CULTURA GOTICA , DARK , BLOOD , ESCRITOS E IMAGENES OSCURAS
SI ALGUNO DE LOS LECTORES DE ESTE BLOCK, LE GUSTARIA QUE SE EDITARA ALGUN ESCRITO SUYO, O LO QUE TENGA EN MENTE, RUEGO SE MANDE A LA DIRECCION snake@ono.com , PONIENDO EN EL ASUNTO DEL MAIL , EL NOMBRE DEL BLOG " GOTICO" ; A PARTE EN EL CUERPO DEL MENSAJE, SU MAIL, SI QUIERE QUE SE EDITE, ASI COMO EL NOMBRE DEL ESCRITO, Y LO QUE DESEE QUE ACOMPAÑE A EL... (TITULO, NOMBRE O SEUDONIMO,...)
Vos sabés las que se arman en cualquier cancha más allá de Propios. Y si no acordate del campito del Astral, donde mataron a la vieja Ulpiana. Los años que estuvo hinchándola desde el alambrado y, la fatalidad, justo esa tarde, no pudo disparar por la uña encarnada. Y si no acordate de aquella canchita de mala muerte, creo que la del Torricelli, donde le movieron el esqueleto al pobre Cabeza, un negro de mano armada, puro pamento, que ese día le dio la j.oca de escupir cuando ellos pasaban con la bandera. Y si no acordate de los menores de Cuchilla Grande, que mandaron al nosocomio al back del Catamarca, y todo porque le habían hecho al capitán de ellos la mejor i . ugada recia de la tarde. No es que me arrepienta, ¿sabés? de estar aquí en el hospital, se lo podés decir con todas las letras a la barra del Wilson. Pero para poder jugar más allá de Propios hay que tenerlas bien puestas. ¿O qué te parece haber ganado aquella final contra el Corrales, jugando nada menos que nueve contra once? Hace ya dos años y me parece ver al Pampa, que todavía no había cometido el afane pero lo estaba germinando, correrse por la punta y escupir el centro, justo a los cuarenta y cuatro de la segunda etapa, y yo que la veo venir y la coloco tan al ángulo que el golerito no la pudo ni pellizcar y ahí quedó despatarrado, mandándose la parte porque los de Progreso le habían echado el ojo. ¿O qué te parece haber aguantado hasta el final en la cancha del Deportivo Yi, donde ellos tenían el juez, los línema y una hinchada piojosa que te escupía hasta en los minutos adicionados por suspensiones de juego, y eso cuando no entraban al fiel y te gritaban: ¡Yi! ¡Y¡! ¡Yi! como si estuvieran llorando, pero refregándole de paso el puño por la trompa? Y uno haciéndose el etcétera porque si no te tapaban. Lo que yo digo es que así no podemos seguir. 0 somos amater o somos profesional. Y si somos profesional que vengan los fasules. Aquí no es el Estadio, con protección policial y con esos mamitas que se revuelcan en el área sin que nadie los toque. Aquí si te hacen un penal no te despertás hasta el jueves a más tardar. Lo que está bien. Pero no podés pretender que te maten y después ni se acuerden de vos. Yo sé que para todos estuve horrible y no preciso que me pongas esa cara de Rosigna y Moretti. Pero ni vos ni don Amílcar entienden ni entenderán nunca lo que pasa. Claro, para ustedes es fácil ver la cosa desde el alambrado. Pero hay que estar sobre el pastito, allí te olvidás de todo, de las instrucciones del entrenador y de lo que te paga algún mafloso. Te viene una cosa de adentro y tenés que llevar la redonda. Lo ves venir al jalva con su carita de rompehueso y sin embargo no podés dejársela. Tenés que pasarlo, tenés que pasarlo siempre, como si te estuvieran dirigiendo por control remoto. Si te digo que yo sabía que esto no iba a resultar, pero don Amílcar que empieza a inflar y todos los días a buscarme a la fábrica. Que yo era un puntero izquierdo de condiciones, que era una lástima que ganara tan poco, y que cuando perdiéramos la final él me iba arreglar el pase para el Everton. Ahora vos calculá lo que representa un pase para el Everton, donde además de don Amílcar que después de todo no es más que un cafisho de putas pobres, está nada menos que el doctor Urrutia, que ése sí es Director de Ente Autónomo y ya colocó en Talleres al entreala de ellos. Especialmente por la vieja, sabés, otra seguridad, porque en la fábrica ya estoy viendo que en la próxima huelga me dejan con dos manos atrás y una adelante. Y era pensando en esto que fui al café Industria a hablar con don Amílcar. Te aseguro que me habló como un padre, pensando, claro, que yo no iba a aceptar. A mí me daba risa tanta delicadeza. Que si ganábamos nosotros iba a ascender un club demasiado díscolo, te juro que dijo díscolo, y eso no convenía a los sagrados intereses del deporte nacional. Que en cambio el Everton hacía dos años que ganaba el premio a la corrección deportiva y era justo que ascendiera otro escalón. En la duda, atenti, pensé para mi entretela. Entonces le dije el asunto es grave y el coso supo con quien trataba. Me miró que parecía una lupa y yo le aguanté a pie firme y le repetí que el asunto es grave. Ahí no tuvo más remedio que reírse y me hizo una bruta guiñada y que era una barbaridad que una inteligencia como yo trabajase a lo bestia en esa fábrica. Yo pensé te clavaste la foja y le hice una entradita sobre Urrutia y el Ente Autónomo. Después, para ponerlo nervioso, le dije que uno también tiene su condición social. Pero el hombre se dio cuenta que yo estaba blando y desembuchó las cifras. Graso error. Allí no más le saqué sesenta. El reglamento era éste: todos sabían que yo era el hombre gol, así que los pases vendrían a mí como un solo hombre. Yo tenía que eludir a dos o tres y tirar apenas desviado o pegar en la tierra y mandarme la parte de la bronca. El coso decía que nadie se iba a dar cuenta que yo corría pa los italianos. Dijo que también iban a tocar a Murias, porque era un tipo macanudo y no lo tomaba a mal. Le pregunté solapadarnente si también Murias iba a entrar en Talleres y me contestó que no, que ese puesto era diametralmente mío. Pero después en la cancha lo de Murias fue una vergüenza. El pardo no disimuló ni medio: se tiraba como una mula y siempre lo dejaban en el suelo. A los veintiocho minutos ya lo habían expulsado porque en un escrimaye le dio al entreala de ellos un codazo en el hígado. Yo veía de lejos tirándose de palo a palo al meyado Valverde que es de esos idiotas que rechazan muy pitucos cualquier oferta como la gente, y te juro por la vieja que es un amater de órdago, porque hasta la mujer, que es una milonguita, le mete los cuernos en todo sector. Pero la cosa es que el meyado se rompía y se le tiraba a los pies nada menos que a Bademian, ese armenio con patada de burro que hace tres años casi mata de un tiro libre al golero del Cardona. Y pasa que te contaglás y sentís algo dentro y empezás a eludir y seguís haciendo dribles en la línea del córner como cualquier mandrake y no puede ser que con dos hombres menos (porque al Tito también lo echaron, pero por bruto) nos perdiéramos el ascenso. Dos o tres veces me la dejé quitar, pero, ¿sabés?, me daba un dolor bárbaro porque el jalva que me marcaba era más malo que tomar agua sudando y los otros iban a pensar que yo había disminuido mi estándar de juego, Allí el entrenador me ordenó que jugara atrasado para ayudar a la defensa y yo pensé que eso me venía al trome porque jugando atrás ya no era el hombre-gol y no se notaría tanto si tiraba como la mona. Así y todo me mandé dos boleos que pasaron arañando el palo y estaba quedando bien con todos. Pero cuando me corrí y se la pasé al ñato Silveira para que entrara él y ese tarado me la pasó de nuevo, a mí que estaba solo, no tuve más remedio que pegar en la tierra porque si no iba a ser muy bravo no meter el gol. Entonces mientras yo hacía que me arreglaba los zapatos el entrenador me gritó a lo Tittarufo: «¿Qué tenés en la cabeza? ¿Moco?» Esto, te juro, me tocó aquí adentro, porque yo no tengo moco y si no preguntale a don Amílcar, él siempre dijo que soy un puntero inteligente porque juego con la cabeza levantada. Entonces ya no vi más, se me subió la calabresa y le quise demostrar al coso ése que cuando quiero sé mover la guinda y me saqué de encima a cuatro o cinco y cuando estuve solo frente al golero le mandé un zapatillazo que te lo vogliodire y el tipo quedó haciendo sapitos pero exclusivamente a cuatro patas. Miré hacia el entrenador y lo encontré sonriente como aviso de R'der y recién entonces me di cuenta que me había enterrado hasta el ovario. Los otros me abrazaban y gritaban: «¡Pa los contras! », y yo no quería d'rigir la visual hacia donde estaba don Amílcar con el doctor Urrutia, o sea justo en la banderita de mi córner, pero en seguida empezó a ¡legarme un kilo de putiadas, en las que reconocí el tono mezzosoprano del delegado y la ronquera con bíter de mi fuente de recursos. Allí el partido se volvió de trámite intenso porque entró la hinchada de ellos y le llenaron la cara de dedos a más de cuatro. A mí no me tocaron porque me reservaban de postre. Después quise recuperar puntos y pasé a colaborar con la defensa, pero no marcaba a nadie y me pasaban otro. Dificil, dijo Cañete. 1, enfermera que me trata como al rey Farú y que tiene como ya lo habrás jalviado, su bruta plataforma electoral, dice que tengo para un semestre. Por ahora no está mal, porque ella me sube aúpa para lavarme ciertas ocasiones y yo voy disfrutando con vistas al futuro. Pero la cosa va a ser después; el período de pases ya se acaba, sintetizando, que estoy colgado. En la fábrica ya le dijeron a la vieja que ni sueñe que me vayan a esperar. Así que no tendré más remedio que bajar el cogote y apersonarme con ese chitrulo de Urrutia, a ver si me da el puesto en Talleres como me había prometido.
