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lunes, 12 de septiembre de 2011

Flores de las Tinieblas



Flores de las Tinieblas
(Fleurs de Ténèbres-1883)
Villiers de L'Isle-Adam

¡Oh, los bellos atardeceres! Ante los brillantes cafés de los bulevares, en las terrazas de las horchaterías de moda, ¿qué de mujeres con trajes multicolores, qué de elegantes "callejeras" dándose tono!
Y he aquí las pequeñas vendedoras de flores, que circulen con sus frágiles canastillas.
Las bellas desocupadas aceptan esas flores perecederas, sobrecogidas, misteriosas...
- ¿Misteriosas?
- ¡Sí, si las hay!
Existe, - sabedlo, sonrientes lectoras -, existe en el mismo París cierta agencia que se entiende con varios conductores de los entierros de lujo, incluso con enterradores, para despojar a los difuntos de la mañana, no dejando que se marchiten inútilmente en las sepulturas todos esos espléndidos ramos de flores, esas coronas, esas rosas que, por centenares, el amor filial o conyugal coloca diariamente en los catafalcos.
Estas flores casi siempre quedan olvidadas después de las fúnebres ceremonias. No se piensa más en ello; se tiene prisa por volver. ¡Se concibe!
Es entonces cuando nuestros amables enterradores se muestran más alegres. ¡No olvidan las flores estos señores! No están en las nubes; son gente práctica. Las quitan a brazadas, en silencio. Arrojarlas apresuradamente por encima del muro, sobre un carretón propicio, es para ellos cosa de un instante.
Dos o tres de los más avispados y espabilados transportan la preciosa carga a unos floristas amigos, quienes gracias a sus manos de hada, distribuyen de mil maneras, en ramitos de corpiño, de mano, en rosas aisladas inclusive, estos melancólicos despojos.
Llegan luego las pequeñas floristas nocturnas, cada una con su cestita. Pronto circulan incesantemente, a las primeras luces de los reverberos, por los bulevares, por las terrazas brillantes, por los mil un sitios de placer.
Y jóvenes aburridos y deseosos de hacerse agradables a las elegantes, hacia las cuales sienten alguna inclinación, compran estas flores a elevados precios y las ofrecen a sus damas.
Estas, todas con rostros empolvados, las aceptan con una sonrisa indiferente y las conservan en la mano, o bien las colocan en sus corpiños.
Y los reflejos del gas empalidecen los rostros.
De suerte que estas criaturas-espectros, adornadas así con flores de la Muerte, llevan, sin saberlo, el emblema del amor que ellas dieron y el amor que reciben.

La Tortura de la Esperanza




La Tortura de la Esperanza
(La Torture par L'Esperance)
Villiers de L'Isle Adam

Hace ya muchos años, al caer una tarde, el venerable Pedro Arbuez D'Espila, sexto prior de los Dominicanos de Segovia, el tercer gran inquisidor de España, seguido por un fray redentor, y precedido por dos familiares de Su Santidad, el último llevando un farol, hicieron su entrada en una catacumba subterránea. La cerradura de una enorme puerta crujió, y ellos ingresaron en una celda, donde la luz mortecina revelaba entre anillos sujetados a la pared un potro de tormento manchado de sangre, un brasero y una botija de barro. Sobre una pila de paja, cargado con grilletes, y con su cuello circunvalado por un aro metálico, estaba sentado un hombre muy demacrado, de edad incierta, vestido solo con harapos.
Este prisionero no era otro que Rabbi Aser Abarbanel, un judío de Aragón, quien fuera acusado de usura e impiedad por los pobres, y que había sido sometido diariamente a torturas por más de un año. Aún "su ceguera era tan densa como su recato" y se negaba a abjurar de su fe.
Orgulloso de una ascendencia que databa de cientos de años, orgulloso de sus ancestros, todos judíos dignos de su nombre, él descendía según el Talmud, de Otoniel, y consecuentemente de Ipsiboa, esposa del último juez de Israel, una circunstancia que había acrecentado su coraje entre las incesantes torturas. Con lágrimas en sus ojos, el venerable Pedro Arbuez D'Espila, dirigiéndose al estremecido rabbi, le recomendó:
- Hijo mío, alégrate: tu proceso está por llegar a su fin. Si en la presencia de tal obstinación fui forzado a permitir, con profundo desagrado, el uso de gran severidad, mi tarea de fraternal corrección tiene sus límites. Tu eres la higuera que, habiendo fallado en muchas temporadas en dar sus frutos, al final se marchitó, pero solamente Dios puede juzgar tu alma. Tal vez, la Infinita Piedad brille sobre tí en el último momento. Nosotros así lo esperamos. Hay ejemplos. Entonces duerme bien por la noche. Mañana serás incluído en un auto de fe: esto es, serás expuesto al quemadero, las llamas simbólicas del Fuego Eterno: solo quema, mi hijo, a la distancia; y la Muerte tardará al menos dos (hasta tres) horas en venir, en cuenta de los vendajes húmedos y helados con los que envolvemos las cabezas y corazones de los condenados. Habrá otros cuarenta y tres contigo. Te ubicarás en la última fila, para que tengas tiempo de invocar a Dios y ofrecerle a Él tu bautismo de fuego, que será del Espíritu Santo.
