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jueves, 30 de abril de 2009

EL ALQUIMISTA -- H. P. LOVECRAFT

EL ALQUIMISTA
H. P. LOVECRAFT




....
Allá en lo alto, coronando la herbosa cima un montículo escarpado, de falda cubierta
por los árboles nudosos de la selva primordial, se levanta la vieja mansión de mis
antepasados. Durante siglos sus almenas han contemplado ceñudas el salvaje y accidentado
terreno circundante, sirviendo de hogar y fortaleza para la casa altanera cuyo honrado linaje
es más viejo aún que los muros cubiertos de musgo del castillo. Sus antiguos torreones,
castigados durante generaciones por las tormentas, demolidos por el lento pero implacable
paso del tiempo, formaban en la época feudal una de las más temidas y formidables fortalezas
de toda Francia. Desde las aspilleras de sus parapetos y desde sus escarpadas almenas,
muchos barones, condes y aun reyes han sido desafiados, sin que nunca resonara en sus
espaciosos salones el paso del invasor.
Pero todo ha cambiado desde aquellos gloriosos años. Una pobreza rayana en la
indigencia, unida a la altanería que impide aliviarla mediante el ejercicio del comercio, ha
negado a los vástagos del linaje la oportunidad de mantener sus posesiones en su primitivo
esplendor; y las derruidas piedras de los muros, la maleza que invade los patios, el foso seco
y polvoriento, así como las baldosas sueltas, las tablazones comidas de gusanos y los
deslucidos tapices del interior, todo narra un melancólico cuento de perdidas grandezas. Con
el paso de las edades, primero una, luego otra, las cuatro torres fueron derrumbándose, hasta
que tan sólo una sirvió de cobijo a los tristemente menguados descendientes de los otrora
poderosos señores del lugar.
Fue en una de las vasta y lóbregas estancias de esa torre que aún seguía en pie donde
yo, Antoine, el último de los desdichados y maldecidos condes de C., vine al mundo, hace
diecinueve años. Entre esos muros, y entre las oscuras y sombrías frondas, los salvajes
barrancos y las grutas de la ladera, pasaron los primeros años de mi atormentada vida. Nunca
conocí a mis progenitores. Mi padre murió a la edad de treinta y dos, un mes después de mi
nacimiento, alcanzado por una piedra de uno de los abandonados parapetos del castillo; y,
habiendo fallecido mi madre al darme a luz, mi cuidado y educación corrieron a cargo del
único servidor que nos quedaba, un hombre anciano y fiel de notable inteligencia, que
recuerdo que se llamaba Pierre. Yo no era más que un chiquillo, y la carencia de compañía
que eso acarreaba se veía aumentada por el extraño cuidado que mi añoso guardián se tomaba
para privarme del trato de los muchachos campesinos, aquellos cuyas moradas se
desperdigaban por los llanos circundantes en la base de la colina. Por entonces, Pierre me
había dicho que tal restricción era debida a que mi nacimiento noble me colocaba por encima
del trato con aquellos plebeyos compañeros. Ahora sé que su verdadera intención era
ahorrarme los vagos rumores que corrían acerca de la espantosa maldición que afligía a mi
linaje, cosas que se contaban en la noche y eran magnificadas por los sencillos aldeanos
según hablaban en voz baja al resplandor del hogar en sus chozas.
Aislado de esa manera, librado a mis propios recursos, ocupaba mis horas de infancia
en hojear los viejos tomos que llenaban la biblioteca del castillo, colmada de sombras, y en
vagar sin ton ni son por el perpetuo crepúsculo del espectral bosque que cubría la falda de la
colina. Fue quizás merced a tales contornos el que mi mente adquiriera pronto tintes de
melancolía. Esos estudios y temas que tocaban lo oscuro y lo oculto de la naturaleza eran lo
que más llamaban mi atención.
Poco fue lo que me permitieron saber de mi propia ascendencia, y lo poco que supe
me sumía en hondas depresiones. Quizás, al principio, fue sólo la clara renuencia mostrada
por mi viejo preceptor a la hora de hablarme de mi línea paterna lo que provocó la aparición
de ese terror que yo sentía cada vez que se mentaba a mi gran linaje, aunque al abandonar la
infancia conseguí fragmentos inconexos de conversación, dejados escapar involuntariamente
por una lengua que ya iba traicionándolo con la llegada de la senilidad, y que tenían alguna
relación con un particular acontecimiento que yo siempre había considerado extraño, y que
ahora empezaba a volverse turbiamente terrible. A lo que me refiero es a la temprana edad en
la que los condes de mi linaje encontraban la muerte. Aunque hasta ese momento había
considerado un atributo de familia el que los hombres fueran de corta vida, más tarde
reflexioné en profundidad sobre aquellas muertes prematuras, y comencé a relacionarlas con
los desvaríos del anciano, que a menudo mencionaba una maldición que durante siglos había
impedido que las vidas de los portadores del título sobrepasasen la barrera de los treinta y dos
años. En mi vigésimo segundo cumpleaños, el añoso Pierre me entregó un documento
familiar que, según decía, había pasado de padre a hijo durante muchas generaciones y había
sido continuado por cada poseedor. Su contenido era de lo más inquietante, y una lectura
pormenorizada confirmó la gravedad de mis temores. En ese tiempo, mi creencia en lo
sobrenatural era firme y arraigada, de lo contrario hubiera hecho a un lado con desprecio el
increíble relato que tenía ante los ojos.
El papel me hizo retroceder a los tiempos del siglo XIII, cuando el viejo castillo en el
que me hallaba era una fortaleza temida e inexpugnable. En él se hablaba de cierto anciano
que una vez vivió en nuestras posesiones, alguien de no pocos talentos, aunque su rango
apenas rebasaba el de campesino; era de nombre Michel, de usual sobrenombre Mauvais, el
malhadado, debido a su siniestra reputación. A pesar de su clase, había estudiado, buscando
cosas tales como la piedra filosofal y el elixir de la eterna juventud, y tenía fama de ducho en
los terribles arcanos de la magia negra y la alquimia. Michel Mauvais tenía un hijo llamado
Charles, un mozo tan avezado como él mismo en las artes ocultas, habiendo sido por ello
apodado Le Sorcier, el brujo. Ambos, evitados por las gentes de bien, eran sospechosos de las
prácticas más odiosas. El viejo Michel era acusado de haber quemado viva a su esposa, a
modo de sacrificio al diablo, y, en lo tocante a las incontables desapariciones de hijos pequeños
de campesinos, se tendía a señalar su puerta. Pero, a través de las oscuras naturalezas de
padre e hijo brillaba un rayo de humanidad y redención; el malvado viejo quería a su retoño
con fiera intensidad, mientras que el mozo sentía por su padre una devoción más que filial.
Una noche el castillo de la colina se encontró sumido en la más tremenda de las
confusiones por la desaparición del joven Godfrey, hijo del conde Henri. Un grupo de
búsqueda, encabezado por el frenético padre, invadió la choza de los brujos, hallando al viejo
Michel Mauvais mientras trasteaba en un inmenso caldero que bullía violentamente. Sin más
demora, llevado de furia y desesperación desbocadas, el conde puso sus manos sobre el
anciano mago y, al aflojar su abrazo mortal, la víctima ya había expirado. Entretanto, los
alegres criados proclamaban el descubrimiento del joven Godfrey en una estancia lejana y
abandonada del edificio, anunciándolo muy tarde, ya que el pobre Michel había sido muerto
en vano. Al dejar el conde y sus amigos la mísera cabaña del alquimista, la figura de Charles
Le Sorcier hizo acto de presencia bajo los árboles. La charla excitada de los domésticos más
próximos le reveló lo sucedido, aunque pareció indiferente en un principio al destino de su
padre. Luego, yendo lentamente al encuentro del conde, pronunció con voz apagada pero
terrible la maldición que, en adelante, afligiría a la casa de C.
«Nunca sea que un noble de tu estirpe homicida
Viva para alcanzar mayor edad de la que ahora posees»
proclamó cuando, repentinamente, saltando hacia atrás al negro bosque, sacó de su túnica una
redoma de líquido incoloro que arrojó al rostro del asesino de su padre, desapareciendo al
amparo de la negra cortina de la noche. El conde murió sin decir palabra y fue sepultado al
día siguiente, con apenas treinta y dos años. Nunca descubrieron rastro del asesino, aunque
implacables bandas de campesinos batieron las frondas cercanas y las praderas que rodeaban
la colina.
El tiempo y la falta de recordatorios aminoraron la idea de la maldición de la mente de
la familia del conde muerto; así que cuando Godfrey, causante inocente de toda la tragedia y
ahora portador de un título, murió traspasado por una flecha en el transcurso de una cacería, a
la edad de treinta y dos años, no hubo otro pensamiento que el de pesar por su deceso. Pero
cuando, años después, el nuevo joven conde, de nombre Robert, fue encontrado muerto en un
campo cercano y sin mediar causa aparente, los campesinos dieron en murmurar acerca de
que su amo apenas sobrepasaba los treinta y dos cumpleaños cuando fue sorprendido por su
temprana muerte. Louis, hijo de Robert, fue descubierto ahogado en el foso a la misma
fatídica edad, y, desde ahí, la crónica ominosa recorría los siglos: Henris, Roberts, Antoines y
Armands privados de vidas felices y virtuosas cuando apenas rebasaban la edad que tuviera
su infortunado antepasado al morir.
Según lo leído, parecía cierto que no me quedaban sino once años. Mi vida, tenida
hasta entonces en tan poco, se me hizo ahora más preciosa a cada día que pasaba, y me fui
progresivamente sumergiendo en los misterios del oculto mundo de la magia negra. Solitario
como era, la ciencia moderna no me había perturbado y trabajaba como en la Edad Media, tan
empeñado como estuvieran el viejo Michel y el joven Charles en la adquisición de saber
demonológico y alquímico. Aunque leía cuanto caía en mis manos, no encontraba explicación
para la extraña maldición que afligía a mi familia. En los pocos momentos de pensamiento
racional, podía llegar tan lejos como para buscar alguna explicación natural, atribuyendo las
tempranas muertes de mis antepasados al siniestro Charles Le Sorcier y sus herederos; pero
descubriendo tras minuciosas investigaciones que no había descendientes conocidos del
alquimista, me volví nuevamente a los estudios ocultos y de nuevo me esforcé en encontrar
un hechizo capaz de liberar a mi estirpe de esa terrible carga. En algo estaba plenamente
resuelto. No me casaría jamás, y, ya que las ramas restantes de la familia se habían
extinguido, pondría fin conmigo a la maldición.
Cuando yo frisaba los treinta, el viejo Pierre fue reclamado por el otro mundo. Lo
enterré sin ayuda bajo las piedras del patio por el que tanto gustara de deambular en vida. Así
quedé para meditar en soledad, siendo el único ser humano de la gran fortaleza, y en el total
