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lunes, 12 de julio de 2010

RESIDUOS -- LUIS FERNANDO VERÍSSIMO

LUIS FERNANDO VERÍSSIMO

Residuos1

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Un hombre y una mujer se encuentran en el palier, cada uno con su bolsa de residuos. Es la primera vez que se hablan.

Buen día.

Buen día.

Usted es del 610.

Y usted es del 612.

Sí.

Todavía no lo conocía personalmente.

Ajá.

Disculpe mi indiscreción, pero he visto sus bolsas de resi­duos...

¿Mis qué?

Sus residuos.

Ah.

Noté que nunca es mucho. Su familia debe ser chica...

La verdad, soy yo solo.

Hmmm. Vi también que usa mucha comida en lata.

Es que tengo que hacerme la comida. Y como no sé cocinar...

Entiendo.

Usted también...

Tratáme de vos.

Vos también perdoná mi indiscreción, pero vi algunos restos de comida en tus bolsas. Champiñones, cosas por el estilo...

Es que me gusta mucho cocinar. Hacer platos diferentes. Pero como vivo sola, a veces sobra...

¿Usted... vos no tenés familia?

Tengo, pero no aquí.

En Espíritu Santo.

¿Cómo sabés?

Vi unos sobres en la basura. De Espíritu Santo.

Sí. Mamá escribe todas las semanas.

¿Ella es maestra?

¡Qué increíble! ¿Cómo fue que adivinaste?

Por la letra en el sobre. Me pareció letra de maestra.

Usted no recibe muchas cartas. A juzgar por sus residuos...

Y... no.

El otro día tenía un telegrama abollado.

Sí.

¿Malas noticias?

Mi padre. Murió.

Lo siento mucho.

Ya estaba muy viejito. Allá en el Sur. Hace tiempo que no nos veíamos.

¿Fue por eso que volviste a fumar?

¿Cómo sabés?

De un día para otro empezaron a aparecer en tu basura eti­quetas de cigarrillos.

Es cierto. Pero conseguí dejar otra vez.

Yo, gracias a Dios, nunca fumé.

Ya sé. Pero he visto frasquitos de pastillas en tu basura.

Tranquilizantes. Fue una etapa. Ya pasó.

¿Te peleaste con tu novio, no es cierto?

¿Eso también lo descubriste en la basura?

Primero el ramo de flores con la tarjeta, arrojado afuera. Des­pués, muchos pañuelos de papel.

Sí, lloré bastante, pero ya pasó.

Pero hoy todavía veo unos pañuelitos...

Es que estoy un poco resfriada.

Ah.

Muchas veces veo revistas de palabras cruzadas en tus bol­sas.

Sí..., es que... me quedo mucho en casa. No salgo mucho, sabés.

¿Novia?

No.

Pero hace algunos días había una foto de una mujer en tus bolsas. Y muy bonita.

Estuve limpiando unos cajones. Cosas viejas.

Pero no rompiste la foto. Eso significa que, en el fondo, querés que ella vuelva.

¡Vos ya estás analizando mis residuos!

No puedo negar que me interesaron.

Qué gracioso. Cuando examiné tus bolsas, pensé que me gustaría conocerte. Creo que fue por la poesía.

¡No! ¿Vos viste mis poemas?

Los vi y me gustaron mucho.

¡Pero son malísimos!

Si realmente creyeras que son malos, los habrías roto. Sola­mente estaban doblados.

Si hubiera sabido que los ibas a leer...

No me los quedé porque, a fin de cuentas, estaría robando. A ver, no sé; ¿lo que alguien tira a la basura, sigue siendo de su propiedad?

Creo que no, la basura es de dominio público.

Tenes razón. A través de la basura, lo particular se hace públi­co. Lo que sobra de nuestra vida privada se integra con las sobras de los otros. Es comunitario, es nuestra parte más social. ¿Será así?

Bueno, ya estás profundizando demasiado en el tema de la basura. Creo que...

Ayer, en tus residuos...

¿Qué?

¿Me equivoco o eran cáscaras de camarones?

Acertaste. Compré unos camarones grandes y los pelé.

Me encantan los camarones.

Los pelé, pero todavía no los comí. Quizás podríamos...

¿Cenar juntos?

Claro.

No quiero darte trabajo.

No es ningún trabajo.

