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jueves, 28 de marzo de 2013

La Tortura de la Esperanza




La Tortura de la Esperanza
(La Torture par L'Esperance)
Villiers de L'Isle Adam
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Hace ya muchos años, al caer una tarde, el venerable Pedro Arbuez D'Espila, sexto prior de los Dominicanos de Segovia, el tercer gran inquisidor de España, seguido por un fray redentor, y precedido por dos familiares de Su Santidad, el último llevando un farol, hicieron su entrada en una catacumba subterránea. La cerradura de una enorme puerta crujió, y ellos ingresaron en una celda, donde la luz mortecina revelaba entre anillos sujetados a la pared un potro de tormento manchado de sangre, un brasero y una botija de barro. Sobre una pila de paja, cargado con grilletes, y con su cuello circunvalado por un aro metálico, estaba sentado un hombre muy demacrado, de edad incierta, vestido solo con harapos.
Este prisionero no era otro que Rabbi Aser Abarbanel, un judío de Aragón, quien fuera acusado de usura e impiedad por los pobres, y que había sido sometido diariamente a torturas por más de un año. Aún "su ceguera era tan densa como su recato" y se negaba a abjurar de su fe.
Orgulloso de una ascendencia que databa de cientos de años, orgulloso de sus ancestros, todos judíos dignos de su nombre, él descendía según el Talmud, de Otoniel, y consecuentemente de Ipsiboa, esposa del último juez de Israel, una circunstancia que había acrecentado su coraje entre las incesantes torturas. Con lágrimas en sus ojos, el venerable Pedro Arbuez D'Espila, dirigiéndose al estremecido rabbi, le recomendó:
- Hijo mío, alégrate: tu proceso está por llegar a su fin. Si en la presencia de tal obstinación fui forzado a permitir, con profundo desagrado, el uso de gran severidad, mi tarea de fraternal corrección tiene sus límites. Tu eres la higuera que, habiendo fallado en muchas temporadas en dar sus frutos, al final se marchitó, pero solamente Dios puede juzgar tu alma. Tal vez, la Infinita Piedad brille sobre tí en el último momento. Nosotros así lo esperamos. Hay ejemplos. Entonces duerme bien por la noche. Mañana serás incluído en un auto de fe: esto es, serás expuesto al quemadero, las llamas simbólicas del Fuego Eterno: solo quema, mi hijo, a la distancia; y la Muerte tardará al menos dos (hasta tres) horas en venir, en cuenta de los vendajes húmedos y helados con los que envolvemos las cabezas y corazones de los condenados. Habrá otros cuarenta y tres contigo. Te ubicarás en la última fila, para que tengas tiempo de invocar a Dios y ofrecerle a Él tu bautismo de fuego, que será del Espíritu Santo.
Con estas palabras, habiendo señalado a los guardias para desencadenar al prisionero, el prior lo abrazó tiernamente. Entonces fue el turno del fray redentor, quien, en un tono bajo, por el perdón para el judío por el que se lo había hecho sufrir con el propósito de redimirlo; entonces los dos familiares silenciosamente lo besaron. Luego de esta ceremonia, el cautivo fue soltado, solitario y desconcertado, en la oscuridad.
Rabbi Aser Abarbanel, con labios emparchados y el rostro consumido por el sufrimiento, al principio se quedó mirando fijamente las puertas cerradas de su celda. ¿Cerradas? La palabra inconscientemente rozó un vago capricho en su mente, el capricho que había tenido por un instante al ver la luz de las linternas a través de una grieta entre la puerta y la pared. Una mórbida idea de esperanza, debido a la debilidad de su mente, se agitó en su entera humanidad. Él se arrastró a través de la extraña visión. Entonces, muy cautelosamente, deslizó un dedo en la hendidura, provocando la apertura de la puerta delante suyo. ¡Maravilloso! Por un extraordinario accidente el familiar que la cerró había girado la pesada llave de manera que el pestillo no había entrado en el hueco, y las puertas giraron sobre sus bisagras.
El Rabbi se aventuró con su mirada hacia afuera. Con la ayuda de un polvillo luminoso, él distinguió primeramente un semicírculo de paredes a través de las que se proyectaba una escalera; y opuesto a él, en la cima de seis peldaños de piedra, una especie de portal negro, que se abría a un inmenso corredor, cuyos primeros ángulos eran visibles desde abajo.
Esperanzado se arrastró hasta el umbral. Sí, era realmente un corredor, pero parecía interminable. Una anémica luz lo iluminaba: eran lámparas suspendidas desde el abovedado cielo raso que iluminaban a intervalos deslucido matiz del ambiente, la distancia era cubierta en sombras. No había una puerta en todo el pasillo. Unicamente, a un lado, el izquierdo, había pesadas troneras enrejadas, hundidos en las paredes, lo que dejaba pasar una luz que bien podía ser de la tarde. ¡Y qué terrible silencio! La vacilante esperanza del judío era tenaz ya que podría ser la última.
Sin dubitación, se aventuró en el pabellón, siempre bajo las troneras, tratando de convertirse a sí mismo en parte de la oscuridad de las paredes. Él avanzó lentamente, arrastrándose cuerpo a tierra, acallando los gritos de dolor cuando alguna herida abierta enviaba una aguda punzada a través de su cuerpo.
Súbitamente el sonido de unos pasos que se acercaban alcanzó su oído. Él tembló violentamente, y el miedo se reprimió, su vista se nubló. Bien, eso fue todo, no había duda. Se comprimió en un hueco, y medio muerto de miedo, esperó.
Era un familiar que venía apresurado. Él pasó velozmente, llevando en su mano fuertemente asido un instrumento de tortura, una espantosa figura, y luego desapareció. El pánico en que el rabbi entró pareció haber suspendido sus funciones vitales, y él estuvo cerca de una hora incapaz de moverse. Temiendo que las torturas se reiniciaran si era atrapado, pensó en regresar a su calabozo. Pero la vieja esperanza susurraba en su alma ese divino "tal vez" que nos consuela en las horas de peor dolor. Un milagro se había operado. Él no tenía que dudar ya más. Comenzó a reptar hacia su chance de escapar. Exausto por el sufrimiento y hambriento, estremecido del dolor, él se apuró a continuar. El sepulcral corredor pareció extenderse misteriosamente, mientras él, aún avanzando, miraba en la oscuridad en donde había más posibilidades de escape.
¡Oh, oh! Nuevamente escuchaba pasos, pero esta vez eran más lentos, más pesados. Las formas negra y blanca de dos inquisidores aparecieron, emergiendo de la oscuridad. Estaban conversando en tono bajo, y parecían discutir sobre algún asunto importante, ya que gesticulaban con vehemencia.
En vista de este espectáculo, Rabbi Aser Abarbanel cerró sus ojos; su corazón latía tan violentamente que casi lo estaba sofocando; sus harapos se humedecieron con el sudor frío de la agonía; él permaneció inmóvil pegado a la pared, su boca abierta, bajo los rayos de una lámpara, rezando al Dios de David.
Justamente enfrente a él, los dos inquisidores tomaron una pausa bajo la luz de la lámpara, indudablemente debido a algún accidente durante el curso de sus argumentaciones. Uno, mientras escuchaba a su compañero, contempló al rabbi. Y, bajo su vista, él se imaginó de nuevo sintiendo las ardientes tenazas quemando sus carnes, él era una vez más un hombre torturado. Desfalleciente, casi sin aliento, con párpados trémulos, él tembló al contacto con la sotana del monje. Pero, extrañamente aunque por un hecho natural, el vistazo del inquisidor no fue otro que el de un hombre evidentemente absorto en su conversación, fascinado por lo que estaba escuchando; sus ojos se clavaron y pareció mirar al judío sin llegar a verlo.
De hecho, luego del lapso de un par de minutos, las dos oscuras figuras lentamente siguieron su camino, aún conversando en tono bajo, hacia el mismo lugar del que el prisionero venía. Él no había sido visto. Entre la horrible confusión en la mente del rabbi, la idea se disparó en su cerebro: '¿Puedo estar muerto que ellos no llegan a verme?' Una horrible impresión lo atacó desde su letargo: mirando hacia la pared contra la cual su cara se pegó, él imaginó estar en presencia, dos feroces ojos que le miraban. Volvió su cabeza hacia atrás en un súbito frenesí de pavor, su cabello se encrespó. ¡Aún no! No. Su mano estuvo a tientas sobre las piedras: era el reflejo de los ojos del inquisidor, aún impresionados en su retina.
¡Adelante! Él tenía que apurarse hacia su ilusión de salvación, a través de la oscuridad, ya que estaba a unos treinta pasos de distancia. Él puso más velocidad a sus rodillas, sus manos, para poder verse a salvo de aquella pesadilla, y pronto entró en la porción de penumbra del terrible corredor.
Súbitamente el pobre miserable sintió una ráfaga de aire frío en las manos; venía desde bajo la pequeña puerta que estaba al final de las dos paredes.
Oh, Cielos, si esta puerta pudiera ser abierta. Todos los nervios del miserable cuerpo del fugitivo se tensaron en la esperanza. Examinó la puerta desde el piso hasta el marco superior, apenas era capaz de distinguir su contorno a pesar de la oscuridad reinante. Él pasó su mano sobre la puerta: no tenía cerradura, ¡no había cerradura! ¡Un picaporte! La empujó, el picaporte cedió a la presión de su pulgar: la puerta silenciosamente se abrió delante de él.
- ¡Halleluia! -murmuró el rabbi en una muestra de gratitud que, estando en el umbral, mientras contemplaba la escena delante de él.
La puerta se había abierto a un jardín, enmarcado en un cielo astrífero, ¡en primavera, libertad, vida! Se revelaban los campos vecinos, donde se dilataban las sierras, cuyas sinuosas líneas azules se recortaban contra el horizonte. ¡Por fin la libertad! ¡Oh, el escape! Él podría pasar toda la noche bajo los limoneros, cuyas fragancias lo embargaban. Una vez en las montañas estaría libre y seguro. Inhaló el delicioso aire; la briza lo revivió, sus pulmones se expandieron. Sintió en su corazón las Veniforas de Lázaro. Y para agradecer una vez más a Dios que le había otorgado su Gracia, él extendió sus brazos, elevando sus ojos al Cielo. ¡Fue un éxtasis de felicidad!
Entonces él imaginó que veía la sombra de sus brazos acercarse a sí, creyendo que estos oscuros brazos lo rodeaban, y como que era afectuosamente presionado contra el pecho de alguien. Una figura alta estaba frente a él. Él bajo sus ojos, y permaneció inmovil, jadeando para respirar, deslumbrado, con la vista fija, atontado por el terror.
¡Horror! Él estaba en el abrazo del Gran Inquisidor, el venerable Pedro Arbuez D'Espila, que lo contemplaba con ojos húmedos de lágrimas, como un buen pastor que ha encontrado a su oveja descarriada.
El oscuro sacerdote presionó al desventurado judío contra su corazón con enorme fervor, con un arranque de amor, que el filo de la toga friccionó el pecho del domínico. Y mientras Aser Abarbanel con ojos desorbitados gemía en agonía del abrazo del místico, vagamente comprendió que todas las fases de su fatal tarde fueron únicamente parte de una tortura premeditada, la de la Esperanza. El Gran Inquisidor, con un acento de reprobación y una mirada de consternación, murmuró en su oído, su respiración árida y ardiente de un largo ayuno:
- ¡Qué, hijo mío! En la víspera, probablemente, de tu salvación, deseas dejarnos?

miércoles, 27 de marzo de 2013

Flores de las Tinieblas



Flores de las Tinieblas
(Fleurs de Ténèbres-1883)
Villiers de L'Isle-Adam 
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¡Oh, los bellos atardeceres! Ante los brillantes cafés de los bulevares, en las terrazas de las horchaterías de moda, ¿qué de mujeres con trajes multicolores, qué de elegantes "callejeras" dándose tono!
Y he aquí las pequeñas vendedoras de flores, que circulen con sus frágiles canastillas.
Las bellas desocupadas aceptan esas flores perecederas, sobrecogidas, misteriosas...
- ¿Misteriosas?
- ¡Sí, si las hay!
Existe, - sabedlo, sonrientes lectoras -, existe en el mismo París cierta agencia que se entiende con varios conductores de los entierros de lujo, incluso con enterradores, para despojar a los difuntos de la mañana, no dejando que se marchiten inútilmente en las sepulturas todos esos espléndidos ramos de flores, esas coronas, esas rosas que, por centenares, el amor filial o conyugal coloca diariamente en los catafalcos.
Estas flores casi siempre quedan olvidadas después de las fúnebres ceremonias. No se piensa más en ello; se tiene prisa por volver. ¡Se concibe!
Es entonces cuando nuestros amables enterradores se muestran más alegres. ¡No olvidan las flores estos señores! No están en las nubes; son gente práctica. Las quitan a brazadas, en silencio. Arrojarlas apresuradamente por encima del muro, sobre un carretón propicio, es para ellos cosa de un instante.
Dos o tres de los más avispados y espabilados transportan la preciosa carga a unos floristas amigos, quienes gracias a sus manos de hada, distribuyen de mil maneras, en ramitos de corpiño, de mano, en rosas aisladas inclusive, estos melancólicos despojos.
Llegan luego las pequeñas floristas nocturnas, cada una con su cestita. Pronto circulan incesantemente, a las primeras luces de los reverberos, por los bulevares, por las terrazas brillantes, por los mil un sitios de placer.
Y jóvenes aburridos y deseosos de hacerse agradables a las elegantes, hacia las cuales sienten alguna inclinación, compran estas flores a elevados precios y las ofrecen a sus damas.
Estas, todas con rostros empolvados, las aceptan con una sonrisa indiferente y las conservan en la mano, o bien las colocan en sus corpiños.
Y los reflejos del gas empalidecen los rostros.
De suerte que estas criaturas-espectros, adornadas así con flores de la Muerte, llevan, sin saberlo, el emblema del amor que ellas dieron y el amor que reciben.

La Jaula A. Bertram Chandler




La Jaula

A. Bertram Chandler



El encarcelamiento es siempre una experiencia humillante, sea cual fuere el espíritu filosófico del prisionero. El encarcelamiento que nos inflige alguien de nuestra propia especie es muy desagradable, pero se puede hablar a los que nos han capturado, cabe conseguir que lo comprendan a uno al exponer sus necesidades, en ciertas ocasiones incluso apelar a ellos de hombre a hombre.

Pero el encarcelamiento constituye una humillación doble cuando los captores nos tratan como a un animal de especie inferior.



La partida del cohete patrulla podría, quizás, ser disculpada por no haber reconocido como seres racionales a los supervivientes de la nave de línea interestelar Lode Star. Habían transcurrido doscientos días por lo menos, desde su aterrizaje en el planeta innominado, un aterrizaje forzoso que se produjo cuando los generadores Ehrenhaft de la Lode Star, obligados a trabajar con gran exceso sobre su capacidad normal por una avería del regulador electrónico, la hicieron volar lejos de las rutas regulares hasta una región inexplorada del espacio. La Lode Star había aterrizado con bastante facilidad, pero poco después (las desgracias nunca vienen solas), su pila atómica se hizo incontrolable y el capitán ordenó al primer oficial que evacuase a los pasajeros -los cuales no tenían por qué soportar la emergencia-, llevándolos tan lejos como fuese posible.

Hawkins y el personal a su cargo se hallaban ya bastante lejos cuando se produjo un fogonazo de energía liberada y una explosión no muy violenta. Los supervivientes deseaban volver para presenciarlo, pero Hawkins los hizo seguir adelante con maldiciones y, a veces, golpes. Afortunadamente estaban a sotavento de la nave y así escaparon a los efectos de la explosión.

