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domingo, 4 de septiembre de 2011

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El Espejo Gotico



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TumbaAbierta.com – REVIVIDOS: Vuelve el terror pulp de la mano ...
XP3D: Nuevo cartel del film de terror en 3D dirigido por Sergi Vizcaíno · GEARS OF WAR 3: El ...septiembre 2, 2011 Por Redacción en Literatura, Noticias ...
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79 los mejores relatos de terror Buscador de Libros - Librostonic.com
Contenido : Los mejores relatos de terror es una selección de. narraciones ... e irrepetible de laliteratura de terror, donde. la premonición y la fatalidad ...
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ARTICULO DE WIKIPEDIA : RELATOS DE TERROR

El cuento de terror (también conocido como cuento de horror o cuento de miedo,
 y en ciertos países de Sudamérica, cuento de suspenso), considerado en sentido
 estricto, es toda aquella composición literaria breve, generalmente de corte fantástico,
 cuyo principal objetivo parece ser provocar el escalofrío, la inquietud o el desasosiego
 en el lector, definición que no excluye en el autor otras pretensiones artísticas y literarias.
Un cuento de terror sería, por tanto, un relato literario y no oral, ya que, si bien existe 
una amplia y antiquísima tradición de cuentos con dichos contenidos,
 probablemente por tratarse de relatos transmitidos de boca en boca,
 nunca han recibido otra denominación que la de “cuentos” o “leyendas”
 a secas. Ni siquiera cuentos infantiles, aunque de índole terrorífica
 (e inscritos en la tradición oral en su día), como La Cenicienta, de
 reciben la denominación de “cuentos de terror”, que parece haber sido acuñada
 expresamente para las obras mayores del género aparecidas entre los
 siglos XIX y XX.
La definición más amplia confunde, sin embargo, en muchos casos

 el cuento de terror (más bien el cuento de miedo) con el “cuento”
 tradicional. Se conocen cuentos de miedo desde siempre, desde 
la más remota antigüedad: «El cuento de horror es tan antiguo como
 el pensamiento y el habla humanos». (H. P. Lovecraft). Este tipo de
 historias o leyendas se alimenta primordialmente de los diversos
 miedos "naturales" del hombre: la muerte, las enfermedades y epidemias,
 crímenes y desgracias de todo tipo, catástrofes naturales... Relatado
 por los viejos del lugar al amor del fuego en noches propicias, el cuento
 de miedo es elemento típico del folklore de los pueblos, y ha sido una
 de las primeras formas culturales de la humanidad, tan antigua, sin duda,
 como la épica, la magia y la religión, de las cuales igualmente se nutría.
 Pensemos en los dioses y demonios, los buenos y malos espíritus,
 los monstruos, leviatanes, magos y adivinos que, a través de los
 mitosleyendasepopeyas y epopeyas mitológicas, han asustado
 al hombre a lo largo de toda la Antigüedad, en culturas tan dispares 
como las de la IndiaJapónMesopotamiaAmérica del SurGrecia,
 pueblos nórdicos y celtas...


En la literatura de la Grecia clásica, por ejemplo, encontramos elementos
 que diríase ya prefiguran algunos aspectos del relato de terror.
 El último canto de la Ilíada, que trata sobre el rescate del cadáver
 de Héctor, está impregnado de una atmósfera casi sobrenatural,
 muy cercana al cuento de fantasmas, en la que el dios Hermes
 se comporta como un espectro poderoso, omnipresente y protector.
 En la parte central de la Odisea nos adentramos en un mundo y
 en una geografía imaginarios, a veces fantasmagóricos, con amenazas
 tales como la de la diosa Circe (cuya descripción coincide con la
 de las brujas arquetípicas de toda la literatura posterior), y monstruos
 antropófagos como EscilaCaribdis y Polifemo.
El antropólogo escocés James George Frazer recoge a lo largo de su
 obra capital, La rama dorada, cientos de cuentos y leyendas, con
 especial atención a los tabúes de todo tipo, procedentes de todas
 las partes del mundo y de todas las épocas. Uno de los mitos más
 antiguos en este sentido es el que Fraser llama alma externada,
 vinculado con la muerte y la resurrección.
Fábulas de esta clase están difundidas extensamente en el mundo,
 y del número y la variedad de incidentes y detalles de que está
 revestida la idea principal podemos deducir que la idea de un
 alma externada es una de las que han tenido más fuerte arraigo
 en la mentalidad de los hombres en una etapa histórica primitiva.
 Los cuentos populares son un fidedigno reflejo del mundo tal
 como apareció ante la mente primitiva y podemos estar seguros
 de que una idea que se encuentre corrientemente en ellos, por
 absurda que nos parezca, debió ser alguna vez artículo de fe
 corriente. Esta convicción, en lo que se refiere al supuesto poder
 de separar el alma del cuerpo por un tiempo más o menos largo,
 se corrobora ampliamente por una comparación de los cuentos
 populares en cuestión con las creencias y prácticas actuales de los salvajes.


La rama dorada, de J. G. Frazer
En el cuento de miedo popular se entrecomilla de alguna manera al Mal,
 buscando atemorizar con él a las buenas gentes, a fin de exorcizarlo,
 o quizá sólo por advertir de sus peligros. Así, el cuento de miedo
 llega en muchos aspectos a confundirse en la forma y en el fondo
 con las citadas expresiones originales del espíritu colectivo
 (¿no supone la propia Biblia un buen muestrario de relatos terroríficos?),
 cosa que no es de extrañar, dados los resortes anímicos tan sutiles
 que suelen remover en el lector o en la audiencia sus espinosos contenidos.
Tanto si se elevaban por los aires sobre escobas como sobre
 machos cabríos, el volar podía ser peligroso para las brujas...,
 ya que el tañido de la campana de una iglesia podía derribar
 su aéreo vehículo. Una bruja llamada Lucrezia fue quemada
 después de confesar que, cuando regresaba del sabbat
su demonio la arrojó sin contemplaciones al oír el toque
 del Angelus


