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martes, 24 de agosto de 2010

LA CALLE -- H. P. LOVECRAFT



LA CALLE
H. P. LOVECRAFT
--
LA CALLE1
HAY quienes afirman que las cosas y los lugares poseen un alma, y hay quienes lo
niegan; por mi parte no osaré dar opinión, sino que voy a hablar acerca de la Calle.
La Calle fue edificada por hombres fuertes y honorables; hombres buenos y valientes de
nuestra sangre, llegados de las Islas Benditas, al otro lado del mar. En un principio consistía
en un camino abierto por los aguadores que iban del manantial del bosque al racimo de casas
junto a la playa. Luego, según llegaban más hombres al creciente grupo de casas, buscando un
lugar donde instalarse, construyeron cabañas a lo largo del lado norte; cabañas de recios
troncos de roble con albañilería dando al bosque, ya que había muchos indios acechando en
esa parte con sus flechas incendiarias. Algunos años después, los hombres levantaron cabañas
en el lado sur de la Calle.
Hombres graves de sombreros cónicos iban arriba y abajo por la Calle, casi siempre
empuñando mosquetes o escopetas. Y también estaban sus esposas con sus tocas, así como
sus discretos hijos. Al atardecer, esos hombres, con sus esposas e hijos, se sentaban en torno a
gigantescos hogares a leer y hablar. Sumamente sencillas eran las cosas sobre las que leían y
hablaban, aunque eran cosas que les infundían valor y bondad, y les ayudaban durante el día a
dominar el bosque y transformarlo en campos. Y los niños escuchaban y aprendían sobre
leyes y escrituras de antaño, así como sobre la querida Inglaterra que nunca vieran, o que ya
no podían recordar.
Hubo una guerra y, tras ella, lo indios no volvieron a amenazar a la Calle. Los hombres,
volcados en su trabajo, prosperaron y fueron todo lo felices que pudieron. Los niños crecieron
amparados y más familias llegaron desde la madre patria a vivir en la Calle. Y los hijos de los
hijos, junto con los hijos de los recién llegados, crecieron. El pueblo se transformó en ciudad,
y una tras otra las cabañas fueron dejando paso a casas; casas de madera y ladrillo hermosas y
sencillas, con escaleras de piedra y cristaleras de abanico sobre la puerta. No eran endebles
esas casas, ya que debían servir a más de una generación. Dentro había chimeneas cinceladas
y airosas escaleras, y muebles sensibles y agradables, porcelanas y plata llegada de la madre
patria.
Así la Calle bebió de los sueños de un pueblo joven, regocijándose cuando sus
moradores se tornaron más donosos y felices. Donde una vez hubiera fuerza y honor, ahora
tenían también cabida el buen gusto y la sabiduría. Libros y pinturas y músicas llegaban a esas
casas, y los jóvenes iban a la universidad edificada en la llanura del norte. En vez de
sombreros cónicos y mosquetes usaban sombreros de tres picos y espadas livianos, y lazos y
pelucas blancas como la nieve. Y había empedrados que resonaban al paso de los caballos de
casta y sobre los que traqueteaban multitud de coches dorados, y muros de piedra con anillos
y postes para amarrar caballos.
Había muchos árboles en esta calle, olmos y robles, y arces venerables, así que en
verano el paraje resultaba de un amable verdor, lleno por el gorjeo de los pájaros. Y tras la
casa había rosaledas cercadas, con caminos flanqueados por los setos, y relojes de arena
donde al caer la tarde brillaban de forma encantadora la luna y las estrellas mientras las
fragantes flores brillaban cubiertas de rocío.
Así soñaba la Calle, conociendo guerras, calamidades y cambios. Una vez se fueron
casi todos lo jóvenes y algunos no regresaron. Fue cuando arriaron la vieja bandera y
colocaron en su lugar otra de estrellas y barras. Pero aunque los hombres hablaban de grandes
cambios, la Calle no los notó, ya que sus gentes seguían siendo las mismas, hablando de las
cosas de siempre con la vieja y familiar entonación. Y los árboles aún albergaban pájaros
1 The Street (1921). Primera publicación: The Wolverine, diciembre de 1920. No existe manuscrito.
cantores, y, al caer la tarde, la luna y las estrellas contemplaban flores llenas de rocío en las
rosaledas valladas.
Con el tiempo pasaron las espadas, los sombreros de tres picos y las pelucas. ¡Cuán
extraños resultaban los vecinos con sus bastones de paseo, altas castorinas y cabellos al
descubierto! Nuevos sonidos brotaban en la distancia... primero un extraño resoplar y gritar y
retumbar en el río, como a una milla; luego, muchos años después, otro extraño resoplar y
gritar y retumbar en dirección contraria. El aire no era tan límpido como antaño, pero el
espíritu del lugar no había cambiado. La sangre y el espíritu de la gente era la sangre y el
espíritu de aquellos antepasados que edificaran la Calle. Ni siquiera varió el espíritu cuando
abrieron la tierra para alojar extraños tubos o cuando colocaron altos postes que sustentaban
curiosos cables. Había mucha sabiduría antigua en esa Calle, y el pasado no podía olvidarse
con facilidad.
Entonces llegaron días de maldad, cuando muchos de los que conocieran de antiguo la
Calle ya no la conocieron, y muchos que no la habían conocido antes dieron con ella. Y esos
recién llegados no eran como los que se fueron, ya que sus acentos eran estridentes y
groseros, y sus apariencias y rostros desagradables. Su forma de pensar, también, chocaba con
el espíritu justo y sabio de la Calle, por lo que ésta sufría en silencio mientras sus casas se
sumían en la decadencia y sus árboles morían uno tras otro, y sus rosaledas eran devoradas
por la maleza y la basura. Pero sintió un ramalazo de orgullo el día en que de nuevo partieron
los jóvenes, algunos para no regresar. Esos jóvenes vestían de azul.
Con el paso de los años, la suerte de la Calle fue a peor. Sus árboles se habían
esfumado, y sus rosaledas fueron desplazadas por las zagas de nuevos edificios, feos y
baratos, construidos en calles paralelas. Aunque quedaban las casas, a pesar de los estragos
causados por años y tormentas y gusanos, ya que habían sido levantadas para durar. Muchas
cataduras se vieron en la Calle; rostros morenos y siniestros de ojos furtivos y facciones
extrañas cuyos propietarios hablaban palabras ignoradas y colocaban carteles en caracteres
conocidos y desconocidos sobre la mayoría de las mohosas moradas. Carros de mano
abarrotaban los albañales. Un hedor sórdido e indefinible se impuso sobre el lugar y el viejo
espíritu estaba aletargado.
De nuevo hubo gran excitación en la Calle. Guerra y revolución ardían allende los
mares; cayó una dinastía, y sus degenerados súbditos llegaban en bandadas de dudosas
intenciones hasta la tierra occidental. Muchos de ellos se instalaron en las destartaladas casas
que una vez conocieran el canto de los pájaros y el aroma de las rosas. Entonces la misma
tierra occidental despertó y se unió a la madre patria en su titánica lucha en pro de la
civilización. Sobre las ciudades ondeó una vez más la vieja bandera acompañada de la nueva,
así como por una más modesta aunque gloriosa tricolor. Pero no había muchas banderas en la
Calle, ya que allí no se albergaba sino el miedo, el odio y la ignorancia. De nuevo partieron
los jóvenes, aúnque no como aquellos otros de antaño. Algo faltaba. Y los hijos de aquellos
otros jóvenes, que partieron vestidos de caqui con el mismo espíritu que sus antepasados,
procedían de lugares distantes y nada sabían de la Calle y su antiguo espíritu.
Hubo una gran victoria en ultramar, y la mayoría de los jóvenes regresó en triunfo.