Se te va a ensuciar la cocina.

No es nada. En seguida se limpia todo y se tiran los restos.

¿En tu bolsa o en la mía?


1 Apareció publicado en O analista de Bagé, en 1981.

El gato negro -- The Black Cat

El gato negro


The Black Cat

EDGAR ALLAN POE


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No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósi­to inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucinta­mente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que baroques.2 Más adelante, tal vez, apare­cerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.

Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se con­virtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amis­tad y la frágil fidelidad del hombre.

Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa com­partiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.

Este último era un animal de notable tamaño y hermo­sura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popu­lar de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.

Plutón —tal era el nombre del gato— se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.

Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperan­cia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igual­mente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, con­servé suficiente consideración como para abstenerme de mal­tratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cru­zaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba —pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?—, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.

Una noche en que volvía a casa completamente embria­gado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pare­ció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.

Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcan­zaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.

El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la PERVERSIDAD. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perver­sidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sen­timientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia per­manente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia, una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que com­prometería mi alma hasta llevarla —si ello fuera posible— más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más miseri­cordioso y más terrible.

La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: "¡Incendio!" Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.

No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situa­do en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación, una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran aten­ción y detalle. Las palabras "¡extraño!, ¡curioso!" y otras simi­lares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdadera­mente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal.

Al descubrir esta aparición —ya que no podía conside­rarla otra cosa— me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediata­mente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enluci­do recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoníaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.

Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impre­sionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente fre­cuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.

Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posa­do sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era una gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a este, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mien­tras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.

Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronrone­ando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él.

Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para incli­narme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.

Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero —sin que pueda decir cómo ni por qué— su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradual­mente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerle víctima de cualquier violencia; pero gra­dualmente —muy gradualmente— llegué a mirarlo con inex­presable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.

Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue des­cubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue pre­cisamente la que le hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y más puros.

El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinacia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sen­tara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodi­gándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo —quiero confesarlo ahora mismo— por un espantoso temor al animal.

Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer —sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el te­rror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado con­cebir—. Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por rechazarla como fan­tástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa pre­cisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba, digo, la ima­gen de una cosa atroz, siniestra..., ¡la imagen del PATÍBULO! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!

Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y seme­janza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo, de noche, despertaba hora a hora de los más ho­rrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso —pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme— apoyado eternamente sobre mi corazón.

Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamien­tos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega cólera a que me abandonaba.

Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acom­pañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obli­gaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantánea­mente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su interven­ción a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.

Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no con­venía arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo de cordel3 para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.

El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía la saliencia4 de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada de manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes, de manera que ningu­na mirada pudiese descubrir algo sospechoso.

No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar cuida­dosamente el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en su forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: "Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano".

Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alar­mado por la violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. No se pre­sentó aquella noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma.

Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía, una vez más respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me costó mucho respon­der. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, natural­mente, no se descubrió nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada.

Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se pre­sentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los bra­zos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.

Caballeros —dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera—, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida... (En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras.) Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes... ¿ya se marchan us­tedes, caballeros?... tienen una gran solidez.

Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón.

¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio!5 Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba, un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación.

Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paraliza­do por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompi­do y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la ho­rrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato, y cuya voz delatora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!

1 Apareció publicado en Tales (1845), compilación de cuentos del autor que también incluía "La caída de la Casa Usher","El misterio de Mane Roget", "El escarabajo de oro" y "La carta robada".

2 Baroques: insólitos, extravagantes.

3 Mozo de cordel o de cuerda: el que se pone en lugares públicos con una cuerda al hom­bro dispuesto a que le soliciten llevar cosas de carga o hacer algún otro mandado

