Páginas

viernes, 17 de febrero de 2012

EN EL SUBMUNDO DEL TERROR


EN EL SUBMUNDO DEL TERROR
(Fui un profanador de tumbas adolescente)


CAPÍTULO UNO

Era como una pesadilla. Como uno de esos sueños irreales de los que te despiertas a la mañana siguiente. Sólo que esta pesadilla estaba sucediendo de verdad. Delante de mí alcanzaba a distinguir la linterna de Rankin: un gran ojo amarillo en la sofocante oscuridad estival. Me tropecé con una lápida y por poco no me desparramo de bruces. Rankin se volvió hacia mí, siseando un juramento:
—¿Es que quieres despertar al vigilante, imbécil? 
Susurré una respuesta y continuamos andando sigilosamente. Por fin, Rankin se detuvo y enfocó el haz de la linterna sobre una lápida recientemente cincelada. En ella podía leerse: 
 
DANIEL WHEATHERBY

1899–1962

Reunido con su amada esposa en una tierra mejor
 
Sentí que me ponían una pala en las manos y, repentinamente, estuve seguro de que no podría hacerlo. Pero entonces recordé al administrador de becas meneando su cabeza y diciendo: Temo que no podemos darte más tiempo, Dan. Tendrás que irte hoy mismo. Te ayudaría de alguna forma si pudiera, créeme...
Excavé en la todavía blanda tierra y la arrojé por sobre mi hombro. Unos quince minutos después mi pala entró en contacto con la madera. Ambos nos pusimos a ensanchar el agujero rápidamente, hasta que la linterna de Rankin reveló el ataúd. Nos metimos en el pozo y lo izamos.
Atontado, contemplé cómo Rankin le atizaba a los cerrojos con la pala. Luego de unos pocos golpes éstos se rompieron y pudimos alzar la tapa. El cadáver de Daniel Wheatherby nos miró con ojos vidriosos. Sentí que el horror se derramaba lentamente sobre mí. Siempre creí que los ojos permanecían cerrados cuando uno estaba muerto.
—No te quedes allí —susurró Rankin—; son casi las cuatro. ¡Tenemos que largarnos de aquí!
Envolvimos el cuerpo con una manta y regresamos el ataúd al pozo. Lo tapamos y reemplazamos el césped, rápido pero cuidadosamente. Dispersamos toda la tierra que nos sobró.
Para cuando cargábamos con el cuerpo amortajado de blanco ya los primeros rastros del alba comenzaban a iluminar el cielo oriental. Atravesamos la valla que bordeaba el cementerio y nos internamos en el bosque que lo limitaba por el oeste. Rankin se abrió paso expertamente durante unos cuatrocientos metros hasta que lo cruzamos y llegamos al automóvil, que seguía estacionado donde lo habíamos dejado, en una rodada abandonada y cubierta de malezas que alguna vez había sido un camino. El cadáver fue a parar al baúl. Poco después nos unimos al flujo de automovilistas que se apresuraban en alcanzar el tren de las seis.
Me contemplaba las manos como si nunca antes las hubiera visto. La mugre que tenía bajo mis uñas había estado amontonada sobre el lugar de reposo final de un hombre, menos de veinticuatro horas atrás. Se sentía inmundo.
La atención de Rankin se concentraba por entero en la conducción del coche. Al mirarlo comprendí que el repulsivo acto que acabábamos de cometer no le preocupaba en lo más mínimo; para él se trataba de un trabajo más. Nos desviamos de la carretera principal y empezamos a remontar el sinuoso, estrecho y sucio camino. Y entonces salimos al espacio abierto y pude verla, la mansión victoriana que se elevaba en la cumbre de la empinada pendiente. Rankin dió la vuelta y sin decir una palabra enfiló hacia la escarpada roca de un acantilado que se alzaba durante otros doce metros más, un poco a la derecha de la casa.
Se produjo un horrendo sonido chirriante y se abrió una parte de la colina lo suficientemente ancha como para permitir el paso del automóvil. Rankin nos condujo adentro y apagó el motor. Nos encontramos en una estancia pequeña, con forma de cubo, que servía como garaje oculto. En ese momento se abrió una puerta al otro extremo y un hombre alto y rígido se nos acercó.
El rostro de Steffen Weinbaum parecía una calavera; tenía unos ojos insondables y una piel que se le tensaba tanto sobre los pómulos que la carne era casi transparente.
—¿Dónde está? —su voz era profunda, ominosa.
En silencio, Rankin se bajó y yo lo seguí. Rankin abrió el baúl y sacamos la figura envuelta en la manta. 
Weinbaum asintió lentamente.
—Bien, muy bien. Tráiganlo al laboratorio. 


CAPÍTULO DOS

Mis padres murieron en un accidente automovilístico cuando yo tenía trece años. Quedé solo y tendría que haber ido a parar a un orfanato. Pero el testamento de mi padre reveló que me había dejado una sustancial suma de dinero, y yo tenía mucha confianza en mí mismo. Los de asistencia social nunca me rondaron y a los trece años me ví abandonado en el extraño rol de ser el único inquilino de mi propia casa. Pagué la hipoteca de la cuenta del banco e intenté estirar los dólares tanto como fuera posible.
El dinero escaseaba para cuando tuve dieciocho años y terminé el colegio, pero igual quise ingresar en la universidad. Vendí la casa por diez mil dólares por intermedio de un comprador de bienes raíces. A comienzos de septiembre todo se me vino encima. Recibí una carta muy amable de Erwin, Erwin y Bradstreet, Abogados. Para ponerlo en el idioma del hombre de la calle, la carta decía que el departamento comercial en el que mi padre había estado empleado había llevado una auditoría general de sus libros; parecía que faltaban quince mil dólares y que tenían pruebas de que mi padre se los había robado. El resto de la carta simplemente manifestaba que si yo no pagaba los quince mil dólares iríamos a la corte y que intentarían duplicar aquella cantidad.
Todo aquello me trastornó y, por esa razón, aquellas preguntas que se me tendrían que haber ocurrido no lo hicieron. ¿Por qué no descubrieron antes el error? ¿Por qué me estaban ofreciendo arreglar el asunto sin ir a la corte?
Fui hasta la oficina de Erwin, Erwin y Bradstreet y discutimos el tema. Para decirlo en pocas palabras, pagué la suma que me estaban pidiendo y me quedé sin dinero.
Al día siguiente busqué la firma Erwin, Erwin y Bradstreet en la guía telefónica. No figuraba. Me dirigí a su oficina y encontré un cartel de Se Alquila en la puerta. Fue entonces cuando comprendí que había sido estafado como un niño incauto; cosa que, reflexioné miserablemente, era justo lo que yo era.
A los de la universidad los engañé durante mis primeros meses, pero finalmente descubrieron que no había sido convenientemente matriculado. 
Ese mismo día conocí a Rankin en un bar. Fue mi primera experiencia en una taberna. Tenía una licencia de conducir falsificada, así que pedí los whiskys suficientes como para emborracharme. Imaginé que lograrlo me llevaría algo así como dos whiskys puros, ya que nunca antes de aquella noche había tomado más que una botella de cerveza.
El primero me sentó bien; el segundo logró que mi problema pareciera más inconsistente. Me estaba zampando el tercero cuando Rankin entró en el bar.
Se sentó en el taburete junto al mío y me miró con atención.
—¿Tienes algún problema? —le pregunté bruscamente.
Rankin sonrió.
—Sí, ando buscando un ayudante.
—¿Ah, sí? —le pregunté, interesado—. ¿Te refieres a que quieres contratar a alguien?
—Sí.
—Bien, soy tu hombre.
Comenzó a decir algo pero luego cambió de idea.
—Mejor vayamos a un reservado y conversémoslo, ¿te parece?
Nos dirigimos a un reservado y comprendí que me estaba arriesgando demasiado. Rankin tiró de la cortina.
—Así está mejor. Ahora, ¿quieres un trabajo?
Asentí.
—¿Te preocupa de qué pueda tratarse?
—No. ¿Cuánto es la paga?
—Quinientos el trabajo.
Se evaporó un poco la niebla rosada que me rodeaba. Algo no andaba bien allí. No me gustó nada la forma en que usó la palabra «trabajo».
—¿A quién tengo que matar? —pregunté con una sonrisa poco jovial. 
—No tienes que hacerlo. Pero antes de que pueda decirte de qué se trata, tendrás que hablar con el señor Weinbaum.
—¿Quién es?
—Es un... científico.
La niebla se evaporó más aún. Me levanté.
—Uh-uh. No tengo interés en servir de conejito de indias. Consíguete a otro flaco.
—No seas idiota —me dijo—. Nadie te hará daño.
—Bien, vamos —respondí, en contra de mi buen juicio.


CAPÍTULO TRES

Tras una recorrida por la casa que incluyó al laboratorio, Weinbaum se refirió al propósito de mi labor. Vestía un guardapolvo blanco y había algo en él que hacía que me estremeciera por dentro. Se apoltronó en la sala y me señaló un asiento. Rankin había desaparecido. Weinbaum me observó con esos ojos penetrantes y una vez más sentí que me atravesaba una corriente helada.
—Se lo explicaré de este modo —dijo—; mis experimentos son demasiado complicados como para describirlos con lujo de detalles, pero están relacionados con la carne humana. Con carne humana muerta.
Empecé a notar que sus ojos se iluminaban con llamaradas vacilantes. Parecía una araña lista para zamparse una mosca, y toda la casa era su tejido. El sol se inflamaba al oeste, y profundos charcos de sombras se extendían por el cuarto, ocultando su rostro, pero dejando los relucientes ojos, como si se movieran en la creciente oscuridad.
Él continuaba hablando: 
—A menudo, las personas donan sus cuerpos a los institutos científicos para su estudio. Desafortunadamente soy un hombre que trabaja en solitario, de modo que tengo que recurrir a otros métodos.
El horror saltó sonriendo desde las sombras, y por mi mente se filtró la horrible imagen de dos hombres cavando a la luz de una luna imprecisa. Una pala golpeaba la madera; el ruido congeló mi alma. Me puse de pie de un salto.
—Creo que puedo encontrar el camino hasta la puerta, señor Weinbaum.
Se rió suavemente.
—¿Le comentó Rankin cuál es la paga por este trabajo?
—No estoy interesado.
—Mal hecho. Esperaba que pudiera verlo a mi manera. No le llevaría más de un año ganar el dinero suficiente como para volver a la universidad.
Me sobresalté, experimentando la extraña sensación de que aquel hombre estaba escrutando mi alma.
—¿Cuánto sabe de mí? ¿Cómo lo averiguó?
—Tengo mis recursos —rió entre dientes de nuevo—. ¿Va a reconsiderarlo?
Vacilé.
—¿Hacemos la prueba? —me preguntó suavemente—. Estoy convencido de que ambos podemos llegar a un mutuo entendimiento.
Tuve la terrible impresión de estar hablando con el mismísimo diablo, que de algún modo me había obligado a venderle mi alma.
—Preséntese aquí a las ocho en punto, pasado mañana a la noche —me dijo.
Así fue como todo empezó.

