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sábado, 15 de enero de 2011

Zombi Blanco -- Vivian Meik





Zombi Blanco

Vivian Meik

Geoffrey Aylett, comisionado en funciones del distrito de Nswadzi, estaba asustado. En sus veinte años en África nunca antes había experimentado la sensación de encontrarse tan definitivamente desconcertado. Sentía como si algo estuviera apretándose contra él, algo que no podía ver ni localizar, y, no obstante, algo que parecía envolverle y que de una manera inexplicable amenazaba con asfixiarlo. Últimamente había empezado a despertarse de repente durante la noche, esforzándose por respirar y casi abrumado por una sensación de náusea. Una vez que ésta desaparecía, aún permanecía el extraño rastro de un olor horrible e innominado, un olor que tenía fuertes reminiscencias con las consecuencias de las primeras batallas de la campaña de Mesopotamia. Aquellos habían sido días de espantosas enfermedades, cuando el cólera y la disentería, las insolaciones, la fiebre tifoidea y la gangrena habían campado incontroladas; donde cientos quedaron en el sitio en que cayeron; cuando, presionados por los enemigos y olvidados por los amigos, los supervivientes se vieron forzados a abandonar incluso el decoro elemental del entierro decente... Recordó las moscas y la descomposición, la temperatura de cincuenta grados...
Y ahora, dieciocho años después, cuando despertaba por las noches parecía flotar a su alrededor como una presencia maligna el mismo olor de la corrupción fétida.
Aylett era, primero y por encima de todo, un hombre racional, acostumbrado a enfrentarse a los hechos. Sus conocimientos del misterio de África, de sus lugares recónditos y sus selvas, de su espectral atmósfera, eran tan completos como el de cualquier hombre blanco —sonrió fantasiosamente al recalcarse a sí mismo lo pequeños que eran éstos— y buscaría alguna razón concreta que explicara ese vacío de años estrechado con ese horrible hedor. Si fracasaba en conseguir una solución satisfactoria, se vería obligado a concluir que ya era hora de regresar a casa con un largo permiso.
Con cautela, como era propio de un hombre con su experiencia sobre los modos de los dioses oscuros, indagó en la profundidad de su alma, pero no pudo encontrar la respuesta que buscaba.
En el distrito sólo había una conexión entre él y la Mesopotamia de 1915 —un tal John Sinclair, retirado del Ejército de la India—, pero esa conexión ya era un eslabón roto bastante antes de la primera aparición de esas asquerosas pesadillas.
Sinclair había sido un camarada oficial en los viejos días, y, siguiendo el consejo de Aylett, se había instalado en unos miles de acres de tierra virgen en el comparativamente desconocido distrito de Nswadzi apenas terminar la guerra. Pero había muerto hacía más de un año, y, lo que era más importante, lo había hecho de manera natural. El mismo Aylett había estado presente en la muerte de su amigo.
Siendo al mismo tiempo un místico como resultado de su conocimiento de África y un pragmático como resultado de su educación occidental, Aylett consideró de forma metódica la verdad trivial de que hay más cosas en el cielo y en la tierra que las que sueña nuestra filosofía, y repasó en detalle todo el período de su asociación con Sinclair.
Al acabar, se vio obligado a reconocer el fracaso, y, en verdad, analizado lógica o místicamente, no existía ninguna razón adecuada para relacionar a Sinclair con sus problemas presentes. Sinclair había muerto en paz. Incluso recordó el absoluto contento de su último aliento... como si le hubieran quitado una gran carga de encima.
Era verdad que antes de esto, Sinclair —y también Aylett—, durante los dos primeros años de la Guerra, había pasado un infierno que sólo aquellos que lo habían experimentado podían apreciar. También era verdad que, en una memorable ocasión, Sinclair había salvado la vida de Aylett con gran riesgo para la suya propia, cuando Aylett, abandonado por muerto, había estado tendido bajo el sol con graves heridas. Naturalmente, jamás lo había olvidado, pero siendo el típico caballero inglés, había hecho poco más que estrechar la mano de su amigo y musitado algo al efecto de que esperaba que algún día se presentara la oportunidad de pagárselo. Sinclair había descartado el asunto con una risa, como algo sin importancia... sólo una obra hecha en un día de trabajo. Allí había concluido el incidente y cada uno prosiguió su recto camino.
Como colono, Sinclair había sido todo un éxito. Con el tiempo se había casado con una mujer muy capaz, quien, eso le pareció a Aylett siempre que se había detenido durante un viaje en su hogar, estaba muy preparada para la dura existencia de la esposa de un plantador.
Al principio Sinclair había dado la impresión de ser muy feliz, pero a medida que pasaban los años Aylett ya no estuvo tan seguro. En más de una ocasión había tenido la oportunidad de notar los cambios sutiles que experimentaba, a peor, su amigo. Estancamiento, diagnosticó él, y le recomendó unas vacaciones en Inglaterra. Las plantaciones solitarias, lejos de los tuyos, tienden a poner a prueba los nervios. Sin embargo, no siguieron su consejo, y los Sinclair prosiguieron con su vida. Dijeron que habían llegado a amar mucha aquel lugar, aunque él pensó que el entusiasmo de Sinclair no era verdadero. En cualquier caso, no había sido asunto suyo.
Eso era todo lo que podía recordar, y se repitió que todo había terminado hacía más de un año. Pero los viejos recuerdos permanecen. Se encontró reviviendo otra vez aquel horrible día después de Ctesifonte, cuando Sinclair, literalmente, le había devuelto a la vida.
Comenzó a cuestionarlo... ociosa, fantásticamente. La tarde se tornó en crepúsculo, la puesta del sol dio paso a la magia de la noche. Aylett todavía no hizo movimiento alguno para dejar la silla del campamento situada bajo el toldo de su tienda e irse a la cama. Después de un rato, el último de sus “muchachos” vino a preguntarle si podía retirarse. Aylett le contestó con aire distraído, con los ojos clavados en los leños del fuego del campamento.
A medida que pasaban las horas pudo oír el sonido de los tambores nocturnos con más claridad. Desde todos los puntos cardinales los sonidos venían y se iban, el tambor contestando al tambor... el telégrafo de los kilómetros sin senderos que el mundo llama África. Con indolencia se preguntó qué decían, y con qué exactitud transmitían sus noticias. Extraño, pensó, que ningún hombre blanco haya dominado jamás el secreto de los tambores.
Subconscientemente siguió su palpitante monotonía. Poco a poco se percató de que el batir había cambiado. Ya no se estaban transmitiendo opiniones o noticias sencillas. Hasta ahí podía entender. Había algo más que se enviaba, algo de importancia. De repente se dio cuenta de que fuera lo que fuere ese algo, en apariencia se lo consideraba de vital urgencia, y que, por lo menos durante una hora, se había repetido el mismo ritmo breve. Norte, sur, este y oeste, los ecos palpitaban una y otra vez.
