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miércoles, 29 de septiembre de 2010

POPSY -- STEPHEN KING



POPSY
STEPHEN KING


Sheridan conducía con lentitud frente a la larga fachada lisa del centro comercial cuando vió al chiquillo salir por las puertas principales, situadas bajo el cartel iluminado. Era un niño, de tal vez algo más de tres años, aunque, sin duda, no pasaba de los cinco. En su rostro se leía una expresión a la que Sheridan se había tornado muy perceptivo. Estaba intentando contener las lágrimas, pero no tardaría en echarse a llorar.
Sheridan se detuvo un instante mientras le acometía la familiar sensación de disgusto…, aunque cada vez que se llevaba a un niño, la sensación se hacía menos acuciante.
Sheridan estacionó la furgoneta en unas de las plazas más cercanas al centro comercial y reservadas a los inválidos. En la parte trasera de la furgoneta llevaba una matrícula especial que el estado concede a los inválidos. La matrícula valía su peso en oro, porque impedía que los guardias de seguridad sospecharan y, además, porque esas plazas resultaban muy prácticas y casi siempre estaban vacías.
Se apeó de la furgoneta y caminó hacia el niño, que miraba en derredor con una expresión de creciente pánico. Sí, señor, pensó Sheridan, unos cinco años, tal vez seis, pero muy menudito. Bajo las estridentes luces fluorescentes que emanaba el interior del edificio, el niño aparecía blanco como la nieve, no sólo asustado, sino realmente enfermo. Sheridan supuso que su aspecto se debía al miedo. Por lo general, reconocía aquella expresión cuando la veía, porque había visto un gran terror reflejado en su propio espejo durante el último año y medio.
El niño alzó los ojos esperanzado hacia las personas que pasaban junto a él, personas que entraban en el centro comercial ansiosas por comprar, que salían cargadas de paquetes, con el rostro soñador, casi como drogado, impregnado de algo que probablemente tomaban por satisfacción.
El niño, enfundado en vaqueros Tuffskin y una camiseta de los Penguins de Pittsburgh, buscaba ayuda, buscaba a alguien que le mirara y comprobara que algo andaba mal, buscaba a alguien que le formulara la pregunta adecuada.
«Aquí estoy yo -pensó Sheridan mientras se acercaba-. Aquí estoy yo. »
Cuando estaba a punto de alcanzar al niño, divisó a uno de los guardias del centro comercial. Avanzaba despacio por el pasillo central en dirección a las puertas principales. Tenía la mano metida en un bolsillo, sin duda buscaba un paquete de cigarrillos. Dentro de un momento saldría y al diablo con el golpe de Sheridan.
Sheridan retrocedió unos pasos y fingió rebuscar en sus bolsillos para asegurarse de que todavía llevaba las llaves. Su mirada pasó del niño al guardia de seguridad y otra vez al niño. El pequeño se echo a llorar. No a aullar, todavía no, pero gruesas lágrimas, que parecían rosadas, empezaron a rodar por sus mejillas.
Al fin Sheridan decidió ir hacia donde el chiquillo estaba.
-¿Has perdido a tu padre?- preguntó Sheridan.
-Mi papito- repuso el niño mientras se secaba las lágrimas-. No lo encuentro.
De pronto el niño estallo en sollozos, y una mujer se volvió con una expresión de vaga preocupación.
La mujer siguió su camino. Sheridan rodeó los hombros del chico en ademán de consuelo y tiró de él hacia la derecha… en dirección a la furgoneta. A continuación echó otro vistazo al interior del centro comercial.
-Quiero a mi papito- Sollozó el pequeño.
-Claro que sí- Lo consoló Sheridan. Y lo encontraremos.
Empezó a dirigirse a la entrada principal, olvidadas ya las lágrimas, y Sheridan tuvo que hacer un gran esfuerzo para no agarrar al pálido chiquillo en aquel preciso instante.
Primero tenía que conseguir que subiera a la furgoneta.
Llevó al chico a la furgoneta, que tenía cuatro años y estaba pintada de un desvaído color azul. Abrió la portezuela y dedicó una sonrisa al niño, quien lo miró con expresión de duda. Los ojos verdes parecían nadar en su pequeño rostro pálido, ojos tan grandes como los de un niño extraviado de una de esas fotos que anuncian en los semanarios sensacionalistas baratos.
Sheridan salió del estacionamiento principal del centro comercial, se detuvo para comprobar que no venían coches. El niño estaba sentado en el borde del asiento, con las manos sobre las rodillas de los téjanos y los ojos completamente atentos.
-¿Por qué vamos por detrás?- quiso saber el niño.
-Hay que dar la vuelta para ir a las otras puertas- explicó Sheridan.
La expresión atormentada del pequeño se transformó en otra de sublime alivio, y por un instante, Sheridan sintió compasión por él. Al fin y al cabo, no era un monstruo ni un maniaco, por Dios. Pero las deudas iban aumentando un poco más cada vez. Y era la única forma que tenía para pagarlo.
Sheridan extrajo unas esposas de la guantera sin que el niño lo notara.
El chico se inclinó por un momento, Sheridan se acercó a él y cerró una de las esposas sobre la mano extendida del niño con toda la facilidad del mundo, y entonces empezaron los problemas. El crío peleaba como un lobezno, retorciéndose con una fuerza a la que Sheridan nunca habría dado crédito de no estar experimentando sus consecuencias en aquel mismo instante.
Sheridan agarró al niño por el cuello redondo de la camiseta y tiró de él hacia dentro. Intentó cerrar la segunda esposa en torno a la riostra especial que había junto al asiento del copiloto, pero falló. El niño le mordió la mano dos veces hasta hacerle sangrar. Dios, tenía los dientes como cuchillas de afeitar. Le acometió un intenso dolor que le ascendió por el brazo. Asestó al niño un puñetazo en la boca. El niño cayó sobre el asiento, medio atontado, con la sangre de Sheridan sobre los labios, la barbilla y el cuello de la camiseta. Sheridan cerró la esposa sobre la riostra y se hundió en su propio asiento mientras se succionaba la sangre de la mano.
El dolor era terrible. Se sacó la mano de la boca y observó las heridas a la mortecina luz del salpicadero. Distinguió dos hileras de orificios superficiales, de unos cinco centímetros de longitud, que avanzaban hacia la muñeca desde los nudillos. la sangre brotaba en pequeños hilillos. Pese a todo no sentía deseos de volver a golpear al muchacho, y eso no tenía nada que ver con dañar la mercancía.
-Se arrepentirá- Anunció el niño.
Sheridan miró en derredor con impaciencia.
-Mi papito es muy fuerte, señor. Me encontrará.
-Ajá- dijo Sheridan
-Puede olerme
Sheridan no lo dudaba. El mismo podía oler al crío. El miedo despedía un olor con el que se había familiarizado en sus expediciones anteriores, pero el olor de este niño era irreal, una mezcla de sudor, barro y ácido sulfúrico hervido. Cada vez estaba mas convencido de que al niño le pasaba algo grave.
Siete kilómetros más adelante, Sheridan tomó un camino de tierra apisonada que rodeaba el lado norte de una laguna. Ocho kilómetros más adelante y hacia el oeste, tomaría la carretera 41.
Echó un vistazo a la laguna, una extensión plateada a la luz de la luna… y de pronto la luna dejó de brillar. Desapareció.
Sobre la furgoneta se oyó un ruido parecido al que producen las sábanas al ondear al viento.
-¡Abuelito!- gritó el niño.
-Cierra el pico, es un pájaro.
Pero de pronto sintió que un gran escalofrío le recorría el cuerpo. Un escalofrío tremendo. Miró al pequeño. Había vuelto a abrir los labios, mostrando todos los dientes. Tenía dientes blancos, muy blancos y grandes.
Algo aterrizó sobre el techo de la furgoneta con un gran golpe sordo.
-¡Papito!- Volvió a gritar el pequeño, casi loco de alegría.
De pronto Sheridan dejo de ver la carretera… una enorme ala membranosa, sembrada de venas palpitantes, cubrió toda la extensión del parabrisas.
-El abuelito sabe volar.
Sheridan lanzó un grito y pisó el freno con la esperanza de que aquella cosa saliera despedida del techo.
-¡Me ha raptado abuelito!
De pronto, una mano, que parecía más una garra que una auténtica mano, atravesó el vidrio de la ventanilla y le arrebató dos dedos. Al cabo de un instante, el abuelito arrancó toda la portezuela de cuajo, convirtiendo las bisagras en brillantes birutas de metal inútil.
El abuelito sacó a Sheridan del coche de un solo tirón, y sus garras se le clavaron en la chaqueta, después en la camisa y a continuación, en lo más profundo de la carne de sus hombros. De repente los ojos verdes del abuelito adquirieron un color rojo oscuro como la sangre.
-Hemos ido al centro comercial para comprar juguetes articulados- susurro el abuelito.
El aliento le olía a carne plagada de cresas.
-Todos los niños los quieren. Debería haberlo dejado en paz.
Zarandeó a Sheridan como si de un muñeco se tratara. Cuando el hombre gritó, lo zarandeo un poco más. Sheridan oyó que el papito le preguntaba al niño con toda amabilidad si todavía tenía sed; oyó al niño responder que sí, que tenía mucha sed, que el hombre malo lo había asustado y que tenía la garganta muy seca. Vio la uña del pulgar de su abuelito una fracción de segundo antes de que desapareciera bajo su barbilla; una uña mordida y gruesa que le rebanó el cuello antes de que se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo, y lo último que vio antes de sumergirse en las tinieblas fue al niño, con las manos formando un cuenco para recoger en ellas el río de sangre.