aislamiento mi mente fue dejando de rebelarse contra la maldición que se avecinaba para casi
llegar a acariciar ese destino con el que se habían encontrado tantos de mis antepasados.
Pasaba mucho tiempo explorando las torres y los salones ruinosos y abandonados del viejo
castillo, que el temor juvenil me había llevado a rehuir y que, al decir del viejo Pierre, no
habían sido hollados por ser humano durante casi cuatro siglos. Muchos de los objetos
hallados resultaban extraños y espantosos. Mis ojos descubrieron muebles cubiertos por
polvo de siglos, desmoronándose en la putridez de largas exposiciones a la humedad.
Telarañas en una profusión nunca antes vista brotaban por doquier, e inmensos murciélagos
agitaban sus alas huesudas e inmensas por todos lados en las, por otra parte, vacías tinieblas.
Guardaba el cálculo más cuidadoso de mi edad exacta, aun de los días y horas, ya que
cada oscilación del péndulo del gran reloj de la biblioteca desgranaba una pizca más de mi
condenada existencia. Al final estuve cerca del momento tanto tiempo contemplado con
aprensión. Dado que la mayoría de mis antepasados fueron abatidos poco después de llegar a
la edad exacta que tenía el conde Henri al morir, yo aguardaba en cualquier instante la
llegada de una muerte desconocida. En qué extraña forma me alcanzaría la maldición, eso no
sabía decirlo; pero estaba decidido a que, al menos, no me encontrara atemorizado o pasivo.
Con renovado vigor, me apliqué al examen del viejo castillo y cuanto contenía.
El suceso culminante de mi vida tuvo lugar durante una de mis exploraciones más
largas en la parte abandonada del castillo, a menos de una semana de la fatídica hora que yo
sabía había de marcar el límite final a mi estancia en la tierra, más allá de la cual yo no tenía
siquiera atisbos de esperanza de conservar el hálito. Había empleado la mejor parte de la
mañana yendo arriba y abajo por las escaleras medio en ruinas, en uno de los más castigados
de los antiguos torreones. En el transcurso de la tarde me dediqué a los niveles inferiores,
bajando a lo que parecía ser un calabozo medieval o quizás un polvorín subterráneo, más
bajo. Mientras deambulaba lentamente por los pasadizos llenos de incrustaciones al pie de la
última escalera, el suelo se tornó sumamente húmedo y pronto, a la luz de mi trémula
antorcha, descubrí que un muro sólido, manchado por el agua, impedía mi avance.
Girándome para volver sobre mis pasos, fui a poner los ojos sobre una pequeña trampilla con
anillo, directamente bajo mis pies. Deteniéndome, logré alzarla con dificultad, descubriendo
una negra abertura de la que brotaban tóxicas humaredas que hicieron chisporrotear mi
antorcha, a cuyo titubeante resplandor vislumbré una escalera de piedra. Tan pronto como la
antorcha, que yo había abatido hacia las repelentes profundidades, ardió libre y firmemente,
emprendí el descenso. Los peldaños eran muchos y llevaban a un angosto pasadizo de piedra
que supuse muy por debajo del nivel del suelo. Este túnel resultó de gran longitud y
finalizaba en una masiva puerta de roble, rezumante con la humedad del lugar, que resistió
firmemente cualquier intento mío de abrirla. Cesando tras un tiempo en mis esfuerzos, me
había vuelto un trecho hacia la escalera, cuando sufrí de repente una de las impresiones más
profundas y enloquecedoras que pueda concebir la mente humana. Sin previo aviso, escuché
crujir la pesada puerta a mis espaldas, girando lentamente sobre sus oxidados goznes. Mis
inmediatas sensaciones no son susceptibles de análisis. Encontrarme en un lugar tan
completamente abandonado como yo creía que era el viejo castillo, ante la prueba de la
existencia de un hombre o un espíritu, provocó a mi mente un horror de lo más agudo que
pueda imaginarse. Cuando al fin me volví y encaré la fuente del sonido, mis ojos debieron
desorbitarse ante lo que veían. En un antiguo marco gótico se encontraba una figura humana.
Era un hombre vestido con un casquete y una larga túnica medieval de color oscuro. Sus
largos cabellos y frondosa barba eran de un negro intenso y terrible, de increíble profusión.
Su frente, más alta de lo normal; sus mejillas, consumidas, llenas de arrugas; y sus manos
largas, semejantes a garras y nudosas, eran de una mortal y marmórea blancura como nunca
antes viera en un hombre. Su figura, enjuta hasta asemejarla a un esqueleto, estaba extrañamente
cargada de hombros y casi perdida dentro de los voluminosos pliegues de su peculiar
vestimenta. Pero lo más extraño de todo eran sus ojos, cavernas gemelas de negrura abisal,
profundas en saber, pero inhumanas en su maldad. Ahora se clavaban en mí, lacerando mi
alma con su odio, manteniéndome sujeto al sitio. Pon fin, la figura habló con una voz
retumbante que me hizo estremecer debido a su honda impiedad e implícita malevolencia. El
lenguaje empleado en su discurso era el decadente latín usado por los menos eruditos durante
la Edad Media, y pude entenderlo gracias a mis prolongadas investigaciones en los tratados
de los viejos alquimistas y demonólogos. Esa aparición hablaba de la maldición suspendida
sobre mi casa, anunciando mi próximo fin, e hizo hincapié en el crimen cometido por mi
antepasado contra el viejo Michel Mauvais, recreándose en la venganza de Charles le Sorcier.
Relató cómo el joven Charles había escapado al amparo de la noche, volviendo al cabo de los
años para matar al heredero Godfrey con una flecha, en la época en que éste alcanzó la edad
que tuviera su padre al ser asesinado; cómo había vuelto en secreto al lugar, estableciéndose
ignorado en la abandonada estancia subterránea, la misma en cuyo umbral se recortaba ahora
el odioso narrador. Cómo había apresado a Robert, hijo de Godfrey, en un campo, forzándolo
a ingerir veneno y dejándolo morir a la edad de treinta y dos, manteniendo así la loca profecía
de su vengativa maldición. Entonces me dejó imaginar cuál era la solución de la mayor de las
incógnitas: cómo la maldición había continuado desde el momento en que, según las leyes de
la naturaleza, Charles le Sorcier hubiera debido morir, ya que el hombre se perdió en
digresiones, hablándome sobre los profundos estudios de alquimia de los dos magos, padre e
hijo, y explayándose sobre la búsqueda de Charles le Sorcier del elixir que podría garantizarle
el goce de vida y juventud eternas.
Por un instante su entusiasmo pareció desplazar de aquellos ojos terribles el odio
mostrado en un principio, pero bruscamente volvió el diabólico resplandor y, con un
estremecedor sonido que recordaba el siseo de una serpiente, alzó una redoma de cristal con
evidente intención de acabar con mi vida, tal como hiciera Charles le Sorcier seiscientos años
antes con mi antepasado. Llevado por algún protector instinto de autodefensa, luché contra el
encanto que me había tenido inmóvil hasta ese momento, y arrojé mi antorcha, ahora
moribunda, contra el ser que amenazaba mi vida. Escuché cómo la ampolla se rompía de
forma inocua contra las piedras del pasadizo mientras la túnica del extraño personaje se
incendiaba, alumbrando la horrible escena con un resplandor fantasmal. El grito de espanto y
de maldad impotente que lanzó el frustado asesino resultó demasiado para mis nervios, ya
estremecidos, y caí desmayado al suelo fangoso.
Cuando por fin recobré el conocimiento, todo estaba espantosamente a oscuras y,
recordando lo ocurrido, temblé ante la idea de tener que soportar aún más; pero fue la
curiosidad lo que acabó imponiéndose. ¿Quién, me preguntaba, era este malvado personaje, y
cómo había llegado al interior del castillo? ¿Por qué podía querer vengar la muerte del pobre
Michel Mauvais y cómo se había transmitido la maldición durante el gran número de siglos
pasados desde la época de Charles le Sorcier? El peso del espanto, sufrido durante años,
desapareció de mis hombros, ya que sabía que aquel a quien había abatido era lo que hacía
peligrosa la maldición, y, viéndome ahora libre, ardía en deseos de saber más del ser siniestro
que había perseguido durante siglos a mi linaje, y que había convertido mi propia juventud en
una interminable pesadilla. Dispuesto a seguir explorando, me tanteé los bolsillos en busca de
eslabón y pedernal, y encendí la antorcha de repuesto. Enseguida, la luz renacida reveló el
cuerpo retorcido y achicharrado del misterioso extraño. Esos ojos espantosos estaban ahora
cerrados. Desasosegado por la visión, me giré y accedí a la estancia que había al otro lado de
la puerta gótica. Allí encontré lo que parecía ser el laboratorio de un alquimista. En una
esquina se encontraba una inmensa pila de reluciente metal amarillo que centelleaba de forma
portentosa a la luz de la antorcha. Debía de tratarse de oro, pero no me detuve a cerciorarme,
ya que estaba afectado de forma extraña por la experiencia sufrida. Al fondo de la estancia
había una abertura que conducía a uno de los muchos barrancos abiertos en la oscura ladera
boscosa. Lleno de asombro, aunque sabedor ahora de cómo había logrado ese hombre llegar
al castillo, me volví. Intenté pasar con el rostro vuelto junto a los restos de aquel extraño,
pero, al acercarme, creí oírle exhalar débiles sonidos, como si la vida no hubiera escapado por
completo de él. Horrorizado, me incliné para examinar la figura acurrucada y abrasada del
suelo. Entonces esos horribles ojos, mas oscuros que la cara quemada donde se albergaban, se
abrieron para mostrar una expresión imposible de identificar. Los labios agrietados intentaron
articular palabras que yo no acababa de entender. Una vez capté el nombre de Charles le
Sorcier y en otra ocasión pensé que las palabras «años» y «maldición» brotaban de esa boca
retorcida. A pesar de todo, no fui capaz de encontrar un significado a su habla entrecortada.
Ante mi evidente ignorancia, los ojos como pozos relampaguearon una vez más
malévolamente en mi contra, hasta el punto de que, inerme como veía a mi enemigo, me sentí
estremecer al observarlo.
Súbitamente, aquel miserable, animado por un último rescoldo de energía, alzó su
espantosa cabeza del suelo húmedo y hundido. Entonces, recuerdo que, estando yo paralizado
por el miedo, recuperó la voz y con aliento agonizante vociferó las palabras que en adelante
habrían de perseguirme durante todos los días y las noches de mi vida.
—¡Necio! —gritaba—. ¿No puedes adivinar mi secreto? ¿No tienes bastante cerebro
como para reconocer la voluntad que durante seis largos siglos ha perpetuado la espantosa
maldición sobre los tuyos? ¿No te he hablado del gran elixir de la eterna juventud? ¿No sabes
quién desveló el secreto de la alquimia?
¡Pues fui yo! ¡Yo! ¡Yo! ¡Yo que he vivido durante
seiscientos años para perpetuar mi venganza, PORQUE YO SOY CHARLES LE
SORCIER!