Los tambores empezaron a enloquecerlo, pero no había forma de detenerlos. Decidió irse a dormir, pero había estado escuchando demasiado tiempo, y el ritmo le siguió. Al final cayó en un sueño inquieto, durante el cual el implacable y palpitante stacatto no dejó de martillearle su mensaje indescifrable al subconsciente.
Dio la impresión de que se despertó un momento después. Una niebla palúdica se había levantado de los pantanos de abajo y había invadido el campamento. Se encontró jadeando en busca de aliento. Intentó sentarse, pero la niebla parecía empujarle para que siguiera echado. Ningún sonido salió de sus labios cuando se afanó por llamar a sus “muchachos”. Sintió que le sumergían cada vez más... abajo, abajo, abajo y todavía abajo. Justo antes de perder el sentido se dio cuenta de que estaba siendo asfixiado, no por la densa niebla, sino por una nauseabunda miasma que hedía con todo el horror de la descomposición...
Al abrir de nuevo los ojos, Aylett miró a su alrededor azorado. Una cara amable y barbuda estaba sobre él, y oyó una voz que pareció provenir de una gran distancia y que le animaba a beber algo. Le palpitaba la cabeza con violencia y respiraba con profundos jadeos. Pero el agua fresca despejó un poco el asqueroso olor que daba la impresión de aferrarse a su cerebro.
Ah, mon ami, c’est bon. Creímos que estaba muerto cuando los “muchachos” lo trajeron. —La cara barbuda exhibió una sonrisa—. Pero ahora se pondrá bien, hein? Usted es —¿cómo lo dice?— duro, hein?
Aylett se rió a pesar de sí mismo. Vaya, por supuesto, éste era el puesto de la misión de los Padres Blancos, y su viejo amigo, el Padre Vaneken, plácido y digno de confianza, le estaba cuidando. Cerró los ojos feliz. Ahora ya no había nada que temer, pronto todo estaría bien. Entonces, tan súbitamente como había venido, ese terrible y persistente hedor de muerte y descomposición le abandonó...
Pero padre —discutió su horrible experiencia después—, ¿qué podría haber ocurrido? Los dos somos hombres de cierta experiencia de África...
El misionero se encogió de hombros.
Mon ami, tal como usted dice, esto es África... y no tengo muchas pruebas de que la maldición de Cam, el hijo de Noé, se haya levantado alguna vez. Los oscuros bosques son la fortaleza de aquellos cuyos espíritus inconscientes se han rebelado y aún no han venido para servir tal como primero se ordenó.?Quién sabe? Nosotros... yo no indago demasiado aquí. Cuando llegué por primera vez, en mi joven idealismo busqué convertir, pero ahora yo... yo me contento con realizar las curas de las fiebres y heridas, y espero que le bon Dieu lo comprenda. Es lo mismo en todas partes donde está la maldición de Noé. La civilización no cuenta. Piense en Haití —pasé allí doce años—, Sierra Leona, el Congo, aquí. ¿Qué puedo decir sobre el ataque que usted recibió por parte de la niebla? Nada, hein? Usted... usted dele las gracias a Dios por estar vivo, pues aquí, mon ami... aquí se encuentra la cuna de África, la fortaleza más antigua de los hijos de Cam...
Aylett observó al misionero con intensidad.
Padre —preguntó de modo deliberado—, ¿qué es lo que intenta que comprenda?
Los dos hombres, viejos en las maneras de la jungla negra, se miraron con firmeza.
Mon ami —repuso con calma el sacerdote—, usted es un viejo amigo. En cuestión de formas de la religión pensamos de maneras distintas, pero ésta no es la Europa convencional, gracias a Dios, y cada uno de nosotros ha hecho lo mejor según sus creencias. El mismo Dios no puede hacer más. Así que se lo contaré. He visto esa niebla antes... por dos veces. Una en Haití y la otra en este distrito.
¿Aquí?
El padre asintió.
Estaba en el campamento asistiendo a la escuela catecúmena que hay junto a las tierras de la señora Sinclair...
Prosiga —la voz de Aylett sonó baja.
Como usted sabe, la señora Sinclair ha llevado la plantación desde la muerte de su marido. Se negó a regresar a casa. Al principio usted, yo —toda la zona— pensamos que estaba loca por quedarse allí sola, pero... —el misionero se encogió de hombros— qué voulez—vous? Una mujer es una ley en sí misma. En cualquier caso, ha conseguido que sea el mayor éxito jamás alcanzado, y hemos de callar, hein?
¿Pero la niebla?
Iba a eso. Me cogió por el cuello aquella noche. Yo vivía en la casa, como lo hacemos todos los que pasamos por allí... África Central no es una catedral cerrada... pero, aparte de no saber nada acerca de lo que pasó durante varias horas, no me sucedió nada. —Tocó el emblema de su fe en el rosario, que era parte de su atuendo—. La señora Sinclair dijo que me vi agobiado por el calor, pero a mí esa explicación no me basta...
Sin embargo, eso no explica nada.
Quizá no... ¡pero la señora Sinclair dijo que no había notado nada peculiar!
¿Cómo puede ser?
El sacerdote hizo un gesto ambiguo.
Yo no soy la señora Sinclair —dijo con brusquedad, y Aylett supo que el misionero no pronunciaría otra palabra sobre ella.
Cuénteme lo de Haití, padre —pidió.
El cura contestó con voz tranquila.
Allí comprendimos que estaba producida artificialmente por magia negra vudú, algo muy real, mon ami, que mi iglesia reconoce, como tal vez sepa usted, y que allí llaman “el aliento de los muertos”. ¿Por qué...? —volvió a alzarse de hombros.
Aylett giró el rostro y miró con fijeza hacia la distancia. Durante un largo rato clavó la vista en la línea de las lejanas colinas, sumido en sus pensamientos. Recordó una imagen en las que esas colinas aparecían como fondo: una fotografía tomada por un hombre que casi había estado más allá del límite de demarcación para darle la verdad al mundo. Pero había fracasado. La fotografía mostraba un grupo de figuras. Eso era todo hasta que uno las estudiaba, y aun entonces nadie creería que se trataba de una fotografía de hombres muertos... a los que no se permitía morir.
Durante horas los dos hombres permanecieron sentados en silencio, cada uno ocupado con sus propios pensamientos. La noche cubrió el diminuto puesto de la misión, y desde lejos el sonido de los tambores les llegó transportado por la suave brisa. De repente, Aylett se volvió hacia el misionero.
Padre —dijo en voz baja—, desde aquí la casa de los Sinclair sólo está a treinta kilómetros...
El sacerdote asintió.
Lo entiendo, mon ami —repuso. Luego, pasado un momento, añadió—: ¿Lo consideraría una impertinencia si le pidiera que guardara esto en su bolsillo... hasta que vuelva?
Sacó un crucifijo pequeño.
