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sábado, 16 de octubre de 2010

EL ABONADO -- Philip K. Dick




EL ABONADO
Philip K. Dick



El hombrecillo estaba cansado. Se abrió paso entre la gente que llenaba el vestíbulo de la estación hasta la ventanilla. Esperó su turno con impaciencia. Su cansancio se reflejaba en los hombros hundidos y en el abolsado abrigo marrón.
—El siguiente —graznó Ed Jacobson, el vendedor de billetes.
El hombrecillo depositó un billete de cinco dólares sobre el mostrador.
—Deme un abono nuevo. He terminado el último. —Su mirada se desvió de Jacobson al reloj de pared—. Santo Dios, qué tarde es.
Jacobson tomó los cinco dólares.
—Muy bien, señor. Un abono. ¿Para dónde?
—Macon Heights —dijo el hombrecillo.
—Macon Heights. —Jacobson consultó la lista—. Macon Heights. Ese lugar no existe.
El rostro del hombrecillo traslució suspicacia.
—¿Me está tomando el pelo?
—Señor, no consta ningún Macon Heights. No puedo venderle un billete para un lugar que no existe.
—¿Qué quiere decir? ¡Yo vivo allí!
—No me importa. Hace seis años que vendo billetes y ese lugar no existe.
El hombrecillo abrió los ojos con estupefacción.
—Pero mi casa está allí. Vuelvo cada noche. Yo...
—Tome. —Jacobson empujó hacia él la lista—. Búsquelo usted mismo.
El hombrecillo la leyó frenéticamente, recorriendo con un dedo tembloroso los nombres de las ciudades.
—¿Lo ha encontrado? —preguntó Jacobson, apoyando los brazos sobre el mostrador—. No está, ¿verdad?
El hombrecillo negó con la cabeza, aturdido.
—No lo entiendo. No tiene sentido. Debe haber alguna equivocación. Tiene que haber...
De pronto, se desvaneció. La lista cayó al suelo. El hombrecillo se había evaporado.
—¡Por el fantasma de César! —susurró Jacobson.
Abrió y cerró la boca. Sobre el suelo de cemento sólo se veía la lista.
El hombrecillo había dejado de existir.

—Y entonces, ¿qué? —preguntó Bob Paine. 
—Di la vuelta y tomé la lista.
—¿Y había desaparecido?
—Exacto, había desaparecido. —Jacobson se frotó la frente—. Ojalá lo hubiera visto usted. Desapareció como una luz al apagarse. Por completo. Sin un ruido. Sin el menor movimiento.
Paine encendió un cigarrillo y se reclinó en la silla.
—¿Le había visto antes?
—No.
—¿Qué hora era?
—Esta misma, más o menos. Alrededor de las cinco. —Jacobson se acercó a la ventanilla—. Viene un montón de gente.
—Macon Heights. —Paine hojeó el callejero oficial—. No consta en ningún listado. Quiero hablar con él, si vuelve a aparecer. Hágale entrar en el despacho.
—Claro. No quiero saber nada más de él. No es normal. —Jacobson volvió a la ventanilla—. ¿Sí, señora?
—Dos billetes de ida y vuelta a Lewisburg.
Paine apagó el cigarrillo y encendió otro.
—Sigo teniendo la sensación que el nombre me resulta familiar. —Se levantó y examinó el plano mural—. Pero no consta en la lista.
—No consta en la lista porque ese lugar no existe —insistió Jacobson—. ¿Cree que no lo sabría, vendiendo cada día un billete tras otro? —Volvió a la ventanilla—. ¿Sí, señor?
—Quiero un abono para Macon Heights —dijo el hombrecillo, echando una nerviosa mirada al reloj de pared—. Y dese prisa.
Jacobson cerró los ojos con fuerza. Cuando los abrió, el hombrecillo seguía allí, con el rostro pequeño y arrugado, cabello ralo, gafas, abrigo ajado que formaba bolsas.
Jacobson dio media vuelta y se dirigió al despacho de Paine.
—Ha vuelto. —Jacobson tragó saliva, pálido—. Es él otra vez.
Los ojos de Paine centellearon.
—Tráigale aquí.
Jacobson asintió y regresó a la ventanilla.
—Señor —dijo—, ¿sería tan amable de ir al despacho? —Indicó la puerta—. Al subdirector le gustaría verle un momento.
El rostro del hombrecillo se ensombreció.
—¿Qué pasa? El tren está a punto de salir. —Empujó la puerta y entró en el despacho, gruñendo para sí—. Nunca me había ocurrido algo semejante. Cada vez es más complicado comprar un abono. Si pierdo el tren, denunciaré a su empresa...
—Siéntese —dijo Paine, indicando la silla colocada frente a su escritorio—. ¿Es usted el caballero que quiere un abono para Macon Heights?
—¿Qué tiene de extraño? ¿Qué les pasa a todos ustedes? ¿Por qué no pueden venderme un abono como de costumbre?
—¿Como..., como de costumbre?
El hombrecillo se controló con un gran esfuerzo.
—Mi esposa y yo nos mudamos a Macon Heights el pasado diciembre. He viajado en su tren diez veces a la semana, dos trayectos cada día, durante seis meses. Cada mes compro un nuevo abono.
Paine se inclinó hacia él.
—¿Qué tren toma exactamente, señor...?
—Critchet. Ernest Critchet. El tren B. ¿No recuerda sus propios horarios?
—¿El tren B? —Paine consultó los horarios del tren B ayudándose con un lápiz. No constaba ningún Macon Heights—. ¿Cuánto dura el viaje? ¿Cuánto tiempo tarda en llegar?
—Cuarenta y nueve minutos, exactamente. —Critchet miró el reloj de pared—. Si consigo alcanzarlo.
Paine hizo un cálculo mental. Cuarenta y nueve minutos. A unos cuarenta y cinco kilómetros de la ciudad. Se levantó para acercarse al gran mapa mural.
—¿Qué ocurre? —preguntó Critchet con marcada suspicacia.
Paine dibujó un círculo de cuarenta y cinco kilómetros en el mapa. El círculo cruzaba varias ciudades, pero ninguna era Macon Heights. Y en la línea B no había nada.
—¿Qué tipo de lugar es Macon Heights? —preguntó Paine—. ¿Cuánta gente vive, en su opinión?
—No lo sé. Cinco mil personas, tal vez. Paso casi todo el tiempo en la ciudad. Trabajo de contable en Seguros Bradshaw.
—¿Macon Heights es una población nueva?
—Bastante moderna. Vivimos en una casa de dos habitaciones, construida hace un par de años. —Critchet se agitó inquieto—. ¿Qué pasa con el abono?
—Me temo que no puedo venderle un abono —respondió Paine lentamente.
—¡Cómo! ¿Por qué no?
—No tenemos servicio a Macon Heights.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Critchet, levantándose de un salto.
—Ese lugar no existe. Mire el mapa.
Critchet se quedó boquiabierto. Su rostro cambió de expresión varias veces consecutivas. Por fin, irritado, se acercó al mapa y lo examinó con suma atención.
—Esta situación es muy curiosa, señor Critchet —murmuró Paine—. No consta en el mapa ni en el listado oficial. Nuestros horarios no lo incluyen. No tenemos abonos para viajes a ese lugar. No...
Enmudeció. Critchet había desaparecido. Un momento antes estaba allí, examinando el mapa. Un segundo después se había volatilizado. Desvanecido. Esfumado.
—¡Jacobson! —bramó Paine—. ¡Ha desaparecido!
Los ojos de Jacobson se abrieron desmesuradamente. El sudor le brotó de la frente.
—Vaya, vaya —murmuró.
Paine se abismó en sus pensamientos, contemplando el lugar vacío que Ernest Critchet había ocupado.
—Algo está pasando —musitó—. Algo muy extraño.
De pronto tomó su abrigo y se encaminó hacia la puerta.
—¡No me deje solo! —suplicó Jacobson.
—Si me necesita, estaré en el apartamento de Laura. El número está en algún lugar de mi escritorio.
—Ahora no es el momento de ir a jugar con chicas.
Paine abrió la puerta que daba al vestíbulo.
—Dudo que se trate de un juego —dijo con semblante sombrío.
Paine subió los escalones que llevaban al piso de Laura Nichols de dos en dos. Apretó el timbre hasta que la puerta se abrió.
—¡Bob! —Laura parpadeó, sorprendida—. ¿A qué debo esta...?
Paine pasó junto a ella y entró en el piso.
—Espero no interrumpirte.
—No, pero...
—Se trata de un asunto muy serio. Voy a necesitar ayuda. ¿Puedo contar contigo?
—¿Conmigo?
Laura cerró la puerta. Su bien amueblada casa estaba en penumbra. Sólo había encendida una lámpara de mesa, en el extremo del mullido sofá verde. Las pesadas cortinas estaban corridas. El fonógrafo sonaba a bajo volumen en un rincón.
—Tal vez me estoy volviendo loco. —Paine se dejó caer en el lujoso sofá verde—. Es lo que quiero averiguar.
—¿Cómo puedo ayudarte?
Laura se acercó lánguidamente, con los brazos cruzados y un cigarrillo entre los labios. Se apartó de los ojos el largo cabello con un movimiento brusco de la cabeza.
—¿Qué pasa por tu mente?
Paine dirigió una sonrisa de aprobación a la joven.
—Vas a llevarte una sorpresa. Quiero que bajes al centro mañana por la mañana temprano, bien guapa y...
—¡Mañana por la mañana! Tengo un trabajo, ¿recuerdas? Y en la oficina nos esperan esta semana un montón de informes nuevos.
—Envíalos al infierno. Tómate la mañana libre. Ve a la biblioteca central. Si no consigues la información allí, ve a la sede del tribunal del condado y examina los registros tributarios de los años pasados. Búscalo hasta que lo encuentres.
—¿El qué?
Paine encendió un cigarrillo con aire positivo.
—Alguna mención de un lugar llamado Macon Heights. Sé que he oído ese nombre antes. Hace años. ¿Te has hecho ya una idea? Echa un vistazo a los atlas antiguos, a periódicos atrasados de la hemeroteca, revistas antiguas, informes, planes urbanísticos, propuestas a la legislación del Estado.
Laura se sentó lentamente en el brazo del sofá.
—¿Estás bromeando?
—No.
—¿He de hurgar mucho en el pasado?
—Unos diez años..., si es necesario.
—¡Santo Dios! Tendría que...
—No salgas hasta encontrarlo. —Paine se levantó con brusquedad—. Hasta luego.
—¿Te marchas así, por las buenas? ¿No me llevarás a cenar?
—Lo siento. —Paine se encaminó hacia la puerta—. Estaré muy ocupado. Ocupadísimo.
—¿En qué?
—En visitar Macon Heights.

