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miércoles, 6 de octubre de 2010

Jorge Luis Borges AJEDREZ




Jorge Luis Borges








AJEDREZ
                    I
En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.
Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.
Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.
En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.
                     II
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.
No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.
También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y blancos días.
Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?
Jorge Luis Borges, 1960 

Ambrose Bierce - El Funeral de John Mortonson




Ambrose Bierce - El Funeral de John Mortonson




     John Mortonson se murió: su obituario había sido leído y él había dejado
     la escena.
     El cuerpo descansaba en un fino ataúd de mahogany con una placa de cristal
     empotrada. Todos los ajustes para el funeral habían sido tan bien
     digitados que sin duda, si el difunto los hubiera sabido, de seguro que
     los hubiera aprobado. El rostro, como se podía ver a través del cristal,
     no tenía semblante de desagrado: perfilaba una tenue sonrisa, como si la
     muerte no le hubiera resultado dolorosa, no estando distorsionado más allá
     del poder reparador del funebrero. A las dos de la tarde los amigos fueron
     citados para rendir su último tributo de respeto a aquel quien no había
     tenido mayor necesidad de amigos y de respeto. Los miembros de su familia
     fueron pasando cada varios minutos a la capilla y lloraron sobre los
     restos plácidos bajo el cristal. Esto no fue bueno; no fue bueno para John
     Mortonson; pero en presencia de la muerte la razón y la filosofía
     permanecen mudas.
     A medida que las horas iban pasando, los amigos iban llegando y ofrecían
     consuelo a los parientes dolidos, quienes, como las circunstancias de la
     ocasión requerían, estaban solemnemente sentados alrededor de la
     habitación con un importante conocimiento de su importancia en la pompa
     fúnebre. Luego vino el ministro, y en tal oscura presencia las más mínimas
     luces se eclipsaron. Su entrada fue seguida por la de la viuda, cuyas
     lamentaciones llenaron la estancia. Ella se acercó a la capilla y luego de
     inclinar su rostro contra el frío cristal por un momento, fue gentilmente
     conducida hacia un asiento cercano al de su hija. Lúgubremente y en tono
     bajo, el hombre de Dios comenzó su elogio de la muerte, y su dolorosa voz,
     mezclada con los sollozos cuya intención era para estimular al auditorio,
     pareció como el sonido del mar sombrío. El deprimente día se oscureció a
     medida que él hablaba; una cortina de nubes acechó el cielo y un par de
     gotas de lluvia se hicieron audibles. Pareció como si la naturaleza entera
     estuviera llorando por John Mortonson.
     Cuando el ministro hubo terminado su elogio con una oración, se cantó un
     himno y los portadores del féretro tomaron su lugar detrás del mismo.
     Cuando las últimas notas del himno tocaron a su fin la viuda corrió hasta
     el ataúd, cayendo sobre el mismo y llorando histéricamente. Gradualmente
     fue cediendo a la disuasión y a comportarse; y el ministro trataba de
     alejar su vista de la muerte bajo el cristal. Ella extendió sus brazos y
     con un grito cayó insensible.
     Los dolientes se acercaron al ataúd, los amigos los siguieron, y cuando el
     reloj sobre el mantel solemnemente daba las tres, todos miraron fijamente
     sobre el rostro del difunto John Mortonson.
     Ellos retrocedieron, débilmente. Un hombre, tratando en su terror de
     escapar de la desagradable visión, tropezó contra el ataúd tan pesadamente
     como para golpeando uno de sus delicados soportes. El ataúd cayó al piso,
     el cristal estalló en miles de pedazos por el golpe.
     Desde la abertura del cristal salió el gato de John Mortonson, que
     perezosamente brincó al piso, sentándose, limpiando tranquilamente su
     criminal hocico con la pata delantera, para retirarse con dignidad de la
     estancia.