Aylett alargó la mano.
Gracias —dijo con sencillez.
El sol se había puesto cuando la machila1 de Aylett fue depositada en el mirador de la señora Sinclair. Ella salió a recibirle.
Me preguntaba si volvería a verle —le observó con calma—. No ha venido por aquí desde... hace más de un año ya. —Entonces cambió el tono de su voz. Se rió—. ¡Como un oficial de distrito, ha descuidado vergonzosamente sus deberes!
Aylett, con una sonrisa, se confesó culpable, excusándose en base a que todo había ido tan bien en esta sección que había titubeado en entrometerse en la perfección.
¿Ha perdido ahora la perfección? —replicó ella.
En absoluto. Esta visita es mera rutina.
Hum... Gracias —dijo ella con sequedad—. De todas formas, pase y póngase cómodo, y mañana le mostraré unas tierras perfectas.
Aylett estudió a su anfitriona con atención durante la cena. Se sintió incómodo por lo que veía cada vez que la cogía con la guardia baja. Apenas podía creer que esta fuera la misma mujer a la que él había dado la bienvenida como prometida unos años atrás. La vida ardua la había endurecido, pero contaba con ello. Sin embargo, había algo más... una especie de dureza amarga, así lo describió a falta de un término mejor.
Después del recibimiento formal, la señora Sinclair habló poco. Parecía preocupada por los asuntos de la plantación.
Mis propios territorios en África —dijo—. Oh, cuánto amo el país, su magia y su misterio y su vasta grandeza.
Le recordó cómo se había negado a regresar a casa. Pero mañana, comentó, cuando él viera su África —la plantación—, lo comprendería.
Aylett se retiró temprano, claramente desconcertado. La había visto mirando la cuidada pulcritud de la plantación antes de darle las buenas noches. De modo inconsciente ella había alargado las manos hacia la extensión en una especie de adoradora súplica y, no obstante, bajo la brillante luz de la luna en esa mensual adoración, él había vislumbrado el contraste de las duras líneas de su cara y la amargura de su boca. África...
Extenuado como estaba, durmió bien. No sabía si la pequeña cruz que le había dado el padre tuvo algo que ver con ello, pero por la mañana se había despertado más descansado de lo que había estado en semanas. Anheló recorrer la plantación.
La señora Sinclair no había exagerado cuando empleó la palabra perfección. Los campos habían sido limpiados hasta que ninguna brizna perdida de hierba crecía entre las cosechas; los graneros se alzaban en apretadas hileras; los leños estaban apilados entre cuerdas; el huerto y el jardín de la cocina eran exuberantes, y el pasto en el hogar de la granja era el más verde que él había visto en los trópicos.
¿Para qué? —su mente subconsciente no dejaba de martillearle—. ¿Por qué... y, por encima de todo, cómo?
Aylett se había dado cuenta de algo que sólo un experto habría visto. Había muy poca mano de obra, aunque los trabajadores que andaban por ahí parecían muy ocupados.
Como si adivinara sus pensamientos, la señora Sinclair los contestó.
Mis “muchachos” trabajan —dijo con voz monocorde al tiempo que agitó el látigo de piel de hipopótamo que llevaba.
Aylett enarcó las cejas.
¿Métodos portugueses? —preguntó con calma, mirando el látigo.
La señora Sinclair se volvió hacia él. Por primera vez notó el antagonismo deliberado de ella.
En absoluto; se debe al conocimiento de cómo sacar lo mejor de un nativo, una facultad que veo que los funcionarios aún no han adquirido.
El oficial del distrito encajó la estocada sin inmutarse.
Touché —repuso, pero sabía que no se había equivocado en cuanto a la mano de obra.
Es extraño, pensó, malditamente extraño...
la señora Sinclair no hizo gesto de enterarse de la concesión del punto que le había hecho. Tenía los labios apretados con firmeza y, al continuar, habló con frialdad:
Es sólo una cuestión de llegar al corazón de África, ese corazón palpitante que hay debajo de todo esto... A África no le sirven aquellos que no se entregan con sus propias almas.
De repente, ella se dio cuenta de lo que estaba diciendo, pero antes de que pudiera cambiar de tema, Aylett prosiguió con la cuestión. Su voz fue como la de ella.
Muy interesante... —dijo—, pero nosotros no animamos a los europeos, en especial a las mujeres europeas, a volverse “nativas”.
No obstante, la última palabra la tuvo la mujer.
¡La perspicacia de los círculos oficiales! —murmuró. Luego miró a Aylett de nuevo a la cara—. ¿Sueno como una nativa —preguntó con voz áspera— o parezco una nativa?
Aylett apenas la escuchaba. La estaba mirando. Sus ojos contradecían sus palabras, pues si alguna vez vio una expresión tiránica, de maligna perversión en una cara humana, fue entonces. Empezó a entender...
Se sintió agradecido cuando la inspección terminó, y aliviado de que ella no le ofreciera la invitación formal para que permaneciera más tiempo.
A ocho kilómetros de los lindes de su territorio tenía una tienda montada detrás de unos matorrales y raciones para dos días bajo la sombra. Envió a su safari a marcha ligera rumbo al puesto de la misión, y lo observó hasta que se perdió de vista. Luego se sentó a la espera de la noche.
El corazón de África... —repitió para sí mismo, pero su voz sonó lúgubre, y sus ojos centellearon con fría cólera.
No fue hasta que oyó los tambores cuando Aylett retrocedió por el sendero mal definido en dirección a la plantación. En el borde del terreno se fundió entre las sombras de la arboleda y avanzó lentamente junto a los eucaliptos. Se arrastró sin hacer ruido hasta el mismo árbol que crecía en el jardín que había delante de la casa.
Al poco rato vio a la señora Sinclair salir al mirador. Junto a ella había un nativo gigante que parecía un diablo obsceno, un médico brujo, siniestro y grotesco, que se encontraba desnudo a excepción de un collar de huesos humanos que colgaban y traqueteaban sobre su enorme pecho. Manchas de arcilla blanca y ocre rojizo embadurnaban su cara.
Sólo cubierta en parte por una magnífica piel de leopardo, la mujer blanca descendió al claro y restalló el látigo que tenía en la mano. Sonó como un disparo de revólver. Como si se tratara de una señal, Aylett oyó el batir de tambores cercanos. Desde uno de los graneros se inició la procesión más grotesca que hubiera visto jamás. Los tambores palpitaron con malevolencia: el breve stacatto que había precedido a la fétida niebla que casi le había asfixiado. Se tornaron más y más sonoros. El mensaje recorrió las selvas, fue recibido y contestado. No cabía duda en cuanto a su significado.