Cuando los fuegos artificiales parecieron teminar, Hawkins, acompañado por el doctor Boyle, el cirujano de la nave, regresó al lugar del desastre. Los dos hombres, temerosos de la radiactividad, fueron precavidos y se mantuvieron a una prudente distancia del cráter poco profundo y humeante aún, que indicaba dónde estuvo la nave. Era evidente que el capitán, sus oficiales y técnicos constituían ahora una parte infinitesimal de la nube incandescente en forma de hongo.

Después de esto, los cincuenta y tantos hombres y mujeres, supervivientes de la Lode Star, estaban cambiando. No fue un proceso rápido, ya que Hawkins y Boyle, ayudados por un comité de los pasajeros más responsables, habían combatido en una obstinada acción de retaguardia. Pero la suya era una lucha sin esperanza. El clima estaba en su contra, para empezar. Hacía calor, siempre en las cercanías de los treinta grados. Y había humedad, cayendo incesantemente una fina y cálida llovizna. El aire parecía rico en esporas de hongos que, por fortuna, no atacaban a la piel viva, pero medraban en la materia orgánica muerta y sobre las ropas. Se desarrollaban en un grado ligeramente menor en los metales y sobre los tejidos sintéticos que usaban muchos de los náufragos.

El peligro, un peligro exterior, hubiese contribuido a mantener la moral. Pero allí no existían animales peligrosos. Sólo existían pequeñas cosas de piel suave, no muy diferentes de las ranas, que avanzaban a saltitos a través de la maleza húmeda, y criaturas semejantes a peces en los numerosos ríos, que variaban en tamaño desde el tiburón al renacuajo y que poseían toda la belicosidad del primero.

El alimento no significó un problema, pasadas las primeras horas de hambre. Algunos voluntarios habían probado un hongo grande y suculento que crecía en los huecos de unos corpulentos árboles semejantes a helechos. Decidieron que tenía buen sabor. Tras un lapso de cinco horas, no habían muerto ni se quejaban de dolores abdominales. Aquel hongo constituiría la dieta habitual de los náufragos. En las semanas que siguieron, se encontraron otros hongos, bayas y raíces, todos ellos comestibles. Proporcionaban una ración gratamente recibida.

Pese al calor penetrante, el fuego era lo que más echaban de menos. Con él podrían haber completado su alimentación, cociendo los pequeños seres parecidos a ranas del bosque lluvioso y los peces de los riachuelos. Quienes mostraban un espíritu más esforzado, comían estos animales crudos, pero la mayor parte de los demás miembros de la comunidad los miraban con asco. El fuego les hubiese ayudado también a retrasar la oscuridad de las largas noches y, gracias a su calor y a su luz, desvanecer la ilusión de frialdad producida por el incesante rocío de todas las hojas y frondas.

Al huir de la nave, la mayoría de los supervivientes poseían encendedores de bolsillo, pero se perdieron con la desintegración de sus ropas. En todo caso, cualquier intento de encender una fogata en los primeros días, hubiese fallado al no existir, según aseguró Hawkins, un solo sitio seco en todo aquel maldito planeta. Hacer fuego ahora resultaba completamente imposible; aun cuando se hubiese contado entre ellos un experto en frotar dos ramitas secas, no hubiera encontrado material con que trabajar.

Se establecieron de modo permanente en la cima de una colina de escasa altura. (Allí no existía, en lo que podía distinguir la vista, ninguna montaña.) El bosque era allí menos espeso que en las llanuras circundantes, y el terreno menos pantanoso. Trenzando frondas de los helechos árboles, consiguieron construir unos refugios primitivos, más por motivos de aislamiento que por las comodidades que con ello pudieran obtener. Recurrieron con cierta desesperación a las formas gubernamentales de los mundos que habían abandonado para elegir un consejo. Boyle, el cirujano de la nave, fue su jefe. Hawkins fue rechazado sólo por dos votos, debido al resentimiento de muchos pasajeros, que atribuían al personal ejecutivo de la nave la responsabilidad por haberlos arrastrado a la presente situación.

La primera reunión del consejo tuvo lugar en una choza -si así pudiese llamarse-, construida especialmente para tal propósito. Los miembros del consejo se acurrucaron en cuclillas formando un círculo. Boyle, el presidente, se puso de pie con lentitud. Hawkins sonrió con despecho al comparar la desnudez del cirujano con la pomposidad que parecía haber asumido en su rango electivo, confrontando la dignidad del hombre con la desaliñada apariencia que ofrecía su cabello gris, sin cortar ni peinar, y su desordenada y grisácea barba.

-Señoras y caballeros -comenzó Boyle.

Hawkins miró en torno suyo los cuerpos desnudos y pálidos, los cabellos fibrosos y sin brillo, las largas uñas sucias de los hombres y los labios sin pintar de las mujeres. Pensaba que su aspecto tampoco era el de un oficial y un caballero.

-Señoras y caballeros -continuó Boyle. Hemos sido elegidos para representar a la comunidad humana sobre este planeta. Sugiero que en esta primera reunión discutamos nuestras probabilidades de supervivencia, no como individuos sino como raza...

-Quisiera preguntar al señor Hawkins cuáles son nuestras probabilidades de ser rescatados -preguntó una de las dos mujeres que componían el consejo, una criatura seca, con aspecto de solterona, de costillas y vértebras prominentes.

-Insignificantes-respondió Hawkins, como ya sabe, no es posible ninguna comunicación con otras naves espaciales ni con estaciones planetarias cuando se está operando en el Sendero Interestelar. Cuando salimos del Sendero y vinimos a parar aquí en nuestro desgraciado aterrizaje, lanzamos una llamada de auxilio, pero no pudimos explicar nuestro paradero. Además, no sabemos si la llamada fue recibida o no...

-Señorita Taylor -cortó Boyle malhumorado-. Señor Hawkins. Quisiera recordarles que soy el presidente electo de este consejo. Ya tendremos tiempo después para una discusión general.

»Como la mayor parte de ustedes habrá supuesto ya, la edad de este planeta, biológicamente hablando, corresponde a la de la Tierra durante el período Carbonífero. Sabemos que todavía no existen especies que nos disputen nuestra supremacía. Con el tiempo tales especies surgirán (análogas a los lagartos gigantes fósiles de la Era Triásica), pero entonces estaremos sólidamente establecidos...

-¡Estaremos muertos! -exclamó uno de los hombres.

-Estaremos muertos -convino el doctor-, pero nuestros descendientes sí estarán vivos. Tenemos que pensar en facilitarles el mejor punto de partida posible. El lenguaje que les legaremos...

-No me interesa el lenguaje, doctor -chilló el otro miembro femenino. Era una rubia pequeña, delgada, de expresión dura. Es a mí a quien concierne la cuestión de los descendientes. Represento a las mujeres en edad de procrear..., somos quince aquí. Hasta ahora las muchachas han sido extremadamente cuidadosas. Tenemos razones para ello. ¿Puede garantizar, como médico, no disponiendo de drogas ni instrumentos, alumbramientos sin peligro? ¿Puede garantizar que nuestros hijos tendrán una buena probabilidad de supervivencia?

Boyle se desprendió de su pomposidad como de una prenda de vestir muy usada.

-Seré franco -dijo. No dispongo, tal como usted apuntó, señorita Hart, de drogas ni de instrumentos. Pero puedo asegurarle que sus probabilidades de alumbramiento sin peligro son mucho mejores que las usuales en la Tierra durante, digamos, el siglo dieciocho. Le explicaré el motivo. En este planeta, que nosotros sepamos (y ya llevamos aquí lo suficiente para saberlo), no existen microorganismos nocivos al hombre. En el caso contrario, los que hemos sobrevivido seríamos ahora simples masas de supuración. La mayoría de nosotros, desde luego, hubiésemos muerto de septicemia hace tiempo. Creo que esto contesta las preguntas de ustedes dos.

-No he terminado aún -insistió ella. Existe otro punto a considerar. Somos aquí cincuenta y tres, entre hombres y mujeres. Hemos contado diez matrimonios. Esto significa treinta y tres individuos solteros, de los cuales veinte son hombres. Veinte hombres para trece mujeres. Todas nosotros somos jóvenes, pero también somos mujeres. ¿Qué clase de fórmula estableceremos? ¿Monogamia? ¿Poliandria?

-Monogamia, naturalmente -exclamó un hombre alto y delgado. Era el único entre los presentes que iba vestido, si así podía considerarse un sarmiento de vid arrollado a la cintura.

-De acuerdo, entonces -observó la muchacha. Monogamia. La prefiero, desde luego. Pero le advierto que si vamos a seguir esta línea, surgirá un conflicto. En cualquier asesinato cuyos móviles sean la pasión y los celos, la mujer resulta tan posible víctima como el hombre, y no quiero verme complicada en eso.

-¿Qué propone entonces, señorita Hart? -preguntó Boyle.

-Sólo esto, doctor. Cuando llegue el momento, dejaremos a un lado el amor. Si dos hombres desean casarse con la misma mujer, que peleen por ella y el mejor la conseguirá y la conservará.

-Selección natural... -murmuró el cirujano. Estoy a favor, pero debemos ponerlo a votación.



En la cima de la loma había una depresión poco profunda, un cuadrilátero natural. Alrededor de sus bordes se sentaron los náufragos, todos menos cuatro. Uno de ellos era el doctor Boyle, consciente que sus deberes presidenciales incluían los de árbitro. Se decidió que sería la persona más competente para declarar vencido a uno de los competidores. Otro miembro de este grupo era la joven Mary Hart. Había encontrado una varita dentada para peinar sus largos cabellos y tejido una guirnalda de flores amarillas, con la que pensaba coronar al vencedor. Hawkins se preguntó, al tomar asiento entre los otros miembros del consejo, si aquello significaba el deseo de imitar una ceremonia matrimonial terrestre, o bien pretendía resucitar algo más perverso.

-Fue una lástima que las cenizas de la explosión cayeran sobre nuestros relojes -dijo el hombre grueso sentado a la derecha de Hawkins. Si tuviéramos algún sistema para medir el tiempo, podríamos establecer asaltos, y hacer de esto un combate de boxeo reglamentario.

Hawkins inclinó la cabeza. Miraba al curioso grupo en el centro del cuadrilátero: una petulante mujer bárbara, un pomposo anciano y dos jóvenes de oscura barba con cuerpos blancos y relucientes. Los conocía a ambos. Fennet había sido tripulante de la desdichada Lode Star. Clemens, por lo menos siete años mayor que él, era un pasajero y había sido prospector de minas en los mundos de la frontera.

-Si tuviéramos algo para apostar -apuntó el hombre gordo, lo haría por Clemens. Ese cadete suyo no tiene nada que hacer. Ha sido educado para jugar limpio, Clemens está acostumbrado precisamente a lo contrario.

-Fennet se encuentra en mejores condiciones-repuso Hawkins. Ha estado haciendo ejercicio, mientras que Clemens no hizo sino dormir y comer. ¡Fíjese que panza tiene!

-No poseen nada de malo la carne sana y los músculos fuertes -afirmó el hombre gordo, dándose palmadas en el vientre.

-¡Prohibido morderse y sacarse los ojos! -intervino el doctor. ¡Que gane el mejor!

Se separó vivamente de los contrincantes, quedando de pie junto a Mary Hart.

Ambos luchadores parecían preocupados, con los puños en tensión. Los dos tenían aire de deplorar que las cosas hubiesen llegado a tal extremo.

-¡Adelante! -chilló al fin Mary Hart. ¿No me deseáis? Vais a vivir aquí mucho tiempo y os sentiréis muy solos sin una mujer.

-Siempre podrían esperar hasta que tus hijas crecieran, Mary -bromeó uno de sus amigos.

¿Y si no tengo hijas? arguyó ella. ¡A este paso, desde luego que no!

¡Adelante! chilló la multitud. ¡Adelante!

Fennet inició el ataque. Avanzó desconfiado, golpeando débilmente con su puño derecho la cara mal protegida de Clemens. No fue un golpe duro, pero debió resultar doloroso. Clemens se llevó la mano a la nariz, la retiró y quedó mirando la sangre brillante que la manchaba. Profirió un gruñido, se adelantó pesadamente con los brazos abiertos para hacer presa en su enemigo. El joven saltó hacia atrás, golpeando dos veces más con la derecha.

¿Por qué no lo golpea de verdad? preguntó el hombre grueso.

¿Para romperse todos los huesos del puño? No llevan guantes, amigo repuso Hawkins.

Fennet decidió intentar una finta. Se mantuvo firme, con los pies ligeramente separados, y puso en juego su derecha una vez más. Esta vez su blanco no fue el rostro de su contrincante, sino el vientre. Hawkins se sorprendió al ver que el prospector encajaba los golpes con aparente ecuanimidad. Debía ser, pensó, mucho más resistente de lo que aparentaba en realidad.

El cadete saltó a un lado vivamente... y resbaló en la hierba húmeda. Clemens cayó pesadamente sobre él. Hawkins pudo oír el silbido del aire saliendo forzado de los pulmones del muchacho. Los gruesos brazos del prospector rodearon el cuerpo de Fennet, cuando la rodilla de éste se lanzó rencorosamente contra la ingle de su adversario. Clemens emitió un gemido, pero continuó apretando fieramente. Una de sus manos rodeaba ahora la garganta de Fennet; la otra, con los dedos malignamente engarfiados, intentó clavarse en los ojos del cadete.

¡Prohibido sacarse los ojos!gritó Boyle. ¡Prohibido sacarse los ojos!

Se arrodilló para asir con ambas manos la gruesa muñeca de Clemens.

Algo hizo que Hawkins levantara la vista. Debía ser un sonido, aunque era difícil: los espectadores estaban gritando como hinchas del boxeo en un combate profesional. Apenas podía culpárseles, pues aquella era la primera ocasión para divertirse que habían tenido desde la pérdida de la nave. Debió ser en realidad el sexto sentido que poseen todos los buenos navegantes del espacio. Lo que vio le hizo lanzar un grito.

Un helicóptero se cernía sobre el cuadrilátero. Su diseño, sutilmente extraño, indicó a Hawkins que no se trataba de un aparato terrestre. Repentinamente, de su parte inferior cayó una red, al parecer de metal. Envolvió a los luchadores, atrapando también al doctor y a Mary Hart.

Hawkins volvió a gritar un chillido inarticulado. Incorporándose, se lanzó en auxilio de sus enredados compañeros. La red parecía como si estuviese viva. Retorcía alrededor de sus muñecas, ataba sus tobillos. Algunos otros náufragos corrieron a ayudar a Hawkins.

¡No os acerquéis! advirtió. ¡Dispersaos!

El débil zumbido de los rotores del helicóptero aumentó en intensidad. La máquina se elevó en el aire. En un tiempo extraordinariamente breve, el cuadrilátero se redujo ante la vista del primer oficial a un pequeño círculo verde pálido, en el cual unas hormigas se escurrían sin dirección de un lado a otro. La máquina voladora se movía ya entre las nubes bajas envuelta en un blanco vacío.

Cuando, al fin, efectuó el descenso, Hawkins no se sorprendió al ver entre los árboles la torre plateada de una gran nave espacial inmóvil en una meseta llana.

El mundo al que fueron trasladados habría constituido una señalada mejora sobre el que acababan de dejar, de no ser por la equivocada bondad de sus captores. La jaula donde los tres fueron alojados reproducía, con notable fidelidad, las condiciones climáticas del planeta sobre el que se perdió la Lode Star. Estaba acristalada y desde unos rociadores situados en el techo caía una constante llovizna de agua templada. Un par de helechos aburridos proporcionaba cierto refugio contra el deprimente y continuo aguacero. Dos veces diarias en la parte trasera de la jaula, hecha al parecer de hormigón, se abría una compuerta y por ellas les arrojaban tabletas de un hongo decididamente similar al que había constituido su alimento. En el suelo de la jaula existía un hoyo; los prisioneros supusieron acertadamente que tenía un propósito sanitario.

