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sábado, 10 de abril de 2010

RÉQUIEM POR UN DIOS MORTAL

RÉQUIEM POR UN DIOS MORTAL

Juan G. Atienza

No somos ni dioses ni inmortales.

Haz que tu breve vida sea digna del destino.

(Del himno de los cosmonautas soviéticos).

...Y la Tierra allá abajo... El día y la noche sucediéndose hora tras hora, acelerando el ritmo vital del hombre, como si el tiempo quisiera aún apurar los minutos que faltaban antes de que llegase, a través de la radio, la orden inapelable de emprender el descenso. Luego...

Se lo habían advertido mucho antes del lanzamiento: aquella iba a ser una experiencia totalmente nueva y, sin duda, infinitamente más peligrosa que las anteriores. Incluso le dieron ocasión de estudiar a los camaradas que volaron dentro de aquella misma cápsula antes que él; les había visto debatirse en los lechos del hospital de la base, caer a tierra sin motivo aparente, sufrir mareos y vértigos, mirar con ojos de idiota el mundo circundante y contraer horribles psicosis que les habían convertido en seres inútiles para el resto de su vida. Había visto los hijos deformes que sus mujeres habían traído al mundo y que habían sido celosamente ocultados a los ojos de la gente. Le habían mostrado todo aquel horror y le habían anunciado claramente que su vuelo sería más largo y más alto que todos los vuelos anteriores y que contendría en su programa todos los elementos sospechosos que habían producido las distintas lesiones de sus compañeros. Porque los hombres de ciencia tenían que saber si una intensificación de las circunstancias anormales podría recrudecer o agravar sus estados.

Le dieron ocasión de renunciar, por eso precisamente no quisieron ocultarle los peligros. Pero él había aceptado: subiría más alto que todos los otros y se mantendría más tiempo en el espacio; atravesaría una vez cada noventa y ocho minutos el cinturón de radiaciones y, luego... Luego...

¿Por qué aceptó? Probablemente, entonces no habría sabido responder y, sin embargo, allí y ahora, en lo más alto, a mil kilómetros sobre la Tierra, estaba la respuesta. Si hubiera renunciado, tal vez nunca habría tenido ocasión de subir a una nave espacial y contemplar la espantosa belleza de aquel universo sin límites que se abría ante sus ojos, siempre el mismo y constantemente distinto, inmenso, imposible de abarcar en el tiempo de una vida humana, aunque esa vida se acelerase a treinta o cuarenta mil kilómetros por hora, alternando el día y la noche en el absurdo espacio de noventa y ocho minutos.

Era absurdo, pero... ¡subir más y más!... Alcanzar las últimas estrellas de la Galaxia, que se distinguían como puntos remotos a través de las escotillas; navegar millones y millones de años luz por encima de la Nada y alcanzar... ¿qué? Tal vez esa imperceptible mezcla de belleza y de horror que era el Vacío. Tal vez mecerse eternamente entre mundos ignorados e inalcanzables, tan inalcanzables como ahora se le aparecía el suyo propio, girando sin cesar a sus pies, bañado en nubes, en noche, en un sol cegador que le abrasaba las pupilas cuando sus ojos no podían evitar la tentación de mirarlo de frente durante una centésima de segundo. Tal vez rozar soles rojos, azules o blancos, remontar planetas palpitantes de vidas ignoradas y extrañas, contemplar de cerca —a sólo a dos o tres mil años luz— el estallido salvaje de una supernova.

Pero aquello era sólo soñar. La realidad estaba allí, en el espacio infinitamente pequeño de la cápsula espacial, en el tablero de mandos, en los controles que no debía perder de vista, en las funciones vitales que había que cumplir a rajatabla, en el indicador de posición, en las gráficas que le calibraban segundo a segundo los latidos, la presión sanguínea, el metabolismo y cada movimiento. La realidad estaba en torno suyo y en la voz casi constante que le llegaba a través del receptor y que constituía el delgadísimo cordón umbilical que le ligaba al mañana.

Y la realidad, su realidad, estaba también en ese mañana incierto en el que su propia vida podría ser —y lo sería, sin duda— un mero experimento biológico sobre el que se ensañarían curiosos los científicos, tratando de descubrir por qué las cosas habían marchado así, por qué un organismo sano se había convertido en un guiñapo al cabo de quinientas horas de vuelo cósmico en torno a la Tierra. Y él —únicamente ahora, a sólo dos vueltas de su regreso, comenzaba a darse cuenta de todo eso— se había prestado al experimento como un cobaya que hubiera dado voluntariamente ese paso al frente que los biólogos esperaban para elegir sin remordimiento al que tenían que sacrificar.

La voz remota de la emisora de la Tierra enmudeció un instante. Ahora pudo abrir los ojos, que había mantenido cerrados hasta entonces, para evitar el reflejo cegador del sol. Miró al indicador de posición y supo que se encontraba sobre el polo. A lo largo de tantas horas de vuelo, había pasado una vez y otra sobre los hielos eternos, pero ahora necesitó mirar con más intensidad el desierto blanco, porque sabía que el viaje tocaba a su fin y sentía que su vida de hombre terminaría con él, para convertirle a partir de entonces en un objeto que nunca podría contemplar de cerca la maravilla de acuella Tierra que tenía entera a sus pies, a miles de kilómetros por debajo de la cápsula espacial. Y miró fijamente, como el condenado que desea llenarse las pupilas de vida, antes de que sus ojos sean abrasados por el hierro candente que borrará para siempre su luz, como el agonizante que pide ver en torno suyo a todos los seres que ha amado en la vida, para fijarlos en un recuerdo que está a punto de apagarse.

Entonces vio las inmensas columnas de luz blanca de la Aurora Polar, que parecían elevarse hasta el Infinito como los tubos de un órgano cósmico que enviase su música hacia las estrellas. Y se vio a sí mismo entre las brillantes franjas luminosas y se sintió trasportado por ellas hasta aquella estrella del último rincón de la Galaxia que habría ansiado ver de cerca y que ahora, por el poder de una sinfonía silenciosa, tenía casi al alcance de sus manos. Se sintió dentro de la inmensidad cósmica, libre del miedo al vacío y de los terrores infinitos. Y supo que aquella luz intensísima se había abierto precisamente para él, como una flor gigantesca que el espacio estuviera depositando amorosamente en su tumba ilimitada. Perdió por unos segundos los conceptos de lo grande y de lo pequeño, para dejar que todo su ser se llenase de aquella visión que sobrepasaba la medida de sus ojos y que se diluía, diluyéndole a él al mismo tiempo, en ese Universo soñado que precisamente ahora, por única vez en el espacio infinitesimal de una vida humana, estaba a su alcance, convirtiéndole en un titán que abarcase con sus brazos abiertos la totalidad del Cosmos.

