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domingo, 26 de septiembre de 2010

La Fortaleza Invencible, Salvo Que Sacnoth La Ataque - Lord Dunsany





La Fortaleza Invencible, Salvo Que Sacnoth La Ataque
Lord Dunsany


En un bosque más antiguo de lo que se tiene registro, hermano de crianza de las colinas, se levanta el villorrio de Allathurion; y había paz entre la gente de ese villorrio y los habitantes que transitan los oscuros caminos del bosque, sean ellos humanos, de las tribus de las bestias o de la raza de las hadas y los elfos o los pequeños espíritus sagrados de los árboles y los arroyos. Además los habitantes del villorrio tenían paz entre sí y también con su señor, Lorendiac. Frente del villorrio se extendía una amplia extensión cubierta de hierbas; más allá de ella volvía a aparecer el bosque otra vez, pero hacia la parte posterior los árboles llegaban hasta las casas que, con sus muros de troncos y su techumbre de paja verdeada por el musgo, casi parecían formar parte del bosque.
Ahora bien, en el tiempo del que hablo, la perturbación cundía en Allathurion, pues desde una cierta tarde, sueños malignos empezaron a filtrarse entre los árboles y a penetrar en la pacífica aldea; y se apoderaron de la mente de los hombres y los condujeron en la noche por las cenicientas planicies del Infierno. Entonces el mago de esa aldea empezó a preparar hechizos contra esos sueños malignos; no obstante los sueños siguieron viniendo a raudales entre los árboles no bien se había hecho la oscuridad y en la noche llegaban a la mente de los hombres a lugares terribles y eran causa de que alabaran a Satanás abiertamente con sus labios.
Y los hombres tuvieron miedo de dormir en Allathurion. Y se volvieron macilentos y pálidos, algunos por falta de sueño y otros por las cosas que veían en las planicies cenicientas del Infierno.
Entonces el mago de la aldea subió a la torre de su morada y toda la noche aquellos a los que el miedo mantenía despiertos pudieron ver su ventana iluminada. Al día siguiente cuando la hora del crepúsculo hacía ya tiempo que había pasado y la noche se concentraba de prisa, el mago se dirigió al borde del bosque y lanzó allí el hechizo que había preparado. Y el hechizo era algo apremiante y terrible, con poder sobre los malos sueños y sobre los espíritus del mal; porque era un poema de cuarenta versos en muchas lenguas, tanto vivas como muertas, y contenía la palabra con la que la gente de las llanuras suele maldecir a los camellos y el grito con que los balleneros del Norte atraen a la ballenas hacia la costa para darles allí muerte y una palabra que es causa de que los elefantes barriten; y cada uno de los cuarenta versos termina con una palabra que rima con «avispa»
Y aún los sueños siguieron llegando desde el bosque y llevándose las almas de los hombres por las planicies del Infierno. Entonces el mago supo que los sueños provenían de Gaznak. Por tanto reunió a los habitantes de la aldea y les dijo que había lanzado su más poderoso hechizo: un hechizo que tenía poder sobre toda criatura humana o de las tribus de las bestias; y como de nada había servido, los sueños debían de provenir de Gaznak, el más grande mago de entre los espacios de las estrellas. Y le leyó a la gente parte del Libro de los Magos, que habla de las llegadas del cometa y predice una nueva visita. Y les contó cómo Gaznak monta el cometa y visita la Tierra una vez cada doscientos treinta años y se construye para sí una vasta fortaleza inexpugnable y envía sueños que se alimentan de las almas de los hombres, y no puede nunca ser vencida, salvo que la espada Sacnoth la ataque.
Y un frío temor ganó los corazones de los aldeanos cuando supieron que su mago nada podía por ellos.
Entonces habló Leothric, hijo del Señor Lorendiac, y veinte eran los años con que contaba:
Buen Maestro ¿dónde se encuentra la espada de Sacnoth?
Y el mago de la aldea respondió:
Es el dragón-cocodrilo que merodea por los marjales del Norte y hace estragos en las poblaciones de sus márgenes. Y la piel de su dorso es de acero y su parte inferior es de hierro; pero a lo largo de la línea media de su dorso, sobre su espina dorsal hay hundida una franja de acero ultraterreno. Esa franja de acero es Sacnoth, y no puede ser hendida ni fundida y nada hay en el mundo que pueda romperla y ni siquiera trazar un rasguño en su superficie. Tiene la longitud de una buena espada y también su anchura. Si prevalecieras sobre Tharagavverug, su piel podría fundirse en un horno y separarse así de Sacnoth; pero sólo existe una cosa que pueda afilar su borde: uno de los ojos de acero del propio Tharagavverug; y el otro ojo debes engarzarlo en la empuñadura de Sacnoth para que vigile por ti. Pero es ardua tarea vencer a Tharagavverug, porque no hay espada que pueda perforarle la piel; su lomo no puede quebrarse, y no se le puede quemar ni ahogar en el agua. Sólo hay una manera de dar muerte a Tharagavverug, y ella es la muerte por hambre.
Entonces la pena se apoderó de Leothric, pero el mago siguió hablando:
Si alguien impide con una vara que Tharagavverug se acerque a su alimento por tres días, morirá de hambre al tercer día al ponerse el sol. Y aunque no es vulnerable, tiene un sitio en que puede ser herido, pues su hocico es sólo de plomo. Con una espada tan sólo se dejaría a descubierto el bronce invulnerable que tiene por debajo, pero si se zahiere su hocico constantemente con una vara, el dolor lo hará retroceder y, de ese modo, se puede apartar a Tharagavverug de su alimento.
Preguntó Leothric entonces:
¿Cuál es el alimento de Tharagavverug?
Y el mago de Allathurion respondió:
Su alimento son los hombres.
Pero Leothric se fue decididamente de allí y cortó la larga vara de un avellano y se fue a dormir temprano. Pero a la mañana siguiente, después de abandonar sueños agitados, se levantó antes del alba y, llevando consigo provisiones para cinco días, se puso en camino por el bosque hacia el Norte en dirección de los marjales. Por algunos horas avanzó por la lobreguez del bosque y, cuando emergió de él, el sol por sobre el horizonte se reflejaba en los estanques del descampado. En seguida vio las huellas de las garras de Tharagavverug profundamente hundidas en el cieno y el rastro de su cola entre ellas como un surco abierto en el campo. Entonces Leothric siguió las huellas hasta que oyó por delante de él el latido del corazón de bronce de Tharagavverug que atronaba como una campana.
Y Tharagavverug, como era la hora del día en que tomaba su primera comida, avanzaba sobre la aldea y el corazón le doblaba en el pecho. Y toda la gente de la aldea había salido a su encuentro como era su costumbre hacerlo porque no soportaban la incertidumbre de esperarlo y de oírlo olfatear bronco mientras iba de puerta en puerta considerando lentamente con su mente metálica qué habitante escogería. Y ninguno se atrevía a huir, porque en los días en que los aldeanos huían de Tharagavverug, éste, una vez escogida su víctima, seguía su rastro incansable, como una condenación. Nada les valía en su contra. Otrora trepaban a los árboles cuando se acercaba, pero Tharagavverug arqueaba el lomo, se inclinaba ligeramente y lo frotaba contra el bronco hasta que el árbol caía. Y cuando Leothric estuvo cerca, Tharagavverug lo vio con el rabillo de uno de sus ojillos de acero y se le aproximó tomándose su tiempo, y los ecos de su corazón le salían por la boca abierta. Y Leothric evitó su arremetida, se colocó entre él y la aldea y le hirió el hocico con la vara, que le dejó una abolladura en el plomo sensible. Y Tharagavverug se apartó torpemente y lanzó un grito terrible, como el sonido de una campana de iglesia que hubiera sido poseída por un alma que escapara del cementerio en la noche: un alma malvada que le dieron voz de campana. Luego atacó a Leothric gruñendo y una vez más Leothric se hizo a un lado y le dio con la vara en el hocico. Tharagavverug emitió un aullido de campana. Y cada vez que el dragón-cocodrilo lo atacaba o intentaba dirigirse a la aldea, Leothric volvía a herirlo.
Así, pues, todo el día Leothric guió al monstruo con la vara llevándoselo más y más lejos de su presa con el corazón que le doblaba colérico y la voz transida de dolor.
Hacia el atardecer Tharagavverug dejó de intentar alcanzar a Leothric con los dientes y huía delante de él para evitar la vara, pues tenía el hocico lastimado y le brillaba; y al anochecer los aldeanos salieron y bailaron acompañados de címbalo y salterio. Cuando Tharagavverug oyó el címbalo y el salterio, el hambre y la furia se apoderaron de él, y se sintió como se sentiría el señor que por fuerza se lo apartara del banquete celebrado en su propio castillo y oyera girar y girar el asador rechinante y crepitar en él la carne sabrosa. Y toda esa noche atacó a Leothric con fiereza y a menudo estuvo a punto de atraparlo en la oscuridad; porque sus ojos resplandecientes de acero eran capaces de ver tan bien de noche como de día. Y Leothric fue cediendo terreno lentamente hasta el amanecer, y cuando llegó la luz, estaba cerca de la aldea nuevamente; aunque no tan cerca de ella, como lo habían estado al encontrarse, porque Leothric condujo a Tharagavverug más lejos durante el día que había sido forzado a retroceder en la noche. Luego Leothric volvió a alejarlo con la vara hasta que llegó la hora en que era costumbre del dragón-cocodrilo atrapar a un hombre. Un tercio del hombre solía comerse al atraparlo, y el resto a mediodía y al atardecer. Pero cuando llegó la hora de atrapar a un hombre, una gran fiereza le sobrevino a Tharagavverug, y atacó veloz a Leothric, pero no pudo cogerlo, y por largo tiempo ninguno de los dos cedió terreno. Pero por fin el dolor que la vara le producía en el hocico de plomo fue mayor que el hambre del dragón-cocodrilo y se retiró aullando. A partir de ese momento Tharagavverug comenzó a debilitarse. Todo ese día Leothric lo ahuyentó con la vara, y por la noche, ninguno de los dos cedió terreno; y cuando el amanecer del tercer día llego, el corazón de Tharagavverug latía con mayor lentitud y más débilmente. Era como si un hombre fatigado estuviera tocando una campana. En una oportunidad Tharagavverug estuvo a punto de atrapar a una rana, pero Leothric se la arrebató justo a tiempo. Hacia el mediodía el dragón-cocodrilo yació inmóvil largo tiempo, y Leothric se quedó allí cerca, de pie, apoyado en su vara confiable. Estaba muy fatigado y falto de sueño, pero ahora tenía tiempo de comer sus provisiones. A Tharagavverug el fin le llegaba de prisa, y por la tarde su respiración era trabajosa y le carraspeaba la garganta. Era como el sonido de muchos cazadores que soplaran juntos el cuerno, y hacia el atardecer se le aceleró el aliento, pero también se le hizo más débil, como el furioso sonido de una cacería que fuera apagándose a la distancia; e hizo desesperados intentos de lanzarse hacia la aldea, pero Leothric seguía saltando alrededor de él y dándole con la vara en el hocico. Escasamente audible era ahora el sonido de su corazón: era como la campana de una iglesia que doblara más allá de las colinas por la muerte de alguien desconocido y lejano. Entonces el sol se puso y flameó en las ventanas de la aldea, y un frío estremeció al mundo, y en algún jardín pequeño una mujer cantaba; y Tharagavverug alzó la cabeza y pereció de hambre; la vida se le escapó de su cuerpo invulnerable, y Leothric se echó a su lado y durmió. Y más tarde, a la luz de las estrellas, los aldeanos salieron y cargaron a Leothric dormido; todos lo alababan en quedos susurros mientras lo llevaban a la aldea. Lo pusieron en una cama en una casa y bailaron afuera en silencio, sin salterio ni címbalo. Y al día siguiente, regocijados, arrastraron hasta Allathurion al dragón-cocodrilo. Y Leothric fue con ellos portando su castigado cayado; y un hombre alto y fornido, herrero de Allathurion, construyó un gran horno y fundió en él a Tharagavverug hasta que sólo Sacnoth quedó, resplandeciente entre las cenizas. Entonces tomó uno de los ojillos que había sido quitado con un formón y afiló una hoja en Sacnoth, y gradualmente el ojo de acero fue gastándose faceta por faceta, pero antes de que hubiera desaparecido totalmente, había afilado a Sacnoth de manera espantable. Pero el otro ojo se engarzó en la empuñadura y resplandeció en ella con luz azulina.
