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martes, 20 de mayo de 2008

LA MUERTE Y LA CONDESA -- GERTRUDE ATHERTON

Gertrude Atherton
La Muerte y la Condesa
(The Dead and the Countess)

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Era un viejo cementerio, y ellos habían estado largo tiempo muertos. Aquellos
últimamente muertos, habían sido puestos en el nuevo camposanto, sobre la
colina, cerca de Bois D'Amour (Bosque del Amor, N. de T.) y cerca de los
sonidos de las campanas que llaman a la gente a misa. Pero la pequeña iglesia
donde se celebraba la misa, seguía fielmente al lado de los viejos muertos; sin
embargo, en ese rincón olvidado de Finisterre, no se construían nuevas iglesias
desde hace siglos, dado que la pequeña plaza sobre la que tenía que elevarse el
calvario de sus piedras, estaba rodeada de casitas grises; además, el castillo de
la torre redonda, que se erigía cruzando el río, había sido construído por los
Condes de Croisac. Pero los muros de piedra que encerraban aquel gran
cementerio habían sido cuidados y estaban en buen estado. En el cementerio no
había malezas, lozas movidas o lápidas rotas. Se lo veía frío y desolado, como
todos los cementerios de Bretaña.
Algunas veces se parecía a un cuadro de gran belleza. Cuando los aldeanos
celebraban el perdón anual, una gran procesión (sacerdotes con relucientes
sotanas, jóvenes en sus trajes de gala, todos con fulgurantes estandartes,
doncellas vestidas suntuosamente), salía de la iglesia y marchaba cantando a lo
largo del camino que bordeaba la pared del cementerio, donde descansan sus
ancestros, los mismos que en su momento llevaron los estandartes y cantaron el
servicio del perdón. Ya que los muertos eran campesinos y sacerdotes (los
Croisacs tenían su propio cementerio en una hondonada de las colinas que
había detrás del castillo), viejos y mujeres que habían llorado y muerto por
aquellos pescadores que se habían ido y jamás regresaron. Aquellos que
caminaban frente a los muertos por el perdón, o luego de una ceremonia de
matrimonio, o tomaban parte en alguna de las festividades religiosas menores
con que la aldea Católica vivificaba su existencia, todos, jóvenes y viejos, se
veían serios y tristes. Desde las mujeres hasta los niños sabían que su destino les
esperaba, y los hombres que el océano es traicionero y cruel.
Consecuentemente los vivos tenían poca simpatía por los muertos que les
habían dejado tal agobiante carga; y los muertos bajo sus piedras, bastante
satisfacción. No había envidia entre ellos por los jóvenes que vagaban al
anochecer y se juraban fidelidad en el Bois d'Amour, solamente sentían piedad
por aquellos grupos de mujeres que lavaban sus linos en el arroyo que afluía al
río. Parecía como figuras, en el verde libro de la naturaleza, estas mujeres, con
sus resplandecientes tocados y collares; pero para los muertos no era mejor
envidiarlos, y para las mujeres (y los amantes) no era mejor apiadarse de los
muertos.
Los muertos descansaban en sus cajones y agradecían a Dios por la tranquilidad
y el hallazgo de la paz sempiterna, por la que ellos habían aguantado
pacientemente la vida, fueron tomadas de esta calma.
La aldea era pintoresca, y no había ninguna otra como esta, en toda Finisterre.
Los artistas que la descubrieron se hicieron famosos. Luego de los artistas
vinieron los turistas, y la vieja y crujiente diligencia se convirtió en un
anacronismo. Bretaña era la moda durante tres meses del año y dondequiera
que hubiera moda, al menos tenía que haber un ferrocarril. Este se construyó
para satisfacer a aquellos que deseaban visitar las bravías y melancólicas
bellezas del oeste de Francia, y sus rieles pasaron a un lado del pequeño
cementerio de este relato.
Tomó bastante tiempo para que los muertos se despierten. Ellos no escucharon
ni el sonido audible de los hombres trabajando ni siquiera el primer resoplido
de la locomotora. Y, por supuesto, tampoco escucharon o supieron de las
súplicas del viejo cura para que la línea se construya en otro sitio. Una noche, él
marchó al viejo cementerio, se sentó en una tumba, y se puso a llorar. Él amaba
a sus muertos y sentía que era una pena que la codicia de dinero, la fiebre del
viaje, y la mezquina ambición de hombres cuyos lugares eran la gran ciudad,
donde nacían sus ambiciones, quebraran para siempre la sagrada calma de
aquellos que habían sufrido tanto en la tierra. Él había conocido a muchos de
ellos en vida, ya que era muy viejo; y a pesar que, como todos los buenos
Católicos, él creía en la existencia del cielo, el purgatorio y el infierno, siempre
había visto a sus amigos antes de enterrarlos, pacíficamente dormidos en sus
ataúdes, las almas reposando con las manos plegadas, como los cuerpos que las
poseyeron, pacientemente, esperando el llamado final. Él jamás lo habría
contado, el bueno y viejo cura, que creía que el cielo era un gigantesco palacio,
en el que Dios y los arcángeles moraban esperando por el gran día, cuando las
almas selectas de los muertos se elevarían y entrarían bajo la Presencia. Era un
viejo que había leído y pensado poco, pero tenía una fantasía zigzagueante en
su humilde mente, que era ver a sus ancestros y amigos, cuerpos y almas en el
profundo ensueño de la muerte, pero dormidos, no con cuerpos putrefactos,
abandonados por sus atemorizados compañeros; y a todos quienes ahí
dormían, tarde o temprano, les llegaría el momento de despertar.
Él sabía que ellos habían dormido a través de las violentas tormentas que
arrebataron las costas de Finisterre, cuando las naves son arrojadas contra las
rocas y los árboles caen en el Bois d'Amour. Sabía también que ningún acorde
del suave y lento cántico del perdón se había acuñado jamás en sus memorias;
ni las gaitas de la villa, cuando sonaban para que la novia y sus amigos bailasen
por espacio de tres días.
Todo esto los muertos lo sabían en vida, y ya no podía molestarlos ni
interesarlos ahora. ¡Pero ese espantoso intruso de la civilización moderna, un
tren de vagones con una locomotora chirriante, eso podía sacudir la tierra que
los contenía y hacer pedazos el pacífico aire con tales disonantes sonidos, que
impedía que cualquiera, muerto y vivo, durmieran! Su vida había sido una
largo y continuo sacrificio, y ahora intentaba en vano imaginar una mejor, ya
que asumía de buen grado que este desastre le traería su propia muerte.
Pero el ferrocarril fue construído, y durante la primera noche que el tren pasó
desaforadamente, sacudiendo la tierra y haciendo temblar las ventanas de la
iglesia, el cura salió y roció cada una de las tumbas con agua bendita.
En lo sucesivo, dos veces al día, al amanecer y al atardecer, luego del paso
desgarrante del tren a través de la quietud del paisaje, él iba y rociaba cada
tumba, levantándose en ocasiones del lecho de enfermo, y otras veces
desafiando viento, lluvia y granizo. Y por un tiempo creyó que este artilugio
sagrado podía prolongar el sueño de sus viejos muertos, alejándoles del poder
humano de levantarse. Pero una noche los escuchó murmurar.
Ya era tarde. Había algunas pocas estrellas en el cielo negro. Ni una brisa de
viento corría por la solitaria campiña, ni siquiera desde el mar. No habría
naufragios esa noche, y todo el mundo parecía estar en paz. Las luces iban
extinguiéndose de a poco en la aldea. Una, sin embargo, permanecía en la torre
de los Croisac, donde se encontraba enferma, guardando cama, la joven esposa
del conde. El cura había estado con ella al momento que el tren pasó rugiendo
por el cementerio, y ella le había murmurado:
"¡Quisiera estar allí! ¡Oh, este solitario, solitario lugar! ¡Este frío y reverberante
castillo, con nadie para hablar, día tras día! Si me mata, que me entierren en el
cementerio al lado del camino, donde dos veces al día puedo escuchar el tren
pasar, ¡ese tren que viene de París! Si me sepultan en cambio, en la bóveda tras
la colina, gritaré en mi ataúd, noche tras noche."
El cura había curado lo mejor que pudo la sufriente alma de la joven noble, con
quien él rara vez trataba. Él meditó, y se movió a través del oscuro camino con
sus piernas reumáticas, pensando sobre si la mujer tendría el mismo deseo que
él mismo.
"Si ella es realmente sincera, pobre chica," pensó en voz alta, "me abstendré de
rociar el agua bendita en su tumba. Aquellos que sufren en vida deberían ver
cumplidos todos sus deseos luego de la muerte, y me temo que el conde se lo
niegue. Pero le rezo a Dios que en mi lecho mortal no llegue a escuchar ese
monstruo nocturno." Y plegó su túnica bajo el brazo y rápidamente rezó un
rosario.
Pero cuando llegó al cementerio y fue entre las lápidas, con el agua bendita,
escuchó a los muertos murmurar.
"Jean-Marie," dijo una voz, palpando el camino entre tonos desusados en busca
de las notas olvidadas, "¿estáis listo? Seguro que este es el último llamado?"
"No, no," retumbó otra voz, "ese no es el sonido de una trompeta, François. Será
de repente y se oirá fuerte y agudo, como un gran témpano del norte, cuando se
zambulle al mar desde los desfiladeros de Islandia. ¿Los recordáis, François?
Gracias a Dios que pudimos morir en nuestras camas, rodeados de nuestros
nietos y con una única brisa suspirando en el Bois d'Amour. ¡Ah, los pobres
amigos que murieron en su juventud! ¿Los recordáis cuando la gran ola cubrió
a Ignace, y cuando no lo vimos más? Nos tomamos de las manos, en la creencia
que nosotros seguiríamos, pero al final, vivimos y fuimos y volvimos, y
morimos en nuestras camas. ¡Gran Dios!"
"¿Por qué pensáis en eso ahora... aquí en la tumba, donde eso ya no importa, ni
a los vivos?"
"No lo se; pero fue esa noche cuando Ignace cayó, que pensé que la respiración
se me iba. ¿O por qué pensáis que habéis muerto?"
"Por el dinero que debía a Dominique y no pude pagar. Quise que mi hijo lo
pagara, pero la muerte vino tan rápido que no pude hablar. Dios sabe como
ellos me juzgaron en la villa de St. Hilaire."
"Estáis equivocado," murmuró otra voz. "Morí cuarenta años después que
vosotros y los hombres no son recordados tanto en Finisterre. Pero vuestro hijo
fue mi amigo y recuerdo que él pagó el dinero."
"Y mi hijo, ¿qué de él? ¿Está él aquí, también?"
"No; él yace en la profundidad del mar del norte. Fue su segundo viaje, y tuvo
que regresar la primera vez para alimentar a su esposa. Luego no regresó más,
y ella tuvo que lavar en el río para las damas de los Croisac, y tiempo después
murió. Yo la hubiera desposado, pero ella dijo que era suficiente haber perdido
un marido. Desposé a otra, y ella envejecía diez años cada vez que yo salía. ¡Ay,
por Bretaña, ella no tuvo juventud!"
"¿Y tú? ¿Llegasteis a viejo antes de acudir a este lugar?"
"Sesenta. Mi mujer vino primero, como muchas esposas. Ella yace aquí.
¡Jeanne!"
"¿Es esa vuestra voz, mi esposo? ¿No es la del Señor Jesús Cristo? ¿Qué milagro
es este? Creo que es el terrible sonido de la trompeta del juicio final."
"No puede ser, vieja Jeanne, ya que aún seguimos en nuestras tumbas. Cuando
la trompeta suene, tendremos alas y mantos de luz, y volaremos derecho al
cielo. ¿Habéis dormido bien?"
"¡Ay! ¿Pero porque hemos sido despertados? ¿Es la hora del purgatorio? ¿O lo
tendremos aquí?"
"El buen Dios sabe. No recuerdo nada. ¿Estáis asustada? Podría tomar vuestra
mano, como cuando estábais por deslizarte de la vida al largo sueño que tanto
temíais."
"Estoy asustada, mi esposo. Pero es dulce escuchar vuestra voz, hueca y gutural
como si proviniera del mismo sepulcro. Gracias al buen Dios que habéis
enterrado junto a mí un rosario," y ella comenzó a orar con rapidez.
"Si Dios es bueno," gritó François, con amargura, y su voz llegó
descarnadamente a oídos del cura, como si la cubierta del ataúd estuviese
podrida, "¿por qué habemos sido despertados antes de nuestro tiempo? ¿Qué
mefítico demonio trona y aúlla a través de las congeladas avenidas de mi
cerebro? ¿Ha sido Dios, quizás, vencido y es el Maligno reina en Su lugar?"
"¡Silencio, silencio! ¡No blasfeméis! Dios reina, ahora y siempre. Esto no es más
que un castigo que Él nos ha impuesto por los pecados de la tierra."
"Ciertamente, hemos sido castigados mucho antes que descendamos a la paz de
hogar. ¡Ah, pero está oscuro y frío! ¿Quizás tengamos que yacer así por una
eternidad? En la tierra duramos hasta que morimos, pero tememos el sepulcro.
Quisiera estar vivo de nuevo, pobre y viejo y solo y adolorido. Sería mejor que
esto. ¡Maldito sea el demonio apestoso que nos despertó!"
"No maldigas, mi hijo," dijo una voz suave, y el cura se detuvo e hizo la señal de
la cruz, ya que era la voz de un añejo predecesor. "No puedo deciros que es
aquello que nos sacude de manera descortés en nuestras tumbas y libera
nuestros espíritus de su bendita esclavitud, y no me gusta la conciencia de este
lugar, estos montones de tierra sobre mi cansado corazón. Pero es cierto, debe
ser cierto... "
Un bebé comenzó a lloriquear, y desde otra tumba subió la angustia de una
madre intentando calmarlo.
"¡Ah, por el buen Dios!" sollozó. "Yo también pensé que era el sonido del gran
llamado, y en este momento tendría que levantarme y encontrar a mi hijo e ir
con mi Ignace, cuyos huesos yacen en el fondo del mar. ¿Podrá mi padre
encontrarle, cuando los muertos salgan de sus tumbas? ¡Yacer aquí en la duda,
esto si que es peor que la vida!"
"Sí, sí," dijo el cura, " todo estará bien, hija."
"Pero no todo está bien, padre, porque mi bebé llora y está solo en una pequeña
caja en el suelo. Si pudiera arrancar la tierra para allanarme el paso hacia él...
pero mi vieja madre yace entre ambos."
"¡Recen vuestros rosarios!" ordenó el cura, con severidad. "Recen vuestros
rosarios, todos ustedes. Todos aquellos que no lo hagan, recen el 'Ave María'
cien veces."
Inmediatamente un raudo y monótono murmullo comenzó a ascender desde
cada solitaria cámara de aquellas profanadas tierras. Todos, a excepción del
bebé, que aún gemía con la inconsolable aflicción del niño abandonado,
obedecieron el mandato. El cura sabía que ellos ya no volverían a hablar esa
noche, y volvió a la iglesia para ponerse a rezar hasta el amanecer. Estaba
enfermo de tanto horror y pavor, pero no por sí mismo. Cuando el cielo estuvo
rosado y el aire lleno de las dulces fragancias de la mañana, un penetrante
rugido rasgó el silencio matinal. El cura se apresuró en regresar al cementerio y
volver a rociar cada tumba esta vez con doble ración de agua bendita. Luego
que cesó el temblor de la tierra, el cura puso su oído en el suelo. ¡Ay, aún seguía
conmoviéndose!
"El demonio está nuevamente en vuelo", dijo Jean-Marie; "pero luego que pasó
me siento como si el dedo del Señor hubiera tocado mi frente. No puede
