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domingo, 14 de noviembre de 2010

UNA CITA




Junto a lucifer, con belial a mi espalda, he nadado en el lago de llamas, caminado por las sendas prohibidas, le he hecho el amor a lillith, he bailado la danza de los no-muertos, he estrechado la mano de los segadores”
Llegado desde el infierno”. VENOM

Carrera Inconclusa -- A. BIERCE

Carrera Inconclusa



James Burne Worson era zapatero, habitante de Leamington, Warwickshire,
Inglaterra. Era propietario de un pequeño local, en uno de esos pasajes que nacen de la
carretera a Warwick. Dentro de su humilde círculo, lo estimaban hombre honesto, aunque
algo dado (como tantos de su clase en los pueblos ingleses) a la bebida. Cuando se
emborrachaba, solía comprometerse en apuestas insensatas. En una de tales ocasiones,
harto frecuentes, se ufanaba de sus hazañas como corredor y atleta, lo que tuvo como
resultado una competición contra natura. Apostaron un soberano de oro, y se
comprometió a hacer todo el camino a Coventry corriendo ida y vuelta; se trata de una
distancia que supera las cuarenta millas. Esto fue el 3 de septiembre de 1873. Partió de
inmediato; el hombre con quien había hecho la apuesta —no se recuerda su nombre—,
acompañado por Barham Wise, lencero, y Hamerson Burns, creo que fotógrafo, lo siguió
en su carro o carreta ligera.
Durante varias millas, Worson anduvo muy bien, a paso regular, sin fatiga aparente,
porque poseía, en verdad, gran poder de resistencia, y no estaba tan intoxicado como para
que tal poder lo traicionara. Los tres hombres, en su carruaje, lo seguían a escasa distancia,
y, ocasionalmente, se burlaban amistosamente de él o lo estimulaban, según se los imponía
el ánimo. Súbitamente —en plena carretera, a menos de doce yardas de distancia, y
mientras todos lo estaban observando— el hombre pareció tropezar. No cayó a tierra:
desapareció antes de tocarla. Jamás se halló rastro de él.
Tras permanecer en el sitio y merodearlo, presa de la irresolución y la incertidumbre,
los tres hombres regresaron a Leamington, narraron su increíble historia, y fueron, al fin,
puestos a buen recaudo. Pero gozaban de buena reputación, siempre se los había juzgado
sinceros, estaban sobrios en el momento del hecho, y nada conspiró jamás para desmentir
el relato juramentado de su extraordinaria aventura; éste, no obstante, provocó divisiones
de la opinión pública en todo el Reino Unido. Si tenían algo que ocultar eligieron, por
cierto, uno de los medios más asombrosos que haya escogido jamás un ser humano en su
sano juicio.

AL OTRO LADO

AL OTRO LADO

Al otro lado del río 
se ha encendido una luz 
y tu vuelves la espalda 
no vas a cruzar. 

ya ves que no es un juego 
te van a probar 
tienes que estar seguro 
son más fuertes que tú. 

Cuidado con esa chica 
es tan joven aún 
sabe cosas que no 
puedes imaginar. 

Al otro lado las sombras 
parecen aguardar 
cierra los ojos 
siente tu cuerpo temblar. 

Si quieres algo 
ven a buscarlo aquí 
es la voz del diablo 
que se ríe de ti 

Y poco a poco 
crece la ira en tu corazón. 

Ellos están 
al otro lado del río 
y tu quisieras estar 
al otro lado del sol. 
al otro lado, al otro lado del río 
al otro lado , al otro lado del sol 
al otro lado del sol 
al otro lado del sol 
al otro lado del sol 
al otro lado del ... río...

