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viernes, 9 de julio de 2010

MEMORIA -- H. P. LOVECRAFT

MEMORIA


H. P. LOVECRAFT

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O Gênio que vive nos raios da lua se dirigiu ao Demônio do Vale, dizendo, “Eu sou velho e muito
esqueço. Diga-me os feitos e aspecto e nome de quem construíra esses objetos de pedra.” E o Demônio
respondeu, “Eu sou a Memória, e eu sou sábio nos conhecimentos do passado, mas também sou muito
velho. Esse seres eram como as águas do rio Homh, não devem ser entendidos. Seus feitos não me lembro,
pois eram apenas momentâneos. Seus aspectos me lembro vagamente, se pareciam com esses pequenos
macacos que vivem nas árvores. Seu nome eu me lembro claramente, pois era parecido com o do rio. Esse
seres do ontem se chamavam Homens.”
O Gênio voou de volta à fraca lua radiante, e o Demônio olhou atento para um pequeno macaco em
uma árvore que crescia em uma construção destroçada.

H. P. Lovecraft -- LA MÚSICA DE ERICH ZANN


H. P. Lovecraft

LA MÚSICA DE ERICH ZANN


He examinado con el mayor detenimiento los mapas de la ciudad, sin lograr nunca encontrar de nuevo la Rue d'Au­seil. No todos los mapas eran modernos, pues soy consciente de que los nombres cambian. Antes al contrario, he indagado exhaustivamente en la historia local y he explorado personal­mente cualquier parte, cualquiera que fuera su nombre, que pudiera corresponderse con la calle que yo conocí como Rue d'Auseil. Pero, a pesar de todo esto, ahí queda el humillante hecho de que no puedo encontrar la casa, la calle o incluso el barrio donde, en los últimos meses de mi agobiada vida como estudiante universitario de metafísica, escuché la música de Erich Zann.

No me extraña que me falle la memoria, ya que mi salud, tanto física como mental, estaba seriamente mermada durante la época en que residí en la Rue d'Auseil, y recuerdo que nunca lleve hasta allí a ninguna de mis escasas amistades. Pero resulta extraño y singular el que no pueda volver a encontrar la calle, ya que se hallaba a media hora de camino de la universidad, y se distinguía gracias a particularidades que serían difíciles de olvi­dar para cualquiera que las hubiera visto. Nunca he conocido a nadie que haya visto la Rue d'Auseil.

La Rue d'Auseil se encontraba cruzando un río oscuro flan­queado de altos almacenes de ladrillo, y era salvado por un sólido puente de piedra oscurecida. Siempre reinaban las tinie­blas junto a ese río, como si el humo de las cercanas factorías velaran perpetuamente el sol. Asimismo, el río apestaba a malsa­nos hedores que nunca antes había aspirado, y que pueden serme de ayuda algún día en mi búsqueda, ya que podría reco­nocerlos al instante. Al otro lado del puente se abrían angostas calles de adoquines y traviesas, y después venía la cuesta, suave al principio, pero ya increíblemente empinada al llegar a la Rue d'Auseil.

Nunca antes he visto una calle tan estrecha y escarpada como la Rue d'Auseil. Resultaba casi un barranco, cerrada al trá­fico, formada en ciertas partes por tramos de escaleras y rema­tando en lo alto en una tapia elevada y cubierta de hiedra. El pavimento resultaba irregular, hecho a veces de lajas de piedra, a veces de adoquines y a veces de tierra desnuda en la que brotaba una tenaz maleza gris verdosa. Las casas eran altas y de tejados picudos, increíblemente viejas e inclinadas sin ton ni son hacia delante, detrás o los lados. A veces un par de casas enfrentadas, ambas vencidas hacia delante, casi llegaban a juntarse sobre la calle, como un arco, y en verdad robaban casi toda la luz al terreno de debajo. Había unos cuantos puentes volantes que sal­taban de casa a casa sobre la calle.

Los habitantes de esta calle me causaban una peculiar impresión. Al principio pensé que se debía a su talante silen­cioso y reservado; pero más tarde concluí que era causado por

el hecho de que todos eran muy viejos. No sé cómo acabé viviendo en una calle así, pero no estaba muy en mis cabales al mudarme. Había vivido en multitud de cuchitriles, siempre desahuciado por falta de dinero, hasta arribar a esa casa destarta­lada de la Rue d'Auseil, regentada por Blandot, un paralítico. Se trataba de la tercera casa a partir del final de la calle, y con mucho era la más alta de todas.

Mi cuarto estaba en la quinta planta, la única con inquilino, ya que la casa estaba casi vacía. La noche de mi llegada oí una extraña música proveniente de la picuda buhardilla de arriba, y al día siguiente interrogué al respecto al viejo Blandot. Me con­testó que se trataba de un viejo violinista alemán, un extranjero mudo que firmaba como Erich Zann, y que tocaba por las tar­des en la orquestilla de un teatro, añadiendo que el deseo de Zann de tocar durante las noches, a la vuelta del teatro, era lo que le había llevado a elegir su alta y aislada buhardilla, cuya ventana de gablete era el único lugar de la calle desde donde uno podía otear más allá del muro de remate, hacia el declive y la panorámica de más allá.

A partir de entonces pude escuchar cada noche a Zann, y aunque me mantenía en vela, me sentía tocado por lo ajeno de su música. Sabiendo poco de ese arte, estaba convencido de que ninguna de aquellas composiciones tenía relación alguna con cualquier música que hubiera escuchado antes, y llegué a la con­clusión de que estaba ante un compositor de un genio suma­mente original. Cuanto más escuchaba, más fascinado me sen­tía, hasta que al cabo de una semana me decidí a ganarme la amistad del anciano.

Una noche, a la vuelta de su trabajo, me hice el encontra­dizo con Zann en el vestíbulo y le comenté que me gustaría conocerlo, así como acompañarlo mientras tocaba. Se trataba de un personaje bajo, delgado, cargado de hombros, de ropas raí­das, ojos azules, rostro grotesco como el de un sátiro y casi calvo. A mis primeras palabras pareció irritado y temeroso a un tiempo. Mi talante, abiertamente amistoso, lo aplacó no obs­tante al final, y de mala gana me invitó por señas a seguirlo por las escaleras oscuras, crujientes y temblorosas del ático. Su cuarto, uno de los dos que había en la empinada buhardilla picuda, miraba al este, hacia la gran tapia que formaba el remate superior de la calle. Era de gran tamaño y parecía aún mayor gracias a su extrema desnudez y abandono. El mobiliario consis­tía tan solo en un estrecho jergón de hierro, una desconchada palangana, una mesa pequeña, una gran librería, un atril de hie­rro y tres sillas vetustas. Las partituras se apilaban en desorden por los suelos. Los muros eran de tablazón desnuda, y segura­mente jamás conocieron el yeso, al tiempo que la abundancia de polvo y telarañas acentuaban la impresión de que el lugar estaba más abandonado que deshabitado. Sin duda, el mundo de belleza de Erich Zann se hallaba en algún lejano cosmos de la imaginación.

Invitándome a sentarme, el mudo cerró la puerta, echó el gran pestillo de madera y encendió una vela para hacer compa­ñía a la que había traído consigo. Luego sacó el violín de su apo­lillada funda y, empuñándolo, se sentó en la menos incómoda de las sillas. No empleó el atril, pero sin una vacilación, tocando de memoria, me encandiló durante una hora con melodías nunca antes oídas, melodías que debían ser creaciones suyas. Describirlas con exactitud es algo imposible para un lego en música. Se trataba de algo así como una fuga, con pasajes recu­rrentes de una cualidad de lo más fascinante, pero lo más nota­ble fue la ausencia de cualquiera de las extrañas notas que había escuchado arriba, desde mi cuarto, en anteriores ocasiones.

Recordaban bien esas notas obsesivas, y a menudo las había tarareado y silbado titubeante para mí mismo, por lo que cuando el músico bajó al fin su arco le pregunté si podría brin­darme alguna de ellas. Apenas comenzada mi solicitud, el arrugado rostro de sátiro perdió su aburrida placidez que luciera durante la interpretación, pareciendo mostrar esa misma y curiosa mezcla de ira y temor que ya advirtiera la primera vez que abordé al anciano. Por un momento intenté la persuasión, achacando de forma bastante ligera su actitud a un ramalazo de senilidad, e incluso intenté despertar el extraño humor de mi anfitrión silbando algunos de los acordes que oyera la noche antes. Pero no insistí más que un momento, ya que, apenas reconocer el silbido, el rostro del músico mudo se contorsionó en un gesto que se encontraba más allá de cualquier análisis, y su mano derecha, larga, fría y huesuda, se levantó para silenciar mi boca y su tosco remedo. Al hacerlo dio otra muestra de excentricidad lanzando una ojeada inquieta a la solitaria ven­tana, cubierta de cortinas, como si temiera alguna intrusión... una mirada doblemente absurda por cuanto la buhardilla se alzaba alta e inaccesible sobre los tejados vecinos, y siendo esa ventana, tal como me dijera el conserje, el único lugar de esa empinada calle y la única desde la que uno podía ver el muro de lo alto.

La mirada del viejo me trajo a la cabeza el comentario de Blandot, y se me antojó contemplar el vasto y vertiginoso pano­rama de tejados a la luz de la luna, así como las luces al otro lado de la cima de la colina, de las que, de entre todos los habitantes de la Rue d'Auseil, sólo este asilvestrado músico podía disfrutar. Me acerqué a la ventana e iba a abrir las indescriptibles cortinas cuando, con una espantada rabia aún mayor que la de antes, el mudo huésped volvió a abalanzarse sobre mí, en esta ocasión señalándome la puerta con la cabeza mientras trataba de arras­trarme con las manos. Completamente disgustado ahora con mi anfitrión, le exigí que me soltase, diciéndole que me iría en el acto. Su apretón aflojó y, viéndome molesto y ofendido, su pro­pia furia pareció disiparse. Volvió a oprimir mi brazo, esta vez en gesto de amistad, conduciéndome hasta una silla; entonces, con gesto pensativo, fue hasta la abarrotada mesa y allí escribió algu­nas palabras a lápiz en el trabajoso francés de los extranjeros.

