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domingo, 31 de octubre de 2010

STEPHEN KING -- El gato del infierno




STEPHEN
KING
El gato del infierno

****
(Título original: “The Cat From Hell”, publicado originalmente en Cavallier, 1977 y luego
—con correcciones— en Tales of Unknown Horror, 1978. Traducción de Gabriel Vaianella)
Halston pensó que el viejo en la silla de ruedas se veía enfermo, aterrorizado y listo
para morir. Tenía experiencia en ver tales cosas. La muerte era el negocio de Halston; se
la había brindado a dieciocho hombres y seis mujeres en su carrera como asesino
independiente. Conocía el aspecto de la muerte.
La casa —la mansión, en realidad— era fría y silenciosa. Los únicos sonidos eran el
bajo crujido del fuego en el gran hogar de piedra y el bajo gemir del viento de
noviembre afuera.
“Quiero que cometa un asesinato”, dijo el viejo. Su voz era trémula y alta,
malhumorada. “Entiendo que eso es lo que hace”.
“¿Con quién habló?”, preguntó Halston.
“Con un hombre llamado Saul Loggia. Dice que lo conoce”.
Halston asintió. Si Loggia era el intermediario, estaba todo bien. Y si había un
micrófono en la habitación, cualquier cosa que el viejo —Drogan— dijera quedaría
registrado.
“¿A quién quiere matar?”.
Drogan presionó el botón de la consola construida en el brazo de su silla de ruedas y
ésta avanzó zumbando. De cerca, Halston pudo oler los amarillos aromas del miedo, la
rabia y la orina, todos mezclados. Le repugnaron, pero no hizo ninguna señal. Su rostro
estaba inmóvil y sereno.
“Su víctima está justo detrás suyo”, dijo Drogan suavemente.
Halston se movió rápidamente. Sus reflejos eran su vida y siempre estaban en un
alfiler puntiagudo. Saltó del sofá, cayó en una rodilla, se dio la vuelta, la mano dentro de
su abrigo deportivo hecho a medida, empuñando el híbrido calibre .45 de cañón corto
que pendía bajo su axila en una pistolera con resorte que ponía el arma en su palma con
sólo un toque. Un momento después estaba afuera y apuntando a... un gato.
Por un momento, Halston y el gato se observaron el uno al otro. Fue un momento
extraño para Halston, que era un hombre sin imaginación y sin supersticiones. Durante
ese único momento, arrodillado en el piso con el arma apuntando, sintió que conocía al
gato, aunque si alguna vez hubiera visto uno con rasgos tan inusuales seguramente lo
recordaría.
Su cara era una división perfecta: mitad negra, mitad blanca. La línea divisoria iba
desde la cima de su cráneo plano directamente hasta su boca, pasando por su hocico.
Sus ojos era enormes en la penumbra, y atrapado en cada pupila negra y casi circular
había un prisma de lumbre, como un tétrico carbón de odio.
Y el pensamiento se repitió como un eco en Halston: Nos conocemos, tú y yo.
Luego pasó. Apartó el arma y se paró. “Debería matarlo a usted por esto, viejo. No
soporto una broma”.
“Y yo no las hago”, dijo Drogan. “Siéntese. Mire aquí dentro”. Había sacado un
sobre grueso de debajo de la sábana que cubría sus piernas.
Halston se sentó. El gato, que había estado agazapado en el respaldo del sofá, saltó
ágilmente a su falda. Miró a Halston por un momento con esos enormes ojos oscuros,
las pupilas rodeadas por finos anillos verde-dorados, y luego se calmó y comenzó a
ronronear
Halston miró a Drogan interrogativamente.
“Es muy amigable”, dijo Drogan. “Al principio. El lindo y amigable minino ha
asesinado a tres personas en esta casa. Eso me deja sólo a mí. Soy viejo, estoy
enfermo... pero prefiero morir en mi propio tiempo”.
“No puedo creerlo”, dijo Halston. “¿Me contrató para matar a un gato?”.
“Mire en el sobre, por favor”.
Halston lo hizo. Estaba lleno de billetes de cien y de cincuenta, todos viejos.
“¿Cuánto es?”.
“Seis mil dólares. Habrá otros seis mil cuando me traiga pruebas de que el gato está
muerto. El señor Loggia dijo que doce mil era su honorario habitual”.
Halston asintió, su mano apretando automáticamente al gato en su falda. Estaba
dormido, aún ronroneando. A Halston le gustaban los gatos. Eran los únicos animales
que le gustaban, de hecho. Se las arreglaban solos. Dios —si existía uno— los había
hecho máquinas de matar perfectas y reservadas. Los gatos eran los asesinos del mundo
animal, y Halston les tenía respeto.
“No necesito explicar nada, pero lo haré”, dijo Drogan. “Prevenido es preparado,
dicen, y no quisiera que se meta en esto a la ligera. Y parece que necesito justificarme.
Así no pensará que estoy loco”.
Halston asintió otra vez. Ya había decidido dar este peculiar golpe, y no necesitaba
ninguna charla previa. Pero si Drogan quería hablar, él lo escucharía.
“Primero de todo, ¿sabe quién soy? ¿De dónde viene el dinero?”.
“Farmacéuticos Drogan”.
“Sí. Uno de los laboratorios más grandes del mundo. Y la piedra angular de nuestro
éxito financiero ha sido esto”. Del bolsillo de su bata le alcanzó a Halston un pequeño
frasco de píldoras sin etiqueta. “Tri-Dormal-phenobarbin, compuesto G. Prescripto casi
exclusivamente para los enfermos terminales. Es extremadamente adictivo, verá. Es una
combinación de analgésico, tranquilizante y un alucinógeno suave. Es remarcablemente
útil para ayudar al enfermo terminal a afrontar sus condiciones y ajustarse a ellas”.
“¿Usted la toma?”, preguntó Halston.
Drogan ignoró la pregunta. “Es ampliamente prescripta en todo el mundo. Es un
sintético; fue desarrollado en los años cincuenta en nuestros laboratorios de New Jersey.
Nuestras pruebas estuvieron confinadas casi exclusivamente a gatos, debido a la
cualidad única del sistema nervioso felino”.
“¿A cuántos limpiaron?”.
Drogan se puso rígido. “Esa es una manera injusta y perjudicial de ponerlo”.
Halston se encogió de hombros.
“En el período de prueba de cuatro años que permitió que la FDA aprobara el Tri-
Dormal-G, casi quince mil gatos... eh, expiraron”.
Halston silbó. Casi cuatro mil gatos por año. “Y ahora piensa que éste volvió para
atraparlo, ¿eh?”.
“No me siento culpable en lo más mínimo”, dijo Drogan, pero esa nota trémula y
petulante volvió a su voz. “Quince mil animales de prueba murieron para que cientos de
miles de seres humanos...”.
“Olvídese”, dijo Halston. Las justificaciones lo aburrían.
“Ese gato vino aquí siete meses atrás. Nunca me han gustado los gatos. Son animales
detestables y portadores de enfermedades... siempre afuera... vagando por las cocheras...
recogiendo Dios sabe qué gérmenes en su pelaje... siempre tratando de traer algo con
sus tripas afuera dentro de la casa para que lo veas... fue mi hermana la que quiso
quedárselo. Lo descubrió. Pagó”. Miró al gato durmiendo en la falda de Halston con un
odio muerto.
“Usted dijo que el gato asesinó a tres personas”.
Drogan comenzó a hablar. El gato dormitaba y ronroneaba en la falda de Halston
bajo las caricias suaves de los dedos fuertes y expertos asesinos de Halston.
Ocasionalmente un nudo de pino explotaba en el hogar, tensándolo como una serie de
resortes de acero cubiertos con pellejo y músculo. Afuera, el viento gemía alrededor de
la gran casa de piedra, lejos en la zona de Connecticut. Había invierno en la garganta de
ese viento. La voz del viejo seguía y seguía.
Siete meses atrás había habido cuatro de ellos aquí: Drogan, su hermana Amanda,
que a los setenta y cuatro era dos años mayor que Drogan, su amiga de toda la vida
Carolyn Broadmoor (“de los Westchester Broadmoors”, dijo Drogan), que estaba
gravemente afectada por un enfisema y Dick Gage, un empleado que había estado con
la familia Drogan por veinte años. Gage, que había pasado los sesenta, conducía el gran
Lincoln Mark IV, cocinaba y servía el jerez de la tarde. Por la mañana venía una criada.
Los cuatro habían vivido de esta manera por casi dos años, una deprimente colección de
viejos y su criado familiar. Sus únicos placeres eran The Hollywood Squares y esperar a
ver quién sobreviviría a quién.
Luego había llegado el gato.
“Fue Gage quien lo vio primero, gimiendo y vagando alrededor de la casa. Trató de
alejarlo. Le tiraba palos y piedritas, y varias veces le acertaba. Pero no se iba. Olía la
comida, por supuesto. Era poco más que un saco de huesos. La gente los deja al lado de
la carretera para que mueran al final del verano, usted sabe. Una cosa terrible e
inhumana”.
“¿Mejor que freírles los nervios?”, preguntó Halston.
Drogan lo ignoró y continuó. Odiaba a los gatos. Siempre lo había hecho. Cuando el
gato se negó a irse, le había instruido a Gage a ponerle comida envenenada. Grandes y
tentadores platos de comida para gatos Calo mezclados con Tri-Dormal-G, de hecho. El
gato ignoraba la comida. A esa altura, Amanda Drogan había notado al gato e insistía en
quedárselo. Drogan había protestado vehementemente, pero Amanda se había salido con
la suya. Siempre lo hacía, aparentemente.
“Pero lo descubrió”, dijo Drogan. “Lo entró ella misma, en sus brazos. Estaba
ronroneando, justo como ahora. Pero no se acercaba a mí. Nunca lo ha hecho... aún. Le
sirvió un plato de leche. ‘Oh, miren al pobrecito, está hambriento’, susurró. Carolyn y
ella le susurraban. Repugnante. Era su manera de vengarse de mí, por supuesto. Sabían
lo que yo sentía por los felinos desde el programa de pruebas del Tri-Dormal-G, veinte
años atrás. Disfrutaban fastidiándome, provocándome con eso”. Miró a Halston
sombríamente. “Pero pagaron”.
A mediados de mayo, Gage se había levantado a preparar el desayuno y había
encontrado a Amanda Drogan yaciendo a los pies de la escalera principal en un lecho de
loza rota y Little Friskies. Sus ojos hinchados apuntaban ciegamente hacia el techo.
Había sangrado muchísimo por la boca y la nariz. Su espalda estaba rota, ambas piernas
estaban rotas y su cuello se había hecho añicos, literalmente como vidrio.
“Dormía en su cuarto”, dijo Drogan. “Lo trataba como a un bebé... ‘¿Tiene hambre,
mi queridito? ¿Necesita salir a hacer popó?’. Obsceno, viniendo de una vieja corpulenta
como mi hermana. Creo que la despertó, maullando. Ella tenía su plato. Solía decir que
a Sam no le gustaban realmente sus Friskies a menos que estuvieran humedecidos con
un poco de leche. Así que planeaba bajar las escaleras. El gato estaba frotándose contra
sus piernas. Era vieja, no muy firme cuando estaba de pie. Medio dormida. Llegaron a
la escalera y el gato se le cruzó... la hizo tropezar...”.
Sí, pudo haber sido de esa forma, pensó Halston. En su mente vio a la vieja cayendo,
demasiado asustada para gritar. Los Friskies esparciéndose mientras caía patas para
arriba, el recipiente estrellándose. Al final se detiene al pie de la escalera, los viejos
huesos destrozados, los ojos brillando, la nariz y las orejas chorreando sangre. Y el gato
ronroneante comienza a bajar las escaleras, comiendo Little Friskies tranquilamente...
“¿Qué dijo el forense?”, le preguntó a Drogan.
“Muerte por accidente, por supuesto. Pero yo sabía”.
“¿Por qué no se deshizo del gato en ese momento, con Amanda muerta?”.
Porque Carolyn Broadmoor había amenazado con irse si lo hacía, aparentemente.
Estaba histérica, obsesionada con el asunto. Era una mujer enferma, y estaba loca con el
tema del espiritualismo. Una médium de Hartford le había dicho (por sólo veinte
dólares) que el alma de Amanda había entrado en el cuerpo felino de Sam. Sam había
sido de Amanda, le dijo a Drogan, y si Sam se iba, ella se iba.
Halston, que se había convertido en algo así como un experto lector entre las líneas
de las vidas humanas, sospechó que Drogan y la vieja Broadmoor habían sido amantes
mucho tiempo atrás, y que el viejo era reacio a dejarla ir por un gato.