A esta altura ya nadie me nombra por mi nombre: Octavio. Todos me llaman abuelo.
Incluida mi propia hija. Cuando uno tiene, como yo, ochenta y cuatro años, qué
más puede pedir. No pido nada. Fui y sigo siendo orgulloso. Sin embargo, hace ya
algunos años que me he acostumbrado a estar en la mecedora o en la cama.
No hablo. Los demás creen que no puedo hablar, incluso el médico lo cree. Pero
yo puedo hablar. Hablo por la noche, monologo, naturalmente que en voz muy baja,
para que no me oigan. Hablo nada más que para asegurarme de que puedo. Total,
¿para qué? Afortunadamente, puedo ir al baño por mí mismo, sin ayuda.
Esos siete pasos que me separan del lavabo o del inodoro, aún puedo darlos.
Ducharme no. Eso no podría hacerlo sin ayuda, pero para mi higiene general viene
una vez por semana (me gustaría que fuese más frecuente, pero al parecer sale
muy caro) el enfermero y me baña en la cama. No lo hace mal. Lo dejo hacer, qué
más remedio. Es más cómodo y además tiene una técnica excelente. Cuando al final
me pasa una toalla húmeda y fría por los testículos, siento que eso me hace
bien, salvo en pleno invierno. Me hace bien, aunque, claro, ya nadie puede
resucitar al muerto. A veces, cuando voy al baño, miro en el espejo mis
vergüenzas y nunca mejor aplicado el término. Mis vergüenzas. Unas barbas de
chivo, eso son. Pero confieso que la toalla fría del enfermero hace que me
sienta mejor. Es lo más parecido al «baño vital» que me recomendó un naturista
hace unos sesenta años. Era (él, no yo) un viejito, flaco y totalmente canoso,
con una mirada pálida pero sabihonda y una voz neutra y sin embargo afable. Me
hizo sentar frente a él, me dio un vistazo que no duró más de un minuto, y de
inmediato empezó a escribir a máquina, una vieja Remington que parecía un
tranvía. Era mi ficha de nuevo paciente. A medida que escribía, iba diciendo el
texto en voz alta, probablemente para comprobar si yo pretendía refutarlo. Era
increible. Todo lo que iba diciendo era rigurosamente cierto. Dos veces
sarampión, una vez rubeola y otra escarlatina, difteria, tifus, de niño hizo
mucha gimnasia, menos mal porque si no hoy tendría problemas respiratorios;
varices prematuras, hernia inguinal reabsorbida, buena dentadura, etcétera.
Hasta ese dia no me había dado cuenta de que era poseedor de tantas taras
juntas. Pero gracias a aquel tipo y sus consejos, de a poco fui mejorando. Lo
malo vino después, con años y más años. Años. No hay naturista ni matasanos que
te los quite. Ahora que debo quedarme todo el tiempo quieto y callado (quieto,
por obligación; callado, por vocación), mi diversión es recorrer mi vida, buscar
y rebuscar algún detalle que creía olvidado y sin embargo estaba oculto en algún
recoveco de la memoria. Con mis ojos casi siempre llorosos (no de llanto sino de
vejez) veo y recorro las palmas de mis manos. Ya no conservan el recuerdo táctil
de las mujeres que acaricié, pero en la mente sí las tengo, puedo recorrer sus
cuerpos como quien pasa una película y detener la cámara a mi gusto para fijarme
en un cuello (¿será el de Ana?) que siempre me conmovió, en unos pechos (¿serán
los de Luisa?) que durante un año entero me hicieron creer en Dios, en una
cintura (¿será la de Carmen?) que reclamaba mis brazos que entonces eran
fuertes, en cierto pubis de musgo rubio al que yo llamaba mi vellocino de oro
(¿será el de Ema?) que aparecía tanto en mis ensueños (matorral de lujuria) como
en mis pesadillas (suerte de Moloch que me tragaba para siempre). Es curioso, a
menudo me acuerdo de partículas de cuerpo y no de los rostros o los nombres. Sin
embargo, otras veces recuerdo un nombre y no tengo idea de a qué cuerpo
correspondía. ¿Dónde estarán esas mujeres? ¿Seguirán vivas? ¿Las llamarán
abuelas, sólo abuelas, y no habrá nadie que las llame por sus nombres? La vejez
nos sumerge en una suerte de anonimato. En España dicen, o decían, los diarios:
murió un anciano de sesenta años. Los cretinos. ¿Qué categoría reservan entonces
para nosotros, octogenarios pecadores? ¿Escombros? ¿Ruinas? ¿Esperpentos? Cuando
yo tenía sesenta era cualquier cosa menos un anciano. En la playa jugaba a la
paleta con los amigos de mis hijos y les ganaba cómodamente. En la cama, si la
interlocutora cumplía dignamente su parte en el diálogo corporal, yo cumplía
cabalmente con la mía. En el trabajo no diré que era el primero pero sí que
integraba el pelotón. Supe divertirme, eso sí, sin agraviar a Teresa. He ahí un
nombre que recuerdo junto a su cuerpo. Claro que es el de mi mujer. Estuvimos
tantas veces juntos, en el dolor pero sobre todo en el placer. Ella, mientras
pudo, supo cómo hacerlo. Puede ser que se imaginara que yo tenía mis cosas por
ahí, pero jamás me hizo una escena de celos, esas porquerías que corroen la
convivencia.
Como contrapartida, cuidé siempre de no agraviarla, de no avergonzarla, de no
dejarla en ridículo (primera obligación de un buen marido), porque eso sí es
algo que no se perdona. La quise bien, claro que con un amor distinto. Era de
alguna manera mi complemento, y también el colchón de mis broncas. Suficiente.
Le hice tres varones y una hembra. Suficiente. El ataque de asma que se la llevó
fue el prólogo de mi infarto. Sesenta y ocho tenía, y yo setenta. O sea que hace
catorce años. No son tantos. Ahí empezó mi marea baja. Y sigue. ¿Con quién voy a
hablar? Me consta que para mi hija y para mi yerno soy un peso muerto. No diré
que no me quieren, pero tal vez sea de la manera como se puede querer a un
mueble de anticuario o a un reloj de cuco o (en estos tiempos) a un horno de
misar. No digo que eso sea injusto. Sólo quiero que me dejen pensar. Viene mi
hija por la mañana temprano y no me dice qué tal papá sino qué tal abuelo, como
si no proviniera de mi prehistórico espermatozoide. Viene mi yerno al mediodía y
dice qué tal abuelo. En él no es una errata sino una muestra de afecto, que
aprecio como corresponde, ya que él procede de otro espermatozoide, italiano tal
vez puesto que se llama Aldo Cagnoli. Qué bien, me acordé del nombre completo. A
una y a otro les respondo siempre con una sonrisa, un cabeceo conformista y una
mirada, lacrimosa como de costumbre, pero inteligente. Esto me lo estoy diciendo
a mí mismo, de modo que no es vanidad no presunción ni coquetería senil, algo
que hoy se lleva mucho. Digo inteligente, sencillamente porque es así. También
tengo la impresión de que ellos agradecen al Señor de que yo no pueda hablar
(eso se creen). Imagino que se imaginan: cuánta cháchara de viejo nos estamos
ahorrando. Y sin embargo, bien que se lo pierden. Porque sé que podría narrarles
cosas interesantes, recuerdos que son historia. Qué saben ellos de las dos
guerras mundiales, de los primeros Ford a bigote, de los olímpicos de Colombes,
de la muerte de Batlle y Ordóñez, de la despedida a Rodó cuando se fue a Italia,
de los festejos cuando el Centenario. Como esto lo converso sólo conmigo, no
tengo por qué respetar el orden cronológico, menos mal. Qué saben, ¿eh? Sólo una
noticia, o una nota al pie de página, o una mención en la perorata de un
político. Nada más. Pero el ambiente, la gente en las calles, la tristeza o el
regocijo en los rostros, el sol o la lluvia sobre las multitudes, el techo de
paraguas en la Plaza Cagancha cuando Uruguay le ganó tres a dos a Italia en las
semifinales de Amsterdam y el relato del partido no venía como ahora por
satélite sino por telegramas (Carga uruguaya; Italia cede córner; los italianos
presionan sobre la valla defendida por Mazali; Scarone tira desviado, etc.) Nada
saben y se lo pierden. Cuando mi hija viene y me dice qué tal abuelo, yo debería
decirle te acordás de cuando venías a llorar en mis rodillas porque el hijo del
vecino te había dicho che negrita y vos creías que era un insulto ya que te
sabías blanca, y yo te explicaba que el hijo del vecino te decía eso porque
tenías el pelo oscuro, pero que además, de haber sido negrita, eso no habría
significado nada vergonzoso porque los negros, salvo en su piel, son iguales a
nosotros y pueden ser tan buenos o tan malos como los blanquísimos. Y vos
dejabas de llorar en mis rodillas (los pantalones quedaban mojados, pero yo te
decía no te preocupes, m'hijita, las lágrimas no manchan) y salías de nuevo a
jugar con los otros niños y al hijo del vecino lo sumías en un desconcierto
vitalicio cuando le decías, con todo el desprecio de tus siete años: che
blanquito. Podría recordarte eso, pero para qué. Tal vez dirías, ay abuelo, con
qué pavadas me venías ahora. a lo mejor no lo decías, pero no quiero arriesgarme
a ese bochorno. No son pavadas, Teresita (te llamas como tu madre, se ve que la
imaginación no nos sobraba), yo te enseñé algunas cosas y tu madre también. Pero
por qué cuando hablás de ella decías, entonces vivía mamá, y a mí en cambio me
preguntás qué tal, abuelo. A lo mejor, si me hubiera muerto antes que ella, hoy
dirías, cuando vivía pap'. La cosa es que, para bien o para mal, papá vive, no
habla pero piensa, no habla pero siente.