En cuanto Rankin y yo ubicamos el cadáver envuelto de Daniel Wheatherby sobre la mesa del laboratorio se encendieron unas luces detrás de unos paneles rectangulares que parecían tanques de vidrio.
—Weinbaum —sin darme cuenta, había olvidado llamarlo «señor»—; me parece...
—¿Ha dicho algo? —preguntó, con sus ojos atravesando los míos. El laboratorio pareció alejarse. Sólo quedábamos nosotros dos, precipitándonos en un submundo repleto de horrores que estaban más allá de la imaginación.
Rankin entró vestido con una blanca chaqueta corta, y rompió el hechizo al decir:
—Todo listo, profesor.
Rankin me detuvo en la puerta.
—El viernes, a las ocho.
Un escalofrío helado y terrible me corrió por la espalda cuando miré hacia atrás. Weinbaum había tomado un escalpelo y estaba cortando la sábana que cubría el cuerpo. Ambos me miraron de manera extraña y yo me largué de allí.
Me subí al auto y rápidamente desanduve el angosto y sucio sendero. No volví la mirada. El aire era puro y caliente, con una promesa de verano en ciernes. El cielo era azul, con algodonosas nubes blancas deslizándose por la cálida brisa estival. La noche anterior parecía una pesadilla, un sueño vago que, como todas las pesadillas, se vuelve irreal y transparente cuando resplandece la brillante luz del día. Pero cuando conduje más allá de las verjas de hierro del Cementerio Crestwood comprendí que no se trataba de un sueño. Cuatro horas atrás mi pala había removido la tierra que cubría la tumba de Daniel Wheatherby.
Un nuevo pensamiento me asaltó por primera vez. ¿Qué le estaban haciendo al cuerpo de Daniel Wheatherby en ese momento? Relegé la pregunta a un profundo rincón de mi mente y apreté el acelerador. Me concentré en manejar el auto, agradecido por haber alejado de mi mente, al menos durante un rato, la terrible acción que había llevado a cabo. 


CAPÍTULO CUATRO

El paisaje de California se borroneaba a medida que aumentaba la velocidad. Los neumáticos chirriaron en una curva y, cuando salí de ella, varias cosas sucedieron al mismo tiempo.
Vi a una camioneta imprudentemente estacionada en medio de la línea blanca, a una muchacha de unos dieciocho años corriendo justo hacia mi auto, y a un hombre mayor detrás de ella. Clavé los frenos, que explotaron como bombas. Maniobré el volante y el cielo de California de repente se encontró debajo de mí. Entonces todo se acomodó y comprendí que había dado una vuelta de campana. Por un momento quedé aturdido, pero entonces un grito fuerte y chillón, penetrante, me atravesó la cabeza.
Abrí la puerta y corrí a toda velocidad por la ruta. El hombre tenía a la muchacha y estaba arrastrándola hacia la camioneta. Era más fuerte que ella, pero la chica le estaba arrancando unos centímetros de piel por cada paso que él daba.
El tipo me descubrió.
—Tú te quedas donde estás, compañero. Yo soy su tutor.
Me detuve y me sacudí las telarañas de mi cerebro. Era exactamente lo que él había estado esperando. Cargó con un puñetazo que me asestó a un lado de la barbilla y me derribó al suelo. Agarró a la muchacha y prácticamente la arrojó dentro de la cabina.
Cuando logré levantarme él ya estaba en el asiento del conductor y haciendo rechinar los neumáticos. Pegué un salto y me subí al techo justo cuando arrancaba. Por poco no salí despedido, aunque tuve que arañar como cinco capas de pintura para poder sujetarme. Entonces extendí un brazo a través de la ventanilla abierta y lo sujeté del cuello; con una maldición, el tipo me agarró de la mano. Dio un volantazo, y el camión giró locamente al borde de un empinado terraplén.
Lo último que recuerdo es la trompa del camión apuntando hacia abajo. Entonces mi contrincante me salvó la vida al pegarme un tirón del brazo; salí dando volteretas justo cuando el camión se zambullía por el precipicio.
Aterricé duro, aunque la piedra en la que aterricé lo era más. Todo se desvaneció.
Algo fresco me tocó la frente cuando recuperé el sentido. Lo primero que vi fue la luz roja que destellaba en el techo del auto de aspecto oficial, estacionado junto al terraplén. Me erguí de repente, y unas manos suaves me empujaron hacia abajo. Unas manos agradables, las manos de la muchacha que me había metido en este enredo.
Tenía a un Agente de la Policía de Carreteras sobre mí, y a una voz oficial que me decía:
—La ambulancia está en camino. ¿Cómo se encuentra?
—Machucado —le dije, sentándome de nuevo—. Aunque dígale a la ambulancia que se largue. Estoy bien.
Intentaba sonar impertinente. La policía era lo último que necesitaba luego del "trabajito" de las últimas noches.
—¿Qué puede decirme sobre esto? —preguntó el policía, sacando una libreta de notas. Antes de contestarle caminé sobre el terraplén. El estómago me dio un vuelco. La camioneta estaba enterrada de trompa en el suelo de California, y mi compañero de boxeo estaba transformando a aquella buena tierra de California en un barro rojizo con su propia sangre. Yacía grotescamente, con una mitad dentro de la cabina, y con la otra mitad fuera. Los fotógrafos estaban haciendo sus tomas. Estaba muerto.
Retrocedí. El agente de policía me miraba como esperando que vomitara pero, gracias a mi nuevo trabajo, mi estómago era admirablemente fuerte.
—Yo venía conduciendo desde el distrito de Belwood —le respondí—, aparecí doblando aquella curva…
Le conté el resto de la historia con la ayuda de la muchacha. Justo cuando terminé llegó la ambulancia. A pesar de mis protestas y de las de mi todavía anónima amiga, fuimos empujados a la parte trasera.
Dos horas después teníamos el visto bueno de salud por parte del agente de policía y de los doctores, y nos pidieron que testimoniáramos en las pesquisas de la semana siguiente.
Encontré mi automóvil en el bordillo. Se encontraba un poco peor que antes, aunque las ruedas reventadas habían sido reemplazadas. ¡En el salpicadero había una factura que daba cuenta de los gastos del camión grúa, de los neumáticos, y del escuadrón de limpieza! Ascendía a casi doscientos cincuenta dólares; la mitad del cheque por el trabajo de la noche anterior.
—Pareces preocupado —dijo la chica.
Me volví hacia ella.
—Um, sí. Bien, ya que esta mañana casi nos asesinan juntos, ¿qué te parece si me dices cómo te llamas y vamos a almorzar a algún lado?
—De acuerdo —dijo ella—. Mi nombre es Vicki Pickford. ¿Y el tuyo?
—Danny —respondí inexpresivamente mientras nos apartábamos del bordillo. Cambié de tema con rapidez—. ¿Qué sucedió esta mañana? Le escuché decir a ese tipo que era tu tutor...
—Sí —confirmó.
Me reí.
—Mi nombre es Danny Gerad. Te enterarás por los diarios vespertinos.
Ella sonrió gravemente.
—De acuerdo. Era mi custodio. También era un borrachín y un tipo despreciable.
Sus mejillas se tiñeron de rojo. La sonrisa desapareció.
—Lo odiaba, y me alegro de que haya muerto.
Me echó una mirada cortante y por un instante vislumbré el húmedo brillo del miedo en sus ojos; luego recuperó su autocontrol. Estacionamos y comimos el almuerzo.
Cuarenta minutos después pagué la cuenta con mi dinero recientemente adquirido y regresamos al auto.
—¿Hacia dónde? —pregunté.
—Motel Bonaventure —dijo ella—. Es donde estoy parando.
Ella notó un sobresalto de curiosidad en mis ojos y suspiró.
—Está bien, estaba huyendo. Mi tío David me encontró e intentó arrastrarme de vuelta a casa. Cuando le dije que no iría me metió en la camioneta. Estábamos pasando esa curva cuando le arrebaté el volante de las manos. Entonces llegaste tú.
Se encerró en sí misma como una almeja y no intenté obtener más nada de ella. Había algo extraño en su historia; no quise presionarla. La acerqué hasta la playa de estacionamiento y apagué el motor.
—¿Cuándo puedo verte de nuevo? —pregunté—. ¿Qué tal si vemos una película mañana?
—Seguro —contestó.
—Pasaré a buscarte a las siete y media —le dije y me alejé, reflexionando pensativamente en los eventos que me habían ocurrido en las últimas veinticuatro horas.


