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lunes, 29 de noviembre de 2010

TALENTO



TALENTO

Robert Bloch

Quizá sea una lástima que no se supiera nada de los padres de Andrew Benson.
Las mismas razones que los condujeron a abandonarlo en la escalera de entrada del Orfelinato de San Andrews, constituyeron asimismo la causa de su discreto anonimato. El hecho ocurrió en la mañana del 3 de marzo de 1943 -en plena guerra, como cualquiera puede recordar-, de modo que el niño podía ser muy bien tomado como un producto de los avatares bélicos. Sucesos similares ocultaban la singularidad de cualquier caso, incluso en Pasadena, que era donde el Orfelinato estaba ubicado.
Tras las usuales tentativas y las infructuosas pesquisas, las buenas hermanas lo tomaron. Allí adquirió su primer nombre, del patrón y patronímico santificado que bautizaba el establecimiento. El «Benson» le fue añadido unos años más tarde, por una pareja que lo adoptó ocasionalmente.
Es difícil, después de tanto tiempo, calibrar la clase de muchacho que fue Andrew; el orfanato posee archivos, pero meramente contienen fichas, y la hermana Rosemarie, que trabajaba como supervisora del dormitorio masculino, hace tiempo que murió. La hermana Albertine, calificadora de los estudios en la Escuela del Orfelinato, se encuentra ahora -por decirlo de la manera más delicada posible- en su senilidad, y su testimonio aparece necesariamente coloreado por el asalto de sucesos secundarios.
Parece empero increíble que Andrew no aprendiera a hablar hasta encontrarse en el umbral de sus siete años; la forzada gregariedad y la conspicua falta de atención a las características individuales, propia de los orfelinatos, la habría acelerado como si la facultad del habla fuera necesaria para la absoluta supervivencia, desde la más remota infancia, dado el entorno. Apenas es más creíble la teoría de la hermana Albertine de que Andrew sabía hablar pero que sencillamente se negó a hacerlo hasta no haber llegado a su séptimo año de vida.
Pero, lo que agrava las cosas, ella lo recuerda ahora como un muchachito desacostumbradamente precoz, que parecía poseer una inteligencia y un entendimiento que iban más allá de sus años. En lugar de valerse del habla, no obstante, adoptaba la pantomina, arte al que era tan brillante adepto (si hemos de creer a la hermana Albertine) que su continuo silencio era apenas notable.
-Podía imitar a cualquiera -declara la hermana-. A los otros niños, a las hermanas, incluso a la Madre Superiora. Claro, yo tenía que reprenderlo por eso. Pero era admirable la facilidad con que asimilaba las mínimas maneras y las expresiones faciales de cualquier otra persona, y de una sola mirada. Pues eso es lo que hacía Andrew: lanzar una sola mirada y captarlo todo.
»El día de las visitas era el domingo. Naturalmente, Andrew nunca tenía visitas, pero le gustaba haraganear por el pasillo y ver cómo entraban. Luego, por la noche, ya en los dormitorios, llevaba a cabo una función para los otros chicos. Podía encarnar cada hombre, mujer o niño, que entraba en el Orfelinato ese día, individualmente: la forma de andar, de moverse, todos sus actos y gestos. Incluso a pesar de no decir jamás una palabra, a nadie se le ocurrió pensar que Andrew fuera un deficiente mental. Durante un tiempo el Dr. Clement llegó a pensar que Andrew podía ser mudo.
El Dr Clement es una de las pocas personas capaces de suministrar datos objetivos sobre los primeros años de la vida de Andrew Benson. Desgraciadamente, falleció en 1954, víctima de un incendio que también destruyó su casa y sus archivos.
Fue el Dr. Clement quien atendió a Andrew la noche en que éste vio la primera película.
El año era 1949, y el día algún sabado por la tarde de finales de la citada fecha. El Orfelinato recibía y exhibía una película a la semana y solo se permitía su visualizacion a los niños en edad escolar. La inhabilidad -o negligencia- de Andrew para hablar le causó algunos problemas cuando entró en el grado primario el último septiembre, y aún pasaron algunos meses antes de que le fuera permitido reunirse con sus compañeros de clase en el auditorio para las sesiones cinematográficas del sábado por la noche. Aunque se sabe que ocasionalmente lo hizo.
La película era la última (y probablemente la menor) de las de los Hermanos Marx. Su titulo era Love Happy y si es recordada por el público medio de hoy se debe al hecho de la brevísima aparición de la entonces desconocida rubia, llamada Marilyn Monroe.
Pero la audiencia del Orfelinato tuvo otros motivos para recordarla como memorable. Porque Love Happy fue la película que puso en trance a Andrew Benson.
Después de que las luces fueran de nuevo encendidas, el niño se quedó allí sentado, inmóvil, los ojos fijos y sin vida en la blanca y vacía pantalla. Cuando sus compañeros lo advirtieron y le instaron a levantarse, él no respondió; una de las hermanas (probablemente la hermana Rosemarie) lo zarandeó, y él cayó en un colapso con apariencia de muerte. El Dr. Clement fue llamado y atendió al paciente. Andrew Benson no recobró el conocimiento hasta la mañana siguiente.
Fue entonces cuando habló.
Habló inmediata, perfecta y copiosamente: pero no de la forma que podía hacerlo un niño de seis años. La voz que surgió de sus labios era la de un hombre de mediana edad. Era nasal, crujiente y, aunque sin los guiños y expresiones faciales, fue instantáneamente reconocida e indiscutiblemente identificada como la voz de Groucho Marx.
Andrew Benson imitó el papel de Groucho como Sam Grunion a la perfeccion, palabra por palabra. Luego «hizo» de Chico Marx. Después volvió nuevamente al silencio y se pensó que otra vez había entrado en su fase muda. Pero pronto su silencio se hizo elocuente y en seguida se advirtio que estaba imitando a Harpo. En rápida sucesión, Andrew creó identificables retratos vocales y visuales de Raymond Burr, Melville Cooper, Eric Blore y los demás actores que interpretaban papeles menores en la película. Sus encarnaciones parecieron siniestras a sus compañeros y las hermanas no dejaron de notarlo.
-Pero si hasta se parece a Groucho -insistió la hermana Albertine.
Ignorando el problema de como un crío de seis años podía parecerse físicamente a Groucho Marx sin el beneficio (o detrimento) del maquillaje, el caso fue que Andrew Benson cobró repentina celebridad como mímico dentro de los reducidos límites del Orfelinato.
Y desde aquel momento en adelante, habló con regularidad si no libremente. Es decir, respondió a las preguntas directas, recitó sus lecciones en clase, y contestó con las estereotipadas formas de educación requeridas por la disciplina del Orfelinato. Pero nunca fue locuaz, ni siquiera comunicativo, en el sentido ordinario del término. La única ocasión en que espontáneamente articulaba palabras era la que seguía a la proyección de la película semanal.
No se repitió el ataque primero, pero cada noche sabática la proyección traía al final una completa y dramática recapitulación a cargo del dotado muchacho. Durante la agonía del año 49 y el invierno del 50, Andrew Benson vio muchas películas. Sorrowful Jones, con Bob Hope; Tarzan's Magic Fountain; The Fighting O'Flynn; The Life of Riley; Little Women, y muchas más, tanto antiguas como contemporáneas. Naturalmente, las películas eran supervisadas antes por las hermanas, y las películas que incidían en la violencia, descrita o superlativizada, no eran aceptadas. No obstante, llegaron algunos westerns a la pantalla del Orfelinato y es significativo que Andrew Benson reaccionara como lo que llegó a ser una forma característica.
-Divertido y curioso -declara Albert Domínguez, que estaba en el Orfelinato durante el mismo período que Andrew Benson y que es una de las pocas personas localizadas que lo admite y rehuye toda discusión sobre el hecho-. Al principio Andy imitaba a todo el mundo: a todos los hombres, claro. Nunca imitó a ninguna mujer. Pero después de empezar a ver westerns pareció querer escoger. Imitaba sólo a los malos. No me refiero a lo que hacemos cuando de críos jugamos a vaqueros, ya sabe, cuando uno es sheriff y el otro pistolero. Quiero decir que él imitaba a los malos todo el tiempo. Podía hablar como ellos, hasta parecerse a ellos. Solíamos chotearnos de él, ¿sabe?
Probablemente como resultado de este «choteo», Andrew Benson, durante la tarde del 17 de mayo de 1950, intentó cortarle la garganta a Frank Phillips con un cuchillo de mesa. Probablemente... a pesar de que Albert Domínguez asegura que el otro no le provocó y que Andrew Benson estaba duplicando con exactitud el papel de un asesino desesperado del lejano oeste en una vieja película de Charles Starrett.
El incidente fue aparenteniente silenciado y no se tomó ninguna medida; poseemos poca información sobre el crecimiento y desarrollo de Andrew Benson entre el verano de 1950 y el otoño de 1955. Domínguez abandonó el Orfelinato, nadie más se presta a declarar y la hermana Albertine se retiró a una casa de reposo. Como resultado, no hay nada digno de crédito en torno a lo que muy bien pudo haber sido el período crucial de Andrew, sus años de formación. Los escasos restos de trabajos escolares parecen bastante satisfactorios y nada hay que indique que fuera un problema de disciplina para con sus instructores. En junio de 1955, junto con el resto de sus compañeros de clase, fue fotografiado con ocasión de su graduación después del octavo curso. Su rostro es una mera mancha, un tizne casi inexistente en mitad de un mar de semblantes pre-adolescentes. Lo que pudiera parecer a esa edad es difícil de decir.
Los Benson pensaron que se parecía a su hijo David.
El pequeño David Benson había muerto a consecuencia de una infección de poliomielitis en 1953, y dos años después iban sus padres al Orfelinato de St. Andrews con la intención de adoptar un chico. Traían consigo un retrato de David y confesaron francamente que se sirvieron del parecido físico al realizar la elección.