El único que con todo derecho me dice abuelo es, por supuesto, mi nieto., que se
llama Octavio com oyo (al parecer, tampoco a mi hija y a mi yerno les sobraba
imaginación). Ahí está la clave. Cuando le digo Octavio. Le digo. Porque con mi
nieto es con el único ser humano con el que hablo, además de conmigo mismo,
claro. Esto empezó hace un año, cuando Octavio tenía siete. Una vez yo estaba
con los ojos cerrados y, creyéndome solo, dije en voz no muy alta pero audible,
carajo, me duele el riñón. Pero no estaba solo. Sin que yo lo advirtiera había
entrado mi nieto. Pero abuelo, estás hablando, dijo con un asombro alegre que me
conmovió. Le pregunté si había alguien en la casa y como dijo que no, que no
había nadie, le propuse un convenio. Por un lado él mantenía el secreto de que
yo podía hablar, y por otro, y ole contaría cuentos que nadie sabía. Está bien,
dijo, pero tenemos que sellarlo con sangre. Salió y volvió casi enseguida con
una hoja de afeitar, un frasco de alcohol y un paquete de algodón. Se las
arregla muy bien y además conoce esos trámites desde que le dieron toda una
serie de inyecciones con una vacuna contra la alergia. Con toda tranquilidad me
hizo un tajito minúsculo y él se hizo otro, ambos en las muñecas, suficientes
como para que salieran unas gotas de sangre, luego juntamos nuestras heridas
mínimas y nos abrazamos. Octavio humedeció el algodón con un poco de alcohol, lo
apoyó en ambas señales secretas hasta que no salió más sangre y salió corriendo
a dejar todo su instrumental en el botiquín. Desde entonces, y siempre que
quedamos solos en casa, algo que ocurre con frecuencia, él viene a que, en
cumplimiento del pacto, le cuente cuentos desconocidos, inéditos. Cuando salen
mi hija y mi yerno, le dicen a ver si cuidás al abuelo, y él responde que sí,
con un gestito de fastidio para disimular, pero enseguida me hace un guiño
cómplice, y no bien se escucha el portazo que garantiza nuestra intimidad, trae
una silla, la coloca junto a mi mecedora o a mi cama y se queda a la espera de
mis cuentos, que, como exigencia irrenunciable de nuestro pacto de sangre, deben
ser totalmente nuevos. Y ahí viene mi problema, porque buena parte del día me la
paso con los ojos cerrados, como si durmiera, pero en realidad pergeñando el
próximo cuento y cuidando hasta los mínimos detalles, ya que si en un cuento
anterior el zorro se había lastimado una pata en una trampa y ahora anda
corriendo en busca de gallinas, Octavio de inmediato me hace notar que aún no
tuvo tiempo de curarse y entonces debo improvisar una fe de erratas oral y donde
dije corre debe decir renquea. Y si el viejo brujo de la montaña se había
quedado calvo por el esfuerzo de azotar diariamente a los gnomos del bosque y en
un cuento posterior se peinaba mirándose en la laguna, Octavio enseguida
observa, pero cómo, ¿no era calvo? Y ahí puedo salir un poco mejor del
atolladero, ya que el brujo, por el mero hecho de ser brujo, puede, mediante un
ensalmo, recuperar el pelo. Y el nieto pregunta si se da el caso que él quede
pelado, también podrá recuperar el pelo. Vos no, lo desengaño, porque no sos ni
serás brujo. Y él dice que lástima y tiene un poco de razón, porque si yo
hubiera sido brujo también me habría hecho crecer el pelo que perdí sin remedio
antes de los cincuenta. No soy yo el único que narra, también él me cuenta lo
que ocurre en el
colegio, en la calle, en la televisión, en el estadio. Es hincha de Danubio y se
asombra de que yo sea de Wanderers. Trato de hacer proselitismo, pero
evidentemente no hay nadie capaz de convertirlo en tránsfuga. Entonces le cuento
viejos partidos o jugadas célebres, como cuando Piendibeni le hizo el célebre
gol al divino Zamora, o cuando el manco Castro usaba con alevosía su muñón en el
área penal, o cuando el flaco García mantuvo invicta su valla (claro que los
backs eran nada menos que Nazassi y Domingos da Guía) durante una rueda y media,
o cuando Ghiggia hizo el gol de la victoria en Maracaná, o cuando o cuando o
cuando, y él me escucha como a un oráculo y yo pienso qué suerte todavía puedo
hablar para crear este asombro suyo y este placer mío. La verdad es que no
recuerdo cómo eran
mis hijos cuando tenían la edad que hoy tiene Octavio. El mayor murió. ¿Cuánto
hace que murió Simón? Fue después de lo de Teresa. Al fin y al cabo ¿qué importa
la fecha? Murió y se acabó. No tuvo hijos, creo, ¿o los habré olvidado? Nunca
estoy seguro de mis lagunas, que a veces son océanos. El segundo, Braulio, sí
los tuvo, pero todos están en Denver, ¿qué habrá ido a hacer allí? La verdad es
que no recuerdo. A veces manda fotos, tomadas con su encantadora Polaroid, o
alguna postal, con un abrazo para el Viejo. Soy yo. Él no me dice abuelo, me
dice Viejo. Me cago en la diferencia. Reconozco que una vez me mandó una radio a
transistores. Todavía la tengo y a veces la oigo. Pero a menudo se queda sin
pilas y tendría que pedirlas. Pero no pido nada. Nunca pido nada. Reconozco que
soy un orgulloso de mierda, pero a esta altura no voy a reeducarme, ¿no es
cierto? Total, el que me jodo soy yo, porque si la radio tuviera simples pilas,
podría escuchar alguno que otro partido, no muchos porque los locutores en
general me cansan con su entusiasmo fingido y sus fallas de sintaxis. También
podría escuchar el Sodre cuando pasan música clásica, que es la única que
digiero. La alegría que tuve aquella tarde en que pude escuchar el Septimino. Lo
tenía en disco, hace tiempo, vaya a saber dónde está. Quizá lo de las pilas
podría solucionarse, sin mengua de mi podrido orgullo, diciéndoselo a mi nieto,
para que éste, en cumplimiento de nuestro pacto de sangre y guardando siempre
nuestro secreto, le dijera a mi hija, mirá la radio del abuelo, está sin pilas,
y entonces lo mandaran a la ferretería de la esqueina para que me las trajera.
Con eso alcanza. Yo las sé colocar, aunque a veces las pongo al revés y la radio
no funciona. En alguna ocasión me ha llevado un buen cuarto de hora hallar la
posición adecuada para las cuatro de 1,5 voltios, pero igual me sirve para
entretenerme un poco. ¿Qué más puedo hacer? Leer, ya no puedo. Televisión,
tampoco. Pero escuchar la radio o cambiarle las pilas, sí. Mi tercer hijo se
llama Diego y está en Europa, enseña en Zurich, me parece, sabe alemán y todo.
Tiene dos hijas que también saben alemán, pero en cambio no saben español. Qué
cagada, ¿verdad? Diego es menos escribidor que Braulio, y eso que su
especialidad ss la literatura, pero, naturalmente, la literatura suiza. Para las
navidades manda también su tarjeta, en la que las niñas ponen sus saludos pero
en alemán. Yo no sé alemán, apenas un poco de inglés para defenderme en
correspondencia comercial, de la que yo mismo me encargaba cuando era gerente de
La Mercantil del Sur, Importaciones y Exportaciones. Digamos, frasecitas como "I
acknowledge receipt of your kind letter", o "Very truly yours", lo suficiente
para que los de allá puedan contestar "Dear sirs", o "Gentlemen". También ese
hijo menor a veces me manda algún regalito, verbigracia un llavero suizo de 18
quilates. En esa ocasión sonreí, como diciendo qué lindo, pero en realidad
pensando qué boludo, para qué quiero yo un llavero de oro 18, si estoy aquí
semipostrado.
De modo que mis contactos con el mundo se reducen a mi hija, cuando entra y me
dice qué tal abuelo, a mi yerno cuando ídem, de vez en cuando al médico, al
enfermero cuando viene a lavar mis pelotas ya jubiladas, y también el resto de
este cuerpo del delito. Bueno, y sobre todo, está mi nieto, que creo es lo único
que me mantiene vivo. Es decir, me mantenía. Porque ayer por la mañana vino y me
besó y me dijo abuelo, me voy por quince días a Denver con el tío Braulio, ya
que saqué buenas notas y me gané estas vacaciones. Yo no podía hablas (y no sé
si hubiera podido, porque tenía un nudo en la garganta) ya que también estaban
en la habitación mi hija y mi yerno y ni yo ni mi nieto íbamos a violar nuestro
pacto de sangre. Así que le devolví el beso, le apreté la mano, puse un instante
mi muñeca junto a la suya como testimonio de lo que ambos sabíamos, y sé que él
entendió perfectamente cuánto lo iba a extrañar ya que no iba a tener a quien
contarle cuentos inéditos. Y se fueron. Pero tres o cuatro horas más tarde
volvió a entrar Aldo, y me dijo mire, abuelo, que Octavio no se fue por quince
días sino por un año y tal vez más, queremos que se eduque en los Estados
Unidos, así aprende desde niño el idioma y tendrá una formación que va a
servirle de mucho. Él no se lo dijo porque tampoco lo sabía. No queríamos que
empezara a llorar, porque él lo quiere mucho, abuelo, siempre me lo dice, y yo
sé que usted también lo quiere, ¿no es así? Se lo vamos a decir por carta,
aunque mi cuñado lo va a ir preparando. Ah, y otra cosa. Cuando ya se había
despedido de nosotros, volvió atrás y me dijo, dale un beso al abuelo y que sepa
que estoy cumpliendo nuestro pacto. Y salió corriendo. ¿Qué pacto es ese,
abuelo? Cerré los ojos por pudor, aunque como siempre lagrimeo, nadie sabe nunca
cuándo son lágrimas de veras, e hica un gesto con la mano como diciendo: cosas
de niños. Él se quedó tranquilo y me abandonó, me dejó a solas con mi abandono,
porque ahora sí que no tengo a nadie, y tampoco a nadie con quien hablar. Me
tomó de sorpresa todo esto. Pero quizá sea lo mejor. Porque ahora sí tengo ganas
de morir. Como corresponde a un despojo de ochenta y cuatro años. A mi edad no
es bueno tener ganas de vivir, porque la muerte viene de todos modos y a uno lo
toma de sorpresa. A mí no.
