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viernes, 6 de mayo de 2011

El grito del muerto





EL GRITO DEL MUERTO
H. P .Lovecraft
El grito de un muerto fue lo que me hizo concebir aquel intenso horror hacia el doctor Herbert West,
horror que enturbió los últimos años de nuestra vida en común. Es natural que una cosa como el grito
de un muerto produzca horror, ya que, evidentemente, no se trata de un suceso agradable ni
ordinario. Pero yo estaba acostumbrado a esta clase de experiencias; por tanto, lo que me afectó en
esa ocasión fue cierta circunstancia especial. Quiero decir, que no fue el muerto lo que me asustó.
Herbert West, de quien era yo compañero y ayudante, poseía intereses científicos muy alejados de la
rutina habitual de un médico de pueblo. Esa era la razón por la que, al establecer su consulta en
Bolton, había elegido una casa próxima al cementerio. Dicho brevemente y sin paliativos, el único
interés absorbente de West consistía en el estudio secreto de los fenómenos de la vida y de su
culminación, encaminados a reanimar a los muertos inyectándoles una solución estimulante. Para
llevar a cabo estos macabros experimentos era preciso estar constantemente abastecidos de
cadáveres humanos muy frescos; porque aún la más mínima descomposición daña la estructura del
cerebro; y humanos, y descubrimos que el preparado necesitaba una composición específica, según
los diferentes tipos de organismos. Matamos docenas de conejos y cobayas para tratarlos, pero este
camino no nos llevó a ninguna parte. West nunca había conseguido plenamente su objetivo porque
nunca había podido disponer de un cadáver suficientemente fresco. Necesitaba cuerpos cuya
vitalidad hubiera cesado muy poco antes; cuerpos con todas las células intactas, capaces de recibir
nuevamente el impulso hacia esa forma de movimiento llamado vida. Había esperanzas de volver
perpetua esta segunda vida artificial mediante repetidas inyecciones; pero habíamos averiguado que
una vida natural ordinaria no respondía a la acción. Para infundir movimiento artificial, debía quedar
extinguida la vida nocturna: los ejemplares debían ser muy frescos, pero estar auténticamente
muertos.
Habíamos empezado West y yo la pavorosa investigación siendo estudiantes de la Facultad de
Medicina de la Universidad Miskatonic, de Arkham, profundamente convencidos desde un principio
del carácter absolutamente mecanicista de la vida. Eso fue siete años antes; sin embargo, él no
parecía haber envejecido ni un día: era bajo, rubio de cara afeitada, voz suave, y con gafas; a veces
había algún destello en sus fríos ojos azules que delataba el duro y creciente fanatismo de su
caracter, efecto de sus terribles investigaciones. Nuestras experiencias habían sido a menudo
espantosas en extremo, debidas a una reanimación defectuosa, al galvanizar aquellos grumos de
barro de cementerio en un movimiento morboso, insensato y anormal, merced a diversas
modificaciones de la solución vital.
Uno de los ejemplares había proferido un alarido escalofriante; otro, se había levantado,
violentamente, nos había derribado dejándonos inconscientes, y hab ía huido enloquecido, antes de
que lograran cogerle y encerrarlo tras los barrotes del manicomio; y un tercero, una monstruosidad
nauseabunda y africana, había surgido de su poco profunda sepultura y había cometido una
atrocidad... West había tenido que matarlo a tiros. No podíamos conseguir cadáveres lo bastante
frescos como para que manifestasen algún vestigio de inteligencia al ser reanimados, de modo que
forzosamente creábamos horrores indecibles. Era inquietante, pensar que uno de nuestros
monstruos, o quizá dos, aun vivían... tal pensamiento nos estuvo atormentando de manera vaga,
hasta que finalmente West desapareció en circunstancias espantosas.
Pero en la época del alarido en el laboratorio del sótano de la aislada casa de Bolton, nuestros
temores estaban subordinados a la ansiedad por conseguir ejemplares extremadamente frescos.
