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viernes, 22 de octubre de 2010

Guy de Maupassant -- El Miedo




EL MIEDO
Guy De Maupassant
--
Volvimos a subir a cubierta después de la cena. Ante nosotros, el
Mediterráneo no tenía el más mínimo temblor sobre toda su superficie, a la que
una gran luna tranquila daba reflejos. El ancho barco se deslizaba, echando al cielo,
que parecía estar sembrado de estrellas, una gran serpiente de humo negro; detrás
de nosotros, el agua blanquísima, agitada por el paso rápido del pesado buque,
golpeada por la hélice, espumaba, removía tantas claridades que parecía luz de
luna burbujeando.
Ahí estábamos, unos seis u ocho, silenciosos, llenos de admiración, la vista
vuelta hacia la lejana África, adonde nos dirigíamos. De pronto el comandante, que
fumaba un puro en medio de nosotros, retomó la conversación de la cena.
—Sí, aquel día tuve miedo. Mi navío se quedó seis horas con esa roca en el
vientre, golpeado por el mar. Afortunadamente, por la tarde nos recogió un barco
carbonero inglés que nos había visto.
Entonces un hombre alto con el rostro quemado, de aspecto serio, uno de esos
hombres que uno imagina que han cruzado largos países desconocidos, en medio
de peligros incesantes, y cuyos ojos tranquilos parecen conservar, en su
profundidad, algo de los países extraños que han visto; uno de esos hombres que
uno adivina empapado en el valor, habló por primera vez:
—Usted dice, comandante, que tuvo miedo; no le creo en absoluto. Usted se
equivoca en la palabra y en la sensación que experimentó. Un hombre enérgico
nunca tiene miedo ante un peligro apremiante. Está emocionado, agitado, ansioso;
pero el miedo es otra cosa.
El comandante prosiguió, riéndose:
—¡Caray ! Le vuelvo a decir que yo tuve miedo.
Entonces el hombre de tez morena dijo con una voz lenta :
—¡Permítame explicarme ! El miedo (y hasta los hombres más intrépidos
pueden tener miedo) es algo espantoso, una sensación atroz, como una
descomposición del alma, un espasmo horroroso del pensamiento y del corazón,
cuyo mero recuerdo provoca estremecimientos de angustia. Pero cuando se es
valiente, esto no ocurre ni ante un ataque, ni ante la muerte inevitable, ni ante
todas las formas conocidas de peligro: ocurre en ciertas circunstancias anormales,
bajo ciertas influencias misteriosas frente a riesgos vagos. El verdadero miedo es
como una reminiscencia de los terrores fantásticos de antaño. Un hombre que cree
en los fantasmas y se imagina ver un espectro en la noche debe de experimentar el
miedo en todo su espantoso horror. Yo adiviné lo que es el miedo en pleno día,
hace unos diez años. Lo experimenté, el pasado invierno, una noche de diciembre.
Y, sin embargo, he pasado por muchas vicisitudes, muchas aventuras que parecían
mortales. He luchado a menudo. Unos ladrones me dieron por muerto. Fui
condenado, como sublevado, a la horca en América y arrojado al mar desde la
cubierta de un buque frente a la costa de China. Todas las veces creí estar perdido
e inmediatamente me resignaba, sin enternecimiento e incluso sin
arrepentimientos. Pero el miedo no es eso.
Lo presentí en África. Y, sin embargo, es hijo del Norte; el sol lo disipa como
una niebla. Fíjense en esto, señores. Entre los orientales, la visa no vale nada; se
resignan en seguida; las noches están claras y vacías de las sombrías
preocupaciones que atormentan los cerebros en los países fríos. En Oriente, donde
se puede conocer el pánico, se ignora el miedo. Pues bien, esto es lo que me ocurrió
en esa tierra de África:
Atravesaba las grandes dunas al sur de Uargla. Es éste uno de los países más
extraños del mundo. Conocerán la arena unida, la arena recta de las interminables
playas del Océano. ¡Pues bien! Figúrense al mismísimo Océano convertido en
arena en medio de un huracán; imaginen una silenciosa tormenta de inmóviles olas
de polvo amarillo. Olas altas como montañas, olas desiguales, diferentes,
totalmente levantadas como aluviones desenfrenados, pero más grandes aún, y
estriadas como el moaré. Sobre ese mar furioso, mudo y sin movimiento, el sol
devorador del sur derrama su llama implacable y directa. Hay que escalar aquellas
láminas de ceniza de oro, volver a bajar, escalar de nuevo, escalar sin cesar, sin
descanso y sin sombra. Los caballos jadean, se hunden hasta las rodillas y resbalan
al bajar la otra vertiente de las sorprendentes colinas.
Íbamos dos amigos seguidos por ocho espahíes y cuatro camellos con sus
camelleros. Ya no hablábamos, rendidos por el calor, el cansancio, y resecos de sed
como aquel desierto ardiente. De pronto uno de aquellos hombres dio como un
grito; todos se detuvieron; permanecimos inmóviles, sorprendidos por un
inexplicable fenómeno conocido por los viajeros en aquellas regiones perdidas.
En algún lugar, cerca de nosotros, en una dirección indeterminada, redoblaba
un tambor, el misterioso tambor de las dunas; sonaba con claridad, unas veces más
vibrante, otras debilitado, deteniéndose, e iniciando de nuevo su redoble
fantástico.
Los árabes, espantados, se miraban; uno dijo, en su idioma: "La muerte está
sobre nosotros." Y entonces, de pronto, mi compañero, mi amigo, casi mi hermano,
se cayó de cabeza del caballo, fulminado por una insolación.
Y durante dos horas, mientras intentaba en vano salvarle, aquel tambor
inalcanzable me llenaba el oído con su ruido monótono, intermitente e
incomprensible; y sentía deslizarse por mis huesos el miedo, el verdadero miedo,
el odioso miedo, frente al cadáver amado, en ese agujero incendiado por el sol
entre cuatro montes de arena, mientras el eco desconocido nos arrojaba, a
doscientas leguas de cualquier pueblo francés, el redoble rápido del tambor.
Aquel día entendí lo que era tener miedo; y lo supe aún mejor en otra
ocasión...
El comandante interrumpió al narrador:
—Perdone, señor, pero ¿aquel tambor? ¿Qué era?
El viajero contestó:
—No lo sé. Nadie lo sabe. Los oficiales, a menudo sorprendidos por ese ruido
singular, lo suelen atribuir al eco aumentado, multiplicado, desmesuradamente
inflado por las ondulaciones de las dunas, de una lluvia de granos de arena
arrastrados por el viento al chocar con una mata de hierbas secas; ya que siempre
se ha comprobado que el fenómeno se produce cerca de pequeñas plantas
quemadas por el sol, y duras como el pergamino. Aquel tambor no sería más que
una especie de espejismo del sonido. Eso es todo. Pero no lo supe hasta más tarde.
Sigo con mi segunda emoción.