4 Saliencia (en la traducción): el saliente

5 Archidemonio: el prefijo archi con sustantivos denota preeminencia o superioridad.

Anton Chejov - Misterio



MISTERIO

Anton Chejov

--

La noche del primer día de Pascua, el consejero de Estado Navaguin,
después de haber hecho sus visitas, tornó a su casa y tomó en la antesala
el pliego de papel en donde los visitantes de aquel día habían puesto sus
firmas. Mudóse de traje, bebió un vaso de agua de Seltz, sentóse
cómodamente en una butaca y comenzó la lectura de aquellas firmas. Al
llegar a la mitad del primer pliego se estremeció y dio muestras de
asombro.
¡Otra vez! -exclamó golpeándose la rodilla-. ¡Es pasmoso! ¡Otra vez
ha firmado ese diablo de Fedinkof, que nadie conoce!
Entre las numerosas firmas había, en efecto, la de un Fedinkof. ¿Qué
clase de pájaro era ese Fedinkof? Navaguin, decididamente, lo ignoraba.
Pasó mentalmente revista a los nombres de sus parientes, de sus
subordinados; exploró en el fondo de su memoria su pasado más lejano, y
nada descubrió parecido, ni remotamente, al nombre de Fedinkof. Lo más
extraordinario era que, en los últimos trece años, ese incógnito Fedinkof
aparecía fatalmente en ocasión de cada Pascua de Navidad y de cada Pascua
florida. ¿Quién es? ¿De dónde viene? ¿Qué representa? Nadie lo sabía, ni
Navaguin, ni su mujer, ni el portero.
-¡Esto es increíble! -decíase Navaguin paseándose por el gabinete-;
¡es extraordinario e incomprensible!... ¡Llamad al conserje! -gritó
asomándose a la puerta-. ¡Esto es diabólico! No importa; yo he de
averiguar quién es... ¡Oye, Gregorio! -añadió dirigiéndose al conserje-;
otra vez ha firmado ese Fedinkof. ¿Le has visto?
-No, señor contestó el conserje.
-Sin embargo, él ha firmado, lo cual prueba que estuvo en la
portería.
-No, señor, no estuvo.
-Pero ¿cómo pudo firmar sin venir a la portería?
-Eso yo no lo sé.
-Entonces, ¿quién lo ha de saber? Acaso te duermes y no ves quién
entra. Procura acordarte. Piénsalo bien.
-No, señor; ninguna persona desconocida ha franqueado la entrada.
Vinieron nuestros empleados; también vino la baronesa, con objeto de
visitar a la señora; asimismo vino el clero de la iglesia vecina con el
crucifijo; y nadie más.
-Así, pues, Fedinkof, para firmar, se hizo invisible.
-No lo puedo saber; lo que sí sé es que no había entre los visitantes
ningún Fedinkof; esto lo juraría delante de Cristo.
-¡Increíble! ¡Incomprensible! ¡Ex-tra-or-di-na-rio! -reflexionó
Navaguin-. ¡Hasta tiene algo de cómico! Por espacio de trece años viene un
hombre, firma, y no hay modo de averiguar quién es. ¿Será una broma? ¿Será
que alguno de mis empleados, por chancearse, escribe el nombre de
Fedinkof?
Navaguin emprendió el estudio de la firma de Fedinkof; la rúbrica,
floreada, llena de rasgos y de curvas, al modo antiguo, no se parecía a
ninguna de las otras rúbricas. Figuraba junto a la del secretario
Stutchkin, hombre modesto y de pocos ánimos, quien antes moriría de susto
que permitirse broma tan osada.
-Otra vez ha firmado ese misterioso Fedinkof -dijo Navaguin,
penetrando en el aposento de su esposa-, y tampoco ahora me ha sido
posible averiguar quién es.
La señora de Navaguin era espiritista y explicaba cosas más
inexplicables con la mayor sencillez del mundo.
-No veo en ello nada de extraordinario -repuso-; tú te empeñas en no
creerlo; sin embargo, cuántas veces te he advertido que en la vida hay
muchas cosas sobrenaturales, inaccesibles a nuestra comprensión. Estoy
certísima de que el tal Fedinkof es un espíritu que siente simpatías por
ti... En tu lugar, yo le llamaría y le preguntaría qué es lo que desea.
-¡Vaya una sandez!
Navaguin no tenía preocupaciones; pero el acontecimiento en cuestión
se le antojaba tan misterioso que su cabeza llenóse de ideas del otro
mundo. Transcurrió la velada, y entretanto, meditó sobre si ese Fedinkof
sería alguno de sus subordinados, arrojado del servicio por algún
predecesor suyo, y que se vengaba en la persona de uno de los sucesores de
aquél. O quién sabe si no es el deudo de algún escribiente despedido por
el propio Navaguin. O acaso también el espíritu de alguna doncella por él
seducida... Durante toda la noche, Navaguin vio en sueños a un empleado
viejo, flaco, con uniforme ajado, la tez amarilla como un limón, pelos de
punta y ojos de plato. El empleado, con voz de ultratumba, pronunciaba
frases y enviaba gestos amenazadores.
