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domingo, 17 de agosto de 2008

2ªparte CUENTOS -- AMBROSE BIERCE

2ªparte * CUENTOS -- AMBROSE BIERCE
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El Viudo Turmore
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Las circunstancias bajo las que Joram Turmore se convirtió en viudo nunca fueron
popularmente comprendidas. Yo las conozco, naturalmente, pues yo soy Joram Turmore;
mi mujer, la difunta Elizabeth Mary Turmore, tampoco las ignora, y aunque ella las
cuente, aún permanecen en secreto ya que no hay un alma que le haya creído jamás.
Cuando me casé con Elizabeth Mary Johnin era muy rica, de lo contrario yo no
hubiese podido afrontar el casamiento, puesto que no tenía un centavo y el Cielo no había
puesto en mi corazón ninguna intención de ganarlo. Tenía la Cátedra de Gatos en la
Universidad de Graymaulkin y los ejercicios escolásticos me inhabilitaban para el peso de
cualquier negocio u ocupación. Además, yo no podía olvidar que era un Turmore, un
miembro de la familia cuyo lema desde el tiempo de Guillermo de Normandía había sido
Laborare est errare. La única infracción que se conoce de la sagrada tradición familiar
ocurrió cuando don Aldebarán Turmore de Peters-Turmore, ilustre ladrón del siglo XVII,
asistió personalmente a una difícil operación llevada a cabo por algunos de sus
empleados. Esa mancha sobre nuestro blasón no puede contemplarse sin sentir la más
desgarrada mortificación.
Mi Cátedra de Gatos en la Universidad de Graymaulkin jamás se destacó, por
supuesto, por el trabajo. En ninguna época hubo más de dos estudiantes de la Noble
Ciencia, y tan sólo repitiendo las conferencias manuscritas de mi predecesor, que había
encontrado entre sus pertenencias (murió en el mar, camino de Malta), podía apenas saciar
lo suficiente su hambre de conocimientos sin ganar siquiera la distinción que se otorgaba a
manera de salario.
Naturalmente, bajo tan apremiantes circunstancias, vi a Elizabeth Mary como a una
suerte de especial Providencia. Ella imprudentemente rehusó compartir conmigo su
fortuna, pero eso no me preocupó para nada, ya que si bien de acuerdo con las leyes del
país (como es sabido), la esposa tiene el control de su patrimonio durante su vida, éste
pasa al marido a su muerte: ni siquiera puede ella disponer de él por testamento. La
mortalidad entre esposas es considerable pero no excesiva.
Habiéndome casado con Elizabeth Mary y, en cierta forma, habiéndola ennoblecido
haciéndola una Turmore, sentí que la forma de su muerte debía igualarse a su distinción
social. Si yo la hubiera matado por cualquiera de los métodos maritales ordinarios hubiera
incurrido en justo reproche, por no poseer el orgullo familiar adecuado. Mas no podía
encontrar un plan adecuado.
En esta emergencia decidí consultar el archivo Turmore, una valiosa colección de
documentos, incluidos los registros de la familia desde el tiempo de su fundador en el
siglo VII de nuestra era. Sabía que entre estos sagrados títulos debería encontrar detallados
relatos de los principales asesinatos cometidos por mis santos ancestros durante cuarenta
generaciones. De entre esa masa de papeles no podía dejar de sacar las más valiosas
sugerencias.
La colección contenía también muy interesantes reliquias. Había títulos de nobleza
concedidos a mis antepasados por hacer desaparecer atrevida e ingeniosamente a
pretendientes al trono o a sus ocupantes; estrellas, cruces y otras condecoraciones
atestiguando servicios del más secreto e innombrable carácter; heterogéneos regalos de los
conspiradores más grandes del mundo que representaban un valor monetario intrínseco
incalculable. Había joyas, trajes, espadas de honor y toda suerte de "testimonios de
estima"; el cráneo de un rey transformado en copa de vino; títulos de vastas fincas, largo
tiempo confiscadas, vendidas o abandonadas; un breviario iluminado que había
pertenecido a don Aldebarán Turmore de Peters-Turmore, de infausta memoria; orejas
embalsamadas de muchos de los más reconocidos enemigos de la familia; el intestino
delgado de un cierto indigno hombre del estado italiano hostil a los Turmore que,
enroscado como una soga de saltar, había servido a la juventud de seis generaciones
consanguíneas... momentos y recuerdos preciosos más allá de las valoraciones de la
imaginación pero, por los mandatos sagrados de tradición y sentimiento, para siempre
inalienables por la venta o el regalo.
Como cabeza de la familia, yo era el custodio de todos estos preciosísimos bienes
heredados y, para su segura conservación, había construido sobre los cimientos de mi casa
una fortaleza de mampostería maciza, cuyas sólidas paredes de piedra y cuya única puerta
de hierro podían desafiar por igual el choque de un terremoto, el incansable azote del
Tiempo o la mano profana de la Codicia.
A estos tesoros del alma, fragantes de sentimiento y ternura, ricos en sugerencias de
crímenes, me volví para encontrar ahora las claves del asesinato. Para mi indecible
asombro y dolor, lo encontré vacío. Cada estante, cada cajón, cada cofre había sido
saqueado. ¡De tan única e incomparable colección no quedaba vestigio! Sin embargo,
probé que hasta que yo mismo había abierto la maciza puerta de metal, ni un cerrojo, ni
una barra había sido movida: los sellos de la cerradura estaban intactos.
Pasé la noche entre la lamentación y la indagación; ambas fueron infructuosas. El
misterio era impenetrable a la conjetura y ningún bálsamo podía calmar semejante dolor.
Pero ni una sola vez durante esa horrible noche mi firme espíritu pudo abandonar su alto
designio contra Elizabeth Mary, y el alba me halló aún más resuelto a cosechar los frutos
de mi matrimonio. Mi gran pérdida pareció acercarme a relaciones espirituales más
profundas con mis ancestros muertos, y darme una nueva e inevitable obediencia a la
persuasión que hablaba en cada glóbulo de mi sangre.
Inmediatamente formé un plan de acción, y procurándome un fuerte cordel entré a la
habitación de mi esposa, encontrándola, como esperaba, profundamente dormida. Antes
de que se despertara la tenía fuertemente atada de pies y manos. Estaba muy sorprendida
y dolorida, pero sin atender a sus protestas hechas a viva voz, la llevé a la ahora saqueada
fortaleza, allí donde nunca permití que entrara y de cuyos tesoros no la había advertido.
Sentándola, todavía atada, contra un ángulo de la pared, pasé los siguientes dos días con
sus noches en acarrear al lugar ladrillos y argamasa. A la mañana del tercer día la tuve
firmemente emparedada, desde el suelo hasta el techo. Durante todo este tiempo no tuve
en cuenta sus ruegos de piedad más que (ante su promesa de no resistir, que debo decir
que ella cumplió con honor) para concederle la libertad de sus piernas. Le concedí un
espacio de cerca de cuatro pies por seis. Cuando coloqué los últimos ladrillos en la parte
superior, en contacto con el cielo raso de la fortaleza, me dijo adiós con lo que me pareció
la serenidad de la desesperación, y me fui a descansar sintiendo que había observado
fielmente las tradiciones de una antigua e ilustre familia. Mi única amarga reflexión, en lo
que a mi conducta concernía, surgió al tomar conciencia de que había trabajado durante la
realización de mi designio; pero nadie lo sabría jamás.
Después de descansar durante una noche, fui a ver al juez de la Corte de Sucesiones
y Herencias y firmé una declaración jurada de todo lo que había hecho, excepto el trabajo
manual de construir la pared, que imputé a un sirviente. Su Excelencia designó a un
comisionado de la Corte, quien realizó un cuidadoso examen del trabajo y, según su
informe, Elizabeth Mary Turmore fue formalmente declarada muerta al fin de la semana.
De acuerdo con la ley tomé posesión de sus bienes que, a pesar de no ser mucho más
valiosos que mis tesoros perdidos, me elevaron de la pobreza a la riqueza y me trajeron el
respeto de los grandes y de los buenos.
Unos seis meses más tarde me llegaron extraños rumores: el fantasma de mi mujer
muerta había sido visto en distintos lugares de la región, pero siempre a una considerable
distancia de Graymaulkin. Estos rumores, de cuya auténtica fuente no me pude enterar,
diferían en varios detalles, pero eran semejantes en atribuir a la aparición un alto grado de
prosperidad mundana aparente combinada con una audacia poco común en los
fantasmas. ¡No sólo estaba el espíritu ataviado con ropajes costosos, sino que caminaba a
mediodía y, más aún, conducía! Me sentí indeciblemente molesto con estos cuentos y,
pensando que podría haber algo más que superstición en la creencia popular de que sólo
espíritus de los muertos no enterrados pueden caminar sobre tierra, decidí llevar a
algunos obreros equipados con picos y barras hacia la fortaleza en la que nadie había
entrado durante mucho tiempo. Les ordené demoler la pared de ladrillo que había
construido alrededor de la compañera de mis alegrías. Había resuelto dar al cuerpo de
Elizabeth Mary un entierro como el que creía que su parte inmortal aceptaría como un
equivalente del privilegio de encontrarse a gusto entre las apariciones de los vivos.
En pocos minutos volteamos la pared y, metiendo una lámpara a través de la brecha,
miré adentro. ¡Nada! Ni un hueso, ni un cabello, ni un jirón de ropa... ¡el angosto espacio
que, de acuerdo con mi testimonio, contenía legalmente todo lo que había sido mortal de
la difunta señora Turmore, estaba absolutamente vacío! Este admirable descubrimiento,
para una mente ya perturbada por tanto misterio y excitación, era más de lo que yo podía
soportar. Lancé un grito y caí en un estado de paroxismo. Durante meses estuve entre la
vida y la muerte, afiebrado y delirante; no me recuperé hasta que mi médico tuvo el
cuidado de sacar de mi caja fuerte un estuche de mis más valiosas joyas y huir del país.
Al verano siguiente tuve ocasión de visitar mi bodega, en un rincón de la cual había
construido la fortaleza, que hacía tiempo se encontraba en desuso. Al mover un tonel de
oporto, lo arrojé con fuerza contra la pared medianera y me sorprendió descubrir que
desplazaba dos grandes piedras cuadradas que formaban una parte de la pared.
Apoyando sobre ellas las manos, las empujé fácilmente y, mirando a través del
hueco, vi que habían caído dentro del nicho en el cual yo había emparedado a mi
lamentada esposa. Frente a la abertura que su caída había dejado, a una distancia de
cuatro pies, estaba la pared que mis propias manos habían construido a fin de encarcelar a
la infortunada y gentil esposa. Ante una revelación tan significativa, comencé a explorar la
bodega. Detrás de una hilera de barriles encontré cuatro objetos muy interesantes desde el
punto de vista histórico, pero sin valor alguno.
En primer lugar, los restos enmohecidos de un traje ducal florentino del siglo XI;
segundo, un breviario de resplandeciente pergamino con el nombre de don Aldebaran
Turmore de Peters-Turmore inscripto en colores en la primera página; tercero, una
calavera transformada en copa y muy manchada de vino; cuarto, la cruz de hierro de un
Caballero Comendador de la Orden Imperial Austríaca de Asesinos por Veneno.
Eso era todo; ni un objeto que tuviera valor comercial, ni papeles, ni nada. Pero esto
era suficiente para aclarar el misterio de la fortaleza. Mi esposa había adivinado
tempranamente la existencia y el propósito de este apartamento, y, con la destreza del
genio había efectuado una entrada, desprendiendo las dos piedras de la pared.
En diferentes oportunidades, y a través de esta abertura, había sustraído la colección
entera que, sin duda, logró convertir en dinero. Cuando con un inconsciente sentido de la
justicia (cuyo recuerdo no me trae ninguna satisfacción) decidí emparedarla, por alguna
maligna fatalidad escogí aquella parte donde estaban las piedras removidas y, sin duda
antes de que hubiera terminado mi trabajo, ella las movió y, deslizándose hacia la bodega,
las volvió a colocar en su sitio. Se escapó del sótano fácilmente, sin ser observada, para
disfrutar sus infames ganancias en lejanos lugares.
Me he esforzado en procurar una orden de prisión, pero el dignísimo Barón de la
Corte de Sumarios y Condenas me recuerda que ella está legalmente muerta y dice que mi
único recurso es apelar ante el Jefe de Cadáveres y solicitar una orden de exhumación y
resurrección. Tal parece que debo sufrir sin remedio este enorme daño a manos de una
mujer desprovista tanto de principios como de vergüenza.

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La Alucinación De Staley Fleming

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De los dos hombres que estaban hablando, uno era médico.
—Le pedí que viniera, doctor, aunque no creo que pueda hacer nada. Quizás pueda
recomendarme un especialista en psicopatía, porque creo que estoy un poco loco.
—Pues parece usted perfectamente —contestó el médico.
—Juzgue usted mismo: tengo alucinaciones. Todas las noches me despierto y veo en
la habitación, mirándome fijamente, un enorme perro negro de Terranova con una pata
delantera de color blanco.
—Dice usted que despierta; ¿pero está seguro de eso? A veces, las alucinaciones tan
sólo son sueños.
—Oh, despierto, de eso estoy seguro. A veces me quedo acostado mucho tiempo
mirando al perro tan fijamente como él a mí... siempre dejo la luz encendida. Cuando no
puedo soportarlo más, me siento en la cama: ¡y no hay nada en la habitación!
—Mmmm... ¿qué expresión tiene el animal?
—A mí me parece siniestra. Evidentemente sé que, salvo en el arte, el rostro de un
animal en reposo tiene siempre la misma expresión. Pero este animal no es real. Los perros
de Terranova tienen un aspecto muy amable, como usted sabrá; ¿qué le pasará a éste?
—Realmente mi diagnosis no tendría valor alguno: no voy a tratar al perro.
El médico se rió de su propia broma, pero sin dejar de observar al paciente con el
rabillo del ojo. Después, dijo:
—Fleming, la descripción que me ha dado del animal concuerda con la del perro del
fallecido Atwell Barton.
Fleming se incorporó a medias en su asiento, pero volvió a sentarse e hizo un visible
intento de mostrarse indiferente.
—Me acuerdo de Barton —dijo—. Creo que era... se informó que... ¿no hubo algo
sospechoso en su muerte?
Mirando ahora directamente a los ojos de su paciente, el médico respondió:
—Hace tres años, el cuerpo de su viejo enemigo, Atwell Barton, se encontró en el
bosque, cerca de su casa y también de la de usted. Había muerto acuchillado. No hubo
detenciones porque no se encontró ninguna pista. Algunos teníamos nuestra «teoría». Yo
tenía la mía. ¿Pensó usted algo?
—¿Yo? Por su alma bendita, ¿qué podía saber yo al respecto? Recordará que marché
a Europa casi inmediatamente después, y volví mucho más tarde. No puede pensar que en
las escasas semanas que han transcurrido desde mi regreso pudiera construir una «teoría».
En realidad, ni siquiera había pensado en el asunto. ¿Pero qué pasa con su perro?
—Fue el primero en encontrar el cuerpo. Murió de hambre sobre su tumba.
Desconocemos la ley inexorable que subyace bajo las coincidencias. Staley Fleming
no, o quizás no se habría puesto en pie de un salto cuando el viento de la noche trajo por la
ventana abierta el aullido prolongado y lastimero de un perro distante. Recorrió varias
veces la habitación bajo la mirada fija del médico, hasta que, parándose abruptamente
delante de él, casi le gritó:
—¿Qué tiene que ver todo esto con mi problema, doctor Halderman? Se ha olvidado
del motivo de que le hiciera venir.
El médico se levantó, puso una mano sobre el brazo del paciente y le dijo con
amabilidad:
—Perdóneme. Así, de improviso, no puedo diagnosticar su trastorno... quizás
mañana. Hágame el favor de acostarse dejando la puerta sin cerrar; yo pasaré la noche
aquí, con sus libros. ¿Podrá llamarme sin levantarse de la cama?
—Sí, hay un timbre eléctrico.
—Perfectamente. Si algo le inquieta, pulse el botón, pero sin erguirse. Buenas noches.
Instalado cómodamente en un sillón, el médico se quedó mirando fijamente los
carbones ardientes de la chimenea y meditando en profundidad, aunque aparentemente
sin propósito, pues frecuentemente se levantaba y abría la puerta que daba a la escalera,
escuchaba atentamente y después volvía a sentarse. Sin embargo, acabó por quedarse
dormido y al despertar había pasado ya la medianoche. Removió el fuego, cogió un libro
de la mesa que tenía a su lado y miró el título. Eran las Meditaciones de Denneker. Lo abrió
al azar y empezó a leer.
«Lo mismo que ha sido ordenado por Dios que toda carne tenga espíritu y adopte
por tanto las facultades espirituales, también el espíritu tiene los poderes de la carne,
aunque se salga de ésta y viva como algo aparte, como atestiguan muchas violencias
realizadas por fantasmas y espíritus de los muertos. Y hay quien dice que el hombre no es
el único en esto, pues también los animales tienen la misma inducción maligna, y...»
Interrumpió su lectura una conmoción en la casa, como si hubiera caído un objeto
pesado. El lector soltó el libro, salió corriendo de la habitación y subió velozmente las
escaleras que conducían al dormitorio de Fleming. Intentó abrir la puerta pero,
contrariando sus instrucciones, estaba cerrada. Empujó con el hombro con tal fuerza que
ésta cedió. En el suelo, junto a la cama en desorden, vestido con su camisón, yacía Fleming
moribundo.
El médico levantó la cabeza de éste del suelo y observó una herida en la garganta.
—Debería haber pensado en esto —dijo, suponiendo que se había suicidado.
Cuando el hombre murió, el examen detallado reveló las señales inequívocas de unos
colmillos de animal profundamente hundidos en la vena yugular.
Pero allí no había habido animal alguno.

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Mi Crimen Favorito

_
Después de haber asesinado a mi padre en circunstancias singularmente atroces, fui
arrestado y enjuiciado en un proceso que duró siete años. Al exhortar al jurado, el juez de
la Corte de Absoluciones señaló que el mío era uno de los más espantosos crímenes que
había tenido que juzgar.
A lo que mi abogado se levantó y dijo:
—Si Vuestra Señoría me permite, los crímenes son horribles o agradables sólo por
comparación. Si conociera usted los detalles del asesinato previo de su tío que cometió mi
cliente, advertiría en su último delito (si es que delito puede llamarse) una cierta
indulgencia y una filial consideración por los sentimientos de la víctima. La aterradora
ferocidad del anterior asesinato era verdaderamente incompatible con cualquier hipótesis
que no fuera la de culpabilidad, y de no haber sido por el hecho de que el honorable juez
que presidió el juicio era el presidente de la compañía de seguros en la que mi cliente tenía
una póliza contra riesgos de ahorcamiento, es difícil estimar cómo podría haber sido
decentemente absuelto. Si Su Señoría desea oírlo, para instrucción y guía de la mente de
Su Señoría, este infeliz hombre, mi cliente, consentirá en tomarse el trabajo de relatarlo
bajo juramento.
El Fiscal del Distrito dijo:
—Me opongo, Su Señoría. Tal declaración podría ser considerada una prueba, y los
testimonios del caso han sido cerrados. La declaración del prisionero debió presentarse
hace tres años, en la primavera de 1881.
—En sentido estatutario —dijo el juez— tiene razón, y en la Corte de Objeciones y
Tecnicismos obtendría un fallo a su favor. Pero no en una Corte de Absoluciones. Objeción
denegada.
—Recuso —dijo el Fiscal de distrito.
—No puede hacerlo —contestó el Juez—. Debo recordarle que para hacer una
recusación debe lograr primero transferir este caso, por un tiempo, a la Corte de
Recusaciones, en una demanda formal, debidamente justificada con declaraciones escritas.
Una demanda a ese efecto, hecha por su predecesor en el cargo, le fue denegada por mí
durante el primer año de este juicio. Oficial, haga jurar al prisionero.
Habiendo sido administrado el juramento de costumbre, hice la siguiente
declaración, que impresionó tanto al juez debido a la comparativa trivialidad del delito
por el cual se me juzgaba, que no buscó ya circunstancias atenuantes, sino que,
sencillamente, instruyó al jurado para que me absolviera. Así abandoné la corte sin
mancha alguna sobre mi reputación.
"Nací en 1856 en Kalamakee, Michigan, de padres honestos y honrados, uno de los
cuales el Cielo ha perdonado piadosamente, para consuelo de mis últimos años. En 1867 la
familia llegó a Califorma y se estableció cerca de Nigger Head, estableciendo una empresa
de salteadores de caminos que prosperó más allá de cualquier sueño de lucro. Mi padre
era entonces un hombre reticente y melancólico, y aunque su creciente edad ha relajado un
poco su austera disposición, creo que nada, fuera del recuerdo del triste episodio por el
que ahora se me juzga, le impide manifestar una genuina hilaridad. "Cuatro años después
de haber puesto en servicio nuestra empresa de salteadores, llegó hasta allí un predicador
ambulante, que no teniendo otra manera de pagar el alojamiento nocturno que le dimos,
nos favoreció con una exhortación de tal fuerza que, alabado sea Dios, nos convertimos
todos a la religión. Mi padre mandó llamar inmediatamente a su hermano, el honorable
William Ridley, de Stockton, y apenas llegó le entregó el negocio, sin cobrarle nada por la
licencia ni por la instalación... esta última consistente en un rifle Winchester, una escopeta
de caño recortado y un juego de máscaras fabricados con bolsas de harina. La familia se
trasladó entonces a Ghost Rock y abrió una casa de baile. Se le llamó "La Gaita del
Descanso de los Santos", y cada noche la cosa empezaba con una plegaria. Fue aquí donde
mi ahora santa madre adquirió el apodo de "La Morsa Galopante".
"En el otoño del 75 tuve ocasión de visitar Coyote, en el camino a Mahala, y tomé la
diligencia en Ghost Rock. Había otros cuatro pasajeros. A unas tres millas más allá de
Nigger Head, unas personas que identifiqué como mi tío William y sus dos hijos,
detuvieron la diligencia. No encontrando nada en la caja del expreso, registraron a los
pasajeros. Actué honorablemente en el asunto, colocándome en fila con los otros,
levantando las manos y permitiendo que me despojaran de cuarenta dólares y un reloj de
oro. Por mi conducta nadie pudo haber sospechado que conocía a los caballeros que daban
la función. Unos días después, cuando fui a Nigger Head y pedí la devolución de mi
dinero y mi reloj, mi tío y mis primos juraron que no sabían nada del asunto y afectaron
creer que mi padre y yo habíamos hecho el trabajo violando deshonestamente la buena fe
comercial. El tío William llegó a amenazar con poner una casa de baile competidora en
Ghost Rock. Como "El Descanso de los Santos" se había hecho muy impopular, me di
cuenta de que esto sin duda alguna terminaría por arruinarla y se convertiría para ellos en
una empresa de éxito, de modo que le dije a mi tío que estaba dispuesto a olvidar el
pasado si consentía en incluirme en el proyecto y mantener el secreto de nuestra sociedad
ante mi padre. Rechazó esta justa oferta, y entonces advertí que todo sería mejor y más
satisfactorio si él estuviera muerto.
"Mis planes para ese fin se vieron pronto perfeccionados y, al comunicárselos a mis
amados padres, tuve la satisfacción de recibir su aprobación. Mi padre dijo que estaba
orgulloso de mí y mi madre prometió que, aunque su religión le prohibiera ayudar a
quitar vidas humanas, tendría yo la ventaja de contar con sus plegarlas para mi éxito.
Como medida preliminar con miras a mi seguridad en caso de descubrimiento, presenté
una solicitud de socio en esa poderosa orden, los Caballeros del Crimen, y a su debido
tiempo fui recibido como miembro de la comandancia de Ghost Rock. Cuando terminó mi
noviciado, se me permitió por primera vez inspeccionar los registros de la Orden y saber
quién pertenecía a ella, ya que todos los ritos de iniciación se habían llevado a cabo
enmascarados. ¡Imaginen mi sorpresa cuando, mirando la nómina de asociados, encontré
que el tercer nombre era el de mi tío, que en realidad era vicecanciller adjunto de la Orden!
Era ésta una oportunidad que excedía mis sueños más desenfrenados: ¡al asesinato podía
agregar la insubordinación y la traición! Era lo que mi buena madre hubiera llamado "un
regalo de la Providencia".
"Por entonces ocurrió algo que hizo que mi copa de júbilo, ya llena, desbordara por
todos lados en una cascada de bienaventuranzas. Tres hombres, extranjeros en esa
localidad, fueron arrestados por el robo a la diligencia en el que yo había perdido mi
dinero y mi reloj. Fueron enjuiciados y, a pesar de mis esfuerzos para absolverlos e
imputar la culpa a tres de los más respetables y dignos ciudadanos de Ghost Rock, se los
declaró culpables en base a las pruebas más evidentes. El asesinato de mi tío sería ahora
tan injustificable e irrazonable como podía desearse.
"Una mañana me puse el Winchester al hombro y, yendo a casa de mi tío, cerca de
Nigger Head, le pregunté a mi tía Mary, su esposa, si estaba él en casa, agregando que
había venido a matarlo. Mi tía replicó, con su peculiar sonrisa, que tantos caballeros lo
visitaban con esa intención y que después se iban sin haberlo logrado, que yo debía
disculparla por dudar de mi buena fe en el asunto. Dijo que yo no daba la impresión de ir
a matar a nadie, así que, como prueba de buena fe, levanté mi rifle y herí a un chino que
pasaba frente a la casa. Ella dijo que conocía familias enteras que podían hacer cosas
semejantes, pero que Bill Ridley era caballo de otro pelo. Dijo, sin embargo, que lo
encontraría al otro lado del estero, en el solar de las ovejas, y agregó que esperaba que
ganara el mejor.
"Mi tía Mary era una de las mujeres más imparciales que he conocido.
"Encontré a mi tío arrodillado, esquilando una oveja. Viendo que no tenía a mano
rifle ni pistola no tuve ánimo para disparar, así que me acerqué, lo saludé amablemente y
le di un buen golpe en la cabeza con la culata del rifle. Tengo buena mano y el tío William
cayó sobre un costado, se dio vuelta sobre la espalda, abrió los dedos y tembló. Antes de
que pudiera recobrar el uso de sus miembros, cogí el cuchillo que él había estado usando y
le corté los tendones. Ustedes saben, sin duda, que cuando se cortan los tendones de
Aquiles el paciente pierde el uso de su pierna; es exactamente igual que si no tuviera
pierna. Bien, le seccioné los dos y cuando revivió estaba a mi disposición. Tan pronto
como comprendió la situación, dijo:
"—Samuel, has conseguido vencerme y puedes permitirte ser generoso. Sólo quiero
pedirte una cosa, y es que me lleves a mi casa y me liquides en el seno de mi familia.
"Le dije que consideraba éste un pedido perfectamente razonable y que así lo haría si
me permitía meterlo en una bolsa de trigo; sería más fácil llevarlo de esa manera y si los
vecinos nos vieran en camino provocaría menos comentarios. Estuvo de acuerdo y yendo
al granero traje una bolsa. Esta, sin embargo, no le iba bien; era muy corta y mucho más
ancha que él, así que le doblé las piernas, le forcé las rodillas contra el pecho y así lo metí,
atando la bolsa sobre su cabeza. Era un hombre pesado e hice todo lo posible por
ponérmelo a la espalda, pero anduve a los tumbos un trecho hasta que llegué a una
hamaca que algunos chicos habían colgado de la rama de un roble. Aquí lo deposité en el
suelo y me senté sobre él a descansar; y la vista de la soga me proporcionó una feliz
inspiración. A los veinte minutos, mi tío, siempre en la bolsa, se hamacaba libremente en
alas del viento.
"Yo había descolgado la soga y atado un extremo en la boca de la bolsa, pasando el
otro por la pierna, levantándolo a unos cinco pies del suelo. Atando el otro extremo de la
soga también alrededor de la boca de la bolsa, tuve la satisfacción de ver a mi tío
convertido en un hermoso y gran péndulo. Debo agregar que él no estaba totalmente al
tanto de la naturaleza del cambio que había experimentado en relación con el mundo
exterior, aunque en justicia al recuerdo del buen hombre, debo decir que no creo que en
ningún caso hubiera dedicado demasiado tiempo a un vano agradecimiento.
"El tío William tenía un carnero que era famoso como luchador en toda la región.
Vivía en estado de indignación constitucional crónica. Algún profundo desengaño de su
vida anterior le había agriado el carácter y había declarado la guerra al mundo entero.
Decir que embestía cualquier cosa accesible es expresar muy levemente la naturaleza y
alcance de su actividad militar: el universo era su rival, sus métodos los de un proyectil.
Luchaba como los ángeles con los demonios: en medio del aire, hendiendo la atmósfera
como un pájaro, describiendo una curva parabólica y descendiendo sobre su víctima en el
ángulo justo de incidencia que más rendía a su velocidad y su peso. Su impulso, calculado
en toneladas cúbicas, era algo increíble. Se le había visto destrozar un toro de cuatro años
con un solo golpe dado en la nudosa frente del animal. No se conocía cerco de piedra que
resistiera la fuerza de su golpe descendente; no había árboles bastante pesados para
aguantarlo: los convertía en astillas y profanaba en la oscuridad el honor de sus hojas. Este
bruto irascible e implacable, este trueno encarnado, este monstruo de los abismos, había
visto yo que descansaba a la sombra de un árbol adyacente, sumido en sueños de
conquistas y de gloria. Con miras de atraerlo al campo del honor, suspendí a su amo de la
manera descrita.
"Completados los preparativos, impartí al péndulo de mi tío una suave oscilación y,
retirándome a cubierto de una piedra contigua, lancé un largo grito estridente cuya nota
final decreciente se ahogaba en un ruido como el de un gato protestando, ruido que
emanaba de la bolsa. Instantáneamente el formidable lanar se paró sobre sus patas y
comprendió la situación militar de un vistazo. En pocos minutos más se había acercado
piafando hasta unos cincuenta metros de distancia del oscilante enemigo, que, ora
avanzando, ora retirándose, parecía invitarlo a la riña. De pronto vi la cabeza de la bestia
inclinada hacia tierra como abatida por el peso de sus enormes cuernos; luego el carnero se
prolongó en una franja confusa y blanca directamente dirigida desde ese lugar,
horizontalmente en dirección a un punto situado a unos cuatro metros por debajo del
enemigo. Allí golpeó vivamente hacia arriba y, antes de que se hubiera borrado de mi
mirada el lugar de donde había arrancado, oí un terrible porrazo y un grito desgarrador, y
mi pobre tío fue disparado hacia adelante con un cabo suelto más alto que el miembro al
que estaba atado. Aquí la soga se puso tensa de un tirón, deteniendo su vuelo, y fue
enviado atrás otra vez, describiendo, sin resuelto, una curva de arco. El carnero se había
caído —un indescriptible montón de patas, lanas y cuernos—, pero rehaciéndose y
esquivando el vaivén descendente de su antagonista, se retiró sin orden ni concierto,
sacudiendo alternativamente la cabeza o pateando con sus patas traseras. Cuando había
retrocedido a más o menos la misma distancia que la que había usado para asestar el
golpe, se detuvo nuevamente, inclinó la cabeza como en una plegaria por la victoria y otra
vez salió disparado hacia adelante, confusamente visible como antes, un prolongado rayo
blanquecino, con monstruosas ondulaciones y terminado en un vivo ascenso. Esta vez el
curso del ataque dio en el ángulo exacto, comparado con el primero, y la impaciencia del
animal era tan grande que golpeó al enemigo antes de que éste llegara al punto más bajo
del arco. En consecuencia, mi tío empezó a volar dando círculos horizontales de un radio
igual a la mitad de la longitud de la soga, que he olvidado decirlo, era de unos seis metros
de largo. Sus alaridos, crescendo al ir hacia adelante y diminuendo al retroceder, hacían que
la rapidez de sus revoluciones fuera más evidente para el oído que para la vista. Era obvio
que aún no había recibido ningún golpe vital. La postura que tenía dentro de la bolsa y la
distancia del suelo a que estaba colgado, obligaban al carnero a dedicarse a sus
extremidades inferiores y al final de su espalda. Como una planta cuyas raíces han
encontrado un mineral venenoso, mi pobre tío se iba muriendo lentamente hacia arriba.
"Después de asestar el segundo golpe, el carnero no había vuelto a retirarse. La fiebre
de la batalla ardía fogosamente en el corazón del animal, su cerebro estaba ebrio del vino
de la contienda. Como un púgil que en su ira olvida sus habilidades y pelea sin efectividad
a distancia de medio brazo, la bestia enfurecida se empeñaba por alcanzar su volante
enemigo cuando pasaba sobre ella, con torpes saltos verticales, consiguiendo a veces, en
realidad, golpearlo débilmente, pero las más de las veces caía a causa de una ansiedad mal
dirigida. Pero a medida que el ímpetu se fue agotando y los círculos del hombre fueron
disminuyendo en tamaño y velocidad, acercándolo más al suelo, esta táctica produjo
mejores resultados, produciendo una superior calidad de alaridos que disfruté
plenamente.
"De pronto, como si las trompetas hubieran tocado tregua, el carnero suspendió las
hostilidades y se marchó, frunciendo y desfrunciendo pensativamente su gran nariz
aguileña, arrancando distraídamente un manojo de pasto y masticándolo con lentitud.
Parecía cansado de las alarmas de la guerra y resuelto a convertir la espada en reja de
arado para cultivar las artes de la paz. Siguió firmemente su camino, apartándose del
campo de la fama, hasta que ganó una distancia de cerca de un cuarto de milla. Allí se
detuvo, de espaldas al enemigo, rumiando su comida y en apariencia dormido. Observé,
sin embargo, un giro ocasional, muy leve de la cabeza, como si su apatía fuera más
afectada que real.
"Entretanto los alaridos del tío William habían menguado junto con sus
movimientos, y sólo provenían de él lánguidos y largos quejidos, y a grandes intervalos
mi nombre, pronunciado en tonos suplicantes, sumamente agradables a mi oído.
Evidentemente el hombre no tenía la más leve idea de lo que le estaba ocurriendo y estaba
inefablemente aterrorizado. Cuando la Muerte llega envuelta en su capa de misterio es
realmente terrible. Poco a poco las oscilaciones de mi tío disminuyeron y finalmente colgó
sin movimiento. Fui hacia él, y estaba a punto de darle el golpe de gracia, cuando oí y sentí
una sucesión de vivos choques que sacudieron el suelo como una serie de leves
terremotos, y, volviéndome en dirección del carnero, ¡vi acercárseme una gran nube de
polvo con inconcebible rapidez y alarmante efecto! A una distancia de treinta metros se
detuvo en seco y del extremo más cercano ascendió por el aire lo que primero tomé por un
gran pájaro blanco. Su ascenso era tan suave, fácil y regular que no pude darme cuenta de
su extraordinaria celeridad y me perdí en la admiración de su gracia. Hasta hoy me queda
la impresión de que era un movimiento lento, deliberado, como si el carnero —porque tal
era el animal— hubiera sido elevado por otros poderes que los de su propio ímpetu y
sostenido en las sucesivas etapas de su vuelo con infinita ternura y cuidado. Mis ojos
siguieron sus progresos por el aire con inefable placer, mayor aún por contraste, con el
terror que me había causado su acercamiento por tierra. Hacia arriba y hacia adelante
navegaba, la cabeza casi escondida entre las patas delanteras echadas hacia atrás, y las
posteriores estiradas, como una garza que se remonta.
"A una altura de trece a quince metros, según pude calcular a ojo, llegó a su cenit y
pareció quedar inmóvil por un instante; luego, inclinándose repentinamente hacia
adelante, sin alterar la posición relativa de sus partes, se lanzó hacia abajo en pendiente
con aumentada velocidad, pasó muy próximo a mí, por encima mío con el ruido de una
bala de cañón y golpeó a mi pobre tío casi exactamente en la punta de la cabeza. ¡Tan
espantoso fue el impacto que no sólo rompió el cuello del hombre sino que también la
soga, y el cuerpo del difunto, lanzado contra el suelo, quedó aplastado como pulpa bajo la
horrible frente del meteórico carnero! La sacudida detuvo todos los relojes desde Lone
Hand a Dutch Dan, y el profesor Davidson, distinguida autoridad en asuntos sísmicos,
que se encontraba en la vecindad, explicó de inmediato que las vibraciones fueron de
norte a sudeste.
"Sin excepción, no puedo dejar de pensar que en punto a atrocidad artística, mi
asesinato del tío William ha sido superado pocas veces."