hacernos daño."
"¡Yo también sentí esa caricia celestial!" exclamó el viejo cura. Varios "¡Y yo!" "¡Y
yo!" "¡Y yo!" surgieron de cada tumba, a excepción de la del bebé.
El cura, profundamente agradecido que su simple acción los hubiera
conformado, marchó con rapidez hacia el castillo. Olvidó que no se interrumpió
ni siquiera para dormir. El conde era uno de los directores del ferrocarril, y
realizaría una súplica final a él mismo.
Era temprano, pero nadie dormía en Croisac. La joven condesa había fallecido.
Un gran obispo había llegado en la noche y le había dado la extrema unción. El
cura preguntó si podía presentarse ante el obispo. Luego de una larga espera en
la cocina, le he dicho que podría hablar con Monsieur L'Évêque. Siguió al
sirviente a través de la escalera espiral de la torre circular, y luego de sus
veintiocho escalones, entró a un salón adornado con tapizados púrpuras
estampados con flores de lis doradas. El obispo estaba recostado seis pies por
encima del piso, en una de las espléndidas camas talladas contra la pared.
Grandes cortinas cubrían su frío y blanquecino rostro. El cura, que era pequeño
y respetuoso, sintióse inconmensurablemente más pequeño bajo tan augusta
presencia, y pidió la palabra.
"¿Qué deseas, hijo mío?" preguntó el obispo, en su frío y cansado tono de voz.
"¿Es algo tan urgente? Estoy muy cansado."
Nervioso, el cura contó su historia, y mientras se esforzaba por transmitir la
tragedia de la atormentados muertos, no solamente sentía la pobreza de su
expresión (que estaba muy desacostumbrado en utilizar) sino que también le
asaltó el pensamiento tortuoso de que aquello que dijera, podría sonar
antinatural y descabellado.
Pero el no estaba preparado para causar tal efecto en el obispo. Él estaba parado
en el medio de la habitación, cuya lobreguez era acentuada por la deficiente
iluminación de los velones de un gran candelabro; sus ojos, que habían estado
vagando abstraídamente de una pieza a otra del moblaje labrado, súbitamente
se enfocaron en la cama, y él detuvo su relato y enrolló su lengua. El obispo se
sentó, lívido de ira.
"¡Y este era vuestro asunto de vida o muerte, loco parloteante!" tronó. "¡Por esta
sarta de estupideces soy arrebatado de mi descanso, cómo si yo fuera otro viejo
lunático! Tú no eres adecuado para ser sacerdote y cuidar de las almas.
Mañana..."
Pero el cura ya había escapado, retorciéndose las manos.
Cuando intentó bajar por las escaleras, chocó con el conde. Monsieur de Croisac
había cerrado la puerta detrás suyo. La abrió y, guiando al cura dentro de la
habitación, le mostró a su condesa muerta, que yacía con los brazos
entrecruzados, despreocupada por siempre de los seis pies de cupidos labrados
y margaritas que la cuidaban. Había un alto pedestal a la cabeza y otro a los
pies, que tenían candelabros dorados con pálidas llamas. Los tapizados
azulados de la habitación, con sus flores de lis blancas, estaban descoloridos,
como las alfombras del viejo y gastado piso; ya que el esplendor de los Croisac
se había ido con los Borbones. El conde vivía en el viejo chateau porque tenía
que hacerlo; pero la noche anterior había reflexionado sobre el error de traer a
vivir allí a una joven, y sobre todas aquellas cosas que pudo haber hecho para
salvarla de la desesperación y la muerte.
"Rece por ella," dijo al cura. "Y usted la enterrará en el viejo cementerio. Fue su
último deseo."
Él salió, y el cura se arrodilló y comenzó a musitar sus oraciones para la muerta.
Pero sus ojos discurrían hacia las ventanas, a través de las cuales la condesa
habría pasado horas y días mirando, observando a los pescadores zarpando
hacia la mar, seguidos por una ribera de esposas y madres, hasta que sus barcos
se perdían entre las grandes olas del océano exterior; a menudo miraba el
enardecido torrente, o las arboledas, las ruinas, las lluvias cayendo como agujas
a través del agua. El cura no había comido nada desde su magro desayuno, a las
doce del día anterior, y su imaginación estaba activa. Se preguntó si el alma se
regocijaba en la muerte con la belleza del cuerpo inquieto, y de la vehemencia
de la mente pensante. No podía ver la cara de la joven, desde donde estaba
arrodillado, solo veía las manos pálidas cruzadas como en un crucifijo. Se
preguntó si su rostro había quedado más apacible con la muerte, o enfurecido e
irritable como lo había visto la última vez. Si el gran cambio la habría
suavizado, entonces tal vez, el alma podía sumergirse bajo las profundas aguas,
agraciada por el olvido, y ese maldito tren no podría despertarla en años.
Curiosamente sucedió una maravilla. Él detuvo su oración, y acercó una silla a
la cama. Se sentó y acercó su rostro al de la mujer muerta. ¡Ay! El suyo no era
un semblante de paz. Tenía estampado la tragedia de un amargo
renunciamiento. Después de todo, ella era joven, y al final murió a disgusto.
Había aún una torva tensión cerca de las fosas nasales, y su labio superior
estaba curvado como si su última palabra hubiera sido una imprecación. Pero
ella era muy bonita, a pesar de la demacración de sus facciones. Su cabello
negro casi cubría la cama, y sus pestañas parecían muy pesadas para aquellas
mejillas.
"¡Pobre pequeña!" pensó el cura. "No, ella no descansará, ni tampoco quería eso.
No la rociaré con agua bendita en su tumba. Sería maravilloso que ese
monstruo pueda darle algún confort, pero si lo hace, entonces está bien."
Él fue al pequeño oratorio contiguo a la alcoba y rezó más fervientemente. Pero
cuando los testigos llegaron, una hora después, lo hallaron en aletargado al pie
del altar.
Cuando se despertó estaba en su propia cama, en su pequeña casa, junto a la
iglesia. Pero habían pasado cuatro días antes que pudiera levantarse para
cumplir sus deberes, y para ese momento la condesa ya estaba en su tumba.
La vieja ama de llaves dejó de cuidarlo. Él esperó con ansias la llegada de la
noche. Había una llovizna pronunciada, y las nubes borroneaban el paisaje y
empapaban el suelo en el Bois d'Amour. Las tumbas estaban húmedas, también;
pero el cura prestaba poca atención a los elementos de la naturaleza en su larga
vida de martirio, y ni bien escuchó el remoto eco del tren nocturno, se apresuró
en ir por su agua bendita para regar todas las tumbas, excepto una.
Se postró y escuchó afanosamente. Habían pasado cinco días desde la última
vez que lo había hecho. Quizás ellos se habrían adormecido de vuelta. En un
momento estrechó sus manos y las levantó al cielo. Todo lo por lo que ellos
gemían era por paz, por descanso; maldecían al demonio apestoso que los
sacudía de las puertas de la muerte; y entre las voces de hombres y niños, el
cura distinguía las temblorosas notas de sus ancianos mayores; no estaban
maldiciendo sino rezando con amarga imploración. El bebé estaba gimoteando
con los acentos de un terror mortal y su madre estaba más que desesperada por
cuidarlo.
"¡Ay!" gritó la voz de Jean-Marie, "¡Nunca nos dirán que purgatorio es este!
¿Qué es lo que saben los curas? ¿Cuando fuimos advertidos con este tipo de
castigos por nuestros pecados? ¡Dormir un par de horas, y hechizados con el
momento de despertar! Entonces un cruel insulto de la tierra que está cansada
de nosotros, y la orquesta del infierno. ¡De nuevo! ¡Y otra vez! ¡Y otra! ¡Oh Dios!
¿Por cuánto tiempo? ¿Cuánto?"
El cura tropezó sobre la lápida y la tierra que estaba sobre la condesa. Podía
escuchar una voz alabando al monstruo de la noche y el amanecer, una nota de
alegría en ese terrible coro de desesperación que él creía lo conduciría a la
locura. Juró que a la mañana siguiente movería a sus muertos, aún si tuviera
que desenterrarlos con sus propias manos y los acarrearía hacia la colina, para
enterrarlos allí por su propia cuenta.
Por un momento no escuchó sonidos. Se arrodilló y pegó su oído a la tumba,
entonces contuvo la respiración. Un grito cavernoso se escuchó. Luego otro, y
otro. Pero no había palabras.
"¿Es ella que está gritando por simpatía con mis pobres amigos?" pensó; "¿O es
que está aterrorizada? ¿Por qué no les habla? Quizás ellos olvidarían su difícil
condición teniendo ella que decirles del mundo que habían abandonado hace
ya tanto. Pero no era su mundo. Tal vez esto es lo que la angustia, ya que ella
será una solitaria aquí tal como en la tierra. ¡Ah!"
Un brusco y horrible grito penetró en sus oídos, luego un jadeante chillido, y
otro; todo se desvaneció en un espantoso trueno.
El cura se levantó y estrechó sus manos, mirando al cielo por inspiración.
"¡Ay!" gimió, "ella no está contenta. Ella cometió un terrible error. Descansaría
en la profunda y dulce paz de la muerte, y ese monstruo de hierro y fuego y los
desesperados muertos a su alrededor le atormentan el alma, ya tan atormentada
en vida. Quizás pueda encontrar descanso en la bóveda detrás del castillo, pero
no aquí. Lo se, y debo arremeter con la tarea, ahora, ya."
Se arremangó la sotana y corrió tan rápido como pudo, con sus viejas y
reumáticas piernas, hacia el chateau, cuyas luces brillaban a través de la lluvia.
En la orilla del río vio a un pescador y le suplicó que lo llevara en el bote. El
pescador extrañado, levantó al viejo en sus fuertes brazos, y lo puso en el bote,
y comenzó a remar hacia el chateau. Cuando tomaron tierra, él se apuró.
"Esperaré en la cocina por usted, padre," dijo el pescador; y el cura lo bendijo y
se apresuró en llegar al castillo.
Una vez más entró a través de la puerta de la gran cocina, con sus adoquines
azules, sus brasas y bronces, los mismos que habían conformado a nobles y
monarcas en los días de esplendor de los Croisac. Se sentó en una silla frente a
la estufa, mientras una criada se fue a avisar al conde. Ella regresó mientras el
cura aún seguía temblando, y le anunció que su amo recibiría su visita en la
biblioteca.
Era una habitación lúgubre donde estaba esperando el conde y olía un poco
rancio, ya que los libros en los estantes eran antiguos. Un par de novelas y
periódicos yacían sobre la pesada mesa, el fuego ardía en la chimenea, los
tapices en las paredes estaban muy oscurecidos y las flores de lis estaban
deslustradas y manchadas. El conde, cuando estaba en casa, dividía su tiempo
entre la biblioteca y el mar, esto cuando no podía ir a cazar un jabalí o un ciervo
al bosque. Pero a menudo tenía que ir a París, donde podía permitirse la vida de
un potentado en un ala de su gran hotel; había conocido mucho acerca de las
extravagancias de las mujeres para dar a su esposa la llave de sus pálidos
salones. Había amado a la joven cuando la desposó, pero sus quejas y amargo
descontento lo habían enajenado, y durante el último año había estado alejado
de ella, en hosco resentimiento. Muy tarde comprendió, y soñó con la expiación
de su culpa. Ella había sido una entusiasta y vivaz criatura, y su mente
insatisfecha se había refugiado en el mundo que había vivido. ¡Y él le había
dado tan poco a ella!
Se levantó cuando entró el cura, y se inclinó. La visita lo aburría, pero el viejo y
buen cura le merecía su mayor respeto; más aún, había realizado varios oficios
y ritos en su familia. Acercó una silla hacia su invitado, pero el viejo agitó su
cabeza y nerviosamente juntó sus manos.
"¡Ay, monsieur le comte," dijo, "puede ser que usted también me diga que soy
un viejo lunático, como hizo Monsieur L'Évêque. Sin embargo, tengo que
hablar, por más que ordene a sus criados que me echen del chateau."
El conde recordó cierto comentario ácido del obispo, seguido de una
manifestación de que un joven cura debería ser enviado, para reemplazar al
viejo, que estaba en su chochez. Pero él le replicó suavemente:
"Usted sabe, padre, que nadie en este castillo le faltará a usted el respeto. Diga
lo que desee; no tema. ¿Pero por qué no toma asiento? Estoy muy cansado."
El cura tomó asiento y clavó su vista suplicantemente en el conde.
"Este es el asunto, monsieur." Habló rápidamente. "Ese terrible tren, con sus
estrepitosos hierros, carbones, humareda y chirridos, ha despertado a mis
muertos. Los he estado calmando con agua bendita, para que no lo escuchen,
hasta que una noche que falto, el ruido que hace este ferrocarril, sacude la tierra
y remueve los clavos fuera de los ataúdes. Me apuré, pero el daño ya estaba
hecho, los muertos habían despertado, el querido sueño de la eternidad había
sido interrumpido. Ellos pensaban que era el llamado de la trompeta del juicio
y se preguntaron porque seguían aún en sus sarcófagos. Pero hablaron entre sí
y no fue tan malo como parecía. Pero ahora están desesperados. Están en el
infierno, y yo tengo que implorarle a usted que apruebe que sean movidos a la
colina. ¡Ah, piense, piense, monsieur, no puede ser que el largo sueño del
sepulcro se vea interrumpido tan rudamente... el sueño por el que vivimos y
padecemos tan pacientemente!"
Se detuvo abruptamente y contuvo la respiración. El conde había escuchado sin
haber cambiado de semblante, convencido que se trataba de la fantasía de un
loco. Pero la farsa lo fatigó, e involuntariamente su mano se movió hacia una
campana en la mesa.
"¡Ah, monsieur, no todavía, aún no!" jadeó el sacerdote. "Es acerca de la condesa
que he venido a hablar. Lo había olvidado. Ella me había dicho que deseaba
yacer ahí y escuchar el tren venir desde París, así que no rocié su tumba con
agua bendita. Pero ella, ahora, está infeliz y horrorizada, monsieur. Ella grita y
gime. Su ataúd es nuevo y fuerte, y no puedo escuchar sus palabras, pero he
escuchado gritar espantosamente desde su tumba esta noche, monsieur; lo juro
sobre la cruz. ¡Ah, monsieur, debéis creerme, por favor!"
El conde se puso tan pálido como la mujer que había enterrado en su ataúd, y
estremeciéndose de la cabeza a los pies, se tambaleó de su silla y clavó la vista
en el sacerdote como si viera el mismísimo fantasma de su condesa.
"¿Usted escuchó...?" llegó a jadear.
"Ella no está en paz, monsieur. Ella gritó y gimió de manera terrible, como si
tuviera la boca tapada con una mano."
El conde se repuso de repente y voló del salón. El cura pasó su mano por la
frente y cayó lentamente en el piso. Había pronunciado la última de sus
palabras.
"Él comprobará que he dicho la verdad," pensó, mientras caía dormido, "y
mañana intercederá por mis pobres amigos."
El cura yace sobre la colina, donde ningún tren jamás podrá perturbarlo, y sus
viejos camaradas del cementerio violado están cerca, alrededor de él. El conde y
la condesa de Croisac, quienes adoran su memoria, se apresuraron en darle en
muerte aquello que fue su último deseo en vida. Y con ellos, todas las cosas
están bien, para un hombre, también, puede nacer de nuevo, y sin descender a
la tumba.

