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domingo, 19 de julio de 2009

EDGAR ALLAN POE -- LA CARTA ROBADA


EDGAR ALLAN POE
LA CARTA ROBADA




LA CARTA ROBADA
Edgar Allan Poe
Al anochecer de una tarde oscura y tormentosa en el otoño de 18..., me hallaba en París,
gozando de la doble voluptuosidad de la meditación y de una pipa de espuma de mar, en
compañía de mi amigo C. Auguste Dupin, en un pequeño cuarto detrás de su biblioteca, au
troisième, No. 33, de la rue Dunot, en el faubourg St. Germain. Durante una hora por lo menos,
habíamos guardado un profundo silencio; a cualquier casual observador le habríamos parecido
intencional y exclusivamente ocupados con las volutas de humo que viciaban la atmósfera del
cuarto. Yo, sin embargo, estaba discutiendo mentalmente ciertos tópicos que habían dado tema
de conversación entre nosotros, hacía algunas horas solamente; me refiero al asunto de la rue
Morgue y el misterio del asesinato de Marie Roget. Los consideraba de algún modo coincidentes,
cuando la puerta de nuestra habitación se abrió para dar paso a nuestro antiguo conocido,
monsieur G***, el prefecto de la policía parisina.
Le dimos una sincera bienvenida porque había en aquel hombre casi tanto de divertido
como de despreciable, y hacía varios años que no le veíamos. Estábamos a oscuras cuando
llegó, y Dupin se levantó con el propósito de encender una lámpara; pero volvió a sentarse sin
haberlo hecho, porque G*** dijo que había ido a consultarnos, o más bien a pedir el parecer de
un amigo, acerca de un asunto oficial que había ocasionado una extraordinaria agitación.
—Si se trata de algo que requiere mi reflexión —observó Dupin, absteniéndose de dar
fuego a la mecha—, lo examinaremos mejor en la oscuridad.
—Esa es otra de sus singulares ideas —dijo el prefecto, que tenía la costumbre de
llamar «singular» a todo lo que estaba fuera de su comprensión, y vivía, por consiguiente,
rodeado de una absoluta legión de «singularidades».
—Es muy cierto —respondió Dupin, alcanzando a su visitante una pipa, y haciendo rodar
hacia él un confortable sillón.
—¿Y cuál es la dificultad ahora? —pregunté— Espero que no sea otro asesinato.
—¡Oh, no, nada de eso!. El asunto es muy simple, en verdad, y no tengo duda que
podremos manejarlo suficientemente bien nosotros solos; pero he pensado que a Dupin le
gustaría conocer los detalles del hecho, porque es un caso excesivamente singular.
—Simple y singular —dijo Dupin.
—Y bien, sí; y no exactamente una, sino ambas cosas a la vez. Sucede que hemos ido
desconcertados porque el asunto es tan simple, y, sin embargo nos confunde a todos.
—Quizás es precisamente la simplicidad lo que le desconcierta a usted —dijo mi amigo.
—¡Qué desatino dice usted! —replicó el prefecto, riendo de todo corazón.
—Quizás el misterio es un poco demasiado sencillo —dijo Dupin.
—¡Oh, por el ánima de…! ¡Quién ha oído jamás una idea semejante!
—Un poco demasiado evidente.
—¡Ja, ja, ja!... ¡ja, ja, ja!... ¡jo, jo, jo! —reía nuestro visitante, profundamente divertido—
¡Oh, Dupin, usted me va a hacer reventar de risa!.
—¿Y cuál es, por fin, el asunto de que se trata? —pregunté.
—Se lo diré a usted —replicó el prefecto, profiriendo un largo, fuerte y reposado puff y
acomodándose en su sillón— Se lo diré en pocas palabras; pero antes de comenzar, le advertiré
que este es un asunto que demanda la mayor reserva, y que perdería sin remedio mi puesto si
se supiera que lo he confiado a alguien.
—Continuemos —dije.
—O no continúe —dijo Dupin.
—De acuerdo; he recibido un informe personal de un altísimo personaje, de que un
documento de la mayor importancia ha sido robado de las habitaciones reales. El individuo que
lo robó es conocido; sobre este punto no hay la más mínima duda; fue visto en el acto de
llevárselo. Se sabe también que continúa todavía en su poder.
—¿Cómo se sabe esto? —preguntó Dupin.
—Se ha deducido perfectamente —replicó el prefecto—, de la naturaleza del documento
y de la no aparición de ciertos resultados que habrían tenido lugar de repente si pasara a otras
manos; es decir, a causa del empleo que se haría de él, en el caso de emplearlo.
—Sea usted un poco más explícito —dije.
—Bien, puedo afirmar que el papel en cuestión da a su poseedor cierto poder en una
cierta parte, donde tal poder es inmensamente valioso.
El prefecto era amigo de la jerga diplomática.
—Todavía no le comprendo bien —dijo Dupin.
—¿No? Bueno; la predestinación del papel a una tercera persona, que es imposible
nombrar, pondrá en tela de juicio el honor de un personaje de la más elevada posición; y este
hecho da al poseedor del documento un ascendiente sobre el ilustre personaje, cuyo honor y
tranquilidad son así comprometidos.
—Pero este ascendiente —repuse— dependería de que el ladrón sepa que dicha
persona lo conoce. ¿Quién se ha atrevido…?
—El ladrón —dijo G***— es el ministro D***, quien se atreve a todo; uno de esos
hombres tan inconvenientes como convenientes. El método del robo no fue menos ingenioso que
arriesgado. El documento en cuestión, una carta, para ser franco, había sido recibida por el
personaje robado, en circunstancias que estaba sólo en el boudoir real. Mientras que la leía, fue
repentinamente interrumpido por la entrada de otro elevado personaje, a quien deseaba
especialmente ocultarla. Después de una apresurada y vana tentativa de esconderla en una
gaveta, se vio forzado a colocarla, abierta como estaba, sobre una mesa. La dirección, sin
embargo, quedaba a la vista; y el contenido, así cubierto, hizo que la atención no se fijara en la
carta. En este momento entró el ministro D***. Sus ojos de lince perciben inmediatamente el
papel, reconocen la letra de la dirección, observa la confusión del personaje a quien ha sido
dirigida, y penetra su secreto. Después de algunas gestiones sobre negocios, de prisa, como es
su costumbre, saca una carta algo parecida a la otra, la abre, pretende leerla, y después la
coloca en estrecha yuxtaposición con la que codiciaba. Se pone a conversar de nuevo, durante
un cuarto de hora casi, sobre asuntos públicos. Por último, levantándose para marcharse, coge
de la mesa la carta que no le pertenece. Su legítimo dueño le ve, pero, como se comprende, no
se atreve a llamar la atención sobre el acto en presencia del tercer personaje que estaba a su
lado. El ministro se marchó dejando su carta, que no era de importancia, sobre la mesa.
—Aquí está, pues —me dijo Dupin—, lo que usted pedía para hacer que el ascendiente
del ladrón fuera completo, el ladrón sabe de que es conocido del dueño del papel.
—Sí —replicó el prefecto—; y el poder así alcanzado en los últimos meses ha sido
empleado, con objetos políticos, hasta un punto muy peligroso. El personaje robado se convence
cada día más de la necesidad de reclamar su carta. Pero esto, como se comprende, no puede
ser hecho abiertamente. En fin, reducido a la desesperación, me ha encomendado el asunto.
—¿Y quién puede desear —dijo Dupin, arrojando una espesa bocanada de humo—, o
siquiera imaginar, un oyente mas sagaz que usted?
—Usted me adula —replicó el prefecto— pero es posible que algunas opiniones como
ésas puedan haber sido sostenidas respecto a mí.
—Está claro —dije—, como lo observó usted, que la carta está todavía en posesión del
ministro, puesto que es esta posesión, y no su empleo, lo que confiere a la carta su poder. Con
el uso, ese poder desaparece.
—Cierto —dijo G***—, y sobre esa convicción es bajo la que he procedido. Mi primer
cuidado fue hacer un registro muy completo de la residencia del ministro; y mi principal obstáculo
residía en la necesidad de buscar sin que él se enterara. Además, he sido prevenido del peligro
que resultaría de darle motivos de sospechar de nuestras intenciones.
—Pero —dije—, usted se halla completamente au fait en este tipo de investigaciones. La
policía parisina ha hecho estas cosas muy a menudo antes.
—Ya lo creo; y por esa razón no desespero. Las costumbres del ministro me dan,
además, una gran ventaja. Está frecuentemente ausente de su casa toda la noche. Sus
sirvientes no son numerosos. Duermen a una gran distancia de las habitaciones de su amo, y
siendo principalmente napolitanos, se embriagan con facilidad. Tengo llaves, como usted sabe,
con las que puedo abrir cualquier cuarto o gabinete de París. Durante tres meses, no ha pasado
una noche sin que haya estado empeñado personalmente en escudriñar la mansión de D***. Mi
honor está en juego y, para mencionar un gran secreto, la recompensa es enorme. Por eso no
he abandonado la partida hasta convencerme plenamente de que el ladrón es más astuto que yo
mismo. Me figuro que he investigado todos los rincones y todos los escondrijos de los sitios en
que es posible que el papel pueda ser ocultado.
—¿Pero no es posible —sugerí—, aunque la carta pueda estar en la posesión del
ministro como es incuestionable, que la haya escondido en alguna parte fuera de su casa?
—Es poco probable —dijo Dupin— La presente y peculiar condición de los negocios en
la corte, y especialmente de esas intrigas en las cuales se sabe que D*** está envuelto, exigen la
instantánea validez del documento, la posibilidad de ser exhibido en un momento dado, un punto
de casi tanta importancia como su posesión.
—¿La posibilidad de ser exhibido? —dije.
—Es decir, de ser destruido—dijo Dupin.
—Cierto —observé—; el papel tiene que estar claramente al alcance de la mano.
Supongo que podemos descartar la hipótesis de que el ministro la lleva encima.
—Enteramente —dijo el prefecto— Ha sido dos veces asaltado por malhechores, y su
persona rigurosamente registrada bajo mí propia inspección.
—Se podía usted haber ahorrado ese trabajo —dijo Dupin— D***, presumo, no está loco
del todo; y si no lo está, debe haber previsto esas asechanzas; eso es claro.
—No está loco del todo —dijo G***—; pero es un poeta, lo que considero que está sólo a
un paso de la locura.
—Cierto —dijo Dupin después de una larga y reposada bocanada de humo de su pipa—,
aunque yo mismo sea culpable de algunas malas rimas.
—Supongamos —dije—, que usted nos detalla las particularidades de su investigación.
—Los hechos son éstos: dispusimos de tiempo suficiente y buscamos en todas partes.
He tenido larga experiencia en estos negocios. Recorrí todo el edificio, cuarto por cuarto,
dedicando las noches de toda una semana a cada uno. Examinamos primero el mobiliario de
cada habitación. Abrimos todos los cajones posibles; y supongo que usted sabe que, para un
ejercitado agente de policía, son imposibles los cajones secretos. Cualquiera que en
investigaciones de esta clase permite que se le escape un cajón secreto, es un bobo. La cosa
así, es sencilla. Hay una cierta cantidad de capacidad, de espacio, que contar en un mueble. En
este caso, establecemos minuciosas reglas. La quincuagésima parte de una línea no puede
escapársenos. Después del gabinete, consideramos las sillas. Los cojines son examinados con
esas delgadas y largas agujas que usted me ha visto emplear. De las mesas, removemos las
tablas superiores.
—¿Por qué?
—Algunas veces la tabla de una mesa, u otra pieza de mobiliario similarmente arreglada,
es levantada por la persona que desea ocultar un objeto; entonces la pata es excavada, el objeto
depositado dentro de su cavidad y la tabla vuelta a colocar. Los extremos de los pilares de las
camas son utilizados con el mismo fin.
—¿Pero la cavidad no podría ser detectada por el sonido? —pregunté.
—De ninguna manera, si cuando el objeto es depositado se coloca a su alrededor una
cantidad suficiente de algodón en rama. Además, en nuestro caso, estábamos obligados a
proceder sin ruidos.
—Pero no pueden ustedes haber removido, no pueden haber hecho pedazos todos los
artículos de mobiliario en que hubiera sido posible depositar un objeto de la manera que usted
menciona. Una carta puede ser comprimida hasta hacer un delgado cilindro en espiral, no
difiriendo mucho en forma o volumen a una aguja para hacer calceta, y de esta forma puede ser
introducida en el travesaño de una silla, por ejemplo. No rompieron ustedes todas las sillas, ¿no
es así?
—Ciertamente que no; pero hicimos algo mejor: examinamos los travesaños de cada
silla de la casa, y en verdad, todos los puntos de unión de todas las clases de muebles, con la
ayuda de un poderoso microscopio. Si hubiera habido alguna huella de reciente remoción, no
habríamos dejado de notarla instantáneamente. Un solo grano del serrín producido por una
barrena en la madera, habría sido tan visible como una manzana. Cualquier alteración en las
encoladuras, cualquier desusado agujerito en las uniones, habría bastado para un seguro
descubrimiento.
—Presumo que observarían ustedes los espejos, entre los bordes y las láminas, y
examinarían los lechos, y las ropas de los lechos, así como las cortinas y las alfombras.
—Eso, por sabido; y cuando hubimos registrado absolutamente todas las partículas del
mobiliario de esa manera, examinamos la casa misma. Dividimos su entera superficie en
compartimentos, que numeramos para que ninguno pudiera escapársenos, después registramos
pulgada por pulgada el terreno de la pesquisa, incluso las dos casas adyacentes, con el
microscopio, como antes.
—¡Las dos casas adyacentes! —exclamé—; deben ustedes haber causado una gran
agitación.
—La causamos; pero la recompensa ofrecida es prodigiosa.
—¿Incluyeron ustedes los terrenos de las casas?
—Todos los terrenos están enladrillados, comparativamente nos dieron poco trabajo.
Examinamos el musgo de las junturas de los, ladrillos, y no encontramos que lo hubieran tocado.
—¿Buscaron ustedes entre los papeles de D***, por consiguiente, y entre los libros de su
biblioteca?
—Ciertamente; abrimos todos los paquetes y legajos; y no sólo ¡Abrimos todos los libros,
sino que dimos vuelta todas las hojas de todos los volúmenes, no contentándonos con una
simple sacudida de ellos, como acostumbran a hacer algunos de nuestros agentes de policía.
