Páginas

miércoles, 27 de marzo de 2013

Flores de las Tinieblas



Flores de las Tinieblas
(Fleurs de Ténèbres-1883)
Villiers de L'Isle-Adam 
________________________________________
¡Oh, los bellos atardeceres! Ante los brillantes cafés de los bulevares, en las terrazas de las horchaterías de moda, ¿qué de mujeres con trajes multicolores, qué de elegantes "callejeras" dándose tono!
Y he aquí las pequeñas vendedoras de flores, que circulen con sus frágiles canastillas.
Las bellas desocupadas aceptan esas flores perecederas, sobrecogidas, misteriosas...
- ¿Misteriosas?
- ¡Sí, si las hay!
Existe, - sabedlo, sonrientes lectoras -, existe en el mismo París cierta agencia que se entiende con varios conductores de los entierros de lujo, incluso con enterradores, para despojar a los difuntos de la mañana, no dejando que se marchiten inútilmente en las sepulturas todos esos espléndidos ramos de flores, esas coronas, esas rosas que, por centenares, el amor filial o conyugal coloca diariamente en los catafalcos.
Estas flores casi siempre quedan olvidadas después de las fúnebres ceremonias. No se piensa más en ello; se tiene prisa por volver. ¡Se concibe!
Es entonces cuando nuestros amables enterradores se muestran más alegres. ¡No olvidan las flores estos señores! No están en las nubes; son gente práctica. Las quitan a brazadas, en silencio. Arrojarlas apresuradamente por encima del muro, sobre un carretón propicio, es para ellos cosa de un instante.
Dos o tres de los más avispados y espabilados transportan la preciosa carga a unos floristas amigos, quienes gracias a sus manos de hada, distribuyen de mil maneras, en ramitos de corpiño, de mano, en rosas aisladas inclusive, estos melancólicos despojos.
Llegan luego las pequeñas floristas nocturnas, cada una con su cestita. Pronto circulan incesantemente, a las primeras luces de los reverberos, por los bulevares, por las terrazas brillantes, por los mil un sitios de placer.
Y jóvenes aburridos y deseosos de hacerse agradables a las elegantes, hacia las cuales sienten alguna inclinación, compran estas flores a elevados precios y las ofrecen a sus damas.
Estas, todas con rostros empolvados, las aceptan con una sonrisa indiferente y las conservan en la mano, o bien las colocan en sus corpiños.
Y los reflejos del gas empalidecen los rostros.
De suerte que estas criaturas-espectros, adornadas así con flores de la Muerte, llevan, sin saberlo, el emblema del amor que ellas dieron y el amor que reciben.

La Jaula A. Bertram Chandler




La Jaula

A. Bertram Chandler



El encarcelamiento es siempre una experiencia humillante, sea cual fuere el espíritu filosófico del prisionero. El encarcelamiento que nos inflige alguien de nuestra propia especie es muy desagradable, pero se puede hablar a los que nos han capturado, cabe conseguir que lo comprendan a uno al exponer sus necesidades, en ciertas ocasiones incluso apelar a ellos de hombre a hombre.

Pero el encarcelamiento constituye una humillación doble cuando los captores nos tratan como a un animal de especie inferior.



La partida del cohete patrulla podría, quizás, ser disculpada por no haber reconocido como seres racionales a los supervivientes de la nave de línea interestelar Lode Star. Habían transcurrido doscientos días por lo menos, desde su aterrizaje en el planeta innominado, un aterrizaje forzoso que se produjo cuando los generadores Ehrenhaft de la Lode Star, obligados a trabajar con gran exceso sobre su capacidad normal por una avería del regulador electrónico, la hicieron volar lejos de las rutas regulares hasta una región inexplorada del espacio. La Lode Star había aterrizado con bastante facilidad, pero poco después (las desgracias nunca vienen solas), su pila atómica se hizo incontrolable y el capitán ordenó al primer oficial que evacuase a los pasajeros -los cuales no tenían por qué soportar la emergencia-, llevándolos tan lejos como fuese posible.

Hawkins y el personal a su cargo se hallaban ya bastante lejos cuando se produjo un fogonazo de energía liberada y una explosión no muy violenta. Los supervivientes deseaban volver para presenciarlo, pero Hawkins los hizo seguir adelante con maldiciones y, a veces, golpes. Afortunadamente estaban a sotavento de la nave y así escaparon a los efectos de la explosión.

Cuando los fuegos artificiales parecieron teminar, Hawkins, acompañado por el doctor Boyle, el cirujano de la nave, regresó al lugar del desastre. Los dos hombres, temerosos de la radiactividad, fueron precavidos y se mantuvieron a una prudente distancia del cráter poco profundo y humeante aún, que indicaba dónde estuvo la nave. Era evidente que el capitán, sus oficiales y técnicos constituían ahora una parte infinitesimal de la nube incandescente en forma de hongo.

Después de esto, los cincuenta y tantos hombres y mujeres, supervivientes de la Lode Star, estaban cambiando. No fue un proceso rápido, ya que Hawkins y Boyle, ayudados por un comité de los pasajeros más responsables, habían combatido en una obstinada acción de retaguardia. Pero la suya era una lucha sin esperanza. El clima estaba en su contra, para empezar. Hacía calor, siempre en las cercanías de los treinta grados. Y había humedad, cayendo incesantemente una fina y cálida llovizna. El aire parecía rico en esporas de hongos que, por fortuna, no atacaban a la piel viva, pero medraban en la materia orgánica muerta y sobre las ropas. Se desarrollaban en un grado ligeramente menor en los metales y sobre los tejidos sintéticos que usaban muchos de los náufragos.

