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jueves, 16 de diciembre de 2010

La casa del hacha. Robert Bloch




LA CASA DEL HACHA

Robert Bloch

Daisy y yo estábamos disfrutando de una de nuestras habituales trifulcas. Había empezado por lo de la póliza del seguro, pero luego derivó a los tópicos de siempre. Cada uno sabía perfectamente dónde le apretaba el zapato al otro.
-¿Por qué no sales a buscar un empleo, como los otros hombres, en vez de quedarte todo el día en casa aporreando una máquina de escribir?
-Sabías que era escritor cuando nos casamos. Si tantos deseos tenías de que tu marido tuviera un empleo, podías haberte casado con aquel estúpido tendero que te hacía la rosca. Hubieras tenido dónde pasar el día; haciendo prácticas de cirugía, descuartizando gallinas.
-¡Oh! No necesitas mostrarte tan sarcástico. Al menos, George hubiera procurado que no me faltara nada.
-No, diversión no te hubiese faltado, desde luego. A mí me ha hecho mondar de risa siempre, desde que le conocí.
-Eso es lo peor que tienes: tu actitud superior. Te crees mejor que los demás. Nos estamos muriendo prácticamente de hambre, y compras un automóvil nuevo a plazos, sólo para mostrárselo a tus amigos. Y encima, me aseguras por una fuerte suma, para dártelas de que proteges a tu familia. Ojalá me hubiera casado con George... Al menos, traería a casa un poco de gallina para comer cuando hubiera terminado su trabajo. ¿De qué esperas que viva, de papel carbón usado y de cintas de máquina inservibles?
-Bueno, ¿qué diablos puedo hacer si el género no se vende? Creí que lo solucionaría todo con aquel contrato, pero fracasó. Siempre estás con lo mismo: ¡Dinero! ¡Dinero! ¿Quién te has creído que soy? ¿La gallina de los huevos de oro?
-De oro, no sé; pero huevos has puesto muchos con esas últimas historias que has enviado.
-Eres muy graciosa. Pero ya empiezo a cansarme de tus chistes de comedia barata, Daisy.
-Sí, ya me he dado cuenta. Quieres cambiar de pareja y de baile, supongo. Tal vez ahora le haya llegado el turno a esa Jeanne Corey. ¡Oh! Ya me di cuenta de que mosconeabas a su alrededor aquella noche, en casa de Ed. La mirabas con ojos de ternero degollado.
-Escucha, te prohibo que nombres a Jeanne.
-¡Oh! Y supones que voy a obedecerte, ¿verdad? Tu esposa no debe tomar el nombre de tu amiguita en vano. Bueno, querido, siempre he sabido que actuabas con rapidez, pero no creía que la cosa hubiese llegado tan lejos. ¿Le has dicho ya que era tu musa?
-Maldita sea, Daisy... ¿Por qué tienes que darle vueltas siempre a todo lo que digo...?
-¿Por qué no la aseguras a ella, también? Seguro de bigamia... Probablemente, podrías conseguir una póliza extendida por Brigham Young.
-¡Oh! Cállate de una vez, ¿quieres? Bonita manera de empezar a celebrar nuestro aniversario.
-¿Aniversario?
-Estamos a dieciocho de mayo, ¿no?
-¿Dieciocho de mayo...?
-Sí. Toma, ponte esto.
-¡Oh, querido! Es un collar...
-Sí, es un collar. 
-¿Y lo has comprado para mí... con todas esas facturas sin pagar, y...?
-Eso no importa. Y deja ya de hacerme arrumacos.
-Es tan maravilloso, querido... ¡Toma!
-Basta ya, Daisy. ¿Te das cuenta de lo que acabas de hacer? Me has hecho olvidar dónde habíamos quedado en nuestra discusión.
-¡Nuestro aniversario! Y pensar que lo había olvidado...
-Bueno, yo no lo olvidé. Daisy...
-¿Sí?
-He estado pensando... es decir, bueno, en el fondo soy un sentimental, y me preguntaba si te gustaría que diéramos un paseo en automóvil por la Prentiss Road.
-¿Quieres decir como el día que nos... fugamos?
-Hum hum.
-Desde luego, querido. Me gustaría muchísimo. ¡Oh, amor mío! ¿Dónde compraste este collar?
Eso fue lo que pasó. Una más de nuestras trifulcas diarias. Aunque hoy, no sé por qué, tenía la sensación de que ambos nos habíamos excedido. Llevábamos peleando así meses enteros. Ignoro el motivo. No me atrevería a calificarlo de «incompatibilidad». Pero yo estaba arruinado y Daisy no hacía más que gruñir.
Sin embargo, me sentía mucho mejor cuando saqué mi violín para interpretar el Corazones y Flores. Aniversario, collar, repetición de la luna de miel... Había encontrado un sistema para mantener callada a Daisy sin meterle un trapo en la boca.
Daisy era sentimentalmente feliz, y yo me felicitaba a mí mismo, cuando subimos al automóvil y nos dirigimos hacia la Prentiss Road. Teníamos todavía un montón de cosas que decirnos el uno al otro, pero su repetición hubiera resultado sencillamente fastidiosa. Cuando Daisy estaba de buen humor, hablaba en tono melindroso... lo cual me sacaba de mis casillas, por considerarlo impropio de una mujer hecha y derecha.
Pero, durante algún tiempo, los dos fuimos felices. Empecé a decirme a mí mismo que todo era como en los viejos tiempos; éramos realmente la misma pareja de chiquillos en plena fuga. Daisy se había despedido «por las buenas» del salón de belleza, y yo acababa de vender una serie de relatos. Nos dirigíamos a Valos, para casarnos. El mismo tiempo primaveral, la misma carretera, y Daisy apretándose contra mí del mismo modo.
Pero, no era lo mismo. Daisy no era ya una chiquilla; no había arrugas en su rostro, pero su voz se había hecho estridente. No había engordado, pero se había vuelto quisquillosa. Yo también era distinto. Aquellos primeros relatos que había vendido para la radio me habían hecho concebir falsas esperanzas; empecé a alternar con los personajes, y eso cuesta dinero. flítimamente no había podido colocar ningún guión, y las deudas fueron acumulándose, y cada vez que trataba de hacer algo, allí estaba Daisy moliéndome a preguntas fastidiosas. ¿Por qué teníamos que comprar un nuevo automóvil? ¿Por qué teníamos que pagar tanto alquiler? ¿Por qué aquella póliza de seguros? ¿Por qué me había comprado tres trajes?
De modo que le compré un collar y cerró la boca. Pura lógica femenina.
Bueno, hoy me olvidaría de todo. Olvidaría las cuentas sin pagar, olvidaría las preguntas fastidiosas de Daisy, olvidaría a Jeanne... aunque esto último iba a ser más difícil. Jeanne era callada, tenía una pequeña renta y opinaba que hablar melindrosamente era una estupidez...
Llegamos a la Prentiss Road y tomamos la ruta que habíamos seguido el día de nuestra fuga. Daisy era feliz, sin duda alguna. Habíamos preparado un ligero equipaje, y, sin mencionarlo, los dos sabíamos que pararíamos en el hotel de Valos, tal como habíamos hecho tres años antes, cuando nos casamos.
Tres años de insoportable y fastidiosa monotonía...
Pero no iba a pensar en eso. Era preferible pensar en los dorados rizos de Daisy brillando al sol de la tarde; pensar en las hermosas colinas verdes idem de idem. Estábamos en primavera, la primavera de hacía tres años, y ante nosotros se extendía toda una vida... una vida de felicidad.
De modo que continuamos alegremente eL viaje. Daisy señalaba los postes indicadores y yo asentía, o gruñía, o decía «Uh-uh», y pensaba que llevábamos cuatro horas en la carretera, y que pronto se nos echaría la noche encima, y que deseaba apearme y estirar las piernas, y además...
Allí estaba. No podía dejar de ver la pancarta. Y en el caso improbable de que me hubiera pasado por alto, allí estaba Daisy, gritándome al oído:
-¡Oh, querido! Mira...