La nota que acabó tendiéndome era una súplica de toleran­cia y perdón. Zann decía ser anciano, solitario y afligido por extraños miedos y problemas nerviosos relacionados con su música, entre otros motivos. Se sentía honrado por mi interés hacia su música y esperaba que volviera a visitarle, sin tener en cuenta sus excentricidades. Pero no podía tocar para otra per­sona sus extrañas melodías, ni podía dejar que las oyesen; ni per­mitir que nadie tocase nada en ese cuarto. Hasta nuestra conver­sación en la sala, no había sabido que podía oírle tocar desde mi alcoba, y ahora me rogaba que, si podía, arreglase con Blandot el instalarme en una habitación más baja, desde la que no pudiera escucharle de noche. Él, afirmaba, pagaría la diferencia de precio.

Mientras estaba sentado, descifrando su execrable francés, me sentí más dispuesto hacia el anciano. Era víctima de padeci­mientos físicos y nerviosos, tal como yo; y mis estudios metafísi­cos me habían enseñado la virtud de la caridad. En el silencio hubo un ligero sonido en la ventana -la contraventana debió golpetear en alas del viento nocturno-, lo que por alguna razón sobresaltó violentamente a Erich Zann. Cuando acabé de leer, estreché la mano de mi anfitrión y me fui como amigo. AI día siguiente, Blandot me asignó un cuarto más caro en la ter­cera planta, entre la alcoba de un viejo usurero y la habitación de un respetable tapicero. No había nadie en la cuarta planta.

No tardé en descubrir que el interés de Zann por mi com­pañía no era tan grande como parecía cuando me convenció para que me mudase de la quinta planta. Nunca me invitaba, y, cuando yo mismo lo hacía, parecía disgustado y tocaba indife­rente. Era siempre de noche... dormía de día y no recibía a nadie. Mi aprecio por él no creció, pero la habitación del ático y el extraño músico parecían ejercer una rara fascinación sobre mí.

Sentía un curioso deseo de mirar a través de esa ventana sobre el muro y las invisibles laderas, sobre los resplandecientes tejados y los chapiteles que debían desplegarse más allá. Una vez acudí en horas de teatro a la buhardilla, cuando Zann no estaba, pero la puerta se hallaba cerrada con llave.

Lo que sí conseguí fue el escuchar los conciertos nocturnos del viejo mudo. Al principio iba de puntillas hasta mi antiguo cuarto de la quinta planta, luego me hice lo bastante audaz como para ascender por el último y crujiente tramo de escaleras hasta la picuda buhardilla. En el angosto descansillo, al otro lado de la puerta, trancada y con la cerradura ocluida, escuchaba a menudo sonidos que me llenaban de un miedo indefinible... miedo a prodigios indefinidos y misterios acechantes. No es que tales sonidos fuesen espantosos, pues no lo eran, pero contenían vibraciones que sugerían cosas que no eran de este mundo y, a intervalos, asumían una cualidad sinfónica que a duras penas podía creer el producto de un sólo músico. Con el paso de semanas, la interpretación se volvió más salvaje, mientras el viejo músico se tornaba cada vez más ojeroso y furtivo que lo hacían lastimoso de ver. Ahora rehusaba admitirme en momento alguno, y me rehuía cada vez que nos topábamos en las escaleras.

Y una noche, mientras escuchaba al pie de la puerta, oí cómo el chirriante violín estallaba en una caótica babel de soni­dos; un pandemónium que podría haberme hecho dudar de mi propia y tambaleante cordura de no haberme llegado de detrás de esa puerta cerrada una lastimera prueba de que el horror era real... ese grito espantoso, inarticulado, que sólo un mudo puede proferir, y que se desata sólo en momentos del más terri­ble miedo o angustia. Golpeé insistentemente la puerta sin obte­ner contestación. Entonces esperé en el oscuro rellano, estreme­cido de miedo y frío, hasta oír los débiles esfuerzos del pobre músico por incorporarse con ayuda de una silla. Creyéndolo recobrarse de un desmayo, reanudé los golpes a la vez que pronunciaba mi nombre para tranquilizarlo. Escuché cómo Zann se tambaleaba hacia la ventana y cerraba contraventana y cortina; después fue trastabillando hasta la puerta y la abrió titubeante. Esta vez su gozo al verme fue real, ya que su semblante desenca­jado resplandecía de alivio mientras se aferraba a mi chaqueta como un niño a las faldas de su madre.

Temblando de forma patética, el viejo me hizo sentar en una silla, al tiempo que él ocupaba otra, junto a la que su violín y arco yacían de forma descuidada sobre el suelo. Permaneció algún tiempo inmóvil, cabeceando de forma extraña, ofreciendo una paradójica insinuación de escucha intensa y espantada. Des­pués pareció quedar satisfecho y, pasando a una silla junto a la mesa, escribió una breve nota, me la tendió y regresó a la mesa, donde comenzó a escribir rápida e incesantemente. La nota me rogaba encarecidamente, y si quería satisfacer mi curiosidad, que esperase en mi sitio mientras él preparaba un registro com­pleto en alemán de todos los prodigios y terrores que le habían acaecido. Aguardé, y el lápiz del mudo volaba.

Quizás una hora mas tarde, mientras yo aún esperaba y las hojas que el viejo músico rellenaba febrilmente continuaban apilándose, vi sobresaltarse a Zann como tocado por un horrible estremecimiento. Sin lugar a dudas, miraba a la ventana cubierta por cortinas y escuchaba estremecido. Entonces me pareció a medias oír un sonido; aunque no era nada horrible, sino que, por el contrario, se trataba de una nota musical sumamente baja e infinitamente distante, sugiriendo un intérprete que se hallase en una de las casas de la vecindad, o quizás en alguna morada del otro lado del muro sobre el que nunca había llegado a mirar. Pero el efecto fue terrible para Zann, ya que, dejando caer el lápiz, se alzó bruscamente, empuñó el violín y comenzó a desga­rrar la noche con la más extraordinaria interpretación que jamás haya oído nacer de ese arco, fuera de lo escuchado junto a la puerta cerrada.

Sería infructuoso describir la interpretación de Erich Zann en esa noche espantosa. Resultaba más horrible que cualquier otra cosa que yo hubiera escuchado, ya que ahora veía la expresión de su rostro, y podía comprender que el motivo era un miedo atroz. Intentaba hacer ruido para mantener algo a raya o quizás ahogar sus sonidos... el qué, no puedo imaginarlo, aunque creo que debía tratarse de algo terrible. La ejecución se volvía fantástica, delirante e histérica, aunque manteniendo hasta el fin las cualidades de supremo genio que, como yo bien sabía, poseía aquel singular anciano. Reconocía los sones –se trataba de una salvaje danza húngara, popular en los teatros, y por un instante pensé que era la primera vez que oía a Zann acometer la obra de otro compositor.

Más y más alto, más y más salvaje, subían el chirrido y el gemir de aquel violín desesperado. El músico estaba empapado en sudor y se contorsionaba como un mono, sin dejar de mirar frenéticamente hacia la ventana cubierta por la cortina. En sus extraordinarias contorsiones, casi podía adivinar sátiros y bacan­tes bailando y girando enloquecidos a través de hirvientes abis­mos de nubes y humo y relámpagos. Y entonces creí escuchar una nota más aguda y persistente que la del violín; una nota cal­mosa, deliberada, intencionada, burlona, que llegaba de muy lejos hacia el oeste.

En ese momento la contraventana comenzó a batir empu­jada por un rugiente viento nocturno que se había alzado en el exterior a la par que el loco concierto de dentro. El chirriante violín de Zann ahora se impuso emitiendo sonidos que yo no creía posibles en un instrumento así. La contraventana batió más fuerte, suelta, y comenzó a golpear la ventana. El cristal saltó en pedazos bajo los golpes repetidos y el viento frío entró, haciendo chisporrotear las velas y arrebatando los folios de la mesa donde Zann había comenzado a transcribir su horrible secreto. Miré a Zann y vi que se hallaba más allá de cualquier relato imparcial. Sus ojos azules estaban desorbitados, vidriosos, ciegos, y la frenética interpretación se había convertido en una irreconocible orgía, ciega, mecánica, que ninguna pluma puede aspirar siquiera a insinuar.

Un soplo repentino aun más fuerte que los demás, arrebató el manuscrito y lo llevó hacia la ventana. Perseguí con desespe­ración las hojas volantes, pero se fueron antes de que pudiera llegar a los cristales rotos. Entonces recordé mi antiguo deseo de mirar por esa ventana, la única en la Rue d'Auseil desde la que uno podía contemplar la ladera al otro lado del muro y la ciu­dad que se extendía más allá. Estaba muy oscuro, pero las luces de la ciudad permanecían encendidas, y yo esperaba verlas a. pesar de la lluvia y el viento. Pero aunque me asomé a esa alta ventana de buhardilla, miré mientras las velas chisporroteaban y el loco violín aullaba al compás del viento nocturno, no vi ciu­dad alguna abajo, ni luces amigables resplandeciendo desde calles reconocibles, sino sólo la oscuridad del espacio ilimitado; inimaginable espacio viviente, con movimiento y música, care­ciendo de semejanza alguna con nada de esta tierra. Y mientras permanecía allí, mirando aterrorizado, el viento apagó las velas de la antigua buhardilla picuda, sumiéndome en una salvaje e impenetrable oscuridad, con caos y pandemónium ante mí, y la demoníaca locura del violín aullando en la noche a mis espaldas.