Medimos también el espesor de cada tapa de libro, con la más cuidadosa exactitud, y aplicamos
a cada uno el más celoso examen con el microscopio. Si cualquiera de las encuadernaciones
hubiera sido tocada para ocultar la carta, habría sido completamente imposible que el hecho
escapara a nuestra observación. Unos cinco o seis volúmenes, recién traídos por el
encuadernador, los examinamos con todo cuidado, sondeando las tapas.
—¿Registraron el suelo, bajo las alfombras?
—Sin duda. Removimos todas las alfombras, Y examinamos los bordes con el
microscopio.
—¿Y el papel de las paredes?
—También.
—¿Buscaron en los sótanos?
—Sí
—Entonces —dije— han hecho ustedes un mal cálculo, y la carta no está entre las
posesiones del ministro, como suponen.
—Temo que usted tenga razón —repuso el prefecto—. Y ahora, Dupin, ¿qué me
aconseja que haga?
—Hacer una nueva revisión de la casa del ministro.
—Eso es absolutamente innecesario —replicó G***—; estoy tan seguro como que
respiro, de que la carta no está en la casa.
—Pues no tengo mejor consejo que darle —dijo Dupin— ¿Tendrá usted, como es
natural, una cuidadosa descripción de la carta?
—¡Ya lo creo!
Y aquí el prefecto, sacando un memorándum, nos leyó en voz alta un minucioso informe
de la carta, especialmente de la apariencia externa del documento perdido. Poco después de
esta descripción, cogió su sombrero y se fue, mucho más desalentado de lo que le había visto
nunca antes.
Casi cerca de un mes había pasado, cuando nos hizo otra visita, encontrándonos
ocupados exactamente de la misma manera que la otra vez. Cogió una pipa y una silla, y
principió una conversación sobre cosas ordinarias. Por último, le dije:
—Y bien, señor G***, ¿qué hay sobre la carta robada? Presumo que se habrá usted
convencido, al fin, de que no hay cosa más difícil que sorprender al ministro.
—¡Que el diablo lo confunda! esa es la verdad; hice el nuevo examen, sin embargo,
como Dupin me lo aconsejó, pero ha sido tiempo perdido, como yo suponía.
—¿A cuánto asciende la recompensa ofrecida, dijo usted? —preguntó Dupin.
—¿Cuánto? una gran cantidad, una recompensa verdaderamente liberal; no quiero decir
cuánto exactamente, pero diré una cosa: y es que estaría dispuesto a dar un cheque con mi
firma por cincuenta mil francos, a cualquiera que me entregara la carta. El asunto se está
haciendo día a día cada vez más importante, y la recompensa ha sido recientemente doblada.
Pero aunque fuera triplicada, no podría hacer más de lo que he hecho.
—Veamos— dijo Dupin lentamente, entre una y otra bocanada de humo—; realmente
pienso, G***, que usted no ha hecho todo lo que podía en este asunto. ¿No cree que podría
hacer un poco más?
—¿Cómo? ¿De qué manera?
—¡Pst! Creo, puff, puff, que usted podría, puff, puff, pedir consejo sobre este asunto;
puff, puff, puff. ¿Se acuerda usted de lo que se cuenta de Abernethy!
—¡No! ¡Al diablo con su Abernethy!
—¡Está bien! al diablo con él, y buena suerte. Pero he aquí el hecho. Una vez, cierto
ricacho muy avaro concibió la idea de obtener gratis de ese Abernethy una opinión médica.
Habiendo procurado con ese objeto estar solo con él en una conversación corriente, le insinuó su
propio caso como el de un individuo imaginario.
—Supongamos —dijo el tacaño—, que sus síntomas son tales y tales; ahora doctor,
¿qué le aconsejaría usted?
—¿Qué le aconsejaría? —dijo Abernethy—; ¡psh! que viera a un médico.
—Pero —dijo el prefecto, algo desconcertado—, yo estoy dispuesto a pedir consejo, y a
pagarlo. Daría realmente cincuenta mil francos a cualquiera que me ayudara en este asunto.
—En ese caso —replicó Dupin, abriendo un cajón y sacando una libreta de cheques—,
puede usted perfectamente hacerme un cheque por la cantidad mencionada. Cuando lo haya
firmado, le entregaré la carta.
Quedé estupefacto. El prefecto parecía como herido por un rayo. Durante algunos
minutos permaneció sin habla y sin movimiento, mirando incrédulamente a mi amigo con la boca
abierta y los ojos que parecían saltárseles de las órbitas; después, aparentemente recobrando la
conciencia de su ser, cogió una pluma y, después de algunas pausas y miradas sin objeto, hizo
por último y firmó un cheque por 50.000 francos, y lo alcanzó por sobre la mesa a Dupin. Éste lo
examinó cuidadosamente y lo guardó en su cartera; después, abriendo un escritoire, cogió de él
una carta y la entregó al prefecto. El funcionado se abalanzó sobre ella en una perfecta
convulsión de alegría, la abrió con mano temblorosa, arrojó una rápida ojeada a su contenido, y
entonces, agitado y fuera de sí, abrió la puerta y sin ceremonia de ninguna especie salió del
cuarto y de la casa, sin haber pronunciado una sílaba desde que Dupin le había pedido que
hiciera el cheque.
Cuando nos quedarnos solos, mi amigo consintió en darme explicaciones.
—La policía parisina —dijo— es sumamente buena en su especialidad. Es perseverante,
ingeniosa, astuta y perfectamente versada en los conocimientos que sus deberes parecen
necesitar con más urgencia. Así, cuando G*** nos detalló su modo de registrar los sitios en la
casa de D***, tuve plena confianza en que había practicado una investigación satisfactoria, hasta
donde lo permiten sus conocimientos.
—¿Hasta dónde lo permiten? —pregunté.
—Sí —dijo Dupin— Las medidas adoptadas eran, no solamente las mejores de su clase,
sino que se acercaban a la perfección absoluta. Si la carta hubiera estado oculta en el radio de
esa pesquisa, los agentes de policía, indiscutiblemente, la hubieran encontrado.
Me sonreí por toda respuesta, pero mi amigo parecía perfectamente serio en todo lo que
decía.
—Las medidas, pues —continuo él—, eran buenas en su clase y bien ejecutadas; su
defecto estaba en ser inaplicables al caso y al hombre. Un cierto conjunto de recursos altamente
ingeniosos son para el prefecto una especie de lecho de Procusto, a los que adapta
forzadamente sus designios. Así es que perpetuamente yerra por ser demasiado profundo, o
demasiado superficial, en los asuntos que se le confían, y muchos niños de escuela son mejores
razonadores que él. He conocido uno, de unos ocho años de edad, cuyos éxitos adivinando en el
juego de «pares y nones» atraían la admiración de todo el mundo. Este juego es simple, y se
juega con canicas. Uno de los jugadores oculta en su mano una cantidad de esas canicas, y
pregunta a otro si ese número es par o non. Si el preguntado adivina, gana una; si no, pierde
una. El niño de que hablo, ganaba todas las canicas de la escuela. Por consiguiente, tenía algún
método para acertar, y éste se basaba en la simple observación y el cálculo de la astucia de sus
contrincantes. Por ejemplo, un simple bobalicón es su contrario, y levantando una mano cerrada,
y pregunta: ¿son pares o nones? Nuestro niño replica: «Nones», y pierde; pero a la segunda vez
gana, porque entonces se dice a sí mismo: «El bobalicón tenía pares la primera vez, y su
cantidad de astucia es justamente la suficiente para llevarlo a poner nones en la segunda; por
consiguiente, apostaré «nones»; apuesta a nones, y gana. Ahora, con un bobo de un grado
mayor que el primero, hubiera razonado así: «Este tal, sabe que en el primer caso aposté a
nones, y en el segundo se le ocurrirá, en el primer impulso, una simple variación de pares a
nones, como hizo mi otro contrario; pero entonces un segundo pensamiento le sugerirá que ésta
es una variación demasiado simple, y, finalmente, decidirá poner pares como antes. Por
consiguiente, apostaré a pares»; apuesta a pares, y gana. Ahora bien, este sistema de razonar
en el niño de escuela, a quien sus compañeros llamaban afortunado, ¿qué es, en último
análisis?
—Es simplemente —dije— una identificación del intelecto del razonador con el de su
contrario.
—Eso es —dijo Dupin—; y después de preguntar al niño cómo efectuaba esa completa
identificación en que residía su éxito, recibí la siguiente respuesta: «Cuando deseo saber cuán
sabio o cuán estúpido, o cuán bueno o cuán malo es alguien, o cuáles son sus pensamientos en
un instante dado, acomodo la expresión de mi rostro, tan cuidadosamente como me sea posible,
de acuerdo con la expresión del rostro de él, y entonces trato de ver qué pensamientos o
sentimientos nacen en mi mente, que igualen o correspondan a la expresión de mi cara.» La
respuesta de este niño de escuela supera incluso la éxpurea profundidad que ha sido atribuida a
La Rochefoucault, la Bruyère, Maquiavelo y Campanella.
—Y la identificación —dije— del intelecto del razonador con el de su contrario, depende,
si le entiendo a usted bien, de la exactitud con que se mide la inteligencia de este último.
—Para su valor práctico depende de eso —replicó Dupin—; y el prefecto y toda su
cohorte fracasan tan frecuentemente, primero, por no lograr dicha identificación, y segundo, por
mala apreciación, o mas bien por no medir la inteligencia con la que se miden. Consideran
únicamente sus propias ideas ingeniosas; y buscando cualquier cosa oculta, tienen en cuenta
solamente los medios con que ellos la habrían escondido. Tienen mucha razón en todo: que su
propio ingenio es una fiel representación del de las masas; pero cuando la astucia del reo es
diferente en carácter de la de ellos, el reo se les escapa; es lógico. Eso sucede siempre que esa
astucia es superior de la de ellos, y, muy habitualmente cuando está por abajo. No tienen
variación de principio en sus investigaciones; lo más que hacen, cuando se ven excitados por
algún caso insólito, por alguna extraordinaria recompensa, es extender o exagerar sus viejas
rutinas de práctica, sin modificar sus principios. Por ejemplo, en este caso de D***, ¿qué se ha
hecho para modificar el principio de acción? ¿Qué es todo este taladrar, probar, hacer sonar y
registrar con el microscopio, y dividir la superficie del edificio en cuidadosas pulgadas cuadradas
y numeradas? ¿Qué es todo eso, sino una exageración de la aplicación de un principio o
conjunto de principios de pesquisa, que está basado sobre un conjunto de nociones respecto a la
ingeniosidad humana, a que el prefecto, en la larga rutina de su deber, se ha acostumbrado?
¿No ve usted que G*** da por sentado que todos los hombres que quieren ocultar una carta, si
no precisamente en un agujero hecho con barrena en la pata de una silla, lo hacen, cuando
menos, en algún oculto agujero o rincón sugerido por el mismo tenor del pensamiento que
inspira a un hombre la idea de esconderla en un agujero hecho en la pata de una silla? ¿Y no ve
usted también que tales rincones buscados para ocultar, se emplean únicamente en las
ocasiones ordinarias, y sólo son adoptados por inteligencias ordinarias? Porque en todos los
casos de ocultamiento cabe presumir que en principio se ha efectuado dentro de esas
coordenadas; y su descubrimiento depende, no tanto de la perspicacia, sino del simple cuidado,
la paciencia y la determinación de los buscadores; y cuando el caso es de importancia, o lo que
quiere decir lo mismo a los ojos policiales, cuando la recompensa es de magnitud, las cualidades
en cuestión jamás fallan. Ahora entenderá usted indudablemente lo que quise decir, sugiriendo
que, si la carta hubiera sido ocultada en cualquier parte dentro de los límites del examen del
prefecto, o en otras palabras, si el principio inspirador de su ocultación hubiera estado
comprendido dentro de los principios del prefecto, su descubrimiento habría sido un asunto
absolutamente fuera de duda. Este funcionario, sin embargo, ha sido completamente engañado;
y la fuente originaria de sus fracaso reside en la suposición de que el ministro es un loco porque
ha adquirido fama como poeta. Todos los locos son poetas; esto es lo que cree el prefecto, y es
simplemente culpable de un non distributio medii al inferir de ahí que todos los poetas son locos.
—¿Pero se trata realmente del poeta? —pregunté— Hay dos hermanos, me consta, y
ambos han alcanzado reputación en las letras. El ministro, creo, ha escrito doctamente sobre
cálculo diferencial. Es un matemático y no un poeta.
—Está usted equivocado; yo le conozco bien, es ambas cosas. Como poeta y
matemático, habría razonado bien; como simple matemático no habría razonado absolutamente,
y hubiera estado a merced del prefecto.
—Usted me sorprende —dije— con esas opiniones, que han sido contradecidas por la
voz del mundo. Suponga que no pretenderá aniquilar una bien digerida idea con siglos de
existencia. La razón matemática ha sido largo tiempo considerada como la razón por excelencia.
—Il y a à parier —replicó Dupin, citando a Chamfort—, que toute idée publique, toute
convention reçue, est une sottise, car elle a convenue au plus grand nombre1. Los matemáticos,
concedo, han hecho cuanto les ha sido posible para difundir el error popular a que usted alude, y
que no es menos un error porque haya sido promulgado como verdad. Con un arte digno de
mejor causa, por ejemplo, han introducido el término «análisis» con aplicación al álgebra. Los
franceses son los culpables de esta superchería popular; pero si un término tiene alguna
importancia, si las palabras derivan algún valor de su aplicabilidad, «análisis» expresa «álgebra»,
poco más o menos, como en latín ambitus implica «ambición», religio, «religión», homines
honesti, «un conjunto de hombres honorables».
—Temo que se enemiste usted —dije— con alguno de los algebristas de París; pero
prosiga.
—Disputo la validez, y por consiguiente, el valor de esa razón que es cultivada en una
forma especial distinta de la abstractamente lógica. Disputo, en particular, la razón extraída del
estudio de las matemáticas. Las matemáticas son la ciencia de la forma y la cantidad; el
razonamiento matemático es simplemente la lógica aplicada a la observación a la forma y la
cantidad. El gran error consiste en suponer que hasta las verdades de lo que es llamado álgebra
pura son verdades abstractas o generales. Y este error es tan extraordinario, que me confundo
ante la universalidad con que ha sido recibido. Los axiomas matemáticos no son axiomas de