Y esa noche Leothric se levantó en la oscuridad, cogió la espada y partió hacia el Oeste al encuentro de Gaznak; y fue a través del bosque oscuro hasta el amanecer, y toda la mañana y hasta la tarde. Pero a la tarde llegó a campo abierto y vio en medio de La Tierra que Nadie Visitaba la fortaleza de Gaznak que se levantaba ante él como una montaña a poco más de una milla de distancia.
Y Leothric vio que la tierra era pantanosa y desolada. Y la fortaleza se levantaba blanca de ella, con muchos contrafuertes, y era ancha por debajo, pero se estrechaba a medida que ascendía, y estaba llena de ventanas iluminadas. Y cerca de su cúspide flotaban algunos nubes blancas, pero por sobre ellas reaparecían algunos de sus pináculos. Entonces Leothric se internó en los marjales y el ojo de Tharagavverug vigilaba por él desde la empuñadura de Sacnoth; porque Tharagavverug conocía bien los marjales, y la espada le indicaba a Leothric que se desviase a la derecha o lo impelía hacia la izquierda para evitar los lugares peligrosos; de ese modo lo llevó con bien hasta los muros de la fortaleza.
Y en el muro se abrían puertas como precipicios de acero, en los que había incrustados bultos de hierro, y por sobre cada una de las ventanas había terribles gárgolas de piedra; y el nombre de la fortaleza brillaba sobre el muro, escrito con grandes letras de cobre: «La Fortaleza Invencible, Salvo que Sacnoth la Ataque».
Entonces Leothric desenvainó y reveló a Sacnoth y todas las gárgolas sonrieron; la sonrisa fue reproduciéndose estremecida de rostro en rostro hasta los picos entre las nubes.
Y cuando Sacnoth fue revelada y todas las gárgolas sonrieron, fue como si la luz de la luna surgiera de una nube para contemplar por primera vez un campo de sangre y pasara veloz por las caras húmedas de los degollados que yacen juntas en la noche terrible. Entonces Leothric avanzó hacia la puerta, y era ésta más poderosa que Sacremona, la cantera de mármol de la que los hombres de antaño cortaron grandes tablas para construir la Abadía de las Lágrimas Sagradas. Día tras día arrancaron las costillas mismas de la colina hasta que la Abadía quedó construida, y era más bella que nada que se hubiera hecho en piedra. Entonces los sacerdotes bendijeron a Sacremona y ésta tuvo paz, y ya nunca más se quitó piedra de ella para edificar las casas de los hombres. Y la colina se elevaba de cara al Sur, solitaria a la luz del sol, desfigurada por la terrible cicatriz. Así de vasta era la puerta de acero. Y el nombre de la puerta era La Porte Resonante, el Camino por el que se Llega a la Guerra.
Entonces Leothric dio en la Porte Resonante con Sacnoth y el eco de Sacnoth recorrió todos los salones y todos los dragones de la fortaleza gruñeron. Y cuando el aullido del dragón más remoto se había sumado débilmente al tumulto, una ventana se abrió en lo alto entre las nubes bajo los picos iluminados por el crepúsculo y una mujer gritó, y muy alejado en el Infierno la oyó su padre, quien supo que su hija se había condenado.
Y Leothric siguió dando de golpes terribles con Sacnoth, y el acero gris de la Porte Resonante, el Camino por el que se Llega a la Guerra, que estaba templado para resistir las espadas del mundo, cedió sonoramente en múltiples astillas.
Entonces Leothric, sosteniendo a Sacnoth en la mano, penetró por el boquete que había abierto en la puerta y entró en el cavernoso vestíbulo al que no iluminaba luz alguna.
Un elefante huyó barritando. Y Leothric permaneció erguido e inmóvil sosteniendo a Sacnoth. Cuando el sonido de las patas del elefante hubo muerto en los más remotos corredores, nada más se movió y reinó el silencio en el vestíbulo cavernoso.
En seguida la oscuridad de las estancias distantes hízose musical con el sonido de campanillas que se aproximaban más y más.
Todavía Leothric esperaba en la oscuridad; el sonido de las campanillas era cada vez más alto y su eco resonaba en los salones; apareció entonces una procesión de hombres montados sobre camellos que venían de a dos desde el interior de la fortaleza; estaban armados de cimitarras de hechura asiria; estaban vestidos de malla y de los cascos caían sobre sus rostros cotas de malla que se batían al moverse los camellos. Todos se detuvieron ante Leothric en el vestíbulo cavernoso, y las campanillas de los camellos resonaron y quedaron luego inmóviles. Y el conductor dijo a Leothric.
El Señor Gaznak desea verte morir ante él. Ten a bien venir con nosotros y podemos discutir en el camino la manera en que el Señor Gaznak desea verte morir.
De buen grado voy contigo, porque he venido a degollar a Gaznak.
Entonces el conductor de camellos de Gaznak rió de manera espantosa, perturbando a los vampiros que dormían en la bóveda inconmensurable de la techumbre. Y el conductor dijo:
El Señor Gaznak es inmortal, salvo que Sacnoth lo ataque, lleva una armadura que es a prueba aun de la misma Sacnoth y su espada sólo le es segunda en invulnerabilidad.
Entonces Leothric dijo:
Yo soy el Señor de la espada Sacnoth.
Y avanzó sobre el conductor de Camello de Gaznak y Sacnoth subía y bajaba en su mano como si la agitara un pulso exaltado. Entonces el conductor de camellos de Gaznak huyó y los demás jinetes se echaron hacia adelante y azuzaron con látigos a sus camellos; desaparecieron con gran clamor de campanillas entre columnas y corredores y recintos abovedados y se dispersaron por la oscuridad interior de la fortaleza. Cuando el último sonido producido por ellos hubo muerto, Leothric dudó qué camino seguir, porque la guardia montada en camellos se había dispersado en múltiples direcciones; de modo que siguió derecho hasta que llegó a una gran escalinata en medio del vestíbulo. Entonces Leothric puso su pie en medio de un ancho escalón, y subió de firme la escalinata durante cinco minutos. Poca era la luz reinante en el vestíbulo por donde Leothric ascendía, pues sólo entraban rayos aislados y en el mundo, afuera, la tarde caía apresurada. La escalinata lo llevó a una puerta de dos hojas ligeramente entreabiertas, y por la rendija pasó Leothric que intentó seguir andando derecho, pero no pudo hacerlo pues todo el cuarto parecía estar lleno de cuerdas que se tendían de pared a pared, lanzadas desde el cielorraso. Todo el recinto estaba atestado y ennegrecido por ellas. Eran suaves y ligeras al facto, como de seda fina, pero a Leothric le fue imposible romper ninguna y aunque se apartaban de su camino cuando avanzaba, cuando se hubo trasladado tres yardas, lo rodeaban todas como una pesada cape. Entonces Leothric dio un paso atrás y esgrimió a Sacnoth, y Sacnoth dividió la cuerdas sin el menor sonido, y sin el menor sonido varias de ellas cayeron al suelo. Leothric avanzó lentamente moviendo por delante de sí a Sacnoth de arriba a abajo. Cuando hubo llegado al centro del recinto, repentinamente, al partir con Sacnoth un grueso montón de filamentos, vio delante de sí a una araña de mayor tamaño que un carnero, y la araña lo miraba con ojos pequeños, pero con mucho pecado en ellos, y dijo:
¿Quién eres tú que arruinas la labor de años realizada toda en honor de Satán?
Y Leothric respondió:
Soy Leothric, hijo de Lorendiac.
Y la araña dijo:
Haré una cuerda en seguida con la cual colgarte. Entonces Leothric partió otro puñado de filamentos y se acercó aún más a la araña, que estaba sentada tejiendo la cuerda, y la araña, levantando la visto de su labor, inquirió:
¿Qué espada es ésa, capaz de cortar mis cuerdas? Y Leothric respondió:
Es Sacnoth.
Al oír eso el pelo negro que caía sobre la cara de la araña se partió a izquierda y derecha y la araña frunció el entrecejo; luego el pelo volvió a su lugar escondiéndolo todo, excepto el pecado de los ojillos que siguió brillando hambriento en la oscuridad. Pero antes que Leothric pudiera alcanzarla, trepó rápido por una de las cuerdas y se ocultó en una viga donde se quedó gruñendo. Pero abriéndose camino con Sacnoth, Leothric atravesó el recinto y llegó a la puerta que se encontraba a su otro extremo; como la puerta estaba cerrada y el picaporte estaba muy alto, fuera de su alcance, se abrió camino a través de ella con Sacnoth, como se lo había abierto a través de la Porte Resonante, el Camino por el que se Llega a la Guerra. Y así se encontró Leothric en la bien iluminada cámara en que Reinas y Príncipes estaban juntos dándose un banquete sentados todos en una gran mesa; y miles de velas resplandecían por todas partes y se reflejaban en el vino que los príncipes bebían y en el oro de los enormes candelabros; las caras reales irradiaban con el fulgor, al igual que el blanco mantel y las joyas de los cabellos de las Reinas; cada una de las joyas tenía un historiador para sí solo que en todos los días de su vida no escribía otra crónica alguna. Entre la mesa y la puerta había doscientos lacayos en dos filas de cien lacayos cada una que se enfrentaban entre sí. Nadie miró a Leothric al entrar por el boquete de la puerta, pero uno de los Príncipes le hizo una pregunta a un lacayo y la pregunta pasó de boca en boca por todos los cien lacayos hasta que llegó al último de ellos que era el que estaba más cerca de Leothric; y le preguntó a Leothric sin mirarlo:
¿Qué tratáis de hacer aquí?
Y Leothric respondió:
Trato de degollar a Gaznak.
Y de lacayo en lacayo se repitió la respuesta hasta llegar a la mesa:
Trata de degollar a Gaznak.
Y por la línea de lacayos llegó otra pregunta:
¿Cuál es vuestro nombre?
Y la línea que se enfrentaba a la primera llevó la respuesta de vuelta.
Entonces uno de los príncipes dijo:
Lleváoslo de aquí donde no oigamos sus gritos.