Contuvo la respiración. No quería respirar. Quería retener en sus pulmones, como en sus ojos borrachos de belleza sin fin, el aire sutil de aquella maravilla que le bañaba hasta el último poro. Miró sus manos, deseando haberlas sentido vivas en medio de aquella vida sin fronteras, y las vio enguantadas en las asépticas manoplas espaciales que ni siquiera para comer podía quitarse. ¿Por qué? ¿Y por qué sentir su cuerpo sujeto por la escafandra? ¿Y por qué mirar a través de vidrio grueso, en lugar de permitir que la luz llenase sus ojos e hinchase sus venas, hasta reventarlas y esparcir su sangre por la infinitud de la Galaxia?

Se sentía ligero, sin que ninguna fuerza gravitatoria actuase sobre su cuerpo. Era la misma sensación que venía sintiendo desde que cesaron las aceleraciones y supo que estaba en órbita; pero ahora, después de la visión indefinible de la Aurora Polar sobre el mar de hielo, esa extraña ligereza le hizo formar parte de toda la inmensidad que tenía ante él; le hizo sentirse él mismo rayo de luz, y estrella, ser y nada, espacio y tiempo hechos uno en el infinito del Universo.

A través del altavoz le llegó de nuevo la palabra gangosa que emitía desde la base, como una llamada a la realidad y al futuro incierto. ¿Cuánto tiempo habría pasado desde la última vez que la escuchó? La voz le llamaba incesantemente y pensó que hacía mucho tiempo que estaba sonando sin haber llegado a oírla. Pero no respondió inmediatamente. No quería responder ahora. Quería... no sabía qué. La voz repetía la llamada. Aún esperó; luego tragó saliva.

—Todo va bien... Todo bien... Cápsula espacial a base. ¿Podéis oírme...?

Les había asustado. Le preguntaban si se encontraba mal.

—No, no... Fue... que he visto algo maravilloso... Algo que nunca volveré a ver y que vosotros no podríais ni imaginar.

—¿Qué es, de qué se trata?

—Una Aurora Polar.. Es algo tan...

—Bien, poeta, no importa ahora... Ya nos contarás eso cuando bajes... Te queda una vuelta más... Noventa y ocho minutos.. Ten dispuestos los controles para el descenso, recuerda...

Sí, recordaba. Lo recordaba todo. Primero, soltar el compartimiento de los aparatos. Luego, hacer funcionar los retrocohetes. El punto exacto... Dio unas cifras, las coordenadas que le habían grabado en la memoria. Del otro lado escuchó la conformidad. Cerró apresuradamente la conexión.

Quería estar solo. Por última vez solo sobre la Tierra y tan cerca de las estrellas como le fuera posible, quería llenarse con la sensación inenarrable del paso del día a la noche cósmica, llenarse de aquel polvo de estrellas que sobrevolaba la nave, flotando en torno suyo. Quería verlo todo por última vez, totalmente solo, dueño momentáneo de su destino, de ese destino que llegaba demasiado de prisa a su término.

La nave se hundió en la noche de la Tierra, dejó el Sol a sus espaldas y ante los ojos del cosmonauta volvió a surgir aquella franja de azul blanco brillante que rozaba a la Tierra como un manto suave, acariciándola de Infinito. Volvió a ver la luna sobre su cabeza, redonda como una gota de mercurio inmensa. Y la firme nube de estrellas, atravesando la negrura del cielo de parte a parte, abarcándolo todo en amor de inmensidad.

Entonces dejó vagar lentamente la mirada del cielo a la Tierra casi invisible. A sus pies distinguió los lejanísimos resplandores anaranjados de una tormenta nocturna, muy pequeña desde allá arriba, tan pequeña como su propia vida, condenada allá abajo también —y tal vez desde mañana mismo— a la cama blanca y aséptica de un hospital, a los vértigos, al mal del Espacio.

Porque iba a ser un condenado, irremisiblemente. De hecho, lo era ya. Un condenado a la vida pequeña de lo infinitesimalmente espantoso, un objeto de experiencias para que otros hombres —otros, ya nunca él mismo— pudieran alcanzar un día —¿cuándo?— lo que él no habría de alcanzar jamás. La cápsula espacial era ahora su celda, su calabozo, la capilla desde la que tendría que salir para asistir como espectador indefenso a su propia ejecución. Nunca podría tener hijos, a no ser que le obligasen a concebirlos para experimentar luego en ellos la herencia espantosa que les habría legado a cambio de unos centenares de horas en contacto con el Universo Infinito. Nunca más volvería a ver la maravilla de la Aurora Polar sobre los hielos, a centenares de miles de metros de altura. Ni nunca más podría alcanzar con sus manos las estrellas. Ni nunca...

Frente a él, la noche comenzó a teñirse levemente de azul brillante, un azul que iba intensificándose segundo a segundo, una sinfonía de color que pasaba heroicamente al violeta y dejaba luego aparecer, en la línea del horizonte, la raya escarlata de un sol enorme que estuvo cegador ante sus ojos, como un estallido de luz, apenas pasado un minuto. Era de nuevo el día. El día maravilloso... El fin.

Comprobó el cronómetro y los mandos. La cápsula se dirigía libremente hacia el objetivo sobre el que tendría que posarse, sobre la superficie de la Tierra. Sus manos enguantadas vacilaron un segundo más, antes de conectar de nuevo el aparato de radio. No quería escuchar, ¡no quería! y, sin embargo, la voz le hirió los tímpanos empapados de silencio, al hacer la conexión.

—...ta... ¡Contesta...! ¡Hemos perdido el contacto...!

—Estoy bien.

—¿Desconectaste?

—Sí...

—Bien... ¿Todo normal?

—Todo.

—Preparado, entonces... Faltan trece segundos para que sueltes el compartimiento de los aparatos... Cinco... Cuatro... Tres... Dos... Uno... ¡Cero! Suelta.

Accionó la palanca y, a través de las escotillas, pudo ver el cuerpo secundario de la cápsula que flotaba ya junto a él y se separaba lentamente. Sonrió para sí mismo y sintió una especie de tranquilidad ante su propia justificación: eran los aparatos los que importaban, los preciosos aparatos que contenían todos los datos que la nave había captado automáticamente a lo largo de los días de vuelo. Los datos... y él mismo, apenas un dato más que tendría que ser disecado, perforado, electrocutado, separado pieza a pieza y metido en la memoria transistorizada de un ordenador, para sacar las consecuencias de ese mal desconocido que ya no habría de abandonarle hasta la tumba.

Se le aparecieron nuevamente ante los ojos borrachos de luz los rostros cadavéricos de los que habían visitado el cosmos antes que él; sus miradas idiotizadas, su equilibrio enfermo, las cicatrices que atestiguaban las veces que habían caído y se habían golpeado contra el suelo de los cuartos de baño, antes de que fueran definitivamente internados para su inútil estudio en los hospitales de medicina espacial y hubieran comenzado a descomponerse en asepsia para el resto de su existencia.

—Preparado para el descenso... Te encuentras sobre el punto previsto... Atención... ¡Los cohetes!

