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lunes, 2 de agosto de 2010

MARIO BENEDETTI - LA MUERTE

MARIO BENEDETTI - LA MUERTE



Conviene que te prepares para lo peor.
Así, en la entonación preocupada y amiga de Octavio, no sólo médico sino sobre
todo ex compañero de liceo, la frase socorrida, casi sin detenerse en el oído de
Marlano, había repercutido en su vientre, allí donde el dolor insistía desde
hacía cuatro semanas. En aquel ins~ tante había disimulado, había sonreído
amargamente, y hasta había dicho: «no te preocupes, hace mucho que estoy
preparado». Mentira, no lo estaba, no lo había estado nunca. Cuando le había
pedido encarecidamente a Octavio que, en mérito a su antigua amistad («te juro
que yo sería capaz de hacer lo mismo contigo»), le dijera el diagnóstico
verdadero, lo había hecho con la secreta esperanza de que el viejo camarada le
dijera la verdad, sí, pero que esa verdad fuera su salvación y no su condena.
Pero Octavio había tomado al pie de la letra su apelación al antiguo afecto que
los unía, le había consagrado una hora y media de su acosado tiempo para
examinarlo y reexaminarlo, y luego, con los ojos inevitablemente húmedos tras
los gruesos cristales, había empezado a dorarle la píldora: «Es imposible
decirte desde ya de qué se trata. Habrá que hacer análisis, radiografías una
completa historia clínica. Y eso va a demorar un poco. Lo único que podría
decirte es que de este primer examen no saco una buena impresión. Te descuidaste
mucho. Debías haberme visto no bien sentiste la primera molestia.» Y luego el
anuncio del primer golpe directo: «Ya que me pedís, en nombre de nuestra
amistad, que sea estrictamente sincero contigo, te diría que, por las dudas ...
» Y se había detenido, se había quitado los anteojos, y los había limpiado con
el borde de la túnica. lJn gesto escasamente profiláctico, había alcanzado a
pensar Marlano en medio de su desgarradora expectativa. «Por las dudas ¿qué?»,
preguntó, tratando de que el tono fuera sobrio, casi indiferente. Y ahí se
desplomó el cielo: «Conviene que te prepares para lo peor. »
De eso hacía nueve días. Después vino la serie de análisis, radiografias, etc.
Había aguantado los pinchazos y las propias desnudeces con una entereza de la
que no se creía capaz. En una sola ocasión, cuando volvió a casa y se encontró
solo (Agueda había salido con los chicos, su padre estaba en el Interior), había
perdido todo dominio de sí mismo, y allí, de pie, frente a la ventana abierta de
par en par, en su estudio inundado por el más espléndido sol de otoño, había
llorado como una criatura, sin molestarse siquiera por enjugar sus lágrimas.
Esperanza, esperanzas, hay esperanza, hay esperanzas, unas veces en singular y
otras en plural; Octavio se lo había repetido de cien modos distintos, con
sonrisas, con bromas, con piedad, con palmadas amistosas, con semiabrazos, con
recuerdos del liceo, con saludos a Agueda, con ceño escéptico, con ojos
entornados, con tics nerviosos, con preguntas sobre los chicos. Seguramente
estaba arrepentido de haber sido brutalmente sincero y quería de algún modo
amortiguar los efectos del golpe. Seguramente. Pero ¿y si hubiera esperanzas? 0
una sola. Alcanzaba con una escueta esperanza, un a diminuta esperancita en
mínimo singular. ¿Y si los análisis, las placas, y otros fastidios, decían al
fin en su lenguaje esotérico, en su profecía en clave, que la vida tenía permiso
para unos años más? No pedía mucho: cinco años, mejor diez. Ahora que atravesaba
la Plaza Independencia para encontrarse con Octavio y su dictamen final (condena
o aplazamiento o absolución), sentía que esos singulares y plurales de la
esperanza habían, pese a todo, germinado en él. Quizá ello se debía a que el
dolor había disminuido considerablemente, aunque no se le ocultaba que acaso
tuvieran algo que ver con ese alivio las pastillas recetadas por Octavio e
ingeridas puntualmente por él. Pero, mientras tanto, al acercarse a la meta, su
