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lunes, 5 de octubre de 2009

LOS SUICIDIOS -- EL GRAN DIOS PAN -- ARTURH MARCHEN

Los Suicidios

Lord Argentine era un gran favorito en la sociedad londinense. A los veinte años había sido un hombre pobre, adornado por el apellido de una ilustre familia, sin embargo, forzado a ganarse el sustento como fuera, y ni el más especulativo de los prestamistas le hubiera confiado 5 peniques sobre la eventualidad de que alguna vez cambiara su nombre por un título y su pobreza por una gran fortuna. Su padre había estado lo suficientemente cerca de la fuente de las cosas buenas como para asegurar a uno de los miembros vivos de la familia, pero el hijo, aún si hubiera tomado los votos, no hubiera obtenido más que eso, además, no tenía vocación para la orden eclasiástia. De esta forma, enfrentó al mundo con una armadura no mejor que la toga de bachiler y el ánimo de un joven nieto del hijo, equipamiento con el cual se las ingeniaba de alguna forma para hacer de esa una batalla bastante tolerable. A los veinticinco el serñor Charles Aubernon era aún un hombre de luchas y contiendas contra el mundo, sin embargo, de los siete que se encontraban antes que él en los lugares más altos de su familia, sólo quedaban tres. Estos tres,aunque "bien vivos", no eran a prueba de la lanza Zulu ni de la fiebre tifoidea, por lo que, una mañana, Aubernon despertó siendo Lord Argentine, un hombre de treinta años que había enfrentado las dificultades de la existencia, y las había conquistado. La situación lo divertía inmensamente, y resolvió que la riqueza sería tan agradable para él como lo había sido siempre la pobreza. Luego de algunas consideraciones, Argentine llegó a la conclusión de que la cena, mirada como una de las bellas artes, era quizá la ocupación más entretenida abierta a la humanidad arruinada, de esta forma, sus cenas se hicieron famosas en Londres, y una invitación para su mesa era algo codiciosamente deseado. Luego de diez años de señoría y cenas, Argentine aún rehusaba a cansarse y siguió disfrutando de la vida , y, como una suerte de infección, era reconocido como causa de alegría para los demás, en suma, como la mejor de las compañías. De este modo, su repentina y trágica muerte causó una extensa y profunda sensación. La gente difícilmente lo creía, aún teniendo el períodico frente a sus ojos y el grito de "Misteriosa muerte de un noble" resonando por las calles. Mas allí estaba el párrafo: "Lord Argentine fue hallado muerto esta mañana por su asistente bajo circunstancias intranquilizantes. Se ha afirmado que no hay duda de que su señoría se habría suicidado, aunque no se ha encontrado un motivo para el acto. El fallecido caballero era ampliamente conocido en sociedad, y muy querido por sus joviales maneras y su regia hospitalidad. Ha sido sucedido por..." etc, etc.
Lentamente los detalles salieron a la luz, pero el caso era aún un misterio. El testigo principal del interrogatorio era el ayudante del difunto, quien afirmó que la noche anterior a la muerte Lord Argentine había cenado con una señora de buena posición, cuyo nombre fue suprimido por los períodicos. Lord Argentine había regresado aproximadamente a las once y había informado a su hombre que no requeriría de sus servicios hasta la mañana siguiente. Un poco más tarde, el sirviente tuvo la oportunidad de pasar por el hall y asombrarse al ver a su amo saliendo tranquilamente por la puerta principal. Se había cambiado la tenida de noche y vestía un abrigo Norfolk, unos bombachos, y un sombrero bajo color marrón. El ayudante no tenía ninguna razón para suponer que Lord Argentine lo había visto, y aunque su amo rara vez se quedaba hasta tarde, jamas pensó en lo que ocurriría a la mañana siguiente al llamar a su puerta un cuarto para las nueve, como era usual. No recibió respuesta, y luego de golpear una o dos veces, entró a la habitación y vio el cuerpo de Lord Argentine inclinado en ángulo desde los pies de la cama. Descubrió que su amo había atado firmemente una cuerda a uno de los postes cortos de la cama, y luego hizo un nudo corredizo y se lo deslizó al redor del cuello, el pobre hombre debe haberse dejado caer resueltamente, para morir lentamente estrangulado. Vestía el delgado traje con el que el sirviente lo había visto salir, y el doctor que fue llamado declaró que la su vida se había extinguido hacía más de cuatro horas. Todos los papeles, cartas, y demases, estaban en perfecto orden, y no se descubrió nada que apuntara remotamente a algún escandalo, fuera grande o pequeño. Hasta aquí llegaba la evidencia; nada más pudo ser descubierto. Varias personas se encontraban presentes en la cena a la que Lord Argentine había asistido, y a todas ellas les pareció que se encontraba de un humor afable, como siempre. Sin embargo, el asistente afirmó que su amo le había parecido algo agitado al llegar a casa, mas la alteracióm era a su manera muy tenue, de hecho, dificilmente perceptible. Buscar más pistas parecía inútil, y la sugerencia de que Lord Argentine había sufrido de un repentino ataque de manía suicida aguda, fue ampliamente aceptado.