“Hubiera sido lo mismo que un suicidio”, dijo Drogan. “En su mente aún era una
joven saludable, perfectamente capaz de recoger a ese gato e irse con él a New York o a
Londres o incluso a Monte Carlo. De hecho ella era la última de una gran familia,
viviendo en la miseria como resultado de un número de malas inversiones en los años
sesenta. Vivía aquí en el segundo piso en una habitación especialmente controlada y
súper humedecida. La mujer tenía setenta años, señor Halston. Fue una gran fumadora
hasta los últimos dos años de su vida, y el enfisema era muy malo. Yo la quería aquí, y
si el gato tenía que quedarse...”.
Halston asintió y echó una mirada intencionadamente a su reloj.
“Cerca del final de junio, murió en la noche. El doctor pareció tomarlo como algo
común... sólo vino y escribió el certificado de defunción y listo. Pero el gato estaba en la
habitación. Gage me lo dijo”.
“Todos tenemos que irnos alguna vez, hombre”, dijo Halston.
“Por supuesto. Eso es lo que el doctor dijo. Pero yo sabía. Recordé. A los gatos les
gusta llevarse a los bebés y a los viejos cuando están dormidos. Y robarles el aliento”.
“Un cuento de viejas”.
“Basado en hechos, como la mayoría de los llamados cuentos de viejas”, contestó
Drogan. “A los gatos les gusta amasar cosas suaves con sus patas, verá. Una almohada,
una tela de lana gruesa... o una sábana. Una sábana de cuna o una sábana de viejo. El
peso extra en una persona que es débil para empezar con...”.
La vos de Drogan se apagó, y Halston pensó en eso. Carolyn Broadmoor dormida en
su cuarto, su respiración entrando y saliendo de sus dañados pulmones, el sonido casi
perdido en el silbido de los humedecedores especiales y los aire acondicionados. El gato
con sus extrañas marcas blancas y negras salta silenciosamente en su cama de solterona
y observa su cara vieja y arrugada con esos brillosos ojos negros y verdes. Se arrastra
sobre su flaco pecho y pone su peso ahí, ronroneando... y la respiración disminuye la
velocidad... y disminuye... y el gato ronronea mientras la vieja se ahoga lentamente por
el peso en el pecho.
No era un hombre imaginativo, pero Halston se estremeció un poco.
“Drogan”, dijo, mientras continuaba acariciando al gato. “¿Por qué no lo mata? Un
veterinario le daría el gas por veinte dólares”.
Drogan dijo “El funeral fue el primer día de julio; hice enterrar a Carolyn en nuestra
parcela del cementerio al lado de mi hermana. Como ella hubiera querido. El 3 de julio
llamé a Gage a esta habitación y le entregué una cesta de mimbre... una especia de
canasta para picnic. ¿Entiende a qué me refiero?”.
Halston asintió.
“Le dije que meta al gato adentro y que lo lleve a un veterinario en Milford y que lo
pongan a dormir. Dijo ‘Sí, señor’, tomó la cesta y salió. Muy propio de él. Nunca más lo
vi con vida. Hubo un accidente en la carretera. Condujeron al Lincoln hacia el linde de
un puente a más de sesenta millas por hora. Dick Gage murió instantáneamente. Cuando
lo encontraron había arañazos en su cara”.
Halston se quedó en silencio mientras la imagen de cómo podía haber sido se
formaba nuevamente en su cerebro. No había ningún sonido en la habitación más que el
calmo crepitar del fuego y el calmo ronronear del gato en su falda. El gato y él juntos
frente al fuego hubieran sido una buena ilustración para ese poema de Edgar Guest, ese
que dice: “El gato en mi falda, el buen fuego del hogar/ ...Un hombre feliz, deberías
preguntar”.
Dick Gage conduciendo el Lincoln por la carretera hacia Milford, violando el límite
de velocidad quizás por cinco millas por hora. La cesta de mimbre a su lado: una
especie de canasta para picnic. El chofer está vigilando el tránsito, quizás está pasando a
un gran camión Jimmy y no nota la peculiar cara negra de un lado y blanca del otro que
asoma de un lado de la cesta. Del lado del conductor. No lo nota porque está pasando al
camión grande y ahí es cuando el gato salta sobre su cara, babeando y arañando, sus
garras rasgando un ojo, perforándolo, desinflándolo, cegándolo. Sesenta millas por hora
y el zumbido del gran motor del Lincoln y la otra garra enganchada sobre el puente de
la nariz, excavándolo con exquisito y condenado dolor; quizás el Lincoln comienza a
virar a la derecha, en el camino del Jimmy, y su claxon suena estridentemente, pero
Gage no puede oírlo porque el gato está gritando, el gato está cubriendo su cara como
una enorme y peluda araña negra, las orejas echadas hacia atrás, los ojos verdes
brillando como focos del infierno, las patas traseras moviéndose nerviosamente y
escarbando la suave carne del cuello del viejo. El auto vira violentamente hacia la otra
dirección. El linde del puente se asoma. El gato se baja de un salto y el Lincoln, un
brillante torpedo negro, golpea el cemento y salta como una bomba.
Halston tragó y escuchó un click seco en su garganta. “¿Y el gato volvió?”.
Drogan asintió. “Una semana después. El día en que enterraron a Dick Gage, de
hecho. Justo como dice la vieja canción. El gato volvió”.
“¿Sobrevivió un choque de auto a sesenta millas por hora? Difícil de creer”.
“Dicen que cada uno tiene nueve vidas. Cuando vuelve... ahí es cuando comencé a
preguntarme si no podría ser un... un...”.
“¿Un gato del infierno?”, sugirió Halston suavemente.
“A falta de una palabra mejor, sí. Una clase de demonio enviado...”.
“Para castigarlo”.
“No lo sé. Pero temo que sí. Lo alimento, o mejor dicho, la mujer que viene a hacerlo
por mí lo alimenta. A ella tampoco le gusta. Dice que esa cara es una maldición de Dios.
Por supuesto, ella es de acá”. El viejo trató de sonreír y falló. “Quiero que lo mate. He
vivido con él durante los últimos cuatro meses. Vaga en las sombras. Me mira. Parece
estar... esperando. Me encierro en mi habitación cada noche y aun así me preguntó si me
voy a despertar temprano en la mañana y lo voy a encontrar... acurrucado en mi pecho...
y ronroneando”.
El viento gimió solitariamente afuera e hizo un extraño ruido ululante en la chimenea
de piedra.
“Al fin me contacté con Saul Loggia. Él me recomendó a usted. Lo llamó un stick,
creo”.
“Un one-stick. Significa que trabajo por mi cuenta”.
“Sí. Dijo que nunca lo arrestaron, ni siquiera sospecharon. Dijo que parece que
siempre cayera parado... como un gato”.
Halston miró al viejo en la silla de ruedas. Y de repente sus manos musculosas y de
dedos largos estaban paseándose por el cuello del gato.
“Lo haré ahora, si quiere”, dijo suavemente. “Le partiré el cuello. Ni siquiera
sabrá...”.
“¡No!”, gimió Drogan. Respiró larga y temblorosamente. El color había subido a sus
pálidas mejillas. “No... aquí no. Llévelo afuera”.
Halston sonrió sin gracia. Volvió a acariciar muy suavemente la cabeza y los
hombros y el lomo del gato dormido. “Está bien”, dijo. “Acepto el contrato. ¿Quiere el
cuerpo?”.
“No. Mátelo. Entiérrelo”. Hizo una pausa. Se encorvó hacia adelante en la silla de
ruedas como un viejo buitre. “Tráigame la cola”, dijo. “Así puedo arrojarla al fuego y
verla arder”.
Halston conducía un Plymouth 1973 Plymouth con un motor Cyclone Spoiler a
medida. El auto estaba levantado y reforzado, y andaba con el capó apuntando hacia la
carretera en un ángulo de veinte grados. Él mismo había reconstruido el diferencial y la
parte trasera. Los cambios eran Pensy, el acoplado era Hearst. Descansaba en enormes
Bobby Unser Wide Ovals y tenía un techo de poco más de sesenta.
Dejó la casa de Drogan poco después de las 9:30. La fría superficie de la luna
creciente se veía a través de las harapientas nubes de noviembre. Conducía con todas las
ventanillas abiertas, porque el hedor amarillo de la vejez y el terror parecían haberse
quedado en su ropa y no le gustaba. El frío era duro y cortante, a ratos entumecedor,
pero era bueno. Estaba llevándose lejos a ese hedor amarillo.
Salió de la carretera en Placer's Glen y condujo a través del silencioso pueblo, que
estaba custodiado por una sola baliza amarilla en la intersección, a la completamente
respetable velocidad de treinta y cinco millas por hora. Fuera del pueblo, yendo por la
Ruta Estatal 35, aceleró un poco al Plymouth, dejándola andar. El afinado motor Spoiler
ronroneó como el gato había ronroneado en su falda esta tarde. Halston esbozó una
sonrisa. Se movían entre campos congelados de noviembre llenos de tallos de maíz
secos a poco más de setenta millas por hora.
El gato estaba en una bolsa de compras gruesa, atada en la punta con un cordel
fuerte. La bolsa estaba en el asiento del pasajero. El gato estaba adormecido y
ronroneando cuando Halston lo metió, y había ronroneado durante todo el viaje. Sentía,
quizás, que a Halston le había gustado y que lo llevaría a su casa. Como él, el gato era
un one-stick.
Extraño golpe, pensó Halston, y se sorprendió al ver que estaba tomándolo
seriamente como un golpe. Quizás lo más extraño de ello era que en realidad le gustaba
el gato, sentía un parentesco con él. Si se las había arreglado para deshacerse de esos
tres viejos decrépitos, más a su favor... especialmente Gage, que lo estaba llevando a
Milford para una cita terminal con un veterinario con el cabello cortado a cepillo que
habría estado más que feliz por meterlo en una cámara de gas de cerámica del tamaño
de un horno de microondas. Sentía un parentesco pero no la necesidad de echarse atrás
con el golpe. Le haría la cortesía de matarlo rápido y bien. Detendría el auto fuera del
camino, al lado de uno de esos campos áridos de noviembre, y lo sacaría de la bolsa y lo
acariciaría y ahí le rompería el cuello y le cortaría la cola con su navaja. Y, pensó,
enterraré el cuerpo honorablemente, salvándolo de los carroñeros. No puedo salvarlo de
los gusanos, pero puedo salvarlo de las lombrices.
Estaba pensando esas cosas mientras el auto se movía a través de la noche como un
fantasma azul oscuro y ahí fue cuando el gato caminó frente a sus ojos, sobre el tablero
de instrumentos; la cola alzada arrogantemente, su cara blanca y negra volteada hacia él,
su boca pareciendo sonreírle.
“Ssssshhhh...”, silbó Halston. Miró hacia su derecha y vislumbró un agujero —
mordido o arañado— a un lado de la bolsa de compras gruesa. Miró hacia delante otra
vez... y el gato levantó una pata y le pegó juguetonamente. La pata se deslizó por la
frente de Halston. Se lo quitó de un golpe y los grandes neumáticos del Plymouth
gimieron mientras se movía errático de un lado al otro del estrecho camino asfaltado.
Halston golpeó al gato en el tablero de instrumentos con el puño. Estaba bloqueando
su campo visual. El gato lo peleó, arqueando su lomo, pero no se movió. Halston
levantó el puño otra vez, y en lugar de asustarse, el gato saltó sobre él.
Gage, pensó. Justo como Gage...
Pisó los frenos. El gato estaba sobre su cabeza, bloqueándole la visión con su vientre
peludo, arañándolo, surcándole la cara. Halston mantenía el volante inflexiblemente.
Golpeó al gato una, dos, tres veces. Y de repente el camino se había ido, el Plymouth
estaba andando por la cuneta, chocando en cada salto. Luego, el impacto, tirándolo
hacia adelante contra el cinturón de seguridad, y el último sonido que escuchó fue al
gato gritando inhumanamente, la voz de una mujer padeciendo un dolor o a punto de
llegar al clímax sexual.
Lo golpeó con sus puños cerrados y sintió sólo la elástica y blanda flexión de sus
músculos.
Luego, un segundo impacto. Y oscuridad.
* * *
La luna se había ocultado. Faltaba una hora para el amanecer.
El Plymouth yacía en una barranca cubierta de niebla. Había una maraña de alambre
de púas enredada en la rejilla. El capó se había abierto, y aros de humo del radiador roto
salían para mezclarse con la niebla.
Ninguna sensación en sus piernas.
Miró hacia abajo y vio que el cortafuego del Plymouth se había hundido con el
impacto. La parte trasera del gran motor Cyclone Spoiler había embestido contra sus
piernas, sujetándolas.
Afuera, en la distancia, el predatorio graznido de un búho cayendo sobre algún
animal pequeño y escurridizo.
