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miércoles, 16 de abril de 2008

EL ENTIERRO DE LAS RATAS -- BRAM STOCKER

EL ENTIERRO DE LAS RATAS -- BRAM STOCKER

EL ENTIERRO DE LAS RATAS




Si abandona París por la carretera de Orleans, cruce la Enceinte y, si gira a la derecha, se encontrará en un distrito algo salvaje y en absoluto placentero. A derecha e izquierda, delante y detrás, por todos lados se alzan grandes montones de basura y otros residuos acumulados por los procesos del tiempo.
París tiene su vida nocturna además de la diurna, y el viajero que penetra en su hotel de la Rue de Rivoli o la Rue St. Honoré a última hora de la noche o lo abandona a primera hora de la mañana puede adivinar, al llegar cerca de Montrouge -si no lo ha hecho ya antes- la finalidad de esos grandes carros que parecen como calderas sobre ruedas y que puede hallar pase por donde pase.
Cada ciudad tiene sus instituciones peculiares creadas para sus propias necesidades, y una de las más notables instituciones de París es su población de traperos. A primera hora de la mañana -y la vida de París empieza a una hora muy temprana- pueden verse colocadas en la mayoría de las calles, al otro lado de cada Patio y callejón y entre tantos edificios, como todavía en algunas ciudades norteamericanas e incluso en partes de Nueva York, grandes cajas de madera en las que las criadas o los inquilinos de las casas vacían la basura acumulada del día anterior. Alrededor de estas cajas se reúnen y circulan, una vez llenas, escuálidos y macilentos hombres y mujeres cuyas herramientas del oficio Consisten en un burdo saco o cesto colgado del hombro Y un pequeño rastrillo con el cual remueven y sondean y examinan minuciosamente los cubos de basura. Recogen y depositan en sus cestos, con ayuda de sus rastrillos, todo lo que pueden encontrar, con la misma facilidad con la que un chino utiliza sus palillos para comer.
París es una ciudad de centralización, y centralización y clasificación están estrechamente aliadas. En los primeros tiempos, cuándo la centralización se está convirtiendo en un hecho, su precursora es la clasificación. Todas las cosas que son similares o análogas son agrupadas juntas, y del agrupamiento de esos grupos surge un punto total o central. Vemos radiar muchos largos, brazos con innumerables tentáculos, y en el centro surge una gigantesca cabeza con un amplio cerebro y ojos atentos que miran a todos lados y con oídos sensibles todos los sonidos.... y una boca voraz para tragar.
Otras ciudades se parecen a todas las aves y animales y peces cuyos apetitos y digestiones son normales. Sólo París es la apoteosis analógica del pulpo. Producto de la centralización llevada a un ad absurdum, representa con justicia el pez diablo; y en ningún otro aspecto es más curioso el parecido que en la similitud con el aparato digestivo.
Los turistas inteligentes que, tras rendir su individualidad a las manos de los señores Cook o Gaze, hacen París en tres días, se sienten a menudo desconcertados al saber que la cena que en Londres cuesta unos seis chelines puede obtenerse por tres francos en un café en el Palais Royal. No necesitarán sorprenderse si consideran que la clasificación es una especialidad teórica de la vida parisina, que adopta a todo su alrededor el hecho que fue la génesis de los traperos.
El París de 1850 no era como el París de hoy, y aquellos que ven el París de Napoleón y del barón Hausseman difícilmente podrán comprender la existencia del estado de cosas hace cuarenta y cinco años.
Entre algunas cosas, sin embargo, que no han cambiado están esos distritos donde se recoge la basura. La basura es basura en todo el mundo, en todas las épocas, y el parecido familiar de los montones de basura es perfecto. En consecuencia, el viajero que visita los alrededores de Montrouge puede retroceder sin ninguna dificultad al año 1850.
En ese año yo estaba realizando una prolongada estancia en París. Estaba muy enamorado de una joven dama que, aunque correspondía a mi pasión, cedía de tal modo a los deseos de sus padres que había prometido no verme ni cartearse conmigo durante un año. Yo también me había visto obligado a acceder a estas condiciones bajo la vaga esperanza de la aprobación paterna. Durante el tiempo de prueba había prometido permanecer fuera del país y no escribirle a mi amor hasta que hubiera transcurrido el año.
Por supuesto, el tiempo me pesaba horriblemente. No había nadie de mi familia o círculo que pudiera hablarme de Alice, y nadie de su propia familia tenía, lamento decirlo, la suficiente generosidad como para enviarme siquiera alguna palabra de aliento ocasional relativa a su salud y bienestar. Pasé seis meses vagando por Europa, pero como no podía hallar una distracción satisfactoria en el viaje, decidí ir a París, donde al menos estaría al alcance de cualquier llamada de Londres en caso de que la buena suerte me reclamara antes de terminar el plazo. Ese «la esperanza diferida enferma el corazón» nunca estuvo mejor ejemplificado que en mi caso, porque, además del perpetuo anhelo de ver el rostro que amaba, siempre estaba conmigo la torturante ansiedad de que algún accidente pudiera impedirme mostrarle a Alice a su debido tiempo que, durante el largo período de prueba, había sido fiel a su confianza y a mi amor. Así, cualquier aventura que emprendí tenía en sí misma un intenso placer, Porque estaba cargada de posibles consecuencias más de las que normalmente hubiera afrontado.
Como todos los viajeros, agoté los lugares de mayor interés al primer mes de mi estancia, y al segundo mes me sentí impulsado a buscar diversión allá donde pudiera. Tras efectuar diversas excursiones a los suburbios más conocidos, empecé a ver que existía una terra incognita, en lo que a las guías de viaje se refería, en las selvas sociales que se extendían entre esos puntos de atracción. En consecuencia, empecé a sistematizar mis investigaciones, y cada día tomaba el hilo de mi exploración en el lugar donde lo había dejado caer el día anterior.
A lo largo del tiempo, mi vagabundeo me llevó cerca de Montrouge, y vi que por allí se extendía la última Thule de la exploración social, un país tan poco conocido como el que rodea las fuentes del Nilo Blanco. Y así decidí investigar filosóficamente a los traperos: su hábitat, su vida y sus medios de vida.
El trabajo era desagradable, difícil de realizar y con pocas esperanzas de una recompensa adecuada. Sin, embargo, pese a la razón, prevaleció la obstinación, y entré en mi nueva investigación con más energía de la que hubiera podido apelar para que me ayudara en, cualquier otra investigación que me condujera a cualquier otro fin, valioso o digno de estima.
Un día, a última hora de una espléndida tarde de finales de setiembre, entré en el sanctasanctórum de la Ciudad de la Basura. El lugar era evidentemente la morada reconocida de un buen número de traperos, porque se manifestaba una especie de orden en la formación de los montículos de basura al lado de la carretera. Pasé entre esos montículos, que se erguían como ordenados centinelas, decidido a penetrar más profundamente y rastrear la basura hasta su última localización.
Mientras avanzaba, vi detrás de los montículos de basura algunas formas que iban de aquí para allá, vigilando evidentemente con interés la aparición de cualquier extraño a aquel lugar. El distrito era como una pequeña Suiza, y mientras avanzaba mi tortuoso camino se cerró a mis espaldas.
Finalmente, llegué a lo que parecía una pequeña ciudad o comunidad de traperos. Había un cierto número de chozas o chabolas, como las que pueden encontrarse en las remotas partes del pantano de Allan -toscos lugares con paredes de cañas recubiertas con mortero de barro y con techos de paja hechos de los residuos de los establos-, lugares a los que uno no desearía entrar bajo ningún concepto, y que incluso en las acuarelas sólo podían parecer pintorescos si eran tratados juiciosamente. En medio de esas cabañas había una de las más extrañas adaptaciones -no puedo decir habitaciones- que jamás haya visto. Un inmenso y viejo guardarropa, los colosales restos de algún boudoir de Carlos VII, o Enrique 11, había sido convertido en una morada. Las dobles puertas estaban abiertas, de modo que todo su interior quedaba a la vista del público. La mitad abierta del guardarropa era una sala de estar de metro veinte por metro ochenta, donde se sentaban, fumando sus pipas alrededor de un brasero de carbón, no menos de seis viejos soldados de la Primera República, con sus uniformes arrugados y deshilachados. Evidentemente, eran de la clase de los mauvais sujets; sus turbios ojos y sus mandíbulas colgantes hablaban con claridad de un amor común a la absenta; y sus ojos tenían esa expresión perdida y consumida que es el sello del borracho en sus peores momentos, y ese semblante de adormecida ferocidad que sigue a la estela del copioso beber. El otro lado estaba como en sus viejos tiempos, con sus estantes intactos, excepto que habían sido cortados en profundidad por la mitad y en cada estante, de los que había seis, se había habilitado una cama hecha con trapos y paja. La media docena de respetables que vivían en aquella estructura me miraron con curiosidad cuando pasé, y cuando les devolví la mirada tras haberlos rebasado unos pasos vi que unían sus cabezas en una susurrada conferencia. No me gustó en absoluto el aspecto de todo aquello, porque el lugar era muy solitario Y los hombres tenían un aspecto muy, muy villano. De todos modos, no vi ninguna causa para tener miedo, y seguí adelante, penetrando más y más en el Sáhara. El camino era tortuoso hasta cierto grado y, tras avanzar en una serie de semicírculos, como cuando uno patina en una pista de patinaje, no tardé en sentirme confuso con respecto a los puntos cardinales.
Cuando hube penetrado un poco más vi, al doblar la esquina de un medio montículo, sentado sobre un montón de paja, a un viejo soldado con una deshilachada chaqueta.
«Vaya -me dije a mí mismo-; la Primera República está bien representada aquí en sus soldados. »
Cuando pasé por su lado, el viejo ni siquiera alzó la vista hacia mí, sino que miró al suelo con estólida persistencia. De nuevo observé para mí mismo: «¡Mira lo que puede hacer una vida de duras batallas! La curiosidad de este hombre es una cosa del pasado».
Cuando hube dado algunos pasos más, sin embargo., miré bruscamente hacia atrás y vi que la curiosidad no, estaba muerta, porque el veterano había alzado la cabeza y me estaba mirando con una expresión muy curiosa. Tuve la impresión de que su aspecto era muy parecido al de los seis respetables de antes. Cuando me vio mirarle, bajó la cabeza; y sin pensar más en él seguí mi camino, satisfecho de que hubiera un extraño parecido entre aquellos viejos guerreros.
Poco después hallé a otro viejo soldado en las mismas condiciones. Él tampoco reparó en mí cuando pasé por su lado.
Por aquel entonces era ya última hora de la tarde, y empecé a pensar en volver sobre mis pasos. Así que di la vuelta para regresar, pero pude ver un cierto número de caminos que iban entre los diferentes montículos y no pude decidir cuál de ellos debía tomar. En mi perplejidad, deseé ver a alguien a quien poder preguntarle el camino, pero no vi a nadie. Decidí avanzar más e intentar encontrar a alguien.... no un veterano.
Conseguí mi objetivo, porque, después de recorrer un par de cientos de metros, vi delante de mí una choza como nunca había visto antes, con la diferencia sin embargo de que no era para vivir, sino simplemente un techo con tres paredes, abierta por delante. Por las evidencias que mostraba el vecindario, supuse que era un lugar de clasificación y distribución. Dentro había una vieja mujer arrugada y encorvada por la edad; me acerque a ella para preguntarle el camino.
Se levantó cuando me aproximé y le pregunté por dónde debía ir. Inmediatamente inició una conversación, y se me ocurrió que allá en el centro mismo del Reino de la Basura estaba el lugar donde reunir detalles sobre la historia de los traperos parisinos, en particular si podía obtenerlos de los labios de alguien que parecía como si fuera uno de sus más antiguos habitantes.
Empecé con mis preguntas, y la vieja me dio repuestas muy interesantes: había sido una de las mujeres que hacían calceta mientras se sentaban cada día ante la guillotina, y había tomado una parte activa entre las mujeres que se destacaron por su violencia en la revolución. Mientras hablábamos, dijo de pronto:
-Pero m'sieur tiene que estar cansado de estar de pie.
Y le quitó el polvo a un viejo y tambaleante taburete para que me sentara. No me gustó hacerlo por muchas razones, pero la pobre vieja era tan educada que no quise correr el riesgo de ofenderla rehusando, y además, la conversación de alguien que había estado en la toma de la Bastilla era tan interesante que me senté, y así prosiguió nuestra conversación.
Mientras hablábamos, un hombre viejo -más viejo y más encorvado y lleno de arrugas incluso que la mujer apareció de detrás de la choza.
-Éste es Pierre -me dijo ella-. m'sieur puede oír ahora las historias que desee, pues Pierre estuvo en todas partes, desde la Bastilla hasta Waterloo.
El viejo tomó otro taburete a petición mía, y nos sumergimos en un mar de reminiscencias revolucionarias. Este viejo, aunque vestido como un espantapájaros, era como cualquiera de los seis veteranos.
Ahora estaba sentado en el centro de la baja choza con la mujer a mi izquierda y el hombre a mi derecha, los dos un poco frente a mí. El lugar estaba lleno de todo tipo de curiosos objetos de madera, y de mucha
otras cosas que hubiera deseado que estuviesen muy lejos. En una esquina había un montón de trapos que parecían moverse por la cantidad de bichos que contenían y, en la otra, un montón de huesos cuyo olor estremecía un poco. De tanto en tanto, al mirar aquellos montones, podía ver los relucientes ojos de alguna de,, las ratas que infestaban el lugar. Aquellos asquerosos objetos eran ya bastante malos, pero lo que tenía peor aspecto todavía era una vieja hacha de carnicero con un mango de hierro manchado con coágulos de sangre apoyada contra la pared a la derecha. De todos modos, estas cosas no me preocupaban mucho. La charla de los dos viejos era tan fascinante que seguí y seguí, hasta que llegó la noche y los montículos de trapos arrojaron oscuras sombras sobre los valles que había entre ellos,
Al cabo de un tiempo, empecé a intranquilizarme, no podía decir cómo ni por qué, pero de alguna forma no me sentía satisfecho. La intranquilidad es un instinto y una advertencia. La facultades psíquicas son a menudo los centinelas del intelecto, y cuando hacen sonar la alarma, la razón empieza a actuar, aunque quizá no conscientemente.
Así ocurrió conmigo. Empecé a tomar consciencia de dónde estaba y de lo que me rodeaba , y a preguntarme cómo actuaría en caso de ser atacado; y luego estalló bruscamente en mí el pensamiento, aunque sin ninguna causa definida, de que estaba en peligro. La prudencia susurró: «Quédate quieto y no hagas ningún signo», y así me quedé quieto y no hice ningún signo, porque sabía que cuatro ojos astutos estaban sobre mí. «Cuatro ojos.... si no más.» ¡Dios mío, qué horrible pensamiento! ¡Toda la choza podía estar rodeada en tres de sus lados por villanos! Podía estar en medio de una pandilla de desesperados como sólo medio siglo de revoluciones periódicas puede producir.
Con la sensación de peligro, mi intelecto y mis facultades de observación se agudizaron, y me volví más cauteloso que de costumbre. Me di cuenta de que los ojos de la vieja estaban dirigiéndose constantemente hacia mis manos. Las miré también, y vi la causa: mis anillos. En el dedo meñique de mi izquierda llevaba un gran sello y en la derecha un buen diamante.
Pensé que si había allí algún peligro, mi primera precaución era evitar las sospechas. En consecuencia, empecé a desviar la conversación hacia la recogida de la basura, hacia las alcantarillas, hacia las cosas que se encontraban allí; y así, poco a poco, hacia las joyas. Luego, aprovechando una ocasión favorable, le pregunté a la vieja si sabía algo de aquellas cosas. Ella respondió que sí, un poco. Alcé la mano derecha y, mostrándole el diamante, le pregunté qué pensaba de aquello. Ella respondió que tenía malos los ojos y se inclinó sobre mi mano. Tan indiferentemente como pude, dije:
-¡Perdón! ¡Así lo verá mejor!
Y me lo quité y se lo tendí. Una malvada luz iluminó su viejo y arrugado rostro cuando lo tocó. Me lanzó una furtiva mirada tan rápida como el destello de un rayo.
Se inclinó por un momento sobre el anillo, con el rostro completamente neutro mientras lo examinaba. El viejo miraba fijamente a la parte delantera de la choza ante él, mientras rebuscaba en sus bolsillos y extraía un poco de tabaco envuelto en un papel y una pipa y procedía a llenarla. Aproveché la pausa y el momentáneo descanso de los inquisitivos ojos sobre mi rostro para mirar cuidadosamente a mi alrededor, ahora sombrío a la escasa luz. Todavía estaban allí todos los montículos de variada y apestosa asquerosidad; la terrible hacha manchada de sangre estaba apoyada contra la esquina de la pared de la derecha, y por todas partes, pese a la escasa luz, destellaba el refulgir de los ojos de las ratas. Las pude ver incluso a través de algunos de los resquicios de las tablas de la parte de atrás, muy junto al suelo. ¡Pero cuidado! ¡Aquellos ojos parecían más grandes y brillantes y ominosos de lo normal!
Por un instante pareció como si se me parara el corazón, y me sentí presa de aquella vertiginosa condición mental en la que uno siente una especie de embriaguez espiritual, Y como si el cuerpo se mantuviera erguido tan sólo en el sentido de que no hay tiempo de caer antes de recuperarte. Luego, en otro segundo, la calma regresó a mí..., una fría calma, con todas las energías en pleno vigor, con un autocontrol que sentía perfecto con todas mis sensaciones e instintos alertas.
Ahora sabía toda la extensión del peligro: ¡era vigilado y estaba rodeado por gente desesperada! Ni siquiera podía calcular cuántos de ellos estaban tendidos allí en el suelo detrás de la choza, aguardando el momento para. atacar. Yo me sabía grande y fuerte, y ellos lo sabían también. También sabían, como yo, que era inglés y que por lo tanto lucharía; y así aguardaban. Tenía la sensación de que en los últimos segundos había conseguido una ventaja, porque sabía el peligro y comprendía la situación. Ésta, pensé, es mi prueba de valor..., la prueba de resistencia: ¡la prueba de lucha vendría más tarde!
La vieja mujer levantó la cabeza y me dijo de forma un tanto satisfecha:
-Un espléndido anillo, ciertamente.... ¡un hermoso anillo! ¡Oh, sí! Hubo un tiempo en que yo tuve anillos así, montones de ellos, y brazaletes y pendientes. ¡Oh, porque en aquellos espléndidos días yo era la reina del baile! ¡Pero ahora me han olvidado! ¡Me han olvidado¡ ¡En realidad nunca han oído hablar de mí! ¡Quizá sus abuelos sí me recuerden, a menos algunos de ellos.
Y dejó escapar una seca y cacareante risa. Y debo decir que entonces me sorprendió, porque me tendió de vuelta el anillo con un cierto asomo de gracia pasada de modo que no dejaba de ser patética.
El viejo la miró con una especie de repentina ferocidad, medio levantado de su taburete, y me dijo de pronto, roncamente:
-¡Déjemelo ver!
Estaba a punto de tenderle el anillo cuando la vieja dijo:
-¡No, no se lo entregue a Pierre! Pierre es excéntrico. Pierde las cosas; ¡y es un anillo tan hermoso!
-¡Zorra! -dijo el viejo salvajemente.
De pronto la vieja dijo, un poco más fuerte de lo necesario:
-¡Espere! Tengo que contarle algo acerca de un anillo.
Había algo en el sonido de su voz que me impresionó. Quizá fuera mi hipersensibilidad, fomentada por mi excitación nerviosa, pero por un momento pensé que no se estaba dirigiendo a mí. Lancé una mirada furtiva por el lugar y vi los ojos de las ratas en los montículos de huesos, pero no vi los ojos a lo largo del fondo. Pero mientras miraba los vi aparecer de nuevo. El «i Espere! » de la vieja me había proporcionado un respiro del ataque, y los hombres habían vuelto a hundirse en su postura tendida.
-Una vez perdí un anillo.... un hermoso aro de diamantes que había pertenecido a una reina y que me fue entregado por un recaudador de impuestos, que después se cortó la garganta porque yo lo rechacé. Pensé que debía de haber sido robado, y entre todos lo buscamos; pero no pudimos hallar ningún rastro. Vino la policía y Sugirió que debía de haber ido a las alcantarillas. Bajamos.... ¡yo con mis finas ropas, porque no les iba a confiar a ellos mi hermoso anillo! Desde entonces sé mucho Más sobre las alcantarillas, ¡y sobre las ratas también¡ Pero nunca olvidaré el horror de aquel lugar, lleno de ojos llameantes, un muro de ellos justo más allá de la luz de nuestras antorchas. Bien, bajamos debajo de mi casa. Buscamos la salida de la alcantarilla y allá, en medio de las inmundicias, hallamos mi anillo, y salimos.,
»¡Pero también hallamos algo más antes de salir! Cuando nos dirigíamos hacia la salida, un montón de ratas de alcantarilla -humanas esta vez- vino hacia nosotros. Dijeron a la policía que uno de ellos había ido a las alcantarillas pero no había regresado. Había ido sólo un poco antes que nosotros y, si se había perdido, no podía estar muy lejos. Pidieron que les ayudaran, así que volvimos. Intentaron impedir que fuera con ellos, pero insistí. Era una nueva excitación, y ¿no había recuperado mi anillo? No habíamos ido muy lejos cuando tropezamos con algo. Había muy poca agua, y el fondo de la alcantarilla estaba lleno de ladrillos, residuos y materia de muy variada índole. Había luchado, incluso,cuando su antorcha se apagó. ¡Pero eran demasiadas para él! ¡No les había durado mucho! Los huesos todavía estaba calientes, pero completamente mondos. Incluso hablan devorado a sus propias muertas, y había huesos de ratas junto con los del hombre. Los otros -los humanos- se lo tomaron con tranquilidad, y bromearon sobre su camarada cuando lo hallaron muerto. Bah, ¿qué más da, vivo o muerto?
-¿Y no tuvo usted miedo? -le pregunté.
-¡Miedo! -dijo con una risa-. ¿Yo miedo? ¡Pregúntele a Pierre! Pero entonces era más joven y, mientras recorría aquella horrible alcantarilla con su pared de ansiosos ojos, siempre moviéndose más allá del círculo de la luz de las antorchas, no me sentí tranquila. ¡Sin embargo, avancé por delante de los hombres! ¡Así es como lo hago siempre! Nunca he dejado que los hombres vayan por delante de mí. ¡Todo lo que deseo es una oportunidad y un medio! Y ellas lo devoraron..., se lo llevaron todo excepto los huesos; ¡y nadie se enteró, nadie oyó ningún sonido]
Entonces estalló en un cloqueo del más terrible regocijo que jamás haya oído y visto.
Una gran poetisa describe a su heroína cantando: «¡Oh, verla u oírla cantar! Apenas puedo decir qué es lo más divino». Y puedo aplicar la misma idea a la vieja bruja..., en todo menos en la divinidad, porque difícilmente puedo decir qué era lo más diabólico, si la dura, maliciosa, satisfecha, cruel risa, o la maliciosa sonrisa y la horrible abertura cuadrada de la boca, como una máscara trágica, y el amarillento brillo de los pocos dientes descoloridos en las informes encías. En esa risa y con esa sonrisa y la cloqueante satisfacción supe, tan bien como si me lo hubiera dicho con resonantes palabras, que mi muerte estaba sentenciada, y que los asesinos sólo aguardaban el, momento apropiado para su realización. Pude leer entre las líneas de su espeluznante historia las órdenes a sus cómplices. «Esperad -parecía decirles-, concedeos vuestro tiempo. Yo daré el primer golpe. ¡Hallad las armas para mí, y yo hallaré la oportunidad! ¡No escapará! Mantenedlo tranquilo y todo irá bien. No habrá ningún grito, ¡y las ratas harán su trabajo! »
Cada vez se hacía más oscuro; la noche estaba llegando. Lancé una furtiva mirada por la choza a mi alrededor: todo. seguía igual. La ensangrentada hacha en el rincón, los montones de porquería, y los ojos en los montones de huesos y en las rendijas junto al suelo.
Pierre había estado llenando ostensiblemente su pipa; ahora encendió una cerilla y empezó a dar profundas chupadas. La vieja mujer dijo:
-¡Vaya, qué oscuro es! ¡Pierre, enciende la lámpara corno un buen chico!
Pierre se levantó y, con la cerilla encendida en la mano, tocó el pábilo de una lámpara que colgaba a un lado de la entrada de la choza y que tenía un reflector que arrojaba la luz por todo el lugar. Era evidente que la usaban para salir por la noche.
-¡Ésa no, estúpido! ¡Ésa no! ¡La linterna! -le gritó la mujer.
Él la apagó de inmediato y dijo:
-De acuerdo, madre, la buscaré.
Y se puso a revolver por la esquina izquierda de la estancia, mientras la vieja decía en la oscuridad:
-¡La linterna! ¡La linterna! ¡Oh! Ésa es la luz más útil para nosotros los pobres. ¡La linterna fue la amiga de la revolución! ¡Es la amiga del trapero! Nos ayuda cuando todo lo demás falla.
Apenas había acabado de pronunciar la última palabra cuando hubo una especie de crujido por todo el lugar, y algo se arrastró firmemente sobre el techo.
De nuevo creí leer entre líneas sus palabras. Conocía la lección de la linterna.
«Uno de vosotros subid al techo con un nudo corredizo y estranguladlo cuando pase si dentro fracasamos. »
Cuando miré por la abertura vi el lazo de una cuerda silueteado en negro contra el cielo. ¡Estaba realmente rodeado! ¡Pierre no tardó en hallar la linterna. Mantuve los ojos fijos en la vieja a través de la oscuridad. Pierre procedió a encender la luz, y al destello de la chispa vi a la vieja alzar del suelo a su lado, donde había aparecido misteriosamente, y luego ocultar en los pliegues de su ropa, un cuchillo largo y afilado o una daga. Parecía un cuchillo de carnicero al que se le había proporcionado una punta aguzada.
La linterna empezó a arder.
-Tráela aquí, Pierre -dijo la mujer-. Colócala en la entrada, donde pueda verla. ¡Qué hermosa es! Aleja de nosotros la oscuridad; ¡es perfecta!
¡Perfecta para ella y sus propósitos! Arrojaba toda su luz sobre mi rostro, dejando en la penumbra los rostros de Pierre y de la mujer, que permanecían sentados más afuera de mí a cada lado.
Sentí que el momento de la acción se aproximaba, pero ahora sabía que la primera señal y movimiento procederla de la mujer, así que la vigilé a ella.
Estaba totalmente desarmado, pero ya había decidido qué hacer. Al primer movimiento, agarraría el hacha de carnicero del rincón de la derecha y me abriría paso hacia fuera. Al menos moriría luchando. Eché una mirada a mi alrededor para fijar su lugar exacto, a fin de no fallar al agarTarla al primer esfuerzo, porque el tiempo y la exactitud serían preciosos.
¡Buen Dios! ¡Había desaparecido! Todo el horror de la situación cayó sobre mí; pero el pensamiento más amargo de todos fue que si el resultado de aquella terrible situación era en mi contra, Alice sufriría infaliblemente. 0 bien me creerla un falso -y cualquier enamorado, o cualquiera que lo ha estado alguna vez, puede imaginar la amargura del pensamiento-, o seguiría amándome durante mucho tiempo después de que me hubiera perdido para ella y para el mundo, y así su vida se vería rota y amargada, destrozada por la decepción y la desesperación. La auténtica magnitud del dolor me aferró y me dio ánimos para soportar el terrible escrutinio de los conspiradores.
Creo que no me traicioné. La vieja mujer me estaba observando como un gato observa a un ratón; tenía su mano derecha oculta en los pliegues de su ropa, aferrando, como ya sabía, aquella larga daga de aspecto cruel. Tuve la sensación de que si hubiera visto alguna inquietud en mi rostro hubiera sabido que había llegado el momento, y hubiera saltado sobre mí como una tigresa, segura de atraparme descuidado.
Miré a la derecha, y vi allí una nueva causa de peligro. Delante y alrededor de la choza había a poca distancia algunas formas sombrías; estaban completamente inmóviles, pero sabía que todas estaban alertas y en guardia. Tenía pocas posibilidades en aquella dirección.
Eché de nuevo una mirada a mi alrededor. En momentos de gran excitación y gran peligro, que es también excitación, la mente trabaja muy rápido, y la agudeza de las facultades que dependen de la mente crece en proporción. Entonces lo sentí. En un instante abarqué toda la situación. Vi que el hacha había sido retirada a través de un pequeño agujero hecho en una de las podridas planchas. Tenía que estar muy podrida para permitir algo así sin siquiera un ruido.
La choza era una típica ratonera, y estaba guardada a todo su alrededor. Un verdugo aguardaba tendido en el techo, listo para ahorcarme con su cuerda si yo conseguía escapar de la daga de la vieja bruja. Delante, el camino estaba guardado por no sabía cuántos vigilantes. Y en la parte de atrás había una hilera de hombres desesperados -había visto de nuevo sus ojos a través de, las grietas en las tablas del suelo, cuando miré por última vez- mientras permanecían tendidos aguardando la señal de ponerse en pie. ¡Si tenía que ser alguna vez, que fuera ahora!
Tan fríamente como fui capaz me giré un poco en mi taburete a fin de meter bien mi pierna derecha debajo de mi cuerpo. Luego, con un repentino salto, girando la cabeza hacia un lado y protegiéndola con las manos, y con el instinto de lucha de los antiguos caballeros, pronuncié el nombre de mi dama y me lancé contra la pared de atrás de la choza.
Pese a lo muy atentos que estaban, lo repentino de mi movimiento sorprendió tanto a Pierre como a la vieja. Al tiempo que atravesaba las podridas planchas, vi a la mujer levantarse de un salto, como un tigre, y oí su grito ahogado de contenida rabia. Mis pies golpearon algo que se movía, y mientras saltaba alejándome de ello supe que había pisado la espalda de uno de la hilera de hombres que permanecían tendidos boca abajo fuera de la choza. Recibí rasguños de clavos y astillas, pero por otro lado salí incólume. Sin aliento, trepé por el montículo que tenía delante, al tiempo que oía el sordo ruido de la choza al desplomarse en una masa informe.
Fue una ascensión de pesadilla. El montículo, aunque bajo, era horriblemente empinado y, con cada paso que daba, la masa de tierra y cenizas cedía y se hundía bajo mis pies. El polvo se alzaba y me ahogaba; era mareante, fétido, horrible, pero sabía que era una carrera a vida o muerte, y seguí luchando. Los segundos parecieron horas, pero los breves momentos que había conseguido, combinados con mi juventud y mi fuerza, me proporcionaron una gran ventaja y, aunque varias formas echaron a correr tras de mí en un mortal silencio que era más terrible que cualquier sonido, alcancé fácilmente la cima. Posteriormente he subido el cono del Vesubio y, mientras escalaba aquella desolada ladera entre los humos sulfurosos, el recuerdo de aquella horrible noche en Montrouge me vino a la memoria tan vívidamente que casi me desvanecí.
El montículo era uno de los más altos de la zona, y mientras trepaba hasta la cima, jadeando en busca de aliento y con el corazón latiendo como un martillo pilón, vi a lo lejos, a mi izquierda, el apagado resplandor rojizo del cielo, y más cerca aún el llamear de unas luces. ¡Gracias a Dios! ¡Ahora sabía dónde estaba y dónde hallar el camino hasta París!
Hice una pausa durante dos o tres segundos y miré atrás. Mis perseguidores estaban todavía muy retrasados, pero ascendían resueltamente y en un mortal silencio. Más allá, la choza era una ruina.... una masa de maderos y formas que se movían. Podía verla bien, porque las llamas estaban empezando ya a apoderarse de ella; los trapos y la paja se habían incendiado, evidentemente, a causa de la linterna. ¡Y todavía el silencio! ¡Ni un sonido! Aquellos pobres desgraciados sabían aceptar al menos las cosas.
No tuve tiempo más que para una mirada de pasada, por que, cuando observé a mi alrededor en busca del mejor lugar para bajar, vi varias formas oscuras corriendo a ambos lados para cortarme el camino. Ahora era una carrera por mi vida. Estaban intentando adelantarme en mi camino hacia Paris y, con el instinto del momento, me lancé a descender por el lado de la derecha. Fue justo a tiempo porque, aunque bajé en lo que me parecieron unos pocos pasos, los viejos y cautelosos hombres que estaban observándome dieron la vuelta, y uno de ellos, mientras yo corría por la abertura entre los dos montículos de delante, casi me alcanzó con un golpe de aquella terrible hacha de carnicero. ¡Seguro que no podía haber allí dos de aquellas armas!
Entonces empezó una caza auténticamente horrible. Me adelanté fácilmente a los viejos, e incluso cuando algunos hombres más jóvenes y unas cuantas mujeres se unieron a la caza, los distancié con facilidad. Pero no conocía el camino, y ni siquiera podía guiarme por la luz en el cielo, porque estaba corriendo en sentido contrario a ella. Había oído que, a menos que tengan un propósito consciente, los hombres perseguidos siempre giran hacia la izquierda, y eso descubrí que estaba haciendo ahora; y supongo que eso lo sabían también mis perseguidores, que eran más animales que hombres, y con astucia o instinto habían descubierto por sí mismos tales secretos: porque tras una rápida carrera, tras la cual esperaba tomarme un momento de respiro, vi de pronto delante de mí a dos o tres formas que pasaban velozmente por detrás de un montículo a la derecha.
¡Estaba metido en una tela de araña! Pero con el pensamiento de este nuevo peligro llegó la resolución del cazado, y así eché a correr por el siguiente giro a la derecha. Proseguí en esta dirección durante unos cien metros, y luego, girando de nuevo a la izquierda, me aseguré de que al menos había evitado el peligro de ser rodeado.
Pero no de la persecución, porque la turba seguía tras de mí, firme, resuelta, incansable, y todavía en un hosco silencio.
En la creciente oscuridad, los montículos parecían ahora ser un poco más pequeños que antes, aunque -porque la noche se estaba cerrando- aparentaban ser más grandes en proporción. Ahora estaba muy por delante de mis perseguidores, así que trepé rápidamente por el montículo que tenía delante.
¡Alegría de alegrías ! Estaba cerca del borde de aquel infierno de montículos de basura. Detrás, lejos de mí, la luz roja de París en el cielo y, alzándose detrás, las alturas de Montmartre.... una luminosidad débil, con algunos puntos brillantes como estrellas aquí y allá.
Con el vigor restablecido en un momento, corrí por los pocos montículos de tamaño decreciente que faltaban, y me hallé en el terreno llano más allá. Incluso entonces, sin embargo, la perspectiva no era invitadora. Todo delante de mí era oscuro y deprimente, y evidentemente había llegado a uno de esos lugares desiertos, húmedos y llanos que pueden hallarse aquí y allá en las inmediaciones de las grandes ciudades. Lugares yermos y desolados, donde el espacio es requerido para la aglomeración definitiva de todo lo que es nocivo, y el terreno es demasiado pobre para crear un deseo de ocupación incluso entre la gente más baja. Con los ojos acostumbrados a la semioscuridad del anochecer, y lejos ahora de las sombras de aquellos terribles montículos de basura, podía ver mucho más fácilmente que hacía unos momentos. Era posible, por supuesto, que el resplandor en el cielo de las luces de París, aunque la ciudad estaba a algunos kilómetros de distancia, se reflejara aquí. Fuera lo que fuese, veía lo suficiente como para percibir todo lo que había a una cierta distancia a mi alrededor.
Delante había una lúgubre y plana extensión que parecía casi una llanura muerta, con el oscuro brillo de charcas de agua estancada aquí y allá. Aparentemente muy lejos a la derecha, entre un pequeño racimo de luces dispersas, se alzaba la oscura masa de Fort Montrouge, y lejos a la izquierda, en la oscura distancia, marcadas por el apagado brillo de las ventanas de algunas casas, las luces en el cielo mostraban la situación de Bicétre.. Un momento de reflexión me decidió a dirigirme hacia la derecha e intentar alcanzar Montrouge. Allí al menos habría algún tipo de seguridad, y posiblemente llegaría antes a alguno de los cruces de carreteras que conocía. En alguna parte, no muy lejos, tenía que estar la estratégica carretera que conectaba la cadena de fuertes que rodeaba la ciudad.
Entonces miré hacia atrás. Sobre los montículos, y silueteados en negro contra el resplandor del horizonte parisino, vi varias figuras que se movían, y más a la derecha otras varias que se desplegaban entre yo y mi destino. Evidentemente, tenían intención de cortarme el paso en aquella dirección, y así mis elecciones se vieron reducidas; ahora se limitaban a ir directamente al frente o girar a la izquierda. Me incliné hacia el suelo, a fin de conseguir la ventaja del horizonte como línea de visión, y miré con atención en aquella dirección, pero no pude detectar ningún signo de mis enemigos. Argumenté que. puesto que no habían protegido o no intentaban proteger aquel punto, eso significaba que había allí un evidente peligro para mí de todos modos. Así que decidí avanzar directamente al frente.
No era una perspectiva invitadora y, a medida que avanzaba, la realidad se hizo peor. El ter-reno se volvió blando y rezumante, y de tanto en tanto cedía bajo mis pies de una forma desagradable. De alguna forma, parecía descender, porque vi a mi alrededor lugares aparentemente más elevados que donde estaba, y esto en un lugar que desde un poco más atrás parecía llano por completo. Miré a mi alrededor, pero no pude ver a ninguno de mis' perseguidores. Aquello era extraño, porque durante todo el tiempo aquellos pájaros nocturnos me habían seguido en la oscuridad con tanta facilidad como si fuera a plena luz del día. Cómo me reproché el haber salido con mi traje de turista de tweed de color claro. El silencio, al no ser capaz de ver a mis enemigos mientras tenía la sensación de que ellos me estaban observando, era cada vez más terrible; y en la esperanza de que alguien que no fueran ellos me oyera, alcé la voz y grité varias veces. No hubo ni la más ligera respuesta, ni siquiera el eco recompensó mis esfuerzos. Durante un tiempo me mantuve inmóvil y clavé los ojos en una dirección. En uno de los lugares elevados a mi alrededor vi algo oscuro que se movía, luego otro, y otro. Era a mi izquierda, y al parecer se movían para adelantarme.
Creí que con mi habilidad como corredor podría de nuevo eludir a mis enemigos en aquel juego, y así eché a correr a toda velocidad.
¡Chap!
