Páginas

sábado, 9 de octubre de 2010

UN SEÑOR MUY VIEJO CON UNAS ALAS ENORMES -- GABRIEL GARCIA MARQUEZ




UN SEÑOR MUY VIEJO CON UNAS ALAS ENORMES
GABRIEL GARCIA MARQUEZ

Al tercer día de lluvia habían matado tantos cangrejos dentro de la casa, que Pelayo tuvo que atravesar su patio anegado para tirarlos al mar, pues el niño recién nacido había pasado la noche con calenturas y se pensaba que era causa de la pestilencia. El mundo estaba triste desde el martes. El cielo y el mar eran una misma cosa de ceniza, y las arenas de la playa, que en marzo fulguraban como polvo de lumbre, se habían convertido en un caldo de lodo y mariscos podridos. La luz era tan mansa al mediodía, que cuando Pelayo regresaba a la casa después de haber tirado los cangrejos, le costó trabajo ver qué era lo que se movía y se quejaba en el fondo del patio. Tuvo que acercarse mucho para descubrir que era un hombre viejo, que estaba tumbado boca abajo en el lodazal, y a pesar de sus grandes esfuerzos no podía levantarse, porque se lo impedían sus enormes alas.
Asustado por aquella pesadilla, Pelayo corrió en busca de Elisenda, su mujer, que estaba poniéndole compresas al niño enfermo, y la llevó hasta el fondo del patio. Ambos observaron el cuerpo caído con un callado estupor. Estaba vestido como un trapero. Le quedaban apenas unas hilachas descoloridas en el cráneo pelado y muy pocos dientes en la boca, y su lastimosa condición de bisabuelo ensopado lo había desprovisto de toda grandeza. Sus alas de gallinazo grande, sucias y medio desplumadas, estaban encalladas para siempre en el lodazal. Tanto lo observaron, y con tanta atención, que Pelayo y Elisenda se sobrepusieron muy pronto del asombro y acabaron por encontrarlo familiar. Entonces se atrevieron a hablarle, y él les contestó en un dialecto incomprensible pero con una buena voz de navegante. Fue así como pasaron por alto el inconveniente de las alas, y concluyeron con muy buen juicio que era un náufrago solitario de alguna nave extranjera abatida por el temporal. Sin embargo, llamaron para que lo viera a una vecina que sabía todas las cosas de la vida y la muerte, y a ella le bastó con una mirada para sacarlos del error.
- Es un ángel –les dijo-. Seguro que venía por el niño, pero el pobre está tan viejo que lo ha tumbado la lluvia.
Al día siguiente todo el mundo sabía que en casa de Pelayo tenían cautivo un ángel de carne y hueso. Contra el criterio de la vecina sabia, para quien los ángeles de estos tiempos eran sobrevivientes fugitivos de una conspiración celestial, no habían tenido corazón para matarlo a palos. Pelayo estuvo vigilándolo toda la tarde desde la cocina, armado con un garrote de alguacil, y antes de acostarse lo sacó a rastras del lodazal y lo encerró con las gallinas en el gallinero alumbrado. A media noche, cuando terminó la lluvia, Pelayo y Elisenda seguían matando cangrejos. Poco después el niño despertó sin fiebre y con deseos de comer. Entonces se sintieron magnánimos y decidieron poner al ángel en una balsa con agua dulce y provisiones para tres días, y abandonarlo a su suerte en altamar. Pero cuando salieron al patio con las primeras luces, encontraron a todo el vecindario frente al gallinero, retozando con el ángel sin la menor devoción y echándole cosas de comer por los huecos de las alambradas, como si no fuera una criatura sobrenatural sino un animal de circo.
El padre Gonzaga llegó antes de las siete alarmado por la desproporción de la noticia. A esa hora ya habían acudido curiosos menos frívolos que los del amanecer, y habían hecho toda clase de conjeturas sobre el porvenir del cautivo. Los más simples pensaban que sería nombrado alcalde del mundo. Otros, de espíritu más áspero, suponían que sería ascendido a general de cinco estrellas para que ganara todas las guerras. Algunos visionarios esperaban que fuera conservado como semental para implantar en la tierra una estirpe de hombres alados y sabios que se hicieran cargo del Universo. Pero el padre Gonzaga, antes de ser cura, había sido leñador macizo. Asomado a las alambradas repasó un instante su catecismo, y todavía pidió que le abrieran la puerta para examinar de cerca de aquel varón de lástima que más parecía una enorme gallina decrépita entre las gallinas absortas. Estaba echado en un rincón, secándose al sol las alas extendidas, entre las cáscaras de fruta y las sobras de desayunos que le habían tirado los madrugadores. Ajeno a las impertinencias del mundo, apenas si levantó sus ojos de anticuario y murmuró algo en su dialecto cuando el padre Gonzaga entró en el gallinero y le dio los buenos días en latín. El párroco tuvo la primera sospecha de impostura al comprobar que no entendía la lengua de Dios ni sabía saludar a sus ministros. Luego observó que visto de cerca resultaba demasiado humano: tenía un insoportable olor de intemperie, el revés de las alas sembrado de algas parasitarias y las plumas mayores maltratadas por vientos terrestres, y nada de su naturaleza miserable estaba de acuerdo con la egregia dignidad de los ángeles. Entonces abandonó el gallinero, y con un breve sermón previno a los curiosos contra los riesgos de la ingenuidad. Les recordó que el demonio tenía la mala costumbre de recurrir a artificios de carnaval para confundir a los incautos. Argumentó que si las alas no eran el elemento esencial para determinar las diferencias entre un gavilán y un aeroplano, mucho menos podían serlo para reconocer a los ángeles. Sin embargo, prometió escribir una carta a su obispo, para que éste escribiera otra al Sumo Pontífice, de modo que el veredicto final viniera de los tribunales más altos.
Su prudencia cayó en corazones estériles. La noticia del ángel cautivo se divulgó con tanta rapidez, que al cabo de pocas horas había en el patio un alboroto de mercado, y tuvieron que llevar la tropa con bayonetas para espantar el tumulto que ya estaba a punto de tumbar la casa. Elisenda, con el espinazo torcido de tanto barrer basura de feria, tuvo entonces la buena idea de tapiar el patio y cobrar cinco centavos por la entrada para ver al ángel.
Vinieron curiosos hasta de la Martinica. Vino una feria ambulante con un acróbata volador, que pasó zumbando varias veces por encima de la muchedumbre, pero nadie le hizo caso porque sus alas no eran de ángel sino de murciélago sideral. Vinieron en busca de salud los enfermos más desdichados del Caribe: una pobre mujer que desde niña estaba contando los latidos de su corazón y ya no le alcanzaban los números, un jamaicano que no podía dormir porque lo atormentaba el ruido de las estrellas, un sonámbulo que se levantaba de noche a deshacer dormido las cosas que había hecho despierto, y muchos otros de menor gravedad. En medio de aquel desorden de naufragio que hacía temblar la tierra, Pelayo y Elisenda estaban felices de cansancio, porque en menos de una semana atiborraron de plata los dormitorios, y todavía la fila de peregrinos que esperaban su turno para entrar llegaba hasta el otro lado del horizonte.
