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sábado, 4 de septiembre de 2010

LA SOMBRA DEL LAGO -- VICENTE MARTI



LA SOMBRA DEL LAGO
por VICENTE MARTI

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La historia que cuento en este viejo cuaderno (que ya estaba en un penoso estado cuando lo encontré
a mi lado nada más despertar) puede no ser creída jamás por nadie, o puede que quien la encuentre la
deje, horrorizado, en el mismo sitio donde la encontró. Tal vez este amasijo de hojas amarillentas no
será encontrado jamás por nadie (si es que queda alguien para poder hacerlo). Pero yo tengo que
escribir estas palabras... lo he de hacer porque es el único medio que se me ocurre para purgar las
culpas de mi atormentada consciencia: No pude parar aquello que pasaba en este pueblo y solamente
puedo intentar avisar a los demás de la maldad que aquí impera.
Puedo jurar que he sido testigo de extrañísimos ritos, algunos de los cuales son anteriores a la venida
de los propios romanos, pero jamás he visto ninguno que lo fuese tanto como el que presencié en el
pueblo de Satoigne, ni ninguno tan terrorífico como el que (por desgracia) conocí aquí.
***
El tren traqueteaba por entre el montañoso bosque plagado de resistentes coníferas de un verdor vital
(pese a que estábamos en Otoño) y también de otro tipo de árboles que mostraban su debilidad con el
enfermizo color de las efímeras hojas que aún no se había llevado el viento. La ventana del
compartimento era el único medio que me permitía huir de la incómoda situación que se daba en mi
vagón.
Todo parecía marchar bien con mis compañeros de viaje al comienzo del trayecto, pero cuando
pasamos de largo la última estación, los pasajeros que ocupaban los demás asientos del
compartimento empezaron a mirarme con una escrutadora curiosidad que me incomodaba bastante.
Ahora sé porqué...
Aquellos viajeros: dos hombres y una mujer vestidos al estilo de los labradores de final de siglo, iban
al mismo sitio que yo. Lo supe entonces porque en el programa de la estación no había ninguna
parada más después de la mía (donde el tren cambiaba de dirección de vuelta a la ciudad). Entonces
me fijé en ellos, piel curtida por los elementos (cosa que evidenciaba su trabajo en el campo) pero
cuyo tono de palidez, aderezado con la cualidad casi transparente de la piel de su cuello (el cual
parecía querer mostrar al mundo el color de sus venas) te hacía inclinarte hacia pensamientos de
sospecha e intranquilidad. Además, era increíble la oscuridad casi anormal de sus ojos y el parecido
de sus rasgos.
Al mirar sus rostros, que incluso podrían haber pasado por afables si no fuese por aquellos crueles
ojos que rompían cualquier posibilidad de encanto, con su expresión casi acusadora, recordé la
mirada de reproche de mi padre cuando de pequeño hacía alguna jugarreta. Pero no... la mirada de
mis fortuitos compañeros de viaje era mucho más seria... como si la jugarreta hubiera dejado de serlo
y se hubiese convertido en un crimen.
Aquella forma de mirar me obligó a volver de nuevo al refugio que suponía la contemplación de las
"siempre" vivas hojas del abeto y de esos otros pelados árboles que surgían de la tierra como si se
tratara de los postes telefónicos de mi ciudad.
El resto del viaje lo pasé mirando estas cosas propias del paisaje de montaña al que yo estaba tan
desacostumbrado, y no moví la cara de la ventana hasta que llegamos a la estación ferroviaria de
Satoigne: A veces, pensaba yo entonces, es mejor no hacer caso de ciertas actitudes... pero de ningún
modo podía yo dejar de ponerme nervioso, porque notaba los ojos de los tres, clavados en mi nuca
todo el tiempo.
Cuando se detuvo el tren fui más que rápido en bajar. Salí del compartimento sin girar la cabeza para
despedirme de aquellos extraños: no quería tener que volver a ver aquellos ojos. Y no lo haría (o al
menos eso esperaba yo).
Cuando dejé atrás las escaleras de hierro que bajaban desde el piso de madera del tren estaba
bastante alterado. Pero mientras iba hacia el departamento postal (donde había quedado con mi
primo Gerard) la preocupación fue diminuyendo hasta que llegué a pensar que lo que yo advertía
como un comportamiento extraño y casi hostil no había sido m ás que una repentina paranoia mía.
Cuando llegué a la puerta del "Departamento de Correos" ya casi me había olvidado de todo aquello.
Dejé mi equipaje en el suelo y traté de encontrar a mi primo entre la gente. Me sorprendí al ver tanta
gente en la pequeña estación de aquél pequeño pueblo que siempre había sido Satoigne. Pero el
hecho de que el margen de la vía estuviese lleno de personas cargando largas piraguas en el vagón de
equipajes me tranquilizó: Las carreras en el "Lago de Satoigne" eran de sobra conocidas en toda la
región.
Mientras yo esperaba, el tren se puso en marcha, lleno de gente que haría el viaje de vuelta, pasando
por las estaciones que yo había dejado atrás. Ojalá hubiera estado yo subido entonces en aquél tren...
Entonces le vi, corriendo entre el resto de la gente que había quedado en la estación y que ahora
miraban el tren repleto de la gente a la que habían ido a despedir.
- ¡Eduardo! - me llamó Gerard al tiempo que esquivaba a un funcionario de correos cargado de
paquetes.
Sonreí y levanté los brazos para que se diera cuenta de que ya lo había visto.
Entonces me acordé (como hago ahora) de nuestra infancia y de cómo nos habíamos ido separando
todos a lo largo de los años, para vernos sólo de vez en cuando en algún acto señalado (como en el
funeral de la abuela).
Tras el reencuentro, cogiendo una maleta cada uno tomamos el camino hacia "Nuevo Satoigne", que
era la zona donde vivían mi tía y sus hijos. Una bonita zona de caserones ideales para pasar el verano
y los comienzos del otoño, que había sido edificada tan sólo unos veinte o treinta años atrás.
Me di cuenta mientras comenzábamos a andar que el municipio estaba dividido en dos: las tierras
más planas y cercanas al lago (es decir la parte del valle), que formaban el "Viejo Satoigne", con
casas viejas y calles estrechas (como las de los barrios judíos del medioevo); y por otro lado las
tierras más elevadas, donde no había ninguna huerta demasiado grande ni nada de eso, conformaban
estas tierras una zona plagada de árboles y de enormes casas que casi podríamos llamar mansiones.
Desde la estación de trenes se veía la parte baja del pueblo y, mirando aquellas huertas y aquellas
viejas casas grises me acordé de pronto de los tres labradores que me habían acompañado durante
parte del trayecto.
Entonces, un presentimiento se introdujo en mi cabeza. Me volví a mirar hacia las vías del tren... allí
estaban los tres, de pie, con sus vestimentas inmóviles (pese a que el viento soplaba con cierta fuerza
y el frescor típico de la montaña por esas fechas).
Allí permanecían mirando como andaba al lado de mi primo... y su mirada me recordó de momento
ciertas pesadillas de mi infancia, porque aquellos ojos que antes eran fríos e inquietantes ahora
estaban teñidos con un tono de maligna crueldad.
El sudor frío característico del miedo incontrolable me acompañó todo el camino hasta la casa de
Gerard.
***
La cena de aquella noche en casa de mi tía me tranquilizó bastante, pero no pude quitarme de la
cabeza el recuerdo de aquella mirada. No es que sea supersticioso (al menos no lo era... antes) pero
los hechos sucesivos que constituyeron aquél día de viaje me afectaron de manera que no podía dejar
de tener, si no miedo, si una cierta sensación de inquietud.
Pese a la alegría de mi familia, era consciente de que algún tipo de sombra se cernía sobre aquél
pueblo, y tal vez sobre mí también. Pero la última cosa que yo quería hacer era preocupar a mi tía
con problemas que parecían ser malas pasadas de la mente, y sobretodo cuando el motivo de mi
visita era la todavía reciente muerte de mi tío Gerard.
Así que me fui a dormir temprano, acompañado por mi primo...
- Procura pasar buena noche ¿De acuerdo'?
- Descuida. Buenas noches.
El sonido de la puerta de madera... Me pareció como si viniera de afuera de la habitación... de la
parte exterior de la ventana que por el día dejaba entrar la luz a la estancia pero que por la noche se
convertía en un cuadro de la más detallada negrura que existe en el mundo. Las paredes de la
habitación de invitados estaban muy bien empapeladas, con un decorativo motivo a rallas blancas y
granates que seguramente hacía mucho tiempo le daba al lugar un cierto tono de distinción, pero que
ahora ofrecía una sensación de vejez y solemnidad remarcada por las grietas añadidas por la
humedad y el tiempo.
Me puse a pensar en lo viejo que debía ser el pueblo... al fin y al cabo la casa de mi primo (que fue
una de las primeras en construirse) no debería tener más de treinta o cuarenta años... Entonces,
¿Cuántas grietas deberían haber en las paredes de yeso y fango del Viejo Satoigne?
Con aquél desalentador pensamiento me decidí a meterme en la cama, cuando de repente creí sentir
un fuerte (si bien corto) resplandor que venía de afuera. En lugar de ir apresuradamente hacia la
ventana, decidí apagar la luz (una pequeña lámpara de aceite que me dejó Gerard) y sentarme frente
al cristal, que, pese a ser transparente parecía negro como el tizón.
La segunda vez que la luz atravesó el cristal, rompiendo la oscura paz del interior de la habitación,
no me lo pensé dos veces. Abrí la ventana con más bien poca delicadeza y saqué medio cuerpo al frío
de la noche: con la pierna derecha tratando de aferrarme al piso de la estancia y con el pie izquierdo
tanteando la pared en busca de cualquier grieta que me permitiera afianzarme para comenzar a bajar
por la cañería. Aunque ésta estaba algo vieja y pese a lo fría que estaba (tanto que las manos
comenzaron a dolerme) conseguí aferrarme a ella con seguridad y bajar hasta el suelo.