EL ÁRBOL --- H. P. LOVECRAFT

EL ÁRBOL
H. P. LOVECRAFT




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«Fata viam invenient.»
En una verde ladera del monte Menalo, en Arcadia, se halla un olivar en torno a las
ruinas de una villa. Al lado se encuentra una tumba, antaño embellecida con las más sublimes
esculturas, pero sumida ahora en la misma decadencia que la casa. A un extremo de la tumba,
con sus peculiares raíces desplazando los bloques de mármol del Pentélico, mancillados por
el tiempo, crece un olivo antinaturalmente grande y de figura curiosamente repulsiva; tanto se
asemeja a la figura de un hombre deforme, o a un cadáver contorsionado por la muerte, que
los lugareños temen pasar cerca en las noches en que la luna brilla débilmente a través de sus
ramas retorcidas. El monte Menalo es uno de los parajes predilectos de temible Pan, el de la
multitud de extraños compañeros, y los sencillos pastores creen que el árbol debe tener
alguna espantosa relación con esos salvajes silenos; pero un anciano abejero que vive en una
cabaña de las cercanías me contó una historia diferente.
Hace muchos años, cuando la villa de la cuesta era nueva y resplandeciente, vivían en
ella los escultores Calos y Musides. La belleza de su obra era alabada de Lidia a Neápolis, y
nadie osaba considerar que uno sobrepasaba al otro en habilidad. El Hermes de Calos se
alzaba en un marmóreo santuario de Corinto, y la Palas de Musides remataba una columna en
Atenas, cerca del Partenón. Todos los hombres rendían homenaje a Calos y Musides, y se
asombraban de que ninguna sombra de envidia artística enfriara el calor de su amistad
fraternal.
Pero aunque Calos y Musides estaban en perfecta armonía, sus formas de ser no eran
iguales. Mientras que Musides gozaba las noches entre los placeres urbanos de Tegea, Calos
prefería quedarse en casa; permaneciendo fuera de la vista de sus esclavos al fresco amparo
del olivar. Allí meditaba sobre las visiones que colmaban su mente, y allí concebía las formas
de belleza que posteriormente inmortalizaría en mármol casi vivo. Los ociosos, por supuesto,
comentaban que Calos se comunicaba con los espíritus de la arboleda, y que sus estatuas no
eran sino imágenes de los faunos y las dríadas con los que se codeaba... ya que jamás llevaba
a cabo sus trabajos partiendo de modelos vivos.
Tan famosos eran Calos y Musides que a nadie le extrañó que el tirano de Siracusa
despachara enviados para hablarles acerca de la costosa estatua de Tycho que planeaba erigir
en su ciudad. De gran tamaño y factura sin par había de ser la estatua, ya que habría de servir
de maravilla a las naciones y convertirse en una meta para los viajeros. Honrado más allá de
cualquier pensamiento resultaría aquel cuyo trabajo fuese elegido, y Calos y Musides estaban
invitados a competir por tal distinción. Su amor fraterno era de sobra conocido, y el astuto
tirano conjeturaba que, en vez de ocultarse sus obras, se prestarían mutua ayuda y consejo;
así que tal apoyo produciría dos imágenes de belleza sin par, cuya hermosura eclipsaría
incluso los sueños de los poetas.
Los escultores aceptaron complacidos el encargo del tirano, así que en los días
siguientes sus esclavos pudieron oír el incesante picoteo de los cinceles. Calos y Musides no
se ocultaron sus trabajos, aun cuando se reservaron su visión para ellos dos solos. A
excepción de los suyos, ningún ojo pudo contemplar las dos figuras divinas liberadas
mediante golpes expertos de los bloques en bruto que las aprisionaban desde los comienzos
del mundo.
De noche, al igual que antes, Musides frecuentaba los salones de banquetes de Tegea,
mientras Calos rondaba a solas por el olivar. Pero, según pasaba el tiempo, la gente advirtió
cierta falta de alegría en el antes radiante Musides. Era extraña, comentaban entre sí, que esa
depresión hubiera hecho presa en quien tenía tantas posibilidades de alcanzar los más altos
honores artísticos. Muchos meses pasaron, pero en el semblante apagado de Musides no se
leía sino una fuerte tensión que debía estar provocada por la situación.
Entonces Musides habló un día sobre la enfermedad de Calos, tras lo cual nadie
volvió a asombrarse ante su tristeza, ya que el apego entre ambos escultores era de sobra
conocido como profundo y sagrado. Por tanto, muchos acudieron a visitar a Calos,
advirtiendo en efecto la palidez de su rostro, aunque había en él una felicidad serena que
hacía su mirada más mágica que la de Musides... quien se hallaba claramente absorto en la
ansiedad, y que apartaba a los esclavos en su interés por alimentar y cuidar al amigo con sus
propias manos. Ocultas tras pesados cortinajes se encontraban las dos figuras inacabadas de
Tycho, últimamente apenas tocadas por el convaleciente y su fiel enfermero.
Según desmejoraba inexplicablemente, más y más, a pesar de las atenciones de los perplejos
médicos y las de su inquebrantable amigo, Calos pedía con frecuencia que le llevaran a la tan
amada arboleda. Allí rogaba que le dejasen solo, ya que deseaba conversar con seres
invisibles. Musides accedía invariablemente a tales deseos, aunque con lágrimas en los ojos
al pensar que Calos prestaba más atención de faunos y dríadas que de él. Al cabo, el fin
estuvo cerca y Calos hablaba de cosas del más allá. Musides, llorando, le prometió un
sepulcro aún más hermoso que la tumba de Mausolo, pero Calos le pidió que no hablara más
sobre glorias de mármol. Tan sólo un deseo se albergaba en el pensamiento del moribundo;
que unas ramitas dé ciertos olivos de la arboleda fueran depositadas enterradas en su sepultura...
junto a su cabeza. Y una noche, sentado a solas en la oscuridad del olivar, Calos murió.
Hermoso más allá de cualquier descripción resultaba el sepulcro de mármol que el
afligido Musides cinceló para su amigo bienamado. Nadie sino el mismo Calos hubiera
podido obrar tales bajorrelieves, en donde se mostraban los esplendores del Eliseo. Tampoco
descuidó Musides el enterrar junto a la cabeza de Calos las ramas de olivo de la arboleda.
Cuando los primeros dolores de la pena cedieron ante la resignación, Musides trabajó
con diligencia en su figura de Tycho. Todo el honor le pertenecía ahora, ya que el tirano no
quería sino su obra o la de Calos. Su esfuerzo dio cauce a sus emociones y trabajaba más
duro cada día, privándose de los placeres que una vez degustaría. Mientras tanto, sus tardes
transcurrían junto a la tumba de su amigo, donde un olivo joven había brotado cerca de la
cabeza del yacente. Tan rápido fue el crecimiento de este árbol, y tan extraña era su forma,
que cuantos lo contemplaban prorrumpían en exclamaciones de sorpresa, y Musides parecía
encontrarse a un tiempo fascinado y repelido por él.
A los tres años de la muerte de Calos, Musides envió un mensajero al tirano, y se
comentó en el ágora de Tegea que la tremenda estatua estaba concluida. Para entonces, el
árbol de la tumba había alcanzado asombrosas proporciones, sobrepasando al resto de los de
su clase, y extendiendo una rama singularmente pesada sobre la estancia en la que Musides
trabajaba. Mientras, muchos visitantes acudían a contemplar el árbol prodigioso, así como
para admirar el arte del escultor, por lo que Musides casi nunca se hallaba a solas. Pero a él
no le importaba esa multitud de invitados; antes bien, parecía temer el quedarse a .solas ahora
que su absorbente trabajo había tocado a su fin. El poco alentador viento de la montaña,
suspirando a través del olivar y el árbol de la tumba, evocaba de forma extraña sonidos
vagamente articulados.
El cielo estaba oscuro la tarde en que los emisarios del tirano llegaron a Tegea. De
sobra era sabido que llegaban para hacerse cargo de la gran imagen de Tycho y para rendir
honores imperecederos a Musides, por los que los próxenos les brindaron un recibimiento
sumamente caluroso. Al caer la noche se desató una violenta ventolera sobre la cima del
Menalo, y los hombres de la lejana Siracusa se alegraron de poder descansar a gusto en la
ciudad. Hablaron acerca de su ilustrado tirano, y del esplendor de su ciudad, refocilándose en
la gloria de la estatua que Musides había cincelado para él. Y entonces los hombres de Tegea
hablaron acerca de la bondad de Musides, y de su hondo penar por su amigo, así como de que
ni aun los inminentes laureles del arte podrían consolarle de la ausencia del Calos, que podría
haberlos ceñido en su lugar. También hablaron sobre el árbol que crecía en la tumba, junto a
la cabeza de Calos. El viento aullaba aún más horriblemente, y tanto los siracusanos como los
arcadios elevaron sus preces a Eolo.
A la luz del día, los próxenos guiaron a los mensajeros del tirano cuesta arriba hasta la
casa del escultor, pero el viento nocturno había realizado extrañas hazañas. El griterío de los
esclavos se alzaba en una escena de desolación, y en el olivar ya no se levantaban las
resplandecientes columnatas de aquel amplio salón donde Musides soñara y trabajara.
Solitarios y estremecidos penaban los patios humildes y las tapias, ya que sobre el suntuoso
peristilo mayor se había desplomado la pesada rama que sobresalía del extraño árbol nuevo,
reduciendo, de una forma curiosamente completa, aquel poema en mármol a un montón de
ruinas espantosas. Extranjeros y tegeanos quedaron pasmados, contemplando la catástrofe
causada por el grande, el siniestro árbol cuyo aspecto resultaba tan extrañamente humano y
cuyas raíces alcanzaban de forma tan peculiar el esculpido sepulcro de Calos. Y su miedo y
desmayo aumentó al buscar entre el derruido aposento, ya que del noble Musides y de su
imagen de Tycho maravillosamente cincelada no pudo hallarse resto alguno. Entre aquellas
formidables ruinas no moraba sino el caos, y los representantes de ambas ciudades se vieron
decepcionados; los siracusanos porque no tuvieron estatua que llevar a casa; los tegeanos
porque carecían de artista al que conceder los laureles. No obstante, los siracusanos
obtuvieron una espléndida estatua en Atenas, y los tegeanos se consolaron erigiendo en el
ágora un templo de mármol que conmemoraba los talentos, las virtudes y el amor fraternal de
Musides.
Pero el olivar aún está ahí, así como el árbol que nace en la tumba de Calos, y el
anciano abejero me contó que a veces las ramas susurran entre sí en las noches ventosas,
diciéndose una y otra vez: «O?d? ¡ O?d? !»... yo sé! yo sé.!

miércoles, 29 de abril de 2009

CENIZAS -- H. P. LOVECRAFT -- C. M. EDDY JR.

CENIZAS
H. P. LOVECRAFT & C. M. EDDY JR.


...


-Hola, Bruce. Hace siglos que no te veo. Entra.

Dejé la puerta abierta y me siguió al interior de la habitación. Su flaca y desgarbada figura se acomodó con torpeza en la silla que le ofrecía mientras comenzaba a jugar con su sombrero entre los dedos. Sus profundos ojos tenían un mirar asustado, distraído, y atisbaban furtivos por entre los rincones de la habitación, como si buscasen algo escondido dispuesto a echarse sobre él en cualquier momento. Su rostro estaba ojeroso y sin color. Las comisuras de sus labios tenían un rictus espasmódico.

-¿Qué te ocurre, viejo? Parece que has visto un fantasma. ¡Levanta el ánimo!

Me acerqué al mueble bar y llené un pequeño vaso con el vino de una botella.

-¡Bébete esto!

Vació el vaso de un sorbo y continuó jugando con su sombrero.

-Gracias, Prague; no me siento demasiado bien esta noche.

-¡No hace falta que lo digas! ¿Qué es lo que va mal?

Malcolm Bruce se agitó inquieto en su silla.

Lo miré en silencio, preguntándome qué podía haberle afectado de aquella manera. Conocía a Bruce y lo tenía catalogado como un hombre tranquilo y con voluntad de acero. Verlo en aquel estado de nervios no era normal. Le ofrecí un cigarro, y él lo tomó, mecánicamente.

Pero, hasta que Bruce no encendió el segundo cigarrillo, el silencio entre los dos continuó. Su nerviosismo parecía desaparecer poco a poco. Una vez más fue el hombre dominante, seguro de sí mismo, que yo conocía.

-Prague –empezó-, me acaba de suceder la experiencia más diabólica y terrible que puede acontecerle a un hombre. No estoy muy seguro de si debo contártelo o no, pues tengo miedo de que pienses que estoy loco; ¡cosa que no te reprocharía! Pero es cierto, ¡hasta la última palabra!

Hizo una dramática pausa y lanzó al aire unos tenues anillos de humo.

Sonreí. Ya había escuchado más de una historia de miedo en aquella misma mesa. Debía haber alguna especie de peculiaridad en mi forma de ser que inspiraba confianza a los demás; me han contado historias tan extrañas que algunos hombres darían años de su vida por escucharlas. Pero, a pesar de mi gusto por lo sobrenatural y peligroso, de mi atracción por el conocimiento de lejanas e inexploradas regiones, me he visto condenado a una vida prosaica y aburrida, con un trabajo anodino.

-¿Has oído hablar alguna vez del profesor Van Allister? -preguntó Bruce.

-¿Quieres decir de Arthur Van Allister?

-¡El mismo! ¿O sea que le conoces?

-¡Desde luego! Hace años que le conozco. Desde el momento en que renunció a su profesorado de química en la escuela para dedicarse a sus experimentos. Yo le ayudé a diseñar el laboratorio insonorizado en el ático de su casa. Después comenzó a estar tan embebido en su trabajo que no tenía tiempo de ser amable con nadie.

-Recordarás, Prague, que cuando ambos estábamos en la escuela, yo era muy aficionado a la química.

Asentí, y Bruce siguió hablando.

-Hace unos cuatro meses yo estaba buscando trabajo. Van Allister publicó un anuncio en el que requería un ayudante, y yo le contesté. Se acordaba de cuando yo estaba, en el colegio, y pude convencerle de que sabía lo suficiente de química como para serle útil.

«Tenía una joven de secretaria, la señorita Marjorie Purdy. Era la típica mujer que se dedicaba por completo a su trabajo, tan eficiente como bonita. Había ayudado algunas veces a Van Allister en el laboratorio, y pronto descubrí que mostraba mucho interés en este trabajo y que hacia sus propios experimentos. Pasaba casi todo su tiempo libre en el laboratorio con nosotros.

«Sólo era cuestión de tiempo que tanta camaradería se convirtiese en una profunda amistad, de tal forma que llegó un momento en el que yo dependía de su ayuda en mis experimentos más difíciles, cuando el profesor estaba ocupado. Jamás vi que titubease ante mis requerimientos. ¡Aquella chica se desenvolvía con la química como el pato en el agua!

«Hace aproximadamente dos meses el profesor Van Allister dividió el laboratorio en dos estancias, quedando una de ellas para su uso personal. Nos dijo que iba a realizar una serie de experimentos que, si tenían éxito, le darían una fama universal. Se negó firmemente a darnos cualquier tipo de información sobre sus características.

