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viernes, 7 de enero de 2011

LA MUERTE



LA MUERTE

Entre los gitanos que al final de la Edad Media vivían en Bulgaria, la Muerte solía aparecer bajo formas amables, gratas y aún tentadoras.
En ocasiones, era una hermosa bailarina que extendía los brazos hacia su víctima en el momento más frenético de la danza.
Otras veces era un músico, que tocaba en su cítara unos aires melancólicos que convidaban a viajar al otro mundo.
En los meses de verano, la Muerte era visible, comía con las familias más poderosas y contaba historias de personajes ilustres. Todos le rendían homenaje o le hacían obsequios valiosos. Tan deseable aparecía el Ángel, que muchos entregaban gustosos la vida a cambio de un breve contacto.
Los gitanos y gitanas jóvenes empezaron a morir desmedidamente. Demasiado ocupada la muerte en aquellos decesos, no encontraba tiempo para llevarse a los viejos y a los enfermos.
El poder de aquel pueblo estaba seriamente resentido: escaseaban los guerreros, los trabajadores vigorosos y los vientres fértiles. Cada primavera, la Muerte se llevaba a los más jóvenes y a los más hermosos.
El héroe Lug, que era valiente, agudo y poseedor de una salvaje energía venérea, comprendió el funesto poder que tiene la belleza cuando sirve a las fuerzas de la destrucción.
Una noche, citó a la Muerte en un bosque sagrado que crecía en la ladera de una antigua loma. Ella acudió bajo la forma de la más hermosa de las mujeres. Lug comenzó a amarla ardorosamente pero, para sorpresa del Ángel, efectuó unas maniobras que había aprendido de unos taoístas chinos que había conocido en una caravana. Aquellos hombres le habían enseñado la destreza prodigiosa de prolongar la cópula indefinidamente, sin desembocar en las desaforadas culminaciones que los gitanos consideraban fatales y urgentes. Acostumbrada la Muerte a llevarse a los hombres a caballo de su último espasmo, trató de conducir a su compañero hasta el ápice del goce, pero no lo logró. Lug, hablando por entre sus dientes y tensando los músculos de sus glúteos, le dijo:
—Puedo estar en el penúltimo escalón durante toda la existencia, puedo dar todos los saltos menos el definitivo, puedo galopar a toda velocidad y detenerme exactamente al borde del abismo.
Después, recordando unas astutas manipulaciones que aconsejaban los sabios taoístas, Lug logró que la Muerte perdiera el equilibrio y cayera indefensa en territorios de placer. Entonces el ángel recuperó su aspecto verdadero y horripilante. El héroe la miró con ojos de fuego y le gritó:
—El amor y la pasión son más fuertes que la muerte. Ya no los uses como armas y vuelve a tus antiguos procederes de senectud, corrupción y enfermedad.
La Muerte se rió con dientes de calavera.
—El amor y la pasión son la muerte y tú, Lug, amas porque mueres y mueres porque amas.
Lug cayó fulminado, pero la muerte ya no volvió a ser hermosa en aquellas tribus y desde entonces volvieron a morirse sólo los viejos y los apestosos. Las personas jóvenes y fuertes siguieron siendo, como en todas partes, inmortales.

El Bar Del Infierno -- ORGÍAS , UNA ISLA



El Bar Del Infierno




ORGÍAS

En la ciudad de Benares, que es el centro del mundo, hay una construcción subterránea en cuyas ocultas instalaciones se celebra una orgía incesante. No se sabe cuál fue el principio de esta saturnalia. Cuando llegaron los ingleses ya hacía más de mil años que había empezado. Los hombres sabios declaran que sólo finalizará en el último día de los tiempos.
El aspirante que logre ingresar a la sala de placeres encontrará —cualquiera sea la hora del día o la época del año— centenares y centenares de personas anhelantes, rugientes, enloquecidas y entregadas a los goces más asombrosos.
A lo largo de la historia, generaciones de adeptos se han ido sucediendo pero la fiesta no se ha interrumpido jamás.
No está claro cuál es el procedimiento para ingresar a la secta de la Eterna Orgía. Los que han conocido los salones están obligados a guardar secreto. La ubicación misma de estos salones es desconocida. Algunos afirman que están a la orilla del río, no lejos de la terraza escalonada de Bachraj, donde los fieles toman baños rituales. Otros prefieren creer que la orgía se desarrolla exactamente bajo el templo de Durga, una ubicación conveniente para diseñar una simetría de austeridades superiores y disipaciones inferiores.
El periodista francés Jules Garnier afirmó haber ingresado a las dependencias orgiásticas el 10 de junio de 1923. Garnier sostuvo que la entrada está a una cuadra de la estación del ferrocarril y que unos brahamanes venales le abrieron la puerta por unas monedas. Su informe es breve y decepcionante.

Los salones están muy deteriorados y sucios. Entré desnudo y me encontré con dos cincuentones obesos que empujaban a una mujer borracha. Pregunté en perfecto sánscrito dónde estaba la orgía y me contestaron que aquella era la orgía perpetua. Los cincuentones se alegraron de mi llegada, que les permitiría marcharse sin interrumpir la historia.
Me quedé varias horas manoseando a la mujer borracha, hasta que unos estudiantes coreanos llegaron ruidosamente y me relevaron.

El antropólogo inglés Hebert Chorley conjetura que Jules Garnier fue engañado por granujas cualesquiera, de esos que cunden en las proximidades de las estaciones del ferrocarril.

ORGÍAS II

La secta del Petardo de Bambú consideraba muy conveniente morir en el punto más intenso de la existencia. Sus maestros recomendaban adelantarse a la decadencia y a la enfermedad, pero también a la serenidad y al tedio. No se trataba tan sólo de morir en plenitud, sino también de hacerlo en el momento en que ésta se hacía más patente.
En la ciudad de K'ai Feng, una vez por año o quizá dos, se reunían centenares de adeptos en un rito orgiástico de increíble violencia. Por lo general, lo hacían en lujosos salones, ya que la secta del Petardo de Bambú estaba integrada por personas de las familias más pudientes.
Un maestro de ceremonias iba señalando los diferentes pasos de la reunión. Al principio, se conversaba y se bebía un vino suave. Más tarde, servían unos manjares estimulantes. Después empezaban las danzas y al rato todos probaban los afrodisíacos preparados por los maestros del Tao, unas sabias mezclas que dejaban al cuerpo en permanente disposición venérea y soltaban al espíritu a fin de que abandonara los territorios de la razón y el decoro que tanto perjudican las acciones lujuriosas.
Al comenzar las cópulas indiscriminadas, unos músicos hacían sonar intensamente unas melodías que, según sus doctos compositores, expulsaban hasta el último vestigio de discreción. Un coro, o quizá los mismos participantes, repetían a voz en cuello versos obscenos que se mezclaban con los gritos, los jadeos y las amplias solicitudes de los fornicadores.
Los salones estaban custodiados por implacables esbirros que evitaban la entrada de ajenos pero también la salida de propios. Estaba rigurosamente prohibido abandonar la orgía.
El poeta Li Wung, en 999, pudo escaparse de una de estas reuniones y dejó una descripción de lo que allí sucedía.