West se mostraba más ávido que yo, de forma que casi me parec ía que miraba con codicia el físico
de cualquier persona viva y saludable. Fue en julio de 1910 cuando empezó a mejorar nuestra suerte
en lo que a ejemplares se refiere. Yo me había ido a Illinois a hacerle una larga visita a mis padres, y
a mi regreso encontré a West en un estado de singular euforia. Me dijo excitado que casi con toda
probabilidad había resuelto el problema de la frescura de los cadáveres abordándolo desde un ángulo
enteramente distinto: el de la preservación artificial. Yo sabía que trabajaba en un preparado nuevo
sumamente original, así que no me sorprendió que hubiera dado resultado; pero hasta que me hubo
explicado los detalles, me tuvo un poco perplejo sobre cómo podía ayudarnos dicho preparado en
nuestro trabajo, ya que el enojoso deterioro de los ejemplares se debía ante todo al tiempo
transcurrido hasta que caían en nuestras manos. Esto lo había visto claramente West, según me daba
cuenta ahora, al crear un compuesto embalsamador para uso futuro, más que inmediato, por si el
destino le proporcionaba un cadáver muy reciente y sin enterrar, como nos había ocurrido años antes,
con el negro aquel de Bolton, tras el combate de boxeo. Por último, el destino se nos mostró propicio,
de forma que en esta ocasión conseguimos tener en el laboratorio secreto del sótano un cadáver cuya
corrupción no había tenido posibilidad de empezar aun. West no se atrevía a predecir que sucedería
en el momento de la reanimación, ni si podíamos esperar una revivificación de la mente y la razón. El
experimento marcaría un hito en nuestros estudios, por lo que había conservado este nuevo cuerpo
hasta mi regreso, a fin de que compartiésemos los dos el resultado de la forma acostumbrada.
West me contó cómo había conseguido el ejemplar. Había sido un hombre vigoroso; un extranjero
bien vestido que se acababa de apear al tren, y que se dirig ía a las Fabricas Textiles de Bolton a
resolver unos asuntos. Había dado un largo paseo por el pueblo, y al detenerse en nuestra casa a
preguntar el camino de las fábricas, había sufrido un ataque al corazón. Se negó a tomar un cordial, y
cayo súbitamente muerto, un momento después. Como era de esperar, el cadáver le pareció a West
como llovido del cielo. En su breve conversación, el forastero le había explicado que no conocía a
nadie en Bolton; y tras registrarle los bolsillos después, averiguó que se trataba de un tal Robert
Leavitt, de St. Louis, al parecer sin familia que pudiera hacer averiguaciones sobre su desaparición. Si
no conseguía devolverlo a la vida, nadie se enteraría de nuestro experimento. Solíamos enterrar los
despojos en una espesa franja de bosque que había entre nuestra casa y el cementerio de
enterramientos anónimos. En cambio, si teníamos éxito, nuestra fama quedaría brillante y
perpetuamente establecida. De modo que West había inyectado sin demora, en la muñeca del
cadáver, el preparado que le mantendría fresco hasta mi llegada. La posible debilidad del corazón,
que a mi juicio haría peligrar el éxito de nuestro experimento, no parecía preocupar demasiado a
West. Esperaba conseguir al fin lo que no hab ía logrado hasta ahora: reavivar la chispa de la razón y
devolverle la vida, quizá, a una criatura normal. De modo que la noche del 18 de julio de 1910;
Herbert West y yo nos encontrábamos en el laboratorio del sótano, contemplando la figura blanca e
inmóvil bajo la luz cegadora de la lámpara. El compuesto embalsamador había dado un resultado
extraordinariamente positivo; pues al comprobar fascinado el cuerpo robusto que llevaba dos
