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miércoles, 3 de agosto de 2011

El puñal del godo





El puñal del godo

José Zorrilla



Drama en un acto
Aprobado para su representación por la Junta de Censura de los Teatros del Reino en 30 de Junio de 1849



Personajes
DON RODRIGO.
EL CONDE DON JULIÁN.
THEUDIA, noble godo.
ROMANO, monje eremita.



La escena pasa en la soledad de Pederneira, monte de San Miguel, cerca de la ciudad de Viseo, en Portugal, la noche del día 9 de Septiembre de 719.



A mi buen amigo D. Tomás Rodríguez Rubí
     A tí, que sabes de la historia y origen de este juguete, y el escaso tiempo que se me dió para escribirle, te le dedico ahora que le doy á luz; porque, escudado con tu nombre, serán acaso mejor disimulados los muchos defectos inherentes á una obra escrita por apuesta en determinado número de horas.
     No atiendas, pues, a su poco valor, sino al buen recuerdo que con ella te consagra tu amigo
José Zorrilla
Madrid, 20 de Diciembre de 1842.

Acto único

Interior de la cabaña ó ermita del MONJE ROMANO, sostenida en su centro por un pilar de madera ó tronco de árbol, á cuyo pie hay dos asientos. Á la derecha una pequeña hoguera, colocada bajo un respiradero que da salida al humo. Asientos groseros por la escena. Puerta á la izquierda que da á otra habitación que se supone en la cabaña. Puerta en el fondo, abierta la cual se verá monte al resplandor de los relámpagos. Al levantarse el telón se ve su claridad por las junturas, y se oye tronar á lo lejos. La hoguera y una tea alumbran la escena.

ESCENA I
EL MONJE ROMANO, á la lumbre.
ERMITAÑO    ¡Qué tormenta nos amaga!  
  ¡Qué noche, válgame el cielo!  
  Y esta lumbre se me apaga...  
  ¡Si está lloviznando hielo!  
  ¡Cuán grande á Dios se concibe  
  en aquesta soledad!  
  ¿De quién sino de Él recibe  
  su aliento la tempestad?  
  ¿Cuyo es el terrible acento  
  y el fulgor que centellea  
  cuando zumba airado el viento  
  y el cenit relampaguea?  
  ¿Quién peñas y árboles hiende  
  con la centella veloz,  
  como segador que tiende  
  las espigas con su hoz?  
  ¿Quién sino Dios, que se asienta  
  sobre las nubes sereno  
  cuando en las nubes revienta  
  el fragor del ronco trueno?  
  Señor, que de las alturas  
  de tu omnipotencia ves  
  á las pobres criaturas  
  que se arrastran á tus pies,  
  detén, Dios bueno, tus iras,  
  detén tu justo furor,  
  si justa saña respiras  
  contra la obra de tu amor.  
  Pudiste en un punto hacerla,  
  Y tu inmensa potestad  
  puede en otro deshacerla  
  si tal es tu voluntad;  
  mas considera, Dios mío,  
  que vas á igualar así  
  al que se te aparta impío  
  y al que se postra ante ti.  
(Un momento de pausa.)
  Mas tanto tardar me extraña,  
  y estoy temiendo por él...  
  ¿Por qué deja la cabaña  
  en una tarde tan cruel?  
  ¡Válgame la Virgen Santa!  
  Si á espesar la lluvia empieza,  
  ¿cómo con segura planta  
  podrá subir la aspereza  
  de esa desigual garganta  
  por do la senda endereza?  
  ¡Infeliz! ¡Cuánto en el mundo  
  lleva sin duda sufrido;  
  cuánto es su dolor profundo,  
  y cuánto está arrepentido!  
  Mas siento pasos... Parece  
(Abre y dice afuera.)
  que llega ya. Entrad ligero,  
  que la tempestad acrece.  

