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sábado, 16 de enero de 2010

TOMBUCTÚ -- THE BEST OF GUY DE MAUPASSANT

TOMBUCTÚ

El bulevar, ese río de vida, bullía en el polvo de oro del sol poniente. Todo el cielo estaba rojo, cegador; y, por detrás de la Madeleine, una inmensa nube arrebolada arrojaba sobre toda la larga avenida un oblicuo diluvio de fuego, vibrante como el vapor de una fogata.
La muchedumbre, alegre, palpitante, caminaba bajo aquella bruma encendida y parecía en una apoteosis. Los rostros estaban dorados; los sombreros negros y los trajes tenían reflejos de púrpura; el charol de los zapatos lanzaba llamas sobre el asfalto de las aceras.
Ante los cafés, multitud de hombres tomaban bebidas brillantes y coloreadas que parecían piedras preciosas fundidas en el cristal.
Entre los parroquianos vestidos con trajes ligeros y oscuros, dos oficiales con uniforme de gala hacían bajar todos los ojos con el deslumbramiento de sus entorchados. Charlaban, alegres sin motivo, entre aquella gloria de vida, entre la radiante irradiación de la tarde; miraban a la muchedumbre, los hombres lentos y las mujeres apresuradas que dejaban tras sí un perfume intenso y turbador.
De repente un enorme negro, vestido de negro, ventrudo, con un chaleco de dril recargado de dijes, con la cara tan reluciente como si le hubieran sacado brillo, pasó ante ellos con aire triunfal. Sonreía a los transeúntes, sonreía a los vendedores de periódicos, sonreía hacia el cielo resplandeciente, sonreía a París entero. Era tan alto que sobrepasaba todas las cabezas; y, a su paso, todos los papanatas se volvían para contemplarlo de espaldas.
Pero de pronto divisó a los oficiales y, atropellando a los bebedores, se lanzó hacia ellos. En cuanto estuvo ante su mesa, clavó en ellos sus ojos brillantes y encantados, y las comisuras de la boca le subieron hasta las orejas, descubriendo unos dientes blancos, claros como una luna creciente en un cielo negro. Los dos hombres, estupefactos, contemplaban a aquel gigante de ébano, sin entender su alegría.
Exclamó, con una voz que hizo reír a todas las mesas:
«Bueena tarde, mi teeniente.»
Uno de los oficiales era jefe de batallón, el otro coronel. El primero dijo:
«No lo conozco a usted, caballero; ignoro lo que pretende de mí.»
El negro prosiguió:
«Yo querer mucho a ti, teeniente Vedié, sitio Bézi, muucha uvaa, buscaba yo.»
El oficial, completamente desconcertado, miró fijamente al hombre, buscando en el fondo de sus recuerdos; y bruscamente exclamo:
«¿Tombuctú?»
El negro, radiante, se golpeó el muslo lanzando una risa de una violencia inverosímil y berreando:
«Sí, sí, ya, mi teeniente, reconoce Tombuctú, ya, bueena tarde. »
El comandante le tendió la mano riéndose también con toda su alma. Entonces Tombuctú se puso serio. Cogió la mano del oficial y, con tanta rapidez que el otro no pudo impedirlo, se la besó, según la costumbre negra y árabe. Confuso, el militar le dijo con voz severa:
«Vamos, Tombuctú, no estamos en África. Siéntate ahí y dime cómo es que te encuentro aquí.»
Tombuctú hinchó la barriga y, tartamudeando, de lo deprisa que hablaba:
«Ganado mucho dinero, muucho, gran estaurante, comido bien, prusianos, yo, muucho robado, muucho, cocina francesa, Tombuctú, coociner del Emperadó, doscientos mil francos a mí. ¡Ja, ja, ja, ja!»
Y reía, retorciéndose, chillando con una alegría loca en la mirada.
Cuando el oficial, que entendía su extraño lenguaje, lo hubo interrogado cierto tiempo, le dijo:
«Bien, hasta la vista, Tombuctú, hasta pronto.»
El negro se levantó al punto, estrechó, esta vez, la mano que le tendían, y, sin dejar de reír, gritó:
«Bueena tarde, bueena tarde, mi teeniente.»
Y se marchó, tan contento que gesticulaba al andar y lo tomaban por un loco.
El coronel preguntó:
«¿Quién es ese animal?»
El comandante respondió:
«Un buen chico y un valiente soldado. Voy a contarle lo que sé de él; es bastante divertido.»


