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jueves, 12 de mayo de 2011

MAUPASSANT -- La Cama 29

MAUPASSANT


La Cama 29
Guy De Maupassant



Cuando el capitán Epivent pasaba por la calle, todas las mujeres se volvían. Era el auténtico prototipo del gallardo oficial de húsares. Por ello se exhibía pavoneándose siempre, orgulloso y atento a sus piernas, a su cintura y a su bigote. Y, verdaderamente, eran admirables su bigote, su cintura y sus piernas. El primero era rubio, muy fuerte, y le caía marcialmente sobre los labios, denso, con su bello color de trigo maduro, pero fino, cuidadosamente recortado, descendiendo a ambos lados de la boca en dos poderosas e intrépidas guías. La cintura era delgada, como si llevara corsé, y más arriba surgía un vigoroso pecho masculino, abombado y amplio. Sus piernas eran admirables, unas piernas de gimnasta, de bailarín, cuya carne musculosa dibujaba todos sus movimientos bajo la tela ajustada del pantalón rojo.

Andaba tensando las corvas y separando pies y brazos, con ese pequeño balanceo de los jinetes que tanto favorece a las piernas y al torso, y que parece airoso bajo el uniforme, pero vulgar bajo una levita.

Como muchos oficiales, el capitán Epivent no sabía llevar un traje civil. Vestido de gris o de negro, tenía aspecto de dependiente. Pero en uniforme era un ejemplar. Tenía, además, una hermosa cabeza, la nariz delgada y curva, los ojos azules, la frente estrecha. Es cierto que era calvo, sin que nunca hubiera logrado saber la causa de la caída del pelo. Se consolaba pensando que un cráneo un poco pelado no resulta mal si se tienen unos buenos bigotes.

En general, despreciaba a todo el mundo, aunque establecía muchos grados en su desprecio.

Ante todo, los burgueses no existían para él. Los miraba como se mira a los animales, sin concederles mayor atención que la que se concede a los gorriones o a las gallinas. Sólo los oficiales contaban en el mundo, pero no tenía la misma estima por todos los oficiales. No respetaba más que a los gallardos, pues pensaba que la verdadera, la única cualidad del militar, debía ser la arrogancia. Un auténtico soldado, qué diablos, debía ser un temerario nacido para la guerra y el amor, un hombre de lucha, de pelo en pecho, fuerte, y nada más. Clasificaba a los generales del ejército francés según su estatura, su porte y la rudeza de su rostro. Bourbaki le parecía el mejor militar de los tiempos modernos.

Se reía de los oficiales de infantería bajos y gordos y que jadean al andar, pero, sobre todo, sentía un invencible desprecio que rayaba en repugnancia por los pobres diablos salidos de la Escuela Politécnica, esos hombrecillos flacos, con gafas, torpes y desmañados, que parecen hechos para el uniforme como un conejo para decir misa, afirmaba. Se indignaba de que en el ejército se tolerara a esos abortos de piernas frágiles que andan como cangrejos, que no beben, que comen poco y que prefieren las ecuaciones a las mujeres.

El capitán Epivent tenía éxitos constantes, triunfaba con el bello sexo.

Cada vez que cenaba con una mujer se sentía seguro de acabar la noche a solas con ella, sobre el mismo colchón, y si obstáculos insuperables le impedían lograr la victoria aquella misma noche, no dudaba de que lo conseguiría al día siguiente. A sus compañeros no les gustaba presentarle a sus queridas, y los tenderos cuyas bellas mujeres estaban al mostrador de la tienda lo conocían, le temían y lo odiaban a muerte.

Cuando pasaba la tendera cambiaba con él, a su pesar, una mirada a través de los cristales del escaparate, una de esas miradas que valen más que las palabras tiernas, que contienen una incitación y una respuesta, un deseo y una confesión. Y el marido, a quien una especie de instinto advertía, se volvía bruscamente y lanzaba una mirada furiosa a la silueta altiva e hinchada del oficial. Cuando el capitán había pasado, sonriente y contento de la impresión causada, el tendero, revolviendo nerviosamente los objetos que tenía delante, declaraba:

-Ahí va un pavo presumido. ¿Cuándo acabaremos de mantener a todos esos inútiles que arrastran su sable de lata por las calles? Yo prefiero a un carnicero antes que un soldado. Si tiene sangre en su delantal, al menos es sangre de animal; y sirve para algo. El cuchillo que lleva no está destinado a matar hombres. No comprendo por qué se tolera que esos asesinos públicos se paseen con sus instrumentos de muerte. Ya sé que hacen falta, pero que se los oculte, por lo menos, y que no se les vista como en una mascarada con pantalones rojos y chaquetas azules. Normalmente, los verdugos no llevan uniforme, ¿no?

La mujer, sin contestar, se encogía imperceptiblemente de hombros, mientras el marido, adivinando el gesto sin verlo, exclamaba:

-Hace falta ser imbécil para ir a ver pavonearse a esos fantasmones.

La fama de conquistador del capitán Epivent era conocida en todo el ejército francés.

***

En 1868 su regimiento, el 102 de húsares, fue de guarnición a Rouen.

Pronto fue conocido en toda la ciudad. Todas las tardes, hacia las cinco, aparecía en el paseo Boieldieu para ir a tomarse su ajenjo en el café de la Comedie, pero, antes de entrar en el establecimiento, se daba una vuelta por el paseo para lucir sus piernas, su cintura y su bigote.

Los tenderos ruaneses, que también se paseaban, con las manos a la espalda, preocupados por los negocios y hablando del alza y de la baja, le lanzaban, no obstante, una mirada y murmuraban:

-¡Buen ejemplar de hombre!

Luego, cuando ya le conocieron:

-¡ Mira, el capitán Epivent! Desde luego, es un buen mozo.

Las mujeres, al verlo, hacían un pequeño movimiento de cabeza, que era una especie de estremecimiento de pudor, como si se sintieran débiles o desnudas ante él. Agachaban un poco la cabeza con una sombra de sonrisa en los labios y un deseo de que las encontrara encantadoras y les concediera una mirada. Cuando se paseaba con un compañero, éste no dejaba nunca de murmurar con envidia, cada vez que se daba cuenta de este manejo:

-¡Tiene suerte, este maldito Epivent!