Aquellos que habían carecido de algo lo encontraron, aunque el odio y el miedo y la
ignorancia aún se alojaban en la Calle, ya que eran muchos los que se habían quedado, y una
muchedumbre de extranjeros había llegado desde lejanos lugares a las viejas casas. Y los
jóvenes que regresaron no se demoraron mucho. Los rostros de la mayoría de los extranjeros
eran morenos y siniestos, aunque entre ellos uno podía encontrar algunos semejantes a los de
aquellos que edificaron la Calle y forjaron su espíritu. Parecidos y, sin embargo, diferentes, ya
que lucían en los ojos un brillo salvaje y malsano de avaricia, ambición, rencor y celo mal
llevado. La inquietud y la traición moraban entre unos pocos malvados que planeaban un
golpe de muerte contra la tierra occidental para, sobre las ruinas, hacerse con el poder, tal y
como lo habían alcanzado los asesinos en esa tierra fría y desdichada de donde llegaba la
mayoría. Y el corazón del complot estaba en la Calle, cuyas casas destartaladas rebosaban de
extranjeros cizañadores, resonando con los planes y conjuras de aquellos que esperaban el
prefijado día de sangre, llama y crimen.
La ley señaló mucho pero pudo probar poco acerca de las diversas y extrañas asambleas
habidas en la Calle. Hombres de placas ocultas merodeaban con gran diligencia, prestando
oídos en sitios como la panadería de Petrovitch, la mísera Escuela Rifkin de Economía
Moderna, el Club Círculo Social y el Café Libertad. Se congregaba gran número de hombres
siniestros, aunque siempre hablando comedidamente o en lengua extranjera. Y aún
permanecían las viejas casas, con su perdido recuerdo de siglos más nobles y pretéritos; de
recios habitantes coloniales y rosaledas cubiertas de rocío a la luz de la luna. A veces era
entrevistado por un poeta solitario o un viajero, y trataba de describirla en su desvanecida
gloria, pero tales viajeros y poetas no resultaban demasiado frecuentes.
Corrían ahora tremendos rumores sobre que esas casas albergaban a una gran banda de
terroristas que, el día señalado, desatarían una orgía de matanza encaminada a exterminar
América, así como todas las hermosas tradiciones que la Calle tanto había amado. Folletos y
periódicos revoloteaban sobre sucios albañales; folletos y periódicos impresos en muchas
lenguas y carácteres, pero todos portando mensajes de crimen y rebelión. En tales impresos
se instaba a la gente a destruir las leyes y virtudes que nuestros padres habían enaltecido, a
pisotear el alma de la vieja América... el alma que nos fuera legada tras milenio y medio de
libertad, justicia y moderación anglosajona. Se decía que los hombres morenos que habitaban
la Calle y que se reunían en sus podridas edificaciones eran los cerebros de una espantosa
revolución, que a su orden muchos millones de bestias descerebradas y embrutecidas
sacarían sus garras de las chabolas de un millar de ciudades y se desparramarían quemando,
matando y destrozando hasta aniquilar la tierra de nuestros padres. Y se rumoreaba y repetía,
y muchos esperaban atemorizados la llegada del 4 de julio, acerca del cual los escritos insinuaban
mucho; pero no pudo descubrirse nada que señalara a los culpables. Nadie podía
decir qué arrestos cortarían de raíz el abominable complot. Grupos de policías llegaron
muchas veces a buscar entre las tambaleantes casas, pero al final dejaron de ir, ya que ellos
también se cansaron de la ley y el orden, y abandonaron la ciudad a su suerte. Llegaron los
hombres de caqui con fusiles, hasta parecer que, en sus tristes sueños, la Calle había tenido
uno que recordara aquellos otros días, cuando hombres de mosquetes y sombrero cónicos
iban del arroyo del bosque al racimo de casas en la playa. Sin embargo, nada podían hacer
para parar el inminente cataclismo, ya que aquellos hombres morenos y siniestros eran
avezados en astucias.
Así que la calle dormía intranquila, hasta que una noche se reunieron en la panadería
de Petrovitch y en la Escuela Rifkin de Economía Moderna y en el Club Círculo Social y en
el Café Libertad, y en otros sitios de igual calaña, grandes hordas de hombres con los ojos
desorbitados por un triunfo y una expectación horribles. Los mensajes iban por ocultos hilos
y se habló mucho de mensajes aún más extraños que también debieron circular; pero de casi
todo eso no se supo hasta después, cuando la tierra occidental estuvo a salvo del peligro. Los
hombres de caqui nada supieron de lo que sucedía, o de lo que iba a pasar, ya que los
hombres morenos y siniestros eran duchos en artimañas y disimulos.
Y, sin embargo, los hombres de caqui siempre recordarán esa noche y se hablará de la
Calle por lo que ellos cuentan a sus nietos, ya que casi todos fueron enviados al día siguiente
a una misión muy distinta de la esperada. Se sabe que ese nido de anarquía era viejo, y que
las casas estaban vencidas por el castigo de años y tormentas y gusanos; pero lo ocurrido esa
noche de verano resultó una sorpresa por su extraña uniformidad. Fue, de hecho, un suceso
singularmente extraordinario, aunque bastante sencillo. Sin previo aviso, en la madrugada,
todos los deterioros de años y tormentas y gusanos llegaron a una tremenda culminación, y
tras el cataclismo no quedó en pie en la Calle sino un par de viejas chimeneas y parte de un
recio muro de ladrillos. Ninguno de sus moradores salió con vida de las ruinas.
Un poeta y un viajero, presentes entre la tremenda multitud llegada al lugar, cuentan
cosas extrañas. El poeta dice que en horas previas al amanecer contempló ruinas sórdidas
pero como enturbiadas al resplandor de las luces eléctricas, y que por encima de la catástrofe
se atisbaba otra imagen que podría resumirse en luz de luna y bonitas casas y olmos y robles
y arces venerables. Y el viajero afirma que en aquel lugar, efectivamente, en vez del habitual
hedor surgía una delicada fragancia de rosas en flor. ¿Pero no son los sueños de los poetas y
los cuentos de los - viajeros notoriamente falsos?
Hay quienes afirman que las cosas y los lugares poseen un alma, y hay quienes lo
niegan; por mi parte no osaré dar opinión, sino que os he hablado acerca de la Calle.

El príncipe feliz -- Oscar Wilde



El príncipe feliz
Oscar Wilde

--
En la parte más alta de la ciudad, sobre una columnita, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz.
Estaba toda revestida de madreselva de oro fino. Tenía, a guisa de ojos, dos centelleantes zafiros y un
gran rubí rojo ardía en el puño de su espada.
Por todo lo cual era muy admirada.
-Es tan hermoso como una veleta -observó uno de los miembros del Concejo que deseaba granjearse una
reputación de conocedor en el arte-. Ahora, que no es tan útil -añadió, temiendo que le tomaran por un
hombre poco práctico.
Y realmente no lo era.
-¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? -preguntaba una madre cariñosa a su hijito, que pedía la luna-.
El Príncipe Feliz no hubiera pensado nunca en pedir nada a voz en grito.
-Me hace dichoso ver que hay en el mundo alguien que es completamente feliz -murmuraba un hombre
fracasado, contemplando la estatua maravillosa.
-Verdaderamente parece un ángel -decían los niños hospicianos al salir de la catedral, vestidos con sus
soberbias capas escarlatas y sus bonitas chaquetas blancas.
-¿En qué lo conocéis -replicaba el profesor de matemáticas- si no habéis visto uno nunca?
-¡Oh! Los hemos visto en sueños -respondieron los niños.
Y el profesor de matemáticas fruncía las cejas, adoptando un severo aspecto, porque no podía aprobar que
unos niños se permitiesen soñar.
Una noche voló una golondrinita sin descanso hacia la ciudad.
Seis semanas antes habían partido sus amigas para Egipto; pero ella se quedó atrás.