«Por entonces, la señorita Purdy y yo estábamos solos cada vez más tiempo. El profesor permanecía encerrado en su habitación durante días y no aparecía ni tan siquiera para comer.

«Esto también nos permitía tener más tiempo libre. Nuestra amistad se hizo más fuerte. Sentía una creciente admiración por la delicada joven que parecía moverse con genuina seguridad entre olorosos frascos y densas mezclas químicas, embutida en ropas blancas desde la cabeza a los pies, incluyendo los guantes de goma que llevaba en las manos.

«Anteayer, Van Allister nos invitó a su cuarto de trabajo. "Por fin lo he conseguido", dijo, mostrándonos un pequeño recipiente que contenía un líquido incoloro. "Aquí tengo lo que va a ser el mayor descubrimiento químico jamás conocido. Voy a probar delante de vosotros su eficacia. Bruce, ¿podrías traerme uno de los conejos, por favor?"

«Fui a la otra habitación y cogí uno de los conejos que guardamos, junto con las cobayas, para nuestros experimentos.

«Puso al pequeño animalillo en una caja de cristal lo suficientemente grande para que cupiese y cerró la tapa. Después colocó un embudo de cristal en un pequeño agujero que había sobre la tapa. Nos acercamos para ver mejor.

«Destapó el recipiente y echó su contenido sobre la caja donde estaba el conejillo.

«"¡Ahora vamos a descubrir si mis semanas de esfuerzos continuados han tenido éxito o han fracasado!"

«Lenta, metódicamente, yació el contenido del frasco en el embudo, mientras veíamos cómo el líquido se esparcía por el recipiente donde estaba el aterrado animalillo.

«La señorita Purdy emitió un grito de asombro, mientras que yo parpadeaba para asegurarme de que lo que veía era cierto. ¡Pues en el sitio donde hacía sólo unos momentos había habido un conejo vivo y aterrado, ahora no habla más que un montoncito de livianas, blancas cenizas!

«El profesor Van Allister se volvió hacia nosotros con un aire de triunfal satisfacción. De su rostro emanaba un júbilo malsano y sus ojos brillaban con una expresión salvaje y cruel. Su voz adoptó un tono de superioridad cuando nos dijo:

«"Bruce —y usted también, señorita Purdy— habéis tenido el privilegio de contemplar el éxito de los resultados de una fórmula que revolucionará el mundo. ¡Este preparado reduce instantáneamente a cenizas a cualquier objeto que toque, excepto al cristal! Pensad en lo que puede significar. ¡Un ejército equipado con bombas de cristal llenas con mi fórmula podría ser capaz de aniquilar el mundo! Madera, metal, piedra, ladrillo —cualquier cosa— desaparecerían ante su paso, sin dejar más restos que lo mismo que ha quedado del conejillo con el que he experimentado, ¡un montoncito de tenues, blancas cenizas!"

«Miré a la señorita Purdy. Su rostro estaba tan blanco corno la bata que vestía.

«Esperarnos a que Van Allister recogiera en un pequeño frasco todo lo que había quedado del conejillo. Debo admitir que mi mente estaba helada cuando me dijo que podíamos irnos. Le dejarnos solo tras las pesadas puertas que separaban su cuarto de trabajo.

«Una vez a salvo y solos, la señorita Purdy no pudo contener sus nervios. Sufrió un desmayo y habría caído al suelo si yo no la hubiese sujetado en mis brazos.

«La sensación de su cuerpo delicado y tembloroso sobre el mio era insoportable. La acerqué suavemente hacia mí pegando mi boca a la suya. La besé varias veces presionando con mis labios los suyos, rojos y delicados, hasta que abrió los ojos y vi el amor reflejado en ellos.

«Después de una deliciosa eternidad volvimos de nuevo a la tierra, con el suficiente conocimiento como para darnos cuenta de que aquel laboratorio no era el lugar más idóneo para aquellas ardientes demostraciones. En cualquier momento, el profesor podía salir de su retiro y, dado su estado actual de ánimo, no sabíamos qué podía ocurrir si nos descubría en aquella amorosa aptitud.

«Pasé el resto de la jornada como en un sueño. Me asombraba de que fuese capaz de seguir con mi trabajo en tal estado. Actuaba como un autómata, una máquina bien engrasada, ocupándose mecánicamente de sus tareas, mientras que mi mente vagaba por lejanas y deliciosas regiones de ensueño.

«Marjorie estuvo ocupada con sus tareas de secretaria durante el resto del día, y procuré no mirada ni una sola vez hasta que mis ocupaciones en el laboratorio estuvieron terminadas.

«Aquella noche nos dedicamos a disfrutar de nuestra nueva felicidad. ¡Prague, recordaré esa noche mientras viva! El momento más feliz de mi vida fue cuando Marjorie Purdy me dijo que se casaría conmigo.

«Ayer fue otro día de éxtasis y arrobamiento. Transcurrió la jornada con dulces sentimientos mientras trabajaba. Luego siguió otra noche de amor. ¡Si nunca has amado a una mujer en la vida, Prague, a la única mujer del mundo, no podrás entender el delirio que te produce pensar en ella! Y Marjorie hacía que pensase continuamente en ella. Se dio sin reservas a mí.

«Hacia el mediodía de hoy tuve que salir a la farmacia a comprar unos productos que necesitaba para completar uno de mis experimentos.

«Cuando volví eché de menos la presencia de Marjorie.

Miré si todavía estaban su sombrero y su abrigo, pero no fue así. No había visto al profesor desde el experimento con el conejillo, ya que estaba encerrado en su cuarto de trabajo.

«Pregunté a la servidumbre, pero ninguno la había visto salir de la casa, ni les había dejado ningún mensaje dirigido a mí.

«Según iba atardeciendo, la sensación de angustia se agrandaba. Pronto se hizo de noche y seguía sin rastro de mi querida niña.

«Ya no tenía ganas de trabajar. Comencé a caminar de un lado a otro de la habitación como un tigre enjaulado. En cuanto sonaba el teléfono o el timbre de la puerta renacían en mí las esperanzas de volver a escuchar su voz, pero todas las veces fue en vano. Cada minuto se alargaba una hora; ¡cada hora una eternidad!

«¡Buen Dios, Prague! ¡No puedes imaginarte cuánto he sufrido! Desde las cumbres del amor sublime me he visto sumido en las más oscuras simas de la desesperación. Ante mis ojos aparecían las más horribles visiones, los peores hechos que pudieran acontecer. Y seguía sin volver a escuchar su voz.

«Parecía que había pasado una vida entera, aunque al mirar el reloj me di cuenta de que sólo eran las siete y media, cuando el mayordomo me dijo que Van Allister requería mi presencia en el laboratorio.

«No tenía ningunas ganas de hacer experimentos, pero mientras estuviese bajo su techo él era mi maestro, y me veía obligado a obedecerle.

«El profesor estaba en su cuarto de trabajo, con la puerta ligeramente abierta. Me dijo que me acercase y que cerrara la puerta del laboratorio.

«Debido a mi estado de ánimo en aquellos momentos, mi mente actuó como una cámara fotográfica, registrando todos los hechos que sucedieron a continuación. En el centro de la habitación, sobre una alta mesa de mármol, habla un recipiente de cristal del tamaño y forma aproximados de un ataúd. Rebosaba del mismo líquido incoloro que había estado dentro de la pequeña botella, dos días antes.

«A la izquierda, sobre un taburete de cristal, había otro frasco de cristal. No pude reprimir un escalofrío involuntario cuando vi que estaba lleno de ligeras, blancas cenizas. ¡De repente, vi algo más que hizo que mi corazón dejase de latir!

«Sobre una silla, en un rincón de la habitación, reposaban el sombrero y el abrigo de la mujer que había decidido unir su vida a la mía; ¡la mujer a la que yo había jurado lealtad y protección mientras durasen nuestras vidas!

«Mis sentidos se nublaron, mi alma se colmó de pánico, cuando me di cuenta de lo que había sucedido. No podía haber otra explicación. ¡Las cenizas del frasco era todo lo que había quedado de Marjorie Purdy!

«El mundo quedó suspendido durante unos largos, terribles instantes; ¡después me volví un loco, un loco ceñudo con un solo objetivo!

«Lo siguiente que soy capaz de recordar es la imagen del profesor y la mía forcejeando desesperadamente. Aunque ya era viejo, aún conservaba una fuerza similar a la mía, y además tenía la ventaja añadida de su estado de tranquilidad y autocontrol.

«Poco a poco fue empujándome hacia el recipiente de cristal. En breves instantes, mis cenizas se mezclarían con las de la mujer que había amado. Choqué contra el taburete y mis dedos se cerraron sobre el frasco que contenía las cenizas. ¡Con un último y supremo esfuerzo, lo levanté por encima de mi cabeza y golpeé el cráneo de mi oponente con todas las fuerzas que me quedaban! Sus brazos se relajaron de inmediato y su desvaída figura cayó al suelo inconsciente.

«Aún bajo los efectos del acaloramiento, levanté el silencioso cuerpo del profesor y con mucho cuidado, bastante más del que había mostrado al golpearle, ¡introduje el cuerpo en el cajón de la muerte!

«Desapareció en un instante. Tanto el líquido como el profesor se habían esfumado, ¡y en su lugar sólo quedaba un pequeño montoncito de livianas, blancas cenizas!

«Pero, mientras contemplaba el resultado de mi acción y fueron pasando los efectos de mi locura, tuve que enfrentarme ante la dura y fría verdad: había asesinado a una persona. Una calma antinatural se apoderó de mí. Sabía que no quedaba ni un sólo rastro que pudiera delatarme, exceptuando el hecho de que yo había sido la última persona que había sido vista con el profesor. Por otra parte, ¡no había más que cenizas!

«Me puse el sombrero y el abrigo, y le dije al mayordomo que el profesor me había dado estrictas órdenes de que no se le molestase, indicándome también que podía tomarme el resto de la tarde. Una vez en el exterior, todo mi autocontrol se vino abajo. No había forma de contener mis nervios. No sabía dónde dirigirme; sólo recuerdo que vagué de aquí para allá hasta darme cuenta de que me hallaba en tu apartamento, hace unos minutos.

«Necesitaba hablar con alguien, Prague; sólo quiero aliviar mi torturado cerebro. Se que puedo confiar en ti, viejo amigo, así que te he contado toda la verdad. Aquí estoy; puedes hacer lo que prefieras. ¡Ahora que Marjorie no está, la vida ya no significa nada para mí!
La voz de Bruce se estremeció por la emoción cuando pronunció el nombre de la mujer a la que amaba.

Me incliné sobre la mesa y observé con atención la mirada del hombre desesperado que se acurrucaba alicaído en el sillón. Me levanté, me puse el sombrero y el abrigo y me acerqué a Bruce, que sacudía la cabeza, oculta entre las manos, y profería débiles lamentos.

-¡Bruce!

Malcolm Bruce levantó la vista.

-Bruce, escúchame. ¿Estás seguro de que Marjorie Purdy ha muerto?

-Estoy seguro... -Sus ojos se dilataron ante tal sugerencia y su cuerpo se puso rígido.

Insistí:

-¿Estás total y absolutamente seguro que las cenizas que contenía el frasco eran las de Marjorie Purdy?

-¡Pues... yo... las vi, Prague! ¿Adónde quieres ir a parar?

-Entonces no estás totalmente seguro. Viste el sombrero y el abrigo de la mujer sobre la silla y, en tu estado de ánimo, tomaste una conclusión precipitada. "Las cenizas tienen que ser las de la mujer desaparecida... El profesor ha experimentado con ella..." y cosas por el estilo. Vamos, seguramente Van Allister te dijo algo.

-No sé qué pudo decir. ¡Ya te he dicho que me convertí en un loco salvaje!

-Entonces tienes que venir conmigo. Si no ha muerto, tiene que hallarse en algún rincón de la casa, y si está allí, ¡tenemos que encontrarla!

Ya en la calle, paramos un taxi y en breves instantes el mayordomo nos permitió entrar en la casa de Van Allister. Bruce abrió el laboratorio con su llave. La puerta del cuarto de trabajo del profesor aún estaba entornada.

