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viernes, 20 de julio de 2007

ENTRE LO GOTICO Y LO VICTORIANO // La mujer de Dennis Haggarty // WILLIAM M. THACKERAY

WILLIAM M. THACKERAY (1811-1863)

Nació en Calcuta y se educó en Charterhouse, un severo internado inglés. Ingresó en el Trinity College de Cambridge, donde no llegó a concluir sus estudios. Después de iniciar sin éxito la carrera de leyes, decidió convertirse en dibujante. A principios de la década de 1830, tras perder su pequeño patrimonio en el juego, empezó a escribir y a hacer ilustraciones para periódicos y revistas londinenses como The Fraser's Magazine, The Morning Chronicle y Punch. En 1836, mientras estudiaba arte en París, se enamoró de Isabella Shawe, una joven irlandesa sin fortuna, con la que contrajo matrimonio. La pareja tuvo dos hijas, a las que siempre estuvo muy unido, pero Isabella perdió el juicio a principios de la década de 1840. Fue en ese oscuro período cuando escribió «La mujer de Dennis Haggarty» (Dennis Haggarty's Wife), que apareció en la revista Fraser en octubre de 1843, como uno de los relatos de Men's Wives que publicaría bajo el título de The Confessions of George Fitz-Boodle. La suerte de Thackeray cambió con la publicación de La feria de las vanidades en 1848, que le convirtió en uno de los autores más admirados y prósperos de la época. Además de innumerables artículos y ensayos, escribió dos novelas históricas -Barry Lyndon (1844) y La historia de Henry Esmond (1852)-, una autobiografía ficticia -Pendennis (1848-1850)-, y varias novelas más, entre las que destacan The Newcomes (1853-1855) y The Virginians (1857-1859). Consagrado como novelista, no dejó de escribir artículos para Punch y en 1859 se convirtió en editor de la revista literaria The Cornhill Magazine.

La mujer de Dennis Haggarty


Había una odiosa irlandesa, conocida como la señora del mayor Gam, que frecuentaba hace unos años con su hija el Hotel Royal de Leamington. Gam había sido un distinguido oficial al servicio de Su Majestad, al que sólo la muerte y su encantadora esposa pudieron vencer. La viuda lloró la pérdida de su marido con el mejor bombasí que logró adquirir, y con una franja negra de al menos una pulgada alrededor de las enormes tarjetas de visita que dejaba en casa de sus amigos de la aristocracia y de la alta burguesía.
Algunos de nosotros, lamento decirlo, acostumbrábamos a llamarla señora del mayor Gammon
[1]; pues la respetable viuda tendía a hablar continuamente de sí misma y de su familia (de la suya propia, pues tenía en muy poco a la de su marido), así como de las maravillas de la mansión paterna, Molloyville, en el condado de Mayo. Era de los Molloy de esa región; y, aunque yo jamás había oído ese apellido, estoy convencido, después de escuchar las afirmaciones de la señora Gam, de que era la familia más antigua y más ilustre de aquella parte de Irlanda. Recuerdo que vino a visitar a su tía un joven de enormes patillas pelirrojas, con unos pantalones ajustados de nanquín, una chaqueta verde y un espantoso alfiler de corbata, que dos días después de llegar al balneario propuso matrimonio a la señorita S. o, en su defecto, un duelo a su padre; y que conducía un llamativo cabriolé tirado por un caballo rucio y otro bayo; y que fue presentado por su orgullosa tía como Castlereagh Molloy de Molloyville. A todos nos pareció el esnob más insufrible de la temporada, y nos alegramos mucho cuando un alguacil vino en su búsqueda.
Y es todo cuanto sé personalmente de la familia de Molloyville; pero, si alguien tropezaba en la casa con la viuda Gam y empezaba a charlar de cualquier tema, sabía que no tardaría en oír hablar de ella. Si alguien le aconsejaba que tomara guisantes en la cena, se apresuraba a responder:
-¡Caballero! Después de haber probado los guisantes de Molloyville, ¡cómo voy a comer otros! ¿No es cierto, querida Jemima? Siempre los comíamos en el mes de junio, cuando mi padre daba una guinea al jardinero jefe (en Molloyville, teníamos tres) y le enviaba, con sus saludos y un cuarto de guisantes, a casa de nuestro vecino, el querido lord Marrowfat. ¡Qué lugar tan encantador es Marrowfat Park! ¿No es así, Jemima?
Si pasaba un carruaje junto a la ventana, la señora del mayor Gammon decía invariablemente que en Molloyville tenían tres carruajes, «la calesa, el faetón y la silla volante». De igual modo, facilitaba el número y los nombres de todos los lacayos que allí servían; y, durante una visita al castillo de Warwick (pues aquella incansable mujer se sumaba a cuantas diversiones se organizaban en el hotel), nos dio a entender que el gran paseo a orillas del río era muy inferior a la avenida principal del parque de Molloyville. Entre nosotros, yo no habría sabido tantas cosas de la señora Gam y de su hija si en aquella época no hubiera estado cortejando a una joven cuyo padre se alojaba en el Royal, y al que atendía el doctor Jephson.
La Jemima que acabamos de mencionar era, naturalmente, la hija de la señora Gam, que siempre añadía tras su nombre: «Jemima, amor mío!», «Jemima, mi niña adorada!» o «Jemima, tesoro mío!». Los sacrificios que la señora Gam había hecho por su hija, según decía, eran asombrosos. Sólo Dios sabía, afirmaba, el dinero que había gastado en su educación, el tiempo que había pasado a su lado mientras se hallaba enferma, el amor ilimitado que le profesaba. Las dos solían entrar en la sala enlazadas por la cintura, y, durante la cena, la madre cogía la mano de la hija entre plato y plato; si sólo estaban presentes dos o tres caballeros jóvenes, besaba varias veces a su Jemima mientras servían el té.
En cuanto a la señorita Gam, si bien no era hermosa, he de decir en honor a la verdad que tampoco era fea No era ni lo uno ni lo otro. Tenía tirabuzones y una cinta en la frente; sabía cuatro canciones, que resultaban bastante tediosas dos meses después de conocerla; llevaba los hombros excesivamente descubiertos; gustaba de lucir innumerables fruslerías, anillos, broches, ferronniéres
[2] y frascos de sales, y siempre iba vestida, pensábamos, con mucha elegancia; a pesar de que la anciana señora Lynx señalaba que tanto a sus vestidos como a los de su madre les habían dado una y otra vez la vuelta, y que sus ojos apenas veían de tanto zurcir medias.
Esos ojos la señorita Gam los tenía muy grandes, aunque bastante débiles y enrojecidos, y solía mirar pestañeando a todos los solteros atractivos del lugar. Pero, aunque la viuda asistiera a todos los bailes, y alquilara una calesa para ir a las cacerías, y nunca faltase a la iglesia, y Jemima cantara allí con voz más potente que nadie excepto el pastor, y aunque probablemente cualquiera que se convirtiese en su feliz esposo sería invitado a disfrutar de los tres lacayos, de los tres jardineros y de los tres carruajes de Molloyville, lo cierto es que ningún caballero inglés había sido lo bastante audaz para pedir su mano. La anciana Lynx decía que, en los últimos ocho años, la pareja había visitado Tunbridge, Harrogate, Brighton, Ramsgate y Cheltenham; donde, al parecer, no había tenido mucha fortuna. La verdad es que la viuda tenía elevadas aspiraciones para su adorada hija; y como miraba con desprecio, al igual que muchos otros irlandeses, a quienes vivían del trabajo o del comercio; y como era una persona cuyos modales enérgicos, vestimenta y acento irlandés no agradaban demasiado a los apacibles caballeros ingleses que vivían en el campo, Jemima -fragante y delicada flor- seguía en manos de su madre, aunque tal vez algo lánguida y marchita.
En aquella época, el Regimiento 120 estaba acuartelado en Weedon y, en esa unidad, había un segundo cirujano llamado Haggarty, un individuo alto, flaco, fuerte y de huesos grandes, algo patizambo, de manos enormes y patillas pelirrojas, amén del hombre más recto que haya manejado jamás una lanceta. Haggarty como indica su apellido, era de la misma nacionalidad que la señora Gam y, por si esto fuera poco, el honrado muchacho tenía alguna de las peculiaridades de la viuda y presumía de familia casi tanto como ella. No sé de qué parte de Irlanda eran reyes; pero tenían que haber sido monarcas, pues eran los antepasados de muchos miles de familias hibérnicas. Con todo, era gente muy respetada en Dublín, «donde mi padre», afirmaba Haggarty, «es tan conocido como la estatua del rey Guillermo y donde, déjenme añadir, va de un lado a otro conduciendo su carruaje».
Por ese motivo, los más bromistas llamaban a Haggarty «el conductor de carruajes», y algunos preguntaron a su compatriota:
-Señora Gam, cuando abandonaba Molloyville para ir a los bailes del gobernador, y se alojaba en su casa de Fitzwilliam Square en Dublín, ¿coincidía a menudo con el famoso doctor Haggarty?
-¿Se refiere usted al cirujano Haggarty de Gloucester Street? ¡Ese negro papista! ¿Imagina usted que los Molloy se sentarían a la mesa con un individuo de su clase?
-¿Y por qué no? ¿Acaso no es el médico más famoso de Dublín y no va de un lado a otro conduciendo su carruaje?
-¡Ese pobre demonio! Tiene una botica, créanme, y manda a sus propios hijos con los medicamentos. Cuatro de ellos se enrolaron en el ejército, Ulick y Phil, y Terence y Denny, y ahora es Charles el que estudia medicina. Pero ¿por qué iba yo a saber algo de esas odiosas criaturas? Su madre era una Burke, de la ciudad de Burke, en el condado de Cavan, y dejó dos mil libras en herencia al cirujano Haggarty. Ella era protestante, ¡me sorprende que aceptara casarse con ese horrible y antipático boticario papista!
Deduzco, por las palabras de la viuda, que los habitantes de Dublín se preocupan tanto de sus vecinos como los nativos de las ciudades inglesas; y es muy probable que el relato de la señora Gam sobre los jóvenes recaderos Haggarty fuera cierto, pues un muchacho del Regimiento 120 hizo una caricatura de Haggarty saliendo de una botica con una cesta bajo el brazo, y el respetable cirujano se enfureció de tal modo que, de haberse salido con la suya, se habría batido en duelo con el alférez.
Pues bien, Dionysius Haggarty tenía un temperamento sumamente apasionado, y quiso el azar que de todos los enfermos, visitantes, jóvenes caballeros de Warwickshire, jóvenes fabricantes de Birmingham, jóvenes oficiales del cuartel... quiso el azar que, desgraciadamente para la señorita Gam y para él, Haggarty fuera el único individuo que quedara prendado de los encantos de la joven. Su amor era, sin embargo, de lo más tierno y recatado, pues sentía un profundo respeto por la señora Gam y, como era un muchacho bueno y sencillo, reconocía sin ambages la superioridad del linaje y de la educación de esa dama ¿Cómo iba a esperar él, un humilde segundo cirujano cuya única fortuna eran las mil libras que había heredado de su tía Kitty.. cómo iba a esperar que un miembro de la estirpe de los Molloyville se dignara contraer matrimonio algún día con él?
Enardecido, no obstante, por la pasión y empujado por el vino, cierto día, en un picnic en Kenilworth, Haggarty, cuyo amor y cuyo arrobo eran la comidilla de todo el regimiento, fue convencido por sus bromistas compañeros para que pidiese formalmente la mano de la joven.
-¿Es usted consciente, señor Haggarty, de que está hablando con una Molloy? -fue lo único que repuso la majestuosa señora Gam cuando, con arreglo a la fórmula habitual, la agitada Jemima remitió a «mamá» la petición de su pretendiente.
Se alejó de él con una mirada destinada a hundir para siempre al desdichado joven y, después de recoger su manto y su sombrero, se apresuró a pedir la calesa. Puso especial cuidado en que todo el mundo se enterara en Leamington de que el hijo del detestable boticario papista había tenido la osadía de pedir la mano de su hija (pues una oferta de matrimonio, sea cual sea su origen, nunca resulta perjudicial), y dejó a Haggarty sumido en el mayor abatimiento.
Lo cierto es que su desesperación sorprendió a la mayoría de sus conocidos, dentro y fuera del regimiento, pues la joven dama no era ninguna belleza y tenía una fortuna más que dudosa, y Dennis, en apariencia, era un hombre muy poco romántico, al que parecían gustar más los filetes y el ponche de whisky que las mujeres, por muy fascinantes que fueran.
Pero no hay duda de que este tímido y tosco muchacho escondía en su interior un corazón más fiel y más afectuoso que muchos dandis con la belleza de Apolo. Por mi parte, jamás he comprendido por qué un hombre se enamora, y lo respeto de veras, independientemente de qué o de quién lo haga; es algo que, en mi opinión, está tan fuera del control del individuo como el contagio de la viruela o el color del pelo. Para sorpresa de todos, el segundo cirujano Dionysius Haggarty estaba profunda y seriamente enamorado; y en una ocasión, según me contaron, estuvo a punto de matar con un cuchillo de trinchar al joven alférez que hemos mencionado antes, pues tuvo la osadía de hacer una segunda caricatura, en la que se veía a lady Gammon y a Jemima en un fabuloso parque, rodeadas de tres jardineros, tres carruajes, tres lacayos y la silla volante. No admitía la menor broma sobre ellas. Se convirtió en un hombre irritable y pendenciero. Durante algún tiempo, pasó más horas en la consulta y en el hospital que en el comedor de oficiales. Dejó de comer aquellas grandes cantidades de carne y de budín a las que su estómago solía procurar tan rápido y espacioso alojamiento; y, cuando quitaban el mantel, en lugar de beber doce vasos de vino y de cantar canciones irlandesas con una horrible voz cascada y a gritos, como hacía antes, se retiraba a su habitación, o paseaba melancólicamente por el patio del cuartel, o fustigaba y espoleaba con enorme furia a su yegua gris por la carretera de Leamington, donde su Jemima (aunque invisible para él) seguía viviendo.
Cuando la temporada de Leamington llegó a su fin, al marcharse todos los jóvenes caballeros que frecuentaban ese balneario, la viuda Gam se retiró a su residencia habitual para el resto del año. Dónde se hallaba ésta es algo que no tenemos derecho a preguntar, pues tengo entendido que se había peleado con su hermano de Molloyville y que, además, era demasiado orgullosa para convertirse en una carga para nadie.
La viuda no fue la única que abandonó Leamington, ya que, muy poco después, el Regimiento 120 recibió la orden de partir y dejó Weedon y Warwickshire. El apetito de Haggarty, para entonces, estaba parcialmente restaurado, pero su amor seguía siendo el mismo y su talante era aún taciturno y melancólico. Me contaron que en esa época de su vida escribió algunos poemas inspirados en sus amores desgraciados; un puñado de versos enloquecidos de distinta extensión, y de su puño y letra, que aparecieron en una hoja de papel que envolvía el emplasto de resina que el teniente y asistente Wheezer tuvo que aplicarse para combatir un resfriado.
Es fácil imaginar la sorpresa de todos los conocidos de Haggarty cuando, tres años después, leyeron en los periódicos el siguiente anuncio:

Ha contraído matrimonio en Monkstown, el 12 del mes corriente, el señor Dionysius Haggarty, del Regimiento 120 de Infantería, con Jemima Amelia Wilhelmina Molloy, hija del difunto mayor Lancelot Gam, de la Marina Real, y nieta del difunto Burke Bodkin Blake Molloy y sobrina del caballero del mismo nombre, de Molloyville, condado de Mayo.