Retrocedí tambaleándome en la oscuridad, sin medios para encender la luz, chocando con la mesa, volteando una silla y finalmente abriéndome paso hacia el lugar donde la oscuridad gritaba con la estremecedora música. Debía hacer algo para sal­varnos a Erich Zann y a mí mismo, cualesquiera que fueran los poderes que se nos enfrentaban. En cierta ocasión creí sentir el roce de algo helado y grité, pero mi grito fue acallado por aquel espantoso violín. Repentinamente, en la oscuridad, el enloque­cido vaivén del arco me tocó y supe que estaba junto al músico. Tanteando, toqué el respaldo de la silla de Zann, y luego encon­tré y sacudí su hombro intentando hacerle volver en sí.

No respondió, y el violín chirriaba sin pausa. Alcé la mano a su cabeza, cuyo mecánico agitar pude detener y le grité en el oído que debíamos escapar de los desconocidos seres de la noche. Pero ni me respondió ni detuvo el frenesí de su inexpli­cable música, mientras que por toda la buhardilla parecían dan­zar extrañas corrientes de viento entre la oscuridad y la confu­sión. Al tocar con la mano su oreja me estremecí, aunque sin saber por qué... no lo supe hasta que palpé su rostro inmóvil; el rostro frío como el hielo, rígido, sin respiración, cuyos ojos se desorbitaban en vano mirando el vacío. Y entonces, merced a algún milagro, alcancé la puerta y el gran pestillo de madera, y huí desesperadamente del ser de ojos vidriosos en la oscuridad, y del espectral aullido de ese maldito violín cuya furia crecía según yo escapaba.

Saltando, volando, huyendo por esas escaleras sin fin a través de la casa a oscuras; corriendo a ciegas por esa calle estrecha, empi­nada y antigua, llena de escalones y casas inclinadas; bajando escalinatas y corriendo sobre adoquines hacia las calles inferiores y el pútrido río encajonado; cruzando jadeante el gran puente oscuro hacia las calles y bulevares más amplios y salubres que me resultaban conocidos; aún guardo todas esas impresiones. Y recuerdo que no había viento ni luna, y que todas las luces de la ciudad resplandecían.

A pesar de mis búsquedas e indagaciones más cuidadosas, nunca he podido dar con la Rue d'Auseil. Pero tampoco me pesa tanto, ya sea por esto o por la pérdida en abismos no soña­dos de las hojas de letra apretada que eran lo único que podrían haber explicado la música de Erich Zann.