semanas sin que sobreviniese la rigidez, pedí a West que me diese garantías de que estaba
verdaderamente muerto. Me las dio en el acto, recordándome que jamás administrábamos la solución
reanimadora sin una serie de pruebas minuciosas para comprobar que no había vida; ya que en caso
de subsistir el menor vestigio de vitalidad original no tendría ningún efecto. Cuando West se puso a
hacer todos los preparativos, me quedé impresionado ante la enorme complejidad del nuevo
experimento; era tanta, que no quiso confiar el trabajo a otras manos que las suyas. Y tras prohibirme
tocar siquiera el cuerpo, inyectó primero una droga en la muñeca, cerca del sitio donde había
pinchado para inyectarle el compuesto embalsamador. Ésta, dijo, neutralizaría el compuesto y
liberaría los sistemas sumiéndolos en una relajación normal, de forma que la solución reanimadora
pudiese actuar libremente al ser inyectada. Poco después, cuando se observó un cambio, y un leve
temblor pareció afectar los miembros muertos, West colocó sobre la cara espasmódica una especie
de almohada, la apretó violentamente y no la retiró hasta que el cadáver se quedó absolutamente
inmóvil y listo para nuestro intento de reanimación. Él, pálido y entusiasta se dedicó ahora a efectuar
unas cuantas pruebas finales y someras para comprobar la absoluta carencia de vida, se aparto
satisfecho y, finalmente inyectó en el brazo izquierdo una dosis meticulosamente medida del elixir
vital, preparado durante la tarde con más minuciosidad que nunca, desde nuestros tiempos
universitarios, en que nuestras hazañas eran nuevas e inseguras. No me es posible describir la
tremenda e intensa incertidumbre con que esperamos los resultados de este primer ejemplar
auténticamente fresco: el primero del que podíamos esperar razonablemente que abriese los labios y
nos contase quizá, con voz inteligente, lo que había visto al otro lado del insondable abismo.
West era materialista, no creía en el alma, y atribuía toda función de la conciencia a fenómenos
corporales; por consiguiente, no esperaba ninguna revelación sobre espantosos secretos de abismos
y cavernas más allá de la barrera de la muerte. Yo no disentía completamente de su teoría, aunque
conservaba vagos e instintivos vestigios de la primitiva fe de mis antecesores; de modo que no podía
dejar de observar el cadáver con cierto temor y terrible expectación. Además... no podía borrar de mi
memoria aquel grito espantoso e inhumano que oímos la noche en que intentamos nuestro primer
experimento en la deshabitada granja de Arkham.
Había transcurrido muy poco tiempo, cuando observé que el ensayo no iba a ser un fracaso total. Sus
mejillas, hasta ahora blancas como la pared, habían adquirido un levísimo color, que luego se
extendió bajo la barba incipiente, curiosamente amplia y arenosa. West, que tenía la mano puesta en
el pulso de la muñeca izquierda del ejemplar, asintió de pronto significativamente; y casi de manera
simultánea, apareció un vaho en el espejo inclinado sobre la boca del cadáver. Siguieron unos
cuantos movimientos musculares espasmódicos; y a continuación una respiración audible y un
movimiento visible del pecho. Observe los párpados cerrados, y me pareció percibir un temblor.
Después, se abrieron y mostraron unos ojos grises, serenos y vivos, aunque todavía sin inteligencia,
ni siquiera curiosidad. Movido por una fantástica ocurrencia, susurre unas preguntas en la oreja cada
vez más colorada; unas preguntas sobre otros mundos cuyo recuerdo aun podía estar presente. Era
el terror lo que las extraía de mi mente; pero creo que la última que repetí, fue: "¿Dónde has estado?".