Navaguin estuvo a punto de sufrir un ataque cerebral. Por espacios de
dos semanas anduvo de un lado para otro en su habitación. Fruncía el
entrecejo y callaba. Vencido su escepticismo, entró en la habitación de su
mujer y le dijo con voz ronca:
-Zina, llama a Fedinkof.
La espiritista, regocijada, ordenó que le trajeran un trozo de cartón
y un platillo, y procedió inmediatamente a sus manipulaciones. Fedinkof no
se hizo esperar.
-¿Qué quieres? -le preguntó Navaguin.
-Arrepiéntete -contestó el platillo.
-¿Qué fuiste tú en la tierra?
-Yo erré mi camino.
-¿Ves? -le murmuró su mujer al oído-, ¡y tú no creías!
Navaguin conversó largamente con Fedinkof, luego con Napoleón, con
Aníbal, con Ascotchensky, con su tía Claudia Zajarrovna; todos daban
respuestas cortas, pero justas y de un sentido profundo. Cuatro horas duró
este ejercicio. Navaguin acabó por dormirse, traspuesto y feliz, por haber
entrado en contacto con un mundo nuevo y misterioso.
Diariamente se ocupó en el espiritismo, explicando a sus subalternos
que existen muchas cosas sobrenaturales y milagrosas, dignas, desde mucho
tiempo, de fijar la atención de los sabios. El hipnotismo, el medionismo,
el bischopismo, el espiritismo, la cuarta dimensión y otros temas
nebulosos acapararon completamente su atención. Consagraba días enteros,
con el mayor júbilo por parte de su esposa, a la lectura de libros
espiritistas; se entretenía con el platillo, con la mesa, y trataba de
hallar explicación a los problemas sobrenaturales. Influidos por su
verbosidad convincente, y deseosos de serle agradables, todos sus
empleados dieron en dedicarse al espiritismo, y con tanto afán que uno de
ellos se volvió loco, y hubo de expedir un telegrama concebido en estos
términos:
«Al Infierno, en la Tesorería, siento que me transformo en espíritu
malo; ¿qué debo hacer? -Respuesta pagada. Vasilio Krinolinski.»
Luego de haber leído algunos centenares de librejos espiritistas,
Navaguin viose poseído de la ambición de componer él mismo una obra. Al
cabo de cinco meses de estudios y compilaciones, produjo un enorme
manuscrito, con el nombre de «Lo que yo opino a mi vez», resolviendo
mandarlo a una revista espiritista. El día en que tomó esta resolución fue
para él un día memorable. Navaguin, en aquella hora trascendental, tenía a
su lado a su secretario y al sacristán de la parroquia vecina, llamado
para un menester urgente. El autor contempló con cariño su obra; la palpó,
sonrió satisfecho, y dijo a su secretario:
-Supongo, Felipe Serguievitch, que habrá que expedir esto
certificado; será más seguro -volvióse luego hacia el sacristán-. Amigo,
te hice llamar porque, teniendo que mandar a mi hijo al colegio, necesito
su partida de bautismo. Es preciso que me la procures cuanto antes.
-Perfectamente, excelencia -replicó el sacristán inclinándose-;
perfectamente; comprendo lo que vuecencia desea.
-¿Puedes hacerlo para mañana?
-Perfectamente; puede vuecencia contar conmigo; mañana estará todo
listo. Sírvase mandar alguien a la iglesia antes del Ángelus. Yo me
encontraré allí, como de costumbre; que pregunten por Fedinkof.
-¿Cómo? -exclamó Navaguin pálido y estupefacto.
-Fedinkof.
-¿Tú eres Fedinkof? -preguntó Navaguin abriendo desmesuradamente los
ojos.
-Así como suena: Fedinkof.
-¿Eres tú quien firmaba en los pliegos de mi antesala?
-Era yo, en efecto -confesó el sacristán, confuso y avergonzado-.
Excelencia, cuando visitamos con el crucifijo a personajes de calidad, yo
acostumbro a firmar... Esto me complace en extremo... Vuecencia me
censurará; pero viendo en la antesala un pliego de papel destinado a
recibir firmas, es indispensable que yo estampe allí mi nombre. Una fuerza
oculta me impulsa a ello.
Mudo y entristecido, Navaguin se puso a caminar a grandes pasos.
Extendió la mano con ademán trágico; una sonrisa extraña asomó a sus
labios, y con el dedo señaló algo en el espacio.
-Excelencia -dijo el secretario-, voy al correo para expedir el
paquete.
Estas palabras llamaron de nuevo a Navaguin a la realidad. Miró
alternativamente al secretario y al sacristán; acordóse de todo; pataleó y
gritó en tono agudo:
-¡Déjame en paz! ¡Les repito que me dejen en paz! ¿Qué me quieren?
El secretario y el sacristán salieron rápidamente del gabinete,
mientras el consejero de Estado seguía gritando con voz estentórea:
-¡Dejadme en paz! ¡Les repito que me dejen en paz! ¿Qué me quieren?...