El ángel era el único que no participaba de su propio acontecimiento. El tiempo se le iba buscando acomodo en su nido prestado, aturdido por el calor de infierno de las lámparas de aceite y las velas de sacrificio que le arrimaban a las alambradas. Al principio trataron de que comiera cristales de alcanfor, que, de acuerdo con la sabiduría de la vecina sabia, era el alimento específico de los ángeles. Pero él los despreciaba, como despreció sin probarlos los almuerzos papales que le llevaban los penitentes, y nunca se supo si fue por ángel o por viejo que terminó comiendo nada más que papillas de berenjena. Su única virtud sobrenatural parecía ser la paciencia. Sobre todo en los primeros tiempos, cuando le picoteaban las gallinas en busca de los parásitos estelares que proliferaban en sus alas, y los baldados le arrancaban plumas para tocarse con ellas sus defectos, y hasta los más piadosos le tiraban piedras tratando de que se levantara para verlo de cuerpo entero. La única vez que consiguieron alterarlo fue cuando le abrasaron el costado con un hierro de marcar novillos, porque llevaba tantas horas de estar inmóvil que lo creyeron muerto. Despertó sobresaltado, despotricando en lengua hermética y con los ojos en lágrimas, y dio un par de aletazos que provocaron un remolino de estiércol de gallinero y polvo lunar, y un ventarrón de pánico que no parecía de este mundo. Aunque muchos creyeron que su reacción no había sido de rabia sino de dolor, desde entonces se cuidaron de no molestarlo, porque la mayoría entendió que su pasividad no era la de un héroe en uso de buen retiro sino la de un cataclismo en reposo.
El padre Gonzaga se enfrentó a la frivolidad de la muchedumbre con fórmulas de inspiración doméstica, mientras le llegaba un juicio terminante sobre la naturaleza del cautivo. Pero el correo de Roma había perdido la noción de la urgencia. El tiempo se les iba en averiguar si el convicto tenía ombligo, si su dialecto tenía algo que ver con el arameo, si podía caber muchas veces en la punta de un alfiler, o si no sería simplemente un noruego con alas. Aquellas cartas de parsimonia habrían ido y venido hasta el fin de los siglos, si un acontecimiento providencial no hubiera puesto término a las tribulaciones del párroco.
Sucedió que por esos días, entre muchas otras atracciones de las ferias errantes del Caribe, llevaron al pueblo el espectáculo triste de la mujer que se había convertido en araña por desobedecer a sus padres. La entrada para verla no sólo costaba menos que la entrada para ver al ángel, sino que permitían hacerle toda clase de preguntas sobre su absurda condición, y examinarla al derecho y al revés, de modo que nadie pusiera en duda la verdad del horror. Era una tarántula espantosa del tamaño de un carnero y con la cabeza de una doncella triste. Pero lo más desgarrador no era su figura de disparate, sino la sincera aflicción con que contaba los pormenores de su desgracia: siendo casi una niña se había escapado de la casa de sus padres para ir a un baile, y cuando regresaba por el bosque después de haber bailado toda la noche sin permiso, un trueno pavoroso abrió el cielo en dos mitades, y por aquella grieta salió el relámpago de azufre que la convirtió en araña. Su único alimento eran las bolitas de carne molida que las almas caritativas quisieran echarle en la boca. Semejante espectáculo, cargado de tanta verdad humana y de tan temible escarmiento, tenía que derrotar sin proponérselo al de un ángel despectivo que apenas si se dignaba mirar a los mortales. Además los escasos milagros que se le atribuían al ángel revelaban un cierto desorden mental, como el del ciego que no recobró la visión pero le salieron tres dientes nuevos, y el del paralítico que no pudo andar pero estuvo a punto de ganarse la lotería, y el del leproso a quien le nacieron girasoles en las heridas. Aquellos milagros de consolación que más bien parecían entretenimientos de burla, habían quebrantado ya la reputación del ángel cuando la mujer convertida en araña terminó de aniquilarla. Fue así como el padre Gonzaga se curó para siempre del insomnio, y el patio de Pelayo volvió a quedar tan solitario como en los tiempos en que llovió tres días y los cangrejos caminaban por los dormitorios.
Los dueños de la casa no tuvieron nada que lamentar. Con el dinero recaudado construyeron una mansión de dos plantas, con balcones y jardines, y con sardineles muy altos para que no se metieran los cangrejos del invierno, y con barras de hierro en las ventanas para que no se metieran los ángeles. Pelayo estableció además un criadero de conejos muy cerca del pueblo y renunció para siempre a su mal empleo de alguacil, y Elisenda se compró unas zapatillas satinadas de tacones altos y muchos vestidos de seda tornasol, de los que usaban las señoras más codiciadas en los domingos de aquellos tiempos. El gallinero fue lo único que no mereció atención. Si alguna vez lo lavaron con creolina y quemaron las lágrimas de mirra en su interior, no fue por hacerle honor al ángel, sino por conjurar la pestilencia de muladar que ya andaba como un fantasma por todas partes y estaba volviendo vieja la casa nueva. Al principio, cuando el niño aprendió a caminar, se cuidaron de que no estuviera cerca del gallinero. Pero luego se fueron olvidando del temor y acostumbrándose a la peste, y antes de que el niño mudara los dientes se había metido a jugar dentro del gallinero, cuyas alambradas podridas se caían a pedazos. El ángel no fue menos displicente con él que con el resto de los mortales, pero soportaba las infamias más ingeniosas con una mansedumbre de perro sin ilusiones. Ambos contrajeron la varicela al mismo tiempo. El médico que atendió al niño no resistió la tentación de auscultar al ángel, y encontró tantos soplos en el corazón y tantos ruidos en los riñones, que no le pareció posible que estuviera vivo. Lo que más le asombró, sin embargo, fue la lógica de sus alas. Resultaban tan naturales en aquel organismo completamente humano, que no podía entender por qué no las tenían también los otros hombres.
Cuando el niño fue a la escuela, hacía mucho tiempo que el sol y la lluvia habían desbaratado el gallinero. El ángel andaba arrastrándose por acá y por allá como un moribundo sin dueño. Lo sacaban a escobazos de un dormitorio y un momento después lo encontraban en la cocina. Parecía estar en tantos lugares al mismo tiempo, que llegaron a pensar que se desdoblaba, que se repetía a sí mismo por toda la casa, y la exasperada Elisenda gritaba fuera de quicio que era una desgracia vivir en aquel infierno lleno de ángeles. Apenas si podía comer, sus ojos de anticuario se le habían vuelto tan turbios que andaba tropezando con los horcones, y ya no le quedaban sino las cánulas peladas de las últimas plumas. Pelayo le echó encima una manta y le hizo la caridad de dejarlo dormir en el cobertizo, y sólo entonces advirtieron que pasaba la noche con calenturas delirantes en trabalenguas de noruego viejo. Fue esa una de las pocas veces en que se alarmaron, porque pensaban que se iba a morir, y ni siquiera la vecina sabia había podido decirles qué se hacía con los ángeles muertos.
Sin embargo, no sólo sobrevivió a su peor invierno, sino que pareció mejor con los primeros soles. Se quedó inmóvil muchos días en el rincón más apartado del patio, donde nadie lo viera, y a principios de diciembre empezaron a nacerle en las alas unas plumas grandes y duras, plumas de pajarraco viejo, que más bien parecían un nuevo percance de la decrepitud. Pero él debía conocer la razón de estos cambios, porque se cuidaba muy bien de que nadie los notara, y de que nadie oyera las canciones de navegantes que a veces cantaba bajo las estrellas. Una mañana, Elisenda estaba cortando rebanadas de cebolla para el almuerzo, cuando un viento que parecía de alta mar se metió en la cocina. Entonces se asomó por la ventana, y sorprendió al ángel en las primeras tentativas del vuelo. Eran tan torpes, que abrió con las uñas un surco de arado en las hortalizas y estuvo a punto de desbaratar el cobertizo con aquellos aletazos indignos que resbalaban en la luz y no encontraban asidero en el aire. Pero logró ganar altura. Elisenda exhaló un suspiro de descanso, por ella y por él, cuando lo vio pasar por encima de las últimas casas, sustentándose de cualquier modo con un azaroso aleteo de buitre senil. Siguió viéndolo hasta cuando acabó de cortar la cebolla, y siguió viéndolo hasta cuando ya no era posible que lo pudiera ver, porque entonces ya no era un estorbo en su vida, sino un punto imaginario en el horizonte del mar.