expectativa se volvía casi insoportable. En determinado momento, se le aflojaron
las piernas; se dijo que no podía llegar al consultorio en ese estado, y decidió
sentarse en un banco de la plaza. Rechazó con la cabeza la oferta del
lustrabotas (no se sentía con fuerzas como para entablar el consabido diálogo
sobre el tiempo y la inflación), y esperó a tranquilizarse. Agueda y Susana.
Susana y Agueda. ¿Cuál sería el orden preferencial? ¿Ni siquiera en este
instante era capaz de decidirlo? ÿgueda era la comprensión y la incomprensión ya
estratificadas; la frontera ya sin litigios; el presente repetido (pero también
había una calidez insustituible en la repetición); los años y años de
pronosticarse mutuamente, de saberse de memoria; los dos hijos, los dos hijos.
Susana era la clandestinidad, la sorpresa (pero también la sorpresa iba
evolucionando hacia el hábito), las zonas de vida desconocida, no compartidas,
en sombra; la reyerta y la reconciliación conmovedoras; los celos conservadores
y los celos revolucionarios; la frontera indecisa, la caricia nueva (que
insensiblemente se iba pareciendo al gesto repetido), el no pronosticarse sino
adivinarse, el no saberse de memoria sino de intuición. Agueda y Susana, Susana
y ÿgueda. No podía decidirlo. Y no podía (acababa de advertirlo en el preciso
instante en que debió saludar con la mano a un antiguo compañero de trabajo),
sencillamente porque pensaba en ellas como cosas suyas, como sectores de Mariano
Ojeda, y no como vidas independientes, como seres que vivían por cuenta y
propios. Agueda y Susana, Susana y Agueda, eran en este instante partes de su
organismo, tan suyas como esa abyecta, fatigada entraña que lo amenazaba. Además
estaban Coco y sobre todo Selvita, claro, pero él no quería, no, no quería, no,
no quería ahora pensar en los chicos, aunque se daba cuenta de que en algún
momento tendría que afrontarlo, no quería pensar porque entonces sí se
derrumbaría y ni siquiera tendría fuerzas para llegar al consultorio. Había que
ser honesto, sin embargo, y reconocer de antemano que allí iba a ser menos
egoísta, más increíblemente generoso, porque si se destrozaba en ese pensamiento
(y seguramente se iba a destrozar) no sería pensando en sí mismo sino en ellos,
o por lo menos más en ellos que en sí mismo, más en la novata tristeza que los
acechaba que en la propia y veterana noción de quedarse sin ellos. Sin ellos,
bah, sin nadie, sin nada. Sin los hijos, sin la mujer, sin la amante. Pero
también sin el sol, este sol; sin esas nubes flacas, esmirriadas, a tono con el
país; sin esos pobres, avergonzados, legítimos restos de la Pasiva; sin la
rutina (bendita, querida, dulce, afrodisíaco, abrigada, perfecta rutina) de la
Cala Núm. 3 y sus arqueos y sus largamente buscadas pero siempre halladas
diferencias; sin su minuciosa lectura del diario en el café, junto al gran
ventanal de Andes; sin su cruce de bromas con el mozo; sin los vértigos dulzones
que sobrevienen al mirar el mar y sobre todo al mirar el cielo; sin esta gente
apurada, feliz porque no sabe nada de si misma, que corre a mentirse, a asegurar
su butaca en la eternidad o a comentar el encantador heroísmo de los otros; sin
el descanso como bálsamo; sin los libros como borrachera; sin el alcohol como
resorte; sin el sueño como muerte; sin la vida como vigilia; sin la vida,
simplemente.
Ahí tocó fondo su desesperación, y, paradójicamente, eso mismo le permitió
rehacerse. Se puso de pie, comprobó que las piernas le respondían, y acabó de
cruzar la plaza. Entró en el café, pidió un cortado, lo tomó lentamente, sin
agitación exterior ni interior, con la mente poco menos que en blanco. Vio cómo
el sol se debilitaba, cómo iban desapareciendo sus últimas estrías. Antes de que
se encendieran los focos del alumbrado, pagó su consumición, dejó la propina de
siempre, y caminó cuatro cuadras, dobló por Río Negro a la derecha, y a mitad de
cuadra se detuvo, subió hasta un quinto piso, y oprimió el botón del timbre
'unto a la chapita de bronce: Dr. Octavio Massa, médico.
