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sábado, 2 de abril de 2011

El fabricante de ataúdes -- Aleksandr Pushkin



El fabricante de ataúdes

Aleksandr Pushkin


¿No vemos cada día ataúdes,
del mundo canas de decrepitud?
DERZHAVIN
Los últimos enseres del fabricante de ataúdes Adrián Prójorov se cargaron sobre el coche fúnebre, y la pareja de rocines se arrastró por cuarta vez de la Basmánnaya a la Nikítinskaya, calle a la que el fabricante se trasladaba con todos los suyos. Tras cerrar la tienda, clavó a la puerta un letrero en el que se anunciaba que la casa se vendía o arrendaba, y se dirigió a pie al nuevo domicilio. Cerca ya de la casita amarilla, que desde hacía tanto había tentado su imaginación y que por fin había comprado por una respetable suma, el viejo artesano sintió con sorpresa que no había alegría en su corazón.
Al atravesar el desconocido umbral y ver el alboroto que reinaba en su nueva morada, suspiró recordando su vieja casucha donde a lo largo de dieciocho años todo se había regido por el más estricto orden; comenzó a regañar a sus dos hijas y a la sirvienta por su parsimonia, y él mismo se puso a ayudarlas.
Pronto todo estuvo en su lugar: el rincón de las imágenes con los iconos, el armario con la vajilla; la mesa, el sofá y la cama ocuparon los rincones que él les había destinado en la habitación trasera; en la cocina y el salón se pusieron los artículos del dueño de la casa: ataúdes de todos los colores y tamaños, así como armarios con sombreros, mantones y antorchas funerarias. Sobre el portón se elevó un anuncio que representaba a un corpulento Eros con una antorcha invertida en una mano, con la inscripción: «Aquí se venden y se tapizan ataúdes sencillos y pintados, se alquilan y se reparan los viejos.» Las muchachas se retiraron a su salita. Adrián recorrió su vivienda, se sentó junto a una ventana y mandó que prepararan el samovar.
El lector versado sabe bien que tanto Shakespeare como Walter Scott han mostrado a sus sepultureros como personas alegres y dadas a la broma, para así, con el contraste, sorprender nuestra imaginación. Pero en nuestro caso, por respeto a la verdad, no podemos seguir su ejemplo y nos vemos obligados a reconocer que el carácter de nuestro fabricante de ataúdes casaba por entero con su lúgubre oficio. Adrián Prójorov por lo general tenía un aire sombrío y pensativo. Sólo rompía su silencio para regañar a sus hijas cuando las encontraba de brazos cruzados mirando a los transeúntes por la ventana, o bien para pedir una suma exagerada por sus obras a los que tenían la desgracia (o la suerte, a veces) de necesitarlas.
De modo que Adrián, sentado junto a la ventana y tomándose la séptima taza de té, se hallaba sumido como de costumbre en sus tristes reflexiones. Pensaba en el aguacero que una semana atrás había sorprendido justo a las puertas de la ciudad al entierro de un brigadier retirado. Por culpa de la lluvia muchos mantos se habían encogido, y torcido muchos sombreros. Los gastos se preveían inevitables, pues las viejas reservas de prendas funerarias se le estaban quedando en un estado lamentable. Confiaba en resarcirse de las pérdidas con la vieja comerciante Triújina, que estaba al borde de la muerte desde hacía cerca de un año. Pero Triújina se estaba muriendo en Razguliái, (2) y Prójorov temía que sus herederos, a pesar de su promesa, se ahorraran el esfuerzo de mandar a por él hasta tan lejos y se las arreglaran con la funeraria más cercana.
Estas reflexiones se vieron casualmente interrumpidas por tres golpes francmasones (3) en la puerta.
¿Quién hay? —preguntó Adrián.
La puerta se abrió y un hombre en quien a primera vista se podía reconocer a un alemán artesano entró en la habitación y con aspecto alegre se acercó al fabricante de ataúdes.
Excúseme, amable vecino—dijo aquel con un acento que hasta hoy no podemos oír sin echarnos a reír—, perdone que le moleste... Quería saludarlo cuanto antes. Soy zapatero, me llamo Gotlib Schultz, y vivo al otro lado de la calle, en la casa que está frente a sus ventanas. Mañana celebro mis bodas de plata y le ruego que usted y sus hijas vengan a comer a mi casa como buenos amigos.
La invitación fue aceptada con benevolencia. El dueño de la casa rogó al zapatero que se sentara y tomara con él una taza de té, y gracias al natural abierto de Gotlib Schultz, al poco se pusieron a charlar amistosamente.
¿Cómo le va el negocio a su merced?—preguntó Adrián.
He-he-he—contestó Schultz—, ni mal ni bien. No puedo quejarme. Aunque, claro está, mi mercancía no es como la suya: un vivo puede pasarse sin botas, pero un muerto no puede vivir sin su ataúd.
Tan cierto como hay Dios—observó Adrián—. Y, sin embargo, si un vivo no tiene con qué comprarse unas botas, mal que le pese, seguirá andando descalzo; en cambio, un difunto pordiosero, aunque sea de balde, se llevará su ataúd.
Así prosiguió cierto rato la charla entre ambos; al fin el zapatero se levantó y antes de despedirse del fabricante de ataúdes, le renovó su invitación.
Al día siguiente, justo a las doce, el fabricante de ataúdes y sus hijas salieron de su casa recién comprada y se dirigieron a la de su vecino. No voy a describir ni el caftán ruso de Adrián Prójorov, ni los atavíos europeos de Akulina y Daria, apartándome en este caso de la costumbre adoptada por los novelistas actuales. No me parece, sin embargo, superfluo señalar que ambas muchachas llevaban sombreritos amarillos y zapatos rojos, algo que sucedía sólo en ocasiones solemnes.