Se agazapó más cuando los tambores se aproximaron, con los ojos clavados en la escena macabra que tenía ante él. Siguiendo los tambores, con la misma regularidad que una columna en marcha, avanzaban los hombres que trabajaban la perfecta plantación. Se movían en filas de cuatro, con pies pesados y andar automático... pero se movían. De vez en cuando el restallido de ese látigo terrible sonaba como un disparo por encima del batir de los tambores, y entonces Aylett podía ver cómo ese cruel látigo cortaba la carne desnuda, y cómo una figura caía en silencio, para volver a levantarse y unirse a la columna.
En su marcha rodearon el jardín. Al acercarse, Aylett contuvo la respiración. Tuvo que dominar cada nervio de su cuerpo para evitar lanzar un grito. Casi como si estuviera hipnotizado, observó las caras inexpresivas de los autómatas silenciosos, lentos... caras en las que ni siquiera había desesperación. Sencillamente se movían a las órdenes del implacable látigo en dirección a sus tareas asignadas en el campo. Encorvados y aplastados, pasaron a su lado sin emitir un sonido.
La tensión nerviosa casi quebró a Aylett. Entonces lo comprendió... esos desgraciados autómatas estaban muertos, y no se les permitía morir...
le vinieron a la mente las figuras de la increíble fotografía; las palabras del padre; la magia del vudú, reconocida como hecho por la más grande Iglesia Cristiana de la historia. Los muertos... a los que no se permitía morir... zombis, los llamaban los nativos en susurros, allí adonde iba la maldición de Noé... y ella lo llamaba conocer África.
Un terror gélido invadió a Aylett. La larga columna llegaba a su final. La señora Sinclair la recorría, el látigo restallando sin piedad, la cara distorsionada por una lascivia pervertida, y el asqueroso médico brujo asomándose maliciosamente por encima de su hombro desnudo. Ella se detuvo junto al árbol detrás del que él estaba agazapado. Una única figura encorvada seguía a la columna. Con un jadeo de horror Aylett reconoció a Sinclair. Entonces el látigo se abatió sobre esa cosa desgraciada que una vez había muerto en sus brazos.
¡Dios mío! —musitó Aylett con impotencia—. No es posible...
Pero supo que el vudú del médico brujo le había arrojado esa imposibilidad a la cara. El látigo restalló de nuevo, lanzando al solitario zombi blanco al suelo. Despacio, se levantó —sin un sonido, sin expresión— y automáticamente siguió a la columna. Oyó, como en una pesadilla, increíbles y espantosas obscenidades de los labios de la mujer, burlas crueles... y el látigo restalló y mordió y desgarró, una y otra vez. En la vanguardia de la columna los tambores seguían palpitando.
Por último, el horror pudo con él. Aylett se encontró aferrando con desesperación la diminuta cruz que el padre le había dado. Con la otra mano empuñó el revólver y apuntó con fría precisión... Disparó cuatro veces a un punto por encima de la piel de leopardo y dos a la cara embadurnada del médico brujo... Luego se plantó con la cruz levantada delante del que antaño había muerto como Sinclair.
La figura estaba silenciosa, encorvada e inexpresiva. No hizo señal alguna cuando Aylett se le acercó, pero cuando el crucifijo la tocó un temblor recorrió su cuerpo. Los párpados caídos se alzaron y los labios se movieron.
Ya me lo ha pagado —susurraron con gratitud. El cuerpo osciló y se desmoronó.
Polvo al polvo... —rezó Aylett.
A los pocos momentos lo único que quedaba era un escaso polvo grisáceo. Había pasado un año tropical, recordó Aylett con un escalofrío... Luego dio media vuelta y, con el crucifijo en la mano, recorrió la columna...

Un crimen fuera de lo corriente ---- Robert Bloch





UN CRIMEN FUERA DE LO CORRIENTE

Robert Bloch

Sólo los muertos conocen Brooklyn.
Thomas Wolfe fue quien lo dijo, y ahora ya está muerto, de modo que debe conocerlo.
Pero Londres es otra historia.
Por lo menos, así se lo pareció a Hilary Kane. No una historia, sino más bien una novela picaresca enorme y anticuada, en la que cada calle era como un capítulo donde se amontonaban personajes e incidentes propios. Cada manzana era una página, cada edificio un párrafo, dentro del complicado y extenso texto... Así entendía Hilary Kane la ciudad, y la conocía muy bien.
Hacía muchos años que deambulaba por sus calles, leyéndola frase a frase, hasta que cada línea llegó a serle familiar: se había aprendido Londres de memoria.
Y por ello se quedó tan sorprendido cuando, en un gris atardecer de finales de noviembre, descubrió aquella tienda en Saxe-Coburg Square.
-¡Que me condene! -dijo.
-Es muy probable que así sea -Lester Woods, su acompañante, suavizó tal afirmación con una sonrisa de indulgencia- ¿Qué sucede?
-Esto.
Kane hizo un gesto en dirección al diminuto escaparate del establecimiento, que pasaba casi desapercibido entre dos reliquias residenciales de la era victoriana.
-Una tienda de antigüedades -asintió Woods-. Con la velocidad que brotan, debe haber ya por lo menos una por cada turista que visita Londres.
-Pero no aquí -dijo Kane, frunciendo el ceño-. Da la casualidad de que he pasado por aquí hace menos de una semana, y aseguraría que en esta plaza no había ninguna tienda.
-Pues deben haberla abierto después.
Los dos hombres se encaminaron hacia la entrada, contemplando de pasada el escaparate.
El ceño de Kane se acentuó.
-¿Esto es lo que dices que es nuevo? Mira el polvo que tienen esas copas.
-¿Ya vuelves a jugar a los detectives? -Woods sacudió la cabeza-. El problema contigo, Hilary, es que tienes demasiadas aficiones. -Miró hacia el otro lado de la plaza. Una ráfaga de viento helado anunciaba la inminencia del crepúsculo-. Se hace tarde, será mejor que nos vayamos. 
-No hasta que me entere de lo que es esto. 
Kane estaba abriendo ya la puerta, y Woods lanzó un suspiro. 
-Supongo que ya ha empezado el juego. Está bien. Acabemos cuanto antes.
La campanilla de la puerta sonó, y los dos amigos penetraron en la tienda. La puerta se cerró, el campanilleo cesó, y se encontraron sumergidos en las sombras y el silencio. 
Pero una de las sombras no era totalmente silenciosa. Se levantó de detrás del único mostrador, colocado en el reducido espacio que quedaba ante la pared posterior.
-Buenas tardes, caballeros -dijo la sombra, y encendió una bombilla que colgaba del techo.
Un tenue nimbo de luz se proyectó sobre la superficie del mostrador e hizo cobrar una nueva dimensión a la sombra, revelando que se trataba de una diminuta silueta, con un rostro anodino y una calvicie incipiente.
Kane se dirigió al propietario.
-¿Le importa que echemos un vistazo?
-¿les interesa algo en especial? -El propietario hizo un gesto en dirección a los estantes que cubrian la pared, a su espalda-. Libros, mapas, porcelana. cristal...