Con estas palabras, habiendo señalado a los guardias para desencadenar al prisionero, el prior lo abrazó tiernamente. Entonces fue el turno del fray redentor, quien, en un tono bajo, por el perdón para el judío por el que se lo había hecho sufrir con el propósito de redimirlo; entonces los dos familiares silenciosamente lo besaron. Luego de esta ceremonia, el cautivo fue soltado, solitario y desconcertado, en la oscuridad.
Rabbi Aser Abarbanel, con labios emparchados y el rostro consumido por el sufrimiento, al principio se quedó mirando fijamente las puertas cerradas de su celda. ¿Cerradas? La palabra inconscientemente rozó un vago capricho en su mente, el capricho que había tenido por un instante al ver la luz de las linternas a través de una grieta entre la puerta y la pared. Una mórbida idea de esperanza, debido a la debilidad de su mente, se agitó en su entera humanidad. Él se arrastró a través de la extraña visión. Entonces, muy cautelosamente, deslizó un dedo en la hendidura, provocando la apertura de la puerta delante suyo. ¡Maravilloso! Por un extraordinario accidente el familiar que la cerró había girado la pesada llave de manera que el pestillo no había entrado en el hueco, y las puertas giraron sobre sus bisagras.
El Rabbi se aventuró con su mirada hacia afuera. Con la ayuda de un polvillo luminoso, él distinguió primeramente un semicírculo de paredes a través de las que se proyectaba una escalera; y opuesto a él, en la cima de seis peldaños de piedra, una especie de portal negro, que se abría a un inmenso corredor, cuyos primeros ángulos eran visibles desde abajo.
Esperanzado se arrastró hasta el umbral. Sí, era realmente un corredor, pero parecía interminable. Una anémica luz lo iluminaba: eran lámparas suspendidas desde el abovedado cielo raso que iluminaban a intervalos deslucido matiz del ambiente, la distancia era cubierta en sombras. No había una puerta en todo el pasillo. Unicamente, a un lado, el izquierdo, había pesadas troneras enrejadas, hundidos en las paredes, lo que dejaba pasar una luz que bien podía ser de la tarde. ¡Y qué terrible silencio! La vacilante esperanza del judío era tenaz ya que podría ser la última.
Sin dubitación, se aventuró en el pabellón, siempre bajo las troneras, tratando de convertirse a sí mismo en parte de la oscuridad de las paredes. Él avanzó lentamente, arrastrándose cuerpo a tierra, acallando los gritos de dolor cuando alguna herida abierta enviaba una aguda punzada a través de su cuerpo.
Súbitamente el sonido de unos pasos que se acercaban alcanzó su oído. Él tembló violentamente, y el miedo se reprimió, su vista se nubló. Bien, eso fue todo, no había duda. Se comprimió en un hueco, y medio muerto de miedo, esperó.
Era un familiar que venía apresurado. Él pasó velozmente, llevando en su mano fuertemente asido un instrumento de tortura, una espantosa figura, y luego desapareció. El pánico en que el rabbi entró pareció haber suspendido sus funciones vitales, y él estuvo cerca de una hora incapaz de moverse. Temiendo que las torturas se reiniciaran si era atrapado, pensó en regresar a su calabozo. Pero la vieja esperanza susurraba en su alma ese divino "tal vez" que nos consuela en las horas de peor dolor. Un milagro se había operado. Él no tenía que dudar ya más. Comenzó a reptar hacia su chance de escapar. Exausto por el sufrimiento y hambriento, estremecido del dolor, él se apuró a continuar. El sepulcral corredor pareció extenderse misteriosamente, mientras él, aún avanzando, miraba en la oscuridad en donde había más posibilidades de escape.
¡Oh, oh! Nuevamente escuchaba pasos, pero esta vez eran más lentos, más pesados. Las formas negra y blanca de dos inquisidores aparecieron, emergiendo de la oscuridad. Estaban conversando en tono bajo, y parecían discutir sobre algún asunto importante, ya que gesticulaban con vehemencia.
En vista de este espectáculo, Rabbi Aser Abarbanel cerró sus ojos; su corazón latía tan violentamente que casi lo estaba sofocando; sus harapos se humedecieron con el sudor frío de la agonía; él permaneció inmóvil pegado a la pared, su boca abierta, bajo los rayos de una lámpara, rezando al Dios de David.
Justamente enfrente a él, los dos inquisidores tomaron una pausa bajo la luz de la lámpara, indudablemente debido a algún accidente durante el curso de sus argumentaciones. Uno, mientras escuchaba a su compañero, contempló al rabbi. Y, bajo su vista, él se imaginó de nuevo sintiendo las ardientes tenazas quemando sus carnes, él era una vez más un hombre torturado. Desfalleciente, casi sin aliento, con párpados trémulos, él tembló al contacto con la sotana del monje. Pero, extrañamente aunque por un hecho natural, el vistazo del inquisidor no fue otro que el de un hombre evidentemente absorto en su conversación, fascinado por lo que estaba escuchando; sus ojos se clavaron y pareció mirar al judío sin llegar a verlo.
De hecho, luego del lapso de un par de minutos, las dos oscuras figuras lentamente siguieron su camino, aún conversando en tono bajo, hacia el mismo lugar del que el prisionero venía. Él no había sido visto. Entre la horrible confusión en la mente del rabbi, la idea se disparó en su cerebro: '¿Puedo estar muerto que ellos no llegan a verme?' Una horrible impresión lo atacó desde su letargo: mirando hacia la pared contra la cual su cara se pegó, él imaginó estar en presencia, dos feroces ojos que le miraban. Volvió su cabeza hacia atrás en un súbito frenesí de pavor, su cabello se encrespó. ¡Aún no! No. Su mano estuvo a tientas sobre las piedras: era el reflejo de los ojos del inquisidor, aún impresionados en su retina.