«¿Habrá empezado por fin a seguir su curso natural el verdadero amor? -pensé, dejando a un lado el periódico; y los viejos tiempos, y la anciana y engreída viuda de mirada maliciosa, y los hombros descubiertos de su hija, y los días felices con el Regimiento 120, y el cabriolé tirado por un caballo del doctor Jephson, y la partida de caza de Warwickshire, y.. y Louisa S..., pero ¡de ésa no se preocupen!... acuden a mi pensamiento-. ¿Habrá conseguido por fin su recompensa el ingenuo y afable muchacho? Pues bien, si no tiene que casarse también con su suegra, es posible que salga adelante.»
Un año después, los periódicos anunciaron la retirada del ejército del segundo cirujano Haggarty del Regimiento 120, el cual fue reemplazado por el segundo cirujano Angus Rothsay Leech, un escocés, probablemente; al que no conozco en absoluto, y que no tiene nada que ver con nuestra pequeña historia.
Pasaron varios años, durante los cuales no puedo afirmar que siguiera de cerca las peripecias del señor Haggarty y su mujer. A decir verdad, ni me acordé de ellos hasta que un día, mientras paseaba por la playa de Kingstown, cerca de Dublín, y contemplaba la colina de Howth, como casi todo el mundo en ese lugar de veraneo, vi venir hacia mí a un hombre alto y delgado, con unas patillas pelirrojas y pobladas que me parecieron muy familiares y un rostro que sólo podía ser el de Haggarty. Y, en efecto, era Haggarty, diez años mayor que en nuestro último encuentro, y mucho más ceñudo y más flaco. Llevaba sobre los hombros a un joven caballero con un sucio traje de tartán y un rostro muy parecido al suyo, que miraba a hurtadillas bajo un ajado penacho de plumas negras; y con la mano libre empujaba un cochecito verde claro, donde iba sentada una niña de aproximadamente dos años de edad. Los dos pequeños berreaban a pleno pulmón.
La expresión atolondrada que parecía caracterizar el rostro de Dennis se borró en cuanto me vio; después de soltar el cochecito y de dejar a su hijo en el suelo, se acercó saltando a mi encuentro y me saludó con entusiasmo, abandonando a su ruidosa progenie en medio de la calle.
-¡Santo Cielo! -exclamó-. ¡Seguro que es Fitz-Boodle! ¿Acaso se ha olvidado de mí, Fitz? Dennis Haggarty del Regimiento 120. Leamington, ¿recuerda? Molloy, hijo mío, ¡cállate de una vez y deja de dar aullidos! Tú también, Jemima, ¿me has oído? ¡Qué placer para unos ojos doloridos contemplar un rostro conocido! ¡Cuánto ha engordado, Fitz! ¿Había venido antes a Irlanda? ¿Y no le entusiasma? Dígame la verdad, ¿no le parece un país precioso?
Cuando respondí satisfactoriamente a esta pregunta sobre las excelencias de su país (que he observado que formulan casi todos los irlandeses) y acallamos los gritos de los niños en un puesto de manzanas muy cercano, Dennis y yo hablamos de los viejos tiempos. Le felicité por su matrimonio con la adorable joven que todos habíamos admirado, y confié en que hubiera hecho una buena boda, etcétera, etcétera. No parecía, sin embargo, un hombre acaudalado: llevaba un viejo sombrero gris, unos viejos pantalones cortos, un viejo chaleco con botones del regimiento y unas botas de montar remendadas, prendas todas ellas que no suelen llevar las personas de posición holgada.
-¡Ah! -contestó él con un suspiro-. Las cosas han cambiado mucho desde aquellos días, Fitz-Boodle. Mi mujer ya no es lo que era... la hermosa criatura que usted conoció. Molloy, hijo mío, corre a decirle a mamá que un caballero inglés vendrá a cenar a casa; porque naturalmente cenará conmigo, ¿verdad, Fitz?
Yo acepté su invitación, aunque el joven Molloy se negó a obedecer las órdenes de papá y anunciar al desconocido.
-Pues seré yo quien anuncie su llegada -dijo Haggarty, sonriendo-. Vamos, es hora de cenar y mi casita de campo está a menos de cien yardas.
Así, pues, avanzamos en procesión hasta la vivienda de Dennis, que formaba parte de una hilera y media de casas de una sola planta, con pequeños patios en la parte delantera y, en su mayoría, hermosos nombres en las jambas de las puertas. En la entrada de Dennis, podía leerse «Cirujano Haggarty» en una oxidada placa de cobre; y, como si esto no bastara, habían colocado otra placa oval, sobre la campanilla, con la inscripción «Nuevo Molloyville». La campanilla, por supuesto, no funcionaba; el patio o jardincillo empedrado estaba sucio, abandonado y lleno de malas hierbas; había unas rocas mugrientas, a modo de adorno, alrededor de un pequeño parterre acristalado, y trapos y ropa tendida en casi todas las ventanas del Nuevo Molloyville, al que se entraba pisando un maltrecho felpudo, bajo un enrejado roto por el que llevaba mucho tiempo negándose a trepar una marchita enredadera.
-¡Pequeño, pero acogedor! -señaló Haggarty-. Será mejor que yo vaya delante, Fitz; deje el sombrero en esa maceta y la sala está a la izquierda.
Un vapor de cebollas y de olor a turba impregnaba la casa, indicio de que la cena estaba próxima. ¿Próxima? Podías oír cómo crepitaba en el fuego de la cocina, donde la criada trataba al mismo tiempo de acallar el llanto obstinado de un tercer niño. Pues, mientras entrábamos, los tres angelitos de Haggarty berreaban como locos.
-¿Eres tú, Dennis? -exclamó una voz chillona y destemplada desde un rincón oscuro de la sala, donde ya habían colocado un mantel sucio para la cena; habían dejado, asimismo, unas botellas de cerveza negra y un hueso frío de cordero sobre un cercano y destartalado piano de cola-. Siempre llegas tarde, señor Haggarty. ¿Has traído el whisky de la tienda de Nowland? Seguro que lo has olvidado.
-Querida, he traído a un viejo amigo tuyo y mío a cenar lo que haya -dijo Dennis.
-¿Y cuándo llegará? -preguntó su mujer (lo que me sorprendió sobremanera, pues yo estaba delante de ella).
-Está aquí, Jemima, amor mío -repuso Haggarty, mirándome-. El señor Fitz-Boodle, ¿te acuerdas, querida? Lo conocimos en Warwickshire.
-¡El señor Fitz-Boodle! Me alegro mucho de verlo -exclamó ella, poniéndose en pie y haciéndome una amable reverencia.
La señora Haggarty estaba ciega.
Pero la señora Haggarty no sólo estaba ciega: era evidente que había perdido la vista a causa de la viruela. Tenía los ojos vendados, y el rostro hinchado, desfigurado y lleno de cicatrices por el terrible efecto de esa enfermedad. Cuando entramos en la habitación, estaba haciendo punto en un rincón, envuelta en una sucia bata. Me habló de un modo muy diferente que a su marido. Se dirigía a él con un fuerte acento irlandés; a mí, en la lengua más odiosa del mundo, en irlandés-inglés, esforzándose por disimular su deje y por hablar con el verdadero, parsimonioso y distingué amaneramiento inglés.
-Lleva mucho tiempo en Irlanda
[3]? -inquirió la pobre mujer con aquel acento--. Seguro que le parece un lugar triste y primitivo, señor Fitz-Boodle. Ha sido muy amable al visitarnos en famille aceptar nuestra invitación sans cérémonie Señor Haggarty, espero que ponga el vino en hielo; el señor Fitz-Boodle debe de estar derritiéndose con este calor.
Durante un rato, prosiguió la conversación en el mismo tono educado; y me vi obligado a decirle, respondiendo a una de sus preguntas, que la encontraba igual que antaño, aunque, de haberla visto en otras circunstancias, jamás la habría reconocido. Pidió a Haggarty con un expresivo gesto que fuera a la bodega a buscar vino, y me dijo entre cuchicheos que él era su mayordomo; el pobre hombre, comprendiendo la indirecta, corrió al pueblo a comprar una libra de carne y dos botellas de vino en la taberna.
-¿Comerán los niños aquí sus patatas con mantequilla? -inquirió una muchacha descalza, asomando por la puerta un rostro sobre el que ondeaban su largas guedejas negras.
-Será mejor que cenen en su cuarto, Elisabeth, y dile a... Edwards que venga.
-¿Se refiere a la cocinera, señora? -quiso saber la joven.
-¡Dile inmediatamente que venga! -gritó la infortunada dama; no tardó en cesar el ruido de las frituras y en aparecer una acalorada mujer, enjugándose la frente con el delantal y preguntando, con un acento indudablemente hibérnico, qué deseaba la señora.
-Condúceme hasta mi vestidor, Edwards; he de ponerme algo más presentable para el señor Fitz-Boodle.
-¡Imposible! -respondió Edwards-. ¡Seguro que el señor está en la carnicería y no puede vigilar el fuego de la cocina!
-¡Tonterías! ¡Tengo que arreglarme! -exclamó la señora Haggarty.
De modo que Edwards, con aire resignado, después de enjugarse nuevamente el brazo y la cara con el delantal, tendió su mano a la mujer de Dennis y subió con ella las escaleras.
Me permitió, así, abandonarme a mis pensamientos durante media hora, hasta que volvió a bajar con un viejo vestido de raso amarillo, y los hombros tan descubiertos como siempre. Llevaba una cofia muy recargada, que el propio Haggarty debía de haber elegido; y lucía toda clase de collares, pulseras y pendientes de oro, de granate, de nácar y de similor. Entró acompañada de un intenso olor a almizcle, que se llevó por delante el de las cebollas y la turba; y agitaba un viejo pañuelo con el borde de encaje amarillo de un lado a otro de sus angulosas y horribles facciones cubiertas de cicatrices.
-Así, pues, me habría reconocido en cualquier parte, ¿no es verdad, señor Fitz-Boodle? -insistió la señora Haggarty con una mueca que pretendía ser de lo más fascinante-. Tengo el convencimiento de que lo habría hecho; aunque mi terrible enfermedad me ha privado de la vista, ¡es una suerte que no haya desfigurado mi rostro!
Habían ahorrado ese sufrimiento a la pobre mujer; pero su vanidad, su orgullo infernal, su necedad y su egoísmo eran tan grandes que dudo que fuese caritativo dejarla en el error.
Pero ¿para qué corregirla? En algunas personas hay cierta cualidad que va más allá de cualquier consejo, orientación o enmienda. Limítense a dejar que un hombre o una mujer tengan la NECEDAD suficiente y no necesitarán inclinarse ante ninguna autoridad. Para un necio no hay nadie mejor que él; un necio es incapaz de ver que está equivocado; un necio carece de escrúpulos, está seguro de gustar, de tener éxito, de obrar correctamente; los sentimientos ajenos le son indiferentes, sólo se respeta a sí mismo. ¿Cómo hacerle comprender a un torpe su torpeza? Una persona así es tan incapaz de ver su necedad como sus orejas. Y la gran virtud de un necio es estar siempre satisfecho de sí mismo. Cuántas miríadas de criaturas hay de esta admirable clase: egoístas, tacaños, ignorantes, apasionados, brutales; malos hijos, madres, padres, ¡incapaces de realizar una buena acción!
A fin de interrumpir, sin embargo, esta disquisición, que nos está alejando de Kingstown, Nuevo Molloyville e Irlanda (para conducirnos a la vasta región donde la necedad tiene su patria), diré que la señora Haggarty, por lo poco que yo sabía de ella y de su madre, pertenecía a la clase de personas que acabo de mencionar. Hacía gala de una dignidad que no era fácil de digerir con el infame almuerzo que el pobre Dennis, después de una larga espera, logró poner en la mesa. Su mujer no dejó de invitarme a Molloyville, donde, según afirmó, su primo estaría encantado de recibirme; y me contó casi tantas anécdotas del lugar como su madre en otros tiempos. Me percaté, además, de que Dennis le servía los mejores trozos de carne, que ella comía con enorme apetito, y que bebía con similar avidez las fuertes bebidas alcohólicas que había en la mesa.
-A todas las damas irlandesas nos gusta tomar un pequeño vaso de ponche -comentó alegremente.
Y Dennis preparó para ella un brebaje tan fuerte que a mí me habría costado tragarlo. La señora Haggarty habló mucho de su sufrimiento, de sus sacrificios, de los lujos a los que había estado acostumbrada antes de casarse: en una palabra, de todos esos temas que algunas mujeres gustan de tratar cuando desean importunar a sus maridos.
Pero el buen Dennis, lejos de enfadarse con ella por la repetición constante, agotadora y descortés de su superioridad, en lugar de disuadirla para que se callara, alentaba la conversación. Le gustaba oírla disertar sobre sus virtudes y sobre el esplendor de su familia. Se sentía tan poco importante y su mujer le dominaba de tal modo que se enorgullecía de servirla, e imaginaba que la magnificencia de ella aumentaba su dignidad. Dennis me observaba (a mí, que estaba harto de la mujer y de su egoísmo) como si esperara grandes muestras de simpatía, y me lanzaba unas miradas por encima de la mesa que parecían decir: «¡Qué maravillosa es mi Jemima y qué afortunado soy de tenerla!». Cuando los niños bajaron, ella les reprendió, por supuesto, antes de echarlos con cajas destempladas (circunstancia que, quizá, el autor de estas páginas no lamentó demasiado), y, después de continuar sentada un tiempo ridículamente largo, se despidió de nosotros, preguntándonos si preferíamos tomar el café en la sala o en su tocador.
-¡Oh! ¡Aquí, desde luego! -respondió Dennis, con cierta agitación.
Y, unos diez minutos después, «Edwards» volvió a traernos a la encantadora criatura, y el café hizo su aparición. Cuando lo tomamos, Dennis pidió a su mujer que cantase para el señor Fitz-Boodle.
-Se muere de ganas de oír alguna de sus viejas baladas favoritas.
-¡No! ¿De veras? -exclamó ella; y fue acompañada triunfalmente hasta el viejo y desafinado piano, donde, con voz chillona y destemplada, entonó aquellas horribles y anticuadas tonadas que le había oído cantar en Leamington diez años antes.
Haggarty, mientras tanto, se recostó en la silla encantado. Los maridos siempre lo están, y con la misma canción, que probablemente han oído a los diecinueve años; casi todas las melodías de los hombres ingleses son de esa época y, en mi opinión, es bastante conmovedor oír a un anciano caballero de sesenta o setenta años tararear con voz temblorosa la vieja cancioneta fresca y lozana que solía escuchar fresco y lozano cuando estaba en la flor de la juventud. Si tiene una esposa con talento musical, seguro que piensa que sus viejas canciones de 1788 son mucho mejores que las que ha oído después: en realidad no ha oído ninguna desde entonces. Cuando el viejo matrimonio se encuentra de buen humor, el anciano caballero rodea el talle de la anciana dama con su brazo y exclama: «Querida, me gustaría oír una de tus canciones» , y ella se sienta y empieza a cantar con su voz de antaño, y, mientras lo hace, las rosas de su juventud florecen de nuevo por un instante. Ranelagh
[4] resucita, y ella baila un minué con los cabellos empolvados, sujetándose la cola del vestido.
He aquí otra digresión, ocasionada por el espectáculo que ofrecía el rostro del pobre Dermis mientras su mujer desafinaba (y, créanme, era mucho más agradable mirarle a él que escucharla a ella). El éxtasis de Lanzadera
[5] no habría sido mayor mientras le hacían cosquillas las hadas. Mi amigo estaba convencido de que aquella música era divina; y tenía otras razones para disfrutar de ella, pues su mujer siempre se hallaba de buen humor después de cantar, y jamás cantaba si no estaba alegre. Dennis me lo había dado a entender en el breve coloquio que sostuvimos los diez minutos que su Jemima estuvo ausente en el «tocador»; de modo que, al final de cada pieza, gritábamos: «¡Bravo!» y aplaudíamos como locos.
Ésa fue mi impresión de la vida del doctor Dionysius Haggarty y su mujer; y debo de haberme encontrado con él en un buen momento, pues el pobre Dennis habló con posterioridad de nuestra encantadora velada en Kingstown, y no hay duda de que sigue pensando que su amigo quedó fascinado con aquella reunión. El estado de su economía era el siguiente: contaba con su media paga, mil libras, y alrededor de cien libras anuales que le había legado su padre; Jemima tenía sesenta libras anuales de su madre, que, por supuesto, ésta jamás pagaba. Dennis no ejercía la medicina, pues dedicaba todo su tiempo a cuidar a Jemima y a los niños, a los que lavaba, vestía, y sacaba a pasear o llevaba sobre los hombros, como hemos visto, y no podían tener una criada para ellos, ya que su querida madre ciega nunca podía quedarse sola. La señora Haggarty, una verdadera inválida, se quedaba hasta la una en la cama, donde solía desayunar y tomar un almuerzo caliente. Dennis gastaba la quinta parte de sus ingresos en que ella paseara de un lado a otro en silla de ruedas, lo que le obligaba a caminar diariamente las horas que le asignaban. Luego llegaba la cena; y el clero incompetente, muy numeroso en Irlanda, y del que la señora Haggarty era una gran admiradora, ensalzaba su figura en todas partes como modelo de paciencia y de virtud, y se deshacía en elogios por la admirable resignación con que ella llevaba su infortunio.
Bueno, sobre gustos no hay nada escrito. Pero yo no estaba nada convencido de que ella fuese la mártir de la familia.
-Las circunstancias que rodearon mi matrimonio con Jemima -me dijo Dennis, en alguna de nuestras posteriores conversaciones sobre tan interesante asunto-fueron las más románticas y conmovedoras que usted pueda imaginar. Ya sabe la impresión que me había causado la adorable joven en Weedon; desde la primera vez que la vi y oí su encantadora versión de «La doncella árabe de ojos oscuros», comprendí, y así se lo dije a nuestro amigo Turniquet aquella misma noche, que, para mí, ella era la doncella árabe de ojos oscuros... y no es que lo fuera, ya sabe que nació en Shropshire. Pero comprendí que había conocido a la mujer que me haría feliz o desgraciado el resto de mi vida. Ya sabe que le declaré mi amor en Kenilworth, que ella me dio calabazas y que, por ese motivo, estuve a punto de pegarme un tiro... No, eso no puede saberlo, es algo que guardé en secreto... pero le aseguro que estuve a punto de hacerlo; y fue una gran suerte para mí que no apretara el gatillo, pues la adorable joven -¿puede usted creerlo?- estuvo siempre enamorada de mí.
-¿De veras? -exclamé yo, que no había olvidado el singular modo en que la señorita Gam había mostrado su amor aquellos días; aunque lo cierto es que cuanto más enamorada está una mujer, más lo disimula.
-Se había enamorado hasta los tuétanos del pobre Dennis -prosiguió el respetable muchacho-, ¿quién lo hubiera imaginado? Pero lo sé de muy buena tinta, me lo dijo su propia madre, con quien ahora tengo algunas diferencias. Pero ella me lo aseguró, y le explicaré cómo y cuándo.
»Estábamos acuartelados en Cork, tres años después de nuestra estancia en Weedon, y era nuestro último año en Irlanda; fue una verdadera suerte que mi querida Jemima hablara antes de que fuese demasiado tarde; de lo contrario, ¿qué sería de nosotros ahora? Pues bien, cierto día, cuando volvíamos al cuartel desde la plaza de armas, vi a una dama sentada junto a una ventana abierta, al lado de otra dama que parecía enferma; y la dama de la ventana, que iba del más riguroso luto, gritó: "¡Dios mío! ¡El señor Haggarty, del Regimiento 120!".
»-Estoy seguro de conocer esa voz -le dije a Whiskerton.
»-Es una suerte que no la conozcas demasiado bien -me respondió él-. Es lady Gammon, y apuesto a que está tratando de pescar marido para esa hija suya. El año pasado estuvo en Bath con ese propósito, y el anterior en Cheltenham, donde, ¡Dios bendito!, es tan conocida como el juego infantil de la gallina ciega.
»-Te agradeceré que no faltes al respeto a la señorita Jemima Gam -señalé a Whiskerton-; pertenece a una de las mejores familias de Irlanda, y cualquiera que diga una palabra en contra de la mujer a la que en una ocasión propuse matrimonio, me insulta a mí, ¿está claro?
»Pues cásate con ella, si así lo deseas -repuso Whiskerton, bastante malhumorado-; cásate con ella y ¡que te cuelguen!
»¿Casarme con ella? Sólo de pensarlo, mi cabeza empezó a dar vueltas; y mi enajenación fue mil veces mayor que de costumbre.
»Puede tener la seguridad de que aquella misma tarde subí la colina en dirección a la plaza de armas, y con el corazón brincando dentro del pecho. Llegué a casa de la viuda. Se llamaba Nuevo Molloyville, como ésta. Siempre que alquila una casa, aunque sea seis meses, la llama Nuevo Molloyville; y ha tenido una en Mallow, en Bandon, en Sligo, en CastIebar, en Fermoy, en Drogheda y ¡quién sabe dónde demonios más! Pero las persianas estaban bajadas y, aunque me pareció ver a alguien tras ellas, nadie hizo caso del pobre Dermis Haggarty; estuve paseando de un lado a otro durante la hora de la cena, con la esperanza de vislumbrar a Jemima, pero fue en vano. Al día siguiente, regresé; lo cierto es que continuaba tan enamorado como siempre. Jamás me había sentido así, ¿sabe? Y, una vez atrapado, sabía que era para siempre.
»No tiene el menor sentido que le cuente el tiempo que estuve dando vueltas, pero cuando logré ser admitido en la casa (gracias a la ayuda del joven Castlereagh Molloy, a quien usted recordará de Leamington, que se encontraba en Cork por la famosa regata y cenaba con nosotros en el comedor de oficiales, pues se había encariñado mucho conmigo); cuando, como le decía, logré ser admitido en la casa, me apresuré a ir in medias res
[6]; no podía quedarme callado, ¡mi emoción era tan grande!
»¡Oh, Fitz! Jamás olvidaré el día... el instante en que me condujeron al salón -cuanto más agitado estaba, más fuerte era el acento irlandés de Dennis; pero, por mucho que alguien de otro país perciba y repita de memoria algunas palabras, es casi imposible sostener una conversación en irlandés, así que abandonaremos cualquier intento de imitar a Dennis-. Cuando vi a la anciana señora Gam -prosiguió-mis sentimientos se desbordaron. Me tiré al suelo, señor, como si me hubiera alcanzado la bala de un mosquete.
»-Queridísima señora -exclamé-, moriré si no me entrega a Jemima.
»-¡Cielos, señor Haggarty! -contestó ella-. ¡Me coge usted por sorpresa! Castlereagh, querido sobrino, ¿no sería mejor que te marcharas? -y así lo hizo, encendiendo un puro y dejándome aún en el suelo.
»-Levántese, señor Haggarty -prosiguió la viuda-. No negaré que su fidelidad a mi hija es de lo más conmovedora, por muy repentina que haya sido su presente solicitud. No negaré que es muy posible que Jemima sienta lo mismo por usted; pero, tal como he afirmado en otras ocasiones, nunca permitiría que mi hija se casara con un católico.
»-Soy tan buen protestante como usted, señora -repliqué-; mi madre era una rica heredera, y recibimos la misma educación que ella.
»-Eso cambia las cosas -dijo, poniendo los ojos en blanco-. ¿Cómo iba a tener la conciencia tranquila viendo a mi querida hija casada con un papista? ;Cómo iba a poder llevarlo a Molloyville? Pero, una vez superado ese obstáculo, dejaré de interponerme entre dos jóvenes. Debo sacrificarme; como he hecho siempre por mi hija. Podrá ver a la infortunada, adorable y encantadora enferma, y sabrá el destino que le espera a usted de sus propios labios.
»-¿La enferma, señora? -inquirí-. ¿Es que la señorita Gam ha estado indispuesta?
»-¡Pero cómo! ¿No sabe nada? -exclamó la viuda-. ¿Acaso no ha oído hablar de la terrible enfermedad que ha estado a punto de arrebatármela? Durante nueve semanas, señor Haggarty, he estado a su lado día y noche, sin echar siquiera una cabezada..., durante nueve semanas, Jemima ha estado luchando entre la vida y la muerte; y pagué al doctor ochenta y tres guineas. Mi hija se ha restablecido; pero no es más que una ruina de la hermosa criatura que fue. El sufrimiento y, tal vez, otro desengaño -pero será mejor no mencionar eso ahora- son la causa de su desánimo. Pero le dejaré solo, e iré a preparar a mi dulce pequeña para esta visita tan singular y tan completamente inesperada.
»No le contaré lo que ocurrió entre Jemima y yo cuando me llevaron a la oscura estancia donde la pobre inválida estaba sentada; ni le describiré la emoción con que cogí su pobre y demacrada mano (después de buscarla a tientas). Ella no la retiró; salí de esa habitación prometido, señor; y ahora podía demostrarle que mi amor siempre había sido sincero, pues, tres años antes, había hecho testamento a su favor: la misma noche en que ella rechazó mi oferta de matrimonio, como usted sabe. Yo me hubiera pegado un tiro, pero me habrían declarado non compos
[7], y mi hermano Mick habría impugnado el testamento; de modo que decidí vivir, a fin de que ella pudiera beneficiarse de mi muerte. En aquella época sólo tenía mil libras; posteriormente, mi padre me legó otras dos mil. Dejé a Jemima hasta el último chelín en testamento, como puede imaginar, y puse todo a su nombre en cuanto nos casamos, lo que hicimos en seguida. Pasó algún tiempo hasta que me permitieron ver el rostro de la infortunada joven, y entonces fui verdaderamente consciente de la espantosa desgracia que ésta había sufrido. ¡Imagine mi dolor, querido amigo, cuando contemplé las ruinas de su belleza!
Había algo realmente conmovedor en la conducta de aquel valeroso muchacho, que ni una sola vez, mientras contaba su historia, pareció aludir a la posibilidad de negarse a contraer matrimonio con una mujer que ya no era la misma que él amaba; es más, seguía tan fiel a ella como cuando cayó rendido ante los mediocres y ñoños encantos de la necia señorita de Leamington. Era inhumano que un corazón tan noble como el suyo se desperdiciara entre tanta mezquina vanidad. Pero ¿era inhumano o no que siguiera engañado en su obstinada modestia, y continuara admirando a la necia y egoísta criatura que había elegido venerar?
-Me habrían nombrado cirujano mayor del regimiento muy poco después -prosiguió Dennis-, cuando lo enviaron a Jamaica, donde continúa en la actualidad. Pero mi mujer se negó en redondo a desplazarse allí, y aseguró que se le rompería el corazón si abandonaba a su madre. Así que me retiré del ejército con media paga y compré esta casita; y, por si me surgiera alguna oportunidad de ejercer la medicina..., mi nombre está en la placa de cobre, y estoy preparado para cualquier cosa. Aunque la única vez que acudieron a mí, estaba paseando a mi mujer en la calesa; y una noche, en otra ocasión, vino un mendigo con la cabeza rota. Mi mujer me regala un bebé todos los años, y no tenemos deudas; y entre usted y yo, y el correo, mientras mi suegra esté alejada de casa, me consideraré un hombre feliz.
-¡Cómo! ¿Acaso ustedes dos no se llevan bien? -inquirí.
-No puedo decir que nuestras relaciones sean buenas; somos demasiado distintos -replicó Dennis, con una débil sonrisa-. Llega a casa y lo pone todo patas arriba. Cuando viene, me veo obligado a dormir en la antecocina. No ha pagado la anualidad a su hija desde nuestro primer año de matrimonio, aunque siempre está jactándose de sus sacrificios, como si Jemima tuviera la culpa de su ruina; y además, cuando nos visita, le acompaña todo el clan de los Molloy, caballería, infantería y dragones, que se alojan con nosotros y vacían la despensa.
-Y Molloyville ¿es un lugar tan maravilloso como decía la viuda? -pregunté riendo, y no sin cierta curiosidad.
-¡Oh, sí! ¡Un lugar realmente maravilloso! -contestó Dennis-. El parque de robles tiene más de doscientos acres; no creo que haya visto jamás unas tierras mejores, pero han talado todos los árboles. Dicen que el jardín, en tiempos de los antiguos Molloy, era el más hermoso de todo el oeste de Irlanda; pero han empleado todo el cristal para reparar las ventanas de la casa, y tampoco puede culpárseles por eso. La familia recibe tres mil quinientas libras anuales de los terratenientes, pero éstas van directamente a los acreedores; además, tiene otras deudas que no puede zanjar con sus propiedades.
-Su primo político, Castlereagh Molloy, ¿no heredará una gran fortuna?
-¡Oh! Él se las arreglará -respondió Dennis-. Mientras siga teniendo crédito, no se privará de nada. Fui lo bastante necio para firmar por él en un pequeño trozo de papel y como no pudieron echarle el guante en el condado de Mayo, me detuvieron a mí aquí en Kingstown. Y fue un verdadero fastidio. ¡La señora Gam llegó a decir que yo estaba arruinando a la familia! Pagué la deuda a plazos (pues todo mi dinero está a nombre de Jemima); y Castlereagh, que es un muchacho honrado, me dijo que jamás lo olvidaría. De todos modos, no podía hacer más que eso.
-Tiene razón; y ahora, ¿son ustedes amigos?
-Sí, y también él se ha peleado con su tía; la insulta a conciencia, se lo aseguro. Dice que llevó de acá para allá a Jemima, y que la arrojó en brazos de casi todos los solteros de Inglaterra... la pobre Jemima, ¡mientras ella se consumía de amor por mí! Tan pronto como se recobró de la viruela (la había contraído en Fermoy, ¡que Dios la bendiga! ¡Ojalá hubiera estado a su lado para cuidarla!), tan pronto como se restableció, la anciana le dijo a su sobrino: «Castlereagh, ve al cuartel y averigua dónde está el Regimiento 120». Y se dirigió a Cork a toda prisa. Al parecer, mientras estuvo enferma, el amor de Jemima por mí dio muestras de ser tan apasionado que su madre se sintió abrumada, e hizo la promesa de que, si su querida hija recuperaba la salud, intentaría reunirnos de nuevo. Castlereagh afirma que nos habría seguido hasta Jamaica.
-No me cabe la menor duda -señalé.
-¿Qué mayor prueba de amor puede existir? -exclamó Dermis-. La enfermedad de mi querida pequeña y su terrible ceguera han estropeado, como es natural, su salud y su carácter. En su situación, no puede cuidar de los niños, que están casi siempre a mi cargo; y su humor es bastante inestable, no puedo negarlo. Pero es una criatura sensible, refinada y elegante, y es natural que a menudo se sienta irritada con alguien tan torpe como yo.
Dennis se despidió entonces de mí, diciendo que había llegado la hora de pasear a los niños; y creo que su historia puede servir de interesante reflexión a todos los solteros que estén a punto de cambiar su estado civil, o puede consolar a aquellos otros que se lamenten de su celibato. Cásense, caballeros, si así lo desean; cambien su cómoda cena en el club por carne de cordero fría y papillotes
[8] en su casa; abandonen sus libros o placeres y dedíquense a sus mujeres y a sus hijos; pero antes medítenlo bien, como estoy seguro de que harán después de este consejo y de este ejemplo. Un consejo es siempre útil en los asuntos amorosos; los hombres siempre lo atienden; y siempre siguen las opiniones de los demás, no las suyas. Y siempre sacan provecho de un ejemplo. Cuando ven a una hermosa mujer y sienten cómo les invade la encantadora locura del amor, siempre se detienen a calcular el carácter y el dinero de la amada, su propio dinero o idoneidad para la vida conyugal... Ja, ja, ja! Dejemos ya de decir tonterías. He estado enamorado cuarenta y tres veces de mujeres de toda clave y condición, y me habría casado en todas esas ocasiones si me hubieran dejado. ¿Cuántas esposas tuvo el rey Salomón, el más sabio de los hombres? ¿Y no es su vida una advertencia de que el Amor es dueño de los más sabios? Sólo los necios lo desafían.
Debo llegar, sin embargo, a la parte final y quizá más triste de la historia del pobre Denny Haggarty. Me encontré con él una vez más, y en unas condiciones que me decidieron a escribir este relato.
El pasado mes de junio me encontraba por casualidad en Richmond, un pequeño y encantador lugar de retiro; y allí, tomando el sol en la terraza, estaba mi viejo amigo del Regimiento 120: parecía más viejo, delgado, pobre y abatido que nunca.
-¡Pero cómo! ¿Ha dejado usted Kingstown? -le pregunté, estrechando su mano.
-Sí -me respondió.
-Y su mujer y sus hijos ¿están en Richmond?
-No -contestó, moviendo tristemente la cabeza; y los ojos hundidos de mi infortunado amigo se llenaron de lágrimas.
-¡Cielos, Denny! ¿Qué ocurre? -exclamé, sin que él dejara de apretar fuertemente mi mano.
-¡Me han ABANDONADO! -gritó desesperado, con un espantoso lamento que pareció salir del fondo de su alma-. ¡Me han abandonado! -repitió, desplomándose en una silla, cerrando sus enormes puños y agitando con vehemencia sus delgados brazos-. He aprendido mucho, señor Fitz-Boodle. Jemima me ha dejado y, sin embargo, ¡usted sabe cuánto la amaba y lo felices que éramos! No tengo a nadie; pero pronto moriré, es un consuelo. ¡Y pensar que es ella, después de todo, la que va a matarme!
La historia, que me contó en medio de unos lamentos salvajes y violentos -que los hombres de nuestro país, mucho más fríos e impasibles, serían incapaces de proferir, y que no me agrada en absoluto recordar ahora-, era muy sencilla. La suegra había tomado posesión de su hogar y lo había expulsado de él. Todos sus bienes estaban a nombre de su mujer. Ella nunca lo había amado y, después de contarle ese secreto, lo había echado de casa con su desprecio egoísta y su mal humor. El hijo había muerto; las hijas, añadió, estaban mejor creciendo entre los Molloy que a su lado; de modo que se hallaba completamente solo en el mundo, viviendo, o más bien muriendo, con cuarenta libras anuales.
Es muy posible que sus sufrimientos hayan terminado ya para siempre. Las dos insensatas culpables de su desdicha jamás leerán esta historia, jamás leen historias irreverentes en las revistas; me gustaría, honrado lector, que usted y yo visitáramos la iglesia con tanta asiduidad como ellas. Esas personas no son malvadas a causa de sus prácticas religiosas, sino a pesar de ellas. Son demasiado necias para comprender la humildad, demasiado ciegas para percibir un corazón tierno y sencillo bajo un pecho torpe y desgarbado. Están convencidas de que han observado siempre una conducta intachable con mi pobre amigo, y de que han hecho gala de la mayor virtud cristiana. Los amigos de la mujer de Haggarty la consideran una mártir de su brutal marido, y su madre es el ángel que acudió a rescatarla. Lo único que hicieron fue engañarlo y abandonarlo. Y, a salvo, en esa maravillosa autocomplacencia, característica de los necios e insensatos de este mundo, no sienten el menor remordimiento de conciencia por lo malvadas que han sido con él, y consideran su crueldad una prueba y una consecuencia de su piedad y de su virtud sin mancha