Estaba enamorada del más hermoso de los juncos. Lo encontró al comienzo de la primavera, cuando
volaba sobre el río persiguiendo a una gran mariposa amarilla, y su talle esbelto la atrajo de tal modo, que se
detuvo para hablarle.
-¿Quieres que te ame? -dijo la Golondrina, que no se andaba nunca con rodeos.
Y el Junco le hizo un profundo saludo.
Entonces la Golondrina revoloteó a su alrededor rozando el agua con sus alas y trazando estelas de plata.
Era su manera de hacer la corte. Y así transcurrió todo el verano.
-Es un enamoramiento ridículo -gorjeaban las otras golondrinas-. Ese Junco es un pobretón y tiene
realmente demasiada familia.
Y en efecto, el río estaba todo cubierto de juncos.
Cuando llegó el otoño, todas las golondrinas emprendieron el vuelo.
Una vez que se fueron sus amigas, sintióse muy sola y empezó a cansarse de su amante.
-No sabe hablar -decía ella-. Y además temo que sea inconstante porque coquetea sin cesar con la brisa.
Y realmente, cuantas veces soplaba la brisa, el Junco multiplicaba sus más graciosas reverencias.
-Veo que es muy casero -murmuraba la Golondrina-. A mí me gustan los viajes. Por lo tanto, al que me
ame, le debe gustar viajar conmigo.
-¿Quieres seguirme? -preguntó por último la Golondrina al Junco.
Pero el Junco movió la cabeza. Estaba demasiado atado a su hogar.
-¡Te has burlado de mí! -le gritó la Golondrina-. Me marcho a las Pirámides. ¡Adiós!
Y la Golondrina se fue.
Voló durante todo el día y al caer la noche llegó a la ciudad.
-¿Dónde buscaré un abrigo? -se dijo-. Supongo que la ciudad habrá hecho preparativos para recibirme.
Entonces divisó la estatua sobre la columnita.
-Voy a cobijarme allí -gritó- El sitio es bonito. Hay mucho aire fresco.
Y se dejó caer precisamente entre los pies del Príncipe Feliz.
-Tengo una habitación dorada -se dijo quedamente, después de mirar en torno suyo.
Y se dispuso a dormir.
Pero al ir a colocar su cabeza bajo el ala, he aquí que le cayó encima una pesada gota de agua.
-¡Qué curioso! -exclamó-. No hay una sola nube en el cielo, las estrellas están claras y brillantes, ¡y sin
embargo llueve! El clima del norte de Europa es verdaderamente extraño. Al Junco le gustaba la lluvia; pero
en él era puro egoísmo.
Entonces cayó una nueva gota.
-¿Para qué sirve una estatua si no resguarda de la lluvia? -dijo la Golondrina-. Voy a buscar un buen
copete de chimenea.
Y se dispuso a volar más lejos. Pero antes de que abriese las alas, cayó una tercera gota.
La Golondrina miró hacia arriba y vio... ¡Ah, lo que vio!
Los ojos del Príncipe Feliz estaban arrasados de lágrimas, que corrían sobre sus mejillas de oro.
Su faz era tan bella a la luz de la luna, que la Golondrinita sintióse llena de piedad.
-¿Quién sois? -dijo.
-Soy el Príncipe Feliz.
-Entonces, ¿por qué lloriqueáis de ese modo? -preguntó la Golondrina-. Me habéis empapado casi.
-Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre -repitió la estatua-, no sabía lo que eran las
lágrimas porque vivía en el Palacio de la Despreocupación, en el que no se permite la entrada al dolor.
Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor del
jardín se alzaba una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto
me rodeaba era hermosísimo. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es
que el placeres la felicidad. Así viví y así morí y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo
ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda
más recurso que llorar.
«¡Cómo! ¿No es de oro de buena ley?», pensó la Golondrina para sus adentros, pues estaba demasiado
bien educada para hacer ninguna observación en voz alta sobre las personas.
-Allí abajo -continuó la estatua con su voz baja y musical-, allí abajo, en una callejuela, hay una pobre
vivienda. Una de sus ventanas está abierta y por ella puedo ver a una mujer sentada ante una mesa. Su rostro
está enflaquecido y ajado. Tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos de la aguja, porque
es costurera. Borda pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el próximo baile de corte, la más
bella de las damas de honor de la Reina. Sobre un lecho, en el rincón del cuarto, yace su hijito enfermo.
Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no puede darle más que agua del río. Por eso llora. Golondrina,
Golondrinita, ¿no quieres llevarla el rubí del puño de mi espada? Mis pies están sujetos al pedestal, y no me
puedo mover.
-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mis amigas revolotean de aquí para allá sobre el Nilo y
charlan con los grandes lotos. Pronto irán a dormir al sepulcro del Gran Rey. El mismo Rey está allí en su
caja de madera, envuelto en una tela amarilla y embalsamado con sustancias aromáticas. Tiene una cadena
de jade verde pálido alrededor del cuello y sus manos son como unas hojas secas.
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita - dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás conmigo una noche y serás mi
mensajera? ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre!
-No creo que me agraden los niños -contestó la Golondrina-. El invierno último, cuando vivía yo a orillas del
río, dos muchachos mal educados, los hijos del molinero, no paraban un momento en tirarme piedras. Claro
es que no me alcanzaban. Nosotras las golondrinas, volamos demasiado bien para eso y además yo
pertenezco a una familia célebre por su agilidad; mas, a pesar de todo, era una falta de respeto.
Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste que la Golondrinita se quedó apenada.
-Mucho frío hace aquí -le dijo-; pero me quedaré una noche con vos y seré vuestra mensajera.
-Gracias, Golondrinita -respondió el Príncipe.
Entonces la Golondrinita arrancó el gran rubí de la espada del Príncipe y llevándolo en el pico, voló sobre
los tejados de la ciudad.
Pasó sobre la torre de la catedral, donde había unos ángeles esculpidos en mármol blanco.
Pasó sobre el palacio real y oyó la música de baile.
Una bella muchacha apareció en el balcón con su novio.
-¡Qué hermosas son las estrellas -la dijo- y qué poderosa es la fuerza del amor!
-Querría que mi vestido estuviese acabado para el baile oficial -respondió ella-. He mandado bordar en él
unas pasionarias ¡pero son tan perezosas las costureras!
Pasó sobre el río y vio los fanales colgados en los mástiles de los barcos. Pasó sobre el ghetto y vio a los
judíos viejos negociando entre ellos y pesando monedas en balanzas de cobre.
Al fin llegó a la pobre vivienda y echó un vistazo dentro. El niño se agitaba febrilmente en su camita y su
madre habíase quedado dormida de cansancio.
La Golondrina saltó a la habitación y puso el gran rubí en la mesa, sobre el dedal de la costurera. Luego
revoloteó suavemente alrededor del lecho, abanicando con sus alas la cara del niño.
-¡Qué fresco más dulce siento! -murmuró el niño-. Debo estar mejor.
Y cayó en un delicioso sueño.
Entonces la Golondrina se dirigió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho.
-Es curioso -observa ella-, pero ahora casi siento calor, y sin embargo, hace mucho frío.
Y la Golondrinita empezó a reflexionar y entonces se durmió. Cuantas veces reflexionaba se dormía.
Al despuntar el alba voló hacia el río y tomó un baño.
-¡Notable fenómeno! -exclamó el profesor de ornitología que pasaba por el puente-. ¡Una golondrina en
invierno!
Y escribió sobre aquel tema una larga carta a un periódico local.
Todo el mundo la citó. ¡Estaba plagada de palabras que no se podían comprender!...
-Esta noche parto para Egipto -se decía la Golondrina.
Y sólo de pensarlo se ponía muy alegre.
Visitó todos los monumentos públicos y descansó un gran rato sobre la punta del campanario de la
iglesia.
Por todas parte adonde iba piaban los gorriones, diciéndose unos a otros:
-¡Qué extranjera más distinguida!