CAPÍTULO CINCO

Cuando entré en el departamento el teléfono estaba sonando. Lo descolgué y tanto Vicki como el accidente y el luminoso mundo laboral de la California suburbana se fundieron en un submundo de sombras, de seres fantasmas. La voz que susurraba fríamente en el receptor era la de Weinbaum.
—¿Problemas? —inquirió con suavidad, aunque había un tono ominoso en su voz.
—Tuve un accidente —le contesté.
—Leí acerca de eso en el diario… —la voz de Weinbaum se arrastró. El silencio descendió sobre nosotros durante un momento y luego dije:
—¿Eso significa que me está descartando?
Esperé que dijera que sí; yo no tenía la valentía suficiente para renunciar.
—No —respondió con suavidad—, tan sólo quería asegurarme de que no reveló nada sobre el... trabajo... que está realizando para mí.
—Pues bien, no lo hice —le dije lacónicamente.
—Mañana a la noche —me recordó—. A las ocho.
Hubo un click y luego el tono de discar. Me estremecí y colgué el receptor. Tenía la extrañísima sensación de acabar de cortar una comunicación con la tumba.
La mañana siguiente a las siete y media en punto pasé a buscar a Vicki por el Motel Bonaventure. Ella estaba ataviada con un vestido que le daba un aspecto estupendo. Le silbé por lo bajo; ella se ruborizó encantadoramente. No hablamos del accidente.
La película era buena y nos tomamos de la mano parte del tiempo, comimos palomitas de maíz parte del tiempo, y nos besamos una o dos veces. Todo aquello en una tarde agradable.
El segundo detalle importante sucedió llegando al climax de la película, cuando un acomodador bajó por el pasillo.
Se detenía en cada fila y parecía irritado. Finalmente se plantó en la nuestra. Barrió la fila de asientos con el haz de la linterna y preguntó:
—¿El señor Gerad? ¿Daniel Gerad?
—¿Sí? —pregunté, sintiendo la culpa y el miedo corriendo a través de mí.
—Hay un caballero en el teléfono, señor. Dice que es una cuestión de vida o muerte.
Vicki me miraba sobresaltada mientras yo seguía al acomodador apresuradamente. Alertaron a la policía. Mentalmente tomé nota de mis únicos parientes vivos. La tía Polly, la abuela Phibbs y mi tío abuelo Charlie; hasta donde yo sabía todos ellos seguían con vida.
Podrían haberme derribado con una pluma cuando levanté el receptor y escuché la voz de Rankin.
Habló rápidamente, con una cruda señal de miedo en su voz:
—¡Ven aquí, ahora mismo! Necesitamos...
Había sonidos de lucha, un grito ahogado, luego un chasquido y el tono vacío del discado.
Colgué y regresé a toda prisa junto a Vicki.
—Ven —le dije.
Me siguió sin preguntarme nada. Al principio pensé en conducir hasta el motel, pero el grito ahogado me hizo decidir que se trataba de una emergencia. Ni Rankin ni Weinbaum me gustaban, pero sabía que tenía que ayudarlos.
Nos largamos.
—¿De qué se trata? —preguntó Vicki ansiosamente, mientras yo pisaba el acelerador y hacía patinar el automóvil.
—Mira —le dije—, algo me dice que tienes tus propios secretos con respecto a tu tutor; yo también tengo los míos. Por favor, no preguntes.
Ella no volvió a hablar.
Tomé posesión de la senda de paso. El velocímetro subió de ciento veinte a ciento treinta, continuó aumentando y tembló al borde de los ciento cuarenta. Entré en el desvío en dos ruedas, y el auto se zarandeó, se aferró al piso y empezó a volar por el sendero.
Podía ver la casa, siniestra y lúgubre contra el cielo encapotado. Detuve el auto y me encontré afuera en un segundo.
—Espera aquí —le grité a Vicky por sobre mi hombro.
Había una luz encendida en el laboratorio; abrí la puerta violentamente. Estaba vacío pero arrasado. El lugar era un lío de tubos de ensayo rotos, aparatos destrozados y, sí, unas manchas sangrientas que cruzaban la puerta entornada que llevaba al garaje en sombras. Entonces advertí el líquido verde que fluía por el suelo en pegajosos riachuelos. Por primera vez noté que se había roto uno de los diversos tanques. Caminé por encima de los otros dos. Las luces que tenían adentro estaban apagadas, y los paneles que los cubrían no dejaban ver qué podrían haber tenido dentro o, ya que estamos, qué era lo que todavía tenían.
No tenía tiempo para andar mirando. No me gustó nada la vista de la sangre, todavía fresca y sin coagular, que se dirigía a la puerta delantera del garaje. Abrí la puerta con cuidado y entré en el garaje. Estaba oscuro y no sabía dónde buscar el interruptor de la luz. Me maldije por no traer la linterna que guardaba en la guantera. Me adelanté unos pocos pasos y me di cuenta de que una corriente de aire frío me soplaba contra la cara; avancé hacia ella.
La luz del laboratorio arrojaba un dorado pozo de luz a todo lo largo del suelo del garaje, aunque no llegaba a alumbrar nada en esa espesa negrura. Regresaron todos mis infantiles miedos a la oscuridad. Una vez más me introduje en esos reinos del terror que sólo un niño puede llegar a conocer.  Comprendí que la sombra que me espiaba desde la oscuridad no podría disiparse con ninguna luz brillante.
De repente, mi pie derecho pisó el vacío. Adiviné que la corriente de aire provenía de una escalera en la que casi me había caído. Lo debatí durante un momento, pero luego me volví y atravesé de prisa el laboratorio y corrí hacia el auto.


CAPÍTULO SEIS

Vicki se me vino encima en cuanto abrí la puerta del auto.
—¿Danny, qué estás haciendo aquí?
Su tono de voz me hizo mirarla con atención. Su rostro se veía aterrorizado bajo el enfermizo resplandor de la luz.
—Trabajo en este lugar —expliqué brevemente.
—Al principio no advertí donde nos encontrábamos —dijo ella, con lentitud—. Sólo una vez estuve aquí.
—¿Has estado aquí antes? —exclamé— ¿Cuándo? ¿Y por qué?
—Una noche —dijo reservadamente—, le traje la comida al tío David. Se la había olvidado.
El nombre hizo sonar una campanilla en mi mente. Ella comprendió que yo intentaba recordar de quién se trataba.
—Mi tutor —explicó—. Quizás lo mejor sería que te cuente toda la historia. Probablemente sepas que no se suele designar como tutor a las personas que tienen problemas con la bebida. Bien, el tío David no siempre los tuvo. Hace cuatro años, cuando papá y mamá murieron en un choque de trenes, el tío David era la persona más amable que te puedas imaginar. La corte lo designó como mi tutor hasta que yo llegara a la mayoría de edad, con mi sustento completo.
Se quedó callada durante un momento, reviviendo sus recuerdos, y la expresión que le cruzó por los ojos no fue nada agradable; luego continuó el relato.
—Hace dos años cerró la compañía en la que trabajaba como vigilante nocturno, y mi tío se quedó sin trabajo. Estuvo desempleado durante casi año y medio. Comenzamos a desesperarnos, con tan sólo los cheques de asistencia social para alimentarnos y con la universidad amenazando con suspenderme. Entonces consiguió un trabajo. Era bien pago y originaba sumas fabulosas. Solía bromear sobre los bancos que había tenido que robar. Una noche él me miró y me dijo: «No se trata de bancos».
Sentí que el miedo y la culpa me daban golpecitos en el hombro con unos dedos fríos. Vicki siguió hablando.
—Comenzó a volverse irritable. Empezó a traer whisky a la casa y a emborracharse. Me esquivaba en las ocasiones en que le preguntaba por su trabajo. Una noche me dijo que dejara de molestarlo y que me metiera en mis propios asuntos.
»Lo vi derrumbarse delante de mis propios ojos. Hasta que una noche se le escapó un nombre; Weinbaum, Steffen Weinbaum. Un par de semanas después olvidó llevarse su comida de medianoche. Busqué el nombre en la guía telefónica y se la llevé. Se puso terriblemente furioso, como nunca lo había visto.
»En las semanas que siguieron se quedaba más y más tiempo en esta casa horrible. Una noche, cuando volvió a casa, me pegó. Yo decidí escapar. El tío David que conocía estaba muerto, al menos para mí. Pero me atrapó... y entonces llegaste tú.
Se quedó callada.
Me estremecí de la cabeza a los pies. Tenía una idea bastante aproximada acerca de qué fue lo que hizo el tío de Vicki para ganarse la vida. La época en la que Rankin me había contratado coincidía con aquella en la que el tutor de Vicki perdiera el control. En ese instante estuve a punto de arrancar el auto y largarme, a pesar de la salvaje carnicería del laboratorio, a pesar de la escalera secreta, incluso a pesar del reguero de sangre en el piso. Pero entonces un grito lejano y débil llegó hasta nosotros. Manoteé el botón del compartimiento de la guantera, metí la mano dentro, y la revolví hasta encontrar la linterna.
La mano de Vicki me apretó el brazo.
—No, Danny. Por favor, no lo hagas. Sé que algo terrible está pasando aquí. ¡Condúcenos lejos de eso!
El grito sonó de vuelta, esta vez más debilitado, y tomé una determinación: agarré la linterna. Vicki me adivinó la intención.
—Muy bien, iré contigo.
—Uh-uh —dije—. Tú te quedas aquí. Tengo el presentimiento de que hay algo... suelto allí afuera. Tú te quedas aquí.
Volvió al asiento de mala gana. Cerré la puerta y regresé corriendo al laboratorio. Entré de nuevo al garaje, sin detenerme. La linterna alumbró el agujero oscuro donde la pared se había deslizado para revelar la escalera. Con la sangre tamborileándome densamente en las sienes, me aventuré allí abajo. Fui contando los escalones, apuntando con la linterna hacia las anodinas paredes, hacia la impenetrable oscuridad de las profundidades.
—Veinte, veintiuno, veintidós, veintitrés...
Al llegar al treinta, la escalera se convirtió repentinamente en un corto pasadizo. Empecé a atravesarlo sigilosamente, deseando tener a mano un revólver o incluso un cuchillo que me hiciera sentir un poco menos desnudo y vulnerable.
De repente un grito, terrible y colmado de miedo, resonó en la oscuridad que tenía enfrente. Era el sonido del terror, el sonido de un hombre enfrentado con algo salido de los más profundos fosos del horror. Comencé a correr. Mientras lo hacía advertí que la fría corriente de aire me estaba soplando directamente en la cara. Supuse que el túnel debía dar al exterior. Y entonces me tropecé con algo.
Era Rankin, tirado en el charco de su propia sangre; sus ojos contemplaban el techo con un horror vidrioso. La parte trasera de su cabeza estaba aplastada.
Delante de mí escuché el disparo de una pistola, una maldición, y otro grito. Corrí hacia allí y por poco me caigo de bruces al tropezar con unos nuevos escalones. Al subirlos distinguí, allá arriba, una escalera vagamente enmarcada contra una abertura cubierta con malezas. Las hice a un lado y me encontré con un cuadro sorprendente: silueteada contra el cielo, una figura alta que sólo podía ser de Weinbaum, con un revólver colgándole de una mano, y mirando hacia el suelo en sombras. Incluso las nubes, que se habían abierto brevemente para dejar pasar la luz de las estrellas, volvieron a cerrarse.
Él me escuchó y se dio vuelta con prontitud, con sus ojos vidriosos como linternas rojas en la oscuridad.
—Oh, es usted, Gerad.
—Rankin está muerto —le dije.
—Lo sé —respondió—. Usted podría haberlo evitado llegando un poco más rápido.
—Oh, cállese —le contesté, enojado—. Me apuré...
Fui interrumpido por un sonido que, desde entonces, me ha venido persiguiendo en mis pesadillas, un horroroso sonido maullante, como si se tratara del grito de dolor de alguna rata gigantesca. Por el rostro de Weinbaum vi pasar el reconocimiento, el miedo, y finalmente un parpadeo de determinación, todo en cuestión de segundos. Me sentí profundamente aterrorizado.
—¿Qué es eso? —pregunté con la voz estrangulada.
Como al descuido, con toda su afectada indiferencia, barrió el fondo del pozo con el haz de luz, y alcancé a notar que su mirada se apartaba de algo. 
La cosa maulló de nuevo y experimenté otro espasmo de miedo. Estiré el cuello para poder ver qué clase de horror yacía en aquel pozo, un horror capaz de lograr que incluso Weinbaum gritara de abyecto terror. Y justo antes de que pudiera verlo, un horrible alarido de espanto se alzó y desplomó desde el difuso contorno de la casa.
Weinbaum dejó de alumbrar el pozo con su linterna y la apuntó contra mi cara.
—¿Quién fue? ¿Con quién vino usted? —preguntó.
Pero yo tenía mi propia linterna encendida, de modo que volví a atravesar corriendo el pasadizo, con Weinbaum pegado a mis talones. Había reconocido el grito. Ya lo había oído antes, cuando una muchacha asustada casi se abalanza contra mi auto mientras huía de su maniático tutor.
¡Vicki! 
 