Mis pies cayeron en una masa fangosa, y caí cuando largo era en un hediondo charco de agua estancada. El agua y el lodo en el cual mis brazos se hundieron hasta el codo eran sucios y nauseabundos más allá de toda descripción, y con lo repentino de mi caída llegué a tragar algo de aquella asquerosa materia, que casi estuvo a punto de ahogarme y me hizo jadear en busca de aliento. Nunca olvidaré los momentos durante los cuales me mantuve inmóvil tras ponerme en pie, intentando recuperarme, al borde del desvanecimiento, del fétido olor del asqueroso charco, cuyos blancuzcos vapores se alzaban como fantasmas a mi alrededor. Lo peor de todo fue que, con la aguda desesperación del animal cazado cuando ve a la jauría perseguidora lanzarse contra él, vi ante mis ojos, mientras permanecía de pie, impotente, las oscuras formas de mis perseguidores avanzando rápidamente para rodearme.
Resulta curioso cómo nuestras mentes elaboran extraños vericuetos incluso cuando las energías del pensamiento se hallan en apariencia concentrados en alguna terrible y apremiante necesidad. Mi vida estaba en momentáneo peligro, mi seguridad dependía de mi acción, y mi elección de alternativas tenía que actuar ahora casi a cada paso que diera, y sin embargo no podía pensar más que en la extraña y testaruda persistencia de aquellos viejos. Su silenciosa resolución, su firme y hosca
persistencia, despertaban incluso en aquellas circunstancias en mí, además de miedo, una cierta medida de respeto. Me pregunté qué hubiera ocurrido de estar en el vigor de su juventud. ¡Ahora podía comprender aquel arranque de energía en el puente de Arcola, aquella burlona exclamación de la Vieja Guardia en Waterloo! El homenaje inconsciente tiene sus propios placeres, incluso en tales momentos; pero afortunadamente no choca de ninguna forma con el pensamiento del cual brota la acción.
Me di cuenta a primera vista de que, aunque me sentía derrotado en mi objetivo, mis enemigos todavía no habían vencido. Habían conseguido rodearme por tres lados y estaban intentando empujarme hacia la izquierda, donde había ya algún peligro para mí, pero no habían dejado guardia. Acepté la alternativa: era un caso de elección de Hobson y de correr. Tenía que mantenerme en terreno bajo, porque mis perseguidores estaban en los lugares más altos. Sin embargo, aunque el rezumante y quebrado suelo dificultaba mi marcha, mi juventud y mi entrenamiento me permitieron mantener la distancia y conservar una línea en diagonal que no sólo les impedía ganar terreno sobre mí, sino que incluso empezó a distanciarlos. Esto me dio nuevo valor y fuerza, y por aquel entonces mi entrenamiento habitual empezaba a tomar de nuevo el mando y había recuperado el aliento. Delante de mí, el terreno ascendía ligeramente. Me apresuré ladera arriba y descubrí delante de mí una extensión de chapoteante terreno, con un bajo dique o talud de aspecto oscuro y ominoso más allá. Tuve la sensación de que si podía alcanzar con seguridad aquel dique, entonces, con terreno sólido bajo mis pies y algún tipo de sendero que me guiara, podría hallar con cierta facilidad una forma de salir de mis apuros. Tras una mirada a derecha e izquierda y sin ver a nadie cerca, mantuve los ojos durante unos breves minutos fijos en mis pies, para comprobar que trabajaban correctamente a la hora de cruzar aquel terreno pantanoso. Fue un trabajo duro y desagradable, pero había poco peligro, tan sólo esfuerzo; y al poco tiempo estaba en el dique. Subí exultante su ladera, pero allí me sacudió una nueva conmoción. A ambos lados de mí se alzaron un cierto número de figuras agazapadas. Se lanzaron contra mí desde la derecha y desde la izquierda. Entre todos, a cada lado, sujetaban una cuerda.
El cerco estaba casi completo. No podía ir a ningún lado, y el fin estaba cerca.
Sólo había una posibilidad, y la tomé. Me dejé resbalar por el dique y, para escapar de las garras de mis enemigos, me lancé a la corriente.
En cualquier otra circunstancia hubiera pensado que el agua estaba sucia y asquerosa, pero ahora le di la bienvenida como si fuera una corriente cristalina para un viajero sediento. ¡Era un camino a la seguridad!
Mis perseguidores se lanzaron tras de mí. Si tan sólo uno de ellos hubiera sujetado la cuerda, me hubieran cogido, porque me hubiera enredado con ella antes de tener tiempo de dar una brazada; pero las muchas manos que la sujetaban les dificultaron y retrasaron, y cuando la cuerda golpeó el agua oí el chapoteo muy detrás de mí. Unos minutos de fuertes brazadas me llevaron al otro lado de la corriente. Refrescado por la inmersión y alentado por la escapatoria, subí al dique del otro lado con un espíritu relativamente alegre.
Miré hacia atrás desde arriba. Por entre la oscuridad vi a mis asaltantes dispersarse a lo largo del dique hacia arriba y hacia abajo. Evidentemente, la persecución no había terminado, y de nuevo tuve que elegir mi camino. Más allá del dique donde me hallaba había un terreno salvaje y pantanoso muy similar al que había cruzado. Decidí evitar aquel lugar, y por un momento dudé en ir dique arriba o dique abajo. Creí oír un sonido, el apagado rumor de unos remos, así que escuché y luego grité.
Ninguna respuesta, pero el sonido cesó. De alguna forma, mis enemigos habían conseguido un bote de algún tipo. Puesto que estaban más arriba de mi, tomé el camino descendente y empecé a correr. Cuando pasé a la izquierda de donde había entrado en el agua oí varios chapoteos, blandos y furtivos, como el sonido que hace una rata al sumergirse en una con-¡ente, pero mucho mayor; y cuando miré, vi el oscuro brillo del agua roto por las ondulaciones de varias cabezas que avanzaban. Algunos enemigos estaban cruzando también a nado la corriente.
Y ahora detrás de mí, corriente arriba, el silencio se vio roto por el rápido crujir y resonar de remos; mis enemigos aceleraban su persecución. Empleé todas mis energías y seguí corriendo. Al cabo de un par de minutos, miré hacia atrás y, a la luz que se filtraba a través de las nubes, vi varias formas oscuras trepar al terraplén tras de mí. Había empezado a alzarse viento, y el agua a mi lado se estaba agitando y empezando a romperse en pequeñas olas contra la orilla. Tenia que mantener los ojos muy atentos al terreno delante de mí para evitar tropezar, porque sabía que tropezar era la muerte. Al cabo de otros pocos minutos miré de nuevo hacia atrás. En el dique sólo había unas pocas figuras oscuras, pero cruzando el terreno pantanoso había muchas más. Ignoraba qué nuevo peligro significaba esto, sólo podía suponerlo. Luego, mientras corría, tuve la sensación de que mi camino seguía desviándose hacia la derecha. Miré al frente y vi que el río era mucho más ancho que antes, y que el dique sobre el que estaba desaparecía allí delante, y que más allá había otra corriente en cuya orilla más cercana vi algunas de las formas oscuras ahora al otro lado del pantano. Me hallaba en una isla de algún tipo.
Mi situación era entonces realmente terrible, porque mis enemigos me habían atrapado entre ambos lados. Detrás de mí llegaba el acelerado rumor de los remos, como si mis perseguidores supieran que el fin estaba cerca. A mi alrededor, a cada lado, sólo había desolación; no había ningún techo, ninguna luz, hasta tan lejos como podía ver. Muy lejos a la derecha se alzaba una masa oscura, pero no sabía lo que era. Me detuve un momento para pensar en qué debía hacer, no mucho tiempo, porque mis perseguidores se estaban acercando. Entonces me decidí. Me deslicé orilla abajo y me lancé al agua. Lo hice de cabeza, a fin de aprovechar la corriente para rebasar el remolino de la isla. Aguardé hasta que una nube cruzó por delante de la luna y lo sumió todo en la oscuridad. Entonces me quité el sombrero y lo deposité suavemente en el agua, dejando que flotara con la corriente, y un segundo más tarde me zambullí hacia la derecha y me mantuve bajo el agua con todas mis fuerzas. Supongo que estuve medio minuto bajo el agua, y cuando salí lo hice tan suavemente como pude; me volví y miré hacia atrás. Allá iba mi sombrero de color pardo claro flotando alegremente corriente abajo. Muy cerca detrás apareció un viejo bote desvencijado, impulsado furiosamente por un par de remeros. La luna estaba todavía parcialmente oscurecida por las derivantes nubes, pero a la media luz pude ver a un hombre en la proa sujetando, lista para golpear, lo que me pareció que era la misma terrible hacha de la que antes habla escapado. Mientras miraba, el bote se acercó, se acercó, y el hombre golpeó salvajemente. El sombrero desapareció. El hombre cayó hacia adelante, casi fuera del bote. Sus camaradas lo sujetaron pero sin el hacha, y luego, mientras me volvía con todas mis energías para alcanzar la otra orilla, oí el feroz retumbar de la palabra «Sacré!» que indicaba la ira de mis frustrados perseguidores.
Ése fue el primer sonido que oí de unos labios humanos durante toda aquella terrible caza, y por muchas amenazas y peligros que me acechasen, fue un sonido bienvenido porque rompió aquel terrible silencio que me envolvía y abrumaba. Era como un signo claro de que mis oponentes eran hombres y no fantasmas, y que ante ellos tenía al menos las posibilidades de un hombre, aunque uno contra muchos.
Pero ahora que el conjuro del silencio se había roto, los sonidos llegaron numerosos y rápidos. Del bote a la orilla y de vuelta de la orilla al bote llegaron una rápida pregunta y una rápida respuesta, todo ello en feroces susurros. Miré hacia atrás, un movimiento fatal, puesto que en aquel instante alguien vio mi rostro, que se reflejó blanco en la oscura agua, y gritó. Varias manos me señalaron, y en uno o dos momentos el bote estuvo en marcha de nuevo tras de mí. Me quedaba poco trecho que recorrer, pero el bote se acercaba más y más. Unas brazadas más y estaría en la orilla, pero sentía que el bote se aproximaba, y esperé a cada segundo el golpear de un remo o cualquier otra arma contra mi cabeza. De no haber visto aquella terrible hacha desaparecer en el agua creo que no hubiera alcanzado la orilla. Oí las murmuradas maldiciones de aquellos que no remaban y la afanosa respiración de los remeros. Con un supremo esfuerzo por la vida o la libertad alcancé la orilla y salté a ella. No había un solo segundo que perder, porque detrás de mí el bote varó y varias formas saltaron en mi persecución. Alcancé la parte superior del dique y, manteniéndome a la izquierda, corrí de nuevo. El bote se separó de la orilla y siguió corriente abajo. Al ver aquello temí el peligro en aquella dirección y, volviéndome rápidamente, corrí dique abajo por el otro lado, y tras pasar un corto trecho de terreno pantanoso alcancé una llanura abierta y seguí corriendo.
Mis incansables perseguidores seguían detrás de mí. Muy lejos, más abajo, vi la misma masa oscura de antes, pero ahora estaba más cerca y era más grande. Mi corazón se estremeció de deleite, porque supe que debía de ser la fortaleza de Bicétre, y seguí corriendo con nuevas energías.. Había oído que entre cada uno y todos los fuertes que protegían París había caminos estratégicos, carreteras profundamente hundidas donde los soldados que avanzaban por ellas quedaban protegidos del enemigo. Sabía que si podía alcanzar esa carretera estaría a salvo, pero en la oscuridad no podía ver ningún signo de ella, así que seguí corriendo con la ciega esperanza de alcanzarla.
De pronto, llegué al borde de un profundo corte, Y descubrí que allá abajo avanzaba una carretera protegida a cada lado por una zanja de agua con una alta pared vertical a cada lado.
Cada vez más débil y aturdido, seguí corriendo; el terreno se volvió quebrado, cada vez más y más, hasta que me tambaleé y caí, y me levanté de nuevo, y corrí con la ciega angustia de los perseguidos. De nuevo el pensamiento de Alice me dio nervio. No destrozada su vida; lucharía y me debatida hasta el final. Con un gran esfuerzo llegué a la muralla del fuerte. Mientras me izaba trepando como un gato montés, sentí realmente una mano que intentaba agarrar la suela de mi zapato. Me hallaba ahora en una especie de calzada elevada, y delante de mí vi una débil luz. Ciego y aturdido, seguí corriendo, me tambaleé, caí, me levanté de nuevo, cubierto de polvo y sangre.
-Halt là!
Las palabras sonaron como una voz celestial. Un chorro de luz pareció envolverme, y grité de alegría.
-Qui va lá?
El sonido de unos mosquetes, el destello del acero ante mis ojos. Me agaché instintivamente, pensando que muy cerca detrás de mí venían mis perseguidores.
Otra palabra o dos, y de una puerta brotó, o eso me pareció, una marea de rojo y azul cuando salió la guardia. Todo a mi alrededor parecía arder con luz, y el destello del acero, el resonar y el cliquetear de las armas y las fuertes y secas voces de mando me aturdieron. Cuando caí hacia adelante, totalmente agotado, un soldado me sujetó. Miré hacia atrás con temida expectación, y vi la masa de formas oscuras desaparecer en la noche. Luego debí desvanecerme. Cuando recobré mis sentidos estaba en la sala de guardia. Me dieron brandy, y tras unos momentos fui capaz de contarles algo de lo que había pasado. Luego apareció un comisario de policía, al parecer surgido del aire, como suelen hacer los agentes de policía parisinos. Escuchó atentamente, y luego consultó durante unos momentos con el oficial al mando. Al parecer estuvieron de acuerdo, porque me preguntaron si estaba con fuerzas para ir con ellos.
-¿Adónde? -pregunté, mientras me levantaba para partir.
-De vuelta a los montículos de basura. ¡Puede que quizá todavía los atrapemos 1
-¡Lo intentaré! --dije.
Me miró fijamente por un momento, y de pronto dijo
-¿No preferiría aguardar un poco o hasta mañana, joven inglés?
Aquello despertó en mí la fibra sensible que sin duda esperaba y salté en pie.
-¡Vamos ahora! --dije-. ¡Ahora, ahora! ¡Un inglés siempre está dispuesto a cumplir con su deber!
El comisario era un buen tipo, además de astuto; me dio una amable palmada en el hombro.
-Brave garçon! --dijo-. Discúlpeme, pero sabía que esto le haría bien. La guardia está preparada. ¡Vamos!
Y así, cruzando directamente la sala de guardia y un largo pasadizo abovedado, salimos a la noche. Algunos de los hombres que iban delante llevaban poderosas linternas. A través de patios y por un camino descendente salimos a través de un bajo arco hasta una carretera hundida, la misma que había visto en mi huida. Se dio orden de marcha, y con un rápido y elástico paso, medio correr, medio caminar, los soldados avanzaron. Sentí renovadas mis fuerzas.... ésta es la diferencia entre cazador y cazado. Una breve distancia nos llevó a un bajo puente de pontones que cruzaba la corriente. Evidentemente, se habían hecho algunos esfuerzos para dañarlo, porque las cuerdas habían sido cortadas y una de las cadenas estaba rota. Oí al oficial decir al comisario:
-¡Hemos llegado justo a tiempo! Unos minutos más, y hubieran destruido el puente. ¡Adelante, más aprisa todavía!
Y seguimos. De nuevo alcanzamos un pontón sobre la corriente; cuando llegamos a él oímos el hueco retumbar de los tambores metálicos mientras los esfuerzos por destruir el puente se renovaban. Una orden de mando, y varios hombres alzaron sus rifles.
-¡Fuego!
Sonó una descarga. Hubo un grito ahogado, y las formas oscuras se dispersaron. Pero el mal ya estaba hecho, y vimos el otro extremo del pontón derivar en la corriente. Aquello significó un retraso importante, y había transcurrido casi una hora antes de que hubiéramos renovado las cuerdas y restablecido lo suficiente el puente como para cruzarlo.
Reanudamos la persecución. Avanzamos más y más rápidamente hacia los montículos de basura.
Al cabo de un tiempo llegamos a un lugar que conocía. Había los restos de un fuego.... unas pocas cenizas de madera quemada aún dejaban escapar un resplandor rojizo, pero la mayor palie estaban frías. Reconocí el emplazamiento de la choza y el montículo detrás de ella por el que había escapado y, en el parpadeante resplandor, los ojos de las ratas todavía brillaban con una especie de fosforescencia. El comisario dijo una palabra al oficial, y éste gritó:
-¡Alto!
Se ordenó a los soldados que se desplegaran y vigilaran, y luego empezamos a examinar las ruinas. El propio comisario empezó a levantar las carbonizadas tablas y la porquería, que los soldados fueron retirando y apilando a un lado. De pronto se echó hacia atrás, luego se inclinó y, alzándose, me hizo una seña.
-¡Mire! -dijo.
Era una horrible visión. Había allí un esqueleto boca abajo, una mujer por la forma, una mujer vieja por la tosca fibra de los huesos. Entre las costillas asomaba una larga daga como una púa hecha con un cuchillo de carnicero afilado, con la punta enterrada en la espina dorsal.
-Observará -dijo el comisario al oficial y a mi mientras sacaba su bloc de notas- que la mujer debió de caer sobre su daga. Las ratas son muchas aquí, vea sus ojos brillar entre ese montón de huesos. Observará también -me estremecí cuando colocó su mano sobre el esqueleto- que esperaron poco tiempo, ¡porque los huesos apenas están fríos!
No había signos de nadie más cerca, ni vivo ni muerto; y así, desplegados de nuevo en línea, los soldados siguieron avanzando. Finalmente llegamos a la choza hecha con el viejo guardarropa. Nos acercamos. En cinco de los seis compartimentos había un viejo durmiendo ... durmiendo tan profundamente que ni siquiera el resplandor de las linternas los despertó. Parecían viejos y hoscos y canosos, con sus rostros hundidos, arrugados y curtidos y sus bigotes blancos
El oficial dio seca y fuertemente una voz de mando, y todos estuvieron de pie delante de nosotros en posición de firmes
-¿Que hacéis aquí?
-Estábamos durmiendo -fue la respuesta.
-¿Dónde están los otros chiffoniers? -preguntó el comisario.
-Han ido a trabajar. ¿Y vosotros?
-¡Estamos de guardia!
-¡Peste! -rió el oficial hoscamente, mientras miraba a los viejos a la cara uno tras otro y añadía con fría y deliberada crueldad-: ¡Dormidos en servicio! ¿Así es como se comporta la Vieja Guardia? ¡No me extraña lo que ocurrió en Waterloo!
A la luz de la linterna vi los hoscos y viejos rostros ponerse mortalmente pálidos, y casi me estremecí ante la expresión de los ojos del viejo cuando las risas de los soldados hicieron eco a la burla del oficial.
En aquel momento tuve la sensación de que en cierta medida había sido vengado.
Por un momento pareció como si fueran a arrojarse contra su atormentador, pero años de vida en el ejército les habían enseñado y permanecieron inmóviles.
-Sólo sois cinco --dijo el comisario-; ¿dónde está el sexto?
La respuea llegó con una lúgubre risita.
-¡Está aquí-y el que hablaba señaló al fondo del guardarropa-. Murió la otra noche. No va a hallar mucho de él. ¡El entierro de las ratas es rápido!
El comisario se inclinó y miró. Luego se volvió al oficial y dijo tranquilamente.
-Será mejor que nos marchemos. Ya no hay ninguna huella ahora; nada que pruebe que este hombre fue el herido por las balas de sus soldados. Probablemente lo asesinaron para cubrir sus huellas. ¡Mire! -Se inclinó de nuevo y apoyó sus manos sobre el esqueleto-. Las ratas trabajan rápido y son muchas. ¡Estos huesos todavía están calientes!
Me estremecí, y lo mismo hicieron varios de los que estaban a mi alrededor.
-¡Formen! -dijo el oficial; y así, en orden de marcha, con las linternas oscilando al frente y los veteranos arnanillados en medio, avanzamos con paso firme fuera de los montículos de basura y regresamos a la fortaleza de Bicétre.
Mi año de prueba terminó hace mucho tiempo, y ahora Alice es mi esposa. Pero cuando miro en retrospectiva el lapso de aquellos doce meses de mi vida, uno de los más vívidos incidentes que recuerda mi memoria es el asociado con mi visita a la Ciudad de la Basura