***
Sombras... todo lo que alcanzaba a ver eran sombras: sombras de árboles, la inminente sombra de la
casa, sombras de piedras en el camino... Pero destacando por su antinatural oscuridad entre aquellos
débiles reflejos de luz, había una figura en pie, en medio de ningún camino de ningún sitio, pero que
saturaba mi atención.
Sin saber muy bien porqué me dirigí hacia donde (no) estaba aquella figura, y ésta empezó a moverse
hacia un sitio que yo no podía intuir pero, y sin saber cómo me dediqué a seguirla. Más tarde me di
cuenta de que la sombra no era más que un efecto de mi imaginación (una falsa proyección emitida
en mi cerebro y que me había engañado a mí mismo) y recordé las leyendas sobre los fuegos fatuos
del pantano: Los guías de la muerte. Pero una sensación de seguridad muy fuerte sustituyó a la
sombra en el papel de guía, y entonces me di cuenta de que había algo (o alguien) que quería que yo
llegase hasta un sitio hasta el que yo ansiaba (sin saberlo) llegar.
Como una mancha gris en medio de un cuadro negro pasé por entre las vías del tren. Mis pies hacían
crujir las piedras entre los raíles, y mis nervios aumentaban según me iba acercando a mi destino.
Allí, a la pálida luz de la luna llena, que se asomaba tímidamente entre las nubes que cubrían el cielo,
estaba el pueblo de Satoigne... la villa que siempre había sido Satoigne, no aquél conjunto de casas
casi nuevas edificadas en la falda de la montaña.
Al fijarme, vi luz en el interior de una de aquellas casuchas rodeadas de pútridos huertos de salud un
tanto dudosa. Al acercarme me arrastré sobre la húmeda tierra de una de aquellas zonas de cultivo
(que, curiosamente, no parecía haber sido trabajada desde hacía años) y conseguí llegar junto a la
ventana de donde venía la temblorosa luz, arropado por las inescrutables sombras del huerto.
Se escuchó el quejoso gemido de una puerta vieja abriéndose en la casa. Una débil luz amarillenta y
más bien tenue invadió parte del patio trasero (donde yo me encontraba entre las plantas) llegando a
lamer la leprosa superficie de las hojas más cercanas a la casa. Lo que me obligó retroceder hasta
donde las sombras me permitían pasar inadvertido. Entonces, un grupo de gente, vestidos de
labradores, pasaron frente a mi escondite arrastrando los pies.
Cuando el primero de ellos se acercó lo suficiente lo escuché: un murmullo callado en sus labios, una
canción entonada en voz baja que no había sido inventada ni entonada jamás por ningún ser humano
corriente, una canción antigua como las estrellas que te hacía rememorar la oscuridad y la más
muerta quietud que se puedan imaginar. Los demás también entonaban aquél son, con los ojos
muertos y perdidos; con los rostros impasibles, como si no existiera nada de interés en lo que los
rodeaba. Entonces pensé que tal vez no hacía falta esconderse, que tal vez ni siquiera mirarían... pero
el miedo que me estrujaba el corazón no me dejó ni la opción de plantearme comprobarlo.
Aquella tétrica procesión caminó entre árboles grises que a la luz de la luna parecían muertos, entre
grises piedras, entre arbustos grises... Siempre entonando su canción (que sin embargo nunca era la
misma). A medida que nos acercábamos a nuestro objetivo ésta era cantada con mayor fuerza y
convicción por los componentes de la marcha. Llegó un momento en que mis piernas temblorosas
casi no podían caminar, ojalá me hubiese detenido y hubiera perdido de vista a aquél estrafalario
grupo.
Pero seguí, continué persiguiendo la pequeña luz por la que se orientaban (aunque ahora dudo de si
realmente necesitaban orientarse) hasta percatarme del sitio adonde se dirigían los pasos del guía del
grupo. Me hice consciente de pronto del impresionante olor a humedad y de la leprosa putrefacción
que invadía el bosque cuando pasábamos, una putrefacción reflejo de la esencia oscura y enfermiza
de los "hombres" que iban delante de mí.
Súbitamente, como por la existencia de una acantilado inexistente, el imaginario camino que seguían
los miembros de la procesión se cortó. Y todos los enlutados habitantes de Satoigne se detuvieron en
el linde mismo del bosque, justo en el lugar donde el suelo era ya de arena blanca... en la orilla del
profundo y oscuro lago de Satoigne.
Me di cuenta en ese preciso momento de que los hombres y mujeres que había seguido estaban casi
totalmente rígidos, cosa que no me sorprendió demasiado porque me había fijado en su forma de
caminar, con pasos arrastrados y evidenciando una descoordinación que, fuera del tétrico contexto de
su alrededor, habría parecido incluso cómica. Pero su est ática posición me ponía nervioso, y
entonces pensé cuan estúpido había sido saliendo de la casa sin avisar a nadie (y más siendo mi
objetivo seguir a estos pueblerinos en su paseo por el bosque).
Las figuras que más cerca estaban de la orilla, lamida por olas que antes no había advertido, sacaron
algo de entre sus ropas para después lanzarlo lo más cerca posible del centro del muerto estanque.
Aquél lago no había tenido nunca pesca (que yo supiera), pero en aquellos momentos el agua hervía
como si hubieran miles de salmones alborotando su superficie. Las repentinas olas que se alzaban a
más de medio metro de altura desde el centro del lago me hicieron sentir un miedo y una sensación
de monumental antigüedad... el lago negro en el lecho del valle y la luna blanca en lo alto, redonda,
hoy como hace miles de años al comienzo de la tierra...
Cuando la última mujer se disponía a lanzar el correspondiente (sacrificio) objeto al lecho del lago
creí ver algo a la luz pálida del sat élite lunar: una advertencia que la reina de la noche me dedicaba
para que no me acercase más a aquella gente ni a su pueblo... En el momento en que la mujer alzó su
mano aferrando aquello, un reguero de sangre ennegrecida bajó por su pálido antebrazo descubierto,
perdiéndose bajo la manga derecha de su vestido.
Sacrificio...
Entonces me di cuenta del cruel hecho que antes no había querido ver, ahora tomaba consciencia de
que aquellas personas no iban al bosque para recoger setas... y yo estaba en medio de aquel rito, tal
vez satánico, que osaban realizar en el pueblo desde Dios sabía cuando.
Pasada la locura inicial (fruto de no sé qué posible influencia mental) decidí volver a casa de
Gerard...
Un sentimiento de miedo añadido al nerviosismo que me causó percatarme de mi situación me
dominó.
Ya decidido a marchar hacia la parte alta de Satoigne, miré durante un ínfimo instante al lago. Ya se
había calmado y estaba libre de todo tipo de olas o irregularidades en su superficie, que ahora
permanecía estática y completamente lisa. La sensación que invadió mi mente destruyó de pronto
toda la coherencia empírica que antes de aquella noche me caracterizaba: la certeza de mi
infinitamente minúscula importancia frente al enorme océano que representaba el mar interminable
del tiempo. La sensación de ser observado por la antigua luna, que ya estaba allí arriba mucho antes
de que el hombre caminase completamente erguido, incluso antes que los dinosaurios caminasen por
donde ahora se alzan ciudades como París o Barcelona.
Pero en aquel momento, mientras yo miraba aquel ancestral lago, sentí un ruido similar al que haría
alguien arrastrando los pies detrás de mí...
Después de perder completamente la consciencia caí en un sueño intranquilo, con una sensación de
vértigo que aún hoy, mientras escribo en este amarillento papel, persiste en mi cabeza. Era como si
me viese cayendo en el remolino incesante del tiempo, recorriendo con mi inconsciencia el pasado:
tratando de llegar a un momento y a unos recuerdos tan impactantes que luchaban en el Todo por ser
comunicados.
***
Temblaba. Aquella noche hacía frío. Sabía que era de noche porque la luz del sol no se reflejaba en
las piedras del fondo del río. Pero yo ya no miraba nunca al lecho de arena y piedras redondas, yo, y
los compañeros que nadaban conmigo, tan sólo teníamos ojos para mirar hacia delante, hacia aquel
destino tan incierto (pero que tan fuertemente nos atraía). Un destino para llegar al cual
remontábamos el río saltando, y luchando contra la fuerte corriente... corriente que procedía del lugar
que nosotros ansiábamos alcanzar.
Algunos de los que nadaban a mi lado al comienzo del viaje ya habían muerto de cansancio, pero
eran muy pocos y ya los habíamos dejado atrás, ya no eran más que un nebuloso recuerdo ya no
importaban...
No recuerdo demasiado bien esta parte del sueño, pero me sorprendió mucho el hecho de que no
podía comprender la realidad como un ser humano, sino que simplemente tenía en la cabeza un
almacén de imágenes, de recuerdos aislados y distanciados por una oscura bruma... Sólo importaba
nadar, nadar hacia delante, hacia arriba y siempre contra corriente.
La corriente, que cada vez era más débil, me resultaba bastante agradable... Nadar contra corriente
era el ejercicio que ansiaba realizar, parecía como si hubiese nacido y crecido para hacerlo bien en
aquel momento de mi vida... Lo que no me planteaba mientras recorría el río dulce y vivo que
constituía mi camino era la posibilidad de no tener adonde ir después de haber alcanzado mi meta.
El agua del río era clara, totalmente clara y cada vez más fría... pero al pasar determinada ensenada
sentí una afluencia diferente, más cálida pero con un sabor de estancamiento que me desagradó al
momento... si bien a pesar de que el agua que provenía de aquél sitio donde el suelo sería tan
insalubre me repelía bastante, traté de encontrar el origen de la corriente: el pútrido afluente que traía
esa agua a mi río.