Y un lacayo fue repitiéndolo a otro hasta que la orden llegó a los dos últimos, que avanzaron para agarrar a Leothric.
Entonces Leothric les mostró su espada diciendo:
Esta es Sacnoth.
Y ambos se lo dijeron al hombre que tenían más cerca:
Esa es Sacnoth.
Y luego gritaron y se alejaron corriendo.
Y de a dos, ascendieron por la doble línea, los lacayos fueron repitiendo:
Esa es Sacnoth.
Y gritaban y se echaban a correr, hasta que los últimos dos transmitieron el mensaje a la mesa, todo el resto había ya desaparecido. Apresuradamente entonces se levantaron las Reinas y los Príncipes y huyeron del recinto. Y la mesa real, cuando todos hubieron escapado, pareció pequeña, desordenada y sucia. Y a Leothric, que se preguntaba en el recinto desolado por qué puerta debía seguir adelante, le llegó el sonido de una música y supo que eran los ejecutantes mágicos que tocaban para Gaznak mientras éste dormía.
Entonces Leothric avanzó hacia la música distante y pasó por la puerta que se enfrentaba a la que había perforado al entrar y se encontró con un recinto tan vasto como el anterior en el que había muchas mujeres extrañamente hermosas. Y todas lo interrogaron sobre sus intenciones, y cuando supieron que eran degollar a Gaznak, todas le rogaron que se demorara entre ellas, diciendo que Gaznak era inmortal, salvo que Sacnoth lo atacara y también que tenían necesidad de un caballero que las protegiera de los lobos que corrían y corrían en derredor del revestimiento de madera durante toda la noche y que a veces irrumpían a través del roble convertido en polvo. Quizá Leothric hubiera tenido la tentación de demorarse entre ellas si hubieran sido mujeres humanas, porque era una rara belleza la suya, pero advirtió que en lugar de ojos tenían llamitas que vacilaban en sus cuencas y supo que eran los febriles sueños de Gaznak. Por tanto dijo:
Tengo una empresa entre manos en relación a Gaznak y con Sacnoth.
Y al nombre de Sacnoth, esas mujeres gritaron y las llamas de sus ojos se redujeron a una chispilla.
Y Leothric las abandonó y, abriéndose paso con Sacnoth, atravesó la puerta más alejada.
Una vez afuera sintió el aire de la noche en la cara y descubrió que se encontraba en un estrecho sendero entre dos abismos. A izquierda y derecha, hasta donde alcanzaba a ver, los muros de la fortaleza terminaban en un profundo precipicio, aunque la techumbre todavía lo cubría y ante él estaban los dos abismos llenos de estrellas porque se abrían camino de parte a parte de la Tierra y exhibían las estrellas del cielo inferior; y siguió andando entre ellos por el sendero que ascendía gradualmente y cuyos lados eran abruptos. Y más allá de los abismos, por donde el sendero ascendía hacia las cámaras más alejadas de la fortaleza, Leothric oía a los músicos que ejecutaban su melodía mágica. De modo que siguió por el sendero, que sólo tenía escasamente una zancada de anchura, esgrimiendo a Sacnoth desnuda. Y aquí y allí, por debajo de él en cada uno de los abismos, batían las alas de los vampiros que subían y bajaban alabando a Satán en su vuelo. En seguida percibió al dragón Thok que yacía en el camino fingiéndose dormido y su cola colgaba por uno de los abismos.
Y Leothric avanzó hacia él y cuando estuvo muy cerca, Thok se precipitó sobre Leothric.
Y lo hirió profundamente con Sacnoth y Thok cayó en uno de los abismos chillando; sus miembros vibraban en la oscuridad al caer y siguió cayendo hasta que su chillido no fue más alto que un silbato para luego dejar de oírse. Una o dos veces Leothric vio una estrella parpadear un instante para reaparecer nuevamente, y este eclipse momentáneo de unas pocas estrellas fue todo lo que quedó en el mundo del cuerpo de Thok. Y Lank, el hermano de Thok, que había estado echado algo más allá, vio que aquella espada debía ser Sacnoth y huyó con gran estruendo. Y todo el tiempo que avanzó Leothric entre los dos abismos la poderosa bóveda de la techumbre se extendía por sobre su cabeza llenándolo todo de lobreguez. Ahora bien, cuando llegó a divisarse el extremo más distante del precipicio, Leothric vio una cámara que se abría en innumerables arcos sobre los abismos gemelos, y los pilares de los arcos se perdían a la distancia y se desvanecían en la lobreguez de izquierda y derecha.
Allá abajo, en el oscuro precipicio en que se levantaban los pilares, vio pequeñas ventanas enrejadas, y entre las rejas aparecían por momentos para desaparecer luego, cosas de las que no hablaré.
No había otra luz allí, salvo la de las grandes estrellas australes que brillaban abajo en los abismos, y aquí y allí en la cámara entre los arcos, se movían luces furtivas sin el menor sonido de pasos.
Entonces Leothric abandonó el sendero y entró en la gran cámara.
Aun él mismo se sintió un diminuto enano al andar bajo uno de esos arcos colosales.
La última desmayada luz de la tarde entraba vacilante por una ventana que pintada con sombríos colores conmemoraba los triunfos de Satán sobre la Tierra. Emplazada alta en el muro estaba la ventana y, más abajo, las luces de las candelas se alejaron furtivas.
Otra iluminación no había, salvo el ligero fulgor azulino lanzado por el ojo de acero de Tharagavverug, que atisbaba incesante alrededor de él desde la empuñadura de Sacnoth. Pesaba en el aire de la cámara el viscoso olor de una bestia inmensa y mortal.
Leothric avanzó lentamente con la hoja de Sacnoth por delante en busca de un enemigo, y el ojo de su empuñadura vigilaba por detrás.
Nada se agitaba allí.
Si algo había que acechara por detrás de los pilares que sostenían el techo, no respiraba ni se movía.
La melodía de los músicos mágicos llegaba desde muy cerca.
De pronto las grandes puertas del extremo más alejado de la cámara se abrieron a izquierda y derecha. Por un instante Leothric no vio nada que se moviera y aguardó empuñando a Sacnoth. Luego sobre él avanzó Wong Bongerok con fuerte respiración.
Éste era el último y más fiel guardián de Gaznak, que justamente venía de babosear la mano de su amo.
Más como a un niño que como a un dragón tenía Gaznak costumbre de tratarlo, ofreciéndole a veces de su propia mano, tiernos trozos de hombre humeante de su mesa.
Largo y bajo era Wong Bongerok, en sus ojos relucía la sutileza, de su fiel pecho lanzaba maligno aliento contra Leothric y detrás de él rugía la armería de su cola, como cuando los marineros arrastran las cadenas del ancla por el muelle.
Y bien sabía Wong Bongerok que se enfrentaba ahora con Sacnoth, pues había sido su costumbre profetizar para sí calladamente durante largos años mientras yacía enrollado a los pies de Gaznak.
Y Leothric se internó en la ráfaga de su aliento y levantó a Sacnoth para asestar el golpe.
Pero cuando Sacnoth estuvo en lo alto, el ojo de Tharagavverug en su empuñadura vio al dragón y percibió su sutileza.
Porque abrió grande la boca revelándole a Leothric las filas de sus dientes de sable y sus encías de cuero se inflamaron. Pero mientras Leothric amagaba a herirlo en la cabeza, lanzó hacia adelante como un escorpión su cola blindada. Y todo esto percibió el ojo de la empuñadura de Sacnoth, que avanzó repentinamente de lado. No con el filo asestó Sacnoth su golpe porque, de haberlo hecho así, el extremo seccionado de la cola habría continuado su ataque, como un pino que la avalancha hubiera lanzado de punta desde el risco habría atravesado el ancho pecho de un montañés. Lo mismo le habría sucedido a Leothric; pero Sacnoth asestó su golpe de lado, con el plano de su hoja y lanzó la cola zumbando por sobre el hombro izquierdo de Leothric; y raspó su armadura al pasar y dejó en ella un surco. De lado atacó entonces la cola frustrada de Wong Bongerok a Leothric y Sacnoth la paró y la cola salió disparada chillando ante la hoja por sobre la cabeza de Leothric. Entonces Leothric y Wong Bongerok lucharon espada contra diente y la espada hirió como sólo Sacnoth puede hacerlo y la maligna vida fiel de Wong Bongerok escapó por la ancha herida abierta.
Entonces Leothric dejó atrás el cadáver del monstruo, cuyo cuerpo blindado todavía se estremecía un tanto. Por un momento fue como todas las rejas de arado que trabajan juntas en un campo tras caballos cansados y empeñosos; luego el estremecimiento cesó y Wong Bongerok quedó allí tieso, víctima de la futura herrumbre.
Y Leothric avanzó hacia los portales abiertos y Sacnoth fue goteando en silencio a lo largo del suelo.
Por los portales abiertos a través de los que Wong Bongerok había hecho su entrada, Leothric llegó a un corredor que llenaban los ecos de la música. Este fue el primer lugar en el que Leothric pudo ver algo por sobre su cabeza, porque hasta aquí los techos habían ascendido a alturas de montaña y se había extendido indistintos en la lobreguez. Pero a lo largo del estrecho corredor colgaban enormes campanas muy bajo y cerca de su cabeza, y el ancho de cada una de las campanas de bronce era de pared a pared y se encontraban una detrás de la otra. Y al pasar bajo cada una de ellas, la campana sonaba y su voz era luctuosa y profunda, como la voz de una campana que se dirige a un hombre por última vez cuando éste acaba de morir. Cada una de las campanas sonaba una vez al pasarle Leothric por debajo y sus voces clamaban solemnes y distintas a intervalos ceremoniales. Porque si caminaba lentamente, estas campanas se aproximaban entre sí, y cuando aceleraba el paso, se alejaban la una de la otra, Y los ecos de cada una de las campanas que doblaban fúnebres por sobre su cabeza, se le adelantaban susurrándose entre sí. Una vez, al haberse él detenido, sonaron discordantes y enfadadas hasta que él volvió a ponerse en marcha.
Por entre estas notas lentas y ominosas, llegaba el sonido de los ejecutantes mágicos. Ahora estaban tocando una endecha sumamente luctuosa.
Por último Leothric llegó al final del Corredor de las Campanas y vio allí una pequeña puerta negra. Y todo el corredor por detrás de él estaba lleno de los ecos del toque de difuntos y todos musitaban entre sí acerca de la ceremonia; y la endecha de los músicos llegaba flotando entre ellos como una procesión de refinados huéspedes extranjeros, y todos ellos auguraban el mal de Leothric..
La puerta negra se abrió al instante ante la mano de Leothric y éste se encontró al aire libre en un amplio patio cubierto de mármol. Por sobre él, muy alto, brillaba la luna, convocada allí por obra de Gaznak.
Allí estaba Gaznak dormido y alrededor de él se encontraban sus ejecutantes mágicos que tocaban instrumentos de cuerdas. Y aun dormido Gaznak vestía una armadura y sólo sus muñecas, su cara y su cuello estaban al descubierto.