Ahora tengo ganas de irme, llevándome todo ese mundo que tengo en mi cabeza y
los diez o doce cuentos que ya tenía preparados para Octavio, mi nieto. No voy a
suicidarme (¿con qué?), pero no hay nada más seguro que querer morir. Eso
siempre lo supe. Uno muere cuando realmente quiere morir. Será mañana o pasado.
No mucho más. Nadie lo sabrá. Ni el médico (¿acaso se dio cuenta alguna vez de
que yo podía hablar?) ni el enfermero ni Teresita ni Aldo. Sólo se darán cuenta
cuando falten cinco minutos. A lo mejor Teresita dice entonces papá, pero ya
será tarde. Y yo en cambio no diré chau, apenas adiosito con la última mirada.
No diré ni chau, para que alguna vez se entere Octavio, mi nieto, de que ni
siquiera en ese instante peliagudo violé nuestro pacto de sangre. Y me iré con
mis cuentos a otra parte. O a ninguna.
El innegable talento demostrado por Mario Vargas Llosa en sus siete
novelas, los premios y honores acumulados en más de veinte años, así como
la extraordinaria difusión alcanzada por sus libros, han generado y
generan una razonable expectativa ante cada uno de sus comentarios y
opiniones, aun cuando no se limiten al campo específico de la literatura.
En los últimos años, el autor de La casa verde ha mostrado cierta
preocupación por explicar sus preferencias y desencantos políticos. Entre
las primeras figura, por ejemplo, el Gobierno de su país, encabezado por
Fernando Belaúnde Terry; entre los segundos están la revolución cubana y,
de un tiempo a esta parte, la revolución sandinista. Desde 1960 a la
fecha, Vargas Llosa ha efectuado un viraje espectacular en sus
predilecciones políticas, y si bien siempre se ha esforzado por demostrar
que su desvelo especial es la libertad, lo cierto es que hace quince años
era entusiastamente apoyado por las izquierdas latinoamericanas, y hoy en
cambio es halagado y arropado por las derechas. Es claro que en aquel
apoyo y en este sostén caben anchas franjas de malentendidos que no
corresponden al autor en cuestión, pero de todas maneras son señales a
tener en cuenta. Las izquierdas suelen equivocarse en sus fervores; las
derechas, casi nunca.
Me parece absolutamente legítimo que un escritor, y más si es alguien
conocido y admirado como Vargas Llosa, se sienta tan presionado por la
realidad como para pronunciarse frecuentemente sobre ella. La
circunstancia de que muchos intelectuales latinoamericanos, a pesar de no
practicar la obsecuencia ni la obediencia ciega que suele atribuirnos
Vargas Llosa, mantengamos nuestra adhesión a las revoluciones de Cuba y
Nicaragua no nos impide comprender que vanos aspectos de esas realidades
hieran, vulneren o incluso descalabren ciertas pautas y arquetipos de
otros intelectuales. De modo que mientras Vargas Llosa se limitó a
expresar su visión personal de lo que consideraba un sistema político
ideal (modelo que, con los años, se fue desplazando de Cuba a Israel), así
como sus implacables juicios ante los arduos procesos revolucionanos, la
distancia entre sus posiciones y las de la mayoría de los intelectuales
latinoamericanos sigue creciendo, pero el respeto mutuo se mantuvo. Hoy
Vargas Llosa reconoce de manera explícita (véase la entrevista concedida a
Valeno Riva en Panorama, Roma, 2 de enero de 1984) que su postura es
francamente rninoritana entre los intelectuales de nuestros países.
Esa comprobación no sólo lo sacude y lo irrita, sino que lo lleva a un
nivel de agravios que no suele ser moneda corriente en el mundo cultural
latinoamericano, donde siempre han existido y coexistido enfoques diversos
y hasta contradictorios.
Frecuentemente leo artículos de Vargas Llosa y entrevistas que concede a
los medios de comunicación; sin embargo, en el reportaje de Panorama antes
mencionado encuentro por vez primera algunas tajantes afirmaciones que
nunca vi reflejadas en sus colaboraciones latinoamericanas. Pude leer esa
nota porque unos amigos me la enviaron desde Italia debido a que yo era
allí directamente aludido. Corruptos y contentos titula Valerio Riva a
toda página el artículo en cuestión, sintetizando así el diagnóstico de su
ilustre interlocutor acerca de sus colegas latinoamericanos. Sólo menciona
tres excepciones (aclara que «hay que buscarlas con linterna»); Octavio
Paz, Jorge Edwards y Ernesto Sábato, pero tengo mis dudas de que este
último se sienta halagado por integrar la terna. Según declara Vargas
Llosa, el llamado caso Padilla le restituyó la soberanía individual, y
desde entonces ya no se siente «una suerte de zombi, de robot, de
instrumento», como sugiere que todavía han de sentirse muchos de sus
colegas. Traza una línea divisoria entre los intelectuales de Europa y los
de América Latina: «Entre los intelectuales europeos de izquierda ha
tenido lugar un saludable replanteamiento, pero en América Latina la
mayoría baila aún obedeciendo a reflejos condicionados, como el perro de
Pavlov». Cuando Valerio Riva le pregunta cuántos y quiénes son esos
«intelectuales condicionados», Vargas Llosa responde: «Gabriel García
Márquez, Mario Benedetti y Julio Cortázar. Éstos son los más ilustres,
pero luego hay un número infinito de intelectuales medianos y menores,
todos perfectamente manipulados, subordinados, corruptos. Corruptos por el
reflejo condicionado del miedo de afrontar el mecanismo de satanización
que posee la extrema izquierda. (...) Intelectuales respetabilísimos
tragan las mentiras más infames simplemente para no ser triturados por ese
mecanismo de difamación».
Entiendo que el propio Vargas Llosa no es una aceptable prueba de su
teoría, ya que desde hace años se viene despachando a gusto sobre algunas
de nuestras más firmes convicciones, y sin embargo no parece haber sido
muy triturado: no sólo no recuerdo que nadie lo haya tratado de «corrupto
y contento», ni siquiera de «perro de Pavlov», sino que más bien ha sido
promocionado, elogiado, editado, premiado y traducido como pocos
escritores de este mundo. Tal vez su caso podría ser ejemplo del
extraordinario apoyo que puede lograr un escritor cuando, además de
producir excelentes obras, ataca las posiciones y actitudes de izquierda.
Realmente, Vargas Llosa no es demasiado convincente como modelo de
intelectual triturado.
Pero no se detiene allí: «En los países del Tercer Mundo y sobre todo en
América Latina, el intelectual es un elemento fundamental del
subdesarrollo. No es alguien que lucha contra el subdesarrollo, sino que
él mismo es un factor de subdesarrollo, ya que es un gran propagador de
estereotipos y crea reflejos intelectuales condicionados. Al repetir todos
los lugares comunes de la propaganda, termina por obstruir cualquier
posibilidad de creación de nuevas fórmulas de liberación», Tengo la
impresión de que la teoría de los reflejos condicionados ha ido
condicionando a Vargas Llosa. Gracias a Pavlov sabemos ahora que el
subdesarrollo no es una consecuencia del desarrollado y subdesarrollante
imperialismo, ni de las intocables transnacionales, ni del extendido
analfabetismo, sino del alfabetizado y maligno intelectual. Toda una
revelación, aunque nos sea difícil imaginar (quizá debido a que somos
zombis o robots) que Carpentier o Neruda resulten más culpables de
nuestras miserias que la United Fruit o la Anaconda Copper Mining. Es
probable que cuando Vargas Llosa menciona el carácter corrupto (y
contento) de la mayoría de los escritores latinoamericanos esté pensando
en el oro de Moscú. Lamentamos desilusionarlo. Ni los mejores atornillados
robots de entre nosotros hemos tenido acceso a esa cuota áurea. Supongo
que no se referirá a los derechos de autor generados en los países
socialistas, en primer término porque son harto dificiles de cobrar, y en
segundo, porque el propio Vargas Llosa ha sido profusamente publicado por
las editoriales comunistas.
A un intelectual del alto rango artístico de Vargas Llosa debe exigírsele
una mínima seriedad en los planteos políticos, particularmente cuando
éstos ponen en entredicho la probidad de sus colegas. Hablar de «corruptos
y contentos» en una rejón del mundo en la que hay tantos intelectuales
perseguidos, prohibidos, exiliados; donde hay por lo menos veintiocho
poetas (incluido su compatriota Javier Heraud) que perdieron la vida por
causas políticas; un continente que ha conocido el holocausto de Rodolfo
Walsh, Haroldo Conti, Paco Urondo; la desaparición de Julio Castro; el
asesinato de Roque Dalton e Ibero Gutiérrez; la prisión de Carlos Quijano
y Juan Carlos Onetti; la tortura de Mauricio Rosencof y la muerte heroica
de Leonel Rugania; hablar de «corruptos y contentos» en ese marco de
discriminación y de riesgo, de amenazas y de crimen es, por lo menos, una
actitud insoportablemente frívola.
Ni corruptos ni contentos. El segundo calificativo es casi tan grave como
el primero, y revela el mismo desconocimiento del material humano que hoy
sostiene y profundiza la cultura de América Latina. ¿Cómo podremos estar
contentos si en cada minuto muere un niño en América Latina debido a
hambre o a enfermedad; si cada cinco minutos ocurre un asesinato político
en Guatemala; si hay treinta mil desaparecidos en Argentina?