El peligro, un peligro exterior, hubiese contribuido a mantener la moral. Pero allí no existían animales peligrosos. Sólo existían pequeñas cosas de piel suave, no muy diferentes de las ranas, que avanzaban a saltitos a través de la maleza húmeda, y criaturas semejantes a peces en los numerosos ríos, que variaban en tamaño desde el tiburón al renacuajo y que poseían toda la belicosidad del primero.

El alimento no significó un problema, pasadas las primeras horas de hambre. Algunos voluntarios habían probado un hongo grande y suculento que crecía en los huecos de unos corpulentos árboles semejantes a helechos. Decidieron que tenía buen sabor. Tras un lapso de cinco horas, no habían muerto ni se quejaban de dolores abdominales. Aquel hongo constituiría la dieta habitual de los náufragos. En las semanas que siguieron, se encontraron otros hongos, bayas y raíces, todos ellos comestibles. Proporcionaban una ración gratamente recibida.

Pese al calor penetrante, el fuego era lo que más echaban de menos. Con él podrían haber completado su alimentación, cociendo los pequeños seres parecidos a ranas del bosque lluvioso y los peces de los riachuelos. Quienes mostraban un espíritu más esforzado, comían estos animales crudos, pero la mayor parte de los demás miembros de la comunidad los miraban con asco. El fuego les hubiese ayudado también a retrasar la oscuridad de las largas noches y, gracias a su calor y a su luz, desvanecer la ilusión de frialdad producida por el incesante rocío de todas las hojas y frondas.

Al huir de la nave, la mayoría de los supervivientes poseían encendedores de bolsillo, pero se perdieron con la desintegración de sus ropas. En todo caso, cualquier intento de encender una fogata en los primeros días, hubiese fallado al no existir, según aseguró Hawkins, un solo sitio seco en todo aquel maldito planeta. Hacer fuego ahora resultaba completamente imposible; aun cuando se hubiese contado entre ellos un experto en frotar dos ramitas secas, no hubiera encontrado material con que trabajar.

Se establecieron de modo permanente en la cima de una colina de escasa altura. (Allí no existía, en lo que podía distinguir la vista, ninguna montaña.) El bosque era allí menos espeso que en las llanuras circundantes, y el terreno menos pantanoso. Trenzando frondas de los helechos árboles, consiguieron construir unos refugios primitivos, más por motivos de aislamiento que por las comodidades que con ello pudieran obtener. Recurrieron con cierta desesperación a las formas gubernamentales de los mundos que habían abandonado para elegir un consejo. Boyle, el cirujano de la nave, fue su jefe. Hawkins fue rechazado sólo por dos votos, debido al resentimiento de muchos pasajeros, que atribuían al personal ejecutivo de la nave la responsabilidad por haberlos arrastrado a la presente situación.

La primera reunión del consejo tuvo lugar en una choza -si así pudiese llamarse-, construida especialmente para tal propósito. Los miembros del consejo se acurrucaron en cuclillas formando un círculo. Boyle, el presidente, se puso de pie con lentitud. Hawkins sonrió con despecho al comparar la desnudez del cirujano con la pomposidad que parecía haber asumido en su rango electivo, confrontando la dignidad del hombre con la desaliñada apariencia que ofrecía su cabello gris, sin cortar ni peinar, y su desordenada y grisácea barba.

-Señoras y caballeros -comenzó Boyle.

Hawkins miró en torno suyo los cuerpos desnudos y pálidos, los cabellos fibrosos y sin brillo, las largas uñas sucias de los hombres y los labios sin pintar de las mujeres. Pensaba que su aspecto tampoco era el de un oficial y un caballero.

-Señoras y caballeros -continuó Boyle. Hemos sido elegidos para representar a la comunidad humana sobre este planeta. Sugiero que en esta primera reunión discutamos nuestras probabilidades de supervivencia, no como individuos sino como raza...

-Quisiera preguntar al señor Hawkins cuáles son nuestras probabilidades de ser rescatados -preguntó una de las dos mujeres que componían el consejo, una criatura seca, con aspecto de solterona, de costillas y vértebras prominentes.

-Insignificantes-respondió Hawkins, como ya sabe, no es posible ninguna comunicación con otras naves espaciales ni con estaciones planetarias cuando se está operando en el Sendero Interestelar. Cuando salimos del Sendero y vinimos a parar aquí en nuestro desgraciado aterrizaje, lanzamos una llamada de auxilio, pero no pudimos explicar nuestro paradero. Además, no sabemos si la llamada fue recibida o no...

-Señorita Taylor -cortó Boyle malhumorado-. Señor Hawkins. Quisiera recordarles que soy el presidente electo de este consejo. Ya tendremos tiempo después para una discusión general.

»Como la mayor parte de ustedes habrá supuesto ya, la edad de este planeta, biológicamente hablando, corresponde a la de la Tierra durante el período Carbonífero. Sabemos que todavía no existen especies que nos disputen nuestra supremacía. Con el tiempo tales especies surgirán (análogas a los lagartos gigantes fósiles de la Era Triásica), pero entonces estaremos sólidamente establecidos...

-¡Estaremos muertos! -exclamó uno de los hombres.

-Estaremos muertos -convino el doctor-, pero nuestros descendientes sí estarán vivos. Tenemos que pensar en facilitarles el mejor punto de partida posible. El lenguaje que les legaremos...

-No me interesa el lenguaje, doctor -chilló el otro miembro femenino. Era una rubia pequeña, delgada, de expresión dura. Es a mí a quien concierne la cuestión de los descendientes. Represento a las mujeres en edad de procrear..., somos quince aquí. Hasta ahora las muchachas han sido extremadamente cuidadosas. Tenemos razones para ello. ¿Puede garantizar, como médico, no disponiendo de drogas ni instrumentos, alumbramientos sin peligro? ¿Puede garantizar que nuestros hijos tendrán una buena probabilidad de supervivencia?

Boyle se desprendió de su pomposidad como de una prenda de vestir muy usada.

