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miércoles, 30 de junio de 2010

NO HAY CAMINO AL PARAÍSO -- CHARLES BUKOWSKI

No hay camino al paraíso de Charles Bukowski

NO HAY CAMINO AL PARAÍSO

CHARLES BUKOWSKI

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Yo estaba sentado en un bar de Western Avenue. Era alrededor de medianoche y me
encontraba en mi habitual estado de confusión. Quiero decir, bueno, ya sabes,
nada funciona bien: las mujeres, el trabajo, el ocio el tiempo, los perros...
Finalmente sólo puedes ir y sentarte atontado, totalmente noqueado, y esperar;
como si estuvieses en una parada de autobús aguardando la muerte.
Bueno, pues yo estaba allí sentado y aquí entra una con el pelo largo y moreno,
un bello cuerpo y tristes ojos marrones. Yo no dí la vuelta para mirarla, seguí
con mi vaso. La ignoré incluso cuando vino y se sentó a mi lado a pesar de que
todos los demás asientos estaban acíos. De hecho, éramos las únicas personas que
había en el bar sin contar al encargado. Pidió un vino seco. Entonces me
preguntó lo que estaba bebiendo.
—Escocés con agua —contesté
—Y sírvale al señor un escocés con agua —le dijo al barman.
Bueno, esto no era muy normal.
Abrió su bolso, cogió una pequeña jaula, sacó de ella unos hombrecitos y los
puso sobre la barra. Tenían alrededor de diez centímetros de altura, estaban
apropiadamente vestidos y parecían tener vida. Eran cuatro: dos mujeres y dos
hombres.
—Ahora los hacen así —dijo ella—. Son muy caros. Me costaron cerca de 2000
dólares cada uno cuando los compré. Ahora ya valen cerca de 2400. No conozco el
proceso de fabricación pero probablemente sea ilegal.
Estaban paseando sobre la barra. De repente, uno de los hombrecitos abofeteó a
una de las pequeñas mujeres.
—¡Tú, perra! —dijo—. No quiero saber nada más de ti.
—¡No, George, no puedes hacerme esto! —gritaba ella llorando—. ¡Yo te amo! ¡Me
mataré! ¡Te necesito!
—No me importa —dijo el hombrecito, y sacó un minúsculo cigarrillo,
encendiéndolo con gesto altivo—. Tengo derecho a hacer lo que se me dé la gana.
—Si tú no la quieres —dijo el otro hombrecito —yo me quedo con ella, yo la amo.
—Pero yo no te quiero a ti, Marty. Yo estoy enamorada de George.
—Pero él es un cabrón, Anna, un verdadero cabronazo.
—Lo sé, pero le amo de todos modos.
Entonces el pequeño cabrón se fue hacia la otra mujercita y la besó.
—Creo que se me está formando un triángulo —dijo la señorita que me había
invitado al whisky–. Te los presentaré. Ese es Marty, y George, y Anna y Ruthie.
George va de bajada, se lo hace bien. Marty es una especie de cabeza cuadrada.
—¿No es triste mirar todo esto? Eh... ¿Cómo te llamas?
—Dawn. Un nombre horrible, pero eso es lo que a veces les hacen las madres a sus
hijos.
—Yo soy Hank. ¿Pero no es triste...?
—No, no es triste mirar todo esto. Yo no he tenido mucha suerte con mis propios
amores, una suerte horrible, a decir verdad.
—Todos tenemos una suerte horrible.
—Supongo que sí. De todos modos, me compré estos hombrecitos y ahora me
entretengo en mirarlos, es como no tener ninguno de los problemas, pero tenerlo
todo presente. Lo malo es que me pongo terriblemente caliente cuando empiezan a
hacer el amor. Es la parte más difícil para mí.
—¿Son sexys?
—¡Muy, muy sexys. Dios, me ponen de verdad caliente!
—¿Por qué no los pones a que lo hagan? Quiero decir, ahora mismo.
Podremos mirarlos juntos.
—Oh, no se pueden manejar, tienen que ponerse a hacerlo por su cuenta.
—¿Y lo hacen a menudo?
—Oh, son bastante buenos. Lo hacen cerca de cuatro o cinco veces por semana.
Mientras tanto, ellos paseaban por la barra.
—Escucha —decía Marty—, dame una oportunidad. Sólo dame una oportunidad, Anna...
—No —decía la pequeña Anna—, mi amor pertenece a George. No puede ser de otra
manera.
George estaba besando a Ruthie, acariciando sus pechos. Ruthie estaba empezando
a calentarse.
—Ruthie está empezando a calentarse —le dije a Dawn.
—Sí que lo está. Está empezando de verdad.
Yo también me estaba poniendo cachondo. Abracé a Dawn y la besé.
—Mira —dijo ella—, no me gusta que hagan el amor en público. Me los voy a llevar
a casa y que lo hagan allí.
—Pero entonces no podré verlo.
—Bueno, sólo tienes que venir conmigo y podrás.
—De acuerdo —dije— vámonos.
Acabé mi bebida y salimos juntos. Ella llevaba a los hombrecitos metidos en la
jaula. Subimos al coche y los pusimos entre nosotros en el asiento delantero.
Miré a Dawn. Era realmente joven y bella. Parecía también inteligente. ¿Cómo
podía haber fracasado con los hombres? Bueno, había tantos modos de fracasar
unas relaciones... Los hombrecitos le habían costado 8000 dólares. Todo eso sólo
para alejarse de las relaciones sexuales sin alejarse de ellas. Su casa estaba
cerca de las colinas, un sitio agradable. Salimos del coche y fuimos hacia la
puerta. Yo llevaba a la gentecilla en la jaula mientras Dawn abría la puerta.
—Estuve oyendo a Randy Newman la semana pasada en el Trobador. ¿Verdad que es
grande? —me preguntó.
—Sí que lo es —contesté.
Entramos y Dawn abrió la jaula y los sacó y los puso sobre la mesita de café.
Entonces se metió en la cocina y abrió el refrigerador y sacó una botella de
vino. La trajo en compañía de dos copas.
—Perdona —dijo— pero pareces un poco chiflado. ¿En qué trabajas?
—Soy escritor.
—¿Y vas a escribir algo acerca de esto?
—Nunca se lo creerá nadie, pero lo escribiré.
—Mira —dijo Dawn —George le ha quitado las bragas a Ruthie. Le está metiendo el
dedo. ¿Un poco de hielo?
—Sí, ya lo veo. No, no quiero hielo. El tío va bien derecho.
—No sé —dijo Dawn—, pero de verdad que me pone cachonda el mirarlos. Quizás es
porque son tan pequeños. Realmente me calientan.
—Entiendo lo que quieres decir.
—Mira, George la está tumbando, se lo va a hacer.
—Sí, allá van.
—¡Míralos!
—¡Dios o la puta!
Abracé a Dawn. Coimenzamos a besarnos. Cuando parábamos, sus ojos pasaban de
mirarme a mí a mirar a los hombrecitos fornicando, y luego volvía a mirarme de
nuevo a los ojos. Yo seguía siempre su mirada.
El pequeño Marty y la pequeña Anna también estaban mirando.
—Mira —decía Marty—, ellos lo están haciendo. Nosotros deberíamos hacerlo
también. Incluso las personas grandes van a hacerlo. ¡Míralos!
—¿Oíste eso? —le pregunté a Dawn—. Ellos dicen que vamos a hacerlo, ¿es verdad
eso?
—Espero que sea verdad —dijo Dawn.
La tumbé sobre el sofá y le subí la falda por encima de los muslos. La besé a lo
largo del cuello.
—Te amo —dije.
—¿De verdad? ¿De verdad?
—Sí, de alguna manera, sí...
—De acuerdo —dijo la pequeña Anna al pequeño Marty— podemos hacerlo nosotros
también, pero que quede claro que yo no te quiero.
Se abrazaron en medio de la mesita de café. Yo le había quitado ya a Dawn las
bragas. Dawn gemía. La pequeña Ruthie gemía. Marty se la metió por fin a la
pequeña Anna. Estaba pasando en todas partes. Me pareció como si toda la gente
del mundo estuviese haciéndolo. Entonces me olvidé de toda la otra gente del
mundo. Nos fuimos al dormitorio y allí se la metí a Dawn en una larga y
tranquila cabalgada...
Cuando ella salió del baño yo estaba leyendo una estúpida historia en el
Playboy.
—Estuvo tan bien —dijo.
—Fue un placer —contesté.
Se volvió a meter en la cama conmigo. Dejé la revista.
—¿Crees que nos lo podemos hacer juntos? —me preguntó.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que si tú crees que podemos seguir así, juntos, durante algún
tiempo.
—No sé. Las cosas ocurren. El principio siempre es lo más fácil.
Entonces escuchamos un grito proveniente de la salita. «Oh oh», dijo Dawn. Se
levantó y salió corriendo de la habitación. Yo la seguí.
Cuando llegué, ella estaba sosteniendo a George en sus manos.
—¡Oh, Dios mío!
—Qué ha pasado?
—Anna se lo hizo.
—¿Qué le hizo?
—¡Le cortó las pelotas! ¡George es un eunuco!
—¡Uau!
—¡Tráeme algo de papel higiénico, rápido! ¡Se está desangrando!
—Ese hijo de puta —decía la pequeña Anna desde la mesita de café —si yo no puedo
tener a George, nadie lo tendrá.
—¡Ahora las dos me pertenecéis! —dijo Marty.
—Ah no, tienes que elegir una de nosotras —dijo Anna.
—¿A cuál prefieres? —preguntó Ruthie.
—Yo os amo a las dos. dijo Marty.
—Ha parado de sangrar —dijo Dawn —se está quedando frío.
Envolvió a George en un pañuelo y lo puso sobre el mantel.
—Quiero decir —dijo Dawn —que si tú crees que lo nuestro no va a funcionar, no
quiero seguir por más tiempo.
—Creo que te amo, Dawn —dije.
—Mira —dijo ella—. ¡Marty está abrazando a Ruthie!
—¿Crees que van a hacerlo?
—No sé. Parecen excitados.
Dawn cogió a Anna y la metió en la pequeña jaula.
—¡Dejadme salir! ¡Los mataré a los dos! ¡Dejadme salir! —gritaba.
George gimió desde el interior del pañuelo sobre el mantel. Marty le había
quitado las bragas a Ruthie. Yo me atraje a Dawn. Era joven, bella e
inteligente. Podía volver a estar enamorado. Era posible. Nos besamos. Me
sumergí en sus grandes ojos marrones. Entonces me levanté y eché a correr. Sabía
donde estaba. Una cucaracha y un águila hacían el amor. El tiempo era un bobo
con un banjo. Seguía corriendo. Su larga cabellera me caía por la cara.
—¡Mataré a todo el mundo! —gritaba la pequeña Anna. Se agitaba sacudiendo su
jaula de alambre a las tres de la madrugada.