Guy de Maupassant - Aparicion




Guy de Maupassant - Aparicion



Se hablaba de secuestros a raíz de un reciente proceso. Era al final de una
velada íntima en la rue de Grenelle, en una casa antigua, y cada cual tenía su
historia, una historia que afirmaba que era verdadera.

Entonces el viejo marqués de la Tour-Samuel, de ochenta y dos años, se levantó y
se apoyó en la chimenea. Dijo, con voz un tanto temblorosa:

Yo también sé algo extraño, tan extraño que ha sido la obsesión de toda mi vida.
Hace ahora cincuenta y seis años que me ocurrió esta aventura, y no pasa ni un
mes sin que la reviva en sueños. De aquel día me ha quedado una marca, una
huella de miedo, ¿entienden? Sí, sufrí un horrible temor durante diez minutos,
de una forma tal que desde entonces una especie de terror constante ha quedado
para siempre en mi alma. Los ruidos inesperados me hacen sobresaltar hasta lo
más profundo; los objetos que distingo mal en las sombras de la noche me
producen un deseo loco' de huir. Por las noches tengo miedo.

¡Oh!, nunca hubiera confesado esto antes de llegar a la edad que tengo ahora. En
estos momentos puedo contarlo todo. Cuando se tienen ochenta y dos años está
permitido no ser valiente ante los peligros imaginarios. Ante los peligros
verdaderos jamás he retrocedido, señoras.

Esta historia alteró de tal modo mi espíritu,: me trastornó de una forma tan
profunda, tan misteriosa, tan horrible, que jamás hasta ahora la he contado. La
he guardado en el fondo más íntimo de mí, en ese fondo donde uno guarda los
secretos penosos, los secretos vergonzosos, todas las debilidades inconfesables
que tenemos en nuestra existencia.

Les contaré la aventura tal como ocurrió, sin intentar explicarla. Por supuesto
es explicable, a menos que yo haya sufrido una hora de locura. Pero no, no
estuve loco, y les daré la prueba. Imaginen lo que quieran. He aquí los hechos
desnudos.

Fue en 1827, en el mes de julio. Yo estaba de guarnición en Ruán.

Un día, mientras paseaba por el muelle, encontré a un hombre que creí reconocer
sin recordar exactamente quién era. Hice instintivamente un movimiento para
detenerme. El desconocido captó el gesto, me miró y se me echó a los brazos

Era un amigo de juventud al que había querido mucho. Hacía cinco años que no lo
veía, y desde entonces parecía haber envejecido medio siglo. Tenía el pelo
completamente blanco; y caminaba encorvado, como agotado. Comprendió mi
sorpresa y me contó su vida. Una terrible desgracia lo había destrozado.        


Se había enamorado locamente de una joven, y se había casado con ella en una
especie de éxtasis de felicidad. Tras un año de una felicidad sobrehumana y de
una pasión inagotada, ella había muerto repentinamente de una enfermedad
cardíaca, muerta por su propio amor, sin duda.

Él había abandonado su quinta el mismo día del entierro, y había acudido a vivir
a su casa en Ruán. Ahora vivía allí, solitario y desesperado, carcomido por el
dolor, tan miserable que sólo pensaba en el suicidio.

-Puesto que te he encontrado de este modo -me dijo-, me atrevo a pedirte que me
hagas un gran servicio: ir a buscar a mi quinta, al secreter de mi habitación,
de nuestra habitación, unos papeles que necesito urgentemente. No puedo
encargarle esta misión a un subalterno o a un empleado porque es precisa una
impenetrable discreción y un silencio absoluto. En cuanto a mí, por nada del
mundo volvería a entrar en aquella casa.

»Te daré la llave de esa habitación, que yo mismo cerré al irme, y la llave de
mi secreter. Además le entregarás una nota mía a mi jardinero que te abrirá la
quinta.

»Pero ven a desayunar conmigo mañana, y hablaremos de todo eso.

Le prometí hacerle aquel sencillo servicio. No era más que un paseo para mí, su
quinta se hallaba a unas cinco leguas de Ruán. No era más que una hora a
caballo.

A las diez de la mañana siguiente estaba en su casa. Desayunamos juntos, pero no
pronunció ni veinte palabras. Me pidió que le disculpara; el pensamiento de la
visita que iba a efectuar yo en aquella habitación, donde yacía su felicidad, le
trastornaba, me dijo. Me pareció en efecto singularmente agitado, preocupado,
como si en su alma se hubiera librado un misterioso combate.

Finalmente me explicó con exactitud lo que tenía que hacer. Era muy sencillo.
Debía tomar dos paquetes de cartas y un fajo de papeles cerrados en el primer
cajón de la derecha del mueble del que tenía la llave. Añadió:

-No necesito suplicarte que no los mires.

Me sentí casi herido por aquellas palabras, y se lo dije un tanto vivamente.
Balbuceó:

-Perdóname, sufro demasiado.

Y se echó a llorar.

Me marché una hora más tarde para cumplir mi misión.

Hacía un tiempo radiante, y avancé al trote largo por los prados, escuchando el
canto de las alondras y el rítmico sonido de mi sable contra mi bota.