-Seré franco -dijo. No dispongo, tal como usted apuntó, señorita Hart, de drogas ni de instrumentos. Pero puedo asegurarle que sus probabilidades de alumbramiento sin peligro son mucho mejores que las usuales en la Tierra durante, digamos, el siglo dieciocho. Le explicaré el motivo. En este planeta, que nosotros sepamos (y ya llevamos aquí lo suficiente para saberlo), no existen microorganismos nocivos al hombre. En el caso contrario, los que hemos sobrevivido seríamos ahora simples masas de supuración. La mayoría de nosotros, desde luego, hubiésemos muerto de septicemia hace tiempo. Creo que esto contesta las preguntas de ustedes dos.

-No he terminado aún -insistió ella. Existe otro punto a considerar. Somos aquí cincuenta y tres, entre hombres y mujeres. Hemos contado diez matrimonios. Esto significa treinta y tres individuos solteros, de los cuales veinte son hombres. Veinte hombres para trece mujeres. Todas nosotros somos jóvenes, pero también somos mujeres. ¿Qué clase de fórmula estableceremos? ¿Monogamia? ¿Poliandria?

-Monogamia, naturalmente -exclamó un hombre alto y delgado. Era el único entre los presentes que iba vestido, si así podía considerarse un sarmiento de vid arrollado a la cintura.

-De acuerdo, entonces -observó la muchacha. Monogamia. La prefiero, desde luego. Pero le advierto que si vamos a seguir esta línea, surgirá un conflicto. En cualquier asesinato cuyos móviles sean la pasión y los celos, la mujer resulta tan posible víctima como el hombre, y no quiero verme complicada en eso.

-¿Qué propone entonces, señorita Hart? -preguntó Boyle.

-Sólo esto, doctor. Cuando llegue el momento, dejaremos a un lado el amor. Si dos hombres desean casarse con la misma mujer, que peleen por ella y el mejor la conseguirá y la conservará.

-Selección natural... -murmuró el cirujano. Estoy a favor, pero debemos ponerlo a votación.



En la cima de la loma había una depresión poco profunda, un cuadrilátero natural. Alrededor de sus bordes se sentaron los náufragos, todos menos cuatro. Uno de ellos era el doctor Boyle, consciente que sus deberes presidenciales incluían los de árbitro. Se decidió que sería la persona más competente para declarar vencido a uno de los competidores. Otro miembro de este grupo era la joven Mary Hart. Había encontrado una varita dentada para peinar sus largos cabellos y tejido una guirnalda de flores amarillas, con la que pensaba coronar al vencedor. Hawkins se preguntó, al tomar asiento entre los otros miembros del consejo, si aquello significaba el deseo de imitar una ceremonia matrimonial terrestre, o bien pretendía resucitar algo más perverso.

-Fue una lástima que las cenizas de la explosión cayeran sobre nuestros relojes -dijo el hombre grueso sentado a la derecha de Hawkins. Si tuviéramos algún sistema para medir el tiempo, podríamos establecer asaltos, y hacer de esto un combate de boxeo reglamentario.

Hawkins inclinó la cabeza. Miraba al curioso grupo en el centro del cuadrilátero: una petulante mujer bárbara, un pomposo anciano y dos jóvenes de oscura barba con cuerpos blancos y relucientes. Los conocía a ambos. Fennet había sido tripulante de la desdichada Lode Star. Clemens, por lo menos siete años mayor que él, era un pasajero y había sido prospector de minas en los mundos de la frontera.

-Si tuviéramos algo para apostar -apuntó el hombre gordo, lo haría por Clemens. Ese cadete suyo no tiene nada que hacer. Ha sido educado para jugar limpio, Clemens está acostumbrado precisamente a lo contrario.

-Fennet se encuentra en mejores condiciones-repuso Hawkins. Ha estado haciendo ejercicio, mientras que Clemens no hizo sino dormir y comer. ¡Fíjese que panza tiene!

-No poseen nada de malo la carne sana y los músculos fuertes -afirmó el hombre gordo, dándose palmadas en el vientre.

-¡Prohibido morderse y sacarse los ojos! -intervino el doctor. ¡Que gane el mejor!

Se separó vivamente de los contrincantes, quedando de pie junto a Mary Hart.

Ambos luchadores parecían preocupados, con los puños en tensión. Los dos tenían aire de deplorar que las cosas hubiesen llegado a tal extremo.

-¡Adelante! -chilló al fin Mary Hart. ¿No me deseáis? Vais a vivir aquí mucho tiempo y os sentiréis muy solos sin una mujer.

-Siempre podrían esperar hasta que tus hijas crecieran, Mary -bromeó uno de sus amigos.

¿Y si no tengo hijas? arguyó ella. ¡A este paso, desde luego que no!

¡Adelante! chilló la multitud. ¡Adelante!

Fennet inició el ataque. Avanzó desconfiado, golpeando débilmente con su puño derecho la cara mal protegida de Clemens. No fue un golpe duro, pero debió resultar doloroso. Clemens se llevó la mano a la nariz, la retiró y quedó mirando la sangre brillante que la manchaba. Profirió un gruñido, se adelantó pesadamente con los brazos abiertos para hacer presa en su enemigo. El joven saltó hacia atrás, golpeando dos veces más con la derecha.

¿Por qué no lo golpea de verdad? preguntó el hombre grueso.

¿Para romperse todos los huesos del puño? No llevan guantes, amigo repuso Hawkins.

Fennet decidió intentar una finta. Se mantuvo firme, con los pies ligeramente separados, y puso en juego su derecha una vez más. Esta vez su blanco no fue el rostro de su contrincante, sino el vientre. Hawkins se sorprendió al ver que el prospector encajaba los golpes con aparente ecuanimidad. Debía ser, pensó, mucho más resistente de lo que aparentaba en realidad.