Ocurrió el invierno pasado, en un bosque del noreste de Francia. El cielo
estaba tan oscuro que la noche llegó dos horas antes. Tenía como guía a un
campesino que andaba a mi lado, por un pequeñísimo camino, bajo una bóveda de
abetos a los que el viento desenfrenado arrancaba aullidos. Entre las copas veía
correr nubes desconcertadas, nubes enloquecidas que parecían huir ante un
espanto. A veces, bajo una inmensa ráfaga, todo el bosque se inclinaba en el mismo
sentido con un gemido de sufrimiento; y me invadía el frío, a pesar de mi paso
ligero y mi ropa pesada. Teníamos que cenar y dormir en la casa de un
guardabosque, cuya morada ya no quedaba muy lejos. Iba allí para cazar.
A veces mi guía levantaba los ojos y murmuraba: "¡Qué tiempo tan triste!"
Luego me habló de la gente a cuya casa llegábamos. El padre había matado a un
cazador furtivo dos años antes y, desde entonces, parecía sombrío, como
atormentado por un recuerdo. Sus dos hijos, ya casados, vivían con él.
La noche era profunda. No veía nada delante de mí, ni a mi alrededor, y las
ramas de los árboles chocaban entre sí llenando la noche de un incesante rumor.
Finalmente vi una luz y en seguida mi compañero llamó a una puerta. Nos
contestaron los gritos agudos de unas mujeres. Después una voz de hombre, una
voz sofocada, preguntó: "¿Quién es?" Mi guía dio su nombre. Entramos. Fue un
cuadro inolvidable.
Un hombre viejo de pelo blanco y mirada loca, con la escopeta cargada en la
mano, nos esperaba de pie en mitad de la cocina mientras dos mozarrones,
armados con hachas, vigilaban la puerta. Distinguí en los rincones oscuros a dos
mujeres arrodilladas, con el rostro escondido contra la pared. Nos presentamos. El
viejo volvió a poner su arma contra la pared y mandó que se preparara mi
habitación; luego, como las mujeres no se movían, me dijo bruscamente:
—Verá usted, señor; esta noche, hace dos años, maté a un hombre. El año
pasado volvió para buscarme. Le espero otra vez esta noche—. Y añadió con un
tono que me hizo sonreír: —Por eso no estamos tranquilos.
Le tranquilicé como pude, feliz por haber venido precisamente aquella noche,
y asistir al espectáculo de ese terror supersticioso. Conté varias historias y conseguí
tranquilizarles a casi todos.
Cerca del fuego, un viejo perro, bigotudo y casi ciego, uno de esos perros que
se parecen a gente que conocemos, dormía el morro entre las patas. Fuera, la
tormenta encarnizada azotaba la pequeña casa y, a través de un estrecho cristal,
una especie de mirilla situada cerca de la puerta, veía de pronto todo un
desbarajuste de árboles empujados violentamente por el viento a la luz de grandes
relámpagos.
Notaba perfectamente que, a pesar de mis esfuerzos, un terror profundo se
había apoderado de aquella gente, y cada vez que dejaba de hablar, todos los oídos
escuchaban a lo lejos. Cansado de presenciar aquellos temores estúpidos, iba a
pedir acostarme, cuando el viejo guarda de pronto saltó de su silla, cogió de nuevo
su escopeta, mientras tartamudeaba con una voz enloquecida:
—¡Ahí está! ¡Ahí está! ¡Le oigo!
Las dos mujeres volvieron a caerse de rodillas en los rincones, escondiendo el
rostro; y los hijos volvieron a coger sus hachas. Iba a intentar tranquilizarles otra
vez, cuando el perro dormido se despertó de pronto y, levantando la cabeza,
tendiendo el cuello, mirando hacia el fuego con sus ojos casi apagados, dio uno de
esos lúgubres aullidos que hacen estremecerse a los viajeros, de noche, en el
campo. Todos los ojos se volvieron hacia él; ahora permanecía inmóvil, tieso sobre
las patas, como atormentado por una visión; se echó de nuevo a aullar hacia algo
invisible, desconocido, sin duda horroroso, ya que todo el pelo se le ponía de
punta. El guarda, lívido, gritó: —¡Lo huele! ¡Lo huele! Estaba ahí cuando lo maté—
y las dos mujeres enloquecidas se echaron a gritar con el perro.
A mi pesar, un gran escalofrío me corrió entre los hombros. El ver al animal
en aquel lugar, a aquella hora, en medio de aquella gente enloquecida, resultaba
espantoso. Entonces, durante una hora, el perro aulló sin moverse; aulló como
preso de angustia en un sueño; y el miedo, el espantoso miedo entró en mí; ¿el
miedo a qué? ¿Lo sabré yo? Era el miedo, y punto. Permanecíamos inmóviles,
lívidos, en espera de un acontecimiento horroroso, aguzando el oído, el corazón
latiendo, descompuestos al menor ruido. Y el perro se puso a dar vueltas alrededor
del cuarto, oliendo las paredes y siempre gimiendo. ¡Aquel animal nos volvía
locos! Entonces el campesino que me había guiado, se abalanzó sobre él, en una
especie de paroxismo de terror furioso, y abriendo una puerta que daba a un
pequeño patio, echó al animal afuera. Éste se calló en seguida, y nos quedamos
sumidos en un silencio aún más terrorífico. Y de pronto todos a la par tuvimos una
especie de sobresalto: un ser se deslizaba contra la pared, en el exterior, hacia el
bosque; luego pasó junto a la puerta, que pareció palpar, con una mano vacilante;
no volvimos a oír nada más durante dos minutos que nos convirtieron en
insensatos; luego volvió, siempre rozando la pared; y raspó ligeramente, como lo
haría un niño con la uña; y de pronto una cabeza apareció contra el cristal de la
mirilla, una cabeza blanca con ojos luminosos como los de una fiera. Y un sonido
salió de su boca, un sonido indistinto, un murmullo quejumbroso. Entonces un
estruendo formidable estalló en la cocina. El viejo guarda había disparado.
Inmediatamente sus hijos se precipitaron, taparon la mirilla levantando la gran
mesa que sujetaron con el aparador. Y les juro que al oír el estrépito del disparo
que no me esperaba tuve tal angustia en el corazón, el alma y el cuerpo, que me
sentí desfallecer y a punto de morir de miedo.
Nos quedamos ahí hasta la aurora, incapaces de movernos, de decir una
palabra, crispados en un enloquecimiento inefable. No nos atrevimos a desatrancar
la salida hasta no ver, por la hendidura de un sobradillo, un fino rayo de día.
Al pie del muro, junto a la puerta, yacía el viejo perro, con el hocico
destrozado por una bala. Había salido del patio escarbando un agujero bajo una
empalizada.
El hombre de rostro moreno se calló; luego añadió:
—Aquella noche no corrí ningún peligro, pero preferiría volver a vivir todas
las horas en las que me enfrenté con los peligros más terribles, antes que el minuto
único del disparo sobre la cabeza barbuda de la mirilla.
(23 de octubre de 1882)

RATAS -- M. R. James




RATAS
M. R. James
**

—Y si ahora tuvieses que atravesar los dormitorios, verías las sábanas, rasgadas y
mohosas, ondulando una y otra vez como si fueran mares.
—Pero... ¿a causa de qué? —dijo.
—Bueno, a causa de las ratas que hay debajo.