-Lo que me temía.
Lo que me temía era, en estas circunstancias, sinónimo de lo peor. Octavio había
hablado larga, calmosamenre, había recurrido sin duda a su mejor repertorio en
materia de consuelo y confortación, pero Mariano lo había oído en silencio,
incluso con una sonrisa estable que no tenía por objeto desorientar a su amigo,
pero que con seguridad lo había desorientado. «Pero si estoy bien», dijo tan
sólo, cuando Octavio lo interrogó, preocupado. «Además», dijo el médico, con el
tono de quien extrae de la manga un naipe oculto, «además vamos a hacer todo lo
que sea necesario, y estoy seguro, entendés, seguro, que una operación sería un
éxito. Por otra parte, no hay demasiada urgencia. Tenemos por lo menos un par de
semanas para fortalecerse con calma, con paciencia, con regularidad. No te digo
que debas alegrarte, Mariano, ni despreocuparte, pero tampoco es para tomarlo a
la tremenda. Hoy en día estamos mucho mejor armados para luchar contra ... » Y
así sucesivamente Mariano sintió de pronto una implacable urgencia en abandonar
el consultorio, no precisamente para volver a la desesperación. La seguridad del
diagnóstico le había provocado, era increíble, una sensación de alivio, pero
también la necesidad de estar solo, algo así como una ansiosa curiosidad por
disfrutar la nueva certeza. Así, mientras Octavio seguía diciendo: «... y además
da la casualidad que soy bastante amigo del médico de tu Banco, así que no habrá
ningún inconveniente para que te tomes todo el tiempo necesario y.. », Mariano
sonreía, y no era la suya una sonrisa amarga, resentida, sino (por primera vez
en muchos días) de algún modo satisfecha, conforme.
Desde que salió del ascensor y vio nuevamente la calle, se enfrentó a un estado
de ánimo que le pareció una revelación. Era de noche, claro, pero ¿por qué las
luces quedaban tan lejos? ¿Por qué no entendía, ni quería entender, la leyenda
móvil del letrero luminoso que estaba frente a él? La calle era un gran canal,
sí, pero ¿por qué esas figuras, que pasaban a medio metro de su mano, eran sin
embargo imágenes desprendidas, como percibidas en un film que tuviera color pero
que en cambio se beneficiara (porque en realidad era una mejora) con una banda
sonora sin ajuste, en la que cada ruido llegaba a él como a través de infinitos
intermediarios, hasta dejar en sus oídos sólo un amortiguado eco de otros ecos
amortiguados? La calle era un canal cada vez más ancho, de acuerdo, pero ¿por
qué las casas de enfrente se empequeñecían hasta abandonarlo, hasta dejarlo
enclaustrado en su estupefacción? Un canal, nada menos que un canal, pero ¿por
qué los focos de los autos que se acercaban velozmente, se iban reduciendo,
reduciendo, hasta parecer linternas de bolsillo? Tuvo la sensación de que la
baldosa que pisaba se convertía de pronto en una isla, una baldosa leprosa que
era higiénicamente discriminada por las baldosas saludables. Tuvo la sensación
de que los objetos se iban, se apartaban locamente de él pero sin admitir que se
apartaban. Una fuga hipócrita, eso mismo. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?
De todos modos, aquella vertiginosa huida de las cosas y de los seres, del suelo
y del cielo, le daba una suerte de poder. ¿Y esto podía ser la muerte, nada más
ue esto?, pensó con inesperada avidez. Sin embargo estaba vivo. Ni Agueda, ni
Susana, ni Coco, ni Selvita, ni Octavio, ni su padre en el Interior, ni la Caja
Núm. 3. Sólo ese foco de luz, enorme, es decir enorme al principio, que venía
quién sabe de dónde, no tan enorme después, valía la pena dejar la isla baldosa,
más chico luego, valía la pena afrontarlo todo en medio de la calle, pequeño,
más pequeño, sí, insignificante, aquí mismo, no importa que los demás huyan, si
el foco, el foquito, se acerca alejándose, aquí mismo, aquí mismo, la
linternita, la luciérnaga, cada vez más lejos y más cerca, a diez kilómetros y
también a diez centímetros de unos ojos que nunca más habrán de encandilarse.