USURPACIÓN DE DERECHOS DE AUTOR

USURPACIÓN DE DERECHOS DE AUTOR

David F. Bischoff

-

- No lo sé, Jim - dijo Keith, contemplando el disco flexible -. Tengo la sensación de que no está bien. Es como si fuera un robo.

- ¿Eh? - Jim tomó un sorbo de cerveza y dejó la lata junto a su Atari 800. Junto al CPU se veía la unidad de disco con su interior al descubierto y el revestimiento a un lado, como el caparazón de una tortuga disecada. Jim eructó y efectuó un pequeño ajuste en un tornillo de las entrañas del chisme.

- Comprados al por menor, estos programas tal vez valgan trescientos o cuatrocientos dólares. ¿Vale la pena desprenderse de ese dinero cuando se pueden conseguir gratis?

Keith examinó el disco. Parecía un disco de 45 r.p.m. barato, metido en una funda de cartulina; sólo que en vez de música estaba lleno de lenguaje de máquina registradora. En el lado derecho había una muesca, evidentemente de origen. A la izquierda, debajo de una insignia que representaba un elefante, había una muesca más chapucera y reciente.

- ¿A qué viene esta otra muesca, Jim?

- Para que se pueda usar el otro lado - explicó Jim -. Basta con que lo coloques y lo pongas en marcha y funcionará con normalidad. - El corpulento personaje cogió un disco, lo metió en la ranura e hizo funcionar el 800 -. Un cronómetro - explicó a Keith -. Desde que metí este tablero copiador ahí dentro, se ha portado de un modo un poco extraño.

Volvió su atención hacia el monitor. Los números de la pantalla cambiaban de vez en cuando.

Jim era el mentor de Keith en materia de ordenadores. Se habían conocido durante unas partidas mensuales de póker en las cuales, y dado lo poco elevado de las apuestas, Jim dispuso de mucho tiempo para charlar sobre su ordenador personal. Y aunque era sarcástico, Jim siempre se mostraba amistoso, y Keith sintió que podía confiar en él. Jim tenía una sólida confianza en sí mismo.

Hacía sólo un mes que, entre apuestas y puñados de palomitas de maíz, había dicho:

- Mira, el otro día leí en el periódico que los 800 habían bajado a doscientos dólares por aparato. ¡Doscientos! ¡Y yo pagué ocho! Y con una memoria de 48K. ¡Qué mundo éste! - echó un trago de cerveza y una mirada a los naipes que acababa de recibir -. Keith, deberías ir a comprar uno cuanto antes. Se te acabaría el salir de noche a ligar. Y yo te echaría una mano.

Keith pensó: «¿Por qué no? Puedo probarlo. ¿Quién sabe? Podría llegar a ser un genio de la programación y ganar mucho más dinero del que gano ahora, enseñando en la universidad del condado.»

Y así, Keith acudió a la tienda más próxima y compró un Atari más la unidad de disco, mucho más cara... («Las cintas son tan lentas que tienes tiempo hasta de echarte una siesta mientras esperas a que se traguen el programa», le había dicho Jim.)

Uno de los compañeros de Keith había adquirido un TRS-80, había aprendido a programar y ahora era un fanático del trabajo. «¡Amigo, a veces programar es mejor incluso que practicar el sexo!», había sido la conclusión de Robert. «¡Es fascinante!»

Así que mientras Keith rondaba por los bares e invitaba a las mujeres a bebidas caras, pensaba en su compañero Robert, que estaba tecleando en su máquina, urdiendo intrincados conjuros de algoritmos y disfrutando de una amante que nunca se quejaba.

Keith se tomó lo de la máquina con mucha menos seriedad; no le había costado demasiado dinero, era divertido practicar juegos como PacMan y Pilotos del Espacio e incluso había empezado a aprender BASIC.

Entonces Jim le llamó, invitándole a su casa para enseñarle algunas cosas.

Y allí estaba, con tres discos en la mano cuyos anversos y reversos estaban llenos de programas pirateados. Aquello le había puesto muy nervioso.

Lo único que había robado en su vida había sido una revista en una librería. Y después, cuando la hubo leído, volvió al local y, disimuladamente, la devolvió.

- ¡No seas tonto, muchacho! - insistió Jim -. Quédatelos. No son más que juegos. La próxima semana creo que podré pasarte un par de programas de tratamiento de textos. Y quizás incluso un Extracalc.

Keith se sintió nervioso mientras conducía el coche hacia casa. Pero después razonó. ¿Qué podía ocurrir? ¿Iba a seguirle el rastro el FBI sólo porque había aceptado unos programas copiados? ¡No, claro que no!

Dentro de su mal amueblada sala de estar, salpicada de libros, manuscritos y ejemplares atrasados de The New Yorker desparramados por el suelo, dejó los discos a un lado y fue al refrigerador a buscar un refresco. Después de abrir la botella y echar un trago, se dejó caer en su silla y probó el primer disco.

SACA EL CARTUCHO DE BASIC, ATONTADO, decía la pantalla. ESTO ESTÁ EN LENGUAJE DE MAQUINA.

Oh.

Después se echó a reír. Aquel Jim podía ser un verdadero bromista.

Abrió la cubierta del 800, sacó el cartucho etiquetado ATARI BASIC y volvió a meter el disco.

¡LA CAJA DE JUEGOS!, proclamó la parte alta de la pantalla.

Después salió la lista del contenido.

LOS INVASORES LOS MONSTRUOS MÁGICOS

PARTIDO DE CRICKET EL TRAGÓN

LA MISIÓN EL LABERINTO

Eligió EL TRAGÓN, que resultó ser una divertida imitación de PacMan. Al cabo de unos minutos, sin embargo, ya estaba aburrido. Seleccionó otro juego.

¡Los monstruos mágicos! ¿Por qué no? ¡El título sugería un buen juego de fantasía!

Tan pronto como se oyeron las señales de que el programa había sido asimilado, la pantalla se puso completamente blanca. Poco a poco, una sustancia de color rojo sangre comenzó a gotear desde la parte superior, formando unas letras horripilantes: LOS MONSTRUOS MÁGICOS.

Rodeadas de telarañas y cuajarones. «¡Qué maravilla de imágenes!», pensó Keith.

Por el altavoz brotó una música fantasmagórica: unos cuantos acordes de órgano, un suave gemido coral, un fantasmagórico temblor de cortinajes agitados por el viento, el tintineo de un candelabro. ¡Unos sonidos increíbles!

Jim le había dicho que parte de aquel material no estaba todavía en el mercado. «¿De dónde diablos lo habría sacado?», se preguntó Keith. Jim sólo sabía que era un programa de gran calidad, y se alegraba de haber tenido que ver en ello.