lunes, 19 de mayo de 2008

La leyenda del valle dormido -- Washington Irving

Washington Irving
La leyenda del valle dormido

Titulo Original: The Leyend Of Sleppy Hollow

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Encontrada entre los papeles del difunto Dietrich Knickerbocker

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En el seno de uno de esos espaciosos recodos que forman la parte oriental del Hudson, en aquella parte ancha del río que los antiguos navegantes holandeses llamaban Tappaan Zee, donde los marinos prudentemente recogían sus velas e imploraban el apoyo de San Nicolás, se encuentra una pequeña ciudad o puerto en el cual se celebran con frecuencia ferias. Algunos la llaman Greensburgh, pero más propiamente la conoce la mayoría por Tarry Town. Se dice que le dieron este nombre las buenas mujeres de las regiones adyacentes por la inveterada propensión de sus maridos a pasar el tiempo en la taberna de la villa durante los días de mercado. Sea como quiera, yo no aseguro este hecho, sino que simplemente me limito a hacerlo constar para ser exacto y veraz. A una distancia de unos tres kilómetros de esta villa se encuentra un vallecito situado entre altas colinas, que es uno de los más tranquilos lugares del mundo. Corre por él un riachuelo, cuyo murmullo es suficiente para adormecer al que lo escucha; el canto de los pájaros es casi el único sonido que rompe aquella tranquilidad uniforme. Me acuerdo, cuando era todavía joven, haberme dedicado a la caza en un bosque de nogales que da sombra a uno de los lados del valle. Había iniciado mi excursión al mediodía, cuando todo está tranquilo, tanto que me asombraban los disparos de mi propia escopeta que interrumpían la tranquilidad del sábado y el eco reproducía. Si quisiera encontrar un retiro a donde dirigirme para huir del mundo y de sus distracciones, y pasar en sueños el resto de una agitada vida, no conozco lugar más indicado que este pequeño valle.
Debido a la peculiar tranquilidad del lugar y al carácter de sus habitantes, esta región aislada ha sido llamada el Valle Dormido. En las regiones circunvecinas se llama a los muchachos de esta región las gentes del Valle Dormido. Una ensoñadora influencia parece poseer el país e invadir hasta la misma atmósfera. Algunos dicen que un doctor alemán embrujó el lugar, en los primeros días de la colonia; otros afirman que un viejo jefe indio celebraba aquí sus peculiares ceremonias, antes que estas tierras fueran descubiertas por Hendrick Hudson. Lo cierto es que el lugar continúa todavía bajo la influencia de alguna fuerza mágica, que domina las mentes de todos los habitantes, obligándolos a obrar como si se encontraran en una continua ensoñación. Creen en toda clase de cosas maravillosas, están sujetos a éxtasis y visiones, frecuentemente observan extrañas ocurrencias, oyen melodías y voces del aire. En toda la región abundan las leyendas locales, los lugares encantados y las supersticiones. Las estrellas fugaces y los meteoros aparecen con más frecuencia aquí que en ninguna otra parte del país; los monstruos parecen haber elegido este lugar como escenario favorito de sus reuniones.
Sin embargo, el espíritu dominante que aparece en estas regiones encantadas es un jinete sin cabeza. Se dice que es el espíritu de un soldado de las tropas del gran duque de Hesse al que una bala de cañón le arrancó la cabeza, en una batalla sin nombre, durante una revolución; los campesinos lo ven siempre corriendo por las noches, como si viajara en alas del viento. Sus excursiones no se limitan al valle, sino que a veces se extienden por los caminos adyacentes, especialmente hasta cerca de una iglesia cercana. Algunos de los más fidedignos historiadores de estas regiones, que han coleccionado y examinado cuidadosamente las versiones acerca de este espectro, afirman que el cuerpo del soldado fue enterrado en la iglesia, que su espíritu vuelve a caballo al escenario de la batalla en busca de su cabeza y que la fantástica velocidad con que atraviesa el valle se debe a que ha perdido mucho tiempo y tiene que apresurarse para entrar en el cementerio antes de la aurora.
Esta es la opinión general acerca de esta superstición legendaria que ha suministrado material para más de una extraña historia en aquella región de sombras. En todos los hogares de la región se conoce este espectro con el nombre de «jinete sin cabeza del Valle Dormido».
Es notable que esa propensión por las visiones no se limita a las personas nacidas en el valle, sino que se apodera inconscientemente de cualquiera que reside allí durante algún tiempo. Por muy despierto que haya sido antes de llegar a aquella región, es seguro que en poco tiempo estará sometido a la influencia encantadora del aire y comenzará a ser más imaginativo, a soñar y ver apariciones.
Menciono este pacífico lugar con todas las alabanzas posibles, pues en tales aislados valles holandeses, que se encuentran esparcidos por el Estado de Nueva York, se conservan rígidamente las maneras y las costumbres de la población, mientras que la corriente emigratoria que lleva a cabo tan incesantes cambios en otras partes de este inquieto país, barre todas esas cosas antiguas, sin que nadie se preocupe por ellas. Esos valles son pequeños remansos de agua tranquila, que pueblan las orillas del rápido río. Aunque han pasado muchos años desde que atravesé las sombras del Valle Dormido, me pregunto si no encontraría todavía los mismos árboles y las mismas familias vegetando en aquel recogido lugar.
En este apartado sitio vivió, en un remoto período de la historia americana, un notable individuo llamado Ichabod Crane, que residía en el Valle Dormido con el propósito de instruir a los niños de la vecindad. Había nacido en Connecticut, región que suministra a los Estados Unidos no sólo aventureros de la mente sino también del bosque, y que produce anualmente legiones de leñadores y de maestros de escuela. Crane era alto, excesivamente flaco, de hombros estrechos, largo de brazos y piernas y manos que parecían estar a una legua de distancia de las mangas.
Su cabeza era pequeña, plana vista desde arriba, provista de enormes orejas, grandes ojos vidriosos y verduscos y una nariz grande, prominente, por lo que parecía un gallo de metal de una veleta, que indica el lado del cual sopla el viento. Al verle caminar en un día tormentoso, flotando el traje alrededor de su cuerpo esmirriado, se le podía haber tomado por el genio del hombre que descendía sobre la tierra.
La escuela era un edificio bajo, construido rústicamente con troncos, que se componía de un solo cuarto; algunas de las ventanas tenían vidrios; otras estaban cubiertas con hojas de viejos cuadernos de escritura. En las horas que el maestro no se encontraba en la escuela, se mantenía cerrada mediante una varilla de madera flexible, fijada al picaporte de la puerta y barras que cerraban las contraventanas. Estaba situada en un paraje bastante solitario, pero agradable, al pie de una boscosa colina; un arroyuelo corría cerca de ella y en uno de sus extremos crecía un gran álamo. El murmullo de las voces de los alumnos recitando sus lecciones, parecía, en un soñoliento día de verano, algo así como el runrún de una colmena, interrumpido de cuando en cuando por la voz autoritaria del maestro, en tono de amenaza o de orden, o quizás por el sonido de la vara, que hacía marchar por el florido sendero del conocimiento a alguno de sus discípulos. Cierto es que era un hombre concienzudo que siempre recordaba aquella máxima de oro: «Ahorra la vara y echa a perder al niño». Ciertamente los discípulos de Crane no se echaban a perder.
Sin embargo, no quisiera que el lector se imagine que Crane era uno de esos crueles directores de escuela que se complacen en el suplicio de sus educandos; por el contrario, administraba justicia con discreción, más bien que con severidad, evitando cargar los hombros de los débiles y echándola sobre los de los fuertes. Perdonaba a los flojos muchachos que temblaban al menor movimiento de la vara; pero las exigencias de la justicia se satisfacían suministrando una doble porción a algún chiquillo holandés obstinado, que se indignaba y se endurecía bajo el castigo. Crane decía que esto era «cumplir con su deber para con los padres»; nunca infligió una pena sin asegurar que el niño «lo recordaría para toda la vida y se lo agradecería mientras viviera», lo que era un gran consuelo para sus discípulos. Cuando terminaban las clases, Crane era el compañero de los muchachos mayores; en ciertas tardes acompañaba a sus casas a los menores que se distinguían por tener hermanas bonitas o por ser sus madres muy reputadas por la excelencia de su cocina. Le convenía estar en buenas relaciones con sus discípulos. La escuela producía muy poco, tanto que difícilmente hubiera bastado para proporcionarle el pan de cada día pues era un gran comilón y, aunque flaco, tenía la capacidad de expansión de una boa. Para ayudarle a mantenerse, de acuerdo con la costumbre de aquellas regiones, le proporcionaban casa y comida los padres de sus discípulos. Vivía una semana en casa de cada uno de ellos, recorriendo así toda la vecindad, llevando sus efectos personales atados en un pañuelo de algodón. Para que esta carga no fuera muy onerosa para la bolsa de sus rústicos protectores, que se inclinaban a considerar la escuela como un gasto superfluo y que tenían a los maestros por simples zánganos, Crane se valía de diferentes procedimientos para hacerse útil y agradable.
En muchas ocasiones ayudaba a los hacendados en los trabajos menos difíciles: formar las parvas, llevar los caballos al abrevadero y las vacas a las tierras de pastoreo, cortar madera para el invierno, etc. Dejaba de un lado toda aquella dignidad e imperio absoluto, con los que dominaba su pequeño reino escolar. Era entonces gentil y sabía ganarse las voluntades a maravilla. Se congraciaba a los ojos de las madres, acariciando los chiquillos, particularmente a los más pequeños; como el león que de puro magnánimo se hizo amigo de la oveja, se pasaba las horas enteras con un niño en las rodillas, mientras con el pie mecía la cuna de otro.
Además de sus otras actividades, era maestro de canto de la vecindad y ganaba buenos chelines, instruyendo a la gente joven en el canto de los salmos. Era materia de no poco orgullo para él apostarse los domingos en el coro de la iglesia acompañado por un grupo de cantores elegidos, entre los cuales se distinguía a los ojos del párroco, según su opinión. Cierto es que su voz se elevaba muy por encima de la del resto de la congregación. En aquella iglesia todavía se oyen los domingos trémolos que alcanzan a más de un kilómetro de distancia y que muchos tienen por descendientes legítimos de la nariz de Crane.
Mediante estos diversos procedimientos, mediante esa ingeniosa manera que el vulgo llama «por las buenas o por las malas», aquel notable pedagogo vivía bastante bien; todos los que no entienden nada del trabajo intelectual creían que su vida era maravillosamente fácil.
Generalmente, el maestro de escuela es un hombre de cierta importancia en los círculos femeninos de una región rural, por considerársele una especie de caballero que nada tiene que hacer y cuyos gustos y conocimientos son enormemente superiores a los de los rudos campesinos y cuya sabiduría es sólo inferior a la del párroco. En consecuencia, en cuanto aparece a la hora del té en un hogar campesino, provoca una cierta agitación y hace aparecer sobre la mesa un plato más de pastelería o de dulces, induciendo a veces al ama de casa a sacar a relucir la tetera de plata. Todas las damiselas de la región sonreían a nuestro hombre de letras. ¡Qué buen papel hacía entre ellas, en el patio de la iglesia, durante los intervalos del oficio divino! Los galanes rurales, tímidos y torpes, se quedaban con la boca abierta y envidiaban su elegancia superior y sus habilidades.
Esta vida errante le convertía en una especie de gaceta ambulante que llevaba de casa en casa todas las murmuraciones locales, por lo cual siempre se le recibía con satisfacción. Las mujeres le estimaban por ser hombre de gran erudición, que había leído íntegramente varios libros y que dominaba a la perfección el de Cotton Mathers, Historia de la brujería en Nueva Inglaterra, obra en la cual él creía a pie juntillas.
Crane era una extraña mezcla de picardía aldeana e ingenua credulidad. Su apetito por lo maravilloso y su capacidad para digerirlo eran igualmente extraordinarios, cualidades ambas que había aumentado residiendo en aquella región encantada. Ningún relato era demasiado extraño o monstruoso para sus tragaderas. Después de haber terminado sus clases, se entretenía, tendido en el prado, junto al arroyuelo que pasaba al lado de su escuela, en leer el terrible libro de Mather, hasta que la página impresa era sólo un conjunto de puntos negros. Se dirigía entonces a través de los arroyos y pantanos y de los sombríos bosques hasta la granja, donde le tocaba vivir aquella semana. En aquella hora embrujada, todo sonido, todo ruido de la naturaleza excitaba su calenturienta imaginación. En tales ocasiones su único recurso para cambiar de ideas o alejar los espíritus maléficos consistía en cantar salmos; las buenas gentes del Valle Dormido, sentadas a las puertas de sus casas, se asustaban al oír sus nasales melodías que venían de alguna colina distante o seguían a lo largo del polvoriento camino.
Otra de sus terribles diversiones consistía en pasar las largas noches de invierno con las viejas mujeres holandesas, mientras hilaban al lado del fuego, donde se asaban las manzanas. Escuchaba entonces sus maravillosos relatos acerca de aparecidos, de espíritus, casas, arroyos, puentes y campos encantados, y en particular del jinete sin cabeza o el soldado de Hesse, como se le llamaba a veces. En pago de esto, las divertía igualmente con sus anécdotas de brujerías y las portentosas visiones y terribles signos y sonidos del aire, que prevalecía en los primeros tiempos de Connecticut y las aterrorizaba con divagaciones acerca de los cometas y las estrellas fugaces y con la circunstancia alarmante de que el mundo daba vueltas y que la mitad de él se encontraba patas arriba.
Pero si significaba un placer sentirse bien abrigado al lado del fuego, en un cuarto en el que no se atrevería a presentarse ningún fantasma, bien caro le costaba, pues debía pagarlo con los terrores de su vuelta a casa. ¡Qué terribles formas y sombras se cruzaban en su camino, a la claridad débil y espectral de una noche de nevada! ¡Con qué ansiosa mirada observaba el más débil rayo de luz que provenía de alguna ventana distante! ¡Cuántas veces le asustó un arbusto cubierto de nieve, que parecía un espectro revestido de una sábana y que se interponía en su camino! ¡Cuántas veces retrocedió espantado al oír el ruido que hacían sus propias pisadas sobre la tierra helada! Temía mirar hacia atrás, de puro miedo de ver algún horrible monstruo. ¡Cuántas veces se sentía próximo a desmayarse por confundir el movimiento de los árboles, causado por una ráfaga de viento, con el jinete sin cabeza!
Todo esto no era más que el terror de la noche, fantasmas de la mente que se deslizan en la oscuridad; aunque había visto durante su vida numerosos espíritus y más de una vez se había sentido poseído por el mismo Satanás en diferentes formas, todo terminaba con la llegada del día; hubiera sido un hombre feliz a pesar del diablo y de sus malas obras, si no se hubiera cruzado en su camino un ser que causa más preocupaciones a los hombres mortales que los aparecidos, los espíritus y todas las brujas juntas: una mujer.
Entre los discípulos de música que se reunían una tarde por semana para aprender el canto de los salmos, se encontraba Katrina Van Tassel, hija única de un rico labrador holandés. Era una bellísima niña de 18 años, bien metida en carnes, madura de tez y sonrosada como una de las peras de la huerta de su padre, unánimemente estimada, no sólo por su belleza sino por la riqueza que había de heredar. Era algo coquetuela, como se veía en su vestido, que era una mezcla de lo antiguo y lo moderno, muy apropiada para hacer resaltar sus encantos. Llevaba joyas de oro puro, que había traído de Saardam su bisabuela, el tentador jubón de los antiguos tiempos y una falda provocadoramente corta, tanto que descubría el más bello pie de todos los contornos.
Crane tenía corazón blando y veleidoso, que se perecía por el bello sexo. No es de extrañar que muy pronto se decidiera por un bocado tan tentador, especialmente después de haber visitado la casa paterna.