Por la ventanilla del tren divisó campos interminables, interrumpidos de vez en cuando por alguna granja. Los postes telefónicos se alzaban hacia el cielo del anochecer.
Paine consultó su reloj. Ya faltaba poco. El tren atravesó una ciudad pequeña. Un par de gasolineras, estacionamientos a la orilla de la carretera, una tienda de televisores. Los frenos chirriaron al parar en la estación. Lewisburg. Bajaron algunos pasajeros, hombres vestidos con abrigos que llevaban bajo el brazo el periódico vespertino. Las puertas se cerraron y el tren arrancó.
El subdirector se recostó en el asiento, inmerso en sus pensamientos. Critchet se había esfumado mientras examinaba el mapa mural. Se había esfumado por primera vez cuando Jacobson le enseñó la lista de horarios... Cuando le habían demostrado que no existía ningún lugar llamado Macon Heights. ¿Sería una pista? Todo el asunto era inverosímil, como un sueño.
Paine miró por la ventana. Estaba a punto de llegar..., si existía un lugar así. Los campos de color pardo se extendían hasta perderse de vista. Colinas y campos uniformes. Postes telefónicos. Coches que corrían por la autopista estatal, ínfimas motas negras que se precipitaban hacia el crepúsculo.
Pero ni rastro de Macon Heights.
El tren prosiguió su camino con gran estrépito. Paine consultó su reloj. Habían pasado cincuenta y un minutos. Y no había visto nada. Nada, excepto campos.
Recorrió el vagón y se sentó al lado del revisor, un hombre ya mayor de cabello blanco.
—¿Ha oído hablar de un lugar llamado Macon Heights? —preguntó Paine.
—No, señor.
Paine le mostró sus credenciales.
—¿Está seguro de no haber oído nunca ese nombre?
—Por completo, señor Paine.
—¿Cuánto tiempo lleva haciendo este trayecto?
—Once años, señor Paine.
Paine continuó hasta la próxima parada, Jacksonville. Bajó y transbordó a un tren B que regresaba a la ciudad. El sol se había puesto. El cielo estaba casi negro. Le costó distinguir el paisaje que se extendía al otro lado de la ventana.
Se puso en tensión y contuvo el aliento. Faltaba un minuto. Cuarenta segundos. ¿Habría algo? Campos llanos. Solitarios postes telefónicos. Un paisaje árido y yermo entre las ciudades.
¿Entre? El tren avanzaba con estruendo en la oscuridad. Paine forzó la vista. ¿Había algo allí afuera? ¿Algo entre los campos?
Una masa alargada de humo transparente se extendía sobre los campos. Una masa homogénea, que mediría un kilómetro y medio de largo. ¿Qué era? ¿El humo de la locomotora? Pero la locomotora era diesel. ¿De un camión que transitaba por la autopista? ¿Matorrales quemados? En los campos no se observaba nada similar.
De repente, el tren empezó a perder velocidad. Paine se puso en guardia al instante. El tren estaba frenando, iba a detenerse. Los frenos chirriaron, los vagones oscilaron de un lado a otro. Después, silencio.
Un hombre alto, sentado al otro lado del pasillo y cubierto con un abrigo ligero, se levantó, se puso el sombrero y avanzó con rapidez hacia la puerta. Saltó a tierra. Paine le miró, fascinado. El hombre se alejó a buen paso del tren, caminando por los campos oscurecidos. Se dirigió sin la menor vacilación hacia un banco de neblina gris.
El hombre se elevó. Andaba a unos treinta centímetros sobre la tierra. Giró a la derecha. Se elevó de nuevo, y ahora..., a unos noventa centímetros sobre la tierra. Caminó paralelamente a la tierra durante un momento, alejándose todavía del tren. Después desapareció en el banco de niebla. Se había esfumado.
Paine corrió por el pasillo, pero el tren había empezado a acelerar. Los campos pasaban ante la ventana a toda velocidad. Paine localizó al revisor, un joven de rostro lleno, apoyado contra la pared del vagón.
—Escuche —gritó Paine—, ¿cuál era esa parada?
—¿Perdón, señor?
—¡Esa parada! ¿Cuál era?
—Siempre paramos ahí.
El revisor introdujo la mano en su chaqueta y sacó con parsimonia un puñado de folletos de horarios. Los examinó y le pasó uno a Paine.
—El B siempre se detiene en Macon Heights. ¿No lo sabía?
—¡No!
—Está puesto en el folleto. —El joven se concentró de nuevo en su revista de aventuras—. Siempre para ahí. Siempre lo ha hecho. Y siempre lo hará.
Paine abrió el folleto. Era cierto. Macon Heights constaba entre Jacksonville y Lewisburg. A cuarenta y cinco kilómetros de la ciudad, exactamente.
La nube de neblina gris. La enorme nube que ganaba forma a cada momento. Como si algo cobrara vida. De hecho, algo estaba cobrando vida.
¡Macon Heights!

