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viernes, 17 de diciembre de 2010

MARIO VARGAS LLOSA - EL SEXO FRIO




MARIO VARGAS LLOSA - EL SEXO FRIO




     DICE la leyenda que, en su noche de bodas, el joven Víctor Hugo hizo el 
     amor ocho veces a su esposa, la casta Adêle Foucher, quien, a consecuencia 
     de esta plusmarca para el sexo varonil establecida por el fogoso autor de 
     Los Miserables, quedó vacunada para siempre contra ese género de 
     actividades (su tortuosa aventura adulterina con el feo Sainte Beuve no 
     tuvo nada que ver con el placer, sino con el despecho y la venganza). 
     El sabio Jean Rostand se reía de aquel récord huguesco comparándolo con 
     las proezas que en el dominio del fornicio realizan otros especímenes. 
     ¿Qué son, por ejemplo, aquellas ocho efusiones consecutivas del vate 
     romántico, comparadas con los cuarenta días y cuarenta noches en que el 
     sapo copula a la sapa sin darse un solo instante de respiro? Ahora bien, 
     gracias a una aguerrida francesa, la señora Catherine Millet, los anfibios 
     anuros, los conejos y demás grandes fornicadores del reino animal, han 
     encontrado, en la mediocre especie humana, una émula capaz de medirse con 
     ellos de igual a igual, y hasta de derrotarlos, en números copulatorios. 
     ¿Quién es la señora Catherine Millet? Una distinguida crítica de arte, de 
     53 años, que dirige la redacción de ArtPress, en París, y autora de 
     monografías sobre el arte conceptual, el pintor Ives Klein, el diseñador 
     Roger Tallon, el arte contemporáneo y la crítica de vanguardia. En 1989 
     fue la comisaria de la sección francesa de la Bienal de Sao Paulo, y, en 
     1995, comisaria del Pabellón francés de la Bienal de Venecia. Su 
     celebridad, sin embargo, es más reciente. Resulta de un ensayo sexual 
     autobiográfico, recién publicado por Seuil, La vie sexuelle de Catherine 
     M., que ha causado considerable revuelo y que encabeza desde hace varias 
     semanas la lista de libros más vendidos en Francia. 
     Diré de inmediato que el ensayo de la señora Millet vale bastante más que 
     el ridículo alboroto que lo ha publicitado, y, también, que quienes se 
     precipiten a leerlo atraídos por el nimbo erótico o pornográfico que lo 
     adorna, se llevarán una decepción. El libro no es un estimulante sexual ni 
     una elaborada imaginería de rituales a partir de la experiencia erótica, 
     sino una reflexión inteligente, cruda, insólitamente franca, que adopta 
     por momentos el semblante de un informe clínico. La autora se inclina 
     sobre su propia vida sexual con la acuciosidad glacial y obsesiva de esos 
     miniaturistas que construyen barcos dentro de botellas o pintan paisajes 
     en la cabeza de un alfiler. Diré también que este libro, aunque 
     interesante y valeroso, no es propiamente agradable de leer, pues la 
     visión del sexo que deja en el lector es casi tan fatigante y deprimente 
     como la que dejaron en madame Víctor Hugo las ocho embestidas maritales de 
     su noche nupcial. 
     Catherine Millet comenzó su vida sexual bastante tarde -a los 17 años-, 
     para una muchacha de su generación, la de la gran revolución de las 
     costumbres que representó mayo del '68. Pero, de inmediato, comenzó a 
     recuperar el tiempo perdido, haciendo el amor a diestra y siniestra, y por 
     todos los lugares posibles de su cuerpo, a un ritmo verdaderamente 
     enloquecedor, hasta alcanzar unas cifras que, calculo, deben haber 
     superado con creces aquel millar de mujeres que, en su autobiografía, se 
     jactaba de haberse llevado a la cama el incontinente polígrafo Georges 
     Simenon. 
     Insisto en el factor cuantitativo, porque ella lo hace, en la extensa 
     primera parte de su libro, titulada precisamente "El número", donde 
     documenta su predilección por los partouzes, el sexo promiscuo, los 
     entreveros colectivos. En los setenta y ochenta, antes de que la libertad 
     sexual no fuera perdiendo ímpetu y, manes del sida, dejara de estar de 
     moda en toda Europa, la señora Millet -que se describe como una mujer 
     tímida, disciplinada, más bien dócil, que en las relaciones sexuales ha 
     encontrado una forma de comunicación con sus congéneres que no se le da 
     fácilmente en otros órdenes de la vida- hizo el amor en clubes privados, 
     en el Bois de Boulogne, a orillas de las carreteras, zaguanes de 
     edificios, bancas públicas, además de casas particulares, y, alguna vez, 
     en la parte trasera de una camioneta en la que, con ayuda de su amigo 
     Eric, que organizaba la cola, despachó en unas cuantas horas, a decenas de 
     solicitantes. 
     Digo solicitantes porque no sé cómo llamar a estos fugaces y anónimos 
     compañeros de aventura de la autora. No clientes, desde luego, porque 
     Catherine Millet, aunque haya prodigado sus favores con generosidad sin 
     límites, no ha cobrado jamás por hacerlo. El sexo en ella ha sido siempre 
     afición, deporte, rutina, placer, pero jamás profesión o negocio. Pese al 
     desenfreno con que lo ha practicado, dice que nunca fue víctima de 
     brutalidades, ni se sintió en peligro; que, incluso en situaciones que se 
     podían llamar colindantes con la violencia, le bastó una simple reacción 
     negativa, para que el entorno respetara su decisión. Ha tenido amantes, y 
     ahora tiene un marido -un escritor y fotógrafo, que acaba de publicar un 
     álbum de desnudos de su esposa-, pero un amante es alguien con quien se 