Catherine Crowe - El Crimen Invisible




Catherine Crowe - El Crimen Invisible




     En 1842 en el barrio de Marylebone, se derribó una casa a la que ya no
     acudía ningún huésped, desde hacía ya muchos años, y cuyos propietarios no
     estaban dispuestos a gastar más dinero en reparaciones.
     Sus últimos habitantes fueron el mayor W..., su esposa, sus tres hijos y
     su sirviente.
     El mayor W..., que desempeñaba un digno cargo en la Intendencia, había
     insistido innumerables veces a sus superiores para que le permitieran
     cambiar de vivienda (el alquiler del inmueble estaba a cargo de la
     Intendencia). Como esta autorización demoraba, alegó para justificar su
     repetida insistencia que la casa estaba embrujada "del modo más
     desagradable".
     Todas las noches, la puerta del salón se abría violentamente, se oía un
     ruido de pasos precipitados, una respiración ronca y luego dos o tres
     gritos horribles y la pesada caída de un cuerpo contra el piso.
     A menudo encontraban los muebles volcados, sobre todo cuando estaban
     situados en el ángulo norte de la sala.
     Luego se restablecía el silencio, pero alrededor de un cuarto de hora más
     tarde, se oía algo semejante a un pataleo, un sollozo y al fin un
     espantoso estertor.
     El mayor W... acabó por prohibir a sus familiares la entrada a este salón.
     Incluso clausuró la puerta. Pero antes hizo constatar estos hechos por
     varios de sus compañeros de ejército. En efecto, el informe que presentó
     estaba firmado por el lugarteniente de Intendencia E..., el capitán S... y
     el comisario de víveres E...
     Se procedió a un relevamiento de datos y muy pronto descubrieron una
     trágica historia.
     En el año 1825, la casa estaba habitada por el corredor de joyas C... y su
     esposa. Esta última, mucho más joven que su marido, llevaba una vida
     desordenada y malgastaba enormes sumas de dinero.
     Aunque el desgraciado C... le perdonó muchas veces sus caprichos, no
     parecía querer enmendarse; al contrario, su vida era progresivamente
     escandalosa.
     C..., empujado por la amargura y los celos, se dio a la bebida.
     Una noche volvió ebrio, decidido a acabar con sus desgracias.
     Armado de un trinchete de zapatero, se abalanzó sobre su mujer, que huyó
     hacia el salón, pero C... la alcanzó y con un solo golpe de su arma, la
     decapitó. Permaneció largo rato mudo de horror ante su crimen, luego se
     colgó de la araña del techo.
     Desde entonces ese horrible asesinato se reproducía cada noche, de una
     forma audible, pero jamás los espantados testigos vieron la más mínima
     aparición; sólo los ruidos fantasmales que se repetían con una perfecta
     exactitud.
     La petición del mayor W... tuvo resultados favorables y desde entonces, la
     casa permaneció desocupada hasta el día en que cayó bajo el pico de los
     demoledores.