¿Pero se debía ese movimiento a las ratas? Lo pregunto porque en otra ocasión
no fue así. No puedo establecer la fecha de mi historia, pero yo era joven cuando la
escuché, y quien me la contó era un anciano. No lo puedo culpar por la escasa
armonía de su relato; por el contrario, yo asumo toda la responsabilidad.
Sucedió en Suffolk, cerca de la costa. En ese lugar el camino presenta un
repentino declive y luego, también repentinamente, se eleva; si uno se dirige hacia el
norte, sobre esa cuesta y a la izquierda del camino, se yergue una casa. Es un edificio
alto, estrecho en proporción, de ladrillo rojo; lo construyeron, tal vez, hacia 1770.
Corona el frente un tímpano triangular, con una ventana circular en el centro. En la
parte trasera se encuentran los establos y las dependencias de servicio; detrás de
ellos, el jardín. Descarnados abetos escoceses crecen cerca de la casa y la circundan
extensos campos de aulagas. A lo lejos, desde las ventanas frontales más altas, puede
distinguirse el mar. Frente a la puerta cuelga un cartel; o colgaba, pues aunque esta
casa fue en otro tiempo una famosa posada, creo que ya no lo es más.
Fue a esta posada donde llegó, un hermoso día de primavera, mi amigo Mr.
Thomson. Era entonces un joven que venía de la Universidad de Cambridge, deseoso
de pasar algunos días en habitaciones aceptables, a solas, y con tiempo para leer. Por
cierto, encontró lo que buscaba, pues el posadero y su mujer tenían la suficiente
experiencia en su oficio como para hacer sentir cómodo a un huésped y, además, no
había ningún otro visitante en el lugar. Le asignaron una amplia habitación en el
primer piso, desde la que podía verse el camino y el paisaje; estaba, lamentablemente,
orientada hacia el este, pero, en fin, nada es perfecto. La casa, por lo demás, era
cálida y de buena construcción.
Mi amigo pasó allí días tranquilos y apacibles: trabajaba toda la mañana; por la
tarde solía pasear por los alrededores, al anochecer conversaba un poco con los
campesinos o la gente de la posada, frente a un estimulante vaso de aguardiente con
agua; luego leía y escribía un poco antes de retirarse a dormir; le habría gustado
continuar esta rutina durante todo el mes que tenía a su disposición, tanto progresaba
su trabajo y tan hermoso era abril ese año, el cual tengo motivos para sospechar que
fue aquel que Orlando Whistlecraft registra en sus anotaciones meteorológicas como
el ''Año de las Delicias".
Uno de sus paseos lo condujo por el camino del norte que, elevándose, atraviesa
una amplia extensión desierta, convertida en brezal. Gracias a la nitidez de la tarde
pudo vislumbrar a varios cientos de yardas a la izquierda del camino, un objeto
blanco, e inmediatamente creyó necesario averiguar de qué se trataba. Al cabo de
pocos minutos, se halló frente a un bloque de piedra —algo así como la base de un
pilar— con un agujero cuadrado en su cara superior. Era similar al que hoy puede
apreciarse en Thetford Heath. Lo observó con detenimiento y contempló el paisaje
unos instantes: una o dos torres de iglesia, los techos rojos de algunas casitas cuyas
ventanas relumbraban al sol, y la superficie del mar, también sembrada de
ocasionales destellos; después prosiguió su camino.
La multiplicidad de temas inconexos que solían tratarse en las charlas
vespertinas le permitió esa tarde preguntar en el bar de la posada el porqué de esa
piedra blanca en el brezal.
—Es muy antigua esa piedra —dijo el posadero (Mr. Betts)—. Ninguno de
nosotros había nacido cuando la colocaron.
—Es cierto —afirmó otro.
—Está en un lugar bastante alto —observó Mr. Thomson—. Tal vez en otro
tiempo sirvió de sustento a una baliza.
—Oh, sí —asintió Mr. Betts—. Escuché decir que podía verse desde los barcos;
bueno, fuera lo que fuese, lo cierto es que se hizo pedazos hace mucho tiempo.
—Mejor —dijo un tercero—. Traía mala suerte, así decían los viejos; mala suerte
para la pesca, quiero decir.
—¿Y por qué? —preguntó Thomson.
—Bueno, yo nunca supe por qué —fue la respuesta— pero ellos, esos tipos de
antes, tenían algunas ideas raras, quiero decir extravagantes; no me asombraría que
ellos mismos la hubiesen destruido.
A Mr. Thomson le fue imposible obtener información más precisa al respecto; el
grupo —que nunca se había distinguido por su locuacidad —adoptó una actitud
taciturna y cuando alguien se atrevió a hablar fue para referirse a cuestiones locales y
a las cosechas. Ese alguien fue Mr. Betts.
Mr. Thomson no tenía tantas consideraciones a su salud como para resignarse a
una caminata diaria. Así, las tres de la tarde de un hermoso día lo sorprendieron
escribiendo activamente en su habitación. Entonces, desperezándose, se levantó y
salió al pasillo. Había, frente al suyo, otro cuarto; luego, el descanso de la escalera y
otras dos habitaciones; una miraba hacia la parte trasera, la otra hacia el sur. En el
extremo sur del pasillo había una ventana, y a ella se dirigió mientras pensaba que
realmente era una pena estar encerrado una tarde tan hermosa. Sin embargo, su
trabajo era lo principal en ese momento; así que decidió robarle no más de cinco
minutos y luego retomarlo; pensó en emplear esos cinco minutos —acaso los Betts no
tuvieran nada que objetar— en recorrer las otras habitaciones del pasillo, en las que,
por lo demás, nunca había estado. Nadie, al parecer, las ocupaba en ese momento;
probablemente, por ser día de mercado, todos habían ido a la ciudad, con la única
excepción, tal vez, de la criada que atendía el bar. Una absoluta quietud reinaba en
toda la casa, sobre la que se abatía pesadamente el calor del sol; las moscas
zumbaban contra los vidrios de los ventanales. Mr. Thomson inició su exploración.