¿PUEDE USTED RESISTIRLO?
LA CASA DEL TERROR
Visite una auténtica casa encantada

Y en tipos más pequeños, debajo, aparecían otros reclamos:
«¡Visite la Mansión Kluva! ¡Visite la Cámara Encantada! ¡Vea el Hacha utilizada por el Asesino Loco! HAGA REGRESAR A LA MUERTE. Visite la CASA DEL TERROR. Atracción única en su género. Sólo por 25 centavos».
Desde luego, no leí todo eso mientras conducía a 60 millas por hora. Detuve el automóvil, y mientras Daisy leía contemplé el amplio y destartalado edificio. Tenía el mismo aspecto de otros edificios ante los cuales habíamos pasado; casas ocupadas por «swamis» hindúes, «médiums» y «profesores de yoga». Todos dedicados a explotar la credulidad de los turistas. Pero aquí había un tipo con una pequeña novedad. Ofrecía algo distinto. Eso fue lo que pensé.
Pero Daisy pensó algo más, evidentemente.
-¡Oh, querido! Vamos a entrar.
-¿Cómo?
-Estoy envarada de tanto automóvil, y, además, es probable que vendan perros calientes o algo para comer. Estoy hambrienta.
Bueno. Aquélla era Daisy. Daisy, la sádica. Daisy, la fanática de las películas de terror. No me dejé engañar por su tono indiferente. Conocía perfectamente los gustos y las aficiones de mi esposa. Era una adicta incondicional a las páginas de sucesos de los periódicos. Poco después de nuestra boda, se soltó el pelo y empezó a leerme en voz alta las informaciones acerca de los más horribles crímenes a la hora del desayuno. Empezó a dejar semanarios de sucesos por toda la casa. No tardó en arrastrarme a los cines donde proyectaban películas de terror. Otra de sus fastidiosas costumbres: yo podía cerrar los ojos en cualquier momento y evocar el zumbido de su voz, temblorosa de excitación, mientras leía las últimas noticias acerca del descuartizador de Cleveland o del Asesino del Hacha.
Evidentemente, nada era demasiado espeluznante para sus gustos. Aquí había un destartalado edificio que en su época de mayor esplendor pudo haber sido utilizado como establo; y, sin embargo, ella tenía que entrar, respondiendo al reclamo de la sucia pancarta. «La Casa Encantada». Tal vez nuestro matrimonio no hubiera fracasado si me hubiese dedicado a vagar por la casa con un antifaz negro, ronroneando como Bela Lugosi y acariciando a Daisy con un hacha.
Traté de transmitir algo de lo que estaba pensando por medio del tono con que repliqué: «¡Vaya una ocurrencia!», pero era una batalla perdida. Daisy tenía ya una mano en la portezuela del automóvil. En su rostro había una sonrisa... la sonrisa que asomaba a sus labios cuando escuchaba las noticias acerca de un asesinato; una sonrisa que me recordaba, desagradablemente, la expresión de un gato hambriento mientras juega con un ratón. La sonrisa de Daisy, la sádica.
Pero, ¡al diablo con todo! Ésta era una segunda luna de miel, y no era el momento más adecuado para estropear las cosas, precisamente cuando me sentía tan predispuesto a olvidar los detalles desagradables. Mataríamos media hora aquí, y luego al hotel.
-¡Vamos!
Cuando me apeé, Daisy estaba ya a medio camino del porche. Cerré las portezuelas del automóvil, me metí las llaves en el bolsillo y me reuní con Daisy ante la sucia puerta. Se estaba levantando una húmeda niebla, y las nubes tapaban la puesta de sol. Daisy llamó de un modo que revelaba su excitación. La puerta se abrió lentamente, después de una larga pausa, como correspondía a una casa encantada. A continuación tenía que aparecer un rostro siniestro, sonriendo diabólicamente a través de una boca desdentada. Era lo que Daisy estaba esperando, por lo menos. 
Pero se encontró ante el rostro de W. C. Fields.
Bueno, no del todo. La nariz era más pequeña, y no tan roja. Las mejillas eran más flacas, también. Pero el traje a cuadros, la mirada bizqueante, las quijadas y, por encima de todo, la voz, encajaban perfectamente.
-¡Ah! Pasen, pasen. Bienvenidos a la Mansión Kluva, amigos míos, bienvenidos. -Nos apuntó con su puro-. Veinticinco centavos, por favor. Gracias.
Estábamos en un oscuro vestíbulo. Era realmente oscuro, y olía a moho, pero yo sabía que la casa no tenía más moradores furtivos que las cucarachas. Nuestro cómico amigo pronunciaría un bonito discurso, tratando de impresionarme; pero la única impresionada, probablemente, sería Daisy.
-Es un poco tarde -dijo nuestro anfitrión-, pero creo que podré enseñarles la casa. No hace ni un cuarto de hora que se ha marchado un grupo de San Diego... un grupo muy numeroso. Han venido aquí sólo para ver la Mansión Kluva, de modo que puedo asegurarles que han invertido bien su dinero.
De acuerdo, amigo, déjate de monsergas y empieza de una vez. Pon en marcha tus cadáveres, dale a Daisy un buen susto, y vámonos de aquí.
-¿Qué hay de encantado en esta casa, y cómo vino a parar usted aquí? -preguntó Daisy.
Una de aquellas preguntas originales que siempre estaba formulando. Daisy era así de brillante. Una caja llena de sorpresas.
-Mucha gente me pregunta eso, y me complace enormemente explicárselo. Esta casa fue construida por Ivan Kluva -no sé si usted se acordará de él-, un director cinematográfico que llegó aquí alrededor de 1923, en la época del cine mudo, poco después de que De Mille empezara a hacerse popular con sus películas de masas. Kluva era un hombre «épico»; se había ganado una excelente reputación en Europa, de modo que le dieron un contrato. Escogió este lugar para instalarse aquí con su esposa. En la colonia cinematográfica no quedan muchas personas que recuerden al viejo Ivan Kluva; en realidad, nunca llegó a dirigir una película. 
»Lo primero que hizo fue mezclarse con un grupo de adictos a un culto diabólico. Tengan en cuenta que eso sucedió hace muchos años. En aquella época, Hollywood albergaba a tipos de todas clases. Alcohólicos -entonces regía la Ley Seca-, cocainómanos, adoradores del diablo... Kluva se unió a estos últimos.
»Supongo que estaba un poco chiflado. Porque una noche, después de una reunión que tuvo lugar aquí, asesinó a su esposa. En la habitación de arriba había instalado una especie de altar. Colocó a su esposa sobre aquel altar, y le cortó la cabeza con un hacha. Luego desapareció. La policía se presentó un par de días después. Encontraron el cadáver decapitado de la esposa, desde luego, pero nunca consiguieron localizar a Kluva. Tal vez se tiró por el acantilado que hay detrás de la casa. Tal vez -he oído algunos rumores- asesinó a su esposa como un sacrificio para poder desaparecer. Algunos de los miembros del culto fueron detenidos, y explicaron un montón de historias acerca de la adoración de cosas o de seres que recompensaban a aquellos que les ofrecían sacrificios humanos; recompensas tales como desaparecer de la tierra. ¡Oh! Estaban locos de remate, supongo, pero la policía encontró una estatua detrás del altar que no les gustó lo más mínimo y que nunca mostraron a nadie, y quemaron un montón de libros y de cosas que encontraron aquí. Y terminaron con la práctica de aquel culto en California.
Como escritor, me he dedicado siempre al género cómico. Pero, mientras escuchaba el relato de nuestro amigo, estaba pensando que, si me decidiera a cambiar de género literario, podría improvisar una historia mucho mejor que la de aquel pájaro, a pesar de la posibilidad de mejorarla que le brindaba la práctica diaria. Era tan poco original, tan poco convincente... El peor de los relatos de «suspense».
A no ser...
Se me ocurrió repentinamente. Quizá la historia era cierta. Tal vez ésa era la solución. Después de todo, no contenía ningún elemento sobrenatural. Un ruso chiflado, adorador del diablo, que asesinaba a su esposa con un hacha. La cosa sucede de cuando en cuando; la psicopatología está llena de casos semejantes. ¿Y por qué no? Nuestro cómico amigo se limitó a comprar la casa después del asesinato, y se dedicó a explotar la leyenda.
Evidentemente, mi sospecha era acertada, ya que el viejo cicerone estaba diciendo:
-Y así, amigos míos, la Mansión Kluva quedó desierta y deshabitada. Es decir, deshabitada del todo, no. Quedó el fantasma. Sí, el fantasma de Mrs. Kluva... la Dama Vestida de Blanco.
¡Vaya! Siempre tenía que haber una Dama Vestida de Blanco. ¿Por qué no de rosa, o de verde, para cambiar? La Dama Vestida de Blanco: sonaba como un encabezamiento burlesco. Lo mismo que nuestro cicerone. Estaba tratando de empujar su voz hacia su mantecoso estómago, para hacerla más impresionante.
-Todas las noches, el fantasma de Mrs. Kluva aparece en el pasillo que conduce a la cámara del asesinato. La herida de su cuello brilla a la luz de la luna mientras apoya de nuevo la cabeza en el altar manchado de sangre, vuelve a recibir el golpe fatal y, con un lamento de dolor, se desvanece en el aire.
-¡Oooooh! -dijo Daisy.
-La casa permaneció desierta durante muchos años. Pero, de cuando en cuando, entraba en ella algún vagabundo para pasar la noche. Pasaba aquí la noche... una sola noche... Porque a la mañana siguiente era encontrado sobre el altar, con el cuello cercenado por el hacha asesina.
Daisy estaba gozando lo indecible; tenía la boca abierta, y sus ojos brillaban casi tanto como la herida del cuello de Mrs. Kluva a la luz de la luna.
-Al cabo de algún tiempo, nadie se acercó por aquí; incluso los vagabundos rehuían el lugar. La casa fue sacada a subasta, pero nadie quiso comprarla. Entonces la alquilé. Sabía que la historia atraería a la gente, y ante todo soy un hombre de negocios.
Gracias por decírmelo, amigo. Te había tomado por un farsante.
-Y, ahora, ¿quieren ver la cámara del Crimen? Síganme, por favor. Por aquí... hay que subir esta escalera. Lo he conservado todo tal como estaba, y estoy convencido de que les interesará...
Daisy se agarró fuertemente a mi brazo.
-¡Oooooh, cariño! ¿No estás emocionado?
No me gusta que me llamen «cariño». Y la idea de que Daisy pudiera encontrar algo «emocionante» en esta ridícula farsa me producía náuseas. Por un instante, me sentí capaz de asesinarla. Tal vez Kluva tenía sus buenos motivos para hacer lo que hizo.
Los peldaños crujían, y las polvorientas ventanas permitían el paso de una fúnebre claridad. En el exterior parecía haberse levantado un fuerte viento, y la casa se estremecía a su contacto, gimiendo lastimeramente.
A mi lado, Daisy se estremeció también. En el cine, se dedicaba a retorcer los botones de mi chaqueta cuando el monstruo entraba en la habitación donde dormía la heroína. Estaba como ahora: histéricamente nerviosa.
Yo estaba tan excitado como un arenque disecado en una casa de empeño.
Habíamos llegado al rellano superior. W. C. abrió una puerta que daba a aquel rellano y entró en la habitación. Unos instantes después reapareció con un candelabro en la mano y nos invitó a pasar. Bueno, esto era un poco mejor. Demostraba cierta imaginación, por lo menos. La vela que ardía en el candelabro era de mucho efecto en medio de la oscuridad que nos rodeaba por todas partes; proyectaba extrañas sombras sobre las paredes.
-Aquí estamos -susurró nuestro cicerone.
Y aquí estábamos.
Soy un hombre más bien positivista, poco imaginativo. Cuando Orson Welles gime en la radio, bajo a la cafetería para escuchar los últimos discos de jazz. Pero cuando entré en aquella habitación, supe que allí, al menos, no había nada de farsa. La atmósfera estaba impregnada del olor a crimen. Las sombras se deslizaban sobre un dominio de muerte. Era una habitación fría, fría como un osario. Y la luz de la vela cayó sobre la enorme cama del rincón, para moverse después hacia el centro de la estancia y cubrir una monstruosa mole. El altar de la muerte.
Detrás del altar, en la pared, había una especie de nicho, y casi pude imaginar una estatua colocada allí. ¿Qué clase de estatua? Un murciélago negro, boca abajo y crucificado. Los adoradores del diablo utilizaban eso, ¿no es cierto? ¿O era otra clase de ídolo, más horrible? La policía lo había destruido. Pero el altar seguía allí, y a la mortecina luz de la vela vi las manchas.
Daisy se acercó más a mí: estaba temblando.
La cámara de Kluva; un hombre con un hacha, tendiendo a una mujer sobre el altar; la locura en sus ojos, y un hacha en sus manos...
-Aquí, la noche del doce de enero de mil novecientos veinticuatro, Ivan Kluva asesinó a su esposa con...
El hombre gordo estaba junto a la puerta, recitando su letanía. Pero, ahora, yo le escuchaba con la mayor atención. En esta habitación, aquellas palabras eran reales. No eran ya un cuento para asustar a los ingenuos; aquí en la oscuridad tenían un significado. Un hombre y su esposa, y asesinato. Muerte no es más que una palabra que se lee en los periódicos. Pero algún día se convierte en real; espantosamente real. Asesinato es una palabra, también. Es el poder de muerte, y a veces hay hombres que ejercen ese poder, como dioses paganos. Los hombres que matan son como dioses paganos. Quitan la vida. Hay algo cómicamente impúdico en la idea. Un tiro disparado en plena borrachera, una bayoneta hundida en la locura de la guerra, un accidente, un choque de automóviles... esas cosas forman parte de la vida. Pero un hombre, cualquier hombre, que viva con la idea de la Muerte; que piense y planee un asesinato a sangre fría, premeditado...
Sentarse a cenar, enfrente de su esposa, y decir: «Las doce. Te quedan cinco horas más de vida, querida. Cinco horas más. Nadie lo sabe. Tus amigos no lo saben. Ni siquiera tú lo sabes. Nadie lo sabe... excepto yo. Yo, y la Muerte. Yo soy la Muerte. Sí, yo soy la Muerte para ti. Yo anularé tu cuerpo y tu cerebro, seré tu dueño y señor. Naciste, has vivido, sólo para este supremo instante; el instante en que decidiré tu destino. Sólo existes para que pueda matarte.»
Sí, era impúdico. Y luego, este altar, y un hacha.
«Vamos arriba, querida.» Y sus pensamientos, sonriendo detrás de las palabras. Y subir la oscura escalera hacia la oscura habitación, donde esperaban el altar y el hacha.
Me pregunté si Kluva odiaba a su esposa. No, supongo que no. Si la historia era cierta, la había sacrificado con un propósito. Era la persona más adecuada, la que tenía más a mano para el sacrificio...
Lo que me inspiraba aquellos pensamientos era la habitación, no la historia. Podía sentirle a él en la habitación, y podía sentirla a ella.
Sí, eso era lo más curioso. Ahora podía sentirla a ella. No como un ser, no como una presencia tangible, sino como una fuerza. Una fuerza inquieta. Algo que se movió detrás de mí antes de que volviera la cabeza. Algo en el altar manchado de sangre. Un espíritu encadenado.