En la Edad Media las crónicas y anales oficiales y oficiosos
aparecen salpicados de todo tipo de datos, supersticiones y
 consejas que versan sobre ogros,aparecidosbrujasduendes,
 vampiroshombres lobo y otros seres y animales malditos. 
En todos los países se ha asustado siempre a los niños
 con los demoniosindígenas respectivos, y más en concreto
 en los de habla hispana, con las distintas variantes de El Coco,
 Las antiguas herejías, la larga tradición de la alquimia
las ciencias ocultas y las sectas prohibidas, inspiraron
 igualmente multitud de fábulas y narraciones orales y escritas,
 largas y cortas, unas tirando a lo didáctico y benévolo y otras
 directamente a lo terrible; historias genuinas y deformadas
 en infinitas versiones, y dirigidas a un público en el que
 no se diferenciaban las edades.
Historia de la brujería, de Frank Donovan
En relación con la derivación literaria del terror popular, 
el crítico estadounidense Edmund Wilson, al final de la
 Segunda Guerra Mundial, habló de lo que él llamó
 «horror homeopático»:
Entonces, ¿cuál es el motivo —en estos días en que una
 solitaria casa de campo probablemente está equipada 
con luz eléctrica, radio y teléfono— de nuestro regreso
 a esos cuentos anticuados? Bastan, creo dos razones:
 primera, la añoranza de místicas experiencias que siempre
 parecen manifestarse durante períodos de confusión social,
 cuando el progreso político está bloqueado: tan pronto
 como sentimos que nuestro mundo propio nos ha fallado, 
tratamos de encontrar evidencias de otros mundos; segunda,
 el instinto de inocularnos contra el pánico de los horrores
 reales desatados en la tierra —Gestapo y G.P.U.,
 ataques de tanques y bombardeos aéreos, casas
 equipadas con trampas— por medio de inyecciones
 de horror imaginario, lo cual nos tranquiliza con la pasajera
 ilusión de que las fuerzas del crimen y la locura puedan
 ser domadas y obligadas a proveernos con un simple
 entrenimiento dramático. Hasta tratamos de hacerlas
 agradables y divertidas, como en Arsénico por compasión,
 que difícilmente hubiera podido hacerse popular o siquiera
 ponerse en escena durante cualquier otro periodo de nuestra
 historia.


De Un tratado sobre cuentos de horror (1944)
Sobre este terror literario (y ciñéndonos en todo momento a la literatura occidental),
 difícilmente se entiende el hecho de que, pese a tratarse de una modalidad con
 tan venerables precedentes y que ha contado entre sus cultivadores con algunos 
de los mejores escritores, tanto en Occidente como en el Oriente, de todas las
 épocas, hoy en día se trate al objeto de este artículo con una cierta distancia,
 sin duda despectiva, como vulgar literatura “de género”, fenómeno debido tal
 vez a las connotaciones negativas adquiridas por el contacto, en los últimos
 años, con cierto tipo de cine y otras manifestaciones audiovisuales de baja
 calidad y peor gusto (el subgénero conocido como gore, de origen anglosajón).


Dejando aparte las fuentes tradicionales, nutridas de la cultura y
 la historia de los pueblos, el cuento de terror literario trata de
 vérselas y hacerse eco de esos espantos mucho más personales
 que nos persiguen y agobian a través de las pesadillas.
 Un cuento de terror no supone, en realidad, más que un intento de recrear
 con fines catárticos (si bien no falta quien afirme que sádicos) tales
 mundos oníricos, con todo lo de estrambótico y siniestro que contienen,
 aunque acatando siempre unas determinadas reglas. Sólo hay una 
salvedad: al final, llegada la necesidad, no le asiste a uno el recurso
 de despertarse.
Como producto artístico, el cuento de miedo se ve constreñido, pues,
 por una normativa procedimental característica. Adolfo Bioy Casares,
 en el prólogo a la Antología de la literatura fantástica, cita leyes
 generales, por un lado, y especiales (para cada cuento específico),
 por otro, pero son tres los elementos o exigencias fundamentales
 que se admiten comúnmente como requisitos a cumplir. En
 primer lugar, ha de verificarse un cuidado muy especial en el diseño 
del clima, la "atmósfera" que rodea los siniestros acontecimientos de
 marras, aspecto este en el cual los grandes autores se evidencian a
 menudo como auténticos virtuosos. «La atmósfera es siempre el elemento
 más importante, por cuanto el criterio final de la autenticidad no reside 
en urdir la trama, sino en la creación de una impresión determinada.»
 (Lovecraft, op. cit.)
El cuentista suele asimismo trabajar con gran detalle el desarrollo
 narrativo, la gradación de efectos, es decir, la estructura secuencial 
de la historia, de manera que contribuya en todo lo posible a la
suspensión de la incredulidad del lector, a la verosimilitud
 (tan apreciada o más que la propia originalidad por Poe);
 lo que se pretende suscitar en el lector es el miedo, y está de sobra
 demostrado que a tal efecto prima una mecánica lenta y gradual.
En el cuento propiamente dicho —donde no hay espacio
 para desarrollar caracteres o para una gran profusión y
 variedad incidental—, la mera construcción se requiere
 mucho más imperiosamente que en la novela. En esta última,
 una trama defectuosa puede escapar a la observación, cosa
 que jamás ocurrirá en un cuento. Empero, la mayoría de
 nuestros cuentistas desdeña la distinción. Parecen empezar
 sus relatos sin saber cómo van a terminar; y, por lo general,
 sus finales —como otros tantos gobiernos de Trínculo—,
 parecen haber olvidado sus comienzos.

de Marginalia, por Edgar A. Poe

Todo cuento de terror, finalmente, como se ha dicho, resulta 

en un pequeño tratado sobre el Mal en alguno de sus infinitos rostros
 y formas, por lo que, en principio, conviene obviar toda otra consideración,
 moralista o sensible, a la hora de abordar su ejecución o su lectura.