Adentro, cerca, el firme ronronear del gato.
Parecía sonreír, como el gato Cheshire de Alicia en el País de las Maravillas.
Halston lo vio pararse, arquear el lomo y estirarse. En un repentino y ágil
movimiento como de seda, saltó sobre su hombro. Halston trató de levantar sus manos
para sacárselo de encima.
Sus manos no se movían.
Contusión espinal, pensó. Paralizado. Quizás temporariamente. Más probablemente
para siempre.
El gato ronroneó en su oído como un trueno.
“Bájate de mí”, dijo Halston. Su voz era ronca y seca. El gato se tensó por un
momento y luego se relajó otra vez. De repente, la pata golpeó la mejilla de Halston, y
las garras estaban afuera esta vez. Ardientes líneas de dolor bajaron por su garganta. Y
el hilo tibio de sangre.
Dolor.
Sensación.
Le ordenó a su cabeza moverse hacia la derecha, y le obedeció. Por un momento su
cara se enterró en un pelaje suave y seco. Halston mordió al gato. Su garganta emitió un
sonido de sobresalto y desconcierto —¡yowk!— y saltó sobre el asiento. Lo miró con
enojo, las orejas echadas hacia atrás.
“Se suponía que no tenía que hacer eso, ¿no?”, gruñó Halston. El gato abrió la boca y
le siseó. Mirando ese rostro extraño y esquizofrénico, Halston pudo entender cómo
Drogan podía haber pensado que era un gato del infierno. Era...
Sus pensamientos se rompieron cuando notó una sensación débil y hormigueante en
las manos y los antebrazos.
Sensación. Otra vez. Alfileres y agujas.
El gato saltó sobre su cara, las garras afuera, babeando.
Halston cerró los ojos y abrió la boca. Mordió el vientre del gato y no consiguió nada
salvo pelo. Las garras delanteras del gato estaban enganchadas en sus oídos,
escarbando. El dolor era enorme, brillantemente agudo. Halston trató de levantar sus
manos. Se crisparon pero casi no pudieron salir de su falda
Inclinó la cabeza hacia adelante y comenzó a sacudirla de un lado al otro, como un
hombre sacudiéndose el jabón de los ojos. Siseando y chillando, el gato se sostuvo.
Halston podía sentir la sangre chorreando por sus mejillas. Le era difícil respirar. El
pecho del gato estaba apretado contra su nariz. Le era posible tomar algo de aire por la
boca, pero no mucho. Lo que podía tomar pasaba a través del pelo. Sus orejas se sentían
como si hubieran sido empapadas con líquido de encendedor y luego prendidas fuego.
Volvió su cabeza hacia atrás y gritó en agonía; debía haber sufrido una lesión en la
nuca cuando el Plymouth chocó. Pero el gato no estaba esperando eso y se desprendió.
Halston escuchó el golpe en el asiento trasero.
Un hilo de sangre se le metió en el ojo. Trató nuevamente de mover sus manos, para
levantar una y enjugarse la sangre.
Se crisparon en su falda, pero todavía no era capaz de moverlas. Pensó en la .45
especial en la pistolera debajo de su brazo izquierdo.
Si llego a alcanzarla, gatito, el resto de tus nueve vidas se van a ir de una vez.
Más hormigueo. Débiles latidos de dolor en sus pies, enterrados y seguramente
destrozados bajo el motor, zumbidos y hormigueo en sus piernas; se sentía exactamente
igual a cuando un miembro que se ha quedado dormido comienza a despertarse. En ese
momento a Halston no le importaban sus pies. Bastaba con saber que su espina no
estaba cortada, que no iba a terminar su vida como un bulto muerto atado a una cabeza
parlante.
Quizás a mí también me queden algunas vidas.
Tener cuidado con el gato. Eso era lo primero. Luego salir de los destrozos; quizás
alguien apareciera, eso resolvería ambos problemas de una vez. No era muy probable a
las 4:30 de la mañana en un camino como éste, pero era remotamente posible. Y...
¿Y qué estaba haciendo el gato ahí atrás?
No le gustaba tenerlo en su cara, pero tampoco le gustaba tenerlo detrás de él y fuera
de la vista. Intentó con el espejo retrovisor, pero era inútil. El choque lo había torcido y
todo lo que reflejaba era el barranca cubierta de hierba en la que había terminado.
Un sonido detrás de él, como un susurro de tela rasgada.
Ronroneo.
Gato del infierno una mierda. Se fue a dormir ahí atrás.
Y aun aunque no fuera así, aun si de alguna manera estaba planeando asesinar, ¿qué
podía hacer? Era una cosita flaquita, probablemente pesara cuatro libras mojado. Y
pronto... pronto sería capaz de mover las manos lo suficiente como para agarrar su
pistola. Estaba seguro.
Halston se sentó y esperó. Sintiendo continuamente a su cuerpo inundarse de una
serie de incursiones de alfileres y agujas. Absurdamente (o quizás en una reacción
instintiva ante su roce con la muerte) tuvo una erección durante alrededor de un minuto.
Difícil echarse una paja en esta circunstancia, pensó.
La línea del amanecer estaba apareciendo en el cielo del este. En algún lugar, un
pájaro cantó.
Halston intentó con sus manos otra vez y logró moverlas un cuarto de pulgada antes
de que cayeran otra vez.
Todavía no. Pero pronto.
Un ruido en el asiento trasero, detrás de él. Halston volteó su cabeza y miró el rostro
blanco y negro, los ojos brillantes con sus enormes pupilas oscuras.
Halston le habló.
“No he fallado ni una vez en un golpe que acepto, gatito. Éste podría ser el primero.
Estoy recuperando mis manos. Cinco minutos, diez a lo sumo. ¿Quieres mi consejo?
Sal por la ventana. Están todas abiertas. Vete y llévate tu cola contigo”.
El gato lo miró.
Halston intentó nuevamente con sus manos. Se levantaron, temblando locamente.
Media pulgada. Una pulgada. Las dejó caer fláccidamente. Se resbalaron de su falda y
golpearon el asiento del Plymouth. Brillaban pálidamente, como grandes arañas
tropicales.
El gato le estaba sonriendo.
¿Cometí un error? se preguntó confusamente. Era una criatura de corazonadas, y el
sentimiento de que había cometido un error de repente fue aplastante. Entonces el
cuerpo del gato se tensó, e incluso mientras saltaba, Halston supo lo que iba a hacer y
abrió su boca para gritar
El gato aterrizó en la entrepierna de Halston, las garras afuera, escarbando.
En ese momento, Halston deseó haber estado paralizado. El dolor era gigantesco,
terrible. Nunca hubiera sospechado que podía haber un dolor semejante en el mundo. El
gato era un resorte babeante de furia, arañándole las bolas.
Halston gritó, la boca bien abierta, y ahí fue cuando el gato cambió de dirección y
saltó sobre su cara, sobre su boca. Y en ese momento Halston supo que era más que un
gato. Era algo que poseía una intención maligna y asesina.
Echó una última mirada al rostro blanco y negro bajo las orejas aplastadas, los ojos
enormes y llenos de un odio lunático. Se había deshecho de tres viejos y ahora se iba a
deshacer de John Halston.
Se metió en su boca, un proyectil peludo. Lo amordazó. Las garras delanteras se
movían, deshilachándole la lengua como un pedazo de hígado. Su estómago se replegó
y vomitó. El vómito bajó por su tráquea, obstruyéndola, y comenzó a ahogarse.
En ese punto extremo, su voluntad de sobrevivir superó a la parálisis del impacto.
Levantó sus manos lentamente para agarrar al gato. Oh, Dios, pensó.
El gato estaba forzando su entrada a la boca, achatando el cuerpo, retorciéndose,
metiéndose más y más adentro. Podía sentir su mandíbula crujiendo más y más para
dejarlo entrar.
Estiró los brazos para agarrarlo, sacarlo de un tirón, destruirlo... y sus manos
apretaron sólo la cola del gato.
De alguna manera había metido todo el cuerpo dentro de su boca. Su extraño rostro
blanco y negro se debía haber metido muy adentro de su garganta.
Un terrible sonido de arcada salió de la garganta de Halston, que estaba hinchándose
como una manguera de jardín flexible.
Su cuerpo se sacudió. Sus manos cayeron de vuelta en su falda y los dedos
tamborilearon sin sentido en sus muslos. Sus ojos brillaron, luego se nublaron. Miraron
sin mirar la llegada del amanecer a través del parabrisas del Plymouth.
Sobresaliendo de su boca abierta había dos pulgadas de tupida cola... mitad negra,
mitad blanca. Se movía perezosamente de un lado al otro.
Desapareció.
Un pájaro gimió en algún lado otra vez. El amanecer llegó en silencio, sobre los
campos escarchados de Connecticut.
El nombre del granjero era Will Reuss.
Iba camino a Placer's Glen para conseguir la renovación de la pegatina para su
camión cuando vio al sol del final de la mañana brillando sobre algo en el barranco
detrás del camino. Estacionó en la banquina y vio al Plymouth yaciendo en un ángulo
ladeado e inestable en la cuneta, con alambre de púas enredado en la parrilla como una
maraña de lana de acero.
Bajó y se quedó sin aliento. “Santo Dios”, le murmuró al brillante día de noviembre.
Había un tipo sentado detrás del volante, los ojos abiertos y brillando vacíos en la
eternidad. La organización Roper no lo incluiría nunca más en sus encuestas
presidenciales. Su cara estaba manchada con sangre. Todavía tenía puesto el cinturón de
seguridad.
La puerta del conductor estaba trabada, pero Reuss se las arregló para abrirla tirando
con las dos manos. Se inclinó hacia adentro y desabrochó el cinturón de seguridad, con
la idea de buscar una identificación. Estaba alcanzando el abrigo cuando notó que la
camisa del tipo muerto estaba agitándose, justo arriba de la hebilla del cinturón.
Agitándose... y abultándose. Manchas de sangre comenzaron a florecer como rosas
siniestras.
“¿Qué diablos?”. Se salió, agarrando la camisa del hombre muerto y tirando.
Will Reuss miró. Y gritó.
Sobre el ombligo de Halston, un agujero irregular había sido arañado en su carne.
Asomando estaba la cara blanca y negra jaspeada de sangre de un gato, sus ojos
enormes y brillantes.
Reuss se tambaleó hacia atrás, dando alaridos, las manos sobre la cara. Una veintena
de cuervos levantaron vuelo graznando en un campo cercano.
El gato hizo fuerza para salir y se estiró con una languidez obscena.
Luego salió por la ventana abierta de un salto. Reuss lo vio moverse a través de la
hierba muerta e irse.
Parecía estar apurado, le dijo más tarde a un periodista del periódico local.
Como si hubiera dejado un trabajo sin terminar.

LA MOSCA -- George Langelaan




LA MOSCA
George Langelaan

**
«A Jean Rostand, que un día me
habló largamente de mutaciones».

--
Siempre me han dada horror los timbres. Incluso durante el día, cuando
trabajo en mi despacho, contesto al teléfono con cierto malestar. Pero por la
noche, especialmente cuando me sorprende en pleno sueño, el timbre del
teléfono desencadena en mí un verdadero pánico animal, que debo dominar
antes de coordinar lo suficiente mis movimientos para encender la luz,
levantarme e ir a descolgar el aparato. Y aun entonces, necesito hacer un
verdadero esfuerzo para anunciar con voz tranquila: «Arthur Browning al
habla». Con todo, no recupero mi estado normal hasta que reconozco la voz
que se dirige a mi desde el otro extremo del hilo y no me siento
absolutamente tranquilizado hasta que sé por fin de qué se trata.
En aquella ocasión, sin embargo, pregunté con mucha calma a mi
cuñada cómo y por qué había matado a mi hermano, cuando me despertó a
las dos de la mañana para anunciarme el atroz asesinato y para pedirme por
favor que avisara a la policía.
—No puedo explicártelo por teléfono, Arthur. Llama al cuartelillo y ven
después.
—¿No sería mejor que te viera antes?
—No. Es preferible prevenir a la policía sin perder un minuto. De no
hacerlo así, van a imaginarse demasiadas cosas y a hacer demasiadas
preguntas... Les va a costar bastante trabajo creer que lo he hecho yo sola.
En realidad, convendría decirles que el cuerpo de Bob está en la fábrica. Tal
vez quieran pasarse por allí antes de venir a buscarme.
—¿Dices que Bob está en la fábrica?
—Sí, debajo del martillo-pilón.
—¿Del martillo-pilón?
—Si, pero no preguntes tanto. Ven, ven de prisa, antes de que mis
nervios se nieguen a sostenerme. Tengo miedo, Arthur. ¡Compréndelo,
tengo miedo!