Mis ojos barrieron la habitación reconociendo todos sus rincones. A la izquierda, cerca de la ventana, había una puerta cerrada. Atravesé la habitación y tiré del manillar, pero ni tan siquiera se movió.

-¿Adónde da?

-Es sólo una antesala donde el profesor acostumbra a guardar sus aparatos.

-Es igual, hay que abrir esta puerta, insistí, ceñudo. Retrocedí unos pasos y di una fuerte patada sobre la madera. Después de varios intentos, la cerradura saltó, dejándonos el paso libre.

Bruce, con un grito inarticulado, atravesó la habitación hasta situarse ante un arca de caoba. Escogió una de las llaves de su llavero, la metió en la cerradura y abrió la tapa con manos temblorosas.

-Aquí está, Prague; ¡rápido! ¡Tiene que darle el aire!

Entre los dos llevamos el desmayado cuerpo de la mujer hasta el laboratorio. Bruce preparó una infusión que hizo resbalar por entre sus labios. Después de unos momentos, sus ojos comenzaron a abrirse.

Miró asombrada el cuarto donde se hallaba, hasta que reparó en Bruce y sus ojos se iluminaron de repente con la felicidad de encontrarle allí. Más tarde, después de los primeros intercambios de palabras, la mujer nos contó todo lo que habla sucedido:

-Cuando Malcolm se fue, al atardecer, el profesor me hizo llamar a su cuarto de trabajo. Como me mandaba frecuentemente a hacer algún que otro recado, pensé que éste era el motivo y cogí el abrigo y el sombrero para ganar tiempo. Cerró la puerta del pequeño cuarto y, sin previo aviso, me atacó por detrás. Pronto me dominó y me ató las manos y los pies. Era imposible que nadie me oyese. Como ya sabes, el laboratorio está totalmente insonorizado.

«Entonces sacó un mastín que debía haber atrapado de algún sitio y lo redujo a cenizas delante de mis ojos. Luego puso las cenizas en un frasco de cristal sobre el taburete que hay en el laboratorio.

«Se dirigió a la pequeña antesala y sacó esa especie de ataúd de cristal del arca que habéis visto. ¡Por lo menos eso parecía a mis aterrados sentidos! Vertió la suficiente cantidad de ese horrible líquido como para rebosar el recipiente.

«Entonces me dijo algo que es lo único que recuerdo. ¡Tenía la intención de experimentar su compuesto con una persona humana!

Se estremeció ante el recuerdo.

«Empezó a ponderar sobre el privilegio que era ser la primera persona en dar su vida por una causa tan digna. Después, con toda la calma del mundo, me comunicó que te había elegido a ti como conejillo de indias, ¡y que yo sería la testigo de su éxito! Me desmayé.

«El profesor debía tener miedo de que alguien se enterase, pues lo siguiente que recuerdo es que me desperté dentro del arcón en donde me habéis encontrado. ¡Era sofocante! Cada vez me costaba más respirar. Pensaba en ti, Malcolm, en las horas maravillosas y felices que habíamos pasado juntos los últimos días. ¡No sabía qué haría cuando tú no estuvieses! ¡Rogué, incluso, que me matara a mí también! Tenía la garganta dolorida y seca; todo comenzó a oscurecerse.

«Por fin, desperté para encontrarme a tu lado, Malcolm

Su voz era un susurro nervioso y ronco.

« ¿Dónde está el profesor?

Bruce la llevó en silencio hasta el laboratorio. Ella se estremeció ante la visión del ataúd de cristal. Todavía en silencio, Bruce se dirigió directamente al recipiente, ¡y, cogiendo en su mano un puñado de livianas, blancas cenizas, dejó que resbalasen suavemente entre sus dedos!