validez general. Lo que es verdad de relación (de forma y de cantidad), es a menudo
grandemente es falso respecto a la moral, por ejemplo. En esta última ciencia por lo general es
incierto que el todo sea igual a la suma de las partes. En química el axioma falla también. En el
caso de una fuerza motriz falla igualmente, pues dos motores de un valor dado no alcanzan
necesariamente al sumarse una potencia igual a la suma de sus potencias consideradas por
separado. Hay muchas otras verdades matemáticas, que son verdades únicamente dentro de los
límites de la relación. Pero el matemático arguye, apoyándose en sus verdades finitas, según es
costumbre, como si ellas fueran de una aplicabilidad absolutamente general, como si el mundo
imaginara, en realidad, que lo son. Bryant, en su recomendable Mitología, menciona una análoga
fuente de error, cuando dice que «aunque las fábulas paganas no son creídas, sin embargo lo
olvidamos continuamente, y hacemos inferencias de ellas, como si fueran realidades». Entre los
algebristas, no obstante, que son realmente paganos, las «fábulas paganas» son creídas, y las
inferencias se hacen, no tanto por culpa de la memoria, sino por una incomprensible
perturbación mental. En una palabra, no he encontrado nunca un simple matemático en quien se
pudiera confiar, fuera de sus raíces y ecuaciones, o que no tuviera por artículo de fe, que x2 + px
es absoluta e incondicionalmente igual a q. Diga usted a uno de esos caballeros, por vía de
experimento, si lo desea, que usted cree que puede presentarse casos en que x2 + px no es
absolutamente igual a q, y después de haberle hecho entender lo que quiere decir, eche a correr
tan pronto como le sea posible, porque, sin ninguna duda, tratará de darle una paliza.
»Quiero decir — continúo Dupin, mientras me reía yo de su última observación— que si
el ministro hubiera sido nada más que un matemático, el prefecto no habría tenido necesidad de
darme este cheque. Le conocía yo, sin embargo, como matemático y como poeta, y mis medidas
fueron adaptadas a su capacidad, con referencia a las circunstancias de que estaba rodeado. Le
conocía como a un cortesano, y además como un audaz intrigant. Un hombre así, pensé, debe
conocer los métodos ordinarios de acción de la policía. No podía haber dejado de prever, y los
sucesos han probado que no lo hizo, los registros a los que fue sometido. Debe haber previsto
las investigaciones secretas de su casa. Sus frecuentes ausencias nocturnas, que eran
celebradas por el prefecto como una buena ayuda a sus éxitos, las miré únicamente como
astucias para procurar a la policía la oportunidad de hacer un completo registro, y hacerles llegar
lo más pronto posible a la convicción a la G*** llegó por último, de que la carta no estaba en
1 Se puede apostar que toda idea pública, toda convención admitida, es una tontería, pues ha convenido a la mayoría.
casa. Comprendí también que todo el conjunto de ideas, que tendría alguna dificultad en detallar
a usted ahora, relativo a los invariables principios de la policía en pesquisas de objetos
ocultados, pasaría necesariamente por la mente del ministro. Eso le llevaría, de una manera
inevitable, a despreciar todos los escondrijos ordinarios. No podía, re flexioné, ser tan simple que
no viera que los más intrincados y más remotos secretos de su mansión serían tan de fácil
acceso como los rincones más vulgares, a los ojos, a los exámenes, a los barrenos y los
microscopios del prefecto. Vi, por último, que se vería impulsado, como en un asunto de lógica, a
la simplicidad, si no la había deliberadamente elegido por su propio gusto personal. Recordará
usted quizá con cuanta gana se rió el prefecto, cuando le sugerí en nuestra primera entrevista
que era muy posible que este misterio le perturbara tanto por ser su descubrimiento demasiado
evidente.
—Sí —dije—, recuerdo bien su hilaridad. Creí realmente que sufriría convulsiones.
—El mundo material —continúo Dupin— abunda en muy estrictas analogías con el
espiritual; y así se ha dado algún color de verdad al dogma retórico de que la metáfora o el símil
pueda ser empleada para dar más fuerza a un pensamiento o embellecer una descripción. El
principio de vis inertiæ, por ejemplo, parece idéntico en física y metafísica. No es más cierto en la
primera, que un gran cuerpo es puesto en movimiento con más dificultad que uno pequeño, y
que su subsecuente impulso es proporcionado a esa dificultad, que lo es en la segunda, que
intelectos de la más vasta capacidad, aunque más potentes, constantes y fecundos en sus
movimientos que los de inferior grado, son sin embargo los menos prontamente movidos, y más
embarazados y llenos de vacilación en los primeros pasos de sus progresos. Otra cosa: ¿ha
notado usted alguna vez cuáles son las muestras de tiendas que más llaman la atención?
—Nunca se me ocurrió pensarlo —dije.
—Hay un juego de adivinanzas —replicó él— que se juega con un mapa. Uno de los
jugadores pide al otro que encuentre una palabra dada, el nombre de una ciudad, río, estado o
imperio; una palabra, en fin, sobre la abigarrada y confusa superficie de un mapa. Un novato en
el juego trata generalmente de confundir a sus contrarios, dándoles a buscar los nombres
escritos con las letras más pequeñas; pero el buen jugador escogerá entre esas palabras que se
extienden con grandes caracteres de un extremo a otro del mapa. Éstas, lo mismo que los
anuncios y tablillas expuestas en las calles con letras grandísimas, escapan a la observación a
fuerza de ser excesivamente notables; y aquí, la física inadvertencia ocular es precisamente
análoga a la inteligibilidad moral, por la que el intelecto permite que pasen desapercibidas esas
consideraciones, que son demasiado evidentes y palpables por sí mismas. Pero parece que éste
es un punto que está algo arriba o abajo de la comprensión del prefecto. Nunca creyó probable o
posible que el ministro hubiera dejado la carta inmediatamente debajo de las narices de todo el
mundo, a fin de impedir que una parte de ese mundo pudiera verla.
»Pero cuanto más reflexionaba sobre el audaz, fogoso y discernido ingenio de D***,
sobre el hecho de que el documento debía haber estado siempre a mano, si intentaba usarlo con
ventajoso fin; y sobre la decisiva evidencia, obtenida por el prefecto, de que no estaba oculto
dentro de los límites de sus pesquisas ordinarias, más convencido quedaba de que para ocultar
aquella carta el ministro había recurrido al más amplio y sagaz expediente de no tratar de
ocultarla absolutamente.
»Convencido de estas ideas, me puse mis gafas verdes y una hermosa mañana, como
por casualidad, entré en la casa del ministro. Encontré a D*** bostezando, extendido cuan largo
era, charlando insustancialmente, como de costumbre, y pretendiendo estar aquejado del más
abrumador ennui. Sin embargo, es uno de los hombres más realmente activos que existen, pero
tan sólo cuando nadie lo ve.
»Para pagarle con la misma moneda, me quejé de mis débiles ojos, y lamenté la forzosa
necesidad que tenía de usar gafas, bajo el amparo de las cuales examinaba cuidadosa y
completamente toda la habitación, mientras en apariencia sólo me ocupaba de la conversación
con mi anfitrión.
»Presté especial atención a una gran mesa-escritorio, cerca de la cual estaba sentado
D***, y sobre la que había desparramados confusamente diversas cartas Y otros papeles, uno o
dos instrumentos de música y algunos libros. En ella, no obstante, después de un largo y
deliberado escrutinio, no vi nada capaz de provocar mis sospechas.
»Por último, mis ojos, examinando el circuito del cua rto, se posaron sobre un miserable
tarjetero de cartón afiligranado, que pendía de una sucia cinta azul, sujeta a una perillita de
bronce, colocada justamente sobre la repisa de la chimenea. En aquel tarjetero, que tenía tres o
cuatro compartimentos, había seis o siete tarjetas de visita y una solitaria carta. Esta última
estaba muy manchada y arrugada. Se hallaba rota casi en dos, por el medio, como si una
primera intención de hacerla pedazos por su nulo valor hubiera sido cambiado y detenido. Tenía
un gran sello negro, con el monograma de D***, muy visible, y el sobre escrito y dirigido al mismo
ministro revelaba una letra menuda y femenina. Había sido arrojada sin cuidado alguno, y hasta
desdeñosamente, parecía, en una de las divisiones superiores del tarjetero.
»No bien descubrí la carta en cuestión, comprendí que era la que andaba buscando. En
verdad, era, en apariencia, radicalmente distinta de aquella que nos había leído el prefecto una
descripción tan minuciosa. Aquí el sello era grande y negro, con el monograma de D***; en la
otra era pequeño y rojo, con las armas ducales de la familia S***. Aquí la dirección del ministro
era diminuta y femenina; en la otra la letra del sobre, dirigida a un cierto personaje real, era
marcadamente enérgica y decidida; el tamaño era su único punto de semejanza. Pero la
naturaleza radical de esas diferencias, que era excesiva, las manchas, la sucia y rota condición
del papel, tan inconsistente con los verdaderos hábitos metódicos de D***, y tan reveladoras de
dar una idea de la insignificancia del documento a un indiscreto; estas cosas, junto con la visible
situación en que se hallaba, a la vista de todos los visitantes, y así coincidente con las
conclusiones a que yo había llegado previamente; esas cosas, digo, eran muy corroborativas de
sospecha, para quien había ido con la intención de sospechar.
»Demoré mi visita tanto como fue posible, y mientras mantenía una de las más animadas
discusiones con el ministro, sobre un tópico que sabía que jamás había dejado de interesarle y
apasionarle, volqué mi atención, en realidad, sobre la carta. En aquel examen, confié a la
memoria su apariencia externa y su colocación en el tarjetero; y por último, hice un
descubrimiento que borraba cualquier duda trivial que pudiera haber concebido. Registrando con
la vista los bordes del papel, noté que estaban más gastados de lo que parecía necesario.
Presentaban una apariencia de rotura que resulta cuando un papel liso, habiendo sido una vez
doblado y apretado, es vuelto a doblar en una dirección contraria, con los mismos pliegues que
ha formado el primitivo doblez. Este descubrimiento fue suficiente. Fue claro para mí que la carta
había sido dada vuelta, como un guante, lo de adentro para afuera; una nueva dirección y un
nuevo sello le habían sido agregados. Di los buenos días al ministro, y me marché enseguida,
abandonando sobre la mesa una tabaquera de oro.
»A la mañana siguiente fui en busca de la tabaquera, y reanudamos placenteramente la
conversación del día anterior. Mientras Estábamos en ella empeñados, un fuerte disparo, como
de una pistola, se oyó inmediatamente debajo de las ventanas del edificio, y fue seguido por una
serie de gritos de terror, y exclamaciones de una multitud asustada. D*** se lanzó a una de las
ventanas, la abrió y miró hacia la calle. Mientras, me acerqué al tarjetero, cogí la carta, la metí en
mi bolsillo y la reemplacé por un facsímil (de sus caracteres externos) que había preparado
cuidadosamente en casa, imitando el monograma de D***, con mucha facilidad, por medio de un
sello de miga de pan.
»El tumulto en la calle había sido ocasionado por la loca conducta de un hombre con un
fusil. Había hecho fuego con él entre un grillo de mujeres y niños. Se comprobó, sin embargo,
que el arma estaba descargada, y se le permitió que continuara su camino, como a un lunático o
un ebrio. Cuando se hubo retirado, D*** se separó de la ventana, a donde le había seguido yo
inmediatamente después de conseguir mi objeto. Al poco rato me despedí de él. El pretendido
lunático era un hombre a quien yo había pagado para que produjera el tumulto.
—Pero, ¿qué propósito tenía usted —pregunté— para reemplazar la carta por un
facsímil? ¿No hubiera sido mejor, en la primera visita, arrebatarla abiertamente y salir con ella?
—D*** —replicó Dupin— es un hombre arrojado y valiente. Su casa, además, no carece
de servidores consagrados a los intereses del amo. Si hubiera yo hecho la atrevida tentativa que
usted sugiere, jamás habría salido vivo de allí y el buen pueblo de París no hubiera vuelto a
saber más de mí. Ya conoce usted mis ideas políticas. Pero tenía una segunda intención, aparte
de esas consideraciones. En este asunto, obré como partidario de la dama comprometida.
Durante dieciocho meses el ministro la tuvo en su poder. Ella es la que lo tiene ahora en su
poder: como D*** no sabe que la carta no está ya en su tarjetero, proseguirá con sus presiones
como si la tuviera. Así provocará, él mismo, su ruina política. Su caída, además, será tan
precipitada como ridícula. Es igualmente exacto hablar, a propósito de su caso, del facilis
descensus Avernis; pues en todas especies de ascensiones, como la Catalani dice del canto, es
mucho más fácil subir que bajar. En el presente caso no tengo simpatía, ni siquiera piedad, por el
que desciende. D*** es ese monstrum horrendum, el hombre de genio sin principios. Confieso,
sin embargo, que me gustaría mucho conocer el preciso carácter de sus pensamientos cuando,
siendo desafiado por aquella a quien el prefecto llama «una cierta persona», se vea forzada a
abrir la carta que le dejé para él en el tarjetero.
—¿Cómo? ¿Escribió usted algo particular en ella?
—¡Claro!. No parecía del todo bien dejarla en blanco; eso hubiera sido insultante.. Cierta
vez D***, en Viena, me jugó una mala pasada, acerca de la que le dije, sin perder el buen humor,
que no lo olvidaría. Así, como comprendí que sentiría alguna curiosidad respecto a la identidad
de la persona que había sobrepujado su inteligencia, pensé que era una lástima no dejarle un
indicio para que la conociera. Como conoce perfectamente mi letra, me limité a copiar en medio
de la página estas palabras:
... Un dessein si funeste,
S’il n’est digne d’Atrée, est digne de Thyeste,
que se pueden encontrar en el Atreo de Crebillon.2