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Muerto En Resaca

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El mejor soldado de nuestro estado mayor era el teniente Herman Brayle, uno de los
dos edecanes. No recuerdo de dónde lo sacó el general, creo que de algún regimiento de
Ohio. Ninguno de nosotros lo conocía, pero eso no era extraño, pues no había ni dos de
nosotros que hubiéramos venido del mismo estado, y ni siquiera de estados contiguos. El
general parecía pensar que había que reflexionar muy cuidadosamente a la hora de
conceder la distinción de un puesto en su estado mayor, para no ocasionar celos regionales
que pusieran en peligro la integridad de aquella parte de la Nación que todavía seguía
unida. No elegía oficiales de su propio mando y hacía malabarismos en los servicios del
cuartel general para obtenerlos de otras brigadas. En estas circunstancias, los servicios de
un hombre tenían que ser, en verdad, muy relevantes, para que se extendieran al ámbito
de su familia y de sus amigos de juventud. De todos modos, la «voz de la trompeta de la
fama» había enronquecido un poco por exceso de locuacidad.
El teniente Brayle medía más de metro noventa de altura y poseía una espléndida
constitución. Tenía el cabello claro y los ojos azul grisáceos que en los hombres de su talla
suelen asociarse a un valor y entereza de primera magnitud. Solía vestir el uniforme
completo, especialmente en acción, mientras la mayoría de los oficiales se contentaba con
lucir un atuendo menos rimbombante, por lo cual su figura resultaba llamativa e
impresionante. Como todo el resto, tenía las maneras de un caballero, una mente cultivada
y un corazón de león. Tenía alrededor de treinta años.
Pronto todos empezamos a sentir por Brayle tanto simpatía como admiración, y con
sincero disgusto observamos, durante la batalla de Stone's River —nuestro primer
combate desde que él se unió a nosotros—, que poseía uno de los defectos más criticables e
indignos de un militar: se envanecía de su valentía. En el transcurso de las vicisitudes y
alternancias de aquel odioso enfrentamiento, tanto cuando nuestras tropas se batían en los
campos abiertos de algodón, o en los bosques de cedros, como cuando lo hacían detrás del
terraplén del ferrocarril, él no se puso ni una vez a cubierto, hasta que se lo ordenó
expresamente el general, que normalmente tenía otras cosas en qué pensar que en las
vidas de los oficiales de su estado mayor, o en la de sus hombres, por el mismo motivo.
En los combates siguientes, mientras Brayle estaba con nosotros, ocurrió lo mismo.
Permanecía sentado en su caballo como una estatua ecuestre, entre una tormenta de balas
y metralla, en los puntos más expuestos, dondequiera que su deber, requiriéndole acudir,
le permitiera permanecer. Sin embargo, sin ningún problema y en beneficio de su
reputación de hombre con sensatez, hubiera podido situarse a resguardo, en la medida de
lo posible, en esos breves momentos de inacción personal que se dan en una batalla.
Su comportamiento era el mismo cuando andaba a pie, por necesidad o por
deferencia a su comandante y a sus compañeros apeados. Se erguía como una roca en
campo descubierto, cuando oficiales y soldados se ponían a cubierto. Mientras hombres de
más edad y más años de servicio, con más alto rango y con incuestionable coraje,
preservaban sensatamente, tras alguna colina, sus vidas, infinitamente valiosas para el
servicio del país, aquel hombre se colocaba en la cima de la colina, igualmente ocioso en
aquel momento que sus compañeros, pero dando la cara en la dirección del fuego más
nutrido.
Cuando los combates se desarrollan en campo abierto, a menudo sucede que los
soldados confrontados, que se enfrentan entre ellos durante horas a la simple distancia de
una pedrada, se aprietan contra la tierra como si estuvieran enamorados de ella. Los
mismos oficiales, en los puestos asignados, se aplastan contra el suelo, y los oficiales
superiores, cuando han matado a sus caballos o los han enviado a la retaguardia, se
agazapan evitando la bóveda infernal de silbidos de plomo y aullidos de acero, sin pensar
en su dignidad.
En tales circunstancias, la vida de un oficial del estado mayor de brigada no es,
evidentemente, «una vida feliz»; tanto por su precaria duración como por los nerviosos
cambios emocionales a que está expuesto. De una posición de relativa seguridad —de la
que un civil, sin embargo, consideraría que sólo puede salvarse «de milagro»— puede ser
enviado a transmitir una orden al coronel de algún regimiento situado en el frente de
combate; una persona poco visible en ese momento y difícil de encontrar sin una intensa
búsqueda entre hombres preocupados por otras cosas, en una madriguera en que tanto
preguntas como respuestas se realizan por señales. En esos casos, se acostumbra a bajar la
cabeza y a escabullirse galopando a toda prisa, pues el mensajero se ha convertido en un
objeto de extraordinario interés para miles de maravillados tiradores. A la vuelta... bueno,
no suele haber vuelta.
La actuación de Brayle era muy distinta. Confiaba su caballo al cuidado de su
asistente —amaba mucho a su caballo— y se encaminaba muy tranquilo a cumplir su
peligroso mandato, sin volverse nunca, fascinando las miradas de todos con su espléndida
figura realzada por el uniforme. Lo observábamos conteniendo la respiración y con el
corazón en la boca. En una de estas ocasiones, un compañero de nuestras filas se emocionó
tanto que me gritó:
—Te a-apuesto d-dos d-dólares a que lo m-matan antes de que llegue a-al f-foso.
No acepté la brutal apuesta, porque yo también estaba seguro de que lo matarían.
Pero permítanme hacer justicia a la memoria de un hombre valiente. De todas las
veces que exponía inútilmente su vida, no hacía después la menor baladronada ni el
subsiguiente relato de sus hazañas. En las pocas ocasiones en que alguno de nosotros se
había aventurado a reprenderlo, Brayle había sonreído amablemente y había dado una
respuesta cortés pero firme, que no alentaba a proseguir con el tema. Un día le habló al
capitán:
—Capitán, si alguna vez sufro un percance por olvidar sus consejos, espero que su
querida voz me reconforte en mis últimos momentos murmurándome al oído las benditas
palabras: «Ya se lo dije...»
Nos reímos del capitán, sin que hubiéramos sabido explicar por qué. Cuando aquella
tarde le dispararon, hasta casi hacerlo pedazos en una emboscada, Brayle permaneció
junto a su cuerpo mucho tiempo, colocando bien sus miembros con extrema delicadeza...
¡allí, en medio de un camino barrido por ráfagas de metralla y botes de humo! Es fácil
censurar este tipo de cosas y no muy difícil abstenerse de imitarlas, pero es imposible no
respetarlas. Y Brayle no era menos apreciado por aquella debilidad, que se expresaba de
modo tan heroico. Deseábamos que no hiciera locuras, pero perseveró en su actitud hasta
el final, resultando a veces gravemente herido, pero retornando siempre al cumplimiento
de su deber, cuando estaba repuesto.
Por supuesto, al fin le llegó el momento. Aquel que ignora la ley de las
probabilidades desafía a un adversario invencible. Fue en Resaca, en Georgia, durante el
transcurso de una maniobra que resultó en la toma de Atlanta. Enfrente de nuestra
brigada, las trincheras enemigas se extendían por campos abiertos a lo largo de la suave
cima de una colina. Estábamos muy próximos a ellas, en el sotobosque, en cada extremo
de este campo abierto, pero no albergábamos esperanzas de ocupar aquel claro hasta la
noche, en que la oscuridad nos permitiría abrirnos camino como topos y surgir de las
madrigueras. Nuestra línea se encontraba en el límite del bosque, a medio kilómetro del
enemigo. Más o menos formábamos una especie de semicírculo en el que la línea enemiga
quedaba como la cuerda del arco.
—Teniente, vaya a decir al coronel Ward que se acerque tanto como pueda,
manteniéndose a cubierto, y que no malgaste munición en disparos innecesarios. Puede
usted dejar su caballo.
Cuando el general impartió esta orden, nos encontrábamos en el margen del bosque,
en el extremo derecho de aquel arco. El coronel Ward se hallaba en el extremo izquierdo.
La sugerencia, hecha por el general, de dejar el caballo, significaba, obviamente, que
Brayle debía tomar el camino más largo, a través del bosque y por en medio de los
hombres. En realidad, era una sugerencia innecesaria. Ir por el camino más corto suponía
fracasar con toda seguridad en la entrega del mensaje. Antes de que nadie hubiera podido
interponerse, Brayle cabalgaba a medio galope por el campo abierto y de las trincheras
enemigas surgía un fuego crepitante.
—¡Paren a ese maldito loco! —aulló el general.
Un soldado raso de la escolta, con más ambición que cerebro, espoleó al caballo hacia
delante para obedecer, y en diez metros él y su caballo quedaron muertos en el campo del
honor.
Brayle estaba ya fuera del alcance de las llamadas. Galopaba tranquilamente, en
paralelo al enemigo, a menos de doscientos metros de distancia. ¡Parecía un cuadro
admirable! El sombrero había volado o saltado de un disparo de su cabeza y su largo
cabello rubio subía y bajaba en el aire con el movimiento del caballo. Se sentaba muy
erguido en la montura, sujetando suavemente las riendas con la mano izquierda, y con la
derecha colgando indolentemente a un lado. Una rápida mirada a su hermoso perfil
cuando volvía la cabeza a uno u otro lado demostraba que el interés con que tomaba lo
que estaba sucediendo era verdadero y sin ninguna afectación.
El espectáculo era intensamente dramático, pero en modo alguno teatral. Sucesivas
hileras de rifles escupían fuego sobre él mientras avanzaba y pronto nuestra línea, en el
linde del bosque, se rompió en una visible y sonora defensa. Sin más preocupación por sí
mismos ni por las órdenes recibidas, nuestros compañeros se pusieron en pie de un salto y
se precipitaron al campo abierto lanzando láminas de balas hacia la chispeante cima de las
fortificaciones enemigas, que respondieron abriendo un bestial fuego sobre los grupos
desprotegidos, con efectos mortales. La artillería de las dos partes se unió a la batalla,
puntuando el crepitar y el clamor con explosiones sordas que hacían temblar la tierra y
rasgando el aire con ensordecedoras tormentas de metralla. Desde el lado enemigo la
metralla astillaba los árboles y los salpicaba de sangre; desde nuestro lado, ensuciaba el
humo de sus armas con nubes de polvo que se levantaban de sus trincheras.
El combate general había concentrado mi atención por un momento, pero después,
mirando hacia abajo, al camino despejado que quedaba entre aquellas dos nubes de
tormenta, vi a Brayle, la causa de aquella carnicería. Invisible ahora para los dos bandos,
condenado por igual por amigos y adversarios, estaba de pie en medio de aquel espacio
barrido de disparos, con la cara vuelta al enemigo. A pocos metros, su caballo yacía en el
suelo. Al instante vi lo que lo había detenido.
Como ingeniero topógrafo que yo era, a primeras horas del día había hecho un
apresurado reconocimiento del terreno y en ese momento recordé que en aquel punto
había un profundo y sinuoso barranco, que atravesaba el campo por el medio hasta las
líneas enemigas con las que se unía al final en ángulo recto. Desde la posición donde nos
encontrábamos no podía verse y Brayle, evidentemente, desconocía su existencia. Sin
duda, era infranqueable. Sus ángulos salientes le hubieran proporcionado una completa
seguridad si se hubiera contentado con el milagro que, sin duda, se había producido ya en
su favor, y hubiera saltado dentro. No podía avanzar y no podía retroceder. Estaba de pie,
aguardando la muerte. No lo hizo esperar mucho.
Por una misteriosa coincidencia, el fuego cesó casi en el mismo instante en que cayó.
Unos pocos disparos aislados, a largos intervalos, acentuaron más el silencio, en lugar de
romperlo. Era como si los dos bandos se hubieran arrepentido súbitamente de su inútil
crimen. Poco después, cuatro de nuestros camilleros, seguidos por un sargento con
bandera blanca, avanzaron por el campo sin ser molestados y se dirigieron directamente
hacia el cuerpo de Brayle. Varios oficiales y soldados confederados salieron a su encuentro
y, descubriéndose, los ayudaron a levantar su sagrada carga. Mientras lo traían a nuestras
filas, oímos tras las trincheras enemigas el sonido apagado de los pífanos y los tambores...
una marcha fúnebre. Un enemigo generoso honraba a un valiente caído.
Entre los efectos personales del muerto estaba una desgastada cartera de cuero de
Rusia. Me tocó a mí en la distribución de los recuerdos de nuestro amigo, que hizo el
general, en calidad de administrador.
Un año después del final de la guerra, en mi vuelta a California, la abrí y la
inspeccioné sin mucha atención. De un compartimiento que había pasado por alto cayó
una carta sin sobre ni dirección. Estaba escrita con letra de mujer y empezaba con unas
palabras de cariño, pero sin encabezamiento. Estaba fechada en: «San Francisco, Cal., 9 de
julio de 1862». La firma era: «Querida», entre comillas. De manera casual, la autora de la
carta daba su nombre y apellidos en medio del texto: Marian Mendenhall.
La carta mostraba indicios de cultura y educación en su autora, pero era una carta de
amor corriente, si es que una carta de amor puede ser corriente. No había en ella nada
interesante, a excepción de un párrafo:
«El señor Winters (a quien aborreceré siempre por ello) ha ido contando que en una
batalla en Virginia, durante la cual fue herido, te vio agazapado detrás de un árbol. Estoy
segura de que quiere despreciarte ante mis ojos, como sabe que ocurriría si creyera tal
historia. Podría soportar recibir la noticia de la muerte de mi amante soldado, pero no la
de su cobardía.»
Aquéllas eran las palabras que aquella tarde soleada, en una lejana región, habían
matado a un centenar de hombres. ¿Las mujeres son débiles?
Una noche visité a la señorita Mendenhall para devolverle su carta. Tenía la
intención, también, de contarle lo que ella había provocado, aunque sin decirle que había
sido la causa. La encontré en una bonita casa de Rincón Hill. Era hermosa y bien educada;
en una palabra, encantadora.
—Usted conocía al teniente Herman Brayle, ¿no es así? —empecé, de una manera
algo brusca—. Sin duda sabe que desgraciadamente cayó en batalla. Entre sus efectos se
encontró esta carta, remitida por usted. Mi misión al venir aquí es entregársela
personalmente.
Tomó maquinalmente la carta, la miró por encima y se ruborizó. Luego, mirándome
con una sonrisa, dijo:
—Es muy amable de su parte, aunque estoy segura de que no merecía la pena que se
molestara.
De pronto se sobresaltó y cambió de color.
—Esta mancha... —dijo—, es... seguramente, no será...
—Señorita —dije yo—, discúlpeme, pero sí, es la sangre del corazón más fiel y más
valeroso que ha palpitado jamás.
Entonces tiró apresuradamente la carta a los ardientes carbones de la chimenea.
—¡Oh! No puedo soportar la visión de la sangre —exclamó—. ¿Cómo murió?
Me había levantado instintivamente para rescatar aquel pedazo de papel, sagrado
hasta para mí, y estaba de pie detrás de ella. Cuando hizo la pregunta volvió la cara
ligeramente. La luz de la carta ardiendo se reflejó en sus ojos y le tintó una mejilla con un
color carmesí igual que el rojo de la mancha del papel. Jamás había visto nada tan
hermoso como aquella odiosa criatura.
—Lo mordió una serpiente —respondí.

_
Un Habitante De Carcosa

_
Existen diversas clases de muerte. En algunas, el cuerpo perdura, en otras
se desvanece por completo con el espíritu. Esto solamente sucede, por lo general,
en la soledad (tal es la voluntad de Dios), y, no habiendo visto nadie ese final,
decimos que el hombre se ha perdido para siempre o que ha partido para un largo
viaje, lo que es de hecho verdad. Pero, a veces, este hecho se produce en presencia
de muchos, cuyo testimonio es la prueba. En una clase de muerte el espíritu
muere también, y se ha comprobado que puede suceder que el cuerpo continúe
vigoroso durante muchos años. Y a veces, como se ha testificado de forma
irrefutable, el espíritu muere al mismo tiempo que el cuerpo, pero, según algunos,
resucita en el mismo lugar en que el cuerpo se corrompió.
Meditando estas palabras de Hali (Dios le conceda la paz eterna), y preguntándome
cuál sería su sentido pleno, como aquel que posee ciertos indicios, pero duda si no habrá
algo más detrás de lo que él ha discernido, no presté atención al lugar donde me había
extraviado, hasta que sentí en la cara un viento helado que revivió en mí la conciencia del
paraje en que me hallaba. Observé con asombro que todo me resultaba ajeno. A mi
alrededor se extendía una desolada y yerma llanura, cubierta de yerbas altas y marchitas
que se agitaban y silbaban bajo la brisa del otoño, portadora de Dios sabe qué misterios e
inquietudes. A largos intervalos, se erigían unas rocas de formas extrañas y sombríos
colores que parecían tener un mutuo entendimiento e intercambiar miradas significativas,
como si hubieran asomado la cabeza para observar la realización de un acontecimiento
previsto. Aquí y allá, algunos árboles secos parecían ser los jefes de esta malévola
conspiración de silenciosa expectativa.
A pesar de la ausencia del sol, me pareció que el día debía estar muy avanzado, y
aunque me di cuenta de que el aire era frío y húmedo, mi conciencia del hecho era más
mental que física; no experimentaba ninguna sensación de molestia. Por encima del
lúgubre paisaje se cernía una bóveda de nubes bajas y plomizas, suspendidas como una
maldición visible. En todo había una amenaza y un presagio, un destello de maldad, un
indicio de fatalidad. No había ni un pájaro, ni un animal, ni un insecto. El viento suspiraba
en las ramas desnudas de los árboles muertos, y la yerba gris se curvaba para susurrar a la
tierra secretos espantosos. Pero ningún otro ruido, ningún otro movimiento rompía la
calma terrible de aquel funesto lugar.
Observé en la yerba cierto número de piedras gastadas por la intemperie y
evidentemente trabajadas con herramientas. Estaban rotas, cubiertas de musgo, y medio
hundidas en la tierra. Algunas estaban derribadas, otras se inclinaban en ángulos diversos,
pero ninguna estaba vertical. Sin duda alguna eran lápidas funerarias, aunque las tumbas
propiamente dichas no existían ya en forma de túmulos ni depresiones en el suelo. Los
años lo habían nivelado todo. Diseminados aquí y allá, los bloques más grandes marcaban
el sitio donde algún sepulcro pomposo o soberbio había lanzado su frágil desafío al
olvido. Estas reliquias, estos vestigios de la vanidad humana, estos monumentos de
piedad y afecto me parecían tan antiguos, tan deteriorados, tan gastados, tan manchados,
y el lugar tan descuidado y abandonado, que no pude más que creerme el descubridor del
cementerio de una raza prehistórica de hombres cuyo nombre se había extinguido hacía
muchísimos siglos.
Sumido en estas reflexiones, permanecí un tiempo sin prestar atención al
encadenamiento de mis propias experiencias, pero después de poco pensé: "¿Cómo llegué
aquí?". Un momento de reflexión pareció proporcionarme la respuesta y explicarme,
aunque de forma inquietante, el extraordinario carácter con que mi imaginación había
revertido todo cuanto veía y oía. Estaba enfermo. Recordaba ahora que un ataque de fiebre
repentina me había postrado en cama, que mi familia me había contado cómo, en mis
crisis de delirio, había pedido aire y libertad, y cómo me habían mantenido a la fuerza en
la cama para impedir que huyese. Eludí vigilancia de mis cuidadores, y vagué hasta aquí
para ir... ¿adónde? No tenía idea. Sin duda me encontraba a una distancia considerable de
la ciudad donde vivía, la antigua y célebre ciudad de Carcosa.
En ninguna parte se oía ni se veía signo alguno de vida humana. No se veía ascender
ninguna columna de humo, ni se escuchaba el ladrido de ningún perro guardián, ni el
mugido de ningún ganado, ni gritos de niños jugando; nada más que ese cementerio
lúgubre, con su atmósfera de misterio y de terror debida a mi cerebro trastornado. ¿No
estaría acaso delirando nuevamente, aquí, lejos de todo auxilio humano? ¿No sería todo
eso una ilusión engendrada por mi locura? Llamé a mis mujeres y a mis hijos, tendí mis
manos en busca de las suyas, incluso caminé entre las piedras ruinosas y la yerba
marchita.
Un ruido detrás de mí me hizo volver la cabeza. Un animal salvaje —un lince— se
acercaba. Me vino un pensamiento: "Si caigo aquí, en el desierto, si vuelve la fiebre y
desfallezco, esta bestia me destrozará la garganta." Salté hacia él, gritando. Pasó a un
palmo de mí, trotando tranquilamente, y desapareció tras una roca.
Un instante después, la cabeza de un hombre pareció brotar de la tierra un poco más
lejos. Ascendía por la pendiente más lejana de una colina baja, cuya cresta apenas se
distinguía de la llanura. Pronto vi toda su silueta recortada sobre el fondo de nubes grises.
Estaba medio desnudo, medio vestido con pieles de animales; tenía los cabellos en
desorden y una larga y andrajosa barba. En una mano llevaba un arco y flechas; en la otra,
una antorcha llameante con un largo rastro de humo. Caminaba lentamente y con
precaución, como si temiera caer en un sepulcro abierto, oculto por la alta yerba.
Esta extraña aparición me sorprendió, pero no me causó alarma. Me dirigí hacia él
para interceptarlo hasta que lo tuve de frente; lo abordé con el familiar saludo:
—¡Que Dios te guarde!
No me prestó la menor atención, ni disminuyó su ritmo.
—Buen extranjero —proseguí—, estoy enfermo y perdido. Te ruego me indiques el
camino a Carcosa.
El hombre entonó un bárbaro canto en una lengua desconocida, siguió caminando y
desapareció.
Sobre la rama de un árbol seco un búho lanzó un siniestro aullido y otro le contestó a
lo lejos. Al levantar los ojos vi a través de una brusca fisura en las nubes a Aldebarán y las
Híadas. Todo sugería la noche: el lince, el hombre portando la antorcha, el búho. Y, sin
embargo, yo veía... veía incluso las estrellas en ausencia de la oscuridad. Veía, pero
evidentemente no podía ser visto ni escuchado. ¿Qué espantoso sortilegio dominaba mi
existencia?
Me senté al pie de un gran árbol para reflexionar seriamente sobre lo que más
convendría hacer. Ya no tuve dudas de mi locura, pero aún guardaba cierto resquemor
acerca de esta convicción. No tenía ya rastro alguno de fiebre. Más aún, experimentaba
una sensación de alegría y de fuerza que me eran totalmente desconocidas, una especie de
exaltación física y mental. Todos mis sentidos estaban alerta: el aire me parecía una
sustancia pesada, y podía oír el silencio.
La gruesa raíz del árbol gigante (contra el cual yo me apoyaba) abrazaba y oprimía
una losa de piedra que emergía parcialmente por el hueco que dejaba otra raíz. Así, la
piedra se encontraba al abrigo de las inclemencias del tiempo, aunque estaba muy
deteriorada. Sus aristas estaban desgastadas; sus ángulos, roídos; su superficie,
completamente desconchada. En la tierra brillaban partículas de mica, vestigios de su
desintegración. Indudablemente, esta piedra señalaba una sepultura de la cual el árbol
había brotado varios siglos antes. Las raíces hambrientas habían saqueado la tumba y
aprisionado su lápida.
Un brusco soplo de viento barrió las hojas secas y las ramas acumuladas sobre la
lápida. Distinguí entonces las letras del bajorrelieve de su inscripción, y me incliné a
leerlas. ¡Dios del cielo! ¡Mi propio nombre...! ¡La fecha de mi nacimiento...! ¡y la fecha de
mi muerte!
Un rayo de sol iluminó completamente el costado del árbol, mientras me ponía en pie
de un salto, lleno de terror. El sol nacía en el rosado oriente. Yo estaba en pie, entre su
enorme disco rojo y el árbol, pero ¡no proyectaba sombra alguna sobre el tronco!
Un coro de lobos aulladores saludó al alba. Los vi sentados sobre sus cuartos
traseros, solos y en grupos, en la cima de los montículos y de los túmulos irregulares que
llenaban a medias el desierto panorama que se prolongaba hasta el horizonte. Entonces me
di cuenta de que eran las ruinas de la antigua y célebre ciudad de Carcosa.
***
Tales son los hechos que comunicó el espíritu de Hoseib Alar Robardin al médium
Bayrolles.

_
Un Hijo De Los Dioses

_
Día de brisa en un paisaje soleado. Campo abierto a derecha, a izquierda, hacia
adelante; detrás, un bosque. En el linde del bosque, frente al campo abierto pero temiendo
aventurarse en él, largas líneas de soldados que conversan; crujido de innumerables pasos
sobre las hojas secas que tapizan el suelo entre los árboles; voces roncas de los oficiales que
dan órdenes. Al frente de las tropas —pero no demasiado expuestos— apartados grupos
de soldados de caballería; muchos miran atentamente la cumbre de una colina situada a
una milla de distancia en la dirección del avance interrumpido. Porque ese ejército
poderoso, que se desplaza en orden de batalla a través de un bosque, acaba de encontrar
un obstáculo formidable: el campo abierto. La cumbre de la suave colina a una milla de
distancia tiene un aspecto siniestro. Dice: ¡Cuidado! Está coronada por un largo muro de
piedra que se extiende a derecha e izquierda. Detrás del muro hay un cerco. Detrás del
cerco se ven las copas de algunos árboles dispuestos muy irregularmente. Entre los
árboles, ¿qué? Es necesario saberlo.
Ayer, y muchos días y noches antes, combatíamos en alguna parte; había un
incesante cañoneo y de tiempo en tiempo el redoble del vivo fuego de los fusiles al que se
mezclaban vítores —nuestros o de nuestro enemigo: rara vez lo sabíamos— atestiguando
una ventaja transitoria. Esta mañana, al romper el día, el enemigo había desaparecido.
Avanzamos cruzando sus fortalezas y terraplenes —¡tan a menudo lo habíamos intentado
vanamente!— a través de los desechos de sus campamentos abandonados, en medio de las
tumbas de sus caídos en el bosque.
¡Con qué curiosidad lo examinamos todo! ¡Cuán extraño nos pareció todo! Nada nos
era completamente familiar. Hasta los objetos más comunes —una montura vieja, una
rueda hecha pedazos, una cantimplora olvidada— nos descubrían algún rasgo de la
misteriosa personalidad de aquellos desconocidos que habían estado matándonos. El
soldado no se representa jamás a sus adversarios como hombres semejantes a él; no puede
sacarse la idea de que son seres de otra especie, diferentemente condicionados, en un
medio que no es del todo el de esta tierra. Los menores vestigios dejados por ellos
detienen su atención y cautivan su interés. Los juzga inaccesibles y cuando los vislumbra
de improviso, en la lejanía se le aparecen más lejanos, más considerables de lo que
realmente están y son, como objetos en la niebla. En cierto modo, le inspiran un temor
reverencial.
Desde el linde del bosque hasta lo alto de la colina se ven huellas de cascos de
caballos y de ruedas, las ruedas del cañón. La hierba amarilla está pisoteada por la
infantería. Por ahí han pasado miles, qué duda cabe. Pero no hay rastros en los caminos.
Esto es significativo: es la diferencia entre un repliegue y una retirada.
Esos hombres a caballo son nuestro general en jefe, su estado mayor y su escolta. El
general mira la colina distante. Con ambas manos, levantando innecesariamente los codos,
sostiene los prismáticos contra sus ojos. Es una moda: confiere dignidad al ademán. Todos
lo hacemos así. De pronto, baja los prismáticos y dice unas pocas palabras a quienes lo
rodean. Dos o tres edecanes se apartan del grupo y a galope corto se internan en el bosque,
a lo largo de las líneas, cada cual en una dirección. Sin haberlas oído, conocemos sus
palabras:
—Díganle al general X que haga avanzar la artillería.
Aquellos de nosotros que no están en su puesto, se alejan apresuradamente: los que
descansaban, se yerguen, y las filas vuelven a formarse sin que la orden haya sido
impartida. Algunos de nosotros, oficiales del estado mayor, nos apeamos para verificar la
cincha de nuestras cabalgaduras; los que se habían apeado, vuelven a subir.
Galopando rápidamente por la brilla del campo abierto, llega un joven oficial en un
caballo blanco como la nieve. El mandil de su silla de montar es escarlata. ¡Imbécil!
Cualquiera que haya oído silbar las balas recuerda que todos los fusiles apuntan
instintivamente al hombre qué monta un caballo blanco; cualquiera que haya visto el
fogonazo del obús no ignora que un poco de rojo exaspera al toro de la batalla. Que esos
colores se hayan puesto de moda en la vida militar debe aceptarse como uno de los
fenómenos más sorprendentes de la vanidad humana. Se los diría calculados para
aumentar el índice de mortandad.
Ese joven oficial está de punto en blanco, como en un desfile. Brilla con todas sus
galas. Es una edición de lujo, con el canto dorado, de la Poesía de la guerra. Una onda de
risas burlonas corre por las filas a medida que avanza. ¡Pero qué apuesto es! ¡Con qué
gracia indolente monta a caballo!
Se para a respetuosa distancia del general en jefe y saluda. El viejo soldado,
inclinando la cabeza, responde a su saludo con familiaridad. Lo conoce, evidentemente. El
joven da la impresión de hacer un pedido que el general no está dispuesto a conceder.
Acerquémonos un poco. ¡Demasiado tarde! ¡Ya han terminado! El joven oficial saluda de
nuevo, da media vuelta en su caballo y toma derecho hacia la cumbre de la colina. Está
mortalmente pálido.
Unos cuantos tiradores, a seis pasos de distancia, salen ahora del bosque y avanzan
por el campo abierto. El comandante dice unas palabras al clarín, que pega su instrumento
a los labios. ¡Tralalá! ¡Tralalá! Los tiradores se detienen.
Mientras tanto, el joven jinete ha recorrido cien yardas. Sube al paso la prolongada
colina, erguido, sin volver jamás la cabeza. ¡Es admirable! ¡Dios mío, qué no daríamos
nosotros por estar en su lugar, por tener su presencia de ánimo! No ha sacado el sable de
la vaina; su mano derecha cuelga indolentemente. La brisa sopla sobre el penacho de su
sombrero y lo hace flamear con elegancia. La luz del sol descansa en sus charreteras
tiernamente, como una visible bendición. Cabalga en línea recta. Diez mil pares de ojos
están fijos en él con una intensidad que no puede dejar de sentir; diez mil corazones
palpitan al ritmo rápido de los inaudibles pasos de su corcel blanco como la nieve. No está
solo: nuestras almas lo acompañan. Todos no somos sino "hombres muertos". Pero
recordamos habernos reído. Sigue y sigue cabalgando, en línea recta hacia la muralla que
bordea el cerco. Ni una mirada hacia atrás. ¡Ah, si consintiera en volverse una sola vez, si
pudiera sentir ese amor, esa adoración, esa reparación!
Nadie habla. En las profundidades del bosque se oye aún el murmullo de las
multitudes que lo pueblan, invisibles y ciegas, pero en la orilla, allí donde comienza el
campo abierto, el silencio es absoluto. El general corpulento se ha transformado en una
estatua ecuestre. Los oficiales a caballo del estado mayor, mirando por los prismáticos,
están inmóviles. La línea de batalla en el linde del bosque observa una nueva clase de
"atención" porque cada soldado se mantiene en la actitud que tenía cuando adquirió
bruscamente conciencia de lo que está sucediendo. Todos esos duros e impenitentes
matadores de hombres para quienes la muerte en la más atroz de sus formas es algo
familiar que pueden observar día tras día, que duermen en las colinas sacudidas por el
tronar de los cañones, que comen bajo una lluvia de proyectiles y que juegan a los naipes
entre los rostros muertos de sus amigos más queridos, todos ellos, con el corazón
palpitante, conteniendo el aliento, acechan el resultado de un acto que compromete la vida
de un solo hombre. Tal es el magnetismo del valor y de la devoción.
Si ahora volvieran ustedes la cabeza, observarían un movimiento simultáneo entre
los espectadores, un sobresalto semejante al que produce una corriente eléctrica; después,
mirando de nuevo hacia adelante, hacia el jinete lejano, verían que en ese momento mismo
ha cambiado de dirección y se desvía en ángulo recto de la ruta precedente.
Los soldados suponen que ese desvío ha sido causado por un disparo, quizá por una
herida, pero tomen ustedes los prismáticos y observarán que se dirige hacia una brecha en
el muro y en el cerco. Intenta franquearlos, si no lo matan, para examinar la comarca que
se extiende más allá.
No deben ustedes olvidar la naturaleza del acto de este hombre; en el hecho en sí no
pueden ver una bravata, ni un sacrificio inútil. Si el enemigo no se ha batido en retirada,
acumula todas sus fuerzas detrás de la colina. El explorador encontrará nada menos que
una línea de batalla; no se necesitan puestos de avanzada, centinelas en vista, tiradores
para anunciar nuestro avance. Nuestras líneas de ataque serán visibles, conspicuas,
estarán expuestas a un fuego de artillería que arrasará la tierra en el preciso instante en
que salgan del linde del bosque, a media distancia de una lluvia de balas que hará perecer
a todos nuestros soldados. En suma, si el enemigo está allí, sería una locura atacarlo de
frente; habrá que desbordarlo siguiendo el plan inmemorial que consiste en amenazar sus
líneas de comunicación, tan necesarias a su existencia como lo es su tubo de aire para el
buzo sumergido en el fondo del mar. ¿Pero cómo saber a ciencia cierta que el enemigo está
allí? Sólo hay un medio: alguien que vaya y vea. Por lo común, se acostumbra mandar una
línea de tiradores. Pero en este caso todos pagarían con sus vidas una respuesta
afirmativa. El enemigo, agazapado en doble fila tras el muro de piedra, y a cubierto por el
cerco, aguardará hasta que le sea posible contar los dientes de cada asaltante. La mitad de
ellos caerá a la primera salva, y la otra mitad sufrirá igual destino antes de poder batirse
en retirada. ¡Qué caro cuesta satisfacer una curiosidad! ¡A qué alto precio debe a veces un
ejército comprar sus informes! "Déjenme pagar por todos", ha dicho ese galante caballero,
ese Cristo soldado. No hay ninguna esperanza, excepto la esperanza contra toda esperanza
de que la colina esté despejada. En verdad, el caballero podría preferir el cautiverio a la
muerte. Mientras avance, los soldados enemigos no dispararán. ¿Por qué dispararían?
Puede entrar sano y salvo en las filas hostiles y convertirse en un prisionero de
guerra. Pero esto haría fracasar su propósito. Es preciso que regrese sano y salvo a
nuestras líneas, o que lo maten ante nuestros ojos. Sólo así sabremos cómo proceder.
Porque su captura puede muy bien ser la obra de media docena de rezagados.
Ahora comienza una extraña justa de inteligencia entre un hombre y un ejército.
Nuestro caballero, a un cuarto de milla de la cumbre, dobla de pronto hacia la izquierda y
galopa en dirección paralela a la colina. Ha visto a su adversario: lo sabe todo. Una
configuración del terreno ligeramente favorable le ha permitido distinguir parte de las
tropas enemigas. Ahora estaría en condiciones de comunicarnos lo que sabe. Si estuviera
aquí, podría decírnoslo, pero ya no debemos esperar su vuelta: ha de hacer el mejor uso de
los pocos minutos que le quedan por vivir para obligar al adversario mismo a que nos dé
aquellos informes claramente, francamente, cosa que repugna, desde luego, a esa discreta
potencia. No hay un solo tirador en esas filas de hombres agazapados, no hay un solo
artillero junto a esos cañones disimulados y prontos a disparar, que ignore las exigencias
de la situación, el imperativo debe de ser paciente. Por lo demás, sus jefes tuvieron tiempo
de sobra para prohibirles que dispararan. En realidad, una sola bala podría abatirlo sin
revelar gran cosa. Pero un disparo es contagioso... Y vean ustedes cuán rápidamente se
desplaza sin detenerse nunca, excepto para hacer girar su caballo antes de tomar una
nueva dirección, sin volverse nunca hacia sus ejecutores. Lo distinguimos todo a través de
los prismáticos, nos parece que todo sucede a la distancia de un balazo. Sí, lo distinguimos
todo excepto al enemigo, cuya presencia, cuyos pensamientos, cuyos motivos inferimos. A
simple vista sólo hay una silueta negra sobre un caballo blanco, dibujando zigzags sobre
una colina distante, tan lentamente que casi parece que serpenteara.
Tomemos nuevamente los prismáticos: se ha cansado de su fracaso, o ha visto su
error, o ha enloquecido: ¡ahora se lanza en línea recta contra el muro de piedra como si
quisiera saltarlo junto con el cerco! Un instante después da media vuelta y desciende la
colina, rápido como el viento, hacia sus amigos, hacia la muerte. En seguida, abarcando
centenares de yardas a derecha e izquierda, impetuosas columnas de humo aparecen tras
el muro de piedra. En seguida el viento las disipa y antes de que hayamos oído el crepitar
de los fusiles, el jinete cae. No, vuelve a incorporarse en su silla; se ha contentado con
hacer plegar su caballo sobre las patas de atrás. ¡De nuevo el caballo está sobre sus cuatro
patas, y ambos se alejan! Rompemos en formidables vítores que nos liberan de la
insoportable tensión de nuestros sentimientos. ¿Y el caballo y su caballero? Sí, ambos se
alejan. Se alejan de verdad. Vienen directamente hacia nuestra izquierda, en línea paralela
al muro que ahora escupe sin tregua llama y fuego. Los fusiles crepitan de modo constante
y ese corazón valeroso sirve de blanco a cada bala.
De pronto, una gran sábana de humo se levanta detrás del muro. Una y otra la
suceden y suben antes de que alcance a nuestros oídos el tronar de las explosiones y el
zumbido de los proyectiles que llegan y brincan hasta donde estamos, a través de nubes
de polvo, haciendo caer de vez en cuando a un hombre, causando una distracción
momentánea., suscitando un egoísta pensamiento fugaz.
El polvo se dispersa. ¡Increíble!... Ese caballo y ese caballero hechizados han
franqueado un barranco y suben otra colina para descubrir otra conspiración de silencio y
frustrar el designio de otras huestes armadas. Un instante más, y también aquella cumbre
entra en erupción. El caballo se encabrita y golpea el aire con sus patas delanteras. Por fin
cae. Pero... ¡quién diría! El hombre se ha desprendido del animal muerto. Se yergue,
inmóvil, y con la mano derecha levanta el sable por encima de la cabeza. Nos mira de
frente. Luego baja la mano a la altura del rostro, extiende el brazo, la hoja del sable
describe una curva hacia el suelo. Es una señal a nosotros, al mundo, a la posteridad. Es el
saludo de un héroe a la muerte y a la historia.
De nuevo se ha roto el hechizo. Nuestros hombres tratan de lanzar vítores: la
emoción los ahoga: articulan gritos roncos, discordantes, aferran sus armas y se precipitan
tumultuosamente en el campo abierto. Los tiradores, sin haber recibido órdenes, en contra
de las órdenes, avanzan a todo correr como sabuesos sueltos. Nuestros cañones hablan y
los del enemigo contestan a coro. De izquierda a derecha, hasta donde la vista alcanza,
erige sus torres de humo la distante colina, que ahora parece tan cerca, y los gruesos
proyectiles se abaten gruñendo sobre la masa hormigueante de nuestras tropas. Uno
después de otro, nuestros estandartes emergen del bosque, nuestras filas se adelantan
impetuosamente, y las armas bruñidas centellean al sol. Sólo los últimos batallones, dando
pruebas de obediencia, permanecen a la distancia prescrita del frente rebelde.
El general en jefe no se ha movido. Baja ahora sus prismáticos y echa una ojeada a
derecha e izquierda. Ve la corriente humana que avanza a ambos lados del grupo formado
por él y por su escolta, como un remolino de olas partido en dos por un peñasco. Ni el
menor signo de emoción en su rostro: está pensando. De nuevo mira hacia adelante:
examina en toda su extensión esa colina terrible y maléfica. Dice una palabra en voz baja a
su clarín. ¡Tralalá! ¡Tralalá! Tan imperiosa es la orden que se hace obedecer. La repiten los
clarines de todos los destacamentos subordinados. Las notas breves, metálicas, se afirman
por encima del zumbido del ataque y atraviesan el ruido de cañón. Detenerse es batirse en
retirada. Los estandartes se repliegan lentamente, las filas dan media vuelta, melancólicas,
cargando a los heridos. Los tiradores recogen los muertos.
¡Ah, esos muchos, muchos muertos inútiles! A esa gran alma cuyo hermoso cuerpo
yace allí, tan nítidamente recortado sobre el flanco árido de la colina, ¿no hubieran podido
ahorrarle la amarga conciencia de un sacrificio vano? ¿Es que una sola excepción habría
herido demasiado gravemente la implacable perfección del plan eterno, ineluctable,
divino?

