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domingo, 4 de julio de 2010

El pescador del Cabo del Halcón -- H. P. Lovecraft y Augus Derleth

El pescador del Cabo del Halcón

H. P. Lovecraft y August Derleth


Por la costa de Massachusetts se rumorean muchas cosas acerca de Enoch Conger. Algunas de ellas sólo se comentan en voz muy baja y con grandes precauciones. Tan extraños rumores circulan a lo largo de toda la costa, difundidos por los hombres del mar del puerto de Innsmouth, sus vecinos, ya que él vivía a unas pocas millas más al sur, en el Cabo del Halcón. Ese nombre se debe a que allí, en las épocas migratorias, se puede ver a los halcones peregrinos, los esmerejones y aun los grandes gerifaltes sobrevolar aquella estrecha lengua de tierra que se adentra en el mar. Allí vivió Enoch Conger, hasta que no se le vio más, pues nadie puede afirmar que haya muerto.

Era fuerte, de pecho y hombros anchos, y con largos brazos musculosos. Pese a no ser un hombre viejo, llevaba barba, y coronaba su cabeza una cabellera muy larga. Sus ojos azules se hundían en un rostro cuadrado. Cuando llevaba su chubasquero de hombre de mar, con el sombrero haciendo juego, parecía un marino desembarcado de alguna vieja goleta siglos atrás. Era un hombre taciturno. Vivía solo en la casa de piedra y madera que él mismo había construido, donde podía sentir el viento soplar y escuchar las voces de las gaviotas, de las golondrinas, del aire y del mar, y desde donde podía admirar el vuelo de las grandes aves migratorias en sus viajes hacia tierras lejanas. Se decía de él que se entendía con ellas, que hablaba con las gaviotas y las golondrinas, con el viento y con el golpeante mar, y aun con otros seres invisibles que, sin embargo, emitían, en unos tonos extraños, algo parecido a los mudos sonidos de ciertas grandes bestias batracias, desconocidas en los pantanos y ciénagas de la tierra.

Conger vivía de la pesca, y aunque ésta escaseaba, le era suficiente. Por el día y por la noche echaba sus redes al mar; lo que sacaba lo llevaba a Innsmouth, a Kingsport, o aún más lejos, para venderlo. Pero una noche le vieron llegar solo a Innsmouth; no traía nada de pesca y permanecía con los ojos muy abiertos, atónitos, como si hubiese estado mirando mucho tiempo la puesta del sol y se hubiese quedado ciego. En las afueras de la ciudad, entró en una de las tabernas donde solía ir, se sentó en una silla, solo, y se puso a tomar una cerveza. Algunos curiosos que estaban acostumbrados a verle se acercaron a su mesa para beber con él, hasta que bajo los efectos del alcohol empezó a balbucear. Pero hablaba como si lo hiciese para sí mismo, y sus ojos no parecían ver a nadie.

Decía que había visto algo maravilloso esa noche. Había sacado su barca hasta el Arrecife del Diablo, situado a más de una milla de Innsmouth, y allí había echado su red. Sí, había sacado muchos peces; pero en su red había algo más; algo que era una mujer y que, sin embargo, no lo era; algo que le hablaba como un ser humano, pero con el tono gutural de una rana y con el acompañamiento de una música aflautada como la que, en los meses de primavera, se oye en los pantanos; algo que tenía una gran incisión, profunda y ancha, en lugar de una boca, pero una infinita dulzura en sus ojos; algo que llevaba, bajo el pelo largo que caía de su cabeza, hendiduras como agallas; algo que le rogaba y le suplicaba para que le dejara volver a los fondos del mar; algo que le prometió, a cambio, su propia vida si alguna vez la necesitaba.

-Una sirena -dijo uno con una risotada.

-No era una sirena -dijo Enoch Conger-, porque tenía piernas, aunque los dedos de sus pies eran como los de los palmípedos, y tenía manos, aunque los dedos de sus manos eran como los de sus pies, y la piel de su cara era como la mía, aunque su cuerpo tenía el color del mar.

Se rieron de él, pero él no les escuchó. Sólo uno de ellos no se rió, porque había oído a los viejos hombres y mujeres de Innsmouth contar unas historias muy extrañas, que se remontaban a los tiempos de los barcos clíper y del comercio con las Indias Orientales. Según esos ancianos, en aquellos tiempos se habían celebrado algunas bodas entre hombres de Innsmouth y mujeres de las islas del Pacífico Sur; hablaban luego de extraños acontecimientos ocurridos en el mar, cerca de Innsmouth. Ese hombre no se rió, simplemente escuchó, se calló y luego se marchó, sin haberse unido a las risas burlonas de sus compañeros. Pero Enoch Conger no reparó en él, como tampoco se dio cuenta de las risas que había provocado. Continuó su relato; explicó cómo había sacado a la criatura de las redes en sus brazos, describió la sensación que le había producido el contacto con su piel fría y la textura de su cuerpo; contó cómo la había soltado, cómo la vio nadar y sumergirse entre las rocas del Arrecife del Diablo, cómo la vio aparecer de nuevo, levantar sus brazos una última vez hacia arriba y desaparecer para siempre.

Después de aquella noche, Enoch Conger volvió poco a la taberna. Cuando venía era para sentarse solo y eludir a cuantos le preguntaban por su «sirena» y querían saber si le había hecho alguna proposición antes de dejarla libre. Volvió a mostrarse taciturno, hablaba poco, bebía su cerveza y se iba. Lo único que se sabía era que ya no pescaba cerca del Arrecife del Diablo, que echaba sus redes en algún otro lugar próximo al Cabo del Halcón. Aunque se rumoreaba que temía volver a ver la cosa extraña que había cogido aquella noche entre sus redes, se le veía con frecuencia en la punta de la estrecha lengua de tierra, de pie, mirando al mar, como si esperase ver aparecer una embarcación en el horizonte, o el mañana que siempre ronda y nunca llega para los buscadores de futuro e incluso para muchos hombres, sea lo que sea lo que esperan y piden a la vida.

Enoch Conger se volvió cada vez más introvertido y él, que había sido un asiduo cliente de la taberna de Innsmouth, acabó por no aparecer más por allí. Se limitaba a traer el pescado al mercado y volvía apresuradamente a su casa con las provisiones que necesitaba. Mientras tanto, la historia de su sirena se extendió a lo largo de toda la costa, y tierra adentro hacia Arkham y Dunwich, por el Miskatonic, e incluso más allá, en las negras y tupidas colinas donde vivía la gente menos inclinada a tomarse a broma estas cosas.

Pasó un año, y otro, y otro, y una noche llegó a Innsmouth la noticia de que Enoch Conger había resultado gravemente herido durante su solitaria pesca. Dos pescadores le habían visto al pasar tendido en su barca y le habían socorrido. Como su casa del Cabo del Halcón era el único lugar adonde quería ir, le llevaron allí, antes de ir rápidamente a buscar al doctor Gilman de Innsmouth. Cuando volvieron a casa de Enoch Conger, acompañados del médico, el viejo pescador había desaparecido.

El doctor Gilman se abstuvo de comunicar su opinión, pero los dos pescadores que le habían traído cuchichearon y contaron a quien quería oírlo el singular relato. Hablaron de la gran humedad que reinaba en la casa, de las innumerables gotas de agua que se deslizaban a lo largo de las paredes, que colgaban del picaporte de la puerta y que empapaban la cama donde habían dejado a Enoch Conger, antes de salir en busca del doctor. Hablaron de las huellas mojadas dejadas en el suelo por unos pies palmípedos. Aquellas huellas eran muy profundas a lo largo de todo su recorrido desde la casa hasta el mar, como si un gran peso, tan grande como el de Enoch Conger, hubiese sido llevado por esos pies, obligados a hundirse en el suelo a cada paso, hasta dejar la nítida impresión de su dibujo.

Pronto se enteró todo el mundo de lo sucedido. Pero la gente se reía de los pescadores, pues no había más que una sola línea de huellas, y Enoch Conger era un hombre demasiado pesado como para que alguien pudiese cargar con él todo ese recorrido. El doctor Gilman no había hecho el menor comentario, salvo que había visto pies palmípedos en algunos habitantes de Innsmouth, pero que los dedos de Enoch Conger, que había examinado en alguna ocasión, eran normales y no palmípedos. Algunos curiosos fueron a la casa del Cabo del Halcón para ver si podían descubrir algo nuevo. Pero volvieron desilusionados. No vieron nada, y se sumaron a los que se burlaban de los infelices pescadores. Al cabo de algún tiempo, aquellos dos pobres hombres fueron reducidos al silencio, y no faltaron quienes dejaron caer la sospecha de que ellos eran quienes habían hecho desaparecer a Enoch Conger y habían inventado aquella historia para encubrir su acción. Ese rumor se extendió también a otros lugares.

Dondequiera que haya ido, Enoch Conger no volvió a su casa del Cabo del Halcón. El viento y el tiempo la destrozaron a su antojo: arrancaron una tabla aquí y otra allá, desgastaron los ladrillos de la chimenea, rompieron las ventanas y hundieron el tejado. Las gaviotas, las golondrinas y los halcones que la sobrevolaban no volvieron a oír la voz que, en un tiempo, les había contestado. Poco a poco, a lo largo de la costa, los rumores que circulaban en torno al asesinato se acallaron, pero surgieron ciertos signos oscuros que, si bien descartaban cualquier posibilidad de homicidio, inducían a pensar en algún fenómeno mucho más aterrador e inexplicable.

Un día en que el venerable Jedediah Harper, patriarca de los pescadores de la costa, bajó a tierra con sus hombres, juró haber visto cerca del Arrecife del Diablo a un extraño grupo de criaturas que nadaban. Esos seres, según decía, no eran humanos del todo, ni batracios tampoco; eran criaturas anfibias que cruzaban el agua mitad al estilo de los seres humanos y mitad como ranas; formaban un grupo de más de cuarenta, y eran machos y hembras. Habían pasado cerca de su barca y brillaban a la luz de la luna, como unos seres espectrales surgidos de las profundidades del Atlántico. Parecían estar cantando a Dagon, un canto de alabanza. Y entre ellos, sí, formando parte del mismo grupo, había visto a Enoch Conger, nadando con los demás, desnudo como ellos, y uniendo su voz a las suyas en el cántico de alabanza. Atónito, le había llamado, Enoch se había vuelto para mirarle, y le había visto la cara. Luego todos, así como Enoch Conger. se sumergieron bajo las olas y no volvió a verlos más.

Cuentan que, por haber hablado tanto, el viejo hombre fue reducido al silencio por miembros de los clanes Marsh y Martin, que, según se decía, estaban emparentados con algunos habitantes del mar. La barca Harper no volvió a salir a la mar, el viejo no tenía ya que ganarse la vida, ni los hombres que habían formado su tripulación.

Transcurrió mucho tiempo hasta que, un día, un hombre joven; que había pasado su niñez en Innsmouth y se acordaba de Enoch Conger, regreso al puerto de esta ciudad y contó cómo él, en compañía de su hijo pequeño, habían salido a remar a la luz de la luna. Ya habían pasado el Cabo del Halcón cuando, de repente, justo detrás de su barca y tan cerca que hubiesen podido tocarle con un remo, surgió el torso desnudo de un hombre entre las olas. Se mantenía en el agua tal como si otros, a quienes no podían ver, le estuvieran sosteniendo por debajo. Su cara, el rostro de Enoch Conger, se volvía hacia el Cabo del Halcón y parecía mirar con nostalgia la casa que seguía allí en ruinas. El agua chorreaba de su largo pelo, de su barba, y resbalaba sobre su cuerpo oscuro; su piel, debajo de las orejas, tenía como dos grandes agallas. Y luego, tan extraña y repentinamente como había surgido, desapareció, sumergiéndose en el mar.

A lo largo de la costa de Massachusetts, cerca de Innsmouth, se rumorean muchas cosas acerca de Enoch Conger, y otras se insinúan en voz baja...


La Pradera Verde (The Green Meadow-1918/19) --- H.P. Lovecraft y Winifred Jackson



La Pradera Verde
(The Green Meadow-1918/19)

H.P. Lovecraft y Winifred Jackson
Publicado en Primavera de 1927 en The Vagrant, p. 188-95





(Nota Introductoria: La siguiente narración particular, o registro o impresión, fue descubierta bajo circunstancias tan extraordinarias que merecen una descripción cuidadosa. En la noche del miércoles 27 de Agosto de 1913, cerca de las ocho y media, el pueblo de la pequeña población de Potowonket, Maine, EE.UU., fue despertado por unos terribles truenos, acompañados por enceguecedores relámpagos; las personas que vivían cerca de la costa pudieron ver una gigantesca bola de fuego cayendo en el mar, provocando una prodigiosa columna de agua. Al siguiente domingo, una partida de pescadores compuesta por John Richmond, Peter B. Carr y Simon Canfield, atraparon en su red barredera un objeto metálico masivo, que pesaba 360 libras y parecía (según el Sr. Canfield) como una pieza de chatarra. La mayoría de los habitantes concordaron que este pesado cuerpo no era otro que la bola de fuego que había caído del cielo cuatro días antes; y el Dr. Richard M. Jones, la autoridad científica local, declaró que debía ser un aerolito o una piedra meteórica. Luego de descascar algunos trozos, para enviarlos a un experto en Boston para su posterior análisis, el Dr. Jones descubrió incrustado en el interior del objeto semi-metálico, el extraño libro que contenía el acontecimiento que se procede a narrar, el cual aún está en su posesión.