El cadete saltó a un lado vivamente... y resbaló en la hierba húmeda. Clemens cayó pesadamente sobre él. Hawkins pudo oír el silbido del aire saliendo forzado de los pulmones del muchacho. Los gruesos brazos del prospector rodearon el cuerpo de Fennet, cuando la rodilla de éste se lanzó rencorosamente contra la ingle de su adversario. Clemens emitió un gemido, pero continuó apretando fieramente. Una de sus manos rodeaba ahora la garganta de Fennet; la otra, con los dedos malignamente engarfiados, intentó clavarse en los ojos del cadete.

¡Prohibido sacarse los ojos!gritó Boyle. ¡Prohibido sacarse los ojos!

Se arrodilló para asir con ambas manos la gruesa muñeca de Clemens.

Algo hizo que Hawkins levantara la vista. Debía ser un sonido, aunque era difícil: los espectadores estaban gritando como hinchas del boxeo en un combate profesional. Apenas podía culpárseles, pues aquella era la primera ocasión para divertirse que habían tenido desde la pérdida de la nave. Debió ser en realidad el sexto sentido que poseen todos los buenos navegantes del espacio. Lo que vio le hizo lanzar un grito.

Un helicóptero se cernía sobre el cuadrilátero. Su diseño, sutilmente extraño, indicó a Hawkins que no se trataba de un aparato terrestre. Repentinamente, de su parte inferior cayó una red, al parecer de metal. Envolvió a los luchadores, atrapando también al doctor y a Mary Hart.

Hawkins volvió a gritar un chillido inarticulado. Incorporándose, se lanzó en auxilio de sus enredados compañeros. La red parecía como si estuviese viva. Retorcía alrededor de sus muñecas, ataba sus tobillos. Algunos otros náufragos corrieron a ayudar a Hawkins.

¡No os acerquéis! advirtió. ¡Dispersaos!

El débil zumbido de los rotores del helicóptero aumentó en intensidad. La máquina se elevó en el aire. En un tiempo extraordinariamente breve, el cuadrilátero se redujo ante la vista del primer oficial a un pequeño círculo verde pálido, en el cual unas hormigas se escurrían sin dirección de un lado a otro. La máquina voladora se movía ya entre las nubes bajas envuelta en un blanco vacío.

Cuando, al fin, efectuó el descenso, Hawkins no se sorprendió al ver entre los árboles la torre plateada de una gran nave espacial inmóvil en una meseta llana.

El mundo al que fueron trasladados habría constituido una señalada mejora sobre el que acababan de dejar, de no ser por la equivocada bondad de sus captores. La jaula donde los tres fueron alojados reproducía, con notable fidelidad, las condiciones climáticas del planeta sobre el que se perdió la Lode Star. Estaba acristalada y desde unos rociadores situados en el techo caía una constante llovizna de agua templada. Un par de helechos aburridos proporcionaba cierto refugio contra el deprimente y continuo aguacero. Dos veces diarias en la parte trasera de la jaula, hecha al parecer de hormigón, se abría una compuerta y por ellas les arrojaban tabletas de un hongo decididamente similar al que había constituido su alimento. En el suelo de la jaula existía un hoyo; los prisioneros supusieron acertadamente que tenía un propósito sanitario.

A ambos lados había otra jaula. En una de ellas estaba Mary Hart, sola. Podía hacerles gestos y ademanes de saludo, con la mano, y eso era todo. La otra encerraba a una bestia cuyas líneas generales hacían pensar en una langosta o un bogavante, pero con fuertes rasgos de calamar. Al otro lado de la ancha calle se levantaban otras jaulas, pero no podían ver su contenido.

Hawkins, Boyle y Fennet, sentados en el húmedo suelo, miraban a través de los gruesos cristales y los barrotes a los seres que los contemplaban desde el exterior.

Aunque sólo fueran humanoides suspiraba el doctor. Si su forma fuera sólo un poco parecida a la nuestra, podríamos intentar convencerles que nosotros también somos seres inteligentes.

Pero no tienen la misma forma repuso Hawkins. Y en la situación contraria, nos costaría trabajo admitir que tres barriles de cerveza con seis patas eran hombres y nuestros hermanos... Prueba otra vez el teorema de Pitágoras indicó al joven.

Sin gran entusiasmo, Fennet arrancó frondas del helecho arborescente más cercano. Las rompió en pedazos más pequeños; después, las colocó en el suelo musgoso, formando la figura de un triángulo rectángulo, con los cuadrados construidos sobre los tres lados. Los nativos -uno grande, otro ligeramente menor y otro pequeño- lo miraban curiosamente con sus ojos planos y opacos. El mayor metió la punta de un tentáculo en un bolsillo las cosas aquellas llevaban ropa y sacó un paquete de brillantes colores, que entregó al pequeño. Éste desgarró la envoltura y comenzó a introducir pedazos de una materia azul brillante en la ranura de la parte superior, que obviamente le servía de boca.

Me gustaría que les estuviera permitido dar comida a los animales suspiró Hawkins. Estoy harto de esos malditos hongos.

Recapitulemos dijo el doctor. Después de todo, no nos queda más que hacer. Fuimos arrebatados, seis en total, de nuestro campamento por el helicóptero. Nos condujeron a la nave de observación, que no parece muy perfeccionada en relación a nuestros vehículos interestelares. Según usted, Hawkins, esa nave emplea un propulsor Ehrenhaft, o algo tan parecido como un hermano gemelo...

Exacto -aseveró Hawkins.