Egresado ya de mi conciencia, me encontraba en un nuevo estado en el que las sensaciones resultaban menos nítidas pero más intensas. Las personas iban perdiendo su identidad, o mejor dicho, la iban transformando. Invadida por mi virilidad o quizá por la de algún otro, la princesa Su Ling, sobrina del emperador Sung Chen-tsung y célebre por su castidad, acercó ferozmente su rostro y comenzó a escupirme mientras vociferaba unos insultos torpes. El maestro de ceremonias, con acento enloquecido, recitaba estos versos:

El último tramo en la montaña del placer
es la maldad.
Oh, daño.
Oh, destrucción.
Oh, envilecimiento.

Unos eunucos nos flagelaban con látigos provistos de bolas de metal. De pronto, ingresaron en aquel escenario de depravación unas fieras, acaso leopardos o tigres. Todos gritábamos de dolor, de placer, de desesperación. Supe que íbamos a morir pero no me importaba. En los abismos más desmesurados del deseo el goce vale más que la vida.
Un error en la organización de la orgía vino a salvarme. La señora Yung, estúpida y presuntuosa, había sido invitada y fingía orgasmos ante los puntapiés de un joven guerrero. Mi tensión disminuyó y me lancé al río por una ventana.

Las reuniones de la secta del Petardo de Bambú terminaban con la muerte de todos los participantes. Algunos dicen que el maestro de ceremonias iba guiándolos hacia un éxtasis de placer colectivo, en el ápice del cual él mismo se suicidaba. Ante esa señal, los esbirros degollaban a la concurrencia con la mayor velocidad, tratando de hacer coincidir la muerte con el momento cumbre del goce.
Se discute si los participantes conocían de antemano su destino. El relato de Li Wung acredita su ignorancia pero es evidente que el poeta no pertenecía a la secta y que estaba allí en carácter de colado. Quienes morían en aquellas festividades ascendían directamente al cielo de los inmortales.
Como siempre sucede, estas creencias fueron empalideciendo hasta volverse alegóricas. En el siglo XIV la muerte general era reemplazada simbólicamente por la aniquilación de una oveja, aunque algunos maestros de ceremonias seguían matándose. Ya cerca de nuestros días, en el siglo XIX, la misma orgía era metafórica y todo se reducía a unas danzas en la calle con la asistencia de niños y vendedores de golosinas.

ORGÍAS III

El gran festival anual de Ashtarté en Hierápolis se celebraba a principios de la primavera. Los sacerdotes eunucos de la diosa hacían ofrenda de sangre, cortaban su piel con navajas y salpicaban el altar. Pero luego, la excitación iba apoderándose de los oficiantes de categoría inferior y más tarde de la muchedumbre. La música infernal de flautas, címbalos, tambores y cuernos, junto a los licores y los hongos estimulantes, producía un estado de locura general. Muchos hombres jóvenes, enardecidos por la sangre derramada, se arrancaban la ropa y tomando una cualquiera de las muchas espadas que estaban a disposición del público, se castraban allí mismo. Sir James Frazer cuenta que estos sujetos corrían por toda la ciudad revoleando sus mutiladas partes, hasta que al fin las arrojaban dentro de una casa cualquiera. Ahora bien, el propietario de la casa debía agradecerle esa distinción obsequiándole trajes, atavíos y ornamentos de mujer que el flamante castrado llevaría desde entonces para siempre.

CORO
Hagamos algo definitivo,
no importa qué.
El acto drástico emborracha
y empuja nuestras conciencias
fuera del tedio prudente de la vida vulgar.
Hagamos algo definitivo,
repudiemos a nuestra amante,
ofendamos a quienes nos sostienen
o cercenemos nuestras partes viriles
con filos rituales.
Después vendrán los largos años del arrepentimiento
pero esta noche, por un instante,
nos sentiremos valientes.

ORGÍAS IV

Una orgía, hijo mío, separa el placer de sus consecuencias. Allí no hay referencias a la vida pasada o a la posición social fuera de ese ámbito. Pero hay que decir que ciertos datos previos iluminan el placer de un modo delicadamente perverso: observar el desenfreno de alguien cuya castidad es pública multiplica la voluptuosidad.
De todos modos, es deseable la aniquilación de las identidades. La luz debe ser tenue; las palabras que se intercambien, impersonales. Los celos, el orgullo y la imposición de derechos adquiridos previamente están, desde luego, fuera de toda orgía. Los turnos, las simetrías, la disposición coreográfica deben limitarse. Es preferible, querido mío, una sensación de caos, aunque es sabio procurar que la lujuria de los concurrentes vaya creciendo de un modo homogéneo. Es decir, se reducirán al mínimo los estallidos precoces o tardíos. En algunas civilizaciones de la antigüedad clásica existían ocasiones especiales en las que todo el pueblo participaba de una orgía. Sin embargo, en general, se exigía la pertenencia a un determinado grupo que perseguía idénticos fines y corría idénticos riesgos.
Los partos, según el testimonio de algunos viajeros, organizaban reuniones de desenfreno que sucedían en la más completa oscuridad para no comprometer identidades, linajes o jerarquías. Algunos pensadores consideran esto un grueso error. La orgía no es imaginación ni elipsis sino justamente la realización contante y sonante de disipaciones que alguna vez soñamos.
Debo decirte que, a lo largo de la historia, se ha discutido mucho acerca del momento en que debe finalizar una orgía. Desde un punto de vista clásico, el sueño y la relajación general, la desordenada quietud en los salones y los sucesivos despertares con retiradas furtivas son señales claras. Algunas veces, conforme a ciertas regulaciones rituales, la orgía finaliza en un instante más filoso, marcado por un suceso puntual como un sacrificio, el amanecer o un incendio.
Alejandro de Macedonia consideraba como conducta criminal la continuación de las pretensiones lascivas después del fin de la orgía. El emperador Calígula solía ensañarse con los cortesanos que llegaban tarde al desenfreno, pues sentía que contaminaban de cotidianidad un estado de conciencia que a veces resultaba trabajoso alcanzar.
Los años me han enseñado a despreciar el discurso amoroso de los burgueses: "Yo siempre creí que A, hasta que B. Me prometiste que X y sin embargo, Z. Pídeme si quieres que A, A', A" o A'", pero no me pidas que C". En la orgía no hace falta la explicación del deseo para legitimarlo. Y ése es el primero de los goces.
Los licores y los afrodisíacos, niño de mi corazón, son indispensables no sólo para asegurar el desenfreno sino para atribuir a las sustancias la responsabilidad de nuestras bajezas. Se entiende que estas preparaciones nos dominan, nos poseen y nos expulsan de nuestro ser.
Como ya te habrá dicho tu madre, es perfectamente inútil aspirar a lo orgiástico con la mera concreción de una cita colectiva de expectativas sexuales. Una verdadera orgía presupone un estado de conciencia diferente y superior que debe ser alcanzado por procedimientos que implican, casi siempre, una ética y una estética. Los mercaderes enriquecidos que fuman opio y se rodean de prostitutas en el barrio del Soho son solamente imbéciles y debe serles prohibido el ingreso a cualquier saturnalia. Y ahora ve, hijo mío, y sé feliz.

