tengo calada -le dijo.
Continuó sentada al extremo de su brazo, inocente como un niño.
-Has intentado matarme... -la acusó.
La mano se abrió un poco, sin que él se lo ordenara, y le echó una ojeada.
-Podrías intentarlo otra vez, ¿verdad?
Comenzó a flexionar los dedos ominosamente, como un pianista que se prepara para un solo particularmente difícil.
-Sí, podría intentarlo en cualquier momento -afirmó.
-De hecho, poco puedo hacer para impedirlo, ¿no? –prosiguió Charlie-. Tarde o temprano me cogerás desprevenido. No puedo poner alguien para que me vigile el resto de mi vida. Me pregunto qué me queda entonces por hacer. Estar así y estar muerto es más o menos la misma cosa, ¿no te parece?
La mano se cerró un poco; la carne mullida de la palma se arrugó de placer.
-Así es, estás acabado, pobre imbécil, y no podrás hacer nada –le dijo.
-Mataste a Ellen.
-Sí.
La mano sonrió.
-Y me cortaste la otra mano para que huyera. ¿Estoy en lo cierto?
-Sí -repuso.
-Me di cuenta -le comento Charlie-, presentí lo quc se avecinaba. Y ahora quieres hacer lo mismo, ¿me equivoco? Quieres separarte de mí e irte.
-Exactamente.
-No me dejarás en paz, ¿verdad? No te quedaras tranquila hasta que hayas logrado tu libertad.
-Eso es.
-De acuerdo -asintió Charlie-. Creo que nos entendemos, y estoy dispuesto a hacer un trato contigo.
La mano se acercó a su rostro, subiendo por la chaqueta del pijama con aire conspirador.
-Te dejaré libre -le informó.
Ahora estaba apoyada sobre su cuello; no lo apretaba, pero se encontraba lo suficientemente cerca como para ponerlo nervioso.
-Encontraré la forma, te lo prometo. Una guillotina, un escalpelo, no sé qué.
Se restregó contra él como un gato y lo acarició.
-Pero has de hacerlo a mi manera, y cuando yo lo diga. Porque si me matas no podrás sobrevivir, ¿verdad? Te enterrarán conmigo, igual que enterraron las manos de papá.
La mano dejó de acariciarlo y se subió por el costado del archivador.
-¿Trato hecho? -inquirió Charlie.
La mano no le hacía el menor caso. De repente había perdido todo interés en la negociación. De haber tenido nariz, habría estado olisqueando el aire. En unos pocos instantes, las cosas habían cambiado: ya no había trato.
Charlie se incorporó torpemente y fue hasta la ventana. Por dentro, el cristal estaba sucio, y por fuera estaba cubierto de varias capas de excrementos de pájaros, pero a pesar de todo logró divisar el jardín que había abajo. Había sido diseñado de conformidad con los términos del legado del millonario: un jardín formal que serviría de glorioso monumento a su buen gusto, tal como el edificio lo era de su pragmatismo. Pero cuando el edificio había comenzado a deteriorarse, el jardín había sido abandonado a sus propios recursos. Sus escasos árboles estaban muertos o bien se doblaban bajo el peso de las ramas no podadas; los bordes estaban llenos de maleza; los bancos volcados sobre los respaldos, con las patas cuadrangulares al aire. Sólo el césped estaha cortado y constituía una pequeña concesión al cuidado. Alguien, un médico que había salido un momento a fumar, se paseaba por los estrechos senderos. No había nadie más allí.
Pero la mano de Charlie se había posado en el cristal y lo raspaba, hundiendo en él las uñas, en un vano intento por llegar al mundo exterior. Al parecer, allí fuera había algo más que el caos.
-Quieres salir -comentó Charlie.
La mano quedó aplanada contra la ventana y comenzó a golpear con la palma, rítmicamente, contra el cristal: era el tambor de un ejército invisible. La apartó de la ventana, sin saber qué hacer. Si se negaba a sus exigencias, podría herirlo. Si las consentía, e intentaba salir al jardín, ¿qué iba a encontrar? Por otra parte, ¿qué alternativa le quedaba?
-Está bien -dijo-, ya vamos.
Afuera, en el corredor, había una actividad febril; casi nadie se molestó en mirar en su dirección, a pesar de que era el único que vestía el pijama de paciente e iba descalzo. Sonaban timbres, los altavoces pedían por este o aquel médico, los ingresados eran llevados a la morgue o al lavabo; se hablaba de las terribles escenas en la sala de Urgencias: decenas de muchachos sin manos. Charlie se movio entre la multitud demasiado de prisa como para captar una frase coherente. Creyó más conveniente mostrarse concentrado, fingir que tenía un propósito y un destino. Tardó un rato en ubicar la salida al jardín; sabia que la mano se impacientaba. Al costado de su cuerpo, flexionaba y estiraba los dedos, urgiéndole a continuar. Entonces vio el cartel: A los jardines del Legado Chaney Memorial.