La estrecha vivienda del zapatero estaba repleta de invitados, en su mayoría alemanes artesanos con sus esposas y sus oficiales. Entre los funcionarios rusos se encontraba un guardia de garita, el finés Yurko, que, a pesar de su humilde grado, había sabido ganarse la especial benevolencia del dueño.
Había servido en este cargo de cuerpo y alma durante veinticinco años, como el cartero de Pogorelski. (4) El incendio del año doce que destruyó la primera capital (5) de Rusia, devoró también la garita amarilla del guardia. Pero tan pronto como fue expulsado el enemigo, en el lugar de la garita apareció una nueva, de color grisáceo, con blancas columnillas de estilo dórico, y Yurko volvió a ir y venir junto a ella con «su seguro y su coraza de arpillera». (6) Lo conocían casi todos los alemanes que vivían cerca de la Puerta Nikitínskie, y algunos de ellos incluso habían pasado en la garita de Yurko alguna noche del domingo al lunes.
Adrián en seguida trabó relación con él, pues era persona a la que tarde o temprano podría necesitar, y en cuanto los convidados se dirigieron a la mesa, se sentaron juntos.
El señor y la señora Schultz y su hija Lotchen, una muchacha de diecisiete años, reunidos con los comensales, atendían juntos a los invitados y ayudaban a servir a la cocinera. La cerveza corría sin parar. Yurko comía por cuatro: Adrián no se quedaba atrás; sus hijas hacían remilgos; la conversación en alemán se hacía por momentos más ruidosa. De pronto, el dueño reclamó la atención de los presentes y, tras descorchar una botella lacrada, pronunció en voz alta en ruso:
¡A la salud de mi buena Luise!
Brotó la espuma del vino achampañado. El anfitrión besó tiernamente la cara fresca de su cuarentona compañera, y los convidados bebieron ruidosamente a la salud de la buena Luise.
¡A la salud de mis amables invitados! —proclamó el anfitrión descorchando la segunda botella.
Y los convidados se lo agradecieron vaciando de nuevo sus copas. Y uno tras otro siguieron los brindis: bebieron a la salud de cada uno de los invitados por separado, bebieron a la salud de Moscú y de una docena entera de ciudades alemanas, bebieron a la salud de todos los talleres en general y de cada uno en particular, bebieron a la salud de los maestros y de los oficiales. Adrián bebía con tesón, y se animó hasta tal punto que llegó a proponer un brindis ocurrente. De pronto uno de los invitados, un gordo panadero, levantó la copa y exclamó:
¡A la salud de aquellos para quienes trabajamos, unserer Kundleute! (7)
La propuesta, como todas, fue recibida con alegría y de manera unánime. Los convidados comenzaron a hacerse reverencias los unos a los otros: el sastre al zapatero, el zapatero al sastre, el panadero a ambos, todos al panadero, etcétera. Yurko, en medio de tales reverencias recíprocas, gritó dirigiéndose a su vecino:
¿Y tú? ¡Hombre, brinda a la salud de tus muertos!
Todos se echaron a reír, pero el fabricante de ataúdes se sintió ofendido y frunció el ceño. Nadie lo había notado, los convidados siguieron bebiendo, y ya tocaban a vísperas cuando empezaron a levantarse de la mesa.
Los convidados se marcharon tarde y la mayoría achispados. El gordo panadero y el encuadernador, cuya cara parecía envuelta en encarnado codobán, (8) llevaron del brazo a Yurko a su garita, observando en esta ocasión el proverbio ruso: «Hoy por ti, mañana por mí.» El fabricante de ataúdes llegó a casa borracho y de mal humor.
Porque, vamos a ver —reflexionaba en voz alta—; ¿en qué es menos honesto mi oficio que el de los demás? ¡Ni que fuera yo hermano del verdugo! Y ¿de qué se ríen estos herejes? ¿O tengo yo algo de payaso de feria? Tenía ganas de invitarlos para remojar mi nueva casa, de darles un banquete por todo lo alto, ¿pero ahora?, ¡ni pensarlo! En cambio voy a llamar a aquellos para los que trabajo: a mis buenos muertos.
¿Qué dices, hombre? —preguntó la sirvienta que en aquel momento lo estaba descalzando—. ¡Qué tonterías dices? ¡Santíguate! ¡Convidar a los muertos! ¿A quién se le ocurre?
¡Como hay Dios que lo hago! —prosiguió Adrián—. Y mañana mismo. Mis buenos muertos, les ruego que mañana por la noche vengan a mi casa a celebrarlo, que he de agasajarles con lo mejor que tenga.. .
Tras estas palabras el fabricante de ataúdes se dirigió a la cama y no tardó en ponerse a roncar.
En la calle aún estaba oscuro cuando vinieron a despertarlo. La mercadera Triújina había fallecido aquella misma noche y un mensajero de su administrador había llegado a caballo para darle la noticia. El fabricante de ataúdes le dio por ello una moneda de diez kopeks para vodka, se vistió de prisa, tomó un coche y se dirigió a Razguliái.
Junto a la puerta de la casa de la difunta ya estaba la policía y, como los cuervos cuando huelen la carne muerta, deambulaban otros mercaderes. La difunta yacía sobre la mesa, amarilla como la cera, pero aún no deformada por la descomposición. A su alrededor se agolpaban parientes, vecinos y criados. Todas las ventanas estaban abiertas, las velas ardían, los sacerdotes rezaban.
Adrián se acercó al sobrino de Triújina, un joven mercader con una levita a la moda, y le informó que el féretro, las velas, el sudario y demás accesorios fúnebres llegarían al instante y en perfecto estado. El heredero le dio distraído las gracias, le dijo que no iba a regatearle el precio y que se encomendaba en todo a su honesto proceder. El fabricante, como de costumbre, juró que no le cobraría más que lo justo y, tras intercambiar una mirada significativa con el administrador, fue a disponerlo todo.