Luego entré en el bosque y puse mi caballo al paso. Las ramas de los árboles me
acariciaban el rostro; y a veces atrapaba una hoja con los dientes y la
masticaba ávidamente, en una de estas alegrías de vivir que nos llenan, no se
sabe por qué, de una felicidad tumultuosa y como inalcanzable, una especie de
embriaguez de fuerza.

Al acercarme a la quinta busqué en el bolsillo la carta que llevaba para el
jardinero, y me di cuenta con sorpresa de que estaba lacrada. Aquello me irritó
de tal modo que estuve a punto de volver sobre mis pasos sin cumplir mi encargo.
Luego pensé que con aquello mostraría una sensibilidad de mal gusto. Mi amigo
había podido cerrar la carta sin darse cuenta de ello, turbado como estaba.

La casa parecía llevar veinte años abandonada. La barrera, abierta y podrida, se
mantenía en pie nadie sabía cómo. La hierba llenaba los caminos; no se
distinguían los arriates del césped.

Al ruido que hice golpeando con el pie un postigo, un viejo salió por una puerta
lateral y pareció estupefacto de verme. Salté al suelo y le entregué la carta.
La leyó, volvió a leerla, le dio la vuelta, me estudió de arriba abajo se metió
el papel en el bolsillo y dijo:

-¡Y bien! ¿Qué es lo que desea?

Respondí bruscamente:

-Usted debería de saberlo, ya que ha recibido dentro de ese sobre las órdenes de
su amo; quiero entrar en la casa.

Pareció aterrado. Declaró:

-Entonces, ¿piensa entrar en... en su habitación?

Empecé a impacientarme.

-¿Por Dios! ¿Acaso tiene usted intención de interrogarme?

Balbuceó:

-No..., señor..., pero es que... es que no se ha abierto desde... desde... la
muerte. Si quiere esperarme cinco minutos, iré... iré a ver si...

Le interrumpí colérico.

-¡Ah! Vamos, ¿se está burlando de mí? Usted no puede entrar, porque aquí está la
llave.

No supo qué decir.

-Entonces, señor, le indicaré el camino.

-Señáleme la escalera y déjeme sólo. Sabré encontrarla sin usted.

-Pero.... señor... sin embargo...

Esta vez me irrité realmente.

-Está bien, cállese, ¿quiere? 0 se las verá conmigo.

Lo aparté violentamente y entré en la casa.

Atravesé primero la cocina, luego dos pequeñas habitaciones que ocupaba aquel
hombre con su mujer. Franqueé un gran vestíbulo, subí la escalera, y reconocí la
puerta indicada por mi amigo.

La abrí sin problemas y entré.

El apartamento estaba tan a oscuras que al principio no distinguí nada. Me
detuve, impresionado por aquel olor mohoso y húmedo de las habitaciones vacías y
cerradas, las habitaciones muertas. Luego, poco a poco, mis ojos se
acostumbraron a la oscuridad, y vi claramente una gran pieza en desorden, con
una cama sin sábanas, pero con sus colchones y sus almohadas, de las que una
mostraba la profunda huella de un codo o de una cabeza, como si alguien acabara
de apoyarse en ella.

Las sillas aparecían en desorden. Observé que una puerta, sin duda la de un
armario, estaba entreabierta.

Me dirigí primero a la ventana para dar entrada a la luz del día y la abrí; pero
los hierros de las contraventanas estaban tan oxidados que no pude hacerlos
ceder.

Intenté incluso forzarlos con mi sable, sin conseguirlo. Irritado ante aquellos
esfuerzos inútiles, y puesto que mis ojos se habían acostumbrado al final
perfectamente a las sombras, renuncié a la esperanza de conseguir más luz y me
dirigí al secreter.

Me senté en un sillón, corrí la tapa, abrí el cajón indicado. Estaba lleno a
rebosar. No necesitaba más que tres paquetes, que sabía cómo reconocer, y me
puse a buscarlos.

Intentaba descifrar con los ojos muy abiertos lo escrito en los distintos fajos,
cuando creí escuchar, o más bien sentir, un roce a mis espaldas. No le presté
atención, pensando que una corriente de aire había agitado alguna tela. Pero, al
cabo de un minuto, otro movimiento, casi indistinto, hizo que un pequeño
estremecimiento desagradable recorriera mi piel. Todo aquello era tan estúpido
que ni siquiera quise volverme, por pudor hacia mí mismo. Acababa de descubrir
el segundo de los fajos que necesitaba y tenía ya entre mis manos el tercero
cuando un profundo y penoso suspiro, lanzado contra mi espalda, me hizo dar un
salto alocado a dos metros de allí. Me volví en mi movimiento, con la mano en la
empuñadura de mi sable, y ciertamente, si no lo hubiera sentido a mi lado,
hubiera huido de allí como un cobarde.

Una mujer alta vestida de blanco me contemplaba, de pie detrás del sillón donde
yo había estado sentado un segundo antes.

¡Mis miembros sufrieron una sacudida tal que estuve a punto de caer de espaldas!
¡Oh! Nadie puede comprender, a menos que los haya experimentado, estos
espantosos y estúpidos terrores. El alma se hunde; no se siente el corazón; todo
el cuerpo se vuelve blando como una esponja, cabría decir que todo el interior
de uno se desmorona.

No creo en los fantasmas; sin embargo, desfallecí bajo el horrible temor a los
muertos, y sufrí, ¡oh!, sufrí en unos instantes más que en todo el resto de mi
vida, bajo la irresistible angustia de los terrores sobrenaturales.

¡Si ella no hubiera hablado, probablemente ahora estaría muerto! Pero habló;
habló con una voz dulce y dolorosa que hacía vibrar los nervios. No me atreveré
a decir que recuperé el dominio de mí mismo y que la razón volvió a mí. No.
Estaba tan extraviado que no sabía lo que hacía; pero aquella especie de fiereza
íntima que hay en mí, un poco del orgullo de mi oficio también, me hacían
mantener, casi pese a mí mismo, una actitud honorable. Fingí ante mí, y ante
ella sin duda, ante ella, fuera quien fuese, mujer o espectro. Me di cuenta de
todo aquello más tarde, porque les aseguro que, en el instante de la aparición,
no pensé en nada. Tenía miedo.

-¡Oh, señor! -me dijo-. ¡Podéis hacerme un gran servicio!

Quise responderle, pero me fue imposible pronunciar una palabra. Un ruido vago
brotó de mi garganta.

-¿Querréis? -insistió-. Podéis salvarme, curarme. Sufro atrozmente. Sufro, ¡oh,
sí, sufro!

Y se sentó suavemente en mi sillón. Me miraba.

-¿Querréis?

Afirmé con la cabeza incapaz de hallar todavía mi voz.

Entonces ella me tendió un peine de carey y murmuró

-Peinadme, ¡oh!, peinadme; eso me curará; es preciso que me peinen. Mirad mi
cabeza... Cómo sufro; ¡cuanto me duelen los cabellos!

Sus cabellos sueltos, muy largos, muy negros, me parecieron, colgaban por encima
del respaldo del sillón y llegaban hasta el suelo.

¿Por qué hice aquello? ¿Por qué recibí con un estremecimiento aquel peine, y por
qué tomé en mis manos sus largos cabellos que dieron a mi piel una sensación de
frío atroz, como si hubiera manejado serpientes? No lo sé.

Esta sensación permaneció en mis dedos, y me estremezco cuando pienso en ella.

La peiné. Manejé no sé cómo aquella cabellera de hielo. La retorcí, la anudé y
la desanudé; la trencé como se trenza la crin de un caballo. Ella suspiraba,
inclinaba la cabeza, parecía feliz.

De pronto me dijo «¡Gracias!», me arrancó el peine las manos y huyó por la
puerta que había observado que estaba entreabierta.

Ya solo, sufrí durante unos segundos ese trastorno de desconcierto que se
produce al despertar después de una pesadilla. Luego recuperé finalmente los
sentidos; corrí a la ventana y rornpí las contraventanas con un furioso golpe.

Entró un chorro de luz diurna. Corrí hacia la puerta por donde ella se había
ido. La hallé cerrada e infranqueable.

Entonces me invadió una fiebre de huida, un pánico, el verdadero pánico de las
batallas. Cogí bruscamente los tres paquetes de cartas del abierto secreter;
atravesé corriendo el apartamento, salté los peldaños de la escalera de cuatro
en cuatro, me hallé fuera no sé por dónde, y, al ver a mi caballo a diez pasos
de mí, lo monté de un salto y partí al galope.

No me detuve más que en Ruán, delante de mi alojamiento. Tras arrojar la brida a
mi ordenanza, me refugié en mi habitación, donde me encerré para reflexionar.

Entonces, durante una hora, me pregunté ansiosamente si no habría sido juguete
de una alucinación. Ciertamente, había sufrido una de aquellas incomprensibles
sacudidas nerviosas, uno de aquellos trastornos del cerebro que dan nacimiento a
los milagros y a los que debe su poder lo sobrenatural.

E iba ya a creer en una visión, en un error de mis sentidos, cuando me acerqué a
la ventana. Mis ojos, por azar, descendieron sobre mi pecho. ¡Mi dormán estaba
lleno de largos cabellos femeninos que se habían enredado en los botones!

Los cogí uno por uno y los arrojé fuera por la ventana con un temblor de los
dedos.

Luego llamé a mi ordenanza. Me sentía demasiado emocionado, demasiado
trastornado Para ir aquel mismo día a casa de mi amigo. Además , deseaba
reflexionar a fondo lo que debía decirle.

Le hice llevar las cartas, de las que extendió un recibo al soldado. Se informó
sobre mi. El soldado le dijo que no me encontraba bien, que había sufrido una
ligera insolación, no sé qué. Pareció inquieto.

Fui a su casa a la mañana siguiente, poco después de amanecer, dispuesto a
contarle la verdad. Había salido el día anterior por la noche y no había vuelto.

Volví aquel mismo día, y no había vuelto. Aguardé una semana. No reapareció.
Entonces previne a la justicia. Se le hizo buscar por todas partes, sin
descubrir la más mínima huella de su paso o de su destino.

Se efectuó una visita minuciosa a la quinta abandonada. No se descubrió nada
sospechoso allí.

Ningún indicio reveló que hubiera alguna mujer oculta en aquel lugar.

La investigación no llegó a ningún resultado, y las pesquisas fueron
abandonadas.

Y, tras cincuenta y seis años, no he conseguido averiguar nada. No sé nada más.