´_
Una Conflagración Imperfecta

_
Una mañana de junio de 1872, temprano, asesiné a mi padre, acto que me impresionó
vivamente en esa época. Esto ocurrió antes de mi casamiento, cuando vivía con mis padres
en Wisconsin. Mi padre y yo estábamos en la biblioteca de nuestra casa, dividiendo el
producto de un robo que habíamos cometido esa noche. Consistía, en su mayor parte, en
enseres domésticos, y la tarea de una división equitativa era dificultosa. Nos pusimos de
acuerdo sobre las servilletas, toallas y cosas parecidas, y la platería se repartió casi
perfectamente, pero ustedes pueden imaginar que cuando se trata de dividir una única
caja de música en dos, sin que sobre nada, comienzan las dificultades. Fue esa caja musical
la que trajo el desastre y la desgracia a nuestra familia. Si la hubiéramos dejado, mi padre
podría estar vivo ahora.
Era una exquisita y hermosa obra de artesanía, incrustada de costosas maderas,
curiosamente tallada. No sólo podía tocar gran variedad de temas sino que también
silbaba como una codorniz, ladraba como un perro, cantaba como el gallo todas las
mañanas, se le diera cuerda o no, y recitaba los Diez Mandamientos. Fue esta última
maravilla la que ganó el corazón de mi padre y lo llevó a cometer el único acto deshonroso
de su vida, aunque posiblemente hubiera cometido otros si le hubiera perdonado ese: trató
de ocultarme la caja aunque yo sabía muy bien que en lo que le concernía, el robo había
sido llevado a cabo principalmente para conseguirla.
Mi padre tenía la caja de música escondida bajo la capa; habíamos usado capas como
disfraz. Me había asegurado solemnemente que no la había tomado. Yo sabía que sí, y
sabía algo que, evidentemente, él ignoraba: o sea, que la caja cantaría con la luz del día y lo
traicionaría si me era posible prolongar la división de bienes hasta esa hora. Todo ocurrió
como yo lo deseaba: cuando la luz de gas empezó a palidecer en la biblioteca y la forma de
las ventanas se vio oscuramente tras las cortinas, un largo cocorocó salió de abajo de la
capa del caballero, seguido de algunos compases del aria de Tannhäuser y finalizando con
un sonoro clic. Sobre la mesa, entre nosotros, había una pequeña hacha de mano que
habíamos usado para penetrar en la infortunada casa; la tomé. El anciano, viendo que ya
de nada servía esconderla por más tiempo, sacó la caja de música de entre su capa y la
puso sobre la mesa.
—Córtala en dos si así la prefieres —dijo—. He tratado de salvarla de la destrucción.
Era un apasionado amante de la música y tocaba la armónica con expresión y
sentimiento.
Dije:
—No discuto la pureza de sus motivos: sería presunción de mi parte querer juzgar a
mi padre. Pero los negocios son los negocios; voy a efectuar la disolución de nuestra
sociedad a menos que usted consienta en usar en futuros robos un cascabel.
—No —dijo después de reflexionar un momento— no, no podría hacerlo, parecería
una confesión de deshonestidad. La gente diría que desconfías de mí.
No pude dejar de admirar su temple y su sensibilidad; por un momento me sentí
orgulloso de él y dispuesto a disimular su falta, pero un vistazo a la enjoyada caja de
música me decidió, y, como ya lo dije, saqué al anciano de este valle de lágrimas. Una vez
hecho, sentí una pizca de desasosiego. No sólo era mi padre —el autor de mis días— sino
que sin dudas el cadáver sería descubierto. Era ya pleno día y en cualquier momento mi
madre podía entrar a la biblioteca. Bajo tales circunstancias consideré que lo prudente era
suprimirla también, cosa que hice. Pagué luego a todos los sirvientes y los despedí.
Esa tarde fui a ver al Jefe de Policía, le conté lo que había hecho y le pedí consejo. Me
hubiera resultado muy penoso que los acontecimientos tomaran estado público. Mi
conducta hubiera sido unánimemente condenada y los periódicos la usarían en mi contra
si alguna vez obtenía un cargo de gobierno. El Jefe comprendió la fuerza de estos
razonamientos; él era también un asesino de amplia experiencia. Después de consultar con
el Juez que presidía la Corte de Jurisdicción Variable, me aconsejó esconder los cadáveres
en uno de los libreros, tomar un fuerte seguro sobre la casa y quemarla. Cosa que procedí
a hacer.
En la biblioteca había un librero que mi padre comprara recientemente a un inventor
chiflado y que no había llenado de libros. El mueble tenía la forma y el tamaño parecidos a
esos antiguos roperos que se ven en los dormitorios que no tienen clósets, pero se abría de
arriba abajo como un camisón de señora. Tenía puertas de vidrio. Había amortajado a mis
padres y ya estaban bastante rígidos como para mantenerse erectos de modo que los puse
en el librero, del que ya había sacado los estantes. Cerré la puerta con llave y pinché unas
cortinitas en las puertecitas de vidrio. El inspector de la compañía de seguros pasó media
docena de veces frente al mueble sin sospechar nada.
Esa noche, después de obtener mi póliza, prendí fuego a la casa. A través de los
bosques me dirigí a la ciudad, que distaba dos millas, en donde me las arreglé para
encontrarme en el momento en que la excitación causada por el fuego estaba en su punto
más alto. Con gritos de aprehensión por la suerte de mis padres me uní a la multitud y
llegué con ellos al lugar del incendio, unas dos horas después de haberlo provocado. La
ciudad entera estaba allí cuando llegué precipitadamente. La casa estaba completamente
consumida, pero en el extremo del lecho de encendidas ascuas, enhiesto e incólume, se
veía el librero. El fuego había quemado las cortinas, pero dejó a la vista las puertas de
vidrio, a través de las cuales la fiera luz roja iluminaba el interior. Allí estaba mi querido
padre "igualito a cuando vivía", y al lado su compañera de pesares y alegrías. No tenían ni
un pelo chamuscado y las vestimentas estaban intactas. Conspicuas eran las heridas de su
cabezas y gargantas, que en la prosecución de mis designios me había visto obligado a
infligirles. La gente guardaba silencio como en presencia de un milagro. El espanto y el
terror habían atado todas las lenguas. Yo mismo me sentía muy afectado.
Unos tres años después, cuando los acontecimientos aquí relatados habíanse borrado
casi de mi memoria, fui a Nueva York para ayudar a pasar algunos bonos estadounidenses
falsos. Cierto día, mirando distraídamente una mueblería, vi una réplica exacta de mi
librero.
—Lo compré por una bicoca a un inventor que abandonó el oficio —me explicó el
vendedor—. Decía que era a prueba de fuego porque los poros de la madera fueron
rellenados a presión hidráulica con alumbre y el vidrio está hecho de asbesto. No creo que
sea realmente a prueba de fuego... se lo puedo dar al precio de un librero común.
—No —le dije— si usted no puede garantizar que es a prueba de fuego, no lo llevaré.
Y le di los buenos días.
No lo hubiera llevado a ningún precio, me despertaba recuerdos sumamente
desagradables.

_
Una Dama De Redhorse

_
Coronado, 20 de junio.
Cada vez estoy más interesada en él. No es, estoy segura, su... ¿Conoces algún buen
sustantivo que corresponda al epíteto «guapo»? No me gusta decir «belleza» cuando hablo
de un hombre. Es harto guapo, Dios lo sabe. Cuando está en sus mejores momentos, que
siempre lo son, ni siquiera confiaría en ti... la más fiel de las esposas. No creo que la
fascinación de su trato tenga mucho que ver con ello. Bien sabes que el encanto del arte
reside en algo indefinible, e imagino que para nosotras, mi querida Irene, el arte que
estamos considerando es menos indefinible que para dos muchachas recién presentadas
en sociedad. Sé de qué manera mi apuesto caballero obtiene muchos de sus efectos y hasta
podría darle algunos consejos para que los realzara. Sea como fuere, sus modales son
deliciosos. En este hombre, sospecho, lo que más me atrae es la inteligencia. Su
conversación es la más seductora que he oído y no puede compararse con la de ningún
otro. Parece conocerlo todo, y tiene que ser así porque lo ha leído todo, ha estado en todas
partes, ha visto cuanto había que ver —a veces, creo, más de lo que conviene— y está
relacionado con la gente más rara. Y su voz, Irene... Cuando la oigo, siento que debería
pagar para oírla, aunque soy dueña de ella, claro está, cuando se dirige a mí.
3 de julio.
Tengo la impresión de que mis observaciones sobre el doctor Barritz, escritas al
correr de la pluma, deben de haber sido muy tontas; de otro modo, no te habrías referido a
él con esa ligereza, por no decir falta de respeto. Créeme, querida, tiene más dignidad y
seriedad (de aquellas, quiero decir, que no son incompatibles con una manera de ser
juguetona y siempre encantadora) que cualquiera de los hombres que tú y yo hayamos
conocido nunca. Y el joven Raynor —conociste a Raynor en Monterrey— me cuenta que
todos los hombres lo estiman y que en todas partes lo tratan con deferencia. Hay también
un misterio, algo acerca de su relación con la gente de Blavatsky, en la India del Norte.
Tampoco Raynor ha querido o podido contarme detalles. Deduzco que al doctor Barritz lo
consideran —¡no te atrevas a reírte!— un mago. ¿Puede haber algo más hermoso? Un
misterio común no es, desde luego, tan divertido como un escándalo, pero cuando se
vincula con prácticas oscuras y terribles, con el ejercicio de poderes sobrenaturales, ¿puede
haber algo más sugestivo? Explica, asimismo, la singular influencia que este hombre tiene
sobre mí. Es lo indefinible de su arte: magia negra. En serio, querida, tiemblo de verdad
cuando fija en los míos la mirada inescrutable de sus ojos —dos especies de astros— que
he intentado vanamente describirte. ¡Qué atroz sería si tuviera el poder de hacerla caer a
una rendida de amor! ¿Es que la multitud de Blavatsky tiene ese poder cuando está fuera
de Sepoy?
16 de julio.
¡Increíble! Anoche, cuando mi tía estaba en uno de los saraos del hotel (los odio), se
presentó el doctor Barritz. Era escandalosamente tarde. Estoy segura de que había hablado
con mi tía en el salón de baile y que supo por ella que yo estaba sola. Yo había pasado la
tarde queriendo sonsacarle la verdad acerca de su relación con los thugs de Sepoy, y todo
lo de la magia negra, pero a la noche, en cuanto me clavó los ojos (porque lo recibí a esa
hora, me avergüenza decirlo), me sentí perdida. Temblé, enrojecí... ¡Oh Irene, Irene, no
puedo expresar con palabras cuanto lo amo, y tú sabes lo que es eso!
¡Las vueltas de la vida! ¡Yo, el patito feo de Redhorse, hija (dicen) del viejo Jim de
Calamity, y por cierto su heredera, sin otros parientes vivos que una tía vieja que ya no
sabe en qué forma mimarme, yo, desprovista de todo salvo de un millón de dólares y de
un pretendiente en París, me atrevo a enamorarme de un dios como él! Querida, si
estuvieras aquí, conmigo, te agarrarías la cabeza.
Estoy persuadida de que se ha dado cuenta de mis sentimientos porque se quedó
pocos minutos, sin decir nada que no pudiera decir cualquiera, y después, fingiendo que
tenía otro compromiso, se marchó. Hoy supe (me lo dijo un pajarito: el botones del hotel)
que se fue derecho a la cama. ¿Es que eso no te llama la atención como una prueba de sus
costumbres ejemplares?
17 de julio.
Ese canallita de Raynor vino a visitarme ayer y su charla me puso frenética. Nunca se
le acaba la cuerda —es decir, cuando destroza unas veinte reputaciones, más o menos—,
no hace una pausa entre la persona sobre la cual acaba de expedirse y la próxima a quien
le toca el turno. (Entre paréntesis, me preguntó por ti, y el interés que manifestó me
pareció, lo confieso, bastante vraisemblable.) El señor Raynor no respeta ninguna de las
leyes del juego; como la Muerte (que él infligiría si la calumnia fuera fatal) todas las
estaciones le parecen buenas. Pero le tengo afecto porque nos conocimos en Redhorse
cuando éramos chicos. En aquel tiempo lo llamaban «Risita» y a mí —Oh Irene, ¿me
atreveré a decírtelo?— «Yutecita». Vaya a saber por qué. Tal vez aludían a la tela de mis
delantales; tal vez porque ese apodo rimaba con «Risita», pues Risita y yo éramos
compañeros inseparables y a los mineros les habría parecido delicado establecer entre
nosotros algún parentesco.
Más tarde se nos unió un tercero, otro hijo de la Adversidad. A semejanza de
Garrick, entre la Tragedia y la Comedia, aquél tenía una inhabilidad crónica para optar
entre los iguales reclamos del Frío y del Hambre. Entre él y la tumba había una distancia
de pocos pasos y la esperanza de una comida que le permitiera vivir y que le hacía, al
mismo tiempo, la vida insoportable. Recogía literalmente sus precarios medios de vida, los
suyos y los de su madre, «clorurando terreros», es decir que los mineros le permitían
hurgar en los desechos buscando piezas de «mena» (mineral válido), inadvertidas por
ellos, juntarlas y venderlas al Sindicato de la Molienda. Se asoció a nuestra firma —en
adelante «Yutecita, Risita y Terrero»— gracias a mí. Porque tu amiga no podía entonces, ni
puede ahora, ser indiferente a su valor y a sus hazañas para impedir que Risita ejerciera el
derecho inmemorial de su sexo: insultar a una mujer desvalida. Esa mujer era yo. Después
que el viejo Jim pegó el golpe en Calamity y yo empecé a usar zapatos e ir a la escuela, y
que a Risita, para emularme, le dio por lavarse la cara y se transformó en Jack Raynor, de
Wells, Fargo y Cía., y que la vieja señora Barts se reunió con sus antepasados, Terrero se
trasladó a San Juan Smith donde se empleó de mayoral de una diligencia y fue muerto por
unos salteadores de caminos, etc.
¿Por qué te cuento estas cosas, querida? Porque pesan en mi corazón. Porque
atravieso el Valle de la Humildad. Porque quiero habituarme a la convicción de ser
indigna de atarle el cordón de los zapatos al doctor Barritz. Porque ¡Dios mío, Dios mío!
hay un primo de Terrero en este hotel. No he hablado con él. En otros tiempos, apenas lo
he tratado, ¿pero supones que me habrá reconocido? Por favor, en tu próxima carta, dime
ingenua y francamente lo que piensas... y dime que no lo crees. ¿Supones que el doctor
Barritz sabe quién soy y que por eso me dejó hace dos noches cuando me ruboricé y
temblé como una boba delante de sus ojos? Tú sabes que no puedo sobornar a todos los
periódicos, y que no puedo traicionar a nadie que haya sido cortés con Yutecita en
Redhorse, ni aunque me proscriban socialmente. Y ahora este pasado vergonzoso resucita.
Antes no me importaba mucho, como sabes, pero ahora... ahora no es lo mismo. Jack
Raynor —estoy segura— no habrá de contarle nada. Mas aún: parece tenerlo en tal
consideración que apenas abre la boca delante de él, y a mí me sucede otro tanto. ¡Dios
mío, Dios mío! Aparte del millón de dólares, cómo me gustaría valer algo por mí misma.
Si Jack fuera tres pulgadas más alto, me casaría con él y volvería en cilicio a Redhorse para
el resto de mis días.
25 de julio.
Ayer tuvimos una espléndida puesta de sol y quiero contarte todo lo que sucedió.
Me zafé de tía y de todos y me fui a caminar por la playa. Espero que me creas,
desconfiada: no había mirado por una de las ventanas del hotel que dan al mar y no había
visto que él paseaba también. Si conservas un mínimo de delicadeza femenina no pondrás
en duda mis palabras. Pronto abrí mi parasol y estaba mirando soñadoramente el mar
cuando él se me acercó: venía desde la orilla. El mar estaba bajo. Te aseguro que la arena
brillaba alrededor de sus pies. Al acercarse, se quitó el sombrero y me dijo:
—Señorita Dement, ¿puedo sentarme a su lado, o prefiere caminar conmigo?
No pareció ocurrírsele que no me agradara ninguna de las dos alternativas.
¿Imaginas una desenvoltura igual? ¿Desenvoltura? ¡Era descaro, querida, lisa y
francamente descaro! Bueno, no me molestó, y contesté mientras palpitaba mi rústico
corazón de Redhorse:
—Me... me encantará hacer lo que usted prefiera.
¿Concibes palabras más estúpidas? Amiga del alma, ¡mi fatuidad es un abismo, un
abismo sin fondo!
Me tendió la mano, sonriendo para ayudarme a poner de pie; yo le entregué la mía
sin vacilar un instante, y cuando al contacto de sus dedos me di cuenta de que mi mano
temblaba de emoción, me ruboricé más que el rojo crepúsculo. Conseguí levantarme, sin
embargo, y después de un momento, como él no la soltara, sacudí un poco la mano. Él
persistía en sujetarla, sin decir una palabra, y me miraba en la cara con una especie de
sonrisa que yo no sabía —¿cómo podía saberlo?— si era de afecto, o de burla, o vaya a
saber de qué... ¡Qué hermoso estaba, con los fuegos del sol poniente ardiendo en la
profundidad de sus ojos! ¿No sabes, querida, si los thugs y los expertos de la región de
Blavatsky tienen alguna clase peculiar de ojos? Ah, si hubieras visto su soberbia actitud, la
majestuosa inclinación de su cabeza, semejante a la de un dios, mientras se mantenía
frente a mí después que yo me puse de pie. Era una noble escena que pronto eché a perder
porque sentí flaquear mis rodillas. Él sólo podía hacer una cosa, y la hizo: me sostuvo por
la cintura.
—Señorita Dement, ¿se siente usted mal? —me dijo.
No era una exclamación. En el tono de su voz no había alarma ni solicitud. Si hubiera
añadido: «Supongo que esto es lo que más o menos se aguarda que diga», no habría
expresado con mayor claridad la situación. Sus modales me dejaron avergonzada e
indignada porque yo sufría intensamente. Arrancando mi mano de la suya, hice a un lado
el brazo que me sostenía, me liberé, caí redonda y allí permanecí en la arena, indefensa. En
el forcejeo, también se me cayó el sombrero y el pelo se me desparramó sobre los hombros
de la manera más humillante.
—¡Déjeme! —grité sofocada—. Por favor, déjeme. ¡Usted... usted es un thug! ¿Cómo
se atreve a pensar eso de mí? ¡Tengo la pierna dormida!
Sus modales cambiaron en un instante. Pude notarlo a través de mis dedos y de mi
pelo. Hincó una rodilla, me apartó el cabello de la cara y me dijo con la mayor ternura:
—¡Pobrecita! Dios sabe que no quise hacerla sufrir. ¿Cómo podría hacerla sufrir? Tan
luego yo... que la amo... ¡Que la he amado durante... años y años!
Separándome las manos de la cara, las cubrió de besos. Mis mejillas ardían, toda mi
cara ardía. Creo que por poco echaba humo. ¿Qué podía hacer? La escondí en su hombro...
No había otro lugar. Querida amiga, cómo se estremecía y hormigueaba mi pierna. ¡Cómo
hubiese yo querido que volviera a la normalidad!
Así estuvimos sentados un largo rato. Soltó una de mis manos para tomarme de
nuevo de la cintura, y yo me pasé el pañuelo por los ojos y la nariz. No quise mirarlo hasta
guardar el pañuelo. En vano trató de separarme un poco para fijar sus ojos en los míos.
Después, ya más tranquila, y cuando había empezado a oscurecer, levanté la cabeza, lo
miré fijamente y le dediqué una sonrisa, mi mejor sonrisa.
—¿Qué quiso usted decir —le pregunté— con lo de años y años?
—Querida —replicó gravemente, fervorosamente—, sin las mejillas chupadas, los
ojos hundidos, el pelo largo y lacio, el andar agobiado, los harapos, la suciedad y la
juventud, ¿no me reconoces? ¿No te das cuenta, no quieres darte cuenta? Yutecita, ¡soy
Terrero!
En un instante nos pusimos de pie. Tomándolo por las solapas escruté su hermosa
cara en la creciente oscuridad, Estaba tan exaltada que me faltaba el aliento.
—¿Y no estás muerto? —pregunté sin saber muy bien lo que decía.
—Sólo muerto de amor, querida. Las balas de los salteadores no consiguieron
matarme. Logré curar de aquellas heridas. Pero ésta, mucho me temo, es fatal.
—¿Pero no sabe entonces que Jack... el señor Raynor? No sabes que...
—Me avergüenza decir, querida, que he venido directamente de Viena porque Jack
me lo sugirió. Sí, Jack, esa persona indigna de confianza.
Irene, uno y otro engañaron a esta amiga que tanto te quiere.
MARY JANE DEMENT
P. D. Lo peor de todo es que no hay ningún misterio. Todo fue inventado por Jack
Raynor para despertar mi curiosidad. James no es un thug. Me asegura solemnemente que
en todos sus viajes no ha puesto jamás un pie en Sepoy.
Una Escaramuza En Los Puestos De Avanzada

_
I
En Relación Con El Deseo De Morir
Dos hombres estaban sentados, conversando. Uno era el gobernador del estado.
Corría el año 1861; la guerra estaba en pleno apogeo y el gobernador era ya famoso por la
inteligencia y el afán con que disponía el poder y los recursos de su estado para el servicio
de la Unión.
—¡Cómo! ¿Usted? —exclamó el gobernador, con evidente sorpresa—. ¿También
usted quiere un nombramiento de oficial? Verdaderamente, el toque de los pífanos y los
tambores debe haber alterado profundamente sus convicciones. Supongo que, desde mi
condición de oficial de reclutamiento, no tendría que ser muy escrupuloso —había un
destello de ironía en sus palabras—, pero, bueno, ¿olvida usted que va a exigírsele un
juramento de lealtad?
—No he cambiado ni mis convicciones ni mis simpatías —respondió el otro hombre
con tranquilidad—. Aunque mis simpatías están con el Sur, como usted me hace el honor
de recordar, nunca he dudado que el Norte tiene la razón. Soy sudista por origen y por
sentimientos, pero en cuestiones de importancia tengo el hábito de actuar por lo que
pienso y no por lo que siento.
El gobernador golpeteó con un lápiz su escritorio con aire ausente y permaneció unos
instantes sin responder. Después dijo:
—He oído decir que en el mundo hay hombres de toda clase, y supongo que algunos
constituyen la categoría que acaba usted de describir, a la que, sin duda, cree pertenecer.
Pero lo conozco desde hace mucho tiempo y —perdóneme usted— no le creo.
—Entonces, ¿debo entender que deniega mi solicitud?
—A menos de que me convenza de que sus simpatías por el Sur no son un
impedimento, sí. No dudo de su buena fe y sé que está sobradamente dotado, por
inteligencia y por formación, para cumplir los deberes de un oficial. Dice usted que sus
convicciones lo llevan a favorecer la causa de la Unión, pero yo prefiero a un hombre que
lo sienta en lugar de creerlo. Los hombres luchan con el corazón.
—Escuche, gobernador —dijo el más joven, con una sonrisa más luminosa que cálida
—. Guardo una carta en la manga. Una cualificación que había esperado que no fuera
necesario mencionar. Una alta autoridad militar ha dado una receta muy sencilla para ser
un buen soldado: «Intenta siempre hacerte matar». Con ese propósito es que deseo
ingresar en el ejército. No soy, seguramente, demasiado patriota, pero deseo morir:
El gobernador lo miró fijamente a los ojos y luego dijo, con cierta frialdad:
—Existe un modo más sencillo y más claro.
—En mi familia, señor —fue la réplica—, no hacemos esto. Ningún Armisted lo ha
hecho nunca.
Sobrevino un prolongado silencio en el que ambos hombres evitaron mirarse.
Después, el gobernador levantó la vista del lápiz, con el que había vuelto a tabletear sobre
el escritorio, y preguntó:
—¿Quién es ella?
—Mi esposa.
El gobernador tiró el lápiz encima del escritorio, se puso en pie y dio dos o tres
vueltas por la habitación. Después se volvió hacia Armisted, quien también se había
puesto en pie, lo miró todavía más fríamente y dijo:
—Pero ese hombre... No sería mejor que él... ¿No podría nuestro país prescindir
mejor de él que de usted? ¿O los Armisted se oponen también a las «leyes no escritas»?
Los Armisted, aparentemente, eran capaces de acusar un insulto: el joven enrojeció y
luego palideció, pero se contuvo para persistir en su propósito.
—Desconozco la identidad del hombre en cuestión —dijo, guardando la calma.
—Discúlpeme —repuso el gobernador, con menos contrición visible de la que suele
acompañar comúnmente a esa palabra. Reflexionó un instante y añadió—: Mañana le
enviaré un nombramiento de capitán en el Décimo Regimiento de Infantería, que ahora se
halla en Nashville, Tenesí. Buenas noches.
—Buenas noches, señor. Gracias.
Cuando el gobernador se quedó solo, permaneció un rato inmóvil, apoyado en su
escritorio. Luego se encogió de hombros, como desechando una preocupación.
—Es un mal asunto —dijo.
Se sentó junto a una mesa para leer que había junto a la chimenea, tomó el libro que
tenía más a mano y lo abrió con aire distraído. Sus ojos cayeron casualmente sobre la
siguiente frase:
«Cuando Dios obligó a una mujer infiel a mentir a su esposo para justificar sus
culpas, tuvo la compasión de infundir en los hombres la necedad de creerle.»
Miró el título del libro: Su majestad el necio.
Arrojó el volumen al fuego.
II
Cómo Decir Lo Que Debe Oírse