Se pasó el día entero yendo de Razguliái a la Puerta Nikítinskie y de vuelta: hacia la tarde lo tuvo listo todo y, dejando libre a su cochero, se marchó andando para su casa.
Era una noche de luna. El fabricante de ataúdes llegó felizmente hasta la Puerta Nikítinskie. Junto a la iglesia de la Ascensión le dio el alto nuestro conocido Yurko que, al reconocerlo, le deseó las buenas noches. Era tarde. El fabricante de ataúdes ya se acercaba a su casa, cuando de pronto le pareció que alguien llegaba a su puerta, la abría y desaparecía tras ella.
«¿Qué significará esto?—pensó Adrián—. ¿Quién más me necesitará? ¿No será un ladrón que se ha metido en casa? ¿O es algún amante que viene a ver a las bobas de mis hijas? ¡Lo que faltaba!»
Y el constructor de ataúdes se disponía ya a llamar en su ayuda a su amigo Yurko, cuando alguien que se acercaba a la valla y se disponía a entrar en la casa, al ver al dueño que corría hacia él, se detuvo y se quitó de la cabeza un sombrero de tres picos. A Adrián le pareció reconocer aquella cara, pero con las prisas no tuvo tiempo de observarlo como es debido.
¿Viene usted a mi casa? —dijo jadeante Adrián—, pase, tenga la bondad.
¡Nada de cumplidos, hombre! —contestó el otro con voz sorda—. ¡Pasa delante y enseña a los invitados el camino!
Adrián tampoco tuvo tiempo para andarse con cumplidos. La portezuela de la verja estaba abierta, se dirigió hacia la escalera, y el otro le siguió. Le pareció que por las habitaciones andaba gente.
«¡¿Qué diablos pasa?!», pensó.
Se dio prisa en entrar... y entonces se le doblaron las rodillas. La sala estaba llena de difuntos. La luna a través de la ventana iluminaba sus rostros amarillentos y azulados, las bocas hundidas, los ojos turbios y entreabiertos y las afiladas narices... Adrián reconoció horrorizado en ellos a las personas enterradas gracias a sus servicios, y en el huésped que había llegado con él, al brigadier enterrado durante aquel aguacero.
Todos, damas y caballeros, rodearon al fabricante de ataúdes entre reverencias y saludos; salvo uno de ellos, un pordiosero al que había dado sepultura de balde hacía poco. El difunto, cohibido y avergonzado de sus harapos, no se acercaba y se mantenía humildemente en un rincón. Todos los demás iban vestidos decorosamente: las difuntas con sus cofias y lazos, los funcionarios fallecidos, con levita, aunque con la barba sin afeitar, y los mercaderes con caftanes de día de fiesta.
Ya lo ves, Prójorov—dijo el brigadier en nombre de toda la respetable compañía—, todos nos hemos levantado en respuesta a tu invitación; sólo se han quedado en casa los que no podían hacerlo, los que se han desmoronado ya del todo y aquellos a los que no les queda ni la piel, sólo los huesos; pero incluso entre ellos uno no lo ha podido resistir, tantas ganas tenía de venir a verte.
En este momento un pequeño esqueleto se abrió paso entre la muchedumbre y se acercó a Adrián. Su cráneo sonreía dulcemente al fabricante de ataúdes. Jirones de paño verde claro y rojo y de lienzo apolillado colgaban sobre él aquí y allá como sobre una vara, y los huesos de los pies repicaban en unas grandes botas como las manos en los morteros.
No me has reconocido, Prójorov —dijo el esqueleto—. ¿Recuerdas al sargento retirado de la Guardia Piotr Petróvich Kurilkin, el mismo al que en el año 1799 vendiste tu primer ataúd, y además de pino en lugar del de roble?
Dichas estas palabras, el muerto le abrió sus brazos de hueso, pero Adrián, reuniendo todas sus fuerzas, lanzó un grito y le dio un empujón. Piotr Petróvich se tambaleó, cayó y todo él se derrumbó. Entre los difuntos se levantó un rumor de indignación: todos salieron en defensa del honor de su compañero y se lanzaron sobre Adrián entre insultos y amenazas. El pobre dueño, ensordecido por los gritos y casi aplastado, perdió la presencia de ánimo y, cayendo sobre los huesos del sargento retirado, se desmayó.
El sol hacía horas que iluminaba la cama en la que estaba acostado el fabricante de ataúdes. Éste por fin abrió los ojos y vio delante suyo a la criada que atizaba el fuego del samovar. Adrián recordó lleno de horror los sucesos del día anterior. Triújina, el brigadier y el sargento Kurilkin aparecieron confusos en su mente. Adrián esperaba en silencio que la criada le dirigiera la palabra y le refiriese las consecuencias del episodio nocturno.
Se te han pegado las sábanas, Adrián Prójorovich—dijo Aksinia acercándole la bata—. Te ha venido a ver tu vecino el sastre, y el de la garita ha pasado para avisarte que es el santo del comisario. Pero tú has tenido a bien seguir durmiendo y no hemos querido despertarte.
¿Y de la difunta Triújina no ha venido nadie?
¿Difunta? ¿Es que se ha muerto?
¡Serás estúpida! ¿O no fuiste tú quien ayer me ayudó a preparar su entierro?
¿Qué dices, hombre? ¿Te has vuelto loco, o es que aún no se te ha pasado la resaca? ¿Ayer qué entierro hubo? Si te pasaste todo el día de jarana en casa del alemán, volviste borracho, caíste redondo en la cama y has dormido hasta la hora que es, que ya han tocado a misa.
¡No me digas! —exclamó con alegría el fabricante de ataúdes.
Como lo oyes—contestó la sirvienta.
Pues si es así, trae en seguida el té y ve a llamar a mis hijas.