¿Vio Andrew Benson aquella fotografía? ¿Vio -según han supuesto algunos tremendistas irresponsables- las películas caseras que los Benson tomaron de su hijo?
Por nuestra parte, debemos limitarnos a los hechos comprobados, y estos se resumen en que Mr. y Mrs. Louis Benson, de Pasadena, California, adoptaron legalmente a Andrew Benson, de 12 años de edad, el 9 de diciembre de 1955.
Y Andrew Benson fue a vivir con ellos, en calidad de hijo. Andrew entró en una escuela pública de enseñanza media. Llego a ser propietario de una bicicleta. Recibió honorarios semanales de un dolar. Y frecuentó el cine.
Andrew Benson frecuentaba los cines sin restricción. Sin ninguna restricción. Así fue durante varios meses, período en el que vio comedías, dramas, westerns, musicales, melodramas. Sin duda vio melodramas. ¿Hubo entre estos films alguno que, exhibido más o menos en 1956, mostrara como un gangster defenestraba a su víctima dcsde un segundo piso?
Por lo que hoy sabemos, no tenemos más remedio que sospechar la existencia de ese film. Por aquellos días, cuando tuvo lugar el incidente, Andrew Benson fue virtualmente exculpado. Él y otro muchacho habían estado «forcejeando» en un aula después de la clase y el otro muchacho había sufrido una «caída accidental». Al menos, ésta fue la version oficial del suceso. El otro muchacho -hoy coronel de Marines Raymond Schuyler- mantiene hoy día que Benson pretendió asesinarlo deliberadamente.
-Aquel crío era espeluznante -insiste Schuyler-. Ninguno de nosotros congenió realmente con él. Era como si no hubiera nada con lo que congeniar, ¿sabe usted? Quiero decir que él estaba siempre retraído y sujeto a cambios inexplicables. De un día para otro uno nunca sabía con qué iba a salir. Claro, nosotros sabíamos que él imitaba a los actores de cine (era sólo un novato pero había dado ya el golpe en el club dramático), pero nos daba la sensación que los imitaba en todo momento y lugar. Un minuto se estaba quieto y al siguiente, ¡ahí va! Usted conocerá esa historia, la de Jekyll y Hyde. ¿La conoce? Bueno, pues eso le pasaba a Andrew Benson. La tarde que me echó la zarpa habíamos estado incluso hablando amigablemente. Me condujo hasta la ventana y juro ante Dios que cambió ante mis ojos. Como si repentinamente se hubiera hecho un pie más alto y cincuenta libras más pesado, y su rostro era realmente salvaje. Me lanzó por la ventana sin pronunciar una palabra. Por supuesto, yo los tenía en la garganta y quizá pensara que había sufrido un cambio. Quiero decir que a nadie se le ocurriría hacer una cosa así.
Semejante incógnita, si afloró por aquel tiempo, se ha mantenido hasta ahora sin respuesta. Sabemos que Andrew Benson llamó la atención del Dr. Max Fahringer, psiquiatra infantil y consejero guía del colegio, y que su examen inicial no reveló anormalidades aparentes en la personalidad ni en los modelos de conducta. El doctor Fahringer, sin embargo, sostuvo largas charlas con los Benson y como resultado de las mismas se prohibió a Andrew la asistencia a proyecciones cinematográficas. Al año siguiente, el propio doctor Fahringer se ofreció voluntariamente a examinar al joven Andrew: indudablemente, su interés se había incrementado por las sorprendentes habilidades dramáticas que el muchacho mostraba en sus actividades extraescolares.
No tuvo lugar más que una entrevista y es de lamentar que el doctor Fahringer no trasladara sus descubrimientos al papel ni que los comunicara a los Benson antes de su repentina y violenta muerte a manos de un desconocido asaltante. Se creyó (o se lo creyó la policía, al menos, por entonces) que uno de sus primeros pacientes, internado en una institución en calidad de psicópata, podía haber sido el causante del crimen.
Todo cuanto sabemos es que ello ocurrió poco después de haber asistido a una reposición local de la película Man in the Attic, en la que Jack Palance hace el papel de Jack el Destripador.
Es interesante examinar hoy día algunas de las llamadas «películas de terror» de aquellos años, incluyendo las reposiciones de las primitivamente interpretadas por Boris Karloff, Bela Lugosi, Peter Lorre y tantos otros.
Obviamente, no podemos asegurar con certeza que Andrew Benson estaba violando los deseos de sus padres adoptivos y asistiendo furtivamente a proyecciones cinematográficas. Pero si lo hizo, es bastante probable que frecuentara algunos de los pequeños cines de la vecindad, muchos de los cuales eran de reestreno. Pues sabemos, a tenor de los comentarios de sus compañeros de clase durante aquellos años de enseñanza media, que «Andy» estaba familiarizado -de manera casi omnisciente, podría decirse- con los amaneramientos de tales reposiciones.
La evidencia es a menudo conflictiva. Joan Charters, por ejemplo, está dispuesta a «jurar sobre la Biblia» que Andrew Benson, a la edad de 15 años, era «el vivo retrato de Peter Lorre... los mismos ojos saltones y demás cosas». Mientras que Nick Dossinger, que asistió a las mismas clases que Benson un año más tarde, asegura que «se parecía a Boris Karloff talmente».
Aunque la adolescencia conlleve un considerable incremento de estatura en el corto tiempo de un año, es casi imposible de creer que un «vivo retrato de Peter Lorre» pueda metamorfosearse en un asténico tipo Karloff.
Hay muchos testimonios dignos de crédito durante estos años de la vida de Andrew Benson, pero casi todos ellos inciden en destacar el fenomeno de su talento mímico y su irrebatible habilidad para las encarnaciones ad libitum de los actores de cine. Al parecer, había caracterizado a todos sus compañeros y contemporáneos de cabo a rabo.
-Decía que prefería imitar a los actores de cine porque eran más grandes -afirma Don Brady, que fue compañero suyo en el último año-. Le pregunté qué quería decir con «más grandes» y contestó que los actores de cine eran más grandes en la pantalla, a veces de veinte pies de punta a punta. Y dijo: «¿Por qué molestarse con las personas pequeñas cuando uno puede ser grande?» Oh, muchacho, era un carácter original del todo, un tipo único.
Las frases se repetían. «Extraño», «excéntrico» y «volado» son términos pintorescos pero altamente esclarecedores. Y parecía haber muy pocos recuerdos de Andrew Benson como un compañero de clase como los demás, en el papel ordinario de adolescente, o como un simple amigo. Lo único recordado es el imitador, generalmente con admiración y, con bastante frecuencia, con disgusto rayano en la aprensión.
-Era tan bueno que lo asustaba a uno. Claro, eso era cuando hacía sus caracterizaciones. El resto del tiempo apenas te percatabas de que estaba allí.
-¿Sus clases? Sí, creo que las acabó como todo el mundo. No estuve muy al tanto.
-Andrew era un estudiante normal. Podía responder cuando se le preguntaba, aunque nunca lo hacía voluntariamente. Sus notas fueron las corrientes. Tenía la impresión de que era más bien retraído.
-No, nunca tuvo muchas citas. Ahora que lo pienso, no recuerdo que saliera nunca con chicas. Nunca le presté mucha atención, excepto, claro está, cuando se ponía a actuar.
-No sé lo que quiere usted decir con acercarse a Andy. No sé de nadie que pareciera tener amistad con él. Fuera de sus reproducciones dramáticas estaba siempre tranquilo y quieto. Pero cuando las emprendía, era como si se tratase de una persona diferente... era realmente grande, ¿no cree? Siempre supusimos que acabaría en el Pasadena Playhouse.
Los recuerdos de sus contemporáneos son aptos frecuentemente para arribar a sucesos que no envolvieron directamente a Andrew Benson. Los años 1956 y 1957 son todavía recordados por los estudiantes de enseñanza media de la zona que nos ocupa como los años del toque de queda. Era un toque de queda voluntario, naturalmente, pero estrictamente observado, no obstante, por la mayoría de chicas estudiantes al tanto de lo que se llamaron «crímenes del hombre lobo»: una serie de crímenes salvajes y todavía sin resolver que aterrorizaron a la comunidad durante algo más de un año. Algunos aspectos canibalescos en el asesinato de cinco muchachas llevaron a la prensa sensacionalista a calificar al asesino como «hombre lobo». La serie del Wolf Man, producida por la Universal, había vuelto a llenar las pantallas por aquellos días y quizá esta circunstancia permitió tamaña asociación.
Pero regresemos a Andrew Benson; creció, fue a la universidad y vivía la vida propia de un hijastro. Si sus padres adoptivos fueron un tanto estrictos, él no hizo queja alguna. Si lo castigaron porque sospechaban que abandonaba su habitación por la noche, tampoco se quejó ni negó el hecho. Si se mostraron aprensivos porque temían que desobedecía la prohibición de ver películas, no manifestó ninguna abierta oposición. 
El único choque conocido entre Andrew Benson y su familia se produjo como resultado de la llana negativa de sus padrastros a instalar un aparato de televisión en casa. Si estaban al tanto o no del posible fomento de la habilidad mímica de Andrew o si habían desarrollado una mera alergia hacia Lawrence Welk y su estirpe, es difícil de determinar. Como fuere, se resistieron a la adquisición de un aparato de televisión. Andrew rogó y suplicó, señalando que «necesitaba» la televisión como un complemento en su futura carrera dramática. Su argumento tenía alguna justificación, pues en su último curso Andrew había sido «reconocido» por el famoso Pasadena Playhouse, y hasta se había hablado de la posibilidad de una futura carrera profesional sin necesidad del aprendizaje normal.
Pero los Benson fueron inexorables en lo concerniente al televisor; por lo que podemos conjeturar, se mantuvieron inexorables hasta el día de su muerte.