Entonces, tras un dique de cañas y madera (que dejé atrás con un potente salto, arriesgándome
incluso a caer fuera del margen fluvial) encontré el lago, en el que me hundí como una piedra tras mi
corto vuelo.
El agua allí estaba teñida de un ligero tono mostaza, y numerosas part ículas de algas muertas
invadían el volumen líquido (mortífero para mis branquias). Comencé a sentirme muy mal, las aletas
no hacían caso de lo que mandaba mi cerebro y noté cómo mi piel perdía consistencia e iba
despegándose del resto de mi cuerpo... de los tendones y de los músculos, dejándome
progresivamente "desnudo" entre las aguas pútridas que me rodeaban.
Dejé de nadar, solamente podía dejarme llevar por las caprichosas corrientes, tan leves como caricias
empalagosas... como las caricias de la muerte.
Durante mi vagar entre restos de algas, y sobre las muertas plantas amarillentas que tenían aquél tono
enfermizo tan característico del cl ímax del lago, seguí notando la precipitada degradación de mi ser.
La verdad es que no dolía, como si hubiese nacido para tener un final similar a aquél, pero estaba
perdiendo la vida demasiado rápido, y algo en mi instinto interior me decía que eso no era normal...
Mis ojos se abrían cada vez más a pesar de no ver casi nada, me quedaba ciego, pero mi soñada
enfermedad no me iba a librar de ver, entre las deformaciones de una ¿niebla? antinatural, la
horripilante figura de aquel ser.
Aquello estaba rodeado por una especie de tinte de color mostaza apagado, como si de ese cuerpo
muerto que alguna vez "caminó" sobre la tierra se desprendiese toda la peste y putrefacción que
correspondía a ese ser: ese ser que, pese a estar muerto, no lo estaba y que aunque estuviese ahogado
siempre respiraría.
La indescriptible figura de aquél ente era completamente horrible. Recorriendo la "bruma"
amarillenta (sin quererlo, pero sin poder evitarlo) descubrí detalles del monstruo - dios del lago que
jamás cualquier humano podría representar en palabras... porque no hay palabras para narrar lo
indefinible, no para aquello que no debiera existir en ningún lugar de nuestro cosmos.
Vi los tentáculos (si se puede llamar así a los apéndices orgánicos que surgían de su cuerpo) que
surgían de entre las muertas algas (las cuales o bien estaban muertas o bien formaban parte de la
dimensión material de ese monstruo), la escamosa piel del dios del lago, corruptos tubos cuales
venas grises que eran balanceadas por las decrépitas aguas del ancestral estanque.
Y admiré, con notable repugnancia, miedo y humildad, a la figura muerta del lecho del lago...
cuando, de pronto, en el lugar más insospechado, se abrió un negro ojo sin color ni luz...
***
Me desperté aquí, en la habitación donde ahora estoy recostado contra la pared, una pared vieja, gris
y repleta de manchas verdes de humedad. Aquí tomé consciencia de que no estaba muerto y de que
todo aquello había pasado (incluido el sueño, que no era tal, sino que eran recuerdos de alguien o
algo pero que ahora formaban parte de mí de igual modo que mi infancia y todos mis restantes
recuerdos).
Ahora miro por la ventana de esta habitación y reconozco (aunque con cierta dificultad) el lugar
donde me encuentro: el mismo sitio que siempre fue y siempre será Satoigne (pese a que no se vea
ya la vieja villa). Ahora no queda ningún huerto, ni gente, y del pueblo nuevo solo se advierten restos
de edificios, mientras que el valle ha desaparecido por completo.
Incluso han desaparecido las montañas. Y todo lo que ahora puedo ver desde la ventana es una serie
de colinas arenosas donde antes habían rocas y afilados picos.... Un desierto (seguramente milenario)
coronado por un sol frío, violáceo, que no tardará demasiado en extinguirse. Pero en medio de la
escena que contemplo desde este vano sin cristal que antes formaba parte de una vivienda humana
está el lago de Satoigne, en el fondo del cual aún hoy vive en muerte la entidad que duerme soñando
el día en que volverá a caminar de nuevo...
Ahora tengo frío y supongo que lo que ahora veo son alucinaciones, productos de mi locura... Pero
aunque sé que digo la verdad al decir que nadie vive ya en estos parajes (ni en ningún lugar de la
tierra) aún espero que alguien encuentre lo escrito en este viejo, podrido y húmedo cuaderno.

¡VAMPIROS! -- JUAN MARINO




¡VAMPIROS!
JUAN MARINO

--
Cuando el potente aullido de la tormenta subrayaba la endemoniada sinfonía del viento entre los
desgarbados árboles, el hombre y la mujer dejaban caer el pesado aldabón sobre la puerta de la solariega
casa, ubicada a unos cien metros de la carretera, flanqueada por los mismos raquíticos árboles de la
sinfonía. El viento hacía oscilar el letrero colocado sobre el dintel, con un sonido semejante al de mil grillos
que chirriasen al unísono. En el letrero, cuya pintura estaba ya desapareciendo, podía leerse aún: «Posada
Solitaria». El hombre miró a su joven compañera y sonrieron, pese a que el agua los calaba hasta los
huesos. Otra vez el joven volvió a batir el aldabón; otra vez las respuestas del chirrido del letrero. Pasaron
algunos segundos, finalmente oyeron que alguien descorría pesados cerrojos del otro lado de la puerta y
comenzó a abrirse lentamente con un roce escalofriante, como un macabro instrumento que se sumase a la
música de los elementos de la noche.
Al terminar de abrirse, en el umbral apareció un hombre de elevada estatura, delgado, de faz
cadavérica. Portaba en la mano izquierda un arruinado candelabro, cuyas velas amenazaban apagarse por
el soplo de Eolos. El único ojo del hombre, pues era tuerto, se posó en los jóvenes, inquisitiva y
malignamente.
—Buenas noches, señor —saludó él, alzando la voz para hacerse oír a través de la tormenta. Hemos
visto el letrero y deseamos que nos albergue por esta noche.
El ojo del hombre chispeó al contestar:
—¡Mala noche! Pero pasen, por favor.
Cerró la puerta tras los visitantes, los que se sacudían los abrigos de las agujas que los empapaban.
—Sírvanse seguirme —indicó el posadero, precediéndolos hacia una escalera. Los jóvenes observaron
que era cojo, y el caer de su pie, más corto que el otro y calzado con zapato ortopédico, sobre el piso
producía un acompasado y lúgubre golpe que se acentuaba cuando era dado sobre los escalones de la
vieja y carcomida escalera de madera. La muchacha oprimió el brazo de su acompañante al comenzar a
subir hacia la oscuridad de arriba, a ella le pareció que los movimientos del posadero tenían algo de
automático y sin quererlo pensó en los zombies. No hacía mucho había leído en un periódico que un tal
Doctor Mortis había revolucionado una Universidad, al levantar a todos los cadáveres del depósito. Los
pensamientos de la joven se vieron interrumpidos cuando el cojo se detuvo ante una puerta en un pasadizo.
Abrió e invitó a pasar a sus huéspedes.
—Esta será vuestra habitación por el tiempo que permanezcan en mi posada.
Era un cuarto muy amplio, maloliente y sucio. Telarañas colgaban por doquier y algunas ratas huyeron
despavoridas a la luz del candelabro.
—Gracias, señor..., señor...
—Thrope es mi apellido. ¡Guy Thrope! Lamento no poder proporcionarles mayores comodidades por
el momento, pero dado lo avanzado de la hora...
—¡Comprendemos! No se preocupe, señor Thrope.
El hombre inició un movimiento como para retirarse pero, lanzando una mirada de soslayo a la
muchacha, preguntó:
—¿Cómo se han atrevido a aventurarse por estos lados en una noche como ésta?
—Nuestro automóvil sufrió una avería a un kilómetro de aquí —se apresuró en responder el joven.
—Justo frente al cementerio —subrayó ella.
—¡Oh! ¡Ya veo! Frente al pequeño cementerio, ¿eh? —El ojo de Thrope se movió rápidamente en la
órbita, como queriendo huir de ella—. ¿A qué han venido a esta región? Podían haber viajado por el
camino principal, es mucho más seguro.
—Es que hace muchos años que mi esposo y yo faltamos de aquí —sonrió la joven— y deseamos
volver a ver estos parajes. Entonces nos sorprendió la tormenta.
—¡Ah! ¡Son ustedes de Northrute!
—Veo que esta casa está muy abandonada, señor Thrope —apuntó él.
—En efecto; esto que ahora no es ni siquiera un mal figón, fue hace veinte años la mejor posada de la
región. La carretera por la cual ustedes han venido, era el camino real entonces. Pero el progreso... —
suspiró el gigante.
—Sí, sí. Recuerdo también, señor Thrope, que se hablaba de una leyenda de vampiros del cementerio
de «Mortise».
El posadero sonrió con una mueca que afeó aún más su rostro.
—¡Oh! ¡«Mortise»! —exclamó—. «La Mortaja», veo que están bien enterados. Sí, sí..., pero una vez
construida la nueva carretera, todo esto murió, la leyenda, la posada, todo..., ¡como mueren todas las
cosas! —Otra vez el ojo brilló al resplandor de las velas que había depositado sobre la desvencijada mesa.
—Significa que usted debe recibir muy pocos huéspedes, ¿verdad? —preguntó ella, tímidamente.
—Muy pocos, muy pocos. Pero de vez en cuando llegan personas como ustedes y... dejan algo. —El
posadero rió desagradablemente, siendo secundado por sendas sonrisas de los jóvenes—. Pero, no quiero
privarlos del descanso que necesitan.