viernes, 11 de abril de 2008

LA CASA TELLIER -- GUY DE MAUPASSANT

este relato, sirve para poner una sonrisa en la cara de quien lo lea, ademas, para quien no lo conozca, este es el primero que escribio, y a partir de aqui, se convirtio, y sigue convirtiendose en el autoe fetiche de miles y miles de personas, hay gente que ha hecho mas dinero haciendo biografias o historias de maupassant, que de sus escritos, solo el nombre vendia, para quien no lo conozca, cuidado,... este relato puede tener la culpa...


LA CASA TELLIER
Por Guy de Maupassant

I
Se iba allá, cada noche, alrededor de las once, como se va a un café, simplemente.
Se encontraban seis a ocho, siempre los mismos, no eran juerguistas sino hombres honorables, comerciantes, jóvenes
funcionarios de gobierno; tomaban su chartreuse alegremente con alguna de las muchachas, o bien charlaban seriamente con Madame", a quién todos respetaban.
Luego se recogían a dormir antes de la media noche. Los jóvenes algunas veces se quedaban.
La casa era de familia, pequeñita, pintada de amarillo, en la esquina de una calle detrás de la iglesia de Saint-Etienne;
por las ventanas, se veía la bahía llena de barcos que descargaban, el gran pantano salado llamado "La traba", detrás, el costado de la Virgen con su vieja capilla completamente gris.
Madame, provenía de una buena familia de campesinos del departamento del Eure, había aceptado esta profesión igualmente como hubiera sido modista o sirvienta. El prejuicio de deshonra asociado a la prostitución, tan violento y tan vivo en
las ciudades, no existe en la campiña Normanda. El campesino dice: - Es una buena profesión - y enviarían a sus hijos a
mantener un harem de mujeres como los enviarían a dirigir un internado de señoritas.
Esta casa, por lo demás, provenía de herencia de un viejo tío de la cuál era propietario. Monsieur y Madame,
anteriormente proxenetas cerca de Yvetot, lo habían inmediatamente liquidado pensando que el negocio de Fécamp era más
ventajoso para ellos; habían llegado una bonita mañana a tomar la dirección de la empresa que colapsaba en ausencia de sus dueños.
Eran buena gente, que se hicieron querer inmediatamente por su personal y sus vecinos.
El señor Tellier murió de un ataque dos años más tarde. Su nueva profesión lo mantenían entre la molicie y el sedentarismo, engordando demasiado, dañó su salud.
Madame, después de enviudar, era deseada, sin éxito, por los parroquianos del establecimiento; se la reconocía como una
persona absolutamente prudente, y las propias asiladas no habían llegado a descubrir nada.
Era alta, entrada en carnes, bien parecida. Su tez, pálida por la oscuridad de ese albergue siempre cerrado, brillaba
como bajo un barniz grasiento. Un delgado adorno de rulos, falsos y enroscados, rodeaban su frente y le daban un aspecto
juvenil, que contrastaba con la madurez de su figura. Siempre alegre y su cara animada, atraía fácilmente, con un matiz
de moderación que sus nuevas ocupaciones no habían podido aún hacerla perder. Las palabras soeces le chocaban siempre un poco; y cuando un muchacho mal educado se refería por su nombre propio del establecimiento que ella dirigía, se enojaba,
sublevada. En fin, tenía un alma delicada, y, aunque que trataba a sus mujeres como amigas, repetía a menudo que ellas " no eran harina de un mismo costal".
Algunas veces durante la semana, partía en coche de arriendo con una fracción de su tropa; y se iban a retozar en la
hierba en la orilla del riachuelo que corre en los extramuros de Valmont. Eran entonces un grupo de señoritas internas
fugadas, con carreras locas, con juegos infantiles, toda una alegría de reclusas intoxicadas por el aire libre. Se comía
la merienda sobre el césped bebiendo cidra, se volvía a la caída de la noche con un cansancio delicioso, una dulce
emoción; y en el coche besaban a Madame como a una muy buena madre llena de indulgencia y complacencia.
La casa tenía dos entradas. En la esquina, una suerte de café de mala fama se abría en la noche a la gente del pueblo y
los marineros. Dos de las personas encargadas del especial comercio del lugar eran exclusivamente destinadas a las
necesidades de esta parte de la clientela. Servían con la ayuda de un camarero llamado Frédéric, un rubiecito imberbe y
fuerte como un buey, las botellas de vino y los jarros de cerveza sobre las mesas de mármoles inestables, y, con los
brazos lanzados al cuello de los bebedores, sentadas a través de sus piernas, fomentaban el consumo.
Las otras tres damas (eran solo cinco) formaban una suerte de aristocracia, y permanecían reservadas a la clientela del
primer piso, a menos que fueran requeridas abajo y que el primero estuviese vacío.
El salón Júpiter, donde se reunían los burgueses del lugar, estaba tapizado de papel azul y ornamentado de un gran dibujo
representando a Leda extendida bajo un cisne. Se llegaba a este lugar por medio de una escalera de caracol terminando en
una puerta estrecha, humilde de apariencia, dando a la calle, y sobre ella brillaba toda la noche, detrás de una celosía,
un pequeño farol como aquellos que alumbran aún en ciertas ciudades a los pies de vírgenes empotradas en los muros.
El edificio, húmedo y viejo, olía ligeramente a moho. Por momentos, un aroma de agua de colonia pasaba por los pasillos,
o bien una puerta entreabierta en el piso bajo hacía escuchar en toda la casa, como una explosión de trueno, los gritos
populacheros de los hombres del piso bajo, y ponían en la cara de los señores del primero una mueca inquieta y de disgusto.
Madame, amable con sus clientes, sus amigos, no se movía del salón, y se interesaba de las murmuraciones de la ciudad que les atañía. Su conversación seria, contrastaba con los temas sin sentido de las tres mujeres; ella era como un descanso
de los chistes pícaros, de los peculiares panzones, que se decían cada noche en esta orgía decente y mediocre de beber un vaso de licor en compañía de mujeres públicas.
Las tres damas del primero se llamaban Fernanda, Rafaela y Rosa la Jaca.
Como el personal era poco, habían tratado que cada una de ellas fuera como una muestra, un compendio de tipo femenino, a
fin de que todo consumidor pudiera encontrar allí, un poco más o menos, la realización de su ideal.
Fernanda representaba la bella rubia, muy gorda, casi obesa, fofa, hija del campo cuyas pecas se rehúsan a desaparecer, y
cuyo pelo ondea, corto, claro y sin color, parecido a un cáñamo peinado, le cubría insuficientemente el cráneo.
Rafaela, una Marsellesa, puta de puertos, jugaba el rol indispensable de la bella Judía, delgada, con los pómulos
salientes enlucidos de maquillaje rojo. Sus cabellos negros, brillantes como el espinazo de un buey, formaban unos
ganchos sobre sus sienes. Sus ojos hubiesen sido bellos si el derecho no hubiese estado marcado por una nube. Su nariz
arqueada caía sobre una mandíbula prominente donde dos dientes nuevos, en alto, desentonaban al lado de aquellos, abajo,
que habían tomado al envejecer un tinte oscuro como las maderas viejas.
Rosa la Jaca, una pequeña bola de carne toda en el vientre con dos piernas minúsculas, cantaba de la mañana a la noche,
con una voz cascada, unos versos alternativamente obscenos o sentimentales, contaba unas historias interminables y
triviales, no cesaba de hablar callando solo para comer y de comer solo para hablar, siempre agitada, ágil como una
ardilla a pesar de su gordura y la exigüidad de sus patas; y su risa, una cascada de gritos agudos, estallaban sin cesar,
aquí, allá, en el dormitorio, en la despensa, en el café, por todos lados, sin ningún motivo.
Las dos mujeres de abajo, Luisa apodada Cocote, y Flora, la columpio porque cojeaba un poco, la una siempre vestida como
La libertad con una cinta tricolor, la otra como fantasía Española con unos cequíes de cobre que danzaban en su pelo
zanahoria con cada uno de sus pasos desnivelados, tenían el aire de cocineras vestidas para un carnaval. Parecidas a
todas las mujeres del pueblo, ni más feas ni más bonitas, verdaderas sirvientes de posada, se les apodaba en el puerto bajo el sobrenombre de las dos bombas.
Una paz celosa, pero raramente perturbada, reinaba entre estas cinco mujeres, gracias a la sabiduría de conciliación de Madame y a su inextinguible buen humor.
El establecimiento, único en la pequeña ciudad, era frecuentado asiduamente. Madame había dado al lugar una dignidad como si la tuviera; se mostraba tan amable, tan atenta hacia todo el mundo; su buen corazón era tan conocido, que una suerte
de consideración la rodeaba. Los clientes la invitaban por cuenta de ellos, exultados cuando ella les expresaba una
amistad más marcada; y cuando se encontraban durante el día por sus quehaceres, se decían: - Esta noche, donde tú sabes, como diciendo: En el café, ¿no es cierto? después de comida.
En fin La casa Tellier era una costumbre, y raramente alguno se perdía la cita cotidiana.
Sin embargo, una noche, hacia fines del mes de Mayo, el primero en llegar, el Señor Poulin, comerciante de maderas y
ex-alcalde, encontró la puerta cerrada. El farolito, detrás de su reja, no estaba encendido; ningún ruido salía del
hospedaje, que parecía muerto. Golpeó suavemente la puerta, luego con más fuerza; nadie respondió. Caminó por la calle
lentamente y cuando llegó a la plaza del mercado se encontró con el señor Duvert, el armador, que se dirigía en la misma
dirección. Regresaron juntos sin mayor éxito. Pero una gran batahola se escuchó repentinamente detrás de ellos, y a la
vuelta de la casa, vieron un grupo de marineros Ingleses y Franceses que aporreaban a golpes de puño las persianas del café.
Los dos burgueses se fueron inmediatamente para no verse comprometidos, pero un apagado "pss´t" los contuvo: era el señor Tournevau, el salador de pescado, que habiéndoles reconocido, los llamó. Le dijeron la novedad, no había nadie más
afectado que él, casado, padre de familia y muy dominado, no venía mas que los sábados, "securitatis causa", decía,
haciendo referencia a una medida de control sanitario, que el doctor Borde, su amigo, le había revelado se efectuaba
periódicamente. Era precisamente su noche y de esta manera estaría contenido por toda la semana.
Los tres hombres hicieron un gran rodeo hasta el muelle, encontrando en el camino al joven señor Philippe, hijo de un
banquero, un parroquiano, y el señor Pimpesse, el recaudador de impuestos. Todos juntos regresaron por la calle "de los
Judíos" para hacer una última tentativa. Pero los marineros enardecidos sitiaban la casa, lanzaban piedras, dando
alaridos; los cinco clientes del primer piso, retornando a su camino lo más pronto posible, comenzaron a vagar por las calles.
Se encontraron con el señor Dupuis, el agente de seguros, después al señor Vasse, el juez de los tribunales de comercio;
e iniciaron un largo paseo que los llevó primero al rompeolas. Se sentaron en línea sobre el pretil de granito y miraban
rizarse el oleaje. La espuma sobre la cresta de las olas, hacía en la sombra, blancuras luminosas, extinguiéndose
inmediatamente que aparecían, y el ruido monótono del mar rompiendo contra las rocas se prolongaba en la noche a todo lo
largo del acantilado. Cuando los tristes caminantes hubieron descansado por un rato, el señor Tournevau dijo: - Esto no es divertido.- No lo es, respondió el señor Pimpesse; regresaron abatidos.
Después de bordear la calle que domina la costa y que se llama: "Sous -le-Bois", regresaron por el puente de madera sobre
el "Retenue", luego atravesaron la línea del ferrocarril y desembocaron nuevamente en la plaza del mercado, donde comenzó
de repente una discusión entre el recaudador, el señor Pimpesse, y el salador, el señor Tournevau, a propósito de una
seta comestible que uno de ellos afirmaba haber encontrado en los alrededores.
Los ánimos estaban agriados por el tedio, quizás habrían llegado a los puños si los otros no hubiesen intervenido. El
señor Pimpesse, furioso, se retiró. Y un nuevo altercado se produjo entre el ex-alcalde, el señor Poulin y el agente de
seguros, el señor Dupuis, acerca del sueldo del recaudador y los beneficios que podría procurarse. Los correspondientes
insultos volaban de ambos lados, cuando una tempestad de gritos formidables se desencadenó, y la tropa de marineros,
cansados de esperar en vano ante una casa cerrada, desembocaron en la plaza. Se tomaban por el brazo, de dos en dos,
formando una larga procesión, vociferando furiosamente. El grupo de burgueses se ocultó bajo un portal, y la horda
aulladora desapareció en dirección a la abadía. Largo tiempo aún se escuchó el clamor disminuyendo como un trueno que se aleja; y el silencio se restableció.
El señor Poulin y el señor Dupuis, indignado el uno con el otro, se fueron cada uno para su lado sin despedirse.
Los otros cuatro reanudaron la marcha y volvieron a bajar instintivamente hacia el establecimiento Tellier. Estaba
completamente cerrado, mudo, impenetrable. Un borracho, tranquilo y obstinado, daba pequeños golpes en la vitrina del
café, luego se detenía para llamar en voz baja al camarero Federico. Viendo que no le contestaban, decidió sentarse en el umbral de la puerta, y esperar los acontecimientos.
Los burgueses iban a retirarse cuando un grupo bullicioso de hombres del puerto apareció al final de la calle. Los
marineros Franceses berreaban la Marsellesa, los Ingleses la Rule Britania. Hubo una pateadura general contra los muros,
después la marea de rufianes reanudó su carrera hacia el muelle, donde una batalla se declaró entre los marinos de ambas
naciones. En la reyerta, un Inglés se quebró el brazo, y un Francés se partió la nariz.
El borracho, que permanecía delante de la puerta, lloraba ahora como lloran los borrachines o los niños contrariados.
Finalmente los burgueses se dispersaron.
Poco a poco se restableció la calma en la ciudad perturbada. De vez en cuando, aún por momentos, un ruido de voces se elevaba, para extinguirse en lontananza.
Solo un hombre continuaba vagando, el señor Tournevau, el salador, afligido de esperar hasta el próximo sábado; esperaba
algún incidente, no comprendía; lo exasperaba que la policía dejara cerrar así un establecimiento de utilidad pública, que supervisa y tiene bajo su tuición.
Regresó husmeando los muros, buscando el motivo; se dio cuenta que sobre el toldo estaba pegado un cartel. Encendió
rápidamente una cerilla alumbrando unas palabras en una letra grande y desigual: "Cerrado por primera comunión".
Entonces se fue, comprendiendo que no había caso.
El borracho ahora dormía, tendido a lo largo y atravesado en la inhóspita puerta.
Al día siguiente, todos los parroquianos, uno después de otro, encontraron motivos para pasar por la calle con unos
papeles bajo el brazo para despistar; con una mirada furtiva, todos leyeron el anuncio misterioso: "cerrado por primera comunión".
II
Es que Madame tenía un hermano carpintero radicado en su pueblo natal, Virville, en el Eure. En los tiempos que Madame
era aún posadera en Yvetot, había sostenido en la pila baustimal la hija de este hermano que la nombraron Constanza,
Constanza Rivet; siendo ella misma una Rivet por su padre. El carpintero que sabía a su hermana en buena posición, no la
perdía de vista, aunque no se encontrasen a menudo, retenidos ambos por sus ocupaciones y viviendo además lejos uno de
otro. Pero como la niñita cumplía doce años, hacía este año su primera comunión, él cogió la ocasión para un reencuentro,
y escribió a su hermana que contaba con ella para la ceremonia. Los ancianos padres habían muerto, ella no podía negarse
a su ahijada; aceptó. Su hermano que se llamaba José, esperaba que a fuerza de atenciones llegaría a obtener quizás que
dejara un testamento a favor de la pequeña, Madame no tenía niños.
La profesión de su hermana no le turbaba en absoluto sus escrúpulos y el resto, las personas del pueblo no sabían nada.
Se decía solamente, cuando se hablaba de ella: - La señora Tellier es una burguesa de Fécamp -, asumiéndose que podía
vivir de sus rentas. De Fécamp a Virville se contaban menos de veinte leguas; veinte leguas de tierra para los campesinos
son más difíciles de cruzar que el océano para alguno de la ciudad. La gente de Virville no había jamás pasado más allá
de Rouen; nada atraería a los de Fécamp a un villorrio de quinientos hogares, perdido en medio de la llanura y que era parte de otro departamento. En fin, no se sabía nada.
A medida que la época de la comunión se acercaba Madame sentía una gran inquietud. No tenía un relevo, y no osaría de
ninguna manera a dejar su casa, ni siquiera durante un día. Todas las rivalidades entre las damas de lo alto y de los
bajos estallarían infaliblemente; luego Federico se emborracharía sin duda, y cuando estaba achispado, fastidiaba a la
gente por nimiedades. Por fin se decidió a llevar a todo el mundo, excepto al camarero a quién le dio dos días de licencia.
Consultado el hermano no hizo ninguna objeción, y se encargó de alojar la compañía completa por una noche. Así las cosas,
el sábado por la mañana, el tren expreso de las ocho llevaba a Madame y sus compañeras en un vagón de segunda clase.
Hasta Beuzeville fueron solas y parlotearon como unas cotorras. Pero en esta estación subió una pareja. El hombre un
viejo campesino, vestido con una blusa azul, con un cuello plisado, las mangas amplias ajustada en los puños y adornadas
de un pequeño bordado blanco, tocado de un antiguo sombrero de copa alta donde el pelo rojizo parecía cerda, tenía en una
mano un inmenso paraguas verde, y en la otra un canasto grande que dejaba asomar las cabezas alarmadas de tres patos. La mujer, rígida en su atavío rustico, tenía una fisonomía de gallina con una nariz puntiaguda como un pico, Se sentó al
frente de su hombre y permaneció sin moverse, impresionada de encontrarse en medio de una compañía tan elegante.
Había en efecto, dentro del vagón un resplandor de colores brillantes. Madame toda en azul, en seda azul de pies a cabeza,
llevaba encima un chal de falsa cachemira Francesa, roja, relumbrante, fulgurante. Fernanda resoplaba dentro de un
vestido escocés cuyo corpiño apretado a toda fuerza por sus compañeras, levantaba sus caídos pechos en una doble cúpula
siempre agitada que parecía liquido bajo la ropa.
Rafaela, con un tocado emplumado simulando un nido lleno de pájaros, llevaba un vestido lila, con lentejuelas doradas,
con un aire oriental que se ajustaba a su fisonomía de Judía. Rosa la Jaca, con falda rosa de amplios vuelos, parecía una
niña demasiado gorda, de una enana obesa; las dos bombas parecían estar envueltas en ropas extrañas hechas de viejas
cortinas de ventanales, de esas viejas cortinas rococó de la época de la Restauración.
Tan pronto que las damas dejaron de estar solas en el compartimiento, tomaron una expresión grave, y se pusieron a hablar
de cosas relevantes para dar una buena impresión. Pero en Bolbec apareció un señor con patillas rubias, con unas sortijas
y una cadena de oro, que puso en el portaequipaje sobre su cabeza muchos paquetes envueltos en tela de hule.
Tenía un aspecto de bromista y niño bueno. Saludó, sonrió y preguntó con desenfado: - ¿ Las damas cambian de guarnición?
- Esta pregunta dejó en el grupo una confusión embarazosa. Madame una vez recuperado el aplomo, respondió secamente, para vengar el honor del gremio: - Ud. Podría ser más educado - Él se excusó: - Perdón, debí decir de convento - Madame no
encontró nada que replicar, o juzgó que la rectificación era suficiente, hizo un saludo digno apretando los labios.
Entonces el señor, que se encontraba entre Rosa la Jaca y el viejo campesino, se puso a guiñarles los ojos a los tres