¡Adelante! Él tenía que apurarse hacia su ilusión de salvación, a través de la oscuridad, ya que estaba a unos treinta pasos de distancia. Él puso más velocidad a sus rodillas, sus manos, para poder verse a salvo de aquella pesadilla, y pronto entró en la porción de penumbra del terrible corredor.
Súbitamente el pobre miserable sintió una ráfaga de aire frío en las manos; venía desde bajo la pequeña puerta que estaba al final de las dos paredes.
Oh, Cielos, si esta puerta pudiera ser abierta. Todos los nervios del miserable cuerpo del fugitivo se tensaron en la esperanza. Examinó la puerta desde el piso hasta el marco superior, apenas era capaz de distinguir su contorno a pesar de la oscuridad reinante. Él pasó su mano sobre la puerta: no tenía cerradura, ¡no había cerradura! ¡Un picaporte! La empujó, el picaporte cedió a la presión de su pulgar: la puerta silenciosamente se abrió delante de él.
- ¡Halleluia! -murmuró el rabbi en una muestra de gratitud que, estando en el umbral, mientras contemplaba la escena delante de él.
La puerta se había abierto a un jardín, enmarcado en un cielo astrífero, ¡en primavera, libertad, vida! Se revelaban los campos vecinos, donde se dilataban las sierras, cuyas sinuosas líneas azules se recortaban contra el horizonte. ¡Por fin la libertad! ¡Oh, el escape! Él podría pasar toda la noche bajo los limoneros, cuyas fragancias lo embargaban. Una vez en las montañas estaría libre y seguro. Inhaló el delicioso aire; la briza lo revivió, sus pulmones se expandieron. Sintió en su corazón las Veniforas de Lázaro. Y para agradecer una vez más a Dios que le había otorgado su Gracia, él extendió sus brazos, elevando sus ojos al Cielo. ¡Fue un éxtasis de felicidad!
Entonces él imaginó que veía la sombra de sus brazos acercarse a sí, creyendo que estos oscuros brazos lo rodeaban, y como que era afectuosamente presionado contra el pecho de alguien. Una figura alta estaba frente a él. Él bajo sus ojos, y permaneció inmovil, jadeando para respirar, deslumbrado, con la vista fija, atontado por el terror.
¡Horror! Él estaba en el abrazo del Gran Inquisidor, el venerable Pedro Arbuez D'Espila, que lo contemplaba con ojos húmedos de lágrimas, como un buen pastor que ha encontrado a su oveja descarriada.
El oscuro sacerdote presionó al desventurado judío contra su corazón con enorme fervor, con un arranque de amor, que el filo de la toga friccionó el pecho del domínico. Y mientras Aser Abarbanel con ojos desorbitados gemía en agonía del abrazo del místico, vagamente comprendió que todas las fases de su fatal tarde fueron únicamente parte de una tortura premeditada, la de la Esperanza. El Gran Inquisidor, con un acento de reprobación y una mirada de consternación, murmuró en su oído, su respiración árida y ardiente de un largo ayuno:
- ¡Qué, hijo mío! En la víspera, probablemente, de tu salvación, deseas dejarnos?

La Jaula



La Jaula
A. Bertram Chandler

El encarcelamiento es siempre una experiencia humillante, sea cual fuere el espíritu filosófico del prisionero. El encarcelamiento que nos inflige alguien de nuestra propia especie es muy desagradable, pero se puede hablar a los que nos han capturado, cabe conseguir que lo comprendan a uno al exponer sus necesidades, en ciertas ocasiones incluso apelar a ellos de hombre a hombre.
Pero el encarcelamiento constituye una humillación doble cuando los captores nos tratan como a un animal de especie inferior.

La partida del cohete patrulla podría, quizás, ser disculpada por no haber reconocido como seres racionales a los supervivientes de la nave de línea interestelar Lode Star. Habían transcurrido doscientos días por lo menos, desde su aterrizaje en el planeta innominado, un aterrizaje forzoso que se produjo cuando los generadores Ehrenhaft de laLode Star, obligados a trabajar con gran exceso sobre su capacidad normal por una avería del regulador electrónico, la hicieron volar lejos de las rutas regulares hasta una región inexplorada del espacio. La Lode Star había aterrizado con bastante facilidad, pero poco después (las desgracias nunca vienen solas), su pila atómica se hizo incontrolable y el capitán ordenó al primer oficial que evacuase a los pasajeros ¾los cuales no tenían por qué soportar la emergencia¾, llevándolos tan lejos como fuese posible.
Hawkins y el personal a su cargo se hallaban ya bastante lejos cuando se produjo un fogonazo de energía liberada y una explosión no muy violenta. Los supervivientes deseaban volver para presenciarlo, pero Hawkins los hizo seguir adelante con maldiciones y, a veces, golpes. Afortunadamente estaban a sotavento de la nave y así escaparon a los efectos de la explosión.