-No exactamente -dijo Kane-. Lo que ocurre es que una tienda nueva como ésta siempre me hace sentir curiosidad.
El propietario negó con la cabeza.
-Le ruego que me perdone. pero no creo que pueda considerársela nueva.
Woods se quedó mirando a su amigo, reprimiendo con dificultad una sonrisa, pero Kane le ignoró.
-¡Qué raro! -dijo-. No me había dado cuenta antes de que estuviera aquí.
-No es extraño. Llevo mucho tiempo en este negocio. pero no en este lugar.
Entonces le llegó el turno a Kane de lanzar una ojeada rápida a Woods, y sin reprimir la sonrisa. Pero Woods estaba inspeccionando ya los artículos expuestos, y Kane le imitó al cabo de un instante.
Hizo un inventario superficial de lo que se veía baio el cristal del mostrador. Advirtió una lámpara de "boudoir", con flecos de cuentas, una bandeja con botones perlados, un programa recuerdo de un "durbar", y un marco con una fotografía dedicada de Matilda Alice Victoria Wood. También había una miscelánea de joyas viejas, sabonetas, cubiletes de peltre, servilleteros, una miniatura del Crystal Palace, y un poster de Lord Kitchener, con unos formidables mostachos, y su dedo enguantado extendido en un gesto imperioso.
Se dijo que era la mezcla habitual. Nada fuera de lo acostumbrado, y la mayoría de ello -como el poster de Kitchener-, ni tan siquiera adecuadamente antiguo, sino sólo pasado de moda. Aquellos abanicos del estante interior, por ejemplo, las cubiertas de seda, los gemelos de ópera, el maletín negro del extremo más alejado hecho de lo que en otros tiempos se llamó "Tela Americana".
Aquella denominación hizo que Kane se inclinara para examinarlo más de cerca. Tela Americana. Ahora estaba llena de polvo, pero antes había sido brillante, como la deslustrada placa de plata con el nombre de su propietario. Leyó la inscripción.
J. Ridley. D.M. (Doctor en Medicina).
Kane alzó la vista, procurando disimular la excitación que le había invadido repentinamente.
¡Imposible! ¡No podía ser!... Pero era. Esforzándose en mantener un tono de voz casual, y unos modales indiferentes, señaló el maletín al propietario de la tienda.
-¿Un equipo médico?
-Sí, eso creo. 
-¿Puedo preguntar dónde lo adquirió?
El hombrecillo se encogió de hombros.
-No es posible acordarse. En este tipo de comercio, uno va adquiriendo los artículos raros dónde y cuándo se le presentan.
-¿Me permite que le eche un vistazo?
El propietario alzó el maletín hasta el mostrador. Woods se lo quedó mirando asombrado, pero Kane le ignoró, con los ojos fijos en la placa que colgaba bajo la cerradura.
-¿Le importaría abrirlo? -dijo. 
-Me temo que no tengo la llave. 
Kane extendió la mano y apretó el cierre; estaba oxidado pero firmemente sujeto. Frunciendo el ceño, alzó el maletín y lo sacudió suavemente.
Algo se movió en su interior, y al oir el ruido de objetos metálicos que se entrechocaban en su interior, el júbilo de Kane no tuvo límites. De cualquier forma, intentó reprimirlo al hablar.
-¿Cuánto pide por él?
El propietario se mostró igualmente desprovisto de emoción.
-No está a la venta. 
-Pero...
-Lo siento, señor. No acostumbro a vender artículos a ciegas. Y puesto que no podemos saber lo que tiene dentro... 
-Vamos, vamos. No es más que un maletín de un médico. Se hace difícil suponer que guarde en su interior las joyas de la corona.
Woods soltó una risita a su espalda, pero el propietario le ignoró. 
-Se lo concedo -dijo-. Pero tampoco estamos seguros de cuál es su contenido. -El hombrecillo alzó a su vez el maletín, y se oyó de nuevo un tintineo metálico-. Quizá sean monedas. 
-Probablemente simples instrumentos quirúrgicos -dijo con impaciencia Kane- ¿Por qué no fuerza la cerradura y solventamos esta cuestión?
-¡Oh!, no puedo hacer eso. El maletín ya no tendría ningún valor.
-¿Y qué valor tiene? 
Kane había bajado la guardia. Supo que había cometido un error táctico, pero no se pudo reprimir.
-Ya le he dicho que este maletín no está a la venta -dijo el propietario, con una sonrisa.
-Todo tiene un precio.
La frase de Kane había sido un desafío, y el propietario lo aceptó con una amplia sonrisa.
-Cien libras.
-¿Cien libras por eso?
Woods sonrió... y luego se quedó con la boca abierta al oír la respuesta.
-Trato hecho. 
-Pero, señor...
Por toda respuesta, Kane sacó su cartera, y extrajo de ella cinco billetes de veinte libras. Los dejó sobre el mostrador, tomó el maletín. y se encaminó hacia la puerta. Woods se apresuró a seguirle, cerrando la puerta a su espalda.
El propietario gesticulaba alocadamente.
-¡Esperen! ¡Vuelvan...!
Pero Kane caminaba ya a grandes zancadas calle abajo, llevando fuertemente apretado bajo el brazo el maletín negro.


Todavía lo llevaba cogido media hora más tarde, cuando Woods se trasladó con él al espacioso estudio del piso de Kane, desde donde se divisaba la florida Cadogan Square. Kane depositó el maletín sobre la mesa. En la tela encerada se reflejó la luz del sol, al limpiarla Kane con un paño húmedo. Sonrió triunfalmente a su amigo.
-Ya tiene mejor aspecto, ¿no te parece?
-A mí no me parece nada -dijo Woods, sacudiendo la cabeza-. Cien libras por un maletín viejo de médico...
-Un maletín muy viejo -dijo Kane-. Se remonta al siglo pasado, si no me equivoco.
-Aun así, no veo...
-¡Claro que no ves! Apartate de mí, no creo que haya otra persona que conceda gran importancia al nombre de J. Ridley, D. M.
-Nunca he oido hablar de él.
-Es comprensible -sonrió Kane-. Prefería hacerse llamar Jack el Destripador.
-¿Jack el Destripador?
-Estoy seguro de que conoces el caso. Whitechapel, 1888... El salvaje asesinato y mutilación de diversas prostitutas, realizado por un astuto asesino maníaco que se mofaba de la policía... Una sombra, que acechaba a su presa en las calles.
Woods frunció el ceño.
-Pero no llegaron a cogerle, ¿no es cierto? Ni tan siquiera a identificarle.
-En eso te equivocas. Ningún asesino ha sido identificado con tanta frecuencia como Jack el Rojo. En la época de los asesinatos, y durante los años transcurridos después, fueron señalados muchos sospechosos. Uno de los principales candidatos fue el polaco Klosowski, alias George Chapman, que mató a varias esposas... pero él utilizaba el veneno, y el lucro era su motivo, mientras que las víctimas del Destripador eran todas prostitutas sin un céntimo, que murieron bajo su cuchillo. Otro criminal convicto, Neil Cream, llegó a proclamar públicamente que él era el Destripador...