—Señor Thrope, un momento por favor. En verdad mi esposa y yo somos periodistas y nos interesaría
saber algo sobre esta región de sus propios labios. Nuestros recuerdos de niñez no alcanzan a darnos una
verdadera visión de lo que fueron Northrute y el cementerio hace unos treinta años.
—¡Hum! Están obsesionados con los vampiros de «Mortise», ¿eh?
—Bueno. Algo así. Claro que un reportaje sobre ellos sería sensacional —sonrió él.
—Y si logramos fotografiarlos, tanto mejor —apoyó ella, con una encantadora mueca.
—¿Fotografiarlos? ¿Creen que aquí existen en verdad tales mamíferos? —Thrope los miró con
suspicacia.
—¡En mi niñez oí que...!
—Bien, bien, bien. ¿Saben? Lo que ustedes podrán fotografiar aquí serán, a lo sumo, un par de
inofensivos murciélagos, de los que abundan en esta casa, pero... ¡vampiros... —el posadero sonrió
malignamente— eso es otra cosa!
—¡Oh, qué pena! —mohineó ella.
—Si usted nos permitiera recorrer la casa, señor Thrope, tal vez encontraríamos algo interesante.
—Hagan como quiera, pero observo que no traen cámaras fotográficas.
—¡Oh, sí! Vea. —Él extrajo del bolsillo interior de su abrigo una pequeña cámara fotográfica, no mayor
que un paquete de cigarrillos.
—Artefactos modernos —murmuró Thrope—. Bien, repito que pueden hacer como gusten, pero les
advierto que las tablas del tercer piso están podridas y cualquier descuido... Es mejor que no se aventuren
por ahí. Buenas noches, señores.
Thrope salió, cerrando tras sí. Cuando los jóvenes quedaron solos...
—¿Qué idea tuviste para hablarle de vampiros?
—Quise divertirme un poco, querida. Si nos fijamos bien, este Thrope podría ser uno de los vampiros
de «Mortise» —rió el joven—. ¿No te parece? ¿Has visto sus dientes? ¿Y ese ojo que parece moverse
como un basilisco? ¿Y sus manos cadavéricas y potentes?
Ella, quitándose el abrigo, parecía no escuchar lo que su marido le decía. Abruptamente preguntó:
—¿Visitaremos el caserón?
—Sí, creo que aquí encontraremos lo que buscamos, querida.
La muchacha se volvió hacia él y lo miró a los ojos:
—Sé lo que piensas —dijo—. Thrope despoja y asesina a los incautos que vienen a solicitar albergue,
como nosotros.
—Sí. Se le conoce como el vampiro de Northrute, pero estoy seguro que es algo más que un vampiro.
—¿Le tenderemos una trampa?
Él no respondió; ponía atención. Se llevó el índice a los labios y con la otra mano indicó el cielo raso.
Un crujido de madera en el piso superior llegó a ellos, apagado. Luego otro, más débil y lejano y, por
último, cesaron cuando unos pesados pies parecían ir subiendo una escalera de madera.
—Hay actividad en el tercer piso, querida. Ni siquiera han de esperar que nos durmamos para
atacarnos.
—¿Quién subirá y a qué?
—Thrope va en busca de su hijo. Apaga la luz.
—Él ignora que nosotros sabemos que tiene mujer e hijo, querido —dijo ella mientras apagaba las
velas.
—Ni tampoco sabe otras cosas que le sorprenderán.
Mientras tanto, el gigantesco posadero llegaba a una pocilga del tercer piso. Ronquidos de amplia gama
politonal parecieron recibirlo. Thrope encendió una vela y lanzó un puntapié a un bulto enorme que dormía
sobre un asqueroso jergón.
—¡Arriba, Tom! ¡Despierta, bestia maldita!
Los ronquidos cambiaron una vez más el tono y cesaron. En el lecho se alzó un ser humano de aspecto
mil veces más repugnante que el de Guy Thrope. La naturaleza se había ensañado con aquella criatura;
como a su padre, le había privado del ojo derecho, dejando en su lugar algo semejante a una llaga
purulenta. La boca torcida descubría largos y desiguales dientes; la frente estrecha y casi totalmente
cubierta de cerdosos cabellos, que nacían junto a las cejas, formando el todo un parecido brutal con los
grandes simios. Los brazos eran extremadamente largos y terminaban en grandes manos, provistas sólo de
tres dedos cada una, estando atrofiados los otros dos (el meñique y el dedo anular de cada mano); pero a
simple vista esas manos resultaban más potentes que la más fuerte de las tenazas. Su estatura sobrepasaba
con mucho la de su padre; pese a que sus cortas piernas habían sido creadas retorcidas. Ese hombre debía
medir dos metros por lo menos. Mientras Thrope lo despertaba, la bestia movía la cabeza de un lado a
otro para despabilarse del todo...
—¡Arriba, Tom! —azuzaba su padre—. ¡Despierta, despierta! —Algunos gruñidos apagados
respondieron al apremio del otro—. Abajo hay dos que parecen muy ricos, Tom. Ve abajo y chúpales la
sangre, luego los arrojas al pozo.
Mientras decía esto, Thrope reía quedamente, siendo coreado por un cloqueo espeluznante de Tom.
—¿Me has entendido? Los arrojas al pozo como hemos hecho con los otros que han llegado hasta
aquí. ¿Me has comprendido, Tom?
El monstruo volvió a cloquear, mientras sacudía la cabeza afirmativamente.
—Ellos han preguntado por los vampiros de «Mortise», ¡ja, ja, ja!, los vampiros del cementerio y, más
aún, quieren fotografiarlos. Se burlan de la leyenda. Pero nosotros les haremos ver la realidad. ¡Los
vampiros de Northrute o de «Mortise», como ellos quieran, existen, Tom! ¡Vamos, vamos! ¡Arriba!
¡Arriba! Mientras tú preparas todo, yo iré a avisar a tu madre.
Gruñidos y cloqueos respondieron a Thrope, mientras abandonaba la maloliente habitación. El posadero
salió al pasillo, totalmente sumido en tinieblas; y se encaminó a la desvencijada escalera procurando no
hacer crujir las tablas del piso. Fue cuando llegaba al descanso para iniciar el descenso que, algo
proveniente de su espalda, más negro que la misma oscuridad, pasó por sobre su cabeza con un ominoso
aleteo. Thrope lanzó un juramento:
—¡Malditos murciélagos! Jamás había sentido sobre mi cabeza uno tan grande.
Guy Thrope llegó abajo y cuando su pie más corto se apoyaba en el último escalón, un alarido de mujer,
lleno de terror, angustia y muerte, sacudió la vieja casona. El posadero se detuvo asombrado; el grito había
sonado en el cuarto donde descansaba la madre de Tom, es decir su propia esposa. Rápidamente y con
más agilidad que la que pudiera suponérsele, dada su deficiencia física, Thrope entró en el cuarto;
justamente cuando abría la puerta de la habitación en tinieblas, un ave negra, batiendo sus grandes alas
membranosas, salía de la estancia, casi derribando a Thrope. La verdad es que el posadero creyó que era
un ave, pero en realidad aquella cosa más se parecía a un murciélago enorme que a un ave. Thrope tuvo
que apoyarse en la pared para no caer; el corazón le palpitaba furiosamente. Cuando se rehizo de la
impresión, buscó a tientas la vela que siempre había sobre un cajón que servía de velador en la alcoba. Ahí
estaba; la encendió. Entonces, lo que vio, le erizó el cabello de pavor al «Vampiro de Northrute»: sobre el
lecho yacía una mujer robusta, sucia y desgreñada. La mitad de su cuerpo yacía caído fuera de la cama
mugrienta y sus grasientos cabellos pendían como una macabra peluca; el rostro, retorcido por el terror,
tocaba casi el suelo; los ojos desorbitados y el rictus de los labios contraídos en un segundo grito que no
fue emitido. Thrope, sin poder creer lo que veía, se aproximó al lecho, levantando la vela; entonces pudo
ver dos puntos rojos en el cuello de la muerta, al parecer producidos recientemente, ya que aún dejaban
escapar sendos hilillos de sangre que goteaba sobre el piso. La luz temblaba en su mano...
—¡Ma... Maggie! —musitó incrédulo—. ¡Vampiros! ¡Vampiros de «Mortise»!
Como alma que lleva el diablo, Guy Thrope abandonó la habitación, dejando caer la vela. Cayendo y
levantándose, corrió hacia la habitación de los huéspedes, mientras balbuceaba palabras incoherentes,
producto de su miedo. Cuando estuvo ante la cerrada puerta, golpeó con frenesí mientras exclamaba:
—¡Abran! ¡Abran! ¡Le ha ocurrido una desgracia a mi esposa!
Dentro de la habitación, ella dijo:
—Es el señor Thrope.
—El vampiro parece aterrorizado. Me pregunto, ¿formará parte esto, de su procedimiento para
atraparnos?
La voz ahogada de Thrope y sus golpes en la puerta hicieron que él abriera, no sin ciertas precauciones.
—Señor Thrope.
—Una desgracia, señor, una desgracia —gimió el tuerto.
—¿Qué ha sucedido? El rostro del joven parecía preocupado.
—Mi esposa ha sido atacada por... por los vampiros.
Ella se acercó a su marido, como buscando refugio.
—¿Vampiros? Yo pensaba que...
—Sí, sí, todo el mundo cree que los Thrope somos los vampiros —interrumpió el posadero—. Nos
llaman vampiros y asesinos, pero ya ven, ¡ella... ha sido atacada y muerta!
—¿Quién puede decir que los Thrope son asesinos? —indagó él.
—¡Señor, le ruego que me acompañe! Venga conmigo, se lo suplico. Quizás haya tiempo para salvar a
Maggie.