EL HUECO -- Ramsey Campbell

EL HUECO
Ramsey Campbell


**
Tate estaba encajando un pájaro en el cielo cuando oyó el coche. Se apresuró hacia la
ventana. La luz del sol se reflejó en los coches, una doble gargantilla allá en la distante
carretera principal; las nubes se habían transformado sobre las colinas, juntando el cielo.
Sí, eran los Dewhurst: podía verles, apretados en el asiento delantero de su Fiat mientras
éste penetraba en el camino particular. Sobre su mesa, fragmentos de nubes estaban
esparcidos en tomo al rompecabezas. No esperaba a los Dewhurst hasta dentro de una
hora. Miró todas las piezas aún por colocar y luego, resignado, se dirigió a la escalera.
En el tiempo que necesitó para bajar las escaleras y abrir la puerta principal, los otros
habían salido ya del coche. Los botones de la chaqueta de David reflejaban varios colores
entrelazados. A continuación apareció su esposa Dottie: su auténtico nombre era Carla,
pero creían que Dave y Dottie formaban una combinación más atractiva en las portadas de
los libros; idea con la que parecían estar de acuerdo millones de lectores. Su apariencia era
la de la típica turista norteamericana de las caricaturas: pantalones abultados como
salchichas, pelo cuidadosamente plateado. A veces Tate deseaba que su ojo de escritor
estuviera menos opresivamente alerta a los detalles reveladores.
Dewhurst hizo un gesto hacia su coche, como un prestidigitador desvelando una
sorpresa.
—Y aquí están nuestros amigos que te prometimos.
¿Había habido una promesa? Aquello parecía más bien un efecto secundario de su
invitación a los Dewhurst. ¿Y cuándo su amigo se había convertido en plural? De todos
modos, Tate se sentía incapaz de experimentar mucho resentimiento; estaba demasiado
saciado por el hecho de haber terminado su novela sobre brujería.
El rostro agresivamente huesudo del joven estaba rematado por un pelo tan corto
como el césped; el rostro de la muchacha tenía casi el color y la textura de la tiza.
—Éste es Don Skelton —dijo Dewhurst—. Don, Lionel Tate. Supongo que los dos
tendréis mucho de qué hablar; estáis en el mismo campo. Y ésta es la amiga de Don, esto...
Skelton miró a la enorme y antigua villa como si no pudiera creer que se suponía que
debía sentirse impresionado.
Dejó que la muchacha llevara su maleta hasta arriba, y ella se negó a dársela a Tate
cuando éste protestó.
—Ésta es su habitación —dijo Tate a Skelton, y se sintió como un casero
desaprobador—. No tenía la menor idea que no iba a venir solo. 
—No se preocupe, haré sitio para ella.
Si la muchacha hubiera sido más atractiva, si su enmarañado pelo hubiera sido
menos inerte y su rostro menos ansioso, ¿hubiera envidiado a Skelton?
—Tomaremos un cóctel antes de ir a cenar, si le apetece —dijo a la puerta cerrada.
El rompecabezas le ayudó a relajarse. El atardecer penetró en la casa, las sombras se
hicieron más intensas en el interior de las grandes ventanas. La mesa relucía oscura en el
último hueco del rompecabezas, entonces colocó la pieza en su lugar. ¿Hubo un eco de
aquel ruido detrás de él? Se volvió, pero nadie estaba observándole.
Mientras se afeitaba en uno de los cuatro de baño oyó a alguien bajar las escaleras.
Buen Dios, no era un anfitrión muy eficiente. Se apresuró, terminando el nudo de su
corbata justo cuando alcanzaba el salón, pero se tranquilizó cuando vio que allí tan sólo
estaban Skelton y la muchacha. Al menos ella llevaba ahora algo parecido a un traje de
tarde; la parte superior de su pálido pecho estaba salpicado de pecas.
—Generalmente nos cambiamos para la cena —dijo Tate.
Skelton alzó sus hundidos hombros.
—Está bien.
El alcohol hizo a Skelton más hablador.
—Tendré algo como esto en algún lugar —dijo, mirando a la habitación victoriana
con muebles de caoba tallada. Y tras una calculada pausa añadió—: Pero mejor.
Tate hizo un último esfuerzo por conectar con él.
—Me temo que no he leído nada suyo.
—Pronto no habrá mucha gente capaz de decir lo mismo. —Sonaba extrañamente
amenazador. Rebuscó en su maletín y extrajo un libro—. Le daré algo para que lo
conserve.
Tate observó cajas talladas, una cámara, un pequeño destello redondo que le provocó
una indefinible punzada de aprensión, antes de que el maletín volviera a cerrarse. Unas
letras plateadas brillaron en el libro de bolsillo, tan negro y lustroso como el carbón: La
senda negra.
Una virgen estaba siendo mutilada, contemplada perversamente desde encima por la
elegante prosa. Tate buscó alguna pregunta que no sonara insultante. Finalmente
consiguió decir:
—¿Cuáles son sus temas?
—La autobiografía.
Quizá Skelton fuera uno de esos escritores de lo macabro que necesitan bromear
defensivamente acerca de su obra, puesto que los Dewhurst estaban riendo.
La cena en el mesón fue para crispar los nervios. La luz de las velas hacía que la
comida brincara incansablemente en los platos, los camareros aparecían bajo las inclinadas
y bajas vigas del techo arrojando sus vagas sombras sobre las mesas. Los Dewhurst se
alegraron pronto, pero no consiguieron arrastrar a la muchacha a la conversación.
Mientras un camarero dirigía a las ropas de Skelton una marchita mirada, éste preguntó a
Tate:
—¿Cree usted en la brujería?
—Bueno, he tenido que efectuar una minuciosa investigación para mi libro. Alguna
de las cosas que he leído me ha hecho pensar.
—No —dijo Skelton impacientemente—. ¿Cree usted en ella... como una forma de
vida?
—Cielos, no. Por supuesto que no.
—Entonces, ¿por qué malgasta su tiempo escribiendo sobre ella? —Estaba
observando aún al camarero desaprobador. ¿Era la luz de las velas la que hacía que sus
labios se crisparan?—. Va a dejar caer eso —dijo.
La sombra del camarero pareció perder su equilibrio antes que él. Su bandeja llena de
comida se estrelló contra una mesa. La vela se rompió, llameando; la luz osciló en las vigas
de roble. Cera fundida salpicó toda la chaqueta del camarero, la comida caliente saltó a su
rostro.
—Usted es un escritor—dijo Skelton, ignorando la conmoción—, pero no tiene ni
idea del poder de las palabras. Quedamos muy pocos que lo sepamos. —Sonrió mientras
otros camareros se llevaban a su compañero lastimado—. Entienda, las palabras son sólo
una parte. La ciencia no nos ha robado el poder, nos ha proporcionado más herramientas.
Teléfonos, cámaras..., tantas formas de anunciar el poder.
Obviamente estaba bebido. Los Dewhurst le contemplaban como si fuera su hijo
preferido, aunque en cierto modo incontrolable. Tate se sintió feliz de volver a casa. Las
luces brillaban a través de las ventanas, encantamientos contra los ladrones; la muchacha
se apresuró hacia ellas, delante del resto del grupo. Skelton se demoró, feliz con la
oscuridad.
Después de que sus huéspedes se hubieran ido a la cama, Tate se llevó el libro de
Skelton escaleras arriba. El desdén de Skelton había apresurado las dudas que siempre
sentía cuando terminaba un nuevo libro. Vería qué tipo de logros tenía Skelton que
ofrecer, puesto que parecía tan orgulloso de sí mismo.
No había llegado ni a la mitad del libro cuando lo arrojó al otro lado de la habitación.
El narrador había buscado perversiones, tomado todas las drogas disponibles, probado la
mayoría de los crímenes en la búsqueda de su poder, su pasatiempo preferido era el robo,
y la mayoría de las escenas eran pornográficas. De modo que esto era autobiográfico, ¿eh?
Algunas drogas podían explicar el estado de la silenciosa muchacha.
Los ojos de Tate estaban sensibilizados por noches de revisión y mecanografiado.
Mientras leía La senda negra, las paredes parecieron oscilar y adelantarse, los muebles
habían flexionado sus patas. Necesitaba dormir, no la basura de Skelton.
Lo despertó el amanecer. Oh Dios, sabía qué era lo que había visto brillar en el
maletín de Skelton... Un ojo. Seguro que se trataba de un sueño, nacido de una imagen
particularmente desagradable del libro. Intentó volverle la espalda a la imagen, pero no
pudo dormirse de nuevo. Atisbos desagradables lo mantuvieron despierto: su propia
novela con una brillante portada negra, sus amigos rechazándole, su incrédulo disgusto
volviendo a leer su propio libro. ¿Podía su libro ser acusado de los pecados de Skelton?
Nunca antes se había sentido tan inseguro acerca de su trabajo.
Sólo había una forma de tranquilizarse a sí mismo, o convencerse de sus temores.
Echándose una bata por encima, pasó por delante de la hilera de cerradas puertas hacia su
estudio. ¿Podía volver a leer toda su novela antes del desayuno? Las largas sombras de la
mañana se iban acortando imperceptiblemente. La de una mujer brotaba de las abiertas
puertas de su estudio.
¿Tan pronto había venido su asistenta? Al cabo de un instante se dio cuenta de que
había sido tan absurdamente confiado como los Dewhurst. La muchacha silenciosa estaba
de pie justo al otro lado del umbral. Como guardiana era un fracaso, porque Tate tuvo
tiempo de ver a Skelton junto a su escritorio, reuniendo páginas del manuscrito de su
novela.
La muchacha empezó a chillar, un gimiente sonido desigual que parecía no necesitar
hacer acopio de aire. Aunque era tan perturbador como la sirena de un coche de la policía,
Tate mantuvo su mirada fija en Skelton.
—Salga de ahí —dijo.
Una sospecha lo atenazó.
—No, lo he pensado mejor... quédese donde está.
Skelton se mantuvo inmóvil, con una expresión apenada, como la víctima de un
ineficiente detective de almacén, mientras Tate se aseguraba de que todas las páginas
estaban aún sobre su escritorio. Aquellas que Skelton había seleccionado eran las mejor
documentadas. De modo intolerable, aquello era un tributo.
Los Dewhurst aparecieron, parpadeando mientras se envolvían en sendas batas.
—¿Qué demonios ocurre? —preguntó Carla.
—Vuestro amigo es un ladrón.
—Oh, vamos —protestó Dewhurst—. ¿Sólo por lo que dijo acerca de este libro? No te
creas todo lo que dice.
—Te aconsejo que elijas más cuidadosamente a tus amigos.
—Creo que somos perfectamente aptos para juzgar a la gente. ¿Qué otra cosa crees
que hace que nuestros libros tengan tanto éxito?