Bioy Casares, aunque refiriéndose a la literatura fantástica, añade
 otro factor de obviedad fundamental: la "sorpresa", que, además
 de argumental, puede ser verbal (por la terminología utilizada), e
 incluso de puntuación.


Los auténticos cuentos macabros cuentan con algo más que
 un misterioso asesino, unos huesos ensangrentados o unos
 espectros agitando sus cadenas según la vieja regla.
 Pues debe respirarse en ellos una determinada atmósfera
 de expectación e inexplicable temor ante lo ignoto y el más
 allá; han de estar presentes unas fuerzas desconocidas (...)
 la maligna y específica suspensión o la derrota de las leyes
 desde siempre vigentes de la Naturaleza, que representan
 nuestra única salvaguardia contra los asaltos del caos y
 los demonios del espacio insondable.


El horror sobrenatural en la literatura, de H. P. Lovecraft
En Lovecraft parece haberse inspirado para su definición el médico
 y estudioso español Rafael Llopis, responsable de algunas de las
, hoy por hoy, más importantes antologías aparecidas en lengua
 castellana (Los Mitos de CthulhuAntología de cuentos de terror...):
Lo que caracteriza al verdadero cuento de miedo es la
 aparición de un elemento sobrenatural e inexplicable,
 totalmente irreductible al universo conocido, que rompe 
los esquemas conceptuales vigentes e insinúa la existencia
 de leyes y dimensiones que no podemos ni intentar comprender,
 so pena de sufrir graves cortocircuitos cerebrales.


Prólogo de Los mitos de Cthulhu
He aquí una referencia clara al cuento de terror literario,
 aunque parece más bien restringirse al modelo y espíritu del
 propio Lovecraft. Pero lo que habría que destacar sin duda es
 el elemento "sobrenatural", hoy también conocido como "paranormal".
Llopis, por otra parte, hace oscilar el género de la novela larga al relato
 breve, de lo irreal al realismo, del realismo al onirismo, del cuento
 al informe técnico, del informe técnico a la ciencia-ficción, de ésta
 al misticismo, etc., en sucesivas oleadas.
El escritor y especialista británico L. P. Hartley describía una
 de sus variedades, el cuento de fantasmas, como «la forma 
más exigente del arte literario».
Los compiladores Michael Cox y R. A. Gilbert (Historias de fantasmas
 de la literatura inglesa, Edhasa), acerca de esta misma variedad,
 sostienen que
Los protagonistas fantasmales deben actuar con intencionalidad;
 sus acciones, o las consecuencias de las mismas, deben constituir
 el tema central del relato, en lugar de las acciones de los vivos.
 Y, lo más importante, todo fantasma, sea humano, animal o
 cadáver reanimado, debe estar indiscutiblemente muerto.


Prólogo de Historias de fantasmas de la literatura inglesa
El antologista norteamericano David G. Hartwell (responsable,
 entre otras contribuciones, de la antología The dark descent,
 traducido como El gran libro del terror por Ed. Martínez Roca)
 afirma que al final de un cuento de terror, el lector se queda
 con una nueva percepción de la naturaleza de la realidad, y
 divide la literatura de terror en tres corrientes: 1. La alegoría
 moral (relatos sobrenaturales). 2. La metáfora psicológica
 (psicopatologías varias), y 3. Lo fantástico (la moderna
 mezcla de ambas).
El escritor y estudioso del cuento Enrique Anderson Imbert
 (Teoría y técnica del cuento) se queja de las clasificaciones
 habituales:
Algunas clasificaciones son demasiado abstractas. Roger
 Caillois ha propuesto que se prepare una tabla teórica y 
de ahí se deduzcan y prevean los temas actuales y posibles,
 de la misma manera que de la tabla de propiedades 
químicas de Mendeliev se pudieron predecir elementos
 hasta entonces desconocidos. Otras clasificaciones son
 demasiado concretas. Enumeran todas las variantes temáticas
 que les vienen a las mientes. Si en la tabla general se habla de
 "seres inexistentes", en la enumeración concreta se habla de
 dioses, ángeles, hadas, duendes, gigantes, monstruos,
 brujas, fantasmas, vampiros, licántropos, esqueletos,
 larvas y así ad nauseam (...) por prolijas
 que sean las listas de temas siempre quedan
 cuentos que no se dejan clasificar. Los del subgénero
 de la ciencia-ficción son los que más se resisten.
Anteriormente, los escritores y compiladores argentinos 
 a juzgar por el principio de selección que pareció animarlos
 a la hora de reunir los materiales de su célebre Antología de la
 literatura fantástica (1940), habían hecho coincidir en gran medida
 el relato fantástico con el de terror, lo que no ayuda precisamente
 como guía a aquellos con vocación clasificadora. Bioy Casares
 afirmaba en el prólogo de la obra citada que no hay un tipo de 
cuento fantástico, sino muchos. Lo mismo puede aplicarse al cuento
 de terror. Tan absurdo parece ya dividirlo en cuentos de vampiros,
 de fantasmas, de muertos vivientes, etc., como atender a criterios
 puramente técnicos o estructurales para su estudio. El grado de
 sofisticación literaria en este campo concreto (como en cualquier
 otra manifestación artística, a la vuelta del siglo XX, lo que en música
 se conoce por “mestizaje”) ha llegado a tal punto que difícilmente 
resultará verosímil —meramente productivo— otro criterio de 
selección que el meramente histórico.