Los infortunados sucesos tuvieron lugar en Balboa, Panamá, donde los Benson poseían una pequeña casa de campo y mantenían un yate de pequeñas proporciones. Los ancianos Benson y Andrew se adentraban por el Canal Catalina cuando el yate volcó en aguas agitadas. Andrew logró aferrarse al casco hasta que fue rescatado, pero sus padres adoptivos perecieron. Accidente bastante común; uno ha visto en el cine docenas de accidentes parecidos.
Andrew, poco después de cumplir los dieciocho, fue internado nuevamente en un orfanato, pero un orfanato con plenas características de agradable hogar y con la expectativa de convertirse en heredero cuando cumpliera los veintiuno. La propiedad de los Benson estaba administrada por el abogado de la familia, Justin L. Fowler, y concedió al joven Andrew unos honorarios semanales de cuarenta dolares, cantidad más que suficiente para cubrir los gastos de un recién graduado de enseñanza media, aunque no para permitirle vivir con derroche.
Es de temer que se sucedieron violentas escenas entre el joven y el abogado de la familia. No hay lugar aquí para traerlas a colación y detalle, ni para condenar a Fowler por lo que parecía ser -al menos superficialmente- el desarrollo de una fijacion.
Pero hasta la noche en que fue atropellado por un vehículo que se dio a la fuga, el abogado Fowler se mantuvo casi obsesionado por el deseo de probar que el joven Benson era legalmente incompetente, si no algo peor. Ciertamente, fue su investigación la que permitió el descubrimiento de los escasos hechos concernientes a la vida de Andrew Benson que hoy día pueden ser considerados dignos de crédito.
Hubo algunas hipótesis -uno duda si dignificarlas con el término «conclusiones» -, que extrapoló en apariencia a partir de sus magros descubrimientos o que fabricó sin fundamento alguno. A menos que, naturalmente, tuviera en su poder detalles hoy día fuera de control. Sin la base de tales detalles no hay forma de corroborar lo que no parecía sino una serie de fantásticas conjeturas.
Un ejemplo al azar, como recuerdo de las distintas conversaciones que Fowler sostuvo con las autoridades, será suficiente.
-No creo que el chico sea siquiera humano, al menos en lo que respecta a este asunto. Por el simple hecho de aparecer en las escaleras del orfanato se le llama expósito. Mutante puede ser un término más apropiado. Sí, ya sé que nadie cree en tales cosas. Y si uno habla de las formas vitales de otros planetas, se le ríen en la cara y le dicen a uno que se vaya a freír espárragos.
»¿Mutante? Probablemente sea éste un término más exacto de lo que su estrecho significado implica. Me refiero a la forma en que él se transforma cuando ve las películas. No, no es necesario que me crea a mí, pregunte a cualquiera que lo haya visto actuar desde siempre. Mejor aún, pregunte a aquellos que nunca lo han visto y que sólo lo han contemplado en sus imitaciones privadas de los actores de cine. Descubrirá usted que hay muchísimo más que una simple imitación. Él se convierte en el actor. Sí, quiero decir que sufre una transformacion física total. Camaleón. O alguna otra forma de vida. ¿Quién podría decirlo?
»No, yo no pretendo entenderlo. Ya sé que no es "científico", según su forma de entender la ciencia. Pero eso no quiere decir que sea imposible. Hay muchas formas vitales en el universo y nosotros sólo podemos hacer cábalas sobre un reducido número de ellas. ¿Por qué no podría alguno poseer una sensibilidad anormal para la mímica? 
»Usted sabe el efecto que el cine puede tener sobre los que llamamos "seres normales", aunque sea bajo ciertas condiciones. El espectador cinematográfico se queda bajo un estado hipnótico, y puede usted comprobarlo preguntando a los psicólogos. Oscuridad, concentración, sugestión... todos los elementos están presentes. Y existe también la sugestión posthipnótica. Nuevamente me respaldarían los psiquiatras en esto. Muchas personas tienden a identificarse con algunos de los personajes que aparecen en la pantalla. Aquí es donde interviene nuestro adorado héroe, y ésta es la razón por la que existen los aficionados a los westerns y a los films policíacos y toda la pesca. Se supone que la gente común sale del cine fantaseando sobre los héroes y heroínas que han visto en la pantalla; imitándolos también.
»Obviamente, esto es lo que Andrew Benson hace. ¿Y si suponemos que lo que hace es ir un poco más allá? ¿Y si suponemos que es capaz de ser lo que ve retratado? ¿Y que escoge exclusivamente los personajes malvados? Se lo digo, es necesario investigar los crímenes perpetrados desde hace unos años a esta parte. No sólo el asesinato de aquellas chicas, sino también el de los dos doctores que examinaron a Benson cuando este era un niño, y es más: la muerte incluso de sus padres adoptivos. No creo que esas cosas fueran accidentes. Creo que algunas personas se acercaron demasiado a su secreto y que Benson las quitó de en medio.
»¿Por qué? ¿Cómo podría yo saber el porqué? Ni siquiera se lo que busca cuando asiste al cine. Pues está buscando algo, eso se lo garantizo. ¿Quién podría saber lo que tal forma vital se propone hacer o cuáles son sus propósitos respecto de sus poderes? Todo cuanto puedo hacer, es advertirle.
Es fácil desechar que el abogado Fowler fuera un tipo paranoide aunque no que resultara tal vez injusto, a la hora de evaluar las razones de su arrebato. Que sabía (o creía saber) algo, es evidente de por sí. Como prueba, en la noche de su muerte estaba parecer a punto de confeccionar un informe con sus descubrimientos.
Deplorablemente, cuanto quedó no fue sino un preámbulo, en forma de cita de Erie Voegelin, relativas a las rígidas y pragmaticas actitudes del «cientifismo», por llamarlo así:
«(1> está supuesto que la ciencia matematizada de los fenómenos naturales es un modelo científico al que todas las otras ciencias deben adaptarse; (2) que todos los reinos de los seres son accesibles según los métodos de las ciencias de los fenómenos; y (3) que toda realidad que no tenga acceso a las ciencias de los fenómenos o es irrelevante o, en la forma más radical del dogma, ilusoria.»
Pero el abogado Fowler está muerto y nosotros no podemos tratar sino con la vida, con Max Schick, por ejemplo, el agente de películas de cine y televisión que visitó a Andrew Benson en su casa poco después de la muerte de los ancianos Benson y le ofreció un contrato inmediato.
-Usted es un genio nato -le dijo Schick-. Deje de preocuparse por lo del Pasadena Playhouse. A nadie le interesa esto. Puedo demostrárselo ya, créame. Con lo que usted es capaz de hacer, borraremos a Marlon Brando del mapa. Claro, empezaremos por cosas menores, pero yo sé dónde está el chollo. Lo principal es que pueda introducirse entre los grandes por donde sea. Nada de musicales adocenados, ¿me sigue? Los estudios no se reparten de buenas a primeras y aunque usted cayera en uno, acabaría en las filas de los don nadie. No, el trato es conseguir para usted un primer puesto y un cartel más allá de las eventualidades. Y, como le dije, yo se dónde está el meollo.
»Iremos a un pequeño productor independiente, ¿me capta? Debe haber como una docena operando ahora, y haciendo todos lo mismo. Sólo hay una clase de películas que combine el bajo costo con los grandes beneficios y esa clase es la de la ciencia-ficción.
»Sí, como me oye, una película de ciencia-ficción. ¿Qué me dice, que nunca ha visto una? ¿Está usted majara? ¿Cómo es posible? ¿Quiere decir que jamás vio ninguna película de ciencia-ficción? 
»Ah, su familia, ¿eh? ¿Se lo tenían prohibido? ¿Y sólo se exhibían en los cines del centro? 
»Bien mirado, muchacho, le digo que ya es hora, eso es lo que le digo. ¡Ya es hora! Mire, para que sepa usted de lo que estamos hablando, lo mejor es que vaya a ver una ahora mismo. Estoy seguro. tienen que estar poniendo alguna en algún cine del centro. ¿Por qué no va esta misma tarde? Tengo un trabajo que terminar en mi oficina: lo llevo en mi coche y se va a ver la película y luego acude a mi oficina, al salir. 
»Claro que puedo dejarle mi coche. Es usted mi invitado.
Así fue como Andrew Benson vio su primera película de ciencia-ficción. Fue y volvió en el coche de Max Schick (como excesiva coincidencia hay que señalar que fue, al caer la tarde de aquel día, cuando el abogado Fowler devino víctima del atropello) y Schick tuvo buenas razones para recordar la aparición de Andrew Benson en su oficina justo después del crepúsculo.
-Tenía una expresion en su rostro que no era de este mundo -declara Schick.
»-¿Qué tal la película? -le pregunté.
»-Maravillosa -me dijo-. Justo lo que había estado buscando todos estos años. Y pensar que no conocía esas cosas.
»-¿Qué no conocía qué? -pregunté. Pero dejó de dirigirse a mí. Dese cuenta. Hablaba consigo mismo.
»-Sabía que tenía que haber algo así -decía-. Algo mejor que Drácula, que el monstruo del Dr. Frankenstein y todo eso. Algo más grande, más poderoso. Algo que podía convertirse en realidad. Y ahora lo he conocido. Y ahora voy a hacerlo.
Max Schick es incapaz de mantener la coherencia a partir de este punto. Pero su informe directo no es necesario. Desgraciadamente, todos nosotros sabemos lo que ocurrió a continuación.
Max Schick estaba sentado en su sillón y observó el cambio de Andrew Benson.
Lo vio crecer. Vio aumentar sus ojos, sus antenas, sus retorcidos tentáculos. Lo vio retorcerse e hincharse, llenando la habitación hasta que, reventando las paredes, no hubo sino aquel verde y gigantesco horror, aquella monstruosidad de sesenta pies de altura que quizá nacido del cerebro de un guionista de cine, tal vez engendrado más allá de las estrellas, pero con certeza existente y sin duda alimentado en los lejanos reinos, allende el mundo tridimensional y allende los tridimensionales conceptos de la salud mental.
Max Schick nunca olvidará aquella noche, como tampoco, claro está, la olvidará ningún otro.
Aquella fue la noche en que el monstruo destruyó Los Ángeles...