Cuando los fuegos artificiales parecieron teminar, Hawkins, acompañado por el doctor Boyle, el cirujano de la nave, regresó al lugar del desastre. Los dos hombres, temerosos de la radiactividad, fueron precavidos y se mantuvieron a una prudente distancia del cráter poco profundo y humeante aún, que indicaba dónde estuvo la nave. Era evidente que el capitán, sus oficiales y técnicos constituían ahora una parte infinitesimal de la nube incandescente en forma de hongo.
Después de esto, los cincuenta y tantos hombres y mujeres, supervivientes de la Lode Star, estaban cambiando. No fue un proceso rápido, ya que Hawkins y Boyle, ayudados por un comité de los pasajeros más responsables, habían combatido en una obstinada acción de retaguardia. Pero la suya era una lucha sin esperanza. El clima estaba en su contra, para empezar. Hacía calor, siempre en las cercanías de los treinta grados. Y había humedad, cayendo incesantemente una fina y cálida llovizna. El aire parecía rico en esporas de hongos que, por fortuna, no atacaban a la piel viva, pero medraban en la materia orgánica muerta y sobre las ropas. Se desarrollaban en un grado ligeramente menor en los metales y sobre los tejidos sintéticos que usaban muchos de los náufragos.
El peligro, un peligro exterior, hubiese contribuido a mantener la moral. Pero allí no existían animales peligrosos. Sólo existían pequeñas cosas de piel suave, no muy diferentes de las ranas, que avanzaban a saltitos a través de la maleza húmeda, y criaturas semejantes a peces en los numerosos ríos, que variaban en tamaño desde el tiburón al renacuajo y que poseían toda la belicosidad del primero.
El alimento no significó un problema, pasadas las primeras horas de hambre. Algunos voluntarios habían probado un hongo grande y suculento que crecía en los huecos de unos corpulentos árboles semejantes a helechos. Decidieron que tenía buen sabor. Tras un lapso de cinco horas, no habían muerto ni se quejaban de dolores abdominales. Aquel hongo constituiría la dieta habitual de los náufragos. En las semanas que siguieron, se encontraron otros hongos, bayas y raíces, todos ellos comestibles. Proporcionaban una ración gratamente recibida.
Pese al calor penetrante, el fuego era lo que más echaban de menos. Con él podrían haber completado su alimentación, cociendo los pequeños seres parecidos a ranas del bosque lluvioso y los peces de los riachuelos. Quienes mostraban un espíritu más esforzado, comían estos animales crudos, pero la mayor parte de los demás miembros de la comunidad los miraban con asco. El fuego les hubiese ayudado también a retrasar la oscuridad de las largas noches y, gracias a su calor y a su luz, desvanecer la ilusión de frialdad producida por el incesante rocío de todas las hojas y frondas.
Al huir de la nave, la mayoría de los supervivientes poseían encendedores de bolsillo, pero se perdieron con la desintegración de sus ropas. En todo caso, cualquier intento de encender una fogata en los primeros días, hubiese fallado al no existir, según aseguró Hawkins, un solo sitio seco en todo aquel maldito planeta. Hacer fuego ahora resultaba completamente imposible; aun cuando se hubiese contado entre ellos un experto en frotar dos ramitas secas, no hubiera encontrado material con que trabajar.
Se establecieron de modo permanente en la cima de una colina de escasa altura. (Allí no existía, en lo que podía distinguir la vista, ninguna montaña.) El bosque era allí menos espeso que en las llanuras circundantes, y el terreno menos pantanoso. Trenzando frondas de los helechos árboles, consiguieron construir unos refugios primitivos, más por motivos de aislamiento que por las comodidades que con ello pudieran obtener. Recurrieron con cierta desesperación a las formas gubernamentales de los mundos que habían abandonado para elegir un consejo. Boyle, el cirujano de la nave, fue su jefe. Hawkins fue rechazado sólo por dos votos, debido al resentimiento de muchos pasajeros, que atribuían al personal ejecutivo de la nave la responsabilidad por haberlos arrastrado a la presente situación.
La primera reunión del consejo tuvo lugar en una choza ¾si así pudiese llamarse¾, construida especialmente para tal propósito. Los miembros del consejo se acurrucaron en cuclillas formando un círculo. Boyle, el presidente, se puso de pie con lentitud. Hawkins sonrió con despecho al comparar la desnudez del cirujano con la pomposidad que parecía haber asumido en su rango electivo, confrontando la dignidad del hombre con la desaliñada apariencia que ofrecía su cabello gris, sin cortar ni peinar, y su desordenada y grisácea barba.
¾Señoras y caballeros ¾comenzó Boyle.
Hawkins miró en torno suyo los cuerpos desnudos y pálidos, los cabellos fibrosos y sin brillo, las largas uñas sucias de los hombres y los labios sin pintar de las mujeres. Pensaba que su aspecto tampoco era el de un oficial y un caballero.
¾Señoras y caballeros ¾continuó Boyle¾. Hemos sido elegidos para representar a la comunidad humana sobre este planeta. Sugiero que en esta primera reunión discutamos nuestras probabilidades de supervivencia, no como individuos sino como raza...
¾Quisiera preguntar al señor Hawkins cuáles son nuestras probabilidades de ser rescatados ¾preguntó una de las dos mujeres que componían el consejo, una criatura seca, con aspecto de solterona, de costillas y vértebras prominentes.