A ambos lados había otra jaula. En una de ellas estaba Mary Hart, sola. Podía hacerles gestos y ademanes de saludo, con la mano, y eso era todo. La otra encerraba a una bestia cuyas líneas generales hacían pensar en una langosta o un bogavante, pero con fuertes rasgos de calamar. Al otro lado de la ancha calle se levantaban otras jaulas, pero no podían ver su contenido.

Hawkins, Boyle y Fennet, sentados en el húmedo suelo, miraban a través de los gruesos cristales y los barrotes a los seres que los contemplaban desde el exterior.

Aunque sólo fueran humanoides suspiraba el doctor. Si su forma fuera sólo un poco parecida a la nuestra, podríamos intentar convencerles que nosotros también somos seres inteligentes.

Pero no tienen la misma forma repuso Hawkins. Y en la situación contraria, nos costaría trabajo admitir que tres barriles de cerveza con seis patas eran hombres y nuestros hermanos... Prueba otra vez el teorema de Pitágoras indicó al joven.

Sin gran entusiasmo, Fennet arrancó frondas del helecho arborescente más cercano. Las rompió en pedazos más pequeños; después, las colocó en el suelo musgoso, formando la figura de un triángulo rectángulo, con los cuadrados construidos sobre los tres lados. Los nativos -uno grande, otro ligeramente menor y otro pequeño- lo miraban curiosamente con sus ojos planos y opacos. El mayor metió la punta de un tentáculo en un bolsillo las cosas aquellas llevaban ropa y sacó un paquete de brillantes colores, que entregó al pequeño. Éste desgarró la envoltura y comenzó a introducir pedazos de una materia azul brillante en la ranura de la parte superior, que obviamente le servía de boca.

Me gustaría que les estuviera permitido dar comida a los animales suspiró Hawkins. Estoy harto de esos malditos hongos.

Recapitulemos dijo el doctor. Después de todo, no nos queda más que hacer. Fuimos arrebatados, seis en total, de nuestro campamento por el helicóptero. Nos condujeron a la nave de observación, que no parece muy perfeccionada en relación a nuestros vehículos interestelares. Según usted, Hawkins, esa nave emplea un propulsor Ehrenhaft, o algo tan parecido como un hermano gemelo...

Exacto -aseveró Hawkins.

Ya dentro de la nave fuimos encerrados en jaulas separadas. No nos dan mal trato, porque nos proporcionan alimento y agua a frecuentes intervalos. Hemos desembarcado en este extraño planeta, pero no hay posibilidad de ver algo más. Estamos encerrados a la fuerza en jaulas como animales. Sabemos que nos conducen hacia alguna parte, pero eso es todo. Cuando llegamos, la puerta se abre y esos barriles de cerveza ambulantes nos apresan con pértigas provistas de redes. Cogieron a Clemens y a la señorita Taylor y se los llevaron. No volvimos a verlos. El resto de nosotros pasa la noche y las veinticuatro horas siguientes en jaulas individuales. Un día después nos traen a este... zoo.

¿Cree que los sometieron a vivisección? preguntó Fennet. Nunca me ha gustado Clemens, pero...

Mucho me temo que sí admitió Boyle. Nuestros amos conocerán ahora la diferencia entre los sexos. Desgraciadamente, la vivisección no permite descubrir inteligencia.

¡Brutos inmundos! barbotó el joven.

Calma, hijo aconsejó Hawkins. No se les puede culpar. Hemos practicado la vivisección en animales mucho más semejantes a nosotros de lo que lo somos a esas cosas.

El problema prosiguió el doctor- es convencer a esas cosas (como usted las llama, Hawkins), que somos seres racionales como ellos. ¿Cómo definiríamos nosotros a un ser racional?

Como alguien que conoce el teorema de Pitágoras repuso Fennet, enfurruñado.

Leí en alguna parte observó Hawkins, que la historia del Hombre es la historia del animal que descubrió el fuego y el uso de herramientas...

Hagamos fuego, entonces sugirió el doctor. Construyamos algunas herramientas y usémoslas.

No diga tonterías. No disponemos absolutamente de nada. Ni siquiera de un diente postizo... Hizo una pausa. Recuerdo ahora que cuando era joven, se pusieron de moda entre los cadetes de las naves interestelares los antiguos trabajos de artesanía. Nos considerábamos descendientes en línea directa de los tripulantes de los barcos a vela y aprendíamos a empalmar cuerdas y cables, a trenzar sogas, nudos de fantasía y todas esas cosas. Entonces, uno de nosotros tuvo la idea de hacer cestas. Prestábamos servicio en una nave de turismo y acostumbrábamos fabricar nuestras cestas a escondidas, las adornábamos después con colores vivos y las vendíamos a los pasajeros como auténticos souvenirs del Planeta Perdido del Rey Arturo VI. Ya se pueden imaginar lo que ocurrió cuando el capitán y el primer oficial lo descubrieron...

¿Adónde quiere ir a parar? preguntó el doctor.

A eso precisamente. Demostraremos nuestra destreza manual, tejiendo cestas. Yo les enseñaré el procedimiento.

Podría resultar... concedió Boyle lentamente. Podría servir, sí... Por otra parte, no olvidemos que ciertos pájaros y animales poseen esta habilidad. En la Tierra existe el castor, que construye presas muy ingeniosas; el pájaro tejedor, que fabrica un nido cubierto para su compañera como parte del ritual de enamoramiento...



Los guardianes del exterior debían conocer criaturas de hábitos amorosos semejantes a los del pájaro tejedor de la Tierra. Después de tres días de febril confección de cestas, que consumió todos los helechos arborescentes, Mary Hart fue sacada de su jaula y metida en la de los tres hombres. Una vez desahogada su histérica necesidad de hablar con alguien, se mostró bastante indignada.

Era una suerte, pensó Hawkins algo amodorrado, tener de nuevo con ellos a Mary. Unos días más de confinamiento solitario y la muchacha se hubiese vuelto loca, probablemente. Pero su presencia en la misma jaula creó algunos problemas. Hubo que vigilar a Fennet, incluso al viejo chivo de Boyle...

Mary chilló.

Hawkins despertó bruscamente. Vio la pálida silueta de Mary en aquel mundo nunca había noche de perfecta oscuridad y, al otro lado de la jaula, las sombras de Fennet y Boyle. Se puso apresuradamente en pie, y se dejó caer junto a la muchacha.

¿Qué sucede? preguntó.

No lo sé... Una cosa pequeña, con uñas afiladas... Me corría por encima.

Oh -suspiró Hawkins, sólo fue «Joe».

¿Joe? -repitió sorprendida.

No sabemos exactamente si es varón o hembra.

Creo que es, decididamente, varón -intervino el doctor.

¿Qué es «Joe»? -insistió ella de nuevo.

Debe ser el equivalente local de un ratón-explicó el doctor, aunque no se parezca mucho. Anda por todas partes, buscando sobras de comida. Estamos tratando de domesticarlo...

¿Se han vuelto locos? chilló ella. Hagan algo con él, ¡en seguida! Tienen que envenenarlo, o atraparlo. ¡Ahora!

Mañana -dijo Hawkins.

¡Ahora! -exigió Mary con un chillido.

Mañana -repitió Hawkins con firmeza.



La captura de «Joe» resultó fácil. Dos cestas planas, engoznadas como las valvas de una concha, sirvieron de trampa. Escondía un cebo en el interior, un pedazo grande de hongo. Dispusieron ingeniosamente un palito vertical para que cayera al menor tirón que moviera el cebo. Hawkins, insomne en su húmedo lecho, escuchó el leve y sordo chasquido, que le avisó del funcionamiento de la trampa. Escuchó los indignados gruñidos de «Joe» y las menudas uñitas que arañaban el robusto material de la cesta.

Mary Hart estaba dormida y Hawkins la sacudió.

Lo hemos atrapado -dijo.

Entonces hay que matarlo -contestó ella, soñolienta.

Pero no lo hicieron. Los tres hombres le habían tomado cariño. Al comenzar el día, lo trasladaron a una jaula que Hawkins había confeccionado para él. Hasta la joven se aplacó cuando vio aquella bola inofensiva de piel multicolor, que saltaba indignada, arriba y abajo, dentro de su prisión. Mary insistió en alimentar al animalito, y gritaba con alegre vehemencia cuando los finos tentáculos se alargaban para coger de sus dedos el fragmento de hongo.

Durante tres días se entretuvieron mucho con su mascota. Al cuarto, sus guardianes entraron en la jaula con sus redes, inmovilizaron a sus ocupantes y se llevaron a «Joe» y a Hawkins.

Me temo que no hay remedio -murmuró Boyle. Habrá corrido la misma suerte...

Estará disecado y expuesto en algún museo -comentó Fennet sombríamente.

No, no es posible -sollozó la muchacha. ¡No es posible!

Sí lo es -dijo el doctor.

Se abrió abruptamente la compuerta de la jaula. Antes que los tres humanos pudieran buscar refugio en un rincón, se oyó una voz:

Todo está arreglado, pueden salir.

Hawkins entró en la jaula. Estaba afeitado y su aspecto parecía saludable. Iba ataviado con unos pantalones cortos hechos de un material rojo y brillante.

Salgamos -dijo otra vez. Nuestros huéspedes nos han presentado sus más sinceras disculpas y han dispuesto un alojamiento más adecuado para nosotros. Tan pronto como tengan una nave disponible, iremos a recoger a los demás supervivientes.

¾No tan aprisa ¾exigió Boyle¾. Aclaremos esto. ¿Qué los hizo comprender que éramos seres racionales?

El rostro de Hawkins se oscureció.

Únicamente los seres racionales encierran a otros seres en jaulas -dijo.



