Páginas

miércoles, 25 de enero de 2012

Monopolio y censura // Marzo Negro

Marzo Negro



Estalló la primera gran guerra virtual. El tiempo dirá si será recordada como la III Guerra Mundial, denominación que muchos están usando y que no es del todo descabellada. Las primeras guerras fueron por territorios y recursos, y lo que está en juego ahora, en este preciso y decisivo instante, son los territorios y recursos de nuestro modo de vida. ¿Nos vamos a quedar de brazos cruzados?

Monopolio y censura

Últimamente, países muy importantes están intentando crear leyes para limitar el flujo de la información, dándole poder a las grandes compañías para censurar a los motores de búsqueda, bloquear a los proveedores de Internet y restringir cualquier actividad que se relacione con sus "materiales", incluyendo la publicación de enlaces, actividad que en la nueva norma equivaldría a "conspirar". Como primer paso, y aún sin ser aprobada ley alguna, el FBI cerró ayer a MegaUpload y extraditó de sus países y condenó a sus responsables.

Aunque mucha gente tenía sus cosas –privadas y legales- almacenadas allí, lo cierto es que, como todos los servicios virtuales, MegaUpload no ofrecía garantías. Pero tampoco YouTube las ofrece, y la mayor parte de sus contenidos están al alcance de las garras de estos buitres. ¿Un mundo sin YouTube? Eso no es nada: imagina un mundo sin Wikipedia, donde prácticamente toda la información es tomada de publicaciones con derechos de autor. Sin ir más lejos, el Facebook que usa hasta tu abuela es poco más que una colección de enlaces a material "ilegal". Dejar seguir adelante este modelo de pensamiento es lo mismo que destruir Internet. Un día podrías usar Google y no obtener resultados de búsqueda.

Ese no es el modo de hacer las cosas. Ese modelo de "justicia" que se está aplicando es preocupante (y aún no hay ley que lo avale). Ayer, personas de diferentes países, algunas por sólo haber publicado un puñado de enlaces, fueron extraditadas para ser juzgadas en y por los Estados Unidos (el mismo país que controla los medios, las armas y el dinero y fomenta el miedo, la tortura y la ignorancia, al tal punto que no hace falta dar ejemplos) y con penas mayores que aquellas que reciben los asesinos y violadores... y sin derecho a fianza. Como si hubieran perjudicado a la Humanidad, y no sólo a diez millonarios.

Eso, eso es terrorismo. Legales o no, estas medidas son un delito contra la Humanidad. Son un ataque hacia cada uno de nosotros, piratas o no, de nuestra libertad, de nuestro derecho a compartir y a nutrirnos mutuamente con la información que se nos dé la gana. Esto se llama "libertad". Y aquello, aquello se trata de darle poder a los poderosos. Las empresas discográficas que tanto protestan por la piratería –y que de hecho y sin duda son los verdaderos criminales- sólo se preocupan por su economía; no por la del público, no por la de los artistas –quienes siempre ganan más de forma independiente-. Se cagan en todos y encima nos llaman piratas. [cf. Aforismos piratas.]

Recordándolo ya en la Historia, MegaUpload era una entidad que, efectivamente, hizo perder 500 millones de dólares a las compañías más ricas del mundo. Pero no 500 millones que se quedaron sus dueños, sino 500 millones que nos ahorramos los consumidores. 500 millones que no tuvimos que gastar en círculos de plástico sin valor alguno y que, paradójicamente, nos los cobran decenas de veces lo que le dan al autor del contenido.

Por otro lado, 150 millones de personas perdieron sus archivos con el cierre de MegaUpload. ¿A quién demandarán?

MegaUpload, aunque sus creadores se hubieran vuelto millonarios, ha colaborado -a propósito o no- con la decadencia de un sistema inaceptable, un monopolio cruel hacia el autor y el consumidor y en contra de toda ideología razonable que permita a la Humanidad crecer. Un monopolio no estrictamente material, un monopolio de ideas.