EL DEMONIO DE LA PESTE -- HOWARD PHILLIPS LOVECRAFT




EL DEMONIO DE LA PESTE
HOWARD PHILLIPS LOVECRAFT

Jamás olvidaré aquel espantoso verano, hace dieciséis años, en que, como un demonio maligno de las moradas de Eblis, se propagó el tifus solapadamente por toda Arkham. Muchos recuerdan ese año por dicho azote satánico, ya que un auténtico terror se cernió con membranosas alas sobre los ataúdes amontonados en el cementerio de la Iglesia de Cristo; sin embargo, hay un horror mayor aún que data de esa época: un horror que sólo yo conozco, ahora que Herbert West ya no está en este mundo.
West y yo hacíamos trabajos de postgraduación en el curso de verano de la Facultad de Medicina de la Universidad Miskatonic, y mi amigo había adquirido gran notoriedad debido a sus experimentos encaminados a la revivificación de los muertos. Tras la matanza científica de innumerables bestezuelas, la monstruosa labor quedó suspendida aparentemente por orden de nuestro escéptico decano, el doctor Allan Halsey; pero West había seguido realizando ciertas pruebas secretas en la sórdida pensión donde vivía, y en una terrible e inolvidable ocasión se había apoderado de un cuerpo humano de la fosa común, transportándolo a una granja situada a otro lado de Meadow Hill. Yo estuve con él en aquella ocasión, y le vi inyectar en las venas exánimes el elixir que según él, restablecería en cierto modo los procesos químicos y físicos. El experimento había terminado horriblemente en un delirio de terror que poco a poco llegamos a atribuir a nuestros nervios sobreexcitados, West ya no fue capaz de librarse de la enloquecedora sensación de que le seguían y perseguían. El cadáver no estaba lo bastante fresco; es evidente que para restablecer las condiciones mentales normales el cadáver debe ser verdaderamente fresco; por otra parte, el incendio de la vieja casa nos había impedido enterrar el ejemplar. Habría sido preferible tener la seguridad de que estaba bajo tierra.
Después de esa experiencia, West abandonó sus investigaciones durante algún tiempo: pero lentamente recobró su celo de científico nato, y volvió a importunar a los profesores de la Facultad pidiéndoles permiso para hacer uso de la sala de disección y ejemplares humanos frescos para el trabajo que él consideraba tan tremendamente importante. Pero sus súplicas fueron completamente inútiles, ya que la decisión del doctor Halsey fue inflexible, y todos los demás profesores apoyaron el veredicto de su superior. En la teoría fundamental de la reanimación no veían sino extravagancias inmaduras de un joven entusiasta cuyo cuerpo delgado, cabello amarillo, ojos azules y miopes, y suave voz no hacían sospechar el poder supranomal "casi diabólico" del cerebro que albergaba en su interior. Aún le veo como era entonces y me estremezco. Su cara se volvió más severa, aunque no más vieja. Y ahora Sefton carga con la desgracia, y West ha desaparecido.
West chochó desagradablemente con el Doctor Halsey casi al final de nuestro ultimo año de carrera, en una disputa que le reportó menos prestigio a él que al bondadoso decano en lo que a cortesía se refiere. Afirmaba que este hombre se mostraba innecesariamente e irracionalmente grande; una obra que deseaba comenzar mientras tenía la oportunidad de disponer de las excepcionales instalaciones de la facultad. El que los profesores, apegados a la tradición ignorasen los singulares resultados tenidos en animales, y persistiesen en negar la posibilidad de reanimación, era indeciblemente indignante, y casi incomprensibles para un joven del temperamento lógico de West. Sólo una mayor madurez podía ayudarle a entender las limitaciones mentales crónicas del tipo "doctor-profesor", producto de generaciones de puritanos mediocres, bondadosos, conscientes, afables, y corteses, a veces, pero siempre rígidos, intolerantes, esclavos de las costumbres y carentes de perspectivas. El tiempo es más caritativo con estas personas incompletas aunque de alma grande, cuyo defecto fundamental, en realidad, es la timidez, y las cuales reciben finalmente el castigo de la irrisión general por sus pecados intelectuales: su ptolemismo, su calvinismo, su antidarwinismo, su antinietzaheísmo, y por toda clase de sabbatarinanismo y leyes suntuarias que practican. West, joven a pesar de sus maravillosos conocimientos científicos, tenía escasa paciencia con el buen doctor Halsey y sus eruditos colegas, y alimentaba un rencor cada vez más grande, acompañado de un deseo de demostrar la veracidad de sus teorías a estas obtusas dignidades de alguna forma impresionante y dramática. Y como la mayoría de los jóvenes, se entregaban a complicados sueños de venganza, de triunfo y de magnánima indulgencia final. Y entonces había surgido el azote, sarcástico y letal, de las cavernas pesadillescas del Tártaro. West y yo nos habíamos graduado cuando empezó, aunque seguíamos en la Facultad, realizando un trabajo adicional del curso de verano, de forma que aún estábamos en Arkham cuando se desató con furia demoníaca en toda la ciudad. Aunque todavía no estábamos autorizados para ejercer, teníamos nuestro título, y nos vimos frenéticamente requeridos a incorporarnos al servicio público, al aumentar él número de los afectados. La situación se hizo casi incontrolable, y las defunciones se producían con demasiada frecuencia para que las empresas funerarias de la localidad pudieran ocuparse satisfactoriamente de ellas. Los entierros se efectuaban en rápida sucesión, sin preparación alguna, y hasta el cementerio de la Iglesia de Cristo estaba atestado de ataúdes de muertos sin embalsamar. Esta circunstancia no dejó de tener su efecto en West, que a menudo pensaba en la ironía de la situación: tantísimos ejemplares frescos, y sin embargo, ¡ninguno servía para sus investigaciones!. Estábamos tremendamente abrumados de trabajo, y una terrible tensión mental y nerviosa sumía a mi amigo en morbosas reflexiones. Pero los afables enemigos de West no estaban enfrascados en agobiantes deberes. La facultad había sido cerrada, y todos los doctores adscritos a ella colaboraban en la lucha contra la epidemia de tifus. El doctor Halsey, sobre todo, se distinguía por su abnegación, dedicando toda su enorme capacidad, con sincera energía, a los casos que muchos otros evitaban por el riesgo que representaban, o por juzgarlos desesperados. Antes de terminar el mes, el valeroso decano se había convertido en héroe popular aunque él no parecía tener conciencia de su fama, y se esforzaba en evitar el desmoronamiento por cansancio físico y agotamiento nervioso. West no podía por menos de admirar la fortaleza de su enemigo; pero precisamente por esto estaba más decidido aún a demostrarle la verdad de sus asombrosas teorías. Una noche, aprovechando la desorganización que reinaba en el trabajo de la Facultad y las normas sanitarias municipales, se las arregló para introducir camufladamente el cuerpo de un recién fallecido en la sala de disección, y le inyectó en mi presencia una nueva variante de su solución. El cadáver abrió efectivamente los ojos, aunque se limitó a fijarlos en el techo con expresión de paralizado horror, antes de caer en una inercia de la que nada fue capaz de sacarle, West dijo que no era suficientemente fresco; el aire caliente del verano no beneficia los cadáveres. Esa vez estuvieron a punto de sorprendernos antes de incinerar los despojos, y West no consideró aconsejable repetir esta utilización indebida del laboratorio de la facultad.
El apogeo de la epidemia tuvo lugar en agosto. West y yo estuvimos a punto de sucumbir en cuanto al doctor Halsey falleció el día catorce. Todos los estudiantes asistieron a su precipitado funeral el día quince, y compraron una impresionante corona, aunque casi la ahogaban los testimonios enviados por los ciudadanos acomodados de Arkham y las propias autoridades del municipio. Fue casi un acontecimiento público, dado que el decano había sido un verdadero benefactor para la ciudad. Después del sepelio, nos quedamos bastantes deprimidos, y pasamos la tarde en el bar de la Comercial House, donde West, aunque afectado por la muerte de su principal adversario, nos hizo estremecer a todos hablándonos de sus notables teorías. Al oscurecerse, la mayoría de los estudiantes regresaron a sus casas o se incorporaron a sus diversas publicaciones; pero West me convenció para que le ayudase a "sacar partida de la noche". La patrona de West nos vio entrar en la habitación alrededor de las dos de la madrugada, acompañados de un tercer hombre, y le contó a su marido que se notaba que habíamos cenado y bebido demasiado bien. Aparentemente, la avinagrada patrona tenía razón; pues hacia las tres, la casa entera se despertó con los gritos procedentes de la habitación de West, cuya puerta tuvieron que echar abajo para encontrarnos a los dos inconscientes, tendidos en la alfombra manchada de sangre, golpeados, arañados y magullados, con trozos de frascos e instrumentos esparcidos a nuestro alrededor. Sólo la ventana abierta revelaba que había sido de nuestro asaltante, y muchos se preguntaron qué le habría ocurrido, después del tremendo salto que tuvo que dar desde el segundo piso al césped. Encontraron ciertas ropas extrañas en la habitación, pero cuando West volvió en sí, explicó que no pertenecían al desconocido, sino que eran muestras recogidas para su análisis bacteriológico, lo cual formaba parte de sus investigaciones sobre la transmisión de enfermedades infecciosas. Ordenó que las quemasen inmediatamente en la amplia chimenea. Ante la policía, declaramos ignorar por completo la identidad del hombre que había estado con nosotros. West explicó con nerviosismo que se trataba de un extranjero afable al que habíamos conocido en un bar de la ciudad que no recordábamos. Habíamos pasado un rato algo alegres y West y yo no queríamos que detuviesen a nuestro belicoso compañero.
Esa misma noche presenciamos el comienzo del segundo horror de Arkham; horror que, para mí, iba a eclipsar a la misma epidemia. El cementerio de la iglesia de Cristo fue escenario de un horrible asesinato; un vigilante había muerto a arañazos, no sólo de manera indescriptiblemente espantosa, sino que había dudas de que el agresor fuese un ser humano. La víctima había sido vista con vida bastante después de la medianoche, descubriéndose el incalificable hecho al amanecer. Se interrogó al director de un circo instalado en el vecino pueblo de Bolton, pero este juró que ninguno de sus animales se había escapado de su jaula. Quienes encontraron el cadáver observaron un rastro de sangre que conducía a la tumba reciente, en cuyo cemento había un pequeño charco rojo, justo delante de la entrada. Otro rastro más pequeño se alejaba en dirección al bosque; pero se perdía enseguida.
A la noche siguiente, los demonios danzaron sobre los tejados de Arkham, y una desenfrenada locura aulló en el viento. Por la enfebrecida ciudad anduvo suelta una maldición, de la que unos dijeron que era más grande que la peste, y otros murmuraban que era el espíritu encarnado del mismo mal. Un ser abominable penetró en ocho casas sembrando la muerte roja a su paso... dejando atrás el mudo y sádico monstruo un total de diecisiete cadáveres, y huyendo después. Algunas personas que llegaron a verle en la oscuridad dijeron que era blanco y como un mono malformado o monstruo antropomorfo. No había dejado entero a nadie de cuantos había atacado, ya que a veces había sentido hambre. El número de víctimas ascendía a catorce; a las otras tres las había encontrado ya muertas al irrumpir en sus casas, víctimas de la enfermedad.
La tercera noche, los frenéticos grupos dirigidos por la policía lograron capturarle en una casa de Crane Street, cerca del campus universitario. Habían organizado la batida con toda minuciosidad, manteniéndose en contacto mediante puestos voluntarios de teléfono; y cuando alguien del distrito de la universidad informó que había oído arañar en una ventana cerrada, desplegaron inmediatamente la red. Debido a las precauciones y a la alarma general, no hubo más que otras dos víctimas, y la captura se efectuó sin más accidentes. La criatura fue detenida finalmente por una bala; aunque no acabó con su vida, y fue trasladada al hospital local, en medio del furor y la abominación generales, porque aquel ser había sido humano. Esto quedó claro, a pesar de sus ojos repugnantes, su mutismo simiesco, y su salvajismo demoníaco. Le vendaron la herida y trasladaron al manicomio de Sefton, donde estuvo golpeándose la cabeza contra las paredes de una celda acolchada durante dieciséis años, hasta un reciente accidente, a causa del cual escapó en circunstancias de las cuales a nadie le gusta hablar. Lo que más repugnó a quienes lo atraparon en Arkham fue que, al limpiarle la cara a la monstruosa criatura, observaron en ella una semejanza increíble y burlesca con un mártir sabio y abnegado al que habían enterrado hacia tres días: el difunto doctor Allan Halsey, benefactor público y decano de la Facultad de Medicina de la Universidad Miskatonic.
Para el desaparecido Herbert West, y para mí, la repugnancia y el horror fueron indecibles. Aun me estremezco, esta noche, mientras pienso en todo ello, y tiemblo más aún de lo que temblé aquella mañana en que West murmuró entre sus vendajes:
-¡Maldita sea, no estaba bastante fresco!