Poemas vampíricos




Poemas vampíricos


Que los muertos descansen en paz -Laß die Verstorbenen ruhen- (Kaspar Stieler, 1632-1707)
¡Muere, Filidor!
¿por qué no moriste por tu deseo?
El coro de promesas de las musas
anunciaba herederos a tu nombre,
aunque pensara Florilis
que ninguno se lamentaría por ti.
Florilis, ciertamente,
reirá con tu muerte;
y, de seguro,
chistes contará
encima de tu ataúd
y brincará, vitoreará
y cantará sobre tu tumba.
Si alguien menciona tu nombre,
tras tu muerte,
como, cuando o donde sea,
ella se burlará sobre tu lápida,
ella misma sacudirá tus roídos huesos.
Mas, orgullosa niña,
no imagines
que te dejaré ir así.
Un rostro espectral,
parecido al mío, te atormentará;
te perseguirá mi fantasma e irá a la cama contigo.
Un opresivo sueño
te despertará frecuentemente.
Con dificultad creerás cómo entonces puedo asustarte:
Haré miserable tu vida con lamentos y golpes.
Si por la mañana te encontraran contusiones,
di que te las hice por vengarme.
Si caes enferma
te atormentaré en tus pensamientos.
Más vale entonces te corrijas
mientras tiempo hay para hacerlo.
Si me desvaneces en las aguas vaporosas del Aquerón
no tendrá sentido quejarse
cuando te atormente mi fantasma.
*******************************
Thalaba el destructor -Thalaba the Destroyer- (Robert Southey, 1799)
¡Una noche de tinieblas y tormenta!
Dentro de la cripta
Thalaba depositó al anciano,
para protegerle de la lluvia.
¡Una noche de tormenta! El viento
barría el cielo sin luna,
y gemía entre las columnas de los sepulcros;
y en las pausas de su barrer
oían el caer de la espesa lluvia
sobre el monumento.
En silencio, sobre la tumba de Oneiza
su padre y su esposo se hastiaban.
El almacín desde el minarete
cantó la medianoche.
"¡Ahora, ahora!", gritó Thalaba;
y sobre la cripta de la tumba
se esparció un pálido resplandor,
como los reflejos de áureo fuego;
y en esta espantosa luz
Oneiza apareció ante ellos. Era ella...
Sus mismas facciones..., alteradas por la muerte,
lívidas mejillas, azulados labios;
pero en sus ojos aparecía
un brillo más terrible
que toda la horridez de la muerte.
"¿Vives aún, infeliz?",
preguntó con apagada voz a Thalaba;
"¿y debo abandonar cada noche mi tumba
para decirte, en vano,
que Dios te ha abandonado?"
"¡No es ella! _exclamó el anciano_,
¡es un espectro, nada más que un espectro!"
Y dirigiéndose al joven que empuñaba la lanza:
"¡Arrójasela tú mismo!"
"¡Arrójala!", gritó Thalaba,
y, desprovisto de toda fuerza,
clavó sus ojos en la estremecedora forma.
"¡Sí, arrójala!", gritó una voz cuyo tono
inundó súbitamente su alma con tanto alivio
como cuando la lluvia en el desierto
de la muerte le libró.
Pero, obediente a aquella conocida voz,
fijó sus ojos en aquello,
cuando Moath, firme de corazón
efectuó el lanzamiento: a través del cadáver del vampiro
voló la lanza, cayó,
y gimiendo por el dolor de la herida
su diabólico morador huyó.
Una azulada luz cayó sobre ellos,
e inundados de gloria, ante sus ojos
el espíritu de Oneiza descansó.
**********************************
The Giaour (fragmento) (Lord Byron, 1813)
Pero primero, sobre la tierra, como vampiro enviado,
tu cadáver de la tumba será arrancado;
luego, lívido, vagarás por el que fuera tu hogar,
y la sangre de todos los tuyos has de chupar;
allí, de tu hija, hermana y esposa,
a media noche, la fuente de la vida secarás;
Aunque abomines del banquete, debes, forzosamente,
nutrir tu lívido cadáver viviente,
tus víctimas, antes de expirar,
en el demonio a su señor verán;
maldiciéndote, maldiciéndose,
tus flores marchitándose están en el tallo.
Pero una que por tu crimen debe caer,
la más joven, entre todas, la más amada,
llamándote padre, te bendecirá:
¡esta palabra envolverá en llamas tu corazón!
Pero concluir debes tu trabajo y observar
en sus mejillas el último color;
de sus ojos el último destello,
y su postrera y vidriosa mirada debes ver
helarse sobre el azul sin vida;
con impías manos desharás luego
las trenzas de su dorado cabello,
que fueron en vida bucles por ti acariciados
y con promesas de tierno amor despeinados;
¡pero ahora tú lo arrebatas,
monumento a tu agonía!
Con tu propia y mejor sangre chorrearán
tus rechinantes dientes y macilentos labios;
luego, a tu lóbrega tumba caminarás;
ve, y con demonios y espíritus delira,
hasta que de horror estremecidos, huyan
de un espectro más abominable que ellos.
************************************
La tumba inquieta -The Unquiet Grave- (Canción tradicional del folklore británico)
El viento no sopla hoy, mi amor,
y caen algunas pequeñas gotas de lluvia;
nunca tuve más que un verdadero amor
y en la tumba fue encerrado.
Haré tanto por mi único amor
como cualquier joven haría;
me sentaré y lloraré junto a su tumba
durante doce meses y un día.
Transcurridos los doce meses y un día,
la muerta empezó a hablar:
"Oh, ¿quién llora junto a mi tumba
y no me deja dormir?"
"Soy yo, mi amor, el que junto a la tumba está
y no te deja dormir;
implorando un beso de tus helados labios,
eso es todo lo que deseo."
"Imploras un beso de mis helados labios,
pero mi aliento huele fuertemente a tierra;
si te beso con mis helados labios,
tus días estarán contados."
Esta mañana, en el lejano y verde jardín,
amor, donde solíamos pasear,
la más bella flor que allí crecía
se ha marchitado en su tallo.
También el tallo está seco, mi amor,
y así se marchitarán nuestros corazones;
así que, procúrate felicidad, mi amor,
hasta que Dios te llame.


CUENTO DE F.K. -- UNA PEQUEÑA FABULA




UNA PEQUEÑA FABULA
"Ay", dijo el ratón, "el mundo se está haciendo más chiquito cada día. Al principio era tan grande que yo tenía miedo, corría y corría, y me alegraba cuando al fin veía paredes a lo lejos a diestra y siniestra, pero estas largas paredes se han achicado tanto que ya estoy en la última cámara, y ahí en la esquina está la trampa a la cual yo debo caer".
"Sólamente tienes que cambiar tu dirección", dijo el gato, y se lo comió.