¡Seguro! Keith se había sentido de pronto tan feliz que se había tragado los escrúpulos y había aceptado los discos. Aquel juego probablemente estaría a la venta por cuarenta dólares en las tiendas.

Con un estertor y un jadeo de muerte, las letras del título se esfumaron. Se formó una boca, mostrando unos labios agrietados y unos agudos colmillos. La boca se animó y emitió una carcajada.

«¡Bienvenido a Los monstruos mágicos!», dijo, con un ceceo parecido al de Boris Karloff. «¿Qué tipo de monstruo le gustaría crear esta noche? ¡Oh, tenemos todo tipo de bellezas para deleitar y asombrar su sentido de lo macabro!»

Apareció una lista.

VAMPIRO (1)

DUENDE (2)

GLÓBULO (3)

MOMIA (4)

DRAGÓN (5)

ELIJA SEGÚN EL NUMERO. NUEVAS POSIBILIDADES PULSANDO OPCIÓN

Keith alargó el dedo meñique y oprimió OPCIÓN, justo debajo de REAJUSTE DEL SISTEMA.

MONSTRUO DE FRANKENSTEIN (6)

JINETE SIN CABEZA (7)

SELKIE (8)

HOMBRE LOBO (9)

MIX'N'MATCH (10)

PARA VOLVER A LA PRIMERA LISTA, OPRIMIR OPCIÓN

«Sí», pensó Keith, «quiero algo de la primera lista.» Cuando oprimió de nuevo OPCIÓN se preguntó de qué trataría el juego. Lástima que no tuviese el prospecto. Eso era lo bueno de los programas que se compraban, que traían las instrucciones. Y también ilustraciones, cajas, otro disco... y cosas por el estilo.

«Con todo, no se puede ganar gratis», pensó Keith, mientras meditaba divertido su elección.

Acabó decidiéndose por GLÓBULO. La película de Steve McQueen era una de sus viejas películas de terror favoritas. ¿Qué saldría ahora?. Apretó el 3.

- ¡Oh, cielos, qué elección más inmunda! - dijeron los labios. La pantalla quedó en blanco por un momento, mientras la voz continuaba.

- ¡En el juego de Los monstruos mágicos la diversión depende de su imaginación! Y ahora que ha elegido su monstruo...

La palabra GLÓBULO apareció en la pantalla en un tono verde nauseabundo.

«¡Por favor, escriba un relato corto imaginado por usted, usando las siguientes palabras elegidas al azar de nuestro DICCIONARIO DEL MIEDO! Y después esté atento a lo que ocurra.»

Unas letras verdes aparecieron en la pantalla relampagueando:

DEPÓSITO DE CADÁVERES - GLOBO OCULAR - REBOSAR - ESPASMO - SANGRE

¡Qué curioso! Un juego que hay que contribuir a crear. Keith empezó a mecanografiar:

»El cadáver estaba tendido sobre la losa del depósito de cadáveres, verdoso, con la rigidez de la muerte. El amortajador se inclinó hacia él con un escalpelo. El cuerpo estaba desfigurado por un extraño cáncer. Se tenía que llenar de desinfectante para el entierro.

»De pronto, el cuerpo experimentó un espasmo. El amortajador pensó que podía ser el rigor mortis. Alargó la mano para hacer bajar la pálida cabeza.

»Los ojos del muerto se abrieron de pronto. Uno de los globos oculares saltó fuera de su cuenca y se alejó rodando. Algo largo y lechoso, como un chorrito de flema, rebosó de la cuenca vacía.

»El amortajador gritó cuando aquel extraño zarcillo se enrolló en su brazo y, con increíble rapidez, trepó brazo arriba como un blanco pitón de pus hasta enrollarse alrededor de su cuello.

»El grito del hombre se interrumpió con un borboteo. De su boca brotó sangre.

»¡Crac!¡El cuello del hombre se rompió! El pequeño Glóbulo alargó sus seudópodos hacia el cuerpo y empezó su festín.

Keith rió entre dientes. Bastante malo, pero divertido.

Apretó el botón EMPEZAR. La pantalla se aclaró. Apareció una losa. Encima de la losa había un cuerpo; inclinado sobre el cuerpo, un hombre con un escalpelo.

Era la ilustración del relato de Keith. El ojo desprendiéndose, el chorro de sustancia blancuzca, el amortajador estrangulado, todo. Completo, hasta con efectos sonoros.

«¡Uf!», se dijo Keith fascinado.

La voz sintetizada habló: «Su glóbulo es muy pequeño aún». La pantalla reveló una masa blanca, abigarrada, con seudópodos en forma de serpentina que se agitaban como movidos por alguna brisa fantástica. «¿Desea alimentarlo?»

Bajo la imagen apareció un rótulo ¡Una invitación para otro episodio!

- ¡Por supuesto! - replicó Keith, e inmediatamente empezó a escribir ¡SI!

- Use las palabras siguientes - requirió la voz.

BORRACHO - POLICÍA - CALLEJÓN - PISTOLA - GRITO - VÍSCERA

Keith empezó a escribir:

»El Callejón era oscuro y frío. El borracho estaba tendido ante una puerta, sorbiendo estúpidamente una botella de Thunderbird.

»No vio al Glóbulo deslizándose sobre el asfalto como el salivazo de un gigante.

»¡Hasta que fue demasiado tarde! Aunque el Glóbulo acababa de cenar en el depósito de cadáveres y todavía tenía un intenso color rojo al estar digiriendo la sangre humana, seguía estando hambriento. Siguió el sucio olor del borracho hasta su origen. El tipo estaba tan bebido que no se dio cuenta de que algo andaba mal hasta que el Glóbulo se le hubo comido la mitad de un pie. Miró abajo para ver la creciente opalescencia ondulándose mientras trepaba por sus piernas.

»Gritó, y de pronto notó que su boca estaba llena de una porquería ácida.

»Dos manzanas más allá, un policía oyó el grito. Corrió calle abajo y entró en el callejón. Todo lo que vio fue una masa sobre el suelo, cubierta por un viejo abrigo. Desenfundó la pistola y se puso a investigar.

» - Eh, amigo, ¿está usted bien? - preguntó.

»No hubo respuesta.

»El policía se inclinó y levantó el abrigo. Debajo de la ropa, a la tenue luz del farol callejero, vio un hombre medio devorado, cubierto por un hirviente protoplasma blanco y rojo.

»Blandiendo un hueso astillado en uno de sus seudópodos el Glóbulo efectuó un corte en el abdomen del policía. Las vísceras cayeron sobre la hambrienta masa.

«¡Puajj!», se dijo Keith, feliz, mientras los gráficos de la computadora convertían la sangrienta escena en imágenes. «¡Amigo, cuánto les va a gustar esto a los chiquillos!»

¡Y la representación estaba mejorando también! Los colores eran más intensos y las líneas casi no parecían estar hechas de puntos. ¡Increíble!

Mientras el Glóbulo consumía al policía, Keith lo veía crecer. Las imágenes eran tan buenas que incluso veía como el monstruo iba despojando el cuerpo de carne. Asombroso.

- ¡Maravilloso! - dijo la voz -. Miren cómo crece el monstruo cuando está bien alimentado. ¿Quiere seguir jugando?

¡Desde luego! - Keith escribió SI y esperó la respuesta.

- Excelente. ¡Esta vez, la historia es enteramente suya! - le informó la voz ceceante.

Keith pensó durante un momento y después empezó a escribir.

»A medida que el monstruo comía, se hacia mas poderoso, mas astuto y mas cruel.

»¡Sabía que necesitaba mas carne! ¡Mas carne humana para chupar, saborear y devorar!

»Mientras avanzaba entre las sombras de la noche captó la existencia de vida en el edificio que tenía delante.

»Una casa de pisos, llena de tierna y suculenta carne humana.

»¡Y allá arriba, una ventana abierta!

»Extendió lentamente un seudópodo hacia una tubería y empezó a ascender, dejando tras de sí un rastro viscoso.

»Y...

De pronto, el teléfono sonó. Keith se levantó para contestar a la llamada.

- ¿Diga?

- ¿Keith?

- ¿Sí?

- Soy Jim. Está ocurriendo algo muy extraño.

- ¿Eh?

- Escucha, quizá sería mejor que no hicieras nada con aquellos programas que te di hasta que yo pueda... - una pausa.

- Bueno, Jim, en realidad ya he...

- ¡Oh, Dios mío! - hubo un grito. La línea quedo cortada.

Keith intentó llamar a la policía, pero su teléfono estaba cortado también.

Tenía que hacer algo para ayudar a Jim. ¡La cosa se había puesto muy fea!

Mientras corría hacia la puerta, la pantalla del ordenador atrajo su atención. Seguían apareciendo más palabras.