EL GRABADO EN LA CASA -- H. P. LOVECRAFT

EL GRABADO EN LA CASA
H. P. LOVECRAFT
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LOS amantes del horror rondan extraños, apartados lugares. Suyas son las catacumbas
de Ptolemaida y los cincelados mausoleos de los reinos de pesadilla. A la luz de la luna
ascienden las torres de los castillos en ruinas del Rin y trastabillean al descender escaleras
llenas de telarañas bajo las derrumbadas piedras de ignotas ciudades en el Asia. Sus santuarios
son el bosque embrujado y la desolada montaña, y frecuentan siniestros monolitos en islas
deshabitadas. Pero el verdadero epicúreo de lo terrible, aquel para quien un nuevo espasmo de
indecible espanto resulta la meta y la justificación de la vida, gusta ante todo de las viejas y
solitarias casas de labor que se levantan en las regiones más apartadas de Nueva Inglaterra, ya
que allí es donde los tétricos factores de fuerza, aislamiento, extravagancia e ignorancia se
conjugan para llegar a la cumbre de lo espantoso.
El más temible de todos los panoramas lo constituyen esas remotas casitas de madera
vista, lejos de caminos transitados, normalmente agazapadas sobre alguna ladera húmeda y
herbosa, o recostadas contra algún gigantesco afloramiento rocoso. Han permanecido así,
recostadas o agazapadas, durante doscientos años o más, mientras medraban las plantas
rastreras y los árboles crecían y se multiplicaban. Ahora están casi ocultas tras la desbocada
explosión de verdor y bajo el amparo de sudarios de sombra; pero las ventanas de pequeños
recuadros aún vigilan de forma temible, como parpadeando presas de un letal estupor
destinado a mantener a raya la locura atenuando el recuerdo de indescriptibles sucesos.
Esas casas han sido morada de generaciones de los personajes más extraños que el
mundo haya podido ver. Sosteniendo lúgubres y fanáticas creencias que los exiliaron de entre
los suyos, sus antepasados buscaron la libertad en lo virgen. Ellos son los vástagos de una
raza de conquistadores crecidos, en la práctica, libres de las restricciones de los suyos, y no
obstante sujetos a la espantosa esclavitud de los inaprensibles fantasmas de su interior.
Divorciados de la luz de la civilización, el empuje de estos puritanos se vertió en cauces
singulares y, debido a su aislamiento, su morbosa autorrepresión, su lucha por la vida en
medio de una naturaleza despiadada, reaparecieron en ellos ciertos rasgos oscuros y furtivos,
fruto de las prehistóricas profundidades de su herencia norteña. Esta gente, tanto por
necesidad práctica como por austeridad filosófica, abominaba de sus debilidades. Flaqueando
como cualquier mortal, su rígido código los empujaba a preferir la ocultación de sus fallos, de
forma que cada vez les disgustaba más lo que escondían. Tan sólo las silenciosas,
somnolientas, vigilantes casas de las regiones remotas podrían desvelar lo que había estado
oculto desde los primeros días; pero ellas no hablan, estando poco predispuestas a sacudirse la
somnolencia que les ayuda a olvidar. A veces uno llega apensar que sería de misericordia
derribar tales casas, ya que deben soñar con frecuencia.
Hacia uno de esos edificios carcomidos por el tiempo me vi empujado una tarde de
noviembre, en 1896, por culpa de un chaparrón tan fuerte y helado que cualquier refugio
resultaba preferible a la intemperie. Había viajado algún tiempo entre las gentes del valle
Miskatonic buscando cierta información genealógica, y, debido a lo problemático de mi ruta,
remota e intrincada, había creído conveniente usar una bicicleta a pesar de lo avanzado de la
estación. Me encontraba en un camino aparentemente abandonado que tomé al creerlo el atajo
más corto hacia Arkam, y no había encontrado otro refugio que la antigua y repulsiva
edificación de madera que parpadeaba con sus fatigadas ventanas bajo dos olmos inmensos y
deshojados al pie de una colina rocosa. Aunque apartada de la carretera abandonada, aquella
casa no pudo por' menos que impresionarme de forma desagradable desde el instante en que
le puse los ojos encima. Con sinceridad, las construcciones saludables no acechan el paso del
viajero de una forma tan furtiva y atenta, y en mis investigaciones genealógicas me había
topado con leyendas del siglo pasado que me ponían en guardia contra lugares de tal catadura.
Pero la fuerza de los elementos arreciaba de tal manera que venció mis reparos y no dudé en
pedalear cuesta arriba por una ladera llena de malezas hacia esa puerta cerrada que resultaba a
un tiempo sugerente y reservada.
Al principio hubiera jurado que la casa estaba abandonada, pero según me acercaba ya
no estuve tan seguro, ya que aunque los senderos estaban cubiertos de hierbas, parecían
conservar demasiado bien su perfil como para considerarlos completamente desiertos. Así que
en vez de tantear la puerta, llamé, sintiendo al hacerlo un estremecimiento difícil de explicar.
Mientras esperaba plantado sobre la piedra tosca y musgosa que hacía la vez de umbral,
observé a través de las ventanas más próximas
y por el recuadro de cristal en el travesaño situado sobre mi cabeza, notando que, a
pesar de encontrarse envejecidos, arañados y casi opacos por el polvo, los cristales no estaban
rotos. Así pues, la edificación debía estar habitada a pesar de su aislamiento y general estado
de abandono. Sin embargo, mis golpes no obtuvieron respuesta, por lo que, tras repetir la
llamada, agité el herrumbroso picaporte, encontrando que la puerta no tenía puesto el pestillo.
En el interior había un pequeño vestíbulo con paredes de las que se desprendía el yeso, y por
la entrada llegaba un olor débil, aunque notablemente hediondo. Entré empujando la bicicleta
y cerré la puerta a mis espaldas. Delante nacía una escalera estrecha, flanqueada por una
puerta pequeña que sin duda llevaba al sótano, mientras que a diestra y siniestra había puertas
cerradas conduciendo a habitaciones de la planta baja.
Apoyando mi bicicleta en la pared, abrí la puerta de la izquierda y pasé a una pequeña
estancia de techo bajo, débilmente iluminada a través de dos ventanas polvorientas y amueblada
de la forma más somera y primitiva que uno pueda imaginar. Parecía ser una especie de
sala de estar, ya que contenía una mesa y algunas sillas, así como un inmenso hogar sobre
cuya repisa sonaba un viejo reloj. Había pocos libros o periódicos, y en las tinieblas no pude
leer sus títulos. Lo que más me llamó la atención fue el tremendo primitivismo de cada uno de
los detalles expuestos. Yo había encontrado que casi todas las casas de esta parte eran ricas en
recuerdos del pasado, pero en ésta la antigüedad resultaba completa hasta un extremo
excepcional, ya que no pude encontrar en toda la estancia un solo artículo manufacturado en
épocas posteriores a la independencia. De haber dispuesto de un mobiliario menos humilde,
aquel lugar hubiera resultado el paraíso de un coleccionista.
Inspeccionando esa pintoresca morada, sentí aumentar la aversión que antes me
despertara su poco acogedor aspecto. No sabría decir con exactitud qué me producía temor o
rechazo,pero algo en su atmósfera parecía apestar a vejez impía, a desagradable tosquedad, a
secretos que debieran ser olvidados. Me sentía poco inclinado a sentarme, y fui de un lado
para otro examinando los diversos artículos antes vistos. Lo primero que inspeccioné fue un
libro de mediano tamaño que estaba sobre la mesa, mostrando un aspecto tan antediluviano
que me sorprendí de encontrarlo fuera de un museo o una biblioteca. Estaba encuadernado en
cuero, con refuerzos de metal, y gozaba de excelente estado de conservación, siendo además
de esa clase de volúmenes que uno no suele encontrar en una casa tan pobre. Al abrir la
primera página, mi asombro no hizo sino crecer, ya que se reveló como nada menos que la
relación de Pigafetta sobre la región del Congo, escrito en latín a partir de las notas del marino
López, e impreso en Francfort en 1598. Yo había oído hablar a menudo del libro, con sus
curiosas ilustraciones obra de los hermanos De Bry, por lo que por un instante olvidé mi
desasosiego llevado del deseo de pasar las páginas que tenía ante mí. Los grabados eran en
efecto interesantes, repletos de imaginación y descripciones inexactas, mostrando negros de
piel blanca y rasgos caucásicos; no habría cerrado tan pronto el libro de no mediar una
circunstancia, completamente trivial, pero que sacudió mis cansados nervios haciendo
rebrotar la inquietud. Lo que me disgustó fue sencillamente la tendencia del tomo a abrirse
por la lámina XII, que mostraba con rudeza la tienda de un carnicero entre los caníbales
anziques. Sentí cierta vergüenza de mi susceptibilidad a algo tan liviano, pero, no obstante, el
dibujo me turbaba, especialmente al sumarle algunos pasajes cercanos que describían la
gastronomía de los anziques.
Me había vuelto a un estante cercano y me encontraba examinando su escaso
contenido de libros -una biblia del dieciocho; un Pilgrim's Progress de la misma época,
ilustrado con toscos grabados en madera e impreso por el fabricante de almanaques Isaiah
Thomas; el degenerado mamotreto de Cotton
Mather, el Magnalia Christi Americana, y unos cuantos libros más, todos
evidentemente de la misma edad- cuando mi atención se vio desviada por el inconfundible
sonido de pasos en la estancia del piso de arriba. Al principio me vi presa del asombro y el
sobresalto, habida cuenta de la falta de respuesta a mi anterior llamada a la puerta, e
inmediatamente después concluí que esos pasos procedían de alguien que acabada de
despertar de un profundo sueño, así que escuché menos sorprendido cómo las pisadas
sonaban en las crujientes escaleras. El paso resultaba firme, aunque parecía teñido de una
curiosa prevención, algo que resultaba más inquietante por cuanto las pisadas eran firmes.
Al entrar en la habitación había cerrado la puerta a mis espaldas. Ahora, tras un instante de
silencio en el que el caminante debió demorarse inspeccionando la bicicleta que había
dejado en el vestíbulo, escuché manipular con torpeza el picaporte y vi que la puerta de
paneles se abría de nuevo.
El umbral fue ocupado por un personaje de tan singular apariencia que hubiera
proferido una exclamación en voz alta de no mediar las ataduras de la buena educación.
Anciano, con barbas blancas, harapiento, mi anfitrión gozaba de un físico y un continente
que despertaban asombro y respeto a un tiempo. No bajaba del metro ochenta de altura y,
pese a su general aspecto de vejez y pobreza, sus proporciones resultaban fuertes y
poderosas. El rostro, casi oculto por una larga y espesa barba, parecía anormalmente
rubicundo y menos surcado de arrugas de lo que cabría esperar, mientras que sobre su frente
alta caía una mata de blancos cabellos apenas clareados por los años. Sus ojos azules, si bien
algo inyectados en sangre, resultaban inexplicablemente agudos y ardientes. A pesar de su
desaliño, el hombre podría haber gozado de un aspecto tan distinguido como imponente. Ese
desaliño, no obstante, resultaba ofensivo a pesar de su rostro y su porte. Apenas puedo decir
qué eran sus ropas, ya que parecían poco más que un puñado de andrajos sobre un par de
botas altas y pesadas, y su falta de limpieza se encuentra más allá de cualquier descripción.
El aspecto de este hombre, y el miedo instintivo que me despertaba, por lo que me
habían dispuesto de antemano para algo parecido a la hostilidad; por lo que me vi cogido por
la sorpresa, así como por una sensación de extraña incongruencia, cuando me señaló una silla
dirigiéndose a mí, con una voz débil y suave llena de respeto adulador y hospitalidad
conciliadora. Su habla era de lo más curiosa, una variante extrema del dialecto yanqui, que
yo había creído ya extinta; así que lo estudié con más detenimiento mientras se arrellanaba
enfrente para hablar.
-Alcanzao por la lluvia, ¿eh? -dijo a modo de saludo-. Suerte qu'estaba a la vera de la
casa y se l'ocurrió allegarse. Creo que dormía, o l'habría escuchao... ya no soy mozo y
necesito mis buenas cabezás estos días. ¿Y s'encamina pa lejos? No se ve a mucho por esta
vereda desde que nos privaron del coche d'Arkham.
Contesté que me dirigía a Arkham, disculpándome por mi desconsiderada irrupción en
su domicilio, lo que le llevó a proseguir.
-Merced que m'hace, señorito... se ven pocas caras nuevas po aquí, y no hay demasio
pa entretenerse estos días. Me da qu'es usté bostoniano, ¿eh? Nunca estuve acullá, pero sé
decí quién es de ciudá na más echarle l'ojo encima... tuvimos un maestro d'aldea allá po
l'ochenta y cuatro, pero fuese de sopetón y nadie tuvo nuevas d'el desde'ntonces -aquí el viejo
se echó a reír entre dientes, sin dar explicación alguna a mis preguntas. Parecía hallarse de
excelente humor, aunque teñido por esa extravagancia que su aspecto hacía suponer. Divagó
durante algún tiempo en forma casi febril, hasta que se me ocurrió preguntarle cómo había
adquirido un libro tan raro como el Regnum Congo de Pigafetta. No se me había pasado la
impresión causada por tal volumen y sentía cierta renuencia a mencionarlo, pero la
curiosidad venció a los indeterminados temores que había ido acumulando sin descanso
desde el momento en que puse los ojos en la casa. Para mi alivio, la pregunta no provocó una
situación embarazosa, ya que el viejo respondió abierta y veleidosamente.
-Oh, ¿ese libro africano? El capitán Ebenezer Holt vendiómelo n'el sesenta y ocho... le
dieron muerte en la guerra.
La mención del nombre de Ebenezer Holt me hizo prestarle mayor atención, ya que me
había topado con él durante mi trabajo genealógico, aunque no había ningún dato posterior a
la independencia. Me pregunté si mi anfitrión no podría ayudarme con mi tarea, y decidí
preguntarle más tarde. Él continuaba.
-Ebenecer estuvo muchos años en un mercante de Salem, y en cá puerto echaba mano a
algo raro. Trajo esto de Londres, me da... le gustaba hurgar en las tiendas. Estaba una vez en
casa suya, en la colina, chalaneando, cuando l'eché l'ojo a este libro. M'encapriché de los
grabaos, así que hicimos un trueque. Es un libro raro... esto, déjeme buscar las lentes... -el
viejo rebuscó en sus andrajos, sacando unas gafas sucias y asombrosamente antiguas, con
pequeños cristales octogonales y arco metálico. Calándoselas, se acercó al volumen de la
mesa y pasó cuidadosamente las páginas.
-Ebenezer podía leer algo d'esto... latines... pero yo no pueo. Dos o tres maestros me
leyeron algo y el reverendo Clark, ése que dicen que s'ahogo en la poza... entiende usté algo?
Manifesté ser capaz y le traduje un párrafo del principio. Si erré, él no era erudito
capaz de corregirme, ya que parecía puerilmente complacido con mi versión inglesa. Su
proximidad iba resultando bastante ofensiva, pero no veía la forma de apartarme sin
ofenderlo. Me resultaba divertido la infantil querencia de este viejo ignorante por las
imágenes de un libro que no podía leer, y me pregunté hasta qué punto sería capaz de
descifrar lospocos volúmenes en inglés que adornaban el cuarto. Esa demostración de
simpleza aquietó mucha de la indefinible aprensión que había sentido, y me sonreí mientras
mi anfitrión parloteaba.
-Raro cómo los dibujos le hacen pensar a uno. Repare n'este cerca d'el principio. ¿Vio
nunca árboles así, con hojas tan grandes meneándose. Y hombres así... no puén ser negros...
mira que es raro; como pieles rojas, a fe mía, aunque'sten en África. Algunos d'estos
bichejos se ven como monos, o medio monos medio hombres, pero nunca supe de ná como
esto -entonces señaló a una fabulosa criatura, fruto de la imaginación del artista, que podría
describirse como un dragón con cabeza de caimán.
-Pero ahora l'enseño lo mejó... a la mitá -el habla del viejo se hizo más espesa, y el
resplandor de sus ojos más brillante; pero' sus manos temblorosas, aunque más desmañadas
que antes, aún fueron capaces de lograr su objetivo. El libro se abrió, casi por propio
impulso, como si se debiera a la frecuencia con que esa página era consultada, por la
repulsiva lámina duodécima que mostraba la tienda de un carnicero entre los caníbales
anziques. Mi desasosiego volvió, aunque no di muestras de ello. Lo más extravagante de
todo era que el dibujante había representado a estos africanos como hombres blancos... los
miembros y los cuartos colgados de los muros de la carnicería resultaban espantosos, al
tiempo que el carnicero con su hacha aparecía odiosamente incongruente. Pero a mi
anfitrión la imagen parecía deleitarle tanto como a mí me desagradaba.
-Qué le paece? ¿A que nunca se vió ná igual por estos pagos? En cuanto leché Tojo le
dije a Eb Holt: «Aquesto's algo que te despierta y te hace agita la sangre.» Cuando leo en
las Escrituras sobre matanzas... como cuando acabaron con los madianitas... pienso en estas
cosas, pero no las tengo dibujás. Aquí pué uno ver tó eso... me dá qu'es pecao, ¿pero no
nacemos y vivimos en pecao?... ese tio cortao en cachos me da cosquilleo cá vez que lo
miro... no pueo dejá de mirá... ¿ve cómo l'a cortao el carnicero los pies? Ahí en la banqueta
está la cabeza con un brazo al lao, el otro está tirao en el suelo junto a del tajo.
Según aquel hombre farfullaba presa de un éxtasis extremecedor, la expresión de su
rostro barbudo y cubierto con gafas se tornó indescriptible, mientras que el tono de su voz
bajaba en vez de subir. Apenas puedo recordar mis propias sensaciones. Todo el terror que
antes sintiera de difusa forma, me acució ahora activa y vívidamente, y comprendí que odiaba
a aquella criatura anciana y horrenda que me agobiaba de forma terrible. Su locura, o al
menos su perversión parcial, estaban más allá de toda duda. Apenas musitaba ahora,
empleando un tono bajo, más terrible que el grito, y yo temblaba escuchándolo.
-Como digo, hay que vé lo que l'hace pensa a uno estos dibujos raros. ¿Sabe, señorito?
Éste es el que me gusta. Cuando troqué'l libro a Eb lo miraba mucho, especialmente cuando
escuchaba a despotricar cada domingo con su gran peluca. Una vez probé algo distinto...
espero, señorito, que no s'asuste... tó lo qu'hice era mirá el dibujo antes de matá las ovejas p'al
mercao... matá ovejas era más divertío después de mirar esto.
El tono del viejo se había vuelto extremadamente bajo, resultando a veces tan débil que
las palabras apenas eran audibles. Oía la lluvia y el golpeteo contra las sucias ventanas de
pequeños recuadros, y sentí el retumbar de un trueno acercándose, algo bastante insólito para
la estación. Un relámpago y un estruendo terroríficos hicieron retemblar la frágil casa hasta
sus cimientos, pero el murmurador pareció no percatarse.
-Matá ovejas era más divertío... pero unté sabe, no era bastante satisfactorio. Extraño
cómo un antojo le engancha a uno... por el amor de Dios, joven, no lo cuente por ahí, pero
juro por el Serió que este dibujo iba despertándome hambre de cosas que no podía plantar ni
comprar... oiga, tranquilo, qué le pasa... no hicé na, sólo me preguntaba qué pasaría de
hacerlo... dicen quela carne hace carne y sangre y le da a uno nueva vida, así que me pregunté
si esto no le haría a un hombre vivir más y más tiempo de ser ese el caso....
Pero el susurro no llegó a continuar. La interrupción no fue debida a mi espanto, ni a la
tormenta que arreciaba con rapidez y en cuya furia abrí repentinamente los ojos entre una
humeante soledad de ruinas ennegrecidas. Fue debido a un suceso muy sencillo aunque de lo
más insólito.
El libro estaba abierto. ante nosotros, con el dibujo vuelto repulsivamente hacia arriba.
Al tiempo que el viejo susurraba «de ser ése el caso», se escuchó un débil golpe de chapoteo,
y apareció algo sobre el amarillento papel del abierto volumen. Pensé en la lluvia y en
goteras, pero la lluvia no es roja. Sobre la carnicería de los caníbales anziques relucía
llamativamente una pequeña salpicadura roja, prestando credibilidad al horror del grabado. El
viejo se percató, dejando de susurrar aun antes de que le obligara a ello mi expresión de
horror; lo vio y alzó rapidamente la vista hacia el suelo de la habitación que abandonara una
hora antes. Yo seguí su mirada y pude contemplar sobre nuestras cabezas, en el
descascarillado yeso del viejo cielo raso, una gran mancha irregular de húmedo carmesí que
parecía crecer ante nuestros ojos. Ni grité ni me moví, limitándome simplemente a cerrar los
ojos. Y un instante después llegó el titánico rayo de rayos, haciendo estallar aquella maldita
casa de indecibles secretos y trayéndome lo único que podía salvar mi cordura, la
inconsciencia.

viernes, 9 de mayo de 2008

A LAS AGUAS -- GUY DE MAUPASSANT

A LAS AGUAS
GUY DE MAUPASSANT




DIARIO DEL MARQUÉS DE ROSEVEYRE



12 DE JUNIO 1880.— ¡A Loëche! ¡Quieren que vaya a pasar un mes a Loëche! ¡Misericordia!¡ Un mes en esta ciudad que dicen ser la más triste, la más muerta, la más aburrida de las villas! ¡Qué digo, una ciudad! ¡Es un agujero, no una ciudad!
¡Me condenan a un mes de baño..., en fin!