El enemigo, derrotado en dos días de lucha en Pittsbirg Landing, había regresado
con resentimiento a Corinth, de donde había salido. Por manifiesta incompetencia Grant
había sido relevado del mando. En la derrota, su ejército se había salvado de ser capturado
y aniquilado por la hábil actuación militar de Buell. Pero el mando no le había sido
otorgado a Buell sino a Halleck, un hombre de experiencia no probada, teórico, de carácter
indolente e indeciso. Sus tropas, siempre desplegadas en línea de batalla para resistir las
escaramuzas de los tiradores enemigos, siempre atrincherándose contra columnas que
nunca llegaban, atravesaron treinta millas de bosques y pantanos, dirigiéndose hacia un
enemigo, presto a desvanecerse al primer contacto, como un fantasma con el canto del
gallo. Fue una campaña de «excursiones y alertas», de reconocimientos y contramarchas,
de despropósitos y contraórdenes. Durante semanas, esta solemne farsa mantuvo la
atención e impulsó a destacados civiles a abandonar los ámbitos de la ambición política
para ver, de cerca y a salvo, todo lo que podían de los horrores de la guerra. Entre estas
personalidades se encontraba nuestro amigo el gobernador. Tanto en los estados mayores
del ejercito como en los campamentos de las tropas de su estado se convirtió en una figura
familiar, siempre escoltado por varios miembros de su equipo, vistosamente
amontonados, impecablemente ataviados y tocados con sombreros de copa. Eran figuras
de ensueño, sugeridoras de pacíficas y tranquilas tierras tras un océano de lucha. El
soldado embarrado los miraba pasar desde su trinchera, apoyado en su pala, y los
insultaba en voz alta para demostrar su opinión sobre la inoportunidad de aquella
ostentación ante los sacrificios de su oficio.
—Opino, señor gobernador —dijo el general Masterson un día, cuando se dirigía a
caballo a una reunión informal, sentado en su postura favorita, con una pierna cruzada
sobre el pomo de su silla—, opino que yo no seguiría más en esa dirección, si estuviera en
su lugar. Fuera de aquí no tenemos más que una línea de tiradores. Supongo que por eso
me han ordenado emplazar aquí estos cañones; si nuestros tiradores deben replegarse, el
enemigo se desesperará al ver que no pueden llevárselos; son «un poquito» pesados.
Hay motivo para temer que esta espontánea muestra de humor militar no cayera
como una brisa del cielo sobre el sombrero de copa del gobernador. Pero no perdió un
ápice de su dignidad.
—Tengo entendido —dijo, con gravedad— que algunos de mis hombres están allí;
una compañía del Décimo Regimiento, comandada por el capitán Armisted. Me gustaría
reunirme con él, si a usted no le importa.
—Merece la pena ir a verlo. Pero más allá hay un trozo de jungla bastante incómodo,
por lo que le aconsejaría que dejara su caballo —lanzó una mirada a la escolta del
gobernador— y su otro acompañamiento.
El gobernador, por tanto, emprendió el viaje solo y a pie. Durante media hora avanzó
por una enredada maleza que cubría todo un suelo pantanoso, hasta que alcanzó un
terreno más abierto y seguro. Allí encontró a media compañía de infantería descansando
tras una línea de fusiles alineados. Los hombres llevaban su equipo completo: cinturones,
cartucheras, mochilas y cantimploras. Algunos dormían profundamente tendidos a todo lo
largo sobre un montón de hojas secas; otros charloteaban ociosamente sobre unas cosas u
otras; unos pocos jugaban a las cartas; ninguno estaba apartado de la línea de fusiles
alineados. Para un civil era una escena de despreocupación, desorden y descuido; un
soldado hubiera adivinado en ella expectación y espera.
A poca distancia, un oficial vestido con uniforme de fajina y armado, sentado sobre
el tronco de un árbol caído, observaba acercarse al visitante. Un sargento, que se había
levantado de uno de los grupos, se dirigía hacia él.
—Deseo ver al capitán Armisted —indicó el gobernador.
El sargento escrutó al visitante sin decir palabra, señaló al oficial y, después de coger
un rifle de los alineados, lo acompañó hacia su jefe.
—Este hombre quiere verlo, mi capitán —dijo, haciendo el saludo de rigor.
El oficial se levantó.
Se hubiera necesitado una mirada muy perspicaz para reconocerlo. El cabello, que
sólo pocos meses antes era moreno, estaba ahora cruzado de canas. El rostro, bronceado
por la vida al aire libre, tenía arrugas de más edad. Una larga y pálida cicatriz sobre la
frente señalaba la huella de una estocada. Una de las mejillas estaba doblada y arrugada
por la obra de una bala. Sólo una leal mujer del Norte lo hubiera encontrado guapo.
—Armisted... capitán —dijo el gobernador tendiéndole la mano—, ¿no me reconoce?
—Lo reconozco, señor, y lo saludo... como gobernador de mi Estado.
Alzó la mano izquierda a la altura de la sien y efectuó el saludo reglamentario. El
código militar no prevé el saludo de estrecharse las manos. Por tanto, el civil dejó caer la
suya. Si el gobernador sintió sorpresa o decepción, su rostro no lo expresó.
—Ésta es la mano que firmó su nombramiento —dijo.
—Y es la mano...
La frase quedó en suspenso. De la dirección del frente llegó la sonora detonación de
un fusil, seguida de otra y otra más. Una bala atravesó el bosque silbando y se incrustó en
un árbol cercano. Los hombres se levantaron de un salto del suelo y, antes de que la clara y
potente voz del capitán pronunciara la orden «¡¡Atención!!», se habían tirado ya a la
retaguardia, tras la hilera de armas alineadas. De nuevo,. ahora a través del estruendo de
una restallante descarga de fusilería, sonó la pausada y precisa cantinela militar: «A... las
armas», a la que siguió el golpeteo del calado de las bayonetas.
Las balas del enemigo invisible les llovían ahora encima, veloces y en denso círculo,
aunque la mayoría se perdían, emitiendo el zumbido característico del choque con las
ramas y el desvío de la trayectoria. Dos o tres hombres habían caído ya en la retaguardia.
Un grupo de heridos del puesto de escaramuza del frente surgió de la maleza cojeando
con dificultad; casi todos se encaminaron directamente a la retaguardia sin detenerse, con
el rostro pálido y apretando los dientes.
Súbitamente, se produjo un profundo y chirriante estampido en el frente, al que
siguió el sobrecogedor ataque de un obús, que, sobrevolándolos, fue a explotar en el borde
de la espesura, incendiando las hojas secas. Penetrando el estruendo, flotando por encima
de él como la melodía de un pájaro en lo alto, resonaban las lentas y monótonas órdenes
del capitán, sin acento ni énfasis, musicales y tranquilas como un cántico en las noches de
cosechas. Familiarizados con aquel sonido tranquilizador en los momentos de inminente
peligro, aquellos soldados inexpertos, con menos de un año de entrenamiento, cedían al
hechizo y ejecutaban las órdenes con la precisión y la compostura de veteranos. Incluso el
distinguido civil que se protegía tras un árbol, oscilando entre el orgullo y el terror, era
sensible a su encanto y su seducción. Sintió que su valor se fortalecía, y sólo corrió cuando
los tiradores de vanguardia, tras recibir órdenes de unirse a la reserva, salieron del bosque
como liebres acosadas y formaron a la izquierda de la línea de tropa, sin resuello, dando
gracias por poder recuperar el aliento.
III
Combate De Un Hombre Que No Lucha Con El Corazón
Guiado en su retirada por los soldados heridos, el gobernador llegó valientemente a
la retaguardia, atravesando otra vez aquel «trozo de jungla bastante incómodo». Estaba sin
aliento y un poco confuso. Excepto algún que otro disparo aislado, no había ninguna señal
de lucha tras él. El enemigo estaba reuniéndose para efectuar un nuevo ataque a un
adversario cuyo número de fuerzas y cuya situación estratégica desconocía. El civil
fugitivo pensó que probablemente iba a conservar la vida para el servicio de su patria y
encomendó a la Providencia las disposiciones adecuadas a este fin. Pero al saltar un
pequeño arroyo, en un terreno más abierto, una de estas disposiciones incluyó la desgracia
de una desagradable torcedura de tobillo. No pudo continuar la retirada, pues estaba
demasiado gordo para andar saltando sobre un solo pie, por lo que, tras varios intentos
inútiles, que le causaron un gran dolor, se sentó en el suelo, cuidando su humillante
invalidez y lamentando aquella situación militar.
De nuevo el fuego se renovó, con más intensidad, y las balas perdidas volaron,
zumbando a su alrededor. Después le llegó el estrépito de dos salvas rotundas y nítidas, a
las que siguió un crepitar continuo a través del cual le llegaban los gritos y las
exclamaciones de los combatientes, sobre el fondo de los truenos de los cañones. Esto le
indicó que la pequeña compañía al mando del capitán Armisted había sido violentamente
atacada y la lucha era cuerpo a cuerpo. Los heridos que iban tras él comenzaron a aparecer
por cada lado, y su número había aumentado por nuevas levas de soldados de la reserva.
En solitario, o de dos en dos, o tres en tres, algunos sujetando a otros camaradas más
gravemente heridos, pero todos encerrados en sí mismos, sordos a los gritos de auxilio, se
internaban en la maleza y desaparecían allí. El ruido del fuego del combate aumentaba y
se hacía más nítido, y pronto a los fugitivos heridos les sucedieron hombres que
caminaban con paso firme, se volvían de vez en cuando para descargar sus armas y
reanudaban el camino de retirada recargándolas mientras andaban. Dos o tres cayeron
mientras él los miraba, y quedaron inmóviles sobre el suelo. Uno, que conservaba todavía
el aliento de vida suficiente, hizo un intento lastimoso de arrastrarse para ocultarse. Un
camarada que pasaba por el lado y se detenía para disparar, lo miró y apreció con una
ojeada la gravedad del pobre diablo; prosiguió su camino con expresión hosca, mientras
insertaba un cartucho en su fusil.
Allí no había nada de la pompa de la guerra, ninguna huella de gloria. Incluso en
medio de todo aquel peligro y aquel dolor, el desamparado civil no pudo evitar contrastar
esto con las paradas magníficas y los desfiles organizados en su honor, con
resplandecientes uniformes, música, banderas y paso marcial. Aquello era algo feo y
nauseabundo: para su gusto artístico era desagradable, repugnante, brutal.
—¡Uf! —exclamó, estremeciéndose—. ¡Esto es abominable! ¿Dónde está el encanto de
todo? ¿Los nobles sentimientos, la fe, el heroísmo, el...?
Desde un punto cercano, en la dirección del enemigo que los perseguía, se elevó la
clara y pausada cantinela del capitán Armisted: «Caaal-ma, chicos ... caaal-ma. ¡Aaalto!
¡Abraaan... fuegol».
El crepitar de poco más de doce rifles se destacó entre el tumulto general, y luego,
otra vez, el penetrante falseto: « ¡Aaalto... el fuego! ¡Reeetirada! ¡Maaarchando!».
En pocos momentos, el resto de la tropa se habla replegado lentamente a la derecha
del gobernador, encarando la retirada, desplegados los hombres a seis pasos unos de
otros. Por el lado izquierdo, unos metros atrás, venía el capitán. El gobernador gritó su
nombre, pero el capitán no lo oyó. Un tropel de soldados con uniforme gris salieron de la
espesura corriendo y se dirigieron directamente hacia donde yacía el gobernador. Un
accidente del terreno los había llevado a converger con los otros en aquel punto, con lo
que la línea se convirtió en una muchedumbre revuelta. En un último esfuerzo por salvar
la vida y la libertad, el gobernador intentó levantarse y, en ese momento, el capitán se
volvió y lo vio. En seguida, pero con la misma precisión que antes, entonó su cantinela:
—«¡Tiradores... alto!»
Los hombres se detuvieron y, obedeciendo la orden, se volvieron al enemigo.
—«¡Derecha... Formen!»
Se reunieron corriendo, apuntando con sus bayonetas, y formaron en fila cerrada a
partir del primer hombre que empezaba la línea.
—«¡Aaadelante... salvar al gobernador del Estado..., reeedoblen paso... maaarch ... !»
Sólo un hombre desobedeció esta sorprendente orden: estaba muerto. Con un grito,
los tiradores salvaron los veinte o treinta pasos que los separaban de su misión. El capitán,
que estaba más cerca, llegó antes, al mismo tiempo que el enemigo. Le lanzaron seis
disparos precipitados y un soldado de avanzadilla, un tipo de formidable estatura, sin
gorra y con el pecho descubierto, intentó romperle la cabeza con la culata del rifle. El
capitán paró el golpe, rompiéndose el brazo al hacerlo, y clavó su espada hasta la
empuñadura en el pecho del gigante. Al caer, el cuerpo le arrancó la espada de las manos
y, antes de que pudiera sacar el revólver de la cartuchera, otro hombre se abalanzó sobre
él como un tigre, le aferró el cuello con las manos y lo lanzó sobre el postrado gobernador,
que todavía luchaba por incorporarse. Un sargento federal atravesó rápidamente al
hombre con su bayoneta y con una patada en las muñecas lo obligó a aflojar del cuello del
capitán la presión de sus manos agonizantes. Cuando el capitán se puso en pie estaba ya
en la retaguardia de sus tiradores, que habían pasado alrededor de él y atacaban
fieramente a sus enemigos, más numerosos pero menos organizados. Prácticamente todos
los rifles estaban descargados por ambas partes y, en la pelea, no había tiempo ni ocasión
de recargarlos. Los confederados estaban en desventaja porque la mayoría de ellos no
tenía bayonetas; luchaban a garrotazos, y un rifle como porra es un arma formidable. El
ruido de la batalla semejaba el entrechocar de los cuernos de los toros luchando entre sí:
aquí o allá el estallido de un cráneo, una maldición, el chirrido de la boca del rifle contra el
abdomen ya traspasado por la bayoneta. El capitán Armisted se precipitó hacia una
hondonada producida por la caída de uno de sus hombres, con el brazo izquierdo roto
pendiendo al costado. En la mano derecha llevaba un revólver, cuya completa carga vació
rápidamente, con terribles efectos, sobre el grueso de las tropas uniformadas de gris. Pero
los sobrevivientes de la primera fila fueron empujados hacia delante, por encima de los
cadáveres, por sus compañeros de la retaguardia, hasta que enfrentaron de nuevo su
pecho a las bayonetas incansables. Sin embargo, cada vez quedaban menos bayonetas;
media docena a lo sumo. Unos minutos más de aquel salvaje enfrentamiento —una
pequeña escaramuza cuerpo a cuerpo— y todo habría acabado.
De repente, unas fuertes detonaciones resonaron a derecha e izquierda. A la carrera
llegaba un nuevo destacamento de tiradores federales, arrasando las partes de la línea
confederada que habían quedado separadas por el avance del centro. Y a unos doscientos
o trescientos metros detrás de estos nuevos combatientes, se veía, confusamente, entre los
árboles, ¡una línea de combate!
Instintivamente, antes de emprender la retirada, el grupo de soldados de gris realizó
un último ataque salvaje contra sus adversarios, arrollándolos con el mero impulso de su
velocidad, y, al no poder usar sus armas, en el tumulto, aplastándolos y pisoteándolos
brutalmente en los miembros, el cuerpo, el cuello, las caras. Después se retiraron, pisando
con sus pies ensangrentados a sus propios muertos, y se unieron a la desbandada general.
Con ello, la escaramuza finalizó.
IV
Los Grandes Honran A Los Grandes
El gobernador, que había perdido el conocimiento, abrió los ojos, miró a su alrededor
y recordó, lentamente, los hechos ocurridos aquel día. Un soldado con uniforme de
comandante estaba arrodillado a su lado; era un cirujano. Cerca se encontraban los
miembros civiles de su equipo de gobierno, que expresaban en sus rostros una solicitud
muy natural, teniendo en cuenta sus cargos. Un poco más alejado, el general Masterson se
dirigía a otro oficial gesticulando con un puro. En aquel momento decía:
—Ha sido la batalla más hermosa que se ha visto nunca. ¡Por Dios, señor, ha sido
magnífica!
La hermosura y la magnificencia las atestiguaba una hilera de muertos
cuidadosamente alineados, y otra hilera de heridos, más informalmente colocados,
angustiados y semidesnudos, pero elegantemente vendados.
—¿Cómo se encuentra, señor? —inquirió el médico—. No le hallo ninguna herida.
—Creo que estoy bien —respondió el paciente, sentándose—. Es mi tobillo.
El cirujano dirigió su atención al tobillo y rasgó la bota. Todos los ojos siguieron el
movimiento del cuchillo.
Al mover la pierna, quedó al descubierto un papel doblado. El paciente lo cogió y lo
abrió distraídamente. Era una carta escrita tres meses antes y firmada con el nombre de
«Julia». Al ver por casualidad su nombre en ella, la leyó. No era nada interesante: era sólo
la confesión de una esposa infiel y arrepentida de un pecado inútil, abandonada por su
seductor. La carta había caído del bolsillo del capitán Armisted; el lector la guardó con
calma en su bolsillo.
Un ayudante de campo llegó en ese momento a caballo y desmontó. Avanzó hacia el
gobernador y lo saludó.
—Señor gobernador —dijo—, lamento encontrarlo herido. El general en jefe lo
ignoraba. Le presenta sus saludos y me ordena informarle que ha dispuesto para mañana,
en su honor, un gran desfile de los cuerpos de reserva. Me permito añadir que el coche del
general está a su disposición, en caso de que pueda usted asistir.
—Tenga la amabilidad de comunicar al general en jefe que le agradezco
profundamente su cortesía. Si tiene la paciencia de aguardar unos minutos, podrá
transmitirle una respuesta más concreta.
Esbozó una radiante sonrisa y, mirando al cirujano y a sus ayudantes, añadió:
—En estos momentos —si me permiten ustedes un alusión a los horrores de la paz—,
estoy «en manos de mis amigos».
El humor de los grandes es contagioso. Todos rieron sus palabras.
—¿Dónde está el capitán Armisted? —preguntó el gobernador ya no tan
distraídamente.
El cirujano alzó la vista del trabajo que realizaba y señaló con el dedo en silencio el
cuerpo más próximo de la hilera de muertos. Le habían cubierto discretamente el rostro
con un pañuelo. Estaba tan cerca que el gran hombre hubiera podido posar la mano
encima. Pero no lo hizo. Posiblemente tuvo miedo de que sangrara.

_
Una Noche De Verano

_
El hecho de que Henry Armstrong estuviera enterrado no era motivo suficientemente
convincente como para demostrarle que estaba muerto: siempre había sido un hombre
difícil de persuadir. El testimonio de sus sentidos le obligaba a admitir que estaba
realmente enterrado. Su posición —tendido boca arriba con las manos cruzadas sobre su
estómago y atadas, que rompió fácilmente sin que se alterase la situación—, el estricto
confinamiento de toda su persona, la negra oscuridad y el profundo silencio, constituían
una evidencia imposible de contradecir y Armstrong lo aceptó sin perderse en
cavilaciones.
Pero, muerto... no. Sólo estaba enfermo, muy enfermo, aunque, con la apatía del
inválido, no se preocupó demasiado por la extraña suerte que le había correspondido. No
era un filósofo, sino simplemente una persona vulgar, dotada en aquel momento de una
patológica indiferencia; el órgano que le había dado ocasión de inquietarse estaba ahora
aletargado. De modo que sin ninguna aprensión por lo que se refiriera a su futuro
inmediato, se quedó dormido y todo fue paz para Henry Armstrong.
Pero algo todavía se movía en la superficie. Era aquella una oscura noche de verano,
rasgada por frecuentes relámpagos que iluminaban unas nubes, las cuales avanzaban por
el este preñadas de tormenta. Aquellos breves y relampagueantes fulgores proyectaban
una fantasmal claridad sobre los monumentos y lápidas del camposanto. No era una
noche propicia para que una persona normal anduviera vagabundeando alrededor de un
cementerio, de modo que los tres hombres que estaban allí, cavando en la tumba de Henry
Armstrong, se sentían razonablemente seguros.
Dos de ellos eran jóvenes estudiantes de una Facultad de Medicina que se hallaba a
unas millas de distancia; el tercero era un gigantesco negro llamado Jess. Desde hacía
muchos años Jess estaba empleado en el cementerio en calidad de sepulturero, y su chanza
favorita era la de que "conocía todas las ánimas del lugar". Por la naturaleza de lo que
ahora estaba haciendo, podía inferirse que el lugar no estaba tan poblado como su libro de
registro podía hacer suponer.
Al otro lado del muro, apartados de la carretera, podían verse un caballo y un
carruaje ligero, esperando.
El trabajo de excavación no resultaba difícil; la tierra con la cual había sido rellenada
la tumba unas horas antes ofrecía poca resistencia, y no tardó en quedarse amontonada a
uno de los lados de la fosa. El levantar la tapadera del ataúd requirió más esfuerzo, pero
Jess era práctico en la tarea y terminó por colocar cuidadosamente la tapadera sobre el
montón de tierra, dejando al descubierto el cadáver, ataviado con pantalones negros y
camisa blanca.
En aquel preciso instante, un relámpago zigzagueó en el aire, desgarrando la
oscuridad, y casi inmediatamente estalló un fragoroso trueno. Arrancado de su sueño,
Henry Armstrong incorporó tranquilamente la mitad superior de su cuerpo hasta quedar
sentado.
Profiriendo gritos inarticulados, los hombres huyeron, poseídos por el terror, cada
uno de ellos en una dirección distinta. Dos de los fugitivos no hubieran regresado por
nada del mundo. Pero Jess estaba hecho de otra pasta.
Con las primeras luces del amanecer, los dos estudiantes, pálidos de ansiedad y con
el terror de su aventura latiendo aún tumultuosamente en su sangre, llegaron a la
Facultad.
—¿Lo has visto? —exclamó uno de ellos.
—¡Dios! Sí... ¿Qué vamos a hacer?
Se encaminaron a la parte de atrás del edificio, donde vieron un carruaje ligero con
un caballo uncido y atado por el ronzar a una verja, cerca de la sala de disección.
Maquinalmente, los dos jóvenes entraron en la sala. Sentado en un banco, a oscuras,
vieron al negro Jess. El negro se puso de pie, sonriendo, todo ojos y dientes.
—Estoy esperando mi paga —dijo.
Desnudo sobre una larga mesa, yacía el cadáver de Henry Armstrong. Tenía la
cabeza manchada de sangre y arcilla por haber recibido un golpe de azada.

_
Una Rebelión De Los Dioses

---
Mi padre era desodorizador de perros muertos; mi madre mantenía el único negocio
de carne para gatos en mi ciudad natal. No vivían felices: la diferencia de rango social era
un abismo que no podía ser salvado por los votos del matrimonio. Era en verdad una
alianza incompatible y desafortunada; y como podría haberse previsto, terminó en
desastre. Una mañana, después de las habituales riñas del desayuno, mi padre se levantó
de la mesa, tembloroso y pálido de ira, y dirigiéndose a la iglesia, azotó al sacerdote que
había llevado a cabo la ceremonia matrimonial. El acto fue generalmente condenado y el
sentimiento público se alzó tan fuertemente contra el ofensor, que la gente permitiría antes
yacer perros muertos en su propiedad hasta que la fragancia fuera ensordecedora, antes
que emplearlo; y las autoridades municipales soportaron que un viejo mastín hinchado
exhalase desde una plaza pública una emanación tan clamorosa, que los forasteros de paso
suponían para sí que se encontraban en las vecindades de un aserradero. Mi padre era
verdaderamente impopular. Durante esos oscuros días, el único sostén de la familia
provenía del emporio de comida para gatos de mi madre.
El negocio era lucrativo. En aquella ciudad, que era la más antigua del mundo, el
gato era objeto de veneración. Su culto era la religión de la zona. La suma y multiplicación
de gatos era una instrucción aritmética permanente. Naturalmente, el desatender los
deseos de un gato era castigado con gran severidad en este mundo y en el otro; por lo
tanto mi madre contaba con cientos de clientes. Sin embargo, con un esposo improductivo
y diecisiete niños, ella tenía algunas dificultades en unir los dos extremos; y al fin la
necesidad de incrementar la diferencia entre el precio de costo y el precio de venta de sus
mercancías carnales la llevó a un expediente que se revelaría como eminentemente
desastroso: concibió la desgraciada idea de vengarse rehusándose a vender carne para
gatos hasta que el boicot a su marido hubiese terminado.
El día en que puso su resolución en práctica el negocio estaba atestado de clientes
excitados y otros se extendían en turbulentas e incansables masas a lo largo de cuatro
cuadras, hasta perderse de vista. En el interior no había más que maldiciones, apretones,
gritos y amenazas. Se recurrió libremente a la intimidación —varios de mis hermanos y
hermanas menores fueron amenazados con ser cortados en pedazos para los gatos—, pero
mi madre se mantuvo firme como una roca y aquel fue un oscuro día para Sardasa, la
antigua y sagrada ciudad que era el escenario de estos acontecimientos. ¡La huelga fue
vigorosamente mantenida, y setecientos cincuenta gatos se acostaron hambrientos!
A la mañana siguiente la ciudad se encontró con que durante la noche había sido
empapelada con una proclama de la Unión Federada de Viejas Criadas. Esta anciana y
poderosa orden afirmaba a través de su Suprema Cabeza Ejecutiva que el boicot a mi
padre y la vengativa huelga de mi madre ponían en serio peligro los intereses de la
religión. La proclama continuaba puntualizando que si no se tomaban medidas antes del
mediodía de la fecha, todas las viejas criadas pararían... y así lo hicieron.
El próximo acto de este infeliz drama fue una insurrección de gatos. Estos sagrados
animales, viendo que habían sido condenados a la inanición, organizaron un mitin masivo
y marcharon en procesión a través de las calles, blasfemando y escupiendo como
demonios. Esta revuelta de los dioses produjo tal consternación que muchas personas
piadosas murieron de espanto y todos los negocios debieron cerrar para enterrarlas y
promulgar terroríficas resoluciones.
Las cosas iban tan mal como les era posible. Se llevaron a cabo mítines entre los
representantes de los intereses hostiles, pero en ellos no se llegó a ningún entendimiento.
Cada acuerdo era roto tan pronto como se hacía y cada elemento de la disputa era
presentado frenéticamente al pueblo. Se avecinaba un nuevo horror.
Se recordará que mi padre era un desodorizador de perros muertos, pero estaba
imposibilitado de practicar su útil y modesta profesión porque nadie lo quería emplear. En
consecuencia los perros muertos apestaban como vagabundos. ¡Entonces se declararon en
huelga! De cada baldío y terreno público, de cada seto y zanja y cloaca y cisterna, de los
cristalinos riachuelos y de las cuajadas aguas de los canales y estuarios —en resumen, de
todos los lugares que desde tiempo inmemorial habían sido propiedad de perros muertos
y consagrados a sus usos y a los de sus herederos y sucesores, para siempre—, ¡se alzaron
en tropel innumerable, en lúgubre cuadrilla! Su procesión abarcaba una milla. A mitad de
camino hacia la ciudad se dieron de lleno con la procesión de gatos. Instantáneamente
éstos enarcaron sus espaldas e irguieron sus colas; los perros muertos descubrieron los
dientes, y erizaron su pelambre, como si aún estuviese adherida a la piel.
¡La carnicería que siguió fue demasiado espantosa para ser contada! La luz del sol
fue oscurecida por los pedazos de piel volando, y la batalla fue librada en la oscuridad, a
ciegas y descuidadamente. Los insultos de los gatos se oyeron a varias millas de distancia,
mientras la fragancia de los perros muertos desolaba siete provincias.
Es imposible determinar cómo podría haber culminado la contienda, pero cuando
ésta estaba en su apogeo, la Unión Federada de Viejas Criadas llegó corriendo a lo largo de
la calle y se insertó de lleno en el grueso de la lucha. Un momento después mi madre se
mostró entre las huestes, blandiendo a su alrededor una cuchilla de carnicero, con gran
libertad e imparcialidad. Mi padre se unió a la lucha, se comprometieron las autoridades
municipales, y el público en general, convergiendo desde todos los puntos del compás, se
consumió a sí mismo en el centro, como si fuera presionado desde la circunferencia.
Finalmente, los muertos realizaron un mitin en el cementerio y resolviéndose por la
huelga general, comenzaron a destruir bóvedas, tumbas, monumentos, lápidas, sauces,
ángeles y corderitos de mármol, todo lo que tuvieran a mano. Al anochecer, lo vivo y lo
muerto estaba exterminado por igual, y donde antes se levantara la antigua y sagrada
ciudad de Sardasa no quedó más que una excavación llena de cadáveres y escombros, tiras
de gatos y parches de perros venidos a menos. El lugar es ahora una vasta pileta de agua
estancada en el centro de un desierto.
Los escalofriantes acontecimientos de aquellos pocos días constituyeron mi
educación industrial, y aproveché tan bien mis ventajas que ahora soy Jefe de Tumulto en
los Duques del Desorden, una organización que reúne a trece millones de obreros
norteamericanos.

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Una Tumba Sin Fondo

_
Me llamo John Brenwalter. Mi padre, un borracho, logró patentar un invento para
fabricar granos de café con arcilla; pero era un hombre honrado y no quiso involucrarse en
la fabricación. Por esta razón era sólo moderadamente rico, pues las regalías de su muy
valioso invento apenas le dejaban lo suficiente para pagar los gastos de los pleitos contra
los bribones culpables de infracción. Fue así que yo carecí de muchas de las ventajas que
gozan los hijos de padres deshonestos e inescrupulosos, y de no haber sido por una madre
noble y devota (quien descuidó a mis hermanos y a mis hermanas y vigiló personalmente
mi educación), habría crecido en la ignorancia y habría sido obligado a asistir a la escuela.
Ser el hijo favorito de una mujer bondadosa es mejor que el oro.Cuando yo tenía diecinueve años,mi padre tuvo la desgracia de morir. Había tenido
siempre una salud perfecta, y su muerte, ocurrida a la hora de cenar y sin previo aviso, a
nadie sorprendió tanto como a él mismo. Esa misma mañana le habían notificado la
adjudicación de la patente de su invento para forzar cajas de caudales por presión
hidráulica y sin hacer ruido. El Jefe de Patentes había declarado que era la más ingeniosa,
efectiva y benemérita invención que él hubiera aprobado jamás. Naturalmente, mi padre
previó una honrosa, próspera vejez. Es por eso que su repentina muerte fue para él una
profunda decepción. Mi madre, en cambio, cuyas piedad y resignación ante los designios
del Cielo eran virtudes conspicuas de su carácter, estaba aparentemente menos
conmovida. Hacia el final de la comida, una vez que el cuerpo de mi pobre padre fue
alzado del suelo, nos reunió a todos en el cuarto contiguo y nos habló de esta manera:
—Hijos míos, el extraño suceso que han presenciado es uno de los más desagradables
incidentes en la vida de un hombre honrado, y les aseguro que me resulta poco agradable.
Les ruego que crean que yo no he tenido nada que ver en su ejecución. Desde luego —
añadió después de una pausa en la que bajó sus ojos abatidos por un profundo
pensamiento—, desde luego es mejor que esté muerto.
Dijo estas palabras como si fuera una verdad tan obvia e incontrovertible que
ninguno de nosotros tuvo el coraje de desafiar su asombro pidiendo una explicación.
Cuando cualquiera de nosotros se equivocaba en algo, el aire de sorpresa de mi madre nos
resultaba terrible. Un día, cuando en un arranque de mal humor me tomé la libertad de
cortarle la oreja al bebé, sus simples palabras: "¡John, me sorprendes!", fueron para mí una
recriminación tan severa que al fin de una noche de insomnio, fui llorando hasta ella y,
arrojándome a sus pies, exclamé: "¡Madre, perdóname por haberte sorprendido!" Así,
ahora, todos —incluso el bebé de una sola oreja— sentimos que aceptar sin preguntas el
hecho de que era mejor, en cierto modo, que nuestro querido padre estuviese muerto,
provocaría menos fricciones. Mi madre continuó:
—Debo decirles, hijos míos, que en el caso de una repentina y misteriosa muerte, la
ley exige que venga el médico forense, corte el cuerpo en pedazos y los someta a un grupo
de hombres, quienes, después de inspeccionarlos, declaran a la persona muerta. Por hacer
esto el forense recibe una gran suma de dinero. Deseo eludir tan penosa formalidad; eso es
algo que nunca tuvo la aprobación de... de los restos. John —aquí mi madre volvió hacia
mí su rostro angelical— tú eres un joven educado y muy discreto. Ahora tienes la
oportunidad de demostrar tu gratitud por todos los sacrificios que nos impuso tu
educación. John, ve y mata al forense.
Inefablemente complacido por esta prueba de confianza de mi madre y por la
oportunidad de distinguirme por medio de un acto que cuadraba con mi natural
disposición, me arrodillé ante ella, llevé sus manos hasta mis labios y las bañé con
lágrimas de emoción. Esa tarde, antes de las cinco, había eliminado al médico.
De inmediato fui arrestado y arrojado a la cárcel. Allí pasé una noche muy incómoda:
me fue imposible dormir a causa de la irreverencia de mis compañeros de celda, dos
clérigos, a quienes la práctica teológica había dado abundantes ideas impías y un dominio
absolutamente único del lenguaje blasfemo. Pero ya avanzada la mañana, el carcelero que
dormía en el cuarto contiguo y a quien tampoco habían dejado dormir, entró en la celda y
con un feroz juramento advirtió a los reverendos caballeros que, si oía una blasfemia más,
su sagrada profesión no le impediría ponerlos en la calle. En consecuencia moderaron su
objetable conversación sustituyéndola por un acordeón. Así, pude dormir el pacífico y
refrescante sueño de la juventud y la inocencia.
A la mañana siguiente me condujeron ante el Juez Superior, un magistrado de
sentencia, y se me sometió al examen preliminar. Alegué que no tenía culpa, y añadí que el
hombre al que yo había asesinado era un notorio demócrata. (Mi bondadosa madre era
republicana y desde mi temprana infancia fui cuidadosamente instruido por ella en los
principios de gobierno honesto y en la necesidad de suprimir la oposición sediciosa.) El
juez, elegido mediante una urna republicana de doble fondo, estaba visiblemente
impresionado por la fuerza lógica de mi alegato y me ofreció un cigarrillo.
—Con el permiso de Su Excelencia —comenzó el Fiscal—, no considero necesario
exponer ninguna prueba en este caso. Por la ley de la nación se sienta usted aquí como
juez de sentencia y es su deber sentenciar. Tanto testimonio como argumentos implicarían
la duda acerca de la decisión de Su Excelencia de cumplir con su deber jurado. Ese es todo
mi caso.
Mi abogado, un hermano del médico forense fallecido, se levantó y dijo:
—Con la venia de la Corte... mi docto amigo ha dejado tan bien y con tanta
elocuencia establecida la ley imperante en este caso, que sólo me resta preguntar hasta
dónde se la ha acatado. En verdad, Su Excelencia es un magistrado penal, y como tal es su
deber sentenciar... ¿qué? Ese es un asunto que la ley, sabia y justamente, ha dejado a su
propio arbitrio, y sabiamente ya ha descargado usted cada una de las obligaciones que la
ley impone. Desde que conozco a Su Excelencia no ha hecho otra cosa que sentenciar.
Usted ha sentenciado por soborno, latrocinio, incendio premeditado, perjurio, adulterio,
asesinato... cada crimen del código y cada exceso conocido por los sensuales y los
depravados, incluyendo a mi docto amigo, el Fiscal. Usted ha cumplido con su deber de
magistrado penal, y como no hay ninguna evidencia contra este joven meritorio, mi
cliente, propongo que sea absuelto.
Se hizo un solemne silencio. El Juez se levantó, se puso la capa negra y, con voz
temblorosa de emoción, me sentenció a la vida y a la libertad. Después, volviéndose hacia
mi consejero, dijo fría pero significativamente:
—Lo veré luego.
A la mañana siguiente, el abogado que me había defendido tan escrupulosamente
contra el cargo de haber asesinado a su propio hermano —con quien había tenido una
pelea por unas tierras— desapareció, y se desconoce su suerte hasta el día de hoy.
Entretanto, el cuerpo de mi pobre padre había sido secretamente sepultado a
medianoche en el patio de su último domicilio, con sus últimas botas puestas y el
contenido de su fallecido estómago sin analizar.
—Él se oponía a cualquier ostentación —dijo mi querida madre mientras terminaba
de apisonar la tierra y ayudaba a los niños a extender una capa de paja sobre la tierra
removida—, sus instintos eran domésticos y amaba la vida tranquila.
El pedido de sucesión de mi madre decía que ella tenía buenas razones para creer
que el difunto estaba muerto, puesto que no había vuelto a comer a su casa desde hacía
varios días; pero el Juez de la Corte del Cuervo —como siempre despreciativamente la
llamó después— decidió que la prueba de muerte no era suficiente y puso el patrimonio
en manos de un Administrador Público, que era su yerno. Se descubrió que el pasivo daba
igual que el activo; sólo había quedado la patente de invención del dispositivo para forzar
cajas de seguridad por presión hidráulica y en silencio, y ésta había pasado a ser
propiedad legítima del Juez Testamentario y del Administrador Público, como mi querida
madre prefería llamarlo. Así, en unos pocos meses, una acaudalada y respetable familia
fue reducida de la prosperidad al delito; la necesidad nos obligó a trabajar.
Diversas consideraciones, tales como la idoneidad personal, la inclinación, etc., nos
guiaban en la selección de nuestras ocupaciones. Mi madre abrió una selecta escuela
privada para enseñar el arte de alterar las manchas sobre las alfombras de piel de
leopardo; el mayor de mis hermanos, George Henry, a quien le gustaba la música, se
convirtió en el corneta de un asilo para sordomudos de los alrededores; mi hermana Mary
María, tomaba pedidos de Esencias de Picaportes del Profesor Pumpernickel, para sazonar
aguas minerales, y yo me establecí como ajustador y dorador de vigas para horcas. Los
demás, demasiado jóvenes para trabajar, continuaron con el robo de pequeños artículos
expuestos en las vidrieras de las tiendas, tal como se les había enseñado.
En nuestros ratos de ocio atraíamos a nuestra casa a los viajeros y enterrábamos los
cuerpos en un sótano.
En una parte de este sótano guardábamos vinos, licores y provisiones. De la rapidez
con que desaparecían nos sobrevino la supersticiosa creencia de que los espíritus de las
personas enterradas volvían a la noche y se daban un festín. Al menos era cierto que con
frecuencia, de mañana, solíamos descubrir trozos de carnes adobadas, mercaderías
envasadas y restos de comida ensuciando el lugar, a pesar de que había sido cerrado con
llave y atrancado, previendo toda intromisión humana. Se propuso sacar las provisiones y
almacenarlas en cualquier otro sitio, pero nuestra querida madre, siempre generosa y
hospitalaria, dijo que era mejor soportar la pérdida que arriesgarse a ser descubiertos; si a
los fantasmas les era negada esta insignificante gratificación, podrían promover una
investigación que echaría por tierra nuestro esquema de la división del trabajo, desviando
las energías de toda la familia hacia la simple industria a la cual yo me dedicaba: todos
terminaríamos decorando las vigas de las horcas. Aceptamos su decisión con filial
sumisión, que se debía a nuestro respeto por su sabiduría y la pureza de su carácter.
Una noche, mientras todos estábamos en el sótano —ninguno se atrevía a entrar solo
— ocupados en la tarea de dispensar al alcalde de una ciudad vecina los solemnes oficios
de la cristiana sepultura, mi madre y los niños pequeños sosteniendo cada uno una vela,
mientras que George Henry y yo trabajábamos con la pala y el pico, mi hermana Mary
María profirió un chillido y se cubrió los ojos con las manos. Estábamos todos
sobrecogidos de espanto y las exequias del alcalde fueron suspendidas de inmediato, a la
vez que, pálidos y con la voz temblorosa, le rogamos que nos dijera qué cosa la había
alarmado. Los niños más pequeños temblaban tanto que sostenían las velas con escasa
firmeza, y las ondulantes sombras de nuestras figuras danzaban sobre las paredes con
movimientos toscos y grotescos que adoptaban las más pavorosas actitudes. La cara del
hombre muerto, ora fulgurando horriblemente en la luz, ora extinguiéndose a través de
alguna fluctuante sombra, parecía adoptar cada vez una nueva y más imponente
expresión, una amenaza aún más maligna. Más asustadas que nosotros por el grito de la
niña, las ratas echaron a correr en multitudes por el lugar, lanzando penetrantes chillidos,
o con sus ojos fijos estrellando la oscura opacidad de algún distante rincón, meros puntos
de luz verde haciendo juego con la pálida fosforescencia de la podredumbre que llenaba la
tumba a medio cavar y que parecía la manifestación visible de un leve olor a moribundo
que corrompía el aire insalubre. Ahora los niños sollozaban y se pegaban a las piernas de
sus mayores, dejando caer sus velas, y nosotros estábamos a punto de ser abandonados a
la total oscuridad, excepto por esa luz siniestra que fluía despaciosamente por encima de
la tierra revuelta e inundaba los bordes de la tumba como una fuente.
Entretanto, mi hermana, arrodillada sobre la tierra extraída de la excavación, se había
quitado las manos de la cara y estaba mirando con ojos dilatados en el interior de un
oscuro espacio que había entre dos barriles de vino.
—¡Allí está! ¡Allí está! —chilló, señalando— ¡Dios del cielo! ¿No pueden verlo?
Y realmente estaba allí: una figura humana apenas discernible en las tinieblas; una
figura que se balanceaba de un costado a otro como si se fuera a caer, agarrándose a los
barriles de vino para sostenerse; dio un paso hacia adelante, tambaleándose y, por un
momento, apareció a la luz de lo que quedaba de nuestras velas; luego se irguió
pesadamente y cayó postrada en tierra. En ese momento todos habíamos reconocido la
figura, la cara y el porte de nuestro padre. ¡Muerto estos diez meses y enterrado por
nuestras propias manos! ¡Nuestro padre, sin duda, resucitado y horriblemente borracho!
En los incidentes ocurridos durante la fuga precipitada de ese terrible lugar; en la
aniquilación de todo humano sentimiento en ese tumultuoso, loco apretujarse por la
húmeda y mohosa escalera, resbalando, cayendo, derribándose y trepando uno sobre la
espalda del otro, las luces extinguidas, los bebés pisoteados por sus robustos hermanos y
arrojados de vuelta a la muerte por un brazo maternal; en todo esto no me atrevo a pensar.
Mi madre, mi hermano y mi hermana mayores y yo escapamos; los otros quedaron abajo,
para morir de sus heridas o de su terror; algunos, quizá, por las llamas, puesto que en una
hora, nosotros cuatro, juntando apresuradamente el poco dinero y las joyas que teníamos,
y la ropa que podíamos llevar, incendiamos la casa y huimos bajo la luz de las llamas,
hacia las colinas. Ni siquiera nos detuvimos a cobrar el seguro, y mi querida madre dijo en
su lecho de muerte, años después en una tierra lejana, que ése había sido el único pecado
de omisión que quedaba sobre su conciencia. Su confesor, un hombre santo, le aseguró
que, bajo tales circunstancias, el Cielo le perdonaría su descuido.
Cerca de diez años después de nuestra desaparición de los escenarios de mi infancia,
yo, entonces un próspero falsificador, regresé disfrazado al lugar con la intención de
recuperar algo de nuestro tesoro, que había sido enterrado en el sótano. Debo decir que no
tuve éxito: el descubrimiento de muchos huesos humanos en las ruinas obligó a las
autoridades a excavar por más. Encontraron el tesoro y lo guardaron. La casa no fue
reconstruida; todo el vecindario era una desolación. Tal cantidad de visiones y sonidos
extraterrenos habían sido denunciados desde entonces, que nadie quería vivir allí. Como
no había a quien preguntar o molestar, decidí gratificar mi piedad filial con la
contemplación, una vez más, de la cara de mi bienamado padre, si era cierto que nuestros
ojos nos habían engañado y estaba todavía en su tumba. Recordaba además que él siempre
había usado un enorme anillo de diamante, y yo como no lo había visto ni había oído nada
acerca de él desde su muerte, tenía razones como para pensar que debió haber sido
enterrado con el anillo puesto. Procurándome una pala, rápidamente localicé la tumba en
lo que había sido el patio de mi casa, y comencé a cavar. Cuando hube alcanzado cerca de
cuatro pies de profundidad, la tumba se desfondó y me precipité a un gran desagüe,
cayendo por el largo agujero de su desmoronado codo. No había ni cadáver ni rastro
alguno de él.
Imposibilitado para salir de la excavación, me arrastré por el desagüe, quité con
cierta dificultad una masa de escombros carbonizados y de ennegrecida mampostería que
lo obstaculizaba, y salí por lo que había sido aquel funesto sótano.
Todo estaba claro. Mi padre, cualquier cosa que fuera lo que le había provocado esa
descompostura durante la cena (y pienso que mi santa madre hubiera podido arrojar algo
de luz sobre ese asunto) había sido, indudablemente, enterrado vivo. La tumba se había
excavado accidentalmente sobre el olvidado desagüe hasta el recodo del caño, y como no
utilizamos ataúd, en sus esfuerzos por sobrevivir había roto la podrida mampostería y
caído a través de ella, escapando finalmente hacia el interior del sótano. Sintiendo que no
era bienvenido en su propia casa, pero sin tener otra, había vivido en reclusión
subterránea como testigo de nuestro ahorro y como pensionista de nuestra providencia. Él
era quien se comía nuestra comida; él quien se bebía nuestro vino; no era mejor que un
ladrón. En un instante de intoxicación y sintiendo, sin duda, necesidad de compañía, que
es el único vínculo afín entre un borracho y su raza, abandonó el lugar de su escondite en
un momento extrañamente inoportuno, acarreando deplorables consecuencias a aquellos
más cercanos y queridos. Un desatino que tuvo casi la dignidad de un crimen.

