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martes, 22 de junio de 2010

SELECCION RELATOS -- GUY DE MAUPASSANT -- ALGO SOBRE LOS GATOS




ALGO SOBRE LOS GATOS
I
Estaba yo días pasados sentado en un banco fuera de la puerta de mi casa, en pleno sol, delante de un encañado de anémonas fondas, leyendo un libro publicado últimamente, un libro honrado, cosa rara y también encantadora: El tonelero, de Jorge Duval. Un gran gato blanco que tiene el jardinero saltó a mis rodillas y con su impulso cerró el libro, que yo coloqué a mi lado para acariciar al animal.
Hacía calor; un aroma de flores nuevas, tímido aún, intermitente, ligero, cruzaba la atmósfera, que se estremecía también de cuando en cuando con escalofríos que llegaban de las altas cumbres nevadas que yo distinguía a lo lejos.
Pero el sol quemaba, pinchaba como uno de esos días en que hurga en la tierra y la hace vivir, como cuando hiende el grano de semilla y estimula los gérmenes dormidos y las yemas de las plantas, para que se abran las hojas nuevas. El gato se retorcía encima de mis rodillas, tumbado de espaldas y con las patas en alto, abriendo y cerrando las zarpas, entreabriendo los labios para enseñar sus puntiagudos colmillos y con la línea de su pupila apenas perceptible en los ojos verdes. Yo acariciaba y manoseaba a aquel animal perezoso y nervioso, flexible como tela de seda suave, tibio, encantador y peligroso. Ronroneaba de gusto, pero dispuesto a morder, porque es tan aficionado a arañar como a que le acaricien. Estiraba el cuello, se retorcía y si yo alzaba la mano él se levantaba y alargaba la cabeza hacia arriba hasta tocármela.
Yo excitaba sus nervios, y él también excitaba los míos, porque estos animales encantadores y pérfidos me inspiran cariño y también repulsión. Me gusta tocarlos y sentir cómo resbala debajo de mi mano su pelo sedoso que cruje, su piel caliente, delicada y fina. No hay cosa más suave ni que produzca en la epidermis una sensación más exquisita, más refinada, más extraña que 1a envoltura tibia y vibrante del gato. Pero esa envoltura viva despierta en mis dedos una comezón rara y feroz de estrangular al animal que estoy acariciando. Tengo la plena sensación de que él rabia por morderme y desgarrar mi carne, y ese anhelo suyo que yo siento plenamente pasa a mí como un fluido que él me transfiere y que penetra por la punta de mis dedos al contacto de su pelo cálido, y sube, sube a todo lo largo de mis nervios y de mis miembros, hasta mi corazón, hasta mi cerebro y me impregna, y corre por toda mi piel dándome dentera. Constantemente, sin interrupción, siento en los pulpejos de mis diez dedos el cosquilleo vivo y suave que me cala y me invade.
Y si el animal empieza, si me muerde o me araña, lo agarro del cuello, lo hago girar en el aire y lo lanzo a lo lejos como piedra con una honda, con tal rapidez y brutalidad, que no le dejo tiempo para vengarse.
Recuerdo que siendo niño me inspiraban ya los gatos este cariño, alternado con súbitos impulsos de ahogarlos con mis manecitas. Estando cierto día en un extremo del jardín, a la entrada del bosque, distinguí de pronto una cosa gris que se retorcía entre las hierbas altas. Me acerqué a ver lo que era, y me encontré a un gato gris que había metido el cuello en un lazo, y que se ahogaba, que estaba en los últimos estertores, que se moría. Se retorcía, arañaba el suelo, saltaba, caía inerte, repetía la maniobra y su respiración ronca, apresurada, semejaba el ruido que hace una bomba aspirante; me parece estar oyendo todavía aquel ruido horrible. No hubiera tenido ninguna dificultad en coger un azadón y cortar el lazo; hubiera podido también llamar a un criado o a mi padre. No, señor; permanecí inmóvil, con el corazón palpitante, y le vi morir con un regocijo tembloroso y cruel. ¡ Era un gato! Si se hubiese tratado de un perro, habría sido yo capaz de cortar con mis dientes el alambre de cobre, antes que permitir que padeciese un solo momento más. Y cuando estuvo muerto, completamente muerto, caliente todavía, le palpé el cuerpo con mis dedos y le tiré de la cola.
II
A pesar de todo, son encantadores, y lo son más que nada porque al acariciarlos cuando se refriegan en nuestra carne y ronronean retorciéndose encima de nosotros y nos miran con sus ojos amarillos haciendo como que no nos ven, se siente la certidumbre de la falsía de su ternura y del pérfido egoísmo que hay en su satisfacción.
Hay mujeres que nos producen también esta misma sensación; mujeres deliciosas, tiernas, de ojos claros y falsos, que nos han elegido para darse un baño superficial de amor. Cuando se está a su lado y vienen a nosotros con los brazos abiertos y ofreciéndose al beso; cuando las estrechamos contra nosotros con el corazón palpitante y paladeamos el gozo sensual y sabroso de su caricia delicada, nos damos perfecta cuenta de que tenemos entre nuestras manos una gata, una gata con uñas y colmillos; una gata pérfida, astuta, amante y enemiga, que morderá en cuanto se hastíe de los besos.
Todos los poetas han sido aficionados a los gatos. Baudelaire los exaltó maravillosamente. Es conocido aquel admirable soneto suyo:
Mansos al par que fuertes, son los gatos queridos
de los enamorados y los sabios austeros
que, con la edad madura, se hacen también caseros
y buscan, friolentos, tibio calor de nidos.
Amigos de la ciencia y el amoroso arrullo,
gustan de los silencios, y a la noche son fieles.
A Erebo le sirvieran de fúnebres corceles
si acaso ellos al freno doblegarán su orgullo.
Toman, cuando meditan, actitudes serenas
de Esfinge del desierto que, sobre las arenas,
se adormece en ensueños de eternas dimensiones.
Sus lomos tan fecundos dan mágicas centellas,
y en sus pupilas místicas, minúsculas estrellas,
como arenillas de oro, forman conste1aciones.
III
Yo experimenté una vez la rara sensación de habitar en el palacio encantado de la Gata Blanca, en un mágico castillo en el que reinaba uno de estos animales ondulantes, misteriosos, desconcertantes, el único, tal vez, al que jamás se siente caminar.
Fue el pasado verano, en esta misma costa del Mediterráneo.
Hacía en Niza un calor espantoso, y pregunté si no había en las montañas próximas algún vaIle fresco al que acostumbrasen ir, para poder respirar, los habitantes del país.
Me dijeron que sí, el de Thorenc, y quise ir allí.
Tuve que trasladarme, en primer lugar, hasta Grasse, la ciudad de los perfumes, de la que hablaré algún día para contar cómo se fabrican las esencias quintaesencias de. flores, que valen hasta dos mil francos el litro. Pasé la velada y la noche en un viejo hotel de la población, albergue mediocre, en el que la calidad de la comida es tan dudosa corno la limpieza de las habitaciones. A la mañana siguiente seguí viaje.
La carretera se metía en plena montaña, bordeando profundos barrancos, dominada por picachos estériles, puntiagudos, salvajes. Empezaba a pensar en que me habían recomendado un sitio sorprendente para veraneo; estuve casi tentado de volverme atrás y de regresar a Niza aquélla misma tarde, cuando se ofreció de pronto a mi vista un monte que parecía cerrar por completo la cañada, y sobre el monte unas ruinas enormes y admirables, cuyas siluetas formaban sobre el firmamento torres, muros derruidos y toda una extraña arquitectura de ciudadela muerta.
Era una antigua encomienda de los Templarios, que en otros tiempos gobernaban la región de Thorenc.
Siguiendo el contorno de aquel monte; descubrí de improviso un verde valle, alargado, fresco y tranquilo. En lo más hondo, praderas, corrientes de agua, sauces; en las vertientes, hasta perderse en el cielo, pinos.
Frente por frente de la encomienda, del otro lado del valle, se alza un castillo que está habitado, el castillo de las Cuatro Torres, que fue construido hacia el año mil quinientos treinta. No tiene, sin embargo, la más ligera huella del Renacimiento.
Es un pesado y sólido edificio cuadrado, de aspecto imponente, flanqueado por cuatro torres guerreras, de las que toma el nombre.
Llevaba una carta de recomendación para el propietario de esta casa solariega, y no consintió que fuese a alojarme al hotel.
Todo el valle es, en efecto, encantador, y no se puede soñar con sitio más ideal para pasar el verano. Estuve paseando hasta atardecer, y después de cenar subí al departamento que me habían reservado.
Crucé, en primer término, por una especie de salón que tenía la paredes tapizadas de viejo cuero de Córdoba, y después, por otro, habitación en cuyos muros distinguí rápidamente, a la luz de mi vela, cuando pasaba, antiguos retratos de señoras, algunos de esos cuadros a los que se refería Gautier cuando escribió:
¡Con qué placer os veo sobre los entrepaños,
en marcos ovalados, oh retratos de hermosas
de otro tiempo; en las manos tenéis pálidas rosas,
cual conviene a unas flores que han cumplido cien años!
Y, por fin, entré en la habitación en que estaba mi cama.
Una vez a solas, me puse a recorrerla. Se hallaba tapizada de antiguas telas pintadas, en la que se veían torreones color de rosa sobre un fondo de paisajes azules y grandes pájaros fantásticos entre una fronda de piedras preciosas.
Dentro de una de las torretas, estaba mi cuarto de aseo. Las ventanas, anchas hacia el interior y estrechas hacia afuera eran, en fin de cuentas, las antiguas troneras desde las que mataban al asaltante. Cerré la puerta, me acosté y me quedé dormido.