ESCENA II
EL MONJE y THEUDIA embozado.
THEUDIA Gracias.  
ERMITAÑO             Mas ¿quién se guarece  
  de esta choza?  
THEUDIA                       Un caballero.  
(Entra THEUDIA y se desemboza. Quedan mirándose un momento.)
  Sorprendido os hais quedado.  
  ¿Qué es lo que tenéis, buen hombre?  
ERMITAÑO Y ¿no queréis que me asombre  
  de que hayáis aquí llegado?  
THEUDIA En verdad que es aprensión  
  tener, como una cigüeña,  
  en la punta de esta peña  
  un hombre su habitación.  
ERMITAÑO Mis votos me retrajeron  
  á esta triste soledad.  
THEUDIA. ¡Monje sois! ¡Oh, perdonad  
  mis palabras si os pudieron  
  ofender!  
ERMITAÑO              No, en modo alguno.  
  Acogíme á esta montaña  
  sin creer que gente extraña  
  me hallara en tiempo ninguno.  
THEUDIA Si os estorbo...  
ERMITAÑO (Interrumpiéndole)
                         Aparte Dios  
  tal pensamiento de mí.  
  Contento os tendré yo aquí  
  como estéis contento vos.  
THEUDIA Yo estaré siempre contento,  
  que mil noches he pasado  
  peor acondicionado  
  en mitad del campamento.  
ERMITAÑO ¿Soldado sois?  
THEUDIA                        Helo sido,  
  porque salí de mi tierra.  
ERMITAÑO ¿Os cansaba ya la guerra?  
THEUDIA No; pero nos han vencido,  
  merced á infames traidores,  
  y evito la suerte, huyendo  
  de vivir esclavo siendo  
  de mis fieros vencedores.  
ERMITAÑO Mas huir...  
THEUDIA                 Téngase, anciano:  
  contra ellos se alzó bandera,  
  y yo voy adondequiera  
  que la defienda un cristiano.  
  Pero fatigado estoy;  
  ¿tenéis algo que cenar?  
ERMITAÑO Fruta seca os puedo dar;  
  no os regalo.  
THEUDIA                    Sobrio soy.  
(El ERMITAÑO le pone delante algunas frutas y una vasija con agua; THEUDIA come y bebe.)
ERMITAÑO Ea, pues, tomad, sentaos.  
  Dadme la capa, os la cuelgo.  
THEUDIA Que así me tratéis me huelgo;  
  mas yo...  
ERMITAÑO              No; vos calentaos,  
  que bien lo necesitáis.  
THEUDIA Buen viejo, ¡por Dios que sí!  
(El ERMITAÑO mira á la parte de afuera teniendo abierta la
puerta.)
  Pero ¿qué hacéis ¡pese á mí!  
  que esa puerta no cerráis?  
  ¿No veis que empieza á llover,  
  y el aire no hay quien resista?  
ERMITAÑO Eso es lo que me contrista.  
THEUDIA Pues ¿qué nos da que temer?  
ERMITAÑO Nada; por un compañero  
  siento, en verdad, pesadumbre.  
THEUDIA ¿Fuera está?  
ERMITAÑO                     Sí.  
THEUDIA                          Ya costumbre  
  tendrá en ese ruin sendero.  
ERMITAÑO ¡Ay, infeliz1 No lo sé.  
  Dios en sus pies ponga tino.  
THEUDIA Pues ¿no conoce el camino?  
ERMITAÑO No siempre.  
THEUDIA                    Torpe es, á fe.  
ERMITAÑO Hablad de él con más respeto,  
  que aunque es hoy bien desdichado,  
  hombre es que no fué criado  
  de invectivas para objeto.  
THEUDIA Perdonad.  
ERMITAÑO                 De ello no hablemos;  
  sabedlo, que no es de más.  
THEUDIA Si es que me juzgáis quizás  
  útil, descender podemos  
  á ayudarle.  
ERMITAÑO                  No es preciso,  
  que todo el auxilio humano  
  le fuera ofrecido en vano;  
  mas estamos sobre aviso.  
(Va á la puerta otra vez)
THEUDIA (Aparte.)
  ¡Si equivocado me habré  
  y á caer habré venido  
  en la cueva de un bandido!  
  (Veamos.) ¿Buen viejo?  
ERMITAÑO (Volviendo á la escena.)
                                       ¿Qué?  
THEUDIA Yo, como soldado, soy  
  algo hablador y curioso.  
  Decidme, pues, si enojoso  
  con mis preguntas no estoy:  
  puesto que es un compañero  
  ese hombre á quien aguardáis,  
  ¿por qué recelando estáis  
  que no dé con el sendero?  
ERMITAÑO Porque es capaz por sí mismo,  
  si su demencia le apura,  
  de abrirse la sepultura  
  en el fondo de ese abismo.  
THEUDIA ¡Jesús! ¿La mente le falta?  
ERMITAÑO De lo pasado el recuerdo  
  le pone tan sin acuerdo,  
  que algunas veces le asalta  
  una fiebre tan cruel,  
  un delirio tan insano,  
  que no hallo remedio humano  
  que pueda acabar con él.  
  Y aunque, ó engañado estoy,  
  ó ningún acceso extraño  
  le ha acometido hace un año,  
  me temo que le dé hoy.  
THEUDIA Y ¿sabe de él la razón?  
ERMITAÑO Guarda un silencio profundo  
  de lo que le hizo en el mundo  
  tan íntima sensación.  
THEUDIA Picáis mi curiosidad;  
  de historia debe ser hombre.  
ERMITAÑO Me ha callado hasta su nombre.  
THEUDIA Padre, ¿os burláis?  
ERMITAÑO                             No, en verdad:  
  cinco años hace que vino  
  á demandarme asistencia  
  en una grave dolencia,  
  y estuvo á morir vecino.  
  Mas sanó al fin, y tornar  
  no quiso al mundo otra vez,  
  viviendo en esta estrechez  
  con una vida ejemplar.  
  ¡Oh! Si él su perdón no alcanza  
  con vida tan penitente;  
  no sé quién sea el viviente  
  que de ello tenga esperanza.  
THEUDIA. Mas ¿no decís que está loco?  
ERMITAÑO Dejóle su enfermedad  
  extrema debilidad  
  que hirió su cerebro un poco.  
  Y cuando en algún acceso  
  el desdichado no entra,  
  es un hombre en quien se encuentra  
  mucho valor, mucho seso;  
  mas cuando el mal le acomete,  
  ¡oh! entonces es extremado.  
THEUDIA Pero ¿nunca os ha contado?...  
ERMITAÑO Jamás; y si se le mete  
  conversasión de su historia,  
  según que tiembla y se espanta,  
  parece que se levanta  
  un espectro en su memoria.  
THEUDIA. ¡Es bravo caso, á fe mía,  
  y que atención me merece!  
  Y ¿en qué da cuando enloquece?  
ERMITAÑO En una horrible manía.  
  Tiene consigo una daga  
  que jamás del cinto quita,  
  y dice que está maldita  
  y que á su existencia amaga.  
  Y en su demencia al entrar,  
  exclama con gran pavor:  
  «Con ese puñal traidor,  
  con ése, me ha de matar.»  
THEUDIA ¡Raro es, por Dios! Y ¿conviene  
  con período ó día alguno  
  fijo su mal?  
ERMITAÑO                  Hoy es uno;  
  el más terrible que tiene.  
THEUDIA ¡Hoy!  
ERMITAÑO          Por eso es mi recelo  
  mayor.  
THEUDIA ¿Sabéis si ese hombre es  
  de esta tierra?  
ERMITAÑO                     ¿Portugués?  
  Creo que no.  
THEUDIA                    ¡Por el cielo,  
  que á ser español, podría  
  su demencia comprender!  
ERMITAÑO Pero ¿qué tiene que ver  
  ese mal con este día?  
THEUDIA ¡Hoy es un día de hiel,  
  de luto, baldón y saña  
  para la infeliz España!  
  Y ¡ay de quien fué causa de él!  
  Mas hablemos de otra cosa.  
  ¿Vos sois portugués?  
ERMITAÑO                                 Sí soy,  
  mas hace once años que estoy  
  morando aquí.  
THEUDIA                      Y ¿no os acosa  
  el deseo de saber  
  lo que por el mundo pasa?  
ERMITAÑO Dióme el dolor tan sin tasa  
  y con tal tasa el placer  
  ese mundo que mentáis,  
  que los días de mis años  
  conté en él por desengaños,  
  y huyo de él.  
THEUDIA                   Y lo acertáis.  
ERMITAÑO Mas callad... Oigo rumor  
  en la maleza. ¿Quién va?  
RODRIGO (Dentro.)
  Yo, hermano.  
THEUDIA                     ¿Es él?  
ERMITAÑO                                Aquí está.  