Los cohetes. La palanca, allí, a su izquierda, al alcance de la mano. La palanca negra, brillante, fácilmente diferenciable entre el cúmulo de aparatos de control directo. No tenía más que moverla hacia sí, con toda la fuerza, para...

—¿Preparado...? ¡Cero!

—No.

—¿Qué dices?

¿Qué decía...? No habría sabido explicarlo. Sólo era eso, una sola palabra llena de actitud. No. No a todo. Al regreso. A la condena. A la privación de la maravilla que estaba a su alcance. No a convertir su vida en una muerte lenta, en un objeto. En una cosa.

Al otro lado de la emisora se escuchó un rumor confuso de voces. No lograba distinguirlas, pero indicaban el estupor de los hombres que no comprendían —ni podrían comprender nunca— su PORQUÉ. Luego, una voz se hizo más clan. Le estaba hablando el jefe de la base en persona. No entendía lo que le estaba ocurriendo, pero era necesario que descendiera, que...

—Lo siento, señor... He oído la orden. Pero no bajo.

—¿Qué intenta usted? —la voz pretendía conservar la tranquilidad.

—Nada señor... Sólo seguir volando, cada vez más alto...

—¡Pero está usted loco...! ¿Hasta cuándo?

Cerró el contacto. Sí, definitivamente, estaba loco. Supuso que estaría loco, si se atrevía a desobedecer las órdenes y comenzaba ya a quitarse, muy despacio, los guantes espaciales. Tal vez estaba loco. Pero, en cualquier caso, era un loco humano y no un cobaya. Él había subido allí arriba para eso, pero el Infinito le había conquistado y, sumiéndole en la visión de la más espantosa belleza que cabía imaginar, le había exigido el tributo del espectáculo.

Sus dedos, libres ya de guantes, movieron seguros el dial que haría enfilar la cápsula camino de las estrellas. Sabía que no llegaría, pero quería subir más, hasta que el Infinito le prohibiera seguir, hasta que su cuerpo reventase y se fundiera su sangre con el polvo cósmico que le envolvía. No quería otra cosa; sólo subir, seguir subiendo siempre, siempre, hasta convertirse en Infinito...

DEMONIOS

DEMONIOS

Demonio, en las creencias hebrea, cristiana e islámica, nombra el espíritu supremo del mal que durante un tiempo inmensurable ha regido el universo de los espíritus del mal y es una oposición constante a Dios. La palabra viene, a través del término daeminium del latín eclesiástico, del griego daimonion, un adjetivo que significa 'calumnioso' utilizado también en griego clásico como un nombre que identifica a una persona como un calumniador.

El término se utilizó en la traducción griega de la Biblia, la Septuaginta, no para referirse a los seres humanos sino más bien como traducción del ha-satan hebreo ('el satán'), una expresión utilizada al principio como título de un miembro de la corte divina que actuaba de espía errante de Dios recogiendo información de los humanos en sus viajes por la Tierra. Como algunos aspectos de esta figura divina tal vez se formaron de la experiencia con los servicios secretos reales del antiguo Oriente Próximo, no es de sorprender que Satán también fuera visto como un personaje que intentara provocar la sedición punible allí donde no hubiera ninguna, actuando así como un adversario de los seres humanos para separarlos de Dios. En toda especulación en torno a Satán, el mayor problema que se presenta es el del origen y la naturaleza del mal.

En la tradición judía, y por ende en el primer pensamiento cristiano, el título se convirtió en un nombre propio. Satán empieza a ser considerado como un adversario, no sólo de los seres humanos sino también -e incluso sobre todo- de Dios. Esta evolución es probablemente el resultado de la influencia de la filosofía dualista persa con sus opuestos poderes del bien (Ormuz) y del mal (Ahriman).

Pero tanto en el modelo judío como en el cristiano, el dualismo siempre es provisional o temporal, y el demonio en última instancia está sometido a Dios. En los escritos de la secta de Qumran recogidos en los manuscritos del mar Muerto, el demonio aparece como Belial, el Espíritu de la Maldad. En algunas tendencias del pensamiento rabínico, Satán está ligado al "impulso del mal" que, de alguna manera, resulta así personificado. Esta personificación es una variante judía de la suposición antigua y generalizada de que los seres humanos pueden estar sometidos a fuerzas malévolas distintas a sus conciencias. Así, tanto en el judaísmo como en el cristianismo se cree que los seres humanos pueden estar "poseídos" por el demonio o por sus servidores, los diablos.

La esencia de las enseñanzas cristianas sobre el demonio es, tal vez, que Jesucristo rompió el poder que tanto él como sus diablos tenían sobre toda la humanidad (la "posesión" de algunos es un síntoma del dominio general sobre todos) y que en la crucifixión el demonio y sus secuaces, explotando lo peor de ellos mismos, fueron, por paradójico que resulte, llevados a su última derrota.

En la edad media, el demonio jugó papeles importantes en el arte y el folclore, siendo casi siempre visto como un animal humano perverso e impulsivo con una cola y cuernos, acompañado algunas veces por sus diablos subordinados. La idea de que estos últimos podían penetrar en los cuerpos y las almas de los seres humanos sirvió la mayoría de las veces para diferenciar al ser poseído del normal más que para indicar algo sobre el estado general de la humanidad.

La complejidad, el misterio y la naturaleza combinada del mal han llevado a algunos pensadores a creer que hay que encontrar un lugar para el demonio incluso en el pensamiento moderno. El islam, que acepta el judaísmo y el cristianismo como inspirados por Dios, extrae su concepto del demonio de las mismas fuentes. Se menciona a Iblis, el demonio, en el Corán, donde es el único ángel que se niega a inclinarse ante Adán. Por lo tanto, Alá le maldice pero le deja libre para tentar al incauto, como así hace en el relato coránico del Jardín del Edén. DIABLO

Diablo, ser sobrenatural, espíritu o fuerza capaz de influir en las vidas humanas, en general por medios malignos. Los demonios están presentes en la mayoría de las religiones, así como en la mitología y en la literatura. El exorcismo o práctica de expulsar los diablos que se alojan en el cuerpo de una persona o la poseen, ha sido practicado por numerosas religiones a través de una figura dotada de una autoridad especial. El estudio de los demonios recibe el nombre de demonología.

La creencia en los espíritus malignos y en su capacidad para influir en las vidas de la gente se remonta a los tiempos prehistóricos. Muchos pueblos primitivos creían que los demonios dominaban todos los elementos de la naturaleza. Los espíritus malignos o demonios eran los espíritus de los antepasados que traían la desgracia a la gente. Las sociedades que practicaban el culto a los antepasados pretendían influir en las acciones tanto de los buenos como de los malos espíritus . Algunas sociedades de la antigüedad, como las de Egipto y Babilonia (hoy Irak), creían que estos espíritus dominaban las funciones del cuerpo humano y que provocaban ciertas enfermedades.