Nada de especial había en el cuarto que enfrentaba al suyo, salvo un viejo grabado
que representaba Bury St. Edmunds; los dos restantes, que estaban a su lado en el
pasillo, eran limpios y alegres; lo único que los distinguía de su propio cuarto, que
tenía dos ventanas, era poseer sólo una. Quedaba por ver la habitación del sudoeste,
frente a la última a la que había entrado. Estaba cerrada, pero Thomson sentía una
curiosidad tan irresistible que, seguro de que no sorprendería ningún secreto
prohibido en un sitio de tan fácil acceso, fue a buscar las llaves de su propio cuarto, y
como éstas no le sirvieron, recogió luego las de los otros tres. Con una de ellas pudo
abrir la puerta. La habitación tenía dos ventanas —una hacia el sur, otra hacia el oeste
— y, por lo tanto, el persistente sol provocaba un calor sofocante. No había
alfombras, sólo el piso desnudo; tampoco cuadros, ni lavabo; veíase, en el rincón más
alejado, una cama. Era una cama de hierro, con colchón y almohadas, cubierta por
una colcha azul, hecha jirones. Era la habitación más anodina que pueda imaginarse;
sin embargo, había allí algo que obligó a Thomson a cerrar la puerta con suma
rapidez y cuidado, y a apoyarse, trémulo, contra la ventana del pasillo. Alguien yacía
bajo la colcha y además se agitaba. No cabía duda de que se trataba de alguien, no de
algo, pues sobre la almohada se destacaba la forma inconfundible de una cabeza. Sin
embargo, la colcha la tapaba por completo, y sólo un muerto yace con la cabeza
cubierta; pero este alguien no estaba muerto, no realmente muerto, porque jadeaba y
se estremecía. Si Thomson hubiese contemplado tal escena en el crepúsculo, o a la
incierta luz de una vela, nada le habría costado convencerse de que se trataba de una
fantasía. En esa tarde resplandeciente ello era imposible. ¿Qué debía hacer? Primero,
cerrar la puerta con llave, costara lo que costase. Se aproximó con cautela y se inclinó
para escuchar. Contuvo el aliento; acaso oyera el sonido de una pesada respiración, a
la que podía atribuirle una explicación prosaica. El silencio era total. Cuando, con
mano vacilante, introdujo la llave en la cerradura y la hizo girar, ésta rechinó y en el
acto escucháronse pasos tambaleantes y penosos, que avanzaban hacia la puerta.
Thomson huyó como un conejo hacia su habitación, donde se encerró con llave; sabía
que era en vano —¿de qué podían servir puertas y cerrojos ante lo que sospechaba?—
pero era todo cuanto se le ocurrió en ese momento y, de hecho, nada sucedió. Sólo lo
asaltaron el terror de la espera y las atroces dudas sobre la decisión a adoptar. Su
primer impulso fue, por supuesto, abandonar lo antes posible una casa que albergaba
huésped tan nefasto. Pero precisamente el día anterior había asegurado que se
quedaría por lo menos una semana más y, en caso de cambiar sus planes, de ningún
modo podría evitar que sospecharan su participación en asuntos que por cierto no le
concernían. Además, o bien los Betts conocían la existencia del extraño huésped (y sin
embargo no abandonaban la casa), o bien la ignoraban (lo cual también evidenciaba
que no había nada que temer), o bien sabían sólo lo suficiente como para cerrar la
habitación, pero demasiado poco como para alarmarse: en cualquiera de esos casos,
parecía obvio que no existía nada digno de temor; su propia experiencia, por lo
demás, no había sido tan terrible. Quedarse, en todo caso, implicaba menos esfuerzo.
En fin, permaneció allí la semana prevista. Nada advirtió al pasar junto a esa
puerta; deteníase con frecuencia, a una hora tranquila del día o de la noche, en el
pasillo, para escuchar, pero por más atención que prestara no percibía sonido alguno.
Habría sido lógico, tal vez, que Thomson intentara averiguar historias relacionadas
con la posada, no interrogando a Betts sino al párroco o a la gente más vieja de la
aldea; pero no lo hizo: era presa de esa reserva que suele dominar a la gente que
padeció experiencias extrañas y cree en ellas. Sin embargo, al acercarse el fin de su
estadía, la necesidad de una explicación se tornó más perentoria. Durante sus paseos
solitarios se dedicó a forjar un plan que le permitiera, del modo más discreto posible,
indagar una vez más ese cuarto a la luz del día. Concibió, finalmente, este ardid:
debía marcharse por la tarde, en el tren de las cuatro; cuando el cabriolé lo aguardara
con el equipaje, haría una última incursión al piso alto para examinar su propio
dormitorio y verificar si no olvidaba nada; luego, con esa misma llave, previamente
aceitada —。como si eso valiera de algo!— abriría una vez más, sólo por un instante,
la puerta de la otra habitación, y la volvería a cerrar.
Así lo hizo. Pagó la cuenta. Toleró una charla breve y convencional mientras
trasladaban su equipaje al cabriolé.
—Un hermoso lugar, por cierto... estuve muy cómodo, gracias a usted y a Mrs.
Betts... espero volver en otra oportunidad.
—Encantados de que esté satisfecho, señor. Hicimos todo lo posible...
encantados de recibir sus elogios... El tiempo, en realidad, nos ayudó mucho.
Y luego:
—Iré arriba a ver si olvidé un libro o alguna otra cosa; no, no se moleste, vuelvo
en un minuto.
Y tan silenciosamente como pudo, se deslizó hasta la puerta y la abrió. 。La
ruptura de una ilusión! Casi estalló en carcajadas. Apoyado, casi podría decirse que
sentado, sobre el borde de la cama, había... 。pues nada más que un espantapájaros!
Un espantapájaros que habían sacado del jardín, por supuesto, y arrinconado en esa
habitación en desuso... Sí, pero de pronto toda la comicidad de su hallazgo se
desvaneció. ¿Acaso los espantapájaros tienen pies calzados que, en su desnudez,
muestran los huesos? ¿Acaso sus cabezas cuelgan sobre los hombros? ¿Acaso tienen
grillos de hierro y trozos de cadenas alrededor del cuello? ¿Acaso pueden
incorporarse y avanzar, aunque sea con tanta rigidez, a través de una habitación,
meneando la cabeza, con los brazos caídos junto al cuerpo? ¿Y pueden, acaso,
temblar?
Dio un portazo, se precipitó hacia las escaleras, las bajó de un salto y,
finalmente, perdió el sentido. Al despertar, Thomson vio a Mr. Betts, que se inclinaba
sobre él con una botella de aguardiente y le dirigía una mirada de reconvención.
—No debería haberlo hecho, señor, de veras que no. No es ése el modo de tratar
a gente que hizo por usted todo lo que pudo.
Thomson escuchó otras frases similares, pero jamás pudo recordar qué
respondió. A Mr. Betts, y tal vez aún más a Mrs. Betts, le resultaba difícil aceptar sus
disculpas, por más que él alegaba que nada diría que pudiese perjudicar el buen
nombre de la casa. Debieron sin embargo aceptarlas. Como Thomson ya no podía
alcanzar el tren, se hicieron los arreglos necesarios para que esa noche durmiera en la
ciudad. Antes de que se fuera, los Betts le contaron lo poco que sabían.
—Dicen que era, hace mucho tiempo, el dueño de esta propiedad y que protegía
a los bandoleros que acechaban en el brezal. Al fin recibió su merecido: lo colgaron
con cadenas, según dicen; levantaron el cadalso allí donde está la piedra blanca. Los
pescadores se lo llevaron porque, según creo, lo veían desde el mar y les impedía
tener buena pesca, o por lo menos eso pensaban. A nosotros nos contaron los
anteriores propietarios. ''Mantengan cerrado ese cuarto", nos dijeron, "pero no saquen
la cama; entonces no tendrán ningún problema". Y nunca los tuvimos; ni una vez salió
de la habitación, aunque ahora no sé qué pasará. De todos modos, usted es el primero
que lo ha visto desde que estamos aquí; yo mismo no lo miré nunca, ni quiero
hacerlo. Como hicimos las habitaciones de los sirvientes junto al establo, no tuvimos
ningún problema con ellos. Lo único que espero, señor, es que mantenga la boca
cerrada. ¿Usted sabe lo perjudiciales que podrían ser ciertas habladurías...? —y
siguieron otros ruegos del mismo tenor.