Aún no sé si me contestó o no, ya que no brotó ningún sonido de su bien formada boca; lo que sí
recuerdo es que en aquel instante creí firmemente que los labios delgados se movieron ligeramente,
formando sílabas que yo habría vocalizado como "sólo ahora", si la frase hubiese tenido sentido o
relación con lo que le preguntaba. En aquel instante me sentí lleno de alegría, convencido de que
habíamos alcanzado el gran objetivo y que, por primera vez, un cuerpo reanimado había pronunciado
palabras movido claramente por la verdadera razón. Un segundo después, ya no cupo ninguna duda
sobre el éxito, ninguna duda de que la solución había cumplido cabalmente su función, al menos de
manera transitoria, devolviéndole al muerto una vida racional y articulada... Pero con ese triunfo me
invadió el más grande de los terrores... no a causa del ser que había hablado, sino por la acción que
había presenciado, y por el hombre a quien me unían las vicisitudes profesionales. Porque aquel
cadáver fresco, cobrando conciencia finalmente de forma aterradora, con los ojos dilatados por el
recuerdo de su última escena en la tierra, manoteó frenético en una lucha de vida o muerte con el aire
y, de súbito, se desplomó en una segunda y definitiva disolución, de la que ya no pudo volver,
profiriendo un grito que resonara eternamente en mi cerebro atormentado:
¡Auxilio! ¡Aparta, maldito demonio pelirrojo... aparta esa condenada aguja!


EL SABUESO -- H. P. Lovecraft





EL SABUESO
H. P. Lovecraft


.En mis torturados oídos resuenan incesantemente un chirrido y un aleteo de pesadilla, y un breve ladrido lejano como el de un gigantesco sabueso. No es un sueño... y temo que ni siquiera sea locura, ya que son muchas las cosas que me han sucedido para que pueda permitirme esas misericordiosas dudas.
St. John es un cadáver destrozado; únicamente yo sé por qué, y la índole de mi conocimiento es tal que estoy a punto de saltarme la tapa de los sesos por miedo a ser destrozado del mismo modo. En los oscuros e interminables pasillos de la horrible fantasía vagabundea Némesis, la diosa de la venganza negra y disforme que me conduce a aniquilarme a mí mismo.
¡Que perdone el cielo la locura y la morbosidad que atrajeron sobre nosotros tan monstruosa suerte! Hartos ya con los tópicos de un mundo prosaico, donde incluso los placeres del romance y de la aventura pierden rápidamente su atractivo, St. John y yo habíamos seguido con entusiasmo todos los movimientos estéticos e intelectuales que prometían terminar con nuestro insoportable aburrimiento. Los enigmas de los simbolistas y los éxtasis de los prerrafaelistas fueron nuestros en su época, pero cada nueva moda quedaba vaciada demasiado pronto de su atrayente novedad.
Nos apoyamos en la sombría filosofía de los decadentes, y a ella nos dedicamos aumentando paulatinamente la profundidad y el diabolismo de nuestras penetraciones. Baudelaire y Huysmans no tardaron en hacerse pesados, hasta que finalmente no quedó ante nosotros más camino que el de los estímulos directos provocados por anormales experiencias y aventuras «personales». Aquella espantosa necesidad de emociones nos condujo eventualmente por el detestable sendero que incluso en mi actual estado de desesperación menciono con vergüenza y timidez: el odioso sendero de los saqueadores de tumbas.
No puedo revelar los detalles de nuestras impresionantes expediciones, ni catalogar siquiera en parte el valor de los trofeos que adornaban el anónimo museo que preparamos en la enorme casa donde vivíamos St. John y yo, solos y sin criados. Nuestro museo era un lugar sacrílego, increíble, donde con el gusto satánico de neuróticos «dilettanti» habíamos reunido un universo de terror y de putrefacción para excitar nuestras viciosas sensibilidades. Era una estancia secreta, subterránea, donde unos enormes demonios alados esculpidos en basalto y ónice vomitaban por sus bocas abiertas una extraña luz verdosa y anaranjada, en tanto que unas tuberías ocultas hacían llegar hasta nosotros los olores que nuestro estado de ánimo apetecía: a veces el aroma de pálidos lirios fúnebres, a veces el narcótico incienso de unos funerales en un imaginario templo
oriental, y a veces —¡cómo me estremezco al recordarlo!— la espantosa fetidez de una tumba descubierta.
Alrededor de las paredes de aquella repulsiva estancia había féretros de antiguas momias alternando con hermosos cadáveres que tenían una apariencia de vida, perfectamente embalsamados por el arte del moderno taxidermista, y con lápidas mortuorias arrancadas de los cementerios más antiguos del mundo. Aquí y allá, unas hornacinas contenían cráneos de todas las formas, y cabezas conservadas en diversas fases de descomposición. Allí podían encontrarse las podridas y calvas coronillas de famosos nobles, y las tiernas cabecitas doradas de niños recién enterrados.