Ya sabe que al comienzo de la guerra de 1870 estuve encerrado en Beziéres, que ese negro llama Bézi. No estábamos sitiados, sino bloqueados. Las líneas prusianas nos rodeaban por todas partes, fuera del alcance de nuestros cañones, y ya no disparaban sobre nosotros, sino que pretendían rendirnos por hambre.
Yo era entonces teniente. Nuestra guarnición estaba compuesta por tropas de todo tipo, restos de regimientos destrozados, fugitivos, merodeadores separados de los cuerpos de ejército. Teníamos de todo, incluso doce turcos (1) llegados una noche no sé cómo, no sé por dónde.
Se habían presentado en las puertas de la ciudad, agotados, andrajosos, hambrientos y borrachos. Me los encomendaron.
Pronto comprendí que eran rebeldes a toda disciplina, siempre estaban fuera y siempre achispados. Probé con la prevención, e incluso con el calabozo, no conseguí nada. Mis hombres desaparecían durante días enteros, como si se los hubiera tragado la tierra, y después reaparecían borrachos como cubas. No tenían dinero. ¿Dónde bebían? ¿Y cómo, y con qué?
La cosa empezaba a intrigarme vivamente, tanto más cuanto que aquellos salvajes me interesaban con su risa perpetua y su carácter de niños traviesos.
Me di cuenta entonces de que obedecían ciegamente al más alto de todos, ése que usted acaba de ver. Los gobernaba a su antojo, preparaba sus misteriosas empresas como jefe todopoderoso e indiscutido. Mandé que viniera a verme y lo interrogué. Nuestra conversación duró unas tres horas, pues me costaba mucho trabajo entender su sorprendente algarabía. El pobre diablo, por su parte, hacía esfuerzos inauditos para que lo entendiera, inventaba palabras, gesticulaba, sudaba con el esfuerzo, se enjugaba la frente, resoplaba, se detenía y volvía a empezar bruscamente cuando creía haber encontrado un nuevo método para explicarse.
Adiviné al final que era hijo de un gran jefe, de una especie de rey negro de las cercanías de Tombuctú. Le pregunté su nombre. Respondió algo así como Chavajaribujalijranafotapolara. Me pareció más sencillo ponerle el nombre de su tierra: «Tombuctú. » Y, ocho días después, nadie en la guarnición lo llamaba de otra manera.
Pero sentíamos una curiosidad loca por saber dónde el ex-príncipe africano encontraba bebida. Lo descubrí de un modo singular.
Estaba yo una mañana en las murallas, estudiando el horizonte, cuando divisé en un viñedo algo que se movía. Se aproximaba la época de la vendimia, las uvas estaban maduras, pero no pensé en nada de eso. Creí que un espía se acercaba a la ciudad, y organicé una expedición en regla para atrapar al merodeador. Tomé yo mismo el mando, tras haber obtenido la autorización del general.
Había mandado salir, por tres puertas diferentes, tres pequeñas tropas que debían reunirse cerca del viñedo sospechoso y rodearlo. Para cortarle la retirada al espía, uno de esos destacamentos tenía que marchar durante una hora, por lo menos. Un hombre que había quedado de observación en la muralla me indicó por señas que el ser divisado no había salido del campo. Avanzábamos con mucho sigilo, arrastrándonos, casi tumbados entre los surcos. Por fin, llegamos al punto designado; despliego bruscamente a mis soldados, que se lanzan al viñedo, y encuentran…, a Tombuctú, andando a cuatro patas entre las cepas y comiendo uvas, o mejor dicho dando dentelladas a las uvas como un perro que come sus sopas, con toda la boca, pegado a la planta, arrancando el racimo con los dientes.
Quise que se levantara; ni pensarlo, y comprendí entonces por qué se arrastraba así sobre manos y rodillas. Cuando lo enderezaron sobre sus piernas, osciló unos segundos, extendió los brazos y cayó de bruces. Tenía la mayor borrachera que yo había visto nunca.
Nos lo llevamos sobre dos rodrigones. No cesó de reír durante todo el camino gesticulando con brazos y piernas.
Ese era todo el misterio. Mis mozos bebían de la misma uva. Después, cuando estaban borrachos a más no poder, se dormían allí mismo.
En cuanto a Tombuctú, su amor al viñedo sobrepasaba toda medida, era increíble. Vivía allí dentro como los tordos, a quienes por lo demás odiaba con un odio de rival celoso. Repetía sin cesar:
«Lo toordo comido tooda la uva, ¡sinvegüeenza!»