Ya dentro de la nave fuimos encerrados en jaulas separadas. No nos dan mal trato, porque nos proporcionan alimento y agua a frecuentes intervalos. Hemos desembarcado en este extraño planeta, pero no hay posibilidad de ver algo más. Estamos encerrados a la fuerza en jaulas como animales. Sabemos que nos conducen hacia alguna parte, pero eso es todo. Cuando llegamos, la puerta se abre y esos barriles de cerveza ambulantes nos apresan con pértigas provistas de redes. Cogieron a Clemens y a la señorita Taylor y se los llevaron. No volvimos a verlos. El resto de nosotros pasa la noche y las veinticuatro horas siguientes en jaulas individuales. Un día después nos traen a este... zoo.

¿Cree que los sometieron a vivisección? preguntó Fennet. Nunca me ha gustado Clemens, pero...

Mucho me temo que sí admitió Boyle. Nuestros amos conocerán ahora la diferencia entre los sexos. Desgraciadamente, la vivisección no permite descubrir inteligencia.

¡Brutos inmundos! barbotó el joven.

Calma, hijo aconsejó Hawkins. No se les puede culpar. Hemos practicado la vivisección en animales mucho más semejantes a nosotros de lo que lo somos a esas cosas.

El problema prosiguió el doctor- es convencer a esas cosas (como usted las llama, Hawkins), que somos seres racionales como ellos. ¿Cómo definiríamos nosotros a un ser racional?

Como alguien que conoce el teorema de Pitágoras repuso Fennet, enfurruñado.

Leí en alguna parte observó Hawkins, que la historia del Hombre es la historia del animal que descubrió el fuego y el uso de herramientas...

Hagamos fuego, entonces sugirió el doctor. Construyamos algunas herramientas y usémoslas.

No diga tonterías. No disponemos absolutamente de nada. Ni siquiera de un diente postizo... Hizo una pausa. Recuerdo ahora que cuando era joven, se pusieron de moda entre los cadetes de las naves interestelares los antiguos trabajos de artesanía. Nos considerábamos descendientes en línea directa de los tripulantes de los barcos a vela y aprendíamos a empalmar cuerdas y cables, a trenzar sogas, nudos de fantasía y todas esas cosas. Entonces, uno de nosotros tuvo la idea de hacer cestas. Prestábamos servicio en una nave de turismo y acostumbrábamos fabricar nuestras cestas a escondidas, las adornábamos después con colores vivos y las vendíamos a los pasajeros como auténticos souvenirs del Planeta Perdido del Rey Arturo VI. Ya se pueden imaginar lo que ocurrió cuando el capitán y el primer oficial lo descubrieron...

¿Adónde quiere ir a parar? preguntó el doctor.

A eso precisamente. Demostraremos nuestra destreza manual, tejiendo cestas. Yo les enseñaré el procedimiento.

Podría resultar... concedió Boyle lentamente. Podría servir, sí... Por otra parte, no olvidemos que ciertos pájaros y animales poseen esta habilidad. En la Tierra existe el castor, que construye presas muy ingeniosas; el pájaro tejedor, que fabrica un nido cubierto para su compañera como parte del ritual de enamoramiento...



Los guardianes del exterior debían conocer criaturas de hábitos amorosos semejantes a los del pájaro tejedor de la Tierra. Después de tres días de febril confección de cestas, que consumió todos los helechos arborescentes, Mary Hart fue sacada de su jaula y metida en la de los tres hombres. Una vez desahogada su histérica necesidad de hablar con alguien, se mostró bastante indignada.

Era una suerte, pensó Hawkins algo amodorrado, tener de nuevo con ellos a Mary. Unos días más de confinamiento solitario y la muchacha se hubiese vuelto loca, probablemente. Pero su presencia en la misma jaula creó algunos problemas. Hubo que vigilar a Fennet, incluso al viejo chivo de Boyle...

Mary chilló.

Hawkins despertó bruscamente. Vio la pálida silueta de Mary en aquel mundo nunca había noche de perfecta oscuridad y, al otro lado de la jaula, las sombras de Fennet y Boyle. Se puso apresuradamente en pie, y se dejó caer junto a la muchacha.

¿Qué sucede? preguntó.

No lo sé... Una cosa pequeña, con uñas afiladas... Me corría por encima.

Oh -suspiró Hawkins, sólo fue «Joe».

¿Joe? -repitió sorprendida.

No sabemos exactamente si es varón o hembra.

Creo que es, decididamente, varón -intervino el doctor.

¿Qué es «Joe»? -insistió ella de nuevo.

Debe ser el equivalente local de un ratón-explicó el doctor, aunque no se parezca mucho. Anda por todas partes, buscando sobras de comida. Estamos tratando de domesticarlo...

¿Se han vuelto locos? chilló ella. Hagan algo con él, ¡en seguida! Tienen que envenenarlo, o atraparlo. ¡Ahora!

Mañana -dijo Hawkins.

¡Ahora! -exigió Mary con un chillido.

Mañana -repitió Hawkins con firmeza.



La captura de «Joe» resultó fácil. Dos cestas planas, engoznadas como las valvas de una concha, sirvieron de trampa. Escondía un cebo en el interior, un pedazo grande de hongo. Dispusieron ingeniosamente un palito vertical para que cayera al menor tirón que moviera el cebo. Hawkins, insomne en su húmedo lecho, escuchó el leve y sordo chasquido, que le avisó del funcionamiento de la trampa. Escuchó los indignados gruñidos de «Joe» y las menudas uñitas que arañaban el robusto material de la cesta.

Mary Hart estaba dormida y Hawkins la sacudió.

Lo hemos atrapado -dijo.

Entonces hay que matarlo -contestó ella, soñolienta.

Pero no lo hicieron. Los tres hombres le habían tomado cariño. Al comenzar el día, lo trasladaron a una jaula que Hawkins había confeccionado para él. Hasta la joven se aplacó cuando vio aquella bola inofensiva de piel multicolor, que saltaba indignada, arriba y abajo, dentro de su prisión. Mary insistió en alimentar al animalito, y gritaba con alegre vehemencia cuando los finos tentáculos se alargaban para coger de sus dedos el fragmento de hongo.