Había allí estatuas y cuadros, todos de temas perversos y algunos realizados por St. John y por mí mismo. Un portafolio cerrado, encuadernado con piel humana curtida, contenía ciertos dibujos atribuidos a Goya y que el artista no se había atrevido a publicar. Había allí nauseabundos instrumentos musicales, de cuerda, de metal y de viento, en los cuales St. John y yo producíamos a veces disonancias de exquisita morbosidad y diabólica lividez; y en una multitud de armarios de caoba reposaba la más increíble colección de objetos sepulcrales nunca reunidos por la locura y perversión humanas. Acerca de esa colección debo guardar un especial silencio. Afortunadamente, tuve el valor de destruirla mucho antes de pensar en destruirme a mí mismo.
Las expediciones, en el curso de las cuales recogíamos nuestros nefandos tesoros, eran siempre memorables acontecimientos desde el punto de vista artístico. No éramos vulgares vampiros, sino que trabajábamos únicamente bajo determinadas condiciones de humor, paisaje, medio ambiente, tiempo, estación del año y claridad lunar. Aquellos pasatiempos eran para nosotros la forma más exquisita de expresión estética, y concedíamos a sus detalles un minucioso cuidado técnico. Una hora inadecuada, un pobre efecto de luz o una torpe manipulación del húmedo césped, destruían para nosotros la extasiante sensación que acompañaba a la exhumación de algún ominoso secreto de la tierra. Nuestra búsqueda de nuevos escenarios y condiciones excitantes era febril e insaciable. St. John abría siempre la marcha, y fue él quien descubrió el maldito lugar que acarreó sobre nosotros una espantosa e inevitable fatalidad.
¿Qué desdichado destino nos atrajo hasta aquel horrible cementerio holandés? Creo que fue el oscuro rumor, la leyenda acerca de alguien que llevaba enterrado allí cinco siglos, alguien que en su época fue un saqueador de tumbas y había robado un valioso objeto del sepulcro de un poderoso. Recuerdo la escena en aquellos momentos finales: la pálida luna otoñal sobre las tumbas, proyectando sombras alargadas y horribles; los grotescos árboles, cuyas ramas descendían tristemente hasta unirse con el descuidado césped y las estropeadas losas; las legiones de murciélagos que volaban contra la luna; la antigua capilla cubierta de hiedra y apuntando con un dedo espectral al pálido cielo; los fosforescentes insectos que danzaban como fuegos fatuos bajo las tejas de un alejado rincón; los olores a moho, a vegetación y a cosas menos explicables que se mezclaban débilmente con la brisa nocturna procedente de lejanos mares y pantanos; y, lo peor de todo, el triste aullido de algún gigantesco sabueso al cual no podíamos ver
ni situar de un modo concreto. Al oírlo nos estremecimos, recordando las leyendas de los campesinos, ya que el hombre que tratábamos de localizar había sido encontrado hacía siglos en aquel mismo lugar, destrozado por las zarpas y los colmillos de un execrable animal.
Recuerdo cómo excavamos la tumba del vampiro con nuestras azadas, y cómo nos estremecimos ante el cuadro de nosotros mismos, la tumba, la pálida luna vigilante, las horribles sombras, los grotescos árboles, los murciélagos, la antigua capilla, los danzantes fuegos fatuos, los nauseabundos olores, la gimiente brisa nocturna y el extraño aullido cuya existencia objetiva apenas podíamos estar seguros.
Luego, nuestros azadones chocaron contra una sustancia dura, y no tardamos en descubrir una enmohecida caja de forma oblonga. Era increíblemente recia, pero tan vieja que finalmente conseguimos abrirla y regalar nuestros ojos con su contenido.