JOSEPH PAYNE BRENNAN - EL SÉPTIMO CONJURO




JOSEPH PAYNE BRENNAN - EL SÉPTIMO CONJURO




«Siete negros conjuros hay: tres para los encantamientos o ensalmos ordinarios,
y el mismo número para la impía aniquilación de todo enemigo. Pero del séptimo
prevengo al curioso en todas estas consideraciones: no se recitará el séptimo
conjuro a menos que se desee la aparición del más espantoso de los Demonios.
Aunque dicen que ese Demonio no aparece a menos que las palabras sean recitadas
junto al Altar Sangriento de los Antiguos, no está de más precaverse. Pues
sabido es que el mago sarraceno Mal Lazal recitó por capricho las palabras
calamitosas y vino el Demonio y, no encontrando una ofrenda sangrienta, descargó
su ira sobre el brujo y lo destrozó atrozmente. La sangre viva de un niño o de
una doncella casta es la mejor, pero dicen que basta con una bestia: un buen
buey o una oveja. Pero cuidaos de que la bestia no esté muerta cuando derraméis
la sangre, pues entonces la furia del Demonio será terrible. Si la ofrenda es
buena, el Demonio concederá un Poder Impío, de modo que el esclavo se hará rico
y destacará sobre todos sus vecinos.»
Por tercera vez, y con creciente emoción, Emmet Telquist leyó las desvaídas
palabras. Estaban contenidas en un libro manuscrito, desvencijado, curioso y
probablemente único, que había descubierto por pura casualidad unos días antes
mientras curioseaba entre los polvorientos cajones de embalaje que guardaban la
biblioteca de su difunto tío.
El titulo del libro era simplemente Magia verdadera y el autor usaba la firma
«Theophilis Wenn». Era muy posible que el nombre fuese un seudónimo; desde
luego, a juzgar por el contenido, el temerario autor debió tener razones para
mantener secreta su identidad verdadera.
El libro era una auténtica enciclopedia de ciencia demoniaca. En todo lo que
decía se manifestaba una erudición genuina que abarcaba una enorme variedad de
temas esotéricos y prohibidos. Había discusiones detalladas sobre encantamientos
y posesiones; párrafos sobre el vampirismo y las leyendas necrófagas; páginas
dedicadas a la demonología, al culto de las brujas, a los ídolos subterráneos;
notas sobre los ritos del holocausto, deshonras innombrables y terroríficos
sacrificios de luna llena a los poderes de la prístina oscuridad.
Evidentemente, el escritor había sido un nigromante notable. El estilo era en
general arbitrario y confiado, con muestras de egoísmo y no poca arrogancia. No
había la más mínima nota de humor. Theophilis Wenn –o quien fuese el que
escondía su verdadera identidad bajo ese nombre– escribió con absoluta seriedad.
De eso no cabía duda.
Para Emmet Telquist, el personaje menos querido del pueblo, el amargo y
misantrópico hijo de un padre infame y una madre que murió loca, el libro era
como un tesoro inesperado, un almacén secreto de conocimientos y poder que le
permitirían competir con sus más afortunados vecinos.
Siempre había sido un marginado, no encajaba en la comunidad, era el blanco de
críticas y maliciosos cotilleos. Siempre se había sentido más o menos aliado a
las leyes y a los agentes de lo no humano.
Su tío, el único pariente del que tenía algún recuerdo, había sido un viejo
agrio, de corazón negro y obsesivo, que lo toleraba sólo porque le hacía los
trabajos de la casa. Nunca dudó de que su tío lo habría repudiado sin
contemplaciones de no haberle sido útil como sirviente. Los lazos de sangre no
hubieran significado nada para el viejo.
De hecho, de no haber sido por su repentina y algo misteriosa muerte, el canalla
probablemente se las hubiera arreglado para que el sobrino sólo heredase negras
memorias. Pero como no se había hallado ningún testamento, Emmet Telquist había
tomado posesión de la laberíntica granja de su tío y los escasos enseres que
contenía.
Pero mientras examinaba con ansia la caligrafía curiosa y desvaída del
nigromante Theophilis Wenn, Telquist comenzó a creer que el manuscrito era con
mucho el artículo más valioso que le había dejado, involuntariamente, su maligno
pariente.
Además, una serie de cuestiones que en el pasado le habían intrigado se
volvieron menos desconcertantes. A menudo había deseado saber qué había detrás
del extraño comportamiento de su tío: las largas ausencias, especialmente de
noche, los murmullos que provenían con frecuencia de su habitación, la
inexplicable fuente de sus ingresos.
Con una creciente sensación de incertidumbre y expectación, abrió la página en
la que estaba apuntado el séptimo conjuro. Estaba escrito en una extraña tinta
azul-grisácea que parecía ligeramente fosforescente. No se atrevió a leer las
palabras; sólo las miró por encima, determinando que eran lo que parecía
meramente una mescolanza de sonidos vocales sin sentido, entre los que a menudo
aparecía el nombre «Nyogtha».
Sonriendo maliciosamente para sí, volvió las páginas y releyó el párrafo que
servía de introducción y explicación de los conjuros. ¡Bien sabía en qué pensaba
Theophilis Wenn cuando se refería al «Altar Sangriento de los Antiguos»! Él,
Emmet Telquist, había visto un altar así.
Aunque eso había sido muchos años antes, cuando el pantano no era tan
intransitable como ahora, no dudaba que podría localizar el crómlech de los
abominables sacrificios. ¡Con qué nitidez recordaba cómo había seguido
penosamente el desdibujado sendero alzado que serpeaba por el pantano! De
repente un montículo, inesperado, oscuro incluso a la luz del sol de mediodía;
el círculo de enormes monolitos; el túmulo en el centro, coronado por una losa
grande y gruesa, manchada de un rojo herrumbroso, ¡una indecible mancha infernal
que ni siquiera siglos de lluvia y viento habían podido borrar!
Nunca había hablado de su descubrimiento con nadie. El pantano era un lugar
prohibido, supuestamente por rumores de arenas movedizas y serpientes venenosas.
Pero en más de una ocasión había visto a los viejos del pueblo santiguarse
cuando se mencionaba esa zona. Y decían que hasta los perros de caza abandonaban
la persecución de los animales que se escapaban en sus espesuras.
Anticipándose al poder que finalmente sería suyo, Emmet Telquist comenzó a hacer
planes. No cometería el error del mago sarraceno, Mal Lazal. Aunque no se
atrevía a tomar las medidas necesarias para conseguir un sacrificio humano, «un
niño o una doncella casta», sería bastante fácil obtener una oveja. De noche
podría robarla de uno de los varios rebaños del pueblo. Conocía todos los
bosques y caminos, y se pondría a salvo con su presa mucho antes de que la
pérdida fuese descubierta.
La noche antes de la luna llena, entró en un campo cercano en el que pastaban
ovejas y se hizo con una bien gorda; la empujó y la arrastró por encima de un
muro de piedra y luego la llevó a casa por caminos en desuso, siguiendo un
itinerario indirecto.
Al día siguiente hizo una visita furtiva a los alrededores del pantano
prohibido, y exploró la maloliente maleza hasta que dio con el principio del
borroso sendero por el que había pasado años antes. Aunque estaba parcialmente
obstruido por apretados juncos, enredaderas y lozanas hierbas de pantano, había
señales de que los ciervos lo utilizaban de vez en cuando. Probablemente haría
falta paciencia para abrirse camino, pero por lo menos el sendero no debía de
ser impenetrable.
Tomó buena nota de donde estaba, volvió a casa y completó las preparaciones para
la noche.
Poco antes de las once entró sigilosamente en el cobertizo en el que había atado
la oveja y la sacó a la luz de la luna.
El campo estaba bañado de una luz argentina y embrujadora. No tuvo problemas
para llegar al pantano y tras buscar un poco encontró el estrecho sendero.
Pero cuando quiso meterse en la maleza, que le llegaba por el hombro, sintió un
tirón en la cuerda que sujetaba a la oveja. De repente el animal se resistía con
ojos locos de miedo.
Maldijo a la bestia, se volvió y le propinó unas patadas brutales. Inexorable en
su decisión, apretó la cuerda hasta que arrancó la lana y la piel de la oveja.
Avanzó con gran dificultad. Tuvo que arrastrar y empujar a la oveja numerosas
veces. Y según penetraban hacia el corazón del pantano, la altura y el espesor
crecientes de la exuberante maleza hacían más difícil el paso.
La luz de la luna se filtraba misteriosamente entre los árboles y, en las
sombras circundantes, las traicioneras charcas tenían un brillo negro y
plateado. En ocasiones, ocultos observadores lo miraban desde las profundidades
y, bastante a menudo, sapos enormes saltaban al sendero y le contemplaban con
sus ambarinos ojos. Parecían no tener miedo alguno, casi como si se consideraran
propietarios del pantano y le juzgasen incapaz de causarles daño. Emmet empezó a
imaginar que tenían una cualidad vagamente maligna. Nunca los había visto tan
grandes, ni tan numerosos. Pero eso era probablemente porque nadie los molestaba
en el pantano y así se criaban y se desarrollaban sin los obstáculos
artificiales que inevitablemente prevaleceúan en una zona menos apartada.
Según avanzaba hacia el corazón del pantano, el silencio se volvía más intenso y
opresivo. Los sonidos normales de la noche cesaron del todo y solamente sus
jadeos rompían el silencio. La oveja se obstinaba más que nunca; necesitó todas
sus fuerzas para arrastrarla. Parecía adivinar el destino que la esperaba.
De repente, tan de repente que casi soltó un grito de asombro, la maleza acabó y
se encontró al pie del impío montículo.
Era justo como lo recordaba: enormes menhires formando un tosco círculo
alrededor de un túmulo central sobre el cual había una losa grande y gruesa de
un color oscuro que no era el de los monolitos circundantes. Parecía caer una
sombra sobre el conjunto, pero cuando alzó la mirada vio que la luna llena
estaba directamente encima.
Sacudiéndose la sensación de terror que le envolvía, comenzó a subir la cuesta
cubierta de liquen. Pero ahora la oveja hincó las patas delanteras y tuvo que
arrastrarla centímetro a centímetro hacia el círculo de mégalitos. Sin embargo,
aceptó el esfuerzo con alivio, pues le distraía del temor sin nombre que le
producía el crómlech.
Estaba casi exhausto cuando acabó de arrastrar a la oveja hasta el círculo de
rocas, pero no se atrevía a descansar, pues sabía que la demora significaría su
perdición. Ya sentía un deseo loco de dejar la oveja y volver corriendo por el
pantano plagado de sapos al familiar mundo exterior.
Rápidamente quitó la cuerda del cuello de la oveja, le ató las patas y con un
tremendo esfuerzo la levantó hasta la losa de sacrificio cubierta de óxido.
Repeliendo un impulso de escapar casi incontrolable, desenvainó el cuchillo de
caza que había traído y sacó del bolsillo el curioso libro manuscrito, Magia
verdadera por Theophilis Wenn.
No tuvo problemas para encontrar el extrañamente siniestro séptimo conjuro,
pues, a la luz de la brillante luna, la inusual tinta azul-grisácea en la que
estaban escritas las letras parecía verdaderamente luminosa.
Con el libro en una mano y el cuchillo preparado en la otra, comenzó a repetir
la mescolanza de sonidos ininteligibles.
Al leer las silabas, éstas parecían ejercer un influjo sobrenatural, de modo que
su voz se alzó en un aullido salvaje, un alarido agudo, inhumano, que penetró en
las partes más profundas del pantano. A intervalos, su voz produjo sordos
sonidos guturales o silbidos de serpiente.
Y entonces, al pronunciar por última vez la muy repetida palabra «Nyogtha»,
llegó a sus oídos, como desde una distancia inmensa, un sonido corno el avance
de un viento potente, aunque no se movió ni una hoja de los árboles cercanos.
De repente el libro se volvió oscuro en su mano y vio que había caído una sombra
sobre la página.
Alzó los ojos y la locura aturdió su cerebro.
Encaramada en el borde de la losa había una forma que vivía en la pesadilla, una
cosa escamosa, con garras, como una gárgola monstruosa o un sapo deforme, que le
miraba con penetrantes ojos rojos.
Emmet quedó helado de terror; una furia repentina llameó en los ojos de la cosa.
Extendió el cuello y emitió un silbido de ira por su pico moteado.
Emmet Telquist entró en acción. Sabía lo que quería esa cosa: sangre viva.
Alzó el cuchillo, avanzó, y estaba a punto de clavarlo en la oveja cuando lo
sobrecogió un nuevo terror.
La oveja ya estaba muerta. La presencia atroz que se agazapaba a su lado ya la
había reclamado. Había muerto de miedo. Sus ojos estaban vidriosos y no había
ninguna señal de que respirase todavía.
Recordando la advertencia de Theophilis Wenn, «cuidaos de que la bestia no esté
muerta», Emmet Telquist se quedó quieto como una estatua de piedra, con el
cuchillo aún alzado en la mano.
Entonces lo dejó caer y corrió.
Lanzándose entre dos menhires, bajó el montículo corriendo hacia el sendero del
pantano.
Levantando el cuello escamoso, la presencia sobre la losa le siguió con la
mirada y finalmente, silbando con furia, saltó de la piedra y se lanzó a la
caza.
Sonó un alarido terrible y poco después la cosa volvió a subir a la losa,
sujetando en su pico sangriento una forma que colgaba sin vida, un sacrificio
digno. 