Confieso que, en el fondo, ésta ráfaga de agravios, esta virulenta
ofensiva que Vargas Llosa dedica a aquellos intelectuales que no comparten
sus ideas, me decepciona bastante. Precisamente por haber disfrutado
tanto, como lector, de la obra de Vargas Llosa, me entristece
particularmente esta injusta diatriba, esta falta de mínimo respeto a
quienes, como él, aunque probablemente no tan bien como él, luchamos a
diario con la palabra y tratamos de convertirla en literatura, es decir,
en patrimonio de todos. Hace tiempo que nos hemos resignado a que no esté
con nosotros, en nuestra trinchera, sino con ellos, en la de enfrente,
pero en cambio no podemos resignarnos a que, por diferencias ideológicas o
amparado quizá en las dispensas de la fama, recurra al golpe bajo, al
juego ilícito, para reforzar sus respetables argumentos.
Afortunadamente, la obra de Vargas Llosa está netamente situada a la
izquierda de su autor, y seguirá siendo leída con fruición por los zombis,
los robots y los perros de Pavlov.
Parece que, en un reciente viaje a Holanda, Mario Vargas Llosa tuvo que
responder a varias preguntas relacionadas con mi artículo «Ni corruptos ni
contentos», originalmente aparecido en El País y posteriormente
reproducido en el diario holandés Volkskrant. A mí, en cambio, me acosaron
(estuve en Amsterdam pocos días después) con preguntas referidas a las
declaraciones de mi tocayo. Como no sé holandés, tuve que hacer confianza
en mis traductores, y ellos me dijeron que, según Vargas Llosa, lo de
«corruptos y contentos» había sido una mala interpretación del periodista
italiano Valeno Riva, y dejó constancia de que sólo había querido decir
que los escritores latinoamericanos éramos «cínicos y oportunistas». Tengo
conmigo un ejemplar del semanario holandés HP, en el que apareció la
entrevista, y, efectivamente, allí están, en medio de un piélago de
palabras holandesas, algunas que se parecen bastante a las de otras
lenguas más accesibles: latjnamerikaanse schrijvers, cynisch y
opportunist. Cuando un periodista holandés me pidió un comentario sobre
los nuevos calificativos, le respondí que tal vez se trataba de un nuevo
malentendido y que probablemente el entrevistado sólo había querido decir
que éramos «holgazanes y rateros».
Como bien lo señala Vargas Llosa en sus artículos («Entre tocayos», I y
II, El País, 14 y 15 de junio de 1984), en verdad hace muchos años que no
nos vemos, y esta polémica ha servido al menos para enteramos de que nos
seguimos leyendo mutuamente y con gusto. Con ello ha quedado claro que
nuestras diferencias no son específicamente literarias. Este nuevo
artículo no es para prolongar la polémica. Creo que ya somos bastante
maduros como para alimentar la ilusión de que los argumentos de uno vayan
a conmover las convicciones del otro, y viceversa. Simplemente, creo
conveniente dejar constancia de algunas observaciones y rectificaciones en
un nivel meramente informativo.
Nuestra mayor e irremediable diferencia está en que Vargas Llosa entiende
(y no pongo en duda su sinceridad) que cualquier escritor latinoamericano
que hoy apoye revoluciones corno la cubana o la nicaragüense no lo hace
libremente y por convicción, sino por «un desconcertante conformismo en el
dominio ideológico», Personalmente, tengo mejor opinión de mis colegas, y
sin perjuicio de que pueda existir (¿por qué no?) algún sectario u
obsecuente, creo (y espero que mi tocayo tampoco ponga en duda mi
sinceridad) que la gran mayoría de escritores latinoamericanos que han
apoyado y apoyan esas revoluciones lo hacen por propia decisión y no por
corrupción, ni por cinismo, ni por oportunismo. Eso es lo que me conforta,
y no, como dice Vargas Llosa, el que los intelectuales hayan renunciado a
las ideas y a la originalidad riesgosa. Justamente porque no han
renunciado a sus ideas y a sus riesgos es que frecuentemente son víctimas
de formas de represión (cárcel, torturas, destierro, negación de visados,
amenazas, etcétera.) que él, afortunadamente, no ha sufrido.
Por otra parte, al retornar mi mención de Neruda, Vargas Llosa habla
exclusivamente de sus «poemas en loor de Stalin», y no de sus autocríticas
a ese respecto, que constan en Memorial de Isla Negra y también en sus
memorias. Aunque con rumbos ideológicos contrarios, la evolución de Neruda
acerca de Stalin siguió un proceso bastante similar al de Vargas Llosa con
respecto a Cuba. Sólo que él juzga su propio cambio como un signo de
libertad, y, en cambio, el de Neruda ni siquiera lo menciona.
Vargas Llosa me reprocha que, al citar «a un buen número de poetas y
escritores asesinados, encarcelados y torturados por las dictaduras
latinoamericanas», olvide mencionar a un solo cubano y, en cambio, por
descuido, coloque a Roque Dalton «entre los mártires del imperialismo: en
verdad, lo fue del sectarismo, ya que lo asesinaron sus propios
camaradas». En realidad, yo hablo de veintiocho poetas «que perdieron la
vida por razones políticas» y no incluyo al poeta salvadoreño «entre los
mártires del imperialismo». A mayor abundamiento, le recuerdo que en mi
antología Poesía trunca (publicada en La Habana y en Madrid), que incluye
a esos veintiocho poetas, digo textualmente al hablar de Roque Dalton:
«Enrolado en el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), organización
salvadoreña, regresó clandestinamente a su patria, y el lo de mayo de 1975
fue asesinado en su país por una pequeña fracción ultraizquierdista de esa
misma organización». Por otra parte, en esa antología figuran cinco poetas
cubanos, todos ellos asesinados por la dictadura de Batista, ya que, como
es obvio, el gobierno revolucionario no ha matado a ningún escritor.
Mi tocayo se agravia porque yo hablo de «ellos» y «nosotros», deduciendo
que al incluirlo en el primer rubro lo estoy asimilando al clan de
«alimañas» y «escorias» como Stroessner o Baby Doc, y juzga que eso es un
«mecanismo de satanización», jamás se me ocurrida confundir al autor de La
casa Verde con un fascista ni con un sádico como los que menciona. Cuando
digo «nosotros» me refiero a quienes defendemos las revoluciones
latinoamericanas, y pese a sus carencias y eventuales errores, las
consideramos fundamentales y funcionales para la liberación de nuestros
pueblos. Cuando digo «ellos» me refiero a quienes indiscriminadamente las
acosan, renuncian a comprenderlas y contribuyen a bloquearlas con su
desinformación. No sólo los «neofascistas» y las «alimañas» ejercen esa
tarea; también los «reaccionarios de izquierda», que no faltan.
Es obvio que a mi tocayo ya no lo seducen las revoluciones; más bien
reclama que las reformas, aun las más radicales, «se hagan a través de
gobiernos nacidos de elecciones», (La memoria de Salvador Allende y los
archivos de la CIA podrían aportar algo a este respecto). Eso, por
supuesto, excluye a todas las revoluciones que en el mundo han sido, desde
la francesa a la soviética, desde la mexicana a la argelina, desde la
cubana a la nicaragüense. Quizá mi tocayo haya olvidado que aun la
revolución norteamericana debió esperar trece años desde la declaración de
independencia hasta la elección y asunción de su primer presidente
constitucional. La exigencia electoral de Vargas Llosa incluye, en cambio,
a gobernantes como Somoza, Stroessner y otras «alimañas» que nunca
olvidaron ese requisito formal. Y también comprende a El Salvador, en
cuyos recientes comicios la exclusión de la izquierda, según Vargas Llosa,
«limita pero no invalida el proceso». Este último caso se podría conectar
con las anunciadas elecciones en mi país. Por supuesto, aspiro a una
salida democrática, pero es evidente que si esas relaciones se realizan
(como lo exigen los militares) sin amnistía y con proscripciones, el
proceso quedará invalidado. O sea, que hay democracia semántica para todos
los gustos.
No es cierto, como afirma Vargas Llosa, que nunca me haya pronunciado
negativamente sobre hechos y actitudes del mundo socialista que hayan sido
violatorias de los derechos humanos. Digamos que las invasiones nunca me
gustaron, y ahí están sendos artículos, con mi opinión contraria y con mi
firma, publicados en Marcha, de Montevideo, cuando las invasiones
soviéticas de Hungría y Checoslovaquia. (Por cierto que este último fue
reproducido en La Habana, pese a que, obviamente, no coincidía con la
posición del Gobierno cubano). Sobre la invasión de Afganistán, mi opinión
negativa figura en más de un artículo publicado en estas mismas páginas.
Reconozco, sin embargo, que éstos no son mis temas prioritarios.
Creo que para el proceso de liberación económica, social y política de
América Latina, el enemigo no es exactamente la URSS, sino,
definitivamente, Estados Unidos. (En una reciente encuesta europea, el
pueblo español opinó en el mismo sentido). Hasta ahora, al menos, todos
los bloqueos, invasiones, adiestramientos de torturadores, campañas de
esterilización e intereses leoninos, que sufren nuestros países, no
provienen de la Unión Soviética, sino de Estados Unidos. De modo que
también en las alertas hay prioridades.
Por tales razones, y no por cinismo, los uruguayos no entendemos muy bien,
por ejemplo, que Vargas Llosa haya prestigiado con su nombre y su
celebridad un congreso de intelectuales organizado, creo que en Colombia,
por la secta Moon. Sé que mi tocayo declaró a un periódico montevideano
que allí había podido expresarse con absoluta libertad, y no lo dudo, ya
que las implacables críticas que él generalmente dedica a los
intelectuales de izquierda deben haber sonado como música celestial en los
oídos del surcoreano. Sin Myung Moon y/o los adeptos de la Iglesia de la
Unificación. Por si no lo sabe, le informo que los moonies han invadido
literalmente Uruguay (hotelería, bancos, prensa, editoriales, imprentas,
etcétera, figuran entre sus vertiginosas adquisiciones), todo ello con la
complicidad de la dictadura. Ya hay quienes dicen que muy pronto la
capital uruguaya se Ilamará «Moontevideo». El dictador teniente general
Gregorio (Goyo) ÁIvarez (uno de sus más cercanos familiares es el
vicepresidente del conglomerado nacional de la Moon) ha dicho: «Es una
secta religiosa basada fundamentalmente en su lucha contra el comunismo,
que aspira a hacer inversiones en nuestro País en el campo de la
construcción y en el área del periodismo», y agregaba: «Con respecto a la
lucha contra el comunismo, es obvio decir que pensamos igual», ¿Vale la
pena aclarar que mi conflictivo pronombre «ellos» también incluye a los
moonies?