Sin embargo, resultó de otra manera, cuando dentro de las tres semanas siguientes, otros tres caballeros, uno de ellos un noble, y dos hombres más de buena posición y abundantes medios, perecieron atrozmente en casi la misma forma. Lord Swanleigh fue encontrado una mañana en su vestidor, colgando de un gancho fijado a la pared, y el señor Collier-Stuart y el señor Herries habían elegido morir como Lord Argentine. Ninguno de los casos tenía explicación; uno cuantos hechos conocidos: un hombre vivo en la tarde y un cadáver con el rostro hinchado y amoratado, en la mañana. La policía se vio obligada a decalrarse impotente para arrestar o explicar los sórdidos asesinaos de Whitechapel; sin embargo, ante los horribles suicidios de Picadilly y Mayfair se encontraban atónitos, porque ni siquiera la sola ferocidad que había servido como explicación de los crímenes del East End, podía servir en el West. Todos estos hombres que habían resuelto morir una muerte tormentosa y vergonzosa eran ricos, prósperos y, según las apariencias, enamorados del mundo, y ni siquiera la investigación más detallada pudo descubrir en alguno de los casos alguna sombra de un motivo latente. Había horror en el ire, y los hombres se miraban unos a otros al encontrarse, cada uno preguntándose si el otro sería la víctima de la quinta tragedia sin nombre. Los periodistas revisaban en vano sus apuntes en busca de material con el cual mezclar artículos anteriores.Y el períodico matutino era abierto en más de algún hogar con un sentimiento de terror; nadie sabía cuándo o dónde atacaría el próximo golpe.
Poco tiempo después del último de estos terribles sucesos, Austin fue a visitar al señor Villiers. Sentía curiosidad por saber si Villiers había tenido éxito en descubrir alguna pista fresca de la señora Herbert, ya fuera a través de Clarke o de otra fuente, y a penas se hubo sentado hizo la pregunta.
-No -dijo Villiers-, le escribí a Clarke pero sigue inexorable, y he tratado por otros canales sin resultados. No he podido saber qué ha sido de Helen Vaughan después de dejar Paul Street, pienso que deber haberse ido al extranjero. Pero para serte franco Austin, no le he prestado mucha atención al tema durante las últimas semanas; conocía íntimamemnte al pobre Herries, y su terrible muerte ha sido un gran golpe para mí, un gran golpe.
-Lo creo -contestó Austin solemnemente-, tú sabes que Argentine era amigo mío. Si recuerdo correctamente, estuvimos hablando de él ese día que viniste a mis habitaciones.
-Sí; era en relación a aquella casa en Ashley Street, la casa de la señora Beaumont. Dijiste algo acerca de Argentine cenando allá.
-De hecho. Seguramente sabrás que fue allí donde Argentine cenó la noche antes... antes de su muerte.
-No, no había escuchado eso.
-Oh, si; el nombre fue excluído de los períodicos para ahorrarle molestias a la señora Beaumont. Argenitne era un gran favorito suyo, y se comentaba que ella se encontraba en un terrible estado.