H. P. Lovecraft -- El extraño


H. P. Lovecraft

El extraño


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Infeliz es aquél a quien sus recuerdos infantiles sólo traen miedo y tristeza. Desgraciado aquél que vuelve la mirada hacia horas solitarias en bastos y lúgubres recintos de cortinados marrones y alucinantes hileras de antiguos volúmenes, o hacia pavorosas vigilias a la sombra de árboles descomunales y grotescos, cargados de enredaderas, que agitan silenciosamente en las alturas sus ramas retorcidas. Tal es lo que los dioses me destinaron... a mí, el aturdido, el frustrado, el estéril, el arruinado y sin embargo, me siento extrañamente satisfecho y me aferro con desesperación a esos recuerdos marchitos cada vez que mi mente amenaza con ir más allá, hacia el otro. No sé dónde nací, salvo que el castillo era infinitamente horrible, lleno de pasadizos oscuros y con altos cielos rasos donde la mirada sólo hallaba telarañas y sombras. Las piedras de los agrietados corredores estaban siempre odiosamente húmedas y por doquier se percibía un olor maldito, como de pilas de cadáveres de generaciones muertas. Jamás había luz, por lo que solía encender velas y quedarme mirándolas fijamente en busca de alivio; tampoco afuera brillaba el sol, ya que esas terribles arboledas se elevaban por encima de la torre más alta. Una sola, una torre negra, sobrepasaba el ramaje y salía al cielo abierto y desconocido, pero estaba casi en ruinas y sólo se podía ascender a ella por un escarpado muro poco menos que imposible de escalar.
Debo haber vivido años en ese lugar, pero no puedo medir el tiempo. Seres vivos debieron haber atendido a mis necesidades, y sin embargo no puedo rememorar a persona alguna excepto yo mismo, ni ninguna cosa viviente salvo ratas, murciélagos y arañas, silenciosos todos. Supongo que, quienquiera me haya cuidado, debió haber sido asombrosamente viejo, puesto que mi primera representación mental de una persona viva fue la de algo semejante a mí, pero retorcido, marchito y deteriorado como el castillo. Para mí no tenían nada de grotescos los huesos y los esqueletos esparcidos por las criptas de piedra cavadas en las profundidades de los cimientos. En mi fantasía asociaba estas cosas con los hechos cotidianos y los hallaba más reales que las figuras en colores de seres vivos que veía en muchos libros mohosos. En esos libros aprendí todo lo que sé. Maestro alguno me urgió o me guió, y no recuerdo haber escuchado en todos esos años voces humanas..., ni siquiera la mía; ya que, si bien había leído acerca de la palabra hablada nunca se me ocurrió hablar en voz alta. Mi aspecto era asimismo una cuestión ajena a mi mente, ya que no había espejos en el castillo y me limitaba, por instinto, a verme como un semejante de las figuras juveniles que veía dibujadas o pintadas en los libros. Tenía conciencia de la juventud a causa de lo poco que recordaba.
Afuera, tendido en el pútrido foso, bajo los árboles tenebrosos y mudos, solía pasarme horas enteras soñando lo que había leído en los libros; añoraba verme entre gentes alegres, en el mundo soleado allende de la floresta interminable. Una vez traté de escapar del bosque, pero a medida que me alejaba del castillo las sombras se hacían más densas y el aire más impregnado de crecientes temores, de modo que eché a correr frenéticamente por el camino andado, no fuera a extraviarme en un laberinto de lúgubre silencio. Y así, a través de crepúsculos sin fin, soñaba y esperaba, aún cuando no supiera qué. Hasta que en mi negra soledad, el deseo de luz se hizo tan frenético que ya no pude permanecer inactivo y mis manos suplicantes se elevaron hacia esa única torre en ruinas que por encima de la arboleda se hundía en el cielo exterior e ignoto. Y por fin resolví escalar la torre, aunque me cayera; ya que mejor era vislumbrar un instante el cielo y perecer, que vivir sin haber contemplado jamás el día. A la húmeda luz crepuscular subí los vetustos peldaños de piedra hasta llegar al nivel donde se interrumpían, y de allí en adelante, trepando por pequeñas entrantes donde apenas cabía un pie, seguí mi peligrosa ascensión. Horrendo y pavoroso era aquel cilindro rocoso, inerte y sin peldaños; negro, ruinoso y solitario, siniestro con su mudo aleteo de espantados murciélagos. Pero más horrenda aún era la lentitud de mi avance, ya que por más que trepase, las tinieblas que me envolvían no se disipaban y un frío nuevo, como de moho venerable y embrujado, me invadió. Tiritando de frío me preguntaba por qué no llegaba a la claridad, y, de haberme atrevido, habría mirado hacia abajo. Antojóseme que la noche había caído de pronto sobre mí y en vano tanteé con la mano libre en busca del antepecho de alguna ventana por la cual espiar hacia afuera y arriba y calcular a qué altura me encontraba. De pronto, al cabo de una interminable y espantosa ascensión a ciegas por aquel precipicio cóncavo y desesperado, sentí que la cabeza tocaba algo sólido; supe entonces que debía haber ganado la terraza o, cuando menos, alguna clase de piso. Alcé la mano libre y, en la oscuridad, palpé un obstáculo, descubriendo que era de piedra e inamovible. Luego vino un mortal rodeo a la torre, aferrándome de cualquier soporte que su viscosa pared pudiera ofrecer; hasta que finalmente mi mano, tanteando siempre, halló un punto donde la valla cedía y reanudé la marcha hacia arriba, empujando la losa o puerta con la cabeza, ya que utilizaba ambas manos en mi cauteloso avance. Arriba no apareció luz alguna y, a medida que mis manos iban más y más alto, supe que por el momento mi ascensión había terminado, ya que la puerta daba a una abertura que conducía a una superficie plana de piedra, de mayor circunferencia que la torre inferior, sin duda el piso de alguna elevada y espaciosa cámara de observación. Me deslicé sigilosamente por el recinto tratando que la pesada losa no volviera a su lugar, pero fracasé en mi intento. Mientras yacía exhausto sobre el piso de piedra, oí el alucinante eco de su caída, pero con todo tuve la esperanza de volver a levantarla cuando fuese necesario.
Creyéndome ya a una altura prodigiosa, muy por encima de las odiadas ramas del bosque, me incorporé fatigosamente y tanteé la pared en busca de alguna ventana que me permitiese mirar por vez primera el cielo y esa luna y esas estrellas sobre las que había leído. Pero ambas manos me decepcionaron, ya que todo cuanto hallé fueron amplias estanterías de mármol cubiertas de aborrecibles cajas oblongas de inquietante dimensión. Más reflexionaba y más me preguntaba qué extraños secretos podía albergar aquel alto recinto construido a tan inmensa distancia del castillo subyacente. De pronto mis manos tropezaron inesperadamente con el marco de una puerta, del cual colgaba una plancha de piedra de superficie rugosa a causa de las extrañas incisiones que la cubrían. La puerta estaba cerrada, pero haciendo un supremo esfuerzo superé todos los obstáculos y la abrí hacia adentro. Hecho esto, invadióme el éxtasis más puro jamás conocido; a través de una ornamentada verja de hierro, y en el extremo de una corta escalinata de piedra que ascendía desde la puerta recién descubierta, brillando plácidamente en todo su esplendor estaba la luna llena, a la que nunca había visto antes, salvo en sueños y en vagas visiones que no me atrevía a llamar recuerdos. Seguro ahora de que había alcanzado la cima del castillo, subí rápidamente los pocos peldaños que me separaban de la verja; pero en eso una nube tapó la luna haciéndome tropezar, y en la oscuridad tuve que avanzar con mayor lentitud. Estaba todavía muy oscuro cuando llegué a la verja, que hallé abierta tras un cuidadoso examen pero que no quise trasponer por temor de precipitarme desde la increíble altura que había alcanzado. Luego volvió a salir la luna.
De todos los impactos imaginables, ninguno tan demoníaco como el de lo insondable y grotescamente inconcebible. Nada de lo soportado antes podía compararse al terror de lo que ahora estaba viendo; de las extraordinarias maravillas que el espectáculo implicaba. El panorama en sí era tan simple como asombroso, ya que consistía meramente en esto: en lugar de una impresionante perspectiva de copas de árboles vistas desde una altura imponente, extendíase a mi alrededor, al mismo nivel de la verja, nada menos que la tierra firme, separada en compartimentos diversos por medio de lajas de mármol y columnas, y sombreada por una antigua iglesia de piedra cuyo devastado capitel brillaba fantasmagóricamente a la luz de la luna. Medio inconsciente, abrí la verja y avancé bamboleándome por la senda de grava blanca que se extendía en dos direcciones. Por aturdida y caótica que estuviera mi mente, persistía en ella ese frenético anhelo de luz, ni siquiera el pasmoso descubrimiento de momentos antes podía detenerme. No sabía, ni me importaba, si mi experiencia era locura, enajenación o magia, pero estaba resuelto a ir en pos de luminosidad y alegría a toda costa. No sabía quién o qué era yo, ni cuáles podían ser mi ámbito y mis circunstancias; sin embargo, a medida que proseguía mi tambaleante marcha, se insinuaba en mí una especie de tímido recuerdo latente que hacía mi avance no del todo fortuito, sin rumbo fijo por campo abierto; unas veces sin perder de vista el camino, otras abandonándolo para internarme, lleno de curiosidad, por praderas en las que sólo alguna ruina ocasional revelaba la presencia, en tiempos remotos, de una senda olvidada. En un momento dado tuve que cruzar a nado un rápido río cuyos restos de mampostería agrietada y mohosa hablaban de un puente mucho tiempo atrás desaparecido.
Habían transcurrido más de dos horas cuando llegué a lo que aparentemente era mi meta: un venerable castillo cubierto de hiedras, enclavado en un gran parque de espesa arboleda, de alucinante familiaridad para mí, y sin embargo lleno de intrigantes novedades. Vi que el foso había sido rellenado y que varias de las torres que yo bien conocía estaban demolidas, al mismo tiempo que se erguían nuevas alas que confundían al espectador. Pero lo que observé con el máximo interés y deleite fueron las ventanas abiertas, inundadas de esplendorosa claridad y que enviaban al exterior ecos de la más alegre de las francachelas.
Adelantándome hacia una de ellas, miré el interior y vi un grupo de personas extrañamente vestidas, que departían entre sí con gran jarana. Como jamás había oído la voz humana, apenas sí podía adivinar vagamente lo que decían. Algunas caras tenían expresiones que despertaban en mí remotísimos recuerdos; otras me eran absolutamente ajenas. Salté por la ventana y me introduje en la habitación, brillantemente iluminada, a la vez que mi mente saltaba del único instante de esperanza al más negro de los desalientos. La pesadilla no tardó en venir, ya que, no bien entré, se produjo una de las más aterradoras reacciones que hubiera podido concebir. No había terminado de cruzar el umbral cuando cundió entre todos los presentes un inesperado y súbito pavor, de horrible intensidad, que distorsionaba los rostros y arrancaba de todas las gargantas los chillidos más espantosos. El desbande fue general, y en medio del griterío y del pánico varios sufrieron desmayos, siendo arrastrados por los que huían enloquecidos. Muchos se taparon los ojos con las manos y corrían a ciegas llevándose todo por delante, derribando los muebles y dándose contra las paredes en su desesperado intento de ganar alguna de las numerosas puertas.
Solo y aturdido en el brillante recinto, escuchando los ecos cada vez más apagados de aquellos espeluznantes gritos, comencé a temblar pensando qué podía ser aquello que me acechaba sin que yo lo viera. A primera vista el lugar parecía vacío, pero cuando me dirigí a una de las alcobas creí detectar una presencia... un amago de movimiento del otro lado del arco dorado que conducía a otra habitación, similar a la primera. A medida que me aproximaba a la arcada comencé a percibir la presencia con más nitidez; y luego, con el primero y último sonido que jamás emití -un aullido horrendo que me repugnó casi tanto como su morbosa causa-, contemplé en toda su horrible intensidad el inconcebible, indescriptible, inenarrable monstruo que, por obra de su mera aparición, había convertido una alegre reunión en una horda de delirantes fugitivos.
No puedo siquiera decir aproximadamente a qué se parecía, pues era un compuesto de todo lo que es impuro, pavoroso, indeseado, anormal y detestable. Era una fantasmagórica sombra de podredumbre, decrepitud y desolación; la pútrida y viscosa imagen de lo dañino; la atroz desnudez de algo que la tierra misericordiosa debería ocultar por siempre jamás. Dios sabe que no era de este mundo -o al menos había dejado de serlo-, y sin embargo, con enorme horror de mi parte, pude ver en sus rasgos carcomidos, con huesos que se entreveían, una repulsiva y lejana reminiscencia de formas humanas; y en sus enmohecidas y destrozadas ropas, una indecible cualidad que me estremecía más aún.
Estaba casi paralizado, pero no tanto como para no hacer un débil esfuerzo hacia la salvación: un tropezón hacia atrás que no pudo romper el hechizo en que me tenía apresado el monstruo sin voz y sin nombre. Mis ojos, embrujados por aquellos asqueantes ojos vítreos que los miraba fijamente, se negaba a cerrarse, si bien el terrible objeto, tras el primer impacto, se veía ahora más confuso. Traté de levantar la mano y disipar la visión, pero estaba tan anonadado que el brazo no respondió por entero a mi voluntad. Sin embargo, el intento fue suficiente como para alterar mi equilibrio y, bamboleándome, di unos pasos hacia adelante para no caer. Al hacerlo adquirí de pronto la angustiosa noción de la proximidad de la cosa, cuya inmunda respiración tenía casi la impresión de oír. Poco menos que enloquecido, pude no obstante adelantar una mano para detener a la fétida imagen, que se acercaba más y más, cuando de pronto, mis dedos tocaron la extremidad putrefacta que el monstruo extendía por debajo del arco dorado.
No chillé, pero todos los satánicos vampiros que cabalgan en el viento de la noche lo hicieron por mí, a la vez que dejaron caer en mi mente una avalancha de anonadantes recuerdos. Supe en ese mismo instante todo lo ocurrido; recordé hasta más allá del terrorífico castillo y sus árboles; reconocí el edificio en el cual me hallaba; reconocí, lo más terrible, la impía abominación que se erguía ante mí, mirándome de soslayo mientras apartaba de los suyos mis dedos manchados. Pero en el cosmos existe el bálsamo además de la amargura, y ese bálsamo es el olvido. En el supremo horror de ese instante olvidé lo que me había espantado y el estallido del recuerdo se desvaneció en un caos de reiteradas imágenes. Como entre sueños, salí de aquel edificio fantasmal y execrado y eché a correr rauda y silenciosamente a la luz de la luna. Cuando retorné al mausoleo de mármol y descendí los peldaños, encontré que no podía mover la trampa de piedra; pero no lo lamenté, ya que había llegado a odiar el viejo castillo y sus árboles. Ahora cabalgo junto a los fantasmas, burlones y cordiales, al viento de la noche, y durante el día juego entre las catacumbas de Nefre-Ka, en el recóndito y desconocido valle de Hadoth, a orillas del Nilo. Sé que la luz no es para mí, salvo la luz de la luna sobre las tumbas de roca de Neb, como tampoco es para mí la alegría, salvo las innominadas fiestas de Nitokris bajo la Gran Pirámide; y sin embargo en mi nueva y salvaje libertad, agradezco casi la amargura de la alienación.
Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no por eso ignoro que soy un extranjero; un extraño a este siglo y a todos los que aún son hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis dedos hacia esa cosa abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que extendí mis dedos y toqué una fría e inexorable superficie de pulido espejo.



Astrophobos -- H.P.Lovecraft

Astrophobos
H.P.Lovecraft


En los cielos nocturnos brillando,
Sobre abismos lejanos y etéreos,
Anhelante un día acechaba
Una seductora, luminosa estrella;
Cada atardecer surgía en el cielo
Brillando en el Carro Artico.

Místicas bellezas se fundían
En sus brillantes, dorados rayos;
Gozosas quimeras descendían
Con mezclas y olores a mirra,
Y unos sones de liras extendían
Dulces y suaves melodías.

Allí, pensé, imperaba el placer,
La libertad y la armonía;
A cada momentó nacía un tesoro
Envuelto en flores de loto,
Y un líquido sonido salía
Del laúd de Israfel.

Allí, me dije, existían
Mundos de increíble felicidad,
Donde la inocencia y la paz
Coronaban el trono de la virtud;
Hombres de luces, sus pensamientos
Más puros y limpios que los nuestros.

Y entonces sentí pavor, pues la visión
Se tornó delirante y roja;
La esperanza se enmascaró de burla,
La belleza se cambió en fealdad;
Una algarabía de músicas chocaron,
Signos espectrales se entremezclaron.

Con delirantes colores ardió la estrella
Que antaño vislumbré tan bella;
Todo era triste, ya no había felicidad,
y en mis ojos destelló la verdad;
Un pandemonio salvaje desfiló
Ante mi enfebrecida visión.

Ahora conocía la diabólica fábula
Que portaba aquel dorado esplendor,
Ahora evitaba la tétrica luz
Que antaño admiré con fervor;
Y un miedo espantoso y mortal
¡Ha apresado mi alma por siempre jamás!

Nov. 21, 1917.