Salvo detalles técnicos, no hay mucha diferencia entre MegaUpload y una biblioteca pública. Y cualquiera puede darse cuenta de que la censura en Internet es la quema de libros del presente. Y, dada la cuenta, lo menos que se puede hacer es pensar...

Decadencia del sistema discográfico

El modelo económico de estos empresarios no sólo ya no tiene lugar, sino que es dañino. Es irracional querer sostener un negocio que el público no quiere, y querer hacerlo por la fuerza. Es como si se le hubiese dado a los fabricantes de velas el poder de aplastar a cualquiera que utilizara electricidad, tendiera un cable entre dos casas o vendiera una lámpara.

Nosotros no lo recordamos porque no lo vivimos, pero con la invención de las grabaciones de audio se le quitó el negocio a los músicos y pasó a manos de lo que hoy son las compañías discográficas, que literalmente se apropiaron de él. Los artistas debieron adaptarse y colaborar con ese sistema. Pero no hubo FBI cuando apareció el cassette virgen, ni cuando apareció el CD virgen. ¿Por qué sí cuando apareció el hosting gratuito? Porque las compañías no supieron apropiarse a tiempo de ese nuevo medio, porque no lo entienden, porque poseen una ideología retrógrada incapaz de evolucionar y hacer un negocio mejor. Por suerte.

Piratear, es decir, compartir, no es un acto en contra del artista, aunque finalmente pueda causarle pérdidas económicas si participa de un sistema obsoleto. Lo lógico, lo que se debe hacer, es devolverle el poder al autor, darle la oportunidad de elegir entre maravillosas alternativas que el pueblo está dispuesto a utilizar y liberarlo de la codicia maligna de las corporaciones. [cf. Somos los piratas.]

Los medios supieron adaptarse a la existencia repentina del periodismo digital y la publicidad online, e incluso expandieron sus horizontes económicos y tecnológicos, agregándole un valor insospechado a sus productos. Pero no aquellos que basaron su modelo de negocio fetichista en pedazos de plástico.

Lo interesante es que estos comerciantes rezagados son personas como cualquiera de nosotros. No tienen un derecho especial a controlar al resto de las personas. Tampoco actúan persiguiendo un bien comunitario y, de hecho, ni siquiera respetan la ley, sino que se atreven a querer comprarla para adaptarla a sus caprichos innecesarios.

Tanta prepotencia y abuso debe tener un fin.

Es por eso que pasé toda la noche en Twitter junto a Anonymous. Anonymous es un pseudónimo público y grupal que no se identifica con un líder ni recibe órdenes de algún geek que pretenda conquistar el mundo. Su único objetivo es coordinar la defensa del bien comunitario más importante de todos los tiempos: Internet. Cualquiera que se una a las actividades de Anonymous pertenece a Anonymous. Es el nombre de la fuerza del pueblo. Anonymous es el mundo que no se deja pisotear.

Operación MegaUlopad

Anoche, en respuesta al incidente con MegaUpload, hubo un récord absoluto de participación en nombre de Anonymous, y logramos derribar por un tiempo sitios tan importantes como los del FBI, el Departamento de Defensa de los Estados Unidos y los de varias discográficas. Contarlo todo me llevaría horas.

Sin embargo de las pequeñas victorias, las medidas del acto terrorista del FBI se pudieron ver en instantes: Twitter censuró los hashtags que servían para mantener informada a la gente y coordinar las protestas. Blogger (Google) eliminó los sitios involucrados en ellas. Facebook marcó como spam los enlaces a dichos sitios... Sólo por mencionar a tres grandes que todos conocemos.

La censura llegó incluso a nuestra protesta no-violenta y sin daños materiales, que todavía sigue en curso, y que sirve a la causa de demostrar que somos nosotros quienes tenemos el poder. No "nosotros", los integrantes de un extraño club llamado "Anonymous". Nosotros, las personas que queremos que se nos trate con respeto.

Queremos que se nos trate con respeto, porque hay formas eficientes de ser intermediario entre los artistas y el público sin caer en el despotismo.

Queremos que se nos trate con respeto, porque tenemos tecnologías de ciencia-ficción pero los artistas siguen siendo esclavizados y el público estafado y aterrorizado.