Tate estaba demasiado furioso como para contenerse.
—Una competente técnica, un ingenio de cuarto grado, una fe ingenua en la gente y
una promesa de vida después de la muerte. Vendéis a vuestros lectores lo que ellos
desean... Todo menos la verdad.
Contempló cómo se marchaban apresuradamente. La muchacha aún estaba
produciendo aquel sonido, algo entre el jadeo y el lamento, mientras bajaba penosamente
la maleta. No la ayudó. Mientras se metían en el coche, tan sólo Skelton le dirigió una
mirada. Su sonrisa parecía casi cálida, ciertamente complacida. Tate la encontró insufrible,
y miró hacia otro lado.
Cuando se hubieron ido y la humareda del tubo de escape se hubo disipado, releyó
de nuevo toda su novela. Parecía inteligente y nada sensacionalista... Por encima de lo
habitual. Esperaba que sus editores pensaran así también. ¿Cómo se leería una vez
impresa?
Nunca le satisfacían entonces..., pero él era su lector menos importante.
¿Debería haber llamado a la policía? Ahora pareda trivial. Lástima por los
Dewhurst... Aunque si eran tan estúpidos, resultaba mejor librarse de ellos. La policía ya
se encargaría de Skelton si había hecho todo aquello de lo que se vanagloriaba en su libro.
Después de comer, Tate paseó hacia las colinas. Las laderas resplandecían con su
verdor, e incontables llamaradas de hierba se agitaban suavemente. Las nubes ponían
polvo en el horizonte. Se tendió, gozando de la paz del cielo. Al anochecer, el enorme
vacío de la casa fue relajante. Tras cenar en el mesón, regresó paseando, negándose a mirar
hacia las furtivas formas que se movían y susurraban a su lado.
Durmió bien. ¿Por qué le sorprendió eso al despertar? El correo le aguardaba al
extremo de su cama, colocado allí suavemente por su asistenta. El sobre con las franjas
azules y rojas era de su agente en Nueva York...Una nueva venta en América para una
edición de bolsillo. Estupendo. ¿Qué más? Una factura asomándose por su ventanilla de
celofán, otra circular y una resonante caja de cartón envuelta en papel marrón.
Su dirección estaba anónimamente escrita a máquina sobre la caja; no había
remitente. Su contenido se desplazaba libremente en su interior, una ola de cascotes.
Finalmente rasgó el envoltorio. Cuando abrió la caja sin ninguna identificación, el
contenido se esparció ante él y confirmó lo que sospechaba: un rompecabezas.
¿Era una ofrenda de paz de los Dewhurst? Habían elegido uno sin foto en la tapa
porque quizá pensaban que así disfrutaría más con la dificultad. Y, efectivamente, así era.
Deshizo el paisaje de cielo y bosques que había sobre la mesa y metió las piezas en su caja.
Al otro lado de la ventana, árboles y nubes se agitaron.
Empezó a montar la esquina del rompecabezas. Ah, era la cuarta esquina. Una cálida
brisa agitó las cortinas hacia dentro. Tras él, la puerta se abrió unos centímetros al vacío de
la casa.
El mediodía había barrido la mayor parte de las sombras de la habitación cuando
hubo compuesto el borde. La mayor parte de los mezclados fragmentos eran de un color
marrón lustroso, como el barnizado de un mueble, pero había una figura humana... No.
Dos. Las ensambló parcialmente —una iba vestida con un temo, la otra con un traje de dril
—, luego bajó para comer la ensalada de verduras que su asistenta le había preparado.
El rompecabezas había puesto en acción su mente para pensar en las posibilidades de
todo aquello. ¿Una historia de rivalidad entre autores...? ¿Una historia de asesinato? ¿Dos
colaboradores, uno de los cuales se vuelve resentido, celoso, determinado a conseguir la
fama para sí? Pero no podía imaginar a nadie colaborando con Skelton. Guardó la idea en
la parte de atrás de su mente para un posterior uso.
Volvió a subir las escaleras. ¿Qué estaba haciendo su asistenta? ¿Había barrido el
rompecabezas fuera de la mesa? No, por supuesto: se había marchado a casa hacía horas...
Tan sólo se trataba de la sombra de un árbol agitándose en el suelo.
Las incompletas figuras aguardaban. El ojo de una pieza le contemplaba desde la
mesa. No debería montar las secciones fáciles primero. Seguramente debía haber puntos
en los cuales podía ir montándolo hacia adentro a partir del borde. Sí, ahí había uno: la
pata de algo, probablemente un mueble... Inmediatamente vio otras tres piezas. Era una
vitrina tipo imperio. La sombra de una nube se arrastró hacia él.
Las conexiones se iban haciendo claras. Alcanzó el estadio en el que su subconsciente
dirigía su atención hacia las piezas apropiadas. La habitación iba encajando: una estantería
de nogal, una mesa de caoba, una rinconera. Cuando la sombra se inclinó hacia él, tuvo un
sobresalto y esparció algunas piezas. Debía de tratarse de un árbol al otro lado de la
ventana... No se necesitaba mucho para ponerle nervioso ahora: había reconocido la
habitación en el rompecabezas.
¿Debía desmontarlo sin terminar? Eso seria como admitir que le había inquietado.
Absurdo. Colocó la figura con el temo en su lugar sobre la mesa. Antes de acabar de
componer el rostro, con su único ojo de perfil, pudo ver que la figura era él mismo.
Se detuvo a punto de terminar el rompecabezas, y se volvió para mirar detrás de él.
¿Cuándo había sido tomada la fotografía? ¿Cuándo se había deslizado tras él la figura
vestida con un traje de dril, sin ser oída? Resistiéndose con irritación a una urgencia de
mirar por encima de su hombro, puso de golpe la figura en su lugar y colocó en su sitio las
últimas piezas.
Quizá era Skelton: sus trajes estaban lo suficientemente deshilachados y manchados.
Pero todas las piezas que hubieran compuesto el rostro faltaban. La luz que se reflejaba en
el hueco sobre la mesa proporcionaba como rostro a la figura un pálido y plano
resplandor.
—¡Malditas tonterías!
Dio media vuelta rápidamente, pero allí sólo había la entreabierta puerta arrojando
su sombra encima de la moqueta. Skelton debía de haber superpuesto la figura; no había
la menor duda de que había disfrutado haciéndola aparecer amenazadora..., inclinada
ansiosamente hacia delante, las manos tendidas. ¿Había pretendido dejar un hueco allá
donde debía estar su rostro, a fin de oscurecer sus intenciones?
Tate sostuvo la caja como un cubo de la basura, y barrió dentro de ella el
desintegrado rompecabezas. El sonido detrás de él no fue más que el eco de su caída. Se
negó a volverse. Dejó la caja sobre la mesa. ¿Debía mostrársela a los Dewhurst? Sin duda
se alzarían de hombros considerándolo una broma... Realmente, era ridículo tomárselo
siquiera un poco en serio.
Se dirigió al mesón. Debía hacer que su asistenta le preparara la cena más a menudo.
Se anticipaba... porque tenía hambre, eso era todo. ¿Por qué deseaba estar de vuelta a casa
antes de que oscureciese? En el sendero, parte de un insecto se contorsionaba.
En el mesón había una gran fiesta. Tuvo que aguardar, en una mesa apenas más
grande que un taburete. Camareros y clientes, sus rostros oscurecidos, le rodeaban. Se dio
cuenta de que estaba observando compulsivamente cada vez que la luz de una vela
iluminaba un rostro. Cuando finalmente volvió a casa, su mente estaba murmurando a las
inquietantes formas de ambos lados del sendero: marchaos, marchaos.
Un lejano coche parpadeó y desapareció. Las luces de su casa eran las únicas que
podían verse. Parecían menos acogedoras que perdidas en la noche. No, su asistenta no
estaba. Que le condenaran si iba a registrar todas las habitaciones para asegurarse. La
presencia que sentía era tan sólo el calor, desparramándose por toda la casa. Cuando se
sintió cansado de su esfuerzo por intentar leer, el calor se fue a la cama con él.
Finalmente lo despertó. El amanecer convertía la habitación en un apunte al carbón.
Se sentó en la cama, presa del pánico. Nada estaba observándole desde los pies de la cama,
lo cual era en cierto modo el problema: más allá de la cama, una ausencia flotaba en el aire.
Cuando se alzó, vio que estaba colgada de los hombros. La figura, con un traje de dril,
avanzó rápidamente a tientas en torno a la cama. Cuando se abatió sobre él, sus manos se
alzaron, ágiles y ansiosas, como una varita mágica.
Gritó, y la luz fue borrada de sus ojos. Permaneció tendido, temblando, en una
absoluta oscuridad. ¿Seguía aún dormido? Gradualmente, un atisbo de la habitación
empezó a formarse a su alrededor, como si estuviera surgiendo de entre la niebla. Sólo
entonces se atrevió a encender la luz. Aguardó a la llegada del amanecer antes de volver a
dormirse.
Cuando oyó pasos abajo, se levantó. Era idiota pasar las horas rumiando acerca de
un sueño. Antes de hacer nada más debía librarse de aquel odioso rompecabezas. Se
dirigió apresuradamente a su habitación y se detuvo vacilante. La luz del sol inundaba la
vacía mesa.
Llamó a su asistenta.
—¿Ha quitado usted una caja de ahí?
—No, señor Tate. —Cuando él frunció el ceño, insatisfecho, añadió altaneramente—:
Por supuesto que no.
Parecía nerviosa. ¿A causa de su desconfianza o a causa de que estaba mintiendo?
Debía de haber tirado la caja por error y ahora temía ser reprendida; hacerle más
preguntas no conseguiría más que disgustarla.
La evitó durante toda la mañana, aunque los ruidos que hacía por las otras
habitaciones le molestaban, del mismo modo que los ocasionales atisbos de su sombra.
¿Por qué sentía la tentación de pedirle que se quedara? Era absurdo. Cuando ella se fue, se
sintió contento de poder oír la soledad de la casa.
Gradualmente, su placer se desvaneció. La casa, cálidamente iluminada por el sol,
parecía demasiado brillante, incluso expectante, como un escenario aguardando un primer
acto. También él estaba escuchando, pero menos para absorber el silencio que para
penetrar en él. ¿En busca de qué? Vagó sin rumbo fijo. Su compulsión de mirar por todos
los rincones le enfurecía. Nunca se había dado cuenta de la cantidad de sombras que
contenía cada habitación.
Después de comer, luchó por empezar a organizar sus ideas para el próximo libro, al
menos en líneas generales. Pero era demasiado pronto después del último. Su mente