Y soñé... Nuestros sueños tienen siempre algo de los acontecimientos del día. Iba de viaje, entré en un albergue y en él vi sentados a la mesa, junto al fuego, a un lacayo de lujosa librea y a un albañil, sorprendente emparejamiento, que a mí no me causó extrañeza alguna. Estaban hablando de Victor Hugo, que acababa de morir, y yo me mezclé en su conversación. Por último, marché a acostarme en una habitación cuya puerta no cerraba bien, y vi de pronto que el criado y el albañil se acercaban de puntillas a mi mesa, armados de ladrillos.
Desperté bruscamente y transcurrieron algunos momentos sin que cayese en la cuenta de dónde estaba. Pero me acordé en seguida de los acontecimientos de la víspera, de mi llegada a Thorenc, del amable recibimiento que me había dispensado el dueño del castillo... Iba ya a cerrar otra vez los párpados, cuando vi, si, señores vi en la oscuridad, en las tinieblas, en el centro de mi habitación, poco más o menos a la altura de la cabeza de un hombre, dos ojos de fuego que me miraban.
Eché mano a una cerilla y mientras la frotaba oí un ruido, un ruido muy ligero, un ruido blando como el que produce al caer un trapo húmedo y retorcido...Al encender la luz no vi en el centro del cuarto más que una mesa muy grande.
Me levanté, registré las dos habitaciones, miré debajo de mi cama, en los armarios, ¡nada!
Pensé que todo aquello no había sido otra cosa que una prolongación, ya despierto, del sueño que había tenido dormido, y volví a conciliar el sueño, aunque no sin dificultad.
Y volví a soñar. También ahora viajaba, pero era por Oriente, en el país de mi predilección. Llegué a casa de un turco que vivía en pleno desierto. Era un turco magnifico; no era un árabe, sino un turco voluminoso, atento, simpático, vestido de turco, con turbante y una verdadera tienda de sederías sobre sus espaldas, un auténtico turco del Teatro Francés, que me dirigía toda clase de cumplidos; estábamos sentados en un muelle diván y me obsequiaba con confituras.
Un negrito me condujo a mi habitación—todos mis sueños terminaban, pues, del mismo modo—. Era una habitación azul celeste, perfumada, con pieles de animales por alfombras; delante del fuego—también esta idea del fuego me perseguía hasta en el desierto—, sentada en una silla baja, me esperaba una mujer muy ligera de ropa.
Era del más puro tipo oriental, con estrellas pintadas en las mejillas, en la frente y en la barbilla, unos ojos inmensos, cuerpo admirable, algo moreno pero de un moreno cálido que subía a la cabeza.
Mientras ella me miraba, yo decía para mí mismo: «Así es como yo entiendo la hospitalidad. No recibiríamos de esta manera a un extranjero en nuestros estúpidos países norteños, en nuestros pueblos de gazmoñería idiota, de pudor repugnante y moral imbécil.»
Me acerqué a ella y le hablé pero me contestó por señas, porque no conocía ni una sola palabra de mi idioma, que su amo, turco, sabía a la perfección.
Más dichoso aún porque ella hablaría, la tomé de la mano y conduje hasta mi lecho, en donde me tendí a su lado... ¡Siempre despierta uno en lo mejor! Me desperté, pues, y no fué demasiado grande mi sorpresa al sentir debajo de la palma de mi mano una cosa cálida y suave, que yo acariciaba amorosamente.
Al aclararse mis ideas, comprendí que se trataba de un gato, de un gato rollizo, que dormía tranquilamente, enroscado junto a mi cara. Lo dejé estar e hice lo mismo que él.
Cuando amaneció, ya no se encontraba allí; llegué a pensar que todo había sido un sueño, porque no comprendía cómo pudo entrar y salir de mi habitación estando cerrada la puerta con llave.
Relaté mi aventura, aunque no en todos sus detalles, a mi amable anfitrión, que se echó a reír, y me dijo:
—Entró por la gatera—y levantando una cortina, me enseñó un agujero pequeño, negro y redondo, que había en la pared.
Me enteré entonces que en las paredes de casi todas las casas antiguas de la región existen esos pasadizos largos y estrechos, que conducen desde la bodega hasta el granero, del cuarto de la criada a la habitación del señor, pasadizos que hacen del gato el rey y el señor de la casa.
Va y viene por donde le da la gana, visita sus dominios a su capricho, puede acostarse en todas las camas, verlo y oírlo todo, estar al tanto de todos los secretos, costumbres y vergüenzas de la casa.
Todas las habitaciones son suyas, a todas tiene acceso; es el animal que circula sin que lo sientan, el rondador silencioso, el que se pasea de noche por la oquedad de los muros.
Me acordé de aquellos otros versos de Baudelaire:
Es el espíritu familiar.
Juzga, inspira, preside
a todo lo que hay, donde él reside.
¿Es un dios? ¿ Es un hada tutelar?

SELECCION RELATOS -- GUY DE MAUPASSANT -- LOS ALFILERES




LOS ALFILERES

-
« ¡Ay, amigo mío, qué marrajas son las mujeres!
—¿Por qué dices eso?
—Es que me han jugado una pasada abominable.
—¿A ti?
—Sí, a mí.
—¿Las mujeres o una mujer?
—Dos mujeres.
—¿Dos mujeres al mismo tiempo?
—Sí.
—¿Qué pasada?»
Los dos jóvenes estaban sentados delante de un gran café del bulevar y bebían licores mezclados con agua, esos aperitivos que parecen infusiones hechas con todos los matices de una caja de acuarelas.
Tenían más o menos la misma edad: de veinticinco a treinta años. Uno era rubio y otro moreno. Tenían la semielegancia de los agentes inmobiliarios, de los hombres que van a la Bolsa y a los salones, que entran en todas partes, viven en todas partes, aman en todas partes. El moreno prosiguió:
«Te conté mis relaciones, ¿verdad?, con aquella burguesita encontrada en la playa de Dieppe.
—Sí.
—Amigo mío, ya sabes lo que pasa. Yo tenía una amante en París, alguien a quien amo infinitamente, una vieja amiga, una buena amiga, una costumbre, en fin, y la quiero conservar.
—¿Tu costumbre?
—Sí, mí costumbre y a ella. Está casada también con un buen muchacho, a quien quiero igualmente, un chico muy cordial, ¡un auténtico camarada! En fin, una casa donde había alojado mi vida.
—¿Y qué?
—¿Y qué? Ellos no pueden salir de París, y me encontré viudo en Dieppe.
—¿Por qué ibas a Dieppe?
—Por cambiar de aires. Uno no puede estar todo el tiempo en el bulevar.
—¿Y entonces?
—Entonces encontré en la playa a la chiquilla de la que te he hablado.
—¿La mujer del jefe de negociado?
—Sí. Se aburría mucho. Su marido, además, sólo iba los domingos, y es un tipo horroroso. La comprendo perfectamente. Conque nos divertimos y bailamos juntos.
—¿Y el resto?
—Sí, más adelante. En fin, nos encontramos, nos gustamos, yo se lo dije, ella me lo hizo repetir para entenderlo mejor, y no puso muchos obstáculos.
—¿La amabas?
—Sí, un poco; es muy bonita.
—¿Y la otra?
—¡La otra estaba en París! En fin, durante seis semanas la cosa marchó muy bien y volvimos aquí en los mejores términos. ¿Es que tú sabes romper con una mujer cuando esa mujer no tiene nada que reprocharte?
—Sí, muy bien.
—¿Cómo haces?
—La abandono.
—Pero ¿cómo te las arreglas para abandonarla?
—No vuelvo por su casa.
—Pero ¿y si ella viene a tu casa?
—Pues... no estoy.
—¿Y si vuelve?
—Le digo que estoy indispuesto.
—¿Y si te cuida?
—Pues..., pues le hago una faena.
—Escribo cartas anónimas a su marido para que la vigile los días en que la espero.
—¡Eso es grave! Yo no tengo tanta resistencia. No sé romper. Las colecciono. Las hay a las que sólo veo una vez al año, a otras cada diez meses, a otras una vez al trimestre, a otras los días que tienen ganas de cenar en un cabaret. Las que he espaciado no me molestan, pero con frecuencia tengo problemas con las nuevas, para distanciarlas un poco.
—Entonces...
—Entonces, amigo mío, la pequeña funcionaria era puro fuego, puras llamas, sin un reproche, ¡como te he dicho! Como su marido se pasa los días en el Ministerio, ella se ponía en plan de llegar a mi casa de improviso. Dos veces estuvo a punto de encontrarme con mi costumbre.
— ¡Diablos!
—Sí. Por lo tanto, le señalé a cada cual sus días, días fijos para evitar confusiones. Lunes y sábados para la antigua. Martes, jueves y domingos para la nueva.
—¿Por qué esa preferencia?
—¡Ay, amigo mío!, es más joven.
—Eso te daba sólo dos días de descanso a la semana.
—Me basta.
—¡Felicitaciones!
—Ahora bien, figúrate que me ha ocurrido la historia más ridícula del mundo, y la más fastidiosa. Desde hace cuatro meses todo marchaba perfectamente; dormía a pierna suelta y era verdaderamente feliz, cuando de pronto, el lunes pasado, todo se derrumba.
»Yo esperaba a mi costumbre a la hora convenida, la una y cuarto, fumando un buen cigarro.
»Soñaba despierto, muy satisfecho de mí mismo, cuando advertí que la hora había pasado. Me sorprendió porque ella es muy puntual. Pero pensé en un pequeño retraso accidental. Sin embargo, pasa media hora, después una hora, hora y media, y comprendí que cualquier causa la había retenido, quizá una jaqueca o un importuno. Son muy fastidiosas esas cosas, esas esperas... Inútiles, aburridísimas e irritantes. En fin, me resigné, después salí de casa y, no sabiendo qué hacer, fui a verla.