Queremos que nos traten con respeto, porque todo el poder de estas compañías es el que les dimos comprando discos y yendo al cine; y así como se lo damos, se lo podemos quitar.

Nos están pisoteando e ignoran quién tiene el verdadero poder: el poder de decidir lo que vamos a querer y lo que no, y el poder de unirnos para luchar por ello.

Y la guerra puede hacerse de muchas formas. Al estilo del gobierno estadounidense, con sus tropas, su Guantánamo, su FBI y sus patéticos diputados; al estilo de Robin Hood -¿o MegaUpload?-, quitando donde sobra para ponerlo donde falta y -¿por qué no?- quedarse con una tajada; o al estilo de Buda, quien una vez se encontró con un terrible asesino serial llamado Angulimala, y se rehusó a apartarse de su camino. Angulimala, perplejo ante la reacción de Buda, le dijo:

-¿No sabes quién soy yo? Yo soy Angulimala, y puedo matarte sin pestañear.

A lo que Buda respondió:

-¿No sabes quién soy yo? Yo soy Buda, y puedo morir sin pestañear.

Esta historia que atesoro me recuerda que nosotros también ya elegimos nuestro camino -¡la mejor de las alternativas!- y no porque sea gratis (que no lo es, ya que por algo pagamos una conexión a Internet), sino porque, sencillamente, es mejor.

Y porque es el mercado el que debe adaptarse al consumidor y porque son las leyes las que deben adaptarse al beneficio del pueblo, para proteger lo que la gente necesita y exige y ama, y no para reprimirla en beneficio de unos millonarios mafiosos. Y si el gobierno no lo hace por el pueblo, el pueblo debe hacerlo por el pueblo y darle la lección a sus gobernantes. O la democracia es sólo una palabra inútil y vacía. Porque las leyes que no salen del corazón del pueblo se llaman dictaduras. Y la verdadera legislatura se llamaLegión.


Marzo Negro

World War Web: Anonymous contra la censura

Marzo Negro
Evento público · De Ayreonauta Cibermitaño

Cuándo
De la(s) jueves, 1 de marzo de 2012 a la(s) 0:00 a la(s) Sábado, 31 de marzo de 2012 a la(s) 23:30

Dónde
Todo el mundo

Descripción
Las industrias del entretenimiento han decidido apoyar una legislación que permite y promueve la censura indiscriminada de Internet sin procedimientos judiciales (http://url.cibermitanios.com.ar/MarzoNegro).

Durante Marzo de 2012 no compraremos películas ni música ni videojuegos ni libros ni iremos al cine. No le pagaremos a quienes nos faltan el respeto.

Nosotros podemos aguantar cuatro semanas sin ellos.
¿Cuánto aguantaran ellos sin nuestro dinero?

"Cuando una ley es injusta, lo correcto es desobedecer."
(Mahatma Gandhi)

https://twitter.com/#%21/search/%23MarzoNegro

EN LA CRIPTA


EN LA CRIPTA*
H. P. Lovecraft
Dedicado a C. W. Smith, que sugirió la idea central