13 DE JUNIO.— He pensado toda la noche en este viaje que me espanta ¡Solo me queda una cosa por hacer, voy a llevar una mujer! ¿Podrá distraerme esto, tal vez? Y además yo aprenderé, con esta prueba, si estoy maduro para el matrimonio.
Un mes a solas, un mes de vida en común con alguien, de una vida en pareja completa, de conversación a todas las hora del día y de la noche.¡Diablos!
Estar con una mujer durante un mes, es verdad, no es tan grave como tenerla de por vida; pero es de por sí mucho más serio que estar con ella por una noche. Sé que podré devolverla, con algunos cientos de luises; ¡pero entonces permaneceré solo en Loëche, lo que no es nada divertido!
La elección será difícil. No quiero ni una coqueta ni una espabilada. Es necesario que no me sienta ni ridículo ni orgulloso de ella. Quiero que se diga: “El marqués de Roseveyre está de buena suerte”; pero no quiero que se cuchichee: “
Ese pobre marqués de Roseveyre!”. En suma, tengo que exigir a mi pasajera compañera todas las cualidades que exigiría a mi compañera definitiva. La única diferencia que se puede establecer es aquella que existe entre el objeto nuevo y el objeto de ocasión.¡Bah!, ¡se puede encontrar, voy a pensar en ello!

14 DE JUNIO.—¡Berthe!...He aquí mi acompañante. Veinte años, guapa, recién salida del Conservatorio, esperando un papel, futura estrella. Buenos modales, altivez, carácter y...amor. Objeto de ocasión pudiendo pasar por nuevo.

15 DE JUNIO.— Está libre. Sin compromiso de negocios o de corazón, ella acepta, yo mismo he encargado sus vestidos, para que no tenga aspecto de jovencita.

20 DE JUNIO.— Basilea. Duerme. Voy a comenzar mis notas de viaje.
De hecho, ella es encantadora. Cuando llegó a la estación delante de mi, no la reconocía, hasta tal punto tenía aspecto de mujer de mundo. Verdaderamente tiene porvenir esta niña....en el teatro.
Me pareció cambiada en sus modales, en su andar, en su actitud y sus gestos, en la forma de sonreír, en la voz, en todo, irreprochable, en fin.¡Y peinada!¡oh! Peinada de una forma divina, de una manera encantadora y sencilla, en una mujer que ya no tiene que atraer las miradas, que ya no tiene que agradar a todos, cuyo papel ya no es seducir, a primera vista, a los que la vean, sino que quiere gustar a uno solo, discretamente, y únicamente. Y esto se dejaba ver en todo su aspecto.
Se mostraba tan finamente y tan completamente, la metamorfosis me pareció tan absoluta y hábil, que le ofrecí mi brazo como hubiera hecho con mi mujer. Ella lo tomó con soltura como si se tratara de mi mujer.
Frente a frente en el portalón permanecimos en un primer momento inmóviles y mudos. Después ella levantó su velo y sonrió...Nada más. Un sonreír de buen tono.¡Oh! Me daba miedo besarla, la comedia de la ternura, el eterno y banal juego de las jóvenes. Pero no, ella se contuvo. Es fuerte.
Más tarde hemos charlado un poco como dos jóvenes esposos, un poco como dos extraños. Era amable. Muchas veces sonreía mirándome. Era yo ahora quien tenía ganas de abrazarla. Pero permanecí tranquilo.
En la frontera, un funcionario abrió bruscamente la puerta y me preguntó:
—¿Su nombre, señor?
Me sorprendió. Respondí:
—Marqués de Roseveyre.
—¿A dónde se dirige usted?
—A las termas de Loëche, en le Valais.
Escribió en un registro. Respondió:
—¿La señora es su mujer?
¿Qué hacer? ¿Qué responder? Levanté los ojos hacia ella dudando. Ella estaba pálida y miraba a lo lejos...
Sentí que iba a ofenderla muy gratuitamente. Y además, en fin, sería mi compañía durante un mes.
Dije:
—Sí, señor.
De repente la vi enrojecer. Me sentí feliz.
Pero en el hotel, llegando aquí, la propietaria le tendió el registro. Ella me lo pasó muy rápidamente; me di cuenta de que ella me estaba mirando mientras escribía. ¡Era nuestra primera noche de intimidad!...¿Una vez pasada la página, quien leería este registro? Yo escribí: “Marqués y marquesa de Roseveyre, dirigiéndose a Loëche.”

21 DE JUNIO.— Seis de la mañana. Bâle. Salimos para Berne. Decididamente tengo buena mano.

21 DE JNIO.— Diez de la noche. Jornada singular. Estoy un poco emocionado. Esto es tonto y divertido.
Durante el trayecto, hemos podido hablar un poco. Se había levantado un poco temprano; estaba cansada; dormitaba.
Tan pronto estuvimos en Berne, quisimos contemplar ese panorama de los Alpes que yo no conocía en absoluto; y he aquí que salimos por la ciudad, como dos recién casados.
Y de repente percibimos una llanura desmesurada, y allá abajo, allá abajo, los glaciares. De lejos, así, no parecían inmensos, y sin embargo aquella vista me produjo un escalofrío en las venas. Un resplandeciente sol poniente caía sobre nosotros; el calor era terrible. Fríos y blancos permanecían ellos, los montes helados. El Jungfrau, el Vierge, dominando a sus hermanos, extendía su ancha falda de nieve, y todos, hasta perderse de vista, se alzaban a su alrededor, los gigantes de cabeza blanca, las eternas cimas heladas que el agonizante día hacía más claras, como plateadas, sobre el azul oscuro de la noche.Su infinidad inerte y colosal daba la sensación de comienzo de un mundo sorprendente y nuevo, de una región escarpada, muerta, petrificada pero atrayente como el mar, llena de un poder de seducción misteriosa. El aire que había acariciado sus cimas siempre heladas parecía venir hacia nosotros por encima de los campos estrechos y floridos, muy diferente al aire fecundante de las llanuras. Tenía algo de desapacible y de poderoso, de estéril, como un aroma de espacios inaccesibles.
Berthe, ensimismada, observaba sin cesar, sin poder pronunciar ni una palabra.
De repente me cogió la mano y la apretó. Yo mismo sentía en el alma esa especie de fiebre, esa exaltación que nos
sobrecoge delante de ciertos espectáculos inesperados. Agarré esa pequeña mano temblorosa y la llevé a mis labios; y la besé, a fe mía, con amor.
Permanecí un poco turbado.¿Pero por quien? ¿Por ella o por los glaciares?

24 DE JUNIO.—Loëche, diez de la noche.
Todo el viaje ha sido delicioso. Hemos pasado medio día en Thun, contemplando la ruda frontera de montañas que debíamos franquear al día siguiente.
Al amanecer, atravesamos el lago, el más hermoso de Suiza tal vez. Unas mulas nos esperaban. Nos sentamos sobre sus lomos y partimos. Después de haber desayunado en un pueblecito, comenzamos a escalar, entrando lentamente en la garganta que
sube poblada de árboles, siempre dominada por las altas cumbres. De territorio en sitio, sobre las pendientes que parecen venir del cielo; se distinguen puntos blancos, chalets construidos allí no se sabe cómo. Atravesamos torrentes,percibimos, a veces, entre dos puntiagudas cimas y cubiertas de abetos, una inmensa pirámide de nieve que parecía tan próxima que hubiéramos jurado alcanzarla en diez minutos, pero que apenas habríamos llegado en veinticuatro horas.
A veces atravesábamos caos de piedras, estrechas llanuras tapizadas de rocas desprendidas como si dos montañas se hubieran enfrentado en esta contienda, dejando sobre el campo de batalla los restos de sus miembros de granito.
Berthe, extenuada, dormía sobre su animal, abriendo de vez en cuando los ojos para ver de nuevo. Acabó por adormecerse, y yo la sujetaba por una mano, feliz de su contacto, de sentir a través de su vestido el suave calor de su cuerpo. Llegó la
noche, todavía subíamos. Nos paramos delante de la puerta de un pequeño albergue perdido en la montaña.
¡Dormimos!¡Oh!¡Dormimos!
Al amanecer, corrí a la ventana, y prorrumpí en un grito. Berthe llegó a mi lado y se quedó estupefacta y embelesada.
Habíamos dormido en la nieve.
Todo a nuestro alrededor, montes enormes y estériles cuyos huesos grises sobresalían bajo su abrigo blanco, montes sin pinos, sombríos y helados, se elevaban tan alto que parecían inaccesibles.
Una hora después de estar en ruta de nuevo, percibimos, al fondo de este embudo de granito y de nieve, un lago negro, sombrío, sin una onda, que durante largo tiempo habíamos seguido. Un guía nos trajo algunos edelweiss, las flores blancas de los glaciares. Berthe hizo un ramillete para su blusa.
De repente, la garganta de peñascos se abrió delante de nosotros, descubriendo un horizonte sorprendente: toda la cadena de los Alpes piamonteses más allá del valle del Ródano. Las enormes cumbres, de lugar en lugar, dominaban la multitud de cimas menores. Eran el monte Rose, arduo y macizo; el Cervin, recta pirámide donde muchos hombres han muerto, el Dent-du-Midi; otros cientos de puntos blancos, relucientes como cabezas de diamantes, bajo el sol.
Pero bruscamente el sendero que seguíamos se detuvo al borde de un precipicio, y en el abismo, en el fondo del agujero negro de dos mil metros, encerrado entre cuatro muros de rectos peñascos, sombríos, salvajes, sobre una capa de hierba, percibimos algunos puntos blancos con bastante parecido a corderos en un prado. Eran las casas de Loëche.
Fue necesario dejar las mulas, siendo el camino tan peligroso. El sendero desciende a lo largo de la roca, serpentea, gira, va, vuelve, sin jamás perder de vista el precipicio, y siempre también el pueblo que crece a medida que nos acercamos. Es a lo que se le llama el pasaje de la Gemmi, uno de los más bellos de los Alpes, sino el más bello.
Berthe, apoyándose en mi, prorrumpía gritos de alegría y gritos de pavor, feliz y temerosa como un niño. Como estábamos a algunos pasos de los guías y ocultos por un voladizo de la roca, me abrazó. Yo la abracé...
Yo me había dicho:
—En Loëche, pondré cuidado en hacer entender que no estoy con mi mujer.
Pero por todos lados yo la había tratado como tal, en todas partes la había hecho pasar por la marquesa de Roseveyre. No podía ahora inscribirla bajo otro nombre. Y además la habría herido en el corazón, y verdaderamente era encantadora.
Pero le dije:
—Querida amiga, llevas mi apellido, la gente me cree tu marido; espero que te comportes con todo el mundo con una extrema prudencia y una extrema discreción. Nada de conocidos, de charlas, de relaciones. Que te crean noble, peor actúa de forma que nunca tenga que reprocharme lo que he hecho.
Ella respondió:
—No tenga miedo, mi pequeño René.

26 DE JUNIO.— Loëche no es triste. No. Es salvaje, pero muy hermosa. Este muro de rocas altas de dos mil metros, de donde se deslizan cientos de torrentes semejantes a hilillos de plata; este ruido eterno del agua que discurre; este pueblo sepultado en los Alpes desde donde se ve, como desde el fondo de un pozo, el solo lejano atravesar el cielo; el glaciar vecino, muy blanco en la escotadura de la montaña, y ese pequeño valle lleno de arroyos, lleno de árboles, pleno de frescura y de vida, que desciende hacia el Ródano y deja ver en el horizontes las cimas nevadas del Piémont: todo esto me seduce y me encandila. Tal vez si...si Berthe no estuviera aquí?...
Es perfecta, esta niña, reservada y distinguida mas que nadie. Yo escucho decir:
—¡Qué hermosa es, esta marquesita!...