A la mañana siguiente, localizó a Laura en su casa. Estaba sentada ante la mesita de café, vestida con un jersey rosa pálido y pantalones negros. En la mesa había un montón de notas, papel, goma de borrar y un vaso de leche malteada.
—¿Cómo te fue? —preguntó Paine.
—De primera. Tengo la información que querías.
—¿Cuál es la historia?
—Encontré mucho material. —Dio una palmada a la pila de notas—. He resumido lo más interesante.
—Adelante con ese resumen.
—Este agosto hará siete años que la junta de supervisores del Estado votó la creación de tres nuevas zonas residenciales, que se instalarían fuera de la ciudad. Macon Heights era una de ellas. Se produjo un acalorado debate. La mayoría de los comerciantes de la ciudad se oponían a las nuevas zonas. Sostenían que llevarían muchos comercios al por menor fuera de la ciudad.
—Sigue.
—Hubo una larga discusión. Por fin, se aprobaron dos de las tres zonas. Waterville y Cedar Groves. Pero no Macon Heights.
—Entiendo —murmuró Paine, pensativo.
—Macon Heights fue rechazada. Se alcanzó un compromiso: dos zonas en lugar de tres. Las dos zonas se empezaron a construir en seguida, ya lo sabes. Pasamos por Waterville una tarde. Un lugar pequeño y encantador.
—Pero no Macon Heights.
—No. Macon Heights fue rechazada.
Paine se acarició el mentón.
—Así que ésa es la historia.
—Ésa es la historia. ¿Te das cuenta que he perdido la paga de medio día por culpa de esto? Has de invitarme a salir esta noche. Quizá debería buscarme otro novio. Empiezo a pensar que no eres tan buen partido como me imaginaba.
Paine asintió con la cabeza, absorto en sus pensamientos.
—Hace siete años. —De pronto, un pensamiento acudió a su mente—. ¡La votación! ¿Por cuánto perdió Macon Heights?
Laura consultó sus notas.
—El proyecto fue derrotado por un solo voto.
—Un solo voto. Hace siete años. —Paine salió al recibidor—. Gracias, cariño. Las piezas empiezan a encajar. ¡Encajan de maravilla!
Tomó un taxi nada más salir. El taxi le condujo a la estación ferroviaria. Por la ventanilla veía desfilar letreros y calles. Gente, tiendas y coches.
Su presentimiento era correcto. Había oído antes el nombre. Siete años atrás. Un encarnizado debate sobre una zona residencial situada en las afueras. Dos ciudades aprobadas: una rechazada y olvidada.
Pero ahora, la ciudad olvidada estaba cobrando vida..., siete años después. La ciudad, y con ella un fragmento indeterminado de realidad. ¿Por qué? ¿Había cambiado algo en el pasado? ¿Se había producido alguna alteración en un continuo temporal?
Podía ser la explicación. El resultado de la votación fue muy apretado. Macon Heights casi logró la aprobación. Tal vez, ciertas partes del pasado eran inestables. Tal vez, aquel período en particular, siete años antes, había sido crítico. Tal vez, nunca había terminado de cuajar. Una idea extraña: un pasado que cambia después de haber sucedido.
De pronto, los ojos de Paine se concentraron en un punto concreto. Se irguió con rapidez. En la acera opuesta, a mitad de la manzana, vio el letrero de un comercio sobre un establecimiento pequeño y discreto. Paine forzó la vista cuando el taxi pasó por delante.

SEGUROS BRADSHAW
(o)
NOTARIO PÚBLICO

Recordó. La empresa de Critchet. ¿También aparecía y desaparecía? ¿Había estado siempre en el mismo sitio? Algo de su aspecto externo le intranquilizó.
—Dese prisa —urgió Paine al chofer—. Acelere.
Cuando el tren se detuvo en Macon Heights. Paine se levantó al instante y corrió hacia la puerta. Las ruedas chirriantes se inmovilizaron y Paine saltó al apartadero de grava caliente. Paseó la vista a su alrededor.
Macon Heights centelleaba y resplandecía a la luz del atardecer. Sus pulcras hileras de casas se extendían en todas direcciones. La marquesina de un teatro se erguía en el centro de la ciudad.
Un teatro, al menos. Paine atravesó la vía y se encaminó hacia la ciudad. Al otro lado de la estación había un estacionamiento. Lo cruzó y siguió un sendero que dejaba atrás una gasolinera y desembocaba en una acera.
Se hallaba en la calle principal de la ciudad. Una doble fila de comercios se extendía frente a él. Una ferretería. Dos drugstores. Un bazar. Unos grandes almacenes.
Paine paseaba con las manos en los bolsillos, admirando Macon Heights. Un edificio de apartamentos. Un conserje sacaba brillo a los peldaños de la puerta principal. Todo parecía nuevo y moderno. Las casas, las tiendas, el pavimento y las aceras. Los parquímetros. Un policía de uniforme marrón estaba multando a un coche. Árboles, separados a intervalos. Podados con gusto.
Pasó frente a un gran supermercado. Había un canasto de frutas delante, con naranjas y uvas. Tomó un grano de uva y lo mordió.
La uva era auténtica, de acuerdo. Una enorme uva negra de la variedad concord, dulce y madura. Sin embargo, veinticuatro horas antes sólo había allí un campo yermo.
Paine entró en un drugstore. Ojeó algunas revistas y se sentó en la barra. Pidió una taza de café a la pequeña camarera de mejillas sonrosadas.
—Esta ciudad es muy bonita —dijo Paine cuando la chica le trajo el café.
—Sí que lo es.
—¿Cuánto...? —Paine vaciló—. ¿Desde cuándo trabaja aquí?
—Tres meses.
—¿Tres meses? —Paine examinó a la pequeña rubia de curvas generosas—. ¿Vive en Macon Heights?
—Oh, sí.
—¿Hace mucho?
—Un par de años, más o menos.
Se alejó para atender a un joven soldado que había ocupado un taburete frente a la barra.
Paine bebió su café y fumó, mientras observaba a la gente que pasaba por la calle. Gente corriente. Hombres y mujeres, sobre todo mujeres. Algunas llevaban bolsas y carritos de la compra. Los automóviles circulaban a escasa velocidad en ambas direcciones. Una tímida ciudad suburbana. Moderna, clase media alta. Una ciudad con clase. Allí no había barriadas obreras. Casas pequeñas y bonitas. Tiendas con pequeños jardines inclinados en la parte delantera y letreros de neón.
Unos chicos de la escuela superior entraron como una tromba en el drugstore, riendo y dándose palmadas. Dos muchachas con jerseys de colores brillantes se sentaron al lado de Paine y pidieron zumos. Charlaban alegremente; captó retazos de su conversación.
Las miró, reflexionando con aire sombrío. Eran auténticas, de acuerdo. Lápiz de labios y uñas rojas. Jerseys y libros de texto. Cientos de adolescentes que salían de la escuela superior y se apelotonaban en el drugstore.
Paine se frotó la frente, cansado. No parecía posible. Tal vez estaba loco. La ciudad era real. Completamente real. Debía haber existido siempre. Toda una ciudad no podía surgir de la nada, de una nube de neblina gris. Cinco mil personas, casas, calles y tiendas.
Tiendas. Seguros Bradshaw.
De pronto, lo comprendió todo. Un escalofrío le recorrió de pies a cabeza. Se estaba extendiendo. Más allá de Macon Heights. Hasta el corazón de la ciudad. La ciudad también estaba cambiando. Seguros Bradshaw. La empresa de Critchet.
Macon Heights no podía existir sin alterar la ciudad; se complementaban. Los cinco mil habitantes provenían de la ciudad. Sus trabajos. Sus vidas. La ciudad estaba implicada hasta las últimas consecuencias.
Pero, ¿hasta qué punto? ¿Cuánto estaba cambiando la ciudad?
Paine tiró una moneda de veinticinco centavos sobre la barra y salió corriendo del drugstore, en dirección a la estación de tren. Tenía que volver a la ciudad. Laura, el cambio. ¿Seguiría ella allí? ¿Se encontraba él a salvo?
El miedo le atenazó. Laura, todas sus propiedades, sus planes, esperanzas y sueños. De pronto, Macon Heights dejó de tener importancia. Su mundo se hallaba en la cuerda floja. Sólo le importaba una cosa: asegurarse que su vida no se había alterado, preservada de los incesantes cambios que emanaban de Macon Heights.
—¿Adónde vamos, tío? —preguntó el conductor del taxi, cuando Paine salió a toda velocidad de la estación.
Paine le dio la dirección de la casa de Laura. El coche se adentró en el tráfico. Paine se acomodó, nervioso. Las calles y los edificios de oficinas pasaban ante la ventanilla. Los oficinistas empezaban a salir de sus trabajos, invadiendo las aceras y formando corrillos en las esquinas.
¿Cuánto había cambiado? Se concentró en las hileras de edificios. Los grandes almacenes. ¿Estaban antes allí? La diminuta tienda del limpiabotas, al lado. Nunca había reparado en ella.
MUEBLES NORRIS.
No se acordaba de eso, pero tampoco estaba seguro. Se sentía confuso. ¿Cómo saberlo?
El coche le dejó frente a los apartamentos. Paine se quedó inmóvil un momento, mirando a su alrededor. Al final de la manzana, el propietario de la charcutería italiana había salido para subir el toldo. ¿Se había fijado antes en esa charcutería?
No se acordaba.
¿Qué le había ocurrido a la gran carnicería de enfrente? Sólo había hermosas casitas: casitas antiguas, con aspecto de llevar allí mucho tiempo. ¿Había existido antes una carnicería? Las casas parecían sólidas.
En la siguiente manzana brillaba la enseña a rayas de una barbería. ¿Había existido siempre una barbería en ese lugar?
Tal vez siempre había estado allí. Tal vez sí y tal vez no. Todo estaba cambiando. Nuevas cosas cobraban vida, otras desaparecían. El pasado sufría alteraciones, y la memoria estaba ligada al pasado. ¿Cómo iba a confiar en su memoria? ¿Cómo podía estar seguro?
El terror se apoderó de él. Laura. Su mundo...
Paine subió corriendo los escalones y abrió de un empujón la puerta del edificio. Subió por la escalera alfombrada hasta el segundo piso. La puerta del piso no estaba cerrada con llave. Aplicó el hombro a la hoja y entró, con el corazón en un puño, rezando en silencio.
La sala de estar se hallaba a oscuras, silenciosa. Las cortinas estaban medio corridas. Paseó la mirada a su alrededor, angustiado. El alegre sofá azul, revistas apiladas sobre sus brazos. La mesita baja de roble claro. El televisor. Pero la sala estaba vacía.
—¡Laura! —exclamó, con voz estrangulada.
Laura salió al instante de la cocina, sobresaltada.
—¡Bob! ¿Qué haces en casa? ¿Sucede algo?
Paine se tranquilizó y exhaló un suspiro.
—Hola, cariño. —La besó, estrechándola contra su cuerpo. La sintió cálida y firme, completamente real—. No, no pasa nada. Todo va bien.
—¿Estás seguro?
—Estoy seguro.
Paine se quitó el abrigo, tembloroso, y lo dejó sobre el respaldo del sofá. Paseó por la sala, examinaba los objetos, recobraba la confianza. Su familiar sofá azul, quemaduras de cigarrillos en los brazos. Su raído escabel. El escritorio en el que trabajaba por las noches. Las cañas de pescar apoyadas contra la pared, detrás del librero.
El gran televisor que había comprado el mes pasado; también se había salvado.
Todas sus pertenencias estaban a salvo. Intactas. Ilesas.
—La cena no estará preparada hasta dentro de media hora —murmuró Laura ansiosamente, desanudándose el delantal—. No esperaba que llegaras tan pronto. Me he pasado sentada todo el día. He limpiado la cocina. Un vendedor me dejó una muestra de un nuevo limpiador.
—Estupendo. —Examinó su grabado favorito de Renoir, colgado en la pared—. No te des prisa. Es estupendo volver a ver todo esto. Yo...
Se oyó un sollozo en el dormitorio. Laura se volvió al instante.
—Me parece que hemos despertado a Jimmy.
—¿Jimmy?
—Cariño, ¿ya no te acuerdas de nuestro hijo? —rió Laura.
—Por supuesto —murmuró Paine, molesto. Siguió a Laura hacia el dormitorio—. Por un momento, todo me ha parecido extraño. —Se frotó la frente y frunció el ceño—. Extraño y desconocido, como desenfocado.
Se quedaron de pie junto a la cuna, contemplando al niño. Jimmy miró a sus padres.
—Será culpa del sol —dijo Laura—. Hoy ha hecho un calor terrible.
—Será eso. Ahora estoy muy bien. —Paine acarició al niño. Rodeó con el brazo a su esposa, atrayéndola junto a él—. Habrá sido culpa del sol —dijo.
La miró a los ojos y sonrió.