Mucho —sorprendentemente mucho— era lo que quedaba del cadáver a pesar de los quinientos años transcurridos. El esqueleto, aunque aplastado en algunos lugares por las mandíbulas de la cosa que le había producido la muerte, se mantenía unido con asombrosa firmeza, y nos inclinamos sobre el descarnado cráneo con sus largos dientes y sus cuencas vacías en las cuales habían brillado unos ojos con una fiebre semejante a la nuestra. En el ataúd había un amuleto de exótico diseño que, al parecer, estuvo colgado del cuello del durmiente. Representaba a un sabueso alado, o a una esfinge con un rostro semicanino, y estaba exquisitamente tallado al antiguo gusto oriental en un pequeño trozo de jade verde. La expresión de sus rasgos era sumamente repulsiva, sugeridora de muerte, de bestialidad y de odio. Alrededor de la base llevaba una inscripción en unos caracteres que ni St. John ni yo pudimos identificar; y en el fondo, como un sello de fábrica, aparecía grabado un grotesco y formidable cráneo.
En cuanto echamos la vista encima al amuleto supimos que debíamos poseerlo; que aquel tesoro era evidentemente nuestro botín. Aun en el caso que nos hubiera resultado completamente desconocido lo hubiéramos deseado, pero al mirarlo de más cerca nos dimos cuenta que nos parecía algo familiar. En realidad, era ajeno a todo arte y literatura conocida por lectores cuerdos y equilibrados, pero nosotros reconocimos en el amuleto la cosa sugerida en el prohibido Necronomicon del árabe loco Adbul Alhazred; el horrible símbolo del culto de los devoradores de cadáveres de la inaccesible Leng, en el Asia Central. No nos costó ningún trabajo localizar los siniestros rasgos descritos por el antiguo demonólogo árabe; unos rasgos extraídos de alguna oscura manifestación sobrenatural de las almas de aquellos que fueron vejados y devorados después de muertos.
Apoderándonos del objeto de jade verde, dirigimos una última mirada al cavernoso cráneo de su propietario y cerramos la tumba, volviendo a dejarla tal como la habíamos encontrado. Mientras nos marchábamos apresuradamente del horrible lugar, con el amuleto robado en el bolsillo de St. John, nos pareció ver que los murciélagos descendían en tropel hacía la tumba que acabábamos de
profanar, como si buscaran en ella algún repugnante alimento. Pero la luna de otoño brillaba muy débilmente, y no pudimos saberlo a ciencia cierta.
Al día siguiente, cuando embarcábamos en un puerto holandés para regresar a nuestro hogar, nos pareció oír el leve y lejano aullido de algún gigantesco sabueso. Pero el viento de otoño gemía tristemente, y no pudimos saberlo con seguridad.
Menos de una semana después de nuestro regreso a Inglaterra comenzaron a suceder cosas muy extrañas. St. John y yo vivíamos como reclusos; sin amigos, solos y en unas cuantas habitaciones de una antigua mansión, en una región pantanosa y poco frecuentada; de modo que en nuestra puerta resonaba muy raramente la llamada de un visitante.
Ahora, sin embargo, estábamos preocupados por lo que parecía ser un frecuente roce en medio de la noche, no sólo alrededor de las puertas, sino también alrededor de las ventanas, lo mismo en las de la planta baja que en las de los pisos superiores. En cierta ocasión imaginamos que un cuerpo voluminoso y opaco oscurecía la ventana de la biblioteca cuando la luna brillaba contra ella, y en otra ocasión creímos oír un aleteo no muy lejos de la casa. Una minuciosa investigación no nos permitió descubrir nada, y empezamos a atribuir aquellos hechos a nuestra imaginación, turbada aún por el leve y lejano aullido que nos pareció haber oído en el cementerio holandés. El amuleto de jade reposaba ahora en una hornacina de nuestro museo, y a veces encendíamos una vela extrañamente aromada delante de él. Leímos mucho en el Necronomicon de Alhazred acerca de sus propiedades y acerca de las relaciones de las almas con los objetos que las simbolizan y quedamos desasosegados por lo que leímos.
Luego llegó el terror.