Y esto la llenaba de gozo. Al salir la luna volvió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz.
-¿Tenéis algún encargo para Egipto? -le gritó-. Voy a emprender la marcha.
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás otra noche conmigo?
-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mañana mis amigas volarán hacia la segunda catarata.
Allí el hipopótamo se acuesta entre los juncos y el dios Memnón se alza sobre un gran trono de granito.
Acecha a las estrellas durante la noche y cuando brilla Venus, lanza un grito de alegría y luego calla. A
mediodía, los rojizos leones bajan a beber a la orilla del río. Sus ojos son verdes aguamarinas y sus rugidos
más atronadores que los rugidos de la catarata.
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, allá abajo, al otro lado de la ciudad, veo a un
joven en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa cubierta de papeles y en un vaso a su lado hay un
ramo de violetas marchitas. Su pelo es negro y rizoso y sus labios rojos como granos de granada. Tiene unos
grandes ojos soñadores. Se esfuerza en terminar una obra para el director del teatro, pero siente demasiado
frío para escribir más. No hay fuego ninguno en el aposento y el hambre le ha rendido.
-Me quedaré otra noche con vos -dijo la Golondrina, que tenía realmente buen corazón-. ¿Debo llevarle
otro rubí?
-¡Ay! No tengo más rubíes -dijo el Príncipe-. Mis ojos es lo único que me queda. Son unos zafiros
extraordinarios traídos de la India hace un millar de años. Arranca uno de ellos y llévaselo. Lo venderá a un
joyero, se comprará alimento y combustible y concluirá su obra.
-Amado Príncipe -dijo la Golondrina-, no puedo hacer eso.
Y se puso a llorar.
-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te pido.
Entonces la Golondrina arrancó el ojo del Príncipe y voló hacia la buhardilla del estudiante. Era fácil
penetrar en ella porque había un agujero en el techo. La Golondrina entró por él como una flecha y se
encontró en la habitación.
El joven tenía la cabeza hundida en sus manos. No oyó el aleteo del pájaro y cuando levantó la cabeza,
vio el hermoso zafiro colocado sobre las violetas marchitas.
-Empiezo a ser estimado -exclamó-. Esto proviene de algún rico admirador. Ahora ya puedo terminar la
obra.
Y parecía completamente feliz.
Al día siguiente la Golondrina voló hacia el puerto.
Descansó sobre el mástil de un gran navío y contempló a los marineros que sacaban enormes cajas de la
cala tirando de unos cabos.
-¡Ah, iza! -gritaban a cada caja que llegaba al puente.
-¡Me voy a Egipto! -les gritó la Golondrina.
Pero nadie le hizo caso, y al salir la luna, volvió hacia el Príncipe Feliz.
-He venido para deciros adiós -le dijo.
-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -exclamó el Príncipe-. ¿No te quedarás conmigo una noche más?
-Es invierno -replicó la Golondrina- y pronto estará aquí la nieve glacial. En Egipto calienta el sol sobre
las palmeras verdes. Los cocodrilos, acostados en el barro, miran perezosamente a los árboles, a orillas del
río. Mis compañeras construyen nidos en el templo de Baalbeck. Las palomas rosadas y blancas las siguen
con los ojos y se arrullan. Amado Príncipe, tengo que dejaros, pero no os olvidaré nunca y la primavera
próxima os traeré de allá dos bellas piedras preciosas con que sustituir las que disteis. El rubí será más rojo
que una rosa roja y el zafiro será tan azul como el océano.
-Allá abajo, en la plazoleta -contestó el Príncipe Feliz-, tiene su puesto una niña vendedora de cerillas. Se
le han caído las cerillas al arroyo, estropeándose todas. Su padre le pegará si no lleva algún dinero a casa, y
está llorando. No tiene ni medias ni zapatos y lleva la cabecita al descubierto. Arráncame el otro ojo, dáselo
y su padre no le pegará.
-Pasaré otra noche con vos -dijo la Golondrina-, pero no puedo arrancaros el ojo porque entonces os
quedaríais ciego del todo.
-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te mando.
Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe y emprendió el vuelo llevándoselo.
Se posó sobre el hombro de la vendedorcita de cerillas y deslizó la joya en la palma de su mano.
-¡Qué bonito pedazo de cristal! -exclamó la niña.
y corrió a su casa muy alegre.
Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe.
-Ahora estáis ciego. Por eso me quedaré con vos para siempre.
-No, Golondrinita -dijo el pobre Príncipe-. Tienes que ir a Egipto.
-Me quedaré con vos para siempre -dijo la Golondrina.
Y se durmió entre los pies del Príncipe. Al día siguiente se colocó sobre el hombro del Príncipe y le
refirió lo que habla visto en países extraños.
Le habló de los ibis rojos que se sitúan en largas filas a orillas del Nilo y pescan a picotazos peces de oro;
de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, vive en el desierto y lo sabe todo; de los mercaderes que
caminan lentamente junto a sus camellos, pasando las cuentas de unos rosarios de ámbar en sus manos; del
rey de las montañas de la Luna, que es negro como el ébano y que adora un gran bloque de cristal; de la gran
serpiente verde que duerme en una palmera y a la cual están encargados de alimentar con pastelitos de miel
veinte sacerdotes; y de los pigmeos que navegan por un gran lago sobre anchas hojas aplastadas y están
siempre en guerra con las mariposas.
-Querida Golondrinita -dijo el Príncipe-, me cuentas cosas maravillosas, pero más maravilloso aún es lo
que soportan los hombres y las mujeres. No hay misterio más grande que la miseria. Vuela por mi ciudad,
Golondrinita, y dime lo que veas.
Entonces la Golondrinita voló por la gran ciudad y vio a los ricos que se festejaban en sus magníficos
palacios, mientras los mendigos estaban sentados a sus puertas.
Voló por los barrios sombríos y vio las pálidas caras de los niños que se morían de hambre, mirando con
apatía las calles negras.
Bajo los arcos de un puente estaban acostados dos niñitos abrazados uno a otro para calentarse.
- ¡Qué hambre tenemos! -decían.
-¡No se puede estar tumbado aquí! -les gritó un guardia.
Y se alejaron bajo la lluvia.
Entonces la Golondrina reanudó su vuelo y fue a contar al Príncipe lo que había visto.
-Estoy cubierto de oro fino -dijo el Príncipe-; despréndelo hoja por hoja y dáselo a mis pobres. Los
hombres creen siempre que el oro puede hacerlos felices.
Hoja por hoja arrancó la Golondrina el oro fino hasta que el Príncipe Feliz se quedó sin brillo ni belleza.
Hoja por hoja lo distribuyó entre los pobres, y las caritas de los niños se tornaron nuevamente sonrosadas
y rieron y jugaron por la calle.
-¡Ya tenemos pan! -gritaban.
Entonces llegó la nieve y después de la nieve el hielo.
Las calles parecían empedradas de plata por lo que brillaban y relucían.
Largos carámbanos, semejantes a puñales de cristal, pendían de los tejados de las casas. Todo el mundo
se cubría de pieles y los niños llevaban gorritos rojos y patinaban sobre el hielo.
La pobre Golondrina tenía frío, cada vez más frío, pero no quería abandonar al Príncipe: le amaba
demasiado para hacerlo.
Picoteaba las migas a la puerta del panadero cuando éste no la veía, e intentaba calentarse batiendo las
alas.
Pero, al fin, sintió que iba a morir. No tuvo fuerzas más que para volar una vez más sobre el hombro del
Príncipe.
-¡Adiós, amado Príncipe! -murmuró-. Permitid que os bese la mano.
-Me da mucha alegría que partas por fin para Egipto, Golondrina -dijo el Príncipe-. Has permanecido aquí
demasiado tiempo. Pero tienes que besarme en los labios porque te amo.