Entre las mantenidas de la ciudad se había establecido un combate, una carrera, a ver quién se lo llevaba. Todas acudían a las cinco, la hora de los oficiales, al paseo Boleldieu, y arrastraban sus faldas, de dos en dos, de una punta a la otra del paseo, mientras los tenientes, capitanes y comandantes, de dos en dos también, arrastraban sus sables por la acera, antes de entrar en el café.

Una tarde la bella Irma, querida, según se decía, del señor Templier-Papon, el rico fabricante, mandó parar su coche enfrente de la Comedie. Bajándose, pretextó ir a comprar papel o a encargar tarjetas de visita al impresor Paulard, tan sólo para poder pasar ante las mesas de los oficiales y lanzar al capitán Epivent una mirada que quería decir: "Cuando usted quiera", tan claramente que el coronel Prune, que estaba bebiendo el líquido verde con su teniente coronel, no pudo evitar gruñir:

-¡Tiene suerte ese maldito!

Se difundió la frase del coronel; y el capitán Epivent, conmovido por aquella aprobación superior, paseó en uniforme de gala al día siguiente bajo las ventanas de Irma.

Ella lo vio, se mostró, sonrió.

Aquella misma noche se hizo su amante.

Se mostraron en público, llamaron la atención, se comprometieron mutuamente, orgullosos ambos de su aventura.

Los amores de la bella Irma con el oficial eran la comidilla de toda la ciudad. El único que los ignoraba era el señor Templier-Papon.

El capitán Epivent estaba radiante de gloria. Y, a cada instante, repetía:

-Me acaba de decir Irma...

-Irma me decía anoche...

-Ayer, cenando con Irma...

Durante más de un año paseó, lució y ondeó por Rouen sus amores, como una bandera cogida al enemigo. Se sentía crecido por aquella conquista, envidiado, más seguro de alcanzar la cruz que tanto deseaba, pues todo el mundo tenía puestos los ojos en él y no hay nada mejor que ser muy conocido para que no olviden a uno.

***

Pero estalló la guerra, y el regimiento del capitán fue uno de los primeros en ser enviados a la frontera. La despedida fue muy triste. Duró toda una noche.

El sable, los pantalones rojos, el quepis, el dormán, habían caído del respaldo de una silla al suelo; los vestidos, las enaguas, las medias de seda, estaban esparcidas, caídas también, mezcladas con las prendas del uniforme, en desorden sobre la alfombra, y toda la habitación revuelta como después de una batalla. Irma, enloquecida, con los cabellos sueltos, arrojaba sus brazos desesperados al cuello del oficial, lo estrechaba, y luego, soltándolo, se dejaba caer, arrastrando los muebles, desgarraba los sillones, le mordía los pies, mientras el capitán, muy emocionado, pero incapaz de consolarla, repetía:

-Irma, mi pequeña Irma, tranquilízate. Tengo que irme.

Y le enjugaba de cuando en cuando, con la punta de un dedo, una lágrima que le brotaba en el rincón de los ojos.

Se separaron al amanecer. Ella siguió en coche a su amante durante la primera etapa. Lo besó casi delante del regimiento en el instante de la separación. A todos les pareció esto muy noble y digno, y los compañeros estrecharon la mano del capitán diciéndole:

-¡Enhorabuena! Esa pequeña tiene corazón.

Verdaderamente, veían en aquel gesto algo de patriótico.

***

El regimiento fue sometido a muchas pruebas durante la campaña. El capitán se comportó heroicamente y al fin fue condecorado con la cruz. Luego. terminada la guerra, volvió a Rouen de guarnición.

Nada más regresar pidió noticias de Irma, pero nadie pudo decirle nada concreto.

Según unos, se había divertido con todo el estado mayor prusiano.

Según otros, se había retirado a vivir con sus padres, que eran labradores en las cercanías de Yvetot.

Mandó incluso a su ordenanza al ayuntamiento para que mirara en el registro de defunciones. Pero el nombre de su querida no aparecía en él.

Y se sintió invadido de una gran pesadumbre, de la que también hizo gala. Acusaba al enemigo de su desgracia y atribuía a los prusianos que habían ocupado Rouen la desaparición de la joven, declarando:

-¡Me las pagarán en la próxima guerra, esos miserables!

Una mañana, al entrar en el comedor de oficiales a la hora del almuerzo, un recadero, un viejo con blusón y gorra de plato, le entregó un sobre. Lo abrió y leyó: “Querido mío: Me encuentro en el hospital, muy enferma. ¿No vas a venir a verme? ¡Me darías una alegría tan grande!... Irma.”

El capitán se puso pálido y, apiadado, exclamó:

-¡Dios mío, pobrecilla! En cuanto termine de comer voy a verla...

Y a lo largo de toda la comida no paró de contar a los oficiales que Irma estaba en el hospital; pero que él la sacaría aquella misma mañana. La culpa era de esos malditos prusianos. Debía de haberse encontrado sola, sin dinero, en plena miseria, pues seguramente le robaron todos sus bienes.

-¡Ah, los muy canallas!

Todos se emocionaron al oírle.

Apenas hubo metido su servilleta enrollada en el aro de madera, se levantó. Recogió el sable del perchero, abombó su pecho para poder abrocharse el cinturón, y partió a toda prisa para ir al hospital civil.

Pero la entrada al edificio, contra lo que él esperaba, le fue negada terminantemente, y tuvo que ir a ver a su coronel, a quien explicó el caso, para que le diera una recomendación para el director. El cual, tras haber hecho esperar cierto tiempo al apuesto capitán en su antesala, le dio al fin una autorización, con un saludo frío y desaprobador.

Ya en la puerta se sintió molesto en aquel asilo de la miseria, del sufrimiento y de la muerte. Un mozo de servicio lo guió.

Iba de puntillas para no hacer ruido en los largos corredores en los que flotaba un repugnante olor a moho, enfermedad y medicamentos. De cuando en cuando un murmullo de voces turbaba el impresionante silencio del hospital.

A veces, por una puerta abierta, el capitán entreveía un dormitorio, una hilera de camas cuyas ropas estaban abultadas por la forma de los cuerpos. Mujeres convalecientes, sentadas en sillas al pie de sus camas, cosían, vestidas con un traje de uniforme en tela gris, y tocadas con un gorro blanco.