F I N

2 Atreo es una obra del poeta trágico francés Prosper Crebillon (1674 - 1762). En ella relata la cruel venganza de Atreo, rey de
Argos, contra Tieste, a quien hizo comer los miembros de su propio hijo. Crebillon reflexiona que «un designio tan funesto / no era
digno de Atreo, sino de Tieste». (N. de T.)

LEONORA

Edgar Allan Poe
Leonora


¡El vaso se hizo trizas! Desapareció su esencia
¡Se fue; se fue! ¡Se fue; se fue!
Doblad, doblad campanas, con ecos plañideros,
Que un alma inmaculada de Estigia en los linderos
Flotar se ve.
Y tú, Guy de Vere, ¿qué hiciste de tus lágrimas ?
¡Ah, déjalas correr!
Mira, el angosto féretro encierra a tu Leonora;
Oye los cantos fúnebres que entona el fraile; ahora
Ven a su lado, ven.
Antífonas salmodien a la que un noble cetro
Fue digna de regir;
Un ronco De Profundis a la que yace inerte,
Que con morir
Indignos, los que amábais en ella solamente
Las formas de mujer,
Pues su altivez nativa os imponía tanto,
Dejasteis que muriera, cuando el fatal quebranto
Posó sobre su sien.
¿Quién abre los rituales? ¿Quién va a cantar el Réquiem?
Quiero saberlo, ¿quien?
¿Vosotros miserables de lengua ponzoñosa
Y ojos de basilisco? ¡Mataron a la hermosa,
Que tan hermosa fue!
¿Peccavimus cantasteis? Cantasteis en mala hora
El Sabbath entonad;
Que su solemne acento suba al excelso trono
Como un sollozo amargo que no suscite encono
En la que duerme en paz.
Ella, la hermosa, la gentil Leonora,
Emprendió el vuelo en su primer aurora;
Ella, tu novia, en soledad profunda
¡Huérfano te dejó!
Ella, la gracia misma ora reposa
En rígida quietud; en sus cabellos
Hay vida aún; mas en sus ojos bellos
¡No hay vida, no, no, no!
¡Atrás! Mi corazón late de prisa
Y en alegre compás. ¡Atrás! No quiero
cantar el De Profundis majadero,
Porque es inútil ya.
Tenderé el vuelo y al celeste espacio
me lanzaré en su noble compañía.
¡Voy contigo, alma mía, sí, alma mía¡
Y un peán te cantaré!
¡Silencio las campanas! Sus ecos plañideros
Acaso lo hagan mal.
No turben con sus voces la beatitud de un alma
Que vaga sobre el mundo con misteriosa calma
y en plena libertad.
Respeto para el alma que los terrenos lazos
Triunfante desató;
Que ahora luminosa flotando en el abismo
Ve amigos y contrarios; que del infierno mismo
al cielo se lanzó.
Si el vaso se hizo trizas, su eterna esencia libre
¡Se va, se va!
¡callad, callad campanas de acentos plañideros,
que su alma inmaculada del cielo en los linderos
Tocando está!

EDGAR ALLAN POE -- EL RETRATO OVAL


EDGAR ALLAN POE
EL RETRATO OVAL Título en Inglés: THE OVAL PORTRAIT
Texto de dominio público.