Los espíritus y los seres demoníacos tuvieron una gran importancia en el hinduismo, la religión de la India. En las escrituras hindúes, llamadas Vedas y escritas alrededor del año 1000 a.C., se describen diversos seres malignos, como los asuras y los panis, que hacen daño a las personas y se enfrentan con los dioses hindúes. La palabra demonio, del griego daimon, se refiere a unos seres dotados de poderes especiales y situados entre los humanos y los dioses. Estos seres tenían la capacidad de mejorar las vidas de la gente o de ejecutar los castigos de los dioses.

Las principales creencias cristianas con respecto a los demonios tienen su origen en las alusiones a seres malignos o "espíritus impuros" que aparecen en el Antiguo Testamento. En la edad media, la teología cristiana elaboró una complicada jerarquía de ángeles, relacionados con Dios, y de ángeles caídos o demonios, liderados por Satán. Éste estaba considerado como el primer ángel caído. En la mayoría de las versiones inglesas de la Biblia el término demonio se traduce como diablo, y en el Nuevo Testamento el demonio se identifica con un espíritu maligno.

En la religión islámica también aparecen numerosos demonios. Las escrituras musulmanas describen a un grupo de ellos llamados jinn, que causaban la destrucción y presidían los lugares en los que tenían lugar actividades malignas. El primer jinni fue Iblis, expulsado por Alá por negarse a venerar a Adán, el primer hombre.

Los demonios forman parte del folclore popular en todo el mundo. Muchos de estos demonios tienen características especiales. Entre ellos se encuentra la familia de los vampiros, que chupan la sangre de sus víctimas, el oni japonés, que provoca las tormentas, y en la Escocia legendaria los kelpies acechan los lagos para ahogar a los viajeros incautos.
La creencia popular en demonios y espíritus malignos ha ido desapareciendo poco a poco a partir del siglo XVII.

Demonios


Los Demonios son el Enemigo Del Hombre, que aplastaron el Dominio Numae por placer, y han pasado toda su historia conocida luchando contra la humanidad por cuerpos y almas. Los Demonios son como ningun otro enemigo, pues a ellos no les interesa meramente la adquisición de territorio, mas buscan reducir a la humanidad a esclavos, que sufran a su placer, y que vivan sólo al antojo de sus temibles amos. Los canes del infierno no dan tregua, no toman prisioneros, y no buscan nada, solo la destrucción de nuestros cuerpos, nuestras naciones y nuestras almas.

HISTORIA

Los primeros Demonios aparecieron en el espacio conocido al final del Dominio Numae. Usaron sus extrañas tecnologías y magia, un arte desconocido para los Numae, y barrieron a las defensas Numae, tragaron totalmente la mitad del Dominio antes de que se pudiese retardar su avace.

Cuando golpeó la segunda ola de Demonios, los Numae los mantuvieron apartados con dos innovaciones: los Derivantes conocidos como Caballeros, que se engendraron específicamente para luchar contra los demonios, y la magia Numae, si un poco primitiva, pero era una nueva forma de magia. Sin embargo, hasta los Numae no pudieron resistir la tercera invasion y pronto se acabo el Dominio.

Ninguno sabe por seguro porqué los Hijos Del Infierno detuvieron su ataque, pero se retiraron del centro de Stellae Cognitae, dejando que las naciones destruidas alrededor de Numa respirasen y se reconstruyeran. Cada nación que sobrevive tiene su propia teoría, aunque es seguro que la mano del Omnipotente les concedió una oportunidad a los Hombres para reconstruir y arrepentirse.

Stellae Cognitae todavía está encerrado por la inmensidad de Stellae Diaboli, y hasta los Demonios controlan pequeñas porciones de territorio dentro de nuestro propio espacio. Cada cinco siglos, los Demonios organizan invasiones masivas en Stellae Cognitae, que solo son retrocedidos por los valientes sacrificios de los hombres de esos tiempos. En la tregua provisional entre esas invasiones, los Demonios intentan subvertir a la humanidad desde adentro, buscando a los debiles, ávaros o malditos y pactan con ellos, ofrecen regalos falsos a cambio de precios inconcebibles.

BIOLOGIA

La Biología de los demonios es casi completamente incomprensible. Los Demonios se manifiestan en una variedad desconcertante de formas, que van de monstruosidades humanas a humanoides tiernamente bellos. Generalmente, el demonio más poderoso es, el más humanoide en su forma. No hay ninguna regla común entre la vida humana y vida demoniaca que no halla sido rota por algun demonio, son criaturas de desorden, e igual por su naturaleza buscan el dolor de los debiles y estrago en el observador.

En un examen estrecho a los tejidos de los Demonios no se parecen a ninguna substancia conocida. Muestran vida, hasta el nivel más pequeño, y en un examen detallado no contienen material molecular o atómico. La explicación más lógica por ésto sería que los Demonios son una forma de vida totalmente mágica, aunque el hecho de que pueden manifestarse a los Terraneos parece descontar ésta teoria. Los experimentos Terraneos en los Demonios se han demostrado inconclusos y por lo menos un científico Terraneo, presente en la disección de un demonio, se volvio loco después.

La Citadel ha desarrollado un sistema de clasificación, usado en el Malleus Diaboli, para organizar las formas de vida demoniacas. Los Demonios operan en una sociedad del tipo familiar, con un poder determinado para los demonios que han desovado más vástagos. Los Señores Demoniacos regulan el reparto de los derechos de reproduccion de la manera en que los señores humanos reparten la tierra. Otros puntos de poder y respeto incluyen el traslado de almas y artefactos mágicos.

Los cuatro niveles de la jerarquía Demoniaca son:

  • Machinae, Es la forma de vida Demoniaca más baja y normalmente son llamados "Artefactos Demoniacos". Los Machinae generalmente no tienen nada de inteligencia, motivación, o habilidad para actuar por si mismos. Los Machinae tienen una gran variedad de formas, desde "la caja para correr" (un aparato que permite al usuario que temporalmente acrecente su fuerza y vitalidad) a versiones Demoniacas de los sables de plasma.
  • Miles son el tipo de Demonio que saltan a la imaginacion inmediatamente.Nacidos sólo para la guerra, son nada menos que temibles y a menudo horrorizan en extremo. Los Guerreros tienen inteligencia limitada, pero normalmente son incapaces de aplicarla fuera de batalla. Aun asi Todavía, son enemigos peligrosos, y deben ser destruidos a toda costa.
  • Incubi están a cargo de incrementar a la raza Demonica. Buscan regar las semillas de descontento y podredumbre interior, atraen inocentes a su lado y los convierten en Demonios. Están entre los más hábiles e inteligentes de los Demonios, rivalizados sólo por los Lores.
  • Los Lores son los jefes de todos los Demonios. Normalmente son más grandes, más horrorizantes, y completamente más malos que otros Demonios. Cada uno manda su propio personal en Infierno y otros miles de Demonios menores. Aunque los Señores parecerían tener peleas el uno con el otro, todos están unidos en el propósito de destruir absolutamente a la raza humana.