-¿Y no sería verdad?
Kane se encogió de hombros.
-Por desgracia, Cream estaba en América cuando el Destripador cometió sus crímenes. Su egomanía le impulsó a esa falsa confesión. -Sacudió la cabeza-. Y luego estuvo John Pizer, un encuadernador de libros, conocido por el apodo de "Delantal de Cuero". Llegó a ser arrestado, pero pronto se aclaró todo y le soltaron. Algunos creen que los crímenes fueron obra de un ruso llamado Konovalov, que también se hacía llamar Pedachenko, y trabajaba como barbero y cirujano; se suponía que era un agente secreto del zar, que perpetró los homicidios para desacreditar a la policía inglesa.
-A mí me parece muy rebuscado.
-Exacto -sonrió Kane-. Pero todavía hay otros candidatos, igualmente improbables. Por ejemplo, Montague John Druitt, un abogado desequilibrado, que se suicidó lanzándose al Támesis, poco después de que el Destripador cometiera su última fechoría. Pero por desgracia se ha comprobado que vivía en Bournemouth, y que en los días que precedieron y siguieron al último asesinato no se movió de la localidad, y estuvo jugando al cricket. Y luego está el duque de Clarence...
-¿Quién?
-El nieto de la reina Victoria, perteneciente a la línea directa de sucesión al trono.
-Supongo que no hablas en serio.
-No, pero otros sí. Se ha afirmado que Clarence era un conocido pecador, que se había vuelto loco como resultado de una infección venérea contraída, y que su muerte, en 1892, se debió en realidad a los estragos que produjo en su cuerpo la enfermedad.
-Pero eso no demuestra que se tratara del Destripador.
-Claro que no. No parece muy probable que él escribiera aquellas cartas, llenas de modismos americanos y enormes errores gramaticales y de ortografía, que el Destripador enviaba a las autoridades. Y aún más: Clarence estaba en Escocia cuando se produjo uno de los asesinatos, y en Sandringham mientras se cometían otros. Y existen razones igualmente fundadas para exonerar a sospechosos relacionados con él... como su amigo James Stephen, y su médico, sir William Gull.
-Pareces conocer muy bien el tema -murmuró Woods-. No tenía idea de que te interesara tanto.
-Y por muy buenas razones. No quiero pasar por un estúpido, apuntando una teoría que no pueda apoyarse en nada. Yo no creo que el Destripador fuera un marinero, como han dicho algunos, porque no hay nada que lo demuestre. Ni tampoco que trabajara en un matadero, fuera una comadrona, un hombre disfrazado de mujer, o un policía londinense. Y hasta dudo de la existencia de ese misterioso doctor llamado Stanley, dispuesto a vengarse de la mujer que les había contagiado la infección a él o a su hijo.
-Pero entre los sospechosos parece haber gran número de médicos -dijo Woods.
-Sí, y con razón. Considera la naturaleza de los crímenes... la rápida y diestra extracción de los órganos vitales, realizada en la oscuridad de la calle, y bajo el peligro constante de ser descubierto de un momento a otro. Eso implica que debía tratarse de alguien versado en anatomía, alguien con los nervios acerados de un cirujano. Luego está el modo como evitaba ser capturado. Es obvio que el Destripador conocía los callejones y escondites del East End tan a fondo, que podía deslizarse a través de los cordones de la policía y de las patrullas sin ser descubierto. Pero si llegaba a ser visto, ¿qué coartada mejor que presentarse como un respetable médico, portador de su maletín, al que habían hecho salir de noche para una llamada de urgencia?
»Teniendo en cuenta todo esto, me puse a investigar, y comencé por revisar las listas de personal del London Hospital, en Whitechapel Road. Repasé los nombres de médicos y cirujanos que aparecían en el Registro Médico de aquella época.
-¿Todos?
-No fue necesario. Sabía lo que andaba buscando... Un cirujano que viviera y trabajara en la zona de Whitechapel. Siempre que me fue posible, realicé una investigación sobre la vida de mis sospechosos, estudiando su afiliación a hospitales y clínicas, e incluso sus aficiones y actividades normales, a través de las revistas médicas, los artículos de los periódicos, y los recuerdos de la familia. Claro que para todo esto se necesita mucho dinero y paciencia. Pasé cinco años luchando contra los molinos de viento, hasta dar con mi hombre.
Woods se quedó mirando la placa del maletín.
-J. Ridley. D.M.
-John Ridley... Jack, para sus amigos... si es que tuvo alguno. -Kane guardó silencio unos instantes. con expresión reflexiva-. Pero ahí estriba la cuestión. Al parecer, Ridley no tuvo amigos, ni familia. Era huérfano, y se graduó en Edimburgo. en 1878, diez años antes de la comisión de los crímenes. Trabajaba como médico particular aquí, en Londres. pero oficialmente no consta la dirección de ningún consultorio. Ni tampoco es posible hallar información alguna que le concierna; es como si hubiese tenido especial cuidado en suprimir cualquier detalle sobre su vida personal. Y eso fue precisamente lo que me hizo sospechar. J. Ridley vivió y trabajó durante toda una década en el East End, sin que apareciera impreso ni una sola vez su nombre en lugar alguno, excepto en el Registro. Y después de 1888, hasta eso desapareció.
-Supón que muriera.
-Su óbito no consta oficialmente.
Woods se encogió de hombros.
-Quizá se mudó, emigró, enfermó, o dejó la medicina.
-Entonces, ¿por qué tanto secreto? ¿Por qué ocultar su paradero? ¿No comprendes que la falta de detalles tan comunes es lo que me induce a sospechar lo extraordinario?
-Pero no hay ninguna prueba. Nada que demuestre que tu doctor Ridley era el Destripador.
-Por eso es tan importante eso -dijo Kane, indicando el maletín que se hallaba sobre la mesa-. Si conociésemos su historia.
Mientras hablaba, Kane tomó un abrecartas de la mesa, y se acercó al maletín.
-Espera -le dijo Woods, poniéndole una mano en el hombro-. Puede que eso no sea necesario.
-¿Qué quieres decir?
-Creo que el dueño de la tienda nos ha mentido. Que sabía muy bien lo que contiene el maletín... Tiene que ser así, de lo contrario, ¿por qué iba a fijar un precio tan ridículo? Claro que nunca se le ocurrió que fueras a pagárselo. Pero creo que no hay necesidad de que fuerces la cerradura, del mismo modo que él tampoco tenía por qué hacerlo. Opino que tiene él la llave.
-Tienes razón -convino Kane, dejando a un lado el abrecartas-. Debí haberlo comprendido, teniendo en cuenta que no quería venderlo. Debe tener la llave. -Tomó el brillante maletín, y dio medio vuelta-. Vamos... Volvamos allí antes de que cierre. Y ahora no admitiremos excusas.