Mr. Thomson mantuvo su promesa durante muchos años. Yo conocí esta
historia gracias a un incidente peculiar: cuando Mr. Thomson vino a visitar a mi
padre, se me encomendó que le indicara su habitación, pero él, en lugar de permitir
que le abriera la puerta, se me adelantó y la abrió por sí mismo; luego permaneció
varios minutos en el umbral y escudriñó con insistencia, a la luz de la vela, el interior
del cuarto. Al fin pareció recobrarse y se disculpó:
—Lo siento. Sé que es absurdo, pero jamás puedo evitar hacerlo, por un motivo
muy particular.
Días más tarde, conocí ese motivo tan particular, y ustedes acaban de conocerlo.

A LA ESPERA -- Ramsey Campbell




A LA ESPERA
Ramsey Campbell
***
Cincuenta años después, volvió. Había estado en el colegio y en la Universidad; tras
un año de buscar empleo sin ningún resultado, empezó a escribir una novela: rápidamente
destacó como uno de los mejores libros que se había escrito hablando de la infancia; nunca
dejó de reeditarse. Antes de que lo llamasen de Hollywood para que escribiese el guión
cinematográfico de su novela, había estado casado y se había divorciado; tuvo un asuntillo
con una actriz, antes de que el novio de ella le enviase una limusina, con dos fornidos
individuos monosilábicos embutidos en unos impecables trajes grises, y que se aseguraron
de su partida hacia Inglaterra, después de que hubo entregado el original de su adaptación
al Gremio de Escritores. Escribió un par de libros más, que fueron recibidos con
expectación, y cuyas ventas resultaron moderadamente interesantes; pasó una noche en la
habitación de un hotel con dos mellizas adolescentes. Pero nada de todo ello consiguió
incrementar el bagaje de sus recuerdos; nada permanecía, excepto, cada vez más
intensamente revivido, aquel día en el bosque cincuenta años atrás.
Había algunos coches aparcados en el camino forestal; ninguno en los aparcamientos
al lado de la ruta. Paró junto al poste indicador del sendero, y se quedó sentado dentro del
vehículo. Era la primera vez que tomaba en consideración una carretera: nunca había
observado lo mucho que se retorcía; parecía una enorme manguera semienterrada en la
tierra, con su superficie desnuda como los árboles a su alrededor. No había ningún coche
al alcance de los ojos. El viento helado entraba por la ventanilla del coche, haciéndole
temblar de frío. Se forzó a salir, el oro se hundió pesadamente en los bolsillos de su grueso
abrigo, y se adentró por el sendero de cantos rodados.
Quedó empapado en unos instantes. Un pájaro pasó volando ruidosamente; luego, el
silencio. Las ramas de los árboles relucían bajo el pálido cielo, panzudo de nubes. Tenues
gotas de lluvia titilaban sobre la yerba que bordeaba el sendero. Un camión roncó en la
lejanía. Cuando se dio la vuelta, ya no pudo ver su coche.
El sendero culebreaba una y otra vez. Los lingotes ahondaban en sus bolsillos,
golpeándole las caderas. No pensaba que el oro pudiera pesar tanto, o, pensó
retorcidamente, que fuese tan difícil de conseguir.
Le dolían los pies y las piernas. Hollywood y sus «noches» le parecía tan lejano como
las estrellas. Rayos de sol derramaban su luz, cual haces blanquinosos, por entre la
brillante enramada, desmenuzando su luminosidad en minúsculos arcos iris al incidir
sobre las gotitas de lluvia; y relucían sobre el fango de unas pistas que asemejaban
senderos entre los árboles. Pero ¿cómo podía seguir caminando sin perder el equilibrio
entre tanto fango? Se dedicó a observar los alrededores en busca de alguna señal.
Sin darse cuenta se hallaba en las profundidades del bosque. Si pasaba algún coche
por la carretera, el sonido de sus motores quedaba lejos de su oído. Por todas partes se
veían pistas que conducían a oscuras e impenetrables masas de vegetación. Agotado,
andaba buscando un lugar donde sentarse, y casi se le pasó por alto aquel árbol que
parecía un arco.
Cuando sólo tenía diez años debía ser mucho más parecido a un arco; recordaba
cómo se escondió en el agujero curvo de su tronco. Por unos instantes, tuvo la impresión
de que tal reconocimiento iba a ser demasiado para su corazón. Se detuvo, y con un
crujido de sus huesos se introdujo, agachándose, en el agujero.
El tacto del suelo, bajo sus manos, era viscoso, olía a musgo y madera en
descomposición. Los lingotes giraron dentro de sus bolsillos golpeando la corteza del
árbol. No podía incorporarse ni tampoco darse la vuelta. Tampoco se había girado
entonces. Se quedó escondido con el rostro acariciando la húmeda oscuridad leñosa y
oyendo a sus padres, caminando por el sendero. Él no deseó nada entonces, se repetía con
firmeza; él sólo se había querido hacer a la idea de estar solo en el bosque, con el mero
propósito de convertir la excursión en una aventura, aunque sólo fuese por unos instantes.
Y ahora, mientras se esforzaba en salir del agujero, podía oír a sus padres
llamándole.
—Ian, no te rezagues —gritó su padre, con tanto ímpetu que alguien contestó desde
algún extremo del bosque:
—¿Hola?
Su madre lo hizo con más suavidad.
—No queremos que te pierdas...
Era a mediados del verano. El sol caía a plomo sobre el sendero; por mucho que se
curvase la senda, podía seguir oliendo cómo los cantos rodados se cocían. Las masas de
vegetación brillaban con tal intensidad que, dondequiera que creciesen árboles, parecían
una única e incandescente umbría verdosa. Le dolían los pies, entonces y ahora.
—¿Todavía no podemos merendar? —preguntó, alcanzando a sus padres en una
corta carrera y deslizándose sobre las suelas de los zapatos—. ¿Puedo tomar un refresco?
—Todos estamos sedientos, no eres el único —dijo su padre, frunciendo el ceño en
señal de aviso: nada de posturas respondonas.
Una gota de sudor brillaba sobre su hirsuto bigote.
—No voy a sacar las cosas hasta que lleguemos al merendero. Tu madre quiere
sentarse.
La madre de Ian hizo ondear la falda de su vestido veraniego, a través del cual se
podía distinguir el encaje que perfilaba su ropa interior, para refrescarse un poco.
—Si necesitas un descanso, por mí nos podemos sentar en la yerba —dijo ella.
—Bueno, bueno, ¡pero creéis que hemos estado andando todo el día! —dijo su padre,
en lo cual Ian estaba de acuerdo—. Descanso y bebidas cuando lleguemos a las mesas. Yo
nunca pedí un descanso cuando tenía su edad, y de haberlo hecho sabía muy bien lo que
recibiría.
—Son sus vacaciones escolares —dijo ella, con un hilo de voz negándose a salir por
su garganta reseca—. Ahora no estás enseñando.
—Siempre estoy enseñando, no lo olvides.