CULTURA

Al igual que la biología Demonica , la cultura Demonica es desconocida (afortunadamente). Lo que tienen que parece una cultura se basa en los principios simples de dominación y corrupción, con un orden basado en la fuerza y hábilidad. Generalmente, Demonios más inteligentes controlan inmensos números de Demonios menos inteligentes y menos poderosos, y todo Demonio parece ser gobernado por un ArchiDemonio poderoso. Cualquier intento por descubrir una cultura Demonica coherente ha fallado.

LOS SEÑORES DEMONIOS (LORES)

Recientemente, se creyó que habia solo un Lord, el Amonestador conocido como Moloch. Recientemente, sin embargo, informes perturbantes sugieren que hay más de uno. Se sabe de poca información sobre ellos, excepto lo que tenemos y que se presenta aquí. Se debe tener cuidado, pues deben considerarse como los más mortales de los enemigos y luchar contra ellos sólo cuando no hay ningún otro recurso.

Se conoce a Moloch como el amonestador que fue adulterado por los Demonios durante la Noche Larga, y que se volvió el gobernante de todos los Demonios. Moloch es un enemigo hábil y cruel, aunque raramente lo revela. Informes recientes sugieren que Moloch no sea un amonestador en absoluto, pero meramente un Demonio sumamente poderoso, de generaciónes antiguas. Sin embargo, no hay ninguna evidencia concreta para apoyar cualquiera de estas suposiciones.

Dentro del informe del último año se habla de otros Lores. Este es un resumen del informe de todo lo que se sabe de ellos.

Apsu es al parecer el padre de todos los Demonios. Poco se sabe sobre él, y al parecer existe sólo como una masa deforme, billones de millas en longitud. los mhezhallim claman haber destruido a Apsu en un ataque que cobró millones de vidas.

El enmascarado Mallegh parece ser el más inteligente de todos los Lores, y quizás el antagonista más mortal. Mallegh aparece en la forma de una gran figura con sotana que lleva un baculo y una máscara de una cara sonriente, aunque ha usado previamente el disfraz de un raton de nombre Rutherford Rombo. Mallegh no sólo se ha visto en Aquitane, pero también en Numa yavalon. Al parecer opera fuera de la primacia de kessryn, donde se venera como un dios.

Poco se sabe sobre Penthas mas que su nombre, y que al parecer mantuvo una residencia en Lanka. Si fue muerto en la destrucción de Lanka o no, no se sabe.

El Señor Samael que se dice ser el más poderoso de los Lores, a escepción de Apsu. Se describe invariablemente como un gran esqueleto (3 metros de alto) humano, envuelto enteramente en llamas. Se ha visto a Samael sólo una vez a nuestro conocimiento, cuando apareció en Avalon para ayudar el fugitivo Geharim Mhezhulka. Se dice, sin embargo, que se destruyó a Samael en la misma gran explosión que también al parecer aniquiló Lanka.

Xendraxus es al parecer el Mejor Guerrero. Poco se sabe sobre él otra cosa que su capacidad temerosa para el combate. Se presento al parecer en Aquitaine, donde tuvo un duelo con Starkadh Fridhliefsson y Michiko Klein. Después de perder su mano en el duelo, concedió la derrota y se marchó.

LOS MITOS DE CTHULHU -- LOVECRAFT -- EL CEREMONIAL

El ceremonial

HP Lovecraft

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Efficiunt Daemones, ut quae non sunt, sic tamen quasi sint, conspicienda hominibus exbibeant.
Lactancia