La noche del 24 de septiembre de 19... oí una llamada en la puerta de mi dormitorio. Creyendo que se trataba de St. John le invité a entrar, pero sólo me respondió una espantosa risotada. En el pasillo no había nadie. Cuando desperté a St. John y le conté lo ocurrido, manifestó una absoluta ignorancia del hecho y se mostró tan preocupado como yo. Aquella misma noche, el leve y lejano aullido sobre las soledades pantanosas se convirtió en una espantosa realidad.
Cuatro días más tarde, mientras nos encontrábamos en el museo, oímos un cauteloso arañar en la única puerta que conducía a la escalera secreta de la biblioteca. Nuestra alarma aumentó, ya que, además de nuestro temor a lo desconocido, siempre nos había preocupado la posibilidad que nuestra extraña colección pudiera ser descubierta. Apagando todas las luces, nos acercamos a la puerta y la abrimos bruscamente de par en par; se produjo una extraña corriente de aire y oímos, como si se alejara precipitadamente, una rara mezcla de susurros, risitas entre dientes y balbuceos articulados. En aquel momento no tratamos de decidir si estábamos locos, si soñábamos o si nos enfrentábamos con una realidad. De lo único que sí nos dimos cuenta, con la más negra de las aprensiones, fue que los balbuceos aparentemente incorpóreos habían sido proferidos en idioma holandés.
Después de aquello vivimos en medio de un creciente horror, mezclado con cierta fascinación. La mayor parte del tiempo nos ateníamos a la teoría que estábamos enloqueciendo a causa de nuestra vida de excitaciones anormales, pero a veces nos complacía más dramatizar acerca de nosotros mismos y considerarnos víctimas de alguna misteriosa y aplastante fatalidad. Las manifestaciones extrañas eran ahora demasiado frecuentes para ser contadas. Nuestra casa solitaria parecía sorprendentemente viva con la presencia de algún ser maligno cuya naturaleza no podíamos intuir, y cada noche aquel demoníaco aullido llegaba hasta nosotros, cada vez más claro y audible. El 29 de octubre encontramos en la tierra blanda debajo de la ventana de la biblioteca una serie de huellas de pisadas completamente imposibles de describir. Resultaban tan desconcertantes como las bandadas de enormes murciélagos que merodeaban por los alrededores de la casa en número creciente.
El horror alcanzó su culminación el 18 de noviembre, cuando St. John, regresando a casa al oscurecer, procedente de la estación del ferrocarril, fue atacado por algún espantoso animal y murió destrozado. Sus gritos habían llegado hasta la casa y yo me había apresurado a dirigirme al terrible lugar: llegué a tiempo de oír un extraño aleteo y de ver una vaga forma negra siluetada contra la luna que se alzaba en aquel momento.
Mi amigo estaba muriéndose cuando me acerqué a él y no pudo responder a mis preguntas de un modo coherente. Lo único que hizo fue susurrar:
—El amuleto..., aquel maldito amuleto...
Y exhaló el último suspiro, convertido en una masa inerte de carne lacerada.
Lo enterré al día siguiente en uno de nuestros descuidados jardines, y murmuré sobre su cadáver uno de los extraños ritos que él había amado en vida. Y mientras pronunciaba la última frase, oí a lo lejos el débil aullido de algún gigantesco sabueso. La luna estaba alta, pero no me atreví a mirarla. Y cuando vi sobre el marjal una ancha y nebulosa sombra que volaba de otero en otero, cerré los ojos y me dejé caer al suelo, boca abajo. No sé el tiempo que pasé en aquella posición. Sólo recuerdo que me dirigí temblando hacia la casa y me prosterné delante del amuleto de jade verde.
Temeroso de vivir solo en la antigua mansión, al día siguiente me marché a Londres, llevándome el amuleto, después de quemar y enterrar el resto de la impía colección del museo. Pero al cabo de tres noches oí de nuevo el aullido, y antes de una semana comencé a notar unos extraños ojos fijos en mí en cuanto oscurecía. Una noche, mientras paseaba por el Victoria Embankment, vi que una sombra negra oscurecía uno de los reflejos de las lámparas en el agua. Sopló un viento más fuerte que la brisa nocturna y, en aquel momento, supe que lo que había atacado a St. John no tardaría en atacarme a mí.