«Aquí fue donde morí. En un momento determinado estaba viva, sin sospechar nada, y un momento después me encontraba entre las garras de la Muerte. El hacha cayó sobre mi cuello, tan lleno de vida, y lo cercenó. Ahora, espero. Espero a otros, ya que sólo me queda la venganza. No soy una persona, ni un espíritu. Soy simplemente una fuerza: una fuerza creada mientras sentía que la vida se me escapaba por el cuello. En aquel momento experimenté una sola sensación con todo mi ser moribundo; una sensación de odio absoluto, cósmico. Odio a la repentina injusticia de lo que me había sucedido. La fuerza nació al producirse mi muerte; es lo único que queda de mí. Odio. Ahora espero, y a veces tengo una oportunidad para dejar escapar el odio. Matando a otro puedo sentir que el odio crece, se hace fuerte. Y por un breve instante vuelvo a sentirme real, viva. Sólo abandonándome a mi negro odio puedo sobrevivir en la muerte. Y por eso acecho; acecho aquí, en esta habitación. Permanece demasiado tiempo en ella, y regresaré. Aquí, en la oscuridad, buscaré tu cuello, y la hoja de acero caerá, y yo gustaré de nuevo el éxtasis de la realidad...»
El viejo cicerone continuaba con su historia, pero yo no podía oírle, sumergido en mis pensamientos. Luego, repentinamente, el viejo empuñó algo; algo así como una sombra rígida contra la luz de la vela.
Era un hacha.
Oí que Daisy exclamaba «¡Oooooh!» a mi lado. Alzando la mirada, contemplé los dos espejos azules de terror que eran sus ojos. Yo había pensado mucho, y podía imaginar cuáles habían sido sus pensamientos. El viejo seguía blandiendo el hacha, aquel hacha con la hoja enmohecida, y llegó un momento en que no pude mirar más que el mellado filo del hacha. No pude oír, ni mirar, ni pensar en otra cosa; allí estaba el hacha, el símbolo de la Muerte. Allí estaba el verdadero quid de la historia; no en el hombre ni en la mujer, sino en la delgada línea de aquel filo. Aquel filo era la Muerte. Aquel filo decidía el destino de los seres vivientes. No había nada en el mundo más poderoso que aquel filo. Ningún cerebro, ningún poder, ningún amor, ningún odio podía oponérsele.
Aparté los ojos de la mano del hombre y miré a Daisy. Y Daisy vio que la miraba y en su rostro apareció la expresión de una atormentada Medusa.
Inmediatamente, se desplomó.
La cogí en brazos. El viejo nos miró con una expresión de sincera sorpresa.
-Mi esposa se ha desmayado -dije.
Se limitó a parpadear. Y un momento después me pareció observar que su expresión de asombro se había trocado en otra de complacencia. Supongo que atribuyó el desmayo al realismo que había sabido dar a su relato.
Bueno, aquello cambiaba todos los planes. No podía llevarme a Daisy a Valos en aquel estado.
-¿Hay algún lugar donde pueda tenderse un rato? -pregunté-. No, en esta habitación, no.
-El dormitorio de mi esposa está abajo, en el vestíbulo -sugirió el viejo.
El dormitorio de su esposa, ¿eh? Y el muy farsante había dicho que, en cuanto oscurecía, no quedaba nadie en la casa...
Pero no era el momento más adecuado para echárselo en cara. Llevé a Daisy a la habitación del vestíbulo, froté sus muñecas.
-¿Quiere que avise a mi esposa para que cuide de ella? -me preguntó solícitamente el viejo.
-No, no vale la pena. Yo la atenderé. Le sucede a menudo, ¿sabe? Algo de histerismo... En cuanto haya descansado un poco, se le pasará.
El viejo salió de la habitación y yo me quedé allí sentado, refunfuñando. ¡Malditas mujeres! Tenía que sucederle esto, precisamente ahora... Pero ya era demasiado tarde para las lamentaciones. Decidí dejarla dormir un rato.
Salí de la habitación y avancé a oscuras por el pasillo que conducía a la parte trasera de la casa y por el cual había visto desaparecer al viejo. Súbitamente, me detuve; me había parecido oír un sonido familiar: en efecto, estaba lloviendo. Las gotas de la lluvia repiqueteaban sobre el tejado. Uno de los típicos chaparrones de la Costa del Oeste. 
Bueno, esto completaba el cuadro. Un fondo excelente para un melodrama. Durante los últimos tres años había visto muchas películas de terror, y el escenario era siempre el mismo.
Una joven pareja atrapada por una tormenta en una casa encantada. El misterioso inquilino. La habitación encantada. La heroína desmayada e indefensa en el dormitorio. Entra Boris Karloff envuelto en tres libras de vendas. «¡Grrrrr!», dice Boris. «¡Eeeeeeeeh!», dice la heroína. «¿Qué sucede?», grita el inspector Toozefuddy desde arriba. Y luego una caza salvaje. «¡Bang! ¡Bang!» Y Boris Karloff cae muerto. El héroe besa a la heroína. Fin.
Era mejor tomarlo a broma... aunque yo sabía que era inútil. Sabía que estaba jugando al escondite con mis pensamientos. Algo oscuro y frío se estaba enroscando en mi cerebro, y yo estaba tratando inútilmente de expulsarlo de allí. Algo relacionado con Ivan Kluva, y su esposa, y la habitación encantada, y el hacha. Supongamos que hubiera un fantasma, y Daisy estaba en el dormitorio, sola, y...
-¿Huevos con jamón?
-¿Qué diablos..?
Era el viejo. Me había oído llegar y había salido a mi encuentro.
-Por aquí... El tiempo se ha puesto malo. Mientras la señora descansa, puede usted comer algo con mi esposa y conmigo.
Entramos en la cocina. La esposa del viejo era tal como me la había imaginado; una mujer delgada, de unos cuarenta y cinco años, de aspecto resignado. La cocina era un lugar cómodo; se notaba en ella la mano de la mujer. Empecé a sentir un poco más de respeto hacia el viejo: su esposa era una excelente cocinera. 
La lluvia seguía cayendo. Recordé algo acerca de lo agradable que resulta el interior de una habitación iluminada en medio de un tormenta. Íntima. Mrs. Keenan -el viejo se había presentado a sí mismo como Homer Keenan- sugirió que podía llevarle un poco de coñac a Daisy. Dije que prefería dejarla descansar un poco más, pero Keenan irguió las orejas -y la nariz- al oír mencionar el coñac, y dijo que no nos sentaría mal un traguito. El traguito se repitió varias veces. El licor ayudaba a ahuyentar aquella idea oscura y fría. Aunque no del todo. Seguía importunándome. De modo que estimulé a Homer Keenan para que hablara. Es preferible apechugar con una fastidiosa conversación, a tener que soportar una idea fastidiosa.
«De modo que cuando fracasó aquel negocio en Tia, lié los bártulos y me marché. Andábamos de feria en feria. Pero las mujeres son todas igual, y la mía se empeñó en establecerse en algún lugar fijo. Quería tener un hogar. Bueno, conocía a ese Feingerber desde hacía muchos años, y me facilitó esta casa. Desde luego, no toda la historia es cierta. Hubo un Ivan Kluva que asesinó a su esposa en esta casa. El altar y el hacha son también auténticos. Obtuve un permiso de las autoridades para conservarlos. Como una especie de museo. Pero lo del fantasma es mentira. Sin embargo, es lo que atrae a más gente. Algunos sábados y domingos, tenemos visitantes todo el día, sin parar. Vivimos aquí... ¿Vamos a echar otro traguito? Este coñac reconforta. Pone fuego en la sangre. Como le iba diciendo...»
Fuego. Fuego en la sangre. ¿Por qué había dicho que lo del fantasma era una mentira? Cuando entré en aquella habitación, olí a asesinato. Pensé lo que él había pensado. Y luego supe lo que había pensado ella. Su odio estaba en aquella habitación; y, si no era un fantasma, ¿qué otra cosa podía ser? Todo ello unido con la idea negra que se enroscaba en mi cerebro; aquella maldita idea negra, mezclada con el hacha y con el odio y con la pobre Daisy tendida en el dormitorio, indefensa. Fuego en mi cabeza. Aunque no el suficiente. Todavía podía pensar en Daisy, y de repente algo ciego se agarró a mí, y yo me asusté y empecé a temblar, y no pude esperar. Pensando en ella, sola en medio de la tormenta, cerca de la habitación del crimen, y en el altar, y en el hacha... supe que tenía que acudir junto a Daisy. No podía soportar la horrible sospecha.
Me puse en pie, murmurando algo acerca de echarle una mirada a mi esposa, y corrí hacia el dormitorio. Estaba temblando, temblando, hasta que llegué a su lado y vi lo apaciblemente que estaba tendida en la cama. Su sueño era tranquilo. Incluso sonreía. No sabía nada. No temía a los fantasmas ni a las hachas. Al mirarla, experimenté una sensación de ridículo, pero me quedé contemplándola largo tiempo, hasta que recuperé el dominio de mi mismo...
Cuando me dirigía a la cocina, me di cuenta de que el coñac había producido su efecto y me sentí borracho. La idea se había alejado de mi cerebro definitivamente, y estaba empezando a notar un gran alivio.
Keenan había vuelto a llenar mi vaso, y cuando me tragué su contenido volvió a llenarlo.
Empecé a hablar. Me sentía ligero, expansivo. Hablé de mi vida; de mi carrera, tal como se encontraba en aquellos momentos; de mi romance con Daisy, incluso. El coñac, desde luego.
Antes de que pudiera darme cuenta, me encontré haciendo una Confesión Sincera de todo. De cómo estaban las cosas entre Daisy y yo. De nuestras estúpidas trifulcas. De su incomprensión. De su susceptibilidad acerca de cosas como nuestro automóvil, y la póliza del seguro, y Jeanne Corey. Yo estaba lo suficientemente ebrio como para mostrarme mezquino. Me mofé de sus costumbres. Luego empecé a hablar de nuestro viaje, y de mis planes para una segunda luna de miel, y sólo el instinto hizo que me callara antes de mostrarme realmente repulsivo.
Keenan adoptó una actitud de hombre que está de vuelta de todo, pero finalmente se calentó lo bastante como para mencionar unos cuantos defectos de su esposa. Lo que le conté acerca de la afición de Daisy a las cosas macabras, le empujó a reprender a su esposa por su pusilanimidad. La acusó de que, a pesar de saber que la historia era una farsa, se negaba a subir al piso cuando se hacía de noche... como si el fantasma fuese real. Y no sólo al piso: no se atrevía a andar sola por la casa.
Mrs. Keenan lo negó. Sí, posiblemente se sentía algo impresionada ante la idea de entrar en aquella habitación. Pero lo de andar por la casa...
-¿De veras? ¿Por qué no lo demuestras? Mejor ocasión que ésta... Es casi medianoche. ¿Por qué no vas a llevarle una taza de café a esa pobre señora enferma?
Keenan parecía el padre de Caperucita Roja, sugiriéndole que fuera a visitar a su abuelita.
-No se moleste -dije-. La lluvia está amainando. Voy a buscar a Daisy y continuaremos nuestro camino. Vamos a Valos, ¿sabe?
-Creen que tengo miedo, ¿eh? -Mrs. Keenan estaba llenando ya una taza de café-. Esos hombres, murmurando siempre de sus esposas... ¡Ya les enseñaré yo! 
Colocó la taza en un plato, irguió desdeñosamente la espalda al pasar por delante de Keenan y desapareció en el pasillo.
Recuperé de golpe la sobriedad.
-Keenan -susurré.
-¿Qué pasa?
-Keenan, tenemos que detenerla.
-¿Por qué?
-¿Ha andado usted por la casa de noche?
-Bueno, tanto como andar por la casa... No tengo necesidad de hacerlo, y, además, suelo acostarme temprano. Hoy ha sido una excepción.
-Entonces, ¿cómo sabe que la historia no es cierta?
Yo hablaba con rapidez. Con demasiada rapidez.
-¿Cómo?
-Tal vez haya un fantasma.
-¡Tonterías!
-Keenan, le aseguro que sentí algo allí. Usted está tan acostumbrado al lugar, que no se da cuenta. Pero yo lo sentí. El odio de una mujer, Keenan. ¡El odio de una mujer!
Le cogí por el brazo y traté de levantarle de la silla, de empujarle hacia el pasillo. Tenía que detener a su esposa como fuera. Yo estaba asustado.
-Esta casa está llena de amenazas. -Rápidamente, le expliqué mis pensamientos acerca de la mujer muerta: al morir, su odio había adquirido forma material, una forma capaz de empuñar el hacha asesina y de dejarla caer...-. ¡Detenga a su esposa, Keenan! -grité-. ¡Deténgala!
-¿Y qué me dice de la suya? -se mofó Keenan-. Además -continuó, ebriamente-, voy a decirle algo que nunca lo he dicho a nadie. Todo es mentira.
Me guiñó un ojo. Yo seguía empujándole hacia el pasillo.
-Todo es mentira. Lo del fantasma... y lo otro. Nunca hubo aquí un Ivan Kluva. Lo del asesinato es mentira, también. El altar es una piedra que yo puse allí, y el hacha es la que utilizo para partir leña. Ni asesinato, ni fantasma, ni nada. Todo es mentira, pero yo gano dinero.
-¡Vamos! -grité; la idea negra volvió a mi cerebro, y traté de arrastrar a Keenan hacia el pasillo, sabiendo que era demasiado tarde, pero que aún me quedaba algo por hacer...
Y en aquel preciso instante, ella gritó.
La oí perfectamente. Había salido corriendo de la habitación que daba al vestíbulo. Inmediatamente volvió a gritar, pero el grito se convirtió en un ronco estertor. Salí al pasillo. La oscuridad era absoluta, pero allí, al fondo, se recortaba la silueta de Mrs. Keenan. Una silueta que fue empequeñeciéndose, hasta confundirse con las sombras que cubrían el suelo. 
Keenan salió de la cocina, sosteniendo con una mano temblorosa la lámpara de petróleo, y avanzó por el pasillo tambaleándose. En aquel momento tenía que haber dado media vuelta y echado a correr, pero la idea negra enroscada a mi cerebro me lo impidió. Seguí a Keenan, y mientras él contemplaba con expresión de incredulidad el cadáver de su esposa caído en el suelo, volví a repetir mi confesión.
-La odiaba... la odiaba terriblemente... usted no puede comprender hasta qué punto van acumulándose los pequeños detalles, hasta convertirse en una montaña infranqueable... La odiaba, y, además, estaba Jeanne, esperando... y el seguro... si lo hubiera hecho en Valos nadie lo habría sabido nunca... lo de aquí fue accidental, pero mucho mejor.
-No hay ningún fantasma -murmuró Keenan. No había oído nada de lo que yo había dicho-. No hay ningún fantasma.
Me incliné sobre el cadáver y contemplé el profundo tajo que había en su garganta.
-La idea se me ocurrió cuando vi el hacha y Daisy se desmayó. Podía emborracharle a usted, sacar a Daisy de aquí, y usted no se hubiera enterado nunca...
-¿Quién asesinó a mi esposa? -murmuró Keenan-. No hay ningún fantasma... No hay ningún fantasma... ¿Quién ha asesinado a mi esposa?
Pensé de nuevo en mi teoría del odio de una mujer sobreviviendo a la muerte y existiendo, a partir de entonces, con la exclusiva e imperiosa necesidad de matar. Pensé en aquel odio, adquiriendo forma material, empuñando un hacha y dejándola caer sobre el cuello de Mrs.Keenan...
Luego alcé la mirada hacia Homer Keenan, mientras los extraños sonidos que llenaban mi cerebro se hacían más intensos, obligándome a hablar.
-Ahora hay un fantasma -murmuré-. Verá, la segunda vez que vine a ver a Daisy, la asesiné con este hacha...