¾Insignificantes ¾respondió Hawkins¾, como ya sabe, no es posible ninguna comunicación con otras naves espaciales ni con estaciones planetarias cuando se está operando en el Sendero Interestelar. Cuando salimos del Sendero y vinimos a parar aquí en nuestro desgraciado aterrizaje, lanzamos una llamada de auxilio, pero no pudimos explicar nuestro paradero. Además, no sabemos si la llamada fue recibida o no...
¾Señorita Taylor ¾cortó Boyle malhumorado¾. Señor Hawkins. Quisiera recordarles que soy el presidente electo de este consejo. Ya tendremos tiempo después para una discusión general.
»Como la mayor parte de ustedes habrá supuesto ya, la edad de este planeta, biológicamente hablando, corresponde a la de la Tierra durante el período Carbonífero. Sabemos que todavía no existen especies que nos disputen nuestra supremacía. Con el tiempo tales especies surgirán (análogas a los lagartos gigantes fósiles de la Era Triásica), pero entonces estaremos sólidamente establecidos...
¾¡Estaremos muertos! ¾exclamó uno de los hombres.
¾Estaremos muertos ¾convino el doctor¾, pero nuestros descendientes sí estarán vivos. Tenemos que pensar en facilitarles el mejor punto de partida posible. El lenguaje que les legaremos...
¾No me interesa el lenguaje, doctor ¾chilló el otro miembro femenino. Era una rubia pequeña, delgada, de expresión dura¾. Es a mí a quien concierne la cuestión de los descendientes. Represento a las mujeres en edad de procrear..., somos quince aquí. Hasta ahora las muchachas han sido extremadamente cuidadosas. Tenemos razones para ello. ¿Puede garantizar, como médico, no disponiendo de drogas ni instrumentos, alumbramientos sin peligro? ¿Puede garantizar que nuestros hijos tendrán una buena probabilidad de supervivencia?
Boyle se desprendió de su pomposidad como de una prenda de vestir muy usada.
¾Seré franco ¾dijo¾. No dispongo, tal como usted apuntó, señorita Hart, de drogas ni de instrumentos. Pero puedo asegurarle que sus probabilidades de alumbramiento sin peligro son mucho mejores que las usuales en la Tierra durante, digamos, el siglo dieciocho. Le explicaré el motivo. En este planeta, que nosotros sepamos (y ya llevamos aquí lo suficiente para saberlo), no existen microorganismos nocivos al hombre. En el caso contrario, los que hemos sobrevivido seríamos ahora simples masas de supuración. La mayoría de nosotros, desde luego, hubiésemos muerto de septicemia hace tiempo. Creo que esto contesta las preguntas de ustedes dos.
¾No he terminado aún ¾insistió ella¾. Existe otro punto a considerar. Somos aquí cincuenta y tres, entre hombres y mujeres. Hemos contado diez matrimonios. Esto significa treinta y tres individuos solteros, de los cuales veinte son hombres. Veinte hombres para trece mujeres. Todas nosotros somos jóvenes, pero también somos mujeres. ¿Qué clase de fórmula estableceremos? ¿Monogamia? ¿Poliandria?
¾Monogamia, naturalmente ¾exclamó un hombre alto y delgado. Era el único entre los presentes que iba vestido, si así podía considerarse un sarmiento de vid arrollado a la cintura.
¾De acuerdo, entonces ¾observó la muchacha¾. Monogamia. La prefiero, desde luego. Pero le advierto que si vamos a seguir esta línea, surgirá un conflicto. En cualquier asesinato cuyos móviles sean la pasión y los celos, la mujer resulta tan posible víctima como el hombre, y no quiero verme complicada en eso.
¾¿Qué propone entonces, señorita Hart? ¾preguntó Boyle.
¾Sólo esto, doctor. Cuando llegue el momento, dejaremos a un lado el amor. Si dos hombres desean casarse con la misma mujer, que peleen por ella y el mejor la conseguirá y la conservará.
¾Selección natural... ¾murmuró el cirujano¾. Estoy a favor, pero debemos ponerlo a votación.

En la cima de la loma había una depresión poco profunda, un cuadrilátero natural. Alrededor de sus bordes se sentaron los náufragos, todos menos cuatro. Uno de ellos era el doctor Boyle, consciente que sus deberes presidenciales incluían los de árbitro. Se decidió que sería la persona más competente para declarar vencido a uno de los competidores. Otro miembro de este grupo era la joven Mary Hart. Había encontrado una varita dentada para peinar sus largos cabellos y tejido una guirnalda de flores amarillas, con la que pensaba coronar al vencedor. Hawkins se preguntó, al tomar asiento entre los otros miembros del consejo, si aquello significaba el deseo de imitar una ceremonia matrimonial terrestre, o bien pretendía resucitar algo más perverso.
¾Fue una lástima que las cenizas de la explosión cayeran sobre nuestros relojes ¾dijo el hombre grueso sentado a la derecha de Hawkins¾. Si tuviéramos algún sistema para medir el tiempo, podríamos establecer asaltos, y hacer de esto un combate de boxeo reglamentario.
Hawkins inclinó la cabeza. Miraba al curioso grupo en el centro del cuadrilátero: una petulante mujer bárbara, un pomposo anciano y dos jóvenes de oscura barba con cuerpos blancos y relucientes. Los conocía a ambos. Fennet había sido tripulante de la desdichada Lode Star. Clemens, por lo menos siete años mayor que él, era un pasajero y había sido prospector de minas en los mundos de la frontera.