patos cuyas cabezas salían del canasto; luego cuando sintió que había interesado a su publico, comenzó a hacer cosquillas
a los animales bajo el pico, acompañándolo de dichos jocosos para divertir a la concurrencia: - Nos han quitado nuestra
la-lagunita ¡Cua! ¡cua! ¡cua! Para encontrarnos con el asa-asador, ¡Cua! ¡cua! ¡cua!.
Los pobres animales torcían el cuello para evitar las caricias, haciendo ingentes esfuerzos para salir de su prisión de
mimbre; luego repentinamente los tres al mismo tiempo lanzaron un miserable grito de aflicción: - ¡Cua! ¡cua! ¡cua! ¡cua!
- Entonces hubo una explosión de risas entre las mujeres. Se agachaban, se empujaban para ver; se interesaron locamente en los patos; y el señor redoblaba su gracia, su ingenio y sus bromas.
Rosa se cruzó y se recostó entre las piernas de su vecino, besó a los tres animales sobre el pico. Inmediatamente cada
mujer quiso besarlos a su turno; y el señor las sentaba sobre sus rodillas, las hacía saltar, las piñizcaba; pronto ya las tuteaba.
Los dos campesinos, mas espantados que sus aves, movían sus ojos enloquecidos sin osar hacer el menor movimiento y sus
viejos rostros arrugados no hacían una sonrisa o una mueca.
Entonces el señor que era vendedor viajero, ofreció como broma unos tirantes a las damas, y, tomando uno de sus paquetes,
lo abrió. Era una artimaña, el paquete contenía ligas.
Las había en seda azul, en seda roja, en seda violeta, en seda malva, en seda escarlata, con unas hebillas de metal
formadas por dos cupidos enlazados y dorados. Las chicas lanzaron gritos de alegría, luego examinaron el muestrario,
imbuidas de la gravedad natural de toda mujer que palpa un objeto de vestir. Se consultaban con la mirada o con una
palabra cuchicheada, se respondían a sí mismas, y Madame manipulaba con ansia un par de ligas naranjas, más grandes, más imponentes que las otras: verdaderas ligas de patrona.
El señor esperaba, alimentando una idea: - vamos, mis gatitas, dijo, debemos probarlas -. Fue una tempestad de
exclamaciones; y ellas se tiraron sus faldas entre sus piernas como si hubiesen temido una violación. El tranquilo
esperaba su hora. Dijo: - Si ustedes no quieren, yo reempaco. Luego finalmente: - Yo regalaría un par, a elección, a las
que se probaran -. Pero ellas no querían, muy dignas, con el talle levantado. Las dos Bombas sin embargo parecían tan
tristes que renovó la proposición. Flora Columpio sobretodo, torturada de deseo, dudaba visiblemente. Él la presionó: -
Vamos, mi hija, un poco de coraje, toma, el par lila, irá bien con tu vestido-. Entonces se decidió y levantando su falda,mostró una robusta pierna de vaquero, con una media burda mal estirada.
El señor, se agachó, abrochó la liga bajo la rodilla primero, después más arriba; le hacía cosquillas suavemente a la
muchacha, para hacerle emitir grititos con unos bruscos estremecimientos. Cuando terminó, le dio el par lila y dijo: - ¿A
quién le toca?. Todas gritaron al mismo tiempo: - ¡A mí! ¡a mí!. Comenzó por Rosa La Jaca, que descubrió una cosa informe,
completamente redonda, sin tobillo, una verdadera "salchicha de pierna", como decía Rafaela.
Fernanda fue felicitada por el vendedor entusiasmado de sus poderosas columnas. Las flacas tibias de la bella Judía
fueron menos exitosas. Luisa Cocote, por broma, cubrió al señor con su falda, y Madame se sintió obligada a intervenir
para terminar con esa farsa embarazosa. Por fin la propia Madame, estiró su pierna, una bella pierna Normanda, gruesa y
musculosa; y el vendedor, sorprendido y encantado, se sacó galantemente su sombrero para saludar aquella ejemplar pantorrilla, como un verdadero caballero Francés.
Los dos campesinos, paralogizados inmovilizados por el estupor, miraban de lado, con un solo ojo; se parecían tanto a los pollos que el hombre de las patillas rubias, parándose, les hizo en la nariz - Co co r co -. Desatándose de nuevo un huracán de risas.
Los viejos se bajaron en Motteville, con su canasto, sus patos y su paraguas; y se escuchó a la mujer decir a su marido al alejarse: - Son pécoras que van a ese diabólico Paris-.
El simpático vendedor Porteballe se bajó para Rouen, después de comportarse tan grosero que Madame se vio obligada a
ponerlo bruscamente en su lugar. Agregó como moraleja: - Nos enseña a no hablar con el primero que venga.-
En Oissel, cambiaron de tren, y en la estación siguiente encontraron al señor José Rivet que les esperaba con una carreta
grande llena de asientos y tirada por un caballo blanco.
El carpintero besó educadamente a todas las damas y les ayudó a subir en su carreta. Tres se sentaron sobre las tres
sillas del fondo; Rafaela, Madame y su hermano sobre los tres asientos de adelante; y Rosa no halló donde sentarse,
instalándose como pudo en las rodillas de la gran Fernanda; luego el equipaje se puso en marcha. Pero muy pronto, el
trote brusco del caballo sacudía tan violentamente el vehículo que las sillas comenzaron a bailar, tirando las pasajeras
al aire, a la derecha, a la izquierda, con unos movimientos de peleles, de muecas de alarma, de gritos de terror,
combinado de vez en cuando con unas sacudidas más fuertes. Se aferraron a los costados del vehículo; los sombreros caídos en la espalda, sobre la nariz o hacia los hombros; y el caballo blanco iba siempre, alargando la cabeza, la cola erecta,
una colita de ratón sin pelo con la cuál se golpeaba las ancas de vez en cuando. José Rivet, con un pie apoyado en el
pescante, la otra pierna replegada sobre si mismo, los codos muy elevados, sostenía las riendas, y de su garganta
escapaban constantemente una suerte de cloqueo que hacía parar las orejas al jaco, y apurar su trote.
De ambos lados del camino la campiña verde se desbordaba. Las colzas en flor mostraban de trecho en trecho un mantel
amarillo ondulante de donde se elevaba un saludable y fuerte aroma, un perfume penetrante y dulce, transportado desde muy
lejos por el viento. Entre el centeno ya crecido unos arándanos mostraban sus pequeñas cabezas azul celeste que las mujeres quisieron recoger, pero el señor Rivet no quiso detenerse.
Luego de vez en cuando, un campo todo entero parecía regado de sangre de tanto que las amapolas lo había invadido. Y al
medio de esas praderas coloreadas así por las flores de la tierra, la carreta, que pasaba llevando ella misma un ramo de
flores de colores más ardientes, pasaba al trote del caballo blanco, desapareciendo detrás de los grandes árboles de una
granja, para reaparecer al fondo del follaje y caminar de nuevo a través de los campos amarillos y verdes, salpicados de rojo o de azul, la brillante carretada de mujeres que huían bajo el sol.
Dieron la una cuando llegaron a la puerta del carpintero.
Estaban exhaustas y pálidas de hambre, no habían tomado nada desde la salida. La señora Rivet se abalanzó, las hizo
descender una después de la otra, las besaba inmediatamente que tocaban tierra; y no perdía oportunidad de besar a su
cuñada, que quería acaparar. Comieron en el taller desocupado de las mesas de trabajo por el almuerzo del día siguiente.
Una tortilla francesa casera seguida de una carne asada, regada de buena sidra burbujeante, devolvió la alegría a todo el
mundo. Rivet, para brindar, tenía tomado un vaso, y su mujer servía, cocinaba, traía los platos, los retiraba, murmuraba
en la oreja de cada una: - ¿No quiere un poco más?. Una pila de tablas apoyadas en las paredes y unos montoncitos de
virutas barridos en la esquina despedían un perfume de madera cepillada, un olor a carpintería, esa inhalación resinosa que penetra al fondo de los pulmones.
Preguntaron por la pequeña pero estaba en la iglesia, no regresó hasta la tarde.
El grupo salió para hacer un paseo por el pueblo. Era un pueblito atravesado por una calle ancha. Una decena de casas en
fila a lo largo de esta única vía cobijaba a los comerciantes del lugar, el carnicero, el abacero, el carpintero, el
tabernero, el zapatero y el panadero. La iglesia al fondo de esta suerte de calle, estaba rodeada de un estrecho
cementerio; y cuatro tilos inmensos, plantados delante de su portal, la ensombrecían completamente. Estaba construida en
pedernal tallado, sin ningún estilo, y coronada de un campanario de pizarra. Detrás de ella la campiña volvía a aparecer,
recortada, aquí y allá por arboledas escondiendo las granjas.
Rivet, por etiqueta, aunque vestía ropa de trabajo, daba el brazo a su hermana que paseaba majestuosamente. Su mujer, muy emocionada por el vestido de lentejuelas doradas de Rafaela, se ubicó entre ella y Fernanda. Rosa la glotona trotaba
detrás con Luisa la Cocote y Flora Columpio, que cojeaba, extenuada.
Los vecinos salían a las puertas, los niños detenían sus juegos, una cortina levantada dejó entrever una cabeza tocada de
un gorro de indiana; una vieja con muleta y casi ciega se santiguó como al paso de una procesión; y todos seguían mirando
por largo tiempo las hermosas damas de la ciudad que habían venido de tan lejos para la primera comunión de la pequeña de
José Rivet. Una inmensa consideración recaía sobre el carpintero.
Al pasar delante de la iglesia, escucharon los cantos de los niños: un cántico gritado hacia el cielo por unas vocecitas
agudas; pero Madame les impidió entrar, para no perturbar a aquellos querubines.
Después de un paseo por la campiña, y después de enumerar las principales propiedades, del rendimiento de la tierra y de
la producción del ganado, José Rivet retornó su rebaño de mujeres y lo instaló en sus alojamientos.
Como el lugar era muy pequeño, se les había repartido de dos en dos en las habitaciones.
Rivet, por esta vez dormiría en el taller sobre las virutas; su mujer compartiría su cama con su cuñada, y en el
dormitorio del lado, Fernanda y Rafaela descansarían juntas, Luisa y Flora se encontraban instaladas en la cocina sobre
unos colchones tirados en el suelo y Rosa ocupaba un pequeño closet negro al lado de la escalera, encontrado con un armario estrecho donde yacería esa noche la comulgante.
Cuando la niña regresó, le llegó una lluvia de besos; todas las mujeres la querían acariciar, con esa necesidad de
expansión tierna, esa actitud profesional de cariño, que en el vagón les había hecho a todas besar los patos. Cada una la
sentó en sus rodillas, manosearon sus finos cabellos rubios, la estrecharon en sus brazos con ímpetus de afección
vehemente y espontáneos. La niña muy prudente, compenetrada de piedad, como inconmovible por la absolución, se dejaba hacer, paciente y contemplativa.
Como la jornada había sido agotadora para todos, se acostaron muy pronto después de cenar. Ese silencio infinito de los
campos que parece casi religioso envolviendo al pueblito, un silencio quieto, penetrante, y extenso hasta las estrellas.
Las muchachas, acostumbradas a las tumultuosas veladas del hotel galante, se sentían emocionadas por este silencio de
descanso de la campiña dormida. Tenían escalofríos en la piel, no de frío, sino estremecimientos de soledad que provenían de un corazón inquieto y turbado.
En seguida que se acostaron, de dos en dos, se abrazaron como para protegerse de esta invasión de calma y profundo sueño de la tierra. Pero Rosa la Jaca, sola en su closet negro, y poco acostumbrada a dormir con los brazos vacíos, se sentía
embargada por una emoción vaga y dolorosa. Se revolvía en su cama sin poder dormir, cuando escuchó, detrás del tabique de madera pegada a su cabeza, unos débiles sollozos como los de un niño que llora. Temerosa, llamó débilmente, y una
vocecita entrecortada la respondió. Era la niña que dormía siempre en el dormitorio de su madre, tenía miedo en su desván estrecho.
Rosa, encantada, se levantó, y suavemente, para no despertar a nadie, fue a buscar a la niña. La trajo a su cama cálida,
la apretujó contra su pecho en un abrazo, la mimó, la envolvió de su ternura de manifestaciones exageradas, luego, ya
calmada, se durmió. Al amanecer la comulgante reposaba su frente sobre el seno desnudo de una prostituta.
A las cinco, al Ángelus, la pequeña campana de la iglesia sonando a todo repique despertó a estas damas que dormían
normalmente la mañana entera, único descanso de sus fatigas nocturnas. Los campesinos de la aldea estaban ya en pié. Las
mujeres del lugar iban afanosas de puerta en puerta, charlando animosamente, llevando con cuidado unos vestidos cortos de
muselina almidonada como cartón, o unos cirios enormes, con un lazo de seda con franjas de oro en el medio. El sol ya
alto brillaba en un cielo completamente azul que mantenía en el horizonte un tinte un poco rosado, como una huella tenue
de la aurora. Familias de gallinas se paseaban delante de sus casas, y, de vez en cuando, un gallo negro de cuello
brillante levantaba su cabeza coronada de púrpura, batía las alas, y lanzaba al viento su canto de bronce que repetían los otros gallos.
Llegaron unos carruajes de los municipios vecinos, descargando en las pisaderas de las puertas las altas Normandas en
vestidos oscuros, con el chal cruzado sobre el pecho afirmado por una joya de plata antiquísima. Los hombres habían
puesto el guardapolvo azul sobre la levita o sobre el viejo vestido de tela verde cuyos faldones asomaban por debajo.
Cuando los caballos estuvieron en las pesebreras, había a lo largo de toda la el ancho camino una doble línea de
cacharros rústicos, carretas, cabrioles, tílburis, carros con asientos, coches de todas las formas y de todas las edades,
apoyados de punta o bien con el culo por tierra y los varales al cielo.
La casa del carpintero estaba llena de una actividad de colmena. Las damas en bata y enagua, el pelo suelto sobre la
espalda, unos cabellos ralos y cortos que se diría descoloridos y raídos por el uso, se ocupaban de vestir a la niña.
La pequeña, de pie sobre una mesa, no se movía, mientras que Madame Tellier dirigía su batallón volante. La lavaron, la
peinaron, le pusieron la toca, la vistieron y con la ayuda de muchos alfileres, ordenaron los pliegues del traje,
ajustaron el talle demasiado ancho, arreglaron la elegancia del atuendo. Luego que terminaron, se hizo sentar la paciente
recomendándole no moverse; y la tropa de mujeres nerviosas corrieron a ataviarse a su vez.
La pequeña iglesia volvía a llamar. Su tañido débil de campana pobre ascendía perdiéndose en el cielo, como una voz demasiado feble, rápidamente ahogada en la inmensidad azulada.
Las comulgantes salían de sus casas, dirigiéndose hacia el edificio comunal que contenía las dos escuelas y la alcaldía,
situado a un extremo del pueblo, mientras que " la casa de Dios" estaba al otro extremo.
Los parientes en tenida de gala con una expresión incómoda y unos movimientos torpes de cuerpos siempre encorvados sobre el trabajo, seguían a sus retoños. Las niñas desaparecían en una nube de tul blanco parecido a la crema batida, mientras
que los niños, parecían embriones de camareros de café, caminaban con las piernas separadas para no manchar sus pantalones negros.
Era un honor para la familia cuando un gran número de parientes, venidos de lejos, rodeaba al niño: de esta manera el
triunfo del carpintero era completo. El regimiento Tellier, patrona a la cabeza, seguía a Constanza; el padre daba el
brazo a su hermana, la madre caminaba al lado de Rafaela, Fernanda con Rosa, y las dos Bombas juntas, la tropa se
desplegaba majestuosamente como un estado mayor en uniforme de parada.
El efecto en el pueblo fue pasmoso.
En la escuela las niñas se organizaron bajo la toca de la monja los muchachos bajo el sombrero del profesor, un hombre
buen mozo que se las traía; partieron atacando un cántico.
Los niños a la cabeza formaban sus dos filas entre las dos líneas de coches sin caballos, las niñas seguían en el mismo
orden; como todos los vecinos habían cedido el paso a las damas de la ciudad por respeto, ellas quedaron inmediatamente
detrás de los pequeños, prolongando aún más la línea de la procesión, tres a la izquierda y tres a la derecha, con sus atavíos brillantes como un ramillete de fuegos artificiales.
Su entrada en la iglesia enloqueció a la población. Se empujaban, se daban vuelta, se empinaban por verlas. Y las devotas
hablaban demasiado alto, estupefactas por el espectáculo de estas damas mas engalanadas que las casullas de los cabildos.
El alcalde ofreció su banca, la primera banca a la derecha junto al coro, y madame Tellier se ubicó junto a su cuñada,
Fernanda y Rafaela. Rosa la Jaca y las dos Bombas ocuparon la segunda banca junto al carpintero.
El coro de la iglesia estaba lleno de niños de rodilla, las niñas a un lado y los niños al otro, y los largos cirios que sostenían en sus manos parecían lanzas inclinadas en todas direcciones.
Ante el facistol, tres hombres de pie cantaban a toda voz. Prolongaban interminablemente las sílabas del latín sonoro,
eternizando los Amén con unas a-a indefinidas que el serpentón sostenía con su nota monótona impelida sin fin, bramado
por el instrumento de cobre de ancho hocico. La voz aguda de un niño replicaba, y de vez en cuando, un sacerdote sentado
en un sitial y tocado con una birreta cuadrada se levantó, barbullando alguna cosa y sentándose de nuevo, mientras que
los tres cantores comenzaban nuevamente, los ojos fijos sobre el grueso libro de cantos abierto ante ellos y sostenido
por las alas desplegadas de un águila de madera montada sobre el pedestal.
Luego se hizo un silencio. Todos los presentes al mismo tiempo se pusieron de rodillas, apareció el oficiante, anciano,
venerable, con su pelo blanco, inclinado sobre el cáliz que sostenía en su mano derecha. Delante de él caminaban los dos
monaguillos en sotanas rojas, y detrás apareció una muchedumbre de cantores con gruesos zapatos que se alinearon a ambos lados del coro.
Una campanilla sonó en medio de un gran silencio. El oficio divino comenzaba. El sacerdote circuló lentamente delante del
tabernáculo de oro, hizo unas genuflexiones, salmodió con una voz cascada, temblorosa de vejez, las oraciones
preparatorias. En cuanto se callaba, todos los cantores y el serpentón rompían al unísono, y los hombres también cantaban
en la iglesia, con una voz mas callada, más humilde, como deben cantar los feligreses.
De pronto el Kyrie Eleison saltó hacia el cielo, empujado por todos los pechos y los corazones. Unos granitos de polvo y
fragmentos de madera carcomida cayeron incluso de la antigua bóveda sacudida por esta explosión de gritos. El sol que
golpeaba sobre las tejas del techo hacía un horno de la pequeña iglesia; una gran emoción, una expectante ansiedad, la
proximidad del inefable misterio, oprimía el corazón de los niños, apretando la garganta de sus madres.
El sacerdote que se había sentado un rato, volvió hacia el altar, y, la cabeza descubierta, cubierta de sus cabellos de plata, con unos gestos trémulos, se acercaba al acto sobrenatural.
Se volvió hacia los fieles, y, con las manos extendidas hacia ellos, pronunció: Orate, fratres", " orad mis hermanos.
Todos oraron. El anciano cura balbucía las palabras misteriosas y supremas; la campanilla tintineó repetidamente, la
muchedumbre prosternada clamaba a Dios; los niños caían en una intensa ansiedad.
Fue entonces cuando Rosa, la frente en sus manos, se recordó de repente de su madre, la iglesia de su pueblo, su primera
comunión. Se creyó de vuelta a aquel día cuando era pequeña, toda envuelta en su vestido blanco, y se puso a llorar. Ella
lloró quedamente primero; las lágrimas lentamente salían de sus párpados, luego con sus recuerdos, su emoción en aumento, y, el cuello hinchado, el pecho palpitando, sollozó. Había sacado su pañuelo, secado sus ojos, se tapaba la nariz y la
boca para no gritar; todo fue en vano; una especie de gemido salió de su garganta, y otros dos suspiros profundos,