STEPHEN KING - LA IMAGEN DE LA MUERTE




STEPHEN KING - LA IMAGEN DE LA MUERTE




—Lo trasladamos el año pasado, y fue de lo más complicado —explicó Carlin
mientras subían la escalera—. Además tuvimos que hacerlo a mano. No había otra
forma. Lo aseguramos de accidentes en Lloyd’s antes incluso de sacarlo de su
caja, en el salón. Fue la única compañía que quiso asegurarlo por la cantidad
que habíamos previsto.
Spangler no dijo nada. El hombre era un imbécil. Jonson Spangler hacía tiempo
que había aprendido que la única forma de tratar con un imbécil era ignorarle.
—Lo aseguramos por un cuarto de millón de dólares —terminó Carlin cuando
llegaban al rellano del segundo piso—. Y nos costó un buen pico. —Era un
hombrecillo regordete, con gafas sin montura y una calva morena que brillaba
como una pelota de voleo barnizada. Una armadura, que guardaba la oscuridad de
caoba del corredor del segundo piso, les contempló impasible.
Era un corredor largo, y Spangler miró las paredes, y lo que estaba colgado en
ellas, con frío ojo profesional. Samuel Glaggert había comprado mucho, pero no
había comprado bien. Como muchos de los grandes industriales, que se habían
hecho a sí mismos en el pasado 1800, había resultado poco más que un amo de casa
de empeños disfrazado de coleccionista, un experto en pinturas monstruosas,
novelas y colecciones de poesías sin valor encuadernadas en cuero valioso, y
atroces esculturas, todo ello considerado por él como arte.
En aquel piso las paredes estaban recubiertas, mejor dicho festoneadas, de
tapices marroquíes de imitación, innumerables (y sin duda anónimas) maddonas
sosteniendo innumerables niños nimbados, mientras innumerables ángeles
revoloteaban de un lado a otro en el fondo, grotescos candelabros repletos de
volutas, y una lámpara monstruosa, cursimente ornamentada y rematada por una
ninfa sonriente y salaz.
Naturalmente, el viejo pirata había conseguido algunas piezas interesantes; la
ley de las probabilidades lo requiere así. Y si el Museo Particular en Memoria
de Samuel Claggert (<

centavos los niños>>... ridículo) contenía un 98 por ciento de flagrante basura,
el 2 por ciento restante, cosas como el rifle Coombs colgado sobre la chimenea
de la cocina, la curiosa y pequeña cámara oscura en el salón, y por supuesto
el...
—El espejo Delver fue retirado de la planta baja después de un desgraciado...
incidente —informó bruscamente Carlin, motivado aparentemente por un horrendo
retrato colgado en el rellano del siguiente tramo de escaleras—. Hubo otros...
(palabras agresivas, declaraciones ofensivas), pero ése fue un intento
deliberado de destruir realmente el espejo. La mujer, una tal Sandra Bates,
llegó con una piedra en el bolsillo. Afortunadamente tenía mala puntería y sólo
estropeó una esquina del marco. El espejo no sufrió daños. Esa Bates tenía un
hermano...
—No necesito que me recite el recorrido de a dólar —le cortó Spangler—. Conozco
bien la historia del espejo Delver.
—Fascinante, ¿no le parece? —Carlin le dirigió una extraña mirada de soslayo—.
Tenemos a la duquesa inglesa de 1709, y el comerciante de alfombras de
Pensilvania en 1746, por no hablar de...
—Conozco la historia —repitió Spangler sin inmutarse—. Lo que a mí me interesa
es el trabajo. Y luego, naturalmente, la autenticidad...
—¡Autenticidad! —exclamó Carlin con una seca risita que sonó como si se hubieran
sacudido huesos en la alacena—. Todo ha sido examinado por expertos, señor
Spangler.
—Claro, también lo fue el Stradivarius de Lemlier.
—Cierto —suspiró Carlin—. Pero ningún Stradivarius tuvo jamás la... jamás causó
tantos incidentes como el espejo Delver.
—En efecto —dijo Spangler con su dulce voz despectiva. Comprendía que no había
forma de cerrarle el pico a Carlin; tenía una mente perfectamente acorde con su
edad—. En efecto.
Subieron al tercer y cuarto piso. Al acercarse a la parte alta de la vieja
estructura, notaron un calor agobiante en las oscuras galerías superiores. Con
el calor, se notó un olor que Spangler conocía bien porque había pasado toda su
vida de adulto envuelto en él... un olor a moscas muertas en oscuros rincones,
humedad, y carcoma detrás del yeso. El olor a vejez. Era un olor común en museos
y mausoleos. Imaginó que ese mismo olor podía salir de la tumba de una joven
virginal que llevara cuarenta años muerta.
Allí arriba, las reliquias estaban amontonadas de cualquier modo, con la
profusión típica de las almonedas. Carlin lo condujo por un laberinto de
estatuas, retratos con marcos partidos, pajareras doradas y pomposas, piezas de
una antigua bicicleta-tándem. Le guió hasta el fondo, a una pared a la que se
había adosado una escalera debajo de una trampilla en el techo. De la escotilla
pendía un viejo candado polvoriento.
A la izquierda, una imitación de Adonis les contemplaba con sus ojos sin
pupilas. Uno de sus brazos se tendía y de la muñeca colgaba un letrero donde se
leía: ABSOLUTAMENTE PROHIBIDA LA ENTRADA.
Carlin sacó un llavero de su chaqueta, eligió una llave y subió por la escalera
de mano. Se detuvo en el tercer peldaño con la calva brillando levemente en la
sombra:
—No me gusta el espejo —dijo—. Nunca me gustó. Me da miedo mirarlo. Temo mirar
algún día y ver... lo que los demás vieron.
—No vieron otra cosa que su imagen —aclaró Spangler.
Carlin masculló algo, movió la cabeza y tanteó en el techo, torciendo el cuello
para meter la llave en el candado.
—Habría que cambiarlo —dijo—. Es... ¡Maldición!
El candado se abrió de pronto y se soltó de las anillas. Carlin hizo un gesto
brusco para recuperarlo y casi cayó de la escalera. Spangler lo sujetó
oportunamente y miró hacia arriba. Carlin se agachaba tembloroso al último
peldaño, pálido en la oscura penumbra.
—Está nervioso, ¿verdad? —preguntó Spangler.
Carlin no contestó. Parecía paralizado.
—Baje, por favor —dijo Spangler—. Baje, antes de que se caiga.
Carlin lo hizo despacio, agarrándose a cada peldaño como un hombre suspendido
sobre un abismo. Cuando sus pies tocaron el suelo empezó a temblar, como si el
suelo transmitiera alguna clase de corriente.
—Un cuarto de millón —repitió—. Un cuarto de millón de dólares de seguro para
sacar... esa cosa de la planta baja y subirla aquí. Esa maldita cosa. Tuvieron
que montar una polea especial para subirla al desván. Y yo tenía la esperanza,
casi recé, de que las manos de alguien estuvieran resbaladizas, que el cable no
sería lo bastante resistente, que esa cosa se caería y se rompería en mil
pedazos...
—Hechos —dijo Sprangler—. Hechos, Carlin. Déjese de historias truculentas o
películas de miedo serie B. Hechos. Primero: John Delver era un artesano inglés
de ascendencia normanda que fabricó espejos durante el período isabelino en
Inglaterra. Vivió y murió normalmente. Nada de palabras mágicas en el suelo que
tuviera que limpiar el ama de llaves, nada de documentos con olor a azufre, o
manchas de sangre junto a la firma.
Segundo: sus espejos son joyas de coleccionista debido principalmente a su
trabajo perfecto y a que empleó un tipo de cristal de aumento levemente
distorsionante, algo que los distinguía de los demás. Tercero: por lo que
sabemos sólo existen cinco espejos Delver; dos de ellos en América. No tienen
precio. Cuarto: este Delver, y el que fue destruido durante el bombardeo de
Londres, se han ganado cierta reputación dudosa debida sobre todo a
exageraciones y coincidencias...
—Quinto —añadió Carlin—: es usted un cabrón, ¿verdad?
Spangler contemplo con una mueca al ciego Adonis.
—Yo acompañaba al grupo del que formaba parte el hermano de Sandra Bates
—prosiguió Carlin—. Tenía unos quince años y formaba parte de un grupo de
estudiantes de instituto. Yo estaba contándoles la historia del espejo y había
llegado a la parte que usted apreciaría (la hermosa factura, la perfección del
cristal), cuando el muchacho levantó la mano. ¿<