ORGÍAS V

En tiempos del imperio Tsing, allá por el siglo IV, existía una colección de normas protocolares conocidas como "El libro de las prescripciones mensuales". Allí se establecía que en los primeros días de la estación primaveral, el emperador, junto con todas sus esposas y concubinas, debía trasladarse al campo y copular repetidamente sobre la tierra sembrada para contagiarle fertilidad.
Se trataba, por cierto, de verdaderas orgías silvestres en las que el emperador estaba obligado a ejercer su virilidad con el mayor ímpetu y frecuencia.
Los chinos creían que la conducta del emperador influía sobre los fenómenos naturales. De este modo, cualquier desmayo en la masculinidad imperial devenía en sequías, heladas, plagas de langosta, terremotos, inundaciones o erupción de volcanes.
Los ministros y funcionarios de la corte, preocupados por el destino del Imperio, elegían concubinas hermosas, disponían almohadones de plumas en los almácigos rituales y procuraban que el temor de producir una catástrofe no perturbara el deseo del Hijo del Cielo.

ORGÍAS VI

Felipe de Orleáns, regente de Francia durante la niñez de Luis XV, era un hombre muy vicioso. Una de sus amantes, madame de Sabrán, se mantenía en el ejercicio de sus prerrogativas de favorita consiguiéndole a Felipe muchachas bien dispuestas. Casi todas eran bailarinas de la Ópera. Tenían cuerpos hermosos y sabían aparentar el furor erótico, aunque —lamentablemente— casi todas llevaban consigo alguna enfermedad venérea.
Los libertinos suelen tener cada tanto el capricho de un amor duradero. Madame de Sabrán captó esa inquietud en Felipe y empezó a buscar una amante más sólida. Un día descubrió a Ferrand D'Averne, una joven que reunía evidentes condiciones pero que estaba casada con un teniente de la guardia. Madame organizó una sesión de sombras chinescas en la que un especialista, lejos de los cisnes, leones y peces de uso común, animaba con sus manos proyecciones obscenas, entre las risotadas de la concurrencia.
Allí se conocieron Felipe de Orleáns y Ferrand D'Averne. El regente quedó muy enamorado y al día siguiente obsequió a la muchacha unas flores para ella y una capitanía de la guardia para el marido. Ferrand rechazó el presente y pocos días después, junto a su marido, se marchó de Paris. Felipe envió un mensajero al galope. Llevaba una oferta de cincuenta mil libras. Madame D'Averne no respondió nada.
Felipe ya calculaba una tercera propuesta cuando se presentó el señor D'Averne en persona. Con la mayor desvergüenza, ofreció el abandono de su mujer a cambio del nombramiento de gobernador en Bearn y una alta suma de dinero. Felipe aceptó.
Los nuevos amantes se encontraron por fin la noche del 12 de junio de 1721. A los pocos días, Felipe instaló a Ferrand en una habitación muy cercana a la suya y empezó a visitarla todos los días. Ella se entregó a todos los placeres que el regente le propuso. Se mostró especialmente interesada en unas reuniones orgiásticas que organizaba Felipe y que eran famosas en todo el reino. Madame D'Averne resolvió diseñar ella misma aquellas fiestas. Invitaba a centenares de personas y armaba escenografías en medio de las cuales tenían lugar los más salvajes entreveros sexuales. Casi siempre existía una consigna central que imponía una vestimenta, una actitud, una condición a los participantes. A veces, se presentaban todos como romanos, o como tártaros, o imitando el celo de determinados animales.
Las mentes de estas desmesuras llegaron a los lejanos oídos del señor D'Averne. El hombre se arrepintió de haberse sometido a la deshonra. Y empezó a pensar en redimirse.
Una noche, madame D'Averne invitó a sesenta personas. Recomendó a los hombres que se vistieran de mujer y a las mujeres que se vistieran de hombre.
Apenas comenzada la reunión, ordenó a todos que dieran salida a su instinto y que olvidaran —al menos por unas horas— que pertenecían al género humano. Las consignas fueron enteramente cumplidas y, al rato, había prosperado una violentísima orgía.
En cierto momento, mientras madame D'Averne —en calzoncillos— era estrujada por dos muchachos en traje de campesina, se abrió la puerta y entró monsieur D'Averne, espada en mano y acompañado por dos soldados. Tomó del brazo a madame y gritó a Felipe —aún sin saber dónde estaba a causa del tumulto— que se arrepentía de lo convenido. Rápidamente se fue del salón y dejó en la puerta el dinero, los obsequios y los nombramientos.
Los presentes continuaron con la orgía, pero sólo por educación.

UNA ISLA

Según Claudio Eliano, Anostus es una isla situada en la entrada del Mediterráneo, no lejos del estrecho de Gibraltar.
Allí no puede saberse si es de noche o de día. Una bruma luminosa produce el efecto de un ocaso perpetuo.
Hay también dos ríos en cuyas márgenes crecen árboles frutales. Los que se hallan junto al río del dolor dan frutos que producen pena: el viajero que los prueba pasa el resto de sus días en un hondo padecimiento. Los frutos de los árboles del río del placer dan al que los muerde un goce cierto pero que no dura casi nada.
El navegante portugués Lourenzo Goncalves anduvo por allí muchas veces, y declaró que el dolor prolongado y el placer efímero no eran una propiedad de los árboles, sino de los hombres.