En forma, el descubrimiento se asemeja a libro de apuntes, de unas 5 x 3 pulgadas , con treinta hojas. El material, sin embargo, presenta marcadas peculiaridades. Las tapas eran aparentemente de algún oscura y fría sustancia desconocida para los geólogos, e irrompible por cualquier medio mecánico. Ningún agente químico parecía actuar sobre ella. Las hojas eran del mismo material, salvo que de un color más claro y más finas como para ser flexibles. El cuaderno estaba amarrado a través de algún proceso que no quedó muy claro a aquellos que lo observaron; un proceso que componía la adhesión de la sustancia de las hojas a la de las tapas. Estas sustancias no podían ser separadas, ni tampoco las hojas podían ser dobladas, por más fuerza que se utilizaba. Estaban escritas en un griego de la más pura calidad clásica, y varios estudiantes de paleografía declararon que los caracteres estaban en una cursiva utilizada aproximadamente en el siglo II A.C. Había muy pocos datos en el texto para determinar la fecha. El modo mecánico de escritura tampoco podía ser deducido. Durante el curso de las investigaciones, realizadas por el profesor Chambers de Harvard, varias páginas, mayormente las de la conclusión de la narración, se borraron completamente antes de poder ser leídas; una circunstancia cercana al daño irreparable. Lo que quedó del contenido fue transcripto al griego moderno por el paleógrafo Rutherford, y en esta forma enviado a los traductores.

El profesor Mayfield, del Instituto de Tecnología de Massachusetts, quien examinó fragmentos de la extraña roca, declaró que era un verdadero meteorito; una opinión en la que el Dr. Von Winterfeldt de Heidelberg (apresado en 1918, acusado de enemigo extranjero peligroso) no concordó. El profesor Bradley del Colegio Columbia adoptó una menos dogmática postura; señalando que prácticamente todos los componentes eran desconocidos, advirtió que no podía efectuársele una clasificación.

La presencia, naturaleza y mensaje del extraño libro representan un problema, ya que no se le puede aplicar explicación alguna. El texto, tan lejos como pudo ser preservado, es reproducido aquí, tanto como nuestro lenguaje lo permite, en la esperanza que algún eventual lector pueda hallar alguna interpretación y resolver uno de los más grandes enigmas científicos de los últimos años.)

Era un lugar estrecho y estaba solo. A un lado, más allá de un margen de un vívido y tremulante verde, estaba el mar; azul, brillante, y ondulante, y emanando exhalaciones de vapor que me intoxicaban. Estas exhalaciones eran tan densas, que me daban la impresión de lo más extraña; el cielo estaba también azul y brillante. Al otro lado estaba el bosque, casi tan antiguo como el mar, e infinitamente extendido tierra adentro. Era muy oscuro, ya que los árboles eran enormes y muy frondosos, e increíblemente numerosos. Sus troncos gigantescos eran de un horrible color verde que se mezclaba con la estrecha parcela en donde yo estaba. A alguna distancia, a ambos lados, el extraño bosque se extendía hacia la orilla, haciendo desaparecer por completo la línea de la costa, encerrando la franja estrecha. Algunos de los árboles, según pude ver, salían del agua misma; como si estuvieran impacientes por doblegar cualquier barrera para su progreso.

No vi seres vivientes, ni signos de que cualquier cosa vivientes, salvo yo mismo, hubiera existido jamás. El mar y el cielo y el bosque me rodearon, y llevaron a regiones más allá de mi imaginación. No había ahí más sonidos que el de el viento azotando el bosque y el mar.

Mientras estaba en este silencioso lugar, súbitamente comencé a temblar; no sabía cómo estaba ahí, y apenas podía recordar cuál era mi nombre y mi rango; sentí como que me volvería loco si qué me estaba acechando. Recordé cosas que había aprendido, cosas que había soñado, cosas que había imaginado o anhelado en alguna otra vida. Pensé en esas largas noches contemplando las estrellas del cielo y maldiciendo a los dioses porque mi alma libre no podía atravesar los vastos abismos que eran inaccesibles a mi cuerpo. Conjuré arcaicas blasfemias, y terribles invocaciones de Demócrito; cuando mis recuerdos vieron la luz, me estremecí por un profundo temor, ya que sabía que estaba solo, horriblemente solo. Solo, aunque con impulsos de vastedad de una ambigua clase; lo que recé jamás lo comprendí ni conseguí. En la voz de las cimbreantes ramificaciones verdosas creí ver un toque de abominación maligna y demoníaca victoria. Algunas veces esto me hería como siendo en un horrible coloquio con cosas fantasmales e inimaginables que los cuerpos verdes de los árboles ocultaban a medias; ocultaban de la vista pero no de la conciencia. La más opresiva de mis sensaciones fue un siniestro sentimiento de alienación. A pesar de que veía alrededor mío objetos que podía denominar como: árboles, hierba, mar y cielo; sentía que sus relaciones conmigo no eran las mismas que las de los árboles, hierba, mar y cielo que conocía en la otra y débilmente recordada vida. La naturaleza de la diferencia no podía revelar, aunque me estremecía con un lúgubre pavor.

Y entonces, en un punto donde no podía distinguir nada más que el místico mar, me vi enfrentado a la Pradera Verde; separada por una vasta extensión de azulada agua sacudida por olas pequeñas e intensas, y también raramente cercana. En un momento que podía ver furtivamente a través de mi hombro derecho hacia los árboles, preferí mirar hacia el Prado Verde, que me afectó de manera particular.

Fue mientras mis ojos estaban clavados sobre esta singular superficie, que sentí por vez primera que la tierra se movía debajo mío. Comenzó con una especie de palpitante agitación y siguió con una diabólica sugestión de actos concientes, una sección de la orilla en la que estaba parado comenzó a elevarse; sostenida extrañamente por alguna fuerza irresistible.

No me moví, sorprendido y asustado como estaba por el fenómeno sin precedentes; y permanecí rígido parado hasta que una ancha columna de agua rompió entre donde yo estaba y los árboles. Entonces, me senté, con una especie de estupor, y nuevamente miré el agua brillante y la Pradera Verde.

Detrás mío, los árboles y las cosas que podían estar escondiéndose, parecían emitir una constante amenaza. Lo supe sin siquiera volverme a mirar, ya que, a medida que pasaba más y más tiempo en este ambiente, me convertía en menos dependiente de los cinco sentidos que alguna vez habían constituido mi única seguridad. Supe que el bosque verde me odiaba, aunque por ahora estaba a salvo de él, ya que el trozo de terreno en el que estaba se había alejado bastante de la orilla.

Pero, habiendo dejado atrás un peligro, otro se asomaba amenazadoramente. Algunas pedazos de tierra constantemente se estaban desmenuzando de la isla flotante en la que me mantenía, de manera que la muerte no podía estar muy distante si continuaba así. En ese entonces fue como si sintiera que la muerte no sería mi final, y me volví a mirar hacia la Pradera Verde, imbuído por una curiosidad de seguridad en extraño contraste con el horror que experimentaba.

Entonces fue que escuché, a una distancia inconmensurable, el sonido de una caída de agua. No era una cascada trivial como las conocía, ya que lo que podía escucharse en las lejanas tierras de los Escitas era como si todo el Mediterráneo estuviera siendo vertido hacia un abismo insondable. Era hacia este sonido que mi isla menguante se estaba dirigiendo, y yo me sentía contento.

Muy lejos estaban sucediendo cosas extrañas y terribles; cosas que me volví a mirar, temblando de pavor. A través de las oscuras columnas de vapor que sobrevolaba fantásticamente, cavilaba sobre los árboles y parecía responder al desafío de las insinuantes árboledas verdes. Luego, una niebla muy espesa surgió del mar para unirse al vapor del cielo, y perdí de vista la costa. Todavía veía el sol -qué sol era este- brillaba sobre el agua frente a mí, la tierra que había dejado parecía haberse convertido en una demoníaca tempestad donde se debatían con violencia la voluntad de los árboles infernales y lo que se ocultaba detrás de ellos, contra el cielo y el mar. Y cuando la niebla se desvaneció, solo pude contemplar el cielo y el mar azules, y no se veía ni la tierra ni el bosque.

Fue en este punto que mi atención fue acaparada por el canto de la Pradera Verde. Hasta ahora, como había dicho, no había encontrado signo de vida humana; pero ahora podía percibir un aliviante canto cuyo origen y naturaleza eran aparentemente inconfundibles. Mientras las palabras no me eran distinguibles, el canto despertaba en mí un particular tren de asociaciones; y recordé algunas intranquilizantes líneas que una vez había traducido de un libro egipcio, que habían sido tomadas de un papiro del antiguo Meroe. A través de mi mente corrían líneas que temía repetir; palabras que hablaban de cosas muy antiguas y formas de vida en los días en los que nuestra tierra era sumamente joven. De cosas que piensan, se mueven y están vivas, aunque dioses y hombres no puedan considerarlas como seres vivientes. Era un libro muy extraño.

Según escuchaba, me iba gradualmente despertando a una circunstancia que antes me había desconcertado en forma subconciente. Anteriormente no había podido afilar mi vista para distinguir ningún objeto en la Pradera Verde, lo que me daba una impresión de vívido y homogéneo verdor, lo que consistía la totalidad de mi percepción. Ahora, sin embargo, veía que la corriente causaría que mi isla quedara a corta distancia de la costa; así que podía ver más y más sobre la tierra y el canto. Mi curiosidad por ver a los cantantes era enorme, aunque también se mezclaba con algo de aprensión.

Trozos de tierra y pasto se continuaban cayendo de la pequeña parcela de terreno que me transportaba, pero yo no prestaba atención a su pérdida ya que tampoco sentía que iba a morir con el cuerpo o lo que aparentaba serlo. Todo a mi alrededor, tanto la vida como la muerte, era una ilusión; ya había pasado por encima del límite de la mortalidad y la entidad corporal, habiéndome convertido en una sustancia desconectada, libre. Del lugar en donde estaba nada sabía, salvo el hecho que sentía que no podía ser en el planeta Tierra que una vez me fue familiar. Mis sensaciones, aparte de una especie de obsesivo terror, eran las de un viajero que acaba de embarcarse rumbo a un lugar desconocido en un interminable viaje de descubrimiento. Por un momento pensé sobre las tierras y las personas que había dejado atrás; y del extraño camino por el cuál yo podría algún día contarles de mis aventuras, siempre y cuando pudiera retornar, cosa que no creía.

Ahora estaba flotando muy cerca de la Pradera Verde, tanto que las voces me resultaban más claras; pero a pesar de que conocía varios lenguajes, no podía interpretar las palabras del cántico. Me eran familiares, pero no tenía más que una vaga sensación de pavorosa remembranza. La extraordinaria calidad de las voces -una calidad que no puedo describir- me fascinaba y aterrorizaba a la vez. Mis ojos podían percibir ahora varias cosas entre las omnipresentes rocas verdosas, cubiertas con un brillante musgo del mismo color, árboles de considerable altura, y unas indefinidas formas de gran magnitud que parecían moverse o vibrar entre los matorrales en una peculiar manera. El canto, cuyos autores estaba tan ansioso por vislumbrar, pareció subir de volumen, a un punto donde estas formas se hicieron más numerosas y adquirieron más vigor en su movimiento.

Y entonces, al tiempo en que mi isla se acercaba y el sonido del distante salto de agua crecía en fuerza, vi claramente la fuente del cántico, y en un horrible instante lo recordé todo. De tales cosas no puedo osar decir nada, ya que en esto fue revelada la abominable solucióin de todo lo que me había confundido; y esta solución podría conduciros a la locura, tal y como casi me había sucedido a mí... sabía ahora el cambio que había experimentado al igual que otros que una vez fueron hombres, y sabía sobre el interminable ciclo del futuro al que nadie podía escapar... viviré por siempre, siendo eternamente consciente, a pesar del lamento de mi alma y mi súplica a los dioses en pos de la muerte y el olvido... todo es antes mío: más allá del ensordecedor torrente está la tierra de Stethelos, donde los jóvenes son infinitamente viejos... la Pradera Verde... enviaré un mensaje a través del horrible e inconmensurable abismo...