-No es a Egipto adonde voy a ir -dijo la Golondrina-. Voy a ir a la morada de la Muerte. La Muerte es
hermana del Sueño, ¿verdad?
Y besando al Príncipe Feliz en los labios, cayó muerta a sus pies.
En el mismo instante sonó un extraño crujido en el interior de la estatua, como si se hubiera roto algo.
El hecho es que la coraza de plomo se habla partido
en dos. Realmente hacia un frío terrible.
A la mañana siguiente, muy temprano, el alcalde se paseaba por la plazoleta con dos concejales de la
ciudad.
Al pasar junto al pedestal, levantó sus ojos hacia la estatua.
-¡Dios mío! -exclamó-. ¡Qué andrajoso parece el Príncipe Feliz!
-¡Sí, está verdaderamente andrajoso! -dijeron los concejales de la ciudad, que eran siempre de la opinión
del alcalde.
Y levantaron ellos mismos la cabeza para mirar la estatua.
-El rubí de su espada se ha caído y ya no tiene ojos, ni es dorado -dijo el alcalde- En resumidas cuentas,
que está lo mismo que un pordiosero.
-¡Lo mismo que un pordiosero! -repitieron a coro los concejales.
-Y tiene a sus pies un pájaro muerto -prosiguió el alcalde-. Realmente habrá que promulgar un bando
prohibiendo a los pájaros que mueran aquí.
Y el secretario del Ayuntamiento tomó nota para aquella idea.
Entonces fue derribada la estatua del Príncipe Feliz.
-¡Al no ser ya bello, de nada sirve! -dijo el profesor de estética de la Universidad.
Entonces fundieron la estatua en un horno y el alcalde reunió al Concejo en sesión para decidir lo que
debía hacerse con el metal.
-Podríamos -propuso- hacer otra estatua. La mía, por ejemplo.
-O la mía -dijo cada uno de los concejales.
Y acabaron disputando.
-¡Qué cosa más rara! -dijo el oficial primero de la fundición-. Este corazón de plomo no quiere fundirse
en el horno; habrá que tirarlo como desecho,
Los fundidores lo arrojaron al montón de basura en que yacía la golondrina muerta.
-Tráeme las dos cosas más preciosas de la ciudad -dijo Dios a uno de sus ángeles,
Y el ángel se llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto.
-Has elegido bien -dijo Dios-. En mi jardín del Paraíso este pajarillo cantará eternamente, y en mi ciudad
de oro el Príncipe Feliz repetirá mis alabanzas.

ABONO PARA EL JARDÍN - Juan C. "REX" García Q.




ABONO PARA EL JARDÍN
Juan C. "REX" García Q.
-
1
Rolando entró a la casa con su esposa en brazos. Tenían ya dos años de casados
y habían hecho lo mismo al entrar en la habitación del hotel en la luna de miel y en su
antiguo departamento, pero ahora el ritual se repetía en su nueva casa. <
de nuestras vidas>> le había dicho Rolando a Karla, su esposa, cuando le platicó
que se la ofrecían. Era una casa de dos pisos, de mediano tamaño, con recibidor, sala,
comedor, cocina, y en la planta alta tres recamaras, y un baño completo. Y en la parte de
atrás un pequeño jardín que ahora estaba seco por el invierno que acababa de pasar, pero
el antiguo dueño aseguraba que no tardaría en crecer un pasto verde y suave, y que hasta
flores podían plantar al pie de la barda. En realidad a Karla no le había convencido el
precio excesivamente barato de la casa, ni la buena ubicación, ni el perfecto estado en
que se encontraba; fue ese jardín. Después de vivir dos años en un pequeño departamento
sentía que tener una casa con jardín, aunque fuera así de pequeño, era lo más maravilloso.
Imaginaba estar acostada en el suave pasto tomando el sol, con un baso de limonada
en un lado, y al otro a su marido, y tal vez, después, encima de ella.
--Bienvenida mi reina a su nuevo palacio. --dijo Rolando.
--Gracias, pero serviría usted a dejarme en el sillón por favor. --contestó siguiendo
el juego de realeza.
Entraron a la sala, saltó unas cajas que aun no desempacaban y colocó a Karla en
el sillón cubierto por una sabana, para después dejarse caer junto a ella.
--¡Uf! --miró las cajas llenas de artículos sin desempacar. --De solo pensar en lo
que nos falta de guardar me dan ganas de regresarme
--¡Hagámoslo! guardemos todo y vámonos de aquí. --dijo Karla y se levantó he
hizo ademan de llevarse una caja.
--¡No! Espera, es broma te lo juro. --la sujetó de un brazo y la volvió a sentar. --
Mejor nos quedamos. --y le dio un largo beso.
--Tranquilo muchacho, que tengo que ir a dar clases en una hora.
--Bien, tenemos tiempo suficiente. --la siguió besando y acariciando la pierna.
--No señor escritor. Usted se queda aquí a escribir su gran novela y yo me voy
como mundana maestra a impartir clases a la Universidad. --lo separó con los brazos y
se levantó.
--¿Y me vas a dejar aquí solito? --dijo imitando a un niño.
--Si, como lo he hecho desde que tienes esa beca. Así que ya no digas más. Voy
arriba por mis cosas.
--¡Pero recuerda que al volver tenemos que hacer el amor en todas las habitaciones
para la buena suerte! --gritó Rolando mientras escuchaba a su esposa subir las escaleras.
Rolando suspiró y cerró los ojos para descansar. Prácticamente él había hacho
toda la mudanza, y por fin, después de once días de ir y venir, pasarían su primera noche
ahí. Aun faltaban cosas por desempacar y acomodar, pero abría tiempo después. Ahora
lo principal era su novela, en la cual ya estaba atrasado. Tenía ya un mes que debería
haberla acabado y sus jefes empezaban a dudar de él... pero habría tiempo, en ese momento
descansaría un poco ahí sentado.
Repentinamente se escuchó un ruido en la cocina. Rolando se sobre saltó y necesitó
unos segundos para saber donde estaba. <<¿Donde estoy?>> <<¿Me quedé dormido?
¿Cuanto tiempo?>> El sonido se volvió a escuchar. Era un ruido en el suelo, como si
arrastraran algo pesado.
--¿Karla, eres tú? --preguntó sin obtener respuesta.
Se levantó, pasó por el comedor y llegó a la puerta va-y-ven de la cocina.
El ruido de nuevo.
Rolando lo escuchó perfectamente, algo se movía ahí dentro. Abrió la puerta y la
sujetó con una mano para que no se regresara. Karla no estaba ahí dentro, ni nadie más.
Recorrió todo con la vista, parecía normal. Pero al mirar a la ventana que daba al jardín,
entre la cortina amarilla de patos, le pareció ver a alguien parado afuera, la silueta de un
hombre.
--¿Qué haces? --preguntó su esposa.
Rolando dio un brinco y se agarró el corazón. Tras él estaba su esposa ya lista
para irse.
--¡Karla!
--¿Que pasa? --sofoco una risa por haber asustado a su marido.
--creí que estabas dormido.
--Si lo estaba, creo, pero oí algo aquí dentro.
--¿Y que era?
--Pues no vi nada. No lo se.
--Con que no me salgas ahora que hay ratones...
--No mi vida ¿como crees? --dijo Rolando para tranquilizarla. No había nada a
lo que le temiera más que los ratones.
--Bien. Me tengo que ir ya. Llego a las nueve. Descansa un poco, escribe todo lo
que puedas y acomoda lo que necesites ¿Si? --ambos salieron de la casa y Karla subió al
auto. --Te quiero. --dijo Karla antes de arrancar.
Rolando se quedó parado en la banqueta viendo como se iba su esposa. Dio la
media vuelta y se encontró de frente con la casa. La miró. Era hermosa. <<¿Por qué la
vende?>> le había preguntado al Sr. González realmente queriendo preguntar ¿Por qué
la vende tan barata?