CAPÍTULO SIETE

Escuché que Weinbaum ahogaba un grito cuando entramos en el laboratorio. El lugar estaba inundado del líquido verde. ¡Los otros dos recipientes estaban rotos! Sin detenerme, transpuse los recipientes destruídos y vacíos y salí por la puerta. Weinbaum no me siguió.
No había nadie en el coche; la puerta del lado del pasajero estaba abierta. Barrí el suelo con la luz de mi linterna. Aquí y allá se veían las huellas de una chica que calzaba tacones altos, una chica que tenía que ser Vicki. El resto de las huellas fueron borradas por algo monstruoso; vacilo al intentar considerarla una huella. Era más bien como si algo grande se hubiera arrastrado en dirección al bosque. Su enormidad quedó demostrada, además, cuando descubrí los arbolillos quebrados y la maleza aplastada.
Volví corriendo al laboratorio, donde Weinbaum estaba sentado con la cara pálida y estirada, contemplando los tres tanques vacíos y destrozados. El revólver estaba sobre la mesa; me apoderé de él y me dirigí hacia la puerta. 
—¿Adónde se piensa que va con eso? —interpeló, poniéndose de pie. 
—Afuera, en busca de Vicki —gruñí—. Y si llega a estar herida o...      —no terminé la frase.
Me precipité en la aterciopelada oscuridad de la noche. Me zambullí en el bosque con la pistola en una mano y la linterna en la otra, siguiendo el sendero trazado por algo en lo que no quería pensar. La pregunta vital que me ardía en la mente era si tenía a Vicki o si aún la estaba arrastrando. Si la tenía en su poder…
Mi pregunta fue respondida por un grito agudo que no sonó demasiado lejos de mí.
Salí corriendo, más rápidamente ahora, cuando de repente aparecí en un claro.
Quizás sea porque quiero olvidarlo, o tal vez sólo porque la noche era oscura y comenzaba a ponerse brumosa, pero lo cierto es que tan solo puedo recordar cómo Vicki apareció a la luz de mi linterna, corriendo hacia mí, para enterrar su cabeza contra mi hombro y sollozar.
Una enorme sombra se me acercó maullando de manera asquerosa, volviéndome casi loco del terror. Atropelladamente, escapamos de aquel horror en la oscuridad, de regreso a las reconfortantes luces del laboratorio, lejos del nunca visto terror que acechaba en la negrura. Mi cerebro, enloquecido por el miedo, me decía que si sumabas dos y dos obtenías un cinco.
Los tres tanques habían contenido tres cosas provenientes de los más oscuros abismos de una mente retorcida. Una había escapado; Rankin y Weinbaum la persiguieron. Había matado a Rankin, pero Weinbaum la hizo caer en el pozo disimulado. La segunda cosa se debatía ahora torpemente  en el bosque, y de repente recordé que, fuera lo que fuese, era muy grande y le había llevado bastante tiempo arrastrarse hasta allí. Entonces comprendí que había retenido a Vicki en una hondonada. ¡Había llegado al fondo... con mucha facilidad! Pero, ¿y volver a escalarla? Estaba casi seguro de que no podría lograrlo.
Dos de ellas se encontraban fuera del juego. Pero, ¿dónde estaba la tercera? Mi pregunta fue respondida en ese preciso instante por un grito proveniente del laboratorio. Y por un… maullido. 
 

CAPÍTULO OCHO

Corrimos hasta la puerta del laboratorio y la abrimos. Estaba vacío; los gritos y los terribles sonidos maullantes provenían del garaje. Llegué a la puerta, y desde aquel entonces he estado agradecido de que Vicki se quedara en el laboratorio y se ahorrara la visión que me ha despertado de mil espantosas pesadillas.
El laboratorio estaba en sombras y lo único que podía distinguir era una enorme mancha moviéndose perezosamente. ¡Y los alaridos! Gritos de terror, los gritos de un hombre que se está enfrentando a un monstruo salido de los abismos del infierno. Algo maullaba espantosamente y parecía jadear complacido.
Mi mano se movió en busca de la llave de la luz. ¡Allí estaba, la encontré! La luz inundó el cuarto, iluminando un cuadro de horror que era el resultado del asunto de la tumba en el que había participado, tanto el tío muerto como yo.
Un gusano grande y blanquecino se retorcía en el suelo del garaje, reteniendo a Weinbaum con sus ventosas extendidas, alzándolo hacia esa boca rosa y goteante de la que provenían los desagradables maullidos. Las venas, rojas y pulsantes, sobresalían bajo su carne viscosa, y millones de diminutos gusanos serpenteaban en las vasos sanguíneos, en la piel, incluso formaban un gran ojo que me miró fijamente. Un inmenso gusano, compuesto de centenares de millones de gusanos, los festejantes de la carne muerta que Weinbaum había utilizado tan desvergonzadamente.
Inmerso en el submundo del terror, disparé el revólver una y otra vez. La cosa maulló y se convulsionó.
Weinbaum gritó algo mientras era arrastrado inexorablemente hacia la boca que esperaba. Aunque no podía creerlo, logré entenderle por sobre el horroroso sonido que producía la criatura.
—¡Dispárele! ¡Por el amor del cielo, dispárele!
Entonces noté los pegajosos charcos de líquido verde que, provenientes del laboratorio, se rebalsaban sobre el suelo. Me puse a buscar mi encendedor, lo encontré y lo accioné frenéticamente. De repente recordé que había olvidado cambiarle la piedra. De modo que busqué la cajita de fósforos, saqué uno y con aquél encendí todos los demás. Lo hice justo cuando Weinbaum gritaba por última vez. Distinguí su cuerpo a través de la translúcida piel de la criatura, que aún se sacudía mientras miles de gusanos se le pegaban como sanguijuelas. Sintiendo náuseas, arrojé los fósforos encendidos en el rezume verde. Era inflamable, tal como lo imaginaba. Estalló en llamas resplandecientes. La criatura se enroscó en una asquerosa pelota de carne pulsante y podrida.
Me volví y salí a los trompicones hasta donde se encontraba Vicki, pálida y temblorosa.
—¡Vamos! —le dije—; salgamos de aquí! ¡Todo el lugar va a arder!
Nos abalanzamos dentro del auto y nos alejamos a toda velocidad.


CAPÍTULO NUEVE

No queda mucho por agregar. Imagino que habrán leído todo lo referente al fuego que arrasó el distrito residencial Belwood de California, y que barrió con casi veinte kilómetros cuadrados de bosques y casas residenciales. No podría sentirme demasiado mal acerca de aquel incendio. Calculo que cientos de personas habrían sido exterminadas por las gigantescas cosas-gusano que Weinbaum y Rankin estaban engendrando. Volví a aquel lugar en el auto, luego del incendio. Todo estaba lleno de ruinas carbonizadas. No quedaban restos reconocibles del horror contra el que luchamos esa última noche, y, tras buscar durante un rato, encontré un armario de metal. Adentro tenía tres cuadernos de anotaciones.
Uno de ellos era el diario de Weinbaum. Lo leí con detenimiento. Revelaba que estaban experimentando con la carne muerta, exponiéndola a los rayos gamma. Un día observaron una cosa extraña: algunos de los gusanos que se arrastraban sobre la carne estaban creciendo, agrupándose. Con el tiempo fueron creciendo juntos, formando tres grandes gusanos por separado. Quizás la bomba radiactiva había acelerado la evolución.
No lo sé.
Además, no quiero saberlo.
Supongo que, en cierto modo, tuve algo que ver con la muerte de Rankin; la carne del cadáver cuya tumba yo mismo había profanado quizás había alimentado a la misma criatura que lo terminó matando.
Vivo con ese pensamiento. Pero creo que puede haber un perdón. Me estoy esforzando por conseguirlo. O, más bien, ambos nos estamos esforzando.
Vicki y yo. Juntos.