Estaba anocheciendo. Kane y su amigo avanzaron apresuradamente por las calles, y cuando llegaron a Saxe-Coburg Square la oscuridad se iba enseñoreando lentamente de la plaza.
Se detuvieron y buscaron la tienda por entre las sombras, orientándose hacia el lugar en que quedaba medio escondida, entre las dos mansiones, que se alzaban una a cada lado. Las sombras parecían amontonarse en aquel punto, y se acercaron más, para convencerse de que entre las dos casas no había más que un espacio vacío.
La tienda habla desaparecido.
Woods pestañeó. Luego se volvió y gesticuló mirando a Kane.
-¡Pero si hemos estado aquí...! ¡La hemos visto...!
Kane no contestó. Contemplaba fijamente el suelo polvoriento y sembrado de cascotes del espacio que quedaba entre los dos edificios, y las hierbas que brotaban de la tierra. El helado viento nocturno murmuraba lúgubremente a través de aquel vacio. Kane se inclinó, y tomó un poco de polvo con los dedos. Estaba frío, como el viento, que se lo arrebató de la mano, proyectando sus finos granos hacia la oscuridad.
-¿Qué ha ocurrido? -murmuraba Woods- ¿Es posible que lo hayamos soñado los dos?
Kane se puso en pie, y se quedó mirando a su amigo.
-Esto no es un sueño -dijo, señalando el maletín negro.
-Entonces, ¿qué explicación tiene?
-No lo sé -dijo pensativamente Kane-. Pero sólo hay un lugar en el que quizá podamos hallarla.
-¿Dónde?
-En el Registro Médico de 1888 aparece como domicilio de John Ridley el número 17 de Dorcas Lane.


El taxi que los llevó a Dorcas Lane no pudo penetrar por el estrecho callejón de acceso. La oscura calle que quedaba detrás era sombría y silenciosa, y estaba vacía, pero Kane se dirigió hacia ella sin vacilar, por el oscuro callejón, flanqueado por sólidas hileras de viejos ladrillos. Al pisar los adoquines, a Woods le parecía que iba a penetrar en otra edad, pero el avance de Kane era rápido y decidido.
-¿Has estado antes aquí?
-Naturalmente.
Kane se detuvo ante la puerta del número 17, en el que no brillaba ninguna luz, y llamó.
La puerta se abrió... No del todo; sólo lo suficiente para permitir a la persona que estaba al otro lado echarles un vistazo. Tanto su mirada como las palabras que pronunció parecieron cautelosas.
-¿Qué quieren?
Kane se adelantó hacia la luz que brotaba por la abertura de la puerta.
-Buenas noches. ¿Me recuerda?
-Sí.
La puerta se abrió algo más, y Woods pudo divisar la rechoncha silueta de una mujer de media edad, que asentía con la cabeza, mirando a su amigo.
-Usted es el que alquiló la habitación vacía de atrás hace algún tiempo, ¿verdad?
-Exacto. Quisiera saber si puedo volver a tomarla.
-No sé.
La mujer se quedó mirando a Woods.
-Es sólo por unas cuantas horas. -Kane echó mano a su cartera-. Mi amigo y yo tenemos que hablar de negocios.
-Negocios, ¿eh?-. Woods creyó sentir físicamente la mirada de desaprobación de los ojuelos de la mujer-. Le costará uno de cinco. 
-Tenga.
La mujer extendió apresuradamente una mano y tomó el billete. Luego, la puerta se abrió del todo, permitiendo ver el sucio vestíbulo.
-Cuidado con la escalera -dijo la mujer.
La escalera era muy empinada, y al llegar al peldaño superior la mujer iba ya resoplando. Les condujo a lo largo de un pasillo que crujía bajo sus pies, hasta la puerta del cuarto de la parte de atrás, mientras buscaba las llaves en el bolsillo de su delantal.
-Ya estamos.
La puerta se abrió, revelando una mohosa oscuridad, que apenas consiguió vencer la luz que colgaba del techo, cuando la encendió la propietaria.
-Ya no la alquilo para huéspedes -le dijo ésta a Kane-. No está bien arreglada.
-No importa. Está muy bien -dijo sonriendo Kane, con la mano apoyada en la puerta.
-Si van a necesitar algo, será mejor que me lo digan ahora. Tengo que ir a ver a la vecina... Se ha puesto enferma.
-No. Creo que ya lo tenemos todo.
Kane cerró la puerta, y luego se quedó escuchando unos instantes, mientras los pasos de la mujer se perdían por el pasillo.
-Bueno -dijo después- ¿Qué te parece?
Woods se quedó mirando la mugrienta habitación, con su única ventana, enmarcada por unas cortinas amarillentas. Observó la gastada alfombra, de la que se había borrado el dibujo, la superficie deslucida y llena de quemaduras del viejo y voluminoso escritorio, el pesado sillón; la cama metálica, cubierta por una colcha profusamente remendada; la vieja estufa de gas, metida en el hueco de una chimenea de mármol, en la que se veían varias rajas. Y también el lavabo de pie, igualmente rajado, que estaba en un rincón.
-Creo que estás loco -dijo Woods- ¿Es que he entendido mal, o tú has estado ya antes aquí?
-Así es. Vine hace varios meses, tan pronto como descubrí la dirección en el Registro. Quería echar un vistazo.
Woods arrugó la nariz.
-Creo que aquí se huele más de lo que se ve.
-¡Usa tu imaginación, amigo! ¿Es que no te dice nada el hecho de estar en la misma habitación que en otro tiempo ocupara Jack el Destripador?
Woods sacudió la cabeza.
-En esta choza debe haber por lo menos una docena de habitaciones para alquilar. ¿Qué te hace creer que se trata precisamente de ésta?
-En el Registro se especificaba que era la de "atrás". Y en la parte de abajo no hay habitaciones traseras, porque es donde está la cocina. De modo que tiene que ser ésta.
-Piénsalo -prosiguió Kane, haciendo un gesto grandilocuente-. Puedes estar contemplando el sitio donde el Destripador se lavaba, después de haber perpetrado sus carnicerías, la cama en que descansaba tras cometer sus crímenes. ¿Quién sabe lo que ha visto y oído esta habitación?... Su voz, gritando entre espantosas y atormentadas pesadillas...
-¡Basta ya, Hilary! -dijo Woods, con impaciencia-. Una cosa es que te sirvas de tu imaginación, y otra que dejes que sea ella la que te gobierne a ti.
-Mira -dijo Kane, señalando la parte más alejada de la habitación- ¿Ves esas marcas en la alfombra? Ya las observé durante mi primera visita. ¿Qué te sugieren? 
Woods se quedó contemplando obedientemente la gastada superficie de la alfombra, y vio cuatro marcas redondas, distanciadas regularmente.