EL ÁRBOL -- H. P. LOVECRAFT

EL ÁRBOL

H. P. LOVECRAFT


En una ladera verdeante del monte Maenalus, en Arcadia, hay un olivar que rodea una villa en ruinas. Muy cerca existe una tumba, en otro tiempo tan her­mosa como la casa. En un extremo de ese sepulcro, de modo que sus curiosas raíces desplazan los manchados bloques de mármol pentélico, crece un olivo asombro­samente grande y de formas repugnantes; y se asemeja tan grotescamente a una figura humana, o al cadáver contorsionado de un hombre, que los campesinos te­men pasar por allí de noche, cuando la luna ilumina débilmente sus ramas retorcidas. El monte Maenalus fue paraje predilecto del terrible Pan, que cuenta con muchos compañeros extraños; y los pastores sencillos creen que el árbol tiene alguna horrenda relación con los misteriosos panisci; pero un viejo colmenero que vive en una choza vecina me contó una historia muy distinta.

Hace muchos años, cuando la villa de la ladera era nueva y esplendorosa, vivían en ella dos escultores, Kalós y Musides. Sus obras eran alabadas desde Lydia a Neápolis, y nadie se atrevía a decir que el uno aventa­jase al otro en habilidad. El Hermes de Kalós se alzaba en un santuario de Corinto y la Pallas de Musides co­ronaba una columna de Atenas próxima al Partenón. Todos los hombres rendían homenaje a Kalós y a Mu­sides, y se maravillaban de que no hubiese ni una som­bra de celos artísticos que enfriara el calor de su fra­terna amistad.

Pero aunque Kalós y Musides vivían en imperturba­ble armonía, sus naturalezas no eran iguales. Mientras Musides disfrutaba por la noche entregándose a las di­versiones urbanas de Tegea, Kalós prefería quedarse en casa; entonces salía furtivamente, a escondidas de sus esclavos, y acudía al frío retiro del olivar. Allí meditaba las visiones que llenaban su mente, y allí concebía las hermosas formas que luego inmortalizaba trasladándo­las al mármol. Los ociosos decían que Kalós conversaba con los espíritus del olivar, y que sus estatuas no eran sino imágenes de los faunos y las dríadas que él veía allí.., ya que nunca copiaba sus obras de ningún modelo vivo.

Tan famosos eran Kalós y Musides, que a nadie ex­trañó que el tirano de Siracusa les enviara emisarios para hablar de la costosa estatua de Tyché que había proyectado erigir en su ciudad. De enorme tamaño e ingenio debía ser esta obra, pues quería que fuese una maravilla para las naciones y una meta para los viajeros. Aquél cuya obra resultara elegida sería exaltado más allá de cuanto cabe imaginar; honor para el que Kalós y Musides fueron invitados a competir. Su amor fraternal era bien conocido, y el astuto tirano supuso que cada uno, en vez de ocultar su obra al otro, le ofrecería ayuda y consejo, que este entendimiento produciría dos imágenes de inusitada belleza, y que aquella que destacase eclipsaría incluso los sueños de los poetas.

Con alegría aceptaron los escultores la oferta del ti­rano, y durante los días siguientes sus esclavos oyeron el incesante golpear de los cinceles. Kalós y Musides no se ocultaban sus obras; pero sólo ellos las veían. Salvo los suyos, ningún par de ojos contemplaba las dos divinas figuras que los hábiles golpes liberaban de los toscos bloques que las habían tenido aprisionadas desde los orígenes del mundo.

Por las noches, como siempre, Musides acudía a diver­tirse a los salones de Tegea, mientras Kalós vagaba a solas por el olivar. Pero a medida que transcurría el tiempo, los hombres observaban que le faltaba alegría al en otro tiempo chispeante Musides. Era extraño, se decían, que la depresión se hubiese apoderado de quien tantas probabilidades tenía de ganar la más alta recompensa del arte. Transcurrieron muchos meses; sin embargo, el rostro afligido de Musides no reflejaba otra cosa que la tensa expectación que la empresa despertaba.

Luego, un día, Musides habló de la enfermedad de Kalós, y ya nadie se maravilló de su tristeza, porque todos sabían lo hondo y sagrado que era el afecto de los dos escultores. Así que muchos fueron a visitar a Kalós, y pudieron comprender la palidez de su rostro; pero también vieron en él una feliz serenidad que hacía su mirada más mágica que la mirada de Musides, el cual, devorado por esta ansiedad, apartaba a todos los esclavos en sus ansias por alimentar y cuidar al amigo con sus manos. Ocultas detrás de pesadas cortinas, aguardaban las figuras inacabadas de Tyché, a las que apenas se acercaban ya el enfermo y el fiel compañero que le asistía.

Y Kalós a pesar de que estaba inexplicablemente cada vez más débil, a pesar de los auxilios de los sor­prendidos médicos y los cuidados de su amigo, pedía a menudo que le llevasen al olivar que él tanto armaba. Allí rogaba que le dejasen, como si deseara hablar a solas con los seres invisibles. Musides siempre compla­cía sus deseos, aunque sus ojos se llenaban visible­mente de lágrimas, viendo que Kalós hacía más caso de los faunos y de las dríadas que de él. Por último, se acercó el final, y Kalós empezó a hablar de cosas del más allá. Musides, llorando, le prometió un sepulcro más hermoso que la tumba del propio Mausolo; pero Kalós le rogó que no le hablase más de glorias de már­mol. Sólo un deseo obsesionaba ahora el pensamiento del moribundo: que enterrasen junto a su sepulcro, cerca de su cabeza, unas ramitas de olivo del olivar. Y una noche, estando a solas en la oscuridad del olivar, murió Kalós.

El sepulcro de mármol que el afligido Musides es­culpió para su amigo del alma fue inefablemente her­moso. Nadie más que el propio Kalós habría podido emular sus bellos bajorrelieves, donde se revelaban to­dos los esplendores del Eliseo. Pero no olvidó Musides enterrar junto a la cabeza de Kalós las ramas de olivo que su amigo le había pedido.

Cuando el vivo dolor dio paso a la resignación, Mu­sides volvió a trabajar con diligencia en su figura de Tyché. Todo el honor sería ahora para él, ya que el tirano de Siracusa no quería la obra más que de él o de Kalós. Su trabajo le permitía ahora dar libre curso a su emoción, y trabajaba con más constancia cada día, y eludía las diversiones a las que antes se entregaba. En­tretanto, pasaba las noches junto a la tumba de su amigo, cerca de cuya cabeza había brotado un joven olivo. Tan rápido era el crecimiento de este árbol, y tan extraña su forma, que quienes lo contemplaban pro­rrumpían en exclamaciones de sorpresa. En cuanto a Mu­sides, parecía producirle a la vez fascinación y temor.

Tres años después de la muerte de Kalós, Musides envió un emisario al tirano, y en el ágora de Tegea se corrió la voz de que la enorme estatua estaba termi­nada. A la sazón, el árbol que había crecido junto a la tumba había adquirido unas proporciones asombrosas, superiores a todos los árboles de su especie, y extendía una rama corpulenta por encima del recinto donde Musides trabajaba. Como eran muchos los visitantes que acudían a contemplar el árbol prodigioso, así como a admirar el arte del escultor, Musides casi nunca es­taba solo. Pero no le importaba esta multitud de invi­tados; al contrario, parecía más temeroso de quedarse solo, ahora que su absorbente obra estaba terminada. El viento desolado de la montaña, suspirando entre el olivar y el árbol de la tumba, producía, de manera ex­traña, sonidos vagamente articulados.

El cielo estaba oscuro la tarde en que los emisarios del tirano llegaron a Tegea. Se sabía que venían a lle­var se la gran imagen de Tyché, y a traer eterna gloria a Musides, por la cual los proxenoi les dispensaron una cálida acogida. Por la noche, se desató una tormenta de viento en la cumbre del Maenalus, y los hombres de la lejana Siracusa se alegraron de poder descansar a cubierto en la ciudad. Hablaron de su ilustre tirano y del esplendor de su capital, y se alegraron por la belleza de la estatua que Musides había esculpido para él. Enton­ces los de Tegea les contaron lo grande que era la bondad de Musides y su profunda aflicción por su amigo; y cómo ni siquiera los inminentes laureles del arte podían consolarle de la ausencia de Kalós, quien quizá los habría ceñido en su lugar. Y también les ha­blaron del árbol que crecía junto a la cabeza de Kalós. Pero el viento aullaba horriblemente, y los de Siracusa y los arcadios elevaron sus plegarias a Eolo.

Cuando el sol salió por la mañana, los proxenoi con­dujeron a los emisarios del tirano, ladera arriba, a la morada del escultor; sin embargo, el viento de la noche había hecho cosas muy extrañas. Los gritos de los es­clavos se elevaban en medio de un escenario de desola­ción; y en el olivar no se alzaban ya las espléndidas columnatas de la inmensa residencia donde había so­ñado y trabajado Musides. Aisladas y rotas, sólo que­daban las viviendas humildes y los muros inferiores, pues sobre el suntuoso peristilo se había derrumbado la pesada rama del árbol extraño, reduciendo el majes­tuoso poema de mármol a un montón de ruinas deplo­rables. Los extranjeros y los tegeos se quedaron horro­rizados, y se volvieron hacia el árbol siniestro y gigan­tesco, cuya silueta parecía misteriosamente humana, y cuyas raíces se hundían en el esculpido sepulcro de Kalós. Y el miedo y el espanto de todos aumentó cuando registraron el recinto derruido y no encontra­ron rastro alguno del bondadoso Musides y La maravi­llosamente modelada imagen de Tyché. En las tremen­das ruinas sólo reinaba el caos, y los representantes de

ambas ciudades se vieron decepcionados: los emisarios, por haberse quedado sin la estatua; los habitantes de Tegea, por haberse quedado también sin artista al que coronar. No obstante, los de Siracusa consiguieron, poco después, una espléndida estatua de Atenea, y los tegeos se consolaron erigiendo en el ágora un templo de mármol conmemorando el talento, las virtudes y la piedad fraterna de Musides.