(A partir de este punto el texto se hace ilegible.)


Hasta en los Mares -- H.P. Lovecraft y H. Barlow

Hasta en los Mares

(H.P. Lovecraft & H. Barlow)


El hombre descansaba sobre la erosionada cima de un risco, oteando más allá del valle. Desde allí podía ver una gran distancia, pero en toda la marchita extensión no había ningún movimiento visible. Nada se agitaba en la polvorienta llanura ni en la desmenuzada arena de los lechos de ríos desecados mucho tiempo atrás, por donde una vez fluyeran los caudalosas corrientes de la juventud de la Tierra. Había poco verdor en aquel mundo terminal, aquel capítulo final de la prolongada presencia de la humanidad sobre el planeta. Durante incontables eones, la sequía y las tormentas de arena habían asolado todas las tierras. Los árboles arbustos habían dado paso a pequeños y retorcidos matorrales que subsistieron largo tiempo merced a su fortaleza: pero ellos, a su vez, perecieron ante la embestida de toscas hierbas y fibrosa y dura vegetación de extraña evolución.

El omnipresente calor, creciente según la Tierra giraba más próxima al Sol, marchitó y mató con rayos inmisericordes. No había sucedido repentinamente, transcurrieron largos eones antes de que pudiera sentirse el cambio. Y, a lo largo de esas primeras eras, la adaptable forma del hombre había seguido una lenta mutación, moderándose a sí mismo para soportar el progresivamente tórrido aire. Luego llegó el día en que el hombre pudo aguantar en sus calurosas ciudades, aunque enfermo, y comenzó el gradual retroceso, lento pero imparable. Aquellas ciudades y poblaciones cercanas al ecuador fueron las primeras, por supuesto, pero después fueron seguidas por otras. El hombre, degenerado y exhausto, no pudo hacer frente durante mucho tiempo al calor que ascendía inexorablemente. Se consumía, y la evolución era demasiado lenta para dotarle de nuevas resistencias.

Aunque no bruscamente, las grandes ciudades del ecuador fueron las primeras en ser abandonadas a merced de la araña y el escorpión. En los primeros años hubo muchos que resistieron, ideando curiosos escudos y armaduras contra el calor y la mortífera sequedad. Esas almas intrépidas, reforzando algunos edificios contra el sol implacable, crearon mundos refugio en miniatura en cuyo interior no era necesaria la armadura protectora. inventaron maravillosos ingenios, de forma que unos pocos hombres continuaron en las oxidadas torres, esperando así aguantar en las antiguas tierras hasta que terminara la sequía. Ya que muchos no quisieron creer cuanto decían los astrónomos y aguardaban la vuelta del viejo mundo. Pero un día, los hombres de Dath, en la nueva ciudad de Niyara, hicieron señales a Yuanario, su capital de antigüedad inmemorial, y no recibieron ninguna respuesta de los pocos que permanecían en su interior. Y cuando los exploradores llegaron a la milenario ciudad de torres enlazadas por puentes encontraron sólo silencio. No había ni siquiera el horror de la corrupción, ya que los lagartos carroñeros habían sido diligentes.

Sólo entonces la gente comprendió plenamente que aquellas ciudades estaban perdidas para ellos y supieron que debían abandonarlas por siempre a la naturaleza. Los otros colonizadores de las tierras cálidas huyeron de sus arriesgadas posiciones, y el silencio total reinó entre los altos muros de basalto de un millar de torres vacías. De las densas muchedumbres y actividades multitudinarias del pasado no quedó finalmente nada. Entonces, allí se alzaron, contra los desiertos sin lluvia, las ahuecadas torres de hogares vacíos, factorías y estructuras de todas clases, reflejando la deslumbrante radiación del sol y agostándose bajo el cada vez más intolerable calor.

Muchas tierras, sin embargo, habían escapado aún a la plaga abrasadora, por lo que pronto los refugiados fueron absorbidos en la vida de un nuevo mundo. Durante siglos extrañamente prósperos, las blanqueadas ciudades desiertas del ecuador fueron medio olvidadas y adornadas con fantásticas fábulas. Hubopocos pensamientos sobre aquellas torres espectrales en ruinas... aquellos montones de muros gastados y invadidas por cactos, oscuramente silenciosas y abandonadas.

Hubo guerras, devastadoras y prolongadas, aunque los tiempos de paz fueron mayores. Pero siempre el henchido sol aumentaba su emisión según la Tierra giraba más próxima a su progenitor. Era como si el planeta pensara volver a la fuente de donde brotó, eones atrás, merced a un cataclismo de dimensiones cósmicas. Tras un tiempo, el desastre reptó más allá del cinturón central. El sur de Yarat se convirtió en un árido desierto... y luego el norte. En Perath y Baling, cuyas antiguas ciudades fueron habitadas durante incontables siglos, tan sólo se movían las escamosas formas de la serpiente y la salamandra, y en la última Loton sólo se escuchaba las esporádicas caídas de las tambaleantes torres y las desmoronadas cúpulas.

El gran desahucio del hombre de los dominios que siempre conocieran tuvo lugar lenta, universal e inexorablemente. Ninguna tierra en el interior del creciente y destructor cinturón se libró. Fue una épica, una titánica tragedia cuya trama no fue revelada a los actores: el total abandono de las ciudades del hombre. No llevó siglos ni eras, sino milenios de crueles cambios. Y aún continuaba... sombría, inevitable, brutalmente devastadora.

La agricultura se paralizó; rápidamente, el mundo se volvió demasiado árido para las cosechas. Se remedió mediante sustitutos artificiales, pronto universalmente empleados. Y mientras los viejos lugares que habían conocido los grandes hechos de los mortales eran abandonados, el botín rescatado por los fugitivos mermó más y más. Objetos del mayor valor e importancia quedaron olvidados en museos muertos -perdidos entre los siglos- y, al fin, la herencia de un pasado inmemorial fue abandonada. La decadencia tanto física como cultural surgió con el insidioso calor. Ya que los hombres habían vivido tanto tiempo cómodos y seguros que este éxodo de pasados escenarios fue difícil. Tales sucesos no fueron recibidos Temáticamente, su misma lentitud era aterradora. La degradación y el desastre fueron pronto comunes, los gobiernos se disolvieron y las desamparadas civilizaciones se sumieron en la barbarie.

Luego, cuarenta y nueve siglos después de la ruina del cinturón ecuatorial, todo el hemisferio oeste quedó despoblado y el caos fue completo. No hubo trazas de orden o decencia en las últimas escenas de esta titánica, atroz e impresionante migración. Locura y frenesí acosaron a todos, y los fanáticos portavoces de un Armaged6n estaban a la orden del día.

La humanidad se convirtió un lastimero residuo de antiguas razas, un fugitivo no sólo de las condiciones imperantes, sino también de su propia degeneración. Aquellos que pudieron huyeron a las tierras del norte y el antártico, el resto se sumió durante años en una increíble saturnalia, dudando vagamente de la cercana tragedia. En la ciudad de Borligo se llevó a cabo la total ejecución de los nuevos profetas, tras meses de espera infructuosa. Pensaron que la fuga a tierras del norte era innecesaria y no aguardaban el amenazador final.

Cómo perecieron debió ser terrible sin duda... aquellas vanas y necias criaturas que pensaron desafiar al universo. Pero las tiznadas y chamuscadas torres son mudas...

Tales sucesos, no obstante, no deben ser registrados, porque hay cosas más importantes para considerar que la lenta y total caída de una civilización perdida. Durante un largo periodo, la moral tuvo su punto más bajo entre los pocos valientes asentados en las riberas del ártico y el antártico, tan templados como lo fuera el sur de Yarat en tiempos muy pretéritos. Pero aquello era sólo una prorrroga. El suelo era fértil, y las perdidas artes de 1ª ganadería fueron recobradas de nuevo. Fue durante mucho tiempo un tranquilo y pequeño epítome de las tierras perdidas, aunque no había ya inmensas multitudes ni grandes edificios. Tan sólo el diseminado remanente de humanidad superviviente a eones de cambios habitando aquellas dispersas poblaciones de la tierra tardía.

Cuántos milenios duró esto, no se sabe. El sol era lento en invadir este último refugio y, con el devenir de las eras, se desarrolló una raza fuerte y sana que no guardaba memoria o leyendas de las viejas y perdidas tierras. Este nuevo pueblo efectuaba pocas navegaciones, y las máquinas voladoras estaban totalmente olvidadas. Sus artefactos eran del tipo más simple, y su cultura sencilla y primitiva. Aun así, eran felices y aceptaban el caluroso clima como algo natural y acostumbrado.

Pero, desconocidos para aquellos sencillos campesinos, aún mayores rigores de la naturaleza les estaban reservados. Mientras pasaban las generaciones, las aguas del vasto e insondable océano fueron secándose lentamente, enriqueciendo el aire y el reseco suelo, pero menguando más a cada siglo. El batiente oleaje aún relucía claro, y los tornadizos remolinos permanecían, pero un destino de desecación pendía sobre la total extensión de las aguas. No obstante, la merma no podía ser detectada excepto mediante instrumentos más delicados que los conocidos por la raza. Aun descubriendo la gente esta contracción del océano, no es probable que cundieran grandes alarmas o perturbaciones, ya que las pérdidas eran tan ligeras y los mares tan grandes... sólo unos pocos centímetros durante muchos siglos; pero en muchos siglos, e incrementándose...

Así desaparecieron por fin los océanos, y el agua llegó a ser una rareza en el globo resecado por el ardiente sol. El hombre se había desparramado lentamente por todas las tierras árticas y antárticas. Las ciudades ecuatoriales, y muchas de las posteriores poblaciones, estaban perdidas aun para las leyendas.

Había alteraciones de la paz a cada momento, ya que el agua era escasa y sólo se encontraba en profundas cavernas. Incluso así, era bastante poca, y los hombres morían en sedientos vagabundeas por lejanos lugares. Aunque tan lentos eran aquellos mortíferos cambios que cada nueva generación era renuente a creer lo que oía de sus padres. Nadie quería admitir que el calor hubiera sido menor o el agua más abundante en los viejos tiempos, ni guardarse del ardor resecante y agostador que estaba por llegar. Así fue hasta el final, cuando sólo unos pocos centenares de humanos jadeaban en busca de aliento bajo el cruel sol: un mísero puñado agrupado de los incontables millones que una vez moraran sobre el sentenciado planeta.

Y los centenares disminuyeron aún más, hasta que la humanidad se redujo a unas decenas. Esas decenas se refugiaron junto a la menguante humedad de las cuevas y supieron que el fin estaba cerca. Tan pequeño era su radio de acción, que nadie había visto jamas las pequeñas fabulosas áreas de hielo cercanas a los polos del planeta... si es que éstas aún existían. incluso de haber sido así, y de haber sido conocidas por los hombres, nadie podría haberlas alcanzado a través de los formidables desiertos sin caminos. Y así el último y patético resto disminuia...

No puede describirse esa espantosa cadena de sucesos que despoblaron la Tierra entera, es demasiado tremendo para que nadie pueda pintarlos o abarcarlos. Del pueblo de las eras afortunadas de la Tierra, miles de millones de años atrás, sólo unos pocos profetas y locos pudieron haber concebido lo que iba a suceder; pudieron haber tenido visiones de las tierras silenciosas y muertas, y los lechos de los mares totalmente vacíos. El resto habría dudado... dudado tanto de la sombra de cambio sobre el planeta como de la sombra de sentencia sobre la especie. Ya que el hombre se ha considerado siempre como el amo inmortal de las cosas naturales...

Cuando hubo aliviado los estertores moribundos de la anciana, Ull lanzó una temerosa mirada a las deslumbrantes arenas. Ella había sido un ser espantoso, arrugado y deshidratado como una hoja marchita. Su rostro tenía el color de la enfermiza hierba amarilla que se agostaba bajo el viento ardiente, y era espantosamente vieja.’

Pero había sido una compañía, alguien con quien compartir vagos temores, con quien hablar de cosas increíbles; un camarada con el que compartir la esperanza de auxilio de esas otras silenciosas colonias más allá de las montañas. No podía creer que no viviera nadie en alguna otra parte, ya que Ull era joven y no tenía la certidumbre de la anciana.

Durante muchos años no había conocido a nadie más que la anciana: su nombre era Mladdna. Había llegado el día de su undécimo cumpleaños, cuando los cazadores salieron a buscar carne y no regresaron. Ull no tenía madre que pudiera recordar, y había pocas mujeres en el grupo. Cuando los hombres desaparecieron, aquellas tres mujeres, la joven y las dos viejas, habían gritado aterradas y gimoteado durante mucho tiempo. -Luego la joven había enloquecido, dándose muerte con un bastón afilado. Las ancianas la enterraron en un agujero poco profundo excavado con sus propias uñas; así que Ull estaba solo cuando llegó esta Mladdna, aún más vieja.