Y, cuando colgó, también yo tenía miedo. Hasta aquel momento había
escuchado y respondido como si se tratara de un simple asunto de negocios,
y sólo entonces empecé a comprender el verdadero significado de las
palabras de mi cuñada.
Estupefacto, tiré el cigarrillo que había debido encender mientras
hablaba con ella y marqué, dando diente con diente, el número de la policía.
¿Han intentado alguna vez explicar a un soñoliento sargento de guardia
que acaban de recibir una llamada telefónica de su cuñada para anunciarles
el asesinato de su hermano a golpes de martillo-pilón?
—Sí, señor, le comprendo muy bien. ¿Pero quién es usted? ¿Su
nombre? ¿Su dirección?
En aquel momento, al otro lado del hilo, el inspector Twinker se hizo
cargo del aparato y de la dirección de las operaciones. Él, por lo menos,
pareció comprenderlo todo y me rogó que le esperara para que fuéramos
juntos a casa de mi hermano.
Tuve el tiempo justo de ponerme un pantalón y un jersey, y de coger al
pasar una vieja chaqueta y una gorra, antes de que un coche de la policía se
detuviera frente a mi puerta.
—¿Tiene usted un vigilante nocturno en la fábrica, míster Browning? —
preguntó el inspector mientras arrancaba—. ¿No le ha telefoneado?
—Sí... No. Efectivamente, es curioso., Aunque mi hermano ha podido
pasar a la fábrica desde el laboratorio, donde generalmente se queda hasta
muy tarde, a veces durante toda la noche.
—¿Entonces Sir Robert Browning no trabaja con usted?
—No. Mi hermano realiza investigaciones por cuenta del Ministerio del
Aire. Como necesitaba tranquilidad y un laboratorio cercano a un lugar
donde pudiera encontrar en cualquier momento toda clase de piezas,
pequeñas y grandes, se instaló hace algún tiempo en la primera casa que
hizo construir nuestro abuelo, sobre la colina, cerca de la fábrica. Yo le cedí
uno de los talleres antiguos, que ya no utilizamos, y mis obreros, trabajando
bajo sus órdenes, lo transformaron en laboratorio.
—¿Sabe usted con exactitud en que consisten las investigaciones de Sir
Robert?
—Casi nunca habla de sus trabajos, que son secretos. Pero supongo que
el Ministerio del Aire está al corriente. Yo sólo sé que se encontraba a punto
de terminar una experiencia en la que llevaba varios años trabajando y por
la que demostraba un gran interés. Algo relativo a desintegración y
reintegración de la materia.
Frenando a duras penas, el inspector viró en el patio de la fábrica y
detuvo el coche al lado de un agente uniformado, que parecía esperarle.
Por mi parte, no necesitaba escuchar la confirmación de labios del
policía. Era como si supiera, desde mucho tiempo atrás, que mi hermano
estaba muerto. Al bajar del coche, me temblaban las piernas como a un
convaleciente en su primera salida.
Otro policía, salido de la sombra, vino a nuestro encuentro y nos
condujo hasta un taller brillantemente iluminado. Alrededor del martillo-pilón
montaban guardia varios agentes, mientras tres individuos vestidos de
paisano se dedicaban a la instalación de pequeños proyectores. Vi la cámara
fotográfica dirigida hacia el suelo y tuve que haber un violento esfuerzo para
apartar los ojos de él.
Sin embargo, era menos espantoso de lo que había pensado. Mi
hermano parecía dormir boca abajo, con el cuerpo ligeramente atravesado
sobre los raíles que servían para la conducción de piezas hasta el martillo.
Como si su cabeza y su brazo estuviesen hundidos en la masa metálica del
instrumento. Casi resultaba increíble que hubieran sido aplastados por él.
Después de cambiar unas palabras con sus colegas, el inspector Twinker
regresó junto a mí.
—¿Cómo puede levantarse el martillo, míster Browning?
—Yo mismo haré la maniobra.
—¿Quiere que vayamos a buscar a uno de sus obreros?
—No, no hace falta. Mire: el cuadro de mandos está ahí. Fíjese,
inspector. El martillo ha sido regulado para desarrollar una potencia de
cincuenta toneladas y su índice de descenso es de cero.
—¿De cero?
—Sí. O a ras del suelo, hablando más claro. Por otra parte, se le ha
puesto en funcionamiento intermitentemente. Lo cual quiere decir que es
preciso volverlo a subir después de cada golpe. No sé aún la versión de Lady
Anne, pero estoy seguro de que ella no habría sabido regular con tanta
precisión la caída del martillo.
—Tal vez se quedó así ayer por la tarde.
—Imposible. En la práctica, jamás se utiliza el descenso a cero.
—¿Puede alzarse suavemente?
—No. No existe ningún mando para regular la velocidad de subida. Tal
como está, sin embargo, es más lenta que cuando actúa de modo
continuado.
—Bueno. Hágame ver lo que es preciso ver. Sin duda, no resultará un
espectáculo agradable.
—No, inspector. Allá va.
—¿Todos dispuestos? —preguntó Twinker a los demás—. Cuando
quiera, mister Browning.
Con los ojos clavados en la espalda de mi hermano, apreté a fondo el
voluminoso botón negro que ponía en marcha el mecanismo de subida del
martillo.
Al prolongado silbido, que siempre me hacía pensar en un gigante
jadeando después de un esfuerzo, siguió la ascensión ligera y elástica de la
masa de acero. Pude oír, sin embargo, la succión del desprendimiento y
reprimí un movimiento de pánico al ver cómo el cuerpo de mi hermano se
movía hacia delante, mientras un borbotón de sangre inundaba el amasijo
oscuro descubierto por la ascensión del martillo.
—¿Hay algún peligro de que vuelva a caer, mister Browning?
—Ninguno —dije echando el cerrojo de seguridad.
Y, volviéndome de espaldas, vomité toda la cena a los pies de un joven
policía que acababa de hacer lo mismo.
Durante varias semanas y después, en sus ratos perdidos, durante
varios meses, el inspector Twinker se entregó en cuerpo y alma al
esclarecimiento de la muerte de mi hermano. Más tarde me confesó que yo
era uno de sus principales sospechosos, aunque jamás pudo encontrar la
menor prueba, motivo o detalle revelador.
Anne, a pesar de su increíble tranquilidad, fue declarada loca y no hubo
proceso.
Mi cuñada se confesó única culpable del asesinato de su marido y
demostró que conocía perfectamente el funcionamiento del martillo-pilón. Se
negó, sin embargo, a explicar la causa de este asesinato y la razón de que
mi hermano viniera a colocarse, por su propia voluntad, bajo el martillo.
El vigilante nocturno oyó funcionar el aparato; lo oyó, para ser exacto,
dos veces. Y el contador, que siempre se ponía a cero después de cada
operación, indicaba que el martillo había llevado a cabo dos golpes. A pesar
de todo, mi cuñada se obstinó en afirmar que sólo se había servido de él una
vez.
El inspector Twinker empezó dudando de que la víctima fuera realmente
mi hermano pero varias cicatrices, una herida de guerra en el muslo y las
huellas digitales de su mano izquierda, terminaron por disipar todas sus
dudas.
Finalmente, la autopsia reveló que no había ingerido ninguna droga
antes de su muerte.
En cuanto a su trabajo, los expertos del Ministerio del Aire vinieron a
hojear sus papeles y se llevaron varios instrumentos del laboratorio. Todos
ellos celebraron largos conciliábulos con el inspector Twinker y le
convencieron de que mi hermano había destruido sus documentos y
aparatos más interesantes.
Los técnicos del laboratorio de la policía, por su parte, declararon que
Bob había tenido la cabeza envuelta en algo hasta el momento de su muerte
y Twinker me enseñó cierto día un andrajo desgarrado, que yo reconocí
inmediatamente como el paño de una mesa del laboratorio.
Anne fue trasladada al instituto de Broadmoore, donde se encierra a
todos los locos criminales. Las autoridades me confiaron a su hijo Harry, que
contaba seis años de edad, y se decidió que su educación y mantenimiento
corrieran a mi cargo.
Yo podía visitar a Anne todos los días. En dos o tres ocasiones, el
inspector Twinker me acompañó y pude comprobar que se había visto con
ella otras veces. Pero jamás consiguió sacarle una palabra del cuerpo. Mi
cuñada se había convertido, aparentemente, en un ser al que todo le era
indiferente. Rara vez respondía a mis preguntas y casi nunca a las de
Twinker. Empleaba parte de su tiempo en la costura, pero su
entretenimiento favorito parecía ser la caza de moscas, que examinaba
cuidadosamente antes de dejarlas en libertad.
Sólo tuvo una crisis —una crisis de nervios, mejor que una crisis de
locura—, el día en que vio cómo una enfermera mataba uno de estos
animales. Para tranquilizarla, hubo que recurrir a la morfina.
En varias ocasiones le llevamos a su hijo. Anne le trató con amabilidad,
pero sin demostrar el menor afecto hacia él. Le interesaba como podía
interesarle cualquier niño desconocido.
El día en que tuvo la crisis por culpa de la mosca muerta, el inspector
Twinker vino a verme.
—Estoy convencido de que ahí reside la clave del misterio.
—Yo no veo la menor relación. Creo que mi pobre cuñada lo mismo
hubiera podido coger otra manía. Las moscas son una simple fijación de su
locura.
—¿Cree que está verdaderamente loca?
—¿Cómo puedo dudar de ello, Twinker?
—A pesar de todo lo que dicen los médicos, tengo la impresión, muy
clara, de que Lady Browning es absolutamente dueña de sus facultades
mentales, incluso cuando ve una mosca.
—De admitir esa hipótesis, ¿cómo explica usted su actitud con relación
a Harry?
—De dos formas: o pretende protegerlo o le teme. Tal vez, incluso, lo
deteste.
—No le comprendo.
—¿Se ha fijado en que jamás caza moscas cuando él está delante?
—Es cierto... Resulta bastante curioso. Pero confieso que sigo sin
comprender nada.
—Yo tampoco, mister Browning. Y seguramente seguiremos igual hasta
que Lady Browning se cure.
—Los médicos no tienen la menor esperanza...
—Estoy al corriente de eso. ¿Sabe si su hermano hizo alguna vez
experimentos con moscas?
—No lo creo. ¿Se lo ha preguntado a los expertos del Ministerio del
Aire?
—Sí. Y se han reído en mis barbas.
—Lo comprendo.
—Tiene usted suerte, mister Browning. Yo, en cambio, no comprendo
nada, pero espero comprender algún día.
*****
—Dime, tío Arthur, ¿viven mucho tiempo las moscas?
Estábamos desayunando y mi sobrino, con sus palabras, acababa de
romper un prolongado silencio. Le miré por encima del Times, que había
apoyado en la tetera. Harry, como la mayor parte de los niños de su edad,
tenía la costumbre, o más bien el talento, de plantear cuestiones que los
adultos no suelen hallarse en condiciones de responder con precisión. Harry
me preguntaba a menudo, siempre de forma inesperada, y cuando tenía la
mala suerte de poder aclararle alguna duda, ésta era inmediatamente
seguida de otra, después de otra y así sucesivamente, hasta que yo me
confesaba vencido, reconociendo que no lo sabía. Entonces, como un
campeón de tenis que lanzara su pelota definitiva, la que le convertía en
ganador de juego y de partida, decía:
«¿Por qué no lo sabes, tío?»
Era, sin embargo, la primera vez que me hablaba de moscas, y me
estremecí ante la idea de que el inspector Twinker pudiera haberle oído.
Imaginaba perfectamente la mirada con que el infatigable sabueso me
obsequiaría y la pregunta que, a renglón seguido, dirigiría a mi sobrino. E
intuía, al mismo tiempo, cuál habría sido —de hallarse en mi caso— su
respuesta. Respuesta que, textualmente y no sin cierto malestar, tuve que
repetir en voz alta.
—No lo sé, Harry. ¿Por qué me haces esa pregunta?
—Porque he vuelto a ver la mosca que mamá busca.
—¿Mamá busca una mosca?
—Sí. Ha crecido mucho, pero a pesar de todo la he reconocido.
—¿Dónde has vuelto a verla y qué tiene de particular?
—Sobre tu despacho, tío Arthur. Su cabeza es blanca en lugar de negra
y su pata muy graciosa.
—¿Cuándo viste esa mosca por primera vez, Harry?
—El día que se fue papá. Estaba en su cuarto y la cacé, pero mamá
llegó en ese momento y me obligó a dejarla en libertad. Unas horas
después, me pidió que la encontrara. Creo que había cambiado de idea y
que quería verla.
—En mi opinión debe estar muerta hace mucho tiempo —dije
levantándome y yendo sin prisa hacia la puerta.
Pero en cuanto la cerré, di un salto hasta mi despacho y busqué en
vano alguna huella de moscas.