De pronto, su guía se detuvo ante una de aquellas galerías llenas de enfermos. Sobre la puerta se leía en grandes letras: “Sifilíticas”. El capitán se sobresaltó; luego se puso colorado. Una enfermera estaba preparando un medicamento en una mesita de madera, a la entrada.

-Yo lo llevaré -dijo la enfermera-. Es en la cama veintinueve -y empezó a caminar delante del oficial-. Es aquélla -dijo, señalando una cama.

Sólo se veía un bulto bajo las mantas. Hasta la cabeza estaba oculta por las ropas.

De todas las camas se incorporaban caras pálidas, extrañadas, que miraban el uniforme; rostros de mujeres, jóvenes y viejas, pero que parecían todas feas y vulgares con el humilde uniforme reglamentario.

El capitán, muy turbado, con el sable en una mano y el quepis en la otra, murmuró:

-Irma.

Un gran movimiento se produjo en la cama, y el rostro de su querida surgió, pero tan cambiado, tan fatigado, tan flaco, que no lo reconoció.

Ella jadeaba, sofocada de emoción, y exclamó:

-¡Albert!... ¡Albert!... ¡Eres tú!... ¡Oh!... Gracias...

Y se le llenaron los ojos de lágrimas.

La enfermera trajo una silla.

-Siéntese, caballero.

Se sentó, y miró la cara pálida, tan miserable, de aquella muchacha a la que había dejado tan bella y tan fresca.

Dijo:

-¡Qué tienes?

Ella, llorando, respondió:

-Ya lo has visto: está escrito en la puerta.

Ocultó sus ojos bajo el embozo de las sábanas.

Y él, fuera de sí, avergonzado, siguió:

-Pero ¿cómo has cogido eso, mi pobre Irma?

-Esos cerdos prusianos -murmuró-. Me violaron y me dejaron envenenada.

No supo qué decir. La miraba y hacía girar su quepis sobre las rodillas.

Las otras enfermas lo examinaban, y él creía sentir un olor a podredumbre, un olor a carne corrompida y a infamia en aquel dormitorio lleno de mujeres con aquella innoble y terrible enfermedad.

Irma murmuró:

-No creo que escape de ésta. El médico dice que es muy grave -luego, al ver la cruz sobre el pecho del oficial, exclamó-: ¡Si te han condecorado! ¡Cuánto me alegro! ¡Cuánto me alegro! ¡Si pudiera besarte!

Un estremecimiento de miedo y repugnancia recorrió la piel del capitán sólo de pensar en aquel beso.

Sentía ya ganas de marcharse, de estar al aire libre, de perder de vista a aquella mujer. Pero se quedaba porque no sabía qué hacer para levantarse, para despedirse. Balbució:

-Entonces, no te cuidaste.

Una llamarada pasó por los ojos de Irma:

-No. Quise vengarme, aun a riesgo de morir. Y los envenené a ellos también, a todos, todos, a todos los que pude. Mientras estuvieron en Rouen no me cuidé.

Con un tono turbado, en el que se percibía cierta alegría, el capitán declaró:

-En ese aspecto, hiciste bien.

Ella, animándose, con los pómulos encendidos, dijo:

-Puedes estar seguro de que más de uno morirá por mi causa. Te garantizo que me he vengado.

Él dijo aún:

-Muy bien.

Luego, levantándose:

-Bueno, tengo que dejarte, porque debo estar a las cuatro con el coronel.

Ella se emocionó mucho:

-¡Tan pronto! ¿Ya me dejas? ¡Si acabas de llegar...!

El capitán quería marcharse a toda costa. Dijo:

-Ya has visto que vine en seguida, pero es que tengo que estar sin falta con el coronel a las cuatro.

-¿Sigue siendo el coronel Prune? -le preguntó.

-El mismo. Fue herido dos veces.

-¿Y entre tus compañeros? -siguió ella-. ¿Hubo muertos?

-Sí. Saint-Timon, Savagnat, Poli, Sapreval, Robert, De Courson, Pasafil, Santal, Caravan y Poivrin, murieron. Sahel perdió un brazo y a Courvoisin le tuvieron que amputar una pierna; Paquet perdió el ojo derecho.

Ella escuchaba llena de interés. Luego, de pronto, balbució:

-Me besarás antes de marcharte, ¿verdad? Ahora no está la señorita Langlois.

Y, a pesar de la repugnancia que sentía, puso sus labios sobre aquella frente pálida, mientras ella, rodeándolo con sus brazos, llenaba de besos enloquecidos el paño azul de su dormán.

-¿Volverás? ¿Volverás? Prométeme que volverás.

-Sí, te lo prometo.

-¿Cuándo? ¿El jueves?

-Sí, el jueves.

-¿A las dos?

-El jueves a las dos.

-¿Me lo prometes?

-Te lo prometo.

-Adiós, querido mío.

-Adiós.

Y se marchó, confundido, entre las miradas de todo el dormitorio, encogiéndose un poco para pasar inadvertido. Al sentirse en la calle, respiró.

***

Por la noche, sus compañeros le preguntaron:

-Bueno, ¿qué tal está Irma?

Él, con un tono embarazado, respondió:

-Ha tenido una pulmonía. Está muy mal.

Pero un teniente joven, oliéndose algo, pidió informes y, al día siguiente, cuando el capitán entró en el comedor de oficiales, fue acogido por una descarga de risas y bromas. Al fin se vengaban.

Supieron, además, que Irma había participado en las juergas del estado mayor prusiano, que había recorrido la región a caballo con un coronel de húsares azules y con muchos otros, y que, en Rouen, no la conocían más que por la “mujer de los prusianos”.

Durante ocho días el capitán fue la víctima del regimiento. Recibía por correo frases alusivas de las ordenanzas, recetas de médicos especialistas, incluso paquetes de medicamentos cuyas indicaciones estaban escritas en el exterior.

Y el coronel, puesto al corriente, declaró con un tono severo:

-Bien, bien, el capitán tenía buenas amistades. Tengo que felicitarlo.

Doce días después fue llamado por una nueva carta de Irma. La rompió, con rabia, y no la contestó.

Ocho días más tarde le escribió de nuevo que se encontraba muy mal, y que quería despedirse de él.

No contestó.

Pasaron unos días aún, y recibió la visita del capellán del hospital.

La señorita Irma Pavolin, en su lecho de muerte, le suplicaba que fuera a verla.