AMBROSE BIERCE -- CARRERA INCONCLUSA

AMBROSE BIERCE

CARRERA INCONCLUSA


James Burne Worson era zapatero, habitante de Leamington, Warwickshire, Inglaterra. Era propietario de un pequeño local, en uno de esos pasajes que nacen de la carretera a Warwick. Dentro de su humilde círculo, lo estimaban hombre honesto, aunque algo dado (como tantos de su clase en los pueblos ingleses) a la bebida. Cuando se emborrachaba, solía comprometerse en apuestas insensatas. En una de tales ocasiones, muy frecuentes, él se ufanaba de sus hazañas como corredor y atleta, lo que tuvo como resultado una competición contra natura. Apostaron un soberano de oro, y se comprometió a hacer todo el camino a Coventry corriendo ida y vuelta; se trata de una distancia que supera las cuarenta millas. Esto fue el 3 de septiembre de 1873. Partió de inmediato; el hombre con quien había hecho la apuesta -no se recuerda su nombre-, acompañado por Barham Wise, lencero, y Hamerson Burns, creo que fotógrafo, lo siguió en su carro o carreta ligera.
Durante varias millas, Worson anduvo muy bien, a paso regular, sin fatiga aparente, porque poseía, en verdad, gran poder de resistencia, y no estaba tan intoxicado como para que tal poder lo traicionara. Los tres hombres, en su carruaje, lo seguían a escasa distancia, y, ocasionalmente, se burlaban amistosamente de él o lo estimulaban, según se los imponía el ánimo. Súbitamente -en plena carretera, a menos de doce yardas de distancia, y mientras todos lo estaban observando- el hombre pareció tropezar. No cayó a tierra: desapareció antes de tocarla. Jamás se halló rastro de él.
Tras permanecer en el sitio y merodearlo, presa de la irresolución y la incertidumbre, los tres hombres regresaron a Leamington, narraron su increíble historia, y fueron, al fin, puestos a buen recaudo. Pero gozaban de buena reputación, siempre se los había juzgado sinceros, estaban sobrios en el momento del hecho, y nada conspiró jamás para desmentir el relato juramentado de su extraordinaria aventura; éste, no obstante, provocó divisiones de la opinión pública en todo el Reino Unido. Si tenían algo que ocultar eligieron, por cierto, uno de los medios más asombrosos que haya escogido jamás un ser humano en su sano juicio.