ESCENA III
EL ERMITAÑO, THEUDIA y D. RODRIGO, envuelto en una especie de clámide larga y entrando distraído, como meditando.
ERMITAÑO (Á DON RODRIGO.)
  Me habíais puesto en temor.  
RODRIGO Gracias.  
ERMITAÑO             ¿Os perdisteis?  
RODRIGO                                    No.  
ERMITAÑO ¿Visteis el nublado?  
RODRIGO                               Sí.  
ERMITAÑO Y ¿dónde ibais?  
RODRIGO                        ¡Qué sé yo!  
ERMITAÑO Traeréis frío.  
RODRIGO                    Así así.  
ERMITAÑO Calentaos, pues.  
RODRIGO                         Sí haré.  
(Al acercarse al fuego ve á THEUDIA, que escucha vuelto de
espaldas á ellos.)
(Aparte al ERMITAÑO.)
  Pero ¿quién con vos está?  
ERMITAÑO Un viajero que poco ha  
  llegó aquí.  
RODRIGO                ¿Quién es?  
ERMITAÑO                                 No sé.  
RODRIGO No os fiéis de ningún hombre;  
  la doblez y la traición  
  abriga en el corazón  
  el de más prez y más nombre.  
ERMITAÑO Mas ved...  
RODRIGO                 Yo sé lo que digo:  
  preguntadle el suyo á ése,  
  y veré, mal que le pese,  
  si es amigo ó enemigo.  
ERMITAÑO De nosotros, ¿y por qué?  
  ¿Á quién jamás ofendimos?  
RODRIGO Todos, padre, delinquimos:  
  ved de hablarle.  
ERMITAÑO                         Sí que haré.  
THEUDIA (Aparte.)
  (No me gusta ese misterio  
  con que platican los dos.  
  Estaré alerta, ¡por Dios!  
  que puede ser lance serio.)  
(DON RODRIGO va hacia el fuego, y aparta á THEUDIA para poner
su banquillo.)
RODRIGO (Á THEUDIA.)
  Haceos, buen hombre, allá.  
THEUDIA (Pues gasta gran cortesía.)  
ERMITAÑO (Aparte á THEUDIA.)
  (Quiere ese sitio, es manía.)  
THEUDIA Bien hace; en su casa está.  
  (Aparte.)
  (Mas ahora que bien le miro,  
  no es ésta la vez primera  
  que he visto esa faz severa...  
  ¡Gran Dios! ¡Qué idea!... ¡Eh, deliro!)  
(Un espacio de silencio.)
ERMITAÑO (Á THEUDIA.)  
  Callado estáis.  
THEUDIA                       ¡Qué queréis!  
  ¿De qué os tengo yo de hablar?  
ERMITAÑO ¿Una historia no sabéis  
  que podernos relatar?  
THEUDIA Sé tantas, que duraría  
  mi relato un año entero;  
  mas hoy mentarlas no quiero,  
  que es para mí aciago día.  
RODRIGO (Con viveza y aire sombrío.)
  También para mí lo es.  
THEUDIA (Idem.)
  Y para todo español  
  lo será mientras el sol  
  alumbre.  
RODRIGO (Agitado.)  
                Decidme, pues.  
  ¿Con que hoy es un día aciago  
  para España?  
THEUDIA                     ¡Sí, por Dios!  
  Qué, ¿no ha llegado hasta vos  
  la noticia de ese estrago?  
ERMITAÑO (Queriendo interrumpirlo.)
  En este desierto hundidos...  
RODRIGO (Interrumpiéndole.)  
  Dejadle, ¡pese á mi estrella!  
(Al ERMITAÑO.)
  Dejadle que me hable de ella,  
  aunque hiera mis oídos.  
(Á THEUDIA.)
  ¿Habéis en España estado?  
THEUDIA Bajo su cielo he nacido.  
RODRIGO ¡Ay! Nacer os ha cabido  
  en país bien desdichado.  
  ¿Qué pasa hoy en él?  
THEUDIA                                 ¿Qué pasa?  
  Presa es de gente salvaje,  
  á quien rinde vasallaje,  
  y que la asuela y la arrasa.  
  Por dar entrada en su pecho  
  á una venganza de amor,  
  ha abierto un Conde traidor  
  á los moros el Estrecho.  
RODRIGO Obró bien villanamente,  
  sí: ¡tómele Dios en cuenta  
  á su Rey tan torpe afrenta,  
  tan gran traición á su gente!  
THEUDIA Dicen que audaz le ultrajó  
  en su hija el rey don Rodrigo.  
RODRIGO Mas si era el Rey su enemigo,  
  no lo era su reino, no.  
THEUDIA Con moros hizo su flete,  
  y hoy hace años que en Jerez  
  se ahogó España de una vez  
  en el turbio Guadalete.  
RODRIGO Sí, allí lo perdimos todo;  
  debajo de su corriente  
  yace vergonzosamente  
  la gloria del reino godo.  
  ¡Maldito quien fué concordia  
  con los árabes á hacer,  
  y maldita la mujer  
  ocasión de la discordia!  
THEUDIA ¡Sabéis esa historia!  
(Creciendo el interés en ambos.)
RODRIGO                               Sí;  
  y me prensa el corazón.  
THEUDIA También á mí.  
RODRIGO                      Y con razón.  
THEUDIA Sí, que su víctima fuí.  
RODRIGO Yo también.  
THEUDIA                   ¿Sois vos de España?  
RODRIGO (Reservándose de repente y con sequedad.)
  No lo sé.  
THEUDIA (Afanoso.)
                 Vos...  
RODRIGO                         Basta ya.  
THEUDIA. No, que atenazando está  
  mi memoria idea extraña...  
  Yo en Guadalete me hallé.  
RODRIGO Conmigo.  
THEUDIA                Con vos. ¡Dios mío!  
  Hundirse le vi en el río,  
  y á ayudarle me arrojé;  
  pero ya no le vi más.  
RODRIGO ¡Theudia!  
THEUDIA (Queriendo arrodillarse.)
                 ¡Señor!  
RODRIGO                            Alza, ¡necio!  
  Del mundo soy ya desprecio.  
THEUDIA Pero de Theudia, jamás.  
RODRIGO Padre, un escaso momento  
  dejadnos solos.  
ERMITAÑO (Á THEUDIA.)
                         ¡Por Dios,  
  no le excitéis mucho vos!  
THEUDIA Descuidad: de su contento  
  no son excesos extraños,  
  que somos amigos viejos,  
  y, de nuestra patria lejos,  
  nos vemos tras largos años.  
(El ERMITAÑO entra en el interior de la cabaña por la
izquierda.)