ALGO LLAMADO ENOCH



ALGO LLAMADO ENOCH

Robert Bloch


EMPIEZA siempre de la misma manera.
Ante todo, la sensación.
¿No habéis notado nunca el paso de un pequeño pie que camina sobre vuestro cráneo? ¿Un sonido de pasos sobre vuestra calavera, arriba y abajo, arriba y abajo?
Empieza siempre asi.
No podéis ver quién es el que camina. Después de todo, está encima de vuestra cabeza. Si sois hábiles, esperáis el momento oportuno y pasáis súbitamente una mano por vuestros cabellos. Pero nunca podréis atrapar a quien camina de esa manera, y él lo sabe. Aunque apretéis ambas manos contra la cabeza, él siempre consigue escabullirse. O tal vez salta.
Es terriblemente rápido. Y no podéis ignorarlo. Si intentáis no escuchar sus pasos, hace más ruido. Se desliza hacia atrás, a lo largo de vuestro cráneo, y os musita algo al oído.
Podéis sentir su cuerpo, minúsculo y frío, apretado, adherido a la base de vuestro cerebro. Sus garras deben de ser suaves, pues no hacen daño, pero más tarde encontraréis pequeños arañazos en el cuello, que sangran y sangran.
Todo lo que sabéis es que algo minúsculo y frío está ahí adherido. Está pegado, y os susurra al oído.
Esto ocurre cuando quereis combatirlo. Intentáis no escuchar lo que dice. Porque Si lo escucháis, estáis perdidos. Y luego tenéis que obedecerle.
¡Oh, es sabio y malvado!
Él sabe cómo luchar y amenazar si osáis oponerle resistencia. Pero yo mismo, alguna vez, lo intento, aunque es mejor para mí escuchar y obedecer.
Mientras esté dispuesto a escucharlo, por otra parte, las cosas no marchan demasiado mal. Porque él sabe ser persuasivo, sabe tentar. ¡Cuántas cosas ha prometido en sus pequeños, insinuantes cuchicheos!
Y mantiene sus promesas.
La gente cree que soy pobre, porque nunca tengo un céntimo y porque vivo en una vieja choza a la orilla del pantano. Pero él me ha hecho rico.
Cuando hago lo que él quiere, me lleva consigo, fuera de mí mismo, durante días y días. Hay otros lugares más allá de este mundo. Lugares donde yo soy rey.
La gente se burla de mí y dice que no tengo amigos: las chicas de la ciudad me llaman "espantapájaros". 
A veces -después de que he cumplido sus órdenes- me trae reinas que comparten mi lecho.
¿Sueños? No creo. Es la otra vida la que sólo es un sueño; la vida en la choza a la orilla del pantano. Esa vida no me parece real.
Y tampoco los homicidios.
¡Sí, yo mato gente!
Enoch lo desea, ¿sabéis?
Me lo ordena. Me pide que mate para él.
No me gusta matar. Alguna vez he intentado combatirlo, rebelarme -ya os lo he dicho, ¿os acordáis?-, pero ahora ya no puedo.
Él quiere que yo mate. Enoch. La cosa que vive encima de mi cabeza. No puedo verlo, no puedo atraparlo. Sólo puedo notarlo, escucharlo. Sólo puedo obedecerle.
A veces me deja solo durante días y días. Luego, de pronto, lo noto ahí, rascando sobre mi cerebro. Oigo su murmullo uniforme, y me habla de alguien que está atravesando el pantano.
No sé cómo hace para saberlo. Él no puede haberlos visto, y, sin embargo, los describe perfectamente.
-Hay un vagabundo que pasea por la calle Aylesworthy. Un hombre bajo, grueso, de aspecto fiero. Se llama Mike. Lleva un vestido marrón. Dentro de diez minutos, cuando se ponga el sol, estará en el pantano y se detendrá bajo el gran árbol, cerca del depósito de desperdicios. Convendrá que te escondas detrás del árbol. Espera hasta que empiece a buscar leña para el fuego. Después ya sabes lo que tienes que hacer. ¡Ahora coge el hacha, corre!
A veces le pregunto a Enoch qué me va a dar. Me fío de él. Y sé que tengo que hacerle caso de todas formas. Por tanto, me conviene hacerlo en seguida. Enoch nunca se equivoca, nunca me compromete.
Siempre ha sido así, hasta la última vez.
Una noche estaba en mi cabaña, comiendo sopa, cuando me habló de aquella chica.
-Vendrá aquí -me susurró-, Es una chica muy hermosa, vestida de negro. Tiene una magnífica cabeza, con estupendos huesos. ¡Estupendos!
En un principio pensé que estaba hablando de una recompensa para mí. Pero Enoch hablaba de una persona de verdad.
-Llamará a la puerta y te pedirá que la ayudes a arreglar su automóvil. Ha tomado este camino para llegar antes a la ciudad. Ahora el coche está precisamente en el pantano. Hay que cambiar una rueda.
Era gracioso oir a Enoch hablar de coches. Pero él lo sabe todo también de los coches. Lo sabe todo de todo.
-Saldrás para ayudarla cuando te lo pida. No cojas nada. En el coche lleva una llave inglesa. Úsala. 
Esa vez intenté rebelarme.
-No quiero hacerlo, no quiero hacerlo.
Se echó a reír. Luego me dijo lo que haría si yo me negaba. Habló y habló.
-Es mejor que se lo haga a ella y no a ti...,-dijo Enoch-. O acaso prefieres que yo...
-No –grité-. No. ¡Lo haré!
-¡Por fin! -musitó Enoch-. No puedo evitarlo. Debe suceder a menudo. Para que yo pueda vivir, para que sea fuerte. De este modo puedo servirte. Puedo darte todo lo que desees. Por eso debes obedecerme. Si no quieres, quédate aquí y...
-¡No! -dije-. lo haré.
Y lo hice.
La chica llamó a mi puerta algunos minutos después, y sucedió exactamente lo que Enoch había dicho.
Era una hermosa chica, con el pelo rubio. Me gusta el pelo rubio. Mientras iba con ella hacia el pantano, estaba contento de no tener que estropear sus cabellos.
La golpeé en el cuello con la llave inglesa.
Enoch me dijo lo que tenía que hacer, paso a paso. 
Después usé el hacha y arrojé el cuerpo a las arenas movedizas. Enoch estaba conmigo y me aconsejó que no dejara huellas. Me deshice de los zapatos.
Le pregunté que tenía que hacer con el auto. Enoch me sugirió que lo empujara hasta la arena movediza con un largo tronco. No estaba seguro de conseguirlo, pero lo logré. Incluso antes de lo que pensaba.
Era un alivio ver el coche hundirse en el pantano. Tiré también la llave inglesa. Luego Enoch me dijo que volviera a casa. Empecé a notar una acolchada sensación de sueño. Noté vagamente que Enoch me abandonaba, corriendo locamente hacia el pantano para tomar su recompensa...
No sé cuanto tiempo dormí. Creo que mucho. Todo lo que recuerdo es que por fin comencé a despertar. Sabía que Enoch estaba de nuevo conmigo, pero presentí que algo no marchaba como era debido.
Luego me desperté por completo, pues comprendí que estaban llamando a la puerta.
Esperé un momento. Pensé que Enoch me habría sugerido lo que tenía que hacer.
Pero Enoch dormía. Él duerme siempre después de... Nada puede despertarlo durante días y días. Y durante ese tiempo, yo estoy libre. Normalmente me gusta esa libertad. Pero no en aquel momento. ¡En aquel momento necesitaba su ayuda!
Los golpes en mi puerta se intensificaron, por lo que me levanté a abrir.
Entró el viejo sheriff Shelby.
-Vamos, Seth -me dijo-. Estás detenido.
No dije nada. Sus ojuelos negros rebuscaban por todos los rincones de la cabaña. Cuando me miró, hubiera querido esconderme. Estaba muy asustado.
-La familia de Emily Robbins nos ha informado que la chica tenía que pasar por el pantano -me dijo el sheriff-. Entonces hemos seguido el rastro de las ruedas hasta las arenas movedizas.
Enoch se había olvidado del rastro de los neumáticos... ¿Qué debía decir?
-Cualquier cosa que digas puede ser usada en tu contra -añadió el sheriff Shelby-. ¡Vamos Seth!
Fui con él. No podía hacer otra cosa. Fui con él a la ciudad, y una gran multitud corría tras el coche. Había también mujeres, y les gritaban a los hombres que me colgasen.
Pero el sheriff Shelby los mantuvo alejados, y por fin llegué sano y salvo a la prisión. El sheriff me hizo pasar a la celda central. Las dos celdas a ambos lados estaban vacías, y por tanto, estaba solo. Solo, sin contar a Enoch, que seguía durmiendo a pesar de todo.
Todavía era temprano, y el sheriff salió con otros hombres. Me imaginé que irían a sacar los cuerpos de las arenas movedizas. Pero no pregunté nada, aunque me inspiraba curiosidad.