La mañana verde Ray Bradbury The green morning



La mañana verde
Ray Bradbury
The green morning 
Cuando el Sol se puso, el hombre se acuclilló junto al sendero y preparó una cena frugal y escuchó el crepitar de las llamas mientras se llevaba la comida a la boca y masticaba con aire pensativo. Había sido un día no muy distinto de otros treinta, con muchos hoyos cuidadosamente cavados en las horas del alba, semillas echadas en los hoyos, y agua traída desde los brillantes canales. Ahora, con un cansancio de hierro en el cuerpo delgado, yacía de espaldas y observaba cómo el color del cielo pasaba de una obscuridad a otra.
Su nombre era Benjamin Driscoll, tenía treinta y un años. Y lo que él deseaba era que Marte creciera verde y alto con árboles y follajes, produciendo aire, mucho aire, aire que aumentaría con cada temporada; árboles que refrescarían las ciudades abrasadas por el verano, árboles que pararían los vientos del invierno. Hay muchas cosas que un árbol podía hacer: dar color, proporcionar sombra, soltar frutas, o convertirse en parque de juegos para los niños; un amplio universo aéreo de escalas y columpios, una arquitectura de alimento y de placer, eso era un árbol. Pero los árboles, ante todo, destilaban un aire helado para los pulmones y un gentil susurro para los oídos, cuando uno está acostado de noche en lechos de nieve y el sonido invita dulcemente a dormir.
Él permanecía escuchando a la obscura tierra recogiéndose en sí misma, en espera del Sol y las lluvias que aún no habían llegado. Acercaba la oreja al suelo y podía escuchar las pisadas de los años moviéndose en la distancia e imaginaba los verdes brotes de las semillas sembradas ese día; los brotes buscando apoyo en el cielo, echando rama tras rama, hasta que Marte era un bosque vespertino, Marte era un huerto resplandeciente.
En las primeras horas de la mañana, cuando el pequeño Sol se elevase débilmente entre las apretadas colinas, él se levantaría y acabaría en unos pocos minutos con un desayuno ahumado, aplastaría las cenizas de la hoguera y empezaría a trabajar con los sacos a la espalda, probando, cavando, sembrando semillas y bulbos, apisonando levemente, regando, siguiendo adelante, silbando, mirando el claro cielo cada vez más brillante a medida que pasaba la mañana.
Necesitas el aire –le dijo a su fuego nocturno.
El fuego era un rubicundo y vivaz compañero que respondía con un chasquido, y en la noche helada dormía allí cerca, entornando los ojos, sonrosados, soñolientos y tibios.
Todos necesitamos el aire. Hay aire enrarecido aquí en Marte. Uno se cansa tan pronto... Es como vivir en los Andes, en América del Sur, en la cima. Uno aspira y no consigue nada. No satisface.
Se palpó la caja toráxica. En treinta días, cómo había crecido. Para tomar más aire, todos ellos necesitaban desarrollar sus pulmones. O plantar más árboles.
Para eso estoy aquí –dijo; el fuego le respondió con un chasquido–. En la escuela nos contaban la historia de Johnny Appleseed caminando a través de Norteamérica plantando semillas de manzano. Bueno, yo estoy haciendo más. Estoy plantando robles, olmos, arces, toda clase de árboles, álamos y cedros y castaños. En vez de pensar sólo en fabricar fruta para el estómago, fabrico aire para los pulmones. Cuando estos árboles crezcan en algunos años, ¡piensa cuánto oxígeno darán!
Recordó su llegada a Marte. Como miles de otros, paseó los ojos por la apacible mañana y pensó: ¿Cómo encajaré aquí? ¿Qué haré? ¿Habrá trabajo para mí?
Luego se había desmayado. Alguien colocó un frasco de amoníaco contra su nariz y, tosiendo, él volvió en sí.
Usted estará bien –dijo el médico.
¿Qué sucedió?
El aire enrarecido. Algunos no pueden adaptarse. Me parece que usted tendrá regresar a la Tierra.
¡No! Se sentó y casi inmediatamente se le obscurecieron los ojos y Marte giró dos veces debajo de él. Sus fosas nasales se dilataron y obligó a sus pulmones a que bebieran en el profundo vacío.
Estaré bien. ¡Tengo que permanecer aquí!
Le dejaron tendido, boqueando horriblemente, como un pez. Y él pensó: Aire, aire, aire. Ellos me envían de regreso a causa del aire. Y volvió la cabeza hacia los campos y colinas marcianos. Cuando se le aclaró la vista, lo primero que notó fue que ahí no había árboles, ningún árbol, ni cerca ni lejos cuando uno miraba en cualquier dirección. La tierra estaba desnuda, negra, desolada, sin ni siquiera hierbas. Aire, pensó, mientras una substancia enrarecida le silbaba en la nariz. Aire, aire. Y sobre la cima de las colinas, en sus sombras, o aun a orillas de los arroyos, ni un árbol, ni una solitaria brizna de hierba. ¡Por supuesto! Sintió que la respuesta no le venía de su cerebro, sino de sus pulmones y su garganta. Y el pensamiento fue como una repentina ráfaga de oxígeno puro, poniéndole de pie. Hierba y árboles. Se miró las manos, el dorso, las palmas. Sembraría hierba y árboles. Ésa sería su tarea, luchar contra la cosa que le impedía quedarse en Marte. Libraría una privada guerra hortícola contra Marte. Ahí estaba el viejo suelo, y las plantas que habían crecido en él eran tan antiguas que al fin habían desaparecido. Pero, ¿y si introdujera nuevas especies? Árboles terrestres, grandes mimosas y sauces llorones y magnolias y majestuosos eucaliptos. ¿Qué ocurriría entonces? Quién sabe qué riqueza mineral ocultaba el suelo, sin explotar porque los viejos helechos, las flores, los arbustos, y los árboles se habían muerto de cansancio.
¡Permítanme levantarme! –gritó–. ¡Quiero ver al coordinador!
Él y el coordinador hablaron de cosas que crecían y eran verdes, toda una mañana. Pasarían meses, sino años, antes que se organizasen las plantaciones. Hasta ahora, los alimentos se traían congelados desde la Tierra, en cámaras frigoríficas volantes, y unos pocos jardines públicos verdeaban en instalaciones hidropónicas.
Entretanto –dijo el coordinador–, ésta será su tarea. Le entregaremos todas nuestras semillas; una pequeña cantidad. El espacio en los cohetes es sumamente costoso por ahora. Estoy temeroso, puesto que los primeros poblados son colectividades mineras, que sus plantaciones de árboles no cuenten con mucha simpatía...
¿Pero ustedes me dejarán hacerlo?
Ellos le dejaron hacerlo. Provisto con una simple motocicleta, con una caja llena de semillas y retoños, él había estacionado su vehículo en el desierto valle y echó pie a tierra.
Eso había ocurrido hacía treinta días, y él nunca había mirado hacia atrás. Mirar hacia atrás hubiera sido descorazonarse para siempre. El tiempo era excesivamente seco, parecía poco probable que las semillas hubiesen brotado. Quizá toda su campaña, esas cuatro semanas en que había cavado encorvado sobre la Tierra, estaba perdida. Clavaba los ojos adelante, avanzando poco a poco por el inmenso valle soleado, alejándose del Primer Pueblo, aguardando la llegada de las lluvias.
Las nubes se acumulaban sobre las secas montañas ahora cuando él se cubría los hombros con la manta. Todo en Marte era tan imprevisible como el clima. Sintió alrededor las calcinadas colinas, que la escarcha de la noche iba empapando, y pensó en el suelo del valle, negro como la tinta, tan negro y lustroso que parecía arrastrarse y vivir en el puño, un suelo fecundo en donde podrían brotar unas habas de largos tallos, de donde caerían quizás unos gigantes de voz enorme, dándose unos golpes que les sacudirían los huesos.
El fuego tembló sobre las cenizas soñolientas. El distante rodar de las ruedas de un carro estremeció el aire. Un trueno. Un repentino olor a agua. Esta noche, pensó, y extendió la mano para sentir la lluvia. Esta noche.
Despertó al sentir un golpe muy leve sobre la frente. El agua le corrió por la nariz hasta los labios. Una gota golpeó su ojo, nublándolo. Otra le estalló en la barbilla.
La lluvia. Fresca, dulce y tranquila, caía desde lo alto del cielo, como un elixir mágico que sabía a encantamientos y estrellas y aire, arrastrando un polvo de especias, y moviéndose como raro jerez liviano sobre su lengua.
Lluvia. Se incorporó. Dejó caer la manta y su manchada camisa azul, mientras la lluvia arreciaba en gotas más sólidas. El fuego parecía un animal invisible danzando sobre él, pisoteándolo, hasta convertirlo en un furioso humo. La lluvia caía. La gran tapa negra del cielo se dividió en seis trozos de azul pulverizado, como un maravilloso esmalte fracturado, y se precipitó a Tierra. Él observó diez mil millones de cristales de lluvia, titubeando lo bastante como para ser fotografiados por la descarga eléctrica. Luego obscuridad y agua.
Estaba empapado hasta la piel, pero mantenía su rostro hacia arriba y dejó al agua golpear sus párpados, riendo. Aplaudió y se incorporó y dio una vuelta por el pequeño campamento, y era la una de la mañana.
Llovió sin cesar durante dos horas. Aparecieron las estrellas, frescamente lavadas y más claras que nunca.
Cambiando sus ropas por una muda seca que sacó desde una bolsa de celofán, el señor Benjamin Driscoll se tendió y felizmente se durmió.
El Sol se elevó lentamente entre las colinas. Se extendió pacíficamente sobre la Tierra y despertó al señor Driscoll donde él descansaba.
Esperó por un momento antes de levantarse. Había trabajado y esperado ese momento durante un mes largo y caluroso, y ahora, incorporándose, se volvió y encaró la dirección de donde él había venido.
Era una mañana verde. Tan lejos como él pudo ver, los árboles se erguían contra el cielo. No un árbol, ni dos, ni una docena, sino los miles que él había plantado en semillas y retoños. Y no pequeños árboles, no, ni arbolillos, ni pequeños brotes tiernos, sino grandes árboles, árboles tan altos como diez hombres, verdes y verdes e inmensos y macizos, árboles de resplandecientes hojas metálicas, árboles susurrantes, árboles alineados sobre las colinas, limoneros, secoyas y mimosas y robles y olmos, cerezos, arces, manzanos, naranjos, eucaliptos, estimulados por una tumultuosa lluvia, sustentados por el extraño y mágico suelo, e invariablemente hacia donde él miraba, echando nuevas ramas, nuevos y abiertos brotes.
¡Imposible! –exclamó el señor Benjamin Driscoll.
Pero el valle y la mañana eran verdes. ¡Y el aire! De todas partes, como una corriente móvil, como un río de las montañas, llegaba el nuevo aire, el oxígeno soplando de los verdes árboles. Se lo podía ver brillando en las alturas en oleadas de cristal. Oxígeno, fresco, puro y verde, el frío oxígeno que transformaba el valle en un delta fluvial. En un momento las puertas en el pueblo se abrirían de par en par, la gente se precipitaría en el milagro nuevo del oxígeno, aspirándolo en bocanadas, con las mejillas rosadas, narices frías, pulmones revividos, corazones agitados, y cuerpos rendidos animados ahora en pasos de baile.
El señor Benjamin Driscoll aspiró una profunda bocanada de húmedo aire verde y se desmayó. Antes que despertara nuevamente, otros cinco mil nuevos árboles habían subido hacia el amarillo Sol.