desgarradores, le respondieron; porque sus dos vecinas, abatidas junto a ella, Luisa y Flora cogidas de los mismos recuerdos lejanos gemían también con torrentes de lágrimas.
Como las lágrimas son contagiosas, Madame, a su vez, sintió pronto sus párpados húmedos, y, se volvió hacia su cuñada, vio que toda su banca lloraba también.
El sacerdote engendraba el cuerpo de Dios. Los niños ya no pensaban, lanzados sobre las baldosas por una especie de miedo devoto, y, en la iglesia, de tanto en tanto, una mujer, una madre, una hermana, tomada por la extraña simpatía de tiernas
emociones, perturbadas también por estas hermosas damas de rodillas que se estremecían de emoción e hipos, empapaban sus pañuelos de indiana a cuadros y con la mano izquierda, apretaban violentamente su corazón desbocado.
Como la pavesa que salta esparce el fuego a través de un sembrado maduro, las lágrimas de Rosa y sus compañeras se
extendieron a toda la concurrencia. Hombre, mujeres, viejos, jóvenes en blusón nuevo, todos pronto sollozaban, y sobre
sus cabezas parecía flotar una cosa sobrehumana, un alma expandida, el hálito prodigioso de un ser invisible y todopoderoso.
Entonces, en el coro de la iglesia, un pequeño golpe seco sonó: la monja, golpeando sobre su libro, dio la señal de la
comunión; y los niños, temblando de una fiebre divina, se aproximaron a la santa mesa.
Toda una fila se arrodilló. El anciano cura, sosteniendo en la mano el cáliz de plata dorado, pasaba delante de ellos, su
ofrenda, entre dos dedos, la hostia sagrada, el cuerpo de Cristo, la redención del mundo. Ellos abrían la boca con unos
espasmos, unas muecas nerviosas, los ojos cerrados, la cara totalmente pálida; y la lengua plana extendida sobre sus
barbillas temblorosas como el agua que corre.
Súbitamente en la iglesia una suerte de locura, un rumor de muchedumbre en delirio, una tempestad de suspiros con unos
gritos contenidos. Pasaba como esas ráfagas de viento que abaten los bosques; y el sacerdote permanecía de pie, inmóvil,
una hostia en la mano, paralizado por la emoción, diciendo: - Es Dios, es Dios que está entre nosotros, que manifiesta su
presencia, que desciende a mi voz sobre su pueblo arrodillado.- Y balbució unas oraciones atolondradas, sin encontrar las
palabras, unas plegarias del alma, en un ímpetu furioso hacia el cielo.
Terminó de dar la comunión con tanta sobreexcitación de fe que sus piernas casi no lo sostenían, y cuando el mismo bebió
la sangre del Señor, se sumergió en un acto de agradecimiento desesperado.
Detrás de él la gente, poco a poco se calmó. Los cantores, elevados por la dignidad de la sobrepelliz blanca, replicaban
con una voz menos segura, aún húmeda; y el serpentón también parecía ronco como si el instrumento mismo hubiese llorado.
Entonces el sacerdote levantó las manos, en un signo de que se quedaran quietos, y pasando entre las dos filas de
comulgantes perdidos en éxtasis de bondad, se aproximó a la baranda del coro.
La asamblea estaba sentada en medio de un ruido de asientos, y todos se sonaban con fuerza. Cuando percibieron al cura,
se hizo un silencio, comenzó a hablar en un tono muy bajo, vacilante, velado.
- Mis queridos hermanos, mis queridas hermanas, mis niños, estoy agradecido desde el fondo del corazón: Me han dado la
más grande alegría de mi vida. Sentí que Dios descendió sobre nosotros a mi llamado. Él vino, está presente, que llenó
vuestras almas, hizo desbordar vuestros ojos. Soy el más antiguo sacerdote de la diócesis, soy también, hoy día, el más
feliz. Un milagro se ha hecho entre nosotros, un verdadero, un gran, un sublime milagro. Mientras Jesucristo penetraba
por primera vez en el cuerpo de estos pequeños, el Espíritu Santo, la paloma celeste, el soplo de Dios, cayó sobre
vosotros, se apoderó de vosotros, ustedes se abrazaron, doblegados como cañas ante la brisa-.
Luego, con una voz más clara, se volvió hacia las dos bancas donde se encontraban las invitadas del carpintero: - Gracias
sobretodo a ustedes, mis queridas hermanas, que han venido de tan lejos, y cuya presencia entre nosotros, cuya fe visible,
cuya piedad tan viva ha sido para todos un saludable ejemplo. Ustedes han sido la edificación de mi parroquia; vuestra
emoción ha enfervorizado los corazones; sin ustedes, puede ser, esta gran jornada no habría sido de este carácter
verdaderamente divino. Ha sido suficiente algunas veces solo de una pequeña elite para decidir al Señor a descender sobre el rebaño.
Se le quebró la voz. Agregó: - Es la gracia que yo anhelo. Así sea. - Y se volvió hacia el altar para terminar el oficio.
Ahora todos tenían prisa por salir. Los propios niños se movían, cansados de la prolongada tensión espiritual. Estaban
famélicos, por lo demás, y los parientes, poco a poco se iban, sin escuchar el último evangelio, para terminar los preparativos de la comida.
Era una muchedumbre a la salida, una muchedumbre bulliciosa, una mezcla de voces ruidosas donde cantaba el acento
normando. La gente formaba dos filas, y cuando aparecían los niños, cada familia se precipitaba al suyo.
Constanza se encontró tomada, rodeada, abrazada por toda la familia de mujeres. Rosa sobretodas no dejaba de abrazarla.
Finalmente ella la tomó de una mano, Madame Tellier se apoderó de la otra; Rafaela y Fernanda levantaban su larga falda
de muselina para que ella no la arrastrara por el polvo; Luisa y Flora cerraban la marcha con la señora Rivet; y la niña,
recogida, penetrada totalmente por el Dios que ella portaba, se puso en camino en medio de esta escolta de honor.
El banquete estaba servido en el taller sobre grandes planchas sostenidas por unos caballetes.
La puerta abierta, dando sobre la calle, dejaba entrar toda la alegría del pueblo. Se festejaba en todas partes. En cada
ventana se veía unas mesas de gente endomingada, y unos gritos salían de las casas en fiesta. Los campesinos en brazos de camisa, bebían sidra vaciando las copas al seco, y en medio de cada reunión se veían dos niños, aquí dos niñas, allá dos muchachos, comiendo en cada una dos familias.
De vez en cuando, bajo el pesado calor de mediodía, una carreta de bancos atravesaba el lugar al trote saltarín de un
viejo rocín, y el hombre en blusón que conducía lanzaba una mirada de envidia sobre todo este despliegue de fiesta.
En la casa del carpintero, la alegría guardaba un cierto aire de reserva, un resto de la emoción de la mañana. Rivet
solamente estaba en vena y bebía sin medida. Madame Tellier miraba la hora a cada rato, porque para no tomar dos días
seguidos sin trabajar debían tomar el tren de las 3:55 que las dejaría en Fécamp por la noche.
El carpintero hacía toda clase de esfuerzos para distraer la atención y mantenerlas hasta el día siguiente; pero Madame
no se dejaba distraer; ella nunca bromeaba cuando se trataba de negocios.
Inmediatamente terminado el café, ordenó a sus asiladas se prepararan rápidamente; luego se volvió a su hermano: - Tú, te
vas a aparejar ahora -; y se fue a terminar sus últimos preparativos.
Cuando bajó, su cuñada la esperaba para hablar acerca de la pequeña; y mantuvieron una larga conversación en la cuál nada se resolvió. La campesina astuta, falsamente enternecida, y Madame Tellier, que tenía a la niña en sus rodillas, no se
comprometía a nada, prometía vagamente; se ocuparía de ella, había tiempo, se volverían a ver.
Mientras tanto el coche no llegaba, y las mujeres no bajaban, se escuchaban grandes risotadas, empujones, explosiones de
gritos, aplausos. Entonces, mientras la esposa del carpintero se dirigía al establo para ver si el vehículo estaba listo, Madame, finalmente subió.
Rivet, muy borracho y a medio desvestir, trataba, pero en vano, de violentar a Rosa que se moría de la risa. Las dos
Bombas lo retenían por los brazos, tratando de calmarlo, espantadas por esta escena después de la ceremonia de la mañana; pero Rafaela y Fernanda lo incitaban, retorcidas de jolgorio, se mantenían a los lados; lanzaban gritos agudos a cada uno
de los esfuerzos inútiles del borrachín. El hombre furioso, la cara roja, todo desguañangado, sacudía con violentos
esfuerzos las dos mujeres aferradas a él, y tiraba con toda sus fuerzas las faldas de Rosa farfullando: -¿Puta, no
quieres?- Pero Madame, indignada, saltó, tomó a su hermano por los hombros, y lo tiró hacia atrás tan violentamente que fue a golpear contra el muro.
Un minuto más tarde, se le escuchó en el patio, bombeándose agua en la cabeza; cuando subió a su carreta, estaba totalmente calmado.
Se pusieron en camino como en la víspera, y el caballito blanco comenzó su paso vivo y danzarín.
Bajo el sol ardiente, la alegría dormida durante la comida se liberó. Las muchachas se divertían ahora de las sacudidas
del cacharro, empujando ellas mismas las sillas de sus vecinas, estallando de risa en todo momento, recordando las vanas tentativas de Rivet.
Una luz salvaje llenaba los campos, una luz que enceguecía los ojos; y las ruedas levantaban dos polvaredas que volaban largo tiempo detrás de la carreta sobre la gran vía.
De repente Fernanda que amaba la música, suplicó a Rosa que cantara; de aquí que ella entonara vigorosamente "El gordo
cura de Meudon". Pero Madame inmediatamente la hizo callar, encontrando que era una canción poco conveniente para ese día.Agregó: - Cántanos mejor alguna cosa de Béranger.- Entonces Rosa después de haber dudado algunos segundos, hizo su
elección, y con una voz cansada comenzó "La abuela":
Mi abuela, una noche de su santo
había bebido dos dedos de vino puro
Nos decía, meneando la cabeza:
Qué de amores yo tuve en aquellos tiempos
Cuanto extraño
Mi brazo tan rellenito
Mi pierna bien torneada
Y el tiempo ido
Y el coro de muchachas, que Madame personalmente dirigía, replicaba:
Cuanto extraño
Mi brazo tan rellenito
Mi pierna bien torneada
Y el tiempo ido
- ¡Eso está bueno!- dijo Rivet, entusiasmado por el ritmo; y Rosa continuó:
Cómo, mamita, tú no tenías recato
- ¡ No verdaderamente ! y mis encantos
Sola a los quince años, aprendí a usarlos
Porque, en la noche yo no dormía
Todos juntos coreaban el estribillo; Rivet golpeaba con el pie el pescante, llevaba el ritmo con las riendas sobre las
ancas del caballito blanco quién, como si hubiera sido impulsado por el ritmo, se puso al galope, un galope tempestuoso,
precipitando a las damas unas sobre las otras en el fondo de la carreta.
Ellas se pusieron a reír como unas locas. Y la canción continuó, vociferada a grito pelado a través de la campiña, bajo
un cielo abrasador, en medio de unos cultivos maduros, al paso furioso del caballito que aceleraba ahora a cada
repetición del estribillo, y picaba cada vez cien metros de galope, con gran alegría de los viajeros.
De vez en cuando, algún cantero se enderezaba, y miraba a través de su máscara de alambres a esta carreta furiosa y
rugiente, seguida por la polvareda.
Cuando descendieron en la estación, el carpintero se emocionó: - Es una pena que ustedes se vayan, lo habríamos pasado
muy bien.-
Madame le respondió sensatamente: - Cada cosa a su tiempo, no puede ser siempre solo diversión. - Entonces una idea
iluminó la mente de Rivet. - Vean , dijo, yo las iré a ver a Fécamp el mes próximo. - Miró a Rosa con un aire astuto, con
ojos brillantes y de granuja. - Vamos, concluyó Madame, hay que ser bueno: Puedes venir si tú quieres , pero no hagas
tonterías.
No respondió, y como se escuchó silbar al tren, se puso a besar a todas. Cuando le tocó a Rosa, se empeñó en encontrar su
boca que ella, riendo detrás de sus labios cerrados, lo evitaba cada vez con un rápido movimiento de lado. La tenía
abrazada; pero no podía lograrlo, debido a su gran látigo que tenía en su mano y que en sus esfuerzos, agitaba
desesperadamente tras la espalda de la muchacha.
- Los pasajeros para Rouen, embarcarse -, gritó el asistente del conductor. Se subieron.
Un corto pitido se escuchó, repetido enseguida por el resoplido potente de la locomotora que escupió ruidosamente su
primer chorro de vapor mientras las ruedas comenzaban a rodar lentamente con gran esfuerzo.
Rivet, solo en el interior de la estación, corrió al andén para ver una vez más a Rosa; y a medida que el carro lleno de
mercancía humana pasaba delante de él, se puso a restallar el látigo, saltando y cantando con toda sus fuerzas:
Cuanto extraño
Mi brazo tan rellenito
Mi pierna bien torneada
Y el tiempo ido
Luego miraba perderse a lo lejos un pañuelo blanco que alguien agitaba.
III
Durmieron hasta que llegaron, con un sueño apacible de conciencias satisfechas; y cuando entraron al albergue,
refrescadas, descansadas para el trabajo de la noche, Madame no tuvo empacho en decir:- Es lo de menos, ya me aburría esa casa.-
Cenaron pronto, y cuando se hubieron puesto los trajes de combate esperaron a los clientes habituales; y el pequeño farol
iluminaba, el pequeño farol de virgen, indicando a los transeúntes que en la majada estaba de vuelta el rebaño.
En un abrir y cerrar de ojos la noticia se difundió, no se supo como, no se supo por qué el Señor Philippe, el hijo del
banquero, tuvo la amabilidad de avisar por un mensajero al Señor Tournevau, prisionero en su familia.
El salador tenía justamente cada domingo varios primos a cenar, estaban en el café cuando un hombre se presentó con un
mensaje en la mano, el señor Tournevau, muy nervioso, rompió el sobre y se puso pálido: No había más que estas palabras
trazadas con un lápiz: " El cargamento de bacalaos regresó; el barco entró a puerto; buen negocio para usted. Venga rápido -.
Buscó en sus bolsillos, dio veinte centavos al mensajero, y enrojeciendo hasta las orejas: - Es necesario, dijo, debo
salir - Le entregó a su mujer la esquela lacónica y misteriosa. Llamó, luego, cuando apareció la sirvienta: - Mi abrigo,
pronto, rápido y mi sombrero. - Apenas estuvo en la calle se puso a correr silbando una melodía, y el camino le parecía dos veces más largo de tanto que era su impaciencia.
El establecimiento Tellier tenía un aire festivo. En el piso bajo las voces ruidosas de los hombres del puerto hacían un
ensordecedor griterío. Luisa y Flora no sabían a quién atender, bebían con uno, bebían con otro, mereciendo más que nunca
sus sobrenombres de "las dos Bombas". Se las llamaba de todas partes a la vez; no daban abasto para el trabajo, y la
noche para ellas se anunciaba ajetreada.
La tertulia del primero estuvo completa a las nueve. El señor Vasse, el juez del tribunal de comercio, el pretendiente
habitual pero platónico de Madame, conversaba muy bajito con ella en una esquina; y sonreían ambos como si a un
entendimiento se hubiera llegado esta vez. El señor Poulin, el ex-alcalde, tenía a Rosa a caballo en sus piernas; y ella
nariz con nariz con él, pasaba sus manos cortas por las patillas blancas del viejecillo. Un extremo de muslo desnudo
sobresalía por debajo de la falda de seda amarilla levantada, cortando el paño negro del pantalón, y las medias rojas estaban sujetas por unas ligas azules, regalo del vendedor viajero.
La gorda Fernanda, tendida sobre el sofá, tenía los dos pies sobre la barriga del señor Pimpesse, el recaudador de
impuestos, y el torso sobre el chaleco del joven señor Philippe del cuál colgaba al cuello su mano derecha, mientras en la izquierda tenía un cigarrillo.
Rafaela parecía estar en tratos con el señor Dupuis, el agente de seguros, y ella terminaba la conversación con estas
palabras: - Sí mi amor, esta noche, esta bien. - Luego, hizo sola un pie de vals rápido a través del salón: - Esta noche
todo lo que quieran - gritó ella.
La puerta se abrió bruscamente y el señor Tournevau apareció. Unos gritos de entusiasmo estallaron: ¡Viva Tournevau!. Y
Rafaela, que seguía girando, fue a caer sobre su corazón. Él la tomó en un abrazo formidable, y sin decir una palabra, la
levantó del piso como a una pluma, atravesó el salón, llegó a la puerta del fondo, y desapreció en las escaleras a los
dormitorios con su fardo viviente, en medio de aplausos.
Rosa que excitaba al ex-alcalde, lo besaba una y otra vez y le tiraba sus dos patillas al mismo tiempo para mantener
derecha su cabeza, aprovechando el ejemplo: - Vamos, hace como él - decía. Entonces el viejecillo se levantó y
ajustándose el chaleco, siguió a la muchacha buscando en su bolsillo donde dormía su dinero.
Fernanda y Madame quedaron solas con los cuatro hombres, y el señor Phillippe gritó: - Yo pago la Champaña. Madame
Tellier envíe a buscar tres botellas. - Entonces Fernanda abrazándolo le dijo al oído: -¿Bailemos, quieres? él se levantó,
y, sentándose delante la espineta centenaria, dormida en una esquina, hizo salir un vals, un vals ronco, lloroso, del
vientre plañidero del instrumento. La muchacha gorda abrazó al recaudador, Madame se abandonó en los brazos del señor
Vasse, y las dos parejas giraban intercambiándose besos. El señor Vasse, que había sido antaño un gran bailarín, hacía
figuras, y Madame le miraba con ojos cautivadores, con esos ojos que responden - sí -, un - sí -, más discreto y más delicioso que una palabra.
Federico trajo el champaña. El primer corcho saltó y el señor Phillipe hizo la invitación a una contradanza.
Los cuatro bailarines la danzaron a la manera acostumbrada, adecuadamente, dignamente, con afectación, reverencias y saludos.
Después se pusieron a beber. Entonces el señor Tournevau volvió, satisfecho, confortado, radiante. Gritó: - No sé que le
pasa a Rafaela, pero ella está perfecta esta noche. - Luego cuando le pasaron una copa, lo bebió de un trago murmurando: ¡ - Caramba, esto si que es lujo ! .
Sobre la marcha, el señor Phillipe inició una ágil polca, y el señor Tournevau se abrazó con la bella judía que tenía en
el aire, sin dejar que sus pies tocaran el suelo. El señor Pimpinesse y el señor Vasse habían vuelto con un renovado
impulso. De vez en cuando una de las parejas se paraba delante de la chimenea para embucharse una copa de vino espumoso; el baile amenazaba con eternizarse, cuando Rosa entornó la puerta con una palmatoria en la mano. Estaba con el pelo
suelto, pantuflas, en bata de noche, animadísima, toda arrebolada: - Quiero bailar -, gritó. Rafaela preguntó : - ¿Y tú
tío? -. Rosa exclamó: - ¿Él? Duerme ya, el se duerme enseguida.- Cogió al señor Dupuis que estaba libre sobre el diván, y la polca se reanudó.
Pero las botellas estaban vacías : - Yo pago una - , dijo el señor Tourmevau; - Yo también - anunció el señor Vasse. - Lo
mismo yo -, concluyó el señor Dupuis. Entonces todos aplaudieron.
La fiesta estaba armada. De vez en cuando, Luisa y Flora subían rápidamente, hacían una apresurada vuelta de vals,
mientras que sus clientes, abajo se impacientaban; luego volvían corriendo a su café, con el corazón henchido de pena.
A medianoche se bailaba aún. Algunas veces una de las muchachas desaparecía, y cuándo se la buscaba para un frente a
frente, se daban cuenta en ese momento que un hombre también faltaba.
- ¿De donde vienen ustedes? Preguntó graciosamente, el señor Phillippe, justo en el momento que el señor Pimpesse entraba con Fernanda. - De ver dormir al señor al señor Poulin - contestó el recaudador. La frase tuvo un éxito enorme y todos
sucesivamente subían a ver dormir al señor Poulin con una u otra de las señoritas que se mostraron de una complacencia
inusual. Madame cerraba los ojos; tenía largo ratos privados con el señor Vasse como para ultimar los detalles de un
affaire ya acordado.
Finalmente, a la una, los dos hombres casados, el señor Tournevau y Pimpesse, dijeron que se retiraban, y querían saldar
sus cuentas. Se les cargó solamente el champaña, y, más aún a seis francos la botella en vez de diez francos, el precio
de costumbre. Y como ellos se asombraron de esta generosidad, Madame, radiante, les respondió:
- Por que no todos los días es fiesta. -
G. de Maupassant, Mayo 1881

