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miércoles, 17 de febrero de 2010

CTHULHU - 2. El informe del inspector Legrasseh,

CTHULHU

Capitulo 2

2. El informe del inspector Legrasse

Los sucesos anteriores por los que mi tío diera tanta importancia al sueño del escultor y al

bajorrelieve eran el tema de la segunda mitad del largo manuscrito. Ya una vez, parecía, el profesor

Angell había visto los odiosos contronos del monstruo anónimo, había meditado sobre los

desconocidos jeroglíficos, y había oído las sílabas que sólo la palabra Cthulhu podía traducir... Todo

esto en circunstancias tan sobrecogedoras que no es raro que persiguiese al joven Wilcox con

preguntas y ruegos.

Esta experiencia anterior había ocurrido dicisiete años antes, en 1908, mientras la Sociedad

Americana de Arqueología celebraba su consejo anual, en Saint-Louis. El profesor Angell, por su

autoridad y sus méritos, había desempeñado un papel importante en todas las deliberaciones, y a él se

acercaron varios profanos que aprovechaban la oportunidad de la covocatoria para hacer preguntas y

plantear problemas.

El jefe de ese grupo no tardó en convertirse en centro de atracción de todo el congreso. Era un

hombre de aspecto muy común, mediana edad, y que había hecho el viaje de New Orleans a Saint-

Louis en busca de cierta información que no había podido obtener en su distrito. Se llamaba John

Raymond Legrasse y era inspector de policía. Traía consigo el objeto de su viaje: una estatuita de

piedra, repugnante y grotesca, muy antigua aparentemente, cuyo origen no había logrado determinar.

No debe creerse que el inspector Legrasse se interesara por la arqueología. Todo lo contrario; su

deseo de instruirse tenía como único origen razones puramente porfesionales. La estatuita, ídolo,

fetiche o lo que fuese, había sido capturada meses antes en los pantanos boscosos del sur de New

Orleans, en el curso de una expedición contra una presunta ceremonia vudú. Tan singulares y odiosos

eran los ritos, que la policía comprendió que se hallaba ante un cluto totalmente ignorado, e

infinitamente más diabólico que los del vudú. Los confusos e increíbles relatos arrancados por la

fuerza a los prisioneros nada informaron sobre su posible origen. De ahí el deseo de la policía de

consultar a alguna autoridad para identificar así el horrible símbolo, y seguir las huellas del culto

hasta sus fuentes.

El inspector Legrasse no había esperado que su pedido convocara una impresión semejante. La

aparición de la curiosa estatuita bastó para excitar a los hombres de ciencia, y pronto todos rodearon

al inspector para contemplar de cerca la diminuta figura cuya rareza y aspecto de genuina y abismal

antigüedad abrían perspectivas tan misteriosas y arcaicas. Nadie reconoció la escuela escultórica de la

que había nacido la estatua, y sin embargo centenares y hasta miles de años parecían haberse posado

en la oscura y verdosa superficie de aquella piedra desconocida.

La figura, que los miembros del congreso pasaron de mano en mano para estudiarla con más

minuciosidad, medía de unos veinte a veinticinco centímetros de altura y estaba finamente labrada.

Representaba un monstruo de contornos vagamente antropoides, pero con una cabeza de pulpo cuyo

rostro era una masa de tentáculos, un cuerpo escamoso que sugería cierta elasticidad, cuatro

extremidades dotadas de garras enormes, y un par de alas largas y estrechas en la espalda. Esta

critura, que exhalaba una malignidad antinatural, parecía ser de una pesada corpulencia, y estaba

sentada en un pedestal o bloque rectangular, cubierto de indescriptibles caracteres. La punta de las

alas rozaban el borde posterior del bloque, el asiento ocupaba el centro, mientras que las garras largas

y curvas de las plegadas extremidades asían el borde anterior y descendían hasta un cuarto de la

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Capitulo 2

altura del pedestal. La cabeza de cefalópodo se inclinaba hacia el dorso de las garras enormes que

apretaban las elevadas rodillas. El conjunto daba una impresión de vida anormal, más sutilemente

terrorífico a causa de la imposiblidad de establecer su origen. Su vasta, pavorosa e incalculable edad

era innegable; sin embago, nada permitía relacionarlo con algún tipo de arte de los comienzos de la

civilización.