N.del A.:
[1] Gammon significa «jamón»; juego de palabras entre el apellido Gam y Ham (jamón)
[2] Joyas antiguas que ceñían la frente.

[3] Para dar una idea de la exagerada pronunciación de la señora Haggarty cuando trata de hablar como una elegante dama inglesa, el autor escribe I-a-land (Ireland), ba'ba'ous (barbarous), shuah (sure), waine (wine), aice (ice), etc.
[4] Entre 1742 y 1803, los Jardines de Ranelagh rivalizaron con los de Vauxhall como lugar de recreo para los londinenses. Además de servirse comidas y bebidas, se celebraban conciertos, mascaradas, exposiciones, fuegos artificiales, etc. Tenían una famosa rotonda en el centro (no muy diferente del Albert Hall) y un pabellón veneciano en medio de un lago
[5] El personaje del tejedor en Sueño de una noche de verano, de Shakespeare.

[6] Directamente a la cuestión
[7] Loco, débil mental
[8] Rizos de pelo formados y sujetos con un papel.

ENTRE LO GOTICO Y LO VICTORIANO // CUENTOS DE AMOR // POR FIN SE HACE JUSTICIA // ELIZABETH GASKELL

ELIZABETH GASKELL (1810-1865)


Nació en Londres y, al morir su madre, fue educada por una tía en un pequeño pueblo de Cheshire. En 1832 contrajo matrimonio con William Gaskell, ministro de la Iglesia Unitaria. La pareja se estableció en Manchester, entonces una ciudad superpoblada y socialmente conflictiva, en los inicios de la revolución industrial. Durante algunos años, Elizabeth Gaskell se dedicó por completo a su familia y a las tareas propias de la esposa de un pastor. No inició su carrera literaria hasta 1845, como terapia contra la depresión que le produjo la temprana muerte de su hijo William. En 1948 apareció su primera novela, Mary Barton, que obtuvo un éxito inmediato. Charles Dickens la invitó a colaborar en su revista Household Words, donde, además de innumerables relatos breves, publicó Cranford en 1853. La Vida de Charlotte Brontë, una de las biografías más destacadas del siglo XIX (y que le encargó personalmente Patrick Brontë, padre de la famosa escritora), apareció en 1857. Elizabeth Gaskell escribió tanto obras que reflejan sus preocupaciones sociales y morales -Ruth (1853), North and South (1855)- como novelas de tono más intimista: Los amores de Sylvia (1863) o Hijas y esposas, que dejaría inacabada a su muerte, en 1865. «Por fin se hace justicia» (Right at Last) apareció por primera vez en Household Words el 27 de noviembre de 1858, con el título de «El pecado de un padre» (The Sin of a Father). Más tarde se publicaría en el volumen de relatos Right at Last and Other Stories (Strahan, 1867).