El Glóbulo se deslizó lentamente tubería arriba, captando al ser humano que estaba dentro de la casa.

Éste sería especial. A éste lo saborearía lentamente, durante horas y horas y horas, absorbiendo su fuerza vital, disfrutando con la agonía de la víctima mientras su carne se disolvía lentamente....

«¡Al infierno con todo esto!» Keith apretó el botón para desconectar.

El ordenador no dejó de funcionar. Empezó a zumbar ominosamente.

Keith hizo girar el mando de la pantalla. Pero la pantalla permaneció encendida y los colores se intensificaron.

Oprimió el botón de REAJUSTE.

- Para poner fin a este programa - dijo la voz parecida a la de Karloff -, sírvase marcar las cifras de cancelación indicadas en el prospecto de su juego.

¿Prospecto? ¡El no tenía ningún prospecto!

- A menos, desde luego, que usted haya pirateado este programa, lo cual va expresamente contra los derechos de autor de los Microsistemas Cthulhu.

Desesperadamente, Keith desenchufó los aparatos. El ordenador y la pantalla continuaron brillando con un resplandor sobrenatural. Las palabras siguieron relampagueando en la pantalla.

»De pronto, el Glóbulo supo que tenía una misión que cumplir:

»¡Venganza contra el profanador de los derechos de autor de Yog Suggoth!

»¡Recordó los antiguos ritos de la tortura sarnaciana!

»¡Se relamió con anticipación!

Con ojos enloquecidos, Keith miró hacia la ventana. Lleno de pánico, corrió en dirección opuesta. Tenía que salir. Aquello no podía ser cierto. ¡Era como una inconcebible pesadilla!

Abrió la puerta de par en par. Entró una terrible pestilencia.

Pedazos y más pedazos de lo que una vez habían sido seres humanos flotaban sobre una masa, como moscas en el ámbar. Una mano se alzó desde el lechoso protoplasma, temblando espasmódicamente.

El Glóbulo siguió chapoteando.

En la pantalla, como sangre salida de una arteria, las palabras saltaron borboteando hacia la realidad.

FIN

EL VIUDO TURMORE -- AMBROSE BIERCE



EL VIUDO TURMORE

AMBROSE BIERCE

Las circunstancias bajo las que Joram Turmore se convirtió en viudo nunca fueron popularmente comprendidas. Yo las conozco, naturalmente, pues yo soy Joram Turmore; mi mujer, la difunta Elizabeth Mary Turmore, tampoco las ignora, y aunque ella las cuente, aún permanecen en secreto ya que no hay un alma que le haya creído jamás.

Cuando me casé con Elizabeth Mary Johnin, era muy rica, de lo contrario yo no hubiese podido afrontar el casamiento puesto que no tenía un centavo y el Cielo no había puesto en mi corazón ninguna intención de ganar alguno. Tenía la Cátedra de Gatos en la Universidad de Graymaulkin y los ejercicios escolásticos me inhabilitaban para el peso de cualquier negocio u ocupación. Además, yo no podía olvidar que era un Turmore, un miembro de la familia cuyo lema desde el tiempo de Guillermo de Normandía había sido Laborare est errare. La única infracción que se conoce de la sagrada tradición familiar ocurrió cuando Sir Aldebarán Turmore de Peters-Turmore, ilustre ladrón del siglo XVII, asistió personalmente a una difícil operación llevada a cabo por algunos de sus empleados. Esa mancha sobre nuestro blasón no puede contemplarse sin sentir la más desgarrada mortificación.

Mí Cátedra de Gatos en la Universidad de Graymaulkin jamás se destacó, por supuesto, por el trabajo. En ninguna época hubo más de dos estudiantes de la Noble Ciencia, y tan sólo repitiendo las conferencias manuscritas de mi predecesor, que había encontrado entre sus pertenencias (murió en el mar, camino de Malta), podía apenas saciar lo suficiente su hambre de conocimientos sin ganar siquiera la distinción que se otorgaba a manera de salario.

Naturalmente, bajo tan apremiantes circunstancias, vi a Elizabeth Mary como a una suerte de especial Providencia. Ella imprudentemente rehusó compartir conmigo su fortuna, pero eso no me preocupó para nada, ya que si bien de acuerdo con las leyes del país (como es sabido), la esposa tiene el control de su patrimonio durante su vida, éste pasa al marido a su muerte: ni siquiera puede ella disponer de él por testamento. La mortalidad entre esposas es considerable pero no excesiva.

Habiéndome casado con Elizabeth Mary y, en cierta forma, habiéndola ennoblecido haciéndola una Turmore, sentí que la forma de su muerte debía igualarse a su distinción social. Si yo la hubiera matado por cualquiera de los métodos maritales ordinarios hubiera incurrido en justo reproche, por no poseer el orgullo familiar adecuado. Mas no podía encontrar un plan adecuado.

En esta emergencia decidí consultar el archivo Turmore, una valiosa colección de documentos, incluyendo los registros de la familia desde el tiempo de su fundador en el siglo VII de nuestra era. Sabía que entre estos sagrados títulos debería encontrar detallados relatos de los principales asesinatos cometidos por mis santos ancestros durante cuarenta generaciones. De entre esa masa de papeles no podía dejar de sacar las más valiosas sugerencias.

La colección contenía también muy interesantes reliquias. Había títulos de nobleza concedidos a mis antepasados por hacer desaparecer atrevida e ingeniosamente a pretendientes al trono o a sus ocupantes; estrellas, cruces y otras condecoraciones atestiguando servicios del más secreto e innombrable carácter; heterogéneos regalos de los conspiradores más grandes del mundo que representaban un valor monetario intrínseco incalculable. Había joyas, trajes, espadas de honor y toda suerte de "testimonios de estima"; el cráneo de un rey transformado en copa de vino; títulos de vastas fincas, largo tiempo confiscadas, vendidas o abandonadas; un breviario iluminado que había pertenecido a Sir Aldebarán Turmore de Peters-Turmore, de infausta memoria; orejas embalsamadas de muchos de los más reconocidos enemigos de la familia; el intestino delgado de un cierto indigno hombre del estado italiano hostil a los Turmore que, enroscado como una soga de saltar, había servido a la juventud de seis generaciones consanguíneas... momentos y recuerdos preciosos más allá de las valoraciones de la imaginación pero, por los mandatos sagrados de tradición y sentimiento, para siempre inalienables por la venta o el regalo.

Como cabeza de la familia, yo era el custodio de todos estos preciosísimos bienes heredados y, para su segura conservación, había construido sobre los cimientos de mi casa una fortaleza de mampostería maciza, cuyas sólidas paredes de piedra y cuya única puerta de hierro podían desafiar por igual el choque de un terremoto, el incansable azote del Tiempo o la mano profana de la Codicia.

A estos tesoros del alma, fragantes de sentimiento y ternura, ricos en sugerencias de crímenes, me volví para encontrar ahora las claves del asesinato. Para mi indecible asombro y dolor, lo encontré vacío. Cada estante, cada cajón, cada cofre había sido saqueado. ¡De tan única e incomparable colección no quedaba vestigio! Sin embargo, probé que hasta que yo mismo había abierto la maciza puerta de metal, ni un cerrojo, ni una barra había sido movida: los sellos de la cerradura estaban intactos.

Pásé la noche entre la lamentación y la indagación; ambas fueron infructuosas. El misterio era impenetrable a la conjetura y ningún bálsamo podía calmar semejante dolor. Pero ni una sola vez durante esa horrible noche mi firme espíritu pudo abandonar su alto designio contra Elizabeth Mary, y el alba me halló aún más resuelto a cosechar los frutos de mi matrimonio. Mi gran pérdida pareció acercarme a relaciones espirituales más profundas con mis ancestros muertos, y darme una nueva e inevitable obediencia a la persuasión que hablaba en cada glóbulo de mi sangre.

Inmediatamente formé un plan de acción, y procurándome un fuerte cordel entré a la habitación de mi esposa, encontrándola, como esperaba, profundamente dormida. Antes de que se despertara la tenía fuertemente atada de pies y manos. Estaba muy sorprendida y dolorida, pero sin atender a sus protestas hechas a viva voz, la llevé a la ahora saqueada fortaleza, allí donde nunca permití que entrara y de cuyos tesoros no le había advertido. Sentándola, todavía atada, contra un ángulo de la pared, pasé los siguientes dos días con sus noches en acarrear al lugar ladrillos y argamasa. A la mañana del tercer día la tuve firmemente emparedada, desde el suelo hasta el techo. Durante todo este tiempo no tuve en cuenta sus ruegos de piedad más que (ante su promesa de no resistir, que debo decir que ella cumplió con honor) para concederle la libertad de sus piernas. Le concedí un espacio de cerca de cuatro pies por seis. Cuando coloqué los últimos ladrillos en la parte superior, en contacto con el cielo raso de la fortaleza, me dijo adiós con lo que me pareció la serenidad de la desesperación, y me fui a descansar sintiendo que había observado fielmente las tradiciones de una antigua e ilustre familia. Mi única amarga reflexión, en lo que a mi conducta concernía, surgió al tomar conciencia de que había trabajado durante la realización de mi designio; pero nadie lo sabría jamás.