EL RETRATO OVAL
Edgar Allan Poe

El castillo en el cual mi criado se le había ocurrido penetrar a la fuerza en vez de permitirme, malhadadamente herido como estaba, de pasar una noche al ras, era uno de esos edificios mezcla de grandeza y de melancolía que durante tanto tiempo levantaron sus altivas frentes en medio de los apeninos, tanto en la realidad como en la imaginación de Mistress Radcliffe.
Según toda apariencia, el castillo había sido recientemente abandonado, aunque temporariamente. Nos instalamos en una de las habitaciones más pequeñas y menos suntuosamente amuebladas. Estaba situada en una torre aislada del resto del edificio. Su decorado era rico, pero antiguo y sumamente deteriorado. Los muros estaban cubiertos de tapicerías y adornados con numerosos trofeos heráldicos de toda clase, y de ellos pendían un número verdaderamente prodigioso de pinturas modernas, ricas de estilo, encerradas en sendos marcos dorados, de gusto arabesco.
Me produjeron profundo interés, y quizá mi incipiente delirio fue la causa, aquellos cuadros colgados no solamente en las paredes principales, sino también en una porción de rincones que la arquitectura caprichosa del castillo hacia inevitable; hice a Pedro cerrar los pesados postigos del salón, pues ya era hora avanzada, encender un gran candelabro de muchos brazos colocado al lado de mi cabecera, y abrir completamente las cortinas de negro terciopelo, guarnecidas de festones, que rodeaban el lecho. Quíselo así para poder, al menos, si no reconciliaba el sueño, distraerme alternativamente entre la contemplación de estas pinturas y la lectura de un pequeño volumen que había encontrado sobre la almohada y que trataba de su crítica y su análisis.
Leí largo tiempo; contemplé las pinturas religiosas devotamente; las horas huyeron, rápidas y silenciosas, y llegó la media noche. La posición del candelabro me molestaba, y extendiendo la mano con dificultad para no turbar el sueño de mi criado, lo coloqué de modo que arrojase la luz de lleno sobre el libro. Pero este movimiento produjo un efecto completamente inesperado. La luz de sus numerosas bujías dio de pleno en un nicho del salón que una de las columnas del lecho había hasta entonces cubierto con una sombra profunda. Vi envuelto en viva luz un cuadro que hasta entonces no advirtiera. Era el retrato de una joven ya formada, casi mujer. Lo contemplé rápidamente y cerré los ojos. ¿Por qué? no me lo expliqué al principio; pero, en tanto que mis ojos permanecieron cerrados, analicé rápidamente el motivo que me los hacía cerrar. Era un movimiento involuntario para ganar tiempo y recapacitar, para asegurarme de que mi vista no me había engañado, para calmar y preparar mi espíritu a una contemplación más fría y más serena. Al cabo de algunos momentos, miré de nuevo el lienzo fijamente.
No era posible dudar, aun cuando lo hubiese querido; porque el primer rayo de luz al caer sobre el lienzo, había desvanecido el estupor delirante de que mis sentidos se hallaban poseídos, haciéndome volver repentinamente a la realidad de la vida. El cuadro representaba, como ya he dicho, a una joven. se trataba sencillamente de un retrato de medio cuerpo , todo en este estilo, que se llama, en lenguaje técnico, estilo de viñeta; había en él mucho de la manera de pintar de Sully en sus cabezas favoritas. Los brazos, el seno y las puntas de sus radiantes cabellos, pendíanse en la sombra vaga, pero profunda, que servía de fondo a la imagen. El marco era oval, magníficamente dorado, y de un bello estilo morisco. Tal vez no fuese ni la ejecución de la obra, ni la excepcional belleza de su fisonomía lo que me impresionó tan repentina y profundamente. No podía creer que mi imaginación, al salir de su delirio, hubiese tomado la cabeza por la de una persona viva.
Empero, los detalles del dibujo, el estilo de viñeta y el aspecto del marco, no me permitieron dudar ni un solo instante. Abismado en estas reflexiones, permanecí una hora entera con los ojos fijos en el retrato. Aquella inexplicable expresión de realidad y vida que al principio me hiciera estremecer, acabó por subyugarme. Lleno de terror respeto, volví el candelabro a su primera posición, y habiendo así apartado de mi vista la causa de mi profunda agitación, me apoderé ansiosamente del volumen que contenía la historia y descripción de los cuadros.
Busqué inmediatamente el número correspondiente al que marcaba el retrato oval, y leí la extraña y singular historia siguiente:
"Era una joven de peregrina belleza, tan graciosa como amable, que en mal hora amó al pintor y, se desposó con él.
"Él tenía un carácter apasionado, estudioso y austero, y había puesto en el arte sus amores; ella, joven, de rarísima belleza, todo luz y sonrisas, con la alegría de un cervatillo, amándolo todo, no odiando más que el arte, que era su rival, no temiendo más que la paleta, los pinceles y demás instrumentos importunos que le arrebataban el amor de su adorado. Terrible impresión causó a la dama oír al pintor hablar del deseo de retratarla. Mas era humilde y sumisa, y sentóse pacientemente, durante largas semanas, en la sombría y alta habitación de la torre, donde la luz se filtraba sobre el pálido lienzo solamente por el cielo raso.
"El artista cifraba su gloria en su obra, que avanzaba de hora en hora, de día en día.
"Y era un hombre vehemente, extraño, pensativo y que se perdía en mil ensueños; tanto que no veía que la luz que penetraba tan lúgubremente en esta torre aislada secaba la salud y los encantos de su mujer, que se consumía para todos excepto para él.
"Ella no obstante, sonreía más y más, porque veía que el pintor, que disfrutaba de gran fama, experimentaba un vivo y ardiente placer en su tarea, y trabajaba noche y día para trasladar al lienzo la imagen de la que tanto amaba, la cual de día en día tornábase más débil y desanimada. Y, en verdad, los que contemplaban el retrato, comentaban en voz baja su semejanza maravillosa, prueba palpable del genio del pintor, y del profundo amor que su modelo le inspiraba. Pero, al fin, cuando el trabajo tocaba a su término, no se permitió a nadie entrar en la torre; Porque el pintor había llegado a enloquecer por el ardor con que tomaba su trabajo, y levantaba los ojos rara vez del lienzo, ni aun para mirar el rostro de su esposa. Y no podía ver que los colores que extendía sobre el lienzo borrábanse de las mejillas de la que tenía sentada a su lado. Y cuando muchas semanas hubieron transcurrido, y no restaba por hacer más que una cosa muy pequeña, sólo dar un toque sobre la boca y otro sobre los ojos, el alma de la dama palpitó aún, como la llama de una lámpara que está próxima a extinguirse. y entonces el pintor dio los toques, y durante un instante quedó en éxtasis ante el trabajo que había ejecutado; pero un minuto después, estremeciéndose, palideció intensamente herido por el terror, y gritando con voz terrible: "—¡En verdad esta es la vida misma!"
— Se volvió bruscamente para mirar a su bien amada,... ¡Estaba muerta!"

jueves, 16 de julio de 2009

EL LOCO -- GIBRÁN KHALIL GIBRÁN

EL LOCO -- GIBRÁN KHALIL GIBRÁN


GIBRÁN KHALIL GIBRÁN


EL LOCO
(1918)


Me preguntáis como me volví loco. Así sucedió:
Un día, mucho antes de que nacieran los dioses, desperté de un profundo sueño y descubrí que
me habían robado todas mis máscaras -si; las siete máscaras que yo mismo me había
confeccionado, y que llevé en siete vidas distintas-; corrí sin máscara por las calles atestadas de
gente, gritando:
-¡Ladrones! ¡Ladrones! ¡Malditos ladrones!
Hombres y mujeres se reían de mí, y al verme, varias personas, llenas de espanto, corrieron a
refugiarse en sus casas. Y cuando llegué a la plaza del mercado, un joven, de pie en la azotea de su
casa, señalándome gritó:
-Miren! ¡Es un loco!
Alcé la cabeza para ver quién gritaba, y por vez primera el sol be só mi desnudo rostro, y mi alma
se inflamó de amor al sol, y ya no quise tener máscaras. Y como si fuera presa de un trance, grité:
-¡Benditos! ¡Benditos sean los ladrones que me robaron mis máscaras!
Así fue que me convertí en un loco.
Y en mi locura he hallado libertad y seguridad; la libertad de la soledad y la seguridad de no ser
comprendido, pues quienes nos comprenden esclavizan una parte de nuestro ser.
Pero no dejéis que me enorgullezca demasiado de mi seguridad; ni siquiera el ladrón
encarcelado está a salvo de otro ladrón.

DIOS
En los días de mi más remota antigüedad, cuando el temblor primero del habla llegó a mis labios, subí a
la montaña santa y hablé a Dios, diciéndole:
-Amo, soy tu esclavo. Tu oculta voluntades mi ley, y te obedeceré por siempre jamás.
Pero Dios no me contestó, y pasó de largo como una potente borrasca.
Y mil años después volví a subir a la montaña santa, y volví a hablar a Dios, diciéndole:
-Creador mío, soy tu criatura. Me hiciste de barro, y te debo todo cuanto soy.
Y Dios no contestó; pasó de largo como mil alas en presuroso vuelo.
Y mil años después volví a escalar la montaña santa, y hablé a Dios nuevamente, diciéndole:
-Padre, soy tu hijo. Tu piedad y tu amor me dieron vida, y mediante el amor y la adoración a ti
heredaré tu Reino. Pero Dios no me contestó; pasó de largo como la niebla que tiende un velo sobre las
distantes montañas.
Y mil años después volví a escalar la sagrada montaña, y volví a invocar a Dios, diciéndole:
-¡Dios mío!, mi supremo anhelo y mi plenitud, soy tu ayer y eres mi mañana. Soy tu raíz en la
tierra y tú eres mi flor en el cielo; junto creceremos ante la faz del sol.
Y Dios se inclinó hacia mí, y me susurró al oído dulces palabras. Y como el mar, que abraza al arroyo
que corre hasta él, Dios me abrazó.
Y cuando bajé a las planicies, y a los valles vi que Dios también estaba allí.

AMIGO MÍO
Amigo mío... yo no soy lo que parezco. Mi aspecto exterior no es sino un traje que llevo puesto; un traje
hecho cuidadosamente, que me protege de tus preguntas , y a ti, de mi
negligencia.
El "yo" que hay en mí, amigo mío, mora en la casa del silencio, y allí permanecerá para siempre,
inadvertido, inabordable.
No quisiera que creyeras en lo que digo ni que confiaras en lo que hago, pues mis palabras no son otra
cosa que tus propios pensamientos, hechos sonido, y mis hechos son tus propias esperanzas en acción.
Cuando dices: "El viento sopla hacia el oriente", digo: "Sí, siempre sopla hacia el oriente"; pues no
quiero que sepas entonces que mi mente no mora en el v iento, sino en el mar.
No puedes comprender mis navegantes pensamientos, ni me interesa que los comprendas. Prefiero estar a
solar en el mar.
Cuando es de día para tí, amigo mío, es de noche para mí; sin embargo, todavía entonces hablo de la luz
del día que danza en las montañas, y de la sombra purpúrea que se abre paso por el valle; pues no puedes
oír las canciones de mi oscuridad, ni puedes ver mis alas que se agitan contra las estrellas, y no me interesa
que oigas ni que veas lo que pasa en mí; prefiero estar a solas con la noche.
Cuando tú subes a tu Cielo yo desciendo a mi infierno. Y aún entonces me llamas a través del golfo
infranqueable que nos separa: " ¡Compañero! ¡Camarada!" Y te contesto:
" ¡Compañero!¡Camarada!, porque no quiero que veas mi Infierno. Las llamas te cegarían, y el humo te
ahogaría. Y me gusta mi Infierno; lo amo al grado de no dejar que lo visites. Prefiero estar solo en mi
Infierno.
Tu amas la Verdad, la Belleza y lo Justo, y yo, por complacerte, digo que está bien, y simulo amar estas
cosas. Pero en el fondo de mi corazón me río de tu amor por estas entidades. Sin embargo, no te dejo ver mi
risa: prefiero reír a solas.
Amigo mío, eres bueno, discreto y sensato; es más: eres perfecto. Y yo, a mi vez, hablo contigo con
sensatez y discreción, pero... estoy loco. Sólo que enmascaro mi locura. Prefiero estar loco, a solas.
Amigo mío, tú no eres mi amigo. Pero, ¿cómo hacer que lo comprendas? Mi senda no es tu senda y,
sin embargo, caminamos juntos, tomados de la mano.

EL ESPANTAPÁJAROS
-Debes de estar cansado de permanecer inmóvil en este solitario campo- dije en día a un
espantapájaros.
-La dicha de asustar es profunda y duradera; nunca me cansa- me dijo.
Tras un minuto de reflexión, le dije:
-Es verdad; pues yo también he conocido esa dicha. -Sólo quienes están rellenos de paja pueden
conocerla -me dijo.
Entonces, me alejé del espantapájaros, sin saber si me había elogiado o minimizado.
Transcurrió un año, durante el cual el espantapájaros se convirtió en filósofo.
Y cuando volví a pasar junto a él, vi que dos cuervos habían anidado bajo su sombrero.

LAS SONÁMBULAS
En mi ciudad natal vivían una mujer y sus hija, que caminaban dormidas.
Una noche, mientras el silencio envolvía al mundo, la mujer y su hija caminaron dormidas hasta que
se reunieron en el jardín envuelto en un velo de niebla.
Y la madre habló primero:
- ¡Al fin! -dijo-. ¡Al fin puedo decírtelo, mi enemiga! ¡A ti, que destrozaste mi juventud, y que has
vivido edificando tu vida en las ruinas de la mía! ¡Tengo deseos de matarte!
Luego, la hija habló, en estos términos:
- ¡Oh mujer odiosa, egoísta .y vieja! ¡Te interpones entre mi libérrimo ego y yo! ¡Quisieras que mi
vida fuera un eco de tu propia vida marchita! ¡Desearías que estuvieras muerta!
En aquel instante cantó el gallo, y ambas mujeres despertaron.
-¿Eres tú, tesoro? -dijo la madre amablemente.
-Sí; soy yo, madre querida -respondió la hija con la misma amabilidad.

EL PERRO SABIO
Un día, un perro sabio pasó cerca de un grupo de gatos. Y viendo el perro que los gatos parecían
estar absortos, hablando entre sí, y que no advertían su presencia, se detuvo a escuchar lo que decían.
Se levantó entonces, grave y circunspecto, un gran gato, observó a sus compañeros.
-Hermanos -dijo-, orad; y cuando hayáis orado una y otra vez, y vuelto a orar, sin duda alguna
lloverán ratones del cielo.
Al oírlo, el perro rió para sus adentros, y se alejó de los gatos, diciendo:
-¡Ciegos e insensatos felinos! ¿No está escrito, y no lo he sabido siempre, y mis padres antes que yo
que lo que llueve cuando elevamos al Cielo súplicas y plegarias son huesos, y no ratones?