El viejo Baltus Van Tassel era el más perfecto ejemplar de granjero próspero, contento con el mundo y consigo mismo. Cierto es que sus miradas o sus pensamientos nunca pasaban más allá de las fronteras de su propia granja, pero dentro de ella todo estaba limpio, en buen orden y bien arreglado. Sentíase satisfecho de su riqueza, pero no orgulloso de ella, y se vanagloriaba más de la abundancia en que vivía que de su estilo de vida. Su granja estaba situada a orillas del Hudson y en uno de esos rincones fértiles en los cuales gustan tanto de hacer sus nidos los labradores holandeses. Daba sombra a la casa un árbol de gran tamaño, al pie del cual brotaba una fuente de la más límpida agua que, formando un estanque, se deslizaba después entre los pastos, corriendo hasta un arroyuelo cercano. Cerca de la vivienda se encontraba un depósito tan grande que hubiera podido servir de capilla, y que parecía estallar de puro cargado con los tesoros que producía la tierra. Allí se oía continuamente, de la mañana a la noche, el ruido de los instrumentos de labranza; cantaban sin interrupción los pájaros; las palomas, que parecían vigilar el tiempo metían la cabeza entre las alas, mientras otras la ocultaban entre las plumas de la pechuga, y otras cortejaban a sus damas, emitiendo los gritos propios de su raza e hinchando el pecho, además de estar todas ellas dedicadas a la importante tarea de tomar el sol. Los cerdos, bien alimentados, gruñían reposadamente, sin moverse, en la tranquilidad y abundancia de sus zahúrdas, de donde salían, de cuando en cuando, piaras de lechones, como si quisieran tomar un poco de aire fresco. Un numeroso escuadrón de gansos, blancos como la nieve, nadaban en un estanque adyacente, arrastrando detrás de sí su numerosa prole. Los pavos recorrían en procesión la granja. Ante la puerta del depósito hacía guardia el valiente gallo, ese modelo de esposos, de soldado y de caballeros, batiendo sus relucientes alas y cacareando todo su orgullo y la alegría de su corazón. Algunas veces se dedicaba a escarbar la tierra, llamando entonces generosamente a su siempre hambrienta familia para que compartiera el riquísimo bocado que acababa de descubrir.
Al pobre pedagogo se le hacía la boca agua al observar toda aquella riqueza. Su mente, continuamente torturada por el hambre, le hacía imaginarse todo lechón sabrosamente metido en un pastel y con una manzana en la boca; las palomas se las representaba sin esa fruta; los gansos nadaban en su propia grasa, y los patos por pares, como marido y mujer, envueltos en salsa de cebolla. Veía a los puercos desprovistos de su grasa y de los jamones, los pavos presentados a la mesa como es costumbre, sin faltarles un collar de sabrosos embutidos; todo cantaclaro aparecía en el plato con una expresión como si pidiera el cuartel que nunca había querido dar en vida.
Mientras la imaginación de Crane pintaba todas estas cosas, sus ojos verdes recorrían los ricos pastos, las abundantes plantaciones de trigo, centeno y maíz y la huerta llena de árboles frutales que rodeaba la casa de Van Tassel. Su corazón ardía por la damisela que había de heredar todo aquello, imaginándose lo fácil que sería transformarlo en dinero contante y sonante, que podría invertirse en inmensas extensiones de tierras vírgenes y palacios de madera en otras soledades. Su fantasía le llevaba tan lejos que lo daba todo por hecho, y ya se veía con la bella Katrina y una tropa de chiquillos, en una carreta, cargada con toda clase de utensilios domésticos, galopando él mismo al lado en una yegua a la que seguía un potrillo, rumbo a Kentucky, Tennessee, o Dios sabe a dónde.
Cuando entró en la casa, quedó completada la conquista de su corazón. Era uno de esos espaciosos hogares aldeanos, construido en el estilo de los primeros colonos holandeses. El techo se prolongaba más allá de los muros, formando una especie de galería a lo largo del frente de la casa que podía cerrarse en caso de mal tiempo. Allí se encontraban guadañas, arreos de montar y diversos instrumentos agrícolas, así como redes para pescar en el río cercano. A lo largo del muro había bancos, que se utilizaban sólo en verano. En un rincón se encontraba una rueca y en otro una máquina para hacer manteca, lo que demuestra los diversos usos a que se destinaba aquel porche. De aquí el admirado Crane pasó al vestíbulo que formaba el centro de la casa y que era el lugar de residencia habitual. En un armario de cristales relucían hileras de fina porcelana. En un rincón había un fardo de lana, listo para hilar; en otro, el lino esperaba lo mismo; guirnaldas de manzanas y peras secas mezcladas con pimientos colgaban de los muros; una puerta abierta le permitió observar la sala de las visitas, donde las sillas y los muebles de caoba brillaban como espejos; decoraban la habitación naranjas de yeso y diversas conchas marinas; huevos de diferentes colores formaban otras guirnaldas; en el centro del cuarto colgaba un gran huevo de avestruz y un esquinero mostraba enormes tesoros de plata vieja y rica porcelana.
Desde el mismo momento en que Crane puso sus ojos sobre estas regiones celestiales, terminó la paz de su espíritu y el solo objeto de sus estudios consistía en ganar el afecto de la hija única de Van Tassel. En esta empresa encontró dificultades mayores que las de los caballeros andantes del año de Maricastaña, que rara vez tenían que vérselas sino con gigantes, encantadores, fieros dragones y otras cosas del mismo jaez, fáciles de vencer, y a los que les era preciso abrirse camino simplemente a través de puertas de hierro y bronce y muros de diamante, hasta la parte interior del castillo, donde estaba confinada la dama de sus pensamientos. Todo esto aquellos luchadores lo hacían tan fácilmente como partir un pastel de Navidad, ante lo cual la dama les concedía su mano, como si fuera la cosa más natural del mundo. En cambio, Crane tenía que encontrar su camino hasta el corazón de una coqueta campesina, que poseía un verdadero laberinto de caprichos y ocurrencias y que cada día presentaba nuevas dificultades e impedimentos; además tenía que habérselas con numerosos y formidables adversarios, seres de carne y hueso, rústicos admiradores que guardaban celosamente todas las puertas que conducían a su corazón, vigilándose mutuamente, prontos para hacer causa común contra algún nuevo competidor.
Entre éstos, el más formidable era un muchachón, ancho de espaldas, bullicioso, jovial, que se llamaba Abrahán, o de acuerdo con la abreviatura holandesa, Brom Van Brunt, héroe de los contornos, en los cuales llevaba a cabo sus hazañas de fuerza y de resistencia. Su pelo era negro, ondulado y lo llevaba muy corto; su rostro reflejaba una expresión burlona, pero no desagradable, mezcla de mofa y arrogancia. Por su cuerpo hercúleo y fuertes brazos le llamaban Brom Bones, nombre por el cual era generalmente conocido. Tenía fama de ser gran caballista y de dominar su caballo como un tártaro. Era el primero en todas las carreras y riñas de gallos; con el ascendiente que presta la fortaleza física en la vida rural, era el juez indiscutido de todas las disensiones. Entonces echaba su sombrero hacia un lado y daba su opinión con un aire que no admitía broma o réplica.
Siempre estaba dispuesto para una pelea o una fiesta, pero todas sus acciones tenían más de traviesas que de malvadas. A pesar de toda su rudeza, poseía en el fondo un carácter bromista. Tenía tres o cuatro compañeros, amigos íntimos suyos, que le tomaban como modelo y a la cabeza de los cuales recorría la región, presentándose en todo lugar donde se prometiera una pelea o una fiesta. En tiempo frío se distinguía por un gorro de piel, rematado en una orgullosa cola de zorro; cuando las gentes, reunidas por cualquier motivo, distinguían a la distancia esta bien conocida cresta, entre otros jinetes, se disponían para una tormenta. Algunas veces se oía a él y a sus compañeros pasando a caballo a lo largo de las granjas, gritar y cantar como una tropa de cosacos del Don; las mujeres de edad, arrancadas al sueño por aquel barullo, escuchaban el desordenado ruido hasta que se perdía en la lejanía, y exclamaban entonces: «¡Ah! Ahí van Brom Bones y sus amigos». Los vecinos le consideraban con una mezcla de terror, admiración y buena voluntad; en cuanto ocurría alguna pelea u otro desorden en la vecindad, sacudían la cabeza y afirmaban que Brom Bones era la causa de todo.
Este héroe teatral eligió a Katrina como objeto de sus galanterías, y aunque sus escarceos amorosos se parecían a las gentiles caricias de un oso, se decía que ella no le había desahuciado completamente. Lo cierto es que sus avances eran la señal para que se retiraran sus rivales, que no sentían ninguna inclinación por entrometerse en los amores de un león, tanto que cuando observaban el caballo de Brom Bones atado en el terreno de Van Tassel, signo seguro que él se encontraba allí cortejando, todos los otros admiradores de Katrina seguían desesperados y se apresuraban a dar batalla en otros cuarteles.
Éste era el formidable rival con el cual tenía que habérselas Crane; examinando la situación desde todos los puntos de vista, un hombre más fuerte que él hubiera retrocedido; otro más sabio hubiera perdido toda esperanza. Felizmente, su naturaleza era una extraña mezcla de flexibilidad y perseverancia; aunque se doblaba, nunca se rompía; aunque se inclinaba ante la más leve presión, en cuanto ésta desaparecía, se erguía otra vez, levantando su cabeza tan altiva como antes.
Hubiera sido locura invadir abiertamente el campo que el enemigo creía suyo, pues no era hombre que sufriera desengaños de amor, como Aquiles, aquel otro apasionado amante. En consecuencia, Crane llevó a cabo sus avances de una manera suave e insinuante. Pretextando sus clases de canto, visitó con frecuencia la granja, sin tener nada que temer de la engorrosa intervención de los padres de Katrina. Balt van Tassel era un hombre indulgente y bondadoso; amaba a su hija más que a su pipa, y como persona razonable y excelente padre, la dejaba hacer lo que quisiera. Su mujer estaba demasiado ocupada con la casa y el cuidado del gallinero, pues, como decía muy sabiamente, los patos y los gansos son tontos y hay que vigilarles, mientras que las muchachas pueden cuidarse a sí mismas. Mientras esta diligente mujer daba vueltas por la casa o trabajaba en la rueca, el honrado Balt fumaba su pipa, observando la veleta de madera que coronaba el depósito. Entretanto, Crane proseguía haciendo la corte a su hija, al lado de la fuente o caminando lentamente, a media luz, en esa hora tan favorable para la elocuencia del amante.
Confieso que no sé cómo se corteja y se gana el corazón de una mujer. Para mí ha sido siempre materia de reflexiones y admiración. Algunas parecen tener sólo un punto vulnerable o puerta de entrada, mientras que otras parecen tener millares de avenidas, por lo que pueden ser conquistadas de mil maneras distintas. Es un gran triunfo de habilidad ganar a una de las primeras, pero una demostración mejor de estrategia mantener la posesión de una de las segundas, pues un hombre debe defender toda puerta y toda ventana de su fortaleza. El que gana mil corazones corrientes tiene derecho a una cierta fama, pero el que mantiene posesión indiscutible del de una coqueta es un héroe. No ocurrió así con el temible Brom Bones; su interés declinó visiblemente en cuanto Crane hizo sus primeros avances; en las noches de los domingos, ya no se observaba a su caballo atado en las tierras de Van Balten; gradualmente se produjo un odio mortal entre él y el pedagogo del Valle Dormido.
Brom, que a su manera era un rudo caballero, hubiera llevado las cosas por la tremenda hasta la guerra abierta y arreglado aquel asunto como los caballeros errantes de antaño, por combate entre los dos. Pero Crane estaba demasiado convencido de la superioridad de su adversario para aceptar ese procedimiento. Había oído una afirmación de Bones, según la cual iba «a doblar al dómine en dos y meterlo en un cajón de algún armario de la escuela» y deseaba ardientemente no darle oportunidad de cumplir su amenaza. Había algo extremadamente provocador en este sistema obstinadamente pacífico; no le quedaba a Brom otro recurso que proceder con la rusticidad de su naturaleza y hacer a su rival objeto de toda clase de bromas. Crane se convirtió en la víctima de las juguetonas persecuciones de Bones y sus amigos. Estos invadieron sus hasta entonces pacíficos dominios y disolvieron una reunión de su clase de canto, tapando desde afuera la chimenea. A pesar de sus formidables cerrojos y precauciones, entraron una noche en su escuela y pusieron todo patas arriba, por lo cual, a la mañana siguiente, el pobre maestro de escuela empezó a creer que todas las brujas de los contornos se habían reunido allí. Pero lo que era aun más molesto, Brom no desperdiciaba oportunidad de ponerle en ridículo delante de la elegida de su corazón. Trajo un perro, verdadero campeón de los sinvergüenzas entre los de su raza, al que había enseñado a aullar de la manera más afrentosa, y lo presentó como rival de Crane, capaz de darle a ella lecciones de canto.
De este modo prosiguieron las cosas, sin producirse ningún choque entre ambas potencias beligerantes. En una bella tarde de otoño, Crane, bastante pensativo, estaba sentado en su trono, una silla alta, desde la cual vigilaba todos los negocios de su pequeño imperio literario. Tenía en la mano la palmeta, símbolo de su despótico poder.
La vara con que se administraba justicia reposaba detrás del trono, desde donde era perfectamente visible como perpetua advertencia para los malos. Sobre la mesa se veían numerosos artículos de contrabando y armas prohibidas, secuestradas a los chiquillos: manzanas a medio morder, hondas, trompos, jaulas para moscas, y toda una colección de gallos de pelea, lindamente cortados en papel. Aparentemente, hacía poco que se había administrado algún terrible acto de justicia, pues todos los escolares estudiaban sus libros con extraordinario ahínco, o hablaban en voz muy baja entre ellos, sin perder de vista al maestro. Reinaba en toda la escuela un silencio como el de una colmena de abejas. Fue interrumpido por la aparición de un negro, que llevaba un resto de sombrero redondo, como el casco de Mercurio; montaba un infame caballejo, que por lo visto no sabía lo que era la doma, y al que manejaba con un ronzal, en lugar de brida. Cayó a la escuela con una invitación para Crane a asistir a una reunión que se celebraría aquella noche en casa de Mynheer Van Tassel. Después de haber entregado su mensaje con ese aire de importancia y ese esfuerzo por hablar de lo fino que es propio de un negro en embajadas de esa clase, cruzó el arroyuelo y se le vio dirigirse hacia el extremo del valle, lleno de la importancia y urgencia de su misión.
Todo era ahora prisa y tumulto en la escuela. Crane instó a los alumnos a que ganasen tiempo en sus lecciones, sin preocuparse de niñerías. Los que eran ágiles se tragaron la mitad; los remisos recibieron, de cuando en cuando, unos golpes suaves, allí donde termina la espalda, para que se apresuraran o pudiesen leer una palabra larga. Se dejaron a un lado los libros, sin guardarlos en los cajones, se volcaron los tinteros, los bancos quedaron patas arriba, y toda la escuela quedó en libertad una hora antes del tiempo usual. Todos los diablos encerrados en ella salieron al campo, aullando y haciendo toda clase de maldades, alegres por su pronta emancipación.
El galante Crane pasó por lo menos una media hora extraordinaria, arreglando y cepillando su ropa: un único traje negro. También se arregló sus tirabuzones, delante de un pedazo de espejo, que colgaba de uno de los muros de la escuela. Para poder aparecer ante la elegida de su corazón como un verdadero caballero, pidió prestado un caballo al granjero en cuya casa se aposentaba por aquellos días, que era un colérico viejo holandés, llamado Hans Van Ripper. Provisto de caballería, salió, como un caballero errante, en busca de entuertos que deshacer. Conforme al verdadero espíritu de una historia romántica, debo describir algunos detalles de mi héroe y su cabalgadura. El animal que montaba era un caballo de arar, medio deshecho, que había sobrevivido a todo, excepto a sus propias malas intenciones. Era flaco y su pelo nunca había sido cuidado; tenía el cuello de un borrego y una cabeza como un martillo; sus crines formaban toda clase de nudos; uno de sus ojos había perdido la pupila, por lo que parecía incoloro y espectral, pero el otro brillaba como el de un verdadero demonio. A juzgar por el nombre de Pólvora, debía haber tenido fuego y brío en su juventud. Había sido el caballo de silla favorito de su amo, el colérico Van Ripper, que era un jinete furioso y que muy probablemente había infundido al animal algo de su propio espíritu, pues aunque parecía viejo y matalón había en él más de un demonio en acecho que en cualquier potrillo de aquellos lugares.