»La encontré leyendo una novela.
»“¿Qué ocurre?” —le dije.
»Respondió tranquilamente:
»“Querido, no he podido, algo me lo impidió.
»¿El qué?
»Pues mis... ocupaciones.
»Pero... ¿qué ocupaciones?
»Una visita muy pesada.”
»Yo pensaba que no quería decirme la verdadera razón y, como estaba muy tranquila, me inquietaba aún más. Contaba con recuperar el tiempo perdido, al día siguiente, con la otra.
»El martes, pues, estaba muy..., muy emocionado y enamoradísimo, a la espera de la pequeña funcionaria, y hasta me extrañó que no se adelantase a la hora convenida. Miraba el reloj a cada momento, siguiendo la aguja con impaciencia.
»La vi pasar el cuarto, después la media, después las dos... No podía estarme quieto, cruzaba a grandes zancadas mi habitación, pegaba la frente a la ventana y la oreja a la puerta para escuchar si subía la escalera.
»Dieron las dos y media, ¡después las tres! Cogí el sombrero y corrí a su casa. ¡Estaba leyendo una novela, amigo mío!
»“¿Qué ocurre?” —le dije con ansiedad.
»Respondió, tan tranquilamente como mi costumbre:
»“Querido, no he podido, algo me lo impidió.
»¿El qué?
»Pues... mis ocupaciones.
»Pero... ¿qué ocupaciones?
»Una visita pesada.”
»Supuse inmediatamente, claro, que lo sabían todo; pero ella parecía tan plácida, no obstante, tan pacífica, que acabé desechando mi sospecha, para creer en una extraña coincidencia, pues no podía imaginar semejante disimulo por su parte. Y tras una hora de amistosa charla, interrumpida además por veinte entradas de su hijita, tuve que marcharme muy fastidiado.
»Y figúrate que al día siguiente...
—¿Pasó lo mismo?
—Sí... y también al otro día. Y la cosa duró así tres semanas, sin una explicación, sin que nada me revelase el porqué de esa extraña conducta cuyo secreto sospechaba, no obstante.
—¿Lo sabían todo?
— ¡Pues claro! Pero ¿cómo? ¡Ah! Fue un suplicio hasta que lo averigüé.
—¿Cómo lo supiste por fin?
—Por carta. El mismo día, en los mismos términos, me despidieron definitivamente.
—Pero...
—Ahora verás... Ya sabes, amigo mío, que las mujeres llevan siempre encima un ejército de horquillas y alfileres. Las horquillas las conozco bien, desconfío de ellas, y vigilo, pero los otros son mucho más pérfidos, esos malditos alfileritos de cabeza negra que nos parecen todos iguales, porque somos muy brutos, pero que ellas distinguen como nosotros distinguimos un caballo de un perro.
»Ahora bien, parece que un día mi pequeña funcionaria había dejado uno de esos chismes reveladores pinchado en una colgadura, junto al espejo.
»Mi costumbre, al primer vistazo, había visto en la tela ese puntito negro como una pulga, y sin decir nada lo había cogido, y después había dejado en el mismo sitio uno de sus alfileres, también negro, pero de un modelo diferente.
»Al día siguiente, la funcionaria quiso recoger el suyo, y enseguida reconoció la sustitución; entonces le entró una sospecha, y puso dos, cruzados.
»La costumbre respondió a esta señal telegráfica con tres bolas negras, una encima de otra.
»Una vez iniciado este trato, siguieron comunicándose, sin decirse nada, sólo para espiarse. Después parece que la costumbre, más osada, enrolló a lo largo de la puntita de acero un delgado papel donde había escrito:
«Lista de Correos, bulevar Malesherbes, C.D.»
»Entonces se escribieron. Yo estaba perdido. Comprenderás que eso no fue lo único entre ellas. Se comportaban con precaución, con mil ardides, con toda la prudencia precisa en tales casos. Pero la costumbre tuvo una idea audaz y le dio una cita a la otra.
»Lo que se dijeron, lo ignoro. Sé sólo que pagué las consecuencias de su conversación. ¡Y aquí me tienes!
—¿Eso es todo?
—Sí.
—¿No las sigues viendo?
—Sí, como amigo; no hemos roto del todo.
—Y ellas, ¿se han vuelto a ver?
—Sí, amigo mío, se han hecho íntimas.
—Vaya, vaya. ¿Y eso no te da una idea?
—No, ¿cuál?
—Pedazo de bobo, la idea de hacerles clavar alfileres dobles...»

SELECCION RELATOS -- GUY DE MAUPASSANT -- ALEXANDRE




ALEXANDRE

.
Igual que todos los días, a las cuatro de la tarde, Alexandre llevó frente a la puerta de la casita del matrimonio Marambaile el coche de paralítico, de tres ruedas, en el cual paseaba hasta las seis, por prescripción del médico, a su anciana y lisiada señora.
Cuando hubo colocado el ligero vehículo junto al escalón, en el lugar exacto donde podía subir fácilmente a la voluminosa señora, entró en la vivienda; pronto se oyó en el interior una voz furiosa, una voz enronquecida de viejo soldado, que vociferaba reniegos: era la del amo, el capitán de infantería retirado Joseph Marambaile. Después hubo un ruido de puertas cerradas con violencia, un ruido de sillas empujadas, un ruido de pasos agitados, después nada mas, y al cabo de unos instantes Alexandre reapareció en el umbral de la puerta, sosteniendo con todas sus fuerzas a la señora Marambaile, extenuada por el descenso de las escaleras. Cuando estuvo instalada, no sin trabajo, en la silla de ruedas, Alexandre pasó detrás, agarró la barra torneada que servía para empujar el vehículo, y lo puso en marcha hacia la orilla del río.
Cruzaban así todos los días la pequeña ciudad en medio de respetuosos saludos que se dirigían tal vez tanto al criado como a su señora, pues si ella era querida y estimada por todos, él, el veterano de barba blanca, de barba patriarcal, pasaba por un modelo de servidores.
El sol de julio caía brutalmente sobre la calle, anegando las casas bajas con su luz triste a fuerza de ardiente y cruda. Algunos perros dormían en las aceras dentro de la línea de sombra de las paredes, y Alexandre, resoplando un poco, apretaba el paso para llegar cuanto antes a la avenida que lleva al agua.
La señora Maramballe dormitaba ya bajo su blanca sombrilla, cuya contera abandonaba iba a veces a apoyarse en el rostro impasible del hombre. Cuando llegaron al paseo de los Tilos se despertó del todo bajo la sombra de los árboles, y dijo con voz benévola:
«Vaya más despacito, mi pobre muchacho, se esta usted matando con este calor.»
No pensaba, la buena señora, en su ingenuo egoísmo, que si deseaba ahora ir menos de prisa era justamente porque acababa de llegar al abrigo de las hojas, junto a aquel camino cubierto por los viejos tilos podados en forma de bóveda, el Navette corría por un lecho tortuoso entre dos hileras de sauces. Los gluglúes de los remolinos, de los saltos sobre las rocas, de las bruscas revueltas de la corriente, desgranaban a lo largo de aquel paseo una dulce canción de agua y un frescor de aire mojado.
Tras haber respirado y saboreado un buen rato el encanto húmedo de aquel lugar, la señora Maramballe murmuró:
« ¡Ea!, esto va mejor. Pero hoy no se levantó de buenas.»
Alexandre respondió:
«Ah, no, señora.»
Desde hacía treinta y cinco años estaba al servicio de la pareja, primero como ordenanza del oficial, después como simple criado que no ha querido separarse de sus amos; y desde hacía seis años empujaba todas las tardes a su señora por los estrechos caminos de los alrededores de la ciudad.
De aquel prolongado y abnegado servicio, de estar todos los días a solas, había nacido entre la anciana señora y el viejo servidor una especie de familiaridad, cariñosa en ella, deferente en él.
Hablaban de los asuntos de la casa como se habla entre iguales. Su principal tema de conversación y de inquietud era, por lo demás, el mal carácter del capitán, agriado por una larga carrera iniciada brillantemente, proseguida después sin ascensos y rematada sin gloria.
La señora Maramballe prosiguió:
«Como levantarse de malas, sí que se levantó. Le ocurre con demasiada frecuencia desde que se retiró del servicio. »
Y Alexandre, con un suspiro, completó el pensamiento de su ama.
« Oh! La señora podría decir que le ocurre todos los días y que le ocurría también antes de dejar el ejército.
—Es cierto. Pero tampoco ha tenido suerte, el hombre. Empezó con un acto de bravura que le valió una condecoración a los veinte años, y después, de los veinte a los cincuenta, no pudo llegar más que a capitán, siendo así que contaba al .principio con ser al menos coronel cuando se retirase.
—La señora podría decir también que, después de todo, la culpa es suya. Si no hubiera sido siempre tan suave como una fusta, sus jefes lo habrían querido y protegido más. No sirve de nada ser duro, hay que agradar a la gente para estar bien visto.
«Si nos trata así a nosotros la culpa es nuestra, porque nos gusta quedarnos con él, pero, con los demás, es diferente».
La señora Maramballe reflexionaba. ¡Oh! Desde hacía años y años, pensaba así cada día en las brutalidades de su marido, con quien se había casado antaño, hacía mucho tiempo, porque era un guapo oficial, condecorado muy joven, y lleno de futuro, decían. ¡Cómo se engaña uno en la vida!
Murmuró:
«Parémonos un poco, mi pobre Alexandre, y descanse en su banco.»
Era un pequeño banco de madera semipodrido situado en un recodo de la vereda para los paseantes domingueros. Cada vez que iban por aquella parte, Alexandre tenía la costumbre de respirar unos minutos en aquel asiento.