Mario Benedetti - La noche de los feos

Mario Benedetti - La noche de los feos



Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido.
Desde los ocho años, cuando le hicieron una operación. Mi asquerosa marca junto
a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.


Tampoco puede decirse que tenemos ojos tiernos, esa suerte de faros de
justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la
belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos llenos de
resentimiento que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que
enfrentamos nuestro infortunio. Quizás eso nos haya unido. Tal vez unido no sea
la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros
siente por su propio rostro.

Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos
hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin
simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde nos registramos, ya desde
la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a
dos, pero además eran auténticas parejas; esposos, novios, amantes, abuelitos,
vaya uno a saber. Todos —de la mano o del brazo— tenían a alguien. Sólo ella y
yo teníamos manos sueltas y crispadas.

Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin
curiosidad. Recorrí la hendedura de su pómulo con la garantía de desparpajo que
me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó.

Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una hojeada minuciosa
a la zona lisa, brillante, sin barba de mi vieja quemadura.

Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía
mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios,
su oreja fresca, bien formada. Era la oreja de su lado normal.

Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo
héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo
lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro, y a veces para Dios. También
para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad,
pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto
qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o
el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una
costura en la frente.

La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando
me detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que
charláramos en un café o en una confitería. De pronto aceptó.

La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida
que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos
de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa
curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro
corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi
adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos,
tosecitas, falsas garrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente
su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculo
mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a
uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.

Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó)
para sacar del bolsillo su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.

—“Qué está pensando”, pregunté. Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la
mejilla cambió de forma. —“Un lugar común”, dijo. “Tal para cual”.

Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar
la prolongada permanencia. De pronto me di cuanta de que tanto ella como yo
estábamos hablando con una franqueza hiriente que amenazaba traspasar la
sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía.

Decidí tirarme a fondo.

—“Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?”

—“Sí”, dijo, todavía mirándome.

—“Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro
tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted
es inteligente, y ella a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida”.

—“Sí”.

Por primera vez no pudo sostener mi mirada.

—“Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad ¿sabe? De que usted y yo
lleguemos a algo”.

—¿Algo como qué?

—“Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámelo como quiera, pero
hay una posibilidad”.

Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.

—“Prométame no tomarme por un chiflado”.

—“Prometo”.

—“La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro
total. ¿Me entiende?”

—“No”.

—“¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me ve, donde yo no la
vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?”

Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.

—“Vivo solo, en un apartamento y queda cerca”.

Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí,
tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico. —“Vamos”, dijo.

No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella
respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a
desvestirse.

Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil
a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me
transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus
manos también me vieron.

En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira
que yo mismo había fabricado. O intentaba fabricar. Fue como un relámpago. No
éramos eso. No éramos eso. Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje,
pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hacia su rostro, y encontró el surco
de horror, y empezó una lenta convincente y convencida caricia. En realidad mis
dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron
muchas veces sobre sus lágrimas.

Entonces, cuando ya menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y
repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.

Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la
cortina doble.

POESIAS -- MARIO BENEDETTI

Poesias

De Mario Benedetti





La buena tiniebla


Una mujer desnuda y en lo oscuro


genera un resplandor que da confianza


de modo que si sobreviene


un apagón o un desconsuelo


es conveniente y hasta imprescindible


tener a mano una mujer desnuda



entonces las paredes se acuarelan


el cielo raso se convierte en cielo


las telarañas vibran en su ángulo


los almanaques dominguean


y los ojos felices y felinos


miran y no se cansan de mirar

Preliminar del miedo




Por sobre las terrazas alunadas


donde se aman cautelosamente los gatos


y los brillos esquivan las chimeneas


creo que nadie sabe lo que yo sé esta noche


algo aprendido a pedacitos y a pulsaciones


y que integra mi pánico tradicional modesto



¿cómo desmenuzar plácidamente el miedo


comprender por fin que no es una excusa


sino un escalofrío parecido al disfrute


sólo que amarguísimo y si atenuantes?