FIN


El Extraño -- H. P. Lovecraft




El Extraño
H. P. Lovecraft

Infeliz es aquel a quien sus recuerdos infantiles sólo traen miedo y tristeza. Desgraciado aquel que vuelve la mirada hacia horas solitarias en bastos y lúgubres recintos de cortinados marrones y alucinantes hileras de antiguos volúmenes, o hacia pavorosas vigilias a la sombra de árboles descomunales y grotescos, cargados de enredaderas, que agitan silenciosamente en las alturas sus ramas retorcidas. Tal es lo que los dioses me destinaron... a mí, el aturdido, el frustrado, el estéril, el arruinado y sin embargo, me siento extrañamente satisfecho y me aferro con desesperación a esos recuerdos marchitos cada vez que mi mente amenza con ir más allá, hacia el otro.

No sé dónde nací, salvo que el castillo era infinitamente horrible, lleno de pasadizos oscuros y con altos cielos rasos donde la mirada sólo hallaba telarañas y sombras. Las piedras de los agrietados corredores estaban siempre odiosamente húmedas y por doquier se percibía un olor maldito, como de pilas de cadáveres de generaciones muertas. Jamás había luz, por lo que solía encender velas y quedarme mirándolas fijamente en busca de alivio; tampoco afuera brillaba el sol, ya que esas terribles arboledas se elevaban por encima de la torre más alta. Una sola, una torre negra, sobrepasaba el ramaje y salía al cielo abierto y desconocido, pero estaba casi en ruinas y sólo se podía ascender a ella por un escarpado muro poco menos que imposible de escalar.

Debo haber vivido años en ese lugar, pero no puedo medir el tiempo. Seres vivos debieron haber atendido a mis necesidades, y sin embargo no puedo rememorar a persona alguna excepto yo mismo, ni ninguna cosa viviente salvo ratas, muerciélagos y arañas, silenciosos todos. Supongo que, quienquiera me haya cuidado, debió haber sido asombrosamente viejo, puesto que mi primera representación mental de una persona viva fue la de algo semejante a mí, pero retorcido, marchito y deteriorado como el castillo. Para mí no tenían nada de grotescos los huesos y los esqueletos esparcidos por las criptas de piedra cavadas en las profundidades de los cimientos. En mi fantasía asociaba estas cosas con los hechos cotidianos y los hallaba más reales que las figuras en colores de seres vivos que veía en muchos libros mohosos. En esos libros aprendí todo lo que sé. Maestro alguno me urgió o me guió, y no recuerdo haber escuchado en todos esos años voces humanas..., ni siquiera la mía; ya que, si bien había leído acerca de la palabra hablada nunca se me ocurrió hablar en voz alta. Mi aspecto era asimismo una cuestión ajena a mi mente, ya que no había espejos en el castillo y me limitaba, por instinto, a verme como un semejante de las figuras juveniles que veía dibujadas o pintadas en los libros. Tenía conciencia de la juventud a causa de lo poco que recordaba.

Afuera, tendido en el pútrido foso, bajo los árboles tenebrosos y mudos, solía pasarme horas enteras soñando lo que había leído en los libros; añoraba verme entre gentes alegres, en el mundo soleado allende de la floresta interminable. Una vez traté de escapar del bosque, pero a medida que me alejaba del castillo las sombras se hacían más densas y el aire más impregnado de crecientes temores, de modo que eché a correr frenéticamente por el camino andado, no fuera a extraviarme en un laberinto de lúgubre silencio.