Crane era una figura digna de tal cabalgadura. Montaba con estribos cortos; sacaba los codos hacia afuera como un saltamontes; llevaba el látigo perpendicularmente, como un cetro; cuando el caballo se movía, el movimiento de sus brazos recordaba las alas de un ave. Un mechón de pelo le caía sobre la nariz, pues así se podía llamar a su estrecha frente. Los faldones de su levita flotaban al aire, haciendo la competencia a la cola del jamelgo. Tal era el aspecto que ofrecían jinete y cabalgadura, cuando salieron de los campos de Van Ripper: aparición que no es corriente encontrar en pleno día.
Como ya lo he hecho notar, era una bella tarde de otoño: el cielo estaba claro y sereno y la naturaleza llevaba aquel ropaje rico y áureo que siempre asociamos con la idea de la abundancia. El bosque tenía un color amarillo y pardo; algunos árboles menos resistentes, a los que habían herido los crudos fríos, mostraban una intensa coloración: anaranjada, púrpura y escarlata. Empezaban a aparecer bandadas de patos silvestres.
Los pajarillos se despedían. Recorrían al son de su propia música todo el bosque, de árbol en árbol y de arbusto en arbusto. Mientras proseguía lentamente su camino, sus ojos siempre despiertos a todos los síntomas de la abundancia culinaria, recorría con la imaginación todos los atrayentes tesoros propios de la estación. Veía por todas partes una gran cosecha de manzanas: algunas colgaban opulentas de los árboles, otras se encontraban ya en cestos, prontas para ser enviadas al mercado, otras se amontonaban para la prensa de sidra. Más allá veía extensos campos de maíz cuyas doradas panojas sobresalían entre el follaje y que prometían dorados pasteles y maíz tostado; debajo de ellos veía los melones que exponían al sol sus tambaleantes vientres, y que prometían suculentos pasteles; enseguida pasé por fragantes campos de trigo, y respiró más allá el aroma de una colmena, ante lo cual se le anticipó el desayuno, bien provisto de manteca y miel por la delicada mano de Katrina van Tassel. Alimentando así su mente con dulces pensamientos y azucaradas hipótesis, prosiguió su viaje por unas colinas que permiten contemplar el más bello paisaje del poderoso Hudson. Gradualmente el sol hundía su ancho disco por occidente. El amplio seno del Tappaan Zee yacía inmóvil y vidrioso, si se exceptúa alguna suave ondulación que prolongaba la sombra azul de las distantes montañas. Unas pocas nubes de ámbar flotaban en el cielo, sin que las moviera ninguna brisa. El horizonte era de un fino tinte áureo, que se transformaba gradualmente en un verde manzana y de ahí en un profundo azul. Un rayo de luz se detenía en el boscoso límite de los precipicios que en algunos puntos forman la costa del río, dando mayor profundidad al gris obscuro y al púrpura de las rocas. A la distancia una pequeña embarcación avanzaba lentamente, llevada por la corriente de la marea; sus velas colgaban inútiles de los mástiles. La imagen del cielo sobre las tranquilas aguas inducía a creer que la embarcación estaba suspendida en el aire.
Crane llegó al castillo de Heer Van Tassel, a la caída de la tarde. Estaba ya lleno de la flor y nata de las regiones adyacentes. Los viejos granjeros, una raza taciturna de rasgos enérgicos, vestían levitas y pantalones cuyo tejido habían hilado en casa, medias azules y zapatos grandes. Sus mujeres llevaban cofias, jubones cortos, faldas, cuyo tejido habían hilado ellas mismas, y bolsas de indiana a los costados. Las jovencitas, gordezuelas, vestían de una manera tan anticuada como sus madres, excepto que algunas llevaban un sombrero de paja, un cintajo o una falda blanca, síntomas de la influencia de la ciudad. Los muchachos usaban levitas, llenas de brillantes botones de bronce, llevando el pelo atado en una coleta sobre la nuca, de acuerdo con la moda de la época.
Brom Bones era el héroe de la fiesta, a la que había llegado en su cabalgadura favorita, Diablo Audaz, la que, como él, estaba llena de malas artes y de brío, y que nadie sino él podía manejar. Prefería siempre los caballos viciosos, aficionados a toda clase de mañas, sobre los cuales el jinete se encuentra en constante riesgo de romperse los huesos, pues era de opinión que un caballo bien domado y dócil es indigno de un verdadero hombre. Me gustaría detenerme sobre el conjunto de encantos que se presentó a la entusiasmada mirada de mi héroe cuando entró en la sala de visitas de la casa de Van Tassel. No los de aquella compañía de muchachas gordezuelas con su lujoso despliegue de blanco y rojo, sino los de una verdadera mesa holandesa en los ricos tiempos de otoño. Tal era el conjunto de pasteles, los unos encima de los otros, de variadísimas y casi indescriptibles clases, sólo conocidas por las experimentadas cocineras holandesas. Allí se encontraban todos los miembros de la amplia familia de la repostería. No faltaba tampoco la de las empanadas, además de tajadas de jamón y de carne de ternera ahumada, sin contar los deleitables platos de ciruelas, peras y otras frutas en compota. Tampoco faltaba el pescado cocido y los pollos asados, sin contar los cuencos de leche y de crema, todo entreverado lo uno con lo otro, casi en el mismo orden que lo he enumerado, presidido por la maternal tetera que arrojaba nubes de vapor. Debo tomar aliento y tiempo para detallar este banquete como se merece, y tengo los mejores deseos de proseguir rápidamente con mi historia. Felizmente, Crane no tenía tanta prisa como su cronista, por lo que hizo los más cumplidos honores a todos los platos.
Era una criatura bondadosa y agradecida cuyo corazón se dilataba en proporción a la cantidad de alimento ingerido y cuyo espíritu se elevaba comiendo, exactamente como les ocurre a otros hombres cuando beben. No podía menos de entusiasmarse con la posibilidad de que algún día fuera dueño y señor de este lujo y esplendor casi inimaginable. Pensó cuánto tiempo tardaría entonces en despedirse de la vieja escuela, castañeteando los dedos en señal de despedida en la misma cara de Hans Van Ripper y cualquiera otro de sus otros tacaños protectores, así como en echar a puntapiés a cualquier pedagogo andante que se atreviera a llamarle colega.
El viejo Baltus Van Tassel se movía entre sus huéspedes con una cara dilatada por la satisfacción y el buen humor. Su hospitalidad como jefe de la casa era corta pero expresiva, limitándose a estrechar la mano, dar una palmada en los hombros, reírse fuertemente e insistir en que los invitados se acercarán a la mesa y se sirvieran ellos mismos.
En aquel momento se oyó en el cuarto mayor la música que invitaba al baile. Tocaba un anciano de color, de pelo gris, que era la orquesta ambulante de los contornos desde hacía más de medio siglo. Su instrumento era tan viejo y había recibido tantos golpes como él mismo. La mayor parte del tiempo se limitaba a rascar dos o tres cuerdas, acompañando todo movimiento del arco con otro de la cabeza, inclinándose casi hasta el suelo y golpeando con el pie cuando una nueva pareja iba a empezar.
Crane se enorgullecía tanto de su habilidad en el baile como de su arte para cantar. Ni un hueso ni un músculo de su cuerpo quedaba en inactividad al danzar; quien le viese cómo movía su osamenta podía imaginarse que el mismísimo San Vito, bendito patrón de los bailarines, bailaba delante de uno. Era la admiración de los negros de todo pelo y condición que viniendo de la granja y de todas las cercanas formaban pirámides de brillantes caras negras en todas las puertas y ventanas, mirando asombrados la escena mientras mostraban el blanco de los ojos e hileras de marfil de oreja a oreja. ¿Cuál había de ser el estado de espíritu de aquel inquisidor de chiquillos, sino alegre y animado? La dueña de sus pensamientos bailaba con él y sonreía graciosamente a todos sus galanteos, mientras que Brom Bones, poseído de amor y de celos, reflexionaba en un rincón.
Cuando terminó el baile, Crane se acercó a un grupo de gente más sensata que junto con Van Tassel, fumaba en el porche, charlando sobre tiempos pasados y contando largas historias acerca de la guerra.
Esta región, en la época a que me refiero, era un lugar altamente favorecido, con abundancia de crónicas de grandes hombres. Las líneas británicas y norteamericanas habían pasado muy cerca de ella durante la guerra, por lo que había sido escenario de saqueos y había sufrido una epidemia de refugiados, cowboys y toda clase de caballeros de la frontera. Había transcurrido justamente el tiempo necesario para que todo el que relatara una historia pudiera aderezarla con un poco de fantasía, y como sus recuerdos ya no eran muy claros, se convertía en el héroe de aquellas hazañas.
Por ejemplo, se contó la historia de Doffue Martling, un holandés gigantesco de barba negra que casi tomó una fragata británica con un viejo cañón de nueve libras, colocado detrás de un parapeto bajo de barro; sólo que el cañón estalló al sexto disparo. También se encontraba allí un viejo caballero, cuyo nombre no daremos por ser un mynheer demasiado rico para que lo mencionemos a la ligera, quien en la batalla de Whiteplains, siendo un excelente maestro de esgrima, paró una bala de mosquete con un espadín: la oyó silbar contra la hoja y pasó por la empuñadura, en prueba de lo cual estaba dispuesto a mostrar aquella arma blanca, cuya taza estaba ligeramente encorvada. Hablaron otros notables más, que se habían distinguido igualmente en el campo de batalla, ninguno de los cuales dejaba de creer que en gran parte se debía a él que la guerra hubiera terminado felizmente.
Pero todo esto no era nada en comparación con los relatos de espíritus y aparecidos que se contaron después. La región es muy rica en tesoros legendarios de esta clase. Los cuentos locales y las supersticiones florecen mejor en estos lugares apartados, lejos del ruido del mundo, en los que viven poblaciones largo tiempo asentadas. Pero ese mismo folklore desaparece bajo las pisadas de la población de nuestras localidades rurales. Además, en nuestras ciudades no se fomenta de ninguna manera la actividad de los espíritus, pues apenas han tenido tiempo de echar un buen sueño y darse vuelta en sus tumbas cuando sus amigos sobrevivientes se alejan de la región, por lo que, cuando aquéllos se dedican a rondar de noche, no les queda ningún amigo a quien visitar. Tal vez esta sea la razón por la cual oímos hablar tan rara vez de aparecidos, excepto en la colonia holandesa, hace tanto tiempo establecida entre nosotros.
Sin embargo, la causa inmediata del predominio de las historias sobrenaturales en estas regiones se debía sin duda a la vecindad del Valle Dormido. El mismo aire que provenía de aquella región encantada producía el contagio, pues inspiraba una atmósfera de sueños y fantasías que infectaba todo el país. Habían acudido a la fiesta de Van Tassel varias personas radicadas allí, que, como era su costumbre, empezaron a contar sus leyendas maravillosas. Se relataron muchas tétricas observaciones de desfiles funerarios, de gritos plañideros y de lamentaciones, cosas todas vistas y oídas alrededor del árbol donde fue tomado prisionero el desdichado mayor André, y el cual existía todavía en la vecindad. Alguien mencionó la mujer vestida de blanco que aparecía cerca de la Roca de los Cuervos, y que hacía oír sus lamentaciones en las noches de invierno, antes de una tormenta, por haber perecido allí en la nieve. Sin embargo, la mayor parte de los relatos se referían al espectro favorito del Valle Dormido: el Jinete sin Cabeza, que últimamente había aparecido muchas veces, recorriendo la región, y del cual se decía que se paseaba de noche por el cementerio, llevando su caballo atado a un cabestro.
La situación aislada de esta iglesia parecía convertirla en el refugio favorito de inquietos espíritus. Estaba erigida sobre una colina, rodeada de árboles entre los cuales sus muros pintados de blanco relucían modestamente, como un símbolo de la pureza cristiana irradiando a través de las sombras del retiro. La colina desciende suavemente hacia un plateado lago rodeado de árboles, entre los cuales se distinguen a lo lejos las montañas que bordean el Hudson. Cuando se observa el cementerio adyacente, invadido por la hierba y donde los rayos del sol parecen dormirse, uno se siente inclinado a creer que por lo menos allí los muertos pueden descansar en paz. A un lado de la iglesia se extiende un pequeño valle boscoso a través del cual corre un arroyuelo entre rocas y troncos de árboles caídos. Sobre una obscura parte de la corriente, no lejos de la iglesia, se construyó un puente de madera; tanto el camino que conducía a él, como este mismo, estaban sumergidos en la profunda sombra que daban los árboles que lo rodeaban, aun en pleno día, y que de noche producía una terrible obscuridad. Este era uno de los refugios favoritos del Jinete sin Cabeza y el lugar donde se le encontraba más frecuentemente. Se contó la historia del viejo Brouwer, y de cómo encontró al jinete al volver de una excursión al Valle Dormido, cómo tuvo que seguirle, cómo galoparon a través de los bosques y de las praderas, de las colinas y de los pantanos, hasta que llegaron al puente, donde el jinete se convirtió repentinamente en un esqueleto, que arrojó al viejo Brouwer al arroyo y desapareció por encima de las copas de los árboles con el ruido de un trueno.
Sobrepasó esta historia Brom Bones, quien contó otra maravillosa, en la cual se burló del descabezado, como buen jinete. Afirmó que al volver una noche de la cercana villa de Sing-Sing, se encontró con este jinete nocturno, que se ofreció a correr una carrera con él, por un vaso de ponche, y que la hubiera ganado, pues Diablo Audaz, su caballo, le llevaba ya varios cuerpos de ventaja al espectro equino sobre el que montaba el fantasma, a no ser porque al llegar al puente de la iglesia el soldado de Hesse desapareció en un mar de fuego.
Todos estos relatos, contados en ese bajo tono de voz con el cual la gente habla en la obscuridad, así como el aspecto de los oyentes, a los que sólo iluminaba algún destello casual de las pipas, impresionaron profundamente a Crane. Pagó generosamente en la misma moneda con amplios extractos de su autor predilecto, Cotton Mather, agregando varios hechos maravillosos ocurridos en su Estado natal, Connecticut, y las terribles visiones que había observado durante sus paseos nocturnos por el Valle Dormido.
La gente empezaba a retirarse. Los viejos granjeros metían a sus familiares en los carros y durante algún tiempo se les oyó recorrer los caminos y las distintas colinas. Algunas de las damiselas montaron sobre almohadones detrás de sus festejantes favoritos, y sus alegres carcajadas, mezcladas con el golpear de herraduras, se oían a lo largo de los bosques silenciosos, percibiéndose cada vez más débilmente hasta que eran inaudibles. Finalmente, aquel escenario de ruidosa alegría quedó también silencioso y desierto. Sólo Crane retardaba todavía su partida de acuerdo con la costumbre vigente en el país de tener una conversación a solas con la heredera, completamente convencido de que estaba ahora en el camino del éxito. No pretendo decir lo que pasó en aquel coloquio, pues realmente no lo sé. Sin embargo, temo que algo debió andar mal, pues se fue casi en seguida con aire desolado y alicaído. ¡Oh, estas mujeres, estas mujeres! ¿Había estado jugando con él aquella coquetuela? ¿Eran las insinuaciones hechas al pobre pedagogo simplemente una comedia para asegurar la conquista de su rival? Sólo Dios lo sabe, yo no. Baste decir que Crane abandonó la casa sin que nadie lo notara, con cara de aquel que se ha prendido a un palo del gallinero, y no del que ha querido conquistar el corazón de una bella mujer. Sin mirar a derecha e izquierda, ni fijarse en la riqueza que le rodeaba, a la cual había echado tantas miradas envidiosas, se dirigió al establo y a patadas y severos golpes hizo que se levantara su cabalgadura que dormía profundamente, soñando tal vez con montañas de maíz y avena y valles enteros de trébol.