Ian no estuvo seguro de a cuál de los dos iba dirigido el último comentario,
especialmente cuando su madre dijo, con la respiración entrecortada:
—Desearía que pudiese crecer con normalidad, desearía...
Él los tomó a ambos de las manos y avanzó unos centenares de metros. ¿Fue en ese
momento que se preocupó, o fue la tensión que pasaba del uno al otro lo que sintió? Sólo
recordaba que anduvieron apresuradamente hasta que su padre se detuvo exclamando:
—Aguarda, compañero. Busquemos una sombra para tu madre.
Ian se salió del sendero que parecía girar indefinidamente en la dirección
equivocada. Su padre estaba señalando hacia los árboles.
—Las mesas deberían estar por aquí —dijo.
—No me digas que nos hemos perdido por culpa mía —protestó la madre de Ian.
Su padre zarandeó la mochila con brusquedad, echándole una mirada de reojo por
encima del hombro.
—Un poco de sombra no me iría nada mal —dijo.
—Si quieres te puedo ayudar a llevar algo. Ya sabes que yo preparé la merienda...
Su padre se dio la vuelta ante ese comentario y se introdujo en el sendero entre los
árboles, sus shorts ondeando al viento; el negro vello de sus piernas relució alcanzado por
un rayo de sol justo al borde de la sombra. Así que Ian se hubo introducido bajo los
árboles siguiendo a su madre, se apercibió de que había estado oyendo el sonido de la
corriente.
Ahora podía oírlo de nuevo. El sendero de cantos rodados que debía regresar hacia
su punto de partida, volvía, una vez más, a torcer en la dirección opuesta; no
indefinidamente, pero sí hasta donde la vista alcanzaba. Allí, a la izquierda, estaba el
sendero que su padre tomase. Se lo veía oscuro, frío y traicionero. Permaneció a la escucha
mientras el viento y los árboles se acallaban. No se oía nada en el bosque, ni pájaros ni
pisadas. Tuvo que inspirar profundamente para aclarar su mente, antes de introducirse
entre los árboles.
—Mientras oigamos la corriente, no nos podemos extraviar —dijo su padre, como si
tal cosa fuese obvia.
El sendero que habían tomado fue siguiendo el sonido de la corriente, hasta que el de
los cantos rodados se perdió de vista y entonces, se bifurcó en un conglomerado de pistas:
todas ellas tenían la suficiente apariencia de caminos como para crear confusión. Ian notó
la inquietud de su madre cuando se empezaron a separar de la corriente, entre una
arbolada que difuminaba cualquier conato de sendero.
—¿No es el merendero? —dijo él de repente.
Empezó a correr alocadamente, derribando matas y arbustos. La débil luz bajo la
hojarasca empezó a palidecer. Cuando llegaron al claro en el bosque, comprobaron que la
elevada silueta no era una mesa.
—¡Ten cuidado, Ian! —gritó su madre.
Podía oír de nuevo su voz, elevándose por encima de sus jadeos. Estaba seguro de
que se trataba del mismo claro. A pesar de la desnudez de los árboles, el lugar seguía
siendo umbrío. Salió al espacio abierto bajo un pedazo de cielo azul. Le temblaba todo el
cuerpo violentamente, a pesar de que el lugar se asemejaba a cualquier otro: una
depresión del terreno llena de hojas secas y de piedra de forma irregular; algo bullía
inquieto en su interior y, entonces, lo vio..., aquella palabra grabada en una de las piedras:
ALIMÉNTAME.
Ya era suficiente. Excesivo. Las otras palabras deberían estar en las piedras que
habían sido usadas para tapar el agujero. Buscó con apremio en sus bolsillos y tiró los
lingotes junto a la palabra; luego, entornó sus ojos y formuló un deseo, los mantuvo
cerrados tanto tiempo como le fue posible, hasta que tuvo que echar un vistazo a los
árboles. Parecían aún más delgados de lo que él recordaba: ¿cómo podían proteger el
secreto? Bajó la vista, esperando, casi deseando la posibilidad de formular un segundo
deseo. Los lingotes seguían a la vista.
Había hecho todo lo posible. Quizás no debería haber tenido que imaginarse una
confirmación, no mientras permaneciese vivo. Una rama crujió, una entre miles; la única
que había producido un sonido. Echó una rápida y violenta mirada a su alrededor, hacia el
camino por el que había venido, mientras aún recordaba cuál era. No debía apresurarse.
No debía pensar hasta que hubiese alcanzado el sendero de cantos rodados.
Sin saber por qué motivo, al llegar al extremo del claro, se volvió a mirar; no había
oído nada. Pestañeó. Lanzó un suspiro ahogado y se agarró a un tronco que hacía dos
veces el grosor de su palma. Se quedó con la vista fija en el lugar hasta que le escocieron
los ojos. Podía ver las piedras, la palabra rodeada de musgo e, incluso, las gotas de
humedad que brillaban a su alrededor. Pero el oro había desaparecido.
Se apoyó en el tronco, cogiéndolo con ambas manos. Así que era cierto: todo lo que
había estado tratando de ignorar considerándolo una pesadilla, una interpretación infantil
de lo que él había estado alimentando como un acontecimiento real, al final había
resultado ser absolutamente cierto. Se esforzó en no pensar, esperando que le fuese posible
retirarse; luchó por tratar de no preguntarse qué había allí bajo las hojas, sumergido en la
oscuridad.
Era un pozo. Antes de que su madre le cogiera del brazo para evitar que cayese, ya se
había dado cuenta. Leyó las palabras que estaban grabadas en las piedras desmenuzadas
que hubieran conformado la periferia del brocal: ALIMÉNTAME UN DESEO.
—Debió poner «aliméntame y piensa un deseo» —dijo su madre, aunque Ian pensó
que no había espacio para tantas letras—. Se supone que debes tirar algunas monedas.
Acogido entre sus brazos se apoyó sobre el brocal. Alguien debía de haber formulado
un deseo con anterioridad; se veían los resplandores de algunas monedas allá en lo hondo,
de donde provenía un fuerte olor a humedad y podredumbre; demasiado alejado para que
el sol que pugnaba entre la arboleda llegase a alcanzarlo. Su madre lo bajó al suelo y sacó
su monedero del bolso.
—Toma —dijo, alcanzándole una moneda—. Piensa un deseo y no lo digas.
—Te lo reembolsaré cuando volvamos al coche —dijo su padre uniéndoseles, cuando
Ian se abocó sobre el pozo. Esa vez no pudo ver los resplandores circulares. Su madre lo
sujetó por los hombros mientras él alargaba la mano y dejaba caer la moneda. Luego cerró
los ojos de inmediato.
No quiso nada para sí, excepto que sus padres dejaran de pelearse. Pero no supo
cómo exteriorizar su deseo, para que tal cosa sucediese. Pensó que podía desear que se
cumplieran los deseos más ansiados por ellos dos; sin embargo, ¿eso haría un par de
deseos? Trató de rectificar sus ideas a la busca de algún otro deseo, para a continuación
pensar cuál le podía ser de más utilidad. Y entonces se dio cuenta que quizás el deseo
había sido formulado mientras pensaba. Abrió los ojos, como si ese gesto pudiese
ayudarle, y creyó ver la moneda todavía descendiendo junto con el brotar de la idea que le
sugería que de abalanzarse tras ella, todavía estaría a tiempo de recuperarla. Su madre tiró
de él, y la moneda desapareció. Pudo oír un sonido hueco, como el de una burbuja al salir
a la superficie en un charco de agua o fango.