Y así, a través de crepúsculos sin fin, soñaba y esperaba, aún cuando no supiera qué. Hasta que en mi negra soledad, el deseo de luz se hizo tan frenético que ya no pude permanecer inactivo y mis manos suplicantes se elevaron hacia esa única torre en ruinas que por encima de la arboleda se hundía en el cielo exterior e ignoto. Y por fin resolví escalar la torre, aunque me cayera; ya que mejor era vislumbrar un instante el cielo y perecer, que vivir sin haber contemplado jamás el día.

A la húmeda luz crepuscular subí los vetustos peldaños de piedra hasta llegar al nivel donde se interrumpían, y de allí en adelante, trepando por pequeñas entrantes donde apenas cabía un pie, seguí mi peligrosa ascensión. Horrendo y pavoroso era aquel cilindro rocoso, inerte y sin peldaños; negro, ruinoso y solitario, siniestro con su mudo aleteo de espantados murciélagos. Pero más horrenda aún era la lentitud de mi avance, ya que por más que trepase, las tinieblas que me envolvían no se disipaban y un frío nuevo, como de moho venerable y embrujado, me invadió. Tiritando de frío me preguntaba por qué no llegaba a la claridad, y, de haberme atrevido, habría mirado hacia abajo. Antojóseme que la noche había caído de pronto sobre mí y en vano tanteé con la mano libre en busca del antepecho de alguna ventana por la cual espiar hacia afuera y arriba y calcular a qué altura me encontraba.

De pronto, al cabo de una interminable y espantosa ascensión a ciegas por aquel precipicio cóncavo y desesperado, sentí que la cabeza tocaba algo sólido; supe entonces que debia haber ganado la terraza o, cuando menos, algúna clase de piso. Alcé la mano libre y, en la oscuridad, palpé un obstáculo, descubriendo que era de piedra e inamovible. Luego vino un mortal rodeo a la torre, aferrándome de cualquier soporte que su viscosa pared pudiera ofrecer; hasta que finalmente mi mano, tanteando siempre, halló un punto donde la valla cedía y reanudé la marcha hacia arriba, empujando la losa o puerta con la cabeza, ya que utilizaba ambas manos en mi cauteloso avance. Arriba no apareció luz alguna y, a medida que mis manos iban más y más alto, supe que por el momento mi ascensión había terminado, ya que la puerta daba a una abertura que conducía a una superficie plana de piedra, de mayor circunferencia que la torre inferior, sin duda el piso de alguna elevada y espaciosa cámara de observación. Me deslicé sigilosamente por el recinto tratando que la pesada losa no volviera a su lugar, pero fracasé en mi intento. Mientras yacía exhausto sobre el piso de piedra, oí el alucinante eco de su caída, pero con todo tuve la esperanza de volver a levantarla cuando fuese necesario.

Creyéndome ya a una altura prodigiosa, muy por encima de las odiadas ramas del bosque, me incorporé fatigosamente y tanteé la pared en busca de alguna ventana que me permitiese mirar por vez primera el cielo y esa luna y esas estrellas sobre las que había leído. Pero ambas manos me decepcionaron, ya que todo cuanto hallé fueron amplias estanterías de mármol cubiertas de aborrecibles cajas oblongas de inquietante dimensión. Más reflexionaba y más me preguntaba qué extraños secretos podía albergar aquel alto recinto construido a tan inmensa distancia del castillo subyacente. De pronto mis manos tropezaron inesperadamente con el marco de una puerta, del cual colgaba una plancha de piedra de superficie rugosa a causa de las extrañas incisiones que la cubrían. La puerta estaba cerrada, pero haciendo un supremo esfuerzo superé todos los obstáculos y la abrí hacia adentro. Hecho esto, invadióme el éxtasis más puro jamás conocido; a través de una ornamentada verja de hierro, y en el extremo de una corta escalinata de piedra que ascendía desde la puerta recién descubierta, brillando plácidamente en todo su esplendor estaba la luna llena, a la que nunca había visto antes, salvo en sueños y en vagas visiones que no me atrevía a llamar recuerdos.

Seguro ahora de que había alcanzado la cima del castillo, subí rápidamente los pocos peldaños que me separaban de la verja; pero en eso una nube tapó la luna haciéndome tropezar, y en la oscuridad tuve que avanzar con mayor lentitud. Estaba todavía muy oscuro cuando llegué a la verja, que hallé abierta tras un cuidadoso examen pero que no quise trasponer por temor de precipitarme desde la increíble altura que había alcanzado. Luego volvió a salir la luna.

De todos los impactos imaginables, ninguno tan demoníaco como el de lo insondable y grotescamente inconcebible. Nada de lo soportado antes podía compararse al terror de lo que ahora estaba viendo; de las extraordinarias maravillas que el espectáculo implicaba. El panorama en sí era tan simple como asombroso, ya que consistía meramente en esto: en lugar de una impresionante perspectiva de copas de árboles vistas desde una altura imponente, extendíase a mi alrededor, al mismo nivel de la verja, nada menos que la tierra firme, separada en compartimentos diversos por medio de lajas de mármol y columnas, y sombreada por una antigua iglesia de piedra cuyo devastado capitel brillaba fantasmagóricamente a la luz de la luna.

Medio inconsciente, abrí la verja y avancé bamboleándome por la senda de grava blanca que se extendía en dos direcciones. Por aturdida y caótica que estuviera mi mente, persistía en ella ese frenético anhelo de luz, ni siquiera el pasomoso descubrimiento de momentos antes podía detenerme. No sabía, ni me importaba, si mi experiencia era locura, enajenación o magia, pero estaba resuelto a ir en pos de luminosidad y alegría a toda costa. No sabía quién o qué era yo, ni cuáles podían ser mi ámbito y mis circunstancias; sin embargo, a medida que proseguía mi tambaleante marcha, se insinuaba en mí una especie de tímido recuerdo latente que hacía mi avance no del todo fortuito, sin rumbo fijo por campo abierto; unas veces sin perder de vista el camino, otras abandonándolo para internarme, lleno de curiosodad, por praderas en las que sólo alguna ruina ocasional revelaba la presencia, en tiempos remotos, de una senda olvidada. En un momento dado tuve que cruzar a nado un rápido río cuyos restos de mampostería agrietada y mohosa hablaban de un puente mucho tiempo atrás desaparecido.

Habían transcurrido más de dos horas cuando llegué a lo que aparentemente era mi meta: un venerable castillo cubierto de hiedras, enclavado en un gran parque de espesa arboleda, de alucinante familiaridad para mí, y sin embargo lleno de intrigantes novedades. Vi que el foso había sido rellenado y que varias de las torres que yo bien conocía estaban demolidas, al mismo tiempo que se erguían nuevas alas que confundían al espectador. Pero lo que observé con el máximo interés y deleite fueron las ventanas abiertas, inundadas de esplendorosa claridad y que enviaban al exterior ecos de la más alegre de las francachelas. Adelantándome hacia una de ellas, miré el interior y vi un grupo de personas extrañamente vestidas, que departían entre sí con gran jarana. Como jamás había oído la voz humana, apenas sí podía adivinar vagamente lo que decían. Algunas caras tenían expresiones que despertaban en mí remotísimos recuerdos; otras me eran absoluntamente ajenas.

Salté por la ventana y me introduje en la habitación, brillantemente ilumindada, a la vez que mi mente saltaba del único instante de esperanza al más negro de los desalientos. La pesadilla no tardó en venir, ya que, no bien entré, se produjo una de las más aterradoras reacciones que hubiera podido concebir. No había terminado de cruzar el umbral cuando cundió entre todos los presentes un inesperado y súbito pavor, de horrible intensidad, que distorsionaba los rostros y arrancaba de todas las gargantas los chillidos más espantosos. El desbande fue general, y en medio del griterío y del pánico varios sufrieron desmayos, siendo arrastrados por los que huían enloquecidos. Muchos se taparon los ojos con las manos y corrían a ciegas llevándose todo por delante, derribando los muebles y dándose cotra las paredes en su desesperado intento de ganar alguna de las numersas puertas.