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Uno De Los Desaparecidos

_
Jerome Searing, soldado raso del ejército del general Sherman, que entonces
combatía al enemigo en Kermesaw Mountain, Georgia, dio la espalda al pequeño grupo
de oficiales con los que había estado conversando en voz baja, atravesó una estrecha franja
de trincheras y desapareció en el bosque. Ninguno de los hombres alineados tras las
trincheras le dijo una palabra, y apenas él les dirigió un movimiento de cabeza al pasar,
pero todos los que lo vieron comprendieron que a aquel valiente acababan de confiarle
una misión peligrosa. Jerome Searing, aunque era soldado raso, no servía en las filas; por
razones de servicio estaba destacado en el cuartel general de la división, y en las listas
figuraba como asistente. «Asistente» es una palabra que comprende multitud de
obligaciones. Un asistente puede ser un mensajero, un oficinista, el criado de un oficial...
cualquier cosa. Puede realizar servicios que no están previstos en las instrucciones y
reglamentaciones militares. Su naturaleza puede depender de las aptitudes del asistente,
del favor de otros o de la mera casualidad. El soldado Searing, un incomparable tirador,
joven, fuerte, inteligente e insensible al miedo, era explorador. Al general que comandaba
su división no le satisfacía obedecer ciegamente las órdenes, sin saber qué era lo que había
frente a sus tropas, incluso cuando éstas no se hallaban destacadas en servicio y sólo
formaban una fracción del ejército en línea; ni le agradaba recibir la información por sus
vis-á-vis a través de los canales acostumbrados, Quería saber más de lo que le informaban
los mandos del ejército y los choques entre los destacamentos y los tiradores. Para ello
estaba Jerome Searing, con su audacia extraordinaria, su conocimiento del bosque, sus
observadores ojos y su veracidad en el relato. En esta ocasión, sus instrucciones eran
sencillas: llegar tan próximo como fuera posible a las líneas enemigas y averiguar todo
cuanto pudiera.
En pocos momentos alcanzó los primeros puestos. Allí, los hombres de guardia
descansaban en grupos de dos y de cuatro detrás de los pequeños terraplenes con que
habían formado la ligera depresión de tierra en que yacían, con los fusiles sobresaliendo
por encima de las ramas verdes con que habían cubierto sus pequeñas defensas. El bosque
se extendía sin interrupción frente a ellos, tan solemne y silencioso que sólo un esfuerzo de
la imaginación podía concebirlo poblado de hombres armados, vigilantes y alertas —un
bosque extraordinario, pleno de posibilidades de lucha—. Tras detenerse un momento en
una de las trincheras para informar a los hombres de sus intenciones, Searing se arrastró
sigilosamente con las manos y las rodillas y pronto se perdió de vista en la densa espesura
de la maleza.
—Es lo último de él —dijo uno de los hombres—. Desearía tener su fusil. Esos tipos
nos herirán a alguno con él.
Searing continuó arrastrándose, aprovechando todos los accidentes del terreno y la
vegetación para cubrirse mejor. Sus ojos lo escudriñaban todo y sus oídos tomaban nota de
todos los ruidos. Contenía la respiración. Y cuando unas ramas pequeñas crujieron debajo
de sus rodillas, detuvo su avance y se aplastó contra la tierra. Era un trabajo lento, pero no
tedioso; el peligro lo hacía incluso excitante, pero la excitación no se manifestaba
físicamente. Su pulso era tan regular y sus nervios tan firmes como si estuviera intentando
cazar un gorrión.
—Parece mucho tiempo —pensó—. Pero no puedo haber llegado muy lejos; todavía
estoy vivo.
Sonrió ante su personal método de calcular la distancia y prosiguió reptando. Un
momento después, se aplastó bruscamente contra el suelo y se mantuvo inmóvil un rato,
minuto tras minuto. A través de una pequeña abertura entre los arbustos había percibido
un pequeño talud de arcilla amarilla: una de las trincheras enemigas. Tras un poco más de
tiempo, levantó la cabeza cautelosamente, pulgada a pulgada; después levantó el cuerpo
sobre las manos, apoyadas a cada lado sobre el suelo, intentando mirar el montículo de
greda. Un instante después estaba de pie, con el fusil en la mano, y corría rápidamente
hacia delante sin cuidado alguno de ocultarse. Había interpretado bien las señales,
cualesquiera que fuesen; el enemigo se había marchado.
Para asegurarse completamente antes de volver atrás para informar de un hecho de
tan gran importancia, Searing siguió avanzando a través de la línea de las abandonadas
trincheras, corriendo de una protección a otra en las partes más claras del bosque, con los
ojos atentos al descubrimiento de posibles rezagados. Llegó hasta el borde de una
plantación, una de aquellas granjas abandonadas y desiertas de los últimos años de la
guerra, invadida por las zarzas, afeada por los cercados rotos y las desoladas y vacías
construcciones que mostraban descarnadas aberturas en el lugar de las puertas y ventanas.
Después de un escrutinio penetrante desde el abrigo seguro de un grupo de pinos jóvenes,
Searing cruzó velozmente un campo y una huerta hasta alcanzar una pequeña estructura
situada algo aparte de las otras construcciones de la granja, sobre una suave elevación.
Pensó que aquella situación le ofrecería una buena panorámica de la comarca, en la
dirección que suponía que había tomado el enemigo en su retirada. Aquella construcción,
que originalmente había consistido en una sola habitación sostenida por cuatro postes de
uno o tres metros de altura, era ahora poco más que un tejado en el suelo; se había
desplomado y los tirantes y las tablas se amontonaban en el suelo en desorden, o colgaban
del extremo en varios ángulos, no completamente desprendidos de los puntos que los
aguantaban. Los mismo postes de soporte habían dejado de ser verticales. Parecía que
todo el edificio pudiera desplomarse con sólo tocarlo con un dedo.
Ocultándose entre los escombros de viguetas y solerías, Searing recorrió con la vista
el terreno abierto que se extendía entre su punto de observación y una estribación de
Kennesaw Mountain, a ochocientos metros de distancia. Un camino que subía y cruzaba la
estribación estaba atestado de tropas. Los fusiles de la retaguardia del enemigo en retirada
brillaban al sol de la mañana.
Searing había averiguado ya todo lo que habría podido desear saber. Ahora su deber
era retornar a su compañía con la mayor rapidez posible e informar de su descubrimiento.
Pero la columna gris de los confederados ascendiendo penosamente el camino de la
montaña era una tentación singular. Su fusil —un Springfield ordinario, pero provisto de
una mira esférica y un gatillo al pelo— enviaría fácilmente, silbando en medio de la tropa,
su onza y cuarto de plomo. Seguramente eso no afectaría la duración ni el resultado de la
guerra, pero el trabajo del soldado es matar. También es su costumbre, si es un buen
soldado. Searing amartilló su fusil y «enchufó» el gatillo.
Pero estaba decidido desde el principio de los tiempos que el soldado Searing no
asesinara a nadie aquella luminosa mañana de verano, y que no fuera él quien anunciara
la retirada de los confederados. Durante innumerables siglos, los acontecimientos se
habían ido imbricando de tal manera a sí mismos en ese mosaico maravilloso, del que
algunas partes, difícilmente discernibles, llamamos historia, que los actos que ahora el
soldado Searing se proponía ejecutar enturbiaban la armonía del modelo. Unos veinticinco
años antes, la Providencia encargada de ejecutar esa tarea según el diseño prefijado había
prevenido aquel infortunio originando el nacimiento de cierto niño en una aldea situada al
pie de los Montes Cárpatos. Lo había criado con todo cuidado, había supervisado su
educación, había encaminado sus intereses hacia la carrera militar y, llegado el momento,
lo había hecho oficial de artillería. Pero la concurrencia de un número infinito de
influencias favorables que predominaban sobre otras influencias desfavorables hizo que
aquel oficial de artillería incurriera en una infracción de la disciplina militar y hubiera de
huir de su país natal para evitar el castigo. Fue enviado a Nueva Orleáns —en lugar de a
Nueva York—, donde un oficial de reclutamiento le recogió en el muelle. Fue alistado y
más tarde ascendido, y los sucesos se ordenaron de tal modo que ahora comandaba una
batería de los confederados a unos tres kilómetros en línea recta del lugar donde Searing,
el explorador federal, amartillaba su rifle. Nada se había descuidado: en cada etapa del
desarrollo de las vidas de aquellos dos hombres, y en las vidas de sus contemporáneos y
antepasados, y en las vidas de los contemporáneos de sus antepasados, se había hecho
todo lo correcto para llegar al resultado deseado. Si algo se hubiese omitido en esta vasta
concatenación, el soldado Searing hubiera podido hacer fuego aquella mañana sobre los
confederados en retirada y quizá hubiera fallado. Pero sucedió que a un capitán de
artillería confederado, sin nada mejor que hacer mientras aguardaba su turno para
avanzar, se le ocurrió divertirse apuntando un cañón de campaña oblicuamente hacia su
derecha, hacia lo que tomó por un grupo de soldados federales situados en la cima de una
colina, y hacer fuego. El obús voló mucho más allá de su objetivo.
Jerome Searing echó atrás el gatillo de su fusil, calculando, con los ojos fijos sobre los
distantes confederados, dónde podría plantar su bala con la mayor esperanza de hacer una
viuda, un huérfano o una madre sin hijo —incluso, quizá, las tres cosas a la vez—, porque,
aunque el soldado raso Searing había rechazado repetidas veces el ascenso, no carecía de
cierta ambición. Entonces oyó precipitarse un ruido en el aire, como el de las alas de un
pájaro enorme abatiéndose sobre su presa. Demasiado rápido para que pudiera percibir su
graduación, el ruido aumentó hasta convertirse en un bramido ronco y temible, al mismo
tiempo que el proyectil que lo producía se abalanzaba sobre él desde el cielo, golpeaba con
ensordecedor impacto uno de los postes que sostenía el montón de vigas encima de él, lo
hacía añicos y derrumbaba con estrépito la descalabrada caseta entre nubes de polvo
cegador.
Cuando Jerome Searing recuperó el conocimiento no supo al principio qué había
ocurrido. Todavía tardó un tiempo en abrir los ojos. Por un momento creyó que había
muerto y había sido enterrado, e intentó recordar algunos fragmentos de los oficios
fúnebres. Imaginó que su esposa estaba arrodillada sobre su tumba, añadiendo el peso de
su cuerpo al de la tierra que tenía sobre el pecho. Ambos, la viuda y la tierra, habían
aplastado el ataúd. A menos de que los niños la convencieran de volver a casa, no lograría
seguir respirando mucho tiempo. Experimentó una sensación de injusticia. «No puedo
hablarle —pensó—. Los muertos no tienen voz, y si abro los ojos se me llenarán de tierra.»
Abrió los ojos. Una gran extensión de cielo azul por encima de la franja de las copas,
de los árboles. En primer plano, ocultando algunos árboles, había un alto y pardo
montículo, de contorno anguloso, atravesado por una red intrincada e irregular de líneas
rectas; todo a una inconmensurable distancia, una distancia tan inconcebiblemente grande
que lo cansaba; cerró los ojos. En el momento en que lo hizo percibió una luz insoportable.
En sus oídos retumbó el ruido del trueno sordo y rítmico de un mar lejano, rompiendo en
sucesivas olas sobre la playa y, además del ruido, como parte de él o incluso de más lejos
de él, entremezcladas con su incesante murmullo, le llegaron unas palabras: «Jerome
Searing, estás cogido como una rata en una trampa... en una trampa, trampa, trampa».
Súbitamente, se hizo un gran silencio, una profunda oscuridad y una infinita calma,
y Jerome Searing, absolutamente consciente de su condición de rata y convencido de que
había caído en una trampa, recordó todo y abrió de nuevo los ojos sin alarma para
reconocer la situación, advertir la fuerza del enemigo y planear su defensa. Había quedado
atrapado casi tumbado, con la espalda fuertemente apoyada contra una viga. Otro
travesaño le cruzaba el pecho y, aunque había logrado apartarse un poco para que no lo
oprimiera, el travesaño era inamovible. Un tirante que formaba ángulo con él le había
comprimido el lado izquierdo contra un montón de maderas inmovilizándole el brazo. Un
montón de cascotes le cubría hasta las rodillas las piernas, algo entreabiertas en el suelo, y
tapaba su limitado horizonte. Tenía la cabeza tan rígidamente sujeta como fijada por un
tomo; podía mover los ojos y la barbilla pero nada más. Sólo tenía el brazo derecho
parcialmente libre. «Tienes que librarnos de esto» le dijo. Pero no podía sacarlo de debajo
de la gruesa viga que le cruzaba el pecho ni mover el codo más de seis centímetros.
Searing no estaba gravemente herido ni sufría dolor. Un golpe seco en la cabeza dado
por un pedazo del poste astillado, unido al súbito y terrible impacto nervioso, lo habían
conmocionado momentáneamente. Su desvanecimiento y recuperación, durante la que
había experimentado extrañas fantasías, probablemente no habían sobrepasado unos
segundos, pues el polvo producido por el derrumbamiento todavía no se había disipado
cuando empezó a entender con claridad la situación.
Con la mano derecha en parte libre intentó asir la viga que le aprisionaba, no del
todo, el pecho. No pudo hacerlo de ninguna manera. No era capaz de bajar el hombro para
empujar con el codo el borde de la viga que tenía más cerca de las rodillas. Al fracasar en
este movimiento, tampoco podía levantar el antebrazo y la mano para coger la madera. El
tirante que formaba ángulo con la viga por abajo y atrás le impedía cualquier movimiento
en esa dirección y el espacio entre el tirante y su cuerpo no era ni la mitad de ancho que la
largura de su antebrazo. Era evidente, pues, que no podía pasar la mano ni por encima ni
por debajo de la viga; de hecho, no podía ni siquiera tocarla. Comprendiendo que era
imposible, desistió de este empeño y empezó a pensar en alcanzar parte de los escombros
amontonados sobre las piernas.
Mientras miraba el montón intentando determinar las posibilidades que había, le
llamó la atención lo que parecía un brillante aro metálico situado delante de su vista. Al
principio le pareció que rodeaba una sustancia completamente negra y que tenía un
centímetro de diámetro. De pronto comprendió que la parte negra era solamente una
sombra y que el aro era en realidad la boca de su fusil, que sobresalía del montón de
escombros. En seguida se alegró de que fuera eso, si es que podía ser una alegría.
Cerrando primero un ojo y luego otro, podía ver una parte del caño, hasta el punto en que
lo escondían los escombros. Cuando veía el lado correspondiente a un ojo, éste estaba
aparentemente en el mismo ángulo que el lado correspondiente al otro ojo. Si miraba con
el ojo derecho, el arma parecía dirigida a la izquierda de su cabeza, y viceversa. No
lograba ver la superficie superior del caño, pero alcanzaba a distinguir en un breve ángulo
la superficie inferior de la culata. El arma, en realidad, apuntaba exactamente al centro
justo de su frente.
Cuando el soldado Searing advirtió esta circunstancia y recordó que antes del
accidente que le había colocado en aquella desgraciada situación había amartillado el fusil
y dispuesto el gatillo para disparar con sólo rozarlo, le asaltó una sensación de inquietud.
Pero no fue en absoluto miedo; era un hombre valiente, familiarizado con aquella posición
de los rifles, y también con los cañones. Entonces recordó, casi divertido, un incidente que
le había ocurrido durante el asalto de Missionary Ridge. Cuando se encaramaba a uno de
los parapetos enemigos, donde había visto que un pesado cañón lanzaba carga tras carga
de metralla a los asaltantes, por un momento pensó que habían retirado el cañón; sólo
conseguía ver un aro en la abertura. Lo comprendió justo a tiempo de saltar a un lado,
cuando el cañón lanzó otro picotazo de acero sobre la cuesta plagada de hombres. Dar la
cara a las armas de fuego es una de las situaciones más habituales en la vida de un
soldado... armas de fuego, además, tras las que resplandece el brillo de unos ojos hostiles.
Para eso está hecho un soldado. Sin embargo, el soldado Searing no apreciaba ahora del
mismo modo la situación, y apartó la vista.
Tras tantear durante un rato, vagamente, con la mano derecha, hizo un inútil intento
de liberar la izquierda. Después, trató de desasir la cabeza, cuya sujeción le resultaba tanto
más molesta por ignorar qué era lo que la sujetaba. A continuación, intentó liberar los pies,
pero cuando endurecía, a este propósito, los fuertes músculos de las piernas, reparó en que
un movimiento de los escombros que las cubrían podía provocar la descarga del rifle; no
comprendía cómo había resistido el arma, pero la memoria lo ayudó aportándole varios
casos similares. Recordaba uno en particular, en que en un momento de distracción había
aporreado a un caballero con el fusil para saltarle los sesos, sin darse cuenta hasta después
de que el arma que acababa de blandir por el caño estaba amartillada y con el gatillo
puesto, detalle que si hubiera conocido su antagonista le hubiera inducido, sin duda, a una
mayor resistencia. Siempre había sonreído ante este recuerdo de sus «inmaduros y
juveniles» días de soldado, pero ahora no sonrió. Volvió la mirada otra vez a la boca del
fusil y por un instante imaginó que se había movido; parecía algo más próxima.
Apartó otra vez la vista. Las copas de los distantes árboles que había fuera de los
límites de la plantación la atrajeron: no había reparado antes en qué ligeros, como
plumosos, eran, ni en qué azul intenso tenía el cielo, incluso entre las ramas de los árboles,
que de algún modo lo hacían palidecer con su verdor; por encima de él, ya aparecía casi
negro. «De día hará un calor insoportable aquí —pensó—. Me gustaría saber en qué
dirección estoy mirando.»
A juzgar por las sombras que veía, decidió que tenía la cara al norte; al menos no le
daría el sol en los ojos, Y al norte... bueno, era en dirección a su mujer y sus hijos.
—¡Bah! —exclamó en voz alta—. ¿Qué tienen que ver con esto?
Cerró los ojos. «Mientras no pueda salir, lo mejor será que duerma. Los rebeldes han
marchado y seguro que alguno de los nuestros pasará por aquí a buscar forraje. Me
encontrarán.»
Pero no se dormía. Poco a poco empezó a sentir un dolor en la frente, un dolor sordo,
casi imperceptible primero, pero que aumentaba y se hacía más y más molesto. Al abrir los
ojos desaparecía, pero cuando los cerraba volvía a aparecer.
—¡Al diablo! —exclamó, inútilmente, y miró de nuevo fijamente el cielo. Escuchó el
canto de los pájaros, la extraña nota metálica de las alondras de la pradera, que sugería un
golpeteo de vibrantes espadas. Se hundió en las memorias agradables de su infancia;
jugaba con su hermano y su hermana; atravesaba corriendo los campos, chillando para
espantar a las sedentarias alondras; se adentraba en el sombrío bosque alejado y, con
tímidos pasos, seguía el borroso sendero que conducía a la Peña del Fantasma; se detenía,
por último, con unos estruendosos latidos en el pecho, ante la Cueva del Hombre Muerto e
intentaba penetrar su pasmoso misterio. Por primera vez, se dio cuenta de que la abertura
de la caverna encantada estaba rodeada por un aro de metal. Entonces, todo se desvaneció
y lo dejó escrutando el cañón de su fusil, como antes. Pero mientras que antes parecía
cerca, ahora semejaba a una inconcebible distancia y, por ello, más siniestro. Se puso a
gritar y, asustado por algo que percibió en su propia voz —el tono del Miedo— se mintió a
sí mismo: «Si no grito, puedo quedarme aquí hasta que me muera».
Ya no hizo más intentos de rehuir la amenazadora mirada del cañón del fusil. Si
giraba los ojos en algún momento, era para buscar ayuda (aunque no podía ver el terreno
que había a cada lado de la ruina), y se permitía después volver la vista otra vez, como
obedeciendo una imperativa fascinación. Si cerraba los ojos era por agotamiento, y en
seguida los abría, obligado por el punzante dolor en la frente —la profética amenaza de la
bala.
La tensión nerviosa era demasiado fuerte; la naturaleza venía en su auxilio
sumiéndolo en intervalos de inconsciencia. Cuando revivía de uno de estos intervalos
percibió un agudo dolor y un escozor en la mano derecha. Movió los dedos y se los frotó
contra la palma, y notó que estaban húmedos y resbaladizos. No podía verse la mano,
pero conocía aquella sensación: le manaba sangre. En su momento de delirio había
golpeado los cascotes desportillados de las ruinas y se había clavado varias astillas.
Decidió que se enfrentaría a su destino con más virilidad. Era un soldado raso y vulgar, no
tenía religión ni filosofía. No podía morir como un héroe, entre grandilocuentes y sabias
palabras, ni aun en el caso de que hubiera habido alguien para escucharlas, pero podía
morir «con ánimo», y eso iba a hacer. ¡Pero si pudiera saber cuándo iba a sonar el disparo!
Algunas ratas, que probablemente habían habitado la caseta, se acercaron
correteando furtivamente. Una subió a la pila de cascotes que aprisionaban el rifle; le
siguió otra y otra. Searing las miró al principio con indiferencia y luego con amistoso
interés. Pero después, cuando en su mente extraviada destelló el pensamiento de que
podían rozar el gatillo del fusil, las maldijo y les chilló que se marcharan.
—Esto no es asunto de ustedes —les gritó.
Los animales se fueron; volverían más tarde, a atacarle la cara, a roerle la nariz, a
desgarrarle la garganta... él lo sabía, pero esperaba estar muerto para entonces
Nada podía apartar ahora su vista del pequeño aro metálico repleto de tinieblas. El
dolor en la frente era feroz y no cesaba. Lo sentía penetrar gradualmente en el cerebro a
más y más profundidad, hasta que detenía su avance la madera que sostenía su cabeza.
Aumentaba por momentos haciéndose intolerable: irracionalmente, empezó a golpear otra
vez la mano herida contra las astillas para contrarrestar con otro sufrimiento aquel dolor
lacerante. Parecía palpitar con lenta y regular recurrencia, cada pulsación más penetrante
que la anterior, y a veces aullaba, creyendo que sentía el disparo fatal. Ningún
pensamiento sobre su hogar, su esposa e hijos, la patria o la gloria. Todo recuerdo se había
desvanecido de la memoria. El mundo había desaparecido... no quedaba ningún vestigio.
Aquí, en esa confusión de vigas y maderas, está el único universo. Aquí está la
inmortalidad del tiempo... cada dolor una vida perpetua. Cada pulsación una señal de la
eternidad.
Jerome Searing, el hombre valeroso, el enemigo formidable, el fuerte y resuelto
guerrero, tenía la palidez de un fantasma. La mandíbula le colgaba; le sobresalían los ojos;
le temblaba cada músculo; un sudor frío le bañaba todo el cuerpo; aullaba de miedo. No
había enloquecido... estaba aterrado.
Tanteando con la mano derecha, desgarrada y sangrante, logró alcanzar un pedazo
de madera; la empujó hacia arriba y sintió que cedía. Estaba paralela a su cuerpo. Dobló el
codo todo lo que el estrecho espacio le permitía y logró moverla unos centímetros. Repitió
la maniobra varias veces y la tabla quedó desprendida de los escombros que le cubrían las
piernas. Pudo alzarla entera del suelo. Le invadió la esperanza, quizá pudiera desplazarla
hacia arriba, es decir hacia atrás, lo bastante como para alzarla por el extremo y empujar el
fusil a un lado; o, si éste estaba demasiado encajado, colocar la tabla de manera que
desviara la bala. Con este objetivo, corrió la madera hacia atrás centímetro a centímetro sin
atreverse apenas a respirar por temor a que ello hiciera fracasar su intento, más incapaz
que nunca de apartar los ojos del fusil, que podía ahora aprovechar su menguante
oportunidad. Algo, al menos, había ganado: en su preocupación por aquel intento de
autodefensa era menos sensible al dolor de su cabeza y había dejado de gritar. Pero
continuaba mortalmente asustado y los dientes le temblequeaban como castañuelas.
La tabla de madera dejó de moverse bajo la presión de su mano. Tiró de ella con
todas sus fuerzas, cambiando su dirección todo lo que podía, pero la tabla había
encontrado un obstáculo detrás de él y el extremo de delante estaba todavía demasiado
lejos para salir del montón de escombros y alcanzar el caño del fusil. Llegaba casi, sin
embargo, hasta el guardamonte, que, no cubierto de escombros, podía entrever con el ojo
derecho. Intentó romper la tabla con la mano, pero no tenía apoyo para hacer palanca. Con
el fracaso retornó su terror, diez veces aumentado. La negra abertura del fusil parecía
amenazar con una muerte más repentina e inminente, como castigo por su rebeldía. El
trayecto de la bala a través de su cabeza le hizo sentir un dolor mayor. Tembló otra vez.
De pronto, recuperó la calma. El temblor persistía. Apretó los dientes y frunció las
cejas. No había agotado las posibilidades de defensa; en su mente se había formado una
nueva idea... otro plan de batalla. Alzando la punta delantera de la tabla de madera, la
empujó cuidadosamente hacia delante por entre los cascotes que rodeaban el fusil hasta
que tocó el guardamontes. Movió la punta lentamente hasta que notó que lo traspasaba.
Entonces cerró los ojos y apretó contra el guardamontes con toda su fuerza. No hubo
ninguna detonación. El rifle se había descargado al caerle de la mano cuando el edificio se
derrumbó... Pero cumplió su función.
El teniente Adrian Searing, al mando del piquete en aquella línea de combate por la
que su hermano Jerome había pasado para cumplir su misión, estaba sentado, con los
oídos atentos, en su parapeto tras la línea. No se le escapaba el menor ruido: el chillido de
un pájaro, el raspar de una ardilla, el sonido del viento entre los pinos... todo lo captaban
ansiosamente sus sentidos agotados. De repente, justo delante de su alineación, escuchó
un rumor confuso, apenas perceptible, semejante al estruendo del hundimiento de un
edificio, transportado en la distancia. El teniente miró mecánicamente su reloj. Las seis y
dieciocho minutos. En aquel momento, un oficial se aproximó a él y lo saludó.
—Mi teniente —dijo el oficial—, el coronel le ordena que haga avanzar su alineación
y entre en contacto con el enemigo si lo encuentra. Si no, debe proseguir el avance hasta
que se le ordene el alto. Hay motivos para pensar que el enemigo se ha dado en retirada.
El teniente asintió en silencio; el otro oficial se retiró. En poco tiempo los hombres,
avisados en voz baja de su obligación por los oficiales, cargaron sus rifles y comenzaron a
avanzar en formación, con los dientes apretados y el corazón palpitante.
Este piquete de tiradores atravesó rápidamente la plantación dirigiéndose a la
montaña. Pasaron por los dos lados de la caseta en ruinas sin observar nada. A poca
distancia, en la retaguardia, iba su teniente. Éste miró con curiosidad las ruinas y observó
un cadáver semienterrado entre las maderas y las vigas.
Está tan cubierto de polvo que sus ropas son del gris confederado. Tiene el rostro de
un blanco amarillento; las mejillas hundidas; las sienes sobresalen con unos bordes
angulosos dando a la frente una estrechez lúgubre; el labio superior, levemente alzado,
descubre los dientes blancos, rígidamente apretados. El pelo está enteramente impregnado
de sudor y el rostro tan húmedo como la hierba cubierta de rocío. Desde donde se
encuentra, el oficial no advierte el fusil; en apariencia, el hombre había muerto por el
derrumbamiento del edificio.
—Muerto hace una semana —dijo el oficial lacónicamente.
Siguió su camino, consultando su reloj con aire ausente, como para verificar su
cálculo de la hora. Las seis y cuarenta minutos.