ESCENA IV
DON RODRIGO y THEUDIA.
(Llueve.)
RODRIGO Háblame de mi España, Theudia amigo;  
  háblame de ella tú, que fuiste el solo  
  en quien traición tan fea no halló abrigo,  
  en quien tu pobre Rey no encontró dolo.  
  Dime, ¿conserva aún el pueblo hispano  
  recuerdo alguno de la antigua gloria?  
  ¿Qué piensa del vencido Soberano?  
  Theudia, ¿qué sitio ocupa en su memoria?  
THEUDIA No me lo preguntéis.  
RODRIGO                               ¡Ah! Te comprendo:  
  me culpa sólo á mí.  
THEUDIA                              Sois el vencido,  
RODRIGO Desengaño es á un rey, duro y tremendo.  
  ¿Conque sólo me dan...  
THEUDIA                                  Mengua ú olvido.  
  Mas basta ya, que vuestro afán entiendo.  
  Y ¿cómo os hallo aquí?  
RODRIGO                                    Triste es mi historia,  
  Theudia.  
THEUDIA              Y la mía.  
RODRIGO                           Y yo, ¿cómo te hallo?  
THEUDIA Huyendo de los moros.  
RODRIGO                                    ¿La victoria  
  llevan?  
THEUDIA           Ya es nuestro pueblo su vasallo.  
RODRIGO ¡Tierra infeliz!  
                        Sí, á fe. Toda la ocupan  
  esos infieles ya.  
RODRIGO                        ¿Ya nada resta?  
THEUDIA Un rincón en Asturias, do se agrupan  
  los que escaparon de la lid funesta.  
RODRIGO Pero ¿podrán allí...  
THEUDIA                             No pueden nada,  
  por más que, de ira y de venganza rayo,  
  levantó su pendón con alma osada  
  vuestro valiente primo don Pelayo.  
RODRIGO ¿Y mis nobles con él?  
THEUDIA                                 No, no hay ninguno.  
RODRIGO ¡Ninguno dices!  
THEUDIA                         Perecieron todos  
  á manos de los moros uno á uno.  
RODRIGO ¿Qué resta, pues, de los ilustres godos?  
THEUDIA    Vos y yo nada más; porque no cuento  
  al que con vil traición nos ha vendido.  
RODRIGO ¿Aun vive don Julián?  
THEUDIA                                 Para escarmiento  
  de los que á sus contrarios han servido.  
RODRIGO ¡Vive! Y ¿qué es ora de él?  
THEUDIA                                          En una torre  
  estuvo largo tiempo, mas con maña  
  huyó de allí... Su estrella le socorre.  
RODRIGO Sí, sí; mi estrella, tan fatal á España.  
  ¡Ay, bien mi corazón me lo decía:  
  su estrella marcha con la estrella mía!  
THEUDIA ¿Qué es lo que habláis, señor?  
RODRIGO                                              Es mi secreto.  
  (No para ti, de mi amistad objeto.)  
  Es agüero fatal que á fin terrible  
  de mi existencia el término ha sujeto.  
THEUDIA ¡Y en agüeros creeis! Es imposible.  
RODRIGO Theudia, son los destinos celestiales  
  inmutables, y es justo su castigo  
  para los que han causado tantos males  
  en la tierra, cual yo.  
THEUDIA                              Soñais os digo.  
  El noble osado que su suerte afronta,  
  hace cejar á su enemiga suerte,  
  ó halla tranquilidad segura y pronta  
  en el reposo de gloriosa muerte.  
  Eso es superstición.  
RODRIGO                               Yo ya sabía  
  que el insensato mundo,  
  miedo ó superstición lo llamaría.  
  ¡Mas ¡ay! que es la verdad!  
THEUDIA                                           Y á ese villano...  
RODRIGO El cielo, de los godos enemigo,  
  para que acabe al fin, guarda su mano,  
  con todos de una vez dando conmigo.  
THEUDIA ¡Ay, si yo doy con él! En la frontera  
  le perdí.  
RODRIGO             ¿Le seguíais?  
THEUDIA                                 Desde el día  
  que vi frente á las nuestras su bandera,  
  vengar de ello juré á la patria mía.  
  Y de soldado suyo disfrazado,  
  de aventurero ya, ya de mendigo,  
  fuí su sombra doquier, doquier he estado  
  de él en acecho, y la traición conmigo.  
  Mas un poder oculto le defiende;  
  jamás en ocasión hallarme pude.  
RODRIGO En vano, sí, tu lealtad pretende  
  que el cielo en ello vengador te ayude.  
THEUDIA ¡Ay si me vuelvo á ver sobre su huella!  
  ¡Ay si algún día mi furor le alcanza!  
  No ha de valerle contra mí su estrella.  
  Será, como él, traidora mi venganza.  
RODRIGO No, Theudia, es imposible... Inútil brío.  
  Oye, y ésta conserva en tu memoria,  
  página triste de mi triste historia.  
  Al salir de las aguas de aquel río  
  do me vistes caer sin la victoria,  
  y en cuya agua se hundió cuanto fué mío,  
  abandoné el caballo y la armadura,  
  cambié con un pastor mi vestidura,  
  y con todo el pesar del vencimiento  
  despechado me entré por la espesura,  
  cual de esperanzas ya, falto de aliento.  
  ¡Cuánto, Theudia, sufrí! Triste, perdido,  
  de mi reino crucé por las llanuras,  
  en hambre y soledad, como un bandido  
  que huyendo de la ley camina á obscuras.  
  Era la hora en que la luz se hundía  
  tras las montañas, y la niebla densa  
  por todo el ancho de la selva umbría  
  iba tendiendo su cortina inmensa.  
  Con el cansancio y el temor y el duelo,  
  fiebre traidora me abrasaba ardiente,  
  sin ver dónde acudir en aquel suelo  
  en que nunca tal vez habitó gente.  
  Cuanto con más esfuerzos avanzaba  
  viendo si al llano por doquier salía,  
  más la selva á mis pasos se cerraba,  
  más en la negra oscuridad me hundía.  
  Un vértigo infernal apoderóse  
  de mi alma..., y sin luz y, sin camino,  
  á mi exaltada mente presentóse  
  toda la realidad de mi destino.  
  Rey sin vasallos, sin amigos hombre,  
  en mi raza extinguido el reino godo,  
  sin esperanza, sin honor, sin nombre,  
  perdido, Theudia, para siempre todo.  
  ¡Cuán odioso me vi! Despavorido,  
  á pedir empecé con grandes voces  
  auxilio en el desierto; mas perdido  
  fué mi acento en las ráfagas veloces  
  á expirar en los senos del espacio...,  
  y á impulso entonces del furor interno,  
  maldiciendo mi estirpe y mi palacio,  
  con sacrílega voz llamé al infierno.  
THEUDIA ¡Cielos!  