<> había contestado sombríamente. Pero ahora él estaba
decidido llenarla de buenos momentos, sin importar lo pasado. Era una oportunidad
nueva, otra vida, era más que una casa. Con esos pensamientos entró a la casa, solo, y
cerró la puerta tras de él.
2
La tarde transcurrió lenta. Rolando permaneció horas sentado frente a su computadora
en el estudio que había adaptado en una de las habitaciones, pero no pudo agregar
ni una palabra más a "El día era.." última frase que había escrito y de la cual no podía
salir. Se levantaba, iba al baño, acomodaba unas cosas, bajaba a tomar agua, y así,
sin hacer nada, se hizo de noche.
Miró el reloj de la computadora, 8:30 p.m. Faltaba media hora para que Karla
llegara. Y automáticamente el pensar en ella se sintió excitado. Estaba enamorado de
ella y con los dos años de matrimonio más, pero aparte del amor y todo el romanticismo
existente, ella lo excitaba. Apagó la computadora resignado a no escribir nada por ese
día y salió de la habitación. Llegó a su recamara, vio la cama matrimonial, y se decidió
a tan solo esperar a que su esposa llegara para hacer el amor. Tomó el control remoto y
encendió el televisor, esa era la única luz que alumbraba el cuarto. Pero ni siquiera se
tomó la molestia de ver que programa había ya que fue directamente a la ventana y desde
ahí vio, en panorama aéreo, el cuadro de tierra que prometía convertirse en un bello
jardín.
Y frente a él, cara a cara, apareció el rostro de un muerto del otro lado de la ventana.
Rolando gritó y caminó hacía tras con pasos torpes hasta tropezar con la cama y
quedar acostado en ella. El rostro seguía ahí. Tenía poco pelo, un ojo verde con lama y
el otro arrugado como pasa, la nariz había desaparecido y toda la piel estaba podrida.
--No es cierto, eso no existe. --se dijo así mismo Rolando y cerro los ojos, pero
en su mente seguía viendo esa aparición.
Al volverlos abrir solo la ventana estaba frente a él y la oscuridad lo rodeaba. Se
levantó inmediatamente y encendió la luz. Corrió por toda la casa prendiendo los focos
de todas las habitaciones, y al terminar salió de la casa y se sentó en la banqueta a esperar.
Estaba asustado, decidido a contarle todo a su esposa y nunca volver ahí. Pero los
minutos pasaron, le miedo se volvió calma y la certeza en incertidumbre. ¿Había visto
realmente lo que vio? ¿Acaso no pudo ser una sombra o un reflejo? ¿O algo de su imaginación?
Tal vez. No lograba convencerse del todo, pero era lo más fácil. Sintió vergüenza
por haber estado ahí sentado, y se levantó para regresar a la casa, en eso llegó
Karla.
--¡Mi vida! --dijo Karla al bajarse del auto. Traía su portafolios y unas hojas de
maquina (seguramente exámenes, pensó Rolando) --Tenía muchas ganas de regresar. --y
lo besó.
--¿Cómo te fue?
--Bien, como siempre. Los alumnos están mejorando mucho en sus ensayos --
(eran ensayos, no exámenes) --y se ve que les está gustando la materia.
--Mientras no sea la maestra lo que les guste... --dijo Rolando. La tomó por la
cintura y la acercó a él.
--Mmm, "siento" que es hora de pagar lo que te prometí ¿verdad?
--Así es.
--Pero al menos podríamos entrar a la casa ¿O quieres aquí?
Entrar a la casa. Rolando lo pensó unos segundos y decidió no decir nada de lo que le
pasó ¿O a lo que creyó a verle pasado?
--Está bien, solo por esta vez.
Entraron en ella. Hicieron el amor, más no en todas las habitaciones. La alfombra
de la sala, la mesa del comedor y la cama en su recamara fue el recorrido de esa noche.
Al final ambos se quedaron profundamente dormidos. Rolando no soñaba, así que
cuando escuchó que tocaban en la puerta de su habitación en plena madrugada, despertó
inmediatamente.
Toc, toc.
Abrió los ojos, y a diferencia de cuando se quedó dormido en la sala, supo donde
estaba, lo que había pasado, más no que estaba pasando.
Toc, toc.
Se incorporó, miró a un lado suyo y la cama estaba vacía. Karla había desaparecido.
La perilla de la puerta comenzó a girar, la puerta se abrió y ahí estaba parado. Un
cadáver en estado de putrefacción entró a la habitación dando pasos confusos e inseguros,
como si en cualquier momento se fuera a deshacer, y fue a pararse al pie de la cama,
desde ahí observaba a Rolando. El ambiente se llenó de un olor nauseabundo y a
pesar de que no había ninguna luz encendida Rolando podía verlo perfectamente. Era alto
, vestía con unos trapos incoloros y roídos, restos de lo que fue su ropa. En el costado
derecho se le podían ver las costillas y entre ellas algo se retorcía.
--Ven con migo. --dijo el visitante, pero la voz pareció salir de toda la habitación,
y alzó los brazos frente a él pretendiendo agarrarlo. La faltaba el dedo índice de la
mano izquierda.
--¡Largo de aquí! ¡No iré contigo a ninguna parte! --gritó al fin Rolando saliendo
se su shock.
Tomó el control remoto de la televisión, sin saber siquiera que era, y se lo aventó
con toda su furia y terror. El control dio contra el pecho del muerto y rebotó para caer
en la cama. Se escucho un sonido sordo, como cartón, y saltó un poco de polvo. <
real, no es ningún fantasma, está aquí, es real>> repetía Rolando en su mente.
En ese momento entró Karla a la habitación, traía un plato con un sándwich, y estaba
visiblemente consternada.
--¡Rolando! ¿Qué tienes? ¿Por qué gritas? --preguntaba Karla y encendió la luz.
Solo su marido y ella estaban en la habitación.
Rolando volteo a verla, luego al pie de la cama, luego a ella otra vez.
--Ahí... había alguien.. lo vi.
Karla se acercó y se sentó a un lado de él.
--Esta bien, no pasa nada --le acariciaba la frente. --Solo fue un mal sueño, una
pesadilla.
El la miró, y exaltado la tomó de los hombros.
--¡No estabas! ¡¿Fue él?¡ ¿Te llevó con él?
--Bajé a la cocina. Tenía hambre. Cuando subía las escaleras te escuche gritar.
¿Qué te está pasando? --ahora era ella quien tenía miedo.
Rolando reaccionó ¿Qué le estaba pasando? No lo sabía. No tenía la menor idea.
Ambos se abrasaron y para sorpresa de él mismo, volvió a dormirse en poco tiempo.
3
Despertó, pero no por algún ruido extraño, si no por un olor. Huevos con jamón.
Karla le estaba preparando su desayuno preferido.
Se levantó, fue al baño a enjuagarse la boca, pero aun no encontraba el Listerín por ninguna
caja, así que solo usó agua. Al bajar las escaleras escuchó a su esposa cantar.
¿Cómo le iba explicar su comportamiento de anoche? Le parecía difícil no tanto por lo
increíble de la historia, si no porque él mismo no la creía. Entró a la sala, pasó por el
comedor, se oía el aceite caliente brincar en el sartén, y entró a la cocina. No había nadie,
solo el sartén con huevos y jamón a punto de quemarse.
--No puede ser --se dijo Rolando y se tocó le frente. Se sentía mareado.
--Buenos días --dijo Karla. Traía el trapeador que guardaban afuera, en el pateo.
<>
--¡Oh! el desayuno --Karla se percató que estaba apunto de quemarse y corrió a
apagar el quemador. --Suficiente tengo conque se me haya caído el café como para que
también se queme el desayuno. --y con el trapeador secaba el piso de una mancha negra.
Rolando la observaba.
--¿Puedo ayudarte en algo?