Se sentó y cogiéndose entre las manos, con un gesto familiar y lleno de orgullo, la hermosa barba blanca abierta en abanico, la apretó y después la hizo deslizarse entre sus dedos hasta la punta, que retuvo unos instantes sobre el hueco del estómago como para sujetarla allí y comprobar una vez más la gran largura de aquella vegetación.
La señora Maramballe prosiguió:
«Yo me casé con él; es justo y natural que soporte sus injusticias, pero lo que no entiendo es que usted lo haya aguantado también, mi buen Alexandre.»
El hizo un vago movimiento de hombros y se limité a decir:
« ¡Oh!, yo... señora.»
Ella agregó:
«Pues sí. Lo he pensado a menudo. Usted era su ordenanza cuando me casé con él y no tenía más remedio que soportarlo. Pero, después, ¿por qué se quedó con nosotros, que le pagamos tan poco y lo tratamos tan mal, cuando habría podido hacer como todo el mundo, establecerse, casarse, tener hijos, crear una familia? »
El repitió:
« ¡Oh!, yo, señora, es diferente.» Después calló; pero tiraba de la barba como si hubiera tocado una campana que resonaba en su interior, como si hubiera tratado de arrancarla, y revolvía unos ojos asustados de hombre puesto en un aprieto.
La señora Maramballe seguía su pensamiento.
«No es usted un campesino. Recibió una educación... »
El la interrumpió con orgullo:
«Había estudiado para perito topógrafo, señora.
—Y entonces, ¿por qué se quedó a nuestro lado, para echar a. perder su existencia? »
El balbució:
« ¡ Así son las cosas! ¡ Así son las cosas! La culpa es de mi manera de ser.
—¿Cómo, de su manera de ser?
—Sí, cuando le cojo cariño a alguien, se lo cojo, y se acabó».
Ella se echó a reír.
«¡Vamos!, no me irá usted a hacer creer que los buenos modos y la dulzura de Maramballe le hicieron cogerle cariño para toda la vida».
El se agitaba en su banco, perdiendo visiblemente la cabeza, y masculló entre los largos pelos de sus bigotes:
«¡No es a él! ¡Es a usted! »
La anciana señora, que tenía un semblante muy dulce, coronado entre la frente y el sombrero por una línea nevada de cabellos rizados a diario con el mayor esmero y lustrosos como plumas de cisne, hizo un movimiento en el coche y contempló a su sirviente con ojos sorprendidos.
« ¿A mí, pobre Alexandre? ¿Y cómo es eso?
El se puso a mirar al aire, después a un lado, después a lo lejos, volviendo la cabeza, como hacen los hombres tímidos obligados a confesar secretos vergonzosos. Después declaró con un valor de veterano a quien le ordenan que marche hacia el fuego:
«Así es. La primera vez que le llevé a la señorita una carta del teniente, y que la señorita me dio un franco dirigiéndome una sonrisa, quedó decidido así.»
Ella insistía, sin entender muy bien.
«Veamos, explíquese».
Entonces él se lanzó, con el espanto de un miserable que confiesa un crimen y se pierde.
«Sentí un sentimiento por la señora. ¡Eso es!»
Ella no respondió, dejó de mirarlo, bajó la cabeza y reflexionó. Era buena, estaba llena de rectitud, de dulzura, de razón y de sensibilidad. Pensó, en un segundo, en la inmensa abnegación de aquel pobre ser que había renunciado a todo para vivir a su lado, sin decir nada. Y le dieron ganas de llorar.
Después, adoptando una expresión un poco grave, aunque nada enojada, dijo:
«Regresemos.»
El se levantó, se puso detrás de la silla de medas, y volvió a empujarla.
Cuando se acercaban al pueblo, distinguieron en el centro del camino al capitán Maramballe, que iba hacia ellos.
En cuanto los alcanzó, dijo a su mujer con un visible deseo de enfadarse:
«¿Qué tenemos de cena?
—Un pollito con habichuelas».
Se enfureció.
«¡Pollo, más pollo, siempre pollo, maldita sea! Estoy harto de pollo. ¿Es que no tienes ni una idea en la cabeza? ¡Todos los días me das de comer lo mismo! ».
Respondió, resignada:
«Pero querido, ya sabes que el médico te lo tiene ordenado. Es lo mejor para tu estómago. Si no estuvieras enfermo del estómago, te daría de comer muchas cosas que no me atrevo a servirte.»
Entonces él se plantó, exasperado, delante de Alexandre.
«Si estoy enfermo del estómago, la culpa es de este animal. Hace treinta y cinco años que me envenena con sus asquerosos guisos».
La señora Maramballe, bruscamente, volvió la cabeza casi del todo para mirar al viejo criado. Sus ojos entonces se encontraron y se dijeron, el uno al otro, con esa sola mirada:
«Gracias.»

SELECCION RELATOS -- GUY DE MAUPASSANT -- EL ALBERGUE




EL ALBERGUE

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Semejante a todas las hospederías de madera construidas en los altos Alpes, al pie de los glaciares, en esos pasadizos rocosos y pelados que cortan las cimas blancas de las montañas, el albergue de Schwarenbach sirve de refugio a los viajeros que siguen el paso de la Gemmi.
Durante seis meses permanece abierto, habitado por la familia de Jean Hauser; después, en cuanto las nieves se amontonan, llenando el valle y haciendo impracticable la bajada a Loéche, las mujeres, el padre y los tres hijos se marchan, y dejan al cuidado de la casa al viejo guía Gaspard Han con el joven guía Ulrich Kunsi, y Sam, un gran perro de montaña.
Los dos hombres y el animal se quedan hasta la primavera en aquella cárcel de nieve, teniendo ante los ojos solamente la inmensa y blanca pendiente del Balmhorn, rodeados de cumbres pálidas y brillantes, encerrados, bloqueados, sepultados bajo la nieve que asciende a su alrededor, envuelve, abraza, aplasta la casita, se acumula en el tejado, llega a las ventanas y tapia la puerta.
Era el día en que la familia Hauser iba a volver a Loéche, pues el invierno se acercaba y la bajada se volvía peligrosa.
Tres mulos partieron delante, cargados de ropas y enseres y guiados por los tres hijos. Después la madre, Jeanne Hauser, y su hija Louise subieron a un cuarto mulo, y se pusieron en camino a su vez.
El padre las seguía acompañado por los dos guardas, que debían escoltar a la familia hasta lo alto de la pendiente.
Rodearon primero el pequeño lago, helado ahora en el fondo del gran hueco de rocas que se extiende ante el albergue, y después siguieron por el valle, blanco como una sábana y dominado por todos los lados por cumbres nevadas.
El sol inundaba aquel desierto blanco resplandeciente y helado, lo iluminaba con llamas cegadoras y frías; ninguna vida aparecía en aquel océano de montañas; ningún movimiento en aquella desmesurada soledad; ningún ruido turbaba su profundo silencio.
Poco a poco Ulrich Kunsi, el guía joven, un suizo muy alto de largas piernas, dejó atrás al padre Hauser y al viejo Gaspard Han, para alcanzar el mulo que llevaba a las dos mujeres.
La más joven lo veía llegar, parecía llamarlo con ojos tristes. Era una campesinita rubia, cuyas mejillas lechosas y cuyos cabellos pálidos parecían descoloridos por las largas estancias entre los hielos.
Cuando hubo alcanzado al animal que la llevaba, posó la mano en la grupa y aflojó el paso. La señora Hauser empezó a hablarle, enumerando con infinitos detalles todas las recomendaciones para la invernada. Era la primera vez que él se quedaba allá arriba, mientras que el viejo Han ya había pasado catorce inviernos bajo la nieve en el albergue de Schwarenbach.
Ulrich Kunsi escuchaba, sin tener pinta de entender, y miraba sin cesar a la joven. De vez en cuando respondía:
«Sí, señora Hauser.» Pero su pensamiento parecía lejos y su rostro tranquilo seguía impasible.
Llegaron al lago de Daube, cuya gran superficie helada se extendía, muy lisa, al fondo del valle. A la derecha, el Daubehorn mostraba sus peñascos negros cortados a pico cerca de las enormes morrenas del glaciar de Loemmern que dominaba el Wildstrubel.
Cuando se acercaron al puerto de la Gemmi, donde comienza la bajada hacia Loéche, descubrieron de repente el inmenso horizonte de los Alpes del Valais, de los que los separaba el profundo y ancho valle del Ródano.
Había, a lo lejos, cumbres blancas sin cuento, desiguales, achatadas o picudas y brillantes bajo el sol: el Mischabel con sus dos cuernos, el poderoso macizo del Wissehorn, el pesado Brunnegghor, la alta y temible pirámide del Cervino, asesino de hombres, y la Dent Blanche, esa monstruosa coqueta.
Después, debajo de ellos, en un agujero inmenso, al fondo de un abismo espantoso, divisaron Loéche, cuyas casas parecían granos de arena arrojados a esa hendidura enorme que limita y cierra la Gemmi, y que se abre, allá al fondo, sobre el Ródano.
El mulo se detuvo al borde del sendero que avanza, serpenteando, con incesantes vueltas y revueltas, fantástico y maravilloso, a lo largo de la montaña recta, hasta la aldehuela casi invisible, a sus pies. Las mujeres desmontaron en la nieve.
Los dos viejos se habían reunido con ellos.
«Vamos, dijo el viejo Hauser, adiós y ánimo, amigos míos, hasta el año próximo.»
El viejo Han repitió: «Hasta el año próximo.»
Se besaron. Después la señora Hauser, a su vez, les ofreció las mejillas; y la joven hizo otro tanto.