Ella caminaba con ayuda de un nudoso bastón, una preciada reliquia de los viejos bosques, duro y pulido por los años de uso. No dijo de dónde provenía, pero renqueó hasta el interior mientras la joven suicida era enterrada. Allí aguardó hasta que volvieron las dos, y éstas la aceptaron sin curiosidad.

Así fue durante muchas semanas, hasta que las otras dos cayeron enfermas, y Mladdna no pudo curarlas. Extraño fue que aquellas dos, más jóvenes, cayeran, mientras que ella, más débil y anciana, sobrevivió. Mladdna las había cuidado durante muchos días, y por fin murieron, por lo que Ull quedó solo con la extranjera. Él gritó toda la noche, hasta que ella acabó perdiendo la paciencia y le amenazó con morir también. Entonces, oyéndola, se calmó al fin, ya que no deseaba quedar en completa soledad. Tras eso, había vivido con Mladdna y ella desenterraba raíces para comer.

La podrida dentadura de Mladdna estaba demasiado enferma para roer la comida que encontraba, pero ellos la picaban hasta que ella podía tomarla. Esta fatigosa rutina de búsqueda y comida constituyó la infancia de Ull.

Ahora, a sus diecinueve años, era fuerte y firme, y la anciana había muerto. No había nada que le atara allí, por lo que se decidió por fin a buscar aquellas fabulosas cabañas detrás de las montañas y vivir con aquel pueblo. Ull cerró la puerta de su choza -por qué, él no pudo contestárselo, ya que no había allí animales desde hacía muchos años- y dejó a la mujer muerta en su interior. Medio deslumbrado, y aterrado ante su propia audacia, caminó durante largas horas por las secas hierbas, hasta que por fin alcanzó las primeras estribaciones de las colinas. El atardecer llegó, y él trepó hasta que estuvo exhausto y se tumbó sobre la hierba. Allí tendido, pensó en muchas cosas. Se preguntó acerca de la vida extranjera, apasionadamente ansioso de alcanzar la perdida colonia del otro lado de las montañas, pero al fin se durmió.

Cuando despertó, había luz de estrellas en su rostro y se sintió vigorizado. Ahora que el sol se había ido por un tiempo, viajó más rápido y decidió apresurarse antes de que la falta de agua se volviera insoportable. No había llevado nada consigo, ya que el último pueblo, morando en un lugar fijo y no teniendo ocasiones para acarrear su preciada agua, carecía de recipientes de cualquier clase. Ull deseaba alcanzar su meta antes de un día y escapar así de la sed, por eso se apresuraba bajo el fulgor de las estrellas, corriendo a veces en la atmósfera cálida y reduciendo a un paso ligero en otras ocasiones.

Prosiguió mientras el sol se elevaba, aunque aún estaba en las pequeñas colinas con tres grandes picos alzándose al frente. Bajo su sombra, descansó de nuevo. Luego ascendió durante toda la mañana, y a mediodía remontó el primer pico; allí se tumbó por un tiempo, estudiando el espacio antes de la nueva etapa.

El hombre descansó sobre el borde erosionado de un risco. Ante él pudo ver grandes distancias, pero en toda la desértico extensión no había movimientos visibles...

Llegó la segunda noche, y encontró a Ull entre los rudos picos, con el valle y el lugar donde había descansado muy lejos y abajo. Estaba cerca del segundo pico ahora y aún se apresuraba. Alcanzó el tercero aquel día, lamentando su locura. Aunque no podía haber permanecido allí con el cadáver, solo en la pradera. Trató de convencerse de esto y se apresuró todavía hacia delante, cansadamente tenso.

Y por fin sólo hubo unos pocos pasos antes de que el risco terminara, permitiéndole contemplar la tierra de más allá. Ull se tambaleó agotado por el camino rocoso, cayendo y golpeándose aún más. Estaba cerca, esa tierra donde los hombres rumoreaban que habían habitado, esa tierra sobre la que había oído historias en su niñez. El camino era largo, pero la recompensa grande. Una roca de gigantesco perímetro interrumpió su Vista, y él la escaló ansiosamente. Por fin pudo contemplar el sumido orbe de su tan ansiado destino, y sus doloridos y sedientos músculos fueron olvidados cuando vio gozoso que una pequeña aglomeración de construcciones pendía de la base del risco más lejano.

Ull no se detuvo, sino que, espoleado por lo que vio, corrió, se tambaleó y se arrastró el kilómetro restante. Creyó detectar formas entre las rústicas cabañas. El sol estaba a punto de ponerse; el odioso, devastador sol que había acabado con la humanidad. No pudo vislumbrar detalles, pero pronto las cabañas estuvieron cerca.

Eran muy viejas, de bloques arcillosos consumidos por la perenne sequedad del mundo moribundo. Poco, en efecto, cambiaba excepto por los seres vivientes: las hierbas y aquellos últimos hombres.

Ante él, una puerta abierta pendía de toscos goznes. Bajo la luz moribunda Ull entró, exhausto, buscando con avidez los ansiados rostros.

Luego se desplomó sobre el suelo y lloró a mares, ya que sobre la mesa se apoyaba un reseco y antiguo esqueleto. Se levantó por fin, enloquecido por la sed, insoportablemente dolorido y sufriendo las mayores desilusiones que cualquier mortal pueda conocer. Era, pues, el último ser viviente sobre el globo. Él, el heredero de la Tierra... todas las tierras, y todas igualmente inútiles para él. Retrocedió tambaleándose, sin mirar a la borrosa figura blanca bajo el reflejo de la luz de la luna, y cruzó la puerta. Deambuló por el vacío poblado buscando agua e inspeccionando con tristeza aquel lugar vacío, tan espectralmente conservado por el aire inmóvil. Ahí había una morada, allá un rústico lugar para fabricar objetos... recipientes de arcilla que sólo contenían polvo y nada de líquido para mitigar su sed abrasadora.

Entonces, en el centro del pequeño poblado, Ull vio la boca de un pozo. Sabía qué era, ya que había oído cuentos sobre ello a Mladdna. Con mísera alegría, se tambaleó hacia adelante y se inclinó sobre la boca. Allí, por fin, estaba el final de su búsqueda. Agua -fangosa, estancada y escasa, pero agua- ante sus ojos.

Ull aulló con la voz de un animal torturado, tanteando en busca de cubo y cadena. Su mano resbaló en el fangoso borde y cayó sobre el pecho en el pretil. Durante un instante se mantuvo allí, luego, sin un sonido, su cuerpo se precipitó en el negro pozo.

Hubo un ligero chapuzón en la tenebrosa superficie cuando impactó contra una piedra sumergida, desprendida eones atrás de la masiva albardilla. La agitación del agua se sosegó progresivamente.

Así, por fin, la Tierra estuvo muerta. El último superviviente, digno de lástima, había perecido. Los incontables miles de millones, los lentos eones, los imperios y civilizaciones de la humanidad se resumían en aquella pobre forma retorcida... ¡y cuán titánico sinsentido fue todo! Ahora, en efecto, había llegado un final y clímax para todos los esfuerzos de la humanidad... ¡cuán monstruoso e increíble clímax a ojos de aquellos pobres necios complacientes de los días prósperos! Nunca más conocería el planeta el atronador hollar de millones de humanos... ni el reptar de los lagartos o el zumbido de insectos, ya que-ellos también se habían ido. Había llegado el reino de las ramas sin savia y de los interminables campos de marchita hierba. La Tierra, como su fría e imperturbable luna, se había sumido en el silencio y la oscuridad para siempre.

Las estrellas ronroneaban; el mismo plan descuidado continuaría por desconocidas infinidades. Este final trivial para un episodio insignificante no importaba a las distantes nebulosas o a los soles naciendo, floreciendo y muriendo. La estirpe del hombre, demasiado minúscula y efímera para tener una función o propósito reales, era tal conclusión le habían como si nunca hubiera existido. A tal conclusión le habian llevado los eones de su ridícula y tramposa evolución.

Pero cuando los mortíferos rayos del sol naciente se derramaron por el valle, una luz alcanzó el fatigado rostro de una quebrada figura que yacía en el fango.


EL DESAFÍO DEL MAS ALLÁ - H. P. LOVECRAFT , A. MERRIT, C. L. MOORE, R. E. HOWARD y FRANK BELKNAP L.

EL DESAFÍO DEL MAS ALLÁ

C.L. Moore, A. Merritt, H. P. Lovecraft, Robert E. Howard y Frank Belknap Long, Jr.


George Campbell abrió a la oscuridad los ojos aún nublados por el sueño y quedóse mirando hacia el trozo de cielo nocturno que se divisaba a través de la abertura de la tienda de campaña, antes de que se despabilase lo suficiente y se preguntase qué era lo que le había despertado. En el claro y fresco aire de aquellos bosques canadiense parecía haber un soporífero tan fuerte como el de la droga más poderosa. Campbell siguió inmóvil un momento, sumergiéndose lentamente en las fronteras del sueño, consciente del delicioso cansancio que experimentaba, de la desacostumbrada sensación de haber usado a fondo sus músculos, para dormitar ahora a sus anchas. Aquel era el momento más codiciado de sus vacaciones, cuando descansaba después del trabajo, en la transparente y suave noche del bosque.

Deleitándose mientras su mente volvía a hundirse en la nada, Campbell se dijo a sí mismo, una vez más, que aún tenía por delante tres largos meses de libertad. De libertad de las ciudades y de la monotonía; de libertad de la enseñanza, de la Universidad, de los estudiantes sin interés alguno por la geología, que trataba de inculcarles en el impenetrable entendimiento, y con lo que se ganaba la vida; de libertad...

De pronto, la suave somnolencia cesó bruscamente. Afuera, la paz se había visto interrumpida por un estrépito de latas entrechocando entre sí. George Campbell incorporóse súbitamente en su catre y alargó el brazo hacia su linterna. En seguida, y al tiempo que se reía en voz baja, dejó de nuevo la linterna en su sitio. Al forzar la vista entre las tinieblas de la noche, vio afuera una bestezuela nocturna que al corretear entre los botes de conserva había provocado el estrépito. Campbell tendió una mano hacia la abertura de la tienda en busca de un guijarro para arrojarlo contra el intruso animal. Sus dedos dieron con una piedra de buen tamaño, y la alzó por encima de la cabeza, dispuesto a arrojarla.

Pero no llegó a lanzar la piedra. No la tiró porque se dio cuenta de lo extraño que era el guijarro que había cogido. Se trataba de un objeto cúbico, cristalino, que tenía aristas redondeadas. La singular sensación de aquellas caras pétreas causó tal curiosidad en Campbell, que cogió de nuevo la linterna y alumbró con ella el objeto que sostenía en la mano.

Todo vestigio de sueño le abandonó cuando comprobó lo que había encontrado tanteando en la oscuridad. Era un cubo de caras lisas, tan transparente como el cristal de roca. Se trataba de cuarzo, indudablemente, pero no en su habitual forma cristalizada hexagonal. De algún modo que ignoraba, le había sido dada la forma de un cubo perfecto que medía unos diez centímetros por cada una de las desgastadas aristas. Pues, en efecto, estaba increíblemente desgastado. El durísimo cristal aparecía tan redondeado que las aristas casi desaparecían, y el objeto tenía ya cierto aspecto de esfera. Para quedar así, aquel extraño objeto tenía que haberse visto sometido al desgaste a lo largo de milenios, de edades más allá de toda cuenta.

Pero lo más notable de todo era la forma que se podía divisar tenuemente en el corazón de aquel gran cristal. Incluido en el centro del mismo, se veía un pequeño disco de una sustancia pálida y desconocida, con unos caracteres inscritos en su superficie. Eran unos trazos que recordaban vagamente la escritura cuneiforme.

George Campbell arrugó el ceño Y se inclinó más aún sobre el pequeño enigma que tenía en las manos, preso de una curiosidad sin límites. ¿Cómo podía haber quedado incluido un objeto como aquel disco, en el interior de una roca de cristal puro? Recordó vagamente antiguas leyendas que afirmaban que los cristales de cuarzo eran hielo que se había congelado tan intensamente que jamás volvió a deshelarse. Hielo... y escritura cuneiforme. Sí, ¿no se había originado tal escritura entre los sumerios, que llegaron desde el Norte en los más remotos comienzos de la historia, instalándose en la Mesopotamia? Pero Campbell reflexionó un poco y echóse a reír en voz baja. El cuarzo, desde luego, se había formado en los períodos más tempranos de las eras geológicas terrestres, cuando en el planeta no había más que rocas y un intenso calor. El hielo no había llegado hasta docenas de millones de años después que aquel objeto se formara.