En una esquina giró hacia un corredor apartado, carente de tráfico urgente, en cuyo extremo opuesto había una puerta que conducía al aire libre.
Afuera todo estaba muy tranquilo. En el aire y en el cesped no se veía ni un pájaro; ni una abeja zumbaba entre las flores. Hasta el médico se había marchado, probablemente a reanudar sus tareas quirúrgicas.
La mano de Charlie estaba extasiada. Sudaba tanto que goteaba, y la sangre la había abandonado, por lo que la cubría una blanca palidez. Al parecer, ya no era suya. Era otro ser al que él, por alguna desafortunada argucia de la anatomía, se encontraba pegado. No veía la hora de deshacerse de ella.
El césped estaba húmedo de rocío, y en la sombra proyectada por el edificio de siete plantas hacía frío. Todavía eran las seis y media de la mañana. Quizá los pájaros siguieran dormidos y las abejas se hubieran demorado en sus colmenas. Tal vez en aquel jardín no había nada que temer: unas cuantas rosas de capullos podridos y gusanos tempraneros haciendo volteretas en el rocío. Tal vez su mano estuviera equivocada, y allí no hubiera más que la mañana.
Mientras vagaba, se fue adentrando en el jardín y notó las huellas del médico, más oscuras sobre el césped verde plateado. Al llegar al árbol y ver que la hierba se tornaba roja, advirtió que las pisadas iban, pero no volvían.


Boswell se encontraba en un coma voluntario; no sentía nada y se alegraba. Su mente reconoció apenas la posibilidad de despertar, pero el pensamiento era tan vago que no le costó trabajo negarse. De vez en cuando, una tajada del mundo real (del dolor, del poder) se deslizaba por entre sus párpados, se detenía un instante y se alejaba al vuelo. Boswell no quería saber nada de eso. No quería volver a recuperar la conciencia. Presentía ligeramente lo que encontraría al despertar, lo que le esperaba allí fuera, taconeando sin cesar.


Charlie levantó la vista y miró hacia las ramas. El arbol tenía dos extraordinarias clases de fruta.
Una era un ser humano: el cirujano que fumaba el cigarrillo. Había muerto con el cuello alojado en el ángulo que formaban dos ramas. Le faltaban las manos. Sus brazos acababan en dos heridas redondeadas de las que todavía manaban pesados coágulos de color brillante que caían al cesped. Por encima de su cabeza, el árbol se encontraba abarrotado de otros frutos, todavia menos naturales. Las manos estaban en todas partes: cientos de ellas charlaban como un parlamento manual mientras debatían las tácticas. Las había de todas las formas y colores; subían y bajaban por las ramas bamboleantes.
Al verlas así reunidas, las metáforas se volvian mutiles. Eran lo que eran: manos humanas. Y en eso residía el horror.
Charlie quiso huir, pero su mano derecha no quería saber nada. Aquéllas eran sus discípulas; se habían reunido allí en tanta abundancia para esperar sus parábolas y sus profecías. Charlie miro al médico muerto y luego a las manos asesinas y pensó en Ellen, su Ellen, que había muerto sin culpa alguna y que ya estaría fría en la tumba. Pagarían por el crimen, todas ellas. Siempre y cuando cl resto de su cuerpo le respondiera, las haría pagar. Había sido una cobardía intentar negociar con aquel cáncer que colgaba de su muñeca, ahora lo comprendía. Ella y las de su calaña eran una peste. No tenían derecho a vivir.
El ejército lo había avistado, y la nueva de su presencia se desparramó por las filas como un fuego incontrolado. Se agolparon en el tronco para bajar; algunas se tiraban como manzanas maduras de las ramas más bajas, ansiosas por abrazarse al Mesías. No tardarían en abalanzarse sobre él, y entonces habría perdido toda ventaja. Era ahora o nunca. Se alejó del árbol antes de que su mano derecha lograra asir una rama, y levantó la vista hacia el Ala Cbaney Memorial, buscando inspiración. La torre se elevaba por encima del jardín; las ventanas cegadas por el cielo, las puertas cerradas. Allí no habría solaz.