negra que hay en el ángulo superior izquierdo?>>, preguntó.
<
> Y uno de sus amigos le preguntó a qué se refería, así que
el chico Bates empezó a explicárselo pero calló de pronto. Miró el espejo
fijamente, acercándose al cordón de terciopelo rojo que lo protegía, luego miró
hacia atrás, como si lo que había visto fuera el reflejo de alguien..., de
alguien vestido de negro, de pie detrás de él. <
> dijo.
<
> Y no dijo más.
—Siga —pidió Spangler—. Se relame por decirme que era la Muerte... creo que esto
es lo que se dice, ¿verdad? Que algunas personas ven la imagen de la muerte en
el espejo. Venga, suéltelo de una vez. ¡Al National Enquirer le encantará la
historia! Cuénteme las horrorosas consecuencias y desafíeme a que pueda
explicarlo. ¿Qué pasó, le atropelló un coche? ¿Se tiró por una ventana? ¿O qué?
Carlin rió con tristeza.
—Debería saberlo mejor, Spangler. ¿No me ha dicho por dos veces que usted es...
que está perfectamente al corriente de la historia del espejo Delver? No hubo
consecuencias horribles. No las ha habido nunca. Por esa razón el espejo Delver
no figura en las ediciones domingueras como el diamante Koh-i-noor o la
maldición de Tutankhamón. Es manso comparado a esos dos. Cree que soy un
imbécil, ¿verdad?
—Sí. ¿Podemos subir ahora?
—Muy bien —dijo Carlin.
Subió por la escalera de mano y empujó la trampilla. Se oyó un chirrido
quejumbroso al levantar el peso en la oscuridad y Carlin se perdió en las
sombras. Spangler le siguió. El Adonis ciego se quedó mirándolos mudamente.
El desván estaba caliente, iluminado sólo por una ventana llena de telarañas, e
un ángulo, que filtraba la luz exterior con un resplandor lechoso y sucio. El
espejo estaba apoyado contra una esquina, de cara a la luz, reflejándola como
una mancha blanquecina en la pared opuesta. Había sido atornillado para mayor
seguridad a un armazón de madera.
Carlin no lo miró. Se esforzó todo lo que pudo por no mirar.
—Ni siquiera lo ha cubierto con un trapo —protestó Spangler, repentinamente
indignado.
—Yo lo veo como un ojo —dijo Carlin; su voz sonaba vacía—. Si se le deja
abierto, siempre abierto, a lo mejor se queda ciego.
Spangler no le prestó atención. Se quitó la chaqueta, la dobló cuidadosamente
con los botones hacia dentro, y con infinita ternura limpió el polvo de la
superficie convexa del espejo. Luego dio un paso atrás y lo contempló.
Era genuino. No cabía la menor duda. Era un ejemplo perfecto del genio de
Delver. La habitación llena de trastos, detrás de él, su imagen reflejada, la
silueta medio vuelta de Carlin... todo estaba claro, bien definido, casi
tridimensional. El leve aumento del cristal daba a todas las cosas un efecto
ligeramente curvo que añadía una distorsión inquietante. Era...
La idea se le fue y de pronto sintió otro arranque de ira:
—Carlin.
Carlin no dijo nada.
—¡Carlin, maldito sea, pensé que me había dicho que la muchacha no había dañado
el espejo!
No obtuvo respuesta.
Spangler lo miró fríamente por el espejo.
—Hay un trozo de esparadrapo en la parte de arriba, en el ángulo izquierdo.
¿Llegó a partirlo? ¡Por el amor de Dios, diga algo!
—Está viendo a la Muerte —contestó Carlin inexpresivamente—. No hay esparadrapo
en el espejo. ¡Pase la mano por encima!
Spangler se envolvió la mano con la manga de su chaqueta, y la apoyó blandamente
sobre el espejo.
—¿Lo ve? No hay nada de sobrenatural. Se ha ido. Mi mano lo cubre.
—¿Lo cubre? ¿Nota el esparadrapo? ¿Por qué no lo arranca?
Spangler apartó su mano y miró el espejo. Todo en él parecía algo más
distorsionado; las esquinas del desván más inclinadas, como si fueran a resbalar
hacia una ignota eternidad. No había la menor mancha oscura en el espejo. Estaba
impecable. Sintió despertar en su interior un terror inexplicable.
—Parecía él, ¿no cree? —preguntó Carlin. Su rostro estaba muy pálido y sus ojos
miraban al suelo. En su cuello palpitaba un músculo—. Admítalo, Spangler.
Parecía una figura embozada, de pie detrás de usted, ¿verdad?
—Parecía una cinta adhesiva cubriendo una pequeña rotura —repuso Spangler con
firmeza—. Ni más ni menos...
—El joven Bates era muy fuerte —dijo Carlin. Sus palabras parecían resquebrajar
la atmósfera agobiante y quieta—. Era como un jugador de fútbol. Llevaba una
camiseta con una gran letra y pantalones verde oscuro. Nos encontrábamos a mitad
de camino de la exposición de arriba cuando...
—El calor me está mareando —dijo Spangler. Había sacado un pañuelo y se secaba
el cuello. Sus ojos recorrieron la superficie convexa del espejo.
—... cuando dijo que necesitaba ir a beber agua. Un vaso de agua, ¡por el amor
de Dios!
Carlin se volvió a mirar a Spangler, con expresión de poseso, y prosiguió.
—¿Cómo iba a saberlo yo? ¿Cómo podía saberlo?
—¿Hay un lavabo por aquí? Creo que voy a...
—Su camiseta... vi fugazmente su camiseta mientras iba bajando la escalera...
Después...
—... vomitar.
Carlin sacudió la cabeza y volvió a mirar al suelo.
—Naturalmente. Segundo piso, tercera puerta a la izquierda, en dirección a la
escalera. —Levantó la cabeza, suplicante—. ¿Cómo iba a saberlo?
Pero Spangler ya estaba bajando por la escalera de mano. Se movió bajo su peso y
por un momento Carlin pensó —deseó— que se cayera. No ocurrió así. Por el
recuadro abierto en el suelo, Carlin le vio bajar tapándose la boca con la mano.
—¿Spangler?
Pero ya se había ido.
Carlin escuchó sus pasos, el eco de sus pasos, y luego nada. Cuando ya se
hubieron apagado, se estremeció. Trató de llevar sus pies hacia la trampilla,
pero los tenía helados. Sólo aquella última mirada, fugaz, a la camiseta del
muchacho...
¡Dios...!
Era como si unas enormes manos invisibles tiraran de su cabeza, obligándole a
levantarla. Aunque no quería mirar, Carlin fijó la vista en la brillante
profundidad del espejo Delver.
No había nada.
La habitación se reflejaba con toda fidelidad, sus polvorientos confines
transformados en brillante infinitud. Unas líneas de un poema de Tensión, casi
olvidado, acudieron a su mente de pronto y recitó en voz alta: <

mareada por las sombras, dijo la Dama de Shalott...>>
Y seguía sin poder apartar la mirada, y la quietud palpitante le retenía. Junto
a una esquina del espejo, una cabeza de búfalo, comida por las polillas le miró
con sus ojos de obsidiana, planos.
El muchacho había querido beber agua y la fuente estaba en el vestíbulo del
primer piso. Había bajado y...
Y nunca más había vuelto.
Jamás.
A ninguna parte.
Lo mismo que la duquesa inglesa que se había detenido a admirarse en su espejo,
antes de una soirée, y decidió volver al gabinete en busca de sus perlas. Como
el vendedor de alfombras que había salido a pasear en coche y había dejado tras
él sólo un coche vacío y dos caballos mudos.
Y el espejo Delver había estado en Nueva York desde 1897 hasta 1920,
precisamente cuando el juez Crater...
Carlin miró como hipnotizado a lo más profundo del espejo. Abajo, el Adonis
ciego vigilaba.
Estuvo esperando a Spangler, casi como la familia Bates debió de haber estado
esperando a su hijo, como el marido de la duquesa esperaría a que su esposa
volviera del gabinete. Miró al espejo y esperó.
Y esperó.
Y esperó.