Y sin embargo... allí se veía una escritura hecha por el hombre, indudablemente, y que aunque desconocida, le recordaba vagamente los trazos cuneiformes. ¿Era posible que en la era paleozoica hubieran habido seres con capacidad para trazar signos escritos? ¿O bien aquel objeto procedía de otros mundos, y cayó a la tierra como un meteorito? Tal vez...

Decidió no dejarse arrastrar por la imaginación. El silencio y la soledad de aquellos contornos, así como el objeto indudablemente extraño que había hallado, estaban jugando una mala pasada a su sentido común. Encogióse de hombros y dejó el cristal en una esquina de su catre, al tiempo que apagaba la linterna. Quizá el nuevo día, con la mente más despejada, le permitiera aclarar aquel enigma.

Pero el sueño ya no volvió con facilidad. Por un momento, le pareció que al apagar la linterna el cubo cristalino había brillado unos instantes, como si hubiese retenido la luminosidad antes de que se perdiese en las tinieblas circundantes. Aunque... tal vez se hubiera confundido, y sus ojos habían retenido en la retina la imagen luminosa del objeto.

Los rayos del interior del cubo semejaban ahora pequeños soles de zafiro que bañaban la esfera con una luminosidad uniforme.

Ya no había tienda. Sólo había una amplia cortina de niebla reluciente, sobre la esfera.

Campbell sintióse atraído al interior de aquella neblina absorbido por ella como por un poderoso remolino que partiera del sobrenatural globo.

Luego, la luminosa neblina de los soles de zafiro se hizo cada vez más intensa, y los contornos de la esfera se diluyeron, constituyendo un caos giratorio. El fulgor, el movimiento y la música se combinaban entre sí junto con la absorbente neblina. Los soles de zafiro también se fundieron casi imperceptiblemente con la grisácea inmensidad de aquellas pulsaciones carentes de forma.

Entretanto, Campbell notó que la noción de movimiento hacia delante y afuera se hacía cósmica e intolerablemente rápida. Todo patrón de velocidad conocido en la Tierra resultaba allí empequeñecido, y el hombre comprendía que una retirada a la realidad física significaría la muerte instantánea para cualquier ser humano. Le parecía ver, en aquella pesadilla de infierno hipnótico, un desfile de meteoros que iban a percutir dolorosamente en su cerebro. Aunque no había verdaderos puntos de referencia en aquel espacio gris, pulsante y vacío, Campbell notó que se acercaba, y que incluso sobrepasaba a la velocidad de la luz. Por fin su conciencia se extinguió, y una misericordiosa oscuridad lo envolvió todo.

Las ideas y pensamiento volvieron a George Campbell repentinamente, en medio de las más impenetrables tinieblas. No pudo precisar cuántos años -o siglos, o eternidades-, habrían transcurrido desde que voló en el seno de la neblina grisácea. Sólo sabía que se hallaba tranquilo y que no le dolía nada. En realidad, la ausencia de cualquier sensación física era la cualidad más notable del estado en que se hallaba. La negrura parecía ahora menos densa. Era como si él existiera en forma de una inteligencia libre de toda atadura a los sentidos físicos. Podía pensar agudamente y con rapidez, pero no alcanzaba a hacerse una idea de la situación en que se encontraba.

Casi instintivamente, Campbell se dio cuenta de que no estaba solo en la tienda. No había catre de campaña debajo suyo, y él no tenía manos para palpar las mantas y la lona. Tampoco vio la linterna, ni la abertura de la tienda por donde había observado el pálido cielo nocturno. Algo andaba mal. Terriblemente mal...

Lanzó su mente hacia atrás y pensó en el cubo fluorescente que le había hipnotizado. Pensó en eso y en todo lo demás, que siguió después. En el último, momento sintió un terrible pánico, un miedo subconsciente más profundo aún que el causado por la sensación del diabólico vuelo. El miedo le llegaba de un recuerdo vago y remoto, que no podía precisar con exactitud. Trató de recordar forzando su cerebro.

Poco a poco fue haciendo memoria. Una vez, hacía ya mucho tiempo, y mientras ejercía su profesión de geólogo, había leído algo acerca de aquel cubo. Tenía que ver con aquellos discutibles e inquietantes fragmentos llamados Eltdown Shards, que habían sido extraídos en unas excavaciones de estratos precarboníferos en el sur de Inglaterra, treinta años antes. Su forma y las marcas que aparecían en aquellos fragmentos eran tan extraños, que algunos estudiosos insinuaron un origen artificial. Procedían, según se estableció claramente, de una época en que ningún ser humano habitaba el planeta, pero sus contornos y los trazos que se apreciaban en ellos hacían presumir la intervención de la mano del hombre.

No fue en los escritos de ningún científico, sin embargo, donde Campbell halló tal referencia a un cristal que contenía un disco en su interior. La fuente era menos digna de confianza, pero mucho más interesante. Hacia el año 1912, un clérigo de Sussex, culto pero con inclinaciones hacia el ocultismo, el reverendo Arthur Brooke Winters-Hall, procedió a identificar las marcas de Eltdown Shards, y afirmó que se trataba de unos "jeroglíficos prehumanos", que se veneraban en ciertos círculos místicos. Llegó a publicar, por su propia cuenta, lo que calificó de una "traducción" de las asombrosas inscripciones, escrito que aún es citado respetuosamente por los autores de obras ocultistas. En dicha "traducción" -un folleto sorprendentemente extenso, teniendo en cuenta el número limitado de fragmentos originales existentes- se aludía a la naturaleza prehumana de aquellas inscripciones.

La narración hablaba de un mundo -y luego de innumerables mundos- del cosmos en el que existía una poderosa raza de seres con forma de gusano, cuyos logros y cuyo control sobre lo natural sobrepasaban todo cuanto podía imaginar la mente humana. Habían llegado a dominar el arte de la navegación interestelar, y de ese modo poblaron todos los planetas habitables de su galaxia, pero dando muerte a los seres que encontraban y que les estorbaban.

Más allá de los límites de su propia galaxia -que no era la nuestra-, no podían aventurarse en persona, pero descubrieron un medio de trasponer los espacios transgalácticos por medio de la mente.

Así idearon unos objetos peculiares, unos cubos cristalinos dotados de extraña energía, que contenían talismanes hipnóticos y que al ser lanzados fuera de los límites de su propio universo, sólo eran atraídos por la materia sólida y fría, es decir, por materia planetaria.

Aquellos cubos, unos pocos de los cuales debían caer necesariamente en mundos habitados de otras galaxias, formarían los puentes de comunicación mental. La fricción atmosférica quemaba la envoltura protectora, dejando el cubo al descubierto hasta que fuera hallado por seres inteligentes del mundo donde hubiese caído. Por sus características, el cubo debía atraer la curiosidad de un ser dotado de raciocinio. Aquella atención mental, junto con la acción de la luz, serían suficientes para poner en marcha las propiedades especiales del objeto.

La mente que investigase el cubo, sería atraída por el poder del disco central, y trasladada por un hilo de oscura energía hasta el lugar de donde el cubo había partido: el remoto mundo de los seres con forma de gusano, que exploraban los vastos abismos galácticos. Al ser recibida en la máquina a la que cada cubo estaba sintonizado, la mente capturada permanecería en suspenso sin cuerpo ni sentidos, hasta que fuese examinada por uno de los seres de la raza dominante. Luego, por un proceso especial de intercambio, a esa mente le sería extraído todo su contenido. La mente del investigador pasaría a ocupar ahora la extraña máquina, mientras la mente cautiva iba a instalarse en el cuerpo en forma de gusano del interrogador. Luego, mediante otro intercambio, la mente del interrogador daría un salto a través del espacio sin límites hasta el cuerpo vacío e inconsciente del cautivo que se hallaba en el mundo transgaláctico. De este modo, exploraban los mundos más alejados con el disfraz, casi podía decirse, de los nativos.

Terminada la exploración el aventurero utilizaba el cubo y su disco para el viaje de regreso. En ocasiones, la mente capturada era devuelta a su lejano mundo, mas no siempre la raza dominante era tan benévola. A veces, cuando hallaban una raza con capacidad potencial para viajar por el espacio, a fin de eliminar rivales procedían a aniquilar mentes por millares, utilizando las exploradoras como agentes de destrucción.

En otros casos, varios grupos de seres con forma de gusano ocupaban permanentemente un planeta transgaláctico, destruyendo las mentes capturadas como tarea preliminar, antes de instalarse en los cuerpos vacíos. En tal caso, la civilización madre nunca podía ser duplicada, ya que el nuevo planeta no solía contener los elementos artísticos necesarios para el desarrollo de las artes de un modo similar al que conocían los seres con forma de gusano. Así por ejemplo, los cubos sólo podían ser hechos en el planeta origen de aquella raza.

Sólo unos pocos de los incontables cubos enviados al espacio, llegaron a caer en un planeta y a captar la atención de seres inteligentes. Según rezaba el relato, sólo tres habían aterrizado en mundos poblados de nuestro universo. Uno de ellos cayó en un planeta cercano al borde de la galaxia, hacía dos mil millones de años, en tanto que otro lo hizo en el centro galáctico hacía sólo trescientos millones de años. El tercero, y el único del que se supiera que había llegado a nuestro sistema solar, alcanzó la Tierra unos ciento cincuenta millones de años antes.

El opúsculo del doctor Winters se refería especialmente a este último cubo. Cuando dicho objeto cayó en nuestro planeta, escribía él, la especie dominante en el mundo era una raza de seres enormes, con forma de cono, que superaban todas las formas de vida anteriores, tanto en capacidad mental como en conquistas logradas. Esta raza era tan avanzada que llegó a mandar también emisarios al exterior, tanto en el espacio como en el tiempo. En consecuencia se dieron cuenta de lo que sucedía, cuando el cubo cayó del cielo y algunos individuos sufrieron la transmutación mental después de observarlo.

Al comprender que los seres captados representaban mentes invasoras, los jefes ordenaron la destrucción de los sospechosos, aun a costa de dejar desamparadas en el espacio las mentes de sus semejantes. Luego procedieron a ocultar el cubo cuidadosamente de la luz y las miradas, para evitar la amenaza que representaba. Pero no querían destruir un ejemplo tan interesante que podía permitir experimentos de gran valor. De cuando en cuando, algún aventurero carente de escrúpulos trató de llegar hasta el cubo para comprobar sus extraños poderes, pero en todos los casos los inconscientes fueron descubiertos a tiempo y sancionados debidamente.

Los seres en forma de gusano sólo llegaron a enterarse por los nuevos exilados, de lo ocurrido con sus exploradores de la Tierra, por lo que concibieron un odio profundo contra nuestro planeta y sus formas de vida. Lo habrían despoblado, de haber podido, y de hecho enviaron más cubos al espacio, en la esperanza de que cayeran en lugares desguarnecidos, pero tal casualidad nunca llegó a producirse.

Los terrestres de forma cónica conservaron el único cubo existente en el planeta dentro de una especie de altar, como reliquia para efectuar una serie de experimentos, hasta que, después de un tiempo inmemorial, se perdió en el caos de la guerra, al quedar destruida la ciudad polar donde se guardaba. Cuando, cincuenta millones de años antes, los terrestres enviaron sus mentes al futuro infinito, con el fin de evitar el peligro que corrían en la Tierra en ese momento, el paradero del siniestro cubo era desconocido.

Todo esto es lo que los fragmentos de Eltdown Shards habían contado, según el erudito ocultista. Lo que ahora provocaba un vago temor en Campbell era la exactitud con que se había descrito el cubo espacial: dimensiones, consistencia, disco central con jeroglíficos, y efectos hipnóticos del objeto, Mientras pensaba una y otra vez en el asunto, en la oscuridad del extraño medio en que se hallaba, se preguntó si toda la experiencia que había tenido con el cubo no sería una pesadilla provocada por, el recuerdo de alguna de las ridículas obras que había leído.

Campbell no pudo formarse una idea del tiempo que estuvo reflexionando de aquel modo. Todo lo relativo a su estado era tan irreal que las dimensiones ordinarias carecían por completo de sentido. Parecía una eternidad, pero tal vez no había pasado realmente mucho tiempo cuando llegó la interrupción de aquel estado. Lo que ocurrió fue tan extraño e inexplicable como la negación que se produjo luego. Tuvo una sensación -más bien de la mente que del cuerpo- de que todos sus pensamientos eran barridos o absorbidos en tumultuoso caos, más allá de todo control.

Los recuerdos se alzaban de una forma irresponsable y confusa. Todo cuanto estaba en su mente -experiencias, estudios, sueños, ideas y tradiciones-, se presentó de improviso, simultáneamente, con una velocidad de vértigo y tal profusión, que pronto se sintió incapaz de poder diferenciar los conceptos entre sí. El contenido de su conciencia se convirtió en un alud, una cascada, un torbellino. Era algo tan horrible y vertiginoso como el hipnótico vuelo a través del espacio, cuando halló el cubo de cristal. Por fin, su conciencia se aplacó, trayéndole paz y alivio.