Los antecedentes inmediatos del formato breve, como tal, hay
 que buscarlos, no obstante, en el largo, más en concreto en la
 llamada 'novela gótica' (véase literatura de terror gótico), que floreció
 en la segunda mitad del siglo XVIII y primera del XIX, en tierra de nadie
 entre racionalismo y romanticismo. Los grandes novelistas góticos,
 inspirados principalmente en el romanticismo alemán y en autores 
 en los demonios de Goethe y los fantasmas de Shakespeare,
 entendieron por sobrenatural un tétrico submundo poblado de nobles
 atrabiliarios, espectros aulladores y monjas ensangrentadas, 
pululando preferentemente por lóbregas catacumbas de castillos
 medievales marcados por alguna oscura maldición, convenientemente
 subrayada a cada paso por rayos, truenos y centellas de tormenta

La parte baja del castillo estaba recorrida por varios claustros

 intrincados, y no resultaba fácil para alguien tan ansioso dar con
 la puerta que se abría a la caverna. Un terrible silencio reinaba
 en aquellas regiones subterráneas, salvo, de vez en cuando,
 algunas corrientes de aire que golpeaban las puertas que ella
 había franqueado, y cuyos goznes, al rechinar, proyectaban su
 eco por aquel largo laberinto de oscuridad. Cada murmullo le
 producía un nuevo terror, pero aún temía más escuchar la voz
 airada de Manfredo urgiendo a sus criados a perseguirla.
El inglés Horace Walpole fue el padre de la exitosa serie
 (El castillo de Otranto, 1764). Años más tarde, tuvo como 
destacados continuadores a William Beckford(Vathek, 1786),
 la escritora Ann Radcliffe (Los misterios de Udolfo, 1794), a
 Matthew G. Lewis (El monje, 1796) y Charles Maturin
 (Melmoth el errabundo, 1820), sin olvidar a la que fue precursora de
 la ciencia-ficción Mary Shelley (Frankenstein o el Moderno Prometeo,
 de 1817). También cabría mencionar aquí la novelaManuscrito 
encontrado en Zaragoza (1805), del polaco Jan Potocki.
 (Para más información, véase el artículo correspondiente:
El castillo de Otranto, de Horace Walpole
Entre los primeros cuentistas propiamente dichos, es preciso
 nombrar al alemán E.T.A. Hoffmann (1776-1822), a quien
 Lovecraft llegó a tachar de ligero y extravagante, pero cuyo talento
 pionero anticipó muchos de los temas y formas que dominarían en
 años posteriores, incluyendo la ciencia-ficción, a través de títulos
 como El magnetizadorEl hombre de arena o Los autómatas.

El francés Charles Nodier (1780-1844), bibliotecario de enorme
 prestigio en su tiempo, además de filósofo, científico y alborotador
 político, a raíz de su devoción por Hoffmann, dejó a la posteridad un
 nutrido ramillete de obritas repletas de brujas, vampiros y espectros
 varios, a medias entresacados de la tradición popular y de su propia
 cosecha. En ellas se aúnan la sencillez de diseño y el delicioso
 sonsonete del viejo cuento de aparecidos: El vampiro Arnold-Paul
, El espectro de Olivier, Las aventuras de Thibaud de la Jacquière,
 El tesoro del diablo.
Los huéspedes infernales comenzaron entonces a mover las
 mesas, a aullar, a mirar por las ventanas, adoptando formas
 de osos, lobos, gatos, y de hombres terribles, en cuyas manos
 se veían vasos llenos de vino, pescados y carne cocida y asada.


Historia de una aparición de demonios y espectros en 1609
, de Charles Nodier
Algo posterior, en España, el romántico tardío Gustavo Adolfo Bécquer (
1836-1870) fue muy aclamado por sus Leyendas las cuales contienen
 algunos cuentos de miedo de extraordinario mérito (El monte de las
 ÁnimasEl miserereMaese Pérez el organista...).

Escritores netamente románticos como Théophile Gautier
 (La muerta enamorada), Prosper Mérimée (La venus de Ille),
 Walter Scott (La habitación tapizada), Víctor Hugo (Hans de Islandia),
 Washington Irving (La leyenda de Sleepy Hollow) y el Barón de la
 Motte-Fouqué (Ondina, novela corta), se sintieron pronto atraídos
 por la nueva corriente, contribuyendo de una u otra forma y con
 desigual fortuna a la misma, si bien ninguno de ellos cultivó con
 asiduidad el cuento de terror propiamente dicho.
...refirió cosas horribles. Entre otras, asegura que vio a
 los esqueletos de los antiguos templarios y de los nobles
 de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse
 al punto de la oración con un estrépito horrible, y, caballeros
 sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera
 a una mujer hermosa, pálida y desmelenada, que con los
 pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de horror,
 daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.


El Monte de las Ánimas, de Gustavo A. Bécquer


El norteamericano Edgar Allan Poe (1809-1849) y el irlandés
 Joseph Sheridan Le Fanu (1818-1873) son comúnmente considerados
 los dos autores que abrieron camino en el género. De Le Fanu se dice
 que es el fundador del relato de fantasmas ("ghost story") moderno en
 Gran Bretaña (El fantasma de la Señora Crowl, Té verde, El vigilante,
 Dickon el diablo...), modalidad que tanta repercusión tendría luego
 en la época victoriana. Pero lo que lo asemeja a Poe es el novedoso
 tratamiento que da al fenómeno maléfico. La fácil explicación racional
, y aún más, el desenlace moralista positivo (la mano de la Providencia
 Divina surgiendo de un modo u otro al final para poner las cosas,
 al monstruo, al bueno y al malo, en su sitio) serán desterrados 
definitivamente por estos autores. Ambos, además, inaugurarán
 el llamado "terror psicológico", más atento a la "atmósfera" de la
 historia y a medir los efectos emocionales que al mero susto.
Decidió a la vez que era preciso despojar al relato de todo elemento
 narrativo accesorio, alejándolo de la prolijidad novelística. Sobraba
 todo aquello que no contribuyera al efecto puntual deseado; así, 
de entrada, en sus cuentos no tienen cabida las citadas consideraciones
 sociales, morales, religiosas («Comprendió que la eficacia de un
 cuento depende de su intensidad como acaecimiento puro, es decir,
 que todo comentario al acaecimiento en sí (...) debe ser radicalmente
 suprimido»: Cortázar, op. cit. pág. 34). En sus poderosas
 fantasmagorías no se trasluce otra cosa que una imaginación y
 una inteligencia portentosas rígidamente al servicio de un designio
 artístico. Poe no se fundamentó en una tradición específica. Ante las
 acusaciones que se le dirigían de tratar de imitar a los alemanes,
 afirmó: «Ese terror no viene de Alemania, sino del alma» (prólogo
 de Cuentos de lo grotesco y arabesco, afirmación que ha sido corroborada
 por gran parte de la crítica). Ningún otro autor, anterior o posterior,
 ha sabido evocar como él una atmósfera malsana y de pesadilla,
 hilvanar las escenas con tan infernal habilidad, culminar las historias
 con tan sonora consistencia; retratar "los efectos de la condenación",
 según Van Wyck Brooks.