Cuando le llegó el turno a Ulrich Kunsi, murmuró al oído de Louise: «No se olvide de los de aquí arriba.» Ella respondió un «no» tan bajo que él lo adivinó sin oírlo.
«Vamos, adiós, repitió Jean Hauser, a seguir bien.»
Y, pasando ante las mujeres, empezó a bajar.
Pronto desaparecieron los tres por el primer recodo del camino.
Y los dos hombres regresaron hacia el albergue de Schwarenbach.
Marchaban lentamente, uno junto a otro, sin hablar. Se había acabado, se quedarían solos, frente a frente, cuatro o cinco meses.
Después Gaspard Han empezó a contar su vida durante el invierno pasado. Se había quedado con Michel Canol, demasiado anciano ahora para volver a hacerlo, pues durante la prolongada soledad puede ocurrir cualquier accidente. No se habían aburrido, por lo demás; todo estribaba en resignarse desde el primer día; y se acababa por inventar distracciones, juegos, muchos pasatiempos.
Ulrich Kunsi lo escuchaba, los ojos bajos, siguiendo con el pensamiento a los que bajaban hacia el pueblo por todas las ondulaciones de la Gemmi.
Pronto divisaron el albergue, apenas visible, tan pequeño, un punto negro al pie de la monstruosa ola de nieve.
Cuando abrieron, Sam, el gran perro rizoso, empezó a brincar en torno a ellos.
«Vamos, hijo, dijo el viejo Gaspard, ya no tenemos mujeres ahora, hay que hacer la cena; monda patatas.»
Y los dos, sentándose en taburetes de madera, empezaron a preparar la sopa.
la mañana del siguiente día le pareció larga a Ulrich Kunsi. El viejo Han fumaba y escupía al lar, mientras que el joven miraba por la ventana la resplandeciente montaña frontera a la casa.
Salió por la tarde y, repitiendo el trayecto de la víspera, buscaba en el suelo las huellas de los cascos del mulo que había llevado a las dos mujeres. Después, cuando estuvo en el puerto de la Gemmi, se tumbó sobre el vientre el borde del abismo y miró hacia Loéche.
El pueblo, en su pozo de rocas, aún no estaba anegado bajo la nieve, aunque ésta llegase muy cerca, detenida en seco por los bosques de abetos que protegían sus alrededores. Sus casas bajas parecían, desde allá arriba, adoquines en un prado.
La hija de los Hauser estaba allí, ahora, en una de aquellas grises moradas. ¿En cuál? Ulrich Kunsi se hallaba demasiado lejos para distinguirlas por separado. ¡Cómo le hubiera gustado bajar, mientras aún estaba a tiempo!
Pero el sol había desaparecido tras la gran cima del Wildstrubel, y el joven regresó. El viejo Han fumaba. Al ver entrar a su compañero, le propuso una partida de cartas; y se sentaron uno frente a otro a ambos lados de la mesa.
Jugaron mucho tiempo, a un juego sencillo que se llama brisca, y después, habiendo cenado, se acostaron.
Los días siguiente fueron parecidos al primero, claros y fríos, sin nuevas nieves. El viejo Gaspard se pasaba las tardes acechando a las águilas y a los pocos pájaros que se aventuran por aquellas cumbres heladas mientras que Ulrich volvía regularmente al puerto de la Gemmi para contemplar el pueblo. Después jugaban a las cartas, a los dados, al dominó, ganaban y perdían pequeños objetos para dar interés a las partidas.
Una mañana, Han, que se había levantado el primero, llamó a su compañero. Una nube movediza, profunda y ligera, de espuma blanca, se abatía sobre ellos, a su alrededor, sin ruido, los sepultaba poco a poco bajo un espeso y sordo colchón de nieve. Duró cuatro días y cuatro noches. Hubo que despejar la puerta y las ventanas, cavar un pasillo y tallar peldaños para escalar aquel polvo helado que doce horas de escarcha habían vuelto más duro que el granito de las morrenas.
Entonces vivieron como prisioneros, sin aventurarse ya lejos de su morada. Se habían repartido las tareas, que realizaban con regularidad. Ulrich Kunsi se encargaba de fregar, de lavar, de todos los cuidados y tareas de limpieza. También era el que partía la leña, mientras que Gaspard Han cocinaba y mantenía el fuego. Sus quehaceres, regulares y monótonos, eran interrumpidos por largas partidas de cartas o de dados. Nunca reñían, pues los dos eran tranquilos y plácidos. Tampoco nunca se mostraban impacientes, de mal humor, ni se decían palabras agrias, pues habían hecho provisión de resignación para la invernada en las cumbres.
A veces el viejo Gaspard cogía su escopeta y marchaba en busca de gamuzas; mataba alguna de vez en cuando. Entonces era día de fiesta en el albergue de Schwarenbach, con un gran banquete de carne fresca.
Una mañana, salió así. El termómetro de fuera marcaba dieciocho bajo cero. Como el sol aún no había salido, el cazador esperaba sorprender a los animales en las proximidades del Wildstrubel.
Ulrich, solo, se quedó hasta las diez en cama. Era de natural dormilón; pero no se hubiera atrevido a abandonarse así a su inclinación en presencia del viejo guía, siempre activo y madrugador.
Almorzó lentamente con Sam, que también se pasaba los días y las noches durmiendo junto al fuego; y después se sintió triste, casi asustado por la soledad, y asaltado por la necesidad de la cotidiana partida de cartas, como suele ocurrir con el deseo de un hábito invencible.
Entonces salió para ir al encuentro de su compañero, que debía regresar a las cuatro.
La nieve había nivelado todo el profundo valle, colmando las grietas, borrando los dos lagos, acolchando las rocas; formaba sólo, entre las inmensas cumbres, una inmensa concavidad blanca regular, cegadora y helada.
Hacía tres semanas que Ulrich no había vuelto al borde del abismo desde donde miraba el pueblo. Quiso regresar allá antes de subir las pendientes que conducían al Wildstrubel. Loéche estaba ahora plantado en la nieve, y ya no se reconocían casi las casas, sepultadas bajo aquel manto pálido.
Después, girando a la derecha, llegó al glaciar de Loemmern. Avanzaba con su paso largo de montañés, golpeando con su bastón herrado la nieve, dura como una piedra. Y buscaba con su aguda vista el puntito negro y móvil, a lo lejos, sobre aquella alfombra desmesurada.
Cuando estuvo a la orilla del glaciar se detuvo, preguntándose si el viejo habría tomado aquel camino; después se puso a bordear las morrenas con pasos más rápidos e inquietos.
La luz disminuía; la nieve se volvía rosada; un viento seco y helado corría con bruscas ráfagas sobre su superficie de cristal. Ulrich lanzó una llamada aguda, vibrante, prolongada. La voz se perdió en el silencio de muerte en el que dormían las montañas; corrió a lo lejos, sobre las olas inmóviles y profundas de espuma glacial, como un grito de pájaro sobre las olas del mar; después se extinguió sin que nada le respondiese.
Reanudó la marcha. El sol se había hundido, allá abajo, tras las cimas que los reflejos del cielo teñían de púrpura aún; pero las profundidades del valle se estaban poniendo grises. Y el joven tuvo miedo de repente. Le pareció que el silencio, el frío, la soledad, la muerte invernal de aquellos montes entraban en él, iban a detener y helar su sangre, a entumecer sus miembros, a convertirlo en un ser inmóvil y helado. Y echó a correr, huyendo hacia la casa. El viejo, pensaba, habría regresado durante su ausencia. Había tomado otro camino; estaría sentado al amor de la lumbre, con una gamuza muerta a sus pies.
Pronto divisó el albergue. No salía ningún humo. Ulrich corrió más de prisa, abrió la puerta. Sam se abalanzó a hacerle fiestas, pero Gaspard Han no había regresado.
Asustado, Kunsi giró sobre sí mismo, como si hubiera esperado descubrir a su compañero escondido en un rincón. Después encendió el fuego y preparó la sopa, esperando siempre ver aparecer al anciano.
De vez en cuando, salía para ver si llegaba. Había caído la noche, la macilenta noche de las montañas, la pálida noche, la lívida noche que iluminaría, al borde del horizonte, una media luna amarilla y fina a punto de ocultarse tras las cumbres.
Después el joven volvía a entrar, se sentaba, se calentaba los pies y las manos imaginando todos los posibles accidentes.
Gaspard había podido romperse una pierna, caer en un hoyo, dar un paso en falso que le había torcido el tobillo. Y permanecía tendido en la nieve, presa del frío, entumecido, angustiado, perdido, quizás pidiendo auxilio, llamando con toda la fuerza de sus pulmones en el silencio de la noche.
Pero ¿dónde? La montaña era tan vasta, tan dura, tan peligrosa en las cercanías, sobre todo en esta estación, que habrían sido precisos diez o veinte guías y caminar durante ocho días en todas las direcciones para encontrar a un hombre en aquella inmensidad.
Ulrich Kunsi, sin embargo, se decidió a salir con Sam si Gaspard Han no había vuelto entre la medianoche y la una de la madrugada.
E hizo sus preparativos.
Metió víveres para dos días en una bolsa, cogió sus garfios de hierro, se arrolló a la cintura una cuerda larga, delgada y fuerte, comprobó el estado de su bastón herrado y de la hachuela que sirve para tallar escalones en el hielo. Después esperó. El fuego ardía en la chimenea; el gran perro roncaba bajo la claridad de la llama; el reloj palpitaba como un corazón con golpes regulares en su caja de madera sonora.
Esperaba, la oreja aguzada a los ruidos lejanos, estremeciéndose cuando el leve viento rozaba el tejado y los muros.