Por fin se hace justicia


El doctor Brown era pobre y tenía que abrirse camino en la vida. Había ido a estudiar medicina en Edimburgo, y su entrega, aptitudes y buena conducta habían hecho que los profesores se fijaran en él. En cuanto lo conocían las damas de sus familias, la figura atractiva y los modales encantadores del joven le convertían en el favorito de todas; y quizá ningún otro estudiante recibía tantas invitaciones a veladas y bailes, o era elegido con tanta frecuencia para ocupar el lugar que había quedado vacante a última hora en una mesa. Nadie sabía quién era, o de dónde venía; pues no tenía familia cercana, como había explicado él en un par de ocasiones; así que ningún pariente de humilde cuna o baja condición podía importunarle. Cuando llegó a la universidad, estaba de luto por su madre.
Margaret, la sobrina del profesor Frazer, recordó esto a su tío una mañana en su estudio, mientras le contaba con voz suave y decidida que, la noche anterior, el doctor James Brown le había pedido que se casara con él... que ella había aceptado... y que él pensaba visitar al profesor Frazer (que, además de tío, era su tutor) esa misma mañana, a fin de obtener su consentimiento para el compromiso. El profesor fue absolutamente consciente, por la actitud de Margaret, de que su aprobación no era más que una mera formalidad, pues la joven ya había tomado la decisión; y había tenido más de una oportunidad para comprobar lo testaruda que ella podía llegar a ser. No obstante, corría la misma sangre por sus venas, y él defendía sus opiniones con el mismo empecinamiento. De ahí que, con frecuencia, tío y sobrina discutieran con cierta crudeza sin cambiar ni un ápice sus respectivas opiniones. Precisamente esta vez, el profesor Frazer no podía callarse.
-Entonces, Margaret, te instalarás discretamente como una mendiga, pues ese joven Brown apenas tiene dinero para poder contraer matrimonio; tú, que podrías ser lady Kennedy si quisieras.
-No podría, tío.
-¡No digas tonterías, niña! Sir Alexander es un hombre muy agradable... de mediana edad, si quieres... Pero supongo que una mujer obstinada tiene que salirse con la suya; aunque, si yo hubiera sabido que ese joven entraba en mi casa a hurtadillas para conseguir por medio de halagos que le quisieras, me habría asegurado de que estuviera a suficiente distancia para que tu tía no le invitara a cenar. Sí, puedes refunfuñar; pero ningún caballero habría venido a mi casa para conquistar el cariño de mi sobrina sin informarme antes de sus intenciones y pedirme permiso.
-El doctor Brown es un caballero, tío Frazer, piense lo que piense de él.
-Eso crees... eso crees. Pero, ¿a quién le importa la opinión de una jovencita locamente enamorada? Es un muchacho guapo y persuasivo, con buenos modales. Y no pretendo negar su talento. Pero hay algo en él que nunca me ha gustado, y ahora entiendo por qué. Y sir Alexander... ¡Está bien, está bien! Tu tía se sentirá decepcionada contigo, Margaret Pero siempre has sido una criatura obstinada. ¿Te ha contado alguna vez ese Jamie Brown quiénes eran sus padres, a qué se dedicaban o de dónde viene? Y no pregunto por sus antepasados, no tiene aire de haberlos tenido nunca; y tú, ¡una Frazer de Lovat! ¡Vergüenza debiera darte, Margaret! ¿Quién es ese Jamie Brown?
-James Brown, doctor en medicina por la Universidad de Edimburgo: un joven bueno e inteligente, a quien quiero con todo el alma -respondió Margaret, enrojeciendo.
-¡Vaya! ¿Te parece que es forma de hablar para una jovencita? ¿De dónde procede? ¿Quiénes son sus parientes? Si no me da suficiente información sobre su familia y sus perspectivas, le echaré fuera de esta casa, Margaret; puedes estar segura.
-Tío -sus ojos estaban llenos de lágrimas de indignación-, soy mayor de edad; usted sabe que es bueno e inteligente; de otro modo, no le habría invitado tan a menudo a su casa. Me caso con él, no con su familia. Es huérfano. No creo que siga en contacto con ningún pariente. No tiene hermanos ni hermanas. Me da igual su procedencia.
-¿Qué era su padre? -inquirió el profesor Frazer con frialdad.
-No lo sé. ¿Por qué he de husmear en los detalles de su familia, y preguntar quién era su padre, cuál era el nombre de soltera de su madre y cuándo se casó su abuela?
-Sin embargo, recuerdo haber oído a Margaret Frazer hablar en favor de una larga línea de respetables antepasados.
-Había olvidado los nuestros, supongo, cuando pronuncié esas palabras. Simon, lord Lovat, ¡un encomiable tío abuelo de los Frazer! Si las historias son ciertas, debería haber sido ahorcado por delincuente, y no decapitado como un caballero leal.
-¡Oh! Si estás decidida a ensuciar tu propio nido, he terminado. Que entre James Brown; me inclinaré ante él y le daré las gracias por dignarse contraer matrimonio con una Frazer.
-Tío -dijo Margaret, llorando a lágrima viva-, ¡no quiero que nos separemos enfadados! Los dos nos queremos mucho. Ha sido usted muy bueno conmigo, y la tía también. Pero he dado mi palabra al doctor Brown, y debo mantenerla. Le amaría aunque fuera el hijo de un campesino. No esperamos ser ricos; pero él tiene ahorrados algunos cientos de libras para empezar, y yo tengo mis cien libras anuales...
-Bueno, bueno, niña, ¡no llores! Lo has dispuesto todo, al parecer; así que me lavo las manos. Me eximo de cualquier responsabilidad. Le contarás a tu tía lo que has acordado con el doctor Brown sobre vuestra boda; y haré lo que desees en este asunto. Pero ¡que no entre ese joven a pedirme el consentimiento! Ni se lo daré, ni se lo quitaré. Las cosas habrían sido muy diferentes si se hubiera tratado de sir Alexander.
-¡Oh, tío Frazer! ¡No diga usted eso! Reciba al doctor Brown y, por lo menos... hágalo por mí... dígale que está de acuerdo. ¡Déjeme que sea un poco suya! Es tan triste decidir sola en un momento así, como si no tuviera familia y nadie se preocupara de mí.
Abrieron la puerta de golpe y anunciaron al doctor Brown. Margaret se marchó a toda prisa; y, antes de que pudiera darse cuenta, el profesor había dado una especie de consentimiento sin preguntar nada al afortunado joven, que corrió a buscar a su prometida y dejó al tío rezongando.
Lo cierto es que el profesor Frazer y su mujer se oponían tan enérgicamente al compromiso de Margaret que no podían evitar que se notara tanto en su actitud como en lo que ésta sugería; aunque tenían la delicadeza de guardar silencio. Pero Margaret percibía incluso con más intensidad que su prometido que éste no era bienvenido en la casa. La alegría que le producían sus visitas se veía anulada por el sentimiento de frialdad con que era recibido, y cedió de buena gana al deseo del doctor Brown de que el noviazgo fuera corto; lo que no era en absoluto su plan inicial: esperar hasta que él tuviera una consulta en Londres y sus ingresos convirtieran el matrimonio en un paso prudente. El profesor Frazer y su mujer ni se opusieron ni lo aprobaron. Margaret hubiera preferido la oposición más vehemente a aquella gélida frialdad. Pero ésta la hizo volverse con mayor cariño hacia su afectuoso y comprensivo enamorado. No es que hubiera hablado con él sobre el comportamiento de sus tíos. Mientras no pareciera darse cuenta de éste, no le diría nada. Además, el profesor y su mujer llevaban tanto tiempo ocupándose de ella como unos padres que no se creyó con derecho a dejar que un extraño los enjuiciara.
De modo que realizó más bien con tristeza los preparativos de su futuro ménage con el doctor Brown, sin poder beneficiarse de la sabiduría y experiencia de su tía. Pero Margaret era una joven sensata y prudente. A pesar de gozar de unas comodidades muy cercanas al lujo en casa de su tío, podía prescindir de ellas sin pesar si era necesario. Cuando el doctor Brown partió a Londres para buscar y preparar su nuevo hogar, ella le pidió que sólo hiciera los arreglos más imprescindibles para recibirla. Se ocuparía personalmente de organizar lo que faltaba a su llegada. Él tenía algunos muebles viejos de su madre en un almacén. Le propuso venderlos para comprar otros nuevos, pero Margaret le convenció de que no lo hiciera; los aprovecharían mientras durasen. El servicio doméstico de los recién casados iba a consistir en una mujer escocesa que llevaba mucho tiempo vinculada a la familia Frazer, y que sería la única criada, y en un hombre que el doctor Brown había contratado en Londres, poco después de instalarse en la casa... un hombre llamado Crawford que había vivido muchos años con un caballero ahora residente en el extranjero, que le había dado la mejor de las recomendaciones cuando el doctor Brown le preguntó por él. Crawford había realizado los trabajos más variados para ese caballero, así que sabía hacer de todo; y el doctor Brown, en todas sus cartas a Margaret, tenía alguna nueva maravilla que contar de su criado. Y se explayaba en ellas con entusiasmo, pues la joven había puesto ligeramente en duda la conveniencia de empezar su vida con un criado; aunque se había dejado convencer por los argumentos del doctor Brown sobre la necesidad de tener una apariencia respetable, ofrecer una buena imagen, etc... ante cualquier persona necesitada de acudir a su consulta, que pudiera desanimarse al ver a la anciana Christie fuera de la cocina, y se negara a dejar algún recado en manos de una persona que hablase un inglés tan ininteligible. Crawford era tan buen carpintero que podía poner baldas, ajustar bisagras defectuosas, arreglar cerraduras, e incluso llegó a construir una caja con algunos tablones viejos de un cajón de embalaje. Crawford, un día en que su señor había estado demasiado ocupado para salir a cenar, había improvisado una tortilla tan deliciosa como cualquiera de las que el doctor Brown había probado en París cuando estudiaba allí. En pocas palabras, Crawford, a su modo, era una especie de Admirable Crichton
*, y Margaret se convenció de que la decisión del doctor Brown de tener un criado era correcta, incluso antes de ser recibida respetuosamente por Crawford, cuando éste abrió la puerta de su nuevo hogar a los recién casados después de su breve luna de miel.
El doctor Brown tenía miedo de que Margaret encontrara la casa triste e inhóspita en aquel estado a medio amueblar; pues había seguido sus instrucciones y sólo había comprado lo imprescindible, aparte de las pocas cosas que había heredado de su madre. Su consulta (¡qué grandilocuente sonaba!) estaba en perfecto orden, preparada para recibir a los pacientes que pasaran por allí; y todo estaba calculado para causar una buena impresión. Había una alfombra turca que había pertenecido a su madre, y que estaba lo bastante gastada para tener ese aire de respetabilidad que adquiere el mobiliario cuando no parece recién comprado sino una herencia familiar. Y esa atmósfera impregnaba toda la estancia: la mesa de la biblioteca (comprada de segunda mano, debe confesarse), el escritorio (que había sido de su madre), las sillas de cuero (tan heredadas como la mesa de la biblioteca), las estanterías que Crawford había colocado para los libros de medicina, un buen grabado en las paredes, convertían la habitación en un lugar tan agradable que tanto el doctor como la señora Brown pensaron, por lo menos aquella noche, que la pobreza ofrecía las mismas comodidades que la opulencia. Crawford se había tomado la libertad de poner algunas flores en el cuarto -su humilde modo de dar la bienvenida a la señora-, flores tardías de otoño, mezclando la idea del verano con la del invierno, que latía en el brillante fuego de la chimenea. Christie les subió unos deliciosos bollos con el té; y la señora Frazer había suplido su falta de cordialidad, lo mejor que pudo, con una provisión de mermelada y piernas de cordero. El doctor Brown no se quedó tranquilo hasta que no enseñó a Margaret, con voz lastimera, todas las habitaciones que quedaban por amueblar... todo lo que faltaba por hacer. Pero la joven se rió de su temor de que ella se sintiera decepcionada con su nuevo hogar; y afirmó que nada le agradaría tanto como planificar y arreglar su interior, y que, con su habilidad para la tapicería y la de Crawford para la carpintería, los cuartos se amueblarían casi por arte de magia, sin que llegara ninguna factura, algo normalmente vinculado al confort. Pero con la mañana y la luz del día volvió la preocupación del doctor Brown. Veía y deploraba todas las grietas del techo, todas las pequeñas manchas del empapelado, y no por él sino por Margaret. No podía dejar de comparar el hogar que él le había ofrecido con el que ella había abandonado. Parecía tener constantemente miedo de que ella se hubiese arrepentido o se arrepintiera de haberse casado con él. Aquella inquietud enfermiza era el único inconveniente de su inmensa felicidad; y, para ponerle fin, Margaret se vio inducida a gastar más de lo que se había propuesto en un principio. Compraba este artículo en lugar de aquél porque su marido, si la acompañaba, parecía sumamente desgraciado si sospechaba que ella se privaba del menor deseo por ahorrar. La joven aprendió a eludir su compañía al salir de compras; pues le resultaba muy sencillo elegir el objeto más barato, aunque fuera el más feo, si estaba sola, y no tenía que soportar la mirada de mortificación de su marido cuando le decía tranquilamente al vendedor que no podía permitirse comprar esto o aquello. Al salir de una tienda después de una escena así, el doctor Brown le había dicho:
-¡Oh, Margaret! No debería haberme casado contigo. Tienes que perdonarme... Te quiero tanto.
-¿Perdonarte, James? -exclamó ella-. ¿Por hacerme tan feliz? ¿Qué te hace pensar que me gusta más el reps que el otomán? No vuelvas a hablar así, te lo ruego.
-¡Oh, Margaret! Pero no olvides que te he pedido que me perdones.
Crawford era todo lo que él le había prometido, y más de lo que podía desear. Era la mano derecha de Margaret en todos sus pequeños planes domésticos, lo que de algún modo irritaba bastante a Christie. La enemistad entre los dos criados era sin duda lo más incómodo de su vida hogareña. Crawford se sentía superior porque conocía mejor Londres, porque disfrutaba del favor de la señora en el piso de arriba, porque estaba en su poder ayudarla, lo que suponía gozar del privilegio de ser consultado con frecuencia. Christie estaba siempre suspirando por Escocia y lanzando indirectas sobre el modo en que Margaret descuidaba a una persona que la había seguido a un país extranjero, para convertir en su favorito a un desconocido que, además, no era trigo limpio, aseguraba a veces. Pero como nunca esgrimió la menor prueba de sus vagas acusaciones, Margaret prefirió no hacerle preguntas, y las atribuyó a los celos de su compañero, que ella se esforzaba por paliar. Por lo general, sin embargo, las cuatro personas que formaban aquella familia convivían en tolerable armonía. El doctor Brown estaba más que satisfecho con su casa, con sus criados, con sus perspectivas profesionales y, sobre todo, con su pequeña y animosa mujer. A Margaret, de vez en cuando, le sorprendían ciertos estados de ánimo de su marido; pero esto no debilitaba su cariño, sino que despertaba su compasión por lo que ella creía recelos y sufrimientos patológicos; se trataba de una compasión dispuesta a convertirse en simpatía, tan pronto como pudiera descubrir alguna causa real que justificara aquel abatimiento que en ocasiones le invadía. Christie no fingía que Crawford le disgustaba, pero, como Margaret se negaba a escuchar sus protestas y sus quejas sobre el asunto, y el propio Crawford estaba deseoso de conseguir que la anciana escocesa tuviera una buena opinión de él, no llegó a producirse ninguna ruptura entre ambos. Grosso modo, el famoso y afortunado doctor Brown parecía el miembro más atribulado de la familia. Y no podía deberse a cuestiones económicas. Por uno de esos golpes de suerte que a veces allanan las dificultades de un hombre y lo conducen a un lugar seguro, había progresado mucho en su profesión; y probablemente sus ingresos por el ejercicio de la medicina confirmaban las expectativas que Margaret y él habían concebido en los momentos más optimistas.
Pero debo extenderme más en este asunto.
Margaret tenía una renta de algo más de cien libras anuales. A veces sus dividendos habían ascendido a ciento treinta o ciento cuarenta libras; pero no se atrevía a confiar en ello. Al doctor Brown le quedaban mil setecientas libras de las tres mil que le había dejado su madre; y aún tenía que pagar parte del mobiliario, ya que, a pesar de la insistencia de Margaret, no les habían enviado todas las facturas en el momento de la compra. Éstas llegaron una semana antes de que se produjeran los sucesos que voy a relatar. Por supuesto su importe era más elevado de lo que incluso la prudente Margaret había esperado, y se sintió algo preocupada al ver lo mucho que les costaría liquidar la deuda. Pero, por extraño y contradictorio que pueda parecer, y tal como había observado a menudo, ninguna causa real de inquietud o decepción parecía afectar la alegría de su marido. Se rió de su consternación, hizo tintinear la recaudación del día en sus bolsillos, la contó delante de ella, y calculó sus probables ingresos anuales basándose en ese día Margaret cogió las guineas y las llevó en silencio a su secrétaire del piso de arriba; pues había aprendido el difícil arte de disimular sus preocupaciones domésticas en presencia de su marido. Cuando regresó, se mostró animada, aunque seria El doctor Brown había cogido las facturas en su ausencia y las había sumado.
-Doscientas treinta y seis libras -dijo retirando las cuentas, a fin de dejar sitio para el té que les traía Crawford-. Tampoco es tanto. Pensé que sería mucho más. Mañana iré a la City y venderé algunas acciones para que tu pobre corazoncito se tranquilice. Y no me pongas menos azúcar en el té esta noche para ayudar al pago de esas facturas. Es mejor ganar que ahorrar, y estoy ganando a una notoria velocidad. Sírveme un buen té, Maggie, pues he tenido un buen día de trabajo.
Estaban sentados en la consulta del doctor Brown con el fin de ahorrar combustible. Para aumentar el desasosiego de Margaret, aquella noche la chimenea humeaba. Se había mordido la lengua para no decir nada al respecto, pues recordaba el viejo refrán sobre una chimenea humeante y una mujer gruñona; pero estaba demasiado irritada por las bocanadas de humo que llegaban hasta su bonita labor blanca, y pidió a Crawford, en un tono más severo de lo habitual, que se ocupara de avisar a un deshollinador. A la mañana siguiente, todo parecía haberse arreglado. El doctor Brown la había convencido de que su situación financiera continuaba siendo buena, el fuego ardía alegremente mientras desayunaban, y el sol brillaba de modo inusitado en las ventanas. A Margaret le sorprendió oír que Crawford no había podido encontrar a nadie que limpiase la chimenea esa mañana, pero éste le comunicó que había tratado de colocar mejor el carbón para que, al menos ese día, su señora no sufriera ninguna molestia; a la mañana siguiente, conseguiría sin falta un deshollinador. Margaret le dio las gracias y aprobó su plan de hacer una limpieza general del cuarto; y lo hizo en seguida, pues era consciente de que le había hablado con dureza la noche anterior. Decidió pagar todas las facturas y hacer algunas visitas un poco alejadas a la mañana siguiente; y su marido prometió ir a la City y proporcionarle el dinero.
Así lo hizo. Le mostró los billetes aquella tarde y los guardó bajo llave en su escritorio durante la noche: y, por la mañana, ¡los billetes habían desaparecido! Habían desayunado en la salita trasera o comedor a medio amueblar. Una mujer de la limpieza se hallaba fregando la sala delantera después de la marcha de los deshollinadores. El doctor Brown se dirigió a su escritorio, y salió del comedor cantando una vieja melodía escocesa Tardaba tanto en regresar que Margaret fue a buscarlo. Lo encontró sentado en la silla más cercana al escritorio, con la cabeza apoyada en él; y su actitud revelaba el más profundo abatimiento. No pareció oír los pasos de Margaret, mientras ella se abría camino entre las alfombras enrolladas y la pila de sillas. Se vio obligada a tocarle en el hombro antes de conseguir que se moviera.
-¡James, James! -exclamó asustada.
Él la miró casi como si no la conociera.
-¡Oh, Margaret! -dijo, y cogió sus manos y escondió el rostro en su cuello.
-¿Qué ocurre, amor mío? -preguntó la joven, pensando que había enfermado de repente.
-Alguien ha abierto mi escritorio ayer por la noche -gimió sin levantar la mirada ni hacer el menor movimiento.
-Y ha cogido el dinero -añadió Margaret, comprendiendo al instante lo ocurrido.
Era un golpe muy duro; una gran pérdida, mucho mayor que las escasas libras que, en las facturas, habían excedido sus cálculos... y, sin embargo, tenía la sensación de que podía sobrellevarla mejor.
-¡Vaya por Dios! -prosiguió-. Es terrible; pero, después de todo... ¿sabes? -dijo, tratando de levantarle la cabeza para infundirle con la mirada todo el aliento de sus ojos dulces y sinceros-. Al principio creí que estabas gravemente enfermo, y las incertidumbres más espantosas pasaron por mi imaginación... Me siento tan aliviada de que sólo sea cuestión de dinero...