Una curiosa expresión asomó en el rostro de Villliers; parecía indeciso acerca de hablar o no. Austin comenzó nuevamente.
-Nunca experimenté tal sentimiento de horror como cuando leí el informe de la muerte de Argentine. En el momento no lo comprendí, y tampoco ahora. Lo conocía bien, y mi entendimiento se ve completamente superado al pregutnarme por qué posible causa él -o cualquiera de los otros- podría haber resuelto morir a sangre fría, de aquella espantosa manera. Tú sabes cómo los hombres murmuran sobre cada personaje de Londres, y te aseguro que cualquier escándalo enterrado o esqueleto escondido habría aparecido en un caso como este; pero nada por el estilo ha sucedido. Y respecto a la teoría de manía, bueno, eso está muy bien para la improvisación del forense, pero todos sabemos que es una tontería. La manía suicida no es una pequeña infección.
Austin se hundíó en un oscuro silencio. Villiers también estaba en silencio, observando a su amigo. La expresión de indecisión aún se movía por su rostro; parecía sopesar sus pensamientos en una balanza, y las consideraciones que estaba tomando lo mantenían en silencio. Austin trató de quitarse de encima las memorias de tragedias tan imposibles y confusas como el laberinto de Dédalo, y comenzó a hablar con voz indiferente de sucesos más agradables y de las aventuras de la temporada.
-Esa señora Beaumont -dijo- de la cual hablábamos, es un gran éxito; ha tomado Londres casi por asalto. La conocí la otra noche en Fulham; realmente es una mujer extraordinaria.
-¿Conociste a la señora Beaumont?
-Sí; estaba rodeada por un verdadero séquito. Supongo que podría decirse que es muy atractiva, sin embargo, hay algo en su rostro que no me agradó. Sus rasgos son exquisitos, pero la expresión es extraña. Y durante todo el tiempo que la estuve observando, y luego, cuando me dirigía a casa, tuve la curiosa sensación de que me era familiar, de alguna u otra forma.
-La debes haber visto en la calle.
-No, estoy seguro que nunca había visto a la mujer; eso es lo que lo hace misterioso. Y según creo, nunca he visto a nadie como ella; lo que sentí fue como un recuerdo lejano y velado, vago pero persistente. La única sensación con la que puedo compararlo es ese extraño sentimiento que se tiene a veces en los sueños, cuando las ciudades fantásticas, las tierras maravillosas y los personajes fantasmales nos parecen familiares y habituales.
Villiers asintió y echó un vistazo sin dirección al rededor de la habitación, posiblemente en busca de algo sobre lo que continuar la conversación. Sus ojos se posaron en un antiguo cofre situado debajo de un escudo gótico, parecido en cierta forma a aquél en que el artista había escondido su extraño legado.
-¿Le escribiste al doctor acerca del pobre Meyrick? -preguntó.
-Sí, le escribí pidiéndole todos los pormenores respecto a su enfermedad y su muerte. No espero recibir respuesta durante otras tres semanas o un mes. Pensé que también debería indagar si Meyrick conocía a alguna mujer inglesa apellidada Herbert, y si ese era el caso, si el doctor podía entregarme información sobre ella. Sin embargo, es muy posible que Meyrick se halla encontrado con ella en Nueva York, o México, o San Franciasco. No tengo idea del alcance o dirección de sus viajes.
-Sí, y es muy posible que esta mujer tenga más de un nombre.
-Exactamente. Hubiera deseado pensar en pedirte el retrato de ella que posees. Podría haberlo incluido en mi carta al doctor Matthews.
-Podrías haberlo hecho; nunca se me había ocurrido. Debemos enviarlo ahora.¡Escucha! ¿Qué están gritando esos niños?