Pero la maravilla de ese lugar eran los sueños de Gaznak; porque más allá del amplio patio dormía un abismo oscuro, dentro del abismo se vertía la blanca cascada de una escalinata de mármol que se ensanchaba más abajo para formar terrazas y balcones poblados de bellas estatuas blancas, y volvía a descender luego como ancha escalinata que llegaba a terrazas inferiores en la oscuridad donde malignas formas inciertas iban y venían. Todo esto eran los sueños de Gaznak, que, salidos de su mente y convertidos en mármol resplandeciente, pasaban por sobre el borde del abismo mientras los músicos tocaban. Y durante todo el tiempo de la mente de Gaznak, arrullada por esa extraña música, surgían chapiteles y pináculos hermosos y esbeltos que ascendían al cielo. Y los sueños de mármol se movían lentamente junto con la música. Cuando las campanas doblaban a muerto y los músicos tocaban la endecha, horribles gárgolas aparecieron de pronto por sobre los chapiteles y los pináculos y grandes sombras descendieron de prisa por las terrazas y los escalones y hubo un ansioso susurro en el abismo.
Cuando Leothric entró por la puerta negra, Gaznak abrió los ojos. No miró a izquierda ni a derecha, pero estuvo en pie de inmediato frente a Leothric.
Entonces los músicos tocaron un hechizo de muerte en sus cuerdas y un susurro cantante surgió de la hoja de Sacnoth al hacer ésta el hechizo a un lado. Cuando Leothric no cayó por tierra y oyeron el susurro de Sacnoth, los músicos se pusieron apresuradamente en pie y huyeron, todos plañideros, por sobre sus cuerdas.
Entonces Gaznak desenvainó gritando su espada que era la más poderosa del mundo con excepción de Sacnoth, y avanzó lentamente sobre Leothric; y se sonreía al andar a pesar de que sus propios sueños le habían predicho su condenación. Y cuando Leothric y Gaznak estuvieron cerca el uno del otro, se miraron entre sí y ninguno de los dos habló; pero se atacaron a la vez y sus espadas se encontraron; y cada una de las espadas conocía a la otra y también conocía cuál era su origen. Y cada vez que la espada de Gaznak golpeaba la hoja de Sacnoth, esta rebotaba resplandeciente, como la escarcha de un techo de tejas; pero cuando caía sobre la armadura de Leothric, la despojaba de sus escamas. Y sobre la armadura de Gaznak, Sacnoth caía frecuente y furiosa, pero siempre volvía rugiente sin dejar marca detrás; y mientras Gaznak se debatía, mantenía en alto la mano izquierda revoloteando cerca de la cabeza. En seguida Leothric dio con justeza y fiereza contra el cuello de su enemigo, pero Gaznak, cogiendo su propia cabeza por los cabellos, se la levantó en alto, y Sacnoth zumbó por el espacio vacío. Entonces Gaznak volvió a ponerse la cabeza en su lugar sobre el cuello y todo el tiempo luchó ágilmente con su espada; y una y otra vez Leothric atacó con Sacnoth el cuello barbado de Gaznak y siempre la mano izquierda de éste fue más veloz que el ataque, y la cabeza ascendía y la espada le pasaba por debajo en vano.
Y la sonora lucha continuó hasta que la armadura de Leothric estaba esparcida alrededor de él por el suelo y el mármol estaba salpicado de su sangre; y la espada de Gaznak estaba mellada como una sierra por sus encuentros con la hoja de Sacnoth. Sin embargo Gaznak resistía ileso y sonreía todavía.
Por fin Leothric miró el cuello de Gaznak y le apuntó con Sacnoth y una vez más Gaznak se levantó la cabeza por los cabellos; pero no a su cuello fue a parar Sacnoth, porque Leothric le hirió en cambio la mano levantada y a través de la muñeca pasó Sacnoth zumbando como atraviesa una guadaña el tallo de una única flor.
Y sangrante la mano segada cayó al suelo, y en seguida la sangre fluyó de los hombros de Gaznak y goteó de la cabeza derribada, y los altos pináculos cayeron por tierra, las amplias y hermosas terrazas se fueron rodando y el patio se desvaneció como el rocío; y sopló el viento y las columnas cayeron y todos los colosales recintos de Gaznak se derrumbaron. Y los abismos se cerraron de pronto como se cierra la boca de un hombre que acaba de relatar un cuento y por siempre no ha de volver a hablar.
Entonces Leothric miró alrededor de sí los marjales donde la niebla nocturna se estaba disipando, y no había ya fortaleza ni sonido de dragón o mortal; sólo había junto a sí un hombre tumbado marchito, envilecido y muerto, con la cabeza y la mano segados de su cuerpo.
Y lentamente por sobre las anchas tierras ascendía el alba, siempre creciente en belleza como la nota de un órgano que toca una mano maestra, más y más alta y más y más hermosa a medida que el alma del maestro se anima, para dar por fin alabanza con toda su poderosa voz.
Entonces los pájaros cantaron y Leothric volvió a su casa, abandonó los marjales, llegó al bosque oscuro y la luz del alba ascendente le iluminó el camino. Y llegó a Allathurion antes del mediodía; llevaba consigo la agostada cabeza maligna y la gente se regocijó por haber cesado las noches perturbadas.
Esta es la historia de cómo fue vencida La Fortaleza Invencible, Salvo que Sacnoth la Ataque y de su desaparición, tal como la cuentan y la creen los enamorados de los místicos días de antaño.
Otros han dicho y vanamente pretenden haber probado que Allathurion padeció de una fiebre que luego se alivió; y que esa misma fiebre llevó a Leothric a los marjales de noche e hizo que allí soñara y actuara violentamente con una espada.
Y otros, en fin, dicen que nunca existió la ciudad de Allathurion y nunca vivió nadie de nombre Leothric.
La paz sea con ellos. El jardinero ha recogido estas hojas de otoño. ¿Quién volverá a verlas o tendrá conocimiento de ellas? Y ¿quién ha de decir lo ocurrido en los días de antaño?

Robert Ervin Howard: Un Recuerdo -- H. P. Lovercraft






Robert Ervin Howard: Un Recuerdo
H. P. Lovercraft


La repentina e inesperada muerte el 11 de junio de 1936 de Robert Ervin Howard, autor de escritos fantásticos de incomparable vivacidad, constituye la peor pérdida sufrida por la literatura de lo sobrenatural desde la desaparición hace cuatro años, de Henry S. Whitehead.
El señor Howard nació en Peaster, Texas, el 22 de enero de 1906, y tenía la edad suficiente como para haber presenciado la última fase de las exploraciones de los pioneros del sudoeste, la colonización de las grandes llanuras y la parte inferior del valle del Río Grande, y la espectacular ascensión de la industría petrolera con sus abigarradas ciudades relámpago. Su padre, el cual le sobrevive, fue uno de los médicos pioneros de la región. La familia ha vivido en el sur, al este y al oeste de Texas y en la parte occidental de Oklahoma; durante los últimos años vivió en Cross Plains, cerca de Brownwood, Texas. Educado en la atmósfera de la frontera, Howard no tardó en llegar a ser todo un devoto de sus viriles tradiciones homéricas. El conocimiento que tenía de su historia y sus costumbres populares era muy profundo, y las descripciones y reminiscencias que contienen sus cartas privadas ilustran la elocuencia y la fuerza con las que habría llegado a conmemorarlas literariamente de haber vivido más tiempo. La familia del señor Howard pertenece a una distinguida raigambre de plantadores sureños, de descendencia escocesa-irlandesa, con la mayoría de sus antepasados establecidos en Georgia y Carolina del Norte en el siglo XVIII.
Habiendo empezado a escribir a los quince años, el señor Howard logró colocar su primer relato tres años después, mientras estudiaba en el Howard Payne College, en Brownwood. Este relato, «Spear and Fang» [Lanza y Colmillo], fue publicado en Weird Tales en julio de 1925. Una fama más amplia le granjeo la aparición de la novela corta «Wolfshead» [Cabeza de Lobo], en la misma revista, en abril de 1926. En agosto de 1928 dió comienzo a la serie de relatos en los que aparece Solomon Kane, un puritano inglés de combatividad incansable y acostumbrado a enderezar entuertos, cuyas aventuras le llevan a lugares extraños del mundo, incluyendo las ruinas llenas de sombras de ignotas ciudades primordiales de la jungla africana. Con estos relatos, el señor Howard dio con el que iba a ser uno de sus logros más efectivos, la descripción de vastas ciudades megalíticas del mundo primigenio, alrededor de cuyas oscuras torres y bóvedas laberínticas perdura un aura de miedo prehumano y nigromancia que ningún otro escritor ha logrado imitar. Dichas historias indicaron también el desarrollo de ese arte entusiástico en la descripción de combates sanguinarios que llegó a ser tan típica de su obra. Solomon Kane, como otros varios héroes del autor, fue concebido durante su adolescencia antes de que lo incorporará  a relato alguno.
Durante toda su vida ávido estudioso de la antigüedad celta y otras fases de la más remota historia, el señor Howard dió inicio en 1929 (con «The Shadow Kingdom» [El Reino de las Sombras], en el número de agosto de Weird Tales) a esa sucesión de relatos sobre el mundo prehistórico por la que muy pronto llegó a ser tan famoso. Las primeras muestras describían una epoca muy distante en la historia del hombre, cuando Atlantis, Lemuria y Mu se hallaban aún sobre las olas y cuando las sombras de los hombres-serpiente prehumanos dominaban el escenario primigenio. La figura central de estos relatos era el rey Kull de Valusia. En el Weird Tales de diciembre de 1932 apareció «The Phoenix on the Sword» [El Fénix en la Espada], el primero de los relatos del rey Conan el Cimmerio, que presentaba un mundo prehistórico posterior, un mundo hace quizá  unos 15.000 años, inmediatamente antes de los primeros destellos de la historia escrita. La elaborada medida y la precisa coherencia intrínseca con la que el señor Howard desarrolló el mundo de Conan en sus relatos posteriores es algo bien conocido por todos los lectores de fantasía. Para guía propia preparó un detallado esbozo casi-histórico de una inteligencia y fertilidad imaginativa infinitas.
Mientras tanto, el señor Howard había escrito muchos relatos sobre los antiguos pictos y los celtas, incluyendo una serie muy notable que giraba alrededor del jefe Bran Mak Morn. Pocos lectores llegarán a olvidar nunca el horrible y avasallador poder de esa obra maestra de lo macabro, «Worms of the Earth» [Gusanos de la Tierra], aparecida en el Weird Tales de noviembre de 1932. Fuera de las series interconectadas existen otras historias llenas de fuerza, incluyéndose entre ellas la memorable novela por entregas «Skull-Face» [Rostro de Calavera], y algunos inolvidables relatos situados en un ambiente moderno, como «Black Canaan» [Canaan Negro], con su telón de fondo regional lleno de autenticidad y su poderosamente absorbente imágen del horror que acecha a través de los pantanos del profundo sur norteamericano, llenos de sombras malditas, infestados de serpientes, convertidos en impenetrables por el musgo.