27 DE JUNIO.— Primer baño. Descendemos directamente de la habitación a las piscinas, donde veinte bañistas tiemblan, ya vestidos con largos vestidos de lana, juntos hombres y mujeres. Unos comen, otros leen, otros charlan. Mueven delante de si pequeñas tablas flotantes. A veces juegan al anillo, lo que no siempre es decoroso. Vistos a través de las galerías que rodean el baño, tenemos aspecto de gruesos sapos en una tinaja.
Berthe ha venido a sentarse a esta galería para charlar un poco conmigo. La han mirado mucho.

28 DE JUNIO.— Segundo baño. Cuatro horas de agua. Las tomaré de ocho en ocho horas. Tengo por compañeros bañistas el príncipe de Vanoris (Italia), el conde Lovenberg (Austria), el barón Samuel Vernhe (Hungría u otra parte), además
una quincena de personajes de menor importancia, pero todos nobles. Todo el mundo es noble en las villas termales.
Ellos me piden, uno tras otro, ser presentados a Berthe. Yo respondo: “¡Si!” y me retiro. Me creen celoso, ¡qué tontería!

29 DE JUNIO.— ¡Diablos! ¡diablos! La princesa de Vanoris ha venido ella misma en persona a buscarme, deseando conocer a 3
mi mujer, en el momento en que entrábamos en el hotel. Yo le presenté a Berthe, pero le he rogado con delicadeza que evitara encontrarse con esta dama.

2 DE JULIO.— El príncipe nos ha agarrado del cuello para llevarnos a su apartamento, donde los bañistas insignes tomaban el té. Berthe era, sin duda alguna, mejor que todas las damas; ¿pero qué hacer?

3 DE JULIO.— ¡A fe mía, qué le vamos a hacer! Entre estos treinta hidalgos, ¿no se encuentran al menos diez de fantasía?
¿Entre estas dieciséis o diecisiete mujeres, están más de doce seriamente casadas, y de estas doce, más de seis irreprochables? ¡Tanto peor para ellas, tanto peor para ellos!¡Ellos lo han querido!

10 DE JULIO.— BERTHE es la reina de Loëche! ¡Todo el mundo está loco por ella; la celebran, la miman, la adoran! Por otra parte, ella es soberbia en gracia y distinción. Me envidian.
La princesa de Vanoris me ha preguntado:
—¡Ah! Marques, ¿dónde ha encontrado este tesoro?
Yo tenía deseos de responder:
—¡Primer premio del Conservatorio, curso de comedia, contratada en el Odeón, libre a partir del 5 de agosto de 1880!
¡Qué cara hubiera puesto, Dios mío!

20 DE JULIO.— Berthe es realmente sorprendente. Ni una falta de tacto, ni una falta de gusto; ¡una maravilla!

10 DE AGOSTO.— Paris. Se acabó. Tengo el corazón hecho polvo. La víspera de la partida creí que todo el mundo iba a llorar.
Decidimos ir a ver amanecer sobre el Torrenthon, luego de volver a descender a la hora de nuestra partida.
Nos pusimos en marcha hacia media noche, sobre unas mulas. Los guías portaban faroles: y la larga caravana se extendía
por el camino sinuoso del bosque de pinos. Luego atravesamos los pastos donde rebaños de vacas erraban en libertad.
Después alcanzamos la región de las rocas, donde la misma hierba desaparecía.
A veces, en la sombra, se distinguía, sea a derecha, sea a izquierda, una masa blanca, un amontonamiento de nieve en un agujero de la montaña.
El frío llegaba a ser mordiente, pinchaba los ojos y la piel. El viento desecante de las cimas soplaba, quemando las
gargantas, aportando los hálitos helados de cien lugares de picos congelados.
Cuando llegamos a nuestro destino era ya de noche. Desembalamos todas las provisiones para beber el champán al amanecer.El cielo palidecía sobre nuestras cabezas. Vimos de pronto un obstáculo a nuestros pies; luego, a unos cientos de metros, otra cima.
El horizonte entero parecía lívido, sin que se distinguiera nada todavía a lo lejos.
Pronto descubrimos, a la izquierda, una enorme cima, el Jungfrau, después otra, después otra. Aparecían poco a poco como
si fueran levantándose a lo largo del nacimiento del día. Y nosotros quedábamos estupefactos de encontrarnos así en el
medio de estos colosos, en este país desolado de nieves eternas. De repente, en frente, se nos mostró la desmesurada
cadena del Piémont. Otras cumbres aparecieron al norte. Realmente era el inmenso país de los grandes montes de frentes
helados, desde el Rhindenhorn, pesado como su nombre, hasta el fantasma a penas visible del patriarca de los Alpes, el Mont Blanc.
Unos eran orgullosos y rectos, otros acuclillados, otros deformes, pero todos homogéneamente blancos, como si algún Dios
hubiera arrojado sobre la jorobada tierra un sábana inmaculada.
Unos parecían tan cerca que habríamos podido saltar sobre ellos.; otros estaban tan lejos que apenas les distinguíamos.
El cielo se volvió rojo; y todos enrojecieron. Las nubes parecían sangrar sobre ellos. Era maravilloso, casi pavoroso.
Pero pronto la nube encendida palideció, y toda la armada de cumbres insensiblemente se volvió rosa, de un rosa suave y
tierno como los vestidos de una jovencita.
Y el sol apareció por encima de la capa de nieves. Entonces, de repente, el pueblo entero de los glaciares se hizo blanco,
de un blanco brillante, como si el horizonte estuviera lleno de una multitud de cúpulas de plata.
Las mujeres, extasiadas, miraban.
Se estremecieron; un tapón de champán acababa de saltar; Y el príncipe de Vanoris, ofreciendo un vaso a Berthe, gritó:
—¡Bebo por la marquesa de Roseveyre!
Todos clamaron: “ ¡Yo bebo por la marquesa de Roseveyre!”
Ella montó encima de su mula y respondió:
—¡Yo bebo por todos mis amigos!
Tres horas más tarde, cogimos el tren para Ginebra, en el valle del Ródano.
Tan pronto estuvimos a solas Berthe, tan feliz y contenta hace un rato, se puso a sollozar, el rostro entre sus manos.
Yo me lancé a sus rodillas:
—¿Qué tienes? ¿Qué tienes? Dime, ¿qué tienes?
Ella balbuceó entre sus lágrimas:
—¡Es... es..es pues que se ha acabado ser una mujer honesta!
¡Verdaderamente, en ese momento estuve a punto de cometer una tontería, una gran tontería...!
No la hice.
Dejé a Berthe entrando en Paris. Tal vez más tarde habría sido demasiado débil.

(El diario del marqués de Roseveyre no ofrece ningún interés durante los dos años siguientes. En la fecha 20 de julio de 1883 encontramos las líneas siguientes).

20 DE JULIO DE 1883.— Florencia. Triste recuerdo dentro de poco. Me paseaba por los Cassines cuando una mujer hizo parar su coche y me llamó. Era la princesa de Vanoris. Tan pronto me tuvo al alcance de la voz:
—¡Oh!, marqués, mi querido marqués, ¡qué contenta estoy de reencontrarle! Rápido, rápido, deme noticias de la marquesa;
es realmente la mujer más encantadora que he visto en toda mi vida!.
Me quedé sorprendido, no sabiendo qué decir y golpeado en el corazón de una forma violenta. Balbuceé:
—No me hable nunca de ella, princesa, hace tres años que la he perdido.
Ella me cogió la mano.
—¡Oh! ¡Cómo lo siento, amigo mío!
Se fue. Me sentí triste, descontento, pensando en Berthe, como si acabáramos de separarnos.
¡El Destino muy a menudo se equivoca!
Cuántas mujeres honestas habían nacido para ser mujerzuelas, y lo demuestran.
¡Pobre Berthe! Cuántas otras habían nacido para ser mujeres honestas...y ésta...más que las demás...tal vez....En fin, no pensemos más.
ENLACES:

martes, 18 de diciembre de 2007

El Diablo y el Relojero //DANIEL DEFOE

El Diablo y el Relojero
Daniel Defoe



Vivia en la parroquia de St. Bennet Funk, cerca del Royal Exchange, una honesta y pobre viuda quien, después de morir su marido, tomó huéspedes en su casa. Es decir, dejó libres algunas de sus habitaciones para aliviar su renta. Entre otros, cedió su buhardilla a un artesano que hacía engranajes para relojes y que trabajaba para aquellos comerciantes que vendían dichos instrumentos, según es costumbre en esta actividad.
Sucedió que un hombre y una mujer fueron a hablar con este fabricante de engranajes por algún asunto relacionado con su trabajo. Y cuando estaban cerca de los últimos escalones, por la puerta completamente abierta del altillo donde trabajaba, vieron que el hombre (relojero o artesano de engranajes) se había colgado de una viga que sobresalía más baja que el techo o cielorraso. Atónita por lo que veía, la mujer se detuvo y gritó al hombre, que estaba detrás de ella en la escalera, que corriera arriba y bajara al pobre desdichado.
En ese mismo momento, desde otra parte de la habitación, que no podía verse desde las escaleras, corrió velozmente otro hombre que Ilevaba un escabel en sus manos. Éste, con cara de estar en un grandísimo apuro, lo colocó debajo del desventurado que estaba colgado y, subiéndose rápidamente, sacó un cuchillo del bolsillo y sosteniendo el cuerpo del ahorcado con una mano, hizo señas con la cabeza a la mujer y al hombre que venía detrás, como queriendo detenerlos para que no entraran; al mismo tiempo mostraba el cuchillo en la otra, como si estuviera por cortar la soga para soltarlo.
Ante esto la mujer se detuvo un momento, pero el hombre que estaba parado en el banquillo continuaba con la mano y el cuchillo tocando el nudo, pero no lo cortaba. Por esta razón la mujer gritó de nuevo a su acompañante y le dijo:
-¡Sube y ayuda al hombre!
Suponía que algo impedía su acción.
Pero el que estaba subido al banquillo nuevamente les hizo señas de que se quedaran quietos y no entraran, como diciendo: «Lo haré inmediatamente».
Entonces dio dos golpes con el cuchillo, como si cortara la cuerda, y después se detuvo nuevamente. El desconocido seguía colgado y muriéndose en consecuencia. Ante la repetición del hecho, la mujer de la escalera le gritó:
-¿Que pasa? ¿Por qué no bajáis al pobre hombre?
Y el acompañante que la seguía, habiéndosele acabado la paciencia, la empujó y le dijo:
-Déjame pasar. Te aseguro que yo lo haré -y con estas palabras llegó arriba y a la habitación donde estaban los extraños.
Pero cuando llegó allí ¡cielos! el pobre relojero estaba colgado, pero no el hombre con el cuchillo, ni el banquito, ni ninguna otra cosa o ser que pudiera ser vista a oída. Todo había sido un engaño, urdido por criaturas espectrales enviadas sin duda para dejar que el pobre desventurado se ahorcara y expirara.
El visitante estaba tan aterrorizado y sorprendido que, a pesar de todo el coraje que antes había demostrado, cayó redondo en el suelo como muerto. Y la mujer, al fin, para bajar al hombre, tuvo que cortar la soga con unas tijeras, lo cual le dio gran trabajo.
Como no me cabe duda de la verdad de esta historia que me fue contada por personas de cuya honestidad me fío, creo que no me dará trabajo convenceros de quién debía de ser el hombre del banquito: fue el diablo, que se situó allí con el objeto de terminar el asesinato del hombre a quien, según su costumbre, había tentado antes y convencido para que fuera su propio verdugo. Además, este crimen corresponde tan bien con la naturaleza del demonio y sus ocupaciones, que yo no lo puedo cuestionar. Ni puedo creer que estemos equivocados al cargar al diablo con tal acción.
Nota: No puedo tener certeza sobre el final de la historia; es decir, si bajaron al relojero lo suficientemente rápido como para recobrarse o si el diablo ejecutó sus propósitos y mantuvo aparte al hombre y a la mujer hasta que fue demasiado tarde. Pero sea lo que fuera, es seguro que él se esforzó demoníacamente y permaneció hasta que fue obligado a marcharse.

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