Solo y aturdido en el brillante recinto, escuchando los ecos cada vez más apagados de aquellos espeluznates gritos, comencé a temblar pensando qué podía ser aquello que me acechaba sin que yo lo viera. A primera vista el lugar parecía vacío, pero cuando me dirirgí a una de las alcobas creí detectar una presencia... un amago de movimiento del otro lado del arco dorado que conducía a otra habitación, similar a la primera. A medida que me aproximaba a la arcada comencé a percibir la presencia con más nitidez; y luego, con el primero y último sonido que jamás emití –un aullido horrendo que me repugnó casi tanto como su morbosa causa–, comtemplé en toda su horrible intensidad el iconcebible, indescriptible, inenarrable mostruo que, por obra de su mera aprarición, había convertido una algre reunión en una horda de deliriantes fugitivos.

No puedo siquiera decir aproximadamente a qué se parecía, pues era un compuesto de todo lo que es impuro, pavoroso, indeseado, anormal y detestable. Era una fantasmagórica sombra de podredumbre, decrepitud y desolación; la pútrida y viscosa imagen de lo dañino; la atroz desnudez de algo que la tierra misericordiosa debería ocultar por siempre jamás. Dios sabe que no era de este mundo –o al menos había dejado de serlo–, y sin embargo, con enorme horror de mi parte, pude ver en sus rasgos carcomidos, con huesos que se entreveían, una repulsiva y lejana reminisencia de formas humanas; y en sus enmohecidas y destrozadas ropas, una indecible cualidad que me estremecía más aún.

Estaba casi paralizado, poro no tanto como para no hacer un débil esfuerzo hacia la salvación: un tropezón hacia atrás que no pudo romper el hechizo en que me tenía apresado el monstruo sin voz y sin nombre. Mis ojos, embrujados por aquellos asqueantes ojos vítreos que los miraba fijamente, se negaba a cerrarse, si bien el terrible objeto, tras el primer impacto, se veía ahora más confuso. Traté de levantar la mano y disipar la visión, pero estaba tan anonadado que el brazo no respondió por entero a mi voluntad. Sin embargo, el intento fue suficiente como para alterar mi equilibrio y, bamboléandome, di unos pasos hacia adelante para no caer. Al hacerlo adquirí de pronto la angustiosa noción de la proximidad de la cosa, cuya inmunda respiración tenía casi la impresión de oír. Poco menos que enloquecido, pude no obstante adelantar una mano para detener a la fétida imagen, que se acercaba más y más, cuando de pronto, mis dedos tocaron la extremidad putrefacta que el monstruo extendía por debajo del arco dorado.

No chillé, pero todos los satánicos vampiros que cabalgan en el viento de la noche lo hicieron por mí, a la vez que dejaron caer en mi mente una avalancha de anonadantes recuerdos.

Supe en ese mismo instante todo lo ocurrido; recordé hasta más allá del terrorífico castillo y sus árboles; reconocí el edificio en el cual me hallaba; reconocí, lo más terrible, la impía abominación que se erguía ante mí, mirándome de soslayo mientras apartaba de los suyos mis dedos manchados.

Pero en el cosmos existe el bálsamo además de la amargura, y ese bálsamo es el olvido. En el supremo horror de ese instante olvidé lo que me había espantado y el estallido del recuerdo se desvaneció en un caos de reiteradas imágenes. Como entre sueños, salí de aquel edificio fantasmal y execrado y eché a correr rauda y silenciosamente a la luz de la luna. Cuando retorné al mausoleo de mármol y descendí los peldaños, encontré que no podía mover la trampa de piedra; pero no lo lamenté, ya que había llegado a odiar el viejo castillo y sus árboles. Ahora cabalgo junto a los fantasmas, burlones y cordiales, al viento de la noche, y durante el día juego entre las catacumbas de Nefre–Ka, en el recóndito y desconocido valle de Hadoth, a orillas del Nilo. Sé que la luz no es para mí, salvo la luz de la luna sobre las tumbas de roca de Neb, como tampoco es para mí la alegría, salvo las innominadas fiestas de Nitokris bajo la Gran Pirámide; y sin embargo en mi nueva y salvaje libertad, agradezco casi la amargura de la alienación.

Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no por eso ignoro que soy un extranjero; un extraño a este siglo y a todos los que aún son hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis dedos hacia esa cosa abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que extendí mis dedos y toqué una fría e inexorable superficie de pulido espejo.
[FIN]