Nada más absurdo, a mi juicio, que esa tópica asociación entre lo hogareño y lo saludable que parece impregnar la psicología de la multitud. Mencione usted un bucólico paraje yanqui, un grueso y chapucero enterrador de pueblo y un descuidado contratiempo con una tumba, y ningún lector esperará otra cosa que un relato cómico, divertido pero grotesco. Dios sabe, empero, que la prosaica historia que la muerte de George Birch me permite contar tiene, en sí misma, ciertos elementos que hacen que la más oscura de las comedias resulte luminosa. Birch quedó impedido y cambió de negocio en 1881, aunque nunca comentaba el asunto si es que podía evitarlo. Tampoco lo hacía su viejo médico, el doctor Davis, que murió hace años. Se acepta generalmente que su dolencia y daños fueron resultado de un desafortunado resbalón por el que Birch quedó encerrado durante nueve horas en el mortuorio cementerio de Peck Valley, logrando salir sólo mediante toscos y destructivos métodos. Pero mientras que esto es una verdad de la que nadie duda, había otros y más negros aspectos sobre los que el hombre solía murmurar en sus delirios de borracho, cerca de su final. Se confió a mí porque yo era médico, y porque probablemente sentía la necesidad de hablar con alguien después de la muerte de Davis. Era soltero y carecía completamente de parientes.
Birch, antes de 1881, era el enterrador municipal de Peck Valley, siendo un rústico y primitivo, incluso para como puede ser ese tipo de gente. Lo que he oído sobre sus métodos resulta increíble, al menos para una ciudad, e incluso Peck Valley se había estremecido de haber conocido la dudosa ética de sus artes mortuorias en materias tan escabrosas como el apropiarse de los forros, invisibles bajo la tapa del ataúd, o el grado de dignidad que daba al disponer y adaptar los miembros no visibles de sus inquilinos sin vida a unos recipientes no siempre calculados con exactitud precisa. Más concretamente, Birch era dejado, insensible y profesionalmente indeseable, aunque no creo que fuera mala persona. Era, sencillamente, tosco de temperamento y profesión... bruto, descuidado y borracho, y así lo probaba su fácil tendencia a los accidentes, así como su carencia de esos mínimos de imaginación que mantiene el ciudadano medio dentro de ciertos límites fijados por el buen gusto.
No sabría decir cuándo comienza la historia de Birch, ya que no soy un relator avezado. Supongo que puede empezar en el frío Diciembre de 1880, cuando el terreno se heló y los sepultureros descubrieron que no podían cavar más tumbas hasta la primavera. Afortunadamente, el pueblo era pequeño y las muertes bastante escasas, por lo que fue imposible dar a todas las cargas
* Título original: In The Vault (18 de septiembre de 1925). Primera publicación: The Tryou, noviem-bre de 1925. Se conserva un manuscrito en la John Library de la Brown University. 1
inanimadas de Birch un paraíso temporal en el simple y anticuado mortuorio. El enterrador se volvió doblemente perezoso con aquel tiempo amargo y pareció sobrepasarse a sí mismo en descuido. Nunca había colocado juntos tantos ataúdes flojos y contrahechos, o abandonado más flagrantemente el cuidado del oxidado cerrojo de la puerta del mortuorio, que abría y cerraba a portazos, con el más negligente abandono.
Al fin llegó el deshielo de primavera y las tumbas fueron laboriosamente habilitadas para los nueve silenciosos frutos del espantoso cosechero que les aguardaba en la tumba. Birch, aun temiendo el fastidio de remover y enterrar, comenzó a trasladarlos una desagradable mañana de abril, pero se detuvo, tras depositar a un mortal inquilino en su eterno descanso, por culpa de una tremenda lluvia que pareció irritar a su caballo. El cadáver era el de Darius Park, el nonagenario, cuya tumba no estaba lejos del mortuorio. Birch decidió que, el día siguiente, empezaría con el viejo Matthew Fenner, cuya tumba también se encontraba cerca; pero la verdad es que pospuso el asunto por tres días, no volviendo al trabajo hasta el día 15, Viernes Santo. No siendo supersticioso, no se fijó en la fecha, aunque tras lo que pasó se negó siempre a hacer algo de importancia en ese fatídico sexto día de la semana. Desde luego, los sucesos de aquella noche cambiaron enormemente a George Birch.