Margaritas Fredric Brown Daisies




Margaritas
Fredric Brown
Daisies
El doctor Michaelson estaba enseñando a su mujer, cuyo nombre era señora Michaelson, su combinación de laboratorio e invernadero. Era la primera vez que ella iba allí en muchos meses y se había añadido un poco más de equipamiento.
¿Entonces hablabas en serio, John –le preguntó ella finalmente–, cuando me dijiste que estabas experimentando en la comunicación con flores? Creí que estabas bromeando.
No del todo –dijo el doctor Michaelson–. Al contrario de lo que cree la gente, las flores tienen un cierto grado de inteligencia.
¡Pero seguramente no pueden hablar!
No como hablamos nosotros. Pero contrariamente a lo que la gente piensa, se comunican. Telepáticamente, eso sí, y en imágenes pensadas más que las palabras.
Entre ellas quizás, pero seguramente...
Contrariamente a lo que la gente piensa, querida, incluso la comunicación humano-floral es posible, aunque hasta ahora sólo he podido establecer comunicación en una dirección. Es decir, puedo captar sus pensamientos, pero no enviarles mensajes desde mi mente a la suya.
Pero... ¿cómo funciona, John?
Contrariamente a lo que la gente piensa –dijo su marido–, los pensamientos, tanto humanos como florales, son ondas electromagnéticas que pueden ser... Espera, será más fácil si te lo muestro, cariño.
Llamó a su ayudante que estaba trabajando al otro lado de la habitación:
Señorita Wilson, ¿podría traer el comunicador?
La señorita Wilson trajo el comunicador. Era una cinta para la cabeza de la que salía un cable que llegaba a una barra delgada con un asa aislada. El doctor Michaelson puso la cinta alrededor de la cabeza de su esposa y la barra en su mano.
Es muy simple de usar –le dijo–. Sujeta la barra cerca de la flor y actuará como una antena que recogerá sus pensamientos. Y así veras, que contrariamente a lo que la gente piensa...
Pero la señora Michaelson no estaba escuchando a su marido. Estaba sujetando la barra cerca de un macizo de margaritas en el alféizar. Después de un momento soltó la barra y cogió un pequeño revolver de su bolso. Disparó primero a su marido y después a su ayudante, la señorita Willson.
Contrariamente a lo que la gente piensa, las margaritas hablan.

Flautistas en el bosque -- Philip K. Dick



Flautistas en el bosque
Philip K. Dick

Bien, cabo Westerburg –preguntó suavemente el doctor Henry Harris–, ¿por qué piensa que es usted una planta?
Mientras hablaba, Harris miró la nota que tenía sobre el escritorio, redactada de puño y letra por el propio comandante de la base con su tosca caligrafía: «Doctor, éste es el tipo que le mencioné. Hable con él e intente averiguar cuál es el motivo de su alucinación. Forma parte de la nueva guarnición en la estación de control del Asteroide Y-3, y no queremos que nada vaya mal allí, especialmente por una chorrada como ésta».
Harris hizo a un lado la tarjeta y observó al joven que tenía enfrente.
Parecía incómodo y ávido de evadir el interrogatorio. Harris frunció el ceño. Westerburg era un chico bien parecido, atractivo con su uniforme de la patrulla y con el mechón de pelo rubio que le caía sobre un ojo. Era alto, casi un metro ochenta, de aspecto saludable, y había terminado el entrenamiento dos años antes, según la ficha. Había nacido en Detroit. Tuvo el sarampión a los nueve años. Interesado en los motores de reacción, el tenis y las chicas. Veintiséis años.
Bien, cabo Westerburg –repitió el doctor Harris–. ¿Por qué piensa que es usted una planta?
El cabo le miró con timidez. Se aclaró la garganta.
No es que lo piense, señor, es que soy una planta. Hace días que soy una planta.
Comprendo –el doctor movió la cabeza–. ¿Quiere decir que no fue siempre una planta?
No, señor. Me convertí en una planta hace poco.
¿Y qué era antes de convertirse en una planta?
Bien, señor, igual que los demás.
Hubo un silencio. El doctor Harris cogió su pluma y garabateó algunas líneas, pero no surgió nada importante. ¿Una planta? Un joven de aspecto tan sano... Harris se quitó las gafas con montura de acero y las limpió con su pañuelo. Se las colocó de nuevo y se reclinó en la silla.
¿Le apetece un cigarrillo, cabo?
No, señor.
El doctor encendió uno para él y posó el brazo sobre el borde de la silla.
Cabo, debe comprender que muy pocos hombres se convierten en plantas, especialmente en un lapso de tiempo tan breve. He de admitir que es usted la primera persona que me comunica algo semejante.
Sí, señor, es algo muy raro.
Comprenderá los motivos de mi interés. Cuando dice que es una, planta, ¿significa que carece de movilidad? ¿O que es un vegetal, y no un animal? ¿O qué?
El cabo desvió la mirada.
No puedo decirle nada más –murmuró–. Lo lamento.
Bien, ¿le importaría decirme cómo se convirtió en una planta?
El cabo Westerburg vaciló. Bajó la vista al suelo, luego miró por la ventana al espaciopuerto y después siguió las evoluciones de una mosca sobre el escritorio. Por fin, se puso lentamente en pie.
Ni siquiera puedo decirle eso, señor.
¿Que no puede? ¿Porqué?
Porque..., porque prometí no hacerlo.
La habitación quedó en silencio. El doctor Harris se levantó a su vez y ambos quedaron frente a frente. Harris frunció el entrecejo y se acarició el mentón.
Cabo, dígame únicamente quién se lo hizo prometer.
No puedo decírselo, señor. Lo siento.
El doctor reflexionó unos momentos. Luego fue hacia la puerta y abrió.
Muy bien, cabo. Puede marcharse. Y gracias por concederme tiempo.
Siento no poder ayudarle.
El cabo salió con paso cansino y Harris cerró la puerta a sus espaldas. Luego se dirigió al videófono. Tecleó la clave del comandante Cox. Al cabo de unos instantes apareció la faz bovina del comandante de la base.
Cox, soy Harris. Hablé con él. Sólo obtuve la información de que era una planta. ¿Qué hago ahora? ¿Tiene más datos?
Bueno, lo primero que observaron es que no hacía ningún trabajo. El jefe de la guarnición informó que Westerburg salía del recinto y se pasaba todo el día sentado Nada más.
¿Al sol?
Sí, nada más sentado al sol. Regresaba al anochecer. Cuando le preguntaron por qué no había estado trabajando en el edificio de reparación de motores, contestó que le era imprescindible tomar el sol. Después dijo... –Cox vaciló.
¿Sí? ¿Qué dijo?
Dijo que el trabajo era absurdo, que era una pérdida de tiempo que lo único útil era sentarse y contemplar...
¿Y qué más?
Entonces le preguntaron cómo se le ocurrió la idea, y les reveló que se había convertido en una planta.
Ya veo que tendré que hablar con el de nuevo –dijo Harris–. ¿Le han dado la baja permanente de la patrulla? ¿Qué motivos alegó?
El mismo, que ahora es una planta y ya no le interesa ser un patrullero. Sólo quiere quedarse sentado al sol. Es la cosa más extraña que he oído en mi vida.
De acuerdo. Creo que le visitaré en su barracón –Harris consultó su reloj–. Iré después a cenar.
Buena suerte –dijo Cox lúgubremente–. ¿Alguna vez oyó hablar de un hombre que se convertía en planta? Le dijimos que era imposible. pero se limitó a sonreír.
Le informaré de lo que averigüe –prometió Harris.