-En ese rincón debía haber otro mueble. Yo diría que algo pesado.
-¿Qué clase de mueble? 
-Bueno... -empezó Woods-. A juzgar por el espacio, no era un sofá ni un sillón. Podría haber sido un armario, o quizás un escritorio grande...
-¡Exactamente! Un escritorio de tapa corredera. En aquel tiempo, todos los médicos tenían uno -suspiró Kane-. Daría cualquier cosa por saber dónde ha ido a parar. Podría contener la respuesta a todas nuestras preguntas.
-¿Después de tantos años? Yo diría que no es muy probable. -Woods miró a su alrededcr- ¿No encontraste nada más?
-No, nada más. Como tú dices muy bien, ha pasado mucho tiempo desde que el Destripador estuvo aquí. 
-Yo no he dicho eso -dijo Woods, sacudiendo la cabeza-. Es posible que tengas razón en lo del escritorio. y no dudo de que el Registro Médico te haya proporcionado una dirección correcta. Pero eso sólo significa que esta habitación fue alquilada en algún tiempo por un tal doctor John Ridley. Si ya la has inspeccionado antes, ¿por qué te has molestado en volver?
-Porque ahora tengo esto -Kane colocó el maletín negro sobre la cama-. Y esto.
Sacó una navaja de bolsillo.
-¿Te propones forzar la cerradura por fin?
-No tengo más remedio, ante la imposibilidad de obtener una llave. -Kane metió la hoja por debajo del cierre metálico, y comenzó a aplicar fuerza hacia arriba-. Es muy importante que abramos este maletín aquí. Su contenido puede estar relaciónado con esta habitación. Si llegamos a establecer esa relación, podría ser una prueba más, un eslabón que demostrara...
El cierre emitió un chasquido.
Cuando el maletín se abrió de golpe, los dos hombres se quedaron contemplando su contenido: un revoltijo de frascos y cajas de píldoras, un anticuado estetoscopio, cánulas y pinzas, un rollo de gasas. Y encima de todo, el bisturí acerado, cubierto de unas resecas motas de un color amarronado.
Todavía lo estaban contemplando cuando la puerta se abrió silenciosamente a sus espaldas, y el hombrecillo calvo de la tienda penetró en la habitación.
-Veo que no me he equivocado, caballeros. Ustedes también deben haber mirado en el Registro Médico. -Asintió con la cabeza-. Tenía la esperanza de encontrarles aquí.
-¿Qué quiere? -preguntó Kane, frunciendo el ceño.
-Me temo que tengo que pedirles que me devuelvan mi maletín.
-Ahora es mío... Se lo he comprado.
El hombrecillo suspiró.
-Sí, y fui un tonto al permitirlo. Creí que con aquel precio le disuadiría de hacerlo. ¿Cómo iba a adivinar que es usted un coleccionista, como yo?
-¿Coleccionista?
-De curiosidades relacionadas con crímenes -El hombrecillo sonrió-. Es una lástima que no puedan ver algunas de las piezas que he adquirido. No cosas vulgares, como esas que se encuentran en el llamado Museo Negro de Scotland Yard, sino verdaderos ejemplares raros, con una importancia histórica. -Hizo un gesto-. El cuenco de plata en el que la notable bruja francesa La Voisin guardaba sus ungüentos venenosos; los auténticos puñales que acabaron con los infortunados sobrinos de Ricardo III en la Torre... Sí, incluso el atizador causante de la atroz muerte de Eduardo II en Berkeley Castle, la noche del veintiuno de septiembre de 1327. Tuve bastante trabajo para localizarlo, hasta que me di cuenta de que la fecha había sido calculada siguiendo el antiguo calendario juliano.
Kane frunció el ceño con impaciencia.
-¿Quién es usted? ¿Qué ha pasado con su tienda?
-Mi nombre no le diría nada. En cuanto a la tienda, digamos que existe espacial y temporalmente, como yo... cuando y donde resulta conveniente para mis propósitos. Para que pueda comprenderlo, desde su punto de vista común y limitado, digamos que se trata de una especie de máquina del tiempo.
Woods sacudió la cabeza.
-Todo esto no tiene sentido.
-¡Claro que lo tiene! Yo me precio de mi buen sentido. ¿Cómo creen que hubiese podido obtener las cosas que me interesan, a menos de disponer de la libertad de moverme con el tiempo? Me causa un placer particular regresar a determinados momentos de ese primitivo pasado suyo, visitar los lugares donde se cometieron crímenes famosos e infamantes, y obtener nuevas piezas para mi colección.
»Esa tienda, naturalmente, no es más que una excusa de la que me valí para esta misión concreta. Ahora ya ha desaparecido, y yo también me iré. tan pronto como recobre lo que es mío. Es un recuerdo de uno de los crímenes menos corrientes que se han cometido.
-¿Lo ves? -le dijo Kane a Woods- ¡Te dije que este maletín había pertenecido al Destripador!
-No exactamente -contradijo el hombrecillo-. El arma que empleaba el Destripador ya está en mi poder. La conseguí inmediatamente después de la muerte de su última víctima, el 9 de noviembre de 1888. Y puedo asegurarle que ese doctor Ridley no era el Destripador, sino pura y simplemente un cirujano excéntrico...
Mientras hablaba, se iba acercando a la cama.
-¡No lo toque!
Kane se movió rápidamente para cortarle el paso, pero el hombrecillo ya estaba a punto de coger el maletín.
-¡Suéltelo! -gritó Kane.
El hombrecillo intentó escapar, pero Kane metió rápidamente la mano en el interior del maletín, y la sacó empuñando el bisturí. 
El hombrecillo pegó un tirón del maletín, y agarrándolo fuertemente empezó a retroceder hacia la puerta, pero Kane se precipitó furiosamente sobre él.
-¡Alto! -gritó Woods.
Saltó hacia delante, y se colocó entre los dos hombres, precisamente en la trayectoria de la hoja del bisturí, que bajaba ya.
Se oyó un gorgoteo, un ruido sordo, y cayó al suelo.
El escalpelo se desprendió de entre los dedos inertes de Kane, y fue a parar junto a la alfombra, en la que se iba formando una gran mancha roja.
El hombrecillo se inclinó y recogió el bisturí.
-Gracias -dijo en tono bajo-. Ya me ha dado lo que venia a buscar.
Metió el arma dentro del maletín, y luego pareció empezar a desprenderse un extraño resplandor.
Para desaparecer a continuación.
Pero el cuerpo de Woods no desapareció. Kane se le quedó contemplando... Tenía la garganta abierta de oreja a oreja.
Todavía seguía mirándole cuando llegaron y se lo llevaron.
Como es natural, el juicio constituyó toda una sensación. No tanto por la insensata historia que contaba Kane, como por el hecho de que fuera imposible encontrar el arma homicida.
Fue un crimen muy poco corriente...