En esta hora embrujada de la noche, Crane, alicaído y con el corazón lacerado, emprendió el viaje hacia su casa, a lo largo de las colinas que se levantan más arriba de Tarry Town y que había atravesado aquella tarde con tanto entusiasmo. La hora era tan descorazonadora como su estado de ánimo. Muy lejos de él, allá abajo, el Tappaan Zee extendía sus obscuras e indistintas aguas, donde aquí y allí aparecía una embarcación de altos mástiles, que se mantenía anclada a lo largo de la costa. En el silencio completo de la noche, Crane podía oír los ladridos de un perro, al otro lado del Hudson, pero era tan vago y débil que sólo daba una idea de la distancia a que se encontraba este fiel compañero del hombre. De cuando en cuando, el quiquiriquí de un gallo, que se había despertado por casualidad, resonaba a lo lejos, muy lejos, en alguna granja entre las colinas, pero era como los ruidos imprecisos que se oyen en sueños. Ningún signo de vida aparecía cerca de él, sino ocasionalmente el canto de un pájaro o el croar de una rana de un pantano cercano, como si durmiera incómodamente y se diera vuelta en la cama.
Todas las historias de aparecidos y de espíritus que había oído aquella tarde se acumulaban ahora en su memoria. La noche se hacía cada vez más obscura; las estrellas parecían hundirse más profundamente en el cielo, y las nubes las ocultaban a veces a su vista. Nunca se había sentido tan solo y acobardado. Además se acercaba al mismísimo lugar en el cual habían ocurrido tantas escenas de aparecidos. En el centro del camino se levantaba un árbol enorme que se destacaba como un gigante entre sus congéneres y que era una especie de punto de referencia. Sus ramas eran retorcidas y fantásticas, suficientemente grandes para formar el tronco de un árbol corriente, y se inclinaban hacia la tierra, para elevarse nuevamente en el aire. Estaba relacionado con la trágica historia del desdichado André, que fue tomado prisionero muy cerca de él. Se le conocía generalmente por el árbol del mayor André. La gente lo consideraba con una mezcla de respeto y superstición, en parte por simpatía con la persona cuyo nombre llevaba, y, en parte, por las historias de extrañas visiones y terribles lamentaciones que se contaban acerca de él.
Cuando Crane se acercó a este árbol terrible, empezó a silbar; le pareció que alguien respondía, pero era sólo el viento que soplaba entre las ramas secas. Cuando se acercó más, creyó ver algo blanco que colgaba del árbol: se detuvo y cesó de silbar; mirando más atentamente comprobó que era un lugar donde el rayo había atacado el árbol dejando al descubierto la madera blanca. De repente oyó un gemido, le castañetearon los dientes y sus rodillas chocaron violentamente contra la silla: era sólo el frotamiento de una rama grande contra otra. Pasó en seguridad el árbol, pero nuevos peligros le esperaban. A una cierta distancia de allí cruzaba el camino un arroyuelo que iba a dar a una hondonada fangosa muy poblada de árboles, conocida por el pantano de Wiley. Unos pocos troncos, colocados los unos al lado de los otros, servían de puente sobre esta corriente de agua. Allí donde el arroyo pasaba bajo el puente, un grupo de árboles crecía tan densamente que arrojaba una obscuridad cavernosa sobre él. Pasar este puente era la prueba más severa. En este mismo lugar fue apresado el infortunado André y bajo aquellos mismos árboles se habían ocultado los que le sorprendieron. Desde entonces, se le consideraba un arroyo encantado. Era terrible lo que sentía un muchacho que tenía que pasarlo después de la puesta del sol.
Cuando se aproximó al arroyo, su corazón empezó a latir violentamente, a pesar de lo cual reunió todo su valor. Fustigó reciamente a su caballo e intentó atravesar el puente a galope tendido, pero en lugar de avanzar, aquel perverso y viejo animal hizo un movimiento lateral y se echó contra la empalizada. Crane, cuyo miedo aumentó con esa pérdida de tiempo, golpeó al animal del otro lado y le dio algunas enérgicas patadas con el otro pie, pero todo en vano. Su cabalgadura se echó al otro lado del camino cerrado por un bosquecillo de arbustos. El maestro de escuela empleó ahora tanto el látigo como los tacones contra los flacos ijares de Pólvora, que seguía avanzando con grandes bufidos, pero que se detuvo al lado del puente tan repentinamente que casi arrojó al suelo a su jinete. En aquel preciso momento un ruido como de algo que se movía en el agua, al lado del puente, llegó al sensible oído de Crane. Entre las obscuras sombras del bosque, al borde del arroyo, observó una cosa grande, mal conformada, negra y alta. No se movía, pero parecía acechar en la obscuridad, como un monstruo gigantesco, pronto a echarse sobre el viajero.
Al pobre pedagogo se le pusieron los pelos de punta. ¿Qué debía hacer? Era demasiado tarde para volver grupas y huir, y además, ¿cómo escapar de un caballo fantasma que corría en alas del viento? Haciendo acopio de todo su valor, preguntó con voz temblorosa: «¿Quién es usted?» Nadie le respondió. Repitió su pregunta con voz aun más alterada. Tampoco recibió ninguna respuesta. Aporreó en los costados al viejo Pólvora y, cerrando los ojos, empezó a cantar un salmo con involuntario fervor. Parecía que aquel objeto, causa de todas sus alarmas, había esperado sólo eso para ponerse en movimiento, y de un salto se colocó en el medio del camino. Aunque la noche era oscura, podía distinguirse algo de la forma del desconocido. Parecía ser un gigantesco jinete, montado en un caballo negro de no menores dimensiones. No se presentó ni saludó, sino que se mantuvo solitario en un lado del camino, hasta que avanzó lentamente al lado de Pólvora, que había sobrepasado ya su miedo y sus mañas.
Crane, que no tenía mucha confianza en aquel extraño compañero que le regalaba la medianoche y que se acordaba de la aventura de Brom Bones con el jinete sin cabeza, espoleó a su cabalgadura, esperando dejarle atrás. El extraño hizo exactamente lo mismo, por lo que se encontró a la par de Crane. El corazón de éste se le quería salir por la boca; intentó proseguir cantando el salmo que había empezado, pero su lengua reseca estaba pegada al paladar y no pudo pronunciar una palabra. Había algo en el opresivo y terco silencio de aquel pertinaz compañero que era misterioso y enloquecedor. Pronto quedó explicado. Cuando el camino empezó a ascender, la figura de su acompañante se destacó sobre el cielo más claro: era un gigante. Crane se quedó aterrorizado al observar que no tenía cabeza, pero su horror llegó al máximo cuando se percató de que la cabeza, que debía estar sobre los hombros, se encontraba sobre la silla, delante del jinete: su miedo llegó a la desesperación. Cayó sobre Pólvora un diluvio de golpes y de espolazos, en la esperanza de dejar atrás a su compañero. Pero el espectro avanzó a la misma velocidad. Corrían sacando chispas del suelo. La levita de Crane volaba por el aire, mientras éste, con el flaco cuerpo inclinado sobre la cabeza del caballo, trataba de huir a todo galope.
Finalmente llegaron al cruce de caminos de donde se desprende el que va al Valle Dormido. Pero Pólvora, que parecía poseído por el mismo demonio, en lugar de seguir por allí, se desvió y entró por el camino que conducía a las colinas.
Éste está rodeado de árboles durante un trecho de casi medio kilómetro, donde cruza el puente famoso de la historia del aparecido. Más allá se levanta la pequeña colina, sobre la que se encuentra la iglesia de blancos muros.
Hasta ahora el pánico de su cabalgadura había dado una ventaja aparente a Crane, que no era muy hábil jinete. Cuando había atravesado la mitad del valle, cedió la cincha y sintió que se deslizaba por debajo de él. La agarró con una mano tratando de asegurarla, pero todo fue en vano. Tuvo tiempo de agarrarse al cuello de Pólvora, la silla cayó a tierra y oyó cómo el caballo de su perseguidor la pisoteaba. Por un momento le asustó el pensamiento de la rabia que sentiría Hans Van Ripper, pues era su montura de paseo, que utilizaba sólo los domingos, pero no tenía ahora tiempo para ocuparse de niñerías. El espectro se acercaba cada vez más, y, como era muy mal jinete, le costaba enormes esfuerzos mantenerse sobre el caballo: algunas veces se deslizaba hacia un costado, otras al opuesto, y a veces caía sobre el animal con tal violencia que temía iba a quedar hecho pedazos.
Por la relativa escasez de árboles, se imaginó que estaba cerca del puente de la iglesia. Una plateada estrella que se reflejaba en el agua le confirmó en esta creencia. Distinguió los blancos muros, que relucían entre los árboles a la distancia. Recordó el lugar donde había desaparecido el espíritu, que había corrido una carrera con Brom Bones. «Si puedo llegar al puente -pensó Crane- estoy salvado». En aquel momento oyó muy cerca de él la negra cabalgadura de su perseguidor, y hasta se imaginó que sentía su cálido aliento. Otro golpe en las costillas y el viejo Pólvora saltó hacia el puente, cuyas tablas resonaron bajo sus pisadas, llegó al lado opuesto, desde donde Crane miró hacia atrás para ver si su perseguidor, de acuerdo con todos los relatos, desaparecía entre llamaradas de fuego y azufre. Vio entonces que el fantasma se ponía de pie sobre el caballo y se disponía a tirarle con su testa. Crane trató de hurtar el cuerpo a tan horrible proyectil, pero era demasiado tarde: la cabeza del jinete que carecía de ella, dio en la suya con tal fuerza que lo arrojó del caballo al suelo, desde donde pudo ver pasar a Pólvora y al caballo negro con su jinete como una exhalación.
A la mañana siguiente, Pólvora apareció sin silla y con la brida entre las patas, mordiendo tranquilamente el pasto en los terrenos de su dueño. Crane no se presentó a la hora del desayuno, ni tampoco a la de la comida. Los escolares, que se encontraron en la escuela a la hora acostumbrada, pasaron el tiempo en la orilla del arroyuelo, pero el maestro no aparecía. Hans van Ripper empezó a sentir preocupación por el pobre Crane y por su silla. Se inició una diligente investigación que pronto permitió descubrir algunos hechos. Se encontró la montura en un cierto lugar del camino que conducía a la iglesia, pero estaba completamente inservible. Las huellas de los caballos se marcaban profundamente en el suelo, lo que demostraba que habían corrido a una velocidad fantástica. Llegaban hasta el puente, donde se encontró, junto al arroyo, el sombrero del infortunado Crane y pedazos de un melón.
Se rastreó el río, pero no pudo descubrirse el cuerpo del maestro de escuela. Hans van Ripper, en cuya casa se encontraban sus efectos, los examinó. Consistían en dos camisas y media, dos cuellos, un par de calcetines de lana, un par de trajes viejos, una enmohecida navaja de afeitar, un libro de salmos, lleno de marcas, y un silbato roto que utilizaba en sus clases de canto. En cuanto a los muebles y libros de la escuela, pertenecían a la comunidad, excepto la Historia de la brujería en Nueva Inglaterra, de Cotton Mather, un almanaque de Nueva Inglaterra y un libro de sueños y adivinación, entre cuyas hojas se encontraba un papel que contenía una infortunada tentativa de escribir unos versos en honor de la heredera de Van Tassel. Hans van Ripper arrojó a las llamas aquellos libros junto con la tentativa poética. Desde aquella fecha se decidió a no mandar más sus hijos a la escuela, en pro de lo cual alegaba que no había visto nunca que el leer o escribir condujera a nada bueno. Como el maestro de escuela había recibido su paga uno o dos días antes, cualquiera que fuera su haber debía tenerlo consigo cuando desapareció.
En la iglesia se comentó mucho este extraño hecho. Se discutió el asunto y se expusieron toda clase de hipótesis en el cementerio, en el puente y en el lugar donde se había encontrado el sombrero y el destrozado melón. Se recordaron las historias de Brouwer, de Bones y muchos otros. Después de considerarlas atentamente y compararlas con las circunstancias del presente caso, llegaron a la aflictiva conclusión de que el jinete sin cabeza se había llevado a Crane. Como era soltero y no tenía deudas, nadie se preocupó más por él. Se trasladó la escuela a otra parte del valle y otro pedagogo asumió el puesto en su lugar.
Cierto es que un viejo granjero que estuvo en Nueva York varios años después, y por el cual se conoce esta historia, contó al volver que Ichabod Crane vivía y que había abandonado el valle, en parte por miedo al fantasma y a Hans van Ripper, y, en parte, por haberle mortificado muchísimo la negativa de la heredera. Agregaba que se había trasladado a una parte distante del país, que había seguido enseñando e iniciado el estudio de la jurisprudencia, combinando ambas cosas, hasta que recibió su título de abogado; que se había dedicado después a la política y al periodismo y que finalmente había ingresado en la magistratura con un grado subalterno. Brom Bones se casó con la bella Katrina, poco después de la desaparición del maestro. Algunos observaron que cuando se contaba la historia de Crane, Brom Bones estallaba en carcajadas al oír mencionar el melón, lo que inducía a muchos a pensar que sabía más que lo que quería decir.
Las viejas, sin embargo, los mejores jueces en esta materia, afirman hasta el día de hoy que Crane desapareció por medios sobrenaturales, lo que constituye su historia favorita de las noches de invierno. La novia se convirtió en el objeto de un terror supersticioso, razón por la cual se cambió también el camino, para poder llegar a la iglesia sin pasar por el puente. Como la escuela no se utilizaba, pronto empezó a convertirse en una ruina; se murmuraba que aparecía por allí el espíritu del infortunado pedagogo, y más de un joven labrador que se dirigía a su casa, al pasar por allí, en una tranquila noche de verano, creía oír la voz de Crane que entonaba un melancólico salmo, en la tranquila soledad del Valle Dormido.
«Post scriptum»
Encontrado entre los manuscritos del señor Knickerbocker.
He reproducido el cuento que antecede casi exactamente como me lo contaron en una reunión del municipio de la noble ciudad de Manhattan, a la cual se presentaron muchos de sus más prudentes e ilustres burghers. El que lo contó era un hombre agradable, de traje raído, ya entrado en años, de aspecto señorial, y cuyo rostro tenía una expresión a la vez burlona y triste. Sospecho que era pobre, pues hacía tantos esfuerzos por parecer agradable. Cuando terminó su cuento, todos se rieron, distinguiéndose por sus sonoras carcajadas dos o tres concejales, que habían estado dormidos casi todo el tiempo. Entre nosotros se encontraba además un caballero de edad, enjuto, de espesas cejas, y que durante todo el relato se mantuvo serio y hasta grave. Cruzaba los brazos, inclinaba la cabeza y miraba al suelo, como si reflexionara sobre una duda. Era uno de esos hombres precavidos que nunca se ríen, sino cuando tienen razón y la ley de su parte. Terminadas las carcajadas de los presentes y luego que se hubo restablecido el silencio, apoyó un brazo en la silla y preguntó con un leve pero sabio movimiento de la cabeza, contrayendo al mismo tiempo las cejas, cuál era la moraleja de la historia y qué pretendía demostrar.
El que había contado este relato y que se disponía a llevar a los labios un vaso de vino para refrescarse después del esfuerzo cumplido, miró al otro con un aire de infinita cortesía y, colocando lentamente el vaso sobre la mesa, explicó que el cuento tendía a demostrar de la manera más lógica lo siguiente:
No existe ninguna situación en la vida que no tenga sus ventajas y sus alegrías, siempre que seamos capaces de aguantar una broma.
En consecuencia, el que se atreve a correr una carrera con un fantasma, es probable que salga bastante mal parado.
Ergo, que es una suerte que un maestro de escuela reciba una negativa al pedir la mano de una heredera holandesa, puesto que así se le abre el camino para más elevadas actividades.
El cauto caballero enarcó diez veces las cejas ante esta explicación, quedando muy extrañado de la racionalidad del silogismo. Me pareció notar que el narrador de esta historia le observaba con mirada triunfadora. Finalmente, su contradictor dijo que todo eso estaba muy bien, pero que creía que el relato era bastante extravagante y que había uno o dos puntos sobre los cuales tenía sus dudas.
«Palabra de honor -replicó el que había contado la historia-, en lo que a eso respecta, yo mismo no creo ni la mitad».
D. K