Los dos jóvenes se miraron.
—Tú te quedas aquí, querida. Cierra bien la puerta por dentro.
—Así lo haré. Descuida.
—Vamos, señor Thrope.
Poco después el joven y el posadero estaban frente al cadáver de Maggie. El periodista la examinó
someramente y luego, irguiéndose, dijo con acento solemne:
—No hay nada que hacer, Thrope.
—¡Los vampiros le han robado la sangre! —berreó el gigante.
—Yo diría que Maggie no murió a causa de la sangre que le fue succionada, Thrope; más bien murió
por la impresión que le causó algo horrible. Observe usted su mirada. Conserva aún la expresión
horrorizada que...
—Ella debió haber visto lo que pasó sobre mi cabeza, cuando yo entraba aquí —interrumpió Thrope—.
También lo sentí en el pasadizo del tercer piso.
El joven se quedó pensativo unos segundos, con la barbilla apoyada en la palma de la mano. Luego
levantó la cabeza y lanzó su pregunta:
—¿Ha ido a ver si su hijo está bien?
El posadero abrió desmesuradamente el ojo y la boca.
—¿Qué quiere decir? —balbuceó—. ¡Mi hijo! ¡Tom...!
—Sí, a él me refiero, señor Thrope. Creo que usted lo envió a preparar el pozo...
Los labios del posadero temblaron convulsivamente y dio un paso atrás como si en el periodista
estuviese viendo a uno de los vampiros.
—¿Có... cómo lo... lo sabe? ¿Quién es usted? ¿Son malditos policías acaso que...?
Y como si aquello fuese el santo y seña del horror, un grito desgarrador, proveniente de lo más
profundo de la casa, estremeció sus cimientos.
—¡Toooooommm!
Lanzando un ronco gemido, Thrope salió de la habitación seguido por el joven. Abrió violentamente una
puerta oculta tras un raído y sucio cortinaje y descendió los resbaladizos escalones de piedra. Su voz,
dolorida y angustiada, seguía llamando a su hijo, pero sin obtener respuesta. Antes de llegar abajo, cayó
dos veces en la oscuridad. Por último, llegó a lo que parecía una bodega de vinos. Una vela esparcía su
macilenta luz en torno y en medio de la estancia, junto a una puerta-trampa abierta, yacía caído el
monstruoso hijo de Thrope. Por segunda vez el posadero sintió que el valor lo abandonaba; como
fascinado, pero temblando, se acercó al cadáver. Desde lo profundo de la oquedad que dejaba expedita la
puerta-trampa llegaba un vaho terrorífico; un vaho a podredumbre y muerte. Thrope se arrodilló junto al
cuerpo y entonces vio los puntos rojizos en el cuello, sobre la yugular.
Lanzando una exclamación, Thrope se levantó. Justamente entonces sintió que la estancia se llenaba de
aleteos, poderosos y agoreros. Giró rápidamente sobre sus talones y... ¡los vio! Eran dos vampiros negros,
enormes, que batiendo sus alas se abalanzaban sobre él, mirándole con sus ojillos de una manera odiosa.
Los chatos hocicos se abrieron dejando ver agudos dientes, afilados como puñales, y una de las bestias aún
tenía vestigios de la sangre adherida a los pelos de la piel que circundaba la boca. Un alarido de terror se
multiplicó por la reverberación de la habitación, yendo a morir en el fondo del pozo que había servido de
sepulcro a tanta víctima inocente. Las poderosas alas de uno de ellos golpeó la vela que Thrope había
dejado sobre el piso junto a Tom, apagándola. El otro, lo derribó con su peso; el gigante se debatía ahora
angustiosamente bajo los dos mamíferos malolientes y peludos, pero era inútil. Se dio cuenta que terminaría
por ser víctima de sus ansias de sangre. Vio a escasos centímetros de su rostro los cuatro ojos que lo
miraban con salvaje alegría y entonces en ellos Thrope creyó reconocer las miradas de...
Chilló de dolor y miedo cuando un par de incisivos se clavaron en su garganta; luego otro par. Luchó,
luchó con desesperación pero las zarpas y alas de las bestias lo inmovilizaban. Sintió el sonido propio de la
succión de la sangre, de su propia sangre; luego una especie de lasitud que lo iba sumiendo en un sueño no
deseado. Sin embargo, Thrope se daba cuenta que al dormirse ya no despertaría jamás en este mundo.
Quiso gritar pidiendo auxilio; se revolvió levemente una vez más; su cuerpo se sacudió como el de un
animal que ha sido apresado por una fiera de la selva y está muriendo. Y Thrope estaba muriendo. Por
último, con un último suspiro quedó inerte: todo había concluido.
Faltando treinta minutos para que los rayos del sol sonrieran a la Tierra, él y ella, los huéspedes de
Thrope, estaban en su cuarto. Los ojos les chispeaban de alegría, como si hubiesen pasado una excelente
noche. Las mejillas sonrosadas y los labios muy rojos indicaban que la permanencia en la posada había
sido reparadora. Afuera la tormenta ya cesaba. Ella se volvió hacia él con una encantadora sonrisa:
—Había tanta sangre en el cuerpo regordete de la mujer, querido.
—Sí, sí —sonrió él—, pero debemos apresurarnos. Pronto saldrá el sol y su luz debe encontrarnos ya
en nuestros refugios de «Mortise». ¡Vamos!
Los dos jóvenes extendieron sus brazos como en actitud de volar e hicieron un extraño movimiento,
entonces dos vampiros emprendieron el vuelo a través de la abierta ventana, alejándose en dirección al
pequeño cementerio de «La Mortaja».
Los malditos se perdieron entre los raquíticos árboles, buscando el sepulcro que les daría reposo. Los
vampiros descansarían hasta el crepúsculo.
F I N

STÉPHANE MALLARMÉ -- LA SIESTA DE UN FAUNO Y OTROS POEMAS



STÉPHANE MALLARMÉ
LA SIESTA DE UN FAUNO
Y OTROS POEMAS

--
SALUDO
Nada, esta espuma, virgen es
el verso que sólo a la copa
designa. Así lejos, en tropa,
sirenas húndense al revés.
Navegamos. Mi sitio es,
oh diversos amigos, la popa
y es el vuestro la proa que copa
rayos e inviernos. Embriaguez
gozosa ahora me convida
(su cabeceo no intimida)
a hacer de pie el saludo mío,
soledad, estrella arrecife,
a cuanto valga en este esquife
de nuestra vela el blanco brío.
(TRAD. ULALUME GONZÁLEZ DE LFÓN)
--
CANSADO DEL AMARGO REPOSO...
Cansado del amargo reposo donde ofende
mi pereza una gloria por la que huí antaño
de la infancia adorable de los bosques de rosas
bajo azul natural, cansado siete veces
del exigente pacto de cavar por velada
nueva fosa en la tierra frígida y avarienta
de mi propio cerebro,
de la esterilidad cruel sepulturero.
-¿Qué decirle a esta Aurora, oh Sueños, visitado
por las rosas, con miedo de las lívidas, cuando
junte el extenso osario los vacuos agujeros?
Renunciar quiero al Arte voraz de un cruel país
y sonriente para los caducos reproches
que me hacen mis amigos, el pasado y el genio,
y mi lámpara que conoce mi agonía,
imitar al sutil chino de fino y límpido
corazón cuyo albo éxtasis está en pintar el fin,
sobre tazas de nieve de una arrobada luna,
de una flor peregrina que perfuma su vida
transparente, la flor que sintió cuando niño
a la azul filigrana del alma injertándosele.
Para la muerte como solo sueño del sabio,
sereno, escogeré un juvenil paisaje
que he de pintar aún, distraído, en las tazas.
Un pálido y delgado trazo de azul sería
un lago, entre el cielo de nuda porcelana,
nítida media luna perdida en blanca nube
baña su quieto cuerno en las heladas aguas
no lejos de tres juncos, pestañas de esmeralda.
(TRAD. JAVIER SOLOGUREN)
--
UNA NEGRA...
Una negra por el demonio sacudida
Quiso en un niño triste gustar de nuevos frutos
Y criminales bajo su veste agujereada.
Esta voraz prepara sus trabajos astutos:
Con su vientre compara dos airosos pezones
Y allá donde la mano no consigue ascender
Eleva el golpeteo sordo de sus tacones
Como una rara lengua torpe para el placer.
Contra la desnudez miedosa de gacela
Que tiembla, sobre el dorso, como un gran elefante
Enajenada aguarda y se admira y encela
Y ríe con sus dientes ingenuos al infante.
Y entre sus piernas donde su víctima se acuesta,
Bajo la crin la negra piel abierta al azar,
La extraña boca su paladar manifiesta
Pálido y rosa como un caracol de mar.
(TRAD. RAÚL GUSTAVO AGUIRRE)
--
BRISA MARINA
¡La carne es triste, ay! y ya agoté los libros.
¡Huir, huir allá! Siento a las aves ebrias
De estar entre la ignota espuma y los cielos.
Nada, ni los viejos jardines que los ojos reflejan
Retendrá el corazón que hoy en el mar se anega,
Oh noches, ni la desierta claridad de mi lámpara
Sobre el papel vacío que su blancura veda
Y ni la joven madre que a su niño amamanta.
Partiré ¡Steamer que balanceas tu arboladura,
Leva ya el ancla para la exótica aventura!
Un Tedio, desolado por crueles esperanzas
Cree aún en el supremo adiós de los pañuelos,
Aunque, tal vez, los mástiles que invitan huracanes
Son aquellos que el viento doblega en los naufragios
Perdidos, sin mástiles, sin mástiles ni fértiles islotes...
¡Mas, oh corazón mío, escucha la canción de los marinos!