Las confesiones de mi sobrino y la seguridad del inspector Twinker
sobre la relación existente entre las moscas y la muerte de mi hermano me
turbaron hasta el desconcierto.
Por primera vez, admití que el inspector tal vez supiera más de lo que
daba a entender. Y, también por vez primera, me pregunté si mi cuñada
estaba verdaderamente loca. Un sentimiento extraño, incluso terrible,
empezó a crecer en mí y, cuanto más reflexionaba sobre ello, más me
convencía de la cordura de Anne.
Un drama originado por la locura podía ser inexplicable y horroroso,
pero su horror, por grande que fuera, resultaba, a fin de cuentas, admisible.
Sin embargo, la idea de que mi cuñada hubiera sido capaz de asesinar tan
atrozmente a mi hermano en plena posesión de sus facultades mentales, con
o sin su consentimiento, me daba escalofríos. ¿Cuál podía ser la explicación
de un crimen tan monstruoso? ¿Cómo se había llevado a cabo?
Pasé una y otra vez revista a todas las respuestas de Anne al inspector
Twinker. Éste le había hecho centenares de preguntas. Y mi cuñada contestó
con perfecta lucidez a las cuestiones relativas a su vida con mi hermano.
Una vida, al parecer, feliz y sin historia.
Twinker, además de ser un psicólogo muy fino, tenía una gran
experiencia y estaba acostumbrado a sentir, a adivinar —por decirlo de
alguna forma— el engaño. También él estaba convencido de que Anne había
contestado honestamente a las preguntas que se había dignado contestar.
Pero estaban las otras, aquellas ante las que siempre reaccionó de idéntica
manera, repitiendo hasta la saciedad las mismas palabras.
—No puedo aclararle esa cuestión —decía lisa y llanamente, sin perder
nunca la calma.
Ni siquiera la acumulación de preguntas de este tipo parecía molestarle.
Una sola vez, en el curso de los numerosos interrogatorios, le hizo notar al
inspector que ya le había preguntado anteriormente lo mismo. En las
restantes ocasiones, siempre contestó de igual forma: «No puedo aclararle
esa cuestión».
Su estribillo se convirtió en un muro formidable, contra el cual se
estrelló una y otra vez la tenacidad de Twinker. Cuando el inspector
cambiaba el rumbo de sus interrogatorios y se interesaba por temas que no
guardaban relación directa con el drama, Anne respondía con lucidez y
amabilidad. Pero en cuanto la conversación se orientaba, por algún
resquicio, hacia el asesinato de Bob, mi cuñada se escondía nuevamente tras
la muralla del «no puedo aclararle esta cuestión».
Deseosa de que no recayeran sospechas sobre ninguna otra persona,
Anne demostró prácticamente cómo había manejado el martillo-pilón. Nos
hizo ver, sin lugar a dudas, que conocía su funcionamiento y la forma de
regular la fuerza y la altura del golpe, y como el inspector adujera que todo
aquello no probaba su intervención en el asesinato de Bob, nos enseñó el
lugar donde se había apoyado con la mano izquierda, contra un montante
del cuadro de mandos, mientras manipulaba los botones con la mano
derecha.
—Sus técnicos encontrarán aquí mis huellas digitales —añadió con
sencillez.
Y sus huellas, efectivamente, fueron encontradas.
Twinker sólo pudo descubrir una mentira en sus declaraciones. Anne
afirmaba haber maniobrado el martillo una sola vez, mientras el vigilante
nocturno juraba y perjuraba haberlo oído dos. El contador, que siempre se
ponía a cero al terminar cada jornada, le daba la razón.
Durante algún tiempo, Twinker confió en forzar el mutismo de mi
cuñada gracias a este error. Pero un buen día, Anne, con la mayor
tranquilidad del mundo, echó por tierra sus esperanzas, declarando:
—Sí, he mentido, pero no, puedo explicarle los motivos de mi mentira.
—¿Sólo me ha engañado en eso? —preguntó inmediatamente Twinker,
con el propósito de desconcertarla y de adquirir así alguna ventaja sobre
ella.
Con gran sorpresa por su parte —pues esperaba el estribillo habitual—,
Anne respondió:
—Sí. Ha sido mi único engaño.
Y Twinker comprendió que Anne había reparado con creces la única
fisura de su muro defensivo.
A la luz de las revelaciones de Harry, creció en mí un progresivo
sentimiento de horror hacia mi cuñada, porque, si no estaba loca, simulaba
estarlo para escapar a un castigo que merecía cien veces. En ese caso
Twinker tenía razón y la llave del drama residía en las moscas,.a no ser que
la obsesión de Anne formara parte de su engaño. Y si, por el contrario, no
estaba en sus cabales, entonces Twinker seguía teniendo razón, porque tal
vez a través de las moscas pudiera un psiquiatra descubrir la causa del
asesinato.
Diciéndome que Twinker seguramente sabría resolver aquel
rompecabezas mejor que yo, estuve a punto de ir a contárselo todo. Pero el
pensamiento de que atosigaría a Harry con mil preguntas, me retuvo. Existía
también otra razón para no acudir a él: me daba miedo que buscara y
encontrara la mosca mencionada por mi sobrino. Y ese miedo era, por
incomprensible, profundamente turbador.
Pasé revista a todas las novelas policíacas que había leído en mi vida.
Este género literario no carece de lógica, incluso cuando presenta casos muy
complicados. En la historia de las moscas, por el contrario, no había nada
lógico, nada que pudiese encajar. Todo era sorprendentemente sencillo y, al
mismo tiempo, misterioso. No existía culpable alguno que desenmascarar:
Anne había asesinado a su marido, se había declarado autora del hecho e
incluso había reconstruido la escena.
Desde luego, no podía esperarse lógica en un drama provocado por la
locura, pero aún admitiendo que fuera así, ¿cómo explicar la extraña
pasividad de la víctima?
Mi hermano era el típico sabio partidario de la prueba del nueve. Sentía
horror por la intuición y por los golpes de genio. Algunos científicos elaboran
teorías que después se esfuerzan en apoyar con hechos; trabajan a saltos en
lo desconocido y no tienen inconveniente en abandonar una posición
avanzada si las experiencias acumuladas a continuación no bastan para
consolidar sus suposiciones. Mi hermano pertenecía, al contrario y —cabe
decir— por excelencia, al tipo del investigador receloso, que se guarda
siempre las espaldas con un sólido punto de apoyo, probado y archiprobado.
Rara vez se traía entre manos más de un experimento y no participaba de
ninguna de las características del sabio distraído, que se deja calar por la
lluvia con un paraguas cerrado en la mano. Era, en cambio, profundamente
humano. Adoraba a los niños y a los animales, y jamás titubeaba en dejar su
trabajo para ir al circo con los hijos de su vecino. Le gustaban los juegos de
lógica y precisión, como el billar, el tenis, el bridge y el ajedrez.
¿Cómo, entonces, explicar su muerte? ¿Por qué se había colocado
debajo del martillo-pilón? En modo alguno podía tratarse de una estúpida
jactancia, de un desafío a su propio valor. Jamás se jactaba de nada y no
soportaba a las personas aficionadas a apostar. Para vejarlas, siempre decía
que una apuesta es un simple negocio concluido entre un imbécil y un
ladrón.
Sólo existían dos explicaciones posibles: o se había vuelto loco o tenía
una razón para hacerse matar por su mujer de tan extraña manera.
Tras largas reflexiones, decidí no poner al inspector Twinker al corriente
de mi conversación con Harry e intentar una nueva gestión personal con mi
cuñada. Era sábado, día de visita, y como Anne pasaba por ser una enferma
muy tranquila, me permitían llevarla a dar una vuelta al gran jardín, donde
le habían concedido una pequeña parcela para que la cultivara a su antojo.
Anne había trasplantado allí varios rosales de mi jardín.
Sin duda esperaba mi visita, porque llegó al locutorio en seguida.
Empezaba a hacer frío y, en previsión de nuestro paseo habitual, se había
puesto el abrigo.
Me pidió noticias de su hijo y después me condujo hasta la parcela,
donde me hizo sentarme a su lado sobre un banco rústico, fabricado en la
carpintería del asilo por un enfermo aficionado a las actividades manuales.
Yo trazaba vagos dibujos en la arena con la contera de mi paraguas,
buscando la forma de llevar la conversación al tema de la muerte de mi
hermano. Pero fue ella quien primero se refirió al asunto.
—Arthur, quería preguntarte una cosa...
—Te escucho, Anne.
—¿Sabes si las moscas viven mucho tiempo?
La miré estupefacto y estuve a punto de confesarle que su hijo me
había preguntado lo mismo unas horas antes, pero repentinamente
comprendí que por fin se me brindaba la posibilidad de asestar un duro
golpe a sus defensas, conscientes o subconscientes. Anne, entretanto,
parecía esperar con tranquilidad la respuesta, creyendo sin duda que me
esforzaba en resucitar mis recuerdos de escuela sobre la duración de la vida
de las moscas.
Sin apartar los ojos de ella, repuse:
—No lo sé con precisión, pero tu mosca estaba hoy por la mañana en mi
despacho.
El golpe había alcanzado su objetivo. Anne volvió bruscamente la
cabeza hacia mí y abrió la boca como si fuera a gritar, pero sólo en sus
inmensos ojos se dibujó un auténtico alarido de terror.
Yo conseguí mantener la impasibilidad. Me daba cuenta de que por fin
había adquirido alguna ventaja sobre ella y que sólo podría conservarla
adoptando la actitud de un hombre al tanto de todo, que no experimenta
rencor o piedad y que ni siquiera se permite emitir un juicio sobre los
hechos.
Ella, finalmente, respiró y se tapó la cara con las manos.
—Arthur... ¿la has matado? —murmuró suavemente.
—No.
—¡Pero la tienes! —gritó alzando la cabeza— ¡La tienes ahí! ¡Dámela!
Un poco más y se hubiera atrevido a registrarme los bolsillos.
—No, Anne, no la tengo aquí.
—¡Lo sabes todo! ¿Cómo has podido adivinarlo?
—No, Anne, no sé nada, excepto que tú no estás loca. Pero voy a
averiguar la verdad de una u otra manera. O me lo dices todo, y entonces
decidiré sobre el mejor modo de resolver este asunto, o...
—¿O qué? ¡Habla de una vez!
—Iba a hacerlo, Anne... O te juro que el inspector Twinker tendrá esa
mosca antes de veinticuatro horas.
Mi cuñada permaneció inmóvil un momento, con los ojos clavados en
las palmas de sus blancas y afiladas manos. Después, sin alzar la mirada,
dijo:
—Si te lo digo todo, ¿me prometes que destruirás esa mosca antes de
tomar ninguna otra decisión?
—No, Anne. No puedo prometértelo antes de saber el verdadero
significado de esta historia.
—Arthur, compréndelo... Le prometí a Bob que esa mosca sería
destruida... Tengo que mantener mi promesa... De otra forma, no te diré
nada.
Comprendí que me estaba metiendo en un callejón sin salida; Anne se
recuperaba. Era absolutamente necesario encontrar un nuevo argumento, un
argumento que la empujara hasta sus últimos baluartes y que la hiciera
capitular.
A la desesperada, confiando en un golpe de suerte, dije:
—Anne, debes darte cuenta de que cuando esa mosca sea examinada
en los laboratorios de la policía, el inspector Twinker tendrá la prueba de que
no estás loca y...
—¡Arthur, no! No lo hagas, por Harry, no lo hagas... Llevo mucho
tiempo esperando esta mosca, convencida de que terminaría por
encontrarme. Al parecer no ha sido capaz y te ha buscado a ti.
Yo observaba atentamente a mi cuñada, preguntándome si fingía aún
estar loca o si, a fin de cuentas, lo estaba. A pesar de todo, loca o no, daba
la impresión de sentirse acorralada. Era preciso violentar aún su última
resistencia y como, al parecer, temía por su hijo, dije:
—Cuéntamelo todo, Anne. Así podré proteger mejor a Harry.
—¿De qué quieres protegerle? ¿No comprendes que si yo estoy aquí, es
únicamente para evitar que Harry se convierta en el hijo de una condenada
a muerte, ejecutada por el asesinato de su esposo? Créeme, preferiría cien
veces la horca a la muerte lenta de este manicomio.
—Anne, estoy tan interesado como tú en proteger al hijo de mi
hermano. Te prometo que, si me lo cuentas todo, haré lo imposible por
defender a Harry. Pero si te niegas a hablar, el inspector Twinker tendrá la
mosca. De todas formas intentaré velar por el niño, pero tú misma debes
hacerte cargo de que entonces ya no tendré las riendas de la situación.
—¿Por qué estás tan empeñado en saber? —dijo lanzándome una
curiosa mirada de rencor.