Una tarde fueron a buscarme. Se distinguía en la llanura algo que venía hacia nosotros. Yo no había cogido mi anteojo y veía mal. Hubiérase dicho una gran serpiente que se desenrollaba, un convoy, ¡yo qué sé!
Envié unos hombres al encuentro de aquella extraña caravana que pronto hizo una entrada triunfal. Tombuctú y nueve de sus compañeros traían sobre una especie de altar, hecho con sillas de campaña, ocho cabezas cortadas, sangrientas y expresivas. El décimo turco tiraba de un caballo a la cola del cual habían atado otro, y otros seis animales más los seguían, sujetos de la misma manera.
He aquí lo que me contaron. Al salir a los viñedos, mis africanos habían visto de repente un destacamento prusiano que se acercaba a un pueblo. En lugar de huir, se habían escondido; después, cuando los oficiales echaron pie a tierra ante una posada para tomar algo fresco, los once mozos se lanzaron, pusieron en fuga a los ulanos que se creyeron atacados, mataron a los dos centinelas, y además al coronel y los cinco oficiales de su escolta.
Ese día abracé a Tombuctú. Pero me di cuenta de que le costaba andar. Lo creí herido; se echó a reír y me dijo:
«Yo, poovisione pal país.»
Y es que Tombuctú no hacía la guerra por la gloria, sino por la ganancia. Todo lo que encontraba, todo lo que le parecía de valor, todo lo que brillaba, sobre todo, se lo metía en el bolsillo. ¡Y qué bolsillo! Un pozo sin fondo que empezaba en las caderas y terminaba en los tobillos. Habiendo retenido un término de la tropa, lo llamaba «mis alforjas», ¡y eran unas auténticas alforjas, en efecto!
De modo que había arrancado los galones de los uniformes prusianos, el cobre de los cascos, los botones, etc., arrojándolo todo en sus «alforjas», que estaban llenas hasta rebosar.
Todos los días precipitaba en su interior cualquier objeto brillante que cayera en sus manos, pedazos de estaño o piezas de plata, lo cual le daba a veces un aspecto infinitamente gracioso.
Contaba con llevarse todo al país de los avestruces, de los cuales parecía hermano aquel hijo de rey torturado por la necesidad de tragar los cuerpos brillantes. Si no hubiera tenido sus alforjas, ¿qué habría hecho? Sin duda los hubiera engullido.
Todas las mañanas su bolsillo estaba vacío. Tenía, pues, un almacén general donde se amontonaban sus riquezas. Pero, ¿dónde? No pude descubrirlo.
El general, advertido de la gran hazaña de Tombuctú, mandó en seguida enterrar los cuerpos que habían quedado en el pueblo vecino, para que nadie descubriera que habían sido decapitados. Los prusianos regresaron al día siguiente. El alcalde y siete vecinos notables fueron fusilados en el acto, en represalia, como denunciantes de la presencia de los alemanes.