martes, 8 de abril de 2008

UNA HISTORIA DE LAS MONTAÑAS RAGGED -- EDGAR ALLAN POE

UNA HISTORIA DE LAS MONTAÑAS RAGGED

EDGAR ALLAN POE

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Durante el otoño del año 1827, cuando yo residía cerca de Charlottesville, Virginia, casualmente conocí al señor Augusto Bedloe. Este joven caballero era notable en todos los aspectos y despertó en mí profundo interés y curiosidad. Hallé imposible comprender sus relaciones, tanto morales como físicas. Nunca averigüe de dónde venía. Hasta en su edad, aunque le llamo joven gentlerman, había algo que me asombraba en no pequeña medida. Ciertamente parecía joven, y no dejaba de hablar de su juventud, pero había momentos en los cuales yo no habría tenido el menor reparo en imaginarlo de cien años de edad, pues nada había tan peculiar como su aspecto exterior. Era singularmente alto y delgado bastante encorvado, y sus miembros resultaban excesivamente largos y enflaquecidos. Su frente, ancha y baja; su tez, del todo exangüe. La boca, grande y flexible, y sus dientes ferozmente desiguales, aunque sanos como yo jamás había visto en cabeza humana. Sin embargo, la expresión de su sonrisa no era de ningún modo desagradable, como podría suponerse, aunque carecía de toda variación. Era una sonrisa de profunda melancolía, de permanente y molesta tristeza. Tenía unos ojos anormalmente grandes y redondos como los de un gato. También las pupilas, al menor aumento o disminución de la luz, experimentaban la misma contracción o dilatación que se observa en la familia de los felinos. En momentos de excitación, las órbitas le brillaban de un modo casi inconcebible; parecía que emitieran rayos luminosos, pero no como un reflejo, sino como sucede con una vela o con el sol. Con todo, en su estado ordinario eran tan totalmente opacas, sutiles y tontas como para transmitir la idea de un cadáver por largo tiempo enterrado.

Esos rasgos de su persona parecían causarle un gran fastidio y continuamente se refería a ellos por medio de semijustificativas excusas, que al escucharlas por vez primera me causaron muy dolorosa impresión.
Sin embargo, pronto me acostumbre y mi inquietud desapareció. Más bien parecía tener el propósito de insinuar que de afirmar directamente el hecho de que físicamente no siempre había sido lo que era, y que una larga serie de ataques neurálgicos le habían reducido, de un estado de belleza poco frecuente, al que yo ahora veía. Durante muchos años había sido atendido por un médico llamado Templeton, un señor viejo de unos setenta años de edad, a quien había conocido en Saratoga y de cuyo cuidado mientras tanto recibía, o imaginaba que recibía, gran beneficio.

El doctor Templeton había viajado mucho en su juventud, y en París se convirtió con entusiasmo en un seguidor de la doctrina de Mesmer. Sólo por medio de remedios magnéticos, había logrado aliviar los agudos dolores de su paciente, y este éxito inspiró en este último cierto grado de confianza en las opiniones que daban origen a aquellos remedios. Sin embargo, el doctor había luchado, como todos los entusiastas, para lograr una concienzuda conversión de su pupilo, y finalmente consiguió su propósito de que se sometiera a numerosos experimentos. Por una repetición frecuente de aquéllos había surgido un resultado, que desde aquellos días ha llegado a ser tan frecuente como para atraer muy poca o ninguna atención, pero que en la época sobre la cual escribo apenas se conocía en Norteamérica. Quiero decir que entre el doctor Templeton y Bedloe, poco a poco, había crecido una evidente y fuertemente acentuada conformidad o relación magnética. Sin embargo, no estoy preparado para sostener que esta afinidad se extendiese más allá de los límites del simple poder productor del sueño; pero este poder había obtenido una gran intensidad. Al principio el mesmerista, en su primer intento de producir la somnolencia magnética, fracasó por completo. En el quinto o sexto experimento, y después de largos y prolongados esfuerzos, obtuvo un éxito parcial. Sólo en el duodécimo tuvo el triunfo completo. Después de éste, la voluntad del paciente sucumbió rápidamente a la del médico, de modo que, cuando por vez primera conocí a ambos, el sueño se producía casi inmediatamente por la simple voluntad del operador, aun cuando el enfermo no se diera cuenta de su presencia.

Sólo ahora, en el año 1845, cuando similares milagros son presenciados diariamente por miles de personas, me atrevo a resaltar esa aparente imposibilidad como un acto seno. El temperamento de Bedloe era en él más alto grado sensitivo, excitable y entusiasta. Su imaginación resultaba singularmente vigorosa y creadora, y sin duda esta fuerza adicional derivaba del habitual uso de la morfina, que él tomaba en gran cantidad, y sin la cual le habría resultado imposible vivir. Acostumbraba tomar una dosis muy grande inmediatamente después del desayuno, o más bien inmediatamente después de una taza de café cargado, pues él no comía nada hasta mediodía, y entonces se marchaba, solo o acompañado únicamente de su perro, a dar un largo paseo por la cadena de salvajes y tristes colinas que se extendían al oeste y sur de Charlottesville, y que son conocidas con el nombre de Ragged Mountain.
En un día oscuro, cálido y nubloso, hacia fines de noviembre, en ese interregno de las estaciones que en los Estados Unidos se llama "el Verano Indio", el señor Bedloe partió como de costumbre hacia las colinas. Pasó el día, y el señor Bedloe no regreso.



Cerca de las ocho de la noche, estando bastante alarmados por su prolongada ausencia, íbamos a salir en su busca, cuando inesperadamente hizo su aparición en el mismo estado de salud que de costumbre y un humor mejor que de ordinario. El relato que nos hizo de su paseo y de los acontecimientos que le habían detenido fue, en verdad, sorprendente.