parecía tan vacía como la casa. ¿En cuál de ellas había una sensación de intrusión, de
paciente y distante acechanza? No, por supuesto que su asistenta no había regresado. La
luz del sol se escapaba de la casa, dejando un congelado residuo de calor. Las sombras se
arrastraban imperceptiblemente.
Necesitaba un film absorbente. El de Bergman en el Academy. Iría ahora y cenaría en
Londres. Impulsivamente, se metió La senda negra en el bolsillo, para sacarla de la casa. El
sonido de la puerta delantera al cerrarse resonó en mil ecos por las vacías habitaciones.
Desde los árboles y las paredes y los arbustos se extendían las sombras, sus siluetas se
agitaban al mismo ritmo inquieto de la hierba. Un pájaro se alzó zigzagueando del suelo,
con algo colgando en su boca.
¿No había nadie en la estación del ferrocarril? Finalmente, un taciturno y demacrado
hombre respondió a sus golpes en la ventanilla de los billetes. Mientras pagaba, Tate se
dio cuenta de que se había dejado llevar por sus dudas durante todo el trayecto desde su
casa hasta allí. Al parecer, todo aquello eran secuelas de escribir obras fantásticas de
ficción.
Esta conclusión le hizo sentirse vulnerable. Caminó arriba y abajo por la corta
plataforma. Un lecho de flores componía el nombre de la estación, y unas cuantas farolas
tendían hacia delante sus deslustradas cabezas luminosas. Estaba solo, a excepción de un
hombre sentado en la sala de espera al otro lado de la plataforma. La ventana estaba llena
de polvo, y la brillante imagen de las nubes se reflejaba en el cristal. No podía distinguir el
rostro del hombre. ¿Por qué deseaba distinguirlo?
El tren llegó a marcha lenta. Llevaba pocos pasajeros, como las últimas exhibiciones
de un maltrecho museo de cera. Las estaciones pasaron, mostrando plataformas vacías.
Los campos se extendían interminables hacia la menguante luz.
A cada estación, el tren se detenía esperando recoger pasajeros, pero siempre partía
decepcionado... Hasta que, justo antes de llegar a Londres, Tate vio a un hombre
avanzando a largas zancadas para alcanzarlo. ¿En qué plataforma? Tan sólo podía ver el
reflejo del hombre: ropas azuladas, rostro impreciso. El vacío vagón crujía a su alrededor;
el metal vibraba bajo sus pies. Aunque el tren estaba ganando velocidad, el hombre
mantenía su ritmo, y seguía avanzando tan sólo a largas zancadas; no parecía sentir la
necesidad de correr. Buen Dios, ¿cuál era la longitud de sus piernas? Una repentina
explosión de follaje llenó la ventanilla. Cuando desapareció, el hombre ya no estaba.
La estación de Charing Cross estaba hormigueante, como siempre, y una resonante
voz decía algo a través de los altavoces. Mientras Tate salía apresuradamente, sorteando
un pequeño tren de carretillas, unas letras plateadas llamearon hacia él desde el kiosco de
libros y revistas: La senda negra. Y también allí, en otro lado, en un exhibidor especial: La
senda negra. Seria una justa ironía si alguien los robaba. De la gente que le rodeaba, varios
llevaban traje de dril.
Comió un curry en el Wampo Egg de Charing Cross Road. Conocía otros
restaurantes mejores por los alrededores, pero estaban en calles laterales; prefería
permanecer en la calle principal..., no importaba el porqué. Siluetas vestidas de dril
contemplaban el menú en el escaparate. El menú tapaba sus rostros.
Pasó de largo ante la estación de Leicester Square. No deseaba bajar a aquella
oscuridad donde los trenes se enterraban, resonando metálicamente. Además, tenía
tiempo para pasear; era una tarde agradable. Los colores de las librerías eran relajantes.
Vio libros suyos en un par de tiendas, lo cual era reconfortante. Pero el título de
Skelton resplandecía en el escaparate de Book-smith's. ¿Había un hueco junto a él en el
exhibidor? No, era el reflejo de un callejón, del cual estaba surgiendo ahora una silueta.
Tate se volvió y localizó el callejón, pero la silueta debía de haberse apartado a un lado.
Siguió hacia Oxford Street. El libro de Skelton estaba allí también, en Claude Gill's.
Más allá, entre las sombras de la acera opuesta, una figura vestida de dril espiaba. Tate se
volvió, pero un autobús cruzó la calle, bloqueando su visión. Evidentemente, había
muchos transeúntes llevando trajes de dril.
Cuando llegó junto al cine Academy había vislumbrado aquella figura varias veces,
reflejándose en las lunas de los escaparates y, más frustrante aún, siguiéndole el paso por
la acera opuesta, en el límite de su ángulo de visión. Caminó más allá del cine, pensando
en cuántos rostros sería incapaz de ver en la oscuridad.
Dirigiéndose instintivamente hacia las luces más brillantes, bajó por Poland Street. El
anochecer había alcanzado ya las estrechas calles del Soho, despertando a las luces de
neón. SEX SHOP. AYUDAS SEXUALES. FILMS ESCANDINAVOS. Las tiendas estaban
pegadas unas a otras, una hilera de competidores codo contra codo. En un escaparate
iluminado por un enfermizo neón, entre El placer por la esclavitud y Novedades en caucho, vio
el libro de Skelton.
Peatones y coches inundaban las calles. Mirara hacia donde mirara, Tate siempre
entreveía una figura vestida de dril en la otra acera. Por supuesto, no necesitaba ser la
misma todas las veces... Era imposible decirlo, porque nunca podía vislumbrar su rostro.
Nunca se había llegado a dar cuenta de cuántos rostros es uno incapaz de ver en una
multitud. Se había dirigido hacia aquellas calles precisamente para estar entre la gente.
Realmente, era absurdo. Se había permitido ir hacia todas aquellas miserables
librerías en busca de compañía, como un fugitivo de Edgar Allan Poe... ¿Y por qué? ¿Una
conversación idiota, un rompecabezas igualmente estúpido, unos pocos atisbos
inconcretos? Aquello probaba que las maldiciones podían funcionar en la imaginación...
pero, cielos, ésa no era razón para sentirse aprensivo. Y, sin embargo, se sentía así, porque
detrás de los transeúntes pintados de neón había una figura moviéndose como un
cazador, al acecho, cerca de la pared. El miedo de Tate tenía sabor a curry.
Muy bien, su perseguidor existía. Eso podía ser explicado a través de la realidad: era
Skelton, escondiéndose. ¡Qué fácilmente encajaban entre sí esas palabras! Skelton debía de
haberle visto contemplando La senda oscura en el escaparate. Era propio de Skelton pasear
por ahí admirando su propia obra en los exhibidores. Seguramente decidió perseguir a
Tate, ponerlo un poco nervioso.
En cuanto entreviera el rostro de Skelton, saltana hacia él. Bruscamente cruzó la calle,
aprovechando un hueco en la secuencia de coches. Las imágenes de neón, mezcladas con
las otras imágenes provocadas por el neón, danzaron tras sus párpados. ¿Dónde estaba el
maldito remolón? ¿Se había metido en alguna tienda? Por un momento Tate lo había visto,
en la acera que en este momento ocupaba él. Pero cuando la visión de Tate se liberó de
imágenes accidentales, el rostro se había confundido entre la multitud.
Tate cruzó de nuevo la calle, con el mismo resultado. Así que Skelton estaba jugando
al escondite, ¿eh? Bien, Tate también podía jugar a lo mismo. Se metió en una tienda. Un
jadeo amplificado resonaba rítmicamente al otro lado de una puerta interior.
—El film de porno duro acaba de empezar, señor —dijo el hindú que estaba detrás
del mostrador.
Varios hombres, algunos de ellos vistiendo de dril, estaban de pie junto a las
estanterías de las revistas. Ninguno de sus rostros era visible para Tate.
Estaba comportándose ridículamente... y eso lo asustaba: había permitido que sus
defensas fueran abatidas. ¿Cuánto tiempo pretendía sumirse en aquella absurda
persecución? ¿Cómo podía poner fin a aquello?
Miró hacia afuera de la tienda. Los transeúntes le devolvieron la mirada, como si
estuviera incitándoles. Las aceras se retorcían, incesantemente agitadas por los neones. La
batalla de luces sacudía las sombras de la multitud. Los rostros brillaban verdes, ardían
rojos.
Si tan sólo pudiera descubrir a Skelton... ¿Qué haría entonces? Cerca de la puerta
donde se encontraba había un callejón, vacío excepto por la oscuridad. En su otro extremo
brillaba otra calle. Podía cruzar aquel callejón y eludir a su perseguidor. Quizá encontrara
algún policía; eso le enseñaría a Skelton... Aquello ya iba mucho más allá de una broma.
Allí estaba Skelton, atisbando desde un oscuro portal casi frente a él. Tate hizo como
si saliera en su persecución, e inmediatamente la figura se escabulló tras un grupo de
peatones. Tate echó a correr por el callejón.
Sus pisadas resonaron en las paredes. Más allá de la angosta salida al otro lado, las
figuras pasaban como las coristas de un espectáculo. Una pared rozó contra su hombro; un
bulto invisible golpeaba repetidamente contra su costado. Era La senda negra, aún metido
en su bolsillo. Lo tiró rabiosamente. Se enredó entre sus pies en la oscuridad hasta que le
lanzó una patada y oyó partirse el lomo. Al fin libre.
Estaba a medio camino del callejón, donde la oscuridad era más intensa, y miró hacia
atrás para confirmar que nadie le había seguido. Vacilando ligeramente, volvió la vista
hacia delante, y las manos de la figura que había ante él lo sujetaron por los hombros.
Retrocedió jadeando y la pared golpeó contra sus omoplatos. La oscuridad era
absoluta frente a él, pero sintió el otro cuerpo apretándose contra el suyo, el empuje de la
invisible cabeza contra él, y su cara recibió una impresión helada; no podía distinguir la
forma de lo que la tocaba. Luego el contacto desapareció y sólo hubo silencio.
Permaneció de pie, temblando. Sus manos colgaban a los costados, como si temieran
moverse. Comprendía por qué no lograba ver nada —no había luz tan al fondo en el
callejón—, pero... ¿por qué no podía oír? Incluso el sabor a curry había desaparecido. Su
cabeza parecía como anestesiada, y en cierto modo incorpórea. Se dio cuenta de que no se
atrevía a volverla para mirar a ninguno de los dos extremos iluminados. Lentamente, con
temor, sus manos tantearon hacia arriba, hacia su rostro.