Hace ya unos cuantos años que mi tocayo señaló, con una imagen que hizo
carrera, que la literatura ha de ser siempre subversiva y que el escritor
debe ser una suerte de buitre que esté siempre dando vueltas sobre la
carroña. Reconozco que mi vocación de buitre es prácticamente nula, y
también que la capacidad subversiva del la literatura es viable y
defendible cuando el escritor distingue honestamente algo que subvertir,
pero no como obligación eterna y menos como un deporte. Parece claro y
elemental que si lucho por una sociedad más justa, cuando ese cambio, así
sea primariamente, se produce, tratar de subvertir la situación
equivaldría a proclamar una vuelta a la injusticia.
Concuerdo con mi tocayo en que a ambos nos gustan las novelas largas,
pero, en cambio, no estoy tan seguro de que nos pongamos de acuerdo sobre
las razones y el color de la injusticia. Lo demás es (efectivamente)
literatura, aunque sea tan buena como la de Mario Vargas Llosa.
Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido.
Desde los ocho años, cuando le hicieron una operación. Mi asquerosa marca junto
a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.
Tampoco puede decirse que tenemos ojos tiernos, esa suerte de faros de
justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la
belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos llenos de
resentimiento que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que
enfrentamos nuestro infortunio. Quizás eso nos haya unido. Tal vez unido no sea
la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros
siente por su propio rostro.
Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos
hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin
simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde nos registramos, ya desde
la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a
dos, pero además eran auténticas parejas; esposos, novios, amantes, abuelitos,
vaya uno a saber. Todos —de la mano o del brazo— tenían a alguien. Sólo ella y
yo teníamos manos sueltas y crispadas.
Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin
curiosidad. Recorrí la hendedura de su pómulo con la garantía de desparpajo que
me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó.
Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una hojeada minuciosa
a la zona lisa, brillante, sin barba de mi vieja quemadura.
Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía
mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios,
su oreja fresca, bien formada. Era la oreja de su lado normal.
Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo
héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo
lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro, y a veces para Dios. También
para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad,
pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto
qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o
el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una
costura en la frente.
La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando
me detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que
charláramos en un café o en una confitería. De pronto aceptó.
La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida
que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos
de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa
curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro
corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi
adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos,
tosecitas, falsas garrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente
su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculo
mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a
uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.
Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó)
para sacar del bolsillo su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.
—“Qué está pensando”, pregunté. Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la
mejilla cambió de forma. —“Un lugar común”, dijo. “Tal para cual”.
Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar
la prolongada permanencia. De pronto me di cuanta de que tanto ella como yo
estábamos hablando con una franqueza hiriente que amenazaba traspasar la
sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía.
Decidí tirarme a fondo.
—“Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?”
—“Sí”, dijo, todavía mirándome.
—“Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro
tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted
es inteligente, y ella a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida”.
—“Sí”.
Por primera vez no pudo sostener mi mirada.
—“Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad ¿sabe? De que usted y yo
lleguemos a algo”.
—¿Algo como qué?
—“Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámelo como quiera, pero
hay una posibilidad”.
Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.
—“Prométame no tomarme por un chiflado”.
—“Prometo”.
—“La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro
total. ¿Me entiende?”
—“No”.
—“¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me ve, donde yo no la
vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?”
Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.
—“Vivo solo, en un apartamento y queda cerca”.
Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí,
tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico. —“Vamos”, dijo.
No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella
respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a
desvestirse.
Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil
a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me
transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus
manos también me vieron.
En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira
que yo mismo había fabricado. O intentaba fabricar. Fue como un relámpago. No
éramos eso. No éramos eso. Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje,
pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hacia su rostro, y encontró el surco
de horror, y empezó una lenta convincente y convencida caricia. En realidad mis
dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron
muchas veces sobre sus lágrimas.
Entonces, cuando ya menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y
repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.
Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la
cortina doble.
Conviene que te prepares para lo peor.
Así, en la entonación preocupada y amiga de Octavio, no sólo médico sino sobre
todo ex compañero de liceo, la frase socorrida, casi sin detenerse en el oído de
Marlano, había repercutido en su vientre, allí donde el dolor insistía desde
hacía cuatro semanas. En aquel ins~ tante había disimulado, había sonreído
amargamente, y hasta había dicho: «no te preocupes, hace mucho que estoy
preparado». Mentira, no lo estaba, no lo había estado nunca. Cuando le había
pedido encarecidamente a Octavio que, en mérito a su antigua amistad («te juro
que yo sería capaz de hacer lo mismo contigo»), le dijera el diagnóstico
verdadero, lo había hecho con la secreta esperanza de que el viejo camarada le
dijera la verdad, sí, pero que esa verdad fuera su salvación y no su condena.
Pero Octavio había tomado al pie de la letra su apelación al antiguo afecto que
los unía, le había consagrado una hora y media de su acosado tiempo para
examinarlo y reexaminarlo, y luego, con los ojos inevitablemente húmedos tras
los gruesos cristales, había empezado a dorarle la píldora: «Es imposible
decirte desde ya de qué se trata. Habrá que hacer análisis, radiografías una
completa historia clínica. Y eso va a demorar un poco. Lo único que podría
decirte es que de este primer examen no saco una buena impresión. Te descuidaste
mucho. Debías haberme visto no bien sentiste la primera molestia.» Y luego el
anuncio del primer golpe directo: «Ya que me pedís, en nombre de nuestra
amistad, que sea estrictamente sincero contigo, te diría que, por las dudas ...
» Y se había detenido, se había quitado los anteojos, y los había limpiado con
el borde de la túnica. lJn gesto escasamente profiláctico, había alcanzado a
pensar Marlano en medio de su desgarradora expectativa. «Por las dudas ¿qué?»,
preguntó, tratando de que el tono fuera sobrio, casi indiferente. Y ahí se
desplomó el cielo: «Conviene que te prepares para lo peor. »
De eso hacía nueve días. Después vino la serie de análisis, radiografias, etc.
Había aguantado los pinchazos y las propias desnudeces con una entereza de la
que no se creía capaz. En una sola ocasión, cuando volvió a casa y se encontró
solo (Agueda había salido con los chicos, su padre estaba en el Interior), había
perdido todo dominio de sí mismo, y allí, de pie, frente a la ventana abierta de
par en par, en su estudio inundado por el más espléndido sol de otoño, había
llorado como una criatura, sin molestarse siquiera por enjugar sus lágrimas.
Esperanza, esperanzas, hay esperanza, hay esperanzas, unas veces en singular y
otras en plural; Octavio se lo había repetido de cien modos distintos, con
sonrisas, con bromas, con piedad, con palmadas amistosas, con semiabrazos, con
recuerdos del liceo, con saludos a Agueda, con ceño escéptico, con ojos
entornados, con tics nerviosos, con preguntas sobre los chicos. Seguramente
estaba arrepentido de haber sido brutalmente sincero y quería de algún modo
amortiguar los efectos del golpe. Seguramente. Pero ¿y si hubiera esperanzas? 0
una sola. Alcanzaba con una escueta esperanza, un a diminuta esperancita en
mínimo singular. ¿Y si los análisis, las placas, y otros fastidios, decían al
fin en su lenguaje esotérico, en su profecía en clave, que la vida tenía permiso
para unos años más? No pedía mucho: cinco años, mejor diez. Ahora que atravesaba
la Plaza Independencia para encontrarse con Octavio y su dictamen final (condena
o aplazamiento o absolución), sentía que esos singulares y plurales de la
esperanza habían, pese a todo, germinado en él. Quizá ello se debía a que el
dolor había disminuido considerablemente, aunque no se le ocultaba que acaso
tuvieran algo que ver con ese alivio las pastillas recetadas por Octavio e
ingeridas puntualmente por él. Pero, mientras tanto, al acercarse a la meta, su
expectativa se volvía casi insoportable. En determinado momento, se le aflojaron
las piernas; se dijo que no podía llegar al consultorio en ese estado, y decidió
sentarse en un banco de la plaza. Rechazó con la cabeza la oferta del
lustrabotas (no se sentía con fuerzas como para entablar el consabido diálogo
sobre el tiempo y la inflación), y esperó a tranquilizarse. Agueda y Susana.
Susana y Agueda. ¿Cuál sería el orden preferencial? ¿Ni siquiera en este
instante era capaz de decidirlo? ÿgueda era la comprensión y la incomprensión ya
estratificadas; la frontera ya sin litigios; el presente repetido (pero también
había una calidez insustituible en la repetición); los años y años de
pronosticarse mutuamente, de saberse de memoria; los dos hijos, los dos hijos.