Después de descansar durante una noche, fui a ver al juez de la Corte de Sucesiones y Herencias y firmé una declaración jurada de todo lo que había hecho, excepto el trabajo manual de construir la pared, que imputé a un sirviente. Su Excelencia designó a un comisionado de la Corte, quien realizó un cuidadoso examen del trabajo y, según su informe, Elizabeth Mary Turmore fue formalmente declarada muerta al fin de la semana. De acuerdo con la ley tomé posesión de sus bienes que, a pesar de no ser mucho más valiosos que mis tesoros perdidos, me elevaron de la pobreza a la riqueza y me trajeron el respeto de los grandes y de los buenos.

Unos seis meses más tarde me llegaron extraños rumores: el fantasma de mi mujer muerta había sido visto en distintos lugares de la región, pero siempre a una considerable distancia de Graymaulkin. Estos rumores, de cuya auténtica fuente no pude enterar, diferían en varios detalles, pero eran semejantes en atribuir a la aparición un alto grado de prosperidad mundana aparente combinada con una audacia poco común en los fantasmas. ¡No sólo estaba el espíritu ataviado con ropajes costosos, sino que caminaba a mediodía y, más aún, conducía! Me sentí indeciblemente molesto con estos cuentos y, pensando que podría hacer algo más que superstición en la creencia popular de que sólo espírítus de los muertos no enterrados pueden caminar sobre tierra, decidí llevar a algunos obreros equipados con picos y barras hacia la fortaleza en la que nadie había entrado durante mucho tiempo. Les ordené demoler la pared de ladrillo que había construido alrededor de la compañera de mis alegrías. Había resuelto dar al cuerpo de Elizabeth Mary un entierro como el que creía que su parte inmortal aceptaría como un equivalente del privilegio de encontrarse a gusto entre las apariciones de los vivos.

En pocos minutos volteamos la pared y, metiendo una lámpara a través de la brecha, miré adentro. ¡Nada! Ni un hueso, ni un cabello, ni un jirón de ropa... ¡el angosto espacio que, de acuerdo con mi testimonio, contenía legalmente todo lo que había sido mortal de la difunta señora Turmore, estaba absolutamente vacío! Este admirable descubrimiento, para una mente ya perturbada por tanto misterio y excitación, era más de lo que yo podía soportar. Lancé un grito y caí en un estado de paroxismo. Durante meses estuve entre la vida y la muerte, afiebrado y delirante; no me recuperé hasta que mi médico tuvo el cuidado de sacar de mi caja fuerte un estuche de mis más valiosas joyas y huir el país.

Al verano siguiente tuve ocasión de visitar mi bodega, en un rincón de la cual había construido la fortaleza, que hacía tiempo se encontraba en desuso. Al mover un tonel de oporto, lo arrojé con fuerza contra la pared medianera y me sorprendió descubrir que desplazaba dos grandes piedras cuadradas que formaban una parte de la pared.

Apoyando sobre ellas las manos, las empujé fácilmente y, mirando a través del hueco, vi que habían caído dentro del nicho en el cual yo había emparedado a mi lamentada esposa. Frente a la abertura que su caída había dejado, a una distancia de cuatro pies, estaba la pared que mis propias manos habían construido a fin de encarcelar a la infortunada y gentil esposa. Ante una revelación tan significativa, comencé a explorar la bodega. Detrás de una hilera de barriles encontré cuatro objetos muy interesantes desde el punto de vista histórico, pero sin valor alguno.

En primer lugar, los restos enmohecidos de un traje ducal florentino del siglo XI; segundo, un breviario de resplandeciente pergamino con el nombre de Sir Aldebaran Turmore de Peters-Turmore inscripto en colores en la primera página; tercero, una calavera transformada en copa y muy manchada de vino; cuarto, la cruz de hierro de un Caballero Comendador de la Orden Imperial Austríaca de Asesinos por Veneno.

Eso era todo; ni un objeto que tuviera valor comercial, ni papeles, ni nada. Pero esto era suficiente para aclarar el misterio de la fortaleza. Mi esposa había adivinado tempranamente la existencia y el propósito de este apartamento, y, con la destreza del genio había efectuado una entrada, desprendiendo las dos piedras de la pared.

En diferentes oportunidades, y a través de esta abertura, había sustraído la colección entera que, sin duda, logró convertir en dinero. Cuando con un inconsciente sentido de la justicia (cuyo recuerdo no me trae ninguna satisfacción) decidí emparedarla, por alguna maligna fatalidad escogí aquella parte donde estaban las piedras removidas y, sin duda antes de que hubiera terminado mi trabajo, ella las movió y, deslizándose hacia la bodega, las volvió a colocar en su sitio. Se escapó del sótano fácilmente, sin ser observada, para disfrutar sus infames ganancias en lejanos lugares. Me he esforzado en procurar una orden de prisión, pero el dignísimo Barón de la Corte de Sumarios y Condenas me recuerda que ella está legalmente muerta y dice que mi único recurso es apelar ante el Jefe de Cadáveres y solicitar una orden de exhumación y resurrección. Tal parece que debo sufrir sin remedio este enorme daño a manos de una mujer desprovista tanto de principios como de vergüenza.

¿QUO VADIS? -- Alfonso Linares




¿QUO VADIS?

Alfonso Linares

- Atención... atención Houston. Solicito comunicación. Cambio.

- Aquí Houston. Lo escucho, Atlantis. Confirme solicitud: clave, oficial a cargo. Cambio.

- Clave Redstone 61 actualizada. Le habla el Comandante Schirra. Espero verificación. Cambio.

- Houston al habla. Solicitud verificada. Buenos días, Comandante. Le habla el operador Hauck. El General McDivitt no ha llegado al Centro todavía. Sin embargo, lo comunicaré con el Teniente Elías. Cambio.

- Comprendido, Houston. Cambio.

- Comandante, le habla el Teniente Elías. Estoy autorizado a recibir su informe preliminar DEORBIT. Utilice el Eurovisor. Iniciaremos la grabación cuando usted confirme. Cambio.

La gigantesca pantalla del Centro de Operaciones Espacial desdibujó instantáneamente el mapa del mundo junto con la trayectoria del Atlantis para convertirse en un gigantesco monitor donde apareció la figura del Comandante Schirra, sentado de frente, vistiendo aún las ropas térmicas de experimentación, algo inusual a una hora tan temprana de la mañana. Parecía sereno, tal vez ignorante del efecto que provocaría su informe.

- Eurovisor encendido. Espero verificación de señal. Cambio.

- Señal nítida, Comandante. Comience su informe cuando quiera. Cambio.

- Les habla el Comandante Schirra, en nombre de los seis tripulantes del transbordador espacial Atlantis y en el mío propio... Es mi deber informarles que hemos cancelado todas las secuencias DEORBIT que se habían implementado desde hace dos días, como también las previstas para hoy. Debo informar también que hemos bloqueado el Sistema Secuenciador de Tierra (SST), como también los receptores radiales de control a distancia...

El Teniente Elías y el Operador Hauck se miraron por un momento las caras. Once personas más se encontraban en la sala. Había silencio.

- Se encuentra conmigo en estos momentos - continuó el Comandante - el resto de la tripulación. Todos están al tanto de las medidas adoptadas y las aceptan...

El Teniente Elías comenzaba a impacientarse. Los científicos en la sala empezaban a movilizarse para confirmar lo que acababan de escuchar. El Operador Hauck encendió un cigarrillo.

- No sabía que fumaba - comentó Elías, distrayendo por un segundo la mirada del Eurovisor.

- No lo hago.

- ...los resultados de los experimentos de Proto-Plasma AQ, así como los de aislamiento centrífugo del virus HV-8, serán transmitidos a través de la computadora matriz. Informaremos convenientemente qué código será utilizado... Creo que de momento no hay nada más que agregar. Cambio.

El Teniente Elías se preparó para tomar la palabra. Hauck se le acercó y le confirmó con un gesto que absolutamente todo lo que había dicho era verdad.

- Comandante... Me parece que la situación no es muy clara... ¿Acaso consideran usted y su tripulación que no están dadas las condiciones mínimas de seguridad para el aterrizaje de mañana? Cambio.

- No, Teniente. Las condiciones son favorables. Cambio.

- ¿Los sistemas de direccionamiento abortaron las secuencias primarias? Cambio.