Llegó el invierno. Estábamos agotados y desesperados. Ahora nos batíamos a diario. Los hombres, hambrientos, no podían andar. Sólo los ocho turcos (habían matado a tres) seguían gordos y relucientes, vigorosos y siempre dispuestos a luchar. Tombuctú incluso engordaba. Me dijo un día:
«Tu muucha hambre, yo buena carne.»
Y en efecto, me trajo un excelente filete. Pero ¿de qué? Ya no nos quedaban bueyes, ni carneros, ni cabras, ni asnos, ni cerdos. Era imposible procurarse un caballo. Reflexioné sobre todo esto tras haber devorado mi carne. Entonces me asaltó un horrible pensamiento. ¡Aquellos negros habían nacido en una tierra donde se come a los hombres! ¡Y caían diariamente tantos soldados en torno a la ciudad! Interrogué a Tombuctú. No quiso responder. No insistí, pero a partir de entonces rechacé sus presentes.
Me adoraba. Una noche, la nieve nos sorprendió en las avanzadas. Estábamos sentados en el suelo. Yo miraba compasivo a los pobres negros tiritando bajo aquel polvo blanco y helado. Como tenía mucho frío, empecé a toser. Al punto sentí que algo caía sobre mí, como una grande y cálida manta. Era el capote de Tombuctú, que él me echaba sobre los hombros.
Me levanté y, devolviéndole su prenda:
«Quédatelo, hijo mío; lo necesitas más que yo.»
El respondió:
«No, mi teeniente, pa ti, yo no necesitar, yo calieente, calieente. »
Y me contemplaba con ojos suplicantes.
Proseguí:
«Vamos, obedece, quédate con el capote, te lo mando.»
El negro entonces se levantó, desenvainó el sable, que sabía conservar afilado como una hoz, y, sosteniendo con la otra mano su ancho capote que yo rechazaba:
«Si tu no queeda abrigo, yo coorto; nadie abrigo.»
Lo hubiera hecho. Yo cedí.

Ocho días después, habíamos capitulado. Algunos de los nuestros habían podido escapar. Los demás iban a salir de la ciudad y entregarse a los vencedores.
Me dirigía a la plaza de Armas, donde debíamos congregarnos, cuando me quedé asombrado ante un negro gigantesco vestido de dril blanco y tocado con un sombrero de paja. Era Tombuctú. Parecía radiante y se paseaba, con las manos en los bolsillos, ante una tiendecilla donde se exhibían dos platos y dos vasos.
Le dije:
«¿Qué estás haciendo?»
Respondió:
«Yo no sufrí, yo buen cocinero, yo hecho comer coronel, Argeel; yo comido pusianos, mucho roobado, muucho. »
Helaba a diez grados. Yo tiritaba ante aquel negro vestido de dril. Entonces me cogió del brazo y me hizo entrar. Vi una muestra inmensa que iba a colgar ante la puerta cuando nos hubiéramos marchado, pues tenía cierto pudor.
Y leí, trazado por la mano de algún cómplice, este reclamo:

COCINA MILITAR DEL SEÑOR TOMBUCTU
EX-COCINERO DE S.M. EL EMPERADOR
Artista de París — Precios módicos

A pesar de la desesperación que me roía el alma, no pude dejar de reírme, y dejé a mi negro entregado a su nuevo negocio.
¿No valía más eso que hacer que se lo llevaran prisionero?
Acaba usted de ver que ha tenido éxito, el mozo. Beziéres, hoy, pertenece a Alemania. El restaurante Tombuctú es un comienzo de desquite.




(1) Se llamaba así popularmente a los tiradores argelinos. Recibieron tal nombre en las campañas de Crimea, en el curso de las cuales los rusos, al ver sus ropas flotantes los tomaban por turcos y gritaban esa palabra.