Susana era la clandestinidad, la sorpresa (pero también la sorpresa iba
evolucionando hacia el hábito), las zonas de vida desconocida, no compartidas,
en sombra; la reyerta y la reconciliación conmovedoras; los celos conservadores
y los celos revolucionarios; la frontera indecisa, la caricia nueva (que
insensiblemente se iba pareciendo al gesto repetido), el no pronosticarse sino
adivinarse, el no saberse de memoria sino de intuición. Agueda y Susana, Susana
y ÿgueda. No podía decidirlo. Y no podía (acababa de advertirlo en el preciso
instante en que debió saludar con la mano a un antiguo compañero de trabajo),
sencillamente porque pensaba en ellas como cosas suyas, como sectores de Mariano
Ojeda, y no como vidas independientes, como seres que vivían por cuenta y
propios. Agueda y Susana, Susana y Agueda, eran en este instante partes de su
organismo, tan suyas como esa abyecta, fatigada entraña que lo amenazaba. Además
estaban Coco y sobre todo Selvita, claro, pero él no quería, no, no quería, no,
no quería ahora pensar en los chicos, aunque se daba cuenta de que en algún
momento tendría que afrontarlo, no quería pensar porque entonces sí se
derrumbaría y ni siquiera tendría fuerzas para llegar al consultorio. Había que
ser honesto, sin embargo, y reconocer de antemano que allí iba a ser menos
egoísta, más increíblemente generoso, porque si se destrozaba en ese pensamiento
(y seguramente se iba a destrozar) no sería pensando en sí mismo sino en ellos,
o por lo menos más en ellos que en sí mismo, más en la novata tristeza que los
acechaba que en la propia y veterana noción de quedarse sin ellos. Sin ellos,
bah, sin nadie, sin nada. Sin los hijos, sin la mujer, sin la amante. Pero
también sin el sol, este sol; sin esas nubes flacas, esmirriadas, a tono con el
país; sin esos pobres, avergonzados, legítimos restos de la Pasiva; sin la
rutina (bendita, querida, dulce, afrodisíaco, abrigada, perfecta rutina) de la
Cala Núm. 3 y sus arqueos y sus largamente buscadas pero siempre halladas
diferencias; sin su minuciosa lectura del diario en el café, junto al gran
ventanal de Andes; sin su cruce de bromas con el mozo; sin los vértigos dulzones
que sobrevienen al mirar el mar y sobre todo al mirar el cielo; sin esta gente
apurada, feliz porque no sabe nada de si misma, que corre a mentirse, a asegurar
su butaca en la eternidad o a comentar el encantador heroísmo de los otros; sin
el descanso como bálsamo; sin los libros como borrachera; sin el alcohol como
resorte; sin el sueño como muerte; sin la vida como vigilia; sin la vida,
simplemente.
Ahí tocó fondo su desesperación, y, paradójicamente, eso mismo le permitió
rehacerse. Se puso de pie, comprobó que las piernas le respondían, y acabó de
cruzar la plaza. Entró en el café, pidió un cortado, lo tomó lentamente, sin
agitación exterior ni interior, con la mente poco menos que en blanco. Vio cómo
el sol se debilitaba, cómo iban desapareciendo sus últimas estrías. Antes de que
se encendieran los focos del alumbrado, pagó su consumición, dejó la propina de
siempre, y caminó cuatro cuadras, dobló por Río Negro a la derecha, y a mitad de
cuadra se detuvo, subió hasta un quinto piso, y oprimió el botón del timbre
'unto a la chapita de bronce: Dr. Octavio Massa, médico.
-Lo que me temía.
Lo que me temía era, en estas circunstancias, sinónimo de lo peor. Octavio había
hablado larga, calmosamenre, había recurrido sin duda a su mejor repertorio en
materia de consuelo y confortación, pero Mariano lo había oído en silencio,
incluso con una sonrisa estable que no tenía por objeto desorientar a su amigo,
pero que con seguridad lo había desorientado. «Pero si estoy bien», dijo tan
sólo, cuando Octavio lo interrogó, preocupado. «Además», dijo el médico, con el
tono de quien extrae de la manga un naipe oculto, «además vamos a hacer todo lo
que sea necesario, y estoy seguro, entendés, seguro, que una operación sería un
éxito. Por otra parte, no hay demasiada urgencia. Tenemos por lo menos un par de
semanas para fortalecerse con calma, con paciencia, con regularidad. No te digo
que debas alegrarte, Mariano, ni despreocuparte, pero tampoco es para tomarlo a
la tremenda. Hoy en día estamos mucho mejor armados para luchar contra ... » Y
así sucesivamente Mariano sintió de pronto una implacable urgencia en abandonar
el consultorio, no precisamente para volver a la desesperación. La seguridad del
diagnóstico le había provocado, era increíble, una sensación de alivio, pero
también la necesidad de estar solo, algo así como una ansiosa curiosidad por
disfrutar la nueva certeza. Así, mientras Octavio seguía diciendo: «... y además
da la casualidad que soy bastante amigo del médico de tu Banco, así que no habrá
ningún inconveniente para que te tomes todo el tiempo necesario y.. », Mariano
sonreía, y no era la suya una sonrisa amarga, resentida, sino (por primera vez
en muchos días) de algún modo satisfecha, conforme.
Desde que salió del ascensor y vio nuevamente la calle, se enfrentó a un estado
de ánimo que le pareció una revelación. Era de noche, claro, pero ¿por qué las
luces quedaban tan lejos? ¿Por qué no entendía, ni quería entender, la leyenda
móvil del letrero luminoso que estaba frente a él? La calle era un gran canal,
sí, pero ¿por qué esas figuras, que pasaban a medio metro de su mano, eran sin
embargo imágenes desprendidas, como percibidas en un film que tuviera color pero
que en cambio se beneficiara (porque en realidad era una mejora) con una banda
sonora sin ajuste, en la que cada ruido llegaba a él como a través de infinitos
intermediarios, hasta dejar en sus oídos sólo un amortiguado eco de otros ecos
amortiguados? La calle era un canal cada vez más ancho, de acuerdo, pero ¿por
qué las casas de enfrente se empequeñecían hasta abandonarlo, hasta dejarlo
enclaustrado en su estupefacción? Un canal, nada menos que un canal, pero ¿por
qué los focos de los autos que se acercaban velozmente, se iban reduciendo,
reduciendo, hasta parecer linternas de bolsillo? Tuvo la sensación de que la
baldosa que pisaba se convertía de pronto en una isla, una baldosa leprosa que
era higiénicamente discriminada por las baldosas saludables. Tuvo la sensación
de que los objetos se iban, se apartaban locamente de él pero sin admitir que se
apartaban. Una fuga hipócrita, eso mismo. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?
De todos modos, aquella vertiginosa huida de las cosas y de los seres, del suelo
y del cielo, le daba una suerte de poder. ¿Y esto podía ser la muerte, nada más
ue esto?, pensó con inesperada avidez. Sin embargo estaba vivo. Ni Agueda, ni
Susana, ni Coco, ni Selvita, ni Octavio, ni su padre en el Interior, ni la Caja
Núm. 3. Sólo ese foco de luz, enorme, es decir enorme al principio, que venía
quién sabe de dónde, no tan enorme después, valía la pena dejar la isla baldosa,
más chico luego, valía la pena afrontarlo todo en medio de la calle, pequeño,
más pequeño, sí, insignificante, aquí mismo, no importa que los demás huyan, si
el foco, el foquito, se acerca alejándose, aquí mismo, aquí mismo, la
linternita, la luciérnaga, cada vez más lejos y más cerca, a diez kilómetros y
también a diez centímetros de unos ojos que nunca más habrán de encandilarse.
En nuestra oficina regía el mismo presupuesto desde el año mil novecientos veintitantos, o sea desde una época en que la mayoría de nosotros estábamos luchando con la geografía y con los quebrados. Sin embargo, el jefe se acordaba del acontecimiento y a veces, cuando el trabajo disminuía, se sentaba familiarmente sobre uno de nuestros escritorios, y así, con las piernas colgantes que mostraban después del pantalón unos inmaculados calcetines blancos, nos relataba con su vieja emoción y las quinientas noventa y ocho palabras de costumbre, el lejano y magnífico día en que su Jefe -él era entonces Oficial Primero- le había palmeado el hombro y le había dicho: «Muchacho, tenemos presupuesto nuevo», con la sonrisa amplia y satisfecha del que ya ha calculado cuántas camisas podrá comprar con el aumento. Un nuevo presupuesto es la ambición máxima de una oficina pública. Nosotros sabíamos que otras dependencias de personal más numeroso que la nuestra, habían obtenido presupuesto cada dos o tres años. Y las mirábamos desde nuestra pequeña isla administrativa con la misma desesperada resignación con que Robinson veía desfilar los barcos por el horizonte, sabiendo que era tan inútil hacer señales como sentir envidia. Nuestra envidia o nuestras señales hubieran servido de poco, pues ni en los mejores tiempos pasamos de nueve empleados, y era lógico que nadie se preocupara de una oficina así de reducida. Como sabíamos que nada ni nadie en el mundo mejoraría nuestros gajes, limitábamos nuestra esperanza a una progresiva reducción de las salidas, y, en base a un cooperativismo harto elemental, lo habíamos logrado en buena parte. Yo, por ejemplo, pagaba la yerba; el Auxiliar Primero, el té de la tarde; el Auxiliar Segundo, el azúcar; las tostadas el Oficial Primero, y el Oficial Segundo la manteca. Las dos dactilógrafas y el portero estaban exonerados, pero el Jefe, como ganaba un poco más, pagaba el diario que leíamos todos. Nuestras diversiones particulares se habían también achicado al mínimo. íbamos al cine una vez por mes, teniendo buen cuidado de ver todos difer entes películas, de modo que, relatándolas luego en la Oficina, estuviéramos al tanto de lo que se estrenaba. Habíamos fomentado el culto de juegos de atención tales como las damas y el ajedrez, que costaban poco y mantenían el tiempo sin bostezos. jugábamos de cinco a seis, cuando ya era imposible que llegaran nuevos expedientes, ya que el letrero de la ventanilla advertía que después de las cinco no se recibían «asuntos». Tantas veces lo habíamos leído que al final no sabíamos quién lo había inventado, ni siquiera qué concepto respondía exactamente a la palabra «asunto». A veces alguien venía y preguntaba el número de su «asunto». Nosotros le dábamos el del expediente y el hombre se iba satisfecho. De modo que un «asunto» podía ser, por ejemplo, un expediente. En realidad, la vida que pasábamos allí no era mala. De, vez en cuando el jefe se creía