- Negativo. Sistemas favorables a DEORBIT. Cambio.

- Comandante, tengo en mis manos la confirmación escrita de todas las maniobras que describió usted. Creerá que estoy loco, pero cualquiera diría simplemente que no quieren... bajar. Cambio.

Hubo un silencio prolongado en la pantalla. El Comandante Schirra bajó la mirada por un momento. Luego sonrió levemente y dijo:

- ¿Para qué?

La señal del Eurovisor desapareció y enseguida regresó el mapamundi. Hauck dejó caer el cigarro. Elías se incorporó al instante.

- Localicen al General McDivitt - ordenó -. Esto es serio.

La reunión comenzó a las 10:45 a.m. de ese mismo día. De Washington habían viajado de inmediato dos funcionarios cercanos al Presidente. Además del General McDivitt se encontraban William Haise, Coordinador del Programa Espacial, y Leonard Roosa, jefe encargado de la misión.

Los dos funcionarios eran el Consejero de Seguridad Nacional, John Mullane, y Brian Coats, Asesor Presidencial.

El señor Roosa tomó la palabra:

- Caballeros, me parece que todos estamos conscientes de la gravedad de la situación. El General McDivitt les ha dado todos los detalles de la última comunicación realizada con el Atlantis, más específicamente con su Comandante.

- Señor Roosa, no quiero que me malinterprete - interrumpió Mullane -, pero considero que tal vez existan algunos detalles que hayan sido omitidos por su gente.

- ¿Como cuáles? - preguntó de inmediato el General McDivitt, sintiéndose claramente aludido.

- Verá, General - intervino Coats -. Nuestra misión es mantener al Presidente lo más informado posible en relación a este singular asunto. Cualquier información pertinente que justifique la demora en el aterrizaje nos será muy útil.

- Señor Coats, si hubiera algo que justificara este retraso no me hubiera molestado en llamar al Presidente y ustedes no estarían aquí.

- Tan vez usted está llevando el secreto militar más allá de la misión, General - sugirió Mullane con ironía.

- No me gusta su actitud, Consejero. Conozco los procedimientos y no necesito que un civil venga a decirme cómo manejar mis asuntos.

- Caballeros, por favor, no hay que perder la calma - intervino Haise -. La situación es delicada, no la compliquemos más. El General McDivitt no ha omitido nada. La tripulación ha aislado por completo al transbordador de cualquier intento de forzar un aterrizaje dirigido desde tierra. No hemos tenido comunicación con ellos desde esta mañana y no responden a nuestros llamados. Inferimos del último informe grabado que por el momento no piensan aterrizar...

- ¿Cuándo lo harán? - preguntó Coats.

- De la evidencia desprendida de la grabación... aparentemente nunca. Pero es muy prematuro afirmar eso - opinó Roosa -. Debemos esperar una nueva comunicación. Tal vez tengan alguna petición. No lo sé.

- ¿Qué le dirán a la prensa? - preguntó Mullane -. Esto no puede trascender.

- Ya tomamos las medidas pertinentes. Las personas que se encontraban en la sala esta mañana estarán bajo estricta vigilancia. Restringiremos el acceso del personal y el señor Roosa prepara ya una declaración atribuyendo el retraso a una falla en las computadoras - concluyó McDivitt.

Finalmente alguien preguntó, tal vez interpretando la sensación de impotencia que brotaba de aquel círculo de «poder»:

- ¿Cuál será el próximo paso?

El General McDivitt sacó un habano, lo encendió con tres aspiraciones, dio una bocanada y dijo:

- Esperar...

Tres líneas curvadas atravesaban las inmensas siluetas de los continentes delineadas en la gigantesca pantalla. Una serie de coordenadas aparecían intermitentemente a medida que una señal triangular avanzaba a lo largo de las líneas. Era el Atlantis en su eterna órbita, recorriendo la pantalla por décima vez desde su última comunicación. La atmósfera del Centro de Operaciones era de expectación tensa. Sólo cinco personas se encontraban ante los terminales, en constante alerta a la menor señal de comunicación. Del personal original que se encontraba cuando se recibió la última transmisión, sólo se encontraban Elías y Hauck.

- No se comunicarán... No lo harán.

Hauck miró a Elías con aire de incredulidad ante lo que acababa de decir.

- ¿Por qué no?

- Ya lo habrían hecho. Han pasado ocho horas. El plazo para comenzar el descenso terminó hace dos horas. Pasará una semana antes de que se pueda reprogramar DEORBIT, además del aterrizaje.

- Oí decir al señor Roosa que los cálculos se podrían hacer en menos tiempo.

- Aunque lo lograran... ¿qué pasará si se rehúsan a bajar otra vez?

- No pueden rehusarse. No pensarán quedarse allá arriba para siempre...

Esta vez fue Elías quien miró a Hauck con incredulidad:

- ¿No?

- Atención... Atención, Houston. Solicito comunicación. Cambio.

- Aquí Houston, Atlantis. Mantenga frecuencia, iniciamos acceso. Cambio.

- Avisen al General - gritó Elías al tiempo que ocupaba un lugar frente a un terminal.

Rápidamente llegaron de una habitación contigua los miembros del alto mando reunido aquella mañana, con excepción de los funcionarios de Washington.

- Iniciamos activación de Eurovisión, Atlantis. Cambio.

- Comprendido. Cambio.

- Ya lo tenemos en la pantalla, General.

- Muy bien, conecte Eurovisión simultánea. Quiero que me vea cuando le hable.

- Entendido.

La imagen se fue formando lentamente. Se distinguía al Comandante Schirra y al Mayor Cernan en un primer plano y al fondo el resto de la tripulación. El General McDivitt se situó delante del terminal con la cámara para visualización simultánea, el número 14.

- Comandante Schirra, nos ha tenido a todos muy preocupados aquí abajo. Ha sido muy difícil comunicarse con ustedes.

- Hemos estado muy ocupados aquí arriba, General.

- Al parecer usted y su tripulación han decidido trabajar horas extras, Comandante. El descenso debió hacer comenzado hace horas. Los objetivos de su misión fueron cumplidos hace ya tres días, y no ha habido órdenes de tierra para prolongar su órbita... ¿Me equivoco?

- No, señor.

Hubo una pausa. El General McDivitt pareció sentirse un tanto aliviado. Más dueño de la situación.

Estaba errado.

- La reprogramación total de las rutinas DEORBIT tomará cinco días, Comandante. Como usted bien sabe, las reservas de oxígeno de la nave durarán tres semanas más, así que no existe peligro inmediato. Yo no me ocupo de esos aspectos técnicos, lo demás lo puede discutir con el señor Roosa.

- General... - lo interrumpió Schirra -. Al parecer no fue informado de nuestra última transmisión.

- Tenía la esperanza de que todo fuera un error, Comandante.

- No hay ningún error... Hemos decidido permanecer voluntariamente... en órbita. Tengo a mi lado al Mayor Cernan. El le confirmará nuestra decisión y si así lo desea podrá hablar con todos los miembros de la tripulación.

- Comandante, no creo que todo esto tenga mucho sentido. Sus reservas de oxígeno no durarán mucho. ¿Qué pretenden, Dios mío?

- Estamos conscientes de las consecuencias de nuestro acto, pero estamos dispuestos a afrontarlas - intervino el Mayor Carl Cernan.

El General McDivitt había perdido el habla. Se acercó a la pantalla el señor Roosa.

- No estoy muy seguro de eso que acaba de decir, Mayor. Se enfrentan a una muerte segura, una muerte innecesaria. ¿Han pensado en sus familias? ¿Qué les diremos?

El Mayor Cernan titubeó por un momento. Pareció afectado, pero finalmente dijo:

- Ellos entenderán.

- Iniciaremos la transmisión de los resultados experimentales a través del satélite CENCOM-2 - agregó Schirra -. Utilizaremos sus dos bandas alternas, así que solicitamos que sean liberadas si desean recibir los datos.

- ¡Olvídese de los malditos datos! - gritó McDivitt, ya irritado -. ¡Aterricen esa nave cuanto antes!

Schirra lo contempló como si estuviera en la misma habitación y no a kilómetros, con una expresión casi de lástima y sin perder su serenidad. Parecía que los condenados a muerte segura fueran los otros.

- Liberen las bandas... - dijo.

- Es todo. Cortaron la transmisión - informó Hauck.

- Maldición - susurró McDivitt.

Nadie se atrevió a replicar.

La actividad en el Centro Espacial Lyndon B. Johnson se incrementó violentamente desde aquel momento. La situación fue declarada de extrema emergencia, que en su terminología técnica era la más grave. Desde el accidente del Challenger, en 1986, no había sido necesario recurrir a tal estado de alerta, y ahora, después de ocho años, la temida emergencia era anunciada en las tres filas de terminales del Centro de Control de Misión.