—Anne, es la suerte de tu hijo lo que está en tus manos. ¿Qué decides?
—Vamos dentro. Voy a entregarte el relato de la muerte del pobre Bob.
—¡Lo has escrito!
—Sí. Lo tenía preparado, no para ti, sino para tu maldito inspector.
Suponía que, antes o después, terminaría por dar con parte de la verdad.
—En este caso, ¿puedo enseñárselo?
—Haz lo que te parezca.
Me quedé en el locutorio mientras ella subía a su habitación. Al volver,
traía un abultado sobre amarillo, que me tendió diciendo:
—Procura leerlo a solas y sin que nadie te moleste.
—De acuerdo, Anne. Lo haré en cuanto llegue y mañana vendré a verte.
—Muy bien.
Y salió del locutorio sin despedirse.
Hasta que algunas horas más tarde empecé la lectura, no descubrí la
advertencia escrita en el exterior del sobre:
A quien corresponda —Probablemente al inspector Twinker.
Tras dar órdenes rigurosas de que no se me molestara bajo ninguna
excusa, hice saber que no cenaría y pedí té con bizcochos. Después subí
rápidamente a mi despacho.
Una vez en él, examiné cuidadosamente las paredes, las tapicerías y los
muebles, sin encontrar el menor rastro de moscas. Luego, cuando la criada
me subió el té y añadió leña al fuego, cerré las ventanas y corrí las cortinas.
Finalmente eché el cerrojo de la puerta, descolgué el teléfono —lo hacía
todas las noches desde la muerte de mi hermano—, apagué las luces,
excepto la de mi mesa de trabajo, y abrí el grueso sobre amarillo.
Tras servirme una taza de té, comencé la lectura del manuscrito:
«Esto no es una confesión, porque nunca he intentado ocultar la
responsabilidad que me incumbe en el trágico fin de mi marido y también
porque, a pesar de declararme única autora de su muerte, no soy una
criminal Al actuar como lo hice, me limitaba a ejecutar fielmente las últimas
voluntades de Robert Browning, aplastándole la cabeza y el antebrazo
derecho con el martillo-pilón de la fábrica de su hermano».
Sin haber probado una sola gota de té, volví la página.
«Con alguna anterioridad a su desaparición, mi marido me había puesto
al corriente de sus experimentos. Ya entonces comprendía perfectamente
que el Ministerio se los hubiera prohibido como demasiado peligrosos, pero
confiaba en obtener resultados positivos antes de informar sobre ellos.
»Aunque hasta el momento la ciencia sólo ha conseguido transmitir a
través del espacio el sonido y la imagen, gracias a la radio y la televisión,
Bob aseguraba haber encontrado el medio de transmitir la propia materia.
La materia —es decir, un cuerpo sólido— colocada en un aparato emisor, se
desintegraba y reintegraba instantáneamente en un aparato receptor.
»Bob consideraba que su descubrimiento podía ser de tanta
trascendencia como el de la rueda. Creía que la transmisión de la materia
por desintegración-reintegración instantánea, significaba una revolución sin
precedentes, de radical importancia para la evolución del hombre. La
difusión de su invento equivaldría al fin de los transportes mecanizados, no
sólo para los productos y mercancías que pudieran corromperse, sino
también para los propios seres humanos. Bob, hombre eminentemente
práctico, que jamás se dejaba llevar por la fantasía, vislumbraba ya un
mundo desprovisto de aviones, trenes, coches, carreteras y vías férreas.
Todo esto sería reemplazado por estaciones emisoras-receptoras, repartidas
por toda la superficie de la Tierra. Bastaría con situar a los viajeros y a las
mercancías en el interior de una cabina emisora, para que fueran
desintegrados y casi instantáneamente reintegrados en la cabina receptora
del punto de destino.
»Mi marido tropezó con algunas dificultades al principio. Su aparato
receptor sólo estaba separado de su aparato emisor por una pared. Como
sujeto de su primera experiencia, eligió un viejo cenicero, recuerdo de un
viaje que habíamos hecho a Francia.
»Cuando me trajo triunfalmente el cenicero, aún no estaba al corriente
de sus investigaciones y tardé un poco en comprender el significado de sus
palabras.
»—¡Mira, Anne! —dijo—. Este cenicero ha permanecido totalmente
desintegrado durante una diezmillonésima de segundo. Por un momento, ha
dejado de existir. Era sólo un conjunto de átomos viajando a la velocidad de
la luz entre dos aparatos. Y un instante después, los átomos se han unido de
nuevo para volver a formar este cenicero.
»—Bob, por favor... ¿de qué hablas? Explícate.
»Entonces me reveló el objetivo de sus experiencias y, al ver que no le
comprendía, empezó a esgrimir dibujos y a manejar cifras. Tras lo cual,
naturalmente, aún entendí menos sus explicaciones.
»—Perdóname, Anne —dijo al darse cuenta, riéndose de buena gana—.
¿Te acuerdas de aquel artículo sobre los misteriosos vuelos de ciertas
piedras, que irrumpen sin causa aparente en algunas casas de la India a
pesar de que las puertas y las ventanas están cerradas?
»—Sí, me acuerdo muy bien. El profesor Downing, que había venido a
pasar el fin de semana con nosotros, dijo que —si no había algún truco— el
fenómeno sólo podía explicarse por la desintegración de las piedras en la
calle y su reintegración en el interior de la casa, antes de su caída.
»—Exactamente. —Y añadió: A menos que el fenómeno se produzca por
una desintegración parcial y momentánea de la pared atravesada por las
piedras.
»—Todo eso es muy bonito, pero sigo sin comprender ¿Cómo puede
pasar una piedra, por muy desintegrada que esté, a través de una pared o
de una puerta?
»—Puede, Anne, porque entonces los átomos que componen la materia
no se tocan. Están separados entre sí por espacios inmensos.
»—¿Espacios inmensos entre los átomos que componen, por ejemplo,
una simple puerta?
»—Entendámonos: los espacios entre átomos son relativamente
inmensos. Es decir, inmensos con relación al tamaño de los átomos. Tú
pesas cien libras y mides cinco pies y tres pulgadas... Si todos los átomos
que componen tu cuerpo fueran comprimidos unos contra otros, sin que
quedara el menor espacio entre ellos, tú seguirías pesando lo mismo, pero
no abultarías más que una cabeza de alfiler.
»—Entonces, si no he comprendido mal, ¿tu pretendes haber reducido
este cenicero al tamaño de una cabeza de alfiler?
»—No, Anne. En primer lugar, si los átomos de este cenicero, que
apenas pesa dos onzas, fueran comprimidos, el conjunto resultante sólo
sería visible al microscopio. En segundo lugar, todo esto era una simple
imagen. Lo que intento explicarte pertenece a otro orden de fenómenos.
Este cenicero, una vez desintegrado, puede atravesar cualquier cuerpo
opaco y sólido, a ti misma, por ejemplo, sin la menor dificultad, porque
entonces sus átomos separados no encuentran obstáculo alguno en la masa
de tus átomos, que también están separados.
»—¿Y tú has desintegrado este cenicero y lo has reintegrado un poco
más allá, después de hacerlo pasar a través de otro cuerpo?
»—A través, para ser exacto, de la pared que separaba mi aparato
emisor de mi aparato receptor.
»—¿Y puede saberse qué utilidad tiene enviar ceniceros a través del
espacio?
»Bob inició entonces un gesto de malhumor, pero al darse cuenta de
que sólo le estaba gastando una broma, se dedicó a explicarme algunas de
las posibilidades de su descubrimiento.
»—¡Bueno! Espero que nunca me obligues a viajar así, Bob. No me
gustaría terminar como tu dichoso cenicero.
»—¿Cómo ha terminado?
»—Te acuerdas de lo que había escrito en él?
»—Sí, claro. La inscripción «Made in France», que ahí sigue.
»—Pero, ¿te has fijado cómo?
»Cogió el cenicero con una sonrisa y palideció al darse cuenta de lo que
yo quería decir. Las tres palabras seguían, efectivamente allí, pero
invertidas, de forma que sólo podía leerse: «ecnarF ni edaM».
»—Es inaudito —murmuró.
»Y, sin terminar el té, se precipitó hacia. el laboratorio, del cual ya no
volvió a salir hasta el día siguiente por la mañana, tras una noche entera de
trabajo.
»Algunos días más tarde, Bob sufrió un nuevo revés, que le puso de
malhumor durante varias semanas. Después de muchas preguntas, terminó
por confesar que su primera experiencia con un ser vivo había resultado un
completo fracaso.
»—Bob, ¿ha sido Dandelo?
»—Sí —reconoció a duras penas—. Se desintegró perfectamente, pero
no volvió a reintegrarse en el aparato receptor.
»—¿Y entonces...?
»—Entonces ya no existe Dandelo. Sólo existen sus átomos dispersos,
que se pasean por alguna parte, Dios sabe cuál, del universo.
»Dandelo era un gato blanco que la cocinera había encontrado en el
jardín. —Una buena mañana desapareció sin saber cómo. Bob acababa de
aclararme lo sucedido.
»Tras una serie de nuevas experiencias y largas horas de vigilia, Bob
me anunció que su aparato funcionaba ya perfectamente y me invitó a que
lo viera.
»Hice preparar una bandeja con una botella de champagne y dos copas
para festejar dignamente su éxito, porque yo sabía que mi marido, de no
estar a punto el aparato, no me hubiera llevado a verlo.
»—Excelente idea —exclamó quitándome la bandeja de las manos.
¡Vamos a celebrarlo con champagne reintegrado!
»—Espero que sabrá tan bien como antes de su desintegración, Bob.
»—No temas, Anne. Ven aquí.
»Abrió la puerta de un compartimento cuadrangular, que era una simple
cabina telefónica, debidamente transformada.
»—Ahí tienes el aparato de desintegración-transmisión —me explicó
mientras ponía la bandeja sobre un taburete colocado en su interior.
»Cerró con cuidado, me tendió unas gafas de sol y me hizo situarme
ante la puerta de cristales de la cabina.
»Tras ponerse él mismo las gafas negras, manipuló varios botones en el
exterior de la cabina, y de ésta se elevó el dulce ronroneo de un motor
eléctrico.
»—¿Dispuesta? —preguntó apagando la luz y haciendo girar otro
conmutador, que llenó el aparato de un resplandor azulado—, ¡Entonces,
fíjate bien!
»Bajó una palanca y todo el laboratorio se iluminó violentamente con un
cegador destello anaranjado. Vislumbré, en el interior de la cabina, una
especie de bola de fuego, que crepitó un instante, y sentí un repentino calor
en la cara y en el cuello. Después sólo pude ver dos agujeros negros
bordeados de verde, como cuando se mira durante cierto tiempo al sol.
»—Puedes quitarte las gafas, Anne. La operación ha terminado.
»Con un gesto teatral, mi marido abrió la puerta de la cabina y, a pesar
de que lo esperaba, fingí una gran sorpresa al comprobar que el taburete, la
bandeja, las copas y la botella habían desaparecido.
»Después me hizo pasar ceremoniosamente a la habitación contigua,
donde se encontraba una cabina idéntica a la que servía de aparato emisor.
Abrió la puerta y sacó triunfalmente la bandeja y el champagne que
descorchó al instante. El tapón saltó alegremente y el líquido burbujeó en las
copas.
»—¿Estás seguro de que se puede beber sin peligro?
»—Absolutamente —dijo Bob tendiéndome una copa—. Y ahora vamos a
intentar una nueva experiencia. ¿Quieres asistir a ella?
»Pasamos a la sala donde estaba el aparato de desintegración
»—¡Oh, Bob! ¡Acuérdate del pobre Dandelo!
»—Es sólo un cobaya, Anne. Pero estoy convencido de que ahora saldrá
bien.
»Colocó al animal en el suelo metálico de la cabina y me obligó a
ponerme las gafas de sol. Oí el ronroneo del motor, presencié de nuevo el
estallido de luz y, sin esperar a que Bob abriera el emisor, me precipité a la
habitación contigua. A través de la puerta de cristal pude ver al cobaya
corriendo de un lado a otro.
»—¡Bob, amor mío! ¡Está aquí! ¡Lo has conseguido!
»—Un poco de paciencia, Anne. No lo sabremos con seguridad hasta
dentro de algún tiempo.
»—Pero está tan vivo como antes.
»—Es preciso comprobar que todos sus órganos siguen intactos. Si
continúa así durante un mes, podremos intentar otras experiencias.
»Ese mes me pareció un siglo. Todos los días iba a ver al cobaya, que
parecía portarse de maravilla.