El material de la estatua encerraba otro misterio. No había nada parecido, en la geología, o la

mineralogía, a aquella pieza jabonosa, verdinegra, de estrías doradas o iridiscentes. Los caracteres de

la base eran igualmente desconcertantes, y ninguno de los miembros del congreso, a pesar de que

representaban a la mitad de las autoridades mundiales en esta esfera, pudo descubrir el más remoto

parentesco lingüístico. Tanto la figura como el material pertenecían a algo increíblemente lejano,

totalmente distinto de la humanidad que conocemos: algo sugería, de un modo terrible, antiguos y

profanos ciclos en los que nuestro mundo y nuestras concepciones no habían participado.

Y, sin embargo, mientras los miembros del congreso sacudían la cabeza y se confesaban incapaces de

resolver el misterio, uno de ellos creyó descubrir algo raramente familiar en la efigie y los

jeroglíficos, y al fin, no sin reticencia, confesó lo que sabía. Este hombre era el hoy desaparecido

William Channing Webb, profesor de antropología en la Universdad de Princeton y explorador de

bastante renombre.

Cuarenta años antes el profesor Webb había recorrido Groenlandia e Islandia en busca de ciertas

inscripciones rúnicas que hasta ese entonces no había podido descubrir. En la costa de Groenlandia se

había encontrado con una tribu degenerada de esquimales, cuya religión, forma singlar de los cultos

demoníacos, lo había impresionado sobremanera por su faz deliberadamente sanguinaria y repulsiva.

Era aquella una fe que los otros esquimales ignoraban casi del todo, y a la que se referían

estremeciéndose. Databa, decían, de épocas muy antiguas, anteriores al nacimiento del mundo. Junto

a ritos anónimos y sacrificios humanos había invocaciones de origen tradicional dirigidas a un

demonio supremo o tornasuk. El profesor Webb había oído esa invocación en boca de un viejo

angekok, o brujo sacerdote, y la había transcripto fonéticamente, hasta donde era posible, en

caracteres romanos. Pero lo que ahora parecía importante era el fetiche adorado en ese culto, y

alrededor del cual bailaban los esquimales cuando la aurora boreal brillaba muy por encima de los

acantilados de hielo. Era, declaró el profesor, un tosco bajorrelieve de piedra con una figura horrible

y algunos caracteres misteriosos. Creía recordar que se parecía, por lo menos en todos los rasgos

escenciales, a la criatura bestial que ahora estaban examinando.

Este relato, recibido con asombro y sorpresa por los miembros del congreso, pareció excitar al

inspector Legrasse, que abrumó al profesor a preguntas. Habiendo copiado una invocación recitada

por uno de los oficiantes del pantano, rogó al profesor Webb que tratase de recordar las sílabas

recogidas en Groenlandia. Siguió una comparación exhaustiva de todos los detalles y un instante de

sombrío silencio cuando el profesor y el detective convinieron en la virtual identidad de las frases. He

aquí, en sustancia (la división de las palabras fue establecida de acuerdo con las pausas tradicionales

observadas por los oficiantes), lo que el brujo esquimal y los sacerdotes de Luisiana habían cantado a

sus ídolos:

Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu

R'lyeh wgah'nagl fhtagn

Legrasse había tenido más suerte que el profesor Webb, pues varios prisioneros le habían revelado el

sentido de esas palabras. Era algo así:

En su casa de R'lyeh

el desaparecido Cthulhu espera soñando.

Y entonces, respondiendo a un ruego general, el inspector relató minuciosamente su experiencia con

los fieles del pantano; veo ahora que mi tío dio gran importancia a esa historia. Tenía cierto parecido

con las ensoñaciones más extravagantes de los teósofos y los creadores de mitos, y revelaba una

asombrosa imaginación de carácter cósmico que nadie hubiese esperado entre parias y vagabundos.