U N C A M I N O A L A L U Z D E L A L U N A -- A M B R O S E B I E R C E



A M B R O S E   B I E R C E
U N  C A M I N O A  L A  L U Z  D E  L A  L U N A

I
DECLARACIÓN DE JOEL HETMAN, Jr
.
Soy el más desdichado de los hombres. Rico,
respetado, con una buena educación y una salud
excelente -y uno a ésas muchas otras ventajas que
quienes poseen suelen valorar, y quienes no, codiciar
-, creo a veces que sería menor mi infortunio si
tales cosas no hubiesen sido vedadas, pues, en ese
caso, el contraste entre mi vida exterior y mi vida
interior no reclamaría atención tan continua y dolorosa.
Provoca una conjetura cuyo secreto, sombrío y
desconcertante, yo podría olvidar si estuviese sometido
a esfuerzos y privaciones.
Soy el único hijo de Joel y Julia Hetman. Uno
era un adinerado caballero rural; la otra, una mujer
hermosa y bien dotada a quien él amó apasionadamente, 
con una devoción, por lo que sé, celosa y
posesiva. A pocas millas de Nashville, Tennessee, se
alzaba la casa familiar, un edificio enorme, irregular,
que no respondía a ningún estilo arquitectónico en
especial, a poca distancia del camino, erguido sobre
un parque poblado de árboles y arbustos.
En esa época yo tenía diecinueve años, y estudiaba
en Yale. Un día recibí de mi padre un telegrama
de tal urgencia que, respondiendo a su
convocación (sobre la que no daba explicaciones) ,
partí a casa de inmediato. En la estación del ferrocarril
de NashvIlle, un pariente lejano me aguardaba
para enterarme del motivo de mi llamada: mi madre
había sido bárbaramente asesinada; se ignoraban la
razón y el culpable, pero no las circunstancias:
Mi padre había partido para Nashville con la
intención de regresar al día siguiente. Algo le impidió
realizar el negocio que se proponía, de modo
que volvió esa misma noche, poco antes del alba.
En su testimonio ante el médico forense, explicó
que como no tenía llaves y no quería perturbar a la
servidumbre en reposo, había ido hasta la parte trasera
de la casa, sin propósito definido. Al rodear un
ángulo del edificio, escuchó que cerraban sigilosamente
una puerta y, en la oscuridad, vio la confusa
figura de un hombre que no tardó en desaparecer
entre los árboles del parque. Sospechó que el intruso
fuera alguien que visitaba en secreto al personal
de la servidumbre; pero fueron infructuosos la apresurada
persecución y el breve examen; entró, luego,
por la puerta, que no estaba cerrada con llave, y subió
por las escaleras hasta el dormitorio de mi madre.
La puerta del cuarto estaba abierta, y, al
penetrar en la densa tiniebla, tropezó y cayó sobre
un pesado objeto que yacía sobre el suelo. Ahorraré
detalles; era mi pobre madre, estrangulada por manos
humanas.
Nada había sido robado, nada habían oído los
sirvientes, y -salvo esas marcas atroces anudadas
sobre la garganta del cadáver, Dios me permita olvidarlas
- ningún rastro había dejado el asesino.
Abandoné mis estudios y permanecí al lado de
mi padre, que sufrió, como es natural, graves alteraciones.
Su temperamento sereno y taciturno había
caído en tal desánimo que nada lograba atrapar su
atención, aunque cualquier cosa -un paso, el súbito
ruido de una puerta al cerrarse- bastaba para perturbarlo;
parecía víctima de una aprehensión. Ante una
leve sorpresa de sus sentidos se sobresaltaba visiblemente,
palideciendo, y luego se deslizaba una vez
más hacia el abismo de una melancolía aun más
profunda. Supongo que era lo que suele llamarse un
”hato de nervios”. En cuanto a mí, yo era mucho
más joven que ahora... lo cual significa mucho. La
juventud es Galaad, donde hay un bálsamo para
cada herida. ¡Ojalá habitara aún esa tierra de sortilegios!
No familiarizado con el dolor, no supe evaluar
mi amargura, ni pude hacer una cabal estimación de
la fuerza del golpe.
Una noche, meses después del terrible suceso,
mi padre y yo volvíamos de la ciudad a casa. Hacía
tres horas que la luna llena dominaba el horizonte;
toda la comarca yacía en la solemne placidez de una
noche estival; sólo nuestros pasos y el canto incesante
de las chicharras quebraban el vasto silencio.
Las negras sombras de los árboles cruzaban el camino
y, en los intersticios de luz que dejaban, resplandecía
una blancura espectral. Cuando
alcanzábamos el portón de nuestra casa, cuyo frente
ceñían las sombras sin que ninguna luz de adentro
las quebrase, mi padre abruptamente se detuvo y
aferró mi brazo, musitando con el aliento entrecortado:
-Dios mío, ¿qué es eso?
-No escucho nada -respondí.
-Pero mira... ¡mira! -exclamó, indicándome el
camino, frente a nosotros.
Afirmé:
-Allí no hay nada. Vamos, padre, entremos... no
te sientes bien.
Había dejado mí brazo en libertad, y permanecía
rígido e inmóvil en el centro del camino iluminado,
con esa mirada fija de quienes han perdido la razón.
Su rostro, a la luz de la luna, revelaba una palidez y
una concentración que provocaban una desesperación
inexpresable. Con suavidad, tiré de su
manga, pero él ya no advertía mi existencia. De inmediato,
comenzó a retroceder, paso a paso, sin
dejar de observar por un instante lo que veía o creía
ver. Casi me volví para seguirlo, pero no pude resolverme
a hacerlo. No recuerdo ninguna sensación
de terror, salvo que ese súbito estremecimiento fuera
su manifestación física. Era tal como si un viento
helado hubiese tocado mi rostro y envuelto totalmente
mi cuerpo; mis cabellos se agitaban ante su
gélida caricia.
En ese instante, llamó mi atención una súbita
luz que encendieron en la casa: uno de los sirvientes
(arrancado del sueño por vaya a saber qué misterioso
presentimiento de algo maligno) había prendido
una lámpara, al dictado de un impulso que jamás fue
capaz de nombrar. Cuando me volví y busqué a mi
padre, éste ya se había ido, y, durante los muchos
años que han pasado, ningún susurro sobre su destino
ha cruzado la frontera de las conjeturas desde
el reino de lo desconocido.