»Cuando Bob se convenció de su buena salud, puso a Pickles, nuestro
perro, en la cabina. No me avisó, porque jamás hubiera consentido que
Pickles pasara por una experiencia semejante. Al animal, sin embargo,
pareció gustarle. En una sola tarde fue desintegrado y reintegrado diez o
doce veces y en cuanto salía de la cabina receptora, se precipitaba al
aparato emisor para repetir el juego.
»Suponía que Bob iba a convocar una reunión de científicos y
especialistas del Ministerio como solía hacer cuando terminaba un trabajo,
para comunicar sus conclusiones y llevar a cabo algunas demostraciones
prácticas. Al cabo de algunos días, yo misma se lo hice notar.
»—No, Anne. Este descubrimiento es demasiado importante para
anunciarlo sin más ni más. Hay algunas fases de la operación que ni yo
mismo he llegado a comprender todavía. No puedo abandonarlo ahora en
otras manos.
»A veces, aunque no siempre, me hablaba de la marcha de su trabajo.
Desde luego, en ningún momento se me pasó por la cabeza la idea de que
fuera a intentar una primera experiencia humana con su propia persona y
sólo después de la catástrofe descubrí que un segundo cuadro de mandos
había sido instalado en el interior de la cabina emisora.
»La mañana en que intentó su terrible experiencia, Bob no vino a
comer. Encontré una nota clavada en la puerta de su laboratorio:
»"Sobre todo, que nadie me moleste. Estoy trabajando."
»Ya en otras ocasiones había hecho lo mismo. Por otra parte, no
concedí importancia a la extraña y deforme escritura del mensaje.
»Y fue precisamente algo más tarde, a la hora de la comida, cuando
Harry vino corriendo a decirme que había cazado una mosca con la cabeza
blanca. Yo, sin querer verla, le dije que la soltara inmediatamente. Ni Bob ni
yo soportábamos que se le hiciera el menor daño a un animal. Yo sabía que
Harry había atrapado aquella mosca sólo porque era rara, pero también
sabía que su padre no vería en ello disculpa alguna.
»A la hora del té, Bob continuaba encerrado en su laboratorio y el
mensaje clavado en la puerta. A la hora de la cena, las cosas seguían igual y
por fin, vagamente inquieta, me decidí a llamarle.
»Le oí moverse por la habitación y un momento después apareció un
segundo mensaje por debajo de la puerta. Lo desplegué y leí:
»"Anne: he tenido algunas complicaciones. Acuesta al niño y vuelve
dentro de una hora. B."
»Golpeé de nuevo y llamé varias veces a Bob, sin recibir respuesta. Al
cabo de un instante le oí teclear en la máquina de escribir y, tranquilizada
por ese ruido familiar, regresé a la casa.
»Después de acostar a Harry, volví al laboratorio y encontré una nueva
hoja de papel, que Bob había deslizado, como la anterior, por debajo de la
puerta. Esta vez, leí con espanto:
»Anne:
»Cuento con tu firmeza de espíritu para que no pierdas la cabeza,
porque sólo tú puedes ayudarme. Me ha sucedido un grave accidente. Mi
vida no corre peligro por el momento, pero se trata, a pesar de ello, de una
cuestión de vida o muerte. Me es imposible hablar: nada se consigue, por lo
tanto, llamándome o haciéndome preguntas a través de la puerta. Tienes
que obedecer mis instrucciones al pie de la letra. Después de dar tres
golpes, para indicarme que estás de acuerdo, vete a buscar una taza de
leche y añádele una copa colmada de ron. No he comido ni bebido nada
desde anoche y tengo necesidad de hacerlo. Confío en ti.
B.
»Con el corazón acelerado, di los tres golpes convenidos y me precipité
hacia la casa para satisfacer su petición.
»De regreso al laboratorio encontré un nuevo mensaje en el suelo:
»Anne, sigue fielmente mis instrucciones:
»Cuando llames, abriré la puerta. Pon la taza de leche sobre mi mesa
de trabajo, sin hacer ninguna pregunta, y pasa después a la habitación
donde se encuentra la cabina receptora. Una vez allí, mira bien por todas
partes. Es absolutamente necesario que encuentres una mosca. Aunque no
puede andar muy lejos, yo me he pasado horas buscándola en vano. Ahora
tengo un serio handicap y veo mal las cosas pequeñas.
»Pero antes de nada, júrame que me obedecerás en todo y que bajo
ninguna excusa intentarás verme. Me es imposible discutir. Tres golpes en la
puerta me demostrarán que estás nuevamente de acuerdo. Mi vida depende
de tu ayuda.
»Sobreponiéndome a la emoción, di tres golpes espaciados.
»Entonces oí que Bob venía hacia ella. Un instante después, su mano
buscaba y descorría el cerrojo.
»Al entrar, comprendí que se había quedado detrás de la puerta.
Resistiendo el deseo de volverme, dije:
»—Puedes contar conmigo, querido.
»Después de poner la taza en la mesa, bajo la única luz encendida, me
dirigí hacia la otra habitación, que estaba, por el contrario, brillantemente
iluminada. En ella reinaba el más absoluto desorden: había una gran
cantidad de fichas y probetas rotas por el suelo, entre taburetes y sillas
patas arriba. De una especie de enorme balde se desprendía un olor acre,
originado por la combustión de unos papeles que acababan de consumirse.
»Antes de empezar, sabía yo que mi búsqueda no daría resultado. El
instinto me decía que la mosca deseada por Bob era la misma que Harry
había atrapado y puesto en libertad, por orden mía, aquella misma mañana.
»Oí que Bob, en la habitación de al lado, se acercaba a la mesa y de ella
se elevó, al cabo de un instante, una especie de succión, como si le costara
trabajo beber.
»—Bob, no hay ninguna mosca. ¿No podrías ayudarme algo? Si no
puedes hablar, recurre a los golpes en la mesa. Ya sabes: uno para el sí y
dos para el no.
»Aunque había intentado dar una entonación normal a mi voz, tuve que
hacer un esfuerzo terrible, cuando oí dos golpes secos en su escritorio, para
reprimir un sollozo.
»—¿Puedo entrar en esa habitación, Bob? No comprendo nada de lo que
pasa, pero sea lo que sea sabré enfrentarme a ello con valor.
»Hubo un momento de silencio y, por fin, un solo golpe.
»Al llegar a la puerta me quedé paralizada de estupor. Bob se había
echado por la cabeza el paño de terciopelo dorado que generalmente se
encontraba sobre la mesa donde comía, cuando por cualquier motivo no
quería salir del laboratorio.
»—Bob, seguiremos buscando mañana, a la luz del sol. ¿No podrías ir a
acostarte? Si quieres, te llevaré a la habitación de los huéspedes y cuidaré
de que nadie te vea.
»Su mano izquierda surgió repentinamente del paño, que le tapaba
hasta la cintura, y dio dos golpes en la mesa.
»—¿Necesitas un médico?
»"No", dijo con dos nuevos golpes.
»—¿Quieres que telefonee al profesor Moore? Te sería más útil que yo.
»La respuesta fue, una vez más, negativa. Yo no sabía qué hacer ni qué
decir. Algo, sin embargo, me daba vueltas en la cabeza. Por fin dije:
»—Harry encontró esta mañana una mosca muy extraña, que yo le
obligué a dejar en libertad. ¿No podría ser la que buscas? El niño me dijo
que tenía la cabeza blanca.
»Bob emitió un extraño suspiro, ronco y metálico. Y en aquel momento
tuve que morderme la mano hasta que brotó sangre para no gritar. Mi
marido había dejado caer su brazo derecho a lo largo del cuerpo y tenía, en
vez de mano y muñeca, una especie de artejo gris con ganchos, que le
asomaban por debajo de la manga.
»—Bob, amor mío, explícame lo que ha pasado... Seguramente podría
ayudarte mejor si supiera de lo que se trata... ¡Oh, Bob, es espantoso! —dije
tratando vanamente de ahogar los sollozos.
»Sacó la mano izquierda y, tras golpear una vez en la mesa, me indicó
la puerta.
»Salí por ella, la cerré y me desplomé en el suelo. Bob echó el cerrojo,
anduvo un poco por la habitación y finalmente se puso a escribir a máquina.
Al poco tiempo, una nueva hoja apareció bajo la puerta:
»Vuelve mañana. Para entonces te tendré preparada una explicación.
Toma un somnífero y duerme. Voy a necesitar todas tus fuerzas.
B.
»—¿No querrás nada durante la noche, Bob? —grité a través de la
puerta en cuanto conseguí dominar el temblor de mi voz.
»Dio dos golpes rápidos y nuevamente se oyó el tecleo de la máquina.
»El sol me hizo abrir los ojos. Había puesto el despertador a las cinco, pero
no lo había oído por culpa del somnífero. Eran casi las siete y me levanté
enloquecida. Había dormido sin un solo sueño, como si alguien me hubiera
arrojado al fondo de un oscuro pozo. Pero entonces, al regresar a la
pesadilla de la vida real y acordarme del brazo de Bob, rompí nuevamente a
llorar.
»Luego me precipité a la cocina y preparé, ante la sorpresa de las
criadas, una bandeja de té con tostadas, que llevé al laboratorio sin perder
un minuto.
»Bob me abrió al cabo de unos segundos y cerró a puerta tras de mí.
Aún llevaba el paño sobre la cabeza. Por el lecho improvisado y por las
arrugas de su traje gris, comprendí que había intentado descansar un poco.
Una hoja mecanografiada me esperaba sobre la mesa. Bob se encontraba
junto a la puerta de la otra habitación y comprendí que quería estar solo.
Llevé, pues, el mensaje a ella y, mientras lo leía, le oí servirse una taza de
té. A continuación, reproduzco sus palabras:
»¿Te acuerdas del cenicero? Me ha pasado un accidente similar, aunque
por desgracia mucho más grave. Me he desintegrado y reintegrado yo
mismo, una vez, con éxito. Pero, al intentar una segunda experiencia, no me
he dado cuenta de que había una mosca en la cabina de transmisión.
»Mi única esperanza se cifra en encontrar esa mosca y en volver a
"pasar" con ella. Búscala por todas partes. Si no la encuentras, será preciso
que idee un procedimiento, para desaparecer sin dejar rastro.
»Yo hubiera preferido una explicación más detallada, pero Bob debía
tener alguna poderosa razón para no dármela. "Seguramente está
desfigurado", pensé. E intenté imaginarme su rostro invertido, como la
inscripción del cenicero, con los ojos en el sitio de la boca o las orejas.
»Pero era preciso conservar la calma y tratar de salvarle. Ante todo,
debía cumplir sus órdenes y esforzarme por encontrar aquella dichosa mosca
a cualquier precio.
»—¿Puedo entrar ya?
»Bob abrió la puerta que ponía en comunicación las dos habitaciones.
»—No desesperes. Voy a traerte esa mosca. Aunque no se la ve por
parte alguna del laboratorio, tiene que andar cerca... Supongo que estás
desfigurado y que por eso pretendes desaparecer sin dejar huellas. Pero yo
no lo permitiré. Si fuera necesario, te haría una máscara o una capucha y
continuarías tus investigaciones hasta que consiguieras volver a la
normalidad. Incluso, si no hubiera otro remedio, avisaría al profesor Moore y
a otros sabios amigos tuyos y entre todos te salvaríamos.
»Bob golpeó con violencia la mesa, y emitió el suspiro ronco y metálico
de la noche anterior.
»—No te irrites, Bob. No haré nada sin prevenirte, te lo prometo. Ten
confianza en mí y déjame ayudarte. Estás desfigurado, ¿no es cierto?
Seguramente, de un modo terrible. ¿Quieres enseñarme la cara? No me
darías asco. ¡Soy tu mujer, Bob!
»Dio dos rabiosos golpes, para indicarme su total negativa, y me ordenó
con la mano que saliera.
»—Bueno. Voy a buscar esa mosca, pero júrame antes que no harás
ninguna tontería y que no tomaras la menor iniciativa sin consultarme.
»Extendíó lentamente la mano izquierda y comprendí que ese gesto
equivalía a una promesa.
»Jamás olvidaré aquella espantosa jornada dedicada íntegramente a la
caza de moscas. Puse la casa patas arriba, obligando a las criadas a
participar en mi búsqueda. Aunque les expliqué que se trataba de una
mosca, escapada del laboratorio de mi marido, sobre la cual se había llevado
a cabo un importante experimento y que a toda costa era preciso recuperar
viva, creo que en más de un momento me creyeron loca. Eso fue, por otra
parte, lo que más tarde me salvó de la vergüenza de la horca.
»Interrogué a Harry. No comprendió inmediatamente y le sacudí hasta
que empezó a llorar. Entonces tuve que armarme de paciencia. Sí, se
acordaba. Había encontrado la mosca en el reborde de la ventana de la
cocina, pero la había soltado, obedeciendo mis órdenes.