los suicidas no tienen problemas al respecto


deciden derrotarse y a veces lo consiguen


entran en el miedo como en una piragua


sin remos y con rumbo de cascada


son los descubridores del alivio


pero la paz les dura una milésima



tampoco los homicidas se preocupan mucho


limitan el miedo a una coyuntura


desenvainan la furia o aprietan el gatillo


y todo queda así simplificado y yerto



pero los demás o sea los que venimos


tironeados por la maravilla


y perseguidos por el horror


los demás o sea los compinches de la duda


los candorosos los irresponsables


los violentos pero no tanto


los tranquilos pero no mucho


los deportados de la buena fe


los necesitados de alegría


los ambulantes y los turbados


los omisos de la vanguardia


los atrasados de la vislumbre



ésos qué haremos con el mundo


sino asediarlo a escaramuzas


desmenuzarlo con las uñas


extinguirlo con el resuello


desmantelarlo a mordiscones


hacerlo trizas con la mirada


dar cuenta de él con el amor


estrangularlo.



una mujer desnuda y en lo oscuro


una mujer querida o a querer


exorcisa por una vez la muerte.

Quiero creer que estoy volviendo


Vuelvo / quiero creer que estoy volviendo


con mi peor y mi mejor historia


conozco este camino de memoria


pero igual me sorprendo



hay tanto siempre que no llega nunca


tanta osadía tanta paz dispersa


tanta luz que era sombra y viceversa


y tanta vida trunca



vuelvo y pido perdón por la tardanza


se debe a que hice muchos borradores


me quedan dos o tres viejos rencores


y sólo una confianza



reparto mi experiencia a domicilio


y cada abrazo es una recompensa


pero me queda / y no siento vergüenza /


nostalgia del exilio



en qué momento consiguió la gente


abrir de nuevo lo que no se olvida


la madriguera linda que es la vida


culpable o inocente



vuelvo y se distribuyen mi jornada


las manos que recobro y las que dejo


vuelvo a tener un rostro en el espejo


y encuentro mi mirada



propios y ajenos vienen en mi ayuda


preguntan las preguntas que uno sueña


cruzo silbando por el santo y seña


y el puente de la duda



me fui menos mortal de lo que vengo


ustedes estuvieron / yo no estuve


por eso en este cielo hay una nube


y es todo lo que tengo



tira y afloja entre lo que se añora


y el fuego propio y la ceniza ajena


y el entusiasmo pobre y la condena


que no nos sirve ahora



vuelvo de buen talante y buena gana


se fueron las arrugas de mi ceño


por fin puedo creer en lo que sueño


estoy en mi ventana



nosotros mantuvimos nuestras voces


ustedes van curando sus heridas


empiezo a comprender las bienvenidas


mejor que los adioses



vuelvo con la esperanza abrumadora


y los fantasmas que llevé conmigo


y el arrabal de todos y el amigo


que estaba y no está ahora



todos estamos rotos pero enteros


diezmados por perdones y resabios


un poco más gastados y más sabios


más viejos y sinceros



vuelvo sin duelo y ha llovido tanto


en mi ausencia en mis calles en mi mundo


que me pierdo en los nombres y confundo


la lluvia con el llanto



vuelvo / quiero creer que estoy volviendo


con mi peor y mi mejor historia


conozco este camino de memoria


pero igual me sorprendo.

Por qué cantamos





Si cada hora viene con su muerte


si el tiempo es una cueva de ladrones


los aires ya no son los buenos aires


la vida es nada más que un blanco móvil



usted preguntará por qué cantamos



si nuestros bravos quedan sin abrazo


la patria se nos muere de tristeza


y el corazón del hombre se hace añicos


antes aún que explote la vergüenza



usted preguntará por qué cantamos



si estamos lejos como un horizonte


si allá quedaron árboles y cielo


si cada noche es siempre alguna ausencia


y cada despertar un desencuentro



usted preguntará por que cantamos



cantamos por qué el río está sonando


y cuando suena el río / suena el río


cantamos porque el cruel no tiene nombre


y en cambio tiene nombre su destino



cantamos por el niño y porque todo


y porque algún futuro y porque el pueblo


cantamos porque los sobrevivientes


y nuestros muertos quieren que cantemos



cantamos porque el grito no es bastante


y no es bastante el llanto ni la bronca


cantamos porque creemos en la gente


y porque venceremos la derrota



cantamos porque el sol nos reconoce


y porque el campo huele a primavera


y porque en este tallo en aquel fruto


cada pregunta tiene su respuesta



cantamos porque llueve sobre el surco


y somos militantes de la vida


y porque no podemos ni queremos


dejar que la canción se haga ceniza.