[TRAD. SALVADOR ELIZONDO)
--
CANTO DEL BAUTISTA
El sol que su detención
Sobrenatural exalta
Vuelve a caer prontamente
Incandescente
Siento como si en las vértebras
Tinieblas se desplegasen
Todas estremecimiento
En un momento
Y mi cabeza surgida
Solitaria vigilante
Al triunfal vuelo veloz
De esta hoz
Como ruptura sincera
Bien pronto rechaza o zanja
Con el cuerpo inarmonías
De otros días
Pues embriagada de ayunos
Ella se obstina en seguir
En brusco salto lanzada
Su pura mirada
Allá arriba donde eterna
La frialdad no soporta
Que la aventajéis ligeros
Oh ventisqueros
Pero según un bautismo
Alumbrado por el mismo
Principio que me comprende
Una salvación pende.
(TRAD. ROSA CHACEL)
--
LA TUMBA DE EDGAR POE
Como la eternidad lo transforma en Sí mismo,
El poeta se yergue con la desnuda espada
Sobre un siglo aterrado por el que fue ignorada
La muerte que triunfaba en esa voz de abismo.
Vil sobresalto de hidra que al ángel oyó dar
Al habla de la tribu un sentido más puro,
En voz alta anunciaron el bebido conjuro
De una negra mixtura en un innoble mar.
La tierra sea hostil, la nube nos repruebe,
Si no esculpe con ellos nuestra idea un relieve
Que la tumba de Poe de su belleza invista.
Mole calma caída de un cataclismo oscuro,
Que este granito muestre para siempre su arista
A los vuelos de la Blasfemia en el futuro.
(TRAD. RAÚL GUSTAVO AGUIRRE)
--
APARICIÓN
¡La luna se afligía. Dolientes serafines
Vagando -ocioso el arco- en la paz de las flores
Vaporosas, vertían de exánimes violines
Por los azules cálices blanco lloro en temblores.
-De tu beso primero era el bendito día.
Como en martirizarme mi afán se complacía,
Se embriagaba a conciencia con ese desvaído
Aroma en que -sin lástimas y sin resabio- anega
La cosecha de un sueño al alma que lo siega.
Yo iba mirando al suelo, errante y abstraído,
Cuando -con los cabellos en sol- toda sonriente,
En la calle, en la tarde, te me has aparecido.
Y creí ver el hada del casco refulgente
Que cruzaba mis éxtasis de niño preferido,
Dejando siempre, de sus manos entrecerradas,
Nevar blancos racimos de estrellas perfumadas.
(TRAD. ALFONSO REYES)
--
El ABANICO DE MADAME MALLARMÉ
Como sin otra expresión
que un latir que al cielo anhela
el verso futuro vuela
de la exquisita mansión
Ala baja mensajera
es el abanico si
el mismo es que tras de ti
a sí propio espejo fuera
tan límpido (dónde cede
pues brizna a brizna la amarga
la poca ceniza vaga
sola que afligirme puede)
Siempre así palpite y siga
en tus manos sin fatiga
(TRAD. ALFONSO REYES)
--
El CIGARRO
Toda el alma resumida
cuando lenta la consumo
entre cada rueda de humo
en otra rueda abolida.
El cigarro dice luego
por poco que arda a conciencia:
la ceniza es decadencia
del claro beso de fuego.
Tal el coro de leyendas
hasta tu labio aletea.
Si has de empezar suelta en prendas
lo vil por real que sea.
Lo muy preciso tritura
tu vaga literatura.
(TRAD. ALFONSO REYES)
--
SONETO EN IX
El de sus puras uñas ónix, alto en ofrenda,
La Angustia, es medianoche, levanta, lampadóforo,
Mucho vesperal sueño quemado por el Fénix
Que ninguna recoge ánfora cineraria:
Salón sin nadie ni en las credencias conca alguna,
Espiral espirada de inanidad sonora
(El Maestro se ha ido, llanto en la Estigia capta
con ese solo objeto nobleza de la Nada).
Mas cerca la ventana vacante al norte, un oro
Agoniza según tal vez rijosa fábula
De ninfa alaceada por llamas de unicornios
Y ella apenas difunta desnuda en el espejo
Que ya en las nulidades que clausura el marco
Del centellar se fija súbito el septimino.
(TRAD. OCTAVIO PAZ)
--
SONETO
Oh tan cara de lejos y blanca y cerca, tan
Deliciosamente tú, Mery, que imagino
Algún bálsamo extraño por embuste emanado
Sobre el oscurecido cristal de algún jarrón
¿No lo sabes? sí, cómo hace ya muchos años
Que siempre para mí tu sonrisa prolonga
La misma rosa con su hermoso estío hundiéndose
En el antaño y luego también en el futuro.
Mi corazón que a veces en las noches se ausculta
0 busca el nombre último y más tierno que darte.
Se exalta en el apenas murmurado de hermana
Salvo, mi gran tesoro de cabeza pequeña,
Porque me enseñas una dulzura bien distinta
Quedo con sólo el beso en tus cabellos dicha.
([TRAD. TOMÁS SEGOVIA)
--
SANTA
¡En la ventana está ocultando
desdorados sándalos viejos
de su viola resplandeciente
-flauta o laúd en otro tiempo-,
la pálida Santa que extiende
el libro viejo que prodiga
el Magnificat deslumbrante
según las completas y vísperas.
Roza el vitral de ese ostensorio
el arpa alada de algún Ángel
creada en el vuelo vespertino
para el primor de su falange.
Y deja el sándalo y el libro,
y acariciante pasa el dedo
sobre el plumaje instrumental
la tañedora del silencio.
(TRAD. MAURICIO BACARISSE)
--
OTRO ABANICO DE MADAME MALLARMÉ
Oh soñadora: para que yo me sumerja
en la pura delicia sin camino,
sabe, por una sutil mentira,
guardar mi ala en tu mano.
Una frescura de crepúsculo
te llega a cada compás,
cuyo golpe prisionero hace retroceder
el horizonte delicadamente.
¡Vértigo! He aquí que se estremece
el espacio como un gran beso
que, loco de nacer para nadie
ni estalla al fin ni se apacigua.
¿Sientes el paraíso feroz,
lo mismo que una risa enterrada,
fluir del ángulo de tu boca
al fondo el pliegue unánime?
El cetro de las riberas rosas
estancado sobre las tardes de oro, éste lo es,
este blanco vuelo cerrado que tú dejas posarse
contra el fuego de un brazalete.
(TRAD. ALFONSO REYES)
--
TRISTEZA DE VERANO
El sol, sobre la arena, luchadora dormida,
En tus cabellos de oro caldea un baño lánguido
Y, consumiendo incienso en tu enemigo pómulo,
Entremezcla a los llantos un brebaje amoroso.
Del blanco llamear la calma inamovible
Te hizo, triste, decir, oh mis besos miedosos,
"No seremos los dos nunca una sola momia
Bajo el desierto antiguo y las palmas dichosas."
Pero tu cabellera es como un río tibio
Donde ahogar sin temblores la obsesión de nuestra alma
Y encontrar esa Nada que no conoces tú.
Probaré los afeites llorados por tus párpados,
A ver si saben dar al corazón que heriste
La insensibilidad del cielo y de las piedras.
(TRAD. TOMÁS SEGOVIA)
--
LA SIESTA DE UN FAUNO
ÉGLOGA
EL FAUNO:
¡Estas ninfas quisiera perpetuarlas.
Palpita
su granate ligero, y en el aire dormita
en sopor apretado.
¿Quizá yo un sueño amaba?
Mi duda, en oprimida noche remota, acaba
en más de una sutil rama que bien sería
los bosques mismos, al probar que me ofrecía
como triunfo la falta ideal de las rosas.
Reflexionemos...
¡Si las mujeres que glosas
un deseo figuran de tus sentidos magos!
Se escapa la ilusión de aquellos ojos vagos
y fríos, cual llorosa fuente, de la más casta:
mas la otra, en suspiros, dices tú que contrasta
como brisa del día cálida en tu toisón.
¡Que no! que por la inmóvil y lasa desazón
-el son con la frescura matinal en reyertano
murmura agua que mi flauta no revierta
al otero de acordes rociado; sólo el viento
fuera de los dos tubos pronto a exhalar su aliento
en árida llovizna derrame su conjuro;
es, en la línea tersa del horizonte puro,
el hálito visible y artificial, el vuelo
con que la inspiración ha conquistado el cielo.
Sicilianas orillas de charca soporosa
que al rencor de los soles mi vanidad acosa,
tácita bajo flores de centellas, DECID
«Que yo cortaba juncos vencidos en la lid
por el talento; al oro glauco de las lejanas
verduras consagrando su viña a las fontanas:
Ondea una blancura animal en la siesta:
y que al preludio lento de que nace la fiesta,
vuelo de cisnes, ¡no! de náyades, se esquive
o se sumerja ...»
Fosca, la hora inerte avive
sin decir de qué modo sutil recogerá
hírnenes anhelados por el que busca el LA:
me erguiré firme entonces al inicial fervor,
recto y solo, entre olas antiguas de fulgor,
¡lis! uno de vosotros para la ingenuidad.
Sólo esta nada dócil, oh labios, propalad,
beso que suavemente perfidias asegura,
mi pecho virgen antes, muestra una mordedura
misteriosa, legado de algún augusto diente;
¡y basta! arcano tal buscó por confidente
junco gemelo y vasto que al sol da su tonada:
que, desviando de sí mejilla conturbada,
sueña en un solo lento, tramar en ocasiones
la belleza en redor quizá por confusiones
falsas entre ella misma y nuestra nota pura;
y de lograr, tan alto como el amor fulgura,
desvanecer del sueño sólito de costado
o dorso puro, por mi vista ciega espiado,
una línea vana monótona y sonora.