El Procesador de Palabras de los Dioses


El Procesador de Palabras de
los Dioses
Stephen King
A primera vista parecía un procesador de palabras Wang..., tenía un teclado Wang y un
revestimiento Wang. Solamente cuando Richard Hagstrom le miró por segunda vez vio que el
revestimiento había sido abierto (y no con cuidado, además; le pareció como si el trabajo se
hubiera hecho con una sierra casera) para encajar en él un tubo catódico IBM ligeramente más
grueso. Los discos de archivo que habían llegado con ese extraño bastardo no eran nada
flexibles; eran tan duros como los disparos que Richard había oído de niño.
-Por el amor de Dios, ¿qué es esto? -preguntó Lina, cuando él y Mr. Nordhoff lo trasladaron
penosamente hasta su despacho. Mr. Nordhoff había sido vecino de la familia del hermano de
Richard Hagstrom... Roger, Belinda y su hijo Jonathan.
-Una cosa que construyó Jon -explicó Richard-. Dice Mr. Nordhoff que quería que yo tuviera.
Parece un procesador de palabras.
-Eso es -dijo Mr. Nordhoff. Tenía más de sesenta años y respiraba con dificultad-. Esto mismo
fue lo que dijo que era, pobrecillo... ¿Cree que podríamos descansar un momento, Mr.
Hagstrom? Estoy sin aliento.
-No Faltaba más -respondió Richard y llamó a su hijo, Seth, que estaba fabricando acordes
extraños y átonos en su guitarra "Fender", abajo..., la habitación que Richard había destinado
como "cuarto de estar" cuando lo había empapelado, se había transformado en "sala de ensayo"
de su hijo-. Seth -gritó-. Ven a echarnos una mano.
Abajo, Seth siguió arrancando acordes a su "Fender". Richard miró a Mr. Nordoff y se encogió
de hombros, avergonzado e incapaz de disimularlo. Nordhoff hizo lo mismo como si quisiera
decirle: ¡Los chicos! ¿Quién puede esperar nada bueno de ellos hoy en día? Excepto que ambos
sabían que Jon, el hijo de su hermano loco... había sido estupendo.
-Ha sido usted muy amable ayudándome con esto- dijo Richard.
-¿Qué otra cosa puede hacer un viejo con el tiempo que le sobra? Y creo que es lo menos que
puedo hacer por Jonny. Venía a recortarme el césped, gratis, ¿sabe? Quería pagarle, pero el
muchacho no lo aceptó nunca. Era un gran chico... -Nordhoff seguía ahogándose-. ¿Podría darme
un vaso de agua Mr. Hagstrom?.
-Claro. -Se lo fue a buscar él mismo cuando su mujer ni se movió de la cocina donde estaba
leyendo una novelucha y comiendo galletas-. ¡Seth! -volvió a llamar-. Sube y ayúdanos
¿quieres?
Pero Seth siguió tocando sus acordes amortiguados y feos en la "Fender" por lo que Richard
estaba aún pagando.
Invitó a Nordhoff a que se quedara a cenar, pero Nordhoff se excusó cortésmente. Richard lo
aceptó, de nuevo avergonzado pero disimulándolo mejor esta vez. ¿Qué hace un tipo estupendo
como tú con una familia como ésta?, le pregunto un día su amigo Bernie Epstein, y Richard sólo
había podido mover la cabeza, sintiendo la misma embarazosa vergüenza que sentía ahora. Era
un buen tipo, y ya ven, esto era lo que le había tocado..., una mujer gorda y aburrida que se sentía
estafada por no tener lo mejor de la vida, que sentía que había apostado por un caballo perdedor
(pero que era incapaz de atreverse a decirlo) y un hijo de quince años, nada comunicativo y que
trabajaba lo menos posible en la misma escuela donde Richard enseñaba..., un hijo que tocaba
horripilantes acordes en la guitarra, mañana, tarde y noche (sobre todo por la noche) y que
parecía pensar que aquello le bastaría para salir adelante.
-Bueno, ¿y qué me dice de una cerveza?- preguntó Richard. Se resistía a dejar marchar a Mr.
Nordhoff..., quería oír más sobre Jon.
-Una cerveza me encantaría- dijo Nordhoff, y Richard se lo agradeció.
-Mangnífico- y se fue a buscar un par de "Buds".
Su despacho estaba en un pequeño pabellón, más como un cobertizo, separado de la casa y, lo
mismo que el cuarto de estar, se lo había arreglado él mismo. Pero, al contrario del cuarto de
estar, éste era un lugar que consideraba propio...,un lugar donde podía aislarse de la forastera con
la que se había casado y del extraño que había concebido.
-A lina, por supuesto, no le parecía bien que él tuviera un refugio personal, pero no lo había
podido evitar..., había sido una de las pocas, pequeñas, victorias que él había conseguido obtener.
Suponía que, en cierto modo, ella sí había apostado por un perdedor... Cuando se casaron,
dieciséis años atrás, ambos creían que él escribiría novelas maravillosas y lucrativas y que no
tardarían en circular en sendos "Mercedes-Benz". Pero la única novela que publicó no había sido
lucrativa y los críticos no tardaron en decir que tampoco era buena. Lina había visto las cosas
desde el mismo punto de vista que los críticos y esto había sido el principio de su
distanciamiento.
Así que las clases en la escuela superior, que ambos habían creído que no serían más que una
escalera hacia la fama, la gloria y la riqueza, eran su principal fuente de ingresos desde hacía
quince años..., una interminable escalera, se decía a veces. Pero jamás había abandonado su
sueño. Escribía cuentos y algún que otro artículo. Era miembro, bien considerado, de la
Hermandad de Autores. Ganaba unos 5.000 dólares extra todos los años, con su máquina de
escribir, y por mucho que Lina protestara, aquello le daba derecho a su propio estudio...,
especialmente dado que ella se negaba a trabajar.
-Un sitio estupendo- dijo Nordhoff, contemplando la pequeña estancia con su abundancia de
antiguos grabados en las paredes.
El procesador bastardo estaba sobre la mesa con el CPU guardado debajo. La vieja "Olivetti"
eléctrica de Richard había sido colocada, de momento, encima de uno de los ficheros.
-Es lo que necesito -contestó Richard. Con la cabeza señaló el procesador-. ¿Cree que esto va a
funcionar? Jon sólo tenía catorce años.
-Es un poco raro, ¿verdad?
-Ya lo creo- asintió Richard.
-No conoce ni la mitad -rió Nordhoff-. Eché una mirada por detrás del vídeo. Algunos de los
cables llevan impreso IBM, y algunos "Radio Shack". Ahí metido hay gran parte de un teléfono
"Western Electric". Y, créalo o no, hay un pequeño motor procedente de un "Erector Set". -
Sorbió la cerveza y dijo, reminiscente-: Quince. Acababa de cumplir quince. Un par de días antes
del accidente...- Pasados unos segundos repitió, mirando la botella de cerveza-. Quince -pero lo
dijo en voz baja.
-Eso es. "Erector Set" fabrica un pequeño modelo eléctrico. Jon tenía uno, desde que era..., oh,
desde los seis años. Se lo regalé un año por Navidad. Ya entonces le volvían loco las cosas
mecánicas. Cualquier aparatito le encantaba, así que imagine lo que fue aquella caja de pequeños
motores "Erector Set" para él. Le debió encantar. Lo guardó por más de diez años. Pocos niños lo
hacen, Mr. Hagstrom.
-Es verdad -asintió Richard pensando en la cantidad de cajas de juguetes de Seth que había tirado
en aquellos años..., rotos, olvidados, destrozados por el placer de destrozar. Miró el procesador
de palabras-. Entonces seguro que no funciona.
-No lo diga hasta que lo haya probado -advirtió Nordhoff-. El muchacho era lo más parecido a un
genio electrónico.
-Creo que está exagerando. Sé que era hábil con la mecánica, y que ganó el premio de la Feria
Estatal de la Ciencia, cuando estaba en sexto grado...
-Compitiendo con muchachos mucho mayores que él..., alguno de ellos de la Escuela Superior.
Por lo menos esto fue lo que dijo su madre.
-Es cierto. Todos estuvimos muy orgullosos de él. Pero n era exactamente verdad. Richard se
había sentido orgulloso, y la madre de Jon también; al padre del muchacho le importaba un
bledo.
-Pero una cosa son los proyectos de la feria de la Ciencia y otra construir tu propia máquina de
palabras... -se encogió de hombros.
Nordhoff dejó su cerveza:
-Allá por los cincuenta, un chico fabricó un propulsor atómico con dos latas de sopa y un equipo
eléctrico por valor de cinco dólares. Jon me lo contó. También me dijo que había un chico en
alguna ciudad rural de Nuevo México que descubrió los taquiones... partículas negativas que por
lo visto pueden viajar hacia atrás a través del tiempo..., en 1954. Y un niño de Waterbury,
Connecticut, de once años, que fabricó una bomba con el plástico de arrancó de las cartas de una
baraja. Con ella voló una caseta de perro, vacía. Los chicos raros, a veces. Sobre todo los genios.
Le sorprendería.
-A lo mejor. Puede que me sorprenda.
-En Todo caso, era un muchacho estupendo.
-Usted le quería un poco ¿verdad?
-Le quería mucho, Mr. Hagstrom -confesó Nordhoff-. Era realmente estupendo.
Y Richard pensó en lo extraño que era..., su hermano, que había sido un verdadero desastre
desde la niñez, había encontrado una mujer magnífica y un hijo inteligente. El mismo, que
siempre había tratado de ser amable y bueno, (lo que podía significar "bueno" en este mundo de
locos) se había casado con Lina que se hizo una mujer silencio, desastrada, y con ella había
tenido a Seth. Mirando ahora el rostro honrado, sincero y cansado de Nordhoff, se encontró
preguntándose cómo había podido ocurrir y cuánto había sido por su culpa, como resultado
natural de su propia y callada debilidad.
-Sí -dijo Richard- realmente lo era.
-No me sorprendería que esto funcionara -comentó Nordhoff-. No me sorprendería nada.
Y después de que Nordhoff se fuera, Richard Hagstrom había enchufado el procesador y lo había
puesto en marcha. Oyó un zumbido, y esperó a ver si las letras IBM aparecían en la pantalla. No
aparecieron. En cambio, misteriosamente, como una voz de la tumba, de la oscuridad subieron
unas palabras, fantasmas verdes: ¡FELIZ CUMPLEAÑOS, TÍO RICHARD! JON.
-¡Cristo! -murmuró Richard cayéndose sentado. El accidente que había matado a su hermano, su
esposa y su hijo, había ocurrido dos semanas antes...Regresaban de una excursión, y Roger
estaba borracho. Estar borracho era algo perfectamente ordinario en la vida de Roger Hagstrom.
Pero esta vez la suerte le había vuelto la espalda y había conducido su destartalado y viejo coche
hasta el borde de un precipicio. Se estrelló y ardió. Jon tenía catorce años, no, quince. Quince
recién cumplidos, dos días antes del accidente, dijo el viejo. Tres años más y se hubiera liberado
de aquel pedazo de oso estúpido. Su cumpleaños... y el mío poco después.
Dentro de una semana. El procesador de palabras había sido el regalo de cumpleaños de Jon.