Durante tres días se entretuvieron mucho con su mascota. Al cuarto, sus guardianes entraron en la jaula con sus redes, inmovilizaron a sus ocupantes y se llevaron a «Joe» y a Hawkins.

Me temo que no hay remedio -murmuró Boyle. Habrá corrido la misma suerte...

Estará disecado y expuesto en algún museo -comentó Fennet sombríamente.

No, no es posible -sollozó la muchacha. ¡No es posible!

Sí lo es -dijo el doctor.

Se abrió abruptamente la compuerta de la jaula. Antes que los tres humanos pudieran buscar refugio en un rincón, se oyó una voz:

Todo está arreglado, pueden salir.

Hawkins entró en la jaula. Estaba afeitado y su aspecto parecía saludable. Iba ataviado con unos pantalones cortos hechos de un material rojo y brillante.

Salgamos -dijo otra vez. Nuestros huéspedes nos han presentado sus más sinceras disculpas y han dispuesto un alojamiento más adecuado para nosotros. Tan pronto como tengan una nave disponible, iremos a recoger a los demás supervivientes.

¾No tan aprisa ¾exigió Boyle¾. Aclaremos esto. ¿Qué los hizo comprender que éramos seres racionales?

El rostro de Hawkins se oscureció.

Únicamente los seres racionales encierran a otros seres en jaulas -dijo.