STEPHEN KING - APARECIÓ CAÍN



STEPHEN KING - APARECIÓ CAÍN



Garrish salió del resplandeciente sol de mayo y pasó al frescor del vestíbulo.
Le costó un poco enfocar la vista y en un primer momento Harry el Castor no fue
más que una voz incorpórea saliendo de las sombras.
—Era una zorra, ¿verdad? –preguntó Castor—. ¿Verdad que era una zorra?
—Sí —contestó Garrish—. Fue difícil.
Ahora pudo fijar sus ojos en Castor. Se estaba frotando los granos de la frente
y le sudaban las orejas. Llevaba sandalias y una camiseta con el número 69 y una
chapa en la parte delantera que ponía: «Bienvenido es un pervertido.» Los
enormes dientes delanteros de Castor se distinguían en la oscuridad.
—Iba a dejarlo en enero —explicó Castor —. Me lo repetí una y otra vez mientras
todavía tenía tiempo. Pero pasaron las recuperaciones y ya fue cuestión de
volver a intentarlo o dejar el curso incompleto. Creo que he suspendido, Curt.
Estoy seguro.
La gobernanta estaba en la esquina, junto a los buzones. Era una mujer muy alta
que se parecía vagamente a Rodolfo Valentino. Estaba intentando ajustarse un
tirante del sostén por el sobaco sudado de su traje con una mano, mientras con
la otra ponía una chincheta a una hoja de salida de dormitorio.
—Muy difícil —repitió Garrish.
—Quise copiar algo de ti, pero no me atreví, aquel tío tiene ojos de águila.
¿Crees que sacaste un diez?
—A lo mejor he suspendido –dijo Garrish.
—¿Crees que Tú suspendiste? —exclamó el Castor —. Crees que...
—Voy a ducharme, ¿vale?
—Claro, Curt. ¿Fue éste tu último examen?
—Sí. Lo fue.
Garrish cruzó el vestíbulo, empujó la puerta y empezó a subir por la escalera.
El hueco olía a sudor rancio. Siempre la dichosa escalera. Su habitación estaba
en el quinto piso.
Quinn y aquel otro idiota del tercero, el de las piernas peludas, le adelantaron
lazándose una pelotita. Un pequeño, con gafas de montura de concha y un
incipiente principio de barba, le cruzó entre el cuarto y el quinto, con un
libro de aritmética apretado contra su pecho como si fuera la Biblia, y
desgranando un rosario de logaritmos.
Tenía los ojos tan vacíos como pizarras.
Garrish se detuvo para mirarle, preguntándose si no estaría mejor muerto, pero
el pequeño ya sólo era una sombra móvil en la pared. Volvió a verle una vez más
y luego desapareció del todo. Garrish llegó al quinto y anduvo hasta su
habitación. Pig Pen se había marchado hacía dos días. Cuatro finales en tres
días y adiós muy buenas. Pig Pen sabía arreglar sus cosas. Había dejado
únicamente sus cromos en la pared, dos calcetines sucios y una parodia, en
cerámica, del Pensador de Rodin sentado en la taza de un retrete.
Garrish metió la llave en la cerradura.
—¡Curt! ¡Eh, Curt!
Rollins, el imbécil encargado del piso, que había enviado a Jimmy Brody a ver al
decano porque había bebido, se acercaba por el corredor, haciéndole señas con la
mano. Era alto, bien plantado, con el cabello cortado a cepillo, simétrico en
todo. Parecía barnizado.
—¿Has terminado todo? —preguntó Rollins.
—Sí.
—No te olvides de barrer tu habitación y llenar la hoja de incidencias, ¿de
acuerdo?
—Sí.
—Pasé una hoja de incidencias por debajo de tu puerta el otro día, ¿verdad?
—Sí.
—Si no me encuentras en mi habitación, echa la hoja por debajo de la puerta, y
la llave también.
—Está bien.
Rollins le cogió la mano y se la sacudió un par de veces, rápidamente. La mano
de Rollins estaba seca y rasposa. Estrecharla era como estrechar un puñado de
sal.
—Que tengas un buen verano.
—Gracias.
—No trabajes demasiado.
—No.
Úsalo, pero no abuses.
—Sí y no.
Rollins pareció desconcertado, pero se echó a reír y dijo:
—Cuídate.
Le dio una palmada en el hombro y se volvió, parándose una vez para advertir a
Ron Frane que apagara el estéreo. Garrish imaginó a Rollins muerto en una cuneta
con los ojos llenos de gusanos. A Rollins no le importaría. A los gusanos
tampoco. O te comías el mundo o el mundo te comía a ti, y estaba bien de ambos
modos.
Garrish se quedó pensativo viendo alejarse a Rollins hasta que lo perdió de
vista; luego entró en su habitación.
Con el desorden ciclónico de Pig Pen desaparecido, la habitación parecía yerma y
estéril. De la montaña desordenada que había sido la cama de Pig Pen no quedaba
sino el colchón... manchado. Dos portadas de Playboy le contemplaban con dos
suculentos pechos bidimensionales.
No había mucha diferencia en la parte de habitación correspondiente a Garrish,
que siempre estaba perfectamente ordenada al estilo militar. Si dejabas caer una
moneda sobre la colcha de la cama de Garrish, rebotaba. Tanto orden había
crispado los nervios de Piggy. Se había graduado en inglés y su sintaxis era
perfecta. A Garrish le llamaba el encasillado. Lo único que había en la pared
sobre la cama de Garrish era un enorme póster de Humphrey Bogart que había
comprado en la librería de la facultad. El actor llevaba una pistola automática
en cada mano y lucía tirantes. Pig Pen decía que las pistolas y los tirantes
eran símbolos de impotencia. Garrish no creía que Bogart hubiera sido impotente,
aunque nunca había leído nada sobre él.
Se acercó a su ropero, lo abrió y sacó el gran rifle Mágnum 352 de culata de
nogal que su padre, un ministro metodista, le había comprado por Navidad. En
marzo, él había comprado la mira telescópica.
No debían guardarse armas en la habitación, ni siquiera escopetas de caza, pero
no había sido difícil. Lo había sacado la víspera de la consigna de armas de la
universidad, con una autorización para retirarlo, falsificada. Lo metió en su
funda impermeable y lo escondió en el bosque, detrás del campo de fútbol. Luego,
de madrugada, a eso de las tres, salió a buscarlo y lo llevó arriba por los
dormidos corredores.
Se sentó en la cama con el rifle sobre las rodillas y sollozó. El Pensador,
sentado en su taza, le estaba mirando. Garrish dejó el arma sobre la cama, cruzó
la estancia y de un manotazo lo hizo caer de la mesa al suelo, donde se hizo
añicos. Llamaron a la puerta. Garrish metió el rifle debajo de la cama.
—Entre.
Era Bailey, en calzoncillos. No había futuro para Bailey. Se casaría con una
chica estúpida y tendría hijos estúpidos. Después moriría de cáncer o de
insuficiencia renal.
—¿Cómo estuvo el final de química, Curt?
—Muy bien.
—Me preguntaba si podrías prestarme tus apuntes. Yo lo tengo mañana.
—Lo siento, pero los quemé con todo lo que no me servía.
—¡Oh, Dios mío! ¿Lo ha hecho Piggy? —Señaló los restos del Pensador.
—Creo que sí.
—¿Por qué lo hizo? A mí me gustaba. Iba a comprárselo.
Bailey tenía facciones como de ratón. Los calzoncillos le colgaban por detrás.
Garrish podía ver cómo sería con el tiempo, cómo moriría de enfisema o de algo,
metido en una tienda de oxígeno. Tendría un tono amarillento. Yo podría
ayudarte, pensó Garrish.
—¿Crees que le importaría si me quedara con sus tetudas?
—Supongo que no.
—Bien —Bailey cruzó la habitación, eludiendo cuidadosamente con sus pies
desnudos los fragmentos de cerámica, y quitó las chinchetas de las portadas de
Playboy—. Esta fotografía de Bogart es realmente asombrosa —dijo— ¡Sin tetas,
pero...!
Oye –Miró a Garrish para ver si sonreía. Al ver que no lo hacía, le preguntó —:
Supongo que no piensas tirarla o algo así, ¿verdad?
—No. Mira, pensaba tomar una ducha, si no te importa.
—Bueno. Que tengas un buen verano, Curt.
—Gracias.
Bailey se dirigió hacia la puerta meneando el fondillo del calzoncillo. Se
detuvo y preguntó:
—¿Cuatro puntos este semestre, Curt?
—Como mínimo.
—Enhorabuena. Hasta el curso que viene.
Salió y cerró la puerta. Garrish se quedó sentado en la cama por un momento,
luego sacó el rifle, lo desmontó y lo limpió. Se acercó el cañón al ojo y
contempló el pequeño círculo de luz azul al otro extremo. El cañón estaba
limpio. Volvió a montar el arma.
En el tercer cajon de su escritorio había tres cajas de balas Winchester. Las
colocó en el alféizar de la ventana. Cerró con llave la puerta del cuarto y
volvió a la ventana. Subió las persianas.
La explanada estaba salpicada de estudiantes que paseaban. Quinn y su amigo
idiota estaban jugando con una pelota. Corrían de un lado a otro como hormigas
huyendo de un hormiguero aplastado.
—Voy a decirte algo —dijo Garrish a Bogart—: Dios se enfureció con Caín porque
éste suponía que Dios era vegetariano. Su hermano lo veía de otro modo. Dios
hizo el mundo a Su imagen, y si no te comes el mundo, el mundo te come a ti. Así
que Caín va y le dice a su hermano; «¿Por qué no me lo dijiste?» Y su hermano
contesta: «¿Por qué no me escuchaste?» Y Caín dice: «Está bien, ahora te
escucho.» Así que se carga a tu hermano y luego dice: «¡Eh, Dios! ¿Quieres
carne? ¡Aquí la tienes! ¿Quieres lomo, chuletas o qué?» Y Dios le dice que se
prepare... ¿No es gracioso?
Bogart no contestó.
Garrish abrió la ventana y apoyó los codos en el alféizar, sin dejar que al
cañón del rifle le diera el sol. Puso el ojo en la mira.
Lo tenía apuntando al dormitorio de chicas del Carlton Memorial, del otro lado
de la explanada. Carlton era popularmente conocido como «la perrera». Situó la
cruz de la mira sobre una furgoneta Ford. Una rubia con tejanos y una blusa azul
pálido estaba hablando son sus padres, mientras su padre, rubicundo y calvo,
cargaba las maletas en el coche.
Alguien llamó a la puerta.
Garrish esperó.
Volvieron a llamar.
—¿Curt? Te daré medio pavo por el póster de Bogart.
Bailey.
Garrish no contestó. La chica y su madre se reían de algo, sin saber que sus
intestinos estaban llenos de bacterias que comían y se multiplicaban. El padre
se reunió con ellas y se quedaron juntos al sol, un retrato de familia en la
cruz de la mira.
—¡Maldita sea! —protestó Bailey, sus pasos se oyeron pasillo abajo.
Garrish apretó el gatillo.
El rifle retrocedió contra su hombro, el retroceso blando y perfecto que recibes
cuando has apoyado el arma exactamente en el punto apropiado. La cabeza rubia de
la muchacha sonriente se desintegró.
Su madre siguió sonriendo por un instante y luego se llevó la mano a la boca,
chillando. Garrish le disparó. Mano y cabeza se desintegraron en un estallido
rojo. El padre, que había estado cargando las maletas, echó a correr. Garrish le
siguió y le disparó a la espalda.
Levantó la cabeza, abandonando la mira por un momento. Quinn sostenía la pelota
y contemplaba los sesos de la chica rubia que habían salpicado el cartel de
PROHIBIDO APARCAR que había detrás de su cuerpo tendido. Quinn no se movió. En
toda la explanada la gente se había quedado petrificada, como niños jugando a
las estatuas.
Alguien volvió a llamar a la puerta y sacudió el picaporte. Otra vez Bailey:
—¿Curt? ¿Estás bien, Curt? Creo que alguien ha...
—Muy bien, buen Dios, ¡vamos allá! —exclamó Garrish y disparó a Quinn, pero el
tiro salió desviado. Quinn echó a correr. Bien. El segundo disparo le dio en el
cuello y le arrojó cinco metros adelante.
—¡Curt Garrish se está matando! –chillaba Bailey—. ¡Rollins! ¡Rollins! ¡Ven,
aprisa!
Sus pasos volvieron a perderse por el corredor.
Ahora todos echaban a correr. Garrish oía cómo gritaban, y el apagado rumor de
los pies en la explanada.
Miró a Bogart, que empuñaba sus dos pistolas y miraba por encima de él.
Contempló los restos esparcidos del Pensador de Piggy y se preguntó qué estaría
haciendo Piggy hoy; ¿durmiendo, viendo la televisión, disfrutando de un
maravilloso ágape?
¡Cómete el mundo, Piggy!, pensó Garrish. ¡Hay que tragarlo de golpe!
—¡Garrish! –Ahora era Rollins el que golpeaba la puerta—. ¡Abre, Garrish!
—Se ha encerrado —jadeó Bailey—. Tenía mala cara, se ha matado, lo sé.
Garrish volvió a sacar el cañón por la ventana.
Un muchacho con una camisa a cuadros estaba en cuclillas detrás de un seto,
espiando las ventanas de los dormitorios con desesperación. Quería escapar,
correr, Garrish lo sabía, pero sus piernas estaban yertas.
—Buen Dios, vamos allá —murmuró Garrish, y empezó a disparar de nuevo.