Con Poe, el cuento de terror alcanzará sus más altas cimas
 muy pronto, hacia los años 30 del siglo XIX, periodo que vio
 nacer el cuento como género autónomo, al decir de Cortázar
 (introducción a Ensayos y críticas de E. A. Poe). El norteamericano
 es maestro absoluto del género porque, en primer lugar, siguiendo 
al propio Cortázar, lo es de la técnica del relato breve en sí. Por un
 lado su gran instinto narrativo (que ya reconocía su detractor
 R. L. Stevenson) y por otro su gran bagaje poético, le indujeron a
 incorporar a un ámbito que él determinó muy exigente y especializado,
 elementos sin embargo muy dispares, procedentes de las artes
 plásticas, de la música, de la misma poesía, a los que incorporaba
 incluso los efectos distorsionantes de los alucinógenos.
De Poe afirmó su seguidor Lovecraft: «Realizó lo que nadie había
 realizado o podía haber realizado, y a él debemos el relato de horror
 moderno en su estado final y perfecto.» (Títulos: El gato negro, 
La caída de la Casa Usher, El barril de amontillado, El corazón delator.)
Durante todo un día de otoño, triste, oscuro, silencioso, cuando
 las nubes se cernían bajas y pesadas en el cielo, crucé solo,
 a caballo, una región singularmente lugubre del país; y, al fin,
 al acercarse las sombras de la noche, me encontré a la vista
 de la melancólica Casa Usher. No sé cómo fue, pero a la
 primera mirada que eché al edificio invadió mi espíritu un
 sentimiento de insoportable tristeza.


La caída de la Casa Usher, de Edgar A. Poe
Al igual que Herman Melville, el propio Poe alabó a su contemporáneo
 y compatriota Nathaniel Hawthorne (1804-1864) como hombre de
 genio (reseña de Twice-Told Tales, de Hawthorne). Este autor, 
aunque gran estilista, se hallaba muy lastrado por el rígido puritanismo
 en que se formó (un pariente suyo fue juez en los procesos contra la
 brujería celebrados en Salem), y no supo o no quiso transmitir a sus
 historias ni la fuerza ni el desgarro artístico que admiran en aquél.
 (Títulos: Wakefield, El velo negro del predicador, El experimento
 del Dr. Heidegger.)
En Francia, los alsacianos Erckmann y Chatrian, nacidos en 1822
 y 1826, respectivamente, cultivaron un estilo campechano muy eficaz
, con grandes influencias alemanas (Hugo el loboEl burgomaestre
 embotellado).
El terror recuperó con el periodista norteamericano Ambrose Bierce 
(1842-1914?) toda la garra y la intensidad que había desarrollado
 Poe en sus orígenes. En sus arrebatadoras fantasías, muchas 
de ellas ambientadas en la Guerra de Secesión americana,
 el terror pánico acecha siempre en las cercanías, y en el momento
 de desatarse parece decidido a devorar vivos literalmente a los
 personajes. (Títulos: La cosa maldita, La muerte de Halpin Frayser
, Un habitante de Carcosa, La ventana tapiada...).

Pero es al también francés Guy de Maupassant (1850-1893), 
discípulo de Flaubert y admirador de Poe, a quien debe la literatura
 europea de terror algunas de sus mejores piezas. Sus hondas
 convicciones naturalistas generaron, probablemente, los acusados
 tintes emocionales presentes en sus mejores cuentos. Sus temas
 fueron el pánico, la soledad, la locura, la perdición.
 (Títulos: El Horla, ¿Quién sabe?, La cabellera, ¿Loco?)
Observé con estupor que nada me resultaba familiar.
 A mi alrededor se extendía una inmensa llanura desierta,
 barrida por el viento, cubierta de yerbas altas y marchitas
 que se agitaban y silbaban bajo la brisa de otoño, mensajera
 de Dios sabe qué misterios e inquietudes. A largos intervalos,
 veía unas rocas que emergían del suelo con formas extrañas
 y fúnebres colores.


Un habitante de Carcosa, de Ambrose Bierce
A partir de la segunda mitad del siglo XIX, el terror encontró
 un grupo de dignísimos cultivadores entre los grandes novelistas
 de la época: Charles Dickens (La casa encantada), Robert Louis Stevenson 
(Markheim), Rudyard Kipling (El rickshaw fantasma),
 Arthur Conan Doyle (El parásito), H. G. Wells (El difunto míster Elvesham),
 Henry James (Los amigos de los amigos), Bram Stoker(El entierro de las ratas)..
.Lo que había oído cuando Chartie gritó —me refiero al otro
 grito, aún más trágico— ¿era el grito de desesperación
 de la desdichada mujer al recibir el golpe, o el sollozo articulado
 (fue como una ráfaga de una gran tormenta) del espíritu
 exorcizado y apaciguado? Posiblemente esto último,
 porque aquélla fue, misericordiosamente, la última de
 las apariciones de Sir Edmund Orme.


Sir Edmund Orme, de Henry JamesDe este periodo es
 preciso destacar a cuatro autores: M. R. JamesArthur Machen,
 Algernon Blackwood y Walter de la Mare, con quienes culmina
 el cuento de fantasmas victoriano.