Sonó la medianoche; él se estremeció. Después, como se notaba tembloroso y acobardado, puso agua al fuego, con el fin de tomar un café muy caliente antes de ponerse en camino.
Cuando el reloj dio la una, se levantó, despertó a Sam, abrió la puerta y echó a andar en dirección al Wildstrubel. Durante cinco horas trepó, escalando las rocas con ayuda de los garfios, cortando el hielo, avanzando siempre y a veces izando, con la cuerda, al perro que se había quedado al pie de una escarpadura demasiado abrupta. Eran cerca de las seis cuando llegó a una de las cumbres donde el viejo Gaspard solía ir en busca de gamuzas.
Y esperó a que amaneciera.
El cielo palidecía sobre su cabeza; y de pronto un extraño resplandor, nacido no se sabe dónde, iluminó bruscamente el inmenso océano de las pálidas cimas que se extendían en cien leguas a la redonda. Hubiérase dicho que aquella vaga claridad brotaba de la propia nieve para difundirse por el espacio. Poco a poco las más altas cumbres lejanas se volvieron todas de un rosa tierno como la carne, y el rojo sol apareció tras los pesados gigantes de los Alpes berneses.
Ulrich Kunsi reanudó su camino. Marchaba como un cazador, inclinado, rastreando huellas, diciéndole al perro: «Busca, pequeño, busca.»
Bajaba la montaña ahora, registrando con la mirada las simas, y a veces, al llamar, lanzando un grito prolongado, muerto muy pronto en la inmensidad muda. Entonces pegaba la oreja al suelo, para escuchar; creía percibir una voz, echaba a correr, llamaba de nuevo, no oía ya nada y se sentaba, agotado, desesperado. Hacia mediodía almorzó y le dio la comida a Sam, tan cansado como él mismo. Después reanudó su búsqueda.
Cuando anocheció, seguía caminando, habiendo recorrido cincuenta kilómetros de montaña. Como se hallaba demasiado lejos de la casa para volver a ella, y demasiado fatigado para arrastrarse más tiempo, cayó un hoyo en la nieve y se agazapó en él con su perro, bajo una manta que había llevado. Y se acostaron uno junto al otro, aunque helados hasta la médula.
Ulrich apenas durmió, la mente obsesionada por visiones, los miembros sacudidos por escalofríos.
Iba a amanecer cuando se levantó. Tenía las piernas rígidas como barras de hierro, el alma tan débil que casi gritaba de angustia, el corazón tan palpitante que casi se desplomaba de emoción en cuanto creía oír el menor ruido.
Pensó de pronto que también él se iba a morir de frío en aquella soledad, y el espanto de aquella muerte, fustigando su energía, despertó su vigor.
Descendía ahora hacia el albergue, cayendo, levantándose, seguido de lejos por Sam, que cojeaba de una pata.
Llegaron a Schwarenbach sólo hacia las cuatro de la tarde. La casa estaba vacía. El joven encendió lumbre, comió y se durmió, tan embrutecido que ya no pensaba en nada.
Durmió mucho tiempo, mucho tiempo, con un sueño invencible. Pero de pronto una voz, un grito, un nombre «Ulrich», sacudió su profundo letargo y lo hizo erguirse. ¿Había soñado? ¿Era una de esas llamadas extrañas que cruzan por los sueños de las almas inquietas? No, lo oía aún, aquel grito vibrante, metido en sus tímpanos y que seguía en su carne hasta la punta de sus nerviosos dedos. Sí, habían gritado; habían llamado: «¡Ulrich!» Alguien estaba allí, cerca de la casa. No cabían dudas. Abrió la puerta y chilló: «¿Eres tú, Gaspard?» con todo el poder de sus pulmones.
Nada respondió; ni el menor sonido, ni el menor murmullo, ni el menor gemido, nada. Era de noche. La nieve estaba descolorida.
Se había levantado viento, ese viento helado que raja las piedras y no deja nada vivo en aquellas alturas abandonadas. Pasaba con ráfagas bruscas más agostadoras y mortales que el viento de fuego del desierto. Ulrich gritó de nuevo: «¡Gaspard! ¡Gaspard! ¡Gaspard!»
Después esperó. ¡Todo seguía mudo en la montaña! Entonces el espanto lo sacudió hasta los huesos. De un salto entró en el albergue, cerró la puerta y corrió los cerrojos; después cayó tiritando en una silla, seguro de que su camarada acababa de llamarlo en el momento en que entregaba su espíritu.
De esto estaba seguro, como se está seguro de vivir o de comer pan. El viejo Gaspard Han había agonizado durante dos días y tres noches en alguna parte, en un hoyo, en uno de esos hondos barrancos inmaculados cuya blancura es más siniestra que las tinieblas de los subterráneos. Había agonizado durante dos días y tres noches, y acababa de morir ahora mismo pensando en su compañero. Y su alma, apenas libre, había volado hacia el albergue donde dormía Ulrich, y lo había llamado con la virtud misteriosa y terrible que tienen las almas de los muertos para hostigar a los vivos. Había gritado, esa alma sin voz, dentro del alma abrumada del durmiente; había gritado su postrer adiós, o su reproche, o su maldición al hombre que no había buscado lo bastante.
Y Ulrich la sentía allí, muy cerca, detrás del muro, detrás de la puerta que acababa de cerrar. Merodeaba, como un ave nocturna que roza con sus plumas una ventana iluminada; y el joven, enloquecido, estaba a punto de gritar de horror. Quería huir y no se atrevía a salir; no se atrevía ni se atrevería ya en adelante, pues el fantasma se quedaría allí, día y noche, alrededor del albergue, mientras el cuerpo del viejo guía no fuera hallado y depositado en la tierra bendita de un cementerio.
Llegó el día y Kunsi recobró parte de su seguridad con el brillante retorno del sol. Preparó su comida, hizo la del perro, y después se quedó en una silla, inmóvil, el corazón torturado, pensando en el viejo tendido en la nieve.
Después, en cuanto la noche cubrió la montaña, nuevos terrores lo asaltaron. Caminaba ahora por la cocina oscura, apenas iluminada por la llama de una candela, caminaba de un extremo a otro de la pieza, a grandes pasos, escuchando, escuchando por si el grito espantoso de la otra noche iba a cruzar de nuevo el lóbrego silencio del exterior. Se sentía solo, el desdichado, ¡solo como ningún hombre había estado jamás! Estaba solo en aquel inmenso desierto de nieve, solo a dos mil metros sobre la tierra habitada, sobre las casas humanas, sobre la vida que se agita, bulle y palpita, ¡solo en el cielo helado! Lo atenazaban unas ganas locas de escapar a cualquier sitio, de cualquier manera, de bajar a Loéche arrojándose al abismo; pero ni siquiera se atrevía a abrir la puerta, seguro de que el otro, el muerto, le cerraría el camino, para no quedarse también solo allá arriba.
Hacia medianoche, harto de caminar, abrumado de angustia y de miedo, se amodorró por fin en una silla, pues temía la cama como se teme un lugar frecuentado por aparecidos.
Y de pronto el grito estridente de la otra noche le desgarró los oídos, tan agudo que Ulrich extendió el brazo para rechazar al aparecido, y cayó de espaldas con su asiento.
Sam, despertado por el ruido, empezó a aullar como aullan los perros asustados, y daba vueltas alrededor de la vivienda buscando de dónde venía el peligro. Al llegar junto a la puerta, olfateó por debajo, resoplando y husmeando con fuerza, el pelaje erizado, la cola tiesa, gruñendo.
Kunsi, enloquecido, se había levantado y, sujetando la silla por una pata, gritó: «No entres, no entres o te mato.» Y el perro, excitado por aquella amenaza, ladraba con furia contra el invisible enemigo que desafiaba la voz de su amo.
Sam, poco a poco, se calmó y volvió a tumbarse cerca de la lumbre, pero seguía inquieto, la cabeza alzada, los ojos brillantes y gruñendo entre los colmillos.
Ulrich, a su vez, recobró los sentidos, pero como se sentía desfallecer de terror, fue a buscar una botella de aguardiente a la alacena, y tomó, uno tras otro, varios vasos. Sus ideas se volvían vagas; su valor se afirmaba; una fiebre de fuego se deslizaba por sus venas.
Casi no comió al día siguiente, limitándose a beber alcohol. Y durante varios días seguidos vivió así, borracho como una cuba. En cuanto volvía el pensamiento de Gaspard Han, empezaba a beber hasta el instante en que caía al suelo, abatido por la embriaguez. Y alli se quedaba, de bruces, borracho perdido, con los miembros rotos, roncando, la frente en el suelo. Pero apenas había digerido el líquido enloquecedor y ardiente, el grito, siempre el mismo de «¡Ulrich!», lo despertaba como una bala que le perforase el cráneo; y se erguía tambaleándose aún, extendiendo las manos para no caer, llamando a Sam en su auxilio. Y el perro, que parecía volverse loco como su amo, se precipitaba a la puerta, la arañaba con las patas, la roía con sus largos dientes blancos, mientras el joven, el cuello hacia atrás, la cabeza alzada, sorbía a grandes tragos, como si fuera agua fresca tras una carrera, el aguardiente que en seguida adormecería de nuevo su mente, y su recuerdo, y su pavoroso terror.
En tres semanas se bebió toda su provisión de alcohol. Pero aquella borrachera continua no hacía sino adormecer su espanto, que se despertó con mayor furia cuando fue imposible calmarlo. Entonces la idea fija, exasperada por un mes de embriaguez, y creciendo sin cesar en la total soledad, penetraba en él a la manera de una barrena. Caminaba ahora por su morada como un animal enjaulado, pegando la oreja a la puerta para escuchar si el otro estaba allí, y desafiándolo, a través de los muros.