Harris cruzó lentamente el vestíbulo. Eran más de las seis; la cena había terminado. Un concepto borroso comenzaba a formarse en su mente, pero era demasiado pronto para estar seguro. Aceleró el paso y dobló a la derecha al final del vestíbulo. Dos enfermeras pasaron corriendo. Westerburg se alojaba con un compañero, un hombre que había sufrido graves heridas con un motor y que ya estaba casi recuperado. Harris se acercó al ala de los dormitorios y se detuvo para examinar los números de las puertas.
¿Puedo ayudarle, señor? –preguntó el robot que hacía las veces de conserje.
Busco la habitación del cabo Westerburg.
La tercera puerta a la derecha.
Harris siguió caminando. El Asteroide Y-3 tenía una guarnición desde hacía poco tiempo. Había llegado a ser el principal puesto de control para detener y examinar las naves que entraban en el sistema provenientes del espacio exterior. La guarnición cuidaba de que no se infiltraran bacterias, hongos u otros elementos perniciosos. Era un asteroide agradable, cálido, bien provisto de agua, árboles, lagos y mucho sol. Y la guarnición era la más moderna de los nueve planetas. Al llegar frente a la tercera puerta, meneó la cabeza. Levantó la mano y golpeó.
¿Quién es?
Busco al cabo Westerburg.
La puerta se abrió. Un joven de aspecto paciente, con gafas de concha y un libro en las manos se asomó.
¿Quién es usted?
El doctor Harris.
Lo siento, señor. El cabo Westerburg está durmiendo.
¿Podría despertarle? Me interesa mucho hablar con él.
Harris echó un vistazo al interior. Vio una habitación limpia, con un escritorio, una alfombra, una lámpara y dos literas. Westerburg yacía en una de ellas, boca arriba, los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos firmemente cerrados.
Señor –dijo el joven–, no creo que pueda despertarle por más que me esfuerce.
¿Por qué?
Señor, el cabo Westerburg no se despierta hasta la salida del sol. Es imposible despertarle.
¿Catalepsia?
Sin embargo, en cuanto sale el sol, salta de la cama y sale al exterior, donde permanece todo el día.
Vaya –dijo el doctor–. Bueno, muchas gracias, de todos modos.
Regresó al vestíbulo y la puerta se cerró detrás de él.
Es más complicado de lo que pensaba –murmuró.
Volvió por donde había venido.

Era un día cálido y soleado. El cielo se veía casi por completo despejado de nubes, y un viento suave se deslizaba entre los cedros que bordeaban la orilla del río, al que se llegaba por un sendero que se iniciaba al pie del hospital. Un puentecillo conducía al otro lado del río. Algunos pacientes, cubiertos por albornoces, se apoyaban en la barandilla y miraban distraídamente el agua.
A Harris le costó varios minutos localizar a Westerburg. El joven no estaba con los demás pacientes, sino más allá de los cedros, en una franja brillante de pradera, rebosante de hierba y amapolas. Estaba sentado sobre una piedra plana y grisácea, inclinado hacia atrás y con la boca entreabierta. No advirtió la presencia del doctor Harris hasta que estuvo casi a su lado.
Hola –dijo Harris con afabilidad.
Westerburg abrió los ojos. Sonrió y se puso en pie con parsimonia, efectuando un movimiento grácil y ondulante, sorprendente para un hombre de su envergadura.
Hola, doctor. ¿Qué le trae por aquí?
Nada en especial. Quería tomar el sol.
Venga, comparta mi roca.
Westerburg se apartó y Harris se sentó con cuidado de no desgarrarse los pantalones con los afilados bordes de la roca. Encendió un cigarrillo y contempló en silencio el agua. Westerburg recobró su pintoresca posición, inclinado hacia atrás, apoyado sobre las manos y con los ojos fuertemente cerrados.
Bonito día –dijo el doctor.
Sí.
¿Viene cada día?
Se está mejor aquí que adentro. No puedo estar adentro.
¿Que no puede? ¿Qué quiere decir?
Usted se moriría sin aire, ¿verdad?
¿Y usted se moriría sin la luz del sol?
Westerburg movió la cabeza en señal de asentimiento.
Cabo, ¿puedo hacerle una pregunta? ¿Se propone hacer esto el resto de sus días? ¿Pretende seguir sentado al sol sobre una roca?
Westerburg asintió.
¿Y su trabajo? Fue a la escuela durante años para ser un patrullero. Deseaba con verdaderas ganas ingresar en la Patrulla. Obtuvo excelentes calificaciones, una posición de primera clase. ¿No le apena abandonar todo esto? Le resultaría muy difícil volver. ¿No se da cuenta?
Sí.
¿De veras va a tirarlo todo por la borda?
Exacto.
Harris permaneció en silencio un rato. Por fin, arrojó el cigarrillo y se giró hacia el joven.
De acuerdo, supongamos que deja su trabajo y se sienta al sol. ¿Qué pasará después? Alguien ocupará su lugar, ¿no es cierto? Alguien tiene que hacer su trabajo. Si usted no lo hace, lo hará otro.
Supongo que sí.
Westerburg, imagínese que todo el mundo se comportara como usted. Imagine que todo el mundo quisiera estar sentado al sol todos los días. ¿Qué ocurriría? Nadie se ocuparía de controlar las naves que llegan desde el espacio exterior. Bacterias y cristales tóxicos penetrarían en el sistema, provocando la muerte en masa y tremendos sufrimientos. ¿Le parece bien?
Si todo el mundo se comportara como yo, nadie iría al espacio.
Pero es necesario. Hay que comerciar, hay que conseguir minerales, productos y plantas nuevas.
¿Por qué?
Para que la sociedad prosiga su curso.
¿Por qué?
Bien... –Harris hizo un ademán vago–. La gente no podría vivir sin una sociedad.
Westerburg no respondió. Harris le miró fijamente, pero el joven no dijo nada.
¿No es así? –preguntó Harris.
Quizá. Es un asunto complicado, doctor. Como ya sabe, me esforcé durante muchos años para pasar el entrenamiento. Tenía que trabajar para estudiar: fregaba platos, hacia de pinche en las cocinas y por las noches estudiaba, aprendía, me quemaba las cejas, un día tras otro. ¿Sabe lo que pienso ahora?
No.
Ojalá me hubiera convertido antes en una planta.
El doctor Harris se incorporó como impulsado por un resorte.
Westerburg, cuando vuelva adentro, ¿tendría algún inconveniente en pasar por mi despacho? Me gustaría pasarle algunos tests, si no le importa.
¿La caja de sorpresas? –Westerburg sonrió–. Ya imaginaba que acabaríamos así. Claro, no me importa.
Irritado, Harris saltó de la roca y se alejó unos pasos.
¿A eso de las tres, cabo?
Westerburg asintió.
Harris regresó por la colina al sendero que llevaba hacia el hospital. Cada vez lo tenía más claro. Un chico que había luchado toda su vida.
Inseguridad económica. El ideal de su vida consistía en ingresar en la Patrulla. Y, al alcanzarlo, encontraba la carga demasiado pesada. En el Asteroide Y-3 había demasiada vegetación, la suficiente para pasarse todo el día en plan contemplativo. Identificación primaria y proyección en la flora del asteroide. La inmovilidad y la permanencia implican el concepto de seguridad. Un bosque inmutable.
Entró en el edificio. Un robot le detuvo de inmediato.
Señor, el comandante Cox desea hablar con usted urgentemente por el videófono.
Gracias.
Harris se precipitó en su despacho. Marcó el código de Cox y el rostro del comandante se materializó en la pantalla.
¿Cox? Soy Harris. He estado charlando con el chico. Empiezo a comprender lo que ocurre. El peso de la responsabilidad le agobia. Cuando al fin alcanza lo que tanto deseaba, la idealización se derrumba bajo el...
¡Harris! –ladró Cox–. Cállese y escuche. Acabo de recibir un informe de Y-3. Un cohete expreso está en camino.
¿Un cohete expreso?
Cinco casos más como el de Westerburg. ¡Todos se creen plantas! El jefe de la guarnición está hasta los huevos. Dice que o averiguamos lo que sucede o la guarnición se irá al carajo. ¿Me entiende, Harris? ¡Descubra lo que pasa!
Sí, señor –musitó Harris–. Sí, señor.

Al final de la semana se contabilizaban veinte casos, todos provenientes, por supuesto, del Asteroide Y-3.
El comandante Cox y Harris se hallaban de pie en la cumbre de la colina, mirando sombríamente el río que discurría bajo sus pies. Dieciséis hombres y cuatro mujeres estaban sentados en la orilla, tomando el sol. Ninguno se movía, ninguno hablaba. No habían efectuado el menor movimiento en la hora que Harris y Cox llevaban observando.
No lo entiendo –Cox sacudió la cabeza–. No lo entiendo de ninguna de las maneras. Harris, ¿es el principio del fin? ¿Es que todo se va a derrumbar en torno nuestro? Me jode cantidad ver a toda esa gente tocándose las pelotas al sol.
¿Quién es aquel pelirrojo?
Ulrich Deutsch. El segundo comandante de la guarnición. ¡Mírele ahora! Espatarrado con la boca abierta y los ojos cerrados. Hace una semana, ese hombre iba camino de la cumbre. Tomaría el mando de la guarnición cuando el comandante en jefe se jubilara. Le quedaba un año, como máximo. Toda su vida luchando para llegar a eso.
Y ahora se dedica a tomar el sol.
Esa muchacha, la morena de pelo corto. Una chica de carrera. Responsable del equipo administrativo de la guarnición. El hombre que está junto a ella: conserje. Esa chavala de ahí, la de las tetas grandes: secretaria, recién salida de la escuela. De todas clases. Y esta mañana me comunicaron que vienen tres más en camino.
Harris asintió.
Lo más raro es... que realmente les gusta sentarse allí. Son completamente racionales: podrían hacer cualquier otra cosa, pero no quieren.
¿Y bien? –preguntó Cox–. ¿Qué piensa hacer? ¿Ha descubierto algo? Contamos con usted. Dígame lo que sabe.
No obtuve nada de ellos con las entrevistas, pero la caja de sorpresas ha proporcionado algunos resultados interesantes. Entremos y se lo enseñaré.
Bien –Cox se encaminó al hospital–. Enséñeme lo que tenga. El asunto es muy grave. Ahora entiendo lo que sentía Tiberio cuando los cristianos salieron a la luz.

Harris apagó las luces. El cuarto quedó completamente a obscuras –le pasaré el primer rollo. El sujeto es uno de los mejores biólogos de la guarnición, Robert Bradshaw. Llegó ayer. Obtuve un buen material de la caja de sorpresas porque la mente de Bradshaw es muy peculiar. Contiene una cantidad de material reprimido de naturaleza no racional superior al de la media.
Oprimió un interruptor. El proyector zumbó, y en la pared opuesta apareció una imagen tridimensional en color, tan real como si contemplaran al hombre en persona. Robert Bradshaw frisaba en la cincuentena, era corpulento, de pelo gris acero y mandíbula cuadrada. Estaba sentado tranquilamente en una silla, con las manos apoyadas en el respaldo, indiferente a los electrodos sujetos a su cuello y muñecas.
Ahora empieza –indicó Harris–. Observe.
Apareció su propia imagen filmada, acercándose a Bradshaw.
Bien, señor Bradshaw –dijo la imagen–, esto no le causará ningún daño y, sin embargo, nos ayudará mucho a nosotros.
La imagen movió los controles de la caja de sorpresas. Bradshaw se puso rígido y apretó las mandíbulas, pero ya no se volvió a mover. La imagen de Harris le examinó por un tiempo y después se apartó de los controles.
¿Me oye, señor Bradshaw? –preguntó la imagen.
Sí.
¿Cómo se llama?
Robert Bradshaw.
¿Qué cargo ocupa?
Jefe de biología en la estación de control de Y-3.
¿Se encuentra allí ahora?
No. He vuelto a la Tierra. Estoy en un hospital.
¿Porqué?
Porque admití ante el jefe de la guarnición que me había convertido en una planta.
¿Es eso verdad? ¿Es usted una planta?
Sí, en un sentido no biológico. Conservo la fisiología de un ser humano, por supuesto.
¿Qué entiende usted por ser una planta?
Se trata de una actitud. En psicología se denomina Weltans Chauung.
Continúe.
A un animal de sangre caliente, a un primate superior, le es posible adoptar hasta cierto punto la psicología de una planta.
¿Sí?
Me refiero a esto.
¿Les pasa lo mismo a los otros?
Sí.
¿Cómo llegaron a adoptar esta actitud?
La imagen de Bradshaw titubeó. Hizo una mueca.
¿Lo ve? –le indicó Harris a Cox–. Un poderoso conflicto. De haber estado consciente no habría seguido.
Yo...
¿Sí?
Me enseñaron a convertirme en una planta.
La imagen de Harris mostró sorpresa e interés.
¿Qué significa que le enseñaron a convertirse en una planta?
Comprendieron mis problemas y me enseñaron a ser una planta. Ahora me he desembarazado de los problemas.
¿Quién? ¿Quién le enseñó?
Los Flautistas.
¿Quién? ¿Los Flautistas? ¿Quiénes son los Flautistas?
No hubo respuesta.
Señor Bradshaw, ¿quiénes son los Flautistas?
Después de una larga y agónica pausa, los labios se movieron.
Viven en los bosques...
Harris detuvo el proyector y las luces se encendieron. Cox y él parpadearon.
Esto es cuanto pude obtener –explicó Harris–. Y puedo considerarme afortunado. No esperaba que me dijera nada. Todos prometieron no revelar quién les había enseñado a ser plantas: los Flautistas que viven en los bosques de Y-3.
¿Contaron los veinte la misma historia?
No –Harris hizo una mueca de disgusto–. La mayoría opusieron mucha resistencia. Ni siquiera les extraje esta información.
Los Flautistas –reflexionó Cox–. ¿Y bien? ¿Qué se propone hacer? ¿Esperar cruzado de brazos a completar la historia? ¿Es ése su plan?
No –dijo Harris–. De ninguna manera. Iré a Y-3 y averiguaré por mí mismo quiénes son los Flautistas.