Anton Chejov - El camaleón

Anton Chejov - El camaleón

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Por la plaza del mercado pasa el inspector de Policía Ochumelof,
vistiendo su gabán nuevo y llevando un paquete en la mano. Detrás de él
viene el guarda municipal, rojo, de pelo hirsuto, con un cedazo repleto de
grosellas confiscadas.
Reina un silencio completo... En la plaza no hay un alma. Las puertas
abiertas de las tiendas y de las tabernas parecen bocas de lobos
hambrientos. Junto a ellas no se ven ni siquiera mendigos.
-¡Me muerdes, maldito! ¡Chicos, a cogerlo! ¡Está prohibido morder!
¡Cógelo! ¡Por aquí!...
Óyense aullidos de perro. Ochumelof mira en derredor suyo y ve que
del depósito de maderas del comerciante Pickaguin se escapa un perro, con
una pata encogida. Persíguelo un hombre en mangas de camisa y chaleco
desabrochado. Este hombre corre a todo correr y cae, pero logra agarrar al
perro por las patas de atrás. Resuenan un segundo aullido y gritos: «¡No
le sueltes!» Por las puertas asoman caras somnolientas, y al cabo de pocos
minutos, una gran cantidad de gente aglomérase delante del almacén.
-Es un escándalo público -exclama el guardia municipal.
Ochumelof da una vuelta y se acerca al gentío. En el umbral de la
puerta está un hombre en mangas de camisa, el cual, levantando el brazo,
muestra su dedo ensangrentado a la muchedumbre. Su voz y su gesto aparecen
triunfantes. Su dedo semeja una enseña victoriosa. Diríase que todo su
rostro, y aun él mismo, quieren expresar «Ya me las pagaréis todas».
Ochumelof reconoce al hombre. Es el joyero Hrinkin. En medio del círculo,
temblando con todo su cuerpo, está sentado el culpable: un cachorro
lebrel, con el hocico en punta y manchas rubias en el lomo. Sus ojos
revelan su terror.
-¿Qué ocurre? -interroga Ochumelof, introduciéndose entre la gente-.
¿Qué pasa? ¿Quién grita? ¿Qué ocurre con el dedo?
-Verá usted. Yo pasaba tranquilamente, sin meterme con nadie... Iba
por el asunto de las maderas..., y de repente salió este maldito animal y
me mordió el dedo... sin que yo le diera motivo alguno... Dispénseme,
excelencia; pero yo no soy más que un trabajador... Ejecuto trabajos
minuciosos. Fuerza es que se me indemnice. A buen seguro, yo no podré
servirme de mi dedo en una semana entera. Ninguna ley puede obligarme a
soportar los ataques de los animales... Como a todos les dé por morder, la
vida será imposible...
-Hum... Está bien -dice Ochumelof con severidad, tosiendo y
frunciendo las cejas-. ¿De quién es este perro? Esto no lo voy a dejar
así. ¡Ya verán ustedes lo que resulta con dejar sueltos a los animales por
las calles! Hora es de imponer una corrección a esos caballeros que no
hacen caso de los reglamentos. Yo sabré clavar una buena multa al granuja
que permitió que su perro anduviera errante. ¡Yo sabré arreglarlo!
¡Andirin -añade volviéndose hacia el municipal- averigua de quién es el
perro! ¡Habrá que matarlo inmediatamente! Este perro debe de estar
rabioso... ¿Me oyes? ¿De quién es el perro?...
-Creo que es del general Gigalof -replica una voz.
-¡Del general! Hum... Andirin, ayúdame a quitarme el abrigo... ¡Qué
calor! ¡Habrá tormenta!... No comprendo. ¿Cómo este cuadrúpedo ha podido
morderte? Ni siquiera puede alcanzar a la altura del dedo. ¡Es chiquito y