F I N


CELEPHAÏS H. P. Lovecraft




CELEPHAÏS
H. P. Lovecraft


            En un sueño Kuranes vio la ciudad del valle y la costa que había más allá, y el pico que dominaba el mar, y las galeras pintadas de alegres colores que zarpan desde el puerto rumbo a las distantes regiones donde el mar se junta con los cielos. Tam­bién en un sueño consiguió el nombre de Kuranes, ya que durante la vigilia era llamado de forma distinta. Quizás le fue natural el soñar un nombre nuevo, ya que era el último de su estirpe y se hallaba solo entre las muchedumbres indiferentes de Londres, por lo que no había demasiados que pudieran hablar con él y recordarle quién había sido. Había perdido sus tierras y dineros, y no se preocupaba de los hábitos de la gente alrededor, ya que prefería soñar y plasmar tales sueños. Cuanto escribiera había despertado la hilaridad de aquellos a los que se lo había mostrado, y, por último, dejó de escribir. Cuanto más se retiraba del mundo inmediato, más maravillosos se volvían sus sueños, y hubiera sido casi inútil el intentar traspasarlos al papel. Kuranes no era un hombre moderno, y no tenía las miras de otros que también escriben. Mientras ellos pugnaban por despojar a la vida de las ornadas vestimentas del mito, Kuranes tan sólo aspi­raba a la belleza. Cuando la verdad y la experiencia no se la mos­traron, se volvió hacia la fantasía y la ilusión, hallándola en sus mismos umbrales, entre los nebulosos recuerdos de los cuentos de su niñez y entre los sueños.
            No hay mucha gente que sepa cuántas maravillas se les abren en las historias y visiones de juventud, ya que cuando somos niños oímos y soñamos, albergamos ideas a medio cuajar, y cuando al hacernos hombres intentamos recordar, nos vemos estorbados y convertidos en seres prosaicos por el veneno de la vida. Pero algunos de nosotros nos despertamos en mitad de la noche entre extraños fantasmas de colinas y jardines encantados, de fuentes cantarinas al sol, de acantilados dorados a la vera de mares rumorosos, de llanuras abiertas en torno a somnolientas ciudades de bronce y piedra, de la severa compañía de héroes cabalgando blancos caballos engualdrapados junto a espesas sel­vas; y entonces sabremos que hemos vuelto los ojos a las puertas de marfil del mundo de prodigios que fuera nuestro antes de convertirnos en sabios e infelices.
            Kuranes volvió de súbito al viejo mundo de la infancia. Había estado soñando con la casa donde naciera; el gran hogar de piedra cubierto por la hiedra, donde vivieran trece generacio­nes de antepasados, y donde hubiera ansiado morir. Lucía la luna, y él se había escabullido por la fragante noche veraniega; atravesó jardines, bajó terrazas, dejó atrás los grandes robles y recorrió el largo camino blanquecino hacia el pueblo. La villa parecía muy antigua, con sus límites tan reducidos como aquella luna que comenzaba a menguar, y Kuranes se preguntó si bajo los tejados picudos de las casitas se albergaría el sueño o la muerte. Las malas hierbas crecían en las calles, y los cristales de las ventanas a ambos lados se encontraban rotos o acechaban transparentes. Kuranes no se demoró, antes bien prosiguió tra­bajosamente, como al reclamo de alguna meta. No osó desobe­decer su llamada por miedo a que se revelase como una ilusión similar a las necesidades y aspiraciones de la vigilia, que no con­ducen a destino alguno. Luego se sintió atraído hacia un calle­jón que salía del casco de la ciudad rumbo a los acantilados del canal y alcanzó el final de las cosas... el precipicio y el abismo donde el pueblo y el mundo entero se desplomaban abrupta­mente en una vacuidad sin sonidos de infinito, y donde el cielo por delante se hallaba a oscuras, despojado de la menguante luna o de las acechantes estrellas. La confianza le urgió a prose­guir sobre el precipicio, en el abismo por donde descendió flo­tando, flotando, flotando; pasó oscuridad, incorporeidad, sue­ños no soñados, esferas débilmente iluminadas que podían ser sueños soñados a medias y burlones seres alados que parecían mofarse de los soñadores de todos los mundos. Entonces pare­ció abrirse una falla en la oscuridad de delante y vio la ciudad del valle, refulgiendo de forma radiante a lo lejos, lejos y abajo, con el trasfondo del mar y del cielo, y la montaña cubierta de nieves al pie de la orilla.
            Kuranes se despertó en el mismo instante de vislumbrar la ciudad, aunque gracias a aquel fugaz vistazo supo que no se tra­taba sino de Celephaïs, en el valle de Ooth-Nargai, más allá de las colinas Tanarias, donde su espíritu morara durante toda la eternidad de una hora, una tarde de verano, mucho tiempo atrás, cuando se había escapado de su aya y había permitido que la cálida brisa marina le acunara hasta alcanzar el sueño mientras observaba las nubes desde los riscos próximos al pueblo. Enton­ces se había resistido, cuando lo encontraron, lo despertaron y lo llevaron de vuelta a casa, ya que justo al despertar había estado al borde de embarcar en una galera dorada rumbo a esas seductoras regiones donde el mar se reúne con el cielo. Y ahora
se sentía igualmente molesto de despertar, ya que había reen­contrado su fabulosa ciudad tras cuarenta fatigosos años.
            Pero Kuranes volvió a Celephaïs tres noches después. Como anteriormente, soñó al principio con el pueblo durmiente o muerto, y con el abismo por el que uno debía caer flotando en el silencio; luego apareció de nuevo el acantilado y pudo con­templar los resplandecientes minaretes de la ciudad, y vio las galeras llenas de gracia fondeadas en el puerto azul, y observó los gingkos de monte Aran meciéndose con la brisa marina. Pero esta vez no se vio bruscamente arrebatado y fue a posarse tan suavemente como un ser alado sobre una colina herbosa, hasta que al fin sus pies reposaron sin violencia sobre el césped. Había por fin regresado al valle de Ooth-Nargai y a la esplendo­rosa ciudad de Celephaïs.
            Kuranes fue cuesta abajo entre hierbas aromáticas y flores brillantes, cruzó el burbujeante Naraxa por el puentecillo de madera sobre el que grabara su nombre tantos años atrás, y cruzó las susurrantes arboledas rumbo al gran puente de piedra que llevaba a las puertas de la ciudad. Todo seguía como antes; ni las murallas marmóreas se habían descolorido, ni se habían deslucido las estatuas de bronce que las coronaban. Y Kuranes vio que no debía temer que las cosas que conociera hubieran desaparecido, ya que incluso los centinelas de las murallas eran los mismos, y tan jóvenes como los recordaba. Al entrar en la ciudad, cruzando las puertas de bronce y pisando el pavimento de ónice, los mercaderes y los camelleros lo saludaban como si no se hubiera marchado jamás; y le ocurrió lo mismo en el tem­plo de turquesa de Nath-Horthath, donde los sacerdotes toca­dos de orquídeas le informaron de que el tiempo no existe en Ooth-Nargai, sino tan sólo juventud eterna. Entonces Kuranes fue por la calle de las Columnas hasta el muro marítimo, donde se reunían mercaderes y marineros, así como extrañas gentes lle­gadas de las regiones donde el mar se junta con el cielo. Allí
estuvo largo rato, oteando sobre el puerto brillante donde el oleaje centellea bajo un sol desconocido y donde se encuentran listas para zarpar las galeras de lugares lejanos. Y contempló también al monte Aran alzándose regiamente sobre la orilla, las suaves laderas verdes con sus árboles balanceándose y su cima blanca rozando las nubes.
            Más que nunca, Kuranes sintió el anhelo de embarcar en una galera rumbo a los lejanos lugares sobre los que había oído contar tantas extrañas historias, y buscó de nuevo al capitán que había aceptado enrolarlo hacía tanto tiempo. Encontró a aquel hombre, Athib, sentado sobre el mismo cofre de especias que ocupara antaño, y Athib no parecía ser consciente de cuánto tiempo había transcurrido. Entonces los dos remaron hasta una galera del puerto y, dando órdenes a los remeros, comenzaron a bogar sobre el ondulante mar Cerenio que conduce hasta el cielo. Durante varios días se deslizaron sobre el mar agitado hasta alcanzar por fin el horizonte, donde el mar se reúne con el firmamento. Aquí la galera no llegó a detenerse, sino que fue flotando despacio por el azul celeste entre nubes de algodón teñidas de rosa. Y muy por debajo de la quilla, Kuranes llegó a divisar extrañas tierras y ríos y ciudades de arrebatadora belleza, tendidas indolentes al resplandor de un sol que nunca parecía menguar o desaparecer. Al fin Athib le comunicó que el viaje estaba próximo a concluir, y que pronto arribarían al puerto de Serannian, la ciudad de mármol rojo de las nubes, que ha sido edificada en esa etérea costa donde el viento del poniente sopla por los cielos; pero cuando la más alta de las torres talladas de la ciudad apareció a la vista, se produjo un sonido en algún lugar y Kuranes despertó en su buhardilla de Londres.
            Durante muchos meses, Kuranes buscó en vano la maravi­llosa ciudad de Celephaïs y sus galeras celestiales; y aunque sus sueños le llevaron a multitud de lugares magníficos, nunca antes narrados, nadie de cuantos se cruzó fue capaz de indicarle cómo encontrar Ooth-Nargai, más allá de la colinas Tanarias. Una noche sobrevoló oscuras montañas donde ardían mortecinos y solitarios fuegos de campamento, a una gran distancia, y había extraños rebaños de seres velludos cuyos guías portaban resonan­tes campanillas; y en la parte más salvaje de aquel montañoso dis­trito, tan remoto que pocos hombres habían llegado a verlo, encontró un muro o calzada de piedra, de espantosa antigüedad, zigzagueando entre las cimas y los valles; demasiado grande incluso para haber sido construido por manos humanas, y de tal longitud que ninguno de sus extremos estaba a la vista. Más allá del muro, en el alba gris, llegó a una tierra de pintorescos jardines y cerezos, y al alzarse el sol pudo contemplar la belleza de flores rojas y blancas, follajes verdes y céspedes, caminos blancos, arro­yos cristalinos, estanques azules, puentes tallados y pagodas de tejados rojos; y buscó a la gente de esa tierra, pero comprobó que allí no había nadie, fuera de pájaros, abejas y mariposas. Otra noche Kuranes se acercó a una escalera espiral de piedra, húmeda y sin fin, y llegó a una ventana de una torre que dominaba una gran llanura y un río a la luz de la luna llena, y en aquella silen­ciosa ciudad que se extendía por la orilla del río creyó columbrar algún rasgo o aspecto nunca antes visto. Hubiera bajado a pre­guntar por el camino a Ooth-Nargai de no ser por la temible aurora que se alzó sobre algún remoto lugar más allá del hori­zonte, mostrando las ruinas y la antigüedad de la ciudad, y el estancamiento del río enrojecido y la muerte enseñoreándose de esa tierra, tal y como sucediera desde que el rey Kynaratholis vol­viera de sus conquistas para arrostrar la venganza de los dioses.
            Así que Kuranes buscó infructuosamente la maravillosa ciu­dad de Celephaïs y sus galeras que bogan hasta Seranman a tra­vés de los cielos, presenciando mientras tanto multitud de mara­villas y escapando en una ocasión por los pelos del sumo sacer­dote que no puede ser descrito, aquel que porta una máscara de seda amarilla sobre el rostro y mora solitario en un prehistórico monasterio de piedra en la fría meseta desértica de Leng. Según crecía su impaciencia durante los pocos acogedores intervalos de vigilia, comenzó a comprar drogas para prolongar sus periodos de sueño. El hachís resultó de gran ayuda, y una vez lo condujo hasta una parte del espacio donde no existen formas, pero donde gases resplandecientes estudian los secretos de la existen­cia. Y un gas violeta le dijo que esa parte del espacio se encon­traba más allá de lo que se conoce como infinito. El gas no había oído hablar anteriormente de planetas u organismos, pero identificó sin dificultad a Kuranes como alguien procedente de ese infinito donde existen materia, energía y gravitación. Kura­nes se sentía ahora sumamente ansioso de volver a esa Celephaïs salpicada de minaretes y aumentó sus dosis de drogas, pero finalmente se le acabó el dinero y ya no pudo comprar más. Entonces, un día de verano lo desahuciaron de su buhardilla y vagabundeó indefenso por las calles, pasando por un puente hasta un sitio donde las casas resultaban cada vez más míseras. Y entonces llegó la culminación, y se encontró con el cortejo de caballeros llegados de Celephaïs para llevarlo allí por siempre.
            Apuestos caballeros eran, a horcajadas sobre caballos ruanos y revestidos de brillantes armaduras y tabardos de curiosos bla­sones. Resultaban tan numerosos que Kuranes estuvo a punto de confundirlos con un ejército, pero su jefe le informó de que habían sido enviados en su honor, ya que era él quien había creado Ooth-Nargai en sus sueños, por lo que sería nombrado su dios supremo para siempre. Entonces brindó un caballo a Kuranes y lo emplazaron a la cabeza de la comitiva, y todos cabalgaron majestuosamente por las calles de Surrey camino de la región donde Kuranes y sus antepasados nacieran. Era algo muy extraño, ya que cada vez que pasaban por un pueblo a la luz del crepúsculo tan sólo veían las casas y pueblos que Chaucer y gen­tes aún anteriores podían haber contemplado, y a veces veían a caballeros en sus monturas, acompañados de pequeñas compañías de secuaces. Al caer la noche viajaron más ligeros, hasta que pronto parecieron volar de forma asombrosa por los aires. Con la débil alborada llegaron al pueblo que Kuranes viera vivo durante su infancia y que ahora estaba dormido o muerto en sus sueños. Ahora vivía, y los pueblerinos más madrugadores les hicieron reverencias mientras los jinetes cruzaban ruidosamente las calles y torcían por el callejón que iba a parar al abismo del sueño. Previamente, Kuranes había entrado en tal abismo sólo de noche, y se preguntaba por su aspecto durante el día; así que oteó ansioso mientras la columna se aproximaba al borde. Cuando galopaban por la pendiente hacia el precipicio, un fulgor dorado se alzó en alguna parte del oriente y cubrió todo el paisaje de resplandecientes ropajes. El abismo se mostraba ahora como un caos hirviente de esplendores rosados y cerúleos, y unas voces invisibles cantaban exultantes mientras el séquito de caballeros rebasaba el borde y flotaba graciosamente a través de las nubes resplandecientes y los fulgores plateados. Los jinetes flotaron sin fin, sus monturas hollando el éter como si galoparan sobre are­nas doradas, y luego los vapores luminosos se abrieron para des­velar una luz aún mayor, el brillo de la ciudad de Celephaïs y de la ribera de más allá, y el pico nevado que dominaba el mar, y las galeras alegremente pintadas que zarpan rumbo a las lejanas regiones donde se juntan el mar y el cielo.
            Y Kuranes reinó desde entonces en Ooth-Nargai y todas las regiones cercanas del sueño, y estableció alternativamente su corte entre Celephaïs y la Serannian, la ciudad de las nubes. Aún reina allí, y reinará feliz por siempre, aunque bajo los acantilados las mareas del canal agitaban burlonas el cuerpo de un vaga­bundo que pasara dando traspiés por el pueblo medio desierto al alba; jugueteaban burlonas y lo zaherían contra las piedras bajo Trevor Tower, cubierta de hiedra, donde un fabricante de cerveza particularmente paleto disfrutaba de una atmósfera comprada de extinta nobleza.

domingo, 24 de marzo de 2013

UNA ODISEA MARCIANA Stanley Weinbaum





UNA ODISEA MARCIANA
Stanley Weinbaum






En la edición de 1934 de Wonder Stories apareció un cuento titulado «Una odisea marciana», primer título publicado de su autor, Stanley G. Weinbaum.
En la época en que apareció el relato, Wonder no era la revista de ciencia-ficción más destacada. En mi opinión, era la tercera en un campo de tres. Oculta en esta oscura revista, Una odisea marciana tuvo en el género el efecto de una granada rompedora. Con este único cuento, Weinbaum fue reconocido de inmediato como el mejor escritor de ciencia-ficción del mundo y, al punto, casi todos los escritores del género intentaron imitarle.
En 1970, los escritores de ciencia-ficción de Estados Unidos eligieron por votación los mejores cuentos de ciencia-ficción de todas las épocas, Entre los favoritos, destacó como el más antiguo Una odisea marciana. Fue el primer cuento de ciencia-ficción, publicado en una revista, capaz de resistir, una generación más tarde, el escrutinio crítico de los profesionales. Aún más: acabó conquistando el segundo lugar.
Ahora bien, ¿qué era lo más característico de los cuentos de Weinbaum? ¿Qué era lo que más fascinaba a los lectores? La respuesta es fácil: sus criaturas extraterrestres.
Desde luego, en la ciencia-ficción había habido criaturas extraterrestres mucho antes de aparecer Weinbaum. Incluso si nos limitamos a las revistas de ciencia-ficción, eran un lugar común. Pero antes de la época de Weinbaum eran caricaturas, sombras, burlas de la vida.
Los extraterrestres anteriores a Weinbaum, humanoides o monstruos, servían sólo para dar relieve al héroe, para servir como una amenaza o un medio de rescate, para ser buenos o malos en términos estrictamente humanos, pero nunca para ser algo por sí mismos, independientes del género humano. Weinbaum fue el primero que creó extraterrestres que tenían sus propias razones para existir.
El 14 de diciembre de 1935, a la edad de 33 años, año y medio después de la publicación de su primera historia, Weinbaum murió de cáncer y todo terminó. Al morir, había publicado doce cuentos; once más aparecieron a título póstumo. Sin embargo, incluso sin la ventaja de decenios de trabajo y desarrollo, su presencia perdura en el recuerdo de los aficionados.