La tarde del 15 de abril, viernes, Birch se dirigió a la tumba con caballo y carro, dispuesto a trasladar el cuerpo de Matthew Fenner. Él admite que en aquellos momentos no estaba del todo sobrio, aunque entonces no se daba tan plenamente a la bebida como haría más tarde, tratando de olvidar ciertas cosas. Se encontraba sólo lo bastante mareado y descuidado como para fastidiar a su sensible caballo, sofrenándolo junto al mortuorio, por lo que éste relinchó y piafó y se agitó, tal como lo hiciera la ocasión anterior, cuando le molestó la lluvia. El día era claro, pero se había levantado un fuerte viento, y Birch se alegró de contar con refugio mientras corría el cerrojo de hierro y entraba en el vestíbulo de la cripta. Otro no podría haber soportado la húmeda y olorosa estancia, con los ocho ataúdes descuidadamente colocados, pero Birch, en aquellos días, era insensible y sólo cuidaba de poner el ataúd correcto en la tumba correspondiente. No había olvidado las críticas suscitadas por los parientes de Hannah Bixby cuando, deseando transportar el cuerpo de ésta al cementerio de la ciudad a la que se habían mudado, encontraron en la caja al juez Capwell bajo su lápida.
La luz era tenue, pero la vista de Birch era buena y no cogió por error el ataúd de Asaph Sawyer, a pesar de que era muy similar. De hecho, había fabricado aquella caja para Matthew Fenner, pero la dejó a un lado, por ser demasiado tosca y endeble, en un rapto de curioso sentimentalismo provocado por el recuerdo de cuán amable y generoso fue con él el pequeño anciano durante su bancarrota, cinco años antes. Había dado al viejo Matt lo mejor que su habilidad podía crear, pero era lo bastante ahorrativo como para guardarse el ejemplar desechado y usarlo cuando Asaph Sawyer murió de fiebres malignas. Sawyer no era un hombre amable y se contaban muchas historias sobre su casi inhumano temperamento vengativo y su tenaz memoria para ofensas reales o
fingidas. Con él, Birch no sintió remordimientos cuando le asignó el destartalado ataúd que ahora apartaba de su camino, buscando la caja de Fenner.
Fue justo al reconocer el ataúd del viejo Matt cuando la puerta se cerró de un portazo, empujada por el viento, dejándolo en una penumbra aún más profunda que la de antes. El angosto tragaluz admitía sólo el paso de los más débiles rayos, y el ventiladero sobre su cabeza virtualmente ninguna, así que se vió obligado a un profano palpar mientras hacía un trastabilleante camino entre las cajas, rumbo al pestillo. En esa penumbra fúnebre agitó el mohoso pomo, empujó las planchas de hierro y se preguntó porqué el enorme portón se había vuelto repentinamente tan recalcitrante. En ese crepúsculo, además, comenzó a comprender la verdad y gritó en voz alta, mientras su caballo, fuera, no pudo más que darle una réplica, aunque poco amistosa. Porque el pestillo tanto tiempo descuidado se había roto sin duda, dejando al descuidado enterrador atrapado en la cripta, víctima de su propia desidia.
Aquello debió suceder sobre las tres y media de la tarde. Birch, siendo de temperamento flemático y práctico, no gritó durante mucho tiempo, sino que procedió a buscar algunas herramientas que recordaba haber visto en una esquina de la sala. Es dudoso que sintiera todo el horror y lo horripilante de su posición, pero el solo hecho de verse atrapado tan lejos de los caminos transitados por los hombres era suficiente para exasperarlo por completo. Su trabajo diurno se había visto tristemente interrumpido, y a no ser que la suerte llevase en aquellos momentos a algún caminante hasta las cercanías, debería quedarse allí toda la noche o más tarde. Pronto apareció el montón de herramientas y, seleccionando martillo y cincel, Birch regresó, entre los ataúdes, a la puerta. El aire había comenzado a ser excesivamente malsano, pero no prestó atención a este detalle mientras se afanaba, medio a tientas, contra el pesado y corroído metal del pestillo. Hubiera dado lo que fuera por tener una linterna o un cabo de vela, pero, careciendo de ambos, chapuceaba como podía, medio a ciegas.