II
DECLARACIÓN DE CASPAR GRATTAN

Hoy se dice que vivo, mañana, en este cuarto,
ha de yacer insensible esta forma de arcilla que he
sido durante un tiempo ya excesivo. Si alguien levanta
el paño que cubre el rostro de ese objeto desagradable
sólo será para gratificar su mórbida
curiosidad. Algunos, indudablemente, irán tan lejos
como para preguntar: ¿Quién era él? -En este escrito
he de suministrar la única respuesta de que soy
capaz: Caspar Grattan. Seguramente, debería bastar.
Ese nombre ha servido a mis humildes necesidades
durante mas de veinte años de una vida cuya duración
desconozco. Es cierto que yo mismo me lo
impuse, pero, a falta de otro, me cabía el derecho.
En este mundo es preciso disponer de un nombre:
evita la confusión, ya que no establece la identidad.
A algunos, sin embargo, se los conoce mediante
números, modo de diferenciarse también inadecuado.
Un día, por ejemplo, yo recorría la calle de una
ciudad, lejos de aquí, cuando me crucé con dos
hombres uniformados; uno de ellos casi se detuvo
ante mí, y, tras observar mi rostro con curiosidad, le
dijo a su compañero:
-Ese hombre se parece al 767.
Algo en el número me pareció familiar y horrib1e.
Un impulso irrefrenable me obligó a precipitarme
en una calle lateral y a correr hasta que caí,
exhausto, en un sendero de las afueras.
Jamás he olvidado ese número, que siempre
acude a mi memoria escoltado por una rumorosa
obscenidad, carcajadas sin alegría, el clamor de
puertas de hierro. Por eso digo que un nombre
-aunque uno mismo se lo mismo se lo haya otorgado
- es siempre mejor que un número. En el registro
de algún cementerio de pobres, pronto he de
contar con ambos. ¡Vaya riqueza!
Ruego cierta consideración a quien halle este escrito.
No es la crónica de mi vida; el conocimiento
necesario para redactar tal cosa me ha sido vedado.
Es apenas el registro de hechos quebrados y aparentemente
inconexos, algunos tan claros y consecuentes
como las cuentas enlazadas por un hilo,
otros tan remotos y extraños que parecen sueños
color carmesí separados por huecos y negros intersticios.:
hogueras que arden en el centro de la desolación,
rojas e inmóviles.
De pie, en las playas de la eternidad, me vuelvo
para contemplar por última vez la tierra de la que
provengo. Hay veinte años cuyas huellas, las marcas
de mis pies sangrantes, distingo con claridad. Cruzan
a través del dolor y la miseria, inseguras y semejantes
a las de quien se arrastra bajo el peso de
una carga
Remota y
enemiga y lenta y melancólica.
¡Qué admirable la profecía de Mí que el poeta
hiciera, qué atrozmente admirable!
Más allá del comienzo de esta vía dolorosa -esta
épica del sufrimiento jalonada de pecados - nada
veo con claridad, todo parece envuelto en una nube.
Sé que sólo ha durado veinte años: soy, sin embargo,
un anciano.
Nadie recuerda el propio nacimiento: siempre se
lo cuentan. Pero, para mí, ha sido diferente; la vida
me fue otorgada en plenitud, dotada con todas mis
facultades y poderes. De una previa existencia no sé
más que otros, pues todos padecen intimaciones
balbuceantes que acaso sean recuerdos y acaso sean
sueños. Sólo sé que lo primero de que tuve conciencia
fue cierta madurez de cuerpo y mente, conciencia
que acepté sin entregarme al asombro o a las
conjeturas.
Me hallé, simplemente, en medio de un bosque,
a medio vestir, con los pies doloridos, víctima del
hambre y la fatiga. Al ver una granja, me acerqué a
pedir alimentos, que no me negaron. Me preguntaron
mi nombre; yo lo ignoraba, aunque no ignoraba
que todos tienen un nombre. Padecí una situación
incómoda, me retiré y, al caer la noche, me eché a
dormir en el suelo del bosque.
Al día siguiente pisé una ciudad cuyo nombre
callaré. También he de callar otros incidentes de
esta vida que ya he de concluir, una vida errante,
siempre y en todas partes agobiada por la opresiva
sensación del crimen que castiga la iniquidad y el terror
que castiga al crimen. Veamos si puedo darle
forma narrativa.
Parece que alguna vez viví cerca de una gran
ciudad, como un próspero hacendado, esposo de
una mujer a quien adoraba sin confiar en ella. A veces
sospecho que teníamos un hijo, un joven brillante
y prometedor, que es, en todo momento, una
figura borrosa, jamás trazada con claridad, a menudo
ausente.
Una noche tuve la desdichada idea de someter a
prueba la fidelidad de mí mujer, con un método
vulgar y difundido, que no ignorarán quienes conozcan
peripecias y situaciones novelescas. Fui a la
ciudad, diciéndole a irá esposa que me ausentaría
hasta la noche siguiente. Pero regresé antes del alba
s me dirigí hacia la parte trasera de la casa, con el
propósito de entrar por una puerta que yo, secretamente,
había arreglado de tal modo que su cerradura
pareciera funcionar aunque, en realidad, no
cerrara. Al acercarme a ella, oí que la abrían y cerraban
sigilosamente, y vi que un hombre se perdía en
las tinieblas. Con un propósito de muerte en mi corazón,
me precipite tras él, pero logró desaparecer
sin sufrir siquiera la desdicha de ser identificado.
Hoy, a veces, no 1ogro siquiera persuadirme de que
fuera un ser humano.
Enloquecido de furor y de celos, ciego, reducido
a una fiera por las pasiones elementales de la virilidad
ofendida, entré en la casa y me lancé por las
escaleras hasta el dormitorio de mi esposa. Estaba
cerrada, pero como también había preparado su cerradura,
entré con facilidad y, a pesar de la penumbra,
pronto estuve al lado de su cama. Mis manos la
hallaron vacía, aunque desordenada.
“Está abajo”, pensé, “la aterró mi llegada y está
oculta en la oscuridad del vestíbulo”.
Con el propósito de buscarla me volví para dejar
su habitación, pero tomé una dirección errónea:
la apropiada! Mi pie tropezó con ella, que se acurrucaba
en un rincón del cuarto. Mis manos no tardaron
en apresar su garganta, ahogando un alarido;
mis rodillas, en sofocar los movimientos de su
cuerpo convulso: allí, en la oscuridad, sin una palabra
de reproche o acusación, la estrangulé hasta
matarla.
Así concluye el sueño. Lo he narrado en pasado,
aunque el presente sería la forma correcta, pues una
y otra vez la tragedia se desarrolla en mi conciencia,
una y otra vez hago mis planes, sufro la confirmación
y vengo el agravio. Luego todo se borra; más
tarde, la lluvia golpea contra los sucios ventanales, o
cae la nieve sobre mi escasa vestimenta, o crujen las
ruedas en las calles escuálidas donde yace mi vida,
entre miserias y mezquinas ocupaciones. Si hay tardes
de sol, no las recuerdo; si hay pájaros, no escucho
su canto.
Hay otro sueño, otra visión nocturna. Estoy
entre las sombras de un camino a la luz de la luna.
Advierto otra presencia, que no puedo determinar.
Entre las sombras de un enorme edificio, percibo el
resplandor de vestimentas blancas; luego, la imagen
de una mujer me enfrenta en el camino: mi esposa
asesinada, con la muerte en el rostro, con marcas en
la garganta. Sus ojos me indagan con una gravedad
en la que no palpita el reproche ni el odio ni la
amenaza, ni nada menos brutal que el reconocimiento.
Ante esta aparición atroz, me retiro
aterrorizado -, aterrorizado escribo estas líneas, y
me cuesta dar forma a las palabras. ¡Observen!
ellas...
He logrado calmarme, pero por cierto que ya
nada queda por contar: el incidente concluye donde
comenzó, en medio de la incertidumbre y la tiniebla.
Sí, soy nuevamente dueño de mí: “el capitán de
mi alma”. Pero no se trata de una tregua; es otra
etapa, otra fase de mi expiación. Si mi sufrimiento
es constante en su intensidad, es mudable en su especie:
la serenidad es una de sus variantes. Después
de todo, es sólo una cadena perpetua. “Al infierno
de por vida” es pobre como sentencia: el culpable
elige la duración del castigo. Hoy expira mi término.
Para todos y cada uno de ustedes, la paz que no
me perteneció.