El cuento de fantasmas en sí viviría su apogeo en la época
 victoriana y en los comienzos del siglo XX, alcanzando niveles
 nunca vistos de calidad y sofisticación. La lista de representantes
 ingleses es interminable: Saki (El narrador de fábulas),
 Margaret Oliphant (La puerta abierta, novela corta),
 Vernon Lee (Una voz perversa), E. F. Benson (El cuarto de la torre),
 Richard Middleton (En el camino de Brighton), L. P. Hartley (Tres
 o cuatro a cenar), H. Russell Wakefield (El triunfo de la muerte)
,Edith Wharton (La campanilla de la doncella) , M. P. Shiel (La
 mansión de los ruidos), Hugh Walpole (El fantasmita)...
M. R. James (1862-1936), erudito y profesor universitario, fue gran
 amante de la obra de Le Fanu, a quien consideraba el más
 grande escritor de lo sobrenatural. Sus espectros, criaturas siempre
 extrañas e inesperadas que unas veces escapan de profundos
 escondrijos excavados en cementerios y catedrales y otras se
 confunden con la luz diurna y los objetos más familiares,
 prefiguran muchos de los horrores "cotidianos" que las generaciones
 posteriores pondrían de moda. (Títulos: El sitial del coro, Silba y acudiré,
 El álbum del canónigo Alberico.)
El galés Arthur Machen (1863-1947) fue el autor que enterró
 definitivamente los exhaustos horrores góticos. Encontró su
 principal fuente de inspiración en las antiguas leyendas romanas
 y celtas de su tierra. Al intentar una especie de neopaganismo, 
anticipó la teogonía macabra desarrollada por su seguidor más
 notable, H. P. Lovecraft. (Títulos: La pirámide ardiente, El pueblo
 blanco, Los tres impostores.)
Algernon Blackwood (1869-1951) es un gran cultivador del misterio
 fantasmagórico, pero en ocasiones aporta al género un elemento
 desconocido hasta el momento, como es el horror enmarcado
 en majestuosos parajes de naturaleza virgen, adornado de
 connotaciones paganas (en esto se equiparará a Machen).
 (Títulos: El Wendigo, Los sauces, La casa vacía, Culto secreto.)
Por lo que Simpson puede recordar, fue un movimiento
 violento, como de algo que se arrastraba en el interior
 de la tienda, lo que le despertó y le hizo darse cuenta
 de que su compañero estaba sentado, muy tieso, junto
 a él. Estaba temblando. Debían de haber pasado varias
 horas, porque el pálido resplandor del alba recortaba su
 silueta contra la tela de la tienda.


El Wendigo, de Algernon Blackwood
Walter de la Mare (1873-1956), también poeta y antologista de
 prestigio, fue uno de los mejores estilistas del género, maestro
 del terror psicológico y urdidor de extrañas y sutiles tramas
 protagonizadas por los sueños, la ansiedad y una callada
 desesperación. (Títulos: La tía de Seaton, La orgía: un idilio, 
Todos los santos, La trompeta.)
Edmund Wilson incluye en esta etapa a Franz Kafka, cuyos cuentos
 «son al mismo tiempo sátiras de la burguesía y visiones de horror
 moral; narraciones que son lógicas y dominan nuestra atención y
 fantasías que generan más escalofríos que toda la combinación
 de Algernon Blackwood y M. R. James juntos. Un maestro puede
 hacer que parezca más horrible ser perseguido por dos pelotitas
 que por el espíritu de un maligno caballero templario, y más natural
 covertirse en una cucaracha que ser mordido por una araña
 diabólica» (op. cit.).
Lovecraft y compañía

H. P. Lovecraft (1890-1937), norteamericano de Providence,
 es reconocido por la crítica, junto a Poe, como el máximo exponente
 del cuento de terror. Su aportación más importante fue el llamado
 "cuento materialista de terror". Mezclando el espanto con la
 ciencia-ficción, se trata de una narración de horror cósmico que
 propone una nueva mitología plena de escalofriantes dioses y
 monstruosidades arquetípicos; se ha dicho que se trata de la última
 mitología que ha conocido Occidente: los Mitos de Cthulhu. Devoto
 de Poe, sus otras fuentes conocidas son el fantástico y enigmático
 mundo de los sueños, la historia y el paisaje de Nueva Inglaterra,
 su tierra, y un selecto grupo de autores de su predilección:
 William Hope Hodgson (Una voz en la noche),
 et alii. (Títulos: El horror de Dunwich, La sombra sobre Innsmouth,
 En la noche de los tiempos, El clérigo malvado...).
Robert Suydam había logrado su objetivo y su victoria
 en un esfuerzo final que le desgarró los tendones, provocando
 el desmoronamiento de su cuerpo nauseabundo. El impulso
 había sido tremendo, pero su fuerza resistió hasta el final; y
 mientras caía convertido en una pústula fangosa de corrupción,
 el pedestal se tambaleó, se volcó y finalmente se precipitó desde
 su base de ónice a las espesas aguas, despidiendo un último
 destello de oro tallado al hundirse pesadamente en los negros
 abismos del Tártaro inferior.


El horror de Red Hook, de H. P. Lovecraft
Pese a sus hábitos e idiosincrasia saturninos, Lovecraft 
conoció en vida una nutrida camarilla de imitadores y seguidores
 que formaron con él el llamado Círculo de Lovecraft. Entre estos
 se encuentran algunos de los más sólidos cuentistas de esa 
generación: Robert Bloch (El vampiro estelar), Fritz Leiber (
El expreso de Belsen), Frank Belknap Long (Los visitantes de otoño),
 Clark Ashton Smith (Estirpe de la cripta), August Derleth (
El sello de R'lyeh), Robert E. Howard (La piedra negra)...
En el mundo anglosajón
Otros grandes cuentistas norteamericanos de la época:
 R. W. Chambers (El signo amarillo), F. Marion Crawford (
La litera de arriba) y el prolífico escritor de Weird TalesSeabury Quinn
 (El último hombre).