Mientras los dos hombres conversaban, un ruido confuso de gritos había aumentado gradualmente en intesidad. El ruido se elevaba desde la parte este y cobraba fuerzas en Picadilly, acercándose más y más, como un torrente de sonido; agitando las calles usualmente tranquilas, y haciendo de cada ventana el marco para una cara, curiosa o excitada. Los gritos y las voces reverberaban a lo largo de la silenciosa calle donde vivía Villiers, haciéndose más claras a medida que avanzaban, y mientras Villiers hablaba, la respuesta subió desde la acera:
"¡Los Horrores del West End; otro espantoso suicidio; informe completo!"
Austin se se precipitó escaleras abajo y compró un periódico, y le leyó a Villiers, mientras el alboroto en la calle se elevaba y decaía. La ventana estaba abierta y el aire parecía estar lleno de ruido y terror.
"Otro caballero ha caído víctima de la terrible epidemia de suicidios que, durante el último mes, ha prevalicido en West End. El señor Sydney Crashaw, de Stoke House, Fulhan y King's Pomeroy, Devon, fue hallado muerto a la una de esta tarde, luego de una prolongada búsqueda, colgado a la rama de un árbol en su jardín. El difunto caballero cenó anoche en el Club Carlton y su salud y humor se veían como siempre. Abandonó el club cerca de las diez y, algo más tarde fue visto caminando sin prisa por St. James Street. Luego de esto, se le pierde el rastro a sus movimientos. Apenas encontrado el cuerpo se llamó al médico, pero era evidente que la vida se había extinguido hace tiempo. Hasta donde se sabe, el señor Crashaw no tenía ningún tipo de problema o ansiedad. Este doloroso suicidio, como se recordará, es el quinto de su clase en el último mes. Las autoridades de Scotland Yard son incapaces de sugerir alguna explicación para estos terribles sucesos."
Austin dejó el periódico con un mudo horror.
-Dejaré Londres mañana -declaró-, esta es una ciudad de pesadilla. ¡Qué espantoso es esto, Villiers!
El señor Villiers estaba sentado junto a la ventana, tranquilamente mirando a la calle. Había escuchado atentamente al informe del períodico, y la huella de indecisión había desaparecido de su rostro.
-Espera, Austin -replicó- he decidido mencionarte un asunto que sucedió anoche. ¿Creo que se afirmaba que Crashaw había sido visto con vida en St. James Street, poco después de las diez?
-Sí, eso creo. Miraré nuevamente. Si, estás en lo cierto.
-Correcto. Entonces, me encuentro en la posición de contradecir completamente el relato. Crashaw fue visto después de eso; de hecho, considerablemente más tarde.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque por casualidad vi a Crashaw, cerca de las dos de esta madrugada.
-¿Viste a Crashaw? ¿Tú, Villiers?
-Sí, lo vi claramente, de hecho, nos separaban tan sólo unos pocos pasos.
-¿Dónde, en nombre del cielo, lo viste?
-No lejos de aquí. Lo ví en Ashley Street. Precisamente cuando salía de una casa.
-¿Reconociste cuál era la casa?
-Sí. Era la de la señora Beaumont.
-¡Villiers! Piensa en lo que estás diciendo; debe haber algún error. ¿Cómo podría Crashaw haber estado en casa de la señora Beaumont a las dos de la mañana? Seguro, seguro debes haber estado soñando, Villiers; siempre has sido algo fantaseoso.
-No; estaba completamente despierto.Incluso si hubiera estado soñando, como tú dices, lo que ví me hubiera despertado efectivamente.
-¿Lo que viste? ¿Qué viste? ¿Había algo extraño en Crashaw? Pero no lo puedo creer, es imposible.
-Bueno, si lo deseas te contaré lo que vi, o si te place, lo que creo haber visto. Puedes juzgar por tí mismo.
-Muy bien, Villiers.
El ruido y el clamor de la calle se habían extinguido, aunque algunos sonidos de gritos aún llegaban repentinamente desde la distancia, y el apagado y pesado silencio se parecía a la calma que sigue al terremoto o a la tormenta. Villiers dio la espalda a la ventana y comenzó a hablar.