Con Charley Potter era otra cosa. Quería saberlo todo. El sheriff Shelby lo había dejado de guardia durante su ausencia. Me trajo el desayuno y empezó a hacerme un montón de preguntas.
Pero yo permanecí callado. Sólo me faltaba ponerme a hablar con un chiflado como Charley Potter. Él pensaba que yo estaba loco. Igual que la plebe de allí fuera. Mucha gente, en la ciudad, estaba convencida de mi locura, posiblemente por lo de mi madre, y también porque vivía solo cerca del pantano.
¿Qué le podía decir a Charley Potter? Si le hubiera hablado de Enoch no me habría creído.
Por eso no hablé.
Me limité a escuchar.
Charley Potter me habló de la búsqueda de Emily Robbins. Me habló también de las dudas que el sheriff albergaba sobre la desaparición de otras personas. Me dijo que habría un gran proceso y que vendría el Procurador del Distrito desde Country Seat. Había oído decir también que mandarían un médico para que me visitara.
En efecto, era verdad. En cuanto terminé de desayunar, llegó el doctor. Charley Potter lo vio llegar y salió a su encuentro. Le costó bastante trabajo dispersar a la gente que quería entrar. Creo que querían lincharme.
El doctor era un hombre pequeño, con una ridícula barbita. Le dijo a Charley Potter que se alejara, se sentó fuera de la celda y comenzó a hablarme.
Se llamaba Silversmith.
Hasta aquel momento yo no había comprendido gran cosa. Había pasado todo demasiado de prisa y no había tenido tiempo ni de pensar. Parecía un sueño: el sheriff, la multitud y aquella conversación sobre el proceso; el linchamiento, el cuerpo en el pantano...
Pero, de alguna manera, la visita del doctor Silversmith cambió la situación.
Era una persona de verdad. Era un médico que había intentado hacerme internar cuando encontraron a mi madre.
Ésa fue la primera cosa que el doctor Silversmith me preguntó: qué le había pasado a mi madre.
Parecía como si lo supiera casi todo sobre mí, y por eso me resultó más sencillo hablar.
Me puse a hablarle de mil cosas. De cómo mi madre y yo vivíamos en la cabaña. Cómo fabricaba ella los filtros y los vendía. Le hablé de la gran olla, de cómo recogíamos hierbas aromáticas por la noche. De cuando mi madre salió sola y de los extraños ruidos que oí.
No quería decirle más. Pero el doctor sabía que a mi madre la llamaban "bruja". Sabía también cómo había muerto, cuando Sante Dinorelli había venido a nuestra choza aquella tarde y la había apuñalado por hacer un filtro para su hija, que se había fugado con aquel hombre. Sabía que vivía solo en el pantano.
Pero no sabía de Enoch.
Enoch, que estaba durmiendo sobre mi cabeza, que no sabía lo que me estaba pasando...
De alguna manera le hablé de Enoch al doctor Silversmith. Quería explicarle que en realidad no había sido yo quien había matado a la chica. Por eso tuve que hablar de Enoch y de cómo mi madre había hecho el pacto en el bosque. No me llevó consigo, yo sólo tenía doce años; pero se llevó un poco de sangre mía en un frasco.
Cuando volvió, Enoch estaba con ella. Y sería mío para siempre, me aseguró mi madre, y me ayudaría y protegería siempre.
Dije estas cosas con mucha cautela, y expliqué por qué no podía hacer nada solo: desde que había muerto mi madre, Enoch me había guiado siempre.
Sí, durante todos aquellos años, Enoch me había protegido siempre, como había acordado con mi madre. Ella sabía que yo no podía quedarme solo. Le expliqué esto al doctor Silversmith, porque me parecía un hombre sabio, capaz de comprenderme. Pero me equivocaba.
Me di cuenta en seguida. Porque mientras el doctor meneaba la cabeza y repetía continuamente "sí, sí", yo notaba sus ojos sobre mí. La misma mirada de la plebe. Ojos mezquinos. Ojos que no te creen cuando te miran. Ojos curiosos, furtivos.
Me hizo un montón de preguntas ridículas. Sobre Enoch, ante todo. Yo sabía que no creía en él. Me preguntó cómo podía sentir a Enoch si no era capaz de verlo. Me preguntó si había oído otras voces. Me preguntó qué había sentido mientras mataba a Emily Robbins y si yo...
Pero yo no tenía la menor intención de contestar a sus preguntas. Me hablaba como si estuviera loco.
Me había engañado, hablando de Enoch. Me lo demostró al preguntarme cuántas personas más había matado. Y además quería saber dónde estaban sus cabezas.
No podía engañarme otra vez.
Me reí de él y me encerré en mí mismo como una ostra. 
El doctor se marchó meneando la cabeza. Me reí de él porque sabia que no había encontrado lo que buscaba. Él quería descubrir todos los secretos de mi madre, los míos y los de Enoch.
Pero no lo había conseguido y yo me reía. Luego me acosté. Dormí casi toda la tarde.


Cuando desperté había otra persona junto a mi celda. Tenía un rostro grande y sonriente y ojos simpáticos.
-Hallo, Seth -dijo amigablemente-. ¿Has dormido bien?
Me toqué la cabeza. Enoch estaba allí y dormía. Se mueve incluso mientras duerme.
-No te asustes -dijo el hombre-. No quiero hacerte daño.
-¿Le ha mandado el doctor? -le pregunté.
El hombre rió.
-No, no te preocupes. Me llamo Cassidy. Edwin Cassidy. Soy el Procurador del distrito. ¿Puedo entrar?
-Estoy encerrado -le dije.
-Le he pedido la llave al sheriff -me informó.
Abrió la celda, entró y se sentó en la litera, junto a mí.
-¿No tiene miedo? -le pregunté-. Dicen que soy un asesino.
-¿Por qué, Seth? -Mr. Cassidy rió-. No tengo miedo de ti. Yo sé que tú no querías matar.
Apoyó su mano sobre mi hombro y yo no me aparté. Era una mano suave, blanda, gruesa. Llevaba un enorme brillante en un dedo.
-¿Cómo es Enoch? -preguntó.
Me sobresalté.
-No te preocupes. El imbécil del doctor me ha hablado de él. Él no entiende estas cosas, ¿no es así, Seth? Pero tú y yo, sí.
-El doctor cree que estoy loco -musité.
-Bueno, Seth; hay que reconocer que es un asunto un poco difícil de entender. Yo vengo del pantano, donde el sheriff Shelby y otros hombres están todavía trabajando. Han encontrado el cuerpo de Emily Robbins hace unos minutos. Y también otros cuerpos. Un hombre grueso, un muchacho, varios indios... Las arenas movedizas conservan los cuerpos, ¿lo sabías?
Miré sus ojos. Aún sonreían; podía fiarme de aquel hombre.
-Encontrarán más cuerpos, ¿no es cierto, Seth?
Asentí.
-Pero no me he quedado más tiempo en el pantano. He visto lo suficiente para comprender que decías la verdad. Enoch te ha obligado a hacerlo, ¿verdad?
Asentí otra vez.
-Bien -dijo Mr. Cassidy, apretando mi hombro-. ¿Ves?, nosotros dos nos comprendernos. Por eso quiero preguntarte algo.
-¿Qué quiere saber? -pregunté.
-Oh, muchas cosas. Me interesa Enoch, ¿sabes? ¿Cuántas personas te ha pedido que mataras?
-Nueve.
-¿Están todas en las arenas movedizas?
-Sí.
-¿Sabes sus nombres?
-Sólo alguno. -Le dije los nombres que conocía-. A veces Enoch me las describe y yo voy a su encuentro -le expliqué.
Mr. Cassidy me ofreció cigarrillos:
-¿Quieres fumar?
-No gracias, no me gusta. Mi madre no me permitía fumar.
Mr. Cassidy rió. Guardó los cigarrillos.
-Tú puedes ayudarme mucho, Seth -me susurró-. Supongo que sabes lo que debe hacer el Procurador del distrito.
-Un proceso, con un abogado y cosas por el estilo, ¿no?
-Exacto. Y yo estaré en tu proceso, Seth. Tú no quieres hablar de lo que ha ocurrido delante de toda esa gente, ¿verdad?
-No, no quiero. No ante la gente de la ciudad. Me odian.
-Bien. Entonces, lo que tienes que hacer es decírmelo todo y yo hablaré por ti. ¿Te parece un pacto amistoso?
Esperé ardientemente que Enoch me ayudara. Pero dormía. Miré a Mr. Cassidy.
-Sí, le diré todo.
Le conté todo lo que sabía.
Me miraba lleno de interés, limitándose a escucharme.
-Una cosa mas –dijo-. Hemos encontrado muchos cuerpos en el pantano. Hemos podido identificar a Emily Robbins y a otros. Pero sería más sencillo si supiéramos más cosas. Debes decirmelas, Seth. ¿Dónde están las cabezas?
Me levanté y le di la espalda.
-Quisiera decírselo, pero no lo sé.
-¿No lo sabes?
-Yo se las doy a Enoch –expliqué-, ¿no comprende? Es precisamente por eso que tengo que matar para él. Quiere las cabezas.
Mr. Cassidy parecía perplejo.
-Él siempre me hace cortar las cabezas –proseguí-. Arrojo los cuerpos a las arenas movedizas, y dejo las cabezas. Luego vuelvo a casa. Él me hace dormir para darme la recompensa. Luego se va. Va donde están las cabezas. ¡Es eso lo que quiere!
-¿Para qué las quiere, Seth?
Se lo dije.
-No sería agradable para ustedes si las encontraran, ¿sabe? Probablemente no reconocerían nada.
-¿Por qué le dejas a Enoch hacer estas cosas?
-No tengo más remedio. De lo contrario me lo haría a mí. Me amenaza constantemente. Y sé que lo haría. Por eso tengo que obedecerle.
Mr. Cassidy me miraba, mientras caminaba arriba y abajo. No decía una palabra. Parecía muy nervioso. Cuando me acerqué a él, casi me pareció que se apartaba de mí.
-¿Hablará de todo esto en el proceso? -le pregunté-. ¿De Enoch y de todo lo demás?
Negó con la cabeza.
-No hablaré de Enoch en el proceso, y tampoco de las demás cosas -me contestó-. Nadie creería que Enoch existe.
-¿Por qué?
-Quiero ayudarte, Seth. ¿No sabes qué diría la gente si les hablara de Enoch? ¡Dirían que estás loco! Y tú no quieres que eso ocurra, ¿verdad?
-No; pero ¿qué quiere usted hacer? ¿Cómo puede ayudarme?
Mr. Cassidy sonrió.
-Tú tienes miedo de Enoch, ¿verdad? Bien, he encontrado una solución. Supón que me das a Enoch...
Me sobresalté.
-Sí, supón que me das a Enoch. Deja que me cuide de él durante el proceso. Ya no sería tuyo, y tú no tendrías que hablar de él. Probablemente él no quiere que la gente sepa que existe.
-En efecto –admití-. Enoch es un secreto. Pero no puedo dárselo sin antes pedirle su opinión. Y ahora está durmiendo.
-¿Está durmiendo?
-Sí, encima de mi cabeza. Tal vez usted pueda verlo.
Mr. Cassidy miró sobre mi cabeza y sonrió.
-Oh, yo puedo explicárselo todo cuando despierte. Cuando sepa que lo hemos hecho por su bien, estoy seguro de que se pondrá contento.
-Bueno, supongo que tiene razón -suspiré-. Pero tiene que prometerme que cuidará de él.
-¡Por supuesto! -me aseguró Mr. Cassidy.
-¿Y le dará lo que le pida?
-Claro.
-¿Y no le dirá nada a nadie?
-A nadie.
-¿Sabe lo que le ocurriría si se negara a darle a Enoch lo que desea? -advertí a Mr. Cassidy-. Él lo tomaría de usted a la fuerza.
-No te preocupes, Seth.
Quedé inmóvil algunos minutos. De pronto noté algo moverse sobre mi oreja.
-Enoch- susurré-, ¿me oyes?
Me oía.
Le expliqué todo. Le expliqué por qué lo iba a dar a Mr. Cassidy.
Enoch no dijo una palabra.
Mr. Cassidy callaba. Permanecía sentado, sonriendo. Debía de ser divertido verme hablar con "nada".
-¡Ve con Mr. Cassidy! -Susurré-. ¡Ve con él, ahora!
Enoch fue con él.
Noté que el peso abandonaba mi cabeza. Ninguna otra sensación, pero supe que se había ido.
-¿Lo nota, Mr. Cassidy? -pregunté.
-Que... ¡Oh, por supuesto! -contestó mientras se levantaba.
-Cuide de Enoch.
-Lo cuidaré.
-No se ponga el sombrero -le advertí-. A Enoch no le gustan los sombreros.
-Perdona, no me había dado cuenta. Ahora me voy. Me has ayudado mucho. Desde este momento podemos olvidarnos de Enoch y evitar hablar de él. Volveré a verte y hablaremos del proceso. El doctor Silversmith dirá que estás loco. Creo que es mejor que niegues cuanto has dicho. Ahora Enoch está conmigo.
Me pareció una buena idea. Mr. Cassidy sabía lo que se hacía.
-Como usted diga, Mr. Cassidy. Sea bueno con Enoch y él será bueno con usted.
Mr. Cassidy me dio la mano y se fue con Enoch. Me sentí cansado. Tal vez por la tensión de todo el día, o acaso porque Enoch ya no estaba conmigo. Volví a dormirme.