El Asesino -- Stephen King



El Asesino
 Stephen King


Repentinamente se despertó sobresaltado, y se dio cuenta que no sabía quién era, ni qué estaba haciendo ahí, en una fábrica de municiones. No podía recordar su nombre ni que había estado haciendo antes. No podía recordar nada.
La fábrica era enorme, con líneas de ensamblaje, cintas transportadoras y con el sonido de las partes que estaban siendo ensambladas.
Tomó uno de los revólveres terminados desde una caja donde estaban siendo, automáticamente, empaquetados. Evidentemente había estado operando en la máquina, pero ahora estaba parada.
Recogió el revólver como algo muy natural. Caminó lentamente hacia el otro lado de la fábrica, a lo largo de las rampas de vigilancia. Allí había otro hombre empaquetando balas.
¾¿Quién Soy? ¾le dijo pausadamente, indeciso.
El hombre continuó trabajando. No levantó la vista, daba la impresión que no le había escuchado.
¾¿Quién soy? ¿Quién soy? ¾gritó, y aunque toda la fábrica retumbó con el eco de sus salvajes gritos, nada cambió. Los hombres continuaron trabajando, sin levantar la vista.
Agitó el revólver junto a la cabeza del hombre que empaquetaba balas. Le golpeó, y el empaquetador cayó y, con su cara, golpeó la caja de balas que cayeron sobre el suelo.
Él recogió una. Era el calibre correcto. Cargó varias más.
Escuchó el click-click de pisadas detrás de él, se volvió y vio a otro hombre caminando sobre una rampa de vigilancia.
¾¿Quién soy? ¾le gritó. Pero realmente no esperaba obtener respuesta.
Sin embargo, el hombre miró hacia abajo, y comenzó a correr.
Apuntó el revólver hacia arriba y disparó dos veces. El hombre se detuvo, y cayó de rodillas, pero antes de caer, pulsó un botón rojo en la pared.
Una sirena comenzó a aullar, ruidosa y claramente.
¾¡Asesino! ¡Asesino! ¡Asesino! ¾bramaron los altavoces.
Los trabajadores no levantaron la vista. Continuaron trabajando.
Corrió, intentando alejarse de la sirena, del altavoz. Vio una puerta, y corrió hacia ella.
La abrió, y cuatro hombres uniformados aparecieron. Le dispararon con extrañas armas de energía. Los rayos pasaron a su lado.
Disparó tres veces más, y uno de los hombres uniformados cayó, su arma resonó al caer al suelo.
Corrió en otra dirección, pero más uniformados llegaban desde la otra puerta. Miró furiosamente alrededor. ¡Estaban llegando por todos lados! ¡Tenía que escapar!
Trepó, más y más alto, hacia la parte superior. Pero había más de ellos allí. Le tenían atrapado. Disparó hasta vaciar el cargador del revólver.
Se acercaron hacia él, algunos desde arriba, otros desde abajo.
¾¡Por favor! ¡No disparen! ¡No se dan cuenta que sólo quiero saber quién soy!
Dispararon, y los rayos de energía lo abatieron. Todo se volvió oscuro...
Observaron como cerraban la puerta tras él, y entonces el camión se alejó.
¾Uno de ellos se convierte en asesino de vez en cuando ¾dijo el guardia.
¾No lo entiendo ¾dijo el segundo, rascándose la cabeza¾. Mira ése. ¿Qué era lo que decía? «Sólo quiero saber quién soy». Eso era.
¾Parecía casi humano. Estoy comenzando a pensar que están fabricando a esos robots demasiado bien.
Observaron al camión de reparación de robots desaparecer por la curva.


F I N

EL cantar del exangel -- nExTuz ( autor novel )




EL cantar del exangel
Yo que vivo en cima de la hoguera y de brisas que consumen la belleza de primavera
Dime porque tanta soberbia en la pradera de ese campo sacrosanto alla en lo alto
donde el creador nos dio venganza por nuestra sublevación y no perdono.
Sofocando como ninguna te veo que preparas la caldera , llena de cuerpos infortunos
que son tan solo el apetito voraz de mis hambrientas legiones
que actúan como hienas , esperando a su presa.
yo he pecado como ninguno , y de sobra me arrepiento ver lo rojizo de este cielo,
y lo cobrizo de su suelo respirando fuego eterno.
Envidiando el azul de tus magicos colores que pudieron tambien ser mis temores
Dime tierra porque protejes a estos ciegos que son solo lamentos
que se envidian a desmorones y que no se hayan consuelo
creados para amarse y no para destruirse , que me pareció muy triste.
Extraño la vida en ese cielo que hoy a mi me es ajeno , recordando los dias en que veía
el amor de mis amores ,mi ángel de colores,
navegando por los horizontes las nubes que son algodones y acorralado por tus expresiones que quiebran mi santa pureza ,
hoy casi extinta pero queda algo todavía para darme de vuelta a la riendas de lo bueno.
Sera que como te extraño , cada día y que hoy es mi agonía, me mata a terrores la lejania que hoy nos separa por mi idealia
estamos hechos para odiarnos y es que un dia nos amamos.
Dime por que no me perdonan los que en el cielo cobran , se que estan purgando de tanto echar condena
a los que son traidores que un dia se rebelaron y que hoy gobernamos este mundo de sufridos
donde caen las almas extintas, mas erroneos que exclaman perdones.
Acaso el señor de las creaciones , no siente pena , ni emociones
pena por este opositor que solo dijo:
''yo quiero ser libre , libre pa echar raices en el mundo milenario'' , la curiosidad me invadió al extremo y al notar era arrojado al rojo ,
dejame que le diga que me hizo de libre albeldria , y si hoy se arrepiente porque ya no me quiere ,
si soy creacion de sus creaciones , antes que los humanos y antes que los soles .
Porque no me da el perdon que necesito , si ya estoy arrepentido , todavia siento el corazon bombeando amores ,
y el solo hace que paresca la peor de las creaciones,
que soy solo malesa en buena tierra ,que soy hierva seca , soy caso perdido , y hoy un olvido
me harta tanta soberbia que no comprende que estoy malherio ,por dentro solo y sombrio ,
solo me queda esperar al final de los finales , a ver si te hallo amor y te canto al oido ,
con mi voz que me hacia el comandante de los coros ,
todavia intacta y hoy componiendote mi sentir en la insurgencia y mi poemas de amores tu mi angel de colores tambien pido que me perdones.


martes, 28 de septiembre de 2010

Letras de Cannibal Corpse




Letras de Cannibal Corpse
EATEN BACK TO LIFE (1990)

MutiladoDerrumbamientos de cuerpos despedazados y rotos,
          montones de entrañas húmedas y humeantes,
tendones cercenados, cerebros que borbotean, cuerpos
          desterrados en descomposición.
Las extremidades podridas comienzan a fermentar,
          el torso está partido en dos,
la piel está desgarrada para exponer el tejido muscular,
          despedazada para un guisado humano.
Primero me arrastro dentro de la cabeza del cadáver,
          devoro el camino hasta las vísceras.
El pungente olor de las entrañas corrompidas
          es suficiente para enloquecerte.
Sorbe el vómito a través de los intestinos,
          dejando nada menos que huesos.
Cercenamientos violentos, tajos serios,
          los sonidos de la muerte llenan el aire.
Los huesos sobresalen fuera de sus junturas,
          la sangre chorrea por todos lados.
La víctima yace muerta, con cuello pero sin cabeza,
          los restos manchan tu cara.
Cercenamientos violentos, tajos serios,
          los sonidos de la muerte llenan el aire.
Carne ampollada, otra muerte, huesos endurecidos,
          morbosos gritos,
mentes malignas, cerebros exudando babas,
          siente el dolor.
Cuerpo débil, cerebro deformado,
          el fluido fluyendo de tus órganos,
venas resecas, mutilado.
Carne supurada, cadáver vibrante,
          los ligamentos se expanden alrededor de tu cuello.
Pene cercenado, intestinos sangrantes,
          el cuerpo destripado ahora yace muerto.
Alimentado con heces, mutilado.
Brazos amputados, piernas aplastadas,
          la cabeza está arrancada de los hombros.
Tirado en un pila, Mutilado
Extremidades reubicadas,
          la cabeza detrás de un gran montón de carne retorcida,
cosidas toda en una, mutilado
Su cuchillo se hunde en tu cuerpo frío y maltratado,
la sangre se cuela a través de las dentadas heridas,
el insoportable dolor te brinda la muerte,
tu vida se desvanece, pereces desangrado

Amenazante loco mutilador,
destructor, desfigurador, la muerte tu serás.
Las aplastantes grietas te asesinan.
Aniquilación, profanación.
Nacido por obra de la ciencia moderna.
El hombre ha cometido su último error,
Una criatura odiosamente horrible
que no deja ningún desperdicio.
El mal tiene una nueva cara,
          una cara horrible y mutilada.
Su visión es toda esa muerte,
          nada detendrá su deseo
Las víctimas tajadas dejadas en descomposición,
          escuchando sus gritos mortales.
Inhumana, inmortal, bestial, ahora tu alma le pertenece
Primero se arrastra hasta la cabeza del cadáver,
          come tu camino a través de las víceras.
El pungente olor de corrompidas entrañas
es suficiente para enloquecerte.
El bazo de la carcasa está rezumando por su boca
mientras masticas los riñones llenos de orina.
Sorbe el vómito a través de los intestinos, dejando sólo los huesos
El humano convertido en bestia,
          la perfecta máquina asesina,
estructura psicópata del tejido cerebral,
          el asesinato es su única memoria.
Condicionado por la muerte, machacando tu cabeza,
          soy adicto a la sangre
Mastico la descomposición
El hombre débil debe morir arrancándole su interior,
Aplastándole todos su huesos, escucha su gemido mortificante
Nacido en un ataúdEntra a las criptas del infierno, fecunda la muerte
la fresca visión del entierro. Mi hambre crece esta noche.
El eterno deseo por molestar a los muertos,
las visiones de muerte forjan mis sensaciones,
la feroz necesidad por cuerpos descompuestos.
Sexo con la muerte ahora, debo proliferar,
dentro del cuerpo tieso plantar mi semilla.
El gusto del formaldehído, el aroma de la putrefacción.
Chupo su delantera, enfiesto su entrepierna.
Los enfurecidos fuegos del infierno queman mi alma.
Mi amor por follar a un muerto, no puedo controlar.
El niño pronto surgirá, todo el mal sobrevivirá,
un nacimiento desde la muerte
El recién nacido necesita de un festín,
          su madre es la comida.
Deglutiéndole la carne,
          sus dientes le arrancan la piel.
Yo amo follar a los muertos,
          los demonios en mi cabeza
desgarran mi cerebro.
Las sangrantes llagas comienzan a apestar.
Mientras lames el supurado muñón,
la infección verdosa descarga pus.
Devora la infecta placenta
Sexo con la muerte ahora, debo proliferar,
dentro del cuerpo tieso plantar mi semilla.
El gusto del formaldehído, el aroma de la putrefacción.
Chupo su delantera, enfiesto su entrepierna.
 