ENLACES:

Sleepy Hollow (TIM BURTON)
La leyenda de Sleepy Hollow
Washington Irving
Johnny Depp
JOHNNY DEEP-- NUNCA OLVIDES,NUNCA PERDONES

domingo, 18 de mayo de 2008

GUY DE MAUPASSANT -- UN DIA DE CAMPO

UN DÍA DE CAMPO
GUY DE MAUPASSANT
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Tenían proyectado hacía cinco meses salir a almorzar en los alrededores de París el día del santo de la señora Dufour, que se llamaba Pétronille. Por ello, como habían esperado con impaciencia esa partida, se habían levantado muy temprano aquella mañana.
El señor Dufour, que le había pedido prestado el coche al lechero, conducía. La carreta, de dos ruedas, estaba muy limpia; tenía un techo sostenido por cuatro montantes de hierro del que colgaban cortinas que habían alzado para ver el paisaje. Sólo la de detrás flotaba al viento, como una bandera. La mujer, al lado de su esposo, estaba radiante con un extraordinario traje de seda cereza. A continuación, en dos sillas, se sentaban una vieja abuela y una jovencita. Se distinguía también la cabellera amarilla de un muchacho que, a falta de asiento, se había tumbado al fondo y del que aparecía sólo la cabeza.
Tras haber seguido la avenida de los Campos Elíseos y cruzado las fortificaciones por la puerta Maillot, se habían puesto a contemplar la comarca.
Al llegar al puente de Neuilly, el señor Dufour había dicho: «Ahí tenéis el campo, ¡por fin! », y su mujer, ante esa señal, se había enternecido con la naturaleza.
En la encrucijada de Courbevoie, les había asaltado la admiración ante la lejanía de los horizontes. A la derecha, allá lejos, estaba Argenteuil, con su elevado campanario; por encima aparecían los cerros de Sannois y el Molino de Orgemont. A la izquierda, el acueducto de Marly se dibujaba sobre el cielo claro de la mañana, y se divisaba también, de lejos, la terraza de Saint-Germain; mientras que enfrente, al final de una cadena de colinas, unas tierras removidas indicaban el nuevo fuerte de Cormeilles. Muy al fondo, con un retroceso formidable, por encima de llanuras y pueblos, se entreveía un oscuro verdor de bosques.
El sol comenzaba a quemar los rostros; el polvo llenaba los ojos de continuo y, a los dos lados de la carretera, se desplegaba una campiña interminablemente desnuda, sucia y hedionda. Hubiérase dicho que una lepra la había devastado, royendo hasta las casas, pues esqueletos de edificios hundidos y abandonados, o bien pequeñas casuchas inacabadas por falta de pago a los contratistas, alzaban sus cuatro paredes sin techo.
De trecho en trecho crecían en el suelo estéril largas chimeneas de fábricas, única vegetación de aquellos campos pútridos por los cuales la brisa de la primavera paseaba un perfume de petróleo y de esquisto mezclado con otro olor aún menos agradable.
Por fin habían cruzado el Sena por segunda vez, y, en el puente, había sido arrobador. El río resplandecía de luz; un vaho se elevaba de él, absorbido por el sol, y se experimentaba una suave quietud, una frescura benéfica al respirar por fin un aire más puro que no había sido barrido por el humo negro de las fábricas o las miasmas de los muladares.
Un hombre que pasaba había dado el nombre de la zona: Bezons.
El coche se detuvo, y el señor Dufour se puso a leer la prometedora muestra de un figón: «Restaurante Poulin, calderetas y pescado frito, reservados particulares,bosquecillos y columpios. ¿Qué, señora Dufour, te conviene? ¿ te decidirás por fin? »
La mujer leyó a su vez: «Restaurante Poulin, calderetas y pescado frito, reservados particulares, bosquecillos y columpios.» Después miró largamente la casa.
Era una posada de campo, blanca, situada al borde de la carretera. Mostraba, por la puerta abierta, el cinc brillante del mostrador ante el cual estaban dos obreros endomingados.
Por fin la señora Dufour se decidió: «Sí, está bien —dijo—, y, además, tiene buenas vistas.» El coche entró en un amplio terreno plantado de grandes árboles que se extendía detrás de la posada y que sólo estaba separado del Sena por el camino de sirga.
Entonces se apearon. El marido saltó primero, luego abrió los brazos para recibir a su mujer. El estribo, sujeto por dos barras de hierro, estaba muy lejos, de forma que, para alcanzarlo, la señora Dufour tuvo que dejar ver la parte inferior de una pierna cuya primitiva finura desaparecía ahora bajo una invasión de grasa que bajaba de los muslos.
El señor Dufour, a quien el campo excitaba ya, le pellizcó vivamente la pantorrilla, y después, cogiéndola por debajo de los brazos, la depositó pesadamente en tierra, como un enorme paquete.
Ella se dio unas palmadas en su traje de seda para desprender el polvo, mientras miró el lugar donde se encontraba.
Era una mujer de unos treinta y seis años, metida en carnes, exuberante y de aspecto agradable. Respiraba con fatiga, sofocada violentamente por la opresión de un corsé demasiado apretado; y la presión de aquel chisme empujaba hacia su papada la masa fluctuante del pecho superabundante.
A continuación la jovencita, posando la mano en el hombro de su padre, saltó con ligereza ella sola. El muchacho de pelo amarillo se había apeado poniendo un pie sobre la rueda, y ayudó al señor Dufour a descargar a la abuela.
Entonces desengancharon el caballo, que fue atado a un árbol, y el coche cayó de narices, con los dos varales en el suelo. Los hombres, habiéndose quitado las levitas, se lavaron las manos en un cubo de agua, y después se reunieron con las señoras instaladas ya en los balancines.
La señorita Dufour trataba de columpiarse de pie, ella sola, sin lograr darse suficiente impulso. Era una guapa chica de dieciocho a veinte años; una de esas mujeres cuyo encuentro por la calle os azota con un súbito deseo, y os deja hasta la noche una vaga inquietud y una agitación de los sentidos. Alta, de talle esbelto y caderas anchas, tenía la piel muy morena, los ojos muy grandes, el pelo muy negro. Su traje dibujaba netamente la firme plenitud de su carne acentuada aún más por los esfuerzos que hacía con los riñones para remontarse. Sus brazos tensos sujetaban las cuerdas por encima de su cabeza, de modo que su pecho se alzaba, sin una sacudida, a cada impulso que daba. Su sombrero, arrastrado por una ráfaga de viento, había caído a sus espaldas; y el balancín se lanzaba poco a poco, mostrando a cada vuelta sus piernas finas hasta la rodilla, y lanzando a la cara de los dos hombres, que la miraban riendo, el aire de sus faldas, más embriagador que los vapores del vino.
Sentada en el otro columpio, la señora Dufour gemía de forma monótona y continua: «Cyprien, ven a empujarme; ¡ven a empujarme de una vez, Cyprien! » Al final él fue y, remangándose la camisa, como antes de emprender un trabajo, puso a su mujer en movimiento con infinita fatiga.
Aferrada a las cuerdas, tenía las piernas estiradas, para no tropezar con el suelo, y disfrutaba al verse aturdida por el vaivén del chisme. Sus formas, sacudidas, tembleteaban continuamente como la gelatina en una bandeja. Pero, a medida que los impulsos crecían, la asaltaron el vértigo y el miedo. A cada bajada, lanzaba un grito agudo que hacía acudir a todos los rapaces del pueblo; y allá, delante de ella, por encima del seto del jardín, distinguía vagamente un surtido de cabezas traviesas que gesticulaban variadamente con las risas.
Al aparecer una camarera, encargaron el almuerzo.
«Fritos del Sena, conejo salteado, ensalada y postre», articuló la señora Dufour, con aire importante. «Traiga dos litros de tinto y una botella de burdeos», dijo su marido. «Almorzaremos en la hierba», agregó la joven.
La abuela, enternecida al ver el gato de la casa, lo perseguía hacia diez minutos prodigándole inútilmente las más dulces denominaciones. El animal, halagado interiormente sin duda por aquella atención, se mantenía siempre muy cerca de la mano de la buena señora, aunque sin dejarse alcanzar, y daba tranquilamente vueltas a los árboles, contra los cuales se frotaba, la cola erguida, con un pequeño ronroneo de placer.
«¡Mirad! —gritó de repente el joven de pelo amarillo que fisgoneaba por el terreno—, ¡hay unos barcos estupendos! » Fueron a ver. Bajo un pequeño cobertizo de madera estaban colgadas dos soberbias yolas de remeros, finas y trabajadas como muebles de lujo. Descansaban una junto a otra, semejantes a dos altas mozas delgadas, con su longitud estrecha y reluciente, y daban ganas de marchar sobre el agua en las hermosas noches apacibles o en las claras mañanas de verano, de rozar los ribazos floridos donde árboles enteros bañan sus ramas en el agua, donde temblequea el eterno escalofrío de las cañas, y de donde alzan el vuelo, como relámpagos azules, rápidos martines pescadores.
Toda la familia, con respeto, las contemplaba. «Oh, sí, son estupendas», repitió gravemente el señor Dufour. Y las detallaba como un experto. Había remado, él también, en sus verdes años, decía; e incluso con aquello en la mano —y hacía ademán de tirar de los remos— le importaba un bledo todo el mundo. Había vapuleado en carreras a más de un inglés, en tiempos, en Joinville; y bromeó con la palabra damas, con que se designan los dos toletes que sujetan los remos, diciendo que los remeros, y con razón, no salían jamás sin sus damas. Se acaloraba al perorar y proponía obstinadamente que apostasen que con una barca como aquélla él haría seis leguas por hora sin apresurarse.
«Está listo», dijo la camarera que apareció en la entrada. Se precipitaron; pero hete aquí que en el mejor sitio, que la señora Dufour había elegido mentalmente para instalarse, estaban almorzando ya dos jóvenes. Eran los propietarios de las yolas, sin duda, pues iban vestidos de remeros.
Se habían estirado en unas sillas, casi acostados. Tenían la cara tostada por el sol y el pecho cubierto solamente por una fina camiseta de algodón blanco que dejaba asomar sus brazos desnudos, robustos como los de un herrero. Eran dos sólidos mozos y presumían mucho de vigor, pero mostraban en todos sus movimientos esa gracia elástica de los miembros que se adquiere con el ejercicio, tan diferente de la deformación que imprime al obrero su penoso esfuerzo, siempre igual.
Intercambiaron rápidamente una sonrisa al ver a la madre, luego una mirada al divisar a la hija. «Dejémosles nuestro sitio —dijo uno—, así entablaremos relación». El otro se levantó al punto y, con su gorra mitad roja y mitad negra en la mano, se ofreció caballerosamente a ceder a las señoras el único lugar del jardín donde no daba el sol. Aceptaron deshaciéndose en disculpas; y, para que la cosa fuera más campestre, la familia se instaló en la hierba sin mesa ni asientos.
Los dos jóvenes se llevaron su cubierto a unos cuantos pasos y reanudaron la comida. Sus brazos desnudos, que mostraban sin cesar, turbaban un poco a la joven. Incluso fingía volver la cabeza y no fijarse en ellos, mientras que la señora Dufour, más atrevida, instigada por una curiosidad femenina que era acaso deseo, los miraba a cada momento, comparándolos sin duda con añoranza con las fealdades secretas de su marido.
Se había derrumbado sobre la hierba, con las piernas dobladas a la manera de los sastres, y se meneaba continuamente, con el pretexto de que las hormigas se le habían metido en alguna parte. El señor Dufour, huraño ante la presencia y la amabilidad de los extraños, buscaba una postura cómoda que por lo demás no encontraba, y el joven de pelo amarillo comía silenciosamente como un ogro.
«Hace un tiempo precioso, caballero», dijo la gruesa señora a uno de los remeros. Quería mostrarse amable a causa del sitio que les habían cedido.
«Sí, señora —respondió—. ¿Vienen ustedes a menudo al campo?
— ¡Oh!, una o dos veces al año solamente, para tomar el aire; ¿y usted, caballero?
—Vengo a dormir todas las noches.
— ¡Ah!, debe de ser muy agradable.
—Sí, desde luego, señora».
Y contó su vida de todos los días, poéticamente, de manera que hizo vibrar el corazón de aquellos burgueses privados de hierba y hambrientos de paseos por el campo con ese bobo amor a la naturaleza que los obsesionaba todo el año detrás del mostrador de su tienda.
La joven, emocionada, alzó los ojos y miró al remero. El señor Dufour habló por primera vez:
«Eso sí que es vida» —dijo. Agregó—: «¿Un poco más de conejo, querida?