Me desperté muy avanzada la noche. El viejo Charley Potter estaba junto a la puerta de la celda. Me traía la cena.
Dio un respingo cuando lo saludé, y se alejó dándome la espalda.
-¡Asesino! -gritó-. ¡Han encontrado nueve cadáveres en el pantano! ¡Loco, demonio!
-Charley -le dije-, creía que eras mi amigo.
-¡Por todos los diablos! Me voy corriendo de aquí. Ya se encargará el sheriff, si quiere, de que nadie te linche. Pero para mí que pierde el tiempo.
Charley apagó las luces y se marchó. Lo oí cerrar la puerta principal y correr el cerrojo. Estaba solo en la cárcel.
Me resultaba extraño estar solo. Era la primera vez, después de tantos años: solo, sin Enoch.
Pasé los dedos por mis cabellos. Noté mi cabeza desolada y vacía.
La luna brillaba alta a través de la ventana. Me quedé de pie mirando al exterior.
Enoch amaba la luna. Se volvía vivaz, inquieto... y glotón. Me pregunté cómo se sentiría con Mr. Cassidy.
Permanecí largo tiempo mirando la luna. Mis piernas estaban entumecidas cuando me volví al oír ruido en la puerta principal.
Luego se abrió la puerta de mi celda y Mr. Cassidy entró corriendo:
-¡Quítamelo de encima! –gritó-. ¡Quítamelo!
-¿Qué ocurre?- pregunté.
-Enoch... Creía que estabas loco... ¡Tal vez yo mismo esté loco! Pero quítamelo...
-¿Por qué, Mr. Cassidy? Yo le había dicho cómo era Enoch.
-Se está arrastrando sobre mi cabeza. Lo noto. Y oigo sus palabras, ¡las cosas que susurra!
-Ya se lo dije. Enoch quiere algo, ¿no es cierto? Usted sabe lo que quiere. Y debe dársdo. ¡Lo ha prometido!
-¡No puedo! ¡No quiero matar para él! ¡No puede obligarme!
-Sí puede. Él necesita eso.
Mr. Cassidy se asió a los barrotes de mi celda.
-¡Seth, tienes que ayudarme! flama a Enoch. Hazlo volver contigo. ¡De prisa...
-Está bien, Mr. Cassidy.
Llamé a Enoch. No contestó. Lo volví a llamar. Silencio.
Mr. Cassidy comenzó a gritar. Sentí escalofríos y me dio mucha pena. Pero no había querido hocerme caso. ¡Sé lo que es capaz de hacer Enoch cuando susurra de esa manera! Primero intenta persuadir, luego suplica, por fin amenaza...
-Es mejor que obedezca -le dije a Mr. Cassidy-. ¿Le ha dicho a quién tiene que matar?
-¡No quiero! –sollozó-. ¡No quiero, no quiero!
-¿Qué es lo que no quiere?
-No quiero matar al doctor Silversmith para darle su cabeza a Enoch. Me quedaré aquí en la celda, donde estoy a salvo...
Se sentó, acurrucado, apretándose la cabeza con las manos.
-Es mejor que obedezca –grité-, de lo contrario Enoch hará algo. ¡Por favor, Mr. Cassidy, dese prisa...!
Mr. Cassidy gimió débilmente y pensé que se había desmayado. No hablaba, no se movía. Lo llamé vairas veces, pero no me contestó. ¿Qué podía hacer? Me senté en un rincón y miré la luna. La luna siempre vuelve violento a Enoch.
Mr. Cassidy comenzó a gritar. No en voz alta, sino en lo profundo de su garganta. No se movía: gritaba tan sólo.
Supe que era Enoch: ¡estaba tomando de él lo que deseaba!
¿Qué podía hacer yo? No podía detener a Enoch. Había advertido a Mr. Cassidy.
Permanecí sentado y me tapé los oídos con las manos hasta que hubo acabado todo.
Cuando me volví, Mr. Cassidy seguía agarrado a los barrotes. No se oía ningún ruido. ¡Oh, sí! ¡Sí, se oía un ruido! Un ronroneo. Un dulce y lejano ronroneo. El ronroneo de Enoch después de haber comido. Luego percibí como un ligero raspar. ¡Las garras de Enoch, cuando da saltitos de satisfacción!
Los ruidos procedían del interior de la cabeza de Mr. Cassidy. Era Enoch, claro, y estaba contento.
Yo también estaba contento.
Cogí lentamente las llaves del bolsillo de Mr. Cassidy. Abrí la celda y fui otra vez libre.
No hacía ninguna falta que yo me quedara allí, ahora que Mr. Cassidy estaba muerto. Y tampoco Enoch quería quedarse allí. Lo llamé:
-¡Aquí, Enoch!
Vi una especie de luz blanca surgir del gran agujero rojo en el que había comido.
Luego sentí el blando, frío, ligero peso posarse otra vez sobre mi cabeza: ¡Enoch había vuelto a casa!
Atravesé los pasillos y abrí la puerta de la prisión. Sentí los pasitos de Enoch arriba y abajo sobre mi cráneo, sobre mi cerebro.
Caminamos juntos en la noche. La luna brillaba. Todo era silencio. Sólo oía el parloteo y las ahogadas risitas de Enoch junto a mi oído.