Jarvis se estiró tan cómodamente como pudo en el angosto espacio del cuartel general del Ares.
- ¡Aire respirable! - dijo con alegría -. ¡Parece tan espeso como puré después del tenue airecillo de ahí fuera!
Señaló con la cabeza el paisaje marciano que se extendía, llano y desolado a la luz de la luna más próxima, más allá del cristal de la claraboya.
Sus tres compañeros le miraron con simpatía: Putz, el ingeniero, Leroy, el biólogo, y Harrison, el astrónomo y capitán de la expedición. Dick Jarvis era el químico del famoso equipo, la expedición Ares, los primeros seres humanos que pusieron el pie en el misterioso vecino de la Tierra, el planeta Marte, Esto ocurría, desde luego, en los viejos tiempos, menos de veinte años después de que el loco americano Doheny perfeccionara el combustible atómico a costa de su vida, y sólo un decenio después de que el igualmente loco Cardoza llegase en un cohete atómico a la Luna. Eran auténticos pioneros, estos cuatro del Ares. Excepto media docena de expediciones selenitas y el desventurado vuelo de Lancey hasta la seductora órbita de Venus, eran los primeros hombres que experimentaban una gravedad distinta de la terrestre y por supuesto la primera tripulación que se apartó con éxito del sistema Tierra-Luna. Y merecían aquel éxito cuando uno considera las dificultades y molestias que hubieron de arrostrar: los meses pasados en cámaras de aclimatación en la Tierra, aprendiendo a respirar un aire tan tenue como el de Marte, la hazaña de hacer frente al vacío en el diminuto cohete impulsado por los caprichosos motores a reacción del siglo XXI y, sobre todo, el tener que enfrentarse con un mundo absolutamente desconocido.
Jarvis se estiró de nuevo y se llevó una mano a la punta despellejada de su nariz, mordida por la escarcha. Suspiró satisfecho.
- Bien - estalló Harrison bruscamente -, ¿vamos a enterarnos por fin de lo que ocurrió? Te llevas todo lo de a bordo en un cohete auxiliar, no tenemos noticias tuyas durante diez días y por fin Putz te recoge cerca de un hormiguero fantástico con un extravagante avestruz como compañero. ¡Desembucha, hombre!
- ¿Desembucha? - inquirió Leroy perplejo -. ¿Desembuchar qué?
- Quiere decir hablar - explicó Putz gravemente -, echar fuera.
Jarvis, muy serio, tropezó con la mirada divertida de Harrison.
- Exactamente, Karl - dijo, asintiendo a la explicación de Putz -. Voy a echar fuera, a soltarlo todo.
Carraspeó satisfecho y empezó.
- De acuerdo con las órdenes, vi cómo Karl se dirigía hacia el norte y entonces entré en mi cubículo volador y me dirigí al sur. Recordarás, capitán, que teníamos órdenes de no posarnos en el suelo, sino simplemente de observar buscando lugares interesantes. Puse las dos cámaras en funcionamiento cuando volaba bastante alto, a unos seiscientos metros, por un par de razones: primero porque así las cámaras tenían más campo y segundo porque los propulsores funcionan con tanta rapidez en este semivacío que aquí llaman aire que sólo servirían para levantar polvo.
- Ya sabemos todo eso por Putz - gruñó Harrison -. Pero me gustaría que hubieses salvado las películas, habrían pagado el coste del barquichuelo. ¿Recuerdas cómo el público se agolpaba para ver las primeras películas sobre la Luna?
- Las películas están a salvo - replicó Jarvis -. Bien - continuó -, como dije, avancé un buen trecho; tal como nos figurábamos, a menos de doscientos kilómetros por hora, las alas no ofrecen mucha sustentación en este aire, y aun así tuve que hacer uso de los cohetes.
»De este modo, con la velocidad, la altitud y la confusión creada por los cohetes, la visión no era demasiado buena. Sin embargo podía distinguir lo bastante para apreciar que estaba volando sobre una extensión más de esta llanura gris que examinamos durante toda la primera semana de nuestro planetizaje: las mismas protuberancias bulbosas y la misma alfombra ilimitada de los pequeños animales-plantas restantes, o biópodos como los llama Leroy. Así pues, seguí navegando, comunicando mi posición cada hora aun sin saber si me oíais.
- ¡Yo te oía! - espetó Harrison.
- Unos trescientos kilómetros al sur - continuó Jarvis, imperturbable -, la superficie cambiaba hasta convertirse en una especie de baja meseta, un desierto de arena color naranja. Imaginé que teníamos razón en nuestra suposición y que esta llanura gris sobre la cual nos posamos era realmente el Mare Cimmerium, y el desierto anaranjado la región llamada Xanthus. Si estaba en lo cierto, llegaría a otra llanura gris, el Mare Chronium, al cabo de unos trescientos kilómetros, y luego a otro desierto anaranjado, Thyle Uno o Dos. Y eso fue lo que hice.
- Putz comprobó nuestra posición hace semana y media - gruñó el capitán -. Vamos al grano.
- Ya voy - contestó Jarvis -. A unos treinta kilómetros al interior de Thyle, lo creáis o no, crucé un canal.
- Putz fotografió un centenar. A ver si oímos algo nuevo.
- ¿Y vio también una ciudad?
- Más de una veintena, si llamas ciudades a esos montones de barro.
- Bien - prometió Jarvis -, de ahora en adelante voy a contar unas cuantas cosas que Putz no vio, - Se frotó la nariz y continuó -: Sabía que contaba con dieciséis horas de luz en esta estación, por lo que, a las ocho horas de haber salido decidí regresar, Estaba todavía volando sobre Thyle, no estoy seguro de si sobre Uno o Dos, cuando, de pronto, el motor preferido de Putz falló.
- ¿Falló? ¿Cómo? - preguntó Putz solícito.
- El dispositivo atómico se debilitó. Empecé a perder altura y me di un trastazo en el centro mismo de Thyle. Además di con la nariz contra la ventanilla.
Se frotó compungidamente el apéndice dañado.
- ¿No trataste de lavar la cámara de combustible con ácido sulfúrico? - preguntó Putz -. Algunas veces, el plomo suministra una radiación secundaria.
- Lo intenté nada menos que diez veces - dijo Jarvis malhumorado -. Además, el trastazo aplastó el tren de aterrizaje y desbarató los propulsores. Suponiendo que hubiera podido poner el cacharro en funcionamiento, ¿qué habría conseguido? Quince kilómetros así y el suelo se habría ido fundiendo a mi paso. - Se frotó de nuevo la nariz -. Suerte que aquí un kilo pesa menos de medio. De lo contrario, me habría hecho añicos.
- ¡Yo podría haberlo arreglado! - exclamó el ingeniero -. Apuesto a que no era nada serio.
- Probablemente no - convino Jarvis en tono sarcástico -. Simplemente se negaba a volar. Nada grave, pero no me quedaba más elección que esperar a ser recogido o tratar de volver a pie: mil trescientos kilómetros cuando quizá quedaban veinte días para salir del planeta. ¡Sesenta y cinco kilómetros por día! Bueno - concluyó -, preferí andar. Tenía las mismas posibilidades de ser recogido y eso me mantenía ocupado.
- Te habríamos encontrado - dijo Harrison.
- No lo dudo. Pero el caso es que me preparé un arnés con algunas correas del asiento, me eché el tanque de agua a la espalda, me equipé con un cinto de municiones, una pistola y algunas raciones de hierro, y me puse en marcha.
- ¡El tanque de agua! - exclamó el bajito biólogo Leroy -. ¡Pero si pesa un cuarto de tonelada!
- No estaba lleno. Pesaba unos ciento diez kilos según el peso de la Tierra, lo que aquí representa unos cuarenta kilos. Además, mi propio peso personal de ochenta kilos es aquí en Marte de sólo treinta y dos kilos, por lo que, con tanque y todo, yo venía a pesar lo que en la Tierra. Pensé en todo eso cuando emprendí la marcha. ¡Ah, desde luego me equipé con saco de dormir para poder aguantar las ventosas noches de Marte!
»Y me puse en marcha, avanzando con bastante rapidez. Ocho horas de luz significan treinta kilómetros o más. Resultaba aburrido, desde luego, eso de ir pataleando sobre la blanda arena del desierto sin nada que ver, ni siquiera los biópodos reptantes de Leroy. Al cabo de una hora llegué a un canal: una enorme zanja tan recta como la vía de un ferrocarril. Estaba seco pero allí había habido agua alguna vez. La zanja estaba cubierta con lo que parecía ser un bonito césped verde. Con la diferencia de que cuando me acerqué, el césped se apartó para dejarme paso.
- ¿Cómo dices? - exclamó Leroy.
- Sí, era un pariente de tus biópodos, Atrapé uno, una hojita que parecía de hierba, casi tan larga como uno de mis dedos, con dos delgadas patitas.
- ¿La has traído? - preguntó Leroy ávidamente.
- La solté. Tenía que avanzar y seguí caminando entre aquella hierba que se abría ante mí y se cerraba detrás. Finalmente desemboqué de nuevo en el desierto anaranjado de Thyle.
»Avanzaba echando pestes de la arena que me hacía caminar con tanto cansancio y, de vez en cuando, maldiciendo el caprichoso motor tuyo, Karl. Exactamente antes del crepúsculo llegué al borde de Thyle y lancé una mirada sobre el gris Mare Chronium. Y comprendí que tendría que caminar por allí cientos de kilómetros, más luego el largo camino de aquel desierto de Xanthus y del Mate Cimmerium. ¿Os creéis que aquello me hacía gracia? Empecé a maldeciros por no venir a recogerme.
- ¡Lo estábamos intentando, idiota! - dijo Harrison.
- Pues no servía de nada. Bueno, me imaginé que podría aprovechar lo que quedaba de luz diurna para bajar por el acantilado que marca el límite de Thyle. Encontré un sitio fácil para el descenso y me dejé ir. El Mare Chronium era el mismo tipo de lugar que éste: unas absurdas plantas sin hojas y un montón de reptantes. Les eché un vistazo y saqué mi saco de dormir. Hasta entonces no había tropezado con nada digno de mención en este mundo semimuerto, nada peligroso quiero decir.
- Pero, ¿lo encontraste? - inquirió Harrison.
- ¡Qué si lo encontré...! Ya te enterarás cuando lo cuente. Bueno, estaba a punto de dormirme cuando de pronto oí la más espantosa algarabía.
- ¿Qué es algarabía? - inquirió Putz.
- Quiere decir griterío confuso - explicó Leroy -. O sea, algo que no se entiende.
- Eso es - aprobó Jarvis -. No entendía qué estaba ocurriendo y me asomé para averiguarlo. Había allí un jaleo como el de una bandada de cuervos que quisiera devorar a un montón de canarios: silbidos, graznidos, trinos, gritos y no sé cuántas cosas más. Rodeé un grupo de troncos, y allí estaba Tweel.
- ¿Tweel? - preguntó Harrison.
- ¿Tuil? - dijeron Leroy y Putz.
- Aquel avestruz estrambótico - explicó el narrador -. Por lo menos Tweel es lo más parecido que puedo pronunciar sin farfullar. Algunas veces él decía algo que sonaba como «Trriweerrlll».
- ¿Qué estaba haciendo? - preguntó el capitán.
- Se lo estaban comiendo, Y por supuesto chillaba como cualquiera habría hecho en su caso.
- ¿Comiendo? ¿Quién?
- Lo averigüé más tarde, todo lo que pude ver entonces fue un lío de negros brazos como cuerdas enrolladas en torno de lo que parecía ser, como Putz os lo ha descrito, un avestruz. Naturalmente yo no iba a intervenir; si ambas criaturas eran peligrosas, habría una menos de la que preocuparme.
»Pero aquella cosa parecida a un ave estaba librando una buena batalla. Sin dejar de gritar, asestaba certeros golpes con un pico de unos treinta centímetros. Vislumbré un par de veces qué había al final de aquellos brazos - dijo Jarvis, estremeciéndose -. Pero lo que me decidió a intervenir fue el observar una bolsita o caja negra que pendía del cuello de aquel ser semejante a un pájaro. ¡Era inteligente!, supuse, o estaba domesticado. En cualquier caso, la decisión estaba tomada, saqué mi automática y disparé contra lo que podía distinguir de su antagonista.
»Los tentáculos se aflojaron, una fétida oleada de negra corrupción chorreó, y aquella cosa, con un repugnante ruido de succión, se contrajo y desapareció por un agujero que había en el suelo. La otra criatura lanzó una serie de graznidos, se tambaleó sobre unas patas tan gruesas como palos de golf y se volvió de pronto para hacerme frente. Mantuve mi arma lista y los dos nos observamos.
»El marciano no era un ave, realmente. No era ni siquiera parecido a un ave, excepto a primera vista. Cierto que tenía un pico y unos cuantos apéndices con plumas, pero el pico no era realmente un pico. Era algo flexible; pude ver cómo la punta se doblaba lentamente de un lado a otro; era casi como un cruce entre pico y trompa. Tenía pies de cuatro dedos y cosas -manos, podría decirse- de cuatro dedos. Su cuerpecillo redondeado se prolongaba en un largo cuello que terminaba en una diminuta cabeza, culminada por aquel pico. Era un par de centímetros más alto que yo y..., bueno, Putz lo vio.
El ingeniero asintió.
- Sí, lo vi.
Jarvis continuó:
- Así pues, nos quedamos mirándonos. Finalmente la criatura prorrumpió en una serie de tableteos y gorjeos y alargó sus manos vacías hacia mí. Supuse que aquello era un gesto de amistad.
- Quizás estaba mirando la nariz tan hermosa que tienes y pensó que eras hermano suyo - sugirió Harrison.
- No hace falta que te muestres tan chistoso. El caso es que me guardé la pistola y dije: «No se preocupe», o algo por el estilo. Aquella cosa se acercó y nos convertimos en camaradas.
»Por aquel entonces, el sol estaba ya bastante bajo y comprendí que lo mejor sería encender un fuego o meterme en mi saco. Me decidí por el fuego. Elegí un lugar al pie del acantilado de Thyle, donde la roca podría reflejar un poco de calor sobre mi espalda, y empecé a romper ramitas de la desecada vegetación de Marte. Mi compañero captó la idea y trajo un brazado. Fui a sacar una cerilla, pero el marciano rebuscó en su bolsa y extrajo algo que tenía el aspecto de un carbón al rojo; lo acercó al montón de leña y el fuego prendió, al instante. Ya sabéis el trabajo que nos cuesta a nosotros encender fuego en esta atmósfera.
»Pero lo principal es esa bolsa suya - continuó el narrador -. Era un artículo manufacturado, amigos míos; se presionaba en un extremo y se abría de par en par; se apretaba por el centro y se cerraba tan perfectamente que no podía verse la línea de unión. Mucho mejor que las cremalleras.
»Bueno, permanecimos un rato mirando el fuego hasta que decidí intentar alguna especie de comunicación con el marciano. Me señalé a mí mismo y dije «Dick»; él captó la alusión inmediatamente, extendió hacia mí una huesuda garra y repitió «Dick». Luego lo apunté a él, y la criatura exhaló ese silbido que he llamado Tweel; no puedo imitar su acento. Las cosas se sucedían bien; para remachar los nombres, repetí «Dick» y luego, apuntando a él, «Tweel».
»Ya habíamos establecido el contacto. Él produjo algunos castañeteos que sonaban a negación y dijo algo así como «P-p-p-proot», y otras, diez o doce sonidos distintos.
»Pero no podíamos conectar. Ensayé con «roca» y con «estrella», con «árbol» y con «fuego», y no sé con cuántas cosas más; por más que probé, no pude conseguir una sola palabra. Pasados un par de minutos todos los nombres cambiaban y si eso es un lenguaje, yo soy el Preste Juan. Finalmente renuncié y lo llamé Tweel. Aquello pareció bastar.
»Pero Tweel había captado algunas de mis palabras. Recordaba dos o tres, lo que supongo es una gran proeza si uno está acostumbrado a un lenguaje que hay que ir haciendo a medida que se aprende. Pero yo no podía comprender el objetivo de su charla; o me fallaba algún punto sutil o simplemente, y más bien me inclino por esto último, no pensábamos del mismo modo.
»Tengo otras razones para creerlo. Al cabo de un rato renuncié a la cuestión del lenguaje y probé con las matemáticas. Arañé en el suelo dos más dos igual a cuatro y lo demostré con guijarros. De nuevo Tweel captó la idea y me informó de que tres más tres sumaban seis. Una vez más parecíamos ir yendo a alguna parte.
»Así pues, sabiendo que Tweel tenía por lo menos una educación de escuela primaria, dibujé un círculo para el Sol, señalándolo previamente. Después bosquejé Mercurio, Venus, la Tierra y Marte. Hecho esto, señalando a Marte, extendí mis manos en una especie de abrazo para indicar que Marte era lo que nos rodeaba. Me esforcé en poner en claro la idea de que mi hogar estaba en la Tierra.