El 1° de noviembre de 1907 la policía de New Orleans había recibido un alarmado mensaje de la

región pantanosa del Sur. Los colonos, gente primitiva, pero de buen natural, descendientes en su

mayor parte de Laffite, eran presas del pánico a causa de algo desconocido que había invadido la

región durante la noche. Se trataba en apariencia de un culto vudú, pero de una especie más terrible

que todo lo que ellos conocían. Desde que el malévolo tam-tam había comenzado a sonar

incesamente en aquellos bosques oscuros donde nadie osaba aventurarse, habían desaparecido varias

mujeres y niños. Se habían oído gritos irracionales, chillidos desgarradores y cantos lúgubres, y unas

llamas diabólicas habían bailado en la espesura. Los vecinos, añadía el aterrorizado mensajero, no

podían soportarlo.

En las primeras horas de la tarde veinte policías partieron en dos carrioches y un automóvil, guiados

por el tembloroso colono. Cuando el camino se hizo intransitable, abandonaron los vehículos, y

durante varios kilómetros chapotearon en silencio a través de los espesos bosques de cipreses donde

nunca penetraba la luz del día. Raíces tortuosas y nudos malignos de musgo español retardaban la

marcha, y de vez en cuando una pila de piedras húmedas o los fragmentos de una pared en ruinas

hacían más depresiva aquella atmósfera que los árboles deformados y las colonias de hongos

contribuían a crear. Al fin apareció un miserable conjunto de chozas, y los histéricos colonos

corrieron a agruparse alrededor de las vacilantes linternas. El apagado golpear de los tam-tams se oía

débilmente a lo lejos, la brisa traía muy de cuando en cuando un chillido que helaba la sangre. Un

respandor rojizo parecía filtrarse por entre el follaje pálido, más allá de las interminables avenidas de

la noche selvática. A pesar de su repugnancia a quedarse nuevamente solos, todos los habitantes del

lugar se rehusaron a avanzar un solo paso hacia la escena del culto maldito, de modo que el inspector

Legrasse y sus diecinueve colegas tuvieron que aventurarse sin guías por aquellas negras arcadas de

horror donde ninguno de ellos había puesto el pie.

La región en que ahora entraba la policía tenía tradicionalmente muy mala fama, y en su mayor parte

no había sido explorada por hombres blancos. Algunas leyendas se referían a un lago secreto en que

vivía una colosal e informe criatura, algo parecida a un pólipo y de ojos fosforescentes, y, según los

colonos, unos demonios de alas de murciélago salían a medianoche de sus cavernas para adorar al

monstruo. Afirmaban que éste estaba allí desde antes que La Salle, de los indios, y aun de las bestias

y pájaros del bosque. Era una verdadera pesadilla, y verlo significaba la muerte. Pero se aparecía en

sueños a los hombres, y eso bastaba para que éstos se mantuviesen alejados. La orgía vudú se

desarrollaba en los límites extremos del área aborrecida, pero aun así el emplazamiento era bastante

malo, y eso quizá había aterrorizado a los colonos más que los chillidos o incidentes.

Sólo la poesía o la locura podían haber reproducido los ruidos que oyeron los hombres de Legrasse

mientras atravesaban lentamente el sombrío pantano, acercándose a la luz rojiza y a los apagados tamtams.

Hay una cualidad vocal propia de las bestias; y nada más terrible que oír una de ellas cuando el

órgano de donde proviene debería emitir otra. Una furia animal y una licencia orgiástica se

exacerbaban allí hasta alcanzar alturas demoníacas con gritos y aullidos extáticos que reverberaban

en los bosques tenebrosos como ráfagas pestilentes surgidas de los abismos del infierno. De vez en

cuando cesaban los gritos y lo que parecía un coro de voces roncas entonaba la odiosa melopea:

Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu

R'lyeh wgah'nagl fhtagn.

Por fin los hombres llegaron a un sitio donde el bosque era menos denso, y se encontraron de pronto

en el lugar mismo de la escena. Cuatro trastabillaron, un quinto perdió el conocimiento, y otros dos

lanzaron un grito de horror que, por suerte, fue apagado por el tumulto salvaje de la orgía. Legrasse

roció con agua pantanosa el rostro del hombre desvanecido, y luego todos contemplaron el

espectáculo fascinados por el horror.

En un claro natural del pantano se alzaba una isla verde de unas cuarenta áreas de extensión,

desprovista de árboles, y bastante seca. Allí saltaba y se retorcía una horda de anormalidades

humanas más indescriptibles que cualquiera de las que hubiese podido pintar un Sime o un Angarola.