LA TOS -- LO MEJOR DE GUY DE MAUPASSANT

GUY DE MAUPASSANT

LA TOS

Para Armand Silvestre
Mi querido colega y amigo,

Tengo una pequeña historia para usted, un cuentecillo anodino. Espero que le guste si es que llego a contarlo bien, tan bien como la persona que me lo contó.
La tarea no es fácil en absoluto, ya que mi amiga es una mujer de espíritu imperecedero y de expresión libre. Yo nunca he tenido los mismos recursos. No puedo, como ella, dar este loco júbilo a las cosas que cuento; y, reducido a la necesidad de no utilizar palabras demasiado especiales, me declaro incapaz de encontrar, como usted, los delicados sinónimos.
Mi amiga, que es además una mujer de teatro de gran talento, no me ha autorizado a hacer pública su historia.
Así que me veo obligado a reservar sus derechos de autor por si ella quisiera, un día u otro, escribir esta aventura ella misma. Lo haría mejor que yo, no lo dudo. Siendo mejor conocedora del tema, encontraría además mil detalles divertidos que yo no puedo inventar.
Pero vea usted en que aprieto me encuentro. Necesitaría, desde la primera palabra, encontrar un vocablo similar, y querría que fuese genial. La tos no es mi problema. Para entendernos, necesito un comentario o una perífrasis del estilo del abad Delille:
—La tos de que se trata jamás procede de la garganta.