¡Quiere, pues, instrumento de fugas, turbadora
siringa, florecer en el lago en que aguardas!
Yo, en mi canto engreído, diré fábulas tardas
de las diosas; y, por idólatras pinturas,
a su sombra hurtaré todavía cinturas:
así, cuando a las vides. la claridad exprimo,
por desechar la pena que me conturba, mimo
risas alzo del racimo ya exhausto, al sol, y siento,
cuando a las luminosas pieles filtro mi aliento,
mirando a su trasluz una ávida embriaguez.
¡Oh ninfas, los RECUERDOS unamos otra vez!
«Mis ojos horadando los juncos, cada cuello
inmortal, que en las ondas hundía su destello
y un airado clamor al cielo desataba:
y el espléndido baño de cabellos volaba
entre temblor y claridad ¡oh pedrería!
Corro; cuando a mis pies alternan (se diría
por ser dos, degustando, langorosas, el mal)
dormidas sólo en medio de un abrazo fatal,
las sorprendo sin desenlazarlas, y listo
vuelo al macizo, de fútil sombra malquisto,
de rosas que desecan al sol todo perfume,
en que, como la tarde nuestra lid se resume. »
¡Yo te adoro, coraje de vírgenes, oh gala
feroz del sacro fardo desnudo que resbala
por huir de mi labio fogoso, y como un rayo
zozobra! De la carne misterioso desmayo;
de los pies de la cruel al alma de la buena
que abandona a la vez una inocencia, llena
de loco llanto y menos atristados vapores.
«Mi crimen es haber, tras de humillar temores
traidores desatado el intrincado nido
de besos que los dioses guardaban escondido;
pues yendo apenas a ocultar ardiente risa
tras los pliegues de una sola (sumisa
guardando para que su candidez liviana
se tiñera a la fiel emoción de su hermana
la pequeñuela, ingenua, sin saber de rubor):
ya de mis brazos muertos por incierto temblor,
esta presa, por siempre ingrata, se redime
sin piedad del sollozo de que embriagado vime.»
¡Peor! me arrastrarán otras hacia la vida
por la trenza a los cuernos de mi frente ceñida:
tú sabes mi pasión, que, púrpura y madura
toda granada brota y de abejas murmura;
y nuestra sangre loca por quien asirla quiere,
fluye por el enjambre del amor que no se muere.
Cuando el bosque de oro y cenizas se tiña,
una fiesta se exalta en la muriente viña:
¡Etna! En medio de ti, de Venus alegrado,
en tu lava imprimiendo su cotumo sagrado,
si un sueño triste se oye, si su fulgor se calma,
¡Tengo la reina!
¡Oh cierto castigo...
Pero el alma,
de palabras vacante, y este cuerpo sombrío
tarde sucumben al silencio del estío:
sin más, fuerza es dormir, lejano del rencor,
sobre la arena sitibunda, a mi sabor
la boca abierta al astro de vinos eficaces.
¡Oh par, adiós! la sombra miro a la que tomas.
(TRAD. OTTO DE GREIFF)
--
LA SIESTA DE UN FAUNO
(VERSIÖN PARA LA ESCENA)
(Un fauno sentado deja que de los brazos se
le escapen sendas ninfas. Se levanta.)
EL FAUNO:
Tenía unas ninfas!
¡Es un sueño!
No: abrazan
aún al aire inmóvil los límpidos rubíes
de sus senos
(Respirando)
y bebo las ansias.
(Golpeando con el pie)
¿Dónde están?
(Invocando al escenario)
¡Oh follaje, si guardas tú a estas mortales,
devuélvemelas por Abril que hincha tus núbiles
ramas (pues languidezco aún de tal dolencia)
y también por las rosas desnudas, oh follaje!
Nada.
(A grandes pasos)
¡Las quiero!
(Deteniéndose)
Pero el bello mar raptado
¿fue sólo la ilusión de tus sentidos pródigos?
La ilusión, fauno, ¿tiene ojos verdes y azules
-como flores de dulces aguas- de la más casta?
Y aquella que arrobaba el dulzor del contraste,
¿fue el viento de Sicilia yendo por tu toisón?
No, el viento de los mares al verter el desmayo
a labios demudados de sed, hacia los cálices,
no tiene, por refresco, los contornos tan lisos
al tacto, ni los huecos misterios donde bebes
la frescura que nunca los bosques te brindaron.
¡No obstante!...
(Al escenario)
Oh gladiolos marchitos de un pantano
que idénticos al sol despoja mi pasión,
juncales temblorosos de centellas, Decid
que a quebrar yo venía grandes cañas vencidas
por mis labios: y sobre el oro de los sotos
lejanos, inundando el mármol de las fuentes,
ondula una blancura dispersa de rebaño:
y al rumor de mi flauta, cuando afino los tubos,
vuelo ¿de cisnes? no, de náyades escapa.
Lo sigo... Oh, brilláis en la luz vacilante
sin un solo murmullo, sin decir que el rebaño
-por mi flauta espantado- huye volando...
(La frente en las manos)
¡Ea!
Todo aquí me es vedado, y yo so y pues la presa
de mi deseo tórrido y confuso que ¿cree
quizás en la embriaguez de la Savia? ¿Soy puro?
¡No lo sé! Todo sobre la tierra es oscuro:
y esto más todavía pues pruebas de mujer
es necesario, pecho mío, que las encuentres?
¡Si los besos tuvieran heridas se sabría!
¡Mas yo lo sé! ¡Ve, oh Pan, los testimonios del goce!
Admira en estos dedos la extraña mordedura
que revela los dientes femeninos y mide
la dicha de la boca donde dientes florecen.
(Al escenario)
Así pues, bosques míos de agitados laureles
confidentes de fugas, y lirios de silencio
púdico, ¿conspiráis? ¡Gracias! Quiero tomar
del eterno ensueño de jóvenes nenúfares
la piedra que hundirá sus fragmentos dispersos,
así como también vendimiar verdes brotes
de una lánguida viña, mañana sobre el musgo
estéril. Desdeñemos a los viles traidores.
Sereno, en abatido pedestal, hablar veo
sin medida a los pérfidos y en pinturas idólatras
arrancar todavía cinturas a su sombra:
así, cuando a las vides la claridad exprimo
para que mi dolor sea aislado del sueño,
¡risas!, alzo el exhausto racimo al cielo ardiente
-ávido de embriaguez- y sus pieles brillantes
aspiro hasta el ocaso mirando a su trasluz.
(Se sienta)
¡Oh náyades, unamos los múltiples recuerdos!:
mis ojos, horadando los juncos, van en pos
de un cuello inmortal, que el fuego hunde en las ondas
con un grito de rabia al cielo de la floresta:
y, del baño empapado, el tropel se perdía
en estremecimientos y cisnes, ¡pedrerías!
Yo iba, cuando a mis pies se enredan, florecidas
del pudor de amar sobre este lecho casual,
dos durmientes gozando el placer de ser dos.
Yo, sin desenlazarlas, las apreso y vuelo,
odiado por la frívola sombra, a los jardines
de rosas que atizan de impudor al sol,
donde nuestro amor sea como el aire extinguido.
(Levantándose)
¡Yo te adoro, enfado de vírgenes, delicia
feroz del albo cuerpo desnudo que resbala
por mis labios ardientes en un destello de odios!,
el espanto secreto que brota de la carne,
de los pies de la infame al pecho de la tímida,
sobre una piel cruel y perfumada, húmeda
quizás de los pantanos de espléndidos vapores.
Mi crimen fue haber -sin agotar temores
malignos- separado intrincados cabellos
que con besos los dioses habían confundido:
pues iba apenas para velar ardiente risa
tras los pliegues felices de una sola y guardando
con dedo frágil para que su blancor de pluma
se tiñera de¡ brillo que enciende a una hermana,
la pequeñuela, cándida y sin ruborizarse,
de mis brazos deshechos por las muertes lascivas,
¡como una presa siempre ingrata se libera
sin piedad del sollozo del que vine embriagado!
(De pie)
¡Olvidémoslas! ¡Otras muchas me vengarán,
el cabello a los cuernos de mi frente enredado!
¡Soy feliz! Aquí todo se ofrece, de la abierta
granada hasta el agua desnuda en su paseo.
Mi cuerpo, iluminado por Eros en la infancia,
¡esparce los bermejos fuegos del viejo Etna!
A la noche, boscajes en signos de cenizas,
la carne pasa y arde en muriente follaje
y en secreto se dice que la espléndida Venus
deseca los torrentes al ir con pies desnudos,
¡en las tardes sangrantes de rosas por sus labios!
(Las manos cogidas en el aire)
Mas...
(Como evitando con sus manos separadas
una centella imaginaria)
¿No estoy fulminado?
(Dejándose caer)
No, no, estas cerradas
mejillas y mi cuerpo de placer aturdido
sucumben a la antigua siesta del mediodía.
Durmamos...
(Tendido)
Sí, durmamos: soñaré en mi blasfemia
sin crimen, en el musgo marchito, pues me place
abrir la boca al gran sol, padre de los vinos.
(Con un último gesto)
(Entran lane y Ianthé, las dos ninfas. El fauno duerme)
IANE
¡Oh!, por si escucha:
¡adiós!
Vine, azur, y acaso no me oiga, descansé
en las hojas tocando mi cuello detestable
y joven de suspiros tan confusos que muero,
para entrever, según hablillas del malvado,
¡si expiraría adrede de encanto o de tristeza!
Mas no oí, muy inquieta; ¿era aquella una infancia
que se desvanecía entre los grandes ríos
cuando yo, desvelada, temblaba entre los juncos?
Si, incluso Ianthé, desde la mano del fauno,
Ianthé -¡oh tarde de oro!- que ama mi cabellera
se aísla en el olvido de un incierto recuerdo,
y no sin espantarme veré volver la sombra
de sus hermosos ojos de amatista, ¡oscura
fuente donde la noche de ayer he de beber!