CUESTION DE ETIQUETA



CUESTION DE ETIQUETA

Robert Bloch

LA CASA era antigua, como las demás del bloque. La puerta de la verja chirrió cuando la empujé. Fue el único sonido que oí. Mis zapatos habían dejado de chirriar ya hacía mucho tiempo. Ir anotando el censo cansa rápidamente los zapatos.
Subí los peldaños del porche. Estaba harto de subir los peldaños de los porches. Toqué el timbre. Estaba harto de tocar timbres. Oí unos pies en el interior. Estaba harto de oír pies en el interior.
Bien, me comporté como siempre.
«Ya está aquí—pensé sin embargo—. Otra nariz.»
Resulta particularmente cansado ir contando narices.
Todo el mundo sabe lo que es. Andar todo el día. Tocar timbres. Llevar una pesada cartera bajo el brazo. Repetir las mismas estúpidas preguntas una y otra vez. Y cuando acabas, no has vendido ni un aspirador. No has vendido ni un cepillo, o un par de cordones de zapatos. Lo único que has conseguido han sido narices de cuatro centavos, anotando el censo. No hay posibilidades de ascenso. Tío Sam no te llama a su despacho particular, te regale un cigarro y te dice:
—¡Eh, tú! Me han dicho que estás realizando una magnífica labor, yendo de caso en casa. Desde ahora en adelante, te sentarás a este despacho. Ya no contarás más narices.
No, lo único que se logra con el asunto del censo es contar más narices al día siguiente. Narices de cuatro centavos. Grandes y pequeñas, ganchudas, torcidas, rectas, rojizas, blancas, veteadas... hasta que uno acaba por enfermar de alergia nasal. Piensas que si la puerta vuelve a abrirse y ves otra nariz la cerrarás de golpe y te alejaras rápidamente... o golpearás aquella nariz.
Y allí estaba yo, esperando que se asomase aquella nueva nariz. La puerta se abrió.
Apareció un pico muy afilado, la vanguardia de una cara indescriptible, y el cuerpo de una ama de casa corriente. La nariz husmeó el aire y pareció planear con incertidumbre en la protectora sombra de la puerta.
—¿Bien. . . ?
—Vengo en nombre del Gobierno de Estados Unidos, señora. Por el censo.
—¿El empadronamiento, eh?
—Sí. ¿Podría entrar y formularle unas cuantas preguntas?
El mismo diálogo de cada cuarto de hora. Sólo un cambio de personalidades a cada uno.
—Pase.
Un vestíbulo oscuro que daba a un saloncito oscuro. Una lámpara pareció destellar cuando dejé mi cartera sobre la mesa y saqué el formulario
La mujer me contemplaba. Su cara sólida carecía de expresión. Una cara de ama de casa. Solía contemplar a los vendedores de enciclopedias y a los cobradores con un ojo en el fogón de la cocina.
Bien, treinta y cinco preguntas que formular. Rutina. Llené la casilla de «Varón» o «Hembra», y la de «Profesión», y puse la dirección. Luego pregunté:
—¿Nombre?
—Lisa Lorini.
—¿Casada o soltera?
—Soltera. 
—¿Edad? 
—Cuatrocientos siete. 
—¿Edad? 
—Cuatrocientos siete. 
—Oh..., ¿cómo? 
—Cuatrocientos siete.
De acuerdo, había trabajado todo el día, y acababa de tropezarme con una bruja a medias. Contemplé su inexpresivo rostro. Bueno, de prisa, que era tarde.
—¿Ocupación?
—Bruja.
—¿Qué?
—He dicho que soy una bruja.
Por cuatro centavos no estaba nada bien. Fingí escribir la respuesta y pasé a la pregunta siguiente.
—¿Pare quién trabaja?
—Para mí. Y. naturalmente, para mi «amo».
—¿Amo?
—Satán Merkatrig. El Diablo.
Ni por diez centavos podía aguantarse tanta chaladura Lisa Lorini, soltera, cuatrocientos siete años, bruja y trabajando para el Diablo. ¡Oh, no, no valía ni quince centavos!
—Gracias Nada más. Me marcho ya.
La vieja no se sintió interesada. Doblé la hoja, la metí en la cartera, agarré el sombrero, di media vuelta y me encaminé a la puerta.
La puerta había desaparecido.
Si, no era broma. La puerta había desaparecido.
Estaba allí un instante antes, una puerta corriente, de madera. En el salón había un sillón a un lado y una mesita en el otro.
Fui en otra dirección. Tal vez allí... No había puerta. No había ninguna puerta en la habitación.
Andar bajo el sol todo el día no le sienta bien a nadie. Enfurecerse ante las narices es el primer síntoma. Después, uno empieza a oír voces que contestan las preguntas de manera idiota.
Y después, uno ya no encuentra las puertas. Bien. Me volví hacia la vieja.
—Señora..., ¿seria tan amable de mostrarme la salida? Tengo que...
—No hay salida.
Gracioso. No me había dada cuenta de la «calidad» de su voz. Era muy aguda y grave a la vez. Y no mostraba señales de cansancio físico. Y sentí algo más... ¿Era... diversión?
—Pero...
—Me gustaría que me hiciera un rato de compañía. Ha sido una suerte que viniera usted.
¿Que viniera? ¡ Maldita bruja ! ¡ Pero no era una bruja! No hay brujas.
«No hay puertas.»
—Tomará una taza de té conmigo.
—Muy amable, pero...
—Ya está a punto. Siéntese, joven. Voy a sacar el té del fuego.
No había vista la chimenea a mis espaldas. No había visto la llama. Pero el fuego ardía, y había una tetera sobre el brasero. La vieja se agachó y una sombra recayó sobre la pared.
Era una sombra enorme, negra. Enorme y negra, así dicen los niños asustados. La sombra enorme y negra de una mujer que parecía arrastrarse por la pared.
Miré a Lisa Lorini. Seguía pareciendo una ama de casa. Cabello negro, partido en el centro. Una figura esbelta, no encorvada por los años.
Cuatrocientos siete años...
Una buena idea para bromear. Ahora su rostro: nariz prominente, boca apretada, ojos ligeramente almendrados. Pero sus facciones eran ordinarias. Completamente ordinarias, salvo el truco de que la luz del fuego les prestaba una expresión lobuna. Una cara roja que sonreía al inclinarse sobre la tetera.
No, era una loca. Una loca, como las pobres criaturas que solían quemar en las hogueras medievales. Todas estaban locas. Millones de ellas. Todas locas. No eran brujas. Claro que no. Los brujos son un mito. No hay brujos. Pero...
Pero yo estaba asustado.
Ella me sonrió. Una zarpa... una mano, quiero decir, sostenía la taza. El humo ascendía en espirales de un líquido pardusco. Té. Un brebaje de brujas. Bébelo y...
¡Bébelo y ya está! Esto era una majadería. Busqué otra vez la puerta, pero el cuarto estaba muy oscuro. El fuego crepitaba. Era un fuego muy rojo. No podía ver con claridad. Además, hacía mucho calor. Bebe el té y lárgate.
La vieja también sostenía una taza. No había dejado caer nada dentro. ¿Qué se supone que dejan caer las brujas? Hierbas. Y todo aquello que recitan las brujas de Macbeth. ¡En aquella época creían en esas patrañas, lunáticos!
Apuré el té. Tal vez así me dejaría salir. O quizá ella se bebería el té y me dejaría salir. Me animé un poco.
—No tengo muchas visitas.
Sus palabras me llegaron lentamente. Al otro lado de la mesa sentí cómo sus ojos me escrutaban. Me limité a sonreír.
—Antes sí. Pero el negocio ha decaído mucho.
—¿El negocio?
—La brujería. La hechicería. Ya no se estila. Muy pocas personas creen en ella. Ya no acuden en busca de filtros morosos ni nada así. Hace años que no he hecho ningún muñeco.
—¿Muñeco?
—Sí, de cera, con aspecto de un hombre. Luego se le pinchan alfileres en el corazón, y esto provoca la muerte de un enemigo. Hace años que no he matado a nadie. El negocio está arruinado.
Seguro, seguro. ¿Matar hay a alguien? ¿No? De acuerdo, cerremos la oficina y a otra cosa. El negocio está arruinado.
Una mujer fatigada de su profesión. Una vieja sin ocupación. Cesante.
Pero mi mano tembló y casi dejé caer la taza.
—Todos mis hermosos encantamientos y... ¡Pero no bebe su té!
El hombre condenado y su magnífica cena. ¡Cómete el cereal, te sentará bien!
«¡Bébase su té!»
Lo mismo. Mi cerebro me ordenó bebérmelo. Bebérmelo para demostrar que yo no estaba loco; que no estaba loco y que no había brujas y que nada ocurriría. Mis manos se negaban a efectuar la maniobra. Me costó indecible trabajo acercar la taza a mis labios. La vieja me contempló mientras sorbía el té.
El brebaje era muy amargo, acre, pero caliente. Un brebaje desconocido, pero no era Ooloog. Me lo tragué con facilidad, a pesar de su gusto amargo
—Me sorprende, joven, que demuestre tan poco interés por mi trabajo No es fácil tropezarse con una bruja.
«Tenía que decírmelo a mi. Precisamente, a mí.»
—Me gustaría hablar de ello—respondí—, pero otra vez será. Lo cierto es que me quedan aún muchos nombres en la lista y he de irme. Gracias por el té.
Volví a buscar la puerta. El fuego parecía trazar dibujos rojos en la habitación..., pero allí solamente. Mi cabeza también estaba inflamada. Llameaba y bailaba. El té estaba caliente, y ahora el calor se hallaba dentro de mi cabeza. Las sombras se mezclaban con los dibujos rojizos del cuarto, pareciendo invadir mi cerebro. Oscuras sombras del oscuro brebaje del té. Sombras rojas y temblorosas en mi cabeza, ante mis ojos, privándome la vista de la puerta. No podía verla. Tenía la ilusión de que si me concentraba la hallaría. Estaba allí, en alguna parte de la estancia, en algún lugar de aquellas sombras y aquellos rojos resplandores Tenía que estar allí. Pero no podía verla.
A la vieja sí la veía con claridad. Sus facciones indescriptibles poseían ahora más fuerza. La sonrisa irónica parecía contener una antigua sabiduría. No necesitaba arrugas. Aquella sonrisa era más vieja de lo que toda una vida podía grabar en su rostro. Era tan vieja como la sonrisa de una calavera.
Sí, podía verla, aunque no podía ver la puerta por culpa de las luces y las sombras.
—Debo irme—musité.
Mi voz sonó muy lejana. Sólo los ojos de la vieja estaban muy cerca. Sus ojos, conteniendo la luz rojiza y las negras sombras.
Me incorporé.
Probé de sostenerme de pie.
Una vez bebí nueve copas de vodka en una taberna, me levanté para irme a casa y me encontré en el suelo.
Ahora había bebido sólo una taza de té y al levantarme...
Me levanté
Floté. Mis pies no tocaban el suelo. Descansaban en el aire, un aire sólido, compuesto de luces rojas y sombras negras. Mis miembros temblaban por algo más fuerte que el vodka. Unos diminutos alfileres se clavaban en mi cuerpo. Me balanceé en el aire.
—Yo...
—No se vaya todavía—su voz no parecía haber notado mi postura. Pero sí su sonrisa. Bien, lo había comprendido—. No se vaya aún—repitió Lisa Lorini—. Tengo tan pocos invitados... Y usted vendrá conmigo esta noche.
—¿Ir con usted?
—Si... salgo.
—¿A una fiesta?
Con su labio superior retorcido, debía darse cuenta del sitio donde yo me hallaba suspendido. Su sonrisa se ensanchó.
—Sí, así puede llamarse. Lo necesito a usted por cuestión ~de etiqueta
¡La etiqueta de una bruja! ¡Belcebú y Emily Post! Yo estaba rematadamente loco. Flotaba en el aire y hablando de etiqueta.
—Yo tengo que obedecer ciertos reglamentos —continuó explicándome Lisa Lorini—. Lo mismo que ustedes, al acudir a una cena, no pueden ser trece. Pues bien, al acudir yo a una saturnal tenemos que ser trece. Una reunión complete. De lo contrario, a «él» no le gustaría.
—¿Él?
—Satán Merkatrig—volvió a sonreír. Aquella sonrisa comenzaba a angustiarme, como preparándome para... como un convicto atado a un poste, esperando el próximo latigazo.
—Y usted esta noche tiene que acompañarme a la saturnal—añadió Lisa Lorini.