Los Formales y el frio



Quién iba a prever que el amor ese informal


se dedicara a ellos tan formales



mientras almorzaban por primera vez


ella muy lenta y él no tanto


y hablaban con sospechosa objetividad


de grandes temas en dos volúmenes


su sonrisa la de ella


era como un augurio o una fábula


su mirada la de él tomaba nota


de cómo eran sus ojos los de ella


pero sus palabras las de él


no se enteraban de esa dulce encuesta



como siempre o como casi siempre


la política condujo a la cultura


así que por la noche concurrieron al teatro


sin tocarse una uña o un ojal


ni siquiera una hebilla o una manga


y como a la salida hacía bastante frío


y ella no tenía medias


sólo sandalias por las que asomaban


unos dedos muy blancos e indefensos


fue preciso meterse en un boliche



y ya que el mozo demoraba tanto


ellos optaron por la confidencia


extra seca y sin hielo por favor



cuando llegaron a su casa la de ella


ya el frío estaba en sus labios los de él


de modo que ella fábula y augurio


le dio refugio y café instantáneos



una hora apenas de biografía y nostalgias


hasta que al fin sobrevino un silencio


como se sabe en estos casos es bravo


decir algo que realmente no sobre



él probó sólo falta que me quede a dormir


y ella probó por qué no te quedás


y él no me lo digas dos veces


y ella bueno por qué no te quedás



de manera que él se quedó en principio


a besar sin usura sus pies fríos los de ella


después ella besó sus labios los de él


que a esa altura ya no estaban tan fríos


y sucesivamente así


mientras los grandes temas


dormían el sueño que ellos no durmieron.

Ustedes y nosotros




Ustedes cuando aman


exigen bienestar


una cama de cedro


y un colchón especial



nosotros cuando amamos


es fácil de arreglar


con sábanas que bueno


sin sábanas da igual



ustedes cuando aman


calculan interés


y cuando se desaman


calculan otra vez



nosotros cuando amamos


es como renacer


y si nos desamamos


no la pasamos bien



ustedes cuando aman


son de otra magnitud


hay fotos chismes prensa


y el amor es un boom



nosotros cuando amamos


es una amor común


tan simple y tan sabroso


como tener salud



ustedes cuando aman


consultan el reloj


porque el tiempo que pierden


vale medio millón



nosotros cuando amamos


sin prisa y con fervor


gozamos y nos sale


barata la función



ustedes cuando aman


al analista van


él es quien dictamina


si lo hacen bien o mal



nosotros cuando amamos


sin tanta cortedad


el subconsciente piola


se pone a disfrutar



ustedes cuando aman


exigen bienestar


una cama de cedro


y un colchón especial



nosotros cuando amamos


es fácil de arreglar


con sábanas qué bueno


sin sábanas da igual.

En pie



Sigo en pie


por latido


por costumbre


por no abrir la ventana decisiva


y mirar de una vez a la insolente


muerte


esa mansa


dueña de la espera



sigo en pie


por pereza en los adioses


cierre y demolición


de la memoria



no es un mérito


otros desafían


la claridad


el caos


o la tortura



seguir en pie


quiere decir coraje



o no tener


donde caerse


muerto.

Las primeras miradas



Nadie sabe en qué noche de octubre solitario,


de fatigados duendes que ya no ocurren,


puede inmolarse la perdida infancia


junto a recuerdos que se están haciendo.



Qué sorpresa sufrirse una vez desolado,


escuchar cómo tiembla el coraje en las sienes,


en el pecho, en los muslos impacientes


sentir cómo los labios se desprenden


de verbos maravillosos y descuidados,


de cifras defendidas en el aire muerto,


y cómo otras palabras, nuevas, endurecidas


y desde ya cansadas se conjuran


para impedirnos el único fantasma de veras.



Cómo encontrar un sitio con los primeros ojos,


un sitio donde asir la larga soledad


con los primeros ojos, sin gastar


las primeras miradas,


y si quedan maltrechas de significados,


de cáscara de ideales, de puresas inmundas,


cómo encontrar un río con los primeros pasos,


un río -para lavarlos- que las lleve.