Pero aún sigue allí el olivar, así como el árbol que crece en la tumba de Kalós; el viejo colmenero me ha contado que a veces sus ramas susurran, cuando sopla el viento por la noche, y repiten una y otra vez; «¡Oída! ¡Oída!... ¡Yo sé! ¡Yo sé».



Polaris -- H. P. Lovecraft







H. P. Lovecraft



Polaris



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Polaris

H. P. Lovecraft

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El resplandor de la Estrella Polar penetra por la ventana norte de mi cámara. Allí brilla durante todas las horas espantosas de negrura. Y durante el otoño, cuando los vientos del norte gimen y maldicen, y los árboles del pantano, con las hojas rojizas, susurran cosas en las primeras horas de la madrugada bajo la luna menguante y cornuda, me siento junto a la ventana y contemplo esa estrella. En lo alto tiembla reluciente Casiopea, hora tras hora, mientras la Osa Mayor se eleva pesadamente por detrás de esos árboles empapados de vapor que el viento de la noche balancea. Antes de romper el día, Arcturus parpadea rojozo por encima del cementerio de la loma, y la Cabellera de Berenice resplandece espectral allá, en el oriente misterioso; pero la Estrella Polar sigue mirando con recelo, fija en el mismo punto de la negra bóveda, parpadeando espantosamente como un ojo insensato y vigilante que pugna por transmitir algún extraño mensaje, aunque no recuerda nada, salvo que un día tuvo un mensaje que transmitir. Sin embargo, cuando el cielo se nubla, consigo conciliar el sueño.

Nunca olvidaré la noche de la gran aurora, cuando jugaban sobre el pantano los horribles centelleos de la luz demoníaca. Después de los destellos llegaron las nubes, y luego el sueño.

Y bajo una luna menguante y cornuda, vi la ciudad por primera vez. Se asentaba, callada y soñolienta, sobre una meseta que se alzaba en una depresión entre extraños picos. Sus murallas eran de horrible mármol, al igual que sus torres, columnas, cúpulas y pavimentos. En las calles había columnas de mármol en cuya parte superior se alzaban esculpidas imágenes de hombres graves y barbados. El aire era cálido y manso. Y en lo alto, apenas a diez grados del cenit, brillaba vigilante esa Estrella Polar. Mucho tiempo estuve contemplando la ciudad sin que llegara el día. Cuando el rojo Aldebarán, que parpadea a baja altura sin ponerse, llevaba ya hecho un cuarto de su camino por el horizonte, vi luz y movimiento en las casas y las calles. Formas extrañamente vestidas, a un tiempo nobles y familiares, deambulaban bajo la luna menguante y cornuda; los hombres hablaban sabiamente en una lengua que yo entendía, si bien era distinta de la que conocía. Y cuando el rojo Aldebarán hubo recorrido más de la mitad de su trayecto, volvió el silencio y la oscuridad.

Al despertar ya no fui el de antes. Había quedado grabada en mi memoria la visión de la ciudad, y en mi alma había despertado un recuerdo brumoso, de cuya naturaleza no estaba entonces seguro. Después, en las noches de cielo nublado en que podía dormir, vi con frecuencia la ciudad; unas veces bajo los rayos cálidos y dorados de un sol que nunca se ponía y giraba alrededor del horizonte. Y en las noches claras, la Estrella Polar miraba de soslayo como no lo había hecho nunca.

Gradualmente, empecé a preguntarme cuál podía ser mi sitio en aquella ciudad de la extraña meseta entre extraños picos. Contento al principio de contemplar el paisaje como una presencia incorpórea que todo lo observaba, deseé luego definir mi relación con ella, y hablar con los hombres graves que a diario discutían en las plazas. Me dije a mí mismo: “Esto no es un sueño; pues, ¿por qué medio puedo probar que es más real esa otra vida de las casas de piedra y ladrillo, al sur del siniestro pantano y del cementerio de la loma, donde cada noche la Estrella Polar atisba furtiva por mi ventana?”.

Una noche, mientras escuchaba el discurso en la gran plaza de numerosas estatuas, experimenté un cambio, y noté que al fin tenía forma corporal. Pero no era un extraño en las calles de Olathoe, la ciudad de la meseta de Sarkia, situada entre los picos Noton y Kadiphonek. Era mi amigo Alos quien hablaba, y su discurso era grato a mi alma, ya que era el discurso del hombre sincero y del patriota. Esa noche tuve noticia de la caída de Daikos y del avance de los inutos, demonios achaparrados, amarillos y horribles que cinco años antes habían surgido del desconocido occidente para asolar los confines de nuestro reino y sitiar muchas de nuestras ciudades. Una vez tomadas las plazas fortificadas al pie de las montañas, su camino quedaba ahora expedito hacia la meseta, a menos que cada ciudadano resistiese con la fuerza de diez hombres. Pues las rechonchas criaturas eran poderosas en las artes de la guerra, y no conocían aquellos escrúpulos de honor que impedían a nuestros hombres altos y de ojos grises, habitantes de Lomar, emprender una conquista despiadada.

Mi amigo Alos mandaba todas las fuerzas de la meseta, y en él se cifraba la última esperanza de nuestro país. En este momento, hablaba de los peligros que había que afrontar, y exhortaba a los hombres de Olathoe, los más bravos de los lomarianos, a perpetuar la tradición de sus antepasados, quienes al verse obligados a abandonar Zobna y desplazarse hacia el sur ante el avance de los hielos (incluso nuestros descendientes tendrán que dejar un día las tierras de Lomar), barrieron gallarda y victoriosamente a los gnophkehs, caníbales belludos y de largos brazos que se oponían a su paso. Alos me había rechazado como guerrero, ya que era débil y propenso a extraños desmayos cuando me sometía a la fatiga y al esfuerzo. Pero mis ojos eran los más agudos de la ciudad, a pesar de las largas horas que yo dedicaba cada día al estudio de los manuscritos Pnakóticos y del saber de los Padres Zbanarianos; de modo que mi amigo, no queriendo condenarme a la inacción, me concedió el penúltimo deber en importancia: me envió a la atalaya de Thapnen para hacer allá de ojos de nuestro ejercito. En caso de que los inutos intentasen conquistar la ciudadela por el estrecho paso que hay detrás del pico de Noth, y sorprender por allí a la guarnición, yo debía encender la señal de fuego que advertía a los soldados que aguardaban, y salvar la ciudad de su inmediata destrucción.

Subí solo a la torre, ya que los hombres fuertes eran todos necesarios abajo en los desfiladeros. Tenía el cerebro dolorosamente embotado por la excitación y el cansancio, ya que no había dormido desde hacía muchos días; pero mi resolución era firme, pues amaba mi tierra natal de Lomar, y la marmórea ciudad de Olathoe, situada entre los picos Noton y Kadiphonek.

Pero cuando estaba en la cámara más alta de la torre, percibí la luna roja, siniestra, menguante, cornuda, temblando entre los vapores que flotaban sobre el lejano valle de Banof. Y a través de su abertura del techo brilló la pálida Estrella Polar, parpadeando como si estuviera viva, y mirando furtiva como un demonio de tentación. Creo que su espíritu me susurró consejos malvados, sumiéndome en traidora somnolencia con una rítmica y condenable promesa que repetía una y otra vez:

“Duerme, vigía, hasta que las esferas
Giren veintiséis mil años
Y yo regrese
Al lugar donde ahora ardo.
Después, otros astros surgirán
En el eje de los cielos
Astros que sosieguen, astros que bendigan
Sólo cuando mi órbita concluya
Turbará el pasado tu puerta".

En vano traté de vencer mi somnolencia, intentando relacionar estas extrañas palabras con alguno de los saberes celestes que yo había aprendido en los manuscritos Pnakóticos. Mi cabeza, pesada y vacilante, se dobló sobre mi pecho; y cuando volví a mirar, fue en un sueño, y la Estrella Polar sonreía burlonamente a través de una ventana, por encima de los horribles y agitados árboles de un pantano soñado. Y aún continúo soñando.

En mi vergüenza y desesperación, grito a veces frenéticamente, suplicando a las criaturas soñadas de mi alrededor que me despierten, no vaya a ser que los inutos suban furtivamente por detrás del pico de Noton y tomen la ciudadela por sorpresa; pero estas criaturas son demonios: se ríen de mí y me dicen que no sueño. Se burlan mientras duermo; entretanto, puede que los enemigos achaparrados y amarillos se estén acercando a nosotros con sigilo. He faltado a mi deber y he traicionado a la marmórea ciudad de Olathoe. He sido desleal a Alos, mi amigo y capitán. Sin embargo, estas sombras de mis sueños se burlan de mí. Dicen que no existe ninguna tierra de Lomar, salvo en mis nocturnos desvaríos; que en esas regiones donde la Estrella Polar brilla en lo alto, y donde el rojo Aldebarán se arrastra lentamente por el horizonte, no ha habido otra cosa que hielo y nieve durante milenios, ni otros hombres que esas criaturas rechonchas y amarillas, marchitas por el frío, que se llaman “esquimales”.

Y mientras escribo en mi culpable agonía, frenético por salvar a la ciudad cuyo peligro aumenta a cada instante, y lucho en vano por liberarme de esta pesadilla en la que parece que estoy en una casa de piedra y de ladrillos, al sur de un siniestro pantano y un cementerio en lo alto de una loma, la Estrella Polar, perversa y monstruosa, mora desde la negra bóveda y parpadea horriblemente como un ojo insensato que pugna por transmitir algún mensaje; aunque no recuerda nada, salvo que un día tuvo un mensaje que transmitir.