No se atrevió a negarse a seguir al capellán, pero entró en el hospital con el corazón lleno de perverso rencor, de vanidad herida, de orgullo humillado.

Apenas la encontró cambiada y pensó que se había burlado de él.

-¿Qué quieres? -dijo.

-He querido despedirme de ti. Parece que me muero.

-Escucha: me has convertido en el hazmerreír de todo el regimiento, y esto no puede continuar.

-¿Yo? -preguntó ella-. Pero ¿qué te he hecho yo?

Él se sintió irritado de no saber qué contestarle.

-¡No pienses que voy a volver aquí para que se ría de mí todo el mundo!

Ella le miró con sus ojos apagados, en los que empezaba a encenderse la cólera, y repitió:

-¿Qué te he hecho yo? ¿Es que no me he portado bien contigo? ¿Te he pedido alguna vez algo? De no haber sido por ti, yo habría seguido con el señor Templier-Papon y hoy no me encontraría aquí. Si alguno de los dos tiene reproches que hacer, no eres tú.

Él continuó, con tono vibrante:

-No te hago reproches, pero no puedo seguir viniendo a verte, porque tu comportamiento con los prusianos ha sido la vergüenza de toda la ciudad.

En un arranque, Irma se sentó en la cama:

-¿Mi comportamiento con los prusianos? Pero si te he dicho que me violaron y que no me cuidé porque quise envenenarlos. De haber querido curarme no habría sido difícil, pero yo quería matarlos, y los he matado.

Él se mantenía de pie:

-De todas formas, es vergonzoso -dijo.

Ella tuvo una especie de ahogo, y luego continuó:

-¿Qué es lo que es vergonzoso? ¿Dejarme morir para exterminarlos? ¿Eh? ¡Di! ¡No hablabas así cuando venías a mi casa de la calle Jeanne d’Arc! ¡Vergonzoso! ¡Tú no habrías sido capaz de hacerlo, con toda tu cruz de honor! ¡Me la he merecido yo más que tú, sí, más que tú, y he matado a más prusianos que tú!

Estaba estupefacto ante ella, temblando de indignación:

-¡Cállate!... ¡Cállate!..., porque... no te consiento... que hables... de ciertas cosas...

Pero ella no lo escuchaba:

-¡Mucho daño le hicieron ustedes a los prusianos! Esto no habría ocurrido si ustedes les hubieran impedido llegar hasta Rouen. Eran ustedes quienes tenían que detenerlos, ¿me oyes? Y yo les he hecho más daño que tú, yo, sí, más daño, porque voy a morir, mientras tú sigues presumiendo y luciéndote para embaucar a las mujeres...

De cada cama se había alzado una cabeza y todas las miradas coincidían en aquel hombre de uniforme que tartamudeaba:

-¡Cállate!... ¡Cállate!...

Pero ella no se callaba. Gritaba:

-¡Sí! ¡No eres más que un guapo presumido! Te conozco, claro que te conozco. Te digo que yo les he hecho más daño que tú, sí, yo, y que he matado más que todo tu regimiento junto... ¡Anda, vete!... ¡Gallina!

Y, en efecto, se marchó, huyó, a grandes pasos, por entre las dos filas de camas donde se agitaban las sifilíticas. Y oía la voz jadeante, sibilante, de Irma, que continuaba:

-¡Más que tú, sí, he matado más prusianos que tú, más que tú...!

Bajó la escalera de cuatro en cuatro y corrió a encerrarse en su casa.

Al día siguiente se enteró de que había muerto.