Dormía (mi amiga) al lado de un hombre amado. Era de noche, claro.
A este hombre, ella lo conocía poco, o más bien, desde hacía poco. Estas cosas ocurren a veces, principalmente en el mundo del teatro. Dejemos que se asombren los burgueses. En cuanto a dormir al lado de un hombre poco importa que se le conozca poco o mucho, esto casi no modifica la manera de actuar en la intimidad del lecho. Si yo fuera mujer creo que preferiría los amigos nuevos. Deben de ser, en todos los aspectos, más amables que los asiduos.
Hay, en eso que se da en llamar la gente correcta, una manera de ver diferente y que no es en absoluto la mía. Lo siento por las mujeres de ese mundo; pero yo me pregunto si la manera de ver modifica sensiblemente la de actuar...
Así pues, ella dormía al lado de un nuevo amigo. Esto es algo delicado y difícil en exceso. Con un viejo compañero uno coge demasiada confianza, uno nunca se enfada, puede volver a sus viejas costumbres, dar patadas, invadir las tres cuartas partes del colchón, sacar toda la manta y envolverse dentro, roncar, refunfuñar, toser, digo toser a falta de algo mejor, o estornudar (¿qué piensa usted de estornudar como sinónimo?)
Pero para llegar hasta aquí hacen falta al menos seis meses de intimidad. Y hablo de personas que son de un temperamento familiar. Las otras siempre guardan ciertas reservas, con las que yo, por mi parte estoy de acuerdo. Pero tal vez no todos tengamos la mima manera de sentir sobre esta materia. Cuando se trata de hacer un nuevo conocido, de una nueva cita, que podemos suponer sentimental, es necesario tomar algunas precauciones para no incomodarlo en el lecho, y para guardar un cierto prestigio, poesía y una cierta autoridad.
Ella dormía. Pero de repente un dolor, interior, punzante, viajero, la recorrió. Éste comenzó en la cavidad del estómago y empezó a moverse hacia...hacia...hacia la parte inferior del pecho con un discreto ruido intestinal como de trueno.
El hombre, el nuevo amigo, yacía tranquilo, de espaldas, con los ojos cerrados. Ella lo observaba por el rabillo del ojo, inquieta, indecisa.
Se encuentra usted, amigo, en una sala de estreno, con un catarro en el pecho. Toda la sala ansiosa, anhelante en medio de un completo silencio; pero usted ya no escucha nada, espera, loco, un momento de rumor para toser. Hay, a lo largo de su garganta, unos cosquilleos, un picazón espantoso. En fin, ya no lo soporta más. Peor para los vecinos. Tose. Toda la sala grita: “¡a la calle!”.
Ella estaba en la misma situación, obsesionada, torturada por unas ganas locas de toser. (Cuando digo toser, supongo que ustedes ya me entienden, traduzcan)
Él parecía que dormía; respiraba tranquilo. Realmente dormía.
Ella se dijo:
—Tomaré mis precauciones. Intentaré simplemente respirar, suavemente, para no despertarle. E hizo como esos que esconden su boca bajo la mano y se esfuerzan por despejar su garganta, sin ruido, expectorando el aire con cuidado.
Fuera porque lo hizo mal o bien porque el picor era demasiado fuerte, tosió.
Al punto, perdió la cabeza. ¡Qué vergüenza si él se ha enterado! ¡Y qué riesgo!¡Oh! ¿Y si de casualidad no estuviese dormido?¿Cómo saberlo? Lo miró fijamente, y a la luz de la lamparita, creyó ver una sonrisa en su rostro que tenía los ojos cerrados. Entonces, si reía... pues.. no dormía,... y si no dormía...
Intentó con la boca, realmente, causar un ruido semejante, para... confundir a su compañero.
Éste no se parecía en absoluto.
¿Pero... dormía?
Ella se giró, se movió, le empujó para cerciorarse.
Él ni se movió.
Entonces ella se puso a canturrear.
El hombre no se movía.
Volviéndose loca, lo llamó:
— Ernest.
Él no hizo ni un movimiento, pero respondió rápidamente:
—¿Qué quieres?
Ella se estremeció. Él no dormía; ¡Jamás había dormido!...
Le preguntó:
—¿Entonces, no duermes?
Él murmuró con resignación:
—Ya lo ves.
Ella ya no sabía qué decir, enloquecida. Por fin, dijo:
—¿No has escuchado nada?
Él respondió, siempre inmóvil:
—No.
Ella sentía como le venían unas ganas locas de abofetearle, y, sentándose en la cama:
—¿Sin embargo me ha parecido...?
—¿Qué?
—Que alguien andaba por la casa.
Él sonrió. Indudablemente, esta vez ella lo había visto sonreír, y él dijo:
—Déjame en paz, llevas media hora molestándome.
Ella se estremeció.
—¿Yo?...Eso es difícil de creer. Acabo de despertarme. Entonces, ¿no has escuchado nada?
—Si.
—¡Ah! ¡Al final sí que has escuchado algo!¿Qué?
—Han...¡tosido!
Ella dio un brinco y gritó exasperada:
—¡Han tosido! ¿Dónde? ¿Quién ha tosido? Pero, ¿tú estás loco? ¡Respóndeme!
Él comenzó a impacientarse.
—Veamos, ¿se acaba de una vez esta monserga? Sabes perfectamente que fuiste tú.
Esta vez ella se indignó, vociferando:
—¿Yo? ¿Yo? ¿Yo? ¿Yo he tosido? ¿Yo? ¡Yo he tosido!¡Ah! Me insulta, me ofende, me menosprecia. Así que, ¡adiós! ¡Yo no me quedo al lado de un hombre que me trata así!
E hizo un movimiento enérgico para salir de la cama.
—Vamos a ver, estate tranquila. Soy yo el que ha tosido.
Pero ella tuvo un nuevo arrebato de cólera.
—¿Cómo? ¡Usted ha ...tosido en mi cama!... ¿a mi lado...mientras dormía? ¿Y lo confiesa?. Usted es innoble. Y usted creerá que yo estoy con hombres que... tosen a mi lado... ¿Pero, por quien me toma?
Y se puso de pié sobre la cama, intentando saltar por encima para irse.
Él la cogió tranquilamente por los pies y la hizo tenderse a su lado, y se reía, burlón y contento:
—Vamos a ver, Rose, estate tranquila. Has tosido. Porque eras tú. Yo no me quejo, no me enfado; incluso estoy contento. Pero, vuelve a acostarte, diantre.
Esta vez, ella se le escapó con un brinco y saltó a la habitación; y buscaba desesperadamente sus ropas, repitiendo:
—Y usted cree que yo voy a permanecer al lado de un hombre que permite a una mujer... toser en su cama. Usted es innoble, querido.
Entonces él se levantó y antes de nada, la abofeteó. Después, como ella se resistía, la acribilló a pescozones; y, tomándola después en brazos, la arrojó sobre la cama.
Y como permanecía tendida, indolente y llorando contra la pared, él se volvió a acostar a su lado, y girando después su espalda hacia él, tosió...tosió con un ataque de tos..., con silencios y reanudaciones.
De repente, se puso a reír, pero a reír como una loca, gritando:
—¡Qué divertido!¡Qué divertido!
Y lo agarró bruscamente entre sus brazos, pegando su boca a la de él, murmurándole con sus labios:
—Te quiero, gatito mío.
Y ya no durmieron más... hasta la mañana.