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H. P. Lovecraft



La Bestia en la Cueva



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La Bestia en la Cueva

H. P. Lovecraft


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La horrible conclusión que se había ido abriendo camino en mi espíritu de manera gradual era ahora una terrible certeza. Estaba perdido por completo, perdido sin esperanza en el amplio y laberíntico recinto de la caverna de Mammoth. Dirigiese a donde dirigiese mi esforzada vista, no podía encontrar ningún objeto que me sirviese de punto de referencia para alcanzar el camino de salida. No podía mi razón albergar la más ligera esperanza de volver jamás a contemplar la bendita luz del día, ni de pasear por los agradables valles y colinas del hermoso mundo exterior. La esperanza se había desvanecido. A pesar de todo, educado como estaba por una vida entera de estudios filosóficos, obtuve una satisfacción no pequeña de mi conducta desapasionada; porque, aunque había leído con frecuencia sobre el salvaje frenesí en el que caían las víctimas de situaciones similares, no experimenté nada de esto, sino que permanecí tranquilo tan pronto como comprendí que estaba perdido.

Tampoco me hizo perder ni por un momento la compostura la idea de que era probable que hubiese vagado hasta más allá de los límites en los que se me buscaría. Si había de morir —reflexioné—, aquella caverna terrible pero majestuosa sería un sepulcro mejor que el que pudiera ofrecerme cualquier cementerio; había en esta concepción una dosis mayor de tranquilidad que de desesperación.

Mi destino final sería perecer de hambre, estaba seguro de ello. Sabía que algunos se habían vuelto locos en circunstancias como esta, pero no acabaría yo así. Yo solo era el causante de mi desgracia: me había separado del grupo de visitantes sin que el guía lo advirtiera; y, después de vagar durante una hora aproximadamente por las galerías prohibidas de la caverna, me encontré incapaz de volver atrás por los mismos vericuetos tortuosos que había seguido desde que abandoné a mis compañeros.

Mi antorcha comenzaba a expirar, pronto estaría envuelto en la negrura total y casi palpable de las entrañas de la tierra. Mientras me encontraba bajo la luz poco firme y evanescente, medité sobre las circunstancias exactas en las que se produciría mi próximo fin. Recordé los relatos que había escuchado sobre la colonia de tuberculosos que establecieron su residencia en estas grutas titánicas, por ver de encontrar la salud en el aire sano, al parecer, del mundo subterráneo, cuya temperatura era uniforme, para su atmósfera e impregnado su ámbito de una apacible quietud; en vez de la salud, habían encontrado una muerte extraña y horrible. Yo había visto las tristes ruinas de sus viviendas defectuosamente construidas, al pasar junto a ellas con el grupo; y me había preguntado qué clase de influencia ejercía sobre alguien tan sano y vigoroso como yo una estancia prolongada en esta caverna inmensa y silenciosa. Y ahora, me dije con lóbrego humor, había llegado mi oportunidad de comprobarlo; si es que la necesidad de alimentos no apresuraba con demasiada rapidez mi salida de este mundo.

Resolví no dejar piedra sin remover, ni desdeñar ningún medio posible de escape, en tanto que se desvanecían en la oscuridad los últimos rayos espasmódicos de mi antorcha; de modo que —apelando a toda la fuerza de mis pulmones— proferí una serie de gritos fuertes, con la esperanza de que mi clamor atrajese la atención del guía. Sin embargo, pensé mientras gritaba que mis llamadas no tenían objeto y que mi voz —aunque magnificada y reflejada por los innumerables muros del negro laberinto que me rodeaba— no alcanzaría más oídos que los míos propios.

Al mismo tiempo, sin embargo, mi atención quedó fijada con un sobresalto al imaginar que escuchaba el suave ruido de pasos aproximándose sobre el rocoso pavimento de la caverna.

¿Estaba a punto de recuperar tan pronto la libertad? ¿Habrían sido entonces vanas todas mis horribles aprensiones? ¿Se habría dado cuenta el guía de mi ausencia no autorizada del grupo y seguiría mi rastro por el laberinto de piedra caliza? Alentado por estas preguntas jubilosas que afloraban en mi imaginación, me hallaba dispuesto a renovar mis gritos con objeto de ser descubierto lo antes posible, cuando, en un instante, mi deleite se convirtió en horror a medida que escuchaba: mi oído, que siempre había sido agudo, y que estaba ahora mucho más agudizado por el completo silencio de la caverna, trajo a mi confuso la noción temible e inesperada de que tales pasos no eran los que correspondían a ningún ser humano mortal. Los pasos del guía, que llevaba botas, hubieran sonado en la quietud ultraterrena de aquella región subterránea como una serie de golpes agudos e incisivos. Estos impactos, sin embargo, eran blandos y cautelosos, como producidos por las garras de un felino. Además al escuchar con atención, me pareció distinguir las pisadas de cuatro patas, en lugar de dos pies.

Quedé entonces convencido de que mis gritos habían despertado y atraído a alguna bestia feroz, quizás a un puma que se hubiera extraviado accidentalmente en el interior de la caverna. Consideré que era posible que el Todopoderoso hubiese elegido para mí una muerte más rápida y piadosa que la que me sobrevendría por hambre; sin embargo, el instinto de conservación, que nunca duerme del todo, se agitó en mi seno; y aunque el escapar del peligro que se aproximaba no serviría sino para preservarme para un fin más duro y prolongado, determiné a pesar de todo vender mi vida lo más cara posible. Por muy extraño que pueda parecer, no podía mi mente atribuir al visitante intenciones que no fueran hostiles. Por consiguiente, me quedé muy quieto, con la esperanza de que la bestia —al no escuchar ningún sonido que le sirviera de guía— perdiese el rumbo, como me había sucedido a mí, y pasase de largo a mi lado. Pero no estaba destinada esta esperanza a realizarse: los extraños pasos avanzaban sin titubear, era evidente que el animal sentía mi olor, que sin duda podía seguirse desde una gran distancia en una atmósfera como la caverna, libre por completo de otros efluvios que pudieran distraerlo.

Me di cuenta, por tanto, de que debía estar armado para defenderme de un misterioso e invisible ataque en la oscuridad y tantee a mi alrededor en busca de los mayores entre los fragmentos de roca que estaban esparcidos por todas partes en el suelo de la caverna, y tomando uno en cada mano para su uso inmediato, esperé con resignación el resultado inevitable. Mientras tanto, las horrendas pisadas de las zarpas se aproximaban. En verdad, era extraña en exceso la conducta de aquella criatura. La mayor parte del tiempo, las pisadas parecían ser las de un cuadrúpedo que caminase con una singular falta de concordancia entre las patas anteriores y posteriores, pero —a intervalos breves y frecuentes— me parecía que tan solo dos patas realizaban el proceso de locomoción. Me preguntaba cuál sería la especie de animal que iba a enfrentarse conmigo; debía tratarse, pensé, de alguna bestia desafortunada que había pagado la curiosidad que la llevó a investigar una de las entradas de la temible gruta con un confinamiento de por vida en sus recintos interminables. Sin duda le servirían de alimento los peces ciegos, murciélagos y ratas de la caverna, así como alguno de los peces que son arrastrados a su interior cada crecida del Río Verde, que comunica de cierta manera oculta con las aguas subterráneas. Ocupé mi terrible vigilia con grotescas conjeturas sobre las alteraciones que podría haber producido la vida en la caverna sobre la estructura física del animal; recordaba la terrible apariencia que atribuía la tradición local a los tuberculosos que allí murieron tras una larga residencia en las profundidades. Entonces recordé con sobresalto que, aunque llegase a abatir a mi antagonista, nunca contemplaría su forma, ya que mi antorcha se había extinguido hacía tiempo y yo estaba por completo desprovisto de fósforos. La tensión de mi mente se hizo entonces tremenda. Mi fantasía dislocada hizo surgir formas terribles y terroríficas de la siniestra oscuridad que me rodeaba y que parecía verdaderamente apretarse en torno de mi cuerpo. Parecía yo a punto de dejar escapar un agudo grito, pero, aunque hubiese sido lo bastante irresponsable para hacer tal cosa, a duras penas habría respondido mi voz. Estaba petrificado, enraizado al lugar en donde me encontraba. Dudaba que pudiera mi mano derecha lanzar el proyectil a la cosa que se acercaba, cuando llegase el momento crucial. Ahora el decidido “pat, pat” de las pisadas estaba casi al alcance de la mano; luego, muy cerca. Podía escuchar la trabajosa respiración del animal y, aunque estaba paralizado por el terror, comprendí que debía de haber recorrido una distancia considerable y que estaba correspondientemente fatigado. De pronto se rompió el hechizo; mi mano, que mi sentido del oído —siempre digno de confianza— casi alcanzó su objetivo: escuche como la cosa saltaba y volvía a caer a cierta distancia; allí pareció detenerse.

Después de reajustar la puntería, descargué el segundo proyectil, con mayor efectividad esta vez; escuché caer la criatura, vencida por completo, y permaneció yaciente e inmóvil. Casi agobiado por el alivio que me invadió, me apoyé en la pared. La respiración de la bestia se seguía oyendo, en forma de jadeantes y pesadas inhalaciones y exhalaciones; deduje de ello que no había hecho más que herirla. Y entonces perdí todo deseo de examinarla. Al fin, un miedo supersticioso, irracional, se había manifestado en mi cerebro, y no me acerqué al cuerpo ni continué arrojándole piedras para completar la extinción de su vida. En lugar de esto, corrí a toda velocidad en lo que era —tan aproximadamente como pude juzgarlo en mi condición de frenesí— la dirección por la que había llegado hasta allí. De pronto escuché un sonido, o más bien una sucesión regular de sonidos. Al momento siguiente se habían convertido en una serie de agudos chasquidos metálicos. Esta vez no había duda: era el guía. Entonces grité, aullé, reí incluso de alegría al contemplar en el techo abovedado el débil fulgor que sabía era la luz reflejada de una antorcha que se acercaba. Corrí al encuentro del resplandor y, antes de que pudiese comprender por completo lo que había ocurrido, estaba postrado a los pies del guía y besaba sus botas mientras balbuceaba —a despecho de la orgullosa reserva que es habitual en mí— explicaciones sin sentido, como un idiota. Contaba con frenesí mi terrible historia; y, al mismo tiempo, abrumaba a quien me escuchaba con protestas de gratitud. Volví por último a algo parecido a mi estado normal de conciencia. El guía había advertido mi ausencia al regresar el grupo a la entrada de la caverna y —guiado por su propio sentido intuitivo de la orientación— se había dedicado a explorar a conciencia los pasadizos laterales que se extendían más allá del lugar en el que había hablado conmigo por última vez; y localizó mi posición tras una búsqueda de más de tres horas.