en la obligación de mostrarnos las ventajas de la administración pública sobre el comercio, y algunos de nosotros pensábamos que ya era un poco tarde para que opinara diferente. Uno de sus argumentos era la Seguridad. La seguridad de que no nos dejarían cesantes. Para que ello pudiera acontecer, era preciso que se reuniesen los senadores, y nosotros sabíamos que los senadores apenas si se reunían cuando tenían que interpelar a un Ministro. De modo que por ese lado el jefe tenía razón. La Seguridad existía. Claro que también existía la otra seguridad, la de que nunca tendríamos un aumento que nos permitiera comprar un sobretodo al contado. Pero el jefe, que tampoco podía comprarlo, consideraba que no era ése el momento de ponerse a criticar su empleo ni tampoco el nuestro. Y -como siempre tenía razón. Esa paz ya resuelta y casi definitiva que pesaba en nuestra Oficina, dejándonos conformes con nuestro pequeño destino y un poco torpes debido a nuestra falta de insomnios, se vio un día alterada por la noticia que trajo el Oficial Segundo. Era sobrino de un Oficial Primero del Ministerio y resulta que ese tío -dicho sea sin desprecio y con propiedad- había sabido que allí se hablaba de un presupuesto nuevo para nuestra Oficina. Como en el primer momento no supimos quién o quiénes eran los que hablaban de nuestro presupuesto, sonreímos con la ironía de lujo que reservábamos para algunas ocasiones, como si el Oficial Segundo estuviera un poco loco o como si nosotros pensáramos que él nos tomaba por un poco tontos. Pero cuando nos agregó que, según el tío, el que había hablado de ello había sido el mismo secretario) o sea el alma parens del Ministerio, sentimos de pronto que en nuestras vidas de setenta pesos algo estaba cambiando, como si una mano invisible hubiera apretado al fin aquella de nuestras tuercas que se hallaba floja, como si nos hubiesen sacudido a bofetadas toda la conformidad y toda la resignación. En mi caso particular, lo primero que se me ocurrió pensar y decir, fue «lapicera fuente». Hasta ese momento yo no había sabido que quería comprar una lapicera fuente, pero cuando el Oficial Segundo abrió con su noticia ese enorme futuro que apareja toda posibilidad, por mínima que sea, en seguida extraje de no sé qué sótano de mis deseos una lapicera de color negro con capuchón de plata y con mi nombre inscripto. Sabe Dios en qué tiempos se había enraizado en mí. Vi y oí además como el Auxiliar Primero hablaba de una bicicleta y el jefe contemplaba distraídamente el taco desviado de sus zapatos y una de las dactilógrafas despreciaba cariñosamente su cartera del último lustro. Vi y oí además cómo todos nos pusimos de inmediato a intercambiar'nuestros proyectos, sin importarnos realmente nada lo que el otro decía, pero necesitando hallar un escape a tanta contenida e ignorada ilusión. Vi y oí además cómo todos decidimos festejar la buena nueva financiando con el rubro de reservas una excepcional tarde de bizcochos. Eso -los bizcochos fue el paso primero. Luego siguió el par de zapatos que se compró el jefe. A los zapatos del Jefe, mi lapicera adquirida a pagar en diez cuotas. Y a mi lapicera, el sobretodo del Oficial Segundo, la cartera de la Primera Dactilógrafa, la bicicleta del Auxiliar Primero. Al mes y medio todos estábamos empeñados y en angustia. El Oficial Segundo había traído más noticias. Primeramente, que el presupuesto estaba a informe de la Secretaría del Ministerio. Después que no. No era en Secretaría. Era en Contaduría. Pero el jefe de Contaduría estaba enfermo y era preciso conocer su opinión. Todos nos preocupábamos por la salud de ese jefe del que sólo sabíamos que se llarnaba Eugenio y que tenía a estudio nuestro presupuesto. Hubiéramos querido obtener hasta un boletín diario de su salud. Pero sólo teníamos derecho a las noticias desalentadoras del tío de nuestro Oficial Segundo. El jefe de Contaduría seguía peor. Vivimos una tristeza tan larga por la enfermedad de ese funcllblwio, que el día de su muerte sentimos, como los deudos de un asmátio grave, una especie de alivio al no tener que preocuparnos más de él. En realidad, nos pusimos egoístamente alegres, porque esto significabala posibilidad de que llenaran la vacante y nombraran otro jefe que estudiara al fin nuestro presupuesto. A los cuatro meses de la muerte de don Eugenio nombraron otro jefe de Contaduría. Esa tarde suspendimos la partida de ajedrez, el mate y el trámite administrativo. El jefe se puso a tararear un aria de Aida y nosotros nos quedamos -por esto y por todo- tan nerviosos, que tuvimos que salir un rato a mirar las vidrieras. A la vuelta nos esperaba una emoción. El tío había informado que nuestro presupuesto no había estado nunca a estudio de la Contaduría. Había sido un error. En realidad, no había salido de la Secretaría. Esto significaba un considerable oscurecimiento de nuestro panorama. Si el presupuesto a estudio hubiera estado en Contaduría, no nos habríamos alarmado. Después de todo, nosotros sabíamos que hasta el momento no se había estudiado debido a la enfermedad del jefe. Pero si había estado realmente en Secretaría, en la que el Secretario -su jefe supremo- gozaba de perfecta salud, la demora no se debía a nada y podía convertirse en demora sin fin. Allí comenzó la etapa crítica del desaliento. A primera hora nos mirábamos todos con la interrogante desesperanzado de costumbre. Al principio todavía preguntábamos «¿Saben algo?» Luego optamos por decir «¿Y?» y terminamos finalmente por hacer la pregunta con las cejas. Nadie sabía nada. Cuando alguien sabía algo, era que el presupuesto todavía estaba a estudio de la Secretaría. A los ocho meses de la noticia primera, hacía ya dos que mi lapicera no funcionaba. El Auxiliar Primero se había roto una costilla gracias a la bicicleta. Un judío era el actual propietario de los libros que había comprado el Auxiliar Segundo; el reloj del Oficial Primero atrasaba un cuarto de hora por jornada; los zapatos del jefe tenían dos medias suelas (una cosida y otra clavada), y el sobretodo del Oficial Segundo tenía las solapas gastadas y erectas como dos alitas de equivocación. Una vez supimos que el Ministro había preguntado por el presupuesto. A la semana, informó Secretaría. Nosotros queríamos saber qué decía el informe, pero el tío no pudo averiguarlo porque era «estrictamente confidencial». Pensamos que eso era sencillamente una estupidez, porque nosotros, a todos aquellos expedientes que traían una tarjeta en el ángulo superior con leyendas tales como «muy urgente», «trámite preferencial» o «estrictamente reservados, los tratábamos en igualdad de condiciones que a los otros. Pero por lo visto en el Ministerio no eran del mismo parecer. Otra vez supimos que el Ministro había hablado del presupuesto con el Secretario. Como a las conversaciones no se les ponía ninguna tar'eta especial, el tío pudo enterarse y enterarnos de que el Ministro estaba de acuerdo. ¿Con qué y con quién estaba de acuerdo? Cuando el tío quiso averiguar esto último, el Ministro ya no estaba de acuerdo. Entonces, sin otra explicación comprendimos que antes había estado de acuerdo con nosotros. Otra vez supimos que el presupuesto había sido reformado. Lo iban a tratar en la sesión del próximo viernes, pero a los catorce viernes que siguieron a ese próximo, el presupuesto no había sido tratado. Entonces empezamos a vigilar las fechas de las próximas sesiones y cada sábado nos decíamos: «Bueno ahora será hasta el viernes. Veremos qué pasa entonces». Llegaba el viernes y no pasaba nada. Y el sábado nos decíamos: «Bueno, será hasta el viernes. Veremos qué pasa entonces. » Y no pasaba nada. Y no pasaba nunca nada de nada. Yo estaba ya demasiado empeñado para permanecer impasible, porque la lapicera me había estropeado el ritmo económico y desde entonces yo no había podido recuperar mi equilibrio. Por eso fue que se me ocurrió que podíamos visitar al Ministro. Durante varias tardes estuvimos ensayando la entrevista. El Oficial Primero hacía de Ministro, y el jefe, que había sido designado por aclamación para hablar en nombre de todos, le presentaba nuestro reclamo. Cuando estuvimos conformes con el ensayo, pedimos audiencia en el Ministerio y nos la concedieron para el jueves. El jueves dejamos pues en la Oficina a una de las dactilógrafas y al portero, y los demás nos fuimos a conversar con el Ministro. Conversar con el Ministro no es lo mismo que conversar con otra persona. Para conversar con el Ministro hay que esperar dos horas y media y a veces ocurre, como nos pasó precisamente a nosotros, que ni al cabo de esas dos horas y media se puede conversar con el Ministro. Sólo llegamos a presencia del Secretario, quien tomó nota de las palabras del jefe -muy inferiores al peor de los ensayos, en los que nadie tartamudeaba- y volvió con la respuesta del Ministro de que se trataría nuestro presupuesto en la sesión del día siguiente. Cuando -relativamente satisfechos- salíamos del Ministerio, vimos que un auto se detenía en la puerta y que de él bajaba el Ministro. Nos pareció un poco extraiío que el Secretario nos hubiera traído la respuesta personal del Ministro sin que éste estuviese presente. Pero en realidad nos convenía más confiar un poco y todos asentimos con satisfacción y desahogo cuando el jefe opinó que el Secretario seguramente habría consultado al Ministro por teléfono. Al otro día, a las cinco de la tarde estábamos bastante nerviosos. Las cinco de la tarde era la hora que nos habían dado para preguntar. Habíamos trabajado muy poco; estábamos demasiado inquietos como para que las cosas nos salieran bien. Nadie decía nada. El jefe ni siquiera tarareaba su aria. Dejamos pasar seis minutos de estricta prudencia. Luego el jefe discó el número que todos sabíamos de memoria, y pidió con el Secretario. La conversación duró muy poco. Entre los varios «Sí», «Ah, sí», «Ah, bueno» del jefe, se escuchaba el ronquido indistinto del otro. Cuando el jefe colgó el tubo, todos sabíamos la respuesta. Sólo para confirmarla pusimos atención: «Parece que hoy no tuvieron tiempo. Pero dice el Ministro que el presupuesto será tratado sin falta en la sesión del próximo viernes. »