»Tweel comprendió mi diagrama perfectamente. Acercó el pico a mi dibujo y, con gran profusión de trinos y chillidos, añadió Deimos y Fobos a Marte y luego incluyó la Luna en la órbita de la Tierra. ¿Os dais cuenta lo que significa esto? ¡Significa que la raza de Tweel utiliza el telescopio, que son seres civilizados!
- ¡No prueba nada de eso! - atajó Harrison -. La Luna es visible desde aquí como una estrella de quinta magnitud. Pueden percibir sus fases a simple vista.
- Por lo que se refiere a la Luna, sí - dijo Jarvis -. Pero no has captado del todo mi argumento. ¡Mercurio no es visible! Y Tweel estaba enterado de la existencia de Mercurio, puesto que colocó la Luna en el tercer planeta, no en el segundo. Si no supiese nada de Mercurio, habría puesto la Tierra como segundo y Marte como tercero, en lugar de cuarto. ¿Comprendéis?
- ¡Hum! - dijo Harrison.
- El caso es que proseguí con mi lección - continuó Jarvis -. Las cosas iban bastante bien y parecía como si pudiera meterle la idea en la cabeza. Señalé el círculo que en mi diagrama representaba la Tierra, luego me señalé a mí mismo y por último me señalé a mí mismo y luego a la Tierra, que resplandecía con un vende brillante casi en el cenit.
»Tweel soltó un tableteo tan excitado que estuve seguro de que había comprendido, se puso a dar saltos y de pronto se señaló a sí mismo y luego al cielo, y después a sí mismo y al cielo de nuevo. Apuntó al centro de su cuerpo y luego a Arcturus, apuntó a su cabeza y luego a Spica, apuntó a sus pies y luego a media docena de estrellas, mientras yo me limitaba a mirarlo boquiabierto. Luego, repentinamente, dio un salto tremendo. ¡Muchachos, qué brinco! Salió disparado lo menos a treinta metros. Vi como daba la vuelta y bajaba directamente hacia mi cabeza hasta clavarse en el suelo sobre el pico igual que una jabalina, Y allí estaba él, clavado en el centro de mi círculo que representaba al Sol.
- Cosa de locos - comentó el capitán -. Simplemente cosa de locos.
- Eso es lo que pensé yo también. Me quedé mirándolo boquiabierto mientras él sacaba la cabeza de la arena y se ponía en pie. Imaginando que no había comprendido mi explicación se la repetí. Terminó de la misma manera, con la nariz de Tweel metida en el centro de mi croquis.
- Quizá se trate de un rito religioso - sugirió Harrison.
- Puede ser - dijo Jarvis dubitativamente -. Bueno, así estábamos. Podíamos cambiar ideas hasta cierto punto y para de contar. Entre nosotros había algo diferente, inconexo; no dudo de que Tweel me juzgaba tan chiflado como yo a él. Lo que ocurría es que nuestras mentes consideraban el mundo desde distintos puntos de vista y quizás el punto de vista de él era tan justo como el nuestro. Pero no podíamos ir de acuerdo, eso es todo. Sin embargo, a pesar de todas las dificultades, Tweel me era simpático y tengo una extraña seguridad de que yo le era simpático a él.
- ¡Locuras! - repitió el capitán -. No son más que fantasías.
- ¿Sí? Pues espera a que te cuente, Algunas veces he pensado que quizá nosotros... - Hizo una pausa y luego continuó su narración -: Lo cierto es que por fin me di por vencido y me metí en mi saco para dormir. El fuego no me había dado mucho calor, pero en aquel maldito saco me asfixiaba. Al cabo de cinco minutos no podía resistir. Lo abrí un poco y me fastidié. Los cuarenta grados bajo cero me golpearon uno tras otro en la nariz para completar el porrazo que había sufrido en la caída del cohete.
»Volví a cubrirme y seguí durmiendo. Cuando desperté por la mañana y salí del saco comprobé que Tweel había desaparecido. Sin embargo, casi inmediatamente, oí una especie de gorjeo y le vi llegar lanzado, deslizándose por aquel acantilado de tres pisos de Thyle hasta clavarse con el pico junto a mí. Me señalé a mí mismo y luego hacia el norte y él se señaló a sí mismo y hacia el sur, pero cuando recogí mi impedimenta y me puse en marcha, se vino conmigo.
»¡Muchachos, qué manera de viajar la de aquella criatura! Cada treinta metros, un salto; surcaba el aire como una lanza y se quedaba clavado en el suelo con el pico. Parecía sorprenderse de mi pesada andadura, pero al cabo de algunos momentos se adaptó lo mejor que pudo, salvo que cada pocos minutos daba uno de sus saltos y clavaba su nariz en la arena a pocos metros de mí y se reunía de nuevo conmigo. Al principio me sentía nervioso al ver aquel pico apuntándome como una lanza, pero lo cierto es que siempre terminaba clavándose a mi lado en la arena.
»De este modo recorrimos el Mare Chronium. Es un sitio muy parecido a éste: las mismas plantas estrambóticas y los mismos pequeños biópodos verdes creciendo en la arena o apartándose para dejarle paso a uno. Charlábamos; no porque nos comprendiéramos, pero ya sabéis lo que quiero decir, sólo por lograr la sensación de tener compañía. Canté canciones y sospecho que Tweel las cantó también; por lo menos, algunos de sus trinos y gorjeos sugerían algún ritmo.
»De vez en cuando, para variar, Tweel desplegaba su muestrario de palabras inglesas. Apuntaba a cualquier protuberancia y decía «roca», y apuntaba luego a un guijarro y decía lo mismo; o bien me tocaba un brazo y decía «Dick» y luego lo repetía. Parecía divertirse enormemente con el hecho de que la misma palabra significase la misma cosa aunque se dijera dos veces seguidas, o que la misma palabra pudiera aplicarse a dos objetos diferentes. Me pregunté si su lenguaje no sería como el idioma primitivo de algunos pueblos de la Tierra, como el de los negritos, ya sabéis, que no tienen palabras genéricas: ninguna palabra para comida o agua u hombre; sólo palabras para comida buena y comida mala, o agua de lluvia y agua de mar, u hombre fuerte y hombre débil. Son demasiado primitivos para comprender que el agua de lluvia y el agua de mar son simplemente aspectos distintos de la misma cosa. Pero no era ése el caso con Tweel. Más bien era como si fuésemos misteriosamente distintos de un modo u otro: nuestras mentes eran extrañas entre sí. Y sin embargo nos teníamos simpatía.
- Eso es por la soledad - comentó Harrison -. Por eso os teníais tanta simpatía.
- Bueno, yo te tengo simpatía - replicó Jarvis malignamente -. El caso es - continuó - que no quiero que os forméis la idea de que Tweel era algún chiflado. En realidad, no estoy tan seguro de que no pudiera enseñar uno o dos trucos a nuestra tan alabada inteligencia humana. iOh, sé muy bien que no era un superhombre intelectual, pero no olvidéis que consiguió entender algo de mi funcionamiento mental y en cambio yo no tuve el menor vislumbre del suyo
- Porque él no tenía tal funcionamiento - sugirió el capitán - mientras Putz y Leroy parpadeaban atentamente.
- Podréis juzgarlo cuando termine mi relato - dijo Jarvis -. Bueno, seguimos andando todo el día por el Mare Chronium y también el día siguiente. ¡Mare Chronium, Mar del Tiempo! Al acabar aquella marcha, estaba a punto de darle la razón a Schiaparelli cuando lo bautizó con este nombre, era tan monótono, sólo aquella llanura gris e interminable de plantas extravagantes y sin otro signo de una vida distinta, que casi me alegré al ver el desierto de Xanthus hacia el anochecer del segundo día.
»Estaba bastante agotado, pero Tweel, al que, por cierto, jamás vi comer ni beber, parecía estar tan campante como siempre. Creo que él podría haber cruzado el Mare Chronium en un par de horas con aquellos terribles saltos suyos, pero permanecía pegado a mí. Una o dos veces le ofrecí agua; aceptó mi taza y sorbió el líquido con su pico para luego, cuidadosamente, volver a lanzarlo a la taza y devolvérmela con toda gravedad.
»Juntamente cuando avistamos Xanthus empezó a soplar una de esas desagradables tormentas de arena. No era quizá tan fuerte como la que tuvimos aquí, pero ahora debía caminar contra ella. Me protegí la cara con la visera transparente de mi saco y me defendí bastante bien. Tweel utilizaba algunos apéndices plumosos que le crecen como un bigote en la base del pico para taparse los orificios nasales, y otro escudo similar para protegerse los ojos.
- ¡Es una criatura del desierto! - exclamó el biólogo Leroy.
- ¿Eh? ¿Cómo?
- No bebe agua, se adapta a las tormentas de arena...
- Eso no prueba nada. No se puede desperdiciar ni una sola gota de agua en esta píldora desecada llamada Marte, en la Tierra lo habríamos calificado todo de desierto. - Hizo una pausa -. Cuando cesó la tormenta de arena, un viento suave nos dio en la cara. De improviso, como llevadas por esa tenue brisa, unas pequeñas esferas, transparentes y muy livianas, empezaron a deslizarse desde los acantilados de Xanthus. Intrigado, partí unas cuantas y comprobé que estaban vacías, sólo que al romperlas desprendían un olor nauseabundo. Pregunté a Tweel y por su respuesta, un «no, no, no» rotundo, supuse que compartía mi misma ignorancia sobre las esferas. Siguieron flotando como vilanos o como pompas de jabón, y nosotros proseguimos nuestro camino hacia Xanthus. En una ocasión Tweel apuntó a una de las bolas de cristal y dijo «roca», pero yo estaba demasiado cansado para discutir con él. Posteriormente descubrí lo que había querido decir.
»Al anochecer llegamos al pie de los acantilados de Xanthus. Decidí dormir en la meseta pues pensé que tan peligrosa podría ser la arena de Xanthus como la vegetación del Mare Chronium. De hecho no había descubierto una sola señal de amenaza, excepto aquella cosa negra y tentacular que atrapara a Tweel y que por lo visto no se movía en absoluto, sino que atraía a las víctimas que estaban a su alcance. No podía atraerme a mí mientras estuviera durmiendo, más teniendo en cuenta que Tweel permanecía en vela, limitándose a estar sentado pacientemente toda la noche. Me hubiera gustado saber cómo aquella extraña criatura de brazos negros pudo atrapar a Tweel, pero no había modo de preguntárselo a este último. Lo averigüé más tardé; es algo diabólico.
»Recorrimos el acantilado buscando un sitio fácil por donde trepar. Por lo menos lo buscaba yo. Tweel podría haber saltado el obstáculo fácilmente, porque los acantilados eran más bajos que los de Thyle, quizás unos veinte metros. Al fin dimos con un lugar adecuado y empecé a trepar, maldiciendo el voluminoso tanque de agua amarrado a mi espalda y lo mucho que dificultaba mi escalada. De pronto oí un sonido que creí reconocer.
»Ya sabéis cuán engañosos resultan los sonidos en este aire tan tenue. Un disparo suena como el descorche de una botella. Pero esta vez no había dudas: era el zumbar de un cohete. En efecto, a unos quince kilómetros hacia el oeste, entre yo y la puerta de sol, estaba nuestra segunda nave auxiliar.
- Era yo - dijo Putz -. Te estaba buscando.
- Sí, lo comprendí. Pero, ¿de qué me servía? Me aferré al acantilado y grité mientras hacía señas con una mano. Tweel vio también la navecilla y se puso a trinar y a graznar saltando hasta lo alto de la barrera y elevándose luego en el aire. Y mientras yo miraba, el aparato desapareció zumbando entre las sombras del sur.
»Trepé hasta lo alto del acantilado. Tweel aún seguía apuntando y graznando excitadamente, elevándose hasta el cielo y cayendo luego en barrena para hundir su pico en el suelo. Apunté hacia el sur y hacia mí mismo y dije «sí, sí, sí», pero en cierto modo conjeturé que él pensaba que aquella cosa volante era un allegado mío, probablemente un pariente. Quizá cometí una injusticia contra su intelecto; ahora sé que fue así.
»Me sentía amargamente decepcionado por mi fracaso en llamar la atención. Dispuse mi saco de dormir y me metí dentro, porque arreciaba el frío de la noche. Tweel hundió el pico en la arena, alzó las patas y los brazos y se quedó como uno de los arbustos sin hojas que hay por aquí. Creo que permaneció de este modo toda la noche.
- ¡Mimetismo protector! - exclamó Leroy -. ¿Lo ves? ¡Es una criatura del desierto!
- Por la mañana - continuó  Jarvis -, nos pusimos de nuevo en marcha. No habíamos avanzado más de cien metros por Xanthus cuando vi una cosa rara, una cosa que estoy seguro de que Putz no ha fotografiado.
»Una línea de diminutas pirámides de no más de quince centímetros de altura se extendía por toda la superficie de Xanthus que yo podía abarcar con la vista. Pequeños edificios hechos de pequeñísimos ladrillos, edificios huecos y truncados, o por lo menos rotos en la cúspide y vacíos. Se los señalé a Tweel y pregunté «¿Qué?», pero él lanzó algunos graznidos negativos para indicar, supongo, que no lo sabía. Así pues, continuamos, siguiendo la fila de pirámides.
»¡Muchachos, seguimos aquella línea durante horas! Al cabo de un rato, noté una cosa rara: las pirámides se iban haciendo mayores.
El mismo número de ladrillos en cada una, pero los ladrillos eran mayores.
»Al mediodía me llegaban ya al hombro. Miré algunas: todas iguales, rotas en la cúspide y vacías. Examiné también un ladrillo o dos; eran sílice, y tan viejos como la creación misma.
- ¿Cómo lo sabes? - preguntó Leroy.
- Estaban gastados, con las aristas redondeadas. La sílice no se estropea fácilmente ni siquiera en la Tierra, y con este clima...
- ¿Qué edad les calculas?
- Cincuenta mil... cien mil años. ¿Cómo podría decirlo? Las pirámides pequeñas que vimos por la mañana eran más antiguas, quizá diez veces más. Se desmoronaban, ¿Qué edad podrían tener? ¿Medio millón de años? ¿Quién sabe? - Jarvis hizo una pausa -. Bueno - continuó -, seguimos la línea. Tweel apuntaba a las pirámides y dijo «roca» una o dos veces, pero esa era una palabra que había repetido con mucha frecuencia. Además, en cierto modo, tenía más o menos razón.
»Traté de sonsacarlo. Señalé a una pirámide y le pregunté «¿Gente?» indicándonos a nosotros dos, repuso con una especie de cloqueo negativo y dijo: «No, no, no. No uno uno dos. No dos dos cuatro», mientras se frotaba el estómago. Lo miré fijamente y él continuó con la musiquilla: «No uno uno dos. No dos dos cuatro».
- ¡Esa es la prueba irrefutable! - exclamó Harrison -. ¡Locuras!
- Eso crees, ¿eh? - inquirió Jarvis sarcásticamente -. Pues bien, yo me figuré algo muy distinto. «No uno uno dos». Por supuesto no lo captas todavía, ¿verdad?
- En absoluto. Ni creo que lo captes tú.
- Yo creo que sí. Tweel estaba utilizando las pocas palabras inglesas que conocía para enunciar una idea muy compleja. Permíteme que te pregunte, ¿en qué te hacen pensar las matemáticas?
- Pues... en astronomía. O... en lógica.
- Eso es «No uno uno dos». Tweel estaba diciéndome que los constructores de las pirámides no eran gente, o que no eran inteligentes, que no eran criaturas dotadas de razón. ¿Me comprendes?
- ¡Uf, que me aspen!
- Probablemente te asparán.
- ¿Por qué - intervino Leroy - se frotaba el estómago?
- Está claro, mi querido biólogo. Porque allí es donde tiene el cerebro. No en su diminuta cabeza, sino en el centro de su cuerpo.
- ¡Es imposible!
- No, en Marte no lo es. Esta flora y esta fauna no son terráqueas tus biópodos lo demuestran. - Jarvis sonrió burlonamente y prosiguió su narración -: Como quiera que sea, seguimos caminando por Xanthus y ya mediada la tarde sucedió otra cosa rara. Las pirámides se acabaron.
- ¿Se acabaron?
- Sí, y el misterio radicaba en la última, ya casi de tres metros. ¿No comprendéis? Quienquiera que fuese, el que la construyó estaba todavía dentro. Lo habíamos seguido desde sus orígenes de medio millón de años antes hasta la actualidad.
»Tweel y yo nos dimos cuenta casi al mismo tiempo. Monté mi pistola, en la que tenía un cargador de balas explosivas y Tweel, rápido como un prestidigitador, sacó de su bolsa un curioso y pequeño revólver de cristal. Se parecía mucho a nuestras armas, con la diferencia de que la culata era mayor para acomodarse a su mano. Empuñamos nuestras armas mientras nos acercábamos a la última pirámide.