Fuera del campo de la fantasía, el señor Howard era sorprendentemente prolífico y versátil. Su gran interés por los deportes (algo conectado quizá  por el conflicto y la fortaleza de lo primitivo) le llevo a crear a su héroe, el boxeador profesional «Marinero Steve Costigan», cuyas aventuras en lugares lejanos y exóticos deleitaron a los lectores de muchas revistas. Sus novelas cortas sobre combates en el Oriente demostraron hasta el máximo su dominio del romanticismo a capa y espada, en tanto que sus cuentos cada vez más frecuentes sobre la vida en el oeste (tales como las series de «Breckinridge Elkins») mostraban su creciente habilidad e inclinación a reflejar los lugares con los que se hallaba directamente familiarizado.
La poesia del señor Howard (extraña, belicosa y aventurera) no era menos notable que su prosa. Poseía el auténtico espíritu de la balada y la épica, y se hallaba marcada por el latido de la rima y una poderosa imaginería del temple más inconfundible y personal. La mayor parte de ella, en forma de supuestas citas de viejos escritos, sirvió para encabezar los capítulos de sus novelas. Es lamentable que no haya aparecido nunca publicada una recopilación de su poesía, y es de esperar que tales obras sean recopiladas y publicadas de modo póstumo.
El carácter y las dotes del señor Howard eran absolutamente únicos. Era, por encima de todo lo demás, un amante del mundo más sencilo y antiguo de los bárbaros, y de la época de los pioneros, cuando el coraje y la fortaleza ocupaban el lugar de la sutileza y la estratagema, y cuando una raza osada y carente de todo temor batallaba y sangraba, sin pedirle cuartel a la naturaleza hostil. Todos sus relatos reflejan su filosofía, haciendo derivar de ella una vitalidad que puede hallarse en muy pocos de sus contemporáneos. Nadie más que él podía escribir de modo más convincente acerca de la violencia y las matanzas, y sus pasajes bélicos relevan una aptitud instintiva para las tácticas militares que podrían haberle llevado a distinguirse en tiempos de guerra. Sus verdaderos dones eran aún más elevados que los que se pueden llegar a sospechar los lectores de sus obras publicadas, y, de haber vivido, le habrían ayudado a dejar su huella en la más seria de las literaturas, con alguna obra de épica popular acerca de su amado suroeste.
Es difícil describir lo que hizo destacar con tal agudeza a las historias del señor Howard; pero el auténtico secreto radica en que en cada una de ellas está  él mismo, ya fueran ostensiblemente comerciales o no. Él era más grande que cualquier política para obtener beneficios que pudiese llegar a adoptar, pues incluso cuando de puertas afuera hizo concesiones a los editores guiados por Mammón y a los críticos comerciales, poseía una fortaleza y una sinceridad que llegaban a aflorar en la superficie y que ponían la huella de su personalidad en todo lo que escribió. Rara vez, si es que hubo alguna, creó un personaje o una situación corrientes, sin vida, y los dejó como tales. Antes de que hubiese terminado con ellos, siempre adquirían algún matiz de vitalidad y de realidad a pesar de la política editorial de las publicaciones populares..., siempre sacaban algo de su propia experiencia y conocimiento de la vida en vez de hacerlo del estéril herbario de los lugares comunes resecos de la literatura «pulp». No sólo sobresalía en las imágenes de contienda y masacre, sino que se hallaba casi igualmente sin rival en su habilidad para crear auténticas emociones de miedo espectral y terrible suspense.
Ningún autor, ni en los campos más humildes, puede llegar realmente a descollar a menos que se tome muy en serio su trabajo, y el señor Howard hizo exactamente eso hasta en los casos en los que, conscientemente, pensó no hacerlo. Que tan genuino artista haya perecido, en tanto que centenares de escritorzuelos sin la más mínima sinceridad siguen fabricando fantasmas espúreos, vampiros, naves espaciales y detectives ocultistas, es, ciertamente, una muestra lamentable de ironía cósmica.
El señor Howard, familiarizado con muchos aspectos del vida del sudoeste, vivía con sus padres en una zona semirural del pueblo de Cross Plains, en Texas. Escribir era su única profesión. Sus gustos en cuanto a lectura eran amplios e incluían investigaciones históricas en campos tan dispares como el suroeste, la Gran Bretaña prehistórica, amén de Irlanda, y el mundo prehistórico oriental y africano. En la literatura prefería lo viril a la sutileza, y repudiaba el modernismo de modo devastador y absoluto. El difunto Jack London era uno de sus ídolos. En lo político era liberal, y un acérrimo enemigo de toda forma de injusticia cívica. Sus diversiones básicas eran los deportes y viajar, diversión esta última que siempre daba pie a deliciosas cartas descriptivas llenas de reflexiones históricas.
El humor no era su especialidad, aunque poseía, por un lado, un agudo sentido de la ironía, y, por otro, estaba dotado de abundantes provisiones de cordialidad, alegría y jovialidad. Aunque poseía numerosos amigos, el señor Howard no pertenecía a ninguna capilla literaria y aborrecía todos los cultos centrados en torno a la afectación «artística». Sus admiraciones se dirigían más bien hacia la fortaleza del cuerpo y el carácter que hacia las proezas eruditas. Mantenía una interesante y voluminosa correspondencia con sus colegas escritores del campo fantástico, pero no llegó a encontrarse más que con uno de ellos en persona, E. Hoffmann Price, cuyos logros y talento le impresionaron profundamente.
El señor Howard medía casi un metro ochenta y tres centímetros, y poseía la impresionante estructura de un luchador nato. Era muy moreno, salvo en sus ojos, azules de tipo céltico. Y en los años más recientes su peso oscilaba siempre alrededor de los noventa kilos. Siempre seguidor de una vida esforzada y llena de pruebas, a menudo hacía recordar a su propio y famoso personaje, el intrépido guerrero, aventurero y conquistador de tronos por la fuerza, Conan el Cimmerio.
Su pérdida, a los treinta años de edad, es una tragedia de primera magnitud, y un golpe del que la ficción fantástica tardará en recobrarse. La biblioteca del señor Howard ha sido cedida al Howard Payne College, donde formará el núcleo de la colección de libros, manuscritos y cartas Memorial Robert E. Howard.

EL OJO SIN PARPADO -- Philaréte Chasles





EL OJO SIN PARPADO
(L'oeil sans paupière, 1832)

                                                                               Philaréte Chasles

 «¡HALLOWE'EN!, ¡Hallowe'en!, gritaban todos.» ¡Ésta es la noche santa, la gran noche de los skelpies y de las hadas! Carrick, y tú, Colean, ¿venís? Están ya todos los de Carrick‑Border, y van a venir nuestra Meg y nuestra Jeannie. Vamos a llevar las cantimploras llenas de whisky del bueno, cerveza espumosa y parritch bien espeso. Hace buen tiempo y va a salir la luna; amigos, las ruinas de Cassilis no habrán conocido una fiesta más alegre.
 Así hablaba Jock Muirland, un granjero viudo, pero todavía joven. Como la mayoría de los campesinos escoceses, era medio teólogo y medio poeta, gran bebedor y, sin embargo, sobrio y trabajador.
 Murdock, Will Lapraik y Tom Duckat estaban a su alrededor, la conversación se desarrollaba muy cerca de la aldea de Cassilis. Seguramente no sabéis qué es Hallowe'en: es la noche de las hadas, y tiene lugar hacia medidados de agosto. En esta noche se consulta al brujo de la aldea, y todos los espíritus traviesos bailan por los páramos, atraviesan los campos cabalgando los ténues rayos de luna. Se trata del carnaval de los espíritus y de los duendes. No hay cueva ni peñasco que no celebre su fiesta y su baile; no hay flor que no se estremezca al soplo de una ninfa; no hay mujer que no cierre cuidadosamente la puerta, para que los spunkies no roben los alimentos del día siguiente, ni estropeen con sus travesuras la comida de los niños, que duermen abrazados en la misma cuna.
 Así era aquella noche solemne, tejida de caprichosa fantasía y un secreto temor que subía por las colinas de Cassilis.
 Imaginad un terreno montañoso, ondulado como el mar, y las numerosas colinas tapizadas de verde y brillante musgo; a lo lejos, sobre un picacho escarpado, las murallas almenadas de un castillo en ruinas, cuya capilla, ya sin techo, se ha conservado casi entera y eleva aún al cielo raso las esbeltas pilastras frágiles como las ramas de los árboles en invierno. En toda la zona la tierra es estéril. La dorada retama sirve de refugio a las liebres y la roca aparece desnuda hasta donde alcanza la vista. El hombre, que sólo percibe el poder supremo ante la desolación y el temor, mira estas tierras marcadas por el sello de la Divinidad. La inmensa y fecunda benevolencia del Altísimo nos inspira poca gratitud: sólo respetamos su severidad y sus castigos.
 Ya bailaban los spunkies sobre la hierba de Cassilis y la luna salía, grande y roja, tras la vidriera rota del portón de la capilla.
 Parecía suspendida, como un rosetón escarlata sobre el que se recortaba la silueta de un pequeño trébol de piedra mutilada. Los spunkies bailaban.
 ¡EI spunkie!
 Una mujer, blanca como la nieve, de largos cabellos resplandecientes. Las bellas alas, compuestas y sostenidas por fibras menudas y elásticas, no nacen de su espalda, sino de sus brazos, a cuyo perfil se adaptan. El spunkie es hermafrodita; tiene el rostro femenino y la grácil y delicada elegancia de la pubertad viril. El spunkie sólo va vestido con sus alas; tejido fino y ligero, mullido y compacto, impenetrable y liviano, como las alas del murciélago. Un velo oscuro, difuminado de púrpura y azul tornasolado, brilla sobre este vestido natural, que se repliega alrededor del spunkie cuando descansa comu los pliegues de la bandera en torno al asta que la sostiene. Largos filamentos, brillantes como el acero bruñido, sustentan esos amplios velos en los que el spunkie se envuelve; sus extremidades están armadas por uñas de acero. ¡Ay de la mujer que se aventura, al caer la tarde, por los pantanos o los bosques donde se esconde el spunkie!
 Ya danzaban los spunkies a orillas del Doon, cuando la alegre comitiva ‑mujeres, niños, jovencitas‑ se acercó. Los duendes desaparecieron al instante. Sus grandes alas, desplegadas al unísono, oscurecieron el aire, cual una bandada de pájaros que de golpe alzase el vuelo de entre los cañaverales. Por un instante, el claro de luna se oscureció; Muirland y sus acompañantes se detuvieron.
 ‑Tengo miedo ‑gritó una muchacha.
 ‑Tonterías ‑contestó el granjero‑. Son ánades silvestres que salen volando.
 ‑Muirland ‑le dijo el joven Colean con tono de reproche‑ tú acabarás mal; no crees en nada.
 ‑Quememos las nueces y casquemos las avellanas ‑continuó Muirland, sin atender al reproche del compañero. Sentémonos aquí mismo y abramos las cestas. Aquí hay un buen abrigo: la roca nos cubrirá y el prado nos ofrece un suave lecho. El mismo Satanás habrá de turbar mis meditaciones al calor de la bebida.
 ‑Pero podrían encontrarnos los bogillies y los brownillies ‑observó tímidamente una jovencita.
 ‑¡Que se los lleve el cranreuch! ‑contestó Muirland. ¡Rápido Lapraik, enciende un fuego de ramas y hojarasca junto a la roca; calentaremos un poco de whisky; y si las mozas quieren saber qué marido les tiene reservado el buen Dios o el Diablo, tenemos con qué contentarlas. Bome Lesley nos ha traído espejos y avellanas, semillas de lino, platos y manteca. Lasses, eso es todo lo que necesitáis para vuestras ceremonias, ¿no es así?».