¾Si tuviéramos algo para apostar ¾apuntó el hombre gordo¾, lo haría por Clemens. Ese cadete suyo no tiene nada que hacer. Ha sido educado para jugar limpio, Clemens está acostumbrado precisamente a lo contrario.
¾Fennet se encuentra en mejores condiciones ¾repuso Hawkins¾. Ha estado haciendo ejercicio, mientras que Clemens no hizo sino dormir y comer. ¡Fíjese que panza tiene!
¾No poseen nada de malo la carne sana y los músculos fuertes ¾afirmó el hombre gordo, dándose palmadas en el vientre.
¾¡Prohibido morderse y sacarse los ojos! ¾intervino el doctor¾. ¡Que gane el mejor!
Se separó vivamente de los contrincantes, quedando de pie junto a Mary Hart.
Ambos luchadores parecían preocupados, con los puños en tensión. Los dos tenían aire de deplorar que las cosas hubiesen llegado a tal extremo.
¾¡Adelante¾chilló al fin Mary Hart¾. ¿No me deseáis? Vais a vivir aquí mucho tiempo y os sentiréis muy solos sin una mujer.
¾Siempre podrían esperar hasta que tus hijas crecieran, Mary ¾bromeó uno de sus amigos.
¾¿Y si no tengo hijas? ¾arguyó ella¾. ¡A este paso, desde luego que no!
¾¡Adelante! ¾chilló la multitud¾. ¡Adelante!
Fennet inició el ataque. Avanzó desconfiado, golpeando débilmente con su puño derecho la cara mal protegida de Clemens. No fue un golpe duro, pero debió resultar doloroso. Clemens se llevó la mano a la nariz, la retiró y quedó mirando la sangre brillante que la manchaba. Profirió un gruñido, se adelantó pesadamente con los brazos abiertos para hacer presa en su enemigo. El joven saltó hacia atrás, golpeando dos veces más con la derecha.
¾¿Por qué no lo golpea de verdad? ¾preguntó el hombre grueso.
¾¿Para romperse todos los huesos del puño? No llevan guantes, amigo ¾repuso Hawkins.
Fennet decidió intentar una finta. Se mantuvo firme, con los pies ligeramente separados, y puso en juego su derecha una vez más. Esta vez su blanco no fue el rostro de su contrincante, sino el vientre. Hawkins se sorprendió al ver que el prospector encajaba los golpes con aparente ecuanimidad. Debía ser, pensó, mucho más resistente de lo que aparentaba en realidad.
El cadete saltó a un lado vivamente... y resbaló en la hierba húmeda. Clemens cayó pesadamente sobre él. Hawkins pudo oír el silbido del aire saliendo forzado de los pulmones del muchacho. Los gruesos brazos del prospector rodearon el cuerpo de Fennet, cuando la rodilla de éste se lanzó rencorosamente contra la ingle de su adversario. Clemens emitió un gemido, pero continuó apretando fieramente. Una de sus manos rodeaba ahora la garganta de Fennet; la otra, con los dedos malignamente engarfiados, intentó clavarse en los ojos del cadete.
¾¡Prohibido sacarse los ojos! ¾gritó Boyle¾. ¡Prohibido sacarse los ojos!
Se arrodilló para asir con ambas manos la gruesa muñeca de Clemens.
Algo hizo que Hawkins levantara la vista. Debía ser un sonido, aunque era difícil: los espectadores estaban gritando como hinchas del boxeo en un combate profesional. Apenas podía culpárseles, pues aquella era la primera ocasión para divertirse que habían tenido desde la pérdida de la nave. Debió ser en realidad el sexto sentido que poseen todos los buenos navegantes del espacio. Lo que vio le hizo lanzar un grito.
Un helicóptero se cernía sobre el cuadrilátero. Su diseño, sutilmente extraño, indicó a Hawkins que no se trataba de un aparato terrestre. Repentinamente, de su parte inferior cayó una red, al parecer de metal. Envolvió a los luchadores, atrapando también al doctor y a Mary Hart.
Hawkins volvió a gritar un chillido inarticulado. Incorporándose, se lanzó en auxilio de sus enredados compañeros. La red parecía como si estuviese viva. Retorcía alrededor de sus muñecas, ataba sus tobillos. Algunos otros náufragos corrieron a ayudar a Hawkins.
¾¡No os acerquéis! ¾advirtió¾. ¡Dispersaos!
El débil zumbido de los rotores del helicóptero aumentó en intensidad. La máquina se elevó en el aire. En un tiempo extraordinariamente breve, el cuadrilátero se redujo ante la vista del primer oficial a un pequeño círculo verde pálido, en el cual unas hormigas se escurrían sin dirección de un lado a otro. La máquina voladora se movía ya entre las nubes bajas envuelta en un blanco vacío.
Cuando, al fin, efectuó el descenso, Hawkins no se sorprendió al ver entre los árboles la torre plateada de una gran nave espacial inmóvil en una meseta llana.