-!Sólo dinero! -repitió él tristemente, rehuyendo su mirada, como si no pudiera soportar que viera cuánto le dolía.
-Después de todo -exclamó animada-, no puede haber ido muy lejos. Ayer por la noche, estaba aquí. El deshollinador... tenemos que enviar a Crawford inmediatamente a la policía. ¿No anotaste la numeración de los billetes? -preguntó mientras tocaba la campanilla.
-No; sólo iban a estar una noche en nuestro poder -señaló.
-Tienes razón.
La mujer de la limpieza apareció en la puerta con su cubo de agua caliente. Margaret observó su rostro, como si quisiera leer en él culpabilidad o inocencia. Era una protegida de Christie, que no era nada propensa a pronunciarse a favor de otra persona, y sólo lo hacía si tenía buenos motivos; una viuda honrada y decente con una familia numerosa que mantener... o al menos eso le habían contado a Margaret cuando la contrató, y parecía ser cierto. A pesar de su traje mugriento -pues no podía gastar tiempo ni dinero en su limpieza-, tenía una tez saludable y cuidada, un aire franco y eficiente, y no pareció inmutarse ni sorprenderse al ver al doctor y a la señora Brown en medio de la habitación, perplejos y afligidos. Continuó su trabajo sin prestarles la menor atención. Las sospechas de Margaret recayeron con más fuerza sobre el deshollinador; pero no podía andar muy lejos, los billetes no podían haber entrado en circulación. Un hombre así no podía haber gastado esa suma en tan poco tiempo; y la recuperación del dinero era su primer y único objetivo. Apenas pensaba en las obligaciones posteriores, como la persecución del delincuente y otras consecuencias del delito. Mientras ella concentraba todas sus energías en la rápida recuperación del dinero, revisando mentalmente los pasos que debían dar, su marido seguía completamente desmadejado en la silla, incapaz de colocar sus miembros en una posición que exigiera el menor esfuerzo; su rostro hundido, desconsolado, anunciaba esas arrugas que un disgusto repentino marca en los semblantes más jóvenes y tersos.
-¿Dónde estará Crawford? -dijo Margaret, tocando la campanilla de nuevo con vehemencia-. ¡Oh, Crawford! -exclamó al verlo aparecer por la puerta.
-¿Ha ocurrido algo? -interrumpió él, como si la violencia de sus llamadas lo hubiera alarmado hasta hacerle perder su calma habitual-. Había ido a la vuelta de la esquina con la carta que el señor me dio ayer por la noche para el correo y, al volver, me ha dicho Christie que habían tocado la campanilla para que subiera, señora. Le ruego que me disculpe, pero he venido corriendo -y lo cierto es que jadeaba y parecía muy apesadumbrado.
-¡Oh, Crawford! Me temo que el deshollinador ha abierto el escritorio de mi marido, y se ha llevado todo el dinero que guardó ayer por la noche. En cualquier caso, ha desaparecido. ¿Le ha dejado en algún momento solo en la habitación?
-No podría asegurarlo, señora; es posible. Sí, creo que sí. Ahora lo recuerdo... tenía que hacer mi trabajo, y pensé que la mujer de la limpieza habría venido; me fui a la antecocina, y más tarde vino Christie, quejándose del retraso de la señora Roberts; y entonces me di cuenta de que el deshollinador se había quedado solo. Pero ¡qué barbaridad, señora! ¿Quién iba a pensar que era un ser tan depravado?
-¿Cómo conseguiría abrir el escritorio? -preguntó Margaret, volviéndose hacia su marido-. ¿Estaba rota la cerradura?
El se levantó, como si despertara de un sueño.
-¡Sí! ¡No! Supongo que ayer por la noche giré la llave sin mirar. Esta mañana encontré el escritorio cerrado, pero no con llave, y habían forzado la cerradura.
El doctor Brown volvió a sumirse en un silencio aletargado y meditabundo.
-De todos modos, no sirve de nada que perdamos el tiempo con estas preguntas. Vaya tan rápido como pueda a buscar a un policía, Crawford. Sabe el nombre del deshollinador, ¿verdad? -inquirió Margaret cuando el criado se disponía a abandonar la estancia.
-No sabe cuánto lo lamento, señora, pero me puse de acuerdo con el primero que pasó por la calle. Si hubiera sabido...
Pero Margaret se había dado la vuelta con un gesto de impaciencia y de desesperación. Crawford se marchó, sin añadir nada, en busca de un policía.
La joven intentó en vano convencer a su marido para que probara el desayuno; lo único que quiso tomar fue una taza de té, que bebió a grandes tragos para aclararse la garganta cuando oyó la voz de Crawford invitando a pasar al policía.
El agente escuchó todo y dijo muy poco. Después vino el inspector. El doctor Brown dejó las explicaciones en manos de Crawford que, al parecer, estaba encantado. Margaret se sentía terriblemente inquieta y abatida por la impresión que el robo había causado en su marido. La posible pérdida de esa cantidad era ya algo suficientemente malo; pero permitir que le afectara hasta minar su fortaleza y destruir cualquier impulso de esperanza reflejaba una debilidad de carácter que hizo comprender a Margaret que, aunque no deseaba definir sus sentimientos ni el origen de ellos, si juzgaba a su marido por la actuación de aquella mañana, debía aprender a no confiar más que en sí misma en caso de emergencia. El inspector se volvió repetidas veces hacia el doctor y la señora Brown para escuchar sus respuestas. Fue Margaret quien contestó siempre con frases breves y escuetas, muy diferentes de las largas y enrevesadas explicaciones de Crawford.
Finalmente, el inspector quiso hablar a solas con ella. La joven le siguió a la otra sala, dejando atrás al ofendido Crawford y a su afligido esposo. El inspector dirigió una severa mirada a la mujer de la limpieza, que proseguía sus fregoteos sin inmutarse, le ordenó que saliera, y después preguntó a Margaret de dónde era su criado, cuánto tiempo llevaba con ellos y muchas otras cuestiones que mostraban el rumbo que habían tomado sus sospechas. Margaret se sintió sumamente sorprendida; pero respondió con prontitud a todas sus preguntas y, cuando terminó, observó con atención el rostro del inspector y esperó a que éste confirmara sus sospechas.
El policía -sin decir nada, no obstante- regresó delante de ella a la otra habitación. Crawford se había marchado y el doctor Brown trataba de leer el correo de la mañana (que acababa de llegar); pero sus manos temblaban de tal modo que era incapaz de seguir una línea
-Doctor Brown -dijo el inspector-, estoy casi convencido de que su criado ha cometido el robo. Lo juzgo así por su forma de comportarse, por su afán de contar la historia, por su modo de intentar arrojar todas las sospechas sobre el deshollinador, cuyo nombre y dirección asegura desconocer; o, al menos, eso dice. Su mujer nos ha contado que ha salido de casa esta mañana, incluso antes de ir a la policía; así que es probable que ya haya encontrado el modo de esconder o deshacerse de los billetes; y dice usted que no anotó su numeración. Aunque tal vez podamos averiguarlo.
En ese momento, Christie llamó a la puerta y, presa de una gran agitación, pidió hablar con Margaret Sacó a relucir una serie adicional de circunstancias sospechosas, ninguna de ellas demasiado grave por sí sola, pero tendentes a imputar el robo a Crawford. Temía que le reprocharan culpar a su compañero de trabajo, y se sorprendió al comprobar lo atentamente que el inspector escuchaba sus palabras. Esto la animó a contar numerosas anécdotas, todas ellas en contra de Crawford, que había preferido ocultar a sus señores por temor a que la consideraran celosa o pendenciera.
-No existe la menor duda sobre el camino a seguir -dijo el inspector, cuando Christie terminó su relato-. Usted, señor, tiene que entregarnos a su criado. Lo llevaremos inmediatamente ante el juez de guardia. Y existen pruebas suficientes para encarcelarlo una semana; durante ese tiempo, quizá descubramos el paradero de los billetes y logremos atar cabos.
-¿Debo denunciarle? -preguntó el doctor Brown, con una palidez casi cadavérica-. Reconozco que es una grave pérdida de dinero para mí; pero luego vendrán los gastos del juicio... la pérdida de tiempo... el...
Se detuvo. Vio clavados en él los ojos indignados de su mujer, y apartó su mirada de inconsciente reproche.
-Sí, inspector -dijo-. Lo entregaré a la policía. Hagan lo que quieran. Hagan lo que crean oportuno. Por supuesto, asumo las consecuencias. Asumimos las consecuencias, ¿verdad Margaret? -habló en un tono muy bajo y nervioso que su mujer prefirió ignorar.
-Díganos exactamente qué hemos de hacer -exclamó ella con frialdad, dirigiéndose al inspector.
Él le dio las indicaciones necesarias para que se presentaran en la comisaría y llevaran a Christie en calidad de testigo, y luego se marchó para encargarse de Crawford.
A Margaret le sorprendió ver lo tranquila y pacíficamente que arrestaban al criado. Esperaba oír un escándalo en la casa, o que Crawford, alarmado, hubiera huido antes. Pero, cuando sugirió esto último al policía, éste sonrió y le dijo que, nada más oír la acusación del agente de guardia, había apostado a un oficial detective cerca de la casa para vigilar todas las entradas y salidas; de modo que no habrían tardado en descubrir el paradero de Crawford si éste hubiera intentado escapar.
La atención de Margaret se centró entonces en su marido. El doctor Brown ultimaba rápidamente sus preparativos para salir a visitar a sus pacientes, y era ostensible que no deseaba conversar con ella sobre lo sucedido. Le prometió volver hacia las once; pues el inspector les había asegurado que, hasta esa hora, su presencia no sería requerida. En una o dos ocasiones, el doctor pareció murmurar para sí: «¡Qué lamentable asunto!». Y Margaret no pudo sino estar de acuerdo; y, ahora que había pasado la necesidad apremiante de hablar y actuar, empezó a pensar que debía de tener un corazón muy duro... incapaz de sentir como los demás; pues no había sufrido como su marido al descubrir que el criado al que consideraban un amigo y al que creían sinceramente preocupado por su bienestar era, con toda probabilidad, un vil ladrón. Recordó todos los bonitos detalles que había tenido con ella, desde el día en que, con unas humildes flores, le había dado la bienvenida a su nuevo hogar hasta la víspera, cuando, al verla fatigada, le había preparado espontáneamente una taza de café... como sólo él sabía prepararla. ¡Cuántas veces se había preocupado de traer ropa seca para su marido! ¡Qué ligero era su sueño por las noches! ¡Cuán grande su diligencia por las mañanas! No era de extrañar que su esposo lamentara tanto el descubrimiento de la traición de su criado. El problema lo veía en ella misma, una mujer cruel y egoísta, más preocupada por la recuperación del dinero que por el terrible desengaño, si se probaba la acusación contra Crawford.
A las once en punto, el doctor Brown regresó con un carruaje. Christie había considerado que comparecer en una comisaría era una ocasión digna de sus mejores galas, y estaba todo lo elegante que le permitía su vestuario. Pero Margaret y su marido estaban tan pálidos y entristecidos como si fueran los acusados, en vez de los denunciantes.
El doctor Brown no se atrevió a mirar a Crawford mientras el primero se sentaba en el banquillo de testigos y el segundo, en el de acusados. Margaret tuvo el convencimiento, sin embargo, de que Crawford hacía todo lo posible por llamar la atención de su amo. Al fracasar, contempló a la joven con una expresión que ella encontró muy enigmática. No hay duda de que su rostro había cambiado. En lugar de la serena mirada de devota obediencia, había adoptado una expresión descarada y desafiante; y, mientras el doctor Brown hablaba del escritorio y su contenido, sonreía de vez en cuando de un modo muy desagradable. Se decretó su prisión preventiva durante una semana; pero, como las pruebas estaban lejos de ser concluyentes, se le puso en libertad bajo fianza. El fiador fue su hermano, un respetable comerciante muy conocido en su vecindad, al que el criado había informado del arresto.
Crawford se encontró así de nuevo en la calle, para la consternación de Christie, que se quitó su ropa de domingo mientras regresaba a casa con el corazón afligido, esperando más que confiando que no fueran asesinados en sus camas antes de que finalizara la semana. Debe añadirse que tampoco Margaret se libraba del miedo acerca de la venganza del criado; les había mirado a ella y a su marido de un modo tan malévolo y rencoroso mientras prestaban declaración...
Pero la ausencia de Crawford dio a Margaret demasiado trabajo para seguir dando vueltas a sus necios temores. Su marcha dejó un enorme vacío en las comodidades diarias que ni Margaret ni Christie, por mucho que se esforzaran, podían suplir. Y era más necesario que nunca que todo estuviera bien, ya que los nervios del doctor Brown se habían visto tan afectados, al descubrir la culpabilidad de su criado de confianza, que Margaret llego a temer que cayera gravemente enfermo. Por las noches se paseaba de un lado a otro del dormitorio, lamentándose cuando creía que ella dormía; por las mañanas, la joven necesitaba de toda su persuasión para inducirle a salir de casa y visitar a sus pacientes. Jamás había estado tan mal como después de consultar al abogado que llevaba el caso. Margaret comprendió a regañadientes que en todo aquello había algún misterio; pues su marido parecía impaciente por recoger el correo, y se acercaba presuroso a la puerta en cuanto alguien llamaba, y le ocultaba quién era el remitente. Cuando transcurrió la semana, su nerviosismo y su aflicción fueron en aumento.
Un atardecer en que las velas aún no estaban encendidas y él se hallaba sentado junto al fuego, en actitud lánguida, con la cabeza apoyada en una mano, y el brazo en la rodilla, Margaret decidió hacer una prueba, a fin de investigar y descubrir la naturaleza de la herida que él escondía con tanto cuidado. Acercó un escabel y se sentó a sus pies, cogiéndole una mano entre las suyas.
-Quiero que escuches, querido James, una vieja historia que oí en cierta ocasión. Es posible que te interese. Había dos huérfanos, inocentes como niños aunque ya eran dos jóvenes. No eran hermanos y, al poco tiempo, se enamoraron; tan tontamente como lo hicimos nosotros, ¿recuerdas? Pues bien, la muchacha vivía con su familia, pero el joven estaba muy lejos de los suyos... si es que no habían muerto todos. Sin embargo, ella le amaba hasta tal punto que a veces se alegraba de ser la única que se preocupaba de él. A los amigos de ella no les gustaba tanto; es posible que fueran personas juiciosas e insensibles, y ella una necia. Y no les agradó que se casara con el joven; lo cual fue una estupidez por su parte, ya que no podían decir nada en contra de él. Pero una semana antes de fijar la fecha de la boda, creyeron haber encontrado algo... amor mío, no me sueltes la mano... no tiembles así, ¡sólo quiero que me escuches! La tía de la joven se acercó a ella y le dijo: «Tienes que abandonar a tu prometido, pequeña: su padre fue tentado y pecó; y, si aún sigue convida, es un presidiario deportado. La boda no puede celebrarse». Pero la joven se puso en pie y dijo: «Si es cierto que él ha conocido ese gran dolor y esa vergüenza, necesita mucho más de mi amor. No le dejaré, ni renunciaré a él, sino que le amaré incluso más que antes. ¡Y, puesto que usted, tía, espera recibir la bendición del cielo por tratar a los demás del mismo modo en que le gustaría ser tratada, le pido que no se lo cuente a nadie!». Estoy convencida de que la tía guardó el secreto porque las palabras de la joven, por algún extraño motivo, la intimidaron. Pero, cuando se quedó a solas, la muchacha lloró amargamente al pensar en la desgracia que ensombrecía el corazón del hombre que amaba; y decidió esforzarse por alegrar su vida, y ocultarle siempre que conocía su carga; pero ahora cree... ¡Oh, esposo mío! ¡Cuánto tienes que haber sufrido!
Y él apoyó la cabeza en su hombro, y de sus ojos brotaron las lágrimas terribles de un hombre.
-¡Gracias a Dios! -exclamó, finalmente-. Lo sabes todo y no te alejas de mí. ¡Oh, qué cobarde, mentiroso y ruin he sido! ¿Que si he sufrido? Sí... tanto que he estado a punto de enloquecer; y, si hubiera tenido valor, habría podido ahorrarme estos doce largos meses de agonía. Pero es justo que me hayan castigado. Y lo sabías todo antes de casarte conmigo, ¡cuando podías haberte echado atrás!
-No, no podía; ¿acaso habrías roto tu compromiso conmigo si, en idénticas circunstancias, yo hubiera estado en tu lugar?
-No lo sé. Es posible; pues no soy tan valeroso, ni tan bueno, ni tan fuerte como tú, mi querida Margaret. ¿Cómo podría serlo? Te contaré algo más. Mi madre y yo fuimos de un lado a otro, dando las gracias por tener un apellido tan corriente, pero acobardándonos ante cualquier alusión... de un modo que sólo pueden comprender quienes han sido heridos en lo más profundo de su ser. Vivir en una ciudad donde había tribunales de justicia era una tortura; y residir en una ciudad comercial, casi peor. Mi padre era el hijo de un respetable clérigo, muy conocido entre sus hermanos, así que teníamos que evitar una ciudad catedralicia, ya que la deportación del hijo del deán de Saint Botolph había llegado con seguridad a oídos de todos. Yo tenía que recibir una educación; por ese motivo, debíamos vivir en una ciudad, pues mi madre no podía soportar la idea de separarse de mí y yo acudía a un colegio, no a un internado. Éramos muy pobres para nuestra posición social... ¡no, no teníamos posición social! Éramos la mujer y el hijo de un recluso... debería haber dicho, muy pobres para la vida que mi madre había llevado antes. Pero, cuando tenía catorce años, mi padre murió en el exilio, dejando, como muchos otros presidiarios de aquella época, una gran fortuna. La heredamos nosotros. Mi madre se encerró en su habitación, y estuvo un día entero llorando y rezando. Luego quiso verme y me dio su parecer. Los dos nos comprometimos a entregar el dinero a alguna organización benéfica, tan pronto como yo fuera mayor de edad. Hasta entonces, ahorramos hasta el último penique de los intereses, aunque en ocasiones pasamos grandes estrecheces, ¡mi educación era tan cara! Pero ¿cómo íbamos a saber de qué manera había acumulado aquel dinero? -y, al llegar aquí, bajó la voz-. Nada más cumplir veintiún años, los periódicos hablaron con admiración del generoso donante anónimo de ciertas cantidades. Odié sus palabras de elogio. Eludía cualquier recuerdo de mi padre. Me acordaba de él vagamente, pero siempre enojado y brutal con mi madre. ¡Mi pobre y dulce madre! Margaret, ella lo amaba; y, sólo por eso, desde que ella murió, he intentado evocar su figura con cariño. Al poco tiempo de morir mi madre, te conocí, amor mío, mi tesoro. Después de unos instantes de silencio, prosiguió:
-Pero ¡Oh, Margaret, todavía no sabes lo peor. Cuando mi madre falleció, encontré un paquete de documentos legales... y de recortes de periódico que hablaban del juicio de mi padre. ¡Pobrecilla! Por qué los había conservado, es algo que no sé. Estaban llenos de anotaciones de su puño y letra; y, por ese motivo, los guardé. Era tan conmovedor leer sus impresiones de aquellos días que vivió en solitaria inocencia mientras él se hundía cada vez más en el crimen. Escondí el paquete (y lo creí en lugar seguro) en un cajón secreto de mi escritorio; pero ese miserable de Crawford lo encontró. Me di cuenta de que faltaban los documentos aquella misma mañana. Su pérdida era mucho más grave que la del dinero; y ahora Crawford amenaza con sacar la terrible verdad a la luz, en un juicio que será público; y supongo que su abogado podrá hacerlo. En cualquier caso, ver cómo lo pregonan a los cuatro vientos... ¡yo, que me he pasado la vida temiendo ese momento! ¡Sobre todo por ti, Margaret! Y, con todo... ¡si pudiéramos evitarlo! ¿Quién dará trabajo al hijo de Brown, el célebre falsificador? Perderé mi consulta. Los hombres me miraran con recelo cuando entre en sus casas. Me empujarán a cometer algún crimen. A veces tengo miedo de que sea hereditario. ¡Oh, Margaret! ¿Qué voy a hacer?
-¿Qué puedes hacer? -preguntó ella.
-Puedo negarme a denunciarle.
-¿Dejar que Crawford quede en libertad sabiendo que es culpable?
-Sé que es culpable.
-Entonces, sencillamente, es algo que no puedes hacer. Dejar que un criminal salga a la calle.
-Pero si no lo hago, la vergüenza y la pobreza se abatirán sobre nosotros. Me preocupa por ti, no por mí. Nunca debería haberme casado.
-Escúchame. No me importa la pobreza; en cuanto a la vergüenza, me dolería veinte veces más si tú y yo, por temor o por cualquier motivo egoísta, consintiéramos en proteger al culpable. No pretendo decir que no lo sentiré cuando la verdad salga a la luz. Pero mi vergüenza se convertirá en orgullo cuando vea que lo olvidas. Hay algo malsano en ti, querido esposo, por haber tenido que ocultar algo toda la vida. Deja que el mundo conozca la verdad y diga las cosas más terribles. A partir de ese momento serás un hombre libre, honrado y respetable, capaz de trabajar sin miedo.
-Ese sinvergüenza de Crawford quiere recibir una respuesta a su insolente misiva -exclamó Christie, asomando la cabeza por la puerta.
-¡Un momento! ¿Puedo contestarle? -dijo Margaret.
Y escribió:

Haga lo que haga o diga lo que diga, sólo tenemos una opción. Ninguna amenaza disuadirá al doctor Brown de cumplir con su deber.
MARGARET BROWN

-¡Ya está! -exclamó, pasándole la nota a su marido-. Así verá que estoy al corriente de todo; y sospecho que sabe algo de tu cariño por mí.
La respuesta de Margaret enfureció a Crawford, pero no lo acobardó. Antes de que transcurriera una semana, todo el mundo sabía que el doctor Brown, el joven y prometedor médico, era hijo del famoso Brown, el falsificador. Todo ocurrió tal como él había anticipado: a Crawford le impusieron una dura condena; y el doctor Brown y su mujer se vieron obligados a abandonar su casa y trasladarse a otra más pequeña, donde tuvieron que apretarse el cinturón ayudados por la fiel Christie. Pero el doctor Brown jamás se había sentido tan alegre desde que tenía uso de razón. Ahora sus pies estaban firmemente plantados en el suelo, y cada paso que daba tenía asegurado el éxito. La gente afirmaba haber visto a Margaret, en los peores tiempos, fregando de rodillas la puerta de su casa. Pero yo no lo creo, pues Christie jamás lo hubiera permitido. Y lo único que puedo decir es que, la última vez que visité Londres, vi una placa de cobre con la inscripción «Doctor James Brown» en la entrada de una hermosa casa en una hermosa plaza. Y mientras la miraba, un carruaje se detuvo en la puerta y una dama salió de él y entró en la casa; no hay duda de que era la Margaret Frazer de antaño... con un aire más severo y algo más corpulenta, he estado a punto de decir. Mientras contemplaba la casa y recordaba su historia, la vi acercarse al ventanal con un bebé en brazos y todo su rostro se transformó en una sonrisa de infinita dulzura.


ENTRE LO GOTICO Y LO VICTORIANO // CUENTOS DE AMOR // LA PRUEBA DE AMOR // MARY SHELLEY

MARY SHELLEY (1797-1853)


Hija de William Godwin, conocido filósofo radical, y de Mary Wollstonecraft, una de las pioneras del feminismo. A los 16 años huyó de Inglaterra en compañía del poeta Percy Bysshe Shelley, con quien se casó en diciembre de 1816, después de que la primera mujer de éste se suicidara. La pareja vivió casi siempre en Italia, rodeada de amigos, de libros y de apuros financieros, hasta que Shelley murió ahogado en 1822. La joven Mary regresó entonces a Inglaterra y consagró su vida a escribir y a educar a Percy Florence Shelley, el único de sus hijos que sobrevivió a la infancia. Publicó, asimismo, los Poemas póstumos y toda la obra poética de su marido. Además de su famoso Frankenstein (1818), Mary Shelley escribió seis novelas más -Valperga, The Last Man, The Fortunes of Perkin Warbech, Lodore, Falkner y Mathilda-, varios libros de viajes, dos dramas mitológicos -Proserpine y Midas-, numerosas cartas y ensayos, y más de dos docenas de relatos breves. Un hermoso ejemplo de ellos es «La prueba de amor» (TheTrial of Love) publicado por primera vez en 1835 en The Keepsake, uno de los anuarios de mayor tirada de la época.