 ‑Sí, sí ‑respondieron las muchachas.
 ‑Pero, antes de nada, bebamos ‑continuó el granjero, quien, por su carácter autoritario, su patrimonio, su bodega bien surtida, su granero repleto y su habilidad como agricultor, había adquirido cierta autoridad en la zona.
 Es hora de que sepáis, amigos, que de todos los países del mundo aquel en donde las clases inferiores tienen al mismo tiempo una mayor cultura y la mayor cantidad de supersticiones, es Escocia. Preguntádselo, si no, a Walter Scott, el insigne escocés que debe su grandeza a la facultad, recibida de Dios, de representar simbólicamente el carácter y el humor nacionales. En Escocia se cree en todo tipo de duendes y en las cabañas se discute de filosofía.
 La noche de Hallowe'en está consagrada sobre todo a la superstición. Las gentes se reúnen para desvelar los misterios del porvenir. Los ritos que se practican con este objeto son bien conocidos e inalterables: no existe culto más riguroso en la observancia de sus prácticas. Y esta ceremonia llena de interés, donde cada uno es al mismo tiempo sacerdote y hechicero, era la meta de la excursión y la diversión nocturna a la que se dirigían los habitantes de Cassilis. Esta rústica magia tiene un encanto indescriptible. Descansa, por así decirlo, en el límite impreciso entre poesía y realidad; se comunica con los poderes infernales sin abandonar enteramente a Dios; los objetos más vulgares se transforman en sagrados y mágicos; con una espiga de grano y una hoja de sauce se crean esperanzas y temores.
 Quiere la tradición que los hechizos de Hallowe'en empiecen cuanto las campanas tocan la medianoche; es la hora en que la atmósfera se llena de seres sobrenaturales, y en la que no sólo los spunkies, actores principales del drama, sino todas las huestes mágicas de Escocia, vienen a tomar posesión de sus dominios.
 Nuestros campesinos reunidos desde las nueve, pasaron el tiempo bebiendo, cantando las viejas y encantadoras baladas, en las que el lenguaje melancólico e ingenuo se entrelaza armoniosamente con el ritmo cadencioso, en una melodía que desciende a caprichosos intervalos de cuarta, con un singular empleo del cromatismo. Las jovencitas, con sus plaids multicolores, con sus impecables vestidos de lana; las mujeres sonrientes; los niños, con la hermosa cinta roja anudada a la rodilla, que les sirve de liga y de ornamento; los jóvenes, cuyos corazones latían cada vez más aprisa, conforme se acercaba el momento misterioso en el que el destino sería interrogado; uno o dos ancianos, a los que la sabrosa cerveza devolvía la alegría de la juventud: todos formaban un grupo encantador, que Wilkie hubiera retratado con gozo y que hubiese alegrado las almas sensibles de Europa, sumidas en tantas tribulaciones y afanes, con la jovialidad de un sentimiento verdadero y profundo.
 Muirland se entregaba como ningún otro a la ruidosa alegría que subía burbujeante como la densa espuma de las cervezas y que se comunicaba a todos los demás.
 Era una de esas criaturas a las que la vida no consigue domar, uno de esos hombres de inteligencia enérgica que luchan contra viento y marea. Una mozuela del condado, que había unido su destino al de Muirland, murió al dar a luz después de dos años de matrimonio, y Muirland había jurado no volver a casarse jamás. Nadie en la vecindad ignoraba la causa de la muerte de Tuilzie: los celos de Muirland. Tuilzie, frágil y aún casi una niña, tenía apenas dieciséis años cuando se casó con el granjero. Le amaba, pero no conocía su carácter apasionado, la violencia que podía animarle, el tormento cotidiano que era capaz de infligirse a sí mismo y a los demás. Jock Muirland era celoso, y la dulce ternura de su compañera no lograba tranquilizarle. Un día, en lo más riguroso del invierno, la envió a Edimburgo para alejarla del galanteo que, supuestamente, le dedicaba un pequeño hacendado que se había empeñado en pasar el invierno en sus tierras.
 Todos sus amigos, incluso el sacerdote, le manifestaron su descontento y le reprocharon su conducta; él sólo respondía que amaba apasionadamente a Tuilzie, y que únicamente a él le correspondía juzgar qué era lo mejor para el éxito de su matrimonio. Bajo el rústico techo de la casa de Jock se escuchaban a menudo lamentos, gritos y llantos, cuyos ecos llegaban al exterior; el hermano de Tuilzie fue a ver a su cuñado para decirle que su conducta era imperdonable, pero esta iniciativa sólo dio como resultado una violenta riña. La joven iba marchitándose día tras día. Finalmente, el dolor que la consumía le arrebató la vida.
 Muirland se sumió en una profunda desesperación que duró muchos años; pero como todo pasa en esta vida y porque juró permanecer viudo, fue olvidándose poco a poco de aquella de quien había sido verdugo involuntario. Las mujeres, que durante muchos años le habían mirado con horror, habían acabado por perdonarle; y la noche de Hallowe'en lo encontró como fuera tiempo atrás: alegre, irónico, divertido, buen bebedor y narrador de magníficas historias, chistoso e intérprete de chispeantes apostillas, que mantenían despierto el buen humor y alargaban la reunión nocturna.
 Habían ya cantado todos los viejos romances épicos cuando sonaron las doce campanadas de la medianoche; y el eco de aquel tañido se propagó en la distancia. Todos habían bebido copiosamente. Había llegado el momento de los acostumbrados ritos supersticiosos. Todos, salvo Muirland, se levantaron.
 ‑Vamos a buscar el kail ‑gritaron‑, vamos a buscar el kail.
 Muchachos y muchachas se esparcieron por los campos, y fueron regresando, uno tras otro, trayendo una raíz arrancada de la tierra: el kail. Debéis arrancar de raíz la primera planta que aparezca en vuestro camino; si la raíz es recta, vuestra esposa o vuestro marido serán apuestos y cariñosos, si la raíz está retorcida, os casaréis con alguien de aspecto desagradable. Si ha quedado tierra adherida a las raíces, vuestro matrimonio será feliz y fecundo; pero si la raíz es delgada y está desnuda, vuestro matumonio no durará mucho. Podéis imaginar las explosiones de risa, el jolgorio y las burlas a que daban lugar estas indagaciones conyugales: los jóvenes se empujaban, se arrimaban unos a otros, comparando los resultados de la pesquisa; incluso los niños más pequeños tenían su raíz.
 ‑¡Pobre Will Haverel! ‑exclamó Muirland, echando una mirada a la raíz que tenía un joven en la mano‑. Tu mujer será fea; la raíz que has encontrado se parece al rabo de mi cerdo.
 Después se sentaron en círculo, y todos probaron el sabor de la raíz: una raíz amarga presagia un mal marido; una dulce, un marido tonto; y si la raíz es aromática, el esposo será de carácter agradable.
 A esta ceremonia siguió la del tap‑pickle. Las muchachas, con los ojos vendados, salen a coger tres espigas. Si alguna de las tres no tiene grano, nadie duda que el futuro marido de la joven habrá de perdonarla alguna debilidad antes de la boda. ¡Oh Nelly! ¡Nelly! A tus tres espigas les falta el tap‑pickle, y no has podido evitar las burlas. Es cierto que, justo ayer, la fause‑house, o granero, fue testigo de una larga conversación entre tú y Robert Luath.
 Muirland observaba sin participar en los juegos.
 ‑¡Las avellanas! ¡Las avellanas! ‑gritaron todos‑. Sacaron del cesto un saquito de avellanas, y todos se acercaron al fuego que habían mantenido encendido todo el tiempo. La luna brillaba resplandeciente. Cada uno cogió su avellana. Se trata de un rito célebre y venerable. Se forman las parejas, y cada avellana lleva escrito el nombre de la persona que la ha elegido; se meten en el fuego, al mismo tiempo, la avellana que lleva el nombre de la novia y la propia. Si las dos avellanas arden tranquilamente, una junto a otra, habrá una unión larga y placentera; pero si al arder, estallan y se separan, habrá discordia y desunión en el matrimonio. A menudo es la muchacha quien deposita en el fuego la imagen a la que está unida su alma. ¡Y cuál no será su dolor, cuando se produce la separación, y el futuro esposo se precipita, chisporroteando, lejos de ella!
 Ya había dado la una, y los campesinos no se cansaban de consultar los místicos oráculos. El temor y la fe que los acompañaban revestían los conjuros de un embrujo desconocido. Los spunkies empezaban a moverse de nuevo por entre los juncos. Las muchachas temblaban. La luna, ya alta en el cielo, se escondió tras una nube. Se llevaron a cabo la ceremonia de los guijarros, la de la vela y la de la manzana, grandes conjuros que no desvelaré. Willie Maillie, una de las jóvenes más hermosas, hundió su brazo tres veces en las aguas del Doon, exclamando: «Mi futuro esposo, mi desconocido marido, ¿dónde estás? Aquí tienes mi mano.» Tres veces repitió el conjuro, y entonces la oyeron lanzar un grito.
 ‑¡Ay, pobre de mí! ¡El spunkie me ha cogido la mano! ‑gritó‑. Todos se acercaron atemorizados; sólo Muirland no sentía miedo. Maillie mostró su mano ensangrentada; los jueces, de ambos sexos, cuya larga experiencia les convertía en hábiles intérpretes de las señales mágicas, declararon sin vacilar que los arañazos no habían sido causados, como sostenía Muirland, por las espinosas puntas de los juncos, sino que el brazo de la joven portaba la marca de la afilada garra del spunkie. Y todos reconocieron que aquello significaba que la sombra de un marido celoso había de pesar sobre el futuro de Maillie. El granjero viudo había bebido, quizá, un trago de más.
 ‑¡Celoso! ‑exclamó‑, celoso!
 Le parecía advertir en la declaración de los compañeros una malévola alusión a su desgracia.
 ‑Yo ‑continuó vaciando de un trago una cantimplora llena de whisky hasta el borde‑, preferiría mil veces casarme con el spunkie que volverme a casar otra vez. Sé lo que es vivir encadenado; tanto valdría vivir prisionero en una botella con una mona, un gato o el verdugo por compañero. Yo tenía celos de mi pobre Tuilzie; quizá estaba equivocado; pero decidme, ¿cómo habría podido no tenerlos? ¿Qué mujer no debe ser continuamente vigilada? No dormía por las noches; no la dejaba un momento sola durante el día; no cerraba los ojos ni un momento. El negocio de la granja marchaba mal; todo se desmoronaba. La misma Tuilzie languidecía ante mis ojos. ¡Que se lo lleve el diablo, al matrimonio!
 Algunos reían; otros guardaban silencio escandalizados. Todavía quedaba el último y más temible de los conjuros: la ceremonia del espejo.
 Sosteniendo una vela en la mano, uno debe colocarse ante un pequeño espejo; se sopla tres veces sobre el cristal y se seca otras tantas, repitiendo: «Aparece, marido mío», o bien, «Aparece, esposa mía.» Entonces, por encima del hombro de quien interroga al destino aparece una figura, que se refleja claramente en el espejito: es la de la esposa o la del marido así invocado.