LAS LEGIONES DE LA TUMBA -- HOWARD PHILLIPS LOVECRAFT




LAS LEGIONES DE LA TUMBA
HOWARD PHILLIPS LOVECRAFT

Cuando desapareció el doctor Herbert West, hace un año, la policía de Boston me sometió a un minucioso interrogatorio. Sospechaban que me callaba cosas, o algo peor; pero no podía decirles la verdad porque no me habrían creído. Sabían, efectivamente, que West había estado complicado en actividades que iban más allá de la capacidad de crédito de los hombres ordinarios; pues sus espantosos experimentos sobre la reanimación de cadáveres habían sido demasiado numerosas para poder mantener un perfecto secreto en torno a ellos; pero la escalofriante catástrofe final adquirió caracteres de demoníaca fantasía que me hacen dudar incluso de la realidad de lo que vi.
Yo era el amigo más allegado de West, y su único ayudante confidencial. Nos habíamos conocido años antes en la Facultad de Medicina, y desde el principio había participado yo en sus terribles investigaciones. Había intentado perfeccionar lentamente una solución que, inyectaba en las venas de un recién fallecido, podía devolverle la vida. Este trabajo requería abundancia de cadáveres frescos, y comportaba, consiguientemente, las actividades más espantosas. Más horribles aun eran los resultados de alguno de sus experimentos: masas horrendas de carne que había estado muertas, pero que West despertaba, dotándola de una ciega, insensata y nauseabunda animación. Estos eran los resultados usuales; ya que para que volviera a despertar la mente era necesario que los ejemplares fuesen absolutamente frescos, y que las delicadas células cerebrales no hubiesen sufrido la más mínima descomposición.
Esta necesidad de cadáveres muy frescos supuso la ruina moral de West. Eran difíciles de conseguir; y un día espantoso llegó a apoderarse de un ejemplar cuando aún estaba vivo y en todo su vigor. Un forcejeo, una aguja, y un poderoso alcaloide lo convirtieron en cadáver fresquísimo, y el experimento fue positivo durante un instante breve y memorable; pero West salió de él con un alma seca y endurecida, y una mirada fría que observaba con una especie de calculadora y horrenda apreciación de los hombres de cerebro especialmente sensible y un físico vigoroso. Hacia el final, cobré a West un intenso terror, ya que empezaba a mirarme de esa misma manera. La gente no parecía darse cuenta de sus miradas, aunque me notaba asustado; y tras su desaparición, se valieron de eso para propalar unas sospechas absurdas.
En realidad West tenía más miedo que yo; sus abominables trabajos le hacían llevar una vida furtiva y llena de sobresaltos. En parte era la policía quien le daba miedo; pero a veces su nerviosismo era más hondo y brumoso, y estaba relacionado con abominaciones indescriptibles a las que había inyectado una vida morbosa, y en las que no había visto extinguirse dicha vida. Por lo general, terminaba sus experimentos con el revólver; pero a veces no era bastante rápido. Es lo que ocurrió con aquel primer ejemplar en cuya saqueada sepultura se descubrieron más tarde huellas de arañazos. Y lo que sucedió también con el cadáver de aquel profesor de Arkham que cometió actos de canibalismo antes de ser capturado y encerrado sin identificar en una celda del manicomio de Sefton donde estuvo dieciséis años golpeándose la cabeza contra las paredes. Casi todos los demás resultados que posiblemente subsistían eran productos de lo que resulta más difícil hablar, dado que en los últimos años, el celo científico de West había degenerado en una manía insana y fantástica, y había consagrado su prodigiosa habilidad a vitalizar cuerpos enteramente humanos, sino trozos aislados de cadáveres, o partes unidas a una materia orgánica no humana. En la época en que desapareció. Se había convertido en algo diabólicamente repugnante; muchos de los experimentos no podrían ser referidos en la letra impresa. La Gran Guerra, en la que servimos los dos como cirujanos, había intensificado este aspecto de West. Al decir que el miedo de West a sus ejemplares era brumoso pensaba sobre todo en el carácter complejo de ese sentimiento. En parte se debía sólo al hecho de saber que aún seguían existiendo esos monstruos abominables, y en parte a su miedo al daño corporal que podían infringirle en determinadas circunstancias. La desaparición de estos seres aumentaban el horror de la situación: West sólo conocía el paradero de uno de ellos, la lastimosa criatura del manicomio. Pero, además, había un miedo más sutil: una sensación verdaderamente fantástica, consecuencia de un extraño experimento que llevó a cabo en el ejército canadiense, en 1915. En medio de una enconada batalla, West había reanimado al comandante Eric Moreland Clapman-Lee, D.S.O., colega nuestro que estaba al tanto de sus experimentos, y el cual podía haberlos duplicado. Le había seccionado la cabeza a fin de poder estudiar las posibilidades de vida cuasi-inteligente del tronco. El experimento dio resultado en el mismo instante en que el edificio era barrido por una granada alemana. El tronco se movió de forma inteligente; y, por increíble que parezca, tuvimos la seguridad de que brotaron sonidos articulados de la cabeza seccionada que estaba en el fondo oscuro del laboratorio. En cierto modo, la granada fue misericordiosa. Pero West jamás estuvo seguro, como habría sido su deseo, de que fuéramos el y yo los únicos supervivientes. Después, solía hacer estremecedoras conjeturas sobre lo que sería capaz de hacer un médico decapitado con capacidad para reanimar a los muertos.
La última residencia de West fue una venerable casa, muy elegante, que dominaba uno de los más antiguos cementerios de Boston. Había escogido el lugar por razones puramente simbólicas y fantásticas, ya que la mayoría de los enterramientos databan del periodo colonial, y por tanto era muy poca utilidad para un científico que necesitaba cadáveres frescos. Había instalado el laboratorio en un subsótano secretamente construido por obreros traídos de otra región, y en él tenía un gran incinerador para la total y discreta eliminación de los cadáveres, fragmentos y remedos sintéticos de cuerpos que quedaban de los morbosos experimentos e impías diversiones del dueño. Durante la excavación de este sótano, los obreros habían dado con cierta albañilería extraordinariamente antigua; sin duda comunicaba con el viejo cementerio, aunque era demasiado profunda para que desembocara en ningún sepulcro conocido. Después de muchos cálculos, West concluyó que debía de haber alguna cámara secreta bajo la tumba de los Averill, en la que el último enterramiento se había efectuado en 1768. Yo estaba con él cuando estudió las paredes goteantes y nitrosas que habían dejado al descubierto las palas y los picos de los obreros, y estaba preparado para el espantoso escalofrío que nos aguardaba en el instante de descubrir los secretos sepulcrales y seculares; pero por primera vez, la nueva timidez de West se impuso a su natural curiosidad, y traicionó su degenerada fibra imponiéndole que dejase intacta la albañilería y la tapase con yeso. Y así permaneció, hasta la noche infernal, como parte de las paredes del laboratorio secreto. He hablado del debilitamiento de West, pero debo añadir que era puramente mental e intangible. Exteriormente, fue él mismo hasta el final: tranquilo, frío, delgado, con el pelo amarillo, ojos azules y con gafas, y un aspecto general de joven que los años y los terrores no llegaron a cambiar. Parecía sereno incluso cuando pensaba en aquella sepultura arañada y miraba por encima del hombro, o cuando pensaba en aquel ser carnívoro que mordía y manoteaba los barrotes de Sefton.
El final de Herbert West comenzó una tarde, en nuestro despacho común, cuando alternaba su extraña mirada entre el periódico y yo. Un curioso titular había atraído su atención desde las arrugadas páginas, y una zarpa titánica pareció atraparle desde dieciséis años atrás. En el manicomio de Sefton, a cincuenta millas de distancia había sucedido algo espantoso e increíble que había dejado estupefactos al vecindario y perpleja a la policía. A primeras horas de la madrugada; un grupo de hombres silenciosos había penetrado en el parque de la institución y su jefe había despertado a los celadores. Era una amenazadora figura militar que hablaba sin mover los labios; cuya voz parecía conectada casi ventrilocuamente a un gran estuche negro que, transportaba. Su inexpresivo rostro tenía las facciones bien parecidas, hasta a punto de dar la impresión de una belleza radiante, aunque el director se había llevado un sobresalto cuando la luz del vestíbulo cayó sobre él, ya que era un rostro de cera, y los ojos de cristal pintado. Debió de sucederle algún accidente atroz a este hombre. Otro, más alto, guiaba sus pasos: un sujeto repugnante cuya cara azulenca aparecía medio devorada por alguna enfermedad desconocida. El que hablaba pidió que le cediesen la custodia del monstruo caníbal traído de Arkham hacia dieciséis años; y al serle negada, dio una señal que provocó un espantoso alboroto. Los demonios aquellos golpearon, patearon y mordieron a todos los celadores que no lograron huir; mataron a cuatro, y finalmente consiguieron liberar al monstruo. Estas víctimas, que podían recordar el suceso sin histerismos, juraban que las criaturas se habían comportado menos como hombres que como puros autómatas guiados por el jefe de cabeza de cera. Cuando les llegó ayuda, aquellos hombres y la criatura caníbal habían desaparecido sin dejar rastro.
Desde el momento en que leyó el artículo, hasta la medianoche, West permaneció casi paralizado. A las doce sonó el timbre de la puerta y se sobresaltó terriblemente. Todos los criados se encontraban durmiendo en el ático, de modo que fui yo a abrir. Como he contado a la policía, no había ningún vehículo en la calle; sólo vi un grupo de figuras de aspecto extraño, con un gran estuche cuadrado que depositaron en la entrada, después de gruñir uno de ellos con voz asombrosamente inhumana: "Correo urgente; pagado". Salieron de la casa con paso desigual, y al verles alejarse, tuve el extraño convencimiento de que se dirigían al antiguo cementerio con el que lindaba la parte de atrás de la casa. Al oírme cerrar la puerta de golpe, bajó West y miró la caja. Tenía unos dos pies cuadrados, y llevaba el nombre correcto de West, con su actual dirección. También traía remitente: "Eric Moreland Clapman-Lee, St. Clare. Eloi, Flandes". Seis años antes, en Flandes, el hospital se había derrumbado, a causa de una granada, sobre el tronco decapitado y reanimado del doctor Clapman-Lee, y sobre su cabeza separada, la cual (quizá) había llegado a proferir sonidos articulados. Ahora West ni siquiera se emocionó. Su estado era más espantoso. Dijo rápidamente: "Es el fin... pero incineremos... ésto". Transportamos la caja al laboratorio, con el oído atento. No recuerdo muchos de los detalles -ya pueden imaginar mi estado psíquico-, pero es una mentira maliciosa decir que fue el cuerpo de Hebert West lo que metí en el incinerador. Entre los dos, introdujimos la caja sin abrir, cerramos la puerta, y conectamos la corriente. Y no brotó sonido alguno la caja.
Fue West quien observó primero que se caía el yeso de una parte de la pared, donde había sido cubierta la antigua albañilería de la tumba. Iba yo a echar a correr, pero él me retuvo. Entonces vi una pequeña abertura negra, sentí una bocanada de viento frío y hediondo, y percibí el olor de las entrañas abominables de una tierra putrescente. No oímos ningún ruido; pero en ese preciso instante se apagaron las luces, y vi recortarse contra cierta fosforescencia del mundo inferior una horda de seres silenciosos que avanzaban penosamente, producto de la locura... o de algo peor. Sus siluetas eran humanas, semihumanas; se trataba de una horda grotescamente heterogénea. Retiraban las piedras en silencio, una a una, del muro secular. Luego, cuando la brecha fue bastante ancha, entraron al laboratorio en fila de a uno, guiados por el ser de paso solemne y cabeza de cera. Una especie de monstruosidad con ojos desorbitados que marchaba detrás del jefe agarró a Herbert West. West no se resistió ni profirió grito alguno. Luego se abalanzaron todos sobre él y lo despedazaron ante mis ojos, llevándose sus trozos a la cripta subterránea de fabulosas abominaciones. El jefe de cabeza de cera, que iba vestido con uniforme de oficial canadiense, se llevó la cabeza de West. Al desaparecer, vi que sus ojos azules; detrás de las gafas, centelleaban espantosamente, revelando por primera vez una frenética y visible emoción.
Los criados me encontraron inconsciente por la mañana. West había desaparecido. E1 incinerador contenía sólo ceniza inidentificable. Los detectives me han interrogado; pero, ¿qué puedo decir?. No relacionarán a West, con la tragedia de Sefton; ni con éso, ni con los hombres de la caja, cuya existencia niegan. Les he hablado de la cripta; pero ellos me han enseñado el yeso intacto de la pared, y se han reído. Así que no les he contado nada más. Quieren dar a entender que estoy loco, o que soy un asesino... probablemente es que estoy loco. Pero podría no ser así, si esas condenadas legiones de las tumbas no estuviesen tan calladas.

Horacio Quiroga -- El Almohadón de Plumas





Horacio Quiroga
El Almohadón de Plumas

-
Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer. 
Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre. 
La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia. 
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido. 
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra. 
Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos. 
—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada.. . Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida. 
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pesos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección. 
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor. 
—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra. 
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror. 
—¡Soy yo, Alicia, soy yo! 
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando. 
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos. 
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor. 
—Pst... —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio... poco hay que hacer... 
—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa. 
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha. 
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán. 
Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón. 
—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre. 
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras. 
—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación. 
—Levántelo a la luz —le dijo Jordán. 
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban. 
—¿Qué hay?—murmuró con la voz ronca. 
—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar. 
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós: —sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca. 
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin dada su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia. 
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma. 

BOCCACCIO -DECAMERON




BOCCACCIO -DECAMERON
NARRACIÓN QUINTA

Los hermanos de Isabel matan a su amante. El se presenta en sueños a Isabel y le indica donde está enterrado. Ella, secretamente, desentierra la cabeza y la coloca en un tiesto de albahaca. Llora encima de ella una larguísima hora, todos los días, hasta que los hermanos le quitan el tiesto, y ella muere de dolor lentamente.