Sin ropas, esta híbrida muchedumbre bramaba, rugía y se contorsionaba alrededor de una hoguera

circular. De vez en cuando se abrían las cortinas de fuego y se podía distinguir en el centro un bloque

de granito de unos dos metros y medio de alto, en cuya cima, incongruente por su pequeñez, se alzaba

la funesta estatuita. En diez cadalsos instalados a intervalos regulares en un ancho círculo que

rodeaba la hoguera, con el monolito como centro, colgaban cabeza abajo los cuerpos extrañamente

mutilados de los desaparecidos colonos. Dentro de este círculo saltaba y rugía el anillo de fieles,

moviéndose de izquierda a aderecha en una bacanal interminable entre el círculo de cadáveres y el

círculo de fuego.

Pudo haber sido sólo la imaginación o pudo haber sido un simple eco, pero uno de los hombres, un

impresionable español, creyó oír que las invocaciones eran seguidas por unas respuestas antifonales

que procedían de un lejano y sombrío lugar, situado en lo más profundo de aquel bosque de leyenda.

Este hombre, Joseph D. Gálvez, a quien más tarde encontré e interrogué, era desbordantemente

imaginativo. Llegó a decir que había oído el débil golpear de unas grandes alas y que había

vislumbrado unos ojos luminosos y una enorme masa blanca detrás de los árboles más lejanos. Pero

creo que estaba demasiado influído por las supersticiones locales.

La inactividad de los hombres paralizados fue comparativamente de poca duración. El deber venció

pronto todas las dudas, y aunque los celebrantes debían de llegar al centenar, la policía, confiada en

sus armas de fuego, irrumpió en medio de la horda. Durante cinco minutos el caos y el tumulto

fueron indescriptibles. Hubo furiosos golpes, disparos, y huidas. Pero finalmente Legrasse pudo

contar cuarenta y siete prisioneros, a los que obligó a vestirse rápidamente, y que rodeó de policías.

Cinco de los celebrantes habían muerto, y otros dos, muy malheridos, fueron transportados por sus

cómplices en improvisadas parihuelas. La imagen del monolito fue sacada con todo cuidado y llevada

por Legrasse.

Examinados en el cuartel de la policía, luego de un viaje agotador, los prisioneros resultaron ser

mestizos de muy baja ralea, y mentalmente débiles. Eran en su mayor parte marineros, y había

algunos negros y mulatos, procedentes casi todos de las islas de Cabo Verde, que daban un cierto

matiz vudú a aquel culto heterogéneo. Pero no se necesitaron muchas preguntas para comprobar que

se trataba de algo más antiguo y profundo que un fetichismo africano. Aunque degradados e

ignorantes, los prisioneros se mantuvieron fieles, con sorprendente consistencia, a la idea central de

su aborrecible culto.

Adoraban, dijeron, a los Grandes Antiguos que eran muy anteriores al hombre y que habían llegado

al joven mundo desde el cielo. Esos Antigos se habían retirado ahora al interior de la tierra y al fondo

del mar, pero sus cadáveres se habían comunicado en sueños con el primer hombre, quien inventó un

culto que nunca había muerto. Este era ese culto, y los prisioneros dijeron que había existido siempre

y que siempre existiría, ocultándose en lejanías desiertas y lugares retirados hasta que el gran

sacerdote Cthulhu saliese de su sombría morada en la ciudad submarina de R'lyeh para reinar otra vez

sobre la Tierra. Algún día vendría, cuando los astros ocuparan una determinada posición; y el culto

secreto estaría allí, esperándolo.

Mientras tanto no podían decir nada más. Se trataba de un secreto que ni la tortura podría arrancarles,

La humanidad no era lo único consciente en la Tierra, pues había unas formas que emergían de la

sombra para visitar a sus escasos fieles. Pero éstas no eran los Grandes Antiguos. Ningún ser humano

había visto a los Antiguos. El ídolo de piedra representaba al gran Cthulhu, pero nadie podía decir si

los otros eran o no como él. Nadie era capaz de descifrar ahora la antigua escritura; muchas cosas se

transmitían oralmente. La invocación ritual no era el secreto. Éste no se comunicaba nunca en voz

alta. El canto significaba: "En su casa de R'lyeh el desaparecido Cthulhu espera soñando".