»Tweel fue el primero en ver el movimiento. Las hileras superiores de ladrillos estaban siendo desplazadas y, de pronto, se deslizaron a un lado con un ligero crujido. Y entonces... algo... algo empezó a salir.
»Apareció un largo brazo de un gris plateado y detrás un cuerpo blindado. Blindado, quiero decir, recubierto de escamas de un gris plateado y mate. El brazo sacó al cuerpo de aquel hueco; la criatura quedó tendida en la arena.
»Era una criatura indescriptible: cuerpo como con un solo orificio que recordaba vagamente a una boca y dotado en ambos extremos de dos brazos: flexible uno, rígido y aguzado el otro. Nada de más miembros, nada de ojos, oídos, nariz, en fin, lo que se dice nada. Aquella cosa se arrastró unos cuantos metros, metió su puntiaguda cola en la arena, se enderezó y se quedó sentada.
»TweeI y yo permanecimos a la expectativa. Al cabo de unos diez minutos, nos llegó un leve crujido, un crepitar como el de un papel que se arruga, y su brazo se movió hasta el agujero de la boca de donde extrajo... ¡un ladrillo! El brazo colocó cuidadosamente el ladrillo en el suelo y la cosa quedó de nuevo inmóvil.
»Otros diez minutos... otro ladrillo. Se trataba simplemente de uno de los ladrilleros de la naturaleza, Yo estaba a punto de apartarme y seguir caminando cuando Tweel apuntó a la cosa y dijo: «Roca». Contesté con un «hum» y él lo repitió de nuevo. Luego, con acompañamiento de algunos de sus trinos, dijo «No... no», y lanzó dos o tres aspiraciones sibilantes.
»Lo curioso es que comprendí lo que quería decir. Pregunté: «¿No respira?», y expliqué con gestos la palabra. Tweel quedó entusiasmado; dijo: «¡Sí, sí, sí! ¡No, no, no respira!» Luego dio un salto y terminó clavando la nariz a un paso del monstruo.
»Ya podéis imaginaros lo turbado que me quedé. El brazo se alzaba en busca de un ladrillo y temí ver a Tweel atrapado y prensado, pero no ocurrió nada de eso, Tweel se colocó junto a la criatura y el brazo agarró el ladrillo y lo colocó pulcramente junto al primero. Tweel le rozó el cuerpo y dijo: «Roca» y yo tuve bastantes agallas para acercarme y mirar.
»De nuevo Tweel tenía razón. La criatura era roca y no respiraba.
- ¿Cómo lo sabes? - inquirió Leroy, encendidos de interés sus negros ojos.
- Porque soy químico. ¡La bestia estaba hecha de sílice! Debía de haber silicio puro en la arena y ella vivía a sus expensas. ¿Lo comprendéis? Nosotros, Tweel y esas plantas de ahí fuera, incluso los biópodos, son vida de carbono; en cambio, aquella cosa vivía por un conjunto diferente de reacciones químicas. ¡Era vida de silicio!
- ¡Vida silícea! - gritó Leroy -. Lo había sospechado y ahora tenemos la prueba. Tengo que ir a verlo. Tengo que...
- ¡Está bien, está bien! - dijo Jarvis -. Puedes ir a verlo. El caso es que la cosa estaba allí, viva y sin embargo no viviente, moviéndose cada diez minutos sólo para sacar un ladrillo. Esos ladrillos eran sólo su material de desecho. ¿Comprendes, franchute? Nosotros somos carbono y nuestro material de desecho es dióxido de carbono; esta cosa es silicio y su desecho es dióxido de silicio, es decir, sílice. Pero la sílice es un sólido, de aquí los ladrillos. La bestia los construye y cuando los ha colocado, se traslada a un nuevo emplazamiento para comenzar otra vez. No es de extrañar que produjese aquellos crujidos. ¡Una criatura viva de medio millón de años!
- ¿Cómo sabes la edad? - preguntó Leroy frenéticamente.
- Seguimos el rastro de las pirámides desde el principio, ¿no es así? Si no fuese éste el constructor original de las pirámides, la serie habría terminado en algún sitio antes de que lo encontrásemos a él, ¿no os parece? Habría terminado y empezado de nuevo con las pirámides pequeñas. Me parece que es bastante simple.
»Pero él se reproduce, o trata de hacerlo, Antes de extraer el tercer ladrillo proyectó con un nuevo crujido un enjambre de aquellas bolitas de cristal. Son sus esporas, o huevos, o semillas, o como queramos llamarlas. Fueron flotando sobre Xarithus como habían flotado sobre nosotros en el Mare Chronium. También tengo el presentimiento de cómo funcionan; esto lo digo para que tomes nota, Leroy. Creo que la cáscara de cristal de sílice no es más que una cubierta protectora, como la cáscara de un huevo, y que el principio activo es el olor que hay dentro. Es una especie de gas que ataca al silicio y, si la cáscara se rompe cerca de un depósito de este elemento, se inicia una reacción que desemboca en una bestia como la que os he descrito.
- ¡Habrá que probarlo! - exclamó el bajito francés -. Debemos romper una para ver.
- ¿Sí? Bueno, pues yo lo hice. Rompí unas cuantas contra la arena. ¿Queréis volver dentro de unos diez mil años para ver si planté algunos monstruos constructores de pirámides? Será muy probable que para esa fecha podáis ya comprobarlo. - Jarvis se detuvo e hizo una inspiración profunda -. ¡Cielos! ¡Qué criatura tan absurda! ¿Os la imagináis? Ciega, sorda, sin nervios, sin cerebro; simplemente un mecanismo y, sin embargo.... inmortal. Limitada a hacer ladrillos, a construir pirámides mientras existan el silicio y el oxígeno. E incluso después se limitará a pararse, no morirá. Y a los accidentes que se produzcan dentro de un millón de años le aportan de nuevo su comida, allí estará dispuesta a caminar de nuevo, en tanto que los cerebros y civilizaciones formarán parte del pasado. Una extraña bestia, pero encontré otra más rara aún.
- Si la encontraste, debió de ser en sueños - gruñó Harrison.
- Tienes razón - dijo Jarvis lacónicamente -. En cierto modo tienes razón. ¡La bestia de los sueños! Es el mejor nombre para ella, y es la más hostil, y terrorífica creación que uno pueda imaginar. Más peligrosa que un león, más insidiosa que una serpiente.
- ¡Cuéntame! - rogó Leroy -. ¡Tengo que ir a verla!
- No, a ese diablo no. - Hizo de nuevo una pausa -. Bien - continuó -, Tweel y yo abandonamos a la criatura de las pirámides y seguimos caminando por Xanthus. Yo estaba cansado y bastante triste por el hecho de que Putz no me hubiese recogido y los cloqueos de Tweel me atacaban los nervios, así como sus picados en barrena. Así pues, me limitaba a caminar sin decir palabra, hora tras hora, por aquel monótono desierto.
»Hacia media tarde avistamos una línea oscura en el horizonte. Yo sabía lo que era. Era un canal; lo había sobrevolado en el cohete y eso significaba que sólo habíamos recorrido un tercio de la extensión de Xanthus. Bonita idea, ¿no? Y sin embargo, aún disponía de tiempo para llegar en la fecha marcada.
»Nos acercamos al canal lentamente; yo recordaba que este canal estaba bordeado por una amplia franja de vegetación y que la Ciudad de Cieno estaba en la orilla.
»Ya he dicho que estaba cansado. No hacía más que pensar en una buena comida caliente, y de allí mis reflexiones se fueron encadenando: pensé en lo bonito y hogareño que me parecería incluso Borneo después de este loco planeta, en el pequeño y viejo Nueva York y, finalmente, en una muchacha a la que conozco allí: Fancy Long. ¿La conocéis?
- Una animadora - dijo Harrison -. He cantado el estribillo de muchas de sus canciones. Bonita rubia; baila y canta en la hora de la Hierba Mate.
- Esa es - aprobó Jarvis -. La conozco bastante bien, sólo como amigos, entendéis, ¿eh?, aunque acudió a vernos despegar en el Ares. Iba pensando en ella mientras nos acercábamos a aquella línea de plantas elásticas.
»Y entonces exclamé: «¡Qué diablos...!», y me quedé mirando fijamente. Allí estaba Fancy Long, de pie bajo uno de aquellos árboles retorcidos, tan clara como el día, sonriendo y saludándome con el brazo tal como yo recordaba que había hecho cuando despegamos.
- Definitivamente se ve que estás loco - comentó el capitán.
- Muchacho, en aquellos momentos casi te habría dado la razón. Parpadeé, me pellizqué, cerré los ojos, luego volví a mirar, y allí seguía estando Fancy Long sonriendo y saludando con el brazo. Tweel también veía algo; graznaba y cloqueaba, pero yo apenas lo oía. Permanecía inmóvil mirando a la muchacha, demasiado estupefacto para hacerme preguntas.
»No estaba a seis metros de ella cuando Tweel me alcanzó con uno de sus saltos. Me agarró por un brazo, gritando: «¡No, no, no!», con su voz más aguda. Traté de sacudírmelo, era tan liviano como si estuviese hecho de bambú, pero él clavó sus garras y chilló. Finalmente recobré algo de cordura y me detuve a menos de tres metros de la muchacha. Allí estaba ella, con un aspecto tan sólido como la cabeza de Putz.
- ¿Cómo dices? - preguntó el ingeniero.
- Sonreía y movía el brazo, movía el brazo y sonreía, y yo estaba allí tan callado como Leroy, mientras Tweel cloqueaba y parloteaba.
Comprendía que aquello no podía ser real, y sin embargo allí estaba ella.
»Finalmente dije: «¡Fancy! ¡Fancy Long!» Ella seguía sonriendo y ondeando el brazo, pero con un aspecto tan real como si yo no la hubiese dejado a una distancia de ochenta millones de kilómetros.» Tweel había sacado su pistola de cristal y estaba apuntando contra la muchacha. Lo agarré por el brazo, pero intentó apartarme. La señaló y dijo: «¡No respira! ¡No respira!» y comprendí que quería decir que aquella Fancy Long no estaba viva. ¡Muchachos, la cabeza me daba vueltas!
»Sin embargo, se me ponía la carne de gallina al ver cómo Tweel apuntaba su arma contra la muchacha. No sé cómo permanecí allí quieto viéndolo afinar la puntería, pero lo hice. Apretó el gatillo, se produjo un pequeño escape de vapor y Fancy Long desapareció. En su lugar pude ver uno de esos retorcidos horrores negros en forma de brazos. Era la misma bestia que antes había atrapado a Tweel.
»¡La bestia de los sueños! Permanecí allí mareado, viéndola morir mientras Tweel trinaba y silbaba. Por fin, él me tocó el brazo, señaló a aquella cosa que se retorcía y dijo: «Tú uno uno dos, él uno uno dos». Después que lo hubo repetido ocho o diez veces, capté el significado. ¿Lo capta alguno de vosotros?
- ¡Sí! - chilló Leroy -. ¡Yo lo entiendo! Quiere decir que tú piensas en algo, la bestia lo adivina y tú ves aquello en que estás pensando. Un perro hambriento vería un gran hueso con carne. O lo olería, ¿no es así?
- Exactamente - dijo Jarvis -. La bestia de los sueños utiliza los anhelos y deseos de su víctima para atrapar a la presa. El pájaro, en la estación de celo, querría ver a su pareja; el zorro, que busca su presa, querría ver un indefenso conejo.
- ¿Cómo consigue eso la bestia? - inquirió Leroy.
- ¿Y cómo voy a saberlo? ¿Cómo se las arregla en la Tierra una serpiente para hipnotizar a un pájaro y atraerlo hasta sus mandíbulas? ¿Y no son capaces los peces de las profundidades de atraer a sus víctimas hasta la propia boca? ¡Cielos! - exclamó Jarvis con un estremecimiento -. ¿No veis lo insidioso que es el monstruo? Ahora estamos advertidos, pero en adelante no podemos confiar ni siquiera en nuestros propios ojos. Podríais estar viéndome, o yo podría ver a uno de vosotros, y otra vez pudiera darse el caso de que aquello no fuese sino otro de esos negros horrores.
- ¿Cómo se dio cuenta tu amigo? - preguntó el capitán bruscamente.
- ¿Tweel? Es lo que me pregunto yo también. Quizás él estaba pensando en algo que no era posible que me interesara y cuando empecé a acercarme comprendió que yo veía algo distinto y cayó en la cuenta. O tal vez la bestia de los sueños sólo puede proyectar una visión única, y Tweel vio lo que yo vi... o nada. No pude preguntárselo. Pero eso es otra prueba de que la inteligencia de Tweel es igual que la nuestra, si no superior.
- ¡Te digo que estás chiflado! - exclamó Harrison -. ¿Qué te hace pensar que su intelecto pueda compararse con el humano?
- Muchas cosas. Primero la cuestión de la bestia de las pirámides. Él nunca había visto ninguna; por lo menos eso es lo que dijo sin embargo, la reconoció como un autómata de silicio.
- Puede haber oído hablar de él - objetó Harrison -. Ya sabes que él vive por aquí cerca.
- ¿Y qué me dices respecto al lenguaje? Yo no pude formarme ni la menor idea del suyo y él, en cambio, aprendió seis o siete palabras del mío. ¿Y os dais cuenta de las ideas tan complejas que supo enunciar sirviéndose simplemente de seis o siete de esas palabras? El monstruo de las pirámides, la bestia de los sueños... En una sola frase me dijo que uno era un autómata inofensivo y el otro un poderosísimo hipnotizador. ¿Qué opináis de eso?
- ¡Hum! - dijo el capitán.
- Todo lo «hum» que quieras, pero, ¿podrías haber hecho eso sabiendo sólo seis palabras de inglés? ¿Podrías haber conseguido incluso más, como lo consiguió Tweel, y decirme que otra criatura era de una especie de inteligencia tan diferente de la nuestra, que la comprensión resultaba imposible, mucho más imposible que entre Tweel y yo?
- ¿A qué clase de criaturas te refieres?
- Eso vendrá más tarde. Lo que quiero recalcar es que Tweel y su raza son merecedores de nuestra amistad. En algún sitio de Marte, ya veréis como tengo razón, hay una civilización y una cultura semejantes a la nuestra, y la comunicación es posible entre ellos y nosotros; Tweel lo demuestra. Puede que eso exija años de pacientes ensayos, porque sus mentes nos resultan extrañas, pero menos extrañas que las mentes con que topé más tarde.... si son mentes.
- ¿A qué te refieres?
- A la gente que hay en las ciudades de barro a lo largo de los canales. - Jarvis frunció el ceño y continuó luego su narración -: Yo creía que la bestia de los sueños y el monstruo de silicio eran los seres más extraordinarios concebibles, pero estaba equivocado. Las criaturas a las que voy a referirme son todavía menos comprensibles que cualquiera de las otras dos, y desde luego mucho menos comprensibles que Tweel, con quien cabe la posibilidad de trabar amistad e incluso, a fuerza de paciencia y concentración, llegar a un intercambio de ideas.
»El caso es - prosiguió - que abandonamos a la moribunda bestia de los sueños, dejándola retirarse a su cubil, y avanzamos hacia el canal. El suelo estaba recubierto por una alfombra de aquellas raras hierbas andadoras que se apartaban a nuestro paso. Cuando llegamos a la orilla, vimos que por el canal fluía un débil hilo de agua amarilla. La ciudad de barro que había divisado desde el cohete estaba aproximadamente a unos dos kilómetros a la derecha y sentía curiosidad por echarle un vistazo.
»Ofrecía el aspecto de estar deshabitado, pero, por si había criaturas emboscadas con propósitos hostiles, Tweel y yo empuñábamos nuestras armas. Dicho sea de paso, la de Tweel era un artilugio interesante. La examiné después del episodio de la bestia de los sueños: disparaba una pequeña esquirla de cristal, envenenada supongo, y calculo que en un cargador había por lo menos cien proyectiles. La propulsión era a vapor, vapor puro y simple.
- ¿Vapor? - exclamó Putz -. ¿Qué clase de vapor?
- De agua, por supuesto. El cristal de la empuñadura transparentaba dos cámaras, una llena de agua y la otra de un líquido espeso y amarillento. Cuando Tweel apretaba la empuñadura, porque en realidad no había ningún gatillo o disparador, una gota de agua y una gota de aquella materia amarillenta penetraban en la cámara de combustión, y el agua se convertía en vapor. No es tan difícil; creo que podríamos utilizar el mismo principio. El ácido sulfúrico concentrado calentaría el agua casi hasta el punto de ebullición, y lo mismo lo harían la cal viva, el potasio o el sodio...