El Bar Del Infierno -- ELISA BROWN, MAGOS, El BAR II,







El Bar Del Infierno


ELISA BROWN

Pancho Drummond buscaba causas justas por las cuales batirse. Era escocés, pero luchaba en la marina inglesa. Peleó por la independencia de Brasil bajo las órdenes de Lord Cochrane, el enemigo de San Martín. Más tarde, quiso alistarse junto a las fuerzas argentinas que combatían a sus antiguos compañeros. Pero los brasileños lo metieron preso en Montevideo. Después de nueve meses, Drummond consiguió escapar e inmediatamente se incorporó a la escuadra argentina que comandaba el almirante Guillermo Brown. Se radicó en Buenos Aires y empezó a frecuentar la quinta del almirante en Barracas.
Allí conoció a Elisa, la hija mayor de Brown. Él tenía veinticuatro años y ella, diecisiete. Despacharon velozmente los penosos trámites que entonces imponía una seducción. Se comprometieron y planearon casarse cuando la guerra terminara. Ahorraremos al relato las elegantes conjeturas acerca de los encuentros y los sueños de los enamorados.
El 6 de abril de 1827, Drummond marchó a la guerra con la flota de Brown. Muy pronto sobrevinieron grandes dificultades. Las cuatro naves argentinas enfrentaron a dieciséis barcos brasileños. El Independencia, comandado por Drummond, quedó varado en un banco, con grandes averías y agotadas sus municiones. Siempre propenso al arrojo, Drummond, que ya estaba herido, tomó un bote y fue arrimándose al resto de los barcos en busca de municiones para continuar la lucha. En el momento de abordar la goleta Sarandí, lo alcanzó una bala enemiga.
Drummond comprende que va a morir y, con la mayor premura, cumple sus deberes heroicos. Pronuncia unas palabras que evitan cuidadosamente la queja; entrega a su amigo, el capitán Coe, el anillo nupcial para Elisa y alcanza a mantenerse vivo hasta la llegada del propio almirante, en cuyos brazos muere.
Lo velaron en la comandancia de marina y lo enterraron con honores en el cementerio protestante. Elisa recibió la noticia sin derramar una sola lágrima. Algunos dicen que la envolvió una silenciosa demencia.
Pasaron los meses. Una tardecita de diciembre, se puso un inexplicable traje de novia y se metió en el río, cuyos juncales llegaban hasta el fondo del parque. Ella se ahogó, por suicidio o por accidente.
El almirante Brown nunca pudo reponerse de aquella tragedia. Guillermo Enrique Hudson lo vio muchos años después, vestido de negro y parado en la puerta de su casa, mirando fijamente a la distancia. Le pareció un fantasma.
Cuando Hudson escribió sus líneas, la pena de Brown ante el recuerdo de su hija era ya otro recuerdo y otra pena. Hoy, el propio Hudson es un fantasma. La quinta de Brown, con sus sauces, sus álamos y los dos cañones de Garibaldi adornando la puerta, forma parte del más perfecto olvido.
En su lugar se alza la plazoleta Elisa Brown, pálido homenaje municipal a su memoria. Completan esta sustitución la fiambrería Il Parmigiano, el bar El remanso y El emporio de la fruta y la verdura. El río, ahuyentado por tanto progreso, ha retrocedido diez cuadras. La dicha de Francis Drummond y Elisa Brown duró tan poco que casi podríamos decir que fue una mera preparación de la pena, la pena incesante que fue de Brown y de Hudson y es ahora nuestra y será mañana de otros corazones sensibles, cuando adviertan que somos sombras y que nuestras vidas son tumultos sin sentido.
MAGOS

Hsu Tang y Chao Ping tenían el poder de obrar prodigios. Una mañana se encontraron a orillas de un arroyo, en la región de Mingchong.
En el primer recodo de la conversación, Hsu Tang enfatizó un pensamiento ordenando al arroyo que dejara de fluir. El agua se detuvo inmediatamente. Chao Ping le retrucó entonces disponiendo el inmediato florecimiento de un sauce. El árbol se apresuró a cumplir. Los dos magos se entusiasmaron con aquel contrapunto y entre risas y vino siguieron demostrando su poder durante todo el día.
Al llegar la noche, la región de Mingchong se había transformado enteramente. Los lugareños no reconocieron su propia tierra y pensaron que alguna fuerza mágica los había alejado de ella. Inmediatamente, emigraron en busca de su hogar. Sólo algunos, deseosos de experiencias nuevas, permanecieron allí.
El maestro Wu Chang contó esta historia a sus alumnos. Al terminar el relato, les preguntó si habían entendido algo.
Uno respondió que la vida era un sueño de cambios vertiginosos y que nadie era nadie.
Otro, mientras se alejaba al galope, gritó que sólo podía regresarse hacia adelante.
El más joven recitó:
—Quien quiera volver al primer amor deberá buscarlo en otras mujeres.
Wu Chang dijo entonces:
—Me voy para siempre. —Y se sentó en silencio.
El BAR II

Puede decirse que los Hombres Sabios no son más que una vana multiplicación del Narrador. Recorren los salones del bar recitando máximas, pensamientos y nociones de toda índole para pedir a cambio una moneda.
Son insistentes y violentos, y no se marchan ni siquiera después de haber recibido limosna.
Casi todos llevan un loro en el hombro. La función de estas aves es repetir las palabras de su dueño, para enfatizarlas o para facilitar su comprensión. Algunos, sin embargo, opinan que no hay tal repetición y que los loros se limitan a pronunciar unas palabras confusas, que se parecen lejanamente a las que acaban de oír. Es el entendimiento turbio de los parroquianos, que no prestan atención ni a sabios ni a loros, el que da por idénticos a ambos discursos.

El Bar Del Infierno --- LA ESCUELA DE LA PIEDRA DE LOYANG



El Bar Del Infierno




LA ESCUELA DE LA PIEDRA
DE LOYANG

No resulta sencillo indagar en el pasado de la Escuela de la Piedra de Loyang. Los libros apenas si la mencionan. Los sinoístas prefieren desconfiar de su existencia y suelen arrojarla hacia otra dinastía cada vez que se la llevan por delante.
Los actuales funcionarios de la institución suelen resistirse a mostrar los archivos y, vencida esa resistencia, casi siempre se encuentra uno con escritos contradictorios, escasos y más cercanos a la leyenda que al registro.
Por otra parte, es difícil conocer la verdadera jerarquía del empleado que atiende. Envolviendo a los maestros ilustres, hay un inextricable escalafón de autoridades secretas que deciden los complicados programas, las dificultosas pruebas, los implacables castigos, las recompensas lejanas y dudosas.
El vasto saber de los lectores de este informe me exime del penoso deber poético de fingir sorpresa ante cada nuevo dato.
Todos conocemos bien las enormes dificultades de los postulantes para ingresar a la escuela. Durante los diez primeros años después de su fundación, en los lejanos tiempos del emperador Han Ho-ti, nadie consiguió superar los exámenes.
Las pruebas eran secretas y los registros se guardaban bajo siete llaves. Sin embargo, algunos historiadores han conseguido reconstruir los ejercicios cumplidos por jóvenes aspirantes de nueve años de edad.
Se dice que en la primera noche, o tal vez en la segunda, cada postulante debía dibujar un mapa del cielo y dar nombre y colocación a tantas estrellas como pudiera. Para complicar la tarea, los maestros astrónomos lanzaban cohetes, fuegos de pólvora y globos luminosos, que engañaban a los alumnos con falsas y efímeras constelaciones.
Al tercer día, les leían los antiguos poemas y les pedían que suspiraran en los momentos de mayor intensidad. Los alumnos que se estremecían en el instante equivocado, o que dejaban sin suspiro los versos consagrados por la tradición, eran desaprobados.
Se ha hecho célebre la prueba de las cortesanas. En la novena y última noche, los aspirantes recibían la visita de un numeroso grupo de hetairas. El ejercicio consistía en percibir el deseo ajeno. Si un alumno suponía que alguna de las mujeres sentía impulsos de intimar con él, debía entregarle una rosa.
Dar una flor a una dama indiferente acarreaba la reprobación por petulancia.
Dejar sin rosa a una enamorada, causaba la expulsión por humildad desmedida.
Todos estos rigores son probablemente meros inventos destinados a sorprender a las nuevas generaciones. El verdadero interés de la Escuela de la Piedra de Loyang está en los sucesos que ocurrieron a partir del año 974, cuando el maestro disidente Wu Chang asumió la dirección. La severidad inicial había devenido en una especie de indiferencia, tal como cabe esperar bajo la influencia del Tao, que desprecia los ritos y propende a la inacción.
Wu Chang sostenía que ningún hombre es nadie, que el sujeto es un hábito jurídico y que vivimos en un entrevero de predicados que pueden ser atribuidos a cualquiera. El maestro pensaba que la mayoría de los seres no tenían ninguna idea, ni opinión, ni convicción acerca de ningún asunto. Sólo los sabios alcanzaban, al cabo de arduas jornadas, a construir unos pensamientos dudosos y frágiles que solían desarmarse ante la menor brisa.