tú eres un hombretón! Te habrás arañado el dedo tú mismo con un clavo, y
luego echas la culpa al perro. ¡Te conozco!... ¡Sois una gentecilla!...
¡Os conozco, demonios!...
-Es que, para divertirse él, puso un cigarrillo encendido en el
hocico del perro, el cual incurrió en la cólera de pegarle un mordisco...
Este hombre es un pendón. ¡Quítate de nuestra presencia!
-¡Mientes, tueste! ¿No lo viste por tus propios ojos? En tal caso, ¿a
qué mentir? Vuecencia es un hombre de entendimiento y dilucidará quién es
el embustero y quién dice la verdad, como si la dijera ante Dios... Y si
le parece que soy un farsante, vamos al Tribunal.
Las leyes lo dicen: «Ahora todos son iguales...» Además, si quieres
saberlo, tengo un hermano que es gendarme...
-¡Cállate!
-No; este perro no es del general -dice con aire convencido el
municipal-. Los del general son diferentes...; todos los suyos son de
caza...
-¿Estás cierto?
-¡Completamente!
-¡Si yo mismo lo sé! El general tiene perros de valor, perros de
raza, y éste no significa nada...; carece de aspecto y de cualidades...;
¡una porquería! Hay que ser muy idiota para poseer animales como éste.
¡Hace falta ser bruto! Si en Petersburgo o Moscú encontraran perro
semejante no andarían con contemplaciones. Lo matarían sin tardanza. Y tú,
Hrinkin, que eres la víctima, no dejes las cosas así... ¡Lo verán! Es
tiempo...
-Y tal vez es del general -sigue pensando en alta voz el municipal-.
No lo lleva escrito en el hocico...
El otro día, en su jardín, vi uno como éste...
-Naturalmente que es del general -confirma la voz del gentío.
-Hum...; trae mi abrigo, amigo Andirin...; hay viento...; siento como
escalofríos... Llevarás el perro a la casa del general... Dirás que yo lo
encontré y se lo mando... Aconsejarás que no lo dejen salir a la calle.
Puede ser animal de precio, y si cada imbécil le metiera cigarros en la
nariz pudiera desgraciarse... ¡Los perros son delicados! ¡Y tú, bruto,
baja tu mano! ¡No tienes nada que mostrar en tu dedo! ¡Tú solo tienes la
culpa!...
-Aquí viene el cocinero del general... Podemos interrogarle...
¡Protor, oye, amigo! Ven por aquí, mira este perro...: ¿es de ustedes?
-¿Quién te lo dijo? No tenemos semejantes animales.
-No continúes -interrumpe Ochumelof-. ¡Es vagabundo! ¡Estamos
perdiendo el tiempo! ¡Ya dije yo que es vagabundo, y así es!... ¡Matadlo
inmediatamente!...
-No es nuestro -prosigue el cocinero-, es del hermano de nuestro
general, que llegó anteayer... Nuestro general no es aficionado a
lebreles; pero el hermano, sí...
-¡Cómo! ¿El hermano del general ha llegado? -exclama Ochumelof,
mientras que toda su cara inúndase de una sonrisa de felicidad-. ¡Dios
mío! ¡Yo no lo sabía! ¿Habrá venido tal vez por una temporada?
-Sí...
-¡Dios mío, de mi alma! ¿Habrá echado de menos a su hermanito? ¿Cómo
es que no me enteré antes de ello? ¿De modo que el perro es suyo? Me
alegro mucho... Llevátelo... Un perrito hermoso... y vivo... ¡Ah, ah,
ah!... ¡Lo cogió a aquél del dedo! ¿Por qué tiemblas? ¡Estará enfadado!...
¡Animalito!
Protor llama al perro y se marcha.
La multitud ríe y se burla de Hrikin.
-¡Otra vez no te irás de rosas como ahora! -le amenaza Ochumelof con
la mano, se abrocha el abrigo y sigue su camino por la plaza del mercado.