Me encontraba lejos de casa, y caminaba fascinado por el encanto de la mar oriental. Empezaba a caer la tarde, cuando la oí por primera vez, estrellándose contra las rocas. Entonces me di cuenta de lo cerca que la tenía. Estaba al otro lado del monte, donde los sauces retorcidos recortaban sus siluetas sobre un cielo cuajado de tempranas estrellas. Y porque mis padres me habían pedido que fuese a la vieja ciudad que ahora tenía a paso, proseguí la marcha en medio de aquel abismo de nieve recién caída, por un camino que parecía remontar, solitario, hacia Aldebarán -tembloroso entre los árboles-, para luego bajar a esa antiquísima ciudad, en la que jamás había estado, pero en la que tantas veces he soñado durante mi vida. Era el Día del Invierno, ese día que los hombres llaman ahora Navidad, aunque en el fondo sepan que ya se celebraba cuando aún no existían ni Belén ni Babilonia ni Menfis ni aun la propia humanidad. Era, pues, el Día del Invierno, y por fin llegaba yo al antiguo pueblo marinero donde había vivido mi raza, mantenedora del ceremonial de tiempos pasados aun en épocas en que estaba prohibido. Al viejo pueblo llegaba, cuyos habitantes habían ordenado a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, que celebraran el ceremonial una vez cada cien años, para que nunca se olvidasen los secretos del mundo originario. Era la mía una raza vieja; ya lo era cuando vino a colonizar estas tierras, hace trescientos años. Y era la mía una gente extraña, gente solapada y furtiva, procedente de los insolentes jardines del Sur, que hablaban otra lengua antes de aprender la de los pescadores de ojos azules. Y ahora estaba esparcida por el mundo, y únicamente se reunía a compartir rituales y misterios que ningún otro viviente podría comprender.
Yo era el único que regresaba aquella noche al viejo pueblo pesquero como ordenaba la tradición, pues sólo recuerdan el pobre y el solitario. Después, al coronar la cuesta del monte, dominé la vista de Kingsport, adormecido en el frío del anochecer, nevado, con sus vetustas veletas, sus campanarios, sus tejados y chimeneas los muelles, los puentes, los sauces y cementerios. Los interminables laberintos de calles abruptas, estrechas y retorcidas, serpenteaban hasta lo alto de la colina donde se alzaba el centro de la ciudad, coronado por una iglesia extraña que el tiempo parecía no haber osado tocar. Una infinidad de casas coloniales se amontonaban en todos los sentidos y niveles, como las abigarradas construcciones de madera de algún niño. Las alas grises del tiempo parecían cernerse sobre los tejados y las nevadas buhardillas. Los faroles y las ventanas emitían en la oscuridad unos reflejos que iban a juntarse con Orión y las estrellas primordiales. Y la mar rompía incesante contra los muelles miserables, aquella mar de la que emergiera nuestro pueblo en los viejos tiempos.
Junto al camino, una vez arriba de la cuesta, había una colina yerma barrida por el viento. No tardé en ver que se trataba de un cementerio, en donde las negras lápidas surgían de la nieve como las uñas destrozadas de un cadáver gigantesco. El camino, sin huella alguna de tráfico, estaba solitario. Únicamente me parecía oír, de cuando en cuando, unos crujidos como de una horca estremecida por el viento. En 1692 ahorcaron a cuatro de mi raza por brujería.
Una vez que la carretera comenzó a descender hacia la mar, presté atención por si oía el alegre bullicio de los pueblos anochecer, pero no oí nada. Entonces recordé la época en que estábamos, y se me ocurrió que el viejo pueblo puritano conservaría tal vez costumbres navideñas, extraigas para mí, y que entonces estaría entregado a silenciosas oraciones. Así que abandoné mis esperanzas de oír el bullicio propio de estas fiestas, dejé de buscar viajeros con la mirada, y seguí mi camino. Fui dejando atrás, a uno y otro lado, las silenciosas casas de campo con sus luces ya encendidas. Después me interné entre las oscuras paredes de piedra, en las que el aire salitroso mecía las chirriantes enseñas de antiguas tiendas y tabernas marineras. Las grotescas aldabas de las puertas, bajo los soportales, brillaban a lo largo de los callejones desiertos reflejando la escasa luz que se escapaba de las estrechas ventanas encortinadas.
Traía conmigo el plano de la ciudad y sabía dónde se encontraba la casa de los míos. Se me había dicho que sería reconocido y que me darían acogida, porque la tradición del pueblo posee una vida muy larga. De modo que apresuré el paso y entré en Back Street hasta llegar a Circle Court; luego continué por Green Lane, única calle pavimentada de la ciudad, que va a desembocar detrás del Edificio del Mercado. Aún servía el antiguo plano, y no me tropecé con dificultades. Sin embargo, en Arkham me habían mentido al decirme que había tranvías; al menos yo no veía redes de cables aéreos por ninguna parte. En cuanto a los raíles, es posible que los ocultara la nieve. Me alegré de tener que caminar, porque la ciudad, revestida de blanco, me había parecido muy hermosa desde el monte. Por otra parte, estaba impaciente por llamar a la puerta de los míos, por llegar a esa séptima casa de Green Lane, a mano izquierda, de tejado puntiagudo y doble planta, que databa de antes de 1650.
Había luces en el interior y, por lo que pude apreciar a través de la vidriera de rombos de la ventana, todo se conservaba tal y como debió de ser en aquellos tiempos. El piso superior se inclinaba por encima del estrecho callejón invadido de hierba y casi tocaba el edificio de enfrente, que también se inclinaba peligrosamente, formando casi un túnel por donde caminaba yo. Los peldaños del umbral estaban enteramente limpios de nieve. No había aceras y muchas casas tenían la puerta muy por encima del nivel de la calle, llegándose hasta ella por un doble tramo de escaleras con barandilla de hierro. Era un escenario verdaderamente singular; acaso me pareció tan extraño por ser yo extranjero en Nueva Inglaterra. Pero me gustaba, y aún me hubiera resultado más encantador si hubiera visto pisadas en la nieve, gentes en las calles y alguna ventana con las cortinillas descorridas.
Al dar los golpes con aquella vieja aldaba de hierro, me sentí preso de una alarma repentina. Se despertó en mí cierto temor que fue tomando consistencia, debido tal vez a la rareza de mi estirpe, al frío de la noche o al silencio impresionante de la vieja ciudad de costumbres extrañas. Y cuando en respuesta a mi llamada, se abrió la puerta con un chirrido quejumbroso, me estremecí de verdad, ya que no había oído pasos en el interior. Pero el susto pasó en seguida: el anciano que me atendió, vestido con traje de calle y en zapatillas, tenía un rostro afable que me ayudó a recuperar mi seguridad; y aunque me dio a entender por señas que era mudo, escribió con su punzón, en una tablilla de cera que traía, una curiosa y antigua frase de bienvenida. Me señaló con un gesto una sala baja iluminada por velas. Tenía la pieza gruesas vigas de madera y recio y escaso mobiliario del siglo XVII. Aquí, el pasado recobraba vida; no faltaba ningún detalle. Me llamaron la atención la chimenea, de campana cavernosa, y una rueca sobre la que una vieja, ataviada con ropas holgadas y bonete de paño, de espaldas a mí, se inclinaba afanosa pese a la festividad del día. Reinaba una humedad indefinida en la estancia, y por ello me extrañó que no tuvieran fuego encendido. Había un banco de alto respaldo colocado de cara a la fila de ventanas encortinadas de la izquierda, y me pareció que había alguien sentado en él, aunque no estaba seguro. No me gustaba nada de lo que veía allí y nuevamente sentí temor. Y mi temor fue en aumento, porque cuanto más miraba el rostro suave de aquel anciano, más repugnante me parecía su suavidad. No pestañeaba, y su color era demasiado parecido al de la cera. Por último, llegué a la plena convicción de que aquello no era un rostro sino una máscara confeccionada con diabólica habilidad. Entonces sus flojas manos, curiosamente enguantadas, escribieron con pasmosa soltura en la