No importa lo que hagamos, nuestras acciones, en un sentido o en otro, son perfectamente fútiles.
Observando a las plurales hormigas es posible que reparemos en alguna que presente cierta heterodoxia en su rumbo o en su carga. Pero a los pocos segundos, ya no sabremos si la hormiga que estamos viendo es la misma en la que antes reparamos. Al cabo de los días, el destino de las hormigas será igualmente casual, desordenado y carente de toda importancia.

Wu Chang ocultó las reglas y prefirió que los alumnos no supieran lo que se esperaba de ellos. Fomentó la confusión, de suerte que resultara muy difícil diferenciar a un alumno de otro. Ni siquiera se sabía con exactitud quiénes eran los profesores. Hasta los límites físicos de la institución eran imprecisos. Muchos terrenos y construcciones pertenecían a la escuela de un modo secreto. El caminante jamás sabía si estaba dentro o fuera de la Escuela de Loyang.
El emperador T'ai-tsung juzgó peligrosas aquellas enseñanzas, porque las consideraba ciertas. Encargó a su ministro Li Kuan que investigara las actividades en Loyang.
La burocracia china, como la flecha eleática, siempre encuentra un paso previo a cada acción. Y como el imperio es tan vasto como la red de funcionarios, cuando Tsu-an, enviado del ministro, entró en la escuela por primera vez para cumplir las órdenes del emperador, T'ai-tsung ya había muerto y otro hombre ocupaba su lugar.
Sin revelar su verdadera condición de delegado ministerial, Tsu-an asistió clandestinamente a lo que él pensaba eran clases de jardinería o de teatro. Algún tiempo después comprobó que se trataba de reuniones de vecinos preocupados por los demasiados incendios.
Pasó largos meses sin poder formarse ni siquiera una mínima idea acerca de la marcha de la escuela. Los habitantes de Loyang eludían cualquier respuesta, evitaban cualquier decisión, suspendían cualquier juicio. Esta actitud convenció a Tsu-an de la existencia de una vasta conspiración, que era necesario neutralizar. Pero pasaba el tiempo y la Escuela de Loyang seguía siendo invisible para el funcionario. Bastante preocupado, envió un informe a la capital:

A los dignos secretarios de la corte de K'ai Feng: ya no es posible distinguir lo que es la Escuela de Loyang de lo que no lo es. No se puede decir si existe o si no existe.
Ante una situación administrativa tan extrema y ante la imposibilidad de percibir instancias superiores a las cuales remitirme, solicito nuevas instrucciones, como así también recursos abundantes en metálico, por si resultara necesario realizar incorporaciones mercenarias, transigir en adulaciones o pagar sobornos.

Un año después de su llegada, Tsu-an consiguió asistir a una de las clases del joven profesor K'iai. Lo que vio allí lo inquietó notablemente. K'iai se paseó en silencio por la sala durante casi media hora. Después dijo:

Que nadie nombre ni cuente, porque es inútil diferenciar las cosas por las palabras o los números.
Que nadie responda, porque responder es aceptar el poder de la pregunta.
Hablemos poco, porque el lenguaje sostiene las esclavitudes. Un tirano es un lenguaje persistente. Los crímenes y las injusticias parecen razonables cuando se verbalizan.

K'iai recordó finalmente que el Tao era incognoscible y que nada podía decirse acerca de él. Después, siguió paseándose por la sala durante otra media hora, hasta que desapareció.
En clases sucesivas, Tsu-an tuvo motivos para acrecentar su alarma. El astrónomo y poeta Yüé Ts'ing proponía nada menos que la abolición del horóscopo, una actividad que ocupaba a miles de funcionarios. El argumento era éste: "No es posible saber lo que le va a ocurrir a cada uno".
Yüé Ts'ing soñaba con una paz, que según él, podía alcanzarse simplemente evitando la lucha. No se trataba de negociar ni de conciliar, bastaba con eludir perpetuamente la confrontación. Su arte poética se complacía en los llamados versos sin conflicto, que evitaban todo choque y a menudo toda anécdota.

Aquella sombra es Mién Shi,
el vendedor de máscaras.
Pero también podría ser un pájaro,
o un dragón o una torre distante.