Cuando se cercioró de que el pestillo estaba bloqueado sin remisión, al menos para herramientas tan rudimentarias y bajo tales condiciones tenebrosas de luz, Birch buscó alrededor otras cosas de escapar. La cripta había sido excavada en una ladera, por lo que el angosto túnel de ventilación del techo corría a través de algunos metros de tierra, haciendo que esta dirección fuera inútil de considerar. Sobre la puerta, no obstante, el tragaluz alto y en forma de hendidura, situado en la fachada de ladrillo, dejaba pensar en que podría ser ensanchado por un trabajador diligente, de ahí que sus ojos se demoraran largo rato sobre él mientras se estrujaba el cerebro buscando métodos de escapatoria. No había nada parecido a una escalera en aquella tumba, y los nichos para ataúdes situados a los lados y el fondo —que Birch apenas se molestaba en utilizar— no permitían trepar hasta encima de la puerta. Sólo los mismos ataúdes quedaban como potenciales peldaños, y, mientras consideraba aquello, especuló sobre la mejor forma de colocarlos. Tres ataúdes de altura, supuso, permitirían alcanzar el tragaluz, pero lo haría mejor con cuatro, lo más estable posible. Mientras lo planeaba, no pudo por menos que desear que las unidades de su planeada
escalera hubieran sido hechas con firmeza. Que hubiera tenido la suficiente imaginación como para desear que estuvieran vacías, ya resultaba más dudosa.
Finalmente, decidió colocar una base de tres, paralelos al muro, para colocar sobre ellos dos pisos de dos y, encima de éstos, uno solo que serviría de plataforma. Tal estructura permitiría el ascenso con un mínimo de problemas y daría la deseada altura. Aún mejor, pensó, podría utilizar sólo dos cajas de base para soportar todo, dejando uno libre, que podría ser colocado en lo alto en caso de que tal forma de escape necesitase aún mayor altitud. Y, de esta forma el prisionero se esforzó en aquel crepúsculo, desplazando los inertes restos de mortalidad sin la menor ceremonia, mientras su Torre de Babel en miniatura iba ascendiendo piso a piso. Algunos de los ataúdes comenzaros a rajarse bajo el esfuerzo del ascenso, y él decidió dejar el sólidamente construido ataúd del pequeño Matthew Fenner para la cúspide, de forma que sus pies tuvieran una superficie tan sólida, como fuera posible. En la escasa luz había que confiar ante todo en el tacto para seleccionar la caja adecuada y, de hecho, la encontró por accidente, ya que llegó a sus manos como a través de alguna extraña volición, después de que la hubiera colocado inadvertidamente junto a otra en el tercer piso.
Al cabo, la torre estuvo acabada, y sus fatigados brazos descansaron un rato, durante el que se sentó en el último peldaño de su espantable artefacto; luego, Birch ascendió cautelosamente con sus herramientas y se detuvo frente al angosto tragaluz. Los bordes eran totalmente de ladrillo y había pocas dudas de que, con unos pocos golpes de cincel, se abriría lo bastante como para permitir el paso de su cuerpo. Mientras comenzaba a golpear con el martillo, el caballo, fuera, relinchaba en un tono que podría haber sido tanto de aliento como de burla. Cualquiera de los dos supuestos hubiera sido apropiado, ya que la inesperada tenacidad de la albañilería, fácil a simple vista, resultaba sin duda sardónicamente ilustrativa de la vanidad de los anhelos de los mortales, aparte de motivo de una tarea cuya ejecución necesitaba cada estímulo posible.