El mundo al que fueron trasladados habría constituido una señalada mejora sobre el que acababan de dejar, de no ser por la equivocada bondad de sus captores. La jaula donde los tres fueron alojados reproducía, con notable fidelidad, las condiciones climáticas del planeta sobre el que se perdió la Lode Star. Estaba acristalada y desde unos rociadores situados en el techo caía una constante llovizna de agua templada. Un par de helechos aburridos proporcionaba cierto refugio contra el deprimente y continuo aguacero. Dos veces diarias en la parte trasera de la jaula, hecha al parecer de hormigón, se abría una compuerta y por ellas les arrojaban tabletas de un hongo decididamente similar al que había constituido su alimento. En el suelo de la jaula existía un hoyo; los prisioneros supusieron acertadamente que tenía un propósito sanitario.
A ambos lados había otra jaula. En una de ellas estaba Mary Hart, sola. Podía hacerles gestos y ademanes de saludo, con la mano, y eso era todo. La otra encerraba a una bestia cuyas líneas generales hacían pensar en una langosta o un bogavante, pero con fuertes rasgos de calamar. Al otro lado de la ancha calle se levantaban otras jaulas, pero no podían ver su contenido.
Hawkins, Boyle y Fennet, sentados en el húmedo suelo, miraban a través de los gruesos cristales y los barrotes a los seres que los contemplaban desde el exterior.
¾Aunque sólo fueran humanoides ¾suspiraba el doctor¾. Si su forma fuera sólo un poco parecida a la nuestra, podríamos intentar convencerles que nosotros también somos seres inteligentes.
¾Pero no tienen la misma forma ¾repuso Hawkins¾. Y en la situación contraria, nos costaría trabajo admitir que tres barriles de cerveza con seis patas eran hombres y nuestros hermanos... Prueba otra vez el teorema de Pitágoras ¾indicó al joven.
Sin gran entusiasmo, Fennet arrancó frondas del helecho arborescente más cercano. Las rompió en pedazos más pequeños; después, las colocó en el suelo musgoso, formando la figura de un triángulo rectángulo, con los cuadrados construidos sobre los tres lados. Los nativos ¾uno grande, otro ligeramente menor y otro pequeño¾ lo miraban curiosamente con sus ojos planos y opacos. El mayor metió la punta de un tentáculo en un bolsillo ¾las cosas aquellas llevaban ropa¾ y sacó un paquete de brillantes colores, que entregó al pequeño. Éste desgarró la envoltura y comenzó a introducir pedazos de una materia azul brillante en la ranura de la parte superior, que obviamente le servía de boca.
¾Me gustaría que les estuviera permitido dar comida a los animales ¾suspiró Hawkins¾. Estoy harto de esos malditos hongos.
¾Recapitulemos ¾dijo el doctor¾. Después de todo, no nos queda más que hacer. Fuimos arrebatados, seis en total, de nuestro campamento por el helicóptero. Nos condujeron a la nave de observación, que no parece muy perfeccionada en relación a nuestros vehículos interestelares. Según usted, Hawkins, esa nave emplea un propulsor Ehrenhaft, o algo tan parecido como un hermano gemelo...
¾Exacto ¾aseveró Hawkins.
¾Ya dentro de la nave fuimos encerrados en jaulas separadas. No nos dan mal trato, porque nos proporcionan alimento y agua a frecuentes intervalos. Hemos desembarcado en este extraño planeta, pero no hay posibilidad de ver algo más. Estamos encerrados a la fuerza en jaulas como animales. Sabemos que nos conducen hacia alguna parte, pero eso es todo. Cuando llegamos, la puerta se abre y esos barriles de cerveza ambulantes nos apresan con pértigas provistas de redes. Cogieron a Clemens y a la señorita Taylor y se los llevaron. No volvimos a verlos. El resto de nosotros pasa la noche y las veinticuatro horas siguientes en jaulas individuales. Un día después nos traen a este... zoo.
¾¿Cree que los sometieron a vivisección? ¾preguntó Fennet¾. Nunca me ha gustado Clemens, pero...
¾Mucho me temo que sí ¾admitió Boyle¾. Nuestros amos conocerán ahora la diferencia entre los sexos. Desgraciadamente, la vivisección no permite descubrir inteligencia.
¾¡Brutos inmundos! ¾barbotó el joven.
¾Calma, hijo ¾aconsejó Hawkins¾. No se les puede culpar. Hemos practicado la vivisección en animales mucho más semejantes a nosotros de lo que lo somos a esas cosas.
¾El problema ¾prosiguió el doctor¾ es convencer a esas cosas (como usted las llama, Hawkins), que somos seres racionales como ellos. ¿Cómo definiríamos nosotros a un ser racional?
¾Como alguien que conoce el teorema de Pitágoras ¾repuso Fennet, enfurruñado.
¾Leí en alguna parte ¾observó Hawkins¾, que la historia del Hombre es la historia del animal que descubrió el fuego y el uso de herramientas...
¾Hagamos fuego, entonces ¾sugirió el doctor¾. Construyamos algunas herramientas y usémoslas.
¾No diga tonterías. No disponemos absolutamente de nada. Ni siquiera de un diente postizo... Hizo una pausa. Recuerdo ahora que cuando era joven, se pusieron de moda entre los cadetes de las naves interestelares los antiguos trabajos de artesanía. Nos considerábamos descendientes en línea directa de los tripulantes de los barcos a vela y aprendíamos a empalmar cuerdas y cables, a trenzar sogas, nudos de fantasía y todas esas cosas. Entonces, uno de nosotros tuvo la idea de hacer cestas. Prestábamos servicio en una nave de turismo y acostumbrábamos fabricar nuestras cestas a escondidas, las adornábamos después con colores vivos y las vendíamos a los pasajeros como auténticos souvenirs del Planeta Perdido del Rey Arturo VI. Ya se pueden imaginar lo que ocurrió cuando el capitán y el primer oficial lo descubrieron...