-Anoche yo estaba en una casa cerca de Regent's Park y al dejarla, me asaltó la idea de caminar a casa en vez de tomar un cabriolé. Era una noche lo suficientemente clara y agradable, y luego de unos minutos ya tenía las calles para mí solo. Es curioso, Austin, estar solo en Londres de noche, las lámparas alargándose en perspectiva, y el silencio sin vida, y quizá de repente, la acometida y estruendo de un coche sobre las piedras y los cascos de los caballos echando chispas. Caminaba vigorosamenete pues me sentía algo cansado de estar fuera en la noche, y cuando los relojes daban las dos, doblé por Ashley Street, la que, como sabes, está en mi camino. Estaba más tranquila que nunca y eran pocas las lámparas; en resumen, lucía tan oscura y tenebrosa como un bosque en invierno. Había recorrido casi la mitad de la calle cuando oí el sonido de una puerta cerrándose suavemente y, como es natural, miré para ver quién andaba allí como yo, a tales horas. Por casualidad hay una lámpara cerca de la casa en cuestión y vi a un hombre en el portal. Recién había cerrado la puerta y su cara estaba hacia mí, inmediatamente reconocí a Crashaw. Nunca lo conocí tanto como para hablarle, sin embargo, lo había visto frecuentemente, por lo que estoy seguro que no confundí a mi hombre. Le miré a la cara por un momento, y entonces -debo decir la verdad- emprendí una buena carrera y seguí corriendo hasta que estaba en mi propia puerta.
-¿Por qué?
-¿Por qué? Porque verle la cara a ese hombre me congeló la sangre. Nunca habría imaginado que una combinación de pasiones como aquella podría haber fulgurado en los ojos de ningún hombre. Casi me desmayé al mirar. Sabía que había atisbado en los ojos de un alma perdida, Austin. El exterior de ese hombre permanecía, pero todo el infierno estaba detro de él. Una lasciva furiosa y un odio que era como el fuego, más la pérdida de toda esperanza y la completa oscuridad de la desesperación parecían dar alaridos a la noche, aunque su boca estaba cerrada. Estoy seguro que no me vio; no veía nada de lo que tú o yo podemos ver, sin embargo, lo que prensenciaba espero que jamás lo veamos. No sé cuándo murió; supongo que dentro de una hora, o quizá dos, pero cuando pasé por Ashley Street y oí la puerta cerrándose, el hombre ya no pertenecía a este mundo. Lo que ví fue la cara de un demonio.
Hubo un intervalo de silencio en la habitación cuando Villiers terminó de hablar. La luz estaba menguando y todo el tumulto de una hora atrás se había acallado por completo. Austin había inclinado su cabeza al final del relato, y las manos cubrian sus ojos.
-¿Qué puede significar todo esto? -dijo finalmente.
-Quién sabe, Austin, quién sabe. Este es un asunto oscuro, pero creo que será mejor que quede entre nosotros por ahora, sea como sea. Veré si puedo saber algo acerca de esa casa a través de algunos canales privados de información, y si me encuentro con algo, te lo haré saber.

LA CASA DEL PASADO

ALGERNON BLACKWOOD
LA CASA DEL PASADO


Una noche una Visión vino a mí, trayendo con ella una antigua y herrumbrosa
llave. Me llevó a través de campos y senderos de dulce aroma, donde los setos
ya susurraban en la oscuridad primaveral, hasta que llegamos a una inmesa y
sombría casa, de ventanas conspicuas y tejado elevado, medio escondido en las
sombras de la madrugada. Advertí que las persianas eran de un pesado negro y
que la casa parecía revestida por una tranquilidad absoluta.
-Ésta -susurró ella en mi oído-, es la Casa del Pasado. Ven conmigo y
recorreremos algunas de sus habitaciones y pasadizos; pero apresúrate, pues no
tendré la llave por mucho tiempo y la noche ya casi se acaba. Aún así, por
ventura, ¡debes recordar!