Después, cuando se adormilaba, vencido por la fatiga, oía la voz que le hacía ponerse en pie de un salto.
Por fin, una noche, semejante a un cobarde sacado de sus casillas, se precipitó hacia la puerta y la abrió para ver al que lo llamaba y para obligarlo a callarse.
Recibió en pleno rostro un soplo de aire frío que lo heló hasta los huesos y volvió a cerrar la hoja y corrió los cerrojos, sin fijarse en que Sam se había lanzado al exterior. Después, temblando, arrojó leña al fuego, y se sentó ante él para calentarse; pero de pronto se estremeció, alguien arañaba el muro llorando.
Gritó enloquecido: «Vete.» Le respondió una queja, larga y dolorosa.
Entonces todo lo que le quedaba de razón fue arrastrado por el terror. Repetía «Vete» girando sobre sí mismo para encontrar un rincón donde ocultarse. El otro, sin dejan de llorar, pasaba a lo largo de la casa frotándose contra el muro. Ulrich se lanzó hacia el aparador de roble lleno de vajilla y provisiones, y, levantándolo con una fuerza sobrehumana, lo arrastró hasta la puerta, para defenderse con una barricada. Después, amontonando unos sobre otros todo lo que quedaba de muebles, los colchones, los jergones, las sillas, tapó la ventana como se hace cuando el enemigo nos sitia.
Pero el de fuera lanzaba ahora grandes gemidos lúgubres a los que el joven empezó a responder con gemidos similares.
Y transcurrieron días y noches sin que cesaran de aullar uno y otro. El uno giraba sin cesar en torno a la casa y clavaba sus uñas en las paredes con tanta fuerza que parecía querer derribarlas; el otro, dentro, seguía todos sus movimientos, encorvado, la oreja pegada a la piedra, y respondía a todas sus llamadas con espantosos gritos.
Una noche, Ulrich no oyó ya nada; y se sentó tan destrozado por el cansancio que se durmió al punto.
Se despertó sin un recuerdo, sin una idea, como si toda la cabeza se le hubiera vaciado durante aquel sueño agotador. Tenía hambre, comió.
El invierno había acabado. El paso de la Gemmi volvía a ser practicable; y la familia Hauser se puso en camino para regresar a su albergue.
En cuanto llegaron a lo alto de la cuesta las mujeres se encaramaron al mulo, y hablaron de los dos hombres a quienes iban a ver enseguida.
Les extrañaba que uno de ellos no hubiera bajado unos días antes, en cuando el camino se había vuelto transitable, para dar noticias de la larga invernada.
Por fin divisaron el albergue, todavía cubierto y acolchado de nieve. La puerta y la ventana estaban cerradas; un poco de humo salía por el tejado, lo cual tranquilizó al viejo Hauser. Pero al acercarse vio, sobre el umbral, un esqueleto de animal descuartizado por las águilas, un gran esqueleto tendido sobre un costado.
Todos lo examinaron: «Debe ser Sam», dijo la madre. Y llamó: «¡Eh, Gaspard!» Un grito respondió en el interior, un grito agudo, que se hubiera dicho lanzado por un animal. El viejo Hauser repitió: «¡Eh, Gaspard! »Otro grito semejante al primero se dejó oír.
Entonces los tres hombres, el padre y los dos hijos, trataron de abrir la puerta. Resistió. Cogieron en el establo vacío una larga viga para usarla como ariete, y la lanzaron con todo su peso. La madera crujió, cedió, las tablas volaron en pedazos; después un gran ruido estremeció la casa y vieron, dentro, detrás del aparador derribado, a un hombre de pie, con el pelo que le caía por los hombros, una barba que le caía sobre el pecho, ojos brillantes y jirones de tela sobre el cuerpo.
No lo reconocían, pero Louise Hauser exclamó: «¡Es Ulrich, mamá! » Y la madre comprobó que era Ulrich, aun cuando su cabello era blanco.
Los dejó acercarse; se dejó tocar; pero no respondió a las preguntas que le hicieron; y hubo que llevarlo a Loéche, donde los médicos comprobaron que estaba loco.
Y nadie supo jamás qué había sido de su compañero. La joven Hauser estuvo a punto de morir, aquel verano, de una enfermedad de postración que se atribuyó al frío de la montaña.

SELECCION RELATOS -- GUY DE MAUPASSANT -- AHOGADO




AHOGADO
I

Todos conocían en Fècamp la historia de la tía Patin. Era una mujer que no había sido feliz, ni mucho menos, con su marido; porque su marido la apaleaba lo mismo que se apalea el trigo en las granjas.
Era patrón de una lancha de pesca, y se casó con ella, de esto hacía tiempo, porque era bonita, aunque pobre.
Buen marinero, pero hombre violento, el tío Patin era cliente asiduo de la taberna del tío Aubán, en la que se echaba al cuerpo, los días en que no pasaba nada, cuatro o cinco copas, y los días en que se le había dado bien la pesca, ocho, diez o más, si se lo pedía el cuerpo, como él decía.
Servía el aguardiente a los parroquianos la hija del tío Aubán, una morena de buen ver, que si atraía a la clientela era únicamente por su buen palmito, porque jamás había dado que hablar con su conducta.
Cuando Patin entraba en la taberna, le producía satisfacción el verla, y le dirigía piropos corteses, frases moderadas de mozo formal. Después de la primera copa, ya la llamaba bonita; a la segunda, le guiñaba el ojo; a la tercera, se le declaraba: «Si usted quisiese, Deseada...», pero nunca acababa la frase; a la cuarta copa, intentaba sujetarla por la falda para darle un beso, y cuando llegaba a la décima, tenía que encargarse de seguir sirviéndole el mismo tío Aubán.
El tabernero, práctico en todos los recursos del oficio, hacía que Deseada tratase con la clientela, para que ésta hiciese más gasto; y Deseada, que por algo era hija del tío Aubán, se rozaba con los bebedores y bromeaba con ellos, siempre con la sonrisa en los labios y una expresión de picardía en los ojos.
A fuerza de beber copas de aguardiente, acabó Patln por hacerse a la cara de Deseada, y pensaba ya en ella hasta en el mar, cuando tiraba las redes, muy lejos de la costa, lo mismo en las noches de viento que en las de calma, lo mismo si era noche de luna que si era noche cerrada. Y mientras sus cuatro compañeros dormitaban con la cabeza apoyada en el brazo, Patín, a popa, con el timón en la mano, pensaba en Deseada. La vela sonriéndole siempre, y que le servia el aguardiente amarillo con un ligero movimiento del hombro, diciéndole antes de retirarse:
—¡Así! ¿Quiere algo más?
De tanto tenerla dentro de sus ojos y dentro de sus recuerdos, le entraron tales ansias de casarse con ella, que ya no pudo dominarse, y pidió su mano.
El era rico; la embarcación y los aparejos eran de su propiedad, y tenía una casa al pie de la colina, frente al rompeolas; el tío Aubán, en cambio, no poseía nada. Fue acogida su petición con la mayor solicitud, y la boda tuvo lugar lo antes posible, porque las dos partes tenían prisa, aunque por diferentes razones.
Pero a los tres días de la boda Patin estaba hecho un lío, y se preguntaba a si mismo cómo había podido metérsele en la cabeza aquella idea de que Deseada era diferente de las demás mujeres. Si que había hecho el idiota preocupándose por una que no tenía una perra, y que seguramente lo había embrujado con su aguardiente !Eso era, por su aguardiente, en el que habría mezclado algún asqueroso bebedizo!
Desde que empezaba la pesca no dejaba de blasfemar; rompía la pipa a fuerza de morderla, maltrataba de palabra a su tripulación, y después de jurar a boca llena contra todo lo habido y por haber, valiéndose de todas las fórmulas conocidas, descargaba las heces de su rabia contra todos los peces y crustáceos que iba sacando uno a uno de las redes, y no los echaba a los canastos sin dedicarles un insulto o una frase sucia.
Y como, al volver a su casa, era su mujer, la hija del tío Aubán, quien estaba al alcance de su boca y de su mano, pronto acabçp tratándola como a la mujer más arrastrada. Ella, que ya estaba acostumbrada a los malos tratos de su padre, le oía con resignación, y esta tranquilidad exasperaba a su marido, que una noche pasó de las palabras a los golpes. Y desde entonces la vida en aquella casa fue espantosa.
No se habló de otra cosa durante diez años en el muelle que de las palizas que Patin pegaba a su mujer, y de las palabrotas y blasfemias que soltaba cuando le dirigía la palabra. Era, en efecto un especialista en hablar mal, poseyendo una riqueza de vocabulario y una sonoridad de voz superiores a todo lo conocido en Fècamp. En cuanto su barca aparecía a la entrada del puerto, de regreso de la pesca, ponía todo el mundo atención, esperando oir la primera andanada que siempre lanzaba desde el puente de su embarcación contra el rompeolas así que divisaba el gorrillo blanco de su compañera.
Hasta en los días de mar gruesa, en pie en la popa, atento a la vela y al rumbo, y a pesar del cuidado que tenía que tener con aquella boca de entrada, estrecho y difícil, y con las olas de mucho fondo que se precipitaban como montañas por el estrecho corredor, se esforzaba por descubrir entre las mujeres de los marineros que esperaban a éstos, entre salpicaduras de espuma de las olas, a la suya, la hija del tío Aubán, la pordiosera.
Y en cuanto la descubría sin importarle el ruido de las olas y del viento, le largaba una rociada de insultos con voz tan estentórea que hacía reír a todos, aun que todo el mundo compadeciese a la mujer. Luego, cuando atracaba al muelle, tenía un modo de descargar su lastre de galantería, según frase suya, al mismo tiempo que el pescado, que atraía alrededor de su puesto de amarre a todos los pilluelos y desocupados del puerto.