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Visiones De La Noche

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Tengo la convicción de que el don de los sueños es un valioso obsequio literario,
pues si con alguna técnica aún no descubierta pudiéramos captar, fijar y utilizar las
insólitas imágenes que proporciona, tendríamos una literatura «muy por encima de lo
corriente». Del mismo modo que los animales adiestrados adquieren nuevas capacidades
y aptitudes, ese don podría mejorarse sensiblemente una vez capturado y domesticado.
Con ello, doblaríamos las horas productivas y realizaríamos nuestra más fructífera labor
mientras dormimos. Pero, incluso en las condiciones actuales, el mundo de los sueños es
un terreno que produce rentas, tal y como demuestra «Kubla Khan».
¿Y qué es el sueño? Pues una desordenada disposición de recuerdos inconexos, una
embrollada sucesión de pensamientos que una vez estuvieron presentes en la conciencia
insomne. Es una resurrección de todos los muertos en tropel (pasados y recientes, justos e
injustos) que, emergiendo de sus tumbas resquebrajadas «con las mismas ropas que
llevaban en vida», corren desordenadamente para conseguir una audiencia del director de
todo ese baile mientras se desgarran los vestidos unos a otros. Pero, ¿es que realmente hay
un director? En absoluto; el que debía serlo renunció a su autoridad y la masa se ha
apoderado de su voluntad. Murió, pero no resucita con los demás; su capacidad de juicio y
de sorpresa ha desaparecido. Puede sentir dolor y alegría, terror y atracción, pero no
asombro. Lo monstruoso, absurdo y antinatural se convierte entonces en sencillo, correcto
y razonable. Ni lo ridículo divierte ni lo imposible desconcierta. El único poeta verdadero
que encontramos es, pues, el soñador; en él «la imaginación es compacta».
Pero la imaginación no es otra cosa que recuerdo. Si no, intenta imaginar algo que
nunca hayas visto, sentido, oído o leído. Prueba a concebir, por ejemplo, un animal que no
tenga cuerpo, miembros o cola, o una casa sin paredes ni techo. Cuando estamos
despiertos dirigimos y ordenamos nuestros pensamientos por medio de la voluntad y el
juicio; seleccionamos y sacamos del almacén de los recuerdos aquello que nos sirve, y
excluimos, no sin dificultad, lo que no nos interesa. Por el contrario, cuando dormimos
nuestras fantasías «nos suceden». Aparecen tan agrupadas y mezcladas, tan impregnadas
de sus mutuos elementos, que el conjunto parece nuevo; pero las viejas y conocidas
unidades de pensamiento son las mismas. Tanto despiertos como dormidos, lo que
sacamos de nuestra imaginación son nuevas combinaciones; «la materia de la que están
hechos los sueños» es reunida por los sentidos y almacenada en la memoria del mismo
modo que las ardillas almacenan nueces. Pero hay al menos un sentido que no contribuye
a la fábrica de los sueños: nadie ha soñado nunca un olor. La vista, el oído, el tacto, e
incluso el gusto trabajan para asegurar nuestro entretenimiento nocturno; pero el sueño no
tiene nariz. Sorprende que observadores tan sagaces como los antiguos poetas no
describieran a la divinidad en actitud durmiente, y que sus obedientes siervos, los
escultores, no la representaran. Puede que estos últimos, al trabajar para la posteridad,
intuyeran que el tiempo y la fatalidad revisarían inevitablemente su obra, y por ello la
conformaran a hechos naturales.
¿Quién es capaz de relatar un sueño de tal forma que lo parezca? No creo que exista
un poeta con un estilo tan fino; es como intentar transcribir la música de un arpa eólica.
Existe una especie conocida del género Pelmazo (Penetrator intolerabilis) que después de
leer una narración —tal vez de algún gran escritor— se las ve y se las desea para exponer
su argumento con el fin de instruir y deleitar. Al final considera (¡qué buen espíritu!) que
no hace falta leerla. «Bajo condiciones y circunstancias sustancialmente semejantes» (como
reza una ley que rige el comercio interestatal) yo no debería incurrir en una falta similar.
Con todo, me propongo exponer en estas hojas la trama de algunos de mis propios sueños,
si bien hay que tener en cuenta que aquí «las condiciones y circunstancias» son diferentes,
pues mis fantasías no son accesibles al lector. Algunos fragmentos parecerán pobres y sé
que al comentarlos no alcanzaré un gran éxito, pero he de reconocer que me resulta
imposible apresar a un espíritu tan esquivo como éste.
Caminaba durante el crepúsculo por un enorme bosque de árboles antes nunca
vistos, sin saber de dónde venía ni adónde iba. Sentí la desmesurada extensión de aquel
lugar y me di cuenta de que estaba completamente solo. La idea de algún horrible hechizo,
como castigo a un crimen olvidado que debía de haber cometido al amanecer, me
obsesionaba. Avancé mecánicamente y sin esperanzas bajo los árboles siguiendo una
senda que atravesaba las embrujadas soledades de la espesura. Un tenebroso arroyo
cruzaba perezosamente mi camino: era sangre. Giré hacia la derecha y lo seguí durante un
largo trecho; al cabo de un rato llegué a un abierto espacio circular, inundado por una luz
tenue e irreal, en cuyo centro se podía reconocer un depósito de mármol blanco. Estaba
lleno de sangre y el riachuelo que había seguido era su desagüe. En torno al depósito,
entre él y el bosque circundante, había un espacio de unos dos pies de anchura cubierto
por grandes losas de mármol sobre las que yacían unos veinte cuerpos humanos sin vida.
Aunque no los conté, sabía que su número tenía alguna relación clara y portentosa con mi
crimen. Posiblemente indicaba en siglos la fecha en la que lo había cometido; la precisión
de la cifra era pues evidente. Los cuerpos estaban desnudos y distribuidos simétricamente
alrededor del tanque como si fueran los radios de una rueda: reposaban sobre la espalda
con los pies hacia afuera, y sus cabezas, abatidas sobre el borde de la cubeta, mostraban un
corte en la garganta del que brotaba sangre lentamente. Observé toda la escena sin hacer el
menor movimiento. Era el resultado natural y necesario de mi pecado y, por ello, no me
afectaba. Pero había algo que me llenaba de aprensión y temor, una pulsación monstruosa
que tenía un ritmo lento e inexorable. No sé si se dirigía a alguno de mis sentidos o si
llegaba directamente a mi conocimiento a través de algún camino desconocido para la
ciencia. La lastimosa regularidad de su amplia cadencia era enloquecedora e invadía todo
el bosque. Parecía la manifestación de un mal gigantesco e implacable.
No recuerdo nada más de este sueño. Dominado probablemente por el pánico cuyo
origen debía de ser el malestar propio de una mala circulación sanguínea, grité y mi
propia voz me despertó.
Este otro sueño aconteció en los primeros años de mi juventud. No tendría más de
dieciséis años y, a pesar del tiempo transcurrido, recuerdo lo que en él ocurría con la
misma claridad que cuando apenas había pasado una hora y yacía encogido de miedo bajo
la colcha.
Me encontraba solo en una inmensa llanura y era de noche (en mis pesadillas
siempre suelo estar solo y normalmente es de noche). No había árboles, ni ríos ni colinas,
ni rastro alguno de presencia humana. El terreno estaba cubierto de una vegetación rala y
oscura, una especie de rastrojos, que recordaba que la llanura había sido arrasada por el
fuego. El camino por el que deambulaba mostraba algunos charcos que desaparecían y
volvían a aparecer, como si al fuego le hubiera seguido la lluvia. Unos oscuros nubarrones
desplazaban aquellas partes de cielo reflejadas en los charcos. Al desaparecer, daban paso
al brillo acerado de los astros, a cuya luz álgida las aguas mostraban un lustre sombrío. Me
dirigí hacia el oeste, donde un fulgor escarlata resplandecía en el horizonte bajo largas
franjas nubosas, produciendo un efecto de lejanía inconmensurable, semejante a la que
había aprendido a escudriñar en los dibujos de Doré, quien, con cada trazo, formulaba un
presagio y una maldición. Mientras avanzaba vi siluetas de torres y almenas que se
perfilaban contra ese escenario misterioso y que crecían cada vez más hasta alcanzar unas
dimensiones inimaginables. Aquella construcción que iba llenando mi amplio ángulo de
visión no parecía, sin embargo, estar más cercana. Desesperado y sin ánimos, continué
avanzando con dificultad por la condenada y lúgubre llanura, mientras la enorme
estructura siguió creciendo hasta resultar inabarcable con la vista. Sus torres eclipsaron
completamente las estrellas. Entonces atravesé un pórtico descomunal cuyas columnas
estaban construidas con sillares ciclópeos.
El interior, completamente vacío, mostraba el polvo propio del abandono. Una luz
difusa —esa luz que sólo existe en los sueños, y que tiene vida propia— me permitió
recorrer largos pasillos que parecían no tener fin y atravesar estancias enormes cuyas
puertas cedían a mi paso. Mis pisadas resonaban con el mismo eco que en las mansiones
abandonadas y en las criptas habitadas. Caminé durante horas por aquella horrible
soledad, consciente de que buscaba algo desconocido. Por fin, me encontré en lo que
supuse el último rincón del edificio: una habitación de dimensiones normales con una
única ventana. A través de ella volví a ver el resplandor rojizo que, como un signo
inequívoco, se extendía hacia el occidente, y reconocí en él al fuego inmutable de la
eternidad. Por encima de aquel fulgor siniestro y amenazante llegaba la terrible verdad
que años más tarde, como un capricho extravagante, intenté expresar en verso:
Hace tiempo el hombre desapareció del orbe.
La corte de ángeles cayó en tumbas ignoradas.
También los diablos han quedado fríos al fin,
Y hasta el mismo Dios yace al pie del gran trono blanco.
A pesar del resplandor, era difícil ver en la oscuridad reinante y pasó algún tiempo
antes de que descubriera, en el rincón más alejado de la habitación, los contornos de una
cama a la que me acerqué con un fatal presentimiento. Sospechaba que la parte funesta de
mi aventura terminaría con un clímax espantoso, pero no pude resistirme al hechizo que
me empujaba a concluirla. Sobre la cama, medio desnudo, yacía el cadáver de un hombre.
Estaba boca arriba, con los brazos pegados a los costados. Al inclinarme sobre él, cosa que
hice con asco pero sin miedo, descubrí que estaba horriblemente descompuesto. Las
costillas sobresalían entre la carne apergaminada y, a través del vientre hundido,
asomaban las protuberancias de la espina dorsal. Tenía el rostro renegrido y acartonado, y
sus labios, algo separados de unos dientes amarillentos, castigaban su semblante con una
sonrisa horrenda. Un abultamiento bajo los párpados parecía indicar que los ojos habían
escapado a la destrucción general. Y así era, pues cuando me acerqué a verlos, se abrieron
lentamente y se clavaron en los míos con una mirada sólida y tranquila. Traten de
imaginar mi espanto, pues me resulta imposible describirlo: ¡aquellos ojos eran los míos!
Esos someros restos de una especie desaparecida, ese engendro horrible que ni el tiempo
ni la eternidad habían conseguido destruir, aquel desperdicio tan odioso y aborrecible que
continuaba vivo tras la muerte de Dios y de los ángeles... ¡era yo!
Hay sueños que se repiten. De ellos hay uno que me parece suficientemente raro
como para justificar su relato, aunque me temo que el lector llegue a pensar que el reino de
los sueños es cualquier cosa menos un terreno feliz por el que mi alma vaga a altas horas.
Y no es así. Un gran número de mis incursiones en el mundo onírico, y supongo que
muchas de las de los demás, van acompañadas de los más felices finales. Mi imaginación
retorna al cuerpo como la abeja a la colmena, cargada de un botín que, con la ayuda del
azar, se transforma en miel y se almacena en las celdas del recuerdo como un gozo eterno.
Pero el sueño que voy a relatar tiene una carácter doble; se trata de una experiencia
extrañamente horrorosa, pero el horror que inspira es tan absurdamente
desproporcionado al incidente que lo provoca que, al recordarlo, su fantasía divierte.
Atravieso un claro en una zona escasamente boscosa. Entre el cordón de árboles
diseminados alrededor de ese espacio irregular, se ven algunos campos cultivados y
viviendas en las que habitan inteligencias extrañas. Debe de estar a punto de amanecer
porque, a través de las neblinas que llenan caprichosamente el paisaje, se ve una luna casi
llena que, de un color rojo sanguinolento, desciende por el oeste. La hierba que piso está
húmeda por el rocío y toda la escena tiene la luz de plenilunio de una mañana estival.
Junto al camino hay un caballo que pasta ruidosamente. Cuando paso a su lado levanta la
cabeza y, sin hacer el menor movimiento, me observa durante un rato. Después se acerca.
Es blanco como la leche, manso de porte y de aspecto amigable. «Este caballo es un alma
apacible», me digo mientras me detengo a acariciarlo. Con los ojos fijos en los míos, se
aproxima más y me habla con voz humana, con palabras articuladas. Esto, más que
sorprenderme, me aterroriza, y rápidamente me despierto.
El caballo siempre habla mi lengua, pero nunca entiendo lo que dice. Supongo que
será porque salgo de su mundo antes de que se acabe de expresar. Seguro que a él le
asusta tanto mi repentina desaparición como a mí su forma de hablarme. Daría cualquier
cosa por conocer el significado de sus palabras.
Tal vez una mañana lo haga y ya no regrese nunca más a este nuestro mundo.

miércoles, 13 de agosto de 2008

UNA MANERA DE VIVIR, SIENDO GOTICO


La muerte y la oscuridad inspiran al mundo gótico



La música, la literatura, el cine y otras artes son parte de esta subcultura urbana. Sus integrantes viven a fondo la tristeza, la muerte y el dolor.
Sus reuniones son en la noche. No tienen sitios fijos. Su modo de vida los une. Lo gótico está relacionado con lo oscuro. Esta subcultura denota en sus dinámicas y consumos su posición frente a sí misma y a su entorno. En Guayaquil, gran parte de ella está dispersa y solo se encuentran en conciertos.

Hace dos años, Miguel Ángel Pérez tuvo la idea de asociar a los góticos de Guayaquil. De esta iniciativa nació el grupo Cultura Gótica.

Sus propio estilo

Las camisetas y otros accesorios que diseñan los integrantes del colectivo Cultura Gótica se venden en las tiendas de Chóez, en el Puerto Principal.
En la capital también están disponibles, en el local Dream Metal, del Centro
comercial Caracol.
Ahora son 15. La gente de este colectivo siente que la cultura dominante los hace a un lado, los desconoce y a veces los rechaza.

No obstante, ellos mantienen sus ideas, que se refuerzan con sus actividades, pues Pérez explica que ser gótico es un modo de vida. Cultura Gótica diseña camisetas y adhesivos .

Para Patricio Flores, gótico residente en Quito, los primeros indicios del movimiento gótico metalero en Ecuador están en 1996, con la banda ambateña Cry.

Pero al igual que otros que gustan de la oscuridad como él, está consciente de que “lo gótico no es solo música. También es pintura, teatro, danza, fotografía, arquitectura... Lo gótico es, en resumen, una forma de expresión de todas las depresiones, de lo que hemos guardado dentro nuestro”.

En cuanto a literatura, Cultura Gótica prefiere leer a autores como Edgar Allan Poe, Oscar Wilde... El cine también es un puntal importante y entre los emblemáticos está ‘Drácula’ dirigida por Francis Ford Coppola, sobre la obra homónima de Bram Stoker.

Pero la música tiene un sitial privilegiado. Y Cultura Gótica prefiere escuchar a AFI, Joy Division y The Cure, entre otros.

Muchos góticos, como Vanessa Álvarez, se han apasionado por el estilo por su estética y por su historia. Ella es integrante de la banda Nekrótica, de Quito. Álvarez considera que lo gótico nació en la Edad Media, y afirma que surgió en esta etapa de la historia porque fue la época más oscura.

Como la mayoría de góticos, y contrario a lo que la gente suele pensar al respecto, su acceso a esta subcultura urbana fue a través de la música clásica y no del rock.

Ella también considera una importante influencia de otros géneros como el postpunk. “ La depresión del punk tiene mucho que ver. Uno lo va sintiendo, lo va conociendo, va escuchando, le va gustando, le va llegando”, afirma.

Para Álvarez, los estigmas sociales por su oscura forma de vestirse no son más que prejuicios. Ella considera que lo gótico tiene relación, por ejemplo, con la literatura de los Decapitados. “Escribían palabras oscuras y nosotros nos basamos en eso.

El pasillo es muy triste y es la esencia que llevamos. Es la visualización poética y artística de la tristeza, de la melancolía, de la muerte, del dolor que sientes cuando pierdes a alguien. Es adentrarse en ver el lado bello de la tristeza y de la muerte”.
EN SI, ES EL PENSAMIENTO GOTICO GENERAL, PERO PIENSO QUE INDIVIDUALMENTE, TAMBIEN TIENES QUE CRECER, ESTA MUY BIE, PERO HE SENTIDO UN MOVIMIENTO COMUNAL, QUE NO ES MALO, SOLO DIGO DE BUSCAR LA PARTE INDIVIDUAL DE TODO, CLARO QUE ES BUENO COMPARTIR, IGUAL QUE ES BUENO, SER,MEDITAR, E INTENTAR CONOCERSE CADA DIA MAS; Y AUN ASI, SOLO ES UNA OPINION, Y LA SUMA DE TODAS, ESA ES LA FOERMA FINAL, NO ES FACIL...