LA IGLESIA DE HIGH STREET -- J. Ramsey Campbell

LA IGLESIA DE
HIGH STREET
J. Ramsey Campbell


--
...La Horda que vigila el portal secreto de cada tumba,
y medra con lo que se forma en los moradores de ésta...
Abdul Alhazred, Necronomicon.
De no haberme empujado las circunstancias, jamás habría visitado Temphill.
Pero andaba mal de dinero y, al recordar que un amigo mío que vivía allí me había
ofrecido trabajo como secretario suyo, empecé a desear que dicho puesto siguiera
vacante. Desde luego, no me parecía fácil que mi amigo hubiera encontrado un
secretario permanente o, cuando menos, duradero. Temphill es un pueblo de muy
mala fama y a poca gente le agradaría vivir en él.
Alentado por esta esperanza, un día metí en un baúl mis pocos bártulos, los
cargué en un cochecito deportivo que me había prestado un buen amigo mío que
ahora andaba de viaje, y salí muy temprano de Londres, antes de que empezara el
ruidoso tráfico de la ciudad. Y así abandoné el edificio carcelario y el siniestro
callejón trasero donde había estado hospedado.
Mi amigo —que se llamaba Albert Young— me había contado muchas cosas de
Temphill y de las costumbres de sus habitantes. Era un pueblo muy antiguo y en
plena decadencia, situado en la región de Cotswold. El llevaba allí varios meses.
Había ido para documentarse sobre ciertas creencias y supersticiones que
perduraban en la localidad. Con el material que obtuviese pensaba redactar un
capítulo entero del libro sobre brujería que tenía entre manos. Como no soy
supersticioso, me chocó que gentes aparentemente normales procurasen evitar
Temphill siempre que podían; no porque fuese mal lugar —según Young—, sino más
bien por un temor nacido de los extraños rumores que corrían por esa región.
Quizá yo también me hubiese dejado impresionar por tales habladurías, pues es
el caso que, a medida que me adentraba en esa zona, el paisaje me iba pareciendo
más inquietante. Las suaves colinas de Cotswold y las aldeas de casas de madera y
techo de paja, se sustituyeron por llanuras áridas y tristes, casi desiertas, cuya única
vegetación la constituían unos yerbajos grises y enfermizos y algún que otro roble
hinchado y nudoso. Algunos parajes me llenaron de viva intranquilidad. Por
ejemplo, hubo un momento en que la carretera se ciñó a un riachuelo de aguas
estancadas, cubiertas de espuma y verdín, que distorsionaban grotescamente el
reflejo del paisaje. Luego tuve que tomar una desviación que atravesaba una ciénaga
cubierta de árboles inmensos y, más adelante, llegué a un punto en que el camino se
hundía bajo una ladera casi vertical donde crecía un bosque de aspecto primitivo. Las
ramas de los árboles se extendían sobre el camino como millares de manos nudosas y
torcidas.
Young me había escrito varias cartas hablándome de ciertas cosas que había
leído en viejos volúmenes. Una vez, recuerdo que mencionó «un olvidado ciclo
mitológico que habría sido preferible desconocer»; también citaba de cuando en
cuando nombres extraños y sonoros, y en sus últimas cartas —fechadas varias
semanas antes— daba a entender que en Camside, Brichester, Severnford,
Goatswood y Temphill —y quizá en otros pueblos de la región—, aún se rendía culto
a ciertos seres transespaciales. En su última carta me hablaba de un templo
consagrado a «Yog-Sothoth», que se hallaba emplazado en el mismo lugar que una
iglesia de Temphill donde antiguamente se habían practicado monstruosos rituales.
Se decía que este templo había dado origen, no sólo al nombre de la aldea —que sería
entonces una corrupción de «Temple Hill» o «Colina del Templo»— sino a la aldea
misma que, al parecer, fue creciendo en torno a la colina donde se alzaba la iglesia.
También se decía que en ella había ciertas «puertas» que, una vez abiertas mediante
conjuros ya olvidados, darían paso a antiquísimos daimones procedentes de otras
esferas. Según me escribió mi amigo, existía un leyenda espantosa relativa a la
misión de tales demonios; pero no quiso referírmela, por lo menos hasta no haber
visitado el supuesto emplazamiento terrenal de aquel templo de otra dimensión.
Nada más entrar en las viejísimas calles de Temphill, empecé a lamentar mi
repentina decisión. Si entretanto Young había encontrado secretario, me iba a
resultar difícil volver a Londres. Apenas tenía dinero para pagarme el hotel, el cual
—dicho sea de paso—, ofrecía un aspecto muy poco seductor, según comprobé al
cruzar por delante. Tenía un porche torcido y la fachada estaba llena de
desconchados. A la puerta había varios viejos de pie, con la mirada perdida y el aire
ausente. Los otros sectores del pueblo no eran más tranquilizadores. Muy en
particular me impresionó esa escalinata que subía, por entre ruinas verdosas y muros
de ladrillo, hacia el negro campanario de una iglesia que se alzaba en medio de un
campo de lápidas descoloridas.
De todo Temphill, sin embargo, lo más impresionante era el barrio sur. En
Wood Street, que entraba en el pueblo por el noroeste, y en Manor Street, donde
terminaba la pendiente boscosa, las casas eran de piedra y se hallaban bastante bien
conservadas. Pero alrededor del tétrico hotel, o sea en el centro de Temphill, había
muchas viviendas medio en ruinas, e incluso un edificio de tres pisos —en cuya
planta baja estaban instalados los Almacenes Generales Poole— que tenía la
techumbre hundida. Al otro lado del puente, más allá de la céntrica Plaza del
Mercado, se extendía Cloth Street y, al final de ésta, pasados los caserones
deshabitados de Wool Place, se encontraba South Street. Allí vivía Young, en una
casa de tres pisos que había comprado a bajo precio, reformándola después a su
gusto.
Los edificios del otro lado del puente me resultaron aún menos tranquilizadores
que los de la parte norte. Después de los grises almacenes de Bridge Lane venía una
serie de viviendas de ventanas rotas y fachadas remendadas, pero habitadas todavía.
Unos niños desgreñados y sucios miraban con resignación desde los miserables
umbrales de sus casas o jugaban en el cieno amarillento de un descampado. Imaginé
los sórdidos cuchitriles donde vivirían sus familias. La atmósfera del lugar me
deprimía. Era como una ciudad muerta, habitada por espectros.
Me metí por South Street, entre dos edificios de tres plantas y buhardilla. Young
vivía en el número 11, al otro extremo de la calle. El aspecto de su vivienda me llené
de malos presentimientos: tenía cerradas las contraventanas y del dintel de la puerta
colgaban abundantes telarañas. Estacioné el coche junto a la acera, crucé el césped
salpicado de hongos, y subí en dos saltos los cuatro escalones del porche. La puerta
se abrió nada más tocarla, dejando a la vista un lóbrego recibimiento. Llamé en voz
alta y toqué a la puerta, pero nadie contestó. No me atreví a entrar. No había huella
alguna en el polvo del umbral. Recordando que Young me había hablado, en algunas
de sus cartas, de las conversaciones que había sostenido con su vecino del número 8,
decidí recurrir a él para que me informase acerca de mi amigo.
Crucé la calle y llamé a su puerta. Se abrió casi inmediatamente, aunque de
manera tan silenciosa que me asustó. El propietario era un hombre alto, de pelo
blanco y ojos oscuros. Vestía un raído traje de mezclilla. Lo que más impresionaba en
él era su aire antiquísimo que le daba el aspecto de una reliquia de épocas pretéritas.
No cabía duda de que se trataba de John Clothier; mi amigo me lo había descrito
como un hombre bastante pedante y extraordinariamente versado en todo lo que se
refiere a la antigüedad.
Cuando me presenté y le dije que estaba buscando a Albert Young, palideció y
dudó un instante, antes de invitarme a pasar. Me pareció oírle murmurar que él sabía
dónde había ido, pero que yo probablemente no le creería. Al fin, me guió por el
oscuro recibimiento hasta una sala amplia, iluminada tan sólo por una lámpara de
aceite que había en un rincón. Me señaló una butaca junto a la chimenea, sacó su
pipa, la encendió y, sentándose frente a mí, comenzó a hablar con repentina
precipitación:
—Yo he hecho juramento de no hablar —dijo—. Por esta razón, lo único que
podía hacer era advertir a Young que lo dejara estar y se marchase de… este lugar,
Pero no me hizo caso, y usted no encontrará ya a su amigo, No me mire así,.. ¡es la
verdad! Ya veo que tendré que contarle a usted más cosas que a él; de lo contrario,
tratará usted de buscarle y se encontrará... con algo muy distinto. Sabe Dios lo que
me pasará después a mí... Cuando uno se ha vinculado a Ellos, ya nunca pude hablar
de eso con los demás. Pero no puedo permitir que otro emprenda el mismo camino
que Young. Según mi juramento, yo debería dejarle que fuera allí; pero sé que de
todos modos, un día u otro, acabarán conmigo. ¿Qué más da? Márchese antes de que
sea demasiado tarde. ¿Conoce la iglesia de High Street?