Llegó el anochecer y encontró a Birch aún pugnando. Trabajaba ahora sobre todo el tacto, ya que nuevas nubes cubrieron la luna y, aunque los progresos eran todavía lentos, se sentía envalentonado por sus avances en lo alto y lo bajo de la abertura. Estaba seguro de que podría tenerlo listo a medianoche... aunque era una característica suya el que esto no contuviera para él implicaciones temibles. Ajeno a opresivas reflexiones sobre la hora, el lugar y la compañía que tenía bajo sus pies, despedazaba filosóficamente el muro de piedra, maldiciendo cuando le alcanzaba un fragmento en el rostro, y riéndose cuando alguno daba en el cada vez más excitado caballo que piafaba cerca del ciprés. Al final, el agujero fue lo bastante grande como para intentar pasar el cuerpo por él, agitándose hasta que los ataúdes se mecieron y crujieron bajo sus pies. Descubrió que no necesitaba apilar otro para conseguir la altura adecuada, ya que el agujero se encontraba exactamente en el nivel apropiado, siendo posible usarlo tan pronto como el tamaño así lo permitiera.
Debía ser ya la medianoche cuando Birch decidió que podía atravesar el tragaluz. Cansado y sudando, a pesar de los muchos descansos, bajó al suelo y
se sentó un momento en la caja del fondo a tomar fuerzas para esfuerzo final de arrastrarse y saltar al exterior. El hambriento caballo estaba relinchando repetidamente y de forma casi extraña, y él deseó vagamente que parara. Se sentía curiosamente desazonado por su inminente escapatoria y casi espantado de intentarlo, ya que su físico tenía la indolente corpulencia de la temprana media edad. Mientras ascendía por los astillados ataúdes sintió con intensidad su peso, especialmente cuando, tras llegar al de más arriba, escuchó ese agravado crujir que presagiaba la fractura total de la madera. Al parecer, había planificado en vano elegir el más sólido de los ataúdes para la plataforma, ya que, apenas apoyó todo su peso de nuevo sobre esa pútrida tapa, ésta cedió, hundiéndole medio metro sobre algo que no quería ni imaginar. Enloquecido por el sonido, o por el hedor que se expandió al aire libre, el caballo lanzó un alarido que era demasiado frenético para un relincho, y se lanzó enloquecido a través de la noche, con la carreta traqueteando enloquecidamente a su zaga.
Birch, en esa espantosa situación, se encontraba ahora demasiado abajo para un fácil ascenso hacia el agrandado tragaluz, pero acumuló energías para un intento concreto. Asiendo los bordes de la abertura, tratando de auparse cuando notó un extraño impedimento en forma de una especie de tirón en sus dos tobillos. Enseguida sintió miedo por primera vez en la noche, ya que, aunque pugnaba, no conseguía librarse del desconocido agarrón que hacía presa de sus tobillos en entorpecedora cautividad. Horribles dolores, como de salvajes heridas, le laceraron las pantorrillas, y en su mente se produjo un remolino de espanto mezclado con un inamovible materialismo que sugería astillas, clavos sueltos y similares, propios de una caja rota de madera. Quizás gritó. Y en todo momento pateaba y se debatía frenética y casi automáticamente mientras su conciencia casi se eclipsaba en un medio desmayo.
El instinto guió su deslizamiento a través del tragaluz, y, en el arrastrar que siguió, cayó con un golpetazo sobre el húmedo terreno. No podía caminar, al parecer, y la emergente luna debió presenciar una horrible visión mientras él arrastraba sus sangrantes tobillos hacia la portería del cementerio; los dedos hundiéndose en el negro mantillo, apresurándose sin pensar, y el cuerpo respondiendo con una enloquecedora lentitud que se sufre cuando uno es perseguido por los fantasmas de la pesadilla. No obstante, era evidente que no había perseguidor alguno, ya que se encontraba solo y vivo cuando Armington, el guarda respondió a sus débiles arañazos en la puerta.
Armington ayudó a Birch a llegar a una cama disponible y envió a su hijo pequeño, Edwin, a buscar al doctor Davis. El herido estaba plenamente consciente, pero no pudo decir nada coherente, sino simplemente musitar: "¡Ah, mis tobillos!" "Déjame", o "Encerrado en la tumba". Luego llegó el doctor con su maletín, hizo algunas preguntas escuetas y quitó al paciente la ropa, los zapatos y los calcetines. Las heridas, ya que ambos tobillos estaban espantosamente lacerados en torno a los tendones de Aquiles, parecieron desconcertar sobremanera al viejo médico y, por último, casi espantarlo. Su interrogatorio se hizo más que médicamente tenso, y sus manos temblaban al curar los miembros