A partir de los años 70 del siglo XX, el terror literario registra
 una acusada tendencia a la novela larga en detrimento del cuento.
 Entre los más conocidos autores contemporáneos, en su mayoría
 norteamericanos, hay que mencionar a Robert Aickman 
(Las espadas), T. E. D. Klein (Los hijos del reino), Dan Simmons 
(El río Estigia fluye corriente arriba), Ramsey Campbell (La camada),
 Peter Straub (La esposa del general), Dean Koontz (Terra Phobia),
 Theodore Sturgeon (Segmento brillante), los clásicos
 Richard Matheson (A través de los canales) y Ray Bradbury
 (Y la roca gritó), el joven (en los 80) y rompedor Clive Barker
 (Terror) y el omnipresente e irregular Stephen King (La niebla).
 Casi todos estos autores han cultivado con acierto la ciencia-ficción,
 especialmente Bradbury y Matheson.
El motivo era evidente, pero al principio la mente de Randy
 se negó a aceptarlo... Era demasiado imposible, demasiado
 demencialmente grotesco. Mientras miraba, algo tiraba del
 pie de Deke en el espacio entre dos de las tablas que
 formaban la superficie de la balsa acuática. Entonces 
vio el brillo opaco de la cosa negra, más allá del talón
 y los dedos del pie derecho sutilmente deformado de
 Deke; un brillo opaco en el que se movían giratorios
 y malévolos colores.

La balsa, de Stephen King
Aquí puede mencionarse además a dos importantes escritoras 
de dicha nacionalidad: la ya fallecida Shirley Jackson (El
 hermoso desconocido) y Joyce Carol Oates (El rey del bingo).
La influencia de la literatura fantástica anglosajona se observa
 muy señaladamente en la obra de los argentinos
 Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, a partir de las primeras 
décadas del siglo XX. Aunque el subgénero de cuento gótico o
 de terror no fue el más desarrollado por estos autores y por sus
 continuadores (Silvina OcampoJuan Rodolfo Wilcock...), sí lo es
 el cuento fantástico, que normalmente trata de recrear un proceso
 de extrañamiento operado en la vida cotidiana, mostrándose un
 punto de vista de la realidad poco corriente, con visos de terror 
a partir de esta situación.
Por tal motivo, en la obra de Borges y Bioy se rinde culto
 a los por ellos considerados maestros de la narrativa breve
 Nathaniel HawthorneHenry James, lo que se advierte en las 
colecciones que editaron en los años 50, en Buenos Aires, que
 incluyen a éstos y otros muchos autores ingleses y estadounidenses
 de terror, del género policial y de misterio.El mexicano

 Carlos Fuentes ha dedicado varias obras al género
 (Aura, Cumpleaños, Inquieta compañía). Otro mexicano, 
el gran cuentista Juan Rulfo (1918-1986), pionero del realismo mágico
es considerado a veces escritor de terror, aparte de por su novela de
 espectros Pedro Páramo, por relatos breves como Luvina o Talpa.
 También han contribuido al género a lo largo del siglo XX los
 argentinos Leopoldo Lugones (La loba) y Santiago Dabove 
(Ser polvo), el cubano Virgilio Piñera (La carne), el uruguayo
 Felisberto Hernández (colección La casa inundada), el venezolano
 Salvador Garmendia (Claves) y el mexicano Juan José Arreola 
(La migala), entre otros.

De habla hispana, cabe mentar como auténticos especialistas
 en el cuento de miedo, a tres continuadores de Edgar Allan Poe
 en castellano, el peruano Clemente Palma (1872-1946,
 colección Cuentos malévolos), el uruguayo Horacio Quiroga (
1878-1937: El síncope blanco) y el argentino Julio Cortázar (
1914-1984): Casa tomada, Todos los fuegos el fuego, La noche
 boca arriba...
Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes.
 Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas,
 gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito
 de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus
 compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que
 ascendían ya los peldaños del sacrificio.


La noche boca arriba, de Julio Cortázar
En España, aparte del ya mencionado Bécquer, a lo largo de los
 siglos XIX y XX, escribieron cuentos de miedo, entre otros, autores
 destacados como Agustín Pérez Zaragoza (colección Galería
 fúnebre de espectros y sombras ensangrentadas),
(La mujer alta),Wenceslao Fernández Flórez (El claro en el bosque),
 Pío Baroja (Médium), Miguel de Unamuno (El que se enterró) y 
Noel Clarasó (Más allá de la muerte). Y más modernamente:
 Emilio Carrere (La casa de la cruz), Juan Perucho (colección 
Aparicions i fantasmes), Alfonso Sastre (colección Las noches
 lúgubres), Juan Benet (Catálisis), Leopoldo María Panero (El lugar
 del hijo), José María Merino (Los libros vacíos), Javier Marías (No
 más amores), Luis Mateo Díez (Los males menores),
 Cristina Fernández Cubas (El ángulo del horror), Pilar Pedraza (
Anfiteatro), José María Latorre (La noche de Cagliostro),
 Gregorio Morales (El devorador de sombras), Ángel Olgoso (
Los demonios del lugar). Otros autores españoles se encuentran
 “Nocte”, la cual cuenta con más de treinta miembros.
Publicaciones en castellano
Las editoriales en castellano nunca han parecido muy
 dispuestas a fomentar el género entre las nuevas generaciones
 de escritores. No obstante, concretamente en España, desde
 los años 60 del siglo XX, no han dejado de aparecer antologías
 de relatos macabros procedentes de poderosos sellos
l material a la creación vernácula. Tenemos así las múltiples
 ediciones en rústica de Editorial Bruguera (Las mejores historias
 insólitas, Las mejores historias de ultratumba, Las mejores historias
 de fantasmas...), a cargo de compiladores de prestigio en la materia
 como Kurt Singer, Forrest J. Ackerman o A. van Hageland,
 así como las numerosas ediciones a cargo de las editoriales,
 alguna de ellas ya desaparecida, Minotauro, Grijalbo, Molino,
 Acervo, Ultramar, Géminis, Fontamara, Versal, Uve, Siruela, Vértice, etc.