Tardé unos segundos en recobrarme de la sorpresa. Por fin, dije:
—Si se refiere usted a la que está cerca de la plaza... sí, la he visto.
—Ahora no se usa... como iglesia —continuó Clothier—. Allí se celebraban
determinados ritos, hace tiempo. Estos ritos dejaron sus huellas. ¿Le ha contado
Young, por casualidad, algo sobre un templo que había en el mismo lugar que ahora
ocupa la iglesia, pero en otra dimensión? Sí, por la cara que pone, ya veo que sí. Pero,
¿sabe usted que se celebran todavía ritos, en épocas propicias para abrir las puertas y
dejar paso a los del otro lado? Pues es cierto. Yo he estado en esa iglesia y he
contemplado esas puertas abiertas en medio del aire, a través de las cuales he
presenciado cosas que me han hecho gritar de horror. He tomado parte en
ceremonias y rituales que harían enloquecer a los no iniciados. Y mire usted, míster
Dodd, la verdad es que en ciertas noches señaladas, aún acude a esa iglesia la mayor
parte de la gente de Temphill.
Casi convencido de que el señor Clothier no andaba bien de la cabeza, le
pregunté impaciente:
—¿Y qué relación tiene todo esto con el paradero de Young?
—Mucha —continuó Clothier—. Le advertí que no fuese a la iglesia, pero no
hizo caso. Fue a visitarla una noche, en el mismo año en que habían consumado los
ritos del Invierno. Sin duda estaban acechando Ellos cuando mi amigo entró. A partir
de entonces, le retuvieron en Temphill. Tienen el poder de curvar el espacio, de
manera que todas las líneas vayan a converger a un mismo punto... No sé explicarlo.
El caso es que no pudo marcharse, Esperó en su casa varios días, hasta que
finalmente Ellos vinieron por él. Le oí gritar... y vi el color que tomó el cielo sobre su
tejado. Se lo llevaron, en una palabra. Por eso no lo encontrará usted. Y por eso será
mejor que se marche del pueblo, ahora que aún está a tiempo.
—¿Ha registrado usted su casa? —pregunté escéptico.
—Yo no entraría en esa casa por nada del mundo —confesó Clothier—. Ni yo ni
nadie. La casa ahora es de Ellos. Se lo han llevado a otro mundo y... ¿quién sabe las
cosas horrendas que habrá aún ahí dentro?
Se levantó, dando a entender que no tenía nada más que añadir. Yo también me
levanté, contento de abandonar aquella lúgubre habitación y la misma casa... Clothier
me acompañó hasta la puerta, y permaneció un instante en el umbral, mirando con
recelo a uno y otro lado de la calle, como si temiese que le vieran conmigo. Luego
desapareció en el interior de su vivienda sin esperar a ver dónde encaminaba yo mis
pasos.
Crucé al número 11. Al entrar en el recibimiento, recordé lo que mi amigo me
había contado de la vida que llevaba. La habitación donde Young acostumbraba
examinar ciertos libros antiguos y terribles, anotar sus descubrimientos y proseguir
otras diversas investigaciones, estaba situada en la planta baja. No me costó el menor
esfuerzo encontrarla. En ella reinaba un orden perfecto: la mesa cubierta de papeles
con anotaciones, las estanterías repletas de pergaminos y libros encuadernados en
piel, la incongruente lámpara de escritorio, todo indicaba que el propietario era
persona entregada al estudio.
Quité la espesa capa de polvo que cubría la mesa y la silla, y encendí la
lámpara. La luz confirió a la estancia un ambiente más tranquilizador. Me senté y
alargué una mano a los papeles de mi amigo. El primer montón de cuartillas llevaba
el título de Pruebas y Corroboraciones, y no tardé en darme cuenta de que ya su
primera página era característica. Consistía en una serie de anotaciones breves e
inconexas, referentes a la civilización maya de Centroamérica. Las notas, por
desgracia, estaban tomadas sin orden ni sentido: «Dioses de la Lluvia (¿elementales
del agua?). Probóscide (ref. Primigenios), Kukulkan (¿Cthulhu?)»... Tal era la tónica
general de dichas anotaciones. Seguí repasándolas, no obstante, y no tardé en darme
cuenta de que no estaban tomadas al azar, sino que todas ellas tenían algo en común.
Al parecer, Young había intentado poner en relación determinadas creencias y
leyendas del mundo con un gran ciclo mitológico que les sirviera de eje. Este gran
ciclo, a juzgar por las frecuentes alusiones de Young, sería más antiguo que el género
humano. No quise pararme a pensar si mi amigo había llegado personalmente a esta
conclusión o la había tomado de los viejísimos libros que tapizaban las paredes de su
cuarto. Me pasé horas enteras estudiando los resúmenes de Young sobre el citado
ciclo mitológico. Allí leí cómo Cthulhu había venido de un espacio inconcebible,
situado más allá de los lejanos confines de este universo, y supe de civilizaciones
polares y de abominables razas infrahumanas que procedían del negro Yuggoth, que
tiene su órbita en el límite de nuestra dimensión; también tuve conocimiento de la
espantosa Leng, de su sumo sacerdote que, encerrado en un monasterio, tiene que
llevar cubierta la parte de su cuerpo que correspondería a su rostro, y de otra
infinidad de blasfemias que apenas se sospechan en el mundo, salvo en
determinadas regiones, donde se sabe que son verdad. Me enteré de cómo había sido
Azathoth, antes de que dicho caos nuclear fuese despojado de voluntad e
inteligencia. Y leí lo que contaban del multiforme Nyarlathotep, de los aspectos que
puede asumir el Caos Rampante —aspectos que jamás hombre alguno se atrevió a
describir—, y de cómo se puede vislumbrar un Dhole y del aspecto que presenta si se
sigue la técnica adecuada.
Me horrorizó la idea de que leyendas tan espantosas pudieran aceptarse como
verdad en algún rincón de un mundo supuestamente equilibrado. Con todo, la forma
de manejar Young este material indicaba que tampoco él permanecía escéptico a este
respecto. Aparté a un lado el montón de cuartillas y, al hacerlo, moví la carpeta de
escritorio. Bajo ella apareció un manuscrito de pocas páginas con el título siguiente:
Sobre la iglesia de High Street. Recordando las advertencias de Clothier, lo tomé en
mis manos para hojearlo.
Había dos fotografías prendidas en la primera página. El pie de una de ellas
rezaba así: Fragmento de mosaico romano, Goatswood: el de la otra decía:
Reproducción del grabado de la p. 594 del «Necronomicon». La primera
representaba un grupo como de acólitos o sacerdotes encapuchados depositando un
cadáver ante un monstruo acurrucado. La segunda era una reproducción algo más
detallada de esa misma criatura. El monstruo en sí era tan absolutamente ajeno a
cualquier ser de nuestro planeta, que me es imposible describirlo. Era de forma
ovalada, pálido y reluciente, sin más rasgos faciales que una hendidura vertical,
acaso la boca, rodeada de arrugas córneas. Igualmente carecía de miembros; en
cambio había algo en él que sugería una capacidad plástica de formar órganos o
miembros a voluntad. Indudablemente se trataba de una fantasía morbosa nacida de
algún cerebro enfermo. Aun así, ambas ilustraciones resultaban tremendamente
impresionantes.
En la segunda página, escrita con esa letra de Young que me es tan familiar,
figuraba una leyenda local en la que se venía a decir que los mismos romanos que
diseñaron el mosaico de Goatswood habían practicado ciertos ricos decadentes,
sospechándose que algunos ritos de estos habían pasado después a formar parte de
las costumbres de la región, perdurando hasta la actualidad. Seguía un párrafo
transcrito del Necronomicon: «La Horda del sepulcro no otorga privilegios a sus
adoradores. Son escasos en poder, pues sólo alcanzan a alterar dimensiones
espaciales de pequeña magnitud y a hacer tangible únicamente aquello que en otras
dimensiones nace de los muertos. Tendrán dominio y potestad dondequiera que
fueren entonados los cánticos en loor de Yog-Sothoth, si es la época propicia, mas
pueden atraer a quienes abran las puertas que son suyas, en las moradas sepulcrales.
No poseen consistencia en nuestra humana dimensión, mas penetran en la mortal
envoltura de los seres terrestres y en ellos se cobijan y nutren mientras aguardan a
que se cumpla el tiempo de las estrellas fijas y se abra la puerta de infinitos accesos
liberando a Aquel que, tras ella, intenta destrozarla para abrirse camino.»
A estas frases sibilinas había añadido Young algunas notas escuetas de cosecha
propia: «Cf. leyendas de Hungría y de aborígenes australianos. Clothier en iglesia
High Street, 17-dicbre.» Esta fecha me incitó a examinar el diario de Young, cuya
lectura había aplazado por el vivo deseo que sentía de curiosear en sus trabajos.
Pasé rápidamente sus páginas, saltándome todas las anotaciones que parecían
no tener relación con el tema que buscaba. Por fin llegué a la que correspondía al 17
de diciembre. Decía así: «Más sobre la leyenda de la iglesia de High Street. Me ha
contado Clothier que en otros tiempos era lugar de reunión para adoradores de