Al día siguiente empaqueté cuidadosamente el amuleto de jade verde y embarqué hacia Holanda. Ignoraba lo que podía ganar devolviendo el objeto a su silencioso y durmiente propietario; pero me sentía obligado a intentarlo todo con tal de desvanecer la amenaza que pesaba sobre mi cabeza. Lo que pudiera ser el
sabueso, y los motivos para que me hubiera perseguido, eran preguntas todavía vagas; pero yo había oído por primera vez el aullido en aquel antiguo cementerio, y todos los acontecimientos subsiguientes, incluido el moribundo susurro de St. John, habían servido para relacionar la maldición con el robo del amuleto. En consecuencia, me hundí en los abismos de la desesperación cuando, en una posada de Rotterdam, descubrí que los ladrones me habían despojado de aquel único medio de salvación.
Aquella noche, el aullido fue más audible, y por la mañana leí en el periódico un espantoso suceso acaecido en el barrio más pobre de la ciudad. En una miserable vivienda habitada por unos ladrones, toda una familia había sido despedazada por un animal desconocido que no dejó ningún rastro. Los vecinos habían oído durante toda la noche un leve, profundo e insistente sonido, semejante al aullido de un gigantesco sabueso.
Al anochecer me dirigí de nuevo al cementerio, donde una pálida luna invernal proyectaba espantosas sombras, y los árboles sin hojas inclinaban tristemente sus ramas hacia la marchita hierba y las estropeadas losas. La capilla cubierta de hiedra apuntaba al cielo un dedo burlón y la brisa nocturna gemía de un modo monótono procedente de helados marjales y frígidos mares. El aullido era ahora muy débil y cesó por completo mientras me acercaba a la tumba que unos meses antes había profanado, ahuyentando a los murciélagos que habían estado volando curiosamente alrededor del sepulcro.
No sé por qué había acudido allí, a menos que fuera para rezar o para murmurar dementes explicaciones y disculpas al tranquilo y blanco esqueleto que reposaba en su interior; pero, cualesquiera que fueran mis motivos, ataqué el suelo medio helado con una desesperación parcialmente mía y parcialmente de una voluntad dominante ajena a mí mismo. La excavación resultó mucho más fácil de lo que había esperado, aunque en un momento determinado me encontré con una extraña interrupción: un esquelético buitre descendió del frío cielo y picoteó frenéticamente en la tierra de la tumba hasta que lo maté con un golpe de azada. Finalmente dejé al descubierto la caja oblonga y saqué la enmohecida tapa.
Aquél fue el último acto racional que realicé.
Ya que en el interior del viejo ataúd, rodeado de enormes y soñolientos murciélagos, se encontraba lo mismo que mi amigo y yo habíamos robado. Pero ahora no estaba limpio y tranquilo como lo habíamos visto entonces, sino cubierto de sangre reseca y de jirones de carne y de pelo, mirándome fijamente con sus cuencas fosforescentes. Sus colmillos ensangrentados brillaban en su boca entreabierta en un rictus burlón, como si se mofara de mi inevitable ruina. Y cuando aquellas mandíbulas dieron paso a un sardónico aullido, semejante al de un gigantesco sabueso, y vi que en sus sucias garras empuñaba el perdido y fatal amuleto de jade verde, eché a correr; gritando estúpidamente, hasta que mis gritos se disolvieron en estallidos de risa histérica.
La locura cabalga a lomos del viento..., garras y colmillos afilados en siglos de cadáveres..., la muerte en una bacanal de murciélagos procedentes de las
ruinas de los templos enterrados de Belial... Ahora, a medida que oigo mejor el aullido de la descarnada monstruosidad y el maldito aleteo resuena cada vez más cercano, yo me hundo con mi revólver en el olvido, mi único refugio contra lo desconocido.
F I N