tablilla, informándome de que yo debía esperar un rato antes de ser conducido al sitio donde se celebraría el ceremonial. Me señaló una silla, una mesa, un montón de libros, y salió de la estancia. Al echar mano de los libros, vi que se trataba de volúmenes muy antiguos y mohosos. Entre ellos estaban el viejo tratado sobre las Maravillas de la Naturaleza de Morryster, el terrible Saducismus Triumphatus de Joseph Glanvil, publicado en 1681; la espantosa Daemonotatreia de Remigius, impresa en 1595 en Lyon, y el peor de todos, el incalificable Necronomicon, del loco Abdul Alhazred, en la excomulgada traducción latina de Olacius Wormius. Era éste un libro que jamás había tenido en mis manos, pero del cual había oído decir cosas monstruosas. Nadie me dirigió la palabra; lo único que turbaba el silencio eran los aullidos del viento en el exterior y el girar de la rueca mientras la vieja seguía con su silencioso hilar. Tanto la estancia como aquella gente y aquellos libros me daban una extraña impresión de morbosidad e inquietud; pero, puesto que se trataba de una antigua tradición de mis antepasados, en virtud de la cual se me había convocado para tan extraña conmemoración, pensé que debía esperarme las cosas más peregrinas. Conque me puse a leer. Interesado por un tema que había encontrado en el Necronomicon no tardé en darme cuenta que la lectura aquella me encogía el corazón. Se trataba de una leyenda demasiado espantosa para la razón y la conciencia. Luego experimenté un sobresalto, al oír que se cerraba una de las ventanas situadas delante del banco de alto respaldo. Parecía como si la hubiesen abierto furtivamente. A continuación se oyó un rumor que no provenía de la rueca. Sin embargo, no pude distinguirlo bien porque la vieja trabajaba afanosamente y, justo en aquel momento, el vetusto reloj se puso a tocar. Después, la idea de que había personas en el banco se me fue de la cabeza, y me sumí en la lectura hasta que regresó el anciano, con botas esta vez, vestido con holgados ropajes antiguos, y se sentó en aquel mismo banco, de forma que no le pude ver ya. Era enervante aquella espera, y el libro impío que tenía en mis manos me desazonaba más aún. Al dar las once, el viejo se levantó, se acercó a un enorme cofre que había en un rincón, y extrajo dos capas con caperuza; se puso una de ellas, y con la otra envolvió a la vieja, que dejó de hilar en ese momento. Luego, ambos le dirigieron hacia la puerta. La mujer arrastraba una pierna. El viejo, después de coger el mismísimo libro que había estado leyendo yo, me hizo una sería y se cubrió con la caperuza su rostro inmóvil ... o su máscara.
Salimos a la tenebrosa y enmarañada red de callejuelas de aquella ciudad increíblemente antigua. A partir de ese momento, las luces se fueron apagando una a una tras las cortinas de las ventanas, y Sitio contempló la muchedumbre de figuras encapuchadas que surgían en silencio de todas las puertas y formaban una monstruosa procesión a lo largo de la calle, hasta más allá de las enseñas chirriantes, de los edificios de tejados inmemoriales, de los de techumbre de paja, y de las casas de ventanas adornadas con vidrieras de rombos. La procesión fue recorriendo callejones empinados, cuyas casas leprosas se recostaban unas contra otras o se derrumbaban juntas, y atravesó plazas y atrios de iglesias y los faroles de las multitudes compusieron constelaciones vertiginosas y fantásticas. Yo caminaba junto a mis guías mudos, en medio de una muchedumbre silenciosa. Iba empujado por codos que se me antojaban de una blandura sobrenatural, estrujado por barrigas y pechos anormalmente pulposos, y no obstante seguía sin ver un rostro ni oír una voz. La columnas espectrales ascendían más y más por las interminables cuestas y todos se iban aglomerando a medida que se acercaban a los lóbregos callejones que desembocaban en la cumbre, centro de la ciudad, donde se elevaba una inmensa iglesia blanca. Ya la había visto antes, desde lo alto del camino, cuando me detuve a contemplar Kingsport en las últimas luces del atardecer y me estremecí al imaginar que Aldebarán había temblado un instante por encima de su torre fantasmal. Había un espacio despejado alrededor de la iglesia. En parte era cementerio parroquial y, en parte, plaza medio pavimentada, flanqueada por unas casas enfermas de puntiagudos tejados y aleros vacilantes, donde el viento azotaba y barría la nieve. Los fuegos fatuos danzaban por encima de las tumbas revelando un espeluznante espectáculo sin sombras. Más allá del cementerio, donde ya no había casas, pude contemplar de nuevo el parpadeo de las estrellas sobre el puerto. El pueblo era invisible en la oscuridad. Sólo de cuando en cuando se veía oscilar algún farol por las serpenteantes callejas, delatando a algún retrasado que corría para alcanzar a la multitud que ahora entraba silenciosa en el templo.
Esperé a que terminaran todos de cruzar el pórtico, para que acabaran así los empujones. El viejo me tiró de la manga, pero yo estaba decidido a entrar el último. Cruzamos el umbral y nos adentramos en el templo rebosante y oscuro. Me volví para mirar hacia el exterior; la fosforescencia del cementerio parroquial derramaba un resplandor enfermizo sobre la plaza pavimentada. Y de pronto, sentí un escalofrío: aunque el viento había barrido la nieve, aún quedaban rodales sobre el mismo camino que conducía al pórtico. Y sobre aquella nieve, para asombro mío, no descubrí ni una sola huella de pies, ni siquiera de los míos.
La iglesia apenas resultaba iluminada, a pesar de todas las luces que habían entrado, porque la mayor parte de la multitud había desaparecido. Todos se dirigían por las naves laterales, sorteando los bancos, hacia una abertura que había al pie del púlpito, y se deslizaban por ella sin hacer el menor ruido. Avancé en silencio; me metí en la abertura y comencé a bajar por los gastados peldaños que conducían a una cripta oscura y sofocante. La cola sinuosa de la procesión era enorme. El verlos a todos rebullendo en el interior de aquel sepulcro venerable me pareció horrible de verdad. Entonces me di cuenta de que el suelo de la cripta tenía otra abertura por la que también se deslizaba la multitud, y un momento después nos encontrábamos todos descendiendo por una escalera abominable, por una estrecha escalera de caracol húmeda, impregnada de un color muy peculiar- que se enroscaba interminablemente en las entrañas de la tierra, entre muros de chorreantes bloques de piedra y yeso desintegrado. Era un descenso silencioso y horrible. Al cabo de muchísimo tiempo, observé que los peldaños ya no eran de piedra y argamasa, sino que estaban tallados en la roca viva. Lo que más me asombraba era que los miles de pies no produjeran ruido ni eco alguno. Después de un descenso que duró una eternidad, vi unos pasadizos laterales o túneles que, desde ignorados nichos de tinieblas, conducían a este misterioso acceso vertical. Los pasadizos aquellos no tardaron en hacerse excesivamente numerosos. Eran como impías catacumbas de apariencia amenazadora, y el acre olor a descomposición que despedían fue aumentando hasta hacerse completamente insoportable. Seguramente habíamos bajado hasta la base de la montaría, y quizá estábamos por debajo incluso del nivel de Kingsport. Me asustaba pensar en la antigüedad de aquella población infestada, socavada por aquellos subterráneos corrompidos. Luego vi el cárdeno resplandor de una luz desmayada y oí el murmullo insidioso de las aguas tenebrosas. Sentí un nuevo escalofrío; no me gustaban las cosas que estaban sucediendo aquella noche. Ojalá que ningún antepasado mío hubiera exigido mi asistencia a un rito de ese género. En el momento en que los peldaños y los pasadizos se hicieron más amplios hice otro descubrimiento: percibí el doliente acento burlesco de una flauta; y súbitamente, se extendió ante mí el paisaje ¡limitado de un mundo interior: una inmensa costa fungosa, iluminada por una columna de fuego verde y bañada por un vasto río oleaginoso que manaba de unos abismos espantosos, insospechados, y corría a unirse con las simas negras del océano inmemorial.