F I N


CELEPHAÏS H. P. Lovecraft




CELEPHAÏS
H. P. Lovecraft


            En un sueño Kuranes vio la ciudad del valle y la costa que había más allá, y el pico que dominaba el mar, y las galeras pintadas de alegres colores que zarpan desde el puerto rumbo a las distantes regiones donde el mar se junta con los cielos. Tam­bién en un sueño consiguió el nombre de Kuranes, ya que durante la vigilia era llamado de forma distinta. Quizás le fue natural el soñar un nombre nuevo, ya que era el último de su estirpe y se hallaba solo entre las muchedumbres indiferentes de Londres, por lo que no había demasiados que pudieran hablar con él y recordarle quién había sido. Había perdido sus tierras y dineros, y no se preocupaba de los hábitos de la gente alrededor, ya que prefería soñar y plasmar tales sueños. Cuanto escribiera había despertado la hilaridad de aquellos a los que se lo había mostrado, y, por último, dejó de escribir. Cuanto más se retiraba del mundo inmediato, más maravillosos se volvían sus sueños, y hubiera sido casi inútil el intentar traspasarlos al papel. Kuranes no era un hombre moderno, y no tenía las miras de otros que también escriben. Mientras ellos pugnaban por despojar a la vida de las ornadas vestimentas del mito, Kuranes tan sólo aspi­raba a la belleza. Cuando la verdad y la experiencia no se la mos­traron, se volvió hacia la fantasía y la ilusión, hallándola en sus mismos umbrales, entre los nebulosos recuerdos de los cuentos de su niñez y entre los sueños.
            No hay mucha gente que sepa cuántas maravillas se les abren en las historias y visiones de juventud, ya que cuando somos niños oímos y soñamos, albergamos ideas a medio cuajar, y cuando al hacernos hombres intentamos recordar, nos vemos estorbados y convertidos en seres prosaicos por el veneno de la vida. Pero algunos de nosotros nos despertamos en mitad de la noche entre extraños fantasmas de colinas y jardines encantados, de fuentes cantarinas al sol, de acantilados dorados a la vera de mares rumorosos, de llanuras abiertas en torno a somnolientas ciudades de bronce y piedra, de la severa compañía de héroes cabalgando blancos caballos engualdrapados junto a espesas sel­vas; y entonces sabremos que hemos vuelto los ojos a las puertas de marfil del mundo de prodigios que fuera nuestro antes de convertirnos en sabios e infelices.
            Kuranes volvió de súbito al viejo mundo de la infancia. Había estado soñando con la casa donde naciera; el gran hogar de piedra cubierto por la hiedra, donde vivieran trece generacio­nes de antepasados, y donde hubiera ansiado morir. Lucía la luna, y él se había escabullido por la fragante noche veraniega; atravesó jardines, bajó terrazas, dejó atrás los grandes robles y recorrió el largo camino blanquecino hacia el pueblo. La villa parecía muy antigua, con sus límites tan reducidos como aquella luna que comenzaba a menguar, y Kuranes se preguntó si bajo los tejados picudos de las casitas se albergaría el sueño o la muerte. Las malas hierbas crecían en las calles, y los cristales de las ventanas a ambos lados se encontraban rotos o acechaban transparentes. Kuranes no se demoró, antes bien prosiguió tra­bajosamente, como al reclamo de alguna meta. No osó desobe­decer su llamada por miedo a que se revelase como una ilusión similar a las necesidades y aspiraciones de la vigilia, que no con­ducen a destino alguno. Luego se sintió atraído hacia un calle­jón que salía del casco de la ciudad rumbo a los acantilados del canal y alcanzó el final de las cosas... el precipicio y el abismo donde el pueblo y el mundo entero se desplomaban abrupta­mente en una vacuidad sin sonidos de infinito, y donde el cielo por delante se hallaba a oscuras, despojado de la menguante luna o de las acechantes estrellas. La confianza le urgió a prose­guir sobre el precipicio, en el abismo por donde descendió flo­tando, flotando, flotando; pasó oscuridad, incorporeidad, sue­ños no soñados, esferas débilmente iluminadas que podían ser sueños soñados a medias y burlones seres alados que parecían mofarse de los soñadores de todos los mundos. Entonces pare­ció abrirse una falla en la oscuridad de delante y vio la ciudad del valle, refulgiendo de forma radiante a lo lejos, lejos y abajo, con el trasfondo del mar y del cielo, y la montaña cubierta de nieves al pie de la orilla.
            Kuranes se despertó en el mismo instante de vislumbrar la ciudad, aunque gracias a aquel fugaz vistazo supo que no se tra­taba sino de Celephaïs, en el valle de Ooth-Nargai, más allá de las colinas Tanarias, donde su espíritu morara durante toda la eternidad de una hora, una tarde de verano, mucho tiempo atrás, cuando se había escapado de su aya y había permitido que la cálida brisa marina le acunara hasta alcanzar el sueño mientras observaba las nubes desde los riscos próximos al pueblo. Enton­ces se había resistido, cuando lo encontraron, lo despertaron y lo llevaron de vuelta a casa, ya que justo al despertar había estado al borde de embarcar en una galera dorada rumbo a esas seductoras regiones donde el mar se reúne con el cielo. Y ahora
se sentía igualmente molesto de despertar, ya que había reen­contrado su fabulosa ciudad tras cuarenta fatigosos años.
            Pero Kuranes volvió a Celephaïs tres noches después. Como anteriormente, soñó al principio con el pueblo durmiente o muerto, y con el abismo por el que uno debía caer flotando en el silencio; luego apareció de nuevo el acantilado y pudo con­templar los resplandecientes minaretes de la ciudad, y vio las galeras llenas de gracia fondeadas en el puerto azul, y observó los gingkos de monte Aran meciéndose con la brisa marina. Pero esta vez no se vio bruscamente arrebatado y fue a posarse tan suavemente como un ser alado sobre una colina herbosa, hasta que al fin sus pies reposaron sin violencia sobre el césped. Había por fin regresado al valle de Ooth-Nargai y a la esplendo­rosa ciudad de Celephaïs.
            Kuranes fue cuesta abajo entre hierbas aromáticas y flores brillantes, cruzó el burbujeante Naraxa por el puentecillo de madera sobre el que grabara su nombre tantos años atrás, y cruzó las susurrantes arboledas rumbo al gran puente de piedra que llevaba a las puertas de la ciudad. Todo seguía como antes; ni las murallas marmóreas se habían descolorido, ni se habían deslucido las estatuas de bronce que las coronaban. Y Kuranes vio que no debía temer que las cosas que conociera hubieran desaparecido, ya que incluso los centinelas de las murallas eran los mismos, y tan jóvenes como los recordaba. Al entrar en la ciudad, cruzando las puertas de bronce y pisando el pavimento de ónice, los mercaderes y los camelleros lo saludaban como si no se hubiera marchado jamás; y le ocurrió lo mismo en el tem­plo de turquesa de Nath-Horthath, donde los sacerdotes toca­dos de orquídeas le informaron de que el tiempo no existe en Ooth-Nargai, sino tan sólo juventud eterna. Entonces Kuranes fue por la calle de las Columnas hasta el muro marítimo, donde se reunían mercaderes y marineros, así como extrañas gentes lle­gadas de las regiones donde el mar se junta con el cielo. Allí
estuvo largo rato, oteando sobre el puerto brillante donde el oleaje centellea bajo un sol desconocido y donde se encuentran listas para zarpar las galeras de lugares lejanos. Y contempló también al monte Aran alzándose regiamente sobre la orilla, las suaves laderas verdes con sus árboles balanceándose y su cima blanca rozando las nubes.