Sólo dos de los prisioneros fueron juzgados bastante cuerdos y se los ahorcó; el resto fue enviado a

diversas instituciones. Todos negaron haber participado en los crímenes rituales, y afirmaron que los

culpables de aquellas muertes eran los Alas-Negras que habían venido hasta ellos desde su refugio

inmemorial en el bosque encantado. Pero nada coherente se pudo saber de aquellos aliados

misteriosos. Lo que la policía logró obtener salió en su mayor parte de un viejísimo mestizo llamado

Castro, quien pretendía haber tocado puertos distantes y hablado con los jefes inmortales del culto en

las montañas de China.

El viejo Castro recordaba fragmentos de odiosas leyendas que empequeñecían las especulaciones de

los teósofos y hacían de nuestro mundo algo reciente y fugaz. En ciclos muy lejanos otros seres

habían gobernado la Tierra. Habían vivido en grandes ciudades, y sus vestigios podían encontrarse

aún -le habían dicho a Castro los inmortales de China- en unas piedras ciclópeas de algunas islas del

Pacífico. Habían muerto muchísimo antes de la aparición del hombre, pero había artes que podrían

revivirlos cuando los astros volvieran a ocupar su justa posición en los cielos de la eternidad. Estos

seres, indudablemente, procedían de las estrellas y habían traído sus imágenes con ellos.

Estos Grandes Antiguos, continuó Castro, no eran de carne y hueso. Tenían forma -¿no lo probaba

acaso esta imagen estelar?-, pero esa forma no era material. Cuando las estrellas eran propicias iban

de mundo en mundo a través del cielo; pero cuando eran desfavorables, no podían vivir. Pero aunque

ya no viviesen, no habían muerto en realidad. Yacían todos en casas de piedra en la gran ciudad de

R'lyeh, preservada por los sortilegios del gran Cthulhu para el día que las estrellas y la Tierra

pudiesen recibir su gloriosa resurrección. Pero en esa época alguna fuerza exterior debía ayudar a la

liberación de sus cuerpos. Los conjuros que impedían que se descompusieran impedían también que

se moviesen, y los Antiguos tenían que contentarse con yacer y pensar en la oscuridad mientras

transcurrían millones de años. Conocían todo lo que ocurría en el mundo, pues su lenguaje consistía

en la transmisión del pensamiento. En ese mismo instante hablaban en sus tumbas. Cuando, luego de

un caos infinito, aparecieron los primeros hombres, los grandes antiguos hablaron a los más sensbles

moldeándoles los sueños.

Aquellos primeros hombres, murmuró Castro, establecieron el culto con que se adoraba a los ídolos

de los Grandes Antiguos; ídolos traídos de estrellas oscuras en una época infinitamente lejana. Ese

culto no moriría hasta que las estrellas volvieran a ser favorables. Los sacerdotes sacarían entonces al

gran Cthulhu de su tumba para que reviviese a sus vasallos y volviera a asumir su reinado en la

Tierra. Ese tiempo sería fácil de conocer, pues entonces la humanidad se parecería a los Grandes

Antiguos: salvaje y libre, más allá del bien y del mal, sin moral, y sin ley. Y todos los hombres

gritarían y matarían, y gozarían alegremente. Los Antiguos, liberados, enseñarían nuevos modos de

gritar y matar y gozar, y el mundo entero ardería en un holocausto de libertad y éxtasis. Mientras

tanto, el culto, con apropiados ritos, debía conservar el recuerdo de aquellos días antiguos y presagiar

su retorno.