La prueba de amor


Después de conseguir el permiso de la priora para salir unas horas, Angeline, interna en el convento de Santa Anna, en la pequeña ciudad lombarda de Este, se puso en camino para hacer una visita. La joven vestía con sencillez y buen gusto; su faziola le cubría la cabeza y los hombros, y bajo ella brillaban sus grandes ojos negros, extraordinariamente hermosos. Quizá no fuera una belleza perfecta; pero su rostro era afable, noble y franco; y tenía una profusión de cabellos negros y sedosos, y una tez blanca y delicada, a pesar de ser morena. Su expresión era inteligente y reflexiva; parecía estar en paz consigo misma, y era ostensible que se sentía profundamente interesada, y a menudo feliz, con los pensamientos que ocupaban su imaginación. Era de humilde cuna: su padre había sido el administrador del conde Moncenigo, un noble veneciano; y su madre había criado a la única hija de éste. Los dos habían muerto, dejándola en una situación relativamente desahogada; y Angeline era un trofeo que buscaban conquistar todos los jóvenes que, sin ser nobles, gozaban de buena posición; pero ella vivía retirada en el convento y no alentaba a ninguno.
Llevaba muchos meses sin abandonar sus muros; y sintió algo parecido al miedo cuando se encontró en medio del camino que salía de la ciudad y ascendía por las colinas Euganei hasta Villa Moncenigo, su lugar de destino. Conocía cada palmo del camino. La condesa Moncenigo había muerto al dar a luz su segundo hijo y, desde entonces, la madre de Angeline había residido en la villa. La familia estaba formada por el conde, que, salvo algunas semanas de otoño, estaba siempre en Venecia, y sus dos hijos. Ludovico, el primogénito, había sido enviado en edad temprana a Padua para recibir una buena educación; y sólo vivía en la villa Faustina, cinco años menor que Angeline.
Faustina era la criatura más adorable del mundo: a diferencia de los italianos, tenía los ojos azules y risueños, la tez luminosa y los cabellos color caoba; su figura ágil, esbelta y nada angulosa recordaba a una sílfide; era muy bonita, vivaz y obstinada, y tenía un encanto irresistible que empujaba a todos a ceder alegremente ante ella. Angeline parecía su hermana mayor: se ocupaba de ella y le consentía todos los caprichos; una palabra o una sonrisa de Faustina lo podían todo. «La quiero demasiado -decía a veces-, pero soportaría cualquier cosa antes que ver una lágrima en sus ojos.» Era propio de Angeline no expresar sus sentimientos; los guardaba en su interior, donde crecían hasta convertirse en pasiones. Pero unos excelentes principios y la devoción más sincera impedían que la joven se viera dominada por ellas.
Angeline se había quedado huérfana tres años antes, cuando había muerto su madre, y Faustina y ella se habían trasladado al convento de Santa Anna, en la ciudad de Este; pero un año más tarde, Faustina, que entonces tenía quince años, había sido enviada a completar su educación a un famoso convento de Venecia, cuyas aristocráticas puertas estaban cerradas a su humilde compañera. Ahora, a los diecisiete años, después de finalizar sus estudios, había vuelto a casa; y se disponía a pasar los meses de septiembre y octubre en Villa Moncenigo con su padre. Los dos habían llegado aquella misma noche, y Angeline había salido del convento para ver y abrazar a su amiga del alma.
Había algo muy maternal en los sentimientos de Angeline; cinco años es una diferencia considerable entre los diez y los quince años, y muy grande entre los diecisiete y los veintidós.
«Mi querida niña -pensaba Angeline, mientras iba andando-, debe de haber crecido mucho, e imagino que estará más hermosa que nunca. ¡Qué ganas tengo de verla, con su dulce y pícara sonrisa! Me gustaría saber si ha encontrado a alguien que la mimara tanto como yo en su convento veneciano... alguien que asumiera la responsabilidad de sus faltas y que le consintiera sus caprichos. ¡Ah, aquellos días no volverán! Ahora estará pensando en el matrimonio... Me pregunto si habrá sentido algo parecido al amor -suspiró-. Pronto lo sabré... estoy segura de que me lo contará todo. Ojalá pudiera abrirle mi corazón... detesto tanto secreto y tanto misterio; pero he de cumplir mi promesa, y dentro de un mes habrá acabado todo... dentro de un mes conoceré mi destino. ¡Dentro de un mes! ¿Lo veré a él entonces? ¿Volveré a verlo algún día? Pero será mejor que olvide todo eso y piense únicamente en Faustina... ¡mi dulce y entrañable Faustina!»
Angeline subía lentamente la colina cuando oyó que alguien la llamaba; y en la terraza que dominaba el camino, apoyada en la balaustrada, se hallaba la querida destinataria de sus pensamientos, la bonita Faustina, la pequeña hada... en la flor de la vida, sonriendo de felicidad. Angeline sintió un cariño aún mayor por ella.
No tardaron en abrazarse; Faustina reía con ojos chispeantes, y empezó a contarle todo lo sucedido en aquellos dos años, y se mostró obstinada e infantil, aunque tan encantadora y cariñosa como siempre. Angeline la escuchó con alegría, contemplando extasiada y en silencio los hoyuelos de sus mejillas, el brillo de sus ojos y la gracia de sus ademanes. No habría tenido tiempo de contarle su historia aunque hubiese querido, Faustina hablaba tan deprisa...
-¿Sabes, Angelinetta mía -exclamó-, que me casaré este invierno?
-Y ¿quién será tu señor esposo?
-Todavía no lo sé; pero lo encontraré en el próximo carnaval. Debe ser muy noble y muy rico, dice papá; y yo digo que debe ser muy joven, tener buen carácter y dejarme hacer lo que yo quiera, como siempre has hecho tú, querida Angeline.
Finalmente, Angeline se levantó para despedirse. A Faustina no le agradó que se marchara -quería que pasara la noche con ella-, y señaló que enviaría a alguien al convento para conseguir permiso de la priora. Pero Angeline, sabiendo que esto era imposible, estaba decidida a irse y convenció a su amiga de que la dejara partir. Al día siguiente, Faustina visitaría personalmente el convento para ver a sus antiguas amistades, y Angeline podría regresar con ella por la noche si lo permitía la priora. Una vez discutido este plan, las dos jóvenes se separaron con un abrazo; y, mientras bajaba con paso ligero, Angeline levantó la mirada y vio como Faustina, muy sonriente, le decía adiós con la mano desde la terraza. Angeline estaba encantada con su amabilidad, su hermosura, la animación y viveza de su conducta y de su conversación. Faustina ocupó al principio todos sus pensamientos, pero, en una curva del camino, cierta circunstancia le trajo otros recuerdos. «¡Oh, qué feliz seré si él demuestra haberme sido fiel! -pensó-. ¡Con Faustina e Ippolito, será como vivir en el Paraíso!»
Y luego rememoró cuanto había ocurrido en los dos últimos años. Del modo más breve posible, seguiremos su ejemplo.
Cuando Faustina partió para Venecia, Angeline se quedó sola en el convento. Aunque era una persona retraída, Camilla della Toretta, una joven dama de Bolonia, se convirtió en su mejor amiga. El hermano de Camilla vino a visitarla, y Angeline la acompañó al locutorio para recibirlo. Ippolito se enamoró desesperadamente de ella, y consiguió que Angeline le correspondiera. Todos los sentimientos de la joven eran sinceros y apasionados; sin embargo, sabía atemperarlos, y su conducta fue irreprochable. Ippolito, por el contrario, era impetuoso y vehemente: la amaba ardientemente y no podía tolerar que nada se opusiera a sus deseos. Decidió contraer matrimonio, pero, como pertenecía a la nobleza, temía la desaprobación de su padre. Mas era necesario pedir su consentimiento; y el anciano aristócrata, presa del temor y de la indignación, llegó a Este, dispuesto a adoptar cualquier medida que separase para siempre a los dos enamorados. La dulzura y la bondad de Angeline mitigaron su cólera, y el abatimiento de su hijo le movió a compasión. Desaprobaba el matrimonio, pero comprendía que Ippolito deseara unirse a tanta hermosura y gentileza. Pero después pensó que su hijo era muy joven y podía cambiar de parecer, y se reprochó a sí mismo haber dado tan fácilmente su consentimiento. Por ese motivo llegó a un compromiso: les daría su bendición un año más tarde, siempre que la joven pareja se comprometiera, con el más solemne juramento, a no verse ni escribirse durante ese intervalo. Quedó sobreentendido que sería un año de prueba; y que no habría ningún compromiso hasta que éste expirara, y si permanecían fieles, su constancia sería premiada. No hay duda de que el padre creía, e incluso esperaba, que, en aquel período de ausencia, los sentimientos de Ippolito cambiarían, y que éste entablaría una relación más conveniente.
Arrodillados ante una cruz, los, dos enamorados prometieron un año de silencio y de separación; Angeline, con los ojos iluminados por la gratitud y la esperanza; Ippolito, lleno de rabia y desesperación por aquella interrupción de su felicidad, que jamás habría aceptado si Angeline no hubiera empleado todas sus dotes de persuasión y de mando para convencerlo; pues la joven había afirmado que, a menos que obedeciera a su padre, ella se encerraría en su celda, y se convertiría voluntariamente en una prisionera, hasta que terminara el tiempo prescrito. De modo que Ippolito prestó juramento e inmediatamente después partió hacia París.
Faltaba sólo un mes para que expirara el año, y no es de extrañar que los pensamientos de Angeline pasaran de su dulce Faustina al destino que la esperaba. Además del voto de ausencia, habían prometido mantener su compromiso y cuanto se relacionaba con él en el más profundo secreto durante ese período. Angeline accedió de buena gana (pues su amiga se hallaba lejos) a guardar silencio hasta que transcurriera el año; pero Faustina había regresado, y ella sentía el peso de aquel secreto en su conciencia. Pero no importaba: tenía que cumplir su palabra.
Ensimismada en sus pensamientos, había llegado al pie de la colina y empezaba a subir la ladera que conducía a la ciudad de Este cuando en los viñedos que bordeaban un lado del camino oyó un ruido... de pisadas... y una voz conocida que pronunciaba su nombre.
-¡Virgen Santa! ¡Ippolito! -exclamó-. ¿Es ésta tu promesa?
-Y ¿es éste tu recibimiento? -respondió él en tono de reproche-. ¡Qué cruel eres! Como no soy lo bastante frío para seguir alejado... como este último mes ha durado una intolerable eternidad, te alejas de mí... deseas que me vaya. Son ciertos, entonces, los rumores... ¡amas a otro! ¡Ah! Mi viaje no será en vano... descubriré quién es y me vengaré de tu falsedad.
Angeline le lanzó una mirada de asombro y desaprobación; pero guardó silenció y prosiguió su camino. Tenía miedo de romper su juramento, y que la maldición del cielo cayera sobre su unión. Decidió que nada le induciría a decir otra palabra; si seguía fiel a la promesa, perdonarían a Ippolito por haberla incumplido. Caminó muy deprisa, sintiéndose alegre y desgraciada al mismo tiempo... aunque esto no es exacto... lo que le embargaba era una felicidad sincera, absorbente; pero temía en cierto modo la cólera de su amado, y sobre todo las terribles consecuencias que podría tener la ruptura de su solemne voto. Sus ojos resplandecían de amor y de dicha, pero sus labios parecían sellados; y, resuelta a no decir nada, escondió el rostro bajo su faziola, para que él no pudiera verlo, y continuó andando con la vista clavada en el suelo. Loco de ira, vertiendo torrentes de reproches, Ippolito se mantuvo a su lado, ora reprochándole su infidelidad, ora jurando venganza, o describiendo y elogiando su propia constancia y su amor inalterable. Era un tema muy grato, aunque peligroso. Angeline tuvo la tentación de decirle más de mil veces que sus sentimientos no habían cambiado; pero logró reprimir ese deseo y, cogiendo el rosario en sus manos, empezó a rezar. Se acercaban a la ciudad y, consciente de que no podría persuadirla, Ippolito decidió finalmente alejarse de ella, afirmando que descubriría a su rival, y se vengaría por su crueldad e indiferencia. Angeline entró en el convento, corrió a su celda y, poniéndose de rodillas, pidió a Dios que perdonara a su amado por romper la promesa; luego, radiante de felicidad por la prueba que él le había dado de su constancia, y recordando lo poco que faltaba para que su dicha fuera perfecta, apoyó la cabeza en sus brazos y se sumió en una especie de ensueño celestial. Había librado una amarga lucha resistiéndose a las súplicas del joven, pero sus dudas se habían disipado: él le había sido fiel y, en la fecha acordada, vendría a buscarla; y ella, que durante aquel largo año le había amado con ferviente, aunque callada, devoción, ¡se vería recompensada! Se sentía segura... agradecida al cielo... feliz. ¡Pobre Angeline!
Al día siguiente, Faustina fue al convento: las monjas se apiñaron a su alrededor. «Quanto é bellina», exclamó una. «E tanta carina!», dijo otra. «S’é fatta la sposina?»... ¿Está ya prometida en matrimonio?, preguntó una tercera. Faustina respondía con sonrisas y caricias, bromas inocentes y risas. Las monjas la idolatraban; y Angeline estaba a su lado, admirando a su encantadora amiga y disfrutando de los elogios que le prodigaban. Finalmente, Faustina tuvo que partir; y Angeline, tal como habían previsto, consiguió permiso para acompañarla.
-Puedes ir a la villa con Faustina, pero no quedarte allí a pasar la noche -señaló la priora, pues iba en contra de las reglas del convento.
Faustina suplicó, protestó y consiguió, mediante halagos, que dejara regresar a su amiga al día siguiente. Entonces iniciaron el regreso juntas, acompañadas de una vieja criada, una especie de señora de compañía. Mientras andaban, un caballero las adelantó a caballo.
-¡Qué guapo es! -exclamó Faustina-. ¿Quién será?
Angeline se puso roja como la grana, pues se dio cuenta de que era Ippolito. Él pasó a gran velocidad, y no tardaron en perderlo de vista. Estaban subiendo la ladera, y ya casi divisaban la villa, cuando les alarmó oír toda clase de gritos, berridos y bramidos, como si unas bestias salvajes o unos locos, o todos a la vez, hubieran escapado de sus guaridas y manicomios. Faustina palideció; y pronto su amiga estuvo tan asustada como ella, pues vio un búfalo, escapado de su yugo, que se lanzaba colina abajo, llenando el aire de rugidos, perseguido por un grupo de contadini chillando y dando alaridos... y enfilaba directamente hacia las dos amigas. La anciana acompañanta exclamó: «O, Gesu Maria!» y se tiró al suelo. Faustina lanzó un grito desgarrador y cogió a Angeline por la cintura; ésta se puso delante de su aterrorizada amiga, dispuesta a afrontar ella todo el peligro para salvarla... y el animal se acercaba. En ese momento, el caballero bajó galopando la ladera, adelantó al búfalo y dándose media vuelta, se enfrentó al animal salvaje con valentía. Con un bramido feroz, la bestia se desvió bruscamente a un lado y cogió un sendero que salía a la izquierda; pero el caballo, despavorido, se encabritó, arrojó el jinete al suelo y huyó a galope tendido colina abajo. El caballero quedó tendido en el suelo, completamente inmóvil.
Le llegó entonces el turno de gritar a Angeline; y ella y Faustina corrieron angustiadas hacia su salvador. Mientras esta última le daba aire con el enorme abanico verde que llevan las damas italianas para protegerse del sol, Angeline se apresuró a ir a buscar agua. A los pocos minutos, el color volvió a las mejillas del joven, que abrió los ojos; y entonces vio a la hermosa Faustina e intentó levantarse. Angeline apareció en ese instante y, ofreciéndole agua en una calabaza, la acercó a sus labios. El apretó su mano, y ella la retiró. Fue entonces cuando la anciana Caterina, extrañada de aquel silencio, empezó a mirar a su alrededor y, al ver que sólo estaban las dos jóvenes inclinadas sobre un hombre en el suelo, se levantó y fue a reunirse con ellas.
-¡Se está usted muriendo! -exclamó Faustina-. Me ha salvado la vida y se ha matado por ello.
Ippolito trató de sonreír.
-No, no me estoy muriendo -dijo-, pero estoy herido.
-¿Dónde? ¿Cómo? -gritó Angeline-. Mi querida Faustina, enviemos a buscar un carruaje y llevémosle a la villa.
-¡Oh, sí! -repuso Faustina-. Vamos, Caterina, corre... cuéntale a papá lo ocurrido... que un joven caballero se ha matado por salvarme la vida.
-No me he matado -le interrumpió Ippolito-; sólo me he roto el brazo y, tal vez, la pierna.
Angeline adquirió una palidez cadavérica y se dejó caer al suelo.
-Pero morirá antes de que consigamos ayuda -afirmó Faustina-; esa estúpida Caterina es más lenta que una tortuga.
-Iré yo a la villa -exclamó Angeline-, Caterina se quedará contigo y con Ip... Buon Dio! ¿Qué estoy diciendo?
Se alejó presurosa y dejó a Faustina abanicando a su amado, que volvió a sentirse muy débil. En seguida se dio la alarma en la villa, el señor conde envió a buscar un médico y ordenó que sacaran un colchón, entre cuatro hombres, para ir en ayuda de Ippolito. Angeline se quedó en la casa; por fin pudo abandonarse a sus sentimientos y llorar amargamente, abrumada por el miedo y el dolor.
-¿Oh, por qué rompería su promesa para ser castigado? ¡Ojalá pudiera yo expiar su culpa! -se lamentó.
No tardó, sin embargo, en recobrar el ánimo; y, cuando entraron con Ippolito, le había preparado la cama y había cogido las vendas que había creído necesarias. Pronto llegó el médico; y vio que el brazo izquierdo estaba claramente roto, pero que la pierna no había sufrido más que una contusión. Entonces redujo la fractura, sangró al paciente y, dándole una pócima para serenarle, ordenó que estuviera tranquilo. Angeline pasó toda la noche a su lado, pero Ippolito durmió profundamente y no se dio cuenta de su presencia. Jamás lo había amado tanto. Comprendió que su desgracia, sin duda fortuita, hacía honor al cariño que sentía por ella, y contempló su hermoso rostro, apaciblemente dormido.
«¡Que el cielo guarde al amante más leal que jamás haya bendecido las promesas de una joven», pensó.
A la mañana siguiente, Ippolito se despertó sin fiebre y muy animado. La herida de la pierna apenas le dolía, y quería levantarse; recibió la visita del médico, quien le rogó que guardara cama un día o dos para evitar una infección, y le aseguró que se curaría antes si obedecía sus órdenes sin reservas. Angeline pasó el día en la villa, pero no volvió a verlo. Faustina no dejó de hablar de su valentía, heroísmo y simpatía. Ella era la heroína de la historia. El caballero había arriesgado su vida por ella; era ella a quien había salvado. Angeline sonrió un poco ante su egotismo y pensó que se sentiría humillada si le contaba la verdad; así que guardó silencio. Por la noche, se vio obligada a regresar al convento; ¿entraría a despedirse de Ippolito? ¿Era correcto? ¿No significaba romper su promesa? Y, sin embargo, ¿cómo resistirse a hacerlo? Así, pues, entró en la habitación y se acercó sigilosamente a él; Ippolito oyó sus pasos, levantó ilusionado la mirada y sus ojos reflejaron cierta decepción.
-¡Adiós, Ippolito! -dijo Angeline-. He de volver al convento. Si empeoras, ¡Dios nos libre!, vendré a cuidarte y atenderte, y moriré contigo; si te restableces, como parece ser la voluntad divina, antes de un mes te daré las gracias como mereces. ¡Adiós, querido Ippolito!
-¡Adiós, querida Angeline! Cuanto piensas es bueno y justo, y tu conciencia lo aprueba: no temas por mí. Siento mi cuerpo lleno de salud y de vigor, y, puesto que tú y tu dulce amiga estáis a salvo, ¡benditas sean las incomodidades y los dolores que sufro! ¡Adiós! Pero espera, Angeline, tan sólo unas palabras... mi padre, según he oído, se llevó a Camilla de vuelta a Bolonia el año pasado... ¿os escribís tal vez?
-Te equivocas, Ippolito; de acuerdo con los deseos del marqués, no hemos intercambiado ninguna carta.
-Has obedecido tanto en la amistad como en el amor... ¡qué bondadosa eres! Pero yo también quiero que me hagas una promesa... ¿la cumplirás con la misma firmeza que la de mi padre?
-Si no va en contra de nuestro voto...
-¡De nuestro voto!. ¡Pareces una novicia! ¿Acaso nuestros votos tienen tanto valor? No, no va en contra de nuestro voto; sólo te pido que no escribas a Camilla o a mi padre, ni dejes que este accidente llegue a sus oídos. Les inquietaría inútilmente... ¿me lo prometes?
-Te prometo que no les enviaré ninguna carta sin tu permiso.
-Y yo confío en que serás fiel a tu palabra, de igual modo que lo has sido a tu promesa. Adiós, Angeline. ¡Cómo! ¿Te vas sin un beso?
La joven se apresuró a salir del cuarto para no ceder a la tentación; pues acceder a aquella demanda habría sido un quebrantamiento mucho mayor de su promesa que cualquiera de los ya perpetrados.
Regresó a Este, preocupada y, sin embargo, alegre; convencida de la lealtad de su amado y rezando fervorosamente para que no tardara en recuperarse. Durante varios días acudió regularmente a Villa Moncenigo para preguntar por su salud, y se enteró de que el joven mejoraba poco a poco; finalmente, le comunicaron que Ippolito tenía permiso para abandonar su habitación. Faustina le dio la noticia, con los ojos brillantes de alegría. Hablaba sin cesar de su caballero, así le llamaba, y de la gratitud y admiración que sentía por él. Le había visitado a diario acompañada de su padre, y siempre tenía alguna nueva historia que contar sobre su ingenio, elegancia y amables cumplidos. Ahora que él podía reunirse con ellos en la sala, se sentía doblemente feliz. Después de recibir esa información, Angeline renunció a sus visitas diarias, ya que corría el peligro de encontrarse con su amado. Enviaba todos los días a alguien y tenía noticias de su restablecimiento; y todos los días recibía un mensaje de su amiga, invitándola a Villa Moncenigo. Pero ella se mantuvo firme: sentía que obraba bien. Y, aunque temía que él estuviera enfadado, sabía que trascurridos quince días -lo que quedaba del mes- podría expresarle sus verdaderos sentimientos; y, como él la amaba, la perdonaría en seguida. No llevaba ningún peso en el corazón, nada que no fuera gratitud y alegría.
Todos los días, Faustina le suplicaba que fuera y, aunque sus ruegos se volvieron cada vez más apremiantes, Angeline siguió dándole excusas. Una mañana su joven amiga entró atropelladamente en su celda para llenarla de reproches y mostrarle su extrañeza por su ausencia. Angeline se vio obligada a prometer que la visitaría; y entonces se interesó por el caballero, a fin de descubrir cuál era la mejor hora para evitar su encuentro. Faustina se sonrojó... un adorable rubor se extendió por todo su rostro mientras exclamaba:
-¡Oh, Angeline! ¡Quiero que vengas por él!
Angeline enrojeció a su vez, temiendo que Ippolito hubiera traicionado su secreto, y se apresuró a decir:
-¿Te ha dicho algo?
-Nada -respondió alegremente su amiga-; por eso te necesito. ¡Oh, Angeline! Papá me preguntó ayer si Ippolito me gustaba, y añadió que, si su padre lo aprobaba, no veía ninguna razón por la que no pudiéramos casarnos. Tampoco yo... pero ¿me querrá él? Oh, si no me ama, no dejaré que se hable del asunto, ni que pregunten a su padre... ¡no me casaría con él por nada del mundo!
Y los ojos de la delicada joven se llenaron de lágrimas, y se arrojó a los brazos de Angeline.
«Pobre Faustina -pensó su amiga-, ¿seré yo la causante de su sufrimiento?»
Y empezó a acariciarla y a besarla con palabras cariñosas y tranquilizadoras. Faustina prosiguió. Estaba convencida, dijo, de que Ippolito la amaba. Angeline se sobresaltó al oír su nombre así pronunciado por otra mujer; y palideció y se estremeció mientras se esforzaba por no traicionarse a sí misma. El joven no daba demasiadas muestras de amor, pero parecía tan feliz cuando ella entraba, e insistía tanto en que se quedara... y luego sus ojos...
-¿En alguna ocasión te ha dicho algo de mí? -inquirió Angeline.
-No... ¿por qué iba a hacerlo? -replicó Faustina.
-Me salvó la vida-contestó su amiga, ruborizándose.
-¿De veras? ¿Cuándo? ¡Oh, sí, ahora lo recuerdo! Sólo pensaba en mí; pero lo cierto es que tu peligro fue tan grande... no, más grande, pues me protegiste con tu cuerpo. Mi amiga del alma, no soy una desagradecida, aunque Ippolito me vuelva tan olvidadiza...
Todo esto sorprendió, mejor dicho, dejó estupefacta a Angeline. No dudó de la fidelidad de su amado, pero temió por la felicidad de su amiga, y cualquier idea que se le ocurría daba paso a ese sentimiento... Prometió visitar a Faustina aquella misma tarde.
Y ahí está de nuevo, subiendo lentamente la colina, con el corazón encogido a causa de Faustina, confiando en que su amor repentino y no correspondido no comprometa su felicidad futura. Al doblar una curva, cerca de la villa, oyó que la llamaban; y, cuando levantó los ojos, volvió a contemplar, asomado a la balaustrada, el rostro sonriente de su hermosa amiga; e Ippolito estaba junto a ella. El joven se sobresaltó y dio un paso atrás cuando sus miradas se encontraron. Angeline había ido decidida a ponerle en guardia, y estaba ideando el mejor modo de explicarle las cosas sin comprometer a su amiga. Fue una labor inútil; cuando entró en el salón, Ippolito se había marchado, y no volvió a aparecer.
«No querrá romper su promesa», pensó Angeline.
Pero se quedó terriblemente angustiada por su amiga, y muy confusa. Faustina sólo podía hablar de su caballero. Angeline estaba llena de remordimientos, y no sabía qué hacer. ¿Debía revelar la situación a su amiga? Quizá fuera lo mejor, y, sin embargo, le parecía muy difícil; además, a veces tenía casi la sospecha de que Ippolito la había traicionado. El pensamiento venía acompañado de un dolor punzante que luego desaparecía, hasta que creyó enloquecer, y fue incapaz de dominar su voz. Regresó al convento más inquieta y acongojada que nunca.
Visitó la villa en dos ocasiones, e Ippolito volvió a eludirla; y el relato de Faustina sobre el modo en que él la trataba se tornó más inexplicable. Una y otra vez, el miedo de haberlo perdido la atormentó; y de nuevo se tranquilizó a sí misma pensando que su alejamiento y su silencio eran debidos al juramento, y que su misterioso comportamiento con Faustina sólo existía en la imaginación de la joven. No dejaba de dar vueltas al modo en que debía comportarse, mientras el apetito y el sueño la abandonaban; finalmente, cayó demasiado enferma para ir a la villa y, durante dos días, se vio obligada a guardar cama. En aquellas horas febriles, sin fuerzas para moverse, y desconsolada por la suerte de Faustina, tomó la decisión de escribir a Ippolito. Él se negaría a verla, así que no tenía otro modo de comunicarse. Su promesa lo prohibía, pero la habían roto ya de tantas maneras... Además, no lo hacía por ella, sino por su querida amiga. Pero, ¿qué pasaría si su carta llegaba a manos extrañas? ¿Y si Ippolito pensaba abandonarla por Faustina? Entonces el secreto quedaría enterrado para siempre en su corazón. Por ese motivo, resolvió escribir su misiva sin que nada la traicionara ante una tercera persona. No fue una tarea fácil, pero finalmente la llevó a cabo.