            Más que nunca, Kuranes sintió el anhelo de embarcar en una galera rumbo a los lejanos lugares sobre los que había oído contar tantas extrañas historias, y buscó de nuevo al capitán que había aceptado enrolarlo hacía tanto tiempo. Encontró a aquel hombre, Athib, sentado sobre el mismo cofre de especias que ocupara antaño, y Athib no parecía ser consciente de cuánto tiempo había transcurrido. Entonces los dos remaron hasta una galera del puerto y, dando órdenes a los remeros, comenzaron a bogar sobre el ondulante mar Cerenio que conduce hasta el cielo. Durante varios días se deslizaron sobre el mar agitado hasta alcanzar por fin el horizonte, donde el mar se reúne con el firmamento. Aquí la galera no llegó a detenerse, sino que fue flotando despacio por el azul celeste entre nubes de algodón teñidas de rosa. Y muy por debajo de la quilla, Kuranes llegó a divisar extrañas tierras y ríos y ciudades de arrebatadora belleza, tendidas indolentes al resplandor de un sol que nunca parecía menguar o desaparecer. Al fin Athib le comunicó que el viaje estaba próximo a concluir, y que pronto arribarían al puerto de Serannian, la ciudad de mármol rojo de las nubes, que ha sido edificada en esa etérea costa donde el viento del poniente sopla por los cielos; pero cuando la más alta de las torres talladas de la ciudad apareció a la vista, se produjo un sonido en algún lugar y Kuranes despertó en su buhardilla de Londres.
            Durante muchos meses, Kuranes buscó en vano la maravi­llosa ciudad de Celephaïs y sus galeras celestiales; y aunque sus sueños le llevaron a multitud de lugares magníficos, nunca antes narrados, nadie de cuantos se cruzó fue capaz de indicarle cómo encontrar Ooth-Nargai, más allá de la colinas Tanarias. Una noche sobrevoló oscuras montañas donde ardían mortecinos y solitarios fuegos de campamento, a una gran distancia, y había extraños rebaños de seres velludos cuyos guías portaban resonan­tes campanillas; y en la parte más salvaje de aquel montañoso dis­trito, tan remoto que pocos hombres habían llegado a verlo, encontró un muro o calzada de piedra, de espantosa antigüedad, zigzagueando entre las cimas y los valles; demasiado grande incluso para haber sido construido por manos humanas, y de tal longitud que ninguno de sus extremos estaba a la vista. Más allá del muro, en el alba gris, llegó a una tierra de pintorescos jardines y cerezos, y al alzarse el sol pudo contemplar la belleza de flores rojas y blancas, follajes verdes y céspedes, caminos blancos, arro­yos cristalinos, estanques azules, puentes tallados y pagodas de tejados rojos; y buscó a la gente de esa tierra, pero comprobó que allí no había nadie, fuera de pájaros, abejas y mariposas. Otra noche Kuranes se acercó a una escalera espiral de piedra, húmeda y sin fin, y llegó a una ventana de una torre que dominaba una gran llanura y un río a la luz de la luna llena, y en aquella silen­ciosa ciudad que se extendía por la orilla del río creyó columbrar algún rasgo o aspecto nunca antes visto. Hubiera bajado a pre­guntar por el camino a Ooth-Nargai de no ser por la temible aurora que se alzó sobre algún remoto lugar más allá del hori­zonte, mostrando las ruinas y la antigüedad de la ciudad, y el estancamiento del río enrojecido y la muerte enseñoreándose de esa tierra, tal y como sucediera desde que el rey Kynaratholis vol­viera de sus conquistas para arrostrar la venganza de los dioses.
            Así que Kuranes buscó infructuosamente la maravillosa ciu­dad de Celephaïs y sus galeras que bogan hasta Seranman a tra­vés de los cielos, presenciando mientras tanto multitud de mara­villas y escapando en una ocasión por los pelos del sumo sacer­dote que no puede ser descrito, aquel que porta una máscara de seda amarilla sobre el rostro y mora solitario en un prehistórico monasterio de piedra en la fría meseta desértica de Leng. Según crecía su impaciencia durante los pocos acogedores intervalos de vigilia, comenzó a comprar drogas para prolongar sus periodos de sueño. El hachís resultó de gran ayuda, y una vez lo condujo hasta una parte del espacio donde no existen formas, pero donde gases resplandecientes estudian los secretos de la existen­cia. Y un gas violeta le dijo que esa parte del espacio se encon­traba más allá de lo que se conoce como infinito. El gas no había oído hablar anteriormente de planetas u organismos, pero identificó sin dificultad a Kuranes como alguien procedente de ese infinito donde existen materia, energía y gravitación. Kura­nes se sentía ahora sumamente ansioso de volver a esa Celephaïs salpicada de minaretes y aumentó sus dosis de drogas, pero finalmente se le acabó el dinero y ya no pudo comprar más. Entonces, un día de verano lo desahuciaron de su buhardilla y vagabundeó indefenso por las calles, pasando por un puente hasta un sitio donde las casas resultaban cada vez más míseras. Y entonces llegó la culminación, y se encontró con el cortejo de caballeros llegados de Celephaïs para llevarlo allí por siempre.
            Apuestos caballeros eran, a horcajadas sobre caballos ruanos y revestidos de brillantes armaduras y tabardos de curiosos bla­sones. Resultaban tan numerosos que Kuranes estuvo a punto de confundirlos con un ejército, pero su jefe le informó de que habían sido enviados en su honor, ya que era él quien había creado Ooth-Nargai en sus sueños, por lo que sería nombrado su dios supremo para siempre. Entonces brindó un caballo a Kuranes y lo emplazaron a la cabeza de la comitiva, y todos cabalgaron majestuosamente por las calles de Surrey camino de la región donde Kuranes y sus antepasados nacieran. Era algo muy extraño, ya que cada vez que pasaban por un pueblo a la luz del crepúsculo tan sólo veían las casas y pueblos que Chaucer y gen­tes aún anteriores podían haber contemplado, y a veces veían a caballeros en sus monturas, acompañados de pequeñas compañías de secuaces. Al caer la noche viajaron más ligeros, hasta que pronto parecieron volar de forma asombrosa por los aires. Con la débil alborada llegaron al pueblo que Kuranes viera vivo durante su infancia y que ahora estaba dormido o muerto en sus sueños. Ahora vivía, y los pueblerinos más madrugadores les hicieron reverencias mientras los jinetes cruzaban ruidosamente las calles y torcían por el callejón que iba a parar al abismo del sueño. Previamente, Kuranes había entrado en tal abismo sólo de noche, y se preguntaba por su aspecto durante el día; así que oteó ansioso mientras la columna se aproximaba al borde. Cuando galopaban por la pendiente hacia el precipicio, un fulgor dorado se alzó en alguna parte del oriente y cubrió todo el paisaje de resplandecientes ropajes. El abismo se mostraba ahora como un caos hirviente de esplendores rosados y cerúleos, y unas voces invisibles cantaban exultantes mientras el séquito de caballeros rebasaba el borde y flotaba graciosamente a través de las nubes resplandecientes y los fulgores plateados. Los jinetes flotaron sin fin, sus monturas hollando el éter como si galoparan sobre are­nas doradas, y luego los vapores luminosos se abrieron para des­velar una luz aún mayor, el brillo de la ciudad de Celephaïs y de la ribera de más allá, y el pico nevado que dominaba el mar, y las galeras alegremente pintadas que zarpan rumbo a las lejanas regiones donde se juntan el mar y el cielo.
            Y Kuranes reinó desde entonces en Ooth-Nargai y todas las regiones cercanas del sueño, y estableció alternativamente su corte entre Celephaïs y la Serannian, la ciudad de las nubes. Aún reina allí, y reinará feliz por siempre, aunque bajo los acantilados las mareas del canal agitaban burlonas el cuerpo de un vaga­bundo que pasara dando traspiés por el pueblo medio desierto al alba; jugueteaban burlonas y lo zaherían contra las piedras bajo Trevor Tower, cubierta de hiedra, donde un fabricante de cerveza particularmente paleto disfrutaba de una atmósfera comprada de extinta nobleza.