RODRIGO             Y él me acudió; sulfúrea lumbre,  
  rauda encendió relámpago brillante,  
  y en mi pecho siniestra incertidumbre.  
  Sentí algo junto á mí; miré un instante,  
  y á la sulfúrea, luz, monje sombrío  
  á mi lado pasó, y á su presencia  
  tembló mi corazón, cedió mi brío.  
  Pedíle amparo, mas fatal sentencia  
  me fulminó, diciendo: «¡Vaya, impío,  
  que el á quien deshonró tu incontinencia  
  vendrá, de crimen y vergüenza lleno,  
  con tu mismo puñal á hendir tu seno»  
  Dijo, y por entre la niebla arrebatado  
  huyó el fantasma y me dejó aterrado.  
THEUDIA Sueño vuestro, fantasma peregrino  
  fué de la calentura abrasadora.  
RODRIGO No, Theudia; voz de mi fatal destino.  
  Mientras ese hombre esté sobre la tierra,  
  Theudia, no hay para mí paz ni reposo;  
  doquiera el paso sin piedad me cierra  
  ese espectro, á mi raza peligroso.  
  ¿Ves el puñal que cuelga á mi cintura?  
  Con él me ha de matar, es mi destino;  
  Theudia, no hay tierra para mí segura;  
  ese hombre ha de bajar por mi camino.  
THEUDIA ¡Y eso creéis!... Calládselo á la gente,  
  y toleradme en paz esta franqueza.  
  Mas vuestra vida austera y penitente  
  amenguó de vuestra alma la grandeza,  
  y amenguó la razón de vuestra mente.  
RODRIGO Tiene en mi corazón sacro prestigio,  
  Theudia, te lo confieso, y me amedrenta  
  aquella predicción y aquel prodigio.  
THEUDIA ¡Prodigio lo llamáis! Y ¿no os afrenta  
  tan vil superstición?  
RODRIGO                            Sea en buen hora,  
  mas creo en ella; á ser fascinadora  
  de la mente aprensión, despareciera  
  con el tiempo; el ayuno y el cilicio,  
  arrancado á la mente se la hubiera.  
THEUDIA La arrancara mejor trompa guerrera  
  y de la lid revuelta el ejercicio.  
  Eso cumple mejor á vuestra raza;  
  en vez de esta cabaña y ese sayo,  
  la blanca tienda y la ferrada maza,  
  y el bruto cordobés, hijo del rayo.  
  Sí; mientras viva Theudia y por amigo  
  queráis tenerle, con bizarro alarde  
  os dirá, de la paz siempre enemigo,  
  que el noble que no lidia es un cobarde.  
RODRIGO ¡Traidor!  
THEUDIA               ¡Hola! Vuestra alma se despierta  
  á la voz del honor; así os quería:  
  veo que aun vuestra sangre no está muerta  
  y alienta el corazón con hidalguía.  
  Escuchadme, señor, y ved despacio  
  el peso y la razón de lo que os digo,  
  que es mengua, sí, que quien nació en palacio  
  aguarde con pavor á su enemigo.  
  Perdido estáis, sin esperanza alguna;  
  no hay para vos ni fuerza ni derecho;  
  no hay para vos ni gente ni fortuna;  
  el moro vuestro ejército ha deshecho,  
  y atropelló á la cruz la media luna;  
  mas hay un corazón en vuestro pecho  
  que á vuestro antiguo honor cuentas demande,  
  y un corazón de rey debe ser grande.  
  Si á las manos morir es vuestro sino  
  de ese Conde traidor que nos vendiera,  
  la mitad evitadle del camino,  
  tras él saliendo con audacia fiera.  
  Provocad con valor vuestro destino;  
  con él trabaos en la lid postrera,  
  y arrostrad ese sino que os espanta,  
  vuestro puñal hundiendo en su garganta.  
  Ya no tenéis ni ejércitos ni enseñas,  
  mas os resta un amigo y un vasallo,  
  y las lunas del mundo no son dueñas,  
  ni es de la suerte irrevocable el fallo.  
  Dejad, pues, el misterio de estas breñas;  
  asíos de una lanza y un caballo,  
  y con caballo y lanza, y yo escudero,  
  si no podéis ser rey, sed caballero.  
RODRIGO Basta, Theudia; ese bélico lenguaje  
  cumplo á los corazones bien nacidos,  
  y en el mío despiertan el coraje  
  de tus fieras palabras los sonidos.  
  Sangre me pide mi sangriento ultraje,  
  sangre mis tercios en Jerez vencidos,  
  Theudia, tienes razón; de cualquier modo,  
  morir me cumple cual monarca godo.  
  Sí; ya á mi olfato y mis oídos siento  
  que trae el aura que las riendas mece,  
  el militar olor del campamento  
  y el clamor de la lid que se embravece,  
  y del clarín agudo el limpio acento  
  que á los nobles caballos estremece;  
  y esa guerrera y bárbara armonía,  
  la prez me torna de la estirpe mía.  
  Indigna es de un monarca y de un guerrero  
  esta debilidad que me avergüenza;  
  de mi superstición reirme quiero;  
  no quiero, Theudia, que el pavor me venza.  
THEUDIA Dos sendas hay, y por cualquiera os sigo:  
  buscar al Conde y perecer vengado,  
  ó guareceros del pendón amigo  
  y acabar con honor como soldado.  
RODRIGO Cumple eso más al corazón que abrigo:  
  Theudia, olvidémonos de lo pasado,  
  y en la desgracia, de rencor ajenos,  
  bajemos á la tumba de los buenos.  
  Este arma vil que á mi existencia amaga,  
  quédese aquí después de mi partida,  
(Clava el puñal en el poste que sostiene la choza.)
  y quede en este tronco, con mi daga,  
  enclavado el misterio de mi vida.  
  ¿Dices que ha levantado en la montaña  
  pendón un noble, de venganza rayo?  
  Pues bien: ¿qué hacemos en la tierra extraña?  
  ¡Lejos de mí mi penitente sayo!  
  Vamos, Theudia, á lidiar por nuestra España  
  y á triunfar ó caer con don Pelayo;  
  no diga nunca el mundo venidero  
  que ni supe ser rey, ni caballero.  
THEUDIA ¡Ahora os conozco, vive Dios!  
RODRIGO                                               Mañana  
  partiremos á Asturias.  
:THEUDIA                                 Franco paso  
  nos dará el Portugal que nos dió asilo.  
RODRIGO Hasta mañana, pues; duerme tranquilo.  
  Duerme, Theudia.  
THEUDIA                           ¡Señor, velando acaso  
  vais a quedar mi sueño!  
RODRIGO                                    Desde ahora,  
  no hay de los dos segundo ni primero.  
THEUDIA Señor...  
RODRIGO            Déjame solo hasta la aurora;  
  pues no soy más que un pobre aventurero,  
  seré, en vez de ta rey, tu compañero.  
(Vase THEUDIA al aposento contiguo de la izquierda.)