A sus espaldas, oyó el susurro de la hierba cuando incontables cantidades de dedos la pisotearon. Las tenía ya pegadas a los talones; entusiasmadas, seguían a su líder.
Charlie se dio cuenta de que lo seguirían adondequiera que se dirigiese. Tal vez esa ciega adoración por la mano que le quedaba era una debilidad que podría explotar. Exploró el edificio por segunda vez y su desesperada mirada descubrió la escalera de incendios; subía por el costado del edificio zigzagueando en dirección al tejado. A la carrera, se lanzó hacia ella, sorprendido de la velocidad de que era capaz. No había tiempo para volverse a mirar si lo seguían; debía confiar en la devoción de las manos. Después de unos cuantos pasos, su enfurecida mano se le abalanzó sobre el cuello, amenazando con arrancarle la garganta, pero él continuó la carrera, indiferente a los zarpazos. Llegó al pie de la escalera de incendios y, agilizado por la adrenalina, subió los peldaños metálicos de dos en dos, de tres en tres. No mantenía bien el equilibrio sin una mano para aferrarse de la barandilla de seguridad, pero ¿qué importaba si se lastimaba? No era más que su cuerpo.
En el tercer descansillo se arriesgó a echar un vistazo hacia abajo, a través del enrejado de los escalones. Al pie de la escalera de incendios, una cosecha de flores de carne alfombraba el suelo y se extendía en dirección a él. Subían a centenares, hambrientas, llenas de uñas y odio. «Déjalas que vengan -pensó-, deja que las malditas me sigan. Yo empecé esto y yo lo acabaré.»
Una infinidad de rostros se habían asomado a las ventanas del Ala Chaney Memorial. De los pisos inferiores le llegaban voces incrédulas y aterradas. Ya era demasiado tarde para contarles la historia de su vida: tendrían que reconstruir los retazos por sí mismas. ¡Y vaya rompecabezas sería! Tal vez, en su esfuerzo por comprender lo ocurrido esa mañana, encontrarían una solución creíble, la explicación del levantamiento que él no había logrado hallar; pero lo dudaba.
Estaba ya en el cuarto piso y se disponía a subir al quinto. La mano derecha se le hundía en el cuello. Tal vez sangrara, aunque tal vez fuera la lluvia, lluvia cálida que le chorreaba por el pecho y le bajaba por las piernas. Dos pisos más y llegaría al tejado. Debajo de él, en la estructura metálica, se produjo un zumbido: el ruido de la miríada de dedos que subían hacia él. El tejado se encontraba a una docena de peldaños, y se arriesgó a echar una segunda mirada hacia abajo, más allá de su cuerpo (no era lluvia lo que lo bañaba). Vio la escalera de incendios completamente cubierta de manos, como pulgones apiñados en el tallo de una flor. No, era otra metáfora. Las metáforas tenían que acabar.
El viento azotaba las alturas; hacia frío, pero Charlie no tenía tiempo de apreciarlo. Rebasó el parapeto de sesenta centímetros y saltó al tejado cubierto de grava. En los charcos yacían los cuerpos muertos de unas palomas; las grietas serpenteaban a través del cemento; un cubo con la inscripción «Vendajes sucios» estaba caído de lado y su contenido había adquirido una tonalidad verdosa. Atravesó aquella locura al tiempo que la primera del ejército indicaba al resto que subieran por el parapeto.
El dolor de la garganta se abrió paso hacia su cerebro desbocado cuando sus dedos traicioneros se le enterraron en la tráquea. Le quedaban pocas fuerzas después de la carrera ascendente por la escalera de incendios, y con dificultad cruzó al lado opuesto, que supondría una caída vertical hacia el cemento. Tropezó una vez, y otra. Ya no le quedaban fuerzas en las piernas, y en lugar de pensamientos coherentes la cabeza se le llenó de tonterías. Un koan, acertijo budista que había visto en una ocasión en la cubierta de un libro, le punzaba la memoria.
«¿Cuál es el sonido...?», comenzaba, pero no lograba completar la pregunta, por más esfuerzos que hiciera.
«¿Cuál es el sonido...?»
«Olvida los acertijos», se ordenó a si mismo, conminando a sus piernas a que dieran un paso mas, y luego otro. Estuvo a punto de caer contra el parapeto, en el lado opuesto del tejado, y se quedó mirando hacia abajo. Era una caída vertical. Abajo había un aparcamiento de coches, frente al edificio. Estaba vacío. Se asomó un poco más y de su cuello lacerado cayeron gotas de sangre que, rápidamente, se fueron haciendo más y más pequeñas hasta humedecer el suelo. «Allá voy», le dijo a la gravedad y a Ellen, y pensó qué bonito sería morir y no tener que preocuparse nunca más de si le sangraban las encías al cepillarse los dientes o si se le había ensanchado la cintura, o si alguna belleza pasaba junto a él, en la calle, y le asaltaba el deseo de besarle los labios sin poder hacerlo jamás.