En los primeros tiempos algunos hombres escogidos habían hablado en sueños con aquellos seres,

pero luego algo había pasado. La gran ciudad de piedra de R'lyeh, con sus monolitos y sepulcros, se

había hundido bajo las olas, y las aguas de los abismos, con ese misterio primigenio en que nadie

había pensado ni siquiera en penetrar, habían interrumpido esas citas espactrales. Pero los recuerdos

no morían, y los altos sacerdotes afirmaban que cuando los astros fuesen favorables la ciudad

volvería a la superficie. Entonces los viejos espíritus de la Tierra, mohosos y sombríos, saldrían de

sus subterráneos y propagarían los rumores recogidos allá, en olvidados fondos del océano. Pero de

ellos el viejo Castro no se atrevía a hablar. Se interrumpió de pronto y ni la persuasión ni las sutilezas

pudieron arrancarle otras informaciones. Tampoco quiso mencionar, curiosamente el tamaño de los

Antiguos. En cuanto al culto, afirmó que su centro debía encontrarse en los desiertos intransitados de

Arabia, donde Irem, la ciudad de los Pilares, sueña aún intacta y secreta. No tenía relación alguna con

la brujería europea, y sólo era conocido por sus miembros. Ningún libros aludía a él, aunque los

chinos inmortales decían que en el Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred había un sentido

oculto que el iniciado podía interpretar de muy diversas maneras, especialmente en el tan discutido

dístico:

No está muerto quien puede yacer eternamente,

y con el paso de los años la misma muerte puede morir.

Legrasse, profundmente impresionado, y no poco intrigado, había buscado sin éxito las filiaciones

históricas del culto. Castro, aparentemente, había dicho la verdad al afirmar que era un secreto. Las

autoridades de la Universidad de Tulane no pudieron arrojar luz alguna sobre el culto o la imagen, y

ahora recurría a las mayores autoridades y se econtraba nada menos que con el episodio de

Groenlandia del profesor Webb.

El ferviente interés que despertó el relato de Legrasse, corroborado por la presencia de la estatuita,

tuvo algún eco en las cartas que intercambiaron luego los miembros del congreso; pero apenas hay

alguna mención en el informe oficial. La prudencia es preocupación primordial de aquellos que se

enfrentan a menudo a la charlatanería y la impostura. Legrasse prestó durante un tiempo la estatua al

profesor Webb, pero a la muerte de este último le fue devuelta, y está desde entonces en su casa. Allí

la he visto no hace mucho tiempo. Es de veras algo estremecedor, e indiscutiblemente parecida a la

escultura labrada en sueños por el joven Wilcox.

No me asombró que mi tío se hubiese excitado con el relato del joven. ¿Qué pudo pensar al saber, ya

enterado de la información recogia por Legrasse, que un joven sensible no sólo había soñado la figura

y los jeroglíficos de las imágenes del pantano y de Groenlandia, sino que también había oído en

sueños tres de las palabras de la fórmula repetida por los maestros de Luisiana y los diabólicos

esquimales? Era natural que el profesor Angell hubiese iniciado instantáneamente una minuciosa

investigación, aunque yo en mi fuero interno sospechaba que el joven Wilcox había oído hablar del

culto, y había inventado una serie de sueños para acrecentar el misterio ante los ojos de mi tío. El

relato de los otros sueños y los recortes coleccionados por el profesor parecían corroborar la historia

del joven; pero mi bien fundado racionalismo y la total extravagancia del asunto me llevaron a

adoptar las conclusiones que estimé más razonables. De modo que luego de estudiar otra vez el

manuscrito y comparar las notas teosóficas y antropológicas con la descripción del culto que había

hecho Legrasse, viajé a Providence para ver al escultor e increparle el haberse burlado de tal modo de

un sabio anciano.

Wilcox vivía aún, solo, en el Fleur de Lys de Thomas Street, desagradable imitación victoriana de la

arquitectura bretona del siglo XVII. La fachada de estuco del hotel lucía ostentosamente entre las

encantadoras casas coloniales y a la sombra del más hermoso campanario georgiano que pudiera

verse en América. Encontré a Wilcox en sus habitaciones, sumido en su labor, y comprendí en

seguida, por las piezas que lo rodeaban, que su genio era profundo y auténtico.

Creo que durante un tiempo Wilcox figurará entre los grandes decadentes; pues ha cristalizado en

arcilla, y reflejará un día en el mármol, esas pesadillas y fantasías evocadas en prosa por Arthur

Machen y que Clark Ashton Smith ha hecho visiblees en versos y pinturas.