ESCENA V
DON RODRIGO Bien dice ese leal. Más vale al cabo  
  caer en una lid por causa extraña,  
  que, de servil superstición esclavo,  
  llorar imbécil la perdida España.  
  Saldré otra vez al agitado mundo  
  con mi contraria suerte por herencia,  
  velando en el misterio más profundo  
  el secreto fatal de mi existencia.  
  Nada soy, nada tengo, nada espero;  
  encerrado desde hoy en mi armadura,  
  seré en mi propia causa aventurero,  
  sin esperar jamás prez ni ventura.  
  Mas al caer lidiando en la campaña,  
  al pueblo diga mi sangrienta huella:  
  «Ved: si no supo defender á España,  
  supo á lo menos sucumbir por ella.»  
  Mas, ¡ay, triste de mí! Mi pueblo mismo,  
  que me tiene en horror, con frío encono  
  me verá descender hacia el abismo  
  como me ha visto descender del trono.  
  Sí; aplaudiendo tal vez mi sino adverso...  
  Y todo es obra tuya, Conde infame;  
  por ti desprecio soy del universo.  
  Fuerza es que sangre nuestra se derrame.  
(Viendo el puñal.)
  Mas, Dios Santo, ¡ahí estás! Húyeme, aparta,  
  sueño fascinador, que esquivo en vano;  
  nunca de sangre de los godos harta,  
  esta daga fatal busca una mano.  
  La de uno de ambos..., tigre vengativo,  
  ser exterminador de mi familia;  
  uno solo de entrambos quede vivo,  
  veamos el infierno á quién auxilia,  
  Mi razón, mi creencia, lo repele,  
  mas nunca echar de mí puedo esta idea;  
  ese día fatal ¡oh infierno! impele;  
  tráenosla de una vez, y pronto sea.  
  Vértigo horrible el corazón me acosa,  
  sed de su sangre el corazón me irrita...  
  ¡O huye por siempre, pesadilla odiosa,  
  ó ante mis ojos ven, sombra precita!  
(Ábrese la puerta con ímpetu, y al par que ilumina el fondo un relámpago, entra en la escena el CONDE D. JULIÁN.)