LOS DOS ERMITAÑOS
En una lejana montaña vivían dos ermitaños que rendían culto a Dios y que se amaban uno al otro.
Los dos ermitaños poseían una escudilla de barro que constituía su única posesión.
Un día, un espíritu malo entró en el corazón del ermitaño más viejo, el cual fue a ver al más joven.
-Hace ya mucho tiempo que hemos vivido juntos -le dijo-. Ha llegado la hora de separarnos. Por
tanto, dividamos nuestras posesiones.
Al oírlo, el ermitaño más joven se entristeció.
-Hermano mío -dijo-, me causa pesar que tengas que dejarme. Pero si es necesario que te marches,
que así sea. Y fue por la escudilla de barro, y se la dio a su compañero, diciéndole
-No podemos repartirla, hermano; que sea para ti.
-No acepto tu caridad -replicó el otro-. No tomaré sino lo que me pertenece. Debemos partirla.
El joven razonó:
-Si rompemos la escudilla, ¿de qué nos servirá a ti o a mí? Si te parece, propongo que la juguemos
a suerte.
Pero el ermitaño persistió en su empeño.
-Sólo tomaré lo que en justicia me corresponde, y no confiaré la escudilla ni mis derechos a la
suerte. Debe partirse la escudilla.
El ermitaño más joven, viendo que no salían razones, dijo:
-Está bien: si tal es tu deseo, y si te niegas a aceptar la escudilla, rompámosla y repartámosla.
Y entonces el rostro del ermitaño más viejo se descompuso de ira, y gritó:
- ¡Ah, maldito_ cobarde! no te atreves a pelear, ¿eh?

DEL DAR Y EL RECIBIR
Había una vez un hombre que poseía todo un valle lleno de agujas. Y un día, la madre de Jesús
acudió a aquel hombre y le dijo:
-Amigo mío, la túnica de mi hijo se rasgó, y tengo que remendársela antes de que salga para el
templo. ¿Quieres darme una de tus agujas?
Pero, en vez de darle la aguja, aquel hombre pronunció un erudito discurso acerca Del dar y del
recibir, para que María se lo repitiera a su Hijo antes de que éste saliera para el templo.

LOS SIETE EGOS
En la hora más silente de la noche, mientras estaba yo acostado y dormitando, mis siete egos
sentáronse en rueda a conversar en susurros, en estos términos:
Primer Ego: -He vivido aquí, en este loco, todos estos años, y no he hecho otra cosa que renovar
sus penas de día y reavivar su tristeza de noche. No puedo soportar más mi destino, y me rebelo.
Segundo Ego: -Hermano, es mejor tu destino que el mío, pues me ha tocado ser el ego alegre de
este loco. Río cuando está alegre y canto sus horas de dicha, y con pies alados danzo sus más
alegres pensamientos. Soy yo quien se rebela contra tan fatigante existencia.
Tercer Ego: - ¿Y de mi qué decís, el ego aguijoneado por el amor, la tea llameante de salvaje
pasión y fantásticos deseos? Es el ego enfermo de amor el que debe rebelarse contra este loco.
Cuarto Ego: -El más miserable de todos vosotros soy yo, pues sólo me tocó en suerte el odio y las
ansias destructivas. Yo, el ego tormentoso, el que nació en las negras cuevas del infierno, soy el que
tiene más derecho a protestar por servir a este loco.
Quinto Ego: -No; yo soy, el ego pensante, el ego de la imaginación, el que sufre hambre y sed, el
condenado a vagar sin descanso en busca de lo desconocido y de lo increado... soy yo, y no
vosotros, quien tiene más derecho a rebelarse.
Sexto Ego: -Y yo, el ego que trabaja, el agobiado trabajador que con pacientes manos y ansiosa
mirada va modelando los días en imágenes y va dando a los elementos sin forma contornos nuevos y
eternos... Soy yo, el solitario, el que más motivos tiene para rebelarse contra este inquieto loco.
Séptimo Ego: - ¡Qué extraño que todos os rebeléis contra este hombre por tener a cada uno de
vosotros una misión prescrita de antemano! ¡Ah! ¡Cómo quisiera ser uno de vosotros, un ego con un
propósito y un destino marcado! Pero no; no tengo un propósito fijo: soy el ego que no hace nad a; el
que se sienta en el mudo y vacío espacio que no es espacio y en el tiempo que no es tiempo, mientras
vosotros os afanáis recreándoos en la vida. Decidme, vecinos, ¿quién debe rebelarse: vosotros o yo?
Al terminar de hablar el Séptimo Ego, los otros seis lo miraron con lástima, pero no dijeron nada más; y
al hacerse la noche más profunda, uno tras otro se fueron a dormir, llenos de una nueva y feliz resignación.
Sólo el Séptimo Ego permaneció despierto, mirando y atisbando a la Nada, que está detrás de todas las
cosas.

LA GUERRA
Una noche, hubo fiesta en palacio, y un hombre llegó a postrarse ante el príncipe; todos los invitados se
quedaron mirando al recién llegado, y vieron que le faltaba un ojo, y que la cuenca vacía sangraba. Y el
príncipe le preguntó a aquel hombre:
-¿Qué te ha sucedido?
- ¡Oh príncipe! -respondió el hombre-, mi profesión es ser ladrón, y esta noche, como no hay luna, fui a
robar la tienda del cambista, pero mientras subía y entraba por la ventana cometí un error, y entré en la
tienda del tejedor, y en la oscuridad tropecé con el telar del tejedor, y perdí un ojo. Y ahora, ¡oh príncipe!
suplico justicia contra el tejedor.
El príncipe mandó traer al tejedor y, al llegar éste al palacio, el soberano decretó que le vaciaran un ojo.
- ¡Oh príncipe! -dijo el tejedor-, el decreto es justo. No me quejo de que me hayan sacado un ojo. Sin
embargo, ¡ay de mí!, necesitaba yo los dos ojos para ver los dos lados de la tela que hago. Pero tengo un
vecino de oficio zapatero, que tiene los dos ojos sanos, y en su trabajo no necesita los dos ojos...
El príncipe entonces, envió por el zapatero. Y éste acudió, y le sacaron un ojo.
¡Y se hizo justicia!

LA ZORRA
Al amanecer, una zorra miró su sombra, y se dijo:
-Hoy almorzaré un camello. -Y pasó toda la mañana buscando camellos. Pero al mediodía volvió a mirar
su sombra, y se dijo: -Bueno... me conformaré con un ratón.

EL REY SABIO
Había una vez, en la lejana ciudad de Wirani, un rey que gobernaba a sus súbditos con tanto poder como
sabiduría. Y le temían por su poder, y lo amaban por su sabiduría.
Había también un el corazón de esa ciudad un pozo de agua fresca y cristalina, del que bebían todos los
habitantes; incluso el rey y sus cortesanos, pues era el único pozo de la ciudad.
Una noche, cuando todo estaba en calma, una bruja entró en la ciudad y vertió siete gotas de un
misterioso líquido en el pozo, al tiempo que decía:
-Desde este momento, quien beba de esta agua se volverá loco.
A la mañana siguiente, todos los habitantes del reino, excepto el rey y su gran chambelán, bebieron del
pozo y enloquecieron, tal como había predicho la bruja.
Y aquel día, en las callejuelas y en el mercado, la gente no hacía sino cuchichear:
-El rey está loco. Nuestro rey y su gran chambelán perdieron la razón. No podemos permitir que nos
gobierne un rey loco; debemos destronarlo.
Aquella noche, el rey ordenó que llenaran con agua del pozo una gran copa de oro. Y cuando se la
llevaron, el soberano ávidamente bebió y pasó la copa a su gran chambelán, para que también bebiera.
Y hubo un gran regocijo en la lejana ciudad de Wirani, porque el rey y el gran chambelán habían
recobrado la razón.

AMBICIÓN
Una vez sentáronse a la mesa de una taberna tres hombres. Uno de ellos era tejedor, el otro
carpintero, y el tercero sepulturero.
-Hoy vendí una fina mortaja de lino en dos monedas de oro -dijo el tejedor-. Por tanto, bebamos
todo el vino que nos plazca.
-Y yo -dijo el carpintero-, vendí mi mejor ataúd. Además del vino, que nos traigan un suculento
asado.
-Yo sólo cavé una tumba -dijo el sepulturero -, pero mi amo me pagó el doble. Que nos traigan
también pasteles de miel.
Y durante toda aquella noche hubo gran movimiento en la taberna, pues los tres amigos a menudo
pedían más vino, carne y pasteles. Y estaban muy contentos.
Y el tabernero se frotaba las manos, sonriendo a su mujer, pues los huéspedes gastaban
espléndidamente.
Al salir los tres amigos de la taberna la luna ya estaba en lo alto; iban caminando los tres felices
cantando y gritando. El tabernero y su mujer parados a la puerta de la taberna, miraron complacidos
a sus huéspedes.
- ¡Ah! - ¡qué caballeros tan generosos y alegres! -exclamó la mujer-. Ojalá que nos trajeran suerte
y todos los días fueran así; nuestro hijo no tendría que trabajar de tabernero, ni tendría que afanarse
tanto: podríamos darle una buena educación, para que fuera sacerdote.

EL NUEVO PLACER
Anoche inventé un nuevo placer. y me disponía a probarlo por vez primera cuando un ángel y un
demonio llegaron presurosos a mi casa. Ambos se encontraron en mi puerta y disputaron acerca de
mi placer recién creado; uno de los dos gritaba:
-¡Es un pecado!
Y el otro, en igual tono aseguraba: - ¡Es una virtud!

EL OTRO IDIOMA
A los tres días de nacido, mientras yacía en mi cuna forrada de seda, mirando con asombrada
desilusión el nuevo mundo que me rodeaba, mi madre dijo a mi nodriza: -¿Cómo está mi hijo?
-Muy bien, señora -mi nodriza le contestó-, lo he alimentado tres veces, y nunca he visto a un
niño tan alegre, no obstante lo tierno que es.
Y yo me indigné, y lloré, exclamando
-No es verdad, madre: porque mi lecho es duro, la leche que he succionado es amarga, y el olor
del pecho es desagradable a mi nariz, y soy muy desgraciado.
Pero mi madre no me comprendió, ni la nodriza; pues el idioma en que había yo hablado era el del
mundo del que yo procedía.
Y cuando cumplí veintiún días de vida, mientras me bautizaban, el sacerdote le dijo a mi madre:
-Debe usted ser muy feliz, señora, de que su hijo haya nacido cristiano.
Me asombré mucho al oír aquello, y le dije al sacerdote: -en ese caso, la madre de usted, no está
en el Cielo, debe ser muy infeliz, pues usted no nació cristiano.
Pero el sacerdote tampoco entendió mi idioma.
Y siete lunas después, cierto día, un adivino me miró y le dijo a mi madre:
-Su hijo será un estadista, y un gran líder de los hombres.
-¡Falso! -grité yo -. Esa es una falsa profecía; porque yo seré músico, y nada más que músico!
Y tampoco en esa ocasión y teniendo yo esa edad entendían mi idioma, lo cual me asombraba
mucho.
Y después de treinta y tres años, durante los cuales han muerto ya mi madre, mi nodriza y el
sacerdote (la sombra de Dios proteja sus espíritus), sólo sobrevive el adivino. Ayer lo vi cerca de la
entrada del templo, y mientras conversábamos, me dijo:
-Siempre supe que serías músico; que llegarías a ser un gran músico. Eras muy pequeño cuando profeticé
tu futuro.
Y le creí, pues ahora yo también he olvidado el idioma de aquel otro mundo.

LA GRANADA
Una vez, mientras vivía yo en el corazón de una granada, oí que una semilla decía;
-Algún día me convertiré en un árbol, y cantará el viento en mis ramas, y el sol danzará en mis hojas, y
seré fuerte y hermoso en todas las estaciones.
Luego, otra semilla habló, y dijo: -Cuando yo era joven, como tú ahora, yo también pensaba así; pero
ahora que puedo ponderar mejor todas las cosas, veo que mis esperanzas eran vanas.
Y una tercera semilla se expresó así: -No veo en nosotras nada que prometa tan brillante futuro.
Y una cuarta semilla dijo: - ¡Pero que ridícula sería nuestra vida, sin la promesa de un futuro mejor!
La quinta semilla opinó: -.¿Para qué disputar acerca de lo que seremos, si ni siquiera sabemos lo que
somos?
Pero la sexta semilla replicó: -Seamos lo que seamos, lo seremos siempre.
Y la séptima semilla comentó: -Tengo una idea muy clara acerca de cómo serán las cosas en lo futuro,
pero no la puedo expresar con palabras.
Y luego habló una octava semilla, y una novena, y luego una décima, y luego muchas, hasta que todas
hablaban a un tiempo y no pude distinguir nada de lo que decían todas esas voces.
Así pues, aquel mismo día me mudé al corazón de un membrillo, donde las semillas son escasas y casi
mudas.