--Gracias, pero aunque no parezca, todo esta bajo control.
--Esta bien. Karla, respecto anoche yo...
--No digas nada. No tienes porque. ¿Crees que no me doy cuenta? Has estado
muy nerviosos estos últimos días, con lo de la mudanza, la novela, tus jefes. Además no
es fácil adaptarse a una casa nueva, lleva tiempo. Yo por ejemplo, me tardé lo doble en
preparar el desayuno porque no encontraba nada.
--Pero es que... <
por la casa. Una, levitando en la ventana de la recamara y la otra fue anoche cuando
grité. ¡No, son tres veces! La primera vez lo vi aquí, a través de la cortina. tenemos
que irnos ya>>...Tienes razón, gracias. --la besó, sin pasión, solo un beso de agradecimiento.
--Te amo.
--Y yo a ti.
--Ya que nos pusimos de acuerdo, vamos a desayunar.
Durante el desayuno platicaron de todos los convenientes de la nueva casa. Pasaron
la mañana arreglando las últimas cosas. Rolando invitó a Karla a comer a un restauran
para que no tuviera que cocinar, y a las cinco Karla partió a su trabajo y Rolando
nuevamente se quedó solo en la casa. "El día era..." brillaba en su computadora y en lugar
de escribir pensaba en el día tan fantástico que había pasado con su esposa. Era, tal
vez, tiempo en pensar en la posibilidad de tener un hijo. Aun no sabía si su novela tendría
éxito, pero a él le parecía buena, así que tenía fe en que el dinero no fuera problema.
Solo era cuestión de escribir esos dos últimos capítulos que no le salían.
Era cuestión de tiempo.
<
mi novela, será un éxito, tendremos nuestro hijo y seremos inmensamente felices>>
--Ven con migo --escucho Rolando decir a una voz en el pasillo.
Saltó de su silla y se paró pegado a la pared. De alguna forma había olvidado ese
cadáver putrefacto, como si hubiera sido siglos atrás, pero el recuerdo había vuelto, junto
con el pavor que le provocaba.
--No voy a ir a ningún lado. --dijo Rolando más para si mismo que para alguien
más.
Esperaba ver entrar al cadáver en la habitación, o que apareciera de pronto frente
a él como mago, pero nada de eso pasó.
Sonó el timbre de la puerta.
Se quedó inmóvil, incrédulo a lo que oía.
Tocaron el timbre de nuevo.
Al fin Rolando pudo moverse, y lentamente se asomó al pasillo. Estaba solo.
Caminó a las escaleras, bajó, y abrió la puerta. había un tipo alto ahí parado. Era joven,
y a pesar de tener cachucha, su cara estaba muy quemada por el sol.
--Hola, soy Juan el Jardinero. --se quitó la cachucha y le extendió la mano.
--Hola. --saludo Rolando sin saber quien era ese tipo y que hacía ahí. Le dio la
mano instintivamente para devolverle el saludo y se dio cuenta que temblaba. Juan el
jardinero también lo notó. --¿Si?
--Este... ¿El Sr. González no le dijo de mi?
--La verdad es que no.
--Soy Juan el jardinero.
--Ya lo habías dicho.
--Es cierto --dio una pequeña risita. Hasta ese momento se dio cuenta Rolando
que Juan tenía un cierto retraso mental. --Yo cuido el jardín de esta casa cuando es verano,
porque en invierno no hay jardín, y como ya es verano me toca cuidarlo si usted
quiere ¿Quiere?
Rolando se quedó callado observándolo. Le cayó bien el muchacho, pero su cara
quemada, su físico y su forma de hablar se le hacía conocido ¿Pero de donde?
--¿No quiere? --volvió a preguntar Juan al no obtener respuesta.
Rolando salió de sus pensamientos y se sintió estúpido con ese comportamiento.
--Si, si quiero. Disculpa, es que estaba pensando en otras cosas. Pasa, pero te advierto
que aun no hay nada de pasto que cuidar.
--¡Que bien! --exclamó el muchacho. Cargó un costal donde tenía sus herramientas,
de las cuales resaltaba un pico y una pala, y en el fondo sonaban algunos otros fierros.
Caminó tras Rolando que lo conducía al patio. --Este jardín es mi favorito de todos,
todos.
--¿Y cuantos jardines arreglas?
--Nada mas este.
Rolando se rió de la respuesta del muchacho. Llegaron a la cocina.
--Pues espero que lo hagas bien porque aquí se necesita mucho trabajo.
--Ven con migo --contestó la voz del cadáver.
Dio la media vuelta y el muchacho ya no estaba. En su lugar estaba el repulsivo
cadáver alzando sus brazos hacia él. En un abrir y cerrar de ojos tenía a Rolando por el
cuello. Rolando quería gritar pero solo un chillido le salía por la garganta. Lo estaba asfixiando.
El cadáver había ya perdido un ojo y en ese lugar ahora una lombriz se acomodaba,
y el olor de la carne podrida del cuerpo era más claro que la noche anterior. A
Rolando se le empezaba a nublar la vista cuando vio en la mesa un cuchillo grande, a
Karla se le había olvidado guardarlo. Lo tomó a duras penas con una mano y con todas
las fuerzas que le quedaban lo clavo en el pecho del engendro que tenía enfrente. Las
manos cedieron y lentamente calló al suelo. Rolando tomó tres bocanadas de aire para
recuperarse y cerró lo ojos para ver si al abrirlos había desaparecido el fétido cadáver de
su cocina, pero no fue así. Abrió los ojos y el muerto seguía ahí, solo que ahora intentaba
levantarse del suelo.
--¡Maldito! ¡Maldito! --gritó Rolando y se fue encima de él. Tomó el cuchillo,
lo sacó el cuerpo y lo volvió apuñalar lleno de furia. Se detuvo cuando ya no pudo
más. Lo miró para cerciorarse de que ya no se moviera, pero era a Juan el Jardinero a
quien había apuñalado, sobre el cual estaba sentado, jadeando y con el hombro adolorido,
además de totalmente desorientado. Miró a su alrededor y la mesa, las sillas, el refrigerador
y la estufa estaban salpicadas de sangre. Se miró las manos y ambas estaban
rojas. Se levantó del suelo mirando lo que había hecho. Los ojos de Juan tenía expresión
de miedo, no llegó a entender lo que pasaba.
--Lo maté. Asesiné al muchacho. Dios mío ¿Cómo pude? Lo mate, lo mate. Yo
no quería. El me quería matar, pero no era él, era el muerto y lo maté, pero se fue. Asesiné
a Juan el Jardinero. Me voy a volver loco ¿Qué voy hacer?
Miró hacia el jardín, miró la pala de Juan y tuvo una idea.
--Yo no puedo ir a la cárcel --le decía a el muchacho. --Tu sabes que mi intención
no era hacerte esto. Fue él quien me engañó. Soy feliz y lo voy hacer aun más. --
agarró el pico y la pala y salió al patio. Comenzó a cavar un poso calculando el tamaño
del nuevo cadáver. --Tengo una hermosa esposa, un futuro, una casa nueva, si una nueva
casa. --A los primeros minutos le salieron ampollas en las manos, pero no le importó,
estaba decidido a terminar, con el poso y con el putrefacto cuerpo que lo asechaba, a la
próxima vez que lo viera ya no se le escaparía. --Oh no, ese maldito ya no se me va. --
pensaba en formas de atraparlo y deshacerse de él. Y cuando terminó el poso se dio
cuenta de algo: ya no tenía miedo.
Fue a la cocina y tomó a Juan por los pies. Ya se había formado un gran charco
de sangre en la cocina, pero de eso se encargaría después. Lo arrastró hasta el patio, lo
metió al poso, aunque tuvo que doblarle un poco las rodillas para que entrara, y comenzó
a echarle tierra en cima.
--No te preocupes Juan, que tu nota también se la cobraré yo a nuestro enemigo.