EL DIOS CABALLO -- TERROR -- LISA TUTTLE

EL DIOS CABALLO -- TERROR -- LISA TUTTLE
_
EL DIOS
CABALLO
Lisa Tuttle



_
La puerta doble del establo estaba cerrada con una cadena gruesa y oxidada,
asegurada con un viejo candado.
Marilyn sostuvo el candado con una mano mientras daba un tirón de la cadena, que
no cedió. Se quedó mirando los tablones astillados de madera grisácea y se preguntó cómo
habían conseguido entrar los niños.
Mientras se limpiaba las manos, llenas de un polvo rojizo, Marilyn recorrió
lentamente el tabique lateral del viejo establo. Bajo sus pies, enfundados en unas botas,
crujieron las hojas muertas y las hierbas secas y la mujer encogió los hombros contra el
viento helado.
—Hay mucho espacio para caballos —había dicho Kelly la noche anterior durante la
cena—. Es un establo perfecto. No se puede decir que no sea práctico tener un caballo ahí.
Kelly era hija de Derek, tenía once años y estaba loca por los caballos.
Aquel establo, pensó Marilyn. había sido utilizado como caballeriza y podía
recuperar tal función, ¿por qué no comprarle un caballo a Kelly? ¿Y por qué no comprarse
otro ella misma? De joven, Marilyn solía ir a montar a Central Park. Contempló la longitud
del establo y advirtió que, por alguna razón desconocida, la puerta de cada caballeriza
estaba cerrada a conciencia con tablones clavados.
La mujer advirtió que estaba temblando y terminó la vuelta al establo con paso
apresurado, para luego regresar al trote hasta la casa.
Esta era grande y sólida, construida en piedra gris 170 años antes. Parecía un error,
un objeto fuera de lugar en aquella tierra fría y vacía. ¿Quién habría escogido instalarse
allí? ¿Quién desearía labrarse un futuro sobre aquella tierra estéril y pedregosa?
El viejo caserón y el paisaje pavorosamente vacío formaban un escenario similar al
imaginado por Marilyn —quien se dedicaba a escribir novelas de misterio— para situar
uno de sus relatos. Sin embargo, la realidad empezaba a resultar mucho menos
encantadora para la mujer de lo que había sido la ficción para la heroína de la historia.
La gran cocina estaba caliente y resultaba acogedora, después de haber pasado aquel
rato a la intemperie. Marilyn se apoyó en el fregadero para recuperar el aliento e intentó
relajarse. Sin embargo, seguía sintiéndose tensa. Ahora que los niños se habían marchado
a la escuela, la casa parecía anormalmente tranquila. Marilyn sonrió, burlándose de sí
misma. Una semana antes, los niños casi la habían vuelto loca con sus ruidos y peticiones
constantes pero —ahora que, por suerte, estaban lejos seis horas al día, en la escuela— se
sentía terriblemente incómoda e inquieta.
De un extremo a otro, pensó Marilyn. Era la historia de su vida.
Hacía apenas un año, ella y Derek, recién casados, empezaban a hacer vagos planes
para tener un hijo —dos, quizás— «algún día».
Y, precisamente entonces, Joan, la ex esposa de Derek, había decidido que ya llevaba
suficientes años ejerciendo de madre; así, casi antes de que Marilyn tuviera tiempo de
pensárselo, se encontró de pronto con una hija a medio crecer.
Y, muy poco después de ese acontecimiento, cuando Marilyn y Kelly todavía no se
habían tomado plena confianza, había fallecido la hermana viuda de Derek, dejando al
cuidado de éste a sus cuatro hijos.
¡Cinco niños! Probablemente, si le hubieran venido de la manera normal, uno cada
vez con el correspondiente intervalo, no le habrían parecido una carga tan abrumadora.
También habían sido los niños quienes habían hecho casi imposible seguir viviendo
en Nueva York. La casona donde estaban había pertenecido a la familia de Derek desde su
construcción, pero hacía muchos años que nadie vivía en ella. De vez en cuando se
utilizaba como casa de veraneo, pero la comarca no tenía lugares interesantes para gente
de vacaciones: no había lagos ni montañas, y el clima solía ser desapacible. Era un país
inhóspito, un rincón olvidado del estado de Nueva York.
Seguramente resultaría un lugar idóneo para escribir, le habían dicho todos sus
amigos. Una casa antigua, de muros preñados de historia, erguida en un terreno
pedregoso y triste, bajo un cielo impoluto y alejada de los ruidos y distracciones de la
ciudad. Sin embargo, Derek era capaz de escribir en cualquier parte, pues llevaba su
propia atmósfera donde iba, como parte de la disciplina profundamente asimilada.
Marilyn, por su parte, necesitaba los bares, restaurantes, museos, tiendas y bibliotecas de
una gran urbe para llenar las horas en que las palabras no querían afluir a su mente.
El silencio era de pronto opresivo, insoportable. Derek no estaba trabajando. Qurizá
deseaba un poco de conversación. Marilyn atravesó el largo y oscuro pasillo pensando
para sí que la casa necesitaba más apliques y lámparas, además de cuadros en las paredes
y alfombras en los fríos suelos de madera.
Derek estaba sentado tras la gran mesa que le servía de escritorio, limpiando una de
sus sesenta y siete pipas. La alfombra, deshilachada pero de dibujos espléndidos, el fulgor
de la lámpara y los libros que cubrían las paredes hacían que aquella estancia, biblioteca y
despacho de Derek a un tiempo, pareciera más cálida y más confortable que el resto de la
casa.
—¿Te apetece que charlemos? —dijo Marilyn, deteniéndose en el umbral con una
mano en el picaporte.
—Claro, entra. Estoy trabado intentando encontrar una manera de meter al esclavo
protagonista con la dueña de la plantación sin hacer que ésta parezca otra típica
ninfómana.
—Haz que la consuele en un momento de debilidad —respondió Marilyn. Cerró tras
ella la puerta del oscuro pasillo y añadió—: Simplemente, el esclavo está cerca en el
momento en que ella recibe una carta informándole de la muerte de su querido hermano.
Rota de dolor, y como afirmación vital, ella y el esclavo acaban juntos en la cama.
—Muy bien —asintió Derek—. ¿Tienes algún problema que pueda ayudarte a
resolver?
—Ninguno que tenga que ver con la literatura —dijo ella cruzando la estancia hasta
llegar a su lado. Derek pasó un brazo por su cintura—. Me preguntaba si no podríamos
conseguir un caballo para Kelly. He salido a inspeccionar el establo, y está totalmente
cerrado y tapiado con maderos, pero estoy segura de que podríamos entrar y
acondicionarlo. Y tampoco creo que nos costase mucho dinero mantener un caballo o dos.
—O dos... —repitió él. Inclinó la cabeza a un lado y dedicó a Marilyn una mirada
socarrona—. ¿Estás segura de querer utilizar un establo con una historia tan macabra
como ése?
—¿A qué te refieres?
—¿No te he contado nunca cómo murió mi, veamos... tío abuelo; sí, supongo que era
mi tío abuelo, Martín?
Marilyn movió la cabeza en señal de negativa, con aire suspicaz.
—Es una historia de los más increíble.
—Derek...
—Es una historia verídica, te lo prometo. Bueno..., ¿recuerdas mi primera novela de
esclavos?
—¿Cómo podría olvidarla? Sirvió para pagar la luna de miel.
—¿Recuerdas el fragmento en que el malvado amo que tortura por igual a sus
esclavos y a sus caballos acaba muerto finalmente por un semental enloquecido?
—Sí —respondió Marilyn con un gesto de desagrado—. Eso fue un poco excesivo,
opino. Los caballos no son carnívoros.
—Saqué la idea del modo en que murió ese tío abuelo, Martín. Aparentemente, sus
caballos, de los que tenía un establo lleno, se volvieron locos. No sé si realmente llegaron a
comérselo, pero cuando encontraron el cuerpo, todo él estaba totalmente destrozado a
mordiscos. —Derek se movió en su asiento—. No hay noticias de que Martín fuera un
hombre cruel con los animales. Y no maltrataba a sus caballos, sino que los adoraba. En
cambio, no apreciaba a los indios; corría la historia de que el gran establo estaba
construido sobre terrenos sagrados de los indios, quienes en correspondencia a tal acción
lanzaron una maldición sobre Martín y sus caballos.
Marilyn movió la cabeza en señal de negativa.
—Una leyenda más. ¿Cuándo sucedió todo eso?
—Hacia 1880.
—¿Y desde entonces permanece cerrado el establo?
—Supongo que sí. Recuerdo que las pocas veces que Anna y yo veníamos por aquí
de niños, nos fue imposible encontrar el modo de entrar. Imaginábamos historias sobre los
fantasmas de los caballos enloquecidos, encerrados todavía en el establo. Pero como eran
fantasmas, las paredes normales no podían retenerlos y por las noches salían a pastar.
Recuerdo algunas noches en que Anna y yo nos acurrucábamos juntos, convencidos de
haber escuchado el piafar de los fantasmas...
Derek tenía la mirada perdida en el vacío. Al recordar cuánto había querido siempre
a su hermana, a Marilyn le remordió la conciencia haber puesto tantos reparos para
aceptar a los hijos de Anna. Después de todo, ellos eran todo cuanto le había dejado su
hermana.
—¿Así que este lugar está embrujado? —dijo, intentando bromear.
Sin embargo, la voz le salió algo agitada.
—La casa, no —respondió rápidamente Derek—. El tío Martín murió en el establo.
—¿Y tus antepasados que vivieron aquí antes del suceso? ,.No les afectó la maldición
india?
—Bien...
—¡Derek! —replicó ella con ademán admonitorio.
—Está bien, allá va: la primera familia, el primer puñado de miembros de la familia
Hoskins que se estableció aquí terminó asesinado por los indios. Los padres y los dos
sirvientes fueron degollados, y los niños fueron raptados. La casa ardió hasta los
cimientos. Evidentemente, no se trata de la misma casa donde ahora estamos.
—Pero está levantada en el mismo lugar.
—No, exactamente. La casa antigua estaba situada al otro lado del establo, aunque
dudo que entonces existiera tal establo. Anna y yo solíamos jugar entre los cimientos. Una
vez encontré allí un cuchillo, y ella encontró una cajita de latón que contenía cenizas y un
anillo de peltre.
—Pero no encontrasteis nunca fantasmas.
Derek alzó la mirada hacia ella.
—¿Los fantasmas siguen merodeando cuando se quema la casa en que moran?
—Quizás.
—Bien, no vimos ninguno. Quizá esos Hoskins estaban demasiado lejos en el tiempo
para preocuparse. Y tampoco vimos fantasmas indios.
—¿Tampoco aparecieron nunca los fantasmas de los caballos?
—¿Aparecer? —Derek pareció pensativo—. No recuerdo. Quizás. Es curioso lo que
puede olvidarse uno de su infancia. Por muy importante que a uno le pareciera algo
entonces.
—Cuando crecemos, nos hacemos personas diferentes —sentenció Marilyn.
Derek permaneció un instante con la mirada perdida en el vacío, se incorporó y
señaló con un gesto la pared repleta de libros que tenía a su espalda.
—Si te interesa la historia de la familia, ese cuadernillo de tapas verdes de cuero fue
escrito por uno de mis tíos y publicado por una revista de sociedad. En él se remonta la
familia Hoskins hasta los tiempos de Shakespeare, si recuerdo bien. La temporada más
larga que he permanecido aquí hasta ahora fue un verano muy lluvioso, cuando tenía
unos doce años... Parecía que llovería eternamente, y leí en esos días la mayor parte de los
libros de la casa, incluidos éstos.
—Me encantaría leerlos.
—Adelante.
Derek la observó cruzar la sala y correr la escalera de la biblioteca hasta la posición
adecuada.
—¡Oye! —dijo entonces—, ¿no estarás pensando en escribir una novela acerca de mi
familia, verdad?
—No. Tengo curiosidad por descubrir qué perversidad llevó a tu antepasado a
decidir la edificación de la casa precisamente aquí. entre todos los lugares de este
continente.
Marilyn pensó en Jane Eyre mientras se instalaba en el asiento al pie de la ventana,
con las pesadas cortinas cayendo detrás de ella, ocultándola a la vista desde la habitación.
Echó un vistazo a la tierra gris y helada y abrió el primer volumen.
James Hoskins ganó el terreno, en la zona rural al norte del estado de Nueva York, en
una partida de cartas. Marilyn imaginó el disgusto del hombre al poner los ojos en lo que
había ganado, pero era un hombre testarudo y, con frecuencia, desafortunado en el juego.
La tierra quizá no fuera gran cosa, pero era suya, y llevó a su familia y sus pertenencias a
una casa de madera que apenas se sostenía. Con el tiempo, se construiría allí una nueva
casa más permanente, más grande y edificada con roca de la propia zona.
Sin embargo. James Hoskins no llegó a verla construida. En una carta a unos
parientes de Filadelfia, Hostins relataba:
La tierra que he ganado es de gran valor, por lo menos para unos cuantos indios
pobres y derrotados que vagabundean por la región. Dos guerreros vinieron ayer a casa y mi
querida esposa estuvo a punto de echarse a llorar ante sus cuentos de magias poderosas y
espíritus vengativos que habitan estas tierras.
Nos dijeron que nos fuéramos porque se trataba de un gran espíritu, antiguo como las
rocas, contra el que no podía protegemos nuestro Dios. Añadieron que estas tierras no son
buenas para la gente de ninguna raza. Un espíritu (cuyo nombre no debe pronunciarse)
sentó sus reales en esta tierra cuando todavía era nueva, y ahora está maldita. Todo esto
dijeron y muchas cosas más del mismo estilo, una y otra vez, hasta que se me agotó la
paciencia y les dije que sería mejor que se largaran antes de que yo también hiciera magia
poderosa con mi vieja «Betsy».
Aunque mi esposa temblaba de miedo, mi hija pequeña demostró tener más valor que
su madre y prometió que haría pedazos a aquel espíritu pagano y se lo tomaría para cenar.
Eso me hizo reír a carcajadas, y los indios desaparecieron a toda prisa, moviendo las cabezas
en señal de negativa.
Marilyn se preguntó qué habría sido de aquella pequeña fierecilla. ¿La habrían
raptado los indios, admirados de su entereza? Continuando con su lectura, encontró los
detalles de la muerte de los incrédulos Hoskins. Los indios no sólo habían prendido fuego
a la modesta casita de madera, sino que previamente habían hecho una carnicería entre
sus habitantes.
«Les abrieron el vientre y les arrancaron las vísceras con cuchillos de la manera más
violenta, salvaje e inhumana que pueda imaginarse, y todo ello por el pecado de vivir en
una tierra sagrada, dedicada a un espíritu sin nombre.»
Marilyn pensó en el cuchillo que, según Derek, había encontrado cuando era niño.
Algo golpeó el cristal de la ventana y Marilyn levantó la cabeza de golpe,
contemplando el exterior. Había empezado a llover y se estaba levantando un viento que
enviaba pequeñas cortinas de agua contra el cristal.
Observó el paisaje, envuelto ahora por la lluvia, y se preguntó por qué considerarían
sagrada aquella tierra rocosa y desolada. Su mente empezó a pensar vagamente en libros
de antropología que la podrían ayudar; quizás algún trabajo sobre los indios de la región
podría informarle más. La biblioteca de Janeville no tenia gran cosa. Ella había estado allí
y no era más que una sala de reducidas dimensiones llena de novelas históricas y textos de
geología. Sin embargo, la bibliotecaria quizá pudiera conseguirle textos de otras
bibliotecas del estado, o quizás incluso de las bibliotecas universitarias.
Bajó la vista al reloj y advirtió que ya hacía un buen rato que había terminado la
escuela; los niños debían de estar esperando en la parada del autobús con aquel tiempo
tan horrible. Descorrió las pesadas cortinas verdes.
—Derek...
La sala estaba vacía. Derek había salido ya en busca de los niños, pensó Marilyn,
aliviada. Desde luego, Derek se tomaba su tarea de padre con mucho más interés que ella.
Naturalmente, Kelly era hija suya, y Derek había tenido años para acoplarse a la
paternidad. Volvió a preguntarse si sería adecuado comprar aquel caballo para la
muchacha, y deseó que Derek se opusiera a la idea.
Quizá fuera una tontería preocuparse por antiguas maldiciones indias y temer que
un acontecimiento ocurrido hacía tanto tiempo volviera a suceder, pero Marilyn no quería
más caballos en un lugar donde los caballos se habían vuelto locos en una ocasión. Ahora
no existían allí indios ni caballos, y quizás estuvieran a salvo.
Marilyn observó los libros que aún se amontonaban a su lado y se propuso buscar la
sección que hablara de caballos. Sin embargo, se arrepintió inmediatamente después de la
idea. Derek ya le había contado la historia y tendría mucho tiempo para comprobar los
datos en otro instante, cuando no estuviera sola en la casa.
Se puso en pie. Iría a la cocina a hacer algo útil, como preparar un chocolate caliente
y unas tostadas con canela para los niños.
El chillido aún resonaba en sus oídos y vibraba a través de su cuerpo. Marilyn
permaneció tumbada, respirando agitadamente y con la mirada puesta en el techo. ¿Qué
había estado soñando?
De nuevo, el sonido llegó hasta ella amortiguado por la distancia, pero cortante como
una hoja de hielo. No era un sueño; alguien, no muy lejos, estaba gritando.
Marilyn imaginó visualmente la casa en un mapa e intentó decirse a sí misma que no
había sido nada, sólo el graznido de algún ave. Allí fuera, a kilómetros de cualquier parte,
no podía haber nadie gritando; no tenía sentido. Y Derek seguía durmiendo, tranquilo y
relajado. La mujer pensó en despertarle, pero finalmente consideró que no merecía la pena
y se contuvo de hacerlo. Se sentó en la cama. Sería mejor que fuera a ver a los niños, por si
era alguno de ellos quien gritaba a causa de una pesadilla. No se acercó a la ventana,
diciéndose a sí misma que fuera no habría nada que ver.
Encontró a Kelly fuera de la cama, con los brazos cruzados alrededor del cuerpo,
junto a la ventana y contemplando el exterior.
—¿Qué sucede? —preguntó Marilyn.
Kelly no apartó la mirada de la ventana.
—He oído un caballo —dijo la niña en voz baja—. He oído un caballo relinchando, y
me he despertado.
—¿Un caballo?
—Debe de ser un animal salvaje. Si consigo capturarlo y domarlo, ¿podré
quedármelo?
Kelly miró por fin a su alrededor, con los ojos resplandecientes bajo la luz de la luna.
—No creo que...
—¡Por favor!
—Kelly, probablemente sólo ha sido un sueño.
—No. Lo he oído. Me ha despertado. Entonces lo he vuelto a oír. No estoy
imaginando cosas —añadió con voz tensa.
—Entonces, probablemente sea un caballo de alguna de las granjas cercanas.
—No creo que sea de nadie.
Marilyn advirtió de repente lo cansada que estaba. Le dolía todo el cuerpo y no
deseaba discutir con Kelly. Quizás hubiera sido realmente un caballo... Un relincho que
sonara como un grito...
—Vuélvete a la cama, Kelly. Por la mañana tienes que ir a la escuela, y ahora no
puedes hacer nada respecto al caballo.
—Pero iré a buscarlo —respondió Kelly mientras regresaba a su lecho—. Y lo
encontraré.
Cuando salió al pasillo, Marilyn pensó que merecía la pena, ya que estaba levantada,
acudir a observar a los demás niños y asegurarse de que todos estuvieran durmiendo.
Para su sorpresa, todos estaban despiertos. Volvieron hacia ella unos ojos
sobresaltados y soñolientos cuando entró en la habitación y murmuraron fragmentos
inconexos de sus sueños mientras ella los besaba a todos por tumo.
Cuando volvió a la cama, Derek se despertó.
—¿Dónde estabas? —preguntó. Después, volviéndose hacia ella, añadió—: ¡Dios
santo, tienes los pies helados!
—Kelly estaba despierta. Creía haber oído el relinchar de un caballo.
—Ya te lo había dicho —murmuró Derek con vanidosa satisfacción—. Ahí tenemos
otra vez a ese caballo fantasma.
El cielo cubierto amenazaba con descargar una nevada; el día era frío y demasiado
tranquilo. Marilyn se levantó de la mesa donde tenía la máquina de escribir y bajó al piso
inferior con aire de fastidio. La casa estaba en silencio salvo por el lejano repiqueteo de la
máquina de Derek.
—¿Dónde están los niños? —preguntó desde el umbral del despacho.
Derek le dirigió una mirada distraída, con las manos posadas todavía sobre las teclas.
—Creo que han salido todos a limpiar el establo.
—Pero si está cerrado casi herméticamente.
—Humm.
Marilyn suspiró y le dejó. Sentía sobre ella el peso de la responsabilidad de cuidar de
los niños. Ojalá pudieran tenerlos todos los días en la escuela, donde estaban seguros y
fuera de su jurisdicción. Pensó en lo fácilmente que los cuerpecillos de los pequeños
podían resultar heridos o muertos en cualquier accidente. Había tantos peligros, se dijo
mientras descolgaba del armario el abrigo de color de coral. ¿Cómo podía la gente afrontar
la tremenda responsabilidad de tener otras vidas bajo su protección? Era una tarea
imposible.
Los niños habían formado un pequeño pero diligente ejército que entraba y salía del
establo con los brazos cargados de heno, tablones y herramientas. Marilyn buscó a Kelly,
quien dirigía las operaciones desde el umbral de la puerta doble del establo.
—Esa puerta estaba cerrada con un candado —dijo, algo confundida—. ¿Cómo
habéis conseguido...?
—Lo he cortado —respondió Kelly—. En el cuarto de las herramientas había una
sierra para cortar metales. —La niña dirigió una mirada de soslayo hacia Marilyn y añadió
—: Papá dijo que podíamos utilizar cualquier herramienta que encontráramos allí.
Marilyn contempló a la pequeña con aire de inquieto respeto, y después se volvió
hacia donde los demás niños se afanaban, con martillos y con las manos, en quitar los
tablones clavados a las puertas de las caballerizas. La oscuridad del establo quedaba
aliviada por un farol de seguridad colgado de un gancho.
—Quien clausuró este establo hizo el trabajo a conciencia —comentó Kelly—. ¿Tú
sabes por qué?
Marilyn titubeó, y finalmente decidió explicárselo.
—Supongo que le pusieron los tablones debido a las circunstancias en que murió
aquí un antepasado vuestro.
El rostro de Kelly se puso en tensión, sumamente interesada por la revelación.
—¿Murió? ¿Cómo? ¿Asesinado?
—No exactamente. Le mataron sus caballos. Una noche, los animales se volvieron
contra él, nadie supo nunca por qué.
En los ojos de Kelly hubo un destello de sagacidad.
—Debía de ser un hombre malísimo, terriblemente cruel, porque los caballos son
capaces de soportar prácticamente cualquier cosa. Debió de hacerles algo y...
—No. Según parece, no se trataba de una persona malvada.
—Quizá no lo fuera con la gente.
—Hubo quien atribuyó su muerte a una maldición india. La tierra donde se levanta
el establo era, al parecer, sagrada; por ello, algunas personas consideraron su muerte como
una venganza del espíritu que moraba en ella.
—¡Bah! Eso son excusas. Ahora voy a continuar el trabajo, ¿de acuerdo?
Una noche, Marilyn soñó que salía a ensillar un caballo. El establo estaba repleto de
ellos, y todos eran suyos. Eran su orgullo y su placer. En el sueño, la mujer alzaba los
brazos para ponerle las bridas a su favorito, un alazán castrado, cuando de pronto notó,
con una incredulidad que casi la hacía insensible al dolor, unos dientes poderosos que le
mordían en el brazo. Marilyn escuchó el ruido del hueso al quebrarse, vio la carne
desgarrada y, por fin, la sangre...
Al levantar la vista, horrorizada, encontró ante ella los ojos extraños e inyectados en
sangre del caballo.
Un golpe inesperado la lanzó hacia delante, haciéndola caer de cara sobre el polvo y
los restos del pienso y la paja con la respiración entrecortada. Otro de los caballos, su
apacible yegua negra, le había atizado una coz en la espalda. Entonces sintió un dolor
lacerante y desgarrador; cuando por fin consiguió moverse, volvió la cabeza y alcanzó a
ver los grandes dientes amarillentos de los dos caballos, manchados con su sangre, que se
dedicaban a devorarla. Y los de más animales del establo, alrededor de la escena, piafaban
y pateaban en sus caballerizas hasta que, por fin, la madera a la que estaban atados se
astillaba y cedía y acudían en tropel a participar del festín.
A la hora del almuerzo, los niños entraron en la casa parloteando animadamente,
dejando un rastro de fango y nieve sobre el suelo recién colocado. Llevaba toda la mañana
nevando, pero los niños no habían hecho el menor caso de ello. Al contrario de lo que
Marilyn había supuesto, no habían salido a jugar con la nieve con su habitual excitación,
sino que habían pasado la mañana en el establo, como venían haciendo todos los fines de
semana desde hacía una temporada. Según anunciaron, el trabajo estaba casi terminado.
Kelly tomó asiento y echó un poco de sal a su sopa.
—Esperad a ver qué hemos encontrado —dijo con voz entrecortada.
—¿Animal, vegetal o mineral? —preguntó Derek.
—Animal y mineral.
—¿Dónde lo habéis encontrado? —preguntó Marilyn.
El menor de los niños derramó la sopa sobre sus pantalones y se echó a llorar.
Cuando Marilyn volvió a la mesa, todos estaban hablando animadamente sobre el
descubrimiento que habían hecho en el establo. Derek parecía intrigado y los niños
jugaban a mantener el misterio.
—Pero ¿de qué se trata? —preguntó Marilyn.
—Es mejor que lo veáis vosotros mismos. Venid con nosotros después de comer.
Los niños habían trabajado a fondo. La mortecina luz invernal se derramaba por el
interior vacío del establo a través de las puertas entreabiertas de las caballerizas. La paja y
el pienso descompuestos y podridos por el paso del tiempo habían desaparecido y el
suelo, antes cubierto de suciedad y de un par de dedos de polvo, había sido barrido y
fregado hasta quedar limpio como si estuviera por estrenar. El gran dibujo aparecía con
todo detalle, limpio y blanco contra la dura tierra.
No era un caballo. Tras examinarlo de cerca, Marilyn se extrañó de haberlo tomado,
en un primer instante, por un semental salvaje y encabritado. Los caballos tienen pezuñas,
y no talones con tres puntas. Y tampoco tienen una cola de felino, parecida a una
serpiente. También las proporciones del cuerpo del animal eran muy distintas a las de un
caballo, si uno se fijaba bien.
Derek se puso en cuclillas y recorrió con el dedo la silueta del extraño animal. Éste
había sido realizado en yeso, pero era mucho más que un mero dibujo. Los autores debían
de haber grabado unas marcas profundas en el suelo, llenando a continuación los huecos
con algún polvo blanco.
—Me parece que es tiza —confirmó Derek—. Me pregunto qué profundidad tendrán
esas marcas.
Se puso a escarbar con el dedo índice uno de los lados de la gruesa línea blanca.
Kelly se inclinó y le asió del brazo.
—No lo estropees.
—No lo haré, cariño.
Derek alzó la cabeza hacia Marilyn, que todavía estaba algo apartada, contemplando
el grabado.
—Debe de ser la maldición india —musitó.
Intentó sonreír, pero sentía una inquietud que podía derivar en temor en cualquier
instante.
—¿Supones que éste es el aspecto del espíritu que tiene hechizada esta tierra? —
preguntó Derek.
—¿Qué otra cosa, si no?
—En tal caso, es extraño que sea un caballo, en lugar de cualquier animal nativo de
esta zona. Eso significa que la leyenda debió de haber surgido después de la llegada del
hombre blanco...
—Pero esa figura no es la de un caballo —replicó Marilyn—. Fíjate bien.
—No es exactamente un caballo, es cierto —reconoció él, al tiempo que se ponía en
pie y se limpiaba el polvo de las manos—. Pero se parece más a un caballo que a ninguna
otra cosa.
—Tiene un aspecto tan fiero —murmuró Marilyn mientras apartaba la vista,
dirigiéndola al excitado rostro de Kelly—. Muy bien, y ahora que habéis terminado de
limpiar todo esto, ¿qué pensáis hacer?
—Ahora vamos a capturar el caballo.
—¿Qué caballo?
—El salvaje, el que oímos por las noches.
—¡Ah, ése! Bueno, quizás esté ya a muchos kilómetros. Seguramente ya debe de estar
en poder de algún granjero.
Kelly movió la cabeza en señal de negativa.
—Anoche volví a oírlo. Estaba prácticamente pegado a mi ventana, pero cuando me
asomé ya se había ido. Hasta conseguí ver sus huellas en la nieve.
—No estaréis pensando en volver a salir, ¿verdad?
Los niños se volvieron hacia Marilyn con mirada neutra, dispuestos a volverse
hostiles o romper a llorar si se ponía difícil.
—Quiero decir —añadió Marilyn, en tono de disculpa— que ya os habéis pasado
toda la mañana fuera, correteando por ahí. Además, está nevando. ¿Por qué no os estáis
tranquilos un rato, mientras hacéis la digestión? Podéis dedicaros a colorear dibujos, o a
algún juego, y así estaréis en casa, calentitos.
—Ahora no podemos dejarlo —dijo Kelly—. Quizá capturemos al caballo esta tarde.
—¿Y si no lo conseguís? ¿Acaso pensáis salir cada día hasta que lo logréis?
—Exacto —respondió Kelly.
Los demás niños asintieron.
Marilyn se encogió de hombros, accediendo.
—Bueno, pero abrigaros bien. Y no os alejéis demasiado de la casa por si se pone a
nevar con más intensidad. Y no estéis mucho rato fuera, u os helaréis.
Todavía no había terminado de hablar y los niños ya estaban lejos. Marilyn pensó,
desesperada, que los pequeños vivían en otro mundo.
Se preguntó cuánto duraría todo aquello. El proyecto de limpiar el establo contenía
en sí mismo un final definido y concreto, pero Marilyn no creía que los niños pudieran
capturar jamás al caballo que buscaban. Ni siquiera creía que allí fuera, en el campo
nevado, existiera realmente el animal que perseguían, aunque también ella se había
despertado más de una vez a medianoche como resultado de algún sonido agudo y
distante que bien pudiera corresponder al relincho de un caballo.
Marilyn se encaminó al despacho de Derek y se colocó otra vez en el asiento de la
ventana, oculta a la vista de todo gracias a la cortina. La tupida tela de ésta amortiguaba el
constante repiqueteo de la máquina de Derek. La nieve que caía, a su vez, amortiguaba los
detalles del paisaje al otro lado de la ventana. Tomó otro de los pequeños volúmenes
verdes de la historia de la familia y se puso a leer.
«Un mes después de su llegada, Martín Hoskins ya era conocido en Janeville por dos
cosas. Una: porque tenía el proyecto de llevar industrias, riqueza y gente a la montaña del
estado de Nueva York, hasta convertir el pueblecito en una gran urbe. Dos: porque
Hoskins no tenía esposa ni hijos, y todo su orgullo, su pasión y su placer lo constituían sus
seis hermoso caballos.
»Martin conocía la leyenda según la cual sus tierras estaban malditas pero, según
escribió a una joven de Nueva York, "Los indios fueron expulsados de estas tierras hace
mucho, y con ellos sus maldiciones. Estoy seguro de ello pues, ¿qué es una maldición
india sin un cuchillo o una flecha que la respalde?".
»Era cierto que las grandes tribus indias habían sido dispersadas o aniquiladas, pero
aún quedaban por la región algunos pieles rojas andrajosos y sin hogar en el mundo del
hombre blanco. Una mañana, Martín Hoskins encontró a uno de aquellos jóvenes, en otros
tiempos guerreros, camino de Janeville.
»—"Debo advertirle de algo, señor —dijo el harapiento pero orgulloso salvaje—. La
tierra en la que habita es la morada de un espíritu muy poderoso."
»—"Ya he oído ese cuento otras veces —respondió Hoskins, con firmeza pero sin ser
desagradable—, pero no creo en vuestros dioses paganos; no les tengo miedo."
»—"Ese espíritu tampoco es uno de nuestros dioses, pero mi pueblo ha conocido su
existencia y lo ha respetado desde que nuestros antepasados vinieron a poblar esta tierra.
No considere a ese espíritu como un dios, sino como una fuerza..., algo de naturaleza muy
poderosa con lo que no se puede razonar y contra lo que no se puede luchar... Algo así
como una tormenta."
»—"¿Y qué sugieres que haga? —preguntó Hoskins."
»—"Deje este lugar. No intente vivir en estas tierras. El espíritu no puede seguirle si
se va, pero tampoco puede ser expulsado. El espíritu pertenece a esta tierra tanto como la
tierra le pertenece a él."
»—"¡Me estás pidiendo que huya de algo en lo que no creo! —replicó Martín con una
áspera carcajada—. Bien, voy a decirte una cosa: desde luego, creo en la existencia de las
tormentas, pero no huyo de ellas. Soy fuerte. Di: ¿qué podría hacerme ese espíritu?"
»—"Ignoro qué puede hacerle —respondió el piel roja al tiempo que movía la cabeza
con aire apesadumbrado—. Sólo sé que le ofenderá si sigue viviendo en el lugar donde él
habita, y cuanto más le ofenda, más seguro es que le destruirá. No intente cultivar las
tierras y criar animales. Esa tierra sólo reconoce a un amo y no aceptará otro. En ella sólo
puede haber una ley y un amo. Usted debe servir al espíritu, o marcharse."
»—"Yo no sirvo a otro dueño que a mí mismo... o a mi Dios —replicó Martín."»
Marilyn cerró el libro sin querer leer el inevitable y terrible final de Martin. Éste
criaba y cuidaba animales, pensó la mujer distraídamente. ¿Y si se hubiera dedicado a la
agricultura? ¿Cómo habría hecho entonces el espíritu para destruirle?
Se asomó a la ventana y vio con alivio que los niños estaban jugando en el exterior.
Finalmente, habían abandonado la persecución del caballo, pensó. Se preguntó cuál sería
el juego al que se dedicaban en aquel instante. ¿Era quizás el de «seguir al rey»? ¿O
estaban bailando una danza india? De pronto, al verles patear el suelo al tiempo que
alzaban la cabeza, reconoció lo que los niños estaban interpretando. Jugaban a imitar a los
caballos.
Marilyn despertó súbitamente en plena noche, atenta a los ruidos. Su cuerpo se
enderezó, con la boca seca y el corazón latiendo demasiado sonoramente. Volvió a
escuchar el salvaje y enloquecido relinchar de un caballo. Ya lo había oído otras noches,
pero jamás tan cerca ni con un sonido tan humano.
Saltó de la cama y se puso a temblar violentamente cuando sus pies tocaron el suelo
frío y desnudo y el viento helado envió ráfagas como agujas afiladas sobre sus brazos al
aire. Se acercó a la ventana, descorrió la cortina y se asomó al exterior.
La noche era serena y clara. A la luna no le faltaba más que unos pocos grados para
completar la redondez de su disco, que refulgía en el firmamento aterciopelado, limpio de
nubes y tachonado de estrellas. Un grupo de pequeñas figuras estaba bailando sobre el
suelo nevado, saltando, haciendo cabriolas y levantando puñados de nieve mediante
patadas. De vez en cuando, una de las figuras emitía un grito espeluznante, mezcla de
relincho de caballo y de lamento humano. Marilyn notó que se le erizaban los cabellos al
reconocer las figuras que, bajo la ventana, danzaban como marionetas: eran los niños.
Estuvo tentada de correr nuevamente la cortina y volver a la cama sin decir ni hacer
nada, de seguir actuando como si no hubiera sucedido nada anormal. Sin embargo,
aquellos niños eran ahora sus hijos, y no podía permitirse actuar con tamaña
irresponsabilidad.
La ventana chirrió cuando intentaba abrirla, y el leve sonido hizo que los niños
detuvieran su danza. Todos ellos se volvieron al unísono hacia la ventana y fijaron sus
miradas en Marilyn.
Ella contuvo la respiración mientras contemplaba sus pequeños rostros, vueltos hacia
la ventana. El silencio era absoluto, como si aquel instante hubiera quedado congelado
dentro de un bloque de hielo. Marilyn no podía hablar; no se le ocurría qué decir.
000000000000000000000000000
Se retiró al interior del dormitorio dejando caer la cortina ante la ventana abierta, y
corrió hacia la cama.
—Derek —susurró mientras sacudía a éste por el hombro—. Derek, despierta.
Marilyn no podía detener su temblor. Bajo los párpados aún cerrados, los ojos de
Derek empezaban a moverse.
—Derek —insistió ella con un tono de urgencia en la voz.
El hombre abrió los ojos por fin y, todavía medio adormilado, miró a su esposa.
—¿Qué sucede, querida? —Derek debió de captar el miedo que se reflejaba en su
rostro, pues se incorporó de inmediato, apoyándose en los codos—. ¿Has tenido algún mal
sueño?
—No, no ha sido un sueño. Derek, tu tío Martín... Tu tío habría podido vivir aquí si
no hubiera sido él también un amo, o si no hubiera tenido caballos. Los animales se
volvieron contra él porque habían encontrado otro amo.
—¿De qué estás hablando?
—Del espíritu que vive en esta tierra —respondió ella. Ahora ya no temblaba. Gotas
de sudor perlaban su frente—. Ese espíritu utiliza... a los criados, a los subalternos, a los
mandados o como quieras llamarles... El espíritu no puede tolerar que nadie más dé aquí
la menor orden. Él es el único que puede mandar aquí. Y si nosotros...
—Has tenido una pesadilla, querida —le interrumpió él.
Derek intentó atraerla hacia sí bajo las mantas, pero Marilyn le rechazó. Llegó hasta
sus oídos el ruido de los pequeños en la escalera.
—¿Está cerrada la puerta? —preguntó de pronto.
—Sí, creo que sí —respondió Derek al tiempo que fruncía el ceño—. ¿Has oído algo
extraño? Me ha parecido...
—Los niños son un poco como animales, ¿no crees? Al menos. la gente les trata como
si lo fueran. Los adultos, me refiero. Supongo que los niños...
—Ahora sí que he oído algo. Será mejor que vaya a ver...
—¡No! ¡Derek, no!
El picaporte giró sin éxito y empezó un gran estruendo de golpes contra la puerta.
—¿Quién anda ahí? —preguntó Derek con voz enérgica.
—Son los niños—susurró Marilyn.
La puerta cedió, hecha astillas, antes de que Derek llegara a ella. Los niños
irrumpieron en la habitación. ¡Cuántos eran!, pensó Marilyn mientras aguardaba en el
lecho. Lo único que alcanzó a ver fueron sus dientes, cuadrados, enormes y poderosos.

martes, 12 de agosto de 2008

EL VAMPIRO (1816) -- TERROR -- JOHN WILLIAN POLIDORI

EL VAMPIRO (1816) -- TERROR -- JOHN WILLIAN POLIDORI

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EL VAMPIRO
(The Vampyre-1816)
JOHN WILLIAN POLIDORI