     supone existe una relación un tanto estable, en tanto que la mayoría de 
     compañeros de sexo de Catherine Millet aparecen como siluetas de paso, 
     tomadas y abandonadas al desgaire, casi sin que mediara un diálogo entre 
     ellos. Individuos sin nombre, sin cara, sin historia, los hombres que 
     desfilan por este libro son, como aquellas vulvas furtivas de los libros 
     libertinos, nada más que unas vergas transeúntes. Hasta ahora, en la 
     literatura confesional, sólo los varones libertinos hacían así el amor, 
     por secuencias ciegas y al bulto, sin preocuparse siquiera de saber con 
     quién. Este libro muestra -es quizás lo verdaderamente escandaloso que hay 
     en él- que se equivocaban quienes creían que el sexo en cadena, mudado en 
     estricta gimnasia carnal, disociado por completo del sentimiento y la 
     emoción, era privativo de los pantalones. 
     Conviene precisar que Catherine Millet no hace en estas páginas el menor 
     alarde de feminista. No exhibe su riquísima experiencia en materia sexual 
     como una bandera reivindicatoria, o una acusación contra los prejuicios y 
     discriminaciones que padecen las mujeres todavía en el ámbito sexual. Su 
     testimonio está desprovisto de arengas y no aparece en él la menor 
     pretensión de querer ilustrar, con lo que cuenta, alguna verdad general, 
     ética, política o social. No, por el contrario, su individualismo es 
     extremado, y muy visible en su prurito de no querer sacar, de su 
     experiencia particular, conclusiones válidas para todo el mundo, sin duda 
     porque no cree que ellas existan. ¿Por qué ha hecho pública, entonces, 
     mediante una auto-autopsia sexual sin precedentes, esa intimidad que la 
     inmensa mayoría de hembras y varones esconde bajo cuatro llaves? Parecería 
     que para ver si así se entiende mejor, si llega a tener la perspectiva 
     suficiente como para convertir en conocimiento, en ideas claras y 
     coherentes, ese pozo oscuro de iniciativas, arrebatos, audacias, excesos, 
     y, también, confusión, que, pese a la libertad con que lo ha asumido, es 
     para ella, todavía, el sexo. 
     Lo que más desconcierta en esta memoria es la frialdad con que está 
     escrita. La prosa es eficiente, empeñada en ser lúcida, a menudo 
     abstracta. Pero, la frialdad no sólo impregna la expresión y el 
     raciocinio. Es también la materia, el sexo, lo que despide un aliento 
     helado, congelador, y en muchas páginas deprimente. La señora Millet nos 
     asegura que muchos de sus asociados la satisfacen, la ayudan a 
     materializar sus fantasmas, que pasó buenos ratos con ellos. Pero ¿de 
     veras la colman, la hacen gozar? La verdad es que sus orgasmos parecen con 
     frecuencia mecánicos, resignados, y hasta tristes. Ella misma lo da a 
     entender, de manera bastante inequívoca, en las páginas finales de su 
     libro, cuando señala que, pese a la diversidad de personas con las que ha 
     hecho el amor, nunca se ha sentido tan realizada sexualmente como 
     practicando ("con la puntualidad de un funcionario") la masturbación. No 
     es, pues, siempre cierta, aquella extendida creencia machista (ahora ya 
     esta adjetivación es discutible) de que, en materia sexual, sólo en la 
     variación se encuentra el gusto. Que lo diga la señora Millet: ninguno de 
     sus incontables parejas de carne y hueso ha sido capaz de destronar a su 
     invertebrado fantasma. 
     Este libro confirma lo que toda literatura confinada en lo sexual ha 
     mostrado hasta la saciedad: que, el sexo, separado de las demás 
     actividades y funciones que constituyen la existencia, es extremadamente 
     monótono, de un horizonte tan limitado que a la postre resulta 
     deshumanizador. Una vida imantada por el sexo, y sólo por él, rebaja esta 
     función a una actividad orgánica primaria, no más noble ni placentera que 
     el tragar por tragar, o el defecar. Sólo cuando lo civiliza la cultura, y 
     lo carga de emoción y de pasión, y lo reviste de ceremonias y rituales, el 
     sexo enriquece extraordinariamente la vida humana y sus efectos 
     bienhechores se proyectan por todos los vericuetos de la existencia. Para 
     que esta sublimación ocurra es imprescindible, como lo explicó George 
     Bataille, que se preserven ciertos tabúes y reglas que encaucen y frenen 
     el sexo, de modo que el amor físico pueda ser vivido -gozado- como una 
     trasgresión. La libertad irrestricta, y la renuncia a toda teatralidad y 
     formalismo en su ejercicio, que ha sido presentada como una conquista en 
     ciertos enclaves del mundo occidental, no han contribuido a enriquecer el 
     placer y la felicidad de los seres humanos gracias al sexo. Más bien, a 
     banalizar y cegar, convirtiendo el amor físico en mera gimnasia y rutina, 
     una de las fuentes más fértiles y misteriosas del fenómeno humano. 
     Por lo demás, conviene no olvidar que esa libertad sexual que se despliega 
     con tanta elocuencia en el ensayo de Catherine Millet es todavía el 
     privilegio de unas pequeñas minorías. Al mismo tiempo que yo leía su 
     libro, aparecía en la prensa, aquí en París, la noticia de la lapidación, 
     en una provincia de Irán, de una mujer a la que un tribunal de imanes 
     fanáticos encontró culpable de aparecer en películas pornográficas. 
     Aclaremos que "pornografía", en una teocracia fundamentalista islámica, 
     consiste en que una mujer muestre sus cabellos. La culpable, de acuerdo a 
     la ley coránica, fue enterrada en una plaza pública hasta los pechos, y 
     apedreada hasta la muerte.