III
DECLARACIÓN DE LA DIFUNTA JULIA
HETMAN, A TRAVÉS DE LA MEDIUM
BAYROLLES

Me había acostado temprano y, casi inmediatamente,
se habla apoderado de mí un sueño sereno,
del que desperté con esa indefinible sensación de
peligro que es, según creo, una experiencia frecuente
en esa otra vida. Aunque no tardé en persuadirme
de su insignificancia, tal sensación no se
disipó. Mi esposo, Joel Hetman, estaba ausente; la
servidumbre dormía en otro sector de la casa. Pero
tales condiciones me resultaban familiares; jamás
me habían inquietado. No obstante, ese extraño terror
se volvió tan obstinado que, sobreponiéndome
a mi mala disposición para emprender cualquier
movimiento, me senté y encendí la luz. Contrariamente
a lo que suponía, no logré con ello alivio alguno;
la luz parecía acrecentar el peligro, pues,
según reflexioné, su resplandor se filtraría por debajo
de mi puerta, revelando mi presencia a todo ser
maligno que acechara agazapado. Ustedes, aún dueños
de la carne, aun carne de los hombres de la
imaginación, podrán advertir qué miedo monstruoso
ha de ser aquél que busque refugio en las tinieblas
contra las fuerzas malévolas de la noche. Es
como correr a encerrarse con un enemigo invisible:
la estrategia de la desesperación.
Apagué la luz y cubrí mi cabeza con las sábanas:
permanecí trémula y silenciosa, tan incapaz de proferir
un grito como de rezar tina plegaria. En estado
tan lamentable he de haber yacido durante horas,
según las llaman ustedes..., para nosotros no existen
las horas, no existe el tiempo.
Al fin lo escuché: un sonido suave e irregular de
pasos en la escalera. Eran lentos, vacilantes, inciertos,
como los de una criatura que no viera por donde
caminaba; mi razón confundida la sospechó, por
tal motivo, más aterradora: acaso se aproximara algo
maligno, ciego y sin entendimiento, algo ante lo cual
no hay apelación posible. Llegué a pensar, incluso,
que yo debía haber dejado encendida la luz del vestíbulo
y que el torpe avance de esta criatura confirmaba
que era un monstruo de la noche.
Esta tontería no guardaba coherencia con mi
previo temor a la luz, pero ¿qué puede exigirse? El
miedo carece de cerebro; es un idiota. Nos cede un
exánime testigo y un consejero cobarde, que no
guardan entre sí relación alguna. Bien lo sabemos
nosotros, los que hemos entrado al Reino del Terror,
los que deambularnos en un crepúsculo eterno
de escenas de nuestras vidas anteriores, invisibles
para nosotros mismos, invisibles el uno al otro,
ocultando, sin embargo, nuestra desolación en sitios
solitarios: anhelamos hablar con los que amamos,
pero somos mudos, y tanto los tememos como ellos
a nosotros. Ocasionalmente, tal imposibilidad se
quiebra, la ley se suspende: Mediante el inmortal
poder del amor o del odio rompemos el hechizo...
nos ven aquéllos a quienes queremos dar consejo,
consuelo o castigo. Ignorarnos bajo qué forma nos
ven: sólo sabemos que provocamos terror aún en
aquéllos a quienes más deseamos alegrar, de quienes
más deseamos ternura y calidez.
Pido perdón por esta digresión incoherente de
lo que alguna vez fue una mujer. Ustedes, que nos
consultan de modo tan imperfecto, no pueden
comprender. Nos formulan preguntas triviales sobre
cosas desconocidas y sobre cosas vedadas. Mucho
de lo que sabemos y que podríamos vertir a
nuestro lenguaje, nada significa en el de ustedes.
Debemos comunicarnos mediante tímidos balbuceos,
mediante esa mínima fracción de nuestro lenguaje
que ustedes comparten. Nos creen de otro
mundo. No, no conocemos otro mundo que el de
ustedes, aunque no nos acaricie la luz del sol, ni la
tibieza, ni la música, ni las risas, ni el canto de las
aves ni compañía alguna. ¡Dios mío, qué atrocidad
ser un fantasma que tiembla y se acurruca en un
mundo alterado, presa de la aprehensión y el desaliento!
No, no morí de miedo: esa Presencia se volvió y
se fue. La escuché descender las escaleras, apresuradamente,
me pareció, como si también a ella la
aturdiera el miedo. Entonces me levanté para pedir
ayuda. Apenas mi trémula mano acarició el picaporte
-¡cielo santo!- la oí regresar. Sus pasos, mientras
subía las escaleras, eran veloces, pesados y
ruidosos; estremecían la casa. Me precipité hacia un
ángulo de la pared y me arrojé contra el piso. Quise
rezar. Quise invocar el nombre de ¡ni querido esposo. 
Oí que abrían la puerta. Hubo un intervalo de
inconsciencia, y cuando reviví sentí un vigoroso
apretón en mi garganta, sentí que mis brazos oponían
débil resistencia al ímpetu de algo que me
aplastaba, sentí que mi lengua se escapaba entre los
dientes. Luego, pasé a esta vida.
Ignoro qué sucedió. La suma de lo que sabíamos
al morir da la medida de lo que sabemos sobre
todo lo que ocurrió anteriormente. Mucho sabemos
sobre esta existencia, pero no hay nueva luz que
ilumine las páginas de aquélla; en la memoria está
inscripto todo lo que pueda leerse. Aquí no hay alturas
de la verdad que dominen el confuso paisaje
de esa dudosa comarca. Aún habitamos el Valle de
la Sombra, nos agazapamos en sus sitios desolados,
escrutamos desde zarzas y matorrales a sus locos,
malignos habitantes. ¿Cómo habríamos de poseer
conocimiento nuevo de ese pasado evanescente?
Lo que narraré a continuación sucedió de noche.
Sabemos cuándo es de noche, pues entonces
ustedes se retiran a sus casas y nosotros podemos
aventurarnos a dejar nuestros refugios para recorrer,
sin temor alguno, nuestros viejos hogares, mirar por
las ventanas y aun entrar y observar los rostros de
los que duermen. Por largo tiempo me había demorado 
cerca de la casa donde, con tal crueldad, me
transformaron en lo que soy, según es nuestro hábito
cuando en ella queda algo que suscita nuestro
amor o nuestro odio. En vano había buscado algún
método para manifestarme, algún medio para que la
continuación de mi existencia, mi adoración y mi
amarga piedad, se tornaran comprensibles a mi esposo
y a mi hijo. Si dormían, irremediablemente
despertaban, o, si en mi desesperación me atrevía a
acercarme a ellos cuando estaban despiertos, volvían
hacia mí esos ojos terribles de los vivos, y esas
miradas que anhelaba me distraían. aterrándome, del
propósito que me guiaba.
Esa noche los había buscado infructuosamente,
temerosa de encontrarlos; no se hallaban en la casa,
ni en el parque que bañaba la luna. Pues, aunque
hayamos perdido el sol para siempre, la luna, ya sea
delgada, ya brille en su plenitud, sigue siendo nuestra.
A veces, brilla durante la noche; otras, durante
el día, pero siempre se alza y se pone, tal como en la
otra vida.
Dejé el parque y, acongojada y sin saber dónde
ir, recorrí el camino silencioso, bañado de luz blanca.
Súbitamente, me sorprendió la voz de mi pobre
esposo con sus exclamaciones de asombro, y la de
mi hijo, que intentaba calmarlo y disuadirlo: allí estaban,
al lado de la sombra que arrojaba un grupo
de árboles. ¡Tan cerca, tan cerca de mí! Hacia mí
dirigían sus ojos, en mí fijó el más anciano de ellos
su mirada. Me vio... finalmente me vio. Consciente
de ello, mi temor se disipó como un sueño cruel: se
quebró el sortilegio de la muerte: el Amor había derrotado
a la Ley. Loca de exaltación, grité debo haber
gritado: “E1 ve, él ve: él comprenderá!-. Luego,
dominándome, avancé sonriente y conscientemente
bella, para ofrecerme a sus brazos, para alentarlo
con mis caricias, y para aferrar con la mía la mano
de mi hijo, mientras volvíamos a unir los rotos lazos
entre los vivos y los muertos.
¡Ay de mí! Su rostro palideció de miedo, sus
ojos parecían los de un animal perseguido. Al verme
avanzar, retrocedió, y, finalmente, se volvió y se
ocultó en el bosque... dónde, no me es dado saberlo.
A mi pobre hijo, indudablemente acosado por la
desolación, jamás he podido impartirle la sensación
de mi presencia. Pronto, él también ha de incorporarse
a esta Vida Invisible, donde lo perderé para
siempre.