—Sigamos caminando; debemos estar cerca —dijo su padre, tomando del brazo a su
madre, y mirando ceñudamente a Ian—. Ya te advertí que no te retrasaras. No me colmes
la paciencia, te prevengo.
Ian corrió tras ellos, antes de tener tiempo de ratificar si las piedras estaban tan
sueltas como parecían, o si podían ser emplazadas en un orden diferente. Ahora, mientras
se apartaba del claro donde los lingotes habían desaparecido, no estaba seguro; no quería
estarlo.
De repente se aterró ante la idea de haberse perdido, y tener que vagar por el bosque
invernal hasta hallar el sendero que recorriese aquel día lejano con sus padres, y que lo
podía llevar a su lugar de partida antes de que el corto día se oscureciese. No se pudo
sacudir el terror del cuerpo ni incluso cuando llegó al sendero de cantos rodados; no, hasta
que estuvo dentro de su coche, aferrado al volante que sus manos iban sacudiendo,
sentado y rezando por recuperar su autodominio para poder conducir y alejarse del
bosque, antes de que cayese la noche.
No quería pensar si el oro había hecho que se cumpliese su deseo. No lo podría saber
hasta que muriese y, quizás, ni siquiera entonces.
Su padre nunca miró atrás, ni siquiera cuando la pista que estaba siguiendo se
bifurcó poco después de que abandonasen el claro en el bosque. Se decidió por el de la
izquierda, que era más ancho. Continuó ensanchándose hasta que la madre de Ian empezó
a otear, tratando de ver más allá de los árboles; deseando ver algo o a alguien.
—Sigue firme —le dijo a Ian con energía, y a su padre—: Tengo frío.
—Debemos estar cerca de la corriente, es todo lo que sé —dijo su padre, como si
pudiese verla a través de la compacta arboleda, tan tupida que parecía, al avanzar, que
alguien fuese de árbol en árbol al mismo tiempo.
Cuando Ian se volvió, ya no pudo ver dónde se había ensanchado el sendero. No
quería que su madre se diese cuenta, eso sólo la haría estar más nerviosa y provocaría otro
altercado verbal. Superó con dificultad una mata de zarzas y corrió tras ellos.
—¿Dónde estabas? —preguntó su padre—. Bien, permanece aquí.
El cambio en el tono de su voz hizo que Ian mirase ante ellos. Casi habían alcanzado
otro claro, pero esa no era suficiente razón para que la voz de su padre sonase como si
hubiesen recorrido todo aquel camino intencionadamente; en el claro no había nada más
que algunos montones de leña seca. Avanzó unos pasos para proteger sus ojos del
resplandor solar, y vio que su apreciación anterior había sido equívoca. En el claro se
hallaban varias mesas y bancos, cual un merendero; de la leña no había ni rastro.
Ian gritó; su padre lo había alcanzado silenciosamente, y le estaba comprimiendo el
hombro con sus dedos.
—Te dije que permanecieras donde estabas.
Su madre retrocedió y, tomándole de una mano, le acompañó hasta una de las mesas.
—No le permitiré que vuelva a hacerlo —murmuró—. Puede tratar así a sus alumnos
en la escuela pero no dejaré que se comporte de esa manera contigo.
Ian no estaba muy convencido de sus posibilidades para enmendar las maneras de su
padre. En especial cuando él dejó caer con estruendo la mochila sobre la mesa y tomó
asiento ante ella, cruzándose de brazos. Se avecinaba un altercado. Ian optó por alejarse
para ver qué había más allá del claro.
Había otro merendero. Pudo ver a una familia sentada a una mesa en la lejanía: un
chico y una chica con sus padres, pensó. Quizá podría jugar con ellos más tarde. Se estaba
preguntando por qué aquella mesa tenía una apariencia más de merendero que la suya,
cuando su padre le gritó:
—Regresa aquí y toma asiento. Ya has incordiado bastante con tu sed.
Ian se aproximó con lentitud a la mesa, pues la discusión ya había empezado; con
ella el claro pareció empequeñecerse.
—¿No estarás esperando a que te sirva? —estaba diciendo su madre.
—¿Acaso no hice yo el transporte? —replicó su padre.
Ambos se quedaron contemplando la mochila, hasta que su madre optó por
alcanzarla, y liberando las correas, extrajo de su interior los vasos y la limonada.
Ella bebió su refresco a sorbitos mientras su padre apuraba su vaso de cuatro tragos
acompañados de profundos suspiros. Ian se bebió el suyo sin parar y medio atragantado
jadeó.
—¿Puedo beber otro vaso, por favor?
Su madre repartió el resto de la bebida entre los tres vasos y alcanzando de nuevo la
mochila, miró dentro de ella.
—Me temo que esa es toda la bebida que nos queda —dijo, como si le costase creerse
a sí misma.
—¿Quieres volverme loco? —dijo su padre elevando sus hombros ostentosamente—.
¿Se puede saber qué demonios he estado yo cargando?
Ella empezó a sacar los recipientes con la comida, el pollo frío y la ensaladilla de
remolacha.
Ian se dio cuenta entonces de la peculiaridad de aquella mesa, en contraste con el
otro merendero. Estaba demasiado limpia para ser una mesa expuesta a la intemperie,
parecía una...
Su madre estaba indagando dentro de la mochila..
—Tendremos que comer con los dedos —dijo ella—. Olvidé los platos y los cubiertos.
—¿Qué crees que somos, salvajes? —Su padre miró con fiereza a los alrededores,
como si alguien pudiera observarlo comiendo de esa manera—. ¿Cómo quieres que
comamos la ensaladilla con los dedos? No he oído tal absurdo en mi vida.
—Estoy sorprendida, no puse nada de lo necesario —gritó ella—. Tú haces que me
distraiga.
Ian pensó que parecía la mesa de un café y levantó la vista cuando notó que alguien
se aproximaba. Al menos así sus padres dejarían de discutir; nunca lo hacían delante de
extraños. Por un momento, y hasta que parpadeó apartándose de la claridad, tuvo la
impresión de que los ojos de los dos personajes eran completamente circulares.
Los dos hombres se dirigieron directamente hacia la mesa. Iban vestidos de negro, de
los pies a la cabeza. Al principio pensó que podían ser policías, que venían a decirles que
allí no se podían sentar, y entonces estuvo a punto de echarse a reír al constatar el
significado de sus uniformes negros. Su padre también se había dado cuenta.
—Ya hemos traído nuestras cosas —dijo abruptamente.
El primero de los camareros se encogió de hombros sonriendo. Los labios en su
pálido rostro eran casi blancos, y muy anchos. Hizo un gesto señalando la mesa y el otro
camarero se alejó, para volver casi de inmediato con platos y cubiertos. Venía de donde
estaba el pozo, por un lugar de espesa enramada y en una dirección que provocaba que el
sol deslumbrase a Ian.