La segunda reunión empezó a las 8:15 a.m. del siguiente día. De nuevo el alto mando del Centro Espacial se encontraba reunido con los representantes del Gobierno, y había una persona más.

El Consejero Mullane inició la discusión.

- Señor Haise, creo que es más que evidente que la situación está escapando de nuestro control. El Presidente está muy preocupado por el efecto que podría tener este contratiempo en la opinión pública.

- Señor Mullane, mi intención no es alarmar al Presidente, pero esto ya pasó de ser un simple «contratiempo».

- ¿Cuál es nuestro margen de maniobra? - preguntó Coats.

- Cero - contestó secamente el señor Roosa.

- Se han aislado por completo de nosotros. En estos momentos se están compilando los datos de los experimentos realizados durante la misión. El hecho de que nos los envíen es signo evidente de que no piensan aterrizar - informó el señor Haise.

- ¿Qué me dice del satélite? - preguntó Mullane.

- El satélite está en orden - intervino el General McDivitt, que hasta ahora se había mantenido pensativo, casi ausente de la reunión -. Entrará en funcionamiento dentro de cinco días. Por fortuna fue puesto en órbita mucho antes de este «motín».

- Señor Haise, independientemente de que esta misión tenga un final afortunado o no, creo que no necesito recordarle que en estos momentos se discute en el Congreso la aprobación del presupuesto para la segunda fase de la estación espacial FREEDOM. El Presidente ha sido su aliado en la defensa del proyecto, pero las críticas se incrementan, la opinión pública está presionando y cada vez hay más sectores en contra de la conclusión de la Estación Orbital. Alegan que en los últimos tiempos hubieron demasiadas misiones mientras el Sur es devastado. Ayer hubo un nuevo terremoto en África, y la gente empieza a simpatizar con las causas humanitarias.

- No creo que una cosa tenga que ver con la otra, señor Coats. Las tragedias que están azotando el Sur no tienen por qué afectar el Programa Espacial. Me parece que el Presidente sabrá reconocer la prioridad de nuestro trabajo ante cualquier otra necesidad.

- No podemos perder la delantera. Los europeos ya están prácticamente en la Luna y los japoneses están apuntando hacia Venus - agregó Roosa.

- Caballeros, no creo que esta sea la hora de discutir prioridades o caridad. La vida de siete personas se encuentra en juego en estos momentos y aún no tenemos una forma de rescatarlos - interrumpió McDivitt.

- Tal vez sí.

Las miradas fueron dirigidas al final de la mesa, donde el nuevo integrante de la reunión había permanecido en silencio hasta el momento. Roosa se puso en pie, y se dispuso a presentarlo.

- Señores, permítanme presentarles al doctor Layce Irwing. El doctor Irwing es el encargado de realizar las pruebas psicológicas a nuestros astronautas. Ha estado trabajando en nuestro Programa Espacial durante diez años, como jefe de la Sección Psicofisiología.

- Doctor Irwing, me pareció oírle decir que existe una posibilidad.

- Sólo dije «Tal vez», General. Caballeros, buenos días. El señor Roosa me ha informado de la situación y el resto lo ha escuchado ahora. Al parecer la tripulación del Atlantis ha decidido permanecer en órbita sin motivo aparente. De acuerdo a lo que me han dicho, ninguno parece forzado a aceptar la decisión y todos se observan muy serenos. Creo que todos están dispuestos a morir, aunque ése no sea su objetivo.

- ¿Y cuál es su objetivo?

- Verán, señores, durante todos estos años he tratado a decenas de astronautas antes y después de sus misiones. Un gran porcentaje de ellos presentan lo que es conocido como el «Síndrome de Cooper». El mayor Gordon Cooper, tripulante de la misión Mercury-Atlas 9, en 1963, fue el primero en presentarlo. Al parecer los astronautas adquieren una perspectiva diferente de sus vidas y del mundo al encontrarse en el espacio.

- Explíquese.

- Al regresar, y después de cierto tiempo, muchos han rechazado a sus esposas. Un gran porcentaje de ellos se dedica a participar activamente en la Iglesia y a predicar el Evangelio. Otros han buscado el aislamiento total del mundo exterior. Me estoy entrevistando constantemente con muchos de ellos, los he conocido antes y después de las misiones, y créame que ninguno regresa como era antes. Pareciera que ante la belleza del espacio descubrieron una perspectiva más religiosa de sus vidas.

El clima de la sala de reuniones era de perplejidad. Nadie se atrevía a preguntar nada. El doctor Irwing continuó:

- En mi opinión estamos frente a una especie de anticipación del Síndrome, una aberración causada, tal vez, por lo prolongado de la misión, que ha inducido en los tripulantes del Atlantis un falso sentimiento de bienestar.

- ¿Podría ser un poco menos técnico, doctor?

- Están viviendo un espejismo. Tal vez piensen que están en el Cielo.

- ¡Jesús! - exclamó el Consejero Mullane.

- ¿Usted habló de una posibilidad? - preguntó Coats.

- Podría intentar hablar con ellos. Si es eso lo que está pasando, tal vez los pueda convencer de que aterricen. No es seguro, pero se puede intentar.

- Tiene que ser eso, ¿qué más puede ser?

- Señor Haise, ¿existe la posibilidad de una misión de rescate? - preguntó Coats.

- Las plataformas principales están ocupadas con los preparativos del FREEDOM I. No garantizaría otros antes de tres semanas. Sería demasiado apresurado. No asumiré el riesgo.

- Creo que ahora todo depende de usted, doctor Irwing.

Más que una orden era un voto de confianza. El doctor Irwing se levantó de la mesa y abandonó la sala de reuniones de inmediato. El tiempo era ahora un enemigo.

- ¿Qué le diremos a la prensa? - preguntó el señor Roosa.

Mullane y Coats se miraron. La respuesta era necesaria.

- La verdad.

La verdad, ¿pero cuál era la verdad de todo? La gente no iba a aceptar tal explicación. Aun a ellos mismos les costaba aceptarla. El mundo estaba particularmente sensibilizado, aunque no lo suficiente, ante los constantes desastres naturales que habían estado sacudiendo el hemisferio sur del planeta en los últimos diez meses, precisamente en los continentes más pobres y más abatidos por el hambre. La muerte era aceptada como algo cotidiano, latente en el desarrollo habitual de aquellos países distantes, lejos, hacia el sur. Pero de improviso se encontraban ante las imágenes de una tripulación que abordaba una nave, una tripulación que saludaba desde el espacio en los primeros días de su misión, y que ahora, de acuerdo al narrador de las noticias, había decidido permanecer en el espacio, enfrentando la muerte, aceptando la muerte voluntariamente, sin una razón lógica. Era algo impresionante. ¿Pero acaso no tan impresionante como las imágenes de un maremoto en Quatar, o un tifón en Brasil? ¿Es que el hecho de que las imágenes estén personalizadas le da mayor horror a la tragedia? No, claro que no, mucha gente se dio cuenta de ello. ¿Era acaso la paz, la tranquilidad lograda desde hacía dos años, el fin de las alianzas militares, la reducción sistemática de los armamentos, lo que había sumido a la Humanidad en el Sueño Espacial, en una carrera por las estrellas, buscando el progreso? ¿El Progreso? ¿A qué precio? ¿Es que no se hace nada por esos pobres países del sur? ¿No hay ayuda?

Los rebeldes fueron reconocidos de inmediato como héroes, protagonistas de un acto único en la historia. Sacrificaban sus vidas con un propósito: demostrar a la Humanidad su indiferencia, su indiferencia ante el dolor, ante la muerte, tomando con ellos el orgullo de su desarrollo tecnológico, quitándoles súbitamente todo cuanto pudiera haber sido un mérito en la conquista del espacio. La NASA y todas las agencias espaciales del mundo eran vistas ahora como entes criminales. Aquella gloriosa tripulación orbitaría el mundo como símbolo de una causa, una causa que, a diferencia de ellos, no moriría nunca: la de la humanidad, la verdadera humanidad.

Todo esto sucedía a un tiempo, al mismo tiempo que el doctor Irwing tenía interminables entrevistas con los miembros de la tripulación, tratando de escrutar en sus mentes las razones de su decisión. Ninguno parecía asustado o vacilante. Aun el Especialista de Misión Sean Cunningham, que había mostrado cierta aversión a la permanencia prolongada en el espacio exterior en los tests preliminares, se veía tranquilo, hasta de buen humor. Las entrevistas fueron posibles gracias al Comandante Schirra, que accedió para demostrar que nadie era forzado a la decisión común. Después de entrevistar al último miembro de la tripulación, el doctor Irwing decidió enfrentarlos con sus familias: esposas, hijos, padres. Todo fue inútil. Era un encuentro innecesario. Se mantenían firmes aun ante las lágrimas. Luego hubo silencio por una semana. El terminal número 14 fue trasladado a una habitación cerrada donde la única persona con acceso era el doctor Irwing. El movimiento de personal se había reducido drásticamente. En el Centro de Control permanecía sólo el personal necesario ante cualquier cambio de situación, como esperando un milagro. Un milagro que no llegaría.