ESCENA VI
DON RODRIGO y EL CONDE
CONDE Gracias al diablo que llegué á la cumbre.  
RODRIGO ¿Quién es? ¿Dó va? ¿Qué busca? ¿Quién le trae?  
CONDE ¡Rápido preguntar! Mas si es costumbre,  
  oíd: Un hombre, á Portugal, y lumbre  
  para secarme del turbión que cae.  
  ¿Hay más que preguntar?  
RODRIGO                                      Mal humor gasta.  
CONDE Lo mismo que pregunta le respondo.  
  ¿Tiene algo que cenar?  
RODRIGO                                   Nada.  
CONDE                                            Pues basta.  
  La cuestión, por mi parte, ha dado fondo.  
(Se sienta con calma á la lumbre.)
RODRIGO Desatento venís donde os alojan.  
CONDE Pues sin brindarme vos yo me aparezco,  
  y esos nublados hasta aquí me arrojan,  
  ni vos me la ofrecéis, ni os la agradezco.  
RODRIGO Me obliga, por mi fe, la cortesía,  
  mas no soy hombre que á sufrir me avenga  
  razones de tamaña altanería.  
CONDE Tampoco yo, que despechado vengo  
  y harto estoy de la vida.  
RODRIGO                                     Y yo lo mismo.  
CONDE Yo, tras la muerte con deseo insano,  
  debo partir mañana muy temprano.  
RODRIGO Y yo también.  
CONDE                      Y ¿adónde?  
RODRIGO                                        Á España  
CONDE                                                       De ella  
  vengo.  
RODRIGO          ¿Sois de ella?  
CONDE                              Por desdicha mía.  
RODRIGO Cúpome á mí también tan mala estrella.  
CONDE Que la mía peor nunca, sería.  
RODRIGO Puede que sí.  
CONDE                     Lo dudo.  
RODRIGO                                  Allí he perdido  
  cuanto amé.  
CONDE                   Yo también.  
RODRIGO                                     Padres, hermanos...  
CONDE Yo también.  
RODRIGO                   Mis amigos me han vendido.  
CONDE También á mí.  
RODRIGO                      Fui mofa á los villanos.  
CONDE También yo.  
RODRIGO                    Y el honor de mis blasones  
  ultrajó un hombre vil.  
CONDE                                Y otro los míos.  
RODRIGO Yo he tenido que huir.  
CONDE                                  Como ladrones  
  nos desbandamos, sin poder ni bríos,  
  mis soldados y yo. Todos ingratos  
  me han sido á mí.  
RODRIGO                          Y á mí todos traidores.  
CONDE Nada espero.  
RODRIGO                      Ni yo. Mas pienso á ratos  
  en venganzas horribles.  
CONDE                                    No mayores  
  que las mías serán.  
RODRIGO                             ¡Oh! Sí; son tales,  
  que vértigos terribles me producen.  
CONDE Los míos á la rabia son iguales.  
RODRIGO Y los míos á España me conducen  
  nada más que á morir.  
CONDE                                  Y á mí lo mismo;  
  vengo á buscar un hombre á quien detesto,  
  y ante uno de los dos se abre el abismo.  
RODRIGO Yo busco á otro hombre para mí funesto,  
  y guardo ese puñal de mi familia,  
  que del uno es el fin de todos modos.  
(El CONDE lo mira y lo reconoce. Esto depende de los actores)
CONDE ¿Es tuyo ese puñal?  
RODRIGO                               Sí.  
CONDE                                   ¡Dios me auxilia!  
  Ese hierro es la muerte de los godos.  
RODRIGO Godo soy.  
CONDE                  Yo también, mas su enemigo.  
RODRIGO ¿Quién hará de ello ante mi vista alarde?  
CONDE ¡Tú eres el torpe Rey...  
RODRIGO                                  ¡Tú el vil cobarde...!  
CONDE Yo el conde don Julián.  
RODRIGO                                    Yo don Rodrigo.  
(Quedan un momento contemplándose.)
CONDE Nos hallamos al fin.  
RODRIGO                              Sí, nos hallamos;  
  y ambos á dos execración del mundo,  
  la última vez mirándonos estamos.  
CONDE Eso apetece mi rencor profundo.  
  Mírame bien; sobre esta faz, Rodrigo,  
  echaron un baldón tus liviandades,  
  y el universo de él será testigo,  
  y tu torpeza horror de las edades.  
RODRIGO Culpa fué de mi amor la culpa mía;  
  de Florinda me abona la hermosura;  
  mas ¿quién te abonará tu villanía?  
CONDE De mi misma traición la desventura.  
  Deshonrado por ti, perdílo todo;  
  mas no saciaba mi venganza fiera  