Tsu-an comprendió que todos estos pensamientos configuraban una grave traición al Emperador y que merecían un inmediato escarmiento. Envió nuevos correos a la capital.
Una tarde en que Tsu-an creía estar realizando abluciones en una casa de baños, comprobó que se encontraba asistiendo a una importante reunión política. Un grupo de geómetras e intelectuales opositores a Wu Chang manifestaba su indignación y su encono. La pasividad de la escuela era causa de numerosas calamidades. Ya no se publicaban calendarios y los agricultores equivocaban los tiempos de la siembra. Siguiendo la idea de que ninguna conducta es preferible, las muchedumbres habían abandonado las regularidades cotidianas que son indispensables para vivir en sociedad.
Los intelectuales rebeldes aprovecharon la presencia de Tsu-an y lo convidaron a formar parte del grupo. Le confesaron que su máxima aspiración era asesinar a Wu Chang y restaurar la antigua Escuela de Loyang.
Tsu-an se mostró de acuerdo con aquellos propósitos, pero les hizo notar que era imposible encontrar a Wu Chang, que se hallaba oculto en un bosque de secretarías, antesalas y jerarquías dilatorias. Nadie en Loyang había visto jamás al maestro. Un matemático llamado Pa Ir-shi propuso asesinar a todos los ancianos de aspecto respetable que carecieran de instrumentos para demostrar que no eran Wu Chang.
Después, los conjurados gritaron que nada era casual en el mundo, ni siquiera los modestos caprichos de una hormiga. Había que volver a los tiempos dorados del fatalismo oficial. Pa Ir-shi cerró los ojos y dijo con nostalgia:
—Cuando ingresaba un alumno, los maestros ya sabíamos los resultados de sus pruebas futuras.
Tsu-an, mientras se secaba, les dijo que todo ser era alguien, aunque la naturaleza de cada personalidad y aun los hechos propios de la vida, estuvieran enteramente fuera de la voluntad y de la decisión de cada uno. Agregó que el Estado Imperial debía hacerse cargo de la acuñación de destinos funcionales a los deseos del Hijo del Cielo que eran, por definición, aquellos que más convenían al mundo todo.
Tsu-an se unió a aquellos criminales y envió urgentes mensajes a los secretarios del emperador, que por entonces ya era Chen-tsung.
Inmediatamente, comenzaron los asesinatos de ancianos de apariencia respetable. Tal cosa resultó más difícil de lo que parecía. Nadie era enteramente un anciano respetable en Loyang, como nadie era del todo un alumno, ni un ordenanza, ni un cocinero. Para no permanecer en una inacción que reputaban cómplice, los conjurados de la sala de baños cometieron algunos crímenes sin preocuparse mucho de la identidad de sus víctimas.
En K'ai Feng, la administración imperial se enredaba en su propia complejidad.
El mundo obedecía las órdenes del emperador, pero los caminos que seguía la voluntad del Hijo del Cielo eran demasiado largos y propensos al extravío. Muchas veces, el castigo o la recompensa alcanzaban a personas y comarcas equivocadas.
Durante largos años, Tsu-an no recibió ninguna ayuda ni comunicación de la capital. En una ocasión, fue visitado por un grupo de oficiales que le pidieron instrucciones para deponer al gobernador. Tsu-an les explicó que él no había solicitado tal cosa y los hombres se marcharon hacia otras provincias.
Pasó el tiempo. El enviado imperial envejeció esperando señales. Mientras tanto, asistía a todas las clases de la Escuela de la Piedra de Loyang. Se convirtió en una de las personas más versadas en aquellas doctrinas. Las autoridades le ofrecieron una cátedra y le permitieron enseñar el pensamiento de Wu Chang, sin sospechar que aquel hombre planeaba la aniquilación de la Escuela.
Por las noches, Tsu-an se reunía secretamente con los criminales de la casa de baños y, cada tanto, asesinaban a un viejo.
Un día, vinieron a enterarse de que Wu Chang había muerto mucho tiempo atrás, aplastado por un alud.
Las épocas siguientes fueron desdichadas. Sequías e inundaciones empobrecieron la provincia. Loyang se llenó de mendigos. La Escuela casi desapareció. Los maestros emigraron y los jóvenes perdieron interés en cualquier tipo de educación.
Tsu-an enfermó. Tuvo que abandonar todas sus actividades. Sus antiguos discípulos solían visitarlo en su habitación y le obsequiaban modestas golosinas. Él los contemplaba en silencio y al fin de la visita los despedía con una sonrisa.
El día en que Tsu-an cumplía noventa años, sus alumnos se presentaron tumultuosamente ante él y le contaron que habían llegado tropas de K'ai Feng. Los soldados venían acompañados por funcionarios imperiales y maestros de la administración que tenían orden de destruir la Escuela de Loyang y reemplazarla por un nuevo establecimiento. En verdad, no encontraron mucho que destruir, apenas un pabellón ruinoso y unos ancianos profesores que vendían limones y contestaban adivinanzas.
Tsu-an recibió aquellas noticias con indiferencia. Unos días después, se presentó ante él el nuevo director de la Escuela de la Piedra de Loyang en persona.
El horóscopo y el calendario han sido restaurados —informó— La pasividad y la negación extrema serán castigadas con rigor. Volveremos a nombrar y a contar con la mayor precisión. Sostendremos violentamente que cada persona es distinta y que todos cumplen exactamente un destino, que es irrenunciable o imposible de modificar o intercambiar.
Tsu-an hizo una reverencia y murmuró:
Alabado sea el Benefactor del Mundo, el ilustre emperador T'ai-tsung y su ministro Li Kuan.
El nuevo director le explicó que T'ai-tsung ya no era el emperador y que tampoco Li Kuan era el ministro. En pocas palabras señaló los cambios que se habían producido en las más altas esferas del poder. Después le preguntó qué recompensa deseaba por su trabajo. Tsu-an le dijo que volviera al día siguiente, ya que en ese momento sus deseos eran más bien inciertos.
Cuando el director regresó, Tsu-an había muerto. Sin embargo, algunos historiadores señalan que Tsu-an vivió muchos años más y que fue director honorario de la nueva Escuela de Loyang. Más recientemente, un grupo revisionista ha sostenido que la muerte de Tsu-an se produjo mucho antes de la llegada de las tropas de K'ai Feng.
Profesores franceses prefieren creer que Tsu-an no ha existido nunca y que es en realidad una comodidad destinada a hacer comprender pensamientos antagónicos.