FIN


MAUPASSANT -- La mano disecada

MAUPASSANT




La mano disecada
Guy de Maupassant






   Un amigo mío, Luis R., tenía reunidos en su casa una noche, hará cosa de ocho meses, a varios camaradas de colegio. Bebíamos ponche y fumábamos, hablando de literatura y pintura y contando de cuando en cuando anécdotas jocosas, como es habitual en reuniones de gente joven. Se abre súbitamente la puerta y entra como un vendaval uno de mis buenos amigos de la infancia:
   —¿A que no adivinan de dónde vengo? —exclamó en seguida.
   —Apuesto a que vienes de Mabille —contesta uno.
   —¡Caray! Vienes demasiado alegre; acabas de conseguir dinero prestado, has enterrado a un tío tuyo o has empeñado el reloj —dice otro.
   —Estabas ya borracho, y como te ha dado en la nariz el ponche de Luis, has subido a su casa para emborracharte de nuevo —contesta un tercero.
   —No dan en el clavo; vengo de P., en Normandía, donde he pasado ocho días, y traigo de allí a un gran criminal, amigo mío, que les voy a presentar, con su permiso.
   Y diciendo y haciendo, sacó del bolsillo una mano disecada. Era una mano horrible, negra, seca, muy larga y como si estuviese crispada; los músculos, extraordinariamente poderosos, estaban sujetos, interior y exteriormente, por una tira de piel apergaminada; las uñas amarillas, estrechas, cubrían aún las extremidades de los dedos; todo aquello olía a criminal desde una legua de distancia.
   —Verán—dijo mi amigo—. Vendían hace unos días los cachivaches de un viejo brujo, muy conocido en la comarca; todos los sábados iba a su aquelarre montado en su palo de escoba, practicaba la magia blanca y la magia negra, hacía que las vacas diesen leche azul y las obligaba a llevar la cola igual que el compañero de San Antonio. Lo cierto es que aquel tunante sentía gran apego hacia esta mano; aseguraba que había pertenecido a un célebre criminal que fue ajusticiado el año mil setecientos treinta y seis, por haber tirado de cabeza a un pozo a su mujer legítima, en lo cual no creo que anduviese descaminado; después ahorcó del campanario de la iglesia al cura que los casó. Realizada esta doble hazaña, se lanzó a correr mundo, y durante su carrera, corta pero bien aprovechada, desvalijó a doce viajeros; asfixió, ahumándolos, a una veintena de frailes, y convirtió en serrallo un monasterio de religiosas.
   —Y ¿qué vas a hacer con esa monstruosidad? —gritamos todos a una.
   —¿Qué? Verán. Voy a ponerla de tirador de la campanilla de la puerta, para asustar a mis acreedores.
   —Amigo mío —dijo Henry Smith, un inglés grandulón y flemático—, en mi opinión, esa mano es carne de indio, conservada por un procedimiento nuevo; te aconsejo que la hiervas para hacer caldo.
   —Basta de burlas, caballeros —dijo con la mayor seriedad un estudiante de medicina que estaba a dos dedos de la borrachera—; y tú, Pedro, el mejor consejo que puedo darte es que hagas dar tierra cristianamente a ese despojo humano, no vaya a ser que su propietario venga a reclamártelo, sin contar con que quizá esa mano haya adquirido malos hábitos. Ya conoces el refrán: "El que ha matado, matará".
   —Y el que ha bebido, beberá —intervino el anfitrión, y acto seguido escanció al estudiante un vaso grande de ponche, que éste se echó al cuerpo de un trago, rodando luego, borracho perdido, debajo de la mesa.
   Risas formidables acogieron aquella salida, y Pedro alzó su vaso saludando a la mano:
   —Brindo —dijo— por la próxima visita de tu dueño. Se cambió de conversación, y cada cual se retiró a su casa.
   Al día siguiente tuve que pasar por su puerta y entré a visitarlo; eran cerca de las dos, y me lo encontré leyendo y fumando.
   —¿Cómo sigues? —le pregunté.
   —Muy bien —me contestó.
   — ¿Y tu mano?
   —Has tenido que verla al tirar de la campanilla, porque la puse anoche allí, cuando llegué a casa. A propósito: se conoce que algún imbécil quiso jugarme una chuscada, porque a eso de la medianoche empezaron a alborotar a mi puerta; pregunté quién era, pero como nadie me contestó, volví a acostarme y me dormí.
   En aquel mismo instante tocaron la campanilla; quien llamaba era el propietario de la casa, individuo grosero y muy impertinente. Entró sin saludar.
   —Caballero le dijo a mi amigo—, hágame el favor de quitar en el acto esa carroña que ha colgado usted del cordón de la campanilla, porque de lo contrario me veré obligado a despedirlo.
   —Caballero —le contestó Pedro, con gran solemnidad—, ha insultado usted a una mano que no merece ser tratada así, porque perteneció a un hombre muy bien educado.
   El propietario dio media vuelta y se marchó como había entrado. Pedro fue tras él, descolgó la mano y luego la ató a la cuerda de la campanilla que tenía en la alcoba.
   —Así está mejor —dijo—. Esta mano, lo mismo que el morir habemos de los trapenses, me hará pensar en cosas serias cuando me vaya a dormir.
   Permanecí una hora con mi amigo, me despedí de él y regresé a mi casa.
   Aquella noche dormí mal, estaba agitado, nervioso; varias veces me desperté sobresaltado y hasta llegué a imaginarme que había entrado en mi habitación un hombre; me levanté a mirar dentro de los armarios y debajo de la cama; finalmente, cuando empezaba a quedarme transpuesto, a eso de las seis de la mañana, salté de la cama al sentir que llamaban violentamente a mi puerta. Era el criado de mi amigo; venía a medio vestir, pálido y tembloroso.
   —¡Ay, señor! —exclamó sollozando—. ¡Han asesinado a mi pobre amo!
   Me vestí a toda prisa y corrí a casa de Pedro. La encontré llena de gente que discutía muy agitada; estaban como en ebullición, todos peroraban, relatando el suceso y comentándolo cada cual a su manera. Llegué con grandes dificultades hasta el dormitorio de mi amigo, di mi nombre y me permitieron la entrada. Cuatro agentes de policía estaban de pie en el centro de la habitación, con el carnet en la mano; examinaban todo, cuchicheaban entre sí de cuando en cuando y escribían; dos médicos conversaban cerca de la cama en que Pedro yacía sin conocimiento. No estaba muerto, pero su aspecto era horrible. Tenía los ojos desmesuradamente abiertos; sus pupilas dilatadas parecían mirar fijamente y con espanto indecible una cosa pavorosa y desconocida; sus dedos estaban crispados y tenía el cuerpo tapado con una sábana que le llegaba hasta la barbilla. Levanté la sábana; se veían en su cuello las marcas de cinco dedos que se habían hundido profundamente en su carne; algunas gotas de sangre manchaban la camisa. Algo me llamó de pronto la atención; miré por casualidad a la campanilla de la alcoba: la mano disecada no estaba allí. Sin duda que los médicos la habrían quitado para que no se impresionasen las personas que tenían que entrar en la habitación, porque era una mano verdaderamente horrible. No pregunté qué había sido de ella.
   Doy a continuación, recortado de un periódico del día siguiente, el relato del crimen, con todos los detalles que recogió la Policía:
   "Ayer ha sido víctima de un atentado horrible el joven Pedro B., estudiante de derecho, que pertenece a una de las mejores familias de Normandía. Este joven se retiró a casa a las diez de la noche, y despidió a su criado, el señor Bonvin, diciéndole que estaba cansado y que iba a acostarse en seguida. A eso de la medianoche; el criado se despertó de pronto oyendo que tiraban violentamente de la campanilla que tiene su amo para llamar. Tuvo miedo, encendió una vela y esperó; la campanilla dejó de oírse por espacio de un minuto, pero luego volvió a sonar con tal violencia que el criado, fuera de sí de espanto, salió corriendo de su habitación y fue a llamar al portero; éste corrió a dar parte a la policía, y los individuos de ésta abrieron a viva fuerza la puerta; había transcurrido un cuarto de hora. Un horrible espectáculo se presentó a sus ojos: los muebles habían sido derribados y todo indicaba que entre la víctima y el malhechor había tenido lugar una lucha terrible. El joven Pedro B. yacía, inmóvil, en medio de la habitación, caído de espaldas, con los miembros rígidos, el rostro lívido y los ojos dilatados de terror; tenía en el cuello las marcas profundas de cinco dedos. El informe del doctor Bordeau, que fue llamado inmediatamente, dice que el agresor debía estar dotado de una fuerza prodigiosa y que su mano era extraordinariamente enjuta y nerviosa, porque los dedos se habían juntado casi al través de las carnes, dejando cinco agujeros como otros tantos balazos. No existe dato alguno que permita sospechar el móvil del crimen, ni quién pueda ser el autor."
   Leíase al siguiente día en el mismo periódico:
   "Al cabo de dos horas de cuidados asiduos del doctor Bordeau, el joven Pedro B., víctima del horrible atentado que relatábamos ayer, recobró el conocimiento. Su vida está ya fuera de peligro, pero se abrigan temores por su razón. No existe pista alguna del criminal."
   En efecto, mi pobre amigo se había vuelto loco; lo visité todos los días en el hospital durante siete meses; pero ya no recobró la luz de la razón. Durante sus delirios pronunciaba frases extrañas y, como todos los locos, tenía una idea fija, creyéndose perseguido constantemente por un espectro. Un día vinieron a buscarme con urgencia, diciéndome que estaba mucho peor. Lo encontré agonizando. Permaneció durante dos horas muy tranquilo; de pronto, saltó de la cama, a pesar de todos nuestros esfuerzos, y gritó, agitando los brazos, presa de un terror espantoso: "¡Agárrala! ¡Agárrala! ¡Socorro, socorro, que me estrangula!" Dio dos vueltas a la habitación vociferando y cayó muerto, de cara al suelo.
   Como era huérfano, tuve que encargarme de trasladar sus restos al pueblecito de P., en cuyo cementerio estaban enterrados sus padres. De ese pueblo regresaba precisamente la noche en que nos encontró bebiendo ponche en casa de Luis, y en que nos enseñó la mano disecada. Se encerró el cadáver en un féretro de plomo; cuatro días más tarde me paseaba yo tristemente en el cementerio donde se le iba a dar sepultura; me acompañaba el anciano sacerdote que le había dado las primeras lecciones.
   Hacía un tiempo magnífico; el cielo azul resplandecía de luz; los pájaros cantaban en las zarzas del talud donde él y yo habíamos comido moras muchas veces cuando éramos niños. Creía estar viéndolo aún deslizarse a lo largo del seto vivo y meterse por un pequeño hueco que yo conocía muy bien, allá, al final del terreno de enterramiento de pobres; luego regresábamos a casa con las mejillas y los labios embadurnados del jugo de la fruta que habíamos comido; yo no quitaba mi vista de las zarzas, que ahora estaban llenas de moras; alargué instintivamente la mano, arranqué una y me la llevé a la boca; el cura había abierto su breviario y farfullaba en voz baja sus oremus, y hasta mis oídos llegaba desde el extremo de la avenida el ruido de los azadones de los enterradores, que cavaban la fosa. De pronto, éstos se pusieron a llamarnos; el cura cerró su breviario y fuimos a ver qué querían. Habían tropezado con un féretro.
    Hicieron saltar la tapa de un golpe de pico, y nos encontramos ante un esqueleto de estatura desmesurada, que yacía de espaldas y parecía estarnos mirando con las cuencas de sus ojos vacías, como desafiándonos. Sin saber por qué, experimenté yo cierto malestar, casi, casi miedo.
   —¡Fíjense! —exclamó uno de los enterradores—. A este tunante le dieron un hachazo en la muñeca, y aquí está la mano cortada.
   Y recogió junto al cuerpo una mano grande, seca, que nos enseñó. Su compañero dijo, riéndose:
   —¡Cuidado! Parece como si estuviera mirando, dispuesto a tirársete al cuello para que le devuelvas la mano.
   —Amigos míos —dijo el sacerdote—, dejen a los muertos en paz y vuelvan a tapar ese féretro. Cavaremos en otro lugar la fosa del señor Pedro.
   Como ya nada tenía que hacer allí, tomé al día siguiente el camino de regreso a París, no sin antes haber dejado cincuenta francos al anciano sacerdote para que celebrase misas en sufragio del alma de aquel muerto cuya sepultura habíamos turbado.