Transcurrió otro lapso de negación, y luego volvieron poco a poco las sensaciones. Pero ahora eran físicas, en lugar de mentales. Una luz de color zafiro parecía herir su retina, al tiempo que escuchaba un retumbar sordo y distante. Notó asimismo impresiones táctiles, y se dio cuenta de que estaba tendido encima de algo, si bien notábase en una postura extraña. Trató de mover los brazos, pero no notó respuesta definida a su intento. En lugar de ello, sentía como pequeños pellizcos nerviosos por toda la superficie de su cuerpo.

Trató de abrir más aún los ojos, pero sintióse incapaz de realizar el acto. La luz de color zafiro llegaba hasta él de una manera difusa, nebulosa, y no podía ser enfocada o definida a voluntad. Gradualmente, sin embargo, imágenes visuales comenzaron a filtrarse curiosa e indecisamente. Las características de la visión no eran aquellas a las que estaba acostumbrado, pero al menos pudo establecer una correlación con lo que había conocido antes como sentido visual. Cuando la sensación alcanzó cierto grado de estabilidad, Campbell se dijo que debía estar bajo la influencia de una pesadilla.

Le pareció hallarse en una habitación sumamente vasta, de altura regular, pero de superficie muy amplia en proporción. A los lados -y según le pareció, podía ver las cuatro paredes a la vez- había unas aberturas altas y estrechas que parecían servir simultáneamente de puertas y ventanas. Vio unas mesas extrañas y bajas, como pedestales, y no se apreciaba ningún mueble de forma o proporciones normales. A través de las aberturas fluían torrentes de luz azulina, y por ellas podían verse a lo lejos unos edificios asombrosos, en forma de cubos arracimados. En las paredes, es decir, en los espacios que había entre las aberturas, se apreciaban unos singulares e inquietantes caracteres. Pasó algún tiempo antes de que Campbell comprendiese la razón por la que aquellos caracteres le inquietaban tanto. Era que aquellas inscripciones de las paredes resultaban muy parecidas a las que había en el disco central del cubo cristalino.

El principal elemento de la pesadilla, sin embargo, fue algo más que aquello. Comenzó con el ser viviente que entró al fin por una de las aberturas, avanzando deliberadamente hacia él mientras sostenía una lámina metálica de rara forma, con una superficie bruñida como la de un espejo.

Aquel ser no era humano, y ni siquiera parecía salido de los mitos o los sueños del hombre. Era un gusano gigantesco, de color gris claro, tan grueso como la altura de un hombre, y dos veces más largo. Su cabeza, aparentemente sin ojos, tenia forma más o menos discoidal, estaba bordeada de cilias y poseía un orificio central de color purpúreo. Se deslizaba sobre las patas posteriores, al tiempo que mantenía erguida verticalmente la parte anterior del cuerpo. De las patas o miembros, al menos dos pares de ellos parecían servirle de brazos. De su lomo salía una especie de cerdas purpúreas, y su grotesco cuerpo terminaba en una membrana grisácea en forma de abanico. En torno al cuello tenia un anillo de cilias rojas y flexibles de las que parecían emanar sonidos similares a chasquidos y a cuerdas percutidas, en un ritmo preciso y deliberado.

Pero no fue aquella visión de delirio lo que hizo caer a Campbell en un tercer período de inconsciencia. Para ello necesitó algo más, un choque final e insoportable. Al tiempo que aquel ser parecido a un gusano avanzaba sosteniendo la lámina parecida a un espejo, el hombre echó un vistazo hacía donde debía hallarse él tendido. Pero no fue su cuerpo lo que vio reflejado en la bruñida superficie. En lugar de ello, vio la forma grisácea y repugnante de otro gigantesco gusano.

Campbell salió del lapso final de inconsciencia con pleno conocimiento de su situación. comprendió que su mente se hallaba aprisionada en el cuerpo del ser de algún planeta lejano, mientras que, al otro lado del Universo, su propio cuerpo estaría albergando seguramente la personalidad del monstruo.

Luchó por dominar el horror irracional que le invadía. Considerada desde un punto de vista cósmico, ¿por qué tenia que horrorizarle su metamorfosis? La vida y la conciencia eran las únicas realidades existentes en el Universo. La forma, en cambio, sólo resultaba algo accesorio. Su cuerpo actual no era repugnante más que de acuerdo con los cánones terrestres. El temor y el desagrado se vieron ahogados por el absorbente interés de la aventura increíble.

¿Qué era, al fin y al cabo, su antiguo cuerpo, más que una cloaca que seria destruida por la muerte? Campbell no alentaba ilusiones sentimentales respecto al mundo del que había sido exiliado. ¿Qué le había dado a él, más que sinsabores, pobreza y fatigas? Si aquella otra vida no le proporcionaba más, sin duda tampoco le proporcionaría menos. Pero su intuición le decía a Campbell que podía ofrecerle más, mucho más.

Con la honradez que sólo es posible cuando la vida queda al descubierto hasta su núcleo fundamental, se dio cuenta el hombre de que, en cierto modo, habla ya agotado todas las posibilidades de placer físico inherentes a su antiguo cuerpo terrenal. La Tierra, en resumen, no parecía tener ya atractivos para él. En cambio, la posesión de aquel cuerpo nuevo y extraño, le prometía singulares y desconocidas sensaciones.

Notó que una satisfacción sin límites le embargaba. Era ahora un hombre sin mundo, libre de cualquier convencionalismo o inhibición, no sólo de la Tierra, sino de aquel extraño planeta; libre de toda restricción en los límites del Universo. Sí, era un semidiós. Pensó divertido en su propio cuerpo terrenal, moviéndose entre sus semejantes mientras un monstruo de un mundo lejano contemplaba, seguramente con repulsión, los seres pequeños y frágiles que eran ahora sus iguales, y que huirían aterrados de saber quién era él en realidad.

Allá él en la Tierra. que destruyese a mansalva lo que quisiera. Su antiguo planeta y las razas que lo habitaban ya no tenían significado para George Campbell. De los innumerables convencionalismos de su vida anterior, sentíase surgir pujante y renovado. Aquello no había sido una muerte, sino un renacer: el nacimiento de una mentalidad plena, con una nueva conciencia que en modo alguno le hacía sentirse cautivo en Yekub.

Campbell estremecióse. ¡Yekub! Aquél era el nombre de su nuevo planeta. Pero ¿cómo podía...? Luego lo supo, del mismo modo que se enteró del nombre que correspondía al ser cuyo cuerpo estaba ocupando. El nombre del ser era Tothe. La memoria, fuertemente impresa en el cerebro de Tothe, estaba agitándose en él, como sombras de las nociones que Tothe había adquirido. Profundamente embebidas en los tejidos cerebrales del ser, le hablaban tenuemente y obraban como instintos, permitiéndole entrever el poder y la libertad que podían proporcionarle. ¡En Yekub no sería un esclavo, sino un rey! Sí, lo sería del mismo modo que los antiguos bárbaros ascendieron al trono de los viejos imperios decadentes.

Por vez primera, Campbell contempló interesado todo lo que le rodeaba. Aún seguía tendido en la especie de diván, en medio de una fantástica estancia, mientras el ser en forma de gusano seguía sosteniendo delante de él el bruñido objeto, y hacía sonar las cilias rojas de su cuello. Diose cuenta Campbell de que el otro le hablaba, y lo que le dijo lo comprendió vagamente, a través del cerebro de Tothe. El ser que estaba delante de él era Yukth, señor supremo de la ciencia.

Pero Campbell no atendió, pues estaba pensando un plan, un proyecto tan arriesgado y ajeno al modo de vida del planeta Yekub, que se hallaba más allá de la comprensión de Yukth, y necesariamente tenía que tomarle desprevenido. Yukth, lo mismo que Campbell, vio el objeto metálico de aguda punta que había sobre una mesilla cercana, pero para Yukth el objeto sólo era un instrumento científico. Ni siquiera imaginaba que pudiera ser utilizado como arma. La mente terrenal de Campbell fue la que le suministró aquel conocimiento y le impulsó a actuar, haciendo que el cuerpo de Tothe obrase como ningún ser de Yekub lo había hecho anteriormente.

Campbell aferró el puntiagudo objeto y asestó con él un golpe a Yukth, para después tirar y desgarrar hacia arriba. Yukth retrocedió primero y en seguida se desplomó con las entrañas esparcidas por el suelo. Un instante después, Campbell avanzaba hacia una de las puertas. Su velocidad asombrosa era la primera confirmación de las nuevas calidades físicas de que ahora estaba dotado.

Mientras corría, guiado por el conocimiento implantado en el subconsciente de Tothe, era como si tuviera una especie de sensación especial en las piernas. El cuerpo de Tothe le llevaba por un camino que aquél había recorrido miles de veces, cuando estaba en posesión de su verdadera mente.

Siguió por un corredor, ascendió una escalera estrecha y pasó a través de .una puerta tallada. El mismo instinto que le había llevado hasta allí, le dijo que había encontrado lo que deseaba. Se hallaba en una estancia circular con una cúpula en el techo de la que se desprendía una luz pálida de color azulino. En el centro del piso, tendida con los colores del arco iris, alzábase una extraña estructura compuesta por varios pisos superpuestos, cada uno de ellos de un color vívido y diferente. El piso superior era un cono purpúreo de cuyo vértice se desprendía un vaho azul que ascendía hasta una esfera que flotaba en el aire y que relucía con aspecto translúcido, como el del marfil.

Aquello, según le decían a Campbell los recuerdos profundamente instalados en la mente de Tothe, era el dios de Yekub, al que los nativos del planeta temían y veneraban, sin que supieran exactamente por qué, desde hacía millones de años. Un sacerdote, vermiforme como todos los seres de Yekub, se hallaba ante el altar que ninguna mano mortal había tocado jamás. El tocar aquello hubiera resultado un sacrilegio que jamás se le había ocurrido a un ser del planeta. El sacerdote se horrorizó al ver la actitud de Campbell, el cual le hundió en el cuerpo el arma que aún llevaba con él, quitándole la vida.

Irguiéndose sobre sus patas, similares a las de un ciempiés, Campbell trepó al altar sin escuchar las protestas internas de su conciencia, y sin notar el cambio que se estaba produciendo en la esfera que flotaba en el aire. Se hallaba embriagado por un sentimiento de poderío. Temía las supersticiones de Yekub tan poco como había temido las de la Tierra. Con aquel globo en las manos, sería el rey de Yekub. Los seres vermiformes no osarían negarle nada, cuando tuviera como rehén al dios que veneraban. Tendió una mano hacia la esfera, que ya no era de color marfil, sino roja como la sangre...

El cuerpo de George Campbell salió de la tienda de campaña a la pálida noche de agosto, moviéndose con paso lento y tambaleante, entre los troncos de los enormes árboles, y remontó un sendero tapizado de agujas de pino fuertemente aromatizadas. El aire era frío y vigorizante. Aparecía el cielo como una cúpula oscura constelada de polvo estelar, hacia cuyo fondo la aurora boreal lanzaba destellos de fuego.

La cabeza del hombre se bamboleaba desagradablemente de un lado a otro. De las comisuras de su exangüe boca caían espumarajos ambarinos que se agitaban a impulsos de la brisa nocturna. Al principio anduvo erguido, como lo haría un hombre, pero luego su postura cambió. Su tronco inclinóse y sus miembros parecieron acortarse.

En un mundo lejano del cosmos la criatura vermiforme que era ahora George Campbell aferró contra sí el dios de color rojo sangre y corrió con estremecimientos de insecto a través de un salón de tonos irisados, en dirección a unos portones macizos, hasta llegar al exterior, donde lucían los rayos de extraños soles.

Oscilando con el movimiento de una torpe bestia, el cuerpo de George Campbell estaba arrostrando un destino desconocido. Sus largos y aguzados dedos levantaban las agujas de coníferas mientras avanzaba hacia una amplia extensión de agua reluciente.

A lo lejos, en el mundo extragaláctico de seres en forma de gusanos, George Campbell corría entre ciclópeos edificios de material oscuro, por avenidas plantadas en los costados con grandes helechos, mientras sostenía con fuerza la esfera roja que representaba el dios de Yekub.

Oyóse un áspero grito animal entre los matorrales, cerca del reluciente lago donde la mente de una criatura vermiforme moraba en un cuerpo al que impulsaba el instinto. Unos dientes humanos se hundieron en la suave piel de una criatura del bosque, y luego desgarraron su carne. El pequeño zorro hincó a su vez los colmillos en la muñeca del hombre, respondiendo al ataque, y luego se debatió desesperadamente, mientras la sangre iba fluyendo de su organismo. Lentamente, el cuerpo de George Campbell se puso en pie, con la boca impregnada de sangre fresca. Moviendo con torpeza los miembros, se dirigió hacia las aguas del lago.