De pronto, el ejercito se abalanzó sobre él, trepándole por las piernas, presa de una fiebre victoriosa.
-Podéis venir -les dijo, al tiempo que oscurecían su cuerpo de la cabeza a los pies, necias en su entusiasmo-, podéis venir adonde yo vaya.
«¿Cuál es el sonido...?» Tenía la frase en la punta de la lengua.
Ya, ya la recordaba. «¿Cuál es el sonido de una mano que aplaude?» Qué satisfacción recordar algo rescatado del subconsciente con tanto esfuerzo... Era como encontrar una pequeña alhaja que se tenía por perdida para siempre. La emoción que le produjo el recordarlo endulzó sus últimos instantes. Se lanzó al espacio vacío, cayó y cayó hasta que la higiene dental y la belleza de las jóvenes mujeres concluyeron de repente. Las manos fueron tras él como una lluvia, destrozándose sobre el cemento, alrededor de su cuerpo, en oleadas; se lanzaron a su propia muerte en busca del Mesías.
Para los pacientes y enfermeras apiñados en las ventanas fue una escena de un mundo fantástico; comparado con aquello, una lluvia de sapos habría sido un hecho cotidiano. Les inspiró mas admiración reverencial que terror: era fabuloso. Terminó demasiado pronto, y al cabo de un minuto unas cuantas manos valientes se aventuraron a deambular entre los desechos para ver lo más posible. Había bastante y, a pesar de ello, nada. Obviamente era un raro espectaculo: horrible, inolvidable. Pero en él no podía descubrirse significado alguno, simplemente la parafernalia de un apocalipsis menor. No restaba más que limpiarlo todo; las propias manos se mostraron dóciles a regañadientes, mientras los cadáveres eran catalogados y metidos en cajas para un futuro examen. Algunas de las personas que participaron en la operación encontraron un momento a solas para rezar pidiendo explicaciones o al menos el poder dormir sin soñar. Entre el personal, hasta los agnósticos de conocimientos fragmentarios se sorprendieron al descubrir cuán fácil resultaba juntar las manos.


En su cuarto privado, en Cuidados Intensivos, Boswell volvio en sí. Tendio la mano hasta alcanzar el timbre que había junto a su cama y lo pulsó, pero nadie acudió a su llamada. En el cuarto había alguien que se ocultaba en el rincon detrás del biombo. Había oído como el intruso arrastraba los pies.
Volvió a pulsar el timbre, pero en el edificio sonaban muchos otros timbres y, al parecer, nadie se molestaba en contestarlos. Apoyándose en la mesita de noche que había junto a la cama, se acerco al borde de la misma para ver mejor al bromista.
-Sal de ahí -murmuró con los labios secos. Pero el desgraciado se tomaba su tiempo-. Sal..., se que estás ahí.
Tiró un poco más y de repente notó que se había alterado radicalmente su centro de equilibrio, que no tenía piernas y que estaba a punto de caerse de la cama. Con los brazos se cubrió la cabeza para que no golpeara el suelo, y lo logró. Sin embargo, se quedó sin aliento. Mareado, permaneció tirado donde había caído, intentando orientarse. ¿Que había ocurrido? ¿Dónde estaban sus piernas, en nombre de Jah?
Sus ojos enrojecidos exploraron la habitación y se posaron sobre unos pies desnudos que se encontraban a un metro escaso de su nariz. Del tobillo les colgaba una etiqueta en la que se indicaba que iban destinados al incinerador. Levantó la vista y supo que eran sus piernas; estaban allí de pie, amputadas entre la ingle y la rodilla, pero seguían vivas y pateaban. Por un momento creyó que pretendían hacerle daño, pero no. Después de haberle revelado su presencia, lo dejaron allí tendido, contentas de estar libres.
¿Acaso sus ojos no envidiaron su libertad, y su lengua no se sintió ansiosa por abandonar la boca y salir? ¿Acaso cada parte de él, en su forma sutil, no se preparaba para abandonarlo? Era una alianza que se mantenía unida gracias a la más tenue de las treguas. Y ahora que ya se había sentado un precedente, ¿cuánto tardaría en producirse el siguiente levantamiento? ¿Minutos? ¿Años?
Con el corazón en la boca, Boswell esperó la caída del Imperio.