Los Muertos Vivos festejaránLos muertos festejan mientras desgarran tu débil carne.
El terror se erige con el concepto de estar muerto.
La profecía de los ancianos sabios
ahora se vuelven realidad mientras los muertos agrietan la tierra.
Un antiguo hechizo rompe el sueño de los muertos.
La muerte se despierta, lo que la población está temiendo.
El pánico arrasa mientras las naciones corren de miedo.
Los océanos bullen con la sangre de las víctimas humanas.
El suicidio es la única manera de evitar ser comido por los muertos.
Los cementerios se vuelven vivos con los zombis hambrientos de carne viva,
cuerpos transmutados sicóticos acrecentando la población,
enfermizo desastre de epidémicas proporciones, nos devoran.
En una víctima me he convertido ahora,
al estado de la muerte esperando mi retorno.
Los signos vitales muestran que estoy muerto.
Esto no puede estar pasando, estoy levantándome de mi propia tumba
El hambre crece, no es nutricional sino instintivo.
La carne se vuelve mi único deseo en esta vida.
Estado irreflexivo, un estado de metamorfosis,
Buscando comida para mantenerme muerto.
Degenerado, un producto de la frustración humana por su error.
El insaciable hambre por la raza humana se cimenta con cada asesinato.
Buscando víctimas humanas para llenarme,
un caníbal me he vuelto, qué le pasa a mi cerebro.
Festejo el cuerpo, succiono el cerebro
mientras sus fluidos se agotan.
Mastico sus huesos, bebo de la vejiga,
el hedor sólo me enloquece.
A través de la boca, fuera de su frente,
los cerebros se desprenden, la piel se vuelve roja.
Una oleada de violencia, traspaso el cráneo,
sentí el deseo, ahora mi corazón está lleno.
Yo deseo sangre, yo comeré tus entrañas
Yo deseo la sangre, ella me enloquece.
Yo bebo sangre, no me gusta el agua.
Los intestinos mi bolo alimenticio, yo celebro en la matanza.
Tuerzo los cuellos, los fracturo.
El suicidio es la única manera de evitar se comido por los muertos.
Los cementerios se vuelven vivos con los zombis hambrientos de carne viva,
Cuerpos transmutados, sicóticos, acrecentando la población,
enfermizo desastre de proporciones epidémicas, nos devoran.
Sangre es lo que quiero beber,
cerebros es lo que quiero comer, el resto lo lanzaré.
A los huesos atravesaré, yo cortaré y mataré.
Hambriento en la búsqueda, nunca me llenaré.
Deseo tu sangre, comeré tus entrañas.
 
Enterrado en el patioEl asesinar es para lo que vivo,
mi Dios me da vida eterna.
Rebanado, observo tu sangre fluir.
De cerebros podridos me alimentaré hasta llenarme.
La presión se erige, el cuerpo comienza a hincharse.
Las almas de mis víctimas me dan gran poder,
festejo en la carne por la hora.
Los pulmones explotan cuando cavo en tu pecho,
indagando a través de tus órganos buscando carne.
Masticar el corazón de mi víctima cimenta mi voluntad maligna.
Los cuerpos se vacían de sangre para llenar mi cáliz de sacrificio.
Acecho mi víctima a la noche, necesito matar esta noche
para fortalecer mi alma malvada, aquellos a los que mato me adorarán abajo.
Soy tu peor realidad, el dolor y la tortura de la humanidad.
En los violentas sendas de la locura, no hay un tope de crueldad.
En mi comprensión, te mataré rápido, mandaré tu alma al infierno.
La carnicería humana es la única vida que conozco.
Mi armada de zombis heredarán la tierra y responderán a mis hechizos.
Mutilé la raza humana para buscar la inmortalidad.
Arrastro las carcasas al hogar, se sienten rígidas y frías.
Conjuro al demonio para robarle su alma.
Consumo el inanimado cadáver, bebo tu oscura sangre.
Su muerte fluye por mi cuerpo, se abandona a su dolor.
La crucifixión en el cementerio despierta a la muerte de su sueño.
Ascienden de sus tumbas para devorar a los débiles mortales.
Están bajo mi control, yo controlo sus almas torturadas..
 
BUTCHERED AT BIRTH (1991)

Destripado
Un cuadro de la locura es este salvaje y brutal ser,
una traumatizada forma de vida viviendo en descendencia humana.
Asesina inocentes con su pálida cara grisácea e inexpresiva
Horrible desmebramiento,
la tortura de una persona es placer de otra.
Deformidad, un cerebro insano.
Ingenua y lenta muerte, mientras su cuchilla arremete,
el niño grita de dolor, nadie lo escucha
Manchas de sangre ahora aparecen, la excitación
de cada corte, ahora el cuerpo tira las tripas,
Un pequeño torso está listo para ser cocinado.
Aislada en su propia mente la necesidad de matar
ahora posee su cuerpo.
Se auto mutila,
entre matadoras exclamaciones, corta los apéndices
de anteriores víctimas, una violenta satisfacción sexual.
Cadáveres descarnados arrojando sangre
de su cuerpo mojado por los fluidos, varias
partes digestivas y una surtida variedad de carnes.
Hundiendo su puño en la garganta, gritando.
Extracción interna de las vísceras,
el cuerpo entero sangra.
El corazón para de latir.
El niño nacido muerto, sólo otro infante destripado
para satisfacer su hambre, las tentaciones de la carne,
voraz apetito.
Matando para liberar al cielo a las almas puras,
justificando su asesina autotortura.
Rígido dolor,
el ve las caras de la muerte.
Las vísceras de los niños están esparcidas,
los huesos astillados agujerean la piel.
La gratificación a través de la castración,
rostizando partes para el consumo.
 
Entrañas podridasPudriéndome en vida,
desgarrando mis senda a través de la carne,
manejado por el asesinato, mi cerebro se crispa por las entrañas.
Devoto del mal,
las arterias cortadas chorrean.
Con hambre de sangre
vivir es descomponerse.
Las víctimas conocen mi cuchilla, les extirpo los órganos.
Un mundo de dolor y terror,
las visiones del futuro.
Premonición del mal, la víspera de las tinieblas se acerca.
El elegido está por venir.
Ojos arrancados de cuerpos partidos en dos.
Retorcidos cuerpos cuelgan de sus cuellos rotos.
Demente loco,
perversa furia.
Los cráneos empalados comienzan a secarse.
Sodomiza los cuerpos, mastico la pudrición anal.
Cocida dentro del cuerpo, la oscuridad se vuelve mi luz.
Vida debajo del caparazón.
Alimenta la infección.
Uno con la muerte
desgarro mi camino interno.
Presa fácil, los cuerpos desfigurados se descomponen.
Pierna masticadas chorreando pus, estrangulamiento intestinal,
          los Humanos fueron destrozados.
Lame la empapada delantera.
Miserables pedazos de carne fresca.
Internamente te pudres.
Mi necesidad de matar
induce mi odio, traicionado por quienes confié.
Mi marca dejada en la tierra, serán las víctimas de mi matanza.
Almas de mi muerte, asesinadas por mi mano.
Sangre en mi cara, entrañas putrefactas,
cuellos quebrados, carne masticada,
Sed insaciable
de sangre,
cuellos cortados, locura viciosa e incontrolable.
Arranco el corazón latiente,
trago el estremecido bazo, mastico la carne.
La muerte es mi vida,
la vida es descomponer víctimas.
Conoce mi cuchilla arrancando órganos, un mundo de dolor
y terror, visiones del futuro,
Premonición del mal.
La víspera de la oscuridad está próxima,
los cuerpos retorcidos cuelgan
de sus cuellos rotos, demente loco, impía violencia,
los cráneos empalados comienzan a secarse.

 TOMB OF MUTILATED (1992) Cara destrozada a martillazosHay algo dentro de mí,
eso está saliendo.
Tengo ganas de asesinarte,
dejo suelta la furia, sujeté la espalda demasiado,
mi sangre corre fría..
Dentro de mi anatomía mora otro ser.
Arraigado en mi corteza, un sirviente de sus deseos.
La brutalidad abre mi apetito,
la violencia es mi nueva forma de vida,
el martillo mi herramienta de tortura
mientras golpea tu frente
Los ojos salen de sus cuencas
con cada balanceo de mi mazo.
Golpearé tu maldita cabeza hasta que los sesos se derramen
a través de las grietas, la sangre se fuga,
belleza distorsionada, catastrófico
líquido humeante, me salpica.
El cuerpo sin vida anda muerto,
lascivo absceso donde una vez tenía cabeza.
Esquivando la profecía de mi nueva ansiedad,
tú nunca vivirás de nuevo, pronto tu vida finalizará.
Veré morirte a mis pies, eternamente destrozaré tu cara,
los huesos faciales colapsan mientras parto tu calavera en dos.
El contenido del cráneo aplastado.
Drenadas la mucosidad, arranco tus ojos
apretujándolos con mis mano, los nervios son cortados,
descascaro la carne con la base de mi alma.
Involuntariamente, convierto tu cara en papilla
Sufre y luego muere.
Torturado pulverizado.
Uno con mi sexto sentido, me siento libre
de matar a quien me plazca, nadie podrá frenarme.
Creado para matar, la carnicería continúa.
Con violencia reconfiguro el tejido facial humano.
La brutalidad abre mi apetito,
la violencia es mi nueva forma de vida,
el martillo mi herramienta de tortura
mientras golpea tu frente

Totalmente abierto
Pensamientos fundidos de desagregación
golpean en su insistencia
de mutilar a sus recién nacidos bebés.
Después de dar a luz, su mente no fue la misma.
Lentamente se desvaneció en un estado mental decadente,
la familia está completa,
el padre mira
mientras la madre desmiembra
a su recién nacido hijo.
Estudiando al espécimen, los tajos exploraré, el cuerpo abierto
demuestra la masacre interior, cortado y totalmente abierto.
La virginal piel jamás tocada
suelta la furia
que mora en su interior.
La manchada sangre que fluye por sus venas.
La química de su cuerpo cambió,
el amor fue borrado por el borde de un cuchillo de carnicero.
La cocina se vuelve un matadero provisional.
Cada nueve meses ella despedaza a otro niño.
Los recuerdos del difunto se esparcen por todo el hogar.
Huesos y calaveras de hijos e hijas,
genitales fermentados
en jarras dentro de armarios
pertenecientes a crías estudiadas.
Nadie descubrirá el asesinato que perpetraron.
Niños usados como ratas de laboratorio,
vulgares y enfermizos experimentos.
Ella ve lo que los otros no pueden
indagando las tripas de sus fetos.
Defensora del dolor.
Mutiladora, con las venas secas.
Testigo del horror
que se ofrecen mutuamente,
continuando con el asesinato de su propia cría,
nunca reniegan de esta vida de ensueño, ellos disfrutan
la adicción de este intenso estado.
Trastorno postnatal,
descuartizando a sus propios niños,
formas de vida que nunca vivirán,
una masacre en el interior de su alma
peleando por el control.
 