CUENTO DE F.K. -- EL ZOPILOTE



EL ZOPILOTE
Un zopilote estaba mordizqueándome los pies. Ya había despedazado mis botas y calcetas, y ahora ya estaba mordiendo mis propios pies. Una y otra vez les daba un mordizco, luego me rondaba varias veces, sin cesar, para después volver a continuar con su trabajo. Un caballero, de repente, pasó, echó un vistazo, y luego me preguntó por qué sufría al zopilote.
"Estoy perdido", le dije. Cuando vino y comenzó a atacarme, yo por supuesto traté de hacer que se fuera, hasta traté de estrangularlo, pero estos animales son muy fuertes... estuvo a punto de echarse a mi cara, mas preferí sacrificar mis pies. Ahora estan casi deshechos". "¡Véte tú a saber, dejándote torturar de esta manera!", me dijo el caballero. "Un tiro, y te echas al zopilote." "¿En serio?", dije. "¿Y usted me haría el favor?" "Con gusto," dijo el caballero, " sólo tengo que ir a casa e ir por mi pistola. ¿Se podría usted esperar otra media hora?" "Quién sabe", le dije, y me estuve por un momento, tieso de dolor. Entonces le dije: "Sin embargo, vaya a ver si puede... por favor". "Muy bien", dijo el caballero, "trataré de hacerlo lo más pronto que pueda". Durante la conversación, el zopilote había estado tranquilamente escuchando, girando su ojo lentamente entre mí y el caballero. Ahora me había dado cuenta que había estado entendiéndolo todo; alzó ala, se hizo hacia atrás, para agarrar vuelo, y luego, como un jabalinista, lanzó su pico por mi boca, muy dentro de mí. Cayendo hacia atrás, me alivió el sentirle ahogarse irretrocediblemente en mi sangre, la cual estaba llenando cada uno de mis huecos, inundando cada una de mis costas.

CUENTO DE F.K. -- UN MENSAJE IMPERIAL


UN MENSAJE IMPERIAL
El Emperador, tal va una parábola, os ha mandado, humilde sujeto, quien sóis la insignificante sombra arrinconándose en la más recóndita distancia del sol imperial, un mensaje; el Emperador desde su lecho de muerte os ha mandado un mensaje para vos únicamente. Ha comandado al mensajero a arrodillarse junto a la cama, y ha susurrado el mensaje; ha puesto tanta importancia al mensaje, que ha ordenado al mensajero se lo repita en el oído. Luego, con un movimiento de cabeza, ha confirmado estar correcto. Sí, ante los congregados espectadores de su muerte -toda pared obstructora ha sido tumbada, y en las espaciosas y colosalmente altas escaleras están en un círculo los grandes príncipes del Imperio- ante todos ellos, él ha mandado su mensaje. El mensajero inmediatamente embarca su viaje; un poderoso, infatigable hombre; ahora empujando con su brazo diestro, ahora con el siniestro, taja un camino al través de la multitud; si encuentra resistencia, apunta a su pecho, donde el símbolo del sol repica de luz; al contrario de otro hombre cualquiera, su camino así se le facilita. Mas las multitudes son tan vastas; sus números no tienen fin. Si tan sólo pudiera alcanzar los amplios campos, cuán rápido él volaría, y pronto, sin duda alguna, escucharías el bienvenido martilleo de sus puños en tu puerta.
Pero, en vez, cómo vanamente gasta sus fuerzas; aún todavía traza su camino tras las cámaras del profundo interior del palacio; nunca llegará al final de ellas; y si lo lograra, nada se lograría en ello; él debe, tras aquello, luchar durante su camino hacia abajo por las escaleras; y si lo lograra, nada se lograría en ello; todavía tiene que cruzar las cortes; y tras las cortes, el segundo palacio externo; y una vez más, más escaleras y cortes; y de nuevo otro palacio; y así por miles de años; y por si al fin llegara a lanzarse afuera, tras la última puerta del último palacio -pero nunca, nunca podría llegar eso a suceder-, la capital imperial, centro del mundo, caería ante él, apretada a explotar con sus propios sedimientos. Nadie podría luchar y salir de ahí, ni siquiera con el mensaje de un hombre muerto. Mas os sentáis tras la ventana, al caer la noche, y os lo imagináis, en sueños.