MAUPASSANT -- Aparición

MAUPASSANT


Guy de Maupassant

Aparición




Se hablaba de secuestros a raíz de un reciente proceso. Era al final de una velada íntima en la rue de Grenelle, en una casa antigua, y cada cual tenía su historia, una historia que afirmaba que era verdadera.

Entonces el viejo marqués de la Tour-Samuel, de ochenta y dos años, se levantó y se apoyó en la chimenea. Dijo, con voz un tanto temblorosa:

Yo también sé algo extraño, tan extraño que ha sido la obsesión de toda mi vida. Hace ahora cincuenta y seis años que me ocurrió esta aventura, y no pasa ni un mes sin que la reviva en sueños. De aquel día me ha quedado una marca, una huella de miedo, ¿entienden? Sí, sufrí un horrible temor durante diez minutos, de una forma tal que desde entonces una especie de terror constante ha quedado para siempre en mi alma. Los ruidos inesperados me hacen sobresaltar hasta lo más profundo; los objetos que distingo mal en las sombras de la noche me producen un deseo loco' de huir. Por las noches tengo miedo.

¡Oh!, nunca hubiera confesado esto antes de llegar a la edad que tengo ahora. En estos momentos puedo contarlo todo. Cuando se tienen ochenta y dos años está permitido no ser valiente ante los peligros imaginarios. Ante los peligros verdaderos jamás he retrocedido, señoras.

Esta historia alteró de tal modo mi espíritu,: me trastornó de una forma tan profunda, tan misteriosa, tan horrible, que jamás hasta ahora la he contado. La he guardado en el fondo más íntimo de mí, en ese fondo donde uno guarda los secretos penosos, los secretos vergonzosos, todas las debilidades inconfesables que tenemos en nuestra existencia.

Les contaré la aventura tal como ocurrió, sin intentar explicarla. Por supuesto es explicable, a menos que yo haya sufrido una hora de locura. Pero no, no estuve loco, y les daré la prueba. Imaginen lo que quieran. He aquí los hechos desnudos.

Fue en 1827, en el mes de julio. Yo estaba de guarnición en Ruán.

Un día, mientras paseaba por el muelle, encontré a un hombre que creí reconocer sin recordar exactamente quién era. Hice instintivamente un movimiento para detenerme. El desconocido captó el gesto, me miró y se me echó a los brazos

Era un amigo de juventud al que había querido mucho. Hacía cinco años que no lo veía, y desde entonces parecía haber envejecido medio siglo. Tenía el pelo completamente blanco; y caminaba encorvado, como agotado. Comprendió mi
sorpresa y me contó su vida. Una terrible desgracia lo había destrozado.