- Aquí el Atlantis. Cambio.

El doctor Irwing se levantó de inmediato de la cama que le habían dispuesto en la habitación aislada. Junto con un escritorio y la pantalla-cámara, el Eurovisor, era el único mobiliario.

- Aquí el doctor Irwing. Enciendo el Eurovisor. Cambio.

La pantalla parpadeó por unos momentos hasta estabilizarse. En primer plano se encontraba el Comandante Schirra. Nadie más se observaba a su alrededor.

- Buenas noches, doctor. Espero no haberlo despertado.

- Buenas noches, Comandante. En realidad sólo descansaba. Últimamente he tenido problemas para conciliar el sueño.

- Tal vez ha estado bajo mucha presión.

- Tal vez... No teníamos noticias de ustedes desde hace una semana.

- Mientras más alejados permanezcamos de todo, será más fácil.

- ¿Fácil? ¿Considera usted que esta situación se puede hacer más fácil simplemente ignorándola? Sólo podrán facilitar esto si acceden a justificar de alguna manera esta locura; y si no, regresando a Tierra.

- Usted no se da por vencido, doctor.

- Sólo quiero ayudarlos.

- ¿Ayudarnos a qué? ¿A regresar? ¿Es que acaso no se han percatado todavía de nuestra felicidad aquí arriba? ¿Necesitará mil exámenes más para llegar a una conclusión tan obvia?

El Comandante Schirra parecía exaltado. Se observaba en sus ojos un brillo de alegría intensa. Un fuego interior parecía devorarlo. Su mirada irradiaba una revelación, un misterio, un secreto develado, y al mismo tiempo desesperación. Recobró su compostura lentamente.

- Lo llamé porque necesito que me haga un favor.

- Claro.

- Mi segundo hijo nacerá en dos meses. Sé que esto es una tontería, pero quiero que le diga a mi esposa que no lo bautice con mi nombre. Nunca me gustó mi nombre.

Hizo una pausa. Era la primera vez que se lo veía realmente afectado.

- Dígale que lo llame como su padre; ella siempre quiso eso.

El doctor Irwing simplemente asintió. No podía articular palabra.

- Me hubiera gustado conocer a mi hijo, doctor, pero así pasa; nosotros no escogimos, fuimos escogidos.

La imagen se difuminó lentamente hasta que la oscuridad invadió por completo la pantalla. El doctor Irwing permaneció inmóvil, contemplando la pantalla, pensativo.

¿Fueron escogidos?

La investigación que siguió en los días subsiguientes fue extensa, completa, ininterrumpida. El doctor Irwing analizó uno por uno los informes grabados que fueron enviados periódicamente desde el inicio de la misión. Revisó con cuidado los detalles de cada uno de los experimentos que realizaron en el espacio. Aunque entendía poco de los procedimientos científicos que implicaban los experimentos, y mucho menos de su interpretación, el doctor Irwing continuaba su búsqueda, aun sin saber a ciencia cierta qué era lo que buscaba. Los informes grabados presentaban normalidad durante los primeros nueve días de la misión; luego había una interrupción atribuida a una falla del satélite EUROSTAR, encargado de transmitir la parte visual. No hubo informes en los dos días siguientes, cosa que fue considerada normal por el Centro de Control de Misión, pues lo único importante que faltaba comunicar era el informe preliminar al aterrizaje, denominado DEORBIT. Los experimentos no presentaban una relevancia mayor; sólo un experto en microbiología podría interpretarlos bien. Por último, el satélite espía, que el General McDivitt había tenido la precaución de mantener al margen, representaba una obsolescencia, algo inútil en un mundo desmilitarizado casi en su totalidad. ¿Fueron escogidos? El doctor Irwing concluyó que el cambio ocurrió entre el noveno y el décimo día de la misión. Fue algo repentino. ¿Pero qué?

El lunes 23 de Mayo de 1994 se cumplieron los 42 días de estadía en el espacio. De acuerdo a los cálculos, las reservas de oxígeno ya habían llegado a su fin. Fueron dados por muertos exactamente a la doce del mediodía del día anterior, y el mundo entero les rindió un homenaje póstumo la mañana de aquel lunes. El Presidente de los Estados Unidos daba un discurso ante miles de personas que se habían congregado alrededor del monumento a Lincoln, como una despedida final. Oficialmente todo había terminado.

Sólo una persona permanecía en su lugar, vigilando el terminal número 14, tres días después de haber recibido la orden de abandonarlo todo.

- Tienen que llamar. Tienen que hacerlo...

Sólo en su corazón persistía la esperanza, tal vez absurda, de que el Atlantis llamaría, no para salvar sus vidas, pero sí para redimir su acto. ¿O ya estaban redimidos?

- Doctor Irwing, ¿está usted ahí?

Nunca sabría si la imagen que vio en esos momentos en la pantalla era de este mundo, ni siquiera intentó grabar la transmisión. No pensó, sólo contestó instintivamente.

- Aquí estoy, Comandante Schirra.

El Comandante se veía más delgado, pálido, su cara denotaba un cansancio de días enteros, fatiga, pero aún conservaba ese brillo, esa vida en sus ojos. Su respiración era dificultosa, jadeante. Una mascarilla de oxígeno era su único vínculo con este mundo.

- Creo que se acerca el final. Ya todos se han ido y ya me queda poco a mí. - Se colocó un momento la mascarilla y respiró -. Pero necesitaba saber, necesitaba saber antes...

Parecía que por momentos perdía el conocimiento. El doctor Irwing cerró un puño.

- Comandante...

- Estoy bien. - Hizo una pausa y respiró -. ¿Qué piensa el mundo de nosotros?

- Son unos héroes. Han sido cancelados los programas espaciales de casi todos los países desarrollados. Se está ayudando al Sur con esos recursos. Ustedes lo lograron. Es un cambio total de rumbo.

El Comandante Schirra sonrió, casi con sorpresa. Pareció tomar un segundo aire; no pudo disimular su felicidad.

- ¿Lo entiende ahora, doctor? Es el quo vadis de la Humanidad. Alguien tenía que hacer la pregunta, y de una manera que no pudiera ser ignorada.

- Usted y su tripulación nunca hubieran podido predecir este cambio. Ni siquiera sabía, hasta hace unos momentos, la consecuencia de su acto.

- Doctor...

- En unos días no pudieron tener una evolución tan drástica de sus perspectivas del mundo. Nunca sabrían a ciencia cierta lo que iba a pasar. En su quinto informe bromea y habla de cosas que hará al regresar. Algo pasó allá arriba, algo los hizo cambiar. ¿Qué, maldición, qué?

Fueron sólo unos segundos entre el momento en que había terminado de hablar y el instante en que la imagen del Comandante desapareció de la pantalla. A veces no recuerda qué fue primero. Lo único que se escuchaba era la voz de Schirra, cada vez más apagada.

- Sucedió en la madrugada del noveno día de misión. Cernan había salido a reparar un deflector del ala izquierda. El lo vio primero, luego nos avisó.

La pantalla presentaba estática constante. En ese momento se vio una grabación, una grabación del circuito interno del Atlantis. En la esquina superior derecha se podía leer la fecha y la hora, con los segundos avanzando sin interrupción. La perspectiva mostraba la parte izquierda del fuselaje del Atlantis, al fondo la silueta cortada de la Tierra y muy lejos, atrás, el brillo del sol. ¿El sol? ¿Pero por qué aumentaba de tamaño? ¿Se estaba acercando? ¿Era el sol?

No podía darle crédito a sus ojos. Pensó por momentos que era la estática, pero ésta desapareció. Aquella luz se acercaba más y más, y adquiría forma, forma humana.

- Observe el aura, doctor. ¿La ve?

Ya aquella luz llenaba por completo el campo visual de la pantalla. Disminuyó lentamente de intensidad y entonces se pudieron distinguir las alas, doradas como el oro, aquel vestido de blancura luminosa y el rostro más inimaginablemente hermoso que ser humano alguno haya visto. El doctor Irwing sintió que se le formaba un nudo en la garganta ante esa visión celestial, ante aquel Ángel bondadoso que ahora volteaba muy lentamente hacia la cámara. No se pudo contener, las lágrimas invadieron sus ojos y deseó, deseó con toda su alma estar en el Atlantis.

- Vea cuando sonríe, doctor. ¿Lo vio?... ¿Lo vio?

FIN