El Bar Del Infierno --- LOS ÁRBOLES DEL AZUL





El Bar Del Infierno


LOS ÁRBOLES DEL AZUL

A pesar de los exasperantes testimonios de los traficantes de yuyos y de los recitadores criollos, puede afirmarse enérgicamente que la gran mayoría de los árboles del pueblo de Azul no presenta ninguna singularidad.
El interés de los botánicos y de los supersticiosos proviene del comportamiento heterodoxo de unos pocos ejemplares.
Sería absurdo creer que todos los árboles del pueblo caminan de un lado para otro. A decir verdad, un árbol peregrino es un fenómeno excepcional y hasta algunos incrédulos se atreven a negar de plano su existencia. Yo mismo tengo en el fondo cuatro fieles naranjos, de lo más sedentarios, que permanecen en su puesto llueva o truene. Hay un dato central que dificulta la certeza: los árboles se mueven en secreto, cuando nadie los ve. Peor aún, se dice que los involuntarios testigos pierden la razón o la memoria.
Los primeros indicios fueron más bien confusos: plátanos que desaparecían de sus veredas; sauces llorones que cruzaban el arroyo; tilos inconstantes que emigraban hacia el norte. No había en realidad pruebas concluyentes de que los árboles caminaran. Nadie estaba seguro de que el nogal aparecido en un baldío fuera el mismo que faltaba en la plaza. Después de todo, la identificación de un árbol se realiza principalmente señalando el lugar donde está plantado y es raro que se puntualicen sus rasgos y particularidades morfológicas.
El primero en denunciar un traslado comprobable fue un enamorado. El farmacéutico Heraldo Barcalá dibujó su nombre y el de una dienta en un álamo del parque bajo el cual habían intercambiado las caricias más vulgares. Tiempo más tarde vino a encontrar el álamo y la inscripción en la calle Rivadavia, a casi seiscientos metros del emplazamiento original.
Debo admitir que el farmacéutico fue prolijo: tomó fotografías, convocó a un escribano y publicó un pequeño artículo en el diario El Tiempo.
Ya sabemos que la superstición es contagiosa. Algunos vecinos empezaron a contar historias de árboles inquietos que venían manteniendo en secreto por temor al ridículo.
El famoso automovilista Cacho Franco me juró que, durante una carrera, marchó casi cien kilómetros detrás de un pino que siempre estaba en el horizonte.
Los guardianes del parque registraron siete árboles sobrantes cuyo origen resultaba inexplicable.
La señora Esther Cristaldo, viuda de Montanari, denunció que la higuera que siempre había tenido en el fondo de su casa aparecía ahora, del modo más ilegal, en el terreno de su vecino, sin que se despertaran en éste intenciones resarcitorias de ninguna clase. La viuda de Montanari aprovechó para recordar que el citado vecino ya comía los frutos de aquella higuera en tiempos de su locación anterior.
Tengo para mí que estos relatos, sin ser enteramente falsos, pueden ser hijos del cansancio visual, de errores de recuento o de viejos resentimientos contiguos.
Poco después, el farmacéutico Barcalá y su clienta terminaron su romance. Quien conoce los procedimientos conjeturales de la ignorancia no se caerá de la silla al saber que muchos indoctos creyeron que la razón de aquella ruptura estaba en el influjo maléfico del álamo.
Los brujos de las sierras y las Organizaciones Supersticiosas de la región vieron en el caso la confirmación de un disparate que siempre habían sostenido: existen precisas conexiones entre los árboles y los destinos humanos. Es posible averiguar el diseño de esas regularidades descifrando las claves que la naturaleza esconde hasta en los más humildes sucesos cotidianos.
Según estos obtusos criterios, todo árbol que camina tiene un mensaje que dar o una misión que cumplir. Los astrólogos de la Municipalidad hablaban de la existencia de un árbol del amor, bajo el cual nadie se resistía a nadie. Al parecer, las fragancias o el polen de aquel vegetal operaban como un formidable afrodisíaco, de modo que los caminantes que pasaban bajo su sombra entraban en un estado de escandalosa lujuria. No decían los astrólogos cuál era ese árbol. Recomendaban, eso sí, no buscarlo, sino más bien esperarlo. Si uno era sincero en sus pasiones, el árbol se acercaría tarde o temprano. Debo decir que algunas parejas ansiosas se revolcaban a la sombra de frondas indiferentes y eludían de este modo la responsabilidad de sus excesos venéreos.
Muy pronto los charlatanes perdieron todo pudor. Instituyeron árboles del olvido y del recuerdo. El olmo del rechazo aseguraba una negativa a cualquier ruego formulado bajo su influencia. El menos interesante era quizás el árbol del aburrimiento: bastaba con recostarse contra su tronco durante cuatro o cinco horas para que el tedio se apoderara de uno.
Las viejas contaban que había en la plaza un caldén en cuyas hojas estaba escrito el porvenir. Cada habitante del pueblo tenía una hoja asignada y la escritura era sólo visible para él. Quien examinara hojas ajenas no vería más que nervaduras sin sentido.
Nadie pudo jamás encontrar la hoja que le correspondía pero, otoño tras otoño, las muchachas del pueblo pasaban las horas buscando una palabra reveladora. Algunos poetas incrédulos afirmaron que todas las hojas decían lo mismo.
El anciano Nereo Fuentes, que adivina la suerte por dos pesos, me dijo una tarde, a los gritos, que los árboles del Azul tenían un plan y que ese plan era malvado y fatal para los habitantes de la ciudad. Yo preferí no creerle, por pereza. Pero algunas noches más tarde, Inés, una criolla que a fuerza de trayectos repetidos llegué a considerar mi novia, me confesó que tenía miedo de los árboles y me pidió que en lo sucesivo camináramos siempre por el medio de la calle. De todos modos, ella empezó a tornarse distante. Cada vez nos veíamos menos, nuestra pasión iba amainando y he de reconocer que la mayoría de las veces yo prefería quedarme en casa.
Una mañana, demasiado temprano para mi gusto, recibí la visita del viejo Nereo.
—Váyase —me dijo—, váyase del Azul, usted que es empleado del ferrocarril. Los ómnibus ya no circulan. Se acerca la catástrofe y la gente ni siquiera tiene espíritu para huir.
—¿Por qué no me explica qué es lo que sucede? —alcancé a decir medio dormido.
—No me diga que usted no se ha dado cuenta. Son esos árboles. Ahora caminan sin pudor. Anoche, yo mismo me crucé con una tropilla de paraísos que andaban a paso redoblado por el balneario. Y nadie hace nada. Los vigilantes ya ni salen de la comisaría, los vecinos miran todo el día la televisión, los negocios están cerrados. Algo pasa, se lo juro. Yo me iría a pie, pero no tengo fuerzas. Vayamos a la estación y colémonos en el primer tren.
Lo despedí casi sin palabras. Y volví a la cocina, a la silla de paja que empecé a preferir en los últimos días. Por la radio me enteré que las clases estaban suspendidas. Después, tuve que escuchar emisoras de Buenos Aires, las de aquí estaban silenciosas. Ayer se cortó la luz.
A veces trato de extrañar a Inés, pero no puedo. Hace rato que no tengo noticias de ella, ni en verdad de nadie. Por suerte no tengo hambre ni sed. Ya casi no escribo. El viejo Nereo está loco... Yo no me muevo de Azul. Éste es mi pueblo, ésta es mi casa, ésta es mi silla. El lugar exacto en que ha de transcurrir mi vida. Mi cuerpo saluda al amanecer inclinándose hacia la ventana. Frente a ella pasan mis cuatro naranjos, soberbios, agitados, chucaros, galopando rumbo al centro.

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CONVERSIONES

En el siglo XIII, Danubio abajo, mucho más allá de Hungría, vivían unos gitanos cuyo caudillo se llamaba Anguil. Adoraban a Itoga y otras confusas divinidades de los Tártaros. Vivían en tiendas de cuero y basaban su economía en la caza, las ovejas o el saqueo de caravanas.
Un día llegó hasta allí Giovanni Di Pian Carpino, un franciscano que se dirigía a la China, por pedido expreso del Papa Inocencio IV.
Los hombres de Anguil lo tomaron preso y como Giovanni se negara a honrar aquellos dioses montaraces, resolvieron quemarlo vivo.
No sin cierta dificultad se completó una pira. La región era muy árida y la vegetación escasa. Giovanni fue amarrado a un poste y el propio Anguil puso fuego a las ramas secas que lo rodeaban. En ese momento, sin permitir siquiera que el misionero empezara a calentarse, un súbito aguacero apagó las llamas.
Hubo un gran estupor de los presentes, pues en aquella región no llovía casi nunca. Anguil juzgó aquel hecho como milagroso. Desató a Giovanni y le preguntó en qué consistía exactamente la religión que predicaba, para ordenar a todos sus hombres que se convirtieran a ella. Por fin, después de unas breves explicaciones de Giovanni Di Pian Carpino, todos se hicieron cristianos y prometieron construir una iglesia, no bien pudieran hacerse de los materiales indispensables.
Giovanni dio misa al pie del mismo poste al que lo habían atado, bautizó apresuradamente a los que pudo y partió hacia la China, llevando las alforjas llenas de obsequios y alimentos.

Diez años más tarde, pasó por allí Abdel El Salim, virtuoso embajador del Califa de Bagdad, que se dirigía a la China para unirse a un grupo de musulmanes que se proponían instalar allí el Islam.
Anguil y sus hombres lo recibieron amistosamente y lo invitaron a rezar en el modesto templo que habían construido. Como Abdel El Salim se negó terminantemente a hacerlo, lo condenaron a ser decapitado.
Muy pronto prepararon una piedra para que el embajador apoyara su cabeza y se designó a un veterano guerrero para que cumpliera el trámite con un hacha muy filosa. Pero en el instante mismo en que el golpe final iba a caer sobre el condenado, el verdugo quedó inmóvil, petrificado con los brazos en alto, como si fuera una estatua. Durante largos minutos trataron de moverlo, o de separar el hacha de sus manos, pero fue inútil. Finalmente, Anguil declaró que aquel milagro era muy superior al que había fundado su fe cristiana y resolvió que todos se convirtieran al islamismo. Recién entonces el verdugo recuperó el movimiento.