 Nadie, tras lo sucedido a Maillie, se atrevía a desafiar de nuevo a las potencias sobrenaturales. El espejo y la vela estaban ya preparados; pero nadie parecía tener la intención de utilizarlos. Se escuchaba el murmullo del Doon por entre los cañaverales. La larga cinta de plata, que temblaba sobre las aguas a lo lejos, parecía, a los ojos de los aldeanos, el rastro centelleante de los spunkies, o el de los espíritus de las aguas; la yegua de Muirland, la pequeña yegua de los Highlands de cola negra y pecho blanco, relinchaba con todas sus fuerzas, delatando así la proximidad de un espíritu maligno. El viento se volvía helado y los tallos de los juncos se agitaban con un largo y triste susurro; las mujeres empezaron a hablar del regreso, y no escatimaron buenas razones, ni reproches para los maridos y hermanos, ni advertencias sobre la salud de los padres; en fn, toda esa elocuencia doméstica a la que nosotros, reyes de la naturaleza y del mundo, nos sometemos con facilidad.
 ‑¡Y bien! ¿Quién de vosotros se atreve con el espejo? ‑exclamó Muirland.
 No hubo respuesta.
 ‑Bien poco valor tenéis ‑continuó el granjero‑. Os echáis a temblar con los sauces en cuanto sopla un poco el viento. Yo ‑bien lo sabéis‑ no me quiero volver a casar, porque quiero dormir, y mis párpados se niegan a cerrarse cuando estoy casado; así que no puedo empezar el conjuro. Lo sabéis tan bien como yo.
 Pero finalmente, puesto que nadie quería coger el espejo, Jock Muirland se hizo cargo de él.
 «Os daré ejemplo», y sin vacilar, agarró el espejo; encendieron una vela, y Muirland pronunció valerosamente las palabras del conjuro.
 «Aparece, pues, esposa mía.»
 De pronto, una pálida imagen, de cabellos rubios resplandecientes, apareció por encima de su hombro. Muirland se sobresaltó; se volvió, por si hubiera alguna joven detrás de él para simular la aparición. Pero ninguna había simulado al espectro; el espejo se deslizó de sus manos y se rompió; pero detrás de su hombro aparecía aún el rostro blanco de cabellera resplandeciente. Muirland lanzó un grito y cayó de bruces al suelo.
 Teníais que haber visto entonces a los habitantes de la aldea huir desordenadamente, como hojas arrastradas por el viento; en el lugar donde, poco antes, todos se habían abandonado a sus pueblerinas diversiones, no quedó nada, salvo los restos de la fiesta, el fuego casi apagado, jarros y cantimploras vacías, y Muirland tendido en el suelo. Los spunkies y su cortejo regresaban ahora en tropel, y el temporal, que ya estaba en el aire, unía a sus cánticos misteriosos, el largo ulular que los escoceses llaman de forma pintoresca, Sugh. Muirland, irguiéndose, miró una vez más sobre su hombro: allí estaba aquel rostro. Sonreía al granjero sin decir una palabra, y Muirland no conseguía descubrir si aquella cabeza pertenecía a un cuerpo, ya que sólo aparecía cuando se daba la vuelta.
 Muirland tenía la boca seca, y sentía su lengua helada pegada al paladar. Haciendo acopio de todo su valor, intentó entablar conversación con aquel ser infernal; pero en vano: sólo con ver las pálidas facciones, los encendidos rizos, le temblaba todo el cuerpo. Intentó huir, con la esperanza de librarse de la aparición. Había saltado sobre la pequeña yegua blanca, y tenía ya el pie en el estribo, cuando probó por última vez; pero el temor le venció. La cabeza estaba siempre junto a él, era su compañera inseparable. Estaba pegada a su hombro como esas cabezas sin cuerpo, cuyos perfiles los escultores góticos disponían a veces en lo alto de un pilar o en el ángulo de un cornisamento. La pobre Meg, la pequeña yegua, relinchaba con todas sus fuerzas y daba coces al aire, mostrando el mismo pánico que su dueño. Siempre que Muirland se volvía, el spunkie (era sin duda uno de aquellos moradores de las junqueras quien le perseguía), fijaba en él sus ojos brillantes de un azul profundo, sin pestañas que los oscurecieran ni párpados que velasen su insoportable resplandor.
 Muirland espoleó a la yegua, atormentado siempre por la ansiedad de saber si su perseguidora seguía todavía allí; pero ella no le abandonaba; en vano lanzaba al galope a la yegua; en vano los páramos y los cerros huían a su paso; Muirland ya no sabía por qué camino iba, ni a dónde llevaba a la pobre Meg. Una sola idea le obsesionaba: el spunkie, su compañero o mejor su compañera, porque la cabeza femenina tenía toda la malicia y toda la delicadeza de una joven de dieciocho años. Ia bóveda del cielo se cubría de espesas nubes, que parecían devorarlo poco a poco. Nunca un pobre diablo se encontró más solo en medio de los campos, en una oscuridad tan infernal. El viento soplaba como si quisiera despertar a los muertos, y la lluvia caía oblicuamente por la violencia de la tempestad. El resplandor de los relámpagos se desvanecía, devorado por las nubes de las que salían sobrecogedores bramidos. ¡Pobre Muirland!, voló tu gorra escocesa azul y roja y no osaste volver atrás a recogerla. La tempestad redobló su furia; el Doon se desbordó; y Muirland, tras haber galopado durante una hora, descubrió con gran dolor, que había regresado al punto de partida. Allí estaba, bajo sus ojos, la iglesia derruida de Cassilis, y parecía que un incendio ardía entre los restos de las viejas pilastras; las llamas salian por las rotas aperturas, y las esculturas se recortaban sobre aquel fondo lúgubre. Meg se negaba a seguir avanzando; pero el granjero, a quien le había abandonado la razón y creyendo sentir la horrible cabeza apoyada sobre su hombro, clavó con tanta fuerza las espuelas en los flancos de la pobre Meg, que ésta se desplomó, a pesar suyo, ante la violencia que se le vino encima.
 ‑Jock ‑dijo una dulce voz‑, cásate conmigo y nunca más volverás a tener miedo.
 Imaginad el profundo horror del desventurado Muirland.
 ‑Cásate conmigo ‑repitió el spunkie.
 Entretanto, huían hacia la catedral en llamas. Muirland, detenido en su carrera por los pilares mutilados y las estatuas caídas, bajó del caballo; había bebido tanto vino aquella noche, tanta cerveza y aguardiente, había galopado tanto y había vivido tantas emociones que terminó por acostumbrarse a aquel estado de misteriosa excitación: nuestro granjero entró con paso firme en la nave sin bóveda de donde salía el fuego infernal. La escena que apareció entonces ante sus ojos era nueva para él. Una figura acurrucada en medio de la nave sostenía, sobre su espalda arqueada, un vaso octogonal en el que ardía una llama verde y roja. El altar estaba dispuesto con los antiguos adornos del rito católico. Demonios de roja cabellera erizada ocupaban, de pie sobre el altar, el lugar de las velas. Todas las formas grotescas e infernales que la fantasía del pintor y del poeta hayan podido imaginar, se agolpaban, corrían y se entremezclaban en múltiples y extrañas formas. Los asientos del coro estaban ocupados por graves personajes que conservaban los hábitos propios de su rango. Pero bajo las mucetas se dibujaban manos de esqueletos, de cuyas cuencas vacías no salía luz alguna. No diré, porque el lenguaje humano no puede llegar a tanto, qué incienso quemaban en aquella iglesia, ni qué abominable parodia de santos misterios estaban representando allí los demonios. Cuarenta diablos encaramados en la antigua galería que antaño albergase el órgano de la catedral, sostenían gaitas escocesas de diferentes tamaños. Doce de ellos formaban un trono para un enorme gato negro que marcaba el compás con un maullido prolongado. La diabólica sinfonía hacía temblar las bóvedas semiderruidas, de las que caían, de vez en cuando, fragmentos de piedra. En medio de aquel tumulto estaban arrodillados algunos esbeltos skelpies, parecidos a encantadoras niñas, a no ser por sus colas, que sobresalían bajo sus hábitos blancos; y más de cincuenta skelpies, con las alas extendidas o recogidas, bailaban o reposaban. En los nichos de los santos, dispuestos simétricamente en trorno a la nave central, se abrían trumbas profanadas, de donde surgía la muerte, en su blanco sudario, sosteniendo entre sus manos el cirio fúnebre. En cuanto a las reliquias que colgaban de los muros, no me detendré a describirlas. Todos los crímenes cometidos en Escocia desde hacía veinte años estaban allí, tapizando los muros de la iglesia abandonada a los demonios.
 Ahí estaban la cuerda del ahorcado, el cuchillo del asesino, los despojos horripilantes del aborto y las huellas del incesto. Ahí estaban los corazones de los desalmados ennegrecidos por el vicio, y los blancos cabellos de una cabeza paterna aún pegados a la hoja criminal del parricida. Muirland se detuvo y se volvió; la cabeza, su compañera de camino, no había abandonado su puesto. Uno de los monstruos encargados del servicio infernal le cogió de la mano; Muirland no se resistió. Le condujo al altar; Muirland siguió a su guía. Estaba vencido, sin fuerzas. Todos se arrodillaron, y Muirland se arrodilló; entonaron entonces unos extraños cánticos pero Muirland no escuchaba nada; permaneció inmóvil, atónito, como petrificado, esperando su destino. Entretanto, los himnos diabólicos se hacían más audibles. Los spunkies, encargados de formar el cuerpo de baile, daban vueltas cada vez más frenéticas en su corro infernal; las gaitas gritaban, mugían, aullaban y silbaban con mayor vehemencia. Muirland se volvió para mirar su hombro aciago, que un huésped indeseable había elegido como residencia.
 ‑¡Ah! ‑gritó con un largo suspiro de satisfacción.
 La cabeza había desaparecido.
 Pero cuando su mirada alucinada y asustada volvió a los objetos que le rodeaban, vio con estupor junto a él, arrodillada sobre un ataúd, una jovencita cuyo rostro era el del fantasma que lo había perseguido. Un vestido de lino gris la cubría apenas hasta medio muslo. Podía entrever el escote encantador; los hombros, ocultos por sus cabellos rubios; el seno virginal, cuya belleza dejaba traslucir el liviano vestido. Muirland quedó conmovido; aquellas formas gráciles y delicadas contrastaban con las horrendas apariciones que se veían en torno a ella. El esqueleto que parodiaba la misa tomó, con sus dedos retorcidos, la mano de Muirland, y la unió a la de la joven. Muirland sintió entonces, cuando su extraña novia le apretó la mano, el tacto de la fría punzada que el vulgo arribuye a las garras del spunkie. Era demasiado para él; cerró los ojos, y sintió que se desmayaba. Vencido a medias por un desfallecimiento que luchaba por combatir, creyó adivinar a quién pertenecían las manos infernales que le volvieron a montar sobre la yegua, que le estaba esperando a las puertas de la iglesia; pero su percepción era confusa, y vagas sus sensaciones.
 Como cualquiera puede imaginar, semejante noche dejó sus huellas en Muirland; se despertó como si saliese de un letargo, y se sorprendió al comprender que estaba casado desde hacía algunos días: después de la noche de Hallowe'en había viajado a las montañas y había llevado consigo a una joven esposa, que ahora yacía junto a él, en el viejo lecho de la granja.