La llave produjo un espantoso ruido cuando giró en la cerradura, y cuando la
puerta estuvo abierta a un vestíbulo vacío y hubimos entrado, escuché los
sonidos de murmullos y llantos, y el roce de telas, como de gente moviéndose
en sueños, a punto de despertar. Entonces, instantáneamente, un espíritu de
gran tristeza vino a mí, empapando mi alma; mis ojos comenzaron a arder y
picar y en mi corazón advertí una extraña sensación, como si algo que había
dormido por años se desenrollara. Todo mi ser, incapaz de resistir, se rindió
inmediatamente al espíritu de la melancolía más profunda, y el dolor de mi
corazón, mientras las Cosas se movían y despertaban, por un momento se hizo
demasiado fuerte para expresarlo en palabras....
Mientras avanzábamos, las débiles voces y sollozos escaparon delante nuestro
hacia el interior de la Casa, y me di cuenta que el aire estaba lleno de manos
suspendidas, de vestimentas oscilantes, de trenzas colgantes, y de ojos tan
tristes y nostálgicos, que las lágrimas -que ya casi desboradaban de los míos-, se
retenían por milagro ante la contemplación de tan intolerable anhelo.
-No permitas que esta tristeza te aplaste-susurró la Visión a mi lado-. No
despiertan frecuentemente. Duermen por años y años y años. Los cuartos están
todos ocupados y a no ser que lleguen visitantes como nosotros a perturbarlos,
jamás despertarían por propio acuerdo. Pero cuando uno se agita, el sueño de
los otros también se ve perturbado, y también despiertan, hasta que el
movimiento es comunicado de una habitación a otra y así finalmente, a través
de toda la Casa... Pero, a veces, la tristeza es demasiado grande como para
soportarla, y la mente se debilita. Por esta razón, la Memoria les entrega el
sueño más dulce y profundo que posee y cuida de usar poco esta pequeña y
herrumbrosa llave. Pero, escucha ahora -agregó ella, tomándome la mano- ¿no
oyes acaso, el temblor del aire a través de toda la Casa, que se asemeja al
murmullo de agua cayendo? ¿Y quizá ahora tú..........recuerdas?
Aún antes de que ella hablara, yo ya había captado débilmente el inicio de un
nuevo sonido; y ahora, en lo profundo de los sótanos bajo nuestros pies, y
también desde las regiones superiores de la gran Casa, me llegaba el murmullo,
y el crujido y el movimiento ligero y contenido de las Sombras durmientes. Se
elevaba como una cuerda tañida suavemente de entre las inmensas e invisibles
cuerdas pulsadas en algún lugar de las bases de la Casa, y su vibración corría
suavemente por sus paredes y techos. Y supe que había escuchado el lento
despertar de los Espíritus del Pasado.
¡Ay de mí!, con qué terrible invasión de amargura me sostenía allí, con los ojos
inundados, escuchando las tenues voces muertas hace mucho tiempo atrás...
Porque de hecho, toda la Casa estaba despertando; y en ese momento llegó
hasta mi nariz el sutil y penetrante perfume del tiempo: de cartas, por largo
tiempo conservadas, con la tinta borrosa y las cintas desteñidas; de olorosas
trenzas, doradas y castañas, guardadas, ¡oh, tan tiernamente!, entre las flores
prensadas que aún conservaban la profunda delicadeza de su olvidada
fragancia; la aromática presencia de memorias perdidas, el intoxicante incienso
del pasado. Mis ojos se inundaron, mi corazón se contrajo y expandió, mientras
me rendía sin reserva a esas antiguas influencias de sonidos y aromas. Estos
Espíritus del Pasado -olvidados en el tumulto de memorias más recientes- se
apretaban alrededor mío, tomaron mis manos en las suyas y, siempre
susurrando lo que yo hace tiempo había olvidado, siempre suspirando,
exhalando de sus cabellos y vestiduras los aromas inefables de las épocas
muertas, me guiaron a través de la inmensa Casa, de cuarto en cuarto, de piso
en piso.
Pero no todos los Espíritus me eran igualmente claros. De hecho, algunos
tenían sólo la más débil vida, y me agitaban tan poco que sólo dejaban una
impresión indistinta y borrosa en el aire; mientras que otros me observaban casi
con reproche con sus apagados y desteñidos ojos, como anhelando retornar a
mis recuerdos; y entonces, al ver que no eran reconocidos regresaban flotando
suavemente hacia las sombras de sus habitaciones, para volver a dormir
imperturbados hasta el Día Final, cuando no fallaré en reconocerlos.