Mientras la criatura vermiforme que era George Campbell seguía andando entre los bloques de piedra negra, millares de seres en forma de gusano se prosternaban a su paso. Un poder sobrenatural parecía emanar del oscilante cuerpo que ahora tenía George Campbell, mientras proseguía adelante con movimientos ondulatorios, en dirección al trono de un imperio espiritual que dominaba el planeta.

Un trampero llegó asimismo a la orilla del lago, después de atravesar los densos bosques que rodeaban a la tienda de campaña. Habíase perdido en el bosque, y anduvo errante por el mismo toda la noche.

Al aproximarse a las aguas creyó observar algo que flotaba en ellas. Acercóse al mismo borde, se arrodilló en el blando cieno y tendió un brazo hacia el bulto que allí flotaba. Lentamente lo atrajo hacia la orilla.

Al otro lado del espacio, la criatura vermiforme, que sostenía la roja esfera reluciente, ascendió a un trono que brillaba como la constelación Casiopea, bajo una bóveda de supersoles. La gran deidad que había encima prestaba energía a su organismo en forma de gusano, infundiéndole una espiritualidad sobrehumana y liberándole de las miserias animales.

En la Tierra, el trampero contempló con horror indescriptible el rostro ennegrecido y velludo del ahogado. Era un rostro bestial, repugnante, de expresión primitiva, y de cuya boca contraída fluía una mucosidad negra.

George Campbell sintió contra sí la forma esférica del dios rojo, al que seguía abrazando. Una serie de vibraciones surgían del seno de la deidad y en el momento en que George Campbell sentóse en el trono, sintiendo el poder del Imperio en todas sus fibras, la voz del gran dios de Yebuk, le habló con un acento que avanzó pulsando por las células de su cerebro.

-Aquel que buscó tu cuerpo desde los abismos del espacio, -dijo el dios rojo-, habitará en un organismo irresponsable. No hay ser de Yekub que pueda controlar el cuerpo de un ser humano.

"En toda la superficie de la Tierra, las criaturas vivientes se persiguen unas a otras y se regodean con increíble crueldad matando a los de su especie. No hay mente de ser vermiforme que pueda controlar los bestiales instintos del cuerpo humano, cuando éstos quedan en libertad. Sólo la mente del hombre, condicionada a través de diez mil generaciones, es capaz de mantener a raya sus instintos. Tu cuerpo se destruirá a sí mismo en la Tierra, buscando la sangre de los seres vivos, y el agua donde pueda refrescarse a su gusto. Pero buscará al fin su propia destrucción, ya que el instinto de la muerte es más poderoso en el hombre que el de la vida, y morirá cuando trate de regresar al medio del que una vez salió.

Así habló el dios rojo de Yekub, a George Campbell desde un lejano lugar del espacio-tiempo, mientras el que fuera un hombre, con todos los deseos e instintos humanos anulados, sentábase en el trono y gobernaba el imperio de seres vermiformes con mayor sabiduría, y benevolencia que cualquier ser humano lo hizo nunca en la Tierra, en un imperio de hombres.


El Libro Negro De Alsophocus - H.P. Lovecraft y Martín S. Warnes

El Libro Negro De Alsophocus

(H.P. Lovecraft y Martín S. Warnes)


Mis recuerdos son muy confusos, Apenas si sé cuando empezó todo; es como si, en determinados momentos, contemplase visiones de los años transcurridos a mi alrededor, mientras que, otras veces, parece que el presente se difumina en un punto aislado dentro de una palidez informe e infinita. Ni tan siquiera sé a ciencia cierta cómo expresar lo sucedido. Mientras hablo, tengo la vaga sensación de que necesitaré sostener lo que voy a decir con ciertas pruebas extrañas y, posiblemente, terribles. Mi propia identidad parece escabullirse. Es como si hubiese sufrido un fuerte golpe; producido, quizá, por el advenimiento de algún proceso monstruoso que tuvo lugar en los hechos que me acontecieron.

Estos ciclos de experiencia tienen sus inicios en aquel libro carcomido. Recuerdo el lugar donde lo encontré; apenas si estaba iluminado, escondido al lado del río cubierto de brumas por donde fluyen unas aguas negras y aceitosas. El edificio era muy viejo, las enormes estanterías atesoraban cientos de libros decrépitos que se acumulaban sin fin en habitaciones y corredores sin ventanas. Había, además, masas informes de volúmenes amontonados descuidadamente por el suelo; y fue en uno de estos montones donde encontré el tomo. Al principio no sabía cómo se titulaba ya que le faltaban las primeras páginas; pero lo abrí por el final y ví algo que enseguida llamó mi atención.

Se trataba de una especie de fórmula -una pequeña lista de cosas que hacer y decir - que sonaban como algo oscuro y prohibido; pero seguí leyendo y descubrí ciertos párrafos en los que se mezclaban la fascinación y la repulsión, ocultos en las amarillentas páginas, antiguas y extrañas, poseedoras de los secretos del universo que yo ansiaba conocer. Era una ¡ave -una guía - a ciertas puertas y entradas que los magos y,¡ habían soñado y musitado cuando el hombre era joven, y que conducían a lugares más allá de las tres dimensiones conocidas, a regiones de extrañas vidas y materias. Durante años los hombres no habían sabido reconocer su esencia vital, ni sabían dónde encontrarla, pero el libro era realmente antiguo, No estaba impreso; había sido escrito por la mano de algún monje loco que había comunicado a aquellas palabras latinas ciertos conocimientos prohibidos de horripilante antigüedad.

Recuerdo que el viejo vendedor temblaba asustado, e hizo un curioso gesto con sus manos cuando me lo llevé. Se negó a aceptar dinero por el libro, pero hasta mucho después no descubrí el porqué. Mientras me escurría por los estrechos callejones portuarios, laberintos cubiertos de bruma, tenía la vaga sensación de ser seguido por unos pies invisibles que se arrastraban tras de mí. Las casas decrépitas y antiguas que se erguían a mi alrededor parecían animadas de una vida malsana, como si una ráfaga de maligno entendimiento las hubiese animado. Sentía como si aquellas abombadas paredes y buhardillas, hechas de ladrillo y cubiertas de musgo -con redondas ventanas que parecían espiarme-, tratasen de cerrarme el paso y aplastarme... aunque sólo había leído una pequeña porción de los oscuros secretos que contenía el libro, antes de cerrarlo y salir con él bajo el brazo.

Recuerdo con qué ansiedad leí el libro, pálido, encerrado en la habitación del ático que me servía de refugio en mis extraños descubrimientos. La enorme casona permanecía caldeada, pues había salido pasada la medianoche. Creo que vivía con algún familiar -aunque los detalles son inciertos- y sé que tenía muchos sirvientes. No sé exactamente qué año era; desde entonces he conocido muchas edades y dimensiones, y mi noción del tiempo ha terminado por desvanecerse. Estuve leyendo a la luz de las velas - recuerdo el incesante gotear de la cera derretida-, y mientras me llegaba el sonido de lejanas campanas que tañían de cuando en cuando. Prestaba una atención especial al sonido de aquellas campanas, como si temiera escuchar algo muy lejano, un son extraño y especial.

Y entonces se produjo una especie de golpear y arañar en la ventana abuhardillada que se abría sobre un laberinto de tejadillos. Sucedió nada más acabar de pronunciar en voz alta el noveno verso de un conjuro primordial, y supe, aterrorizado, cuál era su significado. Pues aquel que atraviesa el umbral siempre lleva una sombra consigo, y ya nunca vuelve a estar solo. Yo la había evocado; el libro era realmente todo lo que había sospechado. Aquella noche atravesé la puerta que conduce a un abismo de tiempo y dimensiones cruzadas, y cuando el amanecer me sorprendió en el ático descubrí en las paredes v anaqueles de la habitación aquello que nunca antes había visto.

Desde entonces el mundo no era para mí lo mismo que antes. Mezclado con el presente, siempre había un poco del pasado y un poco del futuro, y todos los objetos que alguna vez me parecieron familiares me resultaban ahora extraños bajo la nueva perspectiva que tenían mis enfebrecidos ojos. Desde aquel momento me ví envuelto en un fantástico sueño poblado de formas desconocidas y medio recordadas, y cada vez que cruzaba un nuevo umbral me costaba más reconocer los objetos de la estrecha esfera a la que tanto tiempo había pertenecido. Lo que descubrí sobre mi propio yo, nadie puede saberlo; cada vez hablaba menos y permanecía más tiempo solo, y la locura rondaba mi alrededor. Los perros me re huían, pues captaban la sombra que me acompañaba. Pero seguí leyendo, adentrándome en libros ocultos y prohibidos, en manuscritos y fórmulas que ahora ansiaba conocer, y atravesaba puertas espaciales y existencias y regiones que s(abren más allá del universo conocido.

Recuerdo bien la noche que tracé los cinco círculos concéntricos de fuego en el suelo, y canté, erguido en el círculo central, aquella monstruosa letanía que invocaba al mensajero de Tartaria. Las paredes se difuminaron mientras era arrastrado por un tenebroso viento a través de abismos fantasmagóricos y grises, en los que relucían, a infinidad de metros por debajo de mí, los picos crueles de desconocidas montañas Después hubo un momento de total oscuridad y luego la luz de millones de estrellas que dibujaban extrañas constelaciones. Por fin descubrí una verdosa llanura en la lejanía, debajo de mí, y vislumbré las empinadas torres de una ciudad cuya mampostería es totalmente ajena a la tierra. Según me iba acercando a la ciudad, distinguí un enorme edificio hecho a base de piedras en mitad de un paraje desolado, y sentí que el miedo se apoderaba de mí, atenazándome. Grité, debatiéndome aterrorizado y, después de un lapsus de oscuridad, me encontré de nuevo en mi buhardilla, tirado en el suelo sobre los cinco círculos concéntricos de fuego. El vagabundeo de aquella noche no había sido más fantástico que los de muchas, otras; pero había sentido más terror debido a la certeza de saber que me había acercado más a aquellos abismos y mundos exteriores. Desde entonces fui más cauteloso con mis conjuros, pues no quería perderme, separarme de mi cuerpo, del mundo, y vagar por abismos desconocidos de los que jamás podría volver.

De cualquier forma, y en la situación en la que me encontraba, mi capacidad para reconocer los objetos y escenas normales iba desapareciendo poco a poco según adquiría nuevos conocimientos, haciendo que mi visión de la realidad se tomase inesacta, geométrico y distorsionada. Mi sentido del oído también se vio afectado. El tañido de las distantes campanas me parecía más ominoso, terroríficamente etéreo, como si el son me Regase a través de extraños golfos y lejanas regiones, donde las almas atormentadas gritan eternamente su pena y dolor. Según pasaban los días me iba alejando más y más de lo que me rodeaba, los eones se separaban de los cánones terrestres, ocultándose entre lo innominable. El tiempo se convirtió en algo incierto, y mis recuerdos de acontecimientos y gentes que había conocido antes de adquirir el libro se desvanecieron en una neblina de irrealidad que evitaba todos mis desesperados intentos de recuperar.

Recuerdo la primera vez que escuché las voces; voces inhumanas, sibilinas, que parecían provenir de las regiones más exteriores del tenebroso espacio, donde seres amorfos se inclinan y bailan ante un ídolo fétido y monstruoso creado por el devenir infinito de los siglos. Con el advenimiento de estas voces comencé a tener unos sueños de espantosa intensidad, pesadillas mortales en las que soles negros y verdes brillaban sobre grotescos monolitos y ciudades malignas que se elevan, torre sobre torre, como queriendo escapar de sus condicionantes terrestres. Pero todos estos sueños y pesadillas no eran nada comparados con el terrorífico coloso que más tarde emergió de mi consciencia; incluso ahora me es imposible recordar aquel horror en toda su magnitud, pero cuando pienso en ello siento una sensación de vastedad, de una enormidad desconocida, y veo tentáculos que ondulan y se contraen, como si estuviesen dotados de inteligencia propia y de una maligna vileza. Y alrededor del coloso danzaban monstruosidades deformes, cuyas voces entonaban un canto salvaje y cacofónico:

«Mwlfgab pywfg)btagn Gh’tyaf nglyf lgbya. »

Estos horrores me acompañaban siempre, al igual que la sombra del más allá.

Y aun así continuaba estudiando los libros y manuscritos, y seguía atravesando las oscuras puertas que conducen a des conocidas dimensiones, donde unos seres tenebrosos me instruían en artes tan infernales que incluso la más prosaicas de las mentes sería incapaz de soportar.