Esta es mi historia, mi querido Silvestre. Perdóneme esta incursión en su dominio. Hete aquí de nuevo una palabra impropia. No es “dominio” lo que habría que decir. Usted me divierte tan a menudo que no he podido resistir el deseo de arriesgarme un poco siguiendo sus pasos.
Pero le quedará la gloria de habernos abierto, muy a lo grande, esta senda.

Cruelmente Romantica -- UN BESO

POEMA NOVEL
UN BESO
-
La caricia mas duce y profunda.
El extasis del amor.
Entregue mis labios a los tuyos.
Una y otra vez, se unieron en un suspiro.
¿Como olvidar aquel sabor?
¡¡! Aquel primer beso!!!
Jamás lo olvidare.
Nunca se borraran de mi mente aquellos bellos recuerdos.
Aquel día inesperado en el que llegaste.
Aquel momento en el que mis ojos, volvieron a verte.
Aquel instante en el que tu voz sedujo a mis oídos.
Pero sobre todo no olvidare ese segundo.
En el que tus labios tocaron los mios, por primera vez.
Y se consumieron en un profundo beso.
Y aun que nuestros labios temblaban.
De miedo o de emoción, tal vez ...
Fu el beso mas maravilloso.
Que jamás havía probado y jamás volveré a probar.
Hoy aun cuando cierro los ojos y recuerdo aquel momento.
Mi cuerpo se extrémece con ansiedad.
Con la misma ansiedad intensa.
Que me exige ...
Volver a probar, esos labios tuyos.
Ese sabor tan dulce.
Esos labios que me hipnotizan.
Me opongo al saber, que jamás volveré a sentir tus labios.
Pero no importa cuanto tiempo pase.
Por que esa sensación jamás, se borrara de mi mente.
Y cada noche recordare.
-
Aquel primer beso.
-
girl angel fallen,

POEMA Y PENSAMIENTO -- " PASION"

POEMA NOVEL

..LES DEJO UN POEMA SE llama:
" PASION"
-
VEN,
ACERCATE,
TOMA MI MANO
LLEVAME LEJOS
EN MEDIO DE LA NOCHE,
PERO ... NO DIGAS NADA.
-
MIRA MIS OJOS,
INHALA MI ESENCIA,
ROBA MI ALMA, PERO ... AUN NO DIGAS NADA.
-
ACERCATE A MI,
PON TU MANO EN MI NUCA,
ACERCAME A TI,
PARA COMENZAR A SENTIRTE,
PERO AUN ... NO DIGAS NADA.
-
HAZME TEMBLAR,
BESA MI CUELLO,
PENETRALO SIN COMPASION.
BEBE MI SANGRE,
PERO ... AUN NO DIGAS NADA.
-
SECA MIS VENAS,
SACIA TU SED,
NO TE DETENGAS,
ALCANZA EL EXTASIS,
PERO A PESAR DE TODO ... NO DIGAS NADA.
-
CASI HE MUERTO,
CORTA TUS VENAS,
DAME DE TI,
LLENAME DE MUERTE EN VIDA,
PERO ... NO ME DIGAS NADA.
-
COMIENZA A CAMBIAR,
PROTEJEME,
ABRAZAME,
NO ME DEJES IR,
TE HARE MAS FUERTE,
PERO SIN DECIR ... NADA.
-
TU MIRADA EN MIS OJOS,
YA NO MAS DOLOR,
ME HAS DESPERTADO EN SED DE SANGRE,
AHORA,
SOY COMO TU,
-
PERO,
MANTENTE EN SILENCIO,
YA TODO DICHO.... ESTA.
comentario:
HOLA!!!!