La pequeña nave patrullera aterrizó con cuidado y precisión; los motores tosieron hasta el silencio final. La escotilla se abrió y el doctor Henry Harris contempló el campo de aterrizaje, inundado de sol. En el extremo del campo se alzaba la torre de control. Largos edificios grises estaban diseminados por todo el terreno: la estación de control Garrison. Un enorme crucero venusino se hallaba estacionado en las cercanías: un inmenso casco verde semejante a una gran babosa. Los técnicos de la estación pululaban a su alrededor, examinando y analizando cada centímetro en busca de formas de vida letales o tóxicas que pudieran haberse adherido al casco.
Todo está listo, señor –dijo el piloto.
Harris asintió. Cogió sus dos maletas y bajó con cuidado. El suelo estaba caliente, y la luz del sol le hizo parpadear. En el cielo se veía Júpiter; el vasto planeta reflejaba una considerable cantidad de luz solar.
Harris atravesó el campo, cargado con las maletas. Un empleado se ocupaba en abrir el depósito de la patrullera para sacar su baúl. Lo puso en una carretilla y siguió al doctor con aire de aburrimiento.
Cuando Harris llegó a la entrada de la torre de control, la puerta se abrió y un hombre de edad madura, ancho y robusto, de pelo gris y paso seguro, salió a recibirle.
¿Cómo está, doctor? –dijo alargándole la mano–. Soy Lawrence Watts, el jefe de la guarnición.
Intercambiaron un apretón de manos. Watts le dirigió una sonrisa. Era un anciano de gran estatura, todavía apuesto con su uniforme azul obscuro y las charreteras doradas sobre los hombros.
¿Tuvo un buen viaje? –preguntó Watts–. Pase, tomaremos un trago. Hace calor con el Gran Espejo ahí arriba.
¿Júpiter? –Harris le siguió al interior del edificio, la torre de control estaba fresca y sombreada, un auténtico alivio–. ¿Cómo es que la gravedad es tan parecida a la de la Tierra? Esperaba que me pondría a dar saltos como un canguro. ¿Es artificial?
No. El asteroide tiene un núcleo denso, una especie de depósito metálico; por eso lo elegimos. Simplificó el problema de la construcción, y además posee aire y agua. ¿Ve las colinas?
¿Las colinas?
Desde la torre obtendrá una buena visión. Esto es como un parque natural, con bosques en los que hay de todo. Venga, Harris. Éste es mi despacho –el anciano le guió hasta un apartamento amplio y bien amueblado–. ¿A que es agradable? Mi intención es pasar el último año de servicio lo más confortablemente posible –frunció el ceño–. Claro que, ahora que Deutsch se ha ido, igual me quedo para siempre. Bueno... Siéntese. Harris.
Gracias –Harris se sentó y estiró las piernas, observó como Watts cerraba la puerta que comunicaba al pasillo–. Por cierto, ¿ha habido más casos?
Otros dos, hoy –el rostro de Watts se ensombreció–. Son casi treinta en total. Hay trescientos hombres en esta estación. Al paso que vamos...
Comandante, mencionó que había bosques en el asteroide. ¿Concede permiso a los hombres para que vayan allí cuando quieran? ¿O sólo les deja circular por los edificios y el campo?
Watts se frotó el mentón.
Bien, es una situación compleja, Harris. He de permitirles que salgan de vez en cuando. Ven el bosque desde los edificios, y basta contemplar un lugar hermoso para que te entren ganas de ir. Cada diez días se les concede un período de descanso. Entonces salen a pasear.
¿Y luego vuelven trastornados?
Sí, creo que sí, pero es lógico que si ven el bosque tengan ganas de ir. No puedo impedirlo.
Lo sé, no le censuro. Bien, ¿cuál es su teoría? ¿Qué les sucede allí? ¿Qué hacen?
¿Qué sucede? Que en cuanto salen y se relajan un rato ya no quieren volver a trabajar. Es inútil. Se estaquean. No quieren trabajar, así que se largan.
¿Qué opina de sus fantasías?
Watts rió de buen grado.
Escuche, Harris, usted sabe tan bien como yo que todo eso son cuentos. Son tan plantas como usted o yo. Lo único que pasa es que no quieren trabajar, y punto. Cuando era cadete usábamos varios métodos para obligar a la gente a trabajar. Me gustaría propinarles unos azotes en el culo, como solíamos hacer.
¿Así que piensa que todo es un truco?
¿Usted no?
No –dijo Harris–. Creen realmente que son plantas. Les sometí a tratamiento de choque, la caja de sorpresas. Todo el sistema nervioso se paraliza, las inhibiciones desaparecen. Confiesan la verdad. Y todos dijeron lo mismo... y más.
Watts paseó de un lado a otro, con las manos unidas a la espalda.
Harris, usted es médico, y supongo que sabe de lo que habla, pero examine la situación. Tenemos una guarnición, una excelente y moderna guarnición, probablemente la mejor del sistema. Contamos con los más complejos adelantos de la ciencia. Harris, esta guarnición es una gran máquina. Los hombres son partes de ella con un trabajo a realizar, el equipo de mantenimiento, los biólogos, la guardia y la administración.
»¿Qué pasa cuando una persona deserta de su labor? Todo se tambalea. No podemos arreglar los desperfectos si nadie hace funcionar las máquinas. No podemos solicitar provisiones y vituallas si nadie se ocupa de los inventarios y los informes. No podemos organizar la actividad si el segundo jefe decide marcharse a tomar el sol.
»Treinta personas, la décima parte de la guarnición. Son imprescindibles. La guarnición funciona así. Si quitamos los cimientos, los edificios se derrumban. Nadie puede marcharse. Formamos un todo, y esa gente lo sabe. Saben que no tienen derecho a hacer lo que les dé la gana. Nadie lo tiene. Estamos demasiado entrelazados. Es injusto para con los demás, la mayoría.
Harris aprobó con un gesto.
Comandante, ¿puedo hacerle una pregunta?
¿Cuál?
¿Hay habitantes nativos en el asteroide?
¿Nativos? –Watts reflexionó unos instantes–. Sí, existen algunos aborígenes.
Hizo un gesto vago en dirección a la ventana.
¿Cómo son? ¿Los ha visto?
Sí, les he visto. Al menos, les vi la primera vez que se acercaron por aquí. Merodearon un rato, nos observaron y se largaron.
¿Han muerto? ¿Alguna enfermedad?
No. Simplemente... se esfumaron en el bosque. Imagino que deben de continuar allí.
¿Qué clase de gente es?
Bueno, la leyenda dice que provienen de Marte, aunque no se parecen mucho a los marcianos. Son de piel obscura, cobriza. Delgados. Muy ágiles a su manera. Cazan y pescan. Carecen de lenguaje escrito. No les prestamos mucha atención.
Entiendo –Harris hizo una pausa–. Comandante, ¿ha oído hablar de... los Flautistas?
¿Los Flautistas? –Watts frunció el ceño–. No. ¿Por qué?
Los pacientes mencionaron unos seres a los que llamaban los Flautistas. Según la declaración de Bradshaw, los Flautistas les enseñaron a ser plantas.
Los Flautistas. ¿Qué son?
No lo sé –admitió Harris–. Pensé que usted lo sabría. Mi primera deducción, por supuesto, fue que se trataba de nativos, pero ahora ya no estoy tan seguro después de oír su descripción.
Los nativos son salvajes primitivos. Es imposible que puedan enseñar algo a nadie, especialmente a un biólogo de altos vuelos.
Harris titubeó.
Comandante, me gustaría explorar los bosques. ¿Es posible?
Desde luego. No habrá problemas. Ordenaré que un hombre le acompañe.
Prefiero ir solo. ¿Existe algún peligro?
No, ninguno que yo sepa. Excepto...
Excepto los Flautistas –concluyó Harris–. Lo sé. Bueno, sólo hay una forma de encontrarles, y es ésa. Tomaré todo tipo de precauciones.
Si camina en línea recta, estará de vuelta en la guarnición en menos de seis horas. Este jodido asteroide no es muy grande. Hay un par de ríos y lagos, de modo que procure no ahogarse.
¿Serpientes o insectos venenosos?
No tenemos noticia. Al principio hicimos bastantes exploraciones, pero la hierba ha vuelto a crecer. Nunca encontramos nada peligroso.
Gracias, comandante –Harris se levantó y le estrechó la mano–. Nos veremos antes del anochecer.
Buena suerte.
El comandante y dos guardias armados salieron y se dirigieron hacia la guarnición. Harris les vio desaparecer en el interior del edificio. Después se adentró en el macizo de árboles.
El bosque estaba silencioso. Árboles enormes de color verde obscuro le rodeaban por todas partes. Parecían eucaliptos. El suelo era suave, cubierto de miles de hojas caídas de los árboles. Al cabo de un rato atravesó un claro de hierba quemada por el sol. Miríadas de insectos surgían de los tallos secos. Algo corrió a esconderse entre la vegetación. Divisó una bola gris con muchas piernas y antenas temblorosas.
El claro terminaba al pie de una colina. El camino se empinaba más y más. Ante él se extendía una infinita pradera verde y salvaje. Descansó unos minutos para recobrar el aliento.
Siguió adelante. Descendió hacia una quebrada profunda en la que crecían helechos del tamaño de árboles. Pisaba un auténtico bosque del Jurásico. Los helechos unían sus copas sobre su cabeza. Se abrió paso con sumo cuidado. Notó el aire más frío. El suelo de la quebrada era húmedo y silencioso.
Llegó a un terreno llano. Densas matas de helechos crecían por todas partes, silenciosos e inmóviles, obscureciendo el suelo. Halló un sendero natural, el antiguo lecho de un río, áspero y rocoso, pero fácil de seguir. La atmósfera era pesada y opresiva. Más allá de los helechos pudo ver la ladera de la próxima colina, una pradera verde que ascendía por ella.
Tenía enfrente algo grisáceo. Grandes rocas amontonadas. El lecho seco del río conducía directamente hacia ellas. Imaginó que se trataba de un antiguo lago del que nacía el río. Trepó con dificultades a la primera roca y descansó al llegar arriba.
Hasta entonces no había tenido suerte. Ni rastro de los nativos, los únicos que tal vez podrían ayudarle a encontrar a los misteriosos Flautistas que engatusaban a los hombres, caso de que existieran. Si pudiera hablar con los nativos, tal vez descubriría algo, pero el éxito no le sonreía. Paseó la mirada en derredor. El bosque estaba en silencio. Una ligera brisa movía las hojas. ¿Dónde estaban los nativos? Probablemente tenían un poblado, cabañas, un claro. El asteroide era pequeño; daría con ellos antes del anochecer.