El pozo era poco profundo así que termino rápido al taparlo, y la tierra sobrante
<>
la esparció por el terreno uniformemente. Después
se puso a limpiar la cocina con un trapo y con el trapeador, y cada cubetazo de agua con
sangre lo tiraba en la tierra del patio.
<>
Se le hizo más difícil de lo que pensaba ya que la sangre se batía, no era como
recoger café. Cuando terminó, ahí mismo se quitó la ropa y la puso en la tina metálica,
le puso combustible para carne asada y le prendió fuego. Se quedó desnudo contemplando
la danza del fuego hasta que solo quedó cenizas y la lumbre se consumió.
También las tiró en el patio, revolviéndolo con la tierra suelta. Subió corriendo a darse un
baño y cuando salió se sentía de lo más confortable.
De pronto sintió el impulso de escribir "El día era gris y triste, como los sentimientos
de Susana ahora que sabía la verdad. Se sentía con un torrencial de pasiones
dentro de ella..." Lo tenía y era perfecto. Corrió a la computadora, que había dejado
prendida, recordó, y comenzó a escribir.
4
A partir de esa noche Rolando escribió todos los días y, en una semana tenía
terminada la novela con un final mucho mejor de lo que esperaba. Sus jefes quedaron
impresionados con los resultados (Rolando mismo lo estaba, pero era algo que nunca
aceptaría públicamente) Y al publicarse fue todo un éxito. Tuvo meses atareados de dar
conferencias, entrevistas y platicas publicitarias. Su esposa se sentía orgullosa de él y
día tras día mejoraban su relación. El jardín realmente reverdeció y sin más cuidados
que podarlo una vez a la semana; tarea que hacía Rolando mientras Karla preparaba limonada
en la cocina. Nadie siquiera sospechaban del crimen de Rolando. Un día Karla
encontró las herramientas que eran de Juan, pero al preguntarle a su esposo de la procedencia,
le contestó que las había comprado en el centro de cosas usadas, y ella le creyó
¿Por qué no habría de creerle?
Nunca llegó la policía a preguntar por un muchacho desaparecido, ni las noticias
o periódicos preguntaban por él. Algunos días, de más calor, un tenue mal olor salía del
jardín, pero Karla se lo atribuía a gatos que iba a defecar en su maravilloso jardín. Y una
tarde, la fantasía de Karla se volvió realidad, hizo el amor con su marido acostados en el
pasto. Llegó el otoño, después en invierno el jardín se volvió a secar y ahora en primavera,
cercas del verano, empezaba a reverdecer de nuevo. Rolando podía decir que fue
el mejor año de su vida. Y sin darse cuenta llegó el día de su primer aniversario en esa
casa.
Toda la mañana de ese día Rolando se la pasó con sus jefes planeando una nueva
novela. Estaba contento ya que ahora las reglas y condiciones las ponía él, pero a pesar
de todo sentía un nerviosismo por haber dejado sola a su esposa en la casa, y no sabía
porque. La junta terminó y pudo regresar a su casa.
Cuando entró a su casa, lo primero que percibió fue un olor a carne, pero olía
bien. Llegó al comedor y estaba la mesa puesta, con dos velas encendidas en el centro.
--¡Amor! --dijo Karla saliendo de la cocina. Traía un pastel de carne en las manos.
--Felicidades.
--¿Qué es todo esto?
--Sabía que lo olvidarías. Es nuestro aniversario en esta casa.
--¿Un año? Tan rápido.
--Así es --dejó la carne en la mesa y fue a abrasar a su marido. --el mejor año de
nuestras vidas.
Se sentaron a la mesa a comer. Rolando platicó sobre su junta, y del proyecto
que tenía para la próxima novela. Karla evocó recuerdos de cuando llegaron ahí y de lo
feliz que era. Ambos disfrutaron de esa comida y de la compañía del otro.
Karla miró su reloj.
--Tengo que irme --se levantó de la mesa y llevo su plato a la cocina.
--¿Ya? ¿Pues que hora es?
--¡Primero tengo que ir a una parte y luego ya a la Universidad! --gritó Karla
desde la cocina.
--¿A donde?
--Es sorpresa --regresó a el comedor por el plato de Rolando y luego se volvió a
meter a la cocina.
--No sea así. Dime a donde.
--¡No te lo diré hasta que regrese! --entró de nuevo al comedor y sin darle tiempo
de hablar a Rolando le dio un beso --A los curiosos les salen granos en la cara.
Adiós. No limpies nada, yo lo hago al regresar. Adiosito. --y salió de la casa rápidamente.
Rolando se quedó sentado en el comedor, pensando en el dialogo que acababa de
tener con su esposa, y no encontró pistas de una respuesta de adonde iba primero.
--En fin --suspiro y se fue a acostar a su recamara.
Ultimamente sus tardes ya no eran tan agitadas, aunque aun tenía una que otra
fecha marcada en la agenda. Pero eso acabaría cuando iniciara a escribir nuevamente.
Prendió el televisor y se acomodó en la cama. Transmitía un programa de concursos y la
gente gritaba de emoción porque el concursante se había ganado un automóvil, pero a
pesar de los gritos lo que Rolando escucho fue ruido en su jardín. Se levantó de la cama
y se asomó por la ventana. Había un poso vació ahí.
--¡Maldición! ¿Quién hizo eso? --rápidamente bajó las escaleras pensando en
que un perro no pudo hacer semejante poso, además ¿por donde hubiera entrado? o tal
vez fueron unos niños que querían
jugarle una broma destruyéndole el jardín, o lo poco que había de él.
Salió al patio y se acercó al poso, era reciente y poco profundo. En eso experimento un
Deja vu. Sintió que ese momento ya lo había vivido, estar ahí parado, frente a ese poso.
¿Fue un sueño o algo que fue hace mucho tiempo? Qué tal hace un año.
--Ven con migo --dijo a sus espaldas una voz conocida por él. Y al voltear ya
sabía lo que encontraría. El cadáver estaba ahí parado, el que quería llevárselo con él, el
que había olvidado, pero ahora recordaba todo, y no solo eso, ahora sabía perfectamente
quien era. Era Juan el Jardinero, el muchacho que él había matado. Sus rasgos y su piel,
aunque podrida, eran reconocibles, y lo que quedaba de ropa era lo que llevaba puesto
cuando se presentó en su casa. Era Juan, siempre había sido él.
--No. ¿Pero como? ¿Por qué? --Fueron las últimas palabras de Rolando antes de
que una pala chocara en su rostro.
Karla ya regresaba a casa y con la sorpresa que le había prometido a Rolando. Al
lugar que tenía que ir primero era a recoger unos análisis. Y eran positivos. Karla tenía
dos meses de embarazo y era la mujer más feliz del mundo. En la Universidad casi no
pudo dar clases por las ganas de regresar a casa. Varias veces estuvo tentada a hablarle
por teléfono a su marido para darle la noticia, pero prefirió esperar para ver la cara que
ponía al saberlo. Pero al fin llegó a su casa. Abrió la puerta y le habló a su marido.
--¡Rolando, mi amor! ¡Ya estoy aquí!
No tuvo contestación y notó que toda la casa estaba a oscuras. Encendió la luz de la entrada.
A primera instancia penso que su marido había salido, pero cambió la idea a que
estaba dormido. Subió las escaleras con una sonrisa en la cara. Desde ahí escucho el televisor
prendido. Llegó a la recamara, prendió la luz y no encontró nada. La preocupación
empezaba a formarse en ella. Y sin ninguna razón aparente, "por instinto" como diría
ella después, se asomó al jardín por la ventana.
Ahí encontró a su marido, solo que nada más podía ver sus pies; el resto de él estaba
pulcramente enterrado en el jardín.
Karla gritó con todas sus fuerza llena de terror, hasta que cayó desmayada al suelo.
FIN