LAS DOS JAULAS
En el jardín de mi padre hay dos jaulas. En una está encerrado un león, que los esclavos de mi padre
trajeron del desierto de Ninavah; en la otra vive un gorrión que no canta. Al amanecer, todos los días, el
gorrión le dice al león: -Buenos días, hermano prisionero.

LAS TRES HORMIGAS
Tres hormigas se encontraron en la nariz de un hombre que estaba tendido, durmiendo al sol. Y después
de saludarse cada hormiga a la manera y usanza de su propia tribu, se detuvieron allí, a conversar.
-Estas colinas y estas llanuras -dijo la primera hormiga- son las más áridas que he visto en mi vida; he
buscado todo el día algún grano, y no he encontrado nada.
-Yo tampoco he encontrado nada -comentó la segunda hormiga- aunque he visitado todos los
escondrijos. Esta es, supongo, la que llama mi gente la blanda tierra móvil donde no crece nada.
-Amigas mías -dijo la tercera hormiga, alzando la cabeza-, estamos paradas ahora en la nariz de la
Suprema Hormiga, la poderosa e infinita Hormiga, cuyo cuerpo es tan grande que no podemos verlo, cuya
sombra es tan vasta que no podemos abarcar, cuya voz es tan potente que no podemos oírla; y esta Hormiga
es omnipresente.
Al terminar la tercera hormiga de decir esto, las otras dos se miraron, y rieron.
En ese momento el hombre se movió, y en su sueño alzó la mano para rascarse la nariz, y aplastó a las
tres hormigas.

EL SEPULTURERO
Una vez, mientras yo estaba enterrando a uno de mis egos, se acercó a mí el sepulturero, para
decirme:
-De todos los que vienen aquí a enterrar a sus egos muertos, sólo tú me eres simpático.
-Me halagas mucho -le repliqué-; pero, ¿por qué te inspiro tanta simpatía?
-Porque todos llegan aquí llorando -me contestó el sepulturero -, y se van llorando; sólo tú llegas
riendo, y te marchas riendo, cada vez.

EN LA ESCALINATA DEL TEMPLO
Ayer tarde, en la escalinata de mármol del templo vi a una mujer sentada entre dos ho mbres. Una
de las mejillas de la mujer estaba pálida, y la otra, sonrojada.

LA CIUDAD BENDITA
Era yo muy joven cuando me dijeron que en cierta ciudad todos sus habitantes vivían con apego a
las Escrituras.
Y me dije: "Buscaré esa ciudad y la santidad que en ella se encuentra". Y aquella ciudad quedaba
muy lejos de mi patria. Reuní gran cantidad de provisiones para el viaje, y emprendí el camino. Tras
cuarenta días de andar divisé a lo lejos la ciudad, y al día siguiente entré en ella.
Pero, ¡oh sorpresa! vi que todos los habitantes de esa ciudad sólo tenían un ojo y una mano. Me
asombró mucho aquello, y me dije: "¿Por qué tendrán los habitantes de esta santa ciudad sólo un
ojo, y sólo una mano?"
Luego, vi que también ellos se asombraban, pues les maravillaba que yo tuviera dos manos y dos
ojos. Y como hablaban entre sí y comentaban mi aspecto, les pregunté:
-¿Es esta la Ciudad Bendita, en la que todos viven con apego a las Escrituras?
-Sí, esta es la Ciudad, Bendita -me contestaron. Y añadí-; ¿Qué desgracia os ha ocurrido, y qué
sucedió a vuestros ojos derechos y a vuestras manos derechas?
Toda la gente parecía conmovida.
-Ven; y observa por ti mismo -me dijeron.
Me llevaron al templo, que estaba en el corazón de la ciudad. Y en el templo vi una gran cantidad
de manos y ojos, todos secos.
-¡Dios mío! -pregunté-, ¿qué inhumano conquistador ha cometido esta crueldad con vosotros?
Y hubo un murmullo entre los habitantes. Uno de los más ancianos dio un paso al frente, y me
dijo:
-Esto lo hicimos nosotros mismos: Dios nos ha convertido en conquistadores del mal que había en
nosotros.
Y me condujo hasta un altar enorme; todos nos siguieron. Y aquel anciano me mostró una
inscripción grabada encima del altar. Leí: "Si tu ojo derecho peca, arráncalo y apártalo de ti; porque
es preferible que uno de tus miembros perezca, a que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu
mano derecha peca, córtatela y apártala de ti, porque es preferible que uno de tus miembros perezca,
a que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno".
Entonces comprendí: Y me volví hacia el pueblo congregado, y grité: "¿No hay entre vosotros
ningún hombre, ninguna mujer con dos ojos y dos manos?"
Me contestaron: "No; nadie; sólo quienes son aún demasiado jóvenes para leer las Escrituras y
comprender su mandamiento".
Y al salir del templo inmediatamente abandoné aquella Ciudad Bendita, pues no era yo demasiado
joven, y sí sabía leer las Escrituras.

EL DIOS BUENO Y EL DIOS MALO
El Dios Bueno y el Dios Malo se entrevistaron en la cima de la montaña.
-Buenos días, hermano -dijo el Dios Bueno. El Dios Malo no contestó el saludo.
Y el Dios Bueno prosiguió: -Estás hoy de mal humor.
-Si -dijo el Dios Malo-, porque últimamente me confunden contigo, me llaman por tu nombre y me
tratan como si fuera tú, y esto me desagrada mucho.
--Pues has de saber que también a mi me han llamado por tu nombre -dijo el Dios Bueno.
Al oir esto, el Dios Malo siguió su camino, y se fue maldiciendo la estupidez de los hombres.

DERROTA
Derrota, mi derrota, mi soledad y mi aislamiento: Para mí eres más valiosa que mil triunfos,
Y más dulce para mi corazón que toda la gloria mundanal.
Derrota, mi derrota, mi conocimiento de mi mismo y mi desafío.
Tú me has enseñado que soy joven aún y de pies ligeros y a no dejarme engañar por laureles vanos.
Y en ti he encontrado la dicha de estar solo Y la alegría de ser alejado y despreciado.
Derrota, mi derrota, mi fulgurante espada y mi escudo:
En tus ojos he leído que ser entronizado es ser esclavizado, y que ser comprendido es ser derribado.
Y que ser apresado es llegar a la propia madurez Y como un fruto maduro, caer y ser objeto de
consumo.
Derrota, mi derrota, mi audaz compañera:
Oirás mis cantos, mis gritos y silencios, y nadie mas que tú me hablará del batir de las alas. De la
impetuosidad de los mares. Y de montañas que arden en la noche.
Y sólo tú escalarás mi inclinada y rocosa alma. Derrota, mi derrota, mi valor indómito inmortal. Tú
y yo reiremos juntos con la tormenta.
Y juntos cavaremos tumbas para todo lo que muere en nosotros. Y hemos de erguirnos al sol, como
una sola voluntad. Y seremos peligrosos.

LA NOCHE Y EL LOCO
Soy como tú, ¡oh Noche!, oscuro y desnudo; camino por la flameante senda que está por encima de
mis sueños diurnos, y siempre que mi planta toca la tierra brota de ella un roble.
-No; no eres como yo, ¡oh Loco!, pues aún te vuelves a ver cuán grande es la huella de tus pasos en
la arena.
-Soy como tú, ¡oh Noche!, silente y profundo, y en el corazón de mi soledad yace una diosa en
trabajo de parto; y en el ser que de ella está naciendo el Cielo toca al infierno.
-No; no eres como yo, ¡oh Loco!, pues te estremeces aún antes de sentir el dolor, y el canto del
abismo te aterroriza.
-Soy como tú, ¡oh Noche!, salvaje y terrible; pues mis oídos perciben los gritos de naciones
conquistadas y suspiros de olvidadas tierras.
-No; no eres como yo, ¡oh Loco!, pues aún consideras a tu pequeño ego un compañero, y no puedes
ser amigo de tu monstruoso ego.
-Soy como tú, ¡oh Noche!, cruel y terrible, pues mi pecho está alumbrado por barcos que arden en el
mar, y mis labios están húmedos de sangre de guerreros degollados.
-No; no eres como yo, ¡oh Loco!, pues aún está en tí el anhelo de encontrar a tu alma gemela, y no has
llegado a ser ley para ti mismo.
-Soy como tú, ¡oh Noche!, gozoso y alegre; pues quien mora en mi sombra está ahora ebrio de vino
virgen, y quien me sigue va pecando con regocijo.
-No; no eres como yo, ¡oh Loco!, pues tu alma está envuelta en el velo de los siete pliegues, y no llevas
en la mano el corazón.
-Soy como tú, ¡oh Noche!, paciente y apasionado; pues en mi pecho están enterrados mil amantes
muertos, envueltos en sudarios de marchitos besos.
Loco, ¿de veras piensas que eres como yo? ¿Te pareces a mí? ¿Puedes cabalgar en la tempestad como un
potro salvaje, y asir el relámpago cual si fuera una espada?
-Sí; como tú, ¡oh Noche!, como tú, soy poderoso y alto, y mi trono se asienta sobre montañas de dioses
caídos; y también ante mí desfilan los días para besar la orla de mi veste, sin atreverse a mirarme al rostro.
-¿Piensas que eres como yo, tú, el hijo de mi más oscuro corazón? ¿Puedes pensar mis indómitos
pensamientos y hablar mi vasto lenguaje?
-Sí; somos hermanos gemelos, ¡oh Noche!; pues tú revelas el espacio, y yo revelo mi alma.

ROSTROS
He visto un rostro con mil semblantes, y un rostro que tenía sólo un semblante, como si estuviera
contenido en un molde inmutable.
He visto un rostro cuyo brillo podía ver a través de la fealdad que lo cubría, y un rostro cuyo brillo tuve
que apartar, para ver cuán hermoso era.
He visto un viejo rostro lleno de arrugas de la nada, y un rostro lozano en el que estaban grabadas todas
las cosas. Conozco todos los rostros, porque los veo a través de la urdimbre que mis ojos van tejiendo, y
miro la realidad que está detrás del tejido.

EL MAR MAYOR
Mi alma y yo fuimos a bañarnos al gran mar. Y al llegar a la playa, empezamos a buscar un sitio solitario
y escondido.
Pero mientras caminábamos por la playa vimos a un hombre sentado en una roca gris, que tomaba de un
saco puñados de sal y los arrojaba al mar.
-Este es el pesimista -dijo mi alma -. Vámonos de aquí, pues no podemos bañarnos en presencia del
pesimista. Seguimos caminando, hasta llegar a una caleta; allí vimos, de pie en una roca blanca, a un
hombre que llevaba un cofre enjoyado, del que tomaba azúcar para arrojarla al mar.
-Y este es el optimista -dijo mi alma-, tampoco él debe ver nuestros cuerpos desnudos.
Seguimos caminando. Y en otro lugar de la playa vimos a un hombre que tomaba con la mano peces
muertos, y los devolvía al agua.
-Tampoco podemos bañarnos enfrente de este hombre -dijo mi alma-, pues este es el filántropo.
Y seguimos nuestro camino.
Luego nos encontramos a un hombre que trazaba el contorno de su sombra en la arena. Llegaban grandes
olas y borraban el trazo; sin embargo, aquel hombre seguía una y otra vez dibujando su sombra.
-Este es el místico -dijo mi alma-. Apartémonos de él.
Y seguimos caminando, hasta que en otra calmada ensenada vimos a otro hombre, que recogía espuma
del mar y la vertía en un vaso de alabastro.
-Este es el idealista -dijo mi alma-. De ninguna manera debe ver nuestra desnudez.
Y seguimos caminando. De pronto, oímos una voz, que gritaba:
- ¡Este es el mar; el vasto y poderoso mar!
Y al acercarnos vimos que era un hombre que daba la espalda al mar y que aplicaba un caracol a su oído,
para oír el murmullo marino.
-Pasemos de largo -dijo mi alma-. Este es el realista; el que da la espalda a todo lo que no puede
abarcar de una mirada, y se contenta con un fragmento del todo.
Y pasamos de largo. Y en un lugar lleno de maleza, entre las rocas, un hombre había enterrado su
cabeza en la arena. Y le dije a mi alma:
-Nos podemos bañar aquí, pues este hombre no puede vernos.
-No -dijo mi alma-. Porque éste es el más mortífero de todos los hombres; es e l puritano. -Luego,
una gran tristeza se reflejó en el rostro de mi alma, y también entristeció su voz. -Vámonos de aquí -
dijo -. Pues no hay ningún solitario y oculto lugar donde podamos bañarnos. No dejaré que este
viento juegue con mi cabellera de oro, ni dejaré que este viento acaricie mi seno desnudo, ni que
esta luz descubra mi sagrada desnudez.
Y luego abandonamos aquel mar, para ir en busca del Mar Mayor.