Descendió por las rocas y volvió a trepar por las siguientes. De repente, se detuvo a escuchar. Oyó un sonido lejano, el sonido del agua. ¿Se estaba acercando a un lago? Reemprendió el camino con la esperanza de localizar el origen del sonido. Continuó subiendo y bajando rocas. El silencio era total, excepto por el ruido distante del agua. Quizá una catarata o un torrente. Si lo encontraba, hallaría a los nativos.
Las rocas se acabaron y apareció de nuevo el lecho del río, bastante húmedo, fangoso y cubierto de musgo. Seguía una buena pista; el cauce había llevado agua recientemente, quizá durante la estación de las lluvias. Subió por una de las márgenes a través de los helechos y las enredaderas. Una serpiente dorada se cruzó en su camino. Algo brillaba entre los helechos: agua. Un lago. Corrió en aquella dirección, apartando las enredaderas que le impedían el paso.
Llegó al borde de un lago, un profundo lago enclavado entre las rocas grises, rodeado de plantas. El agua era clara y brillante, y nacía de una catarata que caía por el extremo opuesto. Era hermoso, y permaneció admirando la serenidad del lugar. Un rincón virginal, inalterado desde que se formó el asteroide. Quizá, incluso, era el primero en verlo, tan oculto y disimulado entre la vegetación. Le deparó una sensación extraña, casi de propiedad. Dio unos pasos en dirección al agua.
Y entonces la vio.
La muchacha estaba sentada en la otra orilla. Miraba el agua con la cabeza apoyada en una rodilla doblada. En seguida reparó en que había estado bañándose. Su cuerpo cobrizo todavía estaba húmedo y brillante al sol. No le había visto. Harris contuvo el aliento, incapaz de apartar la vista de ella.
Era muy hermosa. Su largo pelo obscuro le cubría los hombros y los brazos. Tenía el cuerpo delgado y esbelto. La perfección de sus formas le impresionó, a pesar de que estaba acostumbrado a contemplar toda clase de anatomías. El tiempo, inmóvil, extraño, pasó mientras la admiraba. Tal vez el tiempo se había detenido en la imagen de la muchacha sentada sobre una roca y los helechos tan quietos como si estuvieran pintados a sus espaldas.
De repente, la chica levantó los, ojos. Harris se revolvió inquieto, consciente de entremeterse en su intimidad. Retrocedió un paso.
Lo siento –murmuró–. Vengo de la guarnición. No pretendía espiarla.
Ella asintió sin hablar.
¿No le importa? –preguntó Harris al instante.
No.
¡Hablaba la lengua de la Tierra! Se acercó un poco, bordeando el lago.
Espero que no la esté molestando. Pronto me iré del asteroide. Acabo de llegar de la Tierra.
Ella esbozó una sonrisa tímida.
Soy médico. Me llamo Henry Harris –miró el cuerpo cobrizo que brillaba al sol, la fina capa de humedad que cubría sus brazos y sus muslos–. Tal vez le interese saber por qué estoy aquí. Es posible que pueda ayudarme.
¿Sí?
¿Le gustaría ayudarme?
Sí –sonrió ella–. Claro que sí.
Estupendo. ¿Puedo sentarme? –se acomodó sobre una roca plana, de cara a ella–. ¿Un cigarrillo?
No.
Bueno, me fumaré uno –lo encendió y aspiró una profunda bocanada–. Tenemos un problema en la guarnición. Algo les está sucediendo a los hombres, y se extiende como una epidemia. Hay que averiguar las causas antes de que la guarnición se venga abajo.
Aguardó unos segundos. Ella asintió levemente. Se mantenía inmóvil y silenciosa como los helechos.
Bien, he conseguido extraerles cierta información, de la que destaca un hecho en concreto. Se empeñan en afirmar que los..., los Flautistas son los responsables de su estado. Dicen que los Flautistas les enseñaron... –se interrumpió, una extraña expresión cruzó por el rostro obscuro y delicado de la muchacha–. ¿Conoce a los Flautistas?
Ella asintió con la cabeza.
Harris se sintió invadido por una oleada de satisfacción.
¿De veras? Estaba seguro de que los nativos los conocerían –se puso en pie–. Por lo tanto, existen, ¿verdad?
Existen.
Harris frunció el ceño.
¿Y viven aquí, en el bosque?
Sí.
Bien –aplastó el cigarrillo con impaciencia–. ¿Podría llevarme hasta ellos?
¿Llevarle?
Sí. Me urge resolver este problema. El comandante en jefe de la base de la Tierra me asignó la misión de investigar sobre los Flautistas. Hay que llegar al fondo del enigma, y yo soy el encargado de resolverlo. Es vital encontrarlos, ¿me comprende?
Ella asintió.
Bien, ¿me va a acompañar?
La chica permaneció en silencio. Estuvo largo rato contemplando el agua con la cabeza descansando sobre la rodilla. Harris se impacientó. Apoyó su peso en un pie, y luego en el otro.
¿Lo hará? –insistió–. Es muy importante para la guarnición. ¿Qué me responde? –inspeccionó sus bolsillos–. Quizá pueda ofrecerle algo. Aquí tengo... –sacó su encendedor–. Le daré mi mechero.
La chica se levantó lenta y armoniosamente, sin aparentar el menor esfuerzo. Harris se quedó boquiabierto. ¡Con qué agilidad se había erguido de un solo movimiento! Parpadeó. Apenas había percibido el cambio. De pronto estaba en pie, mirándole tranquilamente con su rostro inexpresivo.
¿Lo hará? –repitió.
Sí. Vámonos.
La muchacha se dirigió hacia los helechos. Harris la siguió, moviéndose con torpeza sobre las rocas.
Estupendo. Muchas gracias. Me interesa mucho encontrar a esos Flautistas. ¿Adónde me lleva, a su poblado? ¿Cuánto queda para que anochezca?
La muchacha no respondió. Se había adentrado en los helechos, y Harris apresuró el paso para no perderla de vista. ¡Con qué silencio se deslizaba!
Espere –gritó–, espéreme.
La joven se detuvo a esperarle, grácil y hermosa, observándole sin decir una palabra.
Harris penetró en la masa de helechos, pisándole los talones.

¡Que me aspen! –exclamó el comandante Cox–. No ha tardado mucho –bajó de dos en dos los escalones–. Deje que le eche una mano.
Harris sonrió mientras acarreaba sus pesadas maletas. Las dejó en el suelo con un suspiro de alivio.
No se preocupe. En lo sucesivo, procuraré no ir tan cargado.
Entre. Soldado, ayúdele.
Un patrullero se acercó y cogió una maleta. Los tres tomaron por el pasillo que conducía a las habitaciones de Harris. Éste abrió la puerta y el patrullero depositó la maleta en el suelo.
Gracias –dijo Harris, colocó la otra junto a la primera–. Estoy contento de volver, aunque sea por poco tiempo.
¿Por poco tiempo?
Regresé para poner en orden mis asuntos. Volveré a Y-3 mañana por la mañana.
¿No solucionó el problema?
Lo hice, pero no lo he erradicado. Debo volver de inmediato. Queda mucho por hacer.
Pero ¿averiguó lo que pasa?
Sí. Exactamente lo que los hombres decían: los Flautistas.
¿Los Flautistas existen?
Sí. Existen.
Se quitó la chaqueta y la colocó sobre el respaldo de la silla. Después abrió la ventana. Un aire cálido y primaveral invadió la habitación. Se sentó en la cama.
Los Flautistas existen, es cierto... ¡en la mente de los hombres de la guarnición! Para ellos, los Flautistas son reales, ellos los crearon. Se trata de una hipnosis colectiva, una proyección de grupo, y ninguno se libra de padecerla hasta cierto punto.
¿Cómo empezó?
Los hombres elegidos para la estación Y-3 fueron seleccionados por sus especiales habilidades, su capacidad y el alto grado de entrenamiento. A lo largo de sus vidas han sido modelados por la compleja sociedad moderna, el ritmo acelerado y una fuerte integración con el resto de la gente. Han sido sometidos a una intensa presión para alcanzar ciertos objetivos y realizar ciertos trabajos.
»De repente, se les traslada a un asteroide habitado por nativos que viven la más primitiva de las existencias, completamente vegetal. Desconocen el concepto de objetivo, de propósito y de planificación. Los nativos viven como animales, al día, durmiendo y obteniendo su comida de los árboles, como en el Jardín del Edén, sin luchas ni conflictos.
¿Sí? Pero...
Los miembros de la guarnición ven a los nativos y piensan inconscientemente en su vida anterior, cuando eran niños, cuando no tenían problemas, ni responsabilidades, ni se habían integrado en la sociedad desarrollada. Niños echados al sol.
»¡Pero son incapaces de admitirlo! No pueden admitir que les gustaría vivir como los nativos, descansando y durmiendo todo el día. De modo que inventan a los Flautistas, un misterioso grupo que vive en los bosques y les enseña una nueva forma de vivir. Descargan su culpa sobre ellos. Les enseñan a convertirse en parte de los bosques.
¿Qué piensa hacer? ¿Quemar los bosques?
No –Harris meneó la cabeza–. Ésa no es la respuesta adecuada; los bosques son inofensivos. La solución reside en la psicoterapia. Volveré para empezar a trabajar cuanto antes. Hay que convencerles de que los Flautistas viven en su interior, de que les llaman inconscientemente para que les descarguen de sus responsabilidades. Los bosques son inofensivos y los nativos no les pueden enseñar nada nuevo. Son salvajes primitivos que carecen incluso de lenguaje escrito. Nos enfrentamos a una proyección psicológica de todos los hombres de la guarnición que desean abandonar su trabajo y descansar una temporada.
Se hizo el silencio en la habitación.
Comprendo –dijo Cox al cabo de un rato–. Bueno, tiene cierto sentido –se puso en pie–. Ojalá haga reaccionar a los hombres cuando vuelva.
Eso espero –aprobó Harris–. Y creo que lo conseguiré. Después de todo, sólo se trata de reforzar su propio conocimiento de sí mismos. Cuando lo logren, los Flautistas se desvanecerán.
Bien, deshaga las maletas, doctor. Le veré a la hora de cenar. O quizá mañana, antes de que se marche.
Espléndido.
Harris abrió la puerta y el comandante salió al pasillo. Harris cerró con llave y cruzó la habitación. Miró un momento por la ventana, con las manos en los bolsillos.
Era casi de noche y estaba refrescando. El sol. acababa de desaparecer detrás de los edificios de la ciudad que rodeaba el hospital. Contempló el ocaso.
Después se acercó a sus maletas. Se sentía cansado, muy cansado a causa del viaje. Una gran pereza atenazaba sus miembros. Le quedaban muchas cosas por hacer, muchísimas. ¿Cómo esperaba llevarlas a cabo? Volviendo al asteroide. ¿Y luego?
Bostezó, se le cerraban los ojos. ¡Cuánto sueño tenía! Dio un vistazo a la cama, se sentó en el borde y se quitó los zapatos. ¡Tenía tanto que hacer al día siguiente!
Dejó los zapatos en un rincón de la habitación. Se inclinó y soltó el cierre de una maleta. La abrió. Extrajo un enorme saco de tela. Vació con cuidado su contenido sobre el suelo. Tierra, tierra rica y suave. Tierra que había recogido en las últimas horas pasadas en el asteroide.
La extendió sobre el suelo y se sentó en el centro. Se estiró de espaldas sobre ella. Cuando se sintió cómodo cruzó los brazos sobre el pecho y cerró los ojos. Quedaba tanto por hacer..., pero más tarde, por supuesto. Mañana. La tierra era tan cálida...
Se durmió al cabo de un momento.