Desfallecido, con la respiración agitada, contemplé aquel Averno profano de leproso resplandor y aguas mucilaginosas; la muchedumbre encapuchada formó un semicírculo alrededor de la columna de fuego. Era el rito del Invierno, más antiguo que el género humano y destinado a sobrevivirle, el rito primordial que prometía solsticio y primavera después de las nieves; el rito del fuego, del eterno verdor, de la luz y de la música. Y en aquella gruta estigia vi cómo ejecutaban todos el rito y adoraban la nauseabunda columna de fuego y arrojaban al agua puñados de viscosa vegetación que resplandecía con una fosforescencia pálida y verdosa. Y vi también, fuera del alcance de la luz, un bulto amorfo, achaparrado, que tocaba la flauta de modo repugnante. Y mientras tañía la criatura monstruosa, me pareció oír también unas notas apagadas en la fétida oscuridad donde nada podía ver. Pero lo que más me llenaba de espanto era la columna de fuego. brotaba como un surtidor volcánico de las negras profundidades; no arrojaba sombras como una llama normal, y bañaba las rocas salitrosas de un verdor sucio y venenoso. Toda aquella hirviente combustión no producía calor, sino únicamente la viscosidad de la muerte y la corrupción. El hombre que me había guiado se escurrió ahora hasta colocarse junto a la horrible llama y ejecutó unos rígidos ademanes rituales hacia el semicírculo que le miraba. En determinados momentos del ceremonial, los asistentes rindieron homenaje de acatamiento, especialmente cuando levantó por encima de su cabeza aquel detestable Necronomicon que llevaba consigo. Yo también tomé parte en todas las reverencias, puesto que había sido convocado a esta ceremonia de acuerdo con los escritos de mis antecesores. Después, el viejo hizo una señal al que tocaba la flauta en la oscuridad; éste cambió su débil zumbido por un tono, más audible, provocando con ello un horror inimaginable e inesperado. Faltó poco para que me desplomara sobre el limo de la tierra, traspasado por un espanto que no provenía de este mundo ni de ninguno, sino de los espacios enloquecedores que se abren entre las estrellas.
En la negrura inconcebible, más allá del resplandor gangrenoso de la fría llama, en las tartáreas regiones a través de las cuales se retorcía aquel río oleaginoso, extraño, insospechado, apareció danzando rítmicamente una horda de mansos, híbridos seres alados que ningún ojo, ningún cerebro en su sano juicio, ha podido contemplar jamás. No eran cuervos, ni topos, ni buharros, ni hormigas, ni vampiros, ni seres humanos en descomposición; eran algo que no consigo -y no debo- recordar. Daban saltos blandos y torpes, impulsándose a medias con sus pies palmeados y a medias con sus alas membranosas. Y cuando llegaron hasta la muchedumbre de celebrantes, las figuras encapuchadas se agarraron a ellos, montaron a horcajadas, y se alejaron cabalgando, uno tras otro, a lo largo de aquel río tenebroso, hacia unos pozos y galerías donde venenosos manantiales alimentan el caudal tumultuoso y horrible de las negras cataratas. La vieja hilandera se había marchado con los demás, y el viejo se había quedado, porque yo me negué a cabalgar sobre una de aquellas bestias como los otros. El flautista amorfo había desaparecido, pero dos de aquellas bestias permanecían allí pacientemente. Al resistirme a cabalgar, el viejo sacó su punzón y su tablilla, y me comunicó por escrito que él era el verdadero delegado de aquellos antepasados míos que habían fundado el culto al Invierno en este mismo venerable lugar, que había sido decretado que yo volviera allí, y que faltaban por celebrarse los misterios más recónditos. Escribió todo esto en un estilo muy antiguo, y aún dudaba yo cuando sacó de sus amplios ropajes un sello y un reloj con las armas de mi familia, para probar que todo era según había dicho él.
Pero la prueba era espantosa, porque yo sabía por ciertos documentos antiquísimos que aquel reloj había sido enterrado con el tatarabuelo de mi tatarabuelo en 1698.
Al poco rato, el viejo echó hacia atrás su capucha y me mostró el parecido familiar de su rostro; pero aquello me hizo estremecer, porque yo estaba convencido de que se trataba solamente de una diabólica máscara de cera. Las dos bestias voladoras aguardaban y arañaban inquietas los líquenes del suelo, y me di cuenta de que el viejo estaba a punto de perder la paciencia. Cuando uno de aquellos animales comenzó a moverse, alejándose del lugar, el viejo se volvió rápidamente y lo detuvo, de suerte que, con la rapidez del movimiento, se le desprendió la máscara que llevaba en el lugar correspondiente a la cabeza. Y entonces, al ver que aquella pesadilla se interponía entre la escalera de piedra y yo, me arrojé al fondo oleaginoso del río pensando que sin duda desembocaría, por alguna cavidad, en el fondo del océano. Me lancé en aquel jugo pútrido de las entrañas de la tierra antes que mis locos chillidos pudieran hacer caer sobre mí las legiones de cadáveres que aquellos abismos pestilentes ocultaban.
En el hospital me dijeron que me habían encontrado en el puerto de Kingsport, medio helado, al amanecer, aferrado a un madero providencial. Me dijeron que la noche anterior me había extraviado por los acantilados de Orange Port, cosa que habían deducido por las huellas que encontraron en la nieve. No hice ningún comentario. Mi cabeza era un caos. Nada encajaba con mi experiencia de la noche anterior. Los ventanales del hospital se abrían a un panorama de tejados de los que apenas uno de cada cinco podía considerarse antiguo. Las calles vibraban con el estrépito de tranvías y automóviles. Me insistieron en que esto era Kingsport, cosa que yo no pude negar. Al verme caer en un estado de delirio cuando me enteré de que el hospital se encontraba cerca del cementerio parroquial de Central Hill, me trasladaron al Hospital St. Mary, de Arkham, donde me atenderían mejor. Me gustó, en efecto, porque los médicos eran de mentalidad más abierta, y aun me ayudaron, ya que gracias a su influencia pude conseguir un ejemplar del censurable Necronomicon de Alhazred, celosamente guardado en la Biblioteca de la Universidad del Miskatonic. Dijeron que sufría una especie de «psicosis» y convinieron en que el mejor sistema de alejar las obsesiones de mi cerebro era provocar mi cansancio a base de permitirme ahondar en el tema. De esta suerte llegué a leer el espantoso capítulo aquél, y me estremecí doblemente, puesto que no era nuevo para mí: lo que contaba, lo había visto yo, dijeran lo que dijesen las huellas de mis pies, y era mejor olvidar el sitio donde lo había presenciado. Nadie durante el día me lo hacía recordar pero mis sueños son aterradores a causa de ciertas frases que no me atrevo a transcribir. Si acaso, citaré únicamente un párrafo. Lo traduciré lo mejor que pueda de ese desgarbado latín vulgar en que está escrito: «Las cavernas inferiores -escribió el loco Alhazred- son insondables para los ojos que ven, porque sus prodigios son extraños y terribles.
Maldita la tierra donde los pensamientos muertos viven reencarnados en una existencia nueva y singular, y maldita el alma que no habita ningún cerebro. Sabiamente dijo Ibn Shacabad: bendita la tumba donde ningún hechicero ha sido enterrado y felices las noches de los pueblos donde han acabado con ellos y los han reducido a cenizas. Pues de antiguo se dice que el espíritu que se ha vendido al demonio no se apresura a abandonar la envoltura de la carne, sino que ceba e instruye al mismo gusano que roe, hasta que de la corrupción brota una vida espantosa, y las criaturas que se alimentan de la carroña de la tierra aumentan solapadamente para hostigaría, y se hacen monstruosas para infestarla. Excavadas son, secretamente, inmensas galerías donde debían bastar los poros de la tierra, y han aprendido a caminar unas criaturas que sólo deberían arrastrarse.


N O T A

“NADA TEME EL HOMBRE

MÁS QUE SER TOCADO

POR LO DESCONOCIDO”

Elías Canetti

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