Se había enamorado locamente de una joven, y se había casado con ella en una especie de éxtasis de felicidad. Tras un año de una felicidad sobrehumana y de una pasión inagotada, ella había muerto repentinamente de una enfermedad cardíaca, muerta por su propio amor, sin duda.

Él había abandonado su quinta el mismo día del entierro, y había acudido a vivir a su casa en Ruán. Ahora vivía allí, solitario y desesperado, carcomido por el dolor, tan miserable que sólo pensaba en el suicidio.

-Puesto que te he encontrado de este modo -me dijo-, me atrevo a pedirte que me hagas un gran servicio: ir a buscar a mi quinta, al secreter de mi habitación, de nuestra habitación, unos papeles que necesito urgentemente. No puedo encargarle esta misión a un subalterno o a un empleado porque es precisa una impenetrable discreción y un silencio absoluto. En cuanto a mí, por nada del mundo volvería a entrar en aquella casa.

»Te daré la llave de esa habitación, que yo mismo cerré al irme, y la llave de mi secreter. Además le entregarás una nota mía a mi jardinero que te abrirá la quinta.

»Pero ven a desayunar conmigo mañana, y hablaremos de todo eso.

Le prometí hacerle aquel sencillo servicio. No era más que un paseo para mí, su quinta se hallaba a unas cinco leguas de Ruán. No era más que una hora a caballo.

A las diez de la mañana siguiente estaba en su casa. Desayunamos juntos, pero no pronunció ni veinte palabras. Me pidió que le disculpara; el pensamiento de la visita que iba a efectuar yo en aquella habitación, donde yacía su felicidad, le trastornaba, me dijo. Me pareció en efecto singularmente agitado, preocupado, como si en su alma se hubiera librado un misterioso combate.

Finalmente me explicó con exactitud lo que tenía que hacer. Era muy sencillo. Debía tomar dos paquetes de cartas y un fajo de papeles cerrados en el primer cajón de la derecha del mueble del que tenía la llave. Añadió:

-No necesito suplicarte que no los mires.

Me sentí casi herido por aquellas palabras, y se lo dije un tanto vivamente. Balbuceó:

-Perdóname, sufro demasiado.

Y se echó a llorar.

Me marché una hora más tarde para cumplir mi misión.

Hacía un tiempo radiante, y avancé al trote largo por los prados, escuchando el canto de las alondras y el rítmico sonido de mi sable contra mi bota.

Luego entré en el bosque y puse mi caballo al paso. Las ramas de los árboles me acariciaban el rostro; y a veces atrapaba una hoja con los dientes y la masticaba ávidamente, en una de estas alegrías de vivir que nos llenan, no se sabe por qué, de una felicidad tumultuosa y como inalcanzable, una especie de embriaguez de fuerza.

Al acercarme a la quinta busqué en el bolsillo la carta que llevaba para el jardinero, y me di cuenta con sorpresa de que estaba lacrada. Aquello me irritó de tal modo que estuve a punto de volver sobre mis pasos sin cumplir mi encargo. Luego pensé que con aquello mostraría una sensibilidad de mal gusto. Mi amigo había podido cerrar la carta sin darse cuenta de ello, turbado como estaba.

La casa parecía llevar veinte años abandonada. La barrera, abierta y podrida, se mantenía en pie nadie sabía cómo. La hierba llenaba los caminos; no se distinguían los arriates del césped.

Al ruido que hice golpeando con el pie un postigo, un viejo salió por una puerta lateral y pareció estupefacto de verme. Salté al suelo y le entregué la carta. La leyó, volvió a leerla, le dio la vuelta, me estudió de arriba abajo se metió el papel en el bolsillo y dijo:

-¡Y bien! ¿Qué es lo que desea?

Respondí bruscamente:

-Usted debería de saberlo, ya que ha recibido dentro de ese sobre las órdenes de su amo; quiero entrar en la casa.

Pareció aterrado. Declaró:

-Entonces, ¿piensa entrar en... en su habitación?

Empecé a impacientarme.

-¿Por Dios! ¿Acaso tiene usted intención de interrogarme?

Balbuceó:

-No..., señor..., pero es que... es que no se ha abierto desde... desde... la muerte. Si quiere esperarme cinco minutos, iré... iré a ver si...

Le interrumpí colérico.

-¡Ah! Vamos, ¿se está burlando de mí? Usted no puede entrar, porque aquí está la llave.

No supo qué decir.

-Entonces, señor, le indicaré el camino.

-Señáleme la escalera y déjeme sólo. Sabré encontrarla sin usted.

-Pero.... señor... sin embargo...

Esta vez me irrité realmente.

-Está bien, cállese, ¿quiere? 0 se las verá conmigo.

Lo aparté violentamente y entré en la casa.

Atravesé primero la cocina, luego dos pequeñas habitaciones que ocupaba aquel hombre con su mujer. Franqueé un gran vestíbulo, subí la escalera, y reconocí la puerta indicada por mi amigo.

La abrí sin problemas y entré.

El apartamento estaba tan a oscuras que al principio no distinguí nada. Me detuve, impresionado por aquel olor mohoso y húmedo de las habitaciones vacías y cerradas, las habitaciones muertas. Luego, poco a poco, mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, y vi claramente una gran pieza en desorden, con una cama sin sábanas, pero con sus colchones y sus almohadas, de las que una mostraba la profunda huella de un codo o de una cabeza, como si alguien acabara de apoyarse en ella.

Las sillas aparecían en desorden. Observé que una puerta, sin duda la de un armario, estaba entreabierta.

Me dirigí primero a la ventana para dar entrada a la luz del día y la abrí; pero los hierros de las contraventanas estaban tan oxidados que no pude hacerlos ceder.

Intenté incluso forzarlos con mi sable, sin conseguirlo. Irritado ante aquellos esfuerzos inútiles, y puesto que mis ojos se habían acostumbrado al final perfectamente a las sombras, renuncié a la esperanza de conseguir más luz y me dirigí al secreter.

Me senté en un sillón, corrí la tapa, abrí el cajón indicado. Estaba lleno a rebosar. No necesitaba más que tres paquetes, que sabía cómo reconocer, y me puse a buscarlos.