Más allá del cementerioDesnuda y violada, yo saqué la vida de su cuerpo.
Yaciendo muerta los insectos muerden su pálida piel.
Mis marcas de torturas
dejadas en mi hija,
un cuerpo duramente golpeado.
Recuerdo
mis sogas y cadenas
amorataban sus brazos y piernas.
Pasé su sangre por mi cara,
deshonré su tierno cuerpo.
Lentamente estrangulé
su cuerpo retorcido y roto.
Las laceraciones abdominales,
la sangre se vierte de las raspaduras.
El control de la mente,
los sentimientos quedaron atrás,
soñando en el interior del odio.
Creé un estado alternativo a la tumba.
Asustado de muerte.
Las premoniciones homicidas
te llenan
mientras tu alma es desgarrada de ti.
Soñando mi sueño de muerte
lanzo el hechizo
que entrelaza mi mente con mi yo.
Los sueños se vuelven realidad
realzando la imaginación.
El asesinato es mi pasión.
Exterminando generaciones,
las familias se rompen a pedazos
por el mismo que las ama.
Poseído por otro.
Mi placer es el asesinato.
Entrando a tus sueños,
a través de mi hechizo sangrarás
noche tras noche.
Recurrentes asesinatos.
Duermo,
alguien me despierta
de mi pesadilla.
Me he vuelto mi más oscuro terror.
Despierto a la vista
de tu descuartizada familia.
Sus espíritus están atrapados
más allá del cementerio.
Los cuerpos se pudren, pero yo no estoy durmiendo.
Grita, no estás soñando
alguien me despertó
de mi pesadilla.
Me vuelto mi más oscuro miedo.
Vine a la vida
en mi mente,
un mundo de oscuridad.
Durmiendo por siempre en este ataúd,
durmiendo por toda la eternidad
 

THE BLEEDING (1994)
Desnudada, violada y asesinadaEllos creen saber quien soy,
pero todo lo que saben es que amo matar.
La cara baja, la muerte en la tierra,
Encuéntrame antes de que otro sea encontrado.
Me pongo vivo en la oscuridad,
dejo asesinados y anónimos
muertos insepultos y podridos
medio comidos por los insectos.
Ella era tan hermosa,
tenía que matarla
La até,
tapé con una cinta su boca chillona.
No pudo gritar.
La violé violentamente.
Amarré con firmeza su cuello.
Su cuerpo se retorcía
mientras ella se asfixiaba.
El estrangulamiento causó su muerte,
al igual que a las otras.
Las violé antes y después de la muerte.
Desvestidas, desnudas y torturadas.
Todas están muertas, todas están muertas,
todas están muertas por estrangulación
Me pongo vivo en la oscuridad,
dejo asesinados y anónimos
muertos insepultos y podridos
medio comidos por los insectos.
Me siento muy bien al matar.
Yo arrebaté sus vidas.
Siete muertas que yacen podridas,
víctimas insepultas.
Su cuerpo desnudo y putrefacto.
El estrangulamiento causó su muerte,
al igual que a las otras.
Las violé antes y después de la muerte.
Desvestidas, desnudas y torturadas.

Forzado a comer vidrio roto
La carne comienza a desgarrar,
da piel escoplea.
Desde la garganta,
los chorros de sangre
de la erupción glandular,
secreciones de la piel ampollada.
Pinchazos internos,
la piel regurgita
Silenciado, ahogado con vidrios rotos
El tejido muscular desfibrado,
heridas muy profundas para sanar.
El esófago aserrado,
la lengua partida a la mitad,
los pulmones lleno de sangre,
mientras la cuerdas vocales colapsan.
Sexo oral
con vidrio roto,
piel agrietada
rasgada a través de mi cuello.
Mutilado,
venas pulsantes,
tráquea trozada
La piel comienza a desgarrarse
escopleando a través de la piel.
Desde la garganta,
los chorros de sangre
de la erupción glandular,
secreciones de la piel ampollada.
Pinchazos internos,
la piel regurgita
Heridas muy profundas para sanar
en mí.
Tráquea destrozada,
piel astillada
bajo la garganta.
Sofocado,
los pulmones con sangre
mientras las cuerdas vocales colapsan.
Sexo oral con un vidrio roto
 
Un experimento de homicidioCamino, me adentro en la oscuridad,
acudo a mi camino, terror.
Soy el mal dentro de cada alma,
tomo los espíritus de aquellos que mato.
Asesinato.
Descomposición, los cuerpos podridos,
corrompidas partes del cuerpo.
Yo maté al primero
para experimentar.
Yo no quiero lastimarte,
sólo quiero matarte.
Tortura, comienzo a cortar.
Trinchando, la sangre se coagula con lentitud.
Horrores, mutilaciones.
Experimentación homicida.
Coloqué la muerte en llamas
para descomponerse con la flama.
Deseo homicida
Más son marcadas para ser asesinadas.
Más víctimas para capturar.
Carnicería.
Los cuerpos cuelgan muertos,
su sangre ha sido drenada,
las partes cocidas al revés.
Cuellos sin cabezas,
mutilados,
muertos.
Deseo homicida.
Más son marcadas para ser asesinadas.
Más víctimas para capturar.
 

VILE (1996) DesfiguradoLa repulsión por la belleza me conduce a cazar.
Un frenesí de odio propio que me posee.
Violados sus cuerpos, desnudando su orgullo,
torturadas y retorcidas hasta que hayan muerto.
Odio interior es lo que encontraría.
Desprecio lo que miro en el espejo,
sádica y aborrecible escoria .
Yo las mato pero es a mí a quien odio.
Ahora me lo haré yo mismo.
Una navaja rediseñará mi cara.
Primero mis orejas luego mi nariz.
La sangre está brotando con los continuos cortes.
Ahora estoy cortando mi pecho.
Un frenesí de odio propio que me posee
controla mis acciones, controla mi pensamiento,
Mientras raspo mi piel.
Lleno mi bañera con alcohol,
me sumerjo en la ardiente piscina.
El dolor es intenso, todo mi cuerpo está empapado por un líquido ardiente.
A pesar de mi dolor, soy capaz
de agarrar un encendedor sobre el mostrador.
El pedernal se enciende, las flamas hacen erupción.
Estoy consumido por el infierno.
Cauterizada, mi piel está achicharrada.
Regenerada, está más aborrecible que antes.
Desprecio lo que miro en el espejo,
sádica y aborrecible escoria,
la abominación frente a mis ojos,
una reflexión de mí.
Veo una imagen de maldad desfigurada,
me despellejé en vida.
Chorreada por la sangre y ampollada por el fuego
la cara que odio se borró

Tierras Sangrientas
Estoy perdido y enfermo,
desorientado en este desolado ambiente.
El cómo he llegado aquí escapa a mi memoria.
Este es un desierto con granos de escarlata profunda.
Se expande el horizonte y el cielo marrón enfermizo.
El fuerte vendaval pone pimienta en mi cara.
La arena sabe apestosa, la arena a sabe a sangre.
Salvajemente cruel es el árido espacio, la atmósfera es una niebla caústica.
Cada pensamiento me recuerda el dolor.
El polvo de sangre seca llena mis pulmones.
En el horizonte veo un abismo, un pulso distante comienza a latir.
De pronto un destello, fantasma del pasado,
visión del asesinato en masas, torrentes de sangre.
La visión pronto termina, el termo me llama.
Ando sin dificultad hacia el abismo,
escucho el líquido precipitado.
Mi mente no puede concebir la masacre que contemplo.
Un río infinito de cadáveres que flotan en su propia sangre.
El vértigo absorbe mi cerebro mientras mi cuerpo cae.
Un millón de cuerpos mirando fijamente,
esforzándose por sobrevivir, las piernas se flagelan en la sangre
aferradas a cuerpos decapitados.
Las manos de la muerte me jalan hacia abajo,
ahogándome en este río.
Los intestinos están vivos, como tentáculos te estrangulan.
La situación es desesperada,
cedo a la furia del río
Paralizado por el terror,
miles de esos pensamientos están entrando a mi mente.
Consciente en su nivel,
cada muerte tortuosa es experimentada al instante.
Ahogándose en su angustia,
la experiencia de sus muertes ahora satura mi mente.
Los cuerpos vengativos gritan.
Genocidio, genocidio, genocidio, genocidio

Comido desde adentro
Morando dentro había un odio, un odio que creció en odio,
masticando, revolviéndose en mi interior,
buscando, encontrando la necesidad de alimentarse
de mi alma, parece que he perdido el control
de mi mente, ahora comienza a rasgar y triturar.
El dolor está destinado a mi cerebro,
no puedo ocultar que estoy siendo devorado desde adentro.
Comenzando en mi profundidad, un corazón que está frío y muerto,
rasgando su camino hacia mis órganos, dejando nada más que jirones,
desgarrando, el tejido se está cortando,
cercenando partes y venas por el camino.
Mi interior está afuera de mí,
mis huesos ahora se despedazan y explotan.
El dolor está destinado a mi cerebro,
no puedo ocultar que soy siendo devorado desde adentro.
Dejada en el suelo está mi cabeza, esperando el golpe final.
El cerebro se corroe violentamente, el fin no vendrá rápido sino lento.
Viendo que quedó de mi cuerpo
ahogado, la sangre me rodea.
Mi cráneo se derrite revelando mi cerebro.
La explosión, mi cuerpo está implotando.
El dolor está destinado a mi cerebro.
He muerto, he sido devorado desde adentro.
 