¡ABAJO, SATÁN! -- Clive Barker




¡ABAJO, SATÁN!
 Clive Barker

**
Las circunstancias habían hecho a Gregorius un hombre incalculablemente rico. Poseía flotillas, palacios, sementales, ciudades. En realidad eran tantas sus posesiones que a los encargados de enumerarlas —cuan­do los acontecimientos de esta historia llegaron a su monstruosa conclusión— les parecía a veces más rápido hacer una lista de las cosas que Gregorius no poseía.
Era rico pero distaba mucho de ser feliz. Lo habían criado en la religión católica y en sus primeros años —antes de su vertiginoso ascenso la fortuna— había encontrado solaz en la fe. Pero la había abandonado luego, y a la edad de cincuenta y cinco años, con el mundo a sus pies despertó una noche para descubrir que carecía de Dios.
Fue un amargo golpe pero de inmediato tomó las medidas necesarias para subsanar la pérdida. Viajó a Roma, habló con el Sumo Pontífice; rezó día y noche; fundó seminarios y colonias de leprosos. Pero Dios se negaba a mostrarle siquiera la uña dcl dedo gordo del pie. Al parecer, Gregorius estaba dejado de la mano de Dios.
Desesperado, se le metió en la cabeza que la única manera de conseguir su propósito de volver a los brazos del Hacedor sería arriesgar el alma del modo más disparatado. La idea tenía sus méritos. «Supongamos que logra a concertar un encuentro con Satán, el enemigo mayor —pensó Gregorius—; ¿acaso Dios, al verme in extremis, no se sentiría obligado a intervenir para hacerme volver al redil?»
Se trataba de un buen plan, pero ¿cómo llevarlo a cabo? El Diablo no acudía con una simple llamada, aunque proviniera de un magnate como Gregorius, y sus búsquedas no tardaron en demostrarle que los métodos tradicionales de invocar al Señor de las Tinieblas —mancillar el Sagrado Sacramento, el sacrificio de criaturas— no fueron más efectivos que las buenas obras para provocar a Jehová. Sólo al cabo de un año de deliberaciones logró dar con un plan maestro. Mandaría construir un Infierno la Tierra, un infierno moderno tan monstruoso que el Tentador se sentiría tentado e iría allí a establecer su, reino como lo hace el cuco en los nidos robados.
Buscó por todo el mundo un arquitecto, y en las afueras de Florencia, languideciendo en un manicomio, encontró a un hombre llamado Leopardo, cuyos planos para los palacios de Mussolini poseían una grandeza demencial que se adaptaba perfectamente al proyecto de Gregorius. Leopardo fue sacado de su celda —era un hombre fétido, una piltrafa— y le devolvieron sus sueños. Su prodigioso genio no le había abandonado.
Para alimentar su inventiva, recorrieron las grandes bibliotecas del mundo en busca de las descripciones de los Infiernos, tanto seglares como metafísicas; las bóvedas de los museos fueron saqueadas en busca de las imágenes prohibidas del martirio. No se dejó piedra por levantar si se sospechaba que debajo se ocultaba algo perverso.
Los planos acabados debían algo a Sade ya Dante, y algo más a Freud y a Kraft-Ebbing, pero también contenían elementos que ninguna mente había concebido jamás, o al menos, nadie se había atrevido a consignar­los sobre el papel.
Se escogió un terreno en el norte de África y comenzó la construcción del Nuevo Infierno de Gregorius. Absolutamente todo lo relacionado con aquel proyecto batió los records. Sus cimientos eran mucho más vastos, sus paredes más gruesas, la fontanería más elaborada que la de ningún otro edificio construido hasta la fecha. Gregorius contemplaba su lenta evolución con un entusiasmo que no había saboreado desde sus pri­meros años de constructor de imperios. Resulta innecesario decir que en todas partes se lo tomó por loco. Los amigos que había tenido durante años se negaron a relacionarse con él; varias de sus empresas quebraron cuando los inversores se espantaron al leer los informes de su demencia. No le importó. Su plan no podía fallar. El Diablo tenía que acudir, aun­que sólo fuera por la curiosidad de ver el Leviatán erigido en su nombre, y cuando apareciera, Gregorius lo estaría esperando.
Las obras tardaron cuatro años y se llevaron la mejor parte de la fortuna de Gregorius. El edificio terminado tenía el tamaño de media docena de catedrales, y albergaba todas las instalaciones que el Ángel de las Tinieblas pudiera desear. Tras sus muros había fuegos, de modo que desplazarse por sus muchos corredores constituía una agonía insoportable. Las habitaciones que daban a esos corredores contaban con todos los dis­positivos imaginables de tortura —agujas, parrillas, cepos— que el genio de los torturadores de Satán hubiera utilizado. Había hornos grandes como para quemar familias enteras; piscinas hondas como para ahogar generaciones. El Nuevo Infierno era una atrocidad a la espera de suceder, una celebración de la inhumanidad a la que sólo le faltaba su causa primera.
Los constructores se marcharon agradecidos. Entre ellos se rumorea­ba que hacía tiempo que Satán vigilaba la construcción de su domo del placer. Algunos llegaron a sostener que lo habían visto en los niveles más profundos, donde el frío era tan intenso, que helaba la orina en la vejiga. Existían pruebas que respaldaban esa creencia en las presencias sobrenaturales cernidas sobre el edificio a medida que éste alcanzaba su termino. Un ejemplo era la cruel muerte de Leopardo; se había arrojado —o, como sostenían los supersticiosos, había sido lanzado— por la ventana del sexto piso del hotel donde se hospedaba. Fue sepultado con la debida extravagancia.
De modo que solo, en el Infierno, Gregorius se dedicó a esperar.
No tuvo que esperar mucho. No había pasado allí más que un día, cuando oyó ruidos provenientes de las profundidades inferiores. Rebo­sante de expectación, fue en busca de su fuente, pero sólo se encontró con la turbulencia de los baños de excrementos y el rugido de los hornos. Regresó a sus aposentos del noveno nivel y esperó. Volvió a oír ruidos; volvió a ir en busca de su fuente, y nuevamente regresó desalentado.
Pero los disturbios no cesaron. En los días siguientes, apenas pasaban diez minutos sin que oyera algún ruido de invasión. El Príncipe de las Tinieblas estaba allí, a Gregorius no le cabía duda, pero se mantenía en las sombras. Gregorius se conformó con seguirle el juego. Al fin y al cabo, era la fiesta del Demonio. Y a él le tocaba participar en el juego que escogiese.
En los largos y a veces solitarios meses que siguieron, Gregorius se aburrió de jugar al escondite y comenzó a exigirle a Satán que se mostrara. El eco de su voz se perdía por los desiertos pasillos sin obtener respuesta, hasta que la garganta se le irritó de tanto gritar. A partir de entonces, continuó con su búsqueda en forma silenciosa, con la esperanza de sorprender a su inquilino. Pero el Ángel Apóstata siempre huía antes de que Gregorius lograra acercarse lo bastante como para verle.
Jugarían un juego de desgaste, Satán y él, persiguiéndose a través hielos, fuegos, hielos otra vez. Gregorius se decía que debía tener paciencia. El Diablo había acudido, ¿o no?¿Acaso en el picaporte no había dejado la señal de su dedo?¿Y sus excrementos en las escaleras? Tarde o temprano, el Supremo Malvado revelaría su rostro y Gregorius le escupiría a la cara.
El mundo exterior prosiguió su camino, y Gregorius fue incluido el mismo grupo que otros reclusos arruinados por las riquezas. Su Locura, término con el que se conocía su obra, no carecía del todo de visitantes. Algunos le habían amado demasiado como para olvidarlo —unos pocos, que habían sacado provecho de él, esperaban aprovecharse aún más de su locura—, y se atrevieron a trasponer la puerta del Nuevo Infierno. Estos visitantes realizaron el viaje sin anunciar sus intenciones, temerosos de encontrarse con la desaprobación de sus amigos. Las investigaciones para esclarecer su desaparición jamás lograron ir más allá de África del Norte.
Y en su Locura, Gregorius seguía persiguiendo a la Serpiente, y ésta lo eludía, no sin dejar más y más terribles señales de su presencia a medida que pasaban los meses.
Fue la esposa de uno de los visitantes desaparecidos quien finalmente descubrió la verdad, y advirtió a las autoridades. La Locura de Gregorius fue puesta bajo vigilancia, y finalmente —unos tres años después de ter­minada—, un cuarteto de funcionarios tuvieron la bravura de trasponer la puerta.
Sin el debido mantenimiento, la Locura había comenzado a deteriorarse de mala manera. En muchos de los niveles fallaban las luces; las pa­redes se habían enfriado; sus pozos de alquitrán se habían solidificado. A medida que los funcionarios se internaron en sus bóvedas oscuras en bus­ca de Gregorius, hallaron amplias evidencias de que, a pesar de su decré­pita condición, el Nuevo Infierno continuaba en perfecto funcionamiento. En todos los hornos había cuerpos con caras enormes y negras; en muchos cuartos había restos humanos sentados y colgados, degollados, o descuartizados.
El terror de los funcionarios fue creciendo con cada puerta que abrían, con cada nueva abominación en la que posaban los febriles ojos.
Dos de los cuatro que traspusieron la puerta jamás llegaron a la cáma­ra del centro. El terror pudo con ellos mucho antes, y huyeron para ser acechados en algún pasadizo sin salida y añadidos a los cientos que ha­bían perecido en la Locura desde que Satán fijara allí su residencia.
De los dos que finalmente desenmascararon al culpable, sólo uno tuvo el coraje de contar lo que vio, aunque las escenas que presenció en el corazón de la Locura eran demasiado terribles para expresarlas en palalabras.
No había señales de Satán, naturalmente. Allí sólo se encontraba Gregorius. El maestro constructor, al no hallar a nadie que habitara la casa que tantos sudores le costara, la había ocupado él mismo. Le acom­pañaban unos cuantos discípulos que había logrado reunir a lo largo de los años. Al igual que él, parecían criaturas corrientes. Pero en el edificio no había instrumento de tortura del que no hubieran hecho un uso prolijo y despiadado.
Gregorius no se resistió al arresto; en realidad, pareció satisfecho de contar con una plataforma desde la que vanagloriarse de sus carnicerías. Posteriormente durante el juicio al que fue sometido, habló libremente de su ambición, de sus apetitos, de toda la sangre que seguiría derramando si lo dejaban en libertad. Juró que sería suficiente como para ahogar todas las creencias y sus ilusiones. Pero aquello le supo a poco. Porque Dios se pudría en el Paraíso y Satán en el Abismo, ¿y quién iba a detenerlo?
Durante el juicio fue muy vilipendiado, y posteriormente, en el mani­comio,  donde murió al cabo de dos meses escasos en circunstancias poco claras. El Vaticano destruyó todos los informes que sobre él guardaba en sus archivos; los seminarios fundados en su impío nombre fueron disueltos.
Pero incluso entre los cardenales, hubo quienes no lograron olvidar su impenitente maldad, y en privado, algunos se preguntaban si su estra­tegia no habría triunfado. Si al abandonar toda esperanza en los ángeles —caídos o no—, no se habría convertido él también en un ángel más.
O en todo lo que la Tierra podía soportar de semejantes fenómenos.