lacerados, vendándolos como si desease perder de vista las heridas lo antes posible.
Siendo, como era Davis, un doctor frío e impersonal, el ominoso y espantoso interrogatorio resultó de lo más extraño, intentando arrancar al fatigado enterrador cada mínimo detalle de su horrible experiencia. Se encontraba tremendamente ansioso de saber si Birch estaba seguro —absolutamente seguro— de que era el ataúd de Fenner en la penumbra, y de cómo había distinguido éste del duplicado de inferior calidad del ruin de Asaph Sawyer. ¿Podría la sólida caja de Fenner ceder tan fácilmente? Davis, un profesional con larga experiencia en el pueblo, había estado en ambos funerales, aparte de haber atendido a Fenner como a Sawyer en su última enfermedad. Incluso se había preguntado, en el funeral de éste último, cómo el vengático granjero podría caber en una caja tan acorde al diminuto Fenner.
Davis se fue el cabo de dos horas largas, urgiendo a Birch a insistir en todo momento que sus heridas eran producto enteramente de clavos sueltos y madera astillada. ¿Qué más, añadió, podría probarse o creerse en cualquier caso? Pero haría bien en decir tan poco como pudiera y en no dejar que otro médico tratase sus heridas. Birch tuvo en cuenta tal recomendación el resto de su vida, hasta que me contó la historia, y cuando vi las cicatrices —antiguas y desvaídas como eran— convine en que había obrado juiciosamente. Quedó cojo para siempre, porque los grandes tendones fueron dañados, pero creo que mayor fue la cojera de su espíritu. Su forma de pensar, otrora flemática y lógica, estaba indeleblemente afectada y resultaba penoso notar su respuesta a ciertas alusiones fortuitas como "viernes", "tumba", "ataúd", y palabras de menos obvia relación. Su espantado caballo había vuelto a casa, pero su ingenio nunca lo hizo. Cambió de negocio, pero siempre anduvo recomido por algo. Podía ser sólo miedo, o miedo mezclado con una extraña y tardía clase de remordimiento por antiguas atrocidades cometidas. La bebida, claro, sólo agravó lo que trataba de aliviar.
Cuando el doctor Davis dejó a Birch esa noche, tomó una linterna y fue al viejo mortuorio. La luna brillaba en los dispersos trozos de ladrillo y en la roída fachada, así como en el picaporte de la gran puerta, lista para abrirse con un toque desde el exterior. Fortificado por antiguas ordalías en salas de dirección, el doctor entró y miró alrededor, conteniendo la náusea corporal y espiritual ante todo lo que tenía ante la vista y el olfato. Gritó una vez, y luego lanzó un boqueo que era más terrible que cualquier grito. Después huyó a la casa y rompió las reglas de su profesión alzando y sacudiendo a su paciente, lanzándole una serie de estremecedores susurros que punzaron en sus oídos como el siseo del vitriolo.
—¡Era el ataúd de Asaph, Birch, tal como pensaba! Conozco sus dientes, con esa falta de incisivos superiores... ¡Nunca, por dios, muestre esas heridas! El cuerpo estaba bastante corrompido, pero si alguna vez he visto un rostro vengativo... o lo que fue un rostro... ya sabe que era como un demonio vengativo... cómo arruinó al viejo Raymond treinta años después de su pleito de lindes, y cómo pateo al perrillo que quiso morderle el agosto pasado... era el demonio encarnado, Birch, y creo que su afán de revancha puede vencer a la misma Madre Muerte. ¡Dios mío, qué rabia! ¡No quiero ni pensar en que se hubiera fijado en mí!
—"¿Por qué lo hizo, Birch? Era un canalla, y no lo reprocho que le diera un ataúd de segunda, ¡pero fue demasiado lejos! Bastante tenía con apretujarlo de alguna manera ahí, pero usted sabía cuán pequeño de cuerpo era el viejo Fenner.
—"Nunca podré borrar esa imagen de mis ojos mientras viva. Usted debió de patalear fuerte, porque el ataúd de Asaph estaba en el suelo. Su cabeza se había roto, y todo estaba desparramado. Mira que he visto cosas, pero eso era demasiado. ¡Ojo por ojo! Cielos, Birch, usted se lo buscó. La calavera me revolvió el estómago, pero lo otro era peor... ¡Esos tobillos aserrados para hacerle caber en el ataúd desechado de Matt Fenner!
F I N