dioses impuros y extraños. Túneles subterráneos que conducían a templos de ónice,
etc. Rumores de que ninguno de los que se arrastran por tales galerías hacia el lugar
de culto es un humano. Alusiones a una comunicación con otras esferas...» Y seguía
en estos mismos términos. Esto arrojaba poca luz. Continué pasando hojas.
Con fecha del 23 de diciembre, encontré una nueva referencia al tema que me
interesaba: «La Navidad ha hecho recordar más leyendas a Clothier. Me ha hablado
de un curioso rito de fin de año que se practicaba en la iglesia de High Street. Al
parecer, estaba relacionado con ciertos seres de la necrópolis enterrada bajo la iglesia.
Dice que todavía se celebra en Nochebuena, pero que, realmente, él no lo ha
presenciado nunca.»
A la noche siguiente, según el diario, mi amigo había ido en persona a la iglesia:
«En la escalinata del atrio se había congregado una multitud. No llevaba luces, pero
la escena estaba iluminada por unas formas globulares que desprendían una extraña
fosforescencia y flotaban en el aire, alejándose cuando me acercaba yo, por lo que no
pude identificarlas. Luego, la multitud, dándose cuenta de que yo no era de los
suyos, me amenazó y vino por mí. Eché a correr. Me persiguieron, pero no sé a
ciencia cierta qué era lo que me perseguía.»
Después venían unas páginas en las que no había ninguna alusión a este tema.
El 13 de enero, Young había escrito esto: «Clothier me ha confesado por fin que él fue
obligado una vez a tomar parte en ciertos ritos. Me ha aconsejado que abandone
Temphill y me ha dicho que no debo visitar la iglesia después de oscurecer porque
puedo despertarlos, y acaso me visitaran después... ¡y desde luego, no se trata de
seres humanos! Me parece que se está volviendo loco.»
A partir de aquí, se pasó nueve meses sin volverse a ocupar del asunto. El 30 de
septiembre escribió que tenía intención de visitar la iglesia de High Street esa misma
noche. A continuación, con fecha del 1 de octubre, había varias frases escritas
evidentemente con precipitación: «¡Qué deformidades, qué perversiones cósmicas!
¡Casi demasiado monstruosas para la razón humana! Todavía no puedo dar crédito a
lo que vi al bajar por aquella escalinata de ónice que conduce a las criptas. ¡Qué
manada de horrores!... He intentado marcharme de Temphill, pero todas las calles
van a desembocar a la iglesia. Creo que me estoy volviendo loco.» Luego, al día
siguiente, mi amigo había garabateado estas palabras desesperadas: «No puedo salir
de Temphill. Ahora todas las calles desembocan en mi casa. Este es el poder de los
que están al otro lado. Quizá Dodd pueda ayudarme.» Y luego, finalmente, el
borrador inacabado de un telegrama dirigido a mi nombre, que no llegó a enviar:
«Ven a Temphill inmediatamente. Necesito tu ayuda...» Aquí terminaba el
diario, en una línea de tinta que ondulaba hasta el borde de la página, como si
hubiera dejado de serpear la pluma hasta fuera del papel.
Y eso era todo, excepto que Young había desaparecido. Se había esfumado. Y el
único indicio de su paradero era el que estas notas apuntaban: la iglesia de Hig
Street. ¿Pudo haber ido allí, y, al meterse en algún recinto sin salida, quedarse
aprisionado? En tal caso, quizá podía llegar a tiempo de salvarle. Salí
precipitadamente de la casa, subí al coche y arranqué.
Torcí a la derecha y enfilé por South Street arriba, hacia Wool Place. No había
ningún otro coche en las calles; tampoco vi ninguno de esos grupos de ociosos que
suele haber en los pueblos al terminar la jornada. Resultaba curioso, además, el que
las casas no tuvieran luz. El parterre central de la plaza, totalmente descuidado,
protegido por una barandilla herrumbrosa, tenía un aspecto inquietante y desolado a
la luz de la luna que ya empezaba a asomar por encima de las buhardillas. El ruinoso
barrio de Cloth Street era menos acogedor aún. Una o dos veces, me pareció ver unas
siluetas que salían sigilosas de las puertas; pero tan fugaz era aquella impresión, que
más me parecieron engaño de los sentidos que seres reales. Sobre el pueblo entero
flotaba una intensa atmósfera de desolación, particularmente en los oscuros
callejones flanqueados de casas estrechas y sin luz. Finalmente, entré en High Street.
La luna parecía una diadema suspendida sobre el campanario de la iglesia, y al
detener el coche al pie de la escalinata, el satélite se hundió tras el negro campanario
como si la iglesia lo hubiera arrancado del firmamento.
Al subir por la escalinata, me di cuenta de que los muros que me rodeaban eran
de roca viva y estaban llenos de grietas y oquedades en donde brillaban perladas
telas de araña. Los escalones estaban cubiertos de un musgo resbaladizo que hacía
muy desagradable mi subida. Por encima de la escalinata colgaban las ramas de unos
árboles pelados. Una luna gibosa que oscilaba en los abismos del espacio iluminaba
la iglesia. Las ruinosas lápidas, invadidas por una vegetación moribunda, arrojaban
extrañas sombras sobre la yerba plagada de hongos. Era raro: a pesar de que la
iglesia mostraba su evidente abandono, flotaba en ella algo así como una presencia. Y
era tan intensa esta sensación, que casi esperaba encontrarme con alguien, al entrar.
¡Qué se yo! ... Con algún guardián o con algún devoto...
Había traído conmigo una linterna para alumbrarme en el interior de la iglesia,
que yo, suponía en completa tiniebla, pero me encontré con que reinaba allí cierto
resplandor iridiscente, debido quizá a la luna que se filtraba por las ventanas ojivales.
Recorrí la nave central y enfoqué la linterna sobre las filas de bancos. En el polvo no
había señales de que nadie hubiera estado allí últimamente. Unos volúmenes
amarillentos que contenían himnos se apilaban contra una columna, adoptando
formas grotescas y confusas de seres acurrucados, abandonados allí desde tiempo
inmemorial. Por todas partes se veían bancos deteriorados por los años; en el aire
cerrado flotaba cierto olor a corrupción.
Seguí avanzando hacia el altar. El primer banco de la izquierda estaba
levantado por un extremo. Ya había observado anteriormente que algunos bancos se
inclinaban en ángulos insólitos, pero ahora vi que, bajo el primer banco, el mismo
suelo estaba levantado, mostrando una estrecha franja de negrura. Comprobé que
podía mover el banco, y lo empujé hacia atrás, aprovechando la circunstancia de que
el segundo estaba bastante alejado del primero. Así quedó al descubierto una
trampilla rectangular que, una vez abierta del todo, reveló un vacío negro como boca
de lobo. A la luz amarillenta de mi linterna, distinguí un tramo de escalera hincado
entre unas paredes que rezumaban humedad.
Vacilé ante el borde del abismo, mirando inquieto a mi alrededor. Me decidí,
por fin, y comencé a descender con la máxima cautela. No se oía más que un
constante gotear en aquel túnel que se hundía en la tierra. Las paredes, ceñidas a la
escalera de caracol, relucían perladas de gotitas. Unas sabandijas reptantes y negras,
aterradas por la luz, escaparon veloces buscando refugio en las grietas. Al cabo de un
tiempo, observé que los peldaños no eran ya de piedra, sino que estaban labrados en
la tierra misma, y sobre ellos crecían unos hongos carnosos, hinchados y enfermos. El
techo de aquel subterráneo, sostenido por arcos rudimentarios y endebles, me
llenaba de un desasosiego invencible.
No podría decir cuánto tiempo duró mi descenso bajo aquellos arcos inseguros.
Finalmente, uno de ellos se prolongó en un túnel gris. A partir de aquí, los peldaños,
respetados por el tiempo, mostraban aún el agudo filo de sus bordes... porque
estaban tallados en la misma roca, en una roca de extraño color, que resaltaba a pesar
del barro con que la habían manchado los pies que descendieran por allí. Con la
linterna en alto, observé que la pendiente se hacía menos pronunciada, como si
estuviese llegando al final de la escalera. Al darme cuenta, me embargó una
sensación intensa de incertidumbre e inquietud. Una vez más, me detuve a escuchar.
No se oía nada, ni abajo ni arriba. Reprimiendo mis temores, me lancé adelante,
resbalé en un peldaño y bajé rodando lo poco que faltaba hasta el pie de la escalera.
Al levantarme, me encontré con que había ido a parar junto a una estatua grotesca de
tamaño natural que parecía mirarme como deslumbrada por el fulgor de la interna.
Con ella había otras cinco formando fila, y de cara a éstas, había otras seis más,
idénticas, igualmente repulsivas, esculpidas con tal arte, que daban una
impresionante sensación de realidad. Aparté la mirada, me levanté del suelo, y
enfoqué la linterna hacia las tinieblas que se abrían ante mí.
¡Ojalá pudiera borrar de mi memoria lo que vi! Hasta el fondo, poblado de
sombras, de aquellas bóvedas inmensas y bajas, se extendían interminables hileras de
lápidas grises, y en cada una de ellas, con la cara hacia el techo, yacía un cadáver