JUNTO A UN MUERTO -- Guy de Maupassant


 

JUNTO A UN MUERTO
Guy de Maupassant

   Se moría poco a poco, como se mueren los tísicos. Todos los días lo veía sentarse a eso de las dos, bajo las ventanas del hotel, frente al mar, tranquilo, en un banco del paseo.
   Permanecía algún tiempo inmóvil bajo el calor del sol, contemplando con ojos sombríos el Mediterráneo.
   A veces dirigía una mirada hacia la alta montaña de cumbres brumosas que cierra el Mentón; luego, con un movimiento muy lento, cruzaba sus largas piernas, tan enflaquecidas que parecían dos huesos alrededor de los cuales flotaba el paño del pantalón, y abría un libro, siempre el mismo.
   Entonces, sin variar de postura, leía, leía con los ojos y con el pensamiento: parecía que todo su pobre cuerpo desfalleciente leía, que su alma penetraba, se perdía, desaparecía en aquel libro hasta la hora en que el aire fresco lo hacía toser un poco. Entonces, levantándose, penetraba en el hotel.
   Era un alemán alto, de barba rubia, que almorzaba y comía en su cuarto y no hablaba con nadie.
   Una vaga curiosidad me atrajo hacia él. Un día me senté a su lado, teniendo yo también en la mano, por el bien parecer, un volumen de poesías de Musset.
   Me puse a hojear Rolla.
   De pronto mi compañero me preguntó en un francés muy correcto:
   —¿Sabe usted alemán, caballero?
   —Ni una palabra.
   —Lo siento; porque, ya que la casualidad nos ha reunido, le hubiera prestado, le hubiera hecho fijarse en una cosa inestimable: este libro que aquí tengo.
   —¿Qué libro es ése?
   —Es un ejemplar de mi maestro Schopenhauer, anotado por él. Todas las márgenes, como puede usted ver, están cubiertas con su letra.
   Cogí con respeto aquel libro y contemplé aquellos garabatos incomprensibles para mí, pero que revelaban el inmortal pensamiento del mayor destructor de sueños que ha pasado por el mundo.
   Entonces los versos de Musset estallaron en mi memoria:
VOLTAIRE:
¿Duermes contento, y tu sonrisa horrible
envuelve aún tu rostro de ironía indecible?
   Y comparé involuntariamente el sarcasmo infantil, el sarcasmo religioso de Voltaire con la irresistible ironía del filósofo alemán, cuya influencia es, a pesar de todo, imborrable.
   Aunque muchos protesten, se enfaden, se indignen o se exalten, no hay duda de que Schopenhauer ha marcado a la humanidad con el sello de su desdén y de su desencanto.
   Filósofo desengañado, ha derribado las creencias, las esperanzas, las poesías, las quimeras; ha destruido las aspiraciones, ha asolado la confianza de las almas, ha matado el amor, abatiendo el culto ideal de las mujeres, ha destrozado las ilusiones del corazón; realizó la obra más gigantesca de escepticismo que pudo intentarse. Todo lo ha aplastado con su burla. Hoy mismo, los que lo abominan llevan indudablemente, muy a pesar suyo, en sus ideas, reflejos de su pensamiento.
   —¿Ha conocido usted en la intimidad a Schopenhauer —pregunté al alemán.
   —Hasta su muerte, caballero —contestó sonriendo con profundo aire de tristeza.
   Me habló de él, refiriéndome la impresión casi sobrenatural que causaba aquel ser extraño a cuantos a él se acercaban.
   Me contó la entrevista del "viejo demoledor" con un político francés, republicano, el cual, queriendo ver a aquel hombre, le encontró en una cervecería tumultuosa, sentado entre sus discípulos, seco, arrugado, riendo con una risa inolvidable, mordiendo y desgarrando las ideas y las creencias con una sola palabra, como un perro que de un mordisco deshace los tisúes con que está jugando, y me repitió la frase de aquel francés, que al irse, enloquecido y azorado, exclamaba: "He creído pasar una hora con el diablo".
   Luego, añadió:
   —En efecto, tenía una espantosa sonrisa que nos inspiró miedo hasta después de su muerte. Es una anécdota casi desconocida y que puedo contarle si le interesa.
   Su voz cansada era interrumpida con frecuencia por los golpes de tos, mientras me refería lo siguiente:
   —Schopenhauer acababa de morir, y convinimos que le velaríamos de dos en dos hasta la mañana siguiente.
   "Estaba de cuerpo presente en una habitación, muy sencilla, amplia y sombría. Dos bujías ardían sobre la mesa de noche.
   "El rostro no estaba desfigurado. Sonreía. Aquella arruga que conocíamos tan bien se marcaba en el extremo de sus labios; nos parecía que iba a abrir los ojos, a moverse, a hablar.
   "Su pensamiento, o mejor dicho, sus pensamientos nos envolvían; nos sentíamos más que nunca en la atmósfera de su genio, invadidos, poseídos por él. Su dominio nos parecía más soberano a la hora de su muerte. Un misterio se mezclaba con el poder incomparable de aquel espíritu.
   "El cuerpo de esos hombres desaparece, pero ellos quedan; y en la noche que sigue a la paralización de su corazón, le aseguro, caballero, que se ofrecen de un modo espantoso.
   "Hablábamos bajo, siempre de él, recordando frases, fórmulas, aquellas sorprendentes máximas, semejantes a fulgores que iluminasen con algunas palabras las tinieblas de la vida ignorada.
   "—Me parece que va a hablar —dijo mi camarada.
   "Y miramos, con una inquietud rayana en miedo, aquel rostro inmóvil que no dejaba de sonreír.
   "Poco a poco sentimos cierto malestar, opresión y aun desfallecimiento.
   "—No sé lo que tengo, pero te aseguro que estoy malo —balbucí.
   "Y entonces notamos que el cadáver olía mal.
   "Mi compañero me propuso que nos trasladáramos al cuarto inmediato, dejando la puerta abierta; y yo acepté.
   "Cogí una de las bujías que ardían en la mesa de noche, dejando allí la otra, y nos fuimos a sentar al otro extremo de la habitación de manera que pudiéramos ver desde nuestro sitio la cama y el muerto en plena luz.
   "Pero nos obsesionaba de continuo; se hubiera dicho que su ser, inmaterial, libre, todopoderoso y dominante, rondaba en torno nuestro; y a veces, el infame olor del cuerpo descompuesto nos alcanzaba, nos penetraba, repugnante y vago.
   "De pronto nos sentimos estremecidos hasta los huesos: un ruido, un leve ruido había salido del cuarto del muerto. Nuestras miradas se dirigieron hacia él y vimos, sí, señor, vimos perfectamente uno y otro una cosa blanca deslizándose por encima de la cama para caer en el suelo, sobre la alfombra, y desaparecer debajo de una butaca.
   "De pronto nos pusimos de pie, sin saber que pensar, alocados por un terror estúpido, dispuestos a huir. Luego nos miramos el uno al otro. Estábamos horriblemente pálidos.
   "El corazón nos latía con tal fuerza que se notaban sus latidos sobre nuestras levitas.
   "Fui el primero en hablar.
   "—¿Has visto?
   "—Sí; he visto.
   "—¿No está muerto?
   "—Se halla en estado de putrefacción.
   "—¿Qué vamos a hacer?
   "Mi compañero, vacilante, dijo:
   "—Hay que ir a verlo.
   "Cogí nuestra bujía y entré delante, registrando con la mirada la extensa habitación de rincones oscuros. Nada se movía. Me acerqué a la cama. Pero permanecí sobrecogido de estupefacción, de espanto: ¡Schopenhauer ya no sonreía! Tenía un gesto horrible: la boca apretada, las mejillas profundamente hundidas.
   "—¡No está muerto! —exclamé.
   "Pero el olor espantoso que me llegaba a las narices me sofocaba. No me movía, mirándolo con fijeza, tan turbado como ante una aparición.
   "Entonces mi compañero, cogiendo la otra bujía, se agachó. Luego me tocó en el brazo, sin decirme una palabra. Siguiendo su mirada, descubrí en el suelo, bajo la butaca, al lado de la cama, muy blanca, sobre la oscura alfombra, abierta como para morder, la dentadura postiza de Schopenhauer.
   "El trabajo de la descomposición, que afloja las mandíbulas, la había hecho salirse de la boca.
   "Aquel día tuve realmente miedo, caballero."
   Y como el sol se acercaba al mar resplandeciente, el alemán tísico se levantó y, después de saludarme, entró en el hotel.
***