Recuerdo la forma en que descubrí el título del libro; la no che estaba muy avanzada y yo hojeaba las polvorientas páginas cuando descubrí un párrafo que arrojó cierta luz sobre el origen del misterioso volumen:

"Nyarlathotep reina en Sharnoth, más allá del espacio y del tiempo; sumido en las sombras de su palacio de ébano espera su segundo advenimiento y, en compañía de sus siervos Y acólitos, celebra impíos festines en lo más profundo de la noche.

Que nadie se interponga con conjuros y encantamiento,,, que le conciernen, pues quedaría atrapado sin remedio. Que cuide el ignorante, lo dice el Libro Negro, pues terrible es en verdad la ira de Nyarlathotep."

Yo ya había encontrado referencias al Libro Negro en secretos manuscritos: este legendario tomo fue escrito hace siglos por el gran hechicero Alsophocus, que vivía en las tierras de Erongil antes de que los antiguos hombres dieran sus primeros pasos inseguros sobre la tierra.

El misterio había quedado aclarado; realmente me hallaba ante el blasfemo Libro Negro. Con este conocimiento comence a devorar verazmente todas las enseñanzas que contenía e1 volumen; aprendí fórmulas para ocultar, invocar y crear seres, y me sentía poderoso por el dominio de tales fuerzas. Descubrí nuevas entradas y puertas, los demonios de las más oscuras regiones estaban bajo mi poder; pero aún había barreras que no podía atravesar, los negros abismos del espacio que se extienden más allá de Fomalhaut, donde el horror último acecha, rodeado de sibilantes blasfemias más viejas que las estrellas. Buceé en el De Vermis Mysteriis, de Ludvig Prinn, y en Cultes des Goules, de Comte d’Erlette, en busca de más antiguos secretos, pero todos aquellos misterios primigenios eran nada comparados con las enseñanzas que contenía esotérico Libro Negro. Este volumen mostraba ciertos encantamientos de tan terrible poder que incluso el mismísimo Alhazred habría temblado ante su sola contemplación: la llamada de Boromir, los oscuros secretos del Trapezoedro resplandeciente - aquella ventana abierta al espacio y al tiempo- y la invocación de Cthulhu desde su palacio oceánico la acuática ciudad de R’Iyeh; todos aquellos secretos estaban allí guardados, esperando al valiente, o loco, que fuera lo suficientemente temerario para utilizarlos.

Me hallaba en la cima de mi poder; el tiempo se expandía o se contraía a mi voluntad, y el universo no encerraba ningún secreto que yo no conociese. Mis ataduras con los acontecimientos mundanos se quebraron a causa de mis estudios secretos, y mi poder se hizo tan grande que llegué a intentar imposible, el paso de la última y terrorífica puerta, el umbral que se abre a los oscuros secretos del más allá, donde los Primigenios aguardan prisioneros, planeando su próximo retorno a la tierra, de la cual fueron expulsados por los Dioses Antiguos. Lleno de vanidad supuse que yo -una diminuta mota de polvo en mitad de un vasto cosmos de tiempo- podría atravesar los negros abismos del espacio que se extienden más allá de las estrellas, donde reina la anarquía y el caos, volver con la mente intacta y libre de los horrores de cientos de eones de antigüedad que allí moran.

De nuevo tracé los cinco círculos concéntricos de fue sobre el suelo y me situé en el centro, invocando a los pode inimaginables con un hechizo tan inconcebiblemente terrible que mis manos temblaban mientras hacía los misteriosos si nos y símbolos. Las paredes se disolvieron y un poderoso viento oscuro me arrastró a través de abismos sin fondo y grises regiones de materia informe. Viajaba más rápido que el pensamiento, pasando sobre planetas sin luz y desconocidas regiones que bullían a inconmensurable distancia; las estrellas discurrían con tanta rapidez que parecían regueros de luz entremezclándose en el espacio, haces luminosos resaltando contra la oscuridad etérea más negra que las fabulosas profundidades de Shung.

Trascurrió un minuto -o un siglo- y aún seguía volando vertiginosamente. Las estrellas escaseaban cada vez más; agrupadas en montoncitos, parecían buscar compañía en toda aquella desolación; todo lo demás permanecía igual. Me sentía terriblemente solo en aquel viaje; colgando suspendido en el espacio y el tiempo, como si no avanzase, aunque la velocidad debía ser increíble, y mi espíritu se revelaba ante la soledad horrible, la quietud y el silencio de la nada; era como un hombre sepultado en vida en un sepulcro inmenso y oscuro. Pasaron los eones y vi cómo se desvanecía el último grupo de estrellas, las últimas luces en un espacio milenario; más allá no había nada excepto una oscuridad impenetrable, el fin del universo. De nuevo volví a gritar horrorizado, mas en vano; mi búsqueda interminable siguió a través de corredores silenciosos y muertos.

Continué viajando durante una eternidad interminable, y nada cambiaba excepto el ritmo de los latidos de mi corazón. Y entonces empezó a hacerse visible una tenue luz verdosa; había pasado a través de una ausencia de tiempo y materia; había atravesado el Limbo. Ahora me encontraba más allá del universo, a inconcebible distancia del cosmos conocido; había cruzado el último umbral, la última puerta que se abría al olvido. Delante brillaban los dos soles de mis visiones, entre los que fui conducido a lo que ahora parecía una velocidad lentísima; alrededor de estos prodigios de colores negros y verdes, rotaba un solo planeta; adiviné su nombre: Shamoth.

Floté suavemente alrededor de esta negra esfera y, mientras me aproximaba, pude contemplar la verdosa llanura que se extendía debajo de mí, sobre la que descansaba la gigantesca y laberíntico ciudad de mis primeras pesadillas, y que

parecía deforme y desproporcionado bajo la luz antinatural. Fui guiado sobre los tejados de la muerta ciudad, contemplando los desvencijados muros y erosionados pilares que resaltaban como cuchillos contra la oscura línea del cielo. No se movía nada, pero tenía la sensación de que allí habitaba algo vivo, un ser corrompido y lleno de maldad que conocía mi presencia.

Mientras descendía a la ciudad recobré mis sentidos físicos; sentí frío, un frío helador, y mis dedos estaban entumecidos. Descendí al borde de un espacio abierto, en cuyo centro se erguía un gigantesco edificio con una puerta enorme y abovedada que bostezaba tenebrosa como las fauces de algún terrible animal primigenio. De este edificio emanaba un aura de palpable malevolencia; me quedé petrificado por la sensación de terror y desesperación que me invadió, y, mientras permanecía inmóvil ante el monstruoso edificio, recordé aquel pequeño párrafo del Libro Negro:

«En un espacio abierto en el centro de la ciudad se yergue el palacio de Nyarlathotep. Aquí se pueden aprender todos los secretos, aunque el precio de tales conocimientos es verdaderamente horrible.»

Supe sin ningún género de dudas que aquél era el cubil del taimado Nyarlathotep. Aunque el pensamiento de entrar en aquella estructura me asqueaba, caminé descuidadamente atravesando la puerta, como si una mente que no era la mía guiara mis piernas. Atravesé aquel enorme portalón metiéndome en una oscuridad tan profunda como la que había soportado en mi largo viaje espacial. Poco a poco la impenetrable oscuridad fue dando paso a la verdosa luz que iluminaba la superficie del planeta; y en aquella tétrica luminosidad con. templé lo que nadie debería ver nunca.

Me hallaba en una larga sala abovedada sostenida por pilares de ébano; a ambos lados se delineaban unas criaturas con formas de pesadilla. Allí estaba Khnum, y Anubis, con cabeza de zorro, y Taveret, la Madre, horriblemente obesa. Grotescos seres encorvados, espiando, y tenebrosas existencias que me observaban con malignidad; entre todas estas criaturas amorfas e infernales, mi cuerpo luchaban contra mi alma. Unas garras me asieron por brazos y piernas, y mi estómago se revolvió de asco ante el contacto de la carne putrefacto. El aire estaba lleno de gritos y aullidos mientras las figuras danzaban con obscenidad a mi alrededor, deleitándose en un ritual blasfemo y depravado; y al final de la enorme sala, perdido en la distancia, se ocultaba el horror último, el terrible coloso negro de mis visiones, el amo del palacio, Nyarlathotep.

El Primigenio me observó atentamente, su mirada quemaba mis entrañas, llenándome de un horror tan espantoso que cerré los ojos para evitar aquella visión de infinita maldad. Bajo aquella mirada mi ser se contrajo, desvaneciéndose, como si estuviese siendo absorbida por una fuerza irresistible. Perdí la poca identidad que me quedaba; mis poderes necrománticos que, ahora lo sabía, no eran nada comparados con los del habitante de este oscuro mundo, desaparecieron, perdiéndose en el ignoto universo para no ser jamás recuperados.

Bajo aquella mirada, mi mente y mi alma se llenaban de ' un espanto aterrador; no podía hacer nada mientras él absorbía mi existencia, quitándome la vida poco a poco. La desesperación hizo presa en mí, pero estaba indefenso, y era incapaz de hacer frente a la irresistible fuerza que me apresaba. Apenas sin sentirlo, algo se iba esfumando de mi ser, algo insustancial, pero totalmente necesario para mi futura existencia; no podía hacer nada, había ido demasiado lejos y ahora estaba pagando el error. Mi visión se nubló con miles de rayos; imágenes de mi casa y mi familia flotaban ante mis ojos y luego se desvanecían como si nunca hubiesen existido. Y entonces, lentamente, sentí cómo cambiaba, disolviéndome en la no

existencia.

Me elevé, sin cuerpo, escurriéndome sobre las cabezas de aquella hueste de pesadilla, a través de la fría mampostería de piedra de aquel palacio que ya no era un obstáculo para mi avance, hasta que salí a la diabólica luz verdosa de la superficie del planeta. No estaba vivo ni muerto, aunque la muerte hubiese sido mucho mejor. La ciudad se desparramaba debajo de mí, mostrándome todo su esplendor y malignidad, y sobre aquel tétrico edificio que era el palacio de Nyarlathotep vi una masa amorfa que salía, extendiéndose por toda la ciudad. Se fue agrandando poco a poco hasta que ocultó la ciudad de mi vista, y cuando había cubierto toda la región que podía contemplar, se contrajo de nuevo, transformándose en el negro coloso de mis visiones. Comencé a temblar aterrorizado, pero según me iba alejando de la ciudad, ganando altura, la escena se fue reduciendo de tamaño y contemplé la escena con un poco menos de miedo.

Poco a poco, la masa de tierra que se extendía debajo de mí fue tomando el aspecto de una esfera mientras me alejaba, introduciéndome en las negras profundidades del espacio. Colgando sin sentido, mientras nada se movía a mi alrededor, o en las regiones del Primigenio, me aterrorizaba pensar en el último acto del drama que yo había desatado. De la superficie del planeta surgió un rayo de luz o energía, que cruzó el espacio, perdiéndose en su infinidad, dirigiéndose, estaba seguro, al planeta que me había visto crecer. A partir de entonces todo estuvo en calma, y quedé totalmente solo en aquel universo más allá de las estrellas.

Mis recuerdos se desvanecían; pronto no me quedaría ninguna memoria de mi pasado, pronto todos los vestigios de mi humanidad se esfumarían. Y mientras permanecía suspendido en el espacio y el tiempo por toda la eternidad, sentí algo difícil de explicar. Una sensación de paz, de una paz que ni la muerte podría dar; aunque esa paz era perturbado por un recuerdo, un recuerdo que yo esperaba que pronto se borrase de mi mente. No recuerdo cómo sabía esto, pero estaba más seguro de ello que de mi propia existencia. Nyarlathotep ya no volvería a pisar la superficie de Sharnoth, jamás se reuniría con su corte en aquel enorme palacio negro, pues aquel rayo de luz que viajaba en el espacio tenebroso llevaba consigo algo más.

En una pequeña buhardilla, débilmente iluminada, un cuerpo se estiraba, poniéndose en pie. Sus ojos eran dos trozos de carbón al rojo, y una diabólica sonrisa cruzaba su rostro; y mientras observaba los tejadillos de la ciudad a través de la pequeña ventana, sus brazos se elevaron en un gesto de triunfo.

Había atravesado las barreras creadas por los Dioses Antiguos; estaba libre, libre para caminar por la tierra una vez más, libre para manejar la mente de los hombres y esclavizar sus almas. Era aquel al que yo había dado la oportunidad de escapar, yo que, a causa de mis ansias de poder, le había procurado los medios para volver a la tierra.

Nyarlathotep caminaba por la tierra con la forma de un hombre, pues cuando me robó mis recuerdos y mi ser, también retuvo mi aspecto físico. En mi cuerpo moraba ahora la esencia inmortal de Nyarlathotep el Terrible.