  tu afrenta nada más; menester era  
  toda la afrenta del imperio godo.  
RODRIGO ¡De un traidor como tú, fué digna hazaña!  
  Cumplieras con tus viles intenciones  
  yendo á matarme con silencio y maña,  
  ó contra mí sacaras tus pendones  
  y bebieras mi sangre en la campaña,  
  mi corazón echando á tus legiones;  
  mas no lograras con tan necio encono  
  vender á España por hollar mi trono.  
CONDE Todo lo ansiaba mi tremenda saña;  
  no hartaba mis sangrientas intenciones  
  beber tu sangre con silencio y maña  
  o en contra tuya levantar pendones;  
  dar quise tu lugar á estirpe extraña,  
  y tu raza borrar de las naciones;  
  eso quería mi sangriento encono:  
  vender tu reino y derribar tu trono.  
RODRIGO ¡Y lo lograste!  
CONDE                      Sí; logré que, al cabo,  
  el mundo á ambos á dos nos aborrezca:  
  á ti, de torpes vicios por esclavo,  
  y á mí por mi traición, nos escarnezca.  
RODRIGO ¡Tanta maldad de comprender no acabo!  
CONDE Hice más.  
RODRIGO               Imposible es ya que crezca  
  tu infamia.  
CONDE               Escucha, pues, ¡oh rey Rodrigo!  
  á cuánto llega mi rencor contigo.  
  Yo solo quedo de mi raza: presa  
  los demás de los moros, á pedradas  
  fué muerta ante mis ojos la Condesa,  
  y á la mar arrojados á lanzadas  
  mis hijos, de Tarifa en la sorpresa;  
  mas te traigo una nueva, que pagadas  
  me deja todas las desdichas mías:  
  ¡supe, tiempo ha, que en Portugal vivías!  
RODRIGO ¡Dios!  
CONDE           Por un monje que te halló en la selva.  
RODRIGO (Con temor.)  
  ¡Un monje!  
CONDE                  Sí, mi hermano, cuyos votos  
  le impiden hoy que contra ti se vuelva,  
  mas cuya astucia, para siempre rotos  
  los anillos dejó de mis cadenas  
  para seguir tus pasos noche y día,  
  y para que la sangre de tus venas  
  la mancha lave de la afrenta mía.  
RODRIGO Y ¿es cierto? Y ese monje, ¿era tu hermano?  
  ¿Era un hombre no más? ¡No era un fantasma!  
  ¿Nada había en su ser de sobrehumano?  
CONDE ¡Que tal preguntes, en verdad me pasma!  
  Él me salvó, y me dijo: «Vé á buscarle;  
  mas antes de matarle,  
  dile que su castísima Egilona  
  con su amor ha comprado otra corona.»  
RODRIGO ¡Mi esposa!  
CONDE                   Sí; Abdalasis te la quita,  
  o, por mejor decir, vendiósele ella.  
  Y bien la raza en que nació acredita,  
  y de su esposo bien sigue la huella.  
(Con mofa)
  Una reina cristiana, favorita  
  de un árabe... ¡Oh! ¡Nació con brava estrella!  
  No penes, pues, por tan leal matrona,  
  que esposo no la falta, ni corona.  
RODRIGO Basta, basta, traidor; la estirpe goda  
  deshonrada por ti, por ti vendida,  
  clama sedienta por tu sangre toda.  
(DON RODRIGO va á coger el puñal que está clavado en el poste, pero el CONDE DON JULIÁN se adelanta y lo toma. DON RODRIGO retrocede dos pasos con supersticioso temor)
CONDE Con la tuya á la par sea vertida.  
  El mismo cieno nuestro timbre enloda,  
  la misma tumba nos dará cabida.  
(El CONDE se arroja sobre don RODRIGO, mas THEUDIA se presenta de repente entre los dos con el hacha de armas empuñada.)

ESCENA VII
DON RODRIGO, EL CONDE DON JULIÁN, THEUDIA y EL ERMITAÑO
THEUDIA ¡Mientes! Aun queda quien su honor repare  
  y del traidor al infeliz separe.  
(Da al CONDE un golpe mortal, y cae.)
RODRIGO ¡Theudia!  
THEUDIA               Señor, cumplí conmigo mismo,  
  que al vengaros, a vos vengué á la España.  
RODRIGO ¡Gracias, Theudia! Hoy me arranca tu heroísmo  
  mi ruin superstición, á un noble extraña.  
  Sí, mi pavor con él baje al abismo;  
  partamos con Pelayo á la montaña  
  y logremos, ¡oh Theudia! por lo menos,  
  morir en nuestra patria como buenos.  
(Al ERMITAÑO.)
  ¡Padre, dad á ese tronco sepultura  
  donde repose en paz; mi justo encono  
  no pasa, no, de su mansión obscura,  
  aunque el honor de España esté en mi abono  
  Yo vuelvo al campo, á la pelea dura,  
  y aunque muera sin huestes y sin trono,  
  siempre ha de ser, para quien muere honrado,  
  tumba de rey la fosa del soldado.  
(Vase con THEUDIA y cae el telón)

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