amortajado. Y en los muros de la cripta se abrían nuevos arcos de los cuales
arrancaban otras escaleras de caracol que llevaban más abajo aún, hacia inconcebibles
profundidades subterráneas. Esas escaleras me helaron la sangre, más aún que el
macabro espectáculo que tenía ante mí. Me estremecí ante la idea de buscar los restos
de Young entre los cadáveres que yacían en las losas; pues, sin saber por qué, me
sentía convencido en el fondo de que el cuerpo de mi amigo descansaba, con ojos
abiertos y sin vida, sobre alguna de aquellas lápidas grises. Procuré dominar mis
nervios y empecé a buscar. Ya me había aventurado a caminar entre las filas de
sepulcros, cuando un sonido repentino me dejó paralizado.
Fue un silbido que se elevó lentamente en la oscuridad, allá en el fondo, delante
de mí. Luego sonaron unos ruidos más roncos y violentos, y fueron aumentando
todos a la vez, como si se fuese acercando la causa que los provocaba. Clavé la
mirada, aterrado, en el punto de donde parecían provenir aquellos ruidos extraños.
Sonó entonces como una explosión prolongada y apareció en las tinieblas, flotando,
un círculo de luz verdosa, pálida y difusa, de diámetro escasamente mayor que el de
una mano. Esforzaba yo mi vista por distinguirlo, cuando el círculo de luz
desapareció. Pero a los pocos segundos, volvió a aparecer, tres veces mayor que
antes... ¡y durante unos momentos de pesadilla vislumbré, a través de él, un paisaje
infernal y remoto, como si me hubiera asomado a una dimensión absolutamente
extraña por una ventana abierta! Retrocedí espantado, y la luz se eclipsó; pero al
instante volvió a aparecer con brillo renovado. Y entonces, en contra de mi voluntad,
contemplé una escena que se grabó de manera imborrable en mi memoria.
Era un extraño paisaje dominado por una estrella temblorosa. Por el cielo, a la
deriva, navegaban unas nubes de forma elíptica. La estrella, de la cual procedía el
resplandor verdoso, derramaba su luz glauca sobre un paisaje de rocas negras,
enormes, triangulares, dispersas entre inmensos edificios metálicos en forma de
globos. Casi todos estos edificios parecían en ruinas. De su parte inferior habían sido
arrancadas planchas enteras, dejando al aire las vigas mondas y retorcidas, fundidas
parcialmente por alguna energía inimaginable. El hielo relucía con verdes reflejos en
las grietas de las vigas. Y de las profundidades de aquel cielo tenebroso, caían
grandes copos de nieve teñida de rojo, que iban a posarse en el suelo o entraban
sesgados por las grandes hendiduras de las paredes.
La escena se mantuvo durante unos instantes. De improviso, surgieron del
fondo unas formas vivas, horriblemente blancas, gelatinosas, que avanzaron, a saltos
grandes y torpes, hacia el primer plano de la escena. Serían unas trece, y vi —helado
de terror— cómo se acercaban al borde del círculo de la luz y cómo, atravesándolo,
¡se precipitaban en la cripta donde me encontraba yo!
Eché a correr hacia las escaleras y, como en un sueño, vi saltar aquellas formas
horrendas por entre las estatuas, y vi cómo se diluían los contornos de aquellas
estatuas y cómo empezaban a moverse. Entonces, rápidamente, una de aquellas
horribles criaturas se abalanzó sobre mí, y sentí que algo frío como el hielo me tocaba
en una pierna. Grité... y por fortuna, me hundí en la negra noche de la inconsciencia.
Cuando desperté por fin, me hallaba en el suelo, entre dos lápidas, a cierta
distancia del lugar donde había caído. Tenía un sabor de boca horriblemente amargo.
La cara me ardía de fiebre. Ignoraba durante cuánto tiempo había permanecido en el
suelo, sin conocimiento. Mi linterna estaba aún encendida donde había caído, lo que
me permitió distinguir a duras penas mi alrededor. El círculo de resplandor verdoso,
ventana de pesadillas, había desaparecido. ¿Acaso mi desvanecimiento obedecía tan
sólo a los olores nauseabundos o al macabro espectáculo de este pudridero
subterráneo? Entonces me di cuenta de la presencia de un hongo repugnante y
extraño que, desparramado por el suelo, me había subido por la ropa formando
colonias... Lo cierto es que no lo había visto antes, y no sabía cómo pudo brotar así,
aunque prefería no pensar en ello. Sentí tanto miedo al verlo, que me puse en pie de
un brinco, agarré la linterna y me lancé a subir atropelladamente las tenebrosas
escaleras por las que había bajado a ese pozo de horror.
Trepé febrilmente, chocando contra las paredes, tropezando en los peldaños y
en los mil obstáculos en que parecían materializarse las sombras. Por último llegué a
la iglesia. Huí por la nave central, abrí de un empujón la puerta chirriante y bajé sin
aliento la escalinata poblada de sombras, hasta el coche. Intenté frenéticamente abrir
la portezuela, pero el coche estaba cerrado. Lo había cerrado yo. Me rasgué los
bolsillos registrándome... ¡en vano! No tenía las llaves. Las había perdido en aquella
cripta infernal de la que tan milagrosamente acababa de escapar. Sin las llaves, el
coche quedaba inútil... y por nada del mundo volvería a entrar a buscarlas en la
embrujada iglesia de High Street.
Dejé el coche. Corría por la calle, dispuesto a tomar Wood Street y salir al
campo abierto, al azar, pues prefería ir a cualquier parte antes que el maldito pueblo
de Temphill. Eché por High Street abajo, hacia la Plaza del Mercado. La luz pálida de
la luna se fundía con la de una farola alta y mortecina. Atravesé la plaza y me metí
por Manor Street. A lo lejos divisé los bosques en donde desembocaba Wood Street.
La calle trazaba una amplia curva, después de la cual dejaría atrás Temphill. Me
lancé a la carrera por las calles angostas, sin preocuparme por la niebla que
comenzaba a espesar, ocultando las laderas boscosas que constituían mi objetivo y
desdibujando el paisaje que asomaba por encima de las casas.
Corría ciego, desatado, pero no conseguía acortar la distancia que me separaba
de las colinas. Y de pronto, vi horrorizado las siluetas destartaladas de las
buhardillas de Cloth Street, que debía haber dejado atrás hacía rato, al otro lado del
río. Un momento después, me hallaba de nuevo en High Street, ante los gastados
peldaños de la iglesia maldita, junto al coche aparcado en la rotonda. Estaba
temblando con todo mi ser. La cabeza me daba vueltas. Me apoyé en un árbol, tomé
aliento y, sollozando de horror, con el corazón saltándome del pecho, me lancé otra
vez hacia la Plaza del Mercado y crucé el río nuevamente. Oía tras de mí una
vibración espantosa, un silbido apagado que inmediatamente reconocí con indecible
horror. Comprendí que estaba siendo objeto de una terrible persecución...
No vi el automóvil que se acercaba. Sólo tuve tiempo de saltar hacia atrás. El
coche me arrolló, sin embargo, y perdí el conocimiento.
Me desperté en el hospital de Camside. El coche que me había atropellado iba
conducido por un médico que regresaba a Camside por Temphill. El fue quien me
sacó, con un brazo roto e inconsciente aún, de ese pueblo maldito. Escuchó mi relato
—al menos, lo que me atreví a contarle— y fue a Temphill a recoger mi coche, pero
no lo encontró. Tampoco encontró a nadie que me hubiera visto a mí o a mi coche, ni
halló los libros, los papeles y el diario que yo leí en el número 11 de South Street,
último domicilio de Albert Young. De Clothier, no halló ni rastro. El vecino de al
lado le dijo que se había ido de viaje y que seguramente tardaría mucho tiempo en
volver.
Quizá tengan razón cuando dicen que he sufrido una alucinación progresiva.
Quizá, también, haya estado delirando cuando, al recobrarme de la anestesia,
sorprendí a los médicos cuchicheando sobre la forma en que aparecí en el camino
para meterme bajo las ruedas del coche... ¡y hablando de esos hongos extraños que
tenía pegados en la ropa, que me habían invadido la cara y se me adherían a los
labios como si brotaran de ahí!
Puede ser. Pero ahora que ya han pasado meses y el solo recuerdo de Temphill
me llena de aversión y de horror, ¿pueden explicarme por qué me siento
irresistiblemente atraído por esa población, como si fuese la meca hacia la cual debo
orientar mi camino? Les he suplicado que me encierren, que me encarcelen, que
hagan algo; y ellos se limitan a sonreír, a tratar de calmarme, a asegurarme que todo
«se resolverá por sí mismo»... ¡Argumentos necios, palabras tranquilizadoras que no
me engañarán, palabras inútiles y vanas frente a la atracción de Temphill y los
fantasmales ecos de los silbidos que me invaden en sueños y aun despierto!
Haré lo que debo hacer. Prefiero morir, a seguir soportando este horror
inenarrable...
Documento adjunto al informe redactado por P. C. Villars sobre la desaparición
de Richard Dodd, Gayton Terrace 9, W. I. El manuscrito, de puño y letra de Dodd,
fue hallado en su dormitorio después de su desaparición.