—¿Una saturnal de brujas?
—Exactamente. En la montaña. Tenemos que viajar bastante, de modo que prepárese.
—No iré.
Sí, un chiquillo de tres años negándose a irse a la coma cuando se lo mandan sus padres. Sabía que mi negativa no iba a servirme de nada, flotando en el aire Lo supe cuando la miré a los ojos. Pero no subrayó su idea con ninguna carcajada.
Yo aprendía de prisa. Una hora atrás era un loco. Ahora, aquella sonrisa me oprimía el corazón. Brujería, magia negra, antiguos temores en una habitación negra y rojiza. Todo era real; tan real como los miles que habían muerto en medio de las llamas para expiar su maldad, en una Edad en que los hombres eran bastante sabios como para temer a la blasfemia del hombre ante las leyes de Dios y la Naturaleza.
—Usted irá. Maggit le preparará.
Apareció Maggit. No había puerta, por lo que no sé cómo entró. Ni sé exactamente como era Maggit. Maggit era pequeña y velluda, como una comadreja con manos humanas, muy diminuta, y una cara. No era una cara humana, aunque Maggit tenia ojos, orejas, boca y nariz. Pero la maldad de su cara trascendía a humanidad, la maldad, que se asomaba desde detrás de una diminuta capucha de pelo de animal, y sonreía con una sabiduría que no poseen ni los hombres ni los animales.
Maggit sé arrastró por el suelo y pregunto con una voz aflautada que me asombró más que todo lo demás:
—¿Ama Lisa?
Maggit era..., ¿cómo se dice?..., la familiar de la bruja. El animalito que el Diablo le entrega a una bruja, cuando se firma en la Biblia Negra de Satanás el pacto. La pequeña malvada, el espíritu familiar, servidor de Satanás.
Claro que estas cosas no existen, salvo en las leyes y los escritos de todas las naciones civilizadas de hace miles de años. Tales cosas no pueden existir.
Por lo tanto, era una imaginación mía que aquella cosa se arrastrase hasta el cuerpo flotante, que era el mío, incapaz de mover una solo mano contra aquella otra, velluda, que me estremecía la carne hasta los huesos. Fue una alucinación que sus diminutas zarpas empezasen a frotarse el pecho y la garganta con un ungüento amarillo que Lisa Lorini le dio de un tarro que había sobre la mesa. Era una leyenda aquella risita y aquel restregón del ungüento sobre mis piernas y brazos. Era una pesadilla aquella cosa encaramada en mi hombro, parloteándome al oído, y destilando en el mismo una increíble vileza mientras se contorneaba con voluptuosidad.
—El ungüento para el vuelo —la voz de Lisa Lorini me llegó a través de una candente ola que me hizo temblar—. Ahora, vámonos.
Apenas noté su desnudez. El cabello negro, flotante, la cubría como una capa.
O una mortaja. Una mortaja que vestía por la hechicería muerta tantos años ya. Sus nudosas manos frotaron una pasta amarilla sobre sus miembros. Su cuerpo ascendió flotando, para reunirse con el mio.
—¿Sin escobas?—bromeé histéricamente.
De una popular revista recordaba un articulo sobre «las ilusiones del vuelo» Un ungüento hechicero, restregado sobre los miembros para producir la ilusión del vuelo a través del espacio. La fantasía popular había transformado el ungüento en escobas. Pero la pasta era real. Drogas poderosas. Acónito, belladona y otras. Daban lugar a alucinaciones. Cualquier farmacéutico sabe prepararlas. Esta noche podéis ir a vuestra farmacia del barrio y...
Tenía que suspender tanta necedad.
Pero no podía.
—Cójase de mi mano. —La obedecí. Toqué dos cables eléctricos. Unos calambres muy raros me recorrieron el cuerpo. Nos estábamos elevando. ¿Había una puerta? Flotamos al exterior. Tinieblas. Noche. Vuelo. Ella me sujetaba.
Supermán, el tipo de las revistas infantiles. ¡Basta de histeria! Arriba hacia la oscuridad, con el cuerpo desnudo de la bruja, encorvado y blanco como los cuernos marfileños de una media luna.
La casita abajo. La casita de las brujas.
—Quiero vivir en una caso al lado de la carretera y...
Si, muy divertido, muy gracioso.
¿Cómo es el final? Ah, sí:
—Y ser un enemigo del hombre.
Otra vez la histeria. ¿Pero quién no se pondría histérico, flotando en el aire como una bruja en sábado? Y Maggit, parloteando incesantemente mientras se balanceaba sobre su hombro, con sus diminutas zarpas engarfiadas en el pelo negro de la bruja.
Entonces, descendimos. Me sujeté. La sensación ardiente ya había desaparecido. Soplaba el viento. Abajo, la ciudad parpadeaba. Las ciudades siempre parpadean. Pequeñas luces, que han de servir para ahuyentar las tinieblas nocturnas. Las tinieblas donde los lobos aúllan y las lechuzas sollozan; las tinieblas donde la muerte planea, y las cosas que no están muertas. Luces para guardar, luces para ocultar el temor. Y nosotros, arriba, volando a través de todos los terrores, hacia las negras profundidades.
No sé cuánto duró aquel vuelo. No sé cuándo descendimos. Era una montaña oscura, muy grande, y un fuego brillaba en su cumbre. Había unas figuras acurrucadas, blancas contra el costado de la montaña, negras contra el llameante fuego. Una horda de peludas criaturas estaba diseminada a los pies de las brujas. Había ocho, nueve, diez... no: once.
Más Lisa Lorini y yo.
Trece en el pacto. Trece... y el sacrificio.
Ni miré sus rostros. No eran para ser mirados, sino para ser «temidos». La cara de Lisa Lorini estaba como enmascarada por la exaltación. Era ella la que tenía que preparar el sacrificio. La cabra negra fue conducida a una roca ante el fuego. Una de sus colegas le entregó el cuchillo. Una tercera sostenía el caldero. Y cuando estuvo lleno, todos bebimos. Sí, he dicho «todos».
Aquel ungüento quemaba. Incluso mis pies me sostenían como en una ardiente telaraña. No podía correr, no podía moverme del círculo de luz. Y cuando el tambor empezó a sonar, me uní al corro. Las criaturas estaban golpeando el caldero vacío, y su charla era como un siniestro murmullo a mi alrededor.
—Lisa ha traído un acólito—silbó una de las brujas.
—En lugar de Meg, que no ha podido venir explicó Lisa Lorini.
Fueron las últimas palabras inteligibles que oí, las últimas que logré retener.
Porque el pandemónium subió de punto y el fuego también , y comenzó la asamblea, el vudú, el alboroto, ¿por qué estos términos tan prosaicos? Estaban invocando a alguien.
Y alguien llegó.
Sin llamas. Sin relámpagos. Sin teatralidades. Todo fue hecho por las brujas. En realidad, Nada. Sólo unas salvajes adorando a su ídolo. 
Era puro negocio. Él surgió detrás de una roca, llevando un gran libro bajo el brazo, como un banquero que se dedica a repasar unos balances.
Pero los banqueros no son... negros. No era negroide, en absoluto... sino negro. Incluso el blanco de sus ojos, y las uñas. Una sombra negra, una sombra que cojeaba. No sé si llevaba manta o no.
Todas callaron cuando él penetró en el círculo. Abrió su libro y lo rodearon. Su murmullo se elevó en la noche. Yo me acurruqué junta a una piedra.
Lisa Lorini empezó a hablarle, señalándome. Él no volvió la cabeza, pero estuvo enterado de mi presencia. No sonrió, ni asintió ni realizó el menor movimiento. Pero yo «sentí» todo esto. Dio unas órdenes. Escuchó varios informes.
Era una reunión de negocios. Satanás y compañía, teniendo una asamblea en lo alto de una montaña. Las almas eran objeto de tráfico, y las proezas eran anotadas. Y el hombre negro escribía en el libro, en tanto las brujas charlaban, y yo estaba agazapado, temblando; mientras aquellas criaturas peludas se escurrían por mis tobillos. No debía temblar, ya que las acciones del hombre negro eran muy prosaicas. Prosaicas como... el infierno.
Y entonces ocurrió. Las blancas figuras descendieron desde el cielo. Y una cayó al suelo. Hubo un grito.
—¡Meg! ¡Meg... has venido!
Meg, la bruja que faltaba.
Todas se giraron, cuando ella avanzó.
Entonces habló el hombre negro. No intentaré describir el sonido de su voz. Había en su acento algo primitivo y volcánico. Edad y profundidad, mezcladas conjuntamente, como si el habla humana no pudiese expresar los conceptos demoniacos.
—Hay catorce en este pacto...
No era yo solo el que ahora temblaba. Todas lo hacían. Como figuritas de mantequilla al fuego. La voz era la culpable.
Lisa Lorini dio media vuelta. Me arrastró hacia el círculo antes de que yo pudiese resistirme.
—Yo... creí que Meg no...
—Hay catorce. «Catorce».
La voz era sólo una insinuación. Insinuaba la cólera. 
—Pero...
—Hay una Ley. Y un Castigo.
La voz subrayó las palabras.
—Piedad...
A él no hay que suplicarle piedad.
Vi lo que ocurrió. Vi cómo la negra mano se aferraba a la garganta de Lisa Lorini. La bruja cayó al suelo, rodó sobre si un instante se quedó exánime.
Los negros ojos, las pupilas negras se volvieron hacia mi. 
—Debe de haber trece. Es la Ley. Firma y ocupa su lugar —¿Yo?
A él no se le puede replicar.
Alguien sostenía el caldero. Otra bruja guió mi mano y abrió el libro que él le entregó.
Sentí la escurridiza y peluda forma de Maggit sobre mi pecho. Me estaba mordisqueando el vello. Y la piel. Una gota de sangre cayó en el caldero. Un palo la removió. Me colocaron el palo en la mano.
—Firma—me ordenó el hombre negro.
No le desobedecí. Es imposible al oír su voz.
Mis dedos se movieron. Firmé.
Y entonces su mano, su negra mano, asió la mía. Sentí un estremecimiento y una oleada de fuego, y el susurro del viento, negro, muy negro en mi interior.
Algo yacía ahora en el suelo, pero no era Lisa Lorini. Miré el cuerpo porque me pareció familiar. Era mi propio cuerpo.
El hombre negro decía algo, pero el zumbido de su voz no llegaba claramente a mis oídos. El circulo que me rodeaba no existía para mí.
—Yo te desbautizo en el nombre de...
Maggit me apartó. Me susurró:
—Vuela.
No la escuché. El viaje de regreso fue instintivo... con el instinto nacido en otro cuerpo, en otro cerebro.
Dormí en la casa, dormí en la oscuridad, dormí con la convicción de que al despertar la pesadilla habría terminado.
Me desperté.
Me miré en el espejo.
Vi a Lisa Lorini, con mis ojos... escrutándome desde su cuerpo.
Maggit parloteó a mis pies.
Esto fue hace una semana. Desde entonces he aprendido a escuchar a Maggit. Maggit me cuenta cosas.
Maggit me enseñó los libros y las hierbas. Maggit me ha contado cómo he de hacer los filtros y cómo impedir que envejezca mi cuerpo. Maggit me ha explicado cómo hacer el té, y cómo mezclar la pasta. Maggit dice que esta noche hay otra asamblea en la montaña.
Claro está, recuerdo lo demás. Sé que he firmado el libro y he ocupado el lugar de Lisa Lorini, y sé que no puedo zafarme de ella. A menos que emplee el método de ella. Que vaya a la asamblea, pero que antes alegue una cuestión de etiqueta y me haga acompañar.
Es la única solución.
Hoy, al cabo de una semana , deben estar buscándome. El departamento del censo debe haber enviado a otro agente a cubrir mi ruta. Seguramente será Herb Jackson. Estará en este distrito. Sí, Herb Jackson seguramente llamará esta tarde a mi puerta, y pedirá entrar para hacerle a Lisa Lorini unas preguntas para el empadronamiento.
Cuando llegue, he de estar preparado.
Creo que tendré bastante trabajo confeccionando el té