Esto empeoraba la cosa. Richard no sabía bien por qué, o cómo, pero así era. Alargó la mano
para apagar la pantalla, pero la retiró al momento.
Un chico fabricó un propulsor atómico con dos latas de sopa y piezas de coche, eléctricas, por
valor de cinco dólares.
Sí, claro, y las cloacas de la ciudad de Nueva York están llenas de cocodrilos y las F.A. de USA
guardan el cuerpo congelado de un extraterrestre en alguna parte de Nebraska. Cuéntame algo
más. ¡Trolas! Pero quizás es que hay algo que no quiero saber con seguridad.
Se levantó, pasó por detrás y miró el vídeo a través de las rendijas. Sí, tal como había dicho
Nordhoff. Cables marcados RADIO SHACK MADE IN TAIWAN. Cables marcados
WESTERN ELECTRIC y WETREX y ERECTOR SET, con la r de la marca metida en el
pequeño círculo y vio algo más también, algo que se le había escapado a Nordhoff, o que no
había querido mencionar. Había un transformador de tren Lionel, envuelto en alambres como la
novia de Frankenstein.
-¡Cristo! -repitió riendo, pero al borde de las lágrimas-. Cristo, Jonny, ¿qué creíste que estabas
haciendo? Pero también conocía esta respuesta. Había soñado y hablado de que llevaba años
deseando poseer un procesador de palabras, y cuando la risa de Lina se hizo demasiado
sarcástica para poder soportarla, lo había comentado con Jon:
-Podría escribir más de prisa, repasar y corregir más de prisa, y producir más- recordó habérselo
contado a Jon el pasado verano...
El muchacho le había mirado gravemente, con sus ojos azul claro, inteligentes, pero siempre
cuidadosamente cautos, agrandados por los cristales de sus gafas.
-Sería estupendo..., realmente estupendo.
-¿Y por qué no te compras uno, tío Rich?
-No los regalan precisamente -contestó Richard sonriendo-. El modelo "Radio Shack" cuesta
cerca de tres mil. De ahí puedes ir subiendo hasta llegar al de dieciocho mil dólares.
-Bueno, a lo mejor te hago uno algún día- había dicho Jon.
-A lo mejor- le había contestado Richard dándole una palmada en la espalda. Y hasta que llegó
Nordhoff, no había vuelto a pensar en aquello.
Cables de la tienda para aficionados a los modelos eléctricos. Un transformador de tren Lionel.
¡Cristo!
Volvió a la parte delantera dispuesto a apagarlo, como si intentar escribir algo y fracasar, fuera
algo así como mancillar lo que su frágil y delicado (predestinado) sobrino había dispuesto.
Por el contrario, apretó el botón EXECUTE en el tablero. Un estremecimiento extraño recorrió
su espinazo al hacerlo...EXECUTE era una extraña palabra de que servirse, si uno lo pensaba un
poco. No era una palabra que pudiera asociarse con la escritura; era una palabra que asociaba con
cámaras de gas y sillas eléctricas..., y quizás con coches viejos y destartalados saltando fuera de
las carreteras.
EXECUTE
El aparato zumbaba con más ruido que el que hacían cualquiera de los que había oído cuando los
contemplaba en los escaparates, en realidad casi rugía. ¿Qué hay en la sección de memoria,
JON? Se preguntó-. ¿Muelles? ¿Transformadores Lionel puestos en fila? ¿Latas de sopa? Volvió
a recordar los ojos de Jon, su rostro pálido y delicado. ¿No era extraño, quizás incluso morboso,
tener celos del hijo de otro hombre?.
Pero debió haber sido mío. Lo sabía..., y creo que él también lo sabía. Luego estaba Belinda, la
esposa de Roger. Belinda, que llevaba gafas de sol incluso en los días nublados, de las grandes,
porque las marcas alrededor de los ojos tienen la mala costumbre de extenderse. Pero, a veces la
miraba, sentada quieta y vigilante a la sombra de la risa escandalosa de Roger, y pensaba
también casi lo mismo: Debía de haber sido mía.
Era un pensamiento espantoso, porque ambos hermanos habían conocido a Belinda en la escuela
superior y ambos habían salido con ella. ËL y Roger se llevaban dos años de diferencia y Belinda
estaba perfectamente entre los dos, un año mayor que Richard y un año más joven que Roger.
Richard había sido el primero en salir con la muchacha que con el tiempo iba a ser madre de Jon.
Luego se había interpuesto Roger, Roger que era mayor que ella, y más fuerte, y que siempre
conseguía lo que quería. Roger que era capaz de lastimar si uno trataba de cruzarse en su camino.
Tuve miedo. Tuve miedo y dejé que se me escapara. ¡Fue tan sencillo! Que Dios me valga, creo
que sí. Me gustaría pensar que ocurrió de otro modo, pero tal vez es mejor no mentirse respecto a
cosas como la cobardía. Y la vergüenza.
Y si aquello era verdad..., si Lina y Seth hubieran pertenecido al sinvergüenza de su hermano, y
si belinda y Jon hubieran sido suyos, ¿qué demostraba? ¿Y cómo una persona bien pensante
podía entretenerse con semejantes absurdos, semejantes locuras? ¿Se rió? ¿Gritó? ¿Se pegó un
tiro por su cobardía?
No me sorprendería que esto funcionara. No me sorprendería nada.
EXECUTE
Sus dedos se movieron ágiles sobre el teclado. Miró la pantalla y vio esas letras flotando, verdes,
sobre la superficie de la pantalla.
MI HERMANO ERA UN BORRACHO INDECENTE.
Flotaban allí, delante de él, y Richard recordó de pronto un juguete que había tenido de pequeño.
Se llamaba Ocho Bolas Mágicas. Se le formulaba una pregunta que podía contestarse con sí o
con no, y entonces se hacía funcionar el Ocho Bolas Mágicas para ver lo que tenía que decir
sobre la pregunta... Sus respuestas eran una farsa, pero en cierto modo atractivamente
misteriosas, decían cosas como ES CASI SEGURO, YO NO PENSARÍA EN ELLO, y
VUELVE A PREGUNTARLO.
Roger estaba celoso del juguete y por fín, un día, después de obligar a Richard a que se lo
regalara, Roger lo había tirado contra la acera con tanta fuerza como pudo y lo rompió. Luego se
había reído. Ahora, sentado aquí, escuchando el extraño ruido del interior del aparato que Jon
había construido, Richard recordó cómo se había desplomado en la acera, llorado, incapaz de
creer que su hermano hubiera podido hacerle tal cosa.
Nene llorón, nene llorón, mirad al nene llorón -se había burlado Roger-. No era otra cosa que un
juguete barato, de mierda, Richie. Fíjate no había más que un montón de letras y mucho agua.
-¡VOY A CONTARLO! -había chillado Richard con todas sus fuerzas. Le dolía la cabeza. Tenía
la nariz taponada por tantas lágrimas de desesperación-. ¡CONTARÉ LO QUE HAS HECHO,
ROGER! SE LO CONTARÉ A MAMÁ.
-Si lo cuentas te romperé el brazo- le amenazó Roger, y en su sonrisa glacial Richard vio que lo
decía en serio. No lo contó.
MI HERMANO ERA UN BORRACHO INDECENTE.
Bueno, montado misteriosamente o no, la pantalla quedaba escrita. Si era o no capaz de retener
información, quedaba por ver, pero el empalme que había hecho Jon de un tablero Wang a una
pantalla IBM, había funcionado. No creía que fuera culpa de Jon el hecho de que, por
coincidencia, despertara en él desagradables recuerdos.
Miró a su alrededor y sus ojos se fijaron en la única fotografía que había allí y que él no había
elegido ni le gustaba. Era un retrato de Lina, su regalo de Navidad de dos años atrás. Quiero que
la cuelgues en tu despacho, le había dicho y, naturalmente, lo había hecho así. Suponía que era
una forma de vigilarle cuando ella no estuviera. NO te olvides de mí, Richard. Estoy aquí. Puede
que apostara por un caballo perdedor, pero todavía estoy aquí. Y será mejor que no lo olvides.
El retrato con su colorido artificial no hacía juego con los grabados de Whistler, Homer y N.C.
Wyeth. Los ojos de Lina estaban entrecerrados, sus gruesos labios formaban algo que no acababa
de ser una sonrisa. Sigo aquí, Richard, le decía aquella boca. Y que no se te olvide.
Tecleo: LA FOTO DE MI MUJER ESTÁ COLGADA EN LA PARED OESTE DE MI
DESPACHO.
Contempló las palabras y le gustaron tan poco como la propia fotografía. Apretó el botón
DELET. Las palabras desaparecieron. Ahora ya no quedaba nada en la pantalla excepto el firme
latido del cursor. ;miró hacia la pared y vio que la fotografía de su mujer también había
desaparecido.
Permaneció sentado allí, durante un buen rato..., por lo menos así se lo pareció..., mirando la
pared donde había estado la fotografía. Lo que finalmente le sacó del atontamiento producido por
el shock de absoluta incredulidad, fue el olor del CPU..., un olor que recordaba las Ocho Bolas
Mágicas que Roger le había roto porque no era suyo. El olor era del fluido del transformador del
tren eléctrico. Cuando se olía había que desenchufarlo rápidamente para que el aparato pudiera
enfriarse.
Y así lo haría.
Dentro de un minuto.
Se levantó y anduvo hasta la pared sobre unas piernas que no sentía. Pasó la mano por el
revestimiento "Armstrong" de la pared. La fotografía había estado allí, sí, precisamente aquí.
Pero ya no estaba, y el clavo en el que estaba colgada también se había ido, y no había rastro de
ningún agujero donde él había atornillado el clavo en el revestimiento.
Ido.
El mundo se le volvió gris de pronto y dio unos traspiés hacia atrás, creyendo, vagamente, que se
iba a desmayar. Se contuvo, sombrío, hasta que todo volvió a enfocarse de nuevo.
Recorrió con la vista desde el lugar vacío, donde había estado antes la fotografía de Lina, al
procesador que su difunto sobrino había logrado componer.
Le sorprendería, oía mentalmente a Nordhoff diciéndole: Le sorprendería, le parecería
sorprendente, oh, sí, enterarse de que un niño, en los años cincuenta, pudiera descubrir partículas
que viajaban hacia atrás en el tiempo, le sorprendería lo que el genio de su sobrino era capaz de
hacer con un montón de elementos desparejados, unos cables y unas piezas eléctricas. Le
sorprendería sentir que se está volviendo loco.
El olor del transformador era cada vez más intenso, mas acusado y podía ver unas volutas de
humo que salían de la envoltura junto a la pantalla. También el ruido del CPU era más fuerte. Iba
siendo hora de desconectarlo... Por listo que hubiera sido Jon, aparentemente no había tenido
tiempo de solucionar todos los tropiezos de aquel loco aparato.
Pero ¿sabía acaso que iba a hacer aquello?
Sintiéndose como un ser quimérico, Richard volvió a sentarse ante la pantalla y escribió:
LA FOTOGRAFÍA DE MI MUJER ESTÁ EN LA PARED.
Lo leyó volvió a mirar el teclado, y luego apretó el botón: EXECUTE.
Miró la pared.
La fotografía de Lina volvía a estar otra vez donde había estado siempre.
-Jesús -musitó-. Cristo Jesús.