Pasaron diez años de fe musulmana. Al cabo de ese lapso, llegó a la aldea el rabí Esdrás Gaon que, expulsado reiteradamente, se dirigía a la China —o quizás a Sumatra— en busca de tolerancia y tranquilidad. Pensaba establecer allí un yeshivot, es decir, un lugar de estudio. Convidado por Anguil a reverenciar a Alá, se rehusó con firmeza. De inmediato resolvieron precipitarlo desde una roca cercana, que se abría ante el abismo.
El propio Anguil empujó al rabí que, después de caer unos metros, se detuvo en el aire y regresó volando a la roca. Rápidamente, todos se convirtieron al judaismo.

Transcurridos otros diez años, vino a dar en aquellos andurriales el matemático y arquitecto Luiggi De Fosca, que marchaba hacia la China, creyendo que de allí provenían los conocimientos matemáticos que los árabes habían llevado a Venecia.
De Fosca era ateo y despreciaba por igual a todas las religiones. Los hombres de Anguil le propusieron cumplir con los rituales establecidos. El matemático se negó y, sin perder tiempo, lo condenaron a morir lapidado.
A tal fin, lo instalaron junto a una cantera a la salida del pueblo. Las piedras fueron cayendo sobre él y muy pronto un certero adoquín le destrozó la cabeza.
Luiggi De Fosca murió. Anguil se paró sobre el cadáver y declaró que aquella muerte era el más prodigioso de los milagros que habían presenciado.
Presa de una frenética inspiración, ordenó a todos que dejaran de creer y, desde entonces, ninguna divinidad es reverenciada en aquella aldea.

Alejandro Dolina --- El Bar Del Infierno continua



Alejandro Dolina

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PRÓLOGO

Profesores de la cátedra de alquimia me han contado la enorme dificultad que supone enseñar una normativa cuyo precepto central es el secreto absoluto. El maestro debe ejercer al mismo tiempo la divulgación y el ocultamiento. Para completar exitosamente ambas actividades no tendrá más remedio que dictar clases que tengan —por lo menos— dos significados. Uno de apariencias y otro secreto, que el alumno deberá ir descifrando trabajosamente.
Tras largos siglos de penosas lecciones, se ha ido construyendo un lenguaje en donde lo que se dice no es lo que se quiere decir, en donde cada palabra no es sino una imprecisa alegoría de otra que no ha sido dicha: el sol es el oro, pero también es el Padre y es Apolo y el calor del cuerpo y el centro del Zodíaco. Los siete metales son también las siete heridas de Cristo, las siete virtudes, los siete colores, los días de la semana, las horas y la suma de la trinidad con los cuatro elementos, que vienen a ser —de paso— los cuatro evangelistas. Desde luego, el aprendiz jamás tendrá la certeza de haber descubierto las verdades escondidas, pues nunca se realiza la traducción definitiva. Maestros y discípulos se hablan a través de los tiempos en interminables diálogos y textos que son símbolos y emblemas de otros símbolos y emblemas, cuyo comienzo o cuyo final es imposible hallar.
Manuel Mandeb, el pensador de Flores, afirma que toda conversación es una lección de alquimia. Nadie dice lo que dice, nadie oye lo que oye, nadie escribe lo que escribe. Mandeb aclara que este último juicio oculta en verdad otro, que es secreto.
¿Qué libro esconderá este libro? ¿Qué tristezas desconocidas se ocultarán tras nuestras viejas y familiares penas?
EL BAR DEL INFIERNO

El bar es incesante. Es imposible alcanzar sus confines. Del modo más caprichoso se suceden salones, mostradores, pasillos y reservados.
Nadie ha podido establecer nunca cuál es la puerta del bar. La opinión mayoritaria es que no hay forma de salir de él. Sin embargo, muchos buscan la salida. Es el sueño romántico más frecuente de este tugurio. Hombres jóvenes, inconformes, beligerantes, eligen una dirección cualquiera y avanzan desaforadamente buscando la puerta, o el centro, o la explicación del bar.
Generalmente, nadie vuelve a verlos. Algunos regresan mucho tiempo después, casi siempre por el lado contrario al que eligieron para irse.
El cafetín es un laberinto. Nuestro destino es extraviarnos en sus encrucijadas. Pero algunos presienten una verdad aún más terrible: no se puede salir del bar no por la falta de puertas, ni por la disposición caprichosa de sus instalaciones, sino porque no hay otra cosa que el bar. El afuera no existe.
Si es verdad que los parroquianos están condenados a vagar perpetuamente por los mismos lugares, también es cierto que sus conductas se repiten del mismo modo inevitable. Pero ellos no lo saben. Se mueven con soberbia, como si decidieran sus propias acciones. Y no es así. Sólo cumplen con ajenas voluntades. Los mozos, los músicos, los borrachos, las prostitutas y los jugadores están aquí desde el comienzo de los tiempos y aquí permanecerán, recorriendo trayectos ancestrales con aires de inauguración.
Cada tanto, un viento de loca esperanza entra en el bar. Misteriosamente los parroquianos empiezan a creer que todo tiene un propósito, que cada uno de sus patéticos esfuerzos está destinado a un logro final y que fuera del bar hay cielos límpidos y amores venturosos que darán sentido hasta al último de los versos oscuros.
El hombre a quien llaman el Narrador de Historias está obligado a contar un cuento cada noche, cuando el reloj da las doce.
Nadie le presta atención. Anda siempre con unos libros grasientos. En ellos hay —según se dice— infinitos relatos.
Los libros son siete, o acaso cinco. Existe la sensación de que cada uno sigue preceptos diferentes.
Ada, la bruja, ha dicho que el Libro Rojo contiene un solo relato y que ese relato revela los secretos de la libertad. Pero el Narrador jamás abre el Libro Rojo.
El Libro Blanco contiene falsos secretos; el Libro Verde Clarito es igual al Libro Amarillo.
A veces, los ladrones roban los libros del Narrador. Algunos parroquianos pagan por ellos unas monedas y tratan de leerlos. El desengaño es inevitable. Las páginas están escritas con una tinta sutil que se borra al tomar contacto con el aire. Una y otra vez, el Narrador recupera los libros y los ladrones vuelven a robarlos.
Con el tiempo se han hecho torpes duplicados y ya no se sabe si los textos que lee son los verdaderos, o copias fieles, o relatos falsos*
* Esta humilde edición proviene de la copia de Dimas Santángelo, un anciano envidioso que tuvo en su poder los libros del Narrador y que los corrigió cruelmente, sólo para menoscabarlos. Se molestó, eso sí, en anotar las improvisadas canciones con que retrucaban cada historia los belicosos cantores del Coro del Bar.