¾¿Adónde quiere ir a parar? ¾preguntó el doctor.
¾A eso precisamente. Demostraremos nuestra destreza manual, tejiendo cestas. Yo les enseñaré el procedimiento.
¾Podría resultar... ¾concedió Boyle lentamente¾. Podría servir, sí... Por otra parte, no olvidemos que ciertos pájaros y animales poseen esta habilidad. En la Tierra existe el castor, que construye presas muy ingeniosas; el pájaro tejedor, que fabrica un nido cubierto para su compañera como parte del ritual de enamoramiento...

Los guardianes del exterior debían conocer criaturas de hábitos amorosos semejantes a los del pájaro tejedor de la Tierra. Después de tres días de febril confección de cestas, que consumió todos los helechos arborescentes, Mary Hart fue sacada de su jaula y metida en la de los tres hombres. Una vez desahogada su histérica necesidad de hablar con alguien, se mostró bastante indignada.
Era una suerte, pensó Hawkins algo amodorrado, tener de nuevo con ellos a Mary. Unos días más de confinamiento solitario y la muchacha se hubiese vuelto loca, probablemente. Pero su presencia en la misma jaula creó algunos problemas. Hubo que vigilar a Fennet, incluso al viejo chivo de Boyle...
Mary chilló.
Hawkins despertó bruscamente. Vio la pálida silueta de Mary ¾en aquel mundo nunca había noche de perfecta oscuridad¾ y, al otro lado de la jaula, las sombras de Fennet y Boyle. Se puso apresuradamente en pie, y se dejó caer junto a la muchacha.
¾¿Qué sucede? ¾preguntó.
¾No lo sé... Una cosa pequeña, con uñas afiladas... Me corría por encima.
¾Oh ¾suspiró Hawkins¾, sólo fue «Joe».
¾¿Joe¾repitió sorprendida.
¾No sabemos exactamente si es varón o hembra.
¾Creo que es, decididamente, varón ¾intervino el doctor.
¾¿Qué es «Joe»? ¾insistió ella de nuevo.
¾Debe ser el equivalente local de un ratón ¾explicó el doctor¾, aunque no se parezca mucho. Anda por todas partes, buscando sobras de comida. Estamos tratando de domesticarlo...
¾¿Se han vuelto locos? ¾chilló ella¾. Hagan algo con él, ¡en seguida! Tienen que envenenarlo, o atraparlo. ¡Ahora!
¾Mañana ¾dijo Hawkins.
¾¡Ahora! ¾exigió Mary con un chillido.
¾Mañana ¾repitió Hawkins con firmeza.

La captura de «Joe» resultó fácil. Dos cestas planas, engoznadas como las valvas de una concha, sirvieron de trampa. Escondía un cebo en el interior, un pedazo grande de hongo. Dispusieron ingeniosamente un palito vertical para que cayera al menor tirón que moviera el cebo. Hawkins, insomne en su húmedo lecho, escuchó el leve y sordo chasquido, que le avisó del funcionamiento de la trampa. Escuchó los indignados gruñidos de «Joe» y las menudas uñitas que arañaban el robusto material de la cesta.
Mary Hart estaba dormida y Hawkins la sacudió.
¾Lo hemos atrapado ¾dijo.
¾Entonces hay que matarlo ¾contestó ella, soñolienta.
Pero no lo hicieron. Los tres hombres le habían tomado cariño. Al comenzar el día, lo trasladaron a una jaula que Hawkins había confeccionado para él. Hasta la joven se aplacó cuando vio aquella bola inofensiva de piel multicolor, que saltaba indignada, arriba y abajo, dentro de su prisión. Mary insistió en alimentar al animalito, y gritaba con alegre vehemencia cuando los finos tentáculos se alargaban para coger de sus dedos el fragmento de hongo.
Durante tres días se entretuvieron mucho con su mascota. Al cuarto, sus guardianes entraron en la jaula con sus redes, inmovilizaron a sus ocupantes y se llevaron a «Joe» y a Hawkins.
¾Me temo que no hay remedio ¾murmuró Boyle¾. Habrá corrido la misma suerte...
¾Estará disecado y expuesto en algún museo ¾comentó Fennet sombríamente.
¾No, no es posible ¾sollozó la muchacha¾. ¡No es posible!
¾Sí lo es ¾dijo el doctor.
Se abrió abruptamente la compuerta de la jaula. Antes que los tres humanos pudieran buscar refugio en un rincón, se oyó una voz:
¾Todo está arreglado, pueden salir.
Hawkins entró en la jaula. Estaba afeitado y su aspecto parecía saludable. Iba ataviado con unos pantalones cortos hechos de un material rojo y brillante.
¾Salgamos ¾dijo otra vez¾. Nuestros huéspedes nos han presentado sus más sinceras disculpas y han dispuesto un alojamiento más adecuado para nosotros. Tan pronto como tengan una nave disponible, iremos a recoger a los demás supervivientes.
¾No tan aprisa ¾exigió Boyle¾. Aclaremos esto. ¿Qué los hizo comprender que éramos seres racionales?
El rostro de Hawkins se oscureció.
¾Únicamente los seres racionales encierran a otros seres en jaulas ¾dijo.

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