»Naturalmente, su arma no tenía el alcance de la mía, pero no resultaba tan mala en este aire enrarecido. Además, contenía tantos proyectiles como una pistola de vaquero en una película del oeste y era eficaz, por lo menos contra la vida marciana. Yo la probé, disparando contra una de aquellas plantas extravagantes, y que me aspen si la planta no se marchitó y se desplomó. Por eso creo que las esquirlas de cristal estaban envenenadas.
»El caso es que seguimos andando hacia la ciudad de barro. Empezaba a preguntarme si los constructores de la ciudad serían los que habían excavado los canales. Señalé a la ciudad y luego al canal, pero Tweel dijo «No, no, no» y con un ademán señaló hacia el sur. Interpreté que con aquel gesto quería decir que era otra raza la que había creado el sistema de canales, quizá la gente de Tweel. No lo sé; tal vez haya otra raza inteligente en el planeta, o una docena. Marte es un raro pequeño mundo.
»A unos cien metros de la ciudad cruzamos una especie de carretera, una simple senda de barro apisonado y, sorpresa, vimos avanzar por ella a uno de los constructores de montecillos.
»¡Muchachos, cuesta trabajo hablar de seres tan fantásticos, parecía un barril trotando sobre cuatro patas. No tenía cabeza: el extremo superior del cuerpo era un diafragma tan tenso como la piel de un tambor. Amén de las patas el cuerpo, rodeado por completo de una hilera de ojos, proyectaba otros cuatro tentáculos.
»Y eso era todo. El extraño ser pasó como un rayo junto a nosotros empujando una carretilla. Ni siquiera advirtió nuestra presencia, aunque me pareció observar que sus ojos se modificaban un poco al pasar a nuestra altura.
»Un momento más tarde se acercó otro, empujando una carretilla vacía. Y luego un tercero, que también nos ignoró. Bueno, yo no iba a consentir que un montón de barriles jugando al tren me tratase con tal menosprecio, así que, cuando se acercó el cuarto, me planté en medio del camino, dispuesto a apartarme de un salto si aquella cosa no se paraba.
»Pero se detuvo y lanzó una especie de redoble. Yo extendí las manos y dije: «Somos amigos». ¿Y qué suponéis que hizo la cosa aquella?
- Imagino que responder: «Encantado de conocerlo» - sugirió Harrison.
- No me habría sorprendido más de haber hecho esto. Redobló sobre su diafragma y atronó de pronto: «Somos amigos». Y, sin más, empujó malignamente su carretilla contra mí. Me aparté de un salto y me quedé mirando como un estúpido a aquella cosa que se alejaba. Un minuto más tarde otro de aquellos barriles pasó a la carrera. No se detuvo, sino que simplemente redobló: «Somos amigos» y siguió corriendo. ¿Cómo había aprendido la frase? ¿Estaban todas aquellas criaturas comunicadas entre sí? ¿Eran todas ellas partes de algún organismo central? Lo ignoro, aunque creo que Tweel sí lo sabe.
»Como quiera que sea, las criaturas continuaban pasando junto a nosotros, cada una de ellas saludándonos con la misma frase. Llegó a ser cómico; nunca pensé encontrar tantísimos amigos en esta bola dejada de la mano de Dios. Finalmente miré a Tweel con un gesto de perplejidad; imagino que me comprendió, porque dijo: «Uno uno dos sí, dos dos cuatro, no». ¿Lo entendéis?
- Claro - dijo Harrison -. Debe tratarse de una rima infantil marciana.
- Nada de eso. Estaba ya acostumbrándome al simbolismo de Tweel e interpreté su declaración de esta manera: «Uno uno dos, sí»: las criaturas eran inteligentes; «Dos dos cuatro, no»: su inteligencia no era de nuestro tipo, sino algo distinto, más allá de la lógica del dos y dos son cuatro. Tal vez me equivoqué, tal vez había querido dar a entender que sus mentes eran de grado inferior, capaces de concebir las cosas simples, «uno uno dos, sí», pero no cosas más difíciles, «dos dos cuatro, no». Pero creo, por lo que vimos más tarde, que mi interpretación había sido correcta.
»Al cabo de pocos momentos, las criaturas volvieron corriendo. Traían ahora las carretillas llenas de piedras, arena, trozos de plantas gelatinosas y desperdicios por el estilo. Zumbaban sus amistosos saludos, que realmente no lo parecían tanto y seguían corriendo. Supuse que el cuarto era mi primer conocido y decidí tener otra charla con él, Me planté en su camino y aguardé.
»Se acercó lanzando su «somos amigos» y se detuvo. Me quedé mirándolo; cuatro o cinco de sus ojos se fijaron en mí. Probó otra vez su contraseña y dio un empujón a su carretilla, pero permanecí firme. Y entonces la repugnante criatura alargó uno de sus brazos y dos dedos que parecían pinzas me apretaron la nariz.
Harrison estalló en una salvaje risotada.
- Quizás esas cosas poseen un afinado sentido de la belleza - proclamó entusiasmado.
- Ríe todo cuanto quieras - gruñó Jarvis -. Yo había recibido ya un golpe en la nariz y la tenía escocida por la escarcha. No pude por menos que gritar un «¡ay!» de dolor y hacerme a un lado. La criatura siguió su camino, pero a partir de entonces el saludo de todas ellas fue «Somos amigos. Ay». ¡Extravagantes bestias!
»Tweel y yo seguimos la carretera. Esta se hundía simplemente en una abertura y bajaba como una vieja contramina. De un lado a otro pasaba a toda prisa la gente-barril, saludándonos con su eterna frase.
»Miré hacia el interior. En algún sitio, allá abajo, se divisaba un poco de luz y sentí curiosidad por verla. No parecía una antorcha, ya me comprendéis, sino que tenía el aspecto de una luz más civilizada y pensé que aquello podría proporcionarme una pista en cuanto al índice de desarrollo de aquellos seres. Así pues, entré y Tweel me siguió pisándome los talones, no sin antes proferir unos cuantos cloqueos y graznidos.
»La luz era curiosa. Chisporroteaba y resplandecía como un viejo arco voltaico, pero procedía de una sola varilla negra empotrara en la pared del corredor. Era eléctrica, sin duda alguna. Por lo visto, las criaturas estaban bastante civilizadas.
»Luego vi otra luz que lucía sobre algo resplandeciente y me acerqué a mirar, pero se trataba sólo de un montón de arena brillante. Me volví hacia la entrada para marcharme y creí que me la había tapado el diablo.
»Supuse que el corredor era curvo o que me había metido por un pasillo lateral, Desandé el camino en la dirección que intuí correcta y todo lo que encontré fueron más corredores sumidos en la penumbra. ¡Aquello era un laberinto! No había más que retorcidos pasillos que corrían en todas direcciones, alumbrados por alguna que otra luz. De vez en cuando pasaba una criatura corriendo, a veces con una carretilla, a veces sin ella.
»Al principio no me preocupé mucho, Tweel y yo sólo habíamos avanzado unos cuantos metros desde la entrada. Pero cada paso que dábamos parecía internarnos más y más en las profundidades. Finalmente decidí seguir a una de las criaturas que llevaba una carretilla vacía, pensando que ella tendría que salir en busca de sus materiales, pero la verdad era que corría sin rumbo de un pasillo a otro. Cuando empezó a dar vueltas alrededor de una de las pilastras como un danzarín japonés, me di por vencido, deposité mi tanque de agua en el suelo y me senté.
»Tweel estaba tan desconcertado como yo. Apunté hacia arriba y él dijo «No, no, no» en una especie de desvalido trino. Y no podíamos conseguir ninguna ayuda de los nativos; no nos prestaban atención en absoluto, excepto para asegurarnos que éramos amigos, ay.
»¡Cielos! No sé cuántas horas o cuántos días vagamos por allí. Me quedé dormido dos veces de puro agotamiento. En cuanto a Tweel, nunca parecía sentir esta necesidad. Tratamos de avanzar únicamente por los corredores que ascendían, pero la verdad es que tan pronto subían como se hundían en las profundidades. La temperatura en aquel maldito hormiguero era constante; no se podía distinguir el día de la noche y después de mi primer sueño no supe si había dormido una hora o trece, por lo cual no podía decir por mi reloj si era medianoche o mediodía.
»Vimos muchísimas cosas extrañas. Había máquinas que funcionaban en algunos de los corredores, pero no parecía que estuviesen haciendo nada, simplemente ruedas que giraban. Y en varias ocasiones vi a dos bestias-barriles con un pequeño creciendo entre ambas.
- ¡Partenogénesis! - se entusiasmó Leroy -. Partenogénesis por injertos como los tulipanes.
- Así será, si tú lo dices, franchute - convino Jarvis -. Aquellas cosas no nos prestaban la más mínima atención, excepto, como ya he dicho, para saludarnos. Parecían no tener ninguna clase de vida hogareña, sino que se limitaban a correr con sus carretillas y a traer desechos. Por fin descubrí lo que hacían con éstos.
»Acertamos a dar con un corredor que avanzaba hacia arriba largo trecho. Tenía el presentimiento de que debíamos de estar cerca de la superficie cuando, de pronto, el pasillo desemboca en una cámara abovedada, la única que habíamos visto. La verdad es que tuve ganas de ponerme a bailar cuando vi algo que se asemejaba a la luz del día a través de una rendija del techo.
»En aquella habitación había una especie de máquina, simplemente una enorme rueda que giraba con lentitud, Una de las criaturas estaba en aquel momento arrojando sus desechos bajo la rueda. Ésta los aplastó con un crujido -arena, piedras, plantas- convirtiéndolo todo en un polvo que voló hacia alguna parte. Mientras mirábamos, otros descargaban sus carretillas, repitiendo el proceso. Eso parecía ser todo. Aparentemente no había razón alguna para todo aquello, pero eso es característico de este chiflado planeta. Y aún presenciamos otro hecho si cabe más increíble.
»Una de las criaturas, después de haber arrojado su carga, apartó su carretilla a un lado y tranquilamente se arrojó ella misma bajo la rueda. Vi cómo era aplastada y me quedé tan estupefacto, que no pude exhalar el menor sonido. Pero un momento después otra la seguía. Hacían aquello de un modo perfectamente metódico; una de las criaturas sin carretilla se hizo cargo de la carretilla abandonada.
»Tweel no parecía sentirse sorprendido; le señalé al suicida siguiente, y se limitó a hacer el encogimiento de hombros más humano que pueda imaginarse, como si estuviera diciendo: «¿Qué puedo hacer respecto a eso?»
»Luego vi otra cosa más. En algún sitio más allá de la rueda había algo brillante sobre una especie de pedestal bajo. Me acerqué; era un cristal del tamaño aproximado de un huevo que resplandecía como el más fabuloso brillante. La luz que irradiaba me dio en las manos y en la cara casi como una descarga estática y entonces noté algo curiosísimo. ¿Recordáis aquella verruga que tenía en el pulgar izquierdo? ¡Mirad! - Jarvis extendió la mano -. Se secó y se desprendió, así, con esa sencillez. Y en cuanto a mi zarandeada nariz, el dolor desapareció como por ensalmo. Aquella cosa tenía la propiedad de fuertes rayos X o radiaciones gamma, sólo que en mayor proporción; destruía los tejidos enfermos y dejaba indemnes los sanos.
»Estaba pensando el regalo que sería llevar aquello a la madre Tierra cuando me interrumpió un gran alboroto. Retrocedimos al otro lado de la rueda con tiempo para ver cómo volcaba una de las carretillas. Por lo visto, algún suicida se había descuidado.
»De pronto las criaturas empezaron a zumbar y a redoblar alrededor de nosotros y su ruido era claramente amenazador. Un grupo avanzó hacia donde estábamos; retrocedimos por lo que creí que era el pasillo por donde habíamos entrado, y entonces se lanzaron detrás de nosotros, unos con sus carretillas, otros sin ellas. ¡Extravagantes brutos! Había todo un coro de «somos amigos, ay». No me gustaba el «ay»; era demasiado sugestivo.
»Tweel había sacado su pistola de cristal; yo me desprendí de mi tanque de agua para tener más libertad de movimientos Y saqué la mía. Retrocedimos corredor arriba con unas veinte bestias-barriles persiguiéndonos. Cosa rara: las que entraban con carretillas cargadas se movían a pocos centímetros de nosotros sin concedernos una mirada.
»Tweel debió de haberse fijado en eso. De pronto sacó aquel encendedor suyo de carbón al rojo y tocó una carretilla cargada de pedazos de plantas. ¡Bum! Toda la carga empezó a arder y la estúpida bestia siguió empujándola sin aflojar el paso. Pero de cualquier modo causó alguna perturbación entre nuestros «somos amigos», y luego noté que el humo subía y bajaba en remolinos junto a nosotros. Así descubrimos la entrada.
»Agarré a Tweel y nos precipitamos afuera, perseguidos por unas veinte bestias. La luz del día me pareció el paraíso, aunque noté en seguida que el Sol estaba a punto de ponerse. Mal síntoma, por que no podría sobrevivir sin mi saco térmico en una noche marciana. Las cosas iban empeorando rápidamente. Nos acorralaron en un ángulo entre dos montículos, y allí nos detuvimos. Ni yo ni Tweel habíamos disparado; no tenía objeto irritar a los brutos. Se detuvieron a corta distancia y empezaron sus zumbidos acerca de la amistad y de los ayes.
»Luego las cosas empeoraron aún más. Un barril acudió con una carretilla y todos la rodearon y se fueron apartando con puñados de dardos de cobre de unos tres centímetros de longitud y de aspecto bastante aguzado. Y de pronto uno de los dardos me pasó rozando la oreja. Había que disparar o morir.
»Durante algún tiempo lo hicimos bastante bien. Liquidamos a los que estaban más cerca de la carretilla y conseguimos reducir los dardos a un mínimo, pero de pronto hubo un tormentoso estruendo de «amigos» y «ayes» y todo un ejército salió de su cueva.
»Muchachos, estábamos atrapados y yo lo sabía. Luego caí en la cuenta de que Tweel no lo estaba. Podría haber dado un salto sobre el montículo que teníamos detrás como quien no quiere la cosa. ¡Se quedaba por mí!
»Me habría echado a llorar si hubiese tenido tiempo. Tweel me había sido simpático desde el principio, pero aún suponiendo que tuviese que estarme agradecido por haberlo salvado de la bestia de los sueños, ya había hecho bastante por mí, ¿no? Lo agarré por el brazo y dije «Tweel» y señalé arriba, y él comprendió. Dijo «No, no, Dick» y avanzó con su pistola de cristal.
»¿Qué podía hacer yo? De cualquier modo me quedaría convertido en un témpano cuando se pusiera el sol, pero aquello no podría explicárselo. Dije: «Gracias, Tweel. Eres todo un hombre». Y sentí que no le estaba haciendo ninguna clase de cumplido. ¡Un hombre!
»Hay pocos hombres con suficientes agallas para hacer lo que él estaba haciendo.
»Así pues, empezamos a disparar con nuestras respectivas pistolas y los barriles no dejaban de lanzar dardos y acercarse a nosotros proclamando que éramos amigos. Yo había renunciado a toda esperanza. Pero de pronto un ángel descendió del cielo en forma de Putz y con sus cohetes inferiores hizo añicos a los barriles.
»Lancé un grito y me precipité hacia el cohete; Putz abrió la puerta y entré, riendo, llorando y gritando. Sólo al cabo de un momento me acordé de Tweel; miré en torno con el tiempo suficiente para verlo alzarse en uno de sus vuelos en picado por encima del montículo y alejarse.
»Tuve una larga discusión con Putz para que lo siguiera. Pero cuando el cohete se elevó, la oscuridad ya había descendido; ya sabéis como llega aquí: como cuando se apaga una luz. Volamos sobre el desierto y descendimos a ras de suelo un par de veces. No logramos encontrarlo; él podía viajar como el viento y todo lo que conseguí o que me imaginé conseguir a las llamadas que lancé fue un débil trino, un gorjeo que llegaba del sur. Tweel se había ido y ¡que me aspen, me gustaría que no lo hubiese hecho!
Los cuatro hombres del Ares se quedaron silenciosos, incluso el sarcástico Harrison. Por último, el bajito Leroy rompió el silencio:
- Me gustaría ver todo eso - murmuró.
- Sí - dijo Harrison -. Y el curaverrugas. Una lástima que Io perdieras; podría tratarse de la cura del cáncer que la humanidad lleva esperando desde hace siglo y medio.
- ¡Oh, en cuanto a eso...! - Masculló Jarvis sombríamente -. Fue por lo que empezó la pelea. - Se sacó de un bolsillo un objeto resplandeciente -: Aquí está.


FIN