Diagnóstico de Muerte -- Ambrose Bierce



Diagnóstico de Muerte
Ambrose Bierce



- No soy tan supersticioso como algunos de tus doctores de ciencia, como tu te
complaces en decir - dijo Hawver, replicando una acusación que no había sido
hecha - Algunos de ustedes, solo algunos, confieso, creen en la inmortalidad del
alma, y en apariciones que tu no tienes la honestidad de llamar fantasmas. No voy
decir más que tengo la convicción que los vivos algunas veces son vistos donde
no están, en lugares donde han estado, donde ellos vivieron tanto tiempo, quizás
tan intensamente, como para dejar sus impresiones en todo lo que los rodea. Lo
se, en efecto, puede ser que un ambiente pueda ser tan afectado por la
personalidad de una persona como para impresionar, mucho después, una
imagen de uno mismo a los ojos de otro. Indudablemente la personalidad impresa
tiene que ser el tipo justo de personalidad y los ojos perceptores tienen que ser el
tipo justo de ojos, los míos por ejemplo.
- Si, el tipo justo de ojos, sensaciones convincentes del lugar erróneo del cerebro -
dijo el Dr. Frayley, sonriendo.
- Gracias; uno gusta tener sus espectativas gratificada; esto es en réplica de lo
que yo supongo que haría alguien civilizado.
- Perdón, pero tu dices que lo sabes. Es algo facil de decir, ¿no crees? Quizás tu
no pensarás en el problema de decirme como lo supiste.
- Tu lo llamarás una alucinación - dijo Hawver, - pero no es tal cosa - y le contó la
historia.
El último verano, como tu sabes, fui a pasar la temporada de calor a la ciudad de
Meridian. Los parientes cuya casa intentaba habitar estaban enfermos, así que
busqué otros cuartos. Luego de algunas dificultades renté una de las habitaciones
vacantes que había sido ocupada por un excéntrico doctor llamado Mannering,
quien se había ido varios años atrás, no se sabía adonde, ni siquiera su agente. Él
había construído una casa y había vivido allí durante diez años, acompañado por
un viejo sirviente. Su práctica, no muy extensa, lo tuvo ocupado durante algunos
años. Él también se vio abstraído de la vida social y se convirtió en un recluso. Me
lo contó un doctor del pueblo, que fue la única persona que tuvo alguna relación
con él, que durante su retiro, se hizo devoto de una única línea de estudio, el
resultado de lo que él expuso en un libro que no fue recomendado a la aprobación
de sus colegas médicos, quienes, sin embargo le consideraron no enteramente
sano.
No he visto el libro y no puedo recordar su título, pero me dijo que exponía una
extraña teoría. Él decía que era posible que una persona de buena salud pudiera
pronosticar su propia muerte con precisión, varios meses antes del evento. El
límite, creo, eran dieciocho meses. Hubo cuentos locales sobre que había ejercido
sus poderes de pronóstico, que quizás tu llames diagnóstico; y que las personas a
las que advirtió el deceso, murieron súbitamente en el plazo fijado, sin causa
conocida. Todo esto, por cierto, no tiene nada que ver con lo que te dije; pienso
que puede divertir a un médico.
La casa estaba amueblada, como él había vivido ahí. Era una oscura morada para
alguien que había sido un recluso más que un estudiante, y creo que me dio algo
de su carácter, quizás algo del carácter de su anterior ocupante; siempre sentí una
cierta melancolía que no estaba en mi disposición natural, según creo, debido a la
soledad. No tenía sirvientes que durmieran en la casa, pero siempre tuve la
adicción, como tu sabes, a la lectura. Cualquiera que fuera la causa, el efecto fue
un rechazo y un sentido de mal inminente; esto fue especialmente en el estudio
del Dr. Mannering, a pesar de que esta habitación era una de las más luminosas y
aireadas de la casa. El retrato de tamaño real del doctor parecía dominarlo
completamente. No había nada inusual en la foto; el hombre evidentemente lucía
bien, unos cincuenta años de edad, con un cabello gris metalizado, una cara
recién afeitada y unos ojos oscuros y serios. Algo en la imagen siempre acaparaba
mi atención. La apariencia del hombre se convirtió en familiar para mí, hasta me
'hechizó'.
Una tarde estaba paseando a través de esta habitación para ir a mi dormitorio, con
una lámpara (no había gas en Meridian). Me paré, como era usual, frente al
retrato, que parecía a la luz de la lámpara cobrar una nueva expresión, no
fácilmente descriptible, pero realmente escalofriante. Me interesé pero no me
inquieté. Moví la lámpara de un lado a otro y observé los efectos de alterar el
punto de iluminación. Mientras estaba tan absorto sentí un impulso en voltearme.
Y cuando lo hice ¡vi a un hombre que se movía a través de la habitación y se
dirigía hacia donde yo estaba! Tan pronto como él se acercaba a la lámpara su
rostro se iluminó, y vi que era el Dr. Mannering en persona; ¡era como si el retrato
estuviera caminando!
'Le pido disculpas', dije, algo fríamente, 'pero si usted golpeó no lo escuché'.
Él me pasó, dentro de una braza, extendió su dedo índice como en advertencia, y
sin una palabra, se marchó de la estancia, a pesar de que observé su ida no más
que lo que vi su entrada.
Por supuesto, no necesito decirte que esto puede ser lo que tu llamarías una
alucinación y lo que yo llamo una aparición. Esta habitación tiene solo dos puertas,
una de las cuales estaba cerrada; la otra llevaba al dormitorio, desde donde no
había otra salida. Mi sentimiento sobre esto es que no es una parte importante del
incidente.
Indudablemente esto te parecerá un lugar común "el cuento de fantasmas" algo
que uno construye sobre las líneas dejadas por los viejos maestros del arte. Si así
fuera, no te lo habría contado, aún si hubiera sido verdad. Pero el hombre no está
muerto; lo conocí hoy mismo en la Calle Unión. Me cruzó entre una multitud.
Hawver finalizó su historia y ambos hombres se quedaron callados. El Dr. Frayley
distraídamente golpeó la mesa con sus dedos.
- ¿Te dijo algo hoy, - preguntó - alguna cosa que te haya hecho inferir que no
estaba muerto?
Hawver lo miró fijamente y no replicó.
- Quizás - continuó Frayley - él hizo alguna señal, un gesto, alzó un dedo. Es un
truco que él tenía, un hábito cuando decía algo serio, anunciando el resultado de
un diagnóstico, por ejemplo.
- Si, lo hizo, su aparición lo hizo. Pero, ¡por Dios! ¿Lo conocías?
Hawver estaba poniéndose aparentemente nervioso.
- Lo conocí. Leí su libro, como todo médico de hoy en día. Es una de las más
importantes contribuciones del siglo a la ciencia de la Medicina. Si, lo conocí; lo
traté en su enfermedad durante los últimos tres años. Él murió.
Hawver buscó una silla, visiblemente incómodo. Dio un par de zancadas y se
sentó. Luego se dirigió a su amigo, y en una voz no muy clara, dijo:
- Doctor, ¿tiene usted algo para decirme como médico?
- No, Hawver; tu eres el hombre más saludable que conocí. Como amigo te
recomiendo que vayas a tu habitación. Tocas el violín como un ángel. Tócalo, toca
algo alegre y jovial. Ten este maldito asunto fuera de tu mente.
Al siguiente día Hawver fue hallado muerto en su habitación, el violín en su cuello,
el arco sobre las cuerdas, su música se escuchó antes de la Marcha Fúnebre de
Chopin.