El relato de Elisa fue elogiado por el rey, ordenando luego a Filomena que prosiguiera. Ella, lamentándose por la suerte de Gerbino y su amada, con un gran suspiro dijo así:
Mi narración, queridos amigos, no será tan buena como la de Elisa, pero sí más patética; me he acordado, porque todo ocurrió en Mesina, de donde se ha hablado.
Vivían en Mesina tres hermanos, mercaderes de gran fortuna. Tenían una hermana llamada Isabel, joven, bella y cortés, que todavía no se había casado. En un establecimiento suyo trabajaba un joven llamado Lorenzo; éste era apuesto, y a Isabel empezó a gustarle. Lorenzo lo notó y se entusiasmó también por ella, con lo cual en poco tiempo obtuvieron lo que deseaban. Se empleaban en refocilarse, pero no supieron hacerlo en secreto, y una noche, yendo Isabel adonde dormía Lorenzo, lo notó el hermano mayor. Como era persona discreta aguardó al día siguiente. Entonces refirió a sus hermanos lo sucedido, y juntos acordaron adoptar un procedimiento que no difamara a la hermana. Así pues, conversaron con Lorenzo, riendo como de costumbre, pero con el pretexto de salir de la ciudad, se lo llevaron a él también. En un lugar apartado y solitario, mataron a Lorenzo, y luego lo sepultaron disimuladamente. A su regreso a Mesina fingieron que Lorenzo había partido en viaje de negocios hacia otro lugar, cosa que fue aceptada, ya que no era la primera vez que ocurría.
Pero como no regresaba, Isabel preguntaba mucho por él y tanto insistía que un hermano suyo le respondió:
¿Qué es eso? ¿Qué te ocurre con Lorenzo, para preguntar por él tan insistentemente? Si vuelves a hacerlo, te responderemos como corresponde.
Ella, entristecida y asustada, aún sin saber de qué, lloraba y lloraba, pidiendo que él volviera, sin vivir para otra cosa.
Una noche, después de haber llorado mucho, Lorenzo se le apareció en sueños, desgarrado y maltrecho, diciéndole:
Isabel, no dejas de llamarme y siempre estás entristecida. Sabe que no puedo volver, porque el último día que nos vimos, tus hermanos me mataron.
Le explicó el lugar donde lo enterraron, pidiéndole que no lo volviera a llamar, y así desapareció.
La joven despertó y lloró amargamente. Al día siguiente, sin decir nada a sus hermanos, se dirigió al lugar que Lorenzo le había indicado en sueños. Acompañada de una sirvienta, se puso a cavar donde la tierra le pareció menos dura. En seguida halló el cuerpo de su desgraciado amante, aún no muy descompuesto, pudiendo reconocerle perfectamente. Comprobando la cruel realidad, y viendo que las lágrimas no serían de utilidad, cortó la cabeza del amante y la envolvió en una toalla; luego regresó con la criada a su casa.
En la habitación lloró sin consuelo, besando el despojo una y mil veces. Luego tomó una gran maceta y colocó en ella la cabeza, envuelta en una preciosa tela. Echó tierra encima, plantando una albahaca preciosa, que solamente era regada con sus lágrimas, o con agua de rosas, o de azahar. Se sentaba allí siempre, llorando continuamente.
Quizá por su extremado cuidado, o bien por la riqueza de la tierra, la planta se hizo grande y hermosa. Los vecinos se daban cuenta de aquella atención, hasta que llegó la cosa a oídos de sus hermanos, los cuales hicieron que se le quitase la maceta secretamente. Ella, al ver que faltaba, la pidió reiteradamente, lo que intrigó a todos hasta el punto de que decidieron ver qué había dentro. Encontraron la cabeza que, por la cabellera crespa, aún no corrompida, reconocieron como de Lorenzo. Eso les hizo temer que se descubriera el crimen, por lo que decidieron enterrarla otra vez, y secretamente salieron de Mesina y se fueron a Nápoles.
Ella, después de llorar continuamente y de pedir el tiesto, murió. Al cabo de un tiempo, el caso fue conocido por muchos, saliendo de esto una canción que aún hoy se canta:

¿Quién pudo ser el mal cristiano
que me robó el tiesto de albahaca?
BOCCACCIO -- DECAMERON
NARRACIÓN SÉPTIMA

Ludovico descubre su amor a Beatriz, y ella envía a su esposo, Egano, a un jardín para que lo compruebe. Ella yace mientras tanto junto a Ludovico, quién apalea después a Egano en el jardín.

El suceso que había contado Pampinea de la joven Isabel fue aplaudido por todos. Filomena, a quien el rey ordenó que siguiera el orden, dijo entonces:
Queridos amigos, me parece que no me equivoco si os digo que mi cuento no será más malo que el anterior.
Hace poco vivía en París un hidalgo florentino que al empobrecerse se hizo mercader, enriqueciéndose de nuevo. Tenía un hijo único, llamado Ludovico. A éste le gustaba más la nobleza que las riquezas, por lo que su padre, en lugar de colocarle en uno de sus negocios, lo puso al servicio del rey de Francia. Entonces sucedió que unos caballeros que regresaban del Santo Sepulcro, se reunieron con otros jóvenes, entre ellos Ludovico. Vinieron a hablar de mujeres bellas, sobre todo de la mujer de Egano de Galuzzi, de Bolonia. Se llamaba ella Beatriz, y era realmente muy bella según opinión general. Ludovico se entusiasmó tanto que sólo deseaba conocerla, y esto le absorbía por completo. Decidió, por lo tanto, ir a Bolonia y quedarse allí, si ella lo requería. Dijo a su padre que se proponía ir al Santo Sepulcro, por lo que consiguió el permiso. Tomó el nombre de Anichino, y ya en Bolonia, al cabo de un día conoció a la citada mujer durante una fiesta, encontrándola verdaderamente hermosa, por lo que resolvió conquistar su amor. Mientras planeaba conseguir sus fines, se le ocurrió hacerse criado del marido, para estar mejor relacionado. Vendió los caballos, dio órdenes a sus criados de que fingieran no conocerle, y se ofreció él como servidor, pidiendo indicaciones a su posadero, el cual le dijo:
Me parece que gustarías a un caballero que se llama Egano, el cual posee muchos criados. Yo me ocuparé de eso.
Y así lo hizo. Según lo previsto, el joven resultó del agrado de Egano. Cumplía muy bien su trabajo, hasta el punto que resultó indispensable para su amo. Cierto día que éste fue a cazar con un halcón, se quedó en casa Anichino jugando al ajedrez con la bella Beatriz. Para complacerla, él se dejaba ganar astutamente, y cuando las damas se retiraron, prosiguieron el juego. Entonces Anichino suspiró, y ella le dijo:
¿Qué te ocurre, Anichino? ¿Tanto te duele que te gane?
Algo más fuerte que eso motivó mi suspiro, señora "repuso él.
Dime qué es, por favor –dijo ella.
Al oír esto, lanzó un suspiro mucho más fuerte que el anterior, y la dama siguió insistiendo. Entonces Anichino declaró:
Señora, temo que os molesten mis palabras, y me preocupa que lo digáis a otra persona.
No me disgustaré, y te aseguro que no lo diré a nadie. –Pues, siendo así, os lo diré –contestó él.

Y, casi llorando, le confesó su verdadera personalidad, lo que había oído decir de ella, y por último su amor; luego le suplicó con modestia que tuviera piedad y le complaciese su deseo. Díjole también que si ella no quería corresponderle, le permitiera amarla en secreto y le dejara estar en la condición que ella impusiera. La joven lo miraba, y sensible a sus palabras aceptó su amor, suspirando ella también.
Añadió luego:
Apuesto Anichino, ten paciencia. De todos los señores que me han galanteado, y me galantean aún, ninguno logró cambiar mi ánimo, pero tú en un momento has conseguido hacerme tuya. Me parece que has logrado mi amor, y te lo entrego con la promesa de que lo gozarás antes que acabe la noche. Procuraré que hacia la medianoche vengas a mi cámara. Ya conoces mi lecho y el lugar en que me acuesto. En caso que durmiera, despiértame, que yo te consolaré del deseo que tienes. Como prueba, te doy un beso.
Entonces se echó en sus brazos, le besó tiernamente y luego cada uno fue a sus cosas, aguardando la noche. Egano regresó de la caza y se fue en seguida a dormir, porque estaba cansado; su mujer también se acostó. Pero dejó abierta la puerta, y a la hora prevista Anichino entró sin miedo y se acercó al lado de la mujer, que estaba despierta. Elle le cogió una mano, pero se agitó de tal manera que despertó a su marido. Entonces le dijo:
Dime la verdad, Egano, ¿a quién tienes por mejor servidor, más fiel y leal?
¿Qué clase de pregunta es ésa, mujer? ¿Acaso no sabes que en quien más confió es en Anichino? ¿Di, por qué?
Mientras tanto, Anichino, temiendo ser descubierto, intentaba en vano desprenderse de la mano de la mujer. La cual dijo:
Yo creía que era tal como tú decías, pero me he desengañado. Hoy, cuando estabas de caza, me pidió que me amoldara a sus gustos, y yo para demostrártelo, fingí aceptar y le cité en el jardín, al pie de un pino. Naturalmente, no pienso ir, pero si quieres comprobar su fidelidad, ponte uno de mis vestidos y aguárdalo allí.
Egano, al enterarse de esto, dijo:
Iré a comprobarlo.
Se levantó a obscuras, se colocó el vestido de la mujer, y encaminóse al jardín, esperando a Anichino al pie del árbol. La mujer, al ver que estaba fuera, cerró la puerta por dentro. Anichino, que había pasado mucho miedo, al comprobar la intención de la mujer se puso muy contento. Se acercó a ella y se alegraron un buen rato. Cuando la mujer creyó oportuno el momento de levantarse, le dijo:
Dulce amor, toma un garrote, ve al jardín y fingiendo haberme galanteado para probarme, como si Egano fuese yo, injuríale y apaléale las costillas.
Anichino salió al jardín, y al acercarse al árbol Egano fingió acogerle, pero él dijo:
¡Ah, mala mujer, has acudido! ¿Piensas que intento hacer a mi señor esta traición? ¡Maldita seas!
El mozo levantó el garrote y empezó a menearlo. Egano, al verle, no dijo nada, pero intentó huir. Anichino le perseguía, gritando:
¡Vete, y mal año te dé Dios, mala mujer, que mañana le explicaré esto a Egano!
Egano, habiendo recibido varios golpes, corrió lo más de prisa que pudo hacia su cámara, donde la mujer le preguntó si había ido. El marido le dijo:
Más me hubiera valido no haber ido, porque tomándome por ti, me ha apaleado todo el cuerpo y me ha insultado. Como te veía tan hermosa y risueña, te quería probar. –Entonces –dijo ella–, alabado sea Dios. Si tan fiel te es, convendría honrarle y apreciarle. –Eso es cierto –reconoció Egano. Fundándose en aquello, le parecía tener la mujer más fiel de todas, de lo que la pareja se burló muchas veces; esto les dio más facilidad para solazarse, y duró tanto como quiso Anichino permanecer con Egano en Bolonia.