El señor caballero sabría disculparla, confiaba. Ella era... siempre había sido como una madre para la señorita Faustina... la amaba más que a su vida. El señor caballero estaba actuando, quizá, de un modo irreflexivo. ¿Comprendía sus palabras? Y, aunque no tuviese ninguna intención, la gente haría conjeturas. Todo cuanto le pedía era permiso para escribir a su padre, a fin de que aquella situación de incertidumbre y misterio terminara lo antes posible.

Angeline rompió diez notas... y, aunque no estaba satisfecha con esta última, la cerró; y luego se arrastró fuera de la cama para enviarla inmediatamente por correo.
Aquel acto de valentía tranquilizó su ánimo, y fue muy beneficioso para su salud. Al día siguiente se sentía tan bien que decidió ir a la villa para descubrir el efecto que había producido su carta. Con el corazón palpitante, subió la ladera y, al doblar la curva de siempre, levantó la mirada. No había ninguna Faustina en la balaustrada. Y no era de extrañar, pues nadie la esperaba; sin embargo, sin saber por qué, se sintió muy desgraciada y los ojos se le llenaron de lágrimas.
«Si pudiera ver a Ippolito un momento... y él me diera la más pequeña explicación, ¡todo se arreglaría!», caviló.
Con esos pensamientos llegó a la villa y entró en el salón. Oyó unos pasos rápidos, como si alguien huyera de ella. Faustina estaba sentada delante de una mesa leyendo una carta... sus mejillas rojas como la grana, su pecho palpitando de agitación. El sombrero y la capa de Ippolito se hallaban a su lado, e indicaban que acababa de abandonar precipitadamente la estancia. La joven se volvió... divisó a Angeline... sus ojos despidieron fuego... y arrojó la misiva que estaba leyendo a los pies de su amiga; Angeline comprendió que era la suya.
-¡Cógela! -dijo Faustina-. Te pertenece. Por qué motivo la has escrito... y qué significa... es algo que no preguntaré. Ha sido algo despreciable por tu parte, además de inútil, te lo aseguro... No soy alguien que entregue su corazón antes de que se lo pidan, ni que pueda ser rechazada cuando mi padre me ofrece en matrimonio. Coge tu carta, Angeline. ¡Oh! ¡Yo nunca creí que te comportarías así conmigo!
Angeline seguía allí como si la escuchara, pero no oía una sola palabra; completamente inmóvil... las manos enlazadas con fuerza, los ojos anegados en lágrimas y fijos en su carta.
-Te digo que la cojas -exclamó Faustina con impaciencia, dando una patada en el suelo con su pequeño pie-; ha llegado demasiado tarde, fueran cuales fueran tus intenciones. Ippolito ha escrito a su padre pidiéndole su consentimiento para nuestra boda; mi padre también lo ha hecho.
Angeline se estremeció y miró con ojos desorbitados a su amiga.
-¡Es cierto! ¿Acaso lo dudas? ¿Quieres que llame a Ippolito para que confirme mis palabras?
Faustina se dirigió a ella exultante. Angeline, muda de espanto, se apresuró a coger la carta; y abandonó la sala... y la casa, bajó la colina y regresó al convento. Con el corazón al rojo vivo, sintió su cuerpo poseído por un espíritu que no era el suyo: no lloraba, pero sus ojos parecían a punto de salirse de las órbitas... y sus miembros se contraían espasmódicamente. Corrió a su celda, se arrojó al suelo, y entonces pudo estallar en llanto; después de derramar torrentes de lágrimas, consiguió rezar, y más tarde... cuando recordó que su sueño de felicidad había terminado para siempre, deseó la muerte.
A la mañana siguiente, abrió los ojos de mala gana y se levantó. Era de día; y todos debían levantarse y seguir adelante, y ella entre los demás, aunque el sol ya no brillase como antes y el dolor convirtiera su vida en un tormento. No pudo evitar sobresaltarse cuando, poco después, le informaron de que un caballero deseaba verla. Buscó refugio en un rincón, y rehusó bajar al locutorio. La portera regresó un cuarto de hora más tarde. El joven se había marchado, pero le había escrito una nota; y le entregó la misiva. Estaba sobre la mesa, delante de Angeline... pero le traía sin cuidado abrirla... todo había terminado, y no necesitaba aquella confirmación. Finalmente, muy despacio, y no sin esfuerzo, rompió el sello. Estaba fechada el día en que expiraba el año. Las lágrimas asomaron a sus ojos, y entonces nació en su corazón la cruel esperanza de que todo fuera un sueño, y de que ahora que la Prueba de Amor llegaba a su fin, él la reclamara como suya. Empujada por esta incierta suposición, se enjugó las lágrimas y leyó las siguientes palabras:
He venido a excusarme por mi bajeza. Rehúsas verme y yo te escribo; pues, aunque siempre seré un hombre despreciable para ti, no pareceré peor de lo que soy. Recibí tu carta en presencia de Faustina y ella reconoció tu letra. Conoces bien su obstinación, su impetuosidad; no pude impedir que me la arrebatara. No añadiré nada más. Debes de odiarme; y, sin embargo, tendrías que compadecerme, pues soy muy desdichado. Mi honor está ahora comprometido; todo terminó antes de que yo empezara a ser consciente del peligro... pero ya no se puede hacer nada. No encontraré la paz hasta que me perdones, y, sin embargo, merezco tu maldición. Faustina no sabe nada de nuestro secreto. Adiós.

El papel cayó de las manos de Angeline.
Sería inútil describir los diversos sufrimientos que soportó la infortunada joven. Su piedad, resignación y carácter noble y generoso acudieron en su ayuda, y le sirvieron de apoyo cuando sentía que sin ellos podía morir. Faustina le escribió para decirle que le hubiera gustado verla, pero que Ippolito era reacio a la idea. Habían recibido la respuesta del marqués de la Toretta, un feliz consentimiento; pero el anciano se hallaba enfermo y todos se marchaban a Bolonia. A la vuelta, hablarían.
Su partida ofreció cierto consuelo a la desdichada joven. Y no tardó en prodigárselo también una carta del padre de Ippolito, llena de alabanzas de su conducta. Su hijo se lo había confesado todo, escribía; ella era un ángel... el cielo la premiaría, pero su recompensa sería aun mayor si se dignaba perdonar a su infiel enamorado. Responder a esa misiva alivió el dolor de la joven, que desahogó su pena y los pensamientos que la atormentaban escribiéndola. Perdonó de buen grado a Ippolito, y rezó para que él y su adorable esposa gozaran de todas las bendiciones.
Ippolito y Faustina contrajeron matrimonio y pasaron dos o tres años en París y en el sur de Italia. Ella fue inmensamente feliz al principio; pero pronto el mundo cruel y el carácter ligero e inconstante de su marido infligieron mil heridas en su joven corazón. Echaba de menos la amistad y la comprensión de Angeline; apoyar la cabeza en su pecho y ser consolada por ella. Propuso una visita a Venecia, Ippolito accedió y, de camino, pasaron por Este. Angeline había tomado el hábito en el convento de Santa Anna. Se sintió muy complacida, por no decir feliz, de su visita; escuchó con gran sorpresa las penas de Faustina, y se esforzó por consolarla. También vio a Ippolito con enorme serenidad, pues sus sentimientos habían cambiado; no era el ser que ella había amado, y comprendió que, de haberse casado con él, con su profunda sensibilidad y sus elevadas ideas sobre el honor, se habría sentido incluso más decepcionada que Faustina.
La pareja llevó la vida que suelen llevar los matrimonios Italianos. Él era amante de las diversiones, inconstante, despreocupado; ella se consolaba con un cavaliere servente. Angeline, consagrada a Dios, se asombraba de todo aquello; y de que alguien pudiera cambiar, con tanta ligereza sus afectos, para ella tan sagrados e inmutables.

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