—No, gracias, cariño.»
Ella se volvió de nuevo hacia los jóvenes y, señalando sus brazos:
«¿No tienen nunca frío así? » —dijo.
Se echaron a reír los dos, y espantaron a la familia con el relato de sus prodigiosos esfuerzos, de sus baños sudados, de sus carreras entre la niebla de las noches; se golpearon violentamente el pecho para demostrar qué sonido daba.
«¡Oh!, tienen ustedes pinta de fuertes», dijo el marido, que ya no hablaba de la época en que vapuleaba a los ingleses.
La joven los examinaba ahora de lado; y el muchacho de pelo amarillo, atragantándose con la bebida, tosió desesperadamente, rociando el traje de seda cereza de la jefa, que se enfadó y mandó traer agua para lavar las manchas.
Entre tanto la temperatura se volvía terrible. El río relumbrante parecía un foco de calor, y los vapores del vino turbaban las cabezas.
El señor Dufour, sacudido por un hipo violento, se había desabrochado el chaleco y la cintura del pantalón; mientras que su mujer, presa de sofocos, desabotonaba su traje poco a poco. El aprendiz balanceaba con aire alegre sus greñas de lino y se servía trago tras trago. La abuela, sintiéndose achispada, se mantenía muy rígida y muy digna. En cuanto a la joven, no dejaba traslucir nada; sólo sus ojos se encendían vagamente, y su piel muy morena se coloreaba en las mejillas con un tono más rosado.
El café los remató. Hablaron de cantar y cada cual echó su copla, que los otros aplaudieron con frenesí. Después se levantaron con dificultad, y mientras que las dos mujeres, aturdidas, respiraban, los dos hombres, totalmente curdas, hacían gimnasia. Pesados, fofos, y con el rostro escarlata, se colgaban torpemente de las anillas sin lograr levantarse; y sus camisas amenazaban continuamente con evacuar sus pantalones para ondear al viento como estandartes.
Entre tanto los remeros habían echado las yolas al agua y regresaban cortésmente a proponer a las señoras un paseo por el río.
«Señor Dufour, ¿me dejas? ¡Por favor! », gritó su mujer. El la miró con pinta de borracho, sin entender. Entonces se acercó un remero, con dos cañas de pescar en la mano. La esperanza de pescar gobios, ese ideal de los tenderos, encendió los ojos sombríos del hombrecillo, que accedió a todo lo que quisieron, y se instaló a la sombra, bajo el puente, los pies bailando encima del río, junto al joven del pelo amarillo, que se durmió a su lado.
Uno de los remeros se sacrificó; se llevó a la madre.
« ¡En el bosquecillo de la isla de los ingleses! », gritó al alejarse.
La otra yola se puso en marcha más lentamente. El remero miraba tanto a su compañera que no pensaba en otra cosa, y lo había invadido una emoción que paralizaba su vigor.
La joven, sentada en el asiento del timonel, se abandonaba a la dulzura de estar sobre el agua. Se sentía asaltada por una renuncia a pensar, por una quietud de los miembros, por un abandono de sí misma, como presa de una múltiple embriaguez. Se había puesto muy roja, con la respiración entrecortada. El aturdimiento del vino, multiplicado por el calor torrencial que chorreaba en torno a ella, hacía que todos los árboles de la orilla la saludasen a su paso. Una vaga necesidad de disfrute, una fermentación de la sangre recorrían su carne excitada por los ardores de aquel día; y estaba también turbada por aquel mano a mano sobre el agua, en medio de aquella tierra despoblada por el incendio del cielo, con aquel joven que la encontraba hermosa, cuyos ojos le besaban la piel, y cuyo deseo era tan penetrante como el sol.
La impotencia de ambos para hablar aumentaba su emoción, y miraban los alrededores. Entonces, haciendo un esfuerzo, él le preguntó su nombre.
«Henriette —dijo.
— ¡Vaya!, yo me llamo Henri», prosiguió él.
El sonido de sus voces los había calmado; se interesaron por las orillas. La otra yola se había parado y parecía esperarlos. El que la tripulaba gritó:
«Os alcanzaremos en el bosque; vamos hasta Robinson, porque la señora tiene sed.»
Después se inclinó sobre los remos y se alejó tan rápidamente que pronto dejaron de verlo.
Mientras tanto un fragor continuo que se distinguía vagamente desde hacía un tiempo se acercaba muy deprisa. El propio río parecía estremecerse como si el ruido sordo ascendiera de sus profundidades.
« ¿ Qué es eso que se oye? », preguntó ella.
Era el salto de la presa que cortaba el río en dos en la punta de la isla. El se perdía en una explicación cuando, en medio del estruendo de la cascada, un canto de pájaro que parecía muy remoto los sorprendió.
«Vaya —dijo él—, los ruiseñores cantan de día: eso es que las hembras incuban».
¡Un ruiseñor! Ella no lo había oído nunca, y la idea de escuchar uno despertó en su corazón la visión de poéticas ternuras. ¡Un ruiseñor! , es decir, el invisible testigo de las citas de amor al que invocaba Julieta en su balcón; esa música del cielo concertada con los besos de los hombres; ¡ese eterno inspirador de todas las romanzas lánguidas que abren un ideal azul en los pobres corazoncitos de las chiquillas enternecidas!
Iba, pues, a oír un ruiseñor.
«No hagamos ruido —dijo su compañero—, podemos bajar en el bosque y sentarnos muy cerca de él.»
La yola parecía deslizarse. Aparecieron unos árboles en la isla, cuya ribera era tan baja que los ojos se sumergían en lo más tupido de la espesura. Se detuvieron; la barca quedó atada; y, apoyándose Henriette en el brazo de Henri, se adentraron entre las ramas.
«Inclínese» —dijo él.
Se inclinó, y penetraron en un inextricable revoltijo de bejucos, de hojas y de cañas, en un asilo inencontrable que era preciso conocer y al que el joven llamaba riendo «su reservado particular».
Justamente por encima de sus cabezas, posado en uno de los árboles que los resguardaban, el pájaro seguía desgañitándose. Lanzaba trinos y gorgoritos, después desgranaba grandes sonidos vibrantes que llenaban el aire y parecían perderse en el horizonte, desplegándose a lo largo del río y volando sobre las llanuras, a través del silencio de fuego que entorpecía la campiña.
No hablaban por miedo a que escapase. Estaban sentados uno junto al otro y, lentamente, el brazo de Henri rodeó la cintura de Henriette y la estrechó con dulce presión. Ella, sin cólera, cogió aquella mano audaz y la alejaba sin cesar a medida que él la acercaba, sin experimentar, por otra parte, el menor embarazo con aquella caricia, como si hubiera sido una cosa natural que rechazaba con igual naturalidad.
Escuchaba al pájaro, perdida en un éxtasis. Sentía deseos infinitos de felicidad, bruscas ternuras que la atravesaban, revelaciones de poesías sobrehumanas, y tal aplanamiento de los nervios y del corazón que lloraba sin saber por qué. El joven la estrechaba contra sí ahora; no lo rechazaba ya, sin pensar en ello.
El ruiseñor calló de pronto. Una voz lejana gritó:
« ¡Henriette!
—No conteste —dijo él muy bajo—, haría volar al pájaro.»
Tampoco ella pensaba en responder.
Se quedaron así algún tiempo. La señora Dufóur se había sentado en alguna parte, pues se oían vagamente, de vez en cuando, los grititos de la gruesa señora que bromeaba sin duda con el otro remero.
La jovencita seguía llorando, embargada por sensaciones muy dulces, la piel cálida y pinchada en todas partes por desconocidos cosquilleos. La cabeza de Henri estaba sobre su hombro; y, bruscamente, la besó en los labios. Ella tuvo una rebelión furiosa y, para evitarlo, se dejó caer de espaldas. Pero él se arrojó sobre ella, cubriéndola con todo su cuerpo. Persiguió un buen rato aquella boca que le huía, y después, al alcanzarla, pegó a ella la suya. Entonces, enloquecida por un deseo formidable, ella le devolvió el beso, estrechándolo sobre su pecho, y toda su resistencia cedió como aplastada por una carga demasiado pesada.
Todo estaba en calma en las cercanías. El pájaro volvió a cantar. Lanzó primero tres notas penetrantes que parecían una llamada de amor, después, tras un silencio de un instante, inició con voz debilitada unas lentísimas modulaciones.
Se deslizó una brisa suave, levantando un murmullo de hojas, y entre la profundidad de las ramas pasaban dos suspiros ardientes que se mezclaban con el canto del ruiseñor y con el leve hálito del bosque.
Una embriaguez invadía al pájaro, y su voz, acelerándose poco a poco como un incendio que prende o una pasión que crece, parecía acompañar bajo el árbol un restallido de besos. Después el delirio de su gaznate se desencadenó enloquecido. Tenía desmayos prolongados en un trino, grandes espasmos melodiosos.
A veces descansaba un poco, emitiendo solamente dos o tres sonidos ligeros que terminaban de pronto con una nota sobreaguda. O bien comenzaba una loca carrera, con brotes de gamas, estremecimientos, sacudidas, como un furioso canto de amor, seguido por gritos de triunfo.
Pero se calló, al escuchar bajo él un gemido tan profundo que se le hubiera tomado por el adiós de un alma. El ruido se prolongó algún tiempo y se remató con un sollozo.
Estaban muy pálidos, los dos, al abandonar su lecho de verdor. El cielo azul les parecía oscurecido; el ardiente sol estaba apagado a sus ojos; percibían la soledad y el silencio. Caminaban rápidamente uno al lado del otro, sin hablarse, sin tocarse, pues parecían haberse convertido en enemigos irreconciliables, como si una repugnancia se hubiera alzado entre sus cuerpos, un odio entre sus ánimos.
De vez en cuando, Henriette gritaba:
«¡Mamá!»
Se produjo un ajetreo bajo un zarzal. Henri creyó ver una enagua blanca que se bajaba con rapidez sobre una gruesa pantorrilla; y apareció la enorme señora, un poco confusa y más roja aún, los ojos muy brillantes y el pecho tumultuoso, demasiado cerca quizás de su vecino. Este debía de haber visto cosas muy divertidas, pues su rostro estaba surcado por risas súbitas que lo cruzaban a pesar suyo.
La señora Dufour se cogió de su brazo con aire tierno, y volvieron a las barcas. Henri, que caminaba delante, siempre mudo al lado de la jovencita, creyó distinguir de repente una especie de gran beso ahogado.
Por fin regresaron a Bezons.
El señor Dufour, pasada la borrachera, se impacientaba. El joven de pelo amarillo tomaba un bocado antes de dejar la posada. El coche estaba enganchado en el patio, y la abuela, montada ya, se desolaba porque tenía miedo de que la cogiera la noche en la llanura, pues los alrededores de París no eran seguros.
Se dieron apretones de manos, y la familia Dufour se marchó.
«Hasta la vista» —gritaban los remeros.
Un suspiro y una lágrima les respondieron.
Dos meses después, al pasar por la calle de los Mártires, Henri leyó sobre una puerta: Dufour, ferretero.
Entró.
La gruesa señora abultaba aún más tras el mostrador. Se reconocieron al punto y, después de mil cumplidos, él pidió noticias.
«¿Qué tal la señorita Henriette?
—Muy bien, gracias, se ha casado.
La emoción le oprimió; agregó:
«Y... ¿con quién?
—Pues con el joven que nos acompañaba, ya sabe usted; él se hará cargo del negocio.
— ¡Oh! , claro.»
Se marchaba muy triste, sin saber demasiado bien por qué. La señora Dufour lo llamó:
« ¿Y su amigo? —dijo tímidamente.
—Pues le va bien.
—Déle recuerdos nuestros, ¿eh?; y cuando venga, dígale que pase a vernos...— se ruborizó mucho, y después agregó—: Me dará mucho gusto; dígaselo.
—No dejaré de hacerlo. ¡Adiós!
—No..., ¡hasta pronto! »

Al año siguiente, un domingo que hacía mucho calor, todos los detalles de esta aventura, que Henri no había olvidado nunca, regresaron a él súbitamente, tan claros y deseables, que volvió solo a su cuarto del bosque.
Quedó estupefacto al entrar. Ella estaba allí, sentada en la hierba, con aire triste, mientras que a su lado, en mangas de camisa, su marido, el joven de pelo amarillo, dormía a conciencia, como un bruto.
Se puso tan pálida al ver a Henri que éste creyó que iba a desmayarse. Después empezaron a charlar con toda naturalidad, como si nada hubiese ocurrido entre ellos.
Pero cuando él le contaba que le gustaba mucho aquel paraje y que iba a menudo a descansar allí los domingos, evocando muchos recuerdos, ella lo miró largamente a los ojos.
«Yo pienso en eso todas las noches —dijo.
—Vamos, querida —replicó bostezando su marido—, creo que ya es hora de marcharnos».

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