CRUCIFICADO
- ¡Quisiera ser crucificado! -grité a los hombres.
-¿Por qué habría de caer tu sangre sobre nuestras cabezas? -me respondieron.
Y yo respondí:-¿De qué otra manera podríais ser exaltados, sino crucificando a los locos?
Y ellos asintieron, y me crucificaron. Y la crucifixión me apaciguó.
Y cuando pendía entre el cielo y la tierra alzaron la cabeza para mirarme. Y estaban exaltados,
pues nunca habían alzado la cabeza.
Pero mientras estaban allí, en pie, mirándome, uno de ellos gritó:
-¿Qué estás tratando de expiar?
Y otro hombre gritó:-¿Por qué causa te sacrificas?
Y un tercer hombre dijo: -¿Crees que a ese precio adquirirás la gloria del mundo?
Y luego dijo un cuarto hombre:- ¡Mirad cómo sonríe! ¿Puede perdonarse tal dolor?
Y yo les contesté a todos, diciendo:
-Recordad sólo que he sonreído. No estoy expiando nada, ni sacrificándome, ni deseo la gloria: y
no tengo que perdonar nada. Yo tenía sed y les supliqué me dieran de beber mi sangre. Porque, ¿qué
puede saciar la sed de un loco, sino su propia sangre? Estaba yo mudo, y les pedí que me hirieran,
para tener bocas. Estaba yo prisionero en vuestros días y en vuestras noches, y busqué una puerta
hacia más vastos días y más vastas noches.
"Y ahora, me voy, como se han ido ya otros crucificados. Y no penséis que nosotros los locos
estamos cansados de tanta crucifixión. Pues debemos ser crucificados por hombres cada vez más
grandes, entre tierras más vastas y cielos más espaciosos.

EL ASTRÓNOMO
A la sombra del templo mi amigo y yo vimos a un ciego, sentado allí, solitario.
-Mira -dijo mi amigo-: ese es el hombre más sabio de nuestra tierra.
Me separé de mi amigo y me acerqué al ciego. Lo saludé. Y conversamos.
Poco después le dije:
-Perdona mi pregunta: ¿desde cuándo eres ciego? -Desde que nací -fue su respuesta.
-¿Y qué sendero de sabiduría sigues? -le dije entonces.
-Soy astrónomo -me contestó el ciego. -Luego, se llevó la mano al pecho, y dijo:-Sí; observo
todos estos soles, y estas lunas, y estas estrellas.

EL GRAN ANHELO
Aquí estoy, sentado entre mi hermana la montaña y mi hermana la mar.
Los tres somos uno en nuestra soledad, y el amo r que nos une es profundo, fuerte y extraño. En
realidad, este amor es más profundo que mi hermana la mar y más fuerte que mi hermana la montaña,
y más extraño que lo insólito de mi locura.
Han pasado eones y más eones desde que la primera alborada gris nos hizo visibles uno al otro; y
aunque hemos visto el nacimiento, la plenitud y la muerte de muchos mundos, aún somos vehementes
y jóvenes.
Somos jóvenes y vehementes, y no obstante estamos solos y nadie nos visita, y a pesar de que
yacemos en un abrazo cas i completo y sin trabas, no hemos hallado consuelo. Pues, decidme: ¿qué
consuelo puede haber para el deseo controlado y la pasión inexhausta? ¿De dónde vendrá el flamígero
dios que dé calor al lecho de mi hermana la mar? ¿Y qué torrentes aplacará el fuego de mi hermana la
montaña? ¿Y qué mujer podrá adueñarse de mi corazón?
En el silencio de la noche, en sueños, mi hermana la mar susurra el ignoto nombre del dios
flamígero, y mi hermana la montaña llama a lo lejos al fresco y distante dios-torrente. Pero yo no sé a
quién llamar en mi sueño.
Aquí estoy sentado, entre mi hermana la montaña y mi hermana la mar. Los tres somos uno en
nuestra soledad, y el amor que nos une es en verdad profundo, fuerte, y extraño...

DIJO UNA HOJA DE HIERBA
Dijo una mata de hierba a una hoja de otoño:
- ¡Al caer haces tanto ruido, que espantas a todos mis sueños invernales!
-Ser de baja cuna y de miserable morada -dijo la hoja, indignada-, ser malhumorado y sin canto: ¡tú
no vives en la región alta del aire, y desconoces el sonido del canto!
Luego, la hoja de otoño cayó sobre la tierra, y se durmió. Y al llegar la primavera, la hoja despertó
nuevamente, y se convirtió en una mata de hierba.
Y cuando el otoño llegó, y la mata de hierba comenzó a adormecerse con el sueño invernal, las hojas
del otoño, meciéndose en el viento, iban cayendo sobre ella. Entonces se dijo, enojada: "¡Ah, estas
hojas de otoño! ¡Cuánto ruido hacen! ¡Espantan a todos mis sueños invernales!"

EL OJO
Un día dijo el Ojo:
-Más allá de estos valles veo una montaña envuelta en azul velo de niebla. ¿No es hermosa?
El Oído oyó esto, y tras escuchar atentamente otro rato, dijo:
-Pero; ¿dónde está esa montaña? No la oigo... Luego, la Mano habló, y dijo:
-En vano trato de sentirla o tocarla; no encuentro ninguna montaña.
Y la Nariz dijo:
-No hay ninguna montaña por aquí; no la huelo.
Luego, el Ojo se volvió hacia el otro lado, y los demás sentidos empezaron a murmurar de la extraña
alucinación del Ojo. Y decían entre sí: " ¡Algo debe de andar mal en el Ojo!"

LOS DOS ERUDITOS
Vivían en la antigua ciudad de Aflcar dos eruditos que odiaban y despreciaban cada uno el saber del
otro: Porque uno de ellos negaba que los dioses existieran, y el otro era creyente.
Un día ambos se encontraron en el mercado, y en medio de sus partidarios empezaron a discutir
acerca de la existencia o de la no existencia de los dioses. Y separáronse tras horas de acalorada
disputa.
Aquella noche, el incrédulo fue al templo y se postró ante el altar, y pidió a los dioses que le
perdonaran su antigua impiedad.
Y a la misma hora, el otro erudito, el que había defendido la existencia de los dioses, quemó todos
sus libros sagrados, pues se había convertido en incrédulo.

CUANDO NACIÓ MI TRISTEZA
Cuando nació mi Tristeza, le prodigué mil cuidados, y la vigilé con amorosa ternura.
Y mi Tristeza creció como todos los seres vivientes, fuerte y hermosa y llena de maravillosas
gracias.
Y mi tristeza y yo nos amábamos, y amábamos al mundo que nos rodeaba. Pues mi Tristeza era de
corazón bondadoso, y el mío también era amable cuando estaba lleno de Tristeza.
Y cuando hablábamos, mi Tristeza y yo, nuestros días eran alados y nuestras noches estaban
engalanadas de sueños; porque mi Tristeza era elocuente, y mi lengua también era elocuente con la
Tristeza.
Y cuando mi Tristeza y yo cantábamos juntos, nuestros vecinos sentábanse a la ventana a
escucharnos; pues nuestros cantos eran profundos como el mar, y nuestras melodías estaban
impregnadas de extraños recuerdos.
Y cuando caminábamos juntos, mi tristeza y yo, la gente nos miraba con amables ojos, y
cuchicheaba con extremada dulzura. Y también había quien nos envidiara, pues mi Triste za era un ser
noble, y yo me sentía orgulloso de mi Tristeza. Pero murió mi Tristeza, como todo ser viviente, y me
quedé solo, con mis reflexiones.
Y ahora, cuando hablo, mis palabras suenan pesadas en mis oídos.
Y cuando canto, mis vecinos ya no escuchan mis canciones.
Y cuando camino solo por la calle, ya nadie me mira. Sólo en sueños oigo voces que dicen
compadecidas: "Mirad: allí yace el hombre al que se le murió su Tristeza".

Y CUANDO NACIÓ MI ALEGRÍA...
Y cuando nació mi Alegría, la alcé en brazos y subí con ella a la azotea de mi casa, a gritar:
- ¡Venid, vecinos! ¡Venid a ver! Porque hoy ha nacido mi Alegría: venid a contemplar este ser
placentero que ríe bajo el sol.
Pero qué grande mi sorpresa porque ningún vecino mío acudió a contemplar mi Alegría.
Y todos los días, durante siete lunas, proclamé el advenimiento de mi Alegría desde la azotea de mi
casa, pero nadie quiso escucharme. Y mi Alegría y yo estábamos solos, sin nadie que fuera a
visitarnos.
Luego, mi Alegría palideció y enfermó de hastío, pues sólo yo gozaba de su hermosura, y sólo mis
labios besaban sus labios.
Luego, mi Alegría murió, de soledad y aislamiento.
Y ahora sólo recuerdo a mi muerta Alegría al recordar a mi muerta Tristeza. Pero el recuerdo es una
hoja de otoño que susurra un instante en el viento, y luego no vuelve a oírse más.

"EL MUNDO PERFECTO"
Dios de las almas perdidas, tú que estás perdido entre los dioses, escúchame:
Vivo entre una raza de hombres perfecta, yo, el más imperfecto de los hombres.
Yo, un caos humano, nebulosa de confusos elementos, deambulo entre mundos perfectamente
acabados; entre pueblos que se rigen por leyes bien elaboradas y que obedecen un orden puro, cuyos
pensamientos están catalogados, cuyos sueños son ordenados, y cuyas visiones están inscritas y
registradas.
Sus virtudes, ¡oh Dios!, están medidas, sus pecados están bien calculados por su peso, y aun los
innumerables actos que suceden en el nebuloso crepúsculo de lo que no es pecado ni virtud están
registrados y catalogados.
En este mundo, las noches y los días están convenientemente divididos en estaciones de conducta y están
gobernados por normas de impecable exactitud.
Comer, beber, dormir, cubrir la propia desnudez, y luego cansarse, todo a su debido tiempo.
Trabajar, jugar, cantar, bailar, y luego yacer tranquilo, cuando el reloj da la hora para ello.
Pensar esto, sentir aquello, y luego dejar de pensar y de sentir cuando cierta estrella se alza en el
horizonte.
Robar al vecino con una sonrisa, dar regalos con un gracioso ademán, elogiar prudentemente, acusar con
cautela, destruir un alma con una palabra, quemar un cuerpo con el aliento, y luego lavarse las manos,
cuando se ha terminado el trabajo del día.
Amar según el orden establecido, entretenerse en lo mejor de uno mismo según cierta manera
prefabricada, rendir culto a los dioses con el debido decoro, intrigar y engañar a los demonios diestramente,
y luego olvidarlo todo, como si la memoria hubiese muerto.
Imaginar con un motivo determinado; proyectar con consideración; ser feliz dulcemente; sufrir con
nobleza; y luego, vaciar la copa, de manera que mañana podamos llenarla otra vez.
Todas estas cosas, ¡oh Dios!¡, están concebidas con preclara visión, han nacido con un propósito firme,
se mantienen con esmero y exactitud, se gobiernan según las normas y la razón, y luego se asesinan y se
entierran según el método prescrito. Y aun sus silenciosas tumbas que yacen dentro del alma humana, cada
una tiene su marca y su número.
Es un mundo perfecto; de maravillas; el más maduro fruto del jardín de Dios; el pensamiento rector del
universo.
Pero dime, ¡oh Dios!, ¿por qué tengo que estar allí, yo, semilla de pasión insatisfecha, loca tempestad que
no va en pos del oriente ni del occidente, aturdido fragmento de un planeta que pereció en las llamas?
¿Por qué estoy aquí, ¡oh Dios! de las almas perdidas? Dímelo tú, oh Dios, que te encuentras perdido entre
los demás dioses...

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