Unas veces como cañonazos, secos, estrepitosos; otras veces como truenos que retumbaban durante cinco minutos, descargaba por su boca un huracán tal de palabrotas, que parecía tener en sus pulmones todas las tormentas del Padre Eterno.
Después, ya en tierra, al verse con ella cara a cara, en medio de los curiosos y de las sardineras, revolvía en lo más hondo de la bodega para sacar a flote todos los insultos que se le habían olvidado, y así por todo el camino hasta casa: ella delante, él detrás; ella llorando, él gritándole.
Y ya a solas con ella y a puerta cerrada, la golpeaba con el menor pretexto. Cualquier cosa le daba motivo para levantar la mano, y todo era empezar para no acabar ya, escupiéndole a la cara las verdaderas razones de su odio.
Cada bofetada, cada golpe, iba acompañado de una imprecación ruidosa: «¡Toma, zarrapastrosa! ¡Toma, arrastrada! ¡Toma, muerta de hambre! ¡Bonito negocio hice el día que me enjuagué la boca con el veneno del canalla de tu padre!»
La pobre mujer vivía siempre asustada, con el alma y el cuerpo en vilo, en una expectativa enloquecedora de injurias y de palizas.
Y así diez años. Era tan asustadiza que se ponía pálida para hablar con cualquiera, y ya no podía pensar en otra cosa que en los golpes que la esperaban, acabando por ponerse seca, amarilla y delgada como un pescado ahumado.
II
Una noche, estando su hombre en el mar, la despertó de pronto el gruñido de fiera que el viento deja escapar cuando llega como perro lanzado contra su presa. Se incorporó en la cama, emocionada; pero como ya no se oía nada volvió a acostarse; pero casi en seguida entró por la chimenea un bramido, que hizo estremecer toda la casa, y que llenó luego todo el espacio, como si cruzase por el cielo una manada de animales furiosos, resoplando y mugiendo. Se levantó y se dirigió hacia el puerto. Otras mujeres llegaban también de todas partes con sus linternas. Los hombres acudían corriendo, y todos se quedaban mirando en la noche hacia el mar, viendo rebrillar las espumas en la cresta de las olas. Quince horas duró la tempestad. Once marineros no regresaron, y uno de los once era Patín.
Restos de su barca, la Joven Amelia. fueron encontrados hacia Dieppe. Cerca de Saint-Valéry se recogieron los cadáveres de los hombres de su tripulación; pero jamás apareció el suyo. La quilla de la embarcación daba lugar a suponer que había sido partida en dos, y esto hizo que su mujer esperase y temiese durante mucho tiempo su regreso; porque si había habido un abordaje, era posible que el otro barco lo hubiese recogido a él solo y lo hubiese llevado lejos.
Después, y poco a poco, se fue haciendo a la idea de considerarse viuda, aunque bastase para sobresaltarla el que una vecina, un pobre o un vendedor ambulante entrasen de pronto en su casa.
*
Habrían pasado cuatro años desde la desaparición de su marido. Una tarde, caminando por la calle de los Judíos, se detuvo delante de la casa de un antiguo capitán de barco que había fallecido hacia poco, y cuyos muebles estaban subastándose.
En aquel mismo instante se sacaba a la puja un loro, un loro verde, con la cabeza azul, que miraba a la concurrencia con disgusto e inquietud.
—¡Tres francos! — gritaba el vendedor—. Un pájaro que habla tan bien como un abogado, ¡tres francos!
Una amiga de la viuda de Patin le dio un golpecito con el codo:
—Usted, que es rica, debería comprarlo—le dijo—. Le serviría de compañía este pájaro, y vale más de treinta francos. Puede revenderlo cuando quiera en veinte o veinticinco.
—¡Cuatro francos, señoras. Cuatro francos!—repetía el subastador—. Canta vísperas y predica como el padre cura. ¡Es un fenómeno..., un prodigio!
La señora Patin pujó cincuenta céntimos. y le fue entregado aquel bicho de nariz corva dentro de una pequeña jaula que se llevó a casa.
Lo instaló en su sitio, pero al abrir la puerta de alambre con intención de darle de beber, recibió un picotazo en el dedo que le atravesó la piel e hizo brotar sangre.
—¡Vaya si es un mal bicho! —exclamó la mujer.
Sin embargo, después que ella le dio cañamones y maíz, consintió en que le alisase las plumas, aunque miraba con aire receloso su nueva casa y a su nueva dueña.
Empezaba a despuntar el día siguiente, cuando, de pronto, la la señora Patin oyó con toda claridad una voz fuerte, sonora, retumbante, la voz mismísima de Patin, que gritaba:
—¿Te vas a levantar o no te vas a levantar, mala pécora?
La acometió un terror tan grande, que se tapó la cabeza con la ropa de cama. Conocía bien aquellas palabras, porque eran precisamente las que todas las mañanas, desde que abría los ojos, le gritaba a la oreja su difunto marido.
Temblorosa, acurrucada, preparando la espalda a la paliza que veía encima, murmuraba entre las sábanas:
—¡Señor, Dios mío, ahí está! ¡Ahí está, Señor! ¡Ha vuelto, santo Dios!
Transcurrían los minutos; ningún ruido turbaba el silencio de la habitación. Sacó la cabeza, toda trémula, segura de que estaba allí, acechándola, dispuesto a pegarla.
Y no vio nada; tan sólo un rayo de sol que pasaba a través del-cristal de la ventana. Entonces pensó:
—Seguramente que se ha escondido.
Espero largo rato, y acabó por recobrar la tranquilidad, pensando:
—Habré soñado, porque no se le ve por ninguna parte.
Volvía ya a cerrar los ojos, tranquilizada casi, cuando estalló muy próxima la voz furibunda, la voz de trueno del ahogado, que vociferaba:
—¡Recontra, recrisma, recáspita! ¿Te levantas o no, puerca?
Saltó de la cama movida por el resorte de la obediencia, de su obediencia pasiva de mujer vapuleada, que no ha olvidado en cuatro años los palos, ni los olvidará nunca, y que se acordará siempre de aquella voz. Y contestó:
—Voy en seguida, Patin. ¿Qué es lo que quieres?
Pero Patin no contestó.
Aterrada, miró a su alrededor, buscó por todas partes: en los armarios, en la chimenea, debajo de la cama, pero no encontró a nadie, y entonces se dejó caer en una silla, loca de angustia y convencida de que era el espíritu de Patín el que había vuelto para atormentarla, y que lo tenía allí, junto a ella.
Se acordó súbitamente del granero, que tenía acceso por el exterior por medio de una escalera. De fijo que se había escondido allí para pillarla de sorpresa. Seguramente que habría ido a parar a alguna costa habitada por salvajes, y no había podido escapar antes de entre sus manos; pero había vuelto, y con peores intenciones que nunca. No le cabía duda alguna, después de oír el timbre de aquella voz suya.
Levantó la cabeza hacia el techo y preguntó:
—¿Estás ahí arriba, Patin? Patin no contestó.
Entonces ella salió de casa, y poseída de un miedo espantoso, que aceleraba los latidos de su corazón, subió por la escalera, se asomó a la lumbrera, miró al interior, sin ver nada; entró, registró, sin encontrar nada.
Se sentó encima de un haz de paja, y rompió a llorar; pero mientras sollozaba, oyó, traspasada de un terror angustioso y sobrenatural, en su habitación, debajo de donde ella estaba, la voz de Patín, que conversaba en tono menos colérico, más tranquilo, y que decía:
—¡Puerco de tiempo! ¡Y ese condenado mar! ¡Puerco de tiempo! ¡y yo sin desayunarme aún... carámbanos!
Ella le gritó a través del techo:
—Voy en seguida, Patin: te prepararé la sopa. No te enfades, que en seguida estoy ahí.
Y bajó comiendo.
No había nadie dentro de la toda casa.
Se sintió desfallecer, como si la hubiese tocado la mano de la Muerte, e iba ya a echar a correr para pedir socorro en la vecindad, cuando estalló junto a su misma oreja la voz:
—¡Que no me he desayunado, ree......contra!
Y el loro la contemplaba desde jaula con sus ojos redondos, en los que había una expresión de astucia y malignidad.
También ella le miró, fuera de sí, murmurando:
—¡Ah! ¿Conque eras tú?
Y entonces él agregó, moviendo la cabeza:
—Espera, espera, espera, que te voy a enseñar a estarte mano sobre mano.
¿Qué ocurrió entonces en el interior de aquella mujer? Tuvo la clara sensación y el convencimiento de que era él en persona, el muerto, que se le aparecía, que se había escondido bajo las plumas de aquel animal para volver a atormentarla; que no haría más que blasfemar de la mañana a la noche, como en otro tiempo, y morderla e injuriarla para que viniesen los vecinos y se riesen a costa suya. Entonces la señora Patin se abalanzó, abrió la jaula, cogió al pájaro, que se defendía con pico y garras, arrancándole la piel. Pero ella lo sujetaba con toda la fuerza de sus dos manos, y se tiró al suelo encima de él, y se revolvió una vez y otra vez con frenesí de poseída, lo aplastó, lo dejó convertido en una piltrafa, en una cosita blanda, verde, que ya no se movía, que ya no hablaba, de miembros flácidos; cogió un trapo de cocina y lo envolvió en él como en un sudario; salió de su casa en camisa, con pies descalzos, cruzó el muelle en el que se estrellaban las pequeñas olas del mar, sacudió el trapo y dejó caer aquella cosa muerta que parecía un puñado de hierba verde; volvió a su casa, se puso de rodillas delante de la jaula vacía, y pidió perdón al Señor, trastornada por lo que había hecho, sollozando como si acabase de cometer un horrendo crimen.