Ustedes recordarán dijo —que eran cerca de las nueve cuando dejé Charlottesville. Inmediatamente dirigí mis pasos hacia las montañas, y cerca de las diez entré en un desfiladero que era del todo nuevo para mí. Seguí las sinuosidades de aquel paso con mucho interés. El escenario que sé presentaba por todas partes, aunque no pudiera llamarse grandioso, tenía para mí un indescriptible y delicioso aspecto de triste desolación. La soledad parecía absolutamente virgen, y no pude menos de creer que los verdes céspedes y las rocas grises que pisaba nunca habían sido holladas con anterioridad por los pies de ningún ser humano. La entrada del barranco estaba tan apartada y de hecho tan inaccesible, salvo a través de una serie de desviaciones, que no es inconcebible que haya sido yo el primer aventurero, el primero y el único que haya penetrado nunca en su interior.

La densa y peculiar niebla o humo que distingue al Verano Indio, y que ahora colgaba pesadamente sobre todos los objetos, servía sin duda para ahondar las vagas impresiones que aquellos objetos creaban. Tan densa era aquella agradable niebla que yo en ninguna ocasión veía más de doce yardas por delante del camino que recorría. Esta senda era excesivamente sinuosa, y como el sol no podía verse, pronto perdí toda idea de la dirección en que viajaba. Mientras tanto, la morfina había hecho su acostumbrado efecto de revestir el mundo exterior de un muy intenso interés. En el temblar de una hoja, en el matiz de una brizna de hierba, en la forma de un trébol, en el zumbido de una abeja, en el brillo de una gota de rocío, en el soplo del viento, en los suaves olores que venían del bosque formábase un universo de sugestión, un tren de pensamientos alegres, abigarrados, rapsódicos y desordenados. Entretenido de este modo, caminé varias horas, durante las cuales la niebla se espesaba sobre mi con tal extensión que al final me vi obligado a marchar absolutamente a tientas, y entonces un indescriptible malestar se apoderó de mí. Era una especie de excitación y temblor nerviosos. Temía caminar por la posibilidad de yerme precipitado en el abismo. Recordé también extrañas historias que se contaban de aquellas Ragged Hills, y acerca de las incontables y fieras razas de hombres que habitaban sus bosques y cavernas. Un millar de vagas fantasías me oprimían y desconcertaban, tanto más desconcertantes cuanto más imprecisas eran. De pronto mi atención quedó en suspenso por el alto golpear de un tambor.

Mi sorpresa fue, naturalmente, extraordinaria. Un tambor en aquellas colinas era algo desconocido y no me hubiera dejado más sorprendido el sonido de la trompeta del Arcángel. Pero surgió una nueva y aún más pasmosa fuente de interés y perplejidad. Se oía un salvaje tintineo o sonido metálico, como si se tratara de un manojo de grandes llaves, y en aquel instante pasó a mi lado un hombre de tez oscura, medio desnudo y profiriendo alaridos. Tanto se acercó a mi persona que sentí su cálido aliento sobre mi cara. Llevaba en una mano un instrumento compuesto de una serie de anillos de acero que agitaba vigorosamente mientras corría. Apenas hubo desaparecido en la niebla, cuando jadeando detrás de él, con la boca abierta y los ojos centelleantes, se precipitó una bestia enorme. Yo no podía estar equivocado sobre su especie: era una hiena. La vista del monstruo más bien alivió que aumentó mi terror, pues entonces me convencí de que estaba soñando e hice un esfuerzo por despertar. Caminé osadamente y con rapidez hacia adelante; me froté los ojos, hablé en voz alta, me pellizqué las piernas. Una pequeña cascada de agua apareció ante mi vista y, parándome allí, me lavé las manos, la cabeza y el cuello. Esto pareció disipar las sensaciones equívocas que hasta entonces me habían asaltado. Al levantarme, creo que me sentí otro hombre y entonces proseguí firmemente y con complacencia mi desconocido camino.

Al final, muy cansado por el esfuerzo y por una cierta opresiva pesadez de la atmósfera, me senté debajo de un árbol. En aquel instante apareció un débil rayo de luz, y las sombras de las hojas de los árboles cayeron sobre la hierba débilmente, pero definidas. Miré aquella sombra durante segundos con fijeza y admiración. Su forma me llenó de atónita sorpresa. Alcé los ojos: era una palmera.

Entonces me levanté apresuradamente, y en un estado de terrible agitación —pues el imaginar que soñaba no podría durarme mucho tiempo -, vi, sentí que tenía un perfecto dominio de mis sentidos, y esos sentidos traían ahora a mi alma un mundo de nuevas y singulares sensaciones. El calor, de pronto se hizo intolerable; la brisa iba cargada de un extraño olor, y un suave murmullo como el que sube de un río crecido, pero que corre suavemente, llegaba a mis oídos, mezclado con el peculiar susurro de una multitud de voces humanas.

Mientras escuchaba con la más extrema sorpresa, que prefiero no intentar describir, una fuerte y breve ráfaga de viento se llevó la niebla como por arte de magia. Me hallaba al pie de una alta montaña que dominaba una vasta llanura, por la cual corría un majestuoso río. En las márgenes de éste se elevaba una ciudad de aspecto oriental, tal como las que se describen en los cuentos de Arabia, pero de un carácter aún más singular que cualquiera de ellas. Desde mi posición, que estaba algo alejada y sobre el nivel de la ciudad, podía divisar todos los rincones y ángulos como si estuvieran dibujados sobre un mapa. Las calles parecían innumerables y se cruzaban de forma irregular en todas direcciones, siendo más bien callejones largos y sinuosos que aparecían absolutamente repletos de habitaciones. Las casas eran pintorescas. A cada lado había una profusión de balcones, de barandas, de minaretes, de hornacinas y miradores, fantásticamente esculpidos. Abundaban los bazares y en ellos había ricos objetos en infinita variedad y profusión: sedas, muselinas, resplandeciente cuchillería, magníficas joyas y piedras preciosas. Además de esto, por todas partes se veían estandartes y palanquines, literas que llevaban damas veladas, elefantes majestuosamente engualdrapados, ídolos grotescamente vestidos, tambores, banderas, batintines, lanzas, mazas plateadas y doradas, y en medio del gentío, del clamor y del tumulto y confusión generales —en medio de un millón de hombres negros y amarillos, de turbante y túnica, con las barbas flotantes —circulaba una innumerable multitud de bueyes sagrados, mientras nutridas legiones de monos inmundos pero sagrados trepaban, parloteaban y chillaban por las cornisas de las mezquitas o colgaban de los alminares y de los miradores. Desde las hormigueantes calles a la orilla del río, descendían innumerables escalinatas que llevaban a los baños, mientras el río mismo parecía hacerse paso con dificultad entre las nutridas flotas de barcos profundamente cargados que cubrían su superficie a lo largo y a lo ancho. Más allá de los límites de la ciudad se levantaban en frecuentes grupos majestuosos la palmera y el cocotero, con otros gigantescos y exóticos árboles de edad vetusta. Aquí y allá divisábase algún arrozal, alguna choza de paja de un campesino, una cisterna, un templo solitario, un campamento de gitanos o alguna graciosa doncella solitaria que marchaba con un cántaro sobre la cabeza hacia la orilla del río.

Desde luego, ustedes dirán que yo soñaba, pero no fue así. Lo que veía, lo que oía, lo que sentía, lo que pensaba no tenía nada de la inequívoca naturale.za del sueño. Todo era vigorosamente consecuente. Al principio, dudando de que estuviese realmente despierto, hice una serie de pruebas que me convencieren de lo que lo estaba realmente. Ahora bien, cuando uno sueña y dentro del sueño sospecha que está soñando, la sospecha nunca deja de confirmarse y quien sueña se levanta casi al instante. Por eso Novalis no yerra al decir que "estamos a punto de despertar cuando soñamos que soñamos". Si la visión se me hubiese presentado tal como la describo, sin la sospecha de que fuera un sueño, entonces debiera haberlo sido completamente; pero ocurriendo como sucedió, y sospechada y probada tal como lo fue, me veo forzado a clasificarla entre otros fenómenos.

—En eso no estoy seguro de que usted se equivocara observó el doctor Templeton-; pero continué. Usted se levantó y descendió hasta la ciudad.

—Me levanté —continuó Bedloe, mirando fijamente al doctor con un aire de profunda sorpresa-, me levanté, como usted dice, y descendí a la ciudad. Por el camino me encontré entre un inmenso populacho que obstruía todas las avenidas siguiendo todos sus componentes en la misma dirección y mostrando la excitación más salvaje. Repentinamente, y movido por algún impulso inconcebible, llegué a sentirme imbuido intensamente de un interés por lo que iba a pasar. Parecía sentir que tenía un papel importante en el juego, sin comprender exactamente de qué se trataba. Sin embargo, frente a la multitud que me rodeaba experimenté un profundo sentimiento de animosidad. Me aparté de ella y rápidamente, dando un rodeo, llegué y entré en la ciudad. Allí todo era tumulto y contienda. Un pequeño grupo de hombres, con indumentaria medio india, medio europea y mandado por caballeros de uniforme parcialmente británico, estaba combatiendo' en absoluta desigualdad con el hormigueante populacho de las avenidas. Me uní al grupo más débil, tomando las armas de un oficial caído y luché sin saber contra quién, con la nerviosa ferocidad de la desesperación.

Pronto fuimos vencidos por la masa y tuvimos que buscar refugio en una especie de quiosco. Allí nos 'atrincheramos y por el momento estuvimos seguros. Desde una tronera situada en la parte superior del quiosco vi un enorme gentío en furiosa agitación, que rodeaba y asaltaba un llamativo palacio que colgaba sobre el río. Entonces de una ventana alta del palacio se descolgó una persona de aspecto afeminado, valiéndose de una cuerda hecha con los turbantes de sus criados. En la orilla había un barco, en el cual escapó hasta la orilla opuesta del río.

Entonces una nueva decisión se apoderó de mi alma. Dije algunas apresuradas palabras a mis compañeros, y habiendo logrado convencer de mi propósito a unos cuantos de ellos, hice una salida frenética del quiosco. Nos arrojamos entre la multitud que nos rodeaba. Al principio retrocedieron, se reagruparon, luchando malamente, y de nuevo volvieron a retroceder. Mientras tanto, habíamos sido arrastrados lejos del quiosco y llegamos a estar aturdidos y enredados entre las estrechas calles de altas y sobresalientes casas, en cuyos recodos el sol no había sido capaz de brillar. El gentío presionaba impetuosamente sobre nosotros, hostigándonos con sus lanzas y abrumándonos con el vuelo de sus flechas. Estas últimas eran muy notables y se parecían en algunos aspectos al cris retorcido de los malayos. Imitaban el cuerpo de una serpiente arrastrándose, y eran largas y negras, con una punta envenenada. Una de ellas me alcanzó en la sien derecha. Me tambaleé y caí al suelo. Un mareo instantáneo y terrible se apoderó de mí. Luché, emití un estertor y quedé muerto.

—Difícilmente podrá pretender ahora —dije sonriendo —que toda su aventura no fue un sueño.¿Supongo que no sostendrá que está muerto, verdad?


—Desde luego, cuando dije estas palabras esperé alguna salida graciosa por parte de Bedloe, pero para asombro mío, le vi vacilar, temblar y ponerse terriblemente pálido, guardando silencio. Miré a Templeton. Estaba sentado, tieso y rígido, en una silla, sus dientes castañeteaban y sus ojos parecían salírsele de las órbitas.
—¡Continué!— Le dijo al fin con voz ronca.

—Durante muchos minutos —siguió aquél —mi único sentimiento, mi única sensación, fue de oscuridad y vacío con la conciencia de la muerte. Finalmente, me pareció que una violenta y repentina descarga pasaba por mi alma, cual si se tratara de una descarga eléctrica. Con ella llegó el sentido de la elasticidad y de la luz. Esta última la sentí, no la vi. En un instante me pareció que me elevaba de la tierra, pero no tenía presencia corpórea, ni visible, ni audible o palpable. El gentío se había marchado, el Tumulto había cesado; la ciudad estaba en relativo reposo. Debajo de mí yacía mi cadáver, con la flecha clavada sobre la sien y la cabeza enormemente hinchada y desfigurada. Pero todas aquellas cosas las sentía en vez de verlas.

—Nada me interesaba. Hasta el cadáver parecía algo que no me concernía. No tenía voluntad, pero sentía un impulso que me obligaba a moverme y volé ligeramente fuera de la ciudad, por el mismo camino sinuoso que había recorrido al entrar. Cuando hube alcanzado el punto del barranco donde había encontrado a la hiena, nuevamente experimenté una sacudida como de una pila galvánica, recobrando la sensación de peso, voluntad y materia. Recobré mi propio ser original y dirigí con apresuramiento mis pasos hacia casa; pero el pasado no había perdido la vivacidad de lo real, y ni siquiera ahora, por un instante, logro obligar a mi mente a considerar todo aquello como un sueño.

—No lo fue —dijo Templeton, con un aire de profunda solemnidad-, aunque sería difícil resolver la manera de calificarlo. Sólo presumamos que la mente del hombre de hoy está al borde de ciertos estupendos descubrimientos psíquicos. Con formémonos con esta suposición. En cuanto al resto, he de dar algunas explicaciones. Aquí tienen una acuarela que yo les hubiera mostrado antes si un inexplicable sentimiento de temor no me hubiera impedido hacerlo.

Observamos el cuadro que nos presentaba. No vimos en él nada de extraordinario, pero su efecto sobre Bedloe fue prodigioso. Casi se desmayó al verlo, y eso que no era sino un retrato en miniatura —de milagroso parecido, eso sí —que reproducía con absoluta fidelidad sus rasgos característicos. Al menos eso pense.

—Ustedes pueden observar —dijo Templeton —que la fecha de este retrato está aquí, apenas visible, en esta esquina: 1780. El retrato fue hecho ese año; pertenece a un amigo muerto, un tal señor Oldeb, con quien llegué a tener gran intimidad en Calcuta durante el gobierno de Warren Hasting. Entonces yo sólo tenía veinte años. Cuando lo vi a usted por vez primera, señor Bedloe, en Saratoga, la milagrosa semejanza entre usted y el cuadro me indujeron a abordarle, a buscar su amistad, y a conseguir lo necesario para llegar a ser su constante compañero. Con el fin de llevar a cabo este propósito, me impulsó parcialmente, de manera esencial, el recuerdo lleno de pena del difunto, pero bien, en parte, una inquieta curiosidad hacia usted mismo, no exenta de sentimientos pavorosos.

—En los detalles de la visión que presentó usted en las colinas ha descrito con la más minuciosa exactitud la ciudad india de Benarés, sobre el Río Sagrado. Los motines, el combate, la matanza fueron acontecimientos reales de la insurrección de Cheyte Sing, que tuvo lugar en 1780, cuando Hasting estuvo a punto de perder la vida. El hombre que escapó por la cuerda confeccionada con los turbantes fue el mismo Cheyte Sing. El grupo del quiosco eran cipayos y oficiales británicos, capitaneados por Hastings. Yo fui uno de los integrantes de este grupo, e hice cuanto pude por impedir la embestida y fatal salida del oficial que cayó en las callejuelas atestadas por la flecha envenenada de un bengalés. Aquel oficial era mi amigo más querido. Se trataba de Oldeb. Ustedes adivinarán por estas notas (en este momento, el narrador nos enseñó una libreta en la cual varias páginas parecían haber sido escritas recientemente) que en el mismo momento en que a usted, Bedloe, le sucedían esas cosas en medio de las montañas, yo me dedicaba aquí, en casa, a deleitarlas en estas páginas.

—Una semana después de esta conversación apareció en un periódico de Charlottesville la siguiente nota:"Tenemos el penoso deber de anunciar la muerte del señor Augusto Bedloe, un caballero cuyas buenas maneras y numerosas virtudes durante largo tiempo, le han valido el afecto de las gentes de Charlottesville.

Desde hace algunos años, el señor Bedloe ha padecido de neuralgias, que frecuentemente le amenazaron con terminar fatalmente; pero esto sólo puede ser considerado como la causa parcial de su muerte. La causa auténtica ofreció una especial singularidad. En una excursión a las Montañas Ragged, hace unos días, contrajo un ligero enfriamiento que le produjo una congestión en la cabeza. Para aliviar esto, el señor Templeton recurrió al uso frecuente de la sangría. Se le aplicaron sanguijuelas en las sienes, pero en un terrible y breve período el paciente murió, descubriéndose que en el tarro que contenía las sanguijuelas había sido introducida por accidente una de las sanguijuelas vermiculares venenosas que de vez en cuando se encuentran en las charcas de los alrededores. Este anélido se adhirió sobre una pequeña vena en la sien derecha, y su absoluta semejanza con las sanguijuelas medicinales hizo que el error se descubriese cuando era demasiado tarde.
»N. de la A.—Las sanguijuelas venenosas de Charlottesville siempre pueden distinguirse de las sanguijuelas usadas en medicina por su negrura y especialmente por sus retorcidos movimientos vermiculares, que se asemejan a los de las serpientes.

Estaba yo hablando con el director del periódico en cuestión sobre este notable accidente, cuando se me ocurrió preguntar por qué el nombre del difunto había aparecido como Bedlo.—supongo dije —que usted tiene la suficiente autoridad como para emplear esa ortografía, pero yo siempre había supuesto que el nombre debía escribirse con una "e" al final.

—¡Autoridad! ¡No! —contestó él—. Sólo una simple errata tipográfica. El nombre es Bedloe, con una e final. Todo el mundo lo sabe y nunca en mi vida lo vi escribir de otro modo.

—Entonces —dije yo entre dientes, mientras daba media vuelta —sucede de hecho que una verdad es más extraña que cualquier ficción. Bedloe sin la "e" final no es sino Oldeb al revés... ¡ Y este nombre me dice que se trata de un error tipográfico!


FIN

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