 editoriales anglosajones, prefiriéndose la importación de
De Alianza Editorial contamos con las cuidadas selecciones 
de Rafael Llopis antes citadas, traducidas por él mismo con la
 ayuda del traductor y gran especialista Francisco Torres Oliver 
(Premio Nacional de Traducción), quien desarrolló desde entonces,
 por su cuenta, una intensa y brillante labor en este campo. Editorial
 Edhasa publicó en 1989 la canónica Historias de fantasmas de la
 literatura inglesa, de Cox y Gilbert. Ed. Martínez Roca había sacado
 en 1977 la también excelente Relatos maestros de terror y misterio,
 editada por Agustí Bartra. Esta misma editorial, en los años 80 y 90
, ofertó nutridas selecciones de revistas norteamericanas de
 importancia, como Twilight Zone (Dimensión Desconocida),
 que suponen un amplio muestrario de las últimas y eclécticas
 tendencias. Más recientemente, de la especializada Editorial 
Valdemar, junto a otros muchos títulos, Felices pesadillas, en dos
 generosos volúmenes, y han surgido iniciativas nuevas como las
 protagonizadas por las editoriales Jaguar y Factoría de Ideas.
Hitos del género
Tomando como referencia los títulos que se acaban de citar,
 podría aventurarse una lista selecta de cuentos de terror,
 en orden a la especial atención que han recibido
 tradicionalmente por parte de antologistas y críticos:
 El corazón delator, de PoeEl horror de Dunwich,
 Un terror sagradoLa ventana tapiada, de Ambrose Bierce.
 El rincón alegre, de Henry James. *El enemigo, de ChejovTé verde,
 de Sheridan Le FanuEl armario, de Thomas MannLa pata de mono
de W. W. JacobsSilba y acudiré, de M. R. JamesEl guardavías, de Dickens.
 Las ratas del cementerio, de Henry Kuttner. *Una rosa para Emily,
 de Faulkner. *Luvina, de Juan Rulfo. *El médico rural, deKafka.
 *Las hermanas, de JoyceEl fumador de pipa, de Martin Armstrong.
 El burlado, de Jack LondonVinum Sabbati ( o El polvo blanco),
 El gran dios Pan, de Arthur MachenJanet, cuello torcido, de
 StevensonEl Wendigo, de Algernon BlackwoodLa casa del juez
, de Bram StokerCasa tomada, de Julio CortázarLa balsa,
(*Antologados como cuentos de misterio y terror por
 Agustí Bartra en la citada colección.)
La lista puede ampliarse indefinidamente:
 del señor Valdemar de PoeEl ser en el umbralEl que susurra
 en la oscuridadLa sombra fuera del tiempoLa llamada de Cthulhu,
 Las ratas en las paredesEl Sabueso, de LovecraftLa noche, de
 MaupassantLa renta espectralSir Edmund Orme, de Henry James
Schalken el pintorEl fantasma de la señora Crowl, de
 Sheridan Le FanuEl conde MagnusEl maleficio de las runas,
 Panorama desde la colinaMr. Humphreys y su herencia,
 El diario de Mr. PoynterLos sitiales de la catedral de Barchester,
 El grabado, de M. R. JamesEl pueblo blancoEl sello negro,
 La pirámide resplandecienteN, de Arthur MachenOlalla,
 El ladrón de cadáveres, de StevensonLos saucesAntiguas
 brujeríasDescenso a Egipto, deAlgernon BlackwoodLa habitación 
de la torre, de E. F. BensonEl hijoEl espectroEl almohadón de
 plumasLa gallina degollada, de Horacio QuirogaCirce,
 Cartas de mamáLa noche boca arribaLas babas del diablo,
 de Julio CortázarCrouch EndSoy la puertaA veces vuelven,
 de Stephen KingLa novia, de M. P. ShielAura, de Carlos Fuentes.
 La trama celesteEn memoria de Paulina, de Adolfo Bioy Casares.
 La puerta en el muro, de H. G. Wells¿Qué es esto?, de Fitz James O'Brien.
 La nave abandonadaLa nave de piedra, de William Hope Hodgson.
 El vampiro, deJohn William PolidoriEl osito de felpa del profesor,
 de Theodore SturgeonLos veraneantes, de Shirley Jackson.
 El joven Goodman BrownLa hija de Rappaccini, de Nathaniel
 HawthorneJohn Barrington Cowles, de Arthur Conan Doyle.
 La marca de la bestiaLa extraña cabalgada de Morrowbie Jukes,
 de Rudyard KiplingEl beso, de Gustavo Adolfo BécquerLa araña,
 de H. H. Ewers.Porque la sangre es vida de F. Marion Crawford
Vera, de Villiers de L´Isle-AdamLa familia del vurdalak, de
 El jardín del Montarto, Era una presencia muerta, de Noel Clarasó
El grano de la granada, de Edith WhartonEl olor, de P. McGrath.
 Ovando, de J. Kincaid. Mirad allí arriba, de H. Russell WakefieldEl patio,
 La tercera expedición, Los hombres de la Tierra, de Ray BradburyLord Mountdrago,
 de William Somerset MaughamBethmooraLa oficina de cambio
 de males, de Lord DunsanyDe profundis, deWalter de la Mare.
 Los perros de Tíndalos, de Frank Belknap LongLa reina muerta
de R. Coover. El papel amarillo, de Charlotte P. Gilman. El valle de lo
 perdido, de Robert E. HowardEl escultor de gárgolas,
 El final de la historia, de Clark Ashton SmithVoces quedas
 en Passenham, de T. H. White. Los cicerones, de Robert Aickman.
 Fullcircle, de John BuchanEt in sempiternum pereant, de
 Charles WilliamsEl monje negro, de Antón Chéjov...









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