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Sucedió en medio de las disipaciones de un duro invierno en
Londres. Apareció en diversas fiestas de los personajes más
importantes de la vida nocturna y diurna de la capital inglesa, un
noble, más notable por sus peculiaridades que por su rango.
Miraba a su alrededor como si no participara de las diversiones
generales. Aparentemente, sólo atraían su atención las risas de los
demás, como si pudiera acallarlas a su voluntad y amedrentar
aquellos pechos donde reinaba la alegría y la despreocupación.
Los que experimentaban esta sensación de temor no sabían
explicar cual era su causa. Algunos la atribuían a la mirada gris y fija,
que penetraba hasta lo más hondo de una conciencia, hasta lo más
profundo de un corazón. Aunque lo cierto era que la mirada sólo
recaía sobre una mejilla con un rayo de plomo que pesaba sobre la
piel que no lograba atravesar.
Sus rarezas provocaban una serie de invitaciones a las
principales mansiones de la capital. Todos deseaban verle, y quienes
se hallaban acostumbrados a la excitación violenta, y experimentaban
el peso del "ennui", estaban sumamente contentos de tener algo ante
ellos capaz de atraer su atención de manera intensa.
A pesar del matiz mortal de su semblante, que jamás se
coloreaba con un tinte rosado ni por modestia ni por la fuerte
emoción de la pasión, pese a que sus facciones y su perfil fuesen
bellos, muchas damas que andaban siempre en busca de notoriedad
trataban de conquistar sus atenciones y conseguir al menos algunas
señales de afecto. Lady Mercer, que había sido la burla de todos los
monstruos arrastrados a sus aposentos particulares después de su
casamiento, se interpuso en su paso, e hizo cuanto pudo para llamar
su atención... pero en vano. Cuando la joven se hallaba ante él,
aunque los ojos del misterioso personaje parecían fijos en ella, no
parecían darse cuenta de su presencia. Incluso su imprudencia
parecía pasar desapercibida a los ojos del caballero, por lo que,
cansada de su fracaso, abandonó la lucha.
Mas aunque las vulgares adúlteras no lograron influir en la
dirección de aquella mirada, el noble no era indiferente al bello sexo,
si bien era tal la cautela con que se dirigía tanto a la esposa virtuosa
como a la hija inocente, que muy pocos sabían que hablase también
con las mujeres.
Sin embargo, pronto se ganó la fama de poseer una lengua
meritoria. Y bien fuese porque la misma superaba al temor que
inspiraba aquel carácter tan singular, o porque las damas se
quedaron perturbadas ante su aparente odio del vicio, el caballero no
tardó en contar con admiradoras tanto entre las mujeres que se
ufanaban de su sexo junto con sus virtudes domésticas, como entre
las que las manchaban con sus vicios.
Por la misma época, llegó a Londres un joven llamado Aubrey.
Era huérfano, con una sola hermana que poseía una fortuna más que
respetable, habiendo fallecido sus padres siendo él niño todavía.
Abandonado a sí mismo por sus tutores, que pensaban que su
deber sólo consistía en cuidar de su fortuna, en tanto descuidaban
aspectos más importantes en manos de personas subalternas, Aubrey
cultivó más su imaginación que su buen juicio. Por consiguiente,
alimentaba los sentimientos románticos del honor y el candor, que
diariamente arruinan a tantos jóvenes inocentes.
Creía en la virtud y pensaba que el vicio lo consentía la
Providencia sólo como un contraste de aquella, tal como se lee en las
novelas. Pensaba que la desgracia de una casa consistía tan sólo en
las vestimentas, que la mantenían cálida, aunque siempre quedaban
mejor adaptadas a los ojos de un pintor gracias al desarreglo de sus
pliegues y a los diversos manchones de pintura.
Pensaba, en suma, que los sueños de los poetas eran las
realidades de la existencia.
Aubrey era guapo, sincero y rico. Por tales razones, tras su
ingreso en los círculos alegres, le rodearon y atosigaron muchas
mujeres, con hijastras casaderas, y muchas esposas en busca de
pasatiempos extraconyugales. Las hijas y las esposas infieles pronto
opinaron que era un joven de gran talento, gracias a sus brillantes
ojos y a sus sensuales labios.
Adherido al romance de su solitarias horas, Aubrey se sobresaltó
al descubrir que, excepto en las llamas de las velas, que
chisporroteaban no por la presencia de un duende sino por las
corrientes de aire, en la vida real no existía la menor base para las
necedades románticas de las novelas, de las que había extraído sus
pretendidos conocimientos.
Hallando, no obstante, cierta compensación a su vanidad
satisfecha, estaba a punto de abandonar sus sueños, cuando el
extraordinario ser antes mencionado y descrito se cruzó en su
camino.
Le escrutó con atención. Y la imposibilidad de formarse una idea
del carácter de un hombre tan completamente absorto en sí mismo,
de un hombre que presentaba tan pocos signos de la observación de
los objetos externos a él —aparte del tácito reconocimiento de su
existencia, implicado por la evitación de su contacto, dejando que su
imaginación ideara todo aquello que halagaba su propensión a las
ideas extravagantes— pronto convirtió a semejante ser en el héroe
de un romance. Y decidió observar a aquel retoño de su fantasía más
que al personaje en sí mismo.
Trabó amistad con él, fue atento con sus nociones, y llegó a
hacerse notar por el misterioso caballero. Su presencia acabó por ser
reconocida.
Se enteró gradualmente de que Lord Ruthven tenía unos asuntos
algo embrollados, y no tardó en averiguar, de acuerdo con las notas
halladas en la calle, que estaba a punto de emprender un viaje.
Deseando obtener más información con respecto a tan singular
criatura, que hasta entonces sólo había excitado su curiosidad sin
apenas satisfacerla, Aubrey les comunicó a sus tutores que había
llegado el instante de realizar una excursión, que durante muchas
generaciones se creía necesaria para que la juventud trepara
rápidamente por las escaleras del vicio, igualándose con las personas
maduras, con lo que no parecerían caídos del cielo cuando se
mencionara ante ellos intrigas escandalosas, como temas de placer y
alabanza, según el grado de perversión de las mismas.
Los tutores accedieron a su petición, e inmediatamente Aubrey le
contó sus intenciones a Lord Ruthven, sorprendiéndose
agradablemente cuando éste le invitó a viajar en su compañía.
Muy ufano de esta prueba de afecto, por parte de una persona
que aparentemente no tenía nada en común con los demás mortales,
aceptó encantado. Unos días más tarde, ya habían cruzado el Canal
de la Mancha.
Hasta entonces, Aubrey no había tenido oportunidad de estudiar
a fondo el carácter de su compañero de viaje, y de pronto descubrió
que, aunque gran parte de sus acciones eran plenamente visibles, los
resultados ofrecían unas conclusiones muy diferentes, de acuerdo con
los motivos de su comportamiento.
Hasta entonces, Aubrey no había tenido oportunidad de estudiar
a fondo el carácter de su compañero de viaje, y de pronto descubrió
que, aunque gran parte de sus acciones eran plenamente visibles los
resultados ofrecían conclusiones muy diferentes, de acuerdo con los
motivos de su comportamiento.
Su compañero era muy liberal: el vago, el ocioso y el pordiosero
recibían de su mano más de lo necesario para aliviar sus necesidades
más perentorias. Pero Aubrey observó asimismo que Lord Ruthven
jamás aliviaba las desdichas de los virtuosos, reducidos a la
indigencia por la mala suerte, a los cuales despedía sin
contemplaciones y aun con burlas. Cuando alguien acudía a él no
para remediar sus necesidades, sino para poder hundirse en la lujuria
o en las más tremendas iniquidades, Lord Ruthven jamás negaba su
ayuda.
Sin embargo, Aubrey atribuía esta nota de su carácter a la
mayor importunidad del vicio, que generalmente es mucho más
insistente que el desdichado y el virtuoso indigente.
En las obras de beneficencia del Lord había una circunstancia
que quedó muy grabada en la mente del joven: todos aquellos a
quienes ayudaba Lord Ruthven, inevitablemente veían caer una
maldición sobre ellos, pues eran llevados al cadalso o se hundían en
la miseria más abyecta.
En Bruselas y otras ciudades por las que pasaron, Aubrey se
asombró ante la aparente avidez con que su acompañante buscaba
los centros de los mayores vicios. Solía entrar en los garitos de faro,
donde apostaba, y siempre con fortuna, salvo cuando un canalla era
su antagonista, siendo entonces cuando perdía más de lo que había
ganado antes. Pero siempre conservaba la misma expresión pétrea,
imperturbable, con la generalmente contemplaba a la sociedad que le
rodeaba.
No sucedía lo mismo cuando el noble se tropezaba con la novicia
juvenil o con un padre infortunado de una familia numerosa.
Entonces, su deseo parecía la ley de la fortuna, dejando de lado su
abstracción, al tiempo que sus ojos brillaban con más fuego que los
del gato cuando juega con el ratón ya moribundo.
En todas las ciudades dejaba a la florida juventud asistente a los
círculos por él frecuentados, echando maldiciones, en la soledad de
una fortaleza del destino que la había arrastrado hacia él, al alcance
de aquel mortal enemigo.
Asimismo, muchos padres sentábanse coléricos en medio de sus
hambrientos hijos, sin un solo penique de su anterior fortuna, sin lo
necesario siquiera para satisfacer sus más acuciantes necesidades.
Sin embargo, cuanto ganaba en las mesas de juego, lo perdía
inmediatamente, tras haber esquilmado algunas grandes fortunas de
personas inocentes.
Este podía ser el resultado de cierto grado de conocimiento
capaz de combatir la destreza de los más experimentados.
Aubrey deseaba a menudo decirle todo esto a su amigo,
suplicarle que abandonase esta caridad y estos placeres que
causaban la ruina de todo el mundo, sin producirle a él beneficio
alguno. Pero demoraba esta súplica, porque un día y otro esperaba
que su amigo le diera una oportunidad de poder hablarle con
franqueza y sinceridad. Cosa que nunca ocurrió.
Lord Ruthven, en su carruaje, y en medio de la naturaleza más
lujuriosa y salvaje, siempre era el mismo: sus ojos hablaban menos
que sus labios. Y aunque Aubrey se hallaba tan cerca del objeto de su
curiosidad, no obtenía mayor satisfacción de este hecho que la de la
constante exaltación del vano deseo de desentrañar aquel misterio
que a su excitada imaginación empezaba a asumir las proporciones
de algo sobrenatural.
No tardaron en llegar a Roma, y Aubrey perdió de vista a su
compañero por algún tiempo, dejándole en la cotidiana compañía del
círculo de amistades de una condesa italiana, en tanto él visitaba los
monumentos de la ciudad casi desierta.
Estando así ocupado, llegaron varias cartas de Inglaterra, que
abría con impaciencia. La primera era de su hermana dándole las
mayores seguridades de su cariño; las otras eran de sus tutores; y la
última le dejó asombrado.
Si antes había pasado por su imaginación que su compañero de
viaje poseía algún malvado poder, aquella carta parecía reforzar tal
creencia. Sus tutores insistían en que abandonase inmediatamente a
su amigo, urgiéndole a ello en vista de la maldad de tal personaje, a
causa de sus casi irresistibles poderes de seducción, que tornaban
sumamente peligrosos sus hábitos para con la sociedad en general.
Habían descubierto que su desdén hacia las adúlteras no tenía su
origen en el odio a ellas, sino que había requerido, para aumentar su
satisfacción personal, que las víctimas —los compañeros de la culpa—
fuesen arrojadas desde el pináculo de la virtud inmaculada a los más
hondos abismos de la infamia y la degradación. En resumen: que
todas aquellas damas a las que había buscado, aparentemente por
sus virtudes, habíanse quitado la máscara desde la partida de Lord
Ruthven, y no sentían ya el menor escrúpulo en exponer toda la
deformidad de sus vicios a la contemplación pública.
Aubrey decidió al punto separarse de un personaje que todavía
no le había mostrado ni un solo punto brillante en donde posar la
mirada. Resolvió inventar un pretexto plausible para abandonarle,
proponiéndose, mientras tanto, continuar vigilándole estrechamente y
no dejar pasar la menor circunstancia acusatoria.
De este modo, penetró en el mismo círculo de amistades que
Lord Ruthven, y no tardó en darse cuenta de que su amigo estaba
dedicado a ocuparse de la inexperiencia de la hija de la dama cuya
mansión frecuentaba más a menudo. En Italia, es muy raro que una
mujer soltera frecuente los círculos sociales, por lo que Lord Ruthven
se veía obligado a llevar adelante sus planes en secreto. Pero la
mirada de Aubrey le siguió en todas sus tortuosidades, y pronto
averiguó que la pareja había concertado una cita que sin duda iba a
causar la ruina de una chica inocente, poco reflexiva.
Sin pérdida de tiempo, se presentó en el apartamento de su
amigo, y bruscamente le preguntó cuáles eran sus intenciones con
respecto a la joven, manifestándole al propio tiempo que estaba
enterado de su cita para aquella misma noche.
Lord Ruthven contestó que sus intenciones eran las que podían
suponerse en semejante menester. Y al ser interrogado respecto a si
pensaba casarse con la muchacha, se echó a reír.
Aubrey se marchó, e inmediatamente redactó una nota alegando
que desde aquel momento renunciaba a acompañar a Lord Ruthven
durante el resto del viaje. Luego le pidió a su sirviente que buscase
otro apartamento, y fue a visitar a la madre de la joven, a la que
informó de cuanto sabía, no sólo respecto a su hija, sino también al
carácter de Lord Ruthven.
La cita quedó cancelada. Al día siguiente, Lord Ruthven se limitó
a enviar a su criado con una comunicación en la que se avenía a una
completa separación, mas sin insinuar que sus planes hubieran
quedado arruinados por la intromisión de Aubrey.
Tras salir de Roma, el joven dirigió sus pasos a Grecia, y tras
cruzar la península, llegó a Atenas.
Allí fijó su residencia en casa de un griego, no tardando en
hallarse sumamente ocupado en buscar las pruebas de la antigua
gloria en unos monumentos que, avergonzados al parecer de ser
testigos mudos de las hazañas de los hombres que antes fueron
libres para convertirse después en esclavos, se hallaban escondidos
debajo del polvo o de intrincados líquenes.
Bajo su mismo techo habitaba un ser tan delicado y bello que
podía haber sido la modelo de un pintor que deseara llevar a la tela la
esperanza prometida a los seguidores de Mahoma en el Paraíso, salvo
que sus ojos eran demasiado pícaros y vivaces para pretender a un
alma y no a un ser vivo.
Cuando bailaba en el prado, o correteaba por el monte, parecía
mucho más ágil y veloz que las gacelas, y también mucho más grácil.
Era, en resumen, el verdadero sueño de un epicuro.
El leve paso de Ianthe acompañaba a menudo a Aubrey en su
búsqueda de antigüedad. Y a veces la incosciente joven se empeñaba
en la persecución de una mariposa de Cachemira, mostrando la
hermosura de sus formas al dejar flotar su túnica al viento, bajo la
ávida mirada de Aubrey que así olvidaba las letras que acababa de
descifrar en una tablilla medio borrada.
A veces, sus trenzas relucían a los rayos del sol con un brillo
sumamente delicado, cambiando rápidamente de matices, pudiendo
ello haber sido la excusa del olvido del joven anticuario que dejaba
huir de su mente el objeto que antes había creído de capital
importancia para la debida interpretación de un pasaje de Pausanias.
Pero, ¿por qué intentar describir unos encantos que todo el
mundo veía, mas nadie podía apreciar?
Era la inocencia, la juventud, la belleza, sin estar aún
contaminadas por los atestados salones, por las salas de baile.
Mientras el joven anotaba los recuerdos que deseaba conservar
en su memoria para el futuro, la muchacha estaba a su alrededor,
contemplando los mágicos efectos del lápiz que trazaba los paisajes
de su solar patrio.
Entonces, ella le describía las danzas en la pradera,
pintándoselas con todos los colores de su juvenil paleta; las pompas
matrimoniales entrevistas en su niñez; y, refiriéndose a los temas
que evidentemente más la habían impresionado, hablaba de los
cuentos sobrenaturales de su nodriza.
Su afán y la creencia en lo que narraba, excitaron el interés de
Aubrey. A menudo, cuando ella contaba el cuento del vampiro vivo,
que había pasado muchos años entre amigos y sus más queridos
parientes alimentándose con la sangre de las doncellas más hermosas
para prolongar su existencia unos meses más, la suya se le helaba a
Aubrey en las venas, mientras intentaba reírse de aquellas horribles
fantasías.
Sin embargo, Ianthe le citaba nombres de ancianos que, por lo
menos, habían contado entre sus contemporáneos con un vampiro
vivo, habiendo hallado a parientes cercanos y algunos niños
marcados con la señal del apetito del monstruo. Cuando la joven veía
que Aubrey se mostraba incrédulo ante tales relatos, le suplicaba que
la creyese, puesto que la gente había observado que aquellos que se
atrevían a negar la existencia del vampiro siempre obtenían alguna
prueba que, con gran dolor y penosos castigos, les obligaba a
reconocer su existencia.
Ianthe le detalló la aparición tradicional de aquellos monstruos, y
el horror de Aubrey aumentó al escuchar una descripción casi exacta
de Lord Ruthven.
Pese a ello, el joven, persistió en querer convencer a la joven
griega de que sus temores no podían ser debidos a una cosa cierta, si
bien al mismo tiempo repasaba en su memoria todas las
coincidencias que le habían incitado a creer en los poderes
sobrenaturales de Lord Ruthven.
Aubrey cada día sentíase más ligado a Ianthe, ya que su
inocencia, tan en contraste con las virtudes fingidas de las mujeres
entre las que había buscado su idea de romance, había conquistado
su corazón. Si bien le parecía ridícula la idea de que un muchacho
inglés, de buena familia y mejor educación, se casara con una joven
griega, carente casi de cultura, lo cierto era que cada vez amaba más
a la doncella que le acompañaba constantemente.
En algunas ocasiones se separaba de ella, decidido a no volver a
su lado hasta haber conseguido sus objetivos. Pero siempre le
resultaba imposible concentrarse en las ruinas que le rodeaban,
teniendo constantemente en su mente la imagen de quien lo era todo
para él.
Ianthe no se daba cuenta el amor que por ella experimentaba
Aubrey, mostrándose con él la misma chiquilla casi infantil de los
primeros días. Siempre, no obstante, se despedía del joven con
frecuencia, mas ello se debía tan sólo a no tener a nadie con quien
visitar sus sitios favoritos, en tanto su acompañante se hallaba
ocupado bosquejando o descubriendo algún fragmento que había
escapado a la acción destructora del tiempo.
La joven apeló a sus padres para dar fe de la existencia de los
vampiros. Y todos, con algunos individuos presentes, afirmaron su
existencia, pálidos de horror ante aquel solo nombre.
Poco después, Aubrey decidió realizar una excursión, que le
llevaría varias horas. Cuando los padres de Ianthe oyeron el nombre
del lugar, le suplicaron que no regresase de noche, ya que
necesariamente debería atravesar un bosque por el que ningún
griego pasaba, una vez que había oscurecido, por ningún motivo.
Le describieron dicho lugar como el paraje donde los vampiros
celebraban sus orgías y bacanales nocturnas. Y le aseguraron que
sobre el que se atrevía a cruzar por aquel sitio recaían los peores
males.
Aubrey no quiso hacer caso de tales advertencias, tratando de
burlarse de aquellos temores. Pero cuando vio que todos se
estremecían ante sus risas por aquel poder superior o infernal, cuyo
solo nombre le helaba la sangre, acabó por callar y ponerse grave.
A la mañana siguiente, Aubrey salió de excursión, según había
proyectado. Le sorprendió observar la melancólica cara de su
huésped, preocupado asimismo al comprender que sus burlas de
aquellos poderes hubiesen inspirado tal terror.
Cuando se hallaba a punto de partir, Ianthe se acercó al caballo
que el joven montaba y le suplicó que regresase pronto, pues era por
la noche cuando aquellos seres malvados entraban en acción. Aubrey
se lo prometió.
Sin embargo, estuvo tan ocupado en sus investigaciones que no
se dio cuenta de que el día iba dando fin a su reinado y que en el
horizonte aparecía una de aquellas manchas que en los países cálidos
se convierten muy pronto en una masa de nubes tempestuosas,
vertiendo todo su furor sobre el desdichado país.
Finalmente, montó a caballo, decidido a recuperar su retraso.
Pero ya era tarde. En los países del sur apenas existe el crepúsculo.
El sol se pone inmediatamente y sobreviene la noche. Aubrey se
había demorado con exceso. Tenía la tormenta encima, los truenos
apenas se concedían un respiro entre sí, y el fuerte aguacero se abría
paso por entre el espeso follaje, en tanto el relámpago azul parecía
caer a sus pies.
El caballo se asustó de repente, y emprendió un galope alocado
por entre el espeso bosque. Por fin, agotado de cansanci, el animal se
paró, y Aubrey descubrió a la luz de los relámpagos que estaba en la
vecindad de una choza que apenas se destacaba por entre la
hojarasca y la maleza que le rodeaba.
Desmontó y se aproximó, cojeando, con el fin de encontrar a
alguien que pudiera llevarle a la ciudad, o al menos obtener asilo
contra la furiosa tormenta.
Cuando se acercaba a la cabaña, los truenos, que habían callado
un instante, le permitieron oír unos gritos femeninos, gritos
mezclados con risotadas de burla, todo como en un solo sonido.
Aubrey quedó turbado. Mas, soliviantado por el trueno que retumbó
en aquel momento, con un súbito esfuerzo empujó la puerta de la
choza.
No vio más que densas tinieblas, pero el sonido le guió.
Aparentemente, nadie se había dado cuenta de su presencia, pues
aunque llamó, los mismos sonidos continuaron, sin que nadie
reparase al parecer en él.
No tardó en tropezar con alguien, a quien apresó
inmediatamente. De pronto, una voz volvió a gritar de manera
ahogada, y al grito sucedió una carcajada. Aubrey hallóse al
momento asido por una fuerza sobrehumana. Decidido a vender cara
su vida, luchó mas en vano. Fue levantado del suelo y arrojado de
nuevo al mismo con una potencia enorme. Luego, su enemigo se le
echó encima y, arrodillado sobre su pecho, le rodeó la garganta con
las manos. De repente, el resplandor de varias antorchas entrevistas
por el agujero que hacía las veces de ventana, vino en su ayuda. Al
momento, su rival se puso de pie y, separándose del joven, corrió
hacia la puerta. Muy poco después, el crujido de las ramas caídas al
ser pisoteadas por el fugitivo también dejó de oírse.
La tormenta había cesado, y Aubrey, incapaz de moverse, gritó,
siendo oído poco después por los portadores de antorchas.
Entraron a la cabaña, y el resplandor de la resina quemada cayó
sobre los muros de barro y el techo de bálago, totalmente lleno de
mugre.
A instancias del joven, los recién llegados buscaron a la mujer
que le había atraído con sus chillidos. Volvió, por tanto, a quedarse
en tinieblas. Cual fue su horror cuando de nuevo quedó iluminado por
la luz de las antorchas, pudiendo percibir la forma etérea de su
amada convertida en un cadáver.
Cerró los ojos, esperando que sólo se tratase de un producto
espantoso de su imaginación. Pero volvió a ver la misma forma al
abrirlos, tendida a su lado.
No había el menor color en sus mejillas, ni siquiera en sus labios,
y en su semblante se veía una inmovilidad que resultaba casi tan
atrayente como la vida que antes lo animara. En el cuello y en el
pecho había sangre, en la garganta las señales de los colmillos que se
habían hincado en las venas.
—¡Un vampiro! ¡Un vampiro! —gritaron los componentes de la
partida ante aquel espectáculo.
Rápidamente construyeron unas parihuelas, y Aubrey echó a
andar al lado de la que había sido el objeto de tan brillantes visiones,
ahora muerta en la flor de su vida.
Aubrey no podía ni siquiera pensar, pues tenía el cerebro
ofuscado, pareciendo querer refugiarse en el vacío. Sin casi darse
cuenta, empuñaba en su mano una daga de forma especial, que
habían encontrado en la choza. La partida no tardó en reunirse con
más hombres, enviados a la búsqueda de la joven por su afligida
madre. Los gritos de los exploradores al aproximarse a la ciudad,
advirtieron a los padres de la doncella que había sucedido una
horrorosa catástrofe. Sería imposible describir su dolor. Cuando
comprobaron la causa de la muerte de su hija, miraron a Aubrey y
señalaron el cadáver. Estaban inconsolables, y ambos murieron de
pesar.
Aubrey, ya en la cama, padeció una violentísima fiebre, con
mezcolanza de delirios. En estos intervalos llamaba a Lord Ruthven y
a Ianthe, mediante cierta combinación que le parecía una súplica a su
antiguo compañero de viaje para que perdonase la vida de la
doncella.
Otras veces lanzaba imprecaciones contra Lord Ruthven,
maldiciéndole como asesino de la joven griega.
Por casualidad, Lord Ruthven llegó por aquel entonces a Atenas.
Cuando se enteró del estado de su amigo, se presentó
inmediatamente en su casa y se convirtió en su enfermero particular.
Cuando Aubrey se recobró de la fiebre y los delirios, quedóse
horrorizado, petrificado, ante la imagen de aquel a quien ahora
consideraba un vampiro. Lord Ruthven —con sus amables palabras,
que implicaban casi cierto arrepentimiento por la causa que había
motivado su separación— y la ansiedad, las atenciones y los cuidados
prodigados a Aubrey, hicieron que éste pronto se reconciliase con su
presencia.
Lord Ruthven parecía cambiado, no siendo ya el ser apático de
antes, que tanto había asobrado a Aubrey. Pero tan pronto terminó la
convalescencia del joven, su compañero volvió a ofrecer la misma
condición de antes, y Aubrey ya no distinguió la menor diferencia,
salvo que a veces veía la mirada de Lord Ruthven fija en él, al tiempo
que una sonrisa maliciosa flotaba en sus labios. Sin saber por qué,
aquella sonrisa le molestaba.
Durante la última fase de su recuperación, Lord Ruthven pareció
absorto en la contemplación de las olas que levantaba en el mar la
brisa marina, o en señalar el progreso de los astros que, como el
nuestro, dan vueltas en torno al Sol. Y más que nada, parecía evitar
todas las miradas ajenas.
Aubrey, a causa de la desgracia sufrida, tenía su cerebro
bastante debilitado, y la elasticidad de espíritu que antes era su
característica más acusada parecía haberle abandonado para
siempre.
No era tan amable del silencio y la soledad como Lord Ruthven,
pero deseaba estar solo, cosa que no podía conseguir en Atenas. Si
se dedicaba a explorar las ruinas de la antigüedad, el recuerdo de
Ianthe a su lado le atosigaba de continuo. Si recorría los bosques, el
paso ligero de la joven parecía corretear a su lado, en busca de la
modesta violeta. De repente, esta visión se esfumaba, y en su lugar
veía el rostro pálido y la garganta herida de la joven, con una tímida
sonrisa en sus labios.
Decidió rehuir tales visiones, que en su mente creaban una serie
de amargas asociaciones. De este modo, le propuso a Lord Ruthven,
a quien sentíase unido por los cuidados que aquel le había prodigado
durante su enfermedad, que visitasen aquellos rincones de Grecia
que aún no habían visto.
Los dos recorrieron la península en todas las direcciones,
buscando cada rincón que pudiera estar unido a un recuerdo. Pero
aunque lo exploraron todo, nada vieron que llamase realmente su
interés.
Oían hablar mucho de diversas bandas de ladrones, mas
gradualmente fueron olvidándose de ellas atribuyéndolas a la
imaginación popular, o a la invención de algunos individuos cuyo
interés consistía en excitar la generosidad de aquellos a quienes
fingían proteger de tales peligros.
En consecuencia, sin hacer caso de tales advertencias, en cierta
ocasión viajaban con muy poca escolta, cuyos componentes más
debían servirles de guía que de protección. Al penetrar en un
estrecho desfiladero, en el fondo del cual se hallaba el lecho de un
torrente, lleno de grandes masas rocosas desprendidas de los altos
acantilados que lo flanqueaban, tuvieron motivos para arrepentirse
de su negligencia. Apenas se habían adentrado por paso tan angosto
cuando se vieron sorprendidos por el silbido de las balas que pasaban
muy cerca de sus cabezas, y las detonaciones de varias armas.
Al instante siguiente, la escolta les había abandonado, y
resguardándose detrás de las rocas, empezaron todos a disparar
contra sus atacantes.
Lord Ruthven y Aubrey, imitando su ejemplo, se retiraron
momentáneamente al amparo de un recodo del desfiladero.
Avergonzados por asustarse tanto ante un vulgar enemigo, que con
gritos insultantes les conminaban a seguir avanzando, y estando
expuestos al mismo tiempo a una matanza segura si alguno de los
ladrones se situaba más arriba de su posición y les atacaba por la
espalda, determinaron precipitarse al frente, en busca del enemigo...
Apenas abandonaron el refugio rocoso, Lord Ruthven recibió en
el hombro el impacto de una bala que le envió rodando al suelo.
Aubrey corrió en su ayuda, sin hacer caso del peligro a que se
exponía, mas no tardó en verse rodeado por los malhechores, al
tiempo que los componentes de la escolta, al ver herido a Lord
Ruthven, levantaron inmediatamente las manos en señal de
rendición.
Mediante la promesa de grandes recompensas, Aubrey logró
convencer a sus atacantes para que trasladasen a su herido amigo a
una cabaña situada no lejos de allí. Tras hacer concertado el rescate
a pagar, los ladrones no le molestaron, contentándose con vigilar la
entrada de la cabaña hasta el regreso de uno de ellos, que debía
percibir la suma prometida gracias a una orden firmada por el joven.
Las energías de Lord Ruthven disminuyeron rápidamente. Dos
días más tarde, la muerte pareció ya inminente. Su comportamiento
y su aspecto no había cambiado, pareciendo tan incosciente al dolor
como a cuanto le rodeaba. Hacia el fin del tercer día, su mente
pareció extraviarse, y su mirada se fijó insistentemente en Aubrey, el
cual sintióse impulsado a ofrecerle más que nunca su ayuda.
—Sí, tú puedes salvarme... Puedes hacer aún mucho más... No
me refiero a mi vida, pues temo tan poco a la muerte como al
término del día. Pero puedes salvar mi honor. Sí, puedes salvar el
honor de tu amigo.
—Decidme cómo —asintió Aubrey—, y lo haré.
—Es muy sencillo. Yo necesito muy poco... Mi vida necesita
espacio... Oh, no puedo explicarlo todo... Mas si callas cuanto sabes
de mí, mi honor se verá libre de las murmuraciones del mundo, y si
mi muerte es por algún tiempo desconocida en Inglaterra... yo... yo...
ah, viviré.
—Nadie lo sabrá.
—¡Júralo! —exigió el moribundo, incorporándose con gran
violencia—. ¡Júralo por las almas de tus antepasados, por todos los
temores de la naturaleza, jura que durante un año y un día no le
contarás a nadie mis crímenes ni mi muerte, pase lo que pase, veas
lo que veas!
Sus ojos parecían querer salir de sus órbitas.
—¡Lo juro! —exclamó Aubrey.
Lord Ruthven de dejó caer sobre la almohada, lanzando una
carcajada, y expiró.
Aubrey retiróse a descansar, mas no durmió pues su cerebro
daba vueltas y más vueltas sobre los detalles de su amistad con tan
extraño ser, y sin saber por qué, cuando recordaba el juramento
prestado sentíase invadido por un frío extraño, con el presentimiento
de una desgracia inminente.
Levantóse muy temprano al día siguiente, e iba ya a entrar en la
cabaña donde había dejado el cadáver, cuando uno de los ladrones le
comunicó que ya no estaba allí, puesto que él y sus camaradas lo
habían transportado a la cima de la montaña, según la promesa
hecha al difunto de que lo dejarían expuesto al primer rayo de luna
después de su muerte.
Aubrey quedóse atónito ante aquella noticia. Junto con varios
individuos, decidió ir adonde habían dejado a Lord Ruthven, para
enterrarlo debidamente. Pero una vez en la cumbre de la montaña,
no halló ni rastro del cadáver ni de sus ropas, aunque los ladrones
juraron que era aquel el lugar en que dejaron al muerto.
Durante algún tiempo su mente perdióse en conjeturas, hasta
que decidió descender de nuevo, convencido de que los ladrones
habían enterrado el cadáver tras despojarlo de sus vestiduras.
Harto de un país en el que sólo había padecido tremendos
horrores, y en el que todo conspiraba para fortalecer aquella
superstición melancólica que se había adueñado de su mente,
resolvió abandonarlo, no tardando en llegar a Esmirna.
Mientras esperaba un barco que le condujera a Otranto o a
Nápoles, estuvo ocupado en disponer los efectos que tenía consigo y
que habían pertenecido a Lord Ruthven. Entre otras cosas halló un
estuche que contenía varias armas, más o menos adecuada para
asegurar la muerte de una víctima. Dentro se hallaban varias dagas y
yataganes.
Mientras los examinaba, asombrado ante sus curiosas formas,
grande fue su sorpresa al encontrar una vaina ornamentada en el
mismo estilo que la daga hallada en la choza fatal. Aubrey se
estremeció, y deseando obtener nuevas pruebas, buscó la daga. Su
horror llegó a su culminación cuando verificó que la hoja se adaptaba
a la vaina, pese a su peculiar forma.
No necesitaba ya más pruebas, aunque sus ojos parecían como
pegados a la daga, pese a lo cuál todavía se resistía a creerlo. Sin
embargo, aquella forma especial, los mismos esplendorosos adornos
del mango y la vaina, no dejaban el menor resquicio a la duda.
Además, ambos objetos mostraban gotas de sangre.
Partió de Esmirna y, ya en Roma, sus primeras investigaciones
se refirieron a la joven que él había intentado arrancar a las artes
seductoras de Lord Ruthven. Sus padres se hallaban desconsolados,
totalmente arruinados, y a la joven no se la había vuelto a ver desde
la salida de la capital de Lord Ruthven.
El cerebro de Aubrey estuvo a punto de desquiciarse ante tal
cúmulo de horrores, temiendo que la joven también hubiese sido
víctima del mismo asesino de Ianthe. Aubrey tornóse más callado y
retraído y su sola ocupación consistió ya en apresurar a sus
postillones, como si tuviese necesidad de salvar a un ser muy
querido.
Llegó a Calais, y una brisa que parecía obediente a sus deseos
no tardó en dejarle en las costas de Inglaterra. Corrió a la mansión
de sus padres y allí, por un momento, pareció perder, gracias a los
besos y abrazos de su hermana, todo recuerdo del pasado. Si antes,
con sus infantiles caricias, ya había conquistado el afecto de su
hermano, ahora que empezaba a ser mujer todavía la quería más.
La señorita Aubrey no poseía la alada gracia que atrae las
miradas y el aplauso de las reuniones y fiestas. No había en ella el
ingenio ligero que sólo existe en los salones. Sus ojos azules jamás
se iluminaban con ironías o sarcasmos. En toda su persona había
como un halo de encanto melancólico que no se debía a ninguna
desdicha sino a un sentimiento interior, que parecía indicar un alma
consciente de un reino más brillante.
No tenía el paso leve, que atrae como el vuelo grácil de la
mariposa, como un color grato a la vista. Su paso era sosegado y
pensativo. Cuando estaba sola, su semblante jamás se alegraba con
una sonrisa de júbilo. Pero al sentir el afecto de su hermano, y
olvidar en su presencia los pesares que le impedían el descanso,
¿quién no habría cambiado una sonrisa por tanta dicha?
Era como si los ojos de la joven, su rostro entero, jugasen a la
luz de su esfera propia. Sin embargo, la muchacha sólo contaba
dieciocho años, por lo que no había sido presentada en sociedad,
habiendo juzgado sus tutores que debían demorarse tal acto hasta
que su hermano regresara del continente, momento en que se
constituiría en su protector.
Por tanto, resolvieron que darían una fiesta con el fin de que ella
apareciese "en escena". Aubrey habría preferido estar apartado de
todo bullicio, alimentándose con la melancolía que le abrumaba. No
experimentaba el menor interés por las frivolidades de personas
desconocidas, aunque se mostró dispuesto a sacrificar su comodidad
para proteger a su hermana.
De esta manera, no tardaron en llegar a su casa de la capital, a
fin de disponerlo todo para el día siguiente, elegido para la fiesta.
La multitud era excesiva. Una fiesta no vista en mucho tiempo,
donde todo el mundo estaba ansioso de dejarse ver.
Aubrey apareció con su hermana. Luego, estando solo en un
rincón, mirando a su alrededor con muy poco interés, pensando
abstraídamente que la primera vez que había visto a Lord Ruthven
había sido en aquel mismo salón había sido en aquel mismo salón,
sintióse de pronto cogido por el brazo, al tiempo que en sus oídos
resonaba una voz que recordaba demasiado bien.
—Acuérdate del juramento.
Aubrey apenas tuvo valor para volverse, temiendo ver a un
espectro que le podría destruir; y distinguió no lejos a la misma
figura que había atraído su atención cuando, a su vez, él había
entrado por primera vez en sociedad.
Contempló a aquella figura fijamente, hasta que sus piernas casi
se negaron a sostener el peso de su cuerpo. Luego, asiendo a un
amigo del brazo, subió a su carruaje y le ordenó al cochero que le
llevase a su casa de campo.
Una vez allí, empezó a pasearse agitadamente, con la cabeza
entre las manos, como temiendo que sus pensamientos le estallaran
en el cerebro.
Lord Ruthven había vuelto a presentarse ante él... Y todos los
detalles se encadenaron súbitamente ante sus ojos; la daga..., la
vaina..., la víctima..., su juramento.
¡No era posible, se dijo muy excitado, no era posible que un
muerto resucitara!
Era imposible que fuese un ser real. Por eso, decidió frecuentar
de nuevo la sociedad. Necesitaba aclarar sus dudas. Pero cuando,
noche tras noche, recorrió diversos salones, siempre con el nombre
de Lord Ruthven en sus labios, nada consiguió.
Una semana más tarde, acudió con su hermana a una fiesta en
la mansión de unas nuevas amistades. Dejándola bajo la protección
de la anfitriona, Aubrey retiróse a un rincón y allí dio rienda suelta a
sus pensamientos.
Cuando al fin vio que los invitados empezaban a marcharse,
penetró en el salón y halló a su hermana rodeada de varios
caballeros, al parecer conversando animadamente. El joven intentó
abrirse paso para acudir junto a su hermana, cuando uno de los
presentes, al volverse, le ofreció aquellas facciones que tanto
aborrecía.
Aubrey dio un tremendo salto, tomó a su hermana del brazo y
apresuradamente la arrastró hacia la calle. En la puerta encontró
impedido el paso por la multitud de criados que aguardaban a sus
respectivos amos. Mientras trataba de superar aquella barrera
humana, volvió a su oído la conocida y fatídica voz:
—¡Acuérdate del juramento!
No se atrevió a girar y, siempre arrastrando a su hermana, no
tardó en llegar a casa.
Aubrey empezó a dar señales de desequilibrio mental. Si antes
su cerebro había estado sólo ocupado con un tema, ahora se hallaba
totalmente absorto en él, teniendo ya la certidumbre de que el
monstruo continuaba viviendo.
No paraba ya mientes en su hermana, y fue inútil que ésta
tratara de arrancarle la verdad de tan extraña conducta. Aubrey
limitábase a proferir palabras casi incoherentes, que aún aterraban
más a la muchacha.
Cuando Aubrey más meditaba en ello, más transtornado estaba.
Su juramento le abrumaba. ¿Debía permitir, pues, que aquel
monstruo rondase por el mundo, en medio de tantos seres queridos,
sin delatar sus intenciones? Su misma hermana había hablado con él.
Pero, aunque quebrantase su juramento y revelase las verdaderas
intenciones de Lord Ruthven, ¿quién le iba a creer? Pensó en servirse
de su propia mano para desembarazar al mundo de tan cruel
enemigo. Recordó, sin embargo, que la muerte no afectaba al
monstruo. Durante días permaneció en tal estado, encerrado en su
habitación, sin ver a nadie, comiendo sólo cuando su hermana le
apremiaba a ello, con lágrimas en los ojos.
Al fin, no pudiendo soportar por más tiempo el silencio y la
soledad salió de la casa para rondar de calle en calle, ansioso de
descubrir la imagen de quien tanto le acosaba. Su aspecto distaba
mucho de ser atildado, exponiendo sus ropas tanto al feroz sol de
mediodía como a la humedad de la noche. Al fin, nadie pudo ya
reconocer en él al antiguo Aubrey. Y si al principio regresaba todas
las noches a su casa, pronto empezó a descansar allí donde la fatiga
le vencía.
Su hermana, angustiada por su salud, empleó a algunas
personas para que le siguiesen, pero el joven supo distanciarlas,
puesto que huía de un perseguidor más veloz que aquellas: su propio
pensamiento.
Su conducta, no obstante, cambió de pronto. Sobresaltado ante
la idea de que estaba abandonando a sus amigos, con un feroz
enemigo entre ellos de cuya presencia no tenían el menor
conocimiento, decidió entrar de nuevo en sociedad y vigilarle
estrechamente, ansiando advertir, a pesar de su juramento, a todos
aquellos a quienes Lord Ruthven demostrase cierta amistad.
Mas al entrar en un salón, su aspecto miserable, su barba de
varios días, resultaron tan sorprendentes, sus estremecimientos
interiores tan visibles, que su hermana vióse al fin obligada a
suplicarle que se abstuviese en bien de ambos a una sociedad que le
afectaba de manera tan extraña.
Cuando esta súplica resultó vana, los tutores creyeron su deber
interponerse y, temiendo que el joven tuviera transtornado el
cerebro, pensaron que había llegado el momento de recobrar ante él
la autoridad delegada por sus difuntos padres.
Deseoso de precaverle de las heridas mentales y de los
sufrimientos físicos que padecía a diario en sus vagabundeos, e
impedir que se expusiera a los ojos de sus amistades con las
inequívocas señales de su trastorno, acudieron a un médico para que
residiera en la mansión y cuidase de Aubrey.
Este apenas pareció darse cuenta de ello: tan completamente
absorta estaba su mente en el otro asunto. Su incoherencia acabó
por ser tan grande, que se vio confinado en su dormitorio. Allí pasaba
los días tendido en la cama, incapaz de levantarse.
Su rostro se tornó demacrado y sus pupilas adquirieron un brillo
vidrioso; sólo mostraba cierto reconocimiento y afecto cuando
entraba su hermana a visitarle. A veces se sobresaltaba, y tomándole
las manos, con unas miradas que afligían intensamente a la joven,
deseaba que el monstruo no la hubiese tocado ni rozado siquiera.
—¡Oh, hermana querida, no le toques! ¡Si de veras me quieres,
no te acerques a él!
Sin embargo, cuando ella le preguntaba a quién se refería,
Aubrey se limitaba a murmurar:
—¡Es verdad, es verdad!
Y de nuevo se hundía en su abatimiento anterior, del que su
hermana no lograba ya arrancarle.
Esto duró muchos meses. Pero, gradualmente, en el transcurso
de aquel año, sus incoherencias fueron menos frecuentes, y su
cerebro se aclaró bastante, al tiempo que sus tutores observaban que
varias veces diarias contaba con los dedos cierto número, y luego
sonreía.
Al llegar el último día del año, uno de los tutores entró en el
dormitorio y empezó a conversar con el médico respecto a la
melancolía del muchacho, precisamente cuando al día siguiente debía
casarse su hermana.
Instantáneamente, Aubrey mostróse alerta, y preguntó
angustiosamente con quién iba a contraer matrimonio. Encantados de
aquella demostración de cordura, de la que le creían privado,
mencionaron el nombre del Conde de Marsden.
Creyendo que se trataba del joven conde al que él había
conocido en sociedad, Aubrey pareció complacido, y aún asombró
más a sus oyentes al expresar su intención de asistir a la boda, y su
deseo de ver cuanto antes a su hermana.
Aunque ellos se negaron a este anhelo, su hermana no tardó en
hallarse a su lado. Aubrey, al parecer, no fue capaz de verse afectado
por el influjo de la encantadora sonrisa de la muchacha, puesto que
la abrazó, la besó en las mejillas, bañadas en lágrimas por la propia
joven al pensar que su hermano volvía a estar en el mundo de los
cuerdos.
Aubrey empezó a expresar su cálido afecto y a felicitarla por
casarse con una persona tan distinguida, cuando de repente se fijó en
un medallón que ella lucía sobre el pecho. Al abrirlo, cuál no sería su
inmenso estupor al descubrir las facciones del monstruo que tanto y
tan funestamente había influido en su existencia.
En un paroxismo de furor, tomó el medallón y, arrojándolo al
suelo, lo pisoteó. Cuando ella le preguntó por qué había destruído el
retrato de su futuro esposo, Aubrey la miró como sin comprender.
Después, asiéndola de las manos, y mirándola con una frenética
expresión de espanto, quiso obligarla a jurar que jamás se casaría
con semejante monstruo, ya que él...
No pudo continuar. Era como si su propia voz le recordase el
juramento prestado, y al girarse en redondo, pensando que Lord
Ruthven se hallaba detrás suyo, no vio a nadie.
Mientras tanto, los tutores y el médico, que todo lo habían oído,
pensando que la locura había vuelto a apoderarse de aquel pobre
cerebro, entraron y le obligaron a separarse de su hermana.
Aubrey cayó de rodillas ante ellos, suplicándoles que demorasen
la boda un solo día. Mas ellos, atribuyendo tal petición a la locura que
se imaginaban devoraba su mente, intentaron calmarle y le dejaron
solo.
Lord Ruthven visitó la mansión a la mañana siguiente de la
fiesta, y le fue negada la entrada como a todo el mundo. Cuando se
enteró de la enfermedad de Aubrey, comprendió que era él la causa
inmediata de la misma. Cuando se enteró de que el joven estaba
loco, apenas si consiguió ocultar su júbilo ante aquellos que le
ofrecieron esta información.
Corrió a casa de su antiguo compañero de viaje, y con sus
constantes cuidados y fingimiento del gran interés que sentía por su
hermano y por su triste destino, gradualmente fue conquistando el
corazón de la señorita Aubrey.
¿Quien podía resistirse a aquel poder? Lord Ruthven hablaba de
los peligros que le habían rodeado siempre, del escaso cariño que
había hallado en el mundo, excepto por parte de la joven con la que
conversaba. ¡Ah, desde que la conocía, su existencia había empezado
a parecer digna de algún valor, aunque sólo fuese por la atención que
ella le prestaba! En fin, supo utilizar con tanto arte sus astutas
mañas, o tal fue la voluntad del Destino, que Lord Ruthven conquistó
el amor de la hermana de Aubrey.
Gracias al título de una rama de su familia, obtuvo una
embajada importante, que le sirvió de excusa para apresurar la boda
(pese al trastorno mental del hermano), de modo que la misma
tendría lugar al día siguiente, antes de su partida para el continente.
Aubrey, una vez lejos del médico y el tutor, trató de sobornar a
los criados, pero en vano. Pidió pluma y papel, que le entregaron, y
escribió una carta a su hermana, conjurándola —si en algo apreciaba
su felicidad, su honor y el de quienes yacían en sus tumbas, que
antaño la habían tenido en brazos como su esperanza y la esperanza
del buen nombre familiar— a posponer sólo por unas horas aquel
matrimonio, sobre el que vertía sus más terribles maldiciones.
Los criados prometieron entregar la misiva, mas como se la
dieron al médico, éste prefirió no alterar a la señorita Aubrey con lo
que, consideraba, era solamente la manía de un demente.
Transcurrió la noche sin descanso para ninguno de los ocupantes
de la casa. Y Aubrey percibió con horror los rumores de los
preparativos para el casamiento.
Vino la mañana, y a sus oídos llegó el ruido de los carruajes al
ponerse en marcha. Aubrey se puso frenético. La curiosidad de los
sirvientes superó, al fin, a su vigilancia. Y gradualmente se alejaron
para ver partir a la novia, dejando a Aubrey al cuidado de una
indefensa anciana.
Aubrey se aprovechó de aquella oportunidad. Saltó fuera de la
habitación y no tardó en presentarse en el salón donde todo el mundo
se hallaba reunido, dispuesto para la marcha. Lord Ruthven fue el
primero en divisarle, e inmediatamente se le acercó, asiéndolo del
brazo con inusitada fuerza para sacarle de la estancia, trémulo de
rabia.
Una vez en la escalinata, le susurró al oído:
—Acuérdate del juramento y sabe que si hoy no es mi esposa, tu
hermana quedará deshonrada. ¡Las mujeres son tan frágiles...!
Así deciendo, le empujó hacia los criados, quienes, alertados ya
por la anciana, le estaban buscando. Aubrey no pudo soportarlo más:
al no hallar salida a su furor, se le rompió un vaso sanguíneo y tuvo
que ser trasladado rápidamente a su cama.
Tal suceso no le fue mencionado a la hermana, que no estaba
presente cuando aconteció , pues el médico temía causarle cualquier
agitación.
La boda se celebró con toda solemnidad, y el novio y la novia
abandonaron Londres.
La debilidad de Aubrey fue en aumento, y la hemorragia de
sangre produjo los síntomas de la muerte próxima. Deseaba que
llamaran a los tutores de su hermana, y cuando éstos estuvieron
presentes y sonaron las doce campanadas de la medianoche,
instantes en que se cumplía el plazo impuesto a su silencio, relató
apresuradamente cuanto había vivido y sufrido... y falleció
inmediatamente después.
Los tutores se apresuraron a proteger a la hermana de Aubrey,
mas cuando llegaron ya era tarde. Lord Ruthven había desaparecido,
y la joven había saciado la sed de sangre de un vampiro.

_
FIN

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