Moreno, frágil, y de un aspecto un poco descuidado, Wilcox se volvó lánguidamente y sin dejar su

silla me preguntó qué deseaba. Cuando le dije quién era, manifestó cierto interés, pues mi tío había

excitado su curiosidad al examinar sus raros sueños, aunque sin expresar las razones de ese examen.

Sin sacarlo de su ignorancia, traté prudentemente de hacerle hablar.

Poco tiempo me bastó para convencerme de que era absolutamente sincero; hablaba de sus sueños de

un modo inequívoco. Esos sueños, y su residuo subconsciente, habían influido profundamente en su

arte, y me mostró una estatua mórbida cuyo modelado me estremeció, casi, por la fuerza de su oscura

sugestión. No recordaba haber visto el original excepto en el bajorrelieve creado durante un sueño,

pero los contornos se habían formado insensiblemente bajo sus manos. Era, sin duda, la forma

gigantesca de la que había hablado en su delirio. Comprobé muy pronto que no sabía nada del culto,

salvo lo que el constante interrogatorio de mi tío había dejado escapar, y traté otra vez de concebir de

qué modo podía habr recibido esas impresiones sobrenaturales.

Hablaba de sus sueños de un modo extrañamente poético, haciéndome ver con terrible claridad la

ciudad ciclópea de piedra verde y musgosa -cuya geometría, añandió curiosamente, era totalmente

errónea-, y oí otra vez con un temor expectante el subterráneo llamado mental: Cthulhu fhtagn,

Cthulhu fhtagn.

Esas palabras figuraban en la temible invocación que evocaba el sueño-vigilia de Cthulhu en su

bóveda de piedra de R'lyeh, y a pesar de mis racionales ideas me sentí profundamente perturbado.

Wilcox, era indudable, había oído hablar casualmente del culto, y lo había olvidado en seguida en la

masa de las lecturas y concepciones igualmente fantásticas. Más tarde, en virtud de su impresionable

carácter, el culto había encontrado un modo de expresión subconsciente en los sueños, el bajorrelieve

de arcilla y la estatua que yo estaba ahora contemplando. De modo que la superchería había sido

involuntaria. El joven tenía unos modales un poco afectados, y un poco vulgares, que me

desagradaban de veras; pero yo ya estaba dispuesto a admitir todo su genio como su honestidad. Me

despedí amablemente, y le desee todo el éxito que su talento prometía.

El asunto del culto continuó fascinándome y a veces imaginaba poder adquirir un gran renombre

investigando su origen y relaciones. Visité New Orleans, hablé con Legrasse y otros de los que

habían participado en aquella vieja expedición, examiné la estatuita, y hasta interrogué a los

prisioneros que todavía vivían. El viejo Castro, por desgracia, había muerto hacía varios años. Lo que

escuché entonces de viva voz, aunque no fue más que una confirmación detallada de los escritos de

mi tío, acrecentó mi interés, y tuve la seguridad de estar sobre la pista de una religión muy antigua y

secreta cuyo descubrimientos me convertiría en un antropólogo de nota. Mi actitud era aún entonces

absolutamente materialista, como aún quisiera que lo fuese, y por una inexplicable perversidad

mental rechacé la coincidencia de los sueños y los recortes coleccionados por el profesor Angell.

Hubo algo, sin embargo, que comencé a sospechar y que ahora creo saber: la muerte de mi tío no fue

nada natural. Cayó al suelo en la colina, en una de las estrechas callejuelas que partían de unos

muelles donde abundaban los mestizos extranjeros, luego del descuidado empujón de un marinero de

tez oscura. Yo no había olvidado que los oficiales de Luisiana se distinguían por la mezcla de sangres

y sus intereses marinos, y no me hubiera sorprendido conocer la existencia de agujas venenosas y

métodos criminales secretos tan faltos de piedad como aquellas creencias y ritos misteriosos.

Legrasse y sus hombres, es cierto, no habían sido molestados; pero en Noruega acaba de morir un

marino que veía cosas. ¿No pudieron haber llegado a oídos siniestros las investigaciones realizadas

por mi tío luego de encontrarse con el escultor? Creo hoy que el profesor Angell murió porque sabía

o quería saber demasiado. Es posible que me espere un fin semejante, pues yo también he aprendido

mucho.

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