MonolitoInminente decadencia de la vida,
monolito cruel e inanimado,
la raza humana será devorada.
Caníbales.
Macabro – la avanzada de los muertos, asesinos silenciosos, rápidos atacantes.
Deseo de sangre – por los vivos, por comer su carne, por beber su sangre.
Insensibles – con sus métodos, asesinos.
Horrorosa infiltración, monolito de los muertos.
Matar la vida
es el único objetivo de esta bestial horda putrefacta.
Masacrando a los indefensos, aniquila todo lo vivo.
Conducidos por una fuerza maligna, se alimentan de los humanos.
Exterminan la resistencia, exterminan a todos.
Astutos y a la vez descerebrados asesinan con sigilo.
La armada de la decadencia se dirigen hacia quienes respiran.
Incontables cuerpos descompuestos caminan por la tierra.
Un gran número de los vivos, pronto será extinguido.
Los zombis buscan vida.
Autómatas que matan todo a la vista, adictos a las entrañas.
Ellos desean carne caliente.
Cazadores, buscadores muertos,
crueles que se alimentan del débil, el salvajismo prevalecerá.
Desgárralos en tiras.
Combatientes muertos.
Las heridas de la carne sangran negras no roja, la invencible fuerza de los muertos,
no hay esperanza.
Los zombis devoran,
la hora final de la humanidad se acelera, el destino seguirá su curso.
No hay esperanza
Los muertos que caminan rodean todo, buscan carne viva,
emboscan la ciudad, toman un escandaloso números de víctimas.
Los gritos de los vivos se desvanecen mientras los muertos destrozan sus vidas.
Ellos mueren.
Montones de cuerpos huecos, carcasas vacías.
Las entrañas son devoradas por la multitud de ghouls.
Los vivientes que permanecen huyen de la horda.
Macabro – la avanzada de los muertos, asesinos silenciosos, rápidos atacantes.
Deseo de sangre – por los vivos, por comer su carne, por beber su sangre.
Insensibles – con sus métodos, asesinos.
Horrorosa infiltración, monolito de los muertos.
Inminente decadencia de la vida
causada por el monolito.
La raza humana fue sacrificada,
su futuro no existe.
Ejército de los muertos
asesinando a los vivos.
Putrefacta horda bestial,
monolito de la muerte.
Caníbales 

 GALLERY OF SUICIDE (1998)
Ejecución empapada de sangreEjecución empapada de sangre,
carnicería inspirada por el odio y la maldad.
La calamidad es la solución final,
siente el maldito dolor.
Yo arrancaré el niño de tu vagina,
el feto se mantendrá vivo
para morir ante mis interesados ojos.
Esclavos en el infierno para mí,
una tortuosa muerte te liberará.
El ejecutor,
esa era mi intención
de nacer para matar por toda la eternidad.
El desangramiento,
salvaje despliegue de asesinato y violencia,
víctimas del primer rapto,
el rojo está rociando desde
el agujero en la cabeza del bebé.
La matanza no aminorará,
este día una familia muere.
La sangre joven es tan pura.
El nonato es muerto prematuramente.
El ejecutor
tiene que mutilar.
Una pulpa fetal es todo lo que queda.
La sangre rápidamente se pierde,
inundando el piso.
La sangre es imparable.
El señor sangriento de sangre.
Cortando a la puta,
sumamente despreciable.
Rencor rancio,
insaciable a partir de mi tendencia.
Fortuito urato,
La muerte eterna es inevitable.
Ejecución empapada de sangre,
carnicería inspirada por el odio y la maldad.
La calamidad es la solución final,
siente el maldito dolor.
Yo arrancaré el niño de tu vagina,
el feto se mantendrá vivo
para morir ante mis interesados ojos.
 
Gallery of suicideDentro del abismo, perpetua y torturosa,
la galería del suicidio, tormento interno,
arcaicas carcasas, muestra degeneración.
Una vez dentro de estas paredes la vida de muerte será desatada
Muriendo eternamente está la muerte, infinitas cabezas sangrantes,
cadáveres salpicados de rojo por autocortarse sus cuellos.
Gusanos contenidos llenan los cuerpos, las calaveras y los huesos descompuestos.
Las sacrificadas almas que eligieron morir, envueltas en muerte.
La oscuridad es la única luz, el suicidio el camino.
Horrendas formas de humanos muertos, los montículos de carne se pudren con lentitud.
Abrazado a la horrible naturaleza, la carnicería se exhibe..
Dolor jamás sentido,
esclavizado dentro de la tumba masiva.
Vida, destino maligno.
Sólo los siervos de la muerte pueden sobrevivir a este lugar.
Muerte, perdición.
Castigado en la pútrida decadencia.
Bribones muertos
entran a la decrépita necrópolis.
Espeluznantes entierros en el infernal matadero.
Espanto y horror, la vida después de la muerte es tortuosa.
Entrañas, vísceras y sangre es la decoración de este museo.
Muerte, impiedad,
Castigados son los sanguinarios.
Sangrar, radical
Las víctimas del capricho perecen,
vil tragedia.
Con gran vehemencia los desventurados mueren.
Muerte, suicidio,
aserradas cuchillas asisten al destino.
La muerte abrió la galería.
Sarcófago.
Éxtasis de sufrimiento.
Maldición.
Muerte, impiedad,
castigados son los sanguinarios.
Sangrar, radical,
las víctimas del capricho perecen.

Centurias de tormento
Generaciones
negando castigo,
la vida eterna renace
una y otra vez.
Niego la salvación,
la rechazo.
Yo no seré salvado,
regresado a la forma humana.
Asesino
Desalmado,
brutal,
mato
sin
piedad para las víctimas con falsos dioses.
Mi instinto me empujará más allá
de los sentimientos como culpabilidad, remordimiento, misericordia.
Mi carne sujeta un alma de...
Generaciones,
virtud negada,
el odio eterno renace
una y otra vez.
Desafío,
Redención,
una y otra vez
lo quiebro.
Mi alma no puedes reclamar,
regreso a matar de nuevo.
Carnicero.
Sucio
espíritu,
buscando
cazar.
Otra vida que mutilar y asesinar.
Una bestia con voluntad brutal.
Las era gastadas en la búsqueda por la sangre.
Y con mi muerte esto no termina.
El mal renace para la eternidad,
las centurias de tormento.
No seré salvado.
Cuando muera,
me pedirán que me arrepienta.
Me rehusaré.
Regreso,
el pasado es olvidado pero el mal es innato.
Ellos han perdido
Ellos no serán salvados
Ellos morirán
 

BLOODTHIRST (1999)Desatando la sed de sangreLetargo,
los espíritus aguardan renacer
de sus sueños.
Ellos pronto se despertarán.
Inquieta muerte
que captura el odio.
La sangre que ellos anticipan
pronto beberán.
Asesinatos,
atracción inconsciente.
Desde sus tumbas,
La sangre ahora se desparramará.
Antiguos huesos
reformados bajo la tierra
nacen, mientras la sangre fluirá.
Asesinar es todo lo que ellos saben.
Sangre.
Están vivos, están sedientos.
Sangre.
Combinadas
piezas se convierten en un todo.
Para su vigor
la sangre es absorbida.
Rencorosos
eones de furia construida.
La muerte es un prisión inmortal.
Ahora ellos están libres,
bestias lívidas.
Emergiendo por venganza
del pasado,
el odio se vuelve vivo,
tenebroso
destructivo mal.
Los demonios vendrán.
La crueldad ha comenzado.
Sangre.
Están vivos, están sedientos.
Sangre.
Al primero que encuentran.
Ataca al mortal.
Las garras rasgan su cara.
Tira la carne hasta los huesos.
Decapitar al hombre.
Ellos mantienen su cabeza a lo alto.
Cuerpos decapitado caen,
la sangre está brotando.
La víctimas gritando caen,
las bestias repulsivas atacan,
la sangre chorrea desde el torso,
las diabólicas criaturas apuñalan.
Los órganos, grotescos trofeos.
La sangre gotea de sus mandíbulas,
ellos destripan los cuerpos.
Muertas con velocidad,
las víctimas sangran,
almas miserables,
decapitadas en un mástil.
Salvaje sed,
dl recipiente estalla
destrozado.
Comen el corazón.
La venganza está tomando forma
de interminable odio hacia el vivo.
Saquean el mundo.
Ataque de los malditos,
éxtasis de furia,
euforia de la carnicería.
Un mundo oscuro eclipsará la vida.
Las modalidades barbáricas reinarán por siempre.
Sangre
Están vivos, están sedientos
Sangre
 
Éxtasis en decadenciaInmensos océanos de sangre, ríos de pus, montañas de huesos.
Éxtasis, pústula de mugre, anormal abundancia, inmerso en un
mundo en decadencia.
Éxtasis condenado, absorbido por el deterioro,
tendencia al excremento externo,
recargado de vísceras
disfruta el cartilaginoso disgusto
Realidad exorbitante.
Mil años de desperdicios recopilados,
el frenesí de bosta intoxica.
Éxtasis condenado, absorbido por el deterioro,
tendencia al excremento externo,
recargado de vísceras
disfruta el cartilaginoso disgusto.
Exuberante castigo.
Esquivando la bilis, remojado en tripas, antiguas entrañas,
inmensos océanos de sangre, ríos de pus,
montañas de huesos,
Éxtasis, pústula de mugre, anormal abundancia,
inmerso en un mundo de decadencia
Mente alterada, cadavérico imperio de fetidez eterna,
aplastado dominio,
empantanadas ruinas,
metrópoli deprimente necrótica y encarnada,
morada perdida.
Exorbitante realidad.
Ofuscado osario.
Mil años de desperdicios recopilados,
el frenesí de bosta intoxica.
 
Comedores de tumbasDesentierra el podrido ataúd,
robando tumbas
no por su riqueza.
Cubierto por mohosos harapos,
cazando muertos,
decrépitas criaturas del infierno.
Invaden tumbas sagradas,
en busca de comida.
Embalsamados cinco días antes,
los antiguos cuerpos son robados.
Invaden de nuevo
a un fresco cuerpo más allá del portal.
Del suelo se elevan,
desvalijando las tumbas.
Cuando el creyente muere
es a ellos y no a Dios a quien conoce.
Consumen los cuerpos podridos,
desean la sangre que exuda el estómago.
Los grisáceos comedores de tumbas
buscan carroña,
comen lo viejo al final.
Los diabólicos ghouls están masticando
migajas de carne
encontradas dentro de la tumba.
Cubiertos mensajeros
del más allá, traen la parroquia de la perdición.
Del suelo se elevan,
desvalijando las tumbas.
Cuando el creyente muere
es a ellos y no a Dios a quien conoce.
Impías criaturas se hacinan en la tumba
peleando por un bocado de carne,
invadiendo las tumbas de los recién enterrados para celebrar
El hambre de eones se sacia hoy,
los ghouls saqueadores consumen,
el antiguo hambre se despierta de nuevo.
Fortalecidos por la sangre los muertos atacan,
sépticas pulsaciones desde la tumba.
Y si un vivo se aproxima también es devorado
Pedazos de cuerpos alimentan a la jauría,
entrañas frescas es lo que desean.
La tumba es abierta, los zombis comienzan
a consumir.
Del suelo se elevan,
desvalijando las tumbas.
Cuando el creyente muere
es a ellos y no a Dios a quien conoce.