Después de que hubo relatado esto, yo, envalentonado por su antorcha y por su compañía, empecé a reflexionar sobre la extraña bestia a la que había herido a poca distancia de allí, en la oscuridad y sugerí que averiguásemos, con la ayuda de la antorcha, qué clase de criatura había sido mi víctima. Por consiguiente volví sobre mis pasos, hasta el escenario de la terrible experiencia. Pronto descubrimos en el suelo un objeto blanco, más blanco incluso que la reluciente piedra caliza. Nos acercamos con cautela y dejamos escapar una simultánea exclamación de asombro. Porque éste era el más extraño de todos los monstruos extranaturales que cada uno de nosotros dos hubiera contemplado en la vida. Resultó tratarse de un mono antropoide de grandes proporciones, escapado quizás de algún zoológico ambulante: su pelaje era blanco como la nieve, cosa que sin duda se debía a la calcinadora acción de una larga permanencia en el interior de los negros confines de las cavernas; y era también sorprendentemente escaso, y estaba ausente en casi todo el cuerpo, salvo de la cabeza; era allí abundante y largo que caía en profusión sobre los hombros. Tenía la cara vuelta del lado opuesto a donde estábamos, y la criatura yacía casi directamente sobre ella. La inclinación de los miembros era singular, aunque explicaba la alternancia en su uso que yo había advertido antes, por lo que la bestia avanzaba a veces a cuatro patas, y otras en sólo dos. De las puntas de sus dedos se extendían uñas largas, como de rata. Los pies no eran prensiles, hecho que atribuí a la larga residencia en la caverna que, como ya he dicho antes, parecía también la causa evidente de su blancura total y casi ultraterrena tan característica de toda su anatomía. Parecía carecer de cola.

La respiración se había debilitado mucho, y el guía sacó su pistola con la clara intención de despachar a la criatura, cuando de súbito un sonido que ésta emitió hizo que el arma se le cayera de las manos sin ser usada. Resulta difícil describir la naturaleza de tal sonido. No tenía el tono normal de cualquier especie conocida de simios, y me pregunté si su cualidad extranatural no sería resultado de un silencio completo y continuado por largo tiempo, roto por la sensación de llegada de luz, que la bestia no debía de haber visto desde que entró por vez primera en la caverna. El sonido, que intentaré describir como una especie de parloteo en tono profundo, continuó débilmente.

Al mismo tiempo, un fugaz espasmo de energía pareció conmover el cuerpo del animal. Las garras hicieron un movimiento convulsivo, y los miembros se contrajeron. Con una convulsión del cuerpo rodó sobre sí mismo, de modo que la cara quedó vuelta hacia nosotros. Quedé por un momento tan petrificado de espanto por los ojos de esta manera revelados que no me apercibí de nada más. Eran negros aquellos ojos; de una negrura profunda en horrible contraste con la piel y el cabello de nívea blancura. Como los de las otras especies cavernícolas, estaban profundamente hundidos en sus órbitas y por completo desprovistos de iris. Cuando miré con mayor atención, vi que estaban enclavados en un rostro menos prognático que el de los monos corrientes, e infinitamente menos velludo. La nariz era prominente. Mientras contemplábamos la enigmática visión que se representaba a nuestros ojos, los gruesos labios se abrieron y varios sonidos emanaron de ellos, tras lo cual la cosa se sumió en el descanso de la muerte.

El guía se aferró a la manga de mi chaqueta y tembló con tal violencia que la luz se estremeció convulsivamente, proyectando en la pared fantasmagóricas sombras en movimiento.

Yo no me moví; me había quedado rígido, con los ojos llenos de horror, fijos en el suelo delante de mí.

El miedo me abandonó, y en su lugar se sucedieron los sentimientos de asombro, compasión y respeto; los sonidos que murmuró la criatura abatida que yacía entre las rocas calizas nos revelaron la tremenda verdad: la criatura que yo había matado, la extraña bestia de la cueva maldita, era —o había sido alguna vez— ¡¡¡UN HOMBRE!!!

H. P. Lovecraft -- HISTORIA DEL NECRONOMICON






H. P. Lovecraft



HISTORIA

DEL NECRONOMICON



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HISTORIA DEL NECRONOMICON (1936)

H. P. Lovecraft


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Breve pero completo, resumen de la historia de este libro, de su autor, de diversas traducciones y ediciones desde su redacción (en el 730) hasta nuestros días.

Edición conmemorativa y limitada a cargo de Wilson H. Shepherd, The Rebel Press, Oakman, Alabama.

El título original era Al-Azif, Azif era el término utilizado por los árabes para designar el ruido nocturno (producido por los insectos) que, se suponía, era el murmullo de los demonios. Escrito por Abdul Al Hazred, un poeta loco huido de Sanaa al Yemen, en la época de los califas Omeyas hacia el año 700. Visita las ruinas de Babilonia y los subterráneos secretos de Menfis, y pasa diez años en la soledad del gran desierto que se extiende al sur de Arabia, el Roba el-Khaliyeh, o "Espacio vital" de los antiguos, y el Dahna, o "Desierto Escarlata" de los árabes modernos. Se dice que este desierto está habitado por espíritus malignos y monstruos tenebrosos. Todos aquellos que aseguran haber penetrado en sus regiones cuentan cosas extrañas y sobrenaturales. Durante los últimos años de su vida, Al Hazred vivió en Damasco, donde escribió el Necronomicon (Al-Azif) y por donde circulan terribles y contradictorios rumores sobre su muerte o desaparición en el 738. Su biógrafo del siglo XII, Ibn-Khallikan, cuenta que fue asesinado por un monstruo invisible en pleno día y devorado horriblemente en presencia de un gran número de aterrorizados testigos. Se cuentan, además, muchas cosas sobre su locura. Pretendía haber visto la famosa IIrem, la Ciudad de los Pilares, y haber encontrado bajo las ruinas de una inencontrable ciudad del desierto los anales secretos de una raza más antigua que la humanidad. No participaba de la fe musulmana, adoraba a unas desconocidas entidades a las que llamaba Yog-Sothoth y Cthulhu.

En el año 950, el Azif, que había circulado en secreto entre los filósofos de la época, fue traducido ocultamente al griego por Theodorus Philetas de Constantinopla, bajo el título de Necronomicon. Durante un sigo, y debido a su influencia, tuvieron lugar ciertos hechos horribles, por lo que el libro fue prohibido y quemado por el patriarca Michael. Desde entonces no tenemos más que vagas referencias del libro, pero en el 1228, Olaus Wormius encuentra una traducción al latín que fue impresa dos veces, una en el siglo XV, en letras negras (con toda seguridad en Alemania), y otra en el siglo XVII (probablemente en España). Ninguna de las dos ediciones lleva ningún tipo de aclaración, de tal forma que es sólo por su tipografía que por lo que se supone su fecha y lugar de impresión. La obra, tanto en su versión griega como en la latina, fue prohibida por el Papa Gregorio IX, en el 1232, poco después de que su traducción al latín fuese un poderoso foco de atención. La edición árabe original se perdió en los tiempos de Wormius, tal y como se dijo en el prefacio (hay vagas alusiones sobre la existencia de una copia secreta encontrada en San Francisco a principios de siglo, pero que desapareció en el gran incendio). No hay ningún rastro de la versión griega, impresa en Italia, entre el 1500 y el 1550, después del incendio que tuvo lugar en la biblioteca de cierto personaje de Salem, en 1692. Igualmente, existía una traducción del doctor Dee, jamás impresa, basada en el manuscrito original. Los textos latinos que aún subsisten, uno (del siglo XV) está guardado en el Museo Británico, y el otro (del sigo XV) se halla en la Biblioteca Nacional de París. Una edición del siglo XVII se encuentra en la Biblioteca de Wiedener de Harvard y otra en la biblioteca de la Universidad de Miskatonic, en Arkham; mientras que hay una más en la biblioteca de la Universidad de Buenos Aires. Probablemente existían más copias secretas, y se rumoreaba persistentemente que una copia del siglo XV fue a parar a la colección de un célebre millonario americano. Existe otro rumor que asegura que una copia del texto griego del siglo XVI es propiedad de la familia Pickman de Salem; pero es casi seguro que esta copia desapareció, al mismo tiempo que el artista R. U. Pickman, en 1926. La obra está severamente prohibida por las autoridades y por todas las organizaciones legales inglesas. Su lectura puede traer consecuencias nefastas. Se cree que R. W. Chambers se basó en este libro para su obra El rey en amarillo.

CRONOLOGÍA

Al-Azif es escrito en Damasco en el 730 por Abdul Al-Hazred.

Traducción al griego con el título de Necronomicon, a cargo de Theodorus Philetas, en el 950

El patriarca Michael lo prohibe en el 1050 (el texto griego). El árabe se ha perdido.

En 1228, Olaus traduce el texto griego al latín.

Las ediciones latina y griega son destruidas por Gregorio IX en 1232.

En 14... (?) aparece una edición en letras góticas en Alemania.

En 15... (?) el texto griego es impreso en Italia.

En 16... (?) aparece la traducción al castellano del texto latino.



En: "El museo de los Horrores" (1993) Editorial Edaf, España.