El camarero que se había encogido de hombros abrió los contenedores de la comida y
la sirvió en los platos. Ian vislumbró unos dibujos pintados en la porcelana, pero los platos
fueron colmados con rapidez y le fue imposible constatar los detalles.
—Esto está mucho mejor—dijo su padre.
Su madre permaneció callada.
Cuando Ian se incorporó para alcanzar una pata de pollo, su padre le golpeó la
mano.
—Tienes tenedor y cuchillo. Úsalos.
—Oh, ¿de verdad? —preguntó irónicamente la madre de Ian.
—Sí —respondió el padre, como si estuviese hablando a un niño de la escuela.
Se quedó mirándole con fijeza, hasta que él bajó la vista hacia la comida que blandía
su tenedor. No podían discutir delante de extraños, pero las disputas silenciosas eran aún
peor. lan permaneció sentado, trinchando su pata de pollo. El cuchillo atravesó con
facilidad la carne y arañó el hueso.
—Está demasiado afilado para él —dijo su madre—. ¿Tienen otro cuchillo?
El camarero sacudió la cabeza y mostró las palmas de las manos. Éstas eran muy
finas y pálidas.
—Entonces ten cuidado, Ian —dijo ella ansiosamente.
Su padre inclinó la cabeza hacia atrás, apurando los últimos restos de su limonada.
De nuevo apareció el otro camarero. Ian no se había dado cuenta de su partida, ni podía
saber dónde había ido. Pero regresó con una botella de vino ya descorchada, con la cual
llenó el vaso de su padre sin que nadie se lo indicase y sin preguntar siquiera al
interesado.
—De acuerdo, ya que está abierta —dijo el padre de Ian, dando la impresión de estar
dispuesto para objetar el precio.
El camarero llenó el vaso de su madre y se lo acercó.
—A él no le ponga mucho —dijo ella.
—Ni tampoco a ella —dijo su padre, tomando un sorbo y dando su conformidad con
un gesto—, pues tiene que conducir.
Ian tomó un trago para distraerse. El vino era atrayente: sabía seco y espeso. Pero no
pudo tragarlo. Se volvió al lado opuesto de su padre y lo escupió sobre la hierba, viendo
que ambos camareros tenían sus pies desnudos.
—Pequeño salvaje —dijo su padre en voz baja y llena de odio.
—Déjalo tranquilo. No le deberían haber servido nada.
Incrementando la confusión de Ian, los dos camareros asintieron con sus cabezas. Sus
pies eran finos como ramas, y parecían estar unidos al suelo; podían ser yerba y tierra
apretujadas entre los largos nudillos de sus dedos. No quería permanecer por más tiempo
cerca de ellos ni junto a sus padres, cuyos denuestos caían sobre él cual truenos.
—Quiero ir a un auténtico merendero —se quejó—. Quiero poder comer como solía
hacerlo.
—Ve, pero no te pierdas—dijo su madre, apenas unos instantes antes de que su
padre la interrumpiese.
—Permanece donde estás y compórtate como es debido.
Su madre se dirigió a los camareros.
—¿No les importa que estire un poco las piernas, verdad?
Ellos sonrieron y mostraron otra vez las palmas de sus manos.
—Muévete de esta mesa antes de que te lo digan —dijo su padre—, y veremos que
tal te sienta la correa cuando lleguemos a casa.
Podía levantarse, su madre lo había dicho. Se tragó la ensaladilla, ya que no le era
posible comer fuera de la mesa, y se quedó contemplando el fragmento del dibujo que
había descubierto en el plato.
—No le pondrás un dedo encima —murmuró su madre.
Su padre tomó un bocado de ensaladilla, que le enrojeció los labios, y golpeó la mesa
con el vaso. Su brazo desnudo quedó próximo a un cuchillo bajo la claridad solar. Tanto la
hoja como el vello de su brazo relucieron.
—No has hecho más que conseguirle una propina con la correa, si no hace lo que le
tengo dicho.
—Mami dijo que podía —replicó Ian, cogiendo la pata de pollo de su plato e
incorporándose.
Su padre trató de atraparlo, pero la bebida debía de haberlo adormecido, pues quedó
tendido sobre la mesa sacudiendo su cabeza.
—Ven aquí —dijo con voz pastosa, mientras Ian se alejaba fuera de su alcance,
después de haber tenido tiempo de echar una última mirada al dibujo en el plato. Parecía
algo que quisiese escapar al tiempo de ser descubierto. No quena permanecer cerca de
aquello, ni cerca de sus padres, ni tampoco cerca de esos camareros con sus sonrisas
silenciosas. Quizás los camareros no hablasen su mismo idioma. Al tiempo que corría
hacia donde se hallaban los otros niños, le dio un bocado a la pata de pollo. Ellos se habían
levantado de la lejana mesa y estaban jugando con una pelota de trapo.
Por un momento miró tras de sí. Cada uno de los camareros se hallaba tras uno de
sus padres (¿esperando que les pagasen, o para limpiar la mesa?). Debían de ser muy
pacientes para que sus pies se hubiesen adherido al suelo de tal manera. Su padre se
sostenía la barbilla en el cuenco de ambas manos, mientras la madre de lan lo contemplaba
fijamente desde el otro extremo de la mesa, que ahora le parecía extrañamente
desvencijada: mucho más parecida a un montón de leña seca.
Ian llegó corriendo al claro donde estaban los niños.
—¿Puedo jugar con vosotros?
La niña dio un grito de sorpresa.
—¿De dónde has salido tú? —le preguntó al chico.
—Pues de allí.
Ian se volvió señalando con la mano, y vio que no podía situar a sus padres. Al
principio se quiso tomar a broma la forma en que había sorprendido a los niños, pero de
repente se sintió solo y abandonado, aunque también temeroso de su padre y de su madre.
Se volvió de espaldas cuando los niños lo contemplaron con insistencia, y luego salió
corriendo.
El nombre del chico era Neville; su hermana se llamaba Annette. Sus padres eran las
personas más encantadoras que nunca hubiese conocido..., aunque su deseo no había sido
para ellos, se dijo a sí mismo con firmeza cuando hubo puesto en marcha el coche, una vez
tranquilizado; no sabía cuál había sido su deseo junto al pozo.
Seguramente su madre se había embriagado. Ella y su padre debieron de extraviarse,
y regresaron al coche estacionado en la carretera del bosque para pedir ayuda en la
búsqueda de Ian. Pero su madre perdió el dominio del vehículo apenas empezó a
conducir. ¡Si al menos el coche con sus ocupantes dentro no hubiese ardido tan
rápidamente! Ian no se habría visto forzado a desear con el oro que lo que creyó haber
visto no hubiese sucedido nunca: los árboles separándose ante él mientras corría,
mostrándole una última visión de su madre escudriñando el plato, cada vez con más
rapidez, contemplando el dibujo que había descubierto y poniéndose en pie, una mano
tapándole la boca mientras con la otra sacudía a su padre, sacudía sus hombros
desesperadamente para despertarlo, mientras las delgadas figuras abrían sus enormes
fauces y las cerraban sobre ellos.