»A pesar de encontrarnos en pleno verano, en nuestra casa apenas
habla moscas, porque vivíamos en lo alto de una colina donde siempre hacía
viento. De todos modos, atrapé varios centenares. Hice poner jícaras de
leche, confituras y azúcar en los rebordes de las ventanas y en varios sitios
del jardín. Ninguno de los insectos cazados, sin embargo, respondió a la
descripción dada por Harry. Los examiné personalmente con una lupa y
todos parecían iguales.
»A la hora de comer, llevé al laboratorio leche y puré de patatas. Por si
acaso, dejé también algunas moscas, cogidas al azar. Pero mi marido me dio
a entender que no le servían para nada.
»—Si de aquí a la noche no aparece la mosca, estudiaremos el
procedimiento a seguir. Mi idea es ésta: me instalaré en la habitación de al
lado, con la puerta cerrada y te haré preguntas. Cuando no puedas contestar
con un sí o un no, escribirás la contestación a máquina y me la echarás por
debajo de la puerta... ¿Te parece bien?
»"Sí", golpeó Bob con su mano útil.
»Al ponerse el sol, seguíamos sin encontrar la mosca. Antes de llevarle
la cena a Bob, titubeé un momento ante el teléfono. Sin duda alguna, todo
aquello era una cuestión de vida o muerte para mi marido. ¿Tendría yo
fuerza suficiente para oponerme a su voluntad e impedirle que pusiera fin a
sus días? Seguramente jamás me perdonaría que faltara a mi promesa, pero
pensé que su resentimiento era, a fin de cuentas, preferible a su
desaparición y, febrilmente, me decidí a descolgar el aparato y a marcar el
número del profesor Moore, su más íntimo amigo.
»—El profesor está de viaje y no volverá hasta finales de semana —me
explicó cortésmente una voz neutra.
»La suerte estaba echada. Tendría que luchar sola y sola —decidí—
salvaría a Bob.
»Cuando unos minutos después entré en el laboratorio, casi había
recuperado la tranquilidad y me instalé, como habíamos convenido, en la
habitación vecina para comenzar aquella penosa discusión, llamada a durar
buena parte de la noche.
»—Bob, ¿podrías decirme con exactitud lo que ha pasado?
»Oí el tecleo de su máquina durante varios minutos. Después apareció
una hoja de papel bajo la puerta.
»Anne:
»Prefiero que me recuerdes con mi aspecto anterior. No va a quedar
más remedio que destruirme. He reflexionado largamente sobre el asunto y
sólo se me ocurre un procedimiento, para el cual necesito tu ayuda. Al
principio pensé en una sencilla desintegración por medio de mi aparato
emisor, pero se trata de una idea descabellada porque algún sabio podría
reintegrarme en un futuro más o menos lejano y no quiero que eso suceda a
ningún precio.
»Por un momento llegué a preguntarme si Bob se había vuelto Ioco.
»—No quiero saber cuál es tu procedimiento, porque jamás aceptaré
esa solución, Bob. Por terrible que sea el resultado de tu experiencia, estás
vivo, eres un hombre, con un alma y una inteligencia. ¡No tienes derecho a
destruir todo eso!
»La respuesta fue de nuevo mecanográfica.
»Estoy vivo, pero no soy ya un hombre. En cuanto a mi inteligencia,
puede desaparecer de un momento a otro. Ni siquiera sigue intacta. Y no
puede haber alma sin inteligencia.
»—Tienes que poner a los otros sabios al corriente de tus experiencias y
trabajos. Ellos terminarán por salvarte.
»Casi me asusté al oír los golpes de Bob sobre la puerta.
»—¿Por qué no? ¿Por qué te niegas a recibir una ayuda que todos te
prestarían de corazón?
»Mi marido aporreó entonces la puerta con una docena. de furiosos
golpes, y yo comprendí que por ese camino no iba a ninguna parte.
»Entonces le hablé de mí, de su hijo, de su familia. No me contestó.
Cada vez me sentía más desconcertada. Por fin me aventuré a lanzar un
tímido:
—Bob..., ¿me escuchas?
»Esta vez se oyó un solo golpe, mucho más suave.
»—En una de tus cartas te referías al cenicero de tu primera
experiencia. ¿Crees que si lo hubieras metido otra vez en el aparato, las
letras habrían podido recuperar su primitivo orden?
»Unos instantes más tarde, leí en la nueva hoja que acababa de ser
deslizada bajo la puerta:
»Veo donde vas a parar, Anne. He pensado en ello y esa, precisamente,
es la razón de que tenga tanto interés en recuperar la mosca. Si no nos
transmitimos juntos, no hay esperanza alguna.
»—Inténtalo al azar. Nunca se sabe.
»"Ya lo he intentado", fue esta vez su respuesta.
»—¡Prueba una vez más!
»La respuesta de Bob me animó un poco, porque ninguna mujer ha
comprendido ni comprenderá jamás que un condenado a muerte se dedique
a gastar bromas. Un minuto más tarde, efectivamente, pude leer.
»Admiro tu deliciosa lógica femenina. Podríamos repetir la experiencia
un millar de veces... Pero para darte ese placer, sin duda el último, voy a
hacerlo. En el caso de que no encuentres las gafas negras, vuélve te de
espaldas a la cabina receptora y tápate los ojos con las manos. Avísame
cuando estés dispuesta.
»—¡Ya, Bob!
»Sin molestarme en buscar las gafas, obedecí sus instrucciones. Le oí
mover varias cosas y cerrar la puerta de la cabina de transmisión. Tras un
momento de espera, que me pareció interminable, se escuchó un ruido
violento y pude percibir un brillante resplandor a través de mis párpados
cerrados y de mis manos.
»Me di la vuelta y miré.
»Bob, siempre con su paño de terciopelo sobre la cabeza, salió
lentamente de la cabina receptora.
»—¿Ningún cambio? —pregunté dulcemente, tocándole en el brazo.
»Al sentir el contacto, retrocedió rápidamente y tropezó con un taburete
volcado. Entonces hizo un violento esfuerzo para no perder el equilibrio y el
paño de terciopelo dorado resbaló lentamente por su cabeza y cayó al suelo
tras él.
»Jamás olvidaré aquella visión. Grité de miedo y cuanto más gritaba,
más miedo tenía. Me metí los dedos en. la boca, como si fueran una
mordaza, para ahogar los gritos y, tras sacarlos empapados en sangre, grité
aun con más fuerza. Sabía, me daba cuenta de que sólo apartando la mirada
de él y cerrando los ojos , podría dominarme.
»Sin prisa, el monstruo en que se había convertido Bob volvió a taparse
la cabeza y se dirigió a tientas hacia la puerta. Por fin pude cerrar los ojos.
»Yo, antes de aquello, creía en la posibilidad de una vida mejor y nunca
había sentido miedo de la muerte. Ahora sólo me queda una esperanza: la
nada total de los materialistas, porque ni siquiera en otro mundo podría
olvidar. No, jamás olvidaré aquel cráneo aplastado, aquella cabeza de
pesadilla, blanca, velluda, con puntiagudas orejas de gato y ojos protegidos
por grandes placas oscuras. La nariz rosada y palpitante, era también la de
un gato, pero la boca había sido sustituida por una especie de hendidura
vertical cubierta de largos pelos rojos y prolongada por una trompa negra y
viscosa, que se abocinaba en su extremo.
»Debí desmayarme, porque me desperté, algún tiempo más tarde,
tendida sobre las frías baldosas del laboratorio y con los ojos clavados en la
puerta, tras la cual se oía, una vez más, el tecleo de la máquina de escribir
de Bob.
»Estaba atontada, como esas personas que —tras un accidente grave—
no se dan cuenta cabal de lo sucedido. Me acordaba de un hombre,
perfectamente lúcido, al que había visto cierta vez en una estación, sentado
al borde del andén, mirando con una especie de indiferente estupor su
pierna, aun sobre la vía por donde acababa de pasar el ferrocarril.
»La garganta me dolía atrozmente y temí haber arruinado mis cuerdas
vocales a fuerza de gritar.
»Al otro lado de la pared cesó el ruido de la máquina y una nueva hoja
apareció bajo la puerta. Estremecida, la cogí con la punta de los dedos y leí:
»Ahora ya lo comprendes. Esta experiencia ha sido un último desastre,
querida Anne. Sin duda habrás reconocido una parte de la cabeza de
Dandelo. Antes de la transmisión, mi cabeza era, simplemente, la de una
mosca. Ahora sólo tengo de ésta los ojos y la boca. El resto ha sido
reemplazado por una reintegración parcial de la cabeza del gato
desaparecido.
»Supongo que hasta tú misma te das cuenta de que sólo existe una
solución. Debo desaparecer, como te decía, sin dejar rastro. Da tres golpes
en la puerta si estás de acuerdo. En ese caso, te explicaré el procedimiento
que considero más adecuado.
»Sí, Bob tenía razón. Era preciso que nadie supiera de él ni de su triste
destino. Comprendía mi error al proponerle una nueva desintegración y,
confusamente, me daba cuenta de que nuevas tentativas sólo conducirían a
transformaciones aun más horribles.
»Me acerqué a la puerta e intenté hablar, pero ningún sonido salió de
mi garganta abrasada. Entonces di los tres golpes convenidos.
»El resto puede adivinarse. Bob me explicó su plan por medio de
mensajes mecanografiados y yo lo aprobé.
»Helada, temblorosa, con la cabeza a punto de estallar, como un
autómata, le seguí de lejos hasta la fábrica. Llevaba en la mano un papel
con todas las instrucciones relativas al funcionamiento del martillo-pilón.
»La cosa fue más fácil de lo que parece, porque no tenía la sensación de
estar matando a mi marido, sino a un monstruo. El verdadero Bob había
dejado de existir muchas horas antes. Yo me limitaba simplemente a
ejecutar sus últimas voluntades.
»Con los ojos clavados en su cuerpo, tendido en el suelo e inmóvil,
pulsé el botón de descenso. La masa metálica bajó silenciosamente, aunque
menos deprisa de lo que yo había supuesto. El golpe sordo de su llegada al
suelo se confundió con un crujido seco. El cuerpo de mi... del monstruo fue
recorrido por un estremecimiento y después ya no volvió a moverse.
»Entonces me acerqué y vi que se había olvidado de meter el brazo
derecho, la pata de mosca, bajo el martillo.
»Sobreponiéndome al asco y al miedo, y con prisa, porque temía que el
ruido del martillo atrajera al vigilante nocturno, puse en marcha el
mecanismo de ascensión de la máquina.
»Después, dando diente con diente y llorando de terror, me vi
nuevamente obligada a superar el asco y a levantar y empujar hacia delante
su brazo derecho, extrañamente ligero.
»Hice caer nuevamente el martillo y eché a correr.
»Ahora lo sabe todo. Haga lo que mejor le parezca.
*****
Al día siguiente, el inspector Twinker vino a tomar el té conmigo.
—Me enteré inmediatamente de la muerte de Lady Browning y, como
me había ocupado de la muerte de su marido, me encargaron también de
este asunto.
—Cuáles son sus conclusiones, inspector?
—La medicina no admite réplicas. Lady Browning, según el diagnóstico
del forense, se ha suicidado con una cápsula de cianuro. Debía llevarla
encima desde hace tiempo.
—Venga a mi despacho, inspector. Quiero enseñarle un curioso
documento, antes de destruirlo.
Twinker se sentó ante mi mesa y leyó, al parecer sin alterarse, la larga
«confesión» de mi cuñada, mientras yo fumaba mi pipa al lado de la
chimenea.
Cuando volvió la última página, reunió cuidadosamente, todas las hojas
y me las tendió.
—¿Qué le parece? —pregunté mientras las arrojaba con cierta
delectación a la chimenea.
En lugar de responder inmediatamente, esperó a que el fuego devorara
por completo las blancas hojas, que se retorcían y adquirían extrañas
formas.
—En mi opinión, este manuscrito prueba definitivamente, que Lady
Browning estaba loca de atar —dijo clavando en mí sus ojos claros.
—Sin duda —asentí yo mientras encendía la pipa.
Permanecimos un buen rato mirando el fuego.
—Esta mañana me ha pasado algo muy curioso, inspector. Fui al
cementerio, al sitio donde está enterado mi hermano. No había nadie.
—Sí, había alguien, míster Browning. Yo estaba allí. No quise molestarle
en sus... trabajos.
—¿Entonces me vio...?
—Sí. Le vi enterrar una caja de cerillas.
—¿Sabe lo que había dentro?
—Supongo que una mosca.
—Sí. La encontré de buena mañana en el jardín. Había caído en una tela
de araña.
—¿Estaba muerta?
—No del todo. Tuve que acabar con ella... La aplasté entre dos piedras.
Tenía la cabeza blanca..., completamente blanca.