Se pasó la mano por la mejilla, miró el teclado (ahora no habia nada excepto el cursor) y
escribió:
EL SUELO ESTÁ VACIÓ.
Luego, apretó el botón INSERT, y volvió a escribir:
EXCEPTO POR DOCE MONEDAS DE ORO DE VEINTE DÓLARES EN UNA PEQUEÑA
BOLSA DE ALGODÓN.
Apretó EXECUTE.
Miró al suelo donde había, ahora, una pequeña bolsa de algodón, blanco, con un cordón que le
cerraba. Sobre la bolsa y escrito en tinta negra, algo descolorida, se leía WELLS FARGO.
-Santo Dios -se oyó decir en una voz que no era suya- Santo Dios, Santo Dios...
Hubiera podido seguir invocando el nombre del Salvador por unos minutos más, o por una horas,
si el procesador de palabras no le hubiera reclamado insistentemente con su bip bip. Escrito en la
parte alta de la pantalla se leía la palabra SOBRECARGA.
Richard lo apagó todo precipitadamente y abandonó el despacho como si le persiguieran todos
los demonios del infierno. Pero antes de salir recogió la bolsita de algodón y se la guardó en el
bolsillo del pantalón.
Cuando llamó a Nordhoff aquella noche, soplaba un helado viento de noviembre que parecía un
lamento de gaitas por entre los árboles. El grupo de Seth esta abajo, destrozando una melodía de
Bob Seger. Lina había ido a Nuestra señora del Perpetuo Socorro a jugar bingo.
-¿Funciona el aparato?- preguntó Nordhoff.
-Funciona perfectamente -contestó Richard. Metió la mano en el bolsillo y sacó una moneda. Era
pesada..., más pesada que un reloj "Rolex". En una de las caras había un águila de perfil
recortado, en relieve, junto con la fecha 1871-. Funciona de un modo increíble.
-Lo creo -dijo Nordhoff impasible-. Era un muchacho muy inteligente y le quería a usted mucho,
Mr. Hagstrom. Pero tenga cuidado. Un chico no es más que un chico, listo o no, y el amor puede
estar mal dirigido. ¿Entiende lo que quiero decirle?.
Richard no entendía nada. Sentía calor y estaba febril. El periódico de aquel día decía que el
precio del oro en el mercado era de 514 dólares la onza. Las monedas habían pesado una media
de 4.5 onzas cada una, en su balanza postal. Al precio del mercado, aquello sumaba 27.756
dólares. Sospechó que eso era solamente la cuarta parte de lo que podía sacar si vendía las
monedas como monedas.
-Mr. Nordhoff, ¿podría usted venir? ¿Ahora? ¿Esta noche?
-No. No creo que quiera hacerlo, Mr. Hagstrom. Creo que esto debe quedar entre usted y Jon.
-Pero...
-Recuerde solamente lo que le dije. Por Dios, tenga cuidado- se oyó un pequeño clic y Nordhoff
se había ido.
Media hora más tarde volvía a estar en su despacho, contemplando el procesador de palabras.
Tocó la tecla ON/OFF pero sin haberlo enchufado aún. La segunda vez que Nordhoff lo dijo,
Richard lo había oído perfectamente. Por el amor de Dios, tenga cuidado. Sí. Debía tener
cuidado. Una máquina que podía hacer aquello...
¿Cómo podía una máquina hacer tal cosa?
Ni idea..., pero en cierto modo, hacía aceptable toda aquella locura. Ël era profesor de lengua
inglesa y escritor a veces, no un técnico, y había un interminable número de cosas cuyo
funcionamiento desconocía: fonógrafos, motores de gasolina, teléfonos, televisores, y la cadena
del depósito del inodoro. Su vida había sido una historia de comprensión de operaciones más que
de principios. Había alguna diferencia, aquí, ¿excepto de grado?
Conectó la máquina, Como la primera vez, le dijo: ¡FELIZ CUMPLEAÑOS, TÍO RICHARD!
JON. Apretó el botón EXECUTE y el mensaje de su sobrino desapareció.
Esta máquina no durará mucho, se le ocurrió de pronto. Tenía la seguridad de que Jon debía estar
aún trabajando en ella cuando murió, creyendo que todavía le quedaba tiempo. El cumpleaños de
tío Richard sería dentro de tres semanas, después de todo...
Pero a Jon se le había terminado el tiempo y este asombroso procesador de palabras, que
aparentemente podía insertar cosas nuevas y suprimir cosas viejas del mundo real, olía como un
transformador de tren que se estuviera friendo y empezaría a soltar humo dentro de muy pocos
minutos. Jon no había tenido oportunidad de perfeccionarlo. ¿Había...
Confiado en que todavía le quedaba tiempo?
Estaba en un error. Todo era un error. Richard lo sabía. El rostro tranquilo, atento, los ojos
serenos tras los gruesos cristales de sus gafas... No, no estaba confiado, ni creía en lo
acomodaticio del tiempo. ¿Cuál era la palabra que se le había ocurrido antes, aquel mismo día?
Predestinado. No era precisamente una buena palabra para Jon; era la palabra apropiada. La
sensación de predestinación había envuelto al muchacho tan palpablemente que, a veces, Richard
había querido abrazarle, decirle que se animara un poco, que a veces las cosas terminaban bien y
que los buenos no siempre tenían que morir jóvenes.
Luego pensó en Roger tirando su juego de Ocho Bolas Mágicas a la acera, tirándolo tan fuerte
como pudo; oyó partirse el plástico y vió el fluido mágico del juego -agua al fin y al cabo-,
deslizándose por la acera. Y esta imagen se mezcló con una imagen del viejo cachorro de Roger
con, HAGSTROM REPARTOS AL POR MAYOR escrito en los costados, saltando por encima
de un polvoriento acantilado, en pleno campo, golpeando de frente el fondo, con un ruido que,
como Roger, no valía nada. Vio, aunque no quería verlo, el rostro de la mujer de su hermano
desintegrándose en sangre y huesos. Vio a Jon ardiendo entre los restos, gritando, volviéndose
negro.
Ni confianza, ni esperanza. Siempre había reflejado la sensación de que el tiempo se le escapaba.
Y al final había resultado que tenía razón.
-¿Qué significa eso?- murmuró Richard mirando la pantalla vacía.
¿Cómo hubiera contestado el juego de las bolas mágicas? ¿VUELVE A PREGUNTAR?
¿DIFÍCIL Y CONFUSO? ¿O quizá CIERTAMENTE ASÍ?
El ruido que escapaba del CPU volvía a ser fuerte, y más rápido que por la tarde. Ya podía oler al
transformador de tren que Jon había acoplado a la maquinaria detrás de la pantalla recalentada.
Máquina de sueños mágicos.
Procesador de palabras, de los dioses.
¿Era eso?, lo que era? ¿Era eso lo que Jon había querido regalar a su tío para su cumpleaños?
¿Lo equivalente, en espacio y época, a la lámpara maravillosa o al pozo de los deseos?
Oyó abrirse la puerta trasera de la casa y a continuación las voces de Seth y de los otros
miembros de la banda de Seth. Las voces eran demasiado fuertes, ordinarias. Habían estado
bebiendo o fumando droga.
-¿Dónde está tu viejo Seth?- oyó que uno de ellos preguntaba.
-Haciendo el vago en su despacho, supongo, como siempre -respondió Seth-. Creo que... -pero
entonces volvió a levantarse el viento, borrando el final, pero no sus horrendas risotadas.
Richard les estuvo escuchando, sentado, con la cabeza inclinada a un lado y, se pronto, escribió:
MI HIJO ES SETH ROGER HAGSTROM.
Su dedo se posó sobre el botón DELETE.
¿Qué estás haciendo? -le chilló la mente-. ¿Lo haces en serio? ¿Te propones asesinar a tu propio
hijo?
-Algo estará haciendo ahí dentro- dijo otro.
-Es un pobre imbécil -observó Seth-. Pregúntaselo a mi madre algún día. Te lo contará. Nunca
ha...
-No voy a asesinarle. Voy a... borrarle.
Su dedo apretó el botón.
-... hecho nada excepto...
Las palabras MI HIJO ES SETH ROGER HAGSTROM desaparecieron de la pantalla.
Fuera, también desaparecieron las palabras de Seth.
No se oía otra cosa ahora, excepto el frío viento de noviembre, soplando negras advertencias
para el invierno.
Richard apagó el procesador de palabras y salió fuera. El camino de entrada estaba vacío. El
primer guitarrista de grupo, Norm no-sé-qué, conducía una monstruosa y siniestra furgoneta, una
vieja LTD en la que el grupo transportaba su equipo en sus infrecuentes contrataciones. No
estaba aparcada en el camino. Quizás estaba en alguna otra parte del mundo, resoplando por
alguna carretera, o aparcada en el aparcamiento de algún establecimiento de hamburguesas, y
Norm también estaba en alguna parte del mundo, lo mismo que Davey el bajo, cuyos ojos eran
impresionantemente vacíos y que llevaba un imperdible colgado del lóbulo de una oreja, lo
mismo que el del tambor, que no tenía dientes delanteros. Estarían por alguna parte, pro no aquí,
porque Seth no estaba, Seth nunca había estado aquí.
Seth había sido borrado.
-No tengo hijo- masculló Richard. ¿Cuántas veces había leído esa melodramática frase en
novelas malas? ¿Cien? ¿Doscientas? Nunca le había sonado a cierta. Pero ahora lo era. Ahora era
verdad. Oh, sí.
El viento siguió soplando y Richard sintió de pronto un terrible espasmo, en el estómago, que le
hizo doblarse, jadeando. El viento pasó explosivo.
Cuando cedió el espasmo, caminó hacia la casa.
En lo primero que se fijó fue en que las viejas playeras de Seth -tenía cuatro pares de ellas y se
negaba a tirar ninguno-, habían desaparecido de la entrada. Se acercó al pasamanos de la escalera
y pasó el pulgar por una sección del mismo. A los diez años (bastante mayorcito para darse
cuenta, pero Lina se había opuesto a que Richard le pusiera la mano encima a pesar de ello) Seth
había grabado sus iniciales, profundamente, en la madera del pasamano, una madera que Richard
había pulido laboriosamente durante casi todo un verano. La había lijado y empastado y
rebarnizado pero el fantasma de aquellas iniciales persistió.
Ahora habían desaparecido.
Arriba. La habitación de Seth. Estaba limpia y ordenada, no vívida, seca y carente de
personalidad. Podía haber habido un letrero en la puerta, colgado del pomo, que dijera
HABITACIÓN DE INVITADOS.
Abajo. Y ahí fue donde Richard se entretuvo más. Los rollos de cable habían desaparecido; los
amplificadores y micrófonos, habían desaparecido; el desbarajuste de las piezas de la grabadora
que Seth iba siempre a "componer" habían desaparecido (carecía de la concentración y de las
manitas de Jon). En cambio, la estancia llevaba el profundo sello (no especialmente agradable)
de la personalidad de Lina..., muebles pesados, recargados, tapices de terciopelo de tema dulzón
(uno de ellos representaba la Última cena en la que Cristo se parecía a Wayne Newton, otro
mostraba unos ciervos a la puesta del sol en un cielo de Alaska), una alfombra agresiva de un
color tan vivo como la sangre arterial. Ya no quedaba la menor huella de que un muchacho
llamado Seth Hagstrom hubiera ocupado la habitación; esta habitación, o cualquiera de las otras
de la vivienda.