-Muchos de ellos han dormido por tanto tiempo -dijo la Visión a mi lado- que
despiertan sólo a duras penas. Sin embargo, una vez despiertos te reconocen y
recuerdan, aunque tú no logres hacerlo. Pues es la regla de la Casa del Pasado
que, mientras tú no los evoques claramente, no recuerdes precisamente cuándo
los conociste y con qué causas particulares de tu evolución pasada están
asociados, no podrán mantenerse despiertos. A menos que los recuerdes
cuando vuestros ojos se encuentren, a menos que su mirada de reconocimiento
les sea devuelta por la tuya, están obligados a regresar a su sueño, silenciosa y
desconsoladamente -sus manos sin estrechar, sus voces sin ser oídas-, para
soñar un sueño inmortal y paciente, hasta que...
En ese instante, sus palabras se extinguieron repentinamente en la distancia y
tomé conciencia de un abrumandor sentimiento de deleite y alegría. Algo me
había tocado los labios, y un fuego poderoso y dulce se precipitó hacia mi
corazón y envió la sangre tumultuosamente por mis venas. Mi pulso latía
locamente, mi piel resplandecía, mis ojos se enternecieron, y la terrible tristeza
del lugar fue instantáneamente disipada, como por arte de magia. Volviéndome
con una exclamación de júbilo, que de inmediato fue tragada por el coro de
sollozos y suspiros que me rodeaban, observé...e instintivamente adelanté mis
brazos en un rapto de felicidad hacia...hacia la vision de un Rostro...cabello,
labios, ojos; una tela dorada rodeaba el hermoso cuello, y el antiguo, antiguo
perfume del Este -¡por las estrellas, cuánto hace de ello!- estaba en su aliento.
Sus labios nuevamente estaban en los míos; su cabello sobre mis ojos; sus
brazos alrededor de mi cuello, y el amor de su antigua alma vertiéndose en la
mía a través de unos ojos todavía fulgurantes y claros. Oh, el feroz tumulto, la
maravilla inenarrable, ¡si sólo pudiese recordar!....Aquel aroma, sutil y
disipador de brumas, de muchas eras atrás, una vez tan familiar...antes de que
las Colinas de la Atlántida estuvieran sobre el mar azul, o que las arenas
comenzaran a formar el lecho de la esfinge. Pero, un momento; ya regresa;
comienzo a recordar. Cortina tras cortina se levantan de mi alma, y casi puedo
ver más allá. Pero el espantoso elástico de los años, horrible y siniestro, milenio
tras milenio..... Mi corazón se estremece, y tengo miedo. Otra cortina se eleva y
otra perspectiva, que va más allá que las otras, se hace visible, interminable,
corriendo hacia un punto rodeado de gruesas brumas. ¡Y he aquí, que ellas
también se mueven!, elevándose, iluminándose. Finalmente veré… ya comienzo
a recordar… la piel morena... la gracia Oriental, los maravillosos ojos que
contenían el conocimiento de Buda y la sabiduría de Cristo, aún antes que
aquéllos hubieran soñado con alcanzarla. Como un sueño dentro de un sueño,
me cautiva nuevamente, tomando una apremiante posesión de todo mi ser... la
forma esbelta... las estrellas en aquel mágico cielo Oriental... los susurrantes
vientos entre las palmeras... el murmullo del río y la música de los setos al
inclinarse y suspirar en la dorada superficie de arena. Hace miles de años, hace
evos de distancia. Se difumina un poco y comienza a pasar; luego parece surgir
nuevamente. ¡Ay de mi!, aquella sonrisa de dientes resplandecientes... aquellos
párpados de venas de encaje. Oh, quién me ayudará a recordar, pues se
encuentra demasiado lejos, demasiado oscuro, y yo no puedo recordarlo
completamente; aunque mis labios aún se estremecen, y mis brazos se
encuentran aún extendidos, nuevamente comienza a desvanecerse. Ya hay una
mirada de tristeza, demasiado profunda para expresar con palabras, al darse
cuenta que no es reconocida.... ella, cuya mera presencia pudo una vez
extinguir para mí el universo entero... y ella se devuelve, lentamente,
tristemente, silenciosamente a su oscuro e inmenso sueño, para soñar y soñar
con el día en que la recordaré y que vendrá a donde pertenece...