........................................................................... ..
IANE
Sueño.
Ianthé.
IANTHÉ
¡Hacia la luna adorable que se hunde
en el ala y refulge en el cuello del cisne!
IANE
¡Tanto me debatía en el parque enterrado
de música y de aves, la soñada avalancha
era sólo el sollozo de aquella blanca luna
por dormir en los albos inciensos de las rosas
o el brillo que argenta suavizado follaje
fluía a la vez del ruiseñor que plañe!
(Silencio)
IANTHÉ
(¿Es necesario ser implacable?) Esta flauta
observa... Al espanto del silencio las voces
de los juncos hablaban solas bajo la brisa.
El hombre -te destruye su ensueño en un momentopara
verter sus cantos sagrados los cortó.
Las mujeres son dóciles hermanas de los juncos.
¡Cuando quiere aspirar bellos cuerpos que abjura,
niña, es el amor, más acerbo que el genio!
IANE
Entonces si esta flauta tiene el mal adorado
que me atormenta -¡oh mal celoso!- lo sabré.
(Recoge la flauta)
¡Porque me observa todo el embriagado azur!
(La coloca entre sus labios y toca)
Perdón, hermana mía, perdón...
IANTHÉ
Oh loca, ven. ¡Ven!
¡Amenaza dulce el enemigo! ¡Sígueme
entre rojos gladiolos!
IANE
¡No, parte solitaria!
¡Soy la que ambulará por la umbría enramada
del bosque!
EL FAUNO
(Se despierta con arrebato)
¡Dulce brillo que expira en murmullo!
Cipris sin visitar mi sueño, ni palomas,
el agua hablaba al agua en sus fuentes primeras
cuando una melodía con sus notas arrulla.
(Soñando)
¡Melodía, oh fuente de juventud que surte!
(Más soñador)
Mi juventud fluyó por las flautas. Brindaba
a la flor entreabierta música que el fresco
aliento de la noche vertía en dulce lluvia.
(Más soñador)
Al levantador, cuando se hastía nuestro ser
de violados cabellos y ricas vestiduras,
voy al lago, perdido, a quebrar tristes juncos
que abandono después de la afrenta y la cólera,
y el crepúsculo oscuro conduce a mi locura.
Cuando señaló el arte un elegido fauno
................. ......... no lo abandona ya.
Resuena en el vicio inútil, retrocede.
Y la impotencia huyendo en crepúsculo vil
cantará los pesares en su labio, fatal,
los inertes despojos del poema nativo.
De los unidos juncos que no osamos quebrar
brota la voz que exige rendirse a nuestras almas.
Pero, en este ensueño animal, yo sentí
mis dedos, de abatida voluntad, recargados
por un limo guardado por mi estático aliento ...
........................................................................ ..
a un alba nacarada de rocío inmortal...
........................................................................ ..
Por las arenas, faunos, con los vientos calmad
el sumiso temblor de marinas auroras
alzando las narices entre las ondas húmedas,
si mi lozano junco gustó entre la Grecia,
vosotros más, tritones esplendentes, saludo
de caracolas para la cuadriga sin freno
triunfante de la niebla; entre perlas y espuma,
fluentes inicios, playas, delfines, alboradas,
quiero, en la claridad transparente, innovar
almas de cristal puro que derrame la flauta
pues huyo inmortal, vencedor en la lucha,
de mujeres que encantan con sus hermosos llantos.
¿No soy yo quien desea, solo, sin que me fuercen
tus dolores, un límpido ideal?
En el horror
lustral, en el estanque de fuentes, que fascina
el azur, empapar quiero ya el ser furtivo
que de su hielo busca renacer, primitivo.
(TRAD. RICARDO SILVA-SANTISTEBAN
--
TRES SONETOS
I
Cuando con ley fatal lo amenazó la sombra,
el viejo Sueño -plaga, deseo de mis vértebras-,
triste de perecer bajo fúnebres techos,
plegó en mí sus puntuales alas. ¡Oh lujo, estancia
de ébano en que sólo por seducir a un rey
tan célebres guirnaldas muriendo se retuercen,
un orgullo mentido por las tinieblas eres
para este solitario al que la fe deslumbra.
Yo sé que en lo lejano de esta noche la Tierra
lanza el misterio insólito de su fulgor enorme
bajo siglos grotescos que la oscurezcan menos.
Crezca o se niegue, idéntico a sí mismo el espacio,
arrastra en ese hastío viles fuegos testigos
de que un astro, entre fiestas, ha iluminado al genio.
II
EI virgen, el vivaz, el hermoso presente,
¿desgarrará de un golpe de ala ebria este duro
lago, olvidado ya, que asedia bajo escarcha
el glaciar transparente de no emprendidos vuelos?
Un cisne de otro tiempo recuerda que magnífico
pero sin esperanza, es él quien se libera
por no haber celebrado la región de vivir
cuando del yermo invierno resplandeció el hastío.
Sacudirá su cuello esa blanca agonía
que el espacio ha infligido al ave que lo niega,
mas no el horror del suelo que apresa a su plumaje.
Fantasma que a este sitio su puro brillo asigna,
se pasma ya en el sueño helado del espacio
que el Cisne viste en medio de su inútil exilio.
III
Triunfalmente evadido el hermoso suicidio,
¡tizón de gloria, sangre por espuma, oro, rayo!
Oh risa si a lo lejos la púrpura se apresta,
regia, a no decorar sino mi tumba ausente.
¡Cómo!, de aquel incendio ni un jirón se demora
-es medianoche- aquí, en nuestra sombra en fiesta,
salvo este presuntuoso tesoro, esta cabeza
que vierte acariciada indolencia sin luces:
la tuya, la que siempre es delicia, la tuya,
única que del cielo desvanecido guarda
algo de la pueril victoria, coronada
de claridad ahora que en cojín la posas
como un casco guerrero de emperatriz infante
que para figurarte dejara caer rosas.
(TRAD. ULALUME GONZÁLEZ DE LEÓN)

BRINDIS FÚNEBRE
a Théophile Gautier
Oh tú, de nuestra dicha el emblema fatal!
¡Salud de la demencia y pálida libación,
No a la esperanza mágica del corredor ofrezco
La hueca copa en que, áureo monstruo sufre!
Tu aparición no habrá de serme suficiente:
Yo mismo te he guardado en un lugar de pórfiro.
El rito de las manos es apagar la antorcha
Contra el pesado hierro de la fúnebre losa:
Y apenas ignoramos que a nuestra fiesta vienes
Porque es fácil cantar la ausencia de¡ poeta
Que este bello sepulcro encierra toda entera.
Si no es más que la gloria ardiente del oficio
Llegada la hora común y vil de la ceniza
Orgullosa descienda por el claro orificio
Y tome hacia los fuegos del puro sol mortal!
Magnífico, total y solitario, así
Tiembla ante el falso orgullo de los hombres.
Esta turba mezquina ya lo anuncia: que somos
La triste opacidad de nuestro espectro futuro.
Mas desprecié el lúcido horror de una lágrima
Blasón de duelo que orna el vano muro
Cuando sordo a mi sacro verso que no lo alarma,
Uno de esos paseantes, ciego, impasible y mudo,
El huésped de su vago sudario, en el héroe
Virginal de la póstuma espera se transmuta.
Vasto abismo traído en la masa de bruma
Por el viento irascible de sus palabras tácitas,
La nada había abolido a este hombre hace mucho:
«Recuerdo de horizontes ¿qué es, oh tú, la Tierra?»
Clama el sueño y, voz de alterada claridad,
Todo el espacio juega con el grito « ¡No sé! »
Al pasar el Maestro, con su mirar profundo
Del edén apacigua la inquieta maravilla
Cuyo espasmo final sólo en su voz aviva
Para el Lirio y la Rosa el misterio de un nombre.
¿De todo este destino queda algo todavía?
Olvidad, oh vosotros, creencia tan sombría.
El genio, espléndido y eterno, no arroja sombra alguna.
¡Yo, atento a vuestras ansias quiero volver a ver
Al que desvanecido ayer en la tarea
Ideal que nos imponen los jardines del astro,
Sobrevive para el honor del tranquilo desastre
Una agitación solemne por los aires
De palabras, púrpura ebria y clarísimo cáliz
Que, lluvia y diamante, la mirada diáfana
Posada entre las flores sin marchitar ninguna
Aísla entre la hora y la alborada!
Es el único sitio entre estos bosquecillos
Donde el poeta puro con gesto humilde y amplio
Impide el paso al sueño, enemigo de su arte:
Para que en la mañana de su reposo altivo,
Cuando la antigua muerte sea como para Gautier
No abrir ya más los ojos sagrados y callar
Suda, de la avenida tributario ornamento,
El sólido sepulcro que guarda lo que turba
El avaro silencio y la masiva noche.
(TRAD. SALVADOR ELIZONDO)
--
DON DEL POEMA
Te traigo aquí a la hija de una noche idumea!
Negra, de ala sangrienta y pálida e implume,
por el vidrio que incendian los aromas y el oro,
por heladas ventanas opacas todavía,
la aurora se arrojó sobre el candil angélico,
¡palmas! y cuando ya mostraba esa reliquia
al padre que enemiga sonrisa aventuraba,
la estéril soledad azul se estremecía.
¡Oh arrulladora, con tu niña y la inocencia
de tus helados pies el nacimiento horrible
acoge, y con tu voz que viola y clave evoca!
¿Oprimirán tus dedos marchitos ese pecho
del que mana en blancura sibilina la hembra
hacia labios que el aire del azul virgen tienta?
(TRAD. ULALUME GONZÁLEZ DE LEÓN)