Intentaba descifrar con los ojos muy abiertos lo escrito en los distintos fajos, cuando creí escuchar, o más bien sentir, un roce a mis espaldas. No le presté atención, pensando que una corriente de aire había agitado alguna tela. Pero, al cabo de un minuto, otro movimiento, casi indistinto, hizo que un pequeño estremecimiento desagradable recorriera mi piel. Todo aquello era tan estúpido que ni siquiera quise volverme, por pudor hacia mí mismo. Acababa de descubrir el segundo de los fajos que necesitaba y tenía ya entre mis manos el tercero cuando un profundo y penoso suspiro, lanzado contra mi espalda, me hizo dar un salto alocado a dos metros de allí. Me volví en mi movimiento, con la mano en la empuñadura de mi sable, y ciertamente, si no lo hubiera sentido a mi lado, hubiera huido de allí como un cobarde.

Una mujer alta vestida de blanco me contemplaba, de pie detrás del sillón donde yo había estado sentado un segundo antes.

¡Mis miembros sufrieron una sacudida tal que estuve a punto de caer de espaldas! ¡Oh! Nadie puede comprender, a menos que los haya experimentado, estos espantosos y estúpidos terrores. El alma se hunde; no se siente el corazón; todo el cuerpo se vuelve blando como una esponja, cabría decir que todo el interior de uno se desmorona.

No creo en los fantasmas; sin embargo, desfallecí bajo el horrible temor a los muertos, y sufrí, ¡oh!, sufrí en unos instantes más que en todo el resto de mi vida, bajo la irresistible angustia de los terrores sobrenaturales.

¡Si ella no hubiera hablado, probablemente ahora estaría muerto! Pero habló; habló con una voz dulce y dolorosa que hacía vibrar los nervios. No me atreveré a decir que recuperé el dominio de mí mismo y que la razón volvió a mí. No. Estaba tan extraviado que no sabía lo que hacía; pero aquella especie de fiereza íntima que hay en mí, un poco del orgullo de mi oficio también, me hacían mantener, casi pese a mí mismo, una actitud honorable. Fingí ante mí, y ante ella sin duda, ante ella, fuera quien fuese, mujer o espectro. Me di cuenta de todo aquello más tarde, porque les aseguro que, en el instante de la aparición, no pensé en nada. Tenía miedo.

-¡Oh, señor! -me dijo-. ¡Podéis hacerme un gran servicio!

Quise responderle, pero me fue imposible pronunciar una palabra. Un ruido vago brotó de mi garganta.

-¿Querréis? -insistió-. Podéis salvarme, curarme. Sufro atrozmente. Sufro, ¡oh, sí, sufro!

Y se sentó suavemente en mi sillón. Me miraba.

-¿Querréis?

Afirmé con la cabeza incapaz de hallar todavía mi voz.

Entonces ella me tendió un peine de carey y murmuró

-Peinadme, ¡oh!, peinadme; eso me curará; es preciso que me peinen. Mirad mi cabeza... Cómo sufro; ¡cuanto me duelen los cabellos!

Sus cabellos sueltos, muy largos, muy negros, me parecieron, colgaban por encima del respaldo del sillón y llegaban hasta el suelo.

¿Por qué hice aquello? ¿Por qué recibí con un estremecimiento aquel peine, y por qué tomé en mis manos sus largos cabellos que dieron a mi piel una sensación de frío atroz, como si hubiera manejado serpientes? No lo sé.

Esta sensación permaneció en mis dedos, y me estremezco cuando pienso en ella.

La peiné. Manejé no sé cómo aquella cabellera de hielo. La retorcí, la anudé y la desanudé; la trencé como se trenza la crin de un caballo. Ella suspiraba, inclinaba la cabeza, parecía feliz.

De pronto me dijo «¡Gracias!», me arrancó el peine las manos y huyó por la puerta que había observado que estaba entreabierta.

Ya solo, sufrí durante unos segundos ese trastorno de desconcierto que se produce al despertar después de una pesadilla. Luego recuperé finalmente los sentidos; corrí a la ventana y rornpí las contraventanas con un furioso golpe.

Entró un chorro de luz diurna. Corrí hacia la puerta por donde ella se había ido. La hallé cerrada e infranqueable.

Entonces me invadió una fiebre de huida, un pánico, el verdadero pánico de las batallas. Cogí bruscamente los tres paquetes de cartas del abierto secreter; atravesé corriendo el apartamento, salté los peldaños de la escalera de cuatro en cuatro, me hallé fuera no sé por dónde, y, al ver a mi caballo a diez pasos de mí, lo monté de un salto y partí al galope.

No me detuve más que en Ruán, delante de mi alojamiento. Tras arrojar la brida a mi ordenanza, me refugié en mi habitación, donde me encerré para reflexionar.

Entonces, durante una hora, me pregunté ansiosamente si no habría sido juguete de una alucinación. Ciertamente, había sufrido una de aquellas incomprensibles sacudidas nerviosas, uno de aquellos trastornos del cerebro que dan nacimiento a los milagros y a los que debe su poder lo sobrenatural.

E iba ya a creer en una visión, en un error de mis sentidos, cuando me acerqué a la ventana. Mis ojos, por azar, descendieron sobre mi pecho. ¡Mi dormán estaba lleno de largos cabellos femeninos que se habían enredado en los botones!

Los cogí uno por uno y los arrojé fuera por la ventana con un temblor de los dedos.

Luego llamé a mi ordenanza. Me sentía demasiado emocionado, demasiado trastornado Para ir aquel mismo día a casa de mi amigo. Además , deseaba reflexionar a fondo lo que debía decirle.

Le hice llevar las cartas, de las que extendió un recibo al soldado. Se informó sobre mi. El soldado le dijo que no me encontraba bien, que había sufrido una ligera insolación, no sé qué. Pareció inquieto.

Fui a su casa a la mañana siguiente, poco después de amanecer, dispuesto a contarle la verdad. Había salido el día anterior por la noche y no había vuelto.

Volví aquel mismo día, y no había vuelto. Aguardé una semana. No reapareció. Entonces previne a la justicia. Se le hizo buscar por todas partes, sin descubrir la más mínima huella de su paso o de su destino.

Se efectuó una visita minuciosa a la quinta abandonada. No se descubrió nada sospechoso allí.

Ningún indicio reveló que hubiera alguna mujer oculta en aquel lugar.

La investigación no llegó a ningún resultado, y las pesquisas fueron abandonadas.

Y, tras cincuenta y seis años, no he conseguido averiguar nada. No sé nada más.