Me observa desde el final de la habitación, donde las Sombras comienzan a
cubrirla y a ganarla de vuelta con sus brazos estirados hacia su sueño de siglos
en la Casa del Pasado.
Estremeciéndome entero, con el extraño perfume aún en mi nariz y el fuego en
mi corazón, me di la vuelta y seguí a mi Sueño por una amplia escalera, hacia
otra parte de la Casa. Al entrar en los corredores superiores oí al viento pasar
cantando sobre el tejado. Su música tomó posesión de mí hasta que sentí como
si todo mi cuerpo fuera un solo corazón, doliente, tenso, palpitante, como si
fuera a quebrarse; y todo porque escuché al viento cantar al rededor de la Casa
del Pasado.
-Recuerda -murmuró la Visión, respondiendo a mi inexpresada pregunta- que
estás escuchando la canción que ha cantado por incontables siglos y para
miríadas de incontables oídos. Se remonta asombrosamente lejos; y en ese
simple salmo, profundo en su terrible monotonía, se encuentran las
asociaciones y los recuerdos de las alegrías, penas y luchas de toda tu existencia
previa. El viento, como el mar, le habla a la memoria mas íntima-agregó- y es
por eso que su voz es de tal tristeza, profundamente espiritual. Es la canción de
las cosas por siempre incompletas, inaconclusas, insatisfechas.
Mientras pasábamos por las abovedadas habitaciones, advertí que nadie se
agitaba. Realmente no había ningún sonido, sólo una impresión general de una
respiración profunda y colectiva, como el vaivén de un mar amortiguado. Mas
los cuartos, lo supe inmediatamente, estaban llenos hasta las paredes, repletos,
fila tras fila... Y, desde los pisos inferiores, a veces se elevaba el murmullo de las
Sombras llorosas al retornar a su sueño, instalándose nuevamente en el silencio,
la oscuridad y el polvo. El polvo....oh, el polvo que flotaba en esta Casa del
Pasado, tan denso, tan penetrante; tan fino que llenaba los ojos y la garganta sin
dolor; tan fragante, que aliviaba los sentidos y tranquilzaba el corazón; tan
suave, que resecaba la boca, sin molestar; y cayendo tan silenciosamente,
acumulándose, posándose sobre todo, que el aire lo sostenía como una fina
bruma y las sombras durmientes lo usaban como mortajas.
-Y éstas son las más antiguas -dijo mi Sueño- las dormidas hace más tiempoapuntando
hacia las filas repletas de silenciosos durmientes-. Nadie aquí ha
despertado por siglos, demasiados para contarlos; y aún si despertaran no
podrías reconocerlos. Ellos son, como los otros, todos tuyos, sólo que son los
recuerdos de tus etapas más tempranas a lo largo de el gran Camino de
Evolución. Algún día, sin embargo, despertarán, y deberás reconocerlos y
contestar sus preguntas, pues ellos no pueden morir hasta no agotarse a sí
mismos a través de tí, quien les dio la vida.
-¡Ay de mí! -pensé, escuchando y entendiendo a medias estas palabrascuántas
madres, padres, hermanos pueden entonces estar dormidos en este
cuarto; cuántos fieles amantes, cuántos amigos de verdad, ¡cuántos antiguos
enemigos! Y pensar que un día se levantarán y me confrontarán, y yo deberé
encontrarme con sus ojos nuevamente, reclamarles, conocerlos, perdonarlos, y
ser perdonado.... los recuerdos de todo mi Pasado...
Me volteé para hablarle al Sueño a mi lado, y toda la Casa se disolvió en el
brillo del cielo oriental, y escuché.