Richard sequía aún al pie de la escalera, mirando a su alrededor cuando oyó llegar un coche.
Lina pensó y sintió una casi trepidante oleada de culpabilidad. Es Lina de regreso del Bingo, y
¿qué va a decir cuándo vea que Seth ha desaparecido? ¿Qué... qué...?
¡Asesino! La oyó gritar ¡Has asesinado a mi niño!
Pero él no había asesinado a Seth.
Le BORRË, murmuró, y subió a la cocina a recibirla.
Lina estaba más gorda.
Había enviado al bingo a una mujer que pesaba unos noventa kilos. La mujer que regresaba
pesaba por lo menos ciento cincuenta, o más; había tenido que ladearse un poco para entrar por
la puerta trasera. Unas caderas y muslos elefantinos se estremecían dentro de unos pantalones de
poliéster del color de aceitunas demasiado maduras. Su tez, cetrina tres horas antes, parecía
ahora enfermisa y pálida. Aunque no era médico, Richard creyó descubrir en aquella piel los
síntomas de una enfermedad de hígado o una incipiente dolencia de corazón. Sus ojos cubiertos
de pesados párpados contemplaron a Richard con una curiosa fijeza despectiva.
Llevaba un pavo congelado, enorme, en una de sus gordas manos. Se movía y se retorcía en su
funda de celofán como el cuerpo de un extraño suicida.
-¿Qué estás mirando Richard?- le preguntó.
A ti, Lina, te miro a ti. Porque así es como te has vuelto en un mundo en el que no hemos tenido
hijos. Así es como te has vuelto en un mundo en el que no hay objeto para tu amor..., por
venenoso que pueda ser tu amor. Así es como apareces, Lina, en un mundo, en un mundo en el
que todo entra y nada sale. Tú, Lina. Esto es lo que estoy mirando. A ti.
-Eso, Lina -consiguió decir por fin-, es uno de los mayores malditos pavos que he visto en mi
vida.
-Bien, pues no te quedes aquí mirándolo, idiota ¡Ayúdame!
Le cogió el pavo y lo depositó sobre el tablero de la cocina notando su desagradable frío. El
ruido fue como el de un bloque de madera.
-Allí no -le gritó impaciente y le indicó la despensa-. No va a caber, metelo en el congelador.
-Lo siento- murmuró; nunca habían tenido un congelador Nunca en un mundo en el que había
habido un Seth.
Llevó el pavo a la despensa, donde había un enorme congelador "Amana" brillando a la luz de
los fluorescentes como un blanco y helado ataúd. Lo metió dentro junto con otros cuerpos,
criogénicamente conservados, de aves y demás animales, y volvió a la cocina. Lina había sacado
el bote de galletas de crema de cacahuate y se las estaba comiendo metódicamente, una tras otra.
-Era el bingo de Acción de Gracias -explicó-. Lo tuvimos esta semana en lugar de la próxima
porque el padre Phillips tiene que ingresar en el hospital para que le extraigan una piedra de la
vejiga. Yo gané el gordo... -sonrió. Una mezcla de chocolate y crema de cacahuate le resbalaba
por la barbilla.
-Lina -le preguntó- ¿Has lamentado alguna vez que no tuviéramos hijos?
Se le quedó mirando como si se hubiera vuelto loco de remate:
-Por el amor de Dios, ¿para qué iba yo a querer una mocosa en casa?- preguntó. Apartó el bote
de las galletas, reducido a la mitad, y volvió a guardarlo en el armario. -Me voy a la cama.
¿Vienes o vas a volver allí a suspirar un poco más sobre tu máquina de escribir?
-Iré un rato más, creo -contestó. Su voz era sorprendentemente firme-. No tardaré.
-¿Funciona aquel aparato?
-¿Qué...? -De pronto la entendió y sintió otro remalazo de culpa. Conocía la existencia del
procesador de palabras, claro. La desaparición de Seth no había afectado para nada la existencia
de Roger, y el conocimiento de la familia de Roger había persistido-. Oh. Oh, no. No hace nada.
Asintió con la cabeza, satisfecha:
-Ese sobrino tuyo. Siempre con la cabeza en las nubes. Igual que tú, Richard. Si no fueras tan
corto, me pregunto si no la metiste donde no tenías que haberla metido, hace quince años. Lanzó
una risotada ordinaria, sorprendentemente fuerte..., la risotada de una vieja y cínica alcahueta...,
y por un momento estuvo en un tris de abalanzarse sobre ella. Luego, sintió que una sonrisa
asomaba a sus labios, una sonrisa tan delgada y blanca y fría como el congelador que había
reemplazado a Seth en esta nueva vida.
-No tardaré -le dijo-. Solo quiero anotar unas cosas.
-¿Por qué no escribes un cuento que gane el premio Nobel, o algo así? -preguntó indiferente. Las
maderas del piso crujieron cuando inició su pesado camino hacia la escalera-. Todavía debemos
la factura del óptico por mis gafas de leer y llevamos un pago de retraso del "Betamax". ¿Por qué
no nos ganas más maldito dinero?
Pues, no lo sé, Lina. Pero tengo grandes ideas esta noche. De verdad.
Se volvió a mirarle, pareció como si fuera a decirle algo sarcástico..., algo sobre que ninguna de
sus grandes ideas les había sacado de apuros pero que, en todo caso, se había quedado con él...,
luego desistió. Quizás algo en su sonrisa la había frenado. Marchó hacia arriba. Él permaneció
abajo, escuchando su paso atronador. Tenía la frente mojada de sudor. Se sentía a la vez mareado
y excitado.
Dio media vuelta y se fue hacia su despacho.
Esta ves cuando conectó el aparato, el CPU ni zumbó, ni rugió; empezó a hacer un ruido
desigual, un especie de quejido. El olor caliente del transformador del tren salió casi al momento
desde detrás de la pantalla y tan pronto como pulsó el botón EXECUTE para borrar el ¡FELIZ
CUMPLAÑOS TÍO RICHARD!, empezó a salir humo.
Queda poco tiempo, pensó. No... no es así. NO queda nada de tiempo. Jon lo sabía, y ahora yo
también lo sé.
Tenía dos alternativas: traer a Seth de vuelta con el botón INSERT (sabía que podía hacerlo;
sería tan fácil como lo fue crear los doblones españoles) o terminar el trabajo.
El olor se hacía más potente, más urgente. Dentro de un instante, lo mínimo, la pantalla
empezaría a mandar su mensaje de SOBRECARGA.
Escribió:
MI MUJER ES ADELINA MABEL WARREN HAGSTROM.
Apretó el botón DELETE.
Escribió:
SOY UN HOMBRE QUE VIVE SOLO.
Ahora la palabra empezó a aparecer en la esquina superior, a la derecha de la pantalla:
SOBRECARGA, SOBRECARGA, SOBRECARGA.
Por favor. Por favor déjame terminar. Por favor, por favor, por favor...
El humo que salía ahora de las redijas y ranuras del vídeo era más denso y más gris. Miró al
ruidoso CPU y vio que también salía humo de su rejilla... y al fondo de aquel humo pudo ver una
opaca chispita roja, de fuego.
Ocho Bolas Mágicas ¿tendré salud, seré rico o sabio? ¿O viviré solo y quizá me matará la
soledad y la pena? ¿Queda tiempo aún?
NO LO SÉ AHORA PRUEBA MÁS TARDE.
Excepto que no quedaba más tarde.
Pulsó el botón INSERT y la pantalla oscurecióse, excepto por el insistente mensaje de
SOBRECARGA, que parpadeaba ahora a toda velocidad aunque irregular.
Escribió:
EXCEPTO POR MI ESPOSA BELINDA Y MI HIJO JONATHAN.
Por favor. Por favor.
Pulsó el botón EXECUTE.
La pantalla se vació. Durante lo que parecieron siglos permaneció vacía, excepto por la
SOBRECARGA, que ahora aparecía con tal rapidez que a excepción de una ligera sombra,
parecía mantenerse constantemente allí, como una computadora ejecutando una cerrada orden de
mando. Algo dentro del CPU saltó y chisporroteó, y Richard exhaló un gemido.
Las letras verdes reaparecieron en la pantalla, flotando místicamente sobre el negro:
SOY UN HOMBRE QUE VIVE SOLO, EXCEPTO POR MI MUJER BELIND Y MI HIJO
JONATHAN.
Pulsó por dos veces el botón EXECUTE.
Ahora, se dijo, ahora escribiré: TODAS LAS PIEZAS DE ESTE PROCESADOR DE
PALABRAS ESTABAN PERFECTAMENTE ENSAMBLADAS ANTES DE QUE MR.
NORDHOFF ME LO TRAJERA. O escribiré: TENGO IDEAS PARA POR LO MENOS
VEINTE NOVELAS SENSACIONALES. O escribiré: MI FAMILIA Y YO VIVIREMOS
FELICES PARA SIEMPRE JAMÁS. O escribiré...
Pero no escribió nada. Sus dedos revolotearon estúpidamente por encima del teclado mientras
sentía..., literalmente sentía..., que todos los circuitos de su cerebro se quedaban bloqueados
como los coches en el peor bloqueo de tráfico de Manhattan en la historia de la combustión
interna.
La pantalla se llenó de pronto con la palabra: ACABADO, ACABADO ACABADO
ACABADO ACABADO ACABADO ACABADO ACABADO ACABADO.
Hubo otro chasquido y luego una explosión en el CPU. Salieron unas llamaradas del aparato, y
después se apagaron. Richard se echó atrás en su sillón, cubriéndose la cara por si acaso
explotaba la pantalla. No explotó. Solamente se apagó .
Permaneció sentado, contemplando la oscuridad de la pantalla.
NO PUEDO DECIRLO. VUELVE A PREGUNTAR DESPUÉS.
-¿Papá?
Se volvió rápidamente, con el corazón latiéndole con tal fuerza que temió que se le saltara del
pecho.
Jon estaba allí, Jon Hagstrom, y su rostro era el mismo pero algo distinto..., la diferencia de
paternidad entre los dos hermanos. O quizás era simplemente que aquella expresión inquieta,
vigilante, había desaparecido de sus ojos ligeramente aumentados por las gafas (de montura
metálica, ahora, observó, y no la fea montura de concha industrial que Roger había comprado
siempre al muchacho porque costaba quince dólares menos).
Quizás era algo todavía más sencillo: el aspecto de predestinación había desaparecido de los ojos
del muchacho.
-¿Jon? -preguntó con voz ronca, preguntándose si en realidad había querido algo más que esto.
¿Era así? Parecía ridículo, pero se figuraba que sí. Suponía que la gente siempre quería más-.
Jon, ¿eres tú, verdad?
-¿Quién iba a ser sino? -indicó con la cabeza el procesador de palabras-. ¿No te lastimaste
cuando este bebé se fue al cielo de los datos, verdad?
Richard sonrío:
-No, estoy perfectamente.
-Lamento que no funcionara. No sé qué me hizo montarlo con todas esas piezas inútiles. -Movió
la cabeza-. Por Dios que no lo sé. Es como si hubiera tenido que hacerlo. Cosas de niño.
-Bueno -dijo Richard, acercándose a su hijo y pasándole un brazo por los hombros-, quizá te
saldrá mejor la próxima vez.
-Quizás. O a lo mejor pruebo otra cosa.
-Puede que sea mejor.
-Mamá dice que tiene cacao para ti, si te apetece.
-Ya lo creo -y ambos salieron juntos del despacho a una casa donde no había ningún pavo
congelado procedente de un premio ganado en el bingo-. Una taza de cacao me vendrá más que
bien ahora.
-Recuperaré cualquier cosa recuperable que haya en aquel trasto, mañana, y lo demás lo iré a
echar al vertedero- anunció Jon.
Richard asintió, diciendo:
-Bórralo de nuestras vidas... -y entraron en la casa y al aroma de cacao caliente, riendo juntos.
FIN.