 Se frotó los ojos y creyó estar soñando; luego quiso contemplar a la que, sin saberlo, había elegido y que ahora era la señora Muirland. Era ya de día. ¡Qué graciosa era la esposa! ¡Qué dulce luz había en su amplia mirada! ¡Qué esplendor en aquellos ojos! Sin embargo, Muirland se sentía atrapado por la extraña luz que emanaba de aquella mirada. Se acercó a ella; para su sorpresa, su esposa ‑o así le pareció a él‑ no tenía párpados; grandes pupilas de azul profundo se dibujaban bajo el oscuro arco de las cejas, cuyo trazo era admirablemente sutil. Muirland suspiró; el recuerdo vago del spunkie, de la carrera nocturna y de la espantosa boda en la catedral, volvió de golpe a su mente.
 Observando más de cerca a su nueva esposa, le pareció descubrir en ella todos los rasgos característicos de aquel ser misterioso, aunque modificados, y algo suavizados. Los dedos de la joven eran largos y delgados; las uñas blancas y afiladas; los cabellos caían hasta el suelo. Permaneció como abstraído en una fantasía; no obstante, los vecinos le comunicaron que la familia de la joven vivía en los Highlands; que al terminar la boda había sufrido una fiebre altísima, y que no debía sorprenderse si el recuerdo de la ceremonia se había borrado de su mente, aún convalenciente; y que muy pronto se portaría mejor con la joven, ya que era graciosa, dulce y muy buena ama de casa.
 ‑Pero si no tiene párpados ‑exclamó Muirland.
 Los vecinos se reían de él y decían que la fiebre no le había abandonado todavía; nadie, salvo el granjero, advertía aquella extraña característica.
 Llegó la noche; para Muirland era su noche de bodas, ya que, hasta aquel momento, estaba casado sólo de nombre. La belleza de su esposa le había enternecido, aunque él la viese sin párpados. Se prometía, pues, una y otra vez, vencer su miedo y gozar del singular regalo que el cielo o el infierno le habían enviado.
 Pedimos ahora al lector que nos conceda las ventajas y ardides propios de la novela y de la fábula, y que nos permita omitir los detalles de los primeros acontecimientos de la noche. No diremos lo hermosa que estaba la bella Spellie (tal era el nombre de la esposa) ataviada para esa noche.
 Muirland se despertó, soñando que la luz del sol iluminaba de golpe la habitación donde estaba el lecho nupcial. Deslumbrado por los rayos ardientes, se alzó sobresaltado, y vio los ojos de su esposa fijos tiernamente en él.
 ‑¡Diablos! ‑pensó‑, dormir ahora es una verdadera ofensa a su belleza. Así pues, alejó el sueño y susurró a Spellie tiernas frases de amor, a las que la joven montañesa respondió como mejor pudo.
 Spellie no había dormido aún cuando llegó la mañana.
 ‑¿Y cómo podría dormir ‑se preguntaba Muirland‑, si no tiene párpados?
 Y su pobre mente volvía a caer en un abismo de dudas y temores.
 Salió el sol. Muirland estaba pálido y abatido. La señora Muirland tenía los ojos resplandecientes como nunca. Pasaron la mañana paseando por las orillas del Doon. La joven esposa era tan encantadora, que el marido, a pesar de la extrañeza y de la fiebre que aún tenía, no podía contemplarla sin sentir admiración.
 ‑Jock ‑le dijo ella‑, te amo como tu amabas a Tuilzie; todas las jóvenes de los alrededores me envidian; así pues, habrás de estar alerta, amor mío, porque me sentiré celosa y te vigilaré de cerca.
 Los besos de Muirland cerraron su boca; pero las noches se sucedían, y en lo más profundo de cada noche, los ojos resplandecientes de Spellie arrancaban al granjero de su sueño, el vigor de Muirland declinaba.
 ‑Pero amor mío ‑preguntó Jock a su mujer‑, ¿es que no duermes nunca?
 ‑¿Dormir yo?
 ‑Sí, dormir. Desde que estamos casados creo que no has dormido un sólo instante.
 ‑En mi familia no se duerme nunca.
 Y sus pupilas azules, parecían brillar aún más.
 ‑¡No duerme! ‑exclamó Muirland, desesperado‑. ¡No duerme!
 Y se dejó caer de nuevo, exhausto y espantado, sobre la almohada.
 ‑¡No tiene párpados, no duerme jamás! ‑repitió.
 ‑No me canso de mirarte ‑respondió Spellie‑, y te vigilaré muy de cerca.
 ¡Pobre Muirland! Los hermosos ojos de su esposa no le concedían reposo; eran, como diría el poeta, estrellas eternamente encendidas para deslumbrarlo. Se compusieron en el condado más de treinta baladas que celebraban los bellos ojos de Spellie. En cuanto a Muirland, un día desapareció. Habían transcurrido tres meses; el suplicio que había sufrido había arruinado su vida y apurado su sangre; sentía que aquella mirada de fuego le consumía. Cuando regresaba del campo, cuando permanecía en casa, cuando iba a la iglesia, siempre estaba a merced del terrible rayo resplandeciente, que penetraba hasta lo más hondo de su ser y que le sobrecogía de terror. Terminó por odiar el sol y huir del día.
 El suplicio que había destruido a la pobre Tuilzie, se había convenido en el suyo: la inquietud espiritual que había hecho de él el verdugo de su primera y joven esposa, y que los hombres llamaban celos, se había transfigurado en el ojo escrutador, imposible de eludir, que le perseguía constantemente: siempre los celos, pero transformados en imagen palpable, en el prototipo de la sospecha. Muirland abandonó la granja, abandonó sus tierras, cruzó el mar y se adentró en los bosques de América del Norte, donde muchos de sus compatriotas habían fundado pueblos y construido un hogar acogedor.
 Confiaba en que las praderas de Ohio le brindasen un asilo seguro; prefería la pobreza, la vida del colono, la serpiente oculta entre la tupida maleza, un alimento sencillo, simple e incierto, a su techo de Escocia, donde el ojo celoso y perpetuamente abierto relucía para atormentarlo. Después de pasar un año en aquellas soledades, terminó por bendecir su suerte: al menos había hallado el reposo en el seno de aquella naturaleza fecunda.
 No mantenía correspondencia con nadie, en Gran Bretaña, por temor a tener noticias de su esposa; algunas veces, en sueños, veía aún aquellos ojos sin párpados, y se despertaba sobresaltado; se aseguraba cuidadosamente de que las temibles pupilas vigilantes no estuviesen junto a él, no lo atravesasen, no lo devorasen con su luz insoportable; y entonces volvía a dormirse, feliz.
 Los Narraghansetts, una tribu que vivía por los alrededores, habían elegido como sachem, o jefe, a Massasoir, un anciano enfermizo, de carácter pacífico; Muirland se había granjeado muy pronto su afecto, regalándole el aguardiente que él sabía destilar. Massasoit cayó un día enfermo, y su amigo Muirland fue a visitarlo a su tienda.
 Imaginad un wigwam indio; una especie de choza cónica con una abertura en lo alto para dejar salir el humo; en el centro de este humilde palacio ardía un fuego; sobre las pieles de bisonte, extendidas en el suelo, yacía el viejo jefe enfermo; a su alrededor, los hombres de la tribu aullaban, gritaban y lloraban, causando tal alboroto, que no sólo no hubiera curado a un hombre enfermo, sino que habría hecho enfermar a un hombre sano. Un powam, o curandero indio dirigía el lúgubre coro y la danza; el eco retumbaba con el estruendo de aquella extraña ceremonia; era la plegaria pública, ofrecida a la divinidad local.
 Seis jóvenes daban masajes a los miembros desnudos y fríos del anciano: una de ellas, de apenas dieciséis años, lloraba. El sentido común de Muirland le hizo comprender que el único resultado de todo aquel aparato medicinal iba a ser la muerte de Massasoit; en su condición de europeo y de hombre blanco, todos le consideraban médico de nacimiento. Aprovechando la autoridad que ese título confería, hizo salir a todos aquellos hombres que gritaban, y se acercó al sachem.
 ‑¿Quién viene a mí? ‑preguntó el viejo.
 ‑Jock, el hombre blanco.
 ‑¡Oh! ‑respondió el sachem, tendiéndole la áspera mano‑. No nos veremos más, Jock.
 Jock, aunque sabía bastante poco de medicina, advirtió enseguida que el sachem padecía simplemente de indigestión; lo tomó a su cuidado y ordenó que se hiciese silencio; le impuso una dieta y le preparó un excelente potaje escocés que el viejo engulló como si se tratase de una medicina. En tres días Massasoit había vuelto a la vida; los gritos de nuestros salvajes expresaban ahora gratitud y alegría. Massasoit hizo sentar a Jock a su lado, le dio a fumar su calumet y le presentó a su hija Anauket, la más joven y bella de cuantas había visto Muirland en la tienda.
 ‑Tú no tienes una squaw ‑le dijo el viejo guerrero‑. Toma a mi hija y honra mis canas.
 Jock se estremeció; recordó a Tuilzie y a Spellie: el matrimonio nunca le había traído la felicidad. Pero, por otra parte, la joven squaw era dulce, ingenua y obediente. Además, un matrimonio en aquellas soledades reviste muy poca solemnidad: no tiene gran valor para un europeo. Jock aceptó, y la bella Anauket no le dio jamás ocasión alguna de arrepentirse de su decisión.
 Un día, el octavo desde su unión, navegaban por el Ohio, en una bella mañana de otoño. Jock llevaba su fusil de caza. Anauket, acostumbrada a estas expediciones propias de la vida en los bosques, ayudaba y servía a su marido. El tiempo era magnífico; las orillas del río ofrecían parajes deliciosos a los amantes. Jock había tenido buena caza; de repente, una pintada de espléndidas alas atrajo su atención; apuntó, la hirió, y el pájaro, herido de muerte, cayó gimiendo, en medio de la espesura. Muirland no quería perder una pieza tan magnífica; varó la canoa y corrió en busca del pájaro herido. Batió en vano muchos matorrales, pero su obstinación de escocés le empujaba siempre más hacia el corazón del bosque. Muy pronto se halló en uno de esos verdes claros naturales que se hallan en los bosques de América, rodeado de árboles de gran altura; entonces un fulgor atravesó el follaje y llegó hasta él. A Muirland le dio un vuelco el corazón: el rayo le quemaba; aquella luz insoportable le obligaba a bajar la mirada.
 El ojo sin párpado estaba allí, eternamente vigilante.
 Spellie había atravesado el océano, había encontrado el rastro de su marido y le había seguido de cerca; había mantenido su palabra, y sus celos terribles aplastaban ya a Muirland con sus justos reproches. El hombre corrió hacia el río, seguido por la mirada del ojo sin párpado; vio la onda clara y pura del Ohio y se lanzó a ella, empujado por el terror.
 Éste fue el fin de Jock Muirland, tal y como se halla en una leyenda escocesa que las viejas cuentan a su manera. Se trata de una alegoría, afirman, y el